SI LLUEVE…

Recuerdo tu sonrisa de niña esculpiendo la mía, Carol, mi pequeña Carol. Sí, todos los años en un día como éste me obligo a hacer memoria para rescatar tu mirada de las fauces de ese lugar. Hoy todo es distinto, creo que he sacado el valor suficiente para narrarlo. Ser el único sabedor de esto me puede…

Antes de… Todo ocurrió hace una década. Por aquel entonces aún era uno de esos jóvenes irreflexivos camino de la madurez, o no tan joven, pero a los treinta años mi sentido de la responsabilidad y las consecuencias estaba obnubilado por una energía vital aún latente. Mi única compañera, amiga y amante era Caroline. Era guapa y su rostro reflejaba el criterio que en mí escaseaba. El único con derecho a llamarla Carol era yo, y cuando le propuse el viaje de nuestra vida la incité diciendo: “Carol, no tienes nada que perder”. Y Carol no perdió, al menos, la oportunidad. El proyecto era bien sencillo: dejar atrás la ciudad con su clima politizado y materialista, abandonarnos de la mano de dios y llegar a cualquier lugar perdido en el mapa. Llevábamos cerca de un año calculando la fecha exacta para partir, y cuando estábamos en la carretera nos sorprendimos a nosotros mismos por nuestro atrevimiento y precipitación con la que habíamos solucionado todo. Una mañana de mayo me levanté de la cama con las ideas más claras que nunca, eché un puñado de ropa en una bolsa de lona y salí del piso alquilado. Me presenté diez minutos más tarde en el piso que compartía Carol con varias amigas. Cogió otra maleta con ropa y se sentó a mi lado. Nos pusimos las gafas de sol, giré la llave, y cuando el motor comenzó a rugir me di cuenta de que amaba a esa chica. Carol era columnista en un diario provincial y escritora, aunque su obra aún permanece guardada en un baúl de casa: ¿Cenas?, Los borradores originales, Ego y Rosas de alcurnia, cuatro novelas completas y tan distintas que parecían escritas por cuatro personas diferentes. Por aquel entonces, mi sueldo tampoco era despreciable como cirujano. Conocí a Carol en quirófano, y el primer contacto que tuve con ella fue al extraer su apéndice inflamado. Después nos conocimos mejor, su familia me había visto y ella visitó a la mía. Nuestra relación era como otra de pareja, pero no vivíamos juntos. Ella pasaba muchas noches en mi apartamento oyendo rock&roll hasta que los tímpanos exigían un receso. Éramos una buena pareja.

El viaje Pasamos Chicago, y justo tras esto recorrimos carreteras secundarias. Pasábamos por pequeñas ciudades y pueblos que nos resultaban desconocidos. Llevábamos más de tres horas de viaje, y durante la última no nos habíamos cruzado apenas con ningún vehículo, menos aún con personas. Hacía calor en el interior del viejo Buick BlueStar heredado de mi padre –una más de sus tantas excentricidades-. A través del parabrisas comenzaba a distinguir esas formas ondulantes ocasionadas por la flama que emanaba de la carretera. -¿Cuánto llevamos…? -¿Sin ver un coche? –concluyó Carol. –Al menos media hora. -Te has dormido. -Tu culpa. Es delito despertar a alguien a esas horas. -¿Quieres conducir un rato? –propuse, a sabiendas de que Carol no tenía permiso de conducir. –Estoy cansado. -Si realmente lo necesitas… Giré la llave de contacto y el coche avanzó varios metros en silencio hasta que se detuvo en medio de la calzada. Abrí la puerta y el olor a goma quemada de los neumáticos penetró hasta mi cerebro. Por un momento me quedé bloqueado, como si en ese lugar perdido mi mente tuviera la urgencia de desconectar del cuerpo. Salí y di la vuelta pasando junto al maletero. Carol, por su parte, pasó frente al capó. -Escucha –me dijo, y agudicé el oído. -No oigo nada. -Pues eso, nada. ¿No es extraño? Me detuve apoyado en la puerta del copiloto y aguardé unos minutos en silencio total. Lo único que se oía eran las suelas de los zapatos de Carol sobre el alquitrán seco y ardiente. Nos encerramos en el coche y cuando Carol arrancó intenté dar más potencia a un aire acondicionado ya de por sí débil. -Ya estamos perdidos, ¿no era eso lo que queríamos? La miré. Ella me observaba de reojo con media sonrisa dibujada en el rostro. Le aparté los rizos castaños de la cara y acaricié su nariz. -Así es, jovencita –afirmé. –Ya pueden buscarnos, que no darán con nosotros.

Y cuando Carol empezó a reír era tan estúpidamente contagioso que no pude aguantar las carcajadas, y aunque esa carretera maltrecha nos dirigiera a la boca del infierno no importaba. Yo la tenía a ella, ella me tenía a mí y ambos teníamos el Buick con el depósito bastante repleto de combustible como para albergar preocupaciones. Pisó el acelerador y las ruedas chirriaron dejando una marca oscura como único vestigio de nuestro paso por el lugar. Metí una cinta de música y nos dejamos llevar por las letras y voces de estrellas pasadas como Elvis Presley, Ben E.King, Jimi Hendrix y alguna cantante de country que probablemente había sido camarera antes de que un viajante la encontrara en un antro con el pelo recién teñido de rubio. Y no creo que cometa un sacrilegio al describir pensamientos vacíos como ése, siempre recuerdo los pequeños detalles. Esas canciones se convirtieron en una especie de nana y el ronroneo del motor me llevó fuera de mí. “-El viernes cuando nos veamos te cuento… ¡Por cierto, has dicho cruz, ¿no?!” Desperté bastante después, con la cabeza abotargada y mal sabor de boca. Extraño sueño, sin duda, más que nada por el hecho de que no soñaba desde los cinco años. Cogí un puñado de M&Ms y mastiqué. -Buenas tardes –saludó Carol en un bostezo. Ya no hacía tanto calor, y la luz del sol menguaba por momentos. -Sí, buenas… ¿cuánto tiempo llevo dormido? -No sé, pero ésta es la tercera vez que el Rey mueve la pelvis. -Oye, Carol. -Dime. -Tenía pensado… cuando encontremos un pueblo o una ciudad pequeña, la próxima a ser posible, podríamos quedarnos allí un tiempo. Quiero decir, un par de meses o algo así. -Ése era el plan. ¿A qué viene la pregunta? -Nada, quería tenerlo claro. Vas a escribir tu mejor novela, siempre y cuando yo te deje descansar. Por lo pronto, descansaré yo. Me hundí en el asiento y poco a poco todo se volvió aplastantemente soporífero de nuevo. Me despertó una mano en mi brazo. -¡Mira eso, Ed! Una gasolinera, ¡es una jodida gasolinera!

Ya había oscurecido. Me incorporé y pude observar a lo que se refería Carol con gasolinera. Efectivamente era una gasolinera, pero sólo eso. Nada de personas, nada de vehículos y una sola luz proyectada como un charco por una farola gris. El perfil de los surtidores se definía con un trazo luminoso blanco, al igual que el resto del complejo. -Aparca junto a la puerta. Carol obedeció. El rugido del motor cesó, aunque dejó los faros encendidos. -Pon el seguro a las puertas. Voy a echar un vistazo y ya vengo. -¿Estás seguro de que quieres hacerlo? Podemos seguir hasta un pueblo cercano. Si aquí hay una gasolinera, debe haber un pueblo cerca. -Venga, no tengo ganas de discutir, y además necesitamos gasolina. Sólo será un momento –insistí. –Te lo prometo –agregué, y besé su mejilla. Me apeé y Carol bajó los pestillos de ambas puertas. Me arrepentí de habérselo pedido, pero no me amilané. Me coloqué frente a los faros para que Carol me tuviera a la vista, y entonces hice lo que había hecho unas horas antes. Me detuve e intenté oír, pero obtuve resultados similares. Ni el viento emitía una ligera brisa, cosa que tampoco era de extrañar tras el día de calor que había pasado. Ahora, cuando lo pienso, sí que me doy cuenta de la extraña situación: una gasolinera abandonada en medio de la nada, ni un sonido, ni un indicio de acción humana… Me adelanté hasta la puerta del local y vi que las cancelas estaban cerradas con cadenas metálicas y varias cerraduras. No cedían. Di una vuelta alrededor con los ojos de Carol clavados en mi espalda, pero nada más allí, de modo que me aproximé al coche. -Carol, voy a comprobar si los surtidores funcionan. -¡Vamos, Ed, deja los surtidores y salgamos de una maldita vez de este lugar! –gritó con el pánico atenazando su voz, y un escalofrío me recorrió la espalda. Le hice una señal con la mano y fui hasta el surtidor. Tomé el grifo y presioné el interruptor. Un sonido hueco y un pequeño zumbido señalaron que el combustible subía por la manguera. Cuando salió un pequeño chorro de gasolina no tardé en abrir la boca al depósito del Buick. -Desconecta el coche del todo.

Carol apagó los faros del Buick e inserté la pistola en el coche. Mientras se llenaba era posible distinguir el sonido del líquido al chapotear en el interior del depósito. Olía mucho a gasolina. ¿Qué demonios hacían dos surtidores llenos en una gasolinera abandonada? Los números pasaban como un tornado en el contador, pero me sentía incapaz de fijarme en ellos. Había algo ahí detrás, algo que momentos antes enfocaba el faro izquierdo del coche. No me había percatado por la luz, pero ahora que sólo un destello pálido bañaba el recinto era como si ese objeto siempre hubiera estado allí. Me adelanté dejando atrás el coche y llegué a la ventana del fondo del restaurante, aunque no se vislumbraba nada a través de los cristales casi opacos por la suciedad y el polvo. Recuerdo que otro pensamiento –entre los miles y miles que se sucedieron –aterradoramente pragmático se forjó en mi cabeza: ese lugar tenía pinta de llevar mucho tiempo alejado del resto del mundo, y no obstante estaba como si nadie hubiera pasado por ahí desde que lo abandonaron. Nadie había gastado el combustible, nadie había forzado las cerraduras, ni siquiera habían arrojado piedras contra los cristales. Y no había ningún teléfono, al menos en el exterior. -¡Carol! –grité. –¡Voy a intentar entrar! ¡Tal vez haya un teléfono dentro! -¿Estás loco? Deja este sitio, ¡vamos, Edward! Y entonces recordé que me había desplazado hasta allí en busca de algo que había visto desde los surtidores. Llegué a la esquina, junto a un canalón que bajaba del techo, donde estaba lo que buscaba. El objeto en sí era una cadena de cuero y anillas metálicas de las que se emplean para llevar a los perros. En otro contexto habría sido solo eso, pero ahí no era para nada lo que cabía esperar. El cuero desgarrado caía en varios jirones teñidos de –no podía ser otra cosa –sangre. Me disponía a dar la vuelta cuando una silueta en la oscuridad, tras la esquina, llamó mi atención. Era un coche. En un momento inicial no reconocí de qué se trataba, pero al instante me di cuenta de que era otro Buick azul y blanco oculto en las sombras. La puerta izquierda colgaba medio arrancada, pero por lo demás estaba en perfecto estado. Se oía una voz de fondo, pero el coche acaparaba toda la atención. Era

irresistiblemente tentador, necesitaba ser conducido… el azul de la carrocería desprendía destellos luminosos, como guiños. Y yo sonreía. -¡Ed! ¡Edward! ¡Vámonos de aquí! Carol tiró de mí y di la vuelta sobre mis talones. Un soplo de aire frío me golpeó la cara trayéndome de nuevo a la realidad. -¡Llevas más de diez minutos tras la esquina! ¡Idiota, me has asustado! ¡Diez minutos! Habría jurado que habían pasado diez segundos. Corrimos hasta alcanzar el coche y Carol se metió en el asiento del conductor. -¡La gasolina! Está todavía repostando. ¡Desconéctalo, Ed! -Arranca el coche. -¡Pero si todavía cae gasolina! ¿Estás loco? Un riachuelo de combustible atravesaba la plataforma de reposte en su longitud. Un caño caía desde la unión de la pistola y el depósito. Carol no dejaba de decir cosas inconexas. -¡Calla y escucha! ¿No oyes algo? –grité. Enrosqué el tapón del depósito y Carol bajó el cristal. Se oía un continuo goteo de combustible, pero algo más. Era un murmullo grave e inconfundible: el gruñido furioso de un perro. Pensé en la cadena sangrienta y destrozada, y de un salto estaba metiéndome en el coche y ordenando a Carol: -¡Arranca, vamos, arranca! Y Carol presionó a fondo el embrague y el pedal del acelerador. Un chirrido siseante, y el arranque brusco me impulsó contra el asiento como si pesara tres veces más. Cuando tomamos la carretera cerré los ojos y, aunque jamás lo comenté con Carol, oí el aullido de locura de un perro rabioso perdiéndose en la noche. Como siempre dicen los viajes dan lugar a la comunicación, sobre todo por la intimidad del coche y la soledad del asfalto. No obstante, nosotros llevábamos un rato en silencio barriendo la carretera por delante. En un momento pasamos ante un cruce de caminos y Carol frenó suavemente. Decidimos cambiar los roles y volví a conducir yo, pero ella pasó por encima de mí yo me deslicé a la izquierda; no abandonamos el interior del coche, como un acuerdo tácito. El volante estaba húmedo por las manos de Carol.

Media hora más tarde estábamos inmersos en un mar de maizales que escoltaba ambos lados de la carretera: kilómetros y más kilómetros de murallas vegetales vibrantes a causa del viento, nada distinto, y de repente, como por ensalmo, dimos con un cartel apoyado en un listón de madera junto a los maizales. -¿Puedes leer lo que pone ahí? -Gira un poco, dirige los faros en esa dirección… a ver… Gatlin, seis kilómetros. Estado de Maine. Ya sabemos dónde estamos. -¿A dónde dirige el letrero? -Sigue al frente, la flecha va hacia arriba. Seguimos durante unos minutos hasta que el camino ofrecía dos posibilidades. Un cartel señalaba a la derecha: Gatlin 5 Km. -No es posible. Carol, ¿estás segura de haber leído bien antes? -¡Por supuesto! Decía que faltaban seis kilómetros, no tengo ni una duda. -Entonces será otro camino, o tal vez haya otro atajo cerca. Deberíamos de haber llegado. -Sigue, ya veremos. Giré a la derecha y conduje durante diez minutos más hasta que llegamos a una intersección de caminos. Ante mí tenía tres posibilidades, y ninguna disponía de letrero o información alguna. -¿Sigues recto? –preguntó mi acompañante. -Supongo… no se ve nada con la mierda de los maizales. Me gustaría parar aquí mismo, tumbar el asiento y dormir hasta que amanezca. -Sigue, por favor. Quiero llegar a cualquier sitio antes que quedarme aquí. Ese campo de maíz es… no sé, en cierto modo es siniestro. Arranqué de nuevo y partimos en busca de algo sobre lo que no teníamos ni idea. El maizal se fue aclarando paulatinamente, como si los kilómetros fueran acompañados de tijeras gigantes encargadas de limpiar la zona. El último vestigio que encontramos del campo de cereales fue un espantapájaros ataviado con una especie de uniforme. Lo poco que distinguimos en la oscuridad fue que, en lugar de paja, los creadores del pelele habían empleado mazorcas secas.

Y gracias a la fuerza superior que fuera, pasado un rato salimos de esa carretera estrecha y repleta de baches. Llegamos a una algo más amplia y mejor avenida, de esas con la importancia suficiente como para disponer de nombre propio, Ridge Road. Decidí dejarme de atajos y carriles angostos, y la elección no pareció inadecuada. Al poco de entrar en Ridge Road nos cruzamos con el primer automóvil en muchas horas, lo que resultó un tanto tranquilizador. Adelantamos a un Mustang antiguo que nos hizo señas con un faro, y cuando nos dimos cuenta la bruma matutina –casi niebla- desdibujaba los límites del camino. Las más de veinte horas de viaje hacían mella, y cierta vena paranoica comenzó a avisar cuando observé que el Mustang nos seguía. Estaba seguro… ese coche nos seguía, y en el primer cruce a la izquierda me adelanté sin encender el intermitente. El claxon del otro coche retumbó mientras continuaba por Ridge Road. -¿Por qué has hecho eso? -Ese coche… nos estaba siguiendo. -Vamos, por Dios, Edward, si no hemos visto ni una salida desde que entraste en la carretera. -¿Quieres que dé la vuelta? –En ese momento me sentía realmente estúpido. -No puedes. Este camino es demasiado estrecho. -Vale. -Esa carretera dirigía a una ciudad. -¿Ah, sí? -Sí. -Perfecto. Nosotros buscamos un pueblo tranquilo y perdido. La risa irónica de Carol me llegó como un jarro de agua fría. Leí un letrero que indicaba: WILLOW 11. Y, efectivamente, once kilómetros más adelante llegamos a una población pequeña con los primeros rayos de la mañana. Irrumpimos en la avenida principal, y tardamos poco en darnos cuenta de que aquello no era un pueblo, sino lo que quedaba de él: gasolinera, talleres mecánicos, centros comerciales, tiendas y alguna que otra casa. Me encaminé lentamente en dirección al único local que despertaba cierto atisbo de curiosidad por un cartel luminoso, la Ferretería y Suministros

Generales de Willow. Aparqué junto a las escaleras que conducían al porche. Bajamos del coche y nos estiramos antes de seguir. Recuerdo que junto al porche había un perro viejo y sucio que olisqueaba varios sapos aplastados sin demasiado interés. Todo en Willow parecía tener el mismo aire de aburrimiento. Cuando oí la puerta Carol ya estaba entrando. En el porche descansaban un par de mecedoras de madera y una mesa redonda. Entré y encontré lo que esperaba: una tienda pequeña con un escaparate al frente y estanterías dispuestas a ambos lados con todo lo que se necesitara. Carol buscaba algo para comer entre bolsas de patatas fritas y refrescos, y yo me adelanté al mostrador, donde un viejo con una gorra roja y blanca reunía montones de monedas. Una mujer, supuse que su esposa, observaba un televisor de dimensiones reducidas constantemente bombardeado por interferencias. Una antena hecha con papel de aluminio asomaba como una prolongación extraña y curvada. -Buenos días –saludó el dependiente con una mirada suspicaz. –Mira, Laura, hoy tenemos madrugadores. -Sí, buenos días, aunque yo diría que trasnochadores. -¿Vienen de muy lejos? -Lo cierto es que sí, pero ahora mismo no sé dónde nos encontramos. Llevamos toda la noche conduciendo por carreteras secundarias y… nos hemos perdido. -No hay mucha pérdida, hijo. Estáis en Willow, estado de Maine –se apresuró a responder la mujer. -Sí, al final hemos encontrado algunos letreros que nos han dirigido hasta aquí. -Me llamo Henry Eden, disculpa mis modales, pero te voy a tutear. Y ésta es la dueña de la casa, Laura Stanton. Laura era una mujer delgada y de palidez extrema que daba a su rostro un aspecto cerúleo y enfermizo. Vestía con ropa de hilo y lana, aunque un mandil cubría sus piernas. Parecía extremadamente frágil pese a que su voz denotaba todo lo contrario. -Yo soy Ed Hannigan, –me presenté –y ésta es mi novia. ¡Carol!

