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Comunicación e identidad en la era de Internet: un apunte sobre las comunidades de desplazados

Comunicación e identidad en la era de Internet: un apunte sobre las


comunidades de desplazados

Ángel Badillo
FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES. UNIVERSIDAD DE SALAMANCA

Identidad y medios de comunicación

En el siglo que acaba de terminar, los medios de comunicación se han mostrado


como grandes articuladores de la sociedad de masas. Difundiendo discursos
compartidos, los medios y en especial la televisión, han vertebrado una sociedad en la
que la interacción personal no podría haber servido simplemente como articulador de
identidad. Desde el interaccionismo simbólico, la sociología ha tratado de explicar, por
diversos caminos, los mecanismo a través de los cuales se construye la identidad
colectiva (véase, especialmente, Hall, 1996). Para autores como Berger y Luckmann
(1968), la cuestión de la identidad se refiere siempre al individuo, no a los colectivos,
aunque como apunta Schlesinger (1991) ésta es una visión muy restrictiva, que ve la
construcción de identidades como externa y constrictora. Existe, sin embargo, la
posibilidad de concebir la construcción de identidades colectivas como el resultado de
procesos más complejos como la construcción de símbolos que interactúan con las
expectativas y proyecciones de los individuos en permanente equilibrio (Sciolla, 1983,
citada en Schlesinger, 1991; Hall, 1996). Esta dimensión simbólica es de especial
importancia en el pensamiento de la identidad y la relación de ésta con las industrias
culturales, porque, como dice Néstor García Canclini:

“La identidad es una construcción que se relata. Se establecen


acontecimientos fundadores, casi siempre referidos a la

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apropiación de un territorio por un pueblo o a la independencia


lograda enfrentando a los extraños. [...] Los libros escolares y
los museos, los rituales cívicos y los discursos políticos, fueron
durante mucho tiempo los dispositivos con que se formó la
identidad (así, con mayúsculas) de cada nación y se consagró
su retórica narrativa” (García Canclini, 1993: 23)
El papel de los medios de comunicación ha sido y es clave para comprender la
dimensión reflexiva de la construcción de identidad, sus dinámicas de cambio y la
capacidad de grupos e instituciones para la producción y difusión de los símbolos y
discursos que cohesionan las comunidades (Price, 1995; Schlesinger, 1991, 154-155).
Los discursos funcionan, así, como un adhesivo social: “A group is held together by
what is special about it, and this “specialness” consists of information that members
have in common with each other and do not share with members of other groups”
(Meyrowitz, 1985: 54). Los vínculos entre nación y medios son así tan firmes como
para que autores como Gellner entiendan que la idea de discurso compartido es mucho
más importante para la cohesión de comunidades nacionales que el propio contenido
que se comparte (Gellner, citado en Schlesinger, 1991: 161); algo así como una
paráfrasis de la conocida máxima de Marshall McLuhan de que el medio (en este caso,
el sistema nacional de medios, la estructura nacional de la comunicación) es el mensaje
(Schlesinger, 1991: 161).

La cuestión crucial está en cómo los medios de comunicación se han convertido,


a lo largo de la segunda mitad del siglo que acabamos de dejar, en modificadores del
territorio en el que compartimos esos discursos comunes:

“A change in the structure of situations –as a result of changes


in media or other factors– will change people’s sense of “us”
and “them”. An important issue to consider in predicting the
effects of new media on group identitites is how the new
medium alters “who shares social information with whom”. As
social information-systems merge or divide, so will group
identities.” (Meyrowitz, 1985: 55)
En las sociedades tradicionales la relación entre la identidad y el territorio es
muy grande: para pertenecer a un grupo uno debe estar en el lugar adecuado
(Meyrowitz, 1985: 57). En este sentido, la explosión comunicativa del siglo XX nos ha

