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HERBERT MARCUSE

EL HOMBRE UNIDIMENSIONAL

ENSAYO SOBRE LA IDEOLOG ÍA DE LA SOCIEDAD INDUSTRIAL AVANZADA

Traducci ó n: Antonio Elorza (Traducci ó n cedida por Editorial Ariel, S. A.)

PLANETA­AGOSTINI

Españ a, 1993

PREFACIO A LA EDICI Ó N FRANCESA

He analizado en este libro algunas tendencias del capitalismo americano que conducen a una “sociedad cerrada”, cerrada porque disciplina e integra todas las dimensiones de la existencia, privada o p ú blica. Dos resultados de esta sociedad son de particular importancia: la asimilaci ó n de las fuerzas y de los intereses de oposici ó n en un sistema al que se opon ían en las etapas anteriores del capitalismo, y la administraci ó n y la movilizaci ó n metó dicas de los instintos humanos, lo que hace as í socialmente manejables y utilizables a elementos explosivos y “anti­sociales” del inconsciente. El poder de los negativo, ampliamente incontrolado en los estados anteriores de desarrollo de la sociedad, es dominado y se convierte en un factor de cohesi ó n y de afirmaci ó n. Los individuos y las clases reproducen la represi ó n sufrida mejor que en ninguna época anterior, pues el proceso de integració n tiene lugar, en lo esencial, sin un terror abierto: la democracia consolida la dominaci ó n má s firmemente que el absolutismo, y libertad administrada y represi ó n instintiva llegan a ser las fuentes renovadas sin cesar de la productividad. Sobre semejante base la productividad se convierte en destrucció n, destrucció n que el sistema practica “hacia el exterior”, a escala del planeta. A la destrucció n desmesurada del Vietnam, del hombre y de la naturaleza, del habitat y de la nutrici ó n, corresponden el despilfarro lucrativo de las materias primas, de los materiales y fuerzas de trabajo, la polució n, igualmente lucrativa, de la atm ó sfera y del agua en la rica metr ó polis del capitalismo. La brutalidad del neo­socialismo tiene su contrapartida en la brutalidad metropolitana: en la groser ía en autopistas y estadios, en la violencia de la palabra y la imagen, en la impudicia de la pol ítica, que ha dejado muy atr á s el lenguaje orwelliano, maltratando e incluso asesinando impunemente a los que se

El tó pico sobre la “banalidad del mal” se ha revelado como carente de sentido: el mal se

muestra en la desnudez de su monstruosidad como contradicci ó n total a la esencia de la palabra y de la acció n humanas. La sociedad cerrada sobre el interior se abre hacia el exterior mediante la expansi ó n econó mica, política y militar. Es m ás o menos una cuesti ó n sem á ntica saber si esta expansi ó n es del “imperialismo” o no. Tambi én allí es la totalidad quien est á en movimiento: en esta totalidad apenas es posible ya la distinci ó n conceptual entre los negocios y la pol ítica, el beneficio y el prestigio, las necesidades y la publicidad. Se exporta un “modo de vida” o éste se exporta a s í mismo en la din á mica de la totalidad. Con el capital, los ordenadores y el saber­vivir, llegan los restantes “valores”: relaciones libidinosas con la mercanc ía, con los artefactos motorizados agresivos, con la estética falsa del supermercado. Lo que es falso no es el materialismo de esta forma de vida, sino la falta de libertad y la represió n que encubre: reificaci ó n total en el fetichismo total de la mercanc ía. Se hace tanto m á s difícil traspasar esta forma de vida en cuanto que la satisfacci ó n aumenta en funci ó n de la masa de mercancías. La satisfacci ó n instintiva en el sistema de la no­libertad ayuda al sistema a perpetuarse.

defienden

Ésta es la funci ó n social del nivel de vida creciente en las formas racionalizadas e interiorizadas de la dominació n. La mejor satisfacci ó n de las necesidades es ciertamente el contenido y el fin de toda liberaci ó n, pero, al progresar hacia este fin, la misma libertad debe llegar a ser una necesidad instintiva y, en cuanto tal, debe mediatizar las dem ás necesidades, tanto las necesidades mediatizadas como las necesidades inmediatas. Es preciso suprimir el car á cter ideoló gico y polvoriento de esta reivindicaci ó n: la liberaci ó n comienza con la necesidad no sublimada, all í donde es primer reprimida. En este sentido, es libidinal: Eros en tanto que “instinto de vida” (Freud), contra­fuerza primitiva opuesta a la energ ía instintiva agresiva y destructiva y a su activaci ó n social. Es en el instinto de libertad no sublimado donde se hunden las ra íces de la exigencia de una libertad pol ítica y social; exigencias de una forma de vida en la que incluso la agresi ó n y la destrucci ó n sublimadas estuviesen al servicio del Eros, es decir, de la construcci ó n de un mundo pacificado. Siglos de represió n instintiva han recubierto este elemento pol ítico de Eros: la concentraci ó n de la energ ía er ó tica en la sensualidad genital impide la trascendencia del Eros hacia otras “zonas” del cuerpo y hacia su medio ambiente, impide su fuerza revolucionaria y creadora. All í donde hoy se despliega la libido como tal fuerza, tiene que servir al proceso de producci ó n agresivo y a sus consecuencias, integr á ndose en el valor de cambio. En todas partes reina la agresi ó n de la lucha por la existencia: a escala individual, nacional, internacional, esta agresi ó n determina el sistema de las necesidades. Por esta raz ó n, es de una importancia que sobrepasa de lejos los efectos inmediatos, que la oposició n de la juventud contra la “sociedad opulenta” re ú na rebelió n instintiva y rebeli ó n política. La lucha contra el sistema, que no es llevada por ning ú n movimiento de masas, que no es impulsada por ninguna organizaci ó n efectiva, que no es guiada por ninguna teor ía positiva, gana con este enlace una dimensi ó n profunda que tal vez compensar á un d ía el car á cter difuso y la debilidad num érica de esta oposició n. Lo que se busca aqu í —su elaboraci ó n conceptual s ó lo está en el estadio de una lenta gestació n—, no es simplemente una sociedad fundada sobre otras relaciones de producci ó n (aunque semejante transformaci ó n de la base permanezca como una condici ó n necesaria de la liberaci ó n): se trata de una sociedad en la cual las nuevas relaciones de producci ó n, y la productividad desarrollada a partir de las mismas, sean organizadas por los hombres cuyas necesidades y metas instintivas sean la “negació n determinada” de los que reinan en la sociedad represiva; as í, las necesidades no sublimadas, cualitativamente diferentes, dar á n la base biol ó gica sobre la cual podr á n desarrollarse libremente las necesidades sublimadas. La diferencia cualitativa se manifestar ía en la trascendencia política de la energ ía er ó tica, y la forma social de esta trascendencia ser ía la cooperaci ó n y la solidaridad en el establecimiento de un mundo natural y social que, al destruir la dominaci ó n y la agresió n represiva, se colocar ía bajo el principio de realidad de la paz; solamente con él puede la vida llegar a ser su propio fin, es decir, llegar a ser felicidad. Este principio de realidad liberar ía también la base biol ó gica de los valores est éticos, pues la belleza, la serenidad, el descanso, la armon ía, son necesidades org á nicas del hombre cuya represi ó n y administraci ó n mutilan el organismo y activan la agresi ó n. Los valores est éticos son igualmente, en tanto que receptividad de la sensibilidad, negació n determinada de los valores dominantes: negaci ó n del hero ísmo, de la fuerza provocadora, de la brutalidad de la productividad acumuladora de trabajo, de la violaci ó n comercial de la naturaleza. Las conquistas de la ciencia y de la t écnica han hecho te ó rica y socialmente posible la contenció n de las necesidades afirmativas, agresivas. Contra esta posibilidad, ha sido el sistema en tanto que totalidad el que se ha movilizado. En la oposici ó n de la juventud, rebeli ó n a un tiempo

instintiva y pol ítica, es aprehendida la posibilidad de la liberaci ó n; pero le falta, para que se realice, poder material. Éste no pertenece tampoco a la clase obrera que, en la sociedad opulenta, est á ligada al sistema de las necesidades, pero no a su negaci ó n 1 . Sus herederos hist ó ricos ser ían m ás bien los estratos que, de manera creciente, ocupan posiciones de control en el proceso social de producci ó n y que pueden detenerlo con mayor facilidad: los sabios, los t écnicos, los especialistas, los ingenieros, etc. Pero no son má s que herederos muy potencionales y muy teó ricos, puesto que al mismo tiempo son los beneficiarios bien remunerados y satisfechos del sistema; la modificaci ó n de su mentalidad constituir ía un milagro de discernimiento y lucidez. ¿Significa esta situaci ó n que el sistema del capitalismo en su conjunto est á inmunizado contra todo cambio? Se me ha reprochado que niego la existencia de las contradicciones internas a la estructura del capitalismo. Creo que mi libro muestra con bastante claridad que estas contradicciones todavía existen y que incluso son m á s fuertes, m á s llamativas que en los estadios anteriores del desarrollo. Asimismo se han hecho totales. Su forma m á s general, la contradicci ó n entre el car á cter social de las fuerzas productivas y su organizaci ó n particular, entre la riqueza social y su empleo destructivo, determina a esta sociedad en todas sus dimensiones y en todos los aspectos de su pol ítica. Ninguna contradicció n social, empero, ni siquiera la m ás fuerte, estalla “por s í misma”: la teor ía debe poder mostrar y evaluar las fuerzas y los factores objetivos. He intentado mostrar en mi libro que la neutralizació n o la absorci ó n de las fuerzas realizadoras —que se operan en los sectores técnicamente m á s desarrollados del capitalismo—, no es solamente un fen ó meno superficial, sino que nace del mismo proceso de producci ó n, sin modificar su estructura fundamental capitalista. La sociedad existente lograr á contener a las fuerzas revolucionarias mientras consiga producir cada vez má s “mantequilla y ca ñ ones” y a burlar a la poblaci ó n con la ayuda de nuevas formas de control total.

Esta pol ítica de represi ó n global, de que depende la capacidad de rendimiento del sistema, es puesta a prueba cada d ía má s duramente. En todo caso, la guerra en Vietnam ha tomado tales proporciones que pueden hacer de ella un hito en la evoluci ó n del sistema capitalista. Por dos razones. Primera, el exceso de brutalidad, de agresi ó n, de mentira al que tiene que recurrir el sistema para asegurar su estabilidad ha alcanzado tal medida que la positividad de lo existente encuentra aqu í su límite: el sistema en su conjunto se revela ser este “crimen contra la humanidad” que est á localizado particularmente en el Vietnam. Segunda, la aparici ó n del l ímite es visible asimismo en el hecho de que, por vez primera en su historia, el sistema encuentra fuerzas resistentes que no son “de su propia naturaleza”; estas fuerzas no le libran un combate competitivo por la explotaci ó n en su propio terreno, sino que significan, en su misma existencia, en sus necesidades vitales, la negaci ó n determinada del sistema enfrent á ndose a él y combati éndole en tanto que totalidad. Es aqu í donde reside la coincidencia de los factores objetivos y de los factores subjetivos del cambio de sentido. Y, como no hay ya para el sistema capitalista un verdadero “exterior” —de forma que incluso el mundo comunista determinante y contra­determinante se encuentra comprendido en la econom ía y la pol ítica capitalistas—, la resistencia del F. N. L. Es, en efecto, la contradicci ó n interna que estalla. El hecho de que los hombres m á s pobres de la tierra, apenas armados, los m á s atrasados t écnicamente, tengan

1Naturalmente, existe asimismo una oposici ó n en el interior de la clase obrera americana: contra las condiciones de trabajo, contra el trabajo parasitario, embrutecedor, contra la jerarqu í a de la f á brica, contra el descenso de calidad. Pero esta oposici ó n est á aislada del contra­movimiento pol í tico, tanto en el interior de los Estados Unidos, como internacionalmente. S ó lo esta solidaridad podr í a apuntar a la totalidad del sistema. Mientras subsista el aislamiento — a menudo efectivamente organizado—, la oposici ó n de la clase obrera permanece como “economicista”, es decir, que sirve de base al control de la administraci ó n del sistema. As í , el sistema puede “administrar” toda oposici ó n.

