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TEXTO

“Y, siendo muchas las <dificultades> de este tipo, no es la menos llamativa la de por qué causa
los <astros> no se mueven con mayor número de movimientos cuanto más distantes se hallan
de la primera revolución, sino que los intermedios <tienen> más. Pues parecería lógico que, al
moverse el primer cuerpo con una sola traslación, el más próximo a él se moviera con el
mínimo de movimientos, pongamos dos, el siguiente con tres, o cualquier otra ordenación
semejante. En realidad ocurre lo contrario: pues el Sol y la Luna se mueven con menos
movimientos que algunos de los astros errantes: y sin embargo, estos < últimos> se hallan más
lejos del centro y más cerca del primer cuerpo que aquéllos”

Aristóteles, Acerca del Cielo, Libro II, 12, 291b-292ª

Planteamiento
La problemática que plantea este texto gira en torno a la aparente contradicción entre el orden
general atribuido teóricamente al llamado universo de las dos esferas, en la versión de las
esferas homocéntricas, orden jerarquizado que va de lo simple a lo complejo, de lo perfecto y
acabado a lo imperfecto e incompleto, de lo Uno a lo múltiple, y el resultado de la observación
directa del fenómeno de los movimientos planetarios1 que sitúa los movimientos más complejos
precisamente en los planetas más cercanos al primer cielo i los más simples, exceptuando la
esfera de las fijas, en los más cercanos a la tierra, cuando, según la teoría, debería suceder de
forma inversa.

Contexto general
El contexto general en el que Aristóteles plantea este problema en “Acerca del Cielo”, queda
bien delimitado si atendemos a lo que Khun llama el “Universo de las dos esferas"2y que según
Sellés es un buen título para el modelo cosmológico de Aristóteles.

“El modelo de cosmos de Aristóteles se ha denominado el de las < dos esferas> porque se
divide en dos regiones, una esfera sublunar con la Tierra, también esférica e inmóvil, en su
centro, donde domina el cambio, y otra supra lunar, limitada por la esfera de las estrellas fijas,
donde reina la inmutabilidad”3

Este modelo fue desarrollándose durante el s.IV a C en el ámbito cultural griego, y contiene una
serie de presuposiciones de orden cultural como que los cielos muestran la perfección divina
mientras que el ámbito sublunar carga con el aspecto de incompletitud e imperfección. A la vez,
las diversas hipótesis matemáticas y físicas se establecerán a partir de estos y aún otros
supuestos. Para la astronomía griega, esto tendrá unas consecuencias importantísimas, pues, así
como en el ámbito de lo imperfecto no habrá necesidad alguna de que los movimientos lleguen
a término o se cumplan, en el ámbito de lo perfecto o supra lunar, los movimientos
necesariamente se cumplirán, pues, en los cuerpos en los que aquellos se dan, habrán alcanzado,
ya desde siempre, la perfección debida a cada uno. Un movimiento perfecto, completo, es un
movimiento cumplido, circular, que no puede salir de sí mismo; mientras que un movimiento
imperfecto o incompleto es rectilíneo y tiene su opuesto ( reposo ) fuera de sí mismo. Por esto,
en el ámbito sublunar, cada cuerpo elemental tiende a su lugar natural, la tierra al centro, el
fuego a la parte superior, el agua y el aire, respectivamente, en el medio, según su ligereza o
gravedad. Mientras que los cuerpos mixtos, mezcla de los elementos ocasionada por las
revoluciones planetarias, sol y luna principalmente, tienden a la inestabilidad por la que
acontecen según oposiciones: generación/corrupción, alteración cualitativa/ privación,
crecimiento/ decrecimiento, cambio de lugar, concebido este como la superficie límite,
bidimensional de un cuerpo continente y en contacto con otro contenido en él.