Carol apareció tras una estantería con los brazos cargados de bolsas y botellas. El cabello, castaño y rizado, le caía sobre el rostro. -Échame una mano. Cogí parte de la carga y la deposité sobre el mostrador. -Carol, les estaba contando lo de nuestro viaje. -No me lo recuerdes, ha sido… no sé, parecerá una tontería, pero he pasado pánico en esas carreteras desiertas. Henry enarcó una ceja. -A veces la tranquilidad es más inquietante que el bullicio, aunque estoy seguro de que preferirías eso a pasar las horas enlatada en medio de un atasco. La risa del hombre era áspera y un punto irritante. Junto al puñado de monedas guardaba un papel doblado que contenía tabaco de liar. -Casi no llegamos aquí. -¿Y eso? –preguntó Henry Eden. -Tomamos Ridge Road hasta que Ed atajó a la izquierda, y dimos con Willow. -Es raro que no hayáis seguido recto. Hubiérais llegado a La Ciudad. No es gran cosa, pero Lewiston es mejor que esto. Allí al menos hay hospital, cine y restaurantes donde comer mejor que en un motel de carretera. -Y antes encontramos la dirección de otro pueblo, pero al final no dimos con él. ¡Parecía un pueblo fantasma! –señalé. -¿Cómo se llamaba, Carol? -Gatlin. El anciano suspiró y buscó la mirada de Laura. Parecía aterrada por algo que Carol y yo no llegábamos a entender.

Preparativos para la fiesta Ella se perdió entre la multitud como se pierde una lágrima entre la lluvia. Y bueno, claro está que la lluvia (y las lágrimas) vendría después. Recuerdo a todo el pueblo reunido en busca de Carol. Sí, los carteles de FELICIDADES CAROLINE con el dibujo de un patrocinador en una esquina. Ella estaba pletórica, muy feliz, felicísima, diría un niño. Se despidió de mí con un leve saludo y cogió la mano de un crío. Yo terminaría mi trabajo justo al mediodía para unirme a la fiesta que Rocksville había organizado. Llevar la contabilidad de un pueblo no es tarea fácil, y yo siempre he creído en la disciplina. Mi horario de trabajo terminaba a la 1 pm. Mientras tanto, Carol tendría que esperar. Tras el paso de la multitud se elevó una nube de polvo seco. Muy seco. Cerrando la procesión de vecinos estaba el pequeño Frank Dodd, delgado como una culebra de verano. Su tamaño era inversamente proporcional a su estupidez, y eso era algo que todos sabían en el pueblo. Con apenas 10 años, ya veían al chico convertido en el chatarrero del pueblo: casi lo imaginaban rebuscando en la basura. Pero en ese momento estaba mirándome con gesto bobalicón en el rostro, como si ocultara un secreto muy importante. ¿Qué has hecho, pequeño Frank? Di, pedazo de gilipollas. Obviamente, las palabras no salieron de mi boca, pero el crío me retuvo la mirada mostrando sus dientes podridos en una sonrisa igualmente putrefacta. Lo saludé con la mano, se dio la vuelta y se limitó a reír con una carcajada de hiena. Poco después se unió a la muchedumbre. Poco después, yo era la única persona que quedaba en todo Rocksville. ¿Por qué cuento esto? Porque si hubiera prestado atención al cruce de miradas entre Laura y Henry las cosas habrían sido muy distintas para mí. Y para Carol también. El camino sigue -¿He dicho algo malo? -¿Visteis algo allí? -Sí –respondió Carol. –Kilómetros y más kilómetros de maizales.

Laura se levantó y pasó ante el mostrador. Apretó los puños con fuerza y se ocultó en la trastienda. -No le hagáis caso. Laura no es capaz de asumir las desgracias o problemas sin explicación. Yo creo que las cosas pasan porque tienen que pasar, y punto, pero lo cierto es que no se sabe gran cosa de ese pueblo. Por aquí pasan continuamente viajantes como vosotros que han perdido el rumbo. Algunos de ellos, periodistas que van de enterados y tipos de esos que buscan tentar a la suerte preguntan por Gatlin. Yo les digo: “Olvidad la idea, es una locura”, pero ni caso. Y servidor no puede hacer nada. Les señalo el camino y me lavo las manos. -¿Qué sucede en Gatlin? Henry me observó con los ojos muy abiertos, como si fuera la primera vez que veía, o tal vez como si le hubiera preguntado el color de la sangre. -Nadie lo sabe. No he visto a nadie venir de ese condenado lugar en muchos años. Y todos esos que van, bueno, o siguen su camino, o Dios los tenga en su gloria. -Ed, ¿por qué no seguimos nuestro camino? –instó Carol. -Olvidaos de Gatlin. La hermana de Laura vivía en Gatlin, y no sabe nada de ella desde hace más de veinte años. Por eso se pone como se pone. -¡Henry Eden, te he oído! –dijo una voz desde el otro lado de la puerta. -Bueno, me parece que no queresmos causarle más molestias, pero si nos señalara un lugar al que ir tras este… pueblo, se lo agradeceríamos. -Id a Rocksville, la siguiente ciudad siguiendo la carretera que atraviesa Willow. Allí son muy hospitalarios con los forasteros. Sin embargo aquí, en Willow, lo más probable es que consigáis una buena patada en el trasero por parte de los vecinos. Creedme, yo soy de Rocksville y sé muy bien cómo tratan a la gente. –Laura apareció por la puerta. -¡Ah, y no os asustéis si encontráis maizales! El aceite de maíz de Rocksville es el mejor que podéis encontrar. -¿Váis a Rocksville? –preguntó Laura con brusquedad. -Así es, señora Stanton. Les he recomendado mi ciudad natal, aunque ahora es prácticamente un pueblo –añadió, volviéndose de nuevo hacia

nosotros. –Y si nadie tiene más que objetar, no os entretengo más con mis historias. Empiezo a chochear. Eden nos cobró lo que Carol había cogido y salimos de la tienda. La tela mosquitera de la puerta estaba roída, como si el perro hubiera arañado por encima. Se oyó el gruñido grave del animal, pero al montar en el coche quedó amortiguado de momento. Arrancamos y emprendimos el camino. Permanecimos cerca de veinte minutos en silencio hasta que la voz de Carol atenazó esa tranquilidad. -No me gusta. -¿Y ahora qué te pasa? ¿Qué no te gusta? -Rockville. No me gusta el nombre de esa ciudad. -No te preocupes. Cuando lleguemos buscaremos el ayuntamiento, preguntaremos por el alcalde y le propondremos renombrar su ciudad por algo más fantástico… ¿Qué te parece Sweet Heaven? -Eres idiota, Edward. ¿No te fijas en las cosas? –Resopló a modo de respuesta. -¿Has visto la cara que ha puesto la mujer cuando Henry ha pronunciado el nombre de Rocksville? -Lo siento, tal vez estaba pendiente de la portada del Penthouse que había sobre el mostrador… o tal vez no he visto nada. -Pero si ha sido tan obvio… -Dilo. Ha sido tan obvio que lo habría percibido cualquier persona excepto el idiota del cirujano Edward Hannigan. También es posible que tú veas cosas donde nadie las ve, ¿te lo has planteado alguna vez? -De acuerdo, olvídalo. Era solo una impresión. -¿Tú has picado con lo de Gatlin? -Esa es una historia que los pueblerinos cuentan a todos los visitantes. El argumento perfecto para un relato de terror. -Pero en los ojos de Laura había auténtico espanto –le recordé. -No sé. Lo de Rocksville me ha causado peor impresión. -Olvida esas historias, anda, vamos a llegar a ese pueblo, alquilaremos una casa y trabajaremos, viviremos o lo que quieras que hagamos en ese lugar, ¿de acuerdo? -Ojalá siempre fueras así de decidido.

-Sí, ojala… Antes de que nos diéramos cuenta estábamos entrando en Rocksville. -Voy a contarte un secreto, pero no te enfades por no habértelo comentado antes. Es sobre Rocksville. -¿Qué sabes tú de Rocksville? –preguntó Carol con voz de incredulidad. -Bueno, ahí viene la cuestión. Casualidad o no, conocí una vez a un chico de este pueblo. –Sí, era cierto, aunque había sido incluso antes de entrar en el instituto. -¿Y…? -Y eso, que era de Rocksville, pero no era normal. Ya sabes, muy reservado, callado, oscuro. Llevaba poco con su nueva familia. Era adoptado. Se llamaba… no lo recuerdo, algo así como Ryan, pero no me hagas mucho caso. La cuestión es que nunca hablaba de su familia. ¡No hablaba de nada, ahora que lo recuerdo! La única vez que oí salir de su boca una historia fue la de un pirado que se perdió a las afueras de su pueblo y del que nunca se volvió a saber nada. -Demasiada coincidencia, ¿no crees? -Te estás enfadando. -¡No me estoy enfadando, solamente no entiendo por qué no me lo has contado antes! -¿Ves como te enfadas? -Déjalo. Silencio. Poco a poco el paisaje había virado de un campo de hierbas de cierto verdor a un terreno seco y zarrapastroso. Carol se quitó el cinturón de seguridad y se inclinó contra el parabrisas para leer el cartel de presentación (como un mensaje de contactos en un periódico) del pueblo, que rezaba BIENVENIDOS A ROCKSVILLE Cuna de la honradez y el trato justo Y meca del Blues&Roll

,esto último añadido con rotulador. Ya estábamos en Rocksville, y por primera vez de otras muchas tuve la sensación de que Carol estaba en lo cierto con el nombre de ese pueblo. Uf, qué escalofrío.

Bienvenidos a Rocksville Rocksville es como todos los pueblos de Nueva Inglaterra: cálido en verano y frío como ninguno en invierno, qué carajo. Por lo demás no tiene nada de especial a simple vista. Rocksville, como su nombre indica, se encuentra situado en una zona de rocas arcillosas en un lugar en el que predominan los pequeños cañones. Al contrario que la mayoría de ciudades, se encuentra más bien alejada de ríos y valles verdosos. Su asentamiento es un paraje desértico y solitario, donde el clima es alocado, y donde el tiempo apenas altera la pacífica convivencia de las pocas familias residentes. Aunque normalmente las temperaturas son altas y el ambiente seco como el que más, muy de vez en cuando verdaderas tormentas se cuelan arrasando los salientes rocosos y acumulando los sedimentos en pequeños montículos al sur del pueblo, siguiendo el curso de un antiguo río. La única carretera que atraviesa Rocksville es una antigua nacional de mala calidad, donde la gravilla oculta las anticuadas señales pintadas con pintura amarilla. Por ese carril malogrado llegamos nosotros esa mañana. Tampoco suelen pasar muchos coches por ella; todos los meses, sin embargo, la furgoneta del Sr. Williamson llega al pueblo para entregar el correo y algún que otro recado, como prensa o compras. Históricamente, este pueblo inadvertido tampoco ha supuesto una mínima importancia. Fue fundado por un grupo de colonos ingleses, no por ser un punto estratégico, sino porque una enfermedad los obligó a detenerse en este punto del camino. Una vez allí tuvieron que prolongar su estancia, viéndoselas con los indios nativos, y exterminando a dichas tribus tras falsas negociaciones. Posteriormente, el escaso reconocimiento que obtuvo fue decreciendo a pasos de gigante. Sirvió de guarida a presos reinsertados, a muchos de los esclavos negros que huían de sus perseguidores... Hasta llegar a un punto en el que casi ha sido olvidado en la actualidad. La población de Rocksville continúa siendo escasa, y consiste en unas pocas familias que sobrepasan pobremente los quinientos habitantes. Al contrario que las demás ciudades o pueblos (siempre al contrario), aquí no ha nacido ninguna celebridad, y el que más ha aspirado, como mucho ha llegado

a ser un pésimo actor de series B o un escritor criticado, más bien paupérrimo. Sin duda, Rocksville se nos presentaba como el lugar tranquilo, pacífico e incluso aburrido que andábamos buscando, en el cual la vida permanece invariable, ha permanecido invariable, y cuyas gentes suponen (esperan) que el futuro permanezca invariable. Y ahí estábamos nosotros, observando un escenario que parecía sacado de las pinturas de mi tocayo Edward Hopper, hasta que nos detuvimos frente a un edificio sobresaliente. El ayuntamiento estaba pintado de color azul celeste, detalle que a Carol le hizo gracia, porque rió durante un buen rato retorciéndose en el asiento. Abrí la portezuela y lo primero que pensé fue: “Ha llovido”. Olía a humedad y a vida, pero no como la humedad o la vida de cualquier lugar, sino como si la tierra de Rocksville se aferrara a la lluvia para seguir tirando, como decía el viejo Bob Wintherspoon. Ese viejo cabrón se apalancaba en el sillón de mi casa y bebía ron como un cosaco para seguir tirando. Y tanto que tiraba. Para arrancar del asiento irrumpía en una melodía de ventosidades que perfumaban el salón hasta el punto de que mi madre tenía las ventanas abiertas en el momento preciso. Mi padre lo aguantaba por varios motivos: porque era el único familiar que le quedaba en pie (aunque primo lejano, seguía siendo el último de los suyos), y porque la herencia lo valió. La tarde en que murió se levantó del sillón con ambas manos a los costados, y cuando retumbó la primera traca le dio tiempo a decir: “Me he cagado”. Esa fue la última verdad que dijo. Y Rocksville seguía tirando, según la impresión que me dio, gracias a la lluvia que acababa de caer. El suelo aún estaba húmedo, con manchas oscuras y charcos cristalinos sobre el asfalto como únicos testigos de lo sucedido. -Me encanta este olor –afirmó Carol aspirando profundamente. –Ninguna compañía de cosmética ha conseguido una fragancia tan evocadora como la de la lluvia. -Ahora sé por qué tú eres la escritora. -Calla, palurdo, y siéntelo. No es dulce ni amargo, es profundo hasta donde debe y ligero en su justa medida.

-Es sólo lluvia, y creo que deberíamos entrar por esa puerta antes de que llegue el nuevo milenio y nos pille por los cuernos. Dicho y hecho. Subí las escaleras y entré abriendo el portón principal. Supuse que Carol me acompañaba por sus pasos. La planta baja estaba vacía, o al menos no se oía ningún ruido. Silencio, siempre el puto silencio. Subí a la primera planta y miré en varias oficinas. Todas estaban vacías, pero en una encontré una radio encendida sintonizada a una cadena religiosa. Tenía que haber gente en alguna parte de ese lugar, no podía continuar todo vacío. El ayuntamiento suele ser siempre un edificio lleno de movimiento, con teléfonos sonando y gente cruzando los pasillos en dirección a la máquina de café, pero en Rocksville seguía siendo otro edificio más, vacío y desprovisto de cualquier rasgo humano. Aparte de eso la construcción estaba en perfecto estado, sin una grieta o signo de mal funcionamiento. La pequeña recepción daba paso a unas escaleras. -Voy a subir y echaré un vistazo. Si quieres, date una vuelta por aquí y me avisas si encuentras algo interesante, como una persona. -¿Es necesario que nos separemos o lo haces aposta? Me limité a guardarme la respuesta y sonreí. Ya escaleras arriba me di cuenta de que Carol me había seguido. Miré dentro de una habitación, una oficina. Un teléfono parpadeaba sobre la mesa, mientras que un fax almacenaba polvo con varios folios atascados. El reloj marcaba la misma hora que mi reloj de pulsera, varias macetas goteaban junto a la ventana y en la habitación reinaba un cierto desorden propio de la existencia de algunas personas. El ayuntamiento estaba desierto, pero hacía poco que se había vaciado. -Bien, aquí no hay nadie. ¿Miramos en otro lado del pueblo? -Busquemos un bar –propuso Carol. –En un pueblo puede faltar el centro médico, el colegio e incluso la iglesia, pero una taberna es imprescindible. -Ahí llevas razón. -Y oye, como te vuelvas a alejar de mí arrancaré el coche y te dejaré en este sitio, recuerda que yo llevo las llaves. -Vale, suena tentador, pero me mantendré a tu lado.

