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Alejandra Pizarnik

Antología y Dossier
Alejandra Pizarnik nació y murió en Buenos Aires, Argentina
(1936-1972). Es una de las poetas más importantes de Argentina,
que realizó su obra en la década del sesenta siendo una de las
voces más representativas de esa generación. Su poesía, lírica,
que roza el surrealismo, fue una de las que más marcó a las
posteriores generaciones poéticas de este país. Alejandra
Pizarnik retrabajó en su poesía las tradiciones románticas,
simbolistas y surrealistas. Su poesía se encargó de poner en
escena lo desgarrador del silencio creativo, abriendo una puerta
para las nuevas mujeres poetas, para trabajar sobre ese material.
En esta página (http//www.geocities.com/Wellesley/4124/) encontrarás una
importante selección de su obra; incluyendo por primera vez
poemas de su primer libro.
La tierra más ajena

Este fue el primer libro de Alejandra Pizarnik. Lo publicó en


1955 y lo firmó como Flora Alejandra Pizarnik. Si bien la poeta
nunca quiso reeeditarlo, creo que es bueno dar a conocer unos
pocos poemas del mismo para que se pueda observar cómo en estos
primeros poemas ya se encuentran algunas líneas temáticas que más
tarde caracterizarían su poesía. El copyright de estos poemas
pertenece a la editorial Botella al mar, y son reproducidos con
permiso de Alejandrina Devescovi.
Lejanía

Mi ser henchido de barcos blancos.


Mi ser reventando sentires.
Toda yo bajo las reminiscencias de tus ojos.
Quiero destruir la picazón de tus pestañas.
Quiero rehuir la inquietud de tus labios.
Porqué tu visión fantasmagórica redondea los cálices de estas
horas?
Noche

correr no sé donde
aquí o allá
singulares recodos desnudos
basta correr!
trenzas sujetan mi anochecer
de caspa y agua colonia
rosa quemada fósforo de cera
creación sincera en surco capilar
la noche desanuda su bagaje
de blancos y negros
tirar detener su devenir
La Última Inocencia

Fue el segundo libro de poemas de Alejandra Pizarnik. Fue editado


en 1956, bajo el sello Poesía Buenos Aires, que dirigía el poeta
y traductor Raúl Gustavo Aguirre. En 1976 la editorial Botella al
Mar (dirigida por el poeta Arturo Cuadrado) re-editó este libro
junto con "Las aventuras perdidas", incluyendo el famoso prólogo
escrito por el poeta y pintor surrealista
Enrique Molina. Dicha edición cuenta con grabados en madera
realizados por Luis Seoane. Los poemas incluidos en esta página
están tomados de dicha edición. Agradezco de manera especial a
Alejandrina Devescovi el permiso para reproducirlos.
Sueño

Estallará la isla del recuerdo.


La vida será un acto de candor.
Prisión
para los días sin retorno.
Mañana
los monstruos del buque destruirán la playa
sobre el vidrio del misterio.
Mañana
la carta desconocida encontrará las manos del alma.
La Última Inocencia

Partir
en cuerpo y alma
partir.
Partir
deshacerse de las miradas
piedras opresoras
que duermen en la garganta.
He de partir
no más inercia bajo el sol
no más sangre anonadada
no más formar fila para morir.
He de partir
Pero arremete ¡viajera!
A la espera de la oscuridad

Ese instante que no se olvida


Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo, desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.

Ampáralo niña ciega de alma


Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.

Pero ese instante sudoroso de nada


Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos
Balada de la piedra que llora
a Josefina Gómez Errázuris

la muerte se muere de risa pero la vida


se muere de llanto pero la muerte pero la vida
pero nada nada nada
Poema para Emily Dickinson

Del otro lado de la noche


la espera su nombre,
su subrepticio anhelo de vivir,
¡del otro lado de la noche!

Algo llora en el aire,


los sonidos diseñan el alba.

Ella piensa en la eternidad.


Sólo un nombre

alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra
Las aventuras perdidas fue el tercer libro de poemas de Alejandra
Pizarnik. Fue editado en 1958, bajo el sello Altamar, que dirigía
el poeta Rubén Vela. En 1976 la editorial Botella al Mar
(dirigida por el poeta Arturo Cuadrado) re-editó este libro junto
con "La última inocencia", incluyendo el famoso prólogo escrito
por el poeta y pintor surrealista
Enrique Molina. Dicha edición cuenta con grabados en madera
realizados por Luis Seoane. Los poemas incluidos en esta página
están tomados de dicha edición. Agradezco de manera especial a
Alejandrina Devescovi el permiso para reproducirlos.
Tiempo
a Olga Orozco

Yo no sé de la infancia
más que un miedo luminoso
y una mano que me arrastra
a mi otra orilla.

Mi infancia y su perfume
a pájaro acariciado.
La Carencia

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.
Azul

mis manos crecían con música


detrás de las flores

pero ahora
por qué te busco, noche,
por qué duermo con tus muertos
Fiesta en el vacío

Como el viento sin alas encerrado en mis ojos


es la llamada de la muerte.
Sólo un ángel me enlazará al sol.
Dónde el ángel,
dónde su palabra.

