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Ficha 20
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10. HISTORIA DE LA SALVACIÓN (segunda parte)
10. HISTORIA DE LA SALVACIÓN (segunda parte)

10.8. Los sabios de Israel y los pobres de Yahvé

Los profetas y los sabios

Se trata de Personajes muy diferentes. Los profetas fueron luchadores, que se opusieron directamente al

Se trata de Personajes muy diferentes. Los profetas fueron luchadores, que se opusieron directamente al pecado, despertando reacciones muy fuertes, que llegaron a causar hasta su propia muerte. Los sabios, al contrario, fueron hombres prudentes, que trataron de aplicar la Ley de Dios a las diferentes circunstancias de la vida (Pro 24; Ecl 3). Los profetas pueden ser comparados a una tempestad, que lleva agua abundante, pero que al mismo tiempo puede causar destrozos, enormes, mientras los sabios pueden ser comparados a una llovizna delicada, que lleva poca agua, pero que penetra lentamente en la tierra y la fecunda, sin casi dar a conocer su presencia. Los primeros acompañaron la historia de Israel desde el inicio de la monarquía hasta el regreso de Babilonia (año 1000 - años 450 a.C.); los otros actuaron desde el regreso Babilonia en adelante. En realidad, después del regreso de Babilonia hubo apenas tres profetas menores: Ageo, Zacarías y Malaquías.

Fariseísmo y nacionalismo judío

La experiencia del exilio fue muy dura para el Pueblo de Israel. Meditando sobre la causa, que provocó un castigo tan tremendo de parte de Dios, tomaron conciencia de que en el fondo se trató de una desobediencia a la Ley de Dios, proclamada por los profetas. Consecuencia: “Si queremos evitar un nuevo castigo, tenemos que conocer y poner en práctica escrupulosamente la Ley de Dios”. Y con esa mentalidad se llegó hasta la exageración. En lugar de dar importancia a lo que realmente la tenía, se empezó a dar una importancia excesiva a las interpretaciones, a los detalles y al culto exterior. Así surgió el fariseísmo. Muchos opinaban que, poniendo en práctica escrupulosamente la Ley de Moisés, Dios tendría compasión de su pueblo, enviándole al Mesías, considerado como un guerrero capaz de liberar al pueblo y restablecer el Reino de Judá.

Los pobres de Yahvé (Sof 2,1-3; 3,11-12)

Otros pensaban distintamente. Eran los pobres de Yahvé. Estos tenían plena confianza en Dios. Sabían que Dios ama a su pueblo y estaban convencidos de que algún día lo salvaría, sin importarles cuándo ni cómo. Siempre en el pueblo de Dios hubo personas así. Muchas veces la misma pobreza material y el mismo sufrimiento pueden ayudar a crear esta actitud en el creyente (Sal 91 y Sal 22,2-12: este último salmo fue rezado por Jesús mientras estaba crucificado).

Confianza en Dios

El rico pone su confianza en sus cuentas bancarias; el atleta en sus músculos y en un buen entrenador; la esposa en el esposo y viceversa; los ciudadanos en autoridades realmente competentes, responsables y honestas, etc. Esta es la manera común de pensar y que, sin embargo, no responde a la voluntad de Dios. Dice Dios: “Maldito el hombre que confía en otro hombre, que busca su apoyo en un mortal y que aparta su corazón de Yahvé. Bendito el que confía en Yahvé y en El pone su confianza” (Jer 17,5-7). El pobre de Yahvé es uno que pone en Dios toda su confianza.

Los Macabeos (1Mc 1,41-2,48; 2Mc 7)

Siendo Judea una provincia, que dependía de un poder extranjero, cambió muchos dueños, hasta que en el año 197 a.C. pasó a las manos de los Antíocos de Siria. Estos querían imponer a los judíos la cultura griega, que era pagana. Como siempre, no faltaron los que por interés aceptaron el cambio. Otros, al contrario, se rebelaron, hasta provocar una insurrección general, guiada por la familia de los Macabeos. La guerra duró desde el año 170 hasta el año 130 a.C. Y por fin los judíos lograron la tan anhelada independencia política y establecieron una alianza con Roma, el estado más poderoso de aquel tiempo. Así resurgió el Reino de Judá.