en jaque —y esto durante a ñ os— la m á quina de destrucci ó n má s avanzada t écnicamente, m á s eficaz, má s destructiva de todos los tiempos, se alza como un signo hist ó rico­mundial, incluso si estos hombres son finalmente derrotados, lo que es veros ímil, puesto que el sistema de represi ó n de la “sociedad opulenta” sabe mejor que sus cr íticos liberales lo que est á en juego y est á dispuesto a poner en acci ó n todas sus fuerzas. Estos “condenados de la tierra”, las gentes m á s d ébiles sobre las que gravita con todo su peso el sistema existen en todas partes; son pueblos enteros, no tienen de hecho otra cosa que perder que su vida al sublevarse contra el sistema dominante. Sin embargo, solos no pueden liberarse; contra todo romanticismo, el materialismo hist ó rico debe insistir sobre el papel decisivo del poder material. En la situaci ó n actual, ni la Uni ó n Soviética, ni la China popular, parecen desear o ser capaces de ejercer una contra­presi ó n verdadera: no el juego aterrador con la “soluci ó n final” de la guerra at ó mica, sino, en el caso de la Uni ó n Soviética, aquella presi ó n política y diplom á tica que pudiera al menos frenar la agresi ó n que se reproduce a escala ampliada. Esta contra­ política servir ía también para activar la oposici ó n en la Europa occidental. Hay un verdadero movimiento obrero, en Francia y en Italia, que podr ía a ú n ser movilizado porque no est á todavía integrado en el sistema, encuadrado. Mientras esto no tiene lugar, la oposici ó n en los E. U., con todas sus debilidades y su falta de orientaci ó n técnica, permanece, tal vez, como el ú nico puente precario entre el presente y su posible futuro. La probabilidad del futuro depende de que se detenga la expansió n productiva y lucrativa (pol ítica, econ ó mica, militarmente); a continuaci ó n, podr ían estallar las contradicciones todav ía neutralizadas en el proceso de producci ó n del capitalismo: en particular, la contradicció n entre la necesidad econ ó mica de una automatizaci ó n progresiva que implica el paro tecnoló gico y la necesidad capitalista del despilfarro y de la destrucci ó n sistem á ticos de las fuerzas parasitarias, que implica el crecimiento del trabajo parasitario. La expansi ó n que salva al sistema, o al menos lo fortalece, no puede ser detenida m á s que por medio de un contra­movimiento internacional y global. Por todas partes se manifiesta la interpretació n global: la solidaridad permanece como el factor decisivo, tambi én aqu í Marx tiene raz ó n. Y es esta solidaridad la que ha sido quebrada por la productividad integradora del capitalismo y por el poder absoluto de su m á quina de propaganda, de publicidad y de administraci ó n. Es preciso despertar y organizar la solidaridad en tanto que necesidad biol ó gica de mantenerse unidos contra la brutalidad y la explotaci ó n inhumanas. Esta es la tarea. Comienza con la educaci ó n de la conciencia, el saber, la observaci ó n y el sentimiento que aprehende lo que sucede: el crimen contra la humanidad. La justificaci ó n del trabajo intelectual reside en esta tarea, y hoy el trabajo intelectual necesita ser justificado.

Herbert Marcuse Frebrero, 1967.

INTRODUCCIÓ N

LA PAR Á LISIS DE LA CR Í TICA: UNA SOCIEDAD SIN OPOSICI ÓN

¿La amenaza de una cat ástrofe ató mica que puede borrar a la raza humana no sirve tambi én para proteger a las mismas fuerzas que perpet ú an este peligro? Los esfuerzos para prevenir tal cat ástrofe

encubren la b ú squeda de sus causas potenciales en la sociedad industrial contempor ánea. Estas causas permanecen sin ser identificadas, expuestas y atacadas por el p ú blico, porque retroceden ante la amenaza exterior manifiesta: del Oeste para el Este, del Este para el Oeste. Igualmente obvia es la necesidad de estar preparado para vivir al borde del abismo, para afrontar el reto. Nos sometemos a la producció n pacífica de los medios de destrucci ó n, al perfeccionamiento del despilfarro, al hecho de estar educados para una defensa que deforma a los defensores y aquello que defienden.

Si intentamos relacionar las causas del peligro con la manera en que la sociedad est á organizada y

organiza a sus miembros, nos vemos obligados a enfrentarnos inmediatamente con el hecho de que la sociedad industrial avanzada es cada vez m ás rica, grande y mejor conforme perpet ú a el peligro. La estructura de defensa hace la vida m ás f ácil para un mayor n ú mero de gente y extiende el dominio del hombre sobre la naturaleza. Bajo estas circunstancias, nuestros medios de comunicaci ó n de masas tienen pocas dificultades para vender los intereses particulares como si fueran los de todos los hombres

sensibles. Las necesidades pol íticas de la sociedad se convierten en necesidades y aspiraciones individuales, su satisfacci ó n promueve los negocios y el bienestar general, y la totalidad parece tener el aspecto mismo de la Razó n.

Y sin embargo, esta sociedad es irracional como totalidad. Su productividad destruye el libre

desarrollo de las necesidades y facultades humanas, su paz se mantiene mediante la constante amenaza de guerra, su crecimiento depende de la represi ó n de las verdaderas posibilidades de pacificar la lucha por la existencia en el campo individual, nacional e internacional. Esta represi ó n, tan diferente de la que caracterizó las etapas anteriores y menos desarrolladas de nuestra sociedad, funciona hoy no desde una posició n de inmadurez natural y t écnica, sino m ás bien desde una posici ó n de fuerza. Las capacidades (intelectuales y materiales) de la sociedad contempor ánea son inmensamente mayores que nunca; lo que significa que la amplitud de la dominaci ó n de la sociedad sobre el individuo es inmensamente mayor que nunca. Nuestra sociedad se caracteriza antes por la conquista de las fuerzas sociales centr ífugas por la tecnolog ía que por el terror, sobre la doble base de una abrumadora eficacia y un nivel de vida cada vez más alto. Investigar las ra íces de estos desarrollos y examinar sus alternativas hist ó ricas es parte de los prop ósitos de una teor ía cr ítica de la sociedad contempor ánea, una teor ía que analice a la sociedad a la luz de sus empleadas o no empleadas o deformadas capacidades para mejorar la condici ó n humana. Pero, ¿cu áles son los niveles para tal cr ítica? Desde luego, los juicios de valor tienen una parte. La forma establecida de organizar la sociedad se mide enfrent ándola a otras formas posibles, formas que se supone podr ían ofrecer mejores oportunidades para aliviar la lucha del hombre por la existencia; una pr áctica histó rica espec ífica se

mide contra sus propias alternativas hist ó ricas. Desde el principio, toda teor ía cr ítica de la sociedad se enfrenta as í con el problema de la objetividad hist ó rica, un problema que se establece en los dos puntos donde el an álisis implica juicios de valor:

1. El juicio que afirma que la vida humana merece vivirse, o m ás bien que puede ser y debe ser

hecha digna de vivirse. Este juicio subyace a todo esfuerzo intelectual; es el a priori de la teor ía social, y su rechazo (que es perfectamente l ó gico) niega la teor ía misma;

2. El juicio de que, en una sociedad dada, existen posibilidades espec íficas para un mejoramiento

de la vida humana y formas y medio espec íficos para realizar esas posibilidades. El an álisis cr ítico tiene que demostrar la validez objetiva de estos juicios, y la demostraci ó n tiene que realizarse sobre bases emp íricas. La sociedad establecida ofrece una cantidad y cualidad averiguable de recursos materiales e intelectuales. ¿C ó mo pueden emplearse estos recursos para el ó ptimo desarrollo y satisfacció n de las necesidades y facultades individuales con un m ínimo de esfuerzo y miseria? La teor ía social es teor ía hist ó rica, y la historia es el reino de la posibilidad en el reino de la necesidad. Por

tanto, entre las distintas formas posibles y actuales de organizar y utilizar los recursos disponibles, ¿cuáles ofrecen la mayor probabilidad de un desarrollo ó ptimo?

El intento de responder a estas preguntas exige una serie de abstracciones iniciales. Para poder identificar y definir las posibilidades de un desarrollo ó ptimo, la teor ía cr ítica debe proceder a una abstracció n a partir de la organizaci ó n y utilizaci ó n actual de los recursos de la sociedad y de los resultados de esta organizaci ó n y utilizaci ó n. Tal abstracci ó n, que se niega a aceptar el universo dado de los hechos como el contexto final de la validez, tal an álisis “trascendente” de los hechos a la luz de sus posibilidades detenidas y negadas, pertenece a la estructura misma de la teor ía social. Se opone a toda metaf ísica mediante el riguroso car ácter histó rico de la trascendencia 2 . Las “posibilidades” deben estar al alcance de la sociedad respectiva; deben ser metas definibles de la pr áctica. De la misma manera, la abstracci ó n de las instituciones establecidas debe expresar una tendencia actual, esto es, su transformació n debe ser la necesidad real de la poblaci ó n subyacente. La teor ía social est á relacionada con las alternativas hist ó ricas que amenazan a la sociedad establecida como fuerzas y tendencias subversivas. Los valores ligados a las alternativas se convierten en hechos al ser trasladados a la realidad mediante la pr áctica histó rica. Los conceptos teó ricos culminan en el cambio social. Pero en esta etapa, la sociedad industrial avanzada confronta la cr ítica con una situaci ó n que parece privarla de sus mismas bases. El progreso t écnico, extendido hasta ser todo un sistema de dominació n y coordinaci ó n, crea formas de vida (y de poder) que parecen reconciliar las fuerzas que se oponen al sistema y derrotar o refutar toda protesta en nombre de las perspectivas hist ó ricas de liberació n del esfuerzo y la dominaci ó n. La sociedad contempor ánea parece ser capaz de contener el cambio social, un cambio cualitativo que establecer ía instituciones esencialmente diferentes, una nueva direcció n del proceso productivo, nuevas formas de existencia humana. Esta contenci ó n de cambio social es quiz á el logro m ás singular de la sociedad industrial avanzada; la aceptaci ó n general del inter és nacional, la pol ítica bipartidista, la decadencia del pluralismo, la colusi ó n del capital y el trabajo dentro del Estado fuerte atestiguan la integraci ó n de los opuestos que es el resultado tanto como el prerrequisito de este logro.

2Los t érminos “trascender” y “trascendencia” son usados a lo largo de este libro en el sentido cr í tico y emp í rico:

designan tendencias en la teor í a y en la pr áctica que, en una sociedad dada, “disparan” el universo establecido del razonamiento y la acci ó n hacia sus alternativas hist ó ricas (posibilidades reales).

Una breve comparaci ó n entre la etapa formativa de la teor ía de la sociedad industrial y su situació n actual puede ayudar a mostrar c ó mo han sido alteradas las bases de la cr ítica. En sus or ígenes, en la primera mitad del siglo XIX, cuando se elaboraron los primeros conceptos de las alternativas, la cr ítica de la sociedad industrial alcanz ó la concreció n en una mediaci ó n histó rica entre la teor ía y la pr áctica, los valores y los hechos, las necesidades y los fines. Esta mediaci ó n histó rica se desarroll ó en la conciencia y en la acci ó n política de las dos grandes clases que se enfrentaban entre s í en la sociedad: la burgues ía y el proletariado. En el mundo capitalista, éstas son todav ía las clases b ásicas. Sin embargo, el desarrollo capitalista ha alterado la estructura y la funci ó n de estas dos clases de tal modo que ya no parecen ser agentes de la transformaci ó n histó rica. Un inter és absoluto en la preservació n y el mejoramiento del statu quo institucional une a los antiguos antagonistas en las zonas más avanzadas de la sociedad contempor ánea. Y de acuerdo con el grado en el que el progreso t écnico asegura el crecimiento y la cohesi ó n de la sociedad comunista, la misma idea de un cambio cualitativo retrocede ante las nociones realistas y una evoluci ó n no explosiva. Ante la ausencia de agentes y factores manifiestos del cambio social, la cr ítica regresa as í a un alto nivel de abstracci ó n. No hay ning ú n terreno en el que la teor ía y la pr áctica, el pensamiento y la acci ó n se encuentren. Incluso el análisis más emp írico de las alternativas hist ó ricas aparecen como una especulaci ó n irreal, y el compromiso con ellas un asunto de preferencia personal (o de grupo). Y sin embargo, ¿refuta la teor ía esta ausencia? Ante los hechos aparentemente contradictorios, el análisis cr ítico sigue insistiendo en que la necesidad de un cambio cualitativo es m ás urgente que nunca. ¿Quién lo necesita? La respuesta sigue siendo la misma: la sociedad como totalidad, cada uno de sus miembros. La uni ó n de una creciente productividad y una creciente destructividad; la inminente amenaza de aniquilació n; la capitulaci ó n del pensamiento, la esperanza y el temor a las decisiones de los poderes existentes; la preservaci ó n de la miseria frente a una riqueza sin precedentes constituyen la más imparcial acusació n: incluso si estos elementos no son la raison d' etre de esta sociedad sino s ó lo sus consecuencias; su pomposa racionalidad, que propaga la eficacia y el crecimiento, en s í misma irracional. El hecho de que la gran mayor ía de la poblaci ó n acepte, y sea obligada a aceptar, esta sociedad, no la hace menos irracional y menos reprobable. La distinci ó n entre conciencia falsa y verdadera, inter és real e inmediato todav ía está llena de sentido. Pero esta distinci ó n misma ha de ser validada. Los hombres deben llegar a verla y encontrar su camino desde la falsa hacia la verdadera conciencia, desde su inter és inmediato al real. Pero s ó lo pueden hacerlo si experimentan la necesidad de cambiar su forma de vida, de negar lo positivo, de rechazar. Es precisamente esta necesidad la que la sociedad establecida consigue reprimir en la medida en que es capaz de “repartir los bienes” en una escala cada vez mayor, y de usar la conquista científica de la naturaleza para la conquista científica del hombre. Enfrentada con el car ácter total de los logros de la sociedad industrial avanzada, la teor ía cr ítica se encuentra sin los elementos racionales necesarios para trascender esta sociedad. El vac ío alcanza a la misma estructura teor ética, porque las categor ías de una teor ía social cr ítica fueron desarrolladas durante el per íodo en el que la necesidad del rechazo y la subversi ó n estaba comprendida en la acci ó n de fuerzas sociales efectivas. Estas categor ías eran conceptos esencialmente negativos y oposicionales, que defin ían las contradicciones reales en la sociedad europea en el siglo XIX. La misma categor í a de “sociedad” expresaba el agudo conflicto entre la esfera social y la pol ítica; la sociedad como antagonista del Estado. Igualmente, “individuo”, “clase”, “privado”, “familia” denotaban esferas y fuerzas que no estaban integradas todav ía con las condiciones establecidas; eran esferas de tensi ó n y contradicció n. Con la creciente integraci ó n de la sociedad industrial, estas categor ías están perdiendo su connotació n cr ítica y tienden a hacerse términos descriptivos, falaces u operacionales.