Oh perforar con vino la suave necesidad de ser.


La única herida
¿Qué bestia caída de pasmo
se arrastra por mi sangre
y quiere salvarse?

He aquí lo difícil:
caminar por las calles
y señalar el cielo o la tierra.
Árbol de Diana

Este libro fue publicado por primera vez en 1962 por la editorial
Sur, dirigida por la escritora argentina Victoria Ocampo. Esa
edición contaba con un prólogo del escritor mexicano Octavio Paz.
En 1988 la editorial Botella al Mar lo re-editó, esta vez con un
prólogo escrito por la profesora Susana Puente.
1

sólo la sed
el silencio
ningún encuentro
cuídate de mí amor mío
cuídate de la silenciosa en el desierto
de la viajera con el vaso vacío
y de la sombra de su sombra
5

por un minuto de vida breve


mica de ojos abiertos
por un minuto de ver
en el cerebro flores pequeñas
danzando como palabras en la boca de un mudo
13

explicar con palabras de este mundo


que partió de mí un barco llevándome
18

como un poema enterado


del silencio de las cosas
hablas para no verme
23

una mirada desde la alcantarilla


puede ser una visión del mundo
la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos
31

Es un cerrar los ojos y jurar no abrirlos. En tanto afuera se


alimenten de relojes y de flores nacidas de la astucia. Pero con
los ojos cerrados y un sufrimiento en verdad demasiado grande
pulsamos los espejos hasta que las palabras olvidadas suenan
mágicamente.
Los trabajos y las Noches

Alejandra Pizarnik publica en 1965 su libro "los trabajos y las


noches", que junto a "Árbol de Diana" está considerado como uno
de los puntos más brillantes de su poesía.
Mendiga Voz

Ya no me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.
En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.
Poema

Tú eliges el lugar de la herida


en donde hablamos nuestro silencio.
Tú haces de mi vida
esta ceremonia demasiado pura.
Los trabajos y las noches

para reconocer en la sed mi emblema


para significar el único sueño
para no sustentarme nunca de nuevo en el amor
he sido toda ofrenda
un puro errar
de loba en el bosque
en la noche de los cuerpos
para decir la palabra inocente
Extracción de la Piedra de Locura
El sol, el poema

Barcos sobre el agua natal.


Agua negra, animal de olvido. Agua lila, única vigilia.
El misterio soleado de las voces en el parque. Oh tan antiguo.
Continuidad

No nombrar las cosas por sus nombres. Las cosas tienen bordes
dentados, vegetación lujuriosa. Pero quién habla en la habitación
llena de ojos. Quién dentellea con una boca de papel. Nombres que
vienen, sombras con máscaras. Cúrame del vacío dije. (La luz se
amaba en mi oscuridad. Supe que no había cuando me encontré
diciendo: soy yo.) Cúrame dije.
Como agua sobre una piedra

a quien retorna en busca de su antiguo buscar


la noche se le cierra como agua sobre una piedra
como aire sobre un pájaro
como se cierran dos cuerpos al amarse
Vértigos o contemplación de algo que termina

Esta lila se deshoja.


Desde sí misma cae
y oculta su antigua sombra.
He de morir de cosas así.
En la otra madrugada

Veo crecer hasta mis ojos figuras de silencio y desesperadas.


Escucho grises, densas voces en el antiguo lugar del corazón.
Desfundación

Alguien quiso abrir alguna puerta. Duelen sus manos aferradas a


su prisión de huesos de mal agüero. Toda la noche ha forcejeado
con su nueva sombra. Llovió dentro de la madrugada y martillaban
con lloronas. La infancia implora desde mis noches de cripta. La
música emite colores ingenuos. Grises pájaros en el amanecer son
a la ventana cerrada lo que a mis males mi poema.
El Infierno Musical

Cold in hand blues

y qué es lo que vas a decir


voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo
En un ejemplar de "Les Chants de Maldoror"

Debajo de mi vestido ardía un campo con flores alegres como los


niños de la medianoche. El soplo de la luz en mis huesos cuando
escribo la palabra tierra. Palabra o presencia seguida por
animales perfumados; triste como sí misma, hermosa como el
suicidio; y que me sobrevuela como a una dinastía de soles.
Signos

Todo hace el amor con el silencio.

Me habían prometido un silencio como un fuego, una casa de


silencio.

De pronto el templo es un circo y la luz un tambor.


