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SANTOS DOMÍNGUEZ

VÍAS AÉREAS

ANTOLOGÍA 2011-2016
Las palabras saben de nosotros lo que nosotros ignoramos de ellas
(René Char)

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EN LA ORILLA DEL TIEMPO

La lengua es la que mira
los signos descifrables del vuelo de las aves.

Su invisible mirada pone en orden el mundo
y traduce las sombras,
recorre las comarcas remotas del recuerdo,
las hondas, subterráneas corrientes minerales
donde duerme la noche, la sigilosa llama
que devora en lo oscuro
el resto intransitivo del latido.

Y es un ala de escarcha, es un ala que vuela
y remonta en lo oscuro de su oscura emergencia,
más allá de las nubes y triunfa sobre el tiempo.

Oceánica y lenta, la que mira es la lengua.

La lengua es la que ve la impalpable presencia
que siembra la semilla de la muerte
y el animal callado que emergió de la cueva,
de la ciudad prohibida en medio de la noche,
el animal que aguarda en su silencio
de peces en la sombra, en la orilla del tiempo.

Un animal de sombra
que transcurre en la sangre callada del planeta
y palpita en la nube con lluvia y con salitre
de estas horas de invierno y arenas y cristales
en la ciudad sitiada de los sueños.

3
I

EL AGUA DE LOS SUEÑOS

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DESDE LA CUEVA OSCURA
Hoy es siempre todavía
Antonio Machado

Vienen de un territorio indescifrable
que no pintan los mapas,
del espanto de noches anteriores al fuego,
de una enumeración perdida en las tinieblas.

Vienen de mucho antes del prólogo del mundo,
de un abrazo asustado y un terror prodigioso
que inventó los conjuros y encendió las hogueras
con temblor desvalido.

Vienen del frío ancestral de las constelaciones,
del llanto primordial
que cae sobre las piedras y sobre las semillas.

Vienen del desamparo de la noche y del hielo
con manos temerosas
que encienden de penumbras la pared de la cueva.

Vienen rodando lentas, vienen de las caídas,
de los ojos cerrados por dentro y de la sangre,
de las horas sin tregua y la vergüenza ajena,
vienen desde el secreto de los meses lunares,
de noches tentativas, de la sombra de un río.

Vienen de donde caen las cenizas, los húmeros,
de los ritmos antiguos del agua y las cosechas.
Vienen de la incontable soledad de las cifras,
de las huellas vacías, del sigilo y el cero.

Vienen de los crepúsculos lentos del desconsuelo,
de las noches más negras y los días más solos,
de las sillas vacías y los sitios oscuros.

Vienen del abandono en medio del desierto,
de noches anteriores
a las noches que anegan el corazón de nieve,

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de un mar que no es el mismo de todos los veranos.

Vienen para habitar en la garganta
estrecha de los juntos que la memoria tiende
como un puente inseguro de lentos miedos altos
y vértigos sin fondo.

Son las palabras que arden para encender hogueras
que espanten la serpiente nocturna de la escarcha.

Al calor de ese fuego, circulares y heridas,
contra la cueva oscura,
se despliegan las manos en busca de consuelo.

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PLEGARIA DEL SOLSTICIO
Mirar por fin la calma de los dioses
Valèry

Señor de las tormentas, líbranos de los muertos
pasados y futuros, y del buitre que ensaya
círculos melancólicos y espejismos de espanto
para explorar su espacio espectral en el mundo.

Líbranos de unos pocos, líbranos de la noche
y de la nieve lenta de la noche.

Así en la tierra dura como en la mar sombría,
líbranos de este mundo, señor de las ventiscas.
De este mundo que ahora y en la hora de la bruma
es menos comprensible, más opaco, más mudo.

Líbranos de las calles y de las extrasístoles,
de los dientes, la lluvia y el fruto del desierto.
Líbranos del destino que nos espera inmóvil
agazapado en niebla.

De la uña y la herradura líbranos, dios del frío.
Líbranos de la noche y de sus astros tristes,
líbranos de las vísperas del sueño antefuturo.

De los pluscuamperfectos líbranos cada noche,
de las esquirlas frías del cristal y el recuerdo.

Tú que miras ahora desde la ardiente sílaba,
desde la nada fría de tu sangre sin nadie,
déjanos en el hueco del tambor y del húmero
y en la paloma muerta
con un temblor de lluvia y un cántaro con ecos.

Tú que incendias los campos con tu último destello,
déjanos este tiempo
en la luz vacilante de los amaneceres
que suben de la niebla y cantan desde el sueño,
en las torres sin viento y en las banderas lentas de la noche.

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MAÑANA CENARÁS EN SIRACUSA

Mañana cenarás en Siracusa
(Cicerón)

Fue cuando más ardía la isla sobre los pinos
y discurría un rumor espiral de serpientes
mientras caía la tarde más allá de las olas,
debajo de las aguas encendidas del tiempo.

Aún flotaba en el viento un artificio
de memoria y olvido,
el espacio del vértigo del interior de un sueño.

Y en lo oculto, en lo hondo,
en donde crece el verde silencio de las cañas,
crece también el cuenco profundo de la noche,
germina la secreta sintaxis de los sueños,
con números oscuros y templos en penumbra.

Desde los laberintos del bosque de la vida
viajas al arrabal de los recuerdos,
a un tiempo sin espacio,
a una casa sin puertas tras un círculo blanco.

A la casa del sueño, a un sueño donde eras
no sólo el personaje, también el escenario,
el perro oracular que protege la casa
y conduce al que sueña al reino de los muertos.

Eras en ese sueño el tiempo sin minutos,
los lugares, los nombres
borrosos del que sueña y del soñado,
quien pronuncia y escucha
lo que duerme en los pozos,
las opacas metáforas de una sibila oscura
que vive en tu futuro, como tú en su pasado.

Mañana cenarás en Siracusa,
oirás en ese sueño.

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Pero no sabrás dónde, si en cárcel o palacio,
si acompañado o solo.

Mañana cenarás en Siracusa.
¿Y en dónde está el que sueña?

9
PERCEVAL

Como reyes leprosos, se retiran las horas
al lugar sin destello de las cúpulas frías.

Anochecen los ríos
en el hondo caudal de la memoria,
en la docilidad del cero, en el futuro blanco
que aguarda en las laderas nevadas de los montes.

Oscura trama, bruma
que la tarde recoge cuando esconde sus alas
en las grietas del tiempo que desprecia la nube.

El color vertical que destila la tarde
da a máscaras fugaces
y a lluvias rituales que empapan la memoria
con lenta luz de sueños.

Epidemias de acero en donde cunde el hielo
con animales lentos
y la nieve fermenta en las hojas caídas,
en los olores fríos del interior del bosque.

Y en la noche copiosa de los astros,
las tres gotas de sangre de una alondra de nieve.

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GEORGES DE LA TOUR

cuando todo era luna o piedra o sombra
(Pablo Neruda)

No es la luz lo que pinta, es un hilo caliente
que comunica el mundo con otro laberinto,
sin tiempo y sin materia,
donde asedian también las horas y el silencio.

Cercado por las sombras, no es la luz lo que pinta
quien hizo de la noche su reino silencioso.
Es la esquina escalena,
el ángulo recóndito que da a una calle en sombra
y a una mujer que sueña un sueño en contraluz.

Da a un lugar que no existe en un tiempo vacío,
a las resplandecientes lecciones de tinieblas
y a su silencio quieto en la noche del verbo.

Da a una mano extendida
que no proyecta sombras sobre el mundo,
a la mano encendida de quien mira hacia dentro,
hacia su propia noche,
en la distancia inmóvil de una luz que no alumbra.

Da a la efímera noche del agua de los sueños
que reflejan al fondo un lugar que no existe
en el tiempo vacío donde flota el reflejo.

Cobre candente y crudo, arde la luz inmóvil,
arde una epifanía temblorosa de instantes,
pero nadie la mira.

En el enigma mudo de la hora más oscura
surge el que duerme y calla
en su estupor despierto, bajo la sombra quieta
que el viento curva y borra,
bajo esa luz inmóvil que le ha robado a un sueño.

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HOPPER

Más allá de la luz que espera en el silencio,
la tarde interminable se escapa hacia las sombras
y hacia el misterio oscuro del espejo.

Más allá de los límites del lienzo,
flota otra tarde herida, vaciada de minutos.
Otra tarde sin nadie,
de mapas negros y sonidos sordos.

¿Dónde el límite está entre el cuadro y la vida?

En la retina quieta del que mira
persiste la estrategia secreta del pasado,
huye un punto de fuga
hacia un final incierto,
hacia las pasajeras secuencias de la noche
o hacia donde germina
la fría flor profunda de los amaneceres,
entre este lado y otro, amenazante.

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AYER NO TE VI EN BABILONIA
(Tabla de arcilla, 3000 a. C)
Cinco mil años pesan sobre esta arcilla viva
en la que un hombre hablaba una lengua de barro.

Como la nieve al lobo, sus palabras delatan
su extrañeza de siglos, sus tiempos estelares
y el espacio incesante y fluvial, el latido
de un corazón ausente.

Miles de años después, otra lengua diría
-y era una voz de sombra-: Te veré en Babilonia.

Era una voz de sombra que anunciaba la muerte
y la pira encendida para un héroe sin tiempo.

Pasaron cazadores de serpientes,
se callaron los gallos del arrabal y el viento
fue bajando a los ríos y apagando las velas.

Tiempo, espacio y el nombre de una ciudad sin sueño.

Con música insondable,
cae la sombra del hielo en el desierto y lejos,
en arroyos secretos,
beberán los caballos lentamente en la orilla.

Las cúpulas de cuarzo brillan bajo la luna.

Bajo esa misma luna sigue temblando aún
-no te vi en Babilonia-
la voz de arcilla frágil que escribió su temblor
con un tallo sumerio, con un punzón de ausencia.
Con un punzón de angustia esas palabras lentas
y urgentes: no te vi en Babilonia.

Caligrafía de arcilla, filtro amargo del labio
donde anega la sangre
las últimas raíces de un resplandor metálico,
la mecánica frágil de un frágil corazón.

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Simples como una herida de escarcha en los planetas,
un pájaro de nieve sigue latiendo en ellas.

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LA LLUVIA EN AGRIGENTO
Los colores son pájaros paralelos.
(Roberto Juarroz)
Cae la lluvia templada y azul sobre el pastor,
en las flores moradas del final del invierno
y sobre los ganados en calma de febrero.

Llueve verde el otoño mientras rezuma lenta
la tarde sobre el valle que se disuelve al fondo,
igual que una acuarela.

Con paciencia arterial arde en los laberintos
nocturnos del verano.

Negra lluvia de agosto
conjuga oscuramente con su diástole líquida
el material cifrado de los sueños,
los animales negros de la noche
y el oleaje opaco del mar de los ahogados.

Es gris en la mañana con niebla de diciembre
el color de la lluvia secreta en Agrigento,
pero cierras el libro y al otro lado oscuro
del cristal llueve y llueve.

Sigue lloviendo y tiemblan
las gotas como pájaros
de agua sobre las piedras pulidas del camino.

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CABEZA DE MONJE
(ZURBARÁN)

Ese rostro en ayunas,
de frente demacrada y pómulos agudos,
se olvida de su nombre
y arde sin llama viva en un lugar secreto.

Esos ojos cerrados que miran hacia dentro,
hacia una sombra ardiente que arrasa el corazón,
hacia una luz que abrasa al fondo del olvido,
anegan el silencio hondo del claroscuro
y se hunden en el mar del último naufragio.

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LAS GRULLAS DE HUATING
Una tarde que es esta
(Fernando Quiñones)

Ponte de pie en el centro de la tarde,
que altos pájaros viajan hacia otras espesuras
y el viento vertical de las tormentas
cae ya sobre la tierra.

Como las de la piedra,
las raíces del tiempo no las percibe el ojo,
pero pesan y se hunden hacia un lugar profundo
y alimentan su pulso de luz en la memoria,
la turbia luz que el fuego ha dejado en las nubes.

Con temblor de cristales
reverbera la luz súbitamente rosa.

Ponte de pie en el centro
de este bosque callado sobre el que gira el viento
y anida el aleteo redondo de los pájaros.

Vegetalmente sube la mirada hacia arriba
y el interrogativo descenso de las hojas
planea sin que sepan
que llueve en el pequeño confín del corazón,
que una torpe adherencia de ceniza
se posa en los cimientos de la sombra.

Sobre otra luz más negra,
el musgo que en la piedra ha olvidado su olvido.

Pon de pie tu amargura sobre el perfil sonoro de la tarde,
sobre el silbido agudo de los últimos pájaros.

Verás cómo caminan de rodillas
las palabras cargadas de pólvora y de historia.

No volverás a oír las grullas de Huating.

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EL SUEÑO DE ESCIPIÓN
música que envía el viento de la noche
Shelley

Nos lo dijo la lluvia cuando caía la tarde
sobre el centro del mundo:
cantaban las esferas, revelaban la cifra
secreta de los astros.

Vibraba la armonía del intervalo,
giraban en sus círculos los números perfectos,
las partes habitadas y el discurrir del sol:
el año universal en el fuego intangible.

Fuera del tiempo, el fuego oculto de las rosas
ascendía en espiral al hielo de las órbitas
y el ángel del abismo remontaba al silencio
de las anamorfosis
y a un camino que viene creciendo desde el alba
en la sima del sueño
por un vado de luz tornasolada en lluvia.

Ala de mansedumbre que vuela sin palabras
por los latidos hondos del planeta
y en los altos paisajes que merodean los buitres
lentos del mediodía.

Y el tiempo se adelgaza reversible
en el lugar ingrávido del pájaro,
en las ondas concéntricas
del líquido afinado de su canto,
asciende a lo abisal, a la música oscura
del cazador de estrellas que tensa un arco en sombras
y vibra como un arpa sideral de cristales
en la insomne ciudad iluminada.

Va al astro donde cruza, metálico y secreto,
el silencio de un pez.

