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Leopoldo Lugones

(1874-1938)

Lunario sentimental (1909)

Luna ciudadana

Mientras cruza el tranvía una pobre comarca Insinúa en el peligro de su gracia


De suburbio y de vagas chimeneas, Una angustia embriagadora.
Desde un rincón punzado por crujidos de barca,
Fulano, en versátil aerostación de ideas, Quizá se llame Leonilda ó Elisa...
Alivia su consuetudinario Quizá en su persona se hermane,
Itinerario. Un doméstico aroma de melisa
A un mundano soplo de frangipane...
Las cosas que ensarta, Quizá su figura indecisa
Anticipan con clarovidencia, Reserve al amor de algún joven ladino.
La errabunda displicencia En la inocencia de una futura sonrisa
De una eventual comida á la carta. La poesía de un ángel del destino.
Afuera, el encanto breve Acaso en la muda
Del crepúsculo dilata un dulce arcano, Fatalidad de una vulgar tragedia.
Que abisma el plenilunio temprano Con sensata virtud de clase media,
En la luminosa fusión de su nieve. Cose para una madre viuda.
Quizá...
El truhán de vehículo
Molesta, bien se vé, con su ferralla, Y en ese instante de familiar consuelo,
A un señor de gran talla Tras el exacto campanillazo,
Que lee un articulo. La desconocida, leve como un vuelo,
Y ya no hay más persona, Desciende. ¡Qué ojos! ¡Qué boca! ¡Un pedazo
Que una muchacha de juventud modesta De legítimo cielo!
Sentada á la parte opuesta: Como un claro témpano se congela
Lindos ojos, boca fresca. Muy mona. El plenilunio en el ámbito de la calle,
Donde aquel fino talle,
En elegante atavío Sugiriendo ternuras de acuarela,
Realza sus contornos. Pone un detalle
Un traje verde obscuro, con adornos De excelente escuela.
Violeta sombrío.
Aligera esa seriedad de otoño La linda criatura,
Con gracia sencilla, Descubrió con casta indiferencia,
Un ampo de gasa que en petulante moño, Para dar su saltito más segura,
Va acariciando la tierna barbilla. Una pierna de infantil largura
Que puso su juventud en evidencia.
Sugiere devaneos de conquista Y su cuello grácil,
La ambigüedad que en su rostro lucha. Y su minucioso paso de doncella.
Con su intrepidez flacucha Bien dicen que no es aquella
De institutriz ó de florista. Una chica fácil.
Mas desconcierta el asedio,
La imperiosa silueta *
De su mano enguantada en seis y medio
Con parsimonia coqueta. Muy luego ante su botella
Y aquella aristocracia, Y su rosbif, el joven pasajero
Anómala en tal barrio y á tal hora,

1
Se ha puesto á pensar – ¡qué bueno! – en una El libro infiel (1912)
estrella.
Cuando de pronto un organillo callejero Historia de mi muerte
Viene á entristecerle la vida,
Trayéndole en una romanza Soñé la muerte y era muy sencillo:
El recuerdo de la desconocida. Una hebra de seda me envolvía,
¡Ah!, ¿por qué no le ofreció una mano comedida? y a cada beso tuyo,
¿Por qué olvidamos así la buena crianza?... con una vuelta menos me ceñía.
Y cada beso tuyo,
¡Cómo se sentiría de noble en su presencia ! era un día;
¡Con qué bienestar de hermanos y el tiempo que mediaba entre dos besos
Comentarían fielmente sus manos una noche. La muerte es muy sencilla.
Una hora mutua de benevolencia! Y poco a poco fue desenvolviéndose
la hebra fatal. Ya no la retenía
Y entre divagaciones remotas, sino por un sólo cabo entre los dedos...
De melancolía y de indolencia. Cuando de pronto te pusiste fría,
Por la calle que mide con popular frecuencia y ya no me besaste...
El paso notorio de las cocotas; Y solté el cabo, y se me fue la vida.
Vuelve Fulano á verla, en un estado
Dé ternura infinita, Las horas doradas (1922)
Con cierta noble cuita
De novio infortunado. Amor eterno

