© De los textos

:
Enrique Huertas, Marta Querol, Vicente Marco, Margarita Que-
sada, Alejandro Mohorte, Marina Lomar, Raúl Borrás San León,
Eva María Marcos, Josep Asensi, Txema Gil, María Vicenta
Porcar, Enrique Huertas, Alicia García-Herrera, Javier Lacomba,
Sharon Smith, Yolanda León, Isabel Barceló Chico, Pilar Verdú,
Amparo Andrés Machí.

©2017, De amor y guerra, antología de relatos

Colección Amare, nº24
Ediciones Babylon
Calle Martínez Valls, 56
46870 Ontinyent (Valencia-España)
e-mail: publicaciones@edicionesbabylon.es
http://www.EdicionesBabylon.es

ISBN: 978-84-16318-98-8
Depósito legal: V-3093-2017

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la obra, ni su transmisión de ninguna forma o medio, ya sea electrónico,
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derechos.
AUTORES
Enrique Huertas, Marta Querol, Vicente Marco, Margarita
Quesada, Alejandro Mohorte, Marina Lomar, Raúl Borrás San
León, Eva María Marcos, Josep Asensi, Txema Gil, María Vicen-
ta Porcar, Enrique Huertas, Alicia García-Herrera, Javier La-
comba, Sharon Smith, Yolanda León, Isabel Barceló Chico, Pilar
Verdú, Amparo Andrés Machí.
ÍNDICE

Prólogo .................................................................................. 7
Enrique Huertas

El intruso ............................................................................... 13
Marta Querol

Héroes de guerras perdidas ................................................. 29
Vicente Marco

Al fin ella ............................................................................... 43
Margarita Quesada

Sucesos de doña Inés de Rojas en la campaña .................... 59
de Nördlingen. Alejandro Mohorte

El retrato de Emelyne .......................................................... 75
Marina Lomar

Cantando bajo la lluvia de plomo ....................................... 93
Raúl Borrás San León

El llanto de la guagua ......................................................... 109
Eva María Marcos

Último mensaje ................................................................... 127
Josep Asensi
A punto de acabar ............................................................... 139
Txema Gil

La tormenta de hierro ........................................................ 155
María Vicenta Porcar

Amor y adieu ...................................................................... 171
Enrique Huertas

Wólfram .............................................................................. 187
Alicia García-Herrera

La última diosa ................................................................... 201
Javier Lacomba

¿Por qué yo? ....................................................................... 215
Sharon Smith

Los bastardos de Bastogne ................................................ 231
Yolanda León

Dignidad .............................................................................. 249
Isabel Barceló Chico

Tormenta ............................................................................. 267
Pilar Verdú

El soldado amante .............................................................. 273
Amparo Andrés Machí
PRÓLOGO
Cierta curiosa tradición —traída hasta la literatura por Ovi-
dio—, ilustra que Juno, sin que Júpiter se inmiscuyera, engendró
a Marte a través de la acción de una flor mágica con propiedades
seminales que le había sido previamente facilitada por Flora. Mar-
te era quien, en las sagradas primaveras, guiaba a los jóvenes que
emigraban de las ciudades sabinas para ir a fundar otras nuevas y
procurarse nuevas tierras y nuevos modos de vida. Se adjudica a
Marte la paternidad de dos famosos gemelos: Rómulo y Remo, y
la función de protector del pueblo de Roma, por extensión. Marte
era el dios romano de la guerra —y la personificación del oscuro
cielo iracundo, claro—, pero a la vez era también el dios de la
primavera, porque la estación guerrera empieza al terminar el in-
vierno —su fiesta, los Idus, se correspondía entonces con el mes
de marzo—, y Marte era, asimismo, el dios de la juventud, pues la
guerra es una actividad que es propia de este divino tesoro.
Curiosa tradición: Marte, dios de la guerra, y dios de la prima-
vera y la juventud. Dios de la guerra y… dios del amor.
Aquí tenemos la excusa para que, con el auspicio de Marina
Lomar y Marta Querol, un grupo de autores —cuyo nexo principal
es la amistad que les une a todos con María Vicenta Porcar— les
presenten hoy esta selección de cuentos y poemas, este pequeño li-
bro, que constituye un concertato de voces particulares que inten-
tan poner en tono cercano el hecho histórico y la anécdota humana.
Cada historia de esta colección está hecha con retazos de vidas
de personajes en tiempos de guerra que transcurren, irremediable-
mente, a la vez que transcurren sus respectivos amores. La lectura
de estos relatos permite disfrutar del aliento épico de cada uno de
sus personajes y de su vitalidad, que permanecerá en la mente del
lector como símbolo de supervivencia.
Estos relatos de amor y guerra resisten la comparación con
otras antologías de argumentos bélicos y consiguen en su conjunto

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emocionar al lector, porque el valor y la naturaleza belicosa, pero
también nómada y protectora, de Marte, se puede encontrar en to-
dos ellos.

