MOMENTOS

Georgia Bockoven
7° de la Serie Multiautor Romantísima
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Georgia Bockoven
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GEORGIA BOCKOVEN
Momentos
7° de la Serie Multiautor "Romantísima"
Moments (1994)
ARGUMENTO
T :
Elizabeth Preston dejó muy atrás la pequeña ciudad de Kansas donde nació.
Nada permitía
sospechar que un día haría carrera en la publicidad, que más tarde abandonaría para asumir el
deslumbrante rol de esposa de Amado Montoya.
Montoya es el dueño de una de las más importantes bodegas del país. Viudo y treinta años
mayor que Elizabeth, la ama incondicionalmente. Ella lo respeta y admira, y aunque no hay lugar
para la pasión, se siente segura y feliz.
Pero entonces aparece el apuesto Michael Logan, que amenazará el mundo nuevo y tranquilo
de Elizabeth. Un mundo donde se sentía a salvo de sus viejos y temidos secretos y donde, ahora, la
pasión es un sueño peligroso.
SOBRE LA AUTO
T RA:
Georgia Bockoven es una premiada autora que empezó a escribir ficción después de una exitosa carrera como periodista independiente y fotógrafa.
Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias en todo el mundo. Su primer libro para Harper Collins, “Un matrimonio de conveniencia”, pronto será una película de la CBS protagonizada por Jane Seymour y James Brolin.
Es madre de dos hijos y reside en el norte de California con su esposo, John.

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1. POR AMOR A TI, Catherine Coulter 2. UN EXTRAÑO EN MI VIDA, Judith McNaught
3. CORAZÓN DE FUEGO, Linda Howard

4. PROMESAS, Katherine Stone
5. MENTIRA DE AMOR, Judith McNaught 6. SIEMPRE TE AMARÉ, Katherine Stone
7. MOMENTOS, Georgia Bockoven 8. MELODÍA DEL CORAZÓN, Judith O'Brien
9. NADIE MÁS QUE TÚ, Cynthia Victor
10. AMOR COMPRADO, Janette Evanovich
11. PASIONES, Christiane Heggan

12. ROMANCE PRIVADO, Charlotte Hughes
13. UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD, Charlotte Hughes
14. MÁS ALLÁ DE LA RAZÓN, Sandra Brown
15. POR SIEMPRE FELIZ, Rochelle Alers
16. ROMANCE SILENCIOSO, Sandra Brown
17. DESTINO Y DESEO, LaVyrle Spencer

18. NEGOCIOS Y AMOR, Linda Cajio
19. TORMENTA DE VERANO, Riley Morse 20. MARIDO POR UN DÍA, Charlotte Hughes
21. LA PROMESA DE ADORARTE, LaVyrle Spencer
22. HUIDA A LA PASIÓN, Victoria Leight
23. CÓMPLICES DE AMOR, Erica Spindler
24. OTOÑO ENCANTADO, Fayrene Preston

25. LLUVIA SALVAJE, Donna Kauffman

26. QUERIDO FARSANTE, Lori Copeland
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PRÓLO
L GO
Farminghan, Kansas
12 de abril de 1975.
En segundo plano comenzaron a sonar las campanas de la iglesia: una campanada por cada uno
de los diecisiete años que había vivido Elizabeth Preston.
Jennifer Cavanaugh se detuvo para escuchar y contar. Pensó en la pena terrible que se había
abatido sobre el pueblo durante los últimos tres días. ¿Por qué parecía mucho peor cuando la
muchacha más bonita de la escuela moría en un accidente automovilístico, que cuando un chico
gordo y con acné moría mientras cargaba un elevador de granos? ¿Acaso la belleza convertía a una
persona en más valiosa? ¿O se debía a que Elizabeth era hija de uno de los terratenientes más ricos
del condado, mientras que el padre de Tom era mecánico?
La abuela de Jenny le había dicho esa mañana que era una bendición que los padres de
Elizabeth hubieran fallecido con ella en el accidente. Sin su hija, la vida no tendría sentido para
ellos. Desde luego, los padres de Tom se habían ingeniado para seguir adelante con su existencia. A
ellos no se les permitía el lujo de un duelo prolongado; había cuentas que pagar, y más hijos en
casa que los necesitaban.
Jenny y Elizabeth no tenían nada en común salvo cumplir años el mismo día, pero jamás
celebraron esa fecha juntas. Ni el mismísimo Coloso habría sido capaz de abarcar el abismo social
que separaba a Jenny de la chica más popular de la escuela.
Según el señor Moore, director de la escuela, ésa era la razón por la que la habían dejado en la
oficina para que contestara el teléfono, mientras el resto de los alumnos asistían al funeral. Lo que
en realidad dijo fue que, puesto que de todos modos era su horario normal de trabajo en la
oficina, y como nadie notaría su ausencia —cosa que sí sucedería si alguno de
los demás faltaba —
era natural y razonable que le tocara a ella ocuparse de esas cosas cuando no quedaba nadie más
en la escuela.
A Jennifer no le importó que él le señalara que ella y Elizabeth no habían sido amigas; lo que le
dolió fue la forma en que lo hizo, como si ella no valiera lo suficiente para asistir al funeral. ¿Cuán
importante debía ser una persona para poder estar sentada en una iglesia para despedir a alguien
que acababa de morir? ¿Y quién era esa misteriosa persona que tomaba nota de los que asistían y
después castigaba a los que no lo hacían?
Las campanadas cesaron, Jennifer sintió un poco de culpa por haberse enfrascado tanto en sus
pensamientos y no haber podido seguir la cuenta. Era la única manera que le quedaba de
presentar sus respetos a su compañera, y hasta en eso había fracasado. Quizás el señor Moore no
estaba tan equivocado.
Miró la pila de correspondencia que todavía no había abierto y clasificado y volvió a
concentrarse en el trabajo. Ya casi terminaba cuando tomó un sobre dirigido a George Benson, el
consejero principal de la clase. Cuando ella empezó a trabajar en la oficina, a veces le echaba un

vistazo al contenido de las cartas, aunque eso estaba absolutamente prohibido.
Pero no tardó en
comprobar que casi toda la correspondencia que llegaba a la escuela era terriblemente aburrida.
Ese día, sin embargo, algo en la carta para el señor Benson le llamó la atención.
Se detuvo a leerla
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e inmediatamente deseó no haberlo hecho. Dadas las circunstancias, su contenido parecía una
cruel ironía.
Al parecer, Elizabeth Mary Preston habían ganado la beca Haddie Stephen: cuatro años,
totalmente pagados, para estudiar en la Universidad Safford Hill. Los padres de Elizabeth podrían
haber mandado a la mitad de la clase a la universidad sin sufrir ningún menoscabo financiero, y
justamente a su hija se le había concedido la posibilidad de estudiar gratis. Pero, por otra parte, y
como lo señalaba la carta, lo que contaba no era el dinero sino el honor de ganar ese premio tan
prestigioso. Jenny ni siquiera sabía que esa beca existía. De haberlo sabido, también se habría
presentado. Un premio así bien valía hacer cualquier cosa para ganarlo... hasta sufrir la humillación
que sin duda recibiría cuando les pidiera a sus maestras y a las amigas de su abuela que escribieran
cartas de recomendación y que por favor dijeran algo agradable de ella para brindarle una
oportunidad.
Durante su primer año de estudios en la escuela secundaria tuvo el sueño secreto de que
recibiría una carta. Sólo que la suya sería de sus padres; una nota de su padre en la que le decía
cuánto sentía haberse perdido la oportunidad de ver cómo su hija se convertía en una jovencita
hermosa, y otra de su madre en la que le decía que pensaba en ella todos los días desde que se
separaron, y que esperaba que el cheque que adjuntaba, dinero que los dos habían ahorrado para
pagarle los estudios secundarios, la compensara por haberla dejado viviendo con su abuela.
Ese sueño había muerto con sus padres, y reaparecido después, en los primeros años de la
secundaria, cuando de pronto se le ocurrió que era posible que le hubieran entregado a un
abogado dinero para ella, para que se lo enviara cuando lo necesitara. Pero también ese sueño se
hizo trizas, de modo que Jennifer se vio obligada a buscar un trabajo permanente de jornada
completa, que le proporcionara dinero suficiente para poder ahorrar un poco. No renunció por
completo a la idea de ir a una universidad, sino que sólo se resignó a no poder asistir tan pronto
como lo habría deseado.
—Ya estoy de vuelta —dijo una voz masculina. George Benson entró justo cuando Jenny se
apuraba a poner la carta de nuevo sobre el escritorio.
—¿Ya terminó todo? —preguntó. Le tenía afecto al señor Benson y por eso se sentía más
culpable de haber estado espiando su correspondencia. Él le recordaba a uno de los hombres de
un refugio de seguridad en el que paró con sus padres poco antes de que la dejaran con su abuela.
Ese hombre también era alto y rubio. Sólo que usaba barba y jamás lo había visto sin un cigarrillo
en la mano. Y usaba jeans y remeras, mientras que el señor Benson vestía trajes.
Pero los dos
tenían una forma especial de mirarla mientras le hablaban, en lugar de mirar a través de ella. Y a
Jenny eso le gustaba.
—Todavía están en el servicio religioso junto a la tumba —respondió George

Benson. —Pero
quise venir a relevarte para que pudieras ir si lo deseabas.
—Gracias, pero no tengo cómo llegar allá.
—¿Tu abuela no fue al servicio religioso?
Jenny sacudió la cabeza.
—No. Tomó un turno adicional en el restaurante para que todos los demás pudieran asistir.
—Si salieras para la iglesia ya mismo, seguro que conseguirías que te llevara alguno de los otros
chicos.
El sabía, tanto como Jennifer, que no había nadie a quien ella pudiera pedírselo; pero, de todos
modos, la hizo sentir bien que él se lo sugiriera.
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—Agradezco su ofrecimiento, pero creo que debería quedarme aquí. El señor Moore quiere que
termine de archivar esto antes de irme.
—Si cambias de idea, estaré en mi oficina.
Jenny bajó la vista hacia el escritorio, donde estaba la carta.
—Tengo correspondencia para usted, señor Benson.
El la miró con expresión divertida.
—De modo que eso era lo que leías cuando entré aquí.
Jenny tragó fuerte. No tenía sentido negarlo.
—Lo siento. Es sólo que... —dijo y le entregó la carta. —Bueno, usted lo verá.
El leyó por encima el texto, frunció el entrecejo y volvió a leerlo desde el principio.
—Dios Santo —dijo con voz cansada. —Justo ahora tenía que llegar esto. Qué desperdicio.
—¿Qué piensa hacer? —preguntó ella.
—Enviarles una carta y una copia del certificado de defunción, supongo.
—Al menos todavía queda tiempo para darle la beca a otra persona.
El sacudió la cabeza.
—No me sorprendería nada que el semestre de otoño prácticamente concluyera cuando
terminaran con el papeleo.
—¿O sea que el dinero quedará parado allí? —La sola idea la espantaba.
—Así parece.
—Si yo supiera quién es la persona que sigue en la lista, la llamaría y le avisaría lo ocurrido. —
Jenny tomó una pila de papeles y se dirigió al mueble-archivo. —¿Y si fuera alguien como yo? —
Abrió el cajón superior. —Ojalá lo fuera —agregó en voz baja.
—También yo lo deseo, Jenny. —George Benson dobló la carta y volvió a ponerla en el sobre. —
SÍ yo hubiese utilizado la mitad del sentido común que Dios me dio, te habría hecho presentarte
para todas las becas que existen.
El tono de disculpa de su voz tomó por sorpresa a Jenny y una oleada de afecto le recorrió el
cuerpo. La hacía sentir bien descubrir que a otra persona le importaba que ella quedara en
segundo plano.
—Fue culpa mía, por no decirle que necesitaba ayuda.
—Espero que no te hayas dado por vencida.
—Aunque quisiera hacerlo, mi abuela no me lo permitiría. Siempre me dice cosas como:
"Querer es poder".
Quince minutos después Jenny estaba inclinada sobre un mueble-archivo cuando George
Benson salió de su oficina.
—Jenny, quiero hablar contigo.
Ella metió la mano en el archivo para no perder el lugar y levantó la vista para mirarlo. La
expresión que vio en la cara de Benson la intranquilizó.

—Terminaré aquí en un par de minutos —dijo.
—Creo que es mejor que lo hagamos ahora, antes de que vuelvan los demás.
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—¿Hice algo malo? —Esa pregunta habría enojado a su abuela. Siempre le decía a Jenny que
tenía que dejar de dar por sentado que todo lo que salía mal en el mundo de alguna manera era
culpa suya.
—No te preocupes, no has hecho nada malo —dijo él. Y, después, agregó con tono misterioso:
—Pero con un poco de suerte y si buscamos el momento adecuado, veremos qué podemos hacer
para cambiar eso.
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CAPÍTULO 01
San Francisco, California.
17 de diciembre de 1986
—Perdón —dijo una voz masculina.
Elizabeth Preston sintió que alguien le tocaba el brazo. Enseguida giró.
—¿No la conozco de alguna parte?
Elizabeth quedó petrificada. Después de once años, lo inevitable, lo impensable, había ocurrido.
Casi había dejado de esperarlo, pero eso no hizo que el pánico fuera menor.
Transcurrió un segundo interminable, y luego otro, hasta que, al fin, su instinto de supervivencia
entró a tallar. Sin ninguna manifestación exterior de su caos interior, Elizabeth se excusó con ese
fumador de cigarros, presidente de Industrias Packard, y centró su atención en el hombre que
acababa de hablarle.
De las seiscientas personas que asistían a la fiesta anual de Navidad de Smith &
Noble, ella
conocía, o al menos reconocía, a la mitad, ya sea por cuestiones comerciales o por actividades
sociales pasadas. Confiaba en que el hombre que estaba frente a ella no perteneciera a ese grupo.
Tampoco era nadie que ella pudiera recordar de su pasado.
—¿Me hablaba a mí?
La mirada helada que le dirigió Elizabeth lo desconcertó. Pareció sentirse incómodo cuando le
dijo:
—Sé que esto parece una estratagema, pero estoy seguro de que nos conocemos de alguna
parte.
Ella fingió estudiarlo antes de sacudir lentamente la cabeza.
—Lo siento, pero no lo recuerdo en absoluto. —Era verdad, pero eso no significaba que
estuviera a salvo. En su pasado existían demasiadas personas como para recordarlas a todas. Antes
de que el hombre tuviera tiempo de contestar nada, Elizabeth le dedicó una sonrisa breve como
para poner punto final al diálogo.
—Tengo una de esas caras que la gente siempre confunde con la de otra persona.
—Me cuesta creerlo.
El individuo lo dijo como un cumplido, pero a Elizabeth le sonó como una amenaza. Había

hecho todo lo que estaba a su alcance —salvo someterse a cirugía —para cambiar su aspecto
cuando abandonó Farmingham once años antes. El pelo corto de aspecto adolescente que usaba
en la escuela secundaria había sido reemplazado por un corte experto y una cabellera que le
rozaba los hombros. Y el pelo se le había oscurecido bastante a lo largo de esos años. Los anteojos
fueron sustituidos por lentes de contacto; su cuerpo de un metro setenta y dos de estatura exhibía
siete kilos menos, y la separación entre sus dientes delanteros fue rellenada con fundas. Incluso el
tiempo se había convertido en su aliado. A los veintiocho años, por fin había abandonado la etapa
ingenua y comenzaba a parecer de la edad que tenía.
El silencio se había vuelto incómodo entre los dos cuando el aspecto práctico de Elizabeth se
hizo cargo de la situación. Aunque sabía que su sugerencia era imposible, la dijo de todos modos:
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—Quizá nos hemos cruzado en Smith & Noble.
—No, no es eso. Estoy aquí como invitado de uno de sus clientes. Vivo en Nueva Jersey.
Apaciguado el miedo de ser descubierta, Elizabeth tomó una ruta menos directa para liberarse
de esa conversación.
—¿Habrá sido entonces en la universidad?
La cara del individuo se iluminó.
—¿Cornell?
—Me temo que no —repuso ella, con la dosis justa de pesar. —Safford Hill.
—Bueno, entonces deberé dejar que vuelva con sus amigos.
—Feliz Navidad.
—Sí, también para usted.
Era ridículo, pero Elizabeth no pudo evitar la sensación de que acababan de hacerle un regalo.
Le permitió ver, sin ningún peligro ni consecuencia, cómo sería tener que enfrentar a una persona
de su pasado. Tal vez ahora cedería ese rincón de su mente que se negaba a enterrar su pasado.
¿Por qué tratar de escapar? La paranoia que tanto había fomentado con respecto a ser
descubierta duraría en la medida en que hubiera gente que sufriría si la
descubrían. Tendría que
hacer lo que fuera preciso, durante el tiempo que resultara necesario, para proteger a su abuela y
a George Benson. Les debía eso. Y tanto más.
El humo de un cigarro le recordó que todavía había clientes a los que no había saludado. Paseó
la vista por la habitación y vio que Joyce Broderick, su asistente, le hacía señas.
Elizabeth se abrió
paso por entre los concurrentes hacia esa mujer alta y pelirroja.
—Jeremy te está buscando. —Joyce tomó una copa de vino de la bandeja de un camarero que
pasaba y se la entregó a Elizabeth. —Parece que, después de todo, Amado Montoya decidió
regalarnos su presencia. Pensé que deberías estar preparada antes de encontrarte con él.
Había habido mucha especulación con respecto a si el nuevo cliente de Smith & Noble
aparecería o no en la reunión. Montoya era tan famoso por su aislamiento como por su vino, y
había contratado a la agencia sin pasar por el habitual proceso competitivo que incitaba a las
agencias de publicidad entre sí. Como cabía esperarse, sólo las personas importantes de la
empresa habían sido convocadas para colaborar en el diseño de la campaña. Ni ella ni ninguna de
las otras mujeres de la agencia se contaban entre los elegidos.

Elizabeth bebió un sorbo de vino.
—Esto es maravilloso —dijo.
—Los jueces de tres de los principales concursos del año pasado también opinaron lo mismo. Le
dieron dos medallas de oro y una de plata.
—Estoy impresionada... y sorprendida. Servirlo esta noche fue un toque genial.
—Gracias.
—¿Fue idea ruya?
Joyce levantó la mano como para apartarlos elogios que estaban por caer sobre ella.
—No fue nada, sólo una sugerencia a la persona indicada. Que siguió a partir de allí.
—Continúa así y te encontrarás trabajando para uno de esos importantes caballeros del piso de
arriba.
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—¿Es una amenaza?
—Sólo una observación. —Elizabeth bebió otro sorbo de vino y lo dejó reposar un momento
sobre la lengua en busca de sabores y sensaciones específicas que, como de costumbre, la
eludieron. Su única incursión en el mundo de los catadores de vino había sido un desastre: al cabo
de tres meses, el instructor aseguró que su paladar era el más imposible de educar que había
conocido. Elizabeth sospechaba que, en realidad, no le importaba si un vino tenía un aroma tut
frut o su sabor era más personal. Si le gustaba, lo bebía; si no, lo tiraba.
Despidió a Joyce con una inclinación de cabeza, colocó su copa sobre una mesa y practicó su
sonrisa con todos mientras se dirigía hacia donde estaba Jeremy Noble.
Él extendió el brazo para recibirla.
—Elizabeth, hay alguien a quien quiero que conozcas —dijo y miró al hombre de pie junto a él.
—Amado Montoya, ésta es Elizabeth Preston, una de las ejecutivas de cuentas más prometedoras
de Smith & Noble. —En su voz había una energía vibrante: parecía que estaba presentando a una
estrella circense. Ella extendió la mano.
—Señor Montoya, he oído cosas maravillosas de usted. Me alegro de haber tenido por fin la
oportunidad de conocerlo.
—Por favor, llámeme Amado.
—Y yo prefiero Elizabeth. —Le resultó divertida la diferencia entre la imagen mental que se
había formado de Amado Montoya y cómo era él en realidad. De alguna manera supuso que sería
un poco tosco, como si se hubiera pasado la vida trabajando en los viñedos y en galpones llenos de
cascos de roble. En verdad, era un hombre gallardo que llevaba su esmoquin con tanta comodidad
como un granjero usaría su overol. Por las habladurías de la oficina sabía que tenía cincuenta y
ocho años, pero aparentaba cuarenta.
Jeremy rebosaba de felicidad y les dedicaba a los dos una sonrisa de un millón de dólares, que
estaba varios millones por debajo de la suma que suponía que ganaría la agencia gracias a la
cuenta a lo largo de los cinco años siguientes.
—Amado pasará aquí el fin de semana, Elizabeth. Tiene un departamento en la ciudad.
Elizabeth buscó algo para incorporar al pie que acababa de darle Jeremy.
—Eso debe de resultar mucho más agradable que tener que alojarse en un hotel cuando viene
aquí por negocios.
—De hecho, paso el menor tiempo posible lejos de la bodega —respondió Amado. —Pero con
la serie de reuniones a las que Jeremy quiere que yo asista, ya veo que las cosas

cambiarán
bastante.
—Tener a un cliente involucrado en la campaña puede ser... beneficioso —dijo Elizabeth. En
realidad, solía ser una verdadera lata. Pocos hombres de negocios entendían los vericuetos de la
publicidad. Casi siempre sus insistentes sugerencias eran las que arruinaban una campaña, y sin
excepción siempre se culpaba a la agencia. Incluso si el cliente reconocía su error, venía
acompañado de "Deberían haberme disuadido. Ustedes son los especialistas" .
Gracias a Dios que a
ella no le habían pedido que trabajara en la cuenta Montoya. Según los informes preliminares, no
era precisamente un cliente fácil. Jeremy se ocuparía de que rodaran varias cabezas si, por algún
motivo, perdían esa cuenta.
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7° de la Serie Multiautor Romantísima El hombre al que habían contratado para supervisar todo lo referente a la reunión se acercó a
Jeremy y le tocó discretamente el codo. Jeremy lo escuchó un momento, frunció el entrecejo y
después dijo:
—Tengo que pedirles que me excusen, Amado y Elizabeth. Debo dejarlos un momento.
—¿Él siempre está... cómo decirlo… tan tenso y nervioso en las fiestas? —
preguntó Amado
cuando Jeremy se hubo alejado.
—Nunca lo he visto así antes. Por lo general es una roca. Sólido, con los pies sobre la tierra... —Y
obstinado como una mula, podría haber agregado.
—Me alegro. Comenzaba a preguntarme si mi decisión de contratar a Smith & Noble había sido
acertada.
Elizabeth cruzó la mirada con él y le dedicó una tenue sonrisa.
—Usted sabía todo lo que había que saber sobre la agencia y sobre Jeremy Noble, antes de
levantar el tubo del teléfono.
Él le devolvió la sonrisa, nada confundido por esa acusación.
— Touché —dijo.
—¿Piensa pasar Navidad en la ciudad? —preguntó ella.
Él asintió.
—Mi hija menor y sus hijos están aquí. ¿Y usted?
—Sí, estaré aquí.
—¿Entonces también tiene familia en San Francisco?
Elizabeth negó con la cabeza.
—Mis padres murieron en un accidente automovilístico cuando yo era muy chica. —Había dicho
esa verdad a medias tantas veces, que le parecía más real que la verdad.
—Lo siento.
Ella nunca sabía bien cómo responder a esas palabras. "Yo también lo siento"
parecía un poco
sensiblero. Y agradecerle a alguien por lamentarlo no sólo era inapropiado sino falaz. Sus padres,
gracias a varios tiradores certeros y bien entrenados por el estado de California, murieron como
habían vivido. Si se hubiera realizado un funeral, habría habido más alegría que pesar.
—Debe de ser maravilloso estar con los nietos en Navidad. ¿Qué edad tienen?
—Seis y diez. Son dos niñas, el calco de su madre. Por desgracia, no las veo tan seguido como
quisiera. La mayor parte del año están lejos, en el colegio.
—Es una edad muy linda.
—¿Cuál?
—¿Cómo dijo? —No le estaba prestando toda su atención a la conversación,

algo muy peligroso
con un hombre como Amado Montoya, quien, por algún motivo, no estaba satisfecho con la
conversación normal y superficial que se esperaba en una reunión de esa clase.
—¿A qué edad se refiere? ¿A los seis o a los diez años?
—Fue sólo un comentario —dijo ella. Y, después, con un candor bastante insólito por tratarse de
su pasado, agregó: —Personalmente, en aquel momento, ninguna de esas dos edades me resultó
demasiado feliz.
—¿Y vistas retrospectivamente?
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Su sexta Navidad la había pasado en un ómnibus Volkswagen en alguna parte de Misisipí. La
décima, en un refugio de seguridad ubicado en un barrio negro de Filadelfia.
Como era blanca y
habría resultado muy llamativa si se le permitía salir a jugar con los demás chicos, la confinaron a
su dormitorio y al sector de la cocina del departamento durante más de tres meses.
—Me temo que ni siquiera una visión retrospectiva ha mejorado esos recuerdos.
—Qué pena. La infancia es algo precioso, y debería ser memorable.
—Oh, sí, fue memorable.
—Ésta debe de ser una época del año difícil para usted.
¿Qué le pasaba? Se había acercado peligrosamente a revelar la pista de su pasado que no se
adecuaba para nada con su personalidad Elizabeth Preston.
—De ninguna manera —respondió, con demasiado entusiasmo. —Hubo una cantidad más que
suficiente de Navidades para compensar ese par de ocasiones desafortunadas.
—La he hecho sentir incómoda. Por favor, perdóneme. Es sólo que me gusta oír hablar de las
experiencias familiares de los demás. A veces, hasta me resulta provechoso.
Elizabeth se alegró cuando Jeremy se reunió con ellos e hizo innecesaria su respuesta. Estaba
acompañado por uno de los ejecutivos que dirigía la cuenta de Montoya.
—Lamento entrometerme, Amado —dijo Jeremy. —¿Usted y Frank se conocen?
—preguntó.
—Sí —dijo Amado y le estrechó la mano al orto hombre. —Me alegro de verlo de nuevo, Frank.
Jeremy pasó el brazo sobre los hombros de Elizabeth y se los apretó.
—Veo que ustedes dos se llevan muy bien. Sabía que sería así. Nuestra Elizabeth tiene un
verdadero futuro en el mundo de la publicidad. Es el orgullo de Smith & Noble.
Uno de nuestros
talentos en ascenso.
Elizabeth había oído ese discurso tantas veces que podría haber repetido las palabras al unísono
con Jeremy. Él la usaba, igual que a las otras mujeres de la agencia a las que se les había permitido
alcanzar el nivel de ejecutivas júnior, y las hacía pasar al frente cada vez que le convenía, como
prueba palpable de que Smith & Noble era una empresa que tenía una actitud progresista hacia las
mujeres.
Jeremy sonrió de oreja a oreja y le dio otro apretón a Elizabeth antes de soltarla.
—Ahora, si usted y Frank nos perdonan, es hora de que Elizabeth y yo nos ocupemos de lo
nuestro.
Durante los últimos tres años a Elizabeth le habían concedido el dudoso honor de permanecer
de pie detrás de Jeremy cuando él entregaba el tradicional adorno navideño de plata sellada con el
logo de S&N. Dos años antes, cuando ella sugirió que ese privilegio debería ser compartido con
algunos de los ejecutivos júnior de la empresa, Jeremy la miró y dijo con tono inocente:

—Un hombre se sentiría raro haciendo una cosa así. Es una tarea que le sienta mejor a una
mujer.
Elizabeth le tendió la mano a Amado.
—Ha sido un gusto.
—El gusto fue mío. Disfruté de nuestra conversación, Elizabeth —dijo. —Pero fue demasiado
corta. Debemos continuarla otro día.
—Me parece muy bien —contestó ella. Él le rozó el brazo cuando Elizabeth empezó a alejarse.
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—Hasta la próxima, entonces —insistió. En ese momento Elizabeth se dio cuenta de que
Montoya hablaba en serio. Se proponía verla de nuevo. Miró a Jeremy para estudiar su reacción.
Vinos Montoya era su bebé, y seguramente él no miraría con buenos ojos que ella se metiera, en
ningún nivel. Pero Jeremy no pareció advertir el interés de Montoya.
Elizabeth dio un paso atrás para ampliar el espacio entre ella y Amado y obligarlo a apartar la
mano de su brazo.
—Ahora que está con S y N, sin duda nos volveremos a cruzar —dijo. Una frase lo bastante
cortés como para no ofenderlo, pero sin alentarlo de ninguna manera. Confió en que surtiera ese
efecto.
Tres horas después, agotada, con un dolor de cabeza incipiente y los pies muy doloridos,
Elizabeth abrió la puerta de su departamento y entró. Esos cuartos pequeños eran un puerto
sereno después de la tormenta de la reunión, un consuelo transitorio que desaparecería por la
mañana.
Dios, cómo extrañaba a Howard. Aunque muchas veces él no le prestaba atención, su presencia
había logrado que el silencio resultara rejuvenecedor. Con él jamás le importó la pequeñez de su
dormitorio, donde su cama de dos plazas la obligaba a pararse sobre el colchón para llegar al
placard, o el cuarto de baño, con una ducha tan baja que debía convertirse en contorsionista o
sentarse en el borde de la bañera para lavarse la cabeza.
Él había sido la constante presencia masculina en su vida, sin objetar jamás su
regreso a altas
horas de la noche por ese trabajo que ella había llegado a amar.
Howard la había abandonado el anterior mes de mayo, casi diez años después del día en que los
dos se conocieron. Aquella mañana, el sol la despertó. Confundida por haber dormido hasta tan
tarde, extendió la mano para tocarlo donde siempre se acurrucaba a su lado, sobre la almohada. Y,
por primera vez, no oyó ninguna queja sonora.
Elizabeth se puso furiosa y le dijo que no tenía derecho de dejarla sin siquiera despedirse, pero
sus palabras no tuvieron ningún efecto, igual que le había ocurrido a los diez años, cuando sus
padres la habían dejado en casa de su abuela.
Si hubiera previsto el inmenso agujero que tres kilos de cuerpo peludo y temperamento difícil le
dejarían en el corazón cuando desaparecieran, tal vez habría dejado a Howard en el callejón donde
lo había encontrado escarbando un tacho de basura.
Su abuela entendería su dolor por la desaparición del gato. En eso eran iguales.
Y en tantas
otras cosas. A Elizabeth siempre le resultaría incomprensible que ella y su abuela tuvieran tanto en
común y fueran tan distintas del eslabón que las conectaba: la madre de Elizabeth.
Sin encender la luz, se sacó el vestido elegante, lo arrojó sobre una silla y se

metió en la cama
sin tender. Mientras se abandonaba al sueño reparador, experimentó una sensación de logro.
Aunque la amenaza de ser descubierta no pasó de ser una suerte de ensayo, había manejado bien
la situación. Ahora se sentía más segura y, quizá, dejaría de preocuparse siempre tanto por todo.
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CAPÍTULO 02
Elizabeth se tomó la semana de Navidad para ir con el auto a la costa, hasta la frontera con
Oregón. En el camino paró en posadas y realizo caminatas por bosques de secoyas y playas
desiertas.
La costa del norte de California le encantaba. Era casi lo más lejos que se podía llegar desde
Farmingham, Kansas y, de alguna manera, le seguía recordando el único hogar
que había conocido
y los buenos momentos que había pasado allí con su abuela. El tiempo y la distancia le habían
dado lo que no tenía cuando se fue de su casa: la capacidad de recordar los buenos tiempos más
que los malos. Ahora podía concentrarse en el amor que venía incluido en los bizcochos de
chocolate preparados por su abuela, sin pensar en la crueldad y la burla de los chicos que no
querían compartirlos con ella a la hora del almuerzo.
Aunque nunca hablaban de eso, Elizabeth y su abuela eran polos distantes en lo tocante a la
opinión que tenían de Farmingham. Como residente de esa comunidad durante toda la vida, Alice
había experimentado y recibido todo lo bueno que tiene vivir en una ciudad pequeña, mientras
que Elizabeth sólo conocía lo malo. El pueblo había apoyado a Alice cuando ella perdió a su marido
y, después, cuando perdió la granja. Elizabeth llegó como forastera, la hija de padres que no sólo
no compartían los ideales y creencias de la comunidad sino que eran considerados acérrimos
progresistas o directamente comunistas. A una criatura había que vigilarla, sobre todo cuando
estaba con otros chicos, para que no ejerciera influencias negativas sobre ellos.
En apariencia,
Jennifer Cavanaugh podía parecer la chiquilla más dulce del mundo, pero quién podía saber cómo
había pasado sus diez primeros años, a qué personas había estado expuesta, las cosas que sin
duda había visto. Forzosamente eso debía de ejercer efecto sobre ella, y no se podía saber cuándo
esa influencia saldría a la superficie. En suma, era mejor ponerse a salvo que tenerle lástima.
A la mañana siguiente, Elizabeth se vio obligada a apartar de su mente esos pensamientos sobre
su infancia para concentrarse, en cambio, en las curvas cerradas de la carretera de la costa. Decidió
que cuando llegara a un tramo recto y pudiera distenderse, sería el momento de buscar un gato en
el SPCA. Jamás encontraría uno como Howard, pero eso no importaba; al menos estaría haciendo
algo positivo. La sola idea la hizo reír en voz alta. ¡Quién en su sano juicio querría tener otro gato
como Howard?
El lunes, Elizabeth se sentía feliz de estar de vuelta en el trabajo cuando, al bajar del ascensor,
se topó con Jeremy Noble.
—Buenos días —lo saludó. —Espero que tu fin de semana haya sido tan bueno como el mío.
—Tenemos que hablar. Te espero en mi oficina dentro de cinco minutos —dijo él y enfiló por el

vestíbulo hacia la escalera.
Joyce Broderick vio a Elizabeth y se acercó a hablarle.
—Jeremy ha estado como loco esperando que llegaras.
Elizabeth notó cierta preocupación en la voz de su asistente.
—¿Tienes idea de por qué?
—Se rumorea que Montoya le ha estado dando trabajo.
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—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —Se detuvo junto al escritorio de su secretaria para tomar
los mensajes telefónicos de la mañana.
La secretaria le entregó varias notas y agregó:
—El señor Noble la está...
—Ya lo sé —la interrumpió Elizabeth. Repasó la lista de llamados. No había nada que no pudiera
esperar.
Joyce tomó el abrigo de Elizabeth y lo colgó en el armario.
—¿Cómo fue el viaje?
—Fantástico. Estoy impaciente por repetirlo.
—La próxima vez que decidas irte, ¿no podría ser cuando yo también esté de vacaciones? Esto
es un infierno sin ti.
Elizabeth tomó su correspondencia y enseguida volvió a dejarla sobre el escritorio.
—Muy bien, si me necesitas, estaré en la oficina de Jeremy. Pero no me llames a menos que se
trate de una emergencia.
—¿Estás segura?
Elizabeth sonrió.
—No me tientes.
Cuando llegó a la oficina de Jeremy, la secretaria la miró con cara de sufrimiento.
—Adelante, señorita Preston. El la está esperando.
Elizabeth llamó suavemente a la puerta de la oficina antes de abrirla.
—¿Querías verme? —preguntó.
Jeremy estaba sentado detrás de su imponente escritorio de caoba. Inclinó la cabeza para
mirarla por encima de sus anteojos de leer. Pasaron algunos segundos incómodos mientras él la
observaba.
—Pasa —dijo por último, —y cierra la puerta.
Cuando Elizabeth entró a trabajar en Smith & Noble, los drásticos cambios de humor y el estilo
gerencial de Jeremy la habían trastornado. Desde entonces, aprendió a esperar que terminaran sus
andanadas antes de intentar ocuparse de la crisis que las había causado. Atravesó el cuarto y se
sentó.
Él arrojó los anteojos sobre el escritorio y la fulminó con la mirada.
—¿Qué demonios le dijiste a Amado Montoya?
El ataque tomó desprevenida a Elizabeth.
—Fue sólo una conversación intrascendente, nada más.
—No me mientas.
—¿Por qué no dejas de tratarme mal y me dices lo que ocurre?
—Parece que él quiere ponerte al mando de la campaña de los vinos Montoya.
No que te
incluyamos, sino que estés a cargo.
—Eso no tiene sentido.
—No sigas fingiendo, Elizabeth. ¿Qué fue lo que le dijiste que lo impresionó tanto?
Ella trató de recordar los detalles de esa conversación mantenida dos semanas antes.
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—Hablamos sobre las familias.
Jeremy se inclinó hacia adelante.
—¿Cuáles?
—La suya... la mía... las familias en general. ¿Cuál es la diferencia?
—Y mientras hablabas, supongo que te las ingeniaste para lucir uno de tus pechos, tanto como
para asegurarte de que contabas con su atención indivisa...
Elizabeth se puso de pie de un salto y golpeó con los puños sobre el escritorio.
—Basta, Jeremy. Sabes de sobra que ése no es mi estilo. Además, si yo hubiera querido
participar en la cuenta de Montoya, lo habría dicho cuando se nos presentó. ¿Por qué cambiar de
idea ahora?
—Porque Montoya sería una carta de triunfo si estuvieras pensando en irte de aquí.
—Sabes tan bien como yo que ni aquí o en Nueva York hay una sola agencia de publicidad que
no esté dispuesta a contratarme con sólo un llamado telefónico de mi parte. No necesito la cuenta
de Montoya más que una carta de recomendación tuya. Ahora, por favor, si quieres disculparte,
o...
—Entonces seguro que anda detrás de tu cuerpo —dijo, un poco para sí. —
Ninguna otra cosa
tiene sentido. Él no puede estar impresionado con tu trabajo. Por lo que sabe cualquier persona
que no está en este negocio, jamás has manejado nada de importancia.
En el interior de Elizabeth algo se quebró.
—Eso es, Jeremy. Me voy de aquí ahora mismo.
—Todavía no he terminado contigo.
—A ver si puedo decirlo con términos simples para que lo entiendas. Dejo este trabajo.
—No puedes hacerlo.
—Obsérvame.
Él se puso de pie y rodeó el escritorio.
—Mira, si fue algo que yo dije...
—Estoy harta de tus acusaciones estúpidas y mezquinas —replicó ella y enfiló hacia la puerta.
—Eso no es justo. Jamás te quejaste antes.
Su lógica perversa la hizo detenerse. Se apretó la palma de la mano contra la frente.

—Por Dios, eso casi tiene sentido.
—Si alguien hace algo que te molesta —prosiguió él, —tienes que decírselo. De otro modo,
¿cómo quieres que lo sepa?
Elizabeth se sentó. ¿Cedería con tanta facilidad? ¿Dónde estaba la justa indignación que había
encendido sus venas apenas instantes antes?
—Piénsalo. Que yo haya sospechado que planeabas algo no sólo era lógico sino también
razonable. Hace demasiado tiempo que participas en este juego, como para empezar ahora a
cuestionar las reglas.
—Y, después de todo este tiempo, deberías conocerme mejor y no acusarme de algo así.
—¿De dónde sale este repentino golpe de ingenuidad? No olvides que yo he sido tu mentor,
Elizabeth. ¿Por qué no habría de pensar que habías adoptado algunas de mis tácticas?
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Elizabeth había perdido demasiado terreno como para hacer valer su posición.
Además, en
realidad no quería irse de la agencia. Su reacción había sido tan automática como la de él.
—¿Podemos seguir adelante con esto? Tengo mucho trabajo.
Él se acercó al escritorio y tomó la carpeta que leía cuando ella entró.
—Ahora esto es tuyo, pero espero participar en todo el proceso de planeamiento.
—Ya te dije que no quiero tener nada que ver con la cuenta de Montoya.
—Y yo no quiero que lo tengas. El trabajo va a ser matador, y si algo sale mal no tendrás a nadie
con quien compartir la culpa. Estarás absolutamente sola. —Tomó sus anteojos y los hizo girar
nerviosamente. —Pero el asunto ya no está en mis manos. Yo no soy el que mueve los hilos, sino
Montoya.
Ella tomó la carpeta que él le acercaba.
—Dime una cosa, Jeremy. ¿Este asunto te divierte tanto como parece?
—Es algo que tengo en la sangre. Preteriría abandonar mi familia antes que dejar esta agencia.
—¿Tu esposa y tus hijos lo saben?
—Si no lo saben, lo sospechan.
—Espero que yo nunca...
—No me arrojes piedras, Elizabeth. Aunque lo niegues, estamos cortados con la misma tijera.
Era un pensamiento alarmante.
—Me ocuparé de esto tan pronto como pueda.
Ya estaba a mitad de camino hacia la puerta, cuando él dijo:
—La próxima vez que te sientas ultrajada, recuerda que cuando se hacen olas el bote se
tambalea y uno se ahoga.
—¿Por eso quisiste asegurarte de que yo supiera nadar antes de contratarme?
Una semi sonrisa apareció en la comisura de los labios de Jeremy.
—¿Cuándo vas a convencerte de que el ser tu jefe me da derecho a tener la última palabra?
Elizabeth abrió la puerta y miró hacia atrás antes de salir.
—Cuando me nombres vicepresidenta.
Elizabeth canceló su viaje al SPCA y se quedó en su oficina durante el tiempo libre del almuerzo
para tratar de poner al día el papeleo que se había acumulado en su ausencia.
Pese a las
circunstancias y a un miedo auténtico de no estar a la altura de lo que se esperaba de ella, no
podía negar una excitación creciente ante la perspectiva de tener su primer cliente importante.
Por fin tendría oportunidad de probarse a sí misma. ¿Qué importaba que fuera de la manera
más pública concebible? ¿No era eso lo que deseaba? ¿Qué fue lo que dijo su

abuela cuando le
habló de la idea del señor Benson de que se hiciera pasar por Elizabeth Preston?
"Llegó el
momento de seguir como estas o de callarte la boca, Jenny."
A las cuatro de la tarde, después de una hora en el departamento de redacción de textos y de
otra hora con el director de arte, Elizabeth tuvo que aceptar que ese día no lograría terminar con
todo el trabajo atrasado. Apretó una tecla del intercomunicador.
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—¿Podrías averiguar si Amado Montoya se encuentra en su oficina? —le dijo a su secretaria. —
El número está en la carpeta que dejé sobre tu escritorio.
Varios minutos después, Amado estaba en línea.
—Elizabeth, qué agradable tener noticias suyas.
Por si él tenía segundas intenciones, Elizabeth decidió ofrecerle una salida fácil.
—Jeremy me dice que a usted le gustaría mi opinión sobre la campaña.
—Quiero más que su opinión. Creí haberle dejado bien en claro a Jeremy que quería que usted
tomara el mando.
—¿Se le ha ocurrido pensar que el hecho de que yo me ocupe de su campaña tan tarde podría
retrasarla algunas semanas, o incluso meses?
—¿Debo entender que eso significa que no tiene intenciones de proseguir con el trabajo que se
ha hecho hasta ahora?
—No lo sé. Para serle franca, todavía no he tenido oportunidad de repasar todo a fondo. Pero sí
puedo decirle que, en mi opinión, el trabajo creativo debe llevar la firma de uno.
En circunstancias
normales, no me gustaría tomar en mis manos las ideas de otro, del mismo modo en que un pintor
de fama no querría tratar de terminar un cuadro inconcluso de Van Gogh.
—Me complace oírla decir eso, aunque creo que su razonamiento se basa más en la diplomacia
que en su integridad artística.
Era obvio que no le satisfacía el informe preliminar que había recibido. Todas las piezas
comenzaban a caer en su lugar. Ahora Elizabeth entendía por qué Jeremy había aceptado el pedido
de Amado, en lugar de decirle que ella no estaba en condiciones de asumir la responsabilidad de
una cuenta tan importante. Aun así, Elizabeth decidió hacer un último intento para lograr que
cambiara de idea.
—¿Está absolutamente seguro de que esto es lo que quiere hacer? El costo de tirar por la borda
rodo el trabajo realizado hasta ahora será grande.
—No importa.
—Me halaga que me tenga tanta confianza. —Lo que ella no lograba entender era el porqué de
esa confianza. —En cuanto termine con otras cosas que tengo entre manos, podré prestarle roda
mi atención al ese proyecto. —Al hacerlo esperar se arriesgaba, pero quería que él supiera que era
leal con sus clientes.
—¿Y cuándo sería eso?
—A mediados de mes. —Su optimismo era temerario.
—Pero para entonces sólo faltan dos semanas. Supuse que necesitaría mucho más tiempo para
despejar su agenda.
Por Dios, si hasta era posible que él terminara gustándole.
—Mi agenda jamás está despejada del todo, sino sólo más o menos llena.
—¿Qué le parece, entonces, si fijamos fecha ahora para nuestra reunión inicial?
Ella repasó el calendario.
—¿Le parece bien el diecinueve?

—Muy bien. ¿A qué hora la espero?
—Me temo que le he dado una falsa impresión. Mi intención era que usted viniera aquí.
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—Entonces el error es mío. Supuse que querría conocer la bodega antes de empezar a trabajar.
—Deseo hacerlo, pero después.
—¿Por qué no ahora?
Ella podía darle cientos de razones en sentido contrario, la más importante de las cuales era que
no podía darse el lujo de gastar las cuatro horas de viaje que le insumiría ir y volver de St. Helena.
Reunirse con él en la bodega le llevaría todo un día. Volvió a mirar el calendario.
—Iré allá, pero tendrá que ser cerca de fin de mes, digamos que el veinticinco o el veintiséis.
—Tengo una idea mejor. ¿Por qué no viene este fin de semana? Ofrezco una reunión el sábado y
así tendrá oportunidad de conocer a los otros bodegueros y, tal vez, concebir también algunas
ideas.
—Yo no... —Se interrumpió. Él tenía razón con respecto a conseguir ideas nuevas, y con la
excepción de conocer a sus amigos, lo que sugería era algo que de todos modos ella tendría que
hacer en algún momento. Cuanto más sabe uno de su cliente y del producto de ese cliente, mejor
resulta una campaña. Para Elizabeth, la inspiración no se producía como un rayo repentino sino en
etapas lentas y metódicas, logradas al sumergirse por completo en el trabajo. —
Gracias —dijo por
fin. —Esa reunión me parece una oportunidad magnífica para iniciar mi aprendizaje. Iré con todo
gusto.
—No se preocupe con respecto al alojamiento. Tengo una cabaña para huéspedes que estará
disponible para usted cada vez que vaya.
—No es necesario.
—Ya sé que no es necesario —dijo él, —pero es lo más práctico. De St. Helena me separa un
camino de montaña estrecho y lleno de curvas. Si se aloja en la ciudad, tendrá que pasar la mitad
del tiempo viajando de aquí para allá por ese camino.
Elizabeth no podía discutir la lógica de sus palabras, y tampoco podía culparlo
por su firmeza. Al
cabo de años de lucha para ganarse un lugar en el mundo de los conocedores de vino, la decisión
de lanzar los Vinos Montoya a un mercado masivo debió de resultarle difícil. Al tratar de conquistar
a un público masivo cabía la posibilidad de que perdiera la posición que tanto trabajo le había
costado ganar. El desafío de Elizabeth consistía en conseguir que eso no ocurriera. Ni por un
segundo creyó que él tuviera la paciencia que aseguraba en cuanto al momento de iniciar la
campaña.
—Estaré allí el sábado por la mañana.
—Me alegra que volvamos a vernos tan pronto.
Elizabeth sonreía cuando colgó el tubo. Para ser un hombre que había pasado toda su existencia
en California, Amado Montoya pertenecía más al viejo mundo que al nuevo.
Evidentemente era la
clase de hombre al que le desconcertaba que una mujer abriera su propia puerta y que se sentía
ofendido si ella decía una mala palabra.
Elizabeth tendría que cuidarse mucho.
Adiós al sueño de pasar el fin de semana jugando con un gatito nuevo. Tal vez tendría tiempo de
hacerlo la semana siguiente. O, si no, acaso la otra.

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CAPÍTULO 03
Amado Montoya estaba de pie en la colina, entre las vides que en ese momento eran poco más
que cepas nudosas con brazos extendidos. Habían sido despojadas de su esplendor estival por
podadores expertos, hombres que escuchaban lo que cada planta tenía para decirles, sin prestar
atención a los halcones que volaban en círculos en un brillante día invernal, ni a una bruma tan fría
que mordía a través de la lana más abrigada.
Amado paseó la vista por el valle y vio que unos restos de bruma permanecían en algunos
viñedos y en otros habían desaparecido. Esas cosas contribuían al microclima que había hecho
famosa a esa región. A diferencia de sus contrapartes europeas, los bodegueros de California
estaban convencidos de que era el clima, y no el suelo, el que producía la mejor uva para vino.
Amado lo había visto ocurrir una y otra vez en sus tierras. La misma clase de vides, plantadas a
metros unas de otras, producían uvas tan diferentes que unas lograban medallas en las
competencias, mientras que otras se convertían, en el mejor de los casos, en vino común y
corriente.
Lo que había que hacer era escuchar a las plantas.
Amado lo había aprendido de su padre, Domingo, quien creía a pies juntillas en ese viejo dicho
español de que el mejor fertilizante para cualquier cosecha son las huellas de su dueño. Domingo
había sido la cuarta generación de Montoya que cosechaban vides en las laderas donde Amado se
encontraba ahora, y cuando la fortuna le había sonreído, fue la cuarta generación en hacer vino de
esas uvas.
La Prohibición y luego la Depresión casi terminaron con el legado Montoya.
Domingo no bajó
los brazos: hizo lo que pudo, vendió parte de sus uvas a familias italianas para que fabricaran los
doscientos galones de vino que se les permitía todos los años, otras para jugo y otras para vinos de
misa. Cuando las cosas empeoraron, tres de los viñedos se transformaron en
huertas. Fue un
trabajo duro y doloroso tener que arrancar las vides, pero Domingo hizo todo lo necesario para
conservar la tierra, porque era la tierra lo que su padre le dejó, no los viñedos. Él era sólo el
guardián de esas tierras; eran suyas sólo durante su vida, para que las cuidara y las amara.
Después, pasarían a su propio hijo.
Pero Amado había cortado esa cadena que se extendía por cinco generaciones: Dios no lo había
bendecido con un hijo. En cambio, él y Sophia tenían dos hijas, Felicia y Elana.
Eran hermosas e
inteligentes y, durante un tiempo, se mostraron ansiosas de seguir todos los días a su padre al
campo.
De haber permanecido junto a él, cualquiera de las dos podría haber ocupado el lugar del hijo
que le había sido negado. Pero la alegre Sophia a la que Amado conoció en España cuando recorría
viñedos se había convenido en una mujer triste en su país de adopción. Nada pudo hacer él para
impedir que se sumiera en una depresión tan profunda que casi la hizo terminar con su vida.
Los somníferos que ella tomó por lo mucho que extrañaba su país al fin convencieron a Amado
de que debía dejarla ir. En aquel momento, él tuvo tanto miedo que habría estado

dispuesto a
aceptar cualquier cosa, a entregarle todo, incluyendo a sus hijas, con tal de protegerla de sí misma.
No tenía modo de saber que las hijas a las que tanto había nutrido y amado le serían quitadas de
su lado en forma permanente.
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El divorcio quedaba descartado, lo mismo que un acuerdo formal de separación.
Sencillamente
se separaron y se mintieron diciendo que era sólo una separación transitoria.
Cada verano, Sophia
enviaba a las niñas a California, pero cuando ellas comenzaban a sentirse a gusto con su padre y su
casa, llegaba la hora de regresar a España. Siempre daba la impresión de que apenas habían
llegado cuando debían preparar las valijas y partir de nuevo. Jamás había suficiente tiempo para
enseñarles nada sobre la tierra o su herencia.
Un día, mientras Amado probaba la dulzura de las uvas y pensaba cómo hacer para transmitirles
ese arte a sus hijas, trató de recordar la edad que él tenía cuando su padre se lo enseñó. Pero para
todo lo que sabía sobre el cuidado de los viñedos y la elaboración del vino no había habido un
momento concreto de enseñanza. Sus conocimientos y su habilidad se fueron sumando día tras
día, hora tras hora, por observar, escuchar, oler y sentir. Conocía la felicidad que se experimenta
cuando los botones que luego serían uvas se abrían con la primavera, y conocía la desesperación
que se siente cuando esos brotes se ennegrecen por una helada tardía. Sabía todo eso porque
había estado allí y lo había sentido, no porque se lo hubieran dicho.
Con profundo pesar comprendió que esas cosas no podían enseñarse en un verano; exigían
todas las estaciones. Pero ya era demasiado tarde. La época para que sus hijas aprendieran a amar
la tierra ya había pasado.
Cuando tuvieron edad suficiente, las dos chicas eligieron asistir a una universidad en California.
Por un momento breve, Amado pensó que se le brindaba una segunda oportunidad... hasta que
ellas llegaron y dejaron bien en claro que no era eso lo que querían. Lo que
deseaban era alejarse
del capullo cerrado y católico que su madre había tejido alrededor de ellas y, sin saberlo, Amado
les proporcionó los medios para lograrlo.
Una vez que las chicas probaron la libertad, jamás miraron hacia atrás. Lo irónico era que Sophia
culpaba a Amado por haberlas alejado de ella. La amargura se convirtió en su alimento: a los
cuarenta, era una mujer anciana, y a los cuarenta y cinco, fue víctima de enfermedades misteriosas
e incapacitantes. Eso le impidió viajar a ver nacer a sus nietos y, cuando crecieron, permitirles que
le hicieran una visita algo más que breve. Y después, dos meses antes de cumplir cincuenta, volvió
a tomar demasiados somníferos. Sólo que esta vez no había nadie cerca para llevarla volando al
hospital. Felicia, que se hallaba allí de visita, no regresó tan temprano como lo había prometido de
la fiesta a la que asistía. Cuando al fin llegó, era demasiado tarde.
Por las leyes eclesiásticas, su muerte liberó a Amado. Pero esa desaparición marcó poca
diferencia en su vida. Siguió con la misma existencia de antes, tal como durante casi todo su
matrimonio: solo.
Amado quería mucho a sus hijas, pero no trató de engañarse sobre la clase de mujeres que

eran. A menos que tuviera éxito con su plan para lograr que los vinos de mesa de Montoya fueran
tan bien conocidos como los Gallo, cuando él muriera las tierras y la bodega serían vendidas al
mejor postor.
Si, en los diez o veinte años que le quedaban de vida, conseguía convertir la bodega en un éxito
no sólo financiero sino también social, tenía oportunidades con su hija Elana.
Ella había trepado
tan alto como le fue posible en la sociedad de San Francisco sin más poder ni dinero, y la
exasperaba no poder obtener ninguna de esas dos cosas con su marido, el comerciante Edgar
Sullivan. Amado se había convencido de que si conseguía que ella se hiciera cargo de la bodega
para lograr sus fines, Elana jamás la vendería. Y tampoco querría descuidar ni destruir algo que con
el tiempo les pertenecería a sus hijos. Y sin duda, si su hija se veía obligada a administrar la bodega
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y supervisar los viñedos, con el tiempo terminaría por amar la tierra y comprender su herencia.
Amado invertía todo por esa leve posibilidad, esa última esperanza.
Felicia era un caso más difícil: había mamado la amargura de su madre. Después de egresar de
Stanford comenzó a ascender en la escala corporativa del Chase Manhattan Bank. Un año después
era más neoyorquina que los oriundos de Nueva York que Amado conocía por sus viajes. Ahora
consideraba de segunda clase todo lo que viniera de California, incluyendo el vino. Las pocas veces
que visitó a su padre en los últimos cinco años, para las vacaciones y las celebraciones familiares,
fueron experiencias muy dolorosas para todos, incluso más todavía después de la muerte de
Sophia.
Amado recorrió el horizonte con la vista y la fijó en una pequeña porción de tierra propiedad de
la familia Logan. Durante tres generaciones, los Montoya habían anhelado y tratado de comprar
esas hectáreas valiosas y estuvieron a punto de lograrlo durante la Depresión, cuando la fortuna de
la familia Logan sufrió los peores golpes. Harold Logan salvó su granja vendiendo una opción de
veinte años sobre cosechas futuras a un inversor de San Francisco que quería entrar en el negocio
de la elaboración de vino. Con las uvas de los Logan, con el tiempo la nueva bodega se convirtió en
la mejor del valle.
Durante los diez años anteriores, la cosecha de Logan había pertenecido a Vinos Montoya. Pero
incluso más importante que las uvas era quien las convertía en vino, Michael Logan, un hombre
que, en opinión de Amado, era el maestro bodeguero más dorado de California; alguien que
Amado habría dado cinco años de su vida por poder llamar su hijo.
Un cuervo graznó a lo lejos antes de levantar vuelo. Y en alguna parte del valle un perro
comenzó a aullar en respuesta a una sirena. Y después otro sonido llegó hasta Amado. Sobre la
colina, alguien lo llamaba por su nombre. Levantó una mano para protegerse los ojos del intenso
sol de invierno. Aunque la figura se encontraba a contraluz, y sus facciones estaban en sombras,
Amado vio en ella algo que le indicó que estaba mirando a una mujer.
—Llego temprano —anunció Elizabeth cuando se le acercaba. —Espero que no le importe.
Amado había estado tan enfrascado en reminiscencias, que por un momento olvidó la llegada
de Elizabeth.
—Me disculpo por no estar en la oficina para recibirla. ¿Alguien le dijo cómo ubicar la casa?
—Una mujer que encontré en la bodega me dibujó un mapa. Creí que el tránsito de San
Francisco me demoraría, pero resultó que el camino estaba despejado. —Se le acercó, se sacó un
costoso guante de cuero y le tendió la mano. —Y aquí me tiene.
Él quedó maravillado con el cambio en su aspecto. Si se hubieran cruzado en una calle llena de
gente, seguramente no la habría reconocido. Ya no estaba frente a ese ser elegante que parecía
haber nacido para habitar salas lujosas y vestir ropas de alta costura. La mujer que tenía delante,
vestida con jeans desteñidos y un suéter grueso y suelto, daba la impresión de no conocer una
ciudad más grande que Santa Rosa.
—Es un placer verla de nuevo. —Le sorprendió la firmeza de su apretón de manos, tal como le
había ocurrido en la fiesta de Navidad.
Elizabeth paseó la vista por el lugar.
—Supongo que corresponde que el néctar de los dioses sea producido en un lugar como éste.
—Cuando volvió a mirar a Amado, en sus ojos apareció un brillo travieso. —
Después de la semana
que pasé, me hizo mucha gracia el cartel que tiene en el frente.
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—¿Cartel?
—El dedicado a los podadores. No logro imaginar un lugar más hermoso o pacífico para
trabajar. —Suspiró. —Pero, bueno, supongo que lo que busca son trabajadores muy hábiles. Y lo
único que puedo ofrecer yo es mi entusiasmo.
—Ese letrero no es para nosotros. —Con la mente todavía impregnada de la melancolía de sus
pensamientos previos, sin quererlo se molesto por la chanza despreocupada de Elizabeth. Lo que
lo había atraído hacia ella era su tenacidad en lo que se refería a su carrera. Sus informantes le
dijeron que era una mujer dispuesta a hacer lo que hiciera falta para triunfar en un mundo de
hombres, y no una persona cuyo nivel de refinamiento y dedicación cambiaban con su ropa. —La
bodega que está del otro lado del camino es la que contrata sus obreros. Sin embargo, no creo que
lo que busquen sea entusiasmo. Hace falta mucha habilidad para realizar bien el trabajo. —Vio que
había logrado atraer su atención. —¿Siempre está tan exuberante por la mañana?
—preguntó.
Ella reaccionó a la frialdad de Amado batiéndose un poco en retirada y dedicándole una rápida
sonrisa profesional e impersonal.
—Me disculpo. Suelo dejarme llevar cuando empiezo un nuevo proyecto, sobre todo si es un
desafío tan estimulante como éste promete serlo.
Fue como si la bruma hubiera vuelto para bloquear el sol. Amado lo percibió en el estómago. Se
sentía confundido y enojado. ¿Qué demonios lo había hecho hacer un comentario tan grosero?
—No, soy yo el que debe disculparse. Tengo la lamentable tendencia a exhibir un aspecto
ceñudo y a sospechar de cualquiera que no ofrezca un aspecto igual. Por favor, perdone mi...
—Le diré qué haremos. En lugar de competir entre nosotros para ver quién se disculpa primero
y mejor, ¿por qué no empezamos de nuevo?
Amado estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de ver otra vez ese brillo en los ojos de
Elizabeth.
—De acuerdo —dijo. —Me inclino frente a su entusiasmo. Puede comenzar a trabajar en las
vides que están junto al camino. En el galpón hay un par de tijeras de podar. —
La risa sorprendida
de Elizabeth le produjo un placer intenso.
—Le confieso que me gustaría intentarlo, pero puesto que tenemos tan poco tiempo, creo que
deberíamos comenzar con la verdadera razón de mi presencia aquí.
—¿No se queda el fin de semana?
—Diez fines de semana no serían suficientes para lo que tengo que hacer. Pero por ahora, antes
de pensar siquiera en la campaña, quiero aprender todo lo que usted pueda enseñarme sobre el
vino y el negocio del vino.
—No es poca cosa lo que pide, señorita Preston. —En esta oportunidad se esforzó más por
ocultar su fastidio. Había hombres que tardaban toda una vida en aprender lo que ella quería
saber en sus diez fines de semana, pero sería contraproducente señalárselo. —
Haré lo posible —
dijo, en cambio. —También hay muchos libros que puedo prestarle.
—Le agradezco el ofrecimiento, pero los datos de los que quiero enterarme a través de usted no
los obtendré en los libros. Estoy aquí para averiguar qué es lo que hace que Montoya sea distinta
de las demás bodegas de Napa Valley, pero también necesito saber qué es lo que la hace igual.
Tengo que saber qué quiere usted en realidad de esta campaña, y sí tiene idea del

