Está en la página 1de 430

ARQUEOLOGÍA DE LA

VERTIENTE ORIENTAL
SURANDINA
Interacción macro-regional,
materialidades, economía y ritualidad

Beatriz N. Ventura, Gabriela Ortiz y María Beatriz Cremonte


(editoras)
ARQUEOLOGÍA DE LA VERTIENTE ORIENTAL SURANDINA
Interacción macro-regional, materialidades,
economía y ritualidad

Beatriz N. Ventura, Gabriela Ortiz y María Beatriz Cremonte


(editoras)

Buenos Aires
2017
Arqueología de la vertiente oriental Surandina : interacción macro-regional, materialidades,
economía y ritualidad / Beatriz N. Ventura ... [et al.]; compilado por Beatriz N. Ventura;
Gabriela Ortiz; María Beatriz Cremonte. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires:
Sociedad Argentina de Antropología, 2017.
Libro digital, PDF - (Publicaciones de la Sociedad Argentina de Antropología / Leandro
Hernán Luna )

Archivo Digital: descarga y online


ISBN 978-987-1280-32-2

1. Arqueología. I. Ventura, Beatriz N. II. Ventura, Beatriz N., comp. III. Ortiz, Gabriela,
comp. IV. Cremonte, María Beatriz, comp.
CDD 930.1

Publicaciones de la Sociedad Argentina de Antropología


Responsable:
Dra. María Florencia Becerra. CONICET, Instituto de Arqueología, Facultad de
Filosofía y Letras (Universidad de Buenos Aires).
edicionessaa@gmail.com

Libro co-editado por Beatriz N. Ventura, Gabriela Ortiz y María Beatriz Cremonte.

Ilustraciones de tapa: Carla Jaimes Betancourt, Fabiana Bugliani, Gabriela Ortiz y


Beatriz Ventura
Armado y diagramación: Beatriz Bellelli

© 2017, by Sociedad Argentina de Antropología

Sociedad Argentina de Antropología


Moreno 350. (1091) Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
edicionessaa@gmail.com
www.saantropologia.com.ar

ISBN 978-987-1280-32-2

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723


Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Este libro es una Co-edición de la Sociedad Argentina de Antropología. El Co editor


asume toda la responsabilidad del mismo, desligando a la Sociedad de las acciones
civiles y penales que pudieran surgir por la publicación de su obra. Declara que
el Libro es de su exclusiva autoría/ de la exclusiva autoría de los autores de cada
capítulo, por lo que el/ella/ellos serán el/los único/s responsable/s ante cualquier
reclamo de terceros y cualquier acción civil o penal que surja con motivo de la edición
y/o publicación de su obra por motivos de su contenido, plagio o paternidad de la
obra, coautoría, injurias, etc. y, en general, ante cualquiera de las responsabilidades
establecidas en la legislación sobre propiedad intelectual y normas reglamentarias,
asumiendo frente a la Editorial todos los daños y perjuicios que pudieren ocasionarle
por tales motivos.
En recuerdo de Ana María Lorandi y Lidia Baldini
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad

ÍNDICE

Lista de Autores 8

Lista de Evaluadores 12

AGRADECIMIENTOS 13

PRESENTACIÓN 14

LA VERTIENTE ORIENTAL

Jaimes Betancourt, Carla. Diferencias cronológicas, funcionales y


culturales en la cerámica de los llanos de Mojos, Beni - Bolivia 25

Ortiz, Gabriela; Pablo Mercolli y Violeta A. Killian Galván. Nuevas


evidencias en el estudio de la economía y dieta en poblaciones tempranas
de la cuenca del San Francisco (800 a.C.-500 d.C.) 51
DEBATE 71

Quesada, Marcos N. La periferia desde la periferia. Arqueología de las


sierras de El Alto - Ancasti 79
DEBATE 99

Gordillo, Inés; Verónica Zuccarelli y Luciana Eguia. Las casas del sol
naciente. Arqueología de la vertiente oriental de El Alto - Ancasti 111
DEBATE 131

Cremonte, María Beatriz. Materialidades tardías de la dominación


incaica en áreas meridionales de Jujuy 135
DEBATE 159

Ventura, Beatriz N. La ocupación inca en los valles orientales del norte


de Salta (Argentina) 171
DEBATE 198

Cruz, Pablo. Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el


este de los Andes 205
DEBATE 228
Taboada, Constanza. Espacio, cultura material y procesos sociales
tardíos en la llanura santiagueña. Modelo para pensar las poblaciones
de la región 237
DEBATE 261

ÁREAS Y TEMÁTICAS VINCULADAS CON LA VERTIENTE ORIENTAL

Lema, Verónica S. Geografías y prácticas: plantas que circulan, que se


quedan y que se van para no volver 267
DEBATE 276

Scaro, Agustina. Hacia las tierras altas. Cerámica de la tradición San


Francisco en Tumbaya (quebrada de Humahuaca, Jujuy) 279
DEBATE 291

Leoni, Juan Bautista. Presencia de cerámica con decoración reticulada


aplicada en Antumpa, sector norte de la quebrada de Humahuaca:
aportes a la caracterización temporal y espacial del Complejo Arasayal 293
DEBATE 305

Pereyra Domingorena, Lucas. Las vinculaciones de la cerámica formativa


del sur Calchaquí con la vertiente oriental del NOA 311
DEBATE 321

Oliszewski, Nurit; Mario Caria y Jorge Martínez. Bienes alóctonos y sus


implicancias en la quebrada de Los Corrales (El Infiernillo, Tucumán)
durante el primer milenio d.C. 329
DEBATE 342

Franco Salvi, Valeria y Julián Salazar. Una ofrenda como acto fundacional
de estructuras de cultivo. Primer milenio de la era en el valle de Tafí
(provincia de Tucumán, Argentina) 347
DEBATE 356

López Campeny, Sara M. L.; Andrés S. Romano; M. Fernanda


Rodríguez; Mariano H. Corbalán y Álvaro R. Martel. De lazos familiares
a redes sociales: nuevos aportes para la discusión de interacciones entre
poblaciones de la Puna y las tierras bajas orientales 359
DEBATE 373

Angiorama, Carlos; Constanza Taboada; Silvina Rodríguez Curletto;


Ezequiel Del Bel; Diego Leiton y Emiliano Azcona. Investigaciones
arqueológicas en “El Impenetrable” santiagueño (Copo, Santiago del
Estero) 383

Lamenza, Guillermo; Gonzalo Garizoain; Mariano Delledone; Elina


Silvera y Horacio Calandra. Arqueología del Chaco meridional: avances 401
en las investigaciones del sector Ribereño Paraguay-Paraná
DEBATE 409

Díaz, María Etelvina. Urnas del Candire. Perduración de prácticas


funerarias en la comunidad Chané de Campo Duran (Salta) 411
DEBATE 422
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad

LISTA DE AUTORES

Angiorama, Carlos. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas


(CONICET) - Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES), Instituto de
Arqueología y Museo, Facultad de Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo,
Universidad Nacional de Tucumán.

Calandra, Horacio. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas


(CONICET), Facultad de Ciencias Naturales y Museo, Universidad Nacional
de La Plata.

Caria, Mario. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas


(CONICET) - Instituto de Geociencias y Medioambiente (INGEMA).
Universidad Nacional de Tucumán.

Corbalán, Mariano. Instituto Interdisciplinario de Estudios Andinos


(INTERDEA). Universidad Nacional de Tucumán.

Cremonte, María Beatriz. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas


y Técnicas (CONICET) - Instituto de Ecorregiones Andinas (INECOA).
Instituto de Geología y Minería (IDGyM). Universidad Nacional de Jujuy.

Cruz, Pablo. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas


(CONICET) - Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales Regionales y
Humanidades (CISOR). Universidad Nacional de Jujuy.

Del Bel, Ezequiel. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas


(CONICET) - Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES), Instituto de
Arqueología y Museo, Facultad de Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo,
Universidad Nacional de Tucumán.

Delledone, Mariano. Facultad de Ciencias Naturales y Museo, Universidad


Nacional de La Plata.

Díaz, María Etelvina. Museo de Antropología de Salta. Universidad Nacional


de Salta.

Eguia, Luciana. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas


Lista de autores 9

(CONICET)-Instituto de Arqueología, Facultad de Filosofía y Letras,


Universidad de Buenos Aires.

Franco Salvi, Valeria. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y


Técnicas (CONICET) - Instituto de Humanidades (IDH). Universidad
Nacional de Córdoba.

Garizoain, Gonzalo. Facultad de Ciencias Naturales y Museo. Universidad


Nacional de La Plata.

Gordillo, Inés. Instituto de Arqueología, Facultad de Filosofía y Letras.


Universidad de Buenos Aires.

Jaimes Betancourt, Carla. Institut für Archäologie und Kulturanthropologie


Abt. Für Altamerikanistik, Universität Bonn.

Killian Galván, Violeta. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y


Técnicas (CONICET) - Instituto de Geocronología y Geología Isotópica
(INGEIS), Universidad de Buenos Aires.

Lamenza, Guillermo. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y


Técnicas (CONICET), Facultad de Ciencias Naturales y Museo, Universidad
Nacional de La Plata.

Leiton, Diego. Instituto de Arqueología y Museo, Laboratorio de


Investigaciones Grupo Interdisciplinario de Arqueología y Antropología de
Tucumán (LIGIAAT), Universidad Nacional de Tucumán.

Lema, Verónica. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y


Técnicas (CONICET), Laboratorio de Etnobotánica y Botánica Aplicada -
Departamento Científico de Arqueología. Facultad de Ciencias Naturales y
Museo, Universidad Nacional de La Plata.

Leoni, Juan Bautista. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y


Técnicas (CONICET), Escuela de Antropología, Facultad de Humanidades y
Artes, Universidad Nacional de Rosario.

López Campeny, Sara. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas


y Técnicas (CONICET) - Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES),
Instituto de Arqueología y Museo, Facultad de Ciencias Naturales e Instituto
Miguel Lillo, Universidad Nacional de Tucumán.

Martel, Álvaro. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas


10 Lista de autores

(CONICET) - Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES), Instituto de


Arqueología y Museo, Facultad de Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo,
Universidad Nacional de Tucumán.

Martínez, Jorge. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas


(CONICET) - Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES). Instituto de
Arqueología y Museo, Facultad de Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo,
Universidad Nacional de Tucumán.

Mercolli, Pablo. Instituto Interdisciplinario Tilcara, Facultad de Filosofía y


Letras, Universidad de Buenos Aires.

Oliszewski, Nurit. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas


(CONICET) - Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES). Facultad de
Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo, Universidad Nacional de Tucumán.

Ortiz, Gabriela. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas


(CONICET) - Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales Regionales y
Humanidades (CISOR). Universidad Nacional de Jujuy.

Pereyra Domingorena, Lucas. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas


y Técnicas (CONICET) - Instituto de las Culturas (IDECU). Museo Etnográfico,
Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.

Quesada, Marcos. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas


(CONICET). Universidad Nacional de Catamarca.

Rodríguez, María Fernanda. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas


y Técnicas (CONICET). Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento
Latinoamericano.

Rodríguez Curletto, Silvina. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas


y Técnicas (CONICET) - Departamento de Ciencias Naturales, Facultad de
Ciencias Exactas, Físico-Químicas y Naturales, Universidad Nacional de Río
Cuarto.

Romano, Andrés. Instituto de Arqueología y Museo, Facultad de Ciencias


Naturales e Instituto Miguel Lillo, Universidad Nacional de Tucumán.

Salazar, Julián. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas


(CONICET) - Instituto de Estudios Históricos. Universidad Nacional de
Córdoba.
Lista de autores 11

Silvera, Elina. Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, Universidad Nacional


de Catamarca.

Scaro, Agustina. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas


(CONICET)-Instituto de Ecorregiones Andinas (INECOA). Universidad
Nacional de Jujuy.

Taboada, Constanza. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y


Técnicas (CONICET)-Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES). Instituto
de Arqueología y Museo, Facultad de Ciencias Naturales e Instituto Miguel
Lillo, Universidad Nacional de Tucumán.

Ventura, Beatriz N. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y


Técnicas (CONICET)-Instituto de Arqueología, Facultad de Filosofía y Letras,
Universidad de Buenos Aires.

Zuccarelli, Verónica. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y


Técnicas (CONICET)-Centro de Investigaciones y Transferencia de Catamarca
(CITCA). Escuela de Arqueología, Universidad Nacional de Catamarca.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad

LISTA DE EVALUADORES

Albeck, María Ester. CONICET - Universidad Nacional de Jujuy.

Baldini, Lidia †. CONICET - Universidad Nacional de La Plata.

Braunstein, José. CONICET.

Calla Maldonado, Sergio Alejandro. Universidad Mayor de San Andrés, Bolivia.

Cerutti, Carlos. CONICET.

Cornejo Guerrero, Miguel. Instituto Riva Agüero, Pontificia Universidad


Católica del Perú, Perú.

De Feo, María Eugenia. CONICET - Universidad Nacional de La Plata.

Farrington, Ian. University of Camberra, Australia.

Hilgert, Norma. CONICET - Universidad Nacional de Misiones.

Korstanje, María Alejandra. CONICET - Universidad Nacional de Tucumán.

Lima, Helena. Museu Paraense Emilio Goeldi-Universidad Federal del


Amazonas, Brasil.

López, Gabriel. CONICET - Universidad de Buenos Aires.

Lorandi, Ana María †. CONICET - Universidad de Buenos Aires.

Presta, Ana María. CONICET - Universidad de Buenos Aires.

Puente, Verónica. CONICET - Universidad Nacional de Mar del Plata.


Ratto, Norma. Museo Etnográfico - Universidad de Buenos Aires.

Rivera Casanova, Claudia. Universidad Mayor de San Andrés, Bolivia.

Rivolta, María Clara. Universidad Nacional de Salta.

Yacobaccio, Hugo. CONICET - Universidad de Buenos Aires.


Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad

AGRADECIMIENTOS

El TANOA III pudo realizarse gracias a la colaboración de distintas perso-


nas e instituciones. Nuestro agradecimiento al Consejo Nacional de Investiga-
ciones Científicas y Técnicas (CONICET), a la Agencia Nacional de Promo-
ción Científica y Tecnológica (ANPCyT) y a la Universidad Nacional de Jujuy
(UNJu), de los cuales recibimos subsidios. Al Centro Regional de Estudios
Arqueológicos (CREA) de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales
de la UNJu. A la Dra. Liliana Lupo, Secretaria de Ciencia y Técnica y Estudios
Regionales (SECTER) de la UNJu por su apoyo y participación. A la Carrera
de Comunicación Social por facilitar los equipos de audio y a los alumnos de
dicha Carrera y de la Carrera de Antropología que colaboraron en diferentes
tareas. A la Sociedad Argentina de Antropología por la edición digital de esta
obra. Un especial reconocimiento merece el trabajo de edición que realizó
la Dra. María Florencia Becerra para la Sociedad Argentina de Antropología.
Nuestro mayor agradecimiento a los evaluadores de los trabajos y especial-
mente a los autores, quienes en el transcurso de este prolongado proceso de
edición nos han demostrado su permanente apoyo y colaboración.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad

PRESENTACIÓN

Beatriz N. Ventura, Gabriela Ortiz y María Beatriz Cremonte

En esta obra se reúne un conjunto de investigaciones articuladas con el


propósito de contribuir al conocimiento de las sociedades que, en el pasado,
habitaron diversos sectores de la vertiente oriental andina del Noroeste de
Argentina y de Bolivia.
La temática general abordada en este libro fue desarrollada en el marco
del Tercer Taller Internacional de Arqueología del Noroeste argentino (NOA) y Andes
centro-sur. Arqueología y etnohistoria de la vertiente oriental de los Andes de Argenti-
na y Bolivia (TANOA III). El evento se celebró en la ciudad de San Salvador
de Jujuy en noviembre de 2011 y fue organizado por Gabriela Ortiz y María
Beatriz Cremonte del Centro Regional de Estudios Arqueológicos (CREA)
de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Na-
cional de Jujuy y por Beatriz N. Ventura del Instituto de Arqueología de la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Las tres son
investigadoras del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
(CONICET).
El primer Taller Internacional de Arqueología del Noroeste argentino y Andes Cen-
tro-Sur (TANOA I) fue gestado por investigadores de la Sección de Arqueología
del Instituto de Ciencias Antropológicas, hoy Instituto de Arqueología, de
la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. El Taller
se llevó a cabo en agosto de 2004 en Buenos Aires reuniendo a destacados
arqueólogos nacionales y del extranjero, quienes realizan sus investigaciones
en Sudamérica. Las temáticas desarrolladas en esa oportunidad fueron: Cro-
nología, Interacción y Complejidad en el NOA y en Chile, Bolivia (Tiwanaku)
y Perú. Como resultado de las ponencias, los debates y las conferencias se pu-
blicó, en 2007, el libro Sociedades Precolombinas Surandinas editado por Veróni-
ca Williams (CONICET), Beatriz N. Ventura (CONICET), Adriana Callegari
(UBA) y Hugo Yacobaccio (CONICET), organizadores del encuentro.
El segundo Taller Internacional de Arqueología del Noroeste argentino y Andes
Centro-Sur (TANOA II) se llevó a cabo en Jujuy en abril de 2009 y su temática
trató sobre las tierras altas andinas en momentos tardíos, incaicos y coloniales.
Fue organizado por María Ester Albeck (CONICET), María Beatriz Cremon-
te (CONICET) y Marta Ruíz del Centro Regional de Estudios Arqueológicos
(CREA) de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Ju-
juy. En este caso la organización incluyó una recorrida por diversos sitios ar-
Presentación 15

queológicos e históricos de la Puna jujeña, discutiendo en el campo los temas


propuestos. En esta oportunidad se agregó la etnohistoria a la problemática
arqueológica. Los invitados al Taller fueron investigadores nacionales, de Chi-
le, Perú, Bolivia y de Estados Unidos que trabajan en Perú. Posteriormente,
ya en la ciudad de San Salvador de Jujuy, el Taller se desarrolló con las ponen-
cias de los investigadores invitados y las reflexiones de los comentaristas. En
esta etapa se permitió la participación como asistentes de otros investigadores,
graduados y alumnos. Como resultado del encuentro se halla en elaboración
un libro.
El tercer TANOA ha elegido como temática a otro sector de los Andes, su
vertiente oriental. Esta decisión obedeció a que es una de las regiones que,
junto con el Chaco, ha sido poco estudiada en lo que se refiere a la historia
de sus poblaciones tanto prehispánicas como posthispánicas. Por esta razón
adolece de un vacío de información que la distingue, lamentablemente, de las
regiones vecinas del NOA, situación que también se traslada a Bolivia. Es por
ello que en este Taller se quiso reunir a investigadores que han organizado
y/o participado en reuniones previas con temáticas centradas en los valles
orientales de Argentina y Bolivia. Nos referimos a reuniones tales como: El I
Simposio Internacional de Tierras Bajas, Pedemonte Andino y oriente de Argentina y
Bolivia (Jujuy, 1997); los Simposios de Valles Interandinos y de Tierras Bajas
del I Congreso de Arqueología de Bolivia (La Paz, 2004) o el Simposio de Tierras
Bajas del 5º Congreso de la Asociación de Estudios Bolivianos (Sucre, 2009). Asi-
mismo, se destacó, por primera vez dentro de los Congresos Nacionales de
Arqueología Argentina, un Simposio sobre “La vida en la frontera. Arqueolo-
gía en la vertiente oriental de los Andes”, en el XVII CNAA (Mendoza, 2010).
Todo esto muestra que a lo largo de los últimos diez años han aumentado no-
tablemente las investigaciones en estas regiones de Argentina y Bolivia, visua-
lizándose su relevancia en la comprensión de los procesos macro-regionales.
La información brindada en esta obra permitirá percibir la complejidad y
diversidad de los procesos culturales prehispánicos y coloniales en un ámbito
que, a pesar de ser vastísimo, fue tradicionalmente concebido como un terri-
torio “periférico y secundario” respecto de las tierras altas. Hoy sabemos que
estos mundos considerados erróneamente como irreconciliables y opuestos,
se han retroalimentado a través de seculares procesos de interacción, y que
la compleja identidad andina es una recreación y negociación permanente
entre sus multifacéticas particularidades sociales y ambientales.
Este libro refleja los resultados de investigaciones que se llevan a cabo des-
de hace años en las regiones ubicadas al oriente de los Andes de Bolivia y Ar-
gentina, incluyendo también recientes estudios en estos territorios orientales.
Aquellos investigadores con una mayor trayectoria de trabajo fueron invita-
dos especialmente a participar en el Taller. De allí que sus presentaciones y
consiguientes artículos sean más extensos por abordar temáticas con mayor
amplitud y detalle.
16 Presentación

Otras contribuciones de menor extensión corresponden a investigadores


que, aunque sus estudios no se desarrollan estrictamente en el ámbito orien-
tal, presentan problemáticas vinculadas con las antiguas poblaciones que ocu-
paron la vertiente oriental andina.
Fueron invitados como asistentes al Taller los Drs. Verónica Williams, Axel
Nielsen, María Ester Albeck y Liliana Lupo, quienes participaron activamente
de los debates generados luego de las presentaciones.
La obra consta de dieciocho artículos los cuales fueron sometidos a arbitra-
je en su totalidad. La lista de evaluadores se detalla en la página 12.
Con el propósito de ofrecer al lector los debates generados luego de cada
presentación, agregamos la transcripción a continuación de cada trabajo. Los
mismos fueron remitidos a los autores para su revisión. Lamentablemente,
por problemas técnicos de sonido, no pudieron grabarse dos de ellos, por lo
cual pedimos disculpas a los colegas Carlos Angiorama, Constanza Taboada,
Silvina Rodríguez Curletto, Ezequiel del Bel, Diego Leiton y Emiliano Azco-
na, así como a Carla Jaimes Betancourt. También, debido a los mencionados
problemas con la grabación de los debates, la desgrabación de los mismos se
fue dilatando. Esta demora se extendió con la edición de las transcripciones.
Todo ello fue causa del retraso en la publicación de este libro y razón por la
cual en algunos trabajos ciertos datos vieron la luz en publicaciones previas.

LA VERTIENTE ORIENTAL

Bajo este título se abordan diversas temáticas. En primer lugar, el trabajo


de Carla Jaimes Betancourt avanza en el estudio comparativo de la cerámica
procedente de varios sitios arqueológicos contemporáneos de la región de
los Llanos de Mojos (Bolivia), asociados a distintas obras de tierra (montí-
culos, plataformas elevadas de cultivo y zanjas). Como la autora menciona,
a pesar de que existen numerosos relatos que describen a esta región como
multiétnica, es poco lo que se sabe acerca de las poblaciones que la ocuparon
y, menos aún, sobre la naturaleza de las relaciones que establecieron entre sí.
Sobre la base de los trabajos de campo llevados a cabo por diferentes equipos
de investigación, la interpretación estratigráfica de los lugares excavados, los
fechados radiocarbónicos y el análisis de las diferentes fases cerámicas, Jaimes
Betancourt discute las implicancias cronológicas, funcionales y ocupacionales
de los sitios con montículos. A su vez, analiza vínculos entre sus constructores
sobre la base de la cerámica, que tuvo una duración de casi 1.000 años. La
diversidad cultural de la región estuvo caracterizada por desarrollos simul-
táneos, con distintas fases y tradiciones cerámicas en diferentes lugares. Sin
embargo, aún no se ha explorado la dinámica de las relaciones sociales entre
estas poblaciones. Por ejemplo, y a partir de diferentes relatos históricos, es
muy probable que hayan existido fricciones entre grupos vecinos, lo que se
Presentación 17

vería reflejado en la delimitación de territorios y áreas de ocupación. La auto-


ra propone que el correlato material de esta situación puede ser la existencia
de diferentes tipos decorativos cerámicos que comparten iguales escenarios
geográficos y temporales.
Más al sur, en el Noroeste argentino (NOA), el trabajo de Gabriela Ortiz,
Pablo Mercolli y Violeta Killian Galván, se enfoca en un aspecto puntual y no
escrutado de las poblaciones que ocuparon la región de los valles pedemonta-
nos de la provincia de Jujuy: las estrategias económicas desarrolladas por estos
grupos durante el momento Formativo. Se discuten los modelos que fueran
formulados desde la década de 1970 en relación a las opciones de explotación
de diferentes clases de recursos y su vinculación con el emplazamiento de los
sitios arqueológicos. Sobre la base de análisis de isótopos estables de carbono
y nitrógeno y del registro arqueofaunístico se evalúan los diferentes patrones
dietarios y la utilización de diversos recursos por parte de las denominadas
sociedades “San Francisco”. La combinación entre ambas fuentes de datos
permite una primera aproximación a las diferentes opciones alimentarias a
lo largo de una secuencia de más de 1.000 años. La evidencia apuntaría a un
tipo de estrategia económica “mixta”, permitiendo la reflexión acerca de las
elecciones realizadas por individuos de una misma población que ocuparon
ambientes similares en relación a las distintas clases de recursos disponibles.
Los siguientes dos trabajos se desarrollan en las serranías de El Alto - Ancas-
ti, en Catamarca. Allí Marcos N. Quesada plantea un modelo sobre el modo
de vida campesino en esas serranías, durante el primer milenio d.C. Este mo-
delo aporta una nueva e interesante perspectiva para el análisis de áreas tra-
dicionalmente consideradas periféricas y dependientes. Las serranías de El
Alto - Ancasti fueron interpretadas como una zona de frontera donde podían
obtenerse recursos exóticos como el cebil (asociados a las magníficas repre-
sentaciones rupestres Aguada) y donde la economía de base era la pastoril.
Sin embargo, la incorporación y sistematización de nuevas evidencias sobre
asentamientos y áreas agrícolas refleja un modo de vida aldeano con fuerte
énfasis en la agricultura. Estas nuevas evidencias son interpretadas como fac-
tores estructurantes de un paisaje aldeano y ritual que vigoriza lo “local”, otor-
gándole identidad y protagonismo en los procesos de interacción regional.
También Inés Gordillo, Verónica Zuccarelli y Luciana Eguia se focalizan
en los paisajes sociales de la sierra de El Alto - Ancasti, en Catamarca, un
área donde confluyen los ambientes de Pastizales de Altura, Bosque Serrano
(Yungas) y vegetación arbustiva del Chaco Semiárido, existiendo amplia co-
nectividad entre ellos. Las autoras señalan que en los Pastizales de Altura se
habrían desarrollado comunidades autosuficientes y políticamente indepen-
dientes, en las cuales los sectores agrícolas y residenciales estuvieron directa-
mente vinculados. Dada la uniformidad presente en los estilos cerámicos y,
en congruencia con las dataciones, la zona habría sido ocupada únicamente
durante el Período de Integración Regional. El Alto - Ancasti habría confor-
18 Presentación

mado una probable esfera de interacción conjuntamente con el valle central


de Catamarca y el valle de Ambato, pero con la modalidad de combinar la
dinámica de la interacción paralelamente con el desarrollo de aldeas estables,
configurando un nuevo tipo de paisaje social en la región.
El trabajo de María Beatriz Cremonte aborda aspectos ligados a las mo-
dalidades de ocupación y control que los incas habrían ejercido en el sector
centro-sur de la región de la quebrada de Humahuaca y su borde oriental,
en momentos tardíos de la dominación imperial. A partir de la descripción
de diferentes sitios arqueológicos, paisajes sociales y de las discrepancias en
los patrones de consumo de estilos cerámicos, se discute la importancia que
tuvo para el incario la ocupación de los valles ubicados al oriente de la que-
brada de Humahuaca. Sostiene que, durante su anexión al Tawantinsuyu, la
franja oriental habría estado sometida a diversos procesos de reorganización
e intensificación de la explotación de recursos locales. Los sitios considerados
guarniciones habrían sido instalados para proteger los pasos de acceso y los
asentamientos destinados a la extracción de recursos. Las diferencias en los
patrones de consumo de la cerámica en los distintos sitios reflejarían, tanto
el interés por reforzar la afiliación al Imperio, como conductas idiosincráticas
locales de producción. A partir de las evidencias presentadas se plantean pa-
ralelos cronológicos con sitios de otras zonas, situaciones de dinámica social
entre grupos quebradeños y subandinos, así como de interacciones con gru-
pos de la llanura chaqueña en áreas fronterizas porosas.
Beatriz N. Ventura se enfoca en una región escasamente investigada en
el norte de Argentina: los valles que se ubican al este de la Cordillera Orien-
tal, específicamente los valles de Nazareno, Bacoya e Iruya, en el norte de la
actual provincia de Salta. Estos valles han sido considerados, tanto desde la
historia como desde la arqueología, un sector de la frontera sur-oriental del
Tawantinsuyu. Sobre la base de diversos trabajos de campo, del estudio de la
geología regional, la revisión de antiguas colecciones depositadas en distintos
museos, producto de excavaciones de la década de 1930, de análisis especí-
ficos de algunos materiales arqueológicos y del estudio de documentación y
cartografía histórica, Ventura propone la distinción de dos sectores, uno con
funciones administrativas, agrícolas y de control-dominación simbólica, y otro
con funciones minero-metalúrgicas y agrícolas. Tales zonas especializadas de
producción habrían respondido a los requerimientos del poder central. La
propuesta innovadora es que los incas ocuparon este sector oriental de las
serranías de Santa Victoria con fines minero-metalúrgicos y que la re-localiza-
ción de poblaciones de mitmaqkuna, y de grupos jerarquizados y el desarrollo
agrícola se debieron a esos requerimientos. Además, se discuten algunas de
las características de los paisajes donde se encuentran emplazados los sitios
arqueológicos, que tienen claras connotaciones sagradas.
En el este boliviano, en otro sector con escasas investigaciones arqueo-
lógicas, en la llamada Cordillera Chiriguana, Pablo Cruz, con información
Presentación 19

aportada por la documentación histórica y el registro arqueológico, reflexio-


na sobre la gravitación de ese sector de la Montaña y las tierras bajas en los
procesos históricos y las dinámicas culturales durante la conquista incaica en
los territorios orientales. Refiere que desde el inicio de la conquista hispana el
término “chiriguana” fue utilizado de diversas maneras para designar a otros
referentes y no a los grupos guaraníes que ocupaban el pedemonte oriental.
La documentación temprana pudo haber referido a un espacio en el norte de
Chile o a regiones del Noroeste argentino, mientras que posteriormente supo
aludir a pueblos “salvajes”. Cruz utiliza la documentación para registrar la ex-
pansión incaica hacia el oriente boliviano, con la construcción de Samaipata,
las alianzas con los señores locales y el traslado de poblaciones para el trabajo
en las cercanas minas de plata y cobre de Saipuru y de oro en Pampaguana-
co, y la violenta incursión de los guaraníes sobre esos asentamientos incas.
Las prospecciones arqueológicas en este sector registran sitios que pueden
relacionarse con los mencionados en la documentación de Alcaya y detec-
tan cerámicas de diferentes procedencias, así como también ocupaciones con
evidencias de actividades metalúrgicas y orfebres, registrando, además, sitios
pre-incaicos. Cruz propone en Saipuru la existencia de una sociedad local
compleja ocupando ese territorio previamente a la entrada incaica.
Constanza Taboada pone a consideración un modelo para pensar a las
poblaciones tardías de la llanura de Santiago del Estero, analizando la variabi-
lidad material y espacial de ese territorio. Pretende, después de analizar una
multiplicidad de datos y propuestas, aportar a una lectura más dinámica sobre
la diversidad, tanto del registro arqueológico como de las diferencias ambien-
tales de la región santiagueña. Para ello, estudia los materiales de distintas
colecciones, registra los aportes de investigaciones arqueológicas previas, e in-
corpora nuevos trabajos de campo y estudios etnológicos e históricos. Propo-
ne re-pensar una nueva manera de ver ese espacio y a sus poblaciones, alejada
de los viejos esquemas de lo andino versus las tierras bajas, ya que el territorio
santiagueño parece ser un complejo punto de encuentro entre los desarrollos
locales y las poblaciones andinas, mostrando que los procesos se mantuvieron
en el tiempo y fueron aprovechados para establecer y sostener redes sociales
de amplio alcance.
Por otro lado, las investigaciones arqueológicas llevadas a cabo en otras
regiones del Noroeste argentino, en las cuales se presentan temáticas que las
relacionan con la vertiente oriental andina, muestran la importante dinámica
poblacional que vinculó macro-regiones del Noroeste de Argentina, así como
las grandes distancias geográficas y espaciales que fueron cubiertas por la cir-
culación de materialidades diversas.
Además, el conocimiento de la dinámica e interacción entre sociedades de
diversos ambientes ha permitido enriquecer los debates acerca de procesos
de diferente naturaleza en temas relacionados con la espacialidad, economía,
materialidades y cronología.
20 Presentación

AREAS Y TEMÁTICAS VINCULADAS CON LA VERTIENTE ORIENTAL

Las sociedades que ocuparon el Noroeste argentino antes de la llegada


europea reconsideraron los límites de la distribución de ciertas plantas y las
tierras bajas jugaron un importante papel en ese aspecto. Verónica S. Lema,
desde una perspectiva de análisis paleobotánico, identifica y analiza los restos
vegetales de plantas útiles. A partir de sus trabajos realizados en sitios arqueo-
lógicos en distintos ambientes del NOA, destaca que no se puede hablar de
una tendencia lineal desde la recolección a la domesticación, sino que a lo lar-
go del tiempo se registran distintas prácticas de manejo de las plantas, en las
que hay un intercambio desigual en donde las tierras bajas han contribuido
más como donante que como receptores de recursos vegetales, siendo además
un reservorio de diversidad biocultural en el Noroeste argentino.
En la quebrada de Humahuaca, la cerámica es analizada como indicador
de relaciones con la vertiente oriental en dos trabajos. Agustina Scaro aporta
nueva información al conocimiento de la distribución geográfica de la cerá-
mica San Francisco en sectores meridionales de la quebrada de Humahuaca.
En su trabajo, compara a nivel iconográfico y petrográfico los fragmentos ha-
llados en superficie en el área agrícola de Raya Raya con el conjunto alfarero
encontrado hace unos años en el Pucara de Volcán, fechados a inicios de la
era cristiana. Scaro plantea la contemporaneidad de todas estas alfarerías que
habrían formado parte de un paisaje construido desde la cuenca del río San
Francisco, a partir de la circulación de personas y objetos. La ampliación del
área sanfranciscana hacia ambientes occidentales diferentes implicaría, a su
vez, situaciones de negociación con grupos quebradeños.
También el trabajo de Juan B. Leoni aporta nueva información acerca de
un estilo cerámico inusual en el registro arqueológico de la región de la que-
brada de Humahuaca. Se trata del hallazgo, en el sitio Antumpa, de una serie
de fragmentos cerámicos que, por sus características macroscópicas, podrían
ser vinculados al denominado “Complejo alfarero Arasayal”. Este último está
asociado a una distribución espacial discreta en el sector de Selva Montana y
Pedemontana al oeste del río Bermejo. Los hallazgos en Antumpa incluyen
una pequeña cantidad de fragmentos, todos ellos recuperados en un sector
acotado del sitio. Las características decorativas, morfológicas y de pastas de
los tiestos, marcan una clara discrepancia con el material cerámico más abun-
dante recobrado. Resulta interesante no sólo la presencia de este estilo ce-
rámico en el lugar, sino también su asignación cronológica sobre la base de
los fechados obtenidos, que lo ubican a mitad del primer milenio de la era.
El autor discute algunas de las posibles implicancias de la presencia de estos
materiales, que incluye desde variaciones regionales del estilo, dinámicas de
interacción entre poblaciones de diferentes regiones, aspectos simbólicos de
consumo vinculado a cerámicas de prestigio, y caracterización temporo-espa-
cial, entre otras.
Presentación 21

A partir de estudios cerámicos petrográficos y químicos Lucas Pereyra Do-


mingorena aporta interesantes datos sobre las vinculaciones entre las alfare-
rías tempranas del sur del valle Calchaquí y de la vertiente oriental del NOA.
El autor hace especial referencia al estilo Vaquerías, sumándose a uno de los
temas que se han reiterado en los debates a lo largo del Taller, el del origen
probable de estas alfarerías. Pereyra Domingorena plantea el ingreso al valle
Calchaquí de piezas Vaquerías desde el valle de Lerma durante los primeros
siglos de la era como resultado de redes de circulación activas y de procesos
de interacción regional.
Nurit Oliszewski, Mario Caria y Jorge Martínez avanzan en el tratamiento
de la circulación de bienes e información a escala micro y macro-regional.
Trabajan en la quebrada de Los Corrales, a 3.100 msnm, en el Noreste de
Tucumán y evalúan la presencia de materiales arqueológicos provenientes
de sectores orientales. Aunque el área de investigación cuenta con una larga
historia ocupacional ellos tratan el registro entre 1750-1550 años AP. En el
núcleo aldeano de Puesto Viejo hallan, en superficie, cerámica de estilo Va-
querías y en las excavaciones en Cueva de Los Corrales 1, datada en 2100 AP,
registran restos de plantas alimenticias. La cerámica Vaquerías como algunas
de las plantas, provendrían del piedemonte salteño y/o de áreas aledañas del
piedemonte tucumano. En cuanto a los vegetales silvestres y cultivados pro-
vendrían de los valles y el piedemonte salteño y/o tucumano. Los autores
registran una alta proporción de cerámica Vaquerías, por lo que consideran
la posibilidad de una fluida comunicación con algunas poblaciones del pie-
demonte salteño-tucumano durante los primeros siglos del primer milenio
d.C. Proponen que la presencia de esos bienes alóctonos se debió al inter-
cambio con poblaciones de regiones como el piedemonte salteño-tucumano,
así como las de áreas semiáridas del valle de Santa María, jugando un rol de
importancia, generando beneficiosas vías de alianzas entre ciertos grupos de
estas regiones.
Valeria Franco Salvi y Julián Salazar llevan a cabo investigaciones arqueoló-
gicas en el valle de Tafí, en la provincia de Tucumán. Aquí analizan un evento
registrado en una estructura de cultivo en el asentamiento aldeano de La
Bolsa 1, datado entre 70 y 220 d.C. El hallazgo de una estructura de piedra
bajo la cual se colocaron ciertas partes esqueletarias de un camélido, restos
de maíz y fragmentos cerámicos, es asociado con un evento de ofrenda, del
sacrificio de un camélido seleccionado y del entierro de ciertas partes del mis-
mo, y proponen la distribución del resto del animal para ser consumido entre
los participantes al evento o descartados en otro lugar. Dicho ritual debió ser
parte de una ceremonia de inauguración de la estructura para el cultivo, para
lo cual se preparó especialmente el lugar para la colocación de la ofrenda.
Sara López Campeny y colaboradores registran en el sitio puneño de Pun-
ta de la Peña 13, ubicado a 3.600 msnm, en Antofagasta de la Sierra, en el
noroeste de Catamarca, un contexto funerario de un neonato dentro de una
22 Presentación

vasija cerámica, junto con una cesta realizada con fibras vegetales y con 90
cuentas minerales. Un fechado data el contexto entre 640 y 880 años AD. A
fin de proponer posibles áreas de distribución y/o procedencia de los mate-
riales asociados a la inhumación, López Campeny y colegas realizan sobre este
conjunto un riguroso análisis multidisciplinario que abarcó el estudio de la
cerámica, las cuentas minerales, los textiles, y micro y macro-restos vegetales,
junto con otra información arqueológica y antropológica. Como resultado,
los autores plantean que el conjunto funerario tendría un origen foráneo a su
lugar de entierro y que provendría de las tierras bajas orientales. Consideran
que tanto la urna funeraria como el contenido de su interior fueron traslada-
dos desde una región lejana. Para los autores este hallazgo implica el traslado
de elementos y, en este caso, de un paquete funerario de un neonato, entre
lugares distantes, con las significaciones e implicancias que ello pudo tener.
Por otro lado, en el monte chaco-santiagueño, el trabajo de Carlos Angio-
rama y colaboradores, presenta las primeras evidencias arqueológicas para
una región desconocida en la historia de las investigaciones de la disciplina.
El área donde desarrollaron su trabajo corresponde a un sector del Parque
Nacional Copo y de la Reserva Provincial Copo, ambos en la provincia de
Santiago del Estero. Esta región se caracteriza por una baja visibilidad debido
a sus particularidades ambientales, ya que se encuentra cubierta por la vege-
tación típica del monte chaco-santiagueño. Los trabajos de prospección de-
sarrollados permitieron detectar una escasa cantidad de sitios arqueológicos.
Los autores discuten las causas de esta posible escasez del registro arqueológi-
co y marcan algunas diferencias con la información conocida tanto para áreas
aledañas, como para la región de la Mesopotamia santiagueña. El registro
arqueológico podría estar dando cuenta de la presencia de grupos denomina-
dos en las fuentes coloniales como “nómades” y “salvajes”. Si efectivamente se
trata de poblaciones nómades y con una importante movilidad residencial, los
procesos ocurridos presentan un escenario diferente al de la llanura central,
que merece seguir siendo estudiado.
En el Chaco Meridional Guillermo Lamenza y colaboradores nos muestran
el avance alcanzado por sus investigaciones arqueológicas en el sector Ribere-
ño del Paraguay-Paraná, presentando un análisis comparativo con otros sitios
arqueológicos del Chaco argentino. A través del análisis del material cerámi-
co, producto de las recolecciones en superficie, de sondeos y excavaciones,
logran una base de datos de 24.029 fragmentos cerámicos recuperados en
dieciséis sitios arqueológicos. Para su estudio seleccionan los fragmentos de-
corados, sobre los cuales realizan el análisis comparativo usando técnicas de
taxonomía numérica y una metodología de análisis multivariado. Del análisis
de la decoración resultan agrupamientos que permiten aislar motivos deco-
rativos que caracterizan y/o diferencian los sitios considerados. Esta meto-
dología, aplicada en el particular ámbito chaqueño, es útil para observar la
gran variabilidad que presenta la cerámica y, los agrupamientos que se logran,
Presentación 23

permitirían aislar motivos decorativos que caracterizan y/o diferencian los


sitios considerados. Lo cual, consideran los autores, podría interpretarse, con
cierto grado de abstracción, como características diferenciales vinculadas a las
esferas de interacción imperantes en la región durante el Holoceno Tardío.
Por último, el artículo de María Etelvina Díaz presenta un trabajo de ar-
queología de rescate realizado en la región de las Yungas de Salta en la Co-
munidad Chané de Campo Durán, en el departamento San Martín. La parti-
cularidad del trabajo radica en el registro del entierro de un adulto en urna
como una práctica que perdura hasta nuestros tiempos. A partir del análisis
del registro arqueológico, de un fechado radiocarbónico, y del relato oral de
la Comunidad “Chané”, asentada en la zona, Díaz demuestra que esta moda-
lidad de entierros en urnas ha perdurado hasta tiempos actuales. La continui-
dad de estas prácticas permite reflexionar sobre los procesos de aculturación
e identidad de los pueblos aborígenes, más allá de las normas impuestas como
producto de la colonización y la evangelización.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad • 25-50

DIFERENCIAS CRONOLÓGICAS, FUNCIONALES Y


CULTURALES EN LA CERÁMICA DE LOS LLANOS DE
MOJOS, BENI - BOLIVIA

Carla Jaimes Betancourt *

INTRODUCCIÓN

Los datos etnohistóricos de la región de los Llanos de Mojos correspon-


den al siglo XVII y hacen referencia a un paisaje físico ya transformado por
enfermedades que diezmaron las poblaciones de estas sabanas, entre ellas: la
viruela, el sarampión, la gripe y el peor padecimiento creado por la humani-
dad, la esclavitud (Block 1997; Lehm 1999). Aunque varios relatos incurren
en mencionar que el espacio físico de lo que conocemos hoy en día como los
Llanos de Mojos estaba habitado por múltiples naciones, poco o nada sabe-
mos de ellas y mucho menos de cómo éstas interactuaron.
Las comparaciones y discusiones respecto al material cultural asociado a
sitios habitacionales y diversas obras de tierra, tienen el objetivo de ordenar el
paisaje cultural de la época prehispánica y enriquecer nuestros conocimientos
de la compleja arqueología de los Llanos de Mojos.

DENOMINACIÓN DE MOJOS “MOXOS” EN LA ÉPOCA COLONIAL

Actualmente, el nombre de Llanos de Mojos describe a las sabanas inun-


dables más grandes de América del Sur (110.000 km²). Sin embargo, en el pa-
sado, el apelativo Mojos fue utilizado de manera versátil. En 1560 el Imperio
Español, a través del Virrey del Perú, definió oficialmente la región inexplo-
rada al norte de Santa Cruz como la provincia de Mojos, nombrando a Nuflo
de Chávez, Teniente Gobernador de ella. En la primera época colonial (siglos
XVII-XVIII), Mojos fue además de una etiqueta geográfica, una jurisdicción
administrativa, enmarcada bajo lo que se conoció como la Provincia Misione-
ra Jesuita, cuyas fronteras eran las principales redes fluviales, en las cuales se

*
Institut für Archäologie und Kulturanthropologie Abt. Für Altamerikanistik, Universität
Bonn. cjaimes@uni-bonn.de
26 Carla Jaimes Betancourt

encontraban asentadas las poblaciones autóctonas. A partir de 1777 este ámbi-


to geocultural fue una gobernación y después de la fundación de la República
de Bolivia, Mojos pasó a formar gran parte del departamento del Beni (1842)
(Block 1997; Limpias 2005).
Al leer algunos pasajes de los primeros relatos jesuitas (Andión [1596]
1965; Altamirano [1710] 1979; Anónimo [1754] 2005; Marbán [1700] 2005)
queda claro que el apelativo Mojos no designaba solamente un área geográ-
fica o una jurisdicción administrativa, sino también un área cultural, ya que
aunque de una manera un tanto confusa, en varias citas etnohistóricas se de-
nomina Mojos a una población, algunas veces de manera general, engloban-
do a todos los habitantes de la llanura mojeña y otras, haciendo referencia a
un pueblo específico. Esta confusión al usar el apelativo de Mojos tiene varias
posibles explicaciones: la visión eurocentrista y colonialista enfocada en la
tarea de civilizar y evangelizar, la falta de interés en conocer y entender el dife-
rente orden social, político y cultural que seguramente regía en esas llanuras,
los diversos objetivos para los cuales se escribieron esos relatos, la preferencia
en la selección de las temáticas que formaban parte de esas descripciones, etc.
A estas razones, se suman además las consecuencias del desmembramiento so-
ciocultural ocasionado por la colonia española, incluso antes de su presencia
física en estos territorios.
En fuentes coloniales más tardías (Orellana [1704] 1970; Anónimo [1754]
2005) el nombre de Mojos designa a un enjambre de numerosas naciones
con diferentes lenguas. Cortés Rodríguez (2005) propone acertadamente
que el nombre de Mojos no identificó originalmente a ningún grupo étnico,
sino que fue una construcción colonial impuesta, que se consolidó durante el
proceso reduccional jesuita. A esto se suma la diligente tarea del sistema de
reducciones que consiguió quebrantar rápidamente las diferencias lingüís-
ticas, culturales y organizacionales, llegando incluso a trasladar poblaciones
enteras de su hábitat ancestral, como lo sucedido en el siglo XVIII cuando los
portugueses empezaron a amenazar el espacio jesuita en las cercanías del río.

LAS CULTURAS MOJOS EN LA EVIDENCIA ARQUEOLÓGICA

La arqueología de los Llanos de Mojos es conocida principalmente por la


presencia de obras de tierra, las cuales fueron hasta ahora analizadas en cuen-
to a su distribución geográfica, aspectos tecnológicos y funcionales (Denevan
1963, 1966, 2001; Dougherty y Calandra 1981-82, 1984, 1984-85; Dougherty
1985; Walker 1999, 2000, 2004, 2011; Erickson 2006, 2008, 2010; Lombardo
y Prümers 2010; Lombardo 2012). Denevan (1966) publicó el primer mapa,
que todavía sirve de base, para la distribución de obras de tierra en la región
de los Llanos de Mojos: grandes montículos al sureste, canales y campos ele-
vados de cultivo al suroeste, largas plataformas de cultivo alrededor de Santa
Diferencias cronológicas, funcionales y culturales en la cerámica de los llanos de ... 27

Ana de Yacuma y lago Rogaguado y complejos de zanjas al noreste de los Lla-


nos de Mojos (Figura 1). A partir de la década de 1980, Clark Erickson dedicó
su investigación a obtener una visión regional de los Llanos de Mojos, que le
permitió proyectar el grado de domesticación del paisaje y la influencia que
tuvieron las actividades de los antiguos pobladores en el paisaje actual (Eric-
kson 2006, 2008, 2010). La mayoría de sus datos proviene de prospecciones
regionales y excavaciones de trincheras en sistemas agrícolas y obras asociadas
a la infraestructura hidráulica, obteniendo datos sobre la técnica de construc-
ción, fertilidad del suelo, tipos de cultivo, análisis de polen, entre otros (Eric-
kson 1995, 1999, 2000, 2001, 2006).
Sin embargo, la correlación cronológica y cultural de las diferentes obras
de tierra presentes en los Llanos de Mojos, han sido pasadas por alto. En
la mayoría de los casos contamos con interpretaciones regionales ambiguas,
sobre cómo se desarrolló la domesticación del paisaje de Mojos, producto de
una serie de actividades humanas superpuestas e interrelacionadas, las cuales
con el paso del tiempo crearon una estructura altamente compleja a la cual
Erickson (2006:247) denomina como ingeniería cultural del paisaje. También
se tienen interpretaciones sincrónicas, como obras que coexistieron en el
tiempo y en el espacio; por ejemplo, Erickson (2006) propone que los cam-
pos elevados de cultivo asociados a otras obras de tierra (grandes montículos)
sostuvieron a grandes poblaciones organizadas en formas de caseríos, aldeas,
pueblos y posiblemente centros urbanos dispersos en las sabanas y bosques.
La naturaleza de estas obras debería estar íntimamente asociada, no solo,
como lo propone Lombardo (2012), a diferentes regiones geo-ecológicas,
sino también a respuestas coyunturales que debieron dar determinadas socie-
dades, durante un periodo de tiempo específico, a características climáticas
particulares y a diferentes realidades sociales.
Recientemente se empiezan a estudiar las diferencias regionales en la dis-
tribución de las obras de tierra, en asociación al material cultural y su ubica-
ción cronológica (Jaimes Betancourt 2013). Principalmente porque los traba-
jos de Walker (2000, 2004, 2011) a lo largo de la parte baja del río Iruyañez, en
los alrededores de Santa Ana de Yacuma, Prümers (2004, 2008a, 2009, 2012)
y Jaimes Betancourt (2004, 2010, 2011, 2012a) en dos montículos del área
de Casarabe y en sitios habitacionales en los alrededores del pueblo de Bella
Vista, provincia Iténez, han demostrado que cada una de las obras de tierra
en los Llanos de Mojos tienen su propia dinámica cronológica y presentan
diferentes grados de complejidad y diversidad cultural.

El área de Casarabe - Montículos habitacionales

Como se puede ver en el cuadro cronológico preparado para este efecto


(Figura 2), hasta ahora únicamente se ha encontrado una profundidad ocu-
28 Carla Jaimes Betancourt

Figura 1. Distribución de las obras de tierra y ubicación de los


Complejos cerámicos conocidos en los Llanos de Mojos.
Diferencias cronológicas, funcionales y culturales en la cerámica de los llanos de ... 29

pacional, al sureste de los Llanos de Mojos, donde se registraron más de un


centenar de montículos artificiales que miden entre 4 a 20 m de altura y ocu-
pan superficies mayores a 20 ha (Denevan 1966; Erickson 2000; Lombardo
y Prümers 2010). En la década de los ochenta, Dougherty y Calandra (1981-
82) plantearon que estos montículos tenían un origen “mixto”, producto de
lentas acumulaciones culturales y naturales. Sin embargo, las excavaciones
arqueológicas de Prümers (2009) en la Lomas Mendoza y Salvatierra confir-
maron que los montículos son edificaciones intencionales que tienen un pa-
trón constructivo y que las continuas acumulaciones de material cultural son
el reflejo de centenares de años de ocupación (500 - 1400 d.C.).
Se puede afirmar que desde el inicio de las investigaciones arqueológicas
en los Llanos de Mojos, la monumentalidad de estos sitios habitacionales pro-
pició la ejecución de excavaciones arqueológicas, en por lo menos, diez de
estos montículos. El pionero en esta tarea fue Erland Nordenskiöld (1913)

Figura 2. Cuadro cronológico de diferentes áreas de los Llanos de Mojos.


30 Carla Jaimes Betancourt

quien, a partir de observaciones estratigráficas en la Loma Velarde, planteo la


primera cronología relativa, proponiendo dos diferentes fases ocupacionales:
Velarde Inferior, como una ocupación premontículo y Verlarde superior aso-
ciada directamente a los constructores del montículo.
Esta cronología fue durante mucho tiempo tomada como base para com-
paraciones y para verter interpretaciones sobre migraciones y movimientos
poblacionales (Walker 2008a; Lathrap 2010). Lathrap (2010) propone la si-
militud de la cerámica Velarde Inferior con la cerámica Chimay, en base a
la decoración modelada, propia de la tradición Barrancoide y relaciona los
motivos pintados de la cerámica Velarde Inferior con la tradición Yampara
de las vertientes andinas. Sin embargo, ninguna de las dos asociaciones es
pertinente; ambas están basadas en atributos decorativos muy generales como
la técnica del modelado y la presencia de motivos pintados recurrentes y con
amplia dispersión geográfica.
La cerámica de Velarde Superior y la cerámica de la Loma Hernmarck fue-
ron emparentadas con la tradición polícroma del Amazonas central, debido
al uso de motivos curvilíneos abiertos y a la combinación de fajas anchas y
estrechas pintadas (Lathrap 2010). Si bien es cierto que la cerámica pintada
rojo y negro sobre blanco, correspondiente a las últimas fases de ocupación
de los montículos (alrededor del 1100 d.C.), tienen cierto aire en común con
la llamada “Tradición Polícroma” del Amazonas, los atributos morfológicos
son muy diferentes entre sí.
Una significativa contribución fue la realizada por Bernardo Dougherty y
Horacio Calandra del Museo de La Plata, Argentina, quienes excavaron un
pozo de 12 m de profundidad para estudiar y entender la secuencia ocupacio-
nal de la Loma Alta de Casarabe. Se establecieron tres fases cerámicas (Casara-
be, Mamoré y San Juan), las cuales pudieron ser ubicadas cronológicamente
dentro de un periodo de 400 a 1400 d.C., gracias a catorce fechados radiocar-
bónicos de la Loma Alta de Casarabe (Dougherty y Calandra 1984:tabla 2) y
veinticuatro fechados provenientes de otros montículos (Loma los Aceites,
Loma Palmasola, Loma Mery y Loma Kiusío) con resultados similares.
Las amplias excavaciones realizadas por el Instituto Alemán de Arqueolo-
gía en la Loma Mendoza y la Loma Salvatierra (Prümers 2004, 2008a, 2009,
2012) permitieron proponer una fina secuencia cultural para el área de Casa-
rabe (Jaimes Betancourt 2010, 2011, 2012a), consistente en cinco fases cerá-
micas que se pueden distinguir de acuerdo a atributos morfológicos y deco-
rativos característicos para cada fase y que son expuestos de manera resumida
en la Figura 3.
Esta secuencia cerámica aplicable a los montículos del área de Casarabe,
ayudará a esclarecer el panorama ocupacional de los centenares de montícu-
los distribuidos en esta área y su relación con otras obras de tierra cercanas
como, por ejemplo, las islas de Bosque, ya que todavía es una incógnita cuáles
de estas obras fueron sincrónicamente construidas y ocupadas.
Diferencias cronológicas, funcionales y culturales en la cerámica de los llanos de ... 31

Figura 3. Secuencia cerámica del Complejo Casarabe.

La respuesta depende indudablemente de mayor evidencia arqueológica,


porque hasta el día de hoy, sólo se conoce en publicaciones el material cul-
tural procedente de seis montículos excavados: Loma Velarde, Hernmarck,
32 Carla Jaimes Betancourt

Masicito (Nordenskiöld 1913), Loma Alta de Casarabe (Dougherty y Calandra


1981-82) y Loma Mendoza y Salvatierra (Jaimes Betancourt 2004, 2010, 2012a;
Kupferschmidt 2004). Si bien la Misión Argentina recuperó material cerámi-
co procedente de excavaciones en otros montículos, éste terminó lamentable-
mente como “ripio” de la Universidad Técnica del Beni, antes de que pudiera
llevarse a cabo su estudio y publicación (Pinto Parada 1987).
Las comparaciones permisibles entre materiales de distintas lomas po-
sibilitan, por un lado, concluir que los constructores de montículos tenían
una misma tradición cerámica, que se extendía no solamente en una pro-
fundidad cronológica de casi 1.000 años, sino también que se distribuía en
un amplio espacio al sureste los Llanos de Mojos. Para fines comparativos
a nivel macro-regional, esa tradición cerámica fue denominada Complejo
Casarabe.
Es menester aclarar que, si bien el área de Casarabe estuvo ocupada por
una misma cultura, no significa que se pueda afirmar que todos los montícu-
los hubieran tenido la misma secuencia ocupacional. Una de las incógnitas
más importantes surge del material excavado por Nordenskiöld en la Loma
Velarde. Si bien la cerámica Velarde Superior corresponde a la cerámica deco-
rada de las fases 4 y 5 de la Loma Salvatierra, el hecho de que Nordenskiöld no
mencione cerámica con decoración incisa, significa que no encontró material
correspondiente a las fases 1 a 3. Es decir, que la edificación del montículo
de la Loma Velarde se habría dado durante la fase 4 de la Loma Salvatierra
(aproximadamente 900 - 1200 d.C.).
Incluso se puede especular que los portadores de esta cerámica habrían
introducido nuevos elementos culturales a los pobladores de la fase Velarde
Inferior como, por ejemplo: manos de moler y ralladores (Figura 4a-c, i-j).
Estos utensilios están, según Prous (1992), íntimamente ligados a la práctica
de agricultura intensiva en la Amazonía.
Sin embargo, existen otros caminos interpretativos para justificar por qué
Nordenskiöld no encontró ocupaciones correspondientes a las fases 1 a 3 de
la Loma Salvatierra. Nordenskiöld reporta que, en el corte de excavación ubi-
cado en la pendiente de la loma, encontró únicamente tres metros de relleno
de tierra dura con escaso material cultural, correspondiente a Velarde Supe-
rior (Nordenskiöld 1913). Esta descripción podría corresponder fácilmente a
una plataforma que fue construida durante la fase 4 con el fin de ampliar el
montículo. Similares modificaciones arquitectónicas durante la fase 4, fueron
ya reportadas en las excavaciones de las Lomas Mendoza y Salvatierra (Prü-
mers 2004, 2009). Teniendo en cuenta que excavaciones a escalas pequeñas
no permiten documentar la compleja formación de un montículo, es proba-
ble que en la Loma Velarde existan otras ocupaciones además de las reporta-
das por Nordenskiöld.
La cerámica denominada Velarde Inferior, da indicios para pensar que
Nordenskiöld tuvo la suerte de encontrar en el corte ubicado al pie del
Diferencias cronológicas, funcionales y culturales en la cerámica de los llanos de ... 33

Figura 4. Utensilios de cerámica de los Complejos Casarabe y Bella Vista:


(a)-(c) manos de moler, (d)-(e) tapas de vasijas, (f)-(h) torteras de ruecas, (i)-(j)
ralladores (Complejo Casarabe), (k) cazuela, (l) asador (Complejo Bella Vista).

montículo, una ocupación más temprana, es decir, pre-montículo, que no


se relaciona con la cerámica de ninguna fase de los montículos hasta ahora
excavados. Según los dibujos publicados por Nordenskiöld, la cerámica Ve-
34 Carla Jaimes Betancourt

larde Inferior se caracteriza por tener vasijas tetrápodes, cuencos en forma


de cucharas y objetos de formas peculiares (Nordenskiöld 1913:221, figuras
68-76). La inexistencia de cuencos trípodes, ralladores y manos de moler
en esta ocupación confirman que Velarde Inferior es la representación de
otra cultura, posiblemente mucho más temprana que aquellas que constru-
yeron los montículos. Con el objetivo de comprobar las características de la
cerámica Velarde Inferior, en el año 2010 intenté revisar la colección de la
Loma Velarde depositada por Nordenskiöld en el Etnografiska Museet en Es-
tocolmo, pero dicha institución negó el permiso, alegando que la colección
se encontraba todavía embalada desde el último traslado del museo hace 25
años. Esa negativa coadyuva a que todavía no se tenga la certeza si lo que pu-
blicó Nordenskiöld hace 100 años era una muestra representativa de Velarde
Inferior o un conjunto de artefactos peculiares que no fueron encontrados
hasta ahora en ningún otro montículo de esta área.
La cerámica de la Loma Hernmarck, la cual procede mayormente de en-
tierros en urnas, muestra algunas similitudes con la cerámica pintada de las
fases 4 y 5. De acuerdo a los datos de la excavación se presume que Nordens-
kiöld excavó algunos contextos de la fase 3, ya que menciona que había co-
múnmente material con decoración incisa. Al parecer Nordenskiöld excavó
tres metros de estratigrafía y no llegó a tierra estéril. Esto abre la posibilidad
de que las ocupaciones más tempranas correspondientes a la fase 1-2 de la
Loma Salvatierra existan.
En el caso de la Loma Masicito, el material publicado por Nordenskiöld
(1913) corresponde a la cerámica de la fase 3. Sin embargo, este investigador
menciona haber rescatado algunas urnas destruidas durante las labores agrí-
colas actuales. Entierros en urna corresponden indudablemente a las fases 4
o 5, urnas en fases anteriores no fueron documentadas en la Loma Salvatie-
rra ni en la Loma Mendoza.
Las secuencias cerámicas de la Loma Alta de Casarabe y de la Loma Salva-
tierra parecen tener una mayor correlación cronológica. La fase Casarabe co-
rrespondería a la fase 1, la fase Mamoré a la fase 2 y la fase San Juan a la fase
3 de la secuencia cerámica de la Loma Salvatierra. La ausencia de la fase 4 y 5
en la Loma Alta de Casarabe, se podría justificar por la ubicación deliberada
del pozo 1 (1,8 x 1,8 m), que se encontraba a 6 m al suroeste del punto más
alto del montículo y 3 m por debajo de la parte más alta y central de la loma
(Dougherty y Calandra 1981-82), por lo que queda abierta la posibilidad de
que las últimas dos ocupaciones hubieran podido ser registradas, si se hubie-
ran excavado las plataformas superiores del montículo.
Las excavaciones hasta ahora realizadas en los montículos, nos relatan pe-
queños fragmentos de la historia ocupacional del sitio, por lo tanto las conclu-
siones de las comparaciones del material cerámico entre los montículos deben
ser tomadas con cautela. Aún más preliminares son las relaciones encontradas
en el material cerámico procedente de recolecciones superficiales de medio
Diferencias cronológicas, funcionales y culturales en la cerámica de los llanos de ... 35

centenar de montículos en el área de Casarabe. Sin embargo, aprovecho esta


oportunidad para realizar algunos apuntes al respecto.
Los montículos habitacionales, pertenecen a esa categoría de sitios ar-
queológicos en los cuales el material de superficie no refleja el subsuelo.
Factores como visibilidad, accesibilidad, destrucción, erosión, etc. juegan
un rol determinante que hace que los datos recolectados de prospeccio-
nes varíen de una manera significativa. Lógicamente, mientras mayor grado
de destrucción presenta el montículo, mayor es la variabilidad cronológi-
ca y funcional registrada en las colecciones cerámicas de superficie. Por el
contrario, si el montículo está cubierto por una densa vegetación, el poco
material expuesto en la superficie representará predominantemente a la úl-
tima ocupación, que según la secuencia cronológica de la Loma Salvatierra
corresponde a la Fase 5 (1200 - 1400 d.C.). Es decir, mediante un análisis
del material de prospección es imposible determinar las correlaciones cro-
nológicas ocupacionales.
Sin embargo, es posible constatar otro tipo de variables, que tienen que
ver con la funcionalidad y/o jerarquía de los montículos. En las excavaciones
en la Loma Salvatierra, se evidenció durante las fases 4 y 5 (Figura 3m-r), la
existencia de ciertos tipos cerámicos considerados como “finos”, por su ex-
celente manufactura y rica decoración. Esta cerámica tiene una distribución
“intrasitio” algo restringida, concentrándose en partes específicas como, por
ejemplo, la plataforma más alta del montículo o plaza. La presencia distinti-
va de este material decorado habla a favor de una diferenciación de uso del
espacio en los sitios prehispánicos y, por otro, apoyaría la hipótesis de que
ciertas lomas gozaron de una mayor jerarquía, que les permitía la accesibili-
dad a materiales particularmente finos.
Curiosamente, la cerámica de superficie recolectada durante la prospec-
ción de las lomas muestra que la presencia de cerámica fina de las fases 4 y
5 es más frecuente en lomas de mayor tamaño, lo cual apoya el postulado de
Lombardo y Prümers (2010) que el rango de importancia del sitio es tam-
bién manifestado por el tamaño de éste.
De todas formas, y como se explicó anteriormente, en sitios tan extensos,
complejos y con una larga continuidad ocupacional, la ausencia de eviden-
cias en la superficie no significa que éstas no existan. Únicamente mediante
la ejecución de excavaciones arqueológicas a gran escala podremos ir confir-
mando o rectificando nuestros postulados.

San Ignacio - Plataformas elevadas de cultivo

El área central de Mojos, abarca ambos lados del río Mamoré. Sin embar-
go, montículos grandes no han sido registrados al oeste de dicho río. Por el
contrario, Dougherty y Calandra (1984) reportan que en ese sector (Figura
36 Carla Jaimes Betancourt

1), en la sabana central, los montículos no superan los 5 m de altura y son for-
maciones artificiales, producto de sucesivas ocupaciones con remodelaciones
intencionales, las cuales están además asociadas a campos elevados de cultivo.
Hasta el día de hoy no se cuenta con una cronología de estos medianos
montículos y desconocemos su secuencia cultural. Los tres únicos sitios habi-
tacionales asociados a grandes extensiones de camellones y terraplenes fue-
ron excavados limitadamente por el equipo arqueológico de CEAM (Villalba
et al. 2004). Se documentaron principalmente contextos funerarios en urnas
de cerámica, las cuales fueron fechadas mediante termoluminiscencia, debi-
do a la ausencia de material orgánico para realizar dataciones de 14C.
Las características tecnológicas (pasta y antiplástico de cerámica molida)
no se diferencian en nada al material procedente de los grandes montículos
de Casarabe (Jaimes Betancourt 2010). De igual forma son recurrentes los
utensilios típicos para esta área de Mojos: ralladores, manos de moler, ollas
trípodes, torteras de rueca, tapas, figurinas y asentadores de cerámica. Sin
embargo, se pueden advertir diferencias más específicas en cuanto a la mor-
fología y decoración de las vasijas. Dougherty y Calandra (1984) mencionan
ollas con base pedestal alta o anular, como las también reportadas por Villalba
et al. (2004); éstas son inexistentes en el Complejo cerámico de Casarabe.
Algo que llama mucho más la atención es que mientras la cerámica fina de
los sitios de Moxitania (700 - 1000 d.C.) y carretera a Santa Ana (900 - 1100
d.C.) tienen decoraciones geométricas de finas líneas incisas sobre superficies
pulidas color gris, (Villalba et al. 2004), la cerámica fina de la fase 4 Casarabe,
que sería la que comparte el mismo espacio temporal, está ricamente pintada
y sólo el material doméstico presenta decoraciones incisas burdas (Jaimes Be-
tancourt 2010). La cerámica pintada roja sobre engobe blanco parece no ser
muy frecuente; la documentada por Villalba y colaboradores (2004) proviene
del sitio Abularach, un complejo arqueológico bastante importante por sus di-
mensiones y rasgos arquitectónicos. Años más tarde, Prümers (2008b) realizó
una recolección de superficie en este mismo sitio. Se destacan los fragmentos
pulidos, color gris, con finas incisiones geométricas, muy similares al material
cerámico procedente de Moxitania y Camino a Santa Ana (Figura 5a-e).
Los diferentes componentes cerámicos encontrados en el sitio Abularach,
me hacen suponer que al igual que en la Loma Salvatierra (Jaimes Betancourt
2010), la dispersión de la cerámica pintada se restringe a ciertas áreas y tienen
que ver con la funcionalidad del sitio. Excavaciones a gran escala en la estan-
cia Abularach, ayudarían a entender, por un lado, la secuencia cronológica
de esta área y, por otro, encontrar evidencias de supuestas relaciones sociales,
económicas o políticas con las sociedades que habitaron los grandes montícu-
los, ya que hasta ahora no se ha determinado la frontera entre estas dos áreas
con diferentes obras de tierra, ni como éstas interactuaron en el tiempo.
La mayoría de los trabajos arqueológicos en los alrededores de San Igna-
cio, se han concentrado en el mapeo y excavaciones de los campos elevados
Diferencias cronológicas, funcionales y culturales en la cerámica de los llanos de ... 37

de cultivo (Erickson 1995, 2006, 2008). Si bien Erickson (2006) propone que
el uso de los campos de cultivo habría comenzado alrededor de los 900 a.C.
y se habrían establecido y difundido desde el 400 a.C. hasta la llegada de los
europeos, todavía quedan preguntas abiertas sobre los desarrollos culturales y
las dinámicas de interacción con las zonas aledañas.

Iruyañez - Grandes plataformas de cultivo

En la parte baja del río Iruyañez, se conocen dos sitios habitacionales aso-
ciados a grandes plataformas de cultivo: San Juan con fechados entre 500 - 600
d.C. y el Cerro datado entre 1300 - 1400 d.C. (Walker 2004, 2011, 2012). A pe-
sar del vacío temporal de mínimo 700 años, Walker (2012) plantea que la cerá-
mica de la fase San Juan y la de el Cerro pertenecen a una sola tradición y que
existiría una continuidad en el uso de las plataformas elevadas de cultivo. Sus
argumentos se basan en las similitudes del acabado de superficie de la cerámi-
ca. Sin embargo, yo creo que existen diferencias contundentes en el material
cerámico de cada uno de estos Complejos, que incluso podrían interpretarse
como la presencia o fuerte influencia de otro grupo cultural. Las diferencias
que apunto se basan en la técnica y motivos decorativos, el uso diferenciado
de antiplásticos y, sobre todo, en la presencia de instrumentos peculiares como
ralladores y cazuelas en el material arqueológico de el Cerro. Todos estos cam-
bios a nivel doméstico observables en la cerámica, tendrían que de alguna ma-
nera reflejarse también en la historia de los sistemas agrícolas del río Iruyañez,
si es que éstos estuvieron siendo utilizados intensiva y continuamente.
Comparando el Complejo cerámico San Juan (500 - 600 d.C. con su con-
temporáneo de la fase 1 Casarabe, notamos al igual que Walker (2011), que
el Complejo cerámico San Juan tiene características muy particulares y no
tiene ningún aspecto en común con la cerámica de la fase 1 del Complejo
Casarabe. Mientras la cerámica San Juan fue producida con cauixí, en la ce-
rámica de Casarabe se utilizó exclusivamente cerámica molida. Las formas de
los cuencos San Juan denominadas “sombrero” por Walker (2011) no figuran
en la variedad de formas Casarabe y la decoración pintada en la cara externa
e interna de finas líneas color rojo marrón (Figura 5f-i), son completamente
desconocidas para las fases tempranas de Casarabe. En todo caso, algunos
motivos decorativos de los publicados por Walker (2011:126, figura 6) se pare-
cen lejanamente a los motivos escalonados de la fase 5 Casarabe (1200 - 1400
d.C.), así como los bordes convexos. Algo que causa un poco de confusión
ya que entre el Complejo San Juan y la fase 5 Casarabe, existe una diferencia
temporal de por lo menos 600 años.
Walker (2011) asocia la fase San Juan (500 - 600 d.C.) con la fase Guarita,
la cual forma parte del horizonte de cerámica polícroma de la Amazonía cen-
tral (600 - 1.300 d.C.). Esta propuesta es problemática, porque la expansión
38 Carla Jaimes Betancourt

de la tradición polícroma en la Amazonia central ocurre después del 900 d.C.


(Neves y Petersen 2006) y se cree que posiblemente influye a los Complejos
cerámicos de los Llanos de Mojos alrededor del 1000 d.C. (Brochado 1984),
aunque las comparaciones entre el Complejo Guarita y Casarabe no hubieran
mostrado influencias reales (Jaimes Betancourt 2011).
Al igual que se encontraron en la plaza o área abierta de la Loma Salvatierra
cuencos finamente decorados utilizados para servir en festividades (Prümers
2009; Jaimes Betancourt 2010), Walker (2011) encontró en lugares adyacentes
a los camellones, un alto porcentaje de cuencos abiertos pintados de la fase
San Juan, que fueron interpretados como evidencias de festividades agrícolas.
Esta diferencia en la distribución de lo que se podría considerar un Complejo
cerámico doméstico frente a vasijas finamente fabricadas y decoradas, ya fue
reportada en otros sitios arqueológicos de la Amazonía (Roosevelt 1991; Hec-
kenberger et al. 1999; Petersen et al. 2001; Schaan 2004) e interpretada como
diferencias funcionales y jerárquicas del sitio, aunque también las variaciones
locales detectadas en el material “fino”, podrían ser interpretadas como parte
de estilo cerámico emblemático, el cual transmite de alguna manera un men-
saje claro a una población acerca de su afiliación e identidad (Wiessner 1983).
Por otra parte, comparaciones del material de el Cerro (1300 - 1400 d.C.)
con el material de la fase 5 Casarabe, nos dan una pequeña pista de posibles
relaciones culturales del área norte con el área sur de los Llanos de Mojos.
Esto se basa en la presencia de algunos fragmentos de platos ralladores encon-
trados en el sitio de el Cerro, los cuales Walker (2012) los relaciona tanto a la
región de Trinidad como a la del río Apere. Sin embargo, si bien la presencia
de antiplástico de cerámica molida apoyaría esta similitud, la presencia al mis-
mo tiempo de un plato de paredes rectas con borde hacia afuera es comple-
tamente desconocido en el material cerámico de los montículos monumen-
tales. Walker (2012) relaciona esta forma con la de un Ahukugu, descrita por
Heckenberger (2005) para el Xingú. Esta forma es algo parecida a las famosas
cazuelas documentadas en el Iténez (Figura 4k-l), pero se tendrían que llevar
a cabo comparaciones empíricas para saber si estamos refiriéndonos al mismo
tipo de vasija.

Iténez - Zanjas

Los sitios arqueológicos asociados a zanjas hasta ahora investigados presen-


tan fechados entre 1300 - 1500 d.C. (Prümers et al. 2006). Estos sitios se carac-
terizaron por presentar una delgada capa cultural (0 - 70 cm) relacionada a
una ocupación de un solo momento. Este dato originó que Dougherty (1985)
interpretara el patrón poblacional de la provincia Iténez como “disperso”. Ade-
más, el autor deduce que esto se debería a los suelos ácidos de la región, que
obligaban a la población a mudarse frecuentemente. Si bien otras excavacio-
Diferencias cronológicas, funcionales y culturales en la cerámica de los llanos de ... 39

nes en la provincia Iténez documentaron asentamientos de una sola fase (Prü-


mers et al. 2006, 2009; Erickson et al. 2008), la alta densidad de los sitios arqueo-
lógicos prospectados en esta área (Erickson 2006) y la evidencia de sistemas
integrados por varios conjuntos de zanjas (Prümers 2009, 2012), nos obligan a
reconsiderar la idea de “movilidad” sugerida por Dougherty y Calandra, ya que
se ha constatado que por lo menos algunos de estos sitios con zanjas, han sido
habitados contemporáneamente. Futuras investigaciones podrán identificar
connotaciones funcionales en el patrón de asentamiento de estas sociedades.
Las primeras comparaciones interregionales entre el material del noreste
con el sur de los Llanos de Mojos, fueron realizadas por Dougherty y Calan-
dra (1984-85; Dougherty 1985), quienes reconocieron inmediatamente que
el material tenía características muy distintas en cada región. El primer in-
dicador de cambio cultural que mencionan es el uso de cauixí y caolín en la
preparación de cerámica (Dougherty 1985). Este dato les sirvió como argu-
mento para postular que las culturas del Iténez, estaban más conectadas con
la Amazonia central que con el área sur de los Llanos de Mojos.
En las excavaciones realizadas en Bella Vista (Prümers et al. 2006) se com-
probó que el material cerámico era completamente diferente al que se en-
contraba en los montículos monumentales de Casarabe. No es únicamente
la ausencia de instrumentos cerámicos como ralladores, manos de moler y
torteras de rueca (Figura 4a-j), que marcaron la diferencia entre un Com-
plejo y otro, sino la presencia de diferentes formas de vasijas que pueden ser
consideradas típicas para el área del Iténez y que se desconocen en el área de
los montículos monumentales. Un ejemplo claro son las “cazuelas”, una vasija
de paredes rectas cuya altura es menor a su diámetro (Figura 4k), la cual pre-
senta siempre una pasta con cauixí. En la superficie exterior de la base se en-
cuentran por lo general huellas de improntas de cestería (Prümers et al. 2006)
y su función parece haber estado relacionada a la preparación de alimentos
expuestos al fuego (tostar, asar, etc.). Las improntas de cestería aparecen no
solamente en las cazuelas sino también en unos platos planos, muy parecidos
a los publicados por DeBoer (1983) y que se conocen etnográficamente en la
Amazonía con el nombre budares (Figura 4l).
Otros atributos distintivos para la cerámica del Iténez son las vasijas globu-
lares con bases planas y soportes cortos que parecen más decorativos que fun-
cionales; por lo general estas vasijas presentan alrededor de la parte superior
del cuerpo tres bandas aplicadas punteadas (Figura 5l).
Dougherty y Calandra (1984-85) no logran precisar los diferentes Comple-
jos cerámicos identificados en el área del Iténez; ellos mencionan que existe
una gama de decoraciones incisas que varían de un grupo de sitios a otros,
en calidad y cantidad. La coexistencia de diferentes tipos de decoraciones en
un mismo sitio, como los encontrados en las zanjas de Bella Vista, hace com-
prensible las dificultades que tuvieron Dougherty y Calandra. Por un lado, es
evidente una mayor homogeneidad en la producción cerámica, ya que formas
40 Carla Jaimes Betancourt

específicas de vasijas corresponden generalmente a un tipo de alfar en par-


ticular, pero, por otro lado, diferentes tipos decorativos cerámicos compar-
ten los mismos escenarios geográficos y temporales, sin que todavía podamos
identificar la procedencia de cada uno de estos Complejos y el significado de
su coexistencia. Dentro de esta misma área todavía se tienen que explorar
las fronteras de la dispersión de ciertos Complejos cerámicos y proponer se-
cuencias cronológicas horizontales, ya que hasta ahora sólo se han investigado
sitios del final del periodo prehispánico (Jaimes Betancourt 2012b).
A las notables diferencias existentes entre el material arqueológico del área
del Iténez y el área sur de Mojos, se deben sumar las diferencias en el patrón
de los enterramientos. Si bien a partir de la fase 4 en los montículos de Casa-
rabe aparecen entierros de niños en urnas, no se han registrado los entierros
de adultos en vasijas volcadas, cubiertas por otras vasijas, como es el caso de
Bella Vista (Prümers et al. 2006, 2009).
Algo que todavía queda abierto a la discusión, son las posibles similitu-
des que se encuentran entre algunos motivos decorativos del área del Iténez
(Figura 5f-k) con el área al oeste de San Ignacio (Figura 5a, e). En sitios de
zanjas circulares como en Bella Vista y Jasiaquiri, se han encontrado vasijas
abiertas y cerradas con decoraciones de grecas y rombos concéntricos de finas
líneas incisas (Figura 5f-k). Motivos decorativos algo afines a éstos han sido
encontrados al oeste de San Ignacio en el sitio de La Víbora, reportado por
Dougherty y Calandra (1984-85:53, figura 3, fragmento 21), en los sitios Moxi-
tania y Carretera de Santa Ana, excavados por Villalba y colaboradores (2004)
y en la superficie del sitio Abularach (Prümers 2008b) (Figura 5a-d). Esta
semejanza fue planteada originalmente por Dougherty y Calandra (1984) e
interpretada como una relación unidireccional que estarían ejerciendo las
sociedades del Iténez con aquellas dispersas al suroeste del área de Mojos.
Hasta el momento, los sitios con este tipo de decoración en el área del Iténez
son más tardíos (1300 - 1500 d.C.) que los sitios reportados en el área de San
Ignacio (900 - 1100 d.C.), pero la falta de cronologías finas para el área de San
Ignacio no nos permite abordar puntualmente esta problemática y es posible
que con una mayor muestra cerámica del área de San Ignacio, se lleguen a
establecer mayores diferencias que similitudes.
Además de las finas decoraciones incisas, Dougherty y Calandra (1984) en-
cuentran en recolecciones superficiales en sitios al oeste de Mojos, fragmen-
tos del tipo de “cazuelas” del Iténez, con antiplástico de cauixí.
Walker (2008b) reporta en una prospección realizada a lo largo de los
ríos Yacuma y Rapulo, al oeste del río Mamoré, entre San Ignacio y Santa
Ana, sitios en islas de monte asociados a zanjas circulares y plataformas de
cultivo donde recolectó fragmentos de cerámica con improntas de cestería o
redes. Estos fragmentos podrían tener una conexión con los documentados
en el área del Iténez en la forma de cazuelas. Sin embargo, Walker menciona
la ausencia del antiplástico de cauixí en la cerámica de estas colecciones, lo
Diferencias cronológicas, funcionales y culturales en la cerámica de los llanos de ... 41

Figura 5. Complejo cerámico San Ignacio, (a)-(d) Estancia Abularach (Según Prümers
2008a:302 Abb. 15); (e) Museo Arqueológico de San Ignacio (Foto H. Prümers); (f)-
(i) Complejo San Juan (Según Tyuleneva 2007:tabla III); (j)-(p) Complejo Bella Vista
((j)-(m), (p) Granja del Padre-Bella Vista; (n) Jasiaquiri o Baures).
42 Carla Jaimes Betancourt

cual es muy extraño, porque el cauixí se encuentra muy presente tanto en


las colecciones del Iténez como en las de Santa Ana de Yacuma. Otras for-
mas mencionadas por Walker (2008b) para esta área son las vasijas globulares
con cuello hacia afuera con bordes biselados o curveados, platos carenados y
algunos fragmentos de cuerpos pintados marrón o negro sobre gris. Lamen-
tablemente ninguno de estos materiales ha sido publicado, por lo tanto no
se pueden hacer conjeturas. Aunque no hay que pasar por alto la presencia
de un fragmento de rallador con achaflanado muy superficial, el cual podría
insinuar alguna semejanza con el material del sur de Mojos.
En cuanto a la forma cerámica de cazuelas con improntas de cestería en la
base, ésta parece haber estado distribuida en un área geográfica relativamen-
te amplia, ya que se la encuentra también en los sitios de Nueva Esperanza y
Coquinal en cercanías del Lago Rogaguado, en el sitio San Carlos 2, cerca de
la laguna Guachuna e incluso en el sitio Gualaguagua en Reyes, todos ellos
reportados por Tyuleneva (2007, 2010) y asociados a cerámica pintada de rojo
sobre engobe crema. El hecho de que no contemos con ningún fechado 14C
de estos sitios, no nos permite compararlos directamente con algún Complejo
cerámico, ya que es posible que estas cazuelas tengan una larga tradición de
uso, como los platos ralladores, cuyo uso en el área central de Mojos fue regis-
trado a lo largo de casi 900 años (Jaimes Betancourt 2010).
Justamente la presencia de ralladores y manos de moler en montículos a
orillas del río Apere es lo que llamó la atención de Tyuleneva (2007, 2010)
y le hizo postular que el río Yacuma podría ser un límite cultural, como lo
proponen los datos históricos. Los fragmentos cerámicos de la Estancia Amé-
rica o Loma Santa en el río Apere (Tyuleneva 2007:tabla IV), tienen mucha
similitud con la cerámica de la fase 4 Casarabe, especialmente por la banda
aplicada con incisiones.
Aunque se han observado claras diferencias entre el material cerámico
proveniente del norte del río Yacuma, con aquél del sur de los Llanos de
Mojos, no concuerdo con Tyuleneva (2007) en la supuesta división geográfica
que existiría entre el material cerámico con decoraciones pintadas proceden-
te del noroeste de los Llanos de Mojos, versus la decoración incisa del sur. Al
parecer, la presencia de cerámica pintada parece restringirse a caprichos de la
funcionalidad del sitio, más que a la casualidad del arqueólogo.
La mayoría de los sitios registrados en el Iténez, en los ríos Yacuma y
Rapulo están rodeados por una zanja, que ha sido interpretada a menudo
como una obra defensiva (Dougherty y Calandra 1984-85; Erickson 2006,
2008; Prümers et al. 2006, 2012; Walker 2008a). Algunos de los investigadores
creen que aquellas correspondientes a la fase final del periodo prehispánico
podrían ser producto de las continuas oleadas de migraciones y expansiones
étnicas cometidas por grupos tupi guaraníes (Lathrap 1970; Wüst y Barreto
1999). Incluso Walker (2012) presenta un fragmento con decoración corru-
gada entre el material cerámico del sitio el Cerro, en Santa Ana de Yacuma,
Diferencias cronológicas, funcionales y culturales en la cerámica de los llanos de ... 43

como posible evidencia de contacto guaraní en la región. Sin embargo, toda-


vía faltan pruebas fehacientes de la presencia guaraní en el área de los Llanos
de Mojos.
Si aceptamos la gran variabilidad étnica de la región, la probabilidad de la
existencia de fricciones entre grupos vecinos es muy alta, además de la nece-
sidad de delimitar su territorio y áreas de ocupación. El hecho de que estos
sitios se encuentren asociados a obras de protección como zanjas, nos advierte
una atmósfera de conflicto. En su libro dedicado a la etnicidad, Jones (1997)
propone que la intensidad de la conciencia étnica, la cultura y la diferencia-
ción por consiguiente del material, puede aumentar en tiempos de tensión
económica y política.

CONCLUSIONES

Emberling (1997) sugiere que se puede distinguir a un grupo étnico de


otros en casi cualquier rasgo cultural como, por ejemplo, la lengua, la reli-
gión, las características físicas culturalmente definidas como la arquitectura,
la ropa y los objetos domésticos como la cerámica. Estos aspectos culturales
pueden variar también de acuerdo a sistemas económicos y políticos, sin tener
una asociación significativa con un grupo social u otro. La distribución de un
estilo cerámico, tal vez no indica la existencia de un grupo étnico, pero puede
marcar fronteras políticas o simples límites espaciales de un sistema particular
de distribución.
La comparación de categorías “amplias” o “generales” como la presencia o
ausencia de determinados artefactos cerámicos (ralladores, cazuelas y manos
de moler), el uso particular de un antiplástico (cauixí o cerámica molida) o el
empleo de una peculiar técnica de manufactura (improntas de cestería en la
base de la cerámica) pueden llegar a constituir un distintivo cultural. Especí-
ficamente para la cerámica se considera la presencia o ausencia de artefactos
peculiares que nos vinculen a los habitus de un determinado grupo cultural
(la manera de preparar alimentos, relacionado a la elección cultural de las
herramientas que se utilizan para tal efecto). La expresión consciente de la
etnicidad a través de la cultura material está relacionada con las disposiciones
estructurales de los habitus, que impregnan todos los aspectos de las prácticas
culturales y las relaciones sociales que caracterizan a una forma particular de
vida (Jones 1997).
Si bien es indudable que la cerámica no siempre constituye una diferencia
significativa entre los grupos sociales, tampoco se puede afirmar que nunca
lo haga. Parte de nuestra labor de arqueólogos es identificar la importancia
social de la cerámica y otras características culturales de forma independiente
y reconocer el rol que éstas juegan en la identidad étnica y la manera en que
podemos visibilizarlas en el material arqueológico.
44 Carla Jaimes Betancourt

Aunque se ha demostrado en numerosos ejemplos históricos y antropoló-


gicos que la relación entre la variación de material cultural y la expresión de
diferencias étnicas es muy compleja, la “nueva arqueología” sigue aceptando
la idea de que algunas fronteras de la distribución arqueológica y el dominio
de un estilo puede corresponder a un grupo en particular (Jones 1997). Por
su parte, Hodder (1982) argumenta que identidad étnica puede ser expresa-
da tanto en ítems utilitarios mundanos como en ítems decorativos y que estos
objetos no son necesariamente muy visibles.
Las diferencias encontradas en la cerámica de los Llanos de Mojos, encajan
muy bien al paisaje multicultural propuesto por Neves (2008) para la Ama-
zonia central durante el primer milenio de nuestra era, es decir; un aflora-
miento de una diversidad cultural, marcada por desarrollos simultáneos con
distintas fases y tradiciones cerámicas en diferentes lugares.
Esta confluencia de Complejos cerámicos tan diferentes podría ser enten-
dida y abordada en cuanto se empiece a estudiar no sólo la cultura en sí mis-
ma, sino también las relaciones sociales. Frederick Barth (1976) propuso que
la etnicidad es el producto de la interacción social y no del aislamiento o falta
de contacto y como se puede apreciar en el caso de los Llanos de Mojos, aun-
que hay algunas señales de contactos e influencias, todavía no se ha estudiado
la dinámica de las relaciones sociales entre estos grupos. La arqueología es la
única puerta que nos conecta al pasado y que puede tratar de entender los
procesos ocurridos en estos últimos dos milenios. Mediante las investigacio-
nes arqueológicas, podremos sacar del anonimato aquellos grupos culturales
que quedaron enterrados en el pasado, no sólo por su muerte física a con-
secuencia de las enfermedades y el esclavismo, sino y especialmente por la
ausencia de su historia.

AGRADECIMIENTOS

Agradezco a Beatriz Ventura, Gabriela Ortiz y Beatriz Cremonte por la invi-


tación a participar en el TANOA III y brindarnos una enriquecedora jornada
académica, pero sobretodo les agradezco la fuerza y perseverancia para que
esta publicación salga a la luz.
Agradecer al Instituto Arqueológico Alemán por haber subvencionado mi
trabajo dentro del Proyecto Arqueológico Boliviano Alemán en Mojos duran-
te varios años y especialmente a mi colega Heiko Prümers, quien compartió a
lo largo de muchos años sus conocimientos. Gracias a los revisores anónimos,
cuyos comentarios contribuyeron a mejorar el presente artículo.
Diferencias cronológicas, funcionales y culturales en la cerámica de los llanos de ... 45

BIBLIOGRAFÍA

Altamirano, D. F.
[1710] 1979. Historia de la Misión de los Mójos. [Reedición de la obra publicada en
1891 por M. V. Ballivián en Documentos Históricos de Bolivia, La Paz]. Instituto
Boliviano de Cultura, Biblioteca “José Agustín Palacios”, Publicación Nº 3, La
Paz.

Andión, H. de
[1596] 1965. Annua de la Compañía de Jesús. Tucumán y Perú. 1596. En M.
Jiménez de la Espada (ed.), Relaciones Geográficas de Indias 2: 86-113. Madrid,
Ediciones Atlas.

Anónimo
[1754] 2005. Descripción de los Mojos que están a cargo de la Compañía de Jesús
en la Provincia del Perú, Año de 1754. En J. M. Barnadas, y M. Plaza (eds.),
Mojos. Seis Relaciones Jesuíticas. Geografía - Etnografía -Evangelización 1670-1763:
87-128. Cochabamba, Historia Boliviana. [Ms. original: Archivo de la Provincia
Jesuita de Toledo, Alcalá de Henares, Estante 2, Caja 84, Legs. 3, 5.]

Barth, F.
1976. Los grupos étnicos y sus fronteras. Organización social de las diferencias culturales.
México D.F., Fondo de Cultura Económica.

Block, D.
1997. La cultura reduccional de los Llanos de Mojos. Sucre, Historia Boliviana.

Brochado, J.
1984. An ecological model of the spread of pottery and agriculture into Eastern
South America. Tesis Doctoral inédita, University of Illinois at Urbana-
Champaign, Estados Unidos.

Cortés Rodríguez, J.
2005. Caciques y Hechiceros. Huellas en la historia de Mojos. La Paz, Plural - Universidad
de la Cordillera.

DeBoer, W.
1983. Pruebas arqueológicas del cultivo de la yuca: una nota de advertencia.
Amazonia Peruana IV (8): 39-59.