El café le pone las ideas de luto, Deja caer las rosas y los días
Y le molesta con absurda inquina, una vez más, segura de mi huerto.
Cierto aire sardónico en el mozo enjuto Aún hay rosas en él, y ellas, por cierto,
Que aguarda su propina. mejor perfuman cuando son tardías.
Pero aun se queda padeciendo largo rato,
Y monda que te monda Al deshojarse en tus melancolías,
Los dientes. (Qué diablos, esas comidas de fonda cuando parezca más desnudo y yerto,
Son el martirio del celibato.) ha de guardarte bajo su oro muerto
violetas más nobles y sombrías.
Para colmo el organillo, de dónde
Saca, después de su más dulce habanera, No temas al otoño, si ha venido.
La donna é mobile—una verdadera Aunque caiga la flor, queda la rama.
Necedad de lindo conde... La rama queda para hacer el nido.

El pobre Fulano, Y como ahora al florecer se inflama,


Vuelve á evocar, vagamente poeta, leño seco, a tus plantas encendido,
La suave silueta ardientes rosas te echará en la llama.
De la muchacha del tranvía suburbano.
Dulce academia de luna,
De luna espolvoreada
Al pastel, en una
Ceniza verde, entre verde y dorada.

¡Verdaderamente hay encuentros sin fortuna!

2
Julio Herrera y Reissig
(1875-1910)

Las maitines de la noche (1902) La torre de las Esfinges (1909)

Neurastenia Tertulia lunática


Le spectre de la réalité traverse ma pensée. V
Víctor Hugo
¡Oh negra flor de Idealismo!
Huraño el bosque muge su rezongo ¡Oh hiena de diplomacia
y los ecos, llevando algún reproche, con bilis de aristocracia
hacen rodar su carrasqueño coche y lepra azul de idealismo!...
y hablan la lengua de un extraño Congo. Es un cáncer tu erotismo
de absurdidad taciturna,
Con la expresión estúpida de un hongo, y florece en mi saturna
clavado en la ignorancia de la noche, fiebre de virus madrastros,
muere la Luna. El humo hace un fantoche como un cultivo de astros
de pies de sátiro y sombrero oblongo. en la gangrena nocturna.

¡Híncate! Voy a celebrar la misa. Te llevo en el corazón,


Bajo la azul genuflexión de Urano nimbada de mi sofisma,
adoraré cual hostia tu camisa: como un siniestro aneurisma
que rompe mi corazón...
«¡Oh, tus botas, los guantes, el corpiño…!» ¡Oh Monstrua! Mi ulceración
Tu seno expresará sobre mi mano en tu lirismo retoña,
la metempsícosis de un astro niño. y tu idílica zampoña
no es más que parasitaria
bordona patibularia
Los éxtasis de la montaña (1904) de mi celeste carroña!

La noche ¡Oh musical y suicida


tarántula abracadabra
La noche en la montaña mira con ojos viudos de mi fanfarria macabra
de cierva sin amparo que vela ante su cría; y de mi parche suicida!...
y como si asumiera un don de profecía, ¡Infame! En tu desabrida
en un sueño inspirado hablan los campos rudos. rapacidad de perjura,
tu sugestión me sulfura
Rayan el panorama, como espectros agudos, con el horrendo apetito
tres álamos en éxtasis... Un gallo desvaría, que aboca por el Delito
reloj de media noche. La grave luna amplía la tenebrosa locura!
las cosas, que se llenan de encantamientos mudos.

El lago azul de sueño, que ni una sombra empaña,


es como la conciencia pura de la montaña...
A ras del agua tersa, que riza con su aliento,

Albino, el pastor loco, quiere besar la luna.


En la huerta sonámbula vibra un canto de cuna...
Aúllan a los diablos los perros del convento.

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