Roma

El año 63 a.C. el general Pompeyo ocupó Jerusalén e impuso el dominio romano. Esta situación hizo resurgir en el Pueblo de Israel el deseo de una pronta llegada del Mesías, que se realizó mediante el nacimiento de Jesús.

 

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10.9. Dios envía a su Hijo como Salvador

10.9. Dios envía a su Hijo como Salvador

El drama del pueblo judío

El pueblo de Israel espera al Mesías. Este llega y el pueblo lo rechaza. ¿Por qué? Porque Jesús no responde a la imagen de Mesías, que el pueblo se ha forjado. Es que Jesús no acepta ser proclamado rey y de este mundo (Jn 6,15; Mt 21,5.9; Jn 18,36). De ahí viene el drama: Vino a su propia casa y los suyos no lo recibieron (Jn 1,11)

Los pobres de Yahvé, Hijos de Dios

Pero algunos aceptan a Cristo y lo siguen, no obstante todas las dificultades. Se dan cuenta de que Jesús viene de Dios y eso les basta. Son los pobres de Yahvé. Frente a la evidencia, renuncian a todo razonamiento hueco. Y qué les pasa? Se transforman en hijos de Dios (Jn 1,12). ¿Por qué? Porque Jesús es el hijo único de Dios por naturaleza. Al aceptar a él, reciben su misma vida, su mismo Espíritu y se transforman en hijos adoptivos de Dios. ¿Y por qué Jesús es el hijo único de Dios por naturaleza? Porque existe desde un principio en Dios Padre. Es

su imagen, expresión, palabra, manifestación, concepto, idea

hijo.

 

Por medio de El, Dios Padre hizo todas las cosas. Y cuando llegó la hora, lo envió a este mundo para salvarnos (Jn 1,1-3; 3,16).

María (Lc 1,26-56; Mt 1,18-25)

Es el medio privilegiado, del que Dios se sirve para que su hijo tome la naturaleza humana. Descendiente del Rey David como José, con el cual está comprometida, acepta ser la madre de Jesús por obra del Espíritu Santo (Lc 1,36), sin preocuparse por los riesgos a los cuales tiene que enfrentarse, precisamente por estar comprometida con José (Mt 1,18-25).

Nacimiento de Jesús (Lc 2,1-20)

 

Aclarado el problema, José recibe a María en su casa (Mt 1.24). Llegados a Belén, por el censo, nace Jesús en un establo, no habiendo lugar en la posada (Lc 2,7). Es la suerte de los pobres, que Jesús quiere compartir desde un principio y para los cuales quiere ser “buena noticia” (Lc 2,10).

Circuncisión y presentación al templo (Lc 2,25-35)

 

Según la ley de Moisés, Jesús es circuncidado a los ocho días. También es presentado al templo para ser rescatado, como hijo primogénito (primer hijo), de acuerdo a la misma ley, para recordar la muerte de los primogénitos de Egipto, cuando los primogénitos de Israel quedaron a salvo. Aquí encontramos a dos “pobres de Yahvé”: Simeón y Ana ejemplo de fe y de paciencia en la espera del Salvador. Jesús es presentado como “piedra de escándalo” (Lc 2,34) y María con el alma traspasada por una espada (Lc 2,35).

Nazareth (Lc 2,39-52)

Muchos preguntan: ¿Dónde vivió Jesús desde la infancia hasta no empezar la vida pública? Respuesta: En Nazareth (Mt 2,23; Lc 2,39.51). Lo de la India es puro cuento para despistar a los ignorantes. Desde los doce años, Jesús empieza a cumplir con la obligación de ir cada año a Jerusalén para la fiesta de la Pascua (Lc 2,42). Y crece y se desarrolla como cualquier hombre (Lc 2,40.52). Es la parte humana de Jesús, Dios y hombre verdadero. Para la sociedad es el hijo de José, el carpintero (Lc 4,22), mientras nosotros sabemos que su verdadero padre es el Padre Celestial, puesto que en Cristo hay una sola persona, la del Verbo eterno, en dos naturalezas: la divina y la humana. María le dio la naturaleza humana.