Denevan, W.
1963. Additional comments on the earthworks of Mojos in northeastern Bolivia.
American Antiquity 28 (4): 540-545.
1966. The Aboriginal Cultural Geography of the Llanos de Mojos of Bolivia. Berkeley,
University of California Press.
2001. Cultivated landscapes of native Amazonia and the Andes. New York, Oxford
Geographical and Environmental Studies, Oxford University Press.
46 Carla Jaimes Betancourt

Dougherty, B.
1985. Archaeological research in northeastern Beni, Bolivia. National Geographic
Society Research Reports 21: 129-136.

Dougherty, B. y H. Calandra
1981-82. Excavaciones arqueológicas en la Loma Alta de Casarabe, Llanos de
Moxos, Departamento del Beni, Bolivia. Relaciones de la Sociedad Argentina de
Antropología XIV (2): 9-48.
1984. Prehispanic human settlement in the Llanos de Moxos, Bolivia. Quaternary of
South America and Antarctic Peninsula 2: 163-199.
1984-85. Ambiente y arqueología en el oriente boliviano: La provincia Iténez del
departamento del Beni. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología XVI:
37-61.

Emberling, G.
1997. Ethnicity in Complex Societies: Archaeological Perspectives. Journal of
Archaeological Research 5 (4): 295-344.

Erickson, C.
1995. Archaeological methods for the study of ancient landscapes of the Llanos
de Mojos in the Bolivian Amazon. En P. Stahl (ed.), Archaeology in the lowland
American tropics: 66-95. Cambridge, Cambridge University Press.
1999. Agricultura en camellones prehispánicos en las tierras bajas de Bolivia:
posibilidades de desarrollo en el trópico húmedo. En J. J. Jiménez-Osornio y V.
Rorive (comp.), Los camellones y chinampas tropicales: 39-51. Mérida, Ediciones de
la Universidad Autónoma de Yucatán.
2000. Lomas de ocupación en los Llanos de Moxos. En A. Durán Coirolo y R. Bracco
Boksar (ed.), Arqueología de las tierras bajas: 207-226. Montevideo, Ministerio de
Educación y Cultura, Comisión Nacional de Arqueología.
2001. Pre-Columbian Roads of the Amazon. Expedition 43 (2): 1-30.
2006. The domesticated landscapes of the Bolivian Amazon. En W. Balée y C.
Erickson (ed.), Time and complexity in historical ecology: studies in the neotropical
lowlands: 235-278. New York, Columbia University Press.
2008. Amazonia: the historical ecology of a domesticated landscape. En H.
Silverman y W. Isbell (ed.), Handbook of South American archaeology: 157-183. New
York, Springer.
2010. The Transformation of Environment into Landscape: The Historical Ecology
of Monumental Earthwork Construction in the Bolivian Amazon. Diversity 2 (4):
618-652.

Erickson, C., P. Álvarez y S. Calla


2008. Zanjas circundantes: obras de tierra monumentales de Baures en la Amazonía
Boliviana. Informe del trabajo de campo de la temporada 2007. Proyecto Agro-
Arqueológico del Beni.

Heckenberger, M.
2005. The ecology of Power: Culture, Place and Personhood in the Southern Amazon, A.D.
1000 – 1200. New York, Routledge.
Diferencias cronológicas, funcionales y culturales en la cerámica de los llanos de ... 47

Heckenberger, M., J. Petersen y E. Neves


1999. Village size and permanence in Amazonia: two archaeological examples from
Brazil. Latin American Antiquity 10 (4): 353-376.

Hodder, I.
1982. Symbols in Action: Ethnoarchaeological Studies of Material Culture. Cambridge,
New Studies in Archaeology, Cambridge University Press.

Jaimes Betancourt, C.
2004. Secuencia cerámica del corte 1 de la Loma Mendoza. Tesis de Licenciatura
inédita, Universidad Mayor de San Andrés, La Paz.
2010. La Cerámica de la Loma Salvatierra, Beni - Bolivia. Disertación en la Fakultät
der Rheinischen Friedrich - Wilhelms, Universität zu Bonn. http://hss.ulb.uni-
bonn.de/2010/2354/2354.htm (1 de abril de 2015)
2011. Hecho en Moxos: Mil años de alfarería en la Loma Salvatierra. Memorias de la
XXIV Reunión Anual de Etnología: Vivir bien: ¿Una nueva vía de desarrollo nacional?
Tomo I: 79-96. La Paz, MUSEF.
2012a. La cerámica de la Loma Salvatierra, Beni – Bolivia. La Paz, Editorial Plural.
2012b. La cerámica de los afluentes del Guaporé en la colección de Erland von
Nordenskiöld. Zeitschrift für Archäologie Außereuropäischer Kulturen 4: 311-340.
2013. Diversidad Cultural en los Llanos de Mojos. En F. Valdez (comp.), Arqueología
Amazónica. Las civilizaciones ocultas del bosque tropical: 227-270. Quito, Instituto
Francés de Estudios Andinos, Institut de Recherche pour le Développment,
Abya-Yala.

Jones, S.
1997. The archaeology of Ethnicity. Constructing identities in the past and present. New
York, Routledge.

Kupferschmidt, D.
2004. Analyse der frühen Keramik des präkolumbischen Siedlungsplatzes Loma
Mendoza, Bolivien. Tesis de Maestría inédita, Universidad de Bonn, Bonn.

Lathrap, D.
1970. The Upper Amazon. New York, Praeger.
2010. El Alto Amazonas. Lima – Iquitos, Instituto Cultural Rvna / Chataro Editores.

Lehm, Z.
1999. Milenarismo y movimientos sociales en la Amazonía boliviana. La búsqueda de la
Loma Santa y la marcha indígena por el territorio y la dignidad. Santa Cruz, Bolivia,
Centro de Investigación y Documentación para el Desarrollo del Beni.

Limpias, M.
2005. Los Gobernadores de Mojos. Trinidad, Prefectura del Beni.

Lombardo, U.
2012. Pre-Columbian human-environment interactions in the Llanos
de Moxos, Bolivian Amazon. Disertación inaugural de Philosophisch-
naturwissenschaftlichen, Fakultät der Universität Bern.
48 Carla Jaimes Betancourt

Lombardo, U. y H. Prümers
2010. Pre-Columbian human occupation patterns in the eastern plains of the Llanos
de Moxos, Bolivian Amazonia. Journal of Archaeological Science 37 (8): 1875-1885.

Marbán, P.
[1700] 2005. Breve Noticia de las Misiones de Infieles, que tiene la Compañía de
Jesús de esta Provincia del Perú en las Provincias de los Mojos. En J. M. Barnadas
y M. Plaza (ed.), Seis Relaciones Jesuíticas. Geografía - Etnografía - Evangelización
1670-1763: 53-66. Cochabamba, Historia Boliviana.

Neves, E.
2008. Ecology, Ceramic Chronology and Distribution, Long-term History, and
Political Change in the Amazonian Floodplain. En H. Silverman y W. Isbell
(ed.), Handbook of South American archaeology: 359-379. New York, Springer.

Neves, E. y J. Petersen
2006. Political Economy and Pre-Columbian Landscape Transformations in Central
Amazonia. En W. Balée, y C. Erickson (ed.), Time and complexity in historical ecology:
studies in the neotropical lowlands: 279-309. New York, Columbia University Press.

Nordenskiöld, E. von
1913. Urnengräber und Mounds im bolivianischen Flachland. Baessler-Archiv 3 (6):
205-255.

Orellana, A. de
[1704] 1970. Relación abreviada de la vida y muerte del Padre Cipriano Barace. En
M. Mathei (ed.), Cartas e informes de misioneros jesuitas extranjeros en Hispanoamérica,
Segunda Parte 1700-1723: 141-157. Santiago de Chile, Anales de la Facultad de
Teología 21, Cuaderno 3, Pontificia Universidad Católica de Chile.

Petersen, J., E. Neves y M. Heckenberger


2001. Gift from the past: terra preta and prehistoric Amerindian occupation in
Amazonia. En C. McEwan, C. Barreto y E. Neves (eds.), Unknown Amazon: 86-105.
Londres, The British Museum Press.

Pinto Parada, R.
1987. Pueblo de leyenda. Trinidad, Editorial Tiempo del Beni.

Prous, A.
1992. Arqueología Brasileira. Brasilia, D.F., Ed. Universidade de Brasilia.

Prümers, H.
2004. Hügel umgeben von “Schönen Monstern”: Ausgrabungen in der Loma
Mendoza (Bolivien). En Expeditionen in Vergessene Welten: 25 Jahre archäologische
Forschungen in Amerika, Afrika und Asien: 47-78. Aachen, AVA-Forschungen 10,
Linden Soft.
2008a. Der Wall führt zum See. Die Ausgrabungen 2005-2006 in der Loma Salvatierra
(Bolivien). Zeitschrift für Archäologie Außereuropäischer Kulturen 2: 371-379.
Diferencias cronológicas, funcionales y culturales en la cerámica de los llanos de ... 49

2008b. Llanos de Moxos (Bolivien) En Jahresbericht 2007 des DAI: 300-303. München,
AA 2008/1 Beiheft, Hirmer Verlag München.
2009. ¿“Charlatanocracia” en Mojos? Investigaciones arqueológicas en la Loma
Salvatierra. Boletín de Arqueología PUCP 11: 103-116.
2012. Die Untersuchungen der Jahre 2009-2010 zur vorspanischen
Siedlungsgeschichte in den Llanos de Mojos (Bolivien). Zeitschrift für Archäologie
Aussereuropäischer Kulturen 4: 384-392.

Prümers, H., C. Jaimes Betancourt y R. Plaza


2006. Algunas tumbas prehispánicas en Bella Vista, Prov. Iténez, Bolivia. Zeitschrift
für Archäologie Außereuropäischer Kulturen 1: 251-284.

Prümers, H., C. Jaimes Betancourt y E. Machicado


2009. Excavaciones en la Granja del Padre - Bella Vista, Prov. Iténez, Depto. Beni.
Informe de labores - 2008. Kommission für Archäologie Außereuropäischer
Kulturen (KAAK) des Deutschen Archäologischen Instituts y el Instituto
Nacional de Arqueología.

Roosevelt, A.
1991. Mound builders of the Amazon: geophysical archaeology on Marajo Island, Brazil. San
Diego, Academic Press.

Schaan, D.
2004. The Camutins chiefdom: rise and development of social complexity on Marajó
Island, Brazilian Amazon. Tesis doctoral inédita, Universidad de Pittsburgh,
Pittsburgh.

Tyuleneva, V.
2007. La tierra del Paititi y el Lago Rogaguado. Estudios Amazónicos IV (6): 97-164.
2010. Cuatro viajes a la Amazonía Boliviana. Santa Cruz, Bolivia, Imprenta Zeus.

Villalba, M. J., A. Alesán, M. Comas, J. Tresserras, J. Lopéz, A. Malgosa, M. Michel y


R. Playà
2004. Investigaciones arqueológicas en los Llanos de Mojos (Amazonía boliviana):
una aproximación al estudio de los sistemas de producción precolombinos.
Bienes culturales: Revista del Instituto del Patrimonio Histórico Español 3: 201-215.

Walker, J.
1999. Agricultural change in the Bolivian Amazon. Tesis Doctoral inedita, University
of Pennsylvania.
2000. Raised Field Abandonment in the Upper Amazon. Culture & Agriculture 22
(2): 27-31.
2004. Agricultural change in the Bolivian Amazon – cambio agrícola en la Amazonía
Boliviana. Trinidad, Memoirs in Latin American Archaeology 13, University of
Pittsburgh Latin American Archaeology Publications & Fundación Kenneth Lee.
2008a. The Llanos de Mojos. En H. Silverman y W. Isbell (eds.), Handbook of South
American archaeology: 927-939. New York, Springer.
2008b. Pre-Columbian Ring Ditches along the Yacuma and Rapulo Rivers, Beni,
Bolivia: A Preliminary Review. Journal of Field Archaeology 33: 413- 427.
50 Carla Jaimes Betancourt

2011. Ceramic assemblages and landscape in the mid-1st millennium Llanos de


Mojos, Beni, Bolivia. Journal of Field Archaeology 36 (2): 119-131.
2012. Regional Associations and a Ceramic Assemblage from the Fourteenth
Century Llanos de Mojos. Andean Past 10: 239-260.

Wiessner, P.
1983. Style and social information in Kalahari San Projectile points. American
Antiquity 48: 253-276.

Wüst, I. y C. Barreto
1999. The ring village of Central Brazil: A challenge for Amazonian Archaeology.
Latin American Antiquity 10 (1): 3-23.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad • 51-78

NUEVAS EVIDENCIAS EN EL ESTUDIO DE LA


ECONOMÍA Y DIETA EN POBLACIONES TEMPRANAS
DE LA CUENCA DEL SAN FRANCISCO (800 A.C.-500 D.C.)

Gabriela Ortiz*, Pablo Mercolli** y Violeta A. Killian Galván***

INTRODUCCIÓN

La llamada región del río San Francisco, en la provincia de Jujuy, Argentina,


fue tempranamente explorada por los miembros de la misión sueca a principios
del siglo XX (Nordenskiöld 1903; Boman [1908] 1991), pero fue recién a
partir de la década de 1970 que comenzaron las investigaciones arqueológicas
sistemáticas (Dougherty 1975) (Figura 1). Las dataciones radiocarbónicas
realizadas en más de un siglo ubican la ocupación del valle desde el 800 a.C.
al 500 d.C (Ortiz 2003). Las sociedades que vivieron durante este período
exhiben una marcada uniformidad material reflejada en sus estilos alfareros
por lo que fueron definidas en los años setenta bajo el rótulo de “Tradición
San Francisco” (Dougherty 1975).
El valle del río San Francisco se caracteriza por su clima estacional
con veranos tórridos, regímenes lluviosos intensos y una estación seca en
invierno. Altitudinalmente comprende la franja de los 600 a 700 msnm y está
surcado por importantes cursos de agua, algunos de régimen permanente y
otros estacionales. Pertenece al distrito de la Selva Pedemontana de la región
fitogeográfica de las Yungas con la peculiaridad de que en su porción sur se
inserta a manera de cuña la formación del Bosque Seco chaqueño (Cabrera
1976). Esta particularidad permite la existencia de animales y plantas de
ambos distritos, tratándose de una de las regiones con más alta biodiversidad
de la provincia de Jujuy, siendo hasta el día de hoy un coto de caza y pesca.

*
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) - Centro de
Investigaciones en Ciencias Sociales Regionales y Humanidades (CISOR). Universidad
Nacional de Jujuy. yolatordo@hotmail.com
**
Instituto Interdisciplinario Tilcara, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos
Aires.
***
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) - Instituto de
Geocronología y Geología Isotópica (INGEIS), Universidad de Buenos Aires.
52 Gabriela Ortiz et al.

EL MODELO ECONÓMICO VIGENTE PARA LA ARQUEOLOGÍA DEL


ÁREA Y PLANTEO DEL PROBLEMA

Según antecedentes de investigaciones arqueológicas, los escasos restos


arqueofaunísticos exhumados hasta la década de 1980 y la presencia de en-
docarpos quemados de plantas silvestres en un fogón, llevaron a considerar
la posibilidad de una economía intensamente extractiva en donde la caza y
la pesca jugaron un papel importante (Dougherty 1974). Sin embargo, este
mismo investigador afirmó luego que estas sociedades habrían tenido una
estrategia mixta vinculada a la agricultura principalmente y en menor medida
a la caza, la recolección y la pesca (Dougherty 1975).
Las investigaciones desarrolladas hasta la actualidad han reportado restos
de ictiofauna en algunos de los sitios trabajados desde principios del siglo
XX (Nordenskiöld 1903; Dougherty 1975; Boman [1908] 1991; Ortiz y Nieva
2011), sin dejar de mencionar que, de los 40 sitios arqueológicos registrados
hasta el presente, 38 de ellos se encuentran a la vera de ríos o de paleocauces,
lo que habla de la preferencia por asentarse en las proximidades de cursos
fluviales. Muchas sociedades prehispánicas que ocuparon ambientes de alta
rentabilidad encontraron soluciones exitosas con economías sostenidas en el
tiempo y viables al ambiente local que involucraban solamente un uso limita-
do de plantas domesticas (Smith 2001). Por lo tanto, se podría proponer que
poblaciones que explotan una variedad de recursos entre los que se incluyen
los peces de agua dulce, tienden a no depender exclusivamente de las plantas
cultivadas siendo éstas un complemento en una dieta de amplio espectro.
Sin embargo, si consideramos el análisis de Binford (2001) y de Johnson y
colaboradores (2009), podemos establecer un umbral para la dependencia de
las plantas: cuando la densidad poblacional humana es baja, la dependencia
recae sobre animales; cuando la temperatura es mayor a 12.75°C (haciéndose
énfasis en la extensión de la estación de crecimiento), la dependencia efecti-
vamente es sobre los recursos vegetales; y la importancia de los recursos acuá-
ticos se da cuando se está cerca de cuerpos de agua importantes. El área bajo
análisis resulta estimulante como escenario para el planteo de este tipo de
expectativas, pues al ser subtropical, registra una temperatura media anual de
17ºC y precipitaciones con valores promedio entre los 800 y 1.500 mm anuales
(Jara 2007-2010).Vale decir que diferentes son las variables que inciden a la
hora de definir los patrones alimenticios (por ejemplo, una visión amplia del
consumo se plantea en Killian Galván et al. 2012), pero estos modelos basados
en constreñimientos ambientales nos permiten contrastar hipótesis a la vez
que generar nuevas.
Dado que la economía de estos grupos siempre fue asumida pero no de-
mostrada1, los estudios conducidos en los últimos años se han enfocado en
inferir, a partir de evidencia confiable, la importancia de determinados tipos
de recursos en la economía de estas poblaciones.
Nuevas evidencias en el estudio de la economía y dieta en poblaciones ... 53

En esta oportunidad presentamos los resultados de dos tipos de análisis


realizados: estudios arqueofaunísticos y el análisis de paleodietas humanas a
partir de isótopos estables. Los sitios de donde provienen las muestras que
fueron incluidas en los estudios de arqueofauna son El Sunchal y Pozo de la
Chola. Las muestras de los análisis isotópicos incluyen un total de once indivi-
duos humanos y nueve de fauna, actual y arqueológica, provenientes de los si-
tios: El Sunchal, Aguas Negras; Pozo de la Chola, Arroyo del Medio-Colorado,
Fraile Pintado y áreas próximas a la cuenca del río San Francisco (Figura 1).

Figura 1. Región del valle del río San Francisco con indicación de los sitios
arqueológicos de donde provienen las muestras analizadas.
Referencias: (1) Santa Ana; (2) Fraile Pintado; (3) Pozo de la Chola; (4) Aguas
Negras; (5) Arroyo del Medio-Colorado; (6) El Sunchal.

LOS SITIOS TRABAJADOS

A pesar de las condiciones ambientales, los restos óseos tienen en general


una buena preservación debido al alto contenido de carbonatos residuales en
los suelos. Esto permite que la conservación sea lo suficientemente óptima
para que gran parte del registro óseo se encuentre representado. Los restos
de fauna analizados fueron exhumados de dos sitios distantes entre sí unos 50
km lineales (Figura 1). El primero de ellos, El Sunchal, se encuentra localiza-
do a la vera del arroyo Las Pircas a una altura sobre el nivel del mar de 1.100
metros, en el departamento El Carmen. En este sitio se llevó a cabo un rescate
realizado por personal de la Dirección de Antropología de la provincia de
54 Gabriela Ortiz et al.

Jujuy en el año 1995. No se conservaron registros ni planos del rescate. Como


resultado de este trabajo se cuenta solamente con una breve nota en el libro
de resúmenes de unas jornadas de investigación realizadas en el año 1997 en
Jujuy, ya que fue presentado como modalidad poster. Únicamente se consigna
el hallazgo de restos óseos humanos y de fauna, asociados a “una abundante
cerámica catalogable dentro de las fases más típicas de la Cultura San Fran-
cisco”. Un fechado radiocarbónico sobre carbón vegetal arrojó una edad de
2.365 ± 95 AP (Lucas et al. 1997:65).
El segundo sitio, Pozo de la Chola, está siendo excavado sistemáticamente
desde el año 2009. Se encuentra ubicado en una de las terrazas del río San
Francisco a una altura de 650 msnm y se trata aparentemente de un sitio uni-
componente. Hasta el momento ocho fechados realizados sobre carbón vege-
tal, endocarpos y huesos humanos ubican la ocupación entre comienzos de la
era cristiana y el 500 d.C. La excavación en área realizada hasta el momento
cubre una extensión de 108 m2. Se han exhumado hasta el presente entierros
humanos primarios y secundarios, una gran cantidad de fragmentos cerámi-
cos, artefactos líticos, un “horno en forma de campana”, algunos macro-restos
vegetales y una gran cantidad de restos óseos de fauna (Ortiz 2013).
El sitio de Aguas Negras fue puesto al descubierto durante la limpieza
y nivelación de un sector de la Finca Santa Clara (Dpto. Santa Bárbara).
Se realizó un relevamiento completo del sector expuesto del sitio que
incluyó la recolección sistemática de materiales en una superficie de 2 ha,
aproximadamente. También se realizaron dos sondeos exploratorios con el
objeto de evaluar el impacto producido por las maquinarias agrícolas al nivelar
el terreno para plantar. En este sitio se recuperaron un individuo completo en
asociación contextual y restos de otro en superficie (Ortiz 2007). El esqueleto
exhumado corresponde a un infantil con una edad estimada de 4 años ± 2
años al momento de morir (Seldes y Ortiz 2009). Un fechado realizado a este
entierro dio una fecha de 1650 ± 80 años AP (LP- 486, hueso; ¹²C/¹³C= -20‰
± 2 [cal A.D. 387 - cal A.D. 562]).
La información disponible para el resto de los sitios es menor: Bº Santa Ana,
Fraile Pintado y Arroyo del Medio-Colorado fueron excavados parcialmente
por parte de personal no profesional y presentan materiales arqueológicos
adscriptos exclusivamente al estilo San Francisco.

METODOLOGÍA

Análisis faunístico

Los objetivos que nos planteamos para el análisis arqueofaunístico fueron


determinar la composición taxonómica del conjunto y para el caso de los
camélidos, un cálculo de NISP para cada hueso diagnóstico del esqueleto.
Nuevas evidencias en el estudio de la economía y dieta en poblaciones ... 55

En términos generales nos proponemos discutir las estrategias vinculadas al


consumo humano de las diferentes especies animales presentes en el registro.
Las herramientas metodológicas que aplicamos fueron las siguientes: primero
la determinación de un NR (Número Total de Especímenes Óseos), un
cálculo de NISP (Número de Especímenes Óseos Identificados por Taxón)
(Grayson 1984) y un MNI (Número Mínimo de Individuos) (White 1953).
Por último, la categoría de NID corresponde a los especímenes que no se
pudieron identificar.
Para determinar el estado general de la muestra se realizó un cálculo de los
estadios de meteorización de acuerdo a la propuesta de Behrensmeyer (1978)
y un análisis de termoalteración de los huesos (Mengoni Goñalons 1999).
Para la tarea de identificación se utilizaron manuales osteológicos (Olrog y
Lucero 1981; Pacheco Torres et al. 1986; Díaz y Barquez 2002) y muestras de
referencia de la Puna y de la región de las Yungas de la provincia de Jujuy.
Para la diferenciación de especies en el interior del grupo camelidae
se utilizaron estándares osteométricos correspondientes a animales de
la Puna jujeña y de las cumbres de los valles Calchaquíes. Las medidas de
referencia actuales que se tomaron en consideración son cuatro; la primera
correspondiente a una llama y vicuña ambas provenientes de la Puna de Jujuy
(Mercolli 2011); otra de un guanaco de los valles Calchaquíes, provincia de
Salta (Elkin y Mengoni Goñalons, comunicación personal 1990); y la última
de una vicuña de Rinconada, Jujuy (Elkin y Mengoni Goñalons, comunicación
personal 1990). Las medidas se tomaron sobre la primera falange proximal
(dos en total) y otras dos en los metapodios distales.

Isótopos estables

El análisis de isótopos estables, en especial del carbono (13C/12C) y


nitrógeno (15N/14N), se estableció como evidencia independiente y confiable
en el testeo de hipótesis en las problemáticas paloedietarias (Ambrose 1993;
Schoeninger 1995). Estas relaciones utilizan la notación delta2 y en este
artículo con el símbolo ∆ representaremos la diferencia entre los valores
isotópicos del carbono procedentes de las fracciones orgánica e inorgánica
(según lo expresan Ambrose et al. 1997).
El análisis δ13C, permite distinguir diferentes fuentes de recursos, pues el
carbono ingresa en la cadena trófica tras ser asimilado por los vegetales de
manera diferencial (Ambrose 1993). Esto debido a que existen tres patrones
fotosintéticos con rangos isotópicos distinguibles: C3, C4 (maíz, algunos
amarantos, caña de azúcar y sorgo) y las crasuláceas de metabolismo ácido
(CAM), cuyos valores se asemejan a las plantas con los otros dos patrones.
A la hora de interpretar los valores del carbono en el material óseo, debe
considerarse que el colágeno (δ13Ccol) sigue un modelo particular de
56 Gabriela Ortiz et al.

“enrutamiento”, ya que es producto principalmente de la porción proteica de


la dieta. En cambio, la hidroxyapatita (δ13Cap) sintetiza tanto carbohidratos,
lípidos y proteínas no utilizadas en la síntesis de tejidos (Krueguer y Sullivan
1984). Por lo tanto, se presenta un sesgo, relacionado con que algunos de los
aminoácidos en los vegetales contribuirían a la síntesis del colágeno, pero
las proteínas animales siempre garantizarían la totalidad de los aminoácidos
indispensables para ello. De este modo, podemos utilizar la relación entre
ambas fracciones (∆13Cap-col ‰) para discutir cuan diferentes son las fuentes
proteicas y no proteicas a nivel isotópico.
En lo referente a las relaciones isotópicas δ15N, éstas permiten inferir
la incidencia del consumo de proteínas vegetales respecto a los animales,
por lo tanto podemos utilizarlas para estimar la posición trófica, dado
que el consumidor cuenta con un enriquecimiento típico del 3-4‰ en el
15
N relativo a su dieta (De Niro y Epstein 1981). Ahora bien, las relaciones
isotópicas del nitrógeno pueden verse alteradas por razones independientes
a dicho fraccionamiento. Si bien es vasta la discusión sobre este tópico (Sealy
et al. 1987; Pate 1994; Amundson et al. 2003), por el momento el apoyo a la
explicación de la relación negativa entre los valores de nitrógeno sobre el
colágeno en herbívoros y la disponibilidad de agua, recae sobre el rol de los
valores de δ15N en las plantas estresadas, antes que en causas metabólicas en
los animales (Murphy y Bowman 2006).

RESULTADOS

Fauna

El estado general de la muestra analizada es muy bueno ya que más del 90%
de los huesos se encuentran entre los estadios 1 y 2 de Behrensmeyer (1978),
lo cual lleva a concluir que la mayoría de los especímenes óseos analizados no
han sufrido meteorización. Por otra, una muy baja proporción de los huesos
se encuentran carbonizados o calcinados, por lo tanto, probablemente la
acción térmica no haya alterado el perfil anatómico de la muestra.

El Sunchal
Para el caso de El Sunchal, sobre un total de 83 especímenes óseos, 76
pudieron ser identificados. No hemos realizado una tabla taxonómica ya
que sólo se detectaron especímenes óseos correspondientes a camélido. De
acuerdo a los cálculos de MNI se trataría de un individuo; sin embargo, si nos
atenemos a los datos osteométricos efectuados en tres falanges proximales,
dos de ellas se ubicarían en un estándar correspondiente a un animal de
mediano porte como puede ser una llama mediana o un guanaco y la otra,
a uno de gran porte, probablemente una llama. Así mismo, podemos decir
Nuevas evidencias en el estudio de la economía y dieta en poblaciones ... 57

que se encuentran representadas prácticamente todas las partes tanto del


esqueleto axial como del apendicular. No aparecen los huesos largos de las
patas delanteras como la escápula, el húmero y la radioulna, pero se registró
un pequeño hueso (escafoides) correspondiente a este sector del animal.
Tampoco se identificaron metapodios (ni tarsos ni carpos), esto último tal vez
como producto de un problema de muestreo.

Pozo de la Chola
Los datos correspondientes a Pozo de la Chola indican una diversidad
taxonómica muy marcada (Tabla 1). El predominio es de los mamíferos,
en segundo término se ubican los roedores pequeños (probablemente
intrusivos), luego los peces; en menores proporciones los camélidos, los
roedores de mayor envergadura y en último término aparecen las aves en muy
bajas proporciones. Los elementos ingresados como Chaetophractus sp. son en
su totalidad placas del caparazón.

Pozo de La Chola
TAXÓN NISP
Mamífero 125
Roedores pequeños 17
Pez 14
Camélido 5
Lagidiumsp. 5
Ave 3
Chaetophractussp 131
Total NISP 300
NID 138
NR 438

Tabla 1. Composición taxonómica de la muestra de restos arqueofaunísticos del sitio


Pozo de la Chola.

Isótopos estables

En la Tabla 2 se describen los individuos humanos comprendidos en


este trabajo3. De la totalidad de la muestra analizada, sólo uno de ellos
presenta valores que no son confiables, dado que el resto posee una relación
atómica de C:N dentro del rango de 2,9 a 3,6 (De Niro 1985). La muestra
problemática se obtuvo del sitio arqueológico Fraile Pintado 2 y puede estar
reflejando una ligera contaminación de lípidos, carbonatos, ácidos húmicos
u otras substancias enriquecidas en carbono (Ambrose 1993). A pesar de que
los valores obtenidos se encuentran dentro de las expectativas y no difieren
58 Gabriela Ortiz et al.

respecto al resto, debemos mantener a esta muestra bajo consideración para


la reconstrucción. Con respecto a los valores en hidroxyapatita, consideramos
el rendimiento esperado (siguiendo a Ambrose et al. 1997) para juzgar a los
valores como primarios.

altitud rango Deformación


N° Sitio δ13Ccol δ15N δ13Cap ∆13Cap-col C:N Cronología
msnm etario craneana
Pozo de la
1 Chola UP -12,4 8,4 -6,8 5,6 3,3 650 adulto Tabular erecta
A- 2 /A
2030 ± 80 y
3 -12,4 9,1 3,1 650 adulto 2030 ± 50
Pozo de la
s/d
Chola sub-
4 -11,1 12,2 3,3 650
adulto
Agua 4±2
2 -10,7 7,7 3 600 Tabular erecta 1650 ± 80
Negra años
B° Santa s/d s/d
6± 1
5 Ana- San -14,1 7,5 3,1 553 Tabular erecta s/f
años
Pedro
Fraile
6 -14,1 6,4 5,1 adulto
Pintado 2
415 s/d s/f
Fraile
7 -12,7 6,8 3,3 adulto
Pintado
Circular
8 -10,2 7,0 -4,6 5,6 3,3 adulto
El erecta
Sunchal, Circular
9 -11,2 5,8 -6,4 4,8 3,3 1100 adulto 2365 ± 95
Dpto. El erecta
Carmen Circular
10 -10,6 6,2 -5,2 5,3 3,3 adulto
erecta
Arroyo
del Circular
11 -13,2 7,3 -8,6 4,6 3,3 500 adulto s/f
Medio- erecta
Colorado
Media -12,1 7,7 -6,3 5,2
 
d.s. 1,4 1,8 1,5 0,5

Tabla 2. Valores δ13C y δ15N en la fracción orgánica y valores δ13C en la fracción


inorgánica de individuos pertenecientes a diferentes sitios arqueológicos del área río
San Francisco.

En lo que respecta a la dieta proteica se obtuvieron valores en carbono (δ


13
C -12,1‰ ± 1,3) y nitrógeno (δ 15N 7,7‰ ± 1,7) en colágeno que indican
la presencia de recursos vegetales que se enmarcan dentro de un patrón
fotosintético C4 y teóricamente animales de ecosistemas terrestres. Siguiendo
el trabajo de Fry (1991) y de acuerdo a los valores propios para la localidad, los
individuos se encuentran por debajo de las expectativas para dietas basadas en
peces de agua dulce, los cuales se caracterizan por poseer valores enriquecidos
Nuevas evidencias en el estudio de la economía y dieta en poblaciones ... 59

en 15N pero empobrecidos en 13C. De todos modos y dada la amplia variación


encontrada en especies de ambientes acuáticos, los comparamos con valores
de fauna ribereña.
Con respecto al análisis isotópico en la fracción inorgánica del hueso,
incluso aquellos individuos que presentan valores como δ 13C -14,1‰,
probablemente se enmarcan dentro de lo que es una dieta bajo un patrón
fotosintético C4. Pues los análisis sobre esta fracción en los individuos donde
esto pudo ser posible nos siguen indicando la predominancia de este patrón
fotosintético (Figura 2).

Figura 2. Valores δ13Ccol, δ13Cap y δ15N en humanos discriminados por procedencia.

En lo que respecta a la fauna local, los resultados sobre muestras óseas


se resumen en la Tabla 3, siendo estos ejemplares tanto arqueológicos como
actuales.
El primer aspecto que abordaremos es la inferencia sobre la dieta proteica,
con lo cual es importante aclarar que dado que los individuos provienen de
una llanura que va de los 500 a 1.100 msnm no es esperable que los recursos se
inserten en cadenas tróficas enriquecidas desde sus bases respecto a la relación
δ 15N, como es el caso de ecozonas de mayor altitud y aridez como la Puna.
Si bien esta expectativa se cumple para los valores humanos (exceptuando
uno de los individuos de Pozo de la Chola con un valor δ 15N +12,2 que,
dada su posible condición de lactante, esté siendo afectado por el efecto de
fraccionamiento trófico propio de la infancia), no ocurre lo mismo con los
ejemplares de fauna local, notoriamente más positivos. Esto nos coloca en
una primera situación que desafía la expectativa de una cadena trófica clásica,
pues los valores de los recursos se encuentran por encima de los supuestos
consumidores.
En segundo lugar, dadas las evidencias zooarqueológicas en dos de los
sitios estudiados, resulta ineludible considerar el aporte de peces y recursos
fluviales en el repertorio de alimentos consumidos. Para ello recurrimos en
primer lugar a valores en colágeno pertenecientes al Humedal del río Paraná
60 Gabriela Ortiz et al.

(Acosta y Loponte 2002-04)4. Asimismo, realizamos análisis sobre “peces


dorados” (Salminus maxillous) hallados en el registro arqueológico y en la
actualidad en el área. Como se ve en la Figura 3, estos recursos se encuentran
alejados de las dietas estimadas para los individuos de la región, si tenemos en
consideración los fraccionamientos de 1‰ para carbono y 4‰ para nitrógeno
(considerando los rangos propuestos por Drucker y Bocherens 2004).

Nombre δ δ ∆
N° Especie Procedencia Cronología δ15N C:N
local Ccol
13
Cap
13
Cap-col
13

El Piquete,
1 Tolypeutes sp. Armadillo Actual (2009) -21,6 13,3 -15,7 5,9 3,2
Sta. Bárbara
Pozo de la
2 Ctenomys sp. Roedor Arqueológico -10,9 7,7 3,3
Chola
Teleósteo s/d s/d
Characidae? Pozo de la
3 Pez Arqueológico -18,0 10,9 3,4
Salminus  Chola
brasiliensis?
Characidae 
Pez Río Bermejo,
4 Salminus  Actual (2009) -22,5 9,7 -12,0 10,5 3,4
Dorado Orán
brasiliensis
Chancho El Piquete,
5 Tayassu pecari? Actual (2010) -23,7 6,6 -16,6 7,1 3,2
del Monte Sta. Bárbara
El Sunchal,
6 Lama glama llama Dpto. El 2365 ± 95 -10,4 7,4 3,1
Carmen
mamífero
7 -14,9 9,8 s/d s/d 3,3
indeterminado
Pozo de la 2030 ± 80 y
mamífero s/d
8 Chola 2030 ± 50 -15,8 12,1 3,3
indeterminado
9 ave? -12,1 11,3 2,9

Tabla 3. Valores δ13C y δ15N en la fracción orgánica y valores δ13C en la fracción


inorgánica de fauna procedente de sitios arqueológicos o recolectados recientemente
en el área del río San Francisco y zonas aledañas.

Con respecto a los valores isotópicos terrestres del área, contamos con
valores en colágeno de un espécimen de Lama glama. Aunque el valor obtenido
en nitrógeno es esperable, dado que es un herbívoro pastando en un entorno
de baja altitud y alta humedad y por lo tanto diferente a su hábitat habitual, en
el caso del carbono se encuentra más enriquecido de lo esperado. Este último
valor concuerda con una alimentación basada en pasturas casi exclusivamente
C4, aunque no podemos descartar, dadas las características de dichas pasturas
que no las hacen preferidas para estos animales, que haya habido una
estrategia para su engorde basando su dieta en maíz (lo cual ha sido sugerido
Nuevas evidencias en el estudio de la economía y dieta en poblaciones ... 61

para otros casos en quebrada de Humahuaca por Mengoni Goñalons 2007 y


Fernández y Panarello 1999-2001 para Puna). Asimismo, debemos considerar
los tres valores disponibles para camélidos en sitios arqueológicos de Yungas
(Fasth 2003), los cuales han mostrado un enriquecimiento notorio (entre
δ 13C -13,3‰ y -11‰). Con respecto a los realizados en la fauna silvestre
encontrada actualmente, Tolypeutes sp., Pecari tajacu, Ctenomys sp., podemos
apoyar la idea de una estrategia de engorde, pues estos mamíferos cuentan
con valores en carbono empobrecidos, lo cual apoya la hipótesis de que el
camélido que ingresó al sitio arqueológico fue alimentado especialmente con
especies C4.
Como se observa en la Figura 3, el único recurso que parece coincidir
con las dietas estimadas5 a partir de los valores humanos son los camélidos
analizados por Mengoni Goñalons (2007) para quebrada de Humahuaca y en
períodos más tardíos. Aunque no todos estos individuos se explican dados los
rangos de distribución de dicha especie.

Figura 3. Dietas proteicas estimadas de los individuos humanos y valores isotópicos


de fauna disponibles para el área.
62 Gabriela Ortiz et al.

Incluso, siguiendo los trabajos de Phillips y Gregg (2003), estaríamos


en presencia de un escenario donde los recursos con los que se cuenta no
explicarían el patrón de consumo humano, siendo necesario ampliar el
muestreo isotópico, para poder responder el interrogante paleodietario.
Ahora bien, aunque la dieta proteica puede ser muy informativa, debemos
abordar, en la medida que se pueda, la dieta total. Esto es posible mediante el
análisis en la fracción inorgánica del hueso. En la Figura 4 se encuentran los
valores de los individuos discriminados por su procedencia y los recursos. Para
la estimación paleodietaria total, tomamos por un lado valores isotópicos para
vegetales modernos comestibles con patrón fotosintético C3 (Chenopodium
quinoa, Oxalis tuberosa, Hipsocharis sp., Phaseolus vulgaris, Capsicum annuum,
Cucurbita sp.), C4 (Amaranthus caudatus) y CAM (Opuntia ficus-indica), obtenidos
en quebrada de Humahuaca y Puna (Argentina). También incluimos valores
de Zea mays publicados por De Niro y Hastorf (1985) de Perú, dado que aún
no contamos con análisis sobre vegetales actuales para la región.

Figura 4. Valores humanos disponibles para la relación δ13C en hidroxyapatita y


recursos vegetales.
Nuevas evidencias en el estudio de la economía y dieta en poblaciones ... 63

Entonces las paleodietas bajo análisis tienen más relación con los valores
para vegetales C4 y en todo caso CAM, antes que aquellos C3. Dada la
potencialidad económica del área para la explotación del maíz, es probable
que éste haya sido un componente importante de la dieta de la mayoría de
los individuos. No podemos descartar, no obstante, que plantas silvestres
con patrón fotosintético CAM (como las diferentes crasuláceas presentes
en la región), hayan jugado un rol importante en la dieta. Sin embargo,
y a la hora de discutir el consumo de maíz, no podemos dejar de lado
que los valores δ 13C (n=4) en colágeno en fauna (mamíferos, sin especie
determinada) ofrecen un promedio de -13,3‰, con lo cual, es probable que
la ecología en la que se insertaron estos individuos consta de recursos bajo
un patrón fotosintético C4 silvestre. Quizá este recurso estuvo a disposición
de los humanos y el maíz no sea la única explicación para los valores en
carbono enriquecidos.
Otro aspecto que debemos analizar es la variabilidad interna de la muestra
en humanos. Por ejemplo, poseemos valores δ 13C más empobrecidos en
Fraile Pintado y Santa Ana (Figura 2), los cuales deben ser vinculados con
los recursos faunísticos y vegetales enmarcados en la vía fotosintética C3. En
cambio, los individuos de Agua Negra y el Sunchal, poseen una dieta vinculada
probablemente al maíz y a las crasuláceas comestibles de alto valor energético
que se encuentran, como ya advertimos, disponibles en el área.
En síntesis, resulta necesario incrementar el número de los valores
isotópicos locales para poder realizar una mejor interpretación de los datos.
Por el momento, podemos inclinarnos a la inclusión en la dieta de herbívoros
terrestres, en contraposición a la fluvial y esto no solo por la información
que ofrecen los valores en nitrógeno sino por lo enriquecida que resulta la
dieta proteica representada en los valores en carbono del colágeno. Por otro
lado, si bien existe una discusión sobre el fraccionamiento en el nitrógeno
a través de las cadenas tróficas, el comúnmente aceptado de 3-4‰ nos
remite a herbívoros con valores empobrecidos o directamente una dieta rica
en recursos vegetales. Este aspecto no deja de resultar estimulante, sobre
todo si atendemos a los valores en carbono de la fauna local, que resultan
notoriamente empobrecidos.

DISCUSIÓN Y PALABRAS FINALES

Los datos presentados en esta oportunidad han permitido una primera


aproximación a las opciones alimentarias de los grupos que ocuparon la
región del piedemonte subandino de Jujuy en momentos tempranos. La
necesidad de conocer en profundidad las estrategias de consumo alimenticio
en las sociedades que ocuparon la cuenca del río San Francisco resulta del
escaso conocimiento sobre su economía en general. Aunque la relación entre
64 Gabriela Ortiz et al.

lo producido y lo consumido es problemática, es una vía más para dar cuenta


de este dilema. El trabajo de Barlow (2002) resulta útil en lo que respecta
a la inferencia directa entre los indicadores de cultivo extensivo e intensivo
y la dieta, pues propone que la inversión en dicha actividad se manifiesta
entre aquellas comunidades que tienen un bajo nivel de rendimiento, no
así entre las que practican horticultura de roza y quema. Sobre la base de
la escasa inversión de tiempo en preparación de la tierra para sembrar que
requieren en la actualidad los cultivos de la región; una forma de agricultura
extensiva y de alto rendimiento debería ser lo esperado. Esto se relaciona
con la propuesta de Binford (2001), que señalamos al comienzo, donde la
Temperatura Efectiva juega un rol importante. Todos estos factores podrían
ser la explicación para que los individuos estudiados, a pesar de tener acceso
a recursos fluviales, posean dietas vinculadas principalmente a las economías
maiceras6.
A partir de la evidencia isotópica, proponemos referirnos a una estrategia
de explotación mixta. En ésta, los peces que aparecen notablemente
representados en el registro arqueofaunístico, pudieron haber sido un recurso
estacional y no un aporte estable en la dieta. De este modo, podríamos dar
cuenta de la ausencia en el registro bioarqueológico de indicadores de estrés
nutricional (Seldes y Ortiz 2009), pues pudo tratarse de una dieta equilibrada
y variada que respetara el calendario estacional anual.
Asimismo, y en concordancia con la explotación de los recursos faunísticos,
se puede afirmar que existió un aprovechamiento de la amplia diversidad
de los recursos disponibles en la región. Si bien la muestra analizada es
limitada en término cuantitativos, es importante destacar que se encontró
una gran variedad taxonómica, sobre todo en el sitio Pozo de la Chola. En
el caso de El Sunchal hasta el momento solo se ha registrado la presencia
de camelidae. En relación a este recurso, poco podemos decir, ya que como
mencionamos anteriormente se trata de un contexto un tanto confuso y con
poca información de referencia. Si bien los huesos se encuentran presentes
no podemos especular en relación a si se trata de un recurso proveniente
de la Puna (tanto si trajeron un animal en pie o partes del mismo), o si
se trata de un manejo local de rebaños de llamas llevado a cabo por parte
de grupos que habitaban las zonas bajas. Prácticamente lo mismo se nos
ocurre para el caso de que las medidas de animales medianos en tamaño
correspondieran a un guanaco; más allá de la distribución de esta especie,
realmente no sabemos por el momento cómo pudo ingresar el mismo al
espacio de consumo. No es desatinado pensar en la posibilidad de que
este tipo de recursos se obtuvieran a partir de intercambios entre grupo de
pastores provenientes de la quebrada de Humahuaca o de la Puna, con los
que habitaban en las zonas bajas.
A su vez, la variabilidad isotópica registrada en la población bajo estudio nos
permite pensar en las opciones alimentarias que pudieron ser escogidas más
Nuevas evidencias en el estudio de la economía y dieta en poblaciones ... 65

allá de las proporciones en que distintos grupos de alimentos contribuyeron a


la dieta. Esto permite también la reflexión acerca de las estrategias utilizadas
por individuos de una misma población que ocuparon ambientes similares,
enriqueciendo nuestro conocimiento sobre la diversidad culturalmente
pautada en las elecciones humanas sobre determinadas clases de recursos y
los sistemas sociales que les otorgan la categoría de “alimento”.

AGRADECIMIENTOS

Al personal del Museo Bernardino Rivadavia de la Ciudad de Buenos Aires,


Dr. Juan Carlos Fernicola (MACN-UNLu), Dr. Alejandro Kramarz (MACN),
Doctoras Julia B. De Sojo, Laura Nicoli, Alicia Alvarez y Francisco Prevosti y
el Licenciado Mariano Ramírez por ayudarnos en la sistematización de los
ejemplares de fauna aquí presentados; Augusto Tessone y Celeste Samec por
sus recomendaciones bibliográficas; a Estela Ducós (INGEIS) por su asistencia
técnica. A los alumnos de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales que
participaron en las tareas de excavación en el sitio Pozo de la Chola. Este
trabajo forma parte de los trabajos desarrollados en el marco del proyecto
PIP Nº11420090100180 del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas
y Técnicas, Argentina (dirigido por G. Ortiz) y del proyecto PICTO 08-00131
de la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad Nacional de Jujuy
(G. Ortiz investigador participante). Las investigaciones fueron parcialmente
financiadas por CONICET, en el marco de la Beca Doctoral Tipo I otorgada a
Violeta A. Killian Galván.

BIBLIOGRAFÍA

Acosta, A. y D. Loponte
2002-04. Presas y predadores: avances en el conocimiento de la composición
isotópica de la dieta de los grupos prehispánicos del sector centro-oriental de la
región pampeana. Arqueología 12: 105-135.

Ambrose, S. H.
1993. Isotopic analysis of paleodiets: Methodological and interpretive considerations.
En M. K. Sandford (ed.), Investigations of ancient human tissue. Chemical analysis in
anthropology: 59-130. Pennsylvania, Gordon and Breach Science Publishers.

Ambrose, S. H., B. M. Butler, D. B. Hanson, R. L. Hunter-Anderson y H. W. Krueger


1997. Stable isotope analysis of human diet in Marianas Archipelago, Western
Pacific. American Journal of Physical Anthropology 104: 343-361.
66 Gabriela Ortiz et al.

Amundson, R., E. A. Austin, E. A. G. Shuur, K. Yoo, V. Matek, C. Kendall, A. Uebersax,


D. Brenner y T. Baisden
2003. Global patterns of the isotopic composition of soil and plant nitrogen. Global
Biochemical Cycles 17 (1): 1031.

Barlow, R.
2002. Predicting Maize Agriculture among the Fremont: An Economic Comparison
of Farming and Foraging in the American Southwest. American Antiquity 67: 65-
88.

Behrensmeyer, A.
1978. Taphonomic and Ecologic Information from Bone Weathering. Paleobiology
4: 150-162.

Binford, L.
2001. Constructing Frames of Reference: An Analytical Method for Archaeological Theory
Building Using Ethnographic and Environmental Data Sets. Berkeley, CA., University
of California Press.

Boman E.
[1908] 1991. Antigüedades de la región andina de la República Argentina y del desierto de
Atacama. Jujuy, Universidad Nacional de Jujuy.

Cabrera, A.
1976. Regiones fitogeográficas argentinas. En Enciclopedia Argentina de Agricultura y
Jardinería, T. II, Fascículo 1: 85. Buenos Aires, Editorial ACME S.A.C.I.

De Niro, M. J.
1985. Postmortem preservation and alteration of in vivo bone collagen isotope
ratios in relation to palaeodietary reconstruction. Nature 317: 806-809.

De Niro, M. J. y S. Epstein
1981. Influence of diet on the distribution of nitrogen isotopes in animals.
Geochimica et Cosmochimica Acta 45: 341-351.

De Niro, M. J. y C.A. Hastorf


1985. Alteration of 15N/14N and 13C/12C ratios of plant matter during the initial
stages of diagenesis: Studies utilizing archaeological specimens from Peru.
Geochimica et Cosmochimica Acta 49: 97-115[16].

Díaz, M. M. y R. M. Barquez
2002. Los mamíferos de Jujuy, Argentina. Buenos Aires, LOLA.

Dougherty, B.
1974. Análisis de la variación medioambiental en la subregión arqueológica de San
Francisco (región de las selvas occidentales, subárea del NOA). Etnía 20: 1-11.
1975. Nuevos aportes para el conocimiento del Complejo Arqueológico San
Francisco (sector septentrional de la región de las selvas occidentales argentinas,
Nuevas evidencias en el estudio de la economía y dieta en poblaciones ... 67

subárea del noroeste argentino). Tesis Doctoral inédita, Facultad de Ciencias


Naturales y Museo, Universidad Nacional de La Plata.

Fasth, N.
2003. La Candelaria: preservation and conservation of an archaeological museum
collection from northwestern Argentina at the Museum of World Culture.
Trabajo de seminario inédito, Göteborg Universitet.

Fernández, J. y H. O. Panarello
1999-2001. Isótopos del carbono en la dieta de herbívoros y carnívoros de los Andes
jujeños. Xama 12-14: 71-85.

Fry, B.
1991. Stable Isotope Diagrams of Freshwater Food Webs. Ecology 72 (6): 2293-2297.

Garay de Fumagalli, M. y M. B. Cremonte


2002. Ocupaciones agropastoriles tempranas al sur de la Quebrada de Humahuaca
(Jujuy, Argentina). Chungara, Revista de Antropología 34(1): 35-52.

Garvie-Lok, S., T. L. Varney y M. Katzenberg


2004. Acetic acid treatment of bone carbonate: The effects of treatment time and
solution concentration. Journal of Archaeological Science 31:763-776.

Grayson, D.
1984. Quantitative Zooarchaeology: Topics in the Analysis of Archaeological Faunas.
Orlando, Academic Press.

Jara, R. S.
2007-10. Arqueología e Historia del Valle del Río San Francisco y zonas vecinas. Programa
conservación y manejo de Recursos Naturales. Jujuy, Parque Nacional Calilegua -
Municipalidad de Libertador General San Martín.

Johnson, A., A. Gil, G. Neme y J. Freeman


2009. Maíces e intensificación: Explorando el uso de marcos de referencia. En G.
López y M. Cardillo (eds.), Arqueología y Evolución. Teoría, Metodología y Casos de
Estudio: 23-48. Buenos Aires, Colección Complejidad Humana.

Killian Galván, V. A., D. E. Olivera y E. Gallegos


2012. Una aproximación isotópica al consumo del maíz en la Localidad
Arqueológica Río Doncellas (Dpto. de Cochinota, Prov. de Jujuy). En P. Babot, F.
Pazzarelli y M. Marschoff (eds.), Las manos en la masa: arqueologías y antropologías
de la alimentación en Sudamérica: 319-338. Córdoba, Ed. Corintios 31.

Krueguer, H. W. y C. H. Sullivan
1984. Models for carbon isotope fractionation between diet and bone. En J. R.
Turnuld y P. E. Johnson (eds.), Stable Isotopes in nutricion: 205-220. Washington
D.C., American Chemical Society Symposium Series.
68 Gabriela Ortiz et al.

Lucas, L., M. Godoy, D. Rivero y L. Paredes


1997. Rescate arqueológico en El Sunchal, dpto. El Carmen. Suplemento Cuadernos 8:
65. Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Jujuy.

Mengoni Goñalons, G. L.
1999. Cazadores de Guanacos de la estepa patagónica. Buenos Aires, Colección Tesis
Doctorales, Sociedad Argentina de Antropología.
2007. Camelid managment during Inca times in N.W. Argentina: models and
archaeozoological indicators. Anthropozoologica 42 (2): 129-141.

Mercolli, P.
2011. Informe osteométrico sobre medidas realizadas sobre un esqueleto de llama
y vicuña provenientes de la puna jujeña. Tilcara, Instituto Interdisciplinario
Tilcara, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Ms.

Murphy, B. P. y D. M. Bowman
2006. Kangaroo metabolism does not cause the relationship between bone collagen
δ15N and water availability. Functional Ecology 20 (6): 1062-1069.

Nordenskiöld, E.
[1903] 1993. Lugares precolombinos de asentamiento y entierro en la frontera sudoeste del
Chaco. Jujuy, Serie Jujuy en el pasado, Universidad Nacional de Jujuy.

Olrog, C. C. y M. M. Lucero
1981. Guía de los Mamíferos Argentinos. San Miguel de Tucumán, Fundación Miguel
Lillo.

Ortiz, G.
2003. Estado actual del conocimiento del denominado complejo o tradición
cultural San Francisco, a 100 años de su descubrimiento. En M.G. Ortiz y B.
Ventura (eds.), La mitad verde del mundo andino. Investigaciones arqueológicas en la
vertiente oriental de los Andes y las tierras bajas de Bolivia y Argentina: 23-71. Jujuy,
CREA, Universidad Nacional de Jujuy.
2007. La evolución del uso del espacio en las tierras bajas jujeñas (subárea del río
San Francisco). Tesis de Doctorado inédita, Facultad de Filosofía y Humanidades,
Universidad Nacional de Córdoba.
2013. Vida y Muerte en el valle de San Francisco. Prácticas funerarias complejas y
diversidad mortuoria en grupos de la selva pedemontana de Jujuy (Argentina).
Dossiê Memória e Narrativas nas Religiões e nas Religiosidades. Revista Brasileira de
História das Religiões V (15): 93-117.

Ortiz, G. y L. Nieva
2011. Prácticas mortuorias en las poblaciones tempranas del valle del río San
Francisco (prov. de Jujuy, Argentina). Revista Comechingonia 14: 43-61.

Pacheco Torres, V. R., A. Altamirano Enciso y E. Guerra Porras


1986. The Osteology of South American Camelids. Los Angeles, Archaeological Research
Tools, Vol. 3. Institute of Archaeology, University of California.
Nuevas evidencias en el estudio de la economía y dieta en poblaciones ... 69

Pate, F. D.
1994. Bone Chemistry and Paleodiet. Journal of Archaeological Method and Theory 1:
161-209.

Phillips, D. y J. W. Gregg
2003. Source partitioning using stable isotopes: coping with too many sources,
Oecologia 136: 261-269.

Schoeninger, M. J.
1995. Stable Isotopes Studies in Human Evolution. Evolutionary Anthropology 4 (3):
83- 98.

Sealy, J. C., N. J. Van der Merwe, J. A. Lee Thorp y J. L. Lanham


1987. Nitrogen isotopic ecology in southern Africa: Implications for environmental
and dietary tracing. Geochimica et Cosmochimica Acta. 51 (10): 2707-2717.

Seldes, V. y G. Ortiz
2009. Avances en los estudios bioarqueólogicos de la región del río San Francisco,
Jujuy, Argentina. Andes 20: 15-35.

Smith, B.
2001. Low-level food production. Journal of Archaeological Research 9 (1): 1-43.

Tykot, R. H.
2004. Stable isotopes and diet: you are what you eat. En M. Martini, M. Milazzo y
M. Piacentini (eds.), Proceedings of the International School of Physics “Enrico Ferni”
Course CLIVE: 433-444. Amsterdam, IOS Press.

White, T. E.
1953. A Method of Calculating the Dietary Percentage of Various Food Animals
Utilized by Aboriginal Peoples. American Antiquity 19: 396-398.

NOTAS

1
Como es el caso de Dougherty (1974), quien estableció un modelo de tipo adap-
tativo de explotación económica diferencial para el área, conforme la ubicación
geográfica de los sitios, basándose en la variabilidad a micro y mesoescala.
2
δ13C representa la diferencia entre la medición de la relación isotópica que nos
interesa y la relación isotópica de un estándar. Para el caso del carbono, es el car-
bonato V-Pee Dee Belemnite. Debido a que esta diferencia es muy pequeña, dicha
relación es expresada como partes por mil (‰), siguiendo la siguiente ecuación:
δ 13C = [(Tmuestra/Testándar) -1] x 1.000. Para el caso del nitrógeno, el valor estándar
utilizado es el Ambient Inhalable Reservoir (AIR) y sigue la siguiente ecuación: δ 15N
(‰) = [(15N/14N)muestra - (15N/14N)estándar /(15N/14N)estándar] *1.000.
3
Los análisis se efectuaron en INGEIS (UBA/CONICET), siguiendo los protocolos
de Tykot (2004) y Garvie-Lok y colaboradores (2004).
4
Para armado (Doradidae, cf P. granulosus) y bagre (Pimelodidae).
70 Gabriela Ortiz et al.

5
En el caso de los valores de nitrógeno en ave (especie sin determinar), éste muestra
una señal enriquecida (δ 15N +11,29‰), lo cual no nos permite afirmar una rele-
vancia de este tipo de recursos en la dieta proteica de los individuos.
6
Sin embargo, esto iría en contra del escenario de mayor aridez propuesto para el
período que aquí abordamos (Garay de Fumagalli y Cremonte 2002). Por ello, un
estudio paleoclimático a escalas de análisis más acotadas resulta necesario.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad

DEBATE

ORTIZ, KILLIAN GALVÁN y MERCOLLI

Nielsen: Vos dijiste que los valores, ¿cómo eran? de la fracción colágeno se
reflejaba el consumo de proteínas, ¿cómo entraba el maíz? no entendí, ¿los
cultígenos o estás pensando que son forrajes lo que les están dando?

Killian Galván: No, en realidad hay muestras arqueológicas en las cuales no


podés hacer el análisis, solo evaluamos los valores en la fracción colágeno del
registro. Muchas veces dan valores que son dudosos, por ejemplo δ13C -14‰;
lo importante es saber establecer de dónde viene ese valor, nosotros tenemos
por acá, los valores del maíz, este -14‰ ¿está indicando realmente el consu-
mo de maíz tanto como estos valores de acá? (muestra un gráfico con valores
δ13C en colágeno más positivos). Cuando hablamos de colágeno esta clase de
valores son dudosos, ¿por qué? porque el colágeno se constituye a partir de
proteínas… con lo cual el vegetal tiende a quedar solapado, entonces con el
análisis en la fracción apatita uno puede complementar esta información, es-
tos valores son más indudables porque sí o sí, acá hubo algo más que proteína
bajo patrón fotosintético C4 para que estos valores sean tan positivos. Ahora
cuando tenés un valor intermedio, solamente con colágeno, no podemos de-
cir si hubo consumo de maíz.

Nielsen: ¿En qué medida, manejándonos con el colágeno solo, una tendencia
al patrón C4 está indicando un consumo de maíz?, siendo que el maíz tiene un
aporte de proteínas relativamente bajo en relación con el amaranto; como las
quenopodiáceas que tienen un alto porcentaje proteico, uno podría pensar
que hay un ingreso directo, un patrón C3 en este caso.

Killian Galván: Igual nos tendría que dar valores diferentes.

Nielsen: Directamente, ¿se reflejaría en el colágeno?

Killian Galván: En colágeno, estos valores intermedios podrían estar repre-


sentando el consumo indirecto, es decir, que hay herbívoros que están con-
sumiendo forraje C4, no solamente maíz si no pasturas C4 que también están
presentes en el área, por eso para mí, estos dos podrían ser (señala valores
δ13C intermedios), hasta que no tenga valores de carbono en apatita yo no
puedo decir que sean valores asociados directamente al maíz, en cambio estos
sí (señala valores δ13C más positivos).
72 Gabriela Ortiz et al.

[NOTA: Posteriormente fue posible realizar estos análisis, confirmándose la


presencia de consumo directo de plantas bajo patrón fotosintético C4 en la
mayoría de los casos (Ortiz, M. G. y V. Killian Galván 2016. El consumo como
vía para comprender economías mixtas. Su aplicación al sur del valle de San
Francisco, región pedemontana de Jujuy (Argentina). En S. Alconini (ed.),
Entre la vertiente tropical y los valles. Sociedades regionales e interacción prehispánicas
en los Andes Centro Sur: 263-282. Bolivia, Plural Editores].

Nielsen: Pero, podría suceder que muestreando las pasturas encuentres que
hay pasturas C4 y que no tiene que ver con el maíz si no con la abundancia de
alguna especie C4 en el ambiente.

Ortiz: Eso es lo que pensamos hacer, muestrear pasturas, ahora lo que tene-
mos puede ser otra cosa. Lo conversamos con Violeta (Killian Galván), hay
cosas que son inconsistentes, los mamíferos que estamos midiendo de Pozo
de la Chola son de excavación, los hemos ingresado como mamíferos no iden-
tificados, porque aún no sabemos de qué especies son. En el caso de los ca-
mélidos se podría pensar que se los está alimentando con forraje de maíz
pero, ¿qué pasa con los otros animales?, ¿están entrando a la huerta?, se trata
de animales silvestres que estarían dando el mismo grado de enriquecimien-
to, alrededor de C4, entonces la pregunta es ¿qué pasa con estos animales?,
¿también están comiendo maíz?, ¿son comensales oportunistas?, ¿invaden la
huerta?, ¿son criados como mascotas?. Entonces estamos empezando a medir
pasturas, es una buena punta, y también a medir valores para peces modernos
y arqueológicos, de animales modernos, y de contextos arqueológicos para
la región. Por ejemplo, hemos identificado pez Dorado, que está arriba en la
cadena trófica y los valores medidos hasta ahora son de peces del río Paraná,
no hay valores para el NOA.

Cruz: Tengo dos preguntas, una para Pablo (Mercolli) y otra para Gabriela
(Ortiz). Para Pablo, saber si hay colecciones de referencias de guanaco del
Chaco, porque hay mucha diferencia con el de la sierra; y si dentro de las co-
lecciones de referencias para el guanaco del Chaco hay algunos indicadores
de domesticidad o semi-domesticidad, ya que hay referencias históricas y et-
nográficas que, por lo menos, estaban como dice Yacobaccio habituados. Para
Gabriela, quizás no tiene mucho que ver con la presentación, pero a partir
de tus observaciones, de los datos, una idea, una intuición, si considerás que
pudieron haber áreas fuentes y si la distribución de los sitios de San Francisco
pueda estar relacionada con un manejo de área fuentes. Me explico; lo que
pude ver de los sitios de Calilegua es que se encuentran todos en las partes
bajas y cuando el relieve empieza a ser más abrupto no están, y no sé si tiene
alguna explicación dada por el relieve mismo o si es que hay pueblos como
los tacanas, los ese‘ejja que viven en el piedemonte y que tienen sectores del
monte bajo como áreas fuentes para los animales que están cazando, sobre
DEBATE de: Nuevas evidencias en el estudio de la economía y dieta en ... 73

todo a las especies que están consumiendo, las dejan reproducirse, es decir,
son amplios sectores donde no hay ocupaciones.

Mercolli: Vos sabes que en los congresos o simposios de zooarqueología pasa


siempre lo mismo, hasta que Mengoni Goñalons un día sugirió ser precavi-
dos con esta medida, porque es de los valles Calchaquíes. Es por este motivo
que yo agregué otras medidas osteométricas. Por otra parte, tanto él como
Hugo Yacobaccio propusieron en una publicación que comencemos a utilizar
medidas osteométricas coincidentes a las latitudes de donde provienen las
muestras arqueológicas. Por ejemplo, (Andrés) Izeta agrega medidas de su
región de estudio, sin embargo, a veces la fluctuación es muy grande, tal vez
no en el caso de vicuña-guanaco, pero en llama en 500 años tenés una fluc-
tuación importante. Después hay también diferencias en falanges delanteras
y traseras, el crecimiento de las falanges en los camélidos es diferenciado, se
desarrollan de manera distinta, más ruido. Medidas de referencia de guana-
co norteño no abundan y encima en los últimos veinte o treinta años de la
zooarqueología se tuvo que revertir un aspecto, y es que se utilizaban las me-
diciones osteométricas de animales de Perú, o sea se usaban las mediciones de
Kent, que son dimensiones totalmente distintas. Respecto a lo que mencionás
de Yacobaccio, intuyo que haces referencia al concepto de “protective herding”
que es una suerte de protección a ciertos animales para modificar la relación
predador-presa. Pero eso no es domesticación, para que exista domesticación
debe haber una incidencia del humano sobre la reproducción de una especie
y con el tiempo es donde se modifican los tamaños, y es ahí justamente donde
aparecen las diferencias osteométricas que buscan los que trabajan domestica-
ción y dicen: mira acá hay una variedad respecto de lo que venimos midiendo
de falanges de vicuña y guanaco, por ejemplo; entonces puede ser una llama,
y ahí sí se manifiesta un cambio en las medidas osteométricas. Pero si es un
protective es muy difícil que se modifique. Más allá de que existió una etapa de
amansamiento, digo que es difícil detectarlo en el registro.

Ortiz: Respecto a tu pregunta, a ver si entendí, me estás preguntando ¿dónde


está la mayor diversidad de sitios y si es la misma cantidad en la parte alta que
en la parte baja?

Cruz: Si están reservando un espacio para que la fauna, que es tan importante
en la dieta, para que se reproduzca.

Ortiz: Hasta ahora, los datos mirados en largo tiempo no son muchos, avan-
zamos muy lento, estamos jugando con diferentes cosas para entender qué
estamos excavando, pero la mayor densidad de sitios está en el sector bajo,
la idea es avanzar hacia el oeste, a la quebrada de Humahuaca, porque están
esos datos escasos de los sitios publicados por Fumagalli, que presentan esa
situación bien interesante. Tienen como dos momentos cronológicos, inclu-
74 Gabriela Ortiz et al.

so en un sitio la estratigrafía está invertida, o sea, arriba tiene lo Formativo,


y abajo lo Tardío e incluso Inca. Lo del medio está ausente. A Dougherty le
pasaba lo mismo; en Las Capillas, tiene San Francisco a los 2.000 msnm mez-
clado con cerámica del Tardío. Desconocemos cuantos sitios con ocupaciones
“San Francisco” hay en otros pisos altitudinales. Pero la densidad en el fondo
del valle es muy alta y los sitios parecen ser muy grandes y unicomponentes,
lo cual es interesante. En relación a la fauna, por ejemplo, los peces que apa-
recen notoriamente en el registro de algunos sitios, hizo que nos preguntára-
mos cuánto pescado estaban comiendo. Hoy en día la región sigue siendo un
coto de pesca y a pesar de tener su estacionalidad, se pesca todo el año, por lo
tanto estamos evaluando si la pesca era estacional. Y en relación a la discusión
de si hay una tendencia lineal en el tiempo de incorporar el maíz, justo los
dos sitios que tienen la evidencia isotópica más similar en este sentido, están
en ambos extremos cronológicos, con la fecha más antigua y la más tardía, por
lo tanto, no es una cuestión cronológica, hay que afinar datos y fechados para
ver qué está pasando.

Cruz: Un comentario, me llamó la atención, si tomamos la etnografía de los


pueblos del piedemonte, que son extremadamente proteicos, y hoy que solo
comen arroz, no comen otra cosa, el maíz no es de su predilección; me llamó
mucho la atención los valores que están reflejando, por cuestiones culturales.

Ortiz: Yo también pensaba eso, pero todavía no hemos evaluado la impor-


tancia de cada recurso, tal vez están siendo más importantes las proteínas
animales que las vegetales, todavía no tenemos resultados de la fracción de
apatita, pero todo parece indicar que el componente C4 es muy importante;
pero lo interesante es que los valores no son iguales en todos los individuos.
En algunos, parece que estos recursos son más importantes en la dieta mien-
tras que en otros, existiría un aporte más importante de los recursos fluviales,
o sea, están dentro del mismo ambiente y con fechas comparables, por lo
tanto, es importante mostrar la diversidad y cómo se refleja en relación a las
condiciones del ambiente y los recursos disponibles. Tenemos un individuo
que se aleja de la muestra, y los tres individuos analizados son del mismo si-
tio, sobre la base de los estudios bioarqueológicos, asumimos que se trata de
la misma población, pero este individuo da la impresión que hubiera estado
consumiendo en otro ambiente…no sabemos, estamos pensando…

Albeck: La concentración de los valores isotópicos, ¿son los mismos en todas


las partes de la planta o varía?, ¿del maíz, en qué se hizo el análisis?

Killian Galván: En los granos.

Albeck: Y los animales comen la chala, bueno, porque también estaba pen-
sando que no solo son los pastos, las llamas también comen muchos arbustos,
DEBATE de: Nuevas evidencias en el estudio de la economía y dieta en ... 75

que no es el caso acá, pero, hay plantas en otros ambientes, por ejemplo, el
churqui, que tiene una concentración altísima de nitrógeno, así que hay que
jugar también con eso.

Killian Galván: Voy a hacer una aclaración, los estudios con maíces que estoy
haciendo son de un estudio de campo en Antofagasta de la Sierra. [NOTA:
Nuevas investigaciones fueron realizadas en el área, permitiendo el estudio
a nivel isotópico de recursos vegetales de consumo humano (Ortiz, M. G. y
V. Killian Galván 2016. El consumo como vía para comprender economías
mixtas. Su aplicación al sur del valle de San Francisco, región pedemontana
de Jujuy (Argentina). En S. Alconini (ed.), Entre la vertiente tropical y los valles.
Sociedades regionales e interacción prehispánicas en los Andes Centro Sur: 263-282.
Bolivia, Plural Editores].
Los valores que tengo en nitrógeno no solo son muy amplios sino que se sola-
pan incluso con los recursos herbívoros, porque tengo valores muy altos, sobre
todo en altitudes más altas con prácticas de abono, etc., o sea, que hay no solo
una cuestión de concentración sino de la relación isotópica que tiene esa planta.

Albeck: Claro, a lo que iba era sobre tu comparación entre quebrada de Hu-
mahuaca y Puna, porque la quebrada es más árida que la Puna, que la Puna
jujeña por lo menos, no hablo de la Puna Catamarqueña, y hay estas plantas
que tienen muchísimo nitrógeno y que son consumidas por los animales, y
también la otra cuestión del consumo de las tunas, es totalmente estacional,
así que yo no sé cuanta incidencia puede llegar a tener realmente en un indi-
viduo…no pueden directamente porque se descomponen…

Killian Galván: Estamos hablando de un promedio de los últimos diez años,


lo interesante sería poder cruzarlos con otros tejidos humanos, pero lo que
tenemos disponible es el colágeno para estos individuos.

Oliszewski: En relación a los datos de los individuos, pensaba dos cosas para
Violeta y para Pablo. Para Violeta, preguntar y con esto también del churqui,
por la cuestión de las leguminosas tanto las silvestres como el poroto cultiva-
do, también en esta zona podrían estar perfectamente, que estos valores de
-14 que están teniendo son bajos y; por otro lado, me quedó dando vuelta la
idea de llamas bajando de Puna, entonces; si están dando valores de nitróge-
nos más altos, podría ser esta idea de llamas trayéndolas de Puna y, a su vez,
otra cosa es que Beatriz (Cremonte) para la Ciénaga, la posibilidad que hayan
tenido las llamas en los recintos chiquitos de al lado, o sea que no hace falta
que tengan un manejo ganadero con súper corrales, sino que en las mismas
viviendas en un recinto lateral podrían haber estado teniendo llamas o un
amansamiento de un silvestre…

Killian Galván: Acá Nurit (Oliszewski) estamos comparando con valores para
76 Gabriela Ortiz et al.

camélidos de Yungas de colecciones arqueológicas, y este es el valor medio del


conjunto, y esos individuos podrían estar dentro de estos rangos (señala en un
gráfico bivariado la distribución de rangos isotópicos establecidos a partir del
valor medio y desvíos estándar en carbono y nitrógeno), no necesariamente
podrían ser esos camélidos, puede ser fauna terrestre que podría tener acceso
a pastura C4, pero la mayoría de pasturas no son C4, son predominantemente
C3, hay que tenerlo en consideración, y los camélidos generalmente eligen las
C3, ahora hay que empezar a explorar en el resto de la fauna.

Mercolli: Sí, está bien, de hecho están ahí los camélidos, yo digo si ingresan
partes o animales. En internet podes ver una llama en Villa Gesell con el mar
atrás, comen cualquier cosa, el tema es que podes darle chala pero no puede
comer todo el tiempo eso, la llama tiene que complementarlo pero, cuidado,
complementarlo si vos buscás un producto determinado en la llama, pero si es
para solamente tener la llama sí, pueden estar en cualquier lado, en corrales,
no se van a ir, el tema es si estás buscando algún producto, yo quiero direc-
cionar una estrategia que cuando quiero comer un animal joven sea tierno y
tenga mucho contenido graso y buena fibra, ahí hay que complementar con
otros alimentos. Hugo (Yacobaccio) me sugirió hacer un análisis de las chalas
porque no sé qué valores tienen y después sobre el resto. Con estos huesos no
puedo mencionar alguna tendencia, me gustaría resolver esto con el tiempo,
capaz que están bajando animales…

Oliszewski: Me quede pensando en esos valores de -14 que también los tiene
Cali Cortez en ese trabajo...

Killian Galván: Claro, pero si no me acuerdo mal, en los valores que tienen
para La Candelaria, no hay una tendencia cronológica porque de valores δ13C
de -13 bajan a -9 y vuelven a subir en -13, entonces estos valores estoy pensan-
do en explicarlos por llamas que se están trayendo de arriba, no sé, me está
dando vuelta escuchándolo, me parece bueno pensar, que se están llevando y
trayendo las llamas y que, obviamente, estén dando valores distintos.

Mercolli: Que no quede la idea que están bajando los animales, es sólo una
pregunta, no lo sé… quizás por el momento cronológico están teniendo los
animales para consumo de carne y no para caravanear.

Oliszewski: Yo dije que la traen, no dije nada de caravanas.

Mercolli: Vos agarras una llama criada en las Yungas y otra en Abra Pampa y
hay diferencias sustanciales, tamaño, resistencia, fibra…

Cremonte: Ya preguntaron todo lo que yo quería saber, ¿Cómo ves Gabriela


(Ortiz) este sitio El Sunchal respecto del otro, de Pozo de la Chola? Porque El
Sunchal está sobre el río Perico, está en otro lugar, en una vía de circulación
DEBATE de: Nuevas evidencias en el estudio de la economía y dieta en ... 77

muy importante, ahí ya estás yendo para estos valles meridionales, estás en un
piso de 1.200 a 1.100 msnm, pero ahí nomás llegas a 1.500 msnm; o sea… el
hecho de que estén estos camélidos acá ¿vos dijiste que eran camélidos gran-
des también, no?

Mercolli: Uno era una llama grande.

Cremonte: ¿Qué diferencias ves en este sitio El Sunchal, aunque se sabe poco,
ya lo sé, con el otro? Bueno, porque la gente de San Francisco se movía tam-
bién, está la cuestión del transporte, me parece que habría que pensarlo un
poco, por ahí por la presencia de camélidos.

Ortiz: Yo aclaré lo de El Sunchal, no fue excavado por profesionales…no sa-


bemos si ese camélido salió de un fogón, de una habitación, de un basurero…
en primer lugar. Está adscripto a un sitio “San Francisco”, yo he visto el mate-
rial cerámico, hasta la deformación craneana es igual a la de otros sitios, pero
no voy a detenerme en eso. Lo hemos incorporado en la muestra para poder
comparar dos sitios diferentes. Lo que vio Pablo (Mercolli) es solo camélido,
sin embargo, recuerdo que originalmente cuando llevaron los materiales de
excavación al museo, había en ese momento otras especies animales, creo
que zorro y alguna otra más. El problema es que no sabemos cómo recolecta-
ron esa fauna ni cuáles fueron los criterios de recolección, pero me pareció
interesante incluir este sitio para comparar con Pozo de la Chola, porque los
restos faunísticos estaban bien preservados. El Sunchal está altitudinalmente
un poco más alto, el patrón de instalación es muy similar, al lado del arroyo
Las Pircas, aunque un poquito más elevado (1.100 msnm), estamos en el piso
de Yungas, pero está ubicado un poco más al sur, y es una posible vía de cir-
culación más directa al valle de Jujuy e incluso a la quebrada de Humahuaca,
eso es indiscutible, también tiene hasta el momento la fecha más antigua,
aunque habría que volver a fechar… son más bien preguntas que respuestas.
Originalmente yo tenía un modelo en la cabeza, pero ahora con los datos es-
tamos empezando a revisar cosas que no coinciden, y discutimos en función
de estos valores isotópicos que estamos obteniendo. Tampoco sabemos tanto,
avanzamos despacio para entender a estas poblaciones. También es llamativo
la alta concentración de sitios en el fondo del valle, lo que Dougherty llamó
“área nuclear”. Se trata siempre de sitios unicomponentes; los fragmentos ce-
rámicos son todos de estilo San Francisco en mil años de ocupación del valle.
Luego, aparentemente, este enorme valle se desocupa. Esa gente vivió allí
mil años y desconocemos que sucedió luego del 500 de la era. Los estudios
de ADN mitocondrial arrojaron datos interesantes. Aparentemente se trató
de una población muy endogámica y luego de ellos podría haber existido
un reemplazo poblacional. Se ha detectado un haplotipo extremadamente
infrecuente en las bases de datos del NOA y de Sudamérica. Son demasiados
interrogantes y avanzamos despacio.
78 Gabriela Ortiz et al.

Cremonte: Claro, yo decía por esta cuestión de la circulación de estos grupos,


pero no sé…

Ortiz: ¿Vos qué estás pensando?

Cremonte: Por el hecho de que a veces se piensa en las llamas para comerlas
solamente y yo digo que, tal vez, no sólo se emplean para comerlas, hay que
pensarlas como transporte, sí ya sé… son solo dos falanges las que tienen…

Mercolli: No me asombré cuando dije camélido, están ahí, lo pasé por alto a
eso…

Cremonte: Hay muy cerca pastizales importantes en esa zona…

Mercolli: Obviamente, y más en el caso de El Sunchal, pero yo no me detuve


en esa presencia, porque fui a preguntas más concretas, me gustaría resolver
ahora cómo bajan estos camélidos, si hay un manejo determinado, si los bajan
de cerca…puede ser de Bárcena….

Quesada: Una preguntita, ¿recordás Gaby (Ortiz) una ponencia que habías
presentado en otra oportunidad sobre discutir la idea de estos grupos con eco-
nomías agrícolas?, y era a partir de caracterizar a estos grupos con economías
agrícolas por el análisis de vasijas en donde no se encontraban restos de maíz…

Ortiz: No era por eso, en realidad ahora podemos hacer esos estudios, era un
análisis de los sitios, los contextos, de los emplazamientos, del ambiente, de
lo que aparecía en los sitios; yo pensaba en poblaciones más extractivas, mas
“asilvestradas”, entonces esta cuestión de lo agrícola ¿cómo estaba jugando?,
¿era igual en todos los sitios para este momento temprano?; si estas pobla-
ciones eran agricultoras como siempre se las consideró, y si lo eran; en qué
medida o comparando con qué, estamos llamando agricultoras a estas pobla-
ciones. De hecho, tuvieron diversidad de cultígenos, a partir de los análisis
de microrestos ahora lo sabemos, pero ¿cuán importante es el componente
de las plantas domesticas en la dieta? y, más aún, qué prácticas o estrategias y
actividades están realizando para llamarlos “agricultores”; o si las plantas do-
mésticas son un componente realmente importante en la economía.

Lema: En los sitios excavados, ¿han encontrado guano o coprolitos de camé-


lidos?

Ortiz: Hasta ahora no.

Lema: Porque en Pampa Grande, D’Antoni analiza coprolitos de camélidos y


encuentra malezas asociadas a camélidos. Puede, tal vez, que ver con esto del
cuidado, asociados a prácticas humanas, o que los dejen entrar a los rastrojos.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad • 79-110

LA PERIFERIA DESDE LA PERIFERIA.


ARQUEOLOGÍA DE LAS SIERRAS DE EL ALTO-ANCASTI

Marcos N. Quesada*

INTRODUCCIÓN

Sobre la base de avances producidos por el equipo de investigación de la


Escuela de Arqueología de la Universidad Nacional de Catamarca en el cual
participo, presentaremos una caracterización de distintos aspectos de la ocu-
pación humana en las serranías de El Alto-Ancasti, que por motivos de espacio
se ceñirá al primer milenio después de Cristo. Esta caracterización buscará
dar sustento a tres hipótesis principales. La primera propone que, en lugar de
tratarse de un área marginal pero dependiente de estructuras políticas y eco-
nómicas con cabeceras en lugares distantes, como fue generalmente propues-
to por la literatura arqueológica, las serranías de El Alto-Ancasti conformaron
ámbitos sociales con características propias resultantes de procesos locales de
elaboración cultural. La segunda hipótesis sostiene que estos desarrollos se
estructuraron en torno a prácticas vinculadas a medios y recursos materiales
locales (suelos, materias primas, fauna, etc.) y, finalmente, la tercera hipótesis
postula que estas lógicas locales lograron estructurarse y pervivir, al menos
por un tiempo, en el contexto de diferentes vinculaciones regionales en la
medida en que involucraban materialidades “duraderas” en la conformación
de los paisajes aldeanos y rituales.
Estas hipótesis vienen a revisar, completar y matizar ciertas posiciones lar-
gamente asumidas por la arqueología regional que veía a las serranías de El
Alto-Ancasti como un área integrada a territorios mayores en un marco de
complementariedad ecológica bajo formas de geografía política signadas por
modelos centro-periferia. En tales perspectivas, este sector venía a ocupar el
lugar de una periferia, un espacio integrado, pero subordinado política y eco-
nómicamente a estructuras de poder cuyos centros se encontraban fuera de
él. Sería muy largo caracterizar en detalle estas posiciones y, como en alguna
medida lo hemos hecho antes (Quesada et al. 2012), aquí sólo vamos a resu-
mir algunos antecedentes que podrán dar indicios del derrotero que fueron
dando forma a estas ideas.

*
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Universidad Nacional
de Catamarca. mkesada@yahoo.com.ar
80 Marcos N. Quesada

Hasta hace sólo unos años, las investigaciones arqueológicas en las sierras
de El Alto-Ancasti estuvieron fuertemente orientadas -quizá sería mejor de-
cir exclusivamente- a momentos prehispánicos y, particularmente, al regis-
tro de los notables entornos rupestres conocidos para el área (Segura 1968;
De la Fuente y Díaz Romero 1974; De la Fuente 1979; Gramajo y Martínez
Moreno 1982; Llamazares 1999-2000, entre otros). Los poblados locales y las
prácticas productivas habían recibido una atención muy limitada. En razón
de esto, se generó un panorama donde la sierra de El Alto-Ancasti pare-
cía ser una región prácticamente despoblada. Así, resultó común que los
fenómenos arqueológicos registrados fueran interpretados principalmente
en términos de vínculos regionales antes que de acuerdo a lógicas locales.
Como resultado de tal situación, el área en cuestión fue considerada como
una frontera a ser atravesada, como fuente de recursos exóticos con alto
valor simbólico (como el cebil y los conocimientos esotéricos vinculados a
su uso) o, por las características ecológicas de los sectores cumbrales, tierras
especializadas en el pastoreo en el marco de un sistema de complementarie-
dad ecológica administrado desde cabeceras político-económicas ubicadas
en valles aledaños (Pérez Gollán 1994; Kriscautzky 1996-1997; Nazar 2003).
Los análisis más frecuentes del arte rupestre, por ejemplo, se limitaron a la
adscripción cultural de los motivos por sus similitudes con la iconografía de
cerámicas conocidas en otros sectores, en particular, de la llamada Cultura
de La Aguada (Segura 1968; De la Fuente y Díaz Romero 1974; De la Fuente
1979), o postulando su rol en procesos de integración regional (Gudemos
2003).
Como excepción a lo dicho, algunos trabajos pioneros como los de Ardis-
sone (1945), Difrieri (1945) y Barrionuevo (1972) alcanzaron a describir al-
gunas estructuras agrícolas, de molienda y viviendas, respectivamente. No es
que estos autores estuvieran demasiado interesados en los contextos locales,
por el contrario, al menos Ardissone y Barrionuevo buscaban poder integrar
las serranías de El Alto-Ancasti a distintas áreas culturales según los intereses
de investigación de sus respectivos tiempos. Ardissone intentaba conocer el
límite sur del área cultural andina creyendo que la agricultura en terrazas
era un rasgo propio de ésta y que por lo tanto podría ser un buen indicador
de su extensión. Por su parte, el interés de Barrionuevo era integrar este
sector al área de dispersión de la Cultura de la Aguada, para lo cual dedicó
casi todo su breve artículo a la caracterización de la cerámica decorada. Vis-
to desde este lado de la historia seguramente estos esfuerzos nos resultarán
demasiado simplistas, ingenuos casi, pero lo que estimo que deberíamos re-
tener es su intuición de que necesitamos de los contextos locales para poder
comprender los procesos regionales.
Más recientemente un número de investigadoras e investigadores, con
sus respectivos equipos, han comenzado a interesarse en la caracterización
La periferia desde la periferia. Arqueología de las sierras de El Alto-Ancasti 81

de los contextos locales y a repensar las formas de articulación regional en


términos más acordes a la información recuperada. Gordillo y su equipo
(Gordillo et al. 2010) han detectado una serie de sitios de habitación en el
sector cumbral de las serranías y también en sectores más bajos, correspon-
dientes ya al Bosque Montano. En ambos sectores se trata de estructuras de
construcción elaborada. El caso de la cumbre consiste en cuatro sitios de
habitación mostrando uno de ellos, Rodeo 3, una extensión considerable. A
estos sitios se le asocian espacios agrícolas aterrazados y recintos de grandes
dimensiones que pudieron haber sido corrales, huertas o patios, o una com-
binación de estas funciones (Gordillo et al. 2010; Zuccarelli 2012). El sitio
detectado en el entorno de Bosque Montano se vincula por proximidad a
un sitio con arte rupestre, la Casa Pintada de Guayamba, y quizá haya estado
relacionado a las prácticas que allí se desarrollaban.
Por otra parte, Dlugosz (2005) ha documentado una serie de sitios de
habitación en el sector de transición entre el Pastizal de las cumbres y el
Bosque Montano, y ha realizado excavaciones en dos de éstos: Los Corpitos
y Los Pedraza. Ambos tienen marcadas similitudes arquitectónicas con los
sitios registrados por Gordillo y también con los hallados por nosotros más
al sur, que describiremos luego, y además hay sectores de terrazas agrícolas
en las proximidades. En estos casos no hay sitios con arte rupestre cercanos,
sin embargo, dada la posible contemporaneidad con algunos de los conoci-
dos en el área (Oyola, Los Albarracines, etc.) el autor arriesga una posible
vinculación con aquéllos.
Taboada (2011) también ha informado sobre la existencia de sitios de ha-
bitación, esta vez en el área de piedemonte oriental, ya casi sobre la llanura
santiagueña. Al parecer, estos serían más tempranos que aquellos hallados
en sectores más elevados. Estas investigaciones, y otras realizadas más al sur
por Nazar (2003) y por nosotros, partieron del supuesto de que las sierras
de El Alto-Ancasti constituirían un área de frontera y comunicación entre
regiones culturales disimiles, el área valliserrana y la llanura chaco-santia-
gueña. Sin embargo, al avanzar en su estudio se fue revelando un panorama
algo más complejo, puesto que fueron poniéndose de manifiesto paisajes
aldeanos bien establecidos con modos de vida campesinos de economías
diversificadas radicados en diferentes sectores ambientales de la variable
geografía local. Esto si bien no se opone a la idea del flujo de información,
bienes y personas a través de la sierra, obliga a considerar el rol que las
poblaciones locales jugaron en esa dinámica de interacción y vínculos re-
gionales. No obstante, para avanzar en ese sentido se debe profundizar en
el conocimiento de estas sociedades, sus historias particulares y los medios
y prácticas a través de las cuales se establecían y reproducían los vínculos
sociales a nivel local.
82 Marcos N. Quesada

LO LOCAL

De acuerdo a lo propuesto por Appadurai (2001:187) lo local es conside-


rado aquí como algo relacional y contextual, más que como una dimensión
espacial o de escala. Es una cualidad fenomenológica compleja construida
por una serie de relaciones entre un sentido de la inmediatez social, las tecno-
logías de la interacción social y la relatividad de los contextos. No se trata de
una dimensión anterior a la práctica, ya que lo local resulta de procesos conti-
nuos y nunca acabados de producción. En lo que sigue ensayaremos sobre los
medios por los cuales se establecían vínculos duraderos con recursos locales
a través de prácticas más o menos cotidianas, conformando de ese modo lo
local como dimensión o escala de la práctica y como valor o sentido de perte-
nencia, lo que también podríamos llamar territorio. En segundo lugar, avan-
zaré sobre otros recursos de organización del espacio que podrían haber sido
potentes para la organización de vecindarios, es decir, comunidades situadas
estructuradas por medio de vínculos de inmediatez social y co-presencia ca-
racterísticos, aunque específicos para cada caso concreto, de la vida aldeana.

El paisaje campesino en las cumbres de El Alto-Ancasti

A diferencia de lo propuesto por el modelo de especialización ganadera


asumido para este sector serrano, que predice una estructuración del paisaje
basado principalmente en tecnologías de manejo de animales (corrales) y
una forma de ocupación dispersa y/o de baja intensidad, las prospecciones
que hemos realizado allí dan cuenta de un modo de vida aldeano bien esta-
blecido con fuerte énfasis en la agricultura. Las unidades de vivienda, si bien
dispersas (más adelante volveremos sobre esto), son frecuentes y numerosas.
En un área de prospección intensiva de 6 x 4 km, en cercanías de la localidad
de El Taco (Figura 1), hemos detectado un número de trece casos de este tipo
estructura. No está claro que la organización interna de estas viviendas res-
ponda a un único patrón, como se ha planteado para otros casos del Noroeste
argentino -NOA- (por ejemplo, Alamito o Tafí del Valle), ya que existe una
cierta variabilidad en las formas en planta, tamaño, cantidad de recintos, etc.
En cambio, pueden notarse algunos rasgos más o menos compartidos entre
ellas y con otras conocidas en áreas aledañas como la quebrada de El Tala y
Ambato. Nos referimos en particular al énfasis en las formas cuadrangulares
y la importancia de ciertos recintos de gran tamaño (más de 20 m de lado)
en la organización del espacio arquitectónico (Figura 2). Lo que sí aparece
como rasgo compartido es una forma de construcción de los recintos, tanto
los de habitación como los grandes recién mencionados, que consiste en la
erección de muros de dos cuerpos. El inferior consiste en una doble hilera
de lajas de esquisto dispuestas de canto dejando entre ellas un espacio que
La periferia desde la periferia. Arqueología de las sierras de El Alto-Ancasti 83

fue rellenado con tierra (que al parecer contenía materiales arqueológicos).


La altura de este cuerpo es variable en función de la altura de las lajas, que
en algunos casos alcanzan a superar 1 m de longitud. El cuerpo superior está
conformado por una mampostería de rocas de tamaños variables, aunque ya
no lajas, dispuestas horizontalmente, dejando una cara más regular de la roca

Figura 1. Las sierras de El Alto-Ancasti. El rectángulo negro indica el área prospectada


en cercanías de El Taco. Las estrellas corresponden a los sitios con arte rupestre
mencionados en el texto: 1) La Piedra con pinturas de El Taco; 2) Puesto La Mesada;
3) Rastro del Avestruz; 4) La Candelaria II o Cueva de la Salamanca;
5) La Candelaria I o Casa del Gallo; 6) El Tipán; 7) Campo de las Piedras; 8) La
Tunita; 9) La Toma; 10) Oyola; 11) Inasillo y 12) Casa o Piedra Pintada de Guayamba.
84 Marcos N. Quesada

hacia el exterior del muro. Desconocemos la altura que alcanzaba este com-
ponente superior porque aparece muy derrumbado, pero podemos presumir,
por la gran cantidad de rocas derrumbadas extraídas en la excavación, que
pudieron haber alcanzado una altura considerable.