Nos montamos en el coche y seguimos la calle principal (la única destacable) hasta que llegamos a una intersección notable. En la esquina derecha había una cafetería demasiado típica. De hecho, parecía un calco de un cuadro de Hopper, solo que ésta estaba vacía. Detuve el coche en el centro de la calle y caminamos hasta la puerta del local. En lugar de un cartel de ABIERTO/CERRADO había una nota escrita a mano: “He salido. Entre y sírvase usted mismo. Vuelvo ya” -Vuelvo ya. Genial, ¿cuánto es “ya” en este pueblo? –preguntó Carol. -Entremos y tomemos algo. Carol no rechistó, se limitó a suspirar por lo bajo. En el interior olía a café, tortitas y tocino rancio. El establecimiento era grande, como demostraba la extensión de la barra y los numerosos taburetes de escái. Un único ventilador se movía perezosamente sobre nuestras cabezas. -Mira, hay café –anuncié, señalando a una jarra con un líquido negro entre tazas de colores. -¿No irás a beber eso? -No, mamá. Me limitaré a mirarlo con gula y después lo tiraré por el retrete junto con esa caja de rosquillas. -¿Sabes que llegas a ser extremadamente irritante? Me senté, me serví una taza de café y cogí una rosquilla glaseada. No era ningún manjar, de hecho el café estaba frío y demasiado dulce, pero engullí ante la mirada enfrentada de Carol. -Recién hechos, cariño. Me fulminó con la mirada, pero su gesto no duró mucho. Se oían voces. Voces humanas. Saltó del taburete y se colocó tras de mí. Si estaba enfadada no lo volvió a demostrar por mucho tiempo. Cuando las primeras personas aparecieron en la calle se limitó a apretar mi paso. Se colocaron en torno al Buick plantado en el centro de la carretera. Al frente iba un hombre manco que echó un vistazo a través de las ventanas y advirtió nuestra presencia. La mano de Carol apretó mi puño y noté su aliento en mi nuca. Los vecinos ya habían dado con nosotros.

La luz luchaba por hacerse un hueco entre la humareda de aquel tugurio. El fuego ya había remitido, y nuestra presentación a los habitantes de Rocksville se había visto aplazada por aquel pequeño incidente que, de algún modo, nos aclaró las cosas. Supongo que el primer día que estuvimos en Rocksville no fuimos más que un símbolo de mala suerte. El hombre que entró en la cafetería –o el tugurio, como quieran llamarlo- no era otro que el cocinero y dueño del local. Parecía de natural hosco, así que cuando entró me apresuré en saludar con la boca llena del bollo que había olvidado tragar. No respondió, sino que pasó detrás de la barra y echó un par de huevos en la plancha. Carol me soltó, pero no se alejó. -¿Vienen de lejos? -Eh… sí, somos de… -No quiero lugares. Si está lejos, me da lo mismo que seáis de Texas o de California. Aquí las distancias se miden entre cerca o lejos, olvidad los kilómetros. -Venimos de lejos, sí –dijo Carol. El cocinero se dio la vuelta con una paleta en la mano llevándose por delante una garrafa de aceite. El líquido se derramó por la plancha y el resto de la cocina. -¡Mierda, mierda, mierda y más mierda! ¡¡Me cago en el mamón que me vendió esta mierda! Juro que fue así, y entre mierdas y más mierdas el aceite se desparramó por el otro lado de la barra incendiándolo todo. Budd, como después supe, era el nombre del dueño de la cafetería. Saltó huyendo de las llamas e intentó apaciguar el incendio con un grifo extraíble, pero la presión era mínima. Carol estaba ya en la calle pidiendo ayuda. Yo estaba prácticamente como si me hubieran cubierto de cemento y me hubieran dejado bajo el sol de mediodía, hasta que el calor me despertó. Tiré de Budd, quien maldijo a todos mis antepasados deseando mierdas a diestro y siniestro. -¡Joder, Buddy, ya la has liado! –gritó un tipo de aspecto bobalicón en el exterior.

Carol volvió a mi lado y una fila de vecinos se formó alrededor de la cafetería. En poco tiempo estaban echando cubos de agua, bombeando un pozo y volviendo a echar. Puesto que el local hacía esquina, la ayuda llegó por ambos frentes y el fuego no se extendió. Cogí un cubo y lo pasé lleno de agua. Nadie preguntó. Tardamos más de una hora en dejar el incendio bien apagado, con una nube negra como vestigio de lo sucedido. Carol estaba aparcando el coche a un lado cuando el tal Budd se me aproximó entre la humareda: -Mira, perdona mis modales pero las cosas son así. Supongo que este castigo divino me ayudará a tragarme mis palabras. “Y entonces te llamarán comemierdas”, me obligué a pensar. ¿Castigo divino? ¿De qué demonios hablaba? Si hubiera cerrado la botella de aceite en su momento, nada de aquello habría sucedido. El Bobalicón se unió a Buddy, el Comemierdas. -Menuda entrada a lo grande, ¿eh? -No era nuestra intención hacernos conocer así. Me llamo Edward Hannigan. -Encantado, yo soy Jack Duvall, fontanero y vecino de Rocksville. -¡Eh, Jack! No le comas la cabeza tan pronto o harán una desaparición a lo David Copperfield –intervino otro. -¿Y se puede saber quién coño es David Copperfield? Porque yo no lo sé. ¿Tú sabes quién es ese Copperfield? –preguntó Jack Duvall dirigiéndose a mí. -Ni idea –mentí –pero seguro que está forrado. –Jack el Bobalicón se echó a reír como si nada, la cuestión era parecer que había pillado algo. El que había lanzado lo de Copperfield se presentó como el maestro de Rocksville. Llevaba gafas de media luna y ropa desgastada por el lavado. -Y bien, ¿visitando la zona? –preguntó. -Creo que es más complicado. Estamos haciendo un viaje… buscando un sitio, diría yo. Estamos cansados de la ciudad y nos apetecía llegar a un sitio perdido. -Pues más perdido que Rocksville no lo encontraréis, te lo aseguro. Hablas en plural, ¿quién te acompaña?

-Caroline Burnham. –Eché un vistazo alrededor y encontré a Carol en medio de otro grupo de gente desconocida que no dejaba de preguntar. -¿Tu esposa? -Novia, tan sólo novia. -Yo una vez tuve una novia. Se llamaba Linda. Tenía los ojos azules y casi siempre llevaba una trenza en el pelo. Ésa sí que era una mujer, pero no comprendía mi amor por este pueblo. Decía: “Rocksville no es más que un estercolero en medio del desierto”, y yo pensé para mí mismo que se había equivocado mucho conmigo. Éste lugar está hecho para amarlo u odiarlo, no hay término medio. Linda no sabía, no sentía Rocksville. Pero bueno, ella se lo pierde. -Ya veo…Es un lugar algo aislado, por lo que veo. -¿Y a quién le importaba si había tenido una o cinco novias? -¡Maldita sea, maldita sea! ¡Me cago en los dientes del viejo Bob Thompson! Hay que joder, ¡no pedimos cuidado por un jodido favor! Un hombre de aspecto orondo llegó agitando las manos entre gestos ásperos. Vestía una chaqueta que le quedaba corta por la anchura de la espalda –y de la barriga –, se la quitó de un tirón dejando entrever cercos de sudor en la camisa y la arrojó contra Bud. Éste estaba apoyado bajo un letrero con su propio nombre: Bud’s CAFÉ-BAR. -¡Oye, tranquilo, Steve! Joder, ni que yo lo hubiera buscado… ¡Mira el interior, está todo negro! La cocina se ha chamuscado… -Stephen Morrison es nuestro alcalde –me explicó el maestro, Andrew Hamilton. –No es de Rocksville, pero adora esta tierra como si fuera suya. Viene de un pueblo de Nebraska. -¿A qué viene esa bronca? –pregunté, en vista de que a este tipo le gustaba irse por las ramas. -Sequía. En Rocksville llueve poco, muy poco. Casi nada. Esta mañana ha llovido, el día ha amanecido triste, pero el agua ha cambiado las cosas. Desperdiciar el agua en apagar un incendio es un lujo que no nos podemos permitir. Han pasado dos meses desde la última vez que llovió. Llueve un rato y luego para, como si nada.

-Hablando de esta mañana, cuando llegamos fuimos directos al ayuntamiento y estaba vacío. Bueno, el pueblo entero estaba vacío, nos ha extrañado bastante, parecía algo tétrico. -¡Bah, todos estábamos en la Parcela! Así llamamos al cementerio. Ayer murió Betty McCarsdan, una joven de dieciséis años. Hacía poco que le habían diagnosticado un tumor y… bueno, ayer se acabó. -Ya veo… -Todo el pueblo estaba reunido, cuando habéis llegado estaría acabando el entierro. Nos hemos mojado un poco, pero la tierra ya se ha tragado el agua. Una mano tiró de mí levemente y me giré. Carol se había deshecho del grupo de mujeres que la atosigaban a preguntas. -Dime que nos quedaremos en este lugar, Ed. -¿En serio te gusta? –Me extrañaba que se hubiera enamorado en tan poco tiempo de un lugar tan… ¿austero, aburrido, vulgar? -¡Es perfecto! -Tú decides, pequeña –aseguré, y por primera vez en demasiadas horas me abrazó sin tapujos. Encontré escenarios de colores y sentimientos en blanco y negro. No encuentro otra forma de transmitir qué era y cómo era Rocksville para mí. Escenarios de colores, como ya he dicho, porque el aspecto del pueblo resultaba con el tiempo casi onírico por los colores llamativos e intensos de los edificios y letreros. El azul cielo del ayuntamiento resultaba de lo más discreto… Sentimientos en blanco y negro por dos motivos. El primero, porque eran sentimientos puros y primigenios, como aquellos que se desprenden de las películas antiguas: más verdaderos y directos. Como en Casablanca o cualquier película de Hitcock. Si es rabia, es rabia, y si es amor, pues amor, pero nada de sentimientos confusos ni a medias tintas. El segundo motivo es que había cosas entrañables en ese lugar, pero otras tan desesperantes que no se podían comparar entre sí. Tal vez Carol y yo fuéramos algo contrarios, aunque más bien lo llamaría complementarios, pero las situaciones que

sucedían en Rocksville (a veces totalmente surrealistas) eran estaban siempre encontradas. Me explicaré mejor. Cuando Carol se decidió de repente por ese pueblo perdido en el interior de Maine me extrañó. Soy consciente de que su espíritu artístico se antepusiera al juicio, pero mi mente pragmática no podía comprender una elección tan impulsiva. -¿Te gusta este lugar? -No, no me gusta, pero es perfecto. He tenido una idea que no puedo perder, Ed. Creo que ha llegado mi oportunidad, y este escenario es ideal. Claro, llevaba años apoyando a Carol en su labor literaria. Yo era su Primer Lector, su juicio inicial, la única opinión por la que se dejaba guiar, y se podían contar por miles las veces que le había dicho que cuando llegara su IDEA nada se interpondría entre su imaginación y la pluma de plástico con la que escribía. Para mí sus anteriores novelas eran buenas, excelentes para publicar, pero ella no quería dar el paso. Por eso, cuando llegamos a Rocksville y la vi tan decidida no pude negarme. -¿Sabes que tengo miedo de que esto cuaje y escribas una novela de Pullitzer? -¿Y se puede saber por qué dices eso? -Hmmm… soberbia, lo llaman. Uno de los siete pecados capitales. -Edward, como sigas así de idiota me parece que tu lujuria va a tener que esperar. Te encantará, la estoy viendo. A mí me daba bastante lo mismo. El plan era ése, así que estando en un pueblo tranquilo, perdido del mundo y el uno con el otro nos bastaba. Creo que la imagen de Rocksville queda bastante clara. De todos modos, si siguiera contando cómo se hacen las cosas en ese lugar nadie me creería. Durante nuestro primer y accidentado día en la “cuna del Blues&Roll” conocimos a la mayoría de los habitantes de Rocksville, aunque de manera superficial. No obstante, dar con el alcalde era algo irremediable. Andrew, el maestro, nos lo presentó. -Edward Hannigan y su novia Caroline… -Soy Caroline Burnham.

-Es un placer, yo me llamo Stephen pero todo el mundo me dice Steve, así que no vais a ser menos. Y bien, ¿estáis de paso? -No –me apresuré a contestar. –De eso mismo queríamos hablarle. Caroline ha decidido que nos quedemos, le ha gustado el pueblo. -Bueno, sobre gustos no hay nada escrito, pero veo que el de esta mujer es muy acertado. Yo tampoco soy de Rocksville, pero me enamoré en cuanto vine por primera vez.. De eso hace ya mucho, y ahora soy alcalde –dijo con una sonrisa de oreja a oreja. -El problema que se nos ocurre de primeras es el alojamiento. -No pasa nada –señaló acompañando cada palabra con un movimiento de la mano. –Hay casas vacías en todas las calles. La gente se ha ido yendo a las ciudades, pero yo nado a contracorriente y parece que vosotros también. -Buscábamos un lugar donde descansar. -Eso suena extraño. Cuando alguien tan joven como vosotros habla de descansar pasa algo: esconde un secreto o huye del pasado. -No es el caso. -¡No, no os preocupéis por nosotros! Acostumbramos a ser muy tolerantes. -Ya veo, y hospitalarios –apuntó Carol en un tono de cierta insolencia. Si Steve hubiera dicho algo como: “Vaya, la gatita saca las uñas…”, habríamos salido, pero rió y preguntó si conocíamos Rocksville de algo. -Hace muchos años conocí a un chico de aquí que se llamaba Ryan, creo. -Ryan Rusk, sin duda alguna. El pobre perdió a sus padres en un incendio cuando tenía diez años. Demasiado joven, sí. ¿Contaba algo de Rocksville? -No hablaba mucho. Una vez le oí hablar de un loco que escapó del pueblo… -¡Esa es una gran historia! Pero no nos precipitemos, ya habrá tiempo de contarla. Las prisas llevan a la confusión, así que paciencia. Por lo pronto, os enseñaré varias casas para que escojáis la que más os guste. -Nos conformamos con algo pequeño para los dos. Además, no queremos gastar demasiado antes de pensárnoslo bien.

-No os preocupéis. Invita Rocksville.

Adaptarse “Si cruzas, puede que no volvamos a vernos”… Parece la típica frase que se dice en situaciones que van a suponer un cambio realmente importante en la vida de una persona. Cuando Carol se dejó llevar por el alcalde Steve fue como si yo supiera por adelantado que ella había cruzado esa línea, esa puerta, ese límite, lo que fuera… El Buick aún tenía combustible y con algo de suerte podríamos salir de Rocksville y dar con alguna carretera importante. La decisión estaba tomada. Crucé la línea y dije adiós al pasado. ¿Qué si no he vuelto a ver a alguien importante en mi vida? Se podría decir que desde que abandoné Rocksville distingo dos vidas distintas. Las primeras semanas son aburridas en mi recuerdo. Nuestra casa era otra más, como si nosotros fuéramos también otros más. Claro que eso no era así. Todo el pueblo estaba acostumbrado a su particular dinámica excepto vosotros. No era un lugar conflictivo, por lo que el único agente de policía se pasaba las mañanas pelando la mona de la noche anterior. No habría sido capaz de despertarlo ni una Tercera Guerra Mundial (como quedó demostrado el día de nuestra llegada, cuando no apareció ni por el incendio de Bud’s), y es que a sus casi cincuenta años no aguantaba el asalto contra la doble ronda nocturna de whisky. La casa era un edificio antiguo, como todos los del pueblo, pero en un estado más que aceptable. Creo que era la única casa blanca de Rocksville, pero eso fue después de limpiar el jardín, vaciar el interior y pintar las dos plantas. Nos conformamos con el mobiliario que esperaba bajo capas de polvo, y con el paso del tiempo hicimos de esa construcción algo más nuestro. Había al menos un crucifijo por cada habitación, todos grandes y de madera. Carol me ayudó a transportarlos al garaje, donde guardamos todo lo que consideramos inservible. Seleccionamos los muebles interesantes (útiles) arreglamos las ventanas. Después de todo quedó bastante bien. Durante los primeros días nos alojamos en las habitaciones de la señora Fitts, y fue en las dos primeras semanas cuando recibimos la mayor parte de visitas. Una de las más interesantes fue la del reverendo Steiner, pastor de la iglesia baptista. -Bienvenidos a Rocksville.