Exageraciones

Acerca de la vida privada de Jesús, a lo largo de la historia se han ido formando dos tipos de exageraciones, acentuando o el aspecto divino o el aspecto humano de Jesús. Los que acentúan el primer aspecto, hablan de muchos milagros o hechos maravillosos sucedidos a Jesús durante su vida privada y especialmente durante su infancia (Evangelios apócrifos): los que acentúan el segundo aspecto, afirman que Jesús antes de empezar su vida pública, estuvo en la India o en Egipto, donde aprendió todo lo que después enseñó a los demás. Naturalmente, se trata de pura imaginación, sin ningún fundamento histórico.

 

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10.10. Jesús presenta su programa

10.10. Jesús presenta su programa

Juan el Bautista Prepara el camino a Jesús (Mc 1,1-8)

Según la invitación del profeta Isaías, era necesario preparar el camino para la llegada del Enviado de Dios. Los Pobres de Yahvé estaban listos para preparar el camino. Así que, cuando escucharon la palabra de Juan el bautista, se acercaron a él, para recibir el bautismo de agua en señal de arrepentimiento. Una vez que reconocían sus pecados y le pedían perdón a Dios, su alma quedaba limpia y dispuesta a comprender el mensaje de Cristo (Mc 1,15).

Jesús recibe el bautismo en el Espíritu Santo (Mc 1,9-11)

 

A

veces se oye decir: “Tu bautismo no vale. Tienes que bautizarte otra vez en el río, porque Jesús fue bautizado

en el no Jordán”. Pues bien, hay que saber que existen dos bautismos: uno de Juan el bautista y otro de Jesús. El de Juan el Bautista era en señal de arrepentimiento, sirvió para preparar el camino a Jesús y se acabó con la muerte del mismo Juan; el de Jesús empezó con el mismo Jesús, consiste en recibir el Espíritu Santo” y es el que interesa a nosotros. Jesús recibió los dos bautismos: el de Juan y el que instituyó él mismo, es decir “en el Espíritu Santo”. En el río Jordán, recibió el bautismo de Juan, como representante de la humanidad pecadora (Is 53) y fuera del agua recibió el bautismo “en el Espíritu Santo” (Mc 1,10-11). También los apóstoles fueron bautizados “en el Espíritu Santo’ el día de Pentecostés (Hech 2,3-4), mediante “lenguas de fuego” En efecto el agua y el fuego son símbolos del Espíritu Santo (Jn 3,5; Le 3,16; Mt 3,11; Hech 2,3-4). No importa si se usa poca o mucha agua; la realidad es el Espíritu Santo. El verdadero bautismo es en el “Espíritu Santo”.

Las bienaventuranzas (Mt 5,1-12)

 

Muchos piensan poder encontrar la felicidad en la riqueza, el poder o el placer. Jesús no piensa así. Su

enseñanza es muy diferente. Por eso son muy pocos los que se comprometen a seguir realmente sus huellas. Tú ¿tomaste alguna decisión al respecto? Piénsalo bien. Ciertamente tendrás que superar muchas dificultades,

si

te decide a ser un verdadero discípulo de Cristo. Sin embargo, te aseguro que solamente así encontrarás la

verdadera felicidad.

 

Sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5,13-16)

Los que siguen a Cristo, son como la sal. Pues bien, ¿para qué sirve la sal? La sal sirve para preservar la carne

el pescado de la corrupción, y sirve también para dar sabor a los alimentos. Los que siguen a Cristo tratan de ser en el mundo como la sal, preservándolo del pecado que lleva a la muerte, y buscando la manera de apoyar

y

y

dar sabor a todo lo bueno que hay.

También son luz del mundo. Mediante sus buenos ejemplos, enseñan a los demás la manera de cómo vivir

amando a Dios y al prójimo, y así ser felices.

 

Amar a todos los hombres (Mt 5,38-48)

La gente piensa que se tiene que amar a los amigos y odiar a los enemigos. Cristo no enseña así. Nosotros tenemos que hacer como hace nuestro Padre que está en el cielo. Dios manda la lluvia para todos. Así nosotros tenemos que amar a todos, hasta a los enemigos, y pedir a Dios por ellos.