Figura 2. Área de prospección en el sector cumbral próximo a El Taco. Se indica


la distribución de los suelos loésicos, las explanadas elevadas, la posición de las
unidades de vivienda, sendas elevadas y relaciones de intervisibilidad.

El volumen de material necesario, entonces, para la construcción de es-


tas viviendas era muy importante. Sin embargo, se destaca en términos de
esfuerzo invertido el cuerpo inferior de los muros ya que, si bien es posible
encontrar afloramientos de esquistos a no mucha distancia de las viviendas,
las grandes lajas que integran esta parte de los paramentos no son muy co-
munes, tampoco son fácilmente extraíbles ni transportables. Parece entonces
que la decisión de la construcción de una nueva casa o habitación involucra-
ba asumir un costo de trabajo considerable de obtención de los materiales
necesarios, ya sea mediante una fuerte inversión a corto plazo o mediante un
proceso largo de acopio. Sea cual sea el caso, se trata sin dudas de una forma
constructiva que no podría ser pensada como oportunista, ya que resulta rela-
tivamente elaborada y con intensión de perdurabilidad1.
Hay un segundo aspecto compartido por absolutamente todos los casos de
casas registradas y se relaciona a su localización en el entorno. El área de El
Taco presenta un relieve muy quebrado que alterna de forma intrincada sec-
La periferia desde la periferia. Arqueología de las sierras de El Alto-Ancasti 85

tores elevados con quebradas relativamente profundas por donde discurren


los arroyos colectores principales (Figura 3). Así como el relieve, también los
suelos tienen una distribución heterogénea. Hay una alternancia neta de sue-
los loésicos con potencial agrícola, por un lado, y extremadamente pedrego-
sos por el otro. Los primeros se encuentran confinados principalmente en
los relieves negativos: las quebradas de los arroyos colectores y las cañadas
que descienden hacia ellos, pero también se ubican en ciertos espacios de
relieves positivos donde conforman explanadas elevadas que son relictos de
una antigua peneplanicie que cubría, antes de ser erosionada, todo el sector
cumbral de las serranías. Estas explanadas elevadas (ver Figura 3) constituyen
un factor de localización destacado pues sólo en ellas se ubican las unidades
de viviendas.

Figura 3. Ejemplos de sitios de vivienda. A la izquierda, El Taco 19. A la derecha,


arriba, El Taco 14; a la derecha, abajo, El Taco 18.

Tal distribución del asentamiento nos indica suficientemente la orienta-


ción de la lógica de instalación hacia los espacios de utilidad agrícola y, de he-
cho, en muchos casos los conjuntos de recintos de viviendas se acompañan de
terrazas agrícolas en estas explanadas elevadas. Sin embargo, la orientación
agrícola de la instalación en El Taco se hace más patente en las cañadas que
descienden a los cursos de agua principales e incluso en las terrazas aluviales
que se disponen en los fondos de estos últimos. Estos espacios de suelos loési-
86 Marcos N. Quesada

cos han sido fuertemente acondicionados mediante la construcción de terra-


zas agrícolas o conjuntos de terrazas agrícolas con muros de piedras. El núme-
ro de este tipo de estructura es ciertamente importante. En un área de no más
de 2,5 x 1,5 km detectamos un número de 308 casos, el cual, por supuesto,
supone un número mínimo ya que, como puede verse en algunas cañadas
erosionadas, muchas de estas estructuras podrían hallarse ya sea sepultadas o
completamente destruidas por la erosión. Podría decirse que prácticamente
todas las cañadas con suelos loésicos han sido transformadas, mediante este
recurso técnico, en áreas agrícolas.
Claramente, la ubicación de las casas y la preparación de las parcelas agrí-
colas, que supera largamente lo esperable para una agricultura oportunista y
marginal como la que admite el modelo de la especialización pastoril, mues-
tra un proceso de apropiación de espacios con potencial agrícola, al tiempo
que la elección de técnicas perdurables, tanto para la construcción de las vi-
viendas como para la habilitación de las parcelas de cultivo, da cuenta de un
compromiso a largo plazo con ese espacio productivo.
Así como el componente agrícola de la economía de El Taco durante el
primer milenio d. C. aparece claramente identificable, el pastoril resulta
menos evidente, aunque de ningún modo debe entenderse que no lo haya
habido. Las excavaciones realizadas en una de las unidades de vivienda, El
Taco 19 (ver Figura 3), proporcionaron algunos elementos para evaluar esta
situación. Conviene aquí prestar atención a un análisis preliminar del regis-
tro arqueofaunístico procedente de esta vivienda (Moreno y Quesada 2012).
De un total de 94 especímenes identificados, 74 (78,72%) corresponden a
camélidos lo cual informa sobre la importancia de éstos en la economía lo-
cal. Podría ser que no todos correspondan a llama (Lama glama), ya que el
análisis osteométrico de las tres únicas primeras falanges indica que dos de
ellas podrían corresponder a este taxón, mientras que el restante se ubica en
el rango de tamaño de vicuña (Vicugna vicugna). Más importante es el hecho
de que en el conjunto están representadas de forma bastante equilibrada las
distintas partes esqueletarias, de distinto rinde económico e incluso huesos
articulares, lo que permitiría suponer que se estaban aprovechando animales
completos y no partes seleccionadas o transportadas (Figura 4). Otro dato a
tener en cuenta es que están presentes tanto animales adultos como juveni-
les. Tal información parece apoyar la idea de una cría local de llama. Inclu-
so, una de las falanges asignables a llama se ubica alrededor de los tamaños
mayores correspondientes a esta especie, por lo cual podría corresponder a
un animal carguero y no sólo destinado al consumo. La información aún es
limitada y se ampliará con el análisis del conjunto óseo recuperado en traba-
jos de campo recientes. Por ahora nos resulta suficiente para considerar este
componente de la economía local. Con todo, aún desconocemos la tecnolo-
gía implicada y los espacios afectados en esta actividad económica. No hemos
podido detectar estructuras que puedan ser vinculadas con cierto grado de
La periferia desde la periferia. Arqueología de las sierras de El Alto-Ancasti 87

certeza a las actividades de cría de camélidos, como corrales, por ejemplo.


Los recintos amplios ya mencionados, que en primera instancia se asemejan
a corrales, muestran en superficie materiales que parecen más vinculados a
actividades domésticas, como huesos quemados, cerámicas tiznadas y espícu-
las de carbón, aunque eventualmente podrían haber servido para mantener
animales en su interior.

Figura 4. Representación del NISP en camélidos (n=74) (Moreno y Quesada 2012).

Antes de abandonar la discusión de los resultados del análisis arqueofau-


nístico resulta de importancia destacar datos que informan sobre otra de las
actividades económicas que tuvieron lugar en El Taco: la caza. El restante
21,28% de los especímenes identificados corresponden a especies silvestres.
De estas, algunas podrían no haber sido objeto de consumo como ciertos roe-
dores, entre ellos Ctenomys sp. y, quizá, zorro (Pseudalopex sp.). Otros huesos,
en cambio, podrían informar con más certeza sobre el aporte de las activida-
des de caza a la dieta como un par de especímenes de huesos largo de aves
y la falange asignable a vicuña, ya mencionada y, sobre todo, las seis falanges
de cérvido. De nuevo aquí, el limitado tamaño de la muestra no nos permite
profundizar en el nivel de importancia, al menos cuantitativa, de la fauna sil-
vestre en la economía campesina local, aunque estos resultados preliminares
indican que no era nada despreciable2.
Hasta aquí, varias líneas de evidencia dan cuenta de una economía com-
pleja3, que integraba, al menos, la agricultura, el pastoreo y la caza. Resulta
por demás claro que esto es una simplificación puesto que, por un lado, nin-
guna de estas actividades implica por sí sola ningún grado de simplicidad y,
por otro lado, con seguridad las prácticas económicas no se limitaban a estas
tres esferas exclusivamente. No obstante, es el nivel de resolución que nuestra
información nos permite por ahora y que, estimamos, resulta suficiente para
88 Marcos N. Quesada

sustentar la segunda hipótesis sobre la importancia del involucramiento de


los recursos locales (tierra, rocas, pastos, fauna silvestre, etc.) en las prácti-
cas cotidianas, por las cuales se definía lo local como territorio o al menos
con pretensiones de continuidad, de duración, relaciones planteadas a largo
plazo. Pero podemos agregar algunas líneas de indagación adicionales a esta
discusión.
Es de suponer que una economía capaz de articular recursos y prácticas
variadas deba vincularse también con una tecnología eficaz para el
procesamiento de los diferentes productos introducidos, por su intermedio,
a la vida social. Esto, por supuesto, debería suceder a distintas escalas y en
relación a diversos productos y procesos. Por ahora tenemos información
más acabada de los utensilios líticos mediante los cuales los productos de
aquellas prácticas económicas podían ser procesados en el interior de El
Taco 19. Del análisis realizado por Moreno y Sentinelli (2014) extractaremos
lo siguiente. En un conjunto de material lítico consistente en 610 piezas, 48
corresponden a instrumentos. Éstos presentan normalmente microretoques
unifaciales (excepto en las puntas de proyectil donde son bifaciales)
que regularizan filos cortos en piezas de gran tamaño. Esta característica
general se vincula a la materia prima sobre la cual están confeccionados:
cuarzo. La tenacidad del cuarzo motiva que las formas base obtenidas sean
generalmente de gran tamaño y espesor con talones que suelen alcanzar
el ancho de la lasca. Pese a la aparente desventaja que suponen tales
características de talla, esta materia prima fue utilizada para la confección
de una variedad de instrumentos que los autores mencionados resumen en
seis categorías tecnológicas y funcionales: cortantes, raspadores, raederas,
perforadores, puntas de proyectil y muescas (Figura 5). De acuerdo con
Moreno y Sentinelli (2014:7):

esta variabilidad instrumental habría permitido la participación en diferentes


acciones físicas en relación con materiales de distinta clase, tales como madera,
carne, cuero, lana, fibras vegetales, etc., participando así también dentro de una
multiplicidad de prácticas sociales que se llevarían adelante en ocupaciones
con economías diversificadas.

Ahora bien, también el cuarzo con el cual se elaboró el utillaje lítico de


El Taco 19 es un recurso local. Las canteras más próximas con evidencias de
talla y presencias de percutores se ubican apenas a una distancia de entre 300
y 420 m de los recintos excavados de donde procede el conjunto lítico anali-
zado. Pero más importante aún es que para el aprovechamiento del cuarzo se
desarrolló una técnica de talla adaptada a las características mecánicas de esa
materia prima con un relativamente elevado porcentaje de talla bipolar.
En lo que va de este apartado hemos intentado describir, aunque
sucintamente, un número de actividades, prácticas y procesos. Algunos
La periferia desde la periferia. Arqueología de las sierras de El Alto-Ancasti 89

pudieron haber acontecido cotidianamente, como aquéllos vinculados a


la confección y, sobre todo, uso y mantenimiento de los artefactos líticos.
Otros pudieron haber sido cotidianos, aunque dentro de una estructura
estacional, como las variadas prácticas relacionadas a la agricultura. Quizá
algunos pudieron haberse ordenado en ciclos de cadencia más larga que los
anteriores, como la caza o el pastoreo de llama. En tanto que otros, como
la construcción de una casa, pudieron ser más bien eventuales u ordenados
en ciclos aún más prolongados, quizá vinculados al ciclo vital de las familias
que las ocupaban. Como sea, todos ellos fueron vehículos para la generación
de vínculos duraderos, compromisos a largo plazo con el entorno y recursos
locales.

Figura 5. Ejemplos de instrumentos líticos elaborados sobre cuarzo recuperados


en El Taco 19. (A) Instrumento compuesto por un filo tipo cortante y un filo tipo
raspador; (B) y (H) raederas; (C) Raspador de gran tamaño y ángulo abrupto; (F) y
(E) Posibles fragmentos de base de punta de proyectil; (D) Perforador fracturado;
(I) y (G) Muescas (modificado de Moreno y Sentinelli 2014).
90 Marcos N. Quesada

Vecindarios

Al parecer, los vínculos sociales a nivel aldeano no fueron menos intensos


que aquéllos establecidos con el entorno y recursos. Una de las primeras ca-
racterísticas del asentamiento que llamó la atención en el sector de El Taco
fue la cantidad de unidades de vivienda detectadas, la segunda fue que, si
bien éstas son numerosas, definían un modo aldeano relativamente disperso,
a diferencia de otros casos de aldeas contemporáneas4. Ese fue un motivo para
preguntarnos sobre el modo en el cual, sin el recurso de proximidad, se podía
de todos modos establecer relaciones de inmediatez social. Una primera res-
puesta que exploramos (Quesada et al. 2012) vino aparejada de un cambio de
perspectiva: no sólo debíamos fijarnos en la distribución de las viviendas, un
análisis cartográfico, sino debíamos incluir una suerte de aproximación expe-
riencial que ya ha sido ensayada desde ciertas líneas fenomenológicas de la ar-
queología del paisaje (por ejemplo, Ingold 1993; Thomas 2001; Acuto 2007).
En esta otra perspectiva cobra una importancia mayor imaginar las personas
en movimiento, involucradas en sus circuitos cotidianos y entonces aquella
distribución dispersa, que en primera instancia podía sugerir distanciamien-
to, empezaba a dar lugar a la identificación de contextos de interacción que
pudieron ser muy frecuentes.
En primer lugar, la distancia que separa las casas no es mero espacio inters-
ticial, sino que allí es posible encontrar áreas agrícolas aterrazadas, canteras
de cuarzo y otras localizaciones integradas a las actividades económicas que
describimos en el apartado anterior. Éstas pudieron ser frecuentes contextos
de encuentro que movilizaban situaciones de disponibilidad.
En segundo lugar, la localización de las viviendas también podría ser pen-
sada en términos de posibilidades de generar instancias de inmediatez social,
de verdaderos vínculos de vecindad. Si bien distanciadas, su localización sobre
las explanadas elevadas proporciona a las casas una notable visual sobre el en-
torno y, más importante aún para la discusión que llevamos aquí, hacia otras
unidades de vivienda. Tan es así que, desde todas las viviendas registradas se
puede ver, al menos, otra vivienda, aunque el promedio de intervisibilidad es
de 4,8 viviendas (ver Figura 2). Es decir que la experiencia visual de los veci-
nos era del todo frecuente mientras se llevaban adelante las variadas acciones
cotidianas implicadas en la vida en la casa.
Por último, hay una relación de proximidad significativa entre las viviendas
y las principales sendas que recorren el área de El Taco. Las sendas recorren
los filos de las lomadas siendo las líneas de más sencilla circulación y de me-
nor costo. Al ir recorriendo las dorsales topográficas van éstas uniendo las
explanadas elevadas y, por consiguiente, las casas construidas sobre estas geo-
formas (ver Figura 2). La relación es intensa ya que la distancia promedio de
la casa a las sendas es 3,2 veces menor a que si se tratara de una distribución de
casas al azar. Entonces, al igual que la frecuente experiencia visual de las casas
La periferia desde la periferia. Arqueología de las sierras de El Alto-Ancasti 91

circundantes, la misma estructuración del paisaje propiciaba el encuentro,


la visita, puesto que recorrer la geografía local por aquellas sendas elevadas
implicaba conducirse de una casa a otra.

PAISAJES RITUALES

Ya habíamos indicado que el arte rupestre fue el tópico por excelencia


de la arqueología del este catamarqueño y también que, en general, ha sido
interpretado desde visiones externas, ya sea intentando vincularlo a algún de-
sarrollo cultural en particular, principalmente el del fenómeno de la Cultura
de La Aguada, o por su rol en un proceso de integración regional. Resulta
importante además señalar que el estudio de esta forma cultural ha sido prin-
cipalmente encarado a través de análisis de casos aislados, principalmente
mediante descripciones de los motivos. Sin embargo, aproximaciones más
recientes han comenzado a mostrar que se trata de un fenómeno bastante
más complejo de lo considerado y que podría ser resultado de una historia
local de elaboración cultural. Para comenzar a discutir esto conviene mostrar
que el fenómeno al que comúnmente se refería como el arte rupestre de la
Cultura de La Aguada o del este de Catamarca parece mostrar una variabili-
dad en el tiempo y el espacio que difícilmente podría ser expresado a través
de estas definiciones, y que parece haberse articulado de distintas maneras
a los modos de vida de las comunidades serranas. Recientemente Gordillo
y Calomino (2010) indicaron, en base a la distribución de ciertos motivos y
estilos, por ejemplo, la presencia o ausencia de representaciones del felino,
que podría pensarse en diferencias entre el arte rupestre del sur de las sie-
rras de El Alto-Ancasti, bien conocido a través de los sitios de La Tunita y La
Candelaria II, con respecto al del sector norte, por ejemplo, el de Oyola y
La Casa Pintada de Guayamba. Nuestras investigaciones, aunque mediante
un enfoque distinto, también dieron cuenta de cierta variabilidad. El análi-
sis de los entornos rupestres que realizamos con Gheco (Quesada y Gheco
2011) informa que éstos definen al menos cuatro modalidades espaciales di-
ferentes que organizan formas particulares de exhibición y posibilidades de
agregación y movimientos corporales frente a los motivos que resumiremos
a continuación.
La modalidad 1, representada en sitios como La Tunita, Oyola, Campo de
las Piedras y La Toma, etc. se caracteriza por tratarse de sitios con múltiples
cuevas pintadas, con relativa separación espacial y/o visual desde y hacia las
áreas agrícolas y de vivienda. Hay una tendencia a la consecución de ámbitos
de observación restringidos con capacidad para grupos pequeños, en algunos
casos de no más de dos o tres personas, principalmente mediante la elección
de cuevas pequeñas para la confección de los motivos u ocultándolos de las
posibilidades visuales desde el exterior de las cuevas y restringiendo la posi-
92 Marcos N. Quesada

bilidad de movimientos en el espacio de observación. Se trata de ámbitos de


observación más bien íntimos que prescriben proximidad corporal y actitud
estática.
La modalidad 2, representada por sitios como La Candelaria II o Cueva de
la Salamanca, La Piedra con Pinturas de El Taco, La Casa Pintada de Guayam-
ba e Inasillo, muestra principios de organización muy diferentes pues, en to-
dos los casos, se trata de sólo una cueva la que fue pintada. Por otra parte, en
algunos casos estas cuevas están bien integradas por proximidad o acceso vi-
sual a sitios de vivienda. El modo de exhibición es opuesto al de la modalidad
1, ya que siempre las pinturas pueden ser vistas desde el exterior de la cueva y
ese espacio exterior está, en todos los casos, ampliado mediante la nivelación
y aterrazamiento del talud. Se trata de un ordenamiento espacial que favorece
la exhibición y la congregación de personas frente a los motivos y/o espacios
para la movilidad corporal (por ejemplo, danzantes).
La modalidad 3 no presenta ningún principio de exclusión visual ya que, a
diferencia de las dos anteriores, no está realizada en el interior de cuevas sino
sobre bloques horizontales aflorantes. También difiere en las técnicas emplea-
das para la confección de los motivos, ya que el grabado en surco profundo
presente aquí no fue informado para ningún caso de sitio en cueva.
Por último, la modalidad 4 corresponde a motivos similares a los llamados
“marcas de ganado” y han sido localizados en Oyola, pero para su confección
se eligieron las cuevas más amplias y luminosas, lo que lo distingue de la mo-
dalidad 1, también identificada en este sitio.
De estas diferentes lógicas espaciales, la 1 y la 2 presentan motivos que
podrían ser vinculados a la Cultura de La Aguada por su similitud formal con
diseños presentes en las cerámicas. Esto nos indica que parte del fenómeno
rupestre de las sierras de El Alto-Ancasti, las expresadas según las modalidades
3 y 4, no pueden ser comprendidas en términos de su vinculación o articu-
lación con el fenómeno Aguada o el proceso de integración regional que, se
sostiene, significó esta cultura. Por otro lado, los sitios que se organizan según
las modalidades 1 y 2 son numerosos (ver Figura 1), y aparecen distribuidos
a lo largo de las serranías, lo que podría estar indicando que su lógica de
emplazamiento responde más a vinculaciones con las comunidades locales,
como había propuesto Dlugosz (2005), que a su carácter de centro cúltico
o de congregación regional como en cambio propuso Gudemos (2003). Las
diferencias en las lógicas espaciales expresadas por estas modalidades podrían
derivar de que se trataban de espacios destinados a diferentes formas rituales,
una más comunitaria y convocante, quizá formas ancestrales de las llamadas
“juntas y borracheras” descritas para tiempos coloniales; y otra de carácter
más íntimo y cerrado, quizá más vinculado a la realización de ritos de paso
que implican una fase de separación o ruptura con la experiencia cotidiana
(Quesada y Gheco 2011). Con respecto a la modalidad 3, tan diferente por
su lógica de exhibición, técnica e iconografía, no es posible aún conocer su
La periferia desde la periferia. Arqueología de las sierras de El Alto-Ancasti 93

cronología y por lo tanto si era parte de los paisajes del primer milenio que es-
tamos caracterizando. Este tipo de arte rupestre, como quizá también ciertos
motivos de camélidos miniatura y diseños lineales que suelen ubicarse estra-
tigráficamente por debajo de figurativos con similitudes a los diseños Aguada
en varios de los sitios de las modalidades 1 y 2, podrían haber tenido origen
en momentos de ocupación más tempranos de los cuales sólo tenemos indi-
cios como puntas de proyectil lanceoladas halladas en diversos sectores de la
serranía. Sí sabemos, en cambio, que los diseños de “marca de ganado” son
relativamente recientes.
Algunos avances realizados en cuanto al estudio de las superposiciones de
motivos (Gheco y Quesada 2011; Gheco 2012) indican que varios de los con-
juntos rupestres son resultado de procesos de confección que pudieron ser
de larga duración. Esto también se refuerza por la presencia en conjuntos,
como el de Oyola, de al menos tres mezclas pigmentarias de tono blanco, tres
de tonos rojos y al menos uno negro5. Entonces, antes que corresponder a
un momento en particular algunos conjuntos rupestres parecen tratarse de
agregaciones policrónicas resultantes de diferentes eventos de pintado cuya
temporalidad aún es poco conocida. Varios investigadores ya habían intuido
esta diacronía y los fechados obtenidos en La Candelaria II (Llamazares 1999-
2000) apoyaron esa suposición indicando un periodo de entre el 700 y el 1300
d.C. para la confección de los motivos presentes allí. Nótese que el fechado
más tardío de este sitio, considerado un exponente del arte rupestre de la Cul-
tura de La Aguada, es posterior a los más tardíos obtenidos en cualquier otro
contexto Aguada de la región, es decir que, de confirmarse la exactitud de la
datación, se podría pensar que los eventos de pintado trascendieron el rango
temporal aceptado para el fenómeno de la integración regional apoyando el
carácter local de esas prácticas.

A MODO DE CONCLUSIÓN

En lo que va de este trabajo hemos intentado resumir, quizá en exceso por


razones de espacio, algunas líneas de investigación que muestran la impor-
tancia de lo local en la comprensión de la historia serrana durante el primer
milenio d.C. Así, hemos buscado mostrar la manera en que el modo de vida
campesino en el área de El Taco se organizó alrededor de la incorporación de
recursos locales en una economía estable y bien diversificada. Por otro lado,
intentamos dar cuenta de las intensas relaciones de vecindad entre las familias
o grupos de familias, que se movilizaban por medio de interacciones cotidia-
nas basadas en las incrementadas oportunidades de verse y visitarse. Tanto los
vínculos prácticos con el entorno y recursos, como aquellos de interacción
social propios de la vida aldeana, si bien frágiles en la medida en que se re-
suelven en los efímeros contextos de las prácticas, pudieron haber perdurado
94 Marcos N. Quesada

en virtud de que su realización involucró la elaboración o adaptación de tec-


nologías duraderas (casas, terrazas agrícolas) y técnicas específicas (talla del
cuarzo) orientadas a las características del entorno y recursos y propiciadas
por la organización del paisaje (intervisibilidad, comunicación por sendas).
Es posible imaginar también que estos vínculos pudieron movilizar sentidos
de apropiación y pertenencia que definen un territorio. De igual modo, he-
mos buscado articular ciertos elementos que permitan pensar el destacado
fenómeno del arte rupestre en términos de vinculaciones locales. Por un lado,
la interpretación de la variabilidad y distribución de los sitios en relación a
diferentes formas rituales y, por otro lado, las cada vez más claras evidencias
de diacronía que podrían expresar que el arte rupestre de El Alto-Ancasti es
el resultado acumulado de una larga historia local de eventos de pintado y
reincorporación de los motivos más antiguos que a la larga estructuraron ver-
daderos paisajes rupestres.
En última instancia, el interés de este trabajo fue plantear la importancia
de comprender la arqueología de las sierras de El Alto-Ancasti en términos
de una producción cultural local, fuertemente vinculada al territorio. Esto de
ningún modo niega las relaciones regionales que, por otro lado, son muy cla-
ras, sino que destaca la importancia de pensar esos vínculos regionales desde
los contextos locales, que en definitiva debe haber sido como fueron pensa-
dos por aquellas familias campesinas.

AGRADECIMIENTOS

Las investigaciones cuyos resultados están incluidos en este trabajo fueron


financiadas por la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad Nacional
de Catamarca, la Agencia Nacional de Promoción Científica y Técnica y el
Fondo Nacional de las Artes. Debo agradecer a los integrantes del equipo de
investigación Enrique Moreno, Marcos Gastaldi, Gabriela Granizo, Soledad
Meléndez, Lucas Gheco, Carlos Barot y Maxi Ahumada quienes han participa-
do activamente de la producción de los datos volcados aquí y con quienes he
discutido distintos aspectos de las ideas planteadas en este artículo. Agradezco
especialmente a las editoras por la invitación a participar de este volumen y la
atenta lectura del evaluador/a.

BIBLIOGRAFÍA

Acuto, F.
2007. Fragmentación vs. integración comunal: Repensando el Período Tardío del
Noroeste Argentino. Estudios Atacameños 34: 71-95.
La periferia desde la periferia. Arqueología de las sierras de El Alto-Ancasti 95

Appadurai, A.
2001. La modernidad desbordada. Dimensiones Culturales de la Globalización. Buenos
Aires, Ediciones TRILCE, Fondo Económico de Cultura.

Ardissone, R.
1945. Las Pircas de Ancasti. Contribución al conocimiento de los restos de andenes
en el noroeste de la Argentina. GAEA Anales de la Sociedad Argentina de Estudios
Geográficos 2, Tomo 7: 383-416.

Barrionuevo, O.
1972. Investigaciones arqueológicas en Nana Huasi, Ancasti. Cuadernos de
Antropología Catamarqueña 4: 3-17.

De la Fuente, N.
1979. Arte rupestre en la región de Ancasti, Prov. de Catamarca. Jornadas de
Arqueología del NOA. Antiquitas 2: 408-418.

De la Fuente, N. y A. R. Díaz Romero


1974. Un conjunto de figuras Antropomorfas del yacimiento de La Tunita, Provincia
de Catamarca. Revista del Instituto de Antropología V: 5-35. Córdoba.

Difrieri, H.
1945. Morteros indígenas en Ancasti. GAEA Anales de la Sociedad Argentina de Estudios
Geográficos 2, Tomo 7: 383-416.

Dlugosz, J. C.
2005. Prospecciones arqueológicas en los sitios Los Pedraza y Los Corpitos, Dpto.
El Alto, Pcia. de Catamarca. Trabajo Final de la Carrera de Arqueología inédito,
Facultad de Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo, Universidad Nacional
de Tucumán.

Gheco, L. I.
2012. Una historia en la pared. Hacia una visión diacrónica del arte rupestre
de Oyola. Tesis de Licenciatura inédita, Escuela de Arqueología, Universidad
Nacional de Catamarca.

Gheco, L. I. y M. N. Quesada
2011. El arte rupestre de Oyola: un caso de narrativas superpuestas. Aportes Científicos
desde Humanidades 9: 228-244.

Gordillo, I. G. y E. A. Calomino
2010. Arte rupestre en el sector septentrional de la Sierra El Alto- Ancasti (Dpto.
El Alto, Catamarca). Trabajo presentado en el VIII Simposio Internacional de Arte
Rupestre. San Miguel de Tucumán, Tucumán.

Gordillo, I. G., E. A. Calomino y V. Zuccarelli


2010. En el cercano oriente: el borde como centro. Arqueología en el Dto. El
Alto, Catamarca. Trabajo presentado en el XVII Congreso Nacional de Arqueología
Argentina. Mendoza.
96 Marcos N. Quesada

Gramajo, A. y H. Martínez Moreno


1982. Otros aportes al arte rupestre del este catamarqueño. Estudio 3: 77-88. Museo
Arqueológico Emilio y Duncan Wagner, Santiago del Estero.

Gudemos, M.
2003. ¿Una danza de integración regional en las pinturas rupestres de La Salamanca?
Revista Española de Antropología Americana 33:83-119.

Ingold, T.
1993. The Temporality of the Landscape. World Archaeology 25: 152-174.

Kriscautzky, N.
1996-1997. Sistemas productivos y estructuras arqueológicas relacionadas con la
producción agropecuaria en el valle de Catamarca. Shincal 6: 65-69.

Llamazares, A. M.
1999-2000. El arte rupestre de la cueva La Candelaria, provincia de Catamarca,
Argentina. Publicaciones del CIFFYH 50: 1-26.

Moreno, E. y M. Quesada
2012. Análisis Preliminar del Conjunto Arqueofaunístico de El Taco 19. Sierras de
El Alto-Ancasti. Comechingonia. Revista de Arqueología 16(2): 155-162. Córdoba.

Moreno, E. y N. Sentinelli
2014. Tecnología Lítica en las Sierras de El Alto-Ancasti, Catamarca. Cuadernos de
la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales 45: 95-115. San Salvador de Jujuy.

Nazar, D.
2003. Relevamiento arqueológico de la zona austral de la sierra de Ancasti (Provincia de
Catamarca). Catamarca, CENEDIT, Universidad Nacional de Catamarca.

Pérez Gollán, J. A.
1994. El proceso de integración en el valle de Ambato: Complejidad Social y
Sistemas Simbólicos. Rumitacana 1: 33-44.

Quesada, M. y L. Gheco
2011. Modalidades Espaciales y Formas Rituales. Los Paisajes Rupestres de El Alto-
Ancasti. Comechingonia. Revista de Arqueología 15: 17-37.

Quesada, M., M. Gastaldi y G. Granizo


2012. Construcción de periferias y producción de lo local en las cumbres de El Alto-
Ancasti. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología XXXVII (2): 435-456.

Segura, A. B.
1968. Pictografías de Catamarca. Boletín de la Junta de Estudios Históricos de Catamarca
1960-1968: 11-33.

Taboada, C.
2011. Cultura material, espacialidad y procesos sociales tardíos en la arqueología
La periferia desde la periferia. Arqueología de las sierras de El Alto-Ancasti 97

de Santiago del Estero. Desarrollos locales e interacción. Trabajo presentado en


el III Taller de Arqueología y Etnohistoria del NOA y Andes centro sur (TANOA III). San
Salvador de Jujuy, Jujuy.

Thomas, J.
2001. Archaeology of Place and Landscape. En I. Hodder (ed.), Archaeological
Theory Today: 165-186. Cambridge, Polity.

Zuccarelli, V.
2012. Paisajes de producción y reproducción en el Dpto. El Alto-Ancasti, Catamarca,
durante el Período de Integración Regional (ca. 600-1100/1200 D.C): usos del
GIS en la Arqueología de los paisajes agrarios. Tesis de Licenciatura inédita,
Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.

NOTAS

1
Las excavaciones en El Taco 19 proporcionaron claras evidencias de frecuentes
modificaciones de la arquitectura de la vivienda y del espacio interior: clausura y
apertura de vanos, desactivación y activación de fogones, construcción y clausu-
ra de depósitos subterráneos, enterratorios en el interior de casa, etc. Esta infor-
mación que está siendo sistematizada en un trabajo en preparación en coautoría
con M. Gastaldi informa que estas casas, además de elaboradas y duraderas, eran
intensamente habitadas y transformadas.
2
En la actualidad, la caza es una actividad que suele practicarse ocasionalmente
en el área de El Taco. Las especies objeto de caza para consumo son principal-
mente el chancho del monte (Tayassu sp.), la corzuela (Mazama sp.) y la vizcacha
(Lagostomus sp.). Otras como el león (Felis concolor), el cóndor (Vultur gryphus) y el
zorro (Pseudalopex sp.) son cazados por considerarse dañinos. El lugar para cazar
las especies buscadas para el consumo, excepto la vizcacha, que se sabe se localiza
en colonias discretas dentro de los espacios destinados a la ganadería, es “el cerro”.
Este dato nos pareció bastante confuso al comienzo ya que nuestros interlocutores
eran pobladores del sector más alto de las serranías, prácticamente en la diviso-
ria de aguas. Rápidamente me hicieron entender que “el cerro” es la ladera que
desciende hacia el valle de Catamarca. Se trata de un sector abrupto y boscoso,
despoblado y con baja frecuencia de actividad humana. “El cerro”, entonces, no
viene a describir una forma de relieve, sino que se trata de una categoría cultural
que refiere a un espacio silvestre y peligroso. Allí puede uno ir a cazar, de allí vi-
ene el león a comer las ovejas y algunos sectores, como la quebrada de El Tipán,
pueden ser objeto de una maldición que asegura la muerte a quien se interna allí
con malas intenciones. “El cerro” se define también en oposición al “campo” que
aparece en cambio como el espacio poblado, delimitado (objeto de propiedad) y
donde se desarrollan actividades cotidianas vinculadas principalmente a la ganad-
ería. Podríamos preguntarnos, teniendo en cuenta el alto grado de culturización
del espacio en el sector de la cumbre, que aparece poblado y acondicionado para la
agricultura durante el primer milenio d.C., pero a la vez un aporte significativo de
la fauna silvestre, si pudo haber existido una forma de categorización conceptual y
práctica del espacio, sino similar, al menos estructuralmente equivalente.
98 Marcos N. Quesada

3
Es importante que la noción de “economía compleja” se entienda aquí en relación
a la variedad de actividades que articulaba y sobre todo en contraposición a una
economía especializada como la que propone el modelo de la especialización pas-
toril, y no en términos de jerarquías o desigualdades sociales.
4
En Quesada y colaboradores (2012) puede encontrarse un análisis más detallado
de estadística espacial que describe las tendencias de dispersión del asentamiento
en la zona de El Taco y otras características abordadas en este apartado.
5
Se trata de un número mínimo de mezclas pigmentarias ya que sólo se analizaron
catorce muestras procedentes de igual número de motivos. Si se considera que
Oyola consta de veinticinco cuevas y aleros con diseños pintados y que algunas de
éstas, como Oyola 7, reúnen más de 75 motivos, resulta fácil entender que muy
posiblemente haya mayor variabilidad aún que la detectada.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad

DEBATE

QUESADA

Cremonte: Marcos, te quería preguntar, por un lado, sobre la cerámica ¿no


sería hora de empezar a unificar el Cortaderas, líneas paralelas, con el otro?
¿El Alumbrera tricolor?, ¿no es la misma cerámica?

Quesada: Yo no soy especialista en cerámica, pero justamente ayer le comenta-


ba a Inés (Gordillo) que si uno mezcla tiestos de Ambato tricolor y Alumbre-
ra Tricolor, después es muy difícil separarlos, probablemente con Cortaderas
pase lo mismo. Sí, desde mi punto de vista seguro, lo mismo que Las Mercedes
separado de Ciénaga, es la discusión que hubo ayer, en relación a la cerámica
Candelaria, lo que está pasando es eso, yo creo que debería hacerse… Los
paisajes son muy similares, estas aldeas están apareciendo a donde vamos y
prestamos atención. No sé qué pasa con Las Mercedes de Santiago del Estero.
Habría que ver que está pasando en esos sitios.

Cremonte: Y la cerámica Portezuelo es igual a la de la Choya 68. En la exca-


vación ¿te aparece en algunos contextos específicos? ¿Qué densidad tenés de
esta cerámica respecto de las otras?

Quesada: Son minoritarias, la cerámica decorada en general es minoritaria.


De la cerámica Portezuelo no tengo frecuencias, es muy poquita; en realidad
la traje para mostrar las relaciones con los alrededores. El contexto de esta
cerámica viene en realidad de unos estratos que son un relleno posterior a la
ocupación, no son de contextos de uso.

Cremonte: O sea, que lo que tendrías en contexto ¿es la cerámica de líneas


paralelas?

Quesada: No, en general estas cerámicas están vinculadas a contextos post-de-


positacionales, aparecen algunos tricolores, sí, en unos contextos que están
por debajo de un derrumbe que está sellando la superficie donde hay una dis-
persión de materiales, que podrían haber sido, digamos, un contexto prima-
rio o probablemente un lugar donde tiraban pedazos de vasijas muy grandes,
pero que ya no estaba siendo ocupado ese recinto, probablemente, estaba
ocupado otro espacio de ese sitio que es muy grande. Todavía no tenemos
100 Marcos N. Quesada

muy ajustado cómo es la cronología dentro del sitio [NOTA: Posteriormente


se obtuvieron cinco dataciones radiocarbónicas que cubren el rango de 1210
± 80 AP a 1390 ± 70 AP].

Cremonte: Claro, para tener una idea de cuál es la cerámica asociada a estas
viviendas.

Quesada: Las cerámicas asociadas a estas viviendas, no sabría decirte bien qué
contexto particular es, ¿estamos hablando de una cocina, de una habitación o
de qué contexto en que se está usando esa cerámica?

Cremonte: ¿Cómo es la metodología que usaste para establecer esos índices


de vecindad?

Quesada: Es el del vecino más cercano.

Cremonte: El del vecino más cercano… Claro, yo lo usé para La Ciénaga, pero
lo que pasa es que es difícil si uno no sabe en qué lapso fueron ocupadas las
viviendas, es un problema.

Quesada: Es un problema, a menos que tengamos un control dendrocronoló-


gico anual, es irresoluble, no nos permitiría discutir más allá, hay que asumir
cierta incertidumbre, para poder avanzar en otros aspectos.

Cremonte: O sea, lo hiciste con el vecino próximo, es análisis de GIS.

Quesada: Sí, es GIS, es un algoritmo que mide la distancia promedio entre


vecino más cercano en una superficie determinada, calcula eso, y calcula lo
mismo para una distribución al azar para poder comparar, y calcula la rela-
ción entre ambas distribuciones que es el índice de dispersión, que en este
caso es 1,23; da una tendencia a la dispersión.

Taboada: Sí, esto de Las Mercedes a mí hace rato me da vueltas ¿Qué es Las
Mercedes? Ahora estamos tratando de verlo, hay un tesista, Bruno Salvatore,
que va a encarar un poco eso, pero a partir de materiales de excavación, en el
piedemonte. O sea, en el piedemonte lo que nosotros hemos excavado es un
contexto habitacional, fechado más temprano -entre el 200 y el 300 d.C. nos
da el fechado-, que tiene material Condorhuasi, pero el Condorhuasi tricolor,
ése con el engobe rojo, hay este otro Ambato Tricolor, Cortaderas o Alum-
brera Tricolor y unos grises grabados. Ahora, el tema es estos grises grabados
¿qué eran? o ¿parecidos a qué? ¿no? Entonces, estábamos viendo, y estuvimos
viendo en Santiago del Estero, ahora, con el fragmento en mano, material
cerámico de Santiago del Estero temprano titulado como Ciénaga y como Las
DEBATE de: La periferia desde la periferia. Arqueología de las sierras de ... 101

Mercedes, que no es muy parecido a éstos, más allá que hay que redefinir ¿qué
es Las Mercedes?, porque Las Mercedes en Santiago del Estero, lo que en el
museo está titulado así, es una cosa muy variada. Pero tampoco lo que nos está
apareciendo en el piedemonte es tan parecido a lo Ciénaga, es como una cosa
medio local, estos grabados más tempranos y, por otro lado, el tema que a mí
se me presenta con Las Mercedes, es que cuando Gómez la define en 1966
pone en el Complejo de Las Mercedes a Cortadera también, como ponién-
dolo en el mismo contexto sin un análisis. Eso viene por un lado, se retrotrae
a un error o algo impreciso, cuando Serrano define a Cortadera tiene como
una frase vaga que dice algo así “aparece como…”, bueno no me acuerdo en
este momento exactamente, “que puede ser interpretado”, “que aparece jun-
to con materiales inciso negro grabado que es el Mercedes clásico”, como que
aparece cerca, junto, pero no en el mismo contexto. Mi duda, mi pregunta,
es si realmente alguna vez apareció en contexto, en el mismo contexto aso-
ciado el Cortaderas con lo que se llama Las Mercedes. Es una duda que tengo
por una serie de errores de imprecisiones de Serrano cuando lo define, de
algunas alusiones que hace Serrano a material de Santiago del Estero y de los
hermanos Wagner que tienen una o dos urnas por ahí sueltas. Entonces me
parece que ahí está uno de los temas, bueno lo estamos viendo recién.

Quesada: Sí, sí, falta justamente volver a ver nuevamente esos contextos.

Taboada: Bueno, en Santiago del Estero también. Sobre ese material se ha


trabajado, está la tesis doctoral de Togo, pero no hay casi nada publicado,
entonces no hay tampoco mucha información.

Quesada: Hay un trabajo de Togo donde publica los fechados.

Taboada: Tampoco me quedan claro estas asociaciones, la asociación de qué


está fechando, si es el Cortadera, si es el grabado…

Ortiz: Más allá de la visibilidad, ¿alcanzaron a hacer algo?, ¿bajaron al otro sec-
tor más cubierto de vegetación, alcanzaron a ver algo?, sitios, materiales, lo que
sea.

Quesada: No con la misma sistematicidad ni intensidad que en esta parte (la


zona de Pastizal de Altura). En el sector de Bosques encontramos sitios con las
mismas características, la misma arquitectura, pero lo importante es ver cómo
se articula con los otros sitios y con el espacio agrícola. Seguramente el tema
de la visibilidad de esta parte de Bosques es menos relevante.
(no se escucha)

Quesada: En realidad el límite de esto está a 1.350 msnm, el Bosque Montano


102 Marcos N. Quesada

empieza alrededor de 1.300 msnm y de ahí va cambiando la composición flo-


rística y sigue hasta el piedemonte.

Ortiz: ¿No hiciste ningún sondeo en esos pisos de Bosques?

Quesada: José Dlugosz trabajó en Los Corpitos y en Los Pedrazas, que sí están
en zona de Bosques, el tema es que trabajó en los sitios, todavía no conocemos
bien cómo se estructuran estos paisajes en estos sectores más bajos.

Nielsen: ¿Por qué les llamás aldeas?

Quesada: Es un tema, justamente me lo preguntaron también en relación a


la cantidad de casas por ejemplo; lo que me interesa destacar con esta noción
de aldea es más que nada esta posibilidad de la inmediatez, de los contextos
cara a cara que se refiere a lo cotidiano, lo que caracteriza la vida diaria, inde-
pendientemente de la cantidad de casas, que por supuesto tiene que ver, pero
dentro de un rango posible de variación de cantidad de casas; me interesa
rescatar esta idea de lo aldeano, justamente la inmediatez social que se puede
lograr por variados recursos.

Nielsen: Pero la aplicarías nada más que a dos o tres sitios más grandes, por-
que dos recintos juntos no sería una aldea, digamos, es la misma gente que
duerme junta…

Quesada: No, en general, a todo el espacio, todo sería una aldea.

Nielsen: ¿Vos aplicás el concepto de aldea a todo ese espacio? Pero, potencial-
mente esta aldea se proyectaría a todas las direcciones… digo esto es muy dis-
tinto al modo en que se usa aldea en la literatura, y en las películas de ficción.

Quesada: Por eso, lo que me interesa es destacar este concepto de aldea, es


esta cuestión de la inmediatez, es que esto sigue acá abajo (señala en la diapo-
sitiva la distribución de viviendas arqueológicas), este sitio TX, está fuera del
área donde yo trabajo. En Catamarca, ustedes saben, las áreas de investigación
tienen límites con coordenadas geográficas muy precisas, y el límite donde yo
trabajo pasa por ahí, por ese arroyito (señala en la diapositiva), entonces ese
sitio queda fuera de mi área de trabajo, pero en realidad ese caserío o esta
aldea continúa hacia abajo y hacia arriba; por supuesto uno debería pensar
que esta relación de visibilidad tiene un límite, y que desde este sitio (lo indi-
ca en la diapositiva) ya no se ve a otro que está mucho más distante pero, sin
embargo, se mantienen estos vínculos cotidianos de visibilidad con otras casas
y familias y me parece que es lo que está pasando en gran parte de estos valles
de Catamarca. No veo que aparezcan discriminados con límites muy netos
DEBATE de: La periferia desde la periferia. Arqueología de las sierras de ... 103

estos agrupamientos de viviendas. En el fondo del valle de Ambato (hay un


trabajo de Assandri al respecto) hacen una división de tres núcleos aldeanos
por medio de la aplicación de un algoritmo, pero si uno ve la cartografía, no
ve los límites realmente, más allá de cómo están dibujadas, y lo que hay es un
espacio de distribución homogéneo y continuo. Sin embargo, en determina-
dos contextos, en determinadas casas se ve que están muy cerca de otras casas
a lo largo del espacio ¿no son estas aldeas, las aldeas que estamos imaginando,
con límites? Como, por ejemplo, Tulán, no tiene nada que ver con eso, ni con
Tebenquiche, ni con El Infiernillo, por ejemplo.

Oliszewski: Este tema ya surgió en las Jornadas Regionales, la cuestión de la


definición de ¿qué es una aldea? Que realmente amerita una discusión teóri-
ca, más importante, para mí no sería una aldea, para mí estrictamente, y no
me parece tan cercana. Entonces, me parece que, desde mi punto de vista, sí
es importante una definición.

Nielsen: La verdad es que es una cuestión puramente terminológica, no es


tan importante, no había entendido tu argumento, recién entiendo ahora de
cuán importante es el sentido de lo que estás hablando.

Quesada: Estoy hablando acá que no es importante que las casas estén cerca
o lejos, si no, de cuáles son los recursos materiales que logran que la gente
establezca vínculos cotidianos, porque acá la gente se mueve en estos espa-
cios, baja a cultivar, va a buscar las llamas, va a hacer lo que sea, y este paisaje
lo que hace es propiciar los encuentros cara a cara, te movés por ahí, pasas al
lado de una casa, te levantás y vas a buscar leña y lo ves al vecino, y eso tienen
estos paisajes de particular, por eso lo quería destacar en este punto, se podría
buscar otro nombre.

Nielsen: Yo digo en función a decir esto es distinto a Tulor, creo que las va-
riaciones pueden tener significado; por supuesto estamos de acuerdo con el
paisaje descentralizado que estás mirando, pero poniéndose en abogado del
diablo, en qué medida esto es distinto a lo que uno esperaría del modelo de
micro-regiones altitudinales, no sería éste el componente pastoril de un paisa-
je que tiene mayores cabeceras en el piedemonte, por ejemplo; entiendo que
ése era un poco el modelo anterior.

Quesada: Claro, lo que está pasando es que lo que predecía este modelo era
una especialización pastoril, no de pastoreo sino que habría sólo pastoreo, y
de una forma subordinada a las áreas centrales; probablemente debe haber
habido pastoreo, pero todo el asentamiento o toda la arquitectura, por lo me-
nos, está orientada a las áreas agrícolas permanentes y protegidas, o sea, con
compromiso a futuro; esto es lo que es diferente.
104 Marcos N. Quesada

López Campeny: ¿Te puedo hacer una pregunta? y es un poco relacionada a


eso, es también asumiendo, está bien que lo aclaraste, muy bien, más allá de la
contemporaneidad posible que hay que buscar como que cada unidad fuera
así como lo decís una familia, al hablar de vecinos, porque también habría
que pensar en… pienso la primera vez que conocí el valle del Bolsón, otros lu-
gares donde de golpe había cuatro casas cercas distintas y en realidad era una
misma familia manejando los mismos espacios, ¿no?, como para pensar que
simplemente a veces también se puede estar pensando en distintos espacios
no muy lejanos pero que se estén manejando de esta manera, como pasa en
otros espacios más pastoriles, donde una familia maneja varios lugares; como
una posibilidad, también, obviamente.

Quesada: Sí, muy difícil, además hay distintos tamaños de casas, uno podría
imaginar que el tamaño de casa se vincula a la historia familiar, algunas casas
se van desocupando, que esta distribución quizás podría preanunciar forma
de escisión de las familias, por ejemplo, que alguien forma familia, y se va a la
explanada del frente, pero no es ninguna locura pensar en los tipos de paren-
tesco en estas aldeas.

Cruz: Quizás otro término sería el de comarca, como un espacio más, quizás
un modelo aldeano, pero no restringido a un espacio común. Si podemos vol-
ver al plano, (señala en la diapositiva), cuando lo veo al plano así, este patrón
disperso que es lo que yo vi en Ambato, aunque allá las distancias eran más
cortas, pero cuando estoy viendo acá tu plano me surge la duda, si has hecho
otro tipo de análisis con mayor cantidad de variables como… o algo así, por-
que veo primero que las unidades que ya vemos que son diferentes, pero tam-
bién los espacios en los cuales están vinculados también son muy diferentes,
hay unidades que están en un pequeño espacio de pastizales con otra como el
ET15 que tiene mucho mayor que ET32 y pequeños grupos como ET33, ET19
que están más juntas y otras que están totalmente aisladas como ET31, es decir
¿has hecho otro tipo de análisis que tome más variables?

Quesada: En algún momento pensé que podía haber una correlación entre el
tamaño del sitio y la extensión de la explanada elevada, pero las explanadas lo
que tienen, lo que las caracteriza, es que ahí están las casas. Sin embargo, en
realidad es la continuación de estos suelos agrícolas de las quebradas, pero en
terrenos más altos, no es que son, por lo menos hasta donde sabemos, suelos
con mayor potencial agrícola o que son tierras realmente codiciadas.

Cruz: Mayor potencial tiene el ganadero, que lo están usando o no, es otra cosa…

Quesada: No, porque pasto hay hasta en la zona rocosa; no hay roca viva, hay
roca con tierra en superficie, pero no son suelos agrícolas, vamos a poner una
DEBATE de: La periferia desde la periferia. Arqueología de las sierras de ... 105

foto (muestra una diapositiva), bueno, ahí por ejemplo, el huequito que tiene
el suelo loésico, hay roca pero también hay pasto, seguramente hay lugares
con mayor potencial.

Cruz: Como un continuo ganadero y…

Quesada: No sé dónde se realizaba el pastoreo…

Cruz: Y, con la agricultura, ¿hay alguna relación? con los sectores agrícolas
identificados.

Quesada: Hay una relación… lo que parece es que hay una tendencia a que
las terrazas de cultivo aparezcan en estas cañadas de orden inferior y no en los
colectores principales, y que son justamente los que están, porque descienden
de la parte más alta de las lomadas. Hay una tendencia, que habría que cuan-
tificar, de cercanía a las casas, probablemente tenga una relación con el tema
de la apropiación, pero no podría decir que terraza corresponde a qué casa
en particular, si es que existiera esa relación, no está tan claro. Fíjense (señala
una diapositiva), por ejemplo, acá que hay muchísimas terrazas de cultivo y
están cerca de estas casas, pero es una tendencia que habría que cuantificarla
para ver hasta qué punto es significativa. Con respecto a lo que me pregun-
tabas, sobre esto pensé que podía haber una correlación entre el tamaño del
sitio y el tamaño de la explanada elevada, pero no, hay por ejemplo en ET19,
el sitio más grande y está vinculado a una explanada relativamente amplia,
pero ET22 es un solo recinto y está vinculado a esto (señala en la diapositiva
la extensión de la explanada donde se ubica ET22).

Cruz: Salvo que el recinto no esté vinculado al sitio o sea una unidad indepen-
diente…

Quesada: Sí, es posible.

Angiorama: Marcos, sé que no hay fechados, pero ¿hay algo que puede ser
tardío? ¿posterior al 1200? Esto es todo lo que encontrás o ¿hay otro tipo de
estructuras?

Quesada: Hay pircas del siglo XIX, no las incluí en esta presentación porque
hubiera generado confusión. Preferí aislar este paisaje muy claramente iden-
tificable. Seguramente hay historia en el paisaje, lo que yo hice con la carto-
grafía es “achatar” el proceso histórico. Arriba de eso aparece directamente
este paisaje ganadero que se vincula a grandes construcciones de encierros de
pircas del siglo XIX y casas construidas en la misma época; sabemos que hay
una ocupación colonial seguramente, pero no la podemos encontrar, no la
106 Marcos N. Quesada

podemos identificar y ya se sabe que para todo el valle de Catamarca no hay


fechados más allá del 1200 d.C., todo el Tardío es invisible hasta el momento
del 1200 d.C., excepto algunas cositas muy puntuales que están apareciendo
de algunas cerámicas Yocavil, pero no generalizables como para decir la ocu-
pación del Tardío o del Colonial es ésta, no lo conocemos.

Angiorama: ¿Y, más abajo en el piedemonte?,¿hay algo tardío como Averías o


Yocavil?

Quesada: Hay fragmentos Averías en Babiano que aparecen en superficie jun-


to con fragmentos Aguada bien en piedemonte… pero son fragmentos que
todavía no conocemos...

Angiorama: ¿Tienen arquitectura asociada a fragmentos?

Quesada: No lo conozco bien porque eso es una islita que corresponde al área
de otro investigador.

Taboada: Nosotros tenemos en el piedemonte abajo, en contexto, con el ma-


terial Averías, pero bueno, más allá de material Averías hay varios elementos
así parecidos a lo que aparece en Santiago del Estero, con una arquitectura,
tienen piedra ahí, pero no una arquitectura de piedra.

Quesada: Lo que vi son las colecciones de superficie de un museo en Icaño


donde sí aparecen juntos, pero no sé bien qué decir.

Oliszewski: Bueno, Víctor (Nuñez Regueiro), en un momento dado, llamaba


a cada uno de los patios centrales de los recintos, aldeas, también.

Quesada: Sí, yo no lo haría, llamaría a todo conjunto.

Williams: En este argumento que presentaste de los Pastizales de Altura y re-


cortado en esta área, estás desestimando, por lo que entendí, la idea de cen-
tro, o ¿no?

Quesada: No, estoy desestimando la idea de periferia.

Williams: Es por el título, la periferia de la periferia, no lo puedo entender,


considerando de qué es la periferia un centro o directamente no la considerás
periferia, digamos, jugando con las palabras en ese sentido.

Quesada: La periferia como la vemos cuando vamos ahí.


DEBATE de: La periferia desde la periferia. Arqueología de las sierras de ... 107

Williams: Sí, pero la idea de inmediatez social, pero la posibilidad de exis-


tencia que, por ahí por falta de, digamos, de relevamientos de otras áreas, de
lugares más grandes o centros, o como quieras llamarlos, sobre este nivel de
Pastizal de Altura…

Quesada: Bueno, probablemente aparezca alguno de estos conjuntos más


grande, lo que conocemos hoy de estos paisajes del valle de Catamarca, de
Ambato, y de la cumbre del Ancasti, es que son paisajes muy parecidos, no hay
algo que uno diga esto es diferente y, probablemente, sea un centro, creo que
lo de los montículos está sobrestimado y bueno, esto podemos discutirlo...

Williams: Y, el recinto ese grande que, por lo que viste, aparece material aso-
ciado, huesos y cerámica quemada ¿qué dimensiones tiene, más o menos?

Quesada: Tiene 20 x 15 metros. Son esos recintos amplios en que aparecen


desechos más vinculados a las actividades domésticas, y es lo que hace dudar,
digamos, por supuesto que hay que empezar a trabajar en todas estas diferen-
tes categorías de sitios, por ahora está apareciendo este paisaje.

Williams: En valle Calchaquí también aparecen sitios de este momento, y apa-


recen estos grandes rectángulos, que no sé si fueron corrales, no sé qué son,
pero también son muy parecidos.

Quesada: ¿Puedo hacer una pregunta? Esto era un paisaje inesperado, y en


realidad fuimos a ver estos paisajes pastoriles, cómo caracterizarlos, cómo ver-
los, y la pregunta que me queda a mí, es cómo se dan estos procesos relacio-
nales, esta similitud cerámica que hablamos, está apareciendo relacionado a
estos contextos muy locales, no a aquellos modelos geopolíticos centralizados,
donde resulta un poco más fácil de comprender por este tema de la vincula-
ción de las elites, todo está vinculado a la forma que puede haber de tráficos
inter-regionales, y no a estas otras escalas más locales, ahora es cómo se dan
estas relaciones inter-regionales en relación a estos contextos locales lo que no
sé bien cómo imaginar. Estos paisajes aldeanos se articulan a un nivel regional,
donde están circulando objetos, en donde se comparten estilos cerámicos que
era lo que discutíamos recién, por ejemplo, y que uno puede comprenderlo
o imaginarlo con más facilidad con estos modelos geopolíticos más centraliza-
dos. Sobre todo, con esta idea del control del tráfico por las elites, de la deman-
da de bienes exóticos de prestigio, pero nos encontramos con estos contex-
tos locales, estas aldeas dispersas, que no parecen corresponder a ese modelo
geopolítico. Ahora, mi pregunta es, ¿cómo se dan, cómo funcionan, cómo se
articulan estos tráficos inter-regionales, procesos de interacción, en relación a
estos paisajes locales, a estos contextos aldeanos dispersos, en donde esta idea
de poderes políticos centralizados un poco no dan?… ésta es la pregunta.
108 Marcos N. Quesada

Cremonte: Yo te digo, por ejemplo, en relación a este sitio Choya 68 que se


esperaba que fuera un centro donde viniera cerámica de lugares lejanos, pero
era todo muy local, y se notaba que podría haber funcionado como un peque-
ño centro a nivel micro-regional con aporte de localidades próximas, es decir,
no encontramos un nivel de complejidad, si se quiere, muy notable. Creo que
esta relación entre Aguada y Portezuelo, resulta compleja porque, por ahí,
nos falta información para ver un poco más los sitios, el comportamiento en
zonas como éstas. ¿Cómo eran en realidad los campesinos que tenían cerámi-
ca Aguada, su forma de vida, cómo era? Siempre se puso énfasis en lo otro,
¿no?, que hubiera un ceremonialismo muy centralizado, un simbolismo muy
centralizado. Pero, ¿cómo era la gente que vivía en el campo? Por eso yo te
preguntaba sobre la cerámica Portezuelo.

Quesada: ¿En qué contextos aparecen?

Cremonte: Pero en el centro de Choya no aparecen cosas de lejos, sino que


parece ser un comportamiento más bien a nivel micro-regional, ¿no?

Quesada: En el caso de Portezuelo no creo que haya un centro de producción


único de Portezuelo, pero es la misma idea centro-periferia.

Gordillo: Bueno, un poco esta pregunta que vos largaste al final, es con lo que
yo voy a empezar, que tampoco voy a dar una respuesta, pero me parece que
la idea pasa un poco en no ver centro por todas partes, sino historias locales
que se cruzan y preguntarnos qué está significando que haya un fragmento
Aguada en Ancasti; realmente a qué está remitiendo y no verla como una in-
fluencia del centro hacia la periferia, sino poner el acento, que fue un poco el
proceso que yo sufrí desde el Ambato hasta el Ancasti. No me voy a adelantar
a lo que voy a decir, pero un poco es ¿cuál es la naturaleza, en todo caso, de
estas relaciones? y creo que para entender la naturaleza de estas relaciones
tenemos que entender las historias locales, es eso.

Quesada: Me pregunto, sin el estímulo para la circulación de bienes exóticos,


en este caso hasta no habría bienes exóticos, por eso se desdibujan estos lími-
tes, entonces estos bienes dejan de ser tan exóticos.

Gordillo: Depende de dónde te pares, pero en La Rinconada sí hay bienes


exóticos, hay maderas exóticas, y hay recursos simbólicos exóticos…

Quesada: Bueno, porque vos imaginás que lo que está afuera de la sierra de
Graciana está afuera, pero si vos no tenés un límite en la cumbre de sierra
Graciana, no estaría afuera, no sería exótico.
DEBATE de: La periferia desde la periferia. Arqueología de las sierras de ... 109

Gordillo: Te digo en términos de distancia, algo lejos de donde se está.

Quesada: Pero esa idea de la lejanía como exterioridad puede ser discutida,
porque puede ser que no sea algo tan lejano.

Williams: Si vamos a hablar de algo cerca, si el cebil está tan cerca, pensé cómo
estas aldeas o estas casas están integrando, no sé si decir una esfera de circula-
ción, como quieras llamarla, donde circula el cebil y va hacia otros lados. De
alguna forma ahí cómo está participando de esa circulación, no cómo obtiene
bienes exóticos, me parece que acá todos los bienes exóticos, no sé…

Cruz: Es un modelo totalmente opuesto a modelos centralizados.

Quesada: Claro, ése es el tema, esta circulación de bienes habría que pensarla
a otra escala, no a escala de las jefaturas.

Williams: Claro, justamente por eso, de alguna forma pensar, estas aldeas o
estas casas de alguna forma ¿participan o no?

Quesada: Es que lo que probablemente no estamos encontrando son las otras


unidades, me refiero que los paisajes están constituidos por este tipo de cosas.

Nielsen: Yo quería decir, nada más, que la intención de redes de enorme al-
cance descentralizada es la misma norma que en la etnografía, digamos, no
hay nada más común que esto, en la etnografía las caravanas actuales son las
unidades domésticas que parten a un compadre y van a 500 km para intercam-
biar con un casero, digamos. El discurso arqueológico no sé de dónde sale, el
neo evolucionista, la jefatura, ese discurso en realidad es difícil de entender
de dónde, quién invento ese discurso, porque en los datos etnográficos no
aparece nada de esto, ¿no?

Mercolli: Siguiendo lo que vos decías de sobredimensionar lo de las redes y de


los intercambios, les voy a hablar desde mi lugar de trabajo que es un sector
de la quebrada de Humahuaca donde siempre se está esgrimiendo la idea de
estrategias concretas en relación con el manejo de las llamas, entonces las dos
hipótesis que se plantean consisten en determinar si los pastores se inclinan
hacia los productos primarios, secundarios o ambos. Se menciona que para el
Formativo se estarían priorizando los productos como la carne y la lana, por
ejemplo, y no tanto el caravaneo. Resulta que después de muchos contextos
y muestras analizadas, parece ser que en el Formativo, concretamente en Til-
cara, no hay estrategias de manejo direccionadas a obtener un determinado
producto, es decir, se sobredimensiona el tráfico de caravanas. La mayoría de
las muestras muestran que existen estrategias mixtas en relación al manejo
110 Marcos N. Quesada

de los rebaños. Yo puedo definir como una aldea lo que era Tilcara en el
Formativo, y recién para después del 1200 d.C., 1300 d.C., hay una estrategia
más acorde a un tráfico intenso como ocurre en otras regiones. Cuidado tam-
bién con el tema del tráfico porque claro, nos agarramos de las caravanas y
pensamos que en el 500, en el 400 y en el 300 después de la era, era un tráfico
intenso cuando parece que no es así, y es más, yo ni siquiera sé si hubo algún
manejo en ese sentido en la quebrada de Humahuaca, porque, quizás, la ma-
yoría de las caravanas estén bajando de la Puna. Pero siguiendo el tema de la
jerarquía, de la aldea creo, además, que no sólo es el tema de la cotidianidad,
yo coincido, hola, ¿cómo le va señora?, ¿está todo bien?, pero todo lo que im-
plica eso, los aspectos económicos, políticos, si hay una jerarquía marcada, si
es una cosa carismática, no solamente lo visual y la cotidianidad. En relación a
la cotidianidad estamos hablando de lo mismo, en el caso concreto de Tilcara
siempre se habló de eso, es más se sigue mencionando como si hubiera varios
sitios arqueológicos, cuando en realidad Tilcara es un solo sitio, se encuentra
una casa y en el otro rescate es otra casa o parte de la misma que se amplió, y
la cotidianidad es la misma.

Cremonte: Pero ¿para qué momento?

Mercolli: El Formativo

Cremonte: ¿Todo el Formativo?

Mercolli: Sí.

Cremonte: ¿Es lo mismo el piso del 900?

Mercolli: Del 300 d.C. al 700 d.C. por ejemplo.

Cremonte: ¿Isla?

Mercolli: No, Isla no tiene nada que ver, hablo del 300 d.C. al 700 d.C., por
ejemplo.

Cremonte: ¿Todo es una aldea?

Mercolli: Sí, así lo indica el registro.

Quesada: Yo tampoco creo que el tema de la visibilidad agote los recursos de


inmediatez social, para nada, es lo que podemos ver materialmente, segura-
mente hay otras dimensiones que de las cuales, algunas las podemos imaginar
y otras que ni siquiera tenemos idea cómo imaginar, desde la vecindad…
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad • 111-134

LAS CASAS DEL SOL NACIENTE


ARQUEOLOGÍA DE LA VERTIENTE ORIENTAL
DE EL ALTO - ANCASTI1

Inés Gordillo*, Verónica Zuccarelli** y Luciana Eguia***

INTRODUCCIÓN

La sierra El Alto-Ancasti (Catamarca) es un segmento de la vertiente orien-


tal de los Andes en el Noroeste argentino, un espacio que ha sido reconocido
como decisivo y crítico en la dinámica social de toda la región. Sin embargo,
hasta hace poco, los procesos locales allí ocurridos no habían recibido sufi-
ciente atención. En particular, el sector septentrional de la sierra ofrece pocos
antecedentes de estudios arqueológicos; sólo recientemente, a partir de varios
proyectos que impulsaron la arqueología del área, han comenzado a sumarse
los resultados de prospecciones sistemáticas, relevamientos rupestres y exca-
vaciones de sitios con arquitectura (Gordillo y Calomino 2010; Gordillo et al.
2010, 2013, etc.)
Nuestras actuales investigaciones en la vertiente nororiental de la sierra
fueron iniciadas, hace pocos años, con una visión anclada en la zona que
apunta a interpretar los paisajes sociales en las diversas materialidades, prác-
ticas y procesos que allí tuvieron lugar, desde el surgimiento de las primeras
poblaciones aldeanas. Paralelamente, creemos que esto permitirá visualizar y
reformular los procesos regionales e interregionales desde un lugar novedoso
en la arqueología del Noroeste argentino.
Con esta perspectiva, se desarrollan aquí parte de los resultados obtenidos
hasta el momento. El panorama arqueológico que exhibe el área general re-
quiere abordar diversas materias, lugares y tiempos, poniéndolos en relación
en diferentes escalas y planos de análisis. Para ello, empleamos herramien-
tas metodológicas propias de la arqueología del paisaje, integrando diversos

*
Instituto de Arqueología, Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Buenos Aires.
ibesalu@gmail.com
**
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)-Centro de
Investigaciones y Transferencia de Catamarca (CITCA). Escuela de Arqueología, Universidad
Nacional de Catamarca.
***
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)-Instituto de
Arqueología, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.
112 Inés Gordillo et al.

aportes de estudios sobre arte rupestre, espacios agrarios y otras materialida-


des específicas.
Debido a la confluencia de ambientes marcadamente distintos en el área
de estudio, la propuesta de investigación se sustenta, en parte, sobre una ana-
lítica de comparación o confrontación del registro en los diferentes ambientes
trabajados, cruzando los resultados a distintas escalas espaciales y temporales.
Al respecto, y a modo de hipótesis, creemos que los dos principales sectores
que hemos trabajado, cumbres y Yungas, tienen diferentes trayectorias tem-
porales e identidades socioculturales. Mientras que la ocupación humana en
el primero de ellos se habría limitado al denominado Período de Integración
Regional (PIR), el registro arqueológico del segundo sector parece generado
en distintos momentos a lo largo de un lapso más prolongado.
Si bien en este trabajo presentamos un panorama general del área, vamos
a centrarnos principalmente en el ambiente de Pastizales de Altura, donde
más hemos avanzado con las investigaciones. Los principales antecedentes
arqueológicos para la zona, aunque de un segmento más meridional, corres-
ponden a las investigaciones de Nazar (2003) y, especialmente, a las que viene
realizando desde algunos años el equipo encabezado por Marcos Quesada.
Tomaremos con frecuencia los resultados obtenidos recientemente por este
equipo (Quesada et al. 2012) como principal punto de referencia, además de
concordar en varios aspectos con su perspectiva de análisis centrada en los
procesos locales y los paisajes culturales.
Nuestra propuesta considera que en las cumbres de la sierra El Alto-An-
casti, durante la segunda mitad del primer milenio, habitaron comunidades
estables, autosuficientes, económica y políticamente independientes de otros
ámbitos de ocupación paralela en los valles occidentales, aún cuando habrían
mantenido significativos lazos de interacción con los mismos. Una de las par-
ticularidades de estos grupos sociales es la creación de un paisaje que inte-
graba -en el espacio y en las prácticas- los lugares de habitación con los de
producción agro-pastoril, ocupando para ello sectores óptimos en términos
de productividad, comunicación y visibilidad.

CARACTERIZACIÓN DEL AREA DE ESTUDIO

El área de estudio comprende distintos ambientes, definidos por los com-


ponentes fitogeográficos del Chaco Serrano y del Chaco Semiárido (Morláns
1995) (Figura 1). El primero se extiende por la cima y los faldeos de la sierra
El Alto-Ancasti, hasta aproximadamente los 28° latitud sur donde, en rumbo
norte, comienza a contactar con la Provincia de Las Yungas2. La región fitogeo-
gráfica del Chaco Serrano fue clasificada según pisos altitudinales (Morláns
1995; Nazar 2003), aunque la orientación de las formaciones serranas y las
consecuentes variaciones en los valores de humedad e irradiación solar tienen
Las casas del sol naciente. Arqueología de la vertiente oriental de El Alto - Ancasti 113

directa influencia en la distribución de las asociaciones en la vegetación. Tales


pisos consisten en: a) Pastizales de Altura, por sobre los 1.400 msnm, donde
la vegetación es una asociación entre gramíneas y herbáceas de distintos gé-
neros; b) Piso del Arbustal-Pastizal, entre 1.400 y 1.900 msnm, con una base
de gramíneas y especies arbustivas; dadas sus características geomorfológicas,
también hay incursiones del Bosque Serrano característico de las zonas más
bajas en las laderas orientales, más húmedas; c) Piso de Bosque Serrano: entre
los 700 y 1.400 msnm, caracterizado por una variedad de especies arbustivas
y arbóreas (viscote, laurel, algarrobo, cebil, etc.); en las laderas de exposición
al este y sur, de microclima más húmedo, el bosque es de mayor densidad y
asciende hasta cotas más altas.
Por su parte, el componente Chaco Semiárido ocupa, en nuestra área, la
mitad oriental del departamento de El Alto. La transición entre Chaco Se-
miárido y Chaco Serrano es aquí considerablemente amplia y gradual, y se de-
fine en una subunidad fitogeográfica denominada Llanura Aluvial de Piede-
monte que se extiende desde el límite con el piso forestal del Chaco Serrano
hasta el límite interprovincial con Santiago del Estero (Morláns 1995).
Sobre esta base, para organizar nuestro trabajo, hemos considerado esen-
cialmente tres ambientes en el área que, de oeste a este y en orden altitudinal
decreciente, son:
1. Los Pastizales de las cumbres (incluyendo el piso Arbustal-Pastizal)
2. El Bosque Serrano, que en la ladera nororiental de la sierra podemos con-
signar como ambiente de Yungas.
3. Los Arbustales del Chaco Semiárido, hacia el occidente.
Desde que iniciamos nuestras investigaciones en el área, en el año 2008,
hemos trabajado en forma paralela los dos primeros ambientes, incorporan-
do más recientemente el tercero de ellos. Las marcadas diferencias entre ta-
les ambientes, nos obligó a implementar distintas estrategias en el trabajo de
campo. La zona de Pastizales del sector de cumbres -que luego abordaremos
más extensamente- presenta alta visibilidad a distinto alcance y dirección: ha-
cia el este se perciben las serranías menores y gran parte de los llanos; mien-
tras que hacia el oeste se impone con claridad el relieve de cumbres más altas,
contorneándose posibles pasos hacia el valle de Catamarca. Allí se localizaron
y registraron sitios con arquitectura de distinto tipo -habitaciones y posibles
estructuras agrícolas y/o corrales- y áreas de tránsito tentativas. Los trabajos de
excavación se han centrado en el sitio Rodeo de los Indios o Rodeo 3 (R3) y
el área aledaña, y los resultados alcanzados nos permitieron definir un paisaje
de arquitectura residencial ligada a unidades de producción y de circulación a
distinta escala. Los fechados realizados sitúan preliminarmente la ocupación
dentro de los siglos VI y VIII d.C. (Gordillo et al 2010), una cronología compa-
tible con parte del registro material, mueble e inmueble, que allí se presenta.
Por su parte, el sector de Yungas, está caracterizado por condiciones de
abundante vegetación e intensa humedad, las que dificultan enormemente el
114 Inés Gordillo et al.

Figura 1. Mapa fitogeográfico de la región de estudio (delimitada con trama


punteada), y los respectivos sitios en cada ambiente.

acceso, la visibilidad y el trabajo en el terreno3. Además, son pocos los antece-


dentes para este segmento de las Yungas; a diferencia del área más meridio-
nal4, la mayoría de los estudios publicados sólo remiten a descripciones de las
manifestaciones rupestres que, si bien son aportes significativos en cuanto a
Las casas del sol naciente. Arqueología de la vertiente oriental de El Alto - Ancasti 115

la ubicación y un primer acercamiento al conocimiento de los sitios, no han


formado parte de análisis sistemáticos continuos (Segura 1970; Gramajo de
Martínez y Martínez Moreno 1978, 1982; De la Fuente y de Gómez 1989; Gra-
majo de Martínez 2001).
Aparecen allí tres clases de sitios: 1) cuevas y aleros con arte rupestre; 2)
recintos rectangulares construidos en piedra y 3) morteros fijos múltiples.
Estos últimos son recurrentes junto a los ríos y afluentes, pero no aparecen
asociados a restos artefactuales ni a ningún tipo de construcciones.
Los sitios más frecuentes corresponden a pinturas parietales sobre soportes
graníticos o metamórficos, que exhiben diversidad de estilos y motivos (Figu-
ra 2), entre los cuales se encuentran figuras zoomorfas (ave, ofidio, camélidos
y reptiles), diseños geométricos (líneas, puntos y círculos), fitomorfos, antro-
pomorfos -incluso de un “jinete”- y otros diseños, entre los que se delinea un
escutiforme. Además de la variedad de estilos también se pudo observar una
frecuente superposición de motivos, lo cual sugiere que se trata de lugares re-
utilizados por distintos grupos en diferentes momentos, posiblemente desde
épocas tempranas hasta momentos hispano-indígenas.
La ubicación de los sitios y sus condiciones de visualización sugieren la
existencia de algunos patrones comunes y una lógica relacional entre ellos.
Hemos registrado más de una docena de tales sitios -especialmente centrados
en la zona de Los Algarrobales- que en general presentan baja visibilidad y
visualización (sensu Criado Boado 1999; Mañana Borrazás et al. 2002) de los
motivos, pero no ocurre lo mismo con los afloramientos que los contienen
(Gordillo y Calomino 2010). En el marco de este tipo de análisis también he-
mos definido, por primera vez para el área, relaciones de intervisibilidad y co-
nexión auditiva entre un alero con pinturas rupestres -Casa Pintada- y un sitio
próximo con arquitectura, Guayamba 2, ubicado a unos 150 m de distancia.
Este último, correspondiente a la segunda clase de sitios, está formado por re-
cintos cuadrangulares, con muros dobles de piedra (hileras de lajas verticales
y horizontales sobrepuestas) y vanos de comunicación (Gordillo et al. 2010),
en cuyo interior se hallaron tiestos, instrumentos líticos, algunos fragmentos
óseos, cáscara de huevo, carbón, etc. Es el único sitio de esa categoría que
hemos registrado -y excavado- en las Yungas pero, a juzgar por los testimonios
de los lugareños, creemos que deben existir muchos más, ocultos por la vege-
tación y por las aguas5.
Por último, hemos iniciado investigaciones de campo en el sector del Cha-
co Semiárido, también en una zona de baja visibilidad conocida como El Ca-
jón (Achalco, jurisdicción de Tapso), caracterizada por grandes afloramientos
rocosos metamórficos y vegetación tupida. Hasta el momento hemos relevado
un conjunto de seis cuevas y aleros, con motivos zoomorfos, antropomorfos
y geométricos, sin alteraciones antrópicas, cuyo análisis se encuentra aún en
las etapas iniciales.
116 Inés Gordillo et al.

Figura 2. Algunos de los motivos del arte rupestre en la zona de Yungas:


(a) representación de pisadas felínicas en el techo del alero Casa Pintada; (b) figuras
zoomorfas en Los Algarrobales 3 entre las que se destaca un camélido con pigmento
blanco y rojo; (c) figuras zoo y antropomorfas superpuestas en el alero Casa Pintada;
(d) ofidio bicéfalo presente en Los Algarrobales 2; (e) representación de un ave en
Los Algarrobales 1; (f) conjunto de zoomorfos en Los Algarrobales 3.

EN LAS CUMBRES

Encuadre metodológico

Los pasos metodológicos que guiaron la investigación en las tierras altas


de la sierra se desarrollaron en escala macro y micro, y giraron en torno a
la hipótesis sobre ocupaciones humanas durante el PIR que desarrollaron
actividades productivas agropecuarias en el área. El diseño de investigación
abordado se centró en el estudio de la lógica locacional, a través del uso de
sistemas geográficos informáticos (SIG), y en el análisis del registro arqui-
Las casas del sol naciente. Arqueología de la vertiente oriental de El Alto - Ancasti 117

tectónico, considerando las dimensiones constructivas de distinto orden, así


como la distribución y conexiones entre los espacios edificados, a nivel intra e
intersitio. Además del relevamiento superficial, se llevaron a cabo excavacio-
nes, sondeos y calicatas para delinear también las actividades realizadas en los
sitios y su cronología.
Mediante los SIG, el propósito fue crear modelos sintéticos que nos permi-
tieran interrelacionar diferentes componentes y generar un enfoque global
que facilitara el análisis de las características ambientales y topográficas que
actuaron en la construcción de un determinado paisaje integrador de estruc-
turas agrícolas y las áreas habitacionales.
A nivel macro, en primer lugar, se procedió a prospectar en base a los ante-
cedentes referidos, a la posible ubicación de evidencias de actividades agrarias
e información general respecto al contexto geográfico de los sitios. En segun-
do lugar, se elaboró una base de datos sobre los componentes relevantes para
el análisis locacional, como los suelos, la hidrografía, la topografía, el clima, la
cobertura vegetal, la orientación, las geoformas, la accesibilidad, etc.
Por último, se procedió a generar un modelo para el área a través de apli-
caciones SIG que permitieron producir una variedad de mapas a partir del
álgebra de mapas y la recombinación de las capas de información: 1) mapas
de productividad del entorno -combinando las características de los suelos, la
orientación de las geoformas, las pendientes, etc-; 2) mapas de accesibilidad
-compuesto por costos de desplazamiento, posibles rutas y nodos de circu-
lación, la conexión entre sitios y entre regiones- y 3) mapas de percepción
-análisis de visibilidad y visibilización, desde y hacia los sitios respectivamente-.
En paralelo, a escala de sitio, en cada caso realizamos el relevamiento ge-
neral de superficie y excavamos tres unidades habitacionales en uno de ellos.
También se registraron las posibles estructuras agrícolas y se hicieron en ellas
sondeos exploratorios con el fin de definir su estratigrafía, procesos construc-
tivos y obtener muestras para los análisis químicos de los suelos.

Los sitios

Los sitios están localizados a partir de la cota de 1.400 msnm en la zona pre-
viamente definida como de Arbustal-Pastizal, en las cumbres que componen
la serranía de El Alto-Ancasti. Hasta el momento se han detectado cinco sitios
con recintos y algunas estructuras distribuidas en las cercanías, representadas
por muros de variada conservación. Los primeros se denominan: Rodeo de
los Indios o Rodeo 3 (R3), Rodeo 2 (R2), Rodeo 4 (R4), Tobaye y El Carrizal.
Durante la excavación de R3 pudimos obtener datos detallados sobre las
técnicas constructivas. Respecto de los muros, se observó una combinación de
lajas verticales y mampostería de rocas posicionadas de manera horizontal con
refuerzo basal. Éstas conforman muros que habrían tenido una altura consi-
118 Inés Gordillo et al.

derable a juzgar por la cantidad de piedras de derrumbe. En contraposición,


los espacios que hemos definido preliminarmente como cuadros de cultivo,
presentaron paredes más bajas. En los recintos habitacionales también pudi-
mos observar algunos rasgos que indicarían una preparación del piso de las
viviendas como ser: lajas clavadas en la roca madre y nivelado del piso con una
preparación de textura y granulometría arcillo-limosa.
Aún cuando las técnicas constructivas fueron relevadas mediante excavacio-
nes sólo en R3, pudimos observar en superficie que todos los sitios presentan
similitudes en ese aspecto. Esto se suma a otras correspondencias en la planta
y la distribución de los recintos en la ocupación de las cumbres. Tales carac-
terísticas, junto con la importante inversión en la construcción de viviendas
permanentes, sugiere la presencia de poblaciones asentadas de forma estable.
Como mencionamos anteriormente, el sitio más investigado hasta el mo-
mento es R3. Este emplazamiento abarca un área de 17.640 m2 y se asienta
en una cumbre más elevada que las de otras instalaciones. Se compone de
dieciocho recintos cuadrangulares mayormente concentrados en dos sectores
separados por 107 m, que denominamos núcleos I y II, al sur y norte, res-
pectivamente. El segundo de ellos, ubicado en la cima de la loma, contiene
un conjunto de recintos donde se definen claramente seis y otros aparecen
desdibujados por los derrumbes. Los núcleos constan de recintos adosados y
espacios libres de construcciones que en conjunto conforman una unidad en
esta loma rodeada de quebradas (Figura 3).
En el sitio existen estructuras que, dadas sus características constructivas y
la productividad del entorno, fueron propuestas como estructuras de cultivo
o corrales (Zuccarelli 2012). A juzgar por sus características en superficie, por
los desmoronamientos de sus muros y por lo hallado en tres sondeos, las pa-
redes serían más bajas que los de las estructuras habitacionales. Se presentan,
también, otros tres tipos de estructuras cuyo probable papel en la producción
se está evaluando: estructuras adosadas a los recintos habitacionales -que tam-
bién podrían ser patios-, canchones aterrazados y recintos aislados dentro del
conjunto.
Unos 2 km al este, sobre una extensa lomada, se hallan los sitios R1, R2 y
R4. El segundo de ellos también presenta unidades habitacionales directa-
mente relacionadas con estructuras, en este caso, decididamente agrícolas. Se
trata de una unidad amplia con un tabique divisorio y otra más pequeña. Am-
bas están directamente orientadas hacia una terraza, con tres subdivisiones,
asentada en un gran afloramiento que actúa a modo de muro de contención
en combinación con muros dobles. Se trata de la única terraza de este estilo
detectada en los sitios (Zuccarelli 2012). A 100 metros hacia el este, se halla
R1, con una única estructura de forma trapezoidal abierta hacia el norte con
muro de contención bajo y muy deteriorado.
Por último, R4 se compone de dos estructuras habitacionales, un cuadro
amplio y unas terrazas lineales muy deterioradas sobre afloramiento rocoso.
Las casas del sol naciente. Arqueología de la vertiente oriental de El Alto - Ancasti 119

Éstas últimas estaban prácticamente asentadas en un afloramiento, con algu-


nas lajas completando la línea de la ladera, con una mínima alteración de la
forma de la misma.
Recientemente, fueron localizados otros dos sitios con núcleos habitacio-
nales, El Carrizal y Tobaye. El primero se encuentra atravesado por la huella
del camino a unos 2,5 km al norte de Rodeo 3. Su estado de conservación
es malo, pero se han podido identificar hasta el momento quince recintos
de piedra concentrados en dos núcleos (Figura 3). El sitio Tobaye (Gramajo
de Martínez 2001) por su parte, se encuentra a unos 1,5 km al noreste de El
Carrizal, y presenta en superficie al menos diez recintos. En ambos casos las
estructuras son de planta cuadrangular y de diferentes dimensiones, adosadas
en grupos o aisladas, como ocurre en Rodeo de los Indios, compartiendo tam-
bién las mismas técnicas constructivas.

Figura 3. Planos de los sitios Rodeo de los Indios, con indicación de unidades
excavadas (izquierda), y El Carrizal (derecha).

Resultados preliminares

Siguiendo con el esquema presentado en la metodología, expondremos


nuestros resultados como un inter-juego entre la escala macro -los análisis
locacionales y el SIG- y la escala micro, producto de las excavaciones y los
análisis consecutivos.
120 Inés Gordillo et al.

En relación con las prospecciones se pudo comenzar a delimitar la exten-


sión y dispersión de las estructuras en las zonas aledañas a los sitios ubicados
en quebradas, laderas y cumbres. No se detectaron allí superficies aterrazadas
en laderas o cauces, fuera de los sitios mencionados. Sólo fueron halladas dos
estructuras aisladas en las proximidades de R1, R2 y R4.
Los análisis locacionales realizados dieron como resultado un modelo
donde los sitios se encuentran emplazados en zonas de productividad óptima
(Figura 4), con contigüidad entre estructuras de vivienda y producción. En
estos lugares, a su vez, la visibilidad es buena y se encuentran en nodos na-
turales de circulación. Por otro lado, observamos sutiles diferencias respecto
al control visual, la accesibilidad y la prominencia de los sitios, siendo R3 el
emplazamiento con mayor control visual a corta y mediana distancia, mayor
prominencia y menor accesibilidad.
En cuanto a la productividad, tanto los sitios habitacionales como las es-
tructuras aisladas, se encuentran en terrenos óptimos para la agricultura. Sin
embargo, hay leves diferencias en el emplazamiento productivo entre Rodeo
de los Indios, el sitio habitacional más grande, y los demás Rodeos. Esto puede
entenderse en relación a los restantes factores locacionales. A nivel de la pro-
ductividad del entorno todos los asentamientos parecen estar en situaciones
similares. La única diferencia, en este aspecto, fue que en el entorno próximo
a R3 es un 5% menos productivo que los R1, R2 y R4. En estos últimos casos es
donde se asienta otro tipo de estructuras de producción, con terrazas lineales
y de ladera. Aunque sin análisis más detallados sobre la funcionalidad de las
estructuras en todos los sitios, todavía no podemos establecer mayores ten-
dencias. Las diferencias arquitectónicas entre las estructuras de producción
de ambos conjuntos deberán ser profundizadas con estudios directos en la
biografía o estratigrafía de cada estructura (Johnston 2005).
El primer acercamiento a la biografía de los espacios productivos de R3, aná-
lisis estratigráfico y químico, no son concluyentes respecto a la funcionalidad.
Sólo un horizonte de una de las calicatas realizadas (Zuccarelli 2012) muestra
un perfil con elevados valores de fósforo que puede corresponderse con algún
tipo de actividad agraria aún no identificada. No obstante, las estratigrafías de
estos espacios se parecen más entre sí que a las de los espacios habitacionales.
Por otra parte, tales espacios –sean huertas y/o corrales- se ven favorecidos por
una orientación hacia el este, recibiendo así una mayor insolación. Varios de
estos recintos se encuentran adosados unos a otros y a unidades habitacionales,
o muy próximos a ellas. En un futuro podremos evaluar los procesos de forma-
ción de ambos, así como las actividades llevadas a cabo en torno a ellos.
En cuanto al modelo de percepción de la visibilidad o cuencas visuales,
se pudo observar que a corta distancia el campo visual de R3 posee la mayor
amplitud. En los otros tres sitios que poseen unidades de habitación -R2, R3
y R4- la visibilidad es mayor que la de los dos sitios con estructuras aisladas y
se evidencia una intervisibilidad entre ellos. En relación con esto, los recintos
Las casas del sol naciente. Arqueología de la vertiente oriental de El Alto - Ancasti 121

aislados no parecen estar emplazados en lugares con una visión de alto alcan-
ce, lo cual quizás haya estado en relación con su función.
Por otro lado, existen algunas particularidades respecto a la orientación de
las cuencas visuales ya que R3, a corta distancia, posee un rango visual mayor
tanto en amplitud como en orientación norte, sur, este y oeste. Mientras que
los otros Rodeos, en base a estos análisis, poseen una visibilidad orientada ma-
yormente hacia el este donde se pueden ver los bosques densos.
Por último, las cuencas visuales acumuladas de los sitios nos muestran un
panorama donde gran parte del entorno es visible desde los diversos puntos.
Las zonas de más visibilidad son las secciones este y oeste de los conjuntos,
conformando un radio de visión concéntrico. Esta cuestión deberá evaluarse
en relación con estudios cronológicos que permitan estimar la contempora-
neidad de los R1, R2 y R4 con R3, ya que las implicancias de las cuencas acu-
muladas dependen de su contemporaneidad. Las cuencas desagregadas, por
otra parte, presentan una orientación de la experiencia visual articulada de
manera diferente entre ambos conjuntos.
En principio podemos proponer, a raíz de los datos obtenidos en los aná-
lisis locacionales, que la elección de los espacios próximos a las áreas de habi-
tación supone que los medios de producción son también las áreas de habita-
ción. Este paisaje agrario estructura una íntima relación con la reproducción
económica y subsistencial de los grupos que habitaron estos lugares, ya que
hay una proximidad espacial y perceptiva con el espacio productivo en los
sitios y entre los sitios.
Finalmente, se realizó un modelo de conectividad de la región (Figura 4).
Para abordar la cuestión fue implementada la metodología generada por Frá-
bega Alvarez (2006) y Parcero Oubiña y colaboradores (2009) que implica tra-
tar las rutas sin destinación o rutas MADO (Modelo de Acumulación de Des-
plazamiento Óptimo) para estimar las áreas que naturalmente, en términos de
accesibilidad neta, podrían atraer a la circulación (Parcero Oubiña et al. 2009).
Este método implica la ubicación de estas rutas independientemente de la ubi-
cación de los sitios, lo que lo diferencia del clásico cálculo de rutas óptimas
desde un punto a otro. Este modelo nos dio como resultado que los conjuntos
están en áreas naturales o nodos para la circulación. Cabe destacar que hasta el
momento no se habían realizado análisis de probables rutas de las interaccio-
nes entre las Yungas y los valles occidentales; la existencia de ciertas correspon-
dencias con los desarrollos de tales ámbitos nos impulsa para abordar ese tipo
de análisis. Si bien las rutas prehispánicas no necesariamente tienen que haber
sido las identificadas, la localización de los sitios apunta en ese sentido. Esto
abre la posibilidad de explorar en el futuro la incidencia de estas vías naturales
y su relación con las sociedades que habitaron las sierras en el pasado.
Poniendo en relación estos resultados con el marco regional, una zona
a destacar es la región que corre a lo largo de la peneplanicie próxima a la
escarpa de falla entre las sierras y el valle de Catamarca. Hacia el este corren
122 Inés Gordillo et al.

Figura 4. Mapa de rutas óptimas pertenecientes al MADO (Modelo de Acumulación de Desplazamiento Óptimo)
del área (izquierda) y modelo de productividad del entorno (derecha).
Las casas del sol naciente. Arqueología de la vertiente oriental de El Alto - Ancasti 123

varias rutas que se desprenden de ella, internándose en los Pastizales y luego


en los Bosques Serranos. Esto sugiere la posibilidad de que la peneplanicie
haya funcionado como sector del paisaje articulador de la circulación, consti-
tuyendo un nodo principal. También las rutas que unen los sitios en las sierras
están relacionadas con lugares que conformarían nodos de desplazamiento
y que, independientemente de la posición de los sitios de Rodeo, la óptima
conectividad entre locaciones parece haber sido un factor relevante según los
resultados obtenidos con esta metodología.
Posteriormente a la realización de estos análisis, fueron ubicados los sitios
Tobaye y El Carrizal, los cuales fueron incorporados en los análisis locaciona-
les para contrastar si los mismos principios seguían presentándose. Los resul-
tados obtenidos muestran que ambos sitios están situados, también, en zonas
de productividad óptima para la agricultura. No obstante, su reciente abor-
daje aún no ha permitido identificar con certeza la existencia de estructuras
productivas, aspecto que abordaremos en un futuro. Respecto a la conectivi-
dad, observamos algunas particularidades en relación con las rutas óptimas
trazadas anteriormente. Uno y otro sitio se encuentran próximos a rutas sin
destinación de grado 1, es decir, de menor incidencia en contraste con lo es-
tablecido para los otros sitios. Aún así, El Carrizal se encuentra a unos 1.000 m
de un paso hacia la zona oeste que utilizan los pobladores locales a caballo. En
cuanto a la visibilidad, El Carrizal presenta baja visibilidad en general, tanto a
corta como a larga distancia. Mientras que Tobaye presenta baja visibilidad a
corta distancia -contrastando con los sitios de Rodeo- y más elevada a larga dis-
tancia, siendo aún así menor a la registrada por el modelo para los otros sitios.
Por lo tanto, podemos decir que la ubicación de estos sitios es consistente
con el modelo de conectividad, pero, en la cadena de sitios involucrados, el
conjunto de Rodeo presenta características de localización con mayor énfasis
en la visibilidad y la conectividad que los otros dos sitios habitacionales. Las
posibles implicancias de estas características deberán profundizarse en estu-
dios más detallados directamente en los sitios en cuestión.