-Gracias, reverendo. La verdad es que la gente parece bastante interesada en nuestra llegada. -Sí, no suelen venir muchos extranjeros –explicó. -Bueno, no somos extranjeros, sólo somos de otro estado –indicó Carol, pues no quedaba muy claro si decir “extranjeros” en lugar de “forasteros” había sido una simple equivocación. De cualquier modo, recuerdo que Carol estaba siempre a punto de saltar. -Ya, la cabeza… que a cierta edad no perdona. Bueno, venía a daros la bienvenida y a invitaros a la iglesia metodista de Rocksville. No sé por qué me molesto en explicarme, si tan sólo hay una –anotó entre risas. -Entonces estará muy ocupado preservando la paz espiritual de sus feligreses. -¡Carol! –exclamé. -No, no, déjala hablar, así es. Siempre estoy abierto a que lleguen nuevos hermanos para calmar sus problemas, sus dolores espirituales. Y bien, está mal que yo lo diga, pero este lugar es tranquilo gracias a la religión. Si no fuera porque algunos piensan que es el opio del pueblo, todo el mundo estaría más tranquilo. -Lo sentimos, reverendo –anuncié -.pero creo que ni a Caroline ni a mí nos interesa pertenecer a su fe o su iglesia. No queremos ser descorteses, supongo que su obligación era la de pasarse por aquí, pero somos agnósticos. -Mal camino habéis elegido entonces. Su tono no sonó amenazante, pero sí levemente reflexivo. -Esperemos que esto no suponga ningún inconveniente para nuestra integración en Rocksville. Este pueblo parece muy tolerante. -Y lo es, no hay ningún problema. Sólo que tendréis que buscar un pasatiempo para cuando todos los demás estén en la iglesia. Y dicho esto se despidió con la mano y una sonrisa en el rostro, de dio la vuelta y se alejó ajustándose un sombrero de fieltro negro. Si la iglesia era un lugar establecido de reunión, el bar de Buddy se había convertido en el segundo por excelencia. Allí se reunían de vez en cuando grupos de mujeres que hacían banquetes con los que recaudar fondos

para la asociación de mujeres “Esposas de Rocksville”. Carol fue a una de ellas y se juró no volver en lo que le quedara que pasar en el pueblo. Según me contó, la tertulia giraba en torno a los chismes que conocían sobre los vecinos, con historias grotescas e increíbles. Según Maggie Forsmouth, panadera de Rocksville, la hija de sus vecinos escribía cartas de amor a un primo lejano. Esto lo sabía porque ella misma había leído (y copiado, ¡y fotocopiado!) el contenido de una que había aparecido por casualidad en el buzón equivocado. A la tanda de chismorreos le seguía otro tanto de chistes verdes o picantes, como preferían llamarlos, pero con poco gusto y tacto. En definitiva, se reían de los ruidos y eufemismos para nombrar ciertas partes del cuerpo. -No las entiendo –se repetía una y otra vez Carol. Yo tampoco, claro, pero los hombres eran más sencillos de tratar. La noche estaba reservada para ellos, y los varones de Rocksville pasaban las noches en el bar hablando de lo mismo una y otra vez. El alcohol fluía por la barra como la limonada en pleno mes de agosto, e incluso circulaba la leyenda de que el propio Bud tenía una pequeña destilería de la que sacaba su licor estrella. La vida era bastante normal, sí, como nosotros deseábamos. Ella era mi salvación. Creo que de no haber seguido sus pasos cuando la conocí aún sería un gilipollas de tres pares de narices, un pringado, lo que era hasta ahora. Pero los sentimientos eran recíprocos. Hasta antes de conocerla tenía miedo de empezar a quedarme solo. Cuando tus amigos empiezan a preocuparse más por lo que dicen sus novias que por tus consejos, te das cuenta de que empiezas a ser la oveja perdida. Si a tu alrededor sólo hay parejas y tú eres el simple acoplado, te sientes aún más solo. Y si la relación que habíamos forjado con el tiempo empezaba a flaquear con los primeros cambios esa inseguridad volvía a asaltarme. ¿Y si volvía a quedarme solo? Yo. ¿Pueden cambiar las relaciones o el futuro de varias personas en un instante, una palabra, un gesto? ¿Es algo demasiado ficticio e inverosímil? No creo en chorradas metafísicas, soy más simple que todo eso, pero cuando

guardas uno de esos momentos para ti sabes que es posible. El mío fue una mañana más. -Carol, quédate un poco más… -Sabes que tengo que escribir. No podemos pasar la mitad del día en la cama. A veces pienso que estoy malgastando la mitad de mi vida. -¿En serio? -Tanto dormir, tanto descansar, tanto tiempo muerto… -Pues para mí el tiempo que paso contigo a solas, sea en la cama retozando, paseando o viéndote escribir es… no sé, el mejor tiempo de mi vida. –Me dio la mano y se volvió a acurrucar junto a mí con su cabeza en mi pecho. -¿Qué nos está pasando, pequeña? No hablamos durante al menos cinco minutos. Recuerdo su respiración, los latidos de nuestros corazones, el olor de su pelo. Rompió el silencio con un susurro: -Te quiero. Pum-pum pum-pum pum-pum pum-pum –pum pum-pum pum-pum pumpum -Y yo a ti, pero es como si las cosas hubieran cambiado en tan poco tiempo. -Será el pueblo o el viaje. -Seremos nosotros, no sé. Sí, yo también te quiero… No nos levantamos hasta entrada la tarde. El dinero en Rocksville era un bien poco preciado. No había un solo banco en todo el pueblo. Según lo que me contaban deduje que para ellos los papelitos verdes con una $ dibujada eran poco más que focos de problemas y discordia. Si por cada vez que he oído que el trueque está extinto me hubieran dado uno de esos papeles verdes, hoy en día tendría mi propio yate. Rocksville no podría ser usual en ningún aspecto pese a la apariencia de sencilla vida cotidiana. Así de sencillo: el panadero hacía pan para todo el mundo, el fontanero arreglaba todas las averías, el maestro daba clase a los niños… El único que se salía un poco de ese acuerdo tácito era Bud, ya que un bar es algo más propenso a hablar de negocios. No obstante, todos los vecinos

tenían asegurada al menos una consumición, cuando no dos. Se las apañaban muy bien con este método, por sorprendente que parezca. El único problema surgía a raíz de la sequía. Para cultivar fruta, verdura y cereales, criar animales o llenar los depósitos de agua potable era necesario un aporte mínimo de agua. Cuando nosotros llegamos, de lo primero que nos percatamos fue de la tierra agrietada y la escasez de vegetación. Me aseguraban que llovía poco, pero no pasaban dos meses sin que cayera alguna gota. Nosotros no nos sentíamos tranquilos sabiendo que los vecinos nos mantenían, de modo que buscamos la forma de que nos dejaran participar en ese trueque inaudito. No consintieron que Carol trabajara, pues sabían que el pueblo había servido de inspiración a su último proyecto. Yo creo que tal vez esperaban aparecer como protagonistas de su novela, pese a que Carol insistió en que era completamente ficticia. Yo, por mi parte, me dejé llevar a un campo casi extraño para mí. No me explico qué hacía un cirujano llevando las cuentas de un pueblo entero. No podía ofrecerles operaciones de cirugía estética a todos ellos, por lo que un día oí algo sobre el papeleo en el ayuntamiento. Si querían subvenciones del Estado todos los papeles tenían que estar en orden, pero Stephen Morrison ya tenía bastante como alcalde. Me ofrecí a sabiendas de que unos conocimientos mínimos de economía y matemáticas serían suficientes para el cargo de contable. No pusieron pegas, ni siquiera se mostraron recelosos pot que un extraño tuviera acceso a todos los documentos oficiales, y si a ellos les parecía bien, a mí mejor. Las pegas para el trabajo eran pocas, pero si quería redactar documentos tenía que usar una vieja máquina de escribir que pesaría al menos la mitad que yo, y el único teléfono de Rocksville estaba en el ayuntamiento, por lo que había que concertar previamente el uso. Sólo lo necesité una vez pero no pude usarlo, aunque esa es otra historia… De este modo me impuse un horario bastante relajado, sin madrugar demasiado ni agobiarme, aunque las opciones de ocio eran muy limitadas. No había señal de televisión (el único televisor estaba en la cafetería Bud’s y funcionaba con antiguas grabaciones de fiestas locales), y la radio recibía la señal de algunas cadenas nacionales deformadas por la estática, tres canales religiosos y otro local del famoso Blues&Roll. Lo único divertido era

encerrarme en el coche con las cintas de música y leer los borradores que Carol amontonaba en la papelera. Como nota curiosa, me permitía fantasear sobre otra singularidad. Comenzó a pasar varias noches después de instalarnos en “nuestra” casa, pero no quise comentarlo hasta una semana más tarde: -Ssshhh, Carol escucha. -¿Qué…? -¡Escucha! Silencio en la habitación. -Dios mío, ¿qué es eso? ¿Son aullidos? -No estoy seguro. Suena como un alarido, pero puede ser también un ladrido. Da… miedo. Me asomé a la ventana pero no vi nada. Las voces/aullidos/alaridos volvieron a sonar perdiéndose en la oscuridad. -¿Son aullidos? –preguntó Carol. -No, eso es una voz humana…

La apuesta -No es que te haya echado de menos, es que te llevaste mi cartera, dijo él, y luego dio un portazo y desapareció de repente. No lo han vuelto a ver hasta esta mañana, cuando la encontró… -Ufff, ha tenido que ser horroroso. ¿Y acabaron tan mal? ¿Después de cinco años juntos ésa fue la última frase que cruzaron? Shirl, es increíble, ¿fue tan crudo? –preguntó Carol. La señora Billings era muy meticulosa a la hora de contar chismes. A Carol también le extrañó cuando no quiso dar más detalles sobre lo sucedido. Dos meses. Ése era el tiempo transcurrido desde que llegamos al pueblo. Nadie quería creer lo que había pasado con Dana Neville. Cuando la encontraron en la cocina estaba desnuda, pero ese detalle era algo que cualquiera habría pasado por alto. Su cuerpo estaba embadurnado de una sustancia pegajosa parecida al sirope, y colgaba de una lámpara ahorcada. Tras ella una pared comunicaba un último mensaje escrito con la misma sustancia: “De aquí al cielo. Dios, allá voy”. Nadie se preguntaba lo que estaba pasando en el lugar. Era como si estuvieran acostumbrados a ese tipo de hechos. El marido de Dana regresó al amanecer y la encontró. La siguiente en enterarse fue la señora Billings, que "casualmente" pasaba por ahí justo en ese momento. Aunque Carol había abandonado las reuniones de las Esposas de Rocksville para "centrarse en su libro", no tuvo problemas para preguntarle lo que había sucedido. -Bueno, después de todo la pobre Dana… bueno, yo no es por cotillear ni nada… -se excusó Shirl Billings. -¡No, a dónde vamos a parar! -… pero ella era de salud débil. Según me han contado llevaba unos meses con cáncer. Se lo diagnosticaron y ella como si nada. También era tozuda, pero ha tenido una muerte horrible. Gracias a Dios que su madre falleció hace varios años, no sé lo que podría pensar de que su hija vaya al infierno. -¿Al infierno?

-Caroline, ¡por supuesto! ¿A quién se le ocurre morir de una forma tan… llamativa? Déjame que te cuente, –susurró al oído de Carol –pero el reverendo no piensa darle la bendición. Pero dejemos el tema. ¿Qué tal va tu libro? -Va viento en popa. -¿Es de Rocksville? Cuando escribas sobre mí cuenta sólo la verdad, pregúntame lo que quieras. No, no te preocupes. Rocksville sólo sirve de inspiración, me baso en el lugar y el modo de vida, aunque no dudo que Rocksville dé para una novela. Ellas hablaban en el porche, y mientras yo esperaba al otro lado de la ventana. Se despidieron y Carol entró con semblante aburrido. -No puedo más –dijo estirando las palabras. –¿Cuántas veces tendré que repetirles que no escribo sobre este pueblo? -Tonta, deja que sigan con la ilusión. ¿No dicen que es lo único que se pierde? -Ya… No sé lo que van a pensar cuando les diga que la novela va de un pueblo fantasma. ¿Me lapidarán en la plaza? -Por lo pronto yo no daría muchas ideas… jajaja. -Gracioso. -Lo sé. Y ahora, al lugar de reunión… voy a Bud’s, cariño, a ver qué me tienen preparado esta noche. No sabes la suerte que tienes de poder librarte de la vida social. -¡Pero si tienen que ser reuniones muy interesantes! La tumbé en el sofá y empecé a hacerle cosquillas. Se cansó de gritar rápido, y con la misma facilidad se enfadó. Cuando me iba por la puerta soltó una advertencia: -¡Ten cuidado con esa criatura que aúlla por las noches! ¡Recuerda que Rocksville es un pueblo fantasma y los monstruos vagan a sus anchas! Una tontería probablemente, pero en ese momento un escalofrío me acarició la coronilla.

Bud’s estaba más silencioso que de costumbre cuando entré esa noche. Había los mismos parroquianos de todas las noches, ni una mujer, ni un borracho, pero más de uno con las mejillas moradas. -Buenas noches. Me devolvieron el saludo con varios gestos vagos y algún que otro murmullo. Me adelanté y busqué un taburete vacío. -Hola, Ed, ¿qué te pongo? -Me parece que lo mismo de siempre. O si no, déjalo, ponme uno de tus licores mágicos. -Todo el mundo toma hoy algo distinto –comentó Buddy. –Se nota que las cosas están feas. -Es lógico, supongo. No pasan cosas de este estilo todos los días. El silencio recorrió la barra. En la radio sonaba una canción del maldito blues&rock. No es que fuera malo, pero la única música que podías oír en Rocksville era ésa o los himnos religiosos de Ondas Cristianas y La Sintonía Metodista. Los cassettes del coche estaban pasados de oírlos una y otra vez, y la voz de Elvis se transformaba en la de un teleñeco en las partes más dañadas. Nadie quería hablar. Nadie. Todos eran una piña hasta para elegir los temas sobre los que se podía hablar y los que no, y la muerte de Dana Neville pertenecía a los segundos. -Pobre chica –insistí. -Mañana llueve –sentenció el hombre más mayor del local, Gale Cerman, y nadie lo discutió. Entonces recordé otra cosa. -Vais a pensar que estoy loco, pero creo que por las noches se oyen gritos ahí fuera, en la calle o en el campo. Buddy rió y otros de sus clientes lo siguieron, pero no Gale Cerman. -¡Y tanto que se oyen voces! –afirmó Buddy. –Creíamos que no ibas a decir nada en tu vida. -¿Entonces no es algo mío? -No, señor. -No tiene gracia –intervino Gale. -Vamos, hombre, pero si es una historia de viejas –dijo Roy Lumley. -¿Alguien quiere contarme qué está pasando aquí? –pregunté.

-Bueno, las voces que se oyen son de una persona, no vayas a creer que son los aullidos de una fiera o algo así. Las personas son muy dadas a inventarse historias. Ésta es otra, por supuesto. -¡Cierra el pico! –gritó Gale. -Deja que la cuente el viejo, Roy. Tú apenas habías nacido, seguro que todavía manchabas los pantalones por las noches. De hecho, aún los manchas, jajajaja. -Esto pasó hace demasiado tiempo, pero nadie olvida –explicó Gale Cerman. –Hace cuarenta años Rocksville era un pueblo considerable, al menos triplicaba la población actual. En la casa de los Boone nació un pequeño. Era macho, y le pusieron Cal, como a su abuelo Caleb. Lo que en principio podría haber sido una alegría se convirtió en una tragecia cuando vieron que el bebé no tenía brazo derecho. Del hombro le nacía una protuberancia, como dos muñones finos y deformes. Claro, el padre lo rechazó desde el primer momento, pero la madre fue la única que lo quiso ver como una persona... normal. No era normal, lo sabía la madre, lo sabían sus compañeros de escuela y lo sabía él. Era un muchacho reservado, no tenía amistades ni confiaba en nadie. Nadie sabe lo que pasó cuando tenía diecisiete años, son todo especulaciones. Enloqueció. -¿Puede ser la misma persona de la que hablaba Ryan Rusk en mi instituto? –pregunté. -Oh, Dios bendito, los Rusk... Una tragedia, sí. -Reflexionó durante un momento, encendió un cigarrillo y lo volvió a apagar en el cenicero. -Lo estoy dejando... Bueno, todo está relacionado. Fue una masacre. Un día nos despertaron los gritos de toda una calle. Caleb Boone, el más viejo de la familia, estaba en el porche manchado de sangre. El interior de la casa era el mismísimo infierno. Encontraron a los padres del muchacho en el dormitorio, como si intentaran huir de algo o de alguien. Había sangre por todas partes, y una hoz en la entrada. Sangre... sangre y más sangre.También estaban los hermanos del Cal. Tommy en la cocina, aplastado por la puerta de un armario, y la pequeña Bettie hecha pedazos en la cuna. Sangre y más sangre... qué noche tuvo que ser aquella.