El prop ó sito de recuperar la intenci ó n cr ítica de estas categor ías, y de comprender c ó mo el intento fue anulado por la realidad social, parece ser, desde el exterior, un regreso de una teor ía unida con la pr áctica histó rica al pensamiento abstracto y especulativo, de la cr ítica de la econom ía política a la filosof ía. Este car ácter ideoló gico de la cr ítica es el resultado del hecho de que el an álisis es obligado a partir de una posici ó n “fuera” de lo positivo tanto como de lo negativo, de las tendencias productivas de la sociedad como de las destructivas. La sociedad industrial moderna es la identidad total de estos opuestos; es la totalidad lo que est á en cuesti ó n. Al mismo tiempo, la posici ó n de la teor ía no puede ser la de la mera especulaci ó n. Debe ser una posici ó n histó rica en el sentido de que debe estar basada en las capacidades de la sociedad dada. Esta ambigua situaci ó n envuelve una ambig ü edad todav ía más fundamental. El hombre unidimensional oscilar á continuamente entre dos hip ó tesis contradictorias: 1) que la sociedad industrial avanzada es capaz de contener la posibilidad de un cambio cualitativo para el futuro previsible; 2) que existen fuerzas y tendencias que pueden romper esta contenci ó n y hacer estallar la sociedad. Yo no creo que pueda darse una respuesta clara. Las dos tendencias est án ah í, una al lado de otra, e incluso una en la otra. La primera tendencia domina, y todas las precondiciones que puedan existir para una reversió n est án siendo empleadas para evitarlo. Quiz á un accidente pueda alterar la situaci ó n, pero a no ser que el reconocimiento de lo que se est á haciendo y lo que se est á evitando subvierta la conciencia y la conducta del hombre, ni siquiera una cat ástrofe provocar á el cambio.

El an álisis est á centrado en la sociedad industrial avanzada, en la que el aparato t écnico de producció n y distribuci ó n (con un sector cada vez mayor de automatizaci ó n) funciona, no con la suma total de meros instrumentos que pueden ser aislados de sus efectos sociales y pol íticos, sino m ás bien como un sistema que determina a priori el producto del aparato, tanto como las operaciones realizadas para servirlo y extenderlo. En esta sociedad, el aparato productivo tiende a hacerse totalitario en el grado en que determina, no s ó lo las ocupaciones, aptitudes y actitudes socialmente necesarias, sino también las necesidades y aspiraciones individuales. De este modo borra la oposici ó n entre la existencia privada y p ú blica, entre las necesidades individuales y sociales. La tecnolog ía sirve para instituir formas de control social y de cohesi ó n social m ás efectivas y m ás agradables. La tendencia totalitaria de estos controles parece afirmarse en otro sentido adem ás: extendiéndose a las zonas del mundo menos desarrolladas e incluso preindustriales, y creando similitudes en el desarrollo del capitalismo y el comunismo. Antes las caracter ísticas totalitarias de esta sociedad, no puede sostenerse la noci ó n tradicional de la “neutralidad” de la tecnolog í a. La tecnolog ía como tal no puede ser separada del empleo que se hace de ella; la sociedad tecnol ó gica es un sistema de dominaci ó n que opera ya en el concepto y la construcció n de técnicas. La manera en que una sociedad organiza la vida de sus miembros implica una elecció n inicial entre las alternativas hist ó ricas que est án determinadas por el nivel heredado de la cultura material e intelectual. La elecció n es el resultado del juego de los intereses dominantes. Anticipa modos específicos de transformar y utilizar al hombre y a la naturaleza y rechaza otras formas. Es un “proyecto” de realizaci ó n entre otros 3 . Pero una vez que el proyecto se ha hecho operante en las instituciones y relaciones b ásicas, tiende a hacerse exclusivo y a determinar el desarrollo de la sociedad como totalidad. En tanto que universo tecnol ó gico, la sociedad industrial avanzada es un universo

3El t érmino “proyecto” subraya el elemento de libertad y responsabilidad en la determinaci ó n hist ó rica: liga la autonom í a con la contingencia. En este sentido se emplea el t érmino en la obra de Jean Paul Sartre.

político, es la ú ltima etapa en la realizaci ó n de un proyecto histó rico específico, esto es, la experimentació n, transformació n y organizació n de la naturaleza como simple material de dominaci ó n. Conforme el proyecto se desarrolla, configura todo el universo del discurso y la acci ó n, de la cultura intelectual y material. En el medio tecnol ó gico, la cultura, la pol ítica y la econom ía, se unen en un sistema omnipresente que devora o rechaza todas la alternativas. La productividad y el crecimiento potencial de este sistema estabilizan la sociedad y contienen el progreso t écnico dentro del marco de la dominació n. La raz ó n tecnoló gica se ha hecho raz ó n política. En la discusi ó n de las tendencias conocidas de la civilizaci ó n industrial avanzada, raras veces he dado referencias espec íficas. El material est á reunido y descrito en la vasta literatura sociol ó gica y psicoló gica sobre tecnolog ía y cambio social, administraci ó n científica, empresas, cambios en el carácter del trabajo industrial y en la fuerza de trabajo, etc. Mi an álisis est á centrado en tendencias que se dan en las sociedades contempor áneas más altamente desarrolladas. Hay amplias zonas dentro y fuera de estas sociedades en las que las tendencias descritas no prevalecen, o mejor, no prevalecen todav ía. Yo proyecto estas tendencias y ofrezco algunas hip ó tesis, nada más.

LA SOCIEDAD UNIDIMENSIONAL

1. LAS NUEVAS FORMAS DE CONTROL

Una ausencia de libertad c ó moda, suave, razonable y democr ática, se ñ al de progreso t écnico, prevalece en la civilizaci ó n industrial avanzada. ¿Qu é podr ía ser, realmente m ás racional que la supresió n de la individualidad en el proceso de mecanizaci ó n de actuaciones socialmente necesarias aunque dolorosas; que la concentraci ó n de empresas individuales en corporaciones m ás eficaces y productivas; que la regulaci ó n de la libre competencia entre sujetos econ ó micos desigualmente provistos; que la reducci ó n de prerrogativas y soberan ías nacionales que impiden la organizaci ó n internacional de los recursos? Que este orden tecnol ó gico implique también una coordinació n política e intelectual puede ser una evolució n lamentable y, sin embargo, prometedora. Los derechos y libertades que fueron factores vitales en los or ígenes y etapas tempranas de la sociedad industrial se debilitan en una etapa m ás alta de esta sociedad: est án perdiendo su racionalidad y contenido tradicionales. La libertad de pensamiento, de palabra y de conciencia eran —tanto como la libre empresa, a la que serv ían para promover y proteger— esencialmente ideas cr íticas, destinadas a reemplazar una cultura material e intelectual anticuada por otra m ás productiva y racional. Una vez institucionalizados, estos derechos y libertades compartieron el destino de la sociedad de la que se habían convertido en parte integrante. La realizació n anula las premisas. En la medida en que la independencia de la necesidad, sustancia concreta de toda libertad, se convierte en una posibilidad real, las libertades propias de un estado de productividad m ás baja pierden su contenido previo. Una sociedad que parece cada d ía más capaz de satisfacer las necesidades de los individuos por medio de la forma en que est á organizada, priva a la independencia de pensamiento, a la autonomía y al derecho de oposici ó n política de su funci ó n cr ítica b ásica. Tal sociedad puede exigir justamente la aceptaci ó n de sus principios e instituciones, y reducir la oposici ó n a la mera promoci ó n y debate de políticas alternativas dentro del statu quo. En ese respecto, parece de poca importancia que la creciente satisfacció n de las necesidades se efect ú e por un sistema autoritario o no­autoritario. Bajo las condiciones de un creciente nivel de vida, la disconformidad con el sistema aparece como socialmente in ú til, y aú n más cuando implica tangibles desventajas econ ó micas y políticas y pone en peligro el buen funcionamiento del conjunto. Es cierto que, por lo menos en lo que concierne a las necesidades de la vida, no parece haber ninguna raz ó n para que la producci ó n y la distribuci ó n de bienes y servicios deba proceder a través de la concurrencia competitiva de las libertades individuales. Desde el primer momento, la libertad de empresa no fue precisamente una bendici ó n. En tanto que libertad para trabajar o para morir de hambre, significaba fatiga, inseguridad y temor para la gran mayor ía de la poblaci ó n. Si el individuo no estuviera a ú n obligado a probarse a s í mismo en el mercado, como sujeto econ ó mico libre, la desaparici ó n de esta clase de libertad ser ía uno de los mayores logros de la civilizaci ó n. El proceso tecnol ó gico de mecanizació n y normalizaci ó n podr ía canalizar la energ ía individual hacia un reino virgen de libertad m ás allá de la necesidad. La misma estructura de la existencia humana se alterar í a; el individuo se liberar ía de las necesidades y posibilidades extrañ as que le impone el mundo del trabajo. El individuo tendr ía libertad para ejercer la

autonomía sobre una vida que ser ía la suya propia. Si el aparato productivo se pudiera organizar y dirigir hacia la satisfacci ó n de las necesidades vitales, su control bien podr ía ser centralizado; tal como no impedir ía la autonomía individual, sino que la har ía posible. Éste es un objetivo que est á dentro de las capacidades de la civilizaci ó n industrial avanzada, el “fin” de la racionalidad tecnol ó gica. Sin embargo, el que opera en realidad es el rumbo contrario; el aparato impone sus exigencias econ ó micas y pol íticas para expansi ó n y defensa sobre el tiempo de trabajo y el tiempo libre, sobre la cultura material e intelectual. En virtud de la manera en que ha organizado su base tecnol ó gica, la sociedad industrial contempor ánea tiende a ser totalitaria. Porque no es s ó lo “totalitaria” una coordinaci ó n política terrorista de la sociedad, sino tambi én una coordinaci ó n técnico­econó mica no­terrorista que opera a trav és de la manipulaci ó n de las necesidades por intereses creados, impidiendo por lo tanto el surgimiento de una oposici ó n efectiva contra el todo. No s ó lo una forma específica de gobierno o gobierno de partido hace posible el totalitarismo, sino tambi én un sistema espec ífico de producci ó n y distribuci ó n que puede muy bien ser compatible con un “pluralismo” de partidos, perió dicos, “poderes compensatorios”, etc. Hoy en d ía el poder pol ítico se afirma por medio de su poder sobre el proceso mec ánico y sobre la organizació n técnica del aparato. El gobierno de las sociedades industriales avanzadas y en crecimiento s ó lo puede mantenerse y asegurarse cuando logra movilizar, organizar y explotar la productividad técnica, científica y mec ánica de que dispone la civilizaci ó n industrial. Y esa productividad moviliza a la sociedad entera, por encima y m ás allá de cualquier inter és individual o de grupo. El hecho brutal de que el poder f ísico (¿s ó lo f ísico?) de la m áquina sobrepasa al del individuo, y al de cualquier grupo particular de individuos, hace de la m áquina el instrumento m ás efectivo en cualquier sociedad cuya organizaci ó n b ásica sea la del proceso mecanizado. Pero la tendencia pol ítica puede invertirse; en esencia, el poder de la m áquina es só lo el poder del hombre almacenado y proyectado. En la medida en que el mundo del trabajo se conciba como una m áquina y se mecanice de acuerdo con ella, se convierte en la base potencial de una nueva libertad para el hombre. La civilizaci ó n industrial contempor ánea demuestra que ha llegado a una etapa en la que “la sociedad libre” no se puede ya definir adecuadamente en los t érminos tradicionales de libertades econó micas, políticas e intelectuales, no porque estas libertades se hayan vuelto insignificantes, sino porque son demasiado significativas para ser confinadas dentro de las formas tradicionales. Se necesitan nuevos modos de realizació n que correspondan a las nuevas capacidades de la sociedad. Estos nuevos modos s ó lo se pueden indicar en t érminos negativos, porque equivaldr ían a la negació n de los modos predominantes. As í, la libertad econ ó mica significar ía libertad de la economía, de estar controlados por fuerzas y relaciones econ ó micas, liberació n de la diaria lucha por la existencia, de ganarse la vida. La libertad pol ítica significar ía la liberaci ó n de los individuos de una política sobre la que no ejercen ning ú n control efectivo. Del mismo modo, la libertad intelectual significar ía la restauració n del pensamiento individual absorbido ahora por la comunicaci ó n y adoctrinamiento de masas, la abolici ó n de la “opini ó n p ú blica” junto con sus creadores. El timbre irreal de estas proposiciones indica, no su car ácter utó pico, sino el vigor de las fuerzas que impiden su realizaci ó n. La forma más efectiva y duradera de la guerra contra la liberaci ó n es la implantaci ó n de necesidades intelectuales que perpetú an formas anticuadas de la lucha por la existencia. La intensidad, la satisfacci ó n y hasta el car ácter de las necesidades humanas, m ás allá del nivel bioló gico, han sido siempre precondicionadas. Se conciba o no como una necesidad, la posibilidad de hacer o dejar de hacer, de disfrutar o destruir, de poseer o rechazar algo, ello depende de si puede o no ser vista como deseable y necesaria para las instituciones e intereses predominantes de la sociedad. En este sentido, las necesidades humanas son necesidades hist ó ricas y, en la medida en que la sociedad