Hacer el bien sin decirlo (Mt 6,1-8)

 

Para expresar nuestra fe, tenemos que hacer obras buenas. Pero no tenemos que hacerlas delante de la gente, para que nos vean. Lo importante es que Dios nos vea y nos dé el premio. Así también cuando oremos. No tratemos de ser vistos por los demás.

El árbol y los frutos (Mt 7,15-20)

 

Muchos quieren enseñar lo que es bueno. Para saber si dicen la verdad, veamos sus frutos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo frutos buenos. Si examinamos la vida de muchos políticos, escritores o predicadores, veremos que es un verdadero desastre. Ni modo. Son falsos profetas. ¿Quién no conoce la vida tan depravada de José Smith el fundador de los mormones, o de Charles Tase Russel, el fundador de los Testigos de Jehová? Y pensar que sus seguidores los consideran como “grandes profetas”. Es que se olvidan de las palabras de Jesús: ‘El árbol se conoce por sus frutos” (Mt 7,19).

 

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10.11. Jesús funda la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios

 

Antiguo y Nuevo Pueblo de Dios

Al antiguo Pueblo de Dios pertenecían solamente los descendientes de Abraham según la carne, es

Al antiguo Pueblo de Dios pertenecían solamente los descendientes de Abraham según la carne, es decir los que constituían el Pueblo de Israel. En aquel tiempo, el Pueblo de Israel y el Pueblo de Dios eran la misma cosa. La circuncisión era el acto de admisión en este Pueblo. Se realizaba a los ocho días de haber nacido el niño (Gén 21,4). Al contrario, todos tienen derecho a pertenecer al Nuevo Pueblo de Dios, es decir a la Iglesia Fundada por Cristo, sin distinción de raza, lengua, cultura, ideología o color. La puerta para ingresar a este Nuevo Pueblo de Dios es el bautismo (Mc 16,16; Hech 2,38; Hech 2,41).

Con el cuerpo y con el corazón

Para ser un verdadero miembro de la Iglesia de Cristo, no basta con tener el propio nombre registrado en el Libro de Bautismos, es necesario poner en práctica la Palabra de Dios. De otra manera, uno no alcanza la salvación. El que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica, se parece a un hombre que construyó su casa sobre roca firme (Mt 7,21-29).

El sembrador (Mt 13,1-9. 18-23)

Continuamente Dios siembra su Palabra en el corazón de los hombres. Pero es necesario tener un corazón bien limpio para que la Palabra de Dios crezca y dé frutos. Como se hace con un campo; para poder sembrar y recoger frutos, es necesario tener el campo bien limpio de las malas hierbas.

Buenos y malos (Mt 13,24-30.36-43)

En la iglesia de Cristo, que es el germen y el instrumento del Reino de Dios, hay de todo: gente comprometida a seguir el camino de Dios y gente sin ningún compromiso. Al final tendrá lugar la separación entre, los unos y los otros. Los que hayan hecho el esfuerzo por seguir el camino de Dios, recibirán el premio y los demás el castigo. Por mientras, nadie tiene derecho de juzgar y condenar a nadie. En efecto, mientras estemos en vida, aún es posible cualquier cambio: la hierba mala puede volverse en trigo y el trigo en hierba mala. Por eso, Jesús invita a los bueno a perseverar y a los malos a convertirse.

El Reino de Dios crece siempre más (Mt 13,31-33)

No tenemos que desanimarnos, si vemos como en todas las iniciativas buenas son siempre pocos los que se comprometen. Así son las cosas de Dios. Sin embargo, con el pasar del tiempo se nota como el Reino de Dios avanza: la semilla se hace planta y la levadura fermenta la mesa.

Unidos a Cristo (Jn 15,1-8)

Dice Jesús: Sin mí, no pueden hacer nada” (Jn 15,5). Como los sarmientos tienen que estar unidos a la vid, para poder dar fruto, así también nosotros tenemos que estar unidos a Cristo para poder dar fruto. ¿Cómo? En una manera especial mediante la oración (Ef 6,18: Col 1,3; 1Tes 5,17; Rom 15,30; 1Col 7,15; 1Tim 2,1; 1Tim 5,5), la confesión (Jn 20,23) y la Eucaristía (Jn 6,48-59).