Los ojos del anciano estaban a punto de reventar dentro de las cuencas, o al menos el color amarillento surcado por capilares daba esa impresión. -¿Los mató él? -Todavía no ha acabado la historia. Ojalá pudiera decir que eso fue todo. Medio pueblo estaba en la casa, asaltando el jardín y la acera para enterarse de lo ocurrido cuando llegaron más gritos del otro lado, a la salida de Rocksville. Una pira de fuego rajó el cielo en dos. Todos sabíamos de dónde venía, de la gasolinera. Después de esa llama gigantesca, que fue como un aviso, llegó la explosión. Todo el abastecimiento de gasolina de Rocksville estaba en ese lugar, hazte una idea. La explosión se llevó las tres casas más próximas. Una de ellas era la de los Rusk. Ryan se libró porque no durmió allí esa noche, pero dos familias enteras cayeron. El pobre Edgar también sufrió lo suyo. -¿Quién es Edgar? -El propietario de la gasolinera. Después del incendio la restauraron, pero por acuerdo de todos los habitantes ha estado fuera de servicio desde entonces. Edgar enloqueció, dicen que es un borracho, pero pocos pueden comprender cómo su vida se vino abajo en cuestión de minutos. Si pasas por la gasolinera aún lo podrás ver barriendo y poniendo las cosas en orden, pero no suele acercarse al pueblo. ¿Te parece que esta historia sea para reírse? -No, por supuesto, pero aún no comprendo lo de los gritos. -Dicen que vieron a Cal Boone alejándose de la humareda. Su silueta desigual era inconfundible. Tenía quemaduras, pero no se le ha vuelto a ver el pelo por aquí. Unos dicen que se fue y que no volveremos a verlo, otros incluso cuentan que vive oculto en el sótano de su casa, pero la historia que cobra más fuerza es otra. Tras su desaparición y todo lo sucedido Rocksville empezó a consumirse, cada vez que llegaban visitantes contaban historias sobre apariciones en la carretera, muchos de ellos sufrían accidentes. Y los gritos, cada vez más frecuentes y desesperados. Yo digo que el que grita es Cal, que está loco y que no es recomendable alejarse del pueblo... -Ufff, es aterrador. ¿No lo han vuelto a ver?

-¿Si lo repito me creerás? Los otros hombres rieron. Bebí más licor sin dejar de pensar en esa historia, y Rocksville empezó a parecerme mucho más interesante a partir de esa noche. Tendría que investigar a fondo. Los Rusk, los Boone, Betty McCarsdan... ahora Dana Neville. Curiosa historia, sin duda. -Gracias por la historia. Creo que cuando llegue se la contaré a Carol, a ver qué tal le parece. Me da que le inspirará alguna idea. Y hablando de Carol, ya es hora de ir a casa, que mañana madrugo. Me despedí y respondieron con la misma desgana que cuando llegué. Abrí la puerta y entonces una voz me llamó la atención: -Ed, ¿qué dices? ¿Cara o cruz? -Cómo…? –pregunté. -¿Cara o cruz? Tú sólo responde, hombre. -Supongo que cruz, yo qué sé. Por cierto, me gustaría echarle un vistazo a unos papeles del ayuntamiento, pero no sé cómo encontrarlos, Jim, ¿me echarás una mano? -El viernes cuando nos veamos te cuento… ¡Por cierto, ¿has dicho cruz?! -Asentí y salí del bar en un silencio más impetuoso que el anterior y con una sensación de déjà-vu que me revolvió el estómago. Joder, qué rara era la gente de ese pueblo. Y lo peor era que llevaban razón, porque el cielo empezaba a encapotarse. Al día siguiente llovería.

La Parcela Siempre soñé con convertirme en un pájaro para así tener una panorámica amplia de todo lo que me rodea, elevarme por el cielo y vigilar cualquier acción cerca de mí. Los planos aéreos son mis preferidos en el cine, y el de un cementerio supongo que de los más hermosos que se puedan rodar. La Parcela, incluso aún más. Y nosotros, puntos entre las lápidas, nos veíamos como hormigas removiéndose nerviosas a causa del instinto y la tierra movida. Una brisa hizo el silencio. Bueno, se supone que en los cementerios ha de primar el silencio ante todo. La caja donde reposaba el cuerpo de Dana Neville se hundió poco a poco en la tierra. No había ningún juego de luces y sombras que pudiera embellecer el momento, todo era tristemente sombrío. Comenzaron a caer algunas gotas que dibujaban huellas en el suelo, el cielo estaba nublado, la gente iba de negro… Muy típico, sí. La Parcela era como cualquier otro cementerio salvo por ua excepción. Por lo visto los suicidios eran bastante habituales en Rocksville, por lo que el existía una verja que dividía en dos todo el camposanto. A un lado los suicidas, y al otro los demás. Los murmullos anteriores se debían a que el reverendo Steiner había accedido a oficiar el funeral y entierro de la difunta. No, no importaba que se hubiera suicidado, al final había optado por no complicar más las cosas. Las paladas de tierra cayeron poco a poco entre el sermón amenazante del pastor. Nadie dijo nada, sólo escuchamos en silencio cómo criticaba la actuación de Dana Neville. Cuando acabó hizo la señal de la cruz y se alejó rápidamente. Una de las manías de Carol era la de permanecer en un rincón observando cómo se vacía un cementerio tras el entierro. Se apoyó en un tronco manchado a salvo de la lluvia y dejó que todos se fueran como sombras insurgentes en busca de cualquier fin común. Carol se dedicaba a observar a las personas, captar rasgos, gestos, detalles para crear personajes. Siempre eran muy reales, no tenían por qué ser los típicos de imagen manida fácilmente identificables. Y esos personajes, simples sacos de huesos, fueron abandonando el camposanto hasta que junto a la lápida más reciente sólo quedaba una persona. -¿Ethan? –preguntó Carol.

Intenté retenerla por el hombro, pero fue imposible. Avanzó en silencio hasta situarse detrás del hombre. -Sólo quería decirte cuánto lo siento… No es justo que pasen estas cosas. Y sé que es muy típico decir esto, supongo que es lo que se dice. Dana… no hablé apenas con ella, pero parecía una mujer buena. –Ethan Neville no respondió, no se inmutó. –No hay gente buena, pero ella lo era. Ethan se levantó. Tenías las rodillas empapadas, y en el suelo quedaban dos pequeños charcos justo donde se había apoyado. Limpió la piedra con la manga de la camisa. -El Destino a veces es injusto con las personas buenas… -¿Qué…? ¿Qué… qué coño sabrás tú del Destino? ¿Quién eres tú para decirme nada de Dana cuando no la conocías? ¿Por qué… por… por qué todo el mundo cree que las cosas son iguales? ¡Nada, nada! Nada es igual, cada caso es distinto. ¡¡Mierda!! ¡Mierdaaaaaaaaaaaa! No, nadie sabe nada. No quiero… no… no me preguntes, no lo entenderías. Déjame de una vez. ¡Acaba tu puto libro y déjanos vivir en paz! Largaos de una vez. Sólo quiero que todo esto acabe… Ethan se alejó corriendo arrastrando las botas en el barro. Tenía el mismo aspecto que una adolescente indignada con el mundo, pero el patetismo no se dejaba intuir. Sólo había un daño tan intenso que sólo él lo comprendía. Me acerqué a Carol y la abracé por detrás. Estaba blanca y paralizada, llorando… La besé, la apreté contra mí y respiró profundamente. -Nadie me deja ayudar. -No era el momento, pequeña. -No es sólo él. Se guardan los problemas, todo marcha bien hasta que algo como esto sucede. El jueves hicieron dos meses desde la última vez que hablé con Amy. -Yo también echo de menos a mis amigos, pero te tengo a ti para hablar, sabes escuchar. Si algún día necesitas hablar con alguien sería conveniente que me lo pidas. Después de todo, para algo trabajo en el ayuntamiento. -Ya, bueno, no es tampoco tan urgente, pero no quiero romper del todo con mi vida. Sé que fui yo quien decidió quedarse en este sitio.

-Nos iremos cuando tú quieras o cuando acabes la novela. -Supongo… Oye, cuenta las lápidas en esta parte del cementerio y las del resto. La zona reservada a suicidas, donde estábamos nosotros, estaba verjada, pero destacaba demasiado. -Yo también lo he pensado, demasiadas muertes por voluntad propia, ¿no crees? -A lo mejor se debe al agua o al lugar. Mira, está decidido, a partir de ahora me dedicaré a mis cosas, a escribir, y no me entrometeré en las vidas de los demás. -Vámonos de aquí, se está haciendo tarde y quiero pasarme por el ayuntamiento, a ver si encuentro a Steve o a Barton. Barton era el agente de policía alcohólico. A partir de las 12 de la tarde era fácil encontrarlo, pero antes resultaba imposible. Tenía que preguntarle varias cosas… Cuando nos íbamos Carol leyó unas marcas sobre el barro, justo al lado de la tumba de Dana. -Eso lo ha escrito Ethan –anunció Carol. –Sólo dos palabras: azar y destino. La segunda está tachada… -Vamos. Y salimos de la Parcela, aunque no tardaríamos demasiado en volver.

Carol se quedó en casa esa mañana escribiendo. Tenía las ideas frescas y la mente triste, dos elementos imprescindibles para que ella escribiera algo bueno. Cuando he hablado con otros amigos escritores siempre me sorprenden los hábitos de cada uno, las manías. Yo me dirigí al ayuntamiento. Entré por la puerta blanca, como una nube rectangular entre la fachada azul, y llamé al alcalde. Me crucé con Barton en el pasillo. Tenía el uniforme arrugado, pero no parecía haberse percatado de ello. -Hola, Barton. -Ed. -Buscaba a Steve, ¿lo has visto?

-Sí, estaba en la Parcela, como todo el pueblo –respondió con toda la obviedad del mundo en su voz. -Ehmm… ya, Bart. Pero pregunto si lo has visto por aquí. -A lo mejor está ahí arriba en su despacho, o a lo mejor no. Yo también acabo de llegar. Necesitaba un café, y los de Bud harían resucitar a una mula. -Ya. Oye, Barton, creo que deberías pedir un bote de colirio en el ambulatorio antes de que pierdas la vista. Me echó una mirada recelosa y salió a la calle. Tenía todos los capilares a punto de reventar. Si quería hacer caso, cosa que dudaba, allá él, pero el que había estudiado medicina era yo. Al menos había tenido la dignidad de decirme que buscara arriba. El despacho de Stephen Morrison estaba cerrado. Llamé con el puño cerrado y escuché. Se oían las voces deformadas por la radio. El sonido se detuvo y la voz profunda de Morrison retumbó: -¡Adelante! -¡Hola, Steve! -Buenas, Ed. La radio seguía sonando y me vi obligado a alzar la voz. -¡Venia a ver unos papeles! –Si no había tenido bastante con el palabrerío de Steiner en la Parcela, ahora tenía que aguantar el sermón repetitivo de un predicador en la radio. -¿Podrías cortar eso un momento? -¡¿Cómo?! -¡La radio! –señalé a la vez que me llevaba la mano al oído. Giró la llave y las voces se callaron. Aún resonaba en el exterior alguna que otra gota restante de esa mañana, y el tintineo del teléfono cada vez que Morrison lo golpeaba con la pata de su sillón giratorio. Para ser el único teléfono del pueblo no lo cuidaban precisamente con cuidado. -Dime, Ed. Perdona, no sabía que estaba tan alta. -Bueno, venía por lo del acta de defunción de Dana Neville, creo que habría que dar parte y… -¡Ah! ¿Dar parte? -Sí, bueno… cuando muere una persona hay que…

-¡No, no te procupes por eso! Eso lo llevo yo personalmente, no hay por qué preocuparse, de verdad. -Lo decía por ahorrar trabajo. -Edward, creo que deberías limitarte a las funciones que se te han asignado, ¿de acuerdo? -Bueno, si estoy haciendo esto es porque quiero lo mejor para Rocksville. Hasta ahora la administración ha sido desastrosa. -No, tú no tienes ni idea de cómo era Rocksville antes de que yo viniera. ¿Te parece que aquí hay desorden o caos? Esto parecía la misma Boca del Infierno. -No estoy cuestionando tu trabajo, pero algo de orden en los archivos sería bueno para… De repente me detuve. Sí, algo de orden en los archivos sería bueno para un fácil acceso a información histórica de Rocksville. Todo lo que había pasado y pasaba en el lugar se encontraba en el ayuntamiento. El desorden no era algo casual, sino totalmente premeditado. -¿Bueno para qué? –preguntó Barton. -Bueno para todos, claro. Cualquier inspección podría sancionar a Rocksville. Si las cosas están bien, acabaremos agradeciéndolo. No quiero entrometerme, cierto, pero cada vez me siento más una pieza más de Rocksville. Este pueblo ya forma parte de mi vida, y de la de Carol. -No extralimites tu función. Es algo que nunca se ha perdonado en este pueblo. -Lección aprendida, no volverá a pasar.

Esa tarde estuve hablando con Carol sobre lo que había pasado en el ayuntamiento. Ambos estábamos de acuerdo en que la situación era tensa, pero también de que era urgente actuar. Podíamos dejar el pueblo o meternos de lleno en la mierda del lugar hasta que nos llegara al cuello. La idea de verme hundido hasta la barbilla en una ciénaga apestosa era cómica cuando menos, pero no soy estúpido. En ese momento sabía que la decisión era algo más seria de lo que en un momento había querido ver.

-¿Qué es Rocksville para ti? –pregunté a Carol. -Magnífica pregunta, la verdad. Desde el punto de vista formal, un pueblo casi abandonado y perdido en el interior del estado de Maine. A nivel literario o creativo, todo un filón de historias y situaciones. A nivel de mi imaginación, puede que no sea más que un experimento del gobierno contra nosotros, o que esto sea el infierno y a la vez nuestra penitencia por todas esas cosas malas que hemos hecho juntos –esto lo dijo entre risas -, o quién sabe, a lo mejor nos han abducido y esto es un planeta parecido a la Tierra, o un universo paralelo… Rocksville es muchas cosas, ¿y para ti? -Aparte de un gran saco de mierda, creo que podría convertirse en el sueño frustrado de una escritora con talento. -¿A qué viene eso? -Carol, nos conocemos desde hace… bufff, muchos años. Estamos de acuerdo en eso. Y si te conozco desde hace tanto tiempo, conozco tus reacciones, incluso puedo leer algo en tus actos, o espero que mis nociones de psicología valgan al menos para eso. Si te veo todo el día sonriendo, ocultas algo. Si ayer se colgó una chica de tu edad en la casa de al lado y cuando llego te encuentro feliz como nunca, tal vez intentes ocultar algo. Y algo aún más sencillo, si tienes los ojos hinchados de llorar, ha pasado algo gordo. -Sabes que lloro por cualquier tontería. La besé y volví a preguntar. -¿Qué ha sido? -La novela. Esta mañana fui a buscar pan. Allí estaban Maggie McRoy, Helen Lumley y Sissi Hazlett y me preguntaron sobre “el libro de Rocksville”. Sabes que todo el pueblo espera algo de mí, como si fuera a escribir la Historia de Rocksville por fascículos. Me he visto obligada a contarles que se trata de una novela de género. Les he explicado que trata de un pueblo fantasma en el que todos los habitantes están muertos, pero que no lo descubren hasta el final. -¿Qué pasa al final? Eso no me lo has contado. -Prefiero que lo leas… secreto profesional. -¿Y si… me lo dices al oído?

Se lo pensó por un momento, acercó sus labios a mi oreja y susurró unas palabras que sonaron como un hechizo. Era… sí, era muy escalofriante, macabro, pero genial por su dureza. -No me parece una idea estúpida ni mucho menos. Carol, éste va a ser tu mejor trabajo, ya lo verás. -Se han reído de mi historia. Por supuesto que no es verosímil, pero las historias de terror no pueden ser realistas. No tenía que haberme arriesgado con este género. -¿Sabes lo que pienso? Creo que tú no te vas a dejar acobardar por la opinión de unas paletas de pueblo que no han leído un libro en sus vidas. Y más aún, creo que lo primero que te vino a la cabeza cuando llegamos a Rocksville fue la idea de un pueblo fantasma.

Esa noche todo volvió a empezar. No se oían los aullidos perdiéndose en la lejanía, pero alguien gritó y sonó como una alarma para todo Rocksville. Recuerdo todo bastante borroso, sólo que Carol salió con una bata fina y yo con los pantalones del pijama al auxilio de los gritos. Toda la gente salía de sus casas en dirección a la Parcela. No es un cliché, qué va. Los cementerios por la noche son aterradores. Y más con la bruma flotando entre las lápidas. Y más con un cuerpo balanceándose en un árbol. Y más sabiendo que ese cuerpo pertenecía a Ethan Neville. Poco después nos enteramos de que los últimos en verlo con vida habíamos sido Carol y yo. Descanse en paz.