Sr. D. Avelino Pérez-Rocaberti i Lledó, general de brigada,
alias Enrique Huertas

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Marta Querol -Novelista. Autora de El final del ave Fénix
(2008), con la que quedó entre los diez finalistas del Premio Pla-
neta, Las guerras de Elena (2012) y Yo que tanto te quiero (2015).
Profesora de Literatura Contemporánea en la AUEX. Colabora-
dora durante cuatro años del diario Las Provincias y de varios
programas de radio y televisión. Además, ha participado en varias
antologías (Del Loco al mundo, Leyendas de la caverna profunda,
Ilusionaria, Una maleta llena de relatos…). Con su relato Inverti-
do quedó Finalista en el concurso #RelatosconOrgullo de la Fun-
dación Iberdrola.
info@martaquerol.es
Twitter: @Marta_Querol
EL INTRUSO
Marta Querol
Nadia escuchó ruido de pasos mientras faenaba en la cocina.
No había duda, alguien estaba rondando la casa. La sequía ha-
bía acorchado las hierbas que nadie cortaba ya. No eran los pasos
de quien llega para anunciarse. Eran pisadas esquivas de quien se
acerca con sigilo, escondiéndose de la vista y el oído.
Hacía tres meses que su marido, acompañado de su hijo de die-
cinueve años, había partido en una misión militar de la que no le
había dado detalles. ¿Para qué? Ya sabía lo fundamental, estaban
en guerra: matar o morir. Regresar entero, a trozos o no regresar.
El dolor la mantenía alerta. Y la rabia. Ella hubiese preferido que
los tres se fugaran, que huyeran lejos a algún país en paz, si es
que quedaba alguno, pero no, él estaba empeñado en que aquella
guerra tenía sentido, se imponía apoyar el levantamiento, defender
sus costumbres, su raza —«¿qué raza?», se decía ella, si todos ha-
bían nacido en cuatrocientos kilómetros a la redonda—. Y su hijo,
aunque con miedo mal disimulado, lo había seguido deslumbrado
por los desgastados relatos que su padre le contaba de la historia
de su país, historias que, de tanto exagerarlas, se acercaban más a
la fábula que a la realidad. Su marido era un buen hombre, pero las
penurias lo habían tornado taciturno. Culpaba de todo a su actual
enemigo, a los que les estaban robando el pan, colonos llegados a
aquellas tierras después que ellos. Tan obsesionado estaba que se
había hecho tatuar en el antebrazo la bandera que defendía, con
la leyenda «No hay vida sin nación», y su hijo lo había imitado.
Pero, para ella, no había nación sin vida y la guerra solo conducía
a la muerte.
Otro crujido. Justo tras la puerta. Sus pensamientos regresaron
al presente y retrocedió asustada. No sabía qué hacer. ¿Esconder-
se? Nadia recorrió con la mirada la casa medio vacía, segura de no
hallar refugio. Apenas conservaba unos muebles y la vivienda ca-
recía de escondites. Una planta cuadrada, con la sala principal pre-