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TUMBA EN PAESTUM

un límite infinito que no alcanza el centro en su quietud.
Mallarmé

Igual que el tiempo, el aire
abre en la arena a veces surcos indescifrables.

Vibra lejos la tarde y en un rincón oscuro
se apaga mudo el tiempo, pero arde la memoria
y la luz flota entonces igual que el nadador,
sin peso y sin minutos.

Como último profeta de un tiempo que ya ha muerto
en la materia oscura de un corazón sin fondo,
el nadador sublime se detiene en su salto
y flota en el vacío, en su eterna caída.

Cae derecho a su tumba, a las aguas que van
al reino de los muertos,
y abre el profundo espacio
de la tarde sin fin, de la noche sin fondo.

Y permanece inmóvil en el aire intermedio
de la vida a la muerte parada de las olas,
en el aire sin tiempo circular que transcurre
de una tierra de nadie a una tumba sin nombre.

Es el día sin tamaño, el paisaje sin ecos
que flota envuelto en niebla,
contra la espalda lenta de la tarde.

Y cae sobre la arena
el martillo incansable de la lluvia.

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INDECIBLE MUCHACHA

Perséfone, la muchacha indecible
Eurípides

Hija y madre que vuelves
desde los negros muros de tu casa
a la luz ancestral del confín de los tiempos,
de los bosques oscuros al despertar del sueño.

Madre, esposa indecible, objeto de plegarias
con palabras opacas y rituales secretos
que invocan la raíz de la serpiente
en la tierra sin frutos en donde todo calla.

Ven, ven desde la niebla, indecible muchacha,
que en la raíz oscura donde germina el día
hay una luz arcaica
que sube desde el fondo de los ritos
y se ve con los ojos cerrados y en silencio.

Madre tú de la sombra,
tejedora celeste,
ven y vuelve fecunda la luz de cada día,
toca con tus palabras la frente del misterio,
invoca a los planetas, mira girar el tiempo
en el espacio ardiente de la noche secreta.

Haz presente tu lumbre en la noche de Eleusis,
en el párpado abierto de las contemplaciones,
en el lenguaje extraño y en las preces precarias.
Oye la voz ajena de la noche del mundo
y su velo secreto.

Escucha a las madrastras, vengadoras de sangre,
oye a las viejas niñas de los cabellos blancos.

Desde el profundo sello de silencio,
en la noche sagrada de los astros

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conviven el abismo sin luz de la semilla,
los animales quietos y los dioses antiguos
para llegar al centro donde arde el laberinto.

Señora de la sombra,
póstrate, y que la sombra se arrodille contigo
sobre la lepra antigua del tiempo irremisible,
sobre el retorno eterno del tiempo circular,
muchacha renacida hacia la luz del mundo.

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CLARO DE LUNA
Con Beethoven

Aquí se para el tiempo en los cuchillos
que extraen la savia dulce de la noche,
en la música esférica que cantan los planetas
con hielo o con hogueras incansables.

Con luz muda y sonámbula, con luz que ciega y arde
sobre el lento estupor del pájaro en la herida
persisten con fulgor las noches adventicias,
las horas rotatorias que amparaban el cerco de la caballería.

Porque venían de un sueño voces persecutorias,
indómitas palabras
con óxido y con niebla, disonancias difusas,
acordes acuciantes, irrevocables lunas y oscuros laberintos.

Variantes sucesivas de pólvora y de fuego
en las habitaciones turbias de la memoria.
Fluvial y transitoria, respira su cadencia
en esta hora callada de las contemplaciones.

Y el corazón se aplaca
en el incendio blanco que sube de las teclas del piano,
del abismo de un sueño que flota en la armonía
líquida de sus notas;
de un huracán dormido en el jardín nocturno
y en la mirada azul de los claros de luna.

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SPIEGEL IM SPIEGEL
(Con Arvo Part)

E quindi uscimmo a riveder le
stelle
Dante

Ingrávido y oscuro, sobrevive el acorde
en el silencio azul de las bengalas
y en el ritmo incansable que late en las mareas,
con llama blanca que arde
bajo el arco tensado que sostiene el planeta.

Hacerse y deshacerse
del presente en el mar, cifra del tiempo
que nunca se consume en su espiral insomne.

En lo oscuro, un remanso
de plenitud sin peso y sin contorno.

Y el tiempo se disuelve en el espejo
del agua detenida, iluminada
por una luz que viene del fondo del paisaje
y de su propio fondo transparente.

Surge del sueño igual que brota azul el agua
y las estrellas negras y su oscuro oleaje.
Pálido corazón sin garganta y sin sueño.
donde despeña el tiempo sus sílabas de arena.

Porque la lluvia anida su piedad y su música
en el centro nublado del paisaje
y el canto imperativo de los astros
esparce sus indicios: rotaciones,
fractales, laberintos y vórtices traslúcidos
en la hondura sin fin de las huellas del tiempo
sobre el hielo estelado.

23
BAJO LOS TILOS

La tarde del 20 de julio de 1812
Beethoven camina del brazo de Goethe
por la avenida principal de la ciudad balneario
de Teplitz, en Bohemia.

Sobre la hora crecida de la tarde templada
vibraba largamente la luz, y los sonidos
fluían bajo los tilos de un lento balneario.

Acompasan sus pasos el genio que no duda,
el sabio satisfecho de sí mismo,
pulcro y ceremonioso,
y el indómito músico, el sordo algo salvaje
que no obedece normas y desconcierta al sabio
con su creación sin riendas.

No se entienden apenas
quien redujo el color a una teoría
o expresó la mirada en fórmulas de física
y el que echaba de menos los rumores de Viena
o el ruido de las hojas del tilo bajo el viento.

A aquel que hizo del mundo un tema razonable,
pero pidió más luz en su agonía,
le inquietaba el sonido, lo que no se controla,
lo que no se regula con normas ni preceptos.

No comprendió la música de quien buscó en sus notas,
sin orden, con concierto,
resistir las angustias,
vencer el sinsabor y los fracasos.

Mientras vibraba al fondo
la luz incomprensible del piano,
la tarde iba cumpliendo sus cuadrantes exactos,
los círculos de nieve de un tiempo misterioso.

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MEMORIA HERIDA Y COMPÁS DE MANOLITO DE MARÍA

Su ronquido total, su enorme queja,
su gran desolación vestida de colores.
Antonio Hernández

De la cueva profunda,
del encalado fondo de la cueva
se alza a compás su voz menesterosa
como un torrente antiguo y subterráneo
que brota de la roca del castillo del Águila.

Y en la venta Platilla se afina humilde y llama
al fondo de sí mismo
y entona con un hondo compás atropellado
la soleá cabal, la siguiriya grave,
la bulería pausada y luminosa.

En los tercios que canta
-canta porque se acuerda-
respiran las edades pesarosas del hombre
y laten como laten los perros moribundos
la historia desolada de la calamidad
y un mestizaje extraño de dolor y alegría.

Oscura como el fondo de la cueva,
clara como su cante combustible,
vibra allí la memoria herida de su raza
-las fatiguitas negras, el desamparo, el hambre-
con un compás herido de fiesta y amargura.

De su voz desdentada
brota una vieja luz inextinguible
y en su hondo pellizco analfabeto
hay un temblor de sangre antepasada,
de memoria indigente de la especie.

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Llama negra en la noche inhóspita del mundo,
rescoldo en la intemperie de las flores del fuego,
herencia de palabras de los desheredados.

No lo sabía y cantaba
el tizón del estrago,
la manera de ser de la desgracia
con esa contención delgada y seria
que no se aprende, que es
el mapa doloroso de sus venas antiguas:
Joaquín el de la Paula, Macandé, Juan Talega.

Porque eso no se aprende, eso se nace
-le decía a Mairena-
con él, primo, en la sangre.

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COMPÁS DE LLAMA Y YUNQUE
el primer llanto en la primera noche
Francisca Aguirre

Mucho antes de la hoguera,
bajo el azul profundo de las noches sin luna
ya escalaba una música del corazón del hombre,
de las respiraciones del miedo y del latido
de un animal oculto.

Sonaba como suena la tierra al removerse,
como cruje la escarcha
en las sendas pisadas de los sitios sin nadie,
como susurra el viento oscuro en las espigas
y pesan las palabras en las noches de insomnio.

Venía desde lo alto o desde las cavernas,
desde los hondos bosques incendiados.
Con pulsaciones leves, con latidos de fiebre
su ritmo descifraba el mundo opaco y hosco.

Mucho antes de la hoguera, una lluvia prehistórica
cayó sobre las plumas del pájaro sediento
con sonidos cerrados
y una luz decimal goteaba sin pausa
sobre las notas negras del invierno.

Mucho antes de llegar, la noche era con ellos
y un augurio de truenos rugía en el horizonte.

Era un agua innombrable, mármol o laberinto
que en sílabas concéntricas
delimita el peligro del tiempo y el espacio,
hermanos del terror, padres del frío,
en su fuego insondable y su luz sin salida.

Mientras un viento leve dispersaba cenizas
y agitaba en la noche callada los olivos,
los metales y el agua juntaron su cadencia
en un lugar secreto del corazón del hombre.

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Allí la voz trepaba por vísceras hambrientas
y era, ya en la garganta, un quejido de barro.

Mientras el aire daba señales de salitre
y las hojas cansadas caían sobre el río,
entre la voz y el mundo solo cabía la noche
templada en una fragua,
la noche transitable con un compás de llama
y un yunque en el que suena el martillo del cante.

28
LA TARDE EN FUGA EN KOTHEN
Das wohltemperierte Klavier.
Bach, BWV 846 (1720)

De plata y de cristal, en pie frente a las lágrimas,
arde por los salones un juego de sonidos
que brilla en los espejos y mueve los planetas
al compás de las notas armónicas de un clave.

Desde un papel pautado
su músculo sonoro calmaba las tormentas,
buceaba en el origen oceánico del mundo,
prendía las hogueras orgánicas del tiempo.

Por la desamparada cartografía del sueño
bajaba incandescente su centella
del silencio insondable de la noche
al luminoso idioma de la fuga.

Un rincón en penumbra de la tarde de Kothen
coronaba de fiebre las órbitas del frío.

Ya habitaba el futuro
la conmoción serena de su música
y encendía entre las sombras
la brasa inagotable que brilla en las estrellas
y en el recinto oscuro del poema.

29
PENUMBRA DE LA MÚSICA

Nació, como un conjuro,
del miedo de las noches,
de un ritmo sin palabras que era el del corazón
y el del tiempo asustado de los astros.

Siguen estando aquí, bajo las delicadas
notas de algún piano
o en el viento afinado de una orquesta
el que encauzó el aliento en un hueso sin tuétano
para imitar la brisa o al animal furioso.

Quien chocaba un guijarro contra la roca dura
o golpeaba a compás un madero con otro
como quien interpreta el corazón del mundo,
el ritmo de los pasos
o el latido constante de la alta luz del día.

Aquí siguen estando,
con sus piedras sonoras o los pies en el suelo,
con su caña armoniosa
o el tambor que era un tronco que convocaba al trueno.

Aquel que una mañana sopló una caracola
como si respirara el mar, como si duplicara
el rítmico jadeo del combate o la cópula,
la emoción de la caza, la angustia en la carrera,
la vibración del viento o el canto de los pájaros.

Nació, como un conjuro,
del pánico ante todo lo que no tiene nombre,
ni cuerpo, ni mirada.

Del terror al sol negro
y a una luna que se hunde para siempre en el mar.

Y sigue estando aquí, como está en cada día
la oscura sucesión

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de minutos y olvidos que completa la tarde,
la tarea de penumbra que oscuramente somos.

31
LA SAL SOBRE CARTAGO

Nació ya, junto al mar, bajo el signo del fuego.

Nada evitó el destino circular de su historia.
Ni máquinas de guerra, ni las altas murallas
ni el mar innumerable. Nada fue suficiente
y luego de arduos días y de duros combates
se alzó el humo compacto de las piras.

Y después del saqueo, la destrucción y un fuego
que era aquel mismo fuego que un día prendió en Troya,
sembraron sal en surcos
que el arado había abierto aquella primavera.

Desde el fuego se oyó la oscura profecía:
-Vosotros, destructores,
veréis también el fuego destruir vuestra ciudad.

Y un día, como en Cartago,
alguien, cuando arda Roma, cerrará en su memoria
el círculo de fuego y evocará la Iliada:

-Un día llegará
en que arda sin remedio esta ciudad sagrada
y morirá el troyano amado de los dioses.
Y morirá su pueblo,
hábil en el manejo de las lanzas de fresno.

32
TRAFALGAR

Bajo este acantilado de frágil arenisca
sobrevive el recuerdo naval de la derrota,
persiste el escenario del campo de batalla,
la memoria que emerge del salitre en las anclas
del insondable fondo de los pecios.

El humo que subía de los cañones
transformado ya en nubes imborrables
sigue flotando aún
sobre la línea azul del horizonte.

Sigue flotando aquí
el brillo espejeante del sable entre las olas,
las algas con reliquias de difuntos
en la verde tiniebla submarina.

Y el óxido de cobre
del lento lubricán helado de la tarde.

33
LO PROFUNDO

(Pollock. The Deep, 1953)

No toques lo que está. Toca lo que no está.
Miles Davis

Trama blanca de luz
sobre el oscuro gesto del abismo.

Huellas y cicatrices,
trazos que el tiempo escribe en la pintura
con la caligrafía secreta del misterio.

Y en el dibujo, oculto,
lo profundo invisible:
bajo el hielo quebrado, la esencia de los sueños,
el espíritu áspero de las noches sin luna.

Tras el hilo que flota late una nebulosa
por la que entra el silencio
abisal:
lo profundo es lo oscuro.

34
JACOBO FIJMAN SUBE A LOS INFIERNOS

¿A quién llamar desde el camino
tan alto y tan desierto?
Jacobo Fijman.

Veo la niebla amarilla
que canta su silencio en los cipreses,
veo violetas marchitas que el mar hurta al ocaso
y una luz inodora que aúlla sobre el mundo.

