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Mary Kaldor

Las nuevas

guerras

VIOLENCIA O RGAN IZAD A EN LA ERA GLOBAL

fusQ uets

Marv Kaldor

LAS NUEVAS GUERRAS

La violencia organizada en la era global

Traducción de M aría Luisa Rodríguez Tapia

4

KRITERIO S

TUSUUETS

F.01

ÍO R E S

1.a edición: septiem bre

2001

€> Mary Kaldor, 1999 v 2001

© de la

Diseño de la colección: Lluís C loíeí y R am ón Úbeda

traducción: M aría Luisa R odríguez Tapia, 2001

ISBN: 84-8310-761 -9 D epósito legal: B. 33.044-2001 Im preso sobre papel Offset-F C rudo de P apelera del Leizarán, S.A. Im presión: A & M Gráfic, S.L. Im preso en E spaña

índice

Agradecimientos

9

A breviaturas

11

1. Intro d u cció n

15

2. Las viejas guerras

29

3. Bosnia-Herzegovina: estudio de una nueva guerra

49

4.

La

política de las nuevas g u e rra s

93

5. La economía de guerra globalizada

119

6. Hacia una perspectiva cosmopolita

145

7. Gobemanza, legitimidad y seg u rid ad

177

Epílogo

 

195

Apéndices

 

Notas

 

213

índice o n o m á s tic o

235

Estoy muy agradecida a una serie de personas que han leído el manuscrito y me han hecho valiosos comentarios, y me gus­ taría dar las gracias, en particular, a Ulrich AJbrecht, Mient Jan. Faber, Zdenek Kavan, Julián Perry Robinson, Martin Shaw y el anónimo lector en Polity Press. Por supuesto, no son responsa­ bles del resultado final. También me gustaría dar las gracias a Aimée Shalan por su ayuda con el manuscrito y a todo el mundo en Polity, especialmente David HeJd, por su apoyo y su ánimo. Algunas partes del capítulo 3 se incorporaron a un capítulo escrito conjuntamente por mí y Vesna Rojícic» «The Political. Economy of War in Bosnia-Herzegovina», en Restructuring the Global Military Sector: New VVars, Mary Kaldor y Basker Vashee, eds. (Cassell/Pinter, 1997). Una. primera versión del capítulo 4 apareció como «Cosmopolitanism versus nationalism: the new divide?» en Europe's New Nationalisms, Richard Kaplan y John Feffer, eds. (Cambridge University Press, 1996).

ACH

Asamblea de Ciudadanos de Helsinki

ACNUR

Alto Comisariado de Naciones Unidas para los Refugiados

CEI

Confederación de Estados Independientes

CIAY

Conferencia Internacional sobre la Antigua Yugoslavia

CICR

Comité Internacional de la Cruz Roja

CNA

Congreso Nacional Africano

EBÍH

Ejército de Bosnia-Herzegovina

ECHO

Oficina Humanitaria de la Comunidad Europea

ECOMOG

Grupo de Vigilancia de la Tregua de la Comunidad

ECOWAS

Económica de los Estados de África Occidental Comunidad Económica de Estados de África Occidental

EPLS

Ejército Popular de Liberación de Sudán

ERB

Ejército Revolucionario de Bougainville

ESB

Ejército Serbobosnio

FMI

Fondo Monetario Internacional

HDZ

Partido Demócrata de Croacia

HOS

Ala paramilitar del HSP

HSP

Partido de las Derechas de Croacia

HV

Ejército Croata

HVO

Consejo Croata de Defensa

IFOR

Fuerza de Aplicación (de los acuerdos de Dayton)

IFP

Partido Inkatha de la Libertad

IISS

Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres

IRA

Ejército Republicano Irlandés

JNA

Ejército Nacional Yugoslavo

MOS

Fuerzas Armadas Musulmanas

MPRI

Recursos Militares Profesionales

NACC

Consejo de Coordinación de la OTAN

ONG

Organización No Gubernamental

ONU

Organización de las Naciones Unidas

OSCE

Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa

OTAN

Organización del Tratado del Atlántico Norte

OUA

Organización para la Unidad Africana

PASOK

Movimiento Socialista Panhelénico (Grecia)

PDI

Persona Desplazada en el Interior

PIB

Producto Interior Bruto

RCS

Resolución del Consejo de Seguridad de la ONU

REN AMO

Resistencia Nacional M ozam biqueña

SDA

Partido

(M usulm án) de Acción D em ocrática

SDS

Partido

D em ócrata Serbio

SFOR

Fuerza de Estabilización

TQ

U nidades de Defensa Territorial (en Yugoslavia)

TPI

Tribunal Penal Internacional

UE

Unión

E uropea

UEO

U nión

E uropea O ccidental

UNICEF

Fondo

de N aciones .Unidas p ara la Infancia

UNPROFOR

Fuerza de Protección de N aciones Unidas en B ernia

UNU

U niversidad de las N aciones U nidas

WIDER

Instituto M undial de Investigación sobre la E conom ía del Desarrollo

:iue^'as m e n a s

Introducción

En el verano de 1992 visité Nagorno-Karabaj, en la región

transcaucásica, en medio de una guerra que enfrentaba a Azer- baiyán con Armenia. Entonces comprendí que lo que había pre­ senciado antes en Yugoslavia no era nada extraordinario; no era un retroceso al pasado de los Balcanes, sino una situación con­ temporánea, que podía encontrarse especialmente -o así lo pen­ sé- en el mundo poscomunista. La atmósfera de salvaje oeste de Knin (entonces capital de la autoproclamada República Serbia en Croacia) y Nagorno-Karabaj, habitadas por jóvenes vestidos con uniformes caseros, refugiados desesperados y políticos neó­ fitos y bravucones, era muy peculiar. Más tarde emprendí un proyecto de investigación sobre el carácter de este nuevo tipo de guerras y descubrí, a través de colegas que tenían experiencia de primera mano en África, que lo que había advertido en Euro­ pa del Este tenía muchas características en común con las gue­ rras que se libraban en África y quizás otros lugares, por ejem­ plo el sur de Asia. De hecho, la experiencia de guerras en otras regiones me ayudó a comprender lo que ocurría en los Balcanes y la antigua Unión Soviética.1

Mi argumento fundamental es que durante los años ochenta

y noventa se ha desarrollado un nuevo tipo de violencia organi­ zada -especialmente en África y Europa del Este- propio de la actual era de globalización. Dicho tipo de violencia lo califico de «nueva guerra». Utilizo el término «nueva» para distinguir estas guerras de las percepciones más comunes sobre la guerra procedentes de una época anterior y que esbozo en el capítu­ lo 2. El término «guerra» lo empleo para subrayar el carácter po­ lítico de este nuevo, tipo de violencia, pese a que, como se verá

claramente en las páginas que siguen, las nuevas guerras impli­ can un désdibujamiento de las distinciones entre guerra (nor­ malmente definida como la violencia por motivos políticos entre

Oslados o grupos políticos organizados), crimen organizado (la violencia por motivos particulares, en general el beneficio eco­ nómico, ejercida por grupos organizados privados) y violaciones

a gran escala de los derechos humanos (la violencia contra per­ sonas individuales ejercida por Estados o grupos organizados

políticamente). En la mayor parte de la literatura existente, a las nuevas guerras se las califica de guerras internas o civiles, o de «con­ flictos de baja intensidad». Sin embargo, aunque la mayoría de dichas guerras son locales, incluyen miles de repercusiones transnacionales, de forma que la distinción entre interno y ex­ terno, agresión (ataques desde el extranjero) y represión (ata­ ques desde el interior del país) o incluso local y global, es difícil de defender. El término «conflicto de baja intensidad» lo acuña­ ron durante el periodo de la guerra fría los militares estadouni­ denses para hablar de la guerrilla o el terrorismo. Si bien es po­ sible trazar la evolución de las nuevas guerras a partir de los llamados conflictos de baja intensidad de aquella época, las ac­ tuales tienen unas características distintivas que quedan ocultas cuando se utiliza un término que se ha convertido, de hecho, en un comodín. Algunos autores definen las nuevas guerras como guerras privatizadas o informales;2 no obstante, aunque la pri­ vatización de la violencia es un elemento importante en ellas, en la práctica la distinción entre lo privado y lo público, lo estatal

y lo no estatal, lo informal y lo formal, lo que se hace por moti­

vos económicos o políticos, no es fácil de establecer. Tal vez sea más apropiado el término «posmodemo», que utilizan algunos autores.3 Como «nuevas guerras», ofrece una forma de distin­

guir esos conflictos de las guerras que podríamos considerar ca­ racterísticas de la modernidad clásica. Sin embargo, el término también se emplea para referirse a las guerras virtuales y las guerras en el ciberespacio;4 además, las nuevas guerras incluyen también elementos de premodemidad o modernidad. Por úl­ timo, Martin Shaw usa el término «guerra degenerada». Para él existe una continuidad con las guerras totales del siglo xx y sus

aspectos genocidas; el calificativo llama la atención sobre la descomposición de las estructuras nacionales, especialmente las fuerzas militares.5"

Entre los autores norteamericanos especializados en estrate­ gia hay un debate sobre lo que se denomina «revolución en los asuntos militares».6 El hecho es que la llegada de la tecnología de la información es tan importante como lo fue la del- tanque y el avión, o incluso tanto como el paso de la tracción por caba­ llos al motor mecánico, con sus profundas repercusiones para el futuro del arte bélico. Sin embargo» estos autores conciben la

revolución en los asuntos

institucionales de guerra y ejército que hemos heredado. Prevén conflictos con arreglo a un modelo tradicional en el que las nuevas técnicas se desarrollan más o menos en una línea que viene del pasado. Además, están diseñadas para mantener el ca­ rácter imaginario de la guerra que distinguió a la era de la gue­ rra fría y se usan de una manera que permite reducir las bajas propias. La técnica preferida es el bombardeo aéreo espectacu­ lar, que reproduce la apariencia de la guerra clásica para con­ sumo público y, en realidad, tiene muy poco que ver con lo que está pasando en tierra. De ahí la famosa, observación que hizo Baudrillard de que la guerra del Golfo no se produjo.7 Estas téc­ nicas, elaboradas y complejas, se han empleado no sólo en Irak, sino también en Bosnia-Herzegovina y Somalia, yo diría que con una importancia relativamente escasa» aunque causaran nu­ merosas bajas civiles. Comparto la opinión de que ha habido ••una revolución en los asuntos militares, pero se trata de una revolución en las re­ laciones sociales de la guerra, no en tecnología» aunque esos cambios en las relaciones sociales estén infinidos por la nueva tecnología y hagan uso de ella. Bajo los despliegues espectacula­ res se libran guerras auténticas, que, incluso en el caso de la guerra de Irak de i —1 i la que murieron cientos y miles de kurdos y chiítas, se explican mejor de acuerdo con mi concep­

ción de las nuevas guerras. Creo que las nuevas guerras deben interpretarse en el con­ texto del proceso conocido como giofaalización. Por tal entiendo la intensificación de las interconexiones políticas, económicas,

militares den re las estructuras

militares y culturales a escala mundial. Aunque acepto el argu­ mento de que 1a. globalización tiene sus raíces en la modernidad o incluso en etapas anteriores, opino que la globalización de los años ochenta y noventa es un fenómeno cualitativamente nuevo que, al menos en parte, puede explicarse como «tía consecuen­ cia de la revolución en las tecnologías de la información y también de las drásticas mejoras en la comunicación y el trata­ miento de datos. Este proceso de intensificación de las interco­ nexiones es un fenómeno contradictorio que implica, a la vez, integración, y fragmentación, homogeneización y diversificación, globalización y localización. Se ha dicho con frecuencia que las nuevas guerras son resultado del final de la guerra fría; reflejan un vacío de poder que es típico de los periodos de transición en la historia mundial. Desde luego, es cierto que las consecuen­ cias del final de la guerra fría -la existencia de excedentes de ar­ mas, el descrédito de las ideologías socialistas, la desintegración de los imperios totalitarios, la retirada del apoyo de las super- potencias a los regímenes clientelares- contribuyeron de ma­ nera importante a las nuevas guerras. Pero el final de la guerra fría podría considerarse asimismo la forma en que el bloque del Este sucumbió a la inevitable invasión de la globalización: el derrumbe de los últimos bastiones de la autarquía territorial, el momento en el que Europa del Este se «abrió» al resto del mundo. El impacto de la globalización es visible en muchas de las nuevas guerras. La presencia internacional en ellas puede incluir a periodistas extranjeros» soldados mercenarios y asesores mili­ tares, expatriados, voluntarios y un auténtico «ejército» de orga­ nismos internacionales que van de las organizaciones no guber­ namentales iOMG) como Oxfam, Save the Children, Médicos Sin Fronteras, Human Rights Watch y la Cruz Roja Internacional a instituciones internacionales como el Alto Comisariado- de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la Unión Euro­ pea (UE), el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), la Organización para la Seguridad y la Cooperación

SCEL i.i Organización para la Unidad Africana

la propia Naciones Unidas (ONU), pasando por las tro­ pas de pacificación. En realidad, las guerras son el símbolo de

en. Euro',a

una nueva división mundial y local entre, los miembros de una clase internacional que saben inglés, Tienen acceso al fax, al co­ rreo electrónico y a la televisión por satélite, utilizan dólares o marcos alemanes o tarjetas de crédito, y pueden viajar libremen­ te, y los que; están excluidos de los procesos globales, que viven de lo que pueden vender o intercambiar o lo que reciben en con­ cepto de ayuda humanitaria, cuyos movimientos están restringi­ dos por los controles, los visados y los costes de los viajes, y que son víctimas de asedios, hambrunas forzosas, minas, etcétera. En la literatura sobre la globalización, una preocupación fundamental es la de las repercusiones de la interconexión mun­ dial en el futuro de la soberanía basada en el territorio; es decir, en el futuro del Estado moderno.8 Las nuevas guerras surgen en el contexto de la erosión de la autonomía del Estado y, en cier­ tos'casos'extrem os, la desintegración del Estado. En concreto, aparecen en el contexto de la erosión del monopolio de la vio­ lencia legítima. Dicho monopolio sufre una erosión por arriba y. por abajo. Por arriba lo erosiona la transnacionalización de las fuerzas militares, que comenzó durante las dos guerras mundia­ les, .y quedó, institucionalizada por el sistema de bloques de la guerra fría y las incontables relaciones transnacionales entre fuerzas armadas que se desarrollaron en el periodo de posgue­ rra.9 La capacidad de los Estados para usar la fuerza de modo unilateral contra otros Estados está muy debilitada. Ello se debe, en parte, a razones prácticas: el creciente poder destruc­ tivo de la tecnología militar y la mayor interconexión entre los Estados, sobre todo en el ámbito militar. Es difícil imaginar, hoy en día, un Estado o grupo de Estados que se arriesguen a una guerra a gran escala que podría ser todavía más destructiva que lo que se experimentó durante las dos guerras mundiales. Además, las alianzas militares, la producción y el comercio in­ ternacional de armas, diversas formas de cooperación, e .inter­ cambio militar, los acuerdos de control de armamento, etcétera, han creado una forma de integración militar mundial. También se debe a la evolución de las normas internacionales. El princi­ pio de que la agresión unilateral es ilegítima se estableció por primera vez en el pacto Kellogg-Briand de 1928, y se reforzó después de la segunda guerra mundial con la Carta de las Na­

ciones Unidas y los razonamientos utilizados en los juicios de crímenes de guerra de Nuremberg y Tokio. Al mismo-tiempo, por abajo, el-monopolio- ■de; la--, viólesela organizada sufre la erosión de la privatización. En realidad, po­

dría decirse que las nuevas- gtierragv forman- parte, de un procescsr-

Ios-procesos por los' .que-' evd-

lucioíiárott los: Estados modernos-. Como explico en el capítu­ lo 2, el ascenso del Estado moderno estuvo íntimamente unido a la guerra. Para llevar a cabo las guerras, los gobernantes ne­ cesitaban aumentar la fiscalidad y los préstamos, eliminar el «desperdicio» resultante del crimen, la corrupción y la inefica­ cia, regularizar las fuerzas armadas y la policía, eliminar los ejércitos privados y movilizar el apoyo popular para recaudar dinero y reclutar hombres. A medida que la guerra se convirtió en competencia exclusiva del Estado, surgió, en paralelo al ca­ rácter cada vez más destructivo de la guerra contra otros Esta­ dos, un proceso de seguridad creciente en el interior; por eso el término «civil» acabó significando interno. Las nuevas guerras

surgen en situaciones en las que los- ingresos del Estado- dismi­ nuyen-por. el declive de la economía y la expansión-'del delito')la corrupción y- la ineficacia, la violencia está cada vez más- priva- tizada, como consecuencia del creciente crimen organizado-'-y la aparición de grupos paramilitares, mientras la legitimidad polí­ tica- va desapareciendo. Por tanto, las distinciones entre la bar­ barie externa y el civismo interno, entre el combatiente como

legítimo'' portador- de armas.-.y -el-no

dado o policía y el' criminal, son'distinciones que están-desvane­ ciéndose. La barbarie de la guerra entre Estados puede acabar siendo una cosa del pasado. En su lugar surge un nuevo tipo de violencia organizada que está más extendida pero que es, tal vez, menos extrema. En el capítulo 3 utilizo el ejemplo de la guerra en Bosnia- Herzegovina para ilustrar los principales rasgos de las nuevas guerras, y lo hago, sobre todo, porque es la guerra que mejor conozco. La guerra de Bosnia-Herzegovina comparte muchas de las características de las guerras en otros lugares, pero es excep­ cional en un aspecto: acabó siendo el foco de la atención mun­ dial. En ella se concentraron más recursos -gubernamentales y

que: é%; más-,-.©'

-menos,-el-.-inverso--a

-combatiente-,

entre- el sol­

no gubernamentales- que en ninguna otra nueva guerra. Por un lado, esto significa que, como ejemplo, tiene ciertos rasgos atí­ pleos. Pero, por otro, también significa que se ha convertido en un paradigma del que pueden extraerse diversas enseñanzas, un ejemplo que se utiliza para argumentar desde distintos puntos de vista y, al mismo tiempo, un laboratorio en el que se experi­ mentan distintas formas de dirigir las nuevas guerras. Se: puede- establecer un contraste entre las, nuevas-; guerras y

las de otros-tiempos-en.lo que

todos-de lucha y sus modos de financiación; Los objetivos de las' nuevas'-' guerras., están relacionados con la política de identida­ des,. a -diferencia de los objetivos geopolíticos o ideológicos de las guerras anteriores. En el capítulo 4 sostengo que, en el con­

texto- de la globalización, las divisiones ideológicas o territoria­ les-■del pasado., se han ido sustituyendo» cada vez más, por una

respecta a.sus objetivos, sus.m é­

nueva

división política

entre -lo que yo llamo cosmopolitismo»,

basado-

en.valores.-

incluyentes, universalistas y multiculturales, y

la política- de las identidades particularistas.10 Esta brecha se puede explicar por la separación creciente entre quienes forman parte de los procesos mundiales y los que están excluidos, pero no es la misma división. Entre quienes pertenecen a la ciase mundial se encuentran miembros de redes transnacionales ba­ sadas en una identidad exclusivista, mientras que, a escala lo­ cal, existen muchas personas valerosas que rechazan la política de la particularidad. Al -decir política de identidades, me refiero a la reivindica­ ción del-poder-basada-en una identidad concreta» sea nacional, de clan, religiosa o lingüística. En cierto sentido, todas las gue­ rras implican un choque de identidades: británicos contra fran­ ceses, comunistas contra demócratas. Pero lo que quiero decir es que, antes, esas identidades estaban vinculadas o a cierta no­ ción de interés del Estado, o a algún proyecto de futuro, a ideas sobre la forma de organizar la sociedad. Por ejemplo, los nacio­ nalismos europeos del siglo xix o los nacionalismos posco.lon.ia- les se presentaban como proyectos emancipadores para cons­ truir una nación. La nueva política de identidades consiste en reivindicar el poder basándose, en etiquetas*, sí- existen ideas so­ bre-el"'-cambio político o social» suelen, estar relacionadas con

una representación nostálgica e idealizada del pasado. Se suele afirm ar que la nueva oleada de política de identidades no es más que un retroceso al pasado, la reaparición de antiguos odios que estaban bajo control durante el colonialismo y la gue­ rra fría. Si bien es cierto que las narrativas de la política de identidades dependen de la memoria y la tradición, también es verdad qué /se «reinventan» aprovechando el fracaso o la corro­ sión de otras .fuentes de legitimidad política: el desprestigio del socialismo o la retórica nacionalista de la primera generación

cié dirigentes poscoloniales. Tales proyectos políticos retrógra­ dos surgen en el vacío creado por la ausencia de proyectos de futuro. A diferencia de la política de las ideas, que está abierta a todos y, por tanto, tiende a ser integradora, este tipo de política de identidades es intrínsecamente excluyente y, por tanto, tiende

a la fragmentación. Hay dos aspectos de la nueva oleada de política de identida­ des que están específicamente relacionados con el proceso de globalización. En primer lugar, la nueva oleada de política de identidades es» a la vez» local y mundial, nacional y transnacio­ nal. En muchos casos, hay importantes comunidades expatria­ das cuya influencia se ve incrementada por la facilidad para via­ jar y las mejoras en las comunicaciones. Los grupos dispersos

en países industrializados o ricos en petróleo suministran ideas, dinero y técnicas, con lo que imponen sus propias frustraciones

y fantasías en situaciones que, con frecuencia, son muy distin­

tas. En segundo lugar, esta política utiliza la nueva tecnología. La velocidad de movilización política es mucho mayor debido al uso de los medios electrónicos. No es exagerado hablar de las inmensas repercusiones de la televisión, la radio o los vídeos en un público que, muchas veces, está compuesto por no lectores. Los protagonistas de la nueva política exhiben, a menudo, los símbolos de una cultura mundial de masas -coches Mercedes, relojes Rolex, gafas de sol Ray-ban- junto a las etiquetas que re­ presentan su identidad cultural concreta. La segunda característica de las nuevas guerras es que ha cambiado el modo de combatir," la forma de librar esas gue­ rras. Las nuevas estrategias bélicas aprovechan la experiencia tanto de la guerrilla como de la lucha contrarrevolucionaria,

pero,., sin embargo, son muy peculiares*. En .la- guerra, convencio­ nal o regular» el objetivo es la captura del territorio por medios miMtáres>./lás: batallas; son -los, enfrentamientos-:decisivos-. La' gue­ rra de guerrillas se desarrolló como forma. de; sortear,las gran­ des'. concentraciones desfuerza-militar qué-caracterizan, a. la. gue­ rra convencionaL En ella», el territorio se captura mediante el control político de la población, más que a base de avances mi­ litares, y se;intenta-evitar'los-combates todo lo-posible» También la nuevas/guerra intenta- evitar, el combate y hacerse-con- el- terri­ torio a través del control político de la población, pero.-;-mientras que la guerra de guerrillas -al menos en la teoría elaborada por Mao Zedong o Che Guevara- pretendía «ganarse a la gente», la nueva guerra toma prestadas de la contrarrevolución unas téc­ nicas de desestabilización dirigidas a sembrar «el miedo y el odio». El objetivo es controlar a la población deshaciéndose de cualquiera que tenga una identidad distinta (e incluso una opi­ nión distinta). Por eso, el objetivo estratégico de estas guerras es expulsar a la población mediante diversos métodos, como las matanzas masivas, los reasentamientos forzosos y una serie de técnicas políticas, psicológicas y económicas de intimidación. Ésa es la razón de que en todas estas guerras haya habido un aumento espectacular del número de refugiados y personas des­ plazadas, y de que la mayor parte de la violencia esté dirigida contra civiles. A principios del siglo XX, la proporción entre ba­ jas militares y civiles en las guerras era de 8:1. Hoy en día esa proporción se ha invertido casi al milímetro; en las guerras de los años noventa, la proporción entre las bajas militares y civi­ les es de 1:8. Diversos comportamientos que estaban prohibidos en virtud de las reglas clásicas de la guerra y penalizados en las leyes sobre la materia elaboradas a finales del siglo xix y princi­ pios del xx, como las atrocidades contra la población no com­ batiente, los asedios, la destrucción de monumentos históricos, etcétera, constituyen en la actualidad un elemento fundamental de las estrategias de las nuevas modalidades bélicas. En contraste con las unidades jerárquicas verticales que ca­ racterizaban a las «viejas guerras», las unidades que libran las guerras -actuales comprenden una enorme variedad de grupos:

paramilitares, caudillos locales, bandas criminales, fuerzas de

policía, grupos mercenarios y ejércitos regulares, incluidas uni­ dades éseindíclas de dichos ejércitos. Desde el punto de vista or­ ganizativo están muy descentralizadas y actúan con una mezcla de c o n (mutación y cooperación, incluso cuando están en bandos Opuestos. Utilizan la tecnología avanzada, aunque no sea lo que solemos llamar «alta tecnología» (bombarderos fantasma o misi­ les de crucero, por ejemplo). En los últimos cincuenta años ha habido progresos importantes en el armamento ligero, como las minas indetectables, o unas armas pequeñas que son tan ligeras precisas V fáciles de usar que hasta un niño puede emplearlas. También utilizan los medios modernos de comunicación -teléfo­ nos móviles, conexiones informáticas- para coordinarse, mediar

y negociar entre las distintas unidades de combate. El tercer aspecto en el que las nuevas guerras pueden distin­ guirse de las anteriores es lo que denomino la nueva economía de guerra «globalizada», de la que me ocupo en el capítulo 5, junto a la modalidad de guerra. La nueva economía de guerra globalizada es casi exactamente lo contrario de las economías

bélicas de las dos guerras mundiales. Aquéllas eran centraliza­ das, totalizadoras y autárquicas. Las nuevas economías de gue­ rra están descentralizadas. La participación en la guerra es baja

y el paro es enormemente elevado. Además, dependen en grado

sumo de los recursos externos. En estas guerras, la producción interior disminuye de forma drástica debido a la competencia global, la destrucción física o las interrupciones del comercio normal, como ocurre con los ingresos fiscales. En tales circuns­ tancias, las unidades de combate se financian mediante el sa­

queo y el mercado negro, o gracias a la ayuda exterior. Ésta puede presentar diversas modalidades: envíos de los expatria­ dos, «fiscalización» de la ayuda humanitaria, apoyo de los go­ biernos vecinos o comercio ilegal de armas, drogas o mercan­ cías de valor, como el petróleo o los diamantes. Todas estas

fuentes sólo pueden mantenerse a través de la violencia perma­ nente, de modo que la lógica de la guerra se incorpora a la m ar­ cha de la economía. Estas relaciones sociales tan retrógradas, todavía más enraizadas debido a la guerra, tienden a difundirse

a través de las fronteras mediante los refugiados, el crimen or­

ganizado o las minorías étnicas. Es posible identificar zonas de

economía de guerra o próximas a ellas en lugares como los Bal­ canes, el Cáucaso, Asia central, el Cuerno de África, África cen­ tral o África occidental. Como las diversas partes en conflicto comparten el mismo objetivo de sembrar «miedo y odio», actúan de tal manera que se refuerzan unas a otras y se ayudan entre sí a crear un clima de inseguridad y sospecha; de hecho, es posible encontrar ejem­ plos, tanto en Europa del Este como en África, de cooperación entre bandos con fines económicos y militares. A menudo, los primeros civiles que se convierten en blanco de los ataques son los que defienden una política diferente, los que intentan man­ tener unas relaciones sociales incluyentes y cierto sentido de

moral pública. Es decir, aunque las nuevas guerras parecen de­ berse a diferencias entre distintos grupos lingüísticos, religiosos

o tribales, también pueden considerarse como conflictos en los

que representantes de una política de identidades particularista cooperan para suprimir los valores del civismo y el multicultu- ralismo. En otras palabras, se pueden considerar guerras entre

el exclusivismo y el cosmopolitismo.

Este análisis de las nuevas guerras tiene connotaciones rela­ cionadas con la gestión de los conflictos, que estudio en el capí­ tulo 6. No hay ninguna solución posible a largo plazo dentro de la política de identidades. Y dado que se trata de conflictos con amplias ramificaciones sociales y económicas, los métodos im­ puestos desde arriba tienen todas las probabilidades de fracasar.

A principios de los años noventa había un gran optimismo res­

pecto de las perspectivas de la intervención humanitaria a la hora de proteger a la población civil. Sin embargo, creo que en la práctica dicha intervención se ha visto coartada por una es­ pecie de miopía sobre el carácter de la nueva guerra. La persis­ tencia de mandatos heredados y la tendencia a interpretar estas guerras en términos tradicionales eran la principal razón por la que la intervención humanitaria no sólo no ha sido capaz de impedir las guerras sino que, tal vez, ha ayudado activamente a mantenerlas de diversas formas. Por ejemplo, mediante el sumi­ nistro de ayuda humanitaria, que es una importante fuente de ingresos para las partes en conflicto, o con la legitimación de criminales de guerra al invitarles a la mesa de negociaciones, o

mediante el esfuerzo para lograr acuerdos políticos basados en teorías exclusivistas. La clave de cualquier solución a largo plazo es restaurar la legitimidad» devolver el control sobre la violencia organizada a las autoridades públicas» sean locales, nacionales o internacio­ nales. Es» al tiempo, un proceso político -el restablecimiento de la confianza en las autoridades y el apoyo a ellas- y un proceso legal: el restablecimiento de un imperto de la ley que permita actuar a dichas autoridades. Es imposible llevarlo a cabo a par­ tir de una política particularista. A la política del exclusivismo es preciso oponer un proyecto político alternativo, cosmopolita : futuro, que sea capaz de superar la división entre global y local y reconstruir la legitimidad asociada a un sistema de va­ lores incluyente y democrático. En todas las nuevas guerras surgen personas y lugares que luchan contra la política de la exclusión: los hutus y tutsis, que se llamaban a sí mismos hut- sis e intentaban defender sus pueblos contra el genocidio, los no nacionalistas en las ciudades de Bosnia-Herzegovina, sobre todo Sarajevo y Tuzla, que mantuvieron vivos los valores cívi­ cos multiculturales» o los ancianos del noroeste de Somalia, que negociaron la paz. Lo que se necesita es una alianza entre los defensores locales del civismo y las instituciones trans­ nacionales que ponga en marcha una estrategia dirigida a con­ trolar la violencia. Dicha estrategia comprendería factores polí­ ticos, militares y económicos. Funcionaría en un marco legal internacional» basado en el conjunto de leyes internacionales que abarcan tanto las leyes de la guerra como los derechos hu­ manos, algo que quizá podría denominarse derecho cosmopo­ lita. En este contexto, la labor de pacificación podría adquirir una nueva acepción conceptual» la de hacer respetar la ley cos­ mopolita. Dado que las nuevas guerras son, en cierto sentido, una mezcla de guerra, crimen y violaciones de los derechos hu­ manos» los agentes de esa ley cosmopolita tendrían que ser una mezcla de soldados y policías. También creo que los métodos dominantes actuales de ajuste estructural o humanitarismo de­ berían ser sustituidos por una nueva estrategia de reconstruc­ ción que incluyera restablecer las relaciones sociales, cívicas e institucionales.

En el último capítulo del libro hablo sobre las implicaciones de la defensa de un orden mundial. Aunque las nuevas guerras están concentradas en África, Europa del Este y Asia, son un fe­ nómeno global, y no sólo por la presencia de redes de comuni­ cación mundiales o porque se hable de ellas en todo el mundo. Las características de las nuevas guerras que he descrito tam ­ bién se dan en Norteamérica y Europa occidental. Las milicias de extrema derecha en Estados Unidos no son tan distintas de los grupos paramilitares en Europa del Este o África. En Esta­ dos Unidos, según los datos difundidos, el número de guardias privados de seguridad duplica el de los agentes de policía. Y tampoco la importancia de la política de identidades y la cre­ ciente desilusión con respecto a la política formal son fenóme­ nos exclusivos del sur y el este. En cierto sentido, se puede cali­ ficar la violencia en los barrios marginales de las ciudades de Europa occidental y Norteamérica de una nueva guerra. A veces se dice que el mundo industrial desarrollado se está integrando y las regiones más pobres del mundo se están fragmentando. Yo diría que todas las zonas del mundo se caracterizan por una mezcla de integración y fragmentación, si bien las tendencias a la integración son mayores en el norte y las tendencias a la fragmentación son tal vez mayores en el sur y el este. Ya no es posible aislar unas partes del mundo de otras. Ni la idea de que podemos recrear una suerte de orden mundial bi­ polar o multipolar basándonos en la identidad -por ejemplo, cristianismo contra Islam-, ni la idea de que la «anarquía» de lugares como África y Europa del Este se puede contener, son posibles si mi análisis del carácter cambiante de la violencia or­ ganizada tiene algo de realidad. Por eso el proyecto cosmopolita tiene que ser un proyecto global, aunque su aplicación sea -co­ mo debe ser- local o regional. Este libro se basa, sobre todo, en la experiencia directa de las nuevas guerras, especialmente en los Balcanes y la región trans- caucásica. Como presidenta de la Asamblea de Ciudadanos de Helsinki (ACH), he viajado con frecuencia por esas regiones y he aprendido gran parte de lo que sé de los intelectuales críticos y los activistas de las secciones locales de la Asamblea. En Bosnia- Herzegovina, en concreto, a la ACH se le otorgó la condición de

organismo ejecutor de ACNUR, lo que me permitió recorrer el país durante la guerra para ayudar a los activistas locales. Asi­ mismo tuve la suerte de poder acceder a las diversas institucio­ nes encargadas de aplicar las políticas de la comunidad interna­ cional; como presidenta de la ACH, una de mis tareas consistía en presentar, junto con otros, las ideas y propuestas de las sec­ ciones locales a gobiernos e instituciones internacionales como la UE, la OTAN, la OSCE y la ONU. Como universitaria, pude completar y situar en su contexto esos conocimientos adquiridos mediante lecturas, conversaciones con colegas que trabajaban en ámbitos relacionados y proyectos de investigación realizados pa­ ra la Universidad de las Naciones Unidas (UNU) y la Comisión Europea.12 Sobre todo, me fueron de gran ayuda los boletines, resúmenes de noticias, solicitudes de ayuda e informes de segui­ miento que ahora es posible recibir a diario a través de Internet. El objeto de este libro es no sólo informar, aunque he inten­ tado dar información y respaldar mis afirmaciones con ejem­ plos. Su meta es ofrecer una perspectiva diferente, la perspec­ tiva derivada de las experiencias de personas de mente crítica que se encontraban sobre el terreno, filtradas por mi propia ex­ periencia en diversos foros internacionales. Es una contribución a la reconceptualización de los modelos de violencia y guerra que debe llevarse a cabo si queremos detener las tragedias en­ raizadas en muchas zonas del mundo. No soy optimista, pero mis sugerencias prácticas pueden parecer utópicas. Las ofrezco llena de esperanza, no de confianza, como única alternativa a un futuro siniestro.