Si hubiera respuestas… Una vez más, huía de su pasado, fue la explicación del señor Williamson cuando le pregunté. Creo haber comentado que era el único medio de contacto de Rocksville con el resto del mundo, y la primera vez que lo vi fue justo la semana después del suicidio de Ethan. Yo estaba en el ayuntamiento y oí una furgoneta en la calle. Creía haber olvidado el sonido de un vehículo, pues desde que llegamos no había vuelto a ver ninguno en funcionamiento. -Buenos días –saludé. -Buenas tardes, diría yo. ¿Y tú eres…? -Disculpe, me llamo Edward Hannigan. Llevo viviendo en Rocksville dos meses, pero no suele venir mucha gente. ¿Usted es Williamson? -El mismo. Traigo algo de correo para el ayuntamiento, medicinas y varias revistas. ¿Dónde está Stephen Morrison? -Estará a punto de llegar, lo ha llamado su esposa para echarle un ojo a nosequé de una tubería, pero no se preocupe, yo también trabajo en el ayuntamiento. -Has sido rápido, muchacho. -Bueno, algo tenía que hacer. El desorden de la administración me ha ayudado a encontrar una ocupación… ¿Viene de muy lejos? -Vengo una vez al mes, hazte una idea. Aprovecho y me paso por los pueblos de la zona, claro que hay bastante distancia. ¿Y bien? ¿Ha pasado algo importante en Rocksville? Aparte de llover, claro. -¡Vaya, se ha dado cuenta! Llovió dos días seguidos, el jueves y el viernes. Pero el pueblo está algo hundido, una pareja joven murió también la semana pasada. -¡Oh, menuda tragedia! ¿Se puede saber quién…? -Ethan y Dana Neville. -¡Santo cielo! Y tan jóvenes, no hay justicia en este mundo. -Por eso mismo, todo el mundo está algo mal por aquí. Un día apareció ella ahorcada en su casa. Por lo visto estaba enferma y tal, cáncer, no había cura. La noche siguiente encontraron a Ethan también ahorcado en La Parcela… digo, en el cementerio. -¿Por qué diantres lo había llamdo así? –

Nadie se lo explica, lo de Ethan, digo, porque a lo mejor lo de su esposa fue un gran palo, pero era joven y fuerte. -A Ethan se le daba bien escapar del pasado, probablemente le pasaba lo mismo que la otra vez. Ya estuvo casado, pero su mujer murió y decidió huir del pueblo. -¿Antes de Dana hubo otra? -Sí, creo que se llama Andrea. Aunque no me hagas mucho caso. No tengo mucha información, sólo sé que murió, pero no me preguntes cómo. Ethan se fue de aquí pedaleando con una bicicleta vieja. A los pocos meses lo encontré en la carretera. -¿Por qué volvió? -Es de Rocksville. La sangre que corre por sus venas pertenece a este lugar, en el pueblo viven Andrea, Dana y ahora Ethan. La gente de Rocksville no se acostumbra fácilmente a vivir fuera de este entorno. ¿Tienes pensado quedarte mucho por aquí? -Hasta que mi novia lo decida. Pero nada, me toca esperar y ya está… la pena es que esto esté tan vacío, no he visto pasar ni un coche desde que estamos aquí. -¡Oh, sí que pasan coches! Lo malo es que muchos se quedan en el camino, supongo que ya te habrán contado. -¿Ataque en la carretera? Me parece que es la primera vez que oigo algo parecido. -¿No conoces la historia de Cal Boone? –preguntó con el entrecejo fruncido. -Ah, por supuesto, la del tipo del incendio… ¡al que le faltaba el brazo, sí! Pero nadie me dijo nada de ataques en la carretera. -A veces pasa gente por la carretera que lleva a Rocksville, pero se pierden en el camino. Estoy seguro de que ese loco los ataca llamando su atención como sea, pero es difícil de probar. Pasan pocos vehículos por esta zona. -Pero me tiene que explicar cómo es que no teme venir si esos ataques suceden de verdad. Cuando me lo contaron por primera vez sonaba demasiado a leyenda urbana, pero empiezo a creer que hay alguien peligroso por ahí.

-Ese hombre depende en gran parte de mí. En la furgoneta siempre llevo recados, bueno, no recados, lo llamaría soborno, tal vez. Yo acarreo bidones llenos de agua y algunas bolsas con comida, poca cosa, la verdad. Dejo eso a un lado de la carretera y sigo mi camino. Nunca he visto a ese tipo, y nunca me ha atacado porque la primera vez que hice mi recorrido venía advertido. Por eso todos los meses desde hace más de diez años dejo su pequeñó reparto y paso sin problemas. -Si no lo has visto, ¿cómo sabes que existe? -Cuando venía he dejado dos bidones de agua y cinco bolsas de plástico llenas de comida. Cuando vuelva, habrán desaparecido. A veces lo mejor es no hacer preguntas, ¿no crees…? ¡Steve! El alcalde venía en dirección a nosotros con media sonrisa en el rostro. Llevaba un cerco de sudor debajo de cada axila, pero andaba con paso rápido. -¡Pensaba que ya no venías este mes! Veo que has conocido a nuestro nuevo secretario. -Que por cierto –interrumpí yo –se tiene que ir ya. Encantado, espero que nos veamos más por aquí. -Todos los meses. Me despedí y los dejé dándose un apretón de manos. Si Williamson venía tan solo una vez al mes, tendría bastante que conversar con Steve. Esa era mi oportunidad de encontrar lo que tanto tiempo llevaba intentando encontrar. Entré en el ayuntamiento y subí por las escaleras. Barton no estaba en su puesto, pero había dejado la gorra y la placa encima de una silla, como diciendo: “Si te atreves a poner aquí tu puto culo saldrás echando leches en menos que digo ¡ya!”. Aunque debería de estar arriba, tampoco lo vi aparecer en esa planta. Fui derecho al despacho de Morrison. Claro, el alcalde guardaba todo lo que quería que no se tocara o que no saliera de Rocksville. La llave estaba echada, por supuesto, pero hacerme con unas llaves no había resultado difícil. Había dos copias, unas las llevaba él y otras estaban siempre encima de su escritorio, bajo el mismo montón de folios. Cogerlas no era problema alguno, y en una de mis visitas a su despacho, mientras bebía café y sintonizaba la radio, las guardé en el bolsillo.

Entré y cerré la puerta tras de mí. Todo estaba igual de desordenado que siempre. Yo tenía acceso a todos los archivos que se guardaban en el ayuntamiento, es decir, permiso para registrar cualquier armario o estante excepto los que se encontraban en esa habitación. Encima del escritorio no había nada relevante, por supuesto, pero un mueble de color rojizo detrás del sillón era más que sospechoso. Me agaché y lo abrí. Estaba lleno de carpetas gruesas, de papeles cuadriculados y libros de pastas gastadas. Miré uno por uno los rótulos de las carpetas. Todas tenían nombres como COMPRA, ALBARANES, DEMOGRAFÍA, COSECHA… demasiadas, y escritas a mano. La única que difería era una carpeta gruesa, con las hojas de pasta amarilla y de apariencia gastada. En la portada alguien habia escrito, con letras pequeñas y en la esquina inferior derecha, la palabra Rocksville. Saqué la carpeta y volví a cerrar el armario. Tenía toda la esperanza puesta en que eso fuera lo que buscaba; si no, me vería obligado a volver al despacho a hurtadillas. Cuando iba a salir oí pasos al otro lado de la puerta. Al poco, una silueta apareció tras el cristal. Solté la carpeta encima de la mesa y revolví los papeles del escritorio. Entonces abrieron la puerta. -¿Qué demonios haces aquí? Era Barton. Aún no se había puesto la gorra ni la placa, pero llevaba la porra en alto y los ojos entornados. -Pues qué pregunta, oye. ¡Trabajando! -Éste es el despacho de Steve, no el tuyo. Bordeé la mesa lentamente y me puse delante de él. -Ya, pero… -saqué las llaves del bolsillo y las agité delante de sus narices –resulta que Steve me ha prestado unas llaves para coger lo que necesito. Ahora tendría que preguntar de dónde vienes tú, ¿no? Se frotó los ojos y se dio la vuelta. Murmuró algo en voz baja, creí distinguir “…colirio…rojos…”, y se alejó por el pasillo. Acto seguido cogí de nuevo la carpeta, ordené un poco los papeles y dejé las llaves donde las había encontrado días antes. Tras cerrar la puerta giré el pomo hasta oír un clic, y fui directo a mi despacho.

Cuando abrí la carpeta supe que había dado con la clave de algo. Nombre, claves, fechas… y muchos años escribían la historia de ese algo en Rocksville. Carol estaba sentada a mi lado, en la mesa del dormitorio a la luz de una lámpara pequeña. -Ve al final –mandó Carol. –Estoy segura de que encontrarás los nombres de Ethan y Dana Neville. Pasé las páginas hasta llegar al centro, justo donde habían escrito por última vez. Efectivamente, ahí estaban los nombres de la pareja junto a las respectivas fechas de sus muertes. Dana Karen Neville Ethan David Neville 05-03-1996 06-03-1996

-Bien, ¿se supone que éstas son las actas de defunción que envió Morrison? -A ver, Carol, ¿qué quieres que te diga? Yo tampoco sabía nada de esto… A lo mejor es un libro donde anota los cambios demográficos de Rocksville. Me miró con cara de: “¿Me estás tomando el pelo?”. Cogió la carpeta y empezó a leer nombres y fechas. La mayoría de ellos nos resultaban desconocidos, a no ser que algún habitante de Rocksville tuviera un familiar fallecido. Ahí aparecían también los Rusk, los Boone y Betty McCarsdan. -¿Te has fijado en la disposición de las fechas? –preguntó Carol. -¿A qué te refieres? -Si te das cuenta, no ha habido nacimientos en mucho tiempo, sólo se apuntan muertes, y son de una regularidad bastante llamativa, ¿no crees? Mira, puede pasar un mes entero sin que muera nadie, dos meses, tres, pero no llega a cuatro nunca. Y si te fijas, la mayoría de las muertes se dan a principio de mes. -¡Sí!, y la mayoría cada dos meses… ¿pero por qué unos nombres están apuntados en un color y otros en otro distinto? La mayoría son negros al principio, pero van disminuyendo y cada vez hay más nombres escritos en rojo. -Pasa las páginas. Ve al principio.

Como era de esperar, al principio casi todo era negro. Nacimientos y muertes. El primer nombre en rojo era el de un hombre en 1956, y junto a él habían escrito el nombre de una ciudad, Derry. -Tienen que ser forasteros. ¡Vuelve al final! –apremió Carol. -Tranquila, tranquila. En la última página sólo aparecían los nombres de los Neville, pero en la anterior, justo al final, pudimos leer los nuestros, y al lado, Chicago. -Vaya, parece que no les ha dado tiempo a pasarlo a bolígrafo. Lo habían escrito a lápiz, probablemente a la espera de que se confirmara nuestra estancia en Rocksville. Esa carpeta era un registro no oficial de todo lo que se movía en el pueblo. -Cada vez me gusta menos todo esto –afirmó Carol. –Parece que quieran controlarnos, o que puedan. A veces me siento observada… y luego está la historia del loco ese. ¿Te la crees? -El repartidor no tenía pinta de ser muy bromista. -¿Quieres que nos vayamos? Ahora que lo pienso, la respuesta estaba bastante clara. A pesar de ello, cuando estábamos en esa casa, esa noche… o todas las noches, todo el tiempo, en cierto modo cada nueva incógnita era un aliciente para seguir en Rocksville. Hasta el momento no habíamos tenido ningún problema, sólo habían sucedido algunas cosas extrañas a nuestro alrededor, habíamos oído historias macabras… ¿Y eso último? Si lo mirábamos con una mirada fría no era más que una lista con nombres y fechas. Aparecían muertes, sí, pero también nacimientos, migraciones, lo normal. -Antes de hacer ninguna idiotez, miremos las cosas tal y como son. Yo estoy bien. ¿Tú estás bien? -Sí, algo nerviosa, pero bien –respondió. -Bueno, ese punto aclarado. ¿Hay algún motivo real para que nos vayamos esta misma noche sin decir ni pío? Negó con la cabeza. -Pues entonces perfecto. Lo que haré será echarle un vistazo a los partes de defunción del doctor Fisher, y si veo algo raro te lo contaré, ¿de acuerdo? Pero ahora sólo quiero irme a la cama, por favor…

Cerré la carpeta y me levanté. Carol se quedó sentada mientras yo me ponía el pijama. Me acosté y ella seguía leyendo los papeles, parecía realmente entregada. Recuerdo que me quedé dormido, y al rato noté sus pies fríos colarse entre mis piernas. Estaba desnuda. -Quiero respuestas –me susurró al oído. Y dejé que leyera todo mi cuerpo con sus manos, dejé que aspirara mis pensamientos, que lamiera mis temores, que arañara mi piel como si fueran a manar palabras de los poros… dejé que ella creara sus propias respuestas. Me dejé… Cuando despertamos el sol se colaba de par en par por la ventana. Carol llevaba tan sólo una camiseta. Le dije que tenía prisa, que ya nos veríamos, que el trabajo esperaba. Y ella se quedó en el suelo con la mirada perdida. Pensando…

For every action there’s a reaction ¿RECUERDAS CUANDO MIRÁBAMOS LAS ESTRELLAS? Era un extraño rótulo para un póster como ése en un lugar no menos extraño. Bueno, y en una situación no menos extraña. Al fin había llegado el día o la ocasión que tanto esperaba. Tenía vía libre para buscar todo lo que quisiera con la seguridad de que nadie me interrumpiría. ¿Cómo estaba tan seguro? Porque el pueblo estaba vacío. Bueno, no del todo, pero la única persona que quedaba allí era yo. Supongo que poca gente tiene la oportunidad de visitar un pueblo fantasma, y Rocksville se transformaba en ese ente cada vez que algún acto reunía a toda la gente. Si la muerte era buen reclamo para arrinconar a los vencinos en torno a la Parcela, la via también tenía buenos motivos. ¿Por qué reunirse para dar el adiós y no para festejar que la gente sigue adelante? Tampoco es que todos los días fueran así, pero cuando era el cumpleaños de alguien joven se hacía una fiesta y toda la gente lo festejaba. Se reservaba para el sábado habitualmente, puesto que el domingo era el día reservado a Dios. La fiesta tenía lugar a las afueras del pueblo, más allá de la gasolinera en una explanada junto a la gasolinera. Se llevaban las bebidas y comida, se colocaban tablas y patas de madera a modo de mesa y era día grande. También se aprovechaba la ocasión para celebrar los cumpleaños más próximos a la fecha. Yo opté desde el primer día por quedarme acabando con el papeleo. Soy de piñón fijo, y si trabajaba de lunes a sábado, de siete a una de tarde, cumplía mi horario, o al menos esa fue la excusa que utilicé para quedarme a solas. No me daban la misma confianza al principio que al final de mi estancia en Rocksville, así que durante las primeras celebraciones Barton se quedó haciendo guardia en su puesto, “por si surgían complicaciones”. Una vez enterados de que yo era poco más que inofensivo el pobre Barton, ya con la vista recuperada, se unió a las fiestas. Ese día eran las diez de la mañana cuando el pueblo se quedó vacío. Esperé media hora ordenando impresos en carpetas que no verían la luz una vez estuvieran en el armario correspondiente, y cuando estuve completamente seguro de mi libertad de actuación salí del ayuntamiento. El centro de salud estaba junto al colegio, tres calles antes de llegar a la

gasolinera. La puerta estaba abierta, puesto que no había drogadictos o nadie lo suficientemente lunático como para armarse con jeringuillas y bisturíes. Todos los edificios públicos estaban divididos de igual manera, con su parte anticuada y en desuso, y luego la parte restaurada. En el centro de salud esto era mucho más evidente, pues justo al entrar en el pasillo había dos opciones: puerta a la derecha o puerta a la izquierda. La de la derecha, cuyo cerrojo estaba bloqueado con una especie de corcho marrón, era, obviamente, la parte restringida. Los informes médicos tenían que estar allí, ya que a la izquierda sólo había una sala de espera, el despacho donde pasaban consulta y una pequeña sala por si había que llevar a cabo operaciones sencillas. No obstante, el centro de salud solía estar bastante muerto. La gente de Rocksville era poco propensa a enfermar; es más, lo extraño habría sido haber visto a alguien visitando al doctor. Saqué una navaja y arranqué el corcho con cuidado de recoger las astillas y restos que saltaban. La puerta cedió a la primera y di con una parte de las mismas dimensiones que su hermana simétrica; la única diferencia era que la sala de consulta estaba llena de muebles, estanterías y armarios en su mayoría, pegados a las paredes. En una pared estaba el póster. La imagen principal era la del universo plagado de estrellas, pero sobre salía una forma extraña con la silueta de un platillo. Abajo. En letras grandes y mayúsculas, se podía leer: “¿RECUERDAS CUANDO MIRÁBAMOS LAS ESTRELLAS?”, y justo al filo aparecía la inscripción: “Departamento de Estudios Paranormales”. Ya habían pasado veinte minutos. Abrí los cajones donde estaban los ficheros y archivos: carpetas y más carpetas con cientos de nombres distintos. En unos, los nombres aparecían tachados, y como pude comprobar se trataba de las personas muertas. Siguiendo la tradición de los escritores de la generación beat, Carol usaba rollos de papel que me parecían interminables y había utilizado un trozo para escribir la lista de personas fallecidas en Rocksville junto a las fechas para hacer comprobaciones. El libro ya estaba en el despacho del alcalde, por supuesto, pero los datos estaban en mi poder. Las carpetas de Dana y Ethan Neville aún no habían sido tachadas. Por otra parte, la mayoría de los fallecidos habían muerto a una edad

relativamente temprana. Por supuesto, había gente que debido a la edad y eso habían pasado a mejor vida, pero por lo general la cosa no era así. Empecé a coger carpetas de gente muerta. En todas aparecía una foto en blanco y negro unida con un clip, y un puñado de informes médicos, la vida clínica de cada paciente. Pensé en llevarme algunos de los informes para estudiarlos en mi casa, pero el riesgo aumentaba. Esa puerta estaba sellada antes de que yo entrara, de modo que si me encontraran entrando y saliendo estaría en un aprieto serio. Por eso me tomé mi tiempo, me senté en una silla y tomé conclusiones. Anoté enfermedades, causas de la muerte, fechas… y parecía que a cada momento encontraba datos más interesantes. Sabía, por ejemplo, que la única persona diabética era Barton, pero el muy animal no dejaba la bebida ni por esas. Sí, era una información muy suculenta, tanto que cuando quise darme cuenta habían pasado cerca de dos horas. Tenía que dejarlo todo como estaba, salir y regresar a mi despacho en el ayuntamiento antes de que fuera la una, por lo que tenía un cuarto de hora, y volver a ordenar las carpetas por orden alfabético supondría bastante más. Coloqué las primeras de modo que el desorden no fuera tan evidente y salí a la calle tras cerrar la puerta. La sensación de ver la calle principal vacía era sobrecogedora. Vale que Rocksville es un pueblo pequeño, pero de ahí a tener la apariencia fantasma que tenía en ese momento hay bastante diferencia. Me dirigía al ayuntamiento cuando oí algo a lo lejos. Parecía una pila de objetos metálicos cayendo al suelo. No había nadie, estaba seguro, todos estaban reunidos a las afueras. Incluso se podía percibir cierto barullo procedente de la fiesta de cumpleaños. Estaba a diez metros del ayuntamiento cuando lo vi. En el momento inicial no pude distinguir qué era eso. La silueta me había parecido humana, pero había algo que no me cuadraba: el ruido parecido a un gruñido, cierta asimetría, la velocidad con la que había pasado ante mis ojos. Algo había entrado en el ayuntamiento, o alguien… no lo sabía, era tan extraño… Avancé casi arrastrando los pies, pero me detuve en seco. ¿Y si alguien me había visto entrar en el centro de salud? ¿Y si algún vecino pretendía esperar para contárselo a los demás? ¿Y si…? Demasiadas hipótesis.

