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Se parecerá la vivienda del futuro a la del

pasado?
Anatxu Zabalbeascoa

S.Triulzi

¿Qué entendemos hoy como hogar? ¿Qué significará esta idea en un mundo convulso y
sometido a la tiranía del cambio constante? Si lo comparamos con la evolución de los
coches, las ciudades o incluso los matrimonios, el interior doméstico gana por una gran
diferencia en la carrera del conservadurismo. Los cambios en la vivienda suelen llegar
para quedarse mientras que las modas pasan de largo o terminan por molestarnos. Estas
páginas analizan por qué, pese a todo, un salón o un dormitorio no serán algo muy
distinto a lo que conocemos.

miércoles 18 de octubre de 2017

La mejor manera de anticipar el futuro es fijar la mirada en aquello que no se hace notar.
Que lo discreto permanece lo saben los clásicos: lo que no se nota se queda porque no
molesta, porque está cómodo en un segundo plano alejado de la sobreexposición del
primer plano que agota cualquier mueble, cualquier canción, cualquier moda y casi
siempre a cualquier persona. También en la vivienda se dan esos hartazgos. Lo que
habla en voz alta nos advierte del paso del tiempo. O nos recuerda malos cálculos,
decisiones precipitadas y a otros que ya no queremos ser. Por eso el aspecto futurista
aplicado al hogar solo nos gusta en las películas o en las exposiciones: cuando
imaginamos el futuro, no cuando lo tenemos delante. A lo que esa mañana llama a la
puerta, lo domesticamos.
Henri Matisse, en el hotel Regina de Niza, diseña los murales de la capilla del Rosario
de esa ciudad. Walter Carone/Paris Match via Getty Images

Si lo comparamos con el coche, la ciudad o incluso los matrimonios, el interior


doméstico gana con diferencia la carrera del conservadurismo. ¿Por qué? Porque los
cambios en el hogar suelen llegar para quedarse. Las modas o pasan de largo o terminan
por molestarnos. Piensen en el televisor sustituyendo a la chimenea como corazón de la
casa, en los baños multiplicándose o en la cocina abriendo sus puertas. Ha habido pocas
transformaciones más hasta que llegó el smartphone. Con conexión individual en unos
pocos gramos de peso, la casa se ha redefinido. Han desaparecido algunos
electrodomésticos. Hemos ganado espacio —que en realidad pierden todos los pisos
urbanos— y hoy se diría que lo que uno es queda encerrado en su móvil, aun sabiendo
que esa información no es solo nuestra. ¿Cómo afecta a la vida doméstica la
convivencia con ese nuevo inquilino?

La cama, según Beatriz Colomina, es el nuevo centro de la vida doméstica. Allí leemos,
respondemos correos, vemos la tele…

La legendaria productora de los muebles de Le Corbusier, la italiana Cassina, ha querido


celebrar sus 90 años de historia indagando en esa casa con móvil. En los nueve últimos
decenios, esta empresa ha demostrado ser clásica incluso cuando parecía visionaria —
decidió producir los muebles de Le Corbusier, en realidad ya convertido en una marca
de estatus—. Sin embargo, la osadía que la llevó a amueblar transatlánticos con butacas
de Gio Ponti está viva en la indagación que propone su libro This Will Be the Place
(Rizzoli), en el que arquitectos y diseñadores aventuran ideas sobre la casa del futuro. El
resultado abre tantas puertas que amenaza con hacer desaparecer la mera idea de casa.
Photo Ranzini (Valerio Castelli)

Es la arquitecta Beatriz Colomina la que se arriesga a decir que la cama es el nuevo


centro de la vida doméstica: allí vemos la televisión, respondemos correos, “comemos”,
leemos y hacemos además todo lo que ya hacíamos antes en posición horizontal. Que la
calle se cuele en la estancia más privada (a través de Internet y por medio del trabajo
que nos llevamos a casa) le parece a esta profesora de la Universidad de Princeton algo
más serio que cuando la radio llevó las noticias a las viviendas y dejamos de ir a
buscarlas al quiosco. La razón de su preocupación es doble: de un lado, ha dejado de
existir una separación entre trabajo y descanso (la frontera entre ocio y negocio se borró
hace tiempo). De otro, con el mero hecho de buscar en Google un hotelito para
descansar estamos produciendo datos y abriendo una ventana al corazón de nuestra
intimidad. Como Jonathan Crary —en su libro 24/7: El capitalismo al asalto del sueño
(Ariel)—, Colomina cree que en la cama cada vez dormimos menos. Sucede que los
pisos son pequeños y acabamos tumbándonos para trabajar o chatear. Lo que antaño
parecía cosa de excéntricos o millonarios se ha convertido en moneda común. Onetti
escribía y recibía en la cama, lo mismo hacía Matisse con su vara de pintar, y el
recientemente fallecido fundador de Playboy, Hugh Hefner, tenía una cama redonda —
rodeada de una pantalla de cine, un ordenador, neveras y tocadiscos— en la que se
atrincheraba. Así, ¿será la cama la vivienda del futuro?
El cajón de Le Corbusier para su cabanon sirve de mesa de apoyo, taburete,
contenedor… Leonardo Scotti