1
KHUN, T. S, La revolución copernicana, Ariel Filosofía, Barcelona, 1996, p. 83 : “Así pues, tanto
observación como teoría contribuyeron de forma esencial al desarrollo del problema de los planetas”)
2
Ibíd., p 116
3
SELLÉS GARCÍA, M, Introducción a la historia de la Cosmología, UNED, Madrid, 2007, p 45

1
Esta cosmovisión aristotélica arranca del planteamiento platónico que aparece en el Timeo
principalmente. Platón acepta, con matizaciones, la dicotomía eleático-heraclítea entre la verdad
y la apariencia. Establece para la primera, que sólo puede ser entendida, el valor de modelo y
regencia paradigmática sobre la opinión. Esta resulta del ámbito de la experiencia sensible, y
por la sola participación en el ser inteligible obtiene una consistencia aceptable para un
conocimiento verosímil o probable que Platón, en la República VI, califica de “pistis”, es decir,
“confianza” y “solidez”. Sin aquella participación inteligible la apariencia se presentaría como
desmesurada o informe, y pasaría a ser llamada “eicasia” o “imaginación”4. Ambas constituyen
el ámbito inferior del modelo cosmológico general de Platón. Esto explicaría la situación
planteada en el Timeo. Para Platón, en su relato cosmológico, se trata de alcanzar la
verosimilitud, más que una verdad imposible, en los seres sometidos a mutación continua

“Aunque Platón discutía cuestiones astronómicas en varios de sus escritos, su actitud era
idealista en el sentido que negaba el valor epistemológico de las observaciones. El cosmos
podía comprenderse matemáticamente, por el puro pensamiento, mientras que las
investigaciones empíricas sólo oscurecían la verdad; como mucho llevarían a una <historia
probable> del mundo real. En la República él insistía en que la astronomía debería seguirse
como si fuera geometría. < Prescindiendo de los cielos estrellados, si nos proponemos obtener
un conocimiento real de la astronomía> escribió”5

La cosmología para Platón es asunto de “pistis”, no propiamente de “episteme” o ciencia


necesaria de lo necesario: dianoia y dialéctica. Se trata de reducir lo que aparece, lo aparente,
los movimientos de los astros, a una circularidad geométrica perfecta y a movimientos
uniformes que muestren la proporción y la medida según las que el universo todo, cuerpos y
almas, fue constituido por el Demiurgo que miraba hacia las ideas y usaba de los “números” y
proporciones matemáticas. El modelo de fondo, que aparece en Platón, tendrá en astronomía
una influencia que llegará al mismo Keppler: reducir lo que aparece, los fenómenos, a su razón
y medida matemática e inteligible o “salvar las apariencias”, aunque sin olvidar el mecanismo
físico, cuya consideración es más difícil por la lejanía de estos fenómenos.

“…Platón formuló a sus estudiantes una pregunta de gran trascendencia en astronomía: ¿Qué
movimientos ordenados y uniformes hay que suponer para dar cuenta del movimiento de los
planetas?”6

De este modelo, cabe destacar los siguientes aspectos: La tierra esférica e inmóvil situada en el
centro del universo, lo cual no implicaría ninguna preponderancia sobre el resto del universo,
como vulgarmente se viene presuponiendo, antes al revés. Los planeta, siete en total, describen
realmente órbitas circulares, uniformes, en sentido oeste-este, mientras que el primer cielo
describe un movimiento de este a oeste. Sin embargo, el problema astronómico básico estriba en
encajar en estos supuestos la multitud de detalles observacionales, o también el intentar cuadrar
estas observaciones con los supuestos de uniformidad motriz, circularidad orbital y perfección
de los cielos.
La contraposición más violenta radicaba en el problema de los planetas. Los movimientos
aparentes que describen los planetas, vistos desde la Tierra, vagabundean entre el fondo de las
estrellas fijas y la tierra. Su movimiento diurno hacia el oeste, está acompañado de un
movimiento hacia el este que se completa, vuelve al punto en que se originó, al cabo de un
periodo que es el año del planeta en cuestión, distinto del de los otros planetas.7 Este periplo no

