Está en la página 1de 14

Miguel H ernández

y Vicente Aleixandre :
"E l rayo que no cesa7'
y /7La destrucción o el amor"

« . . . . He visto su libro La d estrucción o el am or, que


acaba de aparecer . . . . No m e es posible adquirirlo . . . .
Yo le quedaría m u y reconocido si pudiera Vd. proporcio­
narm e un ejem plar . . . . Voy a v iv ir en M adrid, donde estoy
(1). De estas líneas, firm adas « Miguel H ernández,
pastor de O rih u ela » , así como de la generosidad con la que
Vicente A leixandre contestó a tal petició n , ib a a n a ce r en 1935
entre los dos poetas u n a am istad en trañ ab le que ni siquiera
la m uerte pudo q u e b ra n ta r (2). Pero el obsequio de V icente
A leixandre no represen tó únicam ente p a ra Miguel H ern án ­
dez la tom a de contacto que le p erm itió frecu en tar con asi­
d u id ad en tre 1935 y 1936 la casa del joven m astro (3) : fue
tam bién, p a ra el au to r de P erito en lunas, la revelación de
lina nueva poesía, m uy d istin ta del clasicism o de « los últi­
m os efluvios del centenario de Góngora. que todavía había
alcanzado su sanísim a ju v e n tu d » (4).
A p a r tir del día en que Miguel H ernández conoce a Vicente
A leixandre — en el doble sentido de la p a lab ra : le conoce
personalm ente, y m edita su o b ra — la influencia de éste será
considerable, y es p aten te que, bajo el doble padrinazgo in ­
telectual de V icente A leixandre y de Pablo N eruda, Miguel
H ernández halló su p ro p ia p erso n alid ad de poeta (5), y no
sin razón — ¡ razón de la sinrazón ! — su amigo Ram ón Sijé
le rep ro ch ab a, ya en aquel año de 1935, de abandonarse a
esos dos m onstruos : nerudism o y aleixandrism o (6).
Pero, si el « aleixandrism o » de Muguel H ernández no ofre­
ce la m enor duda p a r nadie, y h a sido puesto, p o r ejemplo,
en p erfecta evidencia p o r C. Bousoño (7), en cam bio nadie
— creem os — a no ser ra p id ísim a e im plícitam ente J. Cano
Ballesta (8), ha estudiado El rayo que no cesa en com para­
ción con La destrucción o el amor. Y, a d ecir verdad,no es
LE S LAXGUES N É O -L A T IN E S 99

nada so rp ren d en te, ya que, incluso sabiendo que « los poe­


mas escritos de 1935 a 1936 dem uestran la evolución que se
iba desarrollando en la poesía hernandiana a partir de la
am istad con V icente A leixandre y Pablo N e r u d a » (9), ¿ có­
mo co m p arar este canto del am or desdichado que es El rayo
que no cesa, con el poem a del acto carn al que es La des­
trucción o el am or ? ¿ Cómo co m p arar una obra que es esen­
cialm ente, como lo p roclam a el título del últim o poem a :
Soneto final, un libro de sonetos, y de sonetos del más rig u ­
roso clasicism o (10), con lo que fue, según la expresión de
Angel del Río, « la plena incorporación del surrealism o a
la poesía española » (1 1 )? A p rim e ra vista, todo p arece opo­
ner los dos poem as, incluso si la am istad une a sus autores :
sus tem as, sus m odos de expresión, las visiones del m undo
y del am or de las que dan cuenta etc. ... Sin em bargo, El
rayo que no cesa (1936), no es El silbo vulnerado (versión
a n terio r, no p u b licad a en v ida de Miguel H ernández). Ni
siquiera es u n a versión revisada, corregida, y considerable­
m ente aum entada, p o r más que ciertos sonetos « c o m u n e s»
p uedan dejarlo p en sar. El rayo que no cesa es una obra nue­
va, y, a nuestro juicio, fue a la lectu ra de La destrucción o
el am or a la que Miguel H ernández debió tal novedad y tal
originalid ad .
A p rim era vista, tenem os que confesarlo, E l rayo que no
cesa y El silbo vulnerado no p arecen obras esencialm ente
distintas, y el m ero hecho de que 10 sonetos (sobre los 25
que contiene E l silbo vulnerado) sean reu tilizados con o sin
v ariantes, en E l rayo que no cesa (29 poem as) basta p a ra con­
vencernos. La m ism a pena, la m ism a pasión decepcionada, la
m ism a soledad. ... el canto de Miguel H ernández sigue siendo
el mismo. Sin em bargo, su am or, ta l como aparece en El
rayo que no cesa, ya no es el del Silbo vulnerado. En 1934,
sólo com ponía Miguel H ernández « cantos d e se sp e ra d o s»
sin duda porque no im aginaba otros más herm osos, y el am or
que cantaba era exclusivam ente platónico, un sentim iento,
casi un culto, ya que 16 veces en E l silbo vulnerado — ¡ en­
tre las cuales 12 veces como vocativo ! — notam os el té rm i­
no amor, sin co n tar los verbos am ar y desamorar, o el subs­
tantivo am ante, ni la creación contram or. En el rayo que no
cesa, no hallam os la p alab ra am or em pleada más de 9 veces,
y tan sólo 2 veces como vocativo — y aún, tres de estos em­
pleos, en tre los cuales los dos vocativos, vienen de poem as
del Silbo vulnerado, o sea de poem as an terio res en su con­
cepción a la frecuentación de Vicente A leixandre p o r Miguel
H ernández. Sin ser una p a la b ra « t a b ú » , la expresión amor
10Ü LES l a n g u e s n é o -l a t in e s