Sitio Visibilidad(2km) Visibilidad(10km)


R1 1307 14289
R2 2006 13579
R3 3544 11848
R4 2184 19042
L1 1057 2050
Q1 983 1906
Carrizal 312 4886
Tobaye 933 11635

Tabla 1. Extensión de las cuencas visuales de los sitios. Las unidades están
expresadas en cantidad de grillas de 30 m por 30 m pertenecientes al Modelo
Digital de Elevación.
124 Inés Gordillo et al.

A nivel micro durante las sucesivas excavaciones se pudieron relevar di-


versos datos. Entre el material recuperado en las tres estructuras excavadas
son predominantes los fragmentos cerámicos (n= 3.176), los cuales fueron
clasificados por tipo, parte de la pieza representada y tamaño (Berardi 2004).
Esto último tuvo como fin establecer patrones en las frecuencias representa-
das y estimar distribuciones diferenciales por tipos y niveles de erosión. En
la estructura más amplia de las excavadas (E3b), se recuperaron más piezas
enteras y de cerámica fina asociadas al piso de ocupación. En otra de las habi-
taciones -E6- se halló además una olla en el subpiso -apoyada en el horizonte
argílico o arcilloso- con trozos de cuarzo en su interior y restos de carbón en
el exterior. También se han identificado entre los tiestos cerámicos algunos
correspondientes a la modalidad Aguada Negro Grabado y Aguada Portezue-
lo (Figura 5).
Cabe destacar también, que en las superficies de los tiestos puede observar-
se un alto grado de erosión, con un gran deterioro de los pulidos y la pintura.
Posiblemente esto obedezca al suelo altamente erosivo de R3, con un pH mar-
cadamente ácido (Gordillo et al. 2010). Seguramente la casi total ausencia de
huesos (sólo algunas astillas) responda en parte a ese mismo factor. Los con-
textos excavados también contenían una variedad de otros materiales como
morteros, manos, instrumentos líticos y un objeto de metal.
En relación a la cronología de las ocupaciones se han obtenido para R3
los primeros datos radiocarbónicos para el área: 1464 + 36 AP (carbón vege-
tal; d13C = -24,3‰) para el recinto 3b y 1305 + 36 AP (carbón vegetal; d13C =
-24,3‰) para el recinto 6. Estas edades calibradas ubican la ocupación del
sitio en ca. 570-770 AD.

Figura 5. Muro norte del recinto 3b en el sitio Rodeo de los Indios (izquierda)
y cerámica procedente de esa habitación (derecha), estilos Negro Grabado y
Portezuelo.
Las casas del sol naciente. Arqueología de la vertiente oriental de El Alto - Ancasti 125

DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES

A la luz de todos los datos expuestos, la región de estudio que aquí nos ocu-
pa presenta algunas afinidades con los asentamientos registrados al sur de la
sierra de El Alto-Ancasti y, en menor medida, con los conocidos para los valles
occidentales. Pero también presenta rasgos particulares que la diferencian
dentro de ese contexto.
Considerando la zona de cumbres, en primer lugar, las técnicas constructi-
vas allá registradas permiten relacionarlas con las mencionadas por Quesada
y colaboradores (2012) para los sitios de la localidad de El Taco (unos 45
km el sur, en la misma sierra) adscriptos al mismo período. Las plantas de
los sitios habitacionales de variado tamaño, su articulación y la existencia de
recintos aislados en el paisaje también dan cuenta de prácticas similares. Tam-
bién, para ambas zonas se habría dado una agricultura a secano, favorecida
por la ubicación de las estructuras agrícolas y las condiciones naturales que
no hacen necesarios sistemas de irrigación. Además, es posible que, en uno
u otro caso, las grandes estructuras aisladas que se localizan en o entre los
sitios hayan funcionado como corrales, indicando el carácter agropastoril de
la producción.
Sin embargo, la ausencia en nuestra área de sucesivos niveles aterrazados
en las cañadas -mediante muros transversales- como los de El Taco, sugiere
diferencias en la lógica ocupacional. Además, con los datos obtenidos hasta el
momento, se puede interpretar que nuestro sector es un paisaje de produc-
ción articulado con áreas de vivienda, aunque no alcanza la misma escala que
en la sierra meridional, ni tampoco la magnitud de los sistemas más occiden-
tales de los valles de Catamarca y de Ambato (Kristkausky 1996-97; Figueroa
2010)
Respecto a los parámetros de visibilidad y conectividad, éstos parecen ser
relevantes en la localización de los asentamientos, como ocurre más al sur. Sin
embargo, si bien entre el conjunto de los sitios de Rodeo hay intervisibilidad
y visibilidad a largo alcance, entre los sitios recientemente registrados -Tobaye
y El Carrizal- esto no parece darse; es decir, entre los núcleos habitacionales
de mayor tamaño no hay intervisibilidad. Por lo pronto, esto contrasta con
la existencia de intervisibilidad asociada a la noción de vecindad propuesta
por Quesada y colaboradores (2012) para su área de estudio, donde se da en
todos los casos una conexión visual entre los diferentes sitios.
Por otro lado, y en relación a las rutas óptimas definidas para la región, se
ha mencionado que los núcleos habitacionales de mayor tamaño están en di-
ferentes condiciones respecto a las rutas de mayor influencia. R3 presenta ele-
vada conectividad, mientras que Tobaye y El Carrizal se encuentran próximos
a rutas de menor influencia. Creemos que la combinación de estos patrones
de visibilidad, intervisibilidad y conectividad, que se manifiestan diferencial-
mente, podrían guardar relación con las prácticas sociales llevadas a cabo en
126 Inés Gordillo et al.

cada uno de ellos y/o con la temporalidad de las ocupaciones. Aspectos éstos,
que podrán definirse con el avance de las investigaciones en curso.
Si sumamos, además de las correspondencias antes mencionadas, que en-
tre los materiales recuperados en las excavaciones de las cumbres, aparecen
representados estilos cerámicos propios PIR -Portezuelo y Negro Grabado-
junto con la ausencia de evidencias de otros períodos en el registro arqueoló-
gico de la zona, podemos concluir que las tierras altas de El Alto-Ancasti fue-
ron habitadas en forma estable exclusivamente durante ese período, aspecto
consistente con las dataciones radiocarbónicas obtenidas.
Por otra parte, considerando la variable conectividad a mayor alcance, sa-
bemos que en pocas horas los habitantes de las cumbres podrían haber lle-
gado a la zona de yungas y, tras un intervalo de tiempo algo mayor, también
podrían acceder a la peneplanicie que limita con el valle de Catamarca (Zuc-
carelli 2012). A modo tentativo, esto indica la posibilidad del intercambio y
relaciones directas con otras poblaciones. Mas allá de la presencia de algunas
representaciones Aguada entre los motivos de las cuevas que registramos en
el sector de Yungas6, y de los paralelismos en el trazado y técnicas arquitectó-
nicas, por el momento no sabemos a ciencia cierta cuál es el tipo de conexión
entre ambos ámbitos.
Hemos sostenido en estas páginas la importancia de una visión focalizada
en los paisajes sociales de la zona, que atienda a las prácticas y procesos que
en ella tuvieron lugar sin subordinarlos a otras historias. Esto no significa
ignorar sus relaciones a escala regional o interregional. Hay varias cuestiones
que invitan a reflexionar sobre ese tema. Nos preguntamos, por ejemplo,
sobre algunos elementos que sugieren relaciones de mayor alcance en refe-
rencia a “modos de hacer” muy específicos, que exceden el orden doméstico.
Es el caso de las cerámicas de estilo Portezuelo o Negro grabado, con téc-
nicas, diseños, símbolos y elaboración tan singulares, que son impensables
en términos de convergencias. ¿Qué nos está diciendo la presencia de estos
materiales en el quehacer cotidiano de los diferentes lugares? Sin duda exis-
tieron vínculos y procesos que superan los ámbitos locales, enlazando las
tierras altas de El Alto-Ancasti con, al menos, el valle central de Catamarca
y el valle de Ambato. Se trata de algún tipo de interacción que no hemos
definido claramente aún, sin que ello signifique necesariamente relaciones
centro-periferia. Los modelos que han enfatizado esa clase de relaciones no
son consistentes con los resultados de las actuales investigaciones en El Al-
to-Ancasti, tanto en nuestra área de estudio como más al sur. Siguiendo a
Quesada y colaboradores (2012), en los paisajes aldeanos de la localidad El
Taco -como en los que aquí presentamos- la presencia de sitios con arquitec-
tura compleja, técnicas de construcción elaboradas7 y, fundamentalmente,
los numerosos espacios agrícolas (más de 300 sólo en una quebrada) y la
manera estrecha en que éstos se articulan con las áreas residenciales, con-
tradicen dichos modelos. Tales paisajes no parecen corresponder a enclaves
Las casas del sol naciente. Arqueología de la vertiente oriental de El Alto - Ancasti 127

o a expresiones periféricas dependientes de uno o más focos de desarrollo


durante el PIR. El área considerada ofrece claras posibilidades de tránsito y
circulación en y entre regiones, pero sería erróneo definirla exclusivamente
en función de esos atributos. No puede entenderse –y en esto incluimos a las
Yungas- sólo como un espacio de acceso a recursos naturales, de prácticas ri-
tuales periódicas o de algún otro tipo de presencia esporádica. Por el contra-
rio, todo indica que allí tuvieron lugar ocupaciones estables y autosuficientes
durante varios siglos de nuestro pasado prehispánico.

AGRADECIMIENTOS

A quienes participaron en los trabajos de campo y laboratorio en El Alto:


José M. Vaquer, Eva Calomino, Bruno Vindrola, Liliana Milani, Laura Pey,
Héctor Buono, Carolina Prieto, María de Hoyos, Ignacio Gerola, Juan P. Gua-
gliardo, Sebastian Bocelli, Santiago Colombo y Federico Coloca. A Marcos
Quesada y su equipo, por su solidaridad e ideas. A los intendentes Ariel Ojeda
y Jorge Coronel por su apoyo a las investigaciones de campo. A Zenón Arévalo
y familia, Mamerto y Gabriel Bulacio, Eduardo Sebben y familia, Luis Ibañez,
Luis Romania y Mario Sosa por su hospitalidad y guía.
Este trabajo es resultado de las investigaciones enmarcadas en el proyecto
UBACYT 20020100100340 de la Universidad de Buenos Aires. Todo lo expre-
sado en él es de nuestra entera responsabilidad.

BIBLIOGRAFÍA

Berardi, M.
2004. Historia ocupacional de Los Amarillos (Quebrada de Yacoraite, Jujuy). Análisis
del material arqueológico en superficie mediante SIG. Tesis de Licenciatura
inédita, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.

Criado Boado, F.
1999. Criterios y convenciones en Arqueología del Paisaje. CAPA 6 Del terreno al
espacio: Planteamientos y perspectivas de la Arqueología del Paisaje: 1- 82.

De la Fuente, N. y M. de Gómez
1989. Arte rupestre en el alero “El Lechico”, Dpto. El Alto- Provincia de Catamarca.
Shincal 1: 25- 38.

Dlugosz, J.
2005. Prospecciones arqueológicas en los sitios Los Pedraza y Los Corpitos, Dpto.
El Alto, Pcia. de Catamarca. Trabajo Final de la Carrera de Arqueología inédito,
Facultad de Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo, Universidad Nacional
de Tucumán.
128 Inés Gordillo et al.

Figueroa, G.
2010. Organización de la producción agrícola en contextos sociales no igualitarios:
El caso del valle de Ambato, Catamarca, entre los siglos VII y XI d.C. Tesis
doctoral inédita, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional
de Córdoba.

Frábega Álvarez, P.
2006. Moving without destination. A theoretical GIS– based determination of
movement from a giving origin. Archaeological Computing Newsletter 64: 7-11.

Gordillo, I. y E. Calomino
2010. Arte rupestre en el sector septentrional de la Sierra El Alto- Ancasti (dpto.
El Alto, Catamarca). Actas del VIII Simposio Internacional de Arte rupestre: 251- 255
(formato digital).

Gordillo, I., E. Calomino, L. Eguia, V. Zucarrelli, B. Vindrola, L. Milani, C. Prieto y S.


Bocelli
2013. Investigaciones Arqueológicas en la vertiente oriental de la Sierra El Alto-
Ancasti (Depto. El Alto, Catamarca). En J. R. Bárcena y S. E. Martín (eds.),
Libro de Resúmenes del XVII Congreso Nacional de Arqueología Argentina. Arqueología
Argentina en el Bicentenario de la Asamblea General Constituyente de 1813: 449-450.
Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo.

Gordillo, I., E. Calomino y V. Zuccarelli


2010. En el cercano Oriente: el borde como centro. Arqueología en el Dto. El
Alto, Catamarca. Trabajo presentado en el XVII Congreso Nacional de Arqueología.
Mendoza.

Gramajo de Martínez, A.
2001. Solar de Mis Mayores. La Concepción del Alto. Santiago del Estero, Ed. V
Centenario.

Gramajo de Martínez, A. y H. Martínez Moreno


1978. Otros aportes al arte rupestre del este catamarqueño. Antiquitas 26-27: 12-17.
1982. Otros aportes al arte rupestre del este catamarqueño. Estudio 3: 77- 88.
Santiago del Estero.

Johnston, R.
2005. A Social Archaeology of Garden Plots in the Bronze Age of Northern and
Western Britain. World Archaeology 37(2): 211-223.

Kriscautzky, N.
1996-97. Sistemas Productivos y estructuras arqueológicas relacionadas con la
producción agropecuaria en el Valle de Catamarca. Shincal 6: 65-69.

Mañana Borrazás, P., R. Blanco Rotea y X. Ayán Vila


2002. Arqueotectura 1: Bases teórico-metodológicas para una arqueología de la
arquitectura. TAPA 25: 1-105.
Las casas del sol naciente. Arqueología de la vertiente oriental de El Alto - Ancasti 129

Morláns, C.
1995. Regiones Naturales de Catamarca. Provincias Geológicas y Fitogeográficas.
Revista de Ciencia y Técnica 2 (1): 1-41. Universidad Nacional de Catamarca.

Nazar, D.
2003. Relevamiento arqueológico de la zona austral de la Sierra de Ancasti (Provincia
de Catamarca). Catamarca, CENEDIT, Centro Editor Universidad Nacional de
Catamarca.

Parcero-Oubiña, C., P. Fábrega-Álvarez, A. Güimil Fariña, J. Fonte y J. Valdez


2009. Castros, caminos, rutas y ocupación del espacio. Modelización y análisis de
las formas de movilidad asociadas a los asentamientos de la Edad del Hierro a
través de herramientas SIG. En F. Criado Boado y A. Martínez Cortizas (eds.),
Arte rupestre, paleoambiente y paisaje. Miradas interdisciplinares sobre Campo Lameiro:
1-30. Santiago de Compostela, CSIC.

Quesada, M., M. Gastaldi y M. G. Granizo


2012. Construcción de periferias y producción de lo local en las cumbres de EL
Alto-Ancasti. Relaciones de la Sociedad de Antropología Argentina XXXVII (2): 435-
456.

Segura, A.
1970. Pictografías de Catamarca. Separata de la Revista de la Junta de Estudios Históricos
de Catamarca, Años 1962- 68: 43-57.

Zuccarelli, V.
2012. Paisajes de producción y reproducción en el Dpto. El Alto-Ancasti, Catamarca,
durante el Período de Integración Regional (ca. 600-1100/1200 D.C): usos del
GIS en la Arqueología de los paisajes agrarios. Tesis de Licenciatura inédita,
Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.

Zuccarelli, V., E. Calomino y L. Eguia


2011. Vasijas abandonadas y tiestos dispersos. Consideraciones metodológicas
acerca del análisis cerámico y su contexto. Trabajo Presentado en las X Jornadas
Regionales de Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales. San Salvador de Jujuy,
Jujuy.

NOTAS

1
Este trabajo fue aceptado para su publicación en este libro el día 9 de febrero de
2015.
2
Por esta razón, dado su carácter transicional, esa zona es frecuentemente definida
como de Yungas.
3
Teniendo en cuenta las características geográficas de la región, la baja o nula visibi-
lidad a causa de la frondosa cubierta vegetal, las condiciones climáticas y la escasez
de antecedentes, tuvieron un peso fundamental para la estrategia de prospección
del área la información reunida previamente (información bibliográfica, carto-
grafía, información empírica suministrada por otros investigadores, fotos aéreas
130 Inés Gordillo et al.

e imágenes satelitales) y los datos específicos recogidos entre pobladores locales


(Gordillo y Calomino 2010).

4
En general, los estudios se han centrado en la zona sur de la sierra del Alto-Ancasti,
en los departamentos de Ancasti y La Paz, donde se ha realizado una significativa
cantidad de trabajos sobre arte rupestre.

5
Podría considerarse dentro de esta zona en particular las investigaciones de Dlu-
gozs (2005) en Los Corpitos. Este sitio se encuentra ubicado en un área de abun-
dante vegetación y está compuesto por grandes estructuras cuadrangulares de pie-
dra, en donde se halló una gran variedad de materiales, especialmente cerámica.

6
El arte rupestre de este sector muestra claras diferencias con el del sector sur -La
Tunita, La Candelaria, etc.- donde se define una iconografía decididamente Agua-
da (Gordillo y Calomino 2010). Si bien hay elementos zoomorfos y antropomorfos
comparables, en el norte se destaca una diversidad de motivos, especialmente de
llamas -aisladas o en hileras- que pueden guardar algún correlato con las prácticas
productivas que aquí no ocupan.

7
De hecho, como señalan los autores, se trata de una arquitectura que, en términos
generales, muestra marcadas similitudes técnicas, formales y sintácticas con el valle
central de Catamarca y de Ambato.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad

DEBATE

GORDILLO, ZUCCARELLI y EGUÍA

Díaz: Hace poco en San Lucas, a unos kilómetros de San Carlos, se encuentra
lo mismo, pinturas rupestres en cuevas y aleros, grabados en lajas y los morte-
ros múltiples, exactamente igual.

Gordillo: Para tenerlo en cuenta.

Ventura: ¿A qué altura están los Bosques?

Gordillo: Alrededor de los 1.000 metros.

Ventura: ¿De qué son los bosquecitos? Para mí, eran Praderas Montanas, pero
vos los llamaste bosquecitos.

Gordillo: Básicamente, por encima de los 1.400 msnm son Pastizales, pero en
las hondonadas hay bosquecitos, de pino del cerro.

Ventura: Bien, sólo quería tener un panorama de la vegetación ahí.

Taboada: Nosotros estamos en una situación similar, pero con fechados tem-
pranos, alrededor del 300 A.D.

Gordillo: Los fechados que estamos manejando son de los Pastizales de Altura
igual que Marcos (Quesada). En las laderas orientales no hemos hecho. Allí,
por la iconografía rupestre, parece que la ocupación se remonta a momen-
tos anteriores, también por la cerámica. En ese sector no hallamos cerámica
Aguada.

Taboada: El arte de Ampolla...

Gordillo: ¿Qué motivos encontrás vos ahí?

Taboada: Antropomorfos con ornamentos en la cabeza, pero no el típico...

Gordillo: Yo creo que Oyola es el límite para esa iconografía Aguada tan
típica.
132 Inés Gordillo et al.

Asistente no identificado: Quería preguntarte sobre la arquitectura del sitio


Guayamba, tenés repetida esa arquitectura con…

Gordillo: ¿Qué querías saber?

Asistente no identificado: Si se repetía lo de los lienzos con las lajas clavadas


abajo.

Gordillo: Sí, es muy parecido, las lajas verticales abajo con lajas horizontales
arriba.

Nielsen: ¿Hay diferencias con lo presentado por Marcos (Quesada)?

Gordillo: Nos separan 40 km, pero tenemos elementos similares. Las casitas
aisladas que hay más al sur no las he visto en este sector, pero sí núcleos en
las lomadas, en las pendientes, en los espolones de las lomadas, con un par
de casas y todo un sistema de cuadros y terrazas asociadas. Y, en Rodeo 3, el
material que va surgiendo es parecido.

Quesada: Donde está trabajando Inés (Gordillo) hay otra topografía, las po-
sibilidades de replicar la ocupación del espacio es diferente, es más abrupto,
quebradas…

Gordillo: Lo tuyo es un paisaje más suave e incluso es curioso que hoy está
habitado, en cambio más al norte no.

Nielsen: ¿Más grande que lo que mostró Marcos?

Gordillo: Puede ser Rodeo 3, es comparable…

Quesada: También muy parecido a otros lugares.

Cremonte: Estos morteros múltiples, no sé, porque no conozco, ¿pueden estar


asociados con la preparación de algo en relación con el cebil en la selva?

Gordillo: Hay dos clases, los morteros múltiples asociados a los cursos de agua
y los morteros que están en el interior de las cuevas. Esto es bastante regular,
se repite en muchas cuevas y aleros.

Quesada: En los sitios donde hay arte rupestre todos tienen…

Gordillo: Condorhuasi 1 no tiene, pero Condorhuasi 2 sí tiene, que está en-


frente.
DEBATE de: Las casas del sol naciente. Arqueología de la vertiente oriental ... 133

Taboada: En Ampolla hay como 40, abajo viene el río, está como encajado y
donde se abre el río en una hoyada, ahí están los 40 morteros y arriba el sitio
con arte rupestre y eso se repite en otros cañadones, no hay arte, pero donde
el río se abre hay morteros múltiples.

Gordillo: Nosotros podemos sospechar una funcionalidad vinculada al proce-


samiento de pigmentos en el interior de las cuevas, pero no hemos encontra-
do aún esa relación.

Cremonte: Tantos morteros al aire libre… no vinculados.

Gordillo: En el pueblo de Guayamba, en el balneario, en un sector acotado,


hemos encontrado como 50 morteros y se repiten a lo largo del curso, en sus
márgenes en distinto número.

Taboada: En Ampolla hay una gran explanada con morteros, un lugar para
mucha gente moliendo, mientras que arriba con arte rupestre, el lugar da
para una o dos personas.

Angiorama: En la zona de Ampolla muchos de estos morteros quedan cubier-


tos en épocas de lluvia.

Jaimes Betancourt: Esto también se encuentra en los morteros de Bolivia, en


época de lluvia se llenan de agua, en Cochabamba, en el valle de Mizque, en
el Valle Alto… es peculiar.

Quesada: ¿Puedo aportar algo? En otros sitios de arte rupestre hay morteros
y los análisis químicos de los pigmentos están dando variedades de pinturas,
tres variedades de rojo, tres de blanco y negro, es posible que estos morteros
hayan tenido que ver con la preparación de pinturas. Moler y mezclar la mez-
cla pigmentaria. También podría estar asociado con la molienda de cebil. Las
excavaciones en las cuevas no encontraron casi nada, con lo cual es posible
que más allá de preparar pinturas no estarían haciendo otra cosa. Se excavó
en La Tola, en La Tunita y en La Candelaria.

Cremonte: Esa cerámica con modelado y mucha mica que mostraste ¿se rela-
ciona con lo otro, con la pintada?

Gordillo: Están en los mismos contextos.

Cremonte: ¿La conocen de otro lado?

Gordillo: No.
134 Inés Gordillo et al.

Quesada: ¿Cuál es el criterio para ver diferencias en el arte rupestre más al sur
que al norte?

Gordillo: Básicamente el repertorio de motivos que aparece con tanta fuerza


en el arte rupestre del sur, Ancasti, de La Candelaria, y de Oyola misma, y que
es tan evocativa de la iconografía Aguada, veo que con esa potencia no apa-
rece en esta región más septentrional. Felinos casi no hemos registrado. La
imagen del felino o del enmascarado o la imagen típica humana que aparece
de la iconografía más clásica de La Tunita, La Toma, La Candelaria, acá no
aparece. Hay una importante presencia de camélidos representados que, si
bien hay en el sur, no son tan frecuentes. Hay algunas diferencias que hay que
empezar a indagar, pero me parece que al norte hay más superposición, la ser-
piente bicéfala sí aparece, pero motivos muy clásicos que sí aparecen en otras
zonas, acá no, la presencia de camélidos en sus variantes es muy elocuente.

Quesada: Los felinos que están pintados en Oyola no se parecen mucho a lo


Aguada.

Gordillo: Yo creo que sí se parecen, al menos en los felinos, en las figuras fan-
tásticas de La Candelaria.

Quesada: Aparece grabado.

Gordillo: Pero, por lo menos, la idea del felino no es tan omnipresente como
en otros sectores más meridionales de la sierra.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad • 135-170

MATERIALIDADES TARDÍAS DE LA DOMINACIÓN


INCAICA EN ÁREAS MERIDIONALES DE JUJUY

María Beatriz Cremonte*

INTRODUCCIÓN

En un Imperio tan extenso como el Inca coexistieron diferentes y nume-


rosos paisajes sociales, configurados en un tiempo breve. Podemos acordar
que un paisaje social es una imagen o construcción resultado del significado
que las prácticas humanas cotidianas imprimieron a los objetos y espacios a
lo largo del tiempo (Ingold 1993; Anschuetz et al. 2001). En tal sentido, la
diversidad y dinámica de los paisajes resultaría de las diferentes prácticas so-
ciales que reflejan las idiosincrasias locales, con lo cual evitamos una visión
monolítica y simplista de la organización imperial. La nutrida información
arqueológica y etnohistórica generada en las últimas décadas da cuenta de
las innumerables condiciones, situaciones y estrategias ocurridas en lugares
muy diferentes del Tawantinsuyu, razón por la cual se enfatiza la flexibilidad
estatal y su capacidad de negociación (Williams y D’Altroy 1998; Berenguer
et al. 2011). Esto último implicaría de alguna manera y en muchos casos el
respeto por las organizaciones locales que, sumado a gestos de hospitalidad
institucionalizada a través del ritual y la redistribución, explicaría el grado
de acatamiento o consentimiento por parte de muchas etnias, así como el
mantenimiento de la organización imperial luego de su colapso (Pease 1989).
También se considera que las distintas modalidades de anexión dependerían
de la complejidad en la organización social de las poblaciones locales. Un
ingrediente que no puede soslayarse en este análisis es el impacto producido
por el reclutamiento y distribución de personas como fuerza de trabajo en
tiempos y bajo condiciones disímiles. Ello lleva directamente a preguntarnos
sobre las etnias involucradas y sobre los correlatos materiales de su identidad.
En la década de 1980, los trabajos de Saignes, Renard-Casevitz y Taylor
(Saignes 1985; Saignes et al. 1988) señalaron la importancia y originalidad de
las zonas fronterizas para distintos períodos (Incaico, Colonial, Republicano),

* Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)-Instituto de


Ecorregiones Andinas (INECOA). Instituto de Geología y Minería (IDGyM). Universidad
Nacional de Jujuy. cremontebeatriz@gmail.com
136 María Beatriz Cremonte

dotaron de especificidad temporal a los datos etnográficos y estimularon la


búsqueda de correlatos materiales de contrastación. Así se instala en la ar-
queología andina un interés creciente por estudiar las modalidades de ocu-
pación y control que los incas ejercieran en la vertiente oriental de los Andes
y zonas cercanas. Entre otras, surgieron importantes contribuciones sobre la
frontera incaica en la sierra norte de Ecuador (Bray 1993), en la región de
Chachapoyas en Cajamarca (Schjellerup 1998, 2005) y en los Andes orientales
de Bolivia (Pärssinen et al. 2003; Alconini 2009, entre varios).
Más al sur, ya en territorio de la actual provincia de Jujuy, el piedemonte
oriental andino queda enmarcado por los denominados valles orientales, Yun-
gas o Selva tucumano-oranense, una franja continua pero no uniforme que se
extiende en sentido norte - sur entre la quebrada de Humahuaca (al oeste), la
llanura chaqueña (al este) y el valle de Jujuy (al sur).
En esta oportunidad se intentará caracterizar algunos paisajes sociales es-
tructurados en un área que vincula al sector centro sur de la quebrada de
Humahuaca con su borde oriental, donde se emplaza un bolsón de Yungas
(Garay de Fumagalli 1999). La intención de este trabajo es la de focalizarnos
en aquellos paisajes que parecen corresponder a momentos tardíos del incai-
co, siendo ejemplificados con el puesto o guarnición fronteriza del Cucho de
Ocloyas y con el asentamiento Esquina de Huajra. Asimismo, se incluyen dos
contextos del Pucara de Volcán, (Recinto 2 y basurero Tum1B2 asociados a
una plaza, a un montículo artificial y a un sector de tumbas). En primer lugar,
caracterizaremos a los valles orientales de Jujuy enfatizando las particularida-
des geomorfológicas del sector sudoriental en relación con las interacciones,
con las vías de circulación y con su rol de área fronteriza. En segundo lugar,
nos detendremos en el consumo diferencial de la alfarería, evidenciado en
cada uno de los contextos citados, con el propósito de indagar funcionalida-
des, estructuras poblacionales e interacciones. Por último, intentaremos arti-
cular las evidencias obtenidas con procesos y situaciones que pudieron tener
lugar en los valles sudorientales, como estrategias políticas y económicas del
Imperio, ya en sus postrimerías.
Los valles orientales de Jujuy han recibido distintas denominaciones, la pri-
mera (Parodi 1934) fue Selva Subtropical tucumano-boliviana, luego fue de-
nominada Provincia de las Yungas por Cabrera (1976); ambas clasificaciones
están basadas en criterios fitogeográficos. Otras clasificaciones que asumie-
ron criterios ecológico-culturales fueron las de Selvas Occidentales (González
1977) y Región de las Yungas (Ventura 1994). Si consideramos la disposición
de las cuencas hidrográficas y las vías de circulación que éstas favorecen, po-
demos establecer una sub-sectorización para la Región de las Yungas. Es así
que de norte a sur planteamos la existencia de tres sectores: 1.- el sector norte
comprendido desde el límite con Bolivia hasta, en el extremo sur, la cuenca
del río Santa Cruz (si bien atendemos a las evidentes conexiones culturales
de esta zona y la de Tarija, en la República de Bolivia), 2.- el sector central,
Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales de Jujuy 137

Figura 1. Ubicación de algunas instalaciones de época incaica en la franja


pedemontana oriental y valles sudorientales de la provincia de Jujuy.
Fuente: Google Earth.

comprendido desde dicho río Santa Cruz, hasta la cuenca del río San Lorenzo
y 3.- el sector sur (donde se centran nuestras investigaciones) que se extiende
desde el río San Lorenzo hasta el río Grande de Jujuy.
Ahora bien, los valles orientales jujeños presentan distintas características
geomorfológicas. Los sectores norte y centro tienen un relieve escarpado y
abrupto presentando mayor altura y extensión oeste-este que el sector meri-
dional. En los primeros las alturas alcanzan casi los 5.000 msnm y las instala-
ciones incaicas fueron emplazadas en zonas elevadas, como ocurre con Cerro
Amarillo (4.100 msnm); Pueblito Calilegua (3.750 msnm); Puerta de Zenta
(3.200 msnm); El Durazno (2.900 msnm). Por el contrario, más al sur, ce-
rros altos como el Cerro Centinela tienen una altura que no supera los 2.200
msnm. Mientras que hacia el norte existe un contraste neto y abrupto entre el
macizo montañoso occidental y las llanuras boscosas del Chaco. Hacia el sur
se observa una suerte de continuidad habiendo existido una mayor cercanía
entre las poblaciones de ambos ambientes. Como puede observarse en la Fi-
138 María Beatriz Cremonte

gura 1 un sector que permanece inexplorado, pero donde pudieron instalarse


puestos fronterizos, es el área entre el Cucho de Ocloyas y Agua Hedionda.
En esta zona se ubica la serranía de Zapla y la entrada al valle de Jujuy por el
río San Juancito; hacia el este comunica con el valle del río San Francisco y la
llanura chaqueña.
De la información disponible hasta ahora se desprende la importancia que
tuvo para el incario la ocupación de los valles ubicados al este de la quebrada
de Humahuaca. En los valles orientales, paralelos a los sectores norte y centro
de la quebrada, dicha importancia se evidencia en los imponentes tramos del
Qhapaq Ñan pavimentado y con escalinatas. Pero también en la construcción
de fortalezas como la de Puerta de Zenta (en el acceso a los valles de San
Andrés y a la Selva Pedemontana); en los santuarios de las cumbres de Cerro
Chasquillas (en la sierra Cresta del Gallo), Cerro Amarillo (en la sierra de Ca-
lilegua) y Cerro Morado de Colanzulí (a una jornada de marcha de Titiconte,
Iruya). A su vez, postas como Tambo Chasquillas, que habría servido de apoyo
al santuario del cerro homónimo e instalaciones como la probable guarnición
fronteriza de Pueblito Calilegua, vinculada al santuario de Cerro Amarillo
(Nielsen 1989; Raffino 1993).
Los valles mencionados no parecen haber albergado importantes poblacio-
nes humahuaca estables en tiempos pre-incaicos. Por el contrario, durante la
dominación incaica y como plantea Nielsen (2001), se habría dado una “re-
localización” de población humahuaca para cumplir diferentes actividades.
Esta situación es similar a la que habría ocurrido en la zona de Rodero, donde
sitios muy tardíos y de ocupación breve están vinculados con prácticas agríco-
las (Pucara del pie de la cuesta de Colanzulí, Juire, Putuquito y Papachacra en
el valle de Yala-Cimarrones), reflejando el rol de estos valles en la producción
agrícola, principalmente de maíz (Nielsen 2001; Oliveto y Ventura 2009).
A lo dicho debe sumarse el asentamiento Santa Bárbara de Valle Grande
estudiado por Madrazo (1973), ubicado al oeste del santuario Cerro Amari-
llo y aproximadamente 40 km al norte del Cucho de Ocloyas. Santa Bárbara
(SBY1) fue emplazado sobre una lomada a 2.770 msnm. Se trataría de un
poblado con un centenar de viviendas de época incaica, indicadas por de-
presiones ovales o rectangulares de ángulos redondeados (5 a 6 metros de
diámetro). Estos recintos, construidos con material perecedero, se asocian a
un muro de 96 m de largo, a una probable plaza y a una construcción de 17
x 8,80 m de ángulos rectos. Otro asentamiento similar (SBY2) se ubica a un
kilómetro de distancia, pero en el mismo no se efectuaron excavaciones. SBY1
es un semi-conglomerado de ocupación breve que Madrazo asigna a momen-
tos muy tardíos -si bien no se cuenta con dataciones cronométricas-y a una
población de origen oriental sobre la base de la cerámica hallada (a la que
nos referiremos más adelante). Madrazo plantea que la fisonomía general del
sitio y la cerámica señalarían un parentesco con el complejo étnico chaqueño.
Nos preguntamos si Santa Bárbara pudo ser una colonia de mitimaes con un
Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales de Jujuy 139

componente importante de grupos pedemontanos y aún más orientales, con-


trolados por los incas para realizar tareas productivas y/o extractivas. Quizás
de manera similar a lo ocurrido en AP1 de Tiraxi aunque allí el componente
alfarero Humahuaca es predominante. Además, en Santa Bárbara, el hallazgo
de escoria de cobre nos alerta sobre un probable vínculo con la minería. Por
cierto, y como remarca Madrazo, Santa Bárbara muestra características únicas
y, a la luz de los estudios realizados con posterioridad a su hallazgo, un futuro
análisis comparativo de sus materiales contribuiría significativamente al esce-
nario de la dominación inca en este sector del piedemonte oriental.

La ocupación prehispánica tardía de los valles sudorientales y su relación con asenta-


mientos del sector centro sur de la quebrada de Humahuaca

El bolsón de Yungas donde se emplaza el Cucho de Ocloyas (pequeña guar-


nición de frontera) y los sitios del sistema Tiraxi (aparentemente nucleados
por AP1) habrían sido controlados desde un centro localizado en el sur de
la quebrada de Humahuaca (Garay de Fumagalli y Cremonte 1997; Garay de
Fumagalli 1998). Éste habría sido el Pucara de Volcán, dada su envergadura e
historia ocupacional fechada entre el siglo XIII y mediados del siglo XVI (Ga-
ray de Fumagalli 1998), a su vez directamente vinculado a Esquina de Huajra
en los momentos más tardíos de su trayectoria (Figura 1).
Como resultado de los trabajos de campo realizados por Garay de Fuma-
galli y colaboradores, en este sector sur de los valles orientales jujeños se re-
gistraron veinticinco sitios ubicados principalmente entre los 1.500 y 2.300
msnm. Estas ocupaciones muestran una incidencia creciente de las poblacio-
nes de la quebrada de Humahuaca a partir del siglo XI (Garay de Fumagalli
1998). Tres sitios corresponden al Formativo (Pueblo de Ocloyas, El Poblado
y Trigo Pampa); en ellos la alfarería de la Tradición San Francisco evidencia
que sociedades sanfranciscanas se habrían asentado de manera estable más
al oeste del valle del río San Francisco y en pisos ecológicos diferentes a los
conocidos para estos grupos. Hipótesis que luego se reforzará con el hallazgo
de abundante alfarería San Francisco en los niveles inferiores del Pucará de
Tilcara y recientemente en superficie en el sitio agrícola de Raya Raya, ambos
en Tumbaya (ver el trabajo de Scaro en este mismo volumen).
Los sitios del Periodo de Desarrollos Regionales (El Tinajo, Cebadilla, Me-
sada y Alto Cutana), ubicados siempre por encima de los 1.900 msnm, han
sido interpretados como instalaciones de grupos provenientes de la quebrada
de Humahuaca, dedicados a la producción agrícola, para abastecer al Puca-
ra de Volcán de productos de siembra y de bienes propios de las Yungas. Es
decir, que podemos hablar de un control ejercido hacia el oriente por los
grupos quebradeños desde aproximadamente el 1.000 d.C. Durante el inca-
rio en esta zona habría tenido lugar una reorganización e intensificación de
140 María Beatriz Cremonte

la explotación de los recursos de la región, evidenciada por la presencia de


guarniciones para proteger los pasos de acceso a la quebrada de Humahuaca
facilitados por la red fluvial, y de asentamientos destinados a la extracción de
recursos. Estos últimos corresponden a API, APII, Lagunita, La Bolsa, Puesto
Méndez, Piedra Parada, Media Loma, Mula Barranca y el Cucho de Ocloyas,
emplazados entre los 1.500 y 1.900 msnm. El Cucho de Ocloyas, ubicado 20
km al este de los sitios que integran el Sistema de Asentamiento Tiraxi, en una
zona más baja y selvática, pudo estar protegiendo a estos enclaves productivos,
ya que desde El Cucho se domina visualmente una de las entradas desde las
planicies boscosas chaqueñas (Cremonte et al. 2005).

El Cucho de Ocloyas
El Cucho de Ocloyas (S23º50’ y O65º20’) es una instalación pequeña, in-
tegrada por estructuras de formas desiguales y, en pocos casos, contigua que
no llega a la hectárea de superficie. Sus características más notables son el
muro doble perimetral que delimita a sus veintisiete recintos (en general rec-
tangulares, con ángulos poco definidos); la presencia de algunos probables
depósitos circulares y una plataforma artificial sobreelevada (5 x 20 m) orien-
tada hacia el poniente. Cerca del muro perimetral que mira hacia el este se
registraron tres acumulaciones de guijarros pequeños que pudieron haber
sido usados como proyectiles.

Figura 2. Plano y vista general del Cucho de Ocloyas.

El Pucara de Volcán
El Pucara de Volcán (S23º53’ y O65º28’) es un poblado conglomerado
integrado por más de 600 recintos rectangulares de ángulos redondeados.
Este asentamiento supera las 10 hectáreas de superficie, fue emplazado a
los 2.000 msnm sobre una meseta transversal al eje del río Grande (a 150 m
de altura respecto del fondo de valle). Los muros son dobles, rellenos con
guijarros y barro batido. Un camino axial este - oeste atraviesa todo el asenta-
miento, dividiéndolo en dos mitades y a partir del cual se desprenden sendas
secundarias.
Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales de Jujuy 141

En el extremo oriental del Pucara se extiende una plaza de aproximada-


mente 2.400 m2 asociada a un montículo artificial que habría contenido una
tumba en su cima (saqueada antes de realizarse las primeras excavaciones
sistemáticas en el sitio, a mediados del siglo XX) y a un área de entierros en
cámaras circulares de piedra. También existen otras áreas de enterratorios
segregadas en el asentamiento, además de las tumbas por debajo del piso de
las habitaciones, que es el patrón típico de la quebrada de Humahuaca. Esta
asociación de plaza, montículo artificial y cementerio reflejaría un espacio de
uso y significación simbólica vinculado con rituales y ceremonias comunita-
rias, a juzgar por hallazgos registrados en el basurero Tum1B2 y en el recinto
R5, como veremos más adelante.
No se han encontrado construcciones especiales que indiquen un sector
delimitado y restringido a la administración inca; sin embargo, muchos de
los recintos habitacionales, el complejo ceremonial aludido y estructuras aso-
ciadas, así como el camino axial sobre elevado fueron diseñados y/o remo-
delados durante el incario. Durante este período el Pucara habría tenido un
notable incremento demográfico, como resultado del traslado de grupos de
distintos lugares, aunque principalmente quebradeños y también probable-
mente procedentes del borde de la Puna salteña (cabeceras de la quebrada
del Toro), a partir de similitudes observadas en las formas de los recintos y en
numerosos atributos cerámicos (Cremonte y Garay de Fumagalli 1998, 1999).

Esquina de Huajra y la quebrada de Huajra


Esquina de Huajra, a sólo 5 km del Pucara de Volcán hacia el norte (Long.
W 65º26,91’ y Lat. S 23º53,3’), está ubicado frente a uno de los accesos más
importantes a las Yungas (la quebrada de Huajra hoy también llamada Ca-
mino a Punta Corral) y al sitio La Silleta, lugar donde descendería hacia el
fondo de valle del río Grande el tramo Tilcara-Alfarcito-Punta Corral-Huajra
del camino incaico.
Esquina de Huajra pudo cumplir una función especial y también tener una
conformación poblacional particular, como lo están sugiriendo los contextos
domésticos y funerarios que estamos estudiando. Lamentablemente, no con-
tamos con un plano del sitio porque las construcciones son apenas visibles
en la superficie actual del terreno. La alfarería de Huajra muestra un claro
componente Humahuaca Inca y el asentamiento habría sido ocupado entre el
1500 y 1580 d.C. (no se han identificado ocupaciones preincaicas). Las vasijas
típicamente incaicas (ollas con pie, aríbalos, platos, etc.) y estilos como Inca
Paya, Inca Pacajes, Chicha, Pucos Bruñidos y Casabindo son más variados y
abundantes que en el Pucara de Volcán, existiendo diferencias en la circula-
ción y consumo de las mismas (Cremonte y Scaro 2010).
Por la e Huajra, yendo hacia el oriente, en cuatro horas se llega al abra
por la cual se accede directamente a la cuenca del río Tiraxi Chico-Tesorero
y a los sitios del Sistema Tiraxi como AP1 (contemporáneo con ocupaciones
142 María Beatriz Cremonte

incaicas tempranas del Pucara de Volcán), así como al Cucho de Ocloyas y


Mula Barranca (Garay de Fumagalli et al. 2007) contemporáneos a Esquina de
Huajra. Las prospecciones realizadas en la quebrada de Huajra demostraron
que fue un espacio ocupado y transitado de manera continua, para conectar
en distintos periodos a la quebrada de Humahuaca con los valles sudorien-
tales, función que todavía cumple en la actualidad (Cremonte et al. 2010).
El vínculo entre las tierras de Tumbaya y de Tiraxi durante la época colonial
queda atestiguado en la cita que se transcribe a continuación:

que tengo una chacra en el valle de Tumbaia de donde cojo algunas comidas
para el sustento de mi casa [...] son cortas dichas sementeras por lo que pido
hacerme merced de sinquentes fanegadas de sembraduras de maiz en un valle
sercano al dicho Tumbaia llamado Tiracsse [...] esta estancia que estara como
sinco o seis leguas poco más o menos del valle de tumbaia a las espaldas de la
cordillera [...] entrando por la quebrada que llaman Uacra (Archivo Tribunales
de Jujuy (ATJ), Pleito por tierras en Huacalera, Año 1767, Legajo 1442, f.176.
[Copia de la merced de tierras otorgada por el gobernador Felipe de Albornoz
en marzo de 1634]).

Los contextos cerámicos: consumo diferencial de estilos y vasijas

A diferencia de lo que ocurre en otros enclaves de los valles sudorientales


como es el caso de API de Tiraxi, la cerámica del Cucho de Ocloyas se diferen-
cia en dos aspectos sustanciales: a) por presentar escasas vasijas típicas de la
quebrada de Humahuaca decoradas en negro sobre rojo, y b) por un conjun-
to importante de recipientes con impronta de cordelería o hilos, corrugados
complejos y unguiculados. Los análisis petrográficos de las pastas indicaron
que los fragmentos de estilo Humahuaca no son de manufactura local (por
presentar inclusiones con litología de la Formación Puncoviscana ausente en
la zona). Por el contrario, las vasijas con decoración incisa y por desplazamien-
to de la pasta demostraron ser locales o de otras áreas orientales próximas. A
partir de las evidencias cerámicas, se planteó que la franja territorial más baja
y oriental de la cuenca del río Corral de Piedra actuó como un espacio en el
que indígenas “de tradición chaqueña más o menos andinizados” se habrían
vinculado con sociedades de la quebrada de Humahuaca bajo el control inca
(Cremonte et al. 2005). Probablemente, el traslado o la absorción de estos
grupos pudo ser resultado de la imposición de sistemas de servicio y/o de la
incorporación de mujeres. La aparición de fragmentos Yavi-Chicha y de otros
muy pulidos de paredes delgadas asociados a los Humahuaca Inca, permitiría
plantear la instalación de mitimaes de frontera.
De los casi 2.000 fragmentos cerámicos recuperados en las excavaciones de
El Cucho, el 64% corresponde a vasijas ordinarias y alisadas. Los fragmentos
Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales de Jujuy 143

Humahuaca y Humahuaca Inca (entre ellos dos bordes de aríbalos) no llegan


al 13% y presentan pastas similares a las de la quebrada de Humahuaca. Por
otra parte, una elevada proporción de los fragmentos (10%) corresponden
a corrugados complejos, unguiculados, Angosto Chico Inciso (muy pocos) y
con impronta de cordelería o de hilos, técnica que es considerada típicamen-
te chaqueña (Dougherty y Zagaglia 1982) y prácticamente desconocida en
los valles orientales (Figura 3). Fragmentos similares se recuperaron en Mula
Barranca, muy cerca del Cucho de Ocloyas (Garay de Fumagalli et al. 2007)
y Madrazo comenta la presencia de cerámica con impresión de hilos en San-
ta Bárbara de Valle Grande. Los ejemplos más conspicuos de esta cerámica
provienen del sitio El Naranjo en el Chaco salteño, estudiado por Niels Fock
(1961).

Figura 3. Cerámica del Cucho de Ocloyas: Corrugada, Angosto Chico Inciso,


Unguiculada y con impronta de cordelería o de hilos retorcidos.
144 María Beatriz Cremonte

La cerámica del Recinto 5 y del basurero Tum1B2 del Pucara de Volcán


El Recinto 5 del Pucara de Volcán es una estructura rectangular de ángulos
redondeados de 40 m2 de superficie con paredes dobles de piedra. Su exca-
vación mostró un único piso de ocupación entre los 65 y 82 cm de profundi-
dad. Del piso de ocupación se recuperaron veintidós vasijas fragmentadas que
corresponden a cinco ollas ordinarias, seis ollas y un cántaro Angosto Chico
Inciso, cinco vasijas restringidas Humahuaca Negro sobre Rojo, dos Pucos
Bruñidos, un vasito ordinario, una tapa de olla reciclada a partir de una escu-
dilla Humahuaca y un puco Inca Paya (Figura 4).

Figura 4. Planta y contexto alfarero hallado en el piso de ocupación del Recinto 5


del Pucara de Volcán (tomado de Scaro y Cremonte 2012).

En R5 predominan las vasijas grandes restringidas, probablemente emplea-


das en el procesamiento y almacenaje de alimentos, mientras que la vajilla
de servicio (pucos, platos y escudillas) es muy escasa. Las vasijas grandes res-
tringidas se ubicaban preferentemente junto a los muros sur y oeste, donde
se habrían concentrado las tareas de preparación y almacenaje de alimentos.
Cabe aclarar que es alta la incidencia de fragmentos pertenecientes a ollas
Angosto Chico Inciso. Junto al muro sur, los fragmentos cerámicos se halla-
Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales de Jujuy 145

ron asociados a seis manos de moler, escasos restos óseos y restos de pigmen-
to rojo. Mientras que, junto al muro oeste, la cerámica estaba espacialmente
asociada a restos óseos de camélidos, indicando el consumo o procesamiento
de los mismos. Una probable área de molienda se ubicaría en el sector este
del recinto, donde se hallaron dos grandes piedras de moler sin fragmentos
cerámicos asociados.
Las vasijas Humahuaca Negro sobre Rojo de R5 tienen superficies pulidas
y alisadas. Los motivos decorados corresponden a reticulados en línea fina,
semicírculos concéntricos ubicados en los bordes internos de las vasijas ce-
rradas, bandas reticuladas asociadas a triángulos negros sólidos y banderines
reticulados. Estas vasijas presentan hollín en sus superficies externas, lo que
lleva a pensar que, como no se hallaron fogones en el interior del recinto, tal
vez existió una estructura de combustión en un sector externo o bien los reci-
pientes fueron traídos de unidades domésticas próximas.

El basurero Tum1B2 del Pucara de Volcán


El pequeño basurero Tum1B2, de apenas 90 cm de potencia estratigráfica,
refleja un consumo cerámico diferente al del Recinto 5 y al de los otros basu-
reros excavados ubicados en el centro del área residencial del Pucara de Vol-
cán: Tum1B1 y Tum1B3 (Cremonte y Nieva 2003). Para los casi 500 fragmen-
tos hallados en Tum1B2 se estableció un número mínimo de 70 recipientes,
de los cuales el 60% corresponde a vajilla de servicio: pucos, escudillas, platos,
tazones, fuentes y baldes. Si consideramos el predominio de superficies puli-
das y de diseños de trazo fino, es posible proponer que esta vajilla sería de uso
preferencial, mereciendo una especial atención los Pucos Bruñidos y los Inca
Paya. El conjunto hallado en el basurero B2 incluye asimismo veintinueve
vasijas cerradas (tinajas, ollas, cántaros y aríbalos) ordinarias y de los estilos
Humahuaca-Inca e Inca-Paya.
Los contextos cerámicos analizados de R5 y del basurero Tum1B2 serían
funcionales a actividades desarrolladas en el espacio de participación comu-
nitaria cercana (la plaza), indicando un consumo a nivel supradoméstico. R5
reflejaría actividades involucradas en el procesamiento, la preparación y al-
macenaje de alimentos, aunque no en la cocción de los mismos, ya que no
se han hallado fogones ni otros rastros de combustión. Es probable que en
este recinto se llevaran a cabo algunos pasos del proceso de elaboración de
chicha, tales como el molido del maíz, la fermentación de la chuya en cánta-
ros y su almacenaje temporario en grandes vasijas. Estudios arqueobotánicos
de almidones en curso indican la presencia de quínoa y de maíz (Lamberti,
comunicación personal 2014). Por su parte, el basurero Tum1B2 muestra el
descarte de ollas y tinajas grandes y medianas similares a las de R5 pero fun-
damentalmente de vajilla de servicio como platos, pucos, fuentes, “baldes” y
también aríbalos. Esta vajilla representa más del 60% del conjunto recupe-
rado y pertenece al estilo local Humahuaca Inca. Indicando un consumo de
146 María Beatriz Cremonte

vajilla preferencial están presentes estilos no locales (Pucos Bruñidos, Inca


Paya, Yavi-Chicha, Borravino sobre Naranja). La gran mayoría de la cerámica
de Tum1B2 presenta superficies muy pulidas. El despliegue visual de la vajilla
de servicio de B2, destinada a la distribución de alimentos, nos remite a cele-
braciones que pudieron tener lugar en la plaza, seguramente enmarcadas en
el interés por reforzar la afiliación al Imperio de los pobladores del Pucara de
Volcán. Grandes vasijas como las de R5, conteniendo probablemente chicha
y otros alimentos, pudieron ser trasladadas a la plaza, así como la vajilla de
servicio.

La cerámica de Esquina de Huajra


De la excavación de aproximadamente 220 m2 realizada en el año 2001 se
recuperaron 6.143 fragmentos cerámicos y veintidós vasijas enteras o parcial-
mente fragmentadas, procedentes de un sector doméstico y de otro funerario.
Se trata de la colección más variada y completa con registros de excavación
que se tiene hasta el momento para el sector centro sur de la quebrada de
Humahuaca.
Esquina de Hujara muestra un despliegue de vajilla decorada similar a la
del Basurero Tum1B2 del Pucara de Volcán, correspondiendo en su mayoría
a vasijas Humahuaca Inca.
Por otro lado, como resultado del análisis tipológico y del petrográfico de
las pastas en secciones delgadas, planteamos que en Esquina de Huajra es no-
table la elevada proporción de vasijas procedentes de las tierras altas (estilos
Yavi-Chicha y Casabindo Pintado), con inclusiones blancas en sus pastas y otros
con componentes volcánicos que indican diferentes procedencias (ej.: estilo
Inca Pacajes del altiplano sur boliviano). Pero también la alfarería de Huajra
revela contactos directos con grupos de los valles orientales, detectados prin-
cipalmente en los corrugados. La representatividad de esta cerámica en la Fi-
gura 5 es engañosa porque se trata de pocos fragmentos, pero muy grandes;
lo mismo sucede con los fragmentos Angosto Chico Inciso. Algunas de estas
vasijas tienen pastas típicas del sector oriental. Lo dicho apunta a la amplitud
de las redes de intercambio y de las relaciones sociales en las cuales estuvo invo-
lucrado este asentamiento. Huajra pudo ser un punto clave en la articulación
económica entre zonas ecológicas diferentes, asimismo pudo cumplir un rol
importante en el control de la mano de obra aportada por la población del
Pucara de Volcán para la explotación y distribución de los bienes procedentes
de los valles orientales y quizás también en la estructuración y sostenimiento
de la frontera oriental incaica (Cremonte et al. 2008). En esta oportunidad nos
referiremos exclusivamente el consumo de vasijas en un espacio del sector de
enterratorios y en el área doméstica (Scaro y Cremonte 2012).
Entre las tumbas excavadas (1 a 5) se detectó un espacio abierto que pudo
funcionar como una kancha o plaza, desde donde se tiene una visión panorá-
mica del fondo de valle hacia el norte y de la entrada a la gran quebrada de
Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales de Jujuy 147

Huajra hacia el oriente. En este espacio restringido (debido a la topografía


del terreno), pudieron realizarse rituales mortuorios y de culto a los ances-
tros. En Huajra llama la atención la cantidad y variedad de formas de las es-
tructuras funerarias. Además, aunque se preservaron conductas mortuorias
comunes en la quebrada de Humahuaca, como el entierro conjunto de indi-
viduos adultos y subadultos y de diferente sexo, la diferencia más notable es la
recurrencia de entierros secundarios.
Los entierros de Esquina de Huajra no están en cámaras sepulcrales cilín-
dricas de piedra con tapa de laja como las del Pucara de Volcán (Gatto 1946;
Suetta 1969) o Ciénaga Grande (Salas 1945), ni tampoco son como los del
cementerio de La Falda, del tipo pozo con cámara lateral y ajuares que mues-
tran el arribo de elementos europeos (Mendonça et al. 2003). Además, no hay
un patrón uniforme de enterratorios en Esquina de Huajra, probablemente
porque corresponden a distintos momentos. La mayoría de los entierros ex-
cavados son secundarios, dos de ellos de tipo osario, en estructuras de planta
cuadrangular y uno dentro de un recinto aparentemente re-utilizado; otro es
también secundario, pero en una estructura casi circular y el último, directo
dentro de una vasija. No se mantiene el patrón de inhumar por debajo del
piso de habitaciones y tampoco parecen formar parte de un cementerio (Cre-
monte y Gheggi 2012). También los ajuares son variados y aún queda mucho
por indagar para comprender el significado simbólico de muchos de sus ele-
mentos como, por ejemplo, los pigmentos de colores, especialmente el azul
(turquesa molida) y los cráneos de patos de la Tumba 2.
En el área abierta entre las tumbas la proporción de vajilla de servicio es
más elevada que en el sector doméstico, especialmente de pucos y platos. En
este lugar se asocian Pucos Bruñidos con pucos Inca Paya y otros pulidos,
decorados y sin decoración. Asimismo, se registraron escudillas en todos los
casos pulidas y algunas con decoración pintada, así como fuentes también
pulidas, platitos pulidos y pintados en Negro y Rojo, Yavi-Chicha, e incaicos
de manufactura no local. Junto con esta vajilla de servicio -abundante y con
muy buen tratamiento y acabado de las superficies- se hallaron fragmentos de
diez ollas Angosto Chico Inciso y dos ordinarias, cuatro aríbalos, seis cántaros
ordinarios, cinco Humahuaca Negro sobre Rojo y dos Humahuaca Inca, seis
vasijas Casabindo Pintado y una Yavi-Chicha. También se encontraron frag-
mentos de otras cinco vasijas ordinarias pero de grandes dimensiones, proba-
blemente utilizadas para trasladar bebidas (¿chicha?) y/o alimentos sólidos o
semisólidos a este espacio.
En el contexto doméstico de Esquina de Huajra es notoria la incidencia de
piezas foráneas a la quebrada de Humahuaca, especialmente provenientes de
las tierras altas, así como el despliegue de formas, acabados y tratamientos de
superficie y pastas finas en la vajilla de servicio. Las redes de significación en la
que estarían insertas estas piezas, de la que también formarían parte elemen-
tos tales como aríbalos pulidos lisos y ollas con pie, referirían a un contexto
148 María Beatriz Cremonte

de status y de interacción, lo que permite plantear a Esquina de Huajra como


un asentamiento estratégico y especial. En el gráfico de barras de la Figura 5
se observan las diferencias en el consumo alfarero de todos los contextos co-
mentados y en la Figura 6 se representan los estilos cerámicos representativos
de los contextos estudiados.

Figura 5. Consumo de tipos/estilos cerámicos en el Cucho de Ocloyas


(OCLO-1), Recinto 5 y basurero Tum1B2 del Pucara de Volcán y en
Esquina de Huajra (Tum10).

COMENTARIO FINAL

Un eje que articula a los asentamientos Cucho de Ocloyas y Esquina de


Huajra es su asignación temporal en las postrimerías de la dominación in-
caica. Una excepción para Esquina de Huajra es el fechado de la Tumba 1
(UGA 16200) más temprana pero, al tratarse de una inhumación secundaria
y considerando que el fechado fue realizado sobre una pieza ósea, podemos
pensar que el arreglo mortuorio corresponde a una época posterior al de la
muerte del individuo datado. Por su parte, las calibraciones de los fechados
correspondientes a los contextos del Pucara de Volcán: basurero Tum1B2 y
Recinto 5 (LP 808 y LuS 7927) y de Esquina de Huajra (Beta 32577) muestran
un rango cronológico muy amplio, pero no podemos obviar que abarcan tam-
bién estos momentos muy tardíos (Tabla 1).
Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales de Jujuy 149

Figura 6. Estilos cerámicos hallados en contextos incaicos de la región.


150 María Beatriz Cremonte

Cal 1 ơ d.C. Cal 2 ơ d.C.


C años
14
Muestra (68,2% (95,4 % Material
AP
probabilidad) probabilidad)
Cucho de Ocloyas          
OCLO-1 (piso) GX 32582 320±40 1510-1649 1481-1795 Carbón
Pucara de Volcán      
1444-1506
Tum 1 Recinto 5 LuS 7+27 435±50 1434-1627 Carbón
1587-1618
1437-1509
Tum1 B2 LP 808 440±60 1424-1630 Carbón
1580-1620
Esquina de Huajra    
TUM10-T1-Piso BETA 193319 340±50 1502-1645 1455-1796 Carbón
1505-158
TUM10-T1 C25-Piso LP 2522 340±40 Carbón
1616-1634
1414-1671
1458-1518
TUM10 T3 C21-Piso AA 88375 393±82 1747-1759 Carbón
1538-1626
1782-1796
1326-1341
TUM10 T3-Tumba 1 UGA 16200 550±40 1405-1440 Óseo humano
1390-1455
1436-1504 1419-1520
TUM10 T3-Tumba 2 BETA 32577 450±50 Óseo humano
1591-1615 1537-1626
1495-1697
1514-1543
1724-1808
TUM10 T3-Tumba 3 BETA 206919 280±50 1624-1675 Carbón
1870-1876
1739-1798
1948-1951
1464-1672
1505-1589 1745-1756
TUM10 T3-Tumba 3 BETA 32576 320±50 Carbón
1617-1652 1763-1770
1780-1797
Tomado de Greco, C. 2014.

Tabla 1. Dataciones cronométricas del Cucho de Ocloyas, Esquina de Huajra y


Pucara de Volcán (Tum1 B2 y Tum1R5).

El centro incaico Agua Hedionda ubicado en los valles meridionales de


Jujuy en el departamento de San Antonio (Figura 1) también corresponde a
esta época (Cremonte 2007). Pueden agregarse Juire y Putuquito estudiados
por Nielsen (2001), directamente relacionados con la explotación agrícola y
probablemente Santa Bárbara en Valle Grande y Mula Barranca. Por supuesto
contamos con fechados más tempranos del Período Inca para el Pucara de
Volcán y AP1. Estas dataciones indican que la anexión del sector centro-sur de
la quebrada de Humahuaca y de las Yungas de Tiraxi ocurrió desde principios
del incaico.
Huajra y el Pucara de Volcán sobre el eje de la quebrada de Humahuaca,
así como en el oriente los enclaves productivos que integran el sistema Tiraxi y
el sitio de frontera Cucho de Ocloyas, reflejarían la política económica estatal
llevada a cabo. En la misma pudieron cumplir un rol relevante la obtención
Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales de Jujuy 151

y distribución de bienes procedentes de las Yungas, así como la existencia de


una frontera o espacio fronterizo que amortiguara y a la vez articulara los con-
tactos con grupos subandinos y más orientales. Procesos que parecen haber
perdurado hasta que las primeras encomiendas y haciendas españolas prospe-
raron en la zona. Desde una perspectiva similar, Cruz (2010) plantea que las
serranías subandinas del Noroeste argentino conformaron espacios multiét-
nicos que se acercan al concepto de hinterland, siendo zonas de aprovisiona-
miento en recursos económicos ubicadas en la periferia de áreas nucleares,
tales como quebrada de Humahuaca, sur de Bolivia y altiplano atacameño.
Muchos de los fechados obtenidos entran cómodamente en lo que tra-
dicionalmente se establece como Periodo Hispano-Indígena, pero sus con-
textos, como sucede en Huajra y en el Cucho de Ocloyas (así como en Agua
Hedionda no incluidos en este trabajo), carecen de elementos españoles. Lo
mismo sucede en el sitio Putuquito que posee un fechado del 313±48 AP, cali-
brado 1 sigma 1507-1656 AD y con 2 sigma en 1480-1798 AD.
Nielsen (2001) considera que Putuquito junto con otros sitios como Jui-
re y Pucara del pie de la Cuesta de Colanzulí fueron instalados por los in-
cas para la explotación agrícola en tierras ubicadas al oriente de la quebrada
de Humahuaca. Sin embargo, estos sitios, y los estudiados por nosotros que
muestran cronologías similares, presentan diferencias significativas en cuanto
a funcionalidad, patrón constructivo, emplazamiento y conjuntos artefactua-
les, pero coinciden en la perduración de la materialidad Humahuaca Inca
en momentos en que la presencia española debería estar presente. Presencia
que se concretó mediante distintos mecanismos, como la entrega de tierras y
la explotación de mano de obra indígena a través de las encomiendas, las ac-
ciones de evangelización y la urbanización forzada a través de las “reducciones
toledanas” a partir de 1574 (Sica 2006). Este último proceso es el que conlleva
a verdaderos cambios en las pautas de vida indígena, al producir traslados ma-
sivos de los indígenas y su aceptación a otras formas de organización política
con la aparición de nuevas instituciones como Iglesia, Cofradías y Cabildos
indígenas.
Las primeras encomiendas fueron otorgadas a vecinos de Charcas (Martin
Monje y Juan de Villanueva) en 1540 y la siguiente a Pedro de Zárate en 1575,
pero las verdaderas modificaciones culturales y sociales comenzaron recién
a partir de 1596 y se van consolidando hacia 1630, cuando se efectivizan las
reducciones y la creación de pueblos coloniales (Sica 2006; Sica y Ulloa 2007).

CONCLUSIONES

A lo largo de estas páginas se intentó delinear algunos paisajes sociales


estructurados en un área que vincula al sector centro sur de la quebrada de
Humahuaca con su borde oriental, durante su anexión al Tawantinsuyu.
152 María Beatriz Cremonte

En un trabajo anterior, se planteó que en el sur de la quebrada de Hu-


mahuaca y en su borde oriental (Yungas de Tiraxi), el paisaje construido pa-
recería ser el resultado de una combinación entre control hegemónico y control
territorial (Cremonte y Williams 2007). El Pucara de Volcán -ocupado desde
por lo menos los inicios del siglo XIII hasta la segunda mitad del SXVI- habría
sido “remodelado” y “ampliado” probablemente a partir de la primera mitad
del siglo XV (construcción de un camino axial y de un montículo artificial aso-
ciado a una gran plaza y a un cementerio segregado). Estos cambios podrían
estar evidenciando un control hegemónico manifestado fundamentalmente en
ceremonias de hospitalidad y festividades. En las Yungas de Tiraxi, los sitios
del momento incaico reflejarían un control territorial logrado a expensas de la
población local humahuaca. Dicho control estaría vinculado a la explotación
de los recursos de estos valles orientales. Pero también un propósito sería el
de absorber interacciones con grupos de “tradición chaqueña”, a través de
puestos fronterizos discontinuos, como parece haber sido el Cucho de Ocloyas.
Sobre los cimientos de procesos económicos iniciados en el Intermedio
Tardío, se habría incrementado la interacción y control de poblaciones pede-
montanas orientales, regulados desde centros quebradeños como el Pucara
de Volcán y probablemente Huajra, y con aparente injerencia por parte de
grupos de las tierras altas. A raíz de ello, la dinámica social generada durante
el incario fue construyendo una identidad para este sector meridional de la
quebrada de Humahuaca. Fundamentalmente esta identidad se materializa
en la integración de componentes orientales en sus registros arqueológicos.
La información reunida lleva a preguntarnos si acaso la caída del imperio
no habría “sorprendido” a zonas periféricas del Collasuyu en pleno proceso
de intensificación agrícola y de expansión hacia el oriente, sin descartar a la
explotación minera y al interés por estructurar una frontera oriental que, en
estas latitudes, estaría actuando más como un espacio de conexión e interac-
ción con grupos subandinos y/o emparentados con los mataco-mataguayos
mencionados para época colonial.
Una de las carencias más lamentadas es la pobreza de documentación colo-
nial temprana con referencias precisas sobre nuestra zona de estudio, lo que
marca un fuerte contraste con la región septentrional de los valles orientales
(Oliveto y Ventura 2009). Probablemente los tilianes conformaron un territo-
rio político en el actual departamento de Tumbaya con probable cabecera en
el Pucara de Volcán - Huajra y habrían mantenido vínculos con grupos más
occidentales (de la quebrada del Toro en el borde de Puna salteña), cumplien-
do un rol importante en la ocupación y explotación del bolsón de Yungas de
la cuenca de los ríos Tiraxi-Tesorero (Cremonte y Garay de Fumagalli 1999).
Se desconocen las etnias (nativas o relocalizadas como mitimaes) que ha-
brían habitado estos valles sudorientales para la época que nos ocupa. En
general cuando se hace referencia a los grupos de la vertiente oriental el tér-
mino chiriguano es ineludible, sin embargo, Bossert (2008) plantea conside-
Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales de Jujuy 153

raciones que deben tenerse en cuenta al querer indagar los límites meridio-
nales de la Chiriguania. Otro grupo que es nombrado reiteradamente, pero
de manera muy ambigua en las crónicas para extensas áreas del Tucumán y
en especial para el valle de Jujuy (o provincia de Xibixuy), son los juríes. En
realidad, los juríes englobarían a un conjunto o conglomerado de naciones o
tribus con orígenes y lenguas diferentes, que habrían tenido en común unir-
se para actuar contra los españoles y que eran ágiles como “los avestruces”.
Luego de un meduloso análisis Bossert concluye que chiriguanos y juríes son
apelativos con fuertes connotaciones ideológicas y políticas que demuestran
el desconocimiento que se tenía de las etnias orientales y que entre los Andes,
el Piedemonte y el Chaco existió una densa trama de movimientos y contactos
interétnicos, pero que aún no es posible acreditar la presencia de chiriguanos
en los actuales territorios de Salta y Jujuy para el siglo XVI, debido a la impre-
cisión de las referencias históricas (Bossert 2008:173).
Se plantean complejas dinámicas poblacionales también para otros espa-
cios fronterizos cercanos. En este sentido, para el caso de Saipuru ubicado en
el Chaco boliviano (departamento Santa Cruz) no existirían referencias sobre
escenarios de confrontación entre los incas y los chiriguanos, implicando que
los modos de relacionamiento de los incas con los grupos locales no condicen
con el concepto tradicional de “frontera” (Combés 2009).Para el área de Cuz-
cotuyo, en las márgenes de la frontera oriental incaica de la actual Bolivia, Al-
conini (2009) señala que esta franja habría estado ocupada por grupos tropi-
cales seminómades de distintas tradiciones culturales, entre ellos “chiriguanos
antiguos” para diferenciarlos de los “chiriguanos guaraníes” más recientes.
Alconini plantea que, al intensificarse la dominación incaica en la zona, se
observa un incremento de las cerámicas con tiesto molido y con decoración
unguiculada, ello se explicaría por la incorporación de chiriguanos-guaraníes
en las celebraciones esponsoreadas por el Estado o bien porque los chirigua-
nos que estaban en la frontera misma no eran una amenaza, a diferencia de
aquéllos que se encontraban más alejados, siendo aliados de los incas.
Nuevamente queda en evidencia el escaso conocimiento que tenemos de
los grupos que habitaron las áreas de transición o “de frontera” hacia el Chaco
-conocidos principalmente como ocloyas, churumatas, ossas, chuis y paypayas-
así como la dificultad en atribuir ciertas características de la cerámica a estas
etnias, si es que dichos correlatos son válidos. El antiplástico de tiesto molido,
los corrugados, las hileras de incisiones punteadas encerradas en líneas en
zigzag, los unguiculados y las improntas de cordelería o de hilos retorcidos
remiten a estas áreas orientales, que también de manera genérica denomina-
mos de “tradición chaqueña”. La presencia de dichas alfarerías en el Cucho
de Ocloyas y también en Santa Bárbara, según las descripciones de Madrazo,
quizás reflejen algunas de las alternativas planteadas desde la historia, ya sea
que se trate de pueblos chaqueños del Piedemonte con quienes los incas es-
tablecieron algunas relaciones de vasallaje (Lorandi 1992) o de mitimaes ins-
154 María Beatriz Cremonte

talados en la frontera oriental, vinculados algunos de ellos con grupos del sur
de Bolivia (Sica 2006). Lo cierto es que el sector centro sur de la quebrada de
Humahuaca presenta ciertas idiosincrasias en la manufactura cerámica y una
mayor popularidad de vasijas corrugadas e incisas (Angosto Chico Inciso) de
producción local o provenientes del oriente, reflejando procesos de interac-
ción y mestizaje entre pobladores del Tumbaya y de las Yungas, que parecen
haber sido muy intensos en los momentos tardíos del incaico.

AGRADECIMIENTOS

Este estudio se realizó en el marco de los proyectos ANPCYT PICT 01538 y


0649, PIP-CONICET 0060 y SECTER (UNJu) C-194. Agradezco a Catriel Gre-
co la calibración de las dataciones radiocarbónicas y a Gabriela Sica la trans-
cripción del párrafo que se incluye en el texto tomado del Pleito por tierras
en Huacalera del Archivo de Tribunales de Jujuy.

BIBLIOGRAFIA

Alconini, S.
2009. La frontera inka y los grupos guaraní-chiriguanos al este del Chaco boliviano:
perspectivas arqueológicas y etnohistóricas. En J. R. Topic (ed.), La Arqueología y
la Etnohistoria, un encuentro andino: 203-242. Perú, IEP – IAR.

Anschuetz, K. F., R. H. Wilshusen y C. L. Scheick


2001. An archaeology of landscapes: perspectives and directions. Journal of
archaeological research 9(2): 157-211.

Berenguer, J., C. Sanhueza T. e I. Cáceres R.


2011. Diagonales incaicas, interacción interregional y dominación en el Altiplano
de Tarapacá. En L. Núñez A. y A. Nielsen (eds.), En Ruta. Arqueología, Historia
y Etnografía del Tráfico Sur Andino: 247-284. Córdoba, Encuentro Grupo Editor.

Bossert, F.
2008. Los Chiriguano y el Tucumán colonial: una vieja polémica. Revista Andina
47: 151-184.

Bray, T.
1993. Los Incas en el norte de Ecuador. Estrategias de incorporación y control en
la frontera imperial. MARKA Memoria 3: 167-187. Quito.

Cabrera, A.
1976. Regiones Fitogeográficas de la Argentina. Enciclopedia Argentina de Agricultura
y Jardinería: 1-85. Buenos Aires, ACME S.A.C.I.
Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales de Jujuy 155

Combès, I.
2009. Saypurú: el misterio de la mina perdida, del Inca chiriguano y del dios
mestizo. Revista Andina, 48, 185-224.

Cremonte, M. B.
2007. Aspectos económicos, políticos e ideológicos con relación a la ocupación
Inka en los valles meridionales de Jujuy, Argentina. En V. Williams, B. Ventura, A.
Callegari y H. Yacobacio (eds.), Sociedades Precolombinas Surandinas: Temporalidad,
Interacción y Dinámica Cultural del NOA en el ámbito de los Andes Centro-Sur: 109-124.
Buenos Aires, Artes Gráficas Buschi.

Cremonte, M. B. y M. Garay de Fumagalli


1998. El enclave de Volcán en las vinculaciones transversales de la región meridional
del Valle de Humahuaca. En T. Bray y F. Cárdenas Arroyo (eds.), Intercambio y
comercio entre Costa, Andes y Selva. Arqueología y Etnohistoria de Suramérica: 297-319.
Bogotá, Universidad de los Andes.
1999. El Pucara de Volcán en el sur de la Quebrada de Humahuaca ¿Un
asentamiento eje en las relaciones entre las Yungas y las Tierras Altas? (Provincia
de Jujuy, Argentina). Estudios Atacameños 14: 159-172.

Cremonte, M. B., M. Garay de Fumagalli y G. Sica


2005. La Frontera Oriental al Sur de la Quebrada de Humahuaca. Un espacio
Conectivo. Mundo de Antes 4: 51-66.

Cremonte, M. B. y M. S. Gheggi
2012. Espacio, rituales y cultura material en un sitio arqueológico Humahuaca-Inca
(Quebrada de Humahuaca, Jujuy, Argentina). Revista Española de Antropología
Americana 42(1): 9-27.

Cremonte, M. B. y G. Nieva
2003. Registro y clasificación de las cerámicas del Basurero Tum1 B3 del Pucara de
Volcán. Cuadernos FHyCS-UNJu 20: 373-391.

Cremonte, M. B., S. Peralta y A. Scaro


2008. Esquina de Huajra (Tum 10, Dto. Tumbaya, Jujuy). Avances en el conocimiento
de una instalación Humahuaca Inca y su integración en la historia prehispánica
regional. Cuadernos del INAPL 21 (2006-2007): 27-38.
2010. Primera prospección arqueológica en un camino hacia y desde las Yungas
(Dto. Tumbaya, Jujuy). Pacarina 6: 81-90.

Cremonte, M. B. y A. Scaro
2010. Consumo de vasijas cerámicas en un contexto público del Pucara de Volcán
(Dto. Tumbaya, Jujuy). Revista del Museo de Arqueología y Etnología. MAE 20: 147-
161.

Cremonte, M. B. y V. Williams
2007. La construcción social del paisaje durante la dominación Inka en el Noroeste
Argentino. En A. Nielsen, C. Rivolta, V. Seldes, M. Vázquez y P. Mercolli (comp.),
156 María Beatriz Cremonte

Procesos Sociales prehispánicos en el surandino. La vivienda, la comunidad y el territorio,


Tomo 1: 207-236. Córdoba, Colección Historia Social Precolombina, Editorial
Brujas.

Cruz, P.
2010. Monte adentro: Aproximaciones sobre la ocupación prehispánica de la
serranía de Calilegua (prov. de Jujuy). Intersecciones en antropología 11(1): 129-144.

Dougherty, B. y E. Zagaglia
1982. Problemas generales de la arqueología del Chaco Occidental. Revista del
Museo de La Plata, Nueva Serie. Tomo VII, Antropología 2: 107-110.

Fock, N.
1961. Inca Imperialism in North-West Argentina and Chaco Burial Forms. Apartado
de Folk 3: 67-90. Copenhagen.

Garay de Fumagalli, A. M.
1998. El pucara de Volcán, historia ocupacional y patrón de instalación. En M. B.
Cremonte (comp.), Los Desarrollos Locales y sus Territorios. San Salvador de Jujuy:
131-150. San Salvador de Jujuy, EdiUnju.
1999. Del Formativo al Inkaico, los valles orientales de Jujuy en los procesos de
interacción macroregionales. En M. B. Ortiz y B. Ventura (eds.), La mitad verde
del mundo andino: 229-260. San Salvador de Jujuy, EdiUnju.

Garay de Fumagalli, M. y M. B. Cremonte


1997. Correlación cronológica del yacimiento de Volcán con sitios de los Valles
Orientales (Sector meridional-Quebrada de Humahuaca). Revista Avances en
Arqueología 3:191-212. Tilcara.

Garay de Fumagalli, A. M., L. Laguna, F. Castellanos y A. Villaroel


2007. Nuevas investigaciones en la cuenca superior del río Ledesma-Jujuy-
Argentina. Actas del XVI Congreso Nacional de Arqueología Argentina Tomo III: 111-
116. San Salvador de Jujuy.

Gatto, S.
1946. Exploraciones arqueológicas en el Pucara de Volcán. La Plata, Revista del Museo de
La Plata, Nueva Serie, Sección Antropología IV, Nº18.

González, A. R.
1977. Arte Precolombino de la Argentina. Buenos Aires, Filmediciones Valero.

Greco, C.
2014. Pottery and Chronology. Bayesian Statistics applied to south-central Quebrada
de Humahuaca sites. En A. Scaro, C. Otero y M. B. Cremonte (eds.), Pre Inka and
Inka Pottery, Quebrada de Humahuaca, Argentina: 169-188. Berlin, Springer.

Ingold, T.
1993. The Temporality of the Landscape. World Archaelogy 25: 152-174.
Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales de Jujuy 157

Lorandi, A. M
1992. El mestizaje interétnico en el noroeste argentino. Senri ethnological studies 33:
133-166.

Madrazo, G.
1973. El yacimiento arqueológico de Santa Bárbara (Dto. de Valle Grande, Pcia de
Jujuy). Investigación en un área de transición ambiental. Informe presentado al
CONICET. Ms.

Mendonça, O. J., M. A Bordach y M.V. Grosso


2003. Ocupación territorial e intercambio en el periodo hispanoindígena: Estudio
comparado de dos cementerios: RCh 21 (Catamarca) y SJ Til 43 (Jujuy).
Cuadernos de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, UNJu 20: 221-237.

Nielsen, A.
1989. La ocupación indígena del territorio Humahuaca oriental, durante los
periodos de Desarrollos Regionales e Inka. Tesis Doctoral inédita, Facultad de
Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Córdoba.
2001. Evolución Social en Quebrada de Humahuaca (AD 700-1536). En E.
Berberián y A. Nielsen (eds.), Historia Argentina Prehispánica Tomo 1: 171-264.
Córdoba, Editorial Brujas.

Oliveto, L. G. y B. Ventura
2009. Dinámicas poblacionales de los Valles Orientales del sur de Bolivia y norte
de Argentina, siglos XV-XVII. Aportes Etnohistóricos y Arqueológicos. Población
y Sociedad 16: 119-150.

Parodi, R. L.
1934. Las plantas indígenas no alimenticias cultivadas en la Argentina. Revista
Argentina de Agronomía 1(3): 165-212. Buenos Aires.

Pärssinen, M., A. Siiriäinen y A. Korpisaari


2003. Fortification related to the Inca Expansion. En M. Pärssinen y A. Korpisaari
(eds.), Western Amazonia – Amazônia Occidental. Multidisciplinary Studies on Ancient
Expansionistic Movements, Fortifications and Sedentary Life: 29-72. Helsinki, Renvall
Institute for Areal and Cultural Studies.

Pease, F.
1989. Del Tawantinsuyu a la historia del Perú. Perú, Pontificia Universidad Católica
del Perú, Fondo Editorial.

Raffino, R. A.
1993. INKA. Arqueología, Historia y Urbanismo del Altiplano Andino. Buenos Aires,
Corregidor.

Saignes, T.
1985. Los Andes Orientales: Historia de un olvido. Cochabamba, IFEA-CERES.
158 María Beatriz Cremonte

Saignes, T., F. M. Renard-Casevitz y A. C. Taylor


1988. Al este de los andes. Relaciones Amazónicas y andinas entre los siglos XV y XVII.
Ecuador, Abya-yala, IFEA.

Salas, A.
1945. El Antigal de Ciénaga Grande (Quebrada de Humahuaca. Prov. de Jujuy).
Publicaciones del Museo Etnográfico de la Facultad de Filosofía y Letras V, Serie A: 7-266.

Scaro, A. y M. B. Cremonte
2012. La vajilla de servicio de Esquina de Huajra (Depto Tumbaya, Jujuy.
Argentina). Alternativas teóricas para interpretar su significación. Revista del
Museo de Antropología 5: 31-44.

Scaro, A.
2017. Hacia las tierras altas. Cerámica de la Tradición San Francisco en Tumbaya
(Quebrada de Humahuaca, Jujuy). En B. Ventura, G. Ortiz y M. B. Cremonte
(eds.), Arqueología de la vertiente oriental Surandina. Interacción macro-regional,
materialidades, economía y ritualidad. Buenos Aires, Sociedad Argentina de
Antropología. En este volumen.

Schejellerup, I. R.
1998. Aspects of the Inca Frontier in the Chachapoyas. Tawantinsuyu 5: 160-165.
Canberra.
2005. Inkas y españoles en la conquista de los chachapoya. Perú, IFEA.

Sica. G.
2006. Del Pucara al Pueblo de indios. El proceso de construcción de la sociedad
indígena colonial en Jujuy, Argentina. Siglo XVII. Tesis Doctoral inédita, Facultad
de Geografía e Historia, Universidad de Sevilla.

Sica, G. y M. Ulloa
2007. Jujuy en la Colonia. Desde la fundación de la ciudad a la crisis del orden
colonial. En A. Teruel y M. Lagos (dir.), Jujuy en la Historia. De la Colonia al Siglo
XX: 41-84. Jujuy, EdiUnju.

Suetta, J. M.
1969. Aportes a la arqueología de Volcán (Prov. de Jujuy). Antiquitas VIII: 1-6.

Ventura, B. N.
1994. Un verde horizonte de sucesos. En M. E. Albeck, (ed.), Taller de Costa a Selva.
Producción e intercambio entre los pueblos agroalfareros de los Andes Centro Sur: 301-325.
Tilcara, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.

Williams, V. y T. D’Altroy
1998. El sur del Tawantinsuyu: un dominio selectivamente intensivo. Tawantinsuyu
5: 170-178. Canberra.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad

DEBATE

CREMONTE

Cruz: Hay fuentes que están hablando de este particular momento de ten-
sión. Llevan a un planteo de repensar un poco lo que se llamó el contacto, los
periodos de contacto, incluso el inicio del Periodo Colonial como algo que
va a contrariar al periodo anterior, que es el Periodo Inca. Como yo lo estoy
viendo habría dos fases: el Periodo Inca I que va a durar hasta 1550 y después
de 1550 hasta 1572 donde están (los incas) en Vilcabamba, y las fuentes cuen-
tan cómo organizan una especie de cinturón de resistencia en la periferia
del Tawantinsuyo, particularmente en el sur. En 1564 Matienzo comienza a
obsesionarse con los pueblos, con las alianzas que estaban establecidas con
los calchaquíes, los jujuis e incluso con los chiriguanos, y es a partir de ese
momento que comienzan a intensificarse los ataques a poblados españoles. Es
decir, como que hay un auge, como que se levanta el incario en cierta forma,
aliados con los pueblos locales en diferentes regiones. De hecho, el término
Chiriguana, Chiriguanae tiene las primeras referencias para esa zona de Jujuy;
estamos hablando de tan temprano como 1534-1536, después se van a Chile
y en 1564 aparecen para la vertiente oriental andina, en tanto que ataques a
los españoles.

Cremonte: Llama la atención que Esquina de Huajra parece haber conti-


nuado más tiempo, mientras que Agua Hedionda parece haberse detenido,
como algo planificado y abandonado. Yo no sé si podemos hablar de chi-
riguanos para esta zona tan meridional, las referencias hablan de matacos
mataguayos.

Cruz: Chiriguanos que no son guaraníes.

Cremonte: Chiriguanos que no son guaraníes, que son anteriores, entiendo.

Nielsen: Entonces, ¿qué serían los chiriguanos?

Cremonte: No sé…

Cruz: Lo voy a presentar el jueves; en un comienzo se designa como chirigua-


no a los pueblos que están en Jujuy muy, muy temprano, asociado con la baja-
da de Almagro. Después chiriguano pasa a la región de Chile, recién en 1557
160 María Beatriz Cremonte

se empieza a hablar en el Paraguay de chiriguanaes guaraníes, pero es mucho


más tardío, tiene que ver con la construcción de la Chiriguanía, anterior al
término chiriguano que es del 1572. Una Chiriguanía en tanto de resistencia
hacia los españoles principalmente. El término que estaban utilizando los in-
cas para designar a los chiriguanos identificaba más que todo a esta región
de Jujuy, hablando con la tipificación que se le daba a los chiriguanos como
sociedades salvajes, caníbales, en todo caso no sedentarias, que los guaraníes
son agricultores, ¿no?

Cremonte: Sonia Alconini plantea para Charazani y su zona de trabajo que


está la imagen española de los chiriguanos usada para justificar el conflicto,
con una imagen de los chiriguanos tal vez muy agresiva, cuando, quizá -y en
momentos previos- había una serie de contactos que es lo que estamos viendo
nosotros con todos estos grupos del oriente.

Cruz: Hasta 1543 está la asociación en esta zona de Jujuy, o chili chiriguana o
chirinara y Chicoana, por eso te hablaba de Chicoana, es como algo que sur-
ge, son como 60 alusiones tempranas a este término chiriguano.

Cremonte: Yo lo agradezco muchísimo porque en el vacío que tenemos de


fuentes históricas..., vivimos torturando a los etnohistoriadores pidiéndoles
información. Que haya una referencia a Jujuy, a nosotros nos viene fantástico.

Williams: Me parece interesante la nueva información integradora para este


sector del este de la quebrada de Humahuaca, porque creo que realmente no
se puede hablar de procesos generales, sino de procesos locales que, en reali-
dad, son los más importantes. Pero hablando de esta circulación, intercambio,
movilidad entre tierras altas y tierras bajas, desde ayer estamos viendo una
serie de trabajos y posters donde Yungas, piedemontes y sectores orientales
habrían funcionado como proveedores de ciertos elementos o materiales que
están apareciendo en otros pisos, en otros ambientes. Entonces, me interesa
saber especialmente si esta zona era de tránsito, si era una zona de ocupa-
ción permanente, qué pasaba antes de la colonización incaica en estos sitios
de avanzada. Es decir, vos dijiste: “no hay sitios humahuaca”, por ejemplo,
haciendo alusión a que siempre se mira desde tierras altas a las tierras bajas;
entonces, posicionándose en las tierras bajas ¿Qué es lo que está pasando en
ese momento en ese lugar? Es decir, ¿es una zona de transición donde la gente
circula desde tierras altas a las tierras bajas? ¿Pero qué es lo que los habitantes
de las tierras bajas están llevando a las tierras altas? o, ¿de tierras altas a tierras
bajas?, ¿se entiende? Siempre se está hablando que las tierras bajas proveen
materias primas, ciertos estilos cerámicos, plumas, miel, madera, hacia tierras
altas pero, realmente, ¿qué es lo que está pasando en ese momento como para
entender estos circuitos de circulación que desde el Arcaico sabemos que es-
DEBATE de: Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales ... 161

tán presentes?¿Habría que pensarlo como lugar de tránsito o como lugar de


ocupación?, es decir, son grupos que están avanzando hacia las tierras altas o
son grupos que vienen de tierras bajas que están viviendo allí, gente que va
ocupando otros nichos. Haciendo alusión a lo que decía Pablo (Cruz), es cier-
to lo de Vilcabamba, en alguna forma son áreas con protagonismo durante
las resistencias incaicas tardías, aunque no lo sabemos muy bien por la falta
de datos históricos; ya que es cierto que en esta parte de los Andes se ha cons-
truido la arqueología incaica con datos históricos. Entonces, me parece que la
arqueología juega un papel fundamental para entender que está pasando en
las Yungas y piedemonte oriental y en el resto del Noroeste en este momento.
Tenemos que ver los procesos locales, a mí me preocupan estos momentos,
pero, más que nada, con respecto a las tierras bajas, ¿Cómo lo están tomando?

Cremonte: Bueno, te digo que ni siquiera estamos en las tierras bajas, es el


borde oriental.

Williams: Bueno...

Cremonte: Éste es el borde oriental de la quebrada de Humahuaca, el sector


de las Yungas. Yo creo que hay un problema de visibilidad arqueológica y hay
un problema de metodología porque nosotros, sobre todo Mercedes (Fuma-
galli), lo que ha visto en este bolsón de Yungas es que hay sitios del Formativo
y hay sitios de los Desarrollos Regionales. Yo me circunscribí al incaico pero
hay ocupación previa. Lo que podemos identificar es “lo Humahuaca”, que
es lo conocido, pero de los otros componentes… saltan esos fragmentos con
impronta de cordelería. Pero no hay preservación del registro y de otros ma-
teriales, lo único que nos va quedando es eso, entonces tampoco tenemos una
visión clara de cuál es la materialidad de estos grupos más orientales; segura-
mente era una franja poblada donde para el momento incaico se intensifica
y se visibiliza mejor la materialidad, pero eso, como vos decís, no quiere decir
que los contactos no sean continuados desde épocas previas. Hay una intensifi-
cación de la ocupación en el momento incaico. Ahora, si vos me preguntás en
el Pucara de Volcán qué encontramos de las tierras bajas, lamentablemente la
preservación es bajísima. Por ejemplo, no se preserva la madera, no podemos
saber si son maderas que han venido del oriente. Sabemos de la cosecha anti-
cipada del maíz, la “mishca” para ese borde oriental, pero cómo interactuaron,
no lo sé. Estoy tratando de explorar qué pasa con el Angosto Chico Inciso, el
corrugado y con las improntas de cordelería, porque no tenemos mucho más
para caracterizar a estos grupos más orientales. Es un problema de registro
arqueológico, aunque también seguramente metodológico.