exige el desarrollo represivo del individuo, sus mismas necesidades y sus pretensiones de satisfacci ó n están sujetas a pautas cr íticas superiores. Se puede distinguir entre necesidades verdaderas y falsas. “Falsas” son aquellas que intereses sociales particulares imponen al individuo para su represi ó n: las necesidades que perpet ú an el esfuerzo, la agresividad, la miseria y la injusticia. Su satisfacci ó n puede ser de lo m ás grata para el individuo, pero esta felicidad no es una condici ó n que deba ser mantenida y protegida si sirve para impedir el desarrollo de la capacidad (la suya propia y la de otros) de reconocer la enfermedad del todo y de aprovechar las posibilidades de curarla. El resultado es, en este caso, la euforia dentro de la infelicidad. La mayor parte de las necesidades predominantes de descansar, divertirse, comportarse y consumir de acuerdo con los anuncios, de amar y odiar lo que otros odian y aman, pertenece a esta categor ía de falsas necesidades. Estas necesidades tienen un contenido y una funci ó n sociales, determinadas por poderes externos sobre los que el individuo no tiene ning ú n control; el desarrollo y la satisfacci ó n de estas necesidades es heter ó nomo. No importa hasta qu é punto se hayan convertido en algo propio del individuo, reproducidas y fortificadas por las condiciones de su existencia; no importa que se identifique con ellas y se encuentre a s í mismo su satisfacci ó n. Siguen siendo lo que fueron desde el principio: productos de una sociedad cuyos intereses dominantes requieren la represi ó n. El predominio de las necesidades represivas es un hecho cumplido, aceptado por ignorancia y por derrotismo, pero es un hecho que debe ser eliminado tanto en inter és del individuo feliz, como de aquellos cuya miseria es el precio de su satisfacci ó n. Las ú nicas necesidades que pueden inequívocamente reclamar satisfacci ó n con las vitales: alimento, vestido y habitaci ó n en el nivel de cultura que est é al alcance. La satisfacci ó n de estas necesidades es el requisito para la realizaci ó n de toas las necesidades, tanto de las sublimadas como de las no sublimadas. Para cualquier conocimiento y conciencia, para cualquier experiencia que no acepte el inter és social predominante como ley suprema del pensamiento y de la conducta, el universo establecido de necesidades y satisfacciones es un hecho que se debe poner en cuesti ó n en t érminos de verdad y mentira. Estos t érminos son enteramente hist ó ricos, y su objetividad es hist ó rica. El juicio sobre las necesidades y su satisfacci ó n bajo las condiciones dadas, implica normas de prioridad; normas que se refieren al desarrollo ó ptimo del individuo, de todos los individuos, bajo la utilizaci ó n ó ptima de los recursos materiales e intelectuales al alcance del hombre. Los recursos son calculables. La “verdad” y la “falsedad” de las necesidades designan condiciones objetivas en la medida en que la satisfacci ó n universal de las necesidades vitales, y m ás allá de ella, la progresiva mitigaci ó n del trabajo y la miseria, son normas universalmente v álidas. Pero en tanto que normas hist ó ricas, no só lo var ían de acuerdo con el área y el estado de desarrollo, sino que tambi én s ó lo se pueden definir en (mayor o menor) contradicció n con las normas predominantes. ¿Y qu é tribunal puede reivindicar leg ítimamente la autoridad de decidir?

En ú ltima instancia, la pregunta sobre cu áles son las necesidades verdaderas o falsas s ó lo puede ser resuelta por los mismos individuos, pero s ó lo en ú ltima instancia; esto es, siempre y cuando tengan la libertad para dar su propia respuesta. Mientras se les mantenga en la incapacidad de ser aut ó nomos, mientras sean adoctrinados y manipulados (hasta en sus mismos instintos), su respuesta a esta pregunta no puede considerarse propia de ellos. Por lo mismo, sin embargo, ning ú n tribunal puede adjudicarse en justicia el derecho de decidir cu áles necesidades se deben desarrollar y satisfacer. Tal tribunal ser ía censurable, aunque nuestra repulsa no podr ía eliminar la pregunta: ¿c ó mo pueden hombres que han sido objeto de una dominaci ó n efectiva y productiva crear por s í mismos las condiciones de la libertad?

Cuanto más racional, productiva, t écnica y total deviene la administraci ó n represiva de la sociedad, más inimaginables resultan los medios y modos mediante los que los individuos administrados pueden romper su servidumbre y alcanzar su propia liberaci ó n. Claro est á que imponer la Raz ó n a toda una sociedad es una idea parad ó jica y escandalosa; aunque se pueda discutir la rectitud de una sociedad que ridiculiza esta idea mientras convierte a su propia poblaci ó n en objeto de una administraci ó n total. Toda liberaci ó n depende de la toma de conciencia de la servidumbre, y el surgimiento de esta conciencia se ve estorbado siempre por el predominio de necesidades y satisfacciones que, en grado sumo, se han convertido en propias del individuo. El proceso siempre reemplaza un sistema de precondicionamiento por otro; el objeto ó ptimo es la sustituci ó n de las necesidades falsas por otras verdaderas, el abandono de la satisfacció n represiva. El rasgo distintivo de la sociedad industrial avanzada es la sofocaci ó n efectiva de aquellas necesidades que requieren ser liberadas —liberadas tambi én de aquello que es tolerable, ventajoso y có modo— mientras que sostiene y absuelve el poder destructivo y la funci ó n represiva de la sociedad opulenta. Aqu í, los controles sociales exigen la abrumadora necesidad de producir y consumir el despilfarro; la necesidad de un trabajo embrutecedor cuando ha dejado de ser una verdadera necesidad; la necesidad de modos de descanso que alivian y prolongan ese embrutecimiento; la necesidad de mantener libertades engañ osas tales como la libre competencia a precios pol íticos, una prensa libre que se autocensura, una elecció n libre entre marcas y gadgets. Bajo el gobierno de una totalidad represiva, la libertad se puede convertir en un poderoso instrumento de dominaci ó n. La amplitud de la selecci ó n abierta a un individuo no es factor decisivo para determinar el grado de libertad humana, pero s í lo es lo que se puede escoger y lo que es escogido por el individuo. El criterio para la selecci ó n no puede ser nunca absoluto, pero tampoco es del todo relativo. La libre elecci ó n de amos no suprime ni a los amos ni a los esclavos. Escoger libremente entre una amplia variedad de bienes y servicios no significa libertad si estos bienes y servicios sostienen controles sociales sobre una vida de esfuerzo y de temor, esto es, si sostienen la alienaci ó n. Y la reproducció n espont ánea, por los individuos, de necesidades superimpuestas no establece la autonom ía; só lo prueba la eficacia de los controles.

Nuestra insistencia en la profundidad y eficacia de esos controles est á sujeta a la objeci ó n de que le damos demasiada importancia al poder de adoctrinamiento de los mass­media, y de que la gente por s í misma sentir ía y satisfar ía las necesidades que hoy le son impuestas. Pero tal objeci ó n no es v álida. El precondicionamiento no empieza con la producci ó n masiva de la radio y la televisi ó n y con la centralizació n de su control. La gente entra en esta etapa ya como recept áculos precondicionados desde mucho tiempo atr ás; la diferencia decisiva reside en la disminuci ó n del contraste (o conflicto) entre lo dado y lo posible, entre las necesidades satisfechas y las necesidades por satisfacer. Y es aqu í donde la llamada nivelació n de las distinciones de clase revela su funci ó n ideoló gica. Si el trabajador y su jefe se divierten con el mismo programa de televisi ó n y visitan los mismos lugares de recreo, si la mecanó grafa se viste tan elegantemente como la hija de su jefe, si el negro tiene un Cadillac, si todos leen el mismo peri ó dico, esta asimilació n indica, no la desaparici ó n de las clases, sino la medida en que las necesidades y satisfacciones que sirven para la preservaci ó n del “sistema establecido” son compartidas por la població n subyacente. Es verdad que en las áreas más altamente desarrolladas de la sociedad contempor ánea la mutació n de necesidades sociales en necesidades individuales es tan efectiva que la diferencia entre ellas parece puramente te ó rica. ¿Se puede realmente diferenciar entre los medios de comunicaci ó n de masas como instrumentos de informaci ó n y diversi ó n, y como medios de manipulaci ó n y

adoctrinamiento? ¿Entre el autom ó vil como molestia y como conveniencia? ¿Entre los horrores y las comodidades de la arquitectura funcional? ¿Entre el trabajo para la defensa nacional y el trabajo para la ganancia de las empresas? ¿Entre el placer privado y la utilidad comercial y pol ítica que implica el crecimiento de la tasa de natalidad? De nuevo nos encontramos ante uno de los aspectos m ás perturbadores de la civilizaci ó n industrial avanzada: el car ácter racional de su irracionalidad. Su productividad y eficiencia, su capacidad de incrementar y difundir las comodidades, de convertir lo superfluo en necesidad y la destrucció n en construcci ó n, el grado en que esta civilizaci ó n transforma el mundo­objeto en extensi ó n de la mente y el cuerpo del hombre hace cuestionable hasta la noci ó n misma de alienaci ó n. La gente se reconoce en sus mercanc ías; encuentra su alma en su autom ó vil, en su aparato de alta fidelidad, su casa, su equipo de cocina. El mecanismo que une el individuo a su sociedad ha cambiado, y el control social se ha incrustado en las nuevas necesidades que ha producido.

Las formas predominantes de control social son tecnol ó gicas en un nuevo sentido. Es claro que la estructura técnica y la eficacia del aparato productivo y destructivo han sido instrumentos decisivos para sujetar la poblaci ó n a la divisi ó n del trabajo establecida a lo largo de la época moderna. Adem ás, tal integració n ha estado acompa ñ ada de formas de compulsi ó n más inmediatas: p érdida de medios de subsistencia, la administraci ó n de justicia, la polic ía, las fuerzas armadas. Todav ía lo est á. Pero en la época contempor ánea, los controles tecnol ó gicos parecen ser la misma encarnaci ó n de la raz ó n en beneficio de todos los grupos e intereses sociales, hasta tal punto que toda contradicci ó n parece irracional y toda oposició n imposible. No hay que sorprenderse, pues, de que, en las áreas más avanzadas de esta civilizaci ó n, los controles sociales hayan sido introyectados hasta tal punto que llegan a afectar la misma protesta individual en sus ra íces. La negativa intelectual y emocional a “seguir la corriente” aparece como un signo de neurosis e impotencia. Este es el aspecto socio­psicol ó gico del acontecimiento pol ítico que caracteriza a la época contempor ánea: la desaparici ó n de las fuerzas hist ó ricas que, en la etapa precedente de la sociedad industrial, parec ían representar la posibilidad de nuevas formas de existencia. Pero quiz á el t érmino “introyecció n” ya no describa el modo como el individuo reproduce y perpetú a por s í mismo los controles externo ejercidos por su sociedad. Introyecci ó n sugiere una variedad de procesos relativamente espont áneos por medio de los cuales un Ego traspone lo “exterior” en “interior”. As í que introyecció n implica la existencia de una dimensi ó n interior separada y hasta antagó nica a las exigencias externas: una conciencia individual y un inconsciente individual aparte de la opinió n y la conducta p ú blica 4 . La idea de “libertad interior” tiene aqu í su realidad; designa el espacio privado en el cual el hombre puede convertirse en s í mismo y seguir siendo “él mismo”. Hoy en d ía este espacio privado ha sido invadido y cercenado por la realidad tecnol ó gica. La producció n y la distribuci ó n en masa reclaman al individuo en su totalidad, y ya hace mucho que la psicolog ía industrial ha dejado de reducirse a la f ábrica. Los m ú ltiples procesos de introyecci ó n parecen haberse osificado en reacciones casi mec ánicas. El resultado es, no la adaptaci ó n, sino la m ímesis, una inmediata identificaci ó n del individuo en su sociedad y, a trav és de ésta, con la sociedad como un todo. Esta identificaci ó n inmediata, autom ática (que debe haber sido caracter ística en las formas de asociació n primitivas) reaparece en la alta civilizaci ó n industrial; su nueva “inmediatez” es, sin