mercado con el
que puedo trabajar, o sí también deberé convertirme en maestra.
Amado le hizo una leve reverencia.
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—¿Qué le parece si vamos a casa y empezamos? Le diré a Consuela que nos prepare café.
—Si no le importa, prefiero saltarme el café y que usted me permita acompañarlo a hacer lo
que estaría haciendo si yo no estuviera aquí. —Pascó la vista por el lugar. —
¿Qué hacía antes de
que yo llegara?
Amado se preguntó qué pensaría Elizabeth si le dijera que las mañanas que pasaba en el campo
eran los únicos momentos en que se sentía realmente vivo. En que sentía una continuidad en la
vida y se permitía creer que la cadena de Montoya era demasiado fuerte para ser rota. Le dijo a
Elizabeth parte de la verdad, la parte que resultaba más fácil de expresar con palabras.
—Vine a verificar la eficiencia del hombre que contraté la semana pasada para podar.
—¿Y?
—Tiene buen oído.
—¿Quiere decir que escucha a las vides antes de podarlas?
Pasaron varios segundos antes de que él contestara.
—Veo que ya empezó con sus tareas escolares.
—El departamento de investigaciones de Smith & Noble es el mejor del país. Yo los cuido y ellos
me cuidan a mí. ¿Qué toca ahora?
—La bodega. Ayer recibimos un cargamento de cascos de roble de un proveedor nuevo, y
quiero revisarlos antes de que los llenen. —Le hizo señas en dirección a la casa.
—Tomaremos la
camioneta —dijo, y esperó que ella lo precediera por la colina.
Cuando Elizabeth y Amado se separaron por ese día, era casi medianoche.
Después de la fiesta
él la acompañó a la cabaña, le deseó buenas noches y dijo algo sobre verla a la mañana siguiente.
Ella se recostó contra la puerta de madera tallada y murmuró una breve plegaria de
agradecimiento por que el día hubiera terminado y ella no tuviera que seguir de pie. Le dolían
todos los músculos y gimió al sacarse los zapatos de taco alto.
Amado Montoya tenía la incansable energía de un oso que acaba de salir de su hibernación. Ese
día, cada vez que ella se detenía para hacer una anotación, levantaba la vista y descubría que él ya
se encontraba en otra parte. La bodega era mucho más amplia de lo que se imaginaba, y al final
del día estaba agotada por haber tenido que correr detrás de él todo el día.
El salón de ventas era el foco de la operación, y si bien había sido ampliado y modernizado dos
años antes, Amado logró que el edificio conservara el encanto y la calidez de una vieja villa
española.
Incluso en pleno invierno, la gente formaba cola para participar en la visita guiada.
Después de ser presentada a una fila de empleados que por momentos le pareció interminable,
Elizabeth hizo algunos cálculos mentales y llegó a la conclusión de que la planilla de pagos de
Amado tal vez fuera tan numerosa, si no mayor, como la de Smith & Noble.
En la pequeña reunión que había organizado esa noche en su honor, Amado abandonó su faceta
comercial y de nuevo se convirtió en la persona urbana que ella conoció en la fiesta de Navidad de
Smith & Noble. Elizabeth se preguntó cuál de los dos sería el que juzgaría y evaluaría su trabajo. La

misma campaña sin duda no les caería bien a ambos.
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Cuando vio a Amado en sus campos, una serie de ideas comenzaron a formarse en su cabeza,
algunas tan intensas y persuasivas que Elizabeth tuvo que recordarse que debía prestar atención a
lo que sucedía alrededor de ella. Pero a cada minuto descubría que su mente tomaba una nueva
dirección.
Era un momento estimulante, en el que la avalancha de ideas la mantenía permanentemente
alerta. Con un poco de suerte, habría después otro momento más sereno que le permitiría
atravesar los meses de arduo trabajo que tenía por delante.
Miro su reloj y cruzo la gruesa alfombra persa que cubría el piso del living.
Habían pasado veinte
horas desde que se levantó de la cama por la mañana, y aunque estaba más que
lista para
acostarse, decidió esperar un par de minutos para poder disfrutar del fuego que habían encendido
en su ausencia. Abrió las puertas de vidrio y se sentó en el sillón ubicado junto al hogar para dejar
que el calor la rodeara mientras las llamas inundaban el cuarto Victoriano con una luz suave y
acogedora.
La "cabaña" a la que Amado se había referido era en realidad la casa de tres dormitorios en la
que él vivió de chico. En la actualidad se la mantenía y usaba en forma exclusiva para las visitas,
una extravagancia que a Elizabeth le costaba entender.
Cuando le comentó a Amado que le parecía estupendo que hubiese conservado la vieja casa en
lugar de demolerla, él se echó a reír y le dijo que era una tradición familiar. En la propiedad existía
una tercera casa, la de sus bisabuelos. El maestro bodeguero de Vinos Montoya, el hombre que
Amado le dijo que consideraba más un amigo que un empleado, vivía allí.
En su trabajo, Elizabeth había conocido a muchas personas adineradas, pero jamás a nadie del
nivel de Amado Montoya. Sin embargo, él se había mostrado tan cómodo y discreto con la mujer
que limpiaba el salón de ventas de la bodega como con los huéspedes que había invitado esa
noche a su casa.
Elizabeth se quedo contemplando el fuego mientras se sacaba los aros y se masajeaba los
lóbulos de las orejas con el pulgar y el índice. Lo que necesitaba era un baño bien caliente, una
cama y tres o cuatro capítulos del libro que había llevado para distraerse del estímulo de todo lo
visto y oído ese día. En ocasiones, eso daba resultado; pero las más de las veces, no. Con cansancio
se puso trabajosamente de pie y se dirigió a la escalera.
Media hora más tarde estaba de nuevo sentada frente a la chimenea, el libro abierto sobre la
falda. Un suave golpe en la puerta del frente llamó su atención, y Elizabeth levantó la vista,
contenta de no haber estado leyendo a Poe. El llamado no pareció demasiado insistente, como si
le diera la opción de abrir o no.
Era Amado. Seguía vestido de etiqueta, y su única concesión a esa hora tardía era su falta de
corbata.
—¿Ocurre algo? —preguntó ella.
—Vi luz y supuse que seguía levantada y trabajando. Pero veo que me equivoqué, de modo que
le deseo buenas noches y hablaremos por la mañana.
—Yo trabajo de bata porque me resulta más cómodo. —Se dijo que esa pequeña mentira era

para que no se sintiera incómodo y que no tenía nada que ver con su renuencia a dejarlo ir. —
¿Qué era lo que quería decirme?
—Mañana hay una reunión...
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—Por favor, entre. Afuera hace un frío terrible. —Él entró, pero sólo lo suficiente como para
permitir que Elizabeth cerrara la puerta detrás de él. —Ahora, ¿qué me decía sobre una reunión?
—En realidad es un desayuno. Yo no pensaba ir, pero Consuela me sugirió que tal vez a usted le
resultaría útil. Por lo general asiste Michael, pero no está aquí.
—¿Michael?
—Lo siento. Michael Logan es mi principal maestro bodeguero. El mundo exterior cree que yo
soy el que ha convertido a los Vinos Montoya en lo que son hoy, pero en realidad el mérito es de
Michael. Si no estuviera ocupado con otros asuntos, usted lo habría conocido más temprano.
Elizabeth notó un orgullo inequívoco en la voz de Amado.
—¿A qué hora quiere que esté lista?
—A las siete y media. De aquí hay alrededor de media hora de viaje en auto —
respondió, y
empezó a irse.
Movida por un impulso, ella lo detuvo.
—Hay algo que he querido preguntarle desde que me dijeron que quería que yo me ocupara de
su cuenta. Tengo la sensación de que su respuesta marcará el rumbo de la campaña.
—Me ha despertado la curiosidad. Pero, bueno, ha hecho eso todo el día. —Se metió las manos
en los bolsillos. —¿Quiere un café? Pediré que nos lo manden de casa.
—No es necesario. Todavía no he logrado hacer un soufflé que no se desinfle, pero sé preparar
café.
Amado la siguió a la cocina y tomó los jarros, la crema y el azúcar mientras ella medía el agua y
el café y enchufaba la cafetera eléctrica. Cuando terminó, se reunió con él frente a la mesa.
—Muy bien —dijo Amado, —tengo entendido que quería preguntarme algo.
Existían como una docena de formas en que ella podía tocar el tema. Optó por la más directa.
—¿Por qué yo?
Él se echó hacia atrás en su asiento y se le abrió la chaqueta. Era un hombre enjuto, de cintura
angosta y abdomen chato.
—Me preguntaba cuándo se animaría a preguntármelo.
—¿Y?
—También me preguntaba cómo responder esa pregunta. —Se metió las manos en los bolsillos.
—Me cuesta mucho expresar mis sentimientos con palabras. Es sólo que, cuando la conocí en
aquella fiesta de Navidad, supe que usted entendería lo que trato de hacer con Vinos Montoya y el
porqué. Eso era importante para mí.
—¿Tan importante como para arriesgarse con una ejecutiva que todavía no había manejado una
cuenta de las proporciones de la suya?
—Hace mucho que deberían haberle confiado clientes más importantes. Usted es la mejor
redactora publicitaria que Smith & Noble ha tenido jamás.
Elizabeth se puso de pie para servir el café.
—Bueno, si le presta atención a todo lo que dice mi asistente...
—Por favor, no haga eso. —Tomó su jarro y lo sostuvo para que ella le sirviera el café. —La
modestia es una virtud sobrestimada y que consume mucho tiempo.

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—Está bien, de modo que usted ha hecho sus tareas escolares sobre mí. Pero todavía no ha
respondido a mi pregunta. —Se acomodó en la silla, tomó su jarro y lo miró por sobre el borde.
—La expansión que está realizando la Bodega Montoya no tiene nada que ver con utilidades ni
con su participación en el mercado; es algo relativo a la continuidad y la tradición. A lo largo de
cinco generaciones, siempre ha vivido un Montoya en nuestras tierras de Napa Valley, así que no
quiero que se me atribuya a mí, que soy el último.
Un hombre como Amado no dejaba traslucir con facilidad sus pensamientos privados.
—¿Entonces a sus hijas no les interesa tomar el control de la bodega tal como está ahora?
—Ellas se han construido sus propias vidas. El negocio, las tierras, tienen poca importancia para
ellas. No he podido hacerlas comprender. Pero confío en que lo que estoy haciendo logrará
atraerlas de nuevo.
Elizabeth se preguntó qué se sentiría al formar parte de una familia con tradiciones que se
prolongaban por varias generaciones. Lo más cerca que había estado ella de experimentar una
sensación de familia era con su abuela. Jamás conoció a sus abuelos paternos.
Ignoraba por
completo si su padre había tenido hermanos o hermanas, o dónde había sido criado, ni por qué
jamás hablaba de su infancia. Lo único que sabía con total certeza era que a nadie le había
importado acercarse cuando él murió. Alice había demorado todo lo posible a las autoridades del
estado de California en lo referente a qué hacer con los cuerpos de su hija y de su yerno, con la
esperanza de que los padres de él se presentaran y ayudaran a pagar para llevarlos de vuelta a
Kansas. Al final, Alice decidió que estaría mal separarlos y de mala gana dejó que su hija fuera
sepultada en una tumba tan lejana que no podría exhibir el amor de flores frescas.
—Pero volviendo a su pregunta —dijo Amado; inclinó su jarro y observó el líquido oscuro y
humeante que contenía, —Jeremy Noble estaba dispuesto a darle su mente a la campaña. —

Levantó la vista y miró a Elizabeth a los ojos. —Pero yo sabía que usted le daría su corazón.
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CAPÍTULO 04
Michael Logan caminó por esa antigua habitación oscura y fría revisando distraídamente los
tapones en la parte superior de los barriles y asegurándose de que los corchos estuvieran en su
lugar. Se preparaban para refinar los vinos, para eliminar las partículas sólidas y suspendidas que
evitaban que los tintos mostraran su color y claridad. Ahora se llevaban a cabo pruebas para
determinar el dosaje óptimo del agente refinador. En sí mismo, el proceso llevaría desde varios
días hasta varias semanas. Ese salón de almacenamiento era donde se añejaban los mejores tintos
finos, los que serían galardonados con las cintas azules y medallas doradas para Vinos Montoya. Y,
por eso, Michael vigilaba muy de cerca todo lo que allí ocurría.
Los vinos blancos estaban en otro edificio, más arriba en la colina. Iría allá al día siguiente para
verificar el desarrollo de un chardonnay al que le prestaba especial atención en los últimos días,
por un olor particular que destilaban varios de los barriles.
Después de mirar un momento hacia atrás, subió la escalera de a dos peldaños por vez. En los
últimos tiempos había tenido que luchar contra un exceso de energía que lo hacía sentirse siempre
muy tenso. Había decidido correr un kilómetro y medio más por las mañanas, con la esperanza de
que eso contribuyera a disipar el desasosiego que sentía cuando hacía las recorridas diarias por la
bodega. Pero sólo las horas que pasaba en el laboratorio, donde se enfrascaba en los problemas
que ese día exigían su atención, estaban libres de esa persistente sensación de insatisfacción.
De nuevo al sol, se detuvo para permitir que sus ojos se adaptaran a la resolana y vio que Tony,
el gerente de campo, se dirigía hacia él.
—¿Has visto a Amado esta mañana? —preguntó Tony. —Necesito hablar con él sobre ese
vendedor de tractores que me envío.
—Esta desayunando con esa mujer de la agencia de publicidad. Le dijo a Consuela que estarían
de vuelta a eso de las once.
Tony se metió las manos en los bolsillos, se encogió de hombros y se levantó el cuello del saco
para protegerse más del frío.
—Rosa dijo que le pareció verte ayer por la mañana en la colina, cuando iba camino al trabajo.
Le dije que no podías ser tú porque estabas en Petaluma, pero ella insistió en que de todas formas
te lo preguntara.
—Sí, era yo. Volví de la ciudad por el camino de atrás. —Esperaba que Tony no insistiera en el
tema.
—Maldición. No debí poner en duda sus palabras. Esa mujer tiene ojos que un halcón
envidiaría. —Echó a andar por el camino. Michael lo acompañó. —Dijo que al fin se vendió la vieja
propiedad de los Taylor, pero si tú estuviste allá debes de estar enterado.
Michael asintió. Todavía trataba de encontrar motivo por la decepción que sintió cuando vio el
cartel de VENDIDO en la tranquera principal. Sólo entonces comprendió lo mucho que había
fantaseado con comprar él mismo esa propiedad. Algún día entendería por que jamás se daba
cuenta de lo mucho que algo significaba para él hasta que se lo quitaban. Era una manera
desastrosa de vivir, siempre ciego a sus verdaderos sentimientos.

Tony se agachó para recoger la envoltura de un caramelo y, con aire distraído, se la puso en el
bolsillo.
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—Por la forma en que Amado ha estado andando atrás de las tierras últimamente, no me
sorprendería nada que fuera él el que...
Michael dejó de escuchar. La idea de que Amado hubiera comprado la propiedad de los Taylor
ya se le había ocurrido. Demonios, había pasado la mitad de la noche despierto pensando en eso,
con un desaliento enorme. De manera inevitable, ese sentimiento se transformó en rabia, y el
blanco de esa rabia era tan lógico como irrazonable. Amado no tenía cómo saber que Michael
soñaba con poseer ese trozo particular de tierra, ni que lo que él quería hacer con las vides que allí
crecían no era precisamente el vino de Montoya sino el suyo propio.
Diciendo que quería hablar con los operarios que había contratado esa mañana para podar el
campo norte. Tony dejó a Michael con la promesa de transmitirle a Rosa sus saludos. En lugar de
dirigirse colina arriba para verificar el Chardonnay, Michael se tomó un minuto para observar el
halcón que volaba en círculos sobre su cabeza. Era uno de esos días diáfanos de invierno que
parecía ponerlo todo en foco, algo así como colocarse un par de anteojos.
Una pena que no pudiera hacer lo mismo con sus relaciones. ¿Cómo podía Amado adivinar que
él había llegado a odiar la lealtad que lo hizo renunciar a sus propias ambiciones en favor de las de
Amado? ¿Y que eso le había producido una culpa tan intensa que le impedía reconocer
abiertamente sus sentimientos y encontrar la manera de enfrentarlos? Por mucho que le hubiera
gustado no pensar en eso, Michael no podía negar que todo lo que era, todo lo que esperaba ser,
se lo debía a Amado. Sin su apoyo y su aliento, Michael jamás habría llegado a ocupar la posición
de que ahora disfrutaba.
Cuando a Harold Logan le diagnosticaron cáncer de pulmón, los honorarios médicos se
devoraron el dinero que Logan había reservado para que Michael cursara sus
estudios. Harold
continuó con vida varios meses más que ese dinero, y hasta el final lo obsesionó el haber roto el
trato cerrado con su segundo hijo; una educación a cambio de su interés en la granja. Michael
supo desde siempre que la granja iría para su hermano mayor, Paul.
Cuando Amado descubrió que ese otoño Michael buscaba trabajo en lugar de ir a la escuela, se
ofreció a pagarle los estudios si Michael aceptaba trabajar para Bodegas Montoya cuando se
recibiera. Michael recibió su licenciatura en enología en la Universidad de California en Davis y, en
el lapso de un año después de su regreso a St. Helena, Amado le confió el manejo de la bodega a
ese muchacho de veinticinco años sin experiencia previa.
Cuánto más sencillo habría sido todo si no se hubiera arrojado la moneda, si la necesidad y la
dependencia hubieran permanecido como al principio. En cambio, en los nueve años en que
Michael trabajó para Vinos Montoya, los convirtió en algo suyo. El mismo Amado insistió en que
todo premio, toda medalla que habían ganado en la última media década era el resultado directo
del estilo operativo agresivo e innovador que Michael le había impreso a la bodega.
Sólo que la bodega no era de Michael y jamás sería suya.

No importaba que Amado necesitara a Michael tanto como Michael jamás lo había necesitado a
él, o que el amor de Michael por la tierra y el negocio hubieran crecido hasta equiparar al de
Amado. Podía trabajar para Amado, podía ser tratado como el hijo que Amado nunca tuvo, podía
incluso ver en los ojos de Amado la pena de que él no fuera su hijo; nada de eso significaba
ninguna diferencia. Al final, todo iría a manos de su familia, de su verdadera familia, o sea Felicia y
Elana. Al margen de que a ninguna de las dos les importara nada su padre ni la bodega.
En una oportunidad, en los primeros años de la relación de ambos, cuando Michael todavía
abrigaba el sueño de trabajar algún día por cuenta propia, ingenuamente le había expresado a
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Amado la posibilidad de comprar la Bodega Montoya. Después de todo, el
mismo Amado le había
confiado que no esperaba convencer a Elana ni a Felicia de que algún día se pusieran al frente.
Michael había creído que a Amado le gustaría saber que existía alguien interesado en la bodega y
que no quería que cayera en manos corporativas durante por lo menos una generación más. Pero
la pregunta de él y la negativa de Amado y su respuesta fastidiada produjeron el único momento
tenso entre ambos. Aunque después hubo momentos en que Amado pareció alentar a Michael a
volver a preguntárselo, él jamás volvió a decir una palabra sobre el tema.
El sonido de uno de los altoparlantes instalados en los campos destruyó el silencio.
—Michael Logan, por favor comuníquese con el operador.
Luchó con las ganas de no prestar atención al llamado y volvió al edificio que acababa de
abandonar. Sin dar tiempo a sus ojos para que se adaptaran a la oscuridad, tanteó el teléfono que
estaba junto a la puerta, oprimió una serie de botones y dijo:
—Christine, soy Logan. ¿Qué ocurre?
—Tienes un llamado personal en la línea cuatro. —Hizo una pausa. —Ya lo sé, ya lo sé,
preferirías que yo tomara el mensaje, pero ella parecía tan... no sé, tan nerviosa, supongo... que no
quise hacerla esperar.
—Eres una persona fácil de dominar, Christine. No durarías ni un día en la Casa Blanca.
Ella se echó a reír.
—No me dejarían siquiera pasar por la puerta principal —respondió, y cortó antes de que él
tuviera tiempo de agregar nada más.
—Habla Michael Logan —dijo él cuando se estableció la comunicación.
—Mike... hola —respondió una voz aguda. —Soy Diane Amberdine.
Hizo un esfuerzo por ubicar mentalmente el nombre o la voz.
—Nos conocimos el último fin de semana en la fiesta de Linda —dijo la mujer.
—Yo vestía un
suéter azul con lentejuelas. Dijiste que el color te recordaba un arroyo en el que solías pescar
cuando eras chico.
En la mente de Michael surgió un vago recuerdo.
—Sí, por supuesto. Eres rubia.
—Sí—contestó ella, al parecer muy complacida. —Lamento llamarte al trabajo, pero en la guía
no figuraba tu número particular, y...
—Está bien. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Sé que esto suena un poco a último momento, peto me preguntaba si estarías ocupado esta
noche. No, ésa no es la maneta de hacerlo. —Se detuvo y respiró hondo. —Lo que quise decir es

que en Napa dan una película que hace semanas que quiero ver y me temo que si no la veo pronto
la sacarán de cartel, y me preguntaba si no querías ir al cine esta noche conmigo.
El primer impulso de Michael fue encontrar una excusa para no ir. Cualquier excusa serviría.
Pero había pasado por esa situación demasiadas veces como para engañarse en el sentido de que
podía decir algo que no resultara cruel como negativa.
—Me parece una idea estupenda. ¿A qué hora quieres que te pase a buscar, y por dónde?
Se hizo una larga pausa, como si la muchacha estuviera sorprendida por esa respuesta.
—¿Te parece bien a las seis y media? No, mejor a las cinco y media, y yo prepararé algo para
que comamos antes.
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—No, no lo hagas. Podemos parar a comer algo en el camino. Hay una pizzería
en Yountville que
hace rato quiero probar. —Por mucho que le gustara la comida casera, había sido víctima de
demasiados intentos fallidos en ese sentido como para confiar en esa clase de invitaciones.
Además, cenar en lo de Diane significaría conferirle demasiada trascendencia a la salida de esa
noche. Y lo último que él necesitaba era darle a la muchacha la impresión de que buscaba una
relación estable y duradera o estaba preparado para algo así.
—Entonces, todo arreglado.
—Salvo que no me dijiste por dónde pasar a buscarte.
—Cierto. —Le dijo cómo llegar a su departamento. —¿Nos vemos entonces a las cinco y media?
—Allí estaré. —De pronto se le ocurrió que si se equivocaba de puerta y la abría una rubia
agradable y cordial, podría terminar saliendo con la mujer equivocada. Resistió el impulso de
preguntarle qué se pondría.
Una hora más tarde Michael iba camino al laboratorio cuando vio que el auto de Amado
entraba en la playa de estacionamiento. Echó a andar hacia él para compartir la buena noticia
sobre los barriles de Chardonnay que acababa de revisar, cuando vio que se abría la portezuela del
acompañante y una mujer se apeaba del vehículo. La observó rodear el auto y
reunirse con
Amado. Había en ella algo desconcertantemente familiar, algo que le produjo una fuerte impresión
visceral. Trató de ubicarla pero no pudo.
Podía ser cualquier mujer, desde una nueva distribuidora que hacía una visita informal de fin de
semana, hasta alguien que Amado había conocido en uno de sus viajes anuales a Europa. Fuere
como fuere, Michael no quería participar en ese encuentro. No tenía tiempo para desperdiciar en
actividades sociales, y su noticia no era tan importante que no pudiera esperar un par de horas.
Al dar la vuelta para volver al laboratorio, oyó que Amado lo llamaba. Reprimió un gruñido de
fastidio, giró y devolvió el saludo. La mirada expectante que le dirigió Amado terminó con toda
esperanza de un rápido escape. Michael sonrió y comenzó a descender por la colina.
La sensación de desasosiego fue aumentando a medida que se acercaba. Otro vistazo a la mujer
le dijo por qué. El parecido de ella con Susan era increíble. No Susan como era ahora, la esposa de
su hermano, la madre agotada de cuatro hijos chicos, sino la Susan que había vivido con él en la
secundaria, la que había hecho el amor con él en una bolsa de dormir en la parte trasera de su
camioneta, la que con orgullo se había puesto en el dedo el anillo de brillantes que él le regaló
para su graduación y le anunció al mundo que ella y Michael estaban oficialmente comprometidos.
Amado se le acercó. Tenía una sonrisa de oreja a oreja.
—No te esperaba de vuelta hasta mañana.
—No había tanto que hacer como creía.
Amado le puso una mano en el hombro y lo guió hacia el coche.
—Hay alguien a quien quiero que conozcas.
Al principio, Michael trató de evitar mirar a la mujer, pero después sintió la necesidad imperiosa
de verla de más cerca. Se centró en las diferencias, con un suspiro de alivio casi audible. Era apenas
más alta y más delgada que Susan; sus pechos eran menos plenos, sus caderas, no tan
redondeadas. El pelo grueso que enmarcaba su rostro angular era castaño oscuro, y tenía una
sonrisa ancha y sin reservas que no se parecía en nada a la pequeña sonrisa seductora que usaba
Susan para seducir a los desconocidos. Un par de ojos de expresión intensa e inquisitiva lo miraron
y le dijeron que su escrutinio no había pasado inadvertido.
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—Elizabeth Preston —dijo Amado. —Michael Logan.
Michael buscó la mano extendida de Elizabeth. Cuando trató de romper la presión —una
fracción de segundo demasiado pronto, —ella intensificó su apretón. Por lo visto, no era una mujer
que tolerara que le prestaran poca atención.
—Elizabeth trabaja en Smith & Noble —explicó Amado. —Vino a pasar el fin de semana para
familiarizarse con nuestro accionar.
Michael estuvo a punto de reír a carcajadas. Elizabeth Preston podía impresionarlo
personalmente por su notable semejanza física con Susan, pero eso no le impedía apreciar que era
un premio maravilloso para abrir una cuenta nueva.
—No sabía que la publicidad exigía una inspección tan concreta del terreno.
—No siempre es así—contestó Elizabeth.
—¿Estás libre para cenar con nosotros? —le preguntó Amado. —Estoy seguro de que la señorita

Preston considerará invalorables tus ideas sobre la operación diaria de la bodega.
Michael trató de mostrarse decepcionado.
—Lo siento, pero tengo otro compromiso para la noche.
—Tal vez podamos reunimos la próxima vez que venga.
—¿Tiene alguna idea de cuándo será?
—No lo sé con certeza. Supongo que cuando resulte necesario.
Michael no tuvo ninguna respuesta para eso.
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CAPÍTULO 05
La campanilla del teléfono sonó justo cuando Elizabeth abría la puerta del departamento para ir
a trabajar. Como ya era tarde, dudó si contestar o no, pero finalmente dejó caer el maletín y la
cartera sobre el sofá y levantó el tubo.
Era Amado.
—Tenía miedo de no encontrarla —dijo.
Nunca antes la había llamado por teléfono a su casa. Elizabeth se preguntó cómo habría
conseguido el número, pero después pensó que con frecuencia él hacía cosas que parecían
imposibles. Tenía más fuentes de información que un periodista experimentado.
—Un minuto más y habría sido así.
—Hoy tengo que ir a la ciudad, y me preguntaba... se me ocurrió si querría cenar conmigo esta
noche. Si no tiene otros planes, por supuesto.
La invitación la tomó por sorpresa.
—¿Tenemos alguna reunión que he olvidado?
Amado se apresuró a tranquilizarla.
—No, mis negocios son con otra persona. Pero pensé que si estaba disponible podíamos
repasar los papeles que le mandé la semana pasada.
Los "papeles" que Amado había enviado eran los informes de la Universidad de Davis sobre
algunas muestras de vino que Michael Logan les presentó para su análisis. Sin la carta explicativa
de Amado, ella no habría entendido nada. El material era interesante pero de dudosa utilidad para
la campaña. Sólo por si se le había pasado algo por alto, la siguiente vez que hablaran ella pensaba
preguntarle por qué le había mandado ese informe.
Elizabeth miró su reloj. Le llevaba veinte minutos llegar a la oficina, y tenía una reunión dentro
de quince.
—¿A qué hora?
—¿Le parece bien a las siete?
—De acuerdo. Lo veré entonces. —Estaba a punto de colgar cuando se dio cuenta de que
Amado no había estado nunca en su departamento. —¿Amado?
—¿Sí?
—Usted no sabe dónde vivo.
El se echó a reír.
—Un detalle de poca importancia, sin duda.
Elizabeth le dio su dirección y esperó lo suficiente para que ella repitiera antes de colgar y correr
hacia la puerta.
Esa noche, a las seis y media, Elizabeth estaba en su dormitorio diminuto, parada en el borde de
la cama, y miraba el placard sin saber qué ponerse. Tenía vestidos de noche, trajes de negocios, un
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surtido variado de jeans que se remontaban a sus épocas de universidad, y no mucho más. Pronto,
tuviera o no tiempo, tendría que comprarse algo de ropa.
Sacó un vestido tejido verde, lo examinó y volvió a guardarlo al recordar que ya lo había usado
—dos veces —en diferentes fines de semana en que viajó a la bodega.
Maldición; detestaba malgastar energía en decisiones tontas. Extendió el brazo, tomó el vestido
y se lo deslizó por encima de la cabeza. A Amado no le importaba lo que ella usaba; lo más
probable era que ni siquiera se fijara.
El timbre del portero eléctrico sonó exactamente a las siete. Después de abrirle la puerta de
calle, Elizabeth arrojó en la alacena de la cocina el plumero que le había pasado al departamento,
enderezó los almohadones del respaldo del sofá y observó su reflejo en la ventana. Movida por un
impulso, había decidido usar el pelo suelto en lugar de recogido en un chignon.
El efecto no fue
precisamente el aspecto informal que buscaba.
Apartó de su mente esa imagen perturbadora y fue a la puerta.
—Elizabeth... —Pareció sorprenderse al verla, o al menos al ver esa nueva versión de su
persona. —Qué distinta luce.
Elizabeth casi se echó a reír.
—Por favor, pase. Si me perdona un instante, me arreglaré el pelo para que podamos irnos. —
En ese momento vio la única rosa que él sostenía a un costado. Había algo desconcertantemente
íntimo en que se tratara de una flor sola. Elizabeth se habría sentido más cómoda si le hubiera
llevado una docena.
—Por favor, no se cambie el peinado por mí. Me gusta mucho así como está.
—Gracias. ¿Cómo fue su reunión?
Él pareció incómodo con la pregunta.
—Usted dijo que tenía que venir a la ciudad por una reunión. Supuse que era de negocios.
—Así es.
Algo raro estaba ocurriendo. A ella y Amado jamás les había costado entablar una conversación.
Esa mañana, a Elizabeth le resultó más fácil comunicarse con un cliente alemán por intermedio de
un intérprete. Hizo otro intento.

—¿Tuvo algún problema en reservar mesa con tan poca anticipación?
Él sonrió.
—Esas cosas nunca son problema cuando uno tiene la suerte de llevar el mismo nombre de una
bodega. —Y entonces, como si solo en ese momento hubiera caído en la cuenta de la flor que le
había llevado, se la dio. —Vi esto y me recordó a usted.
Ella se llevó esos pétalos color carmesí a la nariz y mientras aspiraba la fragancia de la rosa miró
a Amado con expresión traviesa.
—Pero no tiene espinas.
—¿Así es como se ve usted? ¿Con espinas?
—Creo que en Smith & Noble encontrará a una o dos personas que también me ven de esa
manera.
—Es porque tienen celos de su talento y miedo de su ambición.
Ella se echó a reír. Se sentía maravillosamente bien.
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—Si no supiera lo contrario, pensaría que ha estado conversando con mi abuela.
—Algún día tiene que hablarme de ella.
La intención de Elizabeth al hacer ese comentario sólo fue la de repetir un clisé sin importancia.
Pero, por primera vez desde que abandonó Kansas, sintió que había encontrado a alguien a quien
podría hablarle de la mujer que había sido mas una madre que una abuela para ella. Fue a la
cocina y sacó un florero de la alacena, lo llenó con agua y colocó en él la rosa.
Todavía le daba la espalda a Amado al decir:
—Cuando estaba en sexto grado, la maestra nos hizo escribir una composición sobre nuestras
metas en la vida. Yo escribí algo que sabía que me permitiría obtener una buena nota, pero que no
tenía nada que ver con lo que yo era o lo que soñaba para mí. Mi abuela leyó lo que había escrito y
me dijo que era un trabajo estupendo y que sin duda me pondrían un "felicitado".
Y después me
hizo escribir otra, una que dijera la verdad. Decidí entregar la segunda.
—¿Y a ésa le pusieron "sobresaliente"?
Elizabeth llevó la rosa al living y colocó el florero sobre la mesa ratona.
—Para nada. La maestra me dijo que si no bajaba mis expectativas me esperaba una vida de
decepciones.
—A esa clase de personas no deberían permitirles estar cerca de los chicos.
—Bueno, no estaba demasiado errada. ¿Cuántas mujeres han llegado a la presidencia en este
país?
—Creo que eso tiene que ver con el número reducido de chiquillas a las que se ha educado para
que crean que pueden llegar a serlo.
—Ahora sí que habla como mi abuela. Ella se puso furiosa cuando vio lo que la maestra había
escrito en mi composición. Dos semanas después, al llegar a casa de la escuela, descubrí que mi
abuela había enmarcado la composición y estaba colgada en el living, junto a las medallas con las
que condecoraron a mi abuelo en la Segunda Guerra Mundial.
—Todos deberían tener una abuela así.
—Por cierto, era una anomalía en esa ciudad. Una soñadora entre pragmáticos
—Yo lo habría sabido sin que usted me lo dijera.
—¿De qué manera?
—Puedo ver en usted los sueños de su abuela. —Hizo una pausa. —Algo me dice que usted ha
viajado más que kilómetros para llegar adonde esta hoy.
La conversación se había vuelto demasiado personal y la desconcertaba.
—Acabo de darme cuenta del hambre que tengo.

El pareció decepcionarse por el abrupto cambio de tema, pero le siguió el juego.
—Espero que le guste la comida china. He reservado una mesa en Dong Lai Shun.
Era uno de los restaurantes más finos y caros de la ciudad.
—Cuando entré a trabajaren Smith & Noble, Jeremy me advirtió que era contra la ley vivir en
San Francisco y no comer comida china.
Amado tomó de la silla el abrigo de Elizabeth y se lo sostuvo.
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Ella metió los brazos en las mangas. Tuvo la sensación de que las manos de Amado se
demoraron sobre sus hombros una fracción de segundo más de lo necesario, pero lo atribuyó a su
imaginación…
Elizabeth depositó los palillos sobre el plato y se echó hacia atrás en el reservado.
—Estoy saciada —anunció.
Amado se echó a reír.
—No me sorprende.
—Debería darle vergüenza. Se supone que no debe notar esa clase de cosas.
—Yo me fijo en todo lo que tenga que ver con usted.
Durante los dos meses transcurridos desde que trabajaban juntos, la conversación de ambos
rara vez había derivado hacia nada personal, esa noche, en cambio, casi no hablaron de otra cosa.
Era como si estuvieran envueltos en una peculiar danza emocional mientras cada uno trataba de
descubrir la cadencia de la música que se tocaba. Elizabeth decidió que era hora de interrumpir un
poco ese baile.
—¿Le gustaría saber un poco de la campaña publicitaria?
—Sí, por supuesto que sí. Pero, ¿no fue usted la que insistió en que debía esperar a la
presentación?
—Cambié de parecer. —Había decidido que Amado necesitaría tiempo para acostumbrarse a la
idea que se le había ocurrido, y que si iba a rechazarla de plano, ella debía saberlo lo antes posible.
Amado le hizo señas al camarero de que despejara la mesa y les llevara más té.
—Siento más curiosidad de la que se imagina —le dijo mientras vertía ese líquido ambarino en
su taza. —He tratado de imaginarme lo que planeaba repasando las preguntas que hizo, pero
descubrí que no tengo imaginación cuando se trata de esas cosas.
—A menos que sea capaz de leerme el pensamiento, Amado, no podría haber adivinado esto.
Hizo una pausa para beber un sorbo de té mientras trataba de decidir cuál enfoque tendría más
resultado.
—Supe desde el principio que quería encontrar la manera de infundirle a la campaña su
entusiasmo y su amor por la elaboración del vino —comenzó a decir Elizabeth.
—Al mismo tiempo,
el misterio y la magia del proceso debían permanecer intactos porque eso es parte de lo que hace
que la gente gaste su dinero. Ése es el punto donde las cosas se complican.
También tenemos que
lograr que el consumidor sienta que no lo están tratando en forma despectiva sólo porque no
entiende que hace falta para obtener una botella de vino realmente bueno.
—¿Y usted cree haber encontrado la forma de conseguir todo eso?
—Así es, o por lo menos eso pienso. Es vital que tengamos a alguien en quien el público pueda
confiar. Alguien que actúe como el sommelier privado para toda la nación, se trate de compradores
de vinos finos o de las variedades comunes de mesa. En suma —hizo una pausa y tomó aliento, —

quiero convertirlo a usted en el portavoz en cámara de Vinos Montoya.
Elizabeth tenía plena conciencia de sus pocas posibilidades de convencerlo, y prosiguió antes de
que él dispusiera de tiempo de decir algo negativo.
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—Me doy cuenta de que, a primera vista, no parece haber nada nuevo en esta clase de
campaña. La idea de utilizar como vocero a un ejecutivo de la empresa es tan antigua como el
negocio de la publicidad.
"Eso forma parte del problema cuando uno propone algo que ya se ha hecho antes, porque la
idea resulta tan familiar que se rechaza con facilidad. Debo reconocer que yo misma lo hice la
primera vez que se me ocurrió. Y, sí, sé que ha habido algunas campañas de vinos no demasiado
exitosas que tenían cierta similitud con lo que le propongo.
"Pero cuanto más traté de rechazar esta idea, más difícil me resultó borrar de mi cabeza la
imagen de usted como portavoz. Una vez que tuve ese cuadro completo, todo lo demás que se me
ocurrió me pareció inferior".
Entrelazó las manos y las puso sobre la falda para que su entusiasmo no la llevara a tocar a
Amado.
—Esto funcionará, Amado. Estoy absolutamente convencida. Nadie ni nada puede vender Vinos
Montoya como usted.
Él permaneció inmóvil un buen rato y después se echó hacia atrás y cruzó los brazos sobre el
pecho.
—Supongo que la razón por la que decidió hablarme de esto esta noche fue tratar de obtener
mi cooperación antes de seguir adelante con la idea.
—Sí, eso es parte del motivo.
—¿Y la otra parte?
—No quería revelarle esto frente a todos. Lo que tengo en mente podría obtener éxito con un
actor... Se hace todo el tiempo. Pero por mejor que sea un actor, no puede hablar de los Vinos
Montoya como usted. Nadie puede fingir la integridad emocional que usted posee.
—Es fácil hablarle a otra persona desde el corazón, pero me sentiría ridículo al decir esas cosas
frente a una cámara.
—Encontraríamos la forma de que usted olvidara hasta la presencia de la cámara.
—¿Y de qué me haría hablar? ¿De veras cree que a alguien le interesa la manera en que el sol
estival afecta el contenido de azúcar de las uvas durante la vendimia?
—No —contestó ella con franqueza. —Pero les interesa saber que pueden confiar en que usted
les dará lo mejor de esas uvas en su vino. Lo que quieren es que alguien les diga qué vino servir en
una fiesta elegante y en un picnic. Qué va bien con pavo el día de Acción de Gracias, con tallarines,
con la cena del domingo con la familia. Cómo se hace para elegir un buen vino de mesa. Qué clase
de vino servirle a la novia cuando se ha dispuesto todo para una cena íntima a la luz de las velas.
—Ésas son cosas sencillas —dijo Amado.
Elizabeth se inclinó hacia adelante.
—No para gente como yo. En este país, la mayoría de las personas saben que el vino puede ser
tinto o blanco o venir en jarras, y eso es más o menos todo. Quiero que usted les brinde
información confidencial en la que puedan confiar. Si la campaña tiene el éxito que prevén, el

público se sentirá tan cómodo con su elección de vino como ocurre con la cerveza.
—¿Y de qué manera me ve haciendo eso?
—Nuestros avisos en medios gráficos y en televisión se adecuarán a las estaciones del año. Si es
verano, mostraremos un picnic o una boda o, quizás, incluso un asado en el patio trasero de una
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casa de familia; si es invierno, Navidad o quizás una cena de pocas personas.
Cada tanto
presentaremos su establecimiento durante la vendimia, o los campos en primavera cuándo la
tierra está cubierta con una alfombra color amarillo mostaza. Les mostraremos que usted se ocupa
tanto de sus vinos de mesa como de sus variedades finas.
"Todo será muy moderado, sólo personas que lo pasan bien, entre ellas y en ese momento.
Cuando las copas se levantan en un brindis, usted entrará en el cuadro sin participar en la acción y,
en la menor cantidad de palabras posible, les dirá a los lectores o a los espectadores cuál vino ha
elegido para la ocasión y por qué. Tal como yo planeo presentarlo, el consumidor quedará
convencido de que usted preferirá recomendar otra marca de vino en lugar de que ellos elijan uno
equivocado para la ocasión.
Amado se quedó mirándola un momento.
—¿Sabe lo que más me gusta?
La columna de Elizabeth se distendió y ella pudo relajarse un poco. Él todavía no había dicho
que sí.
—No, pero creo poder adivinarlo.
Él sonrió.
—No lo haga, deje que yo se lo diga.
—Está bien.
—No sé bien cómo decirlo. El pensamiento es tan nuevo que todavía está cobrando forma en
mi mente. —Hizo una pausa. —Recién esta noche me di cuenta de que parte de lo que me ha
estado deteniendo, la parte que me hace caminar por los campos y poner en tela de juicio lo que
hago, es que tenía miedo de que, si llevaba los Vinos Montoya a tanta gente,
pensaran que lo que
yo quería era que bebieran más de lo que es bueno para ellos con tal de hacerme más rico. —
Sacudió la cabeza. —No me estoy expresando muy bien.
—Ya lo creo que sí—dijo Elizabeth. Veía en él una luz nueva y maravillosa, y le resultó un
hombre admirable.
—Sin embargo, hay un problema. Soy un hombre recluido, Elizabeth. Entiendo por qué quiere
que sea yo el que le hable a la gente de mis vinos, pero me cuesta imaginarme en ese papel.
Elizabeth sabía que sería una lucha lograr que él participara. Lo que no esperaba era su propia
renuencia a tratar de convencerlo. Seguramente la vida de Amado cambiaría cuando dejara de ser
un hombre anónimo. Si la campaña lograba aunque sólo fuera la mitad del éxito que ella
anticipaba, habría pocos lugares a los que Amado podría ir sin que lo reconocieran.
—¿Al menos lo pensará?
—¿Y qué me dice de Michael Logan?
Elizabeth frunció el entrecejo.
—¿Qué pasa con él?
—Él entiende la uva mejor que yo. Y está más cerca de la edad de la gente a la que va dirigida la

campaña.
—Y es apuesto, tiene personalidad y se expresa bien... pero no es usted, Amado.
¿Qué pasaría si
él recibiera una oferta mejor de una bodega rival? Nuestra credibilidad quedaría destruida.
—Eso no ocurrirá nunca, pero entiendo lo que trata de decirme. ¿No ha pensado en un actor?
—¿Que podría ser arrestado por conducir un auto en estado de ebriedad?
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—Lo pensaré —dijo él por fin. —Eso es todo lo que puedo prometerle.
—Amado, para mí es importante que usted sepa que jamás le habría presentado esta idea si no
creyera que le dará todo lo que buscaba cuando tomó la decisión de poner agresivamente en el
mercado a los Vinos Montoya. —Por mucho que ella creyera en lo que estaba haciendo, debía
darle a él una vía de escape. —Pero, desde luego, existen otros enfoques para
esta campaña —
reconoció de mala gana. —Podemos hablar de algunos esta noche, si quiere, pero no creo que se
acerquen siquiera al éxito que obtendríamos con éste.
—¿Cuándo necesita que le conteste?
Si la respuesta era no, ya era demasiado tarde.
—No quiero presionarlo, pero la fecha de la presentación es dentro de dos semanas.
—¿La perjudicaría que yo decidiera no hacerlo?
—Por supuesto que no. —En publicidad, las ideas se rechazan todo el tiempo.
Después de todo,
nadie puede esperar salirse con la suya todas las veces. Al menos así ocurría si una no era una de
las cuatro ejecutivas mujeres de una compañía donde la mitad de sus contrapartes masculinas
sospechaba que uno había alcanzado ese puesto por acostarse con el jefe, y la otra mitad estaba
segura de que así era.
—No le creo.
Ella le dedicó una sonrisa agradecida y extendió el brazo para tocarle la mano.
—Sé que es algo contrario a su naturaleza, pero la caballerosidad no tiene lugar en esto. La que
debe tomar es una decisión de negocios. —Amado giró la mano para tomar la de ella y Elizabeth
percibió la calidez que él irradiaba. —No, es más que eso. No puedo mentirle
sobre esto, Amado. Si
todo sale tan bien como estoy segura de que saldrá, su vida no volverá a ser la misma.
En un gesto conmovedor del encanto de los viejos tiempos, él le besó la mano antes de
soltársela.
—Gracias, Elizabeth. Como siempre, lo que más aprecio es su honestidad.
El viaje en taxi de veinte minutos al departamento de Elizabeth transcurrió en medio de un
silencio pensativo.
Era lo único que Amado podía hacer para no mirarla. No estaba seguro de si era el vestido verde
lo que hacía que sus ojos oscuros fueran tan seductores, o si era su entusiasmo con respecto a la
campaña. En realidad no importaba el motivo por el que ella le parecía tan hermosa, sólo que
debía procurar no hacer nada al respecto.
Debió haber previsto lo que le ocurría. Hacía años que deseaba estar con alguien de la manera
en que estaba con Elizabeth. Pensaba en ella todo el tiempo, y con fantasías íntimas y
desconcertantes. No podía caminar por su propia casa sin pensar en lo viva que le parecía cuando
Elizabeth se hallaba allí.
Sus pensamientos lo perturbaban. Esa mujer que lo atraía como ninguna otra podría ser su hija.

Sus propias hijas eran mayores. Sin embargo, no podía sacársela de la cabeza.
El taxi se detuvo frente al edificio de departamentos en que vivía Elizabeth. Ella miró a Amado.
—No hace falta que baje. Puedo subir sola.
—Por favor... me sentiré más tranquilo si la acompaño hasta la puerta.
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Ella sonrió.
—Debería haberlo sabido.
Él se apeó del taxi y le extendió la mano.
—Sólo tardaré un minuto —le dijo al chofer.
Cuando llegaron a la puerta del departamento, Elizabeth lo sorprendió al entregarle la llave y
apartarse para que él la abriera. Le agradeció con una sonrisa cuando Amado le devolvió la llave.
—Estoy aprendiendo —dijo Elizabeth y se echó a reír. —Por supuesto, no conozco a ningún otro
hombre al que le dejaría abrir la puerta de mi casa.
Él frunció el entrecejo.
—No entiendo.
—Hablaremos sobre eso en otra oportunidad. Es un tema demasiado complicado como para
explayarme esta noche. —Entró y lo miró, su mano todavía en el pomo de la puerta. —Si tiene
alguna pregunta o quiere hablar sobre la campaña, estaré en casa todo el fin de semana.
—Gracias por decírmelo —repuso él y se apartó para irse. —¿Elizabeth?
—¿Sí?
—Hasta hoy siempre ha habido sinceridad entre los dos. —Tuvo la sensación de que su
confesión lo ahogaría, pero se sentía obligado a hacerla. —Yo no tenía ningún otro negocio en la
ciudad. La única razón por la que vine fue para verla.
La sorpresa la hizo abrir la boca.
—No sé qué decir.
Por la expresión de sorpresa que vio en sus ojos, Amado se dio cuenta de que ella no lo había
adivinado.
—No tiene que decir nada. Yo simplemente quería corregir la falsa impresión que le di esta
mañana —dijo y, sin esperar respuesta, se dirigió a las escaleras.

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CAPÍTULO 06
Elizabeth hizo girar la silla ubicada frente a su escritorio y se quedó mirando por la ventana. Su
mirada pasó de la isla de Alcatraz al puente Golden Gate... o al menos lo que alcanzaba a ver.
Media ciudad se encontraba bañada por el sol, mientras que la otra mitad se ocultaba bajo una
niebla que avanzaba con rapidez. ¿La gente de un lado se sentiría más feliz que la del otro?
¿Por qué momentos de la vida valía la pena luchar, valía la pena cancelar una reserva en un
vuelo para capturarla, valía la pena arriesgar seguridad para ganarla?
¿Qué demonios le pasaba? Ése no era un día para quedarse mirando por la ventana y perderse
en especulaciones inútiles. La presentación de la campaña de Vinos Montoya estaba prevista para
dentro de cinco horas, y sin duda Amado llegaría temprano.
Elizabeth tomó una carpeta del escritorio y se echó hacia atrás en su asiento. La carpeta
contenía una serie de notas garabateadas, diagramas y fotografías que había ido reuniendo desde
que tomó a su cargo la cuenta. La mayor parte de la información era inútil, consistía sólo en
pensamientos sueltos que se le pasaron por la cabeza en distintos momentos. En forma periódica
tenía la costumbre de repasar el contenido de esa carpeta y, en el proceso, por lo general
descubría que una o dos ideas seguían teniendo fuerza. Ese día buscaba la confirmación de que
había elegido la dirección correcta.
Aunque estaba convencida de que la campaña que había diseñado para Amado le proporcionaría todo lo que él buscaba ganar al recurrir a Smith & Noble, igual Elizabeth sentía cada
tanto oleadas de culpa por el cambio espectacular que podía producir en la vida de Amado.
Él había adoptado una actitud discreta desde la noche en que cenaron juntos, y la llamó un par
de veces por cuestiones de negocios; en ambas oportunidades su tono había dejado bien en claro
que no sería bien recibido ningún enfoque personal. Elizabeth no entendía ese cambio de actitud y
no estaba segura de la reacción que le provocaba. Era evidente que la decisión de
Amado de
aceptar su idea y convertirse en vocero de Vinos Montoya había sido difícil. Si él la culpaba por
haberlo puesto en ese brete, no lo había demostrado.
Sonó la chicharra de su intercomunicador. Elizabeth se inclinó sobre el escritorio y oprimió un
botón.
—¿Sí?
—El señor Noble está en línea uno.
—Gracias —dijo Elizabeth y tomó el teléfono. —¿Qué puedo hacer por ti, Jeremy?
—Tenemos que hablar.
—¿Ahora? Tengo miles de cosas...
—Es importante. Y no llevará mucho tiempo.
—Enseguida subo.
Tal como él se lo había pedido, Elizabeth mantuvo a Jeremy al tanto de los progresos de la
campaña y le había enviado las novedades todas las semanas y actuado como paragolpes entre él
y los redactores. Esperaba mayor respuesta de parte de él, pero Jeremy se había mostrado
particularmente indiferente y remoto durante los casi tres meses en que ella trabajaba en la
cuenta.

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La secretaria de Jeremy no estaba cuando Elizabeth llegó. Espió hacia la oficina.
Jeremy se
hallaba sentado frente a su escritorio, la cabeza inclinada mientras estudiaba los papeles que tenía
delante.
—¿Preparándote para esta tarde? —preguntó ella.
Él levantó la vista. En su rostro no hubo ninguna sonrisa de bienvenida.
—Pasa —dijo. —Y cierra la puerta.
—¿Sucede algo?
Jeremy le indicó una silla frente a él.
—Siéntate.
Cuando Elizabeth se hubo sentado y él todavía no le había dicho para qué quería verla, ella
volvió a decir:
—Repito, ¿sucede algo?
—He estado repasando la presentación.
A Elizabeth se le secó la boca por la falta de entusiasmo de la voz de Jeremy.
—¿Y?
—Me temo que no sirve, Elizabeth.
—¿Cómo que no sirve?
Él arrojó la lapicera sobre el escritorio y se echó hacia atrás en su asiento.
—Este enfoque informal y campechano que elegiste ya no es la manera de vender vino. Se ha
hecho hasta el cansancio. A la gente le gusta sentirse sofisticada cuando tiene en la mano una copa
de vino, aunque sea de plástico y el vino sea de pésima calidad. El público no dará una respuesta
positiva a ese disparate sentimental de tu campaña. SÍ seguimos adelante con lo tuyo, seremos el
hazmerreír del mundo de la publicidad, y también lo serán los Vinos Montoya.
Además, jamás
conseguirás que Montoya sea el vocero de la campaña.
La había tomado completamente desprevenida y con la guardia baja. Elizabeth no sabía cómo
defenderse.
—¿Por qué esperaste hasta ahora para decirme lo que pensabas? ¿No te parece que es un poco
tarde?