Williams: Pero me parece importante integrar este factor y todo lo que van
encontrando, porque antes no se sabía absolutamente nada.
162 María Beatriz Cremonte

Cremonte: Claro, ahora sabemos un poquito.

Williams: Además, en el registro es interesante la presencia de metales.

Cremonte: Sí, Huajra tiene una presencia importante y también de todos es-
tos polvos de colores; minerales de cobre que tienen también un significado
simbólico en las tumbas, como se desprende de la lectura del libro de Gabrie-
la Siracusano sobre los colores; hasta un significado medicinal pueden tener
estos polvos de colores en las tumbas.

Williams: Y, ¿además del Cucho de Ocloyas, hay otros tipos de “guarniciones”


que se puedan mencionar?

Cremonte: Hasta ahora no. Lo más oriental es Pueblito Calilegua, es probable


que un poco más al este… son zonas muy difíciles.

Williams: No, pensando en la transmisión oral del refuerzo de la frontera


oriental por Wayna Capac.

Cremonte: El Cucho de Ocloya es pequeño, pero Mula Barranca ahora apa-


rece directamente conectado al Cucho de Ocloya, entonces no era nada más
que un puestito puesto ahí.

Williams: Y una de las piezas que encontraste en la Esquina de Huajra, creo


que era un aríbalo con banderines, es muy común en una colección de Cali-
legua que está en el Museo del Indio Americano (Washington D.C.). Según
los registros dice Calilegua, tiene muchísimos aríbalos idénticos unos de otros
con el mismo diseño.

Cremonte: ¿De Calilegua? Qué bueno, no sabía eso.

Asistente no identificado: ¿Dónde está eso?

Williams: En el Museo del Indio Americano. Dice Calilegua, el registro Calile-


gua, es impresionante la cantidad de material. Tengo fotos.

Ortiz: Verónica, ¿es la misma colección donde están las tabletas con el diseño
de una mujer con las piernas como abiertas?

Nielsen: Es una sola tableta.

Williams: Es de la década de 1920 la colección.


DEBATE de: Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales ... 163

Cremonte: (reviendo diapositivas de la cerámica de la ponencia) ¿Cuál decís


Verónica? ¿Por qué Agua Hedionda? ¿mostré esto acá?

Williams: Ésa (señalando una diapositiva).

Cremonte: Ah… pero ésta de arriba aparece en toda la quebrada de Huma-


huaca (haciendo referencia al motivo incaico local de un eje en negro sobre
rojo con banderines alternos).

Williams: Bueno, en la colección del Museo que dice „procedencia Calilegua“


es el único diseño que hay en los aríbalos.

Cremonte: Lo definió Krapovicas en 1958 como típicamente Humahuaca


Inca con el eje con banderines que se van alternados, tenemos en el Pucara
de Volcán, en Esquina de Huajra, en la quebrada de Humahuaca es súper
común… en San Andrés.

Nielsen: Parece ser Humahuaca.

Cremonte: Sí, es Humahuaca.

Nielsen: Incluso la configuración replica un poco al banderín policromo pre-


incaico, podría ser un buen elemento diagnóstico del Humahuaca Inca.

Cremonte: Claro, si eso es de Calilegua te está demostrando la importancia de


la quebrada de Humahuaca en la ocupación de esa zona oriental. También
hay cosas muy interesantes por esa zona de Calilegua.

Cruz: Hay fuentes, las cartas de Ledesma Valderrama, que están hablando
para estos momentos 1560-70 que se están refugiando cerca de Valle Grande,
ellos están hablando de un refugio asociado con la explotación de minerales.

Cremonte: Para nuestra zona nunca privilegiamos con Mercedes (Fumagalli)


ese dato de la minería y ahora creo que es importantísimo.

Albeck: A mí me hacen ruido esos fechados tan recientes… y que no haya


nada español, porque ya están los españoles en esa fecha.

Cremonte: Pero no están funcionando las haciendas en la zona sur de la que-


brada de Humahuaca, en 1630 empieza la primera hacienda en la zona de
Tumbaya.

Albeck: Ya sé, como hacienda instalada sí, pero están circulando…


164 María Beatriz Cremonte

Cremonte: Sí, sí, están circulando, pero no hay elementos, ahora se va hacer
otra campaña en Huajra. Hemos buscado con lupa y no aparece nada espa-
ñol, tampoco en el Cucho de Ocloyas, ni en Mula Barranca; hasta ahora no
tenemos, no está.

Albeck: Porque, ya están instalados en el Noroeste los españoles, ya están tra-


tando de llegar al Potosí por donde pueden, hay campañas que vienen de
Charcas… están circulando, que no haya nada simplemente me llama la aten-
ción.

Cremonte: Sí, a nosotros también nos hace ruido esta evidencia, de que no
aparezcan elementos españoles. Es un incaico esplendoroso, porque no es el
incaico que encuentra Osvaldo Mendonça en el cementerio de Tilcara, que
es claramente hispano-indígena. En Huajra tenemos un incaico realmente
muy bien elaborado, y muchas cerámicas de otros lados, de las tierras altas, es
muy diferente; por eso le preguntaba a Osvaldo (Mendonça) sobre los fecha-
dos del Cementerio de La Falda de Tilcara, porque sería lógico pensar que
Huajra es un poco más temprano que La Falda donde aparece el terciopelo,
batista y todo ese componente español tan importante y como en Esquina de
Huajra no aparece nada... Tenemos que continuar analizando las calibracio-
nes de los fechados e incluiremos el tratamiento mediante estadística bayesia-
na para tratar de ajustar las dataciones lo más posible, porque posiblemente
sean algo más tempranas de lo que parecen. [NOTA: las calibraciones de los
fechados radiocarbónicos aplicando estadística bayesiana que llevó a cabo Ca-
triel Greco con posterioridad a la presentación de esta ponencia permiten
sustentar como hipótesis que el rango de ocupación de Esquina de Huajra
queda incluido dentro de la fase regional Inca. De esta manera, los resultados
obtenidos justifican la ausencia de elementos españoles en el sitio (Greco, C.
2017. Statistical Analysis of Radiocarbon Datings from the center-south sector
of Quebrada de Humahuaca. En A. Scaro, C. Otero y M. B. Cremonte (eds),
Pre-Inca and Inca Pottery. Quebrada de Humahuaca. Berlín, Springer.)].

Jaimes Betancourt: ¿Esta confluencia de varios estilos cerámicos que presen-


taste junto con diferentes patrones funerarios, es un fenómeno que aparece
con la llegada inca a la región o ya en el Intermedio Tardío o Desarrollos Re-
gionales también ya se conocía esta región como un lugar donde, de alguna
manera, siempre confluían las diferentes influencias?

Cremonte: Los Pucos Bruñidos están desde el momento preincaico y el An-


gosto Chico también, pero lo que estamos viendo en Esquina de Huajra es
que hay mucha más cantidad de estilos cerámicos diferentes y de otros luga-
res. Durante los Desarrollos Regionales son menos significativos los materiales
que están viniendo de otras zonas, y no se encuentran contextos con tantas
DEBATE de: Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales ... 165

cosas de afuera; creo que es gente que no es de ahí, de Esquina de Huajra, sin
embargo (el sitio) es Humahuaca Inca, no podemos sacarle personalidad, es
Humahuaca.

Jaimes Betancourt: Y crees que será posible en algún momento durante las
excavaciones poder saber si justamente estos movimientos ocasionales corres-
ponden al primer Periodo Inca cuando se mueven poblaciones, o si se produ-
cen en una retirada o en una unión en un momento de la colonización.

Cremonte: Y… sí, con más investigaciones quizás sería posible establecer eso,
pero hasta ahora y por lo que hemos visto -porque en el Pucara de Volcán
hemos excavado basureros donde tenemos el momento anterior, previo al
incario, y no encontramos todo esto, es diferente lo de Huajra- podría ser
también que todo este traslado de gente o todo este sistema haya operado
en un momento no incaico inicial, sino un poco después, eso también, hay
que ver que está pasando en otros sitios de la quebrada de Humahuaca en
ese momento.

Jaimes Betancourt: Porque, si no me equivoco, Sonia Alconini cuando hizo


lo de la frontera ella encontró un patrón de asentamiento bastante homogé-
neo con el del Intermedio Tardío, y luego empezó a encontrar también Inca
Pacajes…

Cremonte: El Pucara de Volcán parece haber sido realmente ampliado signi-


ficativamente durante el incaico aunque ya era un sitio que estaba de antes,
eso es claro, y el patrón de (recintos con) ángulos redondeados se escapa de
lo que aparece más al norte. Ahora también Clarisa Otero me estaba diciendo
que en el Pucara de Tilcara lo que se está manifestando, en su gran mayoría,
es del momento incaico. Entonces, realmente tiene mucho de la materialidad
que llega con el traslado de gente, ¿no? Nosotros hasta ahora lo que tenemos
detectado es la cerámica Yavi-Chicha y algunos Inca Pacajes que quiero ver
de dónde vendrían, si hay locales; hasta ahora todas las pastas de Bolivia son
muy homogéneas, aunque me cuesta muchísimo juntar una muestra de Inca
Pacajes en el NOA; pero hay muchísima más diversidad de pastas en el NOA
de lo que uno ve en Bolivia. Todavía no sabemos qué está pasando, ¿Se habría
hecho en el NOA también?

Lamenza: Beatriz, dos cosas nomás, no sé cuándo le habías preguntado a Ho-


racio (Calandra) de las cordelerías pero actualmente eso aparece en todo el
Chaco.

Cremonte: Sí, claro.


166 María Beatriz Cremonte

Lamenza: Esa cordelería es de todo el Chaco, diferenciándose en dos grandes


estilos puede ser que corresponda esto al segundo estilo, lo que vi. Aparece
hasta en el Alto Paraguay, eso es de la distribución que hablaba Susnik de los
arawak que lo llevaban a los mbayácaduveos, fechada en los mil años.

Cremonte: Yo todo lo que pude leer, todo, todo, concuerda en que es chaque-
ño, es tradición chaqueña, ahora quiénes eran estas personas tendrían que…

Lamenza: ¿Tenés algo hecho con improntas para ver si es de fibra o de lana
la impronta?

Cremonte: Aparentemente, es de fibra.

Lamenza: Sí, eso es característico de la chaqueña, hay variaciones regionales.

Cremonte: Eso sería fantástico, dos fragmentos pequeñísimos de piezas pe-


queñas tipo pucos, que fueron manufacturados ahí en la zona, no han venido
del Chaco central, son como grupos subandinos más o menos andinizados
de tradición chaqueña, eso también ¿no? son grupos que se mueven mucho.

Lamenza: No, justamente lo que pasa es que la cordelería aparece en todo el


Chaco... en el sur del Chaco, en Formosa, en la zona ribereña... y tiene varia-
ción regional y que por ahí… variación cronológica… y el otro tema del co-
rrugado, que justamente es una de las grandes características del Chaco, pero
no es así, éste es el corrugado más parecido a todo lo que sería el sur andino,
que aparece hasta el Ecuador toda esa área, no es el corrugado guaraní.

Cremonte: Hemos comparado con corrugados de la zona chaqueña central,


de la zona de Formosa y no son los mismos corrugados.

Lamenza: No es lo guaraní, no es chaqueño, este corrugado para mí es sur


andino apuntando para arriba y la cordelería…

Cremonte: Cuando fui al Taller Inca en Bolivia llevé todo para mostrar, pero
nadie mostraba corrugados, nadie tenía nada parecido de lo que yo había lle-
vado. También a David Pereira le pregunté dónde estaban los corrugados en
la zona oriental, pero me dijo que no tenían.

Lamenza: Hay uno igual en Arellano López, en Ecuador, exactamente igual.


De todos modos, este corrugado aparece un poco más temprano en esta zona.

Oliszewski: Yo me quedé pensando en las collcas de Agua Hedionda y me sur-


gen un montón de preguntas, si todas las collcas fueron contemporáneas, si
DEBATE de: Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales ... 167

estaban todas juntas, la relación con otros sitios más bajos, con las del Campo
del Pucara...

Cremonte: En cuanto a las formas y a la construcción de las collcas, en general


no podés diferenciar muchas de las habitaciones circulares, y estas habitacio-
nes circulares están también en el Campo del Pucara. Las que excavó Niels
Fock estaban llenas de material incaico. Bueno, esta gente, ¿quiénes eran?
Hay datos históricos de los ocloyas, probablemente es gente que no sea de esta
zona meridional que tenían este patrón de viviendas circulares y, tal vez, ellos
fueron los que construyeron las collcas.

Oliszewski: Otra cosa es dónde era la zona de cultivo.

Cremonte: No hay andenería.

Oliszewski: Pero si son de zona baja, no hace falta.

Cremonte: Pero estos valles son muy fértiles. Parece haber sido una zona apa-
rentemente vacía, ocupada por los incas con la intención de intensificar la
agricultura en la región, como una prolongación de lo del Campo del Pucara
en el valle de Lerma.

Oliszewski: Ese término de intensificación, me parece que lo tenemos que


pensar entre todos, lo hemos charlado un poco con Marcos (Quesada) por
e-mail, que está relacionado con lo que decía, con lo metodológico. Muchas
veces las evidencias para momentos más tardíos son mayores, entonces tam-
bién tenemos que revisar el termino de intensificación. Estaría buenísimo po-
der encontrar fitolitos… ojalá haya.

Cremonte: Eso es algo que estaba previsto en el cronograma de la tesis doc-


toral de Sebastián Peralta. Creo que empezaremos a encarar el tema. Es que
tuve una pésima experiencia porque mandé a analizar los sedimentos de las
collcas para estudios macro vegetales y me dijeron que no había nada, y era
todo el sedimento de las collcas que habíamos excavado, entonces hay que
excavar más collcas o directamente ir a las pastas cerámicas para buscar almi-
dones o fitolitos.

Gordillo: Evidentemente no conozco a fondo la problemática del área y del


periodo, pero vos mostraste una serie de tumbas, no recuerdo bien en qué
sitio era.

Cremonte: En Huajra, no las mostré.


168 María Beatriz Cremonte

Gordillo: ¿Hay algo estudiado de bioantropología?

Cremonte: Toda la parte de bioantropología la hizo Soledad Gheggi, ella vino


aquí, no sacamos un hueso humano de la provincia; está todo determinado.
Es la tesis de licenciatura de Soledad Gheggi donde ha visto también patolo-
gías, que no hay muchas, deformaciones, y se han realizado fechados, forman
parte de su tesis doctoral. Lo que queríamos hacer con Soledad es estroncio,
para ver realmente esta población si es local o no, pero es dificilísimo saber
dónde enviar las muestras y es muy caro. Tampoco tenemos con qué compa-
rar estos datos de estroncio, no hay datos para la Puna, yo quisiera comparar
con las tierras altas para poder determinar sobre todo si la mujer y algunos
individuos eran o no locales.

Gordillo: Y, claro, la idea es usar todo esto que estás planteando con alguien…

Cremonte: Pero, probablemente, podamos hacer ADN y nos dé buenos resul-


tados; eso por ahí lo podemos encarar ahora con Soledad (Gheggi).

López Campeny: Yo quería hacer una pregunta bien puntual, es sobre el sitio
Esquina de Huajra, que mostraste que había un hallazgo de torteros, o por lo
menos estaban en las fotos, la pregunta es bien puntual, los contextos donde
los habían recuperado, en urnas funerarias…

Cremonte: Bueno, es un torterito de un fragmento reutilizado Humahuaca


con reticulado negro sobre rojo y el vasito con la marca de uso, apareció en el
piso del área doméstica (Terraza 1), asociado a instrumentos de moliendas y
fogones, sin ninguna otra asociación directa con algún otro elemento vincu-
lado a la textileria. Apareció solito. Hay otros vasitos ¿No es cierto, Agustina?
(Scaro)

Scaro: Hay otro vasito partido en la Terraza 1.

Cremonte: También de contexto doméstico, un área aparentemente en la


parte externa de una vivienda, pareciera ser un patio externo de la vivienda
donde se encontró todo eso, las estructuras de combustión, esas evidencias
de textilería, de molienda y no mucho más, salvo muchísima cerámica, toda
incaica.

López Campeny: Como utilizó el término vasito hilandero me imaginé…

Cremonte: Pero es un término de la Puna el vasito hilandero.

López Campeny: Pero en otra parte de la Puna...


DEBATE de: Materialidades tardías de la dominación incaica en áreas meridionales ... 169

Cremonte: Sí, es un vasito ordinario de paredes divergentes rectas, bajito, de


una manufactura muy rápida y tenés claramente la marca del huso, como
queda el agujerito por la rotación del huso.

López Campeny: Dentro del vasito.

Cremonte: Sí, dentro del vasito.

Albeck: En la Puna, perdón, son sumamente frecuentes, muy, muy frecuen-


tes, son muy frecuentes como ofrendas en tumbas, en excavaciones hay can-
tidades, pero bueno, la Puna fue y es una zona muy importante en cuanto a
tejidos.

López Campeny: Sí, pero esa práctica también se da en otras áreas, el hecho
de hilar, el pastoreo…

Cremonte: Sí, aquí también están las pastoras hilando.

Ventura: Quería preguntarte, ya que me parece importante el tema, que hagas


una sistematización del Angosto Chico Inciso, porque creo que es muy nece-
sario y después también decirte que los corrugados, por lo menos del lado sal-
teño, no están, aparecen corrugados, pero más asociados a lo chiriguano en el
borde con Bolivia. Pero en la zona de San Andrés hay Angosto Chico Inciso,
pero no corrugado y menos los corrugados que vos mostraste y la proporción
de Angosto Chico Inciso es más o menos similar a lo que es en quebrada de
Humahuaca y Puna, o sea, que son cosas que están entrando ahí.

Cremonte: Pero es menor la cantidad de Angosto Chico Inciso que…

Ventura: No, para la quebrada de Humahuaca no…

Cremonte: Que en el Pucara de Volcán, o lo que vio Marta Otonello…

Ventura: Ah… no, yo estoy diciendo en San Andrés, en esa zona, las propor-
ciones son más o menos similares. No hay mucho, todo el Angosto Chico
Inciso no parece provenir de ahí, tal vez, de más del sur, de los valles de Jujuy,
del este de Jujuy.

Cremonte: Tengo el dato de ese sitio inédito de Madrazo, de 1973 ¿Te acordás
Mariette (Albeck)?, de Santa Bárbara, ahí en Valle Grande, he querido conec-
tarme con el museo de Olavarría para ir a ver las colecciones porque Madrazo
dice que hay muchísimo Angosto Chico; que casi toda la cerámica que apare-
ce es Angosto Chico, entonces realmente está en la zona de Valle Grande y un
170 María Beatriz Cremonte

poco más al sur donde aparece la mayor cantidad, no que aparecen dos o tres
fragmentos, sino hablando ya de una presencia importante y de la variación
de forma y de las incisiones.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad • 171-204

LA OCUPACIÓN INCA EN LOS VALLES ORIENTALES


DEL NORTE DE SALTA (ARGENTINA)

Beatriz N. Ventura*

INTRODUCCIÓN

El Tawantinsuyu debió acceder a nuevas tierras, a mayores recursos y a au-


mentar la mano de obra para sostener los requerimientos de un sistema en rá-
pida expansión. Para lograrlo ocupó territorios que se extendieron a lo largo
de más de 4.000 km y que abarcaron todos los ambientes ubicados a ambos la-
dos de los Andes. Sus conquistas le proporcionaron el acceso al trabajo de mi-
llones de personas, a grandes extensiones de explotaciones agrícolas y gana-
deras y a la riqueza mineral de los territorios dominados (D‘Altroy 2003:314).
Los recursos provenientes de los bosques, selvas y llanuras orientales tuvie-
ron un alto valor, tanto económico como simbólico para el Estado Inca. Entre
ellos, la coca y otros cultivos en bosques y selvas, así como frutos, plumas,
maderas duras, miel, pieles de ciertas especies animales de selva, plantas tintó-
reas, medicinales y psicoactivas se cuentan entre los muchos recursos que los
incas obtuvieron de esos ambientes.
La mayor demanda de artículos suntuarios, así como el control sobre deter-
minados bienes por parte del Tawantinsuyu dieron origen a zonas especializa-
das de producción que respondieron a los requerimientos del poder central.
Entre ellos, los metales preciosos de estas zonas atrajeron la presencia inca y,
en algunos casos, modificaron las previas ocupaciones de estos territorios con
la implementación del sistema de mitmaqkuna, trasladando poblaciones pro-
venientes de distintas regiones del Imperio. Posteriormente, estos ambientes
de Bosques de Montaña sirvieron de refugio y resistencia a los últimos repre-
sentantes del Inca en diversos sectores del Tawantinsuyu (Lozano [1733] 1941;
Kaupp y Fernández Carrasco 2010).
Ubicada al este de los Andes se eleva la Cordillera Oriental -también llama-
da Real o Central- con alturas sobre los 6.000 msnm, que desde Perú atraviesa
Bolivia y el noroeste argentino (Turner y Mon 1979). En sus laderas orientales

*
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) - Instituto de
Arqueología, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.
beatrizventura2006@yahoo.com.ar
172 Beatriz N. Ventura

se extiende un territorio de valles húmedos, bosques y selvas que formaron


parte de la frontera oriental del Estado Inca.
El caso que aquí presentamos corresponde a los valles que se ubican al este
de la Cordillera Oriental, en el norte de Argentina, conformando una franja
o corredor con los valles orientales de Tarija (Bolivia) (Figura 1). En esta sec-
ción de la Cordillera Oriental las serranías de Zenta y Santa Victoria marcan el
límite entre las actuales provincias de Jujuy y Salta. Ubicados al oriente de estas
serranías los valles del norte de Salta han sido considerados, tanto desde la his-
toria como desde la arqueología como un sector de la frontera sur-oriental del
Tawantinsuyu (Lorandi 1980; González 1982; Raffino et al. 1986; Sánchez y Sica
1990; Raffino 1993a), caracterizándose en esos momentos por la conflictividad
de sus poblaciones, por la movilidad, la dispersión y la multietnicidad propias
de la política incaica en el control de sus fronteras (Oliveto y Ventura 2009).
Según el registro histórico la ocupación inca en estos valles orientales tuvo
tres objetivos, la producción agrícola, la explotación minero-metalúrgica y
la defensa del territorio fronterizo de los ataques de los grupos chiriguanos
y mataguayos. Para cumplir con dichos fines el Inca re-localizó allí diversas
poblaciones provenientes de otros sectores del Tawantinsuyu (Lozano [1733]
1941; Salas 1945; González 1982; Sánchez y Sica 1990; Iacona y Raffino 1993).
Hasta el momento, sobre la base del registro arqueológico se ha identifica-
do a las poblaciones que habitaron los valles ubicados al oriente de las serra-
nías de Santa Victoria como productores agrícolas (Márquez Miranda 1939,
1941; Raffino et al. 1986; Raffino 1993a). Las extensas obras de andenería que
se han construido en las laderas de los cerros y en algunos asentamientos, así
como los recintos de almacenamiento (collcas) y el abundante material lítico
relacionado con esas tareas ha sostenido esta propuesta.
Desde hace unos años y, a partir del análisis del registro arqueológico, del
estudio de documentación y cartografía histórica y de la geología de la zona,
hemos considerado una nueva propuesta en relación a los objetivos incaicos
en un sector de estos valles. Proponemos que los incas ocuparon un sector
del oriente de las serranías de Santa Victoria, en el norte de Salta, con fines
mineros-metalúrgicos y que la re-localización de poblaciones y el desarrollo
agrícola se debieron a esos requerimientos (Ventura y Scambato 2010; Ventu-
ra 2013; Ventura y Oliveto 2014).
Proponemos que al ocupar estas serranías y los valles aledaños el Inca re-or-
ganizó el espacio, primeramente, al reasentar allí nuevas poblaciones que de-
sarrollaron tareas minero-metalúrgica y agrícolas y que administraron esas
producciones. Seguramente, se llevó a cabo también ganadería de camélidos
en los sectores altos y cultivo y recolección en los bosques y selvas cercanos. A
fin de consolidar esta conquista, el Inca implementó también la dominación
simbólica de los nuevos espacios y poblaciones. El objetivo de este trabajo es
comenzar a entender el uso del espacio de los valles de Nazareno, Bacoya e
Iruya por parte del incario.
La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 173

Los valles y serranías del „más remoto noroeste argentino“

Este trabajo se centra en el estudio de los valles de Nazareno, Bacoya e


Iruya (departamentos de Santa Victoria e Iruya, Salta) localizados al oriente
de las serranías de Santa Victoria en el ambiente de Pastizales de Neblina. Ubi-
cados en el límite superior de las Yungas (3.000 msnm), estos valles se hallan
relacionados fuertemente con los ambientes puneños por sobre esa altura
hacia el oeste y con los Bosques y Selvas Montanas hacia el oriente (Figura 1).

Figura 1. Mapa de los valles orientales del norte de Salta.


En el recuadro: el área bajo estudio.
174 Beatriz N. Ventura

El valle de Nazareno corre de norte a sur, encajonado entre serranías. El


valle del río Bacoya, cuyas aguas nacen en las altas cumbres de la serranía de
Santa Victoria y desemboca en el río Nazareno es una vía de comunicación
con la Puna jujeña. El río Iruya, que proviene de las serranías de Zenta, trans-
curre por todos los ambientes de la región desembocando, originalmente, en
el río Zenta- San Andrés en la Selva oranense1.
Las serranías de Santa Victoria presentan variedad de yacimientos metalí-
feros, con mineralizaciones de plomo-plata-cinc, cobre, hierro y oro (Argaña-
raz y Castillo 1999). También, en el norte de la región se presentan placeres
auríferos. Turner (1964) informa de antiguos trabajos mineros en una veta
de oro en el Cerro Blanco. Se han señalado más de cuarenta manifestaciones
de mineral de plomo en el distrito de Santa Victoria (Rubiolo 2003). La gale-
na está, por lo general, acompañada por mineral argentífero (Turner 1964).
Entre Poscaya, Tuc Tuca y Cerro Abra Llana se conocen numerosas manifes-
taciones de galena (ladera noroeste del Cerro Fundición) y también en Santa
Victoria y Hornillos hay zinc, plomo y plata (Méndez et al. 1979). Al sur de
Santa Victoria, al este del cerro Chalhualmayoc se destaca la presencia de una
importante mina de mineral de níquel (Mina La Niquelina), a 4.500 msnm
(Turner 1964).
Más abajo, los valles de Nazareno, Iruya y Bacoya son particularmente aptos
para la agricultura, ya que reciben humedad a través de las nubes que trans-
portan los vientos desde el oriente, que al ser frenados por la barrera de las
serranías se condensan y descargan allí su humedad, por lo cual este ambiente
recibe el nombre de Pastizales de Neblina (Brown y Grau 1993). El sector de
los valles orientales analizados aquí corresponde a una superficie aproximada
de unos 75 km de norte a sur y unos 35 km de oeste a este (Figura 2).

ANTECEDENTES DE LA PRESENCIA INCAICA EN LOS VALLES


ORIENTALES

A pesar de las investigaciones arqueológicas llevadas a cabo en la década


de 1930 por Salvador Debenedetti, Eduardo Casanova (1933-35) y Fernando
Márquez Miranda (1939), estos valles orientales permanecieron sin ser es-
tudiados por largos años y los materiales provenientes de los diversos sitios
excavados nunca fueron analizados, mostrando el poco interés que esta zona
presentaba para los arqueólogos del Noroeste argentino (NOA), ya que era
considerada un área marginal.
Los tres investigadores mencionados reconocieron la impronta cusqueña
en los extensos andenes de cultivo que presentaban las laderas de los cerros
de estos valles y en las construcciones con piedra canteada en algunos de los
asentamientos. También ciertos materiales, claramente incaicos, indicaron la
posible cronología de esos sitios (Debenedetti y Casanova 1933-35; Márquez
La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 175

Figura 2. Valles de los ríos Nazareno, Bacoya e Iruya con sitios


mencionados en el texto.
176 Beatriz N. Ventura

Miranda 1937, 1939). Casanova (1930) tras su ascensión al Cerro Morado con-
sideró que la construcción del sitio que se alza en su cima se llevó a cabo con
fines religiosos, reconociendo en su excavación vasos incaicos y fragmentos
de piezas de oro y plata. Ya se consideraba la presencia inca en algunos de los
sitios trabajados.
Después de sus cuatro viajes a esta zona, a la que denominará como el “más
remoto noroeste argentino”, Márquez Miranda (1937, 1939, 1941) propondrá
una visión regional de la arqueología de estos valles, indicando las diferencias
constructivas entre sus asentamientos y los de la quebrada de Humahuaca y la
Puna jujeña. Destacó que en estos valles orientales los poblados eran de me-
nor tamaño que en las regiones vecinas y que los recintos habitacionales que
los conformaban eran grandes estructuras circulares-elípticas de entre 4 y 7,50
m de diámetro, a diferencia de las rectangulares o cuadrangulares registradas
en las otras regiones del NOA.
Posteriormente, Bennett (1948) estableció, sobre la base de los materiales
recuperados en esas expediciones, una cronología tardía e inca que llamó
“Complejo Iruya”. Durante largos años estos valles fueron olvidados por la
arqueología. Recién en la década de 1980 Raffino y colaboradores (1986)
llevaron a cabo una prospección en un sector del valle de Iruya, estableciendo
una adscripción inca a los sitios de Titiconte, Arcayo y Zapallar (Figura 2).
Consideraron a Titiconte como un centro administrativo, con estructuras de
almacenamiento y andenería agrícola (Raffino et al. 1991).
Nuestras prospecciones en el valle de Nazareno en 1982 y 1993 también
registraron la notable andenería agrícola y las estructuras de almacenamiento
en las laderas de los cerros y la típica construcción de grandes recintos circu-
lares-elípticos en los asentamientos residenciales. Los valles de Iruya, Bacoya y
Nazareno fueron seleccionados como el sector a muestrear en nuestro análisis
regional correspondiente al ambiente de Pastizales de Neblina para la tesis
doctoral (Ventura 1999). Posteriormente, comenzamos a estudiar los materia-
les de las viejas expediciones a fin de caracterizar el registro arqueológico de
estos valles en relación a los sitios de los que éstos provienen y a los contextos
de los que fueron extraídos (Granda 2010; Ventura y Scambato 2010; Ventura
2013).

La muestra analizada

El registro arqueológico analizado corresponde principalmente a los ma-


teriales exhumados en diversos sitios de estos valles por Márquez Miranda
(1934, 1937, 1939, 1941) entre los años 1933 y 1938, cuya colección deposi-
tada en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata (MCN-LP), nos hallamos
estudiando. También, tenemos registros de los materiales de la XXV Expe-
dición del Museo Etnográfico de Buenos Aires, realizada por Debenedetti y
La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 177

Casanova (Casanova 1930; Debenedetti y Casanova 1933-35), provenientes de


sus excavaciones en Cerro Morado, Titiconte y en Pueblo Viejo, depositados
en el Museo Etnográfico de Buenos Aires (ME-BA) y en el Museo de Tilcara,
en Jujuy (MT)2. Sumamos los resultados de tres relevamientos propios reali-
zados en estos valles en 1982, 1993 y 2011 en donde detectamos nuevos sitios
y materiales, y llevamos a cabo el reconocimiento directo de algunos de los
sitios excavados en la década de 1930. También registramos materiales en po-
der de pobladores locales (Ventura 1999, 2013; Ventura y Scambato 2013).
Previamente hemos considerado los beneficios y limitaciones del estudio de
colecciones arqueológicas, principalmente de la Colección Márquez Miranda
(CMM) (Ventura 2011). La misma cuenta con más de 1000 piezas provenientes
de los valles orientales de Salta y son resultado de las investigaciones de un
arqueólogo de una prestigiosa institución (MCN-LP). Debido a que no se
han hallado las libretas de campo ni los dibujos de las plantas de los sitios, la
información del registro de las excavaciones es limitada. Nos hemos remitido
a los datos de las publicaciones que han permitido, en algunos pocos casos,
armar los contextos de los hallazgos, aunque sabemos por el autor, que gran
parte de las piezas proviene de contextos funerarios.
Hemos enviado muestras para análisis específicos sobre algunos de los
materiales a fin de determinar tipos de rocas, materias primas, tecnologías,
composición química, etc. Sumamos el estudio bibliográfico de la geología y
de los recursos mineros de las serranías de Santa Victoria y Zenta (Ventura y
Scambato 2010). Utilizando esta información intentamos un primer acerca-
miento al registro arqueológico de estos valles en un análisis preliminar de la
distribución regional de los sitios y a sus características constructivas, tamaños
y posibles funciones (Ventura 1999, 2013). También, junto con Guillermina
Oliveto, hemos profundizado las investigaciones etnohistóricas realizadas pre-
viamente sobre las poblaciones de estos valles orientales, así como el estudio
de documentación y cartografía histórica (Oliveto y Ventura 2009; Ventura y
Oliveto 2014).

¿NUEVAS POBLACIONES? ¿MITMAQKUNA?

Como mencionamos, según documentación y cartografía histórica, duran-


te la ocupación incaica en estos valles ubicados al oriente de las serranías
de Santa Victoria fueron relocalizadas diversas poblaciones en calidad de
mitmaqkuna. Chichas y churumatas han sido indicados como los grupos que
cumplían tareas minero-metalúrgicas, agrícolas y ganaderas, mientras que dos
tipos de Orejones controlarían dichas actividades (Lozano [1733] 1941; Salas
1945; Iácona y Raffino 1993; Ventura y Oliveto 2014).
D‘Altroy (2003) destaca las dificultades en caracterizar en el registro ar-
queológico a las poblaciones de mitmaqkuna relocalizadas en diversos sectores
178 Beatriz N. Ventura

del Tawantinsuyu, a pesar de los notables cambios que esto debió haber pro-
ducido en el paisaje social andino. Estos reasentamientos de poblaciones se
hacían con diversos fines, entre los cuales se cuenta dispersar a aquellas socie-
dades que podían ser conflictivas para el Estado. También, debido a objetivos
militares, por ejemplo, en el control de las fronteras, o por la necesidad de
concentrar en ciertos lugares a especialistas que trabajaran para satisfacer las
necesidades del poder central, tales como mineros, canteros, metalurgistas,
cultivadores de diversos productos (maíz, coca, pimientos) o ganaderos, te-
jedores, ceramistas, etc. Estas poblaciones se trasladaban con algunas de sus
pertenencias, entre ellas, sus semillas, con las que cultivarían las nuevas tierras
(Morris y von Hagen 2011:42). Sus conocimientos tecnológicos, sus particula-
ridades constructivas, ciertas prácticas sociales y rituales, pudieron ser modi-
ficadas bajo las nuevas condiciones de dominación imperial que dejaron una
fuerte impronta en el paisaje de estos valles orientales; sin embargo puede es-
perarse que utilizando diversos enfoques y trabajos interdisciplinarios puedan
ser, en parte, recuperadas.
Asumiendo la posibilidad de la relocalización de nuevas poblaciones en los
valles bajo estudio por parte del Inca, los cambios, evidentemente, debieron
ser de importancia. Sin embargo, desconocemos si al hacer esto las poblacio-
nes locales fueron desplazadas, por ello, comenzaremos caracterizando los
asentamientos y su distribución espacial. También hemos considerado el tra-
tamiento de los muertos como indicador de prácticas sociales y en relación
a diferencias de poblaciones, sexo, edad, actividad, función, estatus, etc., así
como de otros marcadores biológicos que los restos humanos proporcionan.
Por el momento, sólo podemos mencionar las formas de entierro, ubicación,
modalidades constructivas y los contenidos y asociaciones de los sepulcros y
ciertas prácticas funerarias. También, analizaremos la distribución de las áreas
agrícolas, ciertos rasgos constructivos y los distintos tipos de recintos de alma-
cenamiento. Creemos de importancia destacar algunos sitios y ciertos mate-
riales con valoración simbólica o que pudieron transmitir códigos visuales.
Finalmente, analizamos cómo se distribuye este registro en relación a los dis-
tintos espacios y recursos.

EL REGISTRO ARQUEOLÓGICO DE LOS VALLES ORIENTALES

Como ya hemos referido, los asentamientos en los valles de Nazareno y Ba-


coya se componen de recintos habitacionales de forma circular-elíptica, salvo
un par de excepciones en que se presenta también una única estructura rec-
tangular3. Este tipo de construcciones diferencia a los asentamientos de estos
valles orientales de los de la quebrada de Humahuaca y la Puna jujeña don-
de, salvo en sitios como Tucute (Albeck 2007), o los pequeños asentamientos
al sur de Pozuelos (Angiorama 2011), las construcciones residenciales pre-
La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 179

sentan planta rectangular o cuadrangular en momentos tardíos e incaicos.


No sabemos aún si este tipo de construcciones con estructuras circula-
res-elípticas y con distribución espacial diferencial es local o está relacionada
con las nuevas ocupaciones de los momentos incaicos. Para discutir este tema
en el futuro ya hemos seleccionado algunos sitios para excavar y obtener da-
taciones radiocarbónicas, aún no disponibles. Seguidamente, comenzaremos
describiendo el registro arqueológico de los valles de Iruya, Nazareno y Ba-
coya, para luego analizar su distribución y sus similitudes y diferencias a nivel
regional.

Valle de Iruya

Nos centraremos en el sector de Pastizales de Neblina del valle de Iruya.


Este río nace en las serranías de Zenta y presenta inicialmente un rumbo
sur-norte. En este trayecto se han relevado un par de pequeños asentamien-
tos, uno de los cuales se halla ubicado en la cima de un cerro bajo, a 3.340
msnm, en el pie de la cuesta de Colanzulí, en la margen izquierda del río.
Sus recintos son de planta cuadrangular y los muros fueron construidos con
“piedras rodadas”; aquí Márquez Miranda (1934:261) registró en uno de los
recintos un entierro humano acompañado con piezas de metal y líticas y, en
otro recinto, una estructura de almacenamiento con instrumental lítico de
molienda. Frente a este poblado, pero en la margen derecha del río, se ex-
tienden andenes agrícolas y otro asentamiento o “Pueblo Viejo” (Debenedetti
y Casanova 1933-35).
Unos 10 km al norte, el río Iruya cambia su curso hacia el este y allí, a 2.400
msnm, al pie del cerro sobre el cual se construyó Titiconte, fluye una surgente
de agua termal en Agua Caliente (Márquez Miranda 1939:121).
Titiconte se halla emplazado en la cima de un cerro, a unos 2.760 msnm
(S22° 47’ y O65° 10’) dominando una amplia visión del valle. En este caso, la
planta del sitio levantada en 1930 por Debenedetti y Casanova (1933-35) no
corresponde, en la mayoría de los casos, con sus actuales características, debi-
do a los diversos procesos naturales y antrópicos que lo han afectado y a que
los techos de varias de las estructuras subterráneas han colapsado.
Este asentamiento se halla rodeado, en parte, por un muro externo y de
una amplia andenería que ocupaba unas 18 hectáreas. El poblado está com-
puesto por estructuras rectangulares y circulares, algunas de ellas son subte-
rráneas y se comunican entre sí por medio de corredores, que llegan a medir
12 m de largo y unen, en ciertos casos, a tres recintos, cuya función sería la
de recintos habitacionales y de almacenajes (Debenedetti y Casanova 1933-
35). Algunos recintos tienen nichos en su interior y vanos trapezoidales con
dinteles, sus techos han sido realizados en falsa bóveda y los pisos cubiertos
con lajas. Raffino y colaboradores (1986:68) mencionan en el asentamiento la
180 Beatriz N. Ventura

presencia de una kallanka, algunos torreones, dos docenas de estructuras de


almacenaje (collcas) subterráneas y unos diez recintos rectangulares que po-
drían ser viviendas. Una vertiente y una acequia suministrarían y distribuirían
respectivamente el agua en el sitio.
Debenedetti y Casanova (1933-35) excavaron en Titiconte en más de 50
puntos, según los datos de la planta publicada, registrando escasos materia-
les en relación al tamaño del espacio muestreado. Predomina el material lí-
tico, hallándose 41 palas planas (realizadas en filita sericítica esquistosa) y
objetos de molienda, entre ellos, grandes molinos, manos, morteros, conanas,
pecanas, etc. Así como también otros instrumentos como hachas, bolas de bo-
leadora, mazas circulares y estrelladas (Debenedetti y Casanova 1933-35). El
centenar de cuentas de collares registradas en el sitio, consideradas por estos
autores como de malaquita y lapizlázuli, no han sido ubicadas en la colección
del ME-BA.
Son poco más de media docena las piezas de metal halladas en el sitio.
Debenedetti y Casanova (1933-35:30), mencionan “varias hachas de bron-
ce”, placas rectangulares de plata y de bronce, restos de placas redondas y un
cincel, en ambos casos, de bronce. Una pieza notable es una representación
antropomorfa de bronce, similar a las de los “ídolos de bronce del Titicaca”
(Debenedetti y Casanova (1933-35:32)4.
También Márquez Miranda (1937:117) menciona los pocos hallazgos que
registra en sus excavaciones en el sitio, destacando, sin embargo, que en al-
gunos casos, las piezas mostraban “una delicadeza de factura realmente no-
table”. Entre ellos refiere a “un ‘topo’ de hueso, en forma de cuchara”, un
pequeño cesto de mimbre tejido, un fragmento de textil y numeroso mate-
rial lítico de molienda (palas planas de diversas formas y tamaños, manos de
mortero, piedras de moler, cananas, pecanas, morteros, etc.). Las cuentas de
collares halladas son apenas media docena, de las cuales una es de turquesa y
las restantes de sodalita (CMM-MCN-LP)5. La cerámica que registra es escasa,
poco característica y sin decoración (Márquez Miranda 1937).
En Titiconte los entierros se detectaron en el interior de las viviendas.
Debenedetti y Casanova (1933-35) mencionan el hallazgo de dos tipos de en-
tierros en cámaras funerarias. Unos, son en cámaras circulares revestidas con
piedras que se ubican en el centro de los recintos residenciales. Los otros,
son rectangulares o cuadrados y se hallan en los ángulos de los recintos. En
uno de estos últimos hallaron urnas cerámicas con restos de párvulos, regis-
trándose estas urnas junto a entierros de adultos. Las urnas son de cerámica
tosca, sin decoración y su boca era cubierta con piedras lajas planas. Gene-
ralmente los entierros se encuentran a una profundidad de entre 1 y 1,30
m (Debenedetti y Casanova 1933-35:22). Márquez Miranda (1937) refiere
haber registrado en Titiconte tres tipos de entierros distintos, a- directos en
tierra, b- en estructuras cuadradas formadas por grandes lajas y c- párvulos
en urnas.
La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 181

Otra característica de Titiconte corresponde a que en algunos de los an-


denes de cultivo que rodean al sitio se construyeron estructuras de almace-
namiento subterráneas. También en los muros de los andenes se realizó la
representación de varios camélidos con rocas de cuarzo de color blanco, que
se destacan del gris del resto del muro. Estas representaciones de “llamas” son
mencionadas por Debenedetti y Casanova (1933-35) y por Márquez Miranda
(1939:114) quienes se detienen en su descripción, tanto por lo novedoso de
la técnica “en mosaico” de su elaboración como en lo preciso de sus medidas
y la gran visibilidad que presentan desde lejos. La representación de la “llama”
mejor conservada y de mayor tamaño mide 1,03 m de alto y 1,03 m de largo,
destacando ese investigador lo curioso y exacto de esas medidas. Fue realizada
con veinte rocas de cuarzo blanco, con vetas marrones y verdosas y se halla
direccionada mirando hacia el noroeste (Figura 3).

Figura 3. Representación de llama blanca en andén en Titiconte


(Márquez Miranda 1939:116). En recuadro: representaciones de
llamas en andenes de Choquequirao (Perú).

Como ya mencionamos, Raffino y colaboradores (1986) consideran que


Titiconte actuó como un centro administrativo del cual parte un tramo del
camino incaico que toma rumbo hacia el sur, hacia las áreas agrícolas de Ro-
dero y Coctaca (Jujuy). En la superficie del sitio registraron cerámica Chicha,
Humahuaca e Inka y proponen que Titiconte sería una instalación “Inka-Chi-
cha” (Raffino et al. 2006:90).
182 Beatriz N. Ventura

Continuando por el valle de Iruya hacia el oriente, al pie de la cuesta de Taco


Pampa, Márquez Miranda (1939) registró algunas estructuras arqueológicas,
mientras que en Arcayo o Tarcayo en la margen sur del río Iruya (Figura
2) halló un asentamiento con recintos circulares comunicados entre sí y con
una sola abertura hacia el exterior, con techo en falsa bóveda y nichos en los
muros, similares a los de Titiconte. Además, en el exterior de estos recintos
registra pequeñas estructuras circulares subterráneas que pudieron utilizarse
también como graneros o trojas (Márquez Miranda 1939:183-185). Para
Raffino y colaboradores (1986) los recintos intercomunicados son estructuras
de almacenamiento o collcas incaicas. Destacan “las formidables collcas
subterráneas con techumbre de piedra de bóveda en saledizo, hornacinas
funcionales y tubos de ventilación horadados en las paredes de Titiconte y
Arcayo” (Raffino 2007:319). En ese sector del valle de Iruya y en el sur del
valle de Nazareno identifican unas 50 estructuras de almacenaje en cuatro
sitios (Titiconte, Arcayo, Sarcari y Zapallar) con una capacidad total de unos
600 m3 (Raffino et al. 1993; Raffino 2007:356).
Destacamos otro tipo de sitio que se registra en sur del valle de Iruya. Nos
referimos al cerro Morado donde los incas construyeron un santuario a casi
5.200 msnm (Figura 2). Este sitio excavado por Casanova (1930) domina vi-
sualmente un extenso territorio que incluye los valles analizados y, posible-
mente, no fue casualidad que haya sido emplazado en donde surgen las aguas
de lo que luego será el río Iruya. En sus recintos se hallaron materiales de
diversa procedencia, entre ellos, una cuenta de collar de mullu, cerámica in-
caica, un fragmento de cerámica diaguita chilena, un fragmento de campani-
lla de oro y restos de cintas (“vinchas”) de plata y una treintena de cuentas de
collares mencionados como de malaquita y lapislázuli (Casanova 1930:34-36).

Valle de Nazareno

El valle del río Nazareno se extiende de norte a sur, protegido en ambas


márgenes por serranías. Las poblaciones que lo ocuparon se distribuyeron en
poblados o asentamientos residenciales dispersos conformados por conjuntos
de unos diez a treinta recintos. En general, estas instalaciones se hallan ale-
jadas del río, ya que se emplazan en los sectores medios o altos de las laderas
de los cerros, junto a los andenes de cultivo. En algunos casos se localizan en
la cima de pequeños cerros (morros) o de espolones que ofrecen una visión
amplia del valle.
Los recintos residenciales que conforman estos asentamientos son estruc-
turas simples, de planta circular o elíptica de unos 4 a 7 m de diámetro. Tie-
nen muros dobles realizados con piedras seleccionadas, principalmente rec-
tangulares. Estas estructuras circulares o elípticas se distribuyen alineadas, en
diversos niveles aterrazados por medio de muros de contención y con áreas de
La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 183

circulación claramente delineadas. En tres asentamientos, Pueblo Viejo de Ro-


deo Colorado, Cuesta Azul y Huaira Huasi, se menciona una única estructura
rectangular o cuadrada. En los demás casos las estructuras son circulares-elíp-
ticas y pueden corresponder a recintos habitacionales y de almacenamiento,
estos últimos son de menor tamaño. Asentamientos con estas características se
han registrado en Poscaya, Cuesta Azul, San José, Valle Delgado, Huaira Hua-
si, Chaupi Loma, Taco Pampa, Zapallar, etc. (Márquez Miranda 1939; Ventura
1999, 2013) (Figura 2).
En algunos asentamientos (San José y Valle Delgado) hay entre los recin-
tos circulares una estructura subterránea o semisubterránea, que pudo haber
cumplido función de almacenamiento. Las actuales localidades de Nazareno,
Abra del Sauce -anteriormente Abra de la Sepultura, según Márquez Miranda
(1939)- y Rodeo Colorado se han instalado sobre sitios arqueológicos y desco-
nocemos cómo eran sus construcciones.
En estos asentamientos los entierros se ubican en el interior de los recintos
residenciales, debajo de los pisos de las habitaciones, principalmente cerca de
los muros, pudiendo incluir más de un individuo. En algunos casos las cáma-
ras funerarias se hallan en un nivel inferior al cimiento del muro, ubicado “a
continuación de aquel en línea vertical” (Márquez Miranda 1937:160). Tam-
bién, debajo de los pisos puede haber cámaras de almacenamiento o grandes
vasijas que cumplieron esas funciones.
En este valle, las áreas de cultivo se extienden en forma dispersa en las lade-
ras de los cerros, en ambas márgenes del río. Se distinguen dos tipos de cam-
pos de cultivo, los cuadros o canchones y los andenes. En ciertos sectores, que
se ubican entre Poscaya al norte y Rodeo Colorado al sur, hay mayor concen-
tración de andenería y estructuras de almacenaje de diversos tipos (Figura 2).
Formando parte de la serranía de Santa Victoria se alza el cerro Minero,
ubicado al sur del cerro Fundición. En ambos casos corresponden a cerros
con minerales de plomo-plata y cobre. Al pie del cerro Minero se halla Pue-
blo Viejo de Rodeo Colorado, mientras que al pie de los cerros Campanario
y Fundición se hallan los asentamientos y las concentraciones de andenería
agrícola de Poscaya, Nazareno, Cuesta Azul, Campo Grande y Molino Viejo
(Figura 2). Es en este sector de los valles en donde se han construido los
asentamientos que seguidamente describiremos, destacando ciertas particu-
laridades de los mismos en relación a los indicadores ya mencionados. Otras
características de estos sitios han sido descriptas previamente (Ventura 2013).
Pueblo Viejo de Rodeo Colorado (PVRC) (S22°38’13,2’’ y O65° 09’ 48,7’’)
se emplaza a 3.312 msnm en una posición en la que domina visualmente un
extenso sector agrícola en ambas laderas de los cerros aledaños y el Abra del
Sauce (Figura 2).
En la década de 1930 contaba con un centenar de estructuras habitacio-
nales circulares-elípticas, en dieciocho de las cuales excavó Márquez Miranda
(1939), quien menciona también una única estructura rectangular en el sitio,
184 Beatriz N. Ventura

que al ser excavada mostró ángulos internos redondeados. En 1982 queda-


ba una treintena de recintos circulares, después que la destrucción antrópi-
ca (construcción de pircas y corrales modernos) y el deslizamiento de una
masa de barro y piedras (“volcán”) cubriera parte del sitio (Ventura 1999). En
2011, constatamos que sobre el sitio se construyó un lavadero de animales uti-
lizando las piedras de las estructuras arqueológicas y que el camino carretero,
construido en 2004, cruza zigzagueando sobre el sitio, quedando actualmente
unos veinticinco recintos circulares-elípticos de entre 4 y 6 metros de diáme-
tro. Estos recintos habitacionales tienen muros dobles. En todos los casos las
estructuras son simples, separadas entre sí por sectores de circulación. Se ubi-
can en unos diez sectores aterrazados de la ladera con muros de contención.
En el sitio hay dos surgentes de agua. En 1982 verificamos que había escalones
en un punto donde se unían tres sectores de circulación pero, en 2011, ya
estaba destruida esta parte del sitio.
En este asentamiento se han registrado tres tipos de entierros debajo de los
pisos de los recintos habitacionales: a) en cámaras redondas u ovaladas, aun-
que, en algunos casos pueden ser también poligonales, con paredes pircadas
y techo en falsa bóveda o, en cámaras rectangulares realizadas con grandes
lajas, una de las cuales serviría de tapa, b) en urnas cerámicas y c) directos,
en un pozo en tierra (Márquez Miranda 1939:218). Una característica de es-
tos entierros es que, tanto los recintos funerarios como las urnas, se hallaban
cubiertos de una gruesa capa de barro amasado de color rojo o amarillo, que
en algún caso alcanzaba los 20 cm de espesor, que servía de cierre o sello al
entierro (Márquez Miranda 1937:160).
Márquez Miranda destaca el empleo de las palas planas líticas como ins-
trumental asociado los entierros. Menciona que una práctica común en las
cámaras funerarias era el colocar

después de las lajas que sirven de tapa, formando parte de la hilada superior de
piedras que constituyen la parte más alta de la pirca -de una o varias palas planas
y, a veces, aunque con menos frecuencia, manos de mortero, piedras de moler
u otros objetos. Más aún, en algún caso de recinto pircado en el que figuraban
interesantes objetos de metal y otros elementos accesorios de ajuar funerario,
las palas planas que aparecían incorporadas a la pirca eran de un tipo especial,
finamente trabajadas, de buen tamaño, forma sumamente armónica y dotadas
de grandes aletas, altamente decorativas (Márquez Miranda 1939:218).

Entre las grandes vasijas halladas debajo de los pisos se destacan los “vasos
tubulares”, que se calzaban con piedras aseguradas con barro amasado (Már-
quez Miranda 1937:161). En los entierros en urnas se utilizaban lajas planas
como tapas, aunque en algún caso se usó una pala plana “tipo común” como
tapa de la urna (Márquez Miranda 1937:218).
Los entierros de PVRC presentan numeroso y variado acompañamiento.
La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 185

Márquez Miranda exhumó 36 piezas de metal, sobre las cuales se realizaron


veintiún análisis, resultando nueve de bronce, cuatro de plata, cuatro de co-
bre, dos de cuproniquel, uno de latón y uno de plomo (Ventura y Scambato
2010; Ventura y Scambato 2013). Las formas corresponden a brazaletes, pul-
seras, brazales, manoplas, anillo, aro, campanita, badajo de campana, placas
circulares y rectangulares, así como también a un cuchillo, una aguja, un cin-
cel y una bola de plomo (Ventura y Scambato 2013). Entre el material lítico
se registran numerosas cuentas de collares de turquesas, sodalita y en rocas
blandas locales (tobas volcánicas) y de material malacológico. Se hallaron pe-
queños litos con grabados de representaciones antropomorfas y zoomorfas,
un trilobite (Thysanopyge sp.)6, así como también pequeñas bolsas de cuero y
tejidas. Además, de instrumentos musicales, entre ellos, dos flautas y un silba-
to líticos y cerámica inca y chicha.
Otro asentamiento cercano, ubicado en la margen izquierda del valle es
Huaira Huasi, emplazado en un sector alto de la ladera de un cerro (Figura
2). Está conformado por grandes recintos circulares-elípticos cuyos vanos se
han construido con piedras canteadas. Presenta también una estructura de
planta rectangular (Márquez Miranda 1939). Entre los materiales hallados en
las excavaciones se destacan cuatro campanillas o “cubiletes” de oro (dos en
oro rojo y dos en oro amarillo) y una placa rectangular de bronce y cuentas
de collares de turquesa y sodalita (Ventura y Scambato 2013). También, en
las cercanías del asentamiento los andenes de cultivo presentan salientes en
piedra a modo de escalones, rasgo constructivo poco común en el NOA (Már-
quez Miranda 1937, 1939).
El asentamiento de Cuesta Azul se localiza sobre una terraza en la mar-
gen derecha del río Nazareno (Figura 2) y se halla conformado por grandes
recintos circulares-elípticos, algunos de los cuales tienen muros muy bien
construidos, con gran selección de piedras y uso de argamasa. Aquí se utilizó
barro amasado al igual que en PVRC (Márquez Miranda 1939). En un en-
tierro en cámara ovalada, a 0,60 m de profundidad, construida con grandes
lajas y techo en falsa bóveda, se registraron tres esqueletos humanos en muy
mal estado de conservación. Formando parte de la pared y cerca del techo de
la cámara se había colocado una gran pala plana. Sellaban este entierro va-
rias capas de barro amasado, de color amarillo y más abajo otra de color rojo.
Sobre ellas se había colocado una capa de tierra negra. Acompañaban este
entierro piezas de metal (punzones y cuchillos) colocados en torno a las ca-
lotas craneanas junto a otras piezas. Los instrumentos de metal conservaban
los cabos de madera (Márquez Miranda 1939:154)7. Se registró también una
pulsera de plata decorada y cerámica inca (cabezas ornitomorfas de “platos
pato”).
En Zapallar, asentamiento ubicado en la cima de un “morrito” en la unión
de la quebrada de Zapallar con el río Nazareno, Márquez Miranda (1939:177)
registra además de recintos circulares un gran número de sepulturas, algunas
186 Beatriz N. Ventura

construidas con lajas y planta cuadrangular, otras con cámaras circulares. En


algunos casos estos entierros tenían más de un esqueleto. Se halló también un
entierro directo en tierra, en un pozo de gran tamaño con ocho esqueletos
humanos en mal estado de conservación, ubicados “en torno a una ollita, de
regulares proporciones”. También hay entierros en urnas de formas globu-
lares y tubulares, aunque éstas últimas son de menor tamaño que en PVRC
(Márquez Miranda 1939:181).
En las áreas agrícolas de este valle, se ha registrado en los andenes de cul-
tivo y, en algún caso, en el muro de los andenes, la construcción de diversas
estructuras consideradas de almacenamiento. Corresponden a estructuras: a)
semi-subterráneas, b) con abertura lateral, c) subterráneas, de forma circular
y d) usando rasgos naturales, con revestimiento interno. En todos los casos los
diámetros son superiores a los 2 m. También hay pequeñas cámaras circulares
subterráneas ubicadas en los frentes de las estructuras intercomunicadas que
pudieron haber sido usadas con fines de almacenamiento (Márquez Miranda
1939).
En Ramada Esquina (S22°38’ 48’’ y O65°10’ 17’’) al sur de PVRC en un
sector con andenería, se registró en el muro de un andén una estructura con-
formada por tres recintos semi-subterráneos con techo en falsa bóveda, dos de
ellos intercomunicados. Uno de los recintos tenía un nicho cavado en la roca
de uno de los muros interiores. En el exterior se halló una estructura subte-
rránea de unos 50 cm de diámetro (Ventura 1999). Esta pequeña estructura
es similar a las que Márquez Miranda (1939) considera que fueron usadas
también para almacenaje.
Los andenes de cultivo se extienden en todo este sector del valle. En gene-
ral, los muros de contención de los andenes se hallan muy bien construidos,
con rocas seleccionadas, alcanzando alturas de 1,50 m a 2 m de alto. En al
menos dos sitios (Higueras y Huaira Huasi) se registraron saledizos que for-
man escalonados entre los distintos niveles de los andenes (Márquez Miranda
1937); también se detectaron canales de riego en Nazareno.

Valle de Bacoya

En medio de las áreas mineras, el valle del río Bacoya se extiende de oeste
a este siendo una vía de comunicación con la Puna jujeña, una vez traspasadas
las serranías de Santa Victoria (Figura 2).
En las cercanías de la unión del río Bacoya con el río Nazareno se ubi-
ca Molino Viejo (Figura 2); este asentamiento emplazado en la cima de un
espolón a 2.760 msnm permite una amplia visión del valle del río Bacoya.
Este sitio presenta ciertas características, entre ellas, algunas diferencias en los
entierros, ya que aquí no se utiliza barro amasado para sellar las tapas de las
sepulturas y tampoco para revocar las paredes. Márquez Miranda (1939:144)
La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 187

destaca la mala conservación de los restos humanos, a pesar de presentar el se-


dimento de este sitio mayor sequedad que PVRC. Provienen de Molino Viejo
un disco de plata y un cuchillo de bronce (Ventura y Scambato 2010; Ventura
2013), cuentas de collares de turquesa y sodalita, puntas de proyectil y un
pequeño lito grabado con rasgos antropomorfos (Ventura 2013). Se destaca
en este asentamiento una piedra de moler de grandes dimensiones (Márquez
Miranda 1939:figura 33). En las cercanías de la confluencia de los ríos Bacoya
y Nazareno se extienden en las laderas numerosos andenes y cuadros de cul-
tivo (Figura 4).

Figura 4. Unión de los ríos Bacoya y Nazareno y andenes de cultivo.

DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES

En la conquista de los valles orientales meridionales, el Inca organizó los


distintos espacios ocupados según variados objetivos. Ya hemos propuesto la
diferenciación que desde el registro documental y arqueológico advertimos
entre los territorios ubicados al norte y al sur del valle de Iruya, mencionando
diferencias en la distribución y en las funciones de las poblaciones allí reloca-
lizadas (Ventura y Oliveto 2014).
Al norte del río Iruya, en los valles de Nazareno y Bacoya distinguimos
ciertas diferencias que plantearían distintos objetivos de dominación. En los
188 Beatriz N. Ventura

dos últimos, los asentamientos y las áreas agrícolas con mejor andenería se
concentran en los alrededores de Nazareno-Cuesta Azul-Molino Viejo al norte
y en Pueblo Viejo de Rodeo Colorado-Rodeo Colorado al sur (Figura 2), des-
tacándose la distribución de los asentamientos en relación a las áreas mineras
y a ciertos cerros.
Las menciones documentales al “pueblo y valle de Titiconte” podrían re-
ferirse al sitio arqueológico del mismo nombre emplazado sobre el valle de
Iruya (Salas 1945). La importancia de Titiconte para el incario es corroborada
por el registro escrito, ya que conocemos tres menciones entre 1540 y 1601 al
“poblado y valle de Titiconde” (Ventura y Oliveto 2014). Titiconte correspon-
de a una de las únicas cuatro encomiendas del actual territorio argentino que
repartiera en 1540 Francisco Pizarro desde el Cusco, utilizando seguramente
información contenida en los quipus estatales incaicos (Presta 2000).
Titiconte es una instalación que, aunque cuenta con rasgos constructivos
incaicos (vanos trapezoidales, nichos en los muros, torreones, collcas, etc.),
presenta estructuras subterráneas intercomunicadas por túneles, recintos cir-
culares, recintos subterráneos intercomunicados ubicados en los muros de los
andenes de cultivo atribuidos a funciones de almacenamiento (collcas), que
no corresponden con la típica arquitectura incaica del NOA. Estos recintos de
almacenamiento se concentran en Titiconte (centro administrativo incaico)
pero también en las cercanías de asentamientos de menores dimensiones en
Arcayo y Zapallar, ubicado éste último en una posición estratégica en el con-
trol del valle de Nazareno y también se presentan en forma dispersa en áreas
agrícolas en Ramada Esquina. En todos los casos la andenería en sus alrede-
dores es de construcción incaica.
Otra característica de Titiconte son las representaciones de grandes figuras
de camélidos utilizando rocas blancas en los muros de los andenes de cultivo.
Esta forma de representación a modo de mosaicos (Figura 3) ha sido también
detectada en el sitio incaico Choque Quirao (o Choquek’ iraw) en el valle del
Apurimac, en Perú (Sepúlveda 2008; Echevarría López y Valencia García 2011).
Marcela Sepúlveda (2008:120) plantea que las figuras de los camélidos en los
muros de las terrazas de cultivo del sitio peruano, “al igual que otros motivos
geométricos transmitirían cierto contenido, cierto significado comprensible
por los distintos grupos humanos anexados al Tawantinsuyu, quienes compar-
tirían determinado código visual, ciertos principios ideológicos”. También en
este caso, al igual que en otros contextos incaicos, es relevante la orientación
que presentan los arreglos y decoraciones, que pudieron haber sido deliberada-
mente orientados para mirar hacia algo a lo que se daba importancia (Farrin-
gton 2013:216). Aquí, las representaciones de las llamas se hallan orientadas
hacia el noroeste (Márquez Miranda 1937:164), zona donde se ubican las áreas
mineras, los asentamientos y las mayores concentraciones de andenería.
Titiconte fue una instalación de importancia, sin embargo, considerando
el material arqueológico registrado en las excavaciones y asociado a los con-
La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 189

textos funerarios, parece haber tenido escasa población jerarquizada. Las fun-
ciones pudieron centrarse en la producción agrícola y en el almacenamiento
de lo cosechado y, posiblemente, también en el acopio de recursos de los
sectores de bosques y selvas cercanos. Incluiría, además, el control del valle de
Iruya y la interacción, a través de un tramo del camino incaico, con las áreas
agrícolas de la quebrada de Humahuaca.
Para Cremonte y Williams (2007:227-228) Titiconte y su emplazamiento en
un lugar dominante en el paisaje, podría ser considerado como un “símbolo
material de concentración y disponibilidad de bienes que tienen ‘el poder’ de
financiar proyectos estatales de anexión de nuevos territorios y de sustentar po-
blaciones especializadas no comprometidas con la producción de alimentos”.
Si fuera así, ¿podrían estas “poblaciones especializadas” estar dedicadas a
la minería y a la metalurgia en los valles de Nazareno y Bacoya al norte? Es en
estos valles y en el sector ubicado entre Rodeo Colorado y Poscaya (Figura 2)
donde se concentran los asentamientos con entierros con mayores elementos
de prestigio y en donde se concentran las áreas agrícolas con mejor andenería.
En este sector el asentamiento de mayores dimensiones es Pueblo Viejo
de Rodeo Colorado (PVRC), ubicado al oeste del valle de Nazareno, al pie
del cerro Minero. En este caso su arquitectura no presenta rasgos de cons-
trucción incaica, sino un patrón de grandes recintos residenciales de formas
circulares-elípticos. Allí se enterraban a los muertos debajo de los pisos de las
viviendas, acompañándolos con diversos elementos de prestigio, entre ellos
piezas de plata (placas circulares) y de bronce, de gran valoración (brazaletes,
brazales, pulseras, etc.).
Consideramos que ciertas piezas incluidas en los entierros tales como los
litos grabados y el trilobite pudieron ser utilizados como amuletos o conopas,
al igual que las representaciones en piedra de un camélido, de un antropo-
morfo8, la bola de plomo y las pequeñas bolsas de cuero con minerales y con
polvos de colores en su interior. Estos objetos con valoraciones y significados
distintos fueron, posiblemente, utilizados en prácticas rituales domésticas y/o
relacionados con las creencias y cultos mineros (Bouysse-Cassagne 2005; Cruz
2010).
Márquez Miranda (1939) propone para este asentamiento cierta asocia-
ción entre las palas líticas y las prácticas funerarias y considera la función ce-
remonial de algunas de esas palas que presentan formas y tamaños especiales
y que, en ciertos casos, fueron halladas junto a “interesantes objetos de metal”
(Márquez Miranda 1939:218).
También debemos incluir entre los elementos valorados a los instrumen-
tos musicales, ya que en PVRC se han hallado varios, entre ellos una flauta
lítica9, un silbato de piedra, una campanita y un badajo de campana, ambos
de bronce (CMM). La flauta tubular que hemos registrado en la Estructura
25 es una pieza lítica de gran calidad, decorada con motivos geométricos que
son representativos de la iconografía inca (Figura 5). Tal el caso de los cuatro
190 Beatriz N. Ventura

triángulos unidos al centro (llamada “cruz de Malta”), las volutas simples, los
triángulos alineados y las grecas.

Figura 5. Flauta lítica de Pueblo Viejo de Rodeo Colorado (PVRC).

Sepúlveda (2008:121) considera que “los Incas, dentro de sus estrategias


de expansión y ejerciendo cierto poder simbólico sobre los grupos anexados,
emplearon símbolos simples, altamente reproducibles e identificables para
la difusión de ciertos principios ideológicos que organizaban su imperio”. La
“cruz de malta” identifica la presencia incaica. Hallazgos de piezas cerámicas
incaicas con esa decoración han sido registradas en el Pucará de Humahua-
ca (Raffino 1993a:196) y en Agua Hedionda en los valles orientales de Jujuy
(Cremonte 2007: figura 5). Este motivo decorativo se ha representado tam-
bién en instrumentos musicales líticos, ya que flautas similares se hallaron en
Tolomosa, en Tarija, en el sur de Bolivia (von Rosen 1990).
Sabemos del uso y valoración de los instrumentos musicales en la sociedad
inca, entre ellos, las flautas, tocadas en celebraciones, ceremonias fúnebres,
guerra, procesiones, rituales de desplazamiento, etc. Podríamos pensar que el
hallazgo de diversos instrumentos musicales, algunos de ellos de gran calidad
y con iconografía inca, indicaría que el énfasis estaba puesto en las ceremo-
nias, festividades y rituales como una forma de lograr la adhesión de las po-
blaciones relocalizadas.
La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 191

En PVRC y en otros asentamientos cercanos se han registrado piezas que


por su material, tecnología, decoración, etc. se consideran de filiación cusque-
ña, tales como las representaciones ornitomorfas (cabezas de “platos pato”)
en cerámica.
Otros poblados cuyos recintos circulares presentan ciertos rasgos construc-
tivos calificados (por ejemplo, piedras canteadas en los vanos de sus aberturas)
registran también materiales de prestigio. Entre ellos, una pulsera de plata de-
corada con triángulos en Cuesta Azul y dos pares de campanillas o “cubiletes”
de oro (rojo y amarillo) en Huaira Huasi (Ventura y Scambato 2013). Dos de
éstas últimas son similares al fragmento de campanilla hallado en el santuario
de Cerro Morado (Casanova 1930: figura 21). Una pieza similar, pero de pla-
ta, fue registrada en el Pucara de Rinconada (Boman [1908] 1991:648, figura
136b) y descripta como un “cubilete minúsculo b [...] de plata repujada, con
un trabajo análogo al de los orfebres del antiguo Perú”. También de plata, se
hallaron estas piezas en el Pucara de Tilcara, Jujuy (Debenedetti 1910) y en
La Paya, Salta (Ambrosetti 1902:120-122, figuras 1,2,3). Todos ellos asenta-
mientos con importante ocupación incaica. En el Tawantinsuyu sólo aquellas
personas a la que el Inca autorizaba podían acceder al consumo de ciertos
bienes suntuarios. Las campanillas o “cubiletes” de oro parecen corresponder
a piezas suntuarias al que sólo un sector de la población podría acceder.
Otro origen ha tenido la placa rectangular de bronce hallada en Huaira
Huasi, ya que corresponde a las llamadas “placas calchaquíes” tardías, de am-
plia distribución en momentos incaicos. Alberto R. González (1992) propu-
so que esta variedad de placas pudo haber sido inspirada en tabletas de pie-
dra usadas para moler alucinógenos. Basándose en esta propuesta Gluzman
(2011:182) relaciona estas placas como indicador de contactos e intercambios
a lo largo de la ruta que uniría las Yungas con el océano Pacífico. Estas piezas,
que han sido registradas en el norte argentino, el sur de Bolivia, en Catarpe
en Chile, llegando hasta Sacsahuamán en Perú eran portadoras de una icono-
grafía que evidencia el conocimiento y valoración de una ideología comparti-
da. Hemos planteado la posibilidad de que algunos materiales alóctonos eran
movilizados por ciertos grupos jerarquizados (“orejones del Cuzco”) que se
trasladarían entre diversos centros mineros-metalúrgicos controlando y reco-
lectando lo producido (Ventura y Oliveto 2014).
A pesar de la diversidad poblacional mencionada en la documentación, no
hemos hallado, por el momento, entre Titiconte y PVRC mayores diferencias
en las formas de tratar a los muertos, considerando su ubicación, arquitectu-
ra, formas de entierro y prácticas funerarias. Una diferencia la podría marcar
la práctica de sellar con una capa de barro amasado de colores rojo y/o amari-
llo los entierros en el valle de Nazareno, mientras que en los sitios del valle de
Iruya no se menciona esta práctica. Las mayores diferencias se registran en la
cantidad de piezas y en elementos de prestigio que acompañan a los muertos,
destacándose en ello PVRC.
192 Beatriz N. Ventura

Ya hemos considerado la posibilidad de que algunos de los materiales


líticos hallados en los contextos funerarios que han sido asociados a tareas
agrícolas pudieron corresponder a trabajos minero-metalúrgicos (Ventura y
Scambato 2013). Entre ellos, mazas circulares y “martillos” o pequeños morte-
ros y manos, algunas con una extremidad muy pulida, o los morteros con res-
tos de hematita. Las palas líticas también podrían estar asociadas a esas tareas,
al igual que en otras regiones mineras (Uribe y Carrasco 1999). La presencia
de palas con formas características en PVRC, y su colocación en los entierros
junto a piezas de metal podría sustentar esta propuesta. También, cierto ins-
trumental de metal como buriles, cinceles y piezas con puntas aguzadas nos
permitiría relacionar estos materiales con los utilizados en trabajos metalúr-
gicos. Ya en otro contexto, destacamos la presencia de grandes morteros a
los cuales Márquez Miranda (1939:144) atribuye, en Molino Viejo, la posible
función de moler minerales.
La posibilidad de distinguir poblaciones a través de estudios bioantropo-
lógicos, por el momento está limitada, ya que, lamentablemente, los únicos
restos humanos registrados en la Colección Márquez Miranda corresponden
a tres cráneos que presentan deformación tabular oblicua (Salceda, comu-
nicación personal). Se hallaron dentro de una gran vasija cerámica y están
siendo analizados por la Dra. Susana Salceda (MCN-LP).
A lo largo del trabajo hemos mencionado la distribución de los asenta-
mientos, de las áreas de cultivo y de almacenamiento, de los recursos mine-
ros y de ciertos cerros y puntos o características en el espacio (surgentes de
agua, aguas termales, coloración del terreno, etc.) que merecen ser tenidos
en cuenta en nuestro análisis de la ocupación inca en estos valles orientales.
La sacralización de ciertos espacios, en este caso en la cima del Cerro Mo-
rado donde se alzó un santuario, fue otra forma de legitimar la autoridad y
de dominación sobre las poblaciones sometidas. Este cerro presenta ciertas
características atribuidas a los santuarios de altura y cerros sacralizados a los
cuales ya nos hemos referido (Ventura 2013). Desde la cima del Cerro Mora-
do se visualizan tanto los cordones andinos al oeste como la selva al oriente
y al norte las áreas mineras y agrícolas del valle de Nazareno conformando
un espacio que el Inca organizó en base a sus necesidades productivas y de
dominación.

AGRADECIMIENTOS

A los distintos especialistas que realizaron los análisis de los materiales, a


Luis Borrero, Ian Farrington, Miguel A. Cornejo y a Olga y James Brennan.
La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 193

BIBLIOGRAFÍA

Albeck, M. E.
2007. El Intermedio Tardío: interacciones económicas y políticas en la Puna de
Jujuy. En V. Williams, B. Ventura, A. Callegari y H. Yacobaccio (eds.), Sociedades
Precolombinas Surandinas. Temporalidad, Interacción y dinámica cultural del NOA en el
ámbito de los Andes Centro-Sur: 125-146. Buenos Aires.

Ambrosetti, J. B.
1902. El sepulcro de La Paya. Anales del Museo Nacional de Buenos Aires 3(1): 119-148.

Angiorama, C.
2011. La ocupación del espacio en el sur de Pozuelos (Jujuy, Argentina) durante
tiempos prehispánicos y coloniales. Estudios sociales del NOA, Nueva Serie 11: 125-
142.

Argañaráz, P. y A. Castillo
1999. Aluviones auríferos del Distrito Santa Victoria, Salta. En E. O. Zappettini
(ed.), Recursos Minerales de la República Argentina Anales 35: 1851-1854. Buenos
Aires, Instituto de Geología y Recursos Minerales SEGEMAR.

Bennett, W.
1948. The North. En W. Bennett, E. Bleiler y F. Sommer. Northwest Argentina
Archaeology: 19-43. New Haven, Yale University Publications in Anthropology,
Yale University Press.

Boman, E.
[1908] 1991. Antigüedades de la región andina de la República Argentina y del desierto de
Atacama Tomo II. Jujuy, Universidad Nacional de Jujuy.

Bouysse-Cassagne, T.
2005. Las minas del centro-sur andino, los cultos prehispánicos y los cultos
cristianos. Boletín del Instituto Francés de Estudios Andinos 34(3): 443-462.

Brown, A. y R. Grau
1993. La naturaleza y el hombre en las Selvas de Montaña. Salta, GTZ y Proyecto
Desarrollo Agroforestal en Comunidades Rurales del Noroeste argentino.

Casanova, E.
1930. Excursión arqueológica al Cerro Morado (Departamento de Iruya, Provincia
de Salta). Notas del Museo Etnográfico 3: 5-40.

Cremonte, M. B.
2007. Aspectos económicos y políticos con relación a la ocupación inca en los valles
meridionales de Jujuy, Argentina. En V. Williams, B. Ventura, A. Callegari y H.
Yacobaccio (eds.), Sociedades Precolombinas Surandinas. Temporalidad, Interacción
y dinámica cultural del NOA en el ámbito de los Andes Centro-Sur: 109- 124. Buenos
Aires.
194 Beatriz N. Ventura

Cremonte, B. y V. Williams
2007. La construcción social del paisaje durante la dominación inka en el Noroeste
argentino. En A. Nielsen, C. Rivolta, V. Seldes, M. Vázquez y P. Mercolli (comp.),
Procesos sociales prehispánicos en el sur andino. La vivienda, la comunidad y el territorio:
207-236. Córdoba, Editorial Brujas.

Cruz, P.
2010. Monte adentro. Aproximaciones sobre la ocupación prehispánica de la
serranía de Calilegua (Prov. de Jujuy). Intersecciones en Antropología 11: 129-144.

D’Altroy, T.
2003. Los Incas. Barcelona, Editorial Ariel.

Debenedetti, S.
1910. Exploración arqueológica en los cementerios prehistóricos de la Isla de Tilcara
(Quebrada de Humahuaca, Provincia de Jujuy). Buenos Aires, Publicaciones de la
Sección Antropología 6. Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos
Aires.

Debenedetti, S. y E. Casanova
1933-35. Titiconte. Publicaciones del Museo Antropológico y Etnográfico de la Facultad de
Filosofía y Letras, Serie A, III: 7-35.

Echevarría López, G. T. y Z. Valencia García


2011. Choquequirao, un asentamiento imperial cusqueño del siglo XV en la
Amazonía andina. Haucaypata 2: 32-43. Lima.

Farrington, I.
2013. Cusco. Urbanism and Archaeology in the Inka World. Gainesville, University Press
of Florida.

Gluzman, G.
2011. Producción metalúrgica y dinámica social en el Noroeste argentino (siglos
XIII a XVII). Tesis Doctoral inédita, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad
de Buenos Aires.

González, A. R.
1982. Las “provincias” incas del antiguo Tucumán. Revista del Museo Nacional XLVI:
317-380.
1992. Las placas metálicas de los Andes del Sur. Contribución al estudio de las religiones
precolombinas. Berlín, KAVA- Materialien 46. Von Zabern-Mainz am Rhein.

Granda, P.
2010. Paisaje y arquitectura en la arqueología de los valles orientales del norte de
Salta (Argentina). Tesis de Licenciatura inédita, Facultad de Filosofía y Letras,
Universidad de Buenos Aires.

Iacona, A. y R. Raffino
1993. De Titicaca a Omahuaca durante el siglo XVI. En R. Raffino (ed.), Inka.
La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 195

Arqueología, Historia y Urbanismo del Altiplano Andino: 235-298. Buenos Aires,


Editorial Corregidor.

Kaupp, R. von y O. Fernández Carrasco


2010. Vilcabamba desconocida (Exploraciones 1997-2003). Cusco, Editorial Gráfica
Rivera.

Lorandi, A. M.
1980. La frontera oriental del Tawantinsuyu: el Umasuyu y el Tucumán. Una
hipótesis de trabajo. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología XIV (1):
147-164.

Lozano, P.
[1733] 1941. Descripción corográfica del Gran Chaco Gualamba. Tucumán, Universidad
Nacional de Tucumán, Publicación 288, Departamento de Investigaciones
Regionales.

Márquez Miranda, F.
1934. El “Pucara” del pie de la cuesta de Colanzulí. Notas Preliminares del Museo de
La Plata Tomo II: 259-269.
1937. Arquitectura aborigen en la provincia de Salta. Relaciones de la Sociedad
Argentina de Antropología I: 141-186.
1939. Cuatro viajes de estudio al más remoto Noroeste argentino. Revista del Museo
de La Plata Tomo 1, Antropología 6: 93-243.
1941. La arqueología del este de la Quebrada de Humahuaca (frontera argentino-
boliviana) a través de nuevas investigaciones. Actas del XXVII Congreso Internacional
de Americanistas Vol.1: 211-237. Lima.

Méndez, V., J.C. Turner, A. Navarini, R. Amengual y V. Viera


1979. Geología de la Región Noroeste, Provincias de Salta y Jujuy, República Argentina.
Buenos Aires, Dirección General de Fabricaciones Militares.

Morris, C. y A. von Hagen


2011. The Incas. Lords of the four quarters. Londres, Thames and Hudson.

Oliveto, G. y B. Ventura
2009. Dinámicas poblacionales de los valles orientales del sur de Bolivia y norte de
Argentina, siglos XV-XVII. Aportes etnohistóricos y arqueológicos. Población y
Sociedad 16: 119-150.

Presta, A. M.
2000. Los encomenderos de La Plata. 1550-1600. Lima, IEP- BCRP.

Raffino, R.
1993a. Al Este del paraíso. En R. Raffino (ed.), Inka. Arqueología, Historia y Urbanismo
del Altiplano Andino: 213-234. Buenos Aires, Editorial Corregidor.
1993b. El dominio Inka en el Altiplano de Bolivia. En R. Raffino (ed.), Inka.
Arqueología, Historia y Urbanismo del Altiplano Andino:169-212. Buenos Aires,
Editorial Corregidor.
196 Beatriz N. Ventura

2007. Poblaciones indígenas en Argentina. Urbanismo y proceso social precolombino. Buenos


Aires, Editorial Emece.

Raffino, R., R. Alvis, D. Olivera y J. Palma


1986. La instalación Inka en la sección andina meridional de Bolivia y el extremo
boreal de Argentina. Comechingonia, Volumen Homenaje al 45º Congreso
Internacional de Americanistas: 63-131.

Raffino, R., D. Gobbo y A. Iácona


2006. De Potosí y Tarija a la frontera chiriguana. Folia Histórica del Nordeste 16:8
3-128. Resistencia.

Raffino, R., A. Nielsen y R. Alvis


1991. El dominio Inka en dos secciones del Kollasuyu: Aullagas y Valle Grande
(Altiplano de Bolivia y Oriente de Humahuaca). En El Imperio Inka: Actualización
y perspectivas por registros arqueológicos y etnológicos II parte: 97-150. Córdoba,
Editorial Comechingonia.

Reboratti, C.
1998. El Alto Bermejo. Realidades y Conflictos. Buenos Aires, Editorial La Colmena.

Rubiolo, D.
2003. Hoja Geológica 2366-II/2166-IV. La Quiaca. Provincias de Jujuy y Salta
(1:250.000). Boletín 246. Buenos Aires, Instituto de Geología y Recursos
Minerales-SEGEMAR.

Salas, A.
1945. El Antigal de Ciénaga Grande (Quebrada de Humahuaca. Prov. de Jujuy).
Publicaciones del Museo Etnográfico de la Facultad de Filosofía y Letras V, Serie A: 7-266.

Sánchez, S. y G. Sica
1990. La frontera oriental de Humahuaca y sus relaciones con el Chaco. Bulletin de
l’Institut Francais d’ Etudes andines 19(2): 469-497.

Sepúlveda, M.
2008. Arte rupestre en Tiempos incaicos: nuevos elementos para una vieja discusión.
En P. González Carvajal y T. Bray (eds.), Lenguajes visuales de los Incas: 111-124.
Oxford, Archaeopress. BAR Internacional Series 1848.

Turner J.C.
1964. Descripción geológica de la Hoja 2c, Santa Victoria (Provincias de Salta y
Jujuy). Boletín 104. Buenos Aires, Instituto Nacional de Geología y Minería.

Turner, J. C. y R. Mon
1979. Cordillera Oriental. En J. C. Turner (ed.), Geología Regional Argentina. Segundo
Simposio de Geología Regional Argentina. Academia Nacional de Ciencias 1: 57-
94, Córdoba.
La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 197

Uribe, M. y C. Carrasco
1999. Tiestos y piedras talladas de Caspana: La producción alfarera y lítica en el
Período Tardío de Loa Superior. Estudios Atacameños 18: 55- 71.

Ventura, B. N.
1999. La arqueología de los valles ubicados al oriente de las Serranías de Zenta
y Santa Victoria, Salta. Tesis Doctoral inédita, Facultad de Filosofía y Letras,
Universidad de Buenos Aires.
2011. La Colección Márquez Miranda. Análisis del material arqueológico
proveniente de los valles orientales del norte de Salta (Argentina). Trabajo
presentado en el II Simposio Colecciones de Museos e Investigación, Patrimonio,
Diversidad cultural e Inclusión social: 1-10. CD-ROM. Salta.
2013. Mirando hacia arriba. Las Tierras Altas vistas desde las Yungas salteñas
(Argentina). En M. E. Albeck, M. Ruiz y M. B. Cremonte (eds.), Las tierras altas
del Área Centro Sur Andina entre el 1000 y el 1600 d.C. (TANOA 2):121-157. Jujuy,
EdiUNJu.

Ventura, B. y G. Oliveto
2014. Resabios de otros tiempos. Dominio incaico en los valles orientales del norte
de Salta, Argentina. Bulletin de l’ Institut Francais d’ Etudes Andines 43(2): 285-310.

Ventura, B. y A. Scambato
2010. Circulación de objetos de metal en las Yungas salteñas. Trabajo presentado
en el XVII Congreso Nacional de Arqueología Argentina, Mendoza.
2013. La metalurgia de los valles orientales del norte de Salta, Argentina. Boletín del
Museo Chileno de Arte Precolombino 18(1): 85-106.

von Rosen, E.
1990. Un mundo que se va. San Salvador de Jujuy, Universidad Nacional de Jujuy.

NOTAS
1
Debido a las inundaciones que producía ese río en la ciudad de Orán, en el año
1865 el curso del Iruya fue cambiado hacia el río Pescado (Reboratti 1998).
2
Agradecemos las fotos de estos materiales a Clarisa Otero.
3
La estructura rectangular de PVRC al ser excavada presentó una pared interna
ovalada, “con ángulos redondeados, lo que le daba una visible tendencia a la forma
elíptica” (Márquez Miranda 1939:152).
4
Esta pieza no fue hallada cuando revisamos la Colección en el Museo Etnográfico.
Posteriormente, M. Florencia Becerra la registró en 2016 (ver Nota en el debate de
este trabajo).
5
Análisis realizados en SEGEMAR.
6
Agradecemos las determinaciones del trilobite llevadas a cabo, en forma separada,
por los Drs. F. Tortello (MLP) y E. Vaccari.
7
Al estudiar la CMM no se confirmó este dato, ya que no se hallaron piezas de metal
con mangos de madera.
8
Piezas MLP-D25 Colección Márquez Miranda N° (b) 7832/26059 “Cabeza de lla-
ma” y N° (b) 7765/ 25992 “objeto de piedra”.
9
Esta pieza no ha sido hallada hasta el momento en la Colección MM (MLP).
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad

DEBATE

VENTURA

Cremonte: Me parece interesantísimo y muy bueno todo lo que se puede sa-


car revisando las viejas colecciones que están depositadas en los museos y que
permanecen tantos años sin que nadie las mire, sin que nadie trate de inte-
grarlas. Éste es un trabajo realmente muy detallado y de mucho tiempo. ¿Vos
considerás que esos chipanas del mapa de Saignes ¿serían ocloyas?, porque
ahí en el mapa “Los Chipanas” están al noreste de Humahuaca. Ah, sí, claro,
es la posición del mapa. Y, vos considerás ¿cuál es la relación con los ocloyas?

Ventura: No puedo hacer una asociación directa, ni atribuirles etnicidad. La


documentación dice que tenían casas redondas y calles, y que no tenían ríos
sino pozos. Si uno ve el registro arqueológico es así, hay casas redondas, que
están lejos de los ríos, tienen surgentes de agua y claras áreas de circulación.
Por ejemplo, Pueblo Viejo de Rodeo Colorado es así, pero no voy a hacer
una asociación directa. Estas estructuras circulares grandes, de paredes dobles
no son comunes en el Noroeste. Titiconte, también es un sitio atípico, por-
que no es uno de los clásicos sitios incaicos. Raffino dice que sería un centro
administrativo, también Ana María Presta apoya esta propuesta. Además de
estos sitios, mencioné rápidamente algunos otros. En esta última campaña
aparecieron otros dos pequeños pueblitos, siempre relacionados a este tipo
de construcción y a campos de cultivo, todo esto se registra en los sectores me-
dios de los valles. Huaira Huasi, ustedes vieron en la presentación la posición
de ese sitio, en el valle de Nazareno, también tiene esas grandes estructuras
circulares, algunas con piedras canteadas. Márquez Miranda dice que ahí hay
una estructura rectangular. Las zonas mineras están sobre los 4.000 msnm,
por ahora no voy a trabajar eso, o sea, el que quiera subir los 4.000 metros,
que vaya. [NOTA: Las áreas mineas están siendo estudiadas por M. Floren-
cia Becerra desde 2016. Ventura, B., M. F. Becerra y C. Angiorama. 2016. La
producción minero-metalúrgica en la Puna de Jujuy y los Valles orientales
del norte de Salta (siglos XV a XVII). Un enfoque macro-regional. Ponencia
presentada en el XIX Congreso Nacional de Arqueología Argentina. Tucumán.].
En estos valles siempre hay asentamientos con estructuras circulares, pero en
distintas posiciones… Márquez Miranda los separa en Pueblos Viejos y, en
Pucaras a los que están en posiciones altas. Respecto al tercer objetivo incaico,
que sería la defensa de los valles de las poblaciones que vienen del oriente, de
las tierras bajas, no hay sitios defensivos, es decir, sacando Titiconte que tiene
DEBATE de: La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 199

una muralla y Zapallar que menciona Márquez Miranda que tiene un muro
de protección, no hay fuertes o algún rasgo defensivo, sólo las posiciones al-
tas. Por otro lado, Pueblo Viejo de Rodeo Colorado está en una ladera, tiene
muy fácil acceso y domina toda el área agrícola.

Albeck: Porque para llegar allí desde abajo...

Ventura: Bueno, porque nosotros estamos acostumbrados a andar en vehículo


pero, para el que está acostumbrado a caminar allí, no es tan difícil. Sí, son
valles de difícil acceso, por eso Pedro Lozano dice que esas poblaciones están
escondidas ahí, protegidas por lo quebrado del relieve. Por eso estas poblacio-
nes siguen ocupando estos valles en momentos en que ya los españoles están
moviendo en el valle de Zenta- San Andrés a las poblaciones de churumatas y
de ocloyas, a las que bajan a los valles de Jujuy. Pero no logran llegar hasta es-
tos valles, porque, también dice Lozano, que estas poblaciones bajan a pescar
al río Bermejo pero que después se ocupan de ocultar bien sus caminos, sus
huellas, para no ser encontrados por los españoles. Dice que son muy valien-
tes y se animan a bajar a pescar al río Bermejo, pero después tapan sus huellas
para no ser encontrados. También, en esta última campaña me han señalado
otros asentamientos con recintos circulares, más al este. Pero, hay que llegar
a esa zona. Todavía no empecé a excavar, la próxima campaña va a ser para
excavar el sitio Pueblo Viejo de Rodeo Colorado. Creo que toda esta zona es
sumamente interesante. [NOTA: En 2013 se hizo una primera excavación de
un recinto en este sitio].

Nielsen: Pensando esto de la arquitectura como un mejor indicador, parece


razonable. Quiero decir que en Iruya aparentemente habría en momentos
incaicos dos tipos de arquitectura, porque el Pucara del pie de la cuesta de
Coranzulí, es distinto, es una arquitectura que podría estar en cualquier lugar
de la quebrada de Humahuaca.

Ventura: Eso es lo que dice Márquez Miranda, que Pucara del pie de la cuesta
de Coranzulí es totalmente distinto a lo que encuentra al norte de Iruya.

Nielsen: Claro, y su cerámica es la habitual en la quebrada de Humahuaca,


incluyendo platos patos y Humahuaca-Inca en superficie, lo que alcancé a ver
y, un poco más allá, en Titiconte, la arquitectura es totalmente diferente y la
cerámica también. Allí habría en época incaica, contemporáneos, al menos
hasta donde podemos discriminar, dos grupos distintos que están a poca dis-
tancia en la misma cuenca, ahí no más, en forma cercana.

Ventura: Al parecer, es como un límite en Iruya, en Titiconte, en donde hay


estructuras circulares. En Titiconte hay similares construcciones a las que hay
200 Beatriz N. Ventura

en Ramada Esquina y en Rodeo Colorado también hay un parecido. Hay te-


chos en falsa bóveda, nichos en las paredes internas…

Nielsen: Sí, quería decir simplemente que hay buenas evidencias para decir
que los incas están moviendo poblaciones y algunas como las de Humahuaca
me parece que es claro que están siendo movidas. De hecho, no hay asenta-
mientos humahuaca pre-incaicos en el valle de Iruya, hasta donde sabemos.