El alemán Konstantin Grcic no cree en el diseño visionario. “El futuro no empieza


nunca con una página en blanco. Empieza afrontando lo que tienes delante”. Él está
convencido de que, en la gran escala, la vivienda llegará a todas partes. Muchos
edificios de oficina en el corazón de Manhattan están ya cambiando su uso a espacios
domésticos por el teletrabajo. Pero en la pequeña escala, considera que el diseño, su
oficio, no debe imponer sino ofrecer. Y piensa que es hora de afrontar que un espacio
doméstico donde todo está en su sitio no puede ser un espacio real. “La perfección
resulta incómoda. El mejor diseño no es el que cambia por cambiar; es el que propone y
hace posible el cambio”. Siempre es interesante atender a la biografía de quien opina.
En la propia vivienda de Grcic, el cambio llegó con —¡oh, sorpresa!— la llegada de un
bebé. Este diseñador, que se formó como ebanista en Reino Unido, asegura que nunca
concibió un sofá porque nunca antes lo había usado. Ahora tiene uno de dos plazas,
compacto, que Dieter Rams —el autor de los inolvidables electrodomésticos de Braun
— ideó en los sesenta. Y está fascinado. Apostemos a que cuando su hijo crezca
añadirán otra plaza al sofá. O tal vez para entonces se hagan con otro modelo para
tumbarse, como los ciudadanos analizados por Colomina, que trabajan desde la cama.

Konstantin Grcic: “El mejor diseño no es el que cambia por cambiar; es el que propone
y hace posible el cambio”

Otro alemán, el arquitecto Arno Brandlhuber, cree que “igual que los límites entre las
estancias se están disolviendo, las categorías de muebles se están fundiendo”. Habla del
mueble único que hace cinco años Muller y Van Severen idearon como asiento, mesa,
lámpara y estantería. Pero la historia parece superar cualquier ocurrencia. En los setenta,
uno de los diseñadores de Cassina, Mario Bellini, dibujó para el laboratorio de ideas de
esta empresa (atención, un laboratorio de ideas ya en los setenta) el Kar-a-Sutra, una
especie de camioneta con almohadas de plástico en las que uno podía dormir, jugar, leer
y… viajar. Aunque ahora nos tumbemos en casa, ese mueble polivalente asociado a la
vida nómada se quedó en experimento.
Un siglo de productos —de Frank Lloyd Wright a Patricia Urquiola— conviven en la
propuesta de arriba, que combina diseños industriales y trabajos artesanos. Giuseppe
Brancato

Sofá convertido en el Sistema Soft Props ideado por Grcic para Cassina.

Tal vez por eso, porque la mera idea de casa huye del futuro y más bien busca parar el
tiempo, el arquitecto chino Zhao Yang decidió dejar Pekín y su idea del progreso y
mudarse a la ciudad condado de Dali, en el sur del país, para desarrollar su propia
versión del futuro con materiales sostenibles, artesanía local y la historia de la vivienda
china como guía. “Quería que la arquitectura no fuera un objeto, sino un fondo”, dice
Yang. “Cuando las grandes ciudades se convierten en máquinas económicas y políticas,
hay muy poco que la arquitectura pueda hacer para alterar la vida de las personas”. Lo
que Yang busca es recuperar el equilibrio, la clave del hombre y el estilo renacentistas.
No centrarse en nada y disfrutar un poco de todo: hogares sin estancias encorsetadas,
donde uno haga cómodamente lo que la población reclama: comer en la cocina, el
comedor o en el salón, y trabajar en el comedor, en el sofá o en la terraza. Esos espacios
flexibles son los que están preparados para el cambio. Lo viven a diario y lo tienen
asimilado. Así, de nuevo, la novedad es que la tecnología futurista cabe en un teléfono
móvil. Y que el futuro doméstico no quiere parecer ciencia-ficción.

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