Lazo mortal

Palabras emitidas por un pensamiento a modo de tabla del


náufrago. Hacer el amor adentro de nuestro abrazo significó una
luz negra: la oscuridad se puso a brillar. Era la luz
reencontrada, doblemente apagada pero de algún modo más viva que
mil soles. El color del mausoleo infantil, el mortuorio color de
los detenidos deseos se abrió en la salvaje habitación. El ritmo
de los cuerpos ocultaba el vuelo de los cuervos. El ritmo de los
cuerpos cavaba un espacio de luz adentro de la luz.
Endechas IV

Las metáforas de asfixia se despojan del sudario, el poema. El


terror es nombrado con el modelo delante, a fin de no
equivocarse.
Si bien Pizarnik escribe el texto de la Condesa durante los años
sesenta, publicándolo en 1966 (edición a la que no he podido
acceder por el momento), la edición que aparece como oficial
es la de 1971 publicada por la editorial Aquarius, en junio
de ese año. De dicha edición han sido extraídos los
capítulos que se incluyen en esta página.
El espejo de la Melancolía

Todo es espejo! Octavio Paz

...vivía delante de su gran espejo sombrío, el famoso espejo cuyo


modelo había diseñado ella misma... Tan confortable era que
presentaba unos salientes en donde apoyar los brazos de manera de
permanecer muchas horas frente a él sin fatigarse. Podemos
conjeturar que habiendo creído diseñar un espejo, Erzébet trazó
los planos de su morada. Y ahora comprendemos por qué sólo la
música más arrebatadoramente triste de su orquesta de gitanos o
las riesgosas partidas de caza o el violento perfume de las
hierbas mágicas en la cabaña de la hechicera o -sobre todo- los
subsuelos anegados de sangre humana, pudieron alumbrar en los
ojos de su perfecta cara algo a modo de mirada viviente. Porque
nadie tiene más sed de tierra, de sangre y de sexualidad feroz
que estas criaturas que habitan los fríos espejos. Y a propósito
de espejos: nunca pudieron aclararse los rumores acerca de la
homosexualidad de la condesa, ignorándose si se trataba de una
tendencia inconsciente o si, por lo contrario, la aceptó con
naturalidad, como un derecho más que le correspondía. En lo
esencial, vivió sumida en su ámbito exclusivamente femenino. No
hubo sino mujeres en sus noches de crímenes. Luego, algunos
detalles, son obviamente reveladores: por ejemplo, en la sala de
torturas, en los momentos de máxima tensión, solía introducir
ella misma un cirio ardiente en el sexo de la víctima. También
hay testimonios que dicen de una lujuria menos solitaria. Una
sirvienta aseguró en el proceso que una aristocrática y
misteriosa dama vestida de mancebo visitaba a la condesa. En una
ocasión las descubrió juntas, torturando a una muchacha. Pero se
ignora si compartían otros placeres que los sádicos.

Continúo con el tema del


espejo. Si bien no se
trata de explicar a esta
siniestra figura, es
preciso detenerse en el
hecho de que padecía el
mal del siglo XVI: la
melancolía. Un color
invariable rige al
melancólico: su interior
es un espacio de color de
luto; nada pasa allí,
nadie pasa. Es una escena sin decorados donde el yo inerte es
asistido por el yo que sufre por esa inercia. Éste quisiera
liberar al prisionero, pero cualquier tentativa fracasa como
hubiera fracasado Teseo si, además de ser él mismo, hubiese sido,
también, el Minotauro; matarlo, entonces, habría exigido matarse.
Pero hay remedios fugitivos: los placeres sexuales, por ejemplo,
por un breve tiempo pueden borrar la silenciosa galería de ecos y
de espejos que es el alma melancólica. Y más aún: hasta pueden
iluminar ese recinto enlutado y transformarlo en una suerte de
cajita de música con figuras de vivos y alegres colores que
danzan y cantan deliciosamente. Luego, cuando se acabe la cuerda,
habrá que retornar a la inmovilidad y al silencio. La cajita de
música no es un medio de comparación gratuito. Creo que la
melancolía es, en suma, un problema musical: una disonancia, un
ritmo trastornado. Mientras afuera todo sucede con un ritmo
vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota
de agua cayendo de tanto en tanto. De allí que ese afuera
contemplado desde el adentro melancólico resulte absurdo e irreal
y constituya "la farsa que todos tenemos que representar". Pero
por un instante -sea por una música salvaje, o alguna droga, o el
acto sexual en su máxima violencia-, el ritmo lentísimo del
melancólico no sólo llega a acordarse con el del mundo externo,
sino que lo sobrepasa con una desmesura indeciblemente dichosa; y
el yo vibra animado por energías delirantes. Al melancólico el
tiempo se le manifiesta como suspensión del transcurrir -en
verdad, hay un transcurrir, pero su lentitud evoca el crecimiento
de las uñas de los muertos- que precede y continúa a la violencia
fatalmente efímera. Entre dos silencios o dos muertes, la
prodigiosa y fugaz velocidad, revestida de variadas formas que
van de la inocente ebriedad a las perversiones sexuales y aun al
crimen. Y pienso en Erzébet Báthory y en sus noches cuyo ritmo
medían los gritos de las adolescentes. El libro que comento en
estas notas lleva un retrato de la condesa: la sombría y hermosa
dama se parece a la alegoría de la melancolía que muestran los
viejos grabados. Quiero recordar, además, que en su época una
melancólica significaba una poseída por el demonio.

Alejandra Pizarnik

*La foto que acompaña el texto corresponde a una de las torres


del castillo de Csjethe y fue tomada por Dennis Katz-Báthory,
pariente de la condesa, y compositor que ha realizado una ópera
sobre su siniestra antepasada.
Diarios de Alejandra Pizarnik

Aquí encontrarás fragmentos de los diarios de la poeta argentina


Alejandra Pizarnik (1936-1972). Las entradas fueron tomadas de
"Alejandra Pizarnik: Semblanza", antología realizada por Frank
Graziano, Ed. FCE, México, 1984.