Ventura: Hasta ahora no.

Nielsen: Como sucede en valles orientales se están expandiendo, es el ámbito


donde están asentándose poblaciones humahuaca. También, quiero decirte
que un sitio que tiene esa misma arquitectura es el Durazno, que lo publicó
Madrazo hace un montón de años.

Ventura: Pero no tiene esas estructuras circulares, estuve en el Durazno y no


tiene esas estructuras circulares de 5 metros de diámetro.

Nielsen: El sitio en el que yo estuve y levanté el plano, sí. Tiene estructuras


circulares, hasta tiene algunos vanos medio trapezoidales y arquitectura sedi-
mentaria, lo que pasa es que el Durazno…

Ventura: ¿Cuál Durazno, cerca del alero con arte rupestre?

Nielsen: Eso está cerca de la escuela, un poco más abajo…No, no, el sitio
que menciona Madrazo que tiene una colección de materiales muy puneños,
tiene pucos Poma, vasos hilanderos, hay hasta cuchillos creo, no recuerdo
ahora. Esto está en una revista Etnia de aquéllas donde salen varios trabajos
de Madrazo. Allí está la lista de la colección que él obtuvo de una cueva
funeraria y lo que hice es levantar el plano y es exactamente ese tipo de ar-
quitectura, incluso ese patrón de terminación de la mampostería y hay hasta
vanos probablemente, ya que estaba muy cubierta por vegetación y lo que
parecieron ser cámaras subterráneas. No sería raro que esta gente está siendo
movida por el inca. Te lo digo como el dato más meridional que conozco de
esa arquitectura.

Angiorama: Quería saber qué minerales metalíferos hay en cerro Fundición y


cerro Minero.

Ventura: Hay minas de galena, de cobre, eso está en el informe que te entre-
gué.

Angiorama: Bueno, ¡gracias! me lo diste ayer, ya lo voy a leer. Entonces, uste-


DEBATE de: La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 201

des no han ido todavía, no lo van a trabajar, pero tampoco no han ido hasta
ahora.

Ventura: Muchas de las minas son de galena, plomo, cobre. Las minas están
sobre los 4.000 msnm y ése es un tema que desconozco, el que quiera ir a bus-
carlas, que vaya. Yo seguiré en zonas más bajas, de valles.

Angiorama: No hay problema, lo busco después en el informe. La otra pre-


gunta es sobre ese “ídolo del Titicaca” de Titiconte, ¿vos lo viste?

Ventura: No, en la publicación de Titiconte está el dibujo. Lo busqué en la


colección del Museo Etnográfico y no estaba. [NOTA: Esta pieza fue hallada
en 2016 por M. Florencia Becerra en el Museo Etnográfico revisando colec-
ciones de los valles orientales del norte de Salta y de la Puna de Jujuy. Teresa
Plaza realizó análisis de esta pieza mediante fluorescencia de rayos X portátil
en 2017].

Angiorama: Claro, está el dibujo. ¿Vos no lo viste? Y ¿sabés de qué metal es?

Ventura: La publicación de Debenedetti y Casanova dice que es de bronce.

Angiorama: De bronce ¿pero no está el análisis? No es de plata. Y ¿cuál es el


tamaño?

Ventura: De unos 7 cm… Una consulta. ¿Alguien ha visto este tipo de flautas
líticas?… von Rosen encuentra en Tolomosa (Tarija) unas similares.

Cremonte: Habría que consultar con Mónica Gudemos. Flautas líticas hay en
Tilcara y ha hecho un estudio interesante. También, en el museo de Sucre
donde fuimos con Mariette (Albeck) vimos una flauta de piedra.

Ventura: Algo que también quisiera aclarar son las diferencias que encuentro
entre un centro administrativo como Titiconte, el cual es un sitio de gran im-
portancia, pero cuyos materiales podríamos definirlos en general como “po-
bres”, en cuanto a la metalurgia, a la cerámica, no así a la piedra. A diferencia
de Pueblo Viejo de Rodeo Colorado y en otros sitios cercanos en donde hay
materiales que podrían considerarse de prestigio.

Cruz: Quizás hay alguna relación con Choquequirao, aparte de estos aterra-
zamientos con llamitas, que se destacan de la arquitectura inca de esa zona
central. También, creo que es el único sitio ceremonial que tiene estas estruc-
turas circulares, de hecho, ése fue el argumento para que se re excavara hace
poco tiempo, porque salía de las normas de Machu Picchu. En un principio
202 Beatriz N. Ventura

se pensaba que esas estructuras circulares eran pre-incaicas. Pero no, eran
contemporáneas. Y, también, en la zona de Calilegua, los sitios como “Horco
Quebracho” se destacan por presentar conjuntos de estructuras circulares, de
diámetros semejantes.

Ventura: ¿Con muros dobles?

Cruz: Sí.

Ventura: Yo creo que en toda esa franja oriental hubo distribución de diferen-
tes poblaciones. Pero, si hay distintas poblaciones ¿por qué las estructuras son
similares? Lo que esperaría es también diferencias en las construcciones, unas
rectangulares, otras cuadradas, otras circulares, digamos diversidad, pero acá
aparecen sólo estas circulares.

Albeck: Pero Huaira Huasi tiene una estructura distinta.

Ventura: Tiene piedra canteada… pero Rodeo Colorado también… sólo que
hoy queda sólo una parte del sitio nada más, pero Márquez Miranda dice que
Rodeo Colorado también tenía. Menciona otros elementos relacionados con
la minería en Molino Viejo, que siempre uno lo asociaba a tareas agrícolas,
pero que está justo en medio del área minera. O, en Tuc Tuca, por ejemplo,
cuando Alberto Salas (1945) hace la mención de los pueblos de ocloyas men-
ciona a Toc Toca… un asentamiento en plena área minera.

Cruz: Otra cosa, en tu informe, a mí me llamo mucho la atención que en


Rodeo Colorado, que tenés plata pura, al 100% y plomo puro, al 100%. Yo lo
tomaría como un indicador de que están realizando actividades metalúrgicas
por ahí. No solamente reducción de minerales, sino actividades más comple-
jas como una copelación de la plata. Para obtener plata y plomo con ese nivel
de pureza es necesaria una fase de refinación; están separando la plata del
plomo y queda el plomo puro como resultado. Podría ser un indicador de
una producción local, y no que estén intercambiando o circulando plomo
de otros lados. Me parece un dato muy importante, porque no hay muchos
otros indicadores de estos procesos de refinación por copelación en tiempos
prehispánicos del plomo argentífero.

Cremonte: Y, eso, ¿cómo se hace?

Cruz: Es una fundición en dos tiempos, una extractiva, que quizás ahí inter-
viene el plomo argentífero, que era para ayudar a fundir el mineral en plata
y, una segunda etapa en otro horno, que generalmente tiene una capa de
cendrada en la base, animal o vegetal. Es en esa cendrada que se atrapará el
plomo, mientras que la plata va a quedar pura por encima. [NOTA: Es una
DEBATE de: La ocupación inca en los valles orientales del norte de Salta (Argentina) 203

tecnología que si bien fue desarrollada en Europa, sabemos que también fue
aplicada por los metalurgos andinos antes de la llegada de los españoles].

Angiorama: Quiero preguntar en relación a eso, si no hay evidencias colo-


niales.

Ventura: No, hasta ahora no. Sobre Rodeo Colorado siempre se pensó, diga-
mos, en los años de 1960, como un sitio temprano, por esto de llevar todo lo
que es de la quebrada de Humahuaca y la Puna a otros lados. Estaba esa idea
de que los recintos circulares eran tempranos y no podía uno salirse de eso.
Además, están las grandes vasijas tubulares, no las presenté en este trabajo
porque ya las mostré en otros, pero las vasijas tubulares que encuentra Már-
quez Miranda en Pueblo Viejo de Rodeo Colorado también se asociaban a
las vasijas tubulares de la quebrada de Humahuaca y, entonces, los sitios eran
tempranos. Hasta ahora en la colección de Márquez Miranda no hay fragmen-
tos cerámicos tempranos. Y tampoco coloniales pero, en función a lo que él
buscaba podía perderlos de vista [NOTA: Posteriormente se registraron cuen-
tas europeas en la Colección Márquez Miranda]. Pero, por otro lado, Juan
Carlos Balmás realizó en los años de 1990 siete análisis sobre piezas de metal
de sitios de la zona. Las piezas las pidió a los pobladores locales y en varias de
ellas le da altos contenidos de plomo. Entonces, cuando nosotras comenza-
mos a hacer análisis a las piezas de la Colección Márquez Miranda pensamos
que nos darían contenidos de plomo, pero ninguna pieza tenía plomo, salvo
la bola de plomo. Estamos pensando que, posiblemente, después de que los
españoles ocupan los valles esas poblaciones siguen haciendo estas mismas
piezas, porque las formas son similares a piezas de excavación, que no tienen
plomo. Por lo cual, consideramos que las piezas provenientes de excavaciones
corresponderían a momentos incaicos y las otras, con plomo, serían posterio-
res. Pablo (Cruz) me decía que podía no ser así, como recién comentó. O sea,
¿pudieron estas piezas con plomo haber sido hechas previamente a la entrada
española?

Cruz: Sí.

Angiorama: ¿Hay evidencia de manufactura con respecto a lo encontrado?

Ventura: No, y no creo que aquí se encuentre, esto es material principalmente


de tumbas, pero hay instrumental, hay cinceles, buriles, manos, morteros.

Angiorama: Sí, claro, pero no hay moldes, crisoles, escorias. Una cosa es, al
menos desde mi experiencia, desde mi opinión, que son muchos más frecuen-
tes los lugares mineros donde se hace metalurgia extractiva con copelación,
purificando, que lugares donde se fabrican objetos, para esta época.
204 Beatriz N. Ventura

Ventura: Creo que en algunos de los sitios, alrededor de estos cerros mineros
vamos a encontrar, los sitios donde se hacían... Pero, en las colecciones hasta
ahora no. Hay una cosa que se llama cardenillo, pero todavía no lo hicimos
analizar, es lo único raro, como una esponja.

Cruz: Eso parecía ser de cobre. Después de la copelación del cobre, cuando
se saca el plomo y otros metales, a veces queda una estructura esponjosa de
cobre semejante.

Angiorama: Pero sigue siendo una metalurgia extractiva.

Ventura: Hay instrumentos de piedra, hay todo tipo de hachas, martillos,


palas, también con otras funciones, no solamente agrícolas, siempre se ha
asociado todo ese material con la agricultura. Julio Ávalos es quien está es-
tudiando las palas. Hay otro tipo de piezas de piedra, los morteros, algunos
bien cavados, con colorante rojo. Pero, con algo relacionado a metalurgia no,
todavía no hay, ni material cerámico relacionado. Pero, todavía falta analizar
mucho material.

Williams: ¿No se encuentran las libretas?

Ventura: No, no se encontraron las libretas de Márquez Miranda.

Lamenza: Sólo un comentario. En una de las diapositivas mostraste un hacha


igual a las que tenemos nosotros en el Chaco y había otra más chica muy pa-
recida, pero éstas de los valles están mucho más usadas, el filo está más parejo.
Las nuestras están poco usadas.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad • 205-235

MEMORIAS DE MONTAÑAS Y METALES.


INCAS Y CHIRIGUANAES EN EL ESTE DE LOS ANDES

Pablo Cruz*

EL INFIERNO VERDE, LOS INCAS Y LOS REYNOS PERDIDOS DEL METAL

Es casi una generalidad que en las representaciones que se tienen de una


región o de un territorio determinado, el pasado de los mismos se vea rela-
cionado casi automáticamente con una cultura, o un período particular, con-
siderado como representativo, cuando no emblemático del mismo. Tal es el
caso de los Andes con los incas. Ciertamente, mucho de estas adscripciones
resultan de los procesos de construcción de las identidades nacionales, sobre
todo cuando las mismas resultan un motivo de orgullo colectivo. Pero muchas
veces, para que estas filiaciones identitarias tengan su efecto, tienen que po-
der conjugarse comparativamente con sus opuestos. El Imperio del Sol de los
incas no sería el mismo si sus fronteras no tuvieran que haber lidiado con los
salvajes y feroces indios de la vertiente oriental andina, llámense éstos, antis,
chunchos o chiriguanos.
La construcción de la vertiente oriental andina como espacio inhóspito y
salvaje respondió en gran medida a la visión del Tawantinsuyu transmitida a
los españoles por los propios incas. Sin embargo, sabemos que, por lo menos
en los casos de los cuadrantes sur y este del Imperio, el Collasuyu y el Antisuyu,
su expansión territorial superó por mucho los límites señalados en las fuentes
históricas1, los cuales se encuentran resumidos en el conocido mapa de las
“tribus y provincias” del Imperio Inca confeccionado por el pionero de Rowe
(1963:189). En esta perspectiva, el límite oriental del Tawantinsuyu habría
estado marcado por una serie establecimientos imperiales interpretados
como fortalezas de frontera y guarniciones de avanzadas, tales como Ixiamas
en el piedemonte del norte de La Paz, Samaipata en Santa Cruz de la Sierra,
Oroncota y Cuzcotoro en Chuquisaca, Pueblito de Calilegua en Jujuy, y más al
sur el Pucará de Aconquija, por sólo citar algunos (Figura 1). Más allá de estos
límites se encontraría un vacío territorial ocupado, tal como lo señala Rowe
en su mapa, por unas no muy definidas “tribus de montaña”.

*
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) - Centro de
Investigaciones en Ciencias Sociales Regionales y Humanidades (CISOR). Universidad
Nacional de Jujuy. saxrapablo@gmail.com
206 Pablo Cruz

Figura 1. Mapa con localización de Saipurú e informaciones referidas en el texto.

Esta interpretación de la frontera oriental del Tawantinsuyu en la vertiente


oriental andina puede ser hoy cuestionada. Primero, por las propias funciones
que tuvieron estos establecimientos incaicos terminales, los cuales, de manera
Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el este de los Andes 207

general, fueron muy poco estudiados. En los casos de los centros administrati-
vos de Ixiamas y Samaipata sus caracterizaciones como “fuertes” habrían sido
dadas durante sus ocupaciones coloniales; mientras que Cuzcotoro, Oroncota
y Pueblito de Calilegua, interpretados como establecimientos fronterizos, en
algunos casos como guarniciones militares (Raffino 1993), se tratarían más
bien de sitios relacionados con la explotación de recursos locales, en parti-
cular la explotación de yacimientos mineros. Incluso, otros establecimientos
atestiguan sobre una expansión de los incas más allá de la vertiente oriental
andina. Por ejemplo, el sitio Las Piedras localizado en la confluencia de los
ríos Madre de Dios y Beni en la Amazonia boliviana (Pärssinen et al. 2003),
Saipurú en el Chaco boliviano (Cruz y Guillot 2010) y, quizás el caso más
extremo, aquellos establecimientos incaicos localizados en la cuenca del río
Salado en la provincia de Santiago del Estero (Taboada y Angiorama 2010).
En este mismo sentido, recientes estudios históricos vienen subrayando una
presencia de los incas en la vertiente oriental andina y tierras bajas relaciona-
da principalmente con la explotación y producción de metales, dando una
nueva vida al debate en torno al ya legendario Paititi (entre otros, Tyuleneva
2003, 2011; Combès 2005, 2009, 2011; Julien 2007, 2005), sin duda el más
renombrado de los reinos de metal ubicado al este de los Andes. Recordemos
aquí que, desde las expediciones de Candia y Peranzúrez (1538-1539) en ade-
lante, la búsqueda de esta fabulosa fuente de metales fue el motivo por el cual
se realizaron la mayoría de las entradas españolas en las tierras bajas, tanto
desde el Perú como desde el Paraguay. Sin embargo, no sólo ninguna de estas
expediciones que se adentraron en el infierno verde logró dar con este legen-
dario lugar, sino que muchas de ellas terminaron en verdaderas catástrofes.
Aun así, la multiplicidad de referencias historiográficas sobre el Paititi deja
pocas dudas acerca de su real existencia, y de su vínculo con los incas.
No existe actualmente un consenso sobre el origen y significado del tér-
mino “Paititi” y sus variantes lexicográficas. Incluso, partiendo del mito de
Pai Sumé, nombre dado en muchos pueblos de las tierras bajas a una divi-
nidad civilizadora, Combès relacionó recientemente el Paititi con el mundo
guaraní al punto de afirmar que se trata de “un nombre, una creencia y una
búsqueda guaraní” (Combès 2011:98). Desde nuestra perspectiva, el sentido
de la palabra Paititi se encuentra en los Andes, donde aparece en las fuentes
andinas varias décadas antes que en las del Paraguay, vinculándose siempre
con las fuentes de metales. En efecto, en quechua, Paititi puede ser desglo-
sado en el artículo “pai” (el) que actúa como prefijo nominal y “titi” que se
traduce como plomo (Santo Tomás [1560] 1951:175; González de Holguín
[1608] 1952:225). Mientras que en aymara, titi fue traducido por Bertonio
([1612] 1984:353) tanto como plomo como “gato montés”, refiriéndose a la
aparición de un felino solar sobre las peñas de la isla Titicaca. El término titi
tuvo, sin embargo, un sentido mucho más amplio que estas dos aserciones.
Más que referirse al plomo, titi habría sido una denominación genérica dada
208 Pablo Cruz

a los metales o, al menos, a un conjunto de ellos. El sentido polimetálico de


esta palabra es señalado explícitamente tanto por el propio Ramos Gavilán
([1621] 1976:46) cuando afirma que titi (aymara) “significa cobre, plomo es-
taño” como en los diccionarios de Santo Tomás ([1560] 1951) y González
de Holguín ([1608] 1952). En el antiguo puquina del Collao, titi se presenta
como variante de “tiri” en una acepción cercana a la de “Señor” (Cerrón Palo-
mino 2011:126). En estos sentidos, muy probablemente el nombre de Paititi
habría sido utilizado en referencia al “metal”, y más precisamente al “lugar
del metal”. Así, más que un lugar en particular, se trataría de un término apli-
cado a aquellas importantes fuentes de metal, lo cual resulta coherente con
las múltiples y divergentes referencias sobre el “Paititi” que aparecen en las
fuentes documentales coloniales. En efecto, bien que la mayoría de estas fuen-
tes concuerdan en que el Paititi estuvo localizado al este de los Andes, ellas lo
ubicaron entre algún lugar de la Amazonía peruana (Ucayali, río Madre de
Dios) y el área de Larecaja y el Beni (Tipuani, Moxos), llegando incluso a las
puertas del Mato Grosso (serranías de San Simón y dos Parecis). En relación
a lo señalado anteriormente, es de destacar que, desde el punto de vista meta-
lográfico, cada uno de estos Paititi referidos en la documentación colonial se
encuentran en zonas que se corresponden con importantes depósitos de mi-
nerales metalíferos: la franja polimetálica de la cordillera oriental (todo a lo
largo de la vertiente oriental), la cuenca aurífera amazónica (Ucayali, Moxos),
la franja polimetálica de Sumsas (Moxos y Chiquitanía) y la cuenca aurífera
de Paragua (río Iténez, serra dos Parecis) (Tejada Soruco 2012:27).
A la luz de informaciones históricas y nuevos datos arqueológicos, en este
trabajo procuramos a contribuir en el debate actual sobre las interacciones
entre los Andes y las tierras bajas desde una mirada meridional de la vertiente
oriental andina. Más allá de poner en cuestionamiento las bases y supuestos
de una narrativa de los Andes fundada en su alteridad con las tierras bajas, el
objetivo es reflexionar acerca de la gravitación que tuvieron “la montaña” y las
tierras bajas en los procesos históricos y dinámicas culturales de los pueblos
andinos, particularmente en los incas. En un primer tiempo trataremos sobre
la caracterización de la vertiente oriental andina y tierras bajas adyacentes
como espacio de salvajismo, concentrándonos en el caso de la cordillera chi-
riguana y la categoría de chiriguanae 2. Seguidamente, partiendo de los resulta-
dos alcanzados en Saipurú (departamento de Santa Cruz, Bolivia), trataremos
sobre la presencia de los incas en esta región y su relación con la producción
de metales.

LOS CONFINES DE LOS ANDES Y LA CORDILLERA CHIRIGUANA

Como sucede con varias otras grandes regiones del planeta, los Andes,
en tanto que sustrato cultural, fue más el resultado de un constructo narra-
Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el este de los Andes 209

tivo forjado desde la alteridad que el reflejo de una unidad palpable dentro
de la diversidad geográfica y ambiental que posee la formación montañosa
del mismo nombre. Sería a partir del desembarco de los españoles en la
costas del Perú, cuando sus ojos se toparon frente a una multiplicidad de
nuevos relieves, culturas, lenguas y territorialidades, que esta narrativa co-
menzaría a moldearse, varios años antes de que la palabra Andes asomara
en el vocabulario adoptado por los conquistadores. Recién a finales de los
años 1540 el vocablo Andes aparece en las fuentes históricas (por ejemplo,
Anónimo [1548] 1896:227), como una derivación del término “Antisuyu”, en
referencia tanto al nombre del cuadrante oriental del Tawantinsuyu, como
al espacio de verdes serranías situadas al este del Cuzco, territorio de un
histórico enemigo de los incas: los antis. En contraste con la “sierra”, que
identificaba por entonces al espacio altoandino, los Andes fueron el lugar
ocupado por las “montañas”. No se trataba unicamente de una diferencia
de alturas y relieves, “las espantables montañas que decimos de los Andes”
(Sarmiento de Gamboa [1572] 1943:40) eran descritas como un verdadero
infierno vegetal, de tierras enfermas e infestadas por insectos y fieras y, por
sobre todas las cosas, poblada por salvajes y belicosos indios, como los antis y
los chunchos3, tenidos por comedores de carne humana (p.e. Guaman Poma
de Ayala ([1615] 1989; Sarmiento de Gamboa [1572] 1943). La sierra, por su
parte, era el espacio de los pueblos civilizados, como los incas y los qulla, de
sus ciudades, sus caminos y sus chacras cultivadas. No sería hasta finales del
siglo XVI que el término Andes comenzaría a emplearse, por ejemplo bajo la
pluma del extirpador Acosta ([1590] 1987:94), para referirse al conjunto de
la cordillera (altiplano, sierra y montaña). Paradojicamente, con el correr de
los años, la palabra Andes se identificaría más con la otrora sierra, mientras
que la montaña continuaría llamándose como tal.
Esta imagen de la vertiente oriental andina como un impenetrable contra-
fuerte de cerros abruptos, bosques y alimañas, se encuentra claramente ex-
puesta en el “Mapa Mundi de las Indias del Perú” de Guaman Poma de Ayala
([1615] 1989:983-984). En el mismo, el espacio “andino”, donde figuran los
representantes de los cuatro cuadrantes del Tawantinsuyu y los nombres de las
principales ciudades del Perú, es mostrada como una extensa y apacible pla-
nicie que se extiende hasta el Pacífico, omitiendo toda figuración de cerros y
cordilleras. Más aun, en la misma cadena de montañas de los antis y los chun-
chos, aparecen los “Chille hasta los yndios Arauquas, Mosquitos que fueron
sugeto al Ynga”. De suerte que, en una clara visión ptolomeica del espacio,
las montañas vinieron a marcar desde la alteridad no sólo los límites de los
Andes, sino los confines del mundo civilizado.
Desde esta narrativa del Ande civilizado y civilizador, los antis se extendie-
ron física y conceptualmente hacia el sur más allá del territorio de los chun-
chos, incorporando las montañas meridionales que serían más tarde conoci-
das como “cordillera chiriguana”. Así fue señalado explícitamente por Garci-
210 Pablo Cruz

laso de la Vega ([1609] 1985), sin duda uno de los principales artífices en la
construcción de esta narrativa, quien no dudó en replicar para esta región las
mismas características de salvajismo anteriormente otorgadas a los antis.

determinó el Inca Yupanqui, pasados cuatro años después de haber enviado


el ejército por el río abajo, como se ha dicho, hacer otra conquista, y fue la de
una grande provincia llamada Chirihuana, que está en los Antis, al levante de
los Charcas. A la cual, por ser hasta entonces tierra incógnita, envió espías que
con todo cuidado y diligencia acechasen la tierra y los naturales de ella, para
que se proveyese con más aviso lo que para la jornada conviniese. Las espías
fueron como se les mandó, y volvieron diciendo que la tierra era malísima, de
montañas bravas, ciénagas, lagos y pantanos, y muy poca de ella de provecho
para sembrar y cultivar, y que los naturales eran brutísimos, peores que bestias
fieras; que no tenían religión ni adoraban cosa alguna; que vivían sin ley ni
buena costumbre, sino como animales por las montañas, sin pueblos ni casas,
y que comían carne humana, y, para la haber, salían a saltear las provincias
comarcanas y comían todos los que prendían, sin respetar sexo ni edad, y
bebían la sangre cuando los degollaban, porque no se les perdiese nada de la
presa (Garcilaso de la Vega [1609] 1985:II, 123).

Desde temprano en la colonia, el término Chiriguana fue usado para de-


signar a la vez una región en el piedemonte andino, la cordillera chiriguana,
y el grupo étnico que la habitó, los “chiriguanaes/os”, resultante de la mez-
cla de sangre entre los invasores guaraníes y los sometidos chanés. Estas dos
aserciones imbricadas la una en la otra, comportan una cronología definida
-aunque no ajustada-, que comienza con el arribo definitivo de los guaraníes
en el piedemonte andino. De manera resumida, las fuentes clásicas señalaron
varias fases u oleadas migratorias de los guaraníes en el contrafuerte andino,
desde el reinado de Pachacuti Yupanki (1438-1471), hasta la expedición de
Ñuflo de Chávez en 1564 (Gandia 1929). Sin embargo, durante los prime-
ros años de la conquista española, el término Chiriguana no aparece en las
fuentes vinculada a la vertiente oriental sino mas bien como una sinonimia
explicitada de Chile, “Chile o Chiriguana”, o bien como un reemplazo de
Chile4 para designar el territorio que partió a conquistar el adelantado Diego
de Almagro. Estas fuentes fueron recientemente re-examinadas por Isabelle
Daillant, quien pudo reconstruir el derrotero que tuvo el término chiriguana
antes de lograr su connotación geográfica y conceptual definitiva en la segun-
da mitad del siglo XVI (Cruz et al. 2011). En su mayoría se trata de fuentes
muy tempranas y poco conocidas, redactadas entre 1536 y 1538, o pocos años
más tarde, cuando los cronistas regresaron a España, pero continuaron em-
pleando un vocabulario de la época en que recolectaron las informaciones.
Las mismas se encuentran relacionadas con la entrada de Diego de Almagro
en Chile (1535-1537) y, en todos los casos, Chiriguana aparece como un tér-
Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el este de los Andes 211

mino exclusivamente geográfico. Un ejemplo lo encontramos en una carta de


Francisco Pizarro ([1536] 1986:225) quien encomendaba a Andrés de Azcutia
para que vaya “a las prouinçias de chiriguana en busca del señor adelantado
Don diego de almagro”.
No sería hasta años más tarde, que el término Chiriguana comenzaría a
despegarse de Chile para situarse al otro lado de la frontera, en el norte de
Argentina, en una región recorrida por Diego de Almagro en su periplo ha-
cia Chile5. Chiriguana comienza entonces a figurar como una región pre-an-
dina, o del piedemonte, pero en latitudes demasiado meridionales como
para concernir a las migraciones guaraníes. Es en esta región que encontra-
mos, otros años más tarde, el término “chiriguanaes” en tanto que gentilicio
(por ejemplo, de La Gasca [1549] 1867:79). Es importante señalar aquí que
hasta entonces, ninguna fuente señalaba la existencia precisa de un pueblo
“chiriguana” o un territorio “Chiriguana”, en el piedemonte andino. Resulta
relevante aquí la entrada que Diego de Rojas realizó por Tarija en 1539-1540,
la cual se considera generalmente que tuvo como objetivo la conquista de los
chiriguanaes. Sin embargo, en los documentos anteriores a la entrada se se-
ñala que la misma tenía por objetivo no la conquista de los chiriguanaes, sino
mas bien la de los indios “macaros”. 6 La expedición terminó en un fracaso,
no sólo no se hallaron a los indios buscados, sino que a ciencia cierta no se
sabe a dónde fueron, por dónde fueron y, menos aun, a dónde llegaron.
Pero, lo interesante del caso es que en la documentación posterior a la fallida
entrada, sobre todo en probanzas escritas a partir del año 1545, el anterior
gentilicio “macaro” fue reemplazado por el de “chiriguana/chiriguanaes”. Sin
embargo, ninguna de ellas señala haberlos encontrado, ni brinda señales de
su localización. No sería recién hasta 1548 que aparecen los primeros docu-
mentos mencionando a los chiriguanaes sobre un amplio espacio de la ver-
tiente oriental, desde el sur de Santa Cruz hasta Tarija, portando los mismos
atributos de fiereza y belicosidad bajo los cuales serían caracterizados más
tarde. No obstante, el etnónimo chiriguanae continuaba siendo igualmente
relacionado por otros autores con la región de Jujuy, e incluso más al sur, con
la gobernación Tucumán. Así, en 1549, de La Gasca sentenciaba: “Y hecho
el pueblo en Tucuman no solo defenderá á los indios de los Charcas destos
Chiriguanaes, pero aun los subjetarán y quitarán desta bestial costumbre é
uso” (La Gasca [1549] 1867:79). Por su parte, Sotelo de Narváez ([1583]
1965:391) los empujaría todavía más al sur, hasta las cálidas planicies de San-
tiago del Estero:

Comienzan los pueblos que sirven a Santiago dende un pueblo que se llama
Yocoliguala hasta otro que se dice Colosaca y Calabalax. Hay otros muchos en
medio déstos, y de ahí abajo están de guerra. Los más destos pueblos hablan
lengua que dicen tonocote [así, por tonozote] y otra zanavirona, y de ahí abajo
son indios Chiriguanaes, que comen carne humana.
212 Pablo Cruz

Por el lado de los españoles del Paraguay, muy significativamente las fuen-
tes que hacen referencia a los chiriguanaes aparecen recién a partir de 1557,
bajo la pluma del Gobernador del Paraguay Jayme Rasquin ([1557] 2008)
Sabiendo que los colonizadores españoles adoptaban los vocabularios locales,
queda entonces claro que los términos chiriguana y chiriguanaes eran utiliza-
dos en el “Perú”, sobre todo por los incas. En el Paraguay tales términos no
eran usados, ni por los españoles, ni por los indígenas locales -en particular
los guaraníes-, de quienes los primeros se prestaron su vocabulario étnico,
sino hasta 1557. Es decir que estas referencias aparecen en todos los casos
después de realizado el primer viaje al Perú que hicieron los españoles del
Paraguay en 1548-1549 (Julien 2007; Combès 2010).
En síntesis, a todas luces el término “chiriguana” fue empleado durante
los primeros años de la conquista del mundo andino (1530-1545), de una
manera muy amplia y móvil para designar a otros referentes que los grupos
guaraníes establecidos en el piedemonte oriental. Así, por ejemplo, en varias
de las fuentes que narraron las incursiones pioneras de Diego de Almagro
en los Andes meridionales, este término, en tanto que denominativo de un
espacio particular y/o un territorio, designó una “provincia” situada al sur del
Tawantinsuyo, en un vasto espacio que se corresponde a grandes rasgos con la
IV región en el norte de Chile. De hecho, en los primeros años de la conquis-
ta, “Chiriguana” fue corrientemente usado como sinónimo de “Chile”. Pero
en paralelo, territorios poblados por chiriguanaes son igualmente referidos en
regiones del Noroeste argentino (NOA), tales como los valles jujeños y Cal-
chaquíes, e incluso las planicies chaqueñas de Santiago del Estero. Asimis-
mo, en las someras descripciones sobre los chiriguanaes, ellos son presentados
como un pueblo salvaje, nómada y sin ninguna actividad agrícola, caracterís-
ticas que los acercan a la imagen dada a los juríes que poblaron las llanuras
del NOA, pero que se alejan de las conocidas de los grupos guaraníes. Por
el lado de las fuentes originadas por los españoles que incursionaron por las
tierras bajas del Paraguay, resulta muy significativo que el término chiriguana
recién haya sido empleado para designar a los guaraníes establecidos en el
piedemonte oriental recién a partir de 1557. Más aun, antes de esta fecha, en
ninguna de las primeras incursiones de los conquistadores en “tierra aden-
tro” se da cuenta de la existencia de asentamientos o poblaciones relevantes
de migrantes guaraníes. Finalmente, resulta igualmente interesante que estos
primeros españoles que atravesaron el Chaco fueron guiados por aliados gua-
raníes (identificados como carios), quienes por entonces -o, a sus ojos- no por-
taban aun las clásicas caracterizaciones atribuidas a los “salvajes” chiriguanos.
Por otro lado, y contrariamente a la visión uniforme del espacio chirigua-
no, la cual fue construida desde la narrativa del Ande, otras fuentes del siglo
XVI ofrecen una imagen más ajustada de este amplio espacio, donde se des-
taca la profusa mélange de etnónimos e identidades fluctuantes antes, durante
y después del arribo de los españoles. En palabras de José Barbosa ([1719]
Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el este de los Andes 213

1975:9), cronista de Cuiabá, “son tantas naciones que no caben en los archivos
de la memoria”. El padrón de encomiendas de Santa Cruz de 1561 (Combès
2010) es un testimonio explícito de la intensa cohabitación de grupos lingüís-
ticos, naciones y étnias en un territorio relativamente acotado; entre 30 y 40
leguas a la redonda de esta ciudad se concentraron a lo menos seis grupos
lingüísticos7 -entre ellos el guaraní-, y más de 40 grupos étnicos (Julien 2007;
Combès 2010). Se trata, en efecto, de una de las regiones más diversificadas
del continente desde el punto de vista lingüístico (Figura 2).

Figura 2. Mapa étnico de la vertiente oriental andina y tierras bajas en el siglo XVI
confeccionado a partir de las fuentes señaladas.

Sobre el establecimiento de los guaraníes en esta región, es importante


tener en cuenta que las primeras referencias (Irala [1541] 2005; Núñez Ca-
beza de Vaca [1555] 2003) los ubican no en el piedemonte andino, sino en
el área de Itatin -ellos mismos señalados como itatines-, en el actual territorio
de los guarayos, quienes podrían ser sus descendientes, al noreste de la actual
Santa Cruz de la Sierra. La llegada de los guaraníes al contrafuerte andino
214 Pablo Cruz

habría tenido lugar posteriormente, aunque no necesariamente involucraría


a los mismos guaranies/itatines. Esta nebulosa de generaciones y naciones
de indios, sumada a la existencia de amplias áreas inter-étnicas y a la propia
movilidad que tuvieron varios de los grupos que habitaron en la región, difi-
culta sin duda la elaboración de una cartografía étnica ajustada. No obstante,
las informaciones dadas en las fuentes tempranas nos permiten tener un pa-
norama general de lo que ella pudo haber sido y destacar algunos elementos
relevantes. Por un lado, la ambigüedad, fluidez y permeabilidad de los terri-
torios y límites étnicos pone en tela de juicio la aplicación en esta región de
un concepto de frontera en cualquiera de sus formas. Por el otro, relacionado
con lo anterior, el establecimiento de grupos guaraníes en ciertos enclaves
específicos, rodeados por otros grupos étnicos, contesta el supuesto de una
presencia hegemónica en tiempos prehispánicos y comienzo de la colonia.
Así, la conformación de la “cordillera chiriguana” se habría dado de manera
progresiva y sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XVI.
La hipótesis es, entonces, que a los españoles les tomó un cierto tiempo
comprender que lo que los incas llamaban “Chile” (o Chili) y lo que ellos
identificaron como “Chiriguana” no era la misma provincia, aun cuando los
dos términos se encontraban fuertemente asociados. El segundo se encon-
traba sobre la ruta del primero, ir a Chile suponía ir también a “Chirigua-
na”, o pasar por ésta. La hipótesis siguiente es que lo que los incas llamaban
Chiriguana era ciertamente una zona pre-andina, incluso podría tratarse del
piedemonte oriental, pero que se encontraba en una región situada mucho
más al sur de donde se situaría más tarde la “cordillera chiriguana”, notable-
mente en la región de Jujuy. A partir de este punto, varios elementos cobran
relevancia si se re-examinan las fuentes que nos hablan sobre los incas y los
chiriguanaes. Primero, los chiriguanaes son discursivamente asociados con Chi-
le: ellos aparecen en general al mismo tiempo, o en pasajes que se encadenan
inmediatamente. Segundo, llama la atención el carácter inadecuado de cier-
tas descripciones de los chiriguanaes, o de la región que ellos ocupan, dado
que las mismas serían más ajustadas a las sociedades cazadoras-recolectoras
del Chaco. Por supuesto, los chiriguanaes fueron los “grandes” enemigos de los
españoles del Perú. Y ellos practicaban la antropofagia. No es de extrañar en-
tonces las descripciones estereotipadas de los salvajes, tomándose simplemen-
te como caricaturales aquellas que los presentaban como nómadas sin casas y
sin agricultura. Al mismo tiempo, se observan paralelismos significativos entre
estas descripciones y aquéllas brindadas para los habitantes de la región de
Jujuy, independientemente que los indígenas descriptos hayan sido llamados
“juríes”, “arabes” o “chiriguanaes”.
Finalmente, los numerosos espacios inter-étnicos que podemos vislumbrar
en las fuentes del Paraguay, así como las recurrentes asociaciones entre deter-
minados grupos étnicos como los paysunes, chimeos y carcaraes, todos ellos
identificados como “señores verdaderos de metal” (Cruz y Guillot 2010), su-
Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el este de los Andes 215

gieren la existencia de una cierta estructuración territorial. La presencia de


estos “señores verdaderos del metal” en las tierras bajas meridionales8, fue
exhaustivamente analizada por Isabelle Combès (2005, 2009), aunque todavía
no queda resuelto si se trataban de pueblos originarios de esta región, como
fueron los chané y muchos otros, o bien, si se trataba en alguna medida de
grupos procedentes de los Andes. La pregunta no es menor ya que, más allá
de su respuesta, interpela a definir las múltiples concepciones acerca de los
Andes y de lo “andino”. El contraste entre los Andes civilizados y civilizadores,
tierras de minas y de producción de metales, y las salvajes tierras bajas despro-
vistas de mineral, ya no es tan evidente.

SAIPURÚ, LOS INCAS Y EL ASALTO GUARANÍ

“Incas”, “Paititi”, “señores indígenas del metal” e “incursiones guaraníes”


confluyeron al sur de los antis, al pie de la cordillera Chiriguana, en las minas
de Saipurú y Pampaguanaco. Pero a diferencia del legendario Paititi, estos
dos enclaves se encontraban situados en lugares precisos y conocidos. Un do-
cumento, la relación de Diego Felipe de Alcaya ([1600] 1961), brindó detalles
de algunos de los sucesos que tuvieron lugar en estos sitios y de los personajes
que intervinieron en los mismos. La relación cuenta como Guacane, miembro
de élite incaica en el Cuzco, fue encomendado por el capitán Manqo Inga
como Señor y Rey de la vertiente oriental andina, al este de Cochabamba.
Llegando desde Misque, Guacane se establece en Samaipata donde manda a
construir “vna fortaleça grandiosa con muchos aposentos para el alojamiento
de sus soldados de hermosa piedra labrada” (Alcaya [1600] 1961:48), cuyas
ruinas persisten hoy en día. Desde allí Guacane entabla una alianza con Gri-
gotá, Señor de “çinquenta mill indios”, muy probablemente chané, quien le
informa sobre la existencia no muy lejos, al sur de Samaipata, de minas de
plata y cobre en Saipurú, y de oro en Pampaguanaco. Con el fin de trabajar
las minas, Guacane convoca a su hermano Condori, quien se encontraba en
el Cuzco, para que se ocupe de Saipurú, y construye un establecimiento en
Pampaguanaco donde explota los yacimientos de oro aluvial. Un contingente
de 1.000 indios mitmaqkuna, seguido más tarde de otro de 5.000 indios, fueron
trasladados a estos establecimientos para el trabajo de las minas. Sin embargo,
poco tiempo después, en una violenta incursión, los guaraníes atacaron por
sorpresa los pueblos de Saipurú y Pampaguanaco. Se trataría de la primera
llegada de los guaraníes registrada en esta zona vecina a la vertiente oriental
andina. Según el documento este ataque habría tenido lugar unos once años
antes del arribo de los españoles, alrededor de 1526, es decir prácticamente
al mismo tiempo, poco antes o poco después, del paso por la región de Alejo
García (Julien 2005:223-266), el primer europeo en llegar a los Andes, algu-
nos años antes que el desembarco de Francisco Pizarro en las costas peruanas.
216 Pablo Cruz

Dos aspectos de esta temprana incursión, resaltados por Julien (2005:229-232)


resultan aquí significativos. Por un lado, el europeo habría sido guiado por
indios carios, probablemente de la región de Itatin, quienes poseían informa-
ciones sobre la existencia de metales hacia el oeste, en dirección a los Andes,
incursionando por lo menos una vez antes de su llegada. Por el otro, la expe-
dición no habría alcanzado el espacio alto-andino, sino más bien al territorio
de los paysunoes, situado en algún lugar entre el piedemonte oriental andino
y las planicies contiguas al mismo.
Ahora bien, varias informaciones brindadas por Alcaya en su relación pu-
dieron ser recientemente confirmadas desde la arqueología. Por empezar,
existe en la actualidad un poblado llamado Saipurú que se corresponde geo-
gráficamente con su homónimo referido en la fuente. El mismo se encuentra
localizado en el Chaco boliviano, a unos 30 km al este del piemonte andino
(serranías de Pipirenda e Incahuasi). Las prospecciones arqueológicas reali-
zadas en Saipurú permitieron registrar dos vastos sitios de habitación prehis-
pánicos (SAI01-02), que se correlacionan con las ocupaciones incaicas referi-
das en la relación de Alcaya. Una de ellas (SAI01) se encuentra en la misma
localidad de Saipurú, a 830 m y correspondería al establecimiento principal
señalado en la fuente, mientras que la otra (SAI02), localizada a 6 km al oeste
del primero, sobre los 950 m, estaría más relacionado con las explotaciones
mineras. En ambos casos se trata de sitios multicomponentes que muestran
ocupaciones del Período de Desarrollos Regionales e Inca representados
principalmente por un estilo cerámico local que denominamos Saipurú (Cruz
y Guillot 2010). El mismo se compone de piezas, principalmente pucos y es-
cudillas, finamente decoradas con diseños polícromos geométricos y vasijas
rústicas (Figura 3). Aparte del estilo Saipurú, fueron identificadas, como com-
ponente local, restos de cerámicas relacionadas con las tierras bajas chaque-
ñas, principalmente vasijas y urnas funerarias. En menor proporción, fueron
identificados fragmentos y piezas cerámicas de estilos Inca e Inca provincial, y
otros adscritos a diferentes regiones andinas vecinas, principalmente Yampara
Presto-Puno, Jatun Yampara y, en menor medida, Qara-Qara. Estas últimas po-
drían bien estar relacionadas con los 6.000 mitmakquna andinos desplazados
por los incas para labrar las minas de Saipurú que señala la fuente. Asimismo,
se registraron en ambas ocupaciones evidencias (principalmente escorias y
desechos de metales) que indican un desarrollo de actividades metalúrgicas y
orfebres, produciendo principalmente metales con aleaciones de cobre (co-
bre-oro-plata-estaño) y plata (Cruz y Guillot 2010).
Por otro lado, numerosas estructuras funerarias, puestas en evidencia por
procesos de erosión, trabajos agrícolas y/o obras públicas, fueron registradas
en ambos sitios: los restos de quince entierros en urnas en SAI01 (al costado
de la ruta), y más de diez entierros en urnas y en fosas simples en SAI02. No
se identificó ningún elemento que atribuya tal diferencia a distintas cronolo-
gías o distintas poblaciones. En ambos sitios las urnas presentaban las mismas
Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el este de los Andes 217

Figura 3. Materiales hallados en Saipurú.

características en su forma, tamaño y rusticidad9. En cuanto a los entierros en


fosa, en uno de ellos, en gran parte destruido por procesos naturales, fueron
hallados los restos craneales de una joven adulta, con una marcada deforma-
218 Pablo Cruz

ción craneana tabular oblicua, adornados con una diadema en aleación de


cobre de gran tamaño, un pendiente igualmente en aleación de cobre (Fi-
gura 3), y numerosas cuentas de concha, azurita y sodalita. Este entierro fue
recientemente fechado por AMS en 650 ± 30 años AP, lo que calibrado, des-
pués corrección del 13C arrojó la fecha de 1281-1394 años d.C. Se trata de un
fechado muy significativo dado que resulta considerablemente anterior a las
informaciones brindadas por la fuente acerca del establecimiento de los incas
en el sitio. El mismo corrobora las observaciones sobre la cerámica Saipurú,
muy sofisticada en su elaboración, que señala un desarrollo local pre-incaico.
A diferencia de Saipurú, el establecimiento de Pampaguanaco señalado
por Alcaya no pudo ser identificado. Sin embargo, informaciones orales re-
cogidas en las comunidades guaraníes de Masavi e Igmiri, sugieren que el
mismo se encontraría localizado en los límites occidentales de los Arenales de
Guanaco, tal como precisa la fuente, precisamente sobre una colina llamada
Tupao, cuyo nombre puede ser traducido como la “Casa de Dios” (Combès
2009:185-224). La jurisdicción territorial de Pampaguanaco se extendería por
los llanos hasta la serranía de Khara Khara10, incluyendo las comunidades de
Masavi e Igmiri en las cuales se registraron tanto evidencias de ocupaciones
prehispánicas tardías como informaciones sobre yacimientos de metales pre-
ciosos. Por ejemplo, en cercanías del poblado de Igmiri se encuentra una
colina llamada Korepotîcua, la cual es considerada hoy en día como un lugar
“donde se encuentra oro” (Cruz y Guillot 2010), y no muy lejos de ésta se
extiende la serranía Khara Khara donde la memoria oral señala antiguos ya-
cimientos de plata.
A manera de síntesis, los sitios registrados en Saipurú nos muestran la exis-
tencia de una configuración social local que se habría desarrollado con ante-
rioridad al establecimiento de los incas en la región. En una primera aproxi-
mación, a juzgar por los materiales registrados, principalmente la industria ce-
rámica y la metalurgia, se trata de una sociedad compleja, esto principalmen-
te en términos de especialización y estandarización, semejante a sus vecinos
andinos, entre ellos los yampara y los qara-qara, durante el mismo período.
En esta perspectiva, los antiguos habitantes de Saipurú podrían bien corres-
ponderse con aquellos “señores verdaderos del metal” referidos en las fuentes
del siglo XVI, y dada su localización, es probable que se tratasen de chanés, o
bien que estuviesen en alguna medida vinculado con éstos. Sin embargo, los
datos son aún insuficientes para relacionarlos con algún nombre particular
(paysunoes, carcaraes, chimeos, etc.).
Por otra parte, bien que el estilo Saipurú señala un desarrollo local, signi-
ficativamente el mismo guarda en sus formas y diseños estrechas semejanzas
con los valles mesotérmicos andinos de Chuquisaca y Cochabamba (princi-
palmente estilos Yampara, Mizque, Mojocoya y Tupuraya) y, en menor medi-
da, con la región de Valle Grande, Santa Cruz, las tierras bajas chaqueñas y
la Chiquitanía. Por su parte, la presencia de cerámicas procedentes de otras
Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el este de los Andes 219

regiones andinas (estilos Yampara y Qara-Qara) serían más tardías y, probable-


mente, vendrían a confirmar las informaciones brindadas por la fuente acerca
del traslado de un importante contingente de mitmaqkuna para labrar las mi-
nas. Las explotaciones de Saipurú, Pampaguanaco y aquellas otras registradas
en sus cercanías (serranía de Khara Khara) no serían, sin embargo, las únicas
explotadas por los incas en esta región del Chaco boliviano. En la serranía de
Incahuasi, distante 60 km al suroeste de Saipurú, fueron igualmente registra-
das otras explotaciones mineras asociadas con ocupaciones incaicas como en
Muyupampa.
De esta manera, al mismo tiempo de confirmar varias de las informaciones
brindadas por la relación del Padre Alcaya, el registro arqueológico viene a
contestar aquellas otras fuentes coloniales y supuestos historiográficos cons-
truidos a partir de las mismas que señalan una presencia hegemónica de los
guaraníes, o chiriguanos, en la vertiente oriental andina en tiempos prehis-
pánicos.

DISCUSIÓN

El caso de la cordillera chiriguana que tratamos aquí es un ejemplo más de


la narrativa que contrapuso un Ande civilizado con las salvajes montañas y tie-
rras bajas orientales (entre otros, Susnik 1968; Saignes 1985, 1990; Renard-Ca-
sevitz y Saignes 1988; Oliveto 2010), sobre las cuales, al fin de cuentas, poco
conocemos en comparación con el área andina. Las escasas investigaciones
arqueológicas llevadas a cabo no lograron aún contestar el carácter marginal
con el cual esta región aparece en las fuentes documentales y en la historio-
grafía. Un ejemplo concreto del peso de estas caracterizaciones y vacíos de co-
nocimientos se encuentra en la indefinición que tienen aun los arqueólogos
para identificar, tanto en lo cronológico como en lo material, qué es lo que
resulta propio de los chiriguanos y lo que no. Esta indefinición condujo a con-
siderar, por contraste, como chiriguano todo lo que no resulta “ya conocido”,
por ejemplo, lo Inca o lo Yampara, o bien, aquellos elementos materiales que
presentan características de rusticidad acordes con la imagen estereotipada
dada a los mismos. Dentro de este marco de corte netamente evolucionista, y
sustentado en la analogía etnográfica de principios del siglo XX, las cerámicas
rústicas halladas en la vertiente oriental andina, generalmente piezas de gran-
des dimensiones, de gruesas paredes, y simples condecoraciones incisas y co-
rrugadas, fueron consideradas como “fossils dirécteurs” de grupos de las tierras
bajas, particularmente de filiación tupí-guaraní (Nordenskiöld 1913:205-255;
Bennett 1936:406; Rydén 1956:121; Pärssinen y Siiriäinen 2003:221). No es
sorprendente entonces que cerámicas de este tipo halladas en sitios localiza-
dos en los valles orientales de Chuquisaca (Sopachuy, Monteagudo, Ingre),
en contextos fechados alrededor del 400 d.C., hayan sido consideradas como
220 Pablo Cruz

indicadores de una migración muy antigua y sostenida en el tiempo largo de


los guaraníes en los Andes orientales (Pärssinen y Siiriänen 2003:230-232).
De esta manera, la adscripción de estas cerámicas a grupos guaraníes vino
rápidamente a confortar el repertorio de fuentes coloniales, como Garcilaso,
que señalaron una presencia de los chiriguanos en la región desde mucho an-
tes de que llegaran los españoles. Este planteo tautológico no contempló, sin
embargo, la evidente posibilidad de que estas cerámicas “rústicas” hayan sido
producidas por pueblos locales no-guaraníes, como es el caso de Saipurú. Por
el contrario, fuentes como la relación de Alcaya que hemos visto, o aquéllas
que se refieren a la expedición del adelantado Alejo García (Julien 2005),
sugieren que el establecimiento definitivo de los guaraníes en la vertiente
oriental andina habría tenido lugar en tiempos mucho más recientes, al mis-
mo tiempo o poco antes que los españoles pusieran sus pies en el continente.
Asimismo, las investigaciones en Saipurú, aunque incipientes, pusieron en
evidencia la existencia en la región de una sociedad compleja anterior a los
incas, la cual se muestra en muchos aspectos (modo de establecimiento, meta-
lurgia, patrones funerarios, deformación craneana, etc.) mucho más próxima
al mundo andino prehispánico que al de las tierras bajas en general, y al gua-
raní en lo particular. En este sentido, es probable que las campañas militares
de los incas en estas regiones, referidas en las fuentes, no hayan apuntado a
los chiriguanos (guaranís), sino más bien a otros grupos pre-andinos o del pie-
demonte, quienes habrían sido igualmente caracterizados desde la alteridad
como pueblos “salvajes”. De hecho, tal como fue señalado por Nordenskiöld
(1920:XIII); Combès (2011:63) y Oliveto (2010:48) el término chiriguano se
habría correspondido con el de chuncho empleado más al norte, siendo am-
bos utilizados de manera genérica para designar a las poblaciones salvajes de
la vertiente oriental andina. Más allá de las campañas incaicas, esta propuesta
esclarecería también ciertas descripciones de los chiriguanaes de la época co-
lonial, las cuales habrían continuado a portar elementos descriptivos propios
de los antiguos chiriguanaes pre-guaraníes. Así, las referencias de chiriguanaes
en la región de Santiago del Estero en los años 1580 puede reflejar un uso
local todavía vigente del antiguo sentido.
En 1528, Luís Ramírez, un desafortunado miembro de la expedición de
Sebastián Gaboto, escribía desde las riberas del Paraná una carta a su padre
donde se refería sobre un misterioso Rey Blanco y a

una sierra adonde muchos indios acostumbraban ir y venir, y que en esta sierra
habia mucha manera de metal, y que en ella habia mucho oro y plata, y otro
genero de metal que aquello no alcanzaba que metal era, mas de cuanto ello
no era cobre, é que de todos estos géneros de metal habia mucha cantidad, y
questa sierra atravesaba por la tierra mas de doscientas leguas, y en la alda della
habia así mismo muchas minas de oro y plata y de los otros metales (Ramírez
[1528] 2007:25).
Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el este de los Andes 221

Minas, metales y un Rey, estas informaciones fueron consideradas en la his-


toriografía como una de las primeras referencias sobre los Andes y el Imperio
de los Incas, al mismo tiempo que un testimonio sobre la circulación de la in-
formación entre los indígenas de las tierras bajas. Hoy podemos encontrar en
este relato una referencia más a la vertiente oriental andina vista desde las tie-
rras bajas. No sólo por el hecho que únicamente desde esta posición oriental
se puede contemplar a los Andes como “una sierra de 200 leguas de largo que
atraviesa por la tierra”. También porque, a diferencia de los Andes, desde las
tierras bajas la vertiente oriental andina nunca fue considerada como aquel
espacio de inexpugnables e insalubres montañas habitadas por salvajes y fero-
ces indios. Por el contrario, las fuentes del Paraguay señalan que a los pies y
en cercanías del contrafuerte andino se encontraban “verdaderos señores del
metal”, los carcaraes, los paysunos y los chimeneos entre los principales, quie-
nes no sólo produjeron elaborados ornamentos confeccionados en oro, plata
y cobre, sino que se ocuparon de su circulación. Los antiguos pobladores de
Saipurú pudieron bien haber sido considerados por sus vecinos como unos de
estos verdaderos señores del metal. El hecho de que haya sido el gran cacique
Grigotá, señor de 50.000 indios, quien revelara, y posiblemente entregara, las
minas de Saipurú y Pampaguanacos a los incas, sugiere algún vínculo de la
región con los antiguos chané. Sea como fuese, el posterior establecimiento
de los incas, sin duda motivado por la explotación de los yacimientos meta-
líferos existentes, parece haberse llevado a cabo, a diferencia del Collasuyo,
sin mayores conflictos, tal como fue señalado en la relación de Alcaya. La
identificación en Saipurú de cerámicas procedentes de Chuquisaca y Potosí
(Yampara, Qara-Qara) puede considerarse como un indicador de la presencia
de mitmaqkuna desplazados para las labores de las minas igualmente señalado
en la fuente. Sin embargo, pocos años después, el establecimiento de los incas
y la explotación de las minas de Saipurú se verían interrumpidos por el devas-
tador asalto de los guaraníes. A partir de entonces, y por más de 300 años, la
cordillera entera quedaría bajo las manos de quienes portarían más tarde el
nombre de chiriguanos.
Más allá de estos sucesos, el caso de Saipurú pone en cuestionamiento los
límites que tuvo la expansión oriental de los incas en estas latitudes, y de ma-
nera general, la imagen de frontera atribuida a la vertiente oriental andina.
Semejantes planteos se presentan más al norte, ya en la cuenca amazónica,
con los establecimientos incaicos de Ixiamas y río Las Piedras (Pärssinen y
Siiriäinen 2003), así como con las fuentes históricas que ubican el Paititi en
Moxos y aún más allá de éste. Y algo parecido, pero aparentemente sin rela-
ción con la producción de metales, se observa en el Chaco austral, con las
ocupaciones incaicas identificadas en la cuenca del río Salado (Taboada y An-
giorama 2010), en la provincia de Santiago del Estero. Estos últimos enclaves
incaicos, distanciados por algo más que 330 km del río Paraná, plantean inclu-
so una nueva lectura de las informaciones sobre los reinos del metal andinos
222 Pablo Cruz

que los españoles, como Luís Ramírez ([1528] 2007), recogieron durante sus
fallidas entradas hacia el Paraguay. De suerte que las interacciones entre los
incas y los diferentes pueblos de las tierras bajas pudieron haberse dado mu-
cho más allá de los confines de los Andes.

AGRADECIMIENTOS

Muchas de las reflexiones aquí vertidas surgieron de las reflexiones del


grupo de trabajo que constituimos junto con Isabelle Daillant, Vincent Hirt-
zel y Tristan Platt, dentro del marco del proyecto PICS People inbetween. An-
dean-Amazonian relations in the piedemonte and their contemporary transformations.
Las indagaciones sobre el derrotero del término Chiriguana, plasmadas en el
trabajo presentado en el TANOA III, fueron principalmente mérito de Isabe-
lle Daillant. Sin embargo, todos ellos quedan liberados de la responsabilidad
de lo aquí expresado.

BIBLIOGRAFÍA

Acosta, J. de
[1590] 1987. Historia natural y moral de las Indias. Madrid, José Alcina Franch,
Historia 16.

Alcaya, D. de
[1600] 1961. Relación cierta que el Padre Diego Felipe de Alcaya (…) a su
Excelencia el señor Marqués de Montes Claros. En Cronistas cruceños del Alto Perú
Virreinal: 47-68. Santa Cruz de la Sierra, Publicaciones de la UAGRM.

Anónimo
[1548] 1896 . Relación del Licenciado Pedro de la Gasca al Consejo de Indias sobre los
asuntos del Perú. Santiago de Chile, José Toribio Medina, Imp. Elzeviriana.

Barbosa de Sá, J.
[1719] 1975. Relação das Povoações do Cuiabá e Mato Grosso de seus princípios até os
presentes tempos. Cuiabá, Secretaria Estadual de Educação e Cultura/UFMT.

Barragán, M.
2001. Historia temprana de Tarija. Tarija, Editorial Gráfica Focet-Kokito.

Bennett, W.
1936. Excavations in Bolivia. Anthropological Papers of the American Museum of Natural
History 35(4): 329-507.

Bertonio, L.
[1612] 1984. Vocabulario de lengua aymara. La Paz, CERES-IFEA-MUSEF.
Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el este de los Andes 223

Cerrón-Palomino, R.
2011. El legado onomástico puquina: A propósito de “Capac” y “Yupanqui”. Estudios
Atacameños 41: 119-130.

Cieza de León, P. de
[1518-1554] 1967. El señorío de los Incas. Lima, Instituto de Estudios Peruanos.

Combès, I.
2005. Las riquezas de la tierra: Acerca de las rutas prehispánicas del metal desde
el Guapay hasta el Pantanal. Socio-lógicas 4: 89-112. UMGRN. Santa Cruz de la
Sierra.
2009. Saypurú: el misterio de la mina perdida, del Inca chiriguano y del dios
mestizo. Revista Andina 48:185-224.
2010. Diccionario Étnico. Santa Cruz la Vieja y su entorno en el siglo XVI. Santa Cruz de
la Sierra, Instituto de Misionología, Editorial Itinerarios.
2011. Paititi y las migraciones guaraníes. En I. Combès y V. Tyuleneva (eds.), Paititi,
ensayos y documentos: 52-99. Santa Cruz de la Sierra, Instituto de Misionología,
Editorial Itinerarios.

Cruz, P., I. Daillant y V. Hirtzel


2011. “Chiriguana”: derrotero de un término en la historia y la arqueología de
la vertiente oriental andina. Trabajo presentado en el III Taller Internacional de
Arqueología del NOA y Andes Centro Sur (TANOA III). San Salvador de Jujuy.

Cruz, P. e I. Guillot
2010. Terra Argéntea. Los reinos de metales prehispánicos en el cruce de la Historia
y la Arqueología. Surandino Monográfico 1. Universidad de Buenos Aires. Buenos
Aires. http://www.filo.uba.ar/contenidos/investigacion/institutos/ravignani/
prohal/SM_004_INFORMES_DE_INVESTIGACION/informes.html

Gandia, E. de
1929. Historia del gran Chaco. Madrid, J. Roldán y Cia.

García de Llanos
[1609] 1983. Diccionario y maneras de hablar que se usan en las minas y sus labores en los
ingenios y beneficios de los metales. La Paz, Fuentes primarias N°1. MUSEF.

Garcilaso de la Vega, I.
[1609] 1985. Comentarios Reales de los Incas. Caracas, Aurelio Miro Quesada,
Ayacucho.

González de Holguín, D. de
[1608] 1952. Vocabulario de la lengua general de todo el Perú llamada lengua quichua.
Lima, Ed. del Instituto de Historia.

Guaman Poma de Ayala, F.


[1615] 1989. Nueva corónica y buen gobierno. París, Institut d’Ethnologie, edición
facsímil. El primer nueva corónica y buen gobierno (1615/1616) København, Det
224 Pablo Cruz

Kongelige Bibliotek, GKS 2232 4°. Edición facsímil en:


http://www.kb.dk/permalink/2006/poma/335/es/text/?open=&imagesize=XL

Irala, D. de
[1541] 2005. La relacion que dexo Dominco Minez de Yrala en Buenos Ayres al tpo
q. la despobló. http://www.elhistoriador.com.ar

Julien, C.
2007. Kandire in Real Time and Space: Sixteenth-Century Expeditions from the
Pantanal to the Andes. Ethnohistory 54(2): 245-272. Duke University Press.
2005. Alejo García en la historia. Anuario de Estudios Bolivianos, Archivísticos y
Bibliográficos 11: 223-266.

La Gasca, P. de
[1549] 1867. Carta del licenciado Gasca al Consejo de Indias. De los reyes a 17 de
Julio de 1549. Colección de documentos inéditos para la historia de España, Tomo L:
65-89. Madrid, Imprenta de la viuda de Calero.

Montesinos, F.
[1642] 1882. Memorias antiguas, historiales y políticas del Perú. Madrid, Imprenta de
Miguel Ginesta.

Nordenskiöld, E.
1913. Urnengräber und Mounds im Bolivianischen Flachlande. Baessler-Archiv Band
III: 205-255.
1920. The changes in the material culture of two Indian tribes under the influence of new
surroundings. Gotemburgo, Comparative Ethnographical Studies Vol. 2, Elanders
Boktryckeri Aktiebolag.

Núñez Cabeza de Vaca, Á.


[1555] 2003. Naufragios y Comentarios. Madrid, Crónicas de América. Edición de R.
Ferrando, Dastin S.L.

Oliveto, L. G.
2010. Chiriguanos: la construcción de un estereotipo en la política colonizadora
del sur andino. Memoria Americana 18(1): 43-69.

Pärssinen, M. y A. Siiriäinen
2003. Andes Orientales y Amazonia Occidental. Ensayos entre la historia y la arqueología de
Bolivia, Brasil y Perú. La Paz, CIMA.

Pärssinen, M., A. Siiriäinen y A. Korpisaari


2003. Fortifications related to the Inca Expansion. En M. Pärssinen y A. Korpisaari
(eds.), Western Amazonia- Amazonia Occidental. Multidisciplinary Studies on Ancient
Expansionistic movements, Fortification and Sedentary Life: 29-72. Helsinki, Renvall
Institute Publications, University of Helsinki.

Pizarro, F.
[1536] 1986. Contrato con Andrés de Azcutia para prestar servicios como
Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el este de los Andes 225

contramaestre del galeón San Cristóbal. En G. Lohmann Villena (ed.), Francisco


Pizarro: testimonio, documentos oficiales, cartas y escritos varios. Madrid, Editorial
CSIC - CSIC Press.

Raffino, R.
1993. Inka. Arqueología, historia y urbanismo del altiplano andino. Buenos Aires,
Ediciones Corregidor.

Ramírez, L.
[1528] 2007. Carta de Luís Ramirez a su padre desde el Brasil (1528): Orígenes de
lo ‘real maravilloso’ en el Cono Sur. Edición, Introd. y notas de Juan Francisco
Maura. En Col. textos de la revista Lemir. Valencia, Parnaseo, Universidad de
Valencia. http://parnaseo.uv.es/Lemir/Textos/Ramirez.pdf.

Ramos Gavilán, A.
[1621] 1976. Historia de Nuestra Señora de Copacabana. La Paz, Academia Boliviana
de Historia.

Rasquín, J.
[1557] 2008. Petición de Jaime de Rasquín. En C. Julien, Desde el Oriente. Documentos
para la historia del Oriente boliviano y Santa Cruz la Vieja (1542-1597): 41-44. Santa
Cruz de la Sierra, Fondo Editorial Municipal.

Renard-Casevitz, F. M. y T. Saignes
1988. Al Este de los Andes: relaciones entre las sociedades amazónicas y andinas entre los
siglos XV y XVII. Lima - Quito, Instituto Francés de Estudios Andinos, Abya-Yala.

Rowe, J.
[1946] 1963. Inca culture at the time of the Spanish conquest. En J. Steward (ed.),
Handbook of South American Indians Vol. 2: 183-330. Washington D.C., The Andean
civilizations, Smithsonian.

Rydén, S.
1956. The Erlan Nordelskiöld Archaeological Collection from Mizque Valley, Bolivia.
Göteborg, Etnologiska Studier 22, Etnografiska Museet.

Saignes, T.
1985. Los Andes orientales. Historia de un olvido. La Paz, CERES.
1990. Ava y Karai. Ensayos sobre la frontera chiriguano, siglos XVI-XX. La Paz, Hisbol.

Santo Tomás, D.
[1560] 1951. Lexicón o vocabulario de la lengua general del Perú. Lima, Instituto de
Historia.

Sarmiento de Gamboa, P.
[1572] 1943. Historia de los incas. Buenos Aires, Emecé Editores.

Sotelo de Narváez, P.
[1583] 1965. Relación de las Provincias de Tucumán que Dio Pedro Sotelo Narvaez,
226 Pablo Cruz

Vecino de Aquellas Provincias, al muy Illustre Señor Licenciado Cepeda,


Presidente desta Real Audiencia de la Plata. En Relaciones Geográficas de Indias,
Vol. 183: 390-401. Madrid, Biblioteca de Autores Españoles.

Susnik, B.
1968. Chiriguanos I. Dimensiones etno-sociales. Asunción, Museo Etnográfico Andrés
Barbero.

Taboada, C. y C. Angiorama
2010. Metales, textilería y cerámica: tres líneas de análisis para pensar una
vinculación entre los habitantes de la llanura santiagueña y el Tawantinsuyu.
Memoria Americana 18(1): 11-41.

Tejada Soruco, A.
2012. Minería en las tierras bajas de Bolivia. Cochabamba, Centro de Documentación
e Información de Bolivia.

Tyuleneva, V.
2003. La leyenda del Paititi: versiones modernas y coloniales. Revista Andina 10,
Año 5: 193-211. Cuzco, CBC.
2011. El Paititi y las expediciones incas en la selva al este del Cusco. En I. Combès
y V. Tyuleneva (eds.), Paititi, ensayos y documentos: 7-23. Santa Cruz de la Sierra,
Instituto de Misionología, Editorial Itinerarios.

NOTAS

1
Según la gran mayoría de las fuentes tempranas de la colonia, el límite sur del
Collasuyu se encontraba en los Chichas, quedando al margen las provincias de
Chile y el Tucumán.
2
Diferenciamos aquí Chiriguana (con mayúscula) en tanto adjetivo o sustantivo que
identifica una región geográfica o un territorio, del gentilicio chiriguana/o (con
minúscula, Pl. chiriguanaes/os). Asimismo, respetamos las distintas grafías con que
este gentilicio aparece en las fuentes (p.e. chiriguanaes, chiriguanos), reflejando
estas disimilitudes distintos momentos cronológicos.
3
Bajo los nombres genéricos de anti y chuncho (o chunchu) se agruparon varios
grupos que poblaron la vertiente oriental andina y planicies aledañas. En las fuen-
tes los antis aparecen ubicados al norte, noreste y este del Cuzco, propiamente el
Antisuyo, mientras que los chunchos figuran en un espacio más amplio, desde el
este y sur del Cuzco hasta el codo de los Andes (Santa Cruz de la Sierra).
4
En cuanto al vocablo chile, resulta muy significativo que el mismo aparezca en el
quechua utilizado en la minería de comienzos de la colonia para designar “lo más
remoto, lejos y apartado de las minas” (García de Llanos [1609] 1983:34).
5
Fuentes más tardías, como Fernando de Montesinos, vincularían nuevamente
Chiriguana con el camino a Chile pero sin especificar su localización precisa:
“Prevenida la gente mandó Huira Cocha que fuesen delante muchos oficiales
abriendo y haciendo un camino real desde las charcas hasta chile por los chiriguanas,
pues ya le habia desde el cuzco hasta los charcas”. (Montesinos [1642] 1882:134).
Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el este de los Andes 227

6
“E por quanto vamos en nombre de Su Majestad e del Señor marquez don Fran-
cisco Piçarro en su real nombre a hacer un pueblo en el balle de Tarija e por el
dho balle entren a descubrir la conquista de los indios macaros”. (En Barragán
2001:259).
7
Entre otros no identificados: Arawak, Guaraní, Chiquito, Guaycurú, Zamuco y
Otuquí (Combès 2010:349-351).
8
Estos grupos se encontraban principalmente localizados en el piedemonte oriental
y planicies aledañas que actualmente se ubican en el departamento de Santa Cruz
de la Sierra.
9
Se trata principalmente de urnas de forma globular, de un diámetro variable entre
0,75 y 1 m, sin tapa y con superficies alisadas y decoración mayormente incisa (ban-
das formadas por diferentes tipos de líneas, puntos y reticulados). En algunos casos
las urnas muestran bordes doblados.
10
Respetamos la grafía (Khara Khara) con la cual aparece esta serranía en la do-
cumentación cartográfica contemporánea diferenciándola del antiguo territorio
étnico Qara Qara o Qaraqara situado en las tierras alto-andinas del departamento
de Potosí.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad

DEBATE
CRUZ

Ortiz: Pablo, las cerámicas que mostraste, ¿son las que recogiste en los sitios
del sector en donde estarían esas minas? Son cerámicas diferentes, ¿son de
distintos sitios? ¿vienen de un sólo lugar? Parecen distintas cosas, es decir, dife-
rentes estilísticamente. ¿Qué estás pensando en función de esta materialidad
cruzada con las fuentes documentales?

Cruz: Cuando concurrí a Saipurú, lo hice con el objetivo de responder estas


preguntas sobre los chiriguanaes, acerca de la Relación de Alcaya. En el primer
viaje, cuando llegamos al actual Saipurú fue muy evidente constatar grandes
cantidades de escoria dispersa en distintas partes del pueblo. Encontramos
los dos sitios que menciona la fuente (la Relación de Felipe de Alcaya), el
asentamiento principal de Saipurú y el lugar adonde se refugiaron los incas
en las serranías. Nuestra idea no era montar un proyecto allí, sino corroborar
las informaciones proporcionadas por la fuente, y decidimos no ir más lejos.
El segundo viaje que hice fue para hablar con la gente del lugar y tratar de
averiguar sobre otras referencias citadas por la fuente. Empezando con el ce-
rro Korepoticua, el cual es una guaranización de una palabra quechua que
significa “el lugar donde vierte el oro”. O, el cerro Tupao, al que también
refieren las fuentes y que, según lo que me contaron los pobladores del lugar,
es casi lo mismo. Lo único que pude identificar en esa zona fue, primero, los
testimonios de actividades metalúrgicas y, después, la cerámica incaica, la cual
es evidente, así como varios estilos regionales que reconocí de mis trabajos
en Potosí y Yampara. Pero hallé también todo este grupo de cerámicas (de
Saipurú) que estaban asociadas en contexto junto a las otras, en los perfiles
o junto a ellas, sobre las cuales no tenía la menor idea. Así que consulté con
Sonia Alconini y con Claudia Rivera y con otras personas que trabajaron en
las tierras bajas, y supe que no eran estilos cerámicos conocidos. [NOTA: Con
posterioridad a esta consulta, Sonia Alconini pudo desarrollar entre 2013 y
2015 un proyecto de investigación en Saipurú; me remito a sus trabajos que
están mucho más actualizados].

Ortiz: ¿Qué pensás de los fragmentos corrugados? Lo corrugado en las publi-


caciones está asociado con lo chiriguano. Más allá de lo que estás discutiendo
de qué es lo chiriguano, si haces un correlato, un paralelo ¿has visto este tipo
de material? y en esta área donde hay mucha gente, ¿qué significaba lo chiri-
guano ahí?
DEBATE de: Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el este ... 229

Cruz: Creo que primero está la cuestión de qué es la cerámica chiriguana.


Como sucede con otros “fósiles directores” a los cuales recurrimos en
nuestras prácticas, se trata más de nuestra necesidad de construir identidades
territoriales, un problema que los arqueólogos aún no logramos resolver. Con
el caso de la cerámica “chiriguana” emerge muy claramente este problema,
ya que sin tener ninguna base, si encontramos esta cerámica rústica, la cual
consideramos a priori como no andina, o menos “elaborada” que las andinas,
les otorgamos, casi de manera automática, la identidad de estos “salvajes”
que están llegando desde el este. Creo que no podemos definir ninguna
identidad a partir de un estilo cerámico común. Ahí tenemos un debate
de fondo. Lo mismo sucede con la cerámica San Francisco, identificarla,
me sale instintivamente. ¿Pero, por qué me sale eso? Lo que nos dicen las
fuentes, y que la arqueología empieza a mostrar en trabajos como el de
Carla (Jaimes Betancourt) o de Heiko Prümers en las tierras bajas, es este
avispero, estas dinámicas de pueblos que se cruzan, que están íntimamente
interconectados, por lo cual es muy difícil hacer una caracterización general.
Sobre todo, dándoles esta doble identidad chiriguano y también guaraní,
más aún cuando sabemos que resultan de dinámicas que no siempre tienen
mucho que ver.

Williams: Una consulta. Si sabés de qué lugar era originario Condori, el inca
de Saipurú.

Cruz: No sabemos de Condori, pero suponemos que su hermano Guacane


provenía de la localidad del mismo nombre, en la ribera del lago Titicaca.

Williams: Los objetos de metal ¿Los encontraste en superficie?

Cruz: La mayoría sí, salvo la diadema grande que fue hallada en una tumba
parcialmente destruida.

Williams: La producción de metales en el lugar, ¿tenés una idea, para el con-


sumo, hacia qué lado, ¿a dónde va dirigida esa producción?

Cruz: Por lo poco que vi en Saipurú no puedo decir absolutamente nada. A


través de lo que están diciendo las fuentes de las tierras bajas, no el discurso
andino, hay varios documentos que señalan una vasta zona productora de me-
tal en la vertiente oriental andina, la cual no se corresponde con las descrip-
ciones de las minas “andinas”. Hay fuentes que son muy precisas al respecto y
que refieren, por ejemplo, a una cordillera de doscientas leguas de extensión
y cuarenta leguas de ancho. Claramente, no están hablando de los Andes.
También queda por indagar acerca de la relación entre los qaraqara, señores
andinos del metal y las serranías de Khara Khara, donde se ubica Saipurú.
230 Pablo Cruz

Pienso que son metales que están circulando por todos lados, tal como sucede
con las minas andinas.

Williams: ¡Gracias!

Ventura: Vos mostraste en la presentación análisis de piezas de metal. Había


uno con latón. ¿Eso es de recolección de superficie?

Cruz: Es de superficie, del lugar donde viene no se halló otra cosa que esto.

Ventura: ¿Qué porcentajes tienen esos metales?

Cruz: Lo podemos cotejar después, acá no tengo las cifras.

Ventura: Bien, después lo vemos. Es para cotejar con los materiales con latón
que hay en los valles orientales.

Cremonte: Me interesa este concepto anterior de chiriguanaes en referencia a


Jujuy. Esto tan macro, tan genérico en referencia a Jujuy. ¿Hay referencias a
juríes, lules, de momentos que serían anteriores a lo incaico? Lo que nosotros
disponemos es como un círculo del cual no salimos, dicen juríes, lules.

Cruz: No puedo responder sobre si hay otras referencias anteriores a lo incai-


co que lo que sugiere Cieza hablando de Huayna Capac (1553) “Ordenado
estas cosas y otras, pasó de las provincias subjetas agora á la Villa de la Plata,
y por lo de Tucuman envió capitanes con gente de guerra á los Chirigua-
naes; mas no les fue bien, porque volvieron huyendo”. Lo que hay son varias
referencias que ubican una región “chiriguana” y un grupo “chiriguanae” en
el NOA, antes de que esta sinonimia se aplique a las migraciones guaraníes.
Primero, Herrera (1534) quien dice: “quiso el governador, que el Mariscal
se fuese a residir en el Cuzco, para gouernar lo de aquellas partes: para lo
qual le dió sus poderes, con facultad de entrar a descubrir; especialmente por
las partes que llaman Chiriguana, a la parte del Austro”. Después, Francisco
Pizarro (1536): “Que vos el dicho diego defresnedo vays por despensero del
dicho galeon este presente viaje que con la buenaventura va a las probinçias
de chiriguana en busca del señor adelantado don diego de almagro”. Después
Diego de Encinas (1558) (lee otra cita) y Narváez (1583), quien incluso los
lleva más al sur, hasta Santiago del Estero.

Cremonte: Pero, ¿en dónde sería? Ubicados ¿dónde? ¿Estaban en el valle de


Jujuy? ¿Hay una referencia más precisa?

Cruz: Al sur de Jujuy. Todos los localizan en las planicies. Son pre-andinos, no
son andinos.
DEBATE de: Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el este ... 231

Cremonte: Entonces, no tendría nada que ver con los chiriguanaes de la zona
del norte.

Cruz: Se trata de chiriguanaes “pre-guaraníes”. Hay registros que concuerdan


en que aparecen por acá y que tuvieron fuertes enfrentamientos con los incas,
a diferencia de los “guaranies chiriguanaes” que aparecen posteriormente en
las fuentes.

Cremonte: Agricultores.

Cruz: Hay referencias: “Pasado el Adelantado y su gente de la manera que esta


dicho en el capítulo precedente llegó a la provincia de Xiuxuy […] las cuales
estaban alzados […] como alabares” y, va a dar el nombre del asentamiento
de Chicoana. Toda la construcción de los pueblos de esta región se basa, en
este momento, en su caracterización como de salvajes, son atributos que se les
otorgan y que después se traspasan a los chiriguanos.

Cremonte: Perdoná, lo que veo es que estas referencias, lo que nosotros he-
mos manejado hablan de juríes, pero nunca de chiriguanaes, ahí está hablando
de chiriguanaes.

Cruz: Es de los alabares (árabes).

Cremonte: Sí, árabes, pero juríes, no nombran chiriguanos para esta zona del
sur de Jujuy, y ahí Chicoana, con la interpretación arqueológica no encaja con
nada.

Nielsen: ¿Árabes? ¿Como los moros?

Cremonte: Sí, como los moros, herejes.

Cruz: Sí, hacen la asociación. Por ejemplo, acá tengo a Encinas (1558) que
refiere sobre Rodrigo Salcedo: “alli mandó el dicho don Diego de Almagro al
capitán Rodrigo de Salcedo, que fuese con gente de á caballo á hacer guerra
y castigo de ciertos indios cherigoanaes que se habían hecho fuertes en el
pueblo de Jujuy é muerto ciertos españoles”. O sea, están hablando de es-
tos grupos que están entrando y hacen la asociación directa, incluso hay una
referencia de chiriguanaes y juríes, están utilizando también las mismas tipi-
ficaciones Hay numerosas entradas entre Chile o Chiri, chiriguanaes y chiri-
guanae en Jujuy, y que progresivamente uno puede rastrear. Pero no se sabía
bien dónde se situaban, es confuso. Sobre Chile y chiriguanae, los españoles
piensan que está en Chile, lo dicen claramente cuando regresan, Chile está
más allá de los chiriguanaes. Ahí es recién cuando empieza a aparecer (en las
232 Pablo Cruz

fuentes) el nombre de Jujuy. Fue más tarde, primero con Candia, Peranzures,
y la entrada de Rojas, y después a partir de 1548, que se comienza a asociar
los chiriguanaes con los pueblos de la vertiente oriental andina, en lo que hoy
es Bolivia. Pero todavía no están citados como guaraníes, ni están atacando a
los españoles. Recién a partir de 1557 para las tierras bajas, en 1548 con Polo
de Ondegardo que se empiezan a construir estos chiriguanos “malos”, y sobre
todo después con Matienzo a partir de 1564. Es decir, el etnonimo chiriguanae
se fue corriendo en el tiempo y en el espacio. La impresión que tenemos es
que ha sido designado como la “gente de allá” que bien podrían haber sido
los juríes, estos árabes, pero no sabemos. Pero de seguro no eran los moros
de los españoles.

Albeck: ¿Cómo los moros? Como una cosa genérica.

Cruz: Porque eran nómades, como una caracterización.

Nielsen: Lo otro es que el canibalismo para los guaraníes está, al primer fun-
dador de Buenos Aires se lo comieron.

Cruz: Ahí también hay una construcción, es un tema interesante. Uno de los
rasgos de los guaraníes es que son exo-caníbales. Pero sobre los chiriguanaes
del primer tiempo en la narrativa inca son presentados como endo y exo-ca-
níbales. Los incas cuentan cómo ellos los van aculturalizando, a pesar de que
ellos los atacan. Los chiriguanaes pre-guaraníes, los que se encuentran por acá
en Jujuy, son civilizados por los incas, y dicen (por ejemplo Cieza), que des-
pués empiezan a vivir en las casas grandes, las malocas, dejan de comer a su
gente y comen a los otros.
(Murmullos. No se escucha)

Cruz: No es lo mismo, porque en esa época hay una caracterización muy pe-
yorativa del endo-canibalismo, de hecho, las primeras fuentes de Álvar Núñez
Cabeza de Vaca, Irala, Diego García, que entran con los guaraníes, ellos dicen
“nuestros aliados los carios que comen carne humana”. Hay un trabajo de
Oliveto que trata sobre cómo están pasando estas categorías de aliados de los
españoles aunque comieran carne humana, a ser estos salvajes que comen
carne humana.

Lamenza: Lo del canibalismo, eso sí es un rasgo guaraní, la primera definición


que creo diste vos que era de Gamboa, es casi igual a la de Schmídel de los
tupí y de los carios la primera vez que los ve. Es la misma descripción que da
de los carios a la altura de la actual Asunción del Paraguay, de hecho, el trato
para volver con los guaraníes (carios) a atacar al territorio actual formoseño
donde los habían atacado, no se sabe si una parcialidad de los payaguá (aga-
DEBATE de: Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el este ... 233

ces). El trato era que se dejen comer a los cautivos. El tema del exo y endo me
parece que va por el lado de qué guaraníes (parcialidad) estemos hablando.

Cruz: No estamos hablando de los guaraníes, sino de las representaciones de


los guaraníes.

Lamenza: Sí, sí, ya sé, pero entramos en esto mismo, la definición de los carios
que aplican el exo-canibalismo y los tupinamba son exo y endo -Schmídel
reconoce similitudes en la lengua entre ambos grupos- y, sin irme del tema,
en otro contexto lo podemos asociar a todo lo guaraní como generalidad,
porque entramos en el mismo problema de la cerámica corrugada, para todos
los problemas que surgen cuando asociamos corrugado con guaraníes, tupi
guaraníes y como están las definiciones, nos mareamos.

Cruz: En esto entra el problema de la objetividad de las fuentes. A Schmídel


como a todos los que entraron tempranamente por el Paraguay, les creo más
que a Sarmiento de Gamboa, porque su obra es de épocas toledanas.

Lamenza: Además del hecho del mapita donde entraban, eran caníbales pero
eran agricultores, o sea, no quedaba otra que ir con ellos en esa zona.

Cruz: Además, sobre las migraciones de los guaraníes, en el siglo XVI no hay
guaraníes en el Mato Grosso. Por entonces, los guaraníes están siguiendo toda
la costa, están en Laguna de los Patos, por ejemplo, y de allí se dirigen al
Paraguay. Es decir, la migración occidental de los guaraníes se está dando
por el Paraguay, no hay una entrada desde el norte (Mato Grosso). Desde
el Paraguay los guaraníes se dirigen después al norte. Para volver un poco
sobre nuestras conclusiones, esta construcción sobre chiriguana/chiriguanae
se inserta dentro de una narrativa de un Ande civilizado y civilizador. En un
primer momento designó un territorio medio vago, después a un gentilicio en
el NOA, y después, bastante más tarde, identificó un pueblo (los guaraníes)
que incursiona en la vertiente oriental andina, cambiando progresivamente
su nombre por el de “chiriguanos”.

Albeck: Ya quedó dicho que hay un conocimiento muy vago de todo este terri-
torio en esas épocas tempranas y es como un imaginario que circula en todos
los Andes de cómo es esa zona, por eso se toman atributos que no son reales,
pero sirve para estigmatizar a estas poblaciones, por eso mezclan también Chi-
coana, eran de guerra, eran todos chiriguanaes. Eso, por un lado; por otro, la
cuestión del tema de las fortalezas, ¿Cuzcotoro no es una fortaleza?

Cruz: No puedo responder si es o no una fortaleza. A mis ojos es un enclave,


un pucara, que tiene más que ver con el acceso a los recursos locales. La ca-
234 Pablo Cruz

racterización de “fortaleza” responde a una lectura que hicieron los españoles


de este tipo de sitio. Incluso en casos como Samaipata hay un fuerte español,
un fuerte que se puede visitar.

Albeck: Leyendo a Pärssinen yo tenía esa idea, que eran como fortificaciones
que iban avanzando hacia el este.

Cremonte: Lo último que escribió Alconini ya replantea lo de la frontera… lo


de Cuzcotoro.

Cruz: Creo que en esto es importante pensar a los incas en dos tiempos o pe-
riodos. Un primer tiempo prehispánico que se extiende hasta los años 1550
(hasta la muerte de Manqo Inca en 1544), seguido del periodo en que se
refugian en Vilcabamba (hasta 1571), cuando las contiendas en muchos as-
pectos son muy intensas. En 1564 Matienzo está exasperado porque le llega
la noticia que los calchaquíes se están aliando con los chiriguanos y con los
incas. Es decir, le informan que están formando una alianza. No sabemos a
qué chiriguanos se refiere, pero sí sabemos de los calchaquíes. Estando con-
quistado una gran parte del Tawantinsuyo, esta zona ocupó un lugar central
para la resistencia inca.

Albeck: Pero, hay toda una cuestión, decir Chicoana, ya se les paran los pelos
a los españoles, porque son chiriguanos, la guerra.

Nielsen: Retomando lo que había preguntado Verónica (Williams) sobre la


circulación de lo de Saipurú del metal, un poco lo que estás planteando en-
tonces, es que antes de ese ataque de los años veinte, los incas estarían explo-
tando este mineral en un acuerdo pacífico con pobladores locales de tierras
bajas.

Cruz: Eso es lo que señalan las fuentes…

Nielsen: Y tu reconocimiento arqueológico ¿sería consistente con eso?

Cruz: Los datos son insuficientes para responder la pregunta, pero podría ser
un indicador la ausencia de fortificaciones, así como la asociación contextual
entre la cerámica inca y los estilos regionales.

Nielsen: Sería un enclave incaico pactado con pobladores locales, que este
ataque de guaraníes usado por Alejo García rompería este acuerdo territorial
sobre el que operaba esa mina, ¿ésa sería la hipótesis?

Cruz: Cuando los guaraníes atacan Saipurú no se van más. Toman prisioneros
DEBATE de: Memorias de montañas y metales. Incas y chiriguanaes en el este ... 235

a los incas como Condori y someten a los pueblos que se encuentran allí, no
sabemos quiénes eran.

Nielsen: Según el relato del viaje de Alejo García, de hecho, se baja de la


expedición en que venía porque le muestran objetos de metal, o sea, que
uno puede pensar que la red de circulación de esa mina abarcaba tanto a los
Andes como las tierras bajas, o sea, Alejo García ve metales que podrían ser
relacionados con esa operación minera en la costa atlántica, le muestran los
objetos, esto es lo que recuerdo, vos lo has releído hace poco…

Cruz: De hecho, Alejo García habría comenzado su derrotero en Santa Ca-


tarina. En Brasil están empezando a estudiar estas vías en torno a lo que fue
el Peabirú, un extenso camino asociado con los incas que “supuestamente”
comunicaba el Atlántico con los Andes. Pero no sólo tenemos que considerar
a Alejo García, sino también a los que “entraron” por el río de la Plata, Solís,
entre otros. Sabemos que a la altura del Carcarañá los españoles empezaron
a encontrar primeros relatos (sobre las fabulosas minas de plata), y hay una
importante circulación de metales por todos esos lados. A diferencia de lo que
propone Tristan Platt, lo que hemos planteado con Isabel Daillant y Vincent
Hirtzel, es que estas primeras referencias no tratan necesariamente sobre las
minas de Porco y de los qaraqara, sino más bien de la serranía de la vertiente
oriental andina. Cuando uno viene del Chaco y mira la vertiente oriental an-
dina, ve un enorme paredón que parece no terminar más, y que se correspon-
de, al menos visualmente, con las 200 leguas que son señaladas por la fuente.
Resulta claro también que cuando la fuente refiere que esta serranía no tiene
más de 40 leguas de ancho, no se está refiriendo a los Andes.

Cremonte: ¿Eso dónde está ubicado? ¿En Santa Catarina?