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Como a Clausewitz le gustaba destacar, la guerra es una ac­

tividad social.1 Incluye

bres, casi nunca mujeres, con el propósito de infligir violencia física; entraña la regulación de ciertos tipos de relaciones socia­ les y posee su lógica particular. Clausewitz, que posiblemente

fue el mayor defensor de la guerra moderna, insistía en que no se podía reducir ni a un arte ni a una ciencia. En ocasiones, comparaba la guerra con la competencia en el mundo de los ne­ gocios y muchas veces usaba analogías económicas para ilustrar sus argumentos. Toda sociedad posee su forma característica de guerra. Lo que solemos considerar como guerra, lo que los políticos y jefes militares definen como guerra, es, en realidad, un fenómeno es­ pecífico que tomó forma en Europa entre los siglos xv y xvin, aunque desde entonces ha atravesado distintas fases. Fue un fe­ nómeno íntimamente ligado a la evolución del Estado moder­ no. Tuvo varias etapas, como intento mostrar en el cuadro 2.1:

desde las guerras relativamente limitadas de los siglos xvn: y xviii, relacionadas con el poder creciente del Estado absolutista, a las guerras de tipo más revolucionario del siglo xix, como las guerras napoleónicas o la guerra civil norteamericana -am bas unidas a la instauración de naciones-estado- y» de ahí, a las guerras totales de principios del siglo xx y la imaginaria, guerra fría de finales de siglo, que eran guerras de alianzas y» poste­ riormente, bloques. Cada una de esas fases se caracterizó por una modalidad bélica diferente, con distintos tipos de fuerzas militares, estrategias y técnicas, diferentes relaciones y diversos medios de lucha. Sin embargo, a pesar de esas diferencias, se

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podía ver que la guerra era el mismo fenómeno: una construc­ ción del Estado moderno territorial, centralizado, «racionaliza­ do» y jerárquicamente ordenado. Ahora, igual que ese Estado moderno territorial y centralizado deja paso a nuevos tipos de sistemas de gobierno, derivados de los nuevos procesos globa­ les, la guerra, tal como la concebimos en la actualidad, está convirtiéndose en un anacronismo. Este capítulo pretende ofrecer una descripción esquemática de las viejas guerras. Aunque la guerra de verdad nunca coinci­ dió exactamente con una descripción esquemática. Este tipo de guerra fue, sobre todo, europeo. Siempre hubo rebeliones, gue­ rras coloniales o guerras de guerrillas, tanto en Europa como en otros lugares. A veces se calificaban de «guerra irregular» o no se consideraban guerras, simplemente. Se las denominaba le­ vantamientos, insurgencias o, en los últimos tiempos, conflictos de baja intensidad. No obstante, este concepto esquemático de guerra es el que sigue influyendo profundamente en nuestras ideas sobre el tema y domina, todavía hoy, la concepción que tienen los políticos de la seguridad.

La guerra y la aparición del Estado moderno

Clausewitz definía la guerra como «un acto de violencia des­ tinado a obligar a nuestro enemigo a hacer nuestra voluntad».2 Esta definición implicaba que «nosotros» y «nuestro enemigo» eran Estados, y la «voluntad» de un Estado se podía definir con claridad. Por tanto, la guerra, en la definición de Clausewitz, es un conflicto entre Estados por un objetivo político definible, es de­ cir, por intereses de Estado. El concepto de guerra como una actividad de Estado no se estableció realmente hasta finales del siglo xvm. El único prece­ dente de este tipo de guerra era la antigua Roma, aunque inclu­ so en aquel caso era unilateral; el Estado, es decir, Roma, lucha­ ba contra bárbaros que no tenían una noción de la separación entre el Estado y la sociedad. Van Creveld afirma que la guerra entre las ciudades-Estado de Grecia no se puede considerar gue­

rra de Estado, porque no había una distinción clara entre ei Es­ tado y los ciudadanos. Los combates los libraban milicias ciuda­ danas, y los relatos de la época solían referirse a la guerra entre «los atenienses» y los «espartanos», más que entre «Atenas» y «Esparta».3 Entre la caída del Imperio romano y el final de la Edad Media, las guerras las llevaban a cabo diversos agentes -la Iglesia, señores feudales, tribus bárbaras, ciudades-Estado-, cada uno con sus formaciones militares particulares. La forma de lu­ cha de los bárbaros se basaba, en general, en cultos guerreros, v cada guerrero era la unidad militar fundamental. Los señores feudales dependían de los caballeros, con sus códigos de honor y caballería y el apoyo de los siervos. Las ciudades-Estado del norte de Italia solían depender de milicias ciudadanas, igual que las antiguas ciudades-Estado de los griegos. En las primeras etapas de la formación del Estado europeo, los monarcas reunían los ejércitos para las guerras a partir de coaliciones de señores feudales, más o menos igual que el secre­ tario general de la ONU necesita hoy de las contribuciones volun­ tarias de los Estados para agrupar una fuerza de pacificación. Poco a poco, pudieron consolidar las fronteras territoriales y cen­ tralizar el mando mediante el uso de su creciente poder económi­ co, procedente de los derechos de aduana, diversas modalidades de impuestos y préstamos de la incipiente burguesía, y lograron reunir ejércitos mercenarios que les daban cierta independencia de los señores. Sin embargo, esos ejércitos mercenarios resulta­ ron poco fiables; no se podía contar con su lealtad. Además, se desperdigaban después de cada guerra o durante el invierno. El coste de la dispersión y el reagrupamiento, muchas veces, era prohibitivo y, en las temporadas de inactividad, los mercenarios podían hallar otras formas de ganarse la vida menos aceptables. Por todo ello, aquellos ejércitos fueron sustituidos gradualmente por ejércitos permanentes que permitieron a los monarcas crear fuerzas militares especializadas y profesionales. La implantación de prácticas y ejercicios, en la que fueron pioneros Gustavo Adolfo de Suecia y el príncipe Guillermo de Orange, mantuvo ocupado al ejército en los periodos en los que no había guerra abierta. Según Keegan, la creación de tropas de infantería per­ manentes y de compagnies d ’ordonnance, o regimientos, se con­

virtió en el «método para garantizar el control de las fuerzas ar­ madas por parte del Estado». Para alojarlas se crearon guarnicio­ nes que se convirtieron en «escuelas de la nación».4 Se introduje­ ron los uniformes para distinguir a los soldados de los civiles. Como dice Michael Roberts, «el soldado pasó a ser el hombre del rey, porque llevaba la chaqueta del rey».5 Literalmente, ya que los reyes se aficionaron cada vez más a vestir el uniforme militar para dejar claro su papel de jefes de los ejércitos. El nuevo tipo de organización militar acabaría siendo típico de las ordenaciones administrativas que estaban surgiendo aso­ ciadas a la modernidad. El soldado era el agente de lo que Max Weber llamó la autoridad racional y legal:

«El oficial militar moderno es un tipo de oficial designado que se caracteriza claramente por ciertas distinciones de clase En este sentido, dichos oficíales son radicalmente distintos de los jefes militares electos, los condottierí carismáticos, los oficia­ les que reclutan y dirigen ejércitos mercenarios como una em­ presa capitalista y los poseedores de cargos comprados. Pueden existir transiciones graduales entre todos estos tipos. El “contra­ tado” patrimonial, que está apartado de los medios para llevar a cabo su función, y el propietario de un ejército mercenario con fines capitalistas, junto con el empresario capitalista privado, se han convertido en pioneros de la burocracia moderna».15

La creación de ejércitos permanentes bajo el mando del Es­ tado fue parte integrante de la monopolización de la violencia legítima, inherente al Estado moderno. El interés de Estado se convirtió en la justificación legítima, de la guerra, en sustitución, de los conceptos de justicia -ius ad bellum- extraídos de la teo­ logía. La insistencia de Clausewitz en que la guerra es un ins­ trumento racional para perseguir el interés del Estado -«la con­ tinuación de la política por otros medios»- constituyó una secularización de la legitimidad, paralela, a la evolución en otros ámbitos. Cuando el interés de Estado se convirtió en la. princi­ pal legitimación de la guerra, dejó de ser posible defender por medios violentos las reivindicaciones de causa justa por parte de otros agentes no estatales.

En ei mismo sentido, se desarrollaron normas sobre lo que constituía la guerra legitima, que luego se plasmaron en las le­ yes de la guerra. Todos los tipos de conflicto se caracterizan por tener reglas; el propio hecho de que la guerra sea una actividad sancionada socialmente» que deba organizarse y justificarse, necesita normas. Hay una línea divisoria muy tenue entre la muerte aceptable socialmente y el asesinato rechazado por la sociedad. Pero esa línea se ha definido de formas diferentes en distintas épocas. En la Edad Media, las reglas de la guerra, ius in bello, derivaban de la autoridad papal. En el Estado mo­ derno» era preciso desarrollar una nueva serie de reglas laicas. Según Van Creveld:

«Para distinguir la guerra del mero crimen, se la definió como una cosa emprendida por Estados soberanos, y sólo por ellos. A los soldados se les definió como el personal autorizado a involucrarse en violencia armada en nombre del Estado Para obtener y conservar su licencia» los soldados tenían que es­ tar cuidadosamente inscritos, marcados y controlados, con el fin de excluir a los que tenían patente de corso. Se suponía que sólo debían luchar cuando estaban de uniforme, llevar sus ar­ mas “a la descubierta" y obedecer a un jefe que pudiera asumir la responsabilidad de sus acciones. No debían recurrir a méto­ dos “raines” tales como violar treguas» volver a tomar las armas después de haber sido hechos prisioneros, etcétera. Se suponía que debían dejar tranquila a la población civil, siempre que lo permitieran “las necesidades militares”».7

Para poder financiar los ejércitos permanentes, hubo que re­ gularizar la administración, la fiscalidad y los préstamos. Du­ rante todo el siglo xviii el gasto militar supuso las tres cuartas partes de los presupuestos estatales en la mayoría de los países europeos. Hubo que emprender reformas administrativas para mejorar la capacidad de recaudar impuestos; hubo que limitar la corrupción -si no eliminarla-, con el fin de evitar las «fu­ gas».8 Fue preciso crear oficinas de guerra y secretarías de gue­ rra para organizar y mejorar la rentabilidad de las inversiones. Para ampliar los préstamos.» fue necesario regularizar el sistema

bancario y la acuñación de moneda, separar las finanzas del rey de las del Estado y, por último, crear bancos centrales.9 Del mismo modo, fue preciso encontrar otras formas de esta­ blecer la ley, el orden y la justicia en el territorio del Estado, para así asegurar la base de la que procedían los impuestos y los préstamos, así como por razones de legitimidad. Se estableció una especie de contrato implícito por el que los reyes ofrecían protección a cambio de fondos. La eliminación e ilegalización de forajidos, soldados con patente de corso y bandoleros eliminaron las formas privadas de «protección», por lo que la capacidad re­ caudatoria del rey aumentó enormemente y se creó la base para una actividad económica legítima. Es decir, paralelamente a la redefinición de la guerra como un conflicto entre Estados, como una actividad externa, se produjo el proceso que Anthony Gid- dens llama de pacificación interna, y que incluyó la implantación de relaciones monetarias -es decir, salarios y arriendos- en vez de una coacción más directa, la desaparición gradual de formas violentas de castigo como los azotes y la horca, y el estableci­ miento de organismos civiles para la recaudación de impuestos y la aplicación de las leyes internas. Fue especialmente importante la nueva distinción entre el ejército y la policía civil, responsable de mantener la ley y el orden en el interior del país.10 El proceso de monopolización de la violencia no fue suave e ininterrumpido, ni mucho menos, ni tampoco se produjo al mismo tiempo o de la misma manera en distintos Estados euro­ peos. El Estado prusiano, creado después del Tratado de West- falia a partir de los distintos territorios propiedad de la casa de Hohenzollern, suele considerarse un modelo. En el siglo xvm, este Estado, que era una creación totalmente artificial, fue ca­ paz de igualar el poder militar de Francia, con sólo la quinta parte de la población de ésta, gracias a la enérgica combinación de reformas militares y administración racional introducida por Federico Guillermo, el Gran Elector, y sus sucesores. Por el con­ trario, los reyes franceses se enfrentaban a continuas rebeliones de la nobleza y tenían enormes dificultades para regularizar la administración y recaudar los impuestos. Skocpol afirma que, a la hora de explicar la Revolución francesa, un elemento funda­ mental es la imposibilidad del anden régime de desarrollar la

capacidad administrativa y financiera necesaria para llevar a cabo sus ambiciones militares." Tampoco fue el proceso tan racional o funcional como su­ giere esta descripción aséptica. Michael Roberts insistía en que fue la lógica militar la que dio pie a la formación de ejércitos permanentes. Pero es difícil distinguir las exigencias de la gue­ rra de las de la consolidación nacional. El cardenal Richelieu estaba a favor de crear un ejército permanente porque lo consi­ deraba un modo de controlar a los nobles. Rousseau afirmó siempre que la guerra estaba dirigida contra los súbditos, tatito como contra otros Estados:

«Una vez más, cualquiera puede entender que la guerra y la conquista en el exterior y los abusos del despotismo en el inte­ rior se apoyan mutuamente; que es habitual arrebatar hombres y dinero a un pueblo de esclavos para arrastrar a otros bajo el mismo yugo; y que, a la inversa, la guerra ofrece un pretexto para la exacción de dinero y otro, igualmente plausible, para mantener grandes ejércitos constantemente dispuestos y tener al pueblo dominado. En una palabra, cualquiera puede ver que los príncipes agresores llevan a cabo la guerra tanto contra sus súb­ ditos como contra sus enemigos, y que la nación conquistadora, muchas veces, no queda en mejor estado que la conquistada».12

Aunque se afirmaba que el objetivo de la guerra era el interés racional del Estado, siempre han hecho falta causas más profun­ das para inspirar lealtad y convencer a los hombres de que arriesgaran sus vidas. Al fin y al cabo, fue el fervor religioso lo que inspiró al Nuevo Ejército de Cromwell, que fue el primer ejemplo de una fuerza profesional moderna. Con frecuencia se atribuye el éxito prusiano a la fuerza del luteranismo. A finales del siglo xvm, era posible definir la actividad social específica que denominamos guerra. Se podía situar en el con­ texto de toda una serie de nuevas distinciones características del Estado en desarrollo. Eran las siguientes:

• la distinción entre lo público y lo privado, entre el ámbito de actividad del Estado y el de la actividad no estatal;

• la distinción entre lo interno y lo externo, entre lo que ocu­ rría dentro del territorio claramente definido del Estado y lo que ocurría fuera;

• la distinción entre lo económico y lo político, unida al as­ censo del capitalismo, la separación de la actividad econó­ mica privada de las actividades públicas del Estado y la eli­ minación de la coacción física de las actividades económicas;

• la distinción entre lo civil y lo militar, entre la relación in­ terna legal y no violenta y la lucha externa violenta, entre la sociedad civil y la barbarie;

• la distinción entre el portador legítimo de armas y el no combatiente o el criminal.

Sobre todo, surgió la propia distinción entre la guerra y la paz. En vez de la actividad violenta más o menos continua, la guerra se convirtió en un suceso diferenciado, una aberración en lo que parecía ser una evolución progresiva hacia una sociedad civil, no en el sentido actual de una ciudadanía activa y unas ONG organizadas, sino en el sentido de la seguridad cotidiana, la paz interna, el respeto a la ley y la justicia. Se hizo posible pensar en la «paz perpetua». Aunque muchos de los grandes pensadores liberales comprendieron la relación entre la consolidación del Es­ tado y la guerra, también adelantaron que un intercambio cada vez mayor entre los Estados y una responsabilidad creciente de los Estados frente a un público informado podría ser el preludio de una Europa más integrada y un mundo más pacífico, una ex­ tensión de la sociedad civil más allá de las fronteras nacionales. Al fin y al cabo, fue Kant quien destacó, en 1705, que la comuni­ dad mundial se había reducido hasta el punto de que «un dere­ cho violado en cualquier lugar podía sentirse en. todas partes».13

Clausewitz

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después de que acabaran las guerras napoleónicas. Había parti­ cipado en la guerra» en el bando de los perdedores, y había sido

Clausewitz empezó a escribir De la guerra en.

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hecho prisionero; y el libro está profundamente influido por su experiencia. Las guerras napoleónicas fueron las primeras gue­ rras populares. Napoleón introdujo ei reclutamiento obligatorio, la levée en mas se, en 1793, y en 1794 tenía 1.169.000 hombres en armas: la mayor fuerza militar existente hasta entonces en Europa. La tesis central de De la guerra, sobre todo el primer capítulo, que era el único que Clausewitz consideraba completo, es que la guerra tiende hacia los extremismos. La guerra está formada por tres niveles: el nivel del Estado o los dirigentes po­ líticos, el del ejército o los generales y el del pueblo. En líneas generales, esos tres niveles actúan a través de la razón, el azar y la estrategia, y la emoción. De esta descripción trinitaria de la guerra, Clausewitz deducía su concepto de guerra absoluta. La mejor forma de interpretar la guerra absoluta es como un con­ cepto abstracto o ideal hegeliano; lo que puede derivarse de la lógica de los tres niveles diferentes es la tendencia interna de la guerra. Tiene su propia existencia, que está en tensión con las realidades empíricas. La lógica estaba expresada como tres «acciones recíprocas». En el plano político, el Estado siempre se encuentra con resis­ tencia para lograr sus objetivos y, por tanto, tiene que ejercer más fuerza. En el plano militar, la meta tiene que ser desarmar al enemigo para lograr el objetivo político; si no es así, existe el peligro de un contraataque. Y, por último, la fuerza de voluntad depende de los sentimientos populares; la guerra desata pasio­ nes y hostilidades que pueden ser incontrolables. Para Clause­ witz, la guerra era una actividad racional, aunque se pusieran las emociones y los sentimientos a su servicio. En este sentido, es también una actividad moderna, basada en consideraciones laicas y no limitada por prohibiciones derivadas de concepcio­ nes prerracionales del mundo. La guerra real se distingue de la abstracta por dos razones fundamentales, política y militar. En primer lugar, el objetivo político puede ser limitado o el respaldo popular puede ser in­ suficiente:

«Cuanto más violento sea el apasionamiento que precede a una guerra, mucho más se acercará la guerra a su forma abs-

tracta, mucho más dirigida estará hacia la destrucción del ene­ migo, mucho más coincidirán los fines militares y políticos, mu­ cho más puramente militar y menos política parecerá ser la guerra, pero cuanto más débiles sean los motivos y las tensio­ nes, mucho menos coincidirá la dirección natural del factor mi­ litar -es decir, la fuerza- con la dirección que indique el factor político, y, por tanto, mucho más tendrá que desviarse la guerra de su dirección natural».14

En segundo lugar, la guerra siempre se caracteriza por lo que Clausewitz llama «fricción» -problemas de logística, infor­ mación escasa, tiempo inseguro, indisciplina, terreno difícil, or­ ganización inadecuada, y así sucesivamente-, que hace que el conflicto pierda velocidad y sea diferente, en la realidad, a los planes sobre el papel. La guerra, dice Clausewitz, es un «medio resistente» en el que la incertidumbre, la inflexibilidad y las cir­ cunstancias imprevistas desempeñan sus respectivos papeles. La guerra real es el resultado de la tensión entre las limitaciones políticas y prácticas y la tendencia interna a la guerra absoluta. A medida que las fuerzas iban creciendo de tamaño, cada vez era más difícil que una sola persona se encargase de la or­ ganización y el mando. Por tanto, había una necesidad cre­ ciente de una teoría estratégica que pudiera suministrar la base para un discurso común sobre la guerra, a través del cual fuera posible dirigirla. Como dice Simkin, era necesaria una «jerga» que sirviera de guía para las doctrinas militares comunes y lo que más tarde se conocería como procedimientos operativos

normalizados.15

Clausewitz echó los cimientos de un pensamiento estraté­ gico que se fue desarrollando durante los siglos xix y xx. Las dos teorías fundamentales de la guerra -la teoría del desgaste y

la teoría de la maniobra- aparecieron desarrolladas por primera

vez en De la guerra, junto a su tratamiento del ataque y la de­

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gaste significa conseguir la victoria agotando al enemigo, impo­ niéndole un índice de bajas más alto, o «índice de desgaste». La

teoría del desgaste suele ir asociada a las estrategias defensivas

y a las grandes concentraciones de fuerza. La teoría de la ma-

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niobra se basa en la sorpresa y la capacidad de adelantarse. En este caso, la movilidad y la dispersión son importantes para crear incertidumbre y lograr rapidez. Como destacó Clausewitz, ambas teorías son forzosamente complementarias. Es muy difí­ cil conseguir una victoria decisiva mediante el desgaste. Pero, al mismo tiempo, una estrategia basada en la maniobra acaba ne­ cesitando una situación de superioridad para triunfar. La conclusión más destacada de De la guerra es la importan­ cia de contar con una fuerza abrumadora y estar dispuesto a usarla. Este factor, aparentemente sencillo, no era tan evideete a principios del siglo XIX, cuando Clausewitz escribió su obra. En el siglo xvm, las guerras se libraban, en general, con pru­ dencia, para conservar las fuerzas profesionales. Había tenden­ cia a evitar el combate; se preferían los asedios defensivos a los ataques ofensivos; las campañas se interrumpían en invierno y las retiradas estratégicas eran frecuentes. Para Clausewitz, la batalla era la «actividad singular de la guerra»; era el momento decisivo, que él comparaba al pago en efectivo en el mercado. La movilización de la fuerza y su aplicación eran los factores más importantes para decidir el resultado de la guerra:

«Dado que el uso del poder físico, hasta el máximo extremo, no excluye en absoluto la cooperación de la inteligencia, se de­ duce que el que usa la fuerza de forma implacable, sin referen­ cia al derramamiento de sangre subsiguiente, debe obtener cierta superioridad si su adversario la aplica con menos vigor. Entonces, el primero dicta la ley al segundo, y ambos se desli­ zan hacia extremos cuyas únicas limitaciones son las que im­ pone la cantidad de fuerza que cada lado emplee para contra­ rrestar al otro».16

El modelo napoleónico de movilización de todos los ciuda­ danos no se repetiría hasta la primera guerra mundial. Sin em­ bargo, varios hechos ocurridos durante el siglo xix acercaron más la versión de Clausewitz de la guerra moderna a la reali­ dad. Uno fue el avance espectacular en la tecnología industrial, que empezó a aplicarse al campo militar. Fue especialmente im­ portante el desarrollo del ferrocarril y el telégrafo, que permitió

movilizar a los ejércitos con mecha más amplitud y mucha más rapidez; estas técnicas se usaron, con grandes resultados, en la guerra franco-prusiana, que terminó con la unificación de Ale­ mania, en 1871. La producción masiva de armas, sobre todo ar­ mas cortas, comenzó en Estados Unidos, hasta el punto de que se dice a menudo que la guerra civil norteamericana fue la pri­ mera guerra industrializada. El desarrollo de la tecnología mili­ tar fue un motivo para que el Estado extendiera su actividad al ámbito industrial. La carrera de armamento naval de finales del siglo xix supuso la aparición de lo que más tarde se denomina­ ría el complejo militar-industrial, tanto en Alemania como en Gran Bretaña. Un segundo dato fue la importancia creciente de las alian­ zas. Si lo que contaba en la guerra era disponer de una fuerza abrumadora, esa fuerza se podía incrementar mediante alian­ zas. A finales del siglo xix, las alianzas empezaron a consoli­ darse: un motivo fundamental por el que todas las grandes po­ tencias se vieron arrastradas a la primera guerra mundial. Un tercer hecho significativo fue la codificación de las leyes de la guerra, iniciada a mitad del siglo xix con la Declaración de París (1856), que regulaba el comercio marítimo en tiempo de guerra. En la guerra civil norteamericana, se contrató a un destacado jurista alemán para que elaborara el llamado Código Lieber, que establecía las normas y los principios básicos de la guerra terrestre y trataba a los rebeldes como enemigos inter­ nacionales. La Convención de Ginebra, de 1864 (inspirada por Henri Dunant, fundador de la Cruz Roja Internacional), la De­ claración de San Petersburgo, de 1868, las Conferencias de La Haya, de 1899 y 1907, y la Conferencia de Londres, de 1908, contribuyeron a crear un conjunto de leyes internacionales so­ bre la conducción de la guerra: el tratamiento de los prisione­ ros, los enfermos y los heridos, así como de los no combatien­ tes, el concepto de «necesidad militar» y la definición de las armas y las tácticas que no se ajustaban a dicho concepto. Aun­ que no siempre se observaban estas noratas, ayudaron significa­ tivamente a delinear lo que constituye guerra legítima, y los lí­ mites para la aplicación de la fuerza sin reparos. En cierto sentido, fueron un intento de conservar la noción de guerra

como instrumento racional de la política del Estado, en un con­ texto en el que la lógica de la guerra y sus tendencias extremis­ tas combinadas con una capacidad tecnológica creciente esta­ ban produciendo niveles cada vez mayores de destrucción.17 En resumen, la guerra moderna, tal como se desarrolló en el siglo xix, incluía la guerra entre Estados, con un énfasis cada vez mayor en la dimensión y la movilidad, y una necesidad cre­ ciente de organización «racional» y doctrina «científica» para dirigir unos contingentes de fuerza tan grandes.

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En la obra de Clausewitz siempre había una tensión entre su insistencia en la razón y su énfasis en la voluntad y la emoción. Los personajes centrales de De la guerra son hombres de genio y héroes militares; el tejido del libro está hecho de sentimientos co­ mo patriotismo, honor y valentía. Sin embargo, también son im­ portantes sus conclusiones sobre el carácter instrumental de la guerra, la importancia de la dimensión y la necesidad de una con- eeptualixación analítica de la guerra. En realidad, las tensiones en­ tre razón y emoción, arte y ciencia» desgaste y maniobra, defensa y ataque, instramentalismo y extremismo, constituyen los elemen­ tos clave del pensamiento de Clausewitz. Y puede decirse que esas tensiones alcanzaron su punto de ruptura en el siglo xx. En primer lugar; las guerras de la primera mitad del siglo xx fueron guerras totales» que incluyeron una amplia movilización de energías nacionales» tanto para luchar como para apoyar la lucha mediante la producción de armas y otros artículos. Clau­ sewitz no podía haber previsto la asombrosa combinación de producción de masas, política de masas y medios de comunica­ ción de masas, utilizados para la destrucción masiva. No obs­ tante, la guerra en. el siglo xx se ha acercado muchísimo a la noción de guerra absoluta de Clausewitz, con su culminación en el descubrimiento de las armas nucleares que, en teoría, po­ drían provocar la destrucción, total sin ninguna «fricción». Sin embargo» al mismo tiempo» algunas de las características de las

nuevas guerras estaban ya anunciadas en las guerras totales del siglo xx. En una guerra total, la esfera pública intenta integrar a

toda la sociedad y eliminar, de esa forma, la distinción entre lo público y lo privado. De la misma manera, empieza a difumi- narse la distinción entre lo militar y lo civil, entre combatientes

y no combatientes. En la primera guerra mundial, los objetivos

económicos se consideraron blancos militares legítimos. En la segunda guerra mundial, el término «genocidio» entró a formar parte del lenguaje legal, como consecuencia de la exterminación de los judíos.18 En el bando aliado, el bombardeo indiscrimi­ nado de civiles, que causó una destrucción de proporciones ge­ nocidas (aunque no llegase al grado de exterminación realizado por los nazis), se justificó por que había que minar la moral del enemigo, por que era una «necesidad militar», para emplear el lenguaje de las leyes de la guerra. En segundo lugar, a medida que la guerra afectaba cada vez

a más gente, su justificación en virtud de los intereses del Estado

se fue vaciando de contenido, si es que alguna vez había tenido una validez convincente. La guerra, como señala Van Creveld, es una prueba de que los hombres no son egoístas. Ningún cálculo utilitario e individualista puede justificar el hecho de arriesgarse a morir. El principal motivo por el que los ejércitos mercenarios eran tan insatisfactorios es que el incentivo económico es, por su propia naturaleza, insuficiente como motivación para guerrear. Lo mismo ocurre con el «interés de Estado», un concepto que

deriva de la misma escuela de pensamiento positivista que en­ gendró la economía moderna. Los hombres van a la guerra por diversas razones individuales -aventura, honor, miedo, camara­ dería, protección de «la casa y el hogar»-, pero la violencia legí­ tima, socialmente organizada, necesita un objetivo común en el que cada soldado pueda creer y que pueda compartir con los de­ más. Para que los soldados sean considerados héroes y no crimi­ nales, es necesaria una justificación heroica que movilice sus energías y les convenza de matar y arriesgarse a que les maten. En la primera guerra mundial, el patriotismo parecía lo bas­ tante poderoso como para exigir el sacrificio, y millones de jó­ venes se presentaron voluntarios para luchar en nombre de la patria y el rey. La terrible experiencia de la guerra produjo desi­

lusión y desesperanza, así como una atracción hacia causas más abstractas: io que Gellner llama las religiones seculares.19 Para las naciones aliadas, la segunda guerra mundial fue literalmente una guerra contra el mal; se movilizó a sociedades enteras con la conciencia -que sus predecesores de la primera guerra mun­ dial no tenían- de lo que entrañaba la guerra: la lucha contra el nazismo y la protección de sus formas de vida. Lucharon en nombre de la democracia o el socialismo contra el fascismo. En la guerra fría, se acudió a esas mismas ideologías para justificar la continua carrera de armamentos. Con el fin de respaldar la amenaza de destrucción masiva, se presentó el enfrentamiento como una lucha del bien contra el mal con arreglo a la expe­ riencia de la guerra. El hecho de que esta explicación fuera poco convincente o insuficiente es seguramente el principal mo­ tivo del fracaso de las intervenciones militares después de la guerra, especialmente la intervención estadounidense en Viet- nam y la intervención soviética en Afganistán. Los obstáculos para el triunfo de la contrainsurgencia se han analizado con de­ talle, pero el argumento fundamental es que los soldados no se sentían héroes. Estaban en países lejanos en los que no estaba claro quién tenía razón y quién no. En el mejor de los casos, los participantes en esos conflictos se sentían peones en un juego de alta política que no lograban comprender; en el peor, se sen­ tían asesinos. En Estados Unidos -aunque no en Rusia, que repitió el mismo error en Chechenia-, donde los dirigentes polí­ ticos tienen muy en cuenta la opinión pública, aquella experien­ cia produjo un profundo rechazo a correr el riesgo de tener ba­ jas entre sus hombres. Como consecuencia, se han desarrollado estrategias basadas, sobre todo, en la fuerza aérea, que puede aplicarse sin poner en peligro vidas americanas, lo que Edward Luttvvak llama la «guerra posheroica».20 Gabriel Kolko, en su obra monumental sobre la guerra en el siglo xx,21 afirma que los conflictos siempre los inicia «un puñado de hombres» que padecen «ceguera sancionada por la sociedad». Los líderes políticos actúan con el consenso de un grupo escogido que excluye a los que no están de acuerdo y, por consiguiente, hay una transmisión de falsas informaciones e ilusiones engañosas sobre lo que implica una guerra. El argu­

mentó de Kolko refuerza la tesis de que las democracias tienen menos probabilidades de verse envueltas en guerras. Desde luego» unos líderes a los que se exige más responsabilidad de­ berían ser menos propicios a embarcarse en aventuras imposi­ bles. Sin embargo, en el caso de la primera guerra mundial, los hombres y mujeres corrientes parecieron com partir la ceguera de los dirigentes políticos. En el caso de la segunda guerra mundial, al menos en Gran Bretaña, la opinión pública fue probablemente más beligerante cine ios líderes políticos» que intentaban apaciguar las cosas. Pero emprender una guerra no es más que el principio; lo que importa» a la hora de soste­ nerla, es en qué medida los que participan en ella consideran que el objetivo del conflicto es legítimo. La guerra es una acti­ vidad paradójica. Por un lado, es un acto de extrema coacción» que implica un orden social organizado» disciplina» jerarquía y obediencia. Por otro» necesita lealtad, devoción y fe por parte de cada individuo. Lo que el periodo posterior a la guerra ha dejado claro es que existen pocas causas que constituyan un objetivo legítimo para la guerra y por las que la gente esté dis­ puesta a morir. En realidad, la idea de que la guerra es ilegítima empezó a lograr aceptación ya después del trauma de la primera guerra mundial. El Pacto Kellogg-Briand de 1928 rechazaba la guerra como «instrumento político», salvo en casos de defensa propia. Esta prohibición se reforzó en los juicios de Nuremberg y To­ kio, en ios que se procesó a los líderes alemanes y japoneses por «planear una guerra de agresión», y quedó codificada en la Carta de las Naciones Unidas, Hoy en día, parece haberse gene­ ralizado la idea de que ei uso de la fuerza sólo se justifica en defensa propia o si está sancionado por la comunidad interna­ cional, en especial el Consejo de Seguridad de la ONU. En tercer lugar, las técnicas de la guerra moderna se han de­ sarrollado hasta el punto de disminuir notablemente su utilidad. Los grandes buques de guerra de duales del siglo xtx acabaron siendo más o menos irrelevantes en la primera guerra mundial. Lo que importaba era la potencia de fuego producida en masa. La primera guerra mundial fue una guerra defensiva de des­ gaste en la que las ametralladoras acribillaban a filas y lilas de

jóvenes, dirigidos por generales que se habían formado en la es­ cuela estratégica decimonónica del uso sin reservas de la fuerza. Hacia el final de la guerra, la introducción de tanques y aviones permitió un avance ofensivo que hizo posible el tipo de guerra de maniobras que caracterizaría después a la segunda guerra mundial. En el período posterior a la guerra, el aumento del ca­ rácter letal y la precisión de todas las municiones, en parte, al menos, debido a la revolución en la electrónica, aumentó enor­ memente la vulnerabilidad de todos los sistemas de armamento. Las plataformas de am ias de la segunda guerra mundial se han hecho extraordinariamente complejas y costosas, por lo que su utilidad ha disminuido debido a los costes y las exigencias lo­ gísticas, además de que las mejoras de rendimiento son cada vez, menores.22 En este período aumentaron considerablemente los problemas de movilización e infiexibilidad y los riesgos del desgaste, hasta hacer casi prohibitivo montar una operación im­ portante salvo que sea contra un enemigo claramente inferior, como en el caso de la guerra de las Malvinas de 1982 o las ope­ raciones del Golfo en 1991. La conclusión lógica de la trayectoria tecnológica de la gue­ rra moderna la constituyen, por supuesto, las armas de destruc­ ción masiva, especialmente las armas nucleares. Una guerra nu­ clear sería aquella en la que se aplicara una medida extrema de fuerza en cuestión de minutos. Pero ¿qué propósito racional po­ dría justificar nunca su uso? En el periodo posterior a la guerra, muchos pensadores estratégicos han reflexionado sobre este problema. ¿Acaso las armas nucleares no anulan la premisa de la guerra moderna, el interés de Estado?23 Por último, en la posguerra las alianzas se hicieron más rígi­ das, de forma que la distinción entre lo interno y lo externo tam­ bién se ha deteriorado. Ya en la segunda guerra mundial se vio con claridad que los Estados-nación no podían llevar a cabo las guerras de forma individual y unilateral. Esta lección se aplicó en la formación de las alianzas de posguerra. Los sistemas de mando integrado establecieron una división militar del trabajo en la que las superpotencias eran las únicas con capacidad inde­ pendiente de llevar a cabo guerras declaradas. En la práctica, después de la guerra, los países europeos abandonaron uno de

los atributos esenciales de la soberanía -el monopolio de la vio­ lencia organizada legítima- y, al menos en Europa occidental, lo que en realidad era una sociedad civil transnacional se extendió a un grupo de naciones. Existe un amplio debate sobre la con­ clusión de las ciencias sociales de que las democracias no se de­ claran guerras entre sí.24 Pero, curiosamente, lo que no se discute es la integración transnacional de las fuerzas militares, que pro­ porciona una limitación práctica contra la guerra. Claus Offe tiene un argumento parecido sobre las revoluciones de 1989 en Europa del Este; la razón por la que fueron tan pacíficas, afirma, fue la integración de las fuerzas militares en el Pacto de Varso- via, y eso explica, al mismo tiempo, la excepción de Rumania.25 Fuera de las alianzas, se estableció una red de conexiones militares a través de alianzas menos estrictas, el comercio de ar­ mas y el ofrecimiento de ayuda y formación militar, que crearon una serie de relaciones entre patrono y cliente que, a su vez, in­ hibieron la capacidad de declarar guerras de forma unilateral. Desde 1945 ha habido muy pocas guerras entre Estados, y éstas (India y Pakistán, Grecia y Turquía, Israel y los Estados Arabes) se vieron limitadas, en general, por la intervención de las super- potencias. La excepción que confirma la regla fue la guerra en­ tre Irán e Irak. Este conflicto duró ocho años y pudo librarse de forma unilateral gracias a que disponían de los ingresos del pe­ tróleo. Ambos bandos aprendieron la inutilidad de la guerra moderna convencional. Citando de nuevo a Van Creveld:

«Un millón de bajas más tarde, aproximadamente, los beli­ gerantes se encontraban de nuevo en sus puntos de partida. Los iraníes aprendieron que, ante una potencia de fuego gigantesca, a la que se añadía el gas, sus jóvenes soldados fanáticos no iban a poder avanzar más que en la ruta hacia el cielo. Los iraquíes aprendieron que la superioridad convencional, por si sola, era incapaz de infligir una derrota significativa a un gran país con casi el triple de su población. Ambos bandos se vieron constan­ temente obstaculizados por el miedo a que, si se interrumpía en serio el caudal de petróleo, su conflicto atraería la intervención de las superpotencias. Ambos querían un alto el fuego y se sin­ tieron aliviados cuando, por fin, se firmó».26

El deterioro de las distinciones entre lo público y lo privado, lo militar y lo civil, lo interior y lo exterior, también pone en tela de juicio la propia distinción entre guerra y paz. La segunda guerra mundial fue una guerra total y representó una fusión en­ tre guerra, Estado y sociedad, una fusión que siguió caracteri­ zando a las sociedades totalitarias. La guerra fría sostuvo una es­ pecie de psicosis de guerra permanente basada en la teoría de la disuasión, que queda magníficamente resumida en el lema «la guerra es la paz», de la obra de George Orwell 1984. La guerra fría mantuvo viva la idea de guerra al mismo tiempo que evitaba su realidad. Se suponía que el mantenimiento de grandes ejérci­ tos permanentes integrados en alianzas militares, la carrera con­ tinuada de armamento tecnológico y los niveles de gasto militar, hasta entonces jamás experimentados en tiempo de paz, debían garantizar la paz porque no estalló en suelo europeo ninguna guerra tan sencilla que encajara en el esquema descrito en este capítulo. Simultáneamente, en todo el mundo -incluida Europa- se produjeron muchos conflictos en los que murió más gente que en la segunda guerra mundial. Pero como estas guerras no se ajustaban a nuestra concepción de la guerra, no fueron teni­ das en cuenta. Las guerras irregulares e informales de la segunda mitad del siglo xx, empezando por los movimientos de resistencia durante la guerra y la guerra de guerrillas de .Mao Zedong y sus suceso­ res, son el preludio de nuevas formas de guerra. Los actores, las técnicas y las contratécnicas que surgieron de las grietas de la guerra moderna iban a proporcionar la base para nuevas for­ mas de violencia socialmente organizada. Durante la guerra fría, su carácter quedó oscurecido por el dominio del conflicto Este-Oeste; se consideraron una parte periférica del conflicto central. Pero ya antes del final de la guerra fría, cuando la ame­ naza de otra «guerra moderna» empezaba verdaderamente a re­ troceder, empezamos a ser conscientes de lo que Luttwak deno­ mina la nueva belicosidad.