-A la mierda… Caminé hasta llegar a la puerta. Me esperaba en el recibidor. Creo que por un momento lo único que deseé fue desmayarme y despertar de nuevo en un lugar tranquilo y vacío. Despertar junto a Carol. Pero eso de ahí era humano, o al menos lo poco que quedaba de humanidad era innegable. Era un tipo alto y muy moreno, con el torso al descubierto como si el sol lo hubiera tostado durante mucho tiempo. Pero no era normal, no podía serlo. Lo primero que me vino en mente fue la palabra Chernobil. De un hombro le nacía un muñón pequeño, arrugado y deforme, y las zonas de la piel en las que no se veía el moreno estaban recubiertas por una capa brillante, casi plástica, esa textura que sólo da el fuego. -Yo… yo sé quién e…eres –afirmé, pero después me sentí como un auténtico gilipollas. ¿Qué mierda le importaba a él que yo supiera de quién se trataba? –Cal Boone. Estiró su brazo sano y se quitó el sudor de la cara deforme. Se oyó un leve rugido, como el bufido de un gato, pero más ronco. -Caleb Boone. El alarido me heló la sangre. Demasiadas noches temiéndolo en la seguridad de la casa y de la vecindad como para afrontarlo yo solo. Empecé a correr deshaciendo el camino. Cuando iba por el centro médico me dolía tanto el pecho que tuve que parar, aproveché para mirar, y a la vez me callé. Sin darme cuenta había empezado a gritar al oír el aullido de Cal. Él también se había detenido y buscaba algo en el suelo. Cuando se levantó tenía los puños llenos de piedras. Volví a correr otra vez, con más fuerzas si cabe que antes. Oí una piedra rozar mi cabeza. Después llegaron los impactos. La que chocó con la suela del zapato no me dolió, pero me desestabilizó un poco y perdí la velocidad suficiente para que la siguiente me diera de lleno en la oreja izquierda. Aunque sentía la sangre tibia manar por mi cara no quise parar. La última piedra me alcanzó justo detrás del muslo izquierdo y tropecé, llevándome las manos por delante. Gateé hasta volver a levantarme entre saltos y tropiezos, pero en cierto modo sabía que estaba a salvo. El loco no me seguía, no había ruidos, no había piedras… nada. Sólo yo, asustado, apestando a sudor, lágrimas y sangre oxidada. Pasé la gasolinera, reluciente

como siempre, y divisé las pancartas de felicitaciones, globos colgados y una pequeña tarima para los discursos apropiados. Los niños fueron los primeros en verme, y los que menos impresionados quedaron. Me reconocieron a la primera a pesar de que no se explicaban por qué venía con ese aspecto. La noticia corrió entre las mesas convirtiéndose en gritos y cuchicheos. Carol gritó con todas sus fuerzas cuando me vio y se tiró de rodillas junto a mí. Poco después empezó a llorar abrazada a mí. Fue entonces cuando me desplomé y me dejé llorar de miedo en su hombro. ¿Y si me hubiera cogido? ¿Y si Carol se quedara sola? ¿Y si…?

Consecuencias -Aura es una mujer extraña. -¿Acaso te extraña siendo la enfermera de Rocksville? Aquella mañana hacía frío. Llegué cuando los vecinos más madrugadores salían a la calle. Carol me acompañaba en silencio. Entramos en la casa y echamos el cerrojo. -No me vuelvas a hacer algo así –dijo tras cerrar la puerta, y se encerró en el cuarto de baño. -¡Oye! Venga, Carol… abre la puerta. -¿Tenías que quedarte a mirar esa mierda de papeles? ¿Qué más te da lo que haya pasado en este lugar. Ya queda poco para irnos, no quiero que ahora desaparezcas como si nada. ¿Qué iba a ser de mí? -Estás exagerando. Era más necesario de lo que crees. -¿Por qué eres tan cabezón? Deja las cosas pasar como todo el mundo. ¿Acaso te crees más especial? Me callé esperando que se calmara. -Encima egocéntrico. No eres el Edward al que conocí, ni siquiera te aproximas al que fue a buscarme una mañana en su coche para llevarme con él. -¡Pues claro que no! Vamos, Carol, no me querrás convencer a estas alturas de que siempre seremos iguales. ¿Tanto temes los cambios? ¿Tanto te desespera ver que no soy joven o alocado? ¿Tanto…? Bah, déjalo, todo el mundo está empeñado en que no cambiemos, pero asume que tú también has cambiado, que la vida o el tiempo o este puto pueblo te ha hecho… -¿Qué me ha hecho? -Frígida, plana, lineal, previsible, como si todas las circunstancias te mecieran a su antojo y fueras un simple bote, y cualquier día naufragarás, y a lo mejor no habrá nadie para ayudarte. Ahora abre la puerta, por favor. Carol salió, me miró a los ojos y se dejó caer en el sofá. Se acurrucó en silencio mirando a la ventana. Me alejé hacia el dormitorio con la pierna trastabillando. -¿Sabes una cosa? –dijo con voz serena. –No soy tan plana como ves, a lo mejor tengo tantos matices que tú no los aprecias.

Esa fue la discusión más dura de toda nuestra relación. Hubo otras más sonoras, aparatosas, pero no tan sinceras. Y ninguna otra nos sirvió para descubrir que éramos auténticos desconocidos. Nunca nos pedimos perdón, nunca escribimos el punto y final de ese enfrentamiento, nunca quedó zanjado lo dicho. Después de eso los descubrimientos en el centro de salud me parecían simples datos, papeles con nombres, enfermedades y más fechas, y no tenía a nadie con quien compartirlos. El único interés mostrado por la gente se dio cuando me llevaron al ambulatorio para curar las heridas. Vieron la puerta abierta donde debía de estar el corcho que restringía la entrada. Preguntaron y les expliqué que Cal Boone me había visto al pasar por delante en dirección a la fiesta. -¿Qué estaría buscando? –se preguntaban. -No sé, puede que medicamentos –respondí. -Todos sabemos que eso se puede encontrar en mi consulta, no hay que abrir el ala antigua del edificio. Ahí no hay nada de valor, sólo papeles y muebles viejos –alegó el doctor. –Pero déjalo, Edward, demos gracias a Dios por que no te haya pasado nada peor. Con unos puntos estará todo arreglado, aunque no deberías de hacer mucho ejercicio con esta pierna. El músculo no está desgarrado, pero es mejor no correr el riesgo. Y después de eso, nada. Podía presumir de haberme quedado solo en Rocksville. Si antes apenas tenía relación con los vecinos, las pocas lluvias habían hecho germinar las plantaciones de maíz a las afueras y si alguien no tenía nada que hacer se dedicaba de lleno al campo. Los depósitos de agua menguaban cubo a cubo, pero la gente seguía trabajando. Recordaban, en cierto modo, a una hilera de hormigas que no desistían de su empeño. Yo tenía demasiado tiempo libre con el reposo. En lugar de aprovechar para mejorar las cosas, la situación… No sé, a veces las cosas se joden de muchas formas, se quiebran por todas partes y no hay arreglo posible. Siempre deseamos dar marcha atrás y empezar sabiendo unos detalles mínimos para no volver a cagarla. La única pega es que no vivimos de deseos. Los deseos son una especie de morfina para el alma, un intento de apaciguar nuestra sensación de culpa. Ahora vivo continuamente drogado, bañado en deseos.

Pero las consecuencias no son reversibles, ésa es otra cosa que se aprende con el tiempo. Si los descubrimientos que estaba haciendo eran de tal magnitud, lo lógico hubiera sido haberlos compartido con alguien. ¿Con quién? Sabía cosas, cosas importantes. Sabía que varios bebés habían muerto a los días de nacer de muerte súbita, pero que a su vez esos recién nacidos sufrían otras enfermedades como síndrome de Down, afecciones cardíacas, casos mínimos que con el tiempo pueden llegar a tratarse y con los que la gente está acostumbrada a convivir. No, un cromosoma defectuoso no provoca muerte súbita porque sí. Sabía también que todas las muertes jóvenes, en cuya causa aparecía la palabra SUICIDIO escrita con una vieja máquina de escribir, estaban ligadas a otras enfermedades: cáncer, malformaciones, incluso una leve alergia; personas que estando aquejadas de cualquier dolencia morían a causa de suicidio o, en su defecto, accidentes domésticos y laborales. Y sabía, cómo no, que los certificados de defunción de la mayoría de esas personas permanecían escondidos junto con el resto de documentos. La pregunta era bien simple: ¿cuántas personas en Rocksville estaban al corriente de la situación? ¿Y por qué las muertes se producían con una periodicidad tan perfecta? ¿Y qué era la vida? ¿Y qué era la muerte? ¿Y por qué Rocksville olía de esa manera? ¿Y por qué me hacía y me sigo haciendo tantas preguntas para las que no encuentro respuesta?

Shirley Billings tenía otras ocupaciones aparte de las Esposas de Rocksville y la “prensa local”. Me extrañó cuando una mañana me paró camino del ayuntamiento. -¡Ed! Espera un momento, tengo que hablar contigo. -Buenos días, Shirley, ¿madrugando? -Como todos los días. En cuanto sale el sol es casi imposible trabajar en los maizales, y como dicen, a quien madruga, Dios le ayuda. -Espero que estés en lo cierto.

-¡Qué gracioso eres, Ed! –¿Acaso me estaba tirando los tejos? –Venía a hablarte de Carol. Sabemos que no falta mucho para su cumpleaños, menos de dos meses, si no me equivoco. -Así es, dos meses. -Modestia aparte, yo soy la encargada de organizar las fiestas en el pueblo. He hablado con otros vecinos del pueblo y todos estamos de acuerdo en que la celebración del cumpleaños de Carol tiene que ser algo grande. -Oh, gracias por la molestia. -No, no es nada. Ella está escribiendo su novela y queremos agradecérselo de todo corazón, aunque siga diciendo que es una historia de fantasmas. Qué cosas… -¿Yo tengo que hacer algo? Si hay que colaborar, dímelo y me pondré a ello. -Procura que no se entere de nada y ya está, el comité de preparativos se encargará de todo. Lo estoy viendo… Bueno, creo que no te entretengo más. -Gracias, Shirley, para lo que sea, dímelo. -Adiós. No sabía qué esperaba Shirley de mí, pero tampoco tenía que esforzarme mucho. Carol no salía de casa, escribía casi a todas horas, como si una fiebre creativa la hubiera atrapado. Mientras tanto, los vecinos de Rocksville se reunieron una noche para hablar de la cosecha. Estuve en esa reunión hasta que cambiaron de tema, el cumpleaños de Carol. Entonces me dejaron libre. Y en casa los días volaban y el frío empezaba a alejarse. No éramos una pareja, pero al menos hablábamos. Pasó una semana, dos, un mes… El calor y la sequía estaban haciendo estragos y toda la cosecha peligraba. Yo necesitaba una sola escapada al ayuntamiento para mirar las cosas con tranquilidad. Al fin pasaron dos meses. El cumpleaños de Carol. A veces las cosas suceden de un modo tan casual que parece premeditado: una novela recién acabada, ganas de salir, una oportunidad de investigar… y lo demás. Un día.

Feliz cumpleaños, pequeña -Buenos días. Felicidades. La besé. -Gracias. Veinticinco años, no me lo creo. Ya se ven los treinta a lo lejos. -No es tan malo, al final te acostumbras. Además, eso te proporciona la ventaja de parecer más interesante. -Edward, tengo veinticinco años y no he hecho nada destacable en toda mi vida. No pido chorradas como interpretar a Julieta en la obra del colegio, ser elegida reina en el baile de graduación o ser la mandamás de las animadoras. La gente con esas aspiraciones es estúpida, sus vidas tienen que estar muy vacías. -Tú escribes, cuentas historias que de otro modo no podría conocer. Eso es una aportación importante. -Nada trascendente. -Bueno, me estás dando motivos para sufrir una crisis existencial. Te quejas por eso y no te das cuenta de que yo soy mayor y he hecho menos aún, a mí me lo han dado todo hecho. -La culpa la tienen los triunfadores. Si fueran algo más mediocres no tendríamos que compararnos con ellos ni optar por conversaciones de autoanálisis y halago recíproco. ¿No ves? Eso es lo que estoy haciendo ahora mismo, pero me gustaría saber que Capote o Arthur Miller no eran conscientes de su brillantez. -Tienes mucho tiempo por delante. -¿Ya has acabado de leer la novela? -Hace dos noches. Es lo mejor que has escrito en tu vida, te lo publicarán en cualquier sitio. ¿Sabes lo que me pasó cuando acabé de leerla? Me quedé sentado en el porche y oscureció. No podía levantarme de la silla ni para encender la luz. No había nada en la calle, ni gritos, ni luces, ni gente, sólo tu historia en mi cabeza. La protagonista es muy como tú. -¿A qué te refieres?

-Es inteligente y fuerte, no importa que viva con los ojos velados y de repente se dé un golpe en los dientes. Me asustó que pudiera haber gente como ella, pero a la vez la entendía. -Edward, esto se acaba. Quiero irme de aquí. -Ya lo sabes, sólo dímelo y nos iremos. -Creo que la semana que viene, pero no quiero levantar demasiado la voz, no quiero despedidas. Una mañana madrugaremos y dejaremos el pueblo. -Estoy de acuerdo contigo. –Me giré en la cama y me quedé mirándola a los ojos, los suyos a la altura de los míos, estudiándonos. -¿Me dejas que te haga una batería de preguntas? No se cumplen veinticinco años todos los días. -Hace mucho desde la última vez, empieza –respondió mordiéndose el labio. -¿Te gusta Rocksville? -Me alegro de haber venido aquí, es muy inspirador. Es un lugar que gira en sentido contrario al del resto del mundo. No hay personas, todos están hechos unos personajes de cuidado, y pasan cosas demasiado extrañas pero a la vez únicas. No querría volver jamás, pero me alegro de haber llegado. -¿Echas de menos muchas cosas? -Echo de menos ir al cine, la tele, el helado de chocolate, ir a bañarme a un lago y salir de este páramo desierto. Sí, echo de menos la lluvia, pero no tanto como a Amy y al resto de mis amigos. Bueno, y a mis padres, a mi familia… siempre pensé que iba a celebrar mi veinticinco cumpleaños con ellos. -¿Crees que has sacrificado demasiadas cosas por mí? -Esa pregunta es dura y difícil de responder… No he sacrificado nada que no haya querido sacrificar, y nadie me ha obligado a nada. Es cuestión de sopesar. Lo malo de las relaciones de pareja es que cambian tu vida social y la de los que te rodean, pero siempre ha sido así, es inevitable. Tú no eres acaparador, Ed, si he querido estar contigo lo he hecho, y punto. -Si tuvieras que pedir un deseo ahora mismo, ¿qué desearías? -Pues como no quiero ser egoísta, a lo mejor pediría que lloviera aquí como regalo de despedida. Habrá mucho indeseable suelto por aquí, pero un poco de agua no les haría mal.

-Ahí va una de las grandes. ¿Eres feliz? Me miró en silencio, un silencio largo. -Puedo ser tan feliz como tú en este momento. Golpe bajo y gran respuesta. ¿Que si yo era feliz? Creo que salta a la vista que no, pero todo ello debido a una mezcla de circunstancias. -Muy bien, buena respuesta. Una última pregunta y te dejo en paz. Carol, ¿todavía me quieres? Un silencio no largo, sino eterno. -No, ahora mismo no. Nos levantamos, hicimos la cama, desayunamos, nos duchamos y vestimos. Entonces llegaron ellos, los vecinos de Rocksville, con sus carteles, gritos y algarabía. Carol sabía que yo no iba a ir con ellos, no aún, pero incluso sabiéndolo sintió cierta decepción. No me reprochó nada ni le importó que me quedara solo en el pueblo, a nadie le importó. Después de todo, no era la primera vez y tenían a la protagonista de la fiesta. Me despidió con un gesto vago y se fue con ellos. Se la llevaron.