4
PLATÓN, República VI 509d-510b, editorial Gredos, Madrid, 1986, p 334-335
5
KRAGH,H, Historia de la Cosmología, editorial Crítica, Barcelona, 2008, p 41 . Cf, PLATÓN, “República
VII, 529ª-530ª, editorial Gredos, Madrid, 1986
6
SELLÉS GARCÍA, M, Introducción a la historia de la Cosmología, UNED, Madrid, 2007, p 40. Cf:
KRAGH,H, Historia de la Cosmología, editorial Crítica, Barcelona, 2008, p 42
7
Cf: KHUN, T. S, La revolución copernicana, Ariel Filosofía, Barcelona, 1996, pp. 76-116

2
está llevado a cabo con velocidad uniforme y, por si fuera poco, en determinados momentos su
movimiento hacia el este se ve reemplazado durante algún periodo de tiempo por un retroceso
hacia el oeste ( retrogradación ), retomando su movimiento habitual después de determinados
lapsos de tiempo, dibujando con esto un bucle observacional. También los planetas ofrecen
variaciones notables de intensidad de luz y brillo, lo cual sólo resultaría interpretable si se
aceptase que se acercan y se alejan periódicamente del observador.

La cosmología de Aristóteles
En su Cosmología, Aristóteles tiene en cuenta las explicaciones y las teorías de las esferas
homocéntricas de Eudoxo ( 390 a C- 337 a C), corregidas y aumentadas por Calipo de Cízico (
370 a C- 300 a C), que según la tradición fue colaborador de Aristóteles. Pero Aristóteles
intenta ofrecer toda una teoría de Filosofía Natural sobre los cielos, lo cual significa que más
allá de los aspectos cuantitativos y matemáticos con los que ha de explicarse el movimiento y la
apariencia de los cielos, se tendrán que tomar en consideración los cuerpos celestes mismos
como substancias dotadas de movimiento, es decir, se pasará a una consideración acerca de sus
naturalezas. Aristóteles desarrollará esta temática en el tratado “Acerca del Cielo”, en el libro λ
de los metafísicos, 1069ª-1076b, Cap. VIII, y para ello, seguirá la pauta conquistada en los
tratados sobre la naturaleza, sobre todo la “Física”.
Esta cosmología abraza como fundamento, además de la negación del vacío, el principio de la
finitud del mundo, cuya necesidad está prolijamente argumentada en “Acerca del Cielo”, I, 5,6 y
7. La esfera del primer cielo marca el límite exterior y la Tierra el centro de tales esferas, siendo
los elementos sublunares cuatro, mientras que el resto de cuerpos supra lunares estaría
compuesto a partir de un solo elemento inmortal y eterno llamado “éter”. Esta heterogeneidad
elemental explicaría la jerarquía de perfecciones y movimientos entre las esferas supra lunares y
la sublunar. En “Acerca del Cielo” I, 8-9, argumentará que no pudiendo haber más materia que
la de los cuerpos que ocupan sus lugares naturales, no habiendo vacío, no puede existir ningún
otro cosmos que este. Atendiendo a la perfección del quinto elemento, el éter, y al orden de los
lugares de los elementos sublunares, argumenta en “Acerca del Cielo” I, 12 sobre la eternidad
del mundo, pues sólo hay generación de los mixtos sublunares, mientras que las esferas con sus
cuerpos etéreos son ingenerables e incorruptibles, eternos, oponiéndose con esto a Platón.
La Tierra en el centro del cosmos, estática por su imperfección misma, por su potencialidad,
imitaría a los inmortales por el movimiento impreso por las esferas que mezclaría a los cuatro
elementos, generando y corrompiendo a los cuerpos mixtos sublunares. Para Aristóteles, al
presentar la cosmología como una teoría natural, deberá presentar el movimiento de todas las
esferas homocéntricas debidamente interconectadas, lo que le llevará a aumentar las treinta y
tres esferas de Calipo a cincuenta y cinco, pues necesitará esferas no sólo para explicar la
apariencias de los movimientos planetarios sino también las conexiones existentes entre todas
ellas a partir del primer motor. Aunque también tiene que señalarse que respecto a Met λ
1069ª-1076ª habrá notables diferencia, pues en este último lugar, cada esfera celeste goza de un
motor propio y no aparece de forma tan clara su interconexión. Muchos movimientos
planetarios tendrán que ser contrarrestados por esferas que se muevan en sentido contrario, si es
que han de salvarse las apariencias y la presuposición de la unicidad del universo, de ahí el
aumento considerable en la complicación de la mecánica celeste.
Pero el cosmos único y unitario de Aristóteles es de naturaleza perfecta y, por lo tanto, no puede
faltarle ni la vida, ni la inteligencia, principio de orden y regularidad8. Estamos en un cosmos
viviente, dirigido por un motor inmóvil, vivo e inteligente supremamente, que, al no tener rastro
alguno de potencialidad, se entiende a sí mismo y no es dependiente de nada externo; forma de
todas las formas, actualiza a todos los cuerpos organizados que tienen la vida en potencia, como
el fin actualiza al principio, mediante la atracción, constituyéndose en principio del principio.
Admite a parte del primer motor, otros motores, jerárquicamente dispuestos, uno para cada uno
de los planetas o para cada esfera. En la “Física” y la “Metafísica de forma abierta, pero en
“Acerca del Cielo” también aparecen argumentos que suponen la multiplicidad de estas