París, 1960

1 de Noviembre

Falta mi vida, falto a mi vida, me fui con ese rostro que no


encuentro, que no recuerdo.

18 de diciembre

Noche crucial. Noche en su noche. Mi noche. Mi importancia. Mí


misma. La asfixiada ama la ausencia del aire. Memorias de una
náufraga. Sueños de una náufraga. Qué puede soñar una náufraga
sino que acaricia las arenas de la orilla.

21 de diciembre

Anoche tomé agua hasta las tres de la madrugada. Estaba un poco


ebria y lloraba. Me pedía agua a mí como si yo fuera mi madre. Yo
me daba de beber con asco.
23 de diciembre

El bosque estaba oscuro. Por eso las hojas suspendidas de las


ramas amenazaban con un color negro, no verde. "Es mentira todo",
pensé, "hasta lo que me decían del color de las hojas". Tenía
tanto miedo que no sabía si avanzaba o retrocedía.

24 de diciembre

Desperté viéndome como un cuerpo sin piel, una llagada.

31 de diciembre

Cuando entré en mi cuarto tuve miedo porque la luz ya estaba


prendida y mi mano seguía insistiendo hasta que dije: Ya está
prendida. Me saqué los pantalones y subí a la silla para mirar
cómo soy con el suéter y el slip; vi mi cuerpo adolescente;
después bajé y me acerqué nuevamente al espejo: Tengo miedo,
dije. Revisé mis rasgos y me aburrí. Tenía hambre y ganas de
romper algo. Me dirigí a la mesa y quise escribir un poema pero
temí aumentar el desorden de los libros y papeles. Me mordía los
labios y no sabía qué hacer con las manos. Me asustaba saberme
andando por la piecita desordenada, con la boca devorándose y la
memoria petrificada.

París, 1961

3 de Enero
Escríbame, dijo, escríbame de usted. Escríbele hasta que te
enredes en los hilos del lenguaje y caigas herida de muerte.

5 de enero

El horror de habitarme, de ser -qué extraño- mi huésped, mi


pasajera, mi lugar de exilio.

7 de Enero

Todo lo que le dije lo arrojaba por inservible. Mi amor en


harapos volaba como un paquete absurdo y nauseabundo.

9 de Enero

Odio mi cara pues la miro a través de sus ojos. Esta cara no supo
fascinarlo. Amo. ¿Qué se hace en este mundo cuando se ama así?

27 de febrero

Imagino situaciones horribles para obligarme a actuar. Así la


visión de los clochards para impulsarme a trabajar frenéticamente
en la oficina sin pensar en las pocas probabilidades que tengo
para llegar a ese estado pues en cualquier momento puedo volver a
Buenos Aires -a mi hogar burgués—. Lo mismo el viernes pasado
cuando vi la obra de Brecht y me asusté mucho como si mi caída en
la miseria fuera inminente.

París, 1962

22 de julio
Pequeños suicidios silenciosos. Extraño haber caído tan al fondo
después de tantas precauciones. Se caminó toda la noche a
tientas: no se lloró; no se gimió; ni siquiera se respiró todo lo
que se necesitaba. Pero te descubrieron igual. Como si nada.

7 de septiembre. St. Tropez

Esta voz aferrada a las consonantes. Este cuidar de que ninguna


letras quede sin enunciar. Hablas literalmente. No obstante, se
te comprende mal. Es como si la perfecta precisión de tu lenguaje
revelara en cada palabra un caos que se vuelve más evidente en la
medida en que te esfuerzas por ser comprendida.

28 de Septiembre

Escribir un solo libro en prosa en vez de poemas o fragmentos. Un


libro o una morada en donde guarecerme.

París, 1963

2 de enero

No eres tú la culpable de que tu poema hable de lo que no eres.

2 de Febrero

En suma, se trata de un problema musical o de un temblor en ese


lugar al que se refieren los demás cuando dice "alma".
Buenos Aires, 1964

15 de octubre

La soledad de cada uno. No ser objeto de las miradas. Mirar en


vez de ser mirada. Usar los ojos. Límites. No escribir, no
preocuparse por escribir. No jugar a ser Flaubert. S. comprende.
La que no comprende soy yo.

19 de octubre

Artaud. Deseos de escribir una página sobre su sufrimiento. Su


tensión física; sus conflictos con el pensamiento, las palabras.
Pero sin retórica, por favor, sin retórica. Lo que me asusta es
mi semejanza con A. Quiero decir: la semejanza de nuestras
heridas.

Buenos Aires, 1965

18 de abril

No escribo más este diario de una manera continuada. Tengo miedo.


Todo en mí se desmorona. No quiero luchar, no tengo contra quién
luchar. Todo esto es tan viejo, tan cansado. Ojalá pudiera no
mentir nunca.