Hay palomas cegadas que sangran sobre un árbol
y en las paredes grita
la voz desnuda de los días perdidos.

Si ladraran los perros...

No sé quién es el otro, de qué cristal extraño
vienen estas esquirlas, de qué espejo desierto
suben estas figuras, estos descoyuntados
fragmentos de sentido que agrupará el horror
en un ángulo opaco que ocupa la memoria
con máscaras vidriosas
en esta noche oscura de la celda.

35
EN EL CENTRO DEL BOSQUE
Medí los cielos; ahora mido las sombras
Epitafio de Johannes Kepler

I
Stonehenge

Desde el oscuro centro de la piedra
vieron las rotaciones, los planetas,
las estatuas de luz de las constelaciones,
cazadores celestes y cúmulos de Pléyades.

Intuían que sus vidas
eran parte secreta de aquellas rotaciones,
que un hilo oculto unía
su destino a la unánime cadencia de los astros.

Y en el centro del bosque erigieron un círculo,
un anillo de piedras que predecía el eclipse.

II
Círculo de Goseck. 5000 a.C.

Con ojos asombrados, alguien miró una noche
manar sobre el vacío las estrellas sin órbitas.

Alguien buscó esa noche respuesta a sus preguntas.
Ignoraba el hidrógeno, el espejismo de helio,
las lunas de Saturno, los ejes de Hiperión.

Buscaba solamente
la mediación oscura de las sombras.

III
Dólmenes en El Torcal

Como una flecha ardiente, en la cámara fúnebre
entra el rayo primero del solsticio.

36
Ilumina las losas milenarias, calienta los dinteles
que el plenilunio enfría con su fulgor de plata.

El hombre que ha medido los cielos y las sombras
y piedra sobre piedra ha levantado un canto
al poderoso sol, a la inquietante luna
sale de aquella oscura caverna primordial.

37
RENACIMIENTO

Pintan las cicatrices la historia de los árboles.

Más que sus espirales o sus altos ramajes,
son noches las que suman corteza a sus anillos,
nubes negras que un día harán crecer sus ramas.

Entra lenta la noche por la copa del árbol
y asciende por la savia el agua de los sueños
hacia otra luz más alta,
al corazón profundo de la sombra.

No en sus ramas más altas, ni en su diámetro oscuro:
la historia de los árboles está en sus cicatrices.

38
II
LA MEMORIA HABITABLE

Ser es haber sido
(Nietzsche)

39
LA ROSA INMÓVIL

Arde el bosque del tiempo,
pero no se consumen las hojas de los árboles:
duran en la memoria
y flotan en el agua transparente,
insumergibles, vivas
en la tarde encendida de las nubes lejanas.

Bajo la piedra breve, bajo la luz de vidrio,
en el paisaje doble donde se incendia el agua,
la rosa inmóvil que no roza el viento.

40
PEZ DE SOMBRA

No es el ojo el que mira. Es la memoria
quien mira en el color cansado del otoño,
donde flota el recuerdo y sus signos ausentes.

La memoria quien mira un sordo pez de sombra
que se agita en el légamo del fondo del estanque,
la hiedra solidaria con la ruina
y el dedo corazón y los lunes con lluvia.

La memoria lo sabe y lo ha visto otras veces:
colgado de la luz del claroscuro
hay un minuto muerto cada tarde,
un minuto callado en el que flota el mundo
y el ojo lo recuerda suspendido en el aire.

Pero antes que la luz
ya claudicaba el canto del pájaro en lo oscuro
donde tiembla el silencio de las bestias
y fermenta el helecho en su humedad prehistórica
en el óxido antiguo de la noche en el bosque.

41
LA MEMORIA DEL AGUA

Persiste en tu memoria una ciudad de agua
que fluye bajo el humo de la ciudad de piedra.

Allí un barco se aproa, inmóvil sobre el tiempo,
y revoca los nombres de las horas,
flota sobre la sombra del día innumerable
y los meses sin viento propicio y sin mareas.

Un cerco azul de sueño defiende la ciudad
con turbia luz de acuario y espejos de sosiego.

Lenta luz silenciosa, ávida mano en sombra
que da nombre al silencio
y escribe un manual del fuego indescifrable.

Arden las osamentas donde las zarzas negras
hieren, en los caminos callados del otoño,
la raíz de la escarcha, el fantasma nevado del mercurio.

Allí reposa muda y sucesiva,
en los peces gemelos que nadan en los sueños
y en los pájaros leves que laten en lo oscuro,
allí vive secreta
la ciudad invisible que duerme bajo el agua.

42
LLAVE DE SOMBRA

Por adobes sin vísperas y azules sin memoria
baja un jinete insomne y un caballo sin eco,
un ángel sentenciado por un reloj de arena,
último Adán de nieve de un diciembre sin luna.

La noche más entera de la espuela y el fémur
arde con llama negra en el alto silencio
de un corazón oscuro en mitad de la noche
rasante del desierto.

Islas de fuego y lluvia, en la hora sin contornos
donde Orfeo es un ojo que contempla los puentes,
recorre las orillas con azogue y con barro
en las costas de espanto de un paisaje de invierno
y cobija en su mano
el pájaro de jade del futuro,
la memoria precaria que dejan los relámpagos
sobre el color del frío.

El ruido del azar que mueve los planetas,
da un temblor ilegible a las hojas del árbol
y en la métrica impar con que late la lluvia,
da vibraciones de aire a las alas del pájaro.

Es cifra de la luz y música del sueño,
llave de la materia sustancial de la sombra,
en la trama confusa del pasado.

Como sabe la sangre su camino y sus puertas,
cae la noche en la frente y en el centro del mundo
y en los límites de agua donde naufraga el tiempo
con un ángel de lluvia del Mar de los Sargazos.

43
LAS NOCHES DE LA CUEVA

Con húmeros y tuétanos, parietales y cúbitos
deja el siglo su huella en montes de silencio
sobre la yugular del caballo y sus ojos
de estupor y sarmientos ardientes en la nieve.

Como se queda el viento en las hojas del árbol
persiste en la memoria un azul de estuario,
un azul insondable que viene de edades aurorales,
de una vertiginosa herencia indescifrable,
de los tiempos anfibios.

Con vértigo y temblor persiste esa presencia
en el hueso tenaz, en la espina sin nombre,
en la coreografía sutil de los delfines
o en el viento con ecos de las últimas luces.

Persisten en la sangre las noches de la cueva,
en los lejanos ojos de los gatos egipcios
y en los mares del sueño cetáceos sigilosos.

44
EL AZUL DE LAS ISLAS

Por provincias de lluvias litorales, por bosques
de penumbras y acechos, por comarcas de nieve
y ríos medulares
regresa el tiempo pródigo a la isla originaria
en el espectro inmóvil del árbol en la niebla
y en los olores blancos de la humedad de octubre.

Isla azul en la nieve,
en el tiempo sin tiempo donde flota el recuerdo
como el humo en el bosque,
con luz nevada y baja en el límite oscuro
donde acaba el sonido.

De su centro en penumbra sube entera y confusa
la música espiral de los naufragios.

Su luz extraviada se borra lentamente
en las hogueras frías de abril bajo la luna,
sube al silencio negro de las constelaciones
y desciende a la noche de hielo del desierto
en el viento lunar que esparce las cenizas
leves de la memoria.

45
SIGNO EN SOMBRA

En los muros sin luz de la vigilia
cae la música ciega en la penumbra
donde brilla el aceite
y el veneno del fósforo que ciega las pupilas
ilumina el silencio sideral y secreto.

Cae la música que arde,
la música invisible que mueve los planetas
y desciende a la luz blanca de la memoria.

Suena un graznido agrio
en el silencio negro de este insomnio de piedras
y en el cauce sereno del signo cae la sombra.

Secreta, sin color, sin latido y sin dueño,
cae la sombra otra vez, como un alón herido
del temblor insondable de la noche.

Con una luz vacía y una música hueca,
respiran las hogueras blancas de la memoria
y hay quietas ramas muertas
sobre el agua parada del estanque,
bajo el oído verde del tiempo áspero en fuga
como un brocal de fuego, como un eco de luna
en el silencio verde de la lluvia.

Los enigmas nocturnos que arrasan los inviernos
sobre las conjeturas dudosas del vacío
son señuelos de sombras, son pájaros oscuros
que resisten al tiempo sobre la nieve dura,
son la pólvora negra en la lluvia incansable,
la maquinaria lenta que mueve los planetas,
la cifra de las venas con óxido y con hielo.

Lunar y estremecido, cae el hielo en el desierto
y hace arder en la noche y en su fulgor de escarcha
el laberinto lento de la arena.

46
MINA DE SOMBRA

El recuerdo no es tiempo: el recuerdo es espacio.
Su lugar es la ausencia de paisajes perdidos,
oscurecido azogue que el tiempo araña y unge,
neveros de silencio contra la luz del sueño.

Y una silla vacía, diariamente vacía,
un hueco ensimismado que da razón de un nombre
al que ya no se espera y a los que lo despiden
con su última mirada y un pañuelo de luna entre los dedos.

Mina de sombra, tiempo de abismos y cristales,
óxido del crisol, perfil de la memoria
hacia un premonitorio reino de las raíces
donde germina el hueso y persiste el instante,
el cristal de espejismo sin luz de las ausencias.

Con la inminencia azul de los vestigios,
del viajero y su sombra se hace cargo la noche.

47
DOBLE LUNA DE NIEVE
Soy un recuerdo que ha vuelto a la vida
(Kafka)

El tiempo va delante de nosotros.
Nos lleva de ventaja los muertos que vivieron
las mismas horas nuestras, las mismas pulsaciones
del óxido en el sueño y el paisaje.

Del corazón del tiempo
sube un latido azul, una semilla de agua
que va al centro del bosque y se disuelve en aire.

Igual que la semilla, invisible y callado,
ir del latido al frío, del tiempo ciego al agua,
de la respiración de la llama a la sombra,
a la noche sin cauce de la piedra.

Ver el viento en los surcos secretos de los astros
y el canto de los pájaros parado en el desierto;
soñar la soledad armónica del fuego,
los cipreses azules de las islas nocturnas;
oír el fulgor verde que mana de las fuentes
y los sonidos blancos que tiemblan en el frío.

Como un caballo ciego y desbocado,
con dos lunas de nieve subterránea,
toda la noche es víspera, médula oscura, barco
errante en la canción azul de las sirenas.

Como el viento en los sauces,
el tiempo va delante de nosotros.
Un animal de sombra lo presiente
y le ladra en la orilla de un sueño sin paisaje.
Donde nunca ha existido.

48
LA LLUVIA AGRIETA EL TIEMPO

La lluvia agrieta el tiempo,
desciende lentamente a los tejados.

La lluvia sigilosa inunda los jardines
y pudre las raíces tibias de los almendros.
en su interrogativo arrabal de penumbras.

Mientras llueve en los patios un agua verde y fría,
sus sílabas destilan
en su memoria turbia de sombra y duermevela
un remoto goteo que contiene las noches.

Cae en los restos incisos donde germina el tiempo
la aguja del recuerdo de otras lluvias lejanas,
la lengua indescifrable de los pájaros.

Cae en los frutos gemelos la gramática doble
de su hora violenta y sus dones de fuego
y un oscuro presagio vegetal hacia un río.

49
CANCIÓN DE NIEVE Y NOCHE

Como un veneno verde
que rompe las raíces de las piedras,
como el silencio azul o la tristeza,
la nieve siempre llega repentina
y levemente eleva
una oración sonámbula en las noches de enero.

Viene una luz antigua que contiene el pasado,
una luz silenciosa que precede al futuro
y a las lentas montañas inmóviles con nieve.

Dura a veces su luz
en el sonido blanco de los sueños,
y en el residuo sordo de la noche
dura también el frío
con óxido de pozos y musgos y metales.

Contra su fondo negro,
recorre el horizonte sin recuerdos una sombra vacía,
un cuerpo solitario en la nevada.

Y allí, como un cuchillo,
también como la nieve,
cae la luz en la luz,
la savia viva por la sombra verde
y el sueño sobre el sueño
con sus sonidos blancos y sus colores sordos,
con su canción de nieve nocturna bajo el frío.

50
ALA DE NIEVE

Con sus alas de nieve el ángel del olvido
va sembrando la noche sin luna de cenizas,
de rastros boreales
y escamas de silencio por ríos subterráneos.

Pálidas llamas queman el mar de los ahogados:
algas, branquias y buzos proyectan sobre el légamo
su verde luz anfibia,
el veneno directo de su aire emponzoñado
sobre las luces ciegas de la noche.

Hay lámparas sin llama
que alumbran la memoria con nieve disecada,
y ríos sin corriente que fijan los recuerdos
con un cristal y el limo seco de sus orillas.

Hay caballos que trotan por el mar de los sueños
sobre el mármol quebrado que habitan las estatuas
y sobrevuelan lentas, chillantes, las gaviotas.

Con sus alas de nieve siembra un ángel de sombra
el acecho sonámbulo de una luz sin memoria,
lo que duele de veras, lo que importa y nos deja
un racimo desnudo que el mar verde vomita
en su hora sin mareas.

51
LOS GUARDIANES DEL HIELO

Soy el guardián del hielo
José Watanabe

Desde los altos muros de la tarde
las máscaras del tiempo ya no te reconocen,
ni el mar intransitivo ni el paisaje insumiso
ni el ave sin memoria entre un silencio y otro.

Entre el arma y la herida, entre el pie y la pisada,
vigilan con antorchas los lagos solitarios
de los reyes del bosque.
Son guardianes del hielo.

Guardan en la memoria la piedra de la lluvia
y en cráteras secretas, el viento del otoño
que aviva el fuego y da cenizas a la tarde.

En el roble sagrado, el fulgor de la savia
y la luna fecunda que crece en las cosechas
fermentan los melismas quebrados del paisaje.

Viene una luz sin dueño, una luz que desciende
lentamente al silencio,
a un último rumor de copos o cenizas
o repite su imagen
en los espejos grises de los lagos.