El se sentía incómodo.
—Esperaba no tener que hacerlo, que tú te dieras cuenta sola de tu equivocación.
Elizabeth se puso a pensar a toda velocidad para tratar de encontrar sentido a las palabras de
Jeremy. Por último, una serie de hechos comenzaron a calzar en su sitio. No importaba cuál era el
enfoque de ella para la campaña. Jeremy jamás habría aceptado sus ideas.
—¿Montoya sabe que has cancelado la reunión?
Él cambió de posición y fijó la vista en los papeles que tenía delante.
—No hizo falta. Por fortuna, tenemos listo un plan alternativo.
El hecho de que sus sospechas quedaran confirmadas no logró amortiguar el golpe.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es ese plan?
—Cuando te hiciste cargo de la cuenta, yo decidí que sería prudente dejar que el equipo original
siguiera trabajando en el proyecto, por si resultaba que no estabas capacitada para manejarla.
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Después de todo, Montoya te puso sobre los hombros una responsabilidad inmensa, cuando tú
nunca...
—Hijo de puta. No hacía falta que lo tramaras a mis espaldas. Podrías haberme dicho lo que
estabas haciendo. —La conspiración de silencio necesaria para llevar adelante algo así le dolió casi
tanto como la falta de confianza.
—Las cosas no son tan malas como parecen, Elizabeth. Si hubieras presentado algo interesante,
entonces tal vez...
—No puedo creer que haya sido tan estúpida. Todo ese trabajo para nada.
¿Cómo pudiste
hacerme una cosa así? Me has convertido en la burla de toda la agencia.
—Nadie se ríe de ti, más bien todos te compadecen.
—Sí, claro. —Se puso de pie. —¿Cuál es la verdadera razón por la que querías que yo creyera
que tenía el trabajo, Jeremy?
Él la miró, nervioso, y volvió a moverse en su asiento.
—Debíamos convencer a Montoya de que recibía lo que había pedido. Si yo te hubiera dicho lo
que estábamos haciendo, cabía la posibilidad de que se lo dijeras. Y no podíamos correr ese riesgo.
La agencia necesita esa cuenta.
—¿De modo que ahora el plan es convencerlo de que la campaña que piensas presentarle esta
tarde en realidad es mía?
—Por eso quería que vinieras a mi oficina esta mañana, para que repasáramos la presentación.
Tienes cuatro horas para prepararte.
Ella miró los papeles que estaban sobre el escritorio. A primera vista no vio nada atractivo en las
ilustraciones, nada que las destacara entre decenas de otras que la agencia había rechazado.
Habían tomado el camino seguro, un camino que no ofendería a nadie, pero tampoco atraería a
nadie.
—¿Y tú esperas que yo haga pasar esto como mío?
Jeremy trató de intimidarla con una de sus miradas infames.
—¿Lo que quieres decir es que necesitas más tiempo?
—No. Lo que digo es que no lo haré.
La voz de Jeremy se convirtió en un suspiro amenazador.
—No creas que eres indispensable, Elizabeth.
—Eso lo has puesto bien en claro —le retrucó ella. —Esta tarde dejaré vacía mi oficina.
—Lo lamentarás. Me aseguraré de que todas las agencias de publicidad de la ciudad se enteren

de esto.
Ella lo miró con una sonrisa.
—Asegúrate de que mi nombre esté bien escrito.
Esa tarde, Elizabeth estaba en la oficina, empacando lo que quedaba de sus pertenencias
personales, cuando oyó que llamaban a la puerta. Después de contestar preguntas de la mitad de
los que trabajaban en la oficina, al fin le había dicho a Joyce que no dejara pasar a nadie en los
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veinte minutos siguientes, para poder terminar de despejar su escritorio. Y no habían transcurrido
ni diez. Seguía tratando de decidir si responder o no el llamado, cuando la puerta se abrió.
Amado entró, cerró la puerta y se recostó contra ésta.
—¿Le importaría decirme qué ocurre?
Elizabeth no pudo descifrar su expresión.
—Hubo una diferencia de opiniones sobre cómo debía llevarse su cuenta. Pero estoy segura de
que ya debe de haberlo imaginado.
—¿En qué momento decidió Jeremy que no le gustaba la campaña que usted había
desarrollado?
—¿Lo que trata de averiguar es cuánto sabía yo de lo que él iba a hacer y cuándo me enteré?
—Básicamente, sí.
—¿Por qué?
—Porque tengo la impresión de que en todo este asunto a usted le han mentido y la han usado
tanto como a mí.
—Lo siento, Amado. Si yo hubiera tenido alguna idea de que esto iba a suceder, jamás habría...
Él levantó la mano para detenerla.
—¿Qué hará ahora?
Ella rodeó el escritorio y se sentó en el borde.
—Esta mañana, después de mi discusión con Jeremy, hice algunos llamados telefónicos. Ahora
tengo que decidir cuál ofrecimiento de trabajo quiero aceptar.
—Me complace oír que en este negocio hay hombres más sensatos que Jeremy Noble. Debe de
ser gratificante tratar con personas que reconocen su talento.
—La razón por la que quieren contratarme no tiene importancia —repuso ella.
—Lo que me
atrae es la posibilidad de un cambio. Sólo estuve en Nueva York dos veces, pero creo que me
gustará.
Amado la miró como si lo hubieran golpeado.
—¿Piensa abandonar San Francisco?
—Aquí no hay nada que me retenga. Vine a San Francisco por el trabajo con Smith & Noble, y
después pasé tanto tiempo en la oficina que no tengo amistades verdaderas fuera del trabajo. El
contrato de alquiler de mi departamento vence el mes próximo, así que ni siquiera eso me retiene.
—Se encogió de hombros. —Si uno lo piensa, esto no podría haber ocurrido en un momento más
apropiado. Lo que siento es que usted haya quedado atrapado en medio de este lío.
—No tiene nada de que disculparse.
Ella se puso de pie y volvió al otro lado del escritorio para terminar de guardar sus cosas.
—¡Qué piensa hacer?
Él pareció agitado y confuso.
—¿Sobre qué?
—Sobre la campaña

—No lo sé. Tengo que pensarlo.
—¿No le gustó la presentación?
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7° de la Serie Multiautor Romantísima
En los ojos de Amado apareció una expresión de furia.
—Sería bondadoso de mi parte rotularla de mediocre.
—Tal vez se debe a que estaba decidido a otra cosa...
—¿Usted vio lo que me mostraron?
—Sólo fugazmente —reconoció Elizabeth.
—De los avisos podrían haber sacado el nombre de Vinos Montoya y sustituirlo por cualquier
otra marca, y nada habría cambiado. Nada había de inteligente o memorable. Le dejé bien en claro
a Jeremy desde el principio que... —Amado se pasó la mano por el pelo. —Lo siento. Mi pelea es
con él, no con usted.
—Tal vez usted podría...
—No quiero seguir hablando de esto, Elizabeth —la interrumpió Montoya, y puso la mano sobre
el pomo de la puerta. —Ahora tengo que irme. Hay algunas cosas que debo pensar.
Ella asintió.
—Si necesita ponerse en contacto conmigo, estaré en la ciudad una o dos semanas más.
—¿Se va tan pronto?
—Las personas con las que hablé en las agencias dijeron que si quería vivir en la ciudad en lugar
de viajar desde otro punto todos los días, debía darme suficiente tiempo para tratar de encontrar
un departamento.
Él comenzó a abrir la puerta y luego la cerró. Pasaron varios segundos mientras la miraba con
expresión indescifrable. Por último atravesó el cuarto y le tendió la mano.
—He disfrutado mucho del tiempo que pasamos juntos —dijo.
Sus dedos se cerraron sobre los de Elizabeth y por un momento ella tuvo la sensación de que
con eso compartía cientos de pensamientos no expresados.
—Gracias —repuso. —Pensaré en usted con cada copa de vino que beba de aquí en adelante.
Él sonrió.
—Espero que sea siempre un vino Montoya.
Ella le devolvió la sonrisa.
—¿Acaso existe otro?
Cuando él hubo partido, Elizabeth no pudo recordar cómo, apenas unos minutos antes, la
perspectiva de empezar un nuevo trabajo y una nueva vida le había resultado tan atractiva. Ahora
le parecía que lo que acababa de perder era mucho más importante que lo que esperaba ganar.
Esa tarde, Elizabeth llegó a su departamento llena de buenas intenciones.
Durante el viaje en
taxi había planeado exactamente lo que haría. En cuanto se cambiara de ropa y se pusiera los
jeans, empezaría a revisar los placares y cajones y a decidir qué valía la pena llevarse y qué iría a
una sociedad de beneficencia.
Pero, de alguna manera, no bien cerró la puerta, sus buenas intenciones desaparecieron junto
con su energía. Sacó del freezer una bandeja con la cena y la metió en el horno, sin siquiera
molestarse en ver qué era.
Estaba agotada: mental, física y emocional mente.
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De un modo avieso, a medida que Elizabeth crecía y maduraba, la persona que tanto había
luchado por dejar atrás se había vuelto cada vez más importante: para bien o para mal, ella seguía
siendo Jennifer Cavanaugh, no Elizabeth Preston.
Pero ya no podía retroceder. Ella y Jenny eran parte de una maraña de mentiras tan intrincada
que cualquier intento de liberarse sólo lograría que los hilos de seda las ciñeran con más fuerza.
Cuando estaba en la universidad, lo que la obligaba a mantener esa fachada era el miedo a ser
descubierta y procesada. En ese sentido, jamás se engañó. No importaban sus motivaciones; lo
que había hecho era un fraude liso y llano. Y la escuela se vería obligada a accionar contra ella,
aunque más no fuera para proteger futuras donaciones para sus programas de becas.
Desde el día en que pisó la universidad no tuvo otra opción que quedarse. Si abandonaba la
beca, se le informaría a su escuela secundaria. La investigación subsiguiente conduciría de modo
inevitable a George Benson. Y eso pondría punto final a su trabajo, su reputación y su vida en
Farmingham.
Su única otra oportunidad para dejar de ser Elizabeth Preston fue cuando se graduó. Pero
hacerlo habría significado renunciar al título que tanto había luchado por obtener y también darle
la espalda a los sacrificios hechos por su abuela y a los riesgos corridos por George Benson.
Además, cuando la tomaron en Smith & Noble dejaron bien establecido que lo hicieron porque
era la mejor alumna de su promoción. Y Elizabeth necesitaba ese trabajo para quitarle un poco de
presión financiera a su abuela.
Elizabeth tomó una botella de vino de la alacena... la última del cajón que Amado le había
regalado cuando ella se hizo cargo de la campaña. De vuelta en el living, se sacó los zapatos y se
sentó en el sofá. Con la botella de vino en una mano y una copa de cristal en la otra, comenzó a
beber.
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CAPÍTULO 07
Elizabeth apoyó los codos en la mesa de la cocina y se apretó las sienes con las palmas de las
manos. ¿Quién fue el idiota que le dijo que no tendría resaca si bebía un buen vino? ¿Y por qué le
había creído? Al cabo de algunos minutos extendió el brazo hacia la taza de café.
Debía encontrar
la manera de despejarse. Tenía que tomar una decisión. Todavía no sabía cuál ofrecimiento de
trabajo aceptar. Y había prometido contestar ese día, antes de las cinco de la tarde, hora de Nueva
York.
Giró la cabeza para mirar el reloj de cocina. Eran las once y media. Le quedaban dos horas y
media para decidir, con un cerebro que sentía tan embotado como su lengua.
La sola idea de meterse algo en la boca, incluso un cepillo de dientes, le produjo arcadas, pero
igual se dirigió al cuarto de baño.
Para su gran sorpresa, la ducha fue la solución perfecta. El agua fría y un cepillado vigoroso le
hicieron sentir que estaba en condiciones de desayunar. Después haría sus llamados a Nueva York,
se pondría en contacto con el casero para decirle que no renovaría el alquiler del departamento y
trataría de encontrar una empresa de mudanzas que no le cobrara más de lo que valían sus
muebles para transportarlos al otro extremo del país.

Se estaba sirviendo café cuando sonó la chicharra del portero eléctrico.
—¿Sí?
—Elizabeth, soy Amado. ¿Puedo subir?
Se llevó la mano a la toalla envuelta alrededor de la cabeza, y se miró los pies descalzos y la bata
de toalla.
—Amado, yo... sí, por supuesto —dijo y apretó el botón para abrirle la puerta de calle.
Se puso un par de jeans y una remera y lo esperó en el palier.
—Puedo volver en otro momento si le resulta más conveniente —dijo Amado cuando vio la
toalla.
—No sea tonto —replicó Elizabeth, y le indicó que entrara en el departamento.
—¿Puedo
ofrecerle un café?
Amado le puso una mano en el brazo.

—No, por favor, no se vaya. Temo que si espero un minuto más para decirle por qué he venido,
encontrare una razón para no hacerlo.
—Está bien —repuso ella. Sintió algo raro cuando vio la expresión de sus ojos.
Era como si la
barrera invisible que se había formado y había definido la relación de ambos cuando trabajaban
juntos hubiera desaparecido, y estuvieran de vuelta en la noche en que él vino a la ciudad con el
único propósito de cenar con ella.
Amado le soltó el brazo.
—He estado pensando en ese nuevo trabajo suyo en Nueva York —dijo. —¿El cambio de ciudad
es algo que usted planeaba hacer algún día, o se va de San Francisco por lo que ocurrió ayer?
—Era inevitable que Jeremy y yo tuviéramos un enfrentamiento alguna vez. No importaba qué
clase de trabajo hacía yo...
—Por favor, Elizabeth, contésteme.
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No era propio de Amado hacer preguntas de índole personal, y mucho menos insistir en que
ella las contestara. Lo poco que él sabía sobre ella, Elizabeth se lo había contado en forma
espontánea.
—En una época, Nueva York era algo así como un sueño para mí. Ahora, es un trabajo. Si voy, es
porque quedarme aquí sería difícil, si no imposible. Jeremy se encargaría de que lo fuera. —Joyce
la había llamado esa mañana para contarle lo furioso que se puso Jeremy al enterarse de que
Amado se proponía retirar su cuenta de la agencia.
—¿Pero se quedaría aquí, o al menos en California, si pudiera?
—¿Qué es lo que me está preguntando?
Él se metió las manos en los bolsillos.
—No lo estoy haciendo nada bien —dijo. —Y no es precisamente por falta de práctica. En el
viaje en auto de St. Helena hasta aquí no he hecho más que repetir las palabras una y otra vez. Y
ahora, usted está parada frente a mí y me dijo lo que yo esperaba oír, y sin embargo no puedo
expresar lo que he venido a decirle.
—Mire, si lo que piensa es que de alguna manera usted tiene la culpa de mi discusión con
Jeremy y vino a disculparse, no podría estar más equivocado.
—No es eso en absoluto. Vine a hacerle un ofrecimiento, una proposición. No, ésa tampoco es
la palabra adecuada. Quiero que venga a trabajar conmigo. —Como si temiera que Elizabeth le
contestara antes de que él tuviera tiempo de redondear su idea, enseguida prosiguió: —La
campaña que usted diseñó es brillante. Reconozco que tardé algunas semanas en comprender lo
que se proponía, pero ahora lo entiendo. Desde ese momento, su entusiasmo es también el mío. Y
ninguna otra campaña distinta lograría satisfacerme.
Elizabeth se sentía a la vez complacida y halagada por ese gran elogio.
—Me alegro...
—Espere, hay más. —Vaciló, tragó fuerte, empezó a hablar y volvió a tragar. —
En la misma
medida en que quiero que venga a trabajar para mí, también quiero que sea mi esposa. No, no lo
dije bien. Quiero aun más que sea mi esposa.
Elizabeth parpadeó y le pasó algo extraño. Conocía las palabras y entendía su significado, pero
le resultaba imposible concebir que la destinataria fuera ella. Sintió el impulso de mirar por sobre
el hombro para ver si había otra persona de pie detrás de ella.
—Me doy cuenta de que la he tomado desprevenida —continuó Amado. —
Seguro que piensa
que esta mañana caté demasiado vino, y no la culpo.
Como en un relámpago, desfilaron por la mente de Elizabeth pistas sutiles y no tan sutiles: la
rosa, la cena, la actitud protectora, hasta la forma en que Amado la tocaba, como si ella fuera algo
especial para él y no sólo la receptora de la cortesía de un caballero. Por Dios,
¿cómo pudo ser tan
ciega?
—No sé qué decirle, Amado.
—Ya lo sé. Es lo que supuse. No estaba preparada para lo que yo quería decirle, y es culpa mía.
—Extendió el brazo y le tomó la mano —Tal vez le resulte difícil de creer, pero esto me sorprende a
mí tanto como a usted. Sólo cuando me enfrenté a la posibilidad de perderla como amiga
comprendí que se había convertido en algo más importante. Y la sola idea de no volver a verla se
repite sin cesar en mi mente y en mi corazón desde que ayer me separe de usted.
Elizabeth se ajustó la toalla que comenzaba a deslizarse de su cabeza.
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—Necesito tiempo para pensar en esto.
—¿Cuándo prometió contestarles a las agencias de Nueva York?
Elizabeth había descubierto que Amado se movía mejor cuando se enfrentaba a problemas que
parecían insuperables. Y esa suerte de aura que lo rodeaba resultaba increíblemente atractiva.
—Hoy —respondió.
—Ellos entenderán que usted necesite uno o dos días más para tomar una decisión tan
importante. —Le soltó la mano y le rozó un lado de la cara.
Ese gesto fue tan íntimo como un beso y Elizabeth sintió una enorme calidez.
—Tiene que recordar que yo fui a pedirles trabajo; no fueron ellos los que me buscaron.
—Cualquiera tan deseoso de tenerla como colaboradora que está dispuesto a contratarla con
sólo un llamado telefónico no cambiará de idea porque usted lo hace esperar hasta el lunes para
darle una respuesta. —Con el dorso de los dedos trazó una línea del mentón de
Elizabeth al cuello
de su remera. Fue como si, al ver que ella no rechazaba enseguida su declaración, esa aceptación
no fuera solo posible sino probable. —Pase este fin de semana conmigo, Elizabeth. Deme la
oportunidad de que le hable del trabajo que tendría en Vinos Montoya.
Si tomaba ese trabajo y las cosas no salían bien, ¿a quién recurriría? ¿Y qué era eso del
matrimonio? ¿Acaso Amado pensaba que proponerle matrimonio era la única manera de
conseguir que trabajara para él?
—Tengo la sensación de que los dos necesitamos un tiempo solos para pensar.
Usted no es la
clase de hombre que actúa movido por un impulso, Amado. ¿Qué pasará si la semana próxima
despierta y decide que ha cometido un error? Necesitamos sentarnos y tomarnos un tiempo antes
de que esto...
Amado la miró a los ojos. Su mano se movió confiada a la nuca de Elizabeth y la sostuvo tanto
por la intensidad de su mirada como por la caricia de su mano. Después se acercó y la besó en los
labios. Entonces se apartó y volvió a mirarla a los ojos.
—Lo que necesitamos no es precisamente serenarnos, Elizabeth.
Ella se mordió el labio para frenar su respuesta. Hacía mucho que no reaccionaba frente a un
hombre con una intensidad capaz de poner el deseo por encima del decoro.
¿Cómo pudo haber
olvidado lo increíblemente excitante que podía ser esa sensación?
—Está bien —dijo, casi sin querer. —Iré con usted. Pero será una visita estrictamente de
negocios. —Casi rió en voz alta por lo mojigato de ese comentario.
En lugar de contestar, Amado la atrajo hacia sí y volvió a besarla. Esta vez. su boca estaba
abierta y alentaba una invitación inconfundible. Elizabeth sintió que se entregaba a él. En forma
casi automática deslizó las manos por el pecho de Amado y después le rodeó el cuello. Y su lengua
jugueteó con la de él. Percibió un dejo de café, olió rastros de una colonia picante y sintió un
cuerpo endurecido por toda una vida de trabajo físico y lleno de un anhelo que igualaba al suyo.
—Adiós lo estrictamente de negocios —dijo ella y se apartó. —Esto avanza demasiado rápido.
No entiendo qué está ocurriendo. Maldición, Amado, ¿podrías explicármelo, por favor?
Él se echó a reír.
—En mis cincuenta y ocho años de vida, si hay algo que he aprendido, mi hermosa Elizabeth, es
que algunas cosas no pueden explicarse. Sencillamente son.
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Elizabeth pensó en su propia vida, en sus vueltas y sesgos en apariencia arbitrarios, en sus
extrañas coincidencias. Tal vez había llegado el momento de disfrutar de un poco de placer y
alegría que no habían sido planeados ni logrados con esfuerzo, sino que simplemente eran.
Dos días después, un domingo por la mañana, Elizabeth se encontraba de pie en una colina
sobre uno de los viñedos de Amado, y le costaba expresar lo que sentía. Amado la había llevado allí
la mañana anterior para contemplar la salida del sol sobre las montañas. Y
después le dijo que ése
era el período de tres semanas en que las vides crecían más en el valle, y que si se detenía y
escuchaba con la mente y el corazón, tal vez lograría oírlas.
A Elizabeth le pareció descabellado, pero igual trató de complacerlo. Permaneció en medio de
una hilera de vides, los pies bien plantados en la tierra recién arada y los ojos cerrados a toda
distracción.
Oyó grillos y el canto de los grajos y de los estorninos.
Hasta oyó su propia respiración y la cacofonía de pensamientos de su mente. Y
después,
despacio, mientras hacía a un lado lo obvio, percibió otros sonidos menos identificables, pequeños
chasquidos y crujidos y suaves susurros. Pensando que debía de ser el viento, abrió los ojos y vio
que ni siquiera soplaba una suave brisa.
No le dijo nada a Amado, pero por la expresión de asombro de su cara él supo que ella había
oído. Sonrió muy satisfecho y la rodeó con el brazo mientras regresaban a la casa para desayunar
en la galería.
El cortejo de Amado había sido muy inteligente: sabía cuáles eran sus puntos más vulnerables y
en cuáles se pondría ella a la defensiva si él la presionaba.
La había tocado físicamente, pero sólo de manera amistosa y tierna: le tomaba la mano
mientras caminaban por un campo, le apartaba un mechón de pelo de la frente.
Había momentos
en que Elizabeth levantaba la vista y lo descubría mirándola fijo, con una expresión de deseo en los
ojos que él no hacía nada por ocultar; y después le sonreía y ella se sentía envuelta en su ternura.
Se había mostrado muy inteligente al compartir con ella su amor por la tierra, al
hablarle de los
Montoya que pisaron esas tierras antes que él y de su temor de que ese legado pudiera terminar
con su persona. De alguna manera Amado había reconocido en Elizabeth su necesidad de raíces y
de continuidad y de familia, y a esa necesidad apelaba. Al casarse con Amado, Elizabeth se
convertiría en el eslabón que permitiría que el legado Montoya continuara, aunque sólo fuera
durante la vida de ella. Y, al fin, lograría pertenencia.
Con Elizabeth en su vida, Amado no tendría que aferrarse a la frágil esperanza de acaso
conseguir que Elana volviera a la casa de su infancia si el lograba que la bodega llegara a ser una
posesión importante.
Amado le ofrecía a Elizabeth todo lo que ella creyó que jamás tendría. El hecho de que él
tuviera cincuenta y ocho años y ella sólo veintiocho sólo significaba que la vida en común de
ambos sería más corta, no menos satisfactoria. Tal vez Amado no viviría para ver nacer a sus
nietos, pero tendría otra oportunidad de insuflarle a un hijo propio su pasión por esas tierras.
Elizabeth tenía plena conciencia de que, pese a la agudeza comercial que ella aportaría a la
relación, su identidad se basaría en ser la esposa de un hombre poderoso, y no en

ser una mujer
que ha triunfado por sus propios medios. Jamás volvería a haber motivos para que alguien
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husmeara en sus registros de la universidad o verificara sus antecedentes de la escuela secundaria.
El hecho de ser la esposa de Amado no sólo le brindaría credibilidad sino que también le ofrecería
esa cualidad de ser anónimo que en una época creyó que conseguiría al convertirse en Elizabeth
Preston.
A sus hijos no les faltaría nada. Jamás conocerían el aislamiento que ella había padecido por
acompañar a sus padres de un lado al otro. Y nunca sentirían el dolor de ser abandonados, y jamás
se enterarían de lo que su madre era en realidad o lo que había hecho para escapar de su pasado.
¿Qué pensamientos eran ésos? ¿Cómo había pasado de luchar contra la propuesta de Amado a
aceptarla de pronto? Se llevó una mano a los ojos para protegerlos del sol. De repente la inundó
una profunda sensación de alegría y plenitud, y supo con total certeza que, con el tiempo, ella y
Amado se amarían de verdad y no tendrían importancia las influencias exteriores que en su
momento incitaron su matrimonio.
En su boca se dibujó una sonrisa. Si el amor era un viaje, la encontraría convertida en una
viajera entusiasta.
Amado llevó a Elizabeth a St. Helena para un desayuno-almuerzo. Era un día insólitamente
cálido para fines de marzo, y las mesas exteriores habían sido preparadas anticipando una
primavera temprana.
La camarera llevó una botella de champaña a la mesa y se la dio a Elizabeth para que la
inspeccionara. Ella se la pasó a Amado.
—Es perfecta —dijo él. —Sin embargo, yo no la pedí.
—Fui yo —repuso Elizabeth.
—¿Celebramos algo? —preguntó él con cautela.
Ella sonrió.
—Eso espero.
Sin dejar de mirarla, Amado le hizo señas a la camarera de que les sirviera el champaña.
—Cuéntame cómo te convencí y qué palabras lograron el milagro. Quiero recordarlas.
—No hace falta. No cambiaré de idea.
—Al cabo de tres meses, tú me conoces más que Sophia en veinte años. Es una de las cosas que
amo de ti.
Esas palabras la sorprendieron. Hasta ese momento, Amado jamás había hablado de amarla.
¿Habría pensado tal vez que era demasiado pronto, que ella se sentiría abrumada?
—¿Hay más de una?
Él levantó la copa hacia ella.
—¿Quieres que cuente las maneras?
—Bromeaba.
—Yo, no.
Ella no supo qué contestarle.
—Amo tu temple; me recuerda a mí mismo cuando era joven y me hacer alentar esperanzas de
que, a través de ti, volveré a sentirme así. También amo las cosas simples, como por ejemplo
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contemplarte, la forma en que tu pelo brilla al sol, la manera que tienes de caminar y de sonreír y
de pronunciar mi nombre. Pero, sobre todo, amo tu honestidad y tu integridad, algo hermoso y
poco común en el mundo de hoy.
Elizabeth sintió que se le clavaba un puñal en el pecho. Por un momento había contemplado la
posibilidad de hablarle de su pasado, había pensado en lo maravilloso que sería poder iniciar su
vida juntos con total transparencia. Pero enseguida supo que era sólo una fantasía. Amado amaba
a la mujer que imaginaba que ella era, no a la que era en realidad.
—Me has devuelto el entusiasmo por la vida, Elizabeth. No hay palabras para agradecértelo.
Tal vez ella no podía decírselo todo, pero por lo menos debía ser sincera en un punto.
—En este momento, en este preciso instante, no puedo decirte... no puedo decirte que te amo.
Amado extendió el brazo sobre la mesa y le tomó la mano.

—Creo que no aceptarías casarte conmigo si no creyeras que con el tiempo llegarás a amarme.
Puedo esperar, Elizabeth.
Y la miró con tal ternura y anhelo que Elizabeth no tuvo más remedio que creerle. ¿Cómo podía
no llegar a amar a un hombre así?
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CAPÍTULO 08
Amado se encontraba de pie junto a Michael Logan mientras los dos repasaban los resultados
del experimento que habían llevado a cabo que consistía en alterar la temperatura del vino
durante la fermentación.
—¿Qué opinas? —preguntó cuando por fin Michael levantó la vista.
—Me convence. Todo el mundo se muestra de acuerdo en que estamos obteniendo mucha más
sutileza de los mostos.
—Entonces hagámoslo.
Michael sonrió.
—Sabía que estabas a favor de los cambios, de modo que ya puse el proceso en movimiento —
dijo y se frotó los ojos debajo de los anteojos. —Ha sido una mañana larga. Si no tienes otros
planes, creo que me tomaré la tarde libre.
—Por supuesto. Tómate lo que queda de la tarde —dijo Amado. Era típico de Michael
enfrascarse tanto en un proyecto que perdía toda noción de lo que lo rodeaba, incluyendo el paso
del tiempo. —Pero te agradecería que no te fueras muy lejos. Vine a invitarte a una cena que he
organizado para esta noche... Sólo algunos amigos y Elizabeth.
—Creí que lo de la agencia quedaría terminado esta semana, con la presentación de la
campaña.
—Bueno, sí, en cierta forma quedó terminado.
Michael lo miró, intrigado.
—Por Dios, no me digas que no te gustó lo que ella presentó. No después de todo este tiempo.
—Las ideas de Elizabeth me gustaron mucho, pero hubo un pequeño cambio de planes. Te lo
explicaré todo durante la cena. ¿Nos acompañarás?

Michael sonrió.
—No deberías ni preguntármelo. Sabes bien que sería capaz de renunciar a una salida con las
mellizas Robinson con tal de disfrutar de una comida casera preparada por Consuela.
Algunas horas después, Elizabeth y Amado estaban en la galería disfrutando de un momento
tranquilo antes de la cena.
—Luces particularmente hermosa esta noche —dijo Amado.
—Gracias.
—De los invitados de esta noche, creo que Michael será el más sorprendido por la noticia.
—¿Te preocupa lo que él pueda pensar?
—En absoluto.
Elizabeth no le creyó. No había estado cerca de ellos demasiado tiempo, pero sabía que la
relación de ambos era mucho más estrecha que la de un empleador y su empleado.
—Háblame de él. ¿Cómo fue que vino a trabajar contigo?
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—Los Logan y los Montoya han sido vecinos durante generaciones. Mira —dijo, y señaló hacia lo
lejos. —Sus viñedos no están lejos de aquí. Por fortuna o, según cómo se lo mire, por desgracia,
sólo le nacieron dos hijos varones a esta generación de Logan, los dos interesados en la vinicultura.
Como ves, no tienen tierras suficientes para abastecer a una familia. Por tradición, los viñedos
fueron para el hijo mayor, Paul. —Hizo una pausa. —Jamás le he contado esto a nadie, pero
secretamente abrigaba la esperanza de que por lo menos uno de los hijos de Harold y una de mis
hijas se unieran algún día. Pero estaba escrito que no sería así.
—¿De modo que Michael se quedó sin nada?
—Si quieres que te sea franco, si yo me hubiera visto frente a la decisión que tuvo que tomar el
padre de Michael, no creo que la mía hubiera sido igualmente justa. De alguna manera, con tierras
apenas suficientes para dar de comer a su familia, Harold se las ingenió para ahorrar dinero para
enviar a Michael a la universidad.
—De manera que Paul se quedó con la tierra, pero Michael recibió educación.
—Así que otra
persona había pagado el elevado costo de la universidad. Elizabeth se sorprendió de que ella y
Michael tuvieran algo en común, algo tan decisivo para sus vidas.
—Al final resultó un poco más complicado, pero Michael pudo cursar sus estudios. Eligió muy
bien: la Universidad de California en Davis. Es la más importante universidad enológica del mundo.
Los conocimientos que Michael adquirió allí y su talento innato lo convirtieron en uno de los más
excelentes maestros bodegueros de California. No exagero al decir que es el corazón de Vinos
Montoya.
Elizabeth le puso la mano sobre el brazo.
—Si Michael es el corazón, entonces tú, Amado, eres el alma. —Elizabeth no creía que Amado
hubiera hablado con más orgullo si Michael fuera su hijo. No había pasado por alto el hecho de
que, si bien Amado había invitado a Michael a compartir esa velada, no le había pedido a su hija
Elena que viniera de San Francisco. —¿Cuánto hace que trabaja contigo?
—Diez años. Desde el día en que se recibió.
La mujer que ayudaba a Consuela en la reunión de esa noche apareció junto a la puerta.
—Siento molestarlo, señor Montoya, pero Consuela quiere hablar con usted en la cocina.
—Dígale que enseguida voy para allá. —Miró a Elizabeth. —¿Necesitas algo
antes de que me
vaya?
—Amado, tienes que dejar de servirme como si fuera una visita. Soy perfectamente capaz de
cuidar de mí misma.
—Por supuesto que sí—dijo él y le rozó la mejilla con los labios. —Pero entonces me estaría
negando este placer.
Elizabeth lo observó atravesar la galería y desaparecer en el interior de la casa.
¿Cómo sería
estar enamorada? ¿Cada pensamiento, cada acto, estaría centrado en la persona amada?
Envidiaba a Amado. Habría querido sentir lo mismo que él. Pero si gustarle a uno la otra persona
era un preludio a amarla, entonces a ella le faltaba muy poco.
Fue a sentarse en un sillón de mimbre y vio a Michael Logan de pie en el living, mirándola.
—¿Amado no está con usted? —preguntó.
—Volverá en cualquier momento.
Michael salió a la galería, se acercó a la mesa, tomó una galletita y la untó con queso.
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—Me sorprende un poco verla aquí—dijo. —Tenía la impresión de que no tendría que trabajar
tan cerca de la bodega cuando la campaña estuviera preparada.
Elizabeth percibió algo oculto en esas palabras. Estuvo tentada de pensar que no le caía bien a
Michael, pero sabía que, si lo hacía, ese pensamiento persistiría y teñiría sus sentimientos hacia él.
En cambio, trató de encontrar algo que decirle a esa persona a la que casi no conocía.
—Hay algunos detalles que debemos tomar en cuenta antes de poder empezar a trabajar.
—Sé que a Amado le gustan sus ideas.
—Me alegro de oírlo. —Sobre todo, porque Amado le había pagado a Jeremy una bonita suma
de dinero para que no pretendiera tener derecho sobre las ideas presentadas por ella para la
cuenta Montoya cuando todavía trabajaba en la agencia de publicidad.
—¿Entonces cuándo piensa que las cosas se pondrán en marcha?
Si ella le contaba lo de la campaña de lanzamiento, él la acribillaría a preguntas sobre los
motivos que tuvo para irse de Smith & Noble, y eso conduciría inevitablemente a la razón de la
reunión de esa noche. A Amado se le arruinaría la sorpresa. Lo cual significaba que Elizabeth debía
mentir o escaparse por la tangente.
—Me gustaría tener algo listo para el otoño para sacar partido de las vacaciones.
—No creí que esas cosas tomaran tanto tiempo.
—En una campaña hay muchas personas involucradas. Cuando hagamos el lanzamiento
tendremos que coordinar la televisión, la radio y los medios gráficos.
—Y, si todo sale bien, ¿lo que usted está haciendo logrará todo lo que Amado quiere?
Por la forma en que hizo la pregunta, Elizabeth tuvo la sensación de que Michael no estaba tan
seguro.
—No existen garantías, por supuesto. Peto jamás he tenido tanta confianza en una campaña.
—Supongamos que usted tiene razón y que la campaña es un éxito total. ¿Qué ocurre si la
demanda es mayor que la producción?
—Podría irritar tanto al consumidor que lo haga negarse a comprar Vinos Montoya incluso a
mitad del precio de lista, o aumentar tanto la demanda que el minorista podría cobrar lo que

quisiera por el vino y salirse con la suya. Nunca se sabe.
—¿Es posible que la campaña no esté lista hasta el año próximo?
—¿Adonde quiere ir a parar, Michael?
—A nada.
—Me pareció entender que había contratos con otras bodegas para producir vinos de mesa
Montoya si la demanda era demasiado grande.
—Si echáramos mano de todas las bodegas que cenemos de reserva, igual estaríamos lejos de
poder manejar lo que usted piensa hacernos.
¿Qué pensaba hacerles ella? Elizabeth se encrespó con la acusación. Michael parecía dar a
entender que había sido ella la acosadora, ella la que decidió la expansión, ella...
Una tercera voz se incorporó a la conversación cuando Amado apareció junto a la puerta.
—Si llegara a resultar necesario, los hermanos Ivanski pueden ocuparse de la demanda excesiva.
—Y arriesgar la cantidad y la calidad.
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Elizabeth miró a un hombre y luego al otro. No era la primera vez que tenían esa discusión.
Pero, ¿por qué meterla a ella en eso?
—No podemos tenerle miedo al éxito —dijo Amado.
—Sabes de sobra que lo que me preocupa no es el éxito sino la pérdida del control.
Sonó el timbre de la puerta de calle. Amado respiró hondo, se pasó la mano por la pechera de la
camisa y se alisó la corbata.
—Parece que nuestros invitados comienzan a llegar, Elizabeth.
Ella palideció frente a ese plural. El primer paso público hacia su nueva vida estaba por tener
lugar. Miró a Michael, que en ese momento se incorporaba de la silla. La observaba con ojos
entrecerrados y mirada escrutadora.
Amado le tendió la mano, con una enorme sonrisa en el rostro.
—¿Estás lista?
En su mente brotó un grito: ¡No!, pero no quiso prestarle atención. En cambio, le tomó la mano
y le devolvió la sonrisa. Si las amistades de Amado lamentaban su futuro matrimonio, era mejor
que lo averiguara enseguida.
Como no quería abrumar a Elizabeth en su primera aparición como futura esposa
—aunque él
habría deseado gritar la noticia por las calles de St. Helena, —Amado había invitado a pocas
personas. Sentados alrededor de la mesa se hallaban los dueños de otras tres bodegas del valle,
miembros de la familia extendida de bodegueros, amigos personales que estuvieron a su lado en la
buena y en la mala durante la mitad de su vida, y Michael.
La mesa había sido despejada y Consuela daba los últimos toques al postre.
Amado decidió que
era el momento adecuado para el brindis con el que compartiría su felicidad con los presentes. Se
puso de pie y personalmente llenó las copas Lalique que había reservado para la ocasión. El
cabernet sauvignon que había elegido era el reciente ganador de una competencia contra el mejor
borgoña que Francia podía ofrecer. Todavía era joven, perfecto para la ocasión, y un auténtico
reflejo de su propia actitud y sus sentimientos. Regresó a su lugar a la cabecera de la mesa. —No
es extraño que nos reunamos cuando existe una razón para celebrar. Esta noche, sin embargo, hay
para mí una razón de especial importancia. Como todos saben, yo creía que mi destino era pasar

solo el resto de mi vida. Pero los he invitado aquí esta noche para anunciarles que eso ha dejado
de ser cierto. Elizabeth y yo —sacó del bolsillo un pequeño estuche de terciopelo, lo abrió y extrajo
un anillo —nos casaremos en agosto.
Un murmullo audible resonó en la mesa antes de que las felicitaciones brotaran de los azorados
invitados. Y, luego, el entrechocar de copas de cristal en el brindis. Amado tomó la mano de
Elizabeth y le puso el anillo con un diamante de tres quilates.
Ella levantó la mano, visiblemente sorprendida.
—Amado, es tan... grande.
Por el rabillo del ojo Amado observó a Michael. Su expresión era de incredulidad y, al mirar a
Elizabeth, de furia. Amado elevó una plegaria silenciosa que ella no advirtió, pero cuando la miro
se dio cuenta de que era poco lo que se le pasaba por alto.
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7° de la Serie Multiautor Romantísima El silencio que siguió al brindis obligado estuvo cerca de ser muy incómodo hasta que Connie
Robertson habló:
—Elizabeth, quiero ser la primera en darte la bienvenida a nuestra familia de bodegueros. —Ella
sonrió, feliz. —Ésta será una noticia bomba para todos. Espero que estén preparados para ser
festejados mañana, tarde y noche.
—Amado me previno que sus amigos podían mostrarse un poco incrédulos —
dijo Elizabeth.
—Eso es quedarse corta —agregó Michael en voz baja.
—Éste debe de ser el secreto mejor guardado del valle en años —dijo David Robertson. —
¿Cuánto hace que se conocen?
Michael colocó su servilleta sobre la mesa, como preparándose para irse.
—Nos conocimos en la fiesta de Navidad de Smith & Noble.
—¿Esta última Navidad? —preguntó la mujer sentada frente a Elizabeth.
A Elizabeth le pareció oír los cálculos mentales. ¡Pero entonces apenas se conocen hace cuatro
meses!
—Cuando Amado toma una decisión, es imposible hacerlo cambiar de idea —
comentó Michael
al ponerse de pie.
—Desde luego que no, cuando estoy tan seguro de algo como lo estoy con respecto a Elizabeth.
Pasada la sorpresa inicial, las parejas que seguían sentadas a la mesa prorrumpieron en
conversaciones animadas. Michael se acercó a Amado.
—Me disculpo por irme tan pronto después de tu anuncio —dijo. —Pero le prometí a Tony
pasar por su casa esta noche después de cenar. Tiene algunos problemas con uno de los cursos
que toma en la escuela nocturna.
Amado sintió que parte de la alegría que lo había embargado momentos antes comenzaba a
desvanecerse.
—Te acompañaré afuera.
Michael levantó la mano para detenerlo.
—No hace falta. —Miró a Elizabeth y le hizo una leve reverencia. —Mis mejores deseos.
—Gracias —respondió ella.
Cuando Michael hubo partido, Amado intercambió una mirada con Elizabeth.
No pudo
responder la pregunta que vio en sus ojos. Le resultaba inconcebible que las dos personas que él
amaba no se gustaran mutuamente. Lo único que podía hacer era confiar en que, con el tiempo,
Michael viera a Elizabeth como la bendición que era y no como la fuerza divisoria, que sin duda

percibía en ese momento.
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7° de la Serie Multiautor Romantísima
CAPÍTULO 09
Amado no creía en compromisos prolongados, o por lo menos eso les dijo a todos los
dispuestos a escucharlo. Por momentos, Elizabeth se preguntaba si él estaba apurando la boda
porque tenía miedo de cambiar de idea, o si temía que lo hiciera ella.
Los cuatro meses y medio transcurridos desde la cena en que Amado anunció el compromiso de
ambos pasaron en un santiamén. Entre el trabajo de la campaña y los planes para la boda,
Elizabeth había cortado casi por la mitad sus horas de sueño. Vivía en un perpetuo estado de
agotamiento y disfrutaba de cada minuto.
Elizabeth se puso en puntas de pie para leer el horario estimado de llegada del ómnibus de
Alice. Su abuela llegaría en cualquier minuto, Elizabeth le había mandado suficiente dinero para
que comprara un pasaje aéreo, pero su abuela prefirió el ómnibus, más económico. Los años de
ahorrar centavos habían creado en ella un hábito difícil de erradicar. Uno de los argumentos de
Alice era: ¿cómo explicarles a sus amistades esa súbita abundancia de dinero?
En los doce años transcurridos desde que Elizabeth se fue de Farmingham, ella y su abuela se
vieron un promedio de dos semanas por año. Cuando Elizabeth terminó sus estudios, pasaban las
vacaciones juntas o, si Elizabeth no podía salir de la ciudad. Alice iba a San Francisco a visitarla.
Tratar de explicar ausencias más prolongadas no sólo habría implicado mentiras complicadas sobre
el destino de Alice y a quién veía, sino también explicar de dónde sacaba el dinero para sus viajes.
Mantener algo en secreto en una ciudad pequeña como Farmingham equivalía a pedirle a una
mujer en trabajo de parto que demorara dar a luz a su hijo hasta la llegada del médico.
Elizabeth sólo había vuelto una vez a Farmingham. Y cuando llegó el momento de irse, las dos
convinieron en que era demasiado peligroso que volviera. Las preguntas eran muchas, el riesgo de
que la descubrieran, demasiado grande. Elizabeth ni siquiera podía manejar su propio automóvil.
¿Qué pasaría si sufría un accidente o la detenían por tener quemada una luz trasera y alguien
revisaba su licencia de conducir?
Si Elizabeth hubiera sabido que al abandonar Farmingham cortaba la comunicación con la única
persona que la amaba en forma inequívoca, jamás se habría ido, fueran cuales fueren las promesas
tentadoras de una educación y una vida mejor. Pero en aquel momento, ni ella ni su abuela ni
George Benson previeron las complicaciones que entrañaría tener que ocultar su verdadera
identidad.
La oportunidad las había cegado.
Elizabeth salió y miró hacia el fondo de la calle, como si así pudiera lograr que el ómnibus
llegara antes. Se moría de ganas de estar de nuevo con su abuela. Pero el humo de los caños de
escape de los otros ómnibus que pasaban la hizo entrar de nuevo.
Jenny tenía diez años y era pequeña para su edad cuando desde el porche de su abuela levantó
la vista y vio a una mujer de pelo negro y ojos azules que era tan alta como su padre.
No hubo besos ni abrazos ni saludos felices cuando Jenny y sus padres entraron en la casa. Sólo
esa noche, más tarde, se enteró de que la visita había sido una sorpresa para Alice. Pero, como le

contó tiempo después su abuela, la suya no fue la sorpresa mayor: Alice no sabía que era abuela.
AI cabo de doce años de silencio, su hija había aparecido con una pequeña de la mano.
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No bien entraron en la casa, la madre de Jenny le señaló a su hija una silla de respaldo alto del
living y le dijo que se quedara allí sentada mientras ella y su abuela iban a la cocina a conversar. Su
padre la acompañó unos minutos pero después salió a fumar un porro.
Sola, Jenny permaneció sentada con las manos apretadas contra los brazos de la silla y recorrió
la habitación con la vista. Jamás había estado en una casa tan linda como ésa. El sofá color marrón
tenía carpetas blancas de encaje en los brazos y el respaldo, pero no parecía que se las hubieran
puesto para tapar agujeros. En un rincón había un televisor y, detrás, toda una pared con estantes
repletos de libros. Contra la otra pared, un piano con fotografías encima, A Jenny le llamó la
atención una con una mujer joven de pelo negro y largo y una enorme sonrisa.
Se quedó
mirándola varios segundos antes de darse cuenta de que era su madre.
Pero lucía tan diferente. La fotografía confundió a Jenny. Giró el cuerpo para mirar a su padre
por la ventana.
Al rato, su madre y su abuela volvieron de la cocina. Su madre no la miró, pero, por la expresión
de sus ojos, Jenny se dio cuenta de que las cosas habían salido como ella quería.
Nadie le dijo a Jenny que podía levantarse, así que se quedó sentada cuando su madre atravesó
la habitación y salió. Por la ventana alcanzó a ver que su padre asentía mientras escuchaba lo que
su madre le decía. Cuando ella terminó de hablar, él sonrió, lanzó una exclamación, levantó por el
aire a su madre, la hizo dar varias vueltas y la depositó de nuevo en el piso.
Enseguida se metieron
en el auto y partieron.
Jenny los miraba y esperaba, pero su madre y su padre jamás miraron hacia la ventana junto a
la que ella estaba sentada. Después, se convenció de que la habían despedido con la mano, y que
la única razón por la que no había visto levantarse la mano de su madre era que el sol se reflejaba
en el parabrisas.
—¿Jenny?
Elizabeth giró sobre sus talones al oír el nombre de su infancia. Con una exclamación, abrió los
brazos de par en par.
—¡Abuela!
Alice soltó la valija y abrazó a Elizabeth. Las dos se quedaron así, muy juntas, un momento, una
isla en el río de pasajeros que desembarcaban del ómnibus.
Alice fue la primera en apartarse.
—Deja que te mire —dijo, y contempló a Elizabeth como si quisiera familiarizarse de nuevo con
cada centímetro de su nieta. —Por Dios, eres una fiesta para estos ojos hambrientos. Nunca pensé
que sería posible, pero estás cada vez más hermosa.
Elizabeth sonrió.
—Siempre puedo confiar en ti para una opinión imparcial.
Alice siguió mirando a su nieta.
—¿Esto es real? ¿De veras nos estamos viendo en circunstancias tan felices?
—Ya lo creo que sí.
Alice le pasó el brazo por la cintura.
—Dios, cómo te he extrañado, Jenny. Perdón... Elizabeth. Durante todo el viaje estuve

practicando decirte "Elizabeth", y en cuanto te veo me equivoco.
—Está bien. Le dije a Amado que me pusiste Jenny de sobrenombre.
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—No se te escapa nada.
—Ya casi todo quedó atrás, abuela. Dentro de dos semanas y media ya no existirá Elizabeth
Preston, y podrás venir a California cuando quieras. A doscientos metros de la casa de Amado hay
una cabaña para huéspedes donde podrás alojarte. Está rodeada de robles y es totalmente
independiente.
—¿Entonces tú te ocuparás de inventar la razón que les daré a todos en Farmingham para esas
visitas?
—Entre las dos pensaremos en algo convincente. —Habían pasado por tantas cosas hasta llegar
adonde estaban, que Elizabeth se negaba a creer que no podrían tenerlo todo.
Cuando estuvieron dentro del Mercedes deportivo que Amado le dio a Elizabeth como regalo
de compromiso y enfilaban hacia el puente Golden Gate, Alice miró a Elizabeth.
—Vi a George antes de venir. Me pidió que te saludara y te transmitiera sus mejores deseos.
—¿Cómo está el señor Benson? —Aunque ya no era una jovencita, a Elizabeth le costaba
llamarlo por su nombre.
—Se comenta que le ofrecerán el cargo de director el año próximo, cuando el señor Moore se
jubile.
—Me alegro. Se lo merece.
—Él está muy orgulloso de ti.
—Me pregunto si alguna vez se habrá arrepentido de arriesgarse tanto por mí como lo hizo.
—Ni por un segundo. Él mismo me lo dijo.
—A veces me molesta no haber hecho nada más importante con mi vida... algo equivalente a lo
mucho que tú y el señor Benson se expusieron. Hubo épocas en que pensé que debía haberme
dedicado a la política o algo así.
Alice frunció la nariz.
—¿A la política?
—Está bien, fue una idea un poco descabellada.
—Tal como la prensa sensacionalista persigue hoy a la gente, habría estado encima de ti como
un enjambre de mosquitos.
—Es sólo que la publicidad no figura en primer lugar en la lista de profesiones valiosas u
honorables.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué sacas a relucir eso ahora?
Hasta ese momento no había permitido que su abuela supiera las dudas que la acosaban desde
que se fue de Farmingham.
—Quizá sea que estoy un poco nerviosa por el casamiento.
—En cuanto te conviertas en la señora de Amado Montoya, podrás olvidarte de Elizabeth
Preston.
—Confieso que hay momentos en que sólo pienso en eso.
—Espero que no sea la única razón por la que te casas.
Elizabeth sonrió.
—Al principio también yo me lo pregunté. Pero a medida que fui conociendo mejor a Amado,
decidí que me casaría con él aunque tuviera que conservar mi propio nombre.
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Almorzaron en un restaurante de Sausalito que tenía una vista maravillosa de San Francisco del
otro lado de la bahía, pero las dos estaban tan felices de estar de nuevo juntas, que ninguna le
prestó atención al paisaje.
Alice esperó a ponerse de nuevo en camino para decir:
—He cambiado de idea sobre tu decisión de no revelarle a Amado tu pasado.
Tenías razón
cuando dijiste que la verdad dañaría la relación de ambos en lugar de afianzarla.
Por lo que me has
dicho, creo que le resultaría difícil comprender por qué tuviste que hacer lo que hiciste. Su vida ha
sido demasiado diferente.
Elizabeth no le había contado todo a Alice. Había omitido la parte en que Amado le dijo que la
amaba por su fuerza de carácter y su integridad.
—Tal vez llegará el momento en que pueda confiar en él y decírselo.
—Antes de hacerlo, recuerda lo que te pasó cuando se lo contaste a Bobbie Sue.
No, no olvidaría a Bobbie Sue Elroy. Habían sido amigas inseparables desde el día en que Jenny
comenzó la escuela en Farmingham.
Y, precisamente porque eran amigas íntimas, se contaban todo. Incluso entonces debió pasar un
año antes de Jenny se sintiera lo bastante segura como para compartir con ella su secreto más
profundo: quiénes eran en realidad sus padres.
Lo que no pensó fue que su círculo privado e íntimo también incluía a la madre de Bobbie Sue.
Al día siguiente, toda la ciudad sabía que Jenny Cavanaugh era la hija de una pareja de hippies que
viajaban por el país destruyendo cosas.
En el lapso de un día, por el simple hecho de compartir un secreto, Jenny pasó de ser la
adorable nieta de Alice Taylor, a una influencia peligrosa para todos los chicos que se le acercaban.
Dos meses más tarde, cuando Jenny terminó el sexto grado, ni siquiera a la hija del borracho del
pueblo le permitieron tener nada que ver con ella. Nadie entendía que ella era a misma que antes
de compartir su secreto.
¿Cómo podía olvidar aquella lección?
Además, ¿por qué perdía tiempo pensando en esas cosas cuando había dedicado casi toda su
vida adulta a promocionar la idea de que, para la mayoría de las personas, lo

importante no era el
fondo de las cosas sino la imagen? Si guardaba el secreto durante algunos días más, y Amado y
todos en el valle seguían considerándola la impecable señorita Elizabeth Preston, eso sería ella.
Después de la boda, empezaría una vida nueva y su pasado quedaría borrado para siempre.
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CAPÍTULO 10
Elizabeth pasó una página del libro que estaba leyendo sobre la industria vitivinícola australiana.
El curso acelerado que ella misma se había diseñado en preparación para las dos semanas de luna
de miel con Amado no lograría convencer a nadie de que poseía más que un conocimiento
superficial sobre el tema, pero al menos le permitiría llenar pequeños huecos en las
conversaciones.
Amado había dudado en pedirle que combinara el placer con los negocios, por miedo a que ella
se sintiera ofendida o menospreciada. Pero a Elizabeth le divirtió ese destello fugaz de su vida
futura. Con la intensificación de su propio trabajo para la bodega, era bueno saber que Amado era
lo bastante pragmático como para no sentir que ella lo apartaba de su lado cuando se hallaba
demasiado ocupada para acompañarlo en uno de sus frecuentes viajes.
Miró a Alice, que estaba cómodamente recostada en una reposera. Las páginas de la revista que
tenía sobre la falda se mecieron con la brisa mientras ella mantenía la cabeza echada hacia atrás y
los ojos cerrados. Al cabo de dos semanas de frenética actividad como preparación para la boda,
que tendría lugar dentro de dos días, Elizabeth había insistido en que Alice se tomara la tarde libre.
Ella aceptó, pero sólo con la condición de que su nieta la acompañara. Y, después del almuerzo, las
dos se instalaron a la sombra del roble que se alzaba entre la cabaña para huéspedes y la casa
principal.
Elizabeth jamás imaginó los mil detalles necesarios para preparar una boda. No sabía qué habría
hecho sin la ayuda competente y serena de Alice y Consuela. Sobre todo cuando
la filmación de los
comerciales que saldrían al aire en el otoño comenzaron a robarle a Elizabeth todo su tiempo.
Tal como lo suponía, Alice y Amado se entendieron bien y entablaron una amistad de manera
tan espontánea y sin esfuerzo como las uvas que los rodeaban maduraban bajo el sol cálido de
agosto. Si Alice tenía alguna duda o preocupación con respecto a la elección de marido que había
hecho Elizabeth, la guardó para sí. A Elizabeth le expresó solamente felicidad por el hecho de que
se casara con un hombre que a todas luces la amaba y se dedicaba a ella.
Elizabeth levantó la vista del libro cuando oyó que un auto entraba en el camino de acceso.
Inclinó la cabeza para espiar por entre el cerco de ligustro que la separaba de la casa principal y vio
el BMW rojo de Elana. El sonido de pisadas en el sendero de grava siguió al de las puertas del auto
que se cercaban con fuerza. En lugar de alejarse, lo cual habría indicado que se dirigían a la casa, el
ruido de pisadas se hizo más fuerte. Elizabeth se preguntó si Elana las habría visto y había decidido
reunirse con ella y Alice.
En un intento de preparar a Elizabeth para el inevitable encuentro con sus hijas, Amado le había
prevenido que se habían mostrado bastante menos que entusiasmadas con

respecto a la boda. Ella
le preguntó cuáles eran sus objeciones, si lo que les molestaba mas era la diferencia de edad o de
situación financiera, pero Amado se limitó a responder que eran buenas chicas y que sin duda
cambiarían de actitud cuando conocieran a Elizabeth y vieran lo feliz que se sentía él.
Por eso, Elizabeth había dispuesto desayunar con Elana una mañana que tenía que ir a San
Francisco por cuestiones de trabajo. Aunque el encuentro fue más formal que amistoso, Elizabeth
quedó con la sensación de que Elana al menos estaba dispuesta a darle una oportunidad.
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Felicia, en cambio, seguía siendo un enigma. Esa mañana Elana y su marido, Edgar, habían ido a
buscarla al aeropuerto y llevarla a la casa, pero enseguida se fueron a visitar amigos antes de
haber hecho poco más que saludarse.
Elizabeth cerró el libro y comenzaba a levantarse cuando alcanzó a oír algo de lo que decía
Elana.
—...entrar todavía en la casa. Juro que Consuela es capaz de oír por entre tas paredes y ...sé que
ella le cuenta todo a papá.
—Deja de preocuparte, Elana... no podemos impedir la boda... ese matrimonio no durará. Es
evidente que lo que él busca...
Pronto las voces de las dos se volvieron suficientemente fuertes como para que Elizabeth oyera
con claridad todas las palabras.
—Todo esto me asquea. Por Dios, sí está haciendo el papel del tonto. ¿Qué puede haber visto
en ella?
Elana se echó a reír.
—Edgar dice que cuando un hombre vive sin una mujer al lado durante tanto tiempo como lo
ha estado papá, hasta un agujero en una tabla le resulta atractivo.
—Qué porquería. Además, ¿qué te hace pensar que no ha estado con mujeres?
—¿Alguna vez has visto una aquí?
—¿Cómo puedo saberlo? —contestó Felicia. —La sola idea de que él se acueste con alguien me
pone la piel de gallina. En lo que a mí respecta, él no tiene derecho a ser feliz.
Después de lo que le
hizo a mamá...
Las pisadas se hicieron más fuertes a medida que las dos mujeres avanzaban por el sendero.
Elizabeth volvió a sentarse en la silla y trató de no ser vista. En circunstancias normales, le habría
parecido mal escuchar esa conversación sin que las protagonistas lo supieran, pero en ese caso lo
consideró más una reacción defensiva. Las dos se detuvieron prácticamente detrás de donde se
encontraba Elizabeth. Con sólo mirar en esa dirección habrían visto a las dos mujeres en las
reposeras, del otro lado del cerco.
—Ya te conté lo del desayuno que compartí con ella —dijo Elana. —Fue increíble. Tal vez le
habría creído eso de "Amado y yo nos amamos y quiero que tú seas parte de nuestras vidas" si ella
hubiera contestado a mis preguntas sobre la firma de un acuerdo prenupcial.
Se hizo una pausa, y luego Felicia preguntó:
—¿Quién es esa mujer que vi caminando por la casa cuando llegué aquí esta mañana?
—Alicia no sé cuánto.
—¡Vamos!
—No estoy segura de cuál es su relación con Elizabeth. Papá me lo dijo, pero ni siquiera le

presté atención.
—Es evidente que no es de nuestra clase. Pero, bueno, si uno raspa un poquito la superficie,
tampoco lo es Elizabeth.
—¿Qué esperabas? Si papá tuviera una pizca de sentido común, ¿crees que habría elegido a
Michael como padrino de la boda? ¡Nada menos que un empleado, por el amor de Dios!
Se oyó que otro auto entraba en el camino de acceso, pero Elizabeth no quiso arriesgarse a
espiar para ver quién era.
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—Maldición, allí está papá —dijo Elana.
—¿Te dijo algo sobre su testamento?
—Yo traté de sacarle el tema cada vez que me llamaba, pero a él no le gustó mucho mi
insistencia.
—No podemos dejar las cosas así —siguió Felicia. —Es demasiado lo que está en juego.
—Hablé con el abogado de Edgar, y él me dijo que, sin un contrato prenupcial, ella sólo tiene
que sobrevivir a papá para quedarse con la mayor parte de su fortuna.
—La plata es lo que menos me importa —dijo
Felicia, y las dos volvieron a avanzar.
Al principio, Elizabeth no supo en qué dirección iban, pero después vio que regresaban a la casa.
—Es la... —el resto del comentario de Felicia se perdió con el ruido de las puertas del auto que
se cerraban.
—Felicia, papá moriría si llegara a oírte decir eso.
—No creas que no lo desearía.
Aunque ya había pasado el peligro de ser descubierta, Elizabeth no se movió. Lo que acababa
de oír no sólo la sorprendía sino que la decepcionaba.
—Vaya par de personajes —comentó Alice al abrir los ojos y girar la cabeza para mirar a
Elizabeth. —Eso demuestra que no sólo en las ciudades pequeñas hay gente mezquina y
desagradable.
Elizabeth apoyó en el suelo el libro que había estado leyendo y se pasó las manos por la cara
como para borrar toda la fealdad que acababa de escuchar.
—Esperaba que estuvieras dormida.
—Desgraciadamente, no dormía.
—No puedo creer lo ingenua que he sido. Creí que ellas se alegrarían de que finalmente su
padre hubiera encontrado a alguien a quien amar después de tantos años de estar solo.
—Solías ser más inteligente, Jenny... maldita sea, Elizabeth.
—Creo que a veces me dejaba llevar también por una expresión de deseos.
Alice se puso de pie.
—Me parece que no te costará demasiado manejar a Elana, pero Felicia es un caso serio. ¿Qué
quiso decir con eso de "después de lo que Amado le hizo a su madre"?
—Sophia se suicidó. Ocurrió cuando Felicia estaba de visita. Amado me contó que dejó una
larga nota en la que lo culpaba de su desdicha. Y Felicia nunca lo perdonó.
—Es algo terrible hacerle eso a una hija.
—Felicia nunca le permitió a Amado leer la nota, pero cada tanto le arroja a la cara una de las
acusaciones de Sophia. Por supuesto, tampoco lo deja defenderse. —Alice se estremeció.
—Por lo que veo, lo único bueno de Felicia es que vive a cinco mil kilómetros de aquí. Es
increíble que las dos hayan hablado así de su padre. Debería darles vergüenza.