29 de Mayo

Sin saber cómo ni cuando, he aquí que me analizo. Esa necesidad


de abrirse y ver. Presentar con palabras. Las palabras como
conductoras, como bisturíes. Tan sólo con las palabras. ¿Es esto
posible? Usar el lenguaje para que diga lo que impide vivir.
Conferir a las palabras la función principal. Ellas abren, ellas
presentan. Lo que no diga será examinado. El silencio es la piel,
el silencio cubre y cobija la enfermedad. palabras filosas (pero
no son palabras sino frases y tampoco frases sino discursos).
Imposibilidad de fraguar símbolos. De allí la imposibilidad de
escribir obras de ficción.

Buenos Aires, 1966

18 de enero

MUERTE de papá

30 de abril

Este no saber dialogar, esta imposibilidad de acceder a los


otros, sean personas vivas, sean autores. Il m'a fallu appendre
mot par mot la vie. Esta imposibilidad de ver a los demás como
seres humanos (nunca miro a los ojos de nadie o si lo hago es
para buscar aprobación). Heme aquí llegada a los 30 años y nada
sé aún de la existencia. Lo infantil tiende a morir ahora pero no
por ello entro en la adultez definitiva. El miedo es demasiado
fuerte sin duda. Renunciar a encontrar una madre. La idea ya no
me parece tan imposible. Tampoco renunciar a ser un ser
excepcional (aspiración que me hastía). Pero aceptar ser una
mujer de 30 años... Me miro en el espejo y parezco una
adolescente. Muchas penas me serían ahorradas si aceptara la
verdad.
Buenos Aires, 1967

1 de Junio

Deseo estudiar muy seriamente el poema en prosa. No comprendo por


qué elegí esta forma. Se impuso. Además, está en mí desde mi
libro primero. Nunca leí nada al respecto. Poemas en prosa
abiertos (con silencios) y cerradocompactos y casi sin puntos y
apartes. Poemas en prosa muy breves, breves como aforismos
(Rimbaud-Phrases). Leer alguna vez -o estudiar más que leer- los
de Char, Eluard, Ungaretti, Michaux, Eliot (por Jiménez). Octavio
(?). Borges (?). Libros de Chumacel -de los muertos.

Buenos Aires, 1968

14 de Junio

Exasperación espacial. Ignoro en dónde están mis escritos. Son


demasiados y son demasiado. Imposible saber dónde estoy si antes
no los ordeno...

27 de junio

Necesidad de romper los textos muy mediocres o simplemente


mediocres. Aunque rompa la mitad de lo que tengo escrito, el
resto necesita, para curarse y ser reparado, que su autora viva
varias vidas. Acaso mi terror a la muerte me lleve a postergar
indefinidamente "la obra maestra desconocida" (debo releer este
librito, naturalmente)...
Artículos, prólogos o ensayos a/ sobre la obra de
Alejandra Pizarnik
La Hija del Insomnio

Prólogo de Enrique Molina a la re-edición en Botella al Mar de


los libros "La última inocencia" y "Las aventuras perdidas"
(Buenos Aires, 1976) de Alejandra Pizarnik.

Cuando pienso en Alejandra la veo pasar, solitaria, en una


de esas enormes burbujas del Bosco donde yacen parejas desnudas,
dentro de un mundo tan tenue que sólo por milagro no estalla a
cada segundo. Pero la suya es una burbuja nocturna, irisada como
una perla negra. Criatura fascinada y fascinante, víctima y maga,
ardía en la hoguera y, al mismo tiempo, con esa maldad de la
poesía, prendía fuego al mundo circundante, lo hacía arder con
una fosforescencia tierna y sombría, que iluminaba su rostro de
niña con una sonrisa fantasma. Niña predestinada a ser vista, con
los ojos absortos, en la ventana de un caserón ruinoso, en alguna
de esas aldeas de la Alquimia del Verbo, entrevistas en el fondo
de un lago. Pero aún allí, en la profundidad de los sueños, fue
también la extranjera, la extraviada de sí misma. Una desconocida
con su mismo rostros avanzaba hacia ella en todo lugar, en todo
instante de su existencia terrestre, interrogándola con las
preguntas más desgarradoras, planteándole sin cesar sus propios
enigmas, el misterio de todo amor y de toda ausencia. Porque
Alejandra permaneció siempre en el linde perdido de otra ribera,
cuyo eco no dejó nunca de resonar en las zonas de sombra de su
ser con la nostalgia de "los verdes paraísos de los amores
infantiles". Pocos seres he conocido tan plenos de fatalidad
poética. Extrañamente, todos sus elementos, sus pájaros, sus
nubes, su país de huérfana que oculta un secreto desmesurado, su
memoria y su pasión se ordenan en dos coordenadas esenciales: el
deslumbramiento de la infancia, cuyos poderes sobrevivían en
ella, y un permanente sentimiento de muerte, como otro
deslumbramiento terrible que la precipitaba al asombro y al
terror. Duende desposeído por la caída, cautiva de un reino
perdido, sólo podría ver las cosas a la luz de esa exigencia
inflexible y sin consuelo. No tenía salvación: no había aprendido
a mentirse, a resignarse, a olvidar. Pero la fascinación de la
infancia perdida se convierte en ella, por una oscura mutación
que cambia los signos, en la fascinación de la muerte, igualmente
deslumbradora una y otra, igualmente plenas de vértigo. Toda su
poesía gira en torno a estos dos polos magnéticos, dos
solicitaciones extremas que se funden en su voz y le dan, desde
sus primeros libros hasta sus últimos textos, un acento
inconfundible, una emoción esencial y de una calidad extrañamente
perturbadora. En uno de los planos más remotos de su conciencia,
una imagen materna, blanca y luminosa, la acoge y la protege, le
revela las cosas y los sueños en una unidad total. En el extremo
opuesto, una mujer pálida y nocturna, la acoge también con la
misma solicitud maternal, con una tenebrosa belleza. Hacia una y
otra la hija del insomnio corre con los brazos tendidos. Ahora
que tantas parejas enamoradas escuchan su palabra, ¿qué puede
darles ella? No la esperanza ni la calma, sino una exaltación,
una apuesta perdida. Un paraíso infantil doblado por el paraíso
de la muerte, la aventura del amor y su imposible realidad. La
letra de Alejandra era pequeñita, como un camino de hormigas o un
minúsculo collar de granos de arena. Pero ese hilo, con toda su
levedad, no se borrará nunca, es uno de los hilos luminosos para
entrar y salir del laberinto.
Árbol de Diana

