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LAS PARÁBOLAS DE JESÚS EN EL EVANGELIO DE LUCAS

NUEVA ALIANZA

181

Obras de Alessandro Pronzato publicadas por Ediciones Sígueme:

  • - Nunca hemos visto nada semejante (NA 177)

  • - Sólo tú tienes palabras (NA 172)

  • - En busca de las virtudes perdidas (NA 158)

  • - Las parábolas de Jesús en los evangelios de Marcos y Mateo (NA 155)

  • - La homilía del domingo, ciclos A, B (NA 150-151)

  • - Creer, amar, esperar día a día (NA 141)

  • - Orar, ¿dónde? ¿cómo? ¿cuándo? ¿por qué? (NA 132)

  • - Palabra de Dios, ciclos A, B, e (NA 118-120)

  • - Y ¿cómo lo habéis conseguido? (RS 16)

  • - Evangelios molestos (PedaI34)

ALESSANDRO PRONZATO

LAS PARÁBOLAS

DE JESÚS EN EL EVANGELIO DE LUCAS

Le salió al encuentro ...

EDICIONES SÍGUEME SALAMANCA

2003

Cubierta diseñada por Christian Hugo Martín

Tradujo Germán González Domingo sobre el original italiano Parabole di Gesu Il. Gli corse incontro. Luca

©

Alessandro Pronzato, 1997

©

Ediciones Sígueme S.A.u., 2003 CI García Tejado, 23-27 - E-37007 Salamanca I España Tlf.: (34) 923 218 203 - Fax: (34) 923 270 563 e-mail: ediciones@sigueme.es www.sigueme.es

ISBN: 84-301-1498-X Depósito legal: S. 1.087-2003 Impreso en España I UE Imprime: Gráficas Varona S.A. Polígono El Montalvo, Salamanca 2003

CONTENIDO

Introducción ..........................................................................

9

Advertencias

............

21

l.

Los dos deudores (más una mujer que no te esperas) ...

23

  • 2. El samaritano .................................................................

38

  • 3. Los tres amigos ..............................................................

90

  • 4. El hombre rico

..........

106

  • 5. La vuelta del amo ..........................................................

116

  • 6. La higuera estéril ...........................................................

126

  • 7. La puerta estrecha ..........................................................

139

  • 8. Los puestos en la mesa ..................................................

150

  • 9. La construcción de una torre y un rey que va a la gue- rra ..................................................................................

160

  • 10. Las parábolas de la misericordia (Lc 15) ......................

168

  • 11. El pastor que va a la búsqueda de la oveja perdida .......

177

  • 12. La mujer que perdió una moneda ..................................

191

  • 13. El

hijo pródigo

............

198

  • 14. El administrador deshonesto y sagaz .............................

275

  • 15. El rico anónimo y Lázaro el mendigo ...........................

296

  • 16. inútiles

Los siervos

...........

315

El juez y la viuda

  • 17. ................... ........ ......... .............

..........

322

  • 18. El fariseo y el publicano ................................................

331

Bibliografia ...........................................................................

349

INTRODUCCIÓN ¿Fáciles o difíciles? Este es el problema ...

Aquel día Jesús no había preparado la predicación ...

Mateo, antes de contar la parábola del sembrador, presenta una escena muy sugestiva, que casi siempre dejan de lado los comen-

taristas: «Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago

...

»

(Mt 13, 1). Parece que no tiene un programa preciso que cumplir, ninguna cita, ningún compromiso particular. Se sienta a contem-

plar el panorama familiar de «su» lago. Me parece que también es-

te es un rasgo significativo de la humanidad de Cristo. Juan nos presenta un Jesús cansado del viaje, sudoroso y se- diento, que descansa junto al brocal de un pozo. Marcos habla de un Jesús que duerme sobre una embarcación sacudida por olas fu- riosas, con la cabeza apoyada en una almohadilla. Mateo nos regala este cuadro sorprendente del Maestro en un momento de distensión a la orilla del lago. Quizás ora al Padre por aquella maravilla salida de sus manos. O simplemente deja en si- lencio que se le llenen los ojos de la belleza que le rodea. «Se reunió junto a él mucha gente, tanta que subió a una barca

y se sentó, mientras

la gente estaba de pie en la orilla

...

». No sa-

bemos lo que duró aquella soledad extática. El evangelista quema los intervalos, cosiendo las secuencias sin darnos la posibilidad de medir el tiempo. Sea como fuere, todo parece desarrollarse con total naturalidad y bajo el signo de la imprevisibilidad, casi de la improvisación. Aquel día quizás Jesús no había previsto encontrarse con el públi- co, convocado no se sabe por quién ni cómo. ¿Podemos decir que no estaba preparado para predicar? Muchas circunstancias lo per- miten suponer. Pero hay que reconocer que, en el evangelio, Jesús casi siempre toma la palabra con espontaneidad, estimulado por las circunstancias, provocado por los acontecimientos más acci- dentales, tal como se presenta la ocasión y allá donde viene al ca- so. Para él no existen ni lugares ni tiempos privilegiados. Puede

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Introducción

ser en los alrededores del templo, o en una casa cualquiera, en el local cerrado de una sinagoga o -como en este caso- en una playa. Sorprende el hecho de que, en esta ocasión, casi todo el dis- curso en «parábolas» se coloque en un ambiente agrícola: se habla de sementera, campos, grano y cizaña. Solamente al final, cuando ya ha vuelto a casa, el Maestro em- plea un imagen relacionada con el lago (los pescadores que, saca- da a la orilla la red, sentados, hacen la selección de los peces). Es posible que se trate de una escena que ha fotografiado por la ma- ñana, antes de que su soledad contemplativa fuese interrumpida por la llegada de un público inesperado. ¿Intentamos sacar inmediatamente una conclusión modesta en clave práctica, que «brindamos» a los predicadores, especialmen- te a aquellos -y son los más- que durante la semana piensan con preocupación en la homilía del domingo? Sí, una forma esencial de preparación consiste en la capacidad de observar la realidad. Se «encuentra» a las personas sólo si se encuentra el mundo que les es