se ha hecho rarísim a, y las varian tes de los sonetos del Sil­


bo vulnerado reutilizados son, a este respecto, perfectam ente
significativas. Así, « m i corazón una feb ril granada » substi­
tuye a « m í corazón, am or, una g ra n a d a », así como « y sin
dorm ir estás celo sa m e n te » a « y sin d o rm ir am or, me vigi­
l a s », y p o r fin « urgencia de tu garza galanía» a « urgencia
de tu am or y galanía » (14). ¡ Y no nos equivoquem os ! No se
tra ta únicam ente de m odificaciones que « m ejoran siem pre
o casi siem pre los versos de la versión a n te r io r » (15), sino
de una v erd ad era tran sfo rm ació n del concepto de am or, que
ya no es sólo sentim iento que reside en el órgano noble que
es el corazón :
« m e duele tu risa en esta llaga
del lado izquierdo, herm ana. . . »
(Silbo vulnerado, Soneto 4)
sino tam bién sensaciones — de deseo y de dolor físico — que
vienen de las en trañ as y se m anifiestan a la altu ra de la cin­
tura :
« Rayo de m etal crispado
fulgentem ente caído,
picotea m i costado
y hace en él un triste nido »
(El rayo que no cesa, Poema 1)
porque, nos dice :
« ... como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle por un fruto »
(Ib id . Poema 23)

Estam os muy lejos del am or delicado cantado en E l silbo


vulnerado. Estam os en cam bio m uy cerca del am or conside­
rado únicam ente en su aspecto carnal, como en La destru­
cción o el am or :
< ese piso feluz por ei que viborillas perspicaces
hacen su nido en la axila del musgo »
(La selva y el mar).

Asi, el p ropio concepto de rayo — torm ento m oral pero


esencialm ente físico — nos p arece debido, en cierta m edida,
a la lectu ra de La destrucción o el amor, lo que confirtman
d istintos tem as o p ro cedim ientos aleix an d rin os que hallam os
en El rayo que no cesa.
LE S LANGUES N É O -L A T IN E S 101

P or ejem plo, m ientras que El silbo vulnerado estaba po­


blado de tiern o s — a no ser am anerados — « ru y-señ o re s»
son las exasperadas fieras, h am b rien tas y am orosas de La
selva y el m ar las que form an la p a rte más im portante del
bestiario del Rayo que no cesa. N ada sorp ren d ente, en tales
condiciones, ya que p a ra V icente A leixandre :
« las fieras m uestran sus espadas o dientes ■» que la espa­
da — o su variante, el cuchillo — sea uno de los atributos del
rayo, del que las fieras sólo son u n a m anifestación, y uno de
los atrib u to s de m ayor im p o rtan cia — aparece 7 veces en El
rayo... — h asta tal pun to que la ú n ica m odificación notable
que hace Miguel H ernández al poem a « Yo sé que ver y oir
aun triste enfada ... » (el 19° del Silbo vulnerado, y el 25“ del
Rayo que no cesa) consiste en su stitu ir el verso :
« de abocarme y ver piedra en tu m ir a d a »
p o r éste :
« andar de este cuchillo a esta espada ».
Asimismo, si en U nidad en ella, V icente A leixandre nos di­
ce que cede al
« cráter que le convoca con su m úsica intim a ,
m utatis m utandis, Miguel H ernández reutiliza este tem a del
volcán :
« espadas congregando con amores
el final de huesos destructores
de la región volcánica del toro »
(El rayo que no cesa, poem a 13)
y los b ram idos del toro se hacen tam bién « v o lc á n ic o s».