Prólogo de Octavio Paz al libro homónimo de Alejandra Pizarnik

Árbol de Diana de Alejandra Pizarnik. (Quím.):


cristalización verbal por amalgama de insomnio pasional y lucidez
meridiana en una disolución de realidad sometida a las más altas
temperaturas. El producto no contiene una sola partícula de
mentira. (Bot.): el árbol de Diana es transparente y no da
sombra. Tiene luz propia, centelleante y breve. Nace en las
tierras resecas de América. La hostilidad del clima, la
inclemencia de los discursos y la gritería, la opacidad general
de las especies pensantes, sus vecinas, por un fenómeno de
compensación bien conocido, estimulan las propiedades luminosas
de esta planta. No tiene raíces; el tallo es un cono de luz
ligeramente obsesiva; las hojas son pequeñas, cubiertas por
cuatro o cinco líneas de escritura fosforescente, peciolo
elegante y agresivo, márgenes dentadas; las flores son diáfanas,
separadas las femeninas de las masculinas, las primeras axilares,
casi sonámbulas y solitarias, las segundas en espigas, espoletas
y, más raras veces, púas. (Mit. y Etnogr.): los antiguos creían
que el arco de la diosa era una rama desgajada del árbol de
Diana. La cicatriz del tronco era considerada como el sexo
(femenino) del cosmos. Quizá se trata de una higuera mítica (la
savia de las ramas tiernas es lechosa, lunar). El mito alude
posiblemente a un sacrificio por desmembración: un adolescente
(¿hombre o mujer?) era descuartizado cada luna nueva, para
estimular la reproducción de las imágenes en la boca de la
profetisa (arquetipo de la unión de los mundos inferiores y
superiores). El árbol de Diana es uno de los atributos masculinos
de la deidad femenina. Algunos ven en esto una confirmación
suplementaria del origen hermafrodita de la materia gris y,
acaso, de todas las materias; otros deducen que es un caso de
expropiación de la sustancia masculina solar: el rito sería sólo
una ceremonia de mutilación mágica del rayo primordial. En el
estado actual de nuestros conocimientos es imposible decidirse
por cualquiera de estas dos hipótesis. Señalemos, sin embargo,
que los participantes comían después carbones incandescentes,
costumbre que perdura hasta nuestros días. (Blas.): escudo de
armas parlantes. (Fís.): durante mucho tiempo se negó la realidad
física del árbol de Diana. En efecto, debido a su extraordinaria
transparencia, pocos pueden verlo. Soledad, concentración y un
afinamiento general de la sensibilidad son requisitos
indispensables para la visión. Algunas personas, con reputación
de inteligencia, se quejan de que, a pesar de su preparación, no
ven nada. Para disipar su error, basta recordar que el árbol de
Diana no es un cuerpo que se pueda ver: es un objeto (animado)
que nos deja ver más allá, un instrumento natural de visión. Por
lo demás, una pequeña prueba de crítica experimental desvanecerá,
efectiva y definitivamente, los prejuicios de la ilustración
contemporánea: colocado frente al sol, el árbol de Diana refleja
sus rayos y los reúne en un foco central llamado poema, que
produce un calor luminoso capaz de quemar, fundir y hasta
volatilizar a los incrédulos. Se recomienda esta prueba a los
críticos literarios de nuestra lengua.
Octavio Paz. París, abril de 1962
Alejandra Revisited por Gabriela De Cicco

This article was published for the first time in the magazine
Feminaria nro.:16, Buenos Aires, Mayo de 1996

Algunas de las nuevas poetas argentinas de la reciente


generación del noventa tenemos en nuestro horizonte ciertas
voces, registros y tonos que nos hacen guiños, que nos seducen,
contra los cuales luchamos a brazo partido o bien adherimos para
luego seguir nuestro camino y dejarlos en el lugar más amoroso de
las referencias; algunos de ellos son los de Diana Bellessi,
Mirta Rosenberg, María del Carmen Colombo...