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La guerra de Bosnia-Herzegovina se desarrolló desde el 6 de abril de 1992 hasta ei 12 de octubre de 1995, cuando entró en vi­ gor un acuerdo de alto el fuego promovido por el vicesecretario de Estado norteamericano Richard Holbrooke.1 Murieron unas 260.000 personas y aproximadamente dos tercios de los habitan­ tes se vieron desplazados de sus hogares. Se produjeron vio­ laciones de los derechos humanos a gran escala» comprendidas detenciones forzosas, torturas, violaciones y castraciones. Se des­ truyeron muchos monumentos históricos de valor incalculable. La guerra de Bosnia-Herzegovina se ha convertido en el ejemplo arquetípico, el paradigma del nuevo tipo de guerra. Hay otras muchas guerras en el mundo, como indicó -con gran falta de sensibilidad- Boutros Boutros-Ghali a los ciudadanos de Sa­ rajevo en su visita a la ciudad, el 31 de diciembre de 1992. Si las tragedias humanas se pueden medir en cifras, es posible asegu­ rar, como hizo él, que han ocurrido cosas más terribles en otros

lugares.2 Pero la guerra de Bosnia-Herzegovina

se introdujo en la

conciencia mundial como ninguna otra guerra reciente. La guerra suscitó un enorme esfuerzo internacional, que in­ cluyó negociaciones políticas de alto nivel con la participación de todas las grandes potencias, los esfuerzos humanitarios de insti­ tuciones internacionales y ONG, y una gran atención por parte de los medios de comunicación. Se consolidaron y se destruyeron carreras personales y se decidió, al menos en parte, la situación del mundo después de la guerra fría: la penosa incapacidad de la política exterior de la UE, los fallos de la ONU, el regreso de Es­ tados Unidos, la redefinición del papel de Rusia. La actual pre­ sencia masiva de las tropas de la OTAN y las de los países de la

Asociación para la Paz (antiguos miembros del Pacto de Varso- via) tendrá profundas consecuencias tanto para el futuro del Tra­ tado del Atlántico .Norte como para el marco institucional de la seguridad europea y nuestra concepción de las tareas de mante­ nimiento de la paz. Por dichos motivos» 1^ guerra de Bosnia-Her­ zegovina acabará siendo» probablemente» uno de esos aconteci­ mientos definitorios en los que se cuestionan y se reconstruyen teorías políticas muy arraigadas, ideas estratégicas y acuerdos in­ ternacionales. Si la guerra del Golfo fue significativa por ser la primera crisis internacional después de acabar la guerra fría, la crisis de Bosnia duró más y es más representativa de las guerras de los años noventa. Cuando empezó la guerra, los principales ac­ tores de la llamada comunidad internacional no habían tenido tiempo de modificar sus ideas heredadas sobre el carácter de la guerra ni su percepción de Yugoslavia. La reacción internacional fue, como mínimo, confusa, a veces estúpida, y, en el peor de los casos» culpable de lo que ocurrió. Sin embargo, durante la guerra cambiaron ciertas actitudes, sobre todo entre quienes se encon­ traban sobre el terreno. Algunas personas con amplitud de miras, tanto de la propia Bosnia como de las instituciones internaciona­ les, lograron ejercer cierta influencia» aunque fuera marginal, y promover nuevas formas de pensar. En este cambio de siglo es mucho -tal vez el propio futuro de Europa- lo que depende de hasta qué punto se hayan aprendido y aun asimilado las lecciones. Este capítulo traza los defectos de las formas heredadas de concebir la guerra y establece la necesidad de un nuevo tipo de análisis en relación con las teorías políticas y militares sobre có­ mo y por qué se libran las guerras en el contexto del fin de siglo y sus repercusiones en cuanto a la participación internacional.

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bo la guerra:

Bosnia-Herzegovina era la república con más mezcla étnica de la antigua Yugoslavia; según el censo de 1991, la población estaba formada por musulmán-'- ‘ ' ~ fo r ciento), serbios (31,4

por ciento), croatas (17,3 por ciento) y otros que incluían a yu­ goslavos, judíos, gitanos y personas que se calificaban de diver­ sas formas, como «jirafas» o «lámparas». Aproximadamente la cuarta parte de la población pertenecía a matrimonios mixtos y, en las zonas urbanas, florecía una cultura laica y pluralista. La gran diferencia entre los grupos étnicos era la religión: los ser­ bios eran ortodoxos y los croatas eran católicos. En las prime­ ras elecciones democráticas, de noviembre de 1990, los partidos que afirmaban representar a los diversos grupos étnicos obtu­ vieron más del 70 por ciento de los votos y se hicieron con el control de la Asamblea Nacional. Dichos partidos eran el SDA (Partido de Acción Democrática), que era el partido nacionalista musulmán, el SDS (Partido Demócrata Serbio) y el HDZ (Par­ tido Demócrata de Croacia). Aunque durante la campaña electo­ ral prometieron que su meta era que las tres comunidades vivie­ ran juntas y en paz, estos grupos acabaron siendo las distintas partes del conflicto. El objetivo político de los serbobosnios y los serbocroatas, apoyados respectivamente por Serbia y Croacia, era la «lim­ pieza étnica». La comisión de expertos de la ONU ha definido este fenómeno como «la homogeneización étnica de un área mediante el uso de la fuerza o la intimidación para eliminar de una zona concreta a personas de otro grupo étnico o reli­ gioso».3 Querían establecer territorios étnicamente homogéneos que acabasen formando parte de Serbia y Croacia y dividir Bosnia-Herzegovina, con su mezcla étnica, en una parte serbia y otra croata. Para justificar estos objetivos, utilizaban el len­ guaje de la autodeterminación extraído de la retórica comu­ nista sobre las guerras de liberación nacional en el Tercer Mundo. El objetivo del gobierno bosnio, que estaba controlado por musulmanes, era la integridad territorial de Bosnia-Herze­ govina, dado que los musulmanes constituían la mayoría en la república y eran quienes más tenían que perder con una parti­ ción; aunque en ocasiones el gobierno estuvo dispuesto a con­ siderar la posibilidad de un Estado musulmán residual o una cantonización étnica. La limpieza étnica ha sido característica del nacionalismo de Europa del Este en el siglo xx. El término se empleó por pri-

mera vez para hablar de la expulsión de griegos y armenios de Turquía a principios de los años veinte. La limpieza étnica adopta diversas formas, desde la discriminación económica y le­ gal hasta espantosas formas de violencia. La modalidad más suave fue la que ejerció Croacia tras las elecciones de 1990, cuando los serbios empezaron a quedarse sin trabajo y los que pertenecían a la policía en zonas de mayoría serbia se vieron sustituidos. La limpieza étnica violenta que iba a caracterizar la guerra de Bosnia-Herzegovina la iniciaron los serbios en Croa­ cia, en colaboración con el JNA (el ejército nacional yugoslavo) y numerosos grupos paramilitares; la sistematizaron los serbo­ bosnios y sus aliados en Bosnia-Herzegovina y la copiaron los croatas, tanto en Bosnia como en Croacia. ¿Cómo puede explicarse esta forma tan virulenta de nacio­ nalismo étnico? La percepción generalizada de la guerra queda expresada en los términos «balcanización» o «tribalismo». Los Balcanes, se dice, situados en la confluencia de civilizaciones y atrapados históricamente entre las fronteras cambiantes de los imperios otomano y austrohúngaro, siempre se han caracteri­ zado por sus divisiones y rivalidades étnicas, por antiguos odios que persisten soterrados. Tales divisiones quedaron suprimidas temporalmente durante el periodo comunista, pero volvieron a surgir en las primeras elecciones democráticas. Como argu­ mento a favor de esta opinión se suele mencionar Carta de 1920, un relato corto escrito por Ivo Andric entre las dos guerras mundiales. En esta historia, un joven decide irse de Bosnia para siempre porque es «un país de miedo y odio».4 Esta concepción de la guerra, visible, por ejemplo, en el libro de David Owen, se extendió por los círculos europeos de deci­

de forma

deliberada algunos de los propios participantes en el conflicto. Así, Karadzic, el dirigente serbobosnio, declaró que serbios, croa­ tas y musulmanes eran como «perros y gatos», mientras Tudj- raan, el presidente croata, subrayó en repetidas ocasiones que serbios y croatas no podían vivir juntos porque los croatas eran europeos, mientras que los serbios eran orientales, como los tur­ cos o los albaneses.6 (Curiosamente, parece pensar, al menos en ocasiones, que es posible vivir con los musulmanes, ya que, de

sión y las negociaciones de alto nivel.5 La fomentaron

acuerdo con esta teoría» en realidad son croatas» y Croacia y Bosnia-Herzegovina han estado tradicionalmente unidas. Por otro lado, los serbios equiparan a los musulmanes con los tur­ cos, es decir, ¡como los croatas les ven a ellos!) Es un punto de vista que corresponde a la concepción pri­

mordial del nacionalismo» la idea de que éste está intrínseca y profundamente arraigado en las sociedades humanas que proce­

den de «etnias»

es por qué hay largos periodos de coexistencia entre distintas comunidades o nacionalidades, ni por qué se producen oleadas de nacionalismo en momentos concretos. No explica la existen­ cia indiscutida de otras concepciones alternativas de la sociedad bosnia, e incluso yugoslava, que la consideran una cultura rica

y unificada» en oposición al multiculturalismo, que comprende las distintas comunidades religiosas» las lenguas e importantes

factores de secularidad.8 Desde lúe

una historia sombría, sobre todo durante el siglo xx, pero lo mismo ocurre con otras partes de Europa. La idea de que el na­ cionalismo agresivo es una especie de peculiaridad de los Balca­ nes nos permite pensar que el resto de Europa es inmune al fenómeno bosnio. La antigua Yugoslavia» que antes estaba con­ siderada como el más liberal de los regímenes comunistas y el primero en la lista de posibles nuevos miembros de la UE, se ha convertido en un punto negro en plena Europa, rodeado por otras sociedades presuntamente más «civilizadas»; Grecia al sur» Bulgaria y Rumania al este, Austria» Hungría e Italia al norte y el oeste. Pero ¿y si la oleada actual de nacionalismo tiene cau­ sas contemporáneas? ¿No equivale la teoría primordial» enton­ ces, a una especie de miopía, una excusa para la falta de acción» o algo peor? Existe una teoría alternativa que sostiene que el naciona­ lismo se ha reconstruido con fines políticos. Esta opinión está más vinculada a la concepción «instramentalista» del naciona­ lismo, según la cual los movimientos nacionalistas reínventan versiones concretas de la historia y la memoria con el fin de construir nuevas formas culturales que sean útiles para la movi­ lización política.9 Lo que ocurrió en Yugoslavia fue la desinte­ gración del Estado, tanto el federal como» en los casos de Croa­

orgánicamente desarrolladas.7 Lo que no explica

- mia-Herzegovina posee

d a y B osnia-H erzegovina, ei republicano. Si definimos el Esta­ do, de acuerdo con la acepción de Webep como la organización que «conserva el monopolio de la violencia organizada legíti­ ma», es posible localizar, primero, el derrumbe de la legitimidad v, segundo, el de! monopolio de la violencia organizada. La ap a­ rición del nacionalismo virulento, que efectivamente se consti­ tuyo sobre la base de tradicionales divisiones y prejuicios socia­ les -unas divisiones que de ningún modo alcanzaban a toda la sociedad yugoslava contemporánea-, debe interpretarse como nna lucha por parte de unas elítes cada vez más desesperadas (y

del Estado. Además, en

una sociedad postotalitaria el control es mucho más amplio que en sociedades más pluralistas y se extiende a todas las grandes instituciones sociales: empresas, escuelas, universidades, hospi­ tales, medios de comunicación,, etcétera. Para comprender la razón de que el Estado se desintegrara siguiendo los límites nacionales, lo mejor es acudir a la historia reciente de Yugoslavia, m ás que adentrarse en el pasado ante­ rior al comunismo. El régimen de Tito era totalitario en el sentido de que había no control centralizado de todos los as­ pectos de la vida social. Pero era más liberal que otros regíme­ nes de Europa del Este; permitía cierto grado de pluralismo económico; a partir de los años sesenta, se autorizó a los ciu­ dadanos yugoslavos a viajar y tener cuentas en moneda extran­ jera; la libertad artística e intelectual era mucho mayor que en

otros países comunistas. La identidad política del régim en yu­ goslavo procedía, en parte, de la lucha de los partisanos du­ rante la segunda guerra mundial; en parte, de su capacidad de ofrecer un nivel de vida razonable a la población; y en parte, del hecho de tener una posición internacional especial, al ser un puente entre el este y el oeste, con su propia variedad nativa de socialismo y su papel dirigente en el movimiento de los no alineados. A medida que el recuerdo de la segunda guerra mundial se fue desvaneciendo y las mejoras económicas y so­ ciales del período de posguerra empezaron a desaparecer, era inevitable que se pusiera en tela de juicio su legitimidad. La caída del Mu ro de Berlín, los movimientos democráticos en el resto de Europa del Este y el fin de la división entre el bloque

corruptas)

para co n tro lar los despojos

oriental y occidente fueron el tiro de gracia para la identidad de la antigua Yugoslavia. Aunque los partisanos yugoslavos habían luchado bajo el lema «Fraternidad y unidad», y el objetivo era desarrollar un nuevo hombre o mujer socialista y yugoslavo, como en la Unión Soviética, el régimen tenía incorporado en su funcionamiento un complicado sistema de frenos y contrapesos para asegurar que ningún grupo étnico fuera dominante; es más, había insti­ tucionalizado la diferencia étnica. Para compensar el predomi­ nio numérico de los serbios, se crearon seis repúblicas, cada una (con la excepción de Bosnia-Herzegovina) con una naciona­ lidad dominante: Serbia, Montenegro, Croacia, Bosnia-Herze- govina, Eslovenia y Macedonia. Además, había dos provincias autónomas dentro de Serbia: Kósovo (con una mayoría alba- nesa) y Vojvodina (con una población mixta, compuesta por ser­ bios, croatas y húngaros). A pesar de ello, los sondeos mostra­ ron siempre, hasta los años ochenta, un apoyo creciente al yugoslavismo. Este sistema se reforzó con la Constitución de 1974, que traspasó poderes a las repúblicas y provincias autóno­ mas y estableció un mecanismo de rotación de las clases diri­ gentes basado en una aritmética étnica. Aunque la Liga Comu­ nista conservó su posición de monopolio, a partir de 1974 el propio partido se fue dividiendo, cada vez más, con arreglo a los límites nacionales. En una situación en la que se rechazaban otros desafíos políticos, el discurso político nacionalista se con­ virtió en la única forma de debate legítimo. En la práctica, ha­ bía 10 partidos comunistas, uno para cada república y provincia autónoma, otro para la federación y otro para el JNA. Como su­ braya Ivan Vejvoda, la Constitución de 1974 daba poder a los agentes colectivos, especialmente la nomenklatura, en las ins­ tancias republicanas y provinciales, al tiempo que se lo quitaba todavía más a los ciudadanos particulares. Era la descentraliza­ ción del totalitarismo.10 En este contexto, las identidades comu­ nitarias nacionales eran los candidatos más claros para llenar el vacío producido por la pérdida del yugoslavismo. Yugoslavia experimentó las tensiones de la transición econó­ mica unos 10 años antes que otros países de Europa del Este.11 Durante los años cincuenta y sesenta, el país tuvo un rápido

crecimiento económico, basado en ei modelo de rápida indus­ trialización pesada, orientada al sector de la defensa, típico de las economías centralizadas. En el caso yugoslavo, hubo alguna modificación debida al modelo de autogestión y al hecho de que la agricultura, en su mayor parte, permanecía en manos priva­ das. Durante este periodo, Yugoslavia recibió grandes cantida­ des de ayuda exterior porque se consideraba que era un baluar­ te contra un posible ataque soviético en el sureste de Europa. En los años setenta, la ayuda occidental empezó a disminuir y se vio sustituida por préstamos comerciales, que eran relativa­ mente fáciles de conseguir tras la crisis del petróleo. Como en el caso de otras economías centralizadas, a Yugoslavia le fue muy difícil reestructurar su economía; a ello hubo que añadir la de­ saceleración del crecimiento en los países occidentales -que in­ hibió el aumento de las exportaciones y redujo las remesas de los yugoslavos que trabajaban en el extranjero- y la creciente autonomía de las repúblicas y las provincias autónomas, que no se sentían responsables de la balanza de pagos y competían, unas con otras, para generar dinero. En 1979, la deuda había alcanzado proporciones de crisis:

alrededor de 20.000 millones de dólares. En 1982 se aprobó un Plan de Recuperación del Fondo Monetario Internacional (FMI), que consistía en liberalización y austeridad. La principal conse­ cuencia de este plan fue la intensificación de la competencia por los recursos entre las repúblicas y la contribución a la cre­ ciente criminalización de la economía. La federación fue inca­ paz de controlar la generación de dinero, y en diciembre de 1989 la tasa mensual de inflación había alcanzado el 2.500 por ciento. El paro tuvo un promedio del 14 por ciento durante toda la década; resultaron especialmente afectadas las clases medias urbanas, que dependían en gran medida de los sueldos y pensiones del Estado, y los obreros industriales de zonas rura­ les, que se vieron obligados a sobrevivir con lo que podían obte­ ner de sus pequeñas parcelas. Una serie de escándalos de co­ rrupción producidos a finales de los años ochenta, sobre todo en Bosnia-Herzegovina, revelaron los vínculos cada vez mayores entre la degenerada clase dirigente y una nueva clase de maño­ sos. Un caso típico fue el escándalo de Agromerc, que dio a co­

nocer las nefandas actividades de Fikret Abdíc, jefe histórico del partido en Bihac y que posteriormente sería una figura clave en la guerra. Los argumentos nacionalistas eran una forma de li­ diar con el descontento económico» porque apelaban a las vícti­ mas de la inseguridad económica y ocultaban la alianza cre­ ciente entre la nomenklatura y la mafia. A finales de los años ochenta se aceleró la desintegración del Estado yugoslavo. El último primer ministro federal, Antje Mar- kovic, intentó volver a imponer el control central con un pro­ grama de «terapia de choque», introducido en enero de 1990. A pesar de que el programa logró reducir la inflación» provocó un enorme resentimiento en las repúblicas porque eliminó» de he­ cho, su «licencia para imprimir dinero».12 En noviembre de 1990, Yugoslavia se encontró, como espacio económico único, ante el desafío de varias acciones económicas unilaterales; sobre todo, el enorme préstamo solicitado por los serbios para sufra­ gar la imposición de su gobierno en Kósovo, conocido como «el gran robo del banco», pero también la negativa eslovena a con­ tribuir al Fondo de Regiones Subdesarrolladas y la abolición unilateral, por parte de los croatas, de los impuestos sobre los coches, que en la práctica equivalía a sobornar a los votantes con la promesa de coches de importación más baratos. Como espacio único de comunicación, Yugoslavia se fue de­ sintegrando paralelamente a la economía. En los años setenta, cada república y cada provincia controlaba sus propias cadenas de radio y televisión. De vez en cuando había una rotación de informativos en el primer canal de televisión., y se podían ver noticias de otras repúblicas y provincias autónomas (también por rotación) en el segundo canal. Este sistema se vino abajo a finales de los años ochenta.13 A pesar de un último intento de­ sesperado, por parte de Markovic, de instaurar una televisión para toda Yugoslavia, Yutel, los medios de comunicación, a la hora de la verdad, estaban nacionalizados, y fueron una base poderosa para la propaganda nacionalista. En 1990, la legitimidad federal era discutida, desde el 'punto de vista legislativo y desde el judicial. Las primeras elecciones democráticas se celebraron en las repúblicas, pero no en el. ám­ bito federal. Cuando el tribunal constitucional federal se oponía

a decisiones tomadas por los parlamentos republicanos recién elegidos -como la decisión eslovena de no contribuir al Fondo de Regiones Subdesarrolladas o las declaraciones eslovena y croata de soberanía-, sus opiniones legales eran ignoradas. Y parecido desprecio por las decisiones constitucionales, a escala republicana, fue el que demostraron los serbios de Croacia cuando pretendieron declarar una «Región Autónoma Serbia». El último vestigio del Estado yugoslavo desapareció en 199.1, cuando se desintegró el monopolio de la violencia organizada. Ei

JMA había sido el bastión del

tenta se crearon las Unidades de Defensa Territorial (TO) en las repúblicas, como consecuencia de un nuevo «Sistema de Defensa Popular Generalizada» introducido después de la invasión sovié­ tica de Checoslovaquia en 1968. En .1991, el JNA era, cada vez más, un instrumento de Siobodan Milosevic, el presidente de Serbia, mientras que eslovenos y croatas organizaban y armaban en secreto sus propias tropas independientes, creadas a partir de las TO v la policía, con suministros de excedentes de armas pro­ cedentes del mercado negro que estaba naciendo en Europa del Este por aquel entonces. Al mismo tiempo, los serbios creaban sus propios grupos paramilitares. En concreto, iniciaron su plan «RAM» (Marco) para armar y organizar en secreto a los serbios de Croacia y Bosnia-Herzegovina. El JNA fracasó por completo en sus esfuerzos de desarmar a los paramilitares (los croatas y los eslovenos afirmaban que sus fuerzas no eran grupos parami­ litares sino fuerzas legales de defensa) y acabaron aliándose con los grupos serbios en Croacia y Bosnia,15 La aparición de una nueva forma de nacionalismo corrió pa­ ralela a la desintegración de Yugoslavia. Era un nacionalismo nuevo en ei sentido de que estaba unido a la desintegración del Estado, a diferencia de los nacionalismos anteriores, «moder­ nos», cuyo objetivo era construir ese Estado, y, también a dife­ rencia de los nacionalismos anteriores, carecía de una ideología modernizadora. También era nuevo por sus técnicas de movili­ zación y sus formas de organización. Milosevic fue el primero en utilizar a gran escala los medios electrónicos para propagar el mensaje nacionalista. Su «revolución antiburocrática», que pretendía acabar con el sistema titista de frenos y contrapesos

yugoslavismo,14 Ya en los años

se­

porque lo consideraba discriminatorio para los serbios, fue la base de un llamamiento político populista que pasó por encima

de la jerarquía comunista existente. Legitimó su presencia en el poder en asambleas de masas. Alimentó la mentalidad de víc­ tima, tan frecuente en las mayorías que se sienten minorías, con una dieta electrónica de historias sobre el «genocidio» en Kó­

sovo -prim ero a

mente por parte de los albaneses- y el holocausto en Croacia y Bosnia-Herzegovina, con documentos cinematográficos de la se­ gunda guerra mundial intercalados con informaciones sobre su­ cesos actuales. En realidad, el público serbio experimentó una guerra virtual mucho antes de que estallara la guerra real; un conflicto virtual que hacía difícil distinguir la verdad de la fic­ ción, de forma que la guerra asumía una continuidad en la que

la batalla de 1389 en Kósovo, la segunda guerra mundial y la guerra de Bosnia formaban parte del mismo fenómeno. David Rieff cuenta cómo los soldados serbobosnios, después de pasar un día disparando desde las colinas que rodean Sarajevo, llama­ ban a sus amigos musulmanes en la ciudad. Esa conducta tan contradictoria les resultaba totalmente lógica a los soldados, debido a la disonancia psicológica producida por esa realidad virtual. No disparaban contra sus amigos, sino contra turcos. «Antes de que acabe el verano -le dijo un soldado a Rieff-, ha­ bremos expulsado al ejército turco de la ciudad, de la misma forma que ellos nos expulsaron de los campos de Kósovo en 1389. Aquél fue el comienzo del dominio turco en nuestras tie­ rras. Y éste será el fin, después de todos estos siglos crueles Los serbios estamos salvando a Europa, aunque Europa no va­ lore nuestros esfuerzos».16 Si Milosevic perfeccionó la técnica en cuanto a los medios, fue Tudjman quien desarrolló la forma de organización horizon­ tal y transnacional. A diferencia de Milosevic, procedía de un entorno disidente, y había cumplido tiempo en prisión a princi­ pios de los setenta por sus opiniones nacionalistas, aunque an­ tes había sido general del JNA. Su partido -el HDZ- tuvo poco tiempo para prepararse para las primeras elecciones democráti­ cas, y no controlaba los medios de comunicación. Pero Tudjman había estado buscando el apoyo de los expatriados croatas en

manos de los turcos, en 1389, y más reciente­

Norteamérica. Aseguraba que el HDZ tenía secciones en 35 ciu­ dades de Estados Unidos, cada una con un número de miembros entre cincuenta y varios centenares, y alguna hasta con 2.000. Las autoridades comunistas siempre miraron con suspicacia a los expatriados; se consideraba que, en general, los emigrados eran antiguos Ustashe (los fascistas croatas de la segunda gue­ rra mundial). Tudjman declaró después que la decisión política más importante que tomó nunca fue invitar a los emigrados a

volver para el congreso del HDZ en febrero de 1 9 9 0 .17 Esta for­

ma de organización transnacional fue una considerable fuente de fondos y técnicas electorales, y posteriormente de armas y mer­ cenarios. Provocó otra forma de realidad virtual, derivada del dis- tanciamiento, en el tiempo y el espacio, de los miembros del partido expatriados, que estaban aplicando a una situación con­ temporánea una imagen de Croacia que correspondía a cuando ellos se habían marchado.

El proceso de desintegración y el ascenso de una nueva for­ ma de nacionalismo virulento tuvo el mejor ejemplo en Bosnia- Herzegovina, que siempre había sido una sociedad mixta. La diferenciación de comunidades en función de las religiones (or­ todoxa, católica, musulmana y judía) había quedado institucio­ nalizada durante el último periodo del imperio otomano median­ te el sistema de millets (nombre que recibían las comunidades religiosas); ese «comunitarismo institucionalizado», como lo lla­ ma Xavier Bougarel,8 se mantuvo, en diversas formas, durante todo el periodo de dominio austrohúngaro (1878-1914) y en la primera y la segunda Yugoslavias. No obstante, en el periodo de posguerra hubo muchos matrimonios mixtos y, sobre todo en las ciudades, la lógica comunitaria se vio sustituida por una mo­ derna cultura laica. El yugoslavismo era especialmente fuerte en Bosnia-Herzegovina. Esta república era en la que más populari­ dad tenía Yutel y donde Markovic decidiría lanzar su partido re­ formista. Bougarel diferencia el «comunitarismo institucionalizado» del nacionalismo político y territorial. El primero depende de un equilibrio entre comunidades que se denomina komsiluk (buena vecindad) y que está amenazado por la movilización po­ lítica o militar, como ocurrió en las dos guerras mundiales. La

reaparición del nacionalismo político a finales de los ochenta se debió, como había ocurrido anteriormente, a motivos instru­

mentales. Según Bougarel, fue una reacción, al descontento deri­ vado de un desarrollo desigual y la creciente división entre las elites económicas y científicas y las regiones rurales atrasadas. Dicha división estaba especialmente agudizada en Bosnia-Her­ zegovina, y se exacerbó durante los años ochenta. Asimismo fue una reacción a la pérdida de legitimidad del partido en el poder. Seis meses antes de las elecciones de 1990, un sondeo reali­ zado en Bosnia-Herzegovina mostraba que el 74 por ciento de

la población estaba a favor de prohibir los partidos nacionalis­

tas. Sin embargo, cuando llegó el momento, el 70 por ciento de los votantes los apoyaron. Esta discrepancia puede explicarse acudiendo al argumento de Bougarel. La mayoría de la gente tenía miedo de la amenaza al komsiluk que representaban los

partidos nacionalistas. No obstante, una vez comenzada la mo­ vilización política, sentían la necesidad de agrupar a su comuni­ dad. De todas formas, hay que tener en cuenta otros factores. Por un lado, la Liga Comunista de Bosnia-Herzegovina era con­ siderada tradicionalmente un partido de la línea dura y retra­ sado a la hora de adaptarse a la ola de pluralismo que invadía

el resto de Europa del Este; y los partidos nacionalistas repre­

sentaban la alternativa más clara a los comunistas. Además,

quedó desacreditada por una serie de escándalos de corrupción

a finales de los años ochenta. Por otra parte, la rapidez de la

movilización nacionalista se explica, en parte, por el papel de Croacia y Serbia. El HDZ, el partido nacionalista croata, en rea­ lidad era una rama del partido de Tudjman, y el SDS, el partido

nacionalista serbio, era una sección del partido nacionalista ser­

bio establecido en Krajina, la región serbia de Croacia

mo, tanto el Centro cultural croata de Zagreb, Matica Hrvatska, como la Academia Serbia de Ciencias, responsable del famoso memorándum de 1986 que puso en marcha por primera, vez un programa nacionalista serbio, desempeñaron un papel muy ac­ tivo a la hora de suscitar el sentimiento nacionalista, en compa­ ñía de las instituciones religiosas. Las elecciones las ganaron los partidos nacionalistas, que formaron una incómoda coalición; cosa nada extraña, dado el

Asimis­

carácter co n trad icto rio de sus objetivos. En concreto, los miem­ bros del SDS en la Asamblea perdieron repetidas votaciones ante el SDA y el HDZ. Los partidos cívicos no nacionalistas ob­ tuvieron el 28 por ciento de los votos; les apoyaron, sobre todo, los intelectuales urbanos y los trabajadores de la industria. La guerra se precipitó por la decisión de la comunidad internacio­ nal de reconocer Eslovenia y Croacia, y cualquier otra antigua república yugoslava siempre que celebrase un referéndum y re­ conociera los derechos de las minorías (cosa que se ignoró en los casos de Croacia y Bosnia). El SDA y el HDZ estaban a favor de la independencia; los serbios» no. B ougarel llega a la conclusión de que las dos imágenes con­ tradictorias de Bosnia-Herzegovina com o un a tierra de toleran­

cia y coexistencia y como u n país de m iedo y odio son ciertas. El miedo y el odio no son endémicos sino que, en ciertos perio­

dos, se fomentan con fines políticos. La propia dim ensión de la

violencia puede interpretarse no com o

«miedo y el odio», sino como un reflejo de la dificultad de re­

u n a

consecuencia

del

co n stru ir el «miedo y el odio».

independiente que permaneció en áreas dom inadas po r los ser­

bios durante todo el conflicto:

sangrienta, porque los lazos que nos unían eran muy fuertes».19 Esta provocación de «miedo y odio» adopta form as concretas

en determinados periodos y debe explicarse en función de cau­

sas especificas. En otras palabras, el nuevo nacionalismo es un fenómeno contemporáneo que deriva de la h isto ria reciente y en el que influye el contexto actual. A veces se dice que el nacionalismo musulmán es un fenóm e­ no diferente del nacionalismo serbio y croata. Los que no están

de acuerdo con la idea dominante de que ésta fue u n a guerra ci­

vil suelen argumentar que se trató de una agresión serbia y, en menor medida, croata. Desde luego, es verdad que los naciona­

listas serbobosnios, ayudados e instigados por los gobiernos ser­ bio y yugoslavo, fueron los agresores» y que .fueron ellos quienes iniciaron y aplicaron de forma más sistem ática y extendida la

política de limpieza étnica.

dos por el gobierno de Croada, siguieron su ejem plo, aunque a menor escala. También es cierto que el SDA, el partido naciona­

Como decía Zivanovic, un liberal

«La

guerra

tenía

que

ser

m uy

Los nacionalistas

croatas,

respalda­

lista musulmán, siempre estuvo a favor de una Bosnia-Herzego­ vina unificada y multicultural. Pero el multiculturalismo, para los nacionalistas musulmanes, significaba una organización po­ lítica de acuerdo con límites comunitarios; de ahí los intentos de Izetbegovic de organizar grupos étnicos «aceptables» como el Consejo Civil Serbio o el Partido Campesino Croata. Además, el SDA también mostraba algunas de las mismas tendencias de los demás partidos nacionalistas, como la de imponer un rígido control político sobre todas las instituciones, o el uso de los me­ dios de comunicación para provocar una guerra virtual contra las demás comunidades: la revista del SDA, El Dragón de Bosnia, es especialmente estridente en sus llamadas a la violencia nacio­ nalista.20 La comisión de expertos de la ONU afirma que las fuer­ zas bosnias no emprendieron ninguna campaña de limpieza ét­ nica, aunque sí cometieron crímenes de guerra. No obstante, hubo croatas expulsados o que decidieron marcharse de las zo­ nas de Bosnia central tomadas por las fuerzas bosnias durante el conflicto entre musulmanes y croatas, y lo mismo ocurrió con los serbios en las zonas ocupadas durante los últimos días de la guerra. En otras palabras, fue una guerra de agresión serbia y croata, pero también fue una nueva guerra nacionalista. El hecho de que el miedo y el odio no eran endémicos en la sociedad bosnia quedó claro en el brote de activismo civil du­ rante el preludio de la guerra.21 Se desarrolló un amplio movi­ miento pacifista, muy apoyado por los medios de comunicación bosnios, los sindicatos, los intelectuales, los estudiantes y orga­ nizaciones de mujeres. En julio de 1991, decenas de miles de personas formaron una cadena humana en todos los puentes de Mostar. En agosto de 1991, Yutel organizó una concentración en Sarajevo a la que asistieron 100.000 personas. En septiembre, 400 pacifistas europeos, constituidos en la Caravana de la Paz de la Asamblea de Ciudadanos de Helsinki, se unieron a miles de bosnios en una cadena humana que conectaba la mezquita, la iglesia ortodoxa, la iglesia católica y la sinagoga de Sarajevo. Parecidas manifestaciones se organizaron en Tuzla y Banja Lu- ka, así como otros pueblos y ciudades. El punto culminante y final del movimiento llegó en los me­ ses de marzo y abril de 1992. El 5 de marzo, los pacifistas con­

siguieron derribar las barricadas erigidas por grupos nacionalis­ tas musulmanes y serbios después de que alguien disparase con­ tra un novio serbio en su boda. El 5 de abril, entre 50.000 y