Cruz: De hecho, por allí comenzó su viaje Alejo García. Según lo que pude
informarme el camino del Peabirú tiene, incluso, algunos segmentos empe-
drados. Desde Santa Catarina, el camino se dirige al Paraguay, lo atraviesa y se
direcciona a los Andes.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad • 237-266

ESPACIO, CULTURA MATERIAL Y PROCESOS SOCIALES


TARDÍOS EN LA LLANURA SANTIAGUEÑA. MODELO
PARA PENSAR LAS POBLACIONES DE LA REGIÓN

Constanza Taboada*

A la memoria de Ana María Lorandi, generosa Maestra (Post scriptum)

INTRODUCCIÓN

Un modelo para pensar las poblaciones tardías de la región

El estudio de la información arqueológica reunida por más de un siglo


sobre Santiago del Estero (Argentina) nos permite identificar hoy una impor-
tante diversidad de materiales, sitios, contextos y procesos. Tal observación
contrasta con la imagen bastante uniforme que, en general, se ha formado
en base a los marcos de construcción y clasificación de datos, a la historia
de las investigaciones y su diferente aceptación a nivel nacional/provincial
según coyunturas, teorías, posiciones epistemológicas y político-académicas,
a las formas de selección y definición de los objetos de estudio, a la difusión
desigual de los resultados obtenidos y al poco intercambio de opiniones sobre
ellos (Taboada 2011). Sin embargo, ya algunos trabajos precursores dieron
indicios sobre la variabilidad existente al interior de este gran espacio y sobre
lo que podía estar implicando (Reichlen 1940; Bleiler 1948; von Hauenschild
1949). Ulteriormente fue Ana María Lorandi quien marcó un hito importan-
te: con planteos que dinamizaban el esquema cronológico cultural vigente
por entonces y señalaban la necesidad de estudiar diferencias espaciales, y
con hipótesis que anclaban en problemáticas locales y discutían desarrollos
internos, pero que se abrían a entenderlos dentro de procesos interregiona-
les (Lorandi 1978, 1980). Hoy resulta fundamental retomar una observación
combinada que contextualice y piense las diferencias en relación a coyunturas
particulares a la vez que a procesos mayores. No parece posible arribar a cierta
profundidad si no descomponemos este paquete de rasgos e información que

*
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)-Instituto Superior de
Estudios Sociales (ISES). Instituto de Arqueología y Museo, Facultad de Ciencias Naturales e
Instituto Miguel Lillo, Universidad Nacional de Tucumán. constanzataboada@gmail.com
238 Constanza Taboada

nos legó la arqueología santiagueña. Tal desagregación de particularidades,


así como una posterior integración en síntesis interpretativas, resultan esen-
ciales para dejar de ver a la región como un espacio amurallado en procesos
endogámicos propios y homogéneos.
Dicho propósito se sostiene, a su vez, en un modelo de concebir a las po-
blaciones de la región que discuta supuestos tradicionales asumidos o subya-
centes, planteando nuevas miradas a materiales y sitios. Requiere ser revisada
también la definición de categorías y fronteras culturales circunscriptas a los
límites provinciales que la construcción de la disciplina fue generando. Todo
esto se relaciona con un problema más amplio de la arqueología, y que es la
concepción de las categorías contrapuestas de andino/salvaje y de tierras al-
tas/bajas como referentes de particularidades, procesos y mundos separados,
a la vez que situados en dos extremos de complejidad, centralidad/margina-
lidad (Steward 1944-49; Meggers y Evans 1957). Estos planteos subsumieron a
las poblaciones de llanuras a un estadio menos evolucionado, a receptoras pa-
sivas de influencias, y a un ambiente concebido como uniforme y determinan-
te de una forma simple de estar en el mundo (Barreto 2006). El problema,
más bien epistémico-metodológico, responde a haber concebido, encerrado
y homogenizado en tipologías y territorios una multiplicidad de situaciones
que requieren ser estudiadas dinámica, articuladamente y en sus particula-
ridades e interrelaciones, como se ha señalado para diferentes contextos de
llanura. La creciente centralidad que viene siendo otorgada a la investigación
de las poblaciones asentadas en las tierras bajas sudamericanas y en los am-
bientes perifluviales, lacustres y boscosos (Heckenberger et al. 1999; Barreto
2006; Iriarte 2006; Bonomo et al. 2011, etc.), junto al estudio de la intenciona-
lidad discursiva de los cronistas (por ejemplo, Martínez 2011), ha puesto de
manifiesto la falacia de algunos supuestos y la necesidad de estudiarlas desde
parámetros propios.
Desde una perspectiva así, pueden reconocerse para la llanura santiagueña
sociedades y procesos históricos entrelazados con los ocurridos en otras regio-
nes y con la participación de diversos agentes y poblaciones. Cada nueva lec-
tura de los datos arqueológicos de campo, de las crónicas y de las referencias
etnográficas de la región nos alertan sobre la importancia y complejidad de
los entramados sociales y del sentir intrínseco del lugar de pertenencia como
aspectos fundamentales en la configuración de la vida cotidiana y la organiza-
ción socio-territorial. También se hace insoslayable pensar en relaciones intra
e intergrupales ricas y cambiantes que debieron ocurrir entre las poblaciones
prehispánicas y pericoloniales de la región y de una gran área circundante.
Pensada de esta forma, la información arqueológica del Período Tardío de
la región puede ser analizada en términos nunca antes abordados, referidos
a la conformación territorial y de los asentamientos, su escala, interrelación
y funcionalidad social y simbólica. Los trabajos de campo nos muestran, al
menos para momentos prehispánicos finales, claros ejemplos de organización
Espacio, cultura material y procesos sociales tardíos en la llanura santiagueña 239

aldeana, espacios de agregación social y conjuntos de sitios vinculados regio-


nalmente que podrían remitir a diferente integración sociopolítica y que se
alejan sensiblemente de la idea de poblaciones nómades, pequeñas y autó-
nomas en medio de un ambiente uniforme y de cierta escasez con que se
caracterizó a las sociedades de tierras bajas (cfr. Barreto 2006). La presencia
de grandes asentamientos permanentes, participación en amplias redes de
intercambio y reciprocidad, negociación de alianzas interétnicas, asociaciones
coyunturales, juntas y rituales comunales, acceso diferencial a determinados
bienes y apropiaciones diferenciadas del espacio intrasitio y de un medio am-
biente rico y no uniforme (salinas, áreas de inundación, áreas más elevadas,
esteros y ríos, bosques, montes, pastizales), son algunas de las características
que empiezan a mostrar nuestros estudios actuales. Más allá de los datos ar-
queológicos, la etnografía -incluso actual- y la lectura de crónicas coloniales
son iluminadoras en cuanto a la multiplicidad de variables y prácticas puestas
en juego por las poblaciones de la región en la construcción del paisaje so-
cial. Éstas permiten poner en cuestión tipologías y esquemas preconcebidos,
o fijados por los cronistas en base a una mirada influida por su experiencia
primera con las sociedades andinas (Farberman y Taboada 2012), sobre su
organización étnica y social, su vida cotidiana y su relación con el medio y los
otros. También habilitan discutir la correspondencia establecida casi por de-
finición entre prácticas recolectoras y nomadismo. En dichas clasificaciones
posiblemente entraron en juego movilizaciones cíclicas e incursiones periódi-
cas -no necesariamente asociadas o restringidas a la obtención de alimento-,
pero con poblados de referencia y retorno como los registrados por la ar-
queología o la indagación etnográfica. Hoy puede observarse en las prácticas
tradicionales de la región cómo buena parte de la supervivencia se basa aún
en la caza, pesca y recolección -a la par de la cría de algún ganado caprino y
muy poco cultivo-, mientras eventualmente cambia el lugar de asentamiento
por razones vinculadas al ciclo hídrico. Situaciones actuales en Santiago, don-
de períodos de sequía e inundación obligan a traslados (para luego volver al
lugar de habitación original) con largos tiempos de ausencia, nos enfrentan a
repensar aquellas preconcepciones. La presencia en pleno monte santiague-
ño de unidades domésticas que tienen “puestos” (sic) a algunos kilómetros
de distancia, nos sorprende porque desarma modelos y miradas clásicamente
andinos donde los “puestos” están vinculados a ciclos de vida entre zonas con
diferencia altitudinal o ambiental, mientras en las llanuras -concebidas como
uniformes- la movilidad ha sido mirada bajo el modelo de nomadismo que
conlleva además una carga de valoración evolucionista.
Textos como el de Florián Paucke (1943) (aun considerando la mediación
del jesuita, la época postcolonial, el desvío hacia el área del río Paraná y la
adscripción a mocovíes reducidos) nos revela la riqueza social, simbólica y
vivencial implicada en las prácticas que describe y en la relación entablada
con el medio y entre diferentes poblaciones. Las mismas no pueden encua-
240 Constanza Taboada

drarse en estereotipos al estilo nómade-sedentario, o en simples rotulaciones


étnicas. El dinamismo que cobran las maneras y causas de movilidad excede
ampliamente una forma de ser (nómade o sedentario) o una forma de vivir,
alimentarse y explotar el medio (productor o recolector) con que los cronis-
tas caracterizaron y dividieron el mundo indígena que encontraron (Farber-
man y Taboada 2012). Dichas movilizaciones podían involucrar desde visitas
de caciques y familiares -que viven en otros asentamientos y con otros grupos
culturales- y su participación en fiestas y juntas de negociación, hasta largas
incursiones en el monte. Resuena allí la variedad de formas, motivos y ritmos
de contactos establecidos entre grupos sociales, así como de las relaciones
entabladas con el espacio de habitación y el bosque. La necesidad vital de los
indígenas por irse al monte que Paucke (1943) describe supera ampliamente
la necesidad de recursos. Irse significa tres meses, mientras la familia resta en
el poblado o circula con él. El monte para recolectar y estar, pero también
para socializar con los pares, para enfrentar a otros grupos y ponerlos y po-
nerse a prueba, para enterrar a los muertos y buscarlos después, configuran
aspectos relevantes en el mantenimiento y reproducción de las relaciones so-
ciales e identitarias bastante alejados de los estereotipos creados para el llano.
Por ello, analizar la materialidad arqueológica como referente de prácticas de
la vida cotidiana y social dentro de un modelo de este tipo parece un modo
eficiente para intentar entender elecciones, relaciones, diferenciaciones, con-
figuraciones territoriales y procesos sociales devenidos, manifestados en usos
y consumos de ciertos objetos, rasgos y habilidades, y en su contextualización
en el espacio social de producción y circulación (De Certeau 1979; Shanks y
Tilley 1987; Bourdieu 1988; Hodder 1990; Lemonnier 1992; Giddens 1995).
Este trabajo pretende entonces preguntarle a los datos, mirando desde esta
perspectiva, para aportar una lectura más dinámica sobre la diversidad mate-
rial y espacial de la evidencia arqueológica recuperada en Santiago. Somos
conscientes de la magnitud del área considerada y de la necesidad de ahondar
en espacios y estudios específicos; es justamente lo que queremos mostrar a
fin de desarmar la idea de homogeneidad y simplicidad. El fin es promover
la exploración de procesos amplios que atraviesen espacios, fronteras y defi-
niciones culturales, por un lado, y analizar particularidades locales, por otro.
La profundización de cada una de estas especificidades y espacios tan vastos y
diversamente conectados entre sí será un largo camino a recorrer a partir de
los trabajos de campo que comenzamos en la región.

Recuperando y reobservando viejos datos

La gran mayoría de la información sobre la que basamos este trabajo pro-


cede de un plan sistemático de recuperación y estudio de colecciones, biblio-
grafía y archivos que iniciamos hace un tiempo como estrategia para suplir
la ausencia de nuevos datos de campo en Santiago del Estero, pero también
Espacio, cultura material y procesos sociales tardíos en la llanura santiagueña 241

por la convicción de que esta memoria e historiografía de la cultura material


resulta una fuente importante de información si la cruzamos con el análisis
de los contexto de producción (Martínez et al. 2011). Entre el material consi-
derado cabe destacar: materiales arqueológicos desembalados de empaques
originales y que nunca habían sido estudiados; documentación inédita de los
hermanos Wagner y de otros investigadores de la época; registros gráficos,
fotográficos y textos inéditos de la Dra. Ana María Lorandi que muy genero-
samente nos proporcionó junto a valiosas reflexiones; y conversaciones y guía
aportadas por don Silverio Carrizo y don Luis Silva, asistentes de campo de
Emilio Wagner. Paralelamente, haciendo énfasis sobre distintos materiales o
aspectos, diferentes miembros del equipo de investigación revisamos y estu-
diamos las colecciones Wagner, Reichlen y Righetti del Museo Wagner de San-
tiago; Maldonado Bruzzone y Lorandi del Museo de La Plata; Reichlen y Wag-
ner del Museo Quai Branly de Paris; von Hauenschild del Museo de Antropo-
logía de Córdoba y materiales relevantes para la problemática resguardados
en el Instituto Nacional de Antropología (INAPL) y en los Museos Rincón de
Atacama de Termas de Río Hondo, Adán Quiroga de Catamarca y Etnográfico
de la Universidad de Buenos Aires, además de la información asociada cuan-
do existía. Esto ha permitido poner en perspectiva analítica materiales nunca
publicados o no considerados en las tipologías tradicionales, reubicar sitios,
rearmar parcialmente algunos contextos, entender modos de trabajo, cruzar
datos y vislumbrar nuevas preguntas. Sin embargo, no resulta suficiente más
que para elaborar hipótesis. Aún con nuestros mayores esfuerzos, hay datos
contextuales y análisis que se encuentran limitados por los modos y circuns-
tancias de su producción. La mayor parte de los materiales de Santiago fueron
recuperados en la primera mitad del siglo XX y carecen de datos de asocia-
ción y ubicación precisa. Fueron recién los trabajos posteriores a 1960 los
que abrieron la arqueología científica con fechados, contextos y análisis que
permitieron hacernos una idea más ajustada de los procesos ocurridos y de las
particularidades de ciertas épocas o sectores. Una relectura actual, integrada y
contextualizada de esa producción, a la que sumamos los análisis de coleccio-
nes y nuestras primeras observaciones de campo, configura el corpus para esta
instancia de abordaje. Los trabajos de campo que desarrollamos actualmente
en la región del río Salado medio (en el área de los bañados de Añatuya) se
encaminan a generar información contextual y análisis para avanzar sobre lo
que aquí planteamos como punto de partida.

PROCESOS Y PERSONAS DETRÁS DE OBJETOS, LUGARES Y VACIOS

El espacio y el ambiente. Modos de vida en la llanura santiagueña

Una mirada global al mapa de distribución de los sitios conocidos para


Santiago nos enfrenta a una dimensión y distribución de ocupación que po-
242 Constanza Taboada

siblemente no es muy conocida y sobre la que enfocaremos parte de nuestro


análisis (Figura 1). Nos interesa hacer primero una lectura regional que tien-
da a definir las problemáticas generales, para así poder aislar problemas más
particulares, pero con sentido dentro de la trama histórica.

Figura 1. Mapa con distribución aproximada de los sitios conocidos en Santiago del
Estero y discriminación estimativa de cronología. *Sitios con evidencias asignables
a momentos tardíos (aprox. posteriores al 1000 d. C.). + Sitios con evidencias
asignables a momentos anteriores al 1000 d. C. o de cronología indeterminada.
En base a mapas e información propia y de Reichlen (1940), von Hauenschild
(1949), Lorandi y Lovera (1972), Gramajo de Martínez Moreno y Martínez Moreno
(1988, 1992) y Togo (2004).
Espacio, cultura material y procesos sociales tardíos en la llanura santiagueña 243

El mapa nos muestra, por un lado, varios espacios vacíos o con muy escaso
registro de sitios: la franja este, el sector noroeste, la esquina noreste y la ma-
yor parte del sur; por otro, una zona mesopotámica central y del Salado me-
dio con concentración de sitios. Parte del sector centro norte y área serrana
del oeste y sur central cuentan también con registro de sitios. Ahora bien, la
distribución en el mapa se encuentra sesgada por la intensidad, magnitud y
continuidad de las investigaciones realizadas, fundamentalmente por aquellas
que durante la primera mitad del siglo XX realizaron los Wagner en la zona
media del Salado y parte del área mesopotámica. Pero también por el diferen-
te grado de cobertura, sistematicidad y selección de áreas con que trabajaron
los demás investigadores coetáneos y posteriores. Es claro que aquellas zonas
con escaso registro arqueológico coinciden con las que apenas fueron inves-
tigadas, y ese sesgo puede estar obstaculizando nuestra interpretación sobre
los procesos ocurridos en el territorio y sobre la problemática de distribución
de las poblaciones en el tiempo y el espacio (Taboada 2012). A ello se suma
la gran dinámica geomorfológica y sedimentaria del área, por lo que pudo
determinar en cuanto a asentamiento y distribución en relación a espacios
propicios para el hábitat, pero también por lo que pudo generar en la for-
mación/destrucción/invisibilidad actual de los sitios (Taboada 2012; Ortiz
2012). En Santiago el agua ha sido, y sigue siendo, determinante de procesos
socioculturales. Santiago pasa, en cuestión de meses, de ser el gran sediento
a ser el gran estero que con sus inundaciones arrasa las posibilidades de per-
manencia, igual o peor que con sus sequías. Éstas, por su parte, han generado
en ciertas épocas la desertificación y abandono de algunas zonas con carencia
de agua. Y la vida en la región se vincula históricamente a esta dinámica. Los
datos arqueológicos y arqueofaunísticos refrendan la fuerte vinculación a los
recursos del agua (Lorandi y Lovera 1972; Cione et al. 1979) tanto como los
documentos señalan la inminencia de trasladar pueblos de indios por haber
sido destruidos por las crecidas del río (Farberman, comunicación personal
2013). Así, a pesar de la falta de cobertura de trabajos arqueológicos en cier-
tas áreas, es clara la distribución de los asentamientos a lo largo de la mayor
parte de los dos ríos actuales (y de paleocauces subactuales como los señala-
dos para el centro norte por Reichlen 1940) y en su área mesopotámica, así
como en las zonas serranas que presentan otras condiciones ambientales y
de uso del espacio. Esto permite plantear, por su parte, que ocurrieron pro-
cesos naturales que han cambiado el paisaje y la distribución de recursos a lo
largo del tiempo de ocupación prehispánica. Los ríos se han unido, separa-
do, desplazado, cambiado de desembocadura y abierto en cauces secundarios
(Furlong 1936; Frenguelli 1940; Palomeque 1992). Y esto debió determinar la
adecuación lógica de las poblaciones a los recursos, y el consecuente cambio
de espacios o aún áreas de asentamiento a lo largo del tiempo. También es
notable la erosión provocada por la escorrentía, que abre caminos y recorta
los montículos arqueológicos generando distintas formaciones que debieron
244 Constanza Taboada

formar unidades de mayor superficie. La cantidad de material sedimentario


que periódicamente es removido y trasladado con cada desborde deja las zo-
nas afectadas recubiertas por él, y provoca el taponamiento de las líneas de
declive natural, generando cambios en la fisonomía del paisaje cuando no en
los cursos de agua y en las zonas aptas para vivir. El asentamiento prehispánico
y actual en zonas un poco más altas -“lomas”- permite sortear las escorrentías
y las inundaciones menores, pero cuando se desborda el río Salado produce
en la actualidad inmensas áreas cubiertas de agua que quedan inundadas por
uno, dos o más años. Tales situaciones llevan hoy al traslado de los habitantes
a otros espacios hasta que el agua baja, momento en el cual regresan al lugar
donde han vivido siempre. Más aún -como dijimos-, las poblaciones rurales de
monte adentro cuentan con “puestos” a donde se trasladan en estas ocasiones
llevando consigo elementos adicionales si prevén que su estadía durará mu-
cho. Una familia cercana a nuestra zona de estudio, vecina al antiguo Fortín
El Bracho, se trasladó a su puesto por catorce meses, ya que su asentamiento
(compuesto por la vivienda de palo a pique, enramadas, trojas de almacena-
miento, corrales y demás espacios de actividades) había quedado con el agua
hasta más de un metro por sobre los horcones. Luego regresó y rehabilitó el
lugar. En épocas prehispánicas debieron darse desplazamientos y reacomoda-
mientos parecidos y que configuraron un modo de vida.

Poblaciones locales, redes de interacción y estrategias de reproducción social

Ahora bien, ¿puede, aún bajo estas circunstancias, tomarse la distribución


que muestran los sitios en el mapa como indicadora más o menos eficiente
de las áreas ocupadas? Hay cierto nivel de confiabilidad en las presencias: su
distribución a lo largo de los ríos actuales y subactuales, su concentración
en la zona mesopotámica y del Salado y las particularidades que presenta la
distribución de las evidencias tienen lógica. Sin embargo, es posiblemente
una imagen incompleta sobre lo que está pasando en los márgenes no explo-
rados de la provincia y en zonas donde el registro pudo ser borrado. Por otro
lado, es también una imagen parcialmente superpuesta. En lo que respecta
al paisaje tardío/hispano indígena sobre el que se enfoca nuestro proyecto,
por ahora contamos con un panorama no discriminado de un período de
unos 600 años que involucró procesos fundamentales de la historia regional:
la emergencia de un nuevo estilo cerámico como es el Averías, su expansión
fuera de la llanura, el contacto e interacción con poblaciones de los valles y
los incas, la instalación de pueblos de indios coloniales, la interacción con po-
blaciones chaqueñas y del litoral y aún la formación de una línea de frontera
con fuertes militares sobre el Salado. Varios de los sitios conocidos en la zona
del Salado medio responden a una ocupación prehispánica tardía y colonial, y
aún republicana no claramente desagregada hasta ahora; para otros la estima-
Espacio, cultura material y procesos sociales tardíos en la llanura santiagueña 245

ción para ese período resulta sólo una estimación provisoria (Figura 1). Sin
embargo, nuestros primeros trabajos de campo y fechados, junto al análisis
bibliográfico y de colecciones empiezan a permitirnos una primera desagre-
gación y algunas precisiones para ciertas zonas. Si bien ciertas áreas fueron
ocupadas por varios siglos, no siempre o necesariamente el asentamiento se
dio sobre el mismo sector o según una estratigrafía de libro. El análisis efec-
tuado habilita diferenciar espacios y sitios prehispánicos tardíos sin ocupación
colonial, otros con continuidad de uso hispano-indígena y también restos de
fortines ocupando sectores aparentemente sin evidencias anteriores. A su vez,
los trabajos de campo permiten reconocer, dentro de algunos sitios, espacios
que podrían ser de uso prehispánico y otros coloniales, así como la existencia
de asentamientos concentrados previos a la reestructuración española.
Ahora bien, hemos planteado anteriormente que un tiempo antes de la
conquista española las poblaciones emplazadas en la llanura santiagueña,
principalmente sobre la zona del río Salado medio -que ahora creemos po-
der acotar a su vez al área de los bañados de Añatuya-, sostuvieron una red
de relaciones con aquéllas asentadas en los valles intermontanos y con los in-
cas (Angiorama y Taboada 2008; Taboada y Angiorama 2010; Taboada 2011,
2013; Taboada et al. 2013). Pero, ¿cuáles fueron los mecanismos y circunstan-
cias en la llanura que dieron origen, permitieron y mantuvieron esta relación
y su evolución posterior? Algunas evidencias analizadas por Lorandi (1978)
apuntan a pensar que estas redes sociales podrían remontarse a momentos
preincaicos y vincularse a un contacto entablado con poblaciones del sur de
Bolivia primero y a una posterior expansión hacia los valles de Catamarca,
Ambato y alrededores después (Lorandi, comunicación personal 2012). Para
avanzar en este tema resulta importante analizar el norte del Salado y el sec-
tor noreste de la provincia. Su potencial para la vida y un jalonamiento de
sitios apenas estudiados en esta área y en clara relación a los paleocauces de
la zona habilita pensar la zona como espacio de comunicación norte-sur. Pär-
sinnen (2003) ha planteado que pudo ser la vía de expansión incaica hacia
la llanura, y en Salta se han registrado torteros y otras evidencias típicas de la
llanura santiagueña atribuibles a intervención incaica (Taboada et al. 2013).
El río Salado también pudo funcionar como vínculo con las primeras ciuda-
des coloniales asentadas en el límite salteño-santiagueño. Sin embargo, los
sitios hasta ahora trabajados en el sector noreste de Santiago no presentaron
materiales ni rasgos incaicos o españoles. Son sitios aparentemente similares
a los del centro de Santiago, con cerámica Averías asignable al tardío y mate-
riales comunes en esta zona, pero según Reichlen (1940) con un desarrollo
tecnológico menos variado y una ocupación menos intensa. Nos pregunta-
mos, entonces, si estas evidencias no podrían ser referentes de aquellos con-
tactos con poblaciones de Bolivia que pensaba Lorandi, en una región donde
otros indicios parecen indicar que era un espacio habitado por grupos con
instalación menos permanente, incluso afines a tradiciones chacolitoraleña
246 Constanza Taboada

(ver Angiorama et al. en este volumen), y que el vínculo con el incario se es-
tableciera por otras rutas.
La otra zona relevante para el tema y casi no estudiada es la franja oeste
del norte de Santiago, continuación del piedemonte y llanura tucumana don-
de se ubican evidencias santamarianas ausentes en el registro santiagueño. Si
bien en los sitios de los bañados de Añatuya en el Salado medio se han hallado
objetos de metal típicos del tardío de los valles, no hay registro en la llanura
santiagueña -salvo una excepción que luego analizaremos- de otros materiales
distintivos de las poblaciones de aquella región con las cuales los “santiague-
ños” debieron tener algún tipo de contacto en su potencial carácter de miti-
maes traslados que planteara Lorandi (1980, 1984), o de otras situaciones. Por
el contrario, aquellos elementos de la vida cotidiana de las poblaciones con las
cuales debieron, al menos, coexistir los “santiagueños” en los valles, no fueron
incorporados por las poblaciones de la llanura, mientras sí lo hicieron con
ciertos elementos, materiales, rasgos y pautas incaicos (Angiorama y Taboada
2008; Taboada y Angiorama 2010; Taboada 2013). Igual ausencia de indicado-
res puede verse en la aparente frontera cultural entre el norte y sur de la ceja
de selva tucumano-catamarqueña. Mientras al norte del piedemonte tucuma-
no los registros tardíos se remiten a evidencias recurrentemente registradas
en los valles, con cerámica santamariana y casas-pozo, en el norte del piede-
monte catamarqueño los registros muestran materiales y contextos similares a
los típicos de la llanura santiagueña: cerámica Averías, torteros, instrumentos
de hueso, arquitectura perecedera (Taboada et al. 2012). Un contexto de este
tipo, con ausencia de indicadores incaicos e hispánicos, excavado en Salauca
(departamento Santa Rosa, Catamarca) en las estribaciones septentrionales
de la sierra de Ancasti, puede ser ubicado por fechados radiocarbónicos en
un lapso que abarca desde momentos inmediatamente previos a la expansión
incaica en el Noroeste argentino (NOA) hasta la colonia (Tabla 1). Otro con-
texto excavado en Ampolla (Ampolla 1 Alero), a 4 km del anterior, también
sin evidencia hispánica ni incaica, presentó un rango análogo (Tabla 1). Si
bien, según los rangos de los fechados, estos contextos podrían vincularse a la
instalación en la zona de pueblos de indios trasladados desde la llanura (Be-
cerra 2010; Taboada 2011) la, hasta ahora, ausencia de evidencia de contacto
y el escaso desarrollo de los sitios nos permite pensarlos en relación a proce-
sos anteriores. Aparentemente hay evidencias del mismo tipo en el valle de
Ambato (comunicación personal de Pérez Gollán a Lorandi, 2011), además
de las ya conocidas -aunque no ubicadas con claridad todavía en la escala cro-
nológica- para el valle de Catamarca (Taboada et al. 2013). Ya Lorandi (1978)
había planteado que algunos de los materiales Averías o Yokavil del valle de
Catamarca podían corresponder a momentos preincaicos. Todo ello nos lleva
a considerar una potencial extensión de las poblaciones o ideas de la llanura
hacia el oeste en época inmediata previa a la expansión incaica y, tal vez, habi-
litante de un posterior vínculo con el incario.
Espacio, cultura material y procesos sociales tardíos en la llanura santiagueña 247

Sitio, estructura y unidadEdad radiocarbónica Rango de 1σ –


Código Material Área relativa
de procedencia convencional cal. A.D.
LP-2594 Salauca 3F - UP 7504 500 ± 50 años AP 1410-1462 carbón 1
1510-1577 0,672102
LP-2359 Salauca 3F - UP 7303 320 ± 40 años AP carbón
1621-1648 0,327898
1432-1507 0,759653
LP-2053 Ampolla 1 Alero - UP 304 450 ± 60 años AP carbón
1586-1618 0,240347
1426-1497 0,98431
LP-2819 Sequía Vieja 19 - UP 106C2 470 ± 50 años AP carbón
1603-1606 0,01569
LP- 2776 Mancapa 3- UP 302/R1 550± 60 años AP 1394-1451 carbón 1
1510-1575 0,593206
LP-2766 Mancapa 2 - UP 204 310 ± 40 años AP carbón
1621-1654 0,406794
LP-2759 Mancapa 1 - UP 103 790 ± 50 años AP 1226-1290 carbón 1

Tabla 1. Fechados calibrados realizados sobre carbón en el LATYR. Factores de


Corrección: ¹²C/¹³C (estimado): -24 ± 2‰. Factor multiplicador del error (K) = 1.
Calibración para el Hemisferio Sur: SHCal04 14c McCormac et al. (2004).

Por su parte, las poblaciones de los valles intermontanos y las tierras bajas
tucumanas del norte parecen haber participado de un proceso independien-
te, y presentar su, quizás, único establecimiento en Santiago en la zona media
del Dulce y en época posthispánica. Si bien dijimos que no hay datos de cerá-
mica santamariana en todo Santiago, surge una excepción. Von Hauenschild
(1949) menciona vasijas de este tipo asociadas a contextos coloniales y ele-
mentos europeos en una zona acotada del departamento Robles, en el área
de influencia del río Dulce, y que explicó en relación a crónicas que relataban
el traslado de calchaquíes vencidos a Santiago. Según el autor, algunas otras
piezas santamarianas aisladas, siempre sobre el área del Dulce en dirección
norte, jalonarían “la ruta de esta caravana”. A ello se suma que la cerámica
Averías de esta zona muestra ciertas variantes estilísticas y morfológicas res-
pecto de la que se ha registrado en el Salado medio. Algunas reproducen
rasgos de la variante Yokavil desarrollada en los valles tras la incorporación
de poblaciones de la llanura al sistema incaico (Leiton 2010). Todo esto nos
permite hipotetizar que los mecanismos desplegados en ambas zonas quizás
fueron distintos y diacrónicos y que fue quizás recién en momentos y por
mecanismos hispánicos que las poblaciones locales de los valles tienen alguna
presencia más efectiva en la llanura, fundamentalmente sobre el río Dulce.
De hecho, la información escrita acerca de los “diaguitas santiagueños” es
incongruente y nos ha llevado a discutir su adscripción a Santiago, o al menos
la definición de lo “diaguita” para esta zona (Farberman y Taboada 2012). No
puede, no obstante, obviarse que el desarrollo anterior analiza los datos hasta
ahora registrados para una región que incluye vastos espacios inexplorados
y materiales de contextos mayormente desconocidos. La exploración de los
contextos tardío/coloniales del Dulce será clave para avanzar en la afinación
de los procesos ocurridos.
248 Constanza Taboada

Como sea, los diferentes procesos de interacción que en tiempos tardíos,


incaicos y coloniales se dieron entre las poblaciones de la llanura, los valles
e incas revelan, no sólo intercambios diversos de bienes, ideas, significantes,
hábitos, prácticas y personas, sino fundamentalmente el mantenimiento a lo
largo del tiempo y espacio de una red de relaciones sociales, políticas, econó-
micas y simbólicas que actuaron vinculando -más que separando- estos mun-
dos, configurando un universo con múltiples estrategias de posicionamiento.
Así, la concentración en sitios de los bañados de Añatuya en el Salado medio
de materias primas alóctonas, de bienes realizados en otros contextos cultu-
rales y espacios, de rasgos incaicos y andinos entremezclados con aquéllos
más típicos de la zona y aún con elementos del litoral, y de nuevas prácticas,
nos fue mostrando que quienes habitaban la llanura no estaban aislados de
lo que pasaba en las tierras altas. Más aún, tampoco eran receptores pasivos
de dominación o influencias. La distribución en sitios pre y posthispánicos
de los valles de Catamarca y Salta, de rasgos, objetos, prácticas y contextos
tradicionalmente registrados en la llanura santiagueña, junto a la considera-
ción de datos cronológicos, nos señala, además, que la interacción entablada
no fue un simple acercamiento coyuntural, sino que pudo emerger antes
de la llegada de los incas, y que luego consolidó su presencia en dicha zona
mediante el manejo de relaciones de negociación. Los datos de producción y
distribución de cerámica Yokavil y Averías, de torteros como los de la llanura,
de prácticas inhumatorias en urnas, de contextos de producción, habitación
y funerarios típicamente “santiagueños” en los valles, nos habla de mecanis-
mos que permitieron la reproducción y adaptación de potenciales mitimaes
del llano a nuevas circunstancias y formas de vida en los valles, así como de
su importancia en la red de dominación entablada por incario (Leiton 2010;
Taboada 2011, 2013; Taboada et al. 2013). Y los desarrollos consecuentes y
durante la colonia temprana nos muestran la evolución que tuvo esta vincu-
lación con nuevas formas de manejar la cultura material, sus significantes y
las relaciones sociales, tanto en los valles como en la llanura. Por ello, nues-
tro objetivo es enfocar ahora sobre los desarrollos locales. Nos preguntamos
qué está pasando en momentos inmediatos anteriores y contemporáneos a
la dominación incaica del NOA, y cuál es el mapa y situación que se configu-
ra durante la colonia. Para ello, hemos empezado trabajos de campo en la
zona de los bañados de Añatuya, en los sitios Mancapa y Sequía Vieja, en el
sector medio-sur del río Salado de donde proceden las evidencias de tradi-
ción incaica o andina conocidas hasta ahora. Nuestra área de trabajo queda
incluida dentro de la que trabajaron profusamente los hermanos Wagner y
que concentra casi en exclusividad los objetos de metal de Santiago, además
de otros bienes alóctonos (Angiorama y Taboada 2008; Taboada y Angiorama
2010; Taboada 2013). El área corresponde parcialmente también a la que
trabajó Lorandi, aunque la autora enfatizó el estudio de sitios un poco más
tempranos. Luego no se ha publicado más que un sondeo acotado realizado
Espacio, cultura material y procesos sociales tardíos en la llanura santiagueña 249

por Amalia Gramajo de Martínez Moreno (1991) en la zona y que aporta


algunos elementos para pensar la situación colonial. Por todo ello, los tra-
bajos de campo en la misma resultan fundamentales para contextualizar los
materiales andinos recuperados allí por los hermanos Wagner (1934; Wagner
y Righetti 1948) y Pedersen (1952), y para plantear nuevas lecturas sobre los
procesos involucrados en tiempos pericoloniales. Surge así la posibilidad de
analizar aspectos nunca estudiados: la estructura de los asentamientos -que
muestra sectorizaciones a su interior- y las vinculaciones entre ellos -que reve-
lan un sistema de sitios sobre una zona más elevada y cruzada de paleocauces,
en el área de los bañados de Añatuya, donde el Salado sale de madre gene-
rando un ambiente y territorio particular (Taboada 2013). Como veremos, la
conjunción de datos hace pensar en redes prehispánicas de interacción local,
regional y supra-regional, así como en posteriores mecanismos de reproduc-
ción social actuando por fuera del control colonial o negociando posiciones
durante este momento.
Paralelamente estamos observando hacia el este de la provincia, otra zona
con vacíos de información. El área es clave para repensar la construcción de
categorías fronterizas que se han realizado en torno al río Salado y la ads-
cripción del área oriental como salvaje, impenetrable, tierra de malones y de
indios nómades que se expandían desde el Chaco en un avance que empujaba
hacia las tierras altas o en continuo estado de guerra. Procesos bien estudia-
dos para el siglo XVIII (Lucaioli 2005; Nesis 2005), pero no suficientemente
analizados aún para momentos anteriores. Hasta el momento, las evidencias
arqueológicas conocidas para el este del Salado no dan cuenta de una diferen-
cia sustancial con aquéllas registradas al oeste del río como para pensarlo una
frontera cultural prehispánica. Hay pocos datos de esa zona pero, hasta ahora,
además de no ser sustancialmente distintos de uno y otro lado del río en lo que
hace a materiales prehispánicos -sí hay diferencia en la distribución de mate-
rial europeo colonial y en relación específica a los materiales andinos del área
de los bañados de Añatuya-, tampoco parecen ser referentes de una situación
de conflicto estabilizado ni continuo para momentos prehispánicos (Taboada
2011). Tampoco se conocen contextos de inhumación de la zona que pudie-
ran atribuirse a conflictos bélicos importantes, sostenidos o recurrentes. Esto
no pretende idealizar un estado de armonía ni exime la posibilidad de que
pudieran desarrollarse problemas intergrupales o interétnicos, pero sí busca
prestar atención a la posibilidad de tiempos de interacción tranquila con po-
blaciones del Noreste argentino (NEA). Datos aportados por la antropología
física confluyen hacia una visión semejante. En los restos humanos recupera-
dos en la zona no hay por ahora rasgos significativos de violencia, tampoco
considerables diferencias a nivel étnico como para especular una irrupción
importante de aportes poblacionales físicamente distintos (Marcellino 1999;
Seldes 2002; Drube 2009). Hay, en cambio, registros claros y presencia recu-
rrente desde al menos el 1000 d.C. (Lorandi 1978) y en varios sectores de
250 Constanza Taboada

Santiago -no sólo sobre el Salado-, de materiales y rasgos que se han asignado
a tradiciones alfareras chaqueñas y del litoral, como las campanas y alfarerías
gruesas descriptas por Serrano (1938) y los apéndices en forma de loros (Lar-
guía de Crouzeilles 1939). Algunos de estos materiales -como las campanas- se
han registrado como algo bastante recurrente en contextos habitacionales de
distinta cronología y ubicación en el mapa, y en ocasiones han incorporado
representaciones típicas de la llanura suplantando el loro por el búho (Serra-
no 1938). Esto nos hace considerar una integración más bien pacífica y quizás
bastante generalizada. A ello se suma la importante cantidad de pipas de tipo
chaqueño y litoral halladas en los sitios de Sequía Vieja y Averías en la zona de
los bañados de Añatuya (Reichlen 1940; Lorandi 2015). Incluso, las caracte-
rísticas y distribución sexual de ciertas deformaciones de cráneos de sitios tar-
díos y pericoloniales de la zona podrían apuntar a que hubo aportes acotados
o intercambios de mujeres del Chaco o la floresta oriental, así como contactos
con poblaciones del área andina bajo dominación inca (Drube 2010), lo que
se adecua, por su parte, a las hipótesis de interacción que planteáramos para
con el incario (Angiorama y Taboada 2008).
Todo ello, sumado a datos de campo obtenidos en los sitios Sequía Vieja
y Mancapa, nos lleva a postular que un conjunto de sitios1 de los alrededo-
res del bañado de Añatuya pudo constituir una red de poblaciones y asenta-
mientos vinculados entre sí y, a la vez, núcleo de mecanismos de interacción
mantenidos con poblaciones de los valles, los incas y el NEA (Taboada 2013).
Si bien la zona fue sede de varios pueblos de indios (Di Lullo 1949; Figueroa
1949; Gramajo de Martínez Moreno 1992) y los sitios analizados presentan
material colonial que posibilita sostener su ocupación en esta época, las data-
ciones radiocarbónicas permiten ubicar el establecimiento en ambos asenta-
mientos desde épocas prehispánicas. Un fechado para Sequía Vieja ubica al
contexto datado, con 0,984 de probabilidad con un sigma, entre 1426 y 1497
d.C. (Tabla 1), o sea, de época prehispánica y parcialmente contemporáneo
con el Periodo Incaico, momento que venimos sosteniendo debió ser clave
en la reconfiguración de las relaciones de los pueblos del área. Tres fecha-
dos obtenidos en tres montículos distintos de Mancapa permiten considerar
el establecimiento desde al menos fines del 1200 d.C., y durante los siglos
siguientes hasta mediados de 1600 d.C. (Tabla 1). Esto apuntala la idea de
que esta zona y sitios sobre los que después se impusieron pueblos de indios
y fuertes, fueron habitados desde momentos prehispánicos tardíos, y que la
red de relaciones entabladas con incas y el litoral, así como el desarrollo de
ciertas destrezas explotadas en la colonia como el hilado y tejido, podrían
remitirse a una tradición prehispánica de base (Taboada y Angiorama 2010;
López Campeny 2011-12).
En este modelo, Sequía Vieja, un sitio que ahora cuenta con prospeccio-
nes, excavaciones y fechados, que cubre unas quince hectáreas con diferen-
ciaciones internas todavía no claramente ubicables en la columna cronológica
Espacio, cultura material y procesos sociales tardíos en la llanura santiagueña 251

de ocupación del sitio, debió jugar un rol preponderante en la relación (Ta-


boada 2013; Lorandi 2015). La confluencia, magnitud, significancia y hasta
exclusividad de registro de algunos bienes andinos y del litoral en esta zona,
nos hace pensar que pudo actuar como núcleo de encuentros intergrupales e
interétnicos de negociación, reciprocidad y alianzas prehispánicas (Taboada
2013). Esta preponderancia político-territorial parece además haberse soste-
nido durante época colonial con el establecimiento de pueblos de indios de
importancia sobre los asentamientos indígenas en esta zona específica, donde
se mantuvieron en circulación objetos y prácticas significativas. Recordemos
que algunos de los bienes recuperados en Sequía Vieja y sitios vecinos se ca-
racterizan por su carácter altamente diacrítico, por ser materias primas ajenas
a la llanura, por ser referentes de actividades simbólicamente importantes
para los incas, pero también para las poblaciones de tierras bajas (como la
metalurgia2 y la textilería3), por formar parte de indumentarias andinas aso-
ciadas a investiduras político-sociales (lauraques, placas de metal, caracoles del
Pacífico, tejidos) y que hemos postulado podrían haber actuado como dones
y contradones en situación de alianza y reciprocidad (Taboada y Angiorama
2010). Objetos similares se han registrado asociados en sitios incaicos em-
blemáticos de los valles intermontanos (Leiton 2010; Taboada et al. 2013).
Algunos están presentes, aunque en mucha menor medida y variedad, en los
sitios de las inmediaciones de Sequía Vieja con los que pensamos se mantenía
una red de relaciones intergrupales; pero no se han registrado en los otros
más de 200 sitios conocidos para la provincia. Hay, además, concentración
de aerófonos de hueso de estilo local, y pipas de tradición indígena similares
a las halladas en Santa Fe en contextos pre y posthispánicos (Carrara y De la
Penna 2005; Letieri et al. S/F), elementos quizás vinculables a prácticas de
encuentro social. A ello se suma la aparición, en la zona y el sitio, de platos,
vasos altos y grandes vasijas ahusadas, con formas y representaciones distintas
a las del registro tradicional de la región (Taboada 2013), algunas de ellas vin-
culables a morfologías incaicas (Gramajo de Martínez Moreno 1982; Taboada
y Angiorama 2010) y otras no. Estas formas cerámicas se asocian a nuevos es-
tilos de representación, con desarrollo de motivos y combinaciones de rasgos
que difieren del estilo Averías clásico y del hispano indígena. Se diferencian,
además, de los recipientes de cerámica con representaciones hispánicas, por
su tamaño, siendo los que nos ocupan grandes y de formas asociables a consu-
mo y distribución comunitaria de alimentos y bebidas (por ejemplo, Nielsen
2010), mientras los hispánicos son pequeños y vinculables a consumo restrin-
gido o individual (pucos y jarritas pequeños fundamentalmente). Los fecha-
dos y contextos excavados permiten ubicar el desarrollo de, al menos, algunas
de estas nuevas formas y diseños, ya en tiempos prehispánicos tardíos o incai-
cos. Sus características y la aparición acotada a estos sitios tan profusamente
marcados por bienes de prestigio e investidura ajenos al lugar, confluyen para
pensar el despliegue de una nueva parafernalia de comensalidad. Esto bien
252 Constanza Taboada

puede asociarse a las múltiples referencias a “juntas y borracheras” celebradas


en esta zona -y a los banquetes político rituales del mundo andino (Dillehay
2003)- desde tiempos prehispánicos, y mantenidas en tiempos coloniales bajo
la interpretación demonizada de la visión española; pero también señaladas
en la documentación de la región como espacios sociales de alianzas militares,
reuniones fúnebres y ritos propiciatorios (Farberman 2005). Desde la parti-
cular conjunción de evidencias y su adscripción a tradiciones locales, andinas
y litorales, la situación analizada podría interpretarse en relación a reuniones
interétnicas de negociación y mantenimiento de pactos o reciprocidad, en un
asentamiento capaz de recibir visitas importantes y de ofrecer contradones.
Se ha señalado que los pueblos de indios coloniales de Santiago se caracteri-
zaron por el mantenimiento de autoridades y base territorial indígenas y por
la solidez de las estructuras comunitarias (Farberman 2002), por lo que no es
difícil suponer que las juntas y borracheras coloniales fueran la continuación
-reelaborada y redirigida en sus fines- de prácticas prehispánicas de encuen-
tro. Farberman (comunicación personal 2013) ha identificado, además, que
fuentes coloniales tempranas señalan la conformación de juntas indígenas de
resistencia y señalan precisamente las “ciénegas del Salado” como un espacio
donde los indígenas están reuniendo fuerzas para hacer frente a los españoles
-en asociación, además, con pueblos chaqueños-. Durante esta época, los dos
conjuntos diferenciados de recipientes pudieron haber coexistido y funciona-
do contemporáneamente. La “marcación” a nivel estilística y de representa-
ción interpuesta y ausente o negada en unos u otros, resultaría aún más inte-
resante para analizar en este caso, por la mediación que implicaría a nivel de
significantes durante la colonia. La correspondencia de nuevos motivos con
nuevas formas y tamaños y ausente en las morfologías incorporadas por los
españoles, nos remite a pensar en una parafernalia circunscripta a una situa-
ción significativa y particular, reservada a la participación en ese juego, y no
ampliable, diluíble, ni traspasable a otros contextos de relaciones y prácticas
sociales. En esta suposición, en tanto los objetos de la vida cotidiana bajo el sis-
tema español quedarían excluidos de participar de la simbología de aquéllos
vinculables a prácticas de consumo y repartición social, podríamos especular
que la diferenciación interpuesta en ambos conjuntos morfológicos-estilísti-
cos pudiera tener que ver con una estrategia de reserva identitaria e incluso
resistencia soslayada. Varios elementos permiten suponer que en Sequía Vieja
se mantuvieron durante la colonia prácticas comunitarias que esquivaban el
sistema español. Y la interposición simbólica en los recipientes puede ser un
referente de la importancia de mantener separados mecanismos y estrategias
paralelos de reproducción social.
Resulta interesante, por último, incorporar a nuestros planteos la discusión
sobre redes de circulación de bienes entre poblaciones del delta del Paraná y
de las tierras altas en momentos coloniales (Bonomo et al. 2011). Algunos de
los bienes analizados coinciden con aquéllos que hemos identificado como
Espacio, cultura material y procesos sociales tardíos en la llanura santiagueña 253

marcadores importantes de interacción entre las poblaciones de la llanura


santiagueña con las de los valles e incaicas, y pensamos podrían vincularse al
sostenimiento de un mecanismo o entramado de relaciones que se extende-
ría hacia Santa Fe y el Paraná. De hecho, el río Salado desemboca en el delta
del Paraná luego de haber atravesado Santa Fe (de donde vimos hay registro
intenso de pipas como las halladas en Sequía Vieja). Situaciones como éstas
permiten pensar, no sólo en tramas sociales, circulación de bienes y negocia-
ción de pactos de gran amplitud espacial, sino también de cierta profundidad
temporal (prehispánica-posthispánica), que son reelaboradas y sostenidas se-
gún las coyunturas históricas y políticas. Una red de relaciones interétnicas
que permitiría la reproducción social, e intercambio de bienes prehispánicos
por fuera del control colonial -o negociando con él- y paralelo a otros meca-
nismos, y que es otro de los tantos puntos que nos guían a seguir repensando
el tema de las fronteras y límites como constructores teóricos de situaciones.
Los escritos de Paucke (1943) son iluminadores en este sentido, al mostrar
formas de interacción social entre grupos indígenas diferentes y distantes que
quizás podemos no estar considerando, donde los caciques mantienen toda-
vía, en el borde del río Paraná del siglo XVIII, el poder de manejar, mediar
o cortar estas relaciones. Y en donde las fiestas y juntas, con invitados ajenos
al poblado, y que acampan por tiempo prolongado en las inmediaciones del
mismo con todo su bagaje, aparecen todavía como aglutinantes y convocantes
para mantener las relaciones de reciprocidad mediante regalos, invitaciones
y convites políticos.

CONSIDERACIONES FINALES

La idea del trabajo fue plantear un modelo más vívido de las poblaciones
tardías de la llanura santiagueña y ponerlo a consideración al analizar la va-
riabilidad material y espacial del territorio. Tales características sirven para
plantear la ocurrencia en la región de procesos, coyunturas e intercambios
diferenciados y complejos, tanto hacia el interior del área como en la vincu-
lación con poblaciones de otras zonas. Los avances apuntan a profundizar el
conocimiento de los desarrollos locales según una lectura que problemati-
ce, matice y desagregue categorías, hasta ahora homogeneizadoras, sobre lo
ocurrido durante momentos prehispánicos tardíos y coloniales. Pero también
que preste atención a las prácticas cotidianas como hechos significativos en
la configuración de las relaciones sociales. La habitación de una región que,
por sus características ambientales, permite tanto el asentamiento permanen-
te como impone por épocas la inminencia de traslado, debió generar un im-
portante entramado de relaciones socio-políticas y circulación de bienes e
ideas entre los habitantes de los diferentes lugares conectados por pactos y
movilizaciones.
254 Constanza Taboada

Los datos y preguntas plasmados en este trabajo ponen en consideración,


en definitiva, algunas cuestiones generales: la de la necesidad de romper es-
quemas que han compartimentado accionares diferenciados para las pobla-
ciones de tierras altas vs. tierras bajas, reduciendo los procesos de contacto
entre ambas a situaciones más bien coyunturales, conflictivas y construyendo
fronteras y estereotipos bastante rígidos entre un mundo andino y chaqueño/
litoral separados que parecen no estar jugando tan así. Lo andino y lo chaque-
ño/litoral parece más bien juntarse, mezclarse en Santiago, desarmar muchas
de las categorías de separación… mostrar que los procesos fueron persisten-
tes, mantenidos, no eventuales y, por qué no, pacíficos, buscados, aceptados,
aprovechados para establecer y sostener redes sociales de gran alcance en el
tiempo y espacio y con especificidades propias de cada población, pero posi-
blemente subsumidos en miradas y conceptos estereotipados que merecen ser
repensados.

AGRADECIMIENTOS

Quiero expresar mi más profundo agradecimiento a Ana María Lorandi,


por su invalorable apoyo y por poner a mi disposición los registros generados
durante sus investigaciones en Santiago. A Beatriz Cremonte, Beatriz Ventura
y Gabriela Ortiz por invitarme a participar del TANOA III. A Judith Farber-
man por sus múltiples y enriquecedores aportes. A los directores y encargados
de los Museos donde analizamos materiales: Myriam Tarragó, Diana Rolandi,
Rodolfo Raffino, Ana Igareta, Mirta Bonnin, Andrés Laguens, Sergio Álvarez,
Sebastián Sabater, Andrés Chazarreta y al personal que colaboró con noso-
tros. A Andrés Chazarreta agradezco también muy especialmente por el aval
para investigar en Santiago del Estero. A Paz Núñez Regueiro por el acceso a
los archivos del Museo Quai Branly. A Gabriel Cocco y Mariano Bonomo por
las referencias aportadas. Al grupo de investigación por toda su colaboración.
Ésta se enmarca en los proyectos PICT 1021, CIUNT 26G/402 y PIP 11/265.

BIBLIOGRAFÍA

Angiorama, C. y C. Taboada
2008. Metales andinos en la llanura santiagueña (Argentina). Revista Andina 47:
117-150.

Barreto, C.
2006. Caminos a la desigualdad: perspectivas desde las Tierras bajas de Brasil. En
C. Gnecco y C. Langebaek (eds.), Contra la tiranía tipológica en Arqueología: 1-29.
Bogotá, Ediciones Uniandes.
Espacio, cultura material y procesos sociales tardíos en la llanura santiagueña 255

Becerra, M. F.
2010. Población y territorio en el antiguo Partido de las Sierras de Santiago (fines
siglo XVI a siglo XVIII): avances de investigación. Ponencia presentada en el
10º Encuentro de Jóvenes Investigadores de Santiago del Estero. Cuadernos de textos y
resúmenes: 151-152. Santiago del Estero, El Colegio de Santiago.

Bleiler, E.
1948. The East. En: W. Bennett, E. Bleiler y F. Sommer, Northwest Argentina
Archaeology: 120-139. New Haven, Yale University Publications in Anthropology,
Yale University Press.

Bonomo, M., G. Politis y C. Gianotti


2011. Montículos, jerarquía social y horticultura en las sociedades indígenas del
Delta del río Paraná (Argentina). Latin American Antiquity 22: 297-333.

Bourdieu, P.
1988. La Distinción. Barcelona, Taurus.

Carrara, M. y J. De la Penna
2005. Pipas de fumar africanas en Santa Fe La Vieja. Actas del XIII Congreso Nacional
de Arqueología Argentina Tomo 4: 155-158. Córdoba.

Cione, A., A. M. Lorandi y E. Tonni


1979. Patrón de subsistencia y adaptación ecológica en la aldea prehispánica “El
Veinte”, Santiago del Estero. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología
XIII: 103-116.

De Certeau, M.
1979. La invención de lo cotidiano. México D. F., Universidad Iberoamericana.

Di Lullo, O.
1949. Reducciones y Fortines. Santiago del Estero, Publicación oficial.

Dillehay, T.
2003. El colonialismo inka, el consumo de chicha y los festines desde una perspectiva
de banquetes políticos. Boletín de Arqueología PUCP 7: 355-363.

Drube, H.
2009. Las poblaciones aborígenes prehispánicas de Santiago del Estero. Evaluación
de sus características bioantropológicas y de sus condiciones de salud,
enfermedad y nutrición. Tesis doctoral inédita, Facultad de Ciencias Naturales y
Museo, Universidad Nacional de La Plata.
2010. La deformación de cráneo en las sociedades precolombinas de Santiago del
Estero. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología XXXV: 69-84.

Farberman, J.
2002. Feudatarios y tributarios a fines del siglo XVII. La visita de Luján de Vargas
a Santiago del Estero (1693). En J. Farberman y R. Gil Montero (comp.),
256 Constanza Taboada

Pervivencia y desestructuración de los pueblos de indios del Tucumán colonial: 59-90.


Bernal, Universidad Nacional de Quilmes.
2005. Las salamancas mestizas. De las religiones indígenas a la hechicería colonial.
Santiago del Estero, siglo XVIII. Memoria Americana 13: 117-150.

Farberman, J. y C. Taboada
2012. Las sociedades indígenas del territorio santiagueño: apuntes iniciales desde
la arqueología y la historia. Período prehispánico tardío y colonial temprano.
Runa 33(2): 113-132.

Figueroa, A.
1949. Los antiguos pueblos de indios de Santiago del Estero. Santiago del Estero, Edición
de autor.

Frenguelli, J.
1940. El ambiente geográfico. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología II:
13-33.

Furlong, G.
1936. Cartografía Jesuítica del Río de La Plata. Buenos Aires, Tall. S.A. Casa Jacobo
Peuser.

Giddens, A.
1995. La Constitución de la Sociedad. Buenos Aires, Amorrortu.

Gramajo de Martínez Moreno, A.


1982. Posibles influencias incaicas en Santiago del Estero. Serie Estudio 3: 35-59.
Santiago del Estero.
1991. Proceso fundacional en el antiguo Tucumán. Santiago del Estero, Ed. V Centenario.
1992. Pueblos de indios postconquista de la jurisdicción de Santiago del Estero:
investigación en fuentes. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología XVIII:
181-209.

Gramajo de Martínez Moreno, A. y H. Martínez Moreno


1988. El arte rupestre del territorio santiagueño. Santiago del Estero, Ediciones V
Centenario, Entrega III.
1992. Arqueología de la Subárea Sierra de Guasayán. Serie Estudio 4: 21-73. Santiago
del Estero.

Heckenberger, M., J. Petersen y E. Neves


1999. Village permanence in Amazonia: two archaeological examples from Brazil.
Latin American Antiquity 10: 353-376.

Hodder, I.
1990. Style as historical quality. En M. Conkey y C. Hastorf (eds.), The uses of style in
archaeology: 44-51. Cambridge, Cambridge University Press.

Iriarte, J.
2006. Landscape transformation, mounded village and adopted cultigens: the rise
Espacio, cultura material y procesos sociales tardíos en la llanura santiagueña 257

of early formative com-munities in South eastern of Uruguay. World Archaeology


38(4): 644-663.

Larguía de Crouzeilles, A.
1939. Correlaciones entre la alfarería indígena encontrada en la región de Santa Fe
y la de la Provincia de Santiago del Estero. Anales de la Sociedad Científica Argentina
CXXVIII: 196-211.

Leiton, D.
2010. Vasijas como lugares, estilos como paisajes. Tesis de grado inédita, Facultad de
Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo, Universidad Nacional de Tucumán.

Lemmonier, P.
1992. Elements for an Anthropology of Technology. Ann Arbor, Anthropological Papers
88, Museum of Anthropology, University of Michigan.

Letieri F., G. Cocco, G. Frittegotto, L. Campagnolo, C. Pasquali y C. Giobergia


S/F. Catálogo digital: Santa Fe La Vieja. Ministerio de Innovación y Cultura de la
provincia de Santa Fe y el Consejo Federal de Inversiones. Santa Fe.
http://www2.ceride.gov.ar/wxis/etnografico/colecciones_arqueologicas/
index.htm

López Campeny, S. M. L.
2011-12. Retomando el hilo… Los torteros arqueológicos de Santiago del Estero. Un
giro a la discusión, primeros resultados y propuesta de investigación. Cuadernos
del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano 23(1): 37-54.

Lorandi, A. M.
1978. El desarrollo cultural prehispánico en Santiago del Estero, Argentina. Journal
de la Société des Amèricanistes LXV: 61-85.
1980. La frontera oriental del Tawantinsuyu: El Umasuyu y el Tucumán. Una
hipótesis de Trabajo. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología XIV (1):
147-164.
1984. Soñocamayoc. Los Olleros del Inka en los Centros Manufactureros del
Tucumán. Revista del Museo de La Plata 8: 303-327.
2015. Tukuma -tukuymanta. Los pueblos del búho. Santiago del Estero antes de la Conquista.
Santiago del Estero, Subsecretaría de la Provincia de Santiago del Estero.

Lorandi, A. M. y D. Lovera
1972. Economía y patrón de asentamiento en la provincia de Santiago del Estero.
Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología VI: 173-191.

Lucaioli, C.
2005. Los Grupos Abipones hacia Mediados del Siglo XVIII. Buenos Aires, Sociedad
Argentina de Antropología.

McCormac, F., A. Hogg, P. Blackwell, C. Buck, T. Higham y P. Reimer


2004. SHCal04 Southern Hemisphere Calibration 0-1000 cal BP. Radiocarbon 46:
1087-1092.
258 Constanza Taboada

Marcellino, A.
1999. ¿Eran “ándidos” los aborígenes del agroalfarero de Icaño? Nueva contribución
a la craneología de Santiago del Estero. Anales de Arqueología y Etnología 50-51:
135-166.

Martínez, J. L.
2011. Gente de la tierra de guerra. Los lipes en las tradiciones andinas y el imaginario
colonial. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú.

Martínez, A. T., C. Taboada y A. Auat


2011. Los hermanos Wagner: entre ciencia, mito y poesía. Arqueología, campo arqueológico
nacional y construcción de identidad en Santiago del Estero (1920-1940). Quilmes,
Colección Intersecciones, Universidad Nacional de Quilmes.

Meggers, B. y C. Evans
1957. Archaeological Investigations at the Mouth of the Amazon. Washington D.C.,
Bulletin 167664, Smithsonian Institution, Bureau of American Ethnology.

Nesis, F.
2005. Los Grupos Mocoví en el Siglo XVIII. Buenos Aires, Sociedad Argentina de
Antropología.

Nielsen, A.
2010. Celebrando con los antepasados. Arqueología del espacio público en Los Amarillos,
Quebrada de Humahuaca, Jujuy, Argentina. Argentina, Malku ediciones.

Ortiz, J. G.
2012. Observaciones sobre procesos de formación de sitio en las proximidades del
rio Salado a partir de análisis de fosfatos. Sitio Mancapa (Santiago del Estero).
Trabajo presentado en la V Jornadas de Jóvenes Investigadores, Universidad Nacional
de Tucumán. Tucumán.

Palomeque, S.
1992. Los esteros de Santiago. Acceso a los recursos y participación mercantil.
Santiago del Estero en la primera mitad del siglo XIX. Data, Revista de Estudios
Andinos y Amazónicos 2: 9-61.

Pärsinnen, M.
2003. Tawantinsuyu. El Estado Inca y su organización política. Lima, IFEA.

Paucke, F.
1943. Hacia Allá y para Acá. Una Estadía entre los Indios Mocobíes, 1749-1767, Volumen
II. Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán.

Pedersen, A.
1952. Objetos de bronce de la zona del Río Salado (región Chaco-Santiagueña).
Proceedings of the XXX International Congress of Americanistes: 92-100. Londres.
Espacio, cultura material y procesos sociales tardíos en la llanura santiagueña 259

Reichlen, H.
1940. Recherches Archéologiques dans la Province de Santiago del Estero (Rép.
Argentine). Journal de la Societé des Amèricanistes LXV: 133-225.

Seldes, V.
2002. Indicadores de estrés nutricional y dieta en poblaciones del chaco-argentino.
Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología XXVII: 115-130.

Serrano, A.
1938. La Etnografía Antigua de Santiago del Estero y la llamada Civilización Chaco-
Santiagueña. Paraná, Editores Casa Predassi.

Shanks, M. y C. Tilley
1987. Re-Constructing Archaeology. Theory and Practice. Cambridge, Cambridge
University Press.

Steward, J. (ed.)
1944-49. Handbook of South American Indians. Washington D.C., Bureau of American
Ethnology, U.S. Gov. Printing Office.

Taboada, C.
2011. Repensando la Arqueología de Santiago del Estero. Construcción y análisis
de una problemática. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología XXXVI:
197-220.
2012. El Temprano en Santiago del Estero y las tierras bajas de Catamarca. Trabajo
de circulación interna y ponencia presentada en el Taller Arqueología del periodo
Formativo en Argentina: un encuentro para integrar áreas y sub-disciplinas, revisar
significados y potenciar el impacto de las investigaciones en curso. Tafí del Valle.
2013. Sequía Vieja: ¿un sitio de encuentro interétnico en la llanura santiagueña?
Resumen y ponencia presentada en el XVIII Congreso Nacional de Arqueología
Argentina. La Rioja.

Taboada, C. y C. Angiorama.
2010. Metales, textiles y cerámica. Tres líneas de análisis para pensar una
vinculación entre los habitantes de la llanura santiagueña y el Tawantinsuyu.
Memoria Americana 18(2): 11- 41.

Taboada, C., J. Medina, C. Angiorama, A. T. Martínez, S. Rodríguez Curletto, P.


Mercolli, O. Díaz, J. Pérez Pieroni, F. Becerra, B. Salvatore, L. Torres Vega y D.
Argañaraz Fochi
2012. ¿Qué nos dice la arqueología sobre los antiguos habitantes de Ampolla, Salauca y
alrededores? Tucumán, Digital Center.

Taboada, C., C. Angiorama, D. Leiton y S. M. L. López Campeny


2013. En la llanura y los valles… Relaciones entre poblaciones de las tierras bajas
santiagueñas y el estado inca: materialidades, elecciones y repercusiones.
Intersecciones en Antropología 14: 137-156.
260 Constanza Taboada

Togo, J.
2004. Arqueología Santiagueña: Estado actual del Conocimiento y Evaluación
de un Sector de la Cuenca del Río Dulce. Tesis Doctoral inédita, Facultad de
Ciencias Naturales y Museo, Universidad Nacional de La Plata.

von Hauenschild, J.
1949. Ensayo de clasificación de la documentación arqueológica de Santiago del
Estero. Revista de la Universidad Nacional de Córdoba. XXXVI: 7-75.

Wagner, E. y O. Righetti
1946. Archéologie Comparée. Résume de Préhistoire. Buenos Aires, Edición de autor.

Wagner, E. y D. Wagner
1934. La Civilización Chaco-Santiagueña y sus correlaciones con las del Viejo y Nuevo
Mundo. Tomo I. Buenos Aires, Compañía Impresora Argentina S. A.

NOTAS

1
Incluiría, en principio, los siguientes sitios: Sequía Vieja, Averías, Laguna Muyoj,
Chilca Pozo, Mancapa, Siete Quebrachos, Cañitas, Icaño, Tulip Loman y Real
Sayana.
2
De Sequía Vieja se han publicado 60 objetos de metal sobre un total de 112
registrados en nueve sitios del área y de 140 publicados para todo Santiago (hay
algunos más registrados directamente en el Museo de Ciencias Antropológicas
y Naturales “Emilio y Duncan Wagner” de Santiago del Estero). Entre ellos se
cuentan veintidós placas, cuatro topus, dos liwis, tres tokis, dos hachas planas, un
hacha ancla, un pendiente, dos mazas estrelladas, dos lauraques, dos manoplas, una
campana, siete campanillas, cinco cinceles, un punzón, una pinza, dos cruces. De
éstos, veinticuatro son de tradición valliserrana, diecisiete incaica y seis colonial, y
49 pueden considerarse bienes de prestigio (Angiorama y Taboada 2008; Taboada
2013).
3
De Sequía Vieja proceden más de 5.000 torteros (Taboada y Angiorama 2010;
Taboada 2013).
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad

DEBATE

TABOADA

Jaimes Betancourt: El paisaje de Santiago del Estero es similar al de los Llanos


de Mojos, debido a las periódicas inundaciones. Entonces, es posible que los
resultados de las prospecciones en Santiago del Estero estén fuertemente in-
fluenciados por la visibilidad y superposición de ocupaciones como sucede en
los Llanos de Mojos. En las prospecciones de los montículos habitacionales se
recolecta material de superficie fechado entre el 1100 a 1400 d.C. Sin embar-
go, de acuerdo a las excavaciones, sabemos que existen ocupaciones desde el
400 d.C., es decir, el material cerámico, que con mucha suerte se encuentra
en la superficie, corresponde por lo general a las últimas dos ocupaciones.
Estas limitaciones pueden ser ese sesgo de evidencia ocupacional al cual te
refieres. Los sitios tempranos no es que no existan, es que simplemente no los
vemos porque hay que afrontar la investigación de otra manera, mediante ex-
cavaciones. Me llama mucho la atención el parecido que tienen las torteras de
Santiago de Estero con las que encontramos en los montículos de los Llanos
de Mojos. ¿A cuál estilo cerámico corresponden estas torteras?

Taboada: El de Averías.

Jaimes Betancourt: Asombra la gran variabilidad dentro del mismo estilo Ave-
rías. Si, como dices, tiene alguna relación con Mojocoya, en Bolivia, a pesar
que este estilo está todavía muy poco estudiado, se caracteriza por la presencia
de trípodes y su filiación no es andina sino más bien de las tierras bajas. Si
existió algún tipo de interacción habría sido con Santa Cruz y más específi-
camente con la región alrededor de Samaipata, donde se evidenciaron sitios
formativos Mojocoya tempranos.

Taboada: Exacto.

Cruz: Si tomamos Mojocoya como una base, pero si vamos desde el Alto Beni
bordeando la vertiente oriental de los Andes, aparece también algo así como
una tradición cerámica con diseños con bordes blancos. Pero también más
al sur, creo que guarda algunas semejanzas con los estilos Yampara que tam-
bién se vinculan con estas tradiciones de bordes blancos. Es decir, hay toda
una franja que integra los valles orientales y el pedemonte donde aparecen
estos estilos con bordes blancos, los cuales no parecen derivar de tradiciones
altoandinas.
262 Constanza Taboada

Jaimes Betancourt: ¿Cómo denominaste al Complejo cerámico con decora-


ción inciso-punteada?

Taboada: De “Córdoba Inciso” según Serrano. Es una cerámica que no se res-


tringe a Córdoba, también aparece en Santiago del Estero.

Jaimes Betancourt: Pero, ¿ese Complejo cerámico también coexiste con lo


pintado o es que es un componente aislado?

Taboada: En principio, en las excavaciones que han hecho otros investigado-


res no aparece junto con lo pintado y en una recolección de superficie en que
nosotros recolectamos ese material no había nada pintado, es otro tipo de
contexto, no sé si es de otra cronología o con otro tipo de asociación.

Cremonte: Yo quería hacer un comentario sobre estos estilos pintados. Con


Ana María Lorandi cuando estuvimos en Sucre hace dos años, me dijo que
la acompañara al Museo de Arqueología para ver precisamente la cerámica
“porque yo siempre dije que era lo mismo” (decía Lorandi), pero la miró y
dijo “no, pero no es igual que lo de Santiago… no, no es igual a lo de San-
tiago”. Ahora yo creo que hay una tradición de base que viene de momentos
muy tempranos y que si uno empieza a verlo con un poco de cariño encuentra
otras cosas del Formativo, hasta el Vaquerías tiene cosas en común. Yo creo
que tiene que ver los colores, no sé, algunos registros, el fondo… que lo hace
parecido. Y, después, lo que quería decir y que a mí me encanta de todo esto,
es que cuando terminaste dijiste que acá lo andino y lo chaqueño aparecen
juntos, ¿no es cierto? Como que forman una unidad, una identidad, y creo
que esto nos sirve a los que estamos en esa zona subandina, intermedia, para
empezar a entender cómo captar lo andino con lo chaqueño. En vez de tratar
de separar qué es lo andino y qué es lo chaqueño, tratar de captar una nueva
identidad que es de síntesis, que se da en zonas de transición. Entonces, San-
tiago del Estero, ahora que se empieza a estudiar muy sistemáticamente creo
que nos abrirá el panorama para otras áreas (...) como los famosos ribereños
plásticos, que son un enigma esos loros tan elaborados.

Nielsen: Yo quería preguntarte sobre las pipas que encontraste, no me queda


en claro la cronología y qué se fumaba.

Taboada: Aparecen en sitios bien tardíos y coloniales [NOTA: Hay que aclarar
que todas las pipas conocidas hasta ahora proceden de colecciones y no tienen
datos de asociación ni contexto de hallazgo, sólo de los sitios de procedencia.
Por su parte, hay que señalar, también, que con los últimos trabajos hemos de-
tectado componentes un poco más tempranos en algunos de dichos sitios (ver
dataciones en el trabajo en este volumen) y un fechado por AMS obtenido so-
DEBATE de: Espacio, cultura material y procesos sociales tardíos en la llanura ... 263

bre residuos de una pipa arrojó un rango calibrado entre 1150 y 1300 d.C. (Ta-
boada, C. 2016. Arquitectura invisible y “alárabes sin casa”: Líneas para pensar
modos de vida de las poblaciones prehispánicas de Santiago del Estero. Traba-
jo presentado en el XIX Congreso Nacional de Arqueología Argentina. Tucumán)].
En el sitio Averías aparecen muchas de estas pipas. En las crónicas decían que
se fuma coro y parece que hay coro en Santiago del Estero.

Cruz: Es una raíz, una nicotiana.

Taboada: Pero todavía no hemos hecho análisis, ni nada, estamos viendo, por-
que hay muchísima cantidad sólo en algunos sitios y justamente en estos sitios
es donde están todos los metales, todos los torteros y todas estas pipas.

Jaimes Betancourt: Respecto a las campanas de metal, no sé si sabes que So-


nia Alconini encontró una ofrenda con estas campanas cuando excavó en
Yoroma, un sitio Yampara, vinculado al Horizonte Tardío. Alconini tiene un
artículo al respecto publicado.

Taboada: Es que son muy comunes en el NOA.

Jaimes Betancourt: Las campanas de metal no son muy comunes en Bolivia,


por lo menos no se han encontrado tantas como acá.

Williams: De la imagen que pusiste del Tardío con el Averías y otras cosas,
hay diferencias, obviamente, no todo es lo mismo y vos, cómo llamas ¿Averías,
Yokavil o las diferencias? Y, ¿por qué?

Taboada: Diego Leiton ha hecho una tesis sobre este tema. En principio él
encuentra diferencias. Nosotros lo llamamos Averías cuando lo encontramos
en Santiago y llamamos Yokavil si lo encontramos en los valles. Él ha hecho un
análisis minucioso y encuentra ciertas cosas: la línea esa (en referencia a una
fotografía)… en Yokavil aparece… así como zigzags y una serie de elementos
y, además, cuestiones de formas, ciertas formas asociadas a los valles o asocia-
das a esto…

Williams: Sí, incluso, no sólo diseños sino colores, predominio de colores de


unos sobre otros. Y, los torteros que son muy parecidos a los de los valles, y
también recordaba a alguna forma que Boman publica de Morohuasi, tam-
bién muy parecidos a los de Lerma de Eleonora Mulvany, Tastil y a los de
Potrero Chaquiago.

Taboada: Ahora nosotros estamos mirando al revés, estamos viendo qué había
de lo “santiagueño” allá en los valles…
264 Constanza Taboada

Williams: Claro, y lo que yo llamaba fichas, no sé qué son, o son torteros en


preparación o en proceso, o qué...

López Campeny: Aparecen en muchísima cantidad en las colecciones de mu-


seos, en la colección del Museo de La Plata, en los museos hay muchísimos. El
tema es que hay miles de torteros, de los cuales sólo una ínfima cantidad están
confeccionados (reciclados) sobre tiestos cerámicos. Dentro de este conjunto
menor, casi en un 95 y pico por ciento están representados sobre tiestos que
son polícromos. Pero tampoco concuerda con este tema de lo que son torte-
ros realizados a propósito.

Williams: Sí, eso siempre.

Asistente no identificado: Los hornos ¿también están asociados a materiales?

Taboada: Yo no excavé hornos, Ana María Lorandi excavó. Es en superficie lo


que vimos nosotros… el informante nos dijo que son hornos, aparecía la boca
que parecía una vasija.

Cruz: Perdón, esto de los “hornos” puede representar un problema. A veces se


llaman hornos, u hornillos, a determinadas estructuras, que aparecen solas o
en conjuntos grandes, sobre todo en el norte de Córdoba y en el sur de Santia-
go, y que son estructuras de almacenaje con atmósfera anaeróbica, son silos.
La tierra rubificada es resultante de la combustión operada por intercambio
de oxigeno con la materia que se deposita ahí.

Taboada: Ana María (Lorandi) los definió así, lo que ella encuentra en uno
de ellos es maíz, en otros encontró en la base un camélido, pero no en bate-
ría, sino cuando estaba excavando un montículo habitacional y dentro de este
montículo estaba uno y había otro abajo que había sido roto para construir el
que estaba arriba.

Cruz: Incluso hay fuentes que cuentan de estas borracheras grandes y que ahí
almacenaban esta algarroba.

Taboada: Sí, sí, es posible.

Lamenza: Un comentario nada más, nosotros tenemos en el centro oeste de


Formosa varios sitios con hornos, le decimos de igual manera, se identifican
con eso y lo único que aparecen son algún que otro fragmento y siempre car-
bón o semillas y las formas son o campanas o tubulares, y de distintos tamaños
y tienen algunos orificios que parecerían ser de ventilación que a veces se
conectan con otros, pueden ser tres, dos… unos más grandes o más chicos y
DEBATE de: Espacio, cultura material y procesos sociales tardíos en la llanura ... 265

están las referencias a grupos actuales wichís y tobas de esa zona los usaban
para cocinar algún animal y los dejan ahí para guardar vegetales…

Quesada: En La Rioja aparecen estructuras que son similares formalmente,


pero que en algunos casos aparecen con restos humanos adentro, quemados,
como estructura funeraria. Incluso, hay una, no sé si la sacaron entera o hay
una reproducción de una en el Museo de la Universidad. Hay un trabajo, no
está publicado, uno de Sergio Martin, bastante más reciente, pero sí, aparecen
estructuras similares pero son para calcinar cuerpos humanos o algo por el
estilo.

Ortiz: Escuchando el tema de los hornos, para ver si eran iguales a los que
tenemos nosotros en el área del río San Francisco. Ahora que vamos avan-
zando, conociendo más sitios y excavando, están apareciendo en casi todos
los sitios y tienen estas características, o sea, son morfológicamente similares.
También he leído y comparado con los de Entre Ríos. Dice Cerutti que tienen
fauna asociada y huesos. Está el dato que menciona Marcos (Quesada) para
La Rioja, donde se encontraron huesos calcinados de individuos humanos;
los de San Francisco están todos vacíos. Este año hemos excavado uno entero,
íntegro, que estaba clausurado y vacío, sólo tenía adentro ceniza y carbón.
Estoy pensando que para el caso de los de San Francisco eran como dice Pa-
blo Cruz, para guardar algarroba y algo más, porque hay un dato etnográfico
para el Chaco boliviano, que ilustra Nordenskiöld y lo ve en uso y se trata de la
misma clase de estructura. Morfológicamente es igual, incluso es un rasgo ne-
gativo, se le coloca una capa de paja y gramíneas arriba y encima ponen la al-
garroba. Con el calor la tuestan y dice que la guardan para la época de escasez.
Es todo un tema esto de los hornos, creo que habría que ver en cada contexto,
pero ¿para qué los están usando? ¿están funcionando de la misma manera en
todos lados? ¿cronológicamente es algo que se ha continuado desde el tem-
prano hasta momentos tardíos? ¿qué funcionalidad tenían? Les decimos hor-
nos, porque son estructuras de combustión, ahora, ¿realmente han tenido un
único uso o varios? Hemos realizado flotación de los sedimentos y recuperado
semillas, pero pueden ser tafonómicas. También, he pensado en alguna clase
de análisis químico, porque están vacíos. El que encontramos este año tiene
preparada la base, como separando el sector donde estaba la mayor cantidad
de carbón, donde habría habido más calor, le han acomodado un montón de
tiestos rotos de distintas vasijas como para hacer una base, tal vez para apoyar
algo y separarlo del calor más intenso, pero está vacío, sólo ceniza y carbón, y
sólo esta capa que indica que prepararon la base, pero nada más.

Quesada: Este sitio donde estuviste excavando (se refiere al sitio Salauca, en
el piedemonte de Catamarca, en el departamento Santa Rosa) y encontraste
cerámica Averías ¿está vinculado de alguna manera con este registro más tem-
266 Constanza Taboada

prano que tenés? [NOTA: En referencia a otros sitios de Catamarca, ubica-


dos en Ampolla: Sitio “El Pobladito de Ampolla”, con un registro asociado al
Período Temprano, y Sitio Ampolla 1 con arte rupestre con algunos motivos
similares a los de Aguada].

Taboada: Ese sitio de Salauca que mostré está a cuatro kilómetros del otro
sector, pero está en un sector ambientalmente distinto, si bien es una finca…
pero es una zona más llana, más plana, ahí no hay piedra, es diferente, no hay
materiales tempranos, pero a cincuenta metros de donde está el panel de arte
rupestre de Ampolla, que está a cuatro kilómetros de este lugar, hay un alero e
hicimos un sondeo y también allí apareció material Averías. Aparecieron algu-
nas puntas y está al lado del río. A lo mejor tiene alguna vinculación con el río
y el fechado nos da con la misma fecha que este otro contexto (el de Salauca)
y está asociado espacialmente al panel… y es un uso del espacio diferente de
gente que está usando este alero con cerámica Averías…

Quesada: Este registro, ¿qué crees que pueden llegar a ser? ¿arcaicos? ¿de
dónde son?

Taboada: Gómez menciona un trabajo de Minguecho en Ojo de Agua en el


sur de Santiago del Estero, después en la sierra de Guasayán hay una tradición
de puntas que podría ser… incluso hay alguna referencia de asociación con
fauna extinta que mencionan Bonnín y Laguens en un artículo de síntesis,
pero no recuerdo de dónde toman al dato de fauna extinta. [NOTA: Bonnin,
M. y A. Laguens. 2000. Entre esteros y algarrobales. Los indios de Córdoba y
Santiago del Estero. En M. Tarragó (ed.), Nueva Historia Argentina Vol. I: 147-
186. Buenos Aires, Editorial Sudamericana].
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad • 267-278

GEOGRAFÍAS Y PRÁCTICAS: PLANTAS QUE CIRCULAN,


QUE SE QUEDAN Y QUE SE VAN PARA NO VOLVER

Verónica Soledad Lema*

INTRODUCCIÓN

Las plantas suelen ser consideradas como buenos indicadores espaciales


asumiendo las restricciones que su biología impone a su distribución; sin
embargo, el accionar de las sociedades prehispánicas del Noroeste argenti-
no (NOA) reconfiguró estos límites, desde épocas tempranas, mediante el
intercambio y el cultivo. El desarrollo de una perspectiva de análisis de corte
paleoetnobotánico tendiente a identificar en los restos vegetales de plantas
útiles, distintas prácticas de manejo (recolección, cultivo, domesticación, fo-
mento, tolerancia, entre otras), permite diferenciar si plantas transportadas
fuera de su ámbito de distribución natural fueron cultivadas (pudiendo even-
tualmente domesticarse) en su nuevo hogar. Mediante este abordaje de los
restos vegetales entendidos como síntesis de geografías y prácticas, junto a la
aplicación de una metodología que aborda el estudio anatómico y morfológi-
co de los restos vegetales como indicadores materiales de dicha síntesis, se ha
procurado repensar la taxonomía y fitogeografía de estas plantas útiles.
En este trabajo se presenta un panorama general al respecto para sitios del
NOA con ocupaciones correspondientes al Arcaico y/o Formativo ubicados
en valles, quebradas y laderas orientales de esta área.

PLANTEO DEL TEMA Y METODOLOGÍA

En este trabajo no se presenta un compendio exhaustivo de todos los sitios


arqueológicos con ocupaciones arcaicas y formativas del NOA donde se han
recuperado restos de plantas útiles; en cambio, se realiza un análisis de la
forma en que se suelen presentar tres aspectos vinculados al hallazgo de res-
tos arqueobotánicos de plantas alimenticias1 en los mismos: su identificación
taxonómica, su vínculo con prácticas de obtención, manejo, cultivo y/o pro-

*
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Laboratorio de
Etnobotánica y Botánica Aplicada-Departamento Científico de Arqueología. Facultad de
Ciencias Naturales y Museo, Universidad Nacional de La Plata. vslema@hotmail.com
268 Verónica Soledad Lema

ductivas, y su interpretación en tanto recursos locales o foráneos a los sitios


donde se recuperaron. Los casos que se mencionan como ejemplo surgen de
sitios analizados por la autora y otros que no lo fueron. Estos últimos se in-
corporan por su riqueza en restos arqueobotánicos, por el análisis minucioso
de los mismos, y/o por ser representativos de áreas o períodos. Asimismo, se
destacan conjuntos de plantas útiles, en función de la riqueza que aportan al
estudio de casos especiales de prácticas de manejo y/o circulación.
En este trabajo se dejan explícitamente por fuera de análisis factores pa-
leoambientales por dos motivos principales. El primero de ellos radica en que
las reconstrucciones paleoambientales deben ser consideradas a nivel local an-
tes que regional. A pesar de ello, los corrimientos de biomas por encima de los
pisos altitudinales actuales durante el Holoceno temprano y medio (Morales et
al. 2009) son tenidos en cuenta. Por lo tanto, para evaluar un recurso como lo-
cal o no, se consideró un rango ampliado de franjas de vegetación que abarca-
ra dichas oscilaciones climáticas. En este sentido, se consideraron en particular
los corrimientos entre áreas de transición superiores e inferiores de los pisos
fitogeográficos actuales, sitios ubicados en áreas ecotonales o en quebradas
menores (zonas de refugio), así como también el ingreso de ciertas formacio-
nes o comunidades de plantas por corredores de valles y quebradas. Tomando
en cuenta lo antes dicho fue que se consideró, en este trabajo, a un recurso
vegetal como local o no. El segundo motivo por el que no se analizan factores
paleoambientales es de índole práctico y se relaciona con la extensión que
debe tener el presente trabajo y el espacio considerable que llevaría el análisis
de los sitios y su paleoclima sumado a que, en muchos casos, no hay una recons-
trucción del mismo a nivel local o en la microrregión donde se ubica el sitio.

RESULTADOS

Geografía de plantas silvestres

La dicotomía de local versus alóctono puede aplicarse en el caso de plan-


tas silvestres obtenidas por recolección, asumiendo que su distribución en
el pasado respondía a factores exclusivamente naturales. Si bien se sabe que
plantas morfológicamente silvestres pueden tener una estructura poblacional
antropizada, al contar con comunidades generadas por la acción humana,
esto puede causar fragmentación de hábitat o modificar la estructura genética
poblacional (Casas 2001; Gnecco y Aceituno 2004), pero no modifica gene-
ralmente el área de distribución donde el taxón prospera de manera natural.
La delimitación del área de distribución estará ligada al grado de resolución
taxonómica, con particularidades propias de la especie que se considere. En
este punto el grado de resolución taxonómica habilita o no a interpretaciones
a este respecto. Tomando el caso de frutos comestibles del género Prosopis, cu-
Geografías y prácticas: plantas que circulan, que se quedan y que se van para ... 269

yos restos se han hallado a lo largo del gradiente altitudinal desde la Puna has-
ta los sitios ubicados en el área pedemontana, la asignación específica resulta
indispensable para saber si son ejemplares que pueden prosperar en áreas
puneñas (vg. Prosopis ferox) o en los valles longitudinales y área chaqueña (vg.
P. chilensis, P. flexuosa, P. alba, P. nigra, P. torquata). Lo mismo sucede con ciertos
géneros de cactáceas como Opuntia, el cual cuenta con especies que van desde
los 0 a los 4.000 msnm. A pesar de lo antes dicho puede verse que, en el caso
de frutos comestibles de Prosopis sp., los mismos son prácticamente omnipre-
sentes geográfica y temporalmente, lo cual indica un alto grado de circulación
y aprovechamiento de estos recursos silvestres desde época temprana. Las
cactáceas (con restos arqueobotánicos de los géneros Opuntia, Tephrocactus2,
Lobivia, Trichocereus), en cambio, son numerosas en sitios de Puna y pre-Pu-
na, disminuyendo su presencia en los sitios arqueológicos a medida que el
rango altitudinal decrece. Esto probablemente indique escasa circulación de
las mismas y una explotación local más intensiva y restringida a pisos altos,
sin haber sido objeto de intercambio con poblaciones asentadas en pisos más
bajos; aunque esto no pueda afirmarse sin mayores precisiones taxonómicas.

Geografía de plantas manejadas

El análisis de restos arqueobotánicos permite identificar distintos tipos de


prácticas de manejo que generaron, en el pasado, comunidades vegetales cul-
tivadas, domesticadas, malezoides o híbridas, entre otras posibilidades. Estas
comunidades vegetales generadas bajo la protección y cuidado -intencional o
no- de las sociedades que las albergaron, nos lleva a considerar una fitogeogra-
fía natural que se encuentra socialmente intervenida y, por ende, redefinida.
Al igual que en el caso de frutos comestibles de Prosopis sp., aquellos de
Lagenaria siceraria var. siceraria usados como recipientes, son prácticamente
omnipresentes en todos los sitios considerados para el área y temporalidad
previamente enunciadas. La identificación taxonómica es inequívoca, puesto
que sólo esa variedad es americana (Teppner 2004), si bien muchas veces sus
restos no se identifican a ese nivel taxonómico. Su carácter de planta cultiva-
da (no necesariamente domesticada) radica en que, por una parte, la forma
silvestre es africana (Fuller et al. 2010) y que -como en general sucede con las
cucurbitáceas- la misma puede sobrevivir exitosamente por fuera del cuidado
humano, como escape de cultivo, dentro de un hábitat propicio. Su presencia
en sitios por sobre los 3.000 msnm (Fernández Distel 1975, 1986; Babot 2004;
Hocsman 2006; Rodríguez et al. 2006), puede indicar redes de circulación o
intercambio desde áreas más bajas, o su cultivo a nivel hortícola en zonas de
refugio en quebradas protegidas, tal como aquéllas donde se ubican los sitios.
En el caso de los tubérculos, hay hallazgos exclusivos de las tierras bajas
(Pastizales de Altura de las Yungas), como el yacón (Smallanthus sonchifolius,
270 Verónica Soledad Lema

Zardini 1991) y otros exclusivos del altiplano (Oxalis tuberosa, Solanum tubero-
sum, Hoffmannseggia eremophila, Hypseocharis pimpinellifolius) (Fernández Distel
1986; Babot 2009a, 2009b, 2011), lo cual parece estar indicando escasa circu-
lación este-oeste para las tuberosas.
En el caso de plantas indudablemente domesticadas, como el maíz, la
identificación taxonómica de variedades o razas permite saber si se trata de
poblaciones adaptadas al área donde se ubica el sitio o no (Fernández Distel
1986; Miante Alzogaray y Cámara Hernández 1996; Oliszewski 2004a, 2004b;
Oliszewski et al. 2008; Oliszewski y Olivera 2009; Calo 2010; Aschero y Hocs-
man 2011). Los trabajos citados indican la presencia de circulación de maíces
propios de distintos pisos ecológicos, preponderantemente desde los valles
hacia la Puna, al igual que el cultivo local de variedades adaptadas a cada re-
gión durante el Arcaico final y el Formativo.
En el caso de la familia de las Chenopodiaceae y Amaranthaceae, ambas
cuentan con formas silvestres, malezoides y domesticadas cuya distribución
abarca desde las tierras bajas a la Puna (López et al. 2011), por lo cual su
identificación a nivel específico y subespecífico es necesaria para precisar su
carácter local (bajo cultivo o no) y/o intercambio. Restos arqueobotánicos de
ambas familias se recuperaron desde el altiplano hasta los Pastizales de Altura
de las Yungas (Hunziker 1943; Pochettino 1985; Oliszewski 2004b; Rodríguez
et al. 2006; Calo 2010; Babot 2011; López et al. 2011; Aguirre 2012; Arreguez
et al. 2015; Ratto et al. 2014). Los trabajos citados señalan la presencia de for-
mas domesticadas, silvestres -antecesoras o no- y malezoides, desde momentos
tempranos hasta tardíos en el rango geográfico antes señalado, situándose los
hallazgos más tempranos de estas formas en el área puneña, con posibilidad
de cultivo temprano de Chenopodium (ca. 4000 AP) en el área de Antofagasta
de la Sierra.
La identificación de prácticas de manejo permite detectar procesos adapta-
tivos que amplían el rango de distribución de un taxa. En este sentido podemos
mencionar ejemplares silvestres o espontáneos, y con caracteres intermedios
entre la forma silvestre y domesticada, hallados fuera de su ambiente natural
de dispersión, como Cucurbita maxima ssp. andreana en Pampa Grande (Lema
2009) y Cueva de los Corrales 1 (Lema 2011), Phaseolus vulgaris var. aborigineus
en Pampa Grande (Lema 2009) y sitios del Aconquija (Pochettino y Scattolin
1991; Calo 2010), Capsicum aff. chacoense en Huachichocana III (Lema 2012)
y Pampa Grande (Lema 2012). En todos estos casos -salvo Huachichocana- los
sitios se ubican en el límite superior de distribución actual de estos taxa y co-
rresponden a momentos formativos, donde las condiciones paleoambientales
podrían haber implicado un corrimiento de la ubicación del límite superior
actual de su distribución, como en el caso de Pampa Grande, (Oller et al.
1984-85). Esto último podría ser interpretado como intentos por adaptar for-
mas silvestres a otras ecorregiones (mayormente altitudinales) en el marco de
procesos de domesticación, en el caso de los ajíes de Huachichocana y Pampa
Geografías y prácticas: plantas que circulan, que se quedan y que se van para ... 271

Grande, y de la forma espontánea de C. maxima en Cueva de los Corrales 1. En


los restantes casos mencionados, la forma espontánea se halla junto a la forma
domesticada, por lo cual se estaría frente a formas intermedias resultado de
la hibridación en asociaciones bioculturales denominadas “complejos male-
za-cultivo-domesticado” (Lema 2009). Lo anterior arroja una nota de aten-
ción ante interpretaciones que asumen la presencia de formas domesticadas a
pesar de que el grado de resolución del dato taxonómico no permite hacerlo,
por ejemplo, Phaseolus vulgaris (puede ser la var. vulgaris domesticada o la var.
aborigineus silvestre) o Cheopodium quinoa (puede ser la var quinoa domesticada
o la var melanospermun, espontánea). Esto se da muchas veces por considerar
que la identificación taxonómica a niveles de mayor resolución no es relevan-
te, porque el resto arqueobotánico no permite una mayor precisión, o por el
empleo de taxonomías en desuso. Todo lo anterior genera dificultades a la
hora de indagar problemáticas como las enunciadas en este trabajo. Asimis-
mo, las formas con caracteres intermedios entre los rasgos morfoanatómicos
que actualmente caracterizan a los ejemplares silvestres y domesticados de
un taxón, no poseen un status taxonómico definido (ni siquiera como varie-
dad, tipo o raza). Es por ello que no se les puede otorgar una identificación
siguiendo la taxonomía linneana, siendo morfotipos propios de una forma de
manejo situada en el pasado, la cual en muchos casos no tiene tampoco un
correlato actual, dado que es una cuenta en el rosario de transformaciones
que ocurrieron en el devenir de las relaciones humano-planta en los milenios
de interacción, que posibilitaron sus formas actuales.
El piedemonte oriental del NOA evidencia la presencia de antecesores
silvestres (C. maxima subsp. andreana y P. vulgaris var. aborigineus) ausentes
en otros sitios arqueológicos de esta ecorregión en los Andes meridionales.
Como se mencionó previamente, la particularidad es que los mismos convi-
vieron con la forma domesticada en complejos maleza-cultivo-domesticado.
Es de destacar que cuando estos taxa aparecen en sitios por fuera del área
pedemontana, lo hacen sólo en su forma domesticada, o con caracteres inter-
medios. Hasta el momento, en los sitios arqueológicos del NOA, salvo para el
caso de las familias Chenopodiaceae y Amaranthaceae, se han hallado ante-
cesores silvestres sólo en ceja de selva andina, a pesar de que no hay sitios de
gran antigüedad. Asimismo, ninguna planta domesticada que tenga su ante-
cesor silvestre en las tierras bajas orientales del NOA aparece exclusivamente
por fuera de esta área.