4El cambio en la funci ó n de la familia juega aqu í un papel decisivo: sus funciones “socializantes” est án siendo cada vez m ás absorbidas por grupos externos y medios de comunicaci ó n.

embargo, producto de una gesti ó n y una organizaci ó n elaboradas y cient íficas. En este proceso, la dimensió n “interior” de la mente, en la cual puede echar ra íces la oposici ó n al statu quo, se ve reducida paulatinamente. La p érdida de esta dimensi ó n, en la que reside el poder del pensamiento negativo —el poder cr ítico de la Raz ó n—, es la contrapartida ideol ó gica del propio proceso material mediante el cual la sociedad industrial avanzada acalla y reconcilia a la oposici ó n. El impacto del progreso convierte a la Razó n en sumisi ó n a los hechos de la vida y a la capacidad din ámica de producir m ás y mayores hechos de la misma especie de vida. La eficacia del sistema impide que los individuos reconozcan que el mismo no contiene hechos que no comuniquen el poder represivo de la totalidad. Si los individuos se encuentran a s í mismos en las cosas que dan forma a sus vidas, lo hacen no al dar, sino al aceptar la ley de las cosas; no las leyes de la f ísica, sino las leyes de su sociedad. Acabo de sugerir que el concepto de alienaci ó n parece hacerse cuestionable cuando los individuos se identifican con la existencia que les es impuesta y en la cual encuentran su propio desarrollo y satisfacci ó n. Esta identificaci ó n no es ilusi ó n, sino realidad. Sin embargo, la realidad constituye un estadio m ás avanzado de la alienaci ó n. Ésta se ha vuelto enteramente objetiva; el sujeto alienado es devorado por su existencia alienada. Hay una sola dimensi ó n que est á por todas partes y en todas las formas. Los logros del progreso desaf ían tanto la denuncia como la justificaci ó n ideoló gica; ante su tribunal, la “falsa conciencia” de su racionalidad se convierte en la verdadera conciencia. Esta absorci ó n de la ideolog ía por la realidad no significa, sin embargo, el “fin de la ideolog ía”. Por el contrario, la cultura industrial avanzada es, en un sentido espec ífico, má s ideoló gica que su predecesora, en tanto que la ideolog ía se encuentra hoy en el propio proceso de producci ó n. Bajo una forma provocativa, esta proposici ó n revela los aspectos pol íticos de la racionalidad tecnol ó gica predominante. El aparato productivo, y los bienes y servicios que produce, “venden” o imponen el sistema social como un todo. Los medios de transporte y comunicaci ó n de masas, los bienes de vivienda, alimentaci ó n y vestuario, el irresistible rendimiento de la industria de las diversiones y de la informació n, llevan consigo h ábitos y actitudes prescritas, ciertas reacciones emocionales e intelectuales que vinculan de forma m ás o menos agradable los consumidores a los productores y, a trav és de éstos, a la totalidad. Los productos adoctrinan y manipulan; promueven una falsa conciencia inmune a su falsedad. Y a medida que estos productos ú tiles son asequibles a m ás individuos en m ás clases sociales, el adoctrinamiento que llevan a cabo deja de ser publicidad; se convierten en modo de vida. Es un buen modo de vida —mucho mejor que antes—, y en cuanto tal se opone al cambio cualitativo. As í surge el modelo de pensamiento y conducta unidimensional en el que ideas, aspiraciones y objetivos, que trascienden por su contenido el universo establecido del discurso y la acció n, son rechazados o reducidos a los t érminos de este universo. La racionalidad del sistema dado y de su extensió n cuantitativa da una nueva definició n a estas ideas, aspiraciones y objetivos.

Esta tendencia se puede relacionar con el desarrollo del m étodo científico: operacionalismo en las ciencias f ísicas, behaviorismo en las ciencias sociales. La caracter ística comú n es un empirismo total en el tratamiento de los conceptos; su significado est á restringido a la representaci ó n de operaciones y conductas particulares. El punto de vista operacional est á bien ilustrado por el an álisis de P. W. Bridgman del concepto de extensió n (The Logic of Modern Physics, 1928):

Es evidente que, cuando podemos decir cu ál es la extensi ó n de cualquier objeto, sabemos lo que entendemos por extensi ó n, y el f í sico no requiere nada m á s. Para hallar la extensi ó n de un objeto, tenemos que llevar a cabo ciertas operaciones f í sicas. El concepto de extensi ó n estará por lo tanto establecido una vez que lo est é n las operaciones por medio de las cuales se mide la extensi ó n; esto es, el

concepto de extensi ó n no implica ni m á s ni menos que el conjunto de operaciones por las cuales se determina la extensi ó n. En general, entendemos por cualquier concepto nada m á s que un conjunto de operaciones; el concepto es sin ó nimo al correspondiente conjunto de operaciones.

Bridgman ha visto las amplias implicaciones de este modo de pensar para la sociedad en su conjunto:

Adoptar el punto de vista operacional implica mucho m á s que una mera restricci ó n del sentido en que comprendemos el “concepto”; significa un cambio de largo alcance en todos nuestros h á bitos de pensamiento, porque ya no nos permitiremos emplear como instrumentos de nuestro pensamiento conceptos que no podemos describir en t é rminos operacionales.

La predicció n de Bridgman se ha realizado. El nuevo modo de pensar es hoy en d ía la tendencia predominante en la filosof ía, la psicolog ía, la sociolog ía y otros campos. Muchos de los conceptos m ás perturbadores están siendo “eliminados”, al mostrar que no se puede describir adecuadamente en términos operacionales o behavioristas. La ofensiva empirista radical proporciona de esta manera la justificació n metodoló gica para que los intelectuales bajen a la mente de su pedestal: positivismo que, en su negació n de los elementos trascendentes de la Raz ó n, forma la r éplica acad émica de la conducta socialmente requerida. Fuera del establishment acad émico, el “cambio de largo alcance en todos nuestros h ábitos de pensar” es m ás serio. Sirve para coordinar ideas y objetivos con los requeridos por el sistema predominante para incluirlos dentro del sistema y rechazar aquellos que no son reconciliables con él. El dominio de tal realidad unidimensional no significa que reine el materialismo y que desaparezcan las ocupaciones espirituales, metaf ísicas y bohemias. Por el contrario, hay mucho de “Oremos juntos esta semana”, “¿Por qu é no pruebas a Dios?”, Zen, existencialismo y modos beat de vida. Pero estos modos de protesta y trascendencia ya no son contradictorios del statu quo y tampoco negativos. Son m ás bien la parte ceremonial del behaviorismo pr áctico, su inocua negaci ó n, y el statu quo los digiere prontamente como parte de su saludable dieta.

Los que hacen la pol ítica y sus proveedores de informaci ó n de masas promueven sistemáticamente el pensamiento unidimensional. Su universo del discurso est á poblado de hip ó tesis que se autovalidan y que, repetidas incesante y monopol ísticamente, se tornan en definiciones hipn ó ticas o dictados. Por ejemplo, “libres” son las instituciones que funcionan (y que se hacen funcionar) en los pa íses del mundo libre; otros modos trascendentes de libertad son por definici ó n en anarquismo, el comunismo o la propaganda. “Socialistas” son todas las intrusiones en empresas privadas no llevadas a cabo por la misma empresa privada (o por contratos gubernamentales), tales como el seguro de enfermedad universal y comprensivo, la protecci ó n de los recursos naturales contra una comercializació n devastadora, o el establecimiento de servicios p ú blicos que puedan perjudicar el beneficio privado. Esta l ó gica totalitaria del hecho cumplido tiene su contrapartida en el Este. All í, la libertad es el modo de vida instituido por un r égimen comunista, y todos los dem ás modos trascendentes de libertad son o capitalistas, o revisionistas, o sectarismo izquierdista. En ambos campos las ideas no­operacionales son no­conductistas y subversivas. El movimiento del pensamiento se detiene en barreras que parecen ser los límites mismos de la Raz ó n. Esta limitaci ó n del pensamiento no es ciertamente nueva. El racionalismo moderno ascendente, tanto en su forma especulativa como emp írica, muestra un marcado contraste entre el radicalismo

cr ítico extremo en el m étodo científico y filos ó fico por un lado, y un quietismo acr ítico en la actitud hacia las instituciones sociales establecidas y operantes. As í, el ego cogitans de Descartes deb ía dejar los “grandes cuerpos p ú blicos” intactos, y Hobbes sosten ía que “el presente debe siempre ser preferido, mantenido y considerado mejor”. Kant coincid í a con Locke en justificar la revoluci ó n siempre y cuando lograse organizar la totalidad e impedir la subversi ó n. Sin embargo, estos conceptos acomodaticios de la Raz ó n siempre fueron contradichos por la miseria e injusticia evidentes de los “grandes cuerpos p ú blicos” y la efectiva y m ás o menos consciente rebelió n contra ellos. Exist ían condiciones sociales que provocaban y permit ían una disociació n real del estado de cosas establecido; estaba presente una dimensi ó n tanto privada como pol ítica, en la cual la disociació n se podr ía desarrollar en oposici ó n efectiva, probando su fuerza y la validez de sus objetivos. Con la gradual clausura de esta dimensi ó n por la sociedad, la autolimitaci ó n del pensamiento alcanza un significado m ás amplio. La interrelaci ó n entre los procesos cient ífico­filos ó ficos y sociales, entre la Raz ó n teó rica y la pr áctica, se afirma “a espaldas” de los cient íficos y fil ó sofos. La sociedad obstruye toda una especie de operaciones y conductas de oposici ó n; consecuentemente, los conceptos que les son propios se convierten en ilusorios carentes de significado. La trascendencia hist ó rica aparece como trascendencia metaf ísica, inaceptable para la ciencia y el pensamiento cient ífico. El punto de vista operacional y behaviorista, practicado en general como “h ábito del pensamiento”, se convierte en el modo de ver del universo establecido del discurso y la acci ó n, de necesidades y aspiraciones. La “astucia de la Raz ó n” opera, como tantas veces lo ha hecho, en inter és de los poderes establecidos. La insistencia en conceptos operacionales y behavioristas se vuelve contra los esfuerzos por liberar el pensamiento y la conducta de una realidad dada y por las alternativas suprimidas. La Razó n teó rica y la pr áctica, el behaviorismo acad émico y social vienen a encontrarse en un plano comú n: el de la sociedad avanzada que convierte el progreso cient ífico y t écnico en un instrumento de dominació n. “Progreso” no es un t érmino neutral; se mueve hacia fines espec íficos, y estos fines son definidos por las posibilidades de mejorar la condici ó n humana. La sociedad industrial avanzada se est á acercando al estado en que el progreso continuo exigir á una subversi ó n radical de la organizaci ó n y direcció n predominante del progreso. Esta fase ser á alcanzada cuando la producci ó n material (incluyendo los servicios necesarios) se automatice hasta el punto en que todas las necesidades vitales puedan ser satisfechas mientras que el tiempo de trabajo necesario se reduzca a tiempo marginal. De este punto en adelante, el progreso t écnico trascender á el reino de la necesidad, en el que serv ía de instrumento de dominaci ó n y explotació n, lo cual limitaba por tanto su racionalidad; la tecnolog í a estar á sujeta al libre juego de las facultades en la lucha por la pacificaci ó n de la naturaleza y de la sociedad. Tal estado est á previsto en la noci ó n de Marx de la “abolici ó n del trabajo”. El t érmino “pacificació n de la existencia” parece m ás apropiado para designar la alternativa hist ó rica de un mundo que —por medio de un conflicto internacional que transforma y suspende las contradicciones en el interior de las sociedades establecidas— avanza al borde de una guerra global. “Pacificaci ó n de la existencia” quiere decir el desarrollo de la lucha del hombre con el hombre y con la naturaleza, bajo condiciones en que las necesidades, los deseos y las aspiraciones competitivas no est én ya organizados por intereses creados de dominaci ó n y escasez, en una organizaci ó n que perpet ú a las formas destructivas de esta lucha. La presente lucha contra esta alternativa hist ó rica encuentra una firma base en la poblaci ó n subyacente, y su ideolog ía en la r ígida orientació n de pensamiento y conducta hacia el universo dado