100.000 manifestantes desfilaron por Sarajevo para exigir la di­

misión del gobierno y pedir un protectorado internacional. Mi­

les más llegaron en autobuses, procedentes de Tuzla, Zenica y Kakanj, pero no pudieron entrar en la ciudad debido a las ba­ rricadas de serbios y musulmanes. La guerra comenzó cuando

unos francotiradores serbios dispararon sobre los manifestantes desde el Holiday Inn; la primera persona en morir fue una estu­ diante de medicina de 21 años, que había ido desde Dubrov-

nik.22 Al día siguiente,

nia-Herzegovina y los serbios abandonaron la Asamblea bosnia. El Estado quedaba reconocido precisamente en el momento de su desintegración. Según Bougarel, la de Bosnia fue una guerra civil en el sen­

tido de que fue una guerra contra la población civil y contra la

sociedad civil.23 Y Tadeusz Mazowiecki, el relator especial de Comisión de Derechos Humanos de la ONU, menciona la opi­ nión de algunos observadores de que «las fuerzas atacantes es­

la

los Estados europeos reconocieron a Bos­

tán decididas a "matar" la ciudad [Sarajevo] y la tradición de

tolerancia y armonía étnica

otra forma, se puede considerar que fue una guerra de los na­ cionalistas exciuyentes contra una sociedad secular, multicultu­

ral y pluralista.

que representa».24 O, para decirlo de

Cómo se llevó a cabo la guerra:

medios militares y económicos

Yugoslavia era seguramente el país más militarizado de Eu­ ropa después de la Unión Soviética. Hasta 1986, el gasto militar representaba hasta el 4 por ciento del PIB, más que ningún otro país europeo no soviético, excepto Grecia.25 El JNA estaba com­ puesto por unos 70.000 oficiales y miembros profesionales, más

150.000 reclutas. Además, cada república y provincia autónoma

era responsable de organizar y equipar las TO, en general fuer­

zas de reserva, que ascendían, según Jos informes, a un millón de hombres. El JNA siguió siendo una entidad yugoslava hasta 1991. El ejército controlaba una red de bases, empresas y arsenales co­ nectados entre sí, que, a diferencia del resto de la economía, te­ nían una organización de ámbito yugoslavo. Aunque la estrate­ gia partisana que inspiraba la organización del JNA se basaba en formaciones de combate locales y descentralizadas, el mando se­ guía estando centralizado para todo el país. Entre los oficiales del JNA, de los que el 70 por ciento eran serbios o montenegri- nos, el yugoslavismo siguió expandiéndose en una época en la que disminuía en otras esferas de la vida social. El JNA absorbía la mayor parte del presupuesto federal, y en 1991 parecía que el ejército y la Liga Comunista eran prácticamente las únicas cosas que quedaban de la idea de Yugoslavia; por esa razón, el yugos- lavismo acabó asociándose con el totalitarismo y el militarismo. Entre 1986 y 1991, el gasto militar disminuyó de forma drástica, de 2.491 millones de dólares -en precios constantes de 1988- a 1.376 millones de dólares,26 lo cual contribuyó a au­ mentar en el JNA la sensación de victimismo y paranoia sobre los enemigos externos e internos. (La detención de unos jóvenes periodistas eslovenos que habían criticado las exportaciones de armas al Tercer Mundo en 1988, y el subsiguiente y aireado jui­ cio, fue un ejemplo de esa paranoia.) La historia de las guerras en Eslovenia, Croacia y, sobre todo, Bosnia-Herzegovina es tam ­ bién la historia de la desintegración del complejo militar e in­ dustrial yugoslavo. El JNA y las TO se desintegraron en una combinación de fuerzas regulares e irregulares a las que se fue­ ron añadiendo criminales, voluntarios y mercenarios extranje­ ros, y que rivalizaban por el control sobre los bienes militares de la antigua Yugoslavia. Al comienzo de la guerra en Bosnia-Herzegovina existía una variedad desconcertante de grupos militares y paramilitares. En teoría, había tres bandos en el conflicto; los serbios, los croatas y los bosnios. En la práctica, las diversas fuerzas coo­ peraron unas con otras, en distintas combinaciones, a lo largo de toda la guerra. Así, en las primeras etapas, croatas y bosnios colaboraron contra los serbios. Después, tras la publicación en

* a plan Vance-O wen -que se basaba en la cantonización

étnica-, c r o a t a s y musulmanes empezaron a luchar entre sí, porque los primeros querían asegurarse el dominio de «sus» cantones. Entonces llegó el acuerdo de Washington entre mu­ sulmanes y croatas, impuesto por los norteamericanos, y, en las últimas fases del conflicto, los musulmanes y los croatas volvie­ ron a cooperar, al menos oficialmente. En el transcurso de la

guerra, las fuerzas de cada paite del conflicto se fueron centra­ lizando y regularizando cada vez más. Hacia el final, las princi­ pales fuerzas regulares eran el Ejército Serbobosnio (ESB), el Consejo Croata de Defensa y el Ejército de Bosnia-Her­ zegovina (EBíH). Tras la guerra de diez días en Eslovenia, en junio de 1991, el JNA se retiró a Croacia (y dejó atrás sus armas). A mediados de julio de 1991, el JNA había trasladado aproximadamente a “v j ÜO soldados a Croacia, Junto a unos 12.000 soldados de las fuerzas irregulares serbias» compuestas por voluntarios locales

V grupos (a menudo, criminales) propiamente

tropas experimentaron con las estrategias que después se usa­ rían en. Bosnia-Herzegovina. Después del alto el fuego en Croa­ cia, el JNA se retiró a Bosnia-Herzegovina y se llevó su material. En mayo de 1992, el JNA se retiró formalmente de Bosnia-Her­ zegovina. En la práctica, sólo hubo unos 14.000 soldados que se marcharan a Serbia y Montenegro; alrededor de 80.000 fue­ ron transferidos al ejército serbobosnio. El HVO estaba compuesto por las milicias adjuntas al HDZ. Trabajaba en colaboración con el ejército croata (HV), que se había formado a partir de las fuerzas croatas de defensa territo­ rial y se había constituido en el transcurso cié la guerra con la ayuda -en materia de formación- de una empresa privada for­ mada por generales norteamericanos retirados, Recursos Milita­ res Profesionales (MPRI).27 No existía un ejército bosnio cuando estalló la guerra. En lo esencial, la defensa del territorio bosnio estaba organizada de manera local, Sarajevo estaba defendida por una mezcla vario­ pinta de ligas patrióticas y otros grupos paramilitares, dirigidos, en gran parte, por los líderes clandestinos de Sarajevo. Tuzla es­ taba defendida por la policía y tina liga patriótica local. Aunque

de Serbia, estas

Izetbegovic anunció la formación de un ejército regular en mayo de 1992, hasta que Silajdzic se convirtió en primer minis­ tro, en otoño de 1993, no fue posible controlar a los distintos grupos criminales y centralizar el mando militar. Todavía enton­ ces, la comisión de expertos de la ONU calculaba que de los 70.000 soldados, sólo estaban armados 44.000.28 El ESB estaba mucho mejor equipado que las demás fuer­ zas regulares, como puede verse en el cuadro 3.1. En concreto, tenía una ventaja considerable en armamento pesado: tanques, artillería, lanzacohetes y morteros. Había heredado el material del JNA y, sobre todo, controlaba la mayoría de sus almacenes de armas, que se habían colocado en las colinas de Bosnia- Herzegovina, porque se preveía que esa región sería la base de cualquier defensa de tipo guerrillero para Yugoslavia, y se ha­ bían abastecido bien en previsión de una larga guerra. El EBiH, que era el peor equipado y sufría, sobre todo, una gran escasez de armamento pesado, dependía de las rutas de sumi­ nistros croatas para sus adquisiciones de armas.29 El HVO re­ cibía material de Croacia. Además de los equipos sacados de los arsenales croatas, se utilizaban varias fuentes del mercado negro, sobre todo para comprar excedentes de material del an­ tiguo Pacto de Varsovia. (Curiosamente, había ciertas pruebas de que las antiguas empresas del JNA en Croacia, Eslovenia y Serbia seguían colaborando en la fabricación de piezas de re­ cambio y material.)30 Además de las fuerzas regulares, es posible identificar tres tipos fundamentales de fuerzas irregulares: organizaciones para- militares, en general bajo el control de una persona; grupos mercenarios extranjeros; y la policía local, a la que se habían unido civiles armados. La comisión de expertos de la ONU es­ pecificó 83 grupos paramilitares en el territorio de la antigua Yugoslavia; 56 eran serbios, 13 eran croatas y 14 eran bosnios. Se calcula que el número de miembros era, respectivamente, entre 20.000 y 40.000, entre 12.000 y 20.000, y entre 4.000 y 6.000. La gran mayoría de ellos actuaban en su localidad, pero algunos grupos extendieron mucho más sus acciones, en coordi­ nación con las fuerzas regulares, y adquirieron una celebridad considerable.

 

Fuerzas

Tanques

Artillería

Lanzacohetes

Morteros

armadas

de combate

múltiples

EBiH

92.000

31

100

2

200

HVO

50.000

100

200

30

300

ESB

75.000

370

700

70

900

Fuente: Military Balance 1995-1996, Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, Londres, 1996

En el bando serbio, los dos grupos más conocidos eran los «Tigres» de Arkan y los Chetniks -«Águilas blancas»- de Seselj. Arkan, cuyo auténtico nombre era Zeljko Raznjatovic, era una figura importante en los bajos fondos de Belgrado. Poseía una cadena de heladerías, una tapadera -según se decía- para sus actividades de contrabando, que se habían incrementado enor­ memente durante la guerra. Antes del conflicto, al parecer, le había reclutado una unidad especial del gobierno yugoslavo para asesinar a personas emigradas. Asimismo era dueño del club de aficionados del equipo de fútbol de Belgrado, el Estre­ lla Roja, y fue de allí de donde sacó a sus Tigres. Éstos, al prin­ cipio, actuaban en Croacia; en Bosnia-Herzegovina se decía que operaban en 28 condados. Según informaciones recogidas por la comisión de la ONU: «Tenían el cabello corto y llevaban gorros negros de lana, guantes negros con los dedos recortados e insignias negras en el brazo. Según otros testimonios, lleva­ ban uniformes multicolor, flechas rojas, gorras de lana, una in­ signia con la bandera serbia en el brazo derecho y un emblema con un tigre y las palabras Arkanove delije en el hombro».31 Los Tigres estaban bien dotados de armamento, incluidos tanques y morteros. Seselj había sido un disidente. Había dado clases en la uni­ versidad de Sarajevo y al parecer, pasó un año en la universidad de Michigan.32 Fue encarcelado a principios de los años ochenta por sus escritos anticomunistas. Al salir en libertad se trasladó a Belgrado, donde se unió a los nacionalistas serbios. Su partido, el Partido Serbio de Renovación Nacional, obtuvo escaños en las elecciones de 1990 y triunfó especialmente en las elecciones í

federales de mayo de 1992, en las que obtuvo 33 de 138 esca­ ños. Como los Tigres, los Chetniks, al principio, actuaban en Croacia. En Bosnia-Herzegovina se decía que estaban presentes en 34 condados. Los hombres de Seselj eran «barbudos». Lleva­ ban boinas serbias con una bandera militar serbia en la parte delantera, o gorros negros de piel con una escarapela serbia. Se decía que estaban siempre borrachos y que reclutaban a otros «luchadores de fin de semana».

Parece que tanto Arkan como Seselj colaboraron con ei JNA. Según la comisión de la ONU: «En muchos de estos condados, Seselj y Arkan ejercían el control de las demás fuerzas que ac­ tuaban en la zona. Dichas fuerzas consistían, en grupos param i­ litares locales y, a veces, el JNA. En algunos condados, las fuer­ zas de Seselj y Arkan actuaban bajo el mando del. JNA».33 Seselj siempre insistió en que sus fuerzas estaban armadas y equipa­ das por Milosevic. El grupo paramilitar más conocido de Croacia era HOS, un ala del Partido de las Derechas de Croacia (HSP). Sus miembros llevaban uniformes negros y el escudo ajedrezado de Croacia, co­ mo los Ustashe de la segunda guerra mundial. Hasta .1993, año en

el que su jefe, Dobroslav Paraga, fue detenido por intentar derro­

car al gobierno croata, HOS colaboró con el HVO. Otro grupo pa­ ramilitar croata era el de los «Lobos», que lideraba Jusuf Prazina, llamado Juka. Éste era un personaje de los bajos fondos de Sara­ jevo antes de que estallara la guerra, y había estado en la cárcel cinco veces. Los Lobos llevaban «el pelo cortado ai rape, monos negros, gafas de sol y, a veces, máscaras» ,3 4 Colaboraron con el EBiH hasta agosto de 1992 y, a partir de entonces, con el HVO. Los dos famosos gángsteres Caco y Celo estuvieron actuan­

do en Sarajevo hasta el otoño de 1993. Caco había sido músico de club con el nombre de Musan Topalovic, y Celo era un deli- cuenté recién salido de prisión tras haber cumpiido una conde­ na de ocho años por violación. La mayoría de los grupos para- militares del bando bosnio recibían el nombre de Boinas Verdes

o Fuerzas Armadas Musulmanas (MOS), y teóricamente estaban

a las órdenes del EBiH. Otros nombres de grupos paramilitares eran los Cisnes Ne­ gros, las Hormigas Amarillas (por su capacidad de saqueo), los

Bebés de Mecet» las Palomas de Mezquita» los Caballeros, los Halcones Serbios, etcétera. Entre los mercenarios, ios más famosos eran los muyahidiin, en su mayoría veteranos de la guerra afgana. Después fueron expulsados en virtud del acuerdo Me Dayton. Se decía que ac­ tuaban en Zenica, Travnik» Novi Travnik, Mostar y Konjic. Se­ gún los servicios de inteligencia croatas» su organizador efa un hombre llamado Abdulah» dueño del videoclub «Palma» en Travnik. La comisión de i U j agiere que los muyahidiin operaban más o menos con independencia del EBiH. Otros mercenarios eran la Unidad Garibaldi (compuesta por italianos que luchaban junto a los croatas), los rusos que luchaban en el bando serbio y otros procedentes de Dinamarca, Finlandia, Sue­ cia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Hubo soldados británicos que se habían quedado sin trabajo por los recortes posteriores a la guerra fría y que asumieron puestos de formación tanto en las fuerzas bosnias como en las croatas. Las milicias locales estaban dirigidas por ayuntamientos, co­ mo en Tuzla, o grandes empresas, como en Velika Klusa, el Agro- merc de Fikret Abdic» o en Zenica» donde los antiguos comunis­ tas seguían controlando las plantas siderúrgicas. Durante la guerra, la economía formal se desplomó. Ello se debió a una combinación de factores: la destracción física, la imposibilidad de adquirir materias primas y la pérdida de los mercados. Se calcula que la producción industrial descendió al 10 por ciento de su nivel anterior a la guerra, y el paro alcanzó entre el 60 y el 90 por ciento. La moneda se hundió; los inter­ cambios comerciales se basaban en una mezcla de trueque y marcos alemanes. La mayoría de ios habitantes se enfrentaban a un penoso dilema: la ayuda humanitaria no les daba lo sufi­ ciente para vivir» de modo que podían presentarse voluntarios para el ejército, convertirse en delincuentes, o ambas cosas; o bien podían intentar marcharse. Muchos se fueron, sobre todo los jóvenes con estudios» así que el descenso de la población fue todavía más drástico de lo que indican las cifras de la limpieza étnica. Las diversas tuerzas militares dependían por completo de la ayuda exterior. Ésta consistía en el apoyo directo de gobiernos

extranjeros, la «fiscalización» de la ayuda humanitaria y los en­ víos de personas particulares. Las fuerzas regulares estaban fi­ nanciadas y equipadas, en gran parte, por los gobiernos que las patrocinaban. El gobierno serbio financió el ESB hasta el em­ bargo impuesto por Milosevic en 1994. Croacia sostenía al HVO, y el EBiH recibía ayuda de los Estados islámicos y, de manera encubierta, de Estados Unidos. Los paramilitares se financiaban mediante el saqueo y la extorsión de la población expulsada, con la confiscación del material en los territorios conquistados, la «fiscalización» de la ayuda humanitaria, que recaudaban en numerosos puestos de control, y el mercado negro. Las milicias locales estaban financiadas por los ayuntamientos, que recibían los «impuestos» recaudados sobre la ayuda humanitaria en sus zonas y, además, seguían cobrando impuestos a los ciudadanos -incluidos los que estaban en el extranjero- y las empresas de su territorio. Estos tres tipos de fuerzas cooperaban entre sí tanto en el aspecto militar como en el económico. La estrategia que adoptaron esas fuerzas, regulares e irregu­ lares -una estrategia practicada de forma sistemática y cons­ tante por serbobosnios y serbocroatas-, fue ganar territorios mediante el control político, más que las ofensivas militares. La violencia se utilizaba para dominar a las poblaciones, y no para ocupar terreno. La dificultad de conquistar territorio mediante ofensivas militares quedó patente desde el principio de la guerra en Croacia. El JNA experimentó los mismos clásicos problemas ofensivos que caracterizan a la guerra moderna, como se vio en el conflicto entre Irán e Irak. El sitio de Vukovar -una ciudad de Eslavonia oriental, en Croacia-, que duró dos meses, sep­ tiembre y octubre de 1991, mostró que una enorme superiori­ dad en armamento y hombres no bastaba para tomar una ciu­ dad relativamente pequeña. Cuando Vukovar cayó, por fin, el 20 de noviembre, había quedado reducida a escombros. El intento de tomar Dubrovnik, que -según las memorias del entonces mi­ nistro de Defensa, el general Kadijevic- formaba parte de un plan para ocupar Split y la costa dálmata, fracasó.35 Un rasgo característico de la guerra de Bosnia fue el cerco de las princi­ pales ciudades. Aunque no lograban conquistarlas, las bombar­ deaban sin cesar y les cortaban los suministros.

Excepto en la primera fase de la guerra de Bosnia-Herzego­ vina, cuando los serbobosnios se encontraron con muy poca oposición, y en los últimos momentos del conflicto, cuando se habían debilitado enormemente, fue escaso el territorio que cambió de manos. En realidad, la guerra no estaba dirigida contra los bandos rivales, sino contra las poblaciones civiles. Ello explica por qué no hubo un frente continuo. Por el con­ trario, diferentes partes controlaban las distintas áreas, y las fuerzas estaban repartidas por lo que la comisión de la ONU califica de «tablero de ajedrez» militar; las líneas de choque en­ traban en las ciudades y las rodeaban. De hecho, a finales de 1993, antes del acuerdo de Washington entre musulmanes y croatas, el territorio bajo control bosnio consistía, en definiti­ va, en unos cuantos enclaves rodeados por fuerzas hostiles, un territorio que algunos han descrito como de «piel de leopardo». Con la excepción de Banja Luka, que estaba bajo dominio ser­ bio, y Mostar, que estaba dividido entre croatas y musulmanes, la mayoría de las ciudades permanecían en poder de los bos­ nios, mientras que el campo estaba repartido entre serbios y croatas. Aparte de unos cuantos puntos estratégicos, como el corre­ dor de Brcko, que enlazaba los territorios serbios y podía ser una ruta de comunicación entre el norte de Bosnia y Zagreb, había relativamente pocos combates entre los bandos enemigos. Es más, hubo varios ejemplos de cooperación, sobre todo en el mercado negro, pero también en diversas formas de colabora­ ción militar a corto plazo y local entre distintos partidos. En una ocasión, la UNPROFOR interceptó una conversación telefó­ nica en Mostar entre el comandante musulmán local y el co­ mandante serbio local, en la que discutían el precio que debía pagarse, en marcos alemanes, si los serbios bombardeaban a los croatas. El punto más bajo se alcanzó cuando los serbios to­ maron el monte Igman, junto a Sarajevo, en julio de 1993; los grupos paramilitares que defendían en aquel momento la mon­ taña estuvieron dispuestos a «vender» sus posiciones a cambio de controlar las rutas del mercado negro. La mayor parte de la violencia estaba dirigida contra los civiles -el bombardeo de ciudades y pueblos, los disparos de francotiradores y otras di­

versas atrocidades- y acabó convirtiéndose, en la práctica, en lo que se denominó limpieza étnica.

Los serbobosnios querían crear un territorio serbobosnio autónomo. Pero dado que no había prácticamente ninguna zona -aparte de Banja Luka- en la que los serbios fueran mayorita- rios y que, lo que quizá fuese más importante» los serbios extre­ mistas eran superiores en número, la única forma de hacerlo era mediante la limpieza étnica. Da la impresión de que las zo­ nas se escogieron por razones estratégicas, para unir los territo­ rios controlados por los serbios en Krajina con Serbia, y para hacerse con las bases y los depósitos de armas del JNA. Por lo que parece, la táctica de instaurar «áreas autónomas serbias» si­ guió un modelo sistemático, elaborado por primera vez en la guerra de Croacia. Se pueden ver descripciones del proceso en numerosas informaciones de periodistas, organismos de la ONU

y ONG independientes como Helsinki Watch. El modelo más típico era el que se aplicaba en las zonas ru­ rales: los pueblos y las aldeas. En primer lugar, las fuerzas regu­ lares bombardeaban la zona y repartían propaganda intimidato- ria para crear el pánico. Las noticias sobre el terror en otros pueblos cercanos contribuían a ello. Entonces, las fuerzas para- militares entraban y aterrorizaban a los residentes no serbios con asesinatos indiscriminados, violaciones y saqueos. Después imponían su control sobre la administración local En los casos más extremos, a los hombres no serbios se les separaba de las mujeres y se les llevaba a centros de detención. A las mujeres las secuestraban y violaban; luego podían dejarlas ir o llevarlas

a centros especiales de detención y violaciones. Las casas y los

edificios de significación cultural, como las mezquitas, eran sa­ queados, incendiados o volados. Parece también que los grupos paramilitares tenían listas de individuos importantes -dirigentes de la comunidad, intelectuales, miembros del SDA, personas

acomodadas- a los que se separaba del resto y se ejecutaba. «Fue la eliminación consciente de la oposición organizada y la moderación política. Fue asimismo la destrucción de una comu­ nidad de arriba a abajo».36 El periodista de televisión Michael Nicholson califica este proceso de «eliticidio», y el alcalde de Tuzla habla de «limpieza intelectual».

La. existencia ele centros ele detención se conocio en agosto

de 1992, La comisión de expertos de la ONU identificó alrede­

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nios, 89 por el EBiH y el gobierno» y 77 por serbocroatas. Según la comisión, fueron escenario de «los actos más inhumanos»:

ejecuciones en masa, torturas» violaciones y otras formas de agresión sexual. (Aunque se notificó que había graves violacio­ nes de la Convención de Ginebra en los campos bosnios, las ale­ gaciones fueron menos numerosas y menos sistemáticas que en los de los serbios y croatas.) Un aspecto concreto del proceso de limpieza étnica ha sido la violación generalizada. Aunque ha ha­ bido violaciones masivas en otras guerras» en este caso, su ca­ rácter sistemático» en los centros de detención, en lugares con­ cretos y en momentos determinados» indica que tal vez todo fue parte de una estrategia deliberada.37 En las áreas urbanas, en especial en Banja Luka, la limpieza étnica fue un proceso más lento y legalista. A los no serbios les hicieron la vida insoportable. Por ejemplo, les apartaban de sus puestos de trabajo» les retiraban el acceso a la asistencia mé­ dica; cortaban las comunicaciones; no estaban permitidos los grupos de más de cuatro. En muchas ciudades se establecieron oficinas de intercambio de población» de diversas característi­ cas, a través de las cuales los habitantes no serbios o no croatas podían entregar sus propiedades y pagar grandes sumas de di­ nero para que les autorizaran a irse.38 En las zonas dominadas por los croatas se adoptaron técnicas

similares. En las zonas bosnias no hay pruebas de una limpieza étnica deliberada» aunque muchos no musulmanes, sobre todo los serbios» se fueron por múltiples razones, entre ellas las pre­ siones psicológicas» la discriminación y el reclutamiento forzoso

limpieza étnica estaba casi

culminada» como puede verse en el cuadro 3.2. En el norte de Bosnia sólo quedaban -según los cálculos de ACNUR- 13.000 musulmanes, de una población original de aproximadamente 350.000» y sólo 4.000 musulmanes y croatas en el este de Bosnia y el sur de Herzegovina» de una población inicial de 300.000. También muchos serbios y croatas se fueron de Tuzla y Zenica. Parece que las peores atrocidades» desde luego en las prime-

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.i? los cuales _ " -ataban dirigidos por serbobos­

para el ejército.39 A finales de 1995» la

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ras etapas de la guerra, las cometieron grupos paramilitares. Se­

gún la comisión de la ONU: «Existe una

tre las informaciones sobre actividad paramilitar y las noticias de violaciones y agresiones sexuales, centros de detención y fo­ sas comunes. Ambas cosas (es decir, la actividad paramilitar y

las violaciones graves de la Convención de Ginebra) solían ocu­ rrir en las mismas regiones y son prueba del carácter local de las acciones».40 En el bando serbio, son muy conocidas las acti­ vidades de Arkan y Seselj; la comisión de la ONU sugiere que estaban coordinadas con las acciones del JNA (ESB), mientras que en los bandos croata y bosnio los grupos paramilitares eran más independientes de las fuerzas regulares. En el bando croata se dice que Paraga organizó los campos de detención en Caplji- na y Dretejl, así como que Juka mató a unos 700 musulmanes en Mostar y fue responsable del campo de detención en el heli­

puerto.41 Entre los bosnios, parece que las mayores atrocidades las cometieron los muyahidiin. Da la impresión de que la motivación de los grupos parami­ litares era, en gran parte, económica, aunque no hay duda de que entre ellos había nacionalistas fanáticos. Según Vasic, apro­ ximadamente el 80 por ciento de los paramilitares eran delin­ cuentes comunes y el 20 por ciento, nacionalistas fanáticos:

«Estos últimos no duraron mucho (el fanatismo es malo para los negocios)».42 Arkan, se dice, tenía listas de musulmanes ri­ cos, que poseían oro y dinero. El «derecho a ser el primero en

el saqueo»

criminales pudieron ampliar sus negocios de antes de la guerra; la mayoría de los grupos paramilitares participaban en las acti­ vidades del mercado negro e incluso cooperaban entre sí, por encima de supuestas líneas enemigas, para sacar provecho de la situación en los enclaves sitiados. Y eran dichos grupos los «contratados» con el fin hacer el trabajo sucio necesario para infundir el «miedo y odio» que todavía no eran endémicos en la sociedad bosnia. Es decir, la economía mafiosa se incorporó al comportamiento propio de la guerra y generó una lógica propia destinada a conservar las lucrativas fuentes de ingresos y prote­ ger a los criminales de los procedimientos legales que pudieran emprenderse una vez llegada la paz.

firme correlación en­

se consideraba una forma de pago.43 Muchos grupos

La situación fue mejor en algunos lugares en los que sobre­ vivió el aparato local del Estado. Un ejemplo fue Tuzla, donde los no nacionalistas habían ganado las elecciones de 1990. Tuzla estaba defendida por la policía local y voluntarios de la ciudad, que luego se convirtieron en una brigada local del ejército bos­ nio, y se fomentaba enérgicamente una Ideología de valores cívicos multiculturales. Durante toda la guerra» la ciudad con­ servó sus fuentes locales de energía y cierta producción propia» incluido algo de minería. En los peores momentos del conflicto» cuando la ciudad estaba totalmente aislada» la gente vivió de la ayuda humanitaria y los alquileres pagados en. especie por la UNPROFOR. Al acabar la guerra, los impuestos recaudados en la ciudad representaban el 60 por ciento de todos los ingresos fiscales del gobierno bosnio. Aun así, a esas islas de relativo ci­ vismo les resultó muy difícil sobrevivir en lo que Bougarel llama la economía depredadora comunitarizada.44 Hacia el final del conflicto, las milicias locales y los grupos paramilitares fueron absorbidos por los ejércitos regulares. Las primeras pasaron a ser brigadas locales y los segundos «unida­ des especiales». La toma de Srebrenica, una clásica operación de limpieza étnica, en julio de 1995» la llevó a cabo en. su totali­ dad el ESB. El tercer día, se envió a las unidades especiales para que hicieran su tarea habitual. En todos los bandos hubo intentos fallidos de crear una economía de movilización. En concreto, después de que Serbia impusiera el bloqueo a los ser­ bobosnios en agosto de .1994, el ESB se vio forzado a autofi- nanciarse. El gobierno serbobosnio intentó centralizar la econo­ mía y asumir el control de los sectores clave, pero lo rechazó el llamado parlamento serbio, cuyos miembros estaban vinculados a la economía criminal. Todas las paites» sobre todo los serbios» tenían la moral muy baja en la última época. Vasic indica que el

Muchos»

sobre todo los jóvenes, habían desertado; la pobreza, la delin­ cuencia y la indisciplina campaban por sus respetos. ¿Hasta qué punto se planeó de antemano la estrategia de la limpieza étnica? ¿O fue algo con lo que dieron por azar las fuer­ zas serbias en Croacia? La comisión de - irm a que el Departamento de operaciones psicológicas del JNA «contaba

ESB no tenía más que 30.000 soldados en la práctica

con varios planes de provocación local por paite de unas fuer­ zas especiales dirigidas por el Ministerio del Interior y la “lim­ pieza étnica"».45 Cita un artículo en el periódico esloveno Délo que aseguraba que» además del plan «RAM» (para armar a los serbios en Croacia y Bosnia-Herzegóvina), el JNA tenía otro plan de matanzas y violaciones en masa de musulmanes como arma psicológica; «El análisis del comportamiento de los mu­ sulmanes mostraba que la mejor forma de destruir su moral, su deseo de luchar y su voluntad era violar a las mujeres, sobre todo las menores e incluso las niñas, y matar a los miembros de la nación musulmana en el interior de sus edificios religiosos».46 A veces se ha dicho que el JNA se benefició de su historia como movimiento partisano. Desde luego, es cierto que el ca­ rácter local y descentralizado del conflicto tenía muchos parale­ lismos con la guerra de guerrillas. La organización de las TO hacía que muchos reservistas entrenados pudieran verse forza­ dos a intervenir en la guerra en. su región y que hubiera gran disponibilidad de armas cortas en los alijos locales. Sin embar­ go, en muchos aspectos, la Limpieza étnica es exactamente lo contrario de la guerra de guerrillas, que dependía del apoyo de la población local; se suponía que los guerrilleros debían ser, en palabras de Mao, «peces en el mar». Mientras que el objetivo de Ja limpieza étnica era la completa destrucción de comunidades, la creación de «miedo y odio». Una posible hipótesis es que las ideas del JNA sufrieran la influencia, quizá, de las doctrinas contrarrevolucionarias desarrolladas por los norteamericanos en Vietnam y puestas a prueba en los conflictos de baja intensidad de los años ochenta. AJex de Waal ha sugerido que dichas doc­ trinas influyeron en ios estrategas militares africanos y que ello explica, en parte, las semejanzas entre la guerra de Bosnia y los conflictos en. África.47 No hay duda de que los mandos del JNA habían estudiado esas guerras. El último ministro yugoslavo de Defensa, el general Kadijevic, había pasado seis meses en la academia militar de West Point -si bien la acción contrarrevolu­ cionaria no es más que una mínima parte del programa que allí se imparte-, y había otros oficiales del ejército que también es­ tudiaron en Estados Unidos. Probablemente es más convincente decir que la estrategia de la limpieza étnica se desarrolló sobre

el terreno, aunque debieron de tener cierta importancia las dis­ cusiones y experiencias previas. Los miembros de otros grupos étnicos no fueron los únicos blancos de la estrategia de limpieza étnica. También lo 'fueron los moderados que se negaban a odiar. La primera vez que se vio fue en Croacia, cuando Babic y Martic, los líderes de los ser­ bios de Krajina, tomaron la ciudad de Pakrac y se deshicieron de los serbios y de las personas de otras nacionalidades que ocupaban puestos de autoridad. A lo largo de toda la guerra hubo personas, en todos los bandos, que se negaban a verse arrastrados al fango «del miedo y el odio». Los informes del re­ lator especial de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU hablan continuamente de las acciones de serbios valerosos que intentaron proteger a sus vecinos musulmanes y croatas. The Guardian informó sobre un «Schindler» serbio que vivía en Pri- jedor y había organizado a sus amigos y vecinos para proteger a los musulmanes. La comunidad judía de Mostar se las arregló para ayudar a los musulmanes a escapar. Aunque sus filas están muy mermadas por la muerte y la huida, siguen existiendo gru­ pos y partidos no nacionalistas en distintas zonas de Bosnia- Herzegovina.

El carácter de la intervención internacional

Desde el primer momento, la intervención internacional en la guerra de Bosnia-Herzegovina -y en todos los conflictos en el te­ rritorio de la antigua Yugoslavia- fue muy amplia. Se produjo tanto a escala oficial como en la sociedad civil. La guerra centró la atención de los medios de comunicación y las organizaciones pacifistas, humanitarias, y de derechos humanos, así como de ins­ tituciones cívicas como las iglesias o las universidades. Dentro de ia antigua Yugoslavia, había grandes esperanzas en el papel de la comunidad internacional. Para mucha gente, el término «Euro­ pa» tenía una significación casi mística; se consideraba sinónimo de conducta civilizada y simbolizaba un punto de vista «cívico» y alternativo, al que aspiraban los adversarios del nacionalismo. El

desarrollo de los acontecimientos supuso una profunda decep­ ción y produjo cinismo y desesperación. En realidad, hubo dos formas muy claras de intervención in­ ternacional. Una consistió en las conversaciones y misiones polí­ ticas de alto nivel. La otra fue una nueva forma de intervención humanitaria. En mi opinión, esta última representó una innova­ ción considerable en la acción internacional, tanto por sus obje­ tivos como por su dimensión y su manera de promover la coo­ peración entre las instituciones internacionales y la sociedad

civil. Pero se vio fatalmente frustrada por las contradicciones en­ tre lo que estaba ocurriendo, desde el punto de vista humano, y

lo que se desarrollaba en la alta política, así como por las falsas

ideas sobre la naturaleza política y militar del conflicto. Se han dado muchas explicaciones del fracaso de la comuni­ dad internacional a la hora de evitar o detener las guerras en la antigua Yugoslavia: falta de cohesión en la UE, la escasa dispo­ sición de los gobiernos a proporcionar suficientes recursos, la visión a corto plazo de los políticos. Todas estas explicaciones tienen algo de válido. Pero el problema fundamental era concep­ tual, la incapacidad de entender por qué o cómo se estaba libran­ do la guerra y el carácter de las nuevas formaciones políticas na­ cionalistas surgidas tras la desintegración de Yugoslavia. Desde

ambos puntos de vista, político y militar, la guerra se consideró un conflicto entre nacionalismos rivales de tipo tradicional y esencialista; en ello cayeron tanto los europeos que, como los ser­ bios, afirmaban que todos los nacionalismos eran igualmente responsables, como los norteamericanos, que tendían a ver a los serbios como nacionalistas «totalitarios» y malos, y a los croatas

y musulmanes como nacionalistas «demócratas» y buenos. Aun­

que el nacionalismo serbio y el nacionalismo croata eran, sin nin­ guna duda, malos, y el nacionalismo musulmán no lo era tanto, este análisis no acababa de comprender que se trataba de un con­ flicto entre una nueva forma de nacionalismo étnico y los valores civilizados. Los nacionalistas compartían el interés por eliminar la postura intemacionalista y humanitaria, dentro y fuera de la antigua Yugoslavia. No era, ni en lo político ni en lo militar, una guerra entre ellos, sino -para repetir el argumento de Bougarel- contra la población y la sociedad civil.