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sidida por la chimenea, la cocina y el vecino corral junto al retrete.
Arriba, dos camas, dos sillas y dos cortinas sin color repartidas
entre las paredes de dos pequeñas habitaciones. Todo a pares, un
lujo para la zona, salvo por el armario de su dormitorio —no había
otro— donde guardaba la poca ropa que quedaba y lo necesario
para no tener que ir al pueblo si ocurría un percance en la granja.
Además, sería inútil: cuando el enemigo decidía entrar, entraba.
Y encontraba. No dejaban madero por remover.
No solían incursionar hasta allí, pero ya había sucedido en al-
guna otra casa de la zona. Una avanzadilla, un escuadrón perdido,
soldados que huían en la dirección equivocada tras un ataque…
Y aunque el enemigo se movía en territorio hostil, ante una casa
habitada por mujeres, niños y, rara vez, algún anciano —tan cerca
de la muerte como los que luchaban en el frente—, era seguro
vencedor.
Sus piernas reaccionaron, despertadas por un nuevo crujido,
más cercano, más siniestro, y retrocedió despacio hasta dejarse
caer en una de las sillas de la sala. Era tanto el terror que, de per-
manecer en pie, terminaría cayendo al suelo.
Sentada, con la vista fija en la puerta de madera por la que había
visto partir a su marido y a su hijo, un chiquillo a quien las ropas
militares le quedaban como un disfraz grotesco, observó el lento
movimiento de la manivela. La puerta aguantó. La garganta de
Nadia se cerró con un espasmo.
Un empujón.
Otro.
Un ruido metálico. Los músculos de Nadia se contrajeron y el
corazón redobló como los antiguos tambores de guerra. Cerró los
ojos en el momento en que la puerta cedió. Sus propios latidos le
impidieron escuchar nada más. No sabía si entraba la muerte, el
ultraje, el pillaje o el secuestro, pero no le quedaban fuerzas para
luchar. Ya no. Demasiados meses de malnutrición haciéndose car-
go de todos los trabajos del campo y la casa, del cuidado de los po-

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cos animales que habían sobrevivido —tan acostumbrados como
ella a la falta de alimento— y de desgaste por la espera. Cada vez
que, a lo lejos, se levantaba una polvareda, fijaba los ojos en ella
esperando que al disolverse apareciera su marido, su hijo, alguien
con noticias. Pero no, siempre era el viento burlándose de su in-
fortunio. Había sufrido demasiado y no se creía capaz de luchar.
Poseída de un fatalismo ancestral se mantuvo inmóvil, ahora ya
con los ojos abiertos y el corazón más sereno, dispuesta a aceptar
lo que el destino decidiera.
Ante ella se alzaba un hombre sucio vestido con ropas de cam-
po, aunque su porte no encajaba con el de un labriego. El pelo, ne-
gro acerado, le tapaba las orejas; la barba mal afeitada, demasiado
blanca para lo oscuro de su pelo, revelaba más edad de la que en
principio aparentaba; la cara cincelada y unos ojos pequeños, hun-
didos entre pliegues de piel curtida, mostraban… ¿miedo? Sí, para
sorpresa de Nadia, el miedo brillaba en los ojos del desconocido
como las llamas hambrientas de su cocina de carbón. Era la mirada
de la presa que huye, de quien no puede permitirse dormir porque
el olor del peligro es la manta que le cubre en la noche.
Durante unos minutos ninguno habló, observándose, calibrando
lo que podían esperar del otro. El hombre aparentemente solo lle-
vaba un cuchillo de caza con el que había forzado la puerta, pero
a Nadia le pareció suficiente para no hacer ningún movimiento
brusco. Dudó si decir algo, pero ¿qué se le dice a un tipo que entra
en tu casa en tiempo de guerra armado con un cuchillo? ¿Buenas
tardes? ¿Qué desea? ¿Se le ofrece un café? No hizo falta; el inva-
sor, con un gesto de su mano, le señaló la puerta de la cocina. Dos
movimientos más y le indicó que se dirigiera hacia allí.
Nadia hizo acopio de aire y ánimos para obedecer. El silencio
era aterrador, más que cualquier grito. El suelo gimió bajo sus pies
como si leyera su desasosiego. Caminó con lentitud hacia la cocina
donde el fuego en el que bullía un guiso de carne recién puesto
daba a la estancia un cálido resplandor. Su huésped le señaló