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enseñado la lección de cómo los individuos pueden tener acceso a los conjuntos de
información compartida con otros sin estar en el mismo lugar que esos otros,
especialmente dado que, usando la metáfora de Anderson (1991), los grupos de las
sociedades contemporáneas son comunidades imaginadas en las que los individuos
nunca llegan a conocer a los otros miembros de la nación personalmente. Con la
naturalidad de un aprendizaje de años, nos hemos acostumbrado a vivir rodeados de un
entorno simbólico complejo, en el que los discursos han saltado las barreras del tiempo
y del espacio. La interacción y las relaciones sociales ya no dependen más de la
presencia esencial simultánea y así la comunicación instantánea fomenta relaciones
entre “los otros ausentes” (Gillespie, 1997), tanto desde el punto de vista de la
producción de contextos comunicativos compartidos como en la interacción parasocial
(Horton y Whol, 1956) que surge con las personas que aparecen en los medios. Es,
digámoslo así, una forma de mediación de la interacción que produce resultados
equiparables a los de la interacción física, incluso si algunos autores hablan de ella
como pseudointeraccón o pseudocomunicación (Meyrowitz, 1985; Rasmussen, 1997),
porque no se basa en una verdadera interacción social:

“In so far as television creates solidarity and loyalty to specific


social and cultural groups, it is not constructed out of social
interaction among the members of the group.” (Rasmussen,
1997: 4)
Pero el propio tejido de medios ha superado ya el ámbito cultural de lo nacional.
Y esto de dos maneras. En primer lugar, el proceso de desregulación vivido por el
audiovisual en la Europa occidental durante los últimos veinte años ha creado un nuevo
tejido comunicacional basado no en el interés público, sino en la rentabilidad
económica. Para conseguirla, los nuevos actores de la comunicación de masas han
recurrido no tanto a la producción propia de textos culturalmente integrados en las
sociedades en las que están operando como a la compra en el mercado audiovisual
internacional, dominado por las productoras estadounidenses y las (escasas) grandes
corporaciones transnacionales. Este fenómeno ha dado como consecuencia una

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uniformización de los contenidos audiovisuales a nivel internacional que resulta


interesante desde muchas perspectivas, no sólo la sociológica. El otro fenómeno
paralelo es la aparición de verdaderos medios transnacionales, es decir, estructuras de
comunicación que difunden sus contenidos sobre comunidades cada vez más extensas y
complejas. No es una novedad: quizá uno de los valores más llamativos del audiovisual
en sus primeros años era su capacidad para traspasar fronteras. Este rasgo no sólo dio
lugar a innumerables experimentos técnicos, sino, con el paso del tiempo, a la aparición
de verdaderos medios transnacionales cuyo interés era el de la transmisión de
contenidos fuertemente ideologizados: desde Radio Pirenaica a Voice of America o
Radio Moscú representaron ese modelo. Pero se trataba de medios nacidos en el ámbito
de lo nacional para difundir propaganda sobre otros territorios. A partir de los setenta y
los ochenta, la aparición de los satélites de comunicación proporcionó una nueva
plataforma a estos medios para expandirse a nivel global y alcanzar audiencias
mundiales, con el único problema del idioma: CNN emitiendo una programación global
en inglés ha conseguido más prestigio que penetración real en muchos países; en
comunidades como la latinoamericana, la ventaja de la lengua ha hecho proliferar
programaciones transnacionales en las redes de cable de todo el continente, incluida la
de CNN en Español.

Como resultado de este proceso, ha ido naciendo, progresivamente, una industria


mundial de contenidos y, al tiempo, una verdadera esfera pública global orientada hacia
la defensa de los intereses políticos y económicos norteamericanos y con una profunda
imbricación en el neocapitalismo global (véase a este respecto Herman y McChesney,
1999). Así, la esfera pública nacional se ha roto no sólo como consecuencia de las
micropresiones de las culturas locales, sino también gracias a la fuerza con la que se ha
impuesto una verdadera agenda pública de lo política y económicamente global en los
últimos veinte años.