No habían pasado ni cinco minutos de reloj cuando ya llegué al ayuntamiento. Ellos tenían planes para Carol, pero no eran los únicos. Por mi cuenta había estado tratando de encontrar algo con lo que alegrarla, pero antes tenía otro asunto entre manos. No tenía miedo a quedarme de nuevo solo, ya que Cal Boone no se volvería a jugar el cuello sabiendo que podía haber alguien en Rocksville. Esta vez la certeza de que el lugar estaba tan vacío como cuando llegamos por primera vez era irrebatible; incluso más, ahora no estaba ni Carol conmigo. Entré oficina por oficina mirando por si había más armarios como el del despacho del alcalde Morrison. Buscaba los documentos más recientes referentes a subvenciones o cualquier tipo de correspondencia oficial como la que recibe cualquier ayuntamiento. Por lo demás, había investigado cuanto había, pero siempre eran papeles viejos a excepción de los que Stephen Morrison había actualizado a mano. Había trabajado con papeles anteriores al año 1985, preparando informes y clasificando por categorías. De vez en cuando llegaba el alcalde o un

encargado y me dejaba varias carpetas más con años mezclados entre folletos de propaganda, documentos oficiales y correspondencia extraviada. Llevaba tiempo aconsejando a Morrison para que contratara a alguien cualificado y continuara mi trabajo cuando me fuera, pero siempre me daba largas. Por lo visto eso era algo que no le preocupaba lo más mínimo. Las carpetas que me traían se acumulaban encima de una estantería en la recepción del ayuntamiento, aunque cada vez estaba más seguro de que Morrison guardaba otra gran cantidad en su casa, puesto que la torre de ficheros no menguaba. Para coger esas carpetas necesitaba una silla. Bajé las correspondientes a 1990, 1991, 1992, 1993 y 1994, la más reciente. Decidí subirlas al despacho del alcalde, ya que en la planta baja no podría ni guardarlas a tiempo en caso de que alguien viniera buscándome. Tenía la llave guardada, así que me colé y lo solté todo encima de la mesa. Abrí la de 1994, la menos pesada. Dentro sólo había folios en blanco. Pasé las páginas vacías, pero no eran más que hojas que empezaban a amarillear. Cogí la carpeta siguiente, 1993, y descubrí más de lo mismo, otro año inexistente. Bueno, tan inexistente como los demás, en los que había montonos más gruesos de folios en blanco. Tal vez por eso prescindían de un administrador. Supuse que de 1995 y 1996 no se habrían tomado ni la molestia de hacer nuevas carpetas, pero en algún año acabarían de archivar documentos… Volví a bajar y a mirar entre las carpetas. Las tiré al suelo y las abrí. Nada en 1989 ni en 1988, pero sí en 1987. Una subvención fechada el 9 de agosto de dicho año era el último documento que había guardado. Aparte de eso había otros documentos que testimoniaban más subvenciones, algún que otro certificado de defunción o emigración y un acta del censo. Según ese documento arrugado, en mayo de 1987 sólo quedaban 20 habitantes en Rocksville, la mayor parte viejos. Subí con esa carpeta al despacho del alcalde y abrí el armario con su particular censo. En su libreta los datos no coincidían, ya que en 1987 vivían casi 380 personas. Miré en la última página para comprobar que los nombres de Carol y el mío ya no aparecían como una simple anécdota a lápiz, sino que éramos otros más. Rocksville nos sentía plenamente integrados. Sólo había una explicación factible: desde el ayuntamiento se

habían falsificado los datos para que pareciera que el pueblo menguaba paulatinamente. Oficialmente Rocksville era un pueblo fantasma. Lo que se te pasa por la mente cuando descubres que llevas viviendo medio año en un pueblo abandonado es una sensación peculiar. Es extraño y a la vez excitante, pero algo aterrador. No aterrador en el sentido de que dé miedo, sino en el aspecto de que nadie nos hubiero dicho nada. A mí no me habría importado, pero los vecinos de Rocksville eran muy dados a ocultar información. Un motivo adicional para no despedirnos en nuestra pronta partida. Habría sido fácil enfadarme y correr en ese momento para contarle las cuarenta a todos los vecinos, pero también era consciente de que una persona muy especial celebrada su también muy especial día. Esa vez no me paré a ordenar nada, en todo caso la explicación me la debían ellos a mí. Saqué de un bolsillo la agenda de Carol y busqué el número de Amy, su mejor amiga. Ésa sería mi sorpresa, una llamada tras seis meses de distancia. Descolgué el único teléfono de Rocksville y esperé: no había línea. Comprobé que el cable estaba conectado, pero aún así no se oía ni un tono. Marqué y no hubo respuesta. Vale que hubiera estado viviendo durante seis meses en un pueblo abandonado, pero la idea de la incomunicación era angustiosa. Corrí del ayuntamiento hasta mi casa y fui al garaje con un mal presentimiento. Las llaves seguían puestas. Intenté arrancar, pero un sonido ronco me dijo que ya era bastante y una luz en el cuadro de mandos me indicó que el depósito de gasolina estaba vacío. Alguien había estado jugando con el viejo Buick BlueStar a mis espaldas. ¿Cuánto llevaba sin comprobar si todo marchaba bien? Salí del garaje como alma que lleva el diablo. Pasé el colegio y el ambulatorio, pasé la gasolinera abandonada y vislumbré los primeros carteles de felicitación. Corrí tragando polvo y queriendo llegar ya, un poco antes, ahora mismo… -¡Carol! ¡Carol! ¡Carol! –grité a todo pulmón. Y cuando llegué ella me estaba esperando tendida en el suelo, muerta como sólo se adivina tras la primera impresión. Se había marchado sin decir ni un adiós.

Sin decir ni un te quiero.

Si llueve… La muerte de la persona más importante de tu vida es algo que marca. Carol era joven y nunca habría esperado lo que le pasó. En ese momento no piensas, no eres tú. Te dejas llevar por el instinto hasta el punto de que realmente no recuerdo muy bien lo que pasó aquella tarde. Supongo que insulté, grité y lloré como lo habría hecho cualquiera en mi lugar, pero esos son actos reflejos. Intenté abalanzarme sobre ella para cubrirla con mi cuerpo y protegerla. No quería que nadie la tocara. En pleno salto me atraparon varios brazos que sujetaron con fuerza. Nadie ha sentido la impotencia como yo, el tenerla tan cerca y no poderla tocar… el saber que estaba a menos de un metro, que su sangre llegaba hasta mis rodillas como una prolongación indigna de lo que había sido esa joven vital. Después me amordazaron. Intenté imaginar la escena, con ella en el centro de la mesa soplando las velas de la tarta a la vez que pedía como deseo que lloviera en Rocksville. Después repartió la tarta, y antes de que se acabara su trozo cayó desplomada. Tenía nata en los labios y el cráneo machacado por encima de la nuca. No obstante, por muy brusco que fuera el golpe habrían existido unos segundos de plena consciencia y sorpresa. La habían matado como a un animal, con un garrote, crujido de huesos, sangre salpicando… Y sola. Lo más desconsolador puede que fuera eso. Yo había hablado con Carol muchas veces de la muerte, de lo que significaba para cada uno. Decía que si le dieran a elegir cómo morir, escogería la muerte más rápida o la más dulce. O de varios tiros en la cabeza, o en una bañera dejando que la sangre fluyera hasta caer inconsciente. Nunca le tuvimos miedo a la muerte, ni siquiera nos dio tiempo a ello. Me dejaron en el suelo mientras recogían en silencio. Varios hombres cargaron con el cadáver y después emprendimos la procesión hasta la Parcela. Todo estaba planeado al mínimo detalle. El reverendo Steiner iba justo a mis espaldas empujando con un bastón para que avanzara. El silencio de los vecinos no demostraba arrepentimiento o pena. Era algo más, una especie de resignación por un acto malvado que había perpetuado la tradición para que

Rocksville tirara. Pero yo necesitaba respuestas y disculpas, cosas ambas que no me harían recobrar mi forma de ser, mi vida entera, mi yo. Llegamos al cementerio y entramos en la parte en la que estaba enterrada la gente “normal”, aquellos que no se habían sucidado. Ya tenía un foso cavado. El enterrador acabó el trabajo mientras los demás vecinos se iban acercando con paraguas y abrigos gruesos. Creo que pasé varias horas de rodillas ante la que sería la tumba de Carol. No me desataron las manos ni me quitaron la mordaza de la boca. Cuando Bud y otros hombres entraron con un ataúd de madera sobre los hombros intenté levantarme, pero me volvieron a empujar. Ya estaba oscureciendo, claro que las nubes que empezaban a cubrir el cielo incrementaban la sensación. Steiner se acercó y me arrancó la mordaza. -Ahora te rogaría que guardaras silencio, Ed. Ésta es una despedida importante. -¡Hijo de…! –grité, pero me volvió a llenar la boca de trapos y me agarraron contra el suelo. Deslizaron la caja en la tierra y empecé a llorar. No me dejaban ni gritar, no me dejaban tocar la caja o ver por última vez a Carol. Steiner comenzó con su sermón pseudorreligioso alabando a su Dios y ofreciéndole a mi pequeña en mi nombre. Era imposible intervenir. El enterrador dio la primera palada y la tierra seca hizo un eco eterno sobre la madera. Justo entonces cayeron las primeras gotas. El deseo de Carol Con cada puñado de tierra la lluvia iba en aumento. Poco a poco se formó barro, pero nadie se mojó; habían llevado sus paraguas. No sé cuánto tiempo se tarda en llenar todo un nicho, sólo que al principio podía llorar y me ahogaba, pero con el tiempo me cansé, se me acabaron las lágrimas y las ganas de luchar. Los vecinos se alejaron de la Parcela con cuentagotas hasta que quedamos Steiner y yo. Me volvió a quitar la mordaza, pero no quise mirarlo a la cara. Avancé de rodillas hasta situarme sobre la tierra movida, y entonces me derribé a lo largo de la tumba como si fuera una cama. El barro corría por mi cara y mi cuerpo, pero no podía dejarla. Steiner no cambió de posición; yo tampoco. Pasaron las horas… -Me la habéis matado –musité.

-Edward, sabes que no es nada personal, pero te dimos a escoger. Elegiste cruz, elegiste a Caroline. Eso me sentó como si me hubieran obligado a tragar una madeja de alambre de espino. ¿Todo era una especie de juego? -¡Elijo cara, ahora elijo cara, elijo cara, estúpido asesino! Sabes que hubiera dado mi vida por ella, no tienes derecho a culparme. Habéis jugado con nosotros, desde el primer día sabíais lo que iba a pasar… -Seré un estúpido, pero el único asesino eres tú, Edward, y es algo que nunca podrás olvidar. Ni por un momento del resto de tu vida olvidarás que elejiste cruz. Me levante. Me levanté y corrí sin dar ocasión al reverendo. Salí del cementerio y me alejé de la carretera hacia el campo de maíz que rodeaba Rocksville. La voz de Steiner retumbó en la noche pidiendo auxilio, y en pocos minutos ya se advertían algunas linternas a lo lejos. No tardaron en aparecer las antorchas al más puro estilo de la persecución del nuevo Prometeo, lo que indicaba a su vez que la lluvia remitía o que no era tan intensa como en el cementerio. Me detuve a respirar. Las voces no eran tan lejanas como me hubiera gustado y me dolían los brazos atados a la espalda. Un ruido me heló la sangre, ese gruñido que nos había acompañado durante mucho tiempo. Los alaridos de Cal Boone eran inconfundibles. Me adentré aún más en el maizal húmedo. De vez en cuando caía sobre el barro y me volvía a levantar impulsándome con las piernas y abriéndome paso con los hombros y la cabeza. Sin pretenderlo me iba acercando a los aullidos de Boone hasta el punto de que mis perseguidores dejaron de oírse. Si ellos le tenían miedo, ¿qué hacía yo persiguiéndolo? ¿Acaso podía ser una alternativa más aceptable o inofensiva? Pero había algo seguro, y era que las personas que pretendían reterme preso, esas mismas que horas antes habían matado a Carol a sangre fría, habían dejado de seguirme, y eso me valía. O al menos me valía hasta que noté el golpe en la nuca. Después, oscuridad. -Despierta. Despierta. Despierta. Despierta…

Desperté. Estaba en el suelo, en un claro. No había maíz, no había barro, ni vosces, linternas o antorchas. Seguía siendo de noche, y aunque no había nubes la luna no brillaba por ninguna parte. Cal Boone se erguía ante mí como un tóte gigante. -Por fin abres los ojos. –Su voz era ronca y desgastada. -No pedí que me golpearan. -Y yo no me refiero a esos ojos. Te ha costado mucho ver más allá de la fachada de Rocksville. Podrías ser uno de ellos. -Así lo querían. -Eres poco hablador. -No tengo nada que contar, o nada importante. Creo que todo es bastante obvio. -Pues serás la primera persona que tiene claro lo que sucede allí. Levántate y vámonos de aquí, pueden venir en cualquier momento. Cuando me levanté pude ver el muñón deforme y la piel quemada, pero no me asqueó. Caminamos en silencio alejándonos de cualquier vegetación posible. Ese hombre me había desatado y puesto a salvo de la jauría humana de Rocksville. No preguntó nada, se limitó a guiarme en el más respetuoso de los silencios. -Yo no quería matarla, pero la escogí… -¿Quién ha muerto? -Era Carol… era Carol, estaba viva, pero ahora está a dos metros bajo tierra y no volveré a discutir con ella, no volverá a reír, ni a escribir, ¡ni tan siquiera a decirme un puto buenos días! -Con el tiempo la olvidarás. Ese viejo cabrón sabe poner las cosas en su lugar. -Tú no has visto su sangre ni su sonrisa. -¡Para ya! ¿De acuerdo? Esos cabrones también se cargaron a mis padres y a mis hermanos para que su maldita lluvia lo empapara todo. Entraron en mitad de la noche a matar al bebé, pero mis padres se pusieron por medio. Después quisieron acabar con los demás, pero yo conseguí escapar. No se esperaban lo que hice. -Ya conozco la historia de la gasolinera –acorté.

-Sí, toda la gasolinera ardió. Fue casi un suicidio, salí de ese infierno con la piel llena de ampollas y hollín, pero salí. A lo mejor alguien ahí arriba quería parar la tragedia como fuera. -Parece que la cosa no funcionó. -¿Acaso algo funciona? Recuerdo que llovió como nunca lo ha hecho. -Es todo tan ridículo que no puedo imaginar cómo ha podido pasar, no tiene lógica, es una historia imposible, todo esto, los seis últimos meses. ¡Muere la gente y llueve, es estúpido y cruel! -No es así como funciona la cosa –explicó Bud. –Matan para que llueva, que es distinto. Yo tampoco sé explicarlo, sólo puedo decirte que cuando empezó a pasar todo era perfecto. Cada vez que moría alguien empezaba a llover en el funeral. Antes había muchos viejos y enfermos. De vez en cuando se celebraba algún que otro funeral y todo estaba arreglado, pero llegó un punto en el que alguien intervino por su cuenta. Liquidaron a los subnormales, a todos los viejos y a los enfermos y así lograban lluvia durante todo el año. Pero el chollo se acabó y empezaron con los sorteos. No quedaban inútiles, así que escogían de vez en cuando a alguien para que se sacrificara por los demás. Unas familias tenían más suerte que otras… -¿Se mataban entre ellos para…? No sé, déjalo. -Sí, tan sencillo como eso. Rocksville está lejos de los demás pueblos y ciudades, nadie sospechó nunca. Sólo llegan de vez en cuando algunos viajantes perdidos como tú. Yo intento advertir a los que me dejan, pero algunos sólo se asustan y aprietan el acelerador. No puedo controlar a todo el mundo que pasa por la carretera. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo ahí? -Seis meses, ibamos a regresar a la ciudad la semana que viene Teníamos muchos planes. -Eso es mala suerte, pero ya ves, la vida es una mierda. Llegamos a un claro. Apenas se distinguía nada, la oscuridad era total. -Llevo cerca de veinte años viviendo solo en esta tierra desértica. ¿Sabes lo que pasa cuando una persona pasa tanto tiempo a solas? –preguntó. -Nunca he estado solo, no lo sé. Dímelo tú.

-Te vuelves loco. Cada vez te sientes más como un animal, sabes que no hay leyes. Te sientes libre, pero a veces no distingues lo que está bien de lo que está mal. Habrás oído rumores sobre mí. -Me contaron muchas cosas malas, historias violentas. -Créelas. A veces sientes el impulso de golpear, gritar o matar. He matado a varias personas en estos años, Ed. Espera un momento, ahora vuelvo. Pero nunca volvió. Tal vez fue así mejor, porque en ningún momento le había dicho mi nombre. Esa fue la noche más larga de mi vida. No hice nada, ni siquiera me atreví a pensar; me hice un ovillo en el suelo y esperé a que el tiempo pasara. No importaba que aún quedaran preguntas que hacer y respuestas que nunca llegarían. Con los primeros rayos del sol descubri que Caleb Boone me había dejado en el arcén de una carretera. Tras un rato caminando pasó una furgoneta que me llevó a la ciudad más próxima. Es curioso, pero no fui capaz de derramar ni una lágrima en mucho tiempo. Una mañana, seis años después de mi huída de Rocksville, me levanté de la cama. Estaba lloviendo y el agua caía por los cristales. Empecé a llorar y estuve así varias horas. Los que me rodeaban no entendían nada, pero tampoco se lo expliqué.

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