Y antes de ellas, y en su propio horizonte, una sinfonía


magnífica y estruendosa: Alfonsina Storni, Olga Orozco, Amelia
Biagioni, Alejandra Pizarnik, Susana Thénon y Juana Bignozzi. En
esa escena, la angustia de las influencias marca un recorrido
mínimo y personal pero demasiado grande: Alfonsina, Alejandra, y
por el camino trazado por ellas, pero quebrándolo y sembrándolo
de atajos y desvíos: Diana Bellessi. Pero con ojo atento y oído
sensible nos damos cuenta, como en un juego lógico, de los
nombres que molestan, que no concuerdan, que se escapan hacia
otra dirección; esos nombres son: Orozco, Biagioni, Pizarnik. Y
es justamente aquí cuando se instala la necesidad de una revisión
de estas poéticas, y sobre todo del lugar que ocupa la poesía de
Alejandra ya que la suya ha sido, por diferentes motivos, la que
más ha marcado a las generaciones posteriores de poetas. Creado
el mito poco tiempo después de su muerte ocurrida en 1972;
canonizada por una crítica que podríamos llamar hermenéutica, que
ha tendido a cristalizarla cerrando su poética de múltiples
entradas en un sentido unívoco, y sobredimensionada en los
ochenta por un abuso de citas, poemas dedicados a ella y copias
burdas de sus poemas; Alejandra se presenta en los noventa como
un objeto del deseo al que se quiere alcanzar pero de una manera
nueva: prueba de ello son las investigaciones, algunas aún
inéditas, de otras poetas o críticas, que viene desarrollando
desde hace años un trabajo muy interesante y renovado al
respecto.(1)

Por otro lado se realiza una película documental en la que


se rescatan ciertos textos de su obra sobre los que antes nunca
se había hecho referencia o sobre el que se había trabajado muy
poco, como es el caso de La Condesa Sangrienta. Además se publica
el esperado libro de Isabel Monzón que justamente estudia las
condesas de Alejandra y Valentine Penrose, abriendo una puerta
hacia un nuevo camino de comprensión y lectura por medio de la
psicología.(2)

Ante este panorama cambiante, nosotras, como lectoras y como


poetas, debemos preguntarnos casi por primera vez cuál es la
herencia que nos dejó Pizarnik-mujer-poeta. Tomemos dos momentos
de su poesía para poder comenzar a reflexionar. Uno es: "¿Qué
significa traducirnos en palabras?"(3) y el otro: "¿A dónde la
conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo
fragmentario".(4)

Lo más significativo es que encontramos estas dos citas en


el que fue su último libro, un libro en donde se hace presente su
constante lucha con el lenguaje para poder decir, entre otras
cosas, la imposibilidad de poder decir "acertadamente" lo que se
desea y el terror de la soledad existencial. El miedo quiebra la
forma del poema, su ritmo sigue un aliento rápido, el silencio
busca su signo como en la música.

Al primer verso citado me interesa actualizarlo de la


siguiente manera: ¿qué significa para las mujeres el traducirnos
en palabras? Por un lado un trabajo íntimo de indagación (5), un
permanente insight que permita obtener las imágenes necesarias
que nos ayuden a "recomponer una identidad rota, o crear un
verosímil autobiográfico que se engendra a sí mismo en el
poema"(6) y por otro lado un trabajo constante con el lenguaje
para poder construir una lengua propia. Y creo que es justamente
este trabajo el que respondería a la segunda pregunta formulada
por Alejandra: la conciencia tomada en este tipo de práctica
escrituraria nos permitiría abrir una puerta hacia todo lo
contrario de lo que la poeta enunció.