Fieras, espadas, volcán, éstas son algunas p alab ras claves


de La destrucción o el amor, y tam bién del Rayo que no cesa.
E n tales condiciones, ya que el vocabulario de Miguel H er­
nández se h a teñido de m an era b astante notable de Aleixan­
drism o, estam os tentados de b u scar tam bién en E l rayo que
no cesa ciertos p rocedim ientos de expresión elevados al n i­
vel de técn ica p o r el m aestro.
E studiando, en el capítulo III de su lib ro La poesía de Mi­
guel H ernández (17), el poem a 15 del Rayo... ( «Me llamo
barro aunque Miguel m e lla m e ...»), J. Cano Ballesta notó
que, p ro v in ien d o de un plano real A (la p e rso n alid ad del
poeta), la p rim era im agen sim bólica B (el b arro) va a p a sa r
a plano real en el que Miguel H ernández construye un nuevo
102 LE S LA NGUES N ÉO -L A T IN E S

plano sim bólico C ( « u n despreciado corazón c a íd o » ), plano


real a su vez en el que se edifica el plano sim bólico D (el del
barro- corazón), y concluye así : « H em os visto, pues, que
cada plano evocado ha servido como plano real sobre el que
se levanta una nueva imagen. Carlos Bousoño llama a este
fenóm eno estilístico « superposición de im á g e n e s». E s m u y
frecuente en V icente A leixandre y tam bién lo encontram os
en esta com posición del poeta o rc e lita n o » (18). La influen­
cia de A leixandre al nivel de la constru cció n de las im ágenes
es aqui m uy posible, e incluso probable. Pero no nos dejemos
sed u cir p o r la ten tació n de red u cirlo todo a una influencia
aleix an d rin a. Así, incluso si o tra fórm ula como :
« Silencio de m etal triste y so n o r o »
{El rayo que no cesa, poema 14)
evoca — adem ás del p rin c ip io de La m onja gitana de L orca
—• las « ág u ilas de m etal so n o rísim o » de La destrucción o
el am or (Las águilas), tales co in cid en cias no son más signi­
ficativas que tal o cual otra, de L orca o A lberti, p a ra no c ita r
más que a estos dos poetas (19).
En cam bio, lo que es patente y significativo, es el empleo
de expresiones p ro p ia s de V icente A leixandre en el p rim e r
poem a del Rayo que no cesa. Asi, nos llam a la atención so­
bre el p arentesco en tre la o b ra de Miguel H ernández y La
destrucción o el am or, la u tilización, p ro v o cadora p o r el cal­
co del p ro p io título de la o b ra de A leixandre, con el mismo
empleo de la O como conjunción identificativa (20) :
« descansar de esta labor
de huracán, am or o infierno
no es posible ... »
(7a estrofa).
La evocación es agresiva, y es im posible no notarla, in clu ­
so p a ra quien tan sólo conociera el título de la obra de Vi­
cente A leixandre. Pero, si exam inam os más detenidam ente
dicho poem a, vemos que la p rim e ra cu arteta no es de n in ­
guna m anera un lejano recuerdo de F ederico G arcía L or­
ca, como lo creyó J. Cano Ballesta (21), sino una perfecta y
p recisa alusión al poem a aleix an d rin o . E fectivam ente, si Mi­
guel H ernández p roclam a al p rin c ip io del R ayo que no cesa :
« Un carn ív o ro cuchillo
de ala dulce y hom icida
sostiene un vuelo y un brillo
alred ed o r de m i v i d a »
LE S LA NGUES N É O -L A T IN E S 103

éstos son térm inos y tem as de la últim a estrofa de lo que es


p a ra nosotros, el poem a fundam ental de La d estrucción o el
am or : Unidad en ella :
« Este beso en tus labios como una lenta espina
como un m ar que voló hecho un espejo,
como el brillo de un ala
es todavía unas m anos, un repasar de tu crujiente pelo
un c re p ita r de la luz vengadora
luz, o espada m ortal que sobre m i cuello am enaza
pero que nunca podrá destru ir la unidad de este m undo »