Los pastores de la Iglesia

Para que su obra pueda continuar hasta el fin del mundo (Mt 28,20), Jesús escoge a doce hombres, los prepara (Mc 3,13-15) y los envía (apóstoles = enviados), dándoles tres poderes: anunciar el evangelio (Mc 16,15; Mt 28,18-20), celebrar el culto de la Nueva Alianza (Lc 22,19-20) y guiar al Nuevo Pueblo de Dios (Mt 18,18; Jn 20,2 1-23). Corno jefe de los doce apóstoles y de toda la Iglesia, Jesús escoge a Simón, a quien pone el nombre de Kefas piedra, roca = Pedro (Jn 1,42). El será la piedra que estará a la base de la Iglesia (Mt 16, 18), el que va a fortalecer la fe de todos (Lc 22,3 1- 32), el pastor supremo del rebaño (Jn 21,15-17) y el que contará con toda la autoridad para guiar a la Iglesia (Mt

 

16,19).

Mediante la imposición de las manos, los apóstoles transmiten a sus colaboradores (obispos, presbíteros y diáconos) el don del Espíritu Santo, que los capacita a desempeñar los distintos ministerios (1 Tim 3,1-15; 4,14; 5,22; 2 Tim 1,6-7; Hech 6,6, Tit 1,5; 3,10-11). Con el tiempo estos se transforman en continuadores de la obra, guiando al Pueblo de Dios.

 

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10.12. Jesús muere y Resucita por nosotros

 

Nueva Alianza

Como un nuevo Moisés, Cristo realiza la Nueva Alianza entre Dios y el Nuevo Pueblo de Dios, que es la Iglesia. Sufriendo y muriendo en la cruz, Jesús paga por nuestros pecados y sella la Nueva Alianza (Mc 14,32-15,47). Este es el acto fundamental de toda la historia y tiene dos tipos de celebraciones rituales: antes y después del Calvario.

es el acto fundamental de toda la historia y tiene dos tipos de celebraciones rituales: antes

Última Cena (Lc 22,14-20; Jn 6,49-54)

Un día antes de morir, Jesús anticipa en un rito la Alianza del Calvario. Después, tomó el pan y, dando gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, el que es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria mía. Después de la cena, hizo lo mismo con la copa. Dijo: “Esta copa es la Alianza Nueva sellada con mi sangre, que va a ser derramada por ustedes” (Lc 22,19-20). Así se cumple la promesa, hecha mucho tiempo antes: El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día (Jn 6,54).

Santa Misa (1Cor 11,23-29)

Aceptando el mandato de Cristo: “Hagan esto como recuerdo mío” (Lc 22,19), pronto los primeros cristianos empiezan a elaborar la Cena del Señor, en que se revive la Nueva Alianza del Calvario pasando por la última Cena. Cada vez que se repite este rito, Jesús se hace presente en su pueblo, con su Cuerpo y con su Sangre, intercediendo por nosotros y entregándose como alimento. Esto se hará “hasta que Cristo venga” (1Cor 11,26).

Resurrección de Jesús (Mt 28,1-15; Lc 24,13ss; Jn 20,19-29)

Al tercer día, después de haber muerto, Jesús resucita glorioso. Muriendo, destruye nuestros pecados y resucitando nos proporciona una vida nueva.

Ascensión al cielo (Hech 1,3-11)

 

Después de cuarenta días, Jesús regresa al Padre. Su misión está cumplida. Los hombres están a salvo.

Misterio Pascual

Todo esto se llama ‘Misterio Pascual’. Mediante Jesús, el verdadero cordero de Dios, el Nuevo Israel pasa (pascua = paso) de la esclavitud del pecado a la libertad de los Hijos de Dios.

El

la medida en la cual cada uno de nosotros vive el misterio pascual, uniéndose íntimamente a Cristo muerto y

resucitado, pasa del pecado y de la muerte a la vida de los Hijos de Dios.

 

Cumplimiento

Así se cumple la promesa, que Dios había hecho a Abraham: En ti serán benditas todas las razas del mundo (Gén 12,3).

