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EL SUFRIMIENTO EN LA REALIDAD TERAPÉUTICA.

Por:
Ps. Jaime Botello Valle.

El concepto me puede llevar al significado de dolor físico, que se capta o


es sentido por el cuerpo debido a una lesión, golpe, un órgano trabajando
disfuncionalmente que deriva hacia una enfermedad que produce dolor.
Sin embargo, quisiera también pensar que el sufrimiento podría tener otra
acepción: el que se produce a nivel mental o psicológico apareciendo la
ansiedad, angustia, depresión, ira, etc. Este tipo de sufrimiento es en el
que deseo hacer hincapié, ya que en ocasiones se da por cierta
inconciencia de la persona hacia su comportamiento, pues sus actos no
los analizó suficientemente bien, teniendo como resultado un hecho
doloroso, es decir, una parte de su conducta humana está dada o regida
por la ceguera, al no ser consideradas todas las posibles respuestas o
consecuencias que se obtendrán con esa determinada conducta. Entre
más consciente se es, automáticamente la persona se hace más
responsable. De esta forma en el futuro no sucederá nada que ella no
haya sopesado adecuadamente y decidir por lo que es más deseable
para sí mismo y los demás. La persona se debe preguntar: ¿Cómo no
afectar a otros con las propias acciones?
El sufrimiento, es entonces, una obra de nuestras manos. También creo
que existe otra clase, que llega a la vida como no como una respuesta a
lo que se hace, sino como un evento desafortunado al cual deberemos
darle un significado distinto, esto es, trascendente. Ante esta situación
irremediable lo único que se deberá realizar es el fortalecer al Yo y a la
voluntad, pero al mismo tiempo disciplinar a la mente, tomando una
actitud de serena aceptación ante lo que no existe una explicación
aparentemente lógica, o al alcance de nuestro entendimiento. Así se
podrá considerar como un recordatorio de lo finito que es la vida y que
quizá el diario vivir, no sólo representa confort, bienestar, sino que
contiene igualmente una serie de eventos desafortunados que son
experimentados por todo ser humano. Nadie se desea un mal, creo,
conscientemente, pero pudiera esto llevarnos al terreno de lo sublime: la
aceptación total y su asimilación en nuestra mente, para precisamente no
sufrir más con ello.
Mi enfoque terapéutico hace ver todo ello a la persona durante la terapia,
tratando de infundirle ánimos, confianza en sí mismo para que le dé
sentido a lo que le pasa. Difiero mucho con los psicólogos o psiquiatras
cuando afirman que no es el terapeuta el que ayuda al paciente a salir de
su problema, sino la persona quien con sus recursos avanza sobre lo que
le atribula o preocupa. Me doy cuenta, como terapeuta que propicio una
situación de entendimiento y comprensión del paciente hacia su
sufrimiento, lo cual paulatinamente hará que la persona perciba dentro de
sí una diversidad de alternativas de solución. Creo que una parte de mí,
mi percepción, intuición o sensibilidad sobre lo que le aqueja al individuo
es lo que le permite desentrañar sus dudas o temores; mi cercanía, mi
aprecio, mi afecto contribuyen claramente a la evolución positiva del
problema que le ocasiona sufrimiento. También empiezo a reconocer, y
no tengo muy claro el cómo, que mi mirar es terapéutico, pues son
circunstancias que por lo nuevo aún no logro teorizar perfectamente. Sé
que se da este proceso en mi interior y que cuando aparece se notan los
cambios muy sutiles en el paciente. Todo se lo hago llegar con mucho
afecto e interés desde lo más profundo de mí. Estoy haciendo mención,
entonces, de la energía interna, que todo lo mueve, todo lo transforma, a
favor del que sufre. Por lo pronto no tengo más que agregar a esta
experiencia terapéutica.