¡No es im itación, sino rep ro d u cció n ! Vuelo, brillo, ala son


utilizados de nuevo en accepciones y condiciones p erfecta­
m ente sim ilares, así como de m an era general la am enaza de
la espada, como tam bién se reu tiliza la p ro p ia espada, que
se convierte en cuchillo, p ero que sigue siendo « m o r t a l » ,
ya que « de ala . . . . h om icid a »; como, p o r fin, el « crepitar
de la l uz » p arece ser el origen del vocablo de « r a y o » .
¿Qué explica ta n evidente sim ilitu d ? Un m ero fenóm eno
de m im etism o p a ra con un au to r dem asiado adm irado ? Es
cierto que la im itación más o m enos v o lu n taria fue abun­
dantísim a en Perito en lunas. P ero lo que fue no basta p a ra
ex p licar lo que es ; y aquí, la explicación nos parece dem a­
siado sencilla. E fectivam ente, la rem in iscen cia es evidentí­
sim a ; y si lo es, p recisam ente p o r el cuidado que pone Mi­
guel H ernández p a ra que la notem os, p o r el calco, como aca­
bam os de ver, casi térm ino p o r térm ino, de la últim a estrofa
de U nidad en ella, y el recuerdo p a ra los que no conocieran
lo bastante detalladam ente La d estrucción o el am or del p ro ­
pio título unas cuartetas después. Así, si se expresa en tales
versos Miguel H ernández, i habla de p r e s ta d o », como d iría
G. Celaya, y oím os tam bién la voz de V icente A leixandre.
T rataríase, pues, de un hom enaje al m aestro, de una dedi­
cato ria im p lícita al p rin c ip io de la o b ra ? La hipótesis no
es p a ra desdeñar, cuanto m ás que, m oralm ente, Miguel H er­
nández se veía obligado a d ed icarla explícitam ente a su in s­
p ira d o ra : la Amada (22). Pero, al expresarse al p rin c ip io de
su p rim e r poem a en térm inos, tem as y conceptos aleixandri-
nos, nos obliga a c o n sid erar el am or tal como lo concibe Vi­
cente A leixandre en La destrucción o el am or — una fuerza
vital y d estru cto ra a la p a r — como origen del rayo que le
persigue. D icho de o tra m anera, nos obliga a nunca olvidar
que antes de los sentim ientos es el cuerpo, y v er así en todos
sus poem as (incluso los del Silbo vulnerado que reutiliza, y
que hasta el m omento sólo eran lastim osos cantos de am or
104 LE S LANGUES N É O -L A T IN E S

platónico) la expresión de un torm ento físico — provocado


p o r un deseo insatisfecho — y a n te rio r en sus m anifesta­
ciones a la ap arició n de la p ro p ia am ada (23).
Y en c ie rta m anera, E l rayo que no cesa es com plem entario
de La destrucción o el amor. Este nos da cuenta de la des­
tru cció n del m undo inm ediato y del descubrim iento de una
realid ad su p erio r p o r el acto carn al. Aquel, de la im posi­
bilid ad de salir de este m undo oscuro y oprim ente, de ésta:
« . . . . noche oscura de sartenes
“redondas, pobres, tristes y m o r e n a s»
(Poema 10)
cuando el deseo se h a transfo rm ad o en pasión que se com pla­
ce en su pro p io fracaso.
G érard DUFOUR.
U niversidad de Rouen.

NOTAS

(1) Citado, de memoria, por Vicente Aleixandre, Evocación de


M iguel H ernández (Los encuentros : Obras com pletas, págs. 1245
sq.).
(2) Testim onios de tal am istad son las páginas conmovidas que
Vicente Aleixandre dedicó a la memoria de Miguel Hernández ;
además de la Evocación de M iguel H ernández, ya aludida, M iguel
H ernández, nom bre y voz (N uevos encuentros : O.C. págs 1399 sq.).
Prueba tam bién de esta am istad — pero esto no lo dice A leixan­
dre — la ayuda económica que éste proporcionó a Josefina Man-
resa durante el encarcelam iento de su marido (cf. Elvio Homero :
M iguel H ernández, destino y poesía ; Buenos Aires, 1958, pág. 136).
(3) Cf. Vicente Aleixandre : Evocación de M iguel H ernández,
O. C. págs 1246-1247.
(4) Ib id pág. 1245.
(5) Cf. L. Urrutia y H. Larose (L ’Espagne contem poraine, Paris,
1971, pág. 152) que, analizando el itinerario poético de Miguel Her­
nández después del R a yo que no cesa, escriben : « d ’autres influ-
ences se fo n t alors se n tir : celle de N eruda, celle de Vicente A le i­
xandre. A lors M iguel H ernández, avec souptesse, se laisse en tra ín er
par son propre souffle, dans le d éro u lem en t des vers lib re s» .
LE S LANGUES N ÉO -L A T IN E S 105