CONCLUSIONES

El grado de resolución taxonómica de los restos arqueobotánicos es una


herramienta necesaria a fin de reconstruir patrones de intercambio. A su vez,
la identificación de prácticas de manejo puede redefinir la taxonomía y, por
272 Verónica Soledad Lema

ende, la fitogeografía de las plantas recuperadas en los sitios. La conjunción


de ambas tareas permite cargar de dinamismo a una geografía usualmente
anclada en lo fitogeográfico.
Como resultado, se ha obtenido un panorama complejo y diverso donde
plantas alimenticias cruzan -o no- sus fronteras naturales a través de prácticas
de intercambio y manejo. Hay, por lo tanto, plantas que circulan, otras que
no lo hacen y algunas que se van para quedarse, pudiendo adaptarse a sus
nuevos hogares bajo manejo y cuidado humano. Se han detectado posibles
intentos de adaptar formas silvestres desde las tierras bajas a pisos ecológicos
más elevados, algo muy característico de la domesticación en el área andina,
sin que estas formas vegetales -y las prácticas de manejo asociadas- se hallen
exclusivamente por fuera del área pedemontana.
El trabajo realizado hasta el presente, lejos de ser una síntesis acabada,
representa fragmentos de microhistorias tejidas entre sociedades y plantas,
donde no existe una tendencia lineal desde la recolección a la domesticación,
sino una convivencia a lo largo del tiempo de distintas prácticas de manejo,
atravesada por una suerte de intercambio desigual, donde las tierras bajas se
presentan más como donantes que como receptoras de recursos vegetales,
develándose además como un reservorio de diversidad biocultural (de esa
unión dialéctica, situada e histórica entre taxa y prácticas) para el NOA, en
particular, y para los Andes meridionales, en general.

BIBLIOGRAFÍA

Aguirre, M. G.
2012. Recursos vegetales: uso, consumo y producción en la Puna meridional
argentina (5000-1500 AP). Tesis Doctoral inédita, Facultad de Ciencias Naturales
y Museo, Universidad Nacional de La Plata.

Arreguez, G., J. Martínez, N. Oliszewski y G. Ponessa


2015. Problemas relacionados a la recuperación e identificación de macrorrestos
vegetales en sitios arqueológicos del Holoceno medio y tardío en el Noroeste
argentino: el caso del amaranto y la quínoa. En C. Belmar y V. Lema (eds.),
Avances y desafíos metodológicos en arqueobotánica: miradas consensuadas y diálogos
compartidos desde Sudamérica: 59-79. Santiago de Chile, Universidad del SEK.

Aschero, C. y S. Hocsman
2011. Arqueología de las ocupaciones cazadoras-recolectoras de fines del Holoceno
medio de Antofagasta de la Sierra (puna meridional argentina) Chungara, Revista
de Antropología Chilena 43, Número Especial 1: 393-411.

Babot, M. del P.
2004. Tecnología y Utilización de Artefactos de Molienda en el Noroeste
Prehispánico. Tesis Doctoral inédita, Facultad de Ciencias Naturales e Instituto
Miguel Lillo, Universidad Nacional de Tucumán.
Geografías y prácticas: plantas que circulan, que se quedan y que se van para ... 273

2009a. La cocina, el taller y el ritual: explorando las trayectorias del procesamiento


vegetal en el noroeste argentino. Darwiniana 47(1): 7-30.
2009b. Procesamiento de tubérculos y raíces por grupos agropastoriles del
noroeste argentino: análisis de indicadores en residuos de molienda. Treballs
d´etnoarqueología 7:67-82.
2011. Cazadores-recolectores de los Andes centro-sur y procesamiento vegetal.
una discusión desde la puna meridional argentina (ca. 7.000-3.200 años A.P.).
Chungara, Revista de Antropología Chilena 43, Número Especial 1: 413-432.

Calo, M.
2010. Plantas útiles y prácticas cotidianas entre los aldeanos al sur de los Valles
Calchaquíes (600 a.C.-900 d.C.). Tesis Doctoral inédita, Facultad de Ciencias
Naturales y Museo, Universidad Nacional de La Plata.

Casas, A.
2001. Silvicultura y domesticación de plantas en Mesoamérica. En B. Rendón
Aguilar, S. Rebollar Domínguez, J. Caballero Nieto y M. A. Martínez Alfaro (eds.),
Plantas, cultura y sociedad. Estudio sobre la relación entre seres humanos y plantas en los
albores del siglo XXI: 123-158. México.

Fernández Distel, A.
1975. Restos vegetales de etapa arcaica en yacimientos del NO de la República
Argentina (pcia. de Jujuy). Etnia 22: 11-24.
1986. Las cuevas de Huachichocana, su posición dentro del precerámico con
agricultura incipiente del Noroeste argentino. Beitrage zur allgemeinen und
vergleichenden Archaologie, band 8: 353-430. Mainz.

Fuller, D., L. A. Hosoya, Y. Zheng y L. Qin


2010. A contribution to the prehistory of domesticated Bottle Gourds in Asia: rind
measurements from Jomon Japan to Neolithic Zhejiang. China Economic Botany
64(3): 260-265.

Gnecco, C. y J. Aceituno
2004. Poblamiento temprano y espacios antropogénicos en el norte de Sudamérica.
Complutum 15: 151-164.

Hocsman, S.
2006. Producción lítica, variabilidad y cambio en Antofagasta de la Sierra -ca.
5500-1500 AP. Tesis Doctoral inédita, Facultad de Ciencias Naturales y Museo,
Universidad Nacional de La Plata.

Hunziker, A.
1943. Granos hallados en el yacimiento arqueológico de Pampa Grande (Salta,
Argentina). Revista Argentina de Agronomía 10(2): 146- 154.

Lema, V.
2009. Domesticación vegetal y grados de dependencia ser humano-planta en el
desarrollo cultural prehispánico del noroeste argentino. Tesis Doctoral inédita,
274 Verónica Soledad Lema

Facultad de Ciencias Naturales y Museo, Universidad Nacional de La Plata.


2011. Informe correspondiente a la identificación taxonómica de un fragmento
de pericarpio de Cucurbita sp. de la Cueva los Corrales 1 (El Infiernillo, Tafí del
Valle, Tucumán). Ms.
2012. Nuevas ideas sobre la domesticación ¿nuevas ideas sobre el Formativo?
Aportes para una relectura crítica. Trabajo presentado al Taller Arqueología del
periodo Formativo en Argentina: un encuentro para integrar áreas y sub-disciplinas,
revisar significados y potenciar el impacto de las investigaciones en curso. Tafí del Valle.

López, M. L., A. Capparelli y A. Nielsen


2011. Traditional post harvest processing to make quinoa grains (Chenopodium
quinoa var quinoa) apt for consumption in Northern Lipez (Potosí, Bolivia):
ethnoarchaeological and archaeobotanical analyses. Journal of Archaeological and
Anthropological Sciences 3(1): 49-70.

Miante Alzogaray, A. y J. Cámara Hernández


1996. Restos arqueológicos de maíz (Zea mays ssp. mays) de Pampa Grande,
provincia de Salta, Argentina. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología
XXI: 149-159.

Morales, M., R. Barberena, J. Belardi, L. Borrero, V. Cortegoso, V. Durán, A. Guerci,


R. Goñi, A. Gil, G. Neme, H. Yacobaccio y M. Zárate
2009. Reviewing human–environment interactions in arid regions of southern
South America during the past 3000 years. Palaeogeography, Palaeoclimatology,
Palaeoecology 281: 283-295.

Oliszewski, N.
2004a. Utilización de recursos vegetales en Campo del Pucará (Andalgalá,
Catamarca) durante el período formativo (200- 500 DC). Análisis de macrorrestos.
Tesis Doctoral inédita, Facultad de Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo,
Universidad Nacional de Tucumán.
2004b. Estado actual de las investigaciones arqueobotánicas en sociedades
agroalfareras del área valliserrana del Noroeste argentino (0-600 d.C.). Relaciones
de la Sociedad Argentina de Antropología XXIX: 211-228.

Oliszewski, N., J. Martínez y M .A. Caria


2008. Ocupaciones prehispánicas en una quebrada de altura: el caso de Cueva de
los Corrales 1 (El Infiernillo, Tafí del Valle, Tucumán. Relaciones de la Sociedad
Argentina de Antropología XXXIII: 209-222.

Oliszewski, N. y D. Olivera
2009. Variabilidad racial de macrorrestos arqueológicos de Zea mays (Poaceae)
y sus relaciones con el proceso agropastoril en la puna meridional argentina
(Antofagasta de la sierra, Catamarca). Darwiniana 47(1): 76-91.

Oller, M. R., H. L. D´Antoni y M. A Nieto


1984-85. Contribuciones a la arqueoecología de Pampa Grande, provincia de Salta.
Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología XVI: 153-163.
Geografías y prácticas: plantas que circulan, que se quedan y que se van para ... 275

Pochettino, M. L.
1985. Disemínulos utilizados por los aborígenes del noroeste de la República
Argentina. Tesis Doctoral inédita, Facultad de Ciencias Naturales y Museo,
Universidad Nacional de La Plata.

Pochettino, M. L. y M. C. Scattolin
1991. Identificación y significado de frutos y semillas carbonizados de sitios
arqueológicos formativos de la ladera occidental del Aconquija (Catamarca,
República Argentina). Revista del Museo de La Plata IX (71): 169-181.

Ratto, N., V. Lema y M. L. López


2014. Entierros y ofrendas: prácticas mortuorias, agrícolas y culinarias en los siglos
XIII y XIV en Tinogasta (Catamarca, Argentina). Darwiniana 2(1): 125-143.

Rodríguez, M. F., Z. Rúgolo de Agrasar y C. Aschero


2006. El uso de las plantas en unidades domésticas del sitio arqueológico Punta de
la Peña 4, puna meridional argentina. Chungara, Revista de Antropología Chilena
38(2): 257-271.

Teppner, H.
2004. Notes on Lagenaria and Cucurbita (Cucurbitaceae) Review and new
contributions. Phyton 44(2): 245-308.

Zardini, E.
1991. Ethnobotanical notes on Yacon. Economic Botany 45: 72-85.

NOTAS

1
Con la excepción de Lagenaria siceraria var. siceraria cuyos frutos fueron usados
como recipientes.
2
La falta de detalles en el caso de los elementos diagnósticos para la determinación
a nivel de género, junto con la ausencia de precisión específica, genera otro incon-
veniente que tiene que ver con la redefinición de conjuntos taxonómicos. Así, por
ejemplo, actualmente varias especies del género Tephrocactus han pasado a sumarse
al género Opuntia, sin que sea posible saber -ante la ausencia de un trabajo específi-
co de determinación de los restos arqueobotánicos- si se está ante una u otra, para
el sitio en cuestión. Esto tendría importancia en el caso de, por ejemplo, evaluar
índices de diversidad de especies consumidas o tendencias en la diversificación,
pudiendo usar sólo la categoría más abarcativa de “cactáceas”.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad

DEBATE

LEMA

Albeck: Una duda, ¿Dónde aparece el Phaseolus vulgaris, ¿dónde aparece el


silvestre en América del Sur, o es todo panamericano? ¿Cuál sería el centro de
origen, por así decirlo?

Lema: La forma silvestre del Phaseolus vulgaris se encuentra en las Yungas del
NOA.

Albeck: Y la cuestión esa de la utilización de ambos tipos aparece en los sitios


arqueológicos, porque Nurit (Oliszewski) lo tiene, si no mal recuerdo, y Ma-
rilyn Calo también.

Lema: En el Aconquija y Campo del Pucará, el tema de los Phaseolus se pue-


de interpretar como que están recolectando y están cultivando, pero si una
ve las características de los restos, lo que estaban haciendo pueden ser otras
cosas, como pasaba en Santa Victoria Oeste, que traían Phaseolus de Baritú y
los sembraban cerca de los huertos, de los cultivos, para permitir y generar
hibridación. Se han hechos estudios genéticos de poblaciones de Phaseolus
vulgaris a lo largo de toda América y toda la zona de Salta, que tiene que ver
con el entrecruzamiento que hace la gente.

Quesada: No es que se tolera, las siembran.

Albeck: Exacto, es que siembran los dos.

Lema: Es muy interesante, esos Phaseolus intermedios de Pampa Grande, tie-


nen unas vainas grandes, porotos grandes, domesticados, pero las vainas tie-
nen dehiscencia explosiva porque está probablemente cruzado con la forma
silvestre, eso a nivel anatómico. ¿Qué pasa? Si yo abro una vaina de los porotos
domesticados cuando está verde, la abro para usar los porotos inmaduros y la
dejo secar, igual se enrulan las vainas. Entonces, a nivel macro engaña, pero a
nivel anatómico se puede ver que era una forma intermedia lo que está apa-
reciendo. La semilla sí tiene el tamaño que entra en el rango de lo doméstico,
la vaina tiene la huella y los porotos que corresponden a estas vainas sí son de
tamaño domesticado.
DEBATE de: Geografías y prácticas: plantas que circulan, que se quedan y que ... 277

Quesada: Y, ¿vos preguntaste cómo lo relatan, el sentido de toda esta práctica


de traer las especies silvestres? Lo estoy pensando en estos casos actuales ¿Qué
dicen los agricultores de esa práctica?... de estos sachas, digamos ¿Qué son?
Que vienen de otras zonas… tienen semillas de sachas de…

Lema: Yo no lo vi en Santa Victoria, es de un trabajo que hicieron unos inge-


nieros agrónomos en la década de 1980, fui a Santa Victoria décadas después
y ya no lo hacen más por cuestiones económicas, porque entran porotos de
Brasil y ya casi no siembran, pero en otras zonas de los Andes, a estos sachas
los vinculan con relaciones de parentesco propias de las plantas, uno no pue-
de estar desarticulando estas relaciones, la planta pide semillas, pide semillas
de sacha, pide renovarse, cambiar de lugar y ellos reconocen que lo que están
haciendo, es lo que nosotros decimos generar diversidad. También reconocen
que muchas veces les sale mal, por ejemplo, con el zapallo que tiene princi-
pios tóxicos y ha habido problemas hasta en el mercado central de Buenos
Aires porque se hibridan, porque la planta doméstica en la que ya se eliminó
aquello que no es bueno para el ser humano, que es perjudicial, está presente
en la silvestre, pero tolerás la desventaja porque estás generando mucha más
diversidad, es una regla conocida que cuanto más homogénea la producción
más vulnerable se vuelve, lo que nosotros vemos como un enlentecimiento
de la domesticación por hibridación es, en realidad, una ventaja y de allí la
necesidad de evitar el monocultivo.

Albeck: Son esos tipos de poroto de colores, como con pintitas.

Lema: Ellos reconocen que está vinculado con los colores, sabor…

Lupo: Yo solamente tengo un comentario, sobre las reconstrucciones que ha-


cemos nosotros a través de las asociaciones polínicas. Un poco subsanamos
el tema de nivel de identificación como vos misma dijiste, no es lo mismo
una quinoa silvestre que una ya domesticada y las Quenopodiáceas son un
mundo, y nosotros tuvimos, y yo comenté un poco cómo estamos subsanando
el problema, que llegar a saber si estamos realmente con un cultivo, en un
sistema natural, si estamos en un sistema antrópico, como no podemos llegar
al Chenopodium quinoa, etc., es realmente la asociación de plantas acompañan-
tes (con quiénes se asocian estos Quenopodios, y en qué circunstancias), si
estamos verdaderamente hablando de un contexto agrícola o de un contexto
natural o también de un proceso, como estás diciendo, de selección natural
o artificial inducida. Muchas veces no podemos desde los macro-restos vege-
tales y desde el polen tampoco, entonces tenemos que buscar las aproxima-
ciones… a nosotros no nos pasa lo mismo. En Perú tenemos polen en todas
las vegas de los pisos altitudinales y acá no, incluso tiene que ver con una
situación climática y con una cuestión de régimen de humedad en el caso de
278 Verónica Soledad Lema

preservación nuestra. Para eso sería interesante coordinar de alguna manera


llegar a ver cuál sería el complejo ambiental.

Lema: (responde, pero no se escucha)

Lupo: Pero no tenés todo el conteo… pero podés ver con otros proxis. Es lo
que a nosotros nos pasa, hay que asociarse.

Lema: Trabajar con los contextos, las asociaciones, nos permitió ver en Pampa
Grande estos complejos, es un sitio que tiene una colección de restos arqueo-
botánicos impresionante; aparte tengo el fruto, la semilla, el pedúnculo del
Phaseolus, tengo la vaina, el poroto… si tuviera el poroto y no la vaina habría
interpretado probablemente que sólo había formas domesticadas.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad • 279-292

HACIA LAS TIERRAS ALTAS. CERÁMICA DE LA


TRADICIÓN SAN FRANCISCO EN TUMBAYA
(QUEBRADA DE HUMAHUACA, JUJUY)

Agustina Scaro*

INTRODUCCIÓN

En esta oportunidad presentamos el hallazgo reciente de cerámica de la


Tradición San Francisco en el sector centro-sur de la quebrada de Humahua-
ca. Este hallazgo ofrece información sobre los momentos tempranos de la
historia ocupacional agro-alfarera del sector y permite discutir las relaciones
entre el sector centro-sur de la quebrada y las tierras bajas, así como los pro-
cesos en los cuales se habrían hallado insertos los grupos que habitaban la
cuenca del río San Francisco a inicios de nuestra era.
El análisis de la cerámica se enmarca en los estudios estilísticos, conside-
rando al estilo desde una perspectiva activa, como un modo de representa-
ción socialmente construido y que posee una configuración particular, cuyos
contenidos sólo pueden ser interpretados en relación al contexto en el cual
es producido y consumido (Plog 1983; Hodder 1990; DeBoer 2003; Bugliani
2006, 2010). Consideramos que los aspectos iconográficos, morfológicos y tec-
nológicos de la alfarería están interrelacionados, configurando un modo de
hacer (way of doing) particular, vinculado a los esquemas prácticos utilizados
en la vida cotidiana por las personas que pensaron, utilizaron, reutilizaron y
descartaron las vasijas bajo estudio.
El sector centro-sur de la quebrada de Humahuaca (Figura 1) está deli-
mitado hacia el norte por la quebrada de Purmamarca y hacia el sur por el
volcán del Arroyo del Medio. Esta zona se ubica dentro del sector central de
la quebrada de acuerdo a la propuesta de Reboratti (2003). La decisión de
subdividir el sector central respondió a variaciones medioambientales y geo-
morfológicas observadas entre la zona de Tumbaya y la de Maimará-Tilcara,
ya que a la altura de Tumbaya-Volcán, las unidades medioambientales y geo-
morfológicas de Puna, Quebrada y Yunga están más cercanas que en latitudes
más septentrionales, permitiendo acceder a una gran variedad de recursos a
una corta distancia.

*
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) - Instituto de
Ecorregiones Andinas (INECOA). Universidad Nacional de Jujuy. eowyn939@gmail.com
280 Agustina Scaro

Sector donde fue hallada la


cerámica San Francisco
Vista panorámica de Raya-Raya A

Figura 1. Arriba: Localización de los sitios del sector centro-sur de la quebrada de


Humahuaca. Abajo: Sitios donde se halló cerámica San Francisco. (A) Vista general
de Raya-Raya donde se indica el sector donde fue hallada la cerámica San Francisco.
(B) Plano del Pucara de Volcán donde se indica la ubicación del basurero donde se
recuperó la cerámica San Francisco (Tomado de Garay de Fumagalli 1998).
Hacia las tierras altas. Cerámica de la tradición San Francisco en Tumbaya ... 281

La quebrada de Tumbaya Grande al oeste y la quebrada de Huajra al este,


son pasos directos y rápidos que conectan el sector con la Puna y las Yungas
respectivamente. Asimismo, y a un nivel cultural, se han observado diferencias
entre el registro arqueológico de Tumbaya y Volcán y aquél recuperado más
al norte, especialmente en Tilcara. En el sector hemos hallado numerosos si-
tios de distintos períodos. Recientemente, hemos recuperado cerámica de la
Tradición San Francisco en superficie en el sector occidental del área agrícola
Raya-Raya. Comparamos esta cerámica con el conjunto de fragmentos recu-
perados hace una década en el asentamiento Pucara de Volcán, ubicado 7 km
al sur de Raya-Raya.

LA PROBLEMÁTICA DE LA TRADICIÓN SAN FRANCISCO

Las tierras bajas de la provincia de Jujuy, al igual que las del resto de Amé-
rica, son aún hoy las regiones menos conocidas por la arqueología. Esto se
debe tanto a las dificultades metodológicas de trabajar en regiones con espe-
sas coberturas vegetales e intensas lluvias, que suponen escasas posibilidades
de preservación de los restos arqueológicos; como a una visión de las socieda-
des de las tierras bajas como poco complejas y con escasa profundidad tem-
poral (Ortiz 2007a). Los primeros estudios en las tierras bajas de Jujuy fueron
realizados a inicios del siglo XX por Nordenskiöld (1903) y Boman (1908).
Las primeras excavaciones sistemáticas en la zona fueron llevadas a cabo por
Serrano (1962), quien utilizó la denominación “Cultura San Francisco” para
sus hallazgos y realizó una primera clasificación de la alfarería, definiendo los
tipos “Arroyo del Medio” y “El Infante”.
Posteriormente, Dougherty retomó los estudios de la zona, estableciendo
una segunda clasificación cerámica (Ortiz 2007a; Garay de Fumagalli y Cre-
monte 2002; Ortiz 2007). En relación a los objetivos del presente trabajo, nos
interesa el descubrimiento realizado por Dougherty (1974) de instalaciones
San Francisco en ecosistemas diferentes a los de su zona central. A partir de es-
tos hallazgos, el autor propone que la dispersión espacio-temporal del Comple-
jo es mucho mayor que la que se suponía, interpretándolos como producto de
la adaptación a nuevos ambientes por parte de representantes de la Tradición
cultural. En relación con la alfarería, observa un gradual “empobrecimiento
de los cánones tecnológicos y artísticos definidos en el sector central” (Dou-
gherty 1974:2), que estaría relacionado con la distancia desde dicho sector.
Los trabajos más recientes en la cuenca del río San Francisco están siendo
llevados a cabo por Ortiz (1993, 2007a, 2007b), quien propone que los grupos
que ocuparon esta zona poseían una economía mixta basada en la caza, la
recolección, la agricultura y la pesca, con una movilidad residencial mediana.
De acuerdo a la autora, el estilo San Francisco tendría un alcance macro-re-
gional, observándose un proceso de mayor movilidad de las poblaciones de
282 Agustina Scaro

la cuenca del San Francisco a partir del año 200 d.C., cuando se registra una
mayor circulación de dicha alfarería fuera de la región central. El hallazgo de
cerámica San Francisco en la región circumpuneña a inicios de la era cristia-
na, lleva a plantear la posibilidad de una ampliación de territorios por parte
de los grupos sanfranciscanos.
Como indica Ortiz (2007b), se han registrado hallazgos de cerámica San
Francisco fuera de su área central en lugares muy dispares, tales como la Puna,
los valles serranos de altura, e inclusive los bosques subtropicales. Sitios tales
como Coch 39 y Matancillas en la Puna, Ojo del Novillito en el altiplano Alti-
plano de Lípez (Bolivia), Tulor 1 y Turi 002 (Chile), presentan cerámica de la
Tradición San Francisco en contextos domésticos. Si bien no todos estos con-
textos han sido fechados, aquéllos con dataciones tienden a agruparse a inicios
de la era cristiana (Ortiz 2007b). Para el caso de Matancillas, Muscio (2007)
ha propuesto una vinculación filogenética directa entre la ocupación humana
de este sitio y aquéllas de las tierras bajas a partir de las vinculaciones registra-
das entre los tipos Matancillas Alisado y Pulido y cerámica de la Tradición San
Francisco. En el sitio Tres Cruces (quebrada del Toro, Salta), se han recupera-
do fragmentos que guardan relación con la alfarería San Francisco, lo cual ha
permitido considerar a este espacio como parte de un eje de interacción que
vincularía la región norte de Chile con las Selvas Occidentales (De Feo 2007).
Ortiz (2007b) interpreta a las alfarerías San Francisco recuperadas fuera
de su área central como bienes que habrían circulado en esferas macro-re-
gionales de interacción. Las mismas habrían estado siendo negociadas en el
marco de la ampliación de territorios por parte de los grupos sanfranciscanos,
y de la ocupación de nuevos espacios y una ampliación de la movilidad por
parte de grupos de las tierras altas. Según la autora, la circulación de alfarería
San Francisco, junto con otros bienes, estaría vinculada a la intención de esta-
blecer alianzas y asegurar rutas de intercambio.
En relación con las vinculaciones entre la quebrada de Humahuaca y la
cuenca del río San Francisco, resulta central el trabajo de Garay de Fumagalli
y Cremonte (2002). A partir de hallazgos de cerámica de la Tradición San
Francisco en Pucara de Volcán, Reyes, Lozano y Trigo Pampa, las autoras pro-
ponen que las sociedades San Francisco tuvieron una expansión territorial y
una diversidad en los tipos de ocupación y explotación de recursos mucho
mayor que la considerada hasta el momento. Estos grupos habrían explotado
recursos localizados en medioambientes distintos a los que les eran propios,
participando en procesos de interacción a corta y larga distancia.

RAYA-RAYA Y EL PUCARA DE VOLCÁN

Raya-Raya es un área agrícola ubicada en la quebrada de Tumbaya Grande


que se extiende por más de 80 hectáreas a 2.500 msnm. La misma está loca-
lizada en una terraza antigua que tiene una pendiente en general baja, ele-
Hacia las tierras altas. Cerámica de la tradición San Francisco en Tumbaya ... 283

vándose hacia el oeste hasta llegar a los faldeos inferiores de un cerro elevado
(Figura 1A). El área está muy afectada debido a intervenciones modernas que
significaron el desmantelamiento de los muros de las terrazas. Las estructuras
agrícolas están en general ubicadas hacia el este para salvar el desnivel de
la pendiente y se extienden desde el pie del cerro hasta el sector central de
la meseta. Entre ellas, se hallaron despedres alargados y, en menor medida,
ovales y circulares. Además, se encontraron algunos recintos sub-circulares y
rectangulares con sus ángulos rectos o redondeados.
Las construcciones presentan variaciones en relación a su forma, conser-
vación, materia prima y características de los bloques utilizados, las mismas
permitieron plantear como hipótesis de trabajo que Raya-Raya habría surgido
tempranamente y habría permanecido en uso hasta el Período Inca. La cerá-
mica de la Tradición San Francisco fue recuperada en el sector occidental del
área agrícola, tanto en superficie, como en un perfil del sector con mayor pen-
diente, donde una serie de cárcavas corta las estructuras visibles en superficie.
Por su parte, el Pucara de Volcán es un poblado tardío de carácter conglo-
merado que se extiende por más de siete hectáreas sobre un cono suspendido
a 2.070 msnm, 2 km al norte del actual pueblo de Volcán (Figura 1B). El asen-
tamiento se compone de unos 600 recintos contiguos de diversos tamaños que
forman agrupaciones delimitadas por caminos y presentan homogeneidad a
nivel arquitectónico. Se trata de recintos rectangulares con sus ángulos redon-
deados, de muros dobles rellenos con guijarros y barro batido. El conjunto se
completa con un camino axial sobreelevado que divide longitudinalmente al
sitio en dos mitades, una gran plaza y un cementerio segregado (Garay de Fu-
magalli 1998). Las estructuras observadas en superficie corresponden a una
ocupación continua fechada desde el siglo XIII hasta por lo menos el siglo
XVI (Garay de Fumagalli y Cremonte 1997).
Un sondeo en el basurero Tum1B3, ubicado en el sector oriental del asen-
tamiento, permitió recuperar, a dos metros de profundidad y por debajo de la
ocupación tardía, un conjunto de fragmentos de la Tradición San Francisco,
correspondientes a por lo menos veinte vasijas diferentes. El evento de 0,80
m de potencia, está conformado exclusivamente de material cerámico. Se
realizaron dos fechados del carbón vegetal (Garay de Fumagalli y Cremonte
2002:40) asociado a este material: 1940 ± 40 AP (Beta-119669; carbón) y 1940
± 70 AP (Beta-119670; carbón). Los mismos (Tabla 1) ubican a la ocupación
San Francisco del Pucara de Volcán a inicios de la era cristiana.

Identificación Procedencia Material C Años A.P.


14
Cal. 1 sigma Cal. 2 sigma
Beta-119669 Tum1B3 31-6.a Carbón vegetal 1940 ± 40 19-123 d.C. 44 a.C.-136 d.C.
Beta-119670 Tum1B3 30-7.a Carbón vegetal 1940 ± 70 38 a.C.-130 d.C. 108 a.C.-238 d.C.

Tabla 1. Fechados de la ocupación San Francisco del Pucara de Volcán


(calibrados con el programa OxCal 4.1 [Bronk Ramsey 2009]).
284 Agustina Scaro

LA MUESTRA ANALIZADA

El universo cerámico estudiado se compone de 60 fragmentos de los dis-


tintos tipos registrados para la cerámica San Francisco, de los cuales cuarenta
fueron recuperados en el Pucara de Volcán y veinte corresponden a la limpie-
za de perfil y recolección de superficie realizadas en Raya-Raya.

Comparación de Tipos y Decoraciones

Al comparar la cerámica presente en Raya-Raya y el Pucara de Volcán, pu-


dimos observar que existen semejanzas a nivel de los tipos y registros decorati-
vos presentes. En ambos sitios están representados los tipos San Francisco Pu-
lido Negro, Gris y Castaño Inciso y Liso, San Francisco Bicolor, San Francisco
Ordinario y también Corrugado.
Las vasijas San Francisco Pulido Castaño, Gris y Negro Inciso (Figura 2A)
presentan sus superficies pulidas a muy pulidas. Respecto de su decoración,
se observan principalmente haces de líneas incisas (el único elemento deco-
rativo hallado en Raya-Raya). En el Pucara de Volcán se registraron triángulos
con puntos en su interior y haces de líneas quebradas, así como un motivo de
búho modelado en el borde de una escudilla. Las vasijas San Francisco Bicolor
(Figura 2B) presentan motivos en rojo pintados sobre el color natural de la
pasta. Lamentablemente, el escaso tamaño de los fragmentos de este tipo no
permite determinar el motivo, aunque en un caso del Pucara de Volcán, el
motivo rojo aparece asociado a un haz de líneas incisas.
Los fragmentos San Francisco Ordinario (Figura 2C) presentan superfi-
cies rojizas o grises alisadas, en algunos casos con decoraciones incisas. En
Raya-Raya, dentro del grupo de los Ordinarios se incluye un fragmento de
una pipa, elemento no registrado en el Pucara de Volcán. En ambos sitios, el
Corrugado es Imbricado y Alisado (Ortiz 2007a); los fragmentos de Raya-Ra-
ya son rojizos y amarillentos, mientras que en el Pucara de Volcán aparecen
también grises.
Respecto de las formas, se registraron en ambos sitios escudillas evertidas
de perfil simple, de labio aplanado y borde directo, así como vasijas cerradas
con borde reforzado. Estas últimas corresponden a vasijas San Francisco Pu-
lido Castaño decoradas con haces de líneas incisas, con una banda de arcilla
aplicada al pastillaje sobre el borde externo. En el Pucara de Volcán están
presentes, además, escudillas de perfil compuesto, pucos asimétricos de perfil
inflexo y botellas de perfil inflexo. Esta comparación permitió establecer la
existencia de elementos en común entre ambos sitios, aunque Raya-Raya no
presenta el despliegue de formas y motivos decorativos hallados en el Pucara
de Volcán.
Hacia las tierras altas. Cerámica de la tradición San Francisco en Tumbaya ... 285

Fragmentos recuperados en Raya-Raya Fragmentos de Pucara de Volcán

Figura 2. Tipos y decoraciones presentes en Raya-Raya y el Pucara de Volcán.


(A) Fragmentos San Francisco Pulido Negro y Castaño Inciso. (B) San Francisco
Bicolor. (C) San Francisco Ordinario y Corrugado.

Comparación de las Pastas

El análisis petrográfico de la alfarería recuperada en Raya-Raya fue rea-


lizado por Cremonte (Pereyra Domingorena y Cremonte 2017). El mismo
reveló semejanzas con las pastas del Pucara de Volcán, por lo que fue posible
incluir las pastas de Raya-Raya en los cuatro grupos establecidos para Volcán
(Cremonte y Garay de Fumagalli 2001). Asimismo, pudo establecerse que las
pastas recuperadas en el sector centro-sur de la quebrada de Humahuaca son
muy similares a las de los tipos San Francisco de San Pedro de Jujuy (Garay de
Fumagalli y Cremonte 2002).
De acuerdo a lo establecido por Cremonte (Cremonte y Garay de Fumaga-
lli 2001; Garay de Fumagalli y Cremonte 2002), el Grupo 1 presenta un predo-
minio de fragmentos de rocas graníticas (tipo dioritas o granodioritas). Este
286 Agustina Scaro

tipo de pasta aparece en los tipos San Francisco Bicolor, San Francisco Pulido
Negro Liso, San Francisco Ordinario y Corrugado. El Grupo 2 incluye pastas
con predominio de tiesto molido y está presente en los tipos San Francisco Pu-
lido Negro Liso, San Francisco Pulido Gris Inciso, San Francisco Pulido Casta-
ño y San Francisco Bicolor. El Grupo 3 corresponde a pastas con predominio
de arena y con una baja cantidad de tiesto molido; el mismo está presente en
los tipos San Francisco Pulido Negro Liso, San Francisco Pulido Gris Inciso,
San Francisco Pulido Castaño y San Francisco Bicolor. Finalmente, el Grupo
4 presenta un predominio de arena y un mayor porcentaje de tiesto molido,
este tipo aparece en los tipos San Francisco Pulido Gris Inciso, San Francisco
Pulido Negro Inciso y San Francisco Bicolor (Figura 3).

GRUPO 1 GRUPO 2 GRUPO 3 GRUPO 4

P. Volcán CD7 P. Volcán CD5 P. Volcán CD4 SM Sup90


SF Ordinario SF Pul Castaño SF Pul Castaño SF Bicolor

Raya-Raya CD4 Raya-Raya CD7 Raya-Raya CD1 P. Volcán


Corrugado SF Pul Gris Inciso SF Pul Castaño Inciso SF Bicolor

Raya-Raya CD6 Raya-Raya CD2 Raya-Raya CD5 Raya-Raya CD9


SF Ordinario SF Pul Gris Inciso SF Bicolor SF Bicolor

Figura 3. Grupos de pasta de cerámica San Francisco establecidos para el sector


centro-sur de la quebrada de Humahuaca.

Por su parte, la pasta de la pipa es similar a las del Grupo 3, tiene una tex-
tura muy microgranosa con algunos fragmentos de tiesto molido accidentales,
escasos litoclastos de cuarcitas y pelitas, y arena fina, probablemente agregada
como antiplástico.
Hacia las tierras altas. Cerámica de la tradición San Francisco en Tumbaya ... 287

CONCLUSIONES

La comparación entre la cerámica de Tradición San Francisco hallada en


Raya-Raya y la recuperada por debajo del basurero Tum1B3 del Pucara de
Volcán permitió establecer semejanzas a nivel de las pastas cerámicas, los tipos
y los registros decorativos presentes en ambos sitios. No obstante, se puede
observar que en el Pucara de Volcán se halló un mayor despliegue de formas
y motivos que en el área agrícola de Raya-Raya. Estas diferencias pueden estar
relacionadas con el tamaño de las muestras de cada sitio, aunque no se des-
carta que respondan a una diferente funcionalidad de ambas ocupaciones.
A partir de las semejanzas ente ambos conjuntos fue posible plantear que
en Raya-Raya y en el Pucara de Volcán se habrían instalado grupos provenien-
tes de la cuenca del río San Francisco. Consideramos a ambas ocupaciones
como vinculadas y contemporáneas, desarrollándose a inicios de la era cristia-
na, de acuerdo a los fechados obtenidos para el Pucara de Volcán.
Los conjuntos cerámicos del sector centro-sur de la quebrada de Huma-
huaca presentan características propias de la Tradición San Francisco en
cuanto a sus pautas decorativas y morfológicas. En este sentido, es posible
discutir la propuesta de Dougherty (1974:2) de un “gradual empobrecimien-
to de los cánones tecnológicos y artísticos definidos en el sector central” que
guardaría relación directa con el grado de alejamiento en relación con el área
nuclear de la Tradición. La quebrada de Humahuaca corresponde a un espa-
cio alejado y ambientalmente muy disímil del área nuclear San Francisco, sin
embargo, la cerámica recuperada en Raya-Raya y Pucara de Volcán presenta
los rasgos morfo-decorativos y tecnológicos registrados en la cerámica recu-
perada en sitios de la cuenca del río San Francisco (Ortiz 2007a). Es posible
señalar, siguiendo a Pereyra Domingorena y Cremonte (2017), que no existen
diferencias a nivel de pastas, tratamientos y acabados de superficie entre la
alfarería recuperada en la zona de Tumbaya y aquella del río San Francisco.
La presencia de cerámica San Francisco permite plantear que el paisaje del
sector centro-sur de la quebrada de Humahuaca a inicios de la era habría sido
construido desde las tierras bajas, por grupos en movimiento. En este sentido,
los límites del paisaje de los grupos sanfranciscanos estarían más allá de su
entorno cotidiano en la cuenca del San Francisco, e incluiría zonas alejadas
y ambientalmente diferentes como la quebrada de Humahuaca a partir de la
circulación de personas y objetos. En este proceso de habitar el paisaje por
parte de los grupos sanfranciscanos, los lugares distantes de su región central
cobrarían nuevos significados, vinculados con su identidad y negociados con
los grupos que habitaban la quebrada de Humahuaca.
De esta manera, los hallazgos del sector centro-sur reforzarían la hipóte-
sis planteada anteriormente de que, hacia inicios de la era, las sociedades
que habitaban la cuenca del río San Francisco se hallaban en un proceso de
ampliación de territorios que podría haber impulsado fenómenos de interac-
288 Agustina Scaro

ción con otras sociedades instaladas en medio ambientes diferentes (Garay de


Fumagalli y Cremonte 2002). En este sentido, las instalaciones de Raya-Raya
y Pucara de Volcán pudieron haber tenido como objetivo favorecer interaccio-
nes de corta y larga distancia con otros grupos de la quebrada de Humahuaca,
del borde de Puna salteño (quebrada del Toro) y del altiplano Altiplano. Asi-
mismo, el potencial agrícola y ganadero del sector, especialmente en el caso
de Raya-Raya, habría jugado un rol de importancia en la elección de estas
instalaciones, ya que ambos sitios se encuentran en una topografía elevada
sobre el fondo de valle, en un ámbito de pre-Puna pero que resulta favorecido
por los vientos húmedos del sudeste. Esta situación genera mayor cantidad de
lluvias y la presencia de neblinas durante todo el año, permitiendo el desarro-
llo de abundantes pastizales aptos para el pastoreo de camélidos (Garay de
Fumagalli y Cremonte 2002).

AGRADECIMIENTOS

Agradezco a Valeria López, Nicolás Lamberti, Facundo Zamora, Mariana


Benavidez y José Luis Tolaba su colaboración en las tareas de campo. También
a la Dra. Cremonte por el análisis de las pastas y por sus sugerencias, que per-
mitieron enriquecer este trabajo.

BIBLIOGRAFIA

Boman, E.
1908. Antiquités de la Région Andine de la République Argentina et du Désert d’Atacama.
Paris, Imprimerie Nationale.

Bronk Ramsey, C.
2009. Bayesian analysis of radiocarbon dates. Radiocarbon 51(1): 337-360.

Bugliani, M. F.
2006. Consumo y representación en el Formativo del sur de los Valles Calchaquíes.
Tesis Doctoral inédita, Facultad de Ciencias Naturales y Museo, Universidad
Nacional de La Plata.
2010. Códigos estéticos, expresiones plásticas y modos de representación en la
cerámica del Formativo en Yutopián (Valle del Cajón, Noroeste argentino).
Revista del Museo de Antropología 3: 21-32.

Cremonte, M. B. y M. Garay de Fumagalli


2001. Una ocupación temprana en el Pucará de Volcán (Dpto. Tumbaya, Jujuy).
En B. Bixio y E. Berberián (eds.), Actas del XIII Congreso Nacional de Arqueología
Argentina Tomo 1: 157-171. Córdoba, Editorial Brujas.
Hacia las tierras altas. Cerámica de la tradición San Francisco en Tumbaya ... 289

DeBoer, W.
2003. Ceramic Assemblage Variability in the Formative of Ecuador and Peru. En
J. S. Raymond y R. L. Burger (eds.), Archaeology of Formative Ecuador: 289-336.
Washington D.C., Dumbarton Oaks Research Library and Collection.

De Feo, M. E.
2007. Revisando antiguas cuestiones: nuevas evidencias acerca de la cronología
y organización del espacio en el sitio Tres Cruces (quebrada del Toro, Salta).
Cuadernos de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, UNJu 32: 91-109.

Dougherty, B.
1974. Análisis de la variación medioambiental en la subregión arqueológica de San
Francisco (Región Selvas Occidentales - subárea del NO argentino). Etnía 20: 1-11.

Garay de Fumagalli, M.
1998. El Pucará de Volcán, historia ocupacional y patrón de instalación. En M. B.
Cremonte (comp.), Los desarrollos locales y sus territorios: 131-153. Jujuy, EdiUNJu.

Garay de Fumagalli, M. y M. B. Cremonte


1997. Correlación Cronológica del Yacimiento de Volcán, con sitios de los Valles
Orientales (Sector Meridional, Quebrada de Humahuaca). Avances en Arqueología
3: 191-212.
2002. Ocupaciones agropastoriles tempranas a sur de la Quebrada de Humahuaca
(Jujuy, Argentina). Chungara, Revista de Antropología 34(1): 35-52.

Hodder, I.
1990. Style as historical quality. En M. W. Conkey y C. A. Hastorf (eds.), The uses of
style in archaeology: 44-51. Cambridge, Cambridge University Press.

Muscio, H. J.
2007. Sociabilidad y mutualismo durante las expansiones agrícolas en entornos
fluctuantes: un modelo de teoría evolutiva de juegos aplicado al poblamiento
del período temprano de la Puna de Salta, Argentina. En A. E. Nielsen, M.
C. Rivolta, V. Seldes, M. Vázquez y P. Mercolli (comp.), Producción y circulación
prehispánicas de bienes en el sur andino: 105-130. Córdoba, Editorial Brujas.

Nordenskiöld, E.
1903. Pracolumbische Wohn-un begrabnisplatze Andder Sud-Westgrenze von
Chaco. Kgl. Sveska Vetenskaps Akademiens Handlingar 36. Stockholm.

Ortiz, M. G.
1993. Revisión de los conocimientos actuales acerca de la arqueología de los
departamentos de San Pedro y Santa Bárbara (pcia. de Jujuy). Tesis de
Licenciatura inédita, Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, Universidad
Nacional de Jujuy.
2007a. La evolución del uso del espacio en las Tierras Bajas jujeñas (subárea del río
San Francisco). Tesis Doctoral inédita, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad
Nacional de Córdoba.
290 Agustina Scaro

2007b. El Paisaje macroregional. Uso del espacio social expandido a través de la


circulación de objetos. En A. E. Nielsen, M. C. Rivolta, V. Seldes, M. Vázquez y
P. Mercolli (comp.), Producción y circulación prehispánicas de bienes en el sur andino:
305-328. Córdoba, Editorial Brujas.

Pereyra Domingorena, L. y M. B. Cremonte


2017. The Same Way of Doing Pottery. San Francisco Ceramic Fabrics from Tumbaya
(Quebrada de Humahuaca) and San Pedro (San Francisco River Basin). En A.
Scaro, C. Otero y M. B. Cremonte (eds.), Pre-Inca and Inca Pottery. Quebrada de
Humahuaca, Argentina: 1-28. Suiza, Springer.

Plog, S.
1983. Analysis of style in artifacts. Annual Review of Anthropology 12: 125-142.

Reboratti, C.
2003. La Quebrada. Buenos Aires, Editorial La Colmena.

Serrano, F.
1962. Investigaciones Arqueológicas en el Valle del Río San Francisco (Prov. de Jujuy). Salta,
Imprenta Salesianos.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad

DEBATE

SCARO

Ortiz: Para el área pedemontana, llamada por Dougherty “área nuclear”, se


planteó un modelo interesante donde se proponía que, de acuerdo a las ca-
racterísticas de emplazamiento de los sitios y el registro material, habría exis-
tido una suerte de sectorización. Modelo que Dougherty no llego a probar,
pero observó que dentro de la misma región pedemontana había formas di-
ferentes de explotación de recursos, así como de la ocupación del territorio.
Después estaban los datos del sitio El Cucho, pero muy confusos, aparente-
mente cerámica tardía mezclada con cerámica formativa, pero no había fe-
chados. Nosotros nos hemos empezado a preguntar en relación a los modos
de ocupación por parte de estas poblaciones, qué es lo que está sucediendo en
este momento temprano. El problema es que es muy complejo incluso para la
llamada “área nuclear”. Hay que empezar a entender esta dinámica de ocupa-
ción del territorio para ver cómo están jugando estas otras evidencias, porque
como decís Beatriz (Cremonte), falta excavar mucho más, tanto de la región
pedemontana como en quebrada de Humahuaca. En Raya Raya ¿es sólo este
registro de superficie? y en el Pucara de Volcán, sólo se excavó asociado a estos
materiales una cuadrícula en la base de un basurero, considerando las dimen-
siones de Volcán, que es un sitio enorme. Entonces, tal vez, estos nuevos datos
que van apareciendo, indiquen diferentes opciones. Yo recuerdo los análisis
de pastas de los materiales de Volcán realizados por Beatriz (Cremonte), que
indicaban un comportamiento tecnológico de manufactura muy parecido al
de las muestras de la región pedemontana, pero en Volcán las arcillas eran
locales, con lo cual se propuso que la manufactura había sido realizada allí.
Si éste fuera el caso, habría que pensar nuevas preguntas para esta forma
de ocupación del territorio. Realmente, ¿quiénes son estas poblaciones que
llamamos San Francisco? y qué ocurre si solamente con el registro material
cerámico estamos comparando o vinculando una región con la otra. ¿Qué su-
cede con otros componentes? ¿cómo se están comportando? ¿Realmente hay
una dinámica poblacional tan importante? Los primeros resultados de ADNm
nos indican un comportamiento aparentemente muy endogámico para la
zona pedemontana. Sin embargo, los materiales cerámicos están circulando
ampliamente por el NOA e incluso fuera de ella, como son los contrafuertes
andinos. También observamos que el comportamiento en relación al aprove-
chamiento de recursos presenta una gran variabilidad, es decir, no podemos
292 Agustina Scaro

establecer generalidades para todos los sitios, y entonces habría que pensar
qué significa esto para los hallazgos en otras regiones como, por ejemplo, la
quebrada de Humahuaca. Creo que habría que ampliar la cantidad de datos
para la quebrada también.

Cremonte: Lo de Volcán son dos cuadrículas fechadas a principios de la era,


por debajo de un basurero (sin conexión con el mismo). De esas cuadrículas
identificamos un número mínimo de vasijas de 42 o 43 San Francisco. Tam-
bién es necesario integrar información no publicada de la zona meridional,
porque, por ejemplo, en la quebrada de León hay material San Francisco sin
procesar, obtenidos por Merardo Moné; hay vasijas grandes y yo he visto un
par de escudillas San Francisco grises incisas. Están los montículos de San Pa-
blo de Reyes y todo el valle de Jujuy, o sea, que en la dispersión y amplitud del
San Francisco se podría comenzar a delimitar diferencias espaciales, qué tipos
de San Francisco hay, porque en Trigo Pampa, por ejemplo, y en Lozano hay
diferencias, no es siempre la misma cerámica. Evidentemente, lo que nosotros
llamamos Tradición San Francisco o Complejo San Francisco, está basado en
la cerámica pero, así y todo, dentro de la cerámica hay mucha variación y,
después viene lo otro, las modalidades de asentamientos, es decir, hay una
variabilidad muy grande en las ocupaciones San Francisco.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad • 293-309

PRESENCIA DE CERÁMICA CON DECORACIÓN


RETICULADA APLICADA EN ANTUMPA, SECTOR
NORTE DE LA QUEBRADA DE HUMAHUACA: APORTES
A LA CARACTERIZACIÓN TEMPORAL Y ESPACIAL DEL
COMPLEJO ARASAYAL

Juan B. Leoni *

Las recientes investigaciones arqueológicas en el sitio Antumpa (departa-


mento Humahuaca, Jujuy) (Figura 1) han identificado la presencia de cerámi-
ca roja con decoración aplicada formando un reticulado oblicuo en contextos
correspondientes al primer milenio de la era cristiana; es decir, al Período
Temprano o Formativo de las periodizaciones comúnmente empleadas en la
región. Esta cerámica, si bien escasa cuantitativamente, destaca notablemente
del resto de la cerámica que aparece en el sitio y no tiene paralelos conocidos
en sitios contemporáneos del ámbito de la quebrada de Humahuaca. Sin em-
bargo, motivos decorativos muy similares forman parte del Complejo alfare-
ro denominado Arasayal, que fuera definido por Dougherty y colaboradores
(1978). Este Complejo se distribuye típicamente en áreas de Selva Montana y
Pedemontana hacia el oeste del río Bermejo, aunque permanece en general
poco conocido, desconociéndose su origen geográfico, su filiación temporal,
así como los potenciales cambios experimentados a través del tiempo y el es-
pacio (Dougherty et al. 1978; Ventura 1991, 1999). El propósito de este trabajo
es el de comparar la cerámica reticulada hallada en Antumpa con la descrita
previamente para el Complejo alfarero Arasayal de las Selvas Occidentales,
señalando similitudes y diferencias, y discutiendo las potenciales implican-
cias de la presencia de esta cerámica en el sector norte de la quebrada de
Humahuaca. En este sentido, se plantea tentativamente que su presencia en
Antumpa podría constituir evidencia de la interacción entre tierras altas y tie-
rras bajas, así como contribuir decisivamente a la caracterización cronológica
y espacial del Complejo Arasayal.

*
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Escuela de
Antropología, Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario.
jbleoni@hotmail.com
294 Juan B. Leoni

Figura 1. Mapa con la ubicación de Antumpa, sitios con presencia de cerámica


Arasayal y Complejos o Tradiciones alfareras mencionados en el texto.

EL COMPLEJO ARASAYAL

El denominado Complejo Arasayal fue definido inicialmente sobre la base


de los hallazgos realizados por Dougherty, Calandra y Crowder (1978; Calan-
dra et al. 1979) en el sitio homónimo, ubicado en una quebrada tributaria
del río Bermejo, entre los ríos Lipeo y Porongal, en pleno ambiente de Selva
Montana, a 1.200 msnm, en la provincia de Salta (ver Ventura 1991 para un
revisión detallada de la historia de los hallazgos en este sitio, así como para
una crítica del uso del término “Complejo”) (Figura 1). Estos autores descri-
bieron el material cerámico hallado en el lugar como homogéneo, tanto en
relación a su pasta como a su ejecución. Identificaron veintidós formas prima-
rias (destacando la ausencia de fondos planos y otros apéndices, a excepción
Presencia de cerámica con decoración reticulada aplicada en Antumpa ... 295

de pequeños mamelones cerca del borde) y cinco formas decorativas básicas:


1) pintada rojo, poscocción, en la parte superior de la pieza; 2) corrugado y
unguiculado, en el cuello y bordes de vasijas; 3) incisa, formando zigzags ver-
ticales paralelos, rombos verticales contiguos y puntos incisos en hileras ho-
rizontales o cuadrangulares; 4) con filetes aplicados, formando diversos mo-
tivos, tales como zigzag perimetral en cuencos por debajo del labio, rombos
encadenados sobre el labio en escudillas, y, fundamentalmente, reticulados,
sobre el cuello o borde de las vasijas, de manera que “el resultado es similar a
la cubierta de adorno de algunas tartas” (Dougherty et al. 1978:48); y 5) aca-
nalada, en surcos verticales hechos con las yemas de los dedos en cuellos y/o
debajo de los labios de las vasijas.
Sin embargo, los autores no pudieron precisar la cronología ni hacer otras
interpretaciones con respecto a este Complejo alfarero, limitándose a afirmar
que: “en el caso de los hallazgos de Arasayal cualquier interpretación primaria
es de por sí arriesgada, aún cuando la ausencia de asas, determinadas formas
decorativas […], etc., tiendan a ‘orientalizar’ a este pequeño conjunto” (Dou-
gherty et al. 1978:49-50). En un trabajo posterior, y en referencia a estos mate-
riales, Calandra, Dougherty y Cremonte (1979) resaltaron que la distribución
espacial de este complejo permanecía esencialmente desconocida, aunque
conjeturaron una posible relación con otras entidades alfareras de las tierras
altas: “suponemos que su inserción en un ambiente de selva montañosa po-
dría apuntar a manifestaciones más occidentales, de las cuales no tenemos el
menor indicio” (Calandra et al. 1979:20).
Es gracias a las posteriores investigaciones de Beatriz Ventura (1991, 1999)
que el conocimiento sobre el material Arasayal se amplía. En efecto, esta au-
tora identificó material comparable al descrito por Dougherty y colaborado-
res en varios sitios, tres de ellos ubicados en el valle del río Bermejo (Peña
Colorada, Abra Grande, Solazutti) y otro sobre el antiguo curso del río Iruya
(San Ignacio), todos ellos en ambientes de Selvas Pedemontana y Montana
(Figura 1). Los materiales de estos sitios, en su mayor parte procedentes de
recolección superficial y sondeos exploratorios, mostraron similitudes con los
descritos previamente, registrándose cuencos y formas globulares, ausencia
de asas, decoración con cobertura roja sola o con aplicación de reticulado,
corrugados, incisos, filetes aplicados formando reticulados, tiras horizontales
gruesas y tiras de espesor mediano paralelas formando ángulos. Por otra par-
te, Ventura (1999:70) identificó también diferencias en la elaboración de la
pasta, señalando la presencia de tiestos molidos en el antiplástico, a diferen-
cia de los materiales descritos por Dougherty y colaboradores (1978:48) que
empleaban roca molida, conchilla y arena como temperantes. Sin embargo, la
falta de asociaciones contextuales en estratigrafía y de fechados radiocarbóni-
cos impidió a Ventura avanzar en la caracterización cronológica de estos mate-
riales. En su opinión, estos materiales conformarían una distribución espacial
discreta en las Selvas Pedemontana y Montana al oeste del río Bermejo, dife-
296 Juan B. Leoni

rente a la definida en las cercanías del río San Francisco, correspondiendo tal
vez a pueblos locales movilizados y dominados, primero por los chiriguanos y
luego por los españoles (Ventura 1999:68-71).
Es interesante señalar que cerámica similar se ha hallado también en Potre-
ros (Tarija, Bolivia), en ambiente de Selva (Ventura 1999:69). Por otro lado,
material alfarero con decoración parecida (filete aplicado formando reticula-
dos y rombos oblicuos) ha sido reportado también en el sitio Las Bolivianas,
en Formosa, y en el límite boliviano-brasileño (Braunstein et al. 2002). Sin
embargo, no es posible al presente determinar si existen relaciones de algún
tipo entre estas cerámicas, más allá de su aparente similitud en relación al uso
de una técnica decorativa específica.

¿ARASAYAL EN ANTUMPA?

Antumpa es un sitio arqueológico que se ubica en el sector norte de la


quebrada de Humahuaca, específicamente en la desembocadura del arroyo
Chaupi Rodeo sobre la margen izquierda del río Grande, a 3.300 msnm, en
un ambiente semiárido pre-puneño (Figura 1). Las investigaciones en el mis-
mo han documentado la presencia de un importante componente correspon-
diente al Período Temprano o Formativo de las periodizaciones en uso en la
región (González 1960; González y Pérez 1972; Hernández Llosas et al. 1983-
85; Leoni 2007, 2007-08; Leoni et al. 2012). Corresponden a este componente
varios recintos circulares, grandes extensiones de canchones de cultivo y por
lo menos un montículo artificial (denominado Montículo 1) con evidencias
de ocupaciones sucesivas, datadas radiocarbónicamente entre los siglos IV y
IX d.C. Estos elementos arquitectónicos representan posiblemente un pobla-
do disperso comparable a los que existían en esos momentos en otras partes
del Noroeste argentino (ver Leoni 2007, 2007-08; Leoni et al. 2012).
El conjunto artefactual recuperado en excavaciones recientes incluye ma-
teriales como puntas de proyectil pedunculadas pequeñas, palas/azadas líti-
cas, fragmentos de pipas cerámicas, cuentas de collar de distintos materiales,
un “anillo” de cobre, agujas de hueso, entre otros materiales, así como un
conjunto arqueofaunístico con un amplio predominio de los camélidos (Leo-
ni 2007, 2007-08; Leoni et al. 2012). La cerámica es el material más abundante
(10.646 tiestos) e incluye tanto variedades de tipo ordinario (aproximada-
mente un 80% del total) como alfarerías más finas. Estas últimas consisten
en variantes de pasta más fina y terminación pulida en una o ambas caras,
conformando dos grupos principales denominados Rojo Pulido y Marrón/
Negro Pulido respectivamente.
En el conjunto cerámico del sitio destacan, si bien en un número muy bajo,
los tiestos con decoración aplicada e incisa (Figura 2). Se trata de veintinueve
ejemplares, que representan un mínimo de diecisiete vasijas. Las variantes in-
Presencia de cerámica con decoración reticulada aplicada en Antumpa ... 297

cluyen reticulados aplicados similares al Arasayal típico (diez tiestos, cinco va-
sijas), reticulado inciso (dos tiestos, una vasija), tiras aplicadas con incisiones
circulares y/o ovales (doce tiestos, siete vasijas), y otros motivos (cinco tiestos,
cuatro vasijas). Todos estos materiales se concentran en los distintos depósitos
estratigráficos que conforman el Montículo 1, siendo la única excepción un
modelado antropomorfo con incisiones recuperado por Hernández Llosas et
al. (1983-85) en su excavación del Recinto 2.

Figura 2. Cerámica con decoración aplicada e incisa correspondiente al primer


milenio d.C. hallada en Antumpa.

Los diez tiestos con decoración reticulada aplicada al pastillaje representan


vasijas pequeñas y medianas, cubiertas con pintura roja y con terminación
pulida, bajo y sobre el aplicado (Figuras 2 y 3)1. Las formas presentes son difí-
ciles de determinar, dado lo fragmentario de la muestra, aunque incluyen una
pequeña vasija de cuerpo globular, con borde vertical ligeramente evertido y
298 Juan B. Leoni

labio aplanado, 6 cm de diámetro de boca, base plana y asas acintadas vertica-


les (Figura 2a, Figura 3 arriba a la derecha). Los restantes tiestos correspon-
den a por lo menos un cuenco o puco de paredes convexas, labio aplanado y
diámetro de boca indeterminado (Figura 2b), y a vasijas con cuello de borde
aparentemente evertido y diámetro de boca indeterminado (Figura 2c, d, f).
Se trata en general de vasijas de paredes finas (entre 4,3 y 5,8 mm de espesor,
con la excepción de una que alcanza los 9,7 mm de espesor), con el reticu-
lado oblicuo prolijamente aplicado en el cuello (justo por encima del punto
de inflexión cuerpo-cuello) y sobre o inmediatamente debajo del borde. Las
tirillas que forman el reticulado oscilan generalmente entre 1,5 y 3,5 mm de
ancho; sólo en un caso (el de la vasija de mayor espesor de pared) son mayo-
res, alcanzando entre 4 y 5,6 mm de ancho.

Figura 3. Cerámica con decoración reticulada aplicada hallada en Antumpa.

Es significativo que la primera vasija mencionada más arriba contradice


varias de las generalidades planteadas inicialmente en relación a las formas
características del Complejo Arasayal, tales como la ausencia de asas y fondos
planos (Dougherty et al. 1978:48). Esto podría responder tanto a la posible
existencia de variantes regionales aún no del todo reconocidas de este Com-
plejo alfarero, como a sesgos metodológicos derivados del pequeño tamaño
de las muestras analizadas hasta el momento, que redundan en caracterizacio-
nes parciales que no dan cuenta de toda la variabilidad existente.
Presencia de cerámica con decoración reticulada aplicada en Antumpa ... 299

En relación a la pasta, no se ha registrado en el antiplástico de los tiestos


hallados en Antumpa, la presencia de materiales tales como conchillas o tiesto
molido, típicos de las variantes alfareras Arasayal (Dougherty et al. 1978:48;
Ventura 1999:70). Los tiestos con decoración reticulada aplicada de Antumpa
parecen haber incluido principalmente arena y rocas molidas como antiplás-
tico. Más específicamente, el análisis petrográfico de un fragmento de la pe-
queña vasija de cuerpo globular (Figura 2a) determinó que los antiplásticos se
componen en un 3% de minerales simples (granos monocristalinos pequeños
de cuarzo y microgránulos de hematita) y en un 97% de fragmentos líticos
(clastos o fragmentos de metasedimentitas y metamorfitas finas, tales como
arcilitas, lutitas a micacitas, pizarra, esquistos finos cuarzo-micáceos con óxi-
do de hierro, cuarzo policristalino) (Solá 2012). Si bien la muestra cerámica
analizada es todavía muy pequeña, es interesante señalar que tanto la pasta de
este fragmento, como la de un tiesto de superficie negra con decoración de
tiras aplicadas con incisiones circulares (Figura 2, abajo, última fila, segundo
tiesto desde la derecha), muestran diferencias petrográficas con respecto a la
de los tiestos correspondientes a variantes cerámicas más comunes en el sitio,
tales como la Rojo Pulido, Marrón/Negro Pulido y algunos tipos de cerámica
ordinaria (Solá 2012, 2014). Esto podría, tentativamente, apuntar al origen
no local de estas piezas, aunque no se pueda afirmar con certeza todavía que
su origen efectivamente sea la vertiente oriental andina.
A diferencia de los materiales del Complejo Arasayal, para los cuales no
existe todavía una determinación cronológica precisa, varios de los tiestos con
reticulados aplicados de Antumpa han sido hallados en contextos estratigrá-
ficos para los cuales existen dataciones radiocarbónicas. Así, por ejemplo, el
borde de cuenco de pared convexa (Figura 2b) fue hallado en un nivel de
ocupación con presencia de fogones de una estructura circular. Este nivel de
ocupación se ubica en la base del Montículo 1 y ha sido fechado en 1330 ± 70
AP (LP-1996; carbón; d13C = 24‰) y 1360 ± 80 AP (LP-2122; carbón; d13C =
24‰). Los tiestos correspondientes a la pequeña vasija globular con asas (Fi-
gura 2a) y otros que pertenecen a una vasija con cuello y borde evertido (Fi-
gura 2c, f), provienen de un depósito estratigráfico ubicado inmediatamente
por encima del nivel de ocupación antes mencionado, que produjo un fecha-
do de 1450 ± 60 AP (LP-2595; carbón; d13C = 24‰).
Es preciso destacar que ninguna de las demás variantes decorativas que
caracterizan al Complejo Arasayal han sido halladas en Antumpa, limitándose
la similitud entre ambos conjuntos sólo a la variante reticulada aplicada. Esto
indicaría una preferencia específica por este tipo de decoración particular y
se compara con el caso de otros estilos cerámicos que muestran una amplia
distribución espacial regional (e.g. San Francisco, Vaquerías), de los que sólo
algunas variantes puntuales dentro un amplio repertorio estilístico-formal son
las que circulan más allá de su área original (Ortiz 2007). Esta preferencia por
la variante reticulada, por otro lado, podría tener una significación ulterior
300 Juan B. Leoni

que debería explorarse. En efecto, este motivo, aunque en forma pintada, se


vuelve ubicuo en la cerámica humahuaqueña del Período Tardío o de Desa-
rrollos Regionales (ca. 1000-1450 d.C.), pudiendo tal vez rastrearse sus antece-
dentes a las cerámicas reticuladas aplicadas e incisas del Formativo.
Otros tiestos con decoración aplicada e incisa han sido hallados en Antum-
pa, destacando en cantidad aquellos decorados con tiras aplicadas al pastillaje
sobre las cuales se realizaron incisiones circulares u ovales (Figura 2, abajo).
Si bien este motivo ha sido identificado en los valles orientales y Yungas (por
ejemplo, en el “Complejo El Talar” [Ventura 1991:figura 2])2, no está incluido
en las descripciones de los materiales Arasayal. Asimismo, se han hallado dos
tiestos de una misma vasija (de forma y diámetro de boca no determinados),
con reticulado oblicuo inciso debajo del borde, aunque en este caso sobre un
fondo marrón claro alisado (Figura 2g). Estos materiales aplicados e incisos
también poseen asociaciones radiocarbónicas que los sitúan en rangos tempo-
rales mayormente contemporáneos con los anteriores, aunque por razones de
espacio no se los detalla aquí.
Variantes decorativas incisas y modeladas con tiras aplicadas han sido iden-
tificadas en contextos formativos de la Puna jujeña, en la denominada “Fase
Cerro Colorado” de la frontera argentino-boliviana y más al sur en el sitio
Coch 39 en la cuenca de Guayatayoc (Fernández Distel 1998:13, 83). Destacan
en estos conjuntos, aunque como una modalidad más dentro de un amplio
repertorio decorativo, los rombos y reticulados incisos; sin embargo, no se
mencionan reticulados aplicados al pastillaje, por lo que las similitudes con
los materiales de Antumpa resultan muy reducidas.

CONCLUSIONES

Es difícil en este punto, dada la poca información contextual disponible,


plantear una comparación entre los materiales del Complejo Arasayal y los
tiestos hallados en Antumpa que vaya más allá de la mención de similitudes y
diferencias en términos de motivos decorativos, formas de vasijas y caracterís-
ticas básicas de las pastas. Es por esto que nos hemos limitado hasta aquí sólo
a señalar las similitudes identificadas; a continuación, se plantean algunas po-
tenciales implicancias de las mismas.
Una primera posibilidad que no debe descartarse es que la similitud entre
los materiales aquí discutidos y aquéllos correspondientes al llamado Comple-
jo Arasayal sea sólo superficial, limitándose a un parecido en el uso de un mo-
tivo decorativo que no implique relación cultural alguna, pudiendo incluso
corresponder a diferentes momentos cronológicos. Sin embargo, la proximi-
dad geográfica entre Antumpa y los sitios donde fuera definido el Complejo
Arasayal, con el curso del río Iruya como una vía de comunicación natural ob-
via entre ambas zonas, hace que deba tenerse en cuenta la posibilidad de algu-
Presencia de cerámica con decoración reticulada aplicada en Antumpa ... 301

na relación entre ambos conjuntos y de que la similitud observada no sea sólo


superficial o casual. Si esto fuera así, los hallazgos en Antumpa contribuirían
al conocimiento del marco temporal del desarrollo del Complejo Arasayal,
indicando que por lo menos algunas de sus variantes son más tempranas de lo
que se había supuesto inicialmente. Así, algunas variantes del mismo podrían
haber existido ya desde mediados del primer milenio d.C., aún cuando luego
perduraran varios siglos más en las Yungas y tierras bajas orientales. Por otro
lado, es posible también que la denominación genérica de “Complejo Arasa-
yal” incluya en realidad variantes alfareras de distinta cronología y que su de-
finición deba refinarse, aunque esto sólo podrá lograrse con investigaciones
sistemáticas en los sitios donde se hallaron materiales de este tipo.
Como señaló Ventura (1999:69), la cerámica Arasayal tiene una distribu-
ción discreta en las Selvas Pedemontana y Montana al oeste del río Bermejo,
diferente a la de la cerámica de la Tradición San Francisco, ubicada en los
valles y Yungas más al sur. Materiales correspondientes a esta última se han
hallado en sitios formativos de la quebrada de Humahuaca (Alfarcito, Vol-
cán), la Puna jujeña (Coch 39), la Puna salteña (Matancillas 1 y 2), así como
en sitios de Atacama y el río Loa en el norte de Chile; hecho que se interpreta
frecuentemente como evidencia de contacto e intercambios entre grupos de
las tierras altas y bajas (Fernández Distel 1998; Cremonte 2003; Ortiz 2007).
Resulta significativo, entonces, que no se haya identificado hasta el momen-
to la presencia de cerámica San Francisco en Antumpa. Esto es algo que no
puede deberse a la falta de acceso de sus habitantes a las redes de intercambio
que permitían obtener materiales de otras áreas y zonas ecológicas, dada la
presencia de diversos objetos y materiales no locales en el sitio (ver Leoni et
al. 2012). Asimismo, tampoco aplicarían dificultades u obstáculos geográficos,
dado que la red hídrica de la cuenca del río Bermejo permite una conexión
potencialmente fácil de Antumpa con las tierras bajas orientales, incluyendo
el área de San Francisco (Figura 1). Si nuevas excavaciones no contradicen
esta tendencia (posibilidad que nunca puede descartarse completamente),
esta ausencia de alfarería San Francisco podría atribuirse hipotéticamente a
razones cronológicas o culturales. En relación a las primeras, el conocimiento
actual de la circulación de piezas cerámicas San Francisco fuera de su área
nuclear indica que alcanza su pico hacia comienzos de la era cristina, no per-
sistiendo más allá de los primeros siglos de la misma (Ortiz 2007:311, figura
2). Por su parte, la ocupación formativa identificada en Antumpa tiende a
ubicarse, como indican los fechados radiocarbónicos (Leoni et al. 2012), hacia
la segunda mitad del primer milenio d.C.; es decir, un momento temporal en
el que la cerámica San Francisco había ya dejado de constituir un artículo de
tráfico interregional corriente.3
Pero otra posible razón para la ausencia de cerámica San Francisco po-
dría tener que ver con aspectos más específicamente culturales, reflejando
el establecimiento intencional de vínculos entre los habitantes de Antumpa y
302 Juan B. Leoni

los grupos asentados en las Yungas y tierras bajas septentrionales, donde en-
cuentra su ubicación el Complejo Arasayal, en detrimento de los grupos del
área San Francisco. Así, la presencia de Arasayal explicaría la ausencia de San
Francisco, aunque las causas de esta elección y la naturaleza de la interacción
resultante no pueden ser precisadas en este punto. La interacción establecida
con los grupos orientales podría corresponder a una variedad de formas, que
hipotéticamente podrían incluir intercambios directos o indirectos, circula-
ción o movimiento de personas o ideas, alianzas o vínculos sociales y políticos,
reproducción o evocación de formas y motivos decorativos orientales por al-
gunos grupos de las tierras altas, uso de las vasijas Arasayal como atributos de
rango o prestigio por ciertos individuos o grupos de Antumpa, entre muchas
otras posibilidades que deben ser tenidas en cuenta y analizadas en el futuro.
En suma, la presencia de los tiestos con reticulado aplicado puede con-
tribuir potencialmente tanto a la caracterización temporal y espacial de la
cerámica Arasayal, como a la comprensión de la naturaleza de las interaccio-
nes entre los grupos humanos de las tierras altas y bajas. Sin embargo, con la
información disponible actualmente sólo puede plantearse una comparación
básica y esbozarse algunas conjeturas interpretativas. Sólo con la profundiza-
ción de la investigación podrán obtenerse interpretaciones más sólidamente
fundadas que sitúen a los materiales y estilos decorativos aquí discutidos den-
tro de sus contextos temporales y espaciales originales de producción, uso y
circulación.

AGRADECIMIENTOS

A Beatriz Ventura por señalarme las similitudes entre los materiales de


Antumpa y los del Complejo Arasayal, y guiarme en la lectura sobre los mis-
mos. A un/a evaluador/a anónimo/a por sus valiosas observaciones para me-
jorar este trabajo. Las investigaciones en Antumpa se han desarrollado bajo
una Beca Postdoctoral de Reinserción de CONICET (Resolución D Nº 1310
18/8/2005), un subsidio de la Agencia Nacional de Promoción Científica y
Tecnológica (PICT 2005 Jóvenes Investigadores Nº34424) y en el marco del
PIP–CONICET Nº 11220090100242, 2010-2012, dirigido por la Dra. María I.
Hernández Llosas.

BIBLIOGRAFÍA

Braunstein, J. A., S. A. Salceda, H. A. Calandra, M. G. Méndez y S. O. Ferrarini


2002. Historia de los chaqueños - Buscando en la “papelera de reciclaje” de la
antropología sudamericana. Acta Americana, Journal of de Swedish Americanist
Society 10(1): 59-88.
Presencia de cerámica con decoración reticulada aplicada en Antumpa ... 303

Calandra, H., B. Dougherty y M. B. Cremonte


1979. El yacimiento El Talar, Departamento de Santa Bárbara, Provincia de Jujuy.
Trabajo presentado en el Simposio Homenaje a O.F.A. Menghin. Chivilcoy.

Cremonte, M. B.
2003. Alfarerías prehispánicas de las sociedades surandinas de Jujuy (Noroeste de
Argentina). Canindé 3: 85-104.

Dougherty, B., H. Calandra y R. Crowder


1978. Arqueología en las selvas occidentales del norte. Sapiens 2:40-50. Olavarría.

Fernández Distel, A.
1998. Arqueología del Formativo en la Puna Jujeña (1800 a.C. al 650 d.C.). Buenos Aires,
CAEA.

González, A. R.
1960. Nuevas fechas de la cronología arqueológica argentina obtenidas por
el método de radiocarbón. Resumen y perspectivas. Revista del Instituto de
Antropología 1: 303-331. Córdoba.

González, A. R. y J. A. Pérez
1972. Argentina indígena, vísperas de la conquista. Buenos Aires, Paidós.

Hernández Llosas, M. I., S. Renard de Coquet y M. M. Podestá


1983-85. Antumpa (Departamento Humahuaca, Provincia de Jujuy). Prospección,
excavación exploratoria y fechado radiocarbónico. Cuadernos del Instituto Nacional
de Antropología 10: 525-531.

Leoni, J. B.
2007. Investigaciones arqueológicas en Antumpa y la Quebrada de Chaupi Rodeo
(Depto. Humahuaca, Jujuy): contribuciones al estudio del período Temprano en
el sector norte de la Quebrada de Humahuaca. Revista de la Escuela de Antropología
(UNR) XIII: 183-196.
2007-08. Revisitando Antumpa: poblado temprano, paisaje agrícola. Arqueología 14:
189-198.

Leoni, J. B. y M. I. Hernández Losas


2015. La ocupación humana de las nacientes de la Quebrada de Humahuaca en
el rango 3.000–1.000 A.P.: Evidencias arqueológicas, discusión y perspectivas.
En M. A. Korstanje, M. Lazzari, M. Basile, F. Bugliani, V. Lema, L. Pereyra
Domingorena y M. Quesada (eds.), Crónicas materiales precolombinas. Arqueología
de los primeros poblados del Noroeste Argentino: 154-182. Buenos Aires, Sociedad de
Antropología Argentina.

Leoni, J. B., J. Sartori, G. Fabron, A. Hernández y G. Scarafia


2012. Aportes al conocimiento de las sociedades aldeanas del Período Temprano
en la Quebrada de Humahuaca: una visión desde Antumpa. Intersecciones en
Antropología 13: 117-131.
304 Juan B. Leoni

Ortiz, G.
2007. El paisaje macroregional. Uso del espacio social expandido a través de la
circulación de objetos. En A. Nielsen, M. C. Rivolta, V. Seldes, M. Vázquez y P.
Mercolli (comp.), Producción y circulación prehispánicas de bienes en el sur andino:
305-328. Córdoba, Editorial Brujas.

Solá, P.
2012. Análisis petrográfico de pastas de cerámica arqueológica: investigaciones
arqueológicas en Antumpa (Departamento Humahuaca, Jujuy). Sitio Antumpa
(Estructura Montículo). Informe inédito, Buenos Aires.
2014. Análisis petrográfico de pastas cerámicas del sector norte de la Quebrada de
Humahuaca: sitios Antumpa (Montículo) y Cóndor 2. Informe inédito, Buenos
Aires.

Ventura, B.
1991. Síntesis de las investigaciones arqueológicas en el sector norte de las Selvas
Occidentales. Arqueología 1: 51-73.
1999. Arqueología de los valles orientales a las Serranías de Zenta y Santa Victoria,
Salta. Tesis Doctoral inédita, Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de
Buenos Aires.

NOTAS

1
Es probable que algunos tiestos (correspondientes sobre todo a cuerpos y bases)
incluidos en el análisis en la variante Rojo Pulido, sean en realidad parte de vasijas
que tienen decoración aplicada reticulada en sus cuellos y bordes, lo que estaría
resultando en una subrepresentación del número de tiestos pertenecientes a la
variante reticulada aplicada.
2
Su área de dispersión se extendería desde el departamento Santa Bárbara en Jujuy
hasta la confluencia de los ríos San Francisco y Bermejo en Salta, en un ambien-
te de transición entre la selva montana y la llanura chaqueña (Ventura 1991:53).
Inicialmente planteado como cronológicamente contemporáneo con la Cultura
Candelaria, Ventura (1991:53) ha revisado esta caracterización, incluyéndolo entre
los desarrollos culturales tardíos de este sector de las Yungas.
3
Sin embargo, otros fechados disponibles en Antumpa, aunque no asociados direc-
tamente con los materiales aquí discutidos, muestran que el componente Forma-
tivo se inicia algo más tempranamente, entre los siglos II y III d.C. (ver Leoni et al.
2012; Leoni y Hernández Llosas 2015), con lo que esta interpretación podría verse
relativizada.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad

DEBATE

LEONI

Williams: Una consulta, en Antumpa, en superficie o en las excavaciones que


hicieron, además del material del Complejo Arasayal, ¿qué materiales supues-
tamente de quebrada de Humahuaca aparecen asociados o vinculados?

Leoni: Los materiales cerámicos más típicos de la quebrada de Humahuaca


no están, no son conspicuos por su presencia, hay prácticamente nulo Negro
sobre Rojo en las excavaciones, no hay más que dos tiestos, que yo recuerde
ahora, y un tiesto de las llamadas Vírgulas Blancas sobre fondo Morado, pero
otros estilos de quebrada de Humahuaca típicos hasta ahora no hay. Obvia-
mente, nos concentramos en aquellas partes del sitio que corresponden o que
parecen corresponder al momento temprano, no en las partes que parecen
haber sido reocupadas en el Tardío, pero en lo que excavamos no hay mucho
más material típico de la quebrada. Las pipas, las palas líticas, las puntas líticas
triangulares con pedúnculo que aparecen en Antumpa sí son bastantes comu-
nes en sitios contemporáneos de quebrada de Humahuaca o Puna, pero otros
materiales específicos no sabría qué decirte.

Ortiz: Esos materiales que tenés en el sitio ¿están asociados con el fechado
temprano, con lo que vinculás acá con el Parque del Rey? [la pregunta se
refiere a una diapositiva de la presentación en la que se señala el parecido
formal entre un borde con decoración incisa de Antumpa y las vasijas con bor-
de digitado procedentes de El Rey ilustradas en Dougherty y colaboradores
(1978:figura 1)].

Leoni: No, ese material en particular no está asociado con ningún fechado.

Ortiz: O sea, que no podrías asegurar si es temprano o no.

Leoni: No podría jugarme a que es temprano; pero en general por asociación


con el material que aparece, no es distinto al que aparece en los estratos clara-
mente tempranos del sitio. Pero no recuerdo en particular qué es lo que está
asociado con ese tiesto, pero tentativamente no, no me arriesgaría como con
los otros, que sí están más claramente asociados.

Ortiz: Ese material, específicamente el de El Rey, es el que Dougherty asume


como una de las variantes más tardías y más pobres, incluso en manufactura,
306 Juan B. Leoni

del Complejo San Francisco, pero no tenés fechados asociados con este ma-
terial tampoco.

Leoni: Eso lo aclaré, la similitud es puramente superficial, no quiero de nin-


guna manera decir que es lo mismo, es simplemente un parecido que rescaté
releyendo el texto de Dougherty, Calandra y Crowder (1978), que cuando vi
el tiesto dije que es bastante parecido.

Ortiz: Otro dato, no sé Beatriz (Ventura), si vos también viste eso; pero yo
recuerdo hace años, me tocó ir a dar una charla en la frontera, en Bermejo
(Tarija, Bolivia), y cuando la gente sabía que era arqueóloga empezaron a
mostrarme material cerámico que habían encontrado arando en las fincas.
Lo que me llamó la atención fue que el 90% del material era esa clase de cerá-
mica que coloquialmente llamamos “pasta frola”, o sea, la del Complejo Ara-
sayal. Me indicaban que habían sido recolectadas de zonas cercanas, pero la
verdad es que yo había ido a otra cosa y no a mirar eso, pero recuerdo el dato.

Ventura: Es poco lo que puedo decir sobre la cronología de ese material que
yo nunca estudié. Aparece accidentalmente, como vos Gabriela (Ortiz) dijiste,
en los relevamientos, siempre en sector de Selva, en superficie y, una vez en
una canaleta, este material también en Bolivia se registra en sectores de Selva.
En dos de estos sitios, uno en Argentina y otro en Bolivia, hubo asentamientos
en momentos coloniales, yo no puedo decir que eran reducciones o algo así,
pero son sitios históricos. Entonces, como están cerca de estas concentracio-
nes de material, asumí que podía ser todo este movimiento poblacional que
hay en momentos de contacto hispano, pero no tengo idea de la cronolo-
gía de estos materiales. Es cierto lo que dice Gabriela (Ortiz), que en Bolivia
aparece bastante este material cerámico, allí tampoco está estudiado, pero
siempre en Selva Pedemontana. Así que es muy interesante tu presentación
porque es material que hasta ahora aparecía en Selva. Y, ése que tiene decora-
ción aplicada por pastillaje, también es material de Selva, también en Bolivia
y, digamos, hasta en Venezuela aparece esta cerámica en Selva, en sectores
bajos, es bastante común en distintos momentos. Sí, la cerámica que tiene la
aplicación por pastillaje con los incisos circulares aparece en los contextos
tardíos y en otros contextos casi sub-actuales, que registran esos motivos.

Albeck: Simplemente algo que no me quedó claro, la cerámica fina de Antum-


pa ¿cuál es? ¿la pulida sin ningún tipo de decoración?

Leoni: Sí, básicamente cerámica monocroma pulida.

Cremonte: Quería preguntarte cómo interpretas Antumpa y la quebrada de


Humahuaca desde el punto de vista de la interacción, porque creo que hay
DEBATE de: Presencia de cerámica con decoración reticulada aplicada en Antumpa 307

cosas muy diferentes, de distintas procedencias. Las tiras aplicadas con inci-
sión tienen una distribución por todos lados, están en el norte de Chile, en
Tafí, hay muchísima, es una distribución amplísima. De las cerámicas con la
decoración conocida como “pasta frola”, no toda es igual, vos tenés algunas
que son como incisos formando rombos, no es todo lo mismo. No sé si te-
nés bordes engrosados o algo que se asemeje a la Tradición cerámica de los
Bordes Doblados que plantean Sonia Alconini y Claudia Rivera para Bolivia.
Porque ellas también tienen registros de tiras en zig-zag incluidos dentro de
la Tradición de los Bordes Doblados.

Leoni: En cuanto a interacción con otras zonas, fue una de las hipótesis prin-
cipales para caracterizar la ocupación del sitio; o sea, Antumpa coincide en un
trabajo de Mariette (Albeck) con lo que ella plantea como uno de los nodos
de interacción entre tierras altas y tierras bajas; parece bastante claro, de he-
cho, cruzando la divisoria de aguas, se accede a Iruya y a los valles orientales
y Yungas bastante fácilmente. Mariette (Albeck) menciona que en tiempos
recientes hay reportes etnográficos de gente que baja desde Casabindo hasta
Iruya y Coranzuli, pasando más o menos por esa zona, por Iturbe, por lo que
era Antumpa. Así que la idea de interacción con otra zona en la ocupación de
Antumpa es fundamental para la interpretación del sitio, eso sí lo tengo bien
claro desde el primer momento. Por ahí esperábamos encontrar más material
de la vertiente oriental de lo que hemos encontrado hasta ahora, si es que
estos materiales (se refiere a los tiestos con decoración aplicada e incisa) efec-
tivamente son provenientes de la vertiente oriental; de Puna hay un gran nó-
dulo de obsidiana de Cerro Zapaleri, hay materiales foráneos y yo creo que sí,
que el lugar de Antumpa era bastante importante en función de la interacción
con otras áreas. Eso es lo que estamos manejando y esperamos probar con más
investigaciones. En cuanto a si esta cerámica es o no de la vertiente oriental,
no sabía que las tiras aplicadas aparecen en Chile, por ejemplo, eso marcaría
otra posible línea de interacción, no lo sé, sería más claro en ese sentido mirar
las pastas de estos tiestos con tiras aplicadas para ver si se distinguen del resto
de la cerámica de Antumpa. Pero para plantear contacto habría que ver otra
cerámica contemporánea formativa de la Puna jujeña también. Fernández
Distel, siguiendo a Krapovickas, también habla del uso del filete aplicado para
formar rombos y otros tipos de motivos y, tal vez, habría que explorar algún
tipo de similitud o conexión con estos materiales, pero eso todavía no lo he
hecho, así que ésas son las ideas que tengo hasta ahora.

Lamenza: Hablando de lugares, esa cerámica aparece en el Chaco, para que


tengas una región más donde buscar relaciones. En el Chaco central apare-
ce igual, por eso podemos hacer ya toda la línea, toda la ruta. En el centro
oeste de Formosa, de Ingeniero Juárez a Las Lomitas, se encuentra en sitios
fechados en 1340 ± 60 14C AP (Pescado Negro), 1190 ± 50 14C AP (El Totoral)
308 Juan B. Leoni

y 790 ± 60 14C AP (Las Bolivianas). Después muestro algunas imágenes. Los


materiales cerámicos son iguales, así como las que estoy viendo aquí. La ce-
rámica es un poco más fina, pero del mismo estilo, aunque con el labio sin
reforzar, bordes directos y formas simples, sobre todo por los apliques, que en
el Chaco le decimos “filete aplicado”. Cuando lo comparamos con el Arasayal
se diferencia en el reticulado y las improntas encima de los apliques, pero es
muy parecido a los materiales que presentaste vos.

Mercolli: Para seguir metiendo ruido, la articulación está bueno plantearla


con esta zona pero el tema es cómo articularía, o si es que articula con el resto
de la quebrada de Humahuaca, porque no aparece la cerámica formativa, es
otra cosa.

Leoni: No, lo que comentaba es que cuando leía trabajos de cerámica forma-
tiva de la quebrada generalmente mencionan el gris pulido y otras variantes,
que acá en Antumpa no están presentes. El rojo pulido por ahí sí aparece
en muchos sitios y sí sería el punto en contacto más claro con el resto de la
quebrada y un poco, tal vez, de Puna, pero no sé realmente si Antumpa es un
caso aparte o falta información o, por ahí, tiene que ver lo que decía Beatriz
Cremonte que el norte, el centro y sur de la quebrada estén mostrando fun-
cionamientos diferentes.

Cremonte: El gris pulido es el Alfarcito Gris Pulido, pero no aparece en todos


los sitios. La cerámica temprana de la quebrada de Humahuaca es ordinaria,
marrón, seguramente es la que él (Leoni) tiene y es la que se asocia tam-
bién con las vasijas tubulares y otras conocidas para el Formativo, como las de
Til20. Vos (Mercolli) te estás refiriendo a la cerámica ésa con registros pinta-
dos, pero aparece en muy poca cantidad.

Leoni: (responde pero no se escucha).

Mercolli: Está bien, vos no la mostraste, pero esa cerámica que aparece, colo-
quialmente llamada “Flash Gordon”, es muy emblemática. Son esos vasos con va-
riantes que pueden ser con decoración en zig-zag. Apareció un vaso ahora que
es rarísimo, pero es parecido, como planteo, para ver ésa…, porque tampoco
es que está afuera de la quebrada de Humahuaca, está ahí, está como… rara.

Leoni: A pesar de que en la descripción original de Rex González figuraban


como presentes en Antumpa las vasijas tubulares típicas del Formativo, hasta
ahora sólo hay un borde que podría ser, tendría que ver y compararlo con
vasijas enteras, pero sería lo único. No encontramos otro tipo de restos que
puedan adscribirse a ese tipo de vasijas supuestamente tan típicas del tempra-
no. Ni tampoco de la decoración pintada que menciona Pablo (Mercolli).
DEBATE de: Presencia de cerámica con decoración reticulada aplicada en Antumpa 309

Albeck: El “Flash Gordon” aparece también en la Puna, así que tiene una dis-
persión bastante amplia, eso, por un lado, y en Estancia Grande. Lo que que-
ría decirte es una cosa que recordé. Una vez que fui a Antumpa vi la presencia
de mica en la pasta; eso es una cosa que en el resto de la quebrada… Sí, a mí
me llamo la atención.

Leoni: La mica se encuentra en toda la cerámica, incluso en las “pasta frola,”,


por eso digo no son tan distintas del resto de la cerámica de Antumpa macros-
cópicamente. En la pasta sí, la mica está muy presente en el antiplástico, es
lo que más destaca, bueno, en la arcilla en general, no sólo en el antiplástico.
Pero no hay mica que recuerde yo claramente en esos otros tiestos (se refiere
a tiestos con decoración de tiras aplicadas con incisiones circulares y/o ova-
les), por eso es que se destacan tanto del resto de la cerámica de Antumpa, no
sé si esto de por sí prueba de que sean o no locales, pero, eso es una diferencia
clara en la observación macroscópica de la pasta.
Arqueología de la vertiente oriental Surandina.
Interacción macro-regional, materialidades, economía y ritualidad • 311-328

LAS VINCULACIONES DE LA CERÁMICA FORMATIVA


DEL SUR CALCHAQUÍ CON LA VERTIENTE
ORIENTAL DEL NOA

Lucas Pereyra Domingorena*

INTRODUCCIÓN

En los últimos años he desarrollado una línea de investigación que procura


establecer los estilos técnicos con los cuales las antiguas alfareras y alfareros
manufacturaban sus vasijas durante el primer milenio d.C. en el sur de los
valles Calchaquíes, área comprendida por el valle de Santa María, la falda
occidental del Aconquija y el sur del valle del Cajón (Figura 1). Esta línea
se basa en el empleo de métodos petrográficos para la caracterización de las
pastas cerámicas. Los mismos son utilizados en la actualidad en muchos pro-
yectos arqueológicos que tienen como propósito comprender la producción
alfarera prehispánica del Noroeste argentino (NOA)1. El estudio petrográfico
de la cerámica, en la región bajo estudio, permitió registrar las regularidades
y singularidades observadas a escala microscópica. Los patrones identificados
se presentan como evidencia de la existencia de un savoir faire alfarero que
se mantuvo en uso, por lo menos, durante el primer milenio d.C. (Pereyra
Domingorena 2010).
En la literatura arqueológica, las cerámicas de estas sociedades prehispáni-
cas son definidas como producciones domésticas2. En tal sentido, la primera
hipótesis de trabajo afirma que las regularidades de manufactura observadas
obedecieron a modos particulares y locales de hacer vasijas. Pero, además,
una segunda hipótesis predice que ciertos bienes cerámicos consumidos co-
rrespondieron a producciones alóctonas, dado que estas comunidades han
sido caracterizadas por estar insertas en redes de intercambio interregional
(Scattolin y Lazzari 1997). Finalmente, una tercera hipótesis sostiene que las
regularidades técnicas tuvieron un uso prolongado durante el primer milenio
d.C. Este enunciado se formuló a partir de las conclusiones alcanzadas por
Cremonte (1996) en sus investigaciones en la quebrada de La Ciénega, cerca-
na al valle de Tafí (Tucumán, Argentina).

*
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) - Instituto de las
Culturas (IDECU). Museo Etnográfico, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos
Aires. lucasdomingorena@gmail.com
312 Lucas Pereyra Domingorena

Figura 1. Área y localización de los sitios arqueológicos estudiados


(imagen modificada a partir de Mortimer et al. 2007).

A partir de estos lineamientos de investigación se logró determinar la pre-


sencia de una producción alfarera local en el área estudiada, con distintos
niveles de vinculación con la vertiente oriental del Noroeste argentino.

METODOLOGÍA

A través de las hipótesis antes mencionadas, se configuró un programa


metodológico3 que se dirigió a comprender la variabilidad de la cerámica. La
Las vinculaciones de la cerámica formativa del sur Calchaquí con la vertiente ... 313

clasificación del material se realizó a partir de los lineamientos tipológicos


establecidos para el área de estudio y se encaró la reconstrucción de las vasijas
para identificar el repertorio morfológico (Scattolin 1986; Bugliani 2008). De
esta manera, se podía distinguir a los recipientes como las unid