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con el cuchillo la fresquera y la hogaza de pan que se exhibía
obscena en la mesa. Nadia se fijó mejor en su complexión: era
fuerte, musculoso, pero los haces fibrosos caían apenas sostenidos
por una piel magra, un hombre tan fuerte como desnutrido. En
la cara observó varios moratones en proceso de absorción y el
pómulo izquierdo ligeramente hinchado que mantenía ese ojo en
un guiño permanente entre divertido y grotesco. También tenía
los antebrazos marcados por cortes, la mayoría resecos. Cortes
largos y profundos, paralelos, precisos, estudiados. Sintió una
punzada de compasión que intentó alejar. Era el enemigo y más
valía no olvidarlo. Sacó una jarra de leche, algo de cecina y un
par de manzanas, y lo dejó junto a la hogaza. Los ojos del intruso
resplandecieron con un brillo diferente, el del deseo, pero no la
miraba a ella sino a los víveres humildes de su despensa. Le indicó
que se sentara al otro lado de la mesa, frente a él, y ella lo hizo
como tantas veces frente a su marido.
¡Con qué desesperación engullía aquel hombre!
—Despacio. Le va a sentar mal —se escuchó decir. Le era im-
posible no sentir piedad por el desconocido de mirada exenta de
odio.
Se levantó sin avisar y él asió el cuchillo.
—Iba a traerle un poco de agua. Se va a atragantar.
El hombre relajó de nuevo la mano y siguió comiendo con la
vista fija en los movimientos de ella.
Nadia vertió agua en dos vasos, su garganta también necesitaba
refrescarse, el miedo la había arrasado. Él bebió con avidez.
Durante un rato continuaron observándose: él comiendo, ella
analizándolo.
Calculó que tendría la misma edad que su marido, aunque tal
vez fuera más joven y su estado lo avejentara. Era atractivo, fuer-
te y a la vez vulnerable. Se sorprendió al verse valorando a un
hombre en estos términos, pero había algo de salvaje y vital en la
desesperación con que se alimentaba. Recordó la última vez que

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los brazos de su marido la hicieron volar y suspiró. El hombre
rebañaba las migas desperdigadas sobre la mesa, que hizo desapa-
recer con la misma voracidad, y ella le sacó algo de pan duro del
día anterior y queso.
—El guiso aún no está listo. Acababa de ponerlo al fuego…
Su frase se perdió sin respuesta, aunque el ritmo de engullir ha-
bía amainado de forma considerable. Pronto estaría saciado. Nadia
temió lo que ocurriría cuando la necesidad de alimento quedara
colmada. ¿Se marcharía sin más? Él seguía mudo, se veían sin
mirarse, estudiando con disimulo los pensamientos del otro. Pero
a Nadia aquellos silencios la torturaban y de nuevo se obligó a
hablar:
—¿Cómo se llama?
—Eso no importa.
—De alguna forma tendré que llamarle. Yo soy Nadia.
—… Fran. Me llamo Fran.
—Bien. Fran… Esa herida del brazo tiene muy mala pinta. De-
bería desinfectarla. Tengo yodo, vendas, e hilo para coserla. Lo he
hecho otras veces, aunque casi siempre con animales.
El hombre arqueó las cejas unos segundos para fruncir los ojos
después hasta dejarlos reducidos a dos minúsculas rayas.
—No tema. ¿Qué podría hacerle?
—¿Por qué quiere hacerlo?
—Mi marido y mi hijo están por ahí, en algún lugar perdido
—suspiró con la mirada más allá de la estancia—, y si tuvieran
heridas como las suyas me gustaría que alguien se las curara. —Su
mirada regresó a Fran y se retorció las manos para contener la
añoranza—. ¿Qué ocurrió?
—¿De verdad quiere saberlo? ¿Acaso le importa?
Nadia bajó la vista. El tono de Fran era duro y seco, sin lugar
a confianzas. Ella se levantó para retirar los platos y los vasos,
los metió en un barreño metálico y fue a por el cubo de agua. El
hombre se adelantó para llevarlo pero, al doblar el antebrazo, dos

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de los cortes se abrieron y comenzaron a sangrar. Hizo un gesto de
dolor y se le escapó un quejido amortiguado.
—Por favor, déjeme que lo cure. No tardaré. Arriba tengo lo
necesario.
El hombre cedió, dejó el cubo y la siguió hasta el piso superior.
Nadia lo sentó en la cama y sacó alcohol, tintura de yodo y gasas
limpias. Limpió cada herida con dulzura, dibujando con las gasas
cada línea.
—Es horrible, son cortes precisos... ¿Cómo puede nadie hacer
algo así? —dijo para sí misma a media voz.
—Es la guerra —contestó Fran. Sus ojos quedaban justo a la
altura de los senos de Nadia, mal cubiertos por una blusa blanca
cerrada por un cordel. El hombre giró la cabeza y respiró hondo—.
Me capturaron cuando intentaba llegar a la frontera. Esta guerra
no va conmigo, no tengo nada que ganar. Quería huir, pero mis
captores no me creyeron y me consideraron doblemente traidor.
¡Utch! —gimió cuando ella empezó a coserle.
Durante unos minutos guardó silencio.
—No consigo entender cómo son capaces de algo así. Es
cruel. ¿Puedo? —Ella hizo un gesto hacia los botones de la raída
camisa—. De paso la lavaré.
—No le gustará lo que va a encontrar…
Poco a poco Nadia fue despegando la camisa de las numerosas
heridas.
—Por Dios… —Contempló con horror aquel pergamino
herido. Cortes, quemaduras, cardenales. A la vista de aquel mapa
de crueldad se dirigió al armario a por más gasas, pero se frenó,
giró despacio para mirarlo y, tomando aire, le propuso—: Está
sucio, se le podrían infectar y son muchas las heridas. Lo mejor
sería darle un baño. Puedo calentar agua en la cocina, no tardaré.
La mirada de Fran se dulcificó y la estudió con atención.
—Como quiera. Estoy tan cansado… Quería marcharme pronto,
en cuanto comiera algo. Por eso entré, no me quedaban fuerzas,