Se despeña esa luz por la boca de un pozo
al filo de la noche, al agua sin camino,
con números enteros, con la vaga nostalgia
que deposita el día sobre la arena.

Flota sobre el recuerdo, sin nombre ya y sin tiempo,
un sueño de cristal, la mansedumbre ciega de la noche
y esta luz que no pesa
y se posa en las sílabas blancas de las ausencias.

52
En la llama que tiembla
contra un terror vacío de cuevas y catástrofes,
aterido yo mismo ante el espanto ahora
busco un lugar sereno, una lección de calma.

53
LUZ VENIAL
No entres sumiso en esa gran noche
Dylan Thomas

Como otras tardes, entras sin luz en la memoria
cuando la luz afila los lagos a lo lejos
y una leve cadencia mece en el horizonte
un sueño que retiene la lentitud del día,
y un silencio de plomo.

En la vertiginosa altura de la edad,
la lenta enredadera que corona la tarde
es un tiempo sin fecha donde arde la palabra
en las cuencas vacías, sin nombre y sin memoria.

Capaz de temporales
y de bosques sagrados en los que canta el viento
con la voz vegetal de sus ramas más altas,
una luz venial vuela sobre el paisaje.

Un brillo de mercurio se apodera del mundo
y hace callar al pájaro oculto en la maleza
cuando se funde el astro y se funda la noche.

En la noche callada del espanto
canta también el lobo
con órbitas de luna y metales pesados.

54
TARDE LENTA DEL TIEMPO

¡Qué tarde lenta el tiempo!
Félix Grande

En este amanecer arde el recuerdo
y el secreto del tiempo deambula fragmentario
y otea el corazón sin pena, el entrecejo
del día inesperado de la semana, el mes
nefasto del suplicio, la tarde agazapada
de tanto jueves negro y de tanto minuto
que avanza por un cauce por donde va la pìedra
derecha a tu dolor y a su extravío.

Y no me digas más que estas ramas caídas
y estas sombras vacías son desconsuelo: son
luz pura y celebrada, son cera consumida,
poderío de tu risa contra el frío de la tribu,
frente al tiempo sonámbulo, ciego de siglos, mudo
sueño de los abismos.

Y yo, en algún lugar, sin tiempo, en tu memoria,
iré echando migajas compasivas a un mirlo.
Y habrá una herida abierta al fulgor de la tarde,
una ventana abierta y un túnel de silencio.
Y un clavo de pasión duradera en tu sangre.

55
EL VIENTO SOBRE EL AGUA

¿Recuerdas lo que queda de la vida?
Javier Egea

Desde un paisaje helado en la memoria,
desde un sueño de espejos sin fondo y sin futuro
sobrevive en nosotros
un oscuro estribillo indescifrable
que entona en ningún sitio algún coro de sombras.

Bajo esta luz ilesa nadie lo ve. La sombra
se incorpora al vacío de una nada que habitan
nombres, miradas, bosques
oscuros de cipreses.

Me acuerdo del futuro: la tarde va pensando
un sur de manantiales y una silueta en sombra
se disuelve en la niebla.

Nadie lo ve. La sombra se incorpora al vacío
y el viento se desliza tranquilo sobre el agua.

Volverá, como vuelve,
a este cielo sin pájaros y a esta oscura llovizna
la bóveda nocturna horadada de estrellas.

En la niebla salobre, bajo el agua invertida,
se desangra una rosa suavemente en la orilla
con la tristeza azul de las tardes de invierno.

56
ESCRITO EN EL AGUA

Lo mejor del recuerdo es el olvido
Manuel Alcántara

Desde el brocal de un pozo ves la luz detenida,
la oscuridad del eco
que responde a la piedra que has lanzado
a la insondable latitud del tiempo.

Luna azul que amanece en la orilla del tiempo
sobre el primer destello de la noche,
sobre el indicio unánime del hueco.

Y el invisible fondo te devuelve
el sigilo coral de sus ondas concéntricas,
las cámaras secretas de un corazón cansado,
la memoria menguante que se escribió en el agua.

57
ANTIGUA VOZ

Soy el rey del humo.
Claudio Rodríguez

Fluye bajo la noche
el agua sigilosa de la piedra.

Trae en su corriente oculta
relámpagos antiguos y cantos de frontera,
veladuras de otoño y restos de reflejos.

Y en su memoria verde de arboledas,
indicios subterráneos de todo lo que vive,
el volumen sin bordes de la tarde amarilla.

Antigua voz que viene,
con su agonía de nube, del fondo de los siglos,
de la raíz telúrica de la noche y la sangre
contra el sol de la historia.

Somos el espejismo de un viejo dios menor
en la sombra tenaz donde la lluvia
percute su canción incansable, su fiebre
que hiere el mármol y arde
duplicada en los ojos ciegos de las estatuas.

58
NOCIÓN DEL ALBA
la longitud extrema de la noche
José Ángel Valente

Noche de la palabra:
un eco de tiniebla y una luz sin destino,
con su vuelo profundo,
va al hueco luminoso de la nada
y a la raíz callada.

Donde el limo insondable y la húmeda penumbra,
donde habita el silencio y flota en el vacío
la densidad silente de los sueños.

Cima de luz sin luz, sima de sombra,
la dura brevedad, las pedernales chispas del deseo
en la mina secreta del sentido.

Oscura transparencia, ávida noche
alta de la memoria: la noche de los astros.

59
DESDE UN TIEMPO SIN TIEMPO

Desde el reverso oscuro de la noche
asoma entre las nubes un cerco incandescente,
un golfo de luz blanca por donde fluye el día
entre una sombra y otra
mientras el mar regula sus pleamares, su herrumbre,
la carcoma, el salitre material de la noche
y el viento ciego agita el fuego en el planeta,
apadrina naufragios y dobla las palabras
con la luz vacilante que arde sobre el azogue.

Látigos de ceniza y herraduras de fiebre
atraviesan la estepa
bajo un sol de mercurio propenso al espejismo
y a la sístole sola que hace opacos los párpados
y olvida a las serpientes.

Como si los dictara un sueño
desde un tiempo sin tiempo,
fragmentos subalternos, confluencias,
memorias inveraces
que simula el recuerdo y ejecuta el fracaso
excavan en lo hondo,
vislumbran el espacio de las revelaciones,
bucean en lo oscuro con tanteos sonámbulos:
estelas sagitarias que iluminan las sombras
en busca de sentido
sobre el opaco fondo de la noche.

¿De qué oscura palabra, de qué signo en la piedra
guardamos, sin saberlo, la memoria?

60
LUNA DOBLE EN LA ORILLA

Cae la tarde en las cuencas cansadas de los ojos
y a lo lejos aún sube el humo intransitivo
del alacrán de fuego que acecha bajo el barro
y hogueras de silencio que no contempla nadie.

Dejarán sobre el mundo su fuga y su extravío
la flor de indiferencia que brota de la nieve
o la estatua de sal que mira a sus espaldas

De la tarde caían
cuchillos de abandono en los pozos del vértigo
y los cuerpos sonámbulos miraban al vacío.

Muy pocos lo supieron: naves negras llegaban
a las costas sin sueño de las últimos luces
y había una luna doble esperando en la orilla.

61
SOMBRA CAUTIVA

Como un largo estertor suena en las caracolas
la ausencia submarina del verano
y hablan desde el silencio
los ojos desolados de los muertos.

Mientras flota en el aire,
como un recuerdo mudo,
la flor indiferente del otoño
emerge sobre el río el tajamar del sueño
con sus dunas lentísimas, con sus nieblas azules.

El paisaje del cuerpo que en los días solares
describe un territorio no explorado,
recuenta las semillas de las tardes profundas,
la huella innumerable de las revelaciones
bajo la luz punzante del solsticio.

El silbo azul del cárabo atraviesa el paisaje
y una sombra cautiva vadea la memoria.

62
CERNIDA LUZ

Mientras la voz del pájaro
convoca la presencia sigilosa del día,
sube una luz distinta que surge de astro en llamas,
de la espuma fugaz de un litoral de estrellas.

Azul en su desvelo, terco en su son oscuro
de horizontes con niebla,
va a otras luces vencidas en tránsito hacia un sueño
que la sombra desnuda.

Cernida luz que brota de un hontanar secreto
y va a los arcos ciegos en donde arde el olvido
y se calcina el aire constelado del mundo.

Huellas de llama antigua
en las sílabas negras de una lápida fría.

63
MÁS FUERTE QUE EL OLVIDO

Si de repente un día
llega un viento más alto que la luz y los pájaros,
no dejes que el paisaje envejezca de pronto
y los pájaros huyan y la luz se amortigüe.

Que el sueño de las naves
sea más alto que el viento sobre el agua,
más fuerte que el olvido.

64
III

EL MAR NO DUERME NUNCA

El mar, el mar, ¿quién podrá agotarlo?
(Y. Seferis)

65
MAR INSOMNE

El mar no duerme nunca.
Las piedras van y vienen y el viento gira y gira.
Pero el mar nunca duerme.

El mar no tiene centro.
Vive en la irreparable página del naufragio,
en el vómito en sombra del tiempo oscuro y lento
y en la pausa profunda del abismo del sueño.

Vive en la luz opaca que miran los ahogados
en su estupor de noches sin faros ni planetas
lo mismo que en las brasas late aún la galaxia
que una música sorda enumeró en la arcilla
secreta de la noche.

Pero el mar nunca duerme. El mar no tiene centro.

66
LA MEMORIA DEL AGUA

Persiste en tu memoria una ciudad de agua
que fluye bajo el humo de la ciudad de piedra.

Allí un barco se aproa, inmóvil sobre el tiempo,
y revoca los nombres de las horas,
flota sobre la sombra del día innumerable
y los meses sin viento propicio y sin mareas.

Un cerco azul de sueño defiende la ciudad
con turbia luz de acuario y espejos de sosiego.

Lenta luz silenciosa, ávida mano en sombra
que da nombre al silencio
y escribe un manual del fuego indescifrable.

Arden las osamentas donde las zarzas negras
hieren, en los caminos callados del otoño,
la raíz de la escarcha, el fantasma nevado del mercurio.

Allí reposa muda y sucesiva,
en los peces gemelos que nadan en los sueños
y en los pájaros leves que laten en lo oscuro,
allí vive secreta
la ciudad invisible que duerme bajo el agua.

67
LLAVE DE SOMBRA

Por adobes sin vísperas y azules sin memoria
baja un jinete insomne y un caballo sin eco,
un ángel sentenciado por un reloj de arena,
último Adán de nieve de un diciembre sin luna.

La noche más entera de la espuela y el fémur
arde con llama negra en el alto silencio
de un corazón oscuro en mitad de la noche
rasante del desierto.

Islas de fuego y lluvia, en la hora sin contornos
donde Orfeo es un ojo que contempla los puentes,
recorre las orillas con azogue y con barro
en las costas de espanto de un paisaje de invierno
y cobija en su mano
el pájaro de jade del futuro,
la memoria precaria que dejan los relámpagos
sobre el color del frío.

El ruido del azar que mueve los planetas,
da un temblor ilegible a las hojas del árbol
y en la métrica impar con que late la lluvia,
da vibraciones de aire a las alas del pájaro.

Es cifra de la luz y música del sueño,
llave de la materia sustancial de la sombra,
en la trama confusa del pasado.

Como sabe la sangre su camino y sus puertas,
cae la noche en la frente y en el centro del mundo
y en los límites de agua donde naufraga el tiempo
con un ángel de lluvia del Mar de los Sargazos.

68
EL AZUL DE LAS ISLAS

Por provincias de lluvias litorales, por bosques
de penumbras y acechos, por comarcas de nieve
y ríos medulares
regresa el tiempo pródigo a la isla originaria
en el espectro inmóvil del árbol en la niebla
y en los olores blancos de la humedad de octubre.

Isla azul en la nieve,
en el tiempo sin tiempo donde flota el recuerdo
como el humo en el bosque,
con luz nevada y baja en el límite oscuro
donde acaba el sonido.

De su centro en penumbra sube entera y confusa
la música espiral de los naufragios.

Su luz extraviada se borra lentamente
en las hogueras frías de abril bajo la luna,
sube al silencio negro de las constelaciones
y desciende a la noche de hielo del desierto
en el viento lunar que esparce las cenizas
leves de la memoria.

69
ISLETA DEL MORO

Será porque esta sombra que deposita el día sobre la arena
conserva la inocencia de la primera luz,
la húmeda luz primera que inauguraba el mundo.

Será porque en la costa boreal de la isla
cae ya el deshabitado espectro de la noche
sin viento del planeta
y en esta luz cansada del final de la tarde
ondean las banderas moradas del poniente
y suenan las campanas de los barcos hundidos
rompiendo las compuertas de la niebla.

Será por eso acaso, pero algo en esta isla,
una oscura canción del viento por las ramas
o el vuelo rezagado de los pájaros
iluminan la noche invertebrada
con sus notas azules y su plumaje blanco.

70
COMO UN CUCHILLO HELADO
Nada es una sola cosa
(Virginia Woolf)

Se ha asomado a la isla
la luz desorientada de un otoño de lágrimas.

En un sueño sin nadie
el humo que se filtra entre los muros lentos
recuerda las ciudades de adobe y espejismo
de una llanura estéril y un pan sin levadura,
de un tiempo calcinado sin sombra y sin estatuas
asomado a la escarcha de un jardín extranjero.

Una luz de cristales quebrados en el filo
frágil de la mañana
y el corazón en vilo del mar late cansado
o tiembla en las campanas submarinas del sueño.

Y la memoria entonces construye con palabras
otro oscuro espejismo: el enigma de humo
de ciudades antiguas que nadie pisó nunca,
donde un resto de niebla difumina las fuentes
bajo la luz extraña que afila la mañana
como un cuchillo helado que apaga las hogueras
del ejército en fuga de la noche dispersa.