de los hechos. Justificado por las realizaciones de la ciencia y la tecnolog ía, por su creciente productividad, el statu quo desaf ía toda trascendencia. Ante la posibilidad de pacificaci ó n en base a sus logros técnicos e intelectuales, la sociedad industrial madura se cierra contra esta alternativa. El operacionalismo en teor ía y en pr áctica, se convierte en la teor ía y la pr áctica de la contenció n. Por debajo de su din ámica aparente, esta sociedad es un sistema de vida completamente est ático: se auto­ impulsa en su productividad opresiva y su coordinaci ó n provechosa. La contenci ó n del progreso técnico va del brazo con su crecimiento en la direcci ó n establecida. A pesar de las cadenas pol íticas impuestas por el statu quo, mientras más capaz parezca la tecnolog ía de crear las condiciones para la pacificació n, más se organiza el esp íritu y el cuerpo del hombre en contra de esta alternativa. Las áreas más avanzadas de la sociedad industrial muestran estas dos caracter ísticas: una tendencia hacia la consumaci ó n de la racionalidad tecnol ó gica y esfuerzos intensos para contener esta tendencia dentro de las instituciones establecidas. Aqu í reside la contradicci ó n interna de esta civilizació n: el elemento irracional en su racionalidad. Es el signo de sus realizaciones. La sociedad industrial que hace suya la tecnolog ía y la ciencia se organiza para el cada vez m ás efectivo dominio del hombre y la naturaleza, para la cada vez m ás efectiva utilizaci ó n de sus recursos. Se vuelve irracional cuando el éxito de estos esfuerzos abre nuevas dimensiones para la realizaci ó n del hombre. La organizació n para la paz es diferente de la organizaci ó n para la guerra; las instituciones que prestaron ayuda en la lucha por la existencia no pueden servir para la pacificaci ó n de la existencia. La vida como fin difiere cualitativamente de la vida como medio. Nunca se podr ía imaginar tal modo cualitativamente nuevo de existencia como un simple derivado de cambios pol íticos y econ ó micos, como efecto m ás o menos espont áneo de las nuevas instituciones que constituyen el requisito necesario. El cambio cualitativo implica tambi én un cambio en la base t écnica sobre la que reposa esta sociedad; un cambio que sirva de base a las instituciones políticas y econ ó micas a trav és de las cuales se estabiliza la “segunda naturaleza” del hombre como objeto agresivo para la industrializaci ó n. Las t écnicas de la industrializaci ó n son t écnicas políticas; como tales, prejuzgan las posibilidades de la Raz ó n y de la Libertad. Es claro que el trabajo debe preceder a la reducci ó n del trabajo, y que la industrializaci ó n debe preceder al desarrollo de las necesidades y satisfacciones humanas. Pero as í como toda libertad depende de la conquista de la necesidad ajena, tambi én la realizaci ó n de la libertad depende de las técnicas de esta conquista. La productividad m ás alta del trabajo puede utilizarse para la perpetuaci ó n del trabajo, la industrializaci ó n más efectiva puede servir para la restricci ó n y la manipulaci ó n de las necesidades. Al llegar a este punto, la dominaci ó n —disfrazada de opulencia y libertad— se extiende a todas las esferas de la existencia p ú blica y privada, integra toda oposici ó n auténtica, absorbe todas las alternativas. La racionalidad tecnol ó gica revela su car ácter político a medida que se convierte en el gran veh ículo de una dominaci ó n más acabada, creando un universo verdaderamente totalitario en el que la sociedad y naturaleza, esp íritu y cuerpo, se mantienen en un estado de permanente movilizaci ó n para la defensa de este universo.

2. EL CIERRE DEL UNIVERSO POL Í TICO

La sociedad de movilizaci ó n total, que se configura en las áreas más avanzadas de la civilizaci ó n industrial, combina en una uni ó n productiva elementos del Estado de Bienestar y el Estado de Guerra. Comparada con sus predecesoras, es en verdad “una nueva sociedad”. Los tradicionales aspectos problemáticos están siendo eliminados o aislados, los elementos perturbadores dominados. Las tendencias principales son conocidas: concentraci ó n de la econom ía nacional en las necesidades de las grandes empresas, con el gobierno como una fuerza estimulante, de apoyo y algunas veces incluso de control; sujeció n de esta econom ía a un sistema a escala mundial de alianzas militares, convenios monetarios, asistencia t écnica y modelos de desarrollo; gradual asimilaci ó n de la poblaci ó n de “cuello blanco” y los trabajadores manuales, de los m étodos de direcció n e los negocios y en el trabajo, de las diversiones y las aspiraciones en las diferentes clases sociales; mantenimiento de una armon ía preestablecida entre la ense ñ anza y los objetivos nacionales; invasi ó n del hogar privado por la proximidad de la opinió n p ú blica, abriendo la alcoba a los medios de comunicació n de masas. En la esfera pol ítica, esta tendencia se manifiesta en una marcada unificaci ó n o convergencia de los opuestos. El bipartidismo en pol ítica exterior cubre los intereses competitivos de los grupos mediante la amenaza del comunismo internacional, y se extiende a la pol ítica doméstica, donde los programas de los grandes partidos son cada vez m ás dif íciles de distinguir, incluso en el grado de hipocres ía y en los t ó picos empleados. Esta unificaci ó n de los opuestos, gravita sobre las posibilidades de cambio social en el sentido de que abarca aquellos estratos sobre cuyas espaldas progresa el sistema; esto es, las propias clases cuya existencia supuso en otro tiempo la oposici ó n al sistema como totalidad. En los Estados Unidos se advierte la colusi ó n y la alianza entre las empresas y el trabajo organizado; en Labor Looks at Labor. A Conversation, publicado por el Centro para el Estudio de las Instituciones Democr áticas en 1963, se nos dice que:

Lo que ha pasado es que el sindicato ha llegado a ser casi indistinguible ante si mismo de la empresa. Hoy vemos el fen ómeno de sindicatos y empresas formando juntos grupos de presi ó n. El sindicato no va

a ser capaz de convencer a los obreros que trabajan en la construcci ó n de proyectiles de que la compa ñía

para la que trabajan es una empresa nociva, cuando tanto el sindicato como la f á brica est á n tratando de

conseguir contratos mayores y de incorporar a la misma área otras industrias de defensa, o cuando aparecen unidos ante el Congreso y unidos piden que se construyan proyectiles en vez de bombarderos,

o bombas en vez de proyectiles, seg ú n el contrato que est á n buscando.

El partido laborista ingl és, cuyos l íderes compiten con sus oponentes conservadores en promover los intereses nacionales, dif ícilmente se dedica a apoyar un modesto programa de nacionalizaci ó n parcial. En Alemania Occidental, que ha proscrito el partido comunista, el partido social dem ó crata, habiendo rechazado oficialmente sus programas marxistas, est á probando convincentemente su respetabilidad. Ésta es la situació n en los principales pa íses industrializados de Occidente. En el Este, la reducció n gradual de controles pol íticos directos prueba la confianza cada vez mayor en la efectividad de los controles tecnol ó gicos como instrumentos de dominaci ó n. Con respecto a los poderosos partidos

comunistas de Francia e Italia, dan testimonio de la direcci ó n general de las circunstancias, adhiriéndose a un programa m ínimo que margina la toma revolucionaria del poder y contemporiza con las reglas del juego parlamentario. Pero, aunque sea incorrecto considerar a los partidos franc és e italiano como “extranjeros” en el sentido de estar apoyados por un poder exterior, hay un involuntario n ú cleo de verdad en esta propaganda: son extranjeros, en tanto que son testigos de una historia pasada (¿o futura?) en la realidad actual. Si han aceptado trabajar dentro del marco del sistema establecido, no es s ó lo sobre bases tácticas y como una estrategia de corto alcance, sino porque su base social se ha debilitado y alterado sus objetivos por la transformaci ó n del sistema capitalista (tal como lo han sido los objetivos de la Unió n Sovi ética, que ha apoyado este cambio en la pol ítica). Estos partidos comunistas nacionales desempeñ an el papel hist ó rico de partidos de oposici ó n legal “condenados” a ser no radicales. Atestiguan la profundidad y la dimensi ó n de la integraci ó n capitalista, y las condiciones que crean las diferencias cualitativas de los intereses en conflicto aparecen como diferencias cuantitativas dentro de la sociedad establecida.

No parece que sea necesario ning ú n an álisis en profundidad para encontrar las razones de esta evolució n. En cuanto a Occidente, los antiguos conflictos dentro de la sociedad son modificados y juzgados bajo el doble (e interrelacionado) impacto del progreso t écnico y el comunismo internacional. Las luchas de clases se aten ú an y las “contradicciones imperialistas” se detienen ante la amenaza exterior. Movilizada contra esta amenaza, la sociedad capitalista muestra una uni ó n y una cohesi ó n internas desconocidas en las etapas anteriores de la civilizaci ó n industrial. Es una cohesi ó n que descansa sobre bases muy materiales; la movilizaci ó n contra el enemigo act ú a como un poderoso estímulo de la producció n y el empleo, manteniendo as í el alto nivel de vida. Sobre estas bases se levanta un universo de administraci ó n en el que las depresiones son controladas y los conflictos estabilizados mediante los ben éficos efectos de la creciente productividad y la amenazadora guerra nuclear. ¿Es esta estabilizaci ó n “temporal” en el sentido de que no afecta las ra íces de los conflictos que Marx encontr ó en el modo capitalista de producci ó n (la contradicci ó n entre la propiedad privada de los medios de producci ó n y la productividad social), o es una transformaci ó n de la propia estructura antag ó nica, que resuelve las contradicciones haci éndolas tolerables? Y, si la segunda alternativa es cierta, ¿c ó mo cambia la relaci ó n entre capitalismo y socialismo, que hizo aparecer al segundo como la negació n histó rica del primero?

LA CONTENCI ÓN DEL CAMBIO SOCIAL

La teor ía marxista cl ásica ve la transici ó n del capitalismo al socialismo como una revoluci ó n política: el proletariado destruye el aparato pol ítico del capitalismo, pero conserva el aparato tecnoló gico sometiéndolo a la socializaci ó n. Hay una continuidad en la revoluci ó n: la racionalidad tecnoló gica liberada de las restricciones y destrucciones irracionales, se sostiene y consuma en la nueva sociedad. Es interesante leer una declaraci ó n marxista sovi ética acerca de esta continuidad, que es de una importancia tan vital para la idea del socialismo como la negaci ó n determinante del capitalismo:

1) Aunque el desarrollo de la tecnolog í a est á sujeto a las leyes econ ó micas de cada formaci ó n social, no termina, como otros factores econ ó micos, cuando dejan de actuar las leyes de la formaci ó n. Cuando en

el proceso de la revoluci ó n las viejas relaciones de producci ó n son destruidas, la tecnolog í a permanece y, subordinada a las leyes econ ómicas de la nueva formaci ó n econ ó mica, sigue su desarrollo con velocidad cada vez mayor. 2) Contrariamente al desarrollo de la base econ ó mica en sociedades antag ó nicas, la tecnolog í a no se desarrolla a saltos, sino mediante una acumulaci ó n gradual de elementos de una nueva cualidad, mientras los elementos con la antigua cualidad desaparecen. 3) [sin importancia en este contexto]. (A. Zworikine, The History of Technology as a Science and as a Branch fo Learning; a Soviet view. )

En el capitalismo avanzado, la racionalidad t écnica se encierra, a pesar de su uso irracional, en el aparato productivo. Esto se aplica no s ó lo a las instalaciones mecanizadas, las herramientas y la explotació n de los recursos, sino tambi én a la forma de trabajo como adaptaci ó n y manejo del proceso

mecanizado, organizando seg ú n la “gesti ó n científica”. Ni la nacionalizaci ó n ni la socializaci ó n alteran por s í mismas este aspecto material de la racionalizaci ó n tecnoló gica; al contrario, la ú ltima constituye una condició n previa para el desarrollo socialista de todas las fuerzas productivas. Marx sostuvo, desde luego, que la organizaci ó n y direcci ó n del aparato productivo por los “productores inmediatos” introducir í a un cambio cualitativo en la continuidad t écnica: esto es, encaminarí a la producci ó n hacia la satisfacci ó n de necesidades individuales que se desarrollar ían libremente. Sin embargo, en la medida en que el aparato t écnico establecido abarca la existencia

p ú blica y privada en todas las esferas de la sociedad —es decir, llega a ser el medio de control y

cohesió n en un universo pol ítico que incorpora a las clases trabajadoras—, el cambio cualitativo implicará en ese grado un cambio en la estructura tecnoló gica misma y este cambio presupone que las clases trabajadoras están enajenadas de este universo en su misma existencia, que su conciencia es la de la total imposibilidad de seguir existiendo en este universo, de forma que la necesidad de un cambio

cualitativo es un asunto de vida o muerte. As í, la negació n existe antes que el cambio mismo, la idea de que las fuerzas hist ó ricas liberadoras se desarrollan dentro de la sociedad establecida es un punto clave de la teor ía marxista. Pero es precisamente esta nueva conciencia, este “espacio interior”, el espacio de la pr áctica histó rica trascendente, el que est á siendo anulado por una sociedad en la que tanto los sujetos como los objetos constituyen instrumentos en una totalidad que tiene su raison d' etre en las realizaciones de su todopoderosa productividad. Su promesa suprema es una vida cada vez m ás confortable para un

n ú mero cada vez mayor de gentes que, en un sentido estricto, no pueden imaginar un universo del

discurso y la acci ó n cualitativamente diferente, porque la capacidad para contener y manipular los esfuerzos y la imaginaci ó n subversivos es una parte integral de la sociedad dada. Aquellos cuya vida es el infierno de la sociedad opulenta son mantenidos a raya con una brutalidad que revive las pr ácticas medievales y modernas. En cuanto a otros, menos desheredados, la sociedad se ocupa de su necesidad de liberació n, satisfaciendo las necesidades que hacen la servidumbre agradable y quiz á incluso imperceptible, y logra esto dentro del proceso de producci ó n mismo. Bajo este impacto, las clases trabajadoras en las zonas avanzadas de la civilizaci ó n industrial est án pasando por una transformaci ó n decisiva, que ha llegado a ser el objeto de una vasta investigaci ó n socioló gica. Enumerar é los principales factores de esa transformació n:

1) La mecanizaci ó n está reduciendo cada vez m ás la cantidad e intensidad de energ ía f ísica gastada en el trabajo. Esta evoluci ó n es de gran importancia en el concepto marxiano del trabajador (proletario). Para Marx, el proletario es antes que nada el trabajador manual que gasta y agota su energía f ísica en el proceso de trabajo, incluso si trabaja con m áquinas. La adquisici ó n y empleo de esta energía f ísica, bajo condiciones infrahumanas, para la apropiaci ó n privada de la plusval ía, daba a la

explotació n sus aspectos revulsivos e inhumanos; la noci ó n marxiana denuncia el dolor f ísico y la miseria del trabajo. Éste es el elemento material y tangible en la esclavitud del salario y la alienaci ó n:

la dimensió n fisioló gica y bioló gica del capitalismo clásico.