La pregunta de Pizarnik parece denunciar también la carga de


toda una tradición, de la que ella es subsidiraria: el
romanticismo, el surrealismo y cierta línea de la generación del
cuarenta- léase Enrique Molina y Olga Orozco-. Sin embargo, su
trabajo sobre esa tradición no parece haber sido suficiente. Por
otra parte, en sus diarios encontramos esta entrada: "Hubiera
preferido cantar blues en cualquier pequeño sitio lleno de humo
en vez de pasarme las noches de mi vida escarbando en el lenguaje
como una loca"(2.VI.61, París).(7) Cantar obviamente no es
escribir; cantar no significa crear necesariamente el texto que
luego se vocalizará, pero sí lleva implícita la interpretación
tanto de un texto propio como ajeno, y es esa palabra con sus
múltiples significados la que nos lleva a pensar la escritura
como una interpretación que concibe, ordena o expresa de un modo
personal la realidad; no olvidemos que una de las acepciones de
sus acepciones es la de representar un texto dado. Pareciera que
para Pizarnik hubiera sido preferible interpretar un texto
previo, incluso creado por otra persona, en vez de escarbar en el
lenguaje, acción que permitiría expresar de un modo netamente
personal la realidad. Lo que parece estar en juego en estas
líneas de su diario es el dolor de tratar de traducir en palabras
sus visiones, sus sensaciones; sería más fácil, más liviano
cantarlo pero con las palabras de otro/-a.esto también nos puede
dar una idea de escritura palimpséstica: escribir sobre otro
texto ya escrito, borrar apenas y seguir las huellas; es más,
podemos pensar en la comodidad que es seguir los pasos
anteriores. En Alejandra se nota cierta incomodidad, pero parece
serlo sólo por momentos. Lo que sí importa es ver cómo retrabaja
las citas de sus autores preferidos, citándolos a veces sin
comillas y apropiándoselos de una forma muy especial. Y podemos
ver esto sobre todo en la parte más delirada de su discurso
poético. Pero no podemos soslayar a esta altura que tanto
escribir como cantar (como cualquier otro disciplina artística)
es una elección de vida que realizamos guiadas-os por nuestro
deseo y sobre todo a partir de nuestras capacidades o dones; y en
este caso las obligaciones provienen de nuestro interior, sobre
todo cuando no se trata de una escritura profesional que llevaría
a cumplir con fechas de entrega, etcétera.(8)
La elección por la poesía para muchos-as poetas de la generación
de Alejandra ha hecho de la obra de aquellos(as) a un lugar de
resistencia, de lucha. de denuncia, y es aquí cuando podemos ver,
por lo menos, dos de las puntas de la generación del sesenta: por
un lado Juan Gelman, Juana Bignozzi, y por el otro Pizarnik y
Miguel Angel Bustos. Un mismo tiempo para diferentes voces,
poéticas; cuerpos poéticos intentando cambiar la realidad cada
uno/a a su manera, todos/as acertados/as, quien más, quien menos
marcando camino. Creo que la denuncia tuvo en Alejandra una forma
expresiva bastante particular y personal, ya que más allá de los
aspectos autobiográficos, su poesía marcó los lugares de las
pérdidas, puso en evidencia ese vacío expresivo y significativo
que recién la generación de las poetas del ochenta comenzarían a
llenar, no sin sufrimiento, pero sí con la convicción de que un
cambio era posible para el decir de las mujeres, sobre todo
después de los años de la dictadura. La escritura de algunas de
estas poetas como la de Pizarnik fue también contra el miedo
originado en otras raíces.(9)

Siguiendo con la lectura de sus diarios podemos ver cuántas


veces Pizarnik se sentía condenada al trabajo de escritura, sin
embargo, para ella la escritura de un diario podría facilitar el
camino hacia la libertad, el camino hacia el autoconocimiento, y
a la vez poder hablar de la experiencia de lo poético, que en
definitiva es el camino en sí mismo. Pizarnik escribió: "Si
pudiera tomar nota de mí todos los días sería una manera de no
perderme, de enlazarme, porque es indudable que me huyo, no me
escucho"(6.III.61, Paris).
Lo ideal sería, para las mujeres que les interesa, potenciar
esta indagación presentada por Alejandra en estas líneas y
deshacernos de la idea de condena. Comenzar a escuchar más
atentamente, tomar nota de las voces internas que pujan por salir
de una manera nueva, fundar verdadera leyenda y crear un nuevo
territorio. Para las poetas del noventa, la escritura tendería a
ser tarea en el sentido bellessiano del término, un predominio de
la conciencia sobre cada línea escrita desde las entrañas: "Una
mujer madura/que ya/ no será// sino/ lo que es:// tarea//
Conciencia que expresa/ el esplendor// y deseo/ más allá/ de la
línea de sombra"(10).

La genealogía es amplia y amorosa, pero si insistimos en


quedarnos en la línea de sombra de los poemas de Pizarnik sin
intentar resemantizar la lengua poética heredada, no podremos
avanzar mucho, clausurándonos en la mera repetición de un fragor
fascinante pero que ya ha dicho (hasta donde pudo) lo que quería.

NOTAS

1. Ejemplo de esto es lo realizado por Delfina Muschietti, Alicia


Genovese, Diana Bellessi.

2. Isabel Monzón, Báthory. Acercamiento al mito de la Condesa


Sangrienta. Bs.As, Feminaria Editora, 1994.

3. "Ojos primitivos" en El infierno musical.

4. "Piedra fundamental, Ibidem.


5. A este respecto recomiendo leer un trabajo muy inspirador como
es el de la poeta y crítica canadiense Nicole Brossard:
"Memoria: holograma del deseo", en Feminaria, Nro.3, Abril
1989.

6. Susana Poujol, " Intertextualidad en la poesía escrita por


mujeres en la última década", Feminaria nro.:7, agosto,1991.

7. Alejandra Pizarnik, Semblanza , Mexico, FCE,1994.pág.254.


Todas las citas de los diarios son de esta edición.

8. Por otra parte varias de las entradas de los diarios dan


cuenta de lo pesado que era para Alejandra cumplir con los
encargos de las diversas publicaciones con las que colaboraba
y esto nos pone frente a la falta de tiempo para poder crear
la propia obra, otro punto interesante de ver en Alejandra.

9. Ver Monzón, op.cit., pág.28 cuando se habla sobre la relación


entre la melancolía y los regímenes autoritarios.

10. Diana Bellessi, Eroica, Bs. As. Libros de Tierra Firme y


último Reino, 1988, pág.78.