8
Cf: ARISTÓTELES, Metafísica 1075ª 15, Editorial Gredos, Madrid, 1994, p 497

3
inteligencias, tal como el mismo argumento que usará para resolver la cuestión planteada en el
texto que estamos contextualizando para comentar.

Comentario
En este texto de “Acerca del Cielo, Lib I,12, 291b-292ª, encontramos una de las dos cuestiones
que tiene a bien plantear en este capítulo. La otra cuestión es la del motivo por la que la mayoría
de los astros se encuentran en una sola traslación, la del primer cielo, mientras que en los otros
niveles hay pocos cuerpos, que, por el contrario, necesitan de muchas traslaciones9. El propio
Aristóteles afirma al principio del texto en que propone estas dificultades, que hay que salvar las
apariencias y que tendrá que hallar una solución, aunque fuera modesta, a tamañas
dificultades10. La solución a esta dificultad nos interesa particularmente por cuanto se
fundamenta sobre un presupuesto diferente del de Met λ. Si la mayor parte de astros del
firmamento se encuentran en el último cielo, el de las estrellas fijas, no es sólo por la
superioridad de mover muchos cuerpos divinos con un solo movimiento respecto a las demás
esferas, sino que manteniéndose conectada y solidaria con las otras esferas, cuerpos etéreos
también, el trabajo, la operación de la última de las esferas, se sumará a las de las demás11,
característica esta que no está afirmada tan claramente en Met λ. En la Metafísica, en cambio,
reconoce la pertenencia a cada una de las esferas, 47 en esta obra, de un motor inmóvil que
gobernaría autónomamente la esfera y no sería incompatible con la ordenación final del
universo. Pero él mismo reconoce su falta de pericia en estas cuestiones, por lo que no habla
según necesidad:

“Sea pues éste el número de las esferas, con lo cual resulta razonable suponer que las
entidades y principios inmóviles son otros tantos, y quede para los más entendidos hablar de
necesidad.”12