Durante los siglos pasados, una causa importante de alienaci ó n residí a en el hecho de que el ser humano prestaba su individualidad biol ó gica a la organizaci ó n t é cnica: era el manipulador de las herramientas; los conjuntos t é cnicos s ólo podrí an constituirse incorporando al hombre como manipulador de herramientas. El car á cter deformador de la profesi ó n era a la vez ps í quico y som ático (Gilbert Simondon, Du mode d'existence des objets techniques).

Ahora la cada vez m ás completa mecanizació n del trabajo en el capitalismo avanzado, al tiempo que mantiene la explotaci ó n, modifica la actitud y el statu de los explotados. Dentro de la organizaci ó n tecnoló gica, el trabajo mecanizado en el que reacciones autom áticas y semiautom áticas llenan la mayor parte (si no la totalidad) del tiempo de trabajo sigue siendo, como una ocupaci ó n de toda la vida, una esclavitud agotadora, embrutecedora, inhumana; m ás agotadora a ú n debido al mayor ritmo de trabajo y control de los operadores de las m áquinas (más bien que del producto) y al aislamiento de los trabajadores entre s í. Desde luego, esta ingrata forma de trabajo es expresi ó n de la automatizaci ó n detenida, parcial, de la coexistencia de secciones autom áticas, semi­automatizadas y no automatizadas dentro de la misma f ábrica; pero incluso bajo estas condiciones “la tecnolog ía ha sustituido la fatiga muscular por la tensió n y/o el esfuerzo mental” (Charles R. Walker, Toward the Automatic Factory). En las f ábricas más automatizadas, se subraya la transformaci ó n de la energ ía f ísica en habilidad técnica y mental:

de la cabeza m ás bien que de la mano, del l ó gico m ás que del artesano; del nervio m ás que

del m ú sculo; del experto m á s que del trabajador manual; del encargado del mantenimiento m á s que del operador (Charles R. Walker, op. cit.).

habilidades

Esta forma de esclavitud magistral no difiere en esencia de la que se ejerce sobre la mecan ó grafa, el empleado de banco, el apremiado vendedor o vendedora y el anunciador de televisi ó n. La uniformació n y la rutina asimilan los empleos productivos y no productivos. El proletario de las etapas anteriores del capitalismo era en verdad la bestia de carga, que proporcionaba con el trabajo de su cuerpo las necesidades y lujos de la vida, mientras viv ía en la suciedad y en la pobreza. De este modo era la negació n viviente de su sociedad 5 . En contraste, el trabajador organizado en las zonas avanzadas de la sociedad tecnol ó gica vive esta negaci ó n menos directamente y, como los dem ás objetos humanos de la divisi ó n social del trabajo, est á siendo incorporado a la comunidad tecnol ó gica de la poblaci ó n administrada. M ás aú n, en las áreas más adelantadas de automatizaci ó n, una especie de comunidad tecnoló gica parece integrar a los átomos humanos que trabajan. La m áquina parece dar un ritmo adormecedor a sus operadores:

Se est á generalmente de acuerdo en que los movimientos interdependientes realizados por un grupo de

5Se debe insistir en la estrecha relaci ó n entre los conceptos marxianos de explotaci ó n y de depauperaci ó n, a pesar de las nuevas definiciones posteriores, en las que la depauperaci ó n llega a ser un aspecto cultural o hasta tal punto relativo, que puede aplicarse tambi én al hogar suburbano con autom ó vil, televisi ó n, etc. “Depauperaci ó n” connota la absoluta necesidad y exigencia de subvertir condiciones de vida intolerables, y tal necesidad absoluta aparece al principio de toda revoluci ó n contra las instituciones sociales b ásicas.

personas que siguen un sistema r í tmico producen satisfacci ó n —independientemente de lo que est á siendo realizado mediante los movimientos (Charles R. Walker, op. cit.);

y el observador soci ó logo cree que ésta es una raz ó n para el desarrollo gradual de un “clima general” más “favorable tanto a la producci ó n como a ciertas importantes clases de satisfacci ó n

humana”. Habla del “crecimiento de un fuerte esp íritu de grupo en cada equipo” y cita a un trabajador

que dice: “Estamos dentro del ritmo de las cosas de punta a cabo

el cambio en la esclavitud mecanizada: las cosas contienen ritmo antes que opresi ó n, y transmiten su ritmo al instrumento humano; no s ó lo a su cuerpo sino tambi én a su mente, e incluso a su alma. Un comentario de Sartre muestra la profundidad del proceso:

Esta frase expresa admirablemente

”.

En los primeros tiempos de las m á quinas semi­autom áticas, las encuentras mostraron que las obreras especializadas, al trabajar, se dejaban ir en un ensue ñ o de orden sexual, recordaban la alcoba, la cama, la noche, todo lo que se refiere a la persona en la soledad de la pareja cerrada sobre s í misma. Pero era la m á quina en ellas la que so ñ aba con caricias

El proceso mecanizado en el universo tecnol ó gico rompe la reserva m ás íntima de la libertad y une la sexualidad y el trabajo en un solo automatismo inconsciente y r ítmico: un proceso que es paralelo a la asimilació n de los empleos. 2) La tendencia hacia la asimilaci ó n se muestra en la estratificaci ó n ocupacional. En los establecimientos industriales claves, la proporci ó n de trabajo manual declina en relaci ó n con la del elemento de “cuello blanco”; el n ú mero de trabajadores separados de la producci ó n aumenta. Esta cambio cuantitativo remite a un cambio en el car ácter de los instrumentos b ásicos de la producci ó n. En la etapa avanzada de mecanizaci ó n, como parte de la realidad tecnol ó gica, la m áquina no es “una unidad absoluta, sino solamente una realidad t écnica individualizada, abierta en dos direcciones: la de la relació n con los elementos y la de las relaciones interindividuales en el aparato t écnico (Gilbert Simondon, op. Cit.). En la medida en que la m áquina llega a ser en s í misma un sistema de instrumentos y relaciones mecánicas y se extiende as í mucho más allá del proceso individual de trabajo, afirma su mayor dominio reduciendo la “autonom í a profesional” del trabajador e integr ándolo con otras profesiones que sufren y dirigen el aparato t écnico. Sin duda, la antigua autonom ía “profesional” del trabajador era m ás bien su esclavitud profesional. Pero esta forma espec ífica de esclavitud era al mismo tiempo la fuente de su poder específico profesional de negaci ó n: el poder de detener un proceso que amenazaba con aniquilarlo como ser humano. Ahora el trabajador va perdiendo la autonom ía profesional, que le convierta en miembro de una clase separada de los dem ás grupos operacionales, porque encarnaba la refutació n de la sociedad establecida. El cambio tecnol ó gico que tiende a acabar con la m áquina como instrumento individual de producció n, como una “unidad absoluta”, parece invalidar la noci ó n marxiana de la “composici ó n org ánica del capital” y con ella la teor ía de la creaci ó n de plusval ía. Seg ú n Marx, la m áquina nunca crea valor, sino que solamente transfiere su propio valor al producto, mientras la plusval ía permanece como resultado de la explotaci ó n del trabajo viviente. La m áquina es la incorporaci ó n de la fuerza de trabajo humano, y a trav és de ella, el trabajo pasado (el trabajo muerto) se conserva y determina el trabajo viviente. Hoy la automatizaci ó n parece alterar cualitativamente la relaci ó n entre el trabajo muerto y el vivo; tiende hacia el punto en el que la productividad es determinada “por las m áquinas y

no por el rendimiento individual”. M ás a ú n, la misma medici ó n del rendimiento individual llega a ser imposible:

La automatizaci ó n en su sentido m á s amplio significa, en efecto, el fin de la medida del trabajo

automatizaci ó n, no se puede medir la producci ó n de un solo hombre; ahora s ó lo se mide la utilizaci ó n

del equipo. Si esto se generaliza como una clase de concepto

para pagarle a un hombre por pieza o pagarle por hora, esto es, ya no hay ninguna raz ó n para conservar el “sistema de pago dual” de salarios y primas (Automation and Major Technological Change).

ya no hay, por ejemplo, ninguna raz ó n

Con la

Daniel Bell, autor de este estudio, va m ás lejos; liga este cambio tecnol ó gico al sistema hist ó rico de industrializació n: el significado de

la industrializaci ó n no surgi ó con la introducci ó n de f á bricas, “surgi ó a partir de la medici ó n del trabajo. Só lo cuando un trabajo puede ser medido, se puede atar a un hombre a su trabajo, se puede ejercer una presi ó n sobre é l, y medir su rendimiento en t érminos de una sola pieza y pagarle por la pieza o por la hora, se llega a la industrializaci ó n moderna” (Ibid.).

Lo que est á en juego en estos cambios tecnol ó gicos es mucho m ás que un sistema de pago, que la relació n del trabajador con otras clases, que la organizaci ó n del trabajo. Lo que est á en juego es la compatibilidad del progreso t écnico con las propias instituciones en las que se desarroll ó la industrializació n. 3) Estos cambios en el car ácter del trabajo y los instrumentos de producci ó n modifican la actitud y la conciencia del trabajador, que se hace manifiesta en la ampliamente discutida “integraci ó n social y cultural” de la clase trabajadora con la sociedad capitalista. ¿Es éste un cambio s ó lo en la conciencia? La respuesta afirmativa, dada frecuentemente por los marxistas, parece extra ñ amente inconsistente. ¿Se puede entender un cambio tan fundamental en la conciencia sin asumir un cambio correspondiente en la “existencia social”? Incluso concediendo un alto grado de independencia ideol ó gica, los lazos que unen este cambio con la transformaci ó n del proceso productivo se oponen a esta interpretaci ó n. La asimilació n en necesidades y aspiraciones, en el nivel de vida, en las actividades de diversi ó n, en la política, deriva de una integraci ó n en la f á brica misma, en el proceso material de producci ó n. Desde luego es muy dudoso que uno pueda hablar de “integraci ó n voluntaria” (Serge Mallet) en un sentido que no sea ir ó nico. En la situaci ó n actual, los aspectos negativos de la automatizaci ó n predominan:

aumento del ritmo de trabajo, paro tecnol ó gico, fortalecimiento de la posici ó n directiva, mayor impotencia y resignaci ó n por parte de los trabajadores. Las posibilidades de promoci ó n disminuyen conforme la direcci ó n prefiere ingenieros y graduados universitarios. Sin embargo, hay otras tendencias. La misma organizaci ó n tecnoló gica que establece una comunidad mec ánica en el trabajo genera también una mayor interdependencia que integra al trabajador con la f ábrica. Se advierte una “disposició n” por parte de los trabajadores “por intervenir en la soluci ó n de los problemas de producció n”, un “deseo de unirse activamente aplicando sus propios cerebros a los problemas t écnicos y de la producci ó n que dependen claramente de la tecnolog ía” (Charles R. Walker, op. cit.). En algunas de las empresas m ás avanzadas técnicamente, los trabajadores muestran incluso un claro inter és por la empresa; un efecto frecuentemente observado de la “participaci ó n” de los trabajadores en la empresa capitalista. Una descripci ó n sugestiva, referente a las altamente americanizadas refiner ías Caltex en Ambes, Francia, puede servir para caracterizar esta tendencia. Los trabajadores de la instalaci ó n son conscientes de los lazos que los unen a la empresa:

Lazos profesionales, lazos oficiales, lazos materiales: el oficio adquirido en la refiner ía, el h á bito de las relaciones de producci ó n que all í se han establecido, las m ú ltiples ventajas sociales que, en caso de muerte repentina, enfermedad grave, incapacidad para el trabajo, en fin, de vejez, les son aseguradas por su mera pertenencia a la firma, prolongando m á s all á del periodo productivo de sus vidas la seguridad del ma ñana. As í , la noci ó n de este contrato viviente e indestructible con la “Caltex” les lleva a preocuparse, con una atenci ó n y una lucidez inesperada, de la gesti ó n financiera de la empresa. Los delegados a los Comit é s de empresa desmenuzan la contabilidad de la sociedad con el celoso cuidado que le prestar í an los m á s concienzudos accionistas. La direcci ó n de la Caltex puede ciertamente frotarse las manos cuando los sindicatos aceptan sobreseer sus reivindicaciones de salarios ante las necesidades de nuevas inversiones. Pero comienza a manifestar las m á s “leg ítimas” inquietudes cuando, tomando en serio los falsos balances de la filial francesa, los delegados se inquietan por los negocios “desventajosos” realizados por estas filiales y llevan su audacia hasta discutir los precios de coste y a sugerir medidas econ ó micas (Serge Mallet, “Le Salaire de la Technique”, en La Nef. ).