“Due to their very structure, global media promote a


restructuring of cultural and social communities. Just as media

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such as the press, and later radio and tv have been very
important institutions for the formation of national
communities, global media support the creation of new
communities.” (Hjarvard, 1999: 71)
Esta transnacionalización amenaza así con imponer una lógica discursiva
exportada por las grandes empresas TNC’s de la comunicación que ha llevado, por
ejemplo, en América Latina, a descubrir verdaderas estrategias de dominación (García
Canclini, 1988: 19). La metáfora de este nuevo sistema mundial de medios es la red
Internet, heredero o sustituto de los sistemas nacionales de comunicación (véanse
Carey, 1998; Holmes, 1997; Althaus y Tewksbury, 2000). Creada por la DARPA
estadounidense e impulsada y desarrollada después por universidades y centros de
investigación de todo el mundo1, la red se ha nutrido de las necesidades del capital
transnacional (Castells, 1996) y se ha convertido en un territorio comunicativo y social
sobre el que se han posado las mejores expectativas (o las peores dudas) en los planos
político, económico, cultural, social. Pero, indudablemente, la red ha demostrado su
capacidad para articular grupos de personas en nuevos grupos. Esas nuevas
comunidades son muy diversas, fragmentadas, superan las fronteras tradicionales de la
identidad cultural y están basadas cada vez más en los entornos simbólicos que les dan
soporte (club de fans de grupos de música, comunidades de chat, usuarios de foros de
discusión, colectivos que juegan on line, etc) (Hjarvard, 1999).

La identidad en la era de Internet

Si algo define a la red es, sin duda, la capacidad tecnológica que ha demostrado
para, siendo una plataforma digital, absorber las antiguas tecnologías de la
comunicación y transportarlas. Al fin y al cabo, el poder de los nuevos medios no sólo

1
No nos extendemos en revisar la evolución de Internet, pero recomendamos la historia de la red publicada por la
Internet Society y disponible en la dirección electrónica http://www.isoc.org/internet/history/brief.html

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radica en sus propias características, sino “from the ways in which it offsets or bypasses
the uses and chracteristics of earlier media” (Meyrowitz, 1985: 69). Es lo que se ha
venido llamando, en estos años, convergencia, una tendencia a la unificación de los
tradicionales medios de comunicación con las telecomunicaciones y la informática, que
proporciona el suelo común a todos ellos. ¿Qué significa esto? Nada menos que los
medios que tradicionalmente servían a la interacción personal (teléfono) y los que
servían para la difusión de discursos colectivos (radio o televisión) tienen ahora una
plataforma común de desarrollo, en la que ambos se combinan. Si desde el punto de
vista sociológico habíamos planteado que los discursos sociales y las interacciones
personales eran las dos herramientas principales en la construcción de identidades
colectivas, el surgimiento de las redes telemáticas y el proceso de convergencia han
venido a producir un nuevo territorio de dimensiones globales y que tiene la capacidad
de combinar los discursos y las interacciones: Internet es un medio que per se tiene las
condiciones idóneas para favorecer la construcción de comunidades y nuevas dinámicas
de interacción social (véan diferentes ejemplos en Hill y Hughes, 1997; Cooper y
Harrison, 2001)

Los nuevos entornos proporcionan nuevas herramientas, cada vez más sencillas
e intuitivas, de comunicación y de construcción de textos, de producción discursiva y de
interacción. Lo más llamativo de la relación entre estos dos aspectos es que la
construcción de la identidad en la red es plenamente discursiva, como ha puesto de
manifiesto especialmente Sherry Turkle (1997). Para Turkle, la construcción del yo en
los entornos de interacción de las redes telemáticas es discursiva (lo que podríamos
traducir por “eres quien dices ser”) y se basa en la construcción de personajes
(avatares, en la terminología de la red). Turkle analiza este asunto y lo entiende como
una herramienta de autoconocimiento y experimentación social, incluso terapéutica. En
el caso de los chats, por ejemplo, las identidades fluyen, cambian tantas veces como el
sujeto lo desea; en el caso de los MUDS (entornos de juego), hay personajes que tienen

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roles cerrados en la narrativa que se juega colectivamente que ofrecen la posibilidad de


una identidad paralela (Turkle, 1997: 229-264).