(6) Cf. la carta de Ramón Sijé a Miguel Hernández (Orihuela,


29 de noviembre de 1935), reproducida por Concha Zardoya : M i­
guel H ernández (1919-1942). V ida y obra. B ibliografía. A ntología.
Hispanic Institute, New York, 1955, pág. 24.
(7) C. Bousoño : La poesía de V icente A leixa n d re, 2a edición
Madrid, 1968, págs. 414-418 : « elijo su nombre'D, afirma el crí­
tico, « ju s ta m e n te por no tratarse de un im ita d o r, sino de un poe­
ta p articularm ente recio e in d ivid u a liza d o en su expresión. Ello
podrá m o stra r hasta qué p u n to la a tm ó sfera poética de aquellos
años estaba casi fatalm ente teñida de a leixa n d rism o ■», pág. 414).
(8) A propósito de la superposición de im ágenes en el poema
Me llam o barro aunque M iguel m e llam e... : La poesía de Miguel
H ernández, Madrid, 1963, págs 127-128. Cf. infra.
(9) María de Gracia Ifach : prólogo de su A ntología de M iguel
H ernández, ed. Losada, Buenos Aires, 2a. edición, 1966 pág. 10. De
manera bastante curiosa, m ientras que señala como term in u s ad
quem la fecha de 1936, María de Gracia Ifach no piensa en abso­
luto en El rayo que no cesa.
(10)Pruebas de tal clasicism o, la disposición regular de las ri­
mas en los 27 sonetos del R a yo que no cesa (señalada por Concha
Zardoya, op. cit., pág. 60) : siguen todos el m ism o esquema : ABBA
ABBA CDE CDE. Conviene tam bién notar la rigidez de los sone­
tos en la obra : separación perfectamente marcada entre cuartetos
y tercetos (separados tipográficamente por un punto, a excepción
del poema 24), y la m ism a separación muy fuerte entre las d istin ­
tas estrofas ,sólo los cuartetos del tercer poema no presentan una
verdadera ruptura, con sólo una coma para separarlos, y no un
punto como para los demás. Un punto separa asim ism o los terce­
tos, a excepción de los de los poemas 3 (unidos por :) 4, 17 y 24
(coma), 16 y del Soneto final (encabalgamiento).
(11) H istoria de la litera tu ra española, New York, 1948 tom o II,
pág. 26.
(12) Manuscrito de 1934, publicado por primera vez en 1949 por
José María de Cossío.
(13) Se trata de los poemas 10, 11, y sl9 del R ayo que no cesa
que eran los sonetos 24, 22 y 25 del S ilb o vulnerado.
(14) Poemas 5, 11 y 12 del R ayo que no cesa ; sonetos 8, 22 y
16 del Silbo vulnerado.
(15) Concha Zardoya : op. cit. pág. 59.
(16) Hallam os estas fieras en los poemas 2 y 22. Pero el toro
que oculta bajo su p iel t í a s fu r ia s re fu g ia d a s» (poema 14) for­
ma parte tam bién de estas furias.
(17)Op. cit. págs. 127-128.
(18) Ibid. págs. 128 Es en los capítulos XIV y XV de su obra
106 LE S LANGUES N ÉO -L A T IN E S