—Amado quedaría destrozado si lo supiera.
—¿Estás segura de que no lo sabe? Tal vez también él se deje llevar por una expresión de
deseos cada tanto, pero eso no significa que sea ciego.
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—Estoy segura de que me habría dicho algo.
—¿Como qué? ¿"Ten cuidado con mis hijas, son dos pequeñas brujas inmaduras que te harán la
vida imposible si les das una oportunidad"? Amado te quiere, Elizabeth, pero Elana y Felicia son
sus hijas. Apuesto a que para un hombre como Amado, los hijos lo son todo.
Tener tu propio hijo
con él tal vez equilibre las cosas —dijo Alice. —Sobre todo si es varón.
La sola idea de utilizar a un hijo como peón le resultó repulsiva a Elizabeth.
—Yo no quiero "un" hijo —respondió. —Quiero por lo menos cinco. Y también cinco hijas. Algún
día, en esa enorme casa resonará el eco de las risas de chicos que juegan.
Los latidos del corazón resonaban en los oídos de Elizabeth mientras aguardaba en el foyer de la
bodega a que sonara la marcha nupcial. Hizo una inspiración profunda, y luego otra y otra más.
—Si sigues así terminarás por desmayarte —dijo Alice. —Y piensa en lo cómico que resultara
que yo tenga que arrastrarte por el pasillo.
—Es increíble lo nerviosa que me siento —confesó Elizabeth.
—Tienes derecho de estarlo... aunque no existe ningún motivo.
—Consuela es una maravilla, ¿no te parece? No sé lo que habría hecho sin ella.
Alice comenzó a reír por lo bajo. —¡Qué ocurre?
—Pensaba en lo traumatizados que estarían tus padres si pudieran verte ahora.
—¿Te refieres al estilo de vida de "pequeño burgués" que su hijita abrazó de tan buen grado? —
A sólo minutos de la seguridad de una nueva vida, Elizabeth seguía sintiendo el viejo miedo de lo
que pensarían todos si supieran quiénes habían sido sus padres. ¿Los amigos de Amado pensarían
que ella no lo merecía? ¿Cuestionarían sus motivos para casarse con él?
¿No se libraría nunca de la locura de semejantes preguntas?
—¿Te conté que las amistades de Amado me hicieron sentir como si siempre hubiera
pertenecido a su mundo? —le preguntó a Alice. El hecho de tener algo que perder confería
credibilidad y fuerza a sus miedos.
—Sí —respondió Alice.
Consuela abrió la puerta y le hizo señas a Elizabeth de que avanzara.
—Parece una princesa —le susurró cuando Elizabeth se encontraba al lado de ella. —Amado es
un hombre de suerte.
Elizabeth sintió que había recibido un regalo.
—Gracias, Consuela. Tu bondad es importantísima para mí.
Miró a Elizabeth y después a Alice y de nuevo a Elizabeth.
—Siempre estaré aquí para usted.
Sonaron las primeras notas de la marcha nupcial. Elizabeth apoyó una mano sobre el brazo de
Alice.
—Te quiero, abuela —dijo.
—Bueno, no empieces a ponerte sentimental y sensiblera —contestó Alice, y parpadeó para
eliminar las lágrimas que se agolpaban en sus ojos. —Mira que puedo decidir no entregarte a
Amado.
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CAPÍTULO 11
Elizabeth asumió el papel de esposa de Amado con más facilidad de lo que había supuesto. Las
dos semanas en Australia pasaron volando. Los días estuvieron llenos de nuevas y estimulantes
amistades e ideas; las noches, con horas eróticas de descubrimientos. Como lo había sospechado,
Amado era un amante fino y tierno, que experimentaba tanto gozo en dar como en recibir. Lo que
jamás imaginó eran su vigor y su inventiva.
El regreso de ambos a St. Helena estuvo marcado con preparativos para la próxima vendimia y
una vida social más intensa de lo que a Elizabeth le habría gustado. Si no asistían a una fiesta para
celebrar el fin de la temporada de cultivo, se encontraban en otra ofrecida en honor a ellos.
Elizabeth pasaba dos o tres días por semana en San Francisco, para procurar que saliera bien el
lanzamiento del sector televisivo de la campaña de publicidad —fijado para el
primero de
noviembre —y que los avisos que aparecerían publicados en primavera en las principales revistas
estuvieran casi listos.
Con una única excepción, los amigos de Amado la habían recibido en su círculo y hecho sentir
tan cómoda como si siempre hubiera formado parte de él. En el caso de Michael Logan, no parecía
importar qué hacía Elizabeth o cómo lo hacía: era imposible ganar su simpatía.
Cuando ella
entraba en una habitación, él salía. Si él estaba con Amado en la bodega y ella trataba de reunirse
con ellos, Michael recordaba de pronto que tenía algo que hacer o un lugar donde debía estar.
Puesto que Michael vivía allí y su oficina se hallaba en el mismo edificio que la de Elizabeth,
resultaba imposible no toparse con él. Se cruzaban varias veces por día, y cada uno de los
encuentros era tan incómodo como el anterior.
Más temprano, esa mañana, Amado la había invitado a acompañarla a un viaje a Modesto, a
varias horas de trayecto en auto. Elizabeth le rogó que la disculpara. Era el primer día libre que
tenía desde hacía un mes, y no sólo quería sino que necesitaba un descanso.
Cuando se levantó
esa mañana, sus planes no incluían nada más cansador que un paseo por las
colinas o un día
sentada frente al hogar, enfrascada en la lectura de un libro.
Era casi mediodía, y hasta el momento no había hecho ninguna de las dos cosas.
En cambio,
estaba parada en la galería, los codos apoyados en la barandilla y la carta de Alice frente a ella.
Cuando terminó de leerla, paseó lentamente la mirada por el valle hasta enfocarla en un viñedo
con hojas rojas y brillantes.
Su atención se centró en un movimiento que notó en un sector hacia su derecha.
Allí vio a un
hombre de camisa verde y jeans que caminaba despacio por entre una hilera recientemente
labrada y cada tanto se detenía para examinar algo que llamaba su atención. Lo observó varios
segundos antes de darse cuenta de que se trataba de Michael Logan.
Casi siempre lo había mirado a través de un velo de creciente furia. Michael se negaba con
empecinamiento a ceder un milímetro después de todo lo que ella hizo para acercarse a él con el
fin de agradar a Amado. En un intento de entender mejor a Michael, Elizabeth lo había observado
en las frecuentes reuniones a que asistían. Por lo visto, ella era la única persona a quien él le tenía
antipatía.
Si los sentimientos de Michael hacia ella no hubieran sido de enorme

importancia para Amado,
Elizabeth no le habría prestado atención. Pero puesto que a Amado le importaba, y mucho, se
sentía obligada a seguir intentándolo.
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Con un suspiro de resignación por lo que estaba por hacer, entró en la casa, puso en un cajón la
carta de Alice y sacó una chaqueta del placard.
En la colina, a doscientos metros, Michael vio que Elizabeth regresaba a la casa y suspiró con
alivio. Se había dado cuenta de que ella lo observaba de pie en la galería y se enfureció consigo
mismo por permitirle arruinar lo que había sido una hermosa mañana de otoño.
En el futuro iba a ser imposible tratar de evitarla todo el tiempo. Tendría que llegar a un
acuerdo con sus sentimientos o conseguirse otro trabajo.
Comenzaba a descender por la colina cuando sintió la presencia de otra persona en el viñedo.
Miró en dirección al sonido y vio que Elizabeth se dirigía hacia él.
—Maldición —murmuró y no se tomó el trabajo de disimular su fastidio.
Elizabeth se detuvo y lo miró con expresión desafiante.
—Necesito hablar con usted.
—¿Eso no puede esperar? Tengo cosas que hacer en la bodega.
—De acuerdo. Entonces iré con usted. Podemos hablar en el camino.
Lo último que él quería era encontrarse confinado en un automóvil con ella.
—No tiene por qué hacerlo. Dispongo de algunos minutos.
Elizabeth recorrió los diez metros que los separaban antes de volver a hablar.
—Creo que es hora de que me diga qué demonios es lo que tiene contra mí.
—Por lo visto, esto no será precisamente una lección de diplomacia.
—Estamos más allá de eso, ¿no le parece? Yo no estaría aquí si no fuera por Amado. El tiene la
descabellada idea de que usted y yo deberíamos ser amigos.
Michael se metió las manos en los bolsillos de atrás de los jeans.
—Me temo que las expectativas de Amado son exageradas. De ninguna manera...
—No vaya a pensar que me importa, pero ¿le molestaría decirme qué hice yo para ofenderlo
tanto?
Michael no tenía ganas de entrar en ese tema, pero no pudo evitar responder al

desafío.
—No puedo soportar a los cazadores de trofeos. Me provocan náuseas. Sobre todo cuando da
la casualidad de que el trofeo es un amigo mío.
—Entiendo. De modo que usted cree que yo me casé con Amado por su dinero.
—¿Me está diciendo que no es así?
—¿Cómo es posible que usted y sus hijas sean los únicos que piensan eso? ¿Qué ocurre,
Michael? ¿Cree que Amado tiene tan poco que ofrecer que la única razón por la que una mujer se
casaría con él es para apoderarse de su fortuna?
—Amado conoce a muchas mujeres que habrían sido más adecuadas para...
—De modo que no es algo general, es sólo algo contra mí. ¿Es por mi aspecto?
—preguntó
Elizabeth y lo fulminó con la mirada. —A ver, ¿es el largo de mi pelo? ¿O el color de mis ojos? No,
ya sé. Yo no podría amar realmente a Amado porque es viejo. Es eso, ¿verdad?
—Podría ser su padre.
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—No '"mi" padre —replicó. —No tienen absolutamente nada en común.
La respuesta de Elizabeth lo sorprendió. El brillo de sus ojos le dijo que en su furia había mucho
más que lo obvio.
—Mire, tengo mucho trabajo, y esta conversación no nos lleva a ninguna parte.
—Sólo quiero que sepa que estoy aquí para quedarme, Michael. Y es demasiado tiempo para
que dos personas se odien y se agredan.
—Tiene razón —contestó él, y se dispuso a irse.
Elizabeth se movió para cerrarle el paso. Cuando él trató de rodearla, lo sujetó del brazo.
—Esto no es una confrontación de fuerzas. No tiene por qué ser usted o yo.
—¿Qué quiere de mí, Elizabeth?
—Una actitud abierta y desprejuiciada.
Michael lo pensó un momento.
—Me parece justo. Pero, ¿qué ocurrirá si yo descubro que tenía razón?
—Eso no sucederá.
—¿Puede, con toda sinceridad, decir que el dinero de Amado no tuvo nada que ver en su
decisión de casarse con él?
—Sí.
Su respuesta no era muy distinta de lo que él esperaba; lo que lo sorprendió fue descubrir que
deseaba creerle. Aun así, no podía aceptar que Elizabeth no tuviera motivaciones ocultas. El sentía
mucho afecto por Amado, pero sin anteojeras. Un hombre que había mantenido un celibato de
más de veinte años no podía tener la libido necesaria para satisfacer a una mujer como Elizabeth.
Y ella era tan condenadamente hermosa; la clase de mujer que, al final del día, podía hacer que
un hombre olvidara que le dolían los músculos o que tenía cuentas que pagar.
Michael tenía plena
conciencia de lo mucho que alguien como Elizabeth podía acosar a un hombre en sueños. Con un
solo movimiento del dedo habría logrado conquistar a la mitad de los hombres de San Francisco.
¿Por qué, entonces, Amado?
—¿Trato hecho? —insistió ella.
—Por ahora.
Ella le soltó el brazo y le ofreció la mano.
—Al menos hemos adelantado bastante más que hace una hora.
Cuando esa noche regresó Amado, Elizabeth estaba en el dormitorio cepillándose el pelo. Al
verlo de pie junto a la puerta, mirándola, atravesó la habitación y lo besó.

—Creí que a lo mejor decidías pasar la noche en Modesto.
—En algún momento lo pensé, pero después te imaginé haciendo lo que hacías y vestida tal
como estás, y de pronto me encontré en la autopista enfilando hacia el norte. —
Le puso las manos
sobre los hombros e inclinó la cabeza para besarle el cuello.
—¿Cómo fue tu reunión?
—Te lo contaré por la mañana.
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—Debes de estar agotado.
—Lo estaba... hasta que te vi. —Metió el pulgar debajo del bretel del camisón de seda de
Elizabeth, se lo bajó y apretó los labios sobre la parte superior de su pecho.
—Mmmmm. —Ella se arqueó hacia atrás y contuvo el aliento cuando él le acarició el pezón con
la lengua. —Tengo la sensación de que hoy me extrañaste.
—Qué mujer tan inteligente. —Amado se sacó la chaqueta, condujo a Elizabeth a la cama y se
acostó junto a ella.
—Yo también tengo cosas que contarte, pero pueden esperar.
Amado la miró.
—¿Estás segura?
La excitación de su voz no dejaba dudas de lo que él estaba pensando. Su ansiedad por darle el
hijo que ella deseaba superaba a veces su razón. Elizabeth le tiró de la corbata y lo acercó para
besarlo.
—No es eso —dijo.
El brillo de decepción que le cruzó la cara desapareció con la misma rapidez con que había
surgido, dejando lugar a una mirada de pasión.
—Entonces creo que es nuestro deber seguir intentándolo. No quiero tener en la conciencia el
no habernos dado toda oportunidad.
Fue durante el desayuno, a la mañana siguiente, que Amado le contó a Elizabeth lo que había
estado haciendo en Modesto.
—De modo que ya lo ves, es el regalo de bodas que te prometí. —Parecía increíblemente
complacido consigo mismo cuando tomó la cafetera y volvió a llenarle la taza.
—Dime, ¿qué se
siente al ser la dueña de su propio viñedo y bodega?
Elizabeth estaba demasiado sorprendida como para sentir nada. Las implicaciones de lo que él
había hecho eran demasiado complicadas e improbables.
—No lo sé —respondió con veracidad —.Y, además, creí que el Mercedes era...
Él prosiguió, sin prestar atención a la confusión de Elizabeth.
—Modesto será la columna vertebral de nuestros vinos de mesa. Los viñedos son fuertes y
sanos, y Michael cree que la bodega misma será de primer orden.
Comenzaremos a expandirnos
ya mismo, desde luego, y eso significará poner al día los...
—¿Michael sabe esto?
—Yo jamás haría una compra semejante sin consultarlo antes —respondió Amado; tomó una
tostada y la untó con una porción generosa del dulce de frutillas hecho por Consuela.
—¿Él será parte de la operación?
Amado frunció el entrecejo.
—Por supuesto. Desde que trabaja conmigo ha querido experimentar con la elaboración de
vinos de mesa de calidad. ¿Te molesta que él haga realidad sus sueños con tus viñedos y tu
bodega?
—Desde luego que no... Bueno, sí, en cierto sentido. ¿Le has dicho que quieres que yo participe

de manera activa en eso?
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—Estoy seguro de que habrá llegado a esa conclusión por su cuenta. ¿Cómo no adivinarlo? Él
sabe lo importante que es para mí que ustedes dos encuentren la forma de trabajar juntos. ¿Y qué
mejor forma que ésta?
—Es imposible forzar algunas cosas, Amado.
—Debes creerme cuando te digo que ésta no es una de esas cosas. Tú y Michael están
destinados a ser amigos. Tienen muchas cosas en común. Yo, por ejemplo, y una obstinación que
haría que una mula se sintiera orgullosa.
—Espero que estés en lo cierto.
—Ahora cuéntame tus novedades.
Elizabeth pensó en la frágil tregua establecida con Michael el día antes y lo

insignificante que
parecía ahora.
—No es nada —dijo, confiando en que sus palabras no resultaran tan proféticas como sonaban.
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CAPÍTULO 12
Sonó la campanilla del teléfono y sobresaltó a Elizabeth, que estaba profundamente dormida.
Levantó el tubo, parpadeó y trató de enfocar los números del reloj despertador digital.
—Hola.
—Caramba, me parece que llamé demasiado temprano —dijo Alice.
Eran las seis y media de la mañana.
—Está bien —respondió Elizabeth. —El despertador ya iba a sonar.
—¿Por qué no me llamas dentro de un par de horas? En realidad no tengo nada importante que
decirte.
Elizabeth colocó la almohada contra la cabecera de la cama y se sentó.
—Te perdonaré... si me llamas para decirme que cambiaste de idea y vendrás a visitarme.
—Ése es uno de los motivos de mi llamado —dijo Alice e hizo una pausa. —
Ahora escúchame,
no quiero que saltes como leche hervida por lo que voy a decirte. Lo he pensado mucho tiempo, y
es lo que quiero hacer.
—Ya no me gusta cómo suena. ¿Qué es lo que has decidido?
—Annie perdió a otra de sus camareras...
—No puedo creerlo —protestó Elizabeth.
—No es un trabajo de jornada completa. Le dije que no quería faltar a mi club de bridge ni a mi
práctica coral, así que tendré libres los martes y los jueves. Y convinimos en que el horario no sería
demasiado extenso para que yo no perdiera mi seguro social.
—Si lo que necesitas es el dinero, yo podría...
—No te atrevas a enviarme otro cheque. Ya te dije que me manejo muy bien con lo que tengo.
El dinero no tiene nada que ver con el hecho de que yo vuelva a trabajar. Es que me hace sentir
bien hacer algo.
Amado gimió con voz de sueño, se dio media vuelta en la cama y apoyó la cabeza sobre la falda
de su esposa.
La decepción de Elizabeth tenía razones más profundas que el no poder mostrarle a Alice el
valle en primavera. Durante el último mes había sentido una necesidad casi compulsiva de ver a su
abuela. Hasta barajó de nuevo la idea de tratar de convencerla de que se mudara a California.
—Supongo que es demasiado pronto para pedir un par de semanas de vacaciones.
—¿Hay alguna razón especial para que quieras que vaya a verte ahora en lugar del próximo
verano?
En la superficie, la pregunta parecía sencilla. Pero lo que le clavó un puñal en el corazón a
Elizabeth fue lo no dicho.
—No, en realidad no. —Eso era. No estaba embarazada. Siete meses de intentarlo y todavía
ningún bebé. Le habría hablado a Alice de la desilusión que había sentido al consultar, dos
semanas antes, a un especialista en fertilidad de San Francisco, pero no quería que Amado lo
supiera.
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Con su mano libre, Elizabeth apartó un mechón de pelo de la frente de Amado.
Él emitió un
murmullo de placer y hundió más la cabeza en su falda.
—Gracias a la campaña publicitaria del verano, los comerciantes minoristas golpearon a la
puerta de la bodega. Uno o dos trataron de que Amado firmara contratos de exclusividad. —El
recuerdo la hizo sonreír. —Pero, sabiamente, él declinó hacerlo.
—Gracias a ti y a Michael —murmuró Amado.
—Me gustó el aviso que hiciste para el día de San Valentín —dijo Alice. —Que mostraba todos
los interiores donde se podía realizar un picnic y todos los vinos que armonizaban con ese tipo de
comidas. Era tan sencillo y tan brillante. Me gustó en especial la forma en que lo terminaste, con la
pareja en la bañera.
—No sabíamos si los censores objetarían esa parte, pero no hubo problemas.
Supongo que ese
día estaban tan ocupados con las telenovelas que no tuvieron tiempo para nosotros.
—¿Cómo van las cosas entre tú y Michael?
—Mejor. Pero lo más probable es que se deba a que él pasa tanto tiempo en la nueva bodega
de Modesto, que casi no nos vemos.
—Tonterías. Yo sabía que cuando se sacara las anteojeras te querría tanto como el resto de
nosotros.
—Estás sacando conclusiones apresuradas. —Sólo porque ella y Michael no se mostraban
abiertamente hostiles el uno con el otro no significaba que fueran amigos. La relación de ambos se
parecía más a la de los ciudadanos de dos países que de pronto habían dejado de luchar entre sí:
recelosa y precavida.
—Bueno, lo cierto es que estoy deseando empezar a trabajar.
En la voz de Alice había un inequívoco entusiasmo.
—No exageres las cosas, abuela. Te quiero.
—Yo también te quiero, querida mía.
Elizabeth colgó. Al mismo tiempo, Amado rodó hasta quedar de costado y la abrazó.
—¿No pudiste convencer a Alice de que viniera?
—No. Comienzo a creer que jamás volveré a verla.
—Ya sabes que no hay ninguna razón para que no subas a un avión y vayas a visitarla tú.
Elizabeth se dio cuenta de que se estaba descuidando mucho con Amado.
—Te tomaré la palabra cuando me sienta satisfecha con la nueva diagramación de los avisos que
saldrán en otoño.
Ella y Alice ya se habían puesto de acuerdo con respecto a la manera en que manejarían las
supuestas visitas a casa. Siempre y cuando las planeara para momentos en que era imposible que
Amado la acompañara, sería una simple cuestión de tomar un vuelo y desaparecer por una
semana. Alice permanecería en Farmingham y manejaría todos los llamados telefónicos que
llegaran. Al cabo de un par de viajes, Elizabeth le diría a Amado lo mucho que detestaba estar lejos
de él y, con un poco de suerte, allí terminaría todo.
Amado desplazó el peso de su cuerpo, hizo una mueca de dolor y se acostó de espaldas.
Elizabeth se apoyó en un codo y lo miró.
—¿Qué te pasa?
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—Es sólo una contractura —respondió, y se pasó la mano sobre el pecho. —
Creo que ayer me
distendí un músculo cuando estuve en el campo con Tony.
—¿Quieres que te masajee?
Él le sonrió con expresión lujuriosa.
—Sería un idiota si rechazara un ofrecimiento así.
Elizabeth, con aire juguetón, le pegó en el brazo.
—Date vuelta.
—No es en la espalda —dijo él y trazó una línea imaginaria que le cruzaba el pecho. —Es aquí.
Elizabeth se arrodilló y comenzó a masajearle los músculos de la caja torácica.
—Ahhh —suspiró Amado. —Fantástico. —Y, un minuto después: —Un poco más abajo. —Ella
siguió con los masajes en la cintura. Transcurrió otro minuto. —Tus dedos son mágicos. ¿No
podrías bajarlos un poco más?
Elizabeth se echó a reír.
—Y yo que pensaba sermonearte porque te esforzabas demasiado.
Amado la atrajo de manera que Elizabeth quedara encima de él.
—AI contrario. De ahora en adelante procuraré esforzarme todavía más. No tenía idea de que
fueras tan buena enfermera.
Un buen rato después, cuando Amado aceleró sus movimientos y Elizabeth se dio cuenta de
que él se aproximaba al orgasmo, elevó una ferviente plegaria de que en ese momento pudieran
concebir un hijo, un hijo que los convertiría en una verdadera familia.
Un mes más tarde, Elizabeth se encontraba sentada en el consultorio privado del médico,
donde la enfermera la había dejado una hora antes con la consumada mentira de
"El doctor estará
con usted dentro de un minuto".
Sacó de la cartera el folleto "La infertilidad y sus soluciones" y se puso a leerlo de nuevo. No
tenía idea de que en el cuerpo de una mujer podían andar mal tantas cosas. No recordaba haber
oído hablar de parejas sin hijos en Farmingham. Pero, bueno, no era la clase de tema que la gente
solía hablar con sus vecinos.
El doctor Steele entró en el consultorio, la vista fija en la historia clínica de Elizabeth.
—¿Cómo se siente, señora Montoya? —preguntó.

Su pregunta le sonó un poco extraña, tomando en .cuenta la razón por la que ella se encontraba
allí, pero de todos modos respondió:
—Muy bien.
Él le palmeó el hombro al ir a sentarse frente al escritorio. En realidad, hasta ese momento no la
había mirado.
—Como sin duda le habrá dicho mi enfermera, ya tenemos los resultados de las radiografías.
El tiempo que Elizabeth había debido esperar a que llegara ese instante le había parecido
insoportable. Con las manos apretaba con fuerza los brazos del sillón, los dedos clavados en la tela
como si de ello dependiera su vida. Si el doctor Steele no hubiera decidido a último momento
tomarse unas mini vacaciones, Elizabeth habría recibido los resultados una semana antes. Pero
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7° de la Serie Multiautor Romantísima todos, desde los técnicos del laboratorio hasta el radiólogo, se habían negado a decirle nada, e
insistieron en que debía escuchar las "noticias" de labios de su propio médico.
—Me temo que las cosas son incluso peores de lo que pensé al principio. —
Hojeó los papeles
de la historia clínica. —Tiene las dos trompas completamente obstruidas. Desde luego, no
sabremos el grado de la obstrucción hasta que hagamos una laparoscopia, pero sospecho que no
nos gustará lo que descubriremos.
Elizabeth tragó fuerte en un vano intento de eliminar el bulto que sentía en la garganta.
—Supongamos lo peor, que lo de mis trompas no tiene solución... ¿cuáles serían entonces mis
opciones?
El médico arrojó la carpeta sobre el escritorio.
—No me gusta cruzar esa clase de puentes antes de haber llegado a ellos.
Prefiero mantener
una actitud optimista si encaramos el proceso de a un paso por vez.
Elizabeth sintió que se ponía cada vez más furiosa. Si el doctor Steele cobrara por sus frases
remanidas lo mismo que por su habilidad como ginecólogo, podría duplicar sus ingresos. ¿Cómo
era posible que un hombre que se ganaba la vida con las mujeres se mostrara tan
condenadamente condescendiente con ellas?
—Olvídese de la actitud optimista, doctor Steele. Quiero saber cuáles son las posibilidades
reales de que alguna vez llegue a concebir un hijo.
Él la fulminó con la mirada.
—Por lo que he visto hasta ahora, haría falta un milagro médico para que usted quedara
embarazada. Pero incluso en ese caso, me sorprendería mucho que usted pudiera llevar un feto a
término.
—¿Por qué?
—Su útero es extremadamente...
—¿Qué sentido tiene, entonces, hacer más pruebas? —No necesitaba saber los detalles; los
hechos eran más que suficientes para mantenerla despierta por las noches.
—¿Qué puedo decirle? Los milagros ocurren.
Le exigió un gran esfuerzo, pero Elizabeth logró tomar la cartera y ponerse de pie sin
demostrarle al médico lo desolada que se sentía.
—Yo no creo en milagros, doctor Steele.
—Con el tiempo cambiará de idea. Y, cuando lo haga, yo estaré aquí.
Cuando esa tarde Elizabeth regresó a su casa, Consuela le dijo que Amado se había ido a
Modesto para verificar algunos problemas que había con la instalación de los

nuevos tanques de
acero inoxidable para la fermentación, y que quería avisarle que era probable que tuviera que
pasar la noche allá. Elizabeth deambuló por la casa durante una hora y después salió a caminar por
los viñedos, con la esperanza de que la belleza de las flores color mostaza y la promesa de una vida
renovada de las viñas la distrajeran. Pero fue inútil. Sólo podía pensar en el hijo que jamás
sostendría en brazos.
Si tan sólo un hijo no hubiera representado la esperanza de Amado para el futuro...
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Se obligó a abrir los ojos y a pensar en otra cosa. Ese pensamiento y la muerte de un sueño le
estaban quitando su capacidad de funcionar. Si no hacía algo pronto, quedaría atascada en la
congoja. Tenía una sola salida: el trabajo. Después de decirle a Consuela adonde estaría por si
Amado llamaba por teléfono, se dirigió a la oficina que tenía en la bodega.
Había perdido toda noción del tiempo cuando oyó golpes en la puerta, levantó la vista y notó
que afuera estaba oscuro.
—Adelante.
La cabeza de Michael apareció por la puerta.
—Pensé que Amado estaba aquí—dijo.
—No. Está en Modesto.
—Sí, ya lo sé, pero cuando vi la luz supuse que había decidido volver esta noche. Lamento
haberla molestado —dijo e hizo un movimiento para irse.
—Aguarde —lo atajó Elizabeth, sorprendida por su propio pedido. Entendía su necesidad de
estar con alguien, pero no su elección de persona. —Me gustaría hablar con usted si tiene un
minuto.
—¿Sobre qué?
Buena pregunta.
—Sobre la bodega.
Él miró el reloj de pared situado detrás de ella.
—¿Puede ser breve? Tengo que estar en otra parte a las siete y media.
Debía haberlo imaginado. Se rumoreaba que a Michael rara vez le faltaba una cita los fines de
semana. Ella giró en su asiento para ver cuánto tiempo le concedía. Ya eran la siete.
—Podemos dejarlo para otro día.
Él frunció el entrecejo.
—Si es importante, puedo...
—No... está bien. Esperará.
Aun así Michael entró en el cuarto. Con una suavidad muy poco común en lo que a ella
concernía, le dijo:
—Deje que sea yo el que lo juzgue, ¿sí?
Dios, ¿tan malo era su aspecto?
—No necesito su lástima —saltó Elizabeth. —¿Por qué no sale de aquí y hace lo que tiene que
hacer?
Él acercó una silla, la hizo girar y se sentó a horcajadas.
—¿Que yo le tengo lástima? —repitió, y sacudió la cabeza. —De ninguna manera.
—Olvide que dije algo, ¿sí? Le preguntaré a Amado lo que necesito saber —
contestó Elizabeth,
y giró la silla para quedar de espaldas a él.
Michael tomó el brazo del sillón y lo movió para que Elizabeth quedara de nuevo frente a él.

—Mire, los dos sabemos que las cosas no han mejorado tanto entre nosotros como para que
usted quiera hablar conmigo si no lo considerara importante. Así que, ¿por qué no me dice lo que
le preocupa?
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—Yo hablo con usted todo el tiempo.
—Sí, claro, cada tanto hay un "Buenos días, Michael", o un "¿Ha visco a Amado?". Incluso hubo
una o dos veces en que me deseó buenas noches al irse. Eso no es precisamente lo que yo
considero hablar con alguien.
—Supongo que cree que usted ha hecho todo lo posible para alentar algo más...
—¿Por qué debería hacerlo? Es usted la que piensa que deberíamos ser amigos.
—Salga de aquí. Tengo demasiadas cosas en que pensar para entrar en estos juegos estúpidos
con usted.
—Ahora sí que me ha despertado el interés. ¿Hay algún problema con uno de los minoristas?
Varias semanas antes, cuando estaban en pleno trabajo para la campaña de avisos, Amado le
había pedido que se familiarizara con el sistema de distribución. Fue algo así como un codazo no
demasiado suave hacia lo que él esperaba sería la participación eventual de Elizabeth en el manejo
de la bodega. También le había dicho que le había informado a Michael que acudiría a él con
preguntas. Pero era demasiado pronto. Todavía ella no sabía lo suficiente como para preguntar
algo que sonara medianamente inteligente. En busca de algo que decir, recurrió a lo primero que
se le cruzó por la cabeza.
—Me preguntaba qué pensaba usted del plan de Amado de comprar los viñedos que descubrió
la semana pasada en Healdsburg.
—¿Qué importancia podría tener lo que yo pienso?
—El lo escucha.
—Entiendo. ¿Significa eso que a usted no le gusta la idea y espera que a mí tampoco, para que
yo trate de disuadirlo?
—Amado me preocupa —repuso Elizabeth. Era la primera vez que ponía palabras a sus
sentimientos. —Es como un chico que de pronto se encuentra con una provisión ilimitada de
bloques para construir casas. Se lo pasa poniendo más y más encima y olvida que, si no agranda la
base, todo el edificio se derrumbará.
—¿Y se supone que yo debo creer que eso a usted le molesta, aunque Amado haya puesto a su
nombre la operación Modesto?
Ella lo miró con fastidio.
—¿No se cansa nunca de pensar lo peor de mí?
—De ninguna manera. Me resulta casi tan fácil como respirar.
—Lamento haberle hecho perder el tiempo.
Él no se movió siquiera para irse.
—¿Ahora me dirá qué es lo que realmente le preocupa?
Eso la tomó desprevenida.
—No.
—¿Por qué no? No podría pedir un oído más neutral que el mío.
La tristeza que sentía era tanta que creyó que estallaría por la necesidad de compartirla con
alguien. Pero no con Michael. Con cualquiera que no fuera él.
—Es algo personal.
Al oír la desesperación en su voz, el brillo burlón desapareció de los ojos de Michael.

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—Creo que le debo una disculpa. Es obvio que le ocurre algo. Yo no tenía derecho de provocarla
de esa manera.
Elizabeth podía soportar sus insultos, pero no su bondad. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Si no se va de aquí ahora mismo, llegará tarde.
—No será la primera vez.
A Elizabeth le dolía la garganta por el esfuerzo de impedir las lágrimas.
—No quiero hacer esto. Por favor... váyase.
—Está bien. Si está segura... —Se puso de pie y fue a la puerta. De espaldas a Elizabeth, agregó:
—Quiero que sepa que usted ha hecho que sea imposible que los dos sigamos como antes.
—¿Por qué?
Él se dio vuelta y la miró.
—Creo que usted ha empezado a gustarme.
—Se recuperará. Dele un par de días.
Michael miró el reloj del tablero de la camioneta mientras frenaba el vehículo frente a su casa.
No llegaría a tiempo a la fiesta. Normalmente no importaría si llegaba un poco tarde, pero esa
reunión era especial: todos tenían que representar un personaje y pasarse la noche tratando de
averiguar cuál de ellos había cometido un asesinato.
Pero en la última hora a él se le habían pasado las ganas de ir a una fiesta y se habría quedado
en su casa esa noche si con eso no les hubiera arruinado la noche a los demás. ¿Y
si a él le tocaba
el papel del asesino? Quince minutos después estaba de vuelta en la pickup, ataviado con su
versión de un viejo capitán de mar, muy poco entusiasmado con lo que le esperaba.
Vio que el Mercedes avanzaba hacia él en el camino hacia St. Helena. Michael saludó con la
mano, pero los dos vehículos se cruzaron tan rápido que no supo si Elizabeth lo había visto.
Michael sintió un poderoso e inesperado impulso de girar el volante y seguirla hasta la casa. Tenía
la sensación de que la conversación que habían mantenido más temprano había quedado
inconclusa.

Al darse cuenta de que sus sentimientos hacia Elizabeth habían sufrido un vuelco espectacular
en el último mes, Michael frunció el entrecejo y trató de razonar. ¿Cuándo y por qué había
cambiado de opinión sobre ella?
Y de pronto lo supo. Ya no veía a Susan cuando miraba a Elizabeth. Ahora, retrospectivamente,
le resultaba difícil imaginar que eso le había sucedido. No se parecían en nada, al menos no en lo
que de veras importaba. Si bien el pelo, los ojos y la figura de Elizabeth siempre serían similares a
los de Susan, eran sólo similitudes superficiales.
Siempre se había jactado de poder aceptar a las personas por quienes eran y no por lo que
eran. No tardó mucho en descubrir por qué se había apresurado a juzgar en el caso de Elizabeth.
Y todo porque le recordaba a Susan.
¿Nunca se liberaría de su influjo?
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CAPÍTULO 13
Pasó una semana antes de que Elizabeth encontrara el momento apropiado para decirle a
Amado que no tendrían hijos. Él la escuchó en silencio y, cuando Elizabeth terminó de hablar, la
abrazó hasta que a ella no le quedaron lágrimas.
Aunque Elizabeth nunca supo bien qué sentía Amado al respecto, jamás volvieron a tocar el
tema. Fue como si el episodio no hubiera sido más que un bache en el camino de la vida en común
de ambos; una vez superado, el trayecto volvía a ser suave, al menos en la superficie.
Elizabeth se quedó prendada de una pareja de pinzones que preparaban su nido, y no hacía más
que pensar en los huevos que pondrían y en los pichones que tendrían. Una tarde, Michael la
encontró con la vista fija en los pájaros.
Se acercó al lugar donde ella se encontraba sentada: frente a los peldaños de la cabaña de
huéspedes.
—¿Ocurre algo? —le preguntó.
Ella le pasó los binoculares y le señaló en una dirección.
—Ayer salieron del cascarón —dijo y sonrió. —Son bien feos, ¿no?
—No me lo parecen tanto —respondió él; se sentó junto a ella. —¿Alguna vez vio un pichón de
águila?
—Jamás personalmente.
Él la miró, como sin entender.
—Siempre miro los programas de naturaleza del PBS.
—Algún día cederé y me compraré un televisor. No hago más que oír comentarios sobre esos
maravillosos programas que me estoy perdiendo.
—Entonces supongo que ha visto personalmente un pichón de águila.
—Cuando era chico, pasé algunos veranos trabajando en Alaska, en una fábrica de conservas.
Elizabeth se animó a mirarlo de reojo. ¿Ése era realmente Michael Logan? ¿Era posible que
estuvieran manteniendo una conversación normal?
—Eso me sorprende. Me lo imaginaba muy apegado al trabajo y enemigo de los libros.
El rió por lo bajo.
—Escapar a Alaska fue mi intento de ser un joven rebelde.
Elizabeth estaba por seguir interrogándolo, pero de pronto recordó la vinculación de Amado con
los estudios de la universidad de Michael. ¿Se estaba rebelando contra Amado cuando fue a
Alaska? ¿Sería posible que la historia de ellos dos no estuviera tan libre de problemas como

parecía?
Como si pudiera leerle el pensamiento, Michael se puso abruptamente de pie y anunció que
tenía que ir a trabajar. Y antes de que ella pudiera darse cuenta, había desaparecido. Elizabeth lo
observó alejarse y subir a la camioneta, complacida de que hubieran dado un paso más hacia la
amistad.
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Una semana después, Michael pasó por la oficina de Elizabeth y se detuvo en el umbral hasta
que ella dejó lo que estaba haciendo y lo miró.
—¿Ocupada?
—Deme un segundo y ya no lo estaré. —Terminó la frase que estaba escribiendo y apartó la silla
de la computadora. —¿Qué puedo hacer por usted?
—Amado me dijo que quizá le interesaría acompañarme hoy.
—¿Ah, sí? ¿Adónde va?
—A Davis. Me reuniré con Charley Pinkley para conversar sobre los resultados de un
experimento sobre fermentación.
—Supongo que Amado no mencionó por qué creyó que me interesaría... —Le había costado
mucho pasar el examen de física de la universidad, y el día que terminó el semestre enseguida
olvidó todo lo estudiado.
—Dijo que usted quería aprender todos los aspectos de este negocio.
Amado apareció detrás de Elizabeth.
—Veo que ya le has dicho a Elizabeth lo de la reunión —comento. —Yo hubiese querido
hablarle de eso antes.
—Lo siento. Pensé salir un poco más temprano para tratar de conseguir un regalo para el
cumpleaños de Patty —dijo Michael.
—¿Quién es Patty? —preguntó Amado. —¿No me dijiste la semana pasada que estabas
saliendo con una mujer llamada Faith?
—Patty es la hija de Faith. Y no salgo con ella de la manera en que piensas.
Somos amigos desde
la secundaria.
Amado centró su atención en Elizabeth.
—Llamaré a Consuela y le diré que no sirva la cena hasta que vuelvas.
Elizabeth estuvo a punto de decirle que no iría, que tenía una pila de correspondencia que
contestar, pero cuando vio la expresión resuelta del rostro de Amado, decidió que sería más
sencillo ceder que iniciar una discusión. Por mucho que disfrutara del trabajo cada vez más intenso
de la oficina, se sentía perdida cuando se trataba de la parte más concreta de la elaboración del
vino.
—No lo hagas —le dijo Elizabeth, —Si tengo apetito, me prepararé algo yo misma cuando
vuelva.
Michael miró su reloj.
—Si no queremos viajar a la hora de más tránsito, deberíamos salir ya mismo.
Elizabeth tomó la cartera, se la colgó del hombro y le dio el brazo a Amado.
—¿Me acompañas al auto?
Él se soltó.
—No puedo. Espero un llamado en cualquier momento.
Ese sutil rechazo la descoloco. Miró a Amado como pidiéndole una explicación, pero él no la
entendió o adrede no le prestó atención.
—Dale mis saludos a Charles —le dijo a Michael. —Y dile que espero con

impaciencia su visita el
mes que viene. —Casi como si acabara de recordarlo, besó a Elizabeth en la mejilla.
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Menos de una hora más tarde, Michael estacionó el auto en la playa de estacionamiento de Nut
Tree, una combinación de tienda de regalos y restaurante, al este de Fairfield.
Era el lugar donde
solía detenerse cada vez que viajaba por ese sector de la Interestatal SO. Sentía debilidad por la
especialidad de la casa: los bizcochos de jengibre, sobre todo cuando acababan de salir del horno.
Se parecían mucho a los que hacía su madre.
—Sólo tardaré un par de minutos —le dijo a Elizabeth.
En la tienda de regalos había una sección dedicada con exclusividad al público infantil.
—¿No quiere ayudarme a elegir un regalo? —le preguntó al apagar el motor del
auto.
—No lo creo —respondió ella.
—¿Y si la soborno con un licuado de banana con leche?
—¿Cómo sabe que me gustan los licuados de banana con leche? Y aunque así fuera, ¿tengo el
aspecto de ser una mujer a la que se puede sobornar con eso? No importa. Ya sé cuál será su
respuesta.
Michael giró en el asiento para mirarla mejor.
—¿Soy tan transparente?
—Sí, con respecto a algunas cosas.
—Vamos —insistió él, —deme una mano. No tengo la menor idea de qué puede gustarle a una
criatura de tres años.
Ella se erizó.
—¿Y qué le hace pensar que yo sí lo sé?
—Porque fue una pequeña de esa edad.
Elizabeth levantó las manos.
—Vaya lógica. Ahora entiendo por qué Amado piensa que usted tiene una mente tan brillante.
Michael sonrió.
—Ésa es la Elizabeth que conozco. Comenzaba a creer que la habían secuestrado y que en su
lugar habían dejado un clon tímido y dulce. —Se bajó del auto y lo rodeó para abrir la portezuela.
—De veras, no quisiera tener que entrar en una juguetería —dijo.
No fue tanto lo que ella dijo sino la forma en que lo hizo lo que le indicó a Michael que debía
dejar de insistir.
—Está bien. ¿Por qué no busca usted los licuados de banana mientras yo entro a comprar algo
totalmente inadecuado?
—¿Supongo que convido yo?
Él vio que sin duda algo la molestaba. Michael metió la mano en el bolsillo en busca de su
billetera y le dio dos dólares.
—Esto no es suficiente —protesto ella.
—Eso es para el mío. Usted no me dijo que también debía pagar por el suyo.
Cuando Elizabeth sonrió, Michael se dio cuenta de cuánto tiempo hacia que no oía su risa en la
bodega. ¿Cómo era posible que eso que era tan propio de ella desapareciera en forma tan
abrupta? ¿Qué demonios pasaba entre Elizabeth y Amado?
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Estaba oscuro cuando por fin emprendieron el regreso a St. Helena. Habían avanzado varios
kilómetros en un cómodo silencio y Michael comenzaba a pensar que a Elizabeth se le habían
acabado las preguntas incentivadas por la reunión con Charles. Pero se equivocaba.
—Oí que Charles y usted intentan convencer a Amado de que plante más varietales. ¿Por qué?
—Creo que es un error concentrarse demasiado en zinfandel, chardonnay y cabernet
sauvignon. Los gustos cambian. Debemos anticiparnos a las tendencias del mercado, no seguirlas.
—Usted habla como un profesor que tuve en la universidad. Era uno de esos maestros que le
cambian a uno la vida. Antes de que asistiera a su curso, yo creía que publicidad era una mala
palabra.
—¿Dónde estudió?
—En Safford Hill.
—Tengo un par de amistades que también estudiaron allí.
Ella lo miró de reojo.
—Mujeres, sin duda.
—Veo que ha estado escuchando las murmuraciones de la ciudad. —A veces, la exagerada fama
de tenorio que tenía le resultaba divertida; en otras ocasiones, sobre todo cuando eso
representaba un escollo para una amistad en desarrollo, lo fastidiaba.
—Amado asegura que usted es capaz de conquistar a todas las mujeres solteras del valle, y
también a algunas de las casadas.
—Yo dejo tranquilas a las casadas.
—Salir con tantas mujeres... ¿De qué se está escapando?
Él giró la cabeza y la miró con desagrado.
—Vamos. En el mundo de hoy, tendría que ser estúpido o tener ganas de morir para hacer lo
que todos creen que hago. —Volvió a dirigir la mirada al camino. —¿Por qué le cuesta tanto a la
gente aceptar que un hombre pueda ser amigo de una mujer? —Dejó que transcurrieran varios
segundos antes de agregar; —Además, ¿qué le hace pensar que trato de escapar de algo?
Ella se pasó la mano por el pelo y se recostó contra el apoyacabeza.
—Fue una pregunta tonta. Olvídela.

—¿Primero me considera un candidato para el diván de un analista y después me dice que lo
olvide? —Apartó una mano del volante y chasqueó los dedos. —Así como así.
—Detestaba a los
psicólogos "silvestres" casi tanto como odiaba a las personas que juzgaban la valía de un hombre
por el tamaño de su cuenta bancaria.
—Ha sido un día maravilloso. No lo terminemos con una discusión.
La furia que sentía Michael era totalmente desproporcionada. ¿Por qué, de repente, le
importaba tanto lo que ella pensaba? Que pensara lo que quisiera.
—Sólo se lo pregunté porque veo mucho de mí misma en usted —dijo Elizabeth algunos
minutos después. —Me he pasado la mitad de la vida huyendo de los compromisos.
—Ésa es usted.
—Es verdad. Yo no tenía derecho a...
—¿A qué le tenía miedo usted?
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—A tener un contacto demasiado estrecho, a permitir que alguien me viera tal como soy, a las
despedidas. Fueron muchas las razones.
En la mente de Michael sonó una señal de alarma que él no entendió.
—Yo no soy así.
—Entonces supongo que me equivoqué. Es evidente que usted todavía no ha conocido a la
mujer adecuada. Cuando la conozca se serenará.
—Eso, suponiendo que la reconozca cuando la vea.
—Estoy segura de que la reconocerá.
—¿Cómo es eso?
Elizabeth le sonrió.
—En su caso, lo más probable es que comiencen a sonar campanadas en su corazón. No me
imagino nada menos que eso.
—¿Le pasó algo así cuando conoció a Amado?
Ella sacudió la cabeza.
—En mi caso, fue más una cuestión del momento y la circunstancia adecuados.
—Eso no suena demasiado romántico.
—Lo romántico vino después, cuando comprendí lo mucho que lo amaba. A veces tardo en
darme cuenta de las cosas.
Michael abandonó la interestatal y entró en la ruta 12, el camino angosto de sólo dos carriles
que los llevaría a la ruta 29 y a la casa.
—Amado ha cambiado desde que la conoció... para mejor —reconoció de malagana —Jamás lo
vi tan feliz.
—Ese comentario sí que me sorprende.
—¿Por qué? ¿Porque viene de mí?
—¿Debo entender que usted ha cambiado de idea con respecto a los motivos que tuve para
casarme con Amado?
—Puedo ser obstinado, y a veces algo torpe, pero no soy estúpido. Amado está loco por usted.
Y usted...
—¿Sí?
—Bueno, es obvio que está loca por él.
—Gracias por notarlo.
—¿Y qué me dice de usted? ¿El matrimonio también la cambió?
—No lo sé. No suelo pasar mucho tiempo pensando en esa clase de cosas.
En una forma sutil, la barrera que les había impedido ser amigos había sido superada.
—¿Por qué no quiso entrar conmigo en la juguetería ? —Se había prometido no volver a sacar el

tema. Si ella hubiera querido que él lo supiese, se lo habría dicho en su momento. Pero una voz
interior lo urgió a preguntárselo, no porque la respuesta le importara, sino porque intuyó que, de
alguna manera, lo que la perturbaba era algo que necesitaba ser compartido, y él quería hacer eso
por ella.
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Elizabeth giró la cabeza hacia la ventanilla, aunque estaba demasiado oscuro como para ver
algo. Pasaron varios minutos antes de que respondiera.
—Hace poco supe que no puedo tener hijos, y supongo que todavía estoy muy sensible en ese
sentido.
La pena que él percibió en su voz lo hizo dudar de su decisión de alentarla para que hablara.
Había algunas heridas que sólo el tiempo podía curar. Y otras que sencillamente
se convertían en
parte de uno.
—No sabía que usted y Amado planeaban...
Ella giró y lo miró.
—No debería haberle dicho eso.
—¿Por qué?
—Porque es algo personal y a usted no le incumbe.
Él no le creyó esa explicación. Eso lo sabía antes de abrir la boca, pero no le había impedido
hablar.
—Si lo que le preocupa es que yo se lo pueda contar a alguien, no es así. Lo que usted me diga
quedará entre nosotros.
—Suelo ser más circunspecta.
—Todo el mundo necesita un oído amigo de vez en cuando. —Ella debió de haber recibido la
noticia poco antes de que él la encontrara en la oficina. La extraña conducta de Elizabeth
comenzaba ahora a tener sentido: las lágrimas, la tristeza en sus ojos, el rechazo de Amado. ¿Qué
mejor manera para Amado de darles la espalda a Elana y a Felicia y al sufrimiento que las dos le
habían causado que tener un nuevo hijo? El pobre Amado debió sentirse destrozado.
—¿Y usted no se lo dirá a nadie?
—Lo prometo. —Movido por un impulso, le tomó la mano. Los dedos de Elizabeth se cerraron
alrededor de los suyos. Por un momento —antes de que el contacto los hiciera sentir incómodos
por su intimidad —fue como si siempre hubieran sido amigos.
Elizabeth fue la primera en soltar la mano.
—¿Cuánto tiempo nos queda de viaje antes de llegar a casa? —preguntó.
—Más o menos media hora. Depende del tránsito que encontremos al pasar por Napa.
—De pronto estoy muerta de hambre.
—En el asiento trasero hay unas manzanas que puede comer si tiene ganas. O
podríamos parar
en algún lugar y tomar un bocado. Lo que usted quiera. —Se alegró de poder cambiar de tema de
conversación. Era como si la moneda que representaba la relación de ambos de pronto hubiera
cambiado de cara a ceca. No estaba acostumbrado a equivocarse con respecto a su reacción inicial
a la gente. Elizabeth era una excepción, y él todavía no sabía qué pensar al respecto.
—La manzana me parece muy bien. —Se quitó el cinturón de seguridad, se puso de rodillas y
extendió el brazo detrás de Michael. —¿Quiere una?
—Yo suelo comer las manzanas peladas y sin el corazón.

Ella llevó la bolsa adelante.
—Vaya que es quisquilloso.
—Es por necesidad, no por elección. Perdí los dientes delanteros al tratar de impedir un gol.
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—Pero ganó el partido.
—Así es.
—En cambio yo perdí los míos por vanidad, pero no dejo que eso me detenga.
—Mordió una
manzana, le arrancó un pedazo grande y se lo pasó a él. El gesto fue natural y espontáneo y le dio a
Michael la misma sensación de pertenencia que cuando ganó aquel partido de fútbol.
El resto del camino se lo pasaron intercambiando los peores chistes que conocían, Elizabeth
ganó por lejos.
Amado debió de haberlos oído acercarse, porque aguardaba a Elizabeth cuando llegaron.
Después de hacer un breve resumen sobre los resultados de la reunión y la promesa de darle más
detalles por la mañana, Michael partió hacia la casa de Faith y la cena de cumpleaños de Patty.
—¿Lo pasaste bien ? —le preguntó Amado a Elizabeth al entrar en la casa.
—En realidad, sí.
—Pareces sorprendida.
—Me alegra informarte que tu plan pata acercarnos a Michael y a mí para que nos hiciéramos
amigos o nos matáramos en el intento finalmente está teniendo éxito.
—¿Qué plan? Yo no tenía ningún plan.
—Deja de hacerte el inocente —replicó ella; dejó la cartera en la mesa del hall y pasó los brazos
alrededor del cuello de Amado. —¿Cuándo te vas a convencer de que es imposible engañarme? Yo
sé qué piensas con esa mente tortuosa antes de que tú te des cuenta.
Él le besó la frente.
—En ese caso, mi querida Elizabeth, ¿por qué no me dices qué pienso en este preciso instante?
Ella inclinó la cabeza y le dedicó una sonrisa seductora.
—Que quieres hacerme el amor.
—Notable. De ahora en adelante tendré que tener más cuidado con mis pensamientos.
—Sera inútil —dijo ella y se apretó contra él. —Yo tengo una poción mágica que es capaz de
atravesar un escudo de plomo.
—La magia que tú manejas no tiene nada que ver con pociones.
—Demasiada conversación —contestó Elizabeth, le tomó la mano y lo condujo al dormitorio. —
Llegó el momento de la acción.
Media hora después, los dos estaban acostados lado a lado, cubiertos sólo con una sábana, y en
el cuarto reinaba un silencio tan absoluto que se podía oír el leve sonido de la radio-reloj.
—Lo siento —dijo Amado.
—Por favor, no digas eso. —Elizabeth acurrucó la cabeza contra el pecho de Amado. —A veces
tampoco yo estoy de humor. No tiene importancia.
—Tú querías hacer el amor.
—Lo que quería era estar bien cerca de ti. Y lo estoy.
—No es lo mismo.
—Tal vez no para un hombre. Pero para una mujer, lo que más importa son la ternura y la piel.
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—Te prometo que no volverá a suceder.
—No puedes prometer eso. No eres una máquina, Amado. Nadie puede funcionar sólo a fuerza
de voluntad.
—Quizá se deba a...
Elizabeth esperó. Cuando él no terminó la frase, se incorporó y lo miró.
—¿A qué?
—No es nada.
—No me dejes afuera. No ahora.
Amado apartó la cara.
—Ha habido tanto que hacer esta primavera. Hay momentos en que desearía tener otro par de
manos.
Mentía, desde luego, pero Elizabeth no sabía qué hacer al respecto. Al comprender que lo
estaba poniendo incómodo al actuar como una inquisidora, volvió a recostarse.

—¿Te ayudaría, que te dijera cuánto te amo? —preguntó.
Amado la besó en la frente.
—Son las palabras que vivo para oír.
—Entonces de ahora en adelante te las repetiré todos los días.
—Eso me gustaría —dijo él. —Ahora, creo que hemos hablado suficiente de esto. Me gustaría
que me contaras qué te pareció mi amigo Charles.
Elizabeth sintió que algo se alejaba de ella, pero no tenía idea de qué o de qué manera.
—Me pareció petiso, calvo y miope.
—¿Charles Pinkley? ¿Estás segura...? —Rió entre dientes, la acercó y la abrazó.
—No sé qué
haría sin ti.
—Es una suerte, porque no pienso irme a ninguna parte.
Él volvió a besarla.
—¿Me dirás ahora qué te pareció Charles?
—Me pareció un hombre increíblemente alto. Y esas patillas...
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CAPÍTULO 14
Elizabeth se quedó mirando la primera página del periódico, que le impedía ver a Amado. Él se
hallaba sentado frente a ella, con la mesa de comedor en el medio, entregado a su nuevo hábito:
leer en lugar de conversar durante el desayuno. Esa mañana Elizabeth había tratado varias veces,
sin éxito, de atraer su atención. Hizo un nuevo intento.
—Olvidé decirte que el equipo de filmación llegará mañana por la mañana a las cinco en lugar
de a las siete —dijo. —Quieren preparar lo necesario para un par de tomas a contraluz en los
viñedos.
Amado le contestó, pero sin bajar el periódico:
—¿A qué hora quieren que esté allí?
—Jerry dijo que si terminas con el maquillaje a las seis, eso les dará suficiente tiempo.
La barrera descendió.
—No creo que eso sea problema. —Con cuidado meticuloso, plegó y devolvió la sección del
diario que había estado leyendo. Miró el pomelo a medio comer que estaba frente a él y, luego, la
pared detrás de Elizabeth. Parecía intranquilo, casi nervioso. Pasaron varios segundos antes de que
volviera a hablar. —Tenemos que conversar —dijo, e hizo una pausa. —He postergado decirte algo,
Elizabeth, porque sabía que te preocuparía de manera innecesaria.
Ella se sentó más derecha en la silla. No tenía idea de lo que vendría después, pero presintió
que no le gustaría.
—Le pedí a Consuela que llevara mis cosas a la habitación de huéspedes después que nos
hayamos ido a trabajar. —Por fin levantó la vista y la miró. —Por favor, Elizabeth... Trata de
entender... Es sólo algo transitorio. Sabes que últimamente no duermo bien y me preocupa la idea
de que mí inquietud te perturbe. En cuanto todo vuelva a la normalidad, le diré a Consuela que
lleve de nuevo mis cosas a tu dormitorio.
No fue necesario que ella le preguntara qué entendía por "normalidad": sin duda, el día en que
él lograra superar su decepción por la incapacidad de Elizabeth de darle hijos y pudiera volver a
hacer el amor.
—¿Mi dormitorio? —preguntó ella, luchando por mantener la voz serena. —
¿Cuándo dejó de
ser "nuestro" dormitorio, Amado?
—Fue una elección desafortunada de palabras. Nada más.

Elizabeth se puso de pie y rodeó la mesa. Cuando estuvo junto a Amado, se arrodilló y le apoyó
las manos en el brazo.
—Si te vas, la distancia que ya se está abriendo entre nosotros seguirá creciendo.
Jamás
podremos elaborar esto.
Él le tocó la cara con una ternura infinita.
—Le atribuyes demasiada importancia.
—Te juro que, con lo que siento, podría acostarme en el piso y ponerme a patear y a gritar, y ni
siquiera eso expresaría el terror que tengo. Te amo, Amado. Sé lo desilusionado que te sientes...
Él le puso la mano sobre la boca.
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—Mi amor por ti no tiene nada que ver con el hecho de que tengamos o no hijos propios. Te
dije que no volveríamos a hablar del tema. Es algo sin importancia que quedó atrás.
Si tan sólo ella pudiera creerle...
—Entonces, ¿por qué haces esto?
—Debo tomar decisiones, y necesito tiempo para pensar en ellas.
Elizabeth quedó helada.
—¿Qué clase de decisiones?
—Te lo diré más adelante.
Sí algo había aprendido Elizabeth de Amado en los diez meses que llevaban de casados, era que
no servía de nada presionarlo.
—¿Esa nueva habitación tuya viene con privilegio de visitas?
—Creo que sería mejor que esperaras un poco.
—Entiendo —repuso ella en voz muy baja, y sintió que lenta e inexorablemente se le destrozaba
el corazón.
Él le tomó la mano y se la oprimió.
—La tristeza que veo en tus ojos es como un cuchillo que se me clava en el pecho. Debes creer
que te amo, Elizabeth. Lo eres todo para mí, el aire que respiro.
—Entonces quédate junto a mí. Te prometo que lograremos arreglarlo todo.
—No estaré lejos, sólo del otro lado del pasillo.
Lo tenía resuelto y nadie podría hacerle cambiar de idea. Ella asintió, derrotada.
—Ahora debo irme. Tengo que reunirme con Michael en la bodega dentro de diez minutos.
Elizabeth se movió para dejarlo pasar.
Él comenzó a irse pero de pronto, como si se le acabara de ocurrir, volvió para darle un beso. El
roce de los labios de ambos fue algo casi rutinario, sin pasión y sin siquiera esperanza.
—¿Estarás libre para el almuerzo? —preguntó Elizabeth.
Él frunció el entrecejo.
—Creí haberte dicho que hoy almuerzo con Elana en Santa Rosa.
No se lo había dicho, y ella adivinó por qué.
—No te olvides de darle saludos míos.
—¿Quieres acompañarnos?
La invitación fue tan poco sincera que casi daba risa.
—No lo creo.
En los ojos de Amado apareció una mirada de alivio.
—Ya le dije a Consuela que no me guarde la cena.
Si Elizabeth no le tuviera afecto a Consuela, habría momentos en que la odiaría.
—¿Entonces planeas volver a casa tarde?
—No tengo idea de cuánto durará mi reunión con Elana.
—Me pareció entender que sólo almorzarías con ella. ¿En qué momento se convirtió en una
reunión?

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Amado pareció sentirse incómodo.
—Con Elana nunca se sabe cuánto durarán las cosas. Nos vemos tan poco que detesto tener
que ponerle límite al tiempo que estamos juntos.
—Lo único que tenías que hacer era pedírmelo y yo habría desaparecido por el día, incluso por
el fin de semana. Después de todo, ésta es tu casa. No tenías necesidad de escaparte a Santa Rosa
a visitar a tu hija. Sería el colmo que yo me interpusiera entre tú y tu familia...
Amado la aferró por los brazos y la sacudió.
—No quiero oírte hablar así. Elana mencionó que iba a Portland a encontrarse con Edgar. Yo le
pregunté si me dejaría invitarla a almorzar. Fue así de sencillo. ¿Por qué quieres complicar las
cosas?
Ella se liberó, todavía furiosa.
—Michael te está esperando.
—Ya iré. Lo que ocurre aquí es más importante.
—¿Comprendes eso, y de todas formas no haces nada para modificarlo? Amado, no podemos
ocultarnos lo que está pasando entre nosotros y esperar que se solucione por su cuenta. —En ese
momento, el futuro de ambos le pareció tan frágil como una pieza de porcelana fina en manos de
un chico de dos años. —Podrías ver a un médico. —Elizabeth se había prometido que no le haría
eso a Amado. —A lo mejor es sólo un problema orgánico.
Él pareció disminuir de tamaño mientras ella lo mirada.
—Fui a ver al doctor Murdock la semana pasada —dijo Amado, y ni su rostro ni su voz
traicionaron emoción alguna. —No hay nada que él pueda hacer.
Entonces la impotencia de Amado era culpa de ella. O, más concretamente, de lo que Amado
sentía por ella. A Elizabeth se le apretó el estómago y se sintió mal.
—¿Estaba seguro?
—Sí.
—Tal vez, con el tiempo...
—Cualquier cosa es posible.
Elizabeth sintió que tenía que irse, estar a solas, pensar.

—Si yo voy a Modesto un par de días, ¿podrás manejar el equipo de filmación sin mi?
—Si se presenta algún problema, te llamaré por teléfono.
—¿Entonces no te parece mal que me vaya?
—De ninguna manera. Michael disfrutará de tu compañía.
Maldición. Michael era la última persona de la que ella quería estar cerca.
—Me pareció entender que tenías una reunión con él esta mañana.
—En preparación para su viaje. Estará ausente varios días, y hay algunas cosas que tenemos que
arreglar antes de que se vaya.
—No le digas que yo me voy. Acabo de recordar que tengo que terminar algunos informes antes
de irme, y no sé cuánto tiempo me llevará eso. Además, si vamos juntos, yo tendré que quedarme
allá hasta que él esté listo para volver. Y no estoy segura de querer quedarme tanto.
Amado asintió.
—Como quieras.
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—Por otra parte, también es posible que no vaya a Modesto —dijo con tono jovial. —Me parece
un siglo desde que fui a la ciudad a ver a Joyce.
Amado permaneció un momento en silencio.
—Tal vez lo que realmente necesites es pasar un tiempo con Alice.
—¿Para pasarle mis problemas?
Él hizo una mueca.
—Sé que esto es difícil para ti...
—¿Difícil? Mi marido está tan decepcionado de mí que...
Amado la atrajo y la abrazó fuerte, como si tuviera miedo de lo que ella pudiera hacer si la
soltara.
—No quiero oírte decir eso. Jamás debes pensarlo siquiera. —Apretó la mejilla contra su pelo.
—Si estoy decepcionado, es sólo conmigo mismo. Te he fallado como ningún marido tiene derecho
a fallarle a su esposa.
Elizabeth le apoyó la frente en el hombro.
—Por favor, no me dejes —le dijo.
—En esto debes confiar en mí —respondió Amado. —Lo que hago es para
nuestro bien.
Elizabeth permaneció en brazos de Amado hasta estar segura de poder mirarlo sin lágrimas en
los ojos.
—Creo que tal vez me quede el fin de semana en la ciudad —dijo.
La cara de Amado era una máscara. Las que lo traicionaban eran sus manos, que temblaron de
manera visible cuando soltó a Elizabeth.
—Elana me comentó que daban una obra nueva de teatro en el Curran, y que era maravillosa.
—Qué bien. —Fue todo lo que pudo decir para no poner en tela de juicio el nuevo interés de
Elana en su padre. ¿Le habría dicho él que, después de todo, no habría más hijos Montoya? ¿Cómo
advertir a Amado de las intenciones de su hija sin parecer una esposa celosa y codiciosa? —
¿Quieres que compre entradas para nosotros?
—Pensé que Joyce y tú disfrutarían...
—Por supuesto. Debí haberlo sabido.
—Tal vez dentro de un par de semanas podríamos... —dijo Amado, e hizo un gesto de
impotencia.
—¿Podríamos qué?
—Nada. Michael me está esperando. Y tú tienes que preparar tu equipaje.