Respecto al texto que comentamos, cabe decir que Aristóteles plantea el problema a partir de lo
que podríamos llamar “principio de orden”. Los Cielos son perfectos, es decir, son acto
( εντηλεχεια). Tienen, pues, el fin en sí mismos alcanzado ya ( εν-τελης ), y, por lo tanto, en
ellos se ha alcanzado ya el Bien. Esto contrasta con el mundo sublunar, en el que, a causa de la
irregularidad de los elementos que se mezclan a partir de los movimientos celestes, la teleología
no se alcanza del todo, a no ser durante poco tiempo y muy sumariamente, y sin ninguna
necesidad, pues en este ámbito, impera el azar, la accidentalidad y una continua tendencia a
recuperar el orden natural por parte de los elementos de todas las cosas mixtas, a partir de los
movimientos lineales, radiales, que deshaciendo las mezclas de los cuerpos sublunares, llevan a
cada elemento a su lugar natural.
Pero este “principio de orden” puede verse discutido porque los cielos en su aparecer lo
desmienten, ya que el número de las traslaciones y movimientos circulares, perfectos por cuanto
el principio, el medio y el fin coinciden, no parecen seguir lo que sería una pauta racional, que
iría de lo simple a lo compuesto y, así, si el primer cielo, el que imprime su movimiento al de
los otros, completa o alcanza su bien y perfección con un solo movimiento circular, de este a
oeste, el segundo cielo, el de Saturno, tendría que alcanzar su propio bien con dos, mientras que
Júpiter, el tercer cielo, con tres, y así sucesivamente hasta llegar al Sol y a la Luna, con Venus y
Mercurio en medio de los dos, que deberían de cumplirse con el mayor número de traslaciones.
Esta cuestión no será la única que la astronomía y cosmología griegas en general y aristotélica
en particular, dejará en herencia a la posteridad, hasta Keppler, para su solución, sino que, junto
con esta, los movimientos irregulares, retrógrados, no uniformes, de los planetas, o el aumento y
disminución periódicas del brillo de los planetas y otras irregularidades que se trataron de
explicar incluso con modelos más eficientes que el de las esferas homocéntricas, como el del

9
Cf: ARISTÓTELES, Acerca del cielo 292ª10, Editorial Gredos, Madrid, 1996, p 140
10
Cf: ARISTÓTELES, Acerca del Cielo, 291b 25, Editorial Gredos, Madrid, 1996, p 139
11
Cf: ARISTÓTELES, ibíd.293ª 10, pp. 143, 144
12
ARISTÓTELES, Metafísica 1074ª 15, Editorial Gredos, Madrid, 1994, p 493

4
alejandrino Ptolomeo ( S.II dC ) con las deferentes, epiciclos y ecuantes que simplificaban y
ampliaban la explicación.
Sin embargo, en este texto, Aristóteles plantea una cuestión astronómica, que parecería exigir
una respuesta matemática, pues el mismo Aristóteles señala este carácter para la ciencia
astronómica13. Pero adviértase ya que:

“Pero nosotros razonamos acerca de aquellos cuerpos como si solo fueran unidades
poseedoras de un orden, pero totalmente inanimadas; es preciso, en cambio suponerlos dotados
de actividad y de vida: de este modo no parecerá irracional lo que sucede”14

Resumamos: siendo la astronomía la ciencia matemática más cercana a la filosofía, pues, se


quiera o no, trata de entidades reales, y tratándose, además, de vivientes, entidades perfectas, la
solución aristotélica tendrá que llegar por el lado de la “Cosmología” en tanto que “Filosofía de
la Naturaleza”15 y no sólo de la astronomía en tanto que mera matemática, es decir, Aristóteles
abordará los cielos en la perspectiva de su sustancialidad, mientras que en una mera
consideración matemática se atendería al género de la cantidad solamente. Pero esta última
perspectiva será la que se prolongará con matices a través de Ptolomeo hasta el siglo XVII. Pues
en todos estos astrónomos no se excluía la consideración “física”, aunque la escasez de datos
empíricos hacía meramente verosímiles y complicadas sus teorías, tal como puede observarse en
la “Hipótesis de los planetas” de Ptolomeo. Efectivamente, la solución ptolemaica en el
“Síntesis matemática” o “Almagesto” combinó, en un modelo geocéntrico y geostático,
deferentes y epiciclos, con cuyos movimientos circulares combinados y aumentando o
disminuyendo las velocidades de traslación respectivas, intentaba salvar las apariencias de los
cielos al reducirlos platónicamente a un modelo matemático. Sin embargo, también hubo otras
soluciones matemáticas que podían sustituir las hipótesis complicadas como las de los ecuantes
y excéntricas de Ptolomeo, tal como, en el S XIII, se propuso la composición de movimientos
circulares uniformes en torno a su centro para conseguir exponer movimientos rectilíneos,
sustituyendo el deferente y el ecuante. Esta solución lograda por Nasir al-Din al-Tusi ( 1201-
1274 ), o una muy cercana, fue usada por el mismo Copérnico16. El mismo modelo copernicano,
heliocéntrico, que convirtió la Tierra en un planeta más, si bien salvaba mucho más
simplemente los fenómenos, tenía más de astronómico que de físico, aunque de ninguna de las
maneras se negase a esta última perspectiva, pero los datos de que disponía eran los que eran y
con ellos hizo lo máximo que podía hacerse. De hecho, la misma “Física”, con la unificación de
la ciencia de los cielos y la física terrestre, destruyendo así el universo de las dos esferas, no
sería más que astronomía aplicada a los fenómenos terrestres, es decir, consideración
matemática de estos fenómenos, y, a su vez, ampliación de la física terrestre, con sus
movimientos y características materiales propias, a los cielos, destruyendo el aura de perfección
de que habían gozado desde siempre en, me atrevo a decir, toda civilización que hubiera
levantado la vista hacia los astros.
El mimo Keppler confirma esta orientación cuando consultados los almanaques observacionales
más completos que existían, los de Tycho Brahe, entiende que las órbitas planetarias no pueden
ser regulares, ni geométricamente perfectas, es decir, perfectamente circulares, pero que los
cielos salvan su regularidad matemática , a pesar de su movimiento elíptico, cuando puede
establecer las proporciones matemáticas en sus tres famosas leyes.