consagrada a La poesía de V icente A leixa n d re donde C. Bousoño


trata de la « com plicación de la estru ctu ra in tern a de la im agen ».
(19) R em iniscencia evidente de Lorca :
« Como un nocturno buey de agua y barbecho
que quiere ser criatura idolatrada
em bisto a tu s zapatos y a tu s alrededores »
(Poem a 15)
La rem iniscencia del R om ance del em plazado ne reside en el
empleo de « buey de a g u a », sino en la m ism a prolongación de
la metáfora popular (cf. Federico García Lorca : L a im agen p o éti­
ca de don L u is de Góngora : O.C., pág. 63). — Rem iniscencia de
Alberti, nos parece, estos versos que evocan Marinero en tierra :
« tu destino es de la p la ya
y mi vocación del m a r» .
(Poem a 1)
En cuanto al Soneto final, es evidentísim o que evoca claramente
Sobre los ángeles. A este propósito, cabe notar que en la carta ya
aludida, — cf. nota 6 — Ramón Sijé reprochaba a Miguel Her­
nández, además de su n eru d ism o y de su a leixa n d rism o , su alber-
tism o.
(21) La m etá fo ra d el « c u c h illo » y su in ten sid a d sim bólica,
(op. cit. págs. 144-147). J. Cano B allesta cita (pág. 145) la cuarteta
que estudiam os. Pero si, en su presentación general del tem a, no
vacila en afirmar que « sin duda fu e G arda Lorca q u ien le su g i­
rió esta im agen p o é tic a », tiene que precisar — y vem os que con
mucha razón — « aunque M iguel H ernández la desarrolla con ab­
so lu ta independencia, y n in g u n a fo rm u la ció n del vate granadino
ha hallado eco en las im ágenes hernandianas, como fá c ilm e n te se
puede c o n s ta ta r » (pág. 144).
(22) Cf. la dedicatoria del R a yo que no cesa : « A ti sola en
cu m p lim ien to de una p rom esa que habrás olvidado como si fu era
t u y a ». Cf tam bién la carta de Miguel Hernández a Josefina Man-
resa (publicada por Concha Zardoya, op. cit., págs. 25-26) y en la
que afirma a propósito de esta dedicatoria : « Mira u n a cosa : m e
acaban de publicar un libro. Te acuerdas de que te p ro m e tí d e d i­
carte el prim ero que saliera ? A n te s de que yo te escribiera por
p rim era vez ahora, ya había salido y dedicado a ti, aunque no
ponga tu nombre...-».
(23) : La Amada sólo aparece en el 4 o poema ( « Me tira ste un
lim ón...). En E l silbo vulnerado, evidentem ente, ya estaba presente
desde el prim er verso :
« P ara cuando m e ves tengo com puesto... »
En El silb o vulnerado, la Amada, por su indiferencia, provoca la
pena. En El rayo que no cesa es el deseo el que, al quedar in sa­
tisfecho, se cristaliza en la Amada y le lleva a la pena.
Vicente Aleixandre
(Un poém e parad isiaq u e).

Alors que lentem ent chem ine en ce pays l’idée que VI­
CENTE ALEIXANDRE est bien le plus im p o rtan t des poetes
espagnols de la génération « d e 27 », il me p a ra it intéressan t
de soum ettre aux h isp an isan ts fran ^ais, en versión origínale
avec trad u ctio n , un poém e e x tra it du livre in titu lé NACI­
MIENTO ULTIMO : il s’agit de JUNIO DEL PARAISO qui
au rait tout n aturellem ent trouvé sa place dans SOMBRA DEL
PARAISO s’il n ’était, p récisém ent, p é tri d ’un optim ism e to­
tal. En effet, ce titre d ’OMBRE DU PARADIS évoque et an-
nonce bien le ton et le clim at que le gran d poete a donnés
au contenu de son sixiém e livre que j ’ai, dans POESIE TO-
TALE (1) qualifié á la fois d ’adm irable et d’inquiétant.
II n ’en est pas de méme p o u r ULTIME NAISSANCE, et bien
que la Mort, bien souvent, en soit l’équivalence, le poém e
que l’on va lire est lui, au sens absolu du term e, p a ra d isia ­
que.
En ce dim anche 9 Avril 1978 (oú j’écris ces lignes), sur-
lendem ain de la visite q u ’á M adrid je fis á VICENTE ALEIX-
ANDRE en com pagnie de mon fds et de ma femme, adm ira-
teurs comme m oi de l’hom m e et de son ceuvre, il m ’a p p a ra it
ap p o rtu n de d o n n er á POESIE TOTALE ce prolongem ent en
quelque sorte natu rel, écho, si je puis dire, de l’affectueux
et inoubliable accueil réservé á ses tro is v isiteurs (2) p a r le
P rix NOBEL 1977.
Roger NOEL-MAYER

(1) Editions GALLIMARD.


(2) Souffrant de violents maux de téte et d ’un herpés de la pu-
pille consécutif á l ’opération d’un glaucóme et de la cataracte, á
quoi s’ajoutait l’épuisem ent provoqué par d’innom brables visites
venues du monde entier d’octobre á février, VICENTE ALEIXAN-
DRE qui sur l’ordre de son médecin avait ferm é sa porte, fit une
cxception combien ém ouvante en faveur de son traducteur et ami
de plus de vingt ans.
Junio del paraíso
A josé Suarez Carreño.