Elizabeth lo acompañó a la puerta. La vida en común de ambos se hallaba terriblemente
alterada, y eso había ocurrido sin lágrimas ni gritos de protesta ni el intercambio de palabras llenas
de furia.
¿Era la intensidad de su dolor lo que la hacía mostrarse tan complaciente?
¿O era su instinto de supervivencia?
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Era casi la una cuando Elizabeth entró en el estacionamiento del departamento que Amado
tenía en la ciudad. Le fastidió ver otro auto en ese espacio reservado, pero no le sorprendió. Sin
duda los otros residentes habían notado lo poco que ese espacio se ocupaba y no querían que algo
tan valioso se desperdiciara.
Dio vueltas por el sector alrededor de media hora antes de encontrar otro lugar para estacionar.
A esa altura ya no estaba fastidiada sino furiosa. Se fomentó ese sentimiento, y lo dejó crecer hasta
que fue mayor que su pena. Cuando descubrió que el administrador no se encontraba en su casa y
que tendría que esperar para saber de quién era el automóvil en cuestión, casi agradeció ese
combustible que incentivó todavía más su furia.
Estaba tan concentrada en ensayar lo que le diría al administrador cuando regresara, que se
bajó del ascensor en el piso equivocado y tuvo que subir otro tramo por la escalera. Por último
encontró el departamento, entró y se frenó en seco.
Había platos sucios en la mesa de café. Y las cortinas estaban cerradas. Elizabeth recordaba con
claridad haberlas dejado parcialmente abiertas la última vez que ella y Amado estuvieron allí. En el
ambiente había olor rancio a humo de cigarrillos y un dejo a perfume.
Elizabeth atravesó la habitación y espió en la cocina. Allí encontró más platos sucios y una
botella de champaña vacía. Maldición, Amado podría haberle avisado que le permitía a Michael
usar el departamento para sus aventuras amorosas de fin de semana. Trató de no pensar en lo
decepcionada que estaba con respecto a Michael y lo furiosa que se sentía contra Amado.
Si el caos era tal en el living y en la cocina, ¿qué habría en el dormitorio? ¿Cómo
podía Amado
esperar que ella durmiera en la misma cama que le prestaba a Michael?
Enfiló hacia el pasillo con paso vivo y decidido. Lo que encontró la dejó tan trastornada como a
las dos personas que se movían con torpeza en la cama.
—¿Edgar? —dijo Elizabeth.
—¡Qué demonios! —Apartó a la mujer rubia que estaba debajo de él y la tapó con el
cubrecama. —¿Elizabeth? ¿Qué demonios haces aquí?
—¿Yo? ¿Qué me dices de ti? ¿No se supone que estés en Portland?
—Esta noche tomo un vuelo hacia allá.
—Pero Elana cree que... —A pesar de sí misma, Elizabeth sonrió frente a los frenéticos intentos
de Edgar de cubrir a la mujer que estaba junto a él, como si fuera un mago que con un movimiento
de la mano podía hacerla desaparecer.
—Esto no es lo que parece, Elizabeth. No quiero que saques conclusiones apresuradas y hagas
correr la voz sobre algo que crees haber visto.
—¿Yo, sacar conclusiones apresuradas? —Elizabeth se recostó contra el marco de la puerta y se
divirtió por primera vez en varias semanas. —¿Por qué habría de hacer eso?
—Ya sé que no me tienes simpatía. Y que Elana no es precisamente tu persona favorita.

Desde debajo del cubrecama se oyó una voz ahogada:
—Edgar, no puedo respirar.
Edgar apoyó la mano sobre el bulto que había junto a él.
—Cállate, Gloria.
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—¿Qué haces aquí, Edgar? —preguntó Elizabeth. Pero antes de que él tuviera tiempo de
contestar, lo absurdo de la situación la hizo reír en voz alta. —No me contestes, fue una pregunta
estúpida. Lo que en realidad quiero saber es quién te dio la llave.
—Yo tengo la mía.
—¿Desde cuándo?
—Me hice una copia cuando Amado le pidió a Elana que verificara el servicio de mucama —

confesó Edgar con voz culpable.
Elizabeth frunció el entrecejo.
—Yo no recuerdo que él hiciera eso.
—Fue antes de conocerte.
—Entiendo. De modo que ésta no es la primera vez que haces esto.
—Eso no es asunto tuyo.
En la cara de Elizabeth apareció una sonrisa.
—Ahora lo es.
—Perra.
—No te preocupes, Edgar. No pienso delatarte.
—¿A cambio de qué?
La mujer que estaba debajo del cubrecama se quejó de nuevo.
—Maldito seas, Edgar, déjame salir. Te dije que no puedo respirar.
—Quiero que mañana haya una nueva cama aquí.
—¿Es eso?
—Tú no tienes nada que yo pueda querer, Edgar.
En su rostro apareció una mueca de desprecio.
—¿Ni siquiera vas a hacerme prometer que no lo volveré a hacer?
—A menos que seas un especialista en violar cerraduras, o tengas un cerrajero entre tus
empleados, no tendrás oportunidad de hacerlo. Al menos, no aquí.
—No puedes impedir que la hija de Amado tenga una llave del departamento de su padre.

—¿Quieres apostar algo?
—Tienes mucho que aprender sobre los sentimientos de él con respecto a sus hijas. Ellas están
por encima de todo, o de todos. Siempre ha sido así y siempre lo será.
Elizabeth se dio media vuelta para irse, se detuvo, se volvió y lo miró directamente a los ojos.
—Si siempre ha sido así entre Amado y sus hijas, me parece que él haría cualquier cosa para
que Elana no esté atada a un marido tenorio.
—Pero tú dijiste...
—No me provoques, Edgar. —Elizabeth no tenía intenciones de contarle a nadie lo que acababa
de ver, pero a ese hombre no le haría nada mal no estar demasiado seguro.
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CAPÍTULO 15
Cuando abandonó Sacramento, Elizabeth abrió las ventanillas del Mercedes y
enfiló hacia
Modesto. El día estaba desusadamente cálido por ser la primera semana de mayo, y en el aire
flotaba la sensualidad del verano. Elizabeth se sacó las hebillas del pelo y dejó que se meciera al
viento.
Le habría gustado ver de nuevo a Joyce, pero no lamentaba su decisión de no permanecer en
San Francisco. No tenía la energía necesaria para mantener la mentira de que entre Amado y ella
todo era perfecto.
Por si Amado trataba de ponerse en contacto —algo poco probable, —Elizabeth había llamado a
Consuela y le había dejado el mensaje de que había cambiado de planes y se dirigía a Modesto.
Una voz interior le dijo que trataba de huir de su problema, pero se negó a escucharla hasta que
esa misma voz le ofreciera una solución. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para superar esa
nueva crisis, aunque eso implicara una negación.
Puesto que Amado no le había dejado otra opción, ella le permitiría el plazo que él dijo
necesitar. Con el tiempo, Amado superaría su decepción y comprendería que, incluso sin un hijo,
podían tener una vida plena y rica juntos.
Y, con un poco de suerte, tal vez hasta ella lo creyera.
Michael Logan pasó la pierna por el travesaño en el que había estado montado y contempló el
cielo rojizo del oeste. A sus espaldas, las sierras formaban un monolito color púrpura con el sol
poniente, una frontera que definía el borde oriental del valle. El aire estaba inmóvil y ardiente, y
los únicos sonidos provenían de los grillos, las aves y alguna rana ocasional.
En menos de una hora el cielo estaría negro y tachonado de estrellas; de estrellas que titilarían
con el calor que se elevaba de la tierra caliente. La noche atraería a los hombres deseosos de una
pelea y a los amantes que buscan huir de los confines sofocantes de casas y departamentos. Y
cuando los amantes se unieran, su apareamiento sería primitivo e imperioso. Y
los hombres
ansiosos de una batalla sólo necesitarían una mirada desafiante o una palabra dicha al pasar.
Michael sintió un anhelo antiguo y familiar, un anhelo que se había incrementado a lo largo de
los años pero que decididamente él no había querido definir. Había momentos en que esa
sensación era tan abrumadora que no le quedaba más remedio que ceder.
Durante días se abatía
sobre él un vacío tan intenso que ni el trabajo ni los amigos lograban llenar. Y
después esa
sensación lo abandonaba y volvía a sentirse bien. Pero incluso en los momentos de calma entre las

tormentas, Michael sabía que habría una próxima vez.
Para impedir que sus pensamientos lo llevaran a lugares adonde no deseaba ir, Michael se
concentró en la razón por la que estaba en la bodega. Se sentía complacido por los adelantos
realizados en el salón de ventas durante las dos semanas que estuvo ausente. Si las cosas seguían
así, podrían salir al mercado varios meses antes de lo planeado.
Michael había pasado la tarde entrevistando a los que se presentaron para el cargo de maestros
bodegueros que se ocuparían de esa planta cuando se hallara en operación. En cuanto eso
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sucediera, Amado quería que Michael le dedicara de nuevo toda su atención a la bodega de Napa
Valley.
El éxito obtenido por la campaña de publicidad de Elizabeth superaba todas sus
expectativas. La
demanda de vinos Montoya había vaciado las estanterías de una docena de los supermercados
más importantes del condado. Adondequiera iba Amado, incluso en las calles de St. Helena, era
detenido por transeúntes que le solicitaban consejo sobre vinos o le pedían autógrafos. En las
bodegas, los visitantes les preguntaban a los encargados de las visitas guiadas si no era posible
verlo para que les firmara las botellas de vino que compraban en la tienda de regalos.
Ese éxito comercial no había hecho más que incrementar los planes de expansión de Amado,
quien comenzó a buscar de nuevo hacia el norte y se concentró en el sector del valle Dry Créele.
Michael elevaba una silenciosa plegaria de agradecimiento cada vez que Amado volvía,
decepcionado.
Aunque resultaba estimulante ver y formar parte del crecimiento explosivo de Vinos Montoya,
Michael seguía teniendo dudas. En lugar de las decisiones frías y calculadas que siempre había
tomado Amado, en los últimos tiempos parecía existir cierto frenesí en todo lo que hacía. Se
enojaba más con los obreros y se disculpaba menos. La última semana, cuando Michael volvió a
manifestarle sus reservas con respecto a que si seguían creciendo a ese ritmo vertiginoso, eso
podía significar la pérdida del control, Amado le contestó, de manera insólita, que no le había
pedido consejo ni lo quería.
Michael volvió a pasear la mirada por el horizonte y notó una nube de polvo que se elevaba
hacia el cielo. La bodega estaba a varios kilómetros de la ruta interestatal, y los últimos dos
kilómetros eran camino de tierra. Con las toneladas de equipos pesados que recorrían esos
caminos en los últimos meses, la tierra se había convertido en un talco marrón que volaba a la
menor provocación. Esta vez, el que levantaba ese polvo era un Mercedes blanco.
El Mercedes blanco de Elizabeth.
Michael se apoyó en el travesaño y desplazó el peso del cuerpo para encontrar una posición
más cómoda mientras aguardaba a ver qué hacía ella. Si lo buscaba, vería su camioneta y se
detendría. Si se dirigía a la oficina, seguiría viaje.
Elizabeth no hizo ninguna de las dos cosas. Tomó el atajo que conducía a la parte de atrás de la
bodega, donde el guardia de seguridad y su perro vivían en una casa rodante.
Michael aguzó el
oído y oyó la portezuela del auto que se cerraba. Algunos minutos después vio a
Elizabeth caminar
hacia el salón de ventas a medio terminar. Estaba a punto de saludarla con un grito, pero pensó
que una voz proveniente de las sombras la asustaría mucho. Mejor esperar a que ella viera la
camioneta y se diera cuenta de que no estaba sola.
Pero Elizabeth no rodeó el edificio como él esperaba. Se puso a caminar sobre las pilas de
tablones, caballetes de aserrar y escaleras y entró por la abertura del marco de la puerta. Cuando
al fin se detuvo, se encontraba casi directamente debajo de Michael.
En la penumbra, a él le resultaba difícil verla bien. Pero, de todos modos, resultaba evidente
que algo andaba mal. Y entonces vio que se cubría la cara con las manos y la oyó sollozar.
Lo primero que Michael pensó fue que a Amado le había ocurrido algo espantoso y que
Elizabeth estaba allí para comunicárselo. No importaba que a ese pensamiento le faltara lógica; el
miedo es la antítesis del pensamiento racional. Desplazó el peso del cuerpo a la cadera, se aferró
del travesaño y saltó hacia abajo.
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Sorprendida por esa aparición repentina, Elizabeth gritó y pegó un salto.
Temiendo que
tropezara con uno de los tablones sueltos que cubrían el suelo, Michael la tomó del brazo. Ella giró
con desesperación y lo golpeó primero en el pecho y después en la cara.
—Soy Michael —dijo él, y abrió los brazos para demostrar que no era su intención lastimarla. —
Lo siento. No quise asustarte.
—Hijo de puta. ¿Por qué no me avisaste que estabas aquí?
—Pensé que verías mi camioneta —respondió él, y dio un paso hacia ella.
Elizabeth retrocedió.
—Aléjate de mí.
—Con todo gusto, en cuanto me digas qué ocurre.
—Nada.
—Perfecto.
—No es asunto tuyo.
—¿Le ocurrió algo a Amado?
—No... Amado está muy bien —dijo Elizabeth y le dio la espalda. —Por favor, Michael, déjame
sola.
—Epa, cada tanto todos necesitamos un amigo. Incluso tú.
—Yo no suelo descargar mis problemas en otras personas.
Michael se acercó, la tomó en sus brazos y le ofreció el hombro para que llorara sobre él.
Después de todo, ¿no estaban para eso los amigos? Ella se puso tensa pero no trató de alejarse.
—Esto no servirá de nada —dijo.
La voz de Elizabeth era poco más que un susurro, y al inclinar la cabeza para oírla mejor, Michael
percibió el perfume de su pelo. Sus labios rozaron la frente de Elizabeth. Ella inclinó la cabeza para
alejarse, y él sintió su aliento en la mejilla.
Y entonces Elizabeth dejó de moverse. Su cara estaba a apenas centímetros de la de Michael,
quien alcanzó a ver lo que quedaba de sus lágrimas y se sintió conmovido por la pena que
descubrió en sus ojos. De pronto sintió la abrumadora necesidad de compartir ese dolor, de
asumirlo y devolverle paz.
Sin pensar en las consecuencias, cedió a sus instintos y la besó. Al primer contacto, la respuesta

de ella fue pasiva. Pero después, cuando él comenzaba a darse cuenta del disparate que había
cometido, la boca de Elizabeth se abrió y le devolvió el beso con fuerza.
Ella le echó los brazos alrededor del cuello y él le rodeó la cintura. Elizabeth se colgó de él con
serena desesperación. El calor de su cuerpo penetró la ropa de Michael con tanta fuerza como la
necesidad de Elizabeth penetró su mente. Y él no tuvo defensa para ninguna de las dos cosas. Sus
manos se movieron por los costados de ella y después por sus caderas. No importaba dónde o
cómo la tocaba, la piel de Elizabeth quemaba al menor contacto.
Con la misma rapidez con que había empezado, todo terminó. Ella apretó las palmas de las
manos contra el pecho de él y se apartó.
—Por Dios, Michael —dijo, —¿qué estamos haciendo?
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—No lo sé —reconoció él. No quería pensar en quién era ella ni en lo que acababa de pasarles.
Pero más que nada, no quería pensar en Amado y en lo que significaría para él si alguna vez lo
supiera.
Elizabeth dio otro paso atrás.
—Fue mi culpa. Yo nunca debería...
—No digas eso. —No podía permitir que ella se culpara por algo que, ahora lo comprendía, él
había deseado durante muchos meses.
—Tenemos que olvidar que esto ocurrió —dijo Elizabeth, y en su voz había pánico. —Fue un
terrible error.
El no pudo menos que coincidir. Pensar otra cosa no sólo era temerario sino también peligroso.
—Puedo simular que jamás pasó, pero no estoy seguro de poder olvidarlo.
—Amado no debe saberlo nunca.
—Por el amor de Dios, Elizabeth, lo último que quiero es lastimarlo.
—Entonces prométemelo.
Michael no entendía lo que le sucedía. ¿Por qué esa apremiante necesidad de luchar por algo
que no era suyo? ¿Cómo podía sentir la pérdida de algo que jamás había tenido?
—Lo prometo.
Ella asintió.
—Creo que ahora deberías irte. No, no es justo. Me iré yo.
Michael no podía dejarla ir. No todavía. Si querían pasar más allá de ese momento, los dos
necesitaban tiempo para confiar en su relación para que, cuando, volvieran a encontrarse,
recordaran lo que se habían dicho, no lo que habían hecho.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó Michael y hubo censura en su voz. Bajó y suavizó el tono. —
¿Porqué no fuiste a San Francisco?
—Fui, pero las cosas no salieron bien. Y no volví a casa porque quería estar un tiempo sola, para
pensar.
—¿Para pensar en qué?
—No es importante.
—¿Tú y Amado...? —¿Qué le pasaba? ¿De veras quería saber que todo no andaba bien entre
ellos?
—¿Tienen problemas? —completó ella la frase.
—Es que jamás te he visto así.
—Hay muchas maneras en que no me has visto, gracias a tu comportamiento obstinado.
Él estuvo por reír frente a esa respuesta. Ésa era la Elizabeth que conocía.
—Es por el asunto del bebé, ¿verdad?
—¡Qué manera de expresarlo! Apuesto a que nadie te ha acusado nunca de ser

demasiado
sensible.
—Lo siento. Es que me cuesta creer que para Amado sea tan importante tener otro hijo, como
para poner en peligro lo que ustedes dos tienen ahora.
—A lo mejor no lo conoces tan bien como crees.
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De modo que era eso.
—¿Qué dijo cuando se lo contaste?
Ella vaciló.
—Que no tenía importancia.
—Pero tú no le creíste.
Elizabeth volvió a vacilar.
—Él ya no puede hacerme el amor.
Eso no era algo que Michael quisiera oír.
—¿No puede o no quiere?
—¿Cuál es la diferencia?
—Para un hombre, la diferencia es abismal.
—No puede.
Michael sintió una extraña mezcla de desilusión y alivio.
—Tal vez es un problema físico. Algo que no tiene nada que ver contigo.
—Fue a ver a un médico.
—¿Y?..
—Le dijo que no era un problema médico. Si hubiera habido algo que podía hacerse, Amado lo
habría hecho. —Elizabeth se dirigió a la que algún día sería la entrada principal del salón de ventas.
Michael la siguió.
—¿Qué pasó?
—Acabo de decírtelo.
—No, me refiero a qué fue lo que te llevó a hacer este viaje.
—Amado me dijo que se mudaba a un cuarto separado.
—Nada de esto tiene sentido. Jamás vi a Amado más feliz que este último año.
Se casó contigo
porque te amaba, no porque quería una yegua que le diera hijos.
—Entonces dame otra explicación.

Él no la tenía.
—¿Puedes hacerme otro favor? —preguntó Elizabeth.
—¿Dos en una misma noche? —bromeó Michael. —No sé, eso hará que me debas demasiado.
—Olvida que hemos tenido esta conversación.
—Puedo prometerte no volver a mencionarla nunca, sí eso es lo que quieres.
—Eres un buen amigo, Michael.
Él había sido un idiota en permitirse creer, incluso por un segundo, que podría existir otra cosa
entre los dos.
—Si alguna vez cambias de idea y quieres que hablemos...
—No cambiaré de idea.
No había nada más que decir. Él le tendió la mano.
—Ven, vamos a comer algo.
—Ve tú, yo no tengo hambre.
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—¿Cuándo fue la última vez que comiste?
Pasaron varios segundos antes de que ella contestara.
—Paré a almorzar en el Nut Tree.
—No te creo.
—¿Qué importa?
—Espero que no pienses que matarte de hambre es la manera de conseguir que Amado vuelva
a tu cama.
—No me estoy matando de hambre.
—Cuando te abracé alcancé a palpar todas tus costillas.
—No eres mi guardián, Michael.
—Pero soy tu amigo.
—Entonces sé mi amigo y déjame en paz.
—Lo haré. En cuanto hayas comido.
—Maldición. ¿Qué tengo que hacer para...? —Se interrumpió y suspiró con resignación. —Está
bien, comeré contigo, pero no en esos lugares de comida rápida.
—Trato hecho.
Elizabeth se puso en cuclillas y se preparó para pegar el salto de un metro ochenta que había
hasta el suelo. Michael le puso la mano en el hombro para detenerla.
—Deja que lo haga yo primero —dijo.
Cuando ella lo miró, Michael vio lágrimas nuevas en esos ojos.
—Gracias —dijo Elizabeth. —Por preocuparte por mí.
Ella le estaba diciendo algo mucho más profundo.
—¿En tu vida hubo tan pocas personas que lo hicieron? —le preguntó Michael siguiendo una
corazonada.
En la cara de Elizabeth apareció una expresión de pesar.
—En general, fue una decisión mía, Michael. No se puede perder lo que no se tiene.
Nada que ella dijera podría haberlo sorprendido más.
—¿Qué te ocurrió, que te hizo pensar de esa manera?
—Es una historia muy larga. Tal vez algún día...
—¿Me la contarás? Lo dudo.
—¿Sabes? Creo que después de todo tengo apetito.
Ella había vuelto a cerrarle la puerta. En cierta forma, Michael sintió alivio.
Saltó hacia abajo y
estiró el brazo para ayudarla a bajar.
—Conozco un restaurante mexicano maravilloso. Las papas fritas están recién hechas, la salsa es
picante y la cerveza es la más fría de la ciudad.
—Invito yo —propuso Elizabeth.
—No creas que me opondré.

Ella se echó a reír.
—Te conozco demasiado para eso.
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Se hallaban de nuevo en terreno firme.
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CAPÍTULO 16
Elizabeth entró con el Mercedes en el camino de acceso, estacionó debajo del
roble que
proporcionaba sombra a un costado de la casa y abrió las ventanillas. Con un poco de suerte y
alguna brisa ocasional, el auto no se transformaría en un horno antes de que ella hiciera el viaje de
regreso a la bodega. Sí no era así, la ducha que había ido a tomar resultaría una pérdida de tiempo.
Miró su reloj antes de bajarse del auto. Siete horas después, Amado recibiría a trescientos
distribuidores, minoristas y sus invitados en un picnic gourmet sobre el amplio parque de la
bodega. Ya las carpas estaban instaladas, las sillas y mesas se encontraban en su lugar y los
proveedores se atareaban en su cocina móvil.
Al menos, ése era el plan.
Ojalá no hubiera ningún problema; nunca había visto a Amado tan ansioso con respecto a una
reunión. Lo había oído decirle a Consuela como una docena de veces lo importante que era para él
que todo saliera perfecto.
Elizabeth tardó menos de veinte minutos en ducharse y cambiarse de ropa.
Mejor aún, tuvo la
sensación, de poder pasar el resto del día sin convertirse en una bruja. Se dirigía a la puerta
cuando su estómago dejó escapar un rugido de protesta, que le recordó que se había saltado el
desayuno. Entró en el estudio y trató de llamar a Amado a la bodega por la línea privada, para
decirle que llegaría unos minutos después de lo planeado, pero no hubo respuesta. Hizo un rodeo
por la cocina y estuvo a punto de tropezar con Michael, que revolvía uno de los cajones de
Consuela.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó. En los tres meses transcurridos desde aquel encuentro
casual en Modesto, parecían haber competido en cuanto a demostrar cuál de los dos evitaba más
hallarse a solas con el otro. Elizabeth confiaba en que esa incomodidad desapareciera con el
tiempo. Al menos, eso era lo que se decía. Aunque se había prometido intensificar su vida social
cuando se mudara a St. Helena, Michael era el único amigo verdadero que tenía.
Y puesto que
Amado se volvía cada vez menos accesible, extrañaba no tener a alguien con quien hablar. En los
últimos tiempos, demasiadas veces había estado a punto de llamar a Alice, pero una sensación
abrumadora de culpa se lo impidió. No quería confesarle a su abuela que el príncipe y la princesa
de su imaginado cuento de hadas no vivían felices por siempre jamás.
—Toqué el timbre, pero no obtuve respuesta.
—No fue eso lo que quise decir. ¿Por qué no estás en la bodega ocupado con la

fiesta? Me
pareció que nadie había logrado escapar sin que le asignaran un trabajo.
—Es una historia muy larga —contestó él, y siguió revisando el cajón. —¿Sabes si habrá aquí un
gotero? Olvidé pedir uno.
—¿Para qué necesitas un gotero?
—Gatitos. Cinco. Están por toda mi casa, aúllan como locos para que les den de comer, y no
quieren tener nada que ver con la mamadera que me dio el veterinario.
—¿Qué le pasa a la madre?
—Esta mañana tuvo un altercado con un tractor —respondió Michael y cerró el cajón con un
golpe. Elizabeth ya no tuvo ganas de comer. —¿Cuánto tiempo tienen?
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—Nadie parece saberlo con certeza. Tony dijo que la madre apareció en el galpón hace
alrededor de una semana. Parecía muerta de hambre, así que los muchachos comenzaron a darle
las sobras de los almuerzos. —Abrió otro cajón, vio que estaba lleno de repasadores y lo cerró. —El
veterinario calcula que los gatitos tienen entre dos y tres semanas. No cree que logren salir
adelante, pero me dio una leche envasada especial y dijo que podía tratar de alimentarlos si yo
quería.
—¿Tienen los ojos abiertos?
—Apenas.
Elizabeth trató de recordar dónde había visto un gotero, y de pronto lo recordó.
Cuando a
Amado lo molestaba la alergia, se ponía gotas en los ojos.
—¿Por qué no vuelves e intentas de nuevo alimentarlos con la mamadera? —
dijo. —Mientras
tanto, si yo consigo encontrar aquí un gotero, te lo llevaré.
Experimentó una extraña sensación cuando entró en el dormitorio de Amado.
Era sólo la
tercera vez que lo hacía desde que él se mudó allí. Las otras dos veces fueron de noche, cuando se
abatió sobre ella una soledad tan abrumadora que la hizo levantarse de su cama.
Había
deambulado alrededor de la casa y terminado en el dormitorio de Amado. Con el sigilo de un
ladrón, se había recostado sobre la ropa de cama, cuidando de no tocar a Amado,
pero lo bastante
cerca como para oír su respiración. Y, por la mañana, ya se había ido.
Las gotas oftalmológicas no estaban en el botiquín del baño, pero tampoco estaban allí los
comprimidos que él tomaba para la alergia. Buscó en su tocador y también en la mesa de luz.
Estaba por darse por vencida cuando vio una caja en el fondo de un estante del placard. Adentro
había varios frascos de medicamentos, junto con un gotero adicional, todavía en su envoltorio
cerrado.
Después de meterse el paquete en el bolsillo de la falda, puso la caja donde la había encontrado
y se dijo que debía recordar decirle a Amado que había estado revolviendo todo en su habitación.
Llamó a la puerta del frente de la casa de Michael. Cuando él no contestó, ella supuso que
estaba atareado con los gatitos y entró. Era la primera vez que entraba en su casa. Al pasear la
vista por el living y ver los estantes llenos de libros y los muebles bien masculinos, sonrió. De modo
que era el amor por los libros lo que lo mantenía despierto por las noches. Eso era algo —otra cosa
más —que los dos tenían en común.
Le gustó descubrir que era prolijo sin ser obsesivo. Los almohadones del sofá no estaban allí

para crear un efecto; eran de los que uno se pone detrás de la cabeza cuando se acurruca para leer
un libro. Había muchas lámparas, ninguna haciendo juego. La chimenea parecía muy usada y los
cuadros de las paredes eran originales, la mayoría acuarelas con motivos marinos.
—Encontré uno —gritó Elizabeth y le preguntó a Michael dónde estaba, al tiempo que le
anunciaba su presencia.
—Estoy aquí —contestó él en voz alta.
Había tres puertas frente a ella.
—Necesito otra ayuda.
Segundos después, Michael transpuso la puerta situada frente a la escalera, con un gatito en la
mano.
—Vaya si me alegro de ver eso —dijo él al ver el paquete. —Ya estaba por cortarle un dedo a
uno de mis guantes.
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Elizabeth se echó a reír.
—Eso es lo que se hace con los terneros, Michael. Si no supiera que no es así, pensaría que
fuiste criado en la ciudad.
—Mi padre era granjero, no hacendado. No le gustaban las mascotas.
—¿Cómo es posible eso?
—Solía decir que si trabajaba tanto era para dar de comer a su familia, no a los animales.
El gatito apretó la nariz contra el lóbulo de la oreja de Elizabeth y trató de mamar.
—¿Dónde está la leche que te dio el veterinario?
—En el dormitorio. Estaba tratando de que me la lamiera del dedo.
—Todavía no tienen edad para eso. —Frustrado después de su intento de alimentarse, el gatito
se puso a chillar de nuevo. Elizabeth se lo acomodó debajo del mentón y cruzó el hall. —Está bien
—le dijo con ternura, —espera unos minutos más... shhh... ya sé que tienes hambre... está bien.
—Te manejas como si hubieras pasado antes por esto —dijo Michael.
—Mi abuela es la verdadera experta. Antes de que muriera mi abuelo y ella tuviera que vender
la granja, en el condado todos solían llevarle toda clase de animales huérfanos.
Cuando la conocí,
ella ya vivía en la ciudad, así que sólo pude ayudarla a cuidar gatitos y cachorritos.
Elizabeth entró en el dormitorio de Michael, vio una caja en el medio de la cama y espió
adentro. Los otros gatitos, agotados, se habían quedado dormidos, acurrucados en un rincón, unos
encima de otros.
—Con cinco gatitos, terminaremos más rápido si los alimentamos los dos. Más tarde me daré
una vuelta por la farmacia y compraré más goteros.
Michael llenó con leche el que tenían.
—Y ahora, ¿qué?
Elizabeth se sentó en el borde de la cama y sostuvo la cabeza del gatito.
—Métele la punta del gotero en la boca y aprieta el extremo con la goma.
El animalito respondió rodeando el vidrio del gotero con la lengua y tragando con avidez.
—Increíble —dijo Michael en voz baja.
Parecía tan complacido consigo mismo, que Elizabeth no pudo evitar sonreír.
—No lo apures.
—Esto será mucho más fácil de lo que pensé.
—Cuando terminan de comer, hay que acariciarlos varios minutos.
Él se agachó para volver a llenar el gotero.
—¿Por qué es eso?

—Según mi abuela, cuando la madre los lame no es sólo para limpiarlos sino para estimular su
digestión. Personalmente, creo que son los mimos los que después los convierten en gatos
falderos. Los que disfrutan de las caricias parecen provenir de madres cariñosas.
Tuvieron que llenar el gotero varias veces antes de que el gatito quedara satisfecho y pudiera
ser cambiado por otro. Una vez que volvieron a establecer su ritmo, Michael levantó la vista, miró
a Elizabeth y le preguntó:
—¿Qué edad tenías cuando murieron tus padres?
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—Me fui a vivir con Alice cuando tenía diez. —Cada vez que podía, Elizabeth prefería
esquivarlas preguntas en lugar de decir una mentira, sobre todo cuando se trataba de alguien que
le importaba.
—¿Fue un choque de automóviles?
—¿Qué?
—El accidente.
—Sí, claro... fue tarde por la noche. —Cuando ella se fue a la universidad, su abuela y George
Benson se reunieron y decidieron que sería más sencillo y seguro que ella adoptara no sólo el
nombre de Elizabeth Preston sino también su historia familiar.
—Debió de ser terrible para ti perder a tus padres y, después, a todas tus amistades cuando te
fuiste a vivir con Alice.
Los fragmentos del pasado de Elizabeth que Michael conocía eran demasiado dispersos como
para que ella se limitara a una única historia. Su mente le ordenaba que le hablara de Elizabeth; su
corazón, en cambio, decidió contarle todo lo posible sobre Jenny.
—Nos anduvimos mudando mucho cuando yo era chica, así que no tenía verdaderas amistades.
Y cuando comencé a vivir con mi abuela, ya ese patrón de conducta debió de estar establecido
para mí. Creo que he sido una solitaria toda mi vida.
—¿Como el gatito al que no acariciaron lo suficiente?
Elizabeth no quería que él tratara de completar su historia. No porque temiera lo que él pudiera
hacer con la información, sino más bien porque si él llegaba a descubrir quién y
qué era ella, entre
ambos se crearía un vínculo muy fuerte. Por dulce que resultara la tentación de tener a alguien
cerca con quien hablar con libertad y franqueza, ella no podía correr ese riesgo.
No con Michael.
—Sí, podría decirse eso.
—Pero hay más, ¿verdad?
—Sí —reconoció ella. Esperó; fue como si, en el fondo, esperara que ocurriera algo. Pero no
pasó nada. No hubo relámpagos ni truenos, ni siquiera una mirada censora de Michael por esa
revelación.
—Pero no quieres contármelo.
Como toda respuesta, Elizabeth tomó el dobladillo de su camisa de algodón y le limpió la leche
de la boca al gatito gris antes de ponerlo de vuelta en la caja y tomar otro, también gris, sólo que
con el pelo más largo.
—Estás enemistada con la familia de tu padre, ¿no es así?
Elizabeth se echó a reír y, pese a lo decidido, cedió y contestó la pregunta de Michael. Lo que la
asustaba era la facilidad y la espontaneidad con que cedía.
—Enemistada, qué palabra tan extravagante.
—No fue mi intención. Es sólo que me cuesta entender que te hayas casado y no invitaras a

ningún miembro de la familia salvo Alice. Debe de haber por lo menos uno o dos con los que
todavía estás en contacto.
—La familia de mi padre lo repudió antes de que yo naciera. Cuando yo estaba en la secundaria,
Alice trató de buscarlos. Cuando por fin los encontró, ellos le dijeron que no les interesaba verme
ni tener noticias mías. —Al menos eso era verdad.
—Qué barbaridad —comentó Michael. —Siento habértelo preguntado.
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—No podías saberlo.
—Pero sí adivinarlo. Realmente me desconcertó la reacción que tuviste al enterarte de que no
podías tener hijos: daba la impresión de que para ti era el fin del mundo. Y yo creía que querías
tener un hijo por Amado. Pero no era así, ¿verdad?
—Cuando nuestros padres nos abandonan, crecemos convencidos de que podemos ser súper
padres para los propios hijos. Los sueños duelen cuando mueren.
—Jamás lo pensé antes, pero supongo que, para un chico, la muerte es una forma de abandono.
Elizabeth tenía que encontrar una salida elegante del tema si no quería terminar contándoselo
todo. Más que nada, no quería mirar para atrás y lamentar ese día que estaba pasando.
—Cuando uno es chico, se siente el centro del universo —dijo como para poner punto final al
asunto.
Y él respondió al intento de Elizabeth de aligerar el tono de la conversación diciendo:
—Apuesto a que cuando eras chica usabas muchos moños y encajes. Te imagino con bucles
hasta la cintura, dominando a los chicos presumidos como yo con esos enormes ojos azules que
tienes.
—Te equivocaste de medio a medio.
—Entonces cuéntame cómo eras.
Antes de que ella pudiera contestar, la interrumpió el sonido de la voz de Amado.
—¿Elizabeth? ¿Michael? ¿Están aquí?
—Estamos en el dormitorio.
Segundos después. Amado apareció en el umbral de la puerta. Le sonrió a Elizabeth y luego
miró a Michael.
—Llamé a la puerta, pero supongo que no me oyeron. Cuando Tony me habló de los gatitos
supuse que te encontraría aquí.
—Traté de llamarte para avisarte que llegaría un poco tarde —dijo Elizabeth. —
Pero después
me distraje tanto con este asunto de los gatitos que olvidé intentarlo de nuevo.
—Entiendo. Sólo vine a buscarte porque me preocupaba que te hubieras quedado con el auto
en alguna parte. —Le sonrió. —Si me dejaras instalarte un teléfono en el automóvil...
Ella se había negado a creer que fuera tan importante que alguien, incluso Amado, necesitara
tener acceso a ella las veinticuatro horas del día.
—Sólo nos queda un gatito por alimentar.
—¿Cómo están?
Ella sonrió.
—Ven a verlos con tus propios ojos.
Él levantó una mano.
—Incluso a esta distancia siento...
A Elizabeth se le fue el alma a los pies.
—¿También eres alérgico a los gatos?

—Son lo peor para mí.
—Lo siento, Amado —dijo Michael. —Jamás me lo mencionaste. Yo no tenía la menor idea.
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—No es ningún problema que los tengas contigo. Pero creo que será mejor que me vaya y los
deje con su tarea.
—¿Adonde te busco cuando termine aquí? —preguntó Elizabeth.
Él pareció no saber qué contestarle.
—No es necesario que me busques. Esta mañana tenía apuro porque todo quedara listo,
porque esta tarde tengo un compromiso en Santa Rosa.
—¿Hay algo que quieras que yo haga mientras estás ausente? —Ya sabía cuál sería su respuesta,
pero igual pensó que debía preguntárselo. Después de una década de organizar fiestas para
Amado, Consuela era toda una profesional en ese sentido. Era una tarea que Elizabeth con todo
gusto le derivaba.
—Consuela me dice que tiene todo bajo control. Sin embargo, si tienes tiempo, te agradecería
que vieras si la cabaña está lista para recibir huéspedes.
—No me dijiste que alguien pasaría allí la noche.
—Elana y Edgar decidieron venir, después de todo.
Elizabeth no había visto a ninguno de los dos desde que se topó con Edgar en el departamento.
—Iré en cuanto termine.
Amado asintió.
—Hasta después, entonces.
Michael acompañó a Amado a la puerta mientras Elizabeth se levantaba para cambiar de gatito.
Los cuatro que quedaban estaban acurrucados de nuevo en un rincón de la caja.
Los fue revisando
hasta encontrar al que todavía no había comido. Al levantar al más pequeño de los cinco, contuvo
la respiración por la sorpresa.
—Howard —dijo, lo levantó en alto y le estudió la cara. En busca de una negativa más que de
una confirmación, le pasó el dedo por la cola sin esperar en realidad encontrar una protuberancia
en el extremo. Allí estaba. Se llevó el gatito a la mejilla y cerró los ojos. —Has
vuelto para
acosarme, ¿no? Detesto tener que decirte esto, Howard, pero esta vez no resultó.
No puedo
llevarte a casa conmigo.
Michael volvió a la habitación. Se sentó junto a Elizabeth y tomó el gotero.
—¿Lista?
Tal como ella esperaba, esa reencarnación de Howard no comió con la misma avidez de los
otros y se apartó después de sólo dos goteros llenos de leche.
—¿Te parece que está enfermo? —preguntó Michael.
—Creo que lo más probable es que esté agotado de tanto llorar. —No le pareció prudente
explicarle que Howard siempre había sido de poco comer.
Michael deslizó un dedo por el lomo del gatito y, después, debajo de su barbilla.
—Detesto decir esto, sobre todo cuando él puede oírme, pero no tiene sentido que nos
engañemos. Este gato es increíblemente feo. Parece un murciélago anoréxico.
Creo que
tardaremos bastante en encontrarle un hogar.
—Mejorará —prometió ella.
Por primera vez desde que volvió al cuarto, Michael miró realmente a Elizabeth.
—¿Estás disgustada por algo?
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—Desde luego que no. ¿Por qué habría de estarlo?
—No lo sé —repuso él, y la observó con más atención.
—Es el gatito —confesó ella por último. —Me recuerda a un gato que tuve. En realidad, creo
que sería más exacto decir que el gato me tenía a mí.
—¿Quieres contármelo?
El corazón de Elizabeth bailoteó cuando miró a Michael a los ojos. Sin duda recordó en ese
momento lo que sintió cuando él la rodeó con los brazos. Se apartó un poco de Michael simulando
tratar de ponerse más cómoda.
—Te mostraré lo que debes hacer con Howard y después puedes ocuparte de los otros mientras
yo voy a conseguir otro gotero.
—¿Howard era el nombre de tu gato?
—Así solía llamarlo yo, aunque él no dio muestras de que el nombre le resultara
familiar cuando
yo lo pronunciaba.
Cuando terminaron con las friegas a Howard, Michael lo puso de vuelta en la caja y acompañó a
Elizabeth a la puerta de la casa.
—¿Seguro que podrás arreglarte solo esta noche con los gatitos? —preguntó Elizabeth.
—¿Pones en duda mis habilidades o mi instinto maternal?
—Pensaba que no podrás dormir mucho si les das de comer cada dos horas.
Michael hizo una mueca.
—El veterinario no dijo nada de cada dos...
—Eso pensé —dijo ella y salió al porche. —Iba a ofrecerme a cuidarlos yo esta noche, pero con
la alergia de Amado, y Elana y Edgar en la cabaña, no tengo dónde ponerlos.
Una vez que las cosas
vuelvan a la normalidad, podemos turnarnos cada noche. Hasta entonces...
—Estaremos bien. ¿Cuánto trabajo pueden dar?
Ella sonrió.
—Hablaremos de eso por la mañana.
Esa tarde, Amado regresó a la casa más temprano de lo que esperaba. Todavía faltaba medía
hora para el momento en que saldría rumbo a la bodega, cuando se acercó al dormitorio de
Elizabeth y se quedó parado en el umbral.

—Pasa —lo invitó ella.
Él sonrió al verla.
—Estás deslumbrante, como siempre.
—Gracias. —El vestido que había elegido era color amarillo, largo hasta la rodilla, y tenía un
corte magnífico. —Alice me ayudó a elegirlo. Estaba segura de que te gustaría el color.
—Y tenía razón. Pero creo que allí falta algo —agregó con tono de misterio. —
No te vayas.
Enseguida vuelvo.
Cuando regresó, lo hizo con un paquete envuelto en papel de aluminio dorado, que tenía una
orquídea natural encima, sujeta con un moño. Amado se lo entregó.
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—Feliz aniversario —dijo.
Elizabeth se puso pálida mientras trataba de recordar la fecha.
—Pero no es. —Dios Santo, ¿lo habría olvidado? —No todavía.
—Yo sabía que la única manera de sorprenderte sería celebrarlo de antemano.
—¿La fiesta que ofrecemos esta noche es por nuestro aniversario?
Él pareció sumamente complacido consigo mismo.
—Ya veo que tuve éxito.
—Más de lo que imaginas —dijo ella.
—Abre tu regalo.
Elizabeth soltó el moño, abrió el papel y enseguida vio que era un estuche de joyería. Al
imaginar lo que encontraría adentro, se sintió muy incómoda. No podía usar los aros que Amado le
había regalado para Navidad, ni la pulsera que le envió dentro de una caja con rosas el Día de los
Enamorados, ni el anillo que él ocultó en la torta el día de su cumpleaños, sin sentirse el aviso de
una joyería.
—Amado, esto no era necesario. Yo me habría sentido feliz con...
Él casi no podía contener su sonrisa de anticipación.
—Mira adentro antes de seguir hablando, Elizabeth.
Elizabeth abrió el estuche. Era incluso peor de lo que había imaginado. Mucho peor. Trató de
pensar en algo que decir mientras miraba la piedra central. Había países del Tercer Mundo cuyos
presupuestos anuales eran menores que lo que Amado debió de haber pagado por
una esmeralda
de ese tamaño, para no mencionar los diamantes del engarce y los que formaban el collar.
—No tengo palabras —le dijo. Eso, al menos, era cierto.
—¿Puedo ponértelo?
—Por favor, hazlo. Creo que yo no podría. —Él le rodeó el cuello con el collar.
Las piedras eran
frías contra la piel de Elizabeth. Y pesadas.
—Ahora déjame mirarte —dijo él.
Elizabeth se llevó la mano al cuello para tocar la esmeralda. Ésa era la clase de cosas que usaban
las estrellas de cine, no la hija de Bill y Anne Cavanaugh. Y pensó, además, en el comentario que
había hecho Elana en Navidad cuando vio a Elizabeth con los aros que Amado le había regalado. En
un susurro planeado para que ella lo oyera, Elana le comentó a Edgar: "Es un clisé, sin duda, pero
es cierto. La única cosa que diferencia a los hombres de los chicos es el precio de sus juguetes. Una
pena que papá no haya elegido algo que podamos usar todos, como un yate o un avión".
Elizabeth no quería ni pensar en cuál sería la reacción de Elana cuando viera el último regalo de
su padre.
—¿Y bien? —le dijo a Amado.

Él sacudió la cabeza como decepcionado, pero en sus ojos apareció un brillo travieso.
—Tú eclipsas el collar. No es nada comparado contigo. Creo que deberíamos devolverlo.
Eso hizo que Elizabeth recordara cómo era Amado cuando se casaron. ¿Sería posible que sólo
hubiera transcurrido un año? De buena gana ella cambiaría cada gema del collar con tal de tenerlo
de nuevo, aunque sólo fuera por una noche. Siguiendo el juego de Amado, lo miró con expresión
desafiante.
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—Trata de sacarme este collar. Mira que sé muy bien la fuerza legal que tiene la posesión.
Él se le acercó, y por un momento Elizabeth pensó que iba a abrazarla y a besarla, y que la
pesadilla de los tres últimos meses podría llegar a su fin.
No se equivocaba del todo. Amado sí la besó, pero en la mejilla, no en la boca.
Ella luchó para
disimular su decepción.
—Gracias, Amado —dijo. Las únicas palabras que le acudieron a la mente fueron las obvias. —
Es el regalo más bonito que he recibido en mi vida.
—Tú te lo mereces, Elizabeth.
Antes de que él girara para irse, a Elizabeth le pareció percibir en los ojos de Amado una tristeza
igual a la suya. Iba a preguntárselo, pero él se volvió y ella quedó afuera de nuevo.
—¿Vamos? —dijo Amado.
—Tenemos que hablar sobre lo que nos pasa. —No era el momento apropiado.
Elizabeth lo
supo antes siquiera de pronunciar esas palabras. Pero no pudo evitarlo.
—Sí —dijo él. —Pero no esta noche.
—¿Lo dices en serio?
Él la miró fijo por un buen rato y luego, como rindiéndose a la batalla que se libraba en su
interior, se inclinó para besarla. Esta vez los labios de los dos se fusionaron. En ese beso hubo una
entrega total, la certeza absoluta de que él la deseaba tanto como ella a él.
Elizabeth abrió la boca
y se apretó contra él. Pero todo terminó tan rápidamente como había empezado.
—Nadie nos extrañará si llegamos algunos minutos tarde —sugirió ella.

Él sonrió y la sostuvo fuerte entre sus brazos.
—Alguna vez, en alguna parte, yo debo de haber hecho algo maravilloso para merecerte. Tu
paciencia y tu comprensión son lo que me sostiene.
—Te he extrañado, Amado.
—Siempre estaré aquí para ti. Durante todo el tiempo que me necesites.
—Entonces estarás aquí para siempre.
Él la besó en la frente.
—De tus labios a los oídos de Dios, querida mía.
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CAPÍTULO 17
Sin luna, resultaba difícil distinguir el horizonte, ver dónde terminaban las estrellas y
empezaban las luces del valle. Elizabeth se levantó las mangas de su conjunto deportivo y se
entregó a ese pensamiento fantasioso, agradecida de poder distraerse un poco de las preguntas
que la acosaban. Cruzó la galería, convencida de que una caminata la cansaría lo suficiente como
para darle ganas de volver a la cama. Entonces recordó que había "huéspedes" en la cabaña. A las
dos y media de la madrugada sin duda ya estaban dormidos, pero no quería arriesgarse a que
Elana o Edgar tuvieran insomnio y la vieran deambular por el parque. En cambio, se instaló en una
de las reposeras y escuchó el canto de los grillos. Al cabo de un rato, encogió las rodillas y apoyó la
cabeza en ellas.
Todo el mundo estuvo de acuerdo en que la fiesta había sido la mejor de la temporada. Amado
no se había fijado en gastos: caviar beluga, salmón de Alaska, bifes de Nebraska, un maestro
pastelero de Stanford Court y un cuarteto de cuerdas de la Sinfónica de San Francisco. Elizabeth se
estremeció al pensar en el costo por persona que había significado y luego multiplicar esa cifra por
trescientos.
Si la fiesta había sido ofrecida sólo para complacerla, ella se habría sentido mucho más feliz con
una cena privada a la luz de las velas. Y una insinuación de que sería bienvenida en el lecho de
Amado esa noche la habría excitado mucho más que su promesa de dos semanas en Francia.
Cuando llegaron de vuelta a la casa, después de haberla mirado toda la noche con orgullo y con
evidente deseo. Amado la acompañó a su dormitorio, la besó castamente y le deseó buenas
noches. En un intento de obligarlo a quedarse allí un rato, Elizabeth le recordó la conversación
postergada, pero él le contestó que no podía en ese momento, que tenía una reunión por la
mañana y que era importante que se hallara en las mejores condiciones.
Elizabeth se sentía confundida y apenada, y tuvo que apelar a todo su control para no hacer una
escena. La habría hecho si hubiera creído que serviría de algo, pero la detuvo el miedo de que
cualquier estallido emocional sólo lograría que Amado se alejara aún más.
Pero no era sólo una cuestión de miedo, sino también de orgullo. ¿Y si ella terminaba por
decirle cómo se sentía? ¿Si incluso iba tan lejos como para suplicarle que le hiciera el amor? Y
entonces, siendo Amado un hombre tan compasivo, ¿ si él cedía, lo intentaba y volvía a fracasar?
En ese caso, la fantasía que los dos abrigaban, en el sentido de que, con el tiempo, los dos
lograrían solucionar todo, sufriría un golpe mortal.
Elizabeth se puso de pie y, en lugar de mirar hacia el valle, dio media vuelta y se

puso a
contemplar la casa.
¿Qué había salido mal? Debía de ser algo más que su incapacidad de tener hijos.
Ella había
hecho todo lo posible para adaptarse al mundo y a la vida de Amado. Él, en cambio, la había
decorado como un árbol de Navidad. Amado decía que la amaba; a veces, como esa noche, incluso
actuaba como si siguiera amándola, pero no podía o no quería hacerle el amor.
Y ella extrañaba esa intimidad más de lo que jamás creyó posible. Se sentía tan sola.
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Michael sintió de pronto que algo le frotaba la barbilla. Gruñó y giró la cabeza hacia el otro lado.
El gatito hizo otro tanto.
—Acabo de darte de comer —gruñó Michael. —Vuelve a dormirte.
—Lo que busca no es comida —dijo Elizabeth.
Michael abrió los ojos de par en par. El gatito negro estaba con las patas delanteras sobre su
mejilla y la panza sobre su boca. Michael parpadeó y trató de poner los ojos en foco mientras
sacaba a ese montoncito peludo de la almohada.
—¿Elizabeth?
—Aquí estoy —dijo ella.
Y entonces la vio. Se hallaba de pie junto a la puerta, vestida con un conjunto de gimnasia color
gris varios talles demasiado grande. Debajo del brazo tenía la caja con los gatitos.
—¿Qué haces aquí?
—Estaba levantada, vi tu luz encendida y pensé que era la hora de dar de comer a los gatitos y
que mi ayuda te vendría bien. —Se encogió de hombros. —Como no respondiste cuando llamé a la
puerta, supuse que estarías atareado con uno. ¿Sabes? Deberías instalar un timbre en la puerta. —
Puso la caja en un rincón, esperó un momento para ver si el movimiento había molestado a alguno
de los animalitos y volvió a dirigirse a Michael. —Lamento haberme metido así en tu casa.
Él bostezó, parpadeó un par de veces más y se frotó los ojos. Resultaba tentador atribuir a un
sueño lo que estaba pasando, aunque, pensándolo bien, eso sería mucho más
sensato que tener
realmente a Elizabeth de pie en su dormitorio en mitad de la noche.
—¿Cuánto hace que estás aquí?
—No estoy segura. Supongo que alrededor de media hora. Por la forma en que dormías, decidí
que no despertarías si me llevaba la caja con los gatitos a la otra habitación y les daba de comer.
Pensaba dejarte una nota.
Howard cruzó la almohada y volvió a subirse sobre Michael; cuando llegó a la suave mata de
vello que le cubría el pecho, allí se depositó.
—¿Quieres que me lo lleve? —preguntó Elizabeth.
Michael levantó al gatito, se incorporó y se recostó contra la cabecera de la cama, procurando
que las sábanas le cubrieran las caderas.
—Está bien —dijo. —Ya hemos pasado por eso un par de veces esta noche. —
Colocó a Howard
sobre su hombro y, segundos después, el gatito se acurrucaba en el hueco detrás de la clavícula de
Michael, con la cabeza incrustada bajo su barbilla.
Ella sonrió.
—Ya veo —dijo.
—De veras, ¿qué haces aquí?
La pregunta le borró la sonrisa.

—Ya te dije. Vi tu luz y...
—Ya sé... pensaste que podías ayudarme.
—Mira, si te parece mal que venga, sólo tienes que decírmelo.
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Pese al tono desafiante con que ella lo dijo, Michael percibió también una extraña
vulnerabilidad. Algo ocurría. Pero, ¿qué? Estaba a punto de preguntárselo cuando se le ocurrió que
si la presionaba ella podía mandarse a mudar y no volver. Y él no quería que eso sucediera.
—Me tomaste de sorpresa, eso es todo. Me cuesta imaginar que alguien se levante en mitad de
la noche si no tiene necesidad de hacerlo.
Ella pareció aceptar esa explicación.
—No podía dormir.
—¿Demasiada excitación? —Quería darle una vía de escape fácil.
Por la forma en que ella lo miró, Michael supo que Elizabeth se había dado cuenta de lo que él
estaba haciendo y se lo agradecía. Ella apoyó un hombro contra el marco de la puerta.
—La fiesta estuvo increíble, ¿no lo crees?
—Es la mejor que he visto aquí en años.
—Bueno, ¿quieres que le dé de comer a Howard antes de irme?
—No te preocupes, lo haré yo. —Cuando vio que ella estaba por irse, agregó: —
Es sorprendente
lo rápido que se adaptaron a la alimentación con el gotero. En cuanto huelen leche se vuelven
locos. —¿Qué hacía tratando de que ella se quedara ? Era descabellado, pero no podía evitarlo. —
Ya no tengo que sostenerlos, pero sí tratar de evitar que anden a la caza del gotero.
Pasaron varios segundos antes de que ella hablara. Cuando lo hizo, tenía una expresión rara y
distante en los ojos.
—Acabo de recordar algo en lo que hacía mucho tiempo que no pensaba —dijo.
—En la casa en
que parábamos cuando yo era chiquita había un gatito. Era un calicó color negro y naranja con
patitas blancas. Mi padre me dijo que no podía quedarme con él, pero yo no le presté atención.
Solía llevarle comida a escondidas cuando creía que nadie me veía. Hasta que una noche hacía
tanto frío que tuve miedo de que el gatito se congelara si lo dejaba afuera. Esperé a que todos
estuvieran acostados y me lo llevé a la cama conmigo.
Elizabeth se estremeció y se rodeó con los brazos.
—Sólo era por una noche. Jamás pensaba hacerlo de nuevo.
Michael no supo si decir algo, por miedo de romper el hechizo. Por último, cuando ella parecía
perdida en sus pensamientos, preguntó:
—¿Y qué ocurrió?
Elizabeth sacudió varias veces la cabeza, como si quisiera librarse de algo.
—El gatito se puso a maullar. Traté de hacerlo callar, pero debía de tener hambre. Y mi padre
vino y nos pescó. —Pasaron varios segundos antes de que ella continuara. —Me gritó y dijo que sí
los hombres malos nos encontraban, y mataban a todos nuestros amigos, sería por mi culpa.
¿Hombres malos que matarían a sus amigos? ¿Qué clase de padre le diría una cosa así a su
hijita? Michael miró a Elizabeth. Era como si ella se hubiera convertido de nuevo en una chiquita.
—¿Te obligó a regalar el gatito?
En lugar de contestar, Elizabeth tomó un mechón de pelo y comenzó a hacerlo girar alrededor
de su dedo. Como si sus piernas ya no pudieran sostenerla, lentamente se fue desplomando al

suelo. Y allí permaneció, inmóvil, con las rodillas apretadas contra el cuerpo.
Michael sintió que no quería saber lo que seguiría. Cuando al fin Elizabeth habló de nuevo, tuvo
que esforzarse para poder escucharla.
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—Me dijo que tenía que aprender una lección, una lección muy importante. Yo debía saber que
cuando me estipulaban reglas, pasarían cosas terribles si las quebraba. Entonces me obligó a poner
mi almohada sobre el gatito. Yo debía sostenerla con fuerza hasta que él dejara de maullar. Dijo
que así lo pondría a dormir. No creo que yo le haya creído, porque tuvo que sostenerme las manos
contra la almohada.
Michael sintió un rechazo terrible frente a esa crueldad.
—¿Qué edad tenías?
Ella frunció el entrecejo.
—No lo sé. Supongo que cuatro o cinco años. Creo que fue cuando vivíamos en Boston. —
Seguía sentada, muy quieta, la vista fija en la pared que tenía enfrente. —O pudo haber sido
cuando estábamos en Nueva York. Hace tantísimos años. ¿Cómo pude olvidar algo así?
Ella se encontraba inmersa en un mundo cerrado para Michael.
—Leí que los chicos tienen un mecanismo de defensa incorporado que los protege cuando las
cosas se ponen muy feas.
—Por Dios, me pregunto qué más he olvidado.
—¿Seguro que quieres saberlo?
—Probablemente no —reconoció Elizabeth.
—¿Tu padre era enfermo? —Ésa no era la infancia que él había imaginado para ella.
—No lo creo... Ah, entiendo. ¿Lo que quieres decir es si actuaba de esa manera porque tenía
problemas mentales?
—Eso explicaría su conducta.
—Él y mi madre consumían drogas, pero todas las demás personas con las que nos movíamos
también lo hacían. Y todos no podían haber estado locos.
Ahora Michael se sentía totalmente confundido. Nada de lo que ella le contaba tenía nada que
ver con la persona que Amado le había descripto.
—Por lo que me dices, ustedes se mudaban de lugar con frecuencia.
—Cada dos meses, más o menos. Hubo una semana en que cambiamos de casa todos los días.
Michael intuyó que debía de tener mucho cuidado con las preguntas que hacía, porque de lo
contrario Elizabeth dejaría de hablar. Lo que en realidad quería saber era qué o quién perseguía a
su padre y lo había obligado a huir en forma permanente. Pero, en cambio, preguntó:
—¿Siguieron trasladándose de un lugar a otro incluso después que empezaste a ir a la escuela?
—Yo no asistí a la escuela hasta que fui a vivir con mi abuela.
—¿Entonces cómo...?
—Mi madre, o una de las otras mujeres con las que vivíamos, me enseñó.
—¿Tu padre era viajante de comercio? —dijo y enseguida se maldijo por la falta de sutileza y la
total estupidez de la pregunta.
Elizabeth lo miró fijo.
—¿Viajante de comercio?
—Me preguntaba por qué se mudaban tan seguido.
Ella se pasó varias veces la mano por la frente.
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—¿Por qué estoy haciendo esto? Jamás hablo de mi familia. No entiendo qué me hizo contarte
todas estas cosas.
—Los amigos se cuentan todo —dijo él.
—No me estás escuchando, Michael —dijo ella, y su voz sonó desesperada. —
Cuando dije que
nunca hablo de mi familia, quise decir nunca.
—Tal vez fue por los gatitos.
—¿Está bien?
—¿Está bien qué?
—Que te lo haya contado. Dios, estoy tan confundida. ¿Qué me está pasando?
—¿De qué tienes miedo, Elizabeth?
Ella vaciló, como si en su mente estuviera librando una batalla feroz.
—¿De veras quieres saberlo?
—Por supuesto.
—De que si llegas a averiguar quién soy en realidad, dejemos de ser amigos.
—Que disparate.
—Yo sé lo que digo. Me ha ocurrido antes. Muchísimas veces.
Michael se quitó a Howard del hombro y lo depositó sobre la almohada. Después tomó sus
jeans, se los puso y se sentó junto a ella en el piso. Al principio tuvo miedo de tocarla, miedo de la
fuerza de su propia necesidad de ser la persona que la consolaba. Pero cuando la miró, lo que él
necesitaba, lo que él quería dejo de tener importancia. Le pasó el brazo por los hombros y la
apretó contra su cuerpo.
—Nada de lo que me digas haría que dejara de quererte —le aseguró.
—¿Y si te dijera que soy una asesina serial?
—¿Lo eres?
—No.
—Podríamos discutir eso toda la noche. Pero hasta que me tengas suficiente confianza como
para contarme lo que ocultas, ninguno de los dos tendrá cómo demostrar que tiene razón. —Y
después se le ocurrió algo: —¿Lo que te da miedo es que yo pueda no mantener en secreto lo que
me cuentes?
Ella no le contestó.
—Ahora depende de ti, Elizabeth. No quiero obligarte ni hacer algo que no quieres.