13
Ibíd. 1073b 5, p491: “Por su parte, el número de los movimientos es algo ya a considerar a partir del
del saber más pertinente de entre las ciencias matemáticas: a partir de la astronomía. Ésta, en efecto,
trata de la entidad sensible, pero eterna, mientras que las otras-como la aritmética y la geometría-no
tratan de entidad alguna” Esta característica de la astronomía la emparenta con la filosofía o con lo que
podríamos llamar hoy “ciencias reales”
14
ARISTÓTELES, Acerca del Cielo, 292ª 20, Editorial Gredos, Madrid, 1996, p 141
15
Cf: TOMÁS DE AQUINO, comentario al libro de Aristóteles sobre el El Cielo Y El Mundo, EUNSA,
Navarra, 2002, pp. 79,80
16
SELLÉS GARCÍA, M, Introducción a la historia de la Cosmología, UNED, Madrid, 2007, pp. 77 y 78

5
Pero la solución de Aristóteles no sigue de forma exclusiva la orientación astronómico-
matemática. Para él, los astros y las esferas son cuerpos celestes, substancias, cuya naturaleza
perfecta exige un cuerpo inmortal, etéreo, y luminoso, y una forma perfecta: viva e inteligente.
Y en base a la teleología general de su filosofía, establece que la zona del cosmos supra lunar ha
de contener su fin en sí misma y ha de graduarse todo en orden a este fin. Un universo vivo y
perfecto, completo, contiene su bien en sí mismo, y, por lo tanto, la causa final por la que se
ordenará todo de la mejor manera, desde lo menos a lo óptimo y mejor. El Bien, motor inmóvil,
es forma perfectísima: inteligente máximamente y, por lo mismo, entendido por sí mismo; atrae
a todo lo demás desde el primer cielo, cuyo movimiento simple hace que se alcance a sí mismo,
dotándole de completitud, llevando consigo, por esto mismo, la mayor parte de astros
observados en los cielos. En cambio los planetas intermedios, Saturno, Júpiter y Marte, se
completan con muchos más movimientos que lo que parecería lógico suponer si siguieran un
orden meramente descendente para alcanzar su bien propio o completitud. Esto significará que
al revés del primer cielo, que llega a su perfección, con poco esfuerzo, los planetas intermedios
necesitan de muchos medios para alcanzar su fin propio. Pero los planetas inferiores, sobre todo
el Sol y la Luna, ni siquiera pueden llegar a la misma perfección o completitud que los astros de
los cielos superiores, por lo que se contentan con lo que les acerca a ellos a manera de remota
resonancia de la perfección inmutable:

“Y por eso precisamente la tierra no se mueve en absoluto y los astros próximos a ella lo hacen
con pocos movimientos: pues no llegan al bien último, sino que sólo hasta cierto punto pueden
alcanzar el principio más divino. El primer cielo, en cambio, lo alcanza directamente con un
solo movimiento. Los astros situados entre el primer cielo y los últimos, por su parte, llegan
ciertamente, pero a través de múltiples movimientos”17