Y esa es una diferencia fundamental respecto a los medios tradicionales, que


generaban una pseudocomunicación, solamente discursiva. A principios de este siglo,
pensadores como Walter Benjamin o Bertold Bretch esperaban de los nuevos medios (la
radio y la televisión) un nivel de interactividad que les permitiera convertirse en
dinamizadores sociales de la democracia2. Sin embargo, ni la radio ni la televisión
parecen haber cumplido esa expectativa si lo comparamos con las posibilidades de
Internet (Schultz, 2000). Es precisamente el potencial de combinación entre discursos e
interacciones en el que proporciona a la red una capacidad de creación de comunidades
sobre sus usuarios como ninguna otra tecnología de la comunicación había logrado
hasta hoy. Estas nuevas comunidades están marcadas por una característica
transnacionalidad, a la vez uno de los rasgos clave de la red:

“The old media were unifying media, they assembled and


sustained nations with real-time theater. In cyberspace, there is
no center stage, however immense, cyberspace time is
intensely decentralizing” (Nguyen y Alexander, 1996: 108
citado en Jones, 1998: 6).
O, en palabras de Rasmussen:

“Unlike the space of print, radio and television, the virtual


contexts of ‘cyberspace’ consist of heterogeneous, isolated,
selective and distinct stages of meaning-constitution. While
mass media enhance homogeneity, incapable of adapting to
social life as demarcated stages and segments, communication
technologies enhance heterogeneity and relatively closed
communication environments. While the linear space of mass
media ignore memberships in social groups, the significance of
social status, etc., communication technologies enhance such
criteria.” (Rasmussen, 1997 :12)

2
Algunas de las ideas de Bretch sobre la radio pueden leerse traducidas en Bassets, Ll. (1981): De las ondas rojas a las
radios libres. Textos para la historia de la radio. Barcelona, Gustavo Gili.

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Es decir, que las nuevas tecnologías de la comunicación están proporcionando


marcos de cohesión que no están tan directamente enlazados con el estado nacional, no
son tanto homogeneizadores culturales como nuevos sistemas informacionales que
pueden convertirse en los territorios de cohesión de infinidad de comunidades sociales
(Bimber, 1999), que superan al estado desde lo multi-trans-nacional y que se cuelan
entre sus entresijos en lo micro-local y vienen a complementar con nuevos flujos las
sociedades multiculturales contemporáneas. Como propone la ONU en el marco para la
Conferencia Mundial contra el Racismo que tendrá lugar este año:

“Tolerance and multiculturalism are flourishing in many


societies. New technologies offer opportunities and services at
a lower cost than before, and can, if applied fairly, be tools of
ending and not aggravating inequality.”3
La globalización cultural resulta, por tanto, uno de los fenómenos clave en este
proceso de extensión global de las industrias de la comunicación. Como apunta Mann
(1997), la mayor parte de los análisis sobre la cuestión se han concentrado en las
cuestiones tecnológicas, es decir, en la incorporación de las nuevas tecnologías como el
creador de dinámicas culturales de escala global que se vinculan a una nueva manera de
consumo de información. Preston y Kerr lo resumen en un texto reciente:

“Ironically, these academic views often closely parallel the


constructions of digital multimedia products, markets and
consumers which are advanced by the hegemonic industrial
and policy elites –usually promoting a very instrumental vision
of socio-economic change. They both suggest and evoke
images of the autonomous, free-floating, global consumer, of
highly individualized ‘digital beings’ roaming the global digital
info-sphere, each simultaneously constructing and consuming
his/her distinctive menu of information content.” (Preston y
Kerr, 2001)
Para el análisis de estos autores, sin embargo, la globalización cultural no puede
ser contemplada con excesivo simplismo que muchos presumen, sobre todo por los

3
Véase http://www.ngoworldconference.org/about.htm. Véase también http://www.un.org/WCAR/

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procesos culturales y sociales implicados en el uso cotidiano de las nuevas tecnologías,


pero sobre todo porque “la globalización parece más una prescripción que una
descripción” (Preston y Kerr, 2001: 115).

Redes telemáticas y migración

Pero, ¿qué ocurre cuando cuando la comunidad vive fuera de su ámbito


tradicional de socialización? ¿Cuál es el papel de los medios en la creación y cohesión
de las identidades colectivas de los desplazados? En un trabajo esencial sobre el papel
de los medios de comunicación de masas en las comunidades de desplazados, Marie
Gillespie (1997), apuntaba lo siguiente:

“Por lo tanto, una perspectiva diaspórica reconoce los modos


por medio de los cuales las identidades han sido y continúan
siendo transformadas a través de la reubicación, del
intercambio transcultural y de la interacción. La globalización
de la cultura está profundamente implicada en este proceso.
Las tecnologías comunicacionales internacionales y los
productos de las corporaciones mediáticas transnacionales
disuelven la distancia y suspenden el tiempo, y haciéndolo
crean nuevas e impredecibles formas de conexión,
identificación y afinidad cultural, pero también dislocación y
disgregación entre personas, lugares y culturas.” (Gillespie,
1997: 40)
Muchos de los productos culturales a los que las comunidades migratorias
acceden, serían por tanto, reforzadoras de su identidad cultural originaria o, siguiendo a
Castells (1997: 30), articuladores de la identidad de resistencia. Por un lado, la
expansión de la red y el acceso global e instantáneo a la información ofrece por ello
esperanza para la supervivencia de la cultura de los pueblos desplazados; por otra,
resulta preocupante, por cuanto podría incrementar el aislamiento y la ausencia de
integración de muchas comunidades culturales en las sociedades en las que viven.
Recogiendo las palabras de Gillespie (1997), hay además una acusada tendencia de las
comunidades diaspóricas a conectar con los aspectos más tradicionales de sus culturas:
frente al proceso de mestizaje y renegociación (traducción, como optan por llamarlo

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algunos autores) de la identidad, aparecen con fuerza los referentes de los aspectos más
tradicionales de las culturas respectivas, convertidas así en falsamente estáticas y más
cómodas y seguras para sus comunidades. El peligro de los proyectos
“fundamentalistas de purificación cultural” (Gillespie, 1997: 49) resulta aquí claro.
Algunos autores diagnostican un miedo creciente y generalizado de “absorción cultural”
por políticas y culturas más amplias: “De este modo, la paradoja central de la política
étnica hoy es que lo primordial (ya sea del lenguaje o del color de la piel o del
vecindario o del parentesco) ha sido globalizado de tal forma que los sentimientos de
intimidad e identidad localizada pueden encenderse como sentimientos políticos a
través de espacios vastos e irregulares, mientras que los grupos que se trasladan
permanecen unidos a otros a través de las sofisticadas posibilidades de medios”
(Gillespie4, 1997: 49).

Resultado de este proceso, muchas industrias culturales tradicionales y otras


nuevas explotan las nuevas dinámicas para encontrar nuevos mercados. En palabras de
Appadurai:

“La desterritorialización crea nuevos mercados para las


compañías cinematográficas, empresarios de arte y agentes de
viaje, quienes prosperan con la necesidad de las poblaciones
desterritorializadas de tener contacto con su tierra natal” (falta
cita Appadurai)
O de nuevo con Gillespie:

“Tanto a través de las representaciones de los medios como a


través de experiencias de viajes turísticos «regreso a la tierra
natal», se construyen «paisajes mediáticos», étnicamente
específicos, de «tierras natales inventadas».” (Gillespie, 1997:
50)
Siguiendo nuestro análisis anterior, esta construcción de etnopaisajes mediáticos
debería encontrar en las redes telemáticas un magnífico lugar de expansión. Sin

4
Gillespie escribe estas ideas siguiendo y parafraseando a Appadurai.

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embargo, Internet no es un lugar cuya entrada sea tan fácil como frecuentemente nos
gusta pensar. El gran problema social derivado del desarrollo de las autopistas de la
información es el acceso. Tanto hablemos de tener o no tener acceso (have or have not,
como se ha venido llamando a la cuestión) como de la aparición de una verdadera
fractura digital (digital divide), parece evidente que las comunidades más pobres no
tienen las mismas posibilidades de acceso a la red que las demás. Conectarse a Internet
es caro, por mucho que se empeñen nuestros gobernantes5. Y no todas las comunidades
pueden permitirse el lujo de pagar el precio, ni en sus países de origen ni, en muchos
casos, en sus países de destino. La diferencia entre las posibilidades de acceso a las
redes desde los países industrializados o desde los países en vías de desarrollo es
abrumadora, lo que hace que las posibilidades multiculturales de Internet sean, ante
todo, una esperanza.