La llamada comunidad internacional cayó en la trampa de los nacionalistas al aceptar y legitimar Ja percepción del con­ flicto que pretendían propagar éstos. Desde el punto de vísta po­ lítico, los nacionalistas tenían un objetivo común; restablecer un control político como el que el Partido Comunista había tenido en otro tiempo, apoyándose en las comunidades étnicas. Para ello, tenían que dividir la sociedad con arreglo a los límites étni­ cos. Al suponer que «el miedo y el odio» eran endémicos de la so­ ciedad bosnia y que los nacionalistas representaban a toda la sociedad, los negociadores internacionales no vieron más solu­ ción que el tipo de compromiso que los propios nacionalistas buscaban. Al no comprender que «el miedo y el odio» no eran endémicos sino que se estaban gestando en el transcurso de la guerra, contribuyeron a lograr los objetivos nacionalistas y ayu­ daron a debilitar la postura humanitaria internacional. Desde el punto de vista militar, se pensó que la principal vio­ lencia era la que se producía entre las llamadas partes en con­ flicto y que los civiles, por así decir, se veían, atrapados entre dos fuegos. Aunque las pruebas de la limpieza étnica eran bien visi­ bles, se consideró que era un efecto secundario de las luchas, y no el objetivo de la guerra. Las tropas de la ONU que se habían enviado a Bosnia-Herzegovina para proteger a la población esta­ ban atadas de pies y manos, porque sus jefes tenían miedo de verse arrastrados a una guerra convencional. Hacían una distin­ ción muy clara entre las labores de pacificación y la entrada en combate. Encargarse de mantener la paz significaba que los soldados actuaban con el consentimiento de los bandos en con­ flicto. Entrar en combate habría supuesto tomar partido. Durante toda la guerra, el miedo a que cualquier uso de la fuerza signifi­ case una toma de posición y la escalada de la participación mili­ tar internacional impidieron que las tropas de la ONU llevaran a cabo con eficacia las tareas humanitarias para las que habían si­ do enviadas. Lo que no se entendió fue que había más bien pocos combates convencionales entre los bandos y que el principal pro­ blema era la violencia constante contra los civiles. Se suponía que las tropas de la ONU eran fuerzas de pacificación y, por tanto, tenían que actuar con el consentimiento de las partes. Co­ mo consecuencia, no pudieron proporcionar convoyes de ayuda

ni refugios; por el contrario» se limitaron a observar, en palabras de *¡p humorista de Sarajevo» «como eunucos en una orgía», Ei punto de vista predominante en las negociaciones de alto nivel era un enfoque «desde arriba», de realpolitik, en el que se suponía que los lideres de los partidas políticos hablaban en nombre de la gente a la que representaban. Por consiguiente, se pensó que el problema de qué hacer con los escombros de Yu­ goslavia consistía en llegar a un acuerdo con esos dirigentes. Se consideraba que era fundamentalmente un problema de fronte­ ras v territorio, no de organización política y social. Dado que la limpieza étnica se veía como un efecto secundario de la gue­ rra» la principal preocupación era detener la lucha mediante un compromiso político aceptable para las partes en conflicto. Si los dirigentes políticos de la antigua Yugoslavia insistían en que no podían vivir juntos, habría que encontrar nuevos acuerdos territoriales para el espacio político posyugoslavo. Es decir; la respuesta era la partición. Pero la partición era un motivo de conllicto, lauto o más que una solución. Contribuiría a perpe­ tuarse a sí misma, puesto que, como todo el mundo sabía, no había forma de crear territorios étnicamente puros sin desplaza­ mientos de población. Dado que la limpieza étnica era el obje- iivo de la guerra, la única solución posible era una que aceptase los resultados de dicha limpieza. Por tanto, el principio de la partición daba legitimidad a las reivindicaciones nacionalistas. La primera partición fue la de Yugoslavia, cuando se reco­ nocieron Eslovenia y Croacia y, más tarde, Bosnia-Herzego­ vina.w Al mismo tiempo, Croacia se dividió después del alto el fuego negociado por Cynts Vanee, el enviado de la ONU, en di­ ciembre de 1991. El reconocimiento de Bosnia-Herzegovina se produjo el día que estalló la guerra. Entre los esfuerzos para de­ tener la lucha, se propusieron una serie de planes para dividir •'

minaron en el Acuerdo de Dayton. El primero de esos planes lúe el Ca n i ngt o n -Cu tel e iro, de la primavera de 1992, que propo­ nía dividir Bosnia-Herzegovina en tres partes. Tras el fracaso de este plan.» Lord Carrington dimitió como negociador de la UE y íi-ie sustituido por David Owen, que pasó a presidir con Cyrus Vanee la Conferencia internacional sobre la Antigua Yugoslavia

Bosn

-.i 1 .'\i, que estaban condenados al fracaso y cul­

(CIAY), creada después de la Conferencia de Londres, en agosto de 1992. Se pensó que el plan Vance-Owen era un avance res­ pecto al Carrington-Cuteleiro, porque dividía Bosnia-Herzegovi­ na en diez cantones, nueve de ios cuales estaban basados en el dominio de uno u otro de los grupos étnicos. La Asamblea Serbo­ bosnia acabó rechazando en mayo de 1993 el proyecto, pero éste había otorgado ya a los croatas la legitimidad necesaria para limpiar las regiones que les asignaba; fue el comienzo del conflicto entre croatas y musulmanes. (Se llegó a decir que las siglas HVO representaban Hvala Vanee Owen, «Gracias, Vanee y Owen».) Bajo las presiones de los norteamericanos, se negoció un alto el fuego en la primavera de 1994. El Acuerdo de Wash­ ington, que es el nombre que se le dio al pacto, venía a estable­ cer una federación bosniocroata, dividida en cantones más pe­ queños y dominados por una u otra etnia. Mientras tanto, el plan Vance-Owen fue sustituido por el plan Vance-Stoltenberg (Thorvald Stoltenberg había sustituido a Cyrus Vanee) y éste, a su vez, fue sustituido por el plan del Grupo de Contacto, un nuevo foro de negociación compuesto por los principales agen­ tes externos (Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, Francia y Alemania). Tanto estos planes como el acuerdo de Dayton, que al’final consiguió interrumpir los combates, eran muy parecidos al plan original Carrington-Cuteleiro. El acuerdo de Dayton logró un alto el fuego, en parte, por la presión militar (la OTAN, por fin, llevó a cabo incursiones aé­ reas, al tiempo que se enviaba a Bosnia una fuerza de reacción rápida anglofrancesa) y, en parte, por el derrumbe de la moral de los serbobosnios, pero sobre todo, tai vez, porque la situa­ ción militar sobre el terreno se había «racionalizado» con la captura por parte de los serbios de dos de los enclaves orienta­ les y la ocupación por parte de los croatas de la región de Kraji- na.49 En otras palabras, la limpieza étnica estaba prácticamente completada. El final de las operaciones militares fue tan senci­ llo que se ha sugerido que quizá hubo cierto acuerdo tácito en­ tre Serbia y Croacia, incluso fomentado por fuerzas externas.50 Desde luego, la partición definitiva se acercaba a lo que Milose­ vic y Tudjman habían discutido ya en marzo de 1991, en una fa­ mosa reunión celebrada en Karadjordjevo.51

El inconveniente de la partición es que consolida la nueva forma de nacionalismo y sólo puede mantenerse mediante la fuerza. Las situaciones en las zonas de Croacia que controlaban los serbios antes de que el gobierno croata las ocupase, dentro de la federación croato-musulmana establecida en el acuerdo de Washington, y en la Bosnia-Herzegovina posterior a Dayton, son muy similares. Hay menos muertes; la insoportable tensión de la exposición cotidiana a los bombardeos y los francotiradores se ha aliviado. Sin embargo, los nacionalistas siguen en el po­ der; las expulsiones y las violaciones de los derechos humanos continúan; la libertad de movimientos está restringida, igual que las libertades políticas; la economía mañosa sigue en fun­ cionamiento. Además, existe la amenaza constante de una nueva guerra, ya que la ausencia de conflicto armado tiende a debilitar la eficacia del discurso nacionalista. Se criticó mucho a los negociadores por el mero hecho de hablar con las partes implicadas. ¿Cómo podían dejar que se les viera dando la mano a personas designadas como criminales de guerra? ¿Cómo podían tratar a Izetbegovic, presidente de un país reconocido, de la misma manera que a los serbobos­ nios y los serbocroatas?52 Los participantes en las negociacio­ nes dejaron claro que quienes hacen la guerra son los únicos capaces de detenerla y que, por tanto, no hay más remedio que hablar con ellos. Este argumento tiene parte de verdad, pero aquellas negociaciones no debían haber recibido la prio­ ridad que se les dio entre todas las medidas políticas. Había métodos para que los elementos políticos y cívicos no naciona­ listas de la sociedad bosnia hubieran tenido acceso a los go­ biernos y las instituciones internacionales, para que sus ideas y propuestas, incluidas las propuestas de alternativas a la par­ tición, pudieran haber sido escuchadas y tomadas en serio, y para que se viera públicamente que contaban con el respeto de la comunidad internacional. Representaban la esperanza para los valores internacionales; se les debería haber considerado los interlocutores principales en la búsqueda de la paz. Hubo una absoluta incapacidad para comprender que los nacionalis­ tas, debido a la naturaleza de sus objetivos y su forma de per­ seguirlos, no se ganaban ni podrían ganarse nunca a la gente,

y

que ese dato tenía una importancia crucial a la hora de fo­

m

entar una alternativa.

Junto a las conversaciones de alto nivel, estaba la interven­ ción humanitaria. En las primeras fases del conflicto, la señora Ogata, Alta Comisaria para los Refugiados, presentó un plan de respuesta humanitaria de siete puntos que los gobiernos y los organismos internacionales aceptaron, en 1992. Los siete pun­ tos eran: «respeto a los derechos humanos y las leyes hum ani­ tarias, protección preventiva, acceso humanitario a los necesi­ tados, medidas para hacer frente a necesidades humanitarias especiales, medidas temporales de protección, ayuda material,

y reparaciones y rehabilitación»,"3 El ACNUR asumió la direc­

ción de un esfuerzo humanitario masivo que suministró auxilio

a unos dos tercios de la población de Bosnia-Herzegovina, y

coordinó las actividades de un amplio abanico de organismos humanitarios internacionales y ONG. Á ese esfuerzo contribuyó mucha gente valerosa; miembros de las organizaciones de ayu­ da, personal médico, conductores de convoyes humanitarios, etcétera. Además del esfuerzo humanitario, la ONU aprobó una serie de medidas para proteger a la población civil y hacer res­ petar las leyes humanitarias internacionales. Entre ellas, la de­ cisión de proteger los convoyes humanitarios, en caso necesa­ rio, por la fuerza (Resolución dei Consejo de Seguridad [RC8]

770 [1991]); la declaración de zonas de seguridad {'-IC £• 836

[1993]); la designación de un Relator Especial de derechos hu­ manos por parte de la Comisión de Derechos Humanos (agosto de 1992); la designación de una Comisión para investigar los crímenes de guerra (octubre de 1992) y, en especial, las viola­ ciones (diciembre de 1992), y la instauración de «un tribunal internacional para el procesamiento de las personas responsa­

bles de graves violaciones del derecho humanitario internacio­ nal» (RCS 808 [1993]). El Comité internacional de la Cruz Roja (CICR) recibió el encargo de obtener acceso a los campos de detención y organizar las liberaciones de prisioneros. Y en el acuerdo de Washington se decidió que la UE administrara Mos- tar con el objetivo de reunificar la ciudad. Tales medidas, al menos en teoría, representaron una nove­ dad muy significativa en la práctica internacional. Aprobadas

ante las presiones de los medios de comunicación de todo el mundo, que den une iaban la realidad de la guerra, y de grupos de activistas» constituían una nueva forma de acción humanitaria internacional. Aunque en conflictos anteriores se habían llevado a cabo elementos de esta política -el concepto de refugio y zona de seguridad en Irak» la protección de los convoyes humanitarios en Somalia-, éste era el despliegue más ambicioso de tropas de pacificación de la ONU con el fin de ayudar y proteger a la po­ blación civil y hacer respetar ¡as leyes humanitarias. Además, el texto de las resoluciones correspondientes del Consejo de Seguri­ dad estaba redactado « 1 tono enérgico. Tanto la RCS 770 (1992), que exigía la protección de los convoyes humanitarios y el acceso libre del CICR y otras organizaciones humanitarias a «campos, cárceles y centros de detención», como la RCS 836 (1993), que establecía las zonas de seguridad, se acogían al Capítulo VII de la Caita de las Naciones Unidas, que autoriza el empleo de la fuerza.54 Se envió a Bosnia-Herzegovina a unos 23.000 soldados de la UNPROFOR. Además de las tropas de la UN - ' - )R, la OTAN y la Unión Europea Oceíde tnbién mantuvieron fuerzas nava­ les en el Adriático para vigilar el embargo de amias, y la OTAN se encargó de hacer respetar la zona de exclusión aérea en el es­ pacio aéreo bosnio, que también estaba autorizada por el Capí­ tulo VII (RCS c l o -3]). No obstante, casi ninguna de estas medidas se implantó de verdad. La ayuda humanitaria se veía constantemente obs­ truida y «fiscalizada» por las partes del conflicto. Las zonas de segundad se convirtieron en vastos campos de refugiados muy inseguros y sujetos, todo el tiempo, a bombardeos; los suminis­ tros humanitarios estaban sádicamente controlados por los serbobosnios. Se siguieron cometiendo crímenes de guerra, pe­ se a los esfuerzos de Mazowiecki, la comisión de expertos y el

Tribunal

rias; es más, algunos de los peores ejemplos de limpieza étnica

ocurrieron en los últimos meses de la guerra. La zona de exclu­ sión aérea se violaba en innumerables ocasiones y el embargo de armas nunca se respetó de manera estricta. A pesar de la administración de ¡ Mostar siguió dividido, la libertad de

. y otras

organizaciones humanita­

.

movimiento permaneció restringida y se registraron numerosas violaciones de los derechos humanos. Muchos de los propios funcionarios de la ONU operaban en el mercado negro, y nunca se investigaron debidamente las acusaciones de delitos cometidos por personal de dicha organización» sobre todo vio­ laciones. El momento más bajo para las Naciones Unidas se produjo en julio de 1995, cuando las fuerzas serbobosnias inva­ dieron las zonas consideradas de seguridad de Srebrenica y Zepa. ¿Había otra forma posible de actuar una vez comenzada la guerra? Desde el punto de vista político, David Owen afirma que la máxima prioridad era detener la lucha. Pero todavía ahora, después de Dayton, es posible preguntarse si se habría podido llegar a un acuerdo antes de que las partes estuvieran listas para ello y si el papel de los negociadores internacionales fue algo más que una simple forma de facilitar y legitimar un pacto que por lo menos serbios y croatas deseaban lograr. La consecuencia es que ahora resulta muy difícil, como se ha visto claramente, apartar a los nacionalistas y los criminales de gue­ rra del poder, por lo que la paz o la normalidad a largo plazo se convierten en una perspectiva lejana. Si se hubiera interpretado el conflicto como una guerra fun­ damentalmente de genocidio, la máxima prioridad habría sido proteger a la población civil. Las negociaciones y las presiones políticas habrían podido centrarse en objetivos concretos sobre el terreno para aliviar la situación en el aspecto humano -por ejemplo, la apertura del aeropuerto de Tuzla o la ruta del monte Igman hacia Sarajevo, o la liberación de prisioneros-, y no en la partición. La inclusión de partidos y grupos no nacionalistas en el proceso de negociación podría haber contribuido a la tarea y haber permitido otras soluciones globales e incondicionales, no basadas en la partición, como un protectorado internacional.55 Como mínimo, esa actitud habría fortalecido las alternativas al nacionalismo, por lo que habrían sido un obstáculo para la ins­ tauración del «miedo y el odio» y habrían dejado más intacta la legitimidad de las organizaciones internacionales. En varias ocasiones, Mazowiecki se lamentó de la falta de cooperación con la C1AY: «El relator especial pidió que la preocupación por

los derechos humanos fuera prioritaria en el proceso de paz, y señaló que no deberían haberse llevado a cabo negociaciones de paz sin garantizar el cese de las graves y extensas violaciones de dichos derechos».36 Desde el punto de vista militar, una perspectiva diferente habría podido generar una forma más dura, más «enérgica», de llevar a cabo la pacificación. La opinión de que aquélla era una guerra con «bandos» produjo una timidez extrema sobre el uso de la fuerza, por miedo a que hubiera una escalada que arras­ trase a la comunidad internacional a la guerra, apoyando a uno

u otro lado. El general Michael Rose estaba obsesionado con el hecho de cruzar lo que denominaba la «línea de Mogadiscio», en referencia al fracaso de la misión de la ONU en Somalia. También puede argüirse, con igual justicia, que un enfoque

más duro habría facilitado la labor y habría hecho a las fuerzas

y el personal de la ONU mucho menos vulnerables de lo que lo

eran a tomas de rehenes o ataques esporádicos. Cuando, en 1993, unos soldados británicos que escoltaban un convoy de ayuda de Tuzla a Kladanj empezaron a responder a los serbios que les disparaban desde las colinas, el acoso disminuyó de forma drástica. Sin embargo, el general Morillon, entonces jefe de las tropas de la UNPROFOR en Bosnia-Herzegovina, recibió una admonición del Secretario General de la ONU por «ha­ berse excedido en su mandato». Una historia semejante es la que se puede relatar de un oficial danés en Tuzla que ordenó a un tanque que disparase contra los serbios en venganza por los bombardeos. Para quienes se encontraban sobre el terreno, la frustración era inmensa, tanto para el propio personal de la UNPROFOR, al que se ordenaba que diera la impresión de ser unos cobardes, como para el personal de las organizaciones humanitarias, a quienes las cosas seguían resultándoles tan difíciles como antes

de la llegada de las tropas de la ONU. El paso de la ayuda hu­ manitaria había que negociarlo, de todas formas, y eso se podía hacer igual gracias a la pura fuerza de voluntad de gente como Larry Hollingsworth o Gerry Hulme, del AC.NUR, que a una UNPROFOR descafeinada. Como subrayó Larry Hollingsworth al dejar Bosnia:

«Si se envía un ejército pero no se le permite ejercer la agre­ sión, ¿para qué mandar tanques y armamento? Mi conclusión, por desgracia, es que se envió a las tropas no para que fueran

Deberíamos haber sido mucho más

duras, sino para parecerlo

firmes desde el principio. La ONU perdió la oportunidad de asumir la iniciativa y mostrarse o sute y, desde entonces, hemos visto cómo se iba desvistiendo gradualmente de toda au­

toridad».57

Owen, por su parte, afirma que era imposible realizar una labor más enérgica de pacificación porque el número de solda­ dos era insuficiente. Señala que era imposible, por ejemplo, de­ fender ios 80 kilómetros de carretera entre Sarajevo y Gorazde, que cruza dos cadenas montañosas, 44 puentes y dos arrovue- los: «Las llamadas a actuar con “energía” y "músculo”, que ha­ cían políticos, generales retirados y comentaristas en los estu­ dios de televisión, eran acogidas con abucheos por parte de ios hombres que se encontraban sobre ei terreno»."8 Pero a ese argumento se le puede dar la vuelta. Las tropas eran igual de vulnerables, o más, si no estaban preparadas para usar la fuerza, y así lo entendieron las partes del conflicto, sin duda; de ahí la tentación de denunciar la situación y humillar a la comu­ nidad internacional, por ejemplo, medíante la toma de rehenes. Para que emprendieran acciones más enérgicas habría sido ne­ cesario que se reagruparan y se negaran a encargarse de ciertas tareas, como la vigilancia, en lugar de dedicarse a destruir el ar­ mamento pesado. Por razones similares, Owen resta importancia al concepto de zona de seguridad. Es verdad que la UNF'U NO¡\, en princi­ pio, pidió 30.000 soldados para defender las zonas de seguridad y dijo que, en caso de necesidad, podían arreglárselas con ). Al final, el Consejo de Seguridad autorizó el envío de 7.500 sol­ dados, pero sólo se asignó dinero para 3.500. Lo malo fue que ese argumento se utilizó para explicar por qué no podía hacerse nada, en vez de intensificar la presión para recibir más hom- bi’es. Hacia el final de la guerra, la insistencia cada vez mayor de personas como el general Morillon o Mazowíecki y de la opi­ nión pública acabó permitiendo el despliegue de la Fuerza de

Reacción Rápida en el monte Igman y el endurecimiento de las condiciones del mandato de la Fuerza de Aplicación (IFOR). ■•inal, esas tropas se utilizaron sobre todo en ataques aé­

reos, de ios que siempre habían sido partidarios los norteameri­ canos porque son. una manera de emplear la fuerza sin arries­ garse a tener bajas. La Operación Fuerza Deliberada duró desde el 29 de agosto hasta el 14 de septiembre de 1995; en total, los

aviones salieron ‘ ' veces,

bas."9 Las incursiones aereas avudaron a presionar a ios serbo­

bosnios como preludio de los acuerdos de Dayton y, en teoría,

el último enclave oriental, Go-

y se arrojaron más de 1.000 bom­

■ - dieron

un

ataque

contra

radze. Pero los ataques aéreos son un instrumento incómodo a

¡a hora de proteger a los civiles en tierra, y la protección de los

civiles era prioritaria. Mucha gente afirma que el despliegue de

la Fuerza de Reacción Rápida fue más eficaz.

Lo que hacía falta, en realidad, no era realizar labores de pacificación, sino hacer respetar las leyes humanitarias. Éste es

un reto considerable. Necesita una nueva reflexión estratégica sobre cómo luchar contra las estrategias de control de la pobla­ ción a través de la limpieza étnica: la forma de lograr el apoyo de la población local y fomentar fuentes alternativas de legiti­ midad, nuevas reglas de compromiso y normas de conducta, y los equipos, formas de organización y estructuras de mando que sean convenientes.

Después

j

f:v\

La guerra más larga y desf. niel iva librada en Europa desde 1945 terminó al cabo de tres años y medio. La operación inter­ nacional organizada para ejecutar el acuerdo de paz involucró

a diversas instituciones internacionales: ONU, LIE, Consejo de Europa, OSCE, OTAN v LEO. Por lo que respecta a la OTAN, la

IFOR y su sucesora, la Fuerza de Estabilización (SFOR), es la ma­

co r operación militar emprendida u Alianza. Además, la

OTAN colabora con los países de 1; ación para la Faz. En el proceso, es de esperar que una . : >e supuestos políticos,

normas militares y la «arquitectura» de las instituciones inter­ nacionales queden determinados para un futuro próximo. El acuerdo de Dayton manifestó todas las contradicciones que han plagado la intervención internacional desde el comien­ zo de la guerra en Bosnia. Fue, en primer lugar, un acuerdo nacido de la realpolitik aplicada por los negociadores que conci­ ben el mundo dividido en naciones primordiales. Fue un acuer­ do que dividía Bosnia y Herzegovina en tres «entidades» y en el que «las partes del acuerdo» -es decir, los nacionalistas- eran ios principales responsables de su puesta en práctica. No obs­ tante, el acuerdo contenía también cláusulas que comprometían a las partes, incluida la comunidad internacional, a adoptar un enfoque humanitario: cláusulas relativas a los derechos huma­ nos, el procesamiento de los criminales de guerra, el regreso de ios refugiados, la libertad de movimientos, la reconstrucción económica y social. En la práctica, el acuerdo concedía enorme poder a los jefes de la OTAN y al Alto Representante encargado de la aplicación civil, que, si se hacía de manera eficiente y en colaboración con los grupos y partidos que todavía defendían los valores cívicos en Bosnia, aún podría devolver al país su in­ tegridad. Es algo difícil, en cualquier caso, por la legitimidad que el acuerdo de Dayton otorgaba a las partes del conflicto. Estos dos enfoques sugieren dos posibilidades para el fu­ turo de Europa. La primera es la de la partición, en la que la paz equivalga a la legitimación de los regímenes nacionalistas autoritarios y el papel de las instituciones internacionales con­ sista, bajo la debilitada dirección de Estados Unidos, en inter­ venciones esporádicas para mantener los conflictos permanen­ tes más o menos bajo control. En este caso, el mantenimiento de la paz viene a ser una separación más o menos forzosa de las partes en conflicto. Y ésta no es sólo una posibilidad para la antigua Yugoslavia ni siquiera Europa del Este. Podría ter­ minar siendo válida para toda Europa e incluso otros lugares, por todo lo que esa situación haría para socavar el atractivo del internacionalismo. Es lo que se ha llamado la «perspectiva lati­

noamericana»,00

La segunda posibilidad se basa en el enfoque humanitario. Prevé la cooperación entre las instituciones internacionales y

los grupos cívicos tanto dentro como fuera de Bosnia, con el fin de construir una alternativa política y social al naciona­ lismo. Significaría tomar en serio a los componentes civiles del acuerdo, sobre todo la aplicación de la seguridad interna -es decir, el respeto de los derechos humanos y el procesamiento de los criminales de guerra-, además de crear, mediante la re­ construcción social y económica, una alternativa a la economía mañosa, y fomentar y facilitar el regreso de los refugiados. En este caso, la pacificación significa hacer respetar las leyes hu­ manitarias. Si Bosnia se ha convertido en paradigma del nue­ vo tipo de guerra y se ha visto metafóricamente expulsada de Europa, también podría ser el modelo de un nuevo tipo de re­ construcción humanitaria y el símbolo de un nuevo europeís- mo o internacionalismo.

La política

J í

' u

:u -vos gueivas

Durante la guerra de Bosnia-Herzegovina, Sarajevo estaba dividida territorialmente en una parte controlada por los ser­ bios y una parte bosnia (principalmente musulmana). Pero la Sarajevo de la guerra también tenía una división no territorial. Había un grupo de personas a las que podría calificarse de globalistas: tropas de pacificación de la ONU» organismos hu­ manitarios, periodistas y habitantes del lugar que hablaban in­ glés y trabajaban como ayudantes» intérpretes y conductores. Podían salir y entrar con libertad de la ciudad y atravesar el lí­ mite territorial protegidos por carros blindados, chalecos anti­ balas y tarjetas azules. Al mismo tiempo, estaban los demás habitantes de la ciudad, atados a un determinado territorio. En un lado (el bosnio), sufrieron el asedio toda la guerra, y sobrevivieron gracias a la ayuda humanitaria o el mercado ne­ gro (si tenían la suerte de poseer marcos), sujetos al fuego de los francotiradores y los bombardeos ocasionales. En el otro (el serbio), las condiciones materiales eran algo mejores, aun­ que el clima de miedo era peor. En ambos lados, eran vulnera­ bles a las levas y las diversas milicias y mafias que recorrían las calles y se declaraban legítimas justificando su actuación por la lucha nacional. Los objetivos políticos de las nuevas guerras están relaciona­ dos con la reivindicación del poder sobre la base de identidades aparentemente tradicionales: nación, tribu» religión. Sin embar­ go, el recrudecimiento de las identidades particularistas en la política no puede entenderse en términos tradicionales. Hay que explicarlo en el contexto de una disonancia cultural creciente entre los que participan en redes transnacionales, que se comu-

rucan mediante el correo electrónico, el fax, el teléfono y el avión, y los que están excluidos de los procesos globales y están atados a un lugar, pese ti que sus vidas pueden verse profunda­ mente afectadas por esos procesos. Sería un error suponer que es posible expresar esa separa­ ción cultural en términos políticos, que quienes apoyan la polí­ tica de identidades particularistas están reaccionando contra los procesos de la globalización, mientras que los que favorecen una actit . < "ss tolerante, multicultural y universalista forman parte de la nueva clase internacional. Por el contrario, entre los global istas se hallan expatriados nacionalistas y fundamentalis- tas, «realistas» y neoliberales que creen que los compromisos con el nacionalismo ofrecen la mejor esperanza para la estabili­ dad, así como grupos criminales transnaeionales que sacan pro­ vecho de las nuevas guerras. Y si bien entre los que están ata­ dos al territorio hay muchos que probablemente se aferran a las identidades tradicionales, también existen individuos y grupos de ciudadanos valientes que rechazan los particularismos y las exclusiones. Lo importante es que los procesos conocidos con el nom­ bre de globalización están destruyendo las divisiones cultura­ les y socioeconómicas que definían los modelos políticos ca­ racterísticos de la era moderna. El nuevo tipo de guerra debe interpretarse en relación con este desplazamiento mundial. Las nuevas formas de lucha por el poder pueden disfrazarse de nacionalismo tradicional, tribalismo o comunalismo, pero siguen siendo lenómenos contemporáneos, que tienen causas contemporáneas y poseen rasgos nuevos. Además, van acom­ pañados de una conciencia global y un sentido de la responsa­ bilidad global cada vez. mayores por parte de todo un abanico de instituciones -tanto gubernamentales como no gubernamen­ tales- y personas. En este capítulo describo algunas de las características fun­ damentales del proceso llamado globalización y explico cómo producen nuevas formas de política de identidades. En la últi­ ma parte intentaré esbozar la incipiente brecha entre la política de identidades particularista y la política de los valores cosmo­ politas o humanistas.

Las características de la globalización

En su libro Naciones y nacionalismo, Ernest Gellner analiza la relación entre nacionalismo e industrialización.1 Describe la aparición de culturas nacionales laicas, con una organización vertical, basadas en lenguas vernáculas que permitían a la gente hacer frente a las necesidades de la modernidad, los encuentros cotidianos con la industria y el gobierno. A medida que diversas ocupaciones rurales iban siendo sustituidas por la producción fabril y el Estado se inmiscuía cada vez en más aspectos de la vida diaria, la gente necesitó poder comunicarse, tanto de pala­ bra como por escrito, en un lenguaje administrativo común y tuvo que adquirir ciertas capacidades homogéneas. Las socieda­ des anteriores se caracterizaban por tener unas culturas supe­ riores horizontales -latín, persa, sánscrito, etcétera- que se ba­ saban en la religión y no estaban necesariamente unidas al Estado. Junto a ellas había gran variedad de culturas populares

e inferiores de tipo vertical. Pero si las culturas superiores anti­

guas se reproducían en instituciones religiosas y las culturas in­ feriores se transmitían a través de la tradición oral, las nuevas culturas nacionales verticales nacieron de una nueva clase de intelectuales -escritores, periodistas, profesores- que surgió pa­ ralelamente a la instauración de la imprenta, la publicación de literatura secular como los periódicos y las novelas, y la expan­

sión de la enseñanza primaria. Se puede decir que el proceso de globalización ha empezado

a desintegrar esas culturas de organización vertical. Da la im­

presión de que lo que surge son nuevas culturas horizontales derivadas de las nuevas redes transnacionales, a menudo basa­ das en el uso del inglés; entre ellas, la cultura del consumo de masas asociada a nombres conocidos en todo el mundo como Coca-Cola o McDonald’s, junto a una mezcla de culturas nacio­ nales, locales y regionales como consecuencia de una nueva re- afirmación de las particularidades locales. El término globalización esconde un proceso complejo que, en realidad, supone globalización y localización, integración y fragmentación, homogeneización y diferenciación, etcétera. Por un lado, ei proceso crea redes transnacionales y globales de in­

dividuos. Por otro, excluye y atomiza a grandes cantidades de personas; a la inmensa mayoría. Por un lado, la vida de la gente se ve profundamente afectada por hechos que ocurren lejos de donde viven y sobre los que no tienen ningún control. Por otro, existen nuevas posibilidades para incrementar el papel de la po­ lítica local y regional mediante la vinculación a los procesos mundiales. Como proceso, la globalización tiene una larga historia. En realidad, hay quien dice que la actual fase de globalización no tiene nada de nuevo; el capitalismo, desde el principio, fue siem­ pre un fenómeno mundial.2 Lo que sí es nuevo, en las dos últi­ mas décadas, es la asombrosa revolución en las tecnologías de la información y la comunicación. En mi opinión, esos cambios tecnológicos aportan una nueva intensidad cualitativa al proceso de globalización que, por ahora, está todavía sin definir. Los per­ files actuales del proceso están influidos por el marco institucio­ nal de la posguerra y, en concreto, las políticas liberalizadoras llevadas a cabo por los gobiernos durante los años ochenta. Su futuro dependerá de la evolución de los valores, las acciones y las formas de organización políticas y sociales. Aquí esbozo va­ rias tendencias clave que ayudan a entender esa evolución. En el ámbito económico, la globalización se relaciona con una serie de cambios calificados, según las fuentes, como pos- fordismo, especialización flexible o fujitsuismo. Estos cambios se refieren, en general, a una transformación en lo que se co­ noce como el paradigma técnico y económico, la forma predo­ minante de organizar el suministro de bienes y servicios para cubrir el modelo predominante de demanda.3 Las características fundamentales de dichos cambios son la drástica disminución de la importancia de la producción en masa con base territorial, la globalización de las finanzas y la tecnología y la especializa­ ción y diversidad crecientes de los mercados. La mejora de la información significa menos importancia de la producción fí­ sica en proporción con el conjunto de la economía, debido a la mayor importancia de los servicios y a que una proporción cada vez mayor del valor de cada producto la constituye el conoci­ miento que hay detrás de él: diseño, comercialización, aseso- ramiento legal y económico. Igualmente, la homogeneización de

los productos, que está unida a economías de escala de tipo territorial, puede verse sustituida por una diferenciación cada vez mayor con arreglo a la demanda local o especializada. Ésa es la razón de que los niveles nacionales de organización eco­ nómica hayan disminuido de importancia paralelamente al me­ nor énfasis en la producción con base territorial. Por otro lado» los niveles mundiales de organización económica han aum en­ tado enormemente debido al carácter global de las finanzas y la tecnología, mientras que los niveles locales se han hecho también más significativos por la diferenciación creciente de los mercados. La globalización incluye también la transnacionalización y la regionalización de la gobernanza, Ha habido, desde la guerra, un aumento explosivo de las organizaciones, los acuerdos y los organismos reguladores de ámbito internacional. Cada vez son más las actividades gubernamentales que están reglamentadas en virtud de un acuerdo internacional o integradas en institu­ ciones transnacionales; cada vez hay más departamentos y mi­ nisterios envueltos en modalidades formales e informales de cooperación con sus homólogos en otros países; cada vez hay más decisiones políticas que se remiten a toros internacionales que, muchas veces, no responden ante nadie. Al mismo tiempo» las dos últimas décadas han presenciado una reafirmación de las políticas locales y regionales, sobre todo -pero no sólo- en materia de desarrollo. Dicha reafirmación ha adoptado distintas formas: iniciativas de orientación científica o empresarial, por ejemplo los «polos tecnológicos» corno Silicon Valley o Cam­ bridge, en Inglaterra; un redescubrimiento de las tradiciones municipales, como en el norte de Italia; iniciativas pacifistas o ecologistas como las zonas desnuclearizadas o los proyectos de reciclaje de residuos; además de formas nuevas o renovadas de clientelismo y patrocinio local.4 Paralelamente a la naturaleza cambiante de la gobernación ha habido un crecimiento asombroso en las redes transnaciona­ les y no gubernamentales de carácter informal. Entre ellas están las ONG, tanto las que realizan funciones antes desarrolladas por los gobiernos -por ejemplo» la ayuda humanitaria-, como las que llevan a cabo campañas sobre problemas de dimensión

mundial: derechos humanos, ecología, paz, etcétera.5 Estas ONG trabajan, sobre todo, a escala local y transnacional, en parte por­ que son los ámbitos de los problemas que abordan y en parte porque el acceso a la política nacional está copado por los parti­ dos políticos de ámbito estatal. Así, organizaciones como Green­ peace o Amnistía Internacional son famosas en todo el mundo, pero su influencia sobre los gobiernos nacionales es limitada. Además han florecido otros tipos de redes transnacionales: vín­ culos entre diversas actividades culturales y deportivas; grupos religiosos y étnicos; el crimen internacional. La educación supe­ rior está cada vez más globalizada, debido a los intercambios de estudiantes y facultades y gracias ai uso privilegiado de Internet. Estos cambios políticos y económicos implican asimismo transformaciones de largo alcance en las formas organizativas. La mayoría de las sociedades se caracterizan por lo que Bujarin llamaba un «monismo de arquitectura».6 En la era moderna, los Estados-nación, empresas y organizaciones militares tenían for­ mas verticales de organización jerárquica muy similares: la in­ fluencia de la guerra moderna -sobre todo la experiencia de la segunda guerra mundial- sobre las formas de organización fue general. Robert Reich, en su libro El trabajo de las naciones, describe cómo las naciones han pasado de ser organizaciones nacionales verticales, en las que el poder estaba concentrado en manos de los propietarios, en la cima de una cadena de mando piramidal, a fenómenos globales cuyas estructuras se parecen a una tela de araña, con el poder en manos de quienes poseen co­ nocimientos técnicos o económicos, que están repartidos por toda la red:

«Sus sedes tan dignas, costosas fábricas, almacenes, labora­ torios y flotas de camiones y aviones privados son de alquiler. Sus obreros, porteros y contables tienen contratos temporales; sus investigadores, ingenieros de diseño y directores de merca­ dotecnia tienen una parte en los beneficios. Y sus distinguidos directivos no tienen gran poder ni autoridad en este ámbito, sino que tienen, escaso control directo sobre ninguna cosa. En vez de imponer su voluntad en un imperio corporativo, orientan ideas a través de las nuevas redes de empresa».7

Algo parecido ocurre en las organizaciones gubernamentales

y no gubernamentales. Los departamentos ministeriales, en to­ dos los niveles, están desarrollando vínculos transnacionales horizontales; la actividad del gobierno se realiza, cada vez más, a través de diversas modalidades de privatización y semiprivatiza- ción. Las formas de organización descentralizadas y horizontales que caracterizan a las ONG y a los nuevos movimientos sociales contrastan a menudo con las formas tradicionales y verticales de

los partidos políticos.8 Los

vos empresariales, son, en ei mejor de los casos, facilitadores y creadores de opinión y, en el peor, imágenes o símbolos, repre­ sentaciones públicas de redes interconectadas de actividad sobre las que tienen escaso control. La globalización ha tenido un profundo efecto sobre las es­ tructuras sociales. En los países industriales avanzados, las cla­ ses obreras tradicionales han disminuido o están disminuyendo, paralelamente al descenso de la producción en masa con base territorial. Debido a las mejoras en la productividad y a que hace falta un trabajo menos cualificado, la fabricación indus­ trial da trabajo a menos obreros y peor pagados, sobre todo a mujeres e inmigrantes, si no se traslada directamente a países con salarios inferiores. Lo que ha aumentado son las personas a las que Alain Tou- raine llama trabajadores de la información9 y Robert Reich, analistas simbólicos, esas personas que poseen y utilizan los co­ nocimientos que -para citar a Reich- identifican, resuelven y gestionan problemas mediante «manipulaciones de símbolos:

datos, palabras, representaciones orales y visuales».10Son perso­ nas que trabajan en la tecnología o las finanzas, en la ense­ ñanza superior ampliada o en la multitud, cada vez mayor, de organizaciones transnacionales. La mayoría de la gente no entra en ninguna de estas dos categorías. O trabajan en servicios, por ejemplo como camareros, vendedores, taxistas, cajeros, etcétera, o se suman a las filas crecientes de parados, que se han que­ dado sin empleo por el aumento de la productividad asociado a la globalización. Esta nueva estructura social se refleja en una mayor disparidad de ingresos entre quienes trabajan y quienes no, y entre quienes trabajan, según su capacidad.

dirigentes políticos, como los directi­

Las disparidades de ingresos están relacionadas también con las disparidades geográficas, tanto dentro de un mismo conti­ nente, país o región como entre unos y otros. Está la disparidad creciente entre las áreas -sobre todo las regiones industriales avanzadas- capaces de sacar provecho a sus posibilidades tec­ nológicas y el resto. Algunas zonas pueden prosperar, al menos temporalmente, atrayendo la producción a gran escala: el su­ reste asiático, el sur de Europa y, en un posible futuro, Europa central. Las demás regiones están atrapadas en la economía mundial en la medida en que las fuentes tradicionales de ingre­ sos se van erosionando, pero no son capaces de participar ni en la producción ni en el consumo. Los mapas que hacen las em­ presas internacionales de la segmentación de sus mercados sue­ len dejar fuera la mayor parte del mundo. Pero esas disparida­ des geográficas, cada vez más amplias, se pueden hallar incluso en el interior de un mismo país, continente y hasta ciudad; y eso ocurre tanto en el mundo industrial avanzado como en el resto. En todas partes están surgiendo límites entre los enclaves globales, prósperos y protegidos, y las áreas que quedan fuera de ellos, anárquicas, caóticas y golpeadas por la pobreza. Estas tendencias esbozadas son, al mismo tiempo, aleatorias y construidas. No hay nada de inevitable, por ejemplo, sobre el aumento de las disparidades sociales, económicas y geográficas; en parte, son consecuencia de la desorganización o de una or­ ganización que surge de la inercia anterior. En cambio, lo que puede darse por descontado es el alejamiento histórico de las culturas verticales características de la era del Estado-nación, que producían un sentido de la identidad nacional y una sensa­ ción de seguridad. Los símbolos abstractos, como el dinero y la ley, que constituyen la base de las relaciones sociales en socie­ dades en las que ya no predominan las interacciones personales, eran un elemento constitutivo de dichas culturas nacionales.11 En la actualidad es un tópico hablar de una «crisis de identi­ dad» , una sensación de alienación y desorientación que acom­ paña la descomposición de las comunidades culturales. Sin embargo, también es posible señalar ciertas formas in­ cipientes de clasificación cultural. Por un lado, están los que se consideran parte de una comunidad mundial de personas que

piensan de forma parecida» principalmente los trabajadores de la información, que cuentan con una buena formación» o los analistas simbólicos, que pasan mucho tiempo en aviones» tele­ conferencias, etcétera, y que tal vez trabajan para una empresa multinacional» una ONG o alguna otra organización internacio­ nal, o que quizá pertenecen a una red de científicos» o depor­ tistas, o músicos y artistas» o algo semejante. Por otro lado» es­ tán quienes se sienten excluidos y pueden considerarse» o no, parte de una comunidad local o particularista (religiosa o na­ cional). Hasta ahora, las nuevas agrupaciones globales no están poli­ tizadas o, al menos» casi no lo están. Es decir» no constituyen ia base de comunidades políticas en las que puedan fundarse nue­ vas formas de poder. Una razón es el individualismo y la ane­ mia que caracterizan a la época actual: la sensación de que la acción política es superflua ante la enormidad de los problemas actuales, la dificultad de controlar o influir sobre la tela de araña de la estructura de poder y la fragmentación cultural de las redes horizontales y de las lealtades particularistas. Tanto el que Reich llama el cosmopolita laissez-faire, que se ha «apar­ tado» de la nación-estado y persigue sus intereses de consumo individuales, como los incansables jóvenes criminales, los nue­ vos aventureros, presentes en todas las zonas excluidas» reflejan este vacío político. De todas formas, existen semillas de politización en ambos tipos de grupos. La politización cosmopolita puede encontrarse en el interior de las nuevas ONG o los nuevos movimientos so­ ciales transnacionales y dentro de las instituciones internaciona­ les, así como en las personas, asociada a un compromiso con los valores humanos (derechos sociales y políticos universales, responsabilidad ecológica, paz y democracia» etcétera) y a la no­ ción de sociedad civil transnacional, la idea de que unos grupos organizados'~por su cuenta y que actúen por encima de las fron­ teras pueden resolver problemas y presionar a las instituciones políticas. La nueva política de las identidades particularistas también puede interpretarse como una reacción ante estos pro­ cesos mundiales, como una forma de movilización política ante la impotencia cada vez mayor del Estado moderno.

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::itidades

Utilizo el término «política de identidades» para referirme a movimientos que surgen asociados a una identidad étnica, ra­ cial o religiosa y con el propósito de'Muchar por el poder esta­ tal.12 Y utilizo el término «identidad», en sentido estricto, como una forma de etiqueta. Cuando hablamos de conflictos tribales en Africa» conflictos religiosos en Oriente Próximo o el sur de Asia, o conflictos nacionalistas en Europa, todos tienen una ca­ racterística común» .que es el uso de etiquetas como base para las reivindicaciones políticas. Tales conflictos se califican, a me­ nudo, de conflictos étnicos. El término einos tiene una connota­ ción racial, pese a que diversos autores insistan en que «etnia» se refiere a una comunidad cultural» más que a una comunidad basada en los lazos de sangre. Aunque es evidente que las rei­ vindicaciones étnicas no lien lamento racial, lo impor­ tante es que esas etiquetas suelen tratarse como una cosa con la que uno nace y que no se puede cambiar; no pueden adquirirse mediante la conversión ni la asimilación. Uno es alemán si su abuela era alemana, aunque no sepa hablar la lengua ni haya estado nunca en Alemania; pero uno no es alemán si sus padres eran turcos, aunque viva y trabaje en Alemania. Un católico na­ cido en Belfast occidental está condenado a seguir siendo cató­ lico aunque se convierta al protestantismo. Un croata no puede volverse serbio adoptando la religión ortodoxa y escribiendo en alfabeto cirílico. En la medida en que esas etiquetas se conside­ ran derechos inalienables, los conflictos basados en la política de identidades también pueden denominarse conflictos étnicos. Existen, por supuesto, formas de política de identidades en las que las etiquetas no son derechos inalienables sino que pueden imponerse voluntariamente o por la fuerza. Ciertas sectas del Is­ lam militante, por ejemplo, pretenden crear Estados puramente islámicos mediante la conversión de los no musulmanes.13 El térmir*'- ~'Ví , i» se refiere a la reivindicación del poder estatal. En muchas partes del mundo hay un renacer religioso o un interés renovado por la supervivencia de las culturas y las lenguas locales, y eso es, en parte, una respuesta a las tensiones de la globalización. Las campañas políticas para proteger o pro­

mover la religión o la cultura pueden provocar con frecuencia exigencias de poder. Pero no es eso lo que quiere decir la polí­ tica de identidades. Esas campañas políticas exigen derechos culturales y religiosos, y eso es muy distinto a la exigencia de derechos políticos basados en la identidad. Estos últimos son una forma de comunitarismo muy diferentes de los derechos políticos individuales y que pueden estar reñidos con ellos. Se puede establecer un contraste entre la política de identi­ dades y la política de las ideas. La política de las ideas se ocupa de proyectos de futuro. Por ejemplo, las luchas religiosas de Europa occidental en el siglo xvii trataban de liberar al indivi­ duo de la opresión de la Iglesia institucional. Las primeras lu­ chas nacionalistas en la Europa del siglo xrx o el África colonial buscaban la democracia y la construcción del Estado. Se conce­ bían como forma de aunar a distintos grupos de gente bajo la rúbrica de la nación con propósitos modernizadores. En épocas más recientes, la política ha estado dominada por ideas laicas y abstractas, como el socialismo o el ecologismo, que ofrecen una visión de futuro. Este tipo de política suele ser integradora y acoge a todos los que apoyan la idea, aunque, como ha demos­ trado la experiencia reciente, el carácter universalista de dichas ideas puede servir de justificación para prácticas totalitarias y autoritarias. En cambio, la política de identidades tiende a ser fragmen- tadora, retrógrada y excluyente. Los agrupamientos políticos ba­ sados en una identidad exclusiva suelen ser movimientos de nostalgia, basados en la reconstrucción de un pasado heroico, el recuerdo de las injusticias, reales o imaginarias, y de famosas batallas, ganadas o perdidas. Adquieren significado a través de la inseguridad, del miedo reavivado a los enemigos históricos o de una sensación de estar amenazados por los que tienen eti­ quetas diferentes. Las etiquetas siempre pueden dividirse y sub- dividirse. No existe la pureza ni la homogeneidad culturales. Toda.política basada en una identidad excluyente genera for­ zosamente una minoría. En el mejor de los casos, la política de identidades supone una discriminación psicológica contra los que tienen una etiqueta diferente. En el peor, provoca la expul­ sión de poblaciones y el genocidio.

La nueva política de identidades deriva de la desintegración o erosión de las estructuras del Estado moderno, especialmente los Estados centralizados y autoritarios. La caída de los Estados comunistas a partir de 1989, la pérdida de legitimidad de los Estados poscoloniales en África o el sur de Asia, o incluso el de­ clive de los Estados de bienestar en países industriales más avanzados proporcionan el entorno en el que se alimentan esas nuevas formas de política. La nueva política de identidades tiene dos orígenes principa­ les, ambos vinculados a la globalización. Por un lado, se puede considerar una reacción ante la impotencia cada vez mayor y la legitimidad cada vez menor de las clases políticas establecidas. Desde esta perspectiva, es una política promovida desde arriba, que aprovecha y fomenta los prejuicios populares. Es una forma de movilización política, una táctica de supervivencia para los políticos activos en la política nacional, sea en el ámbito del Es­ tado o de regiones definidas como naciones, como en el caso de las repúblicas de la antigua Yugoslavia o la antigua Unión Sovié­ tica, o en lugares como Cachemira o Eritrea antes de la inde­ pendencia. Por otro lado, nace de lo que se puede calificar de economía paralela -nuevas formas legales e ilegales de ganarse la vida, surgidas entre los sectores marginales de la sociedad- y constituye una manera de legitimar esas nuevas formas turbias de actividad. Sobre todo en Europa del Este, los sucesos de 1989 condensaron el impacto de la globalización al socavar la nación- estado y al dar pie a nuevas formas de actividad económica en un breve espacio de tiempo «transitorio», de tal forma que esta modalidad de nacionalismo desde abajo se unió al nacionalismo desde arriba en una combinación explosiva.14 En Europa del Este, el uso del nacionalismo como forma de movilización política es anterior a 1989. Especialmente en los antiguos Estados multinacionales comunistas, la conciencia na­ cional se cultivaba de manera deliberada en un contexto en el que las diferencias ideológicas estaban prohibidas y las socieda­ des, en teoría, habían sido objeto de una homogeneización y una «limpieza social».15 La nacionalidad, o ciertas nacionalida­ des oficialmente reconocidas, se convirtieron en el paraguas le­ gítimo que cubría la búsqueda de diversos intereses políticos,

económicos y culturales. Este hecho fue especialmente impor­ tante en la antigua Yugoslavia y la antigua Unión Soviética» donde la diferencia nacional se «consagró en. la constitución».16 Estas tendencias se reforzaron por el funcionamiento de las economías de escasez. En teoría, se supone que las economías planificadas eliminan la competencia. Desde luego» la. planifica­ ción elimina la competencia por los mercados. Pero produce otra forma de competencia, por los recursos. En teoría» unos di­ rigentes racionales trazan el plan y lo transmiten a lo largo de una cadena vertical de mando. En la práctica, el plan se «cons­ truye» a través de múltiples presiones burocráticas y después se «descompone». Se convierte en la expresión de un compromiso burocrático y, debido a la obligación del «presupuesto flexible», las empresas gastan siempre más de lo previsto. El resultado es un círculo vicioso en el que la escasez intensifica la competen­ cia por los recursos y la tendencia entre ministerios y empresas al acaparamiento y la autarquía, que incrementa todavía más la escasez. En este contexto, la nacionalidad se convierte en un instrumento que puede emplearse para aumentar la competen­ cia por los recursos.17 Ya a principios de los años setenta había autores que adver­ tían sobre un estallido nacionalista en la antigua Unión Soviéti­ ca como consecuencia de la utilización que se había hecho de la política de la nacionalidad para apuntalar el proyecto socialista

en decadencia.18 En un artículo clásico,

resa Rakowska-Harmstone empleaba el término «nuevo nacio­ nalismo» para designar «un nuevo fenómeno que está presente incluso entre personas que, en el momento de la revolución, no tenían más que un sentido incipiente de una cultura común».19 La política soviética creó una jerarquía de nacionalidades ba­ sada en una elaborada jerarquía administrativa en la que la ca­ tegoría de aquéllas estaba unida a la categoría de las unidades administrativas territoriales: repúblicas, regiones autónomas y áreas autónomas. Dentro de esas ordenaciones administrativas, se fomentaban la lengua y la cultura maternas de la supuesta nacionalidad «titular» y a ios miembros de esa nacionalidad se les daba prioridad en la administración local y la educación.20 El sistema produjo lo que Zaslavsky ha llamado una «división

publicado en 1974, Te­

del trabajo explosiva», en la que una elite administrativa e inte­ lectual nativa mandaba sobre una ciase obrera urbana proce­ dente de Rusia y una población rural indígena.21 La elite local usaba el desarrollo de la conciencia nacional para fomentar la autonomía administrativa, sobre todo ^n el ámbito económico. Como afirmaba en el capítulo anterior, un proceso parecido fue el que se produjo en la antigua Yugoslavia, sobre todo a par­ tir de que la constitución de 1974 consolidara las naciones y re­ públicas que componían la federación y restringiera los poderes del gobierno federal. Lo que mantenía juntos a esos Estados multinacionales era el monopolio del Partido Comunista. Des­ pués de 1989, cuando se desacreditó el proyecto socialista, se deshizo» por fin, el monopolio del partido y se celebraron elec­ ciones democráticas por primera vez, el nacionalismo estalló abiertamente. En una situación en la que hay poco que escoger entre partidos, en la que no hay historia de debate político, en la que los nuevos políticos son casi desconocidos, el naciona­ lismo se convierte en un mecanismo de diferenciación política. En las sociedades en las que los habitantes suponen que se espera que voten en determinado sentido, en las que no están acostumbrados a la elección política y pueden ser reacios a darla por descontada, votar con arreglo a límites nacionales se convierte en la opción más sencilla. El nacionalismo representa una continuidad con el pasado y, al mismo tiempo, una forma de negar u «olvidar» una complici­ dad con ese pasado. Representa una continuidad, en parte, por como fue alimentado en la era anterior, no sólo en los Estados multinacionales, y, en parte, porque su forma es muy parecida a la de las ideologías de la guerra fría. El comunismo, en con­ creto, sacó mucho provecho de una mentalidad de guerra de ellos contra nosotros, buenos contra malos, y elevó el concepto de comunidad colectiva homogénea. Al mismo tiempo, es una forma de negar el pasado porque los regímenes comunistas con­ denaban a las claras el nacionalismo. Como en el caso de la ad­ hesión feroz al mercado, el nacionalismo es una forma de negar lo que hubo antes. El comunismo puede ser considerado un personaje «ajeno», un «forastero», sobre todo en los países ocu­ pados por tropas soviéticas, y con ello se exculpa a quienes

aceptaron o toleraron el régimen, o incluso a quienes colabora­ ron con él. La identidad nacional, en cierto modo, es pura e in­ maculada en comparación con otras identidades profesionales o ideológicas que estaban determinadas por el contexto anterior. En otros lugares se pueden observar algunas tendencias si­ milares, aunque menos extremas. Ya en los años setenta y ochenta, la fragilidad de las estructuras administrativas poscó- loniales era evidente. Los Estados de África y Asia tenían que hacer frente a la desilusión de las esperanzas puestas en la in­ dependencia, el fracaso del proyecto de desarrollo a la hora de vencer la pobreza y la desigualdad, la inseguridad de la rápida urbanización y la descomposición de las comunidades rurales tradicionales, así como el efecto del ajuste estructural y las po­ líticas de estabilización, liberalización y desregulación. Además, como en el caso de la antigua Yugoslavia, la pérdida de una identidad internacional basada en la pertenencia al movimiento de los no alineados, al acabar la guerra fría, tuvo repercusiones internas. Tanto los políticos gobernantes como los dirigentes de oposición empezaron a utilizar las identidades particularistas de diversas formas: para justificar políticas autoritarias, para crear chivos expiatorios, para movilizar el apoyo basándose en el miedo y la inseguridad. En muchos Estados poscoloniales, los partidos gobernantes se consideraban partidos de izquierda que ocupaban el hueco de ios movimientos de emancipación. Como en los Estados poscomunistas, la ausencia de un movi­ miento de emancipación legítimo dejó la política a merced de reivindicaciones basadas en tribus o clanes, grupos religiosos o lingüísticos. En el periodo precolonial, la mayoría de esas sociedades no tenían más que un sentido» muy vago de la identidad étnica. Los europeos, con su pasión por la clasificación, con censos y docu­ mentos de identidad, impusieron categorías étnicas más rígidas, que luego evolucionaron de forma paralela al crecimiento de los medios de comunicación, carreteras y ferrocarriles y„ en algunos países, la aparición de una prensa en lengua vernácula. En ciertos casos, las categorías eran totalmente artificiales: la distinción en­ tre hutus y tutsis en Ruanda y Burundi era una distinción apro­ ximada y, en gran parte, social antes de que el gobierno belga

introdujera las tarjetas de identidad; del mismo modo, los ngaia, la tribu de la que aseguraba proceder el presidente Mo- butu de Zaire, era esencialmente un invento belga. En el perio­ do posterior a la independencia, la mayoría de los partidos go­ bernantes defendieron una identidad nacional que abarcase a los grupos étnicos, con frecuencia numerosos, comprendidos en los territorios artificialmente definidos de las nuevas naciones. A medida que se fueron desvaneciendo las esperanzas de la in­ dependencia, muchos políticos empezaron a apelar a tendencias particularistas. En general, cuanto más débiles eran las estruc­ turas administrativas, más pronto sucedía. En algunos países, como Sudán, Nigeria o Zaire, se desarrollaron los llamados re­ gímenes «depredadores», en los que el acceso al poder y la ri­ queza personal dependía de la religión o la tribu.22 En India, donde la democracia fue continua durante casi todo el periodo posterior a la independencia, el uso que hizo el Partido del Con­ greso de los rituales y símbolos hindúes en los años setenta pre­ paró el camino para nuevas formas de movilización política ba­ sadas en la identidad, sobre todo la religión.23 Muchos de estos Estados eran muy intervencionistas. A me­ dida que la ayuda exterior empezó a ser sustituida por los prés­ tamos comerciales en los años setenta, a medida que se acumu­ ló la deuda externa y se introdujeron los programas de «ajuste estructural», los ingresos estatales disminuyeron y, como en los antiguos países comunistas, la rivalidad política por el control de los recursos se intensificó. El final de la guerra fría supuso la reducción de la ayuda extranjera a países como Zaire o Soma­ lia, que se habían considerado estratégicamente importantes. Al mismo tiempo, las presiones en favor de la democratización produjeron intentos cada vez más desesperados de mantenerse en el poder, a menudo a base de fomentar las tensiones étnicas. Incluso en Europa occidental, la erosión de la legitimidad relacionada con la autonomía decreciente de la nación-estado y la corrosión de las fuentes tradicionales de cohesión social, fre­ cuentemente de origen industrial, se hicieron mucho más trans­ parentes a partir de 1989. Ya no era posible defender la demo­ cracia mediante la referencia a su ausencia en otros lugares. La identidad específicamente occidental, definida con relación a la

amenaza soviética» quedó debilitada. Y el carácter distintivo de la identidad nacional con relación a la guerra fría perdió conte­ nido; por ejemplo, el gaullismo en. Francia» la .relación especial de los británicos con Estados Unidos o el papel griego como in­ termediario entre este y oeste en los Balcanes. Alemania, por supuesto, es un caso especial, ya que ganó una nueva identidad nacional sobre las ruinas del Muro de Berlín y permitió el re- descubrimiento de la historia enterrada. Igualmente significativo es el vacío político» el ocaso de la izquierda y la reducción del espacio para la verdadera diferen­ cia política. Los partidos explotan el nacionalismo, o algunas semillas del nacionalismo como las leyes de asilo, cual forma de diferenciación política. La izquierda no presenta una oposi­ ción clara o actúa todavía peor, sobre todo los sectores de la izquierda desacreditados por la caída del comunismo. En Fran­ cia, Jean-Marie Le Pen, dirigente del Frente Nacional, cuenta con el apoyo de antiguos votantes comunistas. El Movimiento Socialista Panhelénico (PASOK), en Grecia, juega la carta na­

cionalista.24

Los países occidentales, por supuesto, no comparten la ex­ periencia del autoritarismo colectivista, aunque las regiones, como Irlanda del Norte, en las que la política particularista es fuerte, tienden a ser las mismas en las que la democracia ha sido débil. Una sociedad civil activa suele servir de contrapeso para la desconfianza hacia los políticos, el alejamiento de las instituciones políticas, la sensación de apatía y futilidad que proporciona una posible base para las tendencias populistas. No obstante, la «secesión» de las nuevas clases cosmopolitas y la fragmentación y dependencia de quienes están excluidos de los beneficios de la globalización son también típicas de los países industriales avanzados. El otro gran origen de la nueva política de identidades es la economía paralela. Ésta es, en gran parte, producto de las políti­ cas neoliberales llevadas a cabo en los años ochenta y noventa -la estabilización macroeconómica, la desregulación y la privatiza­ ción-, que, en la práctica, sirvieron para acelerar ei proceso de globalización. Dichas políticas incrementaron el nivel de desem­ pleo, el agotamiento de los recursos y las diferencias de rentas, lo

cual suministró un entorno para el aumento del crimen y la crea­ ción de redes de corrupción, mercados negros, traficantes de ar­ mas y drogas, etcétera. En. las sociedades en las que el Estado controlaba grandes sectores de la economía y no existen ins­ tituciones de mercado organizadas poí^su cuenta, las políticas de «ajuste estructural» o «transición» significan, en realidad, la falta de cualquier tipo de norma. El mercado, en general, no significa nuevas empresas autónomas de producción. Significa corrupción, especulación y crimen. Nuevos grupos de turbios «hombres de negocios», a menudo vinculados a los aparatos institucionales en decadencia a través de varias formas de soborno y abusos de in­ formación. privilegiada, se dedican, a una especie de acumulación primitiva, el ansia de tierras y capital. Utilizan el lenguaje de la política, de identidades para levantar alianzas y legitimar sus acti­ vidades. Con frecuencia, esas redes están relacionadas con gue­ rras -por ejemplo en Afganistán, Pakistán y grandes zonas de África- y con la desintegración del complejo militar e industrial tras el final de la guerra fría. Muchas veces son transnacionales y se relacionan con circuitos internacionales de mercancías ilega­ les, en ocasiones a través de contactos entre los expatriados. Un fenómeno típico lo constituyen las nuevas bandas de jóve­ nes, los nuevos aventureros, que viven de la violencia o las ame­ nazas de violencia, que obtienen amias de los excedentes que cir­ culan en el mercado negro o saqueando almacenes militares, y que, o bien fundan su poder en redes particularistas, o buscan respetabilidad mediante reivindicaciones particularistas. Entre ellos están también los grupos transcaucásicos que se dedican a capturar rehenes para intercambiarlos por comida, armas, di­ nero, otros rehenes e incluso cadáveres; las mafias de Rusia; los nuevos cosacos, que lucen el uniforme de cosacos para «prote­ ger» a los grupos de expatriados rusos en los países vecinos; las milicias nacionalistas compuestas por jóvenes parados en la zona occidental de Ucrania o Herzegovina; todos ellos se alimentan, como buitres, de los restos del Estado en descomposición y de las frustraciones y los resentimientos de los pobres y desempleados. En las zonas de conflicto de África y el sur de Asia también se encuentra esta misma casta de inquietos aventureros políticos.25 La nueva política de identidades reúne estas dos fuentes de

particularismo en diversos grados. Las antiguas elites adminis­ trativas o intelectuales se alian con una mezcla variopinta de

aventureros marginados de la sociedad y, juntos» movilizan a los excluidos y abandonados, los alienados e inseguros, con el fin

de tom ar

ción de inseguridad, mayor la polarización de la sociedad, y me­ nos espacio queda para valores políticos alternativos e integra- dores. En situación de conflicto» dichas alianzas se consolidan gracias a la complicidad compartida en los crímenes de guerra y una dependencia común de la persistencia de la economía de guerra. En Ruanda, el plan para el genocidio masivo se lia interpretado como la forma de que los hutus extremistas pudie­ ran conservar su poder en el contexto de la crisis económica y la presión internacional a favor de la democratización. Según la ONG Africa Rights: «El objetivo de los extremistas era que toda la población hutu participase en las matanzas. De esa forma, la sangre del genocidio mancharía a todo el mundo. No podría ha­ ber marcha atrás».26 La intensificación de la guerra en Cache­ mira, incluida la participación de muyahidiin afganos, ha crea­ do una polarización entre las identidades hindú y musulmana que ha ido suplantando progresivamente a las tradiciones sin­ créticas y los lazos comunes basados en la identidad cachemir, el kashmiriyat.27 Una de las explicaciones para la ferocidad del sentimiento nacionalista en la antigua Yugoslavia es el hecho de que allí se concentran todos los orígenes posibles de la nueva política de identidades: el antiguo Estado tenía la clase dirigen­ te más occidentalizada y cosmopolita de los países del este de Europa, por lo que el resentimiento de los excluidos se veía exa­ cerbado; experimentaba la competencia burocrática nacionalista típica del Estado centralizado en decadencia; y, debido a que se vio expuesta a la transición al libre mercado antes que cual­ quier otro país del este de Europa» su economía paralela se de­ sarrolló más. Aun así» fue necesaria una guerra despiadada para crear el odio sobre ei que reconstruir identidades excluyentes. La nueva forma de política de identidades se considera a menudo un retroceso al pasado, un regreso a las identidades premodemas, temporalmente desplazadas o suprimidas por las ideologías modernizadoras. Desde luego, es cierto que la nueva

y conservar el poder. Cuanto más grande es la sensa­

política se basa en el recuerdo y la historia, y que algunas so­ ciedades en las que las tradiciones culturales están más arraiga­ das son más susceptibles a la nueva política. Pero, como he ex­ plicado, lo que importa de verdad es el pasado reciente y, en especial, el impacto de la globalización sobre la supervivencia política de los Estados. Además, la nueva política tiene rasgos completamente nuevos y contemporáneos. En primer lugar, es horizontal además de vertical, transna­ cional además de nacional. En casi todos los nuevos nacionalis­ mos, la diáspora desempeña un papel mucho más importante que antes gracias a la rapidez de las comunicaciones. Siempre hubo grupos de expatriados nacionalistas que tramaban la libe­ ración de su país en París o Londres. Pero tales grupos han crecido y han adquirido más importancia por las dimensiones de la emigración, la facilidad de viaje y la expansión del teléfono, el fax y el correo electrónico. Existen dos tipos de expatriados. Por un lado, están las minorías que viven en países vecinos, temero­ sos de su vulnerabilidad a los nacionalismos locales y, con fre­ cuencia, más extremistas que los que se han quedado en su país. Por ejemplo, los serbios que viven en Croacia y Bosnia-Herzego- vina, las minorías rusas en todas las repúblicas ex soviéticas, la minoría húngara en Vojvodina, Rumania, Ucrania y Eslovaquia, los tutsis que viven en Zaire o Uganda. Por otro lado, hay grupos más desapegados que viven en países distantes, muchas veces en las nuevas naciones constituidas por una mezcla de culturas, y encuentran consuelo en sus fantasías sobre sus orígenes, a me­ nudo muy alejadas de la realidad. La idea de una patria sij, Kha- listán, la noción de unir Macedonia y Bulgaria, la exigencia de una Rutenia independiente: todas se originaron en las comuni­ dades exiliadas en Canadá. El apoyo de los norteamericanos de origen irlandés al Ejército Republicano Irlandés (IRA), el vio­ lento conflicto entre las comunidades griega y macedonia en Australia y las presiones de los grupos croatas en Alemania para que se reconozca su república son otros ejemplos. Dichos grupos proporcionan ideas, dinero, armas y conocimientos, a menudo con consecuencias desproporcionadas. Entre los individuos que componen los nuevos círculos nacionalistas hay expatriados ro­ mánticos, mercenarios extranjeros, traficantes e inversores, pro­

pietarios de pizzerías en Canadá, etcétera. Radha Kumar ha des­ crito el apoyo que dan los indios residentes en Estados Unidos a los fundamentalistas hindúes: «Separados de sus países de ori­ gen, los expatriados viven a menudo como extranjeros en un país extraño y se sienten despojados de su cultura, pero, al mis­ mo tiempo, culpables de haber escapado a los problemas “de casa", y se vuelven hacia el nacionalismo de los expatriados sin comprender la violencia que, sin querer, pueden desencadenar sus acciones».28 Este mismo tipo de redes transnacionales es el que se encuentra también en algunos grupos religiosos. Son co­ nocidas las conexiones islámicas, pero hay otras religiones que tienen los mismos vínculos. Una vez visité el despacho del lla­ mado «ministro de Exteriores» de Osetia del Sur, una región di­ sidente de Georgia, y vi que tenía un retrato del líder serbobos­ nio, Karadzic, en la pared. Me explicó que se lo había dado la delegación de la República Srbska durante una reunión de cris­ tianos ortodoxos orientales. En segundo lugar, la capacidad de movilización política se ha ampliado enormemente, como consecuencia de una mejor educación y una expansión de las clases cultas, pero también gracias a las nuevas tecnologías. Muchas explicaciones del creci­ miento del islamismo político se centran en la aparición de cla­ ses urbanas recientemente alfabetizadas -que, muchas veces, quedan excluidas del poder-, el aumento de escuelas islámicas y el aumento del número de lectores de periódicos.29 El hecho de que cada vez haya más personas educadas en sus lenguas ma­ ternas, junto a la difusión de los periódicos comunitarios de masas, crea nuevas «comunidades imaginarias». Y -lo que es to­ davía más significativo- la generalización de la televisión, el ví­ deo y la radio ofrece medios muy rápidos y eficaces de difundir un mensaje particularista. Los medios electrónicos tienen una autoridad que los periódicos no pueden igualar; en algunas par­ tes de África, la radio es «mágica». La circulación de casetes con sermones de predicadores islámicos militantes, el uso de la radio «del odio» para incitar a la gente al genocidio en Ruanda» el control de la televisión por parte de los líderes nacionalistas en Europa del Este, son mecanismos que aceleran la moviliza­ ción política. En Kósovo, la díáspora y los modernos medios de

<

comunicación se aúnan en las emisiones en lengua albanesa realizadas desde Suiza y recibidas por la población de origen al- banés a través de sus antenas parabólicas.