71
RUINAS FENICIAS

Se llegaba hasta allí subiendo entre las rocas
salitres de la costa, por los acantilados
donde los perros cierran los ojos y se espantan.

Una escalera en ruinas subía hasta el confín
caliente de la tarde donde el desierto acaba.
Y allí, entre las gaviotas y los duros lentiscos,
se oía respirar al mar de las batallas.

Al bajar del recinto, cuando en el aire hervía
una herida morada como una quemadura
y ardía la corona de espinas del poniente
sobre el cuerpo de fuego del verano,
soñaban las estatuas sus ojos vaciados
y en su lengua salobre pronunciaban los labios
una canción sonámbula que caía en la noche
sobre el silencio en sombra de los peces
y su espejo caliente de medusa y mercurio.

72
BAHÍA DEL DURMIENTE

Nunca cosas las redes de espaldas al mar
(Robert Bringhurst)

Está solo en la playa de un sueño intransitivo,
solo ante la bahía sin bañistas. Y el sueño
tiene un compás de sístoles y diástoles de plomo.

El mar contrae su máscara lunar sobre los cuerpos
cansados de los mitos
y arde en las madrugadas genitales del mundo
y en los rostros antiguos
de mármol mutilado y ojos ciegos.

Está solo en la playa. Se ha quedado tumbado
bajo los altos muros de la historia,
sobre el rastro tranquilo de su vida
y ya no mira atrás, solo respira
como respira el mar, al fondo de sí mismo,
con sístoles y diástoles de plomo y de salitre.

73
ISLA DE LEVANTE

Hasta la orilla fósil de la tarde
ha llegado el veneno de una última luz verde
y en una isla sin muertos cae el óxido de cobre,
la raíz sumergida de un raro jeroglífico
donde empapan sus ruinas los ojos de los náufragos.

Como inútil simiente
que el viento arrastra a un mar de mercurio y azufre,
la luz adversativa que surge de lo oscuro
alza su arquitectura
de humo en columnas lentas de contornos efímeros.

Late desconcertado el corazón del tiempo
en el filo continuo de un cristal fragilísimo
y en la noche feroz del sigiloso,
sobre la pulpa amarga del recuerdo,
la neta forma herida, la piedra, el desamparo.

Este vidrio tan frágil que contiene la luz,
la altura azul del aire y el vacío que el pájaro
va abriendo con sus alas en la tarde de arena
ha llegado a la orilla.

Lo ha traído una ola
con sola sed de sierpe de sílice y silencio.

Ha llegado a la orilla
con esa sed sencilla de sombra sibilante
con que llega la ola a su final sin muros
y le borra los nombres a la arena desierta
y la empapa y la llama completamente olvido.

74
ISAUIRA
No separes la sombra de la luz que ella ha engendrado
(J. A. Valente)

En un pentecostés de caracolas
zurean las palomas
y arde preliminar y azul este paisaje
fugaz hacia el verano.

Semejante a una lengua de nieve intransitiva,
el cobre clausurado de la tarde,
la memoria que escuece igual que una medusa.

Esta tarde el solsticio
desvanece su luz en la materia
oscura del espejo
y el silencio sin centro de diciembre
es la respiración secreta del animal que acecha.

Solo está el campo ahora, escondidos los pájaros
en el silencio vegetal del mundo
y en la memoria de agua que alimenta su sueño
con torres numerosas.

Y es oscuro el olvido y está la niebla al fondo.
Es oscuro el olvido y la noche entra en calma
al horizonte en sombra por donde cesa el vuelo
con lenta luz inmóvil.

Ajenos van los astros a sus órbitas ciegas
y a veces te estremecen
las formas reflexivas de los pronombres átonos.

75
ROSA DE SAL Y SOL

Vino del mar. Traía
una rosa de sal y sol en la palabra
y un confín de caballos en su memoria de agua.

Memoria y profecía de los barcos que cruzan
sobre el mar del futuro con sus velas mayores,
con sus lentos naufragios, sobre este mar antiguo.

Viene en el mar la lluvia que lloverá mañana
y en el humo la noche con su fuego de cedros.
La materia ya ha escrito su futuro en las nubes
con signos sinuosos de luz indescifrable
y el ojo sabe el óxido antes de la tormenta.

El ojo desbocado del caballo
en su galope ciego hacia el centro del bosque,
hacia la honda raíz donde entierra la tarde
su humedad menos verde
y trenza un canto mudo, un fractal de preguntas.

Vino del mar, del sueño,
de las lentas fogatas del frío y su pulsión de luna.

Numeral y con fiebre, con fervor de aguacero,
la noche material de la serpiente,
la antífona de luna,
la luna de la sed, la luna sola.

Hijo de la palabra bajo el viento y la nieve,
que este espejo de sombras te deslumbre en la tarde
frente al mar numeroso, frente al mar sucesivo
y las estrellas muertas sigan brillando arriba
en su vértigo azul de tiempo y de vacío.

Avatar de astrolabio, noche del equinoccio
en esta larga luz que brilla en la tormenta
como una espada ardiente contra los pedernales.

76
SÚBITAS ISLAS

Una isla una isla
que solo el viento habita
y pájaros azules
(Alberto de Lacerda)

Sólo el mar las conoce:
súbitas islas que arden verdes bajo las aguas
de este mar generoso en alas y en reflejos
y olas de voz profunda
desde oscuras regiones de barro turbio y hondo.

Es el mar quien nos cruza con su manso oleaje
contra la lengua helada de la muerte,
la desmedida bóveda que atraviesan los astros
sobre los vientos largos que aúllan en la noche,
más honda que los mares sin luz de los ahogados.

Y un oboe a lo lejos
trae lluvias y relámpagos que remontan las olas.

Dispersas en el viento gris del mar de noviembre,
pulimentan cristales, arrastran algas, ruedan
negras en la tormenta y en los truenos con eco
tentacular del sueño.

Un pájaro de espumas vuela sobre su espalda
en la penumbra verde donde germina el tiempo,
en el reino sin astros de los cielos del pez.

Los hombros de los hombres, las lumbres subterráneas,
los heridos de sombra por el agua sin pulso,
el tamaño que tiene la noche solitaria
y un paisaje de heridas que laten lentamente
como en un simulacro.

77
MAREA LLENA

Contemplad estas aguas: una antigua memoria
acumuló su ritmo, acordó su desmayo,
afinó el diapasón profundo de las olas
a la presencia ciega de la escama.

Contempladlas: en ellas
arde la intermitencia numerosa del fuego
y late el corazón de un tiempo sin palabras
en la mirada atónita del náufrago sediento.

Late en los arrecifes un perfil de mareas
con ojos que en silencio van descifrando el mundo:
las formas adjetivas, el espectro del agua
y los caballos blancos que el viento ha despeñado
sobre el vacío azul que acoge a los planetas.

Calla el ojo y recuerda un enigma de arena
y un tiempo sin orillas donde la luz sonaba.

78
EN MÍ ATARDECE EL MAR

En mí atardece el mar en la tarde amarilla
sobre el cristal azul donde se ensancha el vuelo
con celajes sutiles que devana la tarde

Abstracto territorio de luna transparente
que un antiguo arquitecto
edificó en cristal y en el silencio
del jardín subterráneo de los sueños.

Alta espada candente
levanta sobre el mar el constructor del fuego
en las horas borrosas de las nubes quebradas.

Por estuarios de sombra y vientres de ceniza
baja del aire al aire la memoria del mundo
y el viento que difunde la arena innumerable
del color de la luna creciente del desierto.

Sólo el viento sabrá que aquí fuimos felices.

79
INVIERNO LITORAL

Vuelve otra vez la hora y su silencio
al precario paisaje que las nubes anegan
en un lugar del aire opaco de la tarde,
en el rincón penúltimo donde crece la lluvia
indescifrable y gris detrás de la ventana.

El perfume caliente del aligustre blanco
ilumina la tarde de una dulce humedad
y tiñe el horizonte con una breve bruma
que sosiega el paisaje leve de los solsticios.

Vuelve otra vez la hora y su silencio
a donde late el mar sin huellas del invierno,
vuelve como volvieron las aguas abolidas
que inunda la memoria
igual que el garabato con que el azar nos habla.

Como el espectro azul de un barco entre la niebla,
tiembla la última luz
sobre el desorden blanco de una orilla sin nadie.

Late lenta en la sombra de puertos lejanísimos
y cae sobre las olas con brumas de extravío.

Entra el mar en la noche
por las últimas rocas de la playa en penumbra.

Entra desnuda y lenta la noche por su orilla
mientras el viento imperativo llama a las campanas
de los veleros últimos
y cae en el desconsuelo del párpado cerrado.

Cae en la ruina sin cauce de los acantilados
el rostro devastado del invierno oceánico.

La tregua de la tarde se despeña en el agua,
en el último brillo del mar indiferente,
deshace su argumento de puentes y cavernas

80
cuando una lluvia joven cae sobre los recuerdos,
sobre el imperceptible cansancio de las olas.

81
NAUFRAGIOS

Vimos caer los montes en la tarde sin sombra,
hundirse los veleros
en el naufragio azul de los espejos.

Nadie nos dijo nada, pero vimos el fuego
detrás de cada ola, vimos cantiles ciegos
y oímos la arenisca resbalando en la niebla.

Nadie trazó los mapas de una costa adversaria,
de escolleras cambiantes y de vientos contrarios
para emprender la ruta de un mar de sedimentos
y tumbas submarinas que en bajamar emergen
del limo genital de un delta navegable
a la arena metódica que cae sobre la vida.

Había una luz remota madurando en la orilla
y profetas opacos en ríos desbordados
y el viento blanco y frío que silba en el invierno
con acento de lobo y fragmentos de noche,
con un lastre de herrumbres
en los distritos hondos de este mar indomable.

Oímos el revuelo de pájaros insomnes,
el aliento caliente del viento de levante
y un manantial de sombra en las nubes maduras
y en su memoria de alas la rama que se alza
del légamo o del fuego que prende en los enebros
y en el filo cortante de la nada.

Este mar sin cabeza no conoce la muerte.

82
UN DIAPASÓN DE SOMBRA

No es el barco, es el mar oscuro el que maquina
con su ebriedad la ronca insistencia en espumas,
el mar es quien maquina la noche negra en olas,
con señales que vuelven desde el fondo,
de la orilla distante de los sueños,
de la materia turbia que destila la arena.

Ni siquiera es un pez, es menos que las algas
y los confusos restos de barcos y moluscos.

Es menos que el silencio que mira su recuerdo
en el espacio en vilo donde aún persiste el tiempo.
Es la materia umbría de un diapasón de sombra.

Baja a la luz más blanca,
a aquella que se encuentra por detrás de los sueños
y del asombro verde del mar cuando amanece.

Sobre su corazón los pétalos deshojan
la escarcha de los días entre una nada y otra.

83
CANCIÓN DE ARENA

Ya sus altas banderas de hielo curvo y rosa
va rindiendo la tarde al acero afilado de la noche,
al mar color de uva y a la hoguera nocturna
en esta soledad invertebrada.

En la sombra invisible,
numerosos y juntos, los pájaros regresan
al índigo en la herida numeral de las treguas.

Tras los rastros furtivos
donde puso la iguana la noche de sus ojos,
canta el acantilado sus canciones de arena
sobre una arcilla oscura de enebros sin raíces.

Y en esta geología del silencio
el enigma en la médula secreta de la noche.
la sintaxis compleja de los claros de luna
con caballos y lámparas
y ojos y laberintos en bosques extranjeros
con la osamenta blanca que afila la memoria
sobre la capital secreta de la niebla.

Aprende a despedirte y luego vete.

84
MÁS FUERTE QUE EL OLVIDO

Si de repente un día
llega un viento más alto que la luz y los pájaros,
no dejes que el paisaje envejezca de pronto
y los pájaros huyan y la luz se amortigüe.

Que el sueño de las naves
sea más alto que el viento sobre el agua,
más fuerte que el olvido.

85
IV

A VECES EL PAISAJE HABLA ANTES QUE
NOSOTROS

Somos un signo solo, y sin sentido
(Hölderlin)

86
EN UN LUGAR DE ESCARCHA
Toda la imaginería
que no ha brotado del río,
barata bisutería.
Antonio Machado

A veces el paisaje habla antes que nosotros.

Esta orfandad del día con sílabas errantes
tiene más de cansancio que de herida reciente,
es una luz de arena rodando en el desierto,
una simiente lenta que el viento deposita
en un lugar de escarcha.

La luz desmadejada de esta rara mañana
tiembla sobre los brazos helados de los árboles,
choca igual que el recuerdo contra el cristal del tiempo
y se duerme en el agua negra de los estragos,
en las moradas lóbregas y en las encrucijadas
inciertas de la tarde.

En el silencio blanco de la nieve
y en la luz fermentada de la lluvia en otoño
a veces el paisaje habla antes que nosotros
y horada la memoria desde un pozo de nieve.

87
ASÍ MIRAS TÚ EL MUNDO

Como quien mira el mundo desde alta mar, como arden
las hogueras sin pájaros y navegan los barcos
sin tiempo ni raíces, así lo miras tú.

Así miras tú el mundo.

Como ignoran los árboles sus raíces amargas
y sus ramas no saben deletrear las hojas,
tú desconoces todo de la luz de esta tarde,
innumerable y llena de la luz de otras tardes.

Como quien mira apenas el residuo o el tránsito
de hileras y estaciones que no le dicen nada
porque son laberintos que no tienen salida,
espejismos de niebla que asedian los cristales,
vísperas del silencio que lloverá mañana.

Porque la luz sostiene su antigua incandescencia,
contiene alas y nubes, simientes y esqueletos
y lugares sin nadie y penumbras sin brillo
donde también respira la acuidad transparente
de esta tarde que ahora ya conoces del todo.

88
LA NOCHE INDESCIFRABLE

Paciente luz de otoño por la que vuela el pájaro
y se bifurca un tiempo de centellas
en locución de vértigos y en puertos cenagosos
con noche y con silencio en sus aguas sin luna.