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llevo días sin comer.
—No tema. En cuanto esté en condiciones se encontrará mucho
mejor y podrá irse.
La siguió escaleras abajo y la ayudó a sacar una tina de gran
tamaño disimulada tras un biombo hecho de tablones.
—Quítese la ropa.
De nuevo arqueó las cejas y frunció los ojos como para ver sus
pensamientos. Ella le aguantó la mirada:
—No se preocupe. Me crie con tres hermanos, cuidé de mi
padre y vivo… bueno, vivía con dos hombres hasta que esta guerra
comenzó. No voy a asustarme. Además, ya somos mayorcitos.
Nadia tragó saliva despacio, de forma imperceptible. No, no
iba a asustarse, pero aquella situación la estaba turbando. Había
desaparecido a por el primer puchero de agua caliente. Lo echó en la
tina y fue recogiendo las prendas de las que el intruso se despojaba.
Las llevó a la cocina sin entretener la vista en la desnudez del hombre
y trajo un nuevo puchero. Al sentir el agua caliente resbalar sobre su
cuerpo magullado el intruso se quejó.
—¿Quema? Lo siento, no la he calentado mucho pero...
—No, son las heridas… Ya se me va pasando. Uf, no recuerdo
cuándo fue la última vez que me di un baño, vuelvo a ser humano.
Yo… Gracias, Nadia.
—No se preocupe, ya le he dicho que me gustaría pensar que
alguien cuida también de mi familia. ¿Usted está casado?
—Estoy desnudo y a su merced —el desconocido sonrió por
primera vez—, parece suficiente motivo para tutearme.
Nadia devolvió la sonrisa, relajada.
—Voy a por una pastilla de jabón. Las hago yo misma y las
guardo como oro en paño.
Trajo más agua caliente y comenzó a lavarlo con mimo, como lo
había hecho con su hijo cuando era niño, como hacía con su marido
cuando regresaba agotado. Fran cerró los ojos y se dejó hacer.
—¿Cómo pasó? ¿Cómo ha acabado así?

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—Me di de bruces con ellos cuando huía. Eran cuatro. Me
persiguieron como perros de presa. No tenía escapatoria. Me cercaron
y me llevaron a un pequeño campamento montado alrededor de una
granja donde aguardaban otros soldados. —Hablaba despacio, con
el gesto constreñido, como si entrara en un lugar peligroso—. No
era el único prisionero, compartía celda con otros tres y tenían como
esclavas a varias mujeres a las que vejaban. Alguna era muy joven,
casi una niña.
Otro silencio prolongado. El de él para distanciarse de los
recuerdos. El de ella para asimilar las palabras.
—Le pregun... Te preguntaba antes si estás casado.
—No. Tuve una novia muchos años, pero murió por tuberculosis.
No he vuelto a querer a nadie como a Renata.
Nadia terminó de lavar aquel cuerpo fuerte y maltrecho.
—Sal, ya estás. —Lo envolvió en una toalla y lo secó con
pequeños golpecitos, sin frotar—. Es mejor subir arriba y que te
tumbes.
—No recuerdo la última vez que me sentí así… No sé cómo
agradecértelo.
—¿Dónde dices que estaba esa granja?
Fran le explicó lo que recordaba y ella la reconoció.
—No está muy lejos de aquí. ¡Qué horror! Es la granja de los
Nines, buena gente. —Las manos de Nadia, armadas con gasas y
yodo, iban recorriendo los trazos que la guerra había marcado en
el cuerpo de Fran—. Y pensar que todo ha ocurrido a menos de
cincuenta kilómetros de mi casa… Ninguna guerra tiene sentido.
¿Cómo pueden hacer estas cosas? Al menos conseguiste escapar.
—Sí… Nos evadimos los cuatro. Preparamos una trampa para
el encargado de llevarnos a la sala de castigo. Lo redujimos y lo
matamos. Era un chaval poco ducho con las armas y falto de valor
cuando estaba solo. Pero arropado por el resto de la cuadrilla no
dudaba en cometer las mayores atrocidades, como todos. No estoy
orgulloso —un brillo acuoso manchó sus ojos—, pero era o él o