rj'smopcli'ismo contra particularismo

A.D. SiTiíth, en su libro Nations and Nationalism in the Glo­ bal Era (Naciones y nacionalismo en la era global), discrepa de la opinión de que las naciones-estado son un anacronismo.30 Afir­ ma que las nuevas clases mundiales todavía necesitan tener una sensación de comunidad e identidad basada en las etnias para superar la alienación de su discurso unlversalizado^ técnico y científico. Y critica lo que llama la falacia moderna de que las naciones-estado son sistemas de gobierno artificiales y tempora­ les, escalas en la evolución hacía una sociedad global. Cree que el nuevo nacionalismo es la prueba de la persistencia de las et­ nias y ofrece un punto de vista positivo sobre el separatismo cultural, que considera una manera de cimentar las naciones- estado más firmemente en torno a una etnia dominante, al mis­ mo tiempo que se les permite la adhesión a ideales cívicos. Puede ser que las nuevas identidades particularistas vayan a perdurar, que sean la expresión de un nuevo relativismo cultural posmoderno. Pero es difícil afirmar que ofrecen una base para los valores cívicos humanistas, precisamente porque no pueden ofrecer un proyecto de futuro válido en el nuevo contexto mun­ dial. La principal implicación de la globalización es que la sobe­ ranía territorial ha dejado de ser viable. Los esfuerzos por recu­ perar ei poder dentro de un ámbito espacial determinado sólo servirán para disminuir todavía más la capacidad de influir' so­ bre los acontecimientos. Ello no significa que la nueva política de identidades particularista vaya a desaparecer. Se trata, más bien, de una receta para nuevos 'Estados pequeños, caóticos y cerrados con fronteras permanentemente discutidas y que de­ penderán de la violencia constante para sobrevivir. Los particularistas no pueden prescindir de las personas con otras etiquetas. La globalización, como implica su nom­

bre, es global. En todas partes, en diversas proporciones, los que se benefician de la globalización tienen que com partir el territorio con los que están excluidos de sus ventajas, pero, aun así, resultan profundamente afectados por ella. Ganadores y perdedores se necesitan mutuamente. No hay un trozo de tierra, sea pequeño o grande, que pueda seguir aislado del mundo exterior. Por supuesto, es posible prever -y ya está ocurriendo- una nueva reafirmación de la política regional y local, una reivindi­ cación de más responsabilidad democrática en dichos ámbitos. Pero esas declaraciones deben situarse en un contexto mundial; tienen que incluir un mayor acceso y una mayor apertura hacia los ámbitos mundiales de gobemanza y deben basarse en una mayor responsabilidad democrática para todos los habitantes del territorio en cuestión, no sólo para los que llevan una eti­ queta concreta. Es decir, este tipo de política necesita estar in­ serto en lo que podría calificarse de una conciencia política cos­ mopolita. Cuando digo cosmopolitismo, no me refiero a una negación de la identidad. Me refiero, más bien, a la celebración de la di­ versidad de identidades mundiales, la aceptación e incluso el entusiasmo ante múltiples identidades que se superponen y, al mismo tiempo, el compromiso de defender la igualdad de todos los seres humanos y el respeto a la dignidad humana. El tér­ mino procede de la noción kantiana de derecho cosmopolita, que acompaña al reconocimiento de las soberanías separadas; es decir, aúna el universalismo y la diversidad. Anthony Appiah habla del «patriota cosmopolita» o el «cosmopolita arraigado, apegado a un hogar propio, con sus propias peculiaridades cul­ turales, .pero que disfruta de la presencia de otras personas dife­ rentes». Distingue el cosmopolitismo del humanismo «porque el cosmopolitismo no es sólo el sentimiento de que todo el mundo es importante. El cosmopolita celebra el hecho de que existen formas locales y diferentes de ser humano; mientras que el hu­ manismo, por el contrario, concuerda con el deseo de homoge­ neidad mundial».31 Se pueden identificar dos posibles orígenes de la conciencia política cosmopolita. Uno, que podría denominarse el cosmopo­

litismo desde arriba, se encuentra en las numerosas organiza­

ciones internacionales, algunas de las cuales -especialmente la UE- están adquiriendo poderes supranacionales. Estas institu­ ciones desarrollan su propia lógica y sus propias estructuras in­ ternas. Hacen posible realizar determinadas actividades, en vez de llevarlas a cabo con sus propios recursos. Actúan a través de complejas asociaciones, acuerdos de cooperación, negociaciones

y

mediaciones con otros organismos, Estados y grupos privados

o

semiprivados. Están limitados por la falta de recursos y -otro

aspecto relacionado con el anterior- por los acuerdos intergu- bemamentales que hacen que les sea muy difícil actuar, salvo a base de compromisos laboriosos y, con frecuencia, insatisfacto­ rios. En muchas de esas instituciones hay funcionarios idealis­ tas y dedicados, interesados por buscar fuentes de legitimidad alternativas frente a sus jefes nacionales, que tanta frustración les producen. El otro origen es el que podríamos llamar cosmopolitismo desde abajo, los nuevos movimientos sociales de los años ochenta y las que han pasado a llamarse ONG en los noventa. Esta nueva forma de activismo se ha ido desarrollando desde principios de los ochenta, fundamentalmente como respuesta a ios nuevos problemas mundiales. Son movimientos distintos de otros movimientos sociales anteriores. No encajan fácilmente en una división entre izquierda y derecha; se preocupan por nuevos problemas como la paz, la ecología, los derechos humanos, la re­ lación entre sexos y el desarrollo. Suelen tener una organización horizontal, y no vertical, y resultan más eficaces en el ámbito lo­ cal o transnacional,. Durante los años noventa se han ido ha­ ciendo cada vez más individualistas. Tienden a ser escépticos en política. Expresan sus compromisos individuales a través del ve­ getarianismo o conduciendo caravanas de ayuda a zonas de gue­ rra. Aunque, en el pasado, han organizado manifestaciones de masas, sus acciones suelen ser simbólicas o espectaculares; por ejemplo, las del buque Rainbow Warrior, de Greenpeace. Térmi­ nos como «antipolítica», «autoorganización» y «sociedad civil» expresan su rechazo a las formas políticas convencionales. En la actualidad, el cosmopolitismo y el particularismo co­ existen en el mismo espacio geográfico. El cosmopolitismo tien?

de a estar más extendido en occidente y menos en el este y el sur. No obstante, se encuentran ambos tipos de personas en to­ do el mundo, en aldeas y ciudades remotas. Los nuevos conflic­ tos particularistas sacan a la luz a valientes grupos de gente que intentan oponerse a la guerra y el exclusivismo; lo mismo habi­ tantes del lugar que otros que llegan., voluntarios, desde el ex­ tranjero, para ofrecer ayuda humanitaria, hacer de mediadores, etcétera. Los grupos locales se hacen más fuertes en la medida en que logran acceso a las redes transnacionales o reciben su apoyo y protección. En las guerras es donde se reduce el. espacio para el cosmo­ politismo. Los particularismos se necesitan mutuamente para sostener sus identidades excluyentes; de aquí la combinación paradójica de conflicto y cooperación. El cosmopolitismo dismi­ nuye la capacidad de convocatoria del particularismo, y los re­ presentantes de los valores civiles y humanos suelen ser blancos frecuentes en las guerras. Cada vez aparecen más zonas imposi­ bles, como Ruanda o Afganistán, en las que ciertos organismos humanitarios, de forma aislada, negocian a duras penas y so­ bornan lo que haga falta para poder ayudar a quienes lo necesi­ tan. Algunos afirman que tales situaciones son presagios del fu­ turo para gran parte del mundo.12 Nada es tan polarizado!" como la violencia, ni tiene tantas probabilidades de provocar un abandono de proyectos utópicos incluyentes. «Sarajevo es el fu­ turo de Europa. Éste es el final de la historia», le dicen a uno los cosmopolitas desencantados que viven en dicha ciudad. Pero la política nunca es una cosa determinada. Que se pueda prever otro futuro o no depende, en definitiva, de lo que elijamos.

La economía de guerra globalizada

El término «economía de guerra» suele referirse a un sis­ tema centralizado, totalizador y autárquico como el que se daba en las guerras totales del siglo xx. La administración está cen­ tralizada para aumentar la eficacia de la guerra y obtener los máximos ingresos con el fin de sufragarla. Se moviliza al mayor número posible de personas para que participen en la guerra» sea como soldados o en la producción de armas y otros artícu­ los necesarios. En general, el esfuerzo bélico se autofinancia, aunque, en la segunda guerra mundial, Gran Bretaña y la Unión Soviética recibieron ayuda de Estados Unidos en forma de prés­ tamos y arrendamientos. El principal objetivo del esfuerzo bé­ lico es hacer el máximo uso de la fuerza para enfrentarse al enemigo en combate y derrotarlo. El nuevo tipo de economía de guerra es prácticamente lo contrario. Las nuevas guerras son guerras «globalizadas». Supo­ nen la fragmentación y descentralización del Estado. La partici­ pación es baja, en relación con la población, porque no hay un salario y por la falta de legitimidad de las partes en conflicto. Existe muy poca producción interior, así que el esfuerzo de gue­ rra depende enormemente del pillaje interno y la ayuda externa. Los combates son escasos, la violencia está dirigida, en su ma­ yor parte, contra los civiles, y la cooperación entre facciones enemigas es frecuente. Los que conciben la guerra en los términos tradicionales de Clausewitz, con objetivos geopolíticos definibles, no entienden los intereses subyacentes, tanto políticos como económicos, en que continúe la guerra. Suelen suponer que se pueden hallar soluciones políticas sin necesidad de abordar la lógica econó­

mica fundamental. Sin embargo, al mismo tiempo, los que re­

conocen la falta de sentido de las percepciones tradicionales de

la guerra y observan la complejidad de las relaciones políticas,

sociales y económicas expresadas en esas guerras suelen llegar a la conclusión de que este tipo de violencia es equiparable a la anarquía. En tales circunstancias, lo máximo que se puede ha­ cer es tratar los síntomas, por ejemplo, mediante la ayuda hu­

manitaria. En este capítulo afirmo que es posible analizar la economía

política típica de las nuevas guerras con el fin de sacar conclu­ siones sobre posibles enfoques alternativos. De hecho, un análi­ sis de ese tipo implica que muchos de los esfuerzos bieninten­ cionados de varios agentes internacionales, basados en hipótesis heredadas sobre el carácter de la guerra, pueden resultar con­

traproducentes . La resolución de

ayudar a legitimar a las partes en conflicto y darles tiempo para

reabastecerse; la ayuda humanitaria puede contribuir al funcio­ namiento de la economía de guerra; las tropas de pacificación pueden perder su legitimidad por quedarse al margen cuando se cometen crímenes terribles o por tomar partido por grupos que los cometen. En la primera parte, describo las diversas unidades de combate que caracterizan a las guerras contemporáneas y en qué estado han quedado tras la desintegración de las capaci­ dades formales del Estado en materia de seguridad. Después analizo los modelos de violencia y el carácter de la estrategia

conflictos desde arriba puede

militar, y cómo han evolucionado tras los conflictos desarrolla­ dos durante y después de la segunda guerra mundial, como una forma de reaccionar contra la guerra convencional mo­ derna o de afrontarla: guerra de guerrillas, contrainsurgencia

y los conflictos «de baja intensidad» de la década de los

ochenta. A continuación, examino cómo adquieren las unida­ des de combate recursos con los que librar las nuevas guerras y la interacción entre el nuevo modelo de violencia y las rela­ ciones sociales generadas en el contexto de la guerra. En la úl­ tima parte, muestro que las nuevas guerras -o, mejor dicho, las condiciones sociales de las nuevas guerras- tienden a ex­ pandirse.

La privatización Oe

fuerzas irritares

Madeleine Albright, ex secretaria de Estado norteamericana» ha empleado el término «Estados fracasados» para calificar a ios países con una autoridad central débil o inexistente; los ejemplos típicos son Somalia o Afganistán. Jeffrey Herbst sos­ tiene que muchos Estados africanos nunca han tenido una so­ beranía de Estado en la acepción moderna; es decir, «un control

físico indiscutido sobre el territorio definido» pero también una presencia administrativa en todo el país y la adhesión de la

población a la idea del Estado».1 Una de las

damentales de los Estados fracasados es la pérdida de control sobre los instrumentos de coacción física y su fragmentación. Se establece un ciclo de desintegración que es casi exactamente lo contrario del .ciclo integrador por el que se crearon los Es­ tados modernos. La incapacidad de conservar el control físico del territorio e inspirar la adhesión popular reduce las posibili­ dades de recaudar impuestos y debilita enormemente la base de ingresos del Estado. Junto a ello, la corrupción y el gobierno personalista representan una sangría añadida que se lleva esas rentas. A menudo, el gobierno ya no puede permitirse modali­ dades fiables de recaudación fiscal; a veces se contrata a orga­ nismos privados que se quedan con parte de lo recaudado, tal como ocurrió en Europa en el siglo x v i i l La evasión de impues­ tos se extiende por la pérdida de legitimidad del Estado y por la aparición de nuevas fuerzas que reclaman «dinero a cambio de protección». Esto provoca presiones externas para recortar los gastos del gobierno, lo cual disminuye todavía más su capaci­ dad de conservar el control y fomenta la fragmentación de las unidades militares. Además, se predica la ayuda externa para realizar reformas económicas y políticas que muchos de esos Estados son constitucionalmente incapaces de implantar. Esta espiral de pérdida de ingresos y legitimidad, desorden creciente y fragmentación militar crea el contexto en el que estallan las nuevas guerras. De hecho, el «fracaso» del Estado va a acompa­ ñado de una privatización cada vez mayor de la violencia. En general, las nuevas guerras se caracterizan por tener múltiples tipos de unidades de-combate, tanto públicas como

características fun­

privadas» estatales y no estatales, o una mezcla de ambas cosas. Para simplificar» voy a identificar cinco tipos fundamentales:

fuerzas armadas regulares o los restos que quedan de ellas; gru­ pos paramilitares; unidades de autodefensa; mercenarios extran­ jeros; y, por último, tropas extranjeras'Vegulares, en general bajo auspicios internacionales. Las fuerzas armadas regulares están en descomposición, sobre todo en las zonas de conflicto. Los recortes del gasto mi­ litar, el prestigio decreciente, la escasez de material, piezas de recambio, combustible y munición, y una formación insufi­ ciente contribuyen á--una tremenda pérdida de moral. En mu­ chos Estados africanos y postsoviéticos, los soldados ya no reci­ ben formación ni un salario regular. Pueden tener que buscar sus propias fuentes de financiación» y ello contribuye a la indis­ ciplina y el derrumbe de la jerarquía militar. Con frecuencia, esto lleva a la fragmentación, a situaciones en las que los jefes locales del ejército actúan como caudillos» tal como ocurrió en Tadjikistán. O tal vez las tropas adoptan una conducta criminal, como, por ejemplo, en Zaire, donde se alentaba a los soldados que no cobraban su salario a llevar a cabo pillajes y saqueos. En otras palabras, las fuerzas armadas regulares pierden su ca­ rácter de legítimas portadoras de armas y se hace cada vez más difícil distinguirlas de los grupos paramilitares privados. Esto se complica aún más en situaciones en las que las fuerzas de segu­ ridad ya estaban fragmentadas como consecuencia de una polí­ tica deliberada; a menudo había guardias fronterizos, una guar­ dia presidencial» una gendarmería, por no hablar de diversos tipos de fuerzas internas de seguridad £\1 final» en Zaire, el pre­ sidente Mobutu no podía confiar más que en su guardia perso­ nal para su protección. Las unidades de combate más comunes son los grupos para- militares, es decir, gmpos autónomos de hombres armados en­ cabezados, en general» por un jefe concreto. Frecuentemente, estos grupos los crean los gobiernos para distanciarse de las manifestaciones de violencia más extremas. Seguramente fue así en el caso de los Tigres de Arican en Bosnia, o al menos es lo que decía el propio Arkan. Igualmente» el gobierno ruandés an­ terior a 1994 reclutó a jóvenes en paro para formar una nueva

milicia vinculada al partido en el poder; se les daba entrena­ miento, a cargo del ejército de Ruanda, y un pequeño salario.2 De forma similar, el gobierno surafricano suministró armas y formación en secreto al Partido Inkatha de la Libertad (IFP), que había fomentado las actividades violentas de grupos de tra­ bajadores zulúes- durante la transición a la democracia. A me­ nudo, los grupos paramilitares están relacionados con determi­ nados partidos extremistas o facciones políticas. En Georgia, tras la independencia, cada partido político -excepto los verdes- tenía su propia milicia; a su vuelta al poder, Eduard Shevard- nadze intentó restablecer un monopolio de los instrumentos de violencia fusionando dichas milicias en un ejército regular. Y ese batiburrillo de bandas armadas fue ei que resultó derrotado por una combinación de la Guardia Nacional de Abjasia y las unidades militares rusas en dicha república. Los grupos paramilitares están compuestos, sobre todo, por soldados licenciados o incluso unidades enteras de soldados li­ cenciados o desertores, entre los que a veces hay delincuentes comunes -como en la antigua Yugoslavia, donde se dejó delibe­ radamente en libertad a muchos presos con ese propósito- y jó­ venes parados que buscan una forma de ganarse la vida o de te­ ner aventuras. No suelen llevar uniforme, por lo que es difícil diferenciarlos de los no combatientes, aunque muchas veces lle­ van ropa o signos distintivos. Los símbolos de la cultura mate­ rial global sirven, a menudo, casi de uniformes; por ejemplo, ga­ fas de sol Ray-ban, zapatillas Adidas, chándales y gorras. El uso de niños-soldado no es infrecuente en África; también se ha ha­ blado de chicos de 14 años que actúan en unidades serbias. Por ejemplo, del Frente Patriótico Nacional de Libaría, de Charles Taylor, que invadió Sierra Leona en la Nochebuena de 1989, se decía que aproximadamente el 30 por ciento de los soldados eran menores de 17 años; Taylor llegó a crear una «unidad ex­ clusiva de chicos». Apoyó la invasión de Sierra Leona con un número relativamente escaso de rebeldes, a raíz de lo cual el gobierno de dicho país reclutó a muchos ciudadanos para su ejército, incluyendo a niños, algunos de los cuales no tenían más que ocho años: «Muchos chicos reclutados por el ejército del gobierno eran niños del arroyo de Freetown, que se dedica­

ban a los pequeños robos antes de su captación. Se les daba un

al robo a mayor escala».3 La

RENAMO (Resistencia Nacional Mozambiqueña, el movimiento fundado por las fuerzas especiales portuguesas después de la in­ dependencia de Mozambique, con el apoyo de Suráfrica) tam­ bién reclutaba a niños, y a algunos los obligaba a volver a sus propios pueblos y atacar a sus familias. Las unidades de autodefensa están formadas por voluntarios que intentan proteger sus localidades. Entre ellas están las bri­ gadas locales de Bosnia-Herzegovina, que intentaban defender a todos los habitantes de su ciudad, por ejemplo en Tuzla; las uni­ dades de autodefensa de hutus y tutsis que intentaron detener las matanzas de 1994; o las unidades de autodefensa en Surá­ frica, creadas por el Congreso Nacional Africano (CNA) para de­ fender pueblos y ciudades frente al Inkatha. Estas unidades son muy difíciles de mantener, sobre todo debido a la escasez de re­ cursos. Cuando no son derrotadas, a menudo acaban colabo­ rando con los demás grupos armados y se ven arrastradas al conflicto. Entre los mercenarios extranjeros, hay tanto contratados de forma individual por unidades de combate concretas, como los que forman bandas enteras. Los primeros son, por ejemplo, an­ tiguos oficiales rusos contratados por los nuevos ejércitos post- soviéticos o soldados británicos y franceses que se han quedado sin trabajo por las reducciones de personal posteriores al final de la guerra fría, que entrenan, asesoran e incluso dirigen a gru­ pos armados en Bosnia, Croacia y diversos países africanos. Las bandas de mercenarios más conocidas son los muyahidiin, vete­ ranos de la guerra afgana, que suelen tener presencia en todos los conflictos relacionados con el Islam, y están financiados por los Estados islámicos, sobre todo Irán. Un fenómeno nuevo es el de las empresas privadas de seguridad, que suelen reclutar a su personal entre soldados retirados de Gran Bretaña o Estados Unidos, reciben contratos tanto de gobiernos como de compa­ ñías multinacionales y, con frecuencia, están relacionadas entre sí. Unos ejemplos de triste fama son la empresa surafricana de mercenarios Executive Outcomes y la británica Sandline Inter­ national. Esta última se hizo famosa como consecuencia del es­

AK47 y la

posibilidad de dedicarse

cándalo de las ventas de armas a Sierra Leona a principios de 1998. A Executive Outcomes se le atribuye un notable triunfo militar en la defensa de las minas de diamantes de Sierra Leona y Angola. En febrero de 1997» el gobierno de Papúa-Nueva Gui­ nea contrató a Sandline International para lanzar un ataque mi­ litar contra el secesionista Ejército Revolucionario de Bougainvi- lle (ERB) y reabrir la mina de cobre de dicha isla; Sandline International subcontrató a Executive Outcomes para el trabajo.4 La última categoría es la de las tropas extranjeras regulares que intervienen bajo los auspicios de organizaciones internacio­ nales, sobre todo la ONU, pero también la OTAN en Bosnia, el ECOMOG (Grupo de Vigilancia de la Tregua de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental) en Liberia, y la CEI (Confederación de Estados Independientes) o la OSCE, las dos organizaciones que han patrocinado distintas operaciones rusas de pacificación. En general, estas tropas no suelen interve­ nir directamente en el conflicto, aunque su presencia es muy sig­ nificativa y cumplen un papel del que hablaré en el capítulo 6. En algunos casos, sí han participado en la lucha, como en el del ECOMOG en Liberia y Sierra Leona o las tropas rusas de paci­ ficación en Tadjikistán; entonces adquieren varios rasgos carac­ terísticos de las demás unidades de combate. Aunque por su reducida dimensión las unidades de combate tiene mucho en común con la guerra de guerrillas, carecen de la jerarquía, el orden y los sistemas verticales de mando que ca­ racterizan a los guerrilleros y que están, tomados de la guerra moderna y de la estructura de los partidos políticos leninistas o maoístas. Todos esos grupos actúan tanto de forma indepen­ diente como en colaboración. Los que parecen, ser ejércitos son, en realidad, coaliciones horizontales de unidades escindidas de las fuerzas armadas regulares, milicias locales o unidades de au­ todefensa, bandas criminales, grupos de fanáticos y adláteres, que han negociado asociaciones, proyectos comunes, divisiones del trabajo y repartos de los despojos. Seguramente, el concepto de «tela de araña» de Robert Reich para calificar la nueva es­ tructura empresarial global, al que me refería en el capítulo an­ terior (véase página 98), se puede aplicar también al nuevo arte de la guerra.

Debido al coste, la logística y la falta de infraestructura y conocimientos» estos «ejércitos» 0.0 suelen emplear arm am en­ to pesado» aunque» cuando lo hacen» la diferencia puede ser enorme. El monopolio serbio de la artillería pesada fue impor­ tante en Bosnia» como lo fue la intervención de unidades ru­ sas» con aviones y artillería, en Abjasia. Una de las razones que explican el éxito de Executive Outcomes es su capacidad de «llevar a cabo operaciones complejas como la utilización de helicópteros dotados de artillería y aviones ligeros para ata­ ques terrestres».5 En general» se utilizan armas ligeras: rifles» ametralladoras, granadas de mano, minas de tierra y, en los mejores casos, arti­ llería de escaso calibre y cohetes de corto alcance. Aunque se suele calificar dichas armas de «baja tecnología», lo cierto es que son resultado de una larga y compleja evolución tecnoló­ gica. En comparación con el material de la segunda guerra mundial son mucho más ligeras» más fáciles de usar y transpor­ tar, más precisas y más difíciles de detectar. A diferencia de las armas pesadas» las pueden emplear con gran eficacia soldados sin formación especial» incluso niños. Los medios modernos de comunicación también son muy importantes porque facilitan la cooperación entre los grupos de combatientes, sobre todo las radios y los teléfonos móviles. Las tropas estadounidenses en Somalia no podían escuchar las conversaciones mantenidas por los milicianos somalíes a través de teléfonos móviles comprados en tiendas. El final de la guerra fría y de los conflictos asociados a ella, como Afganistán o Suráfrica, aumentó enormemente el exce­ dente de armas. En algunos casos se combate con armas roba­ das de arsenales de ia guerra fría; así ocurrió» en gran parte, en Bosnia-Herzegovina. En otras ocasiones» los soldados que se han quedado sin trabajo venden sus armas en el mercado ne­ gro» o algunos fabricantes a pequeña escala (como en Pakistán) copian sus diseños. Además, las empresas de armamento que han perdido los mercados estatales buscan nuevas fuentes de demanda. Ciertas guerras, como la de Cachemira» han adop­ tado una nueva dimensión como consecuencia de la entrada de armamento» en este caso concreto derivada del conflicto en Af­

ganistán. Las nuevas guerras pueden considerarse una forma de tratamiento de residuos militares, una manera de aprove­ char los excedentes no deseados de armas generados por la guerra fría, que representó la mayor acumulación militar de la historia.

Modelos de violencia

Las técnicas de las nuevas unidades de combate deben mu­ cho a los tipos de guerra que se desarrollaron durante la se­ gunda guerra mundial e inmediatamente después, como reac­

ción a la guerra moderna. La guerra revolucionaria, articulada por Mao Zedong y Che Guevara, desarrolló tácticas destinadas a encontrar la forma de superar el problema de las grandes con­ centraciones de fuerzas convencionales y que eran prácticamen­

te lo contrario de la teoría estratégica convencional.

El objetivo central de la guerra revolucionaria es el control del territorio mediante la obtención del apoyo de la población, en vez de arrebatárselo a las fuerzas enemigas. Las zonas bajo

el dominio revolucionario suelen estar en regiones remotas del país, a las que la administración central no tiene fácil acceso. Ofrecen bases desde las que las fuerzas militares pueden llevar

a cabo tácticas que minan la moral y la eficacia de las tropas

enemigas. La guerra revolucionaria tiene ciertas semejanzas con la teoría de la maniobra. Implica la actividad militar dispersa y descentralizada, con especial énfasis en la sorpresa y la movili­ dad. Sin embargo, la guerra revolucionaria tiene un compo­ nente fundamental, que es la capacidad de eludir los choques frontales, en los que la guerrilla tiene más probabilidades de ser derrotada por su inferioridad numérica y material. Las retiradas estratégicas son frecuentes. Según Mao Zedong: «La capacidad

de huir es precisamente una de las características de las guerri­ llas. La huida es la manera más importante de salir de la pasi­ vidad y recobrar la iniciativa».6 Todos los autores revolucionarios dan enorme importancia al hecho de «ganarse a la gente», no sólo en el territorio bajo

control, sino también en el terreno enemigo, de forma que la guerrilla pueda actuar -en las famosas palabras de Mao- «como un pez en el agua», aunque, por supuesto, también se emplea­ ban métodos terroristas. La contrainsurgencia, que ha sido casi siempre un fracaso,7 fue diseñada para contrarrestar este tipo de guerra empleando fuerzas militares convencionales. La es­ trategia fundamental ha consistido en destruir el entorno en el que actúan los revolucionarios, envenenar el mar para acabar con el pez. Técnicas como el reasentamiento forzoso desarro­ llado por los franceses en Argelia, o la destrucción de una zona mediante minas, herbicidas o napalm, como hicieron los norte­ americanos en Vietnam, han sido utilizadas también, por ejem­ plo, por los indonesios en Timor Oriental o por el gobierno turco contra los kurdos. La nueva guerra adopta elementos tanto de la guerra revo­ lucionaria como de la contrainsurgencia. De la primera toma prestada la estrategia de dominar el territorio mediante el con­ trol político, más que arrebatándoselo a las fuerzas enemigas. Es ligeramente más fácil de lo que era para las fuerzas revolu­ cionarias, porque, en la mayoría de los casos, la autoridad cen­ tral está muy debilitada y los principales rivales por el control del territorio no son gobiernos con tropas modernas convencio­ nales sino unidades de combate bastante parecidas, aunque se denominen ejércitos regulares. No obstante, como en el caso de la guerra revolucionaria, las diversas facciones siguen elu­ diendo el combate, en general, para conservar hombres y mate­ rial. Las retiradas estratégicas son frecuentes y el territorio se cede al que parece ser el bando más fuerte. Con frecuencia, las diversas facciones colaboran a la hora de repartirse el territorio entre ellas. Sin embargo, una gran diferencia entre los revolucionarios

y los nuevos guerreros es el método para obtener el control po­ lítico. Para los revolucionarios, la ideología era muy impor­ tante; aunque el miedo era un elemento significativo, el obje­ tivo central consistía en el apoyo y la adhesión de la población

a la idea revolucionaria. Por esa razón, los revolucionarios in­ tentaban construir sociedades modelo en las zonas que domi­ naban. En cambio, los nuevos guerreros establecen el control

político mediante la adhesión a una etiqueta» más que a una idea. En el nuevo «mundo feliz» democratizado» en el que la movilización política se basa en etiquetas y las elecciones y los referendos son, muchas veces, meras formas de hacer el censo, ello significa que la mayoría de la gente que vive en el territo­ rio controlado debe ajustarse a la etiqueta apropiada. Todos los demás tienen que ser eliminados. En realidad» incluso en zonas no democratizadas, el miedo a 1a. oposición, la disidencia o la insurgencia refuerza esa exigencia de homogeneizar a la pobla­ ción basándose en la identidad. Ésa es la razón de que el principal método de control terri­ torial no sea el apoyo de la población, como en el caso de la guerra revolucionaria, sino su desplazamiento, la eliminación de todos los posibles opositores. Para ello, la nueva guerra to­ ma prestadas de la contrainsurgencia las técnicas de «envene­ nar el mar», unas técnicas que perfeccionaron los movimientos guerrilleros creados o promovidos por los gobiernos occidenta­ les -con su experiencia en las labores de contrainsurgencia- para derrocar a gobiernos de izquierda en los conflictos «de ba­ ja intensidad» de los años ochenta: tal es el caso del RENAMO en Mozambique, los muyahidiin en Afganistán o la contra en Nicaragua. De hecho, esta estrategia fue una reacción ante el fracaso de la contrainsurgencia en Vietnam y los países del sur de Africa y la conclusión implícita de que la guerra moderna convencional ya no es una opción viable. En lugar de crear un entorno favorable para la guerrilla, la nueva guerra pretende construir un entorno desfavorable para todos aquellos a los que no puede controlar. El dominio del pro­ pio bando se basa en la distribución de beneficios positivos, puesto que, en las condiciones empobrecidas y caóticas de las nuevas guerras, no hay gran cosa que ofrecer. Depende, más bien, de mantener el miedo y la inseguridad y de perpetuar los odios recíprocos. De ahí la importancia de cometer atrocidades desmesuradas y espectaculares y de involucrar al mayor nú­ mero posible de personas en dichos crímenes, con el fin de ins­ taurar una complicidad compartida, sancionar la violencia con­ tra «otro» al que se odia y hacer más intensas las divisiones. Las técnicas de desplazamiento de la población incluyen:

1) Asesinato sistemático de los que se adhieren a otras etiquetas, como en Ruanda, La matanza de tutsis en 1994 fue dirigida por funcionarios del gobierno y el ejército. Según Human Rights Watch: «En lugares como la comuna de Nyakizu, en el sur de Ruanda, los funcionarios locales y otrol asesinos iban a "traba­ jar” todas las mañanas. Después de una jornada “de trabajo”, matando tutsis, volvían a casa “cantando".,. Los “trabajadores” volvían al día siguiente, y así hasta que terminasen el trabajo, es decir» hasta que murieran todos los tutsis».8 2) La limpieza étnica, es decir, la expulsión forzosa de la pobla­ ción, corno en Bosnía-Herzegovina (véase el capítulo 3) o en la región transcaucásica. En Abjasia, otro ejemplo, los abjasos no eran más que el 17 por ciento de la población. Para controlar el territorio, las fuerzas secesionistas tuvieron que expulsar a la mayoría de ios demás habitantes, principalmente georgianos. 3) Hacer inhabitable una zona. Puede ser en sentido físico, a base de sembrar minas antipersonales o arrojando bombas y cohetes contra objetivos civiles, sobre todo casas, hospitales o lugares populosos, como los mercados o las fuentes de agua. Puede ser en sentido económico, mediante hambrunas provo­ cadas o asedios. Privando a los habitantes de su modo de vida, hasta que mueran de hambre, como en ei sur de Sudán, o se vean obligados a emigran Y puede ser en sentido psicológico, introduciendo recuerdos insoportables de lo que en otro tiem­ po era su hogar, profanando todo lo que posea significado so­ cial. Un método es la destrucción de la historia y la cultura, la eliminación de los hitos concretos que definen el entorno cul­ tural para determinados grupos de personas. La destrucción de edificios religiosos y monumentos históricos pretende borrar todas las huellas de vínculos culturales con una zona especí­ fica. En Banja Luka, en. el apogeo de la guerra, los serbios des­ truyeron las 17 mezquitas y todas las iglesias católicas menos una. En concreto, demolieron dos hermosísimas mezquitas del siglo xvi; cayeron un viernes, y el lunes ei terreno estaba alla­ nado y con hierba plantada. Otros métodos de profanación son

la violación y los abusos sexuales sistemáticos, que son caracte­

rísticos de varias guerras, y otros actos de brutalidad públicos

y muy visibles. Los métodos psicológicos tienen la ventaja de

que marcan diferencias entre personas correspondientes a di­ versas «etiquetas». Todas estas técnicas entran en la definición de genocidio pre­ vista en la Convención de Ginebra de 1948. El artículo 2 dice:

En la presente Convención, genocidio significa cualquiera

de los actos siguientes, cometidos con intención de destruir, total

o parcialmente, a un grupo nacional, racial o religioso: a) matar

a miembros del grupo; b) causar graves daños físicos o menta­ les a miembros del grupo; c) imponer al grupo de forma delibe­ rada unas condiciones de vida calculadas para producir su des­

trucción física total o parcial; d) imponer medidas destinadas a impedir los nacimientos en el grupo; e) transferir por la fuerza

a los niños de un grupo a otro.9

En definitiva, los que considerábamos efectos secundarios indeseables e ilegítimos de las viejas guerras se han vuelto esen­ ciales en la forma de lucha de las nuevas. Se dice, en ocasiones, que las nuevas guerras son un retroceso al primitivismo. Pero las guerras primitivas eran muy ritualistas y se atenían a unas limitaciones sociales. Éstas de ahora son racionales, en el sen­ tido de que aplican el pensamiento racional a los objetivos de la guerra y rechazan las limitaciones normativas. El modelo de violencia en el nuevo tipo de guerra se con­ firma con los datos estadísticos. La tendencia a evitar el com­ bate y dirigir la mayor parte de la violencia contra los civiles se demuestra por el drástico aumento de la proporción de bajas entre la población. A principios del siglo xx, un 85-90 por ciento de las bajas de guerra eran militares. En la segunda guerra mundial, aproximadamente la mitad de todas las muertes fue­ ron civiles. A finales de los años noventa, las proporciones de hace 100 años se han invertido casi exactamente, de forma que, en la actualidad, aproximadamente el 80 por ciento de todas las bajas de guerra son civiles.10 La importancia del desplazamiento de la población queda patente en las cifras sobre refugiados y personas desplazadas. Según el ACNUR, el número de refugiados en todo el mundo aumentó de 2,4 millones de personas en 1975 a 10,5 millones en 1985 y 14,4 millones en 1995 (un descenso respecto a los 18,2 mi­

llones de 1992, gracias a la repatriación de 9 millones de perso­ nas). Esta cifra incluye sólo a los refugiados que cruzan fronte­ ras internacionales. Según esas mismas cifras, hay otros 5,4 mi­ llones de personas desplazadas dentro de su propio país.11 Las cifras facilitadas por el Comité para los Refugiados norteameri­ cano son muy superiores: de unos 22 millones en 1980 a 38 mi­ llones en 1995, de los que aproximadamente la mitad son despla­ zados dentro del mismo país.12 Con estos últimos datos, Myron Weiner ha calculado que el número de refugiados por conflicto se ha duplicado, más o menos, desde 1969: de 287.000 por con­ flicto entonces a 459.000 por conflicto en 1992. Pero el incre­ mento de personas desplazadas dentro del propio país ha aumen­ tado de forma todavía más drástica, de 40.000 por conflicto en 1969 a 857.000 por conflicto en 1992.13

La financiación del esfuerzo de guerra

Las nuevas guerras se producen en un contexto que puede describirse como una versión extrema de la globalización. La producción radicada en el territorio se derrumba, prácticamente, como consecuencia de la liberalización y la retirada del apoyo estatal, o por destrucción física (pillaje, bombardeos, etcétera), o porque los mercados se quedan aislados debido a la desintegra­ ción de los Estados, los combates, los bloqueos deliberadamente impuestos por potencias extranjeras o, sobre todo, por unidades de combate sobre el terreno; o porque resulta imposible adquirir piezas de recambio, materias primas y combustible. En ciertos casos se siguen produciendo algunos artículos valiosos -por ejem­ plo, diamantes en Angola y Sierra Leona, lapislázuli y esmeral­ das en Afganistán, drogas en Colombia y Tadjikistán- que pro­ porcionan una fuente de ingresos para cualquiera que sea capaz de ofrecer «protección». El desempleo es muy alto y, mientras los gobiernos siguen gastando, la inflación se dispara. En casos extremos, la moneda se desploma y es sustituida por el trueque, el uso de mercancías valiosas en lugar de dinero o la circulación de divisas extranjeras, dólares o marcos alemanes.