Y

también se realiza la promesa, que Dios había hecho a nuestros primeros padres: Haré que haya una

enemistad entre ti y la mujer, tu descendencia y la suya. Esta te pisará la cabeza, mientras tu te abalanzarás sobre tu talón (Gén 3,15). Jesús es el descendiente de la mujer y de Abraham, que aplasta la cabeza del demonio y es bendición para todos los pueblos.

 

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10.13. La Iglesia en marcha

 

Jesús manda su Espíritu (Hech 2,1-13)

Para que todo hombre se salve, es necesario que crea en Cristo, muerto y resucitado

Para que todo hombre se salve, es necesario que crea en Cristo, muerto y resucitado por nosotros. Cristo, antes de subir al cielo, ordenó a los Apóstoles predicar su mensaje a todos los pueblos (Mt 28,19-20). Sin embargo, les mandó también que esperaran en Jerusalén la llegada del Espíritu Santo, para que recibieran el Poder de predicar, de manera que su palabra fuera llena de fuerza para mover los corazones y ellos mismos fueron testigos de Cristo (Lc 24,45-49). Los Apóstoles obedecieron a Cristo y esperaron durante diez días la llegada del Espíritu Santo. Una vez llenos del Espíritu Santo, empezaron a predicar. Aquel día tres mil gentes creyeron en Cristo, entrando a formar parte de la Iglesia (Hech 2,41), Así es cuando la fuerza del Espíritu Santo acompaña la acción de un discípulo de Cristo.

Los primeros cristianos viven el programa de Cristo (Hech 2,42-47; 4,32-35)

 

En los Evangelios encontramos la enseñanza de Jesús que nos dice cómo tienen que vivir los discípulos de Cristo. En el Libro de los Hechos de los Apóstoles vemos cómo los primeros cristianos pusieron en práctica las enseñanzas de Jesús. Es muy importante notar como la experiencia de Dios en el Espíritu Santo lleva a un cambio total, que abarca el aspecto espiritual y también material. Y todo esto influye en un cambio de la entera sociedad. Querer hacer lo contrario, es decir, querer empezar por un cambio de estructuras para llegar a un cambio interior, es un grave error, que ha causado muchas decepciones.

Enseñanza de los Apóstoles.

Si uno quiere ser cristiano, tiene que seguir conociendo siempre más el Mensaje de Cristo. No basta convertirse una vez y ya. Para el discípulo de Cristo, la Palabra de Dios tiene que ser el pan de cada día. De una manera especial se tiene que tratar de seguir las explicaciones que dan los que están encargados de enseñar a todo el pueblo la Palabra de Dios, como son el Papa, los obispos y los sacerdotes.

Unión.

Con el pecado vino al mundo la división. Con la obediencia a Dios en Cristo, tiene que venir la unión. Donde hay unión verdadera, allá está Dios. Teniendo un “solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre” (Ef 4,4-6), es natural que lleguemos a ser “un solo corazón y una alma sola” (Hech 4,32).

Cena del Señor.

Obedeciendo a la orden del Señor, los primeros cristianos se reunían a celebrar la Cena del Señor. Fue el recuerdo que les dejó Jesús. Por eso insistimos tanto en la asistencia a la Santa Misa. Los que no aceptan la Santa Misa, no quieren aceptar lo más importante que nos dejó Jesús. En la Santa Misa el nuevo Israel celebra los hechos más importantes de la Vida de Cristo, mediante los cuales Dios nos salvó.

Oración.

Para ser verdadero cristiano, uno tiene que acostumbrarse a hablar con Dios. Esto es rezar. Se tiene que decir todo a Dios. Especialmente se tiene que dar gracias a Dios y alabarlo.

Ayuda mutua.

No basta ser hermanos en Cristo; hay que ser hermanos también en la olla y en los frijoles. Por lo menos este es el ejemplo, que nos viene de los primeros discípulos de Cristo, guiados por los mismos apóstoles. Querer reducir la vida cristiana solamente al espíritu, sin tener en cuenta el cuerpo, es un error.

La Iglesia se difunde por el mundo (Hech 8 en adelante)

El odio que los malos tuvieron en contra de Cristo, siguió en contra de sus discípulos. Mataron a San Esteban, el primer mártir de la Iglesia. Después muchos se fueron a vivir en otros lugares, especialmente en Samaria y Judea. Allá aprovecharon cualquier oportunidad para predicar el mensaje de Cristo. Los Apóstoles, siguiendo las instrucciones de Cristo, se repartieron por todo el mundo, enseñando la Palabra de Dios.