Como sombra en asedio o antorchas en la tarde,
la memoria diluye
las fronteras, los rostros borrosos del crepúsculo,
confunde con los sueños las sístoles de fiebre,
la niebla y la osamenta mineral de los lobos.

Los ríos medulares inundan la borrosa
declinación del día por los despeñaderos
con cieno y con espadas de hielo por las nubes.
La tarde es una mancha amarilla en un muro,
una luz decadente en un jardín de octubre
que cumple la consigna de quién sabe qué nadie.

Porque el tiempo mantiene su prosodia y sus signos
en un caudal de horas de sol o de ventisca,
bajo una luz nublada o sobre el oleaje,
donde crece lo súbito en el aire
y arde la persistencia de la llama
o declina el silencio con sus sílabas negras
la materia banal de la memoria.

Pero no dice nada del péndulo espumoso de las olas,
de la luna emboscada, trémula bajo el mar
distante y cardinal de las mitologías.

En la nave sin rumbo, la noche indescifrable.

89
MÉTODO DE LA LUZ

Como está en el incendio otoñal de los chopos
la luz de primavera y el fuego del verano,
el abismo del párpado,
la médula talada de la noche;
como están en la zarza ardiente las raíces
y las aguas del río siguen latiendo en ellas,
así en los pedernales ya está ardiendo la yesca
y saltando la chispa que prenderá en el bosque.

Como el tejado cruje bajo la nieve lenta,
también el corazón arde bajo la hoguera
blanca de los almendros.

Flota la piedra insomne en el agua parada
y su raíz de sombra se hunde negra en el tiempo
sin fondo de sus llagas,
en la respiración azul del aire bajo el hielo.

Y el náufrago ciprés en el paisaje
en las sombras anónimas de las astronomías.

90
LA NOCHE DE LA ARCILLA

Tiene viento la estatua y hay jardines con sombra
en sus ojos vacíos.

Su memoria es el canon callado de la piedra,
vive en el equilibrio alado de un secreto
que pesa y fluye y pasa y permanece.

Vive en la geometría fractal de las corolas
en la arcilla profunda de la que surge el pez,
y en aljibes umbríos donde fermenta el óxido
en arcos de silencio
que dibuja la luna en el vacío.

Cuando devora el tiempo
las raíces heridas de la tarde,
está en el esqueleto hiriente de la espina,
en los dientes del perro y en los lentos enjambres
que dan al corazón y lo devoran.

Viento denso que enciende la noche de la arcilla,
adobes silenciosos al fondo de la luz de las hogueras
y el pasmo de la piel en su sombra de cúpulas.

91
MINA DE SOMBRA

El recuerdo no es tiempo: el recuerdo es espacio.
Su lugar es la ausencia de paisajes perdidos,
oscurecido azogue que el tiempo araña y unge,
neveros de silencio contra la luz del sueño.

Y una silla vacía, diariamente vacía,
un hueco ensimismado que da razón de un nombre
al que ya no se espera y a los que lo despiden
con su última mirada y un pañuelo de luna entre los dedos.

Mina de sombra, tiempo de abismos y cristales,
óxido del crisol, perfil de la memoria
hacia un premonitorio reino de las raíces
donde germina el hueso y persiste el instante,
el cristal de espejismo sin luz de las ausencias.

Con la inminencia azul de los vestigios,
del viajero y su sombra se hace cargo la noche.

92
LUZ SECRETA

Tiene una luz secreta la tarde de septiembre,
una luz vertical de tormenta o de fiebre,
anterior al relámpago,
anterior a las horas maduras del otoño.

Como un ángel caído, cae el silencio en los montes
y en las bestias que ocultan su pánico en las sombras.

Con lentitud construye
su callada cadencia indiferente,
la vigilia de todos sus sentidos.

También su corazón se acelera flotando
en lo oscuro, en lo hondo, en lo que más se teme,
en las islas extrañas
con brújulas que laten mientras buscan el norte.

Siembra sombra la luz
en la dudosa escala de los pájaros,
balbucea la tarde
su paciente versión de incendios incoativos
que siembran sombra y luz creciente hacia el silencio.

93
CANCIÓN DE NIEVE Y NOCHE

Como un veneno verde
que rompe las raíces de las piedras,
como el silencio azul o la tristeza,
la nieve siempre llega repentina
y levemente eleva
una oración sonámbula en las noches de enero.

Viene una luz antigua que contiene el pasado,
una luz silenciosa que precede al futuro
y a las lentas montañas inmóviles con nieve.

Dura a veces su luz
en el sonido blanco de los sueños,
y en el residuo sordo de la noche
dura también el frío
con óxido de pozos y musgos y metales.

Contra su fondo negro,
recorre el horizonte sin recuerdos una sombra vacía,
un cuerpo solitario en la nevada.

Y allí, como un cuchillo,
también como la nieve,
cae la luz en la luz,
la savia viva por la sombra verde
y el sueño sobre el sueño
con sus sonidos blancos y sus colores sordos,
con su canción de nieve nocturna bajo el frío.

94
LOS NÚMEROS HELADOS

Del fondo silencioso de la noche viene una luz extraña,
un espejo que finge la honda plata del sueño.

Desde una encrucijada de lunas y mareas
espera en otros ojos otra oscura mecánica
con olas que no cesan y espumas sucesivas,
con vuelos sin orillas comprensibles.

Amanece la piedra desamparada y sola
y el viento, negro aún,
le tiñe el corazón con ceniza y con restos
de un humo de sarmientos.

Contra la noche que arde en los cristales,
amanece la piedra encadenada y sola.
Sus vísceras de cuarzo son la escarcha del tiempo,
son el presagio rosa
que pinta los contornos de la niebla
y dibuja el relieve del tiempo sobre el agua.

Donde el indefinido fanal de la memoria
ilumina los números helados de la sombra
por donde ahora transcurre un silencio de escarcha
y el blanco espectro sordo de la vida
recorre indiferente
un bosque peligroso que conduce al vacío.

En un espacio oscuro de placenta o de fiebre,
raudo y copulativo, como los oleajes,
un diapasón modula el compás del misterio,
la tensa vibración de una viola de gamba.

95
ALA DE NIEVE

Con sus alas de nieve el ángel del olvido
va sembrando la noche sin luna de cenizas,
de rastros boreales
y escamas de silencio por ríos subterráneos.

Pálidas llamas queman el mar de los ahogados:
algas, branquias y buzos proyectan sobre el légamo
su verde luz anfibia,
el veneno directo de su aire emponzoñado
sobre las luces ciegas de la noche.

Hay lámparas sin llama
que alumbran la memoria con nieve disecada,
y ríos sin corriente que fijan los recuerdos
con un cristal y el limo seco de sus orillas.

Hay caballos que trotan por el mar de los sueños
sobre el mármol quebrado que habitan las estatuas
y sobrevuelan lentas, chillantes, las gaviotas.

Con sus alas de nieve siembra un ángel de sombra
el acecho sonámbulo de una luz sin memoria,
lo que duele de veras, lo que importa y nos deja
un racimo desnudo que el mar verde vomita
en su hora sin mareas.

96
ESTELA CON PÁJARO

Mientras en la alta noche gira un viento con luna
alas de nieve y sombra levantan las palabras
en un vuelo profundo
al centro donde acecha vacío el laberinto.

Hueso, volcán y hormiga,
sol ciego de la víspera, ceniza de las órbitas,
juntan labio y minuto
en el espacio curvo de los sueños.

Constelación de luces caídas en el frío,
en la humedad callada
que mancha un sol oscuro sobre un paisaje efímero.

Raíz lenta de silencio, música del planeta
en la conjugación de las mareas
y en la hora combustible de la tarde.

¿Qué signo sordo oía
la desorientación del pájaro en el tiempo?

97
EL RUISEÑOR EN LA MURALLA
Lo que dice el trueno
lo comprende el bosque
Octavio Paz

I

Cae la sombra en el mundo como una lluvia antigua,
como una profecía del viento extraviado
en agujeros negros.

Deriva incandescente del tiempo navegable,
tiempo inmóvil que vibra en la tarde de arena
y congrega en la orilla genital sus racimos,
las cuerdas de cristal que pulsan los minutos.

Ilesa luz distante por la que vuela el pájaro
en su presente eterno,
puerta del sueño, puente
por el que cruza el viento del otoño
sobre un río constelado de semillas.

Que un alto surtidor trepe en el aire
sobre la pulsación tranquila de la sombra
y que un terror antiguo deshaga bajo el viento
la última luz del día,
espiral de ceniza, luna de los reflejos.

II

Entra el viento en la rama como en el cuerpo el sueño,
como el mar en la cueva, como en el río la sombra.

Como piedras lunares de una luna lejana
son hojas sucesivas las máscaras del tiempo,
los números impares,
la oscura transparencia de la noche.

Son el tiempo abolido en el presente fijo del espejo.

98
Suspendido en su centro de piedra incandescente,
flotando a la deriva,
el eje rotatorio de dos lunas de hielo.

99
ANTIGUA VOZ

Soy el rey del humo.
Claudio Rodríguez

Fluye bajo la noche
el agua sigilosa de la piedra.

Trae en su corriente oculta
relámpagos antiguos y cantos de frontera,
veladuras de otoño y restos de reflejos.

Y en su memoria verde de arboledas,
indicios subterráneos de todo lo que vive,
el volumen sin bordes de la tarde amarilla.

Antigua voz que viene,
con su agonía de nube, del fondo de los siglos,
de la raíz telúrica de la noche y la sangre
contra el sol de la historia.

Somos el espejismo de un viejo dios menor
en la sombra tenaz donde la lluvia
percute su canción incansable, su fiebre
que hiere el mármol y arde
duplicada en los ojos ciegos de las estatuas.

100
NOCIÓN DEL ALBA
la longitud extrema de la noche
José Ángel Valente

Noche de la palabra:
un eco de tiniebla y una luz sin destino,
con su vuelo profundo,
va al hueco luminoso de la nada
y a la raíz callada.

Donde el limo insondable y la húmeda penumbra,
donde habita el silencio y flota en el vacío
la densidad silente de los sueños.

Cima de luz sin luz, sima de sombra,
la dura brevedad, las pedernales chispas del deseo
en la mina secreta del sentido.

Oscura transparencia, ávida noche
alta de la memoria: la noche de los astros.

101
VIENTO NEGRO
Follow, poet, follow right
To the bottom of the night

W.H. Auden

No alcanzarás a verlo, pero desde la orilla
llegará un viento negro que horadará los ojos
vacíos de las estatuas.

Busca en el bosque tú:
arde en sus altas ramas la frontera del sueño,
el relámpago azul que rasga el mar sin luna,
el rayo repentino que rompe en tres las rocas.

Como un gato de sombra,
la niebla sigilosa asaltará también
el vacío sin nombre
del hijo de la noche antigua del fracaso.

Perdida en la ceniza del interior del bosque,
una almendra vacía,
espejo en el espejo de la nada.

Fragua oscura de fuego,
raíz de pedernales en túneles secretos
hacia el centro, hacia lo hondo,
al otro lado abierto de la luz.

Bajo el fulgor del plomo la noche submarina
es más noche: es el mudo recinto del poema.

102
LO PROFUNDO ES EL AIRE
Lo profundo es el aire
Jorge Guillén

Respira en su interior el alabastro
y el aire en lo profundo
de este boscaje negro de escorpiones
emerge sobre el fuego.

La raíz de la niebla crece bajo la arena
y en la esencia escondida
bajo el vacío lento de un paisaje holandés.

La perfección de estatua de la nieve
bajo un viento de muerte
que trae buitres en círculo y espanta a las palomas.

Sin temor y sin prisa llegarás a la noche
donde cierra los ojos el día amortajado,

Una luz elusiva va hacia el confín del tiempo,
donde flotan sin sombra los planetas sin nombre
y un viento genitivo silba por las galaxias.

103
EN LA HORA DELGADA

Pensar el límite es traspasarlo.
Hegel
La tarde sin matices se ha poblado de sílabas
silenciosas, de labios cerrados en la sombra.
Ves el musgo en los troncos, el liquen de las ramas,
las batallas de arena.
Ves la estirpe del fuego en pedernales negros.

Y atravesando el cielo, sobre un claro del bosque
ves pájaros que vuelven a la raíz del día,
ves el color del mundo
y el brillo del estaño en la luna de hielo.

En la hora más delgada
ves cómo baja el rayo transparente del sueño,
cómo late el espacio confundido en el tiempo.

104
NOCTURNO JAPONÉS

Con dedos silenciosos,
llueve el tiempo descalzo
sobre las flores negras del estanque.

105
PATRIA PROFUNDA

La ardiente nostalgia del sueño
Paul Eluard
Escucha al ángel ángel,
al ángel de alabastro
que mira desolado hacia la piedra
con una mano puesta en su mentón de sombra.

Ungido por la dulce tristeza de los días
y su verdín doliente,
con la otra mano pide silencio al visitante.

Mira la piedra muda:
de ella sube el recuerdo como dicen que sube,
desamparada y sola,
la niebla de los lagos lejanos por la noche.

En la cueva el solsticio suena a flautas y a huesos,
a una música sorda de fósiles en sombra.

Mientras, un hombre sueña
con un lugar de espejos y un corazón de aceite
con vidrios rotos, rostros
y sueña que es un sueño.

106
V

LA TARDE NAVEGABLE

El mar no tiene memoria
(Coleridge)

107
I

Bajo esta luz azul, por esta lenta
latitud litoral donde atardece el pino
y se posa el silencio en el ojo del ave migratoria
pasan lentos los barcos.

Es la luz de la tinta y en las venas fluviales
es otra luz sin tiempo que el recuerdo ha fijado
sobre un cielo con nubes
en la acuarela verde de otra tarde.

Para hacer esta tarde navegable,
pasan lentos los barcos
y oscura, submarina,
pasa también la muerte.

Debajo de los buzos y sobre los naufragios,
bajo un puente de lluvia,
el oleaje ajeno que se ignora a sí mismo
sobre el pecio del día y las urnas de barro
con manos y madréporas, con huesos abisales,
en un confuso osario, en una oscura
agrupación de nieve.