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nosotros. De eso va la guerra, de matar o que te maten aunque sea un
maldito crío… Puta mierda. Soy profesor, ¿sabes? Esos bárbaros no
eran mucho mayores que mis alumnos. Un crío, un maldito crío que
no debía estar allí. —Ahora las lágrimas rodaban por sus mejillas.
Nadia besó las quemaduras del brazo y la espalda. Fue algo
instintivo al verlo vulnerable. Él gimió pero no se movió, la dejó
hacer.
Ella no se detuvo. Lo tumbó en la cama y acomodándose con
cuidado a su lado siguió besándolo. De nuevo en silencio, hablaron
sus manos, sus bocas, ninguno estaba allí, pero los dos sentían cada
roce, cada sonido, cada caricia, cada beso, con cuidado, dos pompas
de jabón alargando una vida efímera. Y explotaron una contra otra.
Fran amó de nuevo a Renata, la poseyó como la última vez que
lo hiciera antes de que enfermara, con ternura y devoción, soñando
con una casa llena de niños, llena de libros, llena de risas y besos y
olor a limpio.
Nadia amó a su marido, al joven idealista y fogoso con el que
se casó, el que la arrastraba entre risas al granero de sus padres
para amarla una y otra vez sin esperar a llegar a su cama; el joven
que construyó aquella casa con sus manos, tablón a tablón, el que
proyectaba tener muchos hijos y campos.
No tardó en tomar él las riendas y cubrirla con fuerza, con
desesperación. La muerte lo había rondado cada día desde que
decidiera abandonar filas y dirigirse a la frontera, harto del olor a
sangre, de los cuerpos mutilados, del llanto de los heridos. El aroma
a limpio y la suavidad y el calor de aquella piel amable era todo lo
que deseaba sentir. Llenarse de vida, de la que merecía la pena ser
vivida, y olvidar.
Cuando terminaron, él le contó sus vivencias como maestro en su
pueblo. Había dado clase a los hijos de todos sus amigos hasta que
lo reclutaron a la fuerza. No estaba a favor de los insurrectos, pero
tampoco del bando gobernante. No era un soldado, aunque sí un
gran cazador, su principal afición, tal vez lo que le había mantenido

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con vida.
Esa noche los dos durmieron como hacía meses, soñando con un
pasado perdido convertido en futuro.
Al amanecer, Fran recuperó sus ropas limpias y una muda que
pertenecía al marido de Nadia. Desayunaron en la cocina, callados,
algo incómodos, pero contentos.
—Yo…
Nadia levantó una mano para hacerlo callar.
—No digas nada, Fran. Está bien. Lo necesitaba. Tal vez sea
lo mejor que me ha pasado en estos meses. —La voz se le quebró
un poco al preguntar—: Imagino que seguirás tu camino, voy a
prepararte algo para que aguantes unos días.
—Temo que si me encuentran y me ven con víveres te meta en
un lío. Y no sabes lo que son capaces de hacer. Aquellas mujeres…
A una la forzaron delante de nosotros. Uno detrás de otro. Primero
el animal del tatuaje. Luego los otros dos. Y por último el crío que
hacía de alguacil. Ella ni se movió, como una muñeca rota… Es
mejor que no lleve nada.
Nadia se había levantado y cortaba pan, queso, carne seca… Pero
de pronto se detuvo. Dejó las cosas en la mesa, despacio, y mirando
por la ventana que tenía en frente preguntó:
—¿Tatuaje?
—Sí, un fanático con la bandera independentista en el brazo y la
frase «No hay vida sin nación». El mismo que llevaba el crío al que
matamos.

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