Sois los m ism os que cantasteis


cogidos de la m ano, hom bres alegres, niños,
m ujeres herm osas, leves m uchachas.
Los m ism os que en el m ediodía de Junio,
d o rad a p len itu d de una p rim av era estallada,
corristeis, arrasasteis de vuestra h erm osura los silencios
los festivales bosques [prados,
y las u m brías florestas donde el sol se aplastaba con un fre ­
nético beso p rem aturo de estío.
T oda la superficie del p lan eta se h en ch ía
p recisam ente allí bajo vuestras plan tas desnudas.
H om bres plenos, m uchachas de insinuado escorzo lúcido, ni­
ños como vilanos leves,
m ujeres cuya herm osa ro tu n d id a d solar
pesaba gravem ente sobre la ta rd e augusta.
Las m uchachas más jovenes, bajo las hojas de los álamos
agitados,
sentían la p lan ta vegetal como risa im paciente,
ram as gayas y frescas de un am or que oreaba
su te rn u ra a la b risa de los ríos cantantes.
Los niños, oro rubio, creciente h acia el p uro carm ín de la
aurora,
ten d ían sus brazos a los p rim ero s rayos solares.
Y unos p ájaros leves instantáneos brotaban,
hacia el aire hechizado, desde sus m anos tiernas.
¡ Inocencia del día ! Cuerpos robustos, cálidos,
se am aban plenam ente bajo los cielos libres.
Todo el azul v ibraba de estrem ecida espum a
y la tie rra se alzaba con esperanza herm osa.
El m ar... No es que naciese el m ar. Intacto, eterno,
el m ar sólo era el m ar. Cada m añana, estaba.
Hijo del m ar, el m undo nacía siem pre arrojado
nocturnam ente de su b rillan te espum a.
LE S LA NGUES N É O -L A T IN E S 109

Ebrios de luz los seres m ojaban sus pies


en aquel h irv ien te resp lan d o r, y sentían sus cuerpos destellar,
y tendidos se am aban sobre las playas vividas.
Hasta la o rilla m ism a descendían los tigres,
que llevaban en su p u p ila el fuego elástico de los bosques,
y con su lengua bebían luz, y su larga cola a rrastra b a
sobre un pecho desnudo de m ujer que dorm ía.
Esa corza esbeltísim a sobre la que todavía ninguna mano
puso su am or tran q u ilo ,
m iraba el m ar, rad io sa de estrem ecidas fugas,
y de un salto se deshacía en la b landa floresta,
y en el aire h ab ía sólo un bram ido de dicha.
Si b rotaba la noche, los hom bres, sobre las lom as estrem e­
cidas bajo el súbito beso lu n ar, derram ab an sus cuerpos
y alzaban a los cielos sus encendidos brazos
hijos tam bién de la dulce sorpresa.
Vosotras, trém ulas ap arien cias del am or, m ujeres lúcidas
que brillab ais am ontonadas bajo la suave lum bre,
em briagabais a la tie rra con vuestra carn e agolpada,
cúm ulo del am or, m uda p irám id e de tem blor h acia el cielo.
¿ Qué rayo súbito, qué grito celeste descendía a la tie rra
desde los cielos m ágicos, donde un brazo desnudo
ceñía repentino vuestras cin tu ras ardientes,
m ientras el m undo se deshacía como en un beso del am or en­
tregándose ?
El nacim iento de la au ro ra era el im perio del niño.
Su p u ra m ano extendía sagradam ente su palm a
y alli todo el fuego nocturno se v ertía en sosiego,
en fervor, en m udas luces lím pidas
de otros labios rientes que la v ida aclarasen.
T odavía os contem plo, hálito p erm anente de la tie rra be­
llísim a,
os diviso en el aliento de las m uchachas fugaces,
en el brillo m enudo de los inocentes bucles ligeros
y en la som bra tangible de las m ujeres que am an como m ontes
tranquilos.
Y puedo to c a r la invicta onda, brillo inestable de un eterno
pie fugitivo,
y a ce rc ar mis labios pasados p o r la vida
y sen tir el fuego sin edad de lo que n u nca naciera,
a cuya o rilla vida y m uerte son un beso, u n a espuma.

Vicente ALEIXANDRE
Juin du paradis
A José Suarez Carreño.