Número de servidores de Internet por cada 1000 habitantes

0,85
2000 82

0,59
1999 55

0,38
1998 34

0,21
1997 23

paises OCDE no OCDE

Fuente: OCDE, 2001

5
Véase, especialmente, el informe de la OCDE sobre el llamado digital divide en
http://www.oecd.org/dsti/sti/prod/Digital_divide.pdf

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Por otro lado, la vertiente económica de la red ha hecho que las comunidades
más numerosas y cohesionadas tengan más interés comercial (tanto por la obtención
inmediata de ingresos publicitarios como por el posicionamiento en un mercado
emergente). Algunas comunidades culturales tienen así mucho más interés para las
empresas que otras. Por ejemplo, existen varios portales en la red destinados a la
comunidad transnacional árabe: Planetarabia.com nació el 17 de septiembre de 1999
como entretenimiento de Imad Benharouga y Ali Siddiqui, dos estudiantes de la
Universidad de Cornell, en Estados Unidos, y en los últimos dos años se ha convertido
en un lugar de referencia de la cultura árabe en Internet. Hoy, el portal se realiza desde
Estados Unidos como una zona de información y de comunidad social para los
musulmanes de todo el mundo, con versiones en inglés, francés y árabe, y con oficinas
en Casablanca, El Cairo y Dubai. Arabicseek.com, un portal de información que a al vez
contiene un interesante buscador de recursos árabes en la red, o Albawaba.com lideran
hoy la oferta de información a la comunidad árabe, cada vez más numerosa en la red.
Sin embargo, es muy difícil pensar en tendencias similares con otras comunidades. La
presencia de estos pueblos en las redes de la cultura global no va más allá del
testimonio6.

Aún así, la complejidad del fenómeno de la transnacionalización de


comunidades da a la red un papel esencial en las dinámicas culturales de las sociedades
del nuevo siglo, simplemente por su característica global que supera y erosiona los
viejos sistemas nacionales de comunicación desde la accesibilidad a los contenidos
producidos en el seno de cualquier otro sistema cultural. En palabras de García
Canclini:

“Las naciones y las etnias siguen existiendo. El problema clave


no parece ser el riesgo de que las arrase la globalización, sino
entender cómo se reconstituyen las identidades étnicas,

6
Véase, por ejemplo, el portal de la Underepresented Nations and People Organisation, http://www.unpo.org/

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regionales y nacionales, en procesos de hibridación


intercultural. Si concebimos las naciones como escenarios
multideterminados donde diversos sistemas simbólicos se
intersectan e interpenetran, la pregunta es qué tipo de cine y de
televisión puede narrar la heterogeneidad y la coexistencia de
varios códigos en un mismo grupo y hasta en un mismo
sujeto.” (García Canclini, 1993: 23)
De cine y televisión, como dice Canclini, o de nuevas formas de comunicación,
como hemos visto más arriba. Las dinámicas de cambio que han de producir sobre las
identidades culturales son impredecibles y las posibilidades para las comunidades de
desplazados inmensas. Desde hace unos años, leer un periódico de cualquier lugar del
mundo, o participar en un foro de debate, o cruzar correo electrónico, se ha convertido
en una posibilidad (y cada vez más barata) para muchos –no todos, desgraciadamente–
desplazados. Hoy, la mejora en las tecnologías de compresion y difusión en la red
permite escuchar la señal de cientos de emisoras de radio, un proceso que llegará pronto
a la televisión y el cine7. Lo que es tanto como decir que las autopistas de la
información serán (son) muy pronto las redes por las que circularán la mayor parte de
los productos culturales cuya difusión estaba hasta ahora limitada por razones
tecnológicas, económicas y políticas a los estados-mercados nacionales. Los portales en
la red, mediante su combinación de comunidades virtuales que interactúan y discursos
verbales y visuales servirán como referente cultural a las comunidades de desplazados,
reproduciendo las dinámicas comentadas y produciendo nuevas formas de negociación
de identidades que hoy apenas podemos sí podemos esbozar.

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Anderson, B. (1991): Imagined Communities: Reflections on the Origins and Spread of Nationalism. Londres, Verso.

7
Para localizar algunas de las emisiones a través de la red de radios y televisiones de todo el mundo se puede acudir al
sitio web de Real (http://realguide.real.com/tuner/) o al de Microsoft Windows Media (http://windowsmedia.com/mediaguide/).

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