Donde gestiona el tiempo sus últimas destrezas.

108
II

Dulcemente transcurre la tarde en la memoria,
semejante no al sueño, al recuerdo del sueño
que filtra los terrores y difumina el mundo.
Se posa en el paisaje
como el vacío que deja el aire en los espejos.

Con método y raíces nos devuelve la tarde
el pájaro de nieve del recuerdo,
la música con sangre y su letra de olvido.

En sus notas se posa el dolor en silencio,
igual que en el paisaje se ha posado
la pura sucesión de los días y las olas,
la combustión del mundo, su invisible elegía.

Como persiste el viento
en las cárcavas altas de los acantilados
donde el tiempo dibuja
un mapa de arenisca y erosiones,
un azar de fronteras al borde de un relámpago,
de un huracán, del vértigo
de un náufrago en el aire.

En las aristas tristes de su húmedo espejismo
algo opaco que da al dolor y a la nieve
se queda de nosotros y otra vez nos convoca
a ese lugar de espejos donde habitan los sueños.

Desde los altos muros de la tarde,
las máscaras del tiempo ya no te reconocen,
ni el mar intransitivo, ni el paisaje insumiso,
ni el ave sin memoria entre un silencio y otro.

109
III

Con dura luz asedia la tarde los contornos
sin brillo de las cosas.
Un silencio morado desciende por los ríos
y persiste en un hondo territorio de nieve.

Contra un fondo de antorchas en huida
se anuncia la penumbra del pájaro sin red
en la escarcha sin nombre de los cuerpos sin sueño,
en la flor de salitre de la boca del náufrago.

Como en tardes antiguas, ondean los estandartes,
estallan las maderas, se espantan los caballos.

¿Qué oscuros minerales, qué fósil fatigado
vierten los días en sombra
sobre el magma caliente del paisaje?

Por donde van los barcos,
por la invisible línea que cruza el horizonte,
con verano y gaviotas flota lento el silencio.

Por donde el ave herida,
hacia la luz secreta de las regiones últimas
del día sin orillas
huye también el sueño.

Sus sílabas amargas, su confusa sintaxis
no las traduce el viento.
Huésped de la memoria turbia de los espejos,
las entiende el oscuro animal de la sangre.

110
IV

Por sus últimas ramas ya no respira el árbol
pero hay en su corteza un recuerdo que late.

Hay savia de otros días en su leña astillada
y en sus líquenes fríos persisten otras tardes.

Por su raíz profunda no penetra la tierra
ni asciende el tiempo verde
sus venas materiales.

Nombres turbios y hogueras invaden la memoria
mientras arde el volumen vegetal de la ausencia
cuando la luz no pesa y desciende al silencio
el último rumor de copos o cenizas.

Ya no respira el árbol.
Pero tampoco el mar respira algunas tardes
para volver más mar a las noches sin luna.

111
V

En el confín sonoro de la tarde,
con el canto carnal del pájaro que vuelve
levantaba un paisaje de extravío
en las desordenadas entrañas de la tierra.

Y la niebla encendida bajaba a los caminos
y al pulso prolongado de los ríos
con espuma y destellos,
al agua numerosa en desbandada,
al lubricán opaco donde confunde el día
los límites del mundo
con el final dudoso de las nubes.

Miniatura del rayo la palabra que incendia
los frutos agrupados en el suelo sin tiempo.

Acarreo de yescas, paladas de la sangre
que sube a la garganta del canto y a la letra
recóndita que se hunde en las raíces,
en la corteza mineral del mundo.

Y en el centro del fuego del núcleo de la tierra
el oscuro telurio de relámpagos de agua
crece bajo la lluvia de los días impares
o se hunde por el tuétano de los martes con niebla.

112
VI

Cuando enloquece el día
en las copas más altas de los pájaros
y esparce sus despojos después de las tormentas,
tú miras a la línea
curva que traza el mar sobre el celaje rojo
que enciende los estigmas de la noche.

Y ves crecer allí flores negras del tiempo,
los arañazos hondos y el plomo que destila
el silencio del ave migratoria.

Ves crecer en su curva,
con silencio de túnicas,
el luto calcinado de la tarde
que se posa en las sílabas blancas de las ausencias
y las nombra y las unge.

Edad de deserciones,
mimbres en el silencio vegetal del paisaje.

113
VII

Áspera niebla, vértice
del otoño ilegible que disuelve las islas.
Cae sobre la memoria
la lenta estalactita del invierno.
y este olor que devasta con frío las cosechas.

Su material de cueva da al corazón del tiempo
y a las minas nocturnas de la sangre.
Sobre la lejanía mojada de los montes,
crece un filón de luz.
Las flores del almendro derriten los carámbanos
con la frágil blancura de sus pétalos.

Nos nombran estos días, nos nombra este paisaje,
nos nombran las campanas que doblan con metales
altísimos y graves en las tardes lejanas.

114
VIII

Comparece el recuerdo de otros rostros, el humo,
la pulsación distante de otros días
y su destino breve,
su destino de arena que disuelve
lentamente la tarde marina en el olvido.

Los élitros monótonos del tiempo restituyen
la noción de lugar, la imagen repetida
en los espejos grises de este mar con levante.

Hay en el horizonte una teoría morada
de nubes y flamencos,
una luz submarina que emerge y disminuye
el material sonoro de la tarde.

Y otra teoría de cúpulas
que encendió el mediodía en su azul con gaviotas.

Insistente en sus olas, el mar confunde y niega
escamas de cristal que brillan bajo el agua,
libélulas ilesas de un mar menor que siembra
la sal en las heridas, la ceniza en los ojos.

115
IX

Alguien mira en la tarde
las torres de alabastro de las horas perdidas,
las sílabas oscuras que empaña un tiempo turbio,
donde rubrica un águila el círculo del día,
las bóvedas moradas
que dibujan los pájaros en las fuentes del mundo.

Alguien firma en el viento
el epitafio helado de la luz
en las cuencas vacías de los submarinistas.
Y el mar mide su atajo
entre una sombra y otra.

Mientras el mar persiste en su tiempo abolido
con las islas azules del poniente,
atraviesan la luz las cenizas del mundo
y destila la tarde sus últimas certezas.

Mientras arrecia el tiempo en el paisaje,
pasan lentas las aves,
suena el calor y canta indiferente
la parda vibración de las cigarras.

Alguien mira a lo lejos
el cobre desvaído de la tarde
y arden los surtidores
de un jardín calcinado en la memoria.

Materia de canción, tiempo que fluye y vuelve
desde la latitud ilesa de las sombras
a los pliegues callados del olvido.

La minuciosa cicatriz del árbol
lo salva de la noche de la hormiga.

116
X

Son la herida palpable del ciego, el territorio
que descartan los ríos y ocupan las nevadas.

Son el viento que entona un himno en el desierto
con silencio y arena, el aire en donde giran
con llama blanca y alta las gaviotas.

Son la oscura presencia, son la luz curva y alta
que posa sobre el mundo su mediación de indicios.

Hondas tardes de ausencia y luz transfigurada
que mira desde un puente
su reflejo fugaz en el agua que pasa.

117
XI

Extranjero es el mundo,
cualquier lugar del aire es un bosque extranjero.

Arden a nuestra espalda
los senderos del tiempo y sobre el mar se enfría
la estela que ha dejado un avión en el cielo
morado de la tarde.

Como la flor extraña en la que arden los astros,
como la arcilla frágil en la que el tiempo traza
caligrafías de humo y signos de ceniza,
desde el paisaje germinal del limo
a una reunión oscura de silencio y de nieve
te llama la memoria.

Te llama la memoria
al encendido acero del relámpago
bajo el agua erosiva del mar de los naufragios.

Extranjero es el mundo.
Sus sílabas contienen
las claves de una lengua que apenas entendemos.
Su sintaxis la rige el azar del latido
o el aullido primario de los primeros hombres
que habitaron la tierra.

118
XII

Femoral y distante se disuelve la tarde
y el humo sin memoria de su origen
da su acento de luto a los mapas antiguos.

Con un cincel de sombra y erosiones de olvido
perfila la memoria lo que la luz rescata
desde el mármol del tiempo
con el veneno verde de los metales fríos.

Altas alas del hielo que apagan la candela,
escamas de cristal que hieren la mirada
desde su alto torrente detenido en carámbanos.

El temor de las aves rezagadas,
que eran del frío y del aire,
se disuelve también
en su vuelo nocturno hacia la sombra.

En la muerte plural del topo y de los buitres
un recóndito azar desbarata su cueva o los derriba.

Obstinada y veraz como una pesadilla
o como la carcoma
del salitre en la base de los acantilados,
como esponja en la fiebre,
cae la tarde en el árbol
y su álabe poblado de pájaros inquietos.

Cae la bruma en el campo calcinado,
como los acumulativos
materiales de sombra caerán sobre la noche.

Emisario interino de estaciones de niebla,
abreviatura en vidrio de las noches pasadas,
animal combustible de los ritos secretos.

Y no anochece nunca
sobre esta luz antigua del solsticio.

119
VI

PASAN SOMBRAS OSCURAS

Siento pasar los barcos por dentro de la noche.

(J. M. Caballero Bonald)

120
I

Por oscuras penínsulas pasan sombras oscuras,
deshabitadas sombras de herrumbre que el salitre
hizo crecer un día con lluvias litorales
sobre un verdín de olvido.

Con lentitud de fiebre, pasan sombras oscuras
bajo esta luz de aceite, bajo esta luz que pesa
sobre los cuerpos lentos del sueño y el presagio.

No conozco su nombre ni he pisado su escarcha,
pero ocurría noviembre en los ríos de la herida
y excavaba en las rocas hondas cárcavas blancas.

La arqueología frutal que evocan los adverbios
es memoria de un mapa hecho de carne y sombras,
solar y laboriosa secuela de las manos.

La mirada levanta las sílabas del mundo,
hace crecer con hielo
arroyos de ceniza y sombras de escorpiones,
la geometría precisa del estrago en el hueso.

Latirán otras tardes sin nosotros
en las ascuas sonoras, en las jambas secretas.
Y nada será nuestro,
ni el recuerdo del humo ni el sonido del sueño.

121
II

Arde lenta la noche callada en el espejo
de la luna africana.

Edifica en el óxido material de ceniza,
altas copas moradas en jardines con hielo
donde habita en silencio
un animal de sangre con escarcha.

Y hay un árbol más alto sobre las ramas últimas,
un temblor en el aire de pistilos nocturnos.

Y un cielo más profundo
–que nunca está en el sueño-
tras las constelaciones.

122
III

Colgado del vacío, era un silencio el mar,
un arrabal de estrellas,
un espejo profundo de noches transparentes
y nadie parecía, ni lentos pescadores,
ni los pájaros altos de las calcinaciones,
ni los ahogados lívidos en su azul sin recuerdos.

Limo, arcilla remota, caliente luz del trueno,
el arco hondo del agua tensaba el mar de octubre.

Su acento decreciente se deshacía en la espuma
y caía una oscura memoria de tormentas
como lluvia en la arena.

Con piedra y barro negro, con hondos mechinales
levantaron los muros,
elevaron la oscura materia del dolor.

Sobre una epifanía de destellos
persiguieron los cauces,
las desembocaduras serenas de los ríos
y el agua encarcelada de los pozos.

Pusieron nombres verdes a las islas,
descifraron un día
la codicia amarilla del otoño,
la clave en do menor que da la luz de enero,
el idioma secreto con que escribe la nieve
la partitura lenta de la noche.

Mas todo estaba en orden en el umbral del mundo:
cada latido sordo
era la incandescencia de un corazón en calma,
cada acecho invisible, un rumor en las ramas,
cada vuelo secreto, un tembloroso espacio
que iba hacia las fronteras violetas de la noche.

123
IV

Reloj de arena sola, noche viva del fuego,
llama definitiva, vuelo azul de silencio
que cae desde las cúpulas
y desciende a la herrumbre sin peso de las anclas.

Archipiélago oscuro
que la memoria junta y reconstruye
en el espacio lento de la noche
para que viva en ti la luz del mediodía
y corran los veneros hacia una sed antigua.

Persiste bajo el mar
como persiste el sol en la jara abrasada,
las mañanas de Adán heridas por el aire
o el pasado en las sílabas secretas del recuerdo.

Por ti esperan la lluvia las raíces del árbol,
por ti sucede el río y crecen los preludios,
luces transfiguradas de septiembre
por bosques que fulguran con oro en la penumbra.

124
V

Sílabas blancas, islas con nieve o con ceniza,
material locativo con sal y con arena,
secreto centro, piedra en alta mar, silencio
oscuro de la ruina donde nace la lluvia,
calambre azul, presencia o garabato.

Son un oscuro canto de frontera,
son la voz que remonta
las corrientes nocturnas de una zona de sombra
con música delgada y un compás de silencio,
donde el mundo destella
como un faro lejano que flota en la tiniebla
bajo el rayo nublado de la luna.

Cuando las queme el tiempo
que arde en la claridad distante del salitre
serán sólo ceniza con su vuelo invisible
al otro lado en sombra de la tarde.

125
VI

Noventa y nueve noches con el agua en desorden
preguntas en lo oscuro y escuchas en lo hondo
la conjetura azul del día no amanecido,
rituales de extravío donde la fiebre gime
la inhabitable piedra ciega de la locura

Bajo esta luz opaca de azogue ardiente y quieto
que pesa y flota y hunde sus huellas en la arena,
hay antorchas que brillan
en el ojo del tigre que contiene la noche.

Son los pliegues del día, los escombros del tiempo,
los arduos desertores de la luz,
las sombras espectrales de las horas,
las cometas que el viento
estrella en los tejados de las ciudades viejas.

Espejismos de niebla, látigo blanco de olas,
viento en los arenales y en los acantilados,
arquitecturas lentas del desierto,
fugaz y desolada ciudad de los espejos.