Vous étiez ceux-lá mémes qui chantiez


vous te n a n t p a r la m ain, hom m es joyeux, enfants,
fem mes superbes, et vous, sveltes fillettes.
Les mémes qui au plein m idi de juin,
plén itu d e dorée d ’un p rin tem p s éclaté
couriez, caressant de votre beauté
les p rés silencieux, les bois en féte,
les lieux cham pétres oü s’écrasait le soleil
avec un frénétique b aiser p rém atu ré d ’été.
La surface entiére de la te rre se gonflait
lá méme, sous vos p ieds ñus.
Hommes faits, fllllettes á la b rillan te ébauche suggérée,
enfants sem blables aux aigrettes légéres,
fem m es dont la belle ro n d e u r solaire
s’in sc riv a it gravem ent dans le soir solennel.
Les filies les plus jeunes, sous les feuilles
des p eu p ü ers agités,
sentaient comme un rire im p atien t la plante végétale,
b ranches fraich es et gaies d ’un am our aéran t
sa ten d resse á la brise des ch an tan tes riviéres.
Les enfants, o r blond, rejoignant le p u r carm in
de l’aurore,
ten d aien t leurs bras vers les p rem iers rayons solaires,
et des oiseaux légers, depuis leurs ten d res m ains,
brusquem ent jaillissaien t dans l’a ir ensorcelé.
Innocence du jo u r ! Des corps robustes, chands,
sans co n train te s’aim aient sous les cieux libres.
Tout l’azur v ib rait d ’écum e frém issante,
un m agnifique espoir soulevait notre terre.
La mer... Ce n ’est pas qu’elle füt née. Intacte, éternelle,
la m er n ’était que la m er. Chaqué m atin, elle ETAIT.
Fils de la m er, le m onde chaqué jo u r ren aissait
nocturnem ent de sa b rillan te écume.
Ivres de lum iére, baignant leurs pieds
dans cette sp len d eu r bouillonnante,
les étres sen taien t leurs corps b rille r
et s’aim aient étendus su r les plages ardentes.
LE S LA NGUES N É O -L A T IN E S 111

Les tigres descendaient jusqu’au rivage méme,


avec dans leu r pupille le feu élastique des bois,
de leu r langue ils buvaient la lum iére,
et leu r longue queue s’a tta rd a it
su r un sein de femme endorm ie.
Cette svelte chevrette su r qui aucune m ain
n ’avait encore in sc rit son tran q u ille am our,
reg ard ait la m er, irra d ia n t de frém issantes fugues,
et d’un saut se fo n d ait dans l’accu eillan t bocage,
et l’a ir n ’était plus q u ’un bram em ent de bonheur.
Quand jaillissait la nuit, les homm es, su r les coteaux
frisso n n an t sous le soudain b aiser lunaire,
d étend aien t leurs corps et levaient vers les cieux
leurs b ras de flamme,
íils eux aussi de la douce surprise.
E t vous, trem blants reflets de l’am our, ó femmes éclatantes
qui brilliez entassées sous la lum iére douce,
la te rre s’en iv rait de votre c h a ir am oncelée,
cum ulus d’am our, trem blante et m uette p yram ide
tournée vers le ciel.
Quel rayón soudain, quel c ri céleste descendait
des cieux m agiques su r la terre,
oú un b ras nu en to u rait brusquem ent vos tailles ardentes,
tan d is q u ’en se d o n n an t se dissolvait le m onde
c.omme dans un b aiser d ’am our ?
L’au ro re á sa naissance était l’em pire de l’enfant :
Sa m ain p u ré ten d ait tres saintem ent sa paum e
et lá se dév ersait le feu noctu rn e dans le calme,
dans la ferveur, en lim pides et m uettes lum iéres
d ’autres lévres rieuses illu m in an t la vie.
Je vous contem ple encore, souñle p erm an en t de la te rre si
belle, je vous vois dans l’haleine des fugaces fillettes,
dans le faible éclat des innocentes boucles légéres
et dans l’om bre tangible des femmes
qui aim ent comme des m onts tranquilles.
E t je peux to u ch er l ’onde invaincue, éclat instable
d ’un éternel p ied fugitif,
ap p ro c h e r mes lévres fanées p a r la vie,
sen tir le feu in tem porel de ce qui jam ais ne serait né
et sur la riv e de qui la vie et la m o rt sont un baiser,
ou une écume.
Vicente ALEIXANDRE
(Trad. Roger NOEL-MAYER)

Intereses relacionados