Dada la erosión de la base fiscal, por la caída de la produc­ ción y por las dificultades para recaudar» los gobiernos» como los grupos militares privatizados, necesitan buscar fuentes al­ ternativas de financiación para sostener sus actividades violen­ tas. Teniendo en cuenta el derrumbe de la actividad productiva, las principales fuentes son, o bien lo que Mark Duffield llama la «transferencia de bienes»,14 es decir, la redistribución de los bienes existentes para favorecer a las unidades de combate, o la ayuda exterior. Las formas más sencillas de transferencia de bienes son el saqueo, el robo, la extorsión, el pillaje y la toma de rehenes. Están generalizadas en todas las guerras contempo­ ráneas. Se m ata a los ricos para robarles el oro y los objetos valiosos; se transfieren propiedades después de las operaciones de limpieza étnica; los milicianos se llevan manadas y reba­ ños;15 se saquean tiendas y fábricas cada vez que se toma una ciudad. Se captura a rehenes que luego son intercambiados por alimentos, armas u otros rehenes, prisioneros de guerra o ca­ dáveres. Una segunda forma de transferencia de bienes es la presión del mercado. Una característica típica de las nuevas guerras es la existencia de numerosos controles que vigilan los suministros de alimentos y artículos de primera necesidad. Los asedios y los bloqueos, la división del territorio entre distintos grupos para- militares, permiten que las unidades de combate controlen los precios de mercado. Un caso típico, observado en Sudán, la an­ tigua Yugoslavia y otros lugares, es el de que se obligue a los habitantes de las ciudades e incluso a ios granjeros a vender sus bienes -coches, frigoríficos, televisores o vacas- a precios ri­ diculamente bajos, a cambio de artículos de primera necesidad muy caros, sólo para poder sobrevivir. Otras actividades generadoras de ingresos y más perfecciona­ das son los «impuestos de guerra» o el dinero a cambio de «pro­ tección», procedente de la producción, de artículos de primera, necesidad y diversas formas de tráfico ilegal. La producción y venta de drogas es una fuente de ingresos fundamental en Co­ lombia, Perú y Tadjikistán. Se calcula que los ingresos por este capítulo representan el 70 por ciento de los ingresos de la oposi­ ción en Tadjikistán, y se dice que los ingresos de las guerrillas

colombianas son de unos 300 millones de dólares al año, com­ parados con un gasto del gobierno en materia de defensa de 1.400 millones de dólares.16 El tráfico de drogas y armas o el blanqueo de dinero y la violación de las sanciones son ejemplos de actividades criminales que producen ingresos y en las que par­ ticipan los distintos grupos militares. Sin embargo, dada la caída de la producción interior, la ayuda exterior es fundamental, porque las armas, las municio­ nes, los alimentos, por no hablar de los Mercedes y las gafas Rav Ban, tienen que.importarse. La ayuda exterior puede adop­ tar las siguientes formas:

1) Remesas desde el extranjero a las familias, por ejemplo, de los trabajadores sudaneses o palestinos en los países produc­ tores de petróleo de Oriente Próximo, o los trabajadores bosnios y croatas en Alemania y Austria. Dichos envíos pueden conver­ tirse en recursos militares mediante las diversas formas de transferencia de bienes descritas anteriormente. 2) Ayuda directa de los expatriados. En ella se incluyen ayuda material, armas y dinero, por ejemplo de los norteameri­ canos de origen irlandés al IRA, de los armenios repartidos por el mundo a Nagomo-Karabaj, de los croatas de Canadá al par­ tido gobernante en Croacia, y así sucesivamente. 3) Ayuda de gobiernos extranjeros. Durante la guerra fría, tanto las fuerzas regulares como las guerrillas dependían de las superpotencias que las patrocinaban. Ahora, esta fuente de ayuda se ha secado bastante, aunque Estados Unidos sigue apoyando a una serie de gobiernos. Los Estados vecinos suelen dar su apoyo a facciones concretas, con ei fin de defender a las minorías, o debido a la presencia de grandes cantidades de re­ fugiados, o por su participación en varios tipos de acuerdos co­ merciales (ilegales). Así, Serbia y Croacia han ayudado a los pequeños Estados surgidos dentro de Bosnia-Herzegovina con los que mantienen una relación clientelar; Armenia apoyó a Nagomo-Karabaj; Rusia ha ayudado a diversos movimientos secesionistas en sus fronteras: no se sabe si lo hace como ma­ nera de restablecer el control sobre el espacio postsoviético o por intereses concretos de la mafia o el ejército; Ruanda apoyó

a la oposición en Zaire como medio de evitar que las milicias hutu actuaran desde los campos de refugiados situados en di­ cho país; y Uganda sostuvo al Frente Patriótico de Ruanda que se hizo cargo del poder tras las matanzas de 1994 y sigue apo­ yando al EPLS en el sur de Sudán (a cambio, el gobierno suda­ nés apoya al Ejército de la Resistencia del Señor en Uganda). Otros gobiernos extranjeros que ofrecen su apoyo son los de las antiguas potencias coloniales, preocupadas por la «estabili­

dad»: por ejemplo, Francia y Bélgica en África central o los Es­ tados islámicos.

4)

Ayuda humanitaria. Existen varias maneras de que los go­

biernos y las facciones en lucha desvíen la ayuda humanitaria para su propio beneficio. De hecho, los donantes consideran que un desvío del 5 por ciento de la ayuda es aceptable si se tie­ nen en cuenta las necesidades de los sectores más vulnerables de la población. El método más común es el de los «derechos de aduanas». Los croatas de Bosnia exigían el 27 por ciento por la ayuda humanitaria transportada a través de la llamada Her- zeg-Bosne, que, en el apogeo de la guerra, era la única forma de llegar a ciertas zonas centrales de Bosnia. Pero hay otros méto­ dos, incluidos el robo y la emboscada. El gobierno sudanés y el etíope insistían en utilizar un tipo de cambio oficial sobrevalo- rado y, de esa forma, podían aprovecharse de los suministros de ayuda humanitaria.

Fundamentalmente, la fragmentación y la informalización de la guerra corren paralelas a la informalización de la econo­ mía. En lugar de la economía formal nacional, con su acento en la producción industrial y la regulación estatal, se establece un nuevo tipo de economía informal globalizada en el que los flu­ jos exteriores, sobre todo la ayuda humanitaria y los envíos desde el extranjero, se incorporan a una economía local y regio­ nal basada en la transferencia de bienes y el comercio extrale­ gal. La figura 5.1 muestra los flujos de recursos típicos en una nueva guerra. Se supone que no hay producción ni impuestos. Por el contrario, la ayuda externa a la gente de la calle, en forma de envíos personales y ayuda humanitaria, se convierte, a través de diversas formas de transferencia de bienes y tráfico de

guerras

en las nuevas

de recursos

5.1 Circulación

Figura

mercancías en el mercado negro» en recursos militares. La ayu­ da directa de los gobiernos extranjeros, los pagos por la protec­ ción de los productores de artículos y la ayuda de los expatría- dos mejoran la capacidad de las distintas unidades de combate a la hora de obtener nuevos recursos de la gente corriente y sos­ tener sus esfuerzos militares. Mark Duffield describe cómo se desarrolló el proceso en el caso sudanés, en el que funcionaba un tráfico ilegal de dólares con la participación de Sudán, Zaire y Uganda y se utilizaban los convoyes de ayuda como transportes y como medio de con­ trolar los precios;

«En el caso de Sudán, la economía paralela consiste en una serie de niveles o sistemas interconectados. La transferencia lo­ cal de bienes está unida a la actividad mercantil extralegal de ámbito nacional. A su vez, ésta se articula con relaciones políti­ cas y de Estado, de nivel superior, junto a redes paralelas, regio­ nales e internacionales, que comercian con artículos y divisas fuertes. Éste es el nivel en el que puede darse inicialmente la in­ tegración de la ayuda internacional y la ayuda humanitaria con la economía paralela. A medida que los activos circulan hacia arriba y hacia afuera, con la culminación en la fuga de capita­ les, la ayuda internacional circula hacia abajo a través de los mismos sistemas de poder u otros relacionados».17

Igual que es posible encontrar ejemplos de cooperación mi­ litar entre unidades de combate para repartirse el territorio o alimentar el odio recíproco entre las poblaciones respectivas, también es posible encontrar ejemplos de cooperación econó­ mica. David Keen describe el denominado «juego de las ventas» en Sierra Leona, que consiste en que las fuerzas gubernamenta­ les venden armas y municiones a los rebeldes:

«[Las fuerzas del gobierno] se retiran de una ciudad y aban­ donan armas y municiones para los rebeldes que llegan detrás de ellos. Los rebeldes recogen las armas, arrancan el botín a los habitantes, sobre todo en forma de dinero, y luego se retiran también. Entonces, las fuerzas gubernamentales vuelven a ocu­

par la ciudad» emprenden su propio saqueo» normalmente de propiedades (porque a los rebeldes les cuesta disponer de ellas), y realizan actividades mineras ilegales».18 John Simpson cuenta cómo los soldados del gobierno perua­ no ponen en libertad a guerrilleros capturados de Sendero Lumi­ noso «aparentemente, para perpetuar la inseguridad en zonas en las que los oficiales pueden sacar provecho del tráfico ilegal; en este caso, sobre todo» tráfico de cocaína».f,í Existen ejemplos si­ milares en la guerra de Bosnia» que he descrito en el capítulo 3. Algunos autores -afirman que el nuevo tipo de guerra se ex­ plica por la motivación económica. David Keen sugiere que «una guerra en la que se eluden los combates pero se ataca a los civiles indefensos y al final» tal vez» se acaba uno comprando

un Mercedes» puede tener más sentido

rir en nombre de una nación-estado con poca o ninguna pers­ pectiva de beneficios económicos significativos».20 Pero la moti­ vación económica» por sí sola» es insuficiente para explicar la dimensión» la brutalidad y el absoluto salvajismo de las nuevas guerras.21 No hay duda de que algunos se unen a la lucha como forma de legitimar actividades criminales, dar una justificación política a lo que hacen y obtener la aprobación social para sus métodos -ilegales- de ganar dinero. Es indudable que hay otros -personas racionales con ambición de poder» fanáticos extremis­ tas o víctimas empeñadas en la venganza- que emprenden acti­ vidades criminales para apoyar sus objetivos militares y políti­ cos, Pero otros se ven obligados a intervenir empujados por el miedo y el hambre. Lo importante es que las distinciones modernas entre lo po­ lítico y lo económico» lo público y lo privado» lo militar y lo ci­ vil» se están desvaneciendo. El control político es necesario para afianzar las nuevas formas coercitivas de intercambio econó­ mico» que, a su vez» son necesarias para proporcionar una base financiera viable a los nuevos gángsteres y poderosos en el con­ texto de la desintegración y la marginación económica del Es­ tado. Se está estableciendo una nueva serie de relaciones socia­ les retrógradas en las que la economía y la violencia están profundamente entrelazadas dentro del marco común de la po­ lítica de identidades.

[que] arriesgarse a mo­

La extensión de la violencia

El nuevo tipo de guerra es una condición social depreda­ dora.22 Aunque es posible controlar a grupos o individuos con­ cretos, es muy difícil controlar la condición social, tanto en el espacio como en el tiempo. Los países vecinos son los que su­ fren los efectos inmediatos. El coste de la guerra en lo que res­ pecta al comercio perdido, sobre todo cuando se introducen sanciones o bloqueos de las comunicaciones, o cuando se cie­ rran las fronteras, deliberadamente o causa de los combates; la carga de los refugiados, porque suelen ser los Estados vecinos los que aceptan al mayor número; la expansión de los circuitos comerciales ilegales, y el desbordamiento de la política de iden­ tidades son factores que reproducen las condiciones en las que prosperan las nuevas formas de violencia. La ONG Saferworld ha calculado el coste del conflicto para los países vecinos en varios casos. Un ejemplo es la guerra en Mozambique, que era una importante ruta comercial para paí­ ses sin salida al mar como Zambia, Zimbabwe, Malawi, Botswa­

na y Suazilandia. Malawi perdió todo su comercio con Mozam­ bique, y se calculaba que los costes de transporte adicionales en

el apogeo de la guerra representaban un 11 por ciento de los in­

gresos anuales por exportaciones; igualmente, el comercio con Zimbabwe sufrió una drástica reducción y se calculó que el

coste de desviar las mercancías a través de Suráfrica ascendía a

de dólares en precios de 1988.23 En los Balcanes, el

descenso del PIB tras las guerras en Croacia y Bosnia-Herzego- vina, como consecuencia de la pérdida de comercio -por el cie­ rre de las fronteras y las sanciones- y el aumento del coste del transporte, fue más o menos inversamente proporcional a la distancia respecto al epicentro de la violencia. La disminución

825 millones

del PIB en Bosnia-Herzegovina fue la más drástica, con una caí­ da de 2.719 dólares per cápita, antes de que estallase la guerra,

a sólo 250 dólares per cápita al terminar. Alrededor de Bosnia-

Herzegovina existe un anillo interior de países -Serbia-Monte- negro, Croacia y Macedonia- cuyos PIB descendieron al 49 por ciento, 65 por ciento y 55 por ciento de sus niveles de 1989, res­ pectivamente. En 1996, Serbia-Montenegro y Macedonia apenas

habían logrado detener la caída, mientras que Croacia pudo conseguir un mínimo crecimiento. Alrededor de estos tres paí­ ses hay un segundo anillo formado por otros países afectados -Albania, Bulgaria, Rumania y Eslovenia-, cuyos PIB cayeron al 81 por ciento, el 88 por ciento, el 73 por ciento y el 90 por ciento de sus niveles de 1989. Por último, el anillo exterior -Hungría, Grecia y Turquía- también experimentó pérdidas eco­ nómicas debidas a la guerra.24 Además de los costes económicos directos, los países vecinos soportan la mayor carga de refugiados. Casi todos se asientan en las naciones limítrofes. Según cifras del ACNUR, de los 14,5 mi­ llones de refugiados registrados en 1995, la mayoría (6,7 millones y 5,0 millones respectivamente) viven en África y Asia. Entre los países que acogen a más de 500.000 refugiados están Guinea (de Liberia y Sierra Leona), Sudán (sobre todo de Etiopía, Eritrea y Chad), Tanzania (sobre todo de Ruanda y Burundi), Zaire (que, en 1995, había recibido a 1,7 millones de refugiados, de los que 1,2 millones procedían de Ruanda y el resto, principalmente, de Angola, Burundi y Sudán), Irán (de Afganistán e Irak), Pakistán (también de Afganistán e Irak), Alemania (sobre todo, de la an­ tigua Yugoslavia) y Estados Unidos. En Europa, detrás de Ale­ mania, los mayores receptores de refugiados han sido Croacia y Serbia-Montenegro. Estas gigantescas concentraciones de refu­ giados no sólo son una inmensa carga económica para países que ya son pobres, sino que representan una fuente permanente de tensiones entre los refugiados y las poblaciones de acogida. Por motivos económicos, ya que compiten por los recursos; por motivos políticos, dado que representan una presión perma­ nente sobre los gobiernos de acogida para que emprendan ac­ ciones que les permitan regresar; y por motivos de seguridad, porque las diversas facciones utilizan muchas veces los campa­ mentos como bases para sus fines. El ejemplo más antiguo de las cargas tanto económicas como políticas lo constituyen los refugiados palestinos apiñados en Cisjordania y Gaza o estable­ cidos en Jordania y Líbano. No obstante, igual que en el caso de los refugiados palestinos, hasta un millón aproximadamente de refugiados azeríes, de Nagorno-Karabaj, en Azerbaiyán, las PDI ; (Personas Desplazadas en el Interior) georgianas de Abjasia en

Georgia o los refugiados y las PDI en las antiguas repúblicas yugoslavas son, todos ellos, una fuente permanente de presión política que exige acciones drásticas. En Zaire» los campos de refugiados hutus sirvieron de base para las milicias y contribu­ yeron a la movilización de los tutsls zaireños contra el régimen de Mobutu. Los circuitos comerciales ilegales son otro conducto para la difusión del nuevo tipo de economía de guerra. Las rutas comer­ ciales cruzan necesariamente las fronteras. La inestabilidad en Albania, a mediados de los años noventa, fue consecuencia, sobre todo, del crecimiento de los grupos mañosos muy relacionados con los círculos de poder que violaban las sanciones contra Ser- bia-Montenegro e introducían armas en Bosnia-Herzegovina, Las tramas piramidales que se derrumbaron de forma tan espectacu­ lar servían para financiar esas actividades: un caso típico de transferencia de bienes. Las grandes partidas de armas entrega­ das por Estados Unidos a los grupos guerrilleros afganos en los años ochenta (muchas de las cuales se desviaron) se convirtieron en redes de tráfico de armas y drogas que abarcaban Afganistán, Pakistán, Cachemira y Tadjikistán.25 Mark Duffield muestra que en el tráfico ilegal de dólares vinculado a la guerra en Sudán, intervenían «zaireños con oro que querían bienes importados, alimentos y combustible; sudaneses con dólares que querían ali­ mentos, ropas y café; y ugandeses con bienes importados que querían oro y dólares para los mercados paralelos de Kampala».26 Por último, la política de identidades tiene tendencia a ex­ tenderse. Todos los grupos basados en la identidad, sea en fun­ ción del lenguaje, la religión o alguna otra forma de diferencia­ ción, se desbordan por encima de las fronteras; al fin y al cabo, la heterogeneidad de identidades es precisamente lo que ofrece la oportunidad para diversas formas de exclusivismo. Las mayo­ rías en un país son minorías en otro: los tutsis en Ruanda, Bu­ rundi y Zaire; los rusos en casi todos los Estados postsoviéticos, sobre todo los llamados cosacos en las fronteras de Rusia; los grupos islámicos en Asia central. Éstos son algunos de los nu­ merosos vectores por los que pasa la identidad política. Es posible identificar grupos regionales en expansión que se caracterizan por esta condición social depredadora de las eco­

nomías de las nuevas guerras. Myron Weiner los llama los «ma­ los vecindarios». Los ejemplos más claros son la región balcá­ nica que rodea Bosnia-Herzegovina; la zona del Cáucaso, que se

extiende desde Chechenia hacía el sur, hasta el oeste de Turquía

y el norte de Irán; el Cuerno de Áífica» que comprende Etiopía,

Eritrea, Somalia y Sudán; Africa central, especialmente Ruanda, Burundi y Zaire; los países de África occidental que rodean Li­ berta y Sierra Leona; y Asía central» desde Tadjikistán hasta In­ dia. Los países que acogen a los refugiados palestinos pueden considerarse otro grupo; desde que Israel firmó la paz con los Estados vecinos, el conflicto ya no se califica de una guerra en­ tre Estados y ha empezado a mostrar algunas características de los nuevos tipos de conflicto.

Conclusión

Las nuevas guerras tienen objetivos políticos. La meta es la movilización política basada en la identidad. La estrategia mili­ tar para lograrlo es el desplazamiento de la población y la de­ sestabilización, con el fin de deshacerse de aquellos cuya identi­ dad es distinta y fomentar el odio y el miedo. No obstante, esta lorma divisiva y exciuyente de política no puede separarse de su base económica. Las diversas facciones políticas y militares sa­

la gente com ente y los despojos del Estado,

y se quedan con la ayuda exterior destinada a las víctimas, de

una forma que sólo es posible en condiciones de guerra o próxi­ mas a ella. En otras palabras, la guerra proporciona la legitima­ ción de diversas formas criminales de enriquecimiento privado, que, al misino tiempo, son. fuentes necesarias de ingresos para sostener el conflicto. Las partes enfrentadas necesitan un con­ flicto más o menos permanente para reproducir sus posiciones de poder y tener acceso a los recursos. Aunque estas relaciones sociales depredadoras predominan, sobre todo, en las zonas de guerra, también caracterizan a las regiones circundantes. Dado que la participación en el conflicto es relativamente baja (en Bosnia, sólo el 6,5 por ciento de la po­

quean los bienes de

blación intervino directamente en ei desarrollo de la guerra), la diferencia entre las zonas de combates y las zonas aparente­ mente de paz no está tan clara como en épocas anteriores. Así como es difícil distinguir entre lo político y lo económico, lo pú­ blico y lo privado, lo militar y lo civil, también es cada vez más difícil distinguir entre la guerra y la paz. La nueva economía de guerra puede representarse como un continuo que empieza con la, combinación de delincuencia y racismo existente en los ba­ rrios más pobres de las ciudades europeas y de Norteamérica y alcanza su manifestación más aguda en las zonas donde la vio­ lencia tiene mayor dimensión. Si la violencia y la depredación están presentes en las que se consideran zonas de paz, también es posible encontrar islas de civismo en casi todas las zonas de guerra. Son mucho menos conocidas que éstas, porque de lo que se suele hablar es de la violencia y el crimen, y no de la normalidad. Pero existen regio­ nes en las que los aparatos locales del Estado siguen funcionan­ do, se recaudan impuestos, se ofrecen servicios y se mantiene cierta producción. Hay grupos que defienden valores humanis­ tas y rechazan la política del particularismo. La ciudad de Tuzla en Bosnia-Herzegovina es un ejemplo famoso. Las unidades de autodefensa creadas en el sur de Ruanda son otro. Aisladas, es­ tas islas de civismo son difíciles de conservar, porque están asfi­ xiadas por la polarización de la violencia, pero es precisamen­ te el carácter fragmentado y descentralizado del nuevo tipo de guerra lo que hace posibles tales ejemplos. Las nuevas guerras, precisamente porque son una condición social que surge a medida que decae la economía política for­ mal, son muy difíciles de terminar. Las negociaciones diplomá­ ticas desde arriba no tienen en cuenta las relaciones sociales subyacentes; tratan a las diversas facciones como si fueran pro- toestados. Un alto el fuego o una tregua provisional puede legi­ timar simplemente los nuevos acuerdos o pactos que, por el momento, convengan a las distintas partes. Las tropas de pacifi­ cación enviadas para vigilar un alto el fuego que refleja el statu quo pueden ayudar a mantener una división del territorio e im­ pedir el regreso de los refugiados. La reconstrucción económica canalizada a través de las «autoridades políticas» existentes pue­

de proporcionar simplemente nuevas fuentes de ingresos, en pa­ ralelo al agotamiento de los recursos locales. Mientras las rela­ ciones de poder sigan siendo las mismas, la violencia empezará de nuevo, tarde o temprano. El miedo, el odio y la depredación no son recetas para for­ mas de gobierno viables a largo plazo. En realidad, este tipo de economía de guerra está constantemente al borde del agota­ miento, Pero ello no significa que dichos elementos vayan a de­ saparecer por voluntad propia. Tiene que haber alguna alterna­ tiva. En el próximo capítulo voy a examinar las posibilidades en ese sentido; en especial, cómo las islas de civismo pueden ofre­ cer una lógica capaz de contrarrestar la nueva guerra.

Hacía una cerci.--'^

e

'osmopo-ita

A principios de los años noventa, había gran optimismo so­ bre las posibilidades de resolver los problemas mundiales» espe­ cialmente las guerras. En el Programa para la Paz, el secretario general de la ONU, Boutros Boutros-Ghali, hablaba de una «se­ gunda oportunidad» para la ONU, ahora que sus actividades no tenían el obstáculo de la guerra fría. El término «comunidad in­ ternacional», con el sentido de un grupo cohesionado de gobier­ nos que actúan a través de organizaciones internacionales, pasó a formar parte del lenguaje cotidiano. Varios conflictos parecían estar cerca de una solución: Camboya, Namibia, Angola, Stirá- frica, Nicaragua, Afganistán. Y en los conflictos que no estaban resueltos, la idea del derecho y el deber de intervenir por moti­ vos humanitarios, enunciada por el ministro francés y ex presi­ dente de Médicos Sin Fronteras, Bemard Kouchner, parecían cobrar validez general. El número de operaciones de pacificación de la ONU au­ mentó de forma espectacular durante los años noventa, así como la variedad de tareas que se solicitaban de ella: entrega de ayuda humanitaria, protección de personas en zonas de seguridad, de­ sarme y desmovilización, creación de un entorno seguro para ce­ lebrar elecciones, informes sobre violaciones de las leyes huma­ nitarias internacionales, además de las tareas tradicionales de vigilancia y mantenimiento de acuerdos de alto el fuego. Los mandatos se reforzaron; tanto en Somalia como en Bosnia, se autorizó a las tropas de pacificación a actuar con arreglo al Ca­ pítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas, que permite el uso de la fuerza. Además, la ONU no era el único organismo que pa­ trocinaba operaciones multinacionales de mantenimiento de la

paz; organizaciones regionales como la OTAN, la CEI o la Co­ munidad Económica de Estados de África Occidental (ECOWAS) también se encargaban de organizar misiones de pacificación. Sin embargo, pese a las esperanzas y las buenas intenciones, la experiencia de lo que lia p a s a d o denominarse intervención humanitaria, hasta ahora, ha sido frustrante, por no decir más. En los mejores casos, se ha alimentado a la población y se ha pactado algún frágil alto el fuego, aunque no está claro si esto se puede achacar a la presencia de las tropas de pacificación. En los peores, la ONU ha salido avergonzada y humillada, como, por ejemplo, cuando no logró impedir el genocidio en Ruanda, cuando ios serbobosnios invadieron la presunta zona de seguridad de Srebrenica o cuando la caza del caudillo somalí Aideed terminó en una mezcla de farsa y tragedia. Se han dado muchas explicaciones de estos fracasos -la corta visión de los políticos, el papel de los medios de comunicación, que agitan las conciencias públicas en determinados momentos y lugares, la falta de coordinación de los gobiernos y los organis­ mos internacionales, la escasez de recursos-, y todas ellas tienen algo de cierto. Pero la explicación más importante es la que cons­ tituyen las percepciones engañosas, la persistencia de modos de pensamiento caducos sobre la violencia organizada, la incapaci­ dad de entender el carácter y la lógica del nuevo estilo bélico. Ante las nuevas guerras, una reacción ha sido considerarlas como las guerras clausewitzíanas, en las que las partes del conflicto son Estados o, si no Estados, al menos grupos que reivindican un Es­ tado. Muchos de los términos empleados, como «intervención», «mantenimiento de la paz», «pacificación», «soberanía», «guerra civil», están extraídos de concepciones del Estado-nación y la guerra moderna que no sólo son difíciles de aplicar en el con­ texto actual, sino que pueden incluso plantear un obstáculo para actuar como corresponde. La otra reacción ha sido de fatalismo. Como no es posible concebir las guerras en términos tradiciona­ les, se supone que representan un retroceso al primitivismo o la anarquía y que, por consiguiente, no se puede hacer nada más que aliviar los síntomas. En otras palabras, las guerras se tratan como desastres naturales; de ahí el uso de términos como «emer­ gencias complejas», que carecen de significado político. En reali­

dad, incluso la palabra «humanitario» ha adquirido un signifi­ cado no político en ios años noventa. Ha pasado a asociarse con el suministro de auxilio humanitario en situaciones de guerra, la ayuda a los no combatientes o los heridos, en vez del respeto a los derechos humanos que estaba implícito en el uso clásico del término «intervención humanitaria».1 El análisis de los capítulos anteriores sugiere un enfoque dis­ tinto para intentar solucionar estos conflictos. Lo que se necesita es una respuesta mucho más política a las nuevas guerras. A la estrategia de sembrar «miedo y odio» debe oponerse otra de «ga­ narse a la gente». A la política de la exclusión debe oponerse una política de inclusión; al carácter criminal de los caudillos debe oponerse el respeto a los principios internacionales y las normas legales. En resumen, lo que se necesita es una nueva forma de movilización política cosmopolita, que comprenda tanto a la lla­ mada comunidad internacional como a las poblaciones locales, y que sea capaz de contrarrestar la sumisión a diversos tipos de particularismo. Un escéptico podría decir que en la lista interna­ cional de prioridades ya hay una forma de política cosmopolita; desde luego, el respeto a los derechos humanos y la condena del genocidio y la limpieza étnica forman parte, cada vez más, de la retórica común de los dirigentes políticos. Pero la movilización política implica más; tiene que superar otras consideraciones, preocupaciones geopolíticas o problemas internos a corto plazo; tiene que constituir la guía fundamental de la política y la ac­ ción, y eso no es lo que ha ocurrido hasta el presente. En este capítulo voy a desarrollar este argumento, primero con ciertas reflexiones generales sobre la construcción de la le­ gitimidad y la terminología de la intervención humanitaria y, se­ gundo, indagando qué podría significar una perspectiva cosmo­ polita en términos políticos, militares y económicos.

La reconstrucción de la legitimidad

La clave del control de la violencia es la reconstrucción de la legitimidad. Estoy de acuerdo con Hannah Arendt cuando afir­

ma que ei poder se apoya en la legitimidad, y no en la violencia. Al decir legitimidad, me refiero al consentimiento e incluso el apoyo a las instituciones políticas, así como la idea de que di­ chas instituciones obtienen su autoridad del hecho de actuar con arreglo a una serie de normas establecidas: el imperio de la ley. Arendt sostiene que:

«No ha existido nunca un gobierno basado exclusivamente

Los hombres aislados, sin otros que

les apoyasen, nunca han tenido poder suficiente para emplear la violencia con éxito. Por eso, en los asuntos internos, la violencia es el último recurso del poder contra los criminales o los rebel­ des; es decir, contra individuos aislados que, como si dijéramos, se niegan a darse por vencidos ante el consenso de la mayoría.

Y, en cuanto a la guerra propiamente dicha

rioridad en medios violentos puede resultar inútil si se enfrenta

en los medios violentos

una enorme supe­

a un adversario mal equipado pero bien organizado, que es mu­ cho más poderoso».2

Lo mismo sostiene Giddens. La pacificación interna de los Estados modernos no se obtuvo mediante la violencia, sino me­ diante la extensión del imperio de la ley y, simultáneamente, del alcance administrativo del Estado, incluida la ampliación de la vigilancia. El monopolio de la violencia legítima organizada im­ plicaba el control de esa violencia y una dependencia mucho menor del uso de la coacción física, excepto en el ámbito inter­ nacional, por supuesto. Los Estados premodemos eran mucho más violentos, en su política interior, que el Estado moderno, pero también eran mucho menos poderosos. Si la violencia ex­ terna contribuía a la pacificación interna, era una contribución indirecta, derivada de una mayor legitimidad del Estado, que estaba relacionada con la defensa del territorio de los enemigos externos y el incremento de las facultades administrativas. En las nuevas guerras, el monopolio de la violencia legítima se ha roto. Y lo fundamental no es la privatización de la violen­ cia, en sí, sino la crisis de legitimidad. Como he defendido en el capítulo anterior, los objetivos de la nueva guerra son particula­ ristas. La estrategia es el control político basado en la exclusión

-en especial, el desplazamiento de la población- y la táctica

para conseguir ese objetivo consiste en el terror y la desestabili­ zación. Por este motivo» le es prácticamente imposible a cual­ quiera de las partes en conflicto restablecer la legitimidad. La violencia se puede controlar esporádicamente» mediante treguas

y

acuerdos precarios de alto el fuego» pero, en una situación en

la

que las limitaciones morales, administrativas y prácticas de la

violencia se han derrumbado» dichos, acuerdos no suelen durar mucho. Al mismo tiempo, sin embargo, los grupos de ciudada­

nos o partidos políticos que intentan» por su cuenta, restablecer

la legitimidad partiendo de una política de inclusión» son relati­

vamente impotentes en unas condiciones de violencia constante. El «cosmopolitismo», usado en sentido kantiano» implica la existencia de una comunidad humana con ciertos derechos y deberes compartidos. En «La paz perpetua», Kant preveía una federación mundial de Estados democráticos en la que el dere­ cho cosmopolita se redujese al derecho de «hospitalidad»: los extraños y forasteros debían ser acogidos y tratados con res­ peto.3 Yo empleo el término de forma más amplia» para desig­ nar una visión política positiva, que comprenda la tolerancia» el multiculturalismo, el civismo y la democracia» y un respeto más

legalista a ciertos principios universales y prioritarios que debe­ rían servir de guía a las comunidades políticas en. varias dimen­ siones, incluida la dimensión mundial. Estos principios están ya contenidos en varios tratados y convenios que componen el conjunto del derecho internacional. En el capítulo 2 me refería a las diversas reglas de compromiso

y leyes de la guerra que se ocupan de los abusos del poder ar­

mado. Las leyes y costumbres bélicas que datan de los princi­ pios de la era moderna se codificaron, en los siglos XIX y xx; fue­

ron especialmente importantes las Convenciones de Ginebra» bajo los auspicios del CICR, y las Conferencias de La Haya de 1899 y 1907. Los juicios de Muremberg tras el final de la se­ gunda guerra mundial supusieron la primera aplicación del concepto de «crímenes de guerra» y, todavía más importante» «crímenes contra la humanidad». Al conjunto de leyes conocido como derecho humanitario internacional se añadió» en el pe­ riodo de posguerra, una serie de normas relativas a los derechos

humanos. La diferencia entre el derecho humanitario y el dere­ cho relativo a los derechos humanos depende, en gran parte, de que ia violación de las normas se produzca en tiempo de guerra

e de paz. El primero se refiere a los abusos de poder en situa­

ciones de guerra. La idea tiende a ser que la guerra, en general,

consiste en un conflicto moderno entre Estados, y que los abu­ sos los comete una potencia extranjera; es decir, se trata de una agresión. El segundo se ocupa también de los abusos de poder en tiempo de paz, sobre todo los practicados por un gobierno contra sus ciudadanos; es decir, represión,4 Las violaciones de las normas internacionales de las que se ocupan ambos cuerpos legales se refieren, precisamente, a las que constituyen la esencia de la nueva guerra. Como he defen­

dido, en las nuevas guerras están desvaneciéndose las distincio­ nes clásicas entre lo interno y lo externo, guerra y paz, agresión

y represión. Un crimen de guerra es, además, una violación ma­

siva de los derechos humanos. Varios autores han sugerido que se combine el derecho humanitario con las leyes relativas a los

derechos humanos para crear el derecho «humano» o «cosmo­

polita».5 Ya existen elementos de este tipo de régimen. Las ONG

y los medios de comunicación llaman la atención sobre las vio­

laciones de los derechos humanos o los crímenes de guerra y, hasta cierto punto, los gobiernos y las instituciones internacio­ nales reaccionan con métodos que van de la persuasión y las presiones a las medidas para hacer respetar las leyes, si bien esto último todavía es tentativo. En este último sentido, ha sido especialmente importante la formación de los tribunales inter­ nacionales encargados de juzgar las violaciones del derecho hu­

manitario internacional en Ruanda y la antigua Yugoslavia y la creación de un Tribunal Penal Internacional (TPI) para juzgar los «crímenes fundamentales»: crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio. Los tribunales de crímenes de guerra se crearon en 1993 y 1994 y el TPI en 1998. No obstante» estos intentos de avanzar hacia un régimen cosmopolita chocan con muchos de los métodos geopolíticos más tradicionales adoptados por la llamada comunidad interna­ cional, que sigue haciendo hincapié en la importancia de la so­ beranía