Más para sí misma que para él, ella dijo:
—Tengo tanto que perder y tan poco que ganar.
—Entonces no me lo cuentes. Seguiremos como hasta ahora y olvidaremos que esta noche
existió.
—¿De veras podrías hacer eso?
Lo asustó pensar en lo que era capaz de hacer por ella.
—Sí —respondió sin vacilar.
Pasaron varios minutos antes de que ninguno de los dos hablara. Por último, Elizabeth
preguntó:
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—¿Alguna vez oíste hablar de Anne y Bill Cavanaugh?
Los nombres le resultaban conocidos, pero no sabía bien por qué.
—Creo que sí, pero no estoy seguro.
—Eran parte de un grupo extremista que colocó bombas en bases militares y robó bancos en la
década de los 70.
—Ahora lo recuerdo. ¿No murieron varias personas en una de las bases cuando explotó una
bomba antes de tiempo?
Ella asintió.
—¿Me estás diciendo que Anne y Bill Cavanaugh eran tus padres?
—Mis padres biológicos. Me dejaron con mi abuela cuando yo tenía diez anos.
Fuera de un par
de tarjetas de felicitación enviadas varios meses después de mi cumpleaños, jamás volví a recibir
noticias de ellos. No tenía idea de que estaban en California hasta que los detuvieron.
Él apretó su mejilla contra la cabeza de Elizabeth y cerró los ojos por el dolor que percibió en su
voz.
—Tus padres deben de haber sido lo más importante que le ocurrió a la ciudad de Farmingham,
Kansas.
—No fue sólo la gente de Farmingham. Cuando la noticia salió en los diarios, vinieron
periodistas de todo el estado. Me seguían adondequiera que yo iba. Y cuando al fin todos se
volvieron a sus casas y los chismes del pueblo se centraron en otras personas, a mis padres les
dispararon cuando trataban de huir y todo empezó de nuevo.
—Entiendo por qué quisiste cambiar de apellido.
—No fue lo único que cambié.
—Como sea, ya todo terminó. Ya no tiene importancia. Caramba, si a todos nos responsabilizaran de lo que hicimos cuando éramos chicos, todos estaríamos entre rejas. —De
pronto recordó la versión dada por Amado de la historia de Elizabeth. —
¿Amado lo sabe? ¿Por
eso...?
—Jamás le conté nada de esto. Y tú tampoco debes hacerlo. Prométemelo, Michael.
—Lo prometo.
Eso pareció tranquilizarla. Comenzó a ponerse de pie.
—En cuanto Elana y Edgar se hayan ido, me mudaré a la cabaña para que podemos turnarnos
las noches para alimentar a los garitos. De todos modos, últimamente no duermo muy bien.
De nuevo se encontraban en terreno seguro, como si la media hora anterior jamás hubiera
existido.
—¿Y que Amado se ponga furioso conmigo por apartarte de él? Gracias, pero no. Prefiero hacer
yo todo el trabajo.
—Amado ni siquiera se dará cuenta de que no estoy.

Michael tardó un segundo en asimilar el significado de esas palabras. Y cuando terminó de
entenderlas, fue como si le hubieran pegado un puñetazo en el estómago.
—¿Amado no duerme contigo? ¿Ni siquiera esta noche?
—Michael, esto es algo de lo que no pienso hablarte. No sería justo pata Amado.
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—Pero él te comió con los ojos durante toda la fiesta. Por Dios, ¿qué hizo después, cuando
volvieron a la casa? ¿Darte un beso de buenas noches en la puerta de tu cuarto y dirigirse al suyo?
Ella trató de levantarse, pero él se lo impidió. Y cuando ella intentó rodearlo, Michael la aferró
de los brazos. La furia de Elizabeth fue explosiva.
—¿Qué te importa a ti lo que Amado y yo hacemos o no hacemos?
Allí estaba. Él podía decir algo insulso sobre ser su amigo, pero ella sólo le creería porque era lo
que quería oír. Había confiado suficiente en él como para contarle verdades bien duras. ¿Podía él
hacer algo menos?
—Vamos, Elizabeth. Eres una mujer inteligente. Sin duda puedes imaginártelo.
—No sé de qué hablas.
Michael estaba peligrosamente cerca del borde de un precipicio emocional. Si llegaba a caer no
habría rescate, no habría manera de volver atrás.
—Creo... no, lo sé... que te amo.
Ella se puso colorada y giró la cara como para desviar un golpe.
—No, no puedes. No te lo permitiré.
—Ya está hecho, y no hay nada que puedas hacer al respecto. Y tampoco hay nada que pueda
hacer yo.
—Pero no comprendes...
Y entonces, con una certeza total, Michael entendió.
—¿Cuándo lo supiste?
—No lo supe, al menos no hasta ahora. De haberlo sabido no habría venido aquí esta noche.
El la soltó y se recostó contra la pared. Toda su vida había esperado oír que la mujer que él
amaba le dijera que ella también lo amaba. Ése debería haber sido el momento más dulce de su
existencia. En cambio, era el peor. ¿Cómo podía alguna vez celebrar o

perdonarse por haberse
enamorado de la esposa de su mejor amigo? Sin duda en el infierno había un lugar especial
reservado para quienes cometían una traición semejante.
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CAPÍTULO 18
Elizabeth pasó el resto de la noche despierta en la cama, esperando que el cielo cambiara su
color negro por un púrpura intenso. A la primera señal del amanecer, se levantó y se duchó.
Cuando Amado fue a desayunar, ya ella estaba sentada a la mesa esperándolo.
Decidida a devolver algo de normalidad a la relación de ambos, se puso de pie y lo recibió con
un beso. Cuando él intentó ponerle la mejilla, lo tomó del mentón y lo obligó a besarla en la boca.
Amado se sorprendió y no supo cómo reaccionar ante esa intimidad forzada.
Ella le sostuvo la silla.
—¿Cómo dormiste?
—Como un bebé —respondió él. —¿Y tú?
—No muy bien —confesó Elizabeth.
—¿Ocurre algo?
Ella se maravilló de la habilidad de Amado para continuar con la farsa de que las vidas de ambos
eran como debían ser.
—Mi mente no quiso descansar. No pude dejar de pensar en lo que nos está pasando.
Amado miró hacia la cocina, donde Consuela preparaba ruidosamente el desayuno de ambos.
—No creo que éste sea el momento ni el lugar para que nosotros...
—No toleraré que lo postergues más, Amado. Nuestro matrimonio, nuestra vida en común, es
demasiado importante. Quiero que este fin de semana nos vayamos juntos a alguna parte.
Él frunció el entrecejo y tomó el periódico.
—Eso no es posible, Elizabeth. Hay algunos...
—No hagas eso, Amado. Nada que tengas que hacer es más importante que nosotros.
—Lo siento. Normalmente estaría de acuerdo contigo, pero los caballeros que vendrán a verme
el sábado son viejos amigos que conocí en uno de mis viajes a Francia. Sería terriblemente

descortés de mi parte no estar aquí para recibirlos.
—No me dijiste que esperabas visitas. ¿Cuánto tiempo se quedarán?
—Sólo por el día. Es una cuestión de negocios.
—Entonces vayámonos el fin de semana siguiente.
Él buscó la mano de Elizabeth y se la oprimió con suavidad.
—Ya sabes lo atareada que es para nosotros esta época del año.
—No aceptaré un no por respuesta, Amado.
Cuando él la miró, había tristeza en sus ojos.
—Pues me temo que esta vez tendrás que hacerlo —repuso.
—Por favor. —Elizabeth detestó tener que suplicarle.
Consuela entró portando una bandeja. Amado soltó la mano de su esposa.
—Hablaremos de esto en otro momento —le dijo a Elizabeth.
—¿Como hablamos sobre el hecho de que te mudaras de cuarto?
Él la miró con desaprobación.
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—Dije que en otro momento.
—Buenos días —saludó Consuela con tono jovial. —Parece que nos espera otro día caluroso. —
Depositó la bandeja sobre la mesa y comenzó a servirles el desayuno.
Elizabeth empujó su silla hacia atrás. La sola idea de comer algo la descompuso.
—Gracias, Consuela, pero esta mañana no tengo apetito.
—Pero debe comer algo.
—Quizá más tarde.
Consuela miró a Amado.
—¿Usted tampoco tiene hambre?
Amado desplegó el periódico y lo puso junto a su plato.
—Al contrario. Esta mañana tengo muchísimo apetito.
Para Elizabeth fue como si él la hubiera golpeado.
Agosto se convirtió en septiembre, y Elizabeth recibió con alegría la preparación para la
vendimia, como si fuera una respuesta a sus plegarias para que algo la ayudara a olvidar que
estaba enamorada del mejor amigo de su marido. Llenó de trabajo sus días, y cada vez que le era
posible lo pasaba en San Francisco cuando Michael estaba en St. Helena, o en la bodega de St.
Helena cuando él estaba en Modesto. Cada mañana despertaba convencida de que era tan posible
desenamorarse como enamorarse. Ya se las ingeniaría para encontrar la manera de poner en
segundo plano lo que sentía por Michael. Lo único que necesitaba era tiempo... y cierta
cooperación por parte de Amado
Después de decidir que no quería seguir dirigiendo sola la campaña de publicidad, realizó
entrevistas con agencias de Los Ángeles y Portland. Al final se decidió por una más cercana: J. P.
Hawkinsy Asociados, de San Francisco, la compañía rival en el norte de California, de Smith &
Noble.
La transición de los distintos especialistas con los que Elizabeth había estado trabajando a una
única agencia, llevó más tiempo de lo que ella calculaba debido a su necesidad casi obsesiva de
asegurarse de que todo funcionara a la perfección antes de soltar las riendas. No importaba si lo
que la hacía pasar más tiempo junto a Amado era la culpa o el interés; estaba decidida a que el
matrimonio de ambos funcionara.
Ella y Michael siguieron compartiendo la responsabilidad de criar a los garitos: se turnaban una
noche cada uno cuando los dos estaban en la ciudad, y uno de los dos se hacía cargo cuando el
otro se hallaba ausente. Se comunicaban por intermedio de notas crípticas, cada

vez que era
necesario pasar información. A través de una de esas notas, Elizabeth se enteró de que Michael
había encontrado hogares para los garitos y que sus nuevos dueños los pasarían a buscar la última
semana de septiembre.
Teóricamente, ella sabía que llegaría el día en que tendría que entregarlos; pero en lo
emocional la apenaba mucho la pérdida que significaría no tenerlos. Trató de protegerse
planeando una serie de reuniones en San Francisco que la obligarían a estar fuera de la ciudad esa
semana. Pero al cabo de dos días comprendió que sus intentos eran vanos y volvió a casa.
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La tarde de su regreso tropezó con Michael cuando él salía del camino de acceso con el auto.
Ella le hizo señas de que frenara. Michael detuvo la camioneta junto al automóvil de Elizabeth y
bajó el vidrio de la ventanilla.
Elizabeth tenía una bola en la garganta cuando le preguntó:
—¿Ya se los llevaron?
—Te perdiste la partida del último. Pero hubo problemas con Howard —dijo al cabo de varios
segundos. —Mordió a la mujer que vino a buscarlo.
Eso no la sorprendió. Howard no era la clase de gato capaz de entregarse con facilidad a un
nuevo dueño. Necesitaba a alguien con la paciencia de un Job y mucha comprensión,
—¿Cómo...? ¿Por qué...?
—Bueno, ella tuvo la audacia de tratar de acariciarlo —respondió Michael.
—¿Estaba dormido?
Michael la miró.
—No, Elizabeth, estaba sentado en el apoyabrazos del sofá.
Ella no quería saber qué había sucedido, pero no pudo dejar de preguntar.
—¿Ella se mostró comprensiva?
—¿Lo habrías hecho tú?
—¿No será mala con él?
—Si te hubieras quedado aquí en lugar de huir a San Francisco, no tendrías necesidad de
preguntar. —Se pasó la mano por el pelo y después la apretó contra el volante.
—Lo siento. No te
merecías eso. Te prometo que esa mujer no será mala con Howard.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque la convencí de que no se lo llevara. Esperamos demasiado tiempo con él, Elizabeth. En
lo que a Howard concierne, él ya tiene una casa. —Michael permaneció en silencio varios
segundos. —Tomando todo en cuenta, decidí que me lo quedaría yo.
En los ojos de Elizabeth aparecieron lágrimas de gratitud.
—¿Cuál es el verdadero motivo, Michael? —preguntó ella. Era una pregunta estúpida; no
importaba porqué él se había quedado con Howard, sino sólo que lo había hecho.
—Porque soy un idiota. —Bajó la vista. Finalmente miró a Elizabeth y dijo: —
Porque sabía lo
apegada que estabas a él.
Ella tuvo miedo de lo que revelaría su voz si se lo agradecía.
—También sabía que no te importaría quedarte con él en la cabaña cuando yo tuviera que
ausentarme. Por supuesto que puedes tenerlo también en otras ocasiones, cuando sientas ganas.
Sólo avísame.
Elizabeth deseó poder decirle a Michael que después de la pérdida de su amistad, Howard se
había convertido en su salvavidas. Aun sabiendo que se llevarían al gatito en

cuestión de semanas
y que en ese momento se le partiría el corazón, no se había protegido emocionalmente. Tenía
plena conciencia de que había estado usando a Howard para llenar algo de la soledad que nunca
parecía disminuir y que, en el mejor de los casos, era sólo un sustituto emocional, pero era lo único
que tenía. Pero no podía decirle a Michael algo así. No se le dice eso a alguien a quien uno trata de
eliminar de su vida. De modo que, en cambio, le dijo un sencillo: Escaneado por MYRO – Corregido por Isabel Luna Página 117
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—Gracias.
Él puso la palanca de cambios en velocidad y le contestó:
—De nada.
Septiembre dio paso a octubre. En la bodega y en los que trabajaban allí se notaba una
actividad febril. Hacia fines de mes, la preparación para el invierno había comenzado y reinaba de
nuevo una calma relativa. La vida de Elizabeth y Amado transcurría en un intento de normalidad
casi pautado de antemano. Las mismas palabras, o parecidas, se intercambiaban durante el
desayuno y la cena. Se mostraban siempre afables y corteses entre sí, tanto en privado como
frente a los otros, y en las fiestas eran la pareja perfecta y enamorada.
En la bodega misma, la última semana de fermentación continuaba en los tanques de acero
inoxidable, mientras se preparaban los cascos y toneles para recibir el vino en cuanto se hallara
listo. Los toneles estaban hechos con una amplia variedad de maderas, una continuación de los
experimentos de Michael para buscar sutilezas que Elizabeth jamás podría discernir, pero que
determinarían el futuro y la progresiva fama de los Vinos Finos Montoya.
Las lluvias llegaron en noviembre.
Dos semanas antes del día de Acción de Gracias, Amado anunció su deseo de tener con él a
toda su familia para esa fiesta. Cuando Felicia le dijo que le resultaba imposible ir, a la mañana
siguiente Amado viajó a Nueva York para tratar de hacerla cambiar de idea.
Su avión aterrizó segundos antes de la primera nevada importante de la temporada. La limusina
que debía recibirlo llegó tarde y demoró horas en llevarlo de vuelta a la ciudad.
Eran casi las diez
cuando Amado al fin llamó a la puerta del departamento de Felicia.
Ella no se alegró de verlo.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó a modo de saludo.
—Como Mahoma no iba a la montaña... ¿Puedo pasar?
—¿Piensas quedarte aquí? ¿Conmigo?
—Sólo por esta única noche, Felicia. Me pareció más sencillo de esta manera.
De mala gana, Felicia se hizo a un lado y lo dejó pasar.
—Si estás aquí para tratar de convencerme de que vaya a tu casa el día de Acción de Gracias,
puedes ahorrarte el trabajo. Te dije que ya tengo planes para esa fecha y que no pienso
modificarlos.
Todavía de espaldas a Felicia, Amado recorrió con la vista lo que alcanzaba a ver del
departamento. Los muebles eran espartanos, con un fuerte acento español. El retrato que él hizo
pintar de Sophia para celebrar su primer aniversario de casados colgaba sobre la chimenea. En el
amplio pasillo, una mesa larga y angosta apoyada contra una pared. Había velas a ambos lados de
una hilera de fotografías de Sophia, dispuestas como en un altar.
Amado sintió que se ponía pálido. Siempre supo que Felicia estaba muy apegada a su madre,

pero no tenía idea de la profundidad de ese vínculo. ¿Cómo podía esperar competir con una mujer
cuya existencia seguía viva en la mente de su devota hija? ¿Qué oportunidad tenía de contarle a su
hija su versión de los hechos, cuando hacerlo significaba decir que su madre había mentido?
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Depositó la valija junto a !a puerta que daba al living y se acercó a la chimenea para estudiar el
cuadro de más cerca. Una serie de recuerdos lo inundaron. El y Sophia eran felices en aquella
época, o al menos creían serlo.
Al cabo de algunos segundos se acercó al sofá de cuero negro y se sentó. Había esperado poder
distenderse un rato después de ese viaje tan largo, pero Felicia no había dejado dudas en el
sentido de que cualquier conversación intrascendente sólo aumentaría la irritación que sentía por
tenerlo allí.
—Tu madre era una mujer hermosa. Y tú te le pareces en muchos sentidos.
Felicia se acercó al retrato y tocó un extremo, aparentemente como para enderezarlo, pero en
realidad para demostrar que era su dueña.
—Agradezco que su padre haya tenido la previsión de encargar que le pintaran este retrato
mientras ella estaba en España. —Giró y miró fijo a Amado. —De lo contrario, Elana y yo jamás
habríamos sabido cuál era su aspecto cuando se sentía realmente feliz.
—José no tuvo nada que ver con ese cuadro —dijo Amado.
—¿Ah, no? ¿Y quién eres tú para...?
—Observa el segundo plano, Felicia. La ventana, el cuadro en la pared: es la casa de huéspedes
de la bodega.
Felicia abrió los ojos con incredulidad y volvió a mirar el retrato.
—Es una coincidencia —insistió.
—¿Quién te dijo que José fue quien encargó ese retrato?
—Mi madre.
De pronto, Amado tuvo esperanzas. Tal vez lograra convencer a su hija de que él no era el
monstruo que Sophia había descripto.
—Encargué ese retrato como regalo para José, para que fuera un recuerdo del primer
aniversario de bodas de su hija y mío. Si miras con atención, verás que ella usa la alianza
matrimonial.
—Ella me habló de eso. Dijo que el anillo era herencia de su familia.
—¿Y cómo explicó lo demás?
—Nunca se lo pregunté —contestó Felicia. —Pero estoy segura de que existe una explicación
lógica...
—Por supuesto que la hay: la verdad.
Furiosa, ella entrecerró los ojos.
—Nadie viene a mi casa y dice algo desagradable sobre mi madre, en especial tú.
Amado retrocedió ante el odio que había en su voz, pero no se dio por vencido.
Lo había hecho
demasiadas veces en el pasado.
—¿Por qué en especial yo?
—Después de lo que le hiciste, perdiste todo derecho en lo que a mi madre concierne. Incluso el
derecho de hablar de ella.
De nuevo lo mismo, la misma acusación que le había echado en cara durante años.
—¿Exactamente qué se supone que le hice a Sophia?
—Ella se mató por tu culpa.
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El veneno de esa acusación lo sorprendió tanto, que no encontró una respuesta inmediata.
Esa vacilación suya hizo que en los ojos de Felicia apareciera una expresión triunfal.
—Sabías que ella no tenía dinero propio, y que si dejabas de enviarle los cheques por alimentos
cuando Elana y yo éramos grandes, ella quedaría en la indigencia. Pero, ¿acaso te importó? Ni
siquiera te molestaste en escribir para averiguar cómo se las arreglaba cuando dejaste de...
—Sophia y yo jamás nos divorciamos. Jamás hubo cheques por alimentos. Todos los meses yo le
enviaba suficiente dinero para su sustento y el de la mitad de su familia. —
Amado se puso de pie y
se acercó a su hija. —¿Quién crees que pagó los gastos del entierro?
Felicia se apartó.
—Lo hiciste porque te sentías culpable.
—Yo no tenía por qué sentirme culpable. Fue tu madre la que me dejó.
—Porque la obligaste a hacerlo.
—¿Y cómo pude hacer eso?
—Prometiste amarla y cuidar de ella y después la trajiste a California y no le prestaste atención.
Sabías que no hablaba inglés y que se sentiría sola y aislada en este país, pero no te importó. Es
posible que hasta te haya gustado. Lo único que te interesaba era tener a alguien que te limpiara la
casa y tuviera tus hijos mientras tú te ocupabas de tu maldita bodega. Debiste de ponerte furioso
cuando te dejó antes de darte un hijo varón.
—¿Nunca te preguntaste por qué, si tener un hijo varón era tan importante para mí, no me casé
de nuevo hace mucho? ¿Sobre todo si me había divorciado de tu madre, como ella te dijo?
—Eres católico. No podrías haberlo hecho.
Felicia tenía una respuesta para todo. Sophia le había enseñado bien.
—Si puedo demostrarte que hubo un cheque mío endosado por tu madre y cobrado apenas
días antes de su muerte, ¿al menos escucharías mi versión de lo ocurrido?
Felicia esperó varios segundos antes de contestar.
—Nada de lo que puedas mostrarme me hará cambiar de idea.
—Si eso es cierto, entonces no tendrás inconveniente en escucharme.

—Hace años que sabes lo que pienso de ti. ¿Por qué este interés repentino en emparchar ahora
las cosas?
Era una pregunta que Amado sabía que Felicia le haría, y había ido preparado.
—Cuando un hombre pasa los sesenta, ya no puede simular que el tiempo es su amigo. Hay
muchas cosas que quiero hacer con lo que me queda de vida, y ninguna es más importante que
esta.
Felicia se mordió el labio inferior y observó a Amado.
—Está bien —dijo por último. —Iré contigo, pero sólo si también Elana está allí.
Amado no creyó ni por un minuto que la hubiera convencido, sino que aceptaba por su propia
codicia. Con Elizabeth en el cuadro, la torta ya no estaba cortada en porciones tan generosas. Y
Felicia era pragmática. Cualquiera fuera su porción del patrimonio de Amado, resultaba más
tentadora que nada.
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CAPÍTULO 19
El lunes anterior al Día de Acción de Gracias se desató una tormenta feroz que arrancó ramas de
los árboles y provocó inundaciones. Como Elizabeth no tenía ningún motivo para regresar a su
casa, se quedó en la bodega mucho después de que todos se hubieran ido. Hasta que, a eso de las
nueve de la noche, el apetito la obligó a partir.
A mitad de camino de la casa, en una curva, casi se incrustó con el auto contra un árbol
derribado por ese viento huracanado. Clavó los frenos y, por un segundo, creyó poder evitar el
árbol y permanecer en el camino. Pero las ruedas traseras patinaron y el auto comenzó a describir
un trompo: los faros horadaron los robles que había al costado del camino y el vehículo salió del
asfalto y quedó empantanado.
Esperó a serenarse un poco antes de tratar de retroceder hacia el camino, pero fue inútil. Con
cada intento, el auto se hundía más en el barro.
Una hora después llegó nuevamente a la oficina. Entró en el sector de recepción y frunció el
entrecejo cuando vio que una luz se reflejaba en el hall desde el laboratorio.
—¿Quién está allí? —gritó, pensando que alguien había entrado.
Segundos después, Michael apareció en el umbral.
—¿Qué te pasó?
—Había un árbol tirado en el camino...
—Por Dios, ¿estás bien?
—No choqué con el árbol, pero el auto quedó empantanado. —Bajó la vista y se miró. Estaba
completamente empapada, y su chaqueta y el suéter grueso de lana le pesaban como plomo. —
Tuve que volver aquí caminando —dijo, y volvió a mirarlo. —Necesito un remolque para el auto.
—Y ropa seca —agregó Michael; se acercó a ella y después se frenó, inseguro de cuál sería la
respuesta de Elizabeth.
—Supongo que también debería informar que ese árbol bloquea el camino —
dijo ella.
Michael cerró la distancia que los separaba y se quitó el saco.
—Aquí tienes, ponte esto. —Esperó a que ella se quitara la chaqueta, vacilara un poco, y
después se sacara también el suéter. Instantes después tenía puesto el saco de Michael. —¿Qué
demonios hacías allá afuera en una noche como ésta?
—Volvía a casa.
—Si te hubieras ido de aquí a una hora decente, esto no habría ocurrido.

La tensión creada por esa cercanía obligada encontró salida en un súbito estallido de furia.
—¿Cuál es esa "hora decente"? No sabía que...
—Basta —dijo él. —No tiene sentido discutir. —Giró y fue al escritorio de la recepcionista. De
espaldas a Elizabeth, hojeó el índice telefónico y tomó el teléfono.
Después de brindar toda la información necesaria y verificar con Elizabeth la ubicación precisa
de su auto, colgó.
—El encargado dijo que enviará a alguien lo antes posible, pero que tal vez no sea enseguida. La
tormenta los tiene bastante ocupados.
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—No hace falta que esperes conmigo. —Elizabeth trató de decirlo con tono casual, sabiendo
que era inútil.
—¿Dónde está Amado?
—Salió esta mañana para Nueva York.
—Para lo que servirá. Apuesto a que antes de que ese viaje termine, Felicia hará que Amado
desee jamás haber oído hablar del día de Acción de Gracias.
De manera sorprendente, estaban de vuelta como antes, como sí no hubiera habido palabras
fuertes, como si la tensión se debiera a la tormenta y no a la cercanía de ambos.
—No me dejó hablar con él sobre ese tema.
—Es una pérdida de tiempo tratar de hacerlo cambiar de idea cuando ha decidido algo.
Michael la miró. Ella también lo miró y, a propósito, quebró el contacto visual y se acercó al
escritorio.
—Llamaré a otro lado. Si no conseguimos que venga un auxilio pronto, terminaré pasando aquí
la noche.
—Yo me ocuparé de eso.
—No es necesario. Yo puedo...
—Por el amor de Dios, Elizabeth, no es algo personal. Yo haría lo mismo por cualquier otra
persona.
—No me refería a eso. Pensé que podías tener otros planes. Sueles tenerlos cuando estás en la
ciudad.
—¿Cómo lo sabes?
—Te veo partir...
—¿Y también esperas levantada a que yo vuelva?
—Si crees que te he estado espiando, te equivocas. Es sólo que...
—¿Qué? ¿Qué te importa? —Se le acercó y no se detuvo hasta invadir su espacio protegido.
Elizabeth dio un paso atrás. —¿O lo que estás diciendo es que por las noches no puedes dormir
por preguntarte con quién estoy y qué hago con esa persona?
—Si fuera así, ¿qué? —saltó ella. —¿Ahora que me has oído decirlo, te sientes mejor?
—Nada de lo que oigo o hago o digo o simulo creer me hace sentir mejor.
La angustia de Michael fue como un cuchillo clavado en el pecho de Elizabeth.
—Ya lo sé —confesó ella.
—He tratado de salir con otras mujeres, pero sólo imagino que estoy contigo.
Jamás has estado
en mi cama y, sin embargo, la siento vacía cuando despierto y no estás allí. Te lo he contado todo
sobre mí mismo, desde cuando era chico y pisé un clavo oxidado y terminé en el hospital, hasta lo
que sentí al ver a mi hermano trabajar la tierra que yo quería para mí... y tú no has escuchado ni
una palabra.

—Cuéntamelo ahora.
—¿Para qué?
—Te amo, Michael.
Él reaccionó como si Elizabeth lo hubiera golpeado.
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—¿Por qué me dices eso ahora? Nada ha cambiado.
—Porque es verdad, y me duele demasiado para seguir ocultándolo.
Ella le tocó el costado de la cara y él le tomó la mano. Por un instante, Elizabeth pensó que él la
apartaría, pero Michael lentamente giró la cabeza y, con infinita ternura apretó los labios contra la
palma de su mano.
—He usado todos mis "hoy" esperando que los "mañana" sean mejores —dijo ella.
—Y nada ha cambiado —repitió él. —No podemos seguir así, Elizabeth.
—¿Qué otra opción nos queda?
Él la rodeó con los brazos.
—Ojalá lo supiera.
Elizabeth apoyó la cabeza contra su pecho y escuchó los fuertes latidos de su corazón.
—Quiero que me cuentes cómo eras de chico. —Inclinó la cabeza para mirarlo de nuevo. —
Quiero que me hables de tu hermano. Quiero que me digas qué sueñas por las noches.
—Sueño contigo... siempre contigo.
Unos faros iluminaron la ventana. Elizabeth apretó los brazos alrededor de Michael. No quería
soltarlo.
—Es el remolque —dijo él.
—Creí que no vendría enseguida.
—Seguro que te pusieron delante de alguna otra persona —dedujo él, y bajó los brazos. —Ser la
esposa de Amado tiene sus privilegios.
De mala gana, Elizabeth lo soltó. Sin su apoyo se sintió vacía, agotada.
Michael se inclinó hacia adelante y le rozó la sien con los labios.
—Llévate mi camioneta. Si cortas camino por la propiedad de los Henderson, no te enfrentarás
al árbol caído. Yo iré con el auxilio a buscar tu automóvil.
La puerta se abrió y entró un hombre alto de barba.

—¿Alguien pidió un remolque?
—Enseguida estoy con usted —dijo Michael. Intercambió llaves con Elizabeth.
—¿Seguro que
estarás bien?
Ella casi echó a reír por la pregunta.
"No —habría querido gritar, —no estaré bien. Ni ahora ni nunca."
—Sí, estaré muy bien —respondió.
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CAPÍTULO 20
La lluvia había cesado y volvió a empezar cuando el remolque llegó a la casa y dejó allí a Michael
y el Mercedes de Elizabeth. Él se dirigió a la casa para avisarle a Elizabeth que ya tenía su auto de
vuelta, pero cuando llegó a la puerta se frenó y se preguntó si de veras quería verla de nuevo esa
noche. La respuesta que se dio fue confusa cuando trató de equilibrar su
necesidad de verla con su
deseo y el hecho de que Amado se hallara en Nueva York, vale decir, que la barrera que los había
mantenido apartados ya no existía. Al final, Michael decidió que sería mejor para los dos que él
regresara a su casa y la llamara por teléfono.
Se dirigió de vuelta a su casa, la cabeza baja contra las fuertes ráfagas de viento y de lluvia.
Cuando llegó al roble del jardín del frente, vio que había luces encendidas en el living. Se le hizo un
nudo en el estómago al pensar que Elizabeth podía estar adentro, esperándolo.
¿Y si no era así? ¿Si había ido a cuidar a Howard y dejado las luces encendidas para que él no
encontrara la casa a oscuras cuando volviera?
Entonces, maldita sea, la encontraría.
Por una vez en la vida haría la cosa equivocada por las razones adecuadas.
Estaba cansado de
librar una batalla que lo mantenía despierto por las noches deseando perderla.
Abrió la puerta y enseguida la vio. Elizabeth estaba sentada en un sillón junto a la chimenea, las
piernas plegadas bajo el cuerpo, Howard en su falda. Vestía el mismo conjunto holgado de
gimnasia que llevaba puesto la primera noche que fue a su casa.
Cuando ella levantó la vista y lo miró, había un brillo vulnerable en sus ojos.
Antes de que él
alcanzara a ver más, la mirada de Elizabeth bajó hasta su falda.
—Lo siento. No pensaba estar aquí cuando volvieras. Tomaré mi abrigo y...
—No, no quiero que te vayas. No todavía. —Cerró la puerta. Eran tantas las veces que había
fantaseado encontrarla allí, esperándolo, que quería saborear un momento esa realidad, y
conservarla para las consecuencias y lamentos que inevitablemente vendrían después.
Elizabeth se sacó a Howard de la falda y se puso de pie. Nerviosa, se apartó el pelo del hombro.
Todavía estaba húmedo por la lluvia.
Michael sintió que una faja le apretaba el pecho y le impedía respirar. Atravesó el cuarto y se
detuvo a centímetros de Elizabeth. Lentamente, levantó una mano y le rozó la mejilla.
Ella empezó a apartarse y luego, con un suspiro resignado, se inclinó hacia él.
—Bésame —le susurró. —Por favor, sólo una vez.
Y Michael lo hizo, primero con ternura y luego con un hambre feroz. No había ninguna sutileza
en el deseo de Elizabeth, sino más bien una entrega total.
Él le besó la piel suave del cuello. Un calor intenso emanaba de ella, un calor que lo envolvió en
una nube sensual e invisible.
Michael hundió sus dedos en el pelo de Elizabeth y la obligó a mirarlo.
—Quiero más que esto —le dijo.

Ella lo miró sin pestañear.
—Ya hemos ido demasiado lejos. Si continuáramos sólo lograríamos que las cosas fueran
todavía más difíciles.
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—No me importa.
—Te importará mañana.
—Al demonio con mañana.
—El solo hecho de amarme ya te ha costado ese vínculo especial que tenías con Amado. ¿Qué
ocurrirá si...?
Él la hizo callar con un beso profundo, casi brutal.
—Esta noche no, Elizabeth —murmuró contra sus labios. —Esta noche es nuestra.
Ella respondió con un suave gemido de entrega.
—Te amo —murmuró. Y luego, como si ésa fuera la única vez que podría decírselo libremente,
se lo repitió una y otra vez.
Michael se había prometido que, después de Susan, no volvería a permitir que ninguna mujer
se convirtiera en su razón para vivir. Pero por mucho que trató de protegerse, Elizabeth había
logrado superar sus defensas.
¿Cómo iba a saberlo? ¿Cómo adivinaría lo que Elizabeth llegaría a significar para él cuando llegó
a su vida del brazo de su mejor amigo, el hombre que lo trataba como al hijo que nunca tuvo?
Con desesperación, deseó escapar de la creciente prisión de sus pensamientos.
Miró a
Elizabeth. Fue como si ella pudiera leerle el pensamiento.
—No podemos hacer esto, ¿verdad? —En su voz había pesar, pero también aceptación.
—No y seguir como si nada hubiera pasado. Jamás podríamos hacerlo.
—Yo no puedo dejar a Amado, Michael.
—Ya lo sé.
—Él no ha hecho nada para...
—¿Recuerdas la conversación que tuvimos en el auto cuando volvíamos de Modesto? Tú me
dijiste entonces que yo reconocería estar enamorado de una mujer cuando sonaran campanas en
mí cabeza.
—Sí, lo recuerdo.
—No te lo dije, pero sonaron ese día, cuando me diste el trozo de manzana. Si yo no hubiera
tenido la radio encendida a todo volumen, habría reconocido lo que oía. Pero no quería saberlo.
Ella se quedó callada y pensativa. Luego, con un suspiro de tristeza, dijo:
—Recuerdo otra cosa de la que hablamos aquella vez, Michael... tú y las mujeres casadas.
Él la atrajo más cerca y le besó la sien.
—Ahora no, Elizabeth.
—¿Alguna vez será el momento apropiado?
Entonces él comprendió que ella lloraba. En un intento de protegerse de lo que la aguardaba, ya
le daba la espalda a lo que acababa de pasar entre ellos. Ambos podían simular durante otro par
de horas, pero no había salida.
—No puedo vivir una aventura, Elizabeth. Contigo lo quiero todo.
—¿Qué otra opción tenemos?
Michael no supo si ella lo estaba probando o si sencillamente no podía ver lo obvio.
—Podrías dejar a Amado.
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—Sí. —Elizabeth levantó la cabeza para mirarlo. —Pero, ¿podrías tú?
Su pregunta lo tomó desprevenido. Ella había superado el terreno de las hipótesis y lo había
puesto al descubierto, algo que él no había podido hacer por sí mismo. Amado quizá sobreviviría a
la pérdida de su esposa o de su mejor amigo, pero ¿podría perderlos a los dos?
¿Podían hacerle
eso a un hombre al que los dos querían?
—Me pareció que no —dijo ella.
—Tiene que haber una solución.
Ella se alejó de él.
—Ésta por cierto no lo es.
Todo su ser le pedía que le dijera a Elizabeth que se equivocaba. Su mente clamaba por la
injusticia y su corazón estaba destrozado por la pena. Extendió los brazos y volvió a estrecharla
contra su cuerpo.

—Si no podemos tener el mañana, podríamos al menos tener esta noche.
—Si me quedo, sólo habrá más recuerdos. Me dirás cosas que yo no podré sacarme de la cabeza
y harás cosas que me impedirán dormir por las noches.
—No puedes protegerte, Elizabeth. Estoy aquí. Soy parte de tu vida. Tendrás que encontrar la
manera de hacerme frente.
No era justo que descargara su frustración y su miedo en ella, pero él estaba más allá de la
justicia. Se sentía desesperado. Quería encontrar respuesta a un problema que no lo tenía. Sin esa
respuesta su vida quedaría vacía, vacía incluso de la esperanza que la había sustentado antes de
conocer a Elizabeth.
Ella se secó las lágrimas de las mejillas con el dorso de las manos.
—Te amo, Michael, pero desearía no haberte conocido.
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7° de la Serie Multiautor Romantísima CAPÍTULO 21
Elizabeth jugueteó con el collar de perlas Mikimoto que Amado le había dado esa mañana como
regalo de Nochebuena. Ella se había mostrado complacida y sorprendida, pese a recordar lo que
sintió cuando él le hizo los otros regalos extravagantes.
Cada mañana se levantaba con la esperanza de que el día que tenía por delante fuera un poco
más sencillo que el anterior, que su culpa y pesar disminuyeran y que dejara de sentir el corazón
destrozado.
Estaba agotada por la constante vigilancia que implicaba ocultarle a Amado lo que le pasaba. En
las ocasiones en que correspondía una sonrisa, Elizabeth casi lloraba por el esfuerzo que le exigía.
Lo peor de todo era la expresión perturbada que veía en los ojos de Michael; él ya no silbaba ni
cantaba en voz baja sino que caminaba por la bodega en un silencio pensativo.
Aunque en
apariencia no evitaba a Amado, cuando los dos estaban juntos existía una sutil diferencia en la
forma en que interactuaban.
A Amado le preocupaba ese cambio y en determinado momento le dijo a Elizabeth que temía
que Michael tuviera problemas con una mujer. Y ella no supo si reír o llorar.
Que fue la misma reacción que tuvo cuando él le regaló las perlas. Amado le había dicho que le
daba el collar antes porque las perlas armonizarían mucho mejor con el vestido que ella planeaba
usar, para la fiesta ofrecida por los Henderson esa noche, que la esmeralda que le había regalado
para el aniversario de bodas. Pero Elizabeth estaba convencida de que la razón por la que le había
dado el collar antes y en privado tenía más que ver con lo mucho que a él le preocupaba la
reacción de sus hijas que con la moda.
Después de mirarse por última vez al espejo, Elizabeth debió reconocer que él tenía razón: las
perlas lucían espléndidas contra el rojo. Salió de la habitación para decírselo a Amado, pero
primero se topó con Felicia.
—¿Collar nuevo? —preguntó Felicia. Dejó su copa de agua mineral sobre la mesa de café, pasó
la mano debajo de las perlas y las levantó, como para sentir su peso. —Por Dios, no me digas que
son auténticas. ¿Qué hay que hacer para merecer un regalo como éste?
Elizabeth casi le agradeció a Felicia el haberla distraído de sus pensamientos.
Observó de arriba
abajo a la hija mayor de Amado: desde su pelo lacio cortado a la altura del mentón, hasta sus pies
grandes calzados en zapatos un número menor.

—Bueno —dijo con una gran sonrisa y un guiño, —hay que dar buenos masajes.
—Levantó una
mano y movió los dedos, procurando lucir el anillo que Amado le había regalado para celebrar la
vendimia de ese año. —Todo está en los dedos.
Felicia no estaba acostumbrada a que le retrucaran con la misma moneda.
—Eres ordinaria y desagradable. Te juro que no entiendo qué vio mi padre en ti.
Elizabeth estaba cansada por tratar de proteger a Amado de la pena que sentiría si descubriera
lo de ella y Michael. Y esa noche no estaba dispuesta a dejar pasar los ataques de Felicia. Era hora
de que alguien le hiciera notar lo perversa que era y lo mucho que podía lastimar a su padre con
esos comentarios.
—Tal vez Amado se sentía solo y yo era alguien a quien no tuvo necesidad de obligar a pasar las
vacaciones en su casa.
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MOMENTOS
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7° de la Serie Multiautor Romantísima
—Yo quiero vivir mi propia vida. No puedo estar a disposición de mi padre cada vez que se
siente nostálgico.
—¿A su disposición? Antes de que tu padre y yo nos casáramos, no habías pasado un total de
dos semanas con él en el lapso de cinco años.
Felicia enseguida se puso a la defensiva.
—Él no tenía derecho a esperar más. No tenemos nada en común. Y este lugar...
es tan
anticuado —dijo, haciendo una mueca —y tan rústico.
—¿Mientras la Costa Este es el epítome de la sofisticación?
—Vamos, Elizabeth, hasta tú puedes ver lo atrasado que es este lugar.
Elizabeth sonrió.
—¿Hasta yo? Tengo la sensación de haber sido insultada. Pero tal vez no sea así.
¿Podría ser que
me estuvieras dando crédito por los años que viví en San Francisco? Me doy cuenta de que no es
Nueva York, pero, bueno, también Elana y Edgar viven allí, de modo que debe de tener algún
mérito.
—Debería haber sabido que era inútil tratar de hablar contigo.
—¿Por qué? ¿Porque bebo el vino de tu padre y me parece bueno? ¿O es porque detesto los
caracoles y creo que el agua mineral es pretenciosa? ¿O quizá porque les compro la ropa a los
diseñadores de la Costa Oeste?
—Ni el mejor modisto de París lograría disimular tu vulgaridad. No eres capaz de reconocer las
mejores cosas de la vida, y mucho menos de apreciarlas.
—Caramba, y yo que esperaba que tú me las enseñaras...
Felicia hizo una mueca de desdén.
—Preferiría tener que ganarme la vida paleando mierda.
Elizabeth echó la cabeza hacia atrás y rió.
—Felicia, eso es maravilloso. Qué frase tan fina y excelente. Creo que, después de todo, hay
esperanzas para nosotros.
Amado entró en la habitación. Sonreía.
—Me alegra ver que las dos se llevan tan bien. Eso es lo que esperaba que sucediera si tenían
oportunidad de estar un tiempo juntas.
Elizabeth se acercó a él, lo tomó del brazo y lo besó en la mejilla. No podía tolerar que se
enterara de la verdad.
—Eso intentamos, Amado —dijo, mirando fijo a Felicia. —¿No es verdad?
—Sí, claro —repuso Felicia, y saludó a su padre. —No tenía idea que sería tan divertido pasar
Navidad en el campo.

Amado puso su mano sobre la de Elizabeth.
—¿Estamos listos?
—Sólo tengo que buscar mi cartera y mi abrigo.
—Eso me dará tiempo para ver si también Michael está listo.
Elizabeth sintió que palidecía.
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—No me dijiste que Michael iría. —Era arriesgado para ambos estar juntos frente a Amado,
sabiendo que una mirada, una pausa embarazosa en la conversación, un gesto, lo alertarían del
cambio de sus sentimientos.
Él la miró, sorprendido.
—¿Por qué te sorprende?
—Eso es lo que me gusta de este lugar —dijo Felicia con evidente sarcasmo. —
No hay distinción
de clases. Los empleados se codean con el patrón.
Elizabeth centró su atención en Amado.
—Es sólo que él ya no suele asistir a estas reuniones. Por lo general está ocupado haciendo
alguna otra cosa.
—Le pedí que viniera —confesó Amado. —Pensé que Felicia disfrutaría de su compañía.
Felicia saltó:
—¿Significa que yo debo cuidar a Michael Logan toda la noche? Creo que deberías haberme
consultado.
Amado se tensó.
—Michael es muy capaz de cuidarse solo, pero eso no significa que yo toleraré que te muestres
descortés con él.
—Quizá, si le dieras a elegir, Michael preferiría quedarse en su casa —replicó Elizabeth.
—No le sugeriré tal cosa —contestó Amado. —Sin duda ya está vestido y nos espera.
—Y no queremos que desperdicie el dinero que gastó para alquilar el esmoquin,
¿verdad? —
acotó Felicia.
Visiblemente disgustado, Amado se excusó para llamar por teléfono a Michael.
Cuando no
podía oírla, Elizabeth se dirigió a Felicia.
—Tengo que felicitarte —le dijo. —Jamás conocí a una persona tan franca y valiente como tú.
Cualquiera diría que crees que tu padre ya no puede tener hijos.
—No me asustas. Yo siempre seré la primogénita. Y, por si no lo notaste, eso es muy importante
para un hombre como mi padre.
—Es verdad, eres su primera "hija" —retrucó Elizabeth. Esperaba sentir cierta culpa por la
mentira implícita, pero sólo sintió satisfacción porque, por primera vez desde que conocía a Felicia,
la había dejado sin habla.
Los Henderson ofrecían su fiesta anual de Nochebuena en la mansión victoriana de cien años de
antigüedad que habían convertido en una combinación de salón de ventas y sala de degustación
de los vinos de su bodega. La lista de los invitados era algo así como el Quién es quién de los
bodegueros de California.
Elizabeth entró del brazo de Amado en lo que antes era el salón de baile. Una guirnalda de
acebo con moños de terciopelo rojo y bolitas doradas rodeaba el perímetro del recinto. Los
músicos contratados para la fiesta ejecutaban una mezcla de música pop y country, que bailaba un
grupo siempre cambiante de parejas.
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Durante toda la velada, Elizabeth había intentado sin éxito convencer a Amado de que bailara
con ella. Hasta que él le dijo que su renuencia a hacerlo se debía a un dolor de cadera. A partir de
ese momento Elizabeth lo observó, pero no lo vio renquear, aunque sí lo notó insólitamente
cansado.
De pronto, y por el rabillo del ojo, Elizabeth vio que Michael cruzaba la pista de baile y se dirigía
hacia ellos.
Se arriesgó a mirarlo y los latidos de su corazón se aceleraron. Nadie que hubiera visto a
Michael de esmoquin podía pensar que era alquilado. El saco le calzaba a la perfección sobre los
hombros anchos, y los pantalones ceñían de manera impecable su vientre chato.
—Perdonen que los interrumpa —le dijo Michael a Amado, y al mismo tiempo evitó todo
contacto visual con Elizabeth. —Sólo quería avisarles que no vuelvo con ustedes.
—No me sorprende —dijo Amado. —Vi la forma en que Janet Williams te miró cuando entraste.
—No es eso para nada —le contestó Michael. —Es sólo que en los últimos tiempos no estoy de
humor para fiestas. No debería haber venido esta noche.
—¿Cómo volverás a tu casa?
—Con los Bicker.
Hubo un momento tenso antes de que Amado le preguntara:
—¿Es por Felicia? ¿Te dijo algo desagradable?
Michael frunció el entrecejo, obviamente desconcertado por la pregunta.
—Casi no la vi esta noche.
—Fue un error hacerla volver a casa tan pronto. Debería haberme conformado con tenerla
conmigo el día de Acción de Gracias.
Michael miró por fin a Elizabeth, como en busca de una explicación.
—Felicia no quería venir esta noche —explicó ella. —Amado teme que haya ventilado su enojo
contigo.
—Iré a buscarla —dijo Amado. —Si está lista para irse, ¿podrías acompañarla a casa?
—Por supuesto. —Lo dijo con tono cortés, sin demasiado entusiasmo.
Amado miró a Elizabeth.

—¿Te importaría quedarte con Michael mientras busco a Felicia?
—¿No sería mejor que fuera contigo? —preguntó Elizabeth.
—No es necesario que Elizabeth se quede a acompañarme —dijo Michael al mismo tiempo.
—Prefiero que se quede aquí contigo y no que se exponga a otro de los desplantes de Felicia —
repuso Amado, y le apoyó una mano en el hombro a Michael. —Elizabeth ha estado toda la noche
deseando bailar. ¿No quieres hacerlo en mi lugar?
—No necesito que me encuentres pareja de baile —saltó Elizabeth. —Puedo arreglarme sola.
Amado pareció desconcertarse con esa reacción.
—Elizabeth, por favor, no fue ésa mi intención. Sólo pensé que un baile contigo era justo lo que
Michael necesitaba para animarse un poco.
Michael miró a Elizabeth y le tendió la mano.
—Bueno, tal vez Amado tenga razón.
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Amado los miró complacido antes de alejarse.
Elizabeth esperó a que Amado se marchara de la habitación para decir:
—No puedo hacer esto, Michael.
Él no le prestó atención y la llevó a la pista de baile. Cuando Elizabeth puso la mano sobre el
hombro de Michael, sin querer le rozó el cuello con las yemas de los dedos. De inmediato su mano
se cerró en un puño, como si le hubieran clavado algo. Los latidos de su corazón resonaban con
tanta fuerza en sus oídos que le costaba oír la música, pero Michael era un bailarín avezado y todo
parecía indicar que los dos se desplazaban sin esfuerzo.
—No sabes cuánto he soñado con tenerte de nuevo en mis brazos.
—No me digas esas cosas.
—Creí que la culpa haría que me resultara más fácil estar contigo.
—¿De veras crees que alguna vez será más fácil? —Las palabras de Elizabeth fueron más un
grito pidiendo ayuda que una pregunta. Sintió un fuego cuando su cuerpo tocó el de Michael. La
colonia que él usaba se le clavó en los ojos. Cuando parpadeó para despejarse la vista, una lágrima
rodó por su mejilla. Apoyó la frente contra el pecho de Michael, ocultó el rostro y reprimió el
sollozo que sintió en la garganta.
Se saltó un paso y casi tropezó. Michael la sostuvo con más fuerza contra su cuerpo. Su aliento
era cálido y dulce contra el pelo de Elizabeth. Los pies de ella se negaron a moverse; no podría
llegar al fin de la pieza. También ella había soñado tanto con sentir de nuevo que los brazos de
Michael la rodeaban, pero no así, no en un lugar donde quien quisiera mirarlos advirtiera el anhelo
de ambos, adivinara su secreto y se compadeciera de Amado.
De pronto, Elizabeth sintió una pena profunda.
—Michael, tengo que salir de aquí.
Sin decir una palabra, él la condujo al vestíbulo, esperó a que no hubiera nadie y luego le abrió
la puerta que conducía afuera. Elizabeth salió al aire fresco e hizo una inspiración profunda. Los
dos permanecieron en la sombra, en silencio. Al cabo de varios segundos, Michael levantó la mano
y la tocó allí donde las perlas descansaban sobre su pecho. Ella le cubrió la mano con la suya.
—Si sigues tocándome así, no podré volver adentro sin que Amado sepa que pasa algo.
—Sólo admiraba tu collar —dijo él. —Es hermoso.
Ella sabía lo que en realidad le decía.
—Y caro, y algo que no pedí ni quiero.

—Pero te queda muy bien. Es como si hubieras nacido para usar alhajas elegantes y vestidos de
fiesta costosos.
—Pero tú y yo sabemos que eso no es cierto, ¿verdad?
El silencio que siguió pareció durar una eternidad. Cuando Michael habló, su voz fue calma y
apagada, y las palabras, evidentemente definitivas.
—No puedo seguir así, Elizabeth.
El aire frío se filtró por su vestido de terciopelo y le robó el poco calor que le quedaba.
—No hago más que preguntarme si las cosas no mejorarán. Quizá no le hemos dado
suficiente... —dijo Elizabeth.
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—Después de lo que acaba de suceder, no puedo seguir creyendo que las cosas mejorarán.
Jamás habrá un momento en que yo pueda mirarte y no sentir que me carcome el deseo de
poseerte.
Michael actuaba como si de pronto se les hubieran ofrecido opciones, como si hubiera
respuestas a preguntas que ninguno de los dos tenía el coraje de expresar.
—Nada ha cambiado, Michael.
—Ni cambiará jamás. Por eso he decidido irme.
—¿De veras crees que estaríamos mejor en Modesto? —Por mucho que le doliera verlo todos
los días, Elizabeth no toleraba la idea de que él se fuera.
Michael levantó la mano y comenzó a tocarla de nuevo, pero enseguida dejó caer el brazo a un
costado.
—No hablaba de ir a Modesto.
Elizabeth sintió que un escalofrío la recorría, y que no tenía nada que ver con el frío de la noche.
—¿Entonces adonde?
—A algún lugar lejano. Quizá Francia o Australia. Todavía no lo sé.
—No puedes decirlo en serio —susurró ella, y comenzó a temblar. —¿Qué haré sin ti?
—No puedo quedarme, Elizabeth. Esta vida me está matando.
Ella buscó palabras capaces de detenerlo, palabras llenas de promesa o incluso de esperanza.
Pero no las encontró.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Todavía no lo he decidido.
—Amado no te dejará ir.
—No le quedará más remedio.
—Él te quiere muchísimo. —"Y yo también." ¿Cómo enfrentar el futuro sin Michael a su lado?
—¿Por qué luchas conmigo? Sabes tan bien como yo que es la única solución.
Tú misma dijiste
que no podemos seguir así.
Elizabeth casi no podía respirar por el dolor que le llenaba el pecho.
—Yo podría ir contigo —susurró.
Él se acercó más.
—¿Qué dijiste?
Lo había dicho impulsivamente, por miedo a perderlo. La sola idea de irse con él, de dejar a
Amado, de enfrentar lo que eso significaría para él, era demasiado nueva, demasiado perturbadora
para repetir esas palabras tan pronto.
—Dame un poco de tiempo, Michael.
—¿Para acostumbrarte a la idea de que yo me vaya? —Su pena se había convertido en furia. —
Yo soy muchas cosas, Elizabeth, pero no masoquista.

—Por favor. Sólo algunas semanas más. —Tenía que encontrar la manera de decírselo a Amado,
una manera que no lo destruyera.
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CAPÍTULO 22
Al día siguiente de Año Nuevo, Elizabeth fue a San Francisco con Amado para acompañar a
Felicia al aeropuerto. Confiaba en que la soledad del viaje de vuelta le diera oportunidad de iniciar
el proceso de separación. Pero cuando entraron en la autopista, Amado la sorprendió sugiriéndole
que pasaran la noche en la ciudad y fueran al teatro. Ella pensó por un momento en rehusar el
ofrecimiento, pero después le pareció que no podía negarle ese último favor.
Todavía alimentaba
un atisbo de esperanza en el sentido de que encontraría la manera de estar con Michael y, al
mismo tiempo, lograr que el orgullo de Amado quedara intacto.
El viernes llegaron tarde de vuelta a la casa. El sábado por la mañana Elizabeth tropezó con
Michael en la bodega; él tenía una expresión atribulada y cansada.
—No puedo esperar mucho más —le dijo. No era una amenaza sino una afirmación.
—Sólo necesito un poco más de tiempo —respondió Elizabeth.
—¿Para qué? ¿En qué cambiarán las cosas con un poco más de tiempo?
—Todavía no estoy segura.
Michael bajó la vista.
—Te engañas, Elizabeth. No ocurrirá ningún milagro.
Más tarde, esa misma noche, Elizabeth y Amado estaban en el living mirando el noticiario de
televisión, cuando Consuela entró y les deseó buenas noches. Elizabeth esperó a oír que el
automóvil de Consuela salía del camino de acceso antes de decir:
—Hay algo que tengo que hablar contigo, Amado.
El giró la cabeza para mirarla y en su rostro apareció una mueca de dolor.
Distraídamente se
puso la mano sobre el pecho.
—¿Quieres que apague el televisor?
Su actitud despertó la atención de Elizabeth.
—¿Te ocurre algo?

Él hizo un gesto como restándole importancia al asunto.
—O me estoy poniendo viejo y mi cuerpo se ha vuelto menos tolerante, o Consuela está
agregando a sus guisos más especias de lo habitual.
—Mañana hablaré con ella. —Elizabeth pensó enseguida en lo inapropiadas que parecerían sus
palabras cuando ella le dijera que se iba, pero no había manera de borrar lo dicho. De pronto no
recordó lo que planeaba decirle a Amado. ¿Cómo se pasaba de la comida picante al divorcio?
—Discúlpame un momento —dijo él y se puso de pie. —Creo que iré a tomar algo para el
estómago antes de que me mantenga despierto toda la noche.
—¿Cuánto hace que tienes problemas estomacales? —¿Cuándo dejaría ella de portarse como la
esposa de Amado? —¿Has visto a un médico?
—Sí. Me dijo que era parte del proceso de envejecimiento —respondió él y sonrió con
amargura. —Hasta ahora, no he encontrado a nadie que me recomiende algo para no envejecer.
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Elizabeth trató de concentrarse en el informe meteorológico. De alguna manera, le pareció bien
que anunciaran lluvia. No imaginaba abandonar a Amado con el sol brillando alegremente en el
cielo.
Después del pronóstico vinieron los deportes, y por último la entrevista a un hombre que estaba
construyendo una casa con latas de aluminio que había llenado con cemento.
Amado todavía no
regresaba. Preocupada, Elizabeth fue a buscarlo. Lo encontró en la cama, la cabeza apoyada sobre
varias almohadas.
—¿Amado? ¿Te sientes bien?
Él abrió los ojos y trató de incorporarse, pero el esfuerzo fue demasiado y volvió a recostarse.
Ella se le acercó. Amado tenía la piel grisácea y una fina capa de traspiración le cubría la frente y
el labio superior. Elizabeth sintió miedo.
—¿Qué ocurre? ¿Qué te está pasando?
—No es nada —dijo él.
—No soy ciega. Puedo ver...
—Pasará. Siempre es así —Le tomó la mano para tratar de tranquilizarla.
—¿Qué demonios significa eso? —preguntó Elizabeth y al oír la respiración dificultosa de
Amado, su miedo se transformó en pánico.
—Algunas veces, los remedios actúan con lentitud.
—¿Desde cuándo tomas remedios? —De pronto, con desagradable claridad, Elizabeth recordó
la caja en la que había encontrado el gotero. Debería de haberse dado cuenca entonces que eran
demasiados medicamentos para una alergia.
—Bueno, tengo algunos problemas cardíacos.
—¿Problemas cardíacos?
—Lo siento. No quería que lo supieras de esta manera.
Fue como si la pieza clave de un rompecabezas de pronto hubiera calzado en su lugar. Ahora
tantas cosas tenían sentido: la dificultad para respirar que a veces experimentaba Amado y que
trataba de atribuir a su falta de ejercicio, los dolores en el pecho, las almohadas adicionales en la
cama. Incluso los intentos desesperados de que sus hijas se acercaran más a él.
—¿Cuánto hace que sabes que algo andaba mal? —preguntó Elizabeth.
—Varios meses después de nuestro matrimonio. —Le soltó la mano y le hizo señas de que se
sentara en la cama junto a él. —Debes creer que jamás habría hecho esto si lo hubiera sabido.