Este tipo de soluciones quedarán obsoletas para la propia “Física” e incluso para la misma
Filosofía a partir del hundimiento del universo de las dos esferas. En todo caso su valor reside,
aún hoy, en el esfuerzo lógico y de coherencia de una inteligencia potentísima cuya influencia,
con retoques, alcanzó dos milenios después de su plasmación. Por otro lado, permite tomar nota
de una actitud general ante el objeto de investigación que es del todo loable: se trata de la
humildad teorética ante los fenómenos del cosmos. Aristóteles señala muchas veces que su
situación para investigar no es la mejor pero que ha de intentarlo permaneciendo fiel a su
vocación teorética:

“ Comoquiera que existen dos dificultades con las que uno podría tropezar, hay que intentar
explicar la apariencia, pues creemos que el celo es más digno de ser considerado pundonor que
audacia cuando uno, por estar sediento de la posesión del saber, gusta de hallar una solución,
aun modesta, de las cuestiones en torno a las que tenemos las mayores dificultades”18

Para Aristóteles, y, en general, para el hombre prerrenacentista, la dignidad de un saber no se


mide por la exactitud de sus resultados solamente, sino, principalmente, por la dignidad de su
objeto. Si este es dignísimo por su entidad y su necesidad, el conocimiento que se alcance sobre
él, aunque fuere vago o analógico e imperfecto, sería más excelente que cualquier otro

17
ARISTÓTELES, Acerca del Cielo, 292b- 20, Editorial Gredos, Madrid, 1996, p 143. Cf: ibíd. 292b: “Hay
que pensar, por ello, que la actividad de los astros es como la de los animales y las plantas. Aquí, en
efecto, las actividades del hombre son las más numerosas: pues puede conseguir muchos bienes, por lo
que emprende muchas acciones y con vistas a otras cosas. En cambio, el que posee la perfección no
precisa para nada de la acción: pues es por mor de sí mismo…De los otros animales, en cambio, hay
menos actividades, y de las plantas, una actividad pequeña y probablemente única….Así pues, hay algo
que posee y participa del bien supremo, algo que llega a él con poco esfuerzo, algo que llega con
múltiples esfuerzos y algo que ni siquiera lo intenta, sino que tiene bastante con acercarse al bien
último”

18
Ibíd.291b-25, p. 139

6
conocimiento que le superara en exactitud pero que girara en torno a un objeto de menor
dignidad ontológica o de menor necesidad en sí mismo. El orden del conocimiento Aristotélico
es doble y va de lo más conocido para nosotros pero menos cognoscible en sí mismo, a lo más
cognoscible en sí mismo pero menos conocido para nosotros19; lo que viene a confirmar que
avanzando a partir de los fenómenos que se ofrecen a la experiencia hacia la esencia o sustancia,
se puede dar razón de ser de las cosas, aunque estas sean las más altas a las que alcance el
hombre tal como la forma, la figura y la sustancia del Universo todo.

19
ARISTÓTELES, Metafísica VII, 1029 b 3-5, Editorial Gredos, Madrid, 1994, p 286

7
BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA

ARISTÓTELES, Acerca del Cielo. Meteorológicos. Editorial Gredos, Madrid, 1996


ARISTÓTELES, Metafísica Editorial Gredos, Madrid, 1994
KRAGH,H, Historia de la Cosmología, Editorial Crítica, Barcelona, 2008
KHUN,T S, La Revolución Copernicana, Editorial Ariel, Barcelona, 1996, 23ª impresión, 2010
PLATÓN, La República, Editorial Gredos, Madrid, 1986
PLATÓN, El Timeo, Editorial Gredos, Madrid, 1986
SELLÉS GARCÍA,M, Introducción a la historia de la cosmología, UNED, Madrid
2007,Primera reimpresión 2012
TOMÁS DE AQUINO, Comentario al libro de Aristóteles sobre El Cielo Y El Mundo, EUNSA,
Navarra,2002 ,