4) El nuevo mundo del trabajo tecnol ó gico refuerza as í un debilitamiento de la posici ó n negativa de la clase trabajadora: ésta ya no aparece como la contradicci ó n viviente para la sociedad establecida.

Esta tendencia se fortalece por efecto de la organizaci ó n tecnoló gica de la producci ó n al otro lado de la barrera: en la gerencia y la direcci ó n. La dominaci ó n se transforma en administraci ó n 6 . Los jefes y los propietarios capitalistas est án perdiendo su identidad como agentes responsables; est án asumiendo la funció n de bur ó cratas en una m áquina corporativa. Dentro de la vasta jerarqu ía de juntas ejecutivas y administrativas que se extienden mucho m ás allá de la empresa individual hasta el laboratorio cient ífico

y el instituto de investigaciones, el gobierno nacional y el inter és nacional, la fuente tangible de

explotació n desaparece detr ás de la fachada de la racionalidad objetiva. El odio y la frustraci ó n son despojados de su prop ó sito espec ífico y el velo tecnol ó gico oculta la reproducci ó n de la desigualdad y

la esclavitud. Con el progreso t écnico como su instrumento, la falta de libertad en el sentido de la

sujeció n del hombre a su aparato productivo se perpet ú a e intensifica bajo la forma de muchas

libertades y comodidades. El aspecto nuevo es la abrumadora racionalidad de esta empresa irracional, y

la profundidad del condicionamiento previo que configura los impulsos instintivos y aspiraciones de

los individuos y oscurece la diferencia entre conciencia falsa y verdadera. Porque en realidad, ni la utilizació n de controles administrativos m ás que f ísicos (el hambre, la dependencia personal, la fuerza), ni el cambio de car ácter en el trabajo pesado, ni la asimilaci ó n de las clases ocupacionales, ni la nivelació n en la esfera de consumo, compensan el hecho de que las decisiones sobre la vida y la muerte, sobre la seguridad personal y nacional se toman en lugares sobre los que los individuos no tienen control. Los esclavos de la sociedad industrial desarrollada son esclavos sublimados, pero son esclavos, porque la esclavitud est á determinada “no por la obediencia, ni por la rudeza del trabajo, sino por el status de instrumento y la reducci ó n del hombre al estado de cosa”(Francois Perroux, La Coexistence pacifique.). Ésta es la forma m ás pura de servidumbre: existir como instrumento, como cosa. Y este modo de existencia no se anula si la cosa es animada y elige su alimento material e intelectual, si no siente su “ser cosa”, si es una cosa bonita, limpia, m ó vil. A la inversa, conforme la reificaci ó n tiende a hacerse totalitaria gracias a su forma tecnol ó gica, los mismos organizadores y administradores se hacen cada

6¿Es necesario todav í a denunciar la ideolog í a de la “revoluci ó n de los managers”? La producci ó n capitalista procede mediante la inversi ó n de capital privado para la extracci ó n privada y apropiaci ó n de la plusval í a, y el capital es un instrumento social para la dominaci ó n del hombre por el hombre. Los aspectos esenciales de este proceso no se alteran por la difusi ó n de las acciones, la separaci ó n de la propiedad y la gesti ó n, etc.

vez más dependientes de la maquinaria que organizan y administran. Y esta dependencia mutua ya no es la relació n dialéctica entre se ñ or y siervo, que ha sido rota en la lucha por el reconocimiento mutuo, sino más bien un c írculo vicioso que encierra tanto al se ñ or como al esclavo. ¿Mandan los t écnicos o su mando le pertenece a otros, que descansan en ellos como sus planificadores y ejecutores?

presiones de la altamente tecnol ó gica carrera de armamentos de hoy han arrebatado la iniciativa y

el poder de tomar las decisiones cruciales de las manos de los funcionarios responsables del gobierno y lo han puesto en manos de t é cnicos, planificadores y cient í ficos empleados por los grandes imperios industriales y cargados de responsabilidad por los intereses de sus patronos. Su trabajo es so ñ ar con nuevos sistemas de armamentos y persuadir a los militares de que el futuro de su profesi ó n militar, tanto como el del pa í s, depende de comprar aquello en lo que han so ñ ado (Stewart Meacham, Labor and the Cold War).

las

As í como las instituciones productivas dependen de los militares para asegurar su propia preservació n y crecimiento, los militares dependen de las compa ñías “no só lo para obtener sus armas, sino también para saber qu é clase de armas necesitan, cu ánto costar án y cu ánto tiempo llevar á obtenerlas (Ibid.)”. El círculo vicioso parece en verdad la imagen m ás apropiada de una sociedad que se autoexpande y autoperpetú a en su propia direcci ó n preestablecida; guiada por las crecientes necesidades que general y, al mismo tiempo, contiene.

PERSPECTIVAS DE CONTENCI ÓN

¿Hay alguna posibilidad de que esta cadena de productividad y represi ó n crecientes pueda ser rota? La respuesta requerir ía un intento de proyectar los desarrollos contempor áneos hacia el futuro, asumiendo una evoluci ó n relativamente normal; esto es, marginando la muy real posibilidad de una guerra nuclear. En esta suposici ó n, el Enemigo seguir ía siendo “permanente”; es decir, el comunismo 7 seguir ía coexistiendo con el capitalismo. Al mismo tiempo, este ú ltimo seguir ía siendo capaz de mantener e incluso incrementar el nivel de vida para una parte de la poblaci ó n cada vez mayor, a pesar

y a trav és de la producci ó n intensificada de los medios de destrucci ó n y el despilfarro met ó dico de los recursos y facultades. Esta capacidad se ha afirmado a pesar y por medio de dos guerras mundiales y la inmensa regresió n f ísica e intelectual provocada por los sistemas fascistas. La base material de esta capacidad seguir á encontrándose en:

a) la creciente productividad del trabajo (progreso t écnico);

b) el crecimiento de la tasa de natalidad en la població n existente;

c) la permanente economía de defensa;

d) la integració n econ ó mica y política de los pa íses capitalistas y el fortalecimiento de sus relaciones con las zonas subdesarrolladas. Pero el conflicto continuado entre las capacidades productivas de la sociedad y su utilizaci ó n destructiva y opresiva requerir á esfuerzos intensificados para imponer las exigencias del aparato a la població n, para librarse de la capacidad excesiva, crear la necesidad de comprar los bienes que pueden ser vendidos con ganancia y el deseo de trabajar para su producció n y promoció n. As í, el sistema tiende tanto hacia la administraci ó n total como a la dependencia total de una administraci ó n que dirigen organismo p ú blicos y privados, fortaleciendo la armon ía preestablecida entre el inter és del gran p ú blico

7 El enemigo permanente ahora es el "islamismo", el musulm án, el terrorismo, etc. (Nota del transcriptor)

y las empresas privadas, y el de sus clientes y servidores. Ni la nacionalizaci ó n parcial, ni la extensi ó n de la participaci ó n del trabajo en la gesti ó n y el beneficio, podr án alterar por s í mismas este sistema de dominació n, en tanto que el trabajo en s í mismo permanezca como una fuerza apuntalada y afirmativa.

Hay tendencias centr ífugas, exteriores e interiores. Una de ellas es inherente al progreso t écnico mismo: la automatizació n. Suger í que la automatizaci ó n que se extiende es algo m ás que un crecimiento cuantitativo de la mecanizaci ó n: es un cambio en el car ácter de las fuerzas productivas

b ásicas. Parece ser que la automatizaci ó n llevada a los l ímites de su posibilidad t écnica es incompatible con una sociedad basada en la explotaci ó n privada del poder del trabajo humano en el proceso de producció n. Casi un siglo antes de que la automatizaci ó n llegara a ser una realidad, Marx vio sus posibilidades explosivas:

Conforme avanza la industria en gran escala, la creaci ó n de la riqueza real depende menos del tiempo de trabajo y la cantidad de trabajo invertida que del poder de los agentes puestos en acci ó n durante el tiempo de trabajo. Estos agentes y su todopoderosa efectividad, no est á n en proporci ó n con el tiempo de trabajo inmediato que su producci ó n requiere; su efectividad depende m á s bien del nivel cient í fico y

tecnol ó gico de progreso alcanzado; en otras palabras de la aplicaci ó n de esta ciencia a al producci ó n Entonces el trabajo humano ya no aparece como encerrado en el proceso de producci ó n —m á s bien el

hombre se relaciona con el proceso de producci ó n como supervisor y regulador

proceso de producci ó n en vez de ser el agente principal en el proceso de producci ó n

transformaci ó n, el gran pilar de la producci ó n y riqueza ya no es el trabajo inmediato realizado por el hombre mismo, ni su tiempo de trabajo, sino la apropiaci ó n de su propia productividad universal, esto es, su conocimiento y su dominio de la naturaleza a trav é s de su existencia social; en una palabra, el desarrollo del individuo social. El robo del tiempo de trabajo ajeno, en el que la riqueza (social) descansa hoy, aparece entonces como una base miserable comparada con la nueva base que la misma industria en gran escala ha creado. Tan pronto como el trabajo humano, en su forma inmediata, ha dejado de ser la gran fuente de riqueza, el tiempo de trabajo cesar á, y por necesidad debe dejar de ser la medida de riqueza y el valor de cambio dejar á de ser la medida del valor de uso. El trabajo excedente de la masa [de la poblaci ó n] ha dejado as í de ser la condici ó n para el desarrollo de la riqueza social, y el ocio de los menos ha dejado de ser la condici ó n para el desarrollo de las facultades universales intelectuales del hombre. El modo de producci ó n que descansa en el valor de cambio se desploma as í

Permanece fuera del

En esta

La automatizaci ó n parece ser en realidad el gran catalizador de la sociedad industrial avanzada. Es un catalizador explosivo o no explosivo en la base material del cambio cualitativo, el instrumento técnico del paso de la cantidad a la calidad. Porque el proceso social de la automatizaci ó n expresa la transformació n, o m ás bien transubstanciaci ó n de la fuerza de trabajo, en el que ésta, separada del individuo, deviene un objeto productor independiente, y por tanto, un sujeto en s í mismo. Cuando llegue a ser el proceso de producci ó n material, la automatizaci ó n revolucionar á toda la sociedad. La reificaci ó n de la fuerza humana de trabajo, llevada a la perfecci ó n, sacudir á la forma reificada, cortando la cadena que liga al individuo con la m áquina: el mecanismo a trav és del cual su propio trabajo lo esclaviza. La completa automatizaci ó n en el reino de la necesidad abrir á la dimensió n del tiempo libre, como aquel en el que la existencia privada y social del hombre se constituir á a s í misma. Ésta ser á la trascendencia histó ricas hacia una nueva civilizació n 8 .

8Pero esta nueva “civilizaci ó n del tiempo libre” es la de la vulgaridad del hombre masa (Ortega y Gasset). Estoy en el 2007 y gran parte del proceso de producci ó n se ha mecanizado (s ó lo hay que ver uno de esos programas televisivos en donde muestran c ó mo se hacen los productos que usamos), los hombres tienen m á s tiempo libre, o al menos en

En el estadio actual del capitalismo avanzado, el trabajo organizado se opone directamente a la automatizació n, sin la compensaci ó n en el empleo. Insiste en la utilizaci ó n extensiva de la fuerza de trabajo humano en la producci ó n material y as í se opone al progreso t écnico. Sin embargo, al hacer esto, se opone tambi én a la utilizaci ó n más eficaz del capital; obstruye los esfuerzos intensificados para elevar la productividad del trabajo. En otras palabras, la detenci ó n continua de la automatizaci ó n puede debilitar la posici ó n competitiva nacional e internacional del capital, provocar una gran depresi ó n, y consecuentemente, reactivar el conflicto de los intereses de clase. Esta posibilidad se hace m ás realista conforme la lucha entre el capitalismo y el comunismo se desliza del campo militar al social y econ ó mico. Mediante el poder de la administraci ó n total, la automatizació n en el sistema sovi ético puede realizarse m ás r ápidamente una vez que un cierto nivel técnico se ha alcanzado. Esta amenaza a su posici ó n internacional competitiva puede obligar al mundo occidental a acelerar la racionalizaci ó n del proceso productivo. Tal racionalizaci ó n encuentra una cerrada resistencia por parte del trabajo, pero es una resistencia que no est á