Por temor de incomodarlo si se sentaba en la cama, Elizabeth acercó una silla y se instaló en
ella. Volvió a darle la mano a Amado. Como sus emociones eran un torbellino, se refugió en la
parte clínica del caso.
—¿Qué dicen los médicos?
—Ya sabes cómo son. La tarea de ellos es....
—No me hagas eso, Amado. Ya no. Tengo derecho a saber qué te está pasando
—dijo Elizabeth,
con un nudo en la garganta. —Por Dios, eres mi marido.
—Los términos técnicos no te dirán nada, Elizabeth. Son sólo palabras detrás de las cuales los
médicos se ocultan cuando tienen que decirle a uno que se está muriendo. Lo único que nosotros
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necesitamos saber es que mi corazón se está deteriorando y que no hay nada que podamos hacer
para impedírselo.
—No deberías haber pasado por esto a solas.
—¿Cómo podía prometerte que si te convertías en mi esposa todo lo bueno de mi vida sería
tuyo y, luego, menos de un año después, retractarme de esa promesa?
—Tú no lo sabías. —Elizabeth trató de serenarse un poco. ¿Amado se moría?
¿Cómo era
posible? Era un hombre tan fuerte y vital, tan lleno de vida. Se inclinó hacia adelante y se llevó la
mano de él a la mejilla.
—Tú eres lo que me mantiene vivo, Elizabeth. Sin ti, no tendría sentido seguir adelante.
Sus palabras fueron como un zuncho alrededor del pecho. Tuvo que esforzarse para poder
respirar.
—Me atribuyes demasiado mérito. Tienes a tus hijas; y tus nietas y...
—Y Michael y Consuela y cientos de amigos que sé que se apenarán mucho cuando yo ya no
esté aquí. He tenido una buena vida, Elizabeth. Lo único que lamento es que no haya habido más
tiempo para nosotros. Dejarte será la tarea más difícil que haya tenido que cumplir jamás.
—No hables así. —Ella no estaba lista para escuchar esa serena aceptación de algo tan
impensable.
—Yo debería haberte dicho el efecto que los remedios tenían en mí —prosiguió Amado. —En
lugar de dejar que pensaras que, de alguna manera, tenías la culpa cuando me fui de nuestro
dormitorio.
—¿Los remedios? ¿Qué tuvo que ver eso con que te fueras a dormir a otro cuarto?
—Fue el motivo por el que ya no podía hacerte el amor. En algunos hombres, es uno de sus
efectos secundarios. Por desgracia, yo fui uno de esos hombres. No te lo dije porque esperaba que
apareciera una nueva droga que podría probar. O, si comenzaba a responder mejor, lograr una
cierta adaptación que me permitiera ser de nuevo tu marido.
Elizabeth comenzó a sentirse mal. Si tan sólo él se lo hubiera dicho, qué diferente sería todo
ahora.
—Ojalá hubieras confiado en mí.
—Mi silencio no tuvo nada que ver con la confianza, Elizabeth. Lo he pensado muchas veces, y
al final me enfrenté a la verdad. Tenía miedo de perderte. Estaba convencido de que, mientras
siguiera habiendo esperanzas, tú te quedarías a mi lado.
—¿Creíste que yo me había casado contigo sólo por los buenos momentos? —La pregunta y
todo lo que ella implicaba cerró firmemente la puerta que la conducía a irse con

Michael. El hecho
de cobrar conciencia de eso le produjo una extraña paz.
—No deberían haber terminado tan pronto.
—¿Estás seguro de que no puede hacerse nada? ¿Has visto a un especialista?
Amado sonrió.
—He visto a todos los que hay. No creerás que me daría por vencido sin presentar antes una
buena lucha.
Elizabeth pensó en las veces en que no había logrado llegar a él en Modesto, en las tardes en la
bodega en que nadie lo había visto y ella supuso que estaría hablando con un granjero sobre su
cosecha.
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—¿Qué dijeron?
Amado vaciló.
—Que un trasplante era mi única esperanza.
La sola idea le produjo un terror espantoso a Elizabeth. Sabía que la proporción de éxito en los
trasplantes se había incrementado en forma significativa en la última década, pero aun así no
existían garantías.
—¿Cuándo será?
—Les dije que no me interesaba.
—No lo entiendo. Si es tu única...
—Tengo sesenta años, Elizabeth. Si fuera un hombre sano, tendría por delante muchos años
buenos y productivos, pero ahora el problema no está sólo en el corazón. La enfermedad me ha
dañado también los riñones y los pulmones. ¿Cómo puedo yo, en conciencia, tomar para mí un
corazón cuando hay tantos otros que lo necesitan?
—¿Por qué enseguida das por sentado de que hay otros que valen más que tú?
Además, si
tuvieras un corazón que funcionara mejor, ¿no ayudaría eso a tus riñones y pulmones?
Amado cerró los ojos, como si estuviera agotado. Cuando volvió a abrirlos, su mirada se fijó en
el cielo raso.
—Cierto día, yo estaba en la clínica para someterme a una evaluación y conocí a
una joven que
se encontraba allí por la misma razón. Tenía tres hijas y me contó cómo las preparaba para que se
arreglaran sin ella si llegaba a morir antes de que alguien le donara un corazón.
Cuando le sugerí
que tal vez estaba asustando innecesariamente a sus hijas, me habló de un muchacho de dieciocho
años que conoció en la clínica un año antes y que murió esperando un corazón nuevo. Y había
otros. Tantos que he perdido la cuenta. —Giró la cabeza y miró a Elizabeth a los ojos. —¿Ahora lo
entiendes?
Ella supo que no había nada más que pudiera decir o hacer para que cambiara de idea.
—Debería entenderlo —le dijo. —Tu generosidad y desprendimiento fueron una de las razones
por las que me enamoré de ti.
—¿Entonces estamos de acuerdo en no volver a tocar este tema?
Era inútil discutir con él.
—Si eso es lo que quieres.
Amado disminuyó la presión sobre la mano de Elizabeth, echó la cabeza hacia atrás y volvió a
cerrar los ojos. Al cabo de varios segundos dijo en voz muy baja:
—¿Te molestaría terminar nuestra conversación por la mañana?
—¿Te sientes bien? —Elizabeth pensó en la cantidad de veces en que Amado

había
desaparecido en los últimos tiempos, en las reuniones a las que supuestamente asistía, en los
almuerzos tardíos con otros dueños de viñedos. Debió de haber estado descansando en alguna
parte, tomando fuerzas para convencerla de que todo estaba bien.
—Estoy un poco cansado. Ha sido un largo día.
—¿Puedo alcanzarte algo antes de irme?
—No, tengo todo lo que necesito.
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Ella se puso de pie. Se le cerró la garganta al tratar de reprimir el llanto. Él no querría que
llorara.
—Lo siento, Amado.
—No lo sientas. Dios ha sido muy bondadoso conmigo, incluso en esto. Antes de dejarme saber
que me estaba muriendo, me regaló tu persona.
Elizabeth decidió que haría cualquier cosa con tal de que Amado jamás supiera que ella no era
la maravilla que él creía. Era todo lo que le quedaba para darle. Se inclinó y le rozó la frente con los
labios.
—Volveré a ver si te encuentras bien antes de acostarme.
—Te amo, Elizabeth.
—Yo también te amo. —¿Qué importaba si el amor que ella sentía por su marido no era el de
los poetas? Al menos ya no estaba obligada a hacer una elección; ya la habían hecho por ella.
Llegó la medianoche y Elizabeth se paseaba por su habitación, luchando con lo que le diría y
debía decirle a Michael, con la esperanza de que las palabras apropiadas se le ocurrirían si tan sólo
aguardaba lo suficiente. Una parte suya, la parte cobarde, insistía en que no debía ser ella la que te
contara a Michael lo de Amado. Pero, pese a todos sus argumentos, no lograba convencerse de
que no revelar el secreto de Amado era lo apropiado. Amado necesitaba el afecto de Michael tanto
como su habilidad en materia de enología.
Cualquiera fuera el camino que tomaran sus pensamientos, siempre llegaba a la misma
conclusión: no existía ninguna manera buena ni adecuada de contarle a Michael
lo de Amado, así
como no la había habido para decirle a Amado que pensaba dejarlo.
Sigilosamente salió por la puerta del frente y se perdió en la niebla que descendía de las laderas
y se instalaba alrededor de las casas. Ya estaba por salir al porche cuando una voz interior le
impidió seguir adelante. Era tan poco lo que podía darle a Michael, que una noche de sueño
ininterrumpido le pareció un regalo maravilloso. Volvió a meterse en la casa y se detuvo frente a la
puerta de Amado para oír su respiración antes de dirigirse a su propio cuarto.
A las seis y media de la mañana siguiente, cuando Elizabeth pasó frente a la casa de Michael
para ir en busca del periódico, notó que su camioneta ya no estaba allí. Le pareció raro que se
hubiera ido a trabajar tan temprano, pero estaba tan concentrada en lo que le diría a Amado
durante el desayuno, cinco minutos después, que no le dio demasiada importancia a la ausencia
de Michael. Debía encontrar la manera de mirar a Amado sin pena en los ojos, de hablarle sin
congoja en la voz, y de vivir cada día sin preguntarse si sería el último que pasaban juntos.
Amado le abrió la puerta cuando ella se acercó a la casa.
—No veo ninguna razón por la que debas salir a buscar el periódico —la reprendió.

—Estaba levantada, y pensé...
—¿Que podrías ahorrarme ese esfuerzo?
Ella se le acercó en puntas de pie y lo besó en la mejilla.
—Algo así.
—Precisamente por eso tardé tanto en decírtelo, Elizabeth. No quería que comenzaras a
tratarme como a un inválido. —En su voz había un inconfundible tono de furia.
—Demasiado
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pronto llegará el momento en que debas hacerlo. Pero hasta entonces, déjame vivir mi vida como
siempre. Te pido que me des eso.
Elizabeth dio un paso atrás.
—Lo siento. Yo sólo quería...
—Ya lo sé —dijo él, y su voz se dulcificó, —He tenido meses para aceptar lo que está pasando, y
tú sólo has tenido horas. —Le apoyó la mano en el cuello. —Ven, entra. Hay algo que quiero
mostrarte.
Lo siguió a su oficina y aguardó sin decir nada mientras él sacaba una carpeta del escritorio.
Cuando Elizabeth vio que adentro había muestras de las nuevas etiquetas de los vinos, sintió
sorpresa y alivio. Había supuesto que se trataría de algo que tenía que ver con su enfermedad y le
agradeció que él estuviera decidido a tratar de que reinara un clima de normalidad, aunque fuera
artificial. Necesitaba tiempo para aceptar lo que ocurría, antes de verse obligada a tomar
decisiones.
Y, lo que era todavía más importante, debía encontrar la forma de decírselo a Michael. Y,
después, encontrar la manera de renunciar a él, pese a saber que Michael nunca necesitaría que
ella compartiera su dolor, tanto como Amado necesitaba estar con ella en sus últimos días de vida.
Cuando, más tarde esa mañana, Elizabeth llegó al trabajo, buscó la camioneta de Michael en el
estacionamiento, pero no estaba allí. Sintió una oleada de preocupación. Pero descartó esa
inquietud diciéndose que había cientos de lugares lógicos en los que él podría estar.
Amado la llamó a las diez y le dijo que había decidido tomarse el día libre para poner al día
cuestiones personales y descansar para la fiesta ofrecida por los Robertson, a la que asistirían esa
noche. Ella pensó preguntarle si había visto a Michael o sabido algo de él, pero no lo hizo para no
llamar la atención sobre el hecho de que lo estaba buscando.
Cuando llegó el mediodía y Michael no apareció en la bodega para almorzar ni llamó para
decirle a Christine dónde se lo podía localizar, Elizabeth dejó el trabajo a un lado y salió a buscarlo.
Ninguna de las personas con las que se cruzó en la bodega o en los viñedos tenía noticias de él.
Siguiendo una corazonada, llamó a Modesto, pero tampoco allí lo había visto nadie.
Por último, se dirigió a la casa de Michael, para ver si se encontraba allí. Aunque todavía no
había rastros de la camioneta, decidió acercarse de todos modos. Estaba a varios metros cuando
advirtió un trozo de papel sujeto a la puerta del frente. Una creciente sensación de zozobra la
inundó cuando subió al porche y vio que el sobre tenía su nombre escrito.
Lo abrió y extrajo la única hoja de papel que contenía.
Elizabeth:
Lo siento, sinceramente lo intenté, pero no podía quedarme más. Los dos supimos

siempre que, no importa cuánto tiempo esperáramos, nada podía cambiar ni hacer
ninguna diferencia.
De alguna manera, al enamorarme de ti me convertí en "segundón" después de haber prometido que eso nunca volvería a pasar. Si existe alguna culpa, yo la asumo
por completo. Debería haber sabido que sucedería.
En la bodega le dejé una carta a Amado, con lo que espero le parecerán explicaciones racionales y lógicas por mi partida. Hubiese querido dárselas Escaneado por MYRO – Corregido por Isabel Luna Página 138
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personalmente, pero después me di cuenta de que jamás podría hacerlo. Por cruel que
parezca, ésta fue la única manera.
Michael
P.D.: Howard está conmigo. No parece entusiasmarlo demasiado la idea de irse de
aquí, pero, bueno, a mí tampoco. Creo que formaremos una pareja estupenda,
¿no lo
crees?
Elizabeth apoyó la cabeza contra el vidrio frío, cerró los ojos y dejó entrar la tristeza, que la
abrazó como un antiguo amigo. Y después lloró por la injusticia de tener que perder a Michael y a
Amado.
—¿Elizabeth?
Giró la cabeza al oír la voz de Amado, que se acercaba por el camino de acceso.
Elizabeth
respiró hondo y parpadeó para borrar las lágrimas de sus ojos, mientras se metía la nota en el
bolsillo.
—No creo que Michael haya vuelto todavía —le dijo él cuando se reunieron en el camino. —Al
menos, yo no lo he visto.
Elizabeth no podía concentrarse. No sabía qué decir; era tanta la pena y la tristeza que la
embargaban: las que sentía y las que haría sentir a otros.
—Se ha ido, Amado.
—Sí, lo sé. —Dijo las palabras con lentitud, como si las pronunciara en una lengua extranjera.
—¿Verificaste en la bodega?
—Tampoco está allí. —Trató de sonreír para suavizar lo que vendría a
continuación, pero sus
labios se negaron a responder. —Nos ha dejado.
—¿De qué hablas?
Ella no quería estar allí. Deseaba huir, ocultarse, echar a correr hasta no poder más.
—Michael decidió que había llegado el momento de irse. —Una ráfaga de viento la hizo
abrazarse. —Supongo que deberíamos comenzar a buscar otro maestro bodeguero. Con lo mucho
que nos costó conseguir uno para Modesto, supongo que...
Amado la tomó del brazo como si temiera que ella pudiera caer.
—¿Estás bien?
—Por supuesto. ¿Por qué no habría de estarlo?
Él vaciló. En su rostro se reflejó la enorme conmoción interior que sentía. Por último, suspiró y
la abrazó.
—Conmigo ya no tienes que disimular. Es mi culpa. Sabía lo que ocurriría.
Supongo que, en
cierto sentido, incluso hice todo lo necesario para que sucediera.
Elizabeth tardó un buen rato en asimilar esas palabras.
—¿Qué quieres decir con eso de que sabías lo que ocurriría, de que lo planeaste?
—Ven, entremos. Es mucho lo que tengo que decirte.
Ella se liberó de sus brazos.

—No, Amado, creo que es mejor que me lo digas ahora.
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Él desplazó el peso de un pie al otro, obviamente incómodo por lo que debía decir.
—Debes comprender que esto me resulta muy difícil.
—Sabías lo que sucedía entre Michael y yo, ¿verdad? —Elizabeth no podía creer lo que decía,
pero por su mente desfilaron una serie de posibilidades. —Por Dios, si de eso se trataban todos
esos viajes a Modesto. Los planeaste para que Michael y yo pudiéramos estar juntos y a solas.
Amado extendió las manos en un gesto de súplica.
—No quería que te quedaras sola cuando yo me fuera.
Una desagradable sospecha la golpeó al oír esas palabras.
—¿Te preocupaba yo, Amado, o tu preciosa bodega?
—Jamás quise que esto te lastimara. Sabes bien que siempre he considerado a
Michael un...
Elizabeth sacó la nota de Michael del bolsillo y se la arrojó a Amado.
—¿Tienes alguna idea del infierno en que nos hundiste con tus manipulaciones?
—¿Cómo iba yo a saber que se enamorarían tan pronto?
—Quizá si me hubieras mostrado tu programa de actividades desde el principio, yo podría
haber demorado las cosas para adecuarlas a tus planes.
—Le estás dando demasiada importancia a mi participación. Reconozco que busqué la manera
de que estuvieran juntos y que esperaba que, con el tiempo, ustedes dos se encontrarían. —
Mientras hablaba, se agachó para recoger el papel que ella le había arrojado.
Palideció cuando
leyó lo que Michael había escrito. —Por Dios, ¿cómo pude olvidarlo?
—¿De qué hablas, Amado? —El tenía un aspecto tan perdido, tan solitario, que la furia de
Elizabeth se trocó en miedo. —¿Qué fue lo que olvidaste?
Amado levantó la cabeza y la miró.
—Que volvería a sentirse un segundón. Por favor, Elizabeth, debes creerme. Yo jamás habría...
—dijo, y gimió. —¿Cómo pude olvidarlo?
—No sé de qué hablas.
Amado giró la cabeza y su mirada se perdió más allá del valle.
—¿Él nunca te habló de Susan y de su hermano?
Incluso con Amado junto a ella, Elizabeth jamás se había sentido tan sola. Algún día le pediría
que le contara lo de Susan y el hermano de Michael, pero no en ese momento, no ese día.
Todavía era demasiado pronto. Su propia pena había colmado su capacidad. Con el tiempo,
habría lugar para la de Michael, pero todavía no.
Cualquiera fuera el motivo —amor o lealtad y deber, —ella y Amado estarían juntos hasta que
la muerte los separara. Elizabeth le tomó la mano.
—No deberías estar aquí afuera sin un saco —dijo. Una parte suya notó que, pese a todo, la
ternura y la preocupación por él eran reales. —Entremos, aquí hace frío.
Los dedos de Amado se cerraron alrededor de los de ella.
—No eran sólo las tierras y la bodega lo que yo trataba de proteger, Elizabeth.
También pensaba
en tu felicidad.
La invadió una profunda tristeza. Todo lo que debía enfrentar le resultaría mucho más fácil si tan
sólo no le creyera. Pero le creía.
—Ya lo sé, Amado.
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7° de la Serie Multiautor Romantísima
CAPÍTULO 23
—No es justo —dijo Alice, —para ninguno de los dos. Ustedes acababan de encontrarse.
—Si me dejo llevar por la idea de que lo que le sucede a Amado no es justo, no podré hacer
nada. —Elizabeth sostuvo el tubo del teléfono con el otro hombro y se echó hacia atrás en el
asiento. Cuando vio la pila de correspondencia que todavía debía revisar ese día, giró para quedar
frente a la pared.
—¿Seguro que no quieres que vaya a ayudarte? En una hora podría tener el bolso listo y estar
en un ómnibus.
—Prefiero reservarte para más adelante, abuela.
—Yo no soy una pieza frágil de porcelana, Elizabeth. No hay ningún motivo para que no...
—Si vienes demasiado pronto, serás un recordatorio permanente. Amado no tendrá ningún
momento para simular que no está enfermo, ni siquiera en los días en que se siente bien.
—Por supuesto, debí pensarlo. Me siento tan impotente.
—También yo —dijo Elizabeth.
—¿Cuándo piensa decírselo a Felicia y Elana?
—En este momento están en la casa con él. Casi tuvo que amenazar a Felicia para obligarla a
venir.
—¿Cómo crees que lo tomarán?
—Honestamente, no lo sé.
—¿No sería maravilloso que aprovecharan el tiempo que le queda de vida a Amado para
establecer una auténtica relación con su padre? Quiero pensar que algo bueno saldrá de todo esto.
—Yo también lo imaginé, pero no sé si será posible. Con todo lo sucedido en el pasado, si Felicia
y Elana mostraran un cambio afectivo, ¿cómo podría Amado confiar en que fuera auténtico?
Pasaron varios segundos antes de que Alice dijera:
—Él creerá lo que quiere creer. ¿Y quién puede decir que eso no es lo mejor?
Elizabeth no pudo discutir ese punto. Hubo demasiadas ocasiones en su propia vida en la que la
fantasía la había protegido de la realidad y tornado imposible su vida cotidiana.
—Prométeme que me avisarás cuando las cosas empiecen a ponerse difíciles —
prosiguió Alice.

—Y no olvides nunca que uno siempre recibe algo cuando se le quita algo. Es difícil vivir cada día
sabiendo que uno se muere, pero cuando lo sabe, se le brinda la oportunidad de poner en orden
sus cosas. Considéralo un regalo, Elizabeth.
—Te quiero mucho, abuela.
Conversaron algunos minutos más y antes de colgar prometieron hablarse de nuevo pronto.
Elizabeth permaneció sentada, inmóvil, y una lágrima rodó por su mejilla. Una parte de su mente
se disoció del dolor que había producido la lágrima y le envió una suave advertencia de que
vendrían muchos más.
De nuevo, alguien a quien ella amaba la dejaba. Podía quejarse y gritar que era una injusticia,
podía maldecir y levantar el puño a los cielos, podía refugiarse en su trabajo.
Eso no cambiaría nada.
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MOMENTOS
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7° de la Serie Multiautor Romantísima Amado iba a morir. Y cuando eso sucediera, una parte de ella moriría con él.
—¿Cuánto tiempo te queda? —preguntó Felicia.
Amado se acomodó en el sillón y buscó una posición que permitiera mayor expansión a sus
pulmones. En lugar de ofenderse por lo brusco de la pregunta de su hija, fue un alivio para él que
ella no hubiera tratado de engañarlo con una escena de falsa compasión.
—Podrían ser meses, o un año, o incluso más. Las variables son muchas.
Elana miró nerviosa a Felicia antes de balbucear:
—¿Estás... estás bien ahora? Quiero decir, ¿hay algo que podamos hacer por ti?
—No —contestó él. —Todo lo que es posible hacer se está haciendo.
Felicia se puso de pie y se acercó a la ventana. Apartó la cortina y miró hacia afuera. De
espaldas a su padre, preguntó:
—¿Entonces por qué nos pediste que viniéramos hoy? Podrías habernos hablado de esto por
teléfono.
—Felicia —saltó Elana, —¿cómo puedes decir una cosa así?
Ella giró sobre sus talones y fulminó a su hermana con la mirada.
—Si por una vez en la vida fueras sincera, reconocerías que las dos pensamos lo mismo. ¿Desde
cuándo nos reunimos para un anuncio familiar?
—Esto es diferente —dijo Elana.
—¿Por qué? ¿Porque papá se muere y nos necesita? ¿Dónde estaba él cuando mamá lo
necesitó? Y, dicho sea de paso, ¿dónde estabas tú?
—Felicia, no le hagas eso a tu hermana —dijo Amado, y extendió una mano en un gesto de
súplica. —Debes aprender a olvidar lo de tu madre. Lo que ella hizo...
—¡No me hables tú sobre mi madre! —gritó Felicia. —No tienes ningún derecho.
—¿Por qué no quieres escucharlo, Felicia? —preguntó Elana, y miró a Amado.
—¿No ves que se
está muriendo? Ésta es nuestra última oportunidad de ser una familia.
Felicia echó la cabeza hacia atrás, casi como si Elana la hubiera golpeado. Miró a su hermana y,
después, a su padre. Entrecerró los ojos y se apartó el pelo hacia atrás con una mano.
—Yo... lo siento. No sé qué me pasó. Debió de ser por la impresión... de enterarme de tu
enfermedad... papá.
Amado no se engañó. La sonrisa de Felicia reflejaba la lamentable sinceridad de un agente de
impositiva que realiza una deducción. Y la expresión de terror en los ojos de Elana sin duda tenía
más que ver con lo desagradable de la muerte de alguien que con el hecho de perder al hombre
que era su padre.

—No quiero morir y dejar cosas no dichas entre nosotros —les dijo Amado. —
Sin duda hay
preguntas que ustedes deben de querer hacerme, cosas que quieren saber sobre su infancia, sobre
los años anteriores al viaje a España con su madre. Cuando yo no esté, no quedará nadie para
responder esas preguntas.
—¿Cómo puedes saber tú cómo éramos de chicas? —preguntó Felicia. —Nunca estabas en
casa.
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Amado asintió con lentitud y aceptó el reproche de su hija.
—Trabajé mucho para tener los mejores viñedos y elaborar los mejores vinos.
Mi padre
esperaba eso de mí, como su padre lo había esperado de él. Yo no sabía que mi trabajo podía
costarme mi familia. Era, sencillamente, la forma en que en aquella época se
hacían las cosas.
—¿Estás diciendo que ahora harías las cosas de manera diferente? —preguntó Felicia.
—Sí, haría cualquier cosa con tal de que tú y tu hermana estuvieran a mi lado. —
Buscó en los
ojos de su hija algo que le indicara que su respuesta le importaba, pero ella ya miraba de nuevo
por la ventana, lejos de él.
—¿Y mi madre? —preguntó Felicia con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Dije que haría cualquier cosa, lo que fuera necesario —repitió Amado.
Ella se volvió y lo enfrentó.
—¿Significa que lamentas la forma en que la trataste?
—Lo lamento más de lo que puedo expresar —respondió él, y dejó que ella interpretara el
significado de sus palabras.
—¿Cómo te propones lograr que seamos de nuevo una familia? —Si bien las palabras eran
conciliatorias, no podía afirmarse lo mismo del lenguaje corporal de Felicia.
Antes de que sus hijas llegaran esa mañana, Amado se había dicho que no debía esperar
demasiado. Sintió la preocupación de Elizabeth al mirarlo durante el desayuno y lo percibió en su
voz cuando ella decidió quedarse con él ese día en lugar de ir a trabajar. Nada de lo que Elizabeth
hubiera hecho podría haberlo preparado para la decepción que sintió al descubrir
que ni siquiera
el hecho de estar a punto de morirse conseguía traspasar la coraza de Felicia. Y
sin Felicia eran
pocas las oportunidades que tenía con Elana.
—Esperaba que pudiéramos pasar algún tiempo juntos, conocernos más.
Felicia miró a Elana.
—Supongo que podríamos reunimos de manera regular de aquí en adelante, ¿no es así, Elana?
Elana no estaba preparada para el cambio súbito de actitud de su hermana.
—Por supuesto. Me encantaría.
En lugar de experimentar una sensación de triunfo, Amado sólo sintió un tremendo vacío.
El barco que llevaba a Michael a través del Pacífico cabeceó con una ola profunda y lo obligó a
aferrarse de las sogas que mantenían elevada la vela. Enseguida miró hacia donde había dejado a
Howard, que en ese momento se acicalaba. El gato lo miró con aires de superioridad antes de
proseguir con su tarea de lamerse la pata.
Hacía tres semanas que navegaban, y Michael todavía no se acostumbraba a mantener el
equilibrio con el balanceo del barco. Jeremy Andrews, el capitán que aceptó llevar a Michael a
Australia, le había asegurado que se habituaría. Era sólo cuestión de tiempo.
Después de todo, ¿no era tiempo, precisamente, lo que a Michael le sobraba?

No eran muchos los hombres que podían afirmar que no tenían que estar en ninguna parte y
que, cuando llegaran, no habría nadie esperándolos. Nunca antes había sentido Michael lo que era
ser auténticamente libre. Tal vez algún día, si se esmeraba lo suficiente, hasta llegara a gustarle.
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Howard se incorporó, se estiró y cruzó la cubierta. Plantó la pata derecha sobre la pierna de
Michael y maulló. Michael lo levantó, se lo puso en el hombro y dejó que esa pelambre negra y
suave le acariciara la mejilla.
—Aguanta un poco, Howard —le dijo en voz baja. —Nada dura eternamente. —
Eso último era
más para sí mismo que para el gato.
La noche que Michael había subido a su camioneta y salido de Napa Valley por última vez, no
tenía la menor idea de adonde se dirigía, sólo que tenía que irse. En un principio enfiló hacia el
este, siguiendo algún deseo latente de su infancia de ver el parque Yellowstone.
En Winnemucca,
Nevada, arbitrariamente giró hacia el norte y luego, en Idaho, al oeste, para terminar en Seattle.
Una vez allí, pasó el día vagando por los muelles, dio una mano en la carga de provisiones para el
velero más hermoso que había visto jamás, mantuvo una conversación ocasional sobre los filetes
gruesos de salmón, y de pronto allí estaba, a punto de llegar a las islas Hawaii.
Había abandonado California en busca de una cura, pero sabiendo todo el tiempo que no existía
ninguna.
Vagar de un lado al otro tal vez no fuera la respuesta, pero era infinitamente mejor que
quedarse quieto. No podía dejar de sentir que, si se detenía, incluso por un minuto, todo lo que
había dejado atrás, aquello de lo que huía, lo alcanzaría. Y todavía no estaba preparado para
enfrentarlo.
Hasta que encontrara la manera de vivir con lo que había perdido, seguiría moviéndose.
Y si eso le ocupaba toda la vida... al demonio con todo.
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CAPÍTULO 24
St. Helena, marzo de 1990.
Elizabeth permaneció de pie junto a los viñedos, con el traje negro que se había comprado ocho
meses antes para estar preparada para el día en que le daría, en público, el último adiós a Amado.
Sabiendo lo mucho que le costaría ir a comprar ropa adecuada cuando llegara el momento, su
decisión le pareció no sólo perspicaz sino también práctica. Pero, en cambio, el traje se había
convertido para ella en una carga mental, un recordatorio adicional y constante que colgaba en el
fondo de su placard, a la espera de validar su decisión de comprarlo.
Los meses de espera habían sido difíciles en muchos niveles; los días, llenos de reuniones
estratégicas urgentes para encontrar la forma de liberar a Amado de su papel de cabeza de la
bodega y vocero de los Vinos Montoya; las noches, dedicadas a verlo convertirse lentamente en
una sombra del hombre que ella había conocido en la fiesta de Navidad de Smith
& Noble.
Tal como Elizabeth supuso, Amado no se había entregado en forma pasiva a la enfermedad.
Incluso cuando se acercaba al final, cuando parecía que cada nuevo aliento le demandaba mayor
energía que el anterior, siguió luchando para vivir un día más. Hubo momentos en que ella, de pie
en la puerta de la habitación de Amado, al oír su respiración dificultosa, rogaba en silencio que él
dejara de luchar, que se abandonara a la creencia de que, después de esta vida, los dos estaban
destinados a encontrarse de nuevo.
Al final, cuando el cuerpo de Amado ya no respondía a su voluntad, había despertado de un
sueño profundo para despedirse de Elizabeth: los ojos abiertos, la mente clara, una declaración de
amor susurrada en sus labios.
Cuando el entierro llegara a su fin y todos hubieran regresado a sus casas, Elizabeth realizaría su
despedida privada de Amado con el vino merlot que él apartó la noche de bodas para celebrar el
décimo aniversario de casados. Armaría un fuego en el hogar y bebería el vino en la copa Lalique
que él había usado para brindar por el compromiso de ambos. Y cuando no quedara vino, arrojaría
la copa al fuego. Empacaría el traje negro, junto con la ropa de Amado, y la enviaría a algún hogar
para enfermos mentales de cualquier parte, pero bien lejos de St. Helena.
Después de pasear por última vez la vista por los campos antes de volver a la casa en la limusina
que la esperaba, pensó que si Amado hubiera podido inspeccionar los viñedos ese año, habría
aprobado lo bien que habían escuchado a las vides los podadores que ella había contratado. Más
que nada, se habría enorgullecido por la habilidad de Elizabeth para juzgar el trabajo realizado por
esos obreros.
Bajó la vista y miró el Rolex que él le había regalado para su último cumpleaños.
Hasta el final,
Amado había disfrutado como un chico al sorprenderla con regalos costosos, chucherías inútiles,
sin prestar atención a sus protestas. El la había amado sin siquiera conocerla. Y
ella había sido lo
que él necesitó que fuera, y había satisfecho todas sus fantasías, salvo una: ser la madre de su hijo.
En media hora, Elizabeth estaría de pie frente a sus amistades, en una iglesia repleta de gente,
donde trataría de no buscar entre la multitud a la única persona que ella sabía que no se
encontraría allí. Aunque Michael se hubiera enterado de la muerte de Amado a tiempo para llegar

al funeral, ella sabía que no asistiría. Permanecer alejado, negarse el derecho a despedirse de
Escaneado por MYRO – Corregido por Isabel Luna Página 145
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Amado, era el castigo adecuado para el pecado que él creyó haber cometido contra su mejor
amigo.
Pero también era posible que Michael estuviera tan lejos que todavía no se hubiera enterado. Si
no había seguido trabajando en la industria vitivinícola, tal vez no supiera lo de Amado hasta
dentro de varios meses. Pero lo cierto era que cuando Michael supiera que Amado había muerto,
una parte de él también moriría.
Elizabeth giró y comenzó a ascender la colina. Miró hacia la casa y vio que Alice y Consuela la
esperaban en la galería. Aun desde esa distancia, percibió una expresión preocupada en sus
rostros. Ella haría todo lo posible para asegurarles que todo andaba bien. Con el tiempo las
convencería, a ellas y a todos los demás, de que no sólo tenía la fuerza y la tenacidad para seguir
adelante allí donde Amado había dejado, sino también la capacidad suficiente para hacerlo. De
todos los regalos que Amado le había dado el año anterior, el que tenía más valor para ella eran
sus conocimientos.
Y el regalo que Elizabeth le dio, a cambio, era la promesa de continuar sin él y permitir que el
sueño de Amado se convirtiera en el propio.
Dos semanas más tarde, Elizabeth se encontraba en Napa para la lectura del testamento de
Amado. Fuera del abogado, sólo Elana y Edgar se encontraban en esa oficina con revestimiento de
caoba. Lo antiguos empleados que Amado había querido recordar recibieron por correo, el día del
funeral, notas manuscritas de agradecimiento, en cada una de las cuales se adjuntaba un cheque
personal confeccionado y firmado por Amado. Felicia había designado a Elana su representante;
no quiso asistir y le dijo a su hermana que ya había pasado demasiado tiempo el año anterior en
California y que tomar un vuelo hacia allá dos veces el mismo mes era demasiado.
La lectura de tres páginas mecanografiadas no representó ninguna sorpresa. Todo era tal como
Amado se lo había explicado cuidadosamente a Elizabeth antes de su muerte.
—Gracias, Jim—le dijo Elizabeth a James Webster, el abogado. —Amado quiso que le dijera
cuánto significó para él todo el trabajo adicional que hizo usted en los últimos meses.
Él le tomó la mano con las dos suyas y la miró con pesar.
—Si puedo servirle de alguna ayuda en el futuro...
Elana, con Edgar menos de un paso detrás de ella se adelantó para interceptar a Jim cuando
éste rodeó el escritorio.
—Perdón por entrometerme —dijo, sin dejar lugar a dudas de que su disculpa era sólo para
cubrir las apariencias, —pero Edgar y yo tenemos otro compromiso en la ciudad esta tarde, y
quería que usted supiera que hemos contratado a un abogado para que nos represente a mi
hermana y a mí en este asunto. Se llama Sanders Mitchell y quizás usted ha oído hablar de él. —
Rió por lo bajo. —¿Qué estoy diciendo? Por supuesto que ha oído hablar de él.
Sea como fuere,
me pidió que le informara que se pondrá en contacto con usted dentro de esta semana.
Jim frunció el entrecejo.
—Incluir a otro abogado en esto es prerrogativa de ustedes, desde luego, pero

detesto que
gasten así el dinero. Si tiene alguna pregunta, la responderé con todo gusto. El testamento de su
padre es relativamente sencillo. Puedo asegurarle que todo está en orden.
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—No fue idea mía contratar al doctor Mitchell, sin que eso signifique que no es un buen
abogado. Felicia insistió en que tuviéramos nuestra propia representación.
Jim pareció algo desconcertado ante lo que esas palabras implicaban.
—Su padre fue un hombre justo y generoso, señora Sullivan. Lamento que usted piense... —Se
frenó y tardó un segundo en recuperar la compostura. —Perdóneme. Desde luego que tiene usted
derecho de manejar esto como mejor le parezca. Si cree que puede serle de utilidad, haré que le
envíen al bufete del doctor Mitchell una copia del testamento a primera hora de mañana.
La conducta de Felicia no sorprendió a Elizabeth: se había mostrado muy astuta en su propósito
de ganarse el afecto de su padre, sabiendo que si cambiaba de conducta demasiado pronto él
jamás creería en su sinceridad. Pero la recompensa bien valía el esfuerzo, y Felicia era tan codiciosa
como rencorosa. Lo que evidentemente no sabía era todo el tiempo que Amado y Jim habían
trabajado juntos para redactar el testamento. No había en él nada oculto ni ninguna falla. Felicia y
Elana gastarían tiempo y dinero tratando de encontrarla.
—Lo llamaré más tarde, Jim —se despidió Elizabeth.
—No se vaya todavía —dijo el abogado. —Esto no demorará mucho más.
—Tendremos que dejarlo para otro momento —contestó ella. —Alice espera que yo la vaya a
buscar al centro comercial al que fue de compras.
Una suave lluvia había comenzado a caer cuando Elizabeth entró con el auto en la playa de
estacionamiento del centro comercial y vio que Alice la saludaba con la mano debajo de la
marquesina de una cafetería.
—¿Cómo salió todo? —preguntó Alice al arrojar su bolso de compras en el asiento trasero y
subir al auto.
—Tal como se esperaba —respondió Elizabeth. —No hubo ningún codicilo sorpresivo, si eso es
lo que quieres saber.
—En realidad, me preguntaba cómo habían estado Elana y Edgar. Espero que no te hayan
dificultado las cosas.
Elizabeth puso su mano sobre la de su abuela y se la apretó.
—Me gusta tenerte cerca. Me haces sentir querida. —Como Alice no respondió enseguida,
Elizabeth la miró. —¿Qué ocurre?
—Estuve pensando... que en realidad no hay nada que me detenga en Farmingham.
—¿Ah, no? —Elizabeth había sospechado que le diría algo así. Alice no había sabido disimular lo
mucho que le preocupaba la decisión de Elizabeth de manejar ella misma la bodega. —¿De modo
que al fin decidiste jubilarte? Bueno, yo no pienso discutírtelo. —Frenó frente a una luz roja, giró la
cabeza y miró a Alice. —Pero, ¿qué me dices de todas tus amigas? En lo que a ellas respecta, nada
ha cambiado, abuela. Si te vas de allí, te separarás definitivamente de ellas, o correremos el riesgo
de que alguien lo averigüe todo sobre mí.
—Nada me impediría ir cada tanto a visitarlas.
—¿Y qué ocurrirá si una de ellas quiere retribuirte la visita?
—Yo lo arreglaría.
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—Me encanta que te preocupes por mí, abuela, pero no permitiré que sacrifiques tu vida y tus
amistades para mudarte aquí y cuidar de mí.
Ya habían recorrido varios kilómetros cuando Alice rompió el silencio que se había instalado
entre ambas.
—Ojalá tu abuelo te hubiera conocido.
—También yo lo desearía. Pero, ¿qué te hizo pensar ahora en él?
—Ya sabes, uno empieza a pensar una cosa, que lleva a otra y después a otra.
Elizabeth sabía que su abuela estaba comparando la carga que significaba tratar de manejar una
granja sola con el hecho de que ella asumiera la dirección de la bodega. Si lograba tranquilizara
Alice, tal vez se sintiera menos presionada con respecto a tomar la decisión de abandonar
Farmingham.
—¿Cuánto tiempo tardaste en decidir que no querías mantener la granja después que él murió?
Alice pareció sorprenderse por la pregunta.
—Yo jamás lo decidí. Creí que lo sabías. El banco me la quitó enseguida. Hubo un remate, pero
apenas si cubrió el monto de la deuda. Sin duda no pensarás que yo empecé a trabajar de
camarera porque lo disfrutaba.
—Jamás me contaste nada de eso.
—No es uno de mis recuerdos favoritos. En esta vida, uno hace lo que tiene que hacer. Si el
hecho de quejarse facilitara las cosas, le daría toda la razón a Felicia. Pero no es así, de modo que
jamás me molesté en lamentos.
—En ese momento no tenías dinero para ocuparte de mí. Y, sin embargo, jamás dijiste nada.
¿Por qué?
—No bien te vi supe que volverías a darle sentido a mi vida. El dinero me importa un rábano.
Elizabeth nunca había podido separar la pena de ser abandonada por sus padres de la alegría de
conocer a su abuela. El día siguió despertándole sentimientos que la confundían.
En apariencia sin
ningún motivo, preguntó:
—¿Amabas al abuelo?

Alice no se sorprendió por el cambio de tema.
—Sí, pero jamás supe cuánto hasta que falleció. A veces, la pena que eso me produce es casi tan
fuerte como la soledad.
—Antes de conocer a Amado, yo nunca supe que existían tantas maneras de amar a alguien. —
Podría haber agregado que tampoco tenía idea de que se podía amar a dos hombres al mismo
tiempo, pero no lo dijo. Alice dormiría mejor pensando que su nieta tenía en el corazón sólo una
pena que hacía falta reparar.
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7° de la Serie Multiautor Romantísima
CAPÍTULO 25
Un ambiente de tensión reinó en la bodega cuando todos se preparaban para la presión inicial
de la temporada. Cierta excitación, mezclada con bastante alivio porque la transición de un dueño
a otro había tenido tugar y ellos conservaban su trabajo, le confirió más vehemencia al trabajo de
los obreros. Elizabeth sabía que se habían hecho apuestas, tanto dentro como fuera de la bodega,
sobre si los Vinos Montoya seguirían en manos privadas cuando llegara la vendimia. Y Elizabeth
sintió más orgullo todavía por saber que esas apuestas eran en su contra.
Ganar no había sido fácil. Durante el último medio año ella concentró sus pensamientos, su
energía y su pasión en el negocio, trabajando a veces entre catorce y quince horas diarias, con
frecuencia los siete días de la semana. Cuando no estaba trabajando, leía, repasaba una y otra vez
los detalles técnicos de la elaboración de vinos, averiguaba detalles que Amado había olvidado
comunicarle, estudiaba todo lo que le caía en las manos hasta que el vocabulario le resultó tan
familiar como el que solía usar en publicidad y las palabras que oía en los laboratorios y en los
campos por fin cobraron sentido para ella.
A Consuela le preocupaba la idea de que Elizabeth se exigiera demasiado. Cada vez que Alice
llamaba, se ingeniaba para mechar en la conversación el comentario de que "la vida es algo más
que el trabajo". Hasta Tony Reynolds, quien silenciosa y discretamente trabajaba en la bodega casi
tantas horas como ella, cada tanto creía necesario regañarla y le decía que el exceso de trabajo y la
falta de diversión hacían mal al espíritu. Elizabeth escuchaba con paciencia esos consejos
bienintencionados, aceptaba que necesitaba reducir el ritmo de trabajo, les agradecía a todos por
preocuparse por ella, y volvía a sumergirse en su tarea.
Había pasado medio año sin la mano rectora de Amado en la bodega, y esa mañana despejada
de septiembre prometía convertirse en una tarde calurosa, cuando alguien llamó a la puerta de la
oficina de Elizabeth.
—Está abierta —dijo ella en voz alta.
Tony Reynolds asomó la cabeza y sonrió.
—Tiene que salir a ver los resultados de la prueba Brix sobre el beaujolais que acaban de traer.
—¿Es así de buena?
—Jack me pidió que no se lo dijera, que tenía que verlo por sí misma.
Elizabeth empujó la silla hacia atrás y se puso de pie, muy contenta de haber sido incluida en
esa operación. Cuando oficialmente se había hecho cargo de la bodega, la sensación de unidad y
de familia que Amado había fomentado no fue transferida a ella de manera automática, y Elizabeth
descubrió que la lealtad y el respeto de sus empleados eran dos cosas que esperaban que ella se

ganara por sus propios méritos.
Al rodear el escritorio, sonó la campanilla del teléfono. Levantó el tubo y le dijo a Tony:
—Dame un segundo para librarme del que me llama.
El asintió.
—Estaré en el patio.
Lo despidió con la mano y se llevó el tubo a la oreja.
—Elizabeth Montoya —dijo.
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7° de la Serie Multiautor Romantísima
—Elizabeth, habla Jim.
—Jim... ¿qué puedo hacer por ti? —En el tiempo transcurrido desde la muerte de Amado, Jim
Webster se había convertido en su amigo, además de su abogado.
—Parece que has pasado una buena mañana.
—A diferencia de ti. ¿Qué sucede?
—Me temo que no tengo noticias demasiado buenas. ¿Estás libre para venir esta tarde a mi
oficina?
—Ojalá pudiera. Sería agradable salir de aquí. ¿No es algo que podamos hablar por teléfono?
Se hizo un silencio prolongado e inquietante.
—Preferiría que no. ¿Quieres que yo vaya para allá?
—¿A qué hora?
—¿A la hora del almuerzo te parece bien?
Elizabeth había planeado trabajar durante el almuerzo.
—Le diré a Consuela que prepare algo. ¿Pueden ser sándwiches?
—Cualquier cosa, con tal que venga acompañada con una botella de ese maravilloso
chardonnay que me mandaste el mes pasado.
El intento de Jim de mostrarse animado no tuvo éxito. Elizabeth luchó contra la necesidad de
insistir en que le adelantara cuál era el problema.
—Veré lo que encuentro en el sótano.
Jim llegó a las once y media. Elizabeth estaba en el patio, viendo cómo descargaban un
cargamento de uvas en la prensa. Al verlo, lo saludó con la mano y se excusó con los hombres con
los que hablaba.
Se acercó a él y le tendió la mano.
—Si tu intención era asustarme —dijo, con una sonrisa por si alguien los observaba, —te
aseguro que lo lograste.
—Lo siento, Elizabeth, pero no pude evitarlo. No quería darte la noticia sin estar aquí para
repasar las opciones que tenemos.
—Si no haces algo para borrarte esa expresión de catástrofe, seguro que alguien inventará una
historia que haga juego con tu cara. Por aquí, los rumores crecen con más rapidez que las uvas.
Él no dijo más mientras la seguía a su oficina.
Una vez adentro, Elizabeth le indicó una silla. Ella se sentó en el borde del escritorio, las manos
apoyadas a cada lado.
—Muy bien, tienes toda mi atención.
El abogado respiró hondo.
—Felicia y Elana han recibido una oferta de compra de su cuarenta y nueve por ciento de Vinos
Montoya.
La sorpresa de Elizabeth fue tal que no pudo pronunciar palabra por varios segundos. Por
último preguntó:
—¿Quién?
—Hicks y Brody.

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7° de la Serie Multiautor Romantísima
—¿La compañía tabacalera? ¿Para qué quieren una bodega?
—Llamé por teléfono a Joan Walker, una corredora de bolsa que conozco, y le pedí que me
averiguara algunas cosas antes de venir aquí. Según lo que ella pudo descubrir, hace tiempo que
esa compañía quiere expandirse en esta dirección.
—¿Pero qué les hizo pensar que Vinos Montoya podía estar a la venta ?
—En realidad, por los elementos que he podido reunir hasta el momento, todo parece indicar
que fueron Elana y Felicia las que se acercaron a ellos. O, al menos, le pidieron a su abogado que
hiciera el contacto concreto.
El miedo superó la furia de Elizabeth.
—¿Pueden salirse con la suya en una cosa así...?
—Me temo que sí.
—¿Y no se puede hacer nada para impedírselo?
—De acuerdo con los términos del testamento, tú tienes el primer derecho de negativa y la
opción de igualar cualquier oferta.
—¿De qué suma estamos hablando?
Jim hizo una mueca.
—Me temo que de varios millones más de los que tienes en efectivo, Elizabeth.
Elizabeth se puso a caminar por la habitación.
—¿Cuánto tiempo tengo pata conseguir el resto?
—Amado debe de haber anticipado algo así porque puso bien en claro que no quería que yo
estipulara los habituales noventa días en la cláusula.
—¿Lo cual significa...?
—Que tienes lo que la corte decida que es un plazo razonable. Tomando en cuenta las
circunstancias, es probable que consigamos un plazo de ciento veinte días.
—Un mes más... no entiendo cómo se supone que eso sea una ayuda considerable. —Jim le
sonrió y ella se alegró de tenerlo de su lado.
—Todo se reduce a cuánto es posible demorar la presentación ante la corte.
—¿De modo que el plazo no es retroactivo?
—Veo que has entendido.
—Por Dios, Jim. ¿Imaginas lo que ocurriría si yo permitiera que una compañía

como Hicks y
Brody viniera aquí con sus organigramas y equipos gerenciales? Pasaría más tiempo luchando
contra ellos que manejando la bodega.
—Existe otra opción de la que no hemos hablado, Elizabeth. No es preciso que luches contra
ellos. Hicks y Brody preferirían comprar la totalidad de la bodega. Por lo que he podido saber hasta
el momento, no quieren negociar contigo más de lo que tú quieres negociar con ellos. Su abogado
me autorizó a decirte que están dispuestos a igualar la oferta que les hicieron a Felicia y Elana y
ofrecerte una sustanciosa gratificación por tu dos por ciento adicional. Serias una mujer
sumamente rica.
—No puedes hablar en serio. ¿Cómo podría yo nacerle eso a Amado?
—Entiendo tu sentido de lealtad, peto creo que ha llegado el momento de que aceptes que
Amado ha muerto, Elizabeth.
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—Pero le prometí que jamás vendería...
—Mira, lo siento, pero alguien tiene que decírtelo, y parece que el elegido he sido yo. Sabes tan
bien como yo que aquí el trabajo te supera. Este ofrecimiento es una manera legítima para que te
mandes a mudar mientras todavía tienes la cabeza por encima del agua. No te dejaré desechar lo
que podría muy bien ser tu mejor oportunidad para un futuro seguro, nada más que por un
equivocado sentido de lealtad. —Cuando ella intentó contestarle, él levantó una mano para
impedírselo. —El viejo dicho de que una manera segura de amasar una pequeña fortuna en la
industria del vino es empezar con una gran fortuna no es sólo un comentario humorístico. Sólo
porque Vinos Montoya han perdurado cinco generaciones no significa que sean invencibles. Uno o
dos años malos y todo esto podría irse al tacho. ¿Y dónde estarías tú entonces?
—De vuelta en la publicidad. Mira, aprecio lo que tratas de hacer por mí, pero malgastas tu
tiempo. Nada de lo que digas podrá hacerme cambiar de idea.
—Podría conseguir que hicieran concesiones —prosiguió Jim, como si no la hubiera oído. —
Podrías quedarte con las casas. Y si lo que te preocupa es la gente que trabaja aquí, puedo hacer
que en el contrato se incluya una cláusula que prohíba despedir a nadie al menos durante un año.
Eso les daría a todos suficiente tiempo para...
—No me estás escuchando, Jim. Prefiero ver este lugar cerrado antes que vendérselo a gente
como Hicks y Brody.
—Hablas como una criatura petulante a la que le han dicho que no se saldrá con la suya aunque
tenga una pataleta. —Al cabo de varios segundos, él se apoyó en los brazos del sillón y se puso de
pie. —Para que tengamos oportunidad de ganar esto, tendrás que demostrar que eres una cabal
mujer de negocios. No puedes ser la primera en parpadear.
Ella frunció el entrecejo, sin poder interpretar del todo lo que él decía.
—¿Significa que vas a ayudarme?
—Si quieres que te diga la verdad, estoy impaciente por hacerlo. Hace tiempo que no participo
de una buena pelea a mano limpia —dijo Jim, y se dirigió a la puerta.
Elizabeth lo siguió.
—Si de veras piensas eso, ¿por qué trataste de convencerme de que vendiera?
—Porque me pagas para que te aconseje bien. Lo que estamos por hacer no es exactamente
eso.

Elizabeth sonrió, aliviada.
—No quería perderte.
Él rió por lo bajo.
—Pero si yo no hubiera aceptado tus términos, estabas dispuesta a sacarme con cajas
destempladas.
—Por supuesto.
En los extremos de su bigote prolijamente recortado se dibujó una sonrisa malévola.
—Y ésa es la razón por la que me quedo contigo. No sé bien por qué, pero en una mujer
realmente fuerte y decidida hay algo que me hace responder al llamado a las armas. Creo que
debo de haber sido un general o algo así en el ejército de Juana de Arco.
—¿Cuál será nuestro próximo paso con Felicia?
—¿Te refieres a Elana y Felicia?
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—Elana es un títere. Felicia es la que debe preocuparnos.
—Deja a Felicia a mi cargo. Tu tarea será la de reunir el dinero.
—¿Cuánto necesito?
—Supongo que otros diez millones además de lo que ya tienes en activo disponible.
Elizabeth contuvo la respiración. La suma era tres veces mayor que la que suponía.
—Bromeas.
—Alégrate si llega a ser una oferta de tómalo o déjalo y no tenemos que librar una batalla de
pujas con Hicks y Brody.
—¿Qué pasará si ellos cambian de idea y aumentan la oferta?
—No lo harán.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque no son ellos los que iniciaron la acción. Tal vez le tengan ganas a Vinos Montoya, pero
no están enamorados de la bodega. Si este negocio fracasa, tienen otro listo para ocupar su lugar.
—Por lo visto, ya has comenzado a trabajar en una estrategia.
—Sabía que no aceptarías vender.
—¿Soy así de transparente?
Él tomó el pomo de la puerta.

—Eres así de obstinada.
—Creí que te quedarías a almorzar.
—No puedo... tengo demasiado que hacer. —Sonrió. —Pero me I levaré esa botella de
chardonnay que me prometiste.
Elizabeth fue al comedor a buscar la botella de vino y después acompañó a Jim a su auto y
esperó a que se alejara. Cuando volvió a su oficina, permaneció parada un momento junto a la
puerta, mirando su escritorio y el trabajo que la esperaba.
¿Cómo lograría reunir otros diez millones de dólares? Era una suma imposible.
Si hubiera
prestado más atención a los informes semanales de su contador, jamás la habrían pescado con la
guardia baja de esa manera. Sin duda había pagado impuestos a la herencia sobre la bodega,
basados en una valuación estimada. ¿Cómo podía no saber una cosa así?
Evidentemente, todavía no era la brillante mujer de negocios que creía ser.
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CAPÍTULO 26
Elizabeth se apoyó el tubo del teléfono en el hombro y extendió el brazo sobre el escritorio en
busca del calendario.
—¿Cuándo piensa cerrar trato? —preguntó.
La mujer que estaba en el otro extremo de la línea era una abogada de Los Ángeles y
representaba a un cantante de rock en ascenso que deseaba invertir una gran parte de su fortuna
recién adquirida en la compra de una bodega. ¿No era una suerte que la de Elizabeth estuviera
disponible? Como Elizabeth necesitaba todo el dinero que consiguiera reunir, había decidido tratar
de vender la propiedad sin contratar a un agente de bienes raíces. Se había dado un plazo de
cuatro semanas y sólo faltaban tres días para que se cumpliera cuando el cantante de rock la llamó
y le pidió una visita guiada personal.
—En cuanto lleguemos a un acuerdo con respecto a los términos, comenzaré a enviarle los
papeles —contestó la mujer.
—Le dije la semana pasada que los términos ya están estipulados. Llámeme de nuevo cuando
estén listos para firmar, y yo sacaré la propiedad del mercado.
—Le aseguro que mi cliente no cambiará de idea. Después de su visita a la bodega, quedó muy
satisfecho.
—Eso está muy bien, pero no pienso sacar de la venta la propiedad hasta que...
—¿Diez mil dólares al contado no la convencen?
Elizabeth se echó a reír.
—Agregue otro cero y ponga una fecha próxima para cerrar trato, y estamos de acuerdo.
—Tengo que consultarlo y volverla a llamar.
—Para ser sincera, debo advertirle que me han prometido hacer otra oferta esta tarde. Si están
listos para seguir adelante... ¿Qué quiere que le diga? No les he ocultado el hecho de que quiero
que ésta sea una venta rápida. —Se puso la mano en el pecho como si con ese gesto pudiera
disipar el temor de que su mentira no tuviera resultado. Tal vez la mujer no fuera una especialista
en bienes raíces, pero no era estúpida. Y diciembre no era la época apropiada para vender
propiedades.
—Supongo que no espera que yo... —Se hizo una larga pausa. —Qué demonios
—dijo, con un
suspiro de resignación. —Esta tarde le mandaré a su abogado los papeles firmados. En cuanto

usted los haya aprobado, depositaremos el cheque en custodia.
Elizabeth trató de no dar un gritito de alegría.
—Ha sido un placer —dijo; colgó, volvió a sentarse y sonrió.
Se estaba acercando a la cifra. Cuando se pusieran a remate las cigarreras Fabergé de Amado y
sus bronces Remington, la suma reunida sería la que necesitaba. A fin de cubrir los costos legales y
los gastos ocasionales que no hacían más que aparecer, a fines de esa semana saldrían a la venta
privada sus alhajas. Uno o dos meses más y sabría con exactitud cuánto debía pedir prestado para
completar el trato.
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Y entonces sería ella, Elizabeth Mary Montoya, la única propietaria de Vinos Montoya.
Finalmente, después de más de treinta años, tendría una identidad que no dependía de ninguna
otra persona.
Eran casi las nueve de la noche cuando Elizabeth llegó de vuelta a su casa. Su sorpresa inicial al
ver el auto de Consuela todavía en el camino de acceso se convirtió en preocupación cuando abrió
la puerta del frente.
Entró y se dirigió a la parte de atrás de la casa.
—¿Consuela? —llamó.
—Aquí estoy —fue la respuesta.
Elizabeth entró en el living y encontró a Consuela con un adorno plateado en la mano. Le daba
los últimos toques a un hermoso árbol de Navidad: un abeto azul.
Consuela explicó enseguida:
—Alice llamó hoy por teléfono y dijo que, después de todo, podría venir aquí varios días antes
de Navidad. Yo sabía que usted no querría que ella viera... —Se encogió de hombros. —Me pareció
que sería más fácil de esta manera.
La primera reacción de Elizabeth fue protestar frente a la implicación de Consuela de que había
olvidado intencionalmente esa fecha, y decir en su descargo que había estado demasiado ocupada
como para preparar ella misma el árbol. Consuela aceptaría la excusa porque respetaba el derecho
a la privacidad de Elizabeth. Pero las dos sabrían la verdad.
—Está precioso. Yo jamás podría haberlo hecho así. Gracias.
Consuela colocó el adorno plateado cerca de la parte superior del árbol.
—Es maravilloso que haya encontrado la fuerza de empezar de nuevo, Elizabeth, pero no debe
permitir que el recuerdo de haberlo tenido a Amado con usted la última Navidad le impida
atesorar otros recuerdos. Dejando de vivir no se honra a los que se fueron.
Consuela comenzó a recoger las cajas vacías.
—Es una pena que Michael no esté aquí—comentó.
Esas palabras resonaron en la mente de Elizabeth.
—¿Por qué dices eso?
—A él le encantaba la Navidad. Era como un chiquillo cuando me daba pistas y me decía que
tratara de adivinar qué regalo había puesto para mí debajo del árbol. Si él estuviera aquí, habría
sido el primero en insistir en que usted comenzara de nuevo.
Elizabeth cruzó la habitación y se quedó parada frente al árbol, contemplando los adornos. Eran
muy hermosos, verdaderas obras de arte hechas a mano. ¿Cómo pudo no haberlos visto antes?
Sostuvo un ángel con la mano para observarlo de más cerca.
—¿De dónde salió esto? —preguntó.
—Amado solía traerlos como regalos para Sophia, Felicia y Elana cada vez que viajaba. Incluso

cuando Sophia volvió a España, siempre compraba adornos nuevos del árbol para ella. Creo que
jamás perdió las esperanzas de que volviera.
—Si eran regalos...
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—¿Por qué están todavía aquí? —completó la frase Consuela y se encogió de hombros. —Sólo
puedo adivinar que Sophia rehusó llevarse los suyos. Es fácil entender por qué Felicia no quiso
llevarse los de ella: sabía que eso le dolería a su padre. En cada Navidad he visto a Elana mirar con
anhelo los que le pertenecían, pero jamás hará nada que pueda merecer la desaprobación de su
hermana.
Después de las fiestas, Elizabeth haría paquetes con esos adornos y se los enviaría a Elana. Lo
que hiciera con ellos era cosa suya. Y el año próximo, Elizabeth seguiría el
consejo de Consuela y
comenzaría de nuevo; para empezar, compraría sus propios adornos. Esa idea la complació.
—Jamás he comprado una sola guirnalda —dijo.
—Bueno, pues ahora tiene el ático lleno. Michael solía colgarlas por todas partes.
¿Jamás lograría escapar de él? Sonó el timbre de la puerta de calle. Elizabeth miró su reloj.
—¿Quién supones que puede ser?
Consuela sonrió y le dio un empujoncito a Elizabeth.
—Jamás lo sabrá si no abre la puerta.
—Tú sabes quién es, ¿verdad?
Consuela volvió a enfrascarse en la tarea de recoger las cajas.
—Yo no digo nada.
Por un instante sobrecogedor, Elizabeth pensó que sería Michael, que había vuelto a casa para
las vacaciones. Tuvo que contenerse pata no correr hacia la puerta.
Pero no era Michael, sino Alice.
—¡Abuela! Consuela me dijo que vendrías, pero no sabía que sería esta noche.
Qué sorpresa
maravillosa. —Y lo era, sólo que no la que ella esperaba.
Alice entró y le dio un abrazo prolongado.
—Sé lo ocupada que has estado y no deseaba entrometerme, pero adondequiera que iba
tocaban El pequeño que toca el tambor. Lo intenté, pero no pude permanecer lejos más tiempo.
La primera Navidad que las dos pasaron juntas, Elizabeth había puesto la cinta con esa canción
tantas veces que Alice se la escondió. Volvió a abrazar a su abuela, pero ahora con más intensidad,
olvidado ya ese instante de decepción.
—Si hubiera sabido que ésa era la forma de traerte aquí para Halloween, te habría enviado un
cassete con esa canción.
—¿Entonces no te parece mal que haya venido tan temprano?
—Es el mejor regalo que podías hacerme. —Por el rabillo del ojo vio que Tony se acercaba,
trayendo el equipaje de Alice. Detrás de Elizabeth, Consuela se acercó, preparándose para irse.
—Alice, qué buena moza que está —dijo Consuela.
Alice le dedicó una sonrisa llena de afecto.
—Ha pasado demasiado tiempo.
—¿Dónde quiere que ponga estas cosas? —preguntó Tony.
—Déjalas aquí, en el hall —le indicó Elizabeth. —Yo las guardaré más tarde.
El aire fresco apresuró las despedidas. Consuela le prometió a Alice una visita prolongada al día
siguiente, Tony dijo que vería a Elizabeth por la mañana y, segundos después, abuela y nieta se
hallaban a solas.