Espíritu Misionero

Si hoy las sectas están causando estragos en la Iglesia de Cristo, es por falta de espíritu misionero. Cada uno quiere vivir su fe a su manera, sin una auténtica experiencia de Dios y sin un verdadero empuje hacia los demás. Es necesario un cambio de actitud a nivel personal y eclesial. Es necesario un “Nuevo Pentecostés”, según una feliz expresión del Papa Juan XXIII.

 

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10.14. La Iglesia espera el regreso de Cristo

Cristo, el Vencedor

Cristo es el vencedor del pecado y de la muerte. Pero, ¿cuántos lo saben? Muchos no lo aceptan. Pues bien, llegará el día en que Cristo se manifestará como es, en toda su gloria. Entonces, también los discípulos de Cristo recibirán parte de su gloria (Col 3,3-4).

Cristo hará resucitar a los muertos (Mt 22, 29-30)

los discípulos de Cristo recibirán parte de su gloria (Col 3,3-4). Cristo hará resucitar a los

Nosotros tenemos el cuerpo y el espíritu. Cuando morimos, e] cuerpo se pudre, pero el alma vive. En el día de la resurrección, Dios dará otra vez un cuerpo que se unirá al espíritu. Será un cuerpo diferente del que tenemos ahora. Un cuerpo fuerte, que ya no podrá enfermarse; ágil para moverse de un lado a otro, etc. (1Cor 15,42-44).

Cristo reunirá a los salvados que están dispersos (Mc 13,27)

 

La dispersión es consecuencia del pecado. Una vez que el pecado quede vencido para siempre, Cristo reunirá a todos los salvados de cualquier rincón del mundo. Entonces, se hará la unión completa del Pueblo de Dios.

Cristo nos Juzgará a todos (Mt 25,31-46)

 

Mucha gente trata de juzgar a Cristo y condenarlo. A uno no le gusta un mandamiento de Cristo; a otro no le gusta otro mandamiento; cada uno tiene su manera de pensar y cree que está bien. Pues bien cuando Cristo vuelva, veremos quién tiene la razón. Nos juzgará especialmente sobre el mandamiento del amor. Quien haya hecho el bien al prójimo, será llevado a la gloria; el que haya hecho el mal, será condenado.

Nadie conoce el día (Mt 24,36; Mc 13,32)

Ha habido siempre grupos de protestantes, que para atemorizar al pueblo, han dicho que ya estaba por llegar el fin del mundo. Lo hacían para asustar a la gente y obligarla a pasarse a su lado. Hablan sin tener en cuenta la Biblia. Allá se dice claramente que nadie conoce el día de la venida del Señor.

Tenemos que estar prevenidos (Mt 24,42-51)

 

Cristo va a volver algún día: será el día de nuestra muerte para cada uno de nosotros y el día del Juicio Final, para todo el mundo. Sobre este punto no hay duda alguna. Tenemos que estar listos para recibirlo y darle cuenta de lo que hayamos hecho, como fieles administradores de los dones que Dios no ha dado.

Ven, Señor Jesús (Rom 8,18-23; Ap 22,12-21)

Con el pecado de los hombres, todo el mundo recibió el castigo; con la liberación de Cristo, todo el mundo espera la gloria. Después del regreso de Cristo, va a empezar una nueva vida para todo el mundo. Por eso los discípulos de Cristo esperan con confianza el regreso glorioso del Señor. Si tratamos de seguir a Cristo, no tenemos que estar tristes pensando en el día de nuestra muerte. Será la primera ocasión en que veremos a Cristo cara a cara. Será el día de nuestro verdadero nacimiento a la vida verdadera con el Padre Celestial, Jesús nuestro hermano y Salvador, el Espíritu Santo que nos da la fortaleza en las pruebas, María Santísima Madre de Jesús y Madre nuestra, y millares y millares de hermanos nuestros que habrán lavado sus vestiduras en la Sangre de Cristo. ¡Ven, Señor Jesús¡

 

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