Privilegios del liquen, lugares de abandono,
hogueras que levantan sus dedos amarillos
en la noche eficaz de la serpiente.

126
VII

No respira la noche
en el limo del fondo de los ríos
ni en la perplejidad redonda de los peces.

Respira en el olor caliente de los pinos,
en la escala secreta que levantan sus notas
por el aire con alas de la música.

Reside en la penumbra del sentido,
en el párpado opaco
y en la estación inmóvil que ha conquistado el viento,
en el recuerdo verde de su tarde incendiada
y en la carne que late como un reloj de sombra.

Y escucha en los espejos arder la noche fría,
la ciega intermitencia de la noche sin centro.

Extraña y apacible la luz blanca que el sueño
posa sobre la sombra
y este viento que gira como un remordimiento.

127
VIII

Ellos también lo saben.

Han pasado la tarde viendo pasar las nubes
y un sol que desplomaba su fuego sobre el mar.

Hacia remotas ciénagas emigrarán las aves,
hacia otras lentas dunas más allá de esta orilla.
Su aleteo innumerable escribe en cada vuelo
un memorial de lluvia, un interrogativo
amanecer con luna y bosques en otoño.

Señales son de un ave de frontera
templada en lo intermedio,
entre el mar y la tierra, entre el agua y la nube,
entre el hielo y las brasas moradas de la tarde.

Trazo incierto del signo
en la escritura curva de su vuelo
hacia la conjetura de la llama,
hacia el fondo encendido del espacio.

Nervio azul de la noche
que prolonga su estirpe venenosa
en las altas regiones boreales del mundo.

Y arden caballos, cifras
secretas de la noche,
anillos que reflejan el silencio triangular de las aves,
estuarios de greda donde el pez se extravía.

Son fuegos conmovidos en el agua,
cristales donde crece
la materia trivial del espejismo
mientras la luna riela en vilo sobre el mar.

128
IX

Desde las estaciones de un verano de trenes
aquí sigue soplando el viento por la noche
y el hielo de las luces
se enciende en las bengalas del invierno.

Sonidos verticales bajan desde la orilla
del tiempo hasta esta tarde que evoca la garganta.

Y el tiempo da a otra tarde de almendras venenosas
y a la respiración alta de las palmeras.

Era un diciembre ardiente y un memorial de humo
crecía en los arrabales con barro y con ausencia.

En su origen de pozos sólo cantan las gotas.
Interminablemente.

129
X

Mientras el viento bate las puertas y la arena,
crece el árbol del sueño
hacia abajo, hacia un hondo
silencio de raíces.

Sobre la noche oscura su alta semilla llega
a las ramas profundas,
a otros silencios que arden lentamente en los astros.

Por un oscuro puente con luna y sin barandas,
las palabras sin sueño, de una orilla a otra orilla.

Porque el mar sólo ruge,
arde átono en la noche
y exige su tributo a la arena y al remo.
Desprecia así los huesos como los callejones,
ignora los solsticios, incendia las palmeras
y socava la base de los acantilados.

Porque el mar sólo ruge.

130
XI

Las fogatas del frío,
las sigilosas sombras perentorias
que van hacia la noche
son víspera impaciente de utensilios furtivos
y pupilas, cristales que la liturgia pone
más allá de los muros que protegen el sueño.

Sombras provisionales,
espinas de silencio en la órbita del pájaro
que arden en la penumbra violeta del solsticio
y en la desobediente geología de la sangre.

Cada hora es una hora sin retorno,
cada sitio, una víspera
de islas hacia la noche.

131
XII

A tientas, sin sosiego, cae la noche en la isla.

Como un ala de niebla, rasante y silenciosa
que desordena el mundo,
asedia las orillas con aliento de túneles,
diluye el horizonte con su aceite de sombra.

Con diente azul de lobo, con ojo de serpiente,
su húmeda luz alumbra la tarde del naufragio,
difumina los flancos desvaídos del cielo,
invade con penumbra los caminos del aire,
extravía a los pájaros con sus cintas inciertas,
sus sílabas moradas y sus fuegos confusos.

Son señales furtivas desde un claro del bosque,
fogatas en el centro de un arduo laberinto.

Donde crepita el fuego
con sus lenguas nocturnas de piedras amarillas
pule el tiempo las ruinas de los templos solares
con incisión de muros, con signos que hace el viento
en la arena del sueño.

Son señas circulares de una luz que regresa,
mecánica implacable que inventa la memoria
antes que trepe el sol
sobre los montes fríos de la mañana.

132
VII

ANTES DE QUE ARDA EL TIEMPO

Entremos en lo oscuro que germina
(Joan Vinyoli)

133
I

Raspa el amanecer boreal del cometa
la lentitud prehistórica de los camaleones
sobre los hielos árticos, bajo los lamedales,
sobre el germinativo horizonte del verde.

Suena en las caracolas de nieve el temporal,
las notas de cristal en el arpa del día
y el vértice implacable que trazan los solsticios
lo entierra el invisible desorden del otoño.

Atardece en la sangre dispersa de las sombras
y en la copulativa crepitación del fuego.

Con hielo y estertores sigue latiendo el agua,
y en las ondulaciones sonoras de la noche
el espejismo mudo, los números unánimes.

¿Dónde, te dices, vibra la aguja del temblor
la luz de estalactita que hiere este silencio
blanco en los tremedales?

134
II

Su quemadura propia esparce la mañana
y antes oculta el tiempo,
somete a los planetas a su luz transparente
y disuelve en el aire este tacto que sabe
al oscuro contorno
de la noche callada de los astros.

Como animales ávidos que acechan en lo oscuro
con ojos de guadaña que ofician en silencio
un funeral de sombras por su noche insumisa.

Caen semillas de duelo en la tutela blanca
que establece la luna sobre el bosque
y el silencio del pájaro y el curso de los ríos.

Y esa rama dorada
que vibra en el paisaje opaco de los sueños.

135
III

Antes de que arda el tiempo
en la espesura verde del acorde,
sigilosos y frágiles,
los pájaros arrojan su silencio a la orilla.

Antes de que la noche, poniente y destemplada,
huya por los espacios submarinos del sueño,
ya respira el planeta
en la orilla sin sol de la mañana,
en las deportaciones que incendiarán con nubes
la fragua submarina de cada atardecer.

Antes de que arda el fuego en las notas del pájaro.

136
IV

Heredad de la luz que regresa a nosotros,
la claridad del mundo en la estrella o el pájaro,
el rescoldo escondido en las fuentes del río.

La noche de la cripta y el cántico en la fuente
encendida del tiempo,
la comitiva errante de los días de nieve.

Sombra y sueño del mundo, silencio hacia el temblor
solitario del signo que escribe sobre el mar
la persistencia blanca de la espuma
y la memoria verde o azul que la sostiene.

Hacia una luz más alta
que cae sobre los páramos y sobre los sembrados,
sobre el cardo y la rosa,
sobre el buitre y la hoguera.

137
V

Como una draga que restituyera
a su lugar la arena después del temporal,
te hundes en lo hondo, buceas en lo oscuro
y poco a poco vas
devolviendo a su sitio todo lo que te importa
con el cuenco embarrado de la mano,
con los dedos heridos
por la navaja oculta del tiempo bajo el mar.

Desordenada luz,
desordenado espacio de ceniza que invoca
ceremonias de arena y palabras de mármol.

Y el aire entra en los pliegues sin luz de la memoria,
como la nieve ofrece
su efímero alfabeto a un corazón en sombra.

138
VI

Somos lo que no deja de regresar: el agua
y el recuerdo sin cauce de la vida.

Somos el horizonte sonoro de los pájaros,
su silencio en la tarde de la rama encendida.

Somos un friso antiguo, el perfil de la noche
que esculpieron los años en silencio
sobre la nieve antigua y silenciosa.

Somos lo que hemos sido:
un silencio de islas donde la luz se embalsa
como un largo naufragio sin responso,
el fulgor del relámpago, los metales opacos
y la luz virreinal de la mañana.

139
VII

Con qué rara pasión, con qué latido huérfano
despierta la mañana.

Su diapasón de sombras
se alimenta de lluvia y caracolas,
del viento en el vacío sin canto de los pájaros.

Ileso mundo que arde
sobre el mar del verano,
un azul de estuario tiñe ahora la memoria
con luz indescifrable que es don de la materia,
áspera resonancia de bosques subterráneos,
tibia orilla callada del fuego del planeta.

Y todos sus cadáveres de arena turbia y peces
como si fueran luces
que la marea ahoga por sorpresa
con su ecuación de sombras, con sus latidos de agua.

Súbitos y perplejos,
los náufragos volvían al fondo de sí mismos
como al fondo del mar que los habita.

140
VIII

Con cal viva y ladrillo, con olvido y adobe
se fue embalsando el llanto.
Detrás de cada puerta, la luz blanca, el aroma
azul de la tristeza y la flor del romero.

Azul premonitorio de semillas
y de agua subterránea que emerge en el papiro,
la lumbre en que persiste la madera,
el volumen del óxido donde cruje la historia,
los lentos meteoros de la tarde
y un silencio de isla sin pájaros ni ramas,
un silencio que pesa
sobre las aguas quietas de un cielo de mercurio.

En vilo verde el agua hacia el mar del invierno.

141
IX

Late el tiempo en el agua
y se desploma el aire en la sangre parada,
en los derrumbaderos de las venas.

A veces la memoria es un valle remoto
con espacios vacíos y episodios de bruma.

Y entonces la mirada construye sus campanas
azules, levanta puentes, alza
su llama de huracanes
con piedras combustibles y con hogueras tóxicas.

Pone un clamor espeso sobre restos de incendios,
conserva los rescoldos y hace un lugar al día
bajo la luz carnívora del tiempo.

Y entonces la mirada incendia islas en fuga
y entra en las galerías que el mar abre en las rocas.

Con los perros ocultos de la noche,
abre de par en par las aguas abisales
y sus voces secretas.

Precario territorio de bóvedas amargas
donde malgasta el viento su furia devastada.

142
X

Cuando el ángel del vértigo se suicida en los puentes
y la nieve construye la silueta del mundo,
hay astillas de luz en los ojos del tiempo,
animales de lluvia que crecen sin memoria
y el óxido corona con criptas de silencio
las raíces metálicas de todo lo que muere.

Cueva oscura del sueño,
del caletón en sombra que recorta
el paisaje calcáreo de los acantilados
con la luz incoativa que repta en el salitre.

Sombras severas, huecos donde el rayo no llega,
aleación sorprendente del signo y el delirio,
en sórdida ecuación del fruto y las batallas.

Aúllan en lo oscuro los fósiles del tiempo,
por tinieblas de aceite y fondos submarinos
en los perplejos ojos redondos de los peces.

143
XI

Desde el mismo lugar, desde el lugar de siempre
oyes pasar los pájaros
sobre el filo de luz de la mañana.

Amuralladas por el tiempo,
se descuelgan furtivas las interrogaciones
sobre la luz redonda de los pozos,
sobre la luz oscura
que se filtra en las fraguas y se funde en el frío
y en las palabras ciegas de los muertos,
en el lento compás de las campanas
y en el aceite espeso que destilan las horas.

Es noviembre en el viento
nublado de estos días
y estas tardes urgentes que ignora el calendario.

Y oyes pasar los pájaros
en el mismo lugar, en el lugar de siempre,
en la sala de espera de la noche.

144
XII

Mediodía de alta luz.
Sobre el surco de sal de las salinas
hay vuelos augurales,
desordenados vuelos de aves extraviadas.
señales de infortunio, círculos en acecho
que contempla el caballo y teme la serpiente.

Este breve fulgor, este tedio abrasado
de silencio amarillo y cereal se posa
en la oscura y redonda mirada de las bestias,
desdibuja el contorno exacto de los cuerpos
y alimenta en el aire
el negro pedernal de la tormenta.

Remonta la corriente de los ríos
con agujas de fuego y tempestad de espejos.

Lloverá sobre el río, lloverá sobre el mundo
y en los ojos del buey lloverá mansamente
con la memoria dulce del otoño.

145
VIII

UN ROSTRO SUCESIVO

Y cada vez que inicias un poema
convocas a los muertos.
(José Emilio Pacheco)

146
I

Por donde antes el pájaro, ahora arden los recuerdos,
en la primera luz que puebla el mundo
con el preludio blanco de las constelaciones.

Con sal que oxida y quema,
con miércoles de luto y vísperas de cieno,
con el imán del astro en la hora de la luna
por la arena del delta, el mar irrepetible,
la tarde y sus banderas de silencio.

Sobre los arrecifes, entre una orilla y otra,
en el lugar sembrado de límites y lluvias
en donde nace el humo,
el cristal encendido de los últimos sueños,
la noche sumergida de los puentes,
la luz y las derrotas de la arcilla.

Y el pórfido en la noche
como en el mar su oscura sucesión de banderas.

147
II

Si ahora descabalgasen los días de sus noches,
si minuciosamente fueran
olvidando sus horas, desprendiendo la espuma
del mapa de silencio de la sombra,
esta voz no erraría turbia en los descampados
ni cruzaría otros puentes sobre los ríos de sangre
que alimentan la nieve y sus despojos.

Sobre esta luz menor de la tarde de otoño,
con crines y galopes, con pájaros ocultos,
se ha despedido el día
y un viento con acechos se cierne sobre el árbol.

Por rompientes de vértigo y cavernas de insomnio
propaga interrogantes
y arrasa las callejas frágiles del recuerdo
con sus almas de arena y rumor de hojarasca.

Y anterior a la sangre, una voz que te nombra
desde el humo confuso del sueño, desde el limo.

Una voz que te llama a ser secretamente
las sílabas de un nombre, un proyecto de humo,
un rostro sucesivo que ha erosionado el tiempo.

148
III

Como zarpan los barcos
desde las ensenadas de la noche
a una luz sagitaria y a un agua más remota.

Como buscan los ojos sedientos del caballo
un espacio más hondo y más ajeno,
las palabras se embarcan
con sed azul, con un asombro verde
al lugar extranjero del poema.

149

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