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—¿Por qué no me avisaste que vendrías? —le preguntó Elizabeth mientras cerraba la puerta. —
Podría haber ido a buscarte.
—Sé lo atareada que estás, y Consuela me dijo que a Tony no le molestaría hacerlo.
Sucedían más cosas de las que Alice reconocía.
—Pasemos al living. En la heladera tengo sidra con especias. Sólo me tomará un minuto
calentarla.
Cuando estuvieron instaladas en el sofá, Elizabeth centró su atención en Alice, y puso bien en
claro que quería una respuesta tan directa como la pregunta que estaba por hacer.
—Muy bien. ¿Vas a decirme el verdadero motivo por el que viniste antes, o me obligarás a
sacártelo con tirabuzón?
Alice sonrió con timidez y rodeó el jarro de sidra con las manos.
—Le previne a Consuela que no te lo tragarías.
—¿Qué sucede ahora? —Cuando Alice no le contestó enseguida, Elizabeth insistió. —No me
digas que ella cree que estoy trabajando demasiado y se supone que tú conseguirás que baje un
poco el ritmo.
—Ojalá fuera así de simple —dijo Alice y calló un momento. —No sé bien cómo decir esto.
—¿Cuándo fue necesario entre nosotras andar con rodeos?
—Es que no puedo dejar de sentir que me estoy entrometiendo en algo que no es asunto mío.
—No hay nada que...
—Se trata de Michael.
Elizabeth contuvo el aliento, sorprendida.
—¿Qué ocurre con Michael? —preguntó, con cautela.
—Consuela parece creer que tal vez hubiera habido algo entre ustedes dos antes de que él se
fuera.
—¿Qué le hace pensar eso?
—Las razones no son importantes. ¿Está en lo cierro?
—Sí, pero no es algo de lo que yo quiera hablar en este momento. Además, ¿qué diferencia
puede hacer ahora?

En la cara de Alice se reflejó la confusión que sentía. Accediendo, al menos por el momento, a la
negativa de Elizabeth de hablar sobre Michael, dijo:
—Está bien. Entonces, ¿por qué no me cuentas cómo van las cosas con Felicia y Elana?
—Jim me dijo el otro día que ya no le quedan maneras de demorar las cosas y que, al parecer, la
presentación en el juzgado será en enero. Él parece confiar en que el juez nos concederá los seis
meses que solicitamos.
—¿Tuviste oportunidad de hablar con Felicia sobre el tema?
—Lo intenté, pero ella nunca devolvió mis llamados.
—Sigo sin entender por qué te hace esto.
—La venta forzada no tiene nada que ver conmigo. Es sólo la continuación de la batalla librada
entre ella y Amado. ¿Qué manera mejor de vengarse de él por Sophia?
—Debió de estar fuera de sí cuando no te diste por vencida y no vendiste tú también tu parte.
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—Estoy segura de que pensó que cuando me sacudieran delante de los ojos todos esos
millones, yo no dudaría en aprovechar la oportunidad de convertirme en una mujer de fortuna.
—Nunca te lo pregunté, pero no sé por qué no lo hiciste. —Vaciló. —¿Es porque éste era el
hogar de Michael y quieres que él siempre tenga un lugar para...?
—Si Michael pensara volver en algún momento, habría venido para el funeral.
—Estaba dividida
entre sentir el alivio que significaba poder hablarle a Alice de Michael, y una abrumadora
sensación de vergüenza que la hacía desear negarlo todo. —Al principio me dije que no quería
dejar la bodega porque le había prometido a Amado que no lo haría. Pero después descubrí que
me gusta lo que hago, abuela. Y, por primera vez en la vida, me gusta como soy.
Es una sensación
increíble, y no pienso renunciar a ella sin presentar batalla.
—Eso lo entiendo. Pero, ¿tienes posibilidades de ganar?
Era una pregunta razonable, y Elizabeth supo por qué Alice se la había hecho. Si no ganaba,
¿qué sería de ella? ¿Adónde iría? Y, más importante aún, ¿quién sería, sin la identidad que le
proporcionaba la bodega?
—Creo que Felicia no me habría enfrentado sí hubiera sabido del compromiso afectivo que
tengo con la bodega.
—No la subestimes, Elizabeth. Tal vez tú tengas la firmeza de tu lado, pero ella es la persona
más calculadora y manipuladora que conozco.
—Bueno, en cierto modo, tiene a quien salir. Amado era todo un maestro en conseguir lo que
quería. Cuanto más lo conocía, más me daba cuenta yo de que él jamás hacía nada por casualidad
ni impulsivamente. Yo solía preguntarme por qué sacó del salón de ventas de la bodega la
colección Fabergé y los cuadros, y se los llevó a casa cuando nos casamos, y por qué insistió en que
la Bodega Modesto estuviera a mi nombre. Nada de eso tenía sentido hasta que Felicia hizo su
jugada. Amado anticipó lo que podía suceder mucho antes incluso de saber que estaba enfermo.
Se esforzó por inculcarme el sentido de herencia familiar y después me dio los medios para
comprarles la parte a sus hijas.
Elizabeth había pensado mucho desde la muerte de Amado. En más de una ocasión se había
preguntado sobre el encuentro fortuito de ambos y su fogoso romance. Amado había encontrado
en ella algo más profundo y más complejo que un amor a primera vista. Había
reconocido la
necesidad de pertenencia que tenía ella y su necesidad de aferrarse a las cosas.
Durante sus
últimos meses de vida, Amado no le había recordado ni una sola vez lo importante que era para él
que el legado Montoya permaneciera intacto. Él sabía que su sueño, su compromiso, se había
convertido también en el de ella, y que Elizabeth haría todo lo que estuviera a su alcance para que
la tradición Montoya se prolongara al menos una generación más.
—Olvidaste mencionar las alhajas —acotó Alice. —Amado no parecía la clase de hombre
acostumbrado a los regalos ostentosos y valiosos que te daba.
—Curiosamente, creo que terminó por disfrutarlo. Al menos, espero que haya sido así, porque
algo me dice que no conseguiré por ellas el precio que quiero.
—¿Qué harás si no consigues el dinero que necesitas?
—Me preocuparé por eso cuando suceda.
—Si crees que te ayudaría, yo podría vender mi casa. Sé que no conseguiría mucho por ella,
pero puedes contar con todo lo que tengo.
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Elizabeth se inclinó hacia adelante y tomó la mano de su abuela. Alice no dormiría en toda una
semana si supiera la cantidad de dinero que todavía debía reunir.
—Cuando me metí en esto, me dije que tu casa y la vajilla de abuela Boehm quedaban fuera del
asunto. —Se puso de pie. —Tomaré un poco más de sidra. ¿Qué me dices de ti?
La intención de Elizabeth era que ese movimiento marcara el fin de la discusión sobre sus
finanzas. Cuando volvió, le dio su sidra a Alice y, con aire resuelto, le preguntó:
—¿Cómo está el señor Benson?
La mirada de Alice le dijo que no se iba a dejar ganar así no más.
—Igual que en mi última carta. Volvamos ahora a...
—¿No podemos dejar de hablar de mis problemas por esta noche? Hace meses que no estamos
juntas. Seguramente tenemos otros temas de conversación.
—No es obligación que hablemos —dijo Alice. —Podemos quedarnos aquí sentadas y admirar
ese precioso árbol de Navidad.
Las defensas de Elizabeth cayeron, y de pronto sintió una tremenda soledad.
—Creo que, después de todo, me gustaría hablarte de Michael y de mí —dijo. —
¿Está bien?
—Por supuesto que sí —contestó Alice. Y, después, con esa voz especial y llena de ternura que
Elizabeth recordaba de su infancia, la que usaba cuando ella volvía de la escuela llorando por un
nuevo desprecio, añadió: —Nada de lo que puedas hacer o decir te rebajaría ante mis ojos.
Elizabeth se sentó sobre las piernas y se instaló en un extremo del sofá. Durante la siguiente
media hora, a empujones y con varias pausas para recobrar la compostura, Elizabeth le contó
cómo ella y Michael habían pasado de ser enemigos a amarse, y cómo la mano de Amado los había
guiado por ese camino.
—¿Alguna vez supiste qué había pasado entre el hermano de Michael y esa tal Susan? —
preguntó Alice cuando Elizabeth llegaba al final de su relato.
—No durante varios meses. No me animaba a preguntárselo a Amado, y él no me lo dijo. Hasta
que un día, mientras desayunábamos en la galería, Amado mencionó que se había encontrado con
Paúl en la ciudad. Paúl le comentó que había oído decir que Michael se había ido y se preguntaba
si nadie había tenido noticias suyas. —Elizabeth cambió de posición, estiró las piernas y luego
volvió a sentarse sobre ellas.
—¿Y habían tenido noticias? —preguntó Alice.
—Por lo que yo sé, por aquí nadie ha sabido nada de él ni recibido noticias suyas desde el día en
que se fue. O al menos no me lo han dicho.
—¿De modo que ese encuentro con Paúl llevó a Amado a hablarte de Susan?
—Fue como si un dique se hubiera roto en el interior de Amado. No podía dejar de hablar de
Michael. Creo que al fin se había dado cuenta de lo mucho que había perdido, y trataba de
encontrar la manera de hacer frente a esa realidad. —En todos sus planes, Amado había olvidado
el detalle más importante: la medida en que Michael se sentiría culpable por haberlo traicionado, y
cómo ese sentimiento lo afectaría. Si tan sólo se hubiera detenido a pensar en las posibles
consecuencias de sus manipulaciones, habría sabido que, para Michael, irse era lo único honorable
que le quedaba por hacer.
—Qué triste debe de haber sido para ustedes dos compartir lo que sentían por Michael.
Elizabeth trató de sacudirse interiormente para evitar que resucitaran en ella esos sentimientos.
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—Volviendo a Susan, ella y Michael fueron novios durante toda la escuela secundaria y se
comprometieron el día que se graduaron... —Elizabeth relató la historia de Michael con voz
monótona y tensa.
—Pero allí seguía la granja, para que Paúl la heredara —la interrumpió Alice con un suspiro. —
Lo he visto ocurrir infinidad de veces: familias estupendas y afectuosas que se separan por un trozo
de tierra.
—Según Amado, Susan provenía de una familia a la que le costaba poner comida sobre la mesa
todos los días. Estaba decidida a escapar de ese medio, y cuando todo parecía indicar que Michael
tendría que dejar sus estudios y trabajar como obrero, se puso fuera de sí. Sabía que Paúl siempre
había gustado de ella, así que...
—Cambió de hermano.
—Lo cierto es que Michael se ha sentido segundón toda la vida. Y no puede volver a pasar por
eso. Ni siquiera por mí.
—Si todavía lo amas... sé que suena terriblemente mal hablar de esto tan pronto después de la
muerte de Amado..., pero no tiene sentido... bueno, ya sabes lo que quiero decir.
¿Has pensado en
tratar de ponerte en contacto con él?
—Por las noches me duermo pensando en eso.
—Entonces, no entiendo qué te mantiene aquí.
—No sé dónde buscar. Y aunque lo supiera, no estoy segura de hacer algo al respecto. Me
encanta estar a cargo de la bodega, abuela. Las horas que le dedico no son para huir u ocultarme
de algo ni de alguien. Estoy aquí por la sensación de logro que siento al final de cada día.
—Pero, ¿no sería incluso mejor si hubiera alguien que compartiera contigo esos sentimientos?
¿De qué tienes miedo, Elizabeth?
—De perder lo único que me queda en lo que respecta a Michael.
—¿Qué?
—La esperanza.
—Eso me sorprende.

—¿Por qué?
—Nunca antes te he visto tomar la salida más cobarde.
—Jamás he tenido tanto que perder.
—¿Michael significa tanto para ti?
—Mucho más.
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CAPÍTULO 27
Elizabeth entró con el auto en la playa de estacionamiento de la bodega. Era el primer día
laborable del nuevo año, y estaba decidida a iniciarlo con espíritu animoso, pese a varios
inconvenientes de la semana anterior. La colección de cigarreras de Amado no logró el precio con
que ella contaba, y sus alhajas se vendieron por la mitad de lo que esperaba.
Pero lo peor fue la decisión del juez de concederle sólo tres meses para reunir el dinero, en
lugar de los seis que Jim Webster había solicitado.
Cuando Elizabeth entraba en su oficina sonó la campanilla del teléfono.
—Habla Elizabeth Montoya.
—Traté de encontrarte en tu casa —dijo Alice,—pero Consuela me dijo que ya habías salido.
—Abuela —dijo Elizabeth y miró su reloj. Aun tomando en cuenta la diferencia horaria, era muy
temprano en Kansas. —¿Sucede algo?
—No lo sé. Hace unos minutos recibí un llamado de George Benson. Dijo que ayer fue un
hombre a la escuela preguntando por Elizabeth Preston.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Elizabeth.
—¿Con quién habló?
—¿Además de George Benson?
—Sí. —No importaba, cualquiera de la ciudad podría haberle hablado del trágico accidente de la
familia Preston. Quince años no era suficiente tiempo para opacar el recuerdo de la pérdida de los
ciudadanos más prominentes de la ciudad.
—No lo sé. George dijo que tuvo miedo de despertar sospechas si lo interrogaba demasiado.
—¿El señor Benson sabe quién era?
—Un detective privado de la ciudad de Kansas.
—¿Mencionó quién lo había contratado?

—George se lo preguntó, pero el detective no quiso decírselo.
Elizabeth tragó fuerte para disminuir el pánico que comenzaba a embargarla.
—¿Qué clase de preguntas le hizo?
—Bastante generales, hasta que se enteró del accidente.
—¿Y entonces?
—Quiso ver el anuario del año en que te recibiste.
—¿El señor Benson se lo dio?
—George le dijo que no lo guardaban tanto tiempo, que alguien revisaría el depósito y que eso
podría llevar una semana o más. El detective dijo que volvería.
—Ha pasado tanto tiempo... jamás pensé que... —Elizabeth se inclinó hacia adelante y se cubrió
los ojos con la mano. Necesitaba tiempo para pensar, para tratar de extraer sentido de lo que
estaba ocurriendo. Pero el tiempo era su don más preciado.
—George quiso que yo te dijera que no debes preocuparte por él, que él sabía lo que hacía
cuando te ayudó en aquella época y que no lo ha lamentado en ningún momento.
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—Llamaré a Jim Webster y veré qué puede hacer.
—Avísame si te enteras de algo.
—También tú. —Elizabeth se despidió y buscó su agenda telefónica. Había discado la mitad del
número cuando de pronto recordó que, a esa hora, casi todo el mundo recién se estaba
levantando.
—Maldición —dúo en voz alta. —¿Por qué ahora?
Miró los papeles que tenía sobre el escritorio. No podía concentrarse en horarios de embarques
y otros trámites, pero se volvería loca si no tenía algo que la ocupara hasta que Jim entrara a
trabajar. Mejor hacer algo, cualquier cosa, antes que quedarse allí sentada y esperar.
Cinco minutos después se dirigía con el auto a la casa de Jim Webster para tratar de pescarlo
antes de que se dirigiera a su bufete. Mandy la esposa de Jim, le abrió la puerta y se sorprendió de
verla a esa hora tan temprana.
—Elizabeth, qué hermoso...
—Me disculpo por caer así, intempestivamente, Mandy, pero tengo que ver a Jim. ¿Por
casualidad está todavía aquí?
—Saldrá dentro de una hora o más, y no necesitas disculparte. Siempre es un placer verte, no
importa a qué hora del día. Pasa, estábamos por desayunar. ¿Por qué no nos acompañas?
Elizabeth entró.
—Gracias, pero ya desayuné.
—¿Un café, entonces?
—Sí, gracias.
—Le avisaré a Jim que estás. ¿Por qué no lo esperas en su estudio?
—Pero el desayuno...
—No es la comida favorita de Jim. —Le indicó el pasillo. —Es la tercera puerta de la derecha.
Procuraré que nadie los moleste.
—Gracias.
El estudio era el duplicado de la oficina de Jim en Napa. Elizabeth eligió el sillón frente al
escritorio. Apenas había estado sentada unos minutos cuando entró Jim con una bandeja con el
café. Lo sirvió en un par de jarros y la miró con expresión intrigada.
—Un poco de crema y nada de azúcar, ¿verdad?
Habían bebido café juntos sólo una vez antes en todo el tiempo que se conocían, y eso fue
varios meses antes.

—Eres increíble —comentó ella.
—Apenas observador. —Jim rodeó el escritorio y se sentó frente a ella. —Ven este momento no
creo que me guste lo que veo. ¿Qué ha pasado para traerte aquí tan temprano, Elizabeth?
—Es mucho lo que tengo que contarte, y no sé bien por dónde empezar.
—Detesto ser tan obvio, pero no hay mejor lugar que por el principio.
Elizabeth tartamudeo un poco al comenzar a contarle la historia de su vida. Al cabo de un rato
logró distanciarse bastante de su autobiografía, y casi fue como si estuviera hablando de otra
persona; y entonces el relato le resultó menos penoso.
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Cuando Elizabeth llegó a la conversación que había sostenido esa mañana con Alice, Jim estaba
echado hacia atrás en su asiento, los dedos juntos, mientras escuchaba que Elizabeth le decía que
haría lo que hiciera falta para proteger a George Benson y a su abuela, aunque resultara que Felicia
estaba detrás de la investigación y que la única manera de detenerla fuera vender la bodega.
—¿Crees que eso es lo que busca Felicia ? —preguntó Jim.
—No lo sé. No hago más que decirme que tengo una conducta paranoide en lo que a ella se
refiere, que es posible que ni siquiera tenga nada que ver con esto. Pero, si no es ella la que
husmea en mi pasado, ¿entonces, quién? Y, más importante todavía, ¿por qué?
—¿No has pensado en la posibilidad de que la Elizabeth Preston que el detective buscaba no
fueras tú sino otra mujer con el mismo nombre?
—No creo en las coincidencias.
—Tampoco yo —suspiró él. —El problema con los secretos es que, cuanto más tiempo se
mantienen, más importantes se vuelven. Los tuyos son tan antiguos que han crecido
desproporcionadamente con respecto a la verdad. Olvidemos por un momento la cuestión de la
universidad. Eras muy chica cuando tus padres murieron. ¿Qué influencia posible pudiste ejercer
en ellos? Y, sin influencia ni control, ¿cómo puede haber culpa?
—Casi todo lo que sé sobre la captura, el juicio y e! intento de escape de mis padres lo leí en
viejos periódicos y revistas, en la biblioteca de la universidad. Por la época en
que todo ocurrió, mi
abuela me prohibió mirar televisión o leer lo que se publicaba sobre el tema.
—Por lo que recuerdo, ellos jamás tuvieron probabilidades de éxito. El plan de escape no estaba
bien planeado, y sus amigos los abandonaron ante la primera señal de problemas.
—Alice trató de protegerme de los periodistas, pero ellos sabían que mi abuela no podía estar
conmigo todo el tiempo, y esperaron a que se hallara ausente. —Elizabeth sintió de pronto la
necesidad de explicar cómo fueron las cosas para ella en aquella época. —
Recuerdo que una mujer
me preguntó qué sentí cuando me enteré de que a mi madre le habían disparado tantas veces a la
cabeza que tuvieron que recurrir a sus impresiones dactilares para poder hacer una identificación
positiva. —Elizabeth había tratado de no formarse una imagen de su madre en ese momento, pero
fue inútil. Y, después, en la universidad, gracias a uno de los viejos periódicos que encontró, ya no
tuvo que apoyarse en su imaginación. La fotografía que apareció publicada quedó impresa en
forma indeleble en su memoria.
—Cuando el primer hijo de Mandy y mío murió al cruzar la calle frente a nuestro departamento
de San Francisco, aprendí a no cuestionar los porqués y las razones de las pérdidas. Con el tiempo

llegué incluso a descubrir que hasta de las peores tragedias podía salir algo bueno. Sin ese impulso
que me hizo reevaluar mi vida, estoy convencido de que todavía me encontraría preso en el
estudio jurídico en el que trabajaba por aquella época. Y, según Mandy, con la forma en que yo me
comportaba entonces, nuestro matrimonio jamás habría podido perdurar. Si está en lo cierto,
entonces nuestros dos hijos menores no habrían nacido. ¿Entiendes lo que quiero decir?
—Lo que me estás diciendo es que crees que debería soltar mi pasado.
—A menos que exista algo bueno que no me hayas contado y por lo cual te aferras a ese
pasado.
—Yo no me estoy aferrando a nada, Jim. El pasado está allí y me sigue adondequiera que yo
vaya.
—¿Alguna vez le hablaste a Amado de tus padres?
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—No. Sólo a Michael —agregó en silencio.
—¿Y de la beca? —Elizabeth negó con la cabeza.
—¿Se lo contaste a alguien?
—A ti.
—¿Por qué sólo a mí?
La pregunta era tan fundamental, y la respuesta, tan obvia, que por un momento Elizabeth no
supo qué responder. Por último se lo dijo: —Mi silencio fue lo que me liberó de mi pasado.
—Te equivocas, Elizabeth. Tu silencio te ha hecho prisionera.
¿Cómo podía hacerlo entender?
—Uno de los principios básicos de la publicidad es que lo más importante es la imagen. No es
una suposición, Jim, sino un hecho. Lo que cuenta es cómo se lo percibe a uno, no lo que uno es. Y
ocurre que la imagen que yo tengo ahora es también la persona que en realidad soy. Pero nada de
eso tendría importancia si yo revelara la verdad de mi pasado. Quién soy se perdería en la forma
en que la gente me percibe. Me convertiría en la hija de unos asesinos que, al crecer, se convirtió
en una ladrona y una mentirosa.
—¿De veras crees que a alguien de este valle le importa quiénes fueron tus padres? Hace
quince años que te fuiste de Farmingham, Elizabeth. Las miradas de curiosidad, las
murmuraciones, no durarían una semana.
—Tal vez no, si eso fuera todo. Pero no creo que la gente me perdonara con tanta facilidad lo
que yo hice por mi cuenta.
Jim frunció el entrecejo.
—¿A qué te refieres?
—¿Para qué andarme con rodeos? Le robé la beca a Elizabeth Preston. Y no es posible
embellecer eso. Lo triste es que si no consigo encontrar la manera de detener al que está
husmeando mi pasado, las vidas de dos personas inocentes se verán envueltas en el mismo lío que
la mía.
—Por lo que me has contado, George Benson no es exactamente inocente.
—Lo único que hizo George Benson fue presentarme la idea y asumir el riesgo por ayudarme. Yo
fui la que se benefició.
—Son muchas las personas que te admirarían por lo que hiciste. Y con toda razón, en lo que a
mí respecta.
—Y también están los que desearían verme entre rejas. Yo no me engaño en

esto, Jim. Aunque
encontrara la forma de proteger al señor Benson y a mi abuela, tengo que pensar también en la
bodega. Si esto sale a la luz, no podría sobrevivir a la mala publicidad.
—Por Dios, Elizabeth, eras una criatura, una criatura desesperada.
—Me parece que esa clase de defensa no me serviría de nada. Tal vez fuera una criatura, pero
sabía lo que hacía. —Se inclinó hacia adelante para poner el jarro de vuelta en la bandeja. —Al
escucharnos, cualquiera diría que yo soy el abogado y tú eres el cliente.
—Lo siento, Elizabeth. Viniste en busca de ayuda, no de un sermón. —Abrió el cajón del
escritorio y sacó un anotador y un lápiz. —¿Qué quieres que haga?
—Que averigües por qué me están investigando.
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—Algo me dice que el "porqué" saldrá solo cuando descubramos "quién".

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CAPÍTULO 28
Dos semanas después de la reunión de Elizabeth con Jim, el detective que él había contratado
para averiguar quién investigaba a Elizabeth seguía sin descubrir nada. George Benson la llamó
para avisarle que una de las secretarias había manejado el pedido de los registros de escuela
secundaria de Elizabeth Preston, y que los había enviado en un sobre con aviso de retorno a una
casilla de correo de Chicago. No se le ocurrió anotar el número.
Al hojear la última página de un informe que había llegado ese día del laboratorio de Davis,
Elizabeth notó que los gráficos que Charles Pinkley le había dicho que iban adjuntos no estaban. Se
puso a buscar en su escritorio, y encontró el sándwich que Tony le había llevado antes de regresar
a su casa.
Tomó el paquete, buscó cambio en el escritorio y se dirigió a la cafetería de empleados para
comprar una gaseosa.
Camino de vuelta a su oficina, vio luces encendidas en las ventanas del sector de recepción y
oyó que un automóvil entraba en el estacionamiento para visitas. Sintió curiosidad y fue a
investigar.
Llegó a tiempo para ver a Edgar que se apeaba del auto. De inmediato se dirigió a la oficina con
paso decidido. Elizabeth giró la llave y abrió la puerta.
—Edgar... —dijo, pero se frenó al ver la expresión de su cara. —Por lo visto, no es una visita
social.
—¿Podemos entrar?
—Desde luego. —Elizabeth se apartó para dejarlo pasar. Hacía meses que no se veían. —¿Y a
qué debo el honor de esta visita?
—Tengo algo para ti.
—¿Ah, sí? —En ese momento advirtió que, debajo del brazo, él llevaba un sobre de papel
manila.
—¿Por qué no vamos a tu oficina?
—Está bien —aceptó ella, que sentía cada vez más curiosidad.
Él la siguió por el pasillo y esperó a que Elizabeth se sentara antes de arrojar el sobre en el
escritorio.
—Con esto quedamos a mano —dijo.
Elizabeth miró a Edgar, pero la expresión de su cara no le dijo nada.
—No sé de qué hablas.
Él tomó asiento.
—Creo que sí lo sabes, pero supongo que, en tu posición, yo también querría pruebas.
Adelante, mira lo que hay adentro.
Ella abrió el sobre y dejó caer su contenido. Encima de todo había un ejemplar del Farmingham
Daily News, cuyos titulares anunciaban el tremendo accidente automovilístico que mató a toda la
familia Preston. De modo que era Edgar el que la había estado investigando.
Elizabeth se recostó
en su silla. No hacía falta que mirara el resto del material.
—Y ahora, ¿qué? —preguntó.
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—Como te dije, ahora estamos a mano.
Entonces Elizabeth comprendió. Él se refería a la vez que ella lo había pescado en el
departamento.
—Jamás pensé que estuvieras en deuda conmigo.
—Podrías haberle dicho algo a Elana, pero no lo hiciste. Las razones que tuviste son cosa tuya.
Pero me pareció que te debía una.
Elizabeth no podía creer lo que estaba escuchando.
Edgar era la última persona que ella habría creído poseía un código de honor.
—No sé qué decirte.
—Ojalá yo pudiera decirte que el hecho de darte ese material permitirá que te quedes
tranquila, pero conociendo a Felicia, sé que ella seguirá adelante hasta encontrar algo que pueda
usar en tu contra.
—¿De modo que la investigación fue idea de Felicia?
—¿De quién más podía ser?
—Ella conseguirá su dinero de una manera o de otra. ¿Por qué, entonces, es tan importante que
yo caiga en el proceso?
—No tiene nada que ver contigo. El asunto es contra su padre. Felicia no estará satisfecha hasta
destruir todo lo que él construyó y todo lo que él representaba. Da la casualidad de que tú te
encuentras en el camino de Felicia.
—¿Por qué odia tanto a Amado?
—¿Él nunca te lo dijo?
Elizabeth sacudió la cabeza. Desde la muerte de Amado, descubrió que eran muchas las cosas
que él le había ocultado.
—Felicia culpa a Amado del suicidio de su madre.
—Eso no tiene sentido. Sophia y Amado habían estado separados varios años cuando ella...
—La lógica no tiene nada que ver con esto. Sophia envenenó la mente de Felicia en lo que a
Amado concierne. No creo que él pudiera hacer o decir nada para borrar la imagen que se le grabó
a Felicia cuando encontró a su madre de la manera que lo hizo y, si quieres que te diga la verdad,
yo creo que Sophia lo planeó todo en esa forma. Felicia juró que encontraría la manera de lastimar

a su padre tan profundamente como él había lastimado a su madre. Venderle la Bodega Montoya a
Hicks y Brody es esa manera.
—Pero Amado ya no está.
—Eso no cambia nada. Felicia también quiere destruir su recuerdo y lo que él simbolizaba.
—Y cualquier medio justifica los fines.
—Por eso Felicia me encargó que te investigara.
—¿Me estás diciendo que ella no sabe lo que había en este sobre?
—Ella cree que el detective no pudo descubrir nada. Pero no me sorprendería que decidiera
verificarlo personalmente. Por eso decidí venir esta noche para mostrarte lo que él había
encontrado. Te sugiero que hagas todo lo posible por sacarte a Felicia de encima, y que lo hagas lo
antes posible. Si ella llega a poner las manos en esto, no vacilará en usarlo a su antojo. En mi
opinión, dirá que engañaste a Amado para que se casara contigo, del mismo modo en que
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engañaste a la gente de Safford Hill para que creyeran que eras Elizabeth Preston. Y no me
extrañaría que tratara de recusar el testamento.
—Si ella tuviera éxito, la mitad del dinero que ahora es mío sería de Elana... —Y
lo que Elana
recibiría beneficiaría a Edgar.
—Lo que te estás preguntando es por qué te doy este material a ti en lugar de a Felicia.
—Sin duda lo pensaste en algún momento.
—Estoy satisfecho con lo que tengo. Siempre lo he estado —dijo, y rió por lo bajo. —Ésa es una
de las cosas mías que enfurece a Elana.
Elizabeth levantó los papeles.
—Decirte "gracias" me parece un poco inadecuado, considerando lo que ocurriría sí esto llegara
a saberse algún día.
—No sé si yo habría venido aquí esta noche si tú no hubieras devuelto el dinero de la beca.
—¿Cómo supiste eso? —Elizabeth había hecho esa contribución en forma anónima.
Edgar sonrió.
—Robert Sidney es el mejor detective del ramo. Creo que lo único que no se molestó en
informar es dónde compras tus provisiones, y eso fue porque no se lo pregunté.
A Elizabeth le dio miedo saber que alguien la había investigado con tanta profundidad. Edgar se
puso de pie.
—Si Dios quiere, no volveremos a vernos una vez que todo esto se arregle. —Se dirigió a la
puerta. —Si de todos modos Felicia averigua lo tuyo, yo haré lo que esté a mi alcance para
advertirte, aunque no sé de qué serviría.
—Cuídate mucho, Edgar.
—No te enternezcas ni modifiques la opinión que tienes de mí. Soy el mismo tenorio hijo de
puta que fui siempre. Por suerte para ti, soy un convencido de que las deudas hay que pagarlas.
A la mañana siguiente, Elizabeth estaba en el Banco cuando las puertas se abrieron. En cuanto
Edgar se fue la noche anterior, ella llamó por teléfono a John Sordello, el gerente, para concertar
una cita con él. John había manejado las necesidades de dinero de Bodegas Montoya durante más
de dos décadas, y su familiaridad con la bodega le permitió a Elizabeth pasar por alto las
formalidades e ir directo a la razón por la que se hallaba allí.
John la escuchó con atención mientras ella le decía cuánto dinero necesitaba, por

qué lo
necesitaba, y cómo se proponía devolverlo.
Por un momento, el gerente no dijo nada. Luego se echó hacia adelante y su lenguaje corporal
fue suelto y abierto.
—Permítame que me disculpe de antemano por preguntarle esto, pero es algo que creo
necesario aclarar. ¿Está segura de que no le convendría más seguir adelante con la venta de la
bodega a Hicks y Brody? Es una oferta generosa, sobre todo considerando como está el mercado
hoy.
Antes de que ella pudiera contestar, él agregó: —Amado me habló de la promesa que usted le
hizo de continuar con el manejo de la bodega cuando él ya no estuviera, y me pidió que yo hiciera
todo lo posible por ayudarla. Personalmente, en ese momento me pareció muy poco realista
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esperar que usted dirigiera la operación de la bodega por sí sola, y le confieso que en ese sentido
no he cambiado de idea. No existe empresa de tamaño parecido al de Montoya que no tenga por
lo menos dos maestros bodegueros. Y usted ni siquiera tiene uno.
Ella no podía discutirle ese punto y no lo culpaba por cuestionar su capacidad.
Su posición era
de evidente desventaja. Todos los años veía fracasar a bodegas manejadas por hombres que
poseían toda una vida de experiencia. ¿Qué la hacía pensar que ella podría triunfar, sobre todo
sola?
—Estoy dispuesta a respaldar el préstamo con una primera escritura de fideicomiso.
—¿Cómo piensa hacerlo mientras Felicia y Elana siguen siendo dueñas del cuarenta y nueve por
ciento?
Elizabeth estaba tan habituada a considerar a los Vinos Montoya como propios, que no había
tomado eso en cuenta.
—¿No podríamos arreglar algo...?
—Hace algunos años le habríamos encontrado la vuelta, pero en la actualidad todo está
demasiado controlado, en especial cuando involucra esta cantidad de dinero. Lo lamento,
Elizabeth, de veras quisiera poder ayudarla.
Pero ella no pensaba darse por vencida con tanta facilidad.
—¿Y si yo utilizara el capital operativo para completar lo que me hace falta para comprarles la
parte? ¿Aceptaría usted entonces una primera escritura de fideicomiso?
Él lo pensó un momento.
—¿Tiene idea del riesgo que corre?
—¿Qué diferencia hace que pierda la bodega a manos de Hicksy Brody o por quiebra? En los dos
casos todo habrá terminado.
—No puede hablar en serio... Si vende, quedará bien provista de por vida.
—No es eso lo que busco. Si llego a necesitar un techo sobre mi cabeza, siempre puedo volver a
la publicidad. Mire, sé que suena trillado, pero prefiero caer luchando. No puedo imaginar nada
peor que ser una viuda rica con infinidad de tiempo vacío en las manos.
—Hay cientos de cosas que usted podría hacer con...
Elizabeth perdía el tiempo en tratar de lograr que él comprendiera.
—De nuevo a mi pregunta, John. ¿Me daría usted el préstamo?
Él se rascó el mentón mientras pensaba qué contestarle.
—Me extenderé al equivalente del capital operativo de dos años, nada más. Y...

—¿Sí?
—Antes de que presente la solicitud de préstamo al directorio, quiero poder decirles que tiene
usted un maestro bodeguero capaz de garantizarlo. —Se puso de pie y rodeó el escritorio. —Sé
que esto me hace parecer desagradable y obstinado, pero detesto las ejecuciones de hipotecas, en
especial cuando involucran a un amigo.
¿Por qué esos trámites nunca eran sencillos? Elizabeth aguardó hasta estar segura de no
atragantarse con las palabras, y le dijo:
—Mañana por la mañana tendrá sobre el escritorio una lista de candidatos.
—¿Hasta qué punto quiere usted que este préstamo salga?
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7° de la Serie Multiautor Romantísima
—¿Qué quiere decir?
—Puedo garantizarle que los miembros del directorio aprobarán lo que sea si les

digo que
Michael Logan es su maestro bodeguero. Amado juró y perjuró que no había ninguno mejor.
Elizabeth permaneció de pie en el exterior del Banco y observó el almacén de la vereda de
enfrente, mientras trataba de recordar si tenía teléfono. Podría haber usado el de John, pero el
llamado que debía hacer requería la privacidad propia de un teléfono público.
Si esperaba encontrar a Michael a tiempo para cortarle el paso a Felicia, necesitaba a alguien
experto en lo suyo. Sonrió. No sólo experto, sino el mejor. Robert Sidney.
Qué increíble ironía sería si, al final, resultaba que la maniobra maquiavélica de Felicia le daba a
Elizabeth no sólo los medios para encontrar a Michael, sino también para conservar la Bodega
Montoya.
Amado se sentiría muy complacido.
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7° de la Serie Multiautor Romantísima CAPÍTULO 29
Elizabeth maniobró el auto alquilado en Milán por la curva en forma de horquilla mientras se
internaba cada vez más en los campos del Piamonte, la región vinatera de Italia.
Según el mapa
que había conseguido en el aeropuerto, todavía se encontraba a varios kilómetros de la casa de
Michael.
Un tiempo más que suficiente para cambiar de idea, volver a los Estados Unidos, venderles sus
acciones a Hicks y Brody y desaparecer, eludiendo así la posibilidad de que su pasado volviera a
acosarla. Era descabellado arriesgarlo todo en un préstamo que sólo requería un par de vendimias
malas para arruinarla, incluso con Michael como maestro bodeguero.
Nadie creía que Elizabeth sería capaz de quedarse con la bodega, ni siquiera la gente que
trabajaba para ella. Se esforzaban por ocultar sus sentimientos cuando Elizabeth estaba cerca,
pero ella sabía que les preocupaba tanto conservar el trabajo con ella al timón de la bodega, como
la posibilidad de que Hicks y Brody la compraran.
El camino por el que Elizabeth avanzaba desde hacía media hora se estrechó en forma abrupta y
la obligó a reducir la marcha. En menos de una hora oscurecería y sería fácil no
ver las señales del
camino. Eso podría hacer que deambulara durante horas por la campiña.
Debería haber pasado la noche en Milán y salido por la mañana. Pero entonces Michael se
encontraría en el trabajo, y ella tendría que buscarlo allí o esperar a que regresara a su casa. Y
pasaría otro día, otro día para pensar y poner en tela de juicio lo que estaba haciendo. Si tan sólo
pudiera quitarse la sensación de perder el poco tiempo que tenía en pos de un sueño...
Michael se había creado una nueva vida. Según el informe del detective, después de más de un
año en el mar, Michael al fin se había instalado en Italia. ¿Por qué habría de querer volver a un
lugar que conservaba recuerdos tan penosos para él? Elizabeth creyó conocerlo bien, pero en
realidad todo parecía indicar que no lo conocía en absoluto. En ningún momento había
mencionado su amor por el mar ni por la navegación. A ella jamás se le habría ocurrido buscarlo
en ese lugar.
La delgada hebra de confianza que tenía antes se rompió. Con total claridad, Elizabeth
comprendió que no importaba lo maravilloso que pudiera ser su ofrecimiento; nada de lo que
tenía para darle a Michael podría convencerlo de regresar con ella.

Michael abrió la puerta del frente de la vieja casa de ladrillos de la granja.
—Angelina, estoy de vuelta —dijo. Se sacó la chaqueta y se detuvo un momento para respirar
hondo y saborear el apetitoso aroma que provenía de la cocina.
Una mujer esbelta entró en la habitación secándose las manos con una toalla, las mejillas
encendidas por el calor de la cocina. Le sonrió a Michael, evidentemente complacida de verlo.
—¿Cómo fue la catadura?
—Estupenda. Creo que hemos convencido a Guido de que haga el cambio, —
Paseó la vista por
la habitación. —¿Dónde está Antonio? Tengo algo para él.
Ella lo miró con expresión de censura y chasqueó la lengua.
—¿Cuántas veces debo decirte que lo malcriarás si le traes tantos regalos?
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Georgia Bockoven
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Michael levantó las manos.
—Es la última vez. Lo prometo.
—Aja. Creerte eso sería como creer que el sol dejará de elevarse por la mañana.
El hecho de ver al hijo de tres años de Angelina era, para Michael, la alegría de sus días de
arduo trabajo.
—¿Y? ¿Dónde está?
—En lo de su abuela, que lo malcría tanto como tú —respondió Angelina. —
Esta mañana tenía
un poco de fiebre. Creo que quizá se ha contagiado el resfrío de su padre.
—Deberías haberte quedado en casa hoy con él. Ya sabes que no me habría importado.
Ella se echó a reír.
—Lo que necesitas es una esposa y un bambino tuyo para malcriar.
—Eso nunca sucederá —replicó él.
—Si tan sólo me dejaras presentarte a mi prima Constanzia, sé que cambiarías de idea.
Una serie de golpes en la puerta atrajo la atención de Michael antes de que él pudiera
defenderse de la insistencia de Angelina en el sentido de que él y su prima estaban hechos el uno
para el otro. Se acercó a la puerta pensando que se trataba de Liborio, el marido de Angelina, que
venía a buscarla.
Su sonrisa de bienvenida se borró cuando vio quién era en realidad. Ver a Elizabeth de manera
tan inesperada fue como recibir un puñetazo en el pecho, y dio un paso atrás. Y
de pronto sintió
una desesperada necesidad de cerrar la puerta y pensar que lo que acababa de ver era una
aparición. Pero, al mismo tiempo, supo que ya era demasiado tarde. El dolor de los recuerdos no
había disminuido en los casi dos años y medio que no se veían; sólo permanecía latente.
Elizabeth retrocedió ante la reacción de Michael.
—Lo siento. Debería haberte llamado para prevenirte. —Le sonrió como pidiéndole disculpas.
—Si quieres que te diga la verdad, tuve miedo de que, si sabías que yo vendría, no te encontraría
aquí.
Michael paseó la vista por el espacio detrás de ella y vio el patio y el auto de Elizabeth. Había
ido sola. Volvió a centrarse en ella y a observar cada detalle suyo, mientras se decía que aquello
era insensato.
Elizabeth había cambiado desde la última vez que se vieron. Lo más obvio: se había cortado el
pelo, que ahora era corto y se mecía con el viento.
—¿Por qué has venido?
Ella se abrazó para protegerse del frío. ¿O sería para protegerse de la furia defensiva de la voz
de Michael?

Maldición, le había costado mucho sacársela de la cabeza. Y ahora estaba allí de nuevo, y él
estaba de vuelta como antes, como al principio.
—Necesito tu ayuda —dijo ella. —Sé que no tengo derecho a pedírtelo... —Se interrumpió al
ver algo detrás de él y no siguió hablando.
Michael giró la cabeza para ver qué había atraído su atención.
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Angelina se acercó, se paró junto a él y le dio un suave codazo.
—¿Qué te pasa? —le susurró. —¿Dónde están tus buenos modales? Hace mucho frío allá
afuera. Dile a tu amiga que pase.
Él había viajado miles de kilómetros para alejarse de Elizabeth Montoya. Ella no tenía derecho
de hacerle eso. No quería que entrara en su casa. No quería recordarla allí cuando se hubiera ido.
No quería imaginar que percibía su aroma u oía su risa.
Angelina volvió a darle un codazo, como una hermana mayor que corrige a un hermano
descarriado.
—Debería darte vergüenza, Michael. Qué manera de comportarte.
—Si les he interrumpido la cena, puedo volver más tarde —dijo Elizabeth.
Michael se apartó de la entrada. Cuando la luz del vestíbulo cayó sobre el rostro de Elizabeth,
ella bajó la vista. Pero no antes de que Michael notara el miedo en sus ojos. De pronto él tuvo una
sensación de triunfo. A Elizabeth le había costado tanto ir a buscarlo como a él recibirla.
—Michael no cenará hasta dentro de una hora o más —contestó Angelina por él.
Un auto se detuvo detrás de Elizabeth cuando ella miraba a Michael buscando una
confirmación. Angelina tomó un chal pesado de una percha en la pared y se lo puso sobre los
hombros.
—Tal vez usted se encuentre aquí cuando yo vuelva, y entonces nuestro Michael nos presentará
—le dijo a Elizabeth.
Michael no prestó atención a esa insinuación evidente.
—Dale a Antonio un abrazo de mi parte —dijo. —Y dile que espero que se sienta mejor.
Angelina miró a Elizabeth y empezó a decir algo, pero volvió a mirar a Michael
y lo pensó mejor.
Corrió hacia el auto y, cuando ella y Liborio se alejaban, sacó la mano por la ventanilla y los saludó.
—¿Tienes una casera? —preguntó Elizabeth.
Era más una afirmación que una pregunta.
—¿Quién creíste que era?
—Ha pasado mucho tiempo... y nunca te faltó compañía femenina.
—Los tiempos cambian. Y también las personas. —A medida que la impresión de verla
disminuía, la curiosidad tomó su lugar. ¿Qué la había llevado a recorrer todo ese camino? ¿Y por
qué ahora?
—Venir aquí esta noche fue una equivocación —dijo ella.
—¿Quieres decir que habría sido mejor venir por la mañana, o no venir en absoluto?
—Debería haber imaginado lo comprometido que estabas con tu nueva vida —
respondió
Elizabeth, y se apartó el pelo de la cara. —Te imaginaba de maneras muy distintas, Michael, pero
jamás pensé que habrías seguido como siempre. —Se encogió de hombros. —Lo siento, no quise
decir lo que mis palabras parecieron implicar.
—¿Qué esperabas? —¿Por qué le importaba tanto que ella no pudiera ver el infierno por el que
tuvo que pasar? ¿Qué diferencia podía hacer ahora?

—Por favor, Michael. Son tantas las cosas que no sabes.
El tono de su voz derribó la barrera invisible que él había levantado para protegerse.
—Hace frío afuera. Será mejor que entres.
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Pasaron al living y Michael la miró.
—¿Quieres beber algo?
—Sí, me gustaría.
—¿Café?
Elizabeth asintió.
Cuando Michael volvió de la cocina, ella se había quitado el abrigo y estaba de pie, con la
espalda hacia el fuego del hogar. El apoyó la bandeja en una mesa, sirvió el café y le entregó a
Elizabeth su taza.
—Dijiste que había cosas que yo no sabía.
Elizabeth se llevó la taza a la boca y bebió un sorbo de ese café humeante.
Durante días había
ensayado las palabras que emplearía para decirle a Michael lo de Amado, pero ahora no recordaba
ninguna.
—La noche que te fuiste, Amado me dijo que se estaba muriendo —dijo por fin, de un
borbotón.
Michael se quedó mirándola con los ojos entrecerrados.
—¿Qué dijiste?
—Fue deficiencia cardiaca congestiva —prosiguió ella. —Una enfermedad lenta pero imposible
de detener.
—Dijiste "fue". ¿Qué significa eso?
Elizabeth rodeó la taza con las manos y se concentró en ella, para no ver el dolor en los ojos de
Michael cuando le contestara. Pero a último momento volvió a mirarlo, incapaz de protegerse.
—Amado murió en la primavera pasada.
Michael palideció.
—Nadie me lo dijo. Por Dios, ¿cómo es posible que no lo baya sabido? —Miró a Elizabeth con
expresión acusadora, y ella vio en sus ojos lágrimas, mezcladas con la furia y la confusión. —¿Por
qué tú no...?
—No sabía dónde estabas.
—Ahora me encontraste.
—Contraté a un detective.
—¿Y le llevó todo este tiempo?
—Sólo lo contraté hace una semana. Antes de eso pensé que te mantenías alejado porque eso
era lo que deseabas. —Puso la taza de vuelta en la bandeja y extendió la mano para tocarle el
brazo. —Sólo cuando el detective me habló del año que pasaste en el mar comprendí que no
podías saber lo que le estaba sucediendo a Amado.
Michael se desplomó en la silla que tenia al lado.
—Todo este tiempo... y él ya no está. Jamás lo imaginé de otra manera que sano, trabajando en
la bodega, y a ustedes dos... —Sacudió la cabeza como para aclararse las ideas.
—¿Cómo pude no
haberlo sabido?
—Te fuiste antes de que él comenzara a decaer. El único síntoma de que existía algún
problema... —dijo Elizabeth, se frenó, pero era demasiado tarde.
—¿Qué?
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Ella podía eludir su pregunta con algo que lograra satisfacerlo, pero ya habían habido
demasiado secretos y verdades a medias en su propia vida. Michael merecía otra cosa. Y también
ella.
Después de un momento, Elizabeth se acercó a la chimenea y extendió las manos hacia el
fuego. De espaldas a Michael, con voz baja pero firme, comenzó a hablar.
Primero le contó la razón
de la impotencia de Amado: que no tenía nada que ver con ella y que él jamás había dejado de
amarla. No se guardó nada, por doloroso, difícil o embarazoso que le resultara.
Hasta le completó
los detalles que le había ocultado la noche en que fue a su cuarto a darles de comer a los gatitos.
Le habló de las absurdas manipulaciones de Amado para reunirlos a los dos, de la duplicidad de
Felicia y la extraña forma de caballerosidad de Edgar.
Michael la escuchó sin hacer comentarios y sólo la interrumpió cuando la voz
tan baja de
Elizabeth le impedía oír lo que decía. Cuando ella se aproximaba al fin de su relato, giró para
mirarlo.
—Lo último que Amado me dijo fue pedirme que te dijera lo mucho que lamentaba que las
cosas hubieran salido así.
Los segundos se convirtieron en minutos mientras Michael permanecía con la vista fija en el
fuego.
—Jamás le escribí para despedirme. Lo intenté, pero no pude encontrar las palabras apropiadas.
Ella había tenido mucho tiempo para elaborar la enfermedad y la muerte de Amado, pero para
Michael era todo nuevo.
—Él lo entendió —dijo Elizabeth.
Michael la miró.
—Omitiste algo.
Ella frunció el entrecejo.
—No sé a qué te refieres.
—Por qué viniste aquí esta noche.
Elizabeth levantó la taza, pero al ver que el café estaba frío volvió a ponerla sobre la bandeja.
—El Banco no quiere ayudarme a menos que yo ponga al frente de la bodega a

alguien que
sabe lo que hace.
Michael se echó hacia atrás en su asiento.
—¿Por qué yo? Hay decenas de...
—John Sordello pareció pensar que, con tu experiencia, el directorio del Banco tardaría menos
en tomar una decisión favorable.
—¿De modo que fue idea de John y no tuya usarme de garantía?
Elizabeth tragó fuerte.
—¿Qué es lo que quieres que diga?
Él la miró fijo por un rato.
—Sólo quiero que me digas la verdad.
—Fue idea de él tratar de conseguir al mejor.
—Enriendo.
—Pero fui yo la que contrató al detective para encontrarte.
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—¿De modo que lo que me estás diciendo es que viniste hasta aquí sólo para ofrecerme un
trabajo? ¿Se supone que debo sentirme halagado?
La furia de Michael confundió a Elizabeth.
—¿Es tan terrible saber que alguien tiene un concepto tan bueno de ti?
—Diablos, no. Me fascina.
El orgullo había sido el único compañero de Elizabeth durante tantos años, que la sola idea de
dejarlo de lado y decirle a Michael lo que sentía, la razón por la que realmente estaba allí, la
aterraba. Si él la rechazaba, ¿qué le quedaría?
—Estoy en problemas, Michael.
—Ya lo veo. Debe de ser terrible saber que si no logras lo que quieres, tendrás que resignarte a
formar parte de los ricos ociosos.
—Ya sabes que el dinero no me importa un comino.
—¿Cómo quieres que lo sepa?
—Porque estoy aquí.
En la boca de Michael se dibujó una sonrisa irónica. El sacudió lentamente la cabeza y miró
hacia sus manos entrelazadas.
—Amado realmente sabía lo que hacía cuando se casó contigo. Pasó la mitad de su vida
tratando de inculcarles a Felicia y Elana un sentido de familia, y no lo logró.
Entonces apareces tú y
un par de años después estás dispuesta a hacer lo que haga falta para que Vinos Montoya no caiga
en las manos malévolas de Hicks y Brody, aunque eso signifique que en el proceso pierdas hasta la
camisa. —Levantó la cabeza y la miró.
—Yo no hago nada que no harías tú si estuvieras en mi lugar —le dijo Elizabeth.
—Así que él descubrió que los dos estábamos cortados por la misma tijera.
—¿Adónde nos lleva eso?
—No lo sé.
—¿Al menos escucharás mi oferta?
—Por supuesto, ¿por qué no?
Lo que en el avión le había parecido tan buena idea, de pronto le pareció un desastre. Si
Michael volvía, sería porque era algo que quería hacer, no porque ella le hubiera hecho un
ofrecimiento que él no podía resistir. La salvó de tener que contestar enseguida un sonido en la
ventana que llamó la atención de Michael y lo hizo ponerse de pie y atravesar la habitación.
Segundos después, Elizabeth sintió una oleada de aire frío y el ruido de algo que caía al piso.

Contuvo la respiración, por la sorpresa, cuando un enorme gato negro se apretó contra las
piernas de Michael y describió varios círculos antes de levantar la cabeza y mirar a Elizabeth.
—¿Howard? —preguntó ella.
El animal levantó las orejas al oír su nombre. Era demasiado esperar que la recordara; era
apenas un gatito la última vez que se vieron. Pero el tiempo transcurrido no había logrado opacar
los recuerdos de Elizabeth. Howard había sido el eslabón de mucho de lo ocurrido entre ella y
Michael.
—Te dije que se convertiría en un gato hermoso —comentó Elizabeth.
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Michael respondió al anhelo de su voz y fue de nuevo su amigo, el que había escuchado y
compartido las cosas triviales hasta que se transformaron en importantes.
—Él prefiere que se le diga "apuesto". Ya sabes, es su ego masculino.
Howard rodeó de nuevo a Michael y se frotó contra sus piernas mientras su atención seguía
centrada en Elizabeth.
—Tenía miedo de que lo hubieras regalado.
Michael sonrió.
—Barajé esa posibilidad... durante unos diez segundos, y luego recuperé la cordura. ¿Quién en
su sano juicio aceptaría un gato como Howard?
Con un movimiento de la cola, Howard dejó a Michael y cruzó la habitación.
Vaciló varios
segundos y luego saltó al sofá junto a Elizabeth y se estiró para olisquear la mano que ella le
tendía.
—Yo que tú no trataría de acariciarlo —le advirtió Michael. —Sigue sin gustarle que los
desconocidos lo toquen.
Aunque fuera cierto, ser incluida en la categoría de "desconocida" le dolió.
Elizabeth levantó la
vista y vio que Michael la miraba con expresión enigmática.
—Pensé conseguirme un gato después de la muerte de Amado —dijo ella —
pero, bueno.... no
lo hice.
Howard dio un paso tentativo hacia ella y olisqueó el aire.
Michael se acercó para estar de pie junto a Howard, como preparado para impedir un ataque
inminente. Elizabeth se alegró del cambio que había producido en Michael la aparición de Howard.
Como movido por un recuerdo latente, Howard se subió a las faldas de Elizabeth, le acercó su
nariz a la cara y le apoyó la cabeza contra el mentón. Enseguida se oyó un fuerte ronroneo.
—Increíble —dijo Michael.
Ella lo miró con pesar.
—Al menos uno de ustedes dos se alegra de que haya venido.
El tiempo pareció detenerse.
—¿Qué quieres de mí, Elizabeth?
Ella acarició el lomo de Howard y por último reconoció la verdadera razón de su presencia allí.
No tenía nada que ver con proteger su secreto ni con salvar la bodega. Había ido porque amaba a
Michael tanto como el día en que él se fue. El tiempo y la distancia no habían hecho nada para
aliviar esa pérdida ni el anhelo que se había convertido en algo tan familiar para ella como el
reflejo de su rostro en el espejo, todas las mañanas.
—Me temo que más de lo que tú estás dispuesto a darme.
—¿Cómo lo sabes?
Howard se instaló más cómodamente en su falda y Elizabeth le pasó la mano por

la cola y sintió
esa protuberancia conocida.
—Tratas de ganar tiempo —dijo Michael.
Ella lo miró. Dios, qué cobarde que era. ¿Por qué no podía decirle sencillamente que lo amaba?
En cambio, dijo:
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—Vine aquí a ofrecerte el veinte por ciento de la bodega o doscientas hectáreas de los viñedos
si te quedas cuatro años conmigo.
Michael silbó.
—¿Estás segura de que valgo tanto?
—Sin ti el Banco no me dará el préstamo.
—¿Y si yo te dijera que puedo conseguir a alguien que el Banco aceptaría?
Esa posibilidad no se le había ocurrido a Elizabeth.
—¿Significa eso que no quieres el trabajo?
—No en esos términos.
Aunque la respuesta de Michael no era exactamente la que ella esperaba, tampoco era una
negativa.
—¿Qué términos quieres?
Él se sentó en cuclillas para poder mirarla directamente a los ojos.
—Lo que quiero ahora es lo que he querido siempre —respondió. —Tú.
Ella tenía la respuesta en la punta de la lengua cuando oyó la voz de Amado que le hacía una
advertencia. Ni siquiera para ganar lo que quería más que nada en el mundo, podía permitir que
Michael se sintiera un "segundón". En toda una vida, había sólo un puñado de momentos en los
que lo que se decía o hacía resultaba crucial. Dejar pasar uno de esos momentos por descuido o
cobardía era vivir siempre lamentándolo. Nunca más dejaría Elizabeth que eso le sucediera. A
partir de ese instante, tomaría cada momento precioso que se le brindaba como el regalo que era.
—Con una condición.
—¿Cuál?
—Que te cases conmigo.
La sonrisa de Michael le dijo que entendía lo que ella estaba haciendo.
—Vaya si eres exigente.
—Tómalo o déjalo, Michael. No aceptaré ninguna contraoferta.
Él le tomó la mano, se la llevó a los labios y le besó la palma con ternura.
Howard gruñó al ser
desalojado de su cómoda posición sobre la falda de Elizabeth.
—¿Qué te parece en diciembre?
Él le estaba pidiendo tiempo para llorar a Amado.
—Me gusta diciembre —respondió Elizabeth.
Cerró los ojos para grabar en su memoria ese instante y poder recordarlo y atesorarlo una y otra
vez; un talismán para los momentos difíciles o solitarios que la aguardaban.
Cuando volvió a
abrirlos, vio que Michael la observaba.
—Ya no tienes que hacer eso —le dijo. —Esto es real. —Le puso la mano detrás de la nuca y la
atrajo hacia él.
Los labios de ambos se fusionaron y Michael sintió un gozo embriagador por tener de nuevo a
Elizabeth en su vida.
—Y es para siempre —le murmuró antes de besarla de nuevo.
FIN
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