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Nunca supe por qué ni en qué circunstancias mi abuelo aprendió el oficio de

carpintero. Jamás vivió de eso. Entró muy joven a trabajar en el Ferrocarril Francés
y ahí se jubiló. Supongo que a la tarde despuntaba el vicio de la carpintería en su
tallercito, donde jamás hubo una máquina eléctrica. Heredé el escritorio que hizo y
algunas banquetas, y es admirable que fuesen hechas sin recurrir a algún taladro o
similar. El tallercito estaba hecho de chapas y quedaba nomás saliendo de la casa,
antes de llegar al patio y ahí todos los días a las siete de la mañana iba él a hacer
cosas con las maderas: desde juguetes a bancos o muletas para el que las necesite.
Voy a detenerme en las muletas. Era muy difícil hacerlas; había que poner a hervir
un determinado tipo de madera que, por acción del calor, se volvía apta para ser
doblada y atornillada. Ese paso era el determinante y con el tiempo se volvió una
especie de acto mágico y adivinatorio; cuando la madera se rompía al ser doblada,
el destinatario de las muletas moría al poco tiempo. Nunca cobró por el trabajo y
ahora me pregunto si sabría a quienes se las hacía. Cada vez que había un rengo
nuevo en la ciudad casi seguro que algún familiar del desdichado iba a golpear la
puerta de la casa de mi abuelo para que le haga las muletas. Insisto, era mucho
trabajo, ponía dinero de su bolsillo en los materiales, pero no las cobraba. ¿Cómo
puede ser que nadie de la familia, mis mayores, le preguntara por qué lo hacía?
¿Por qué lo hacías, abuelo? ¿Por empatía? ¿Porque llevabas años sabiendo lo que
era ser un amputado, un discapacitado como se dice ahora, y te solidarizabas, aún
sin saber si lo merecían? Pienso en ello y me parece un genuino acto de amor al
prójimo. Y en lo inasible del ser humano, capaz de maravillosos actos de amor
puntuales y en la incapacidad de trasladar ese acto a lo colectivo. Mi abuelo era un
acérrimo antiperonista y siempre votó por quienes traicionaron a su clase y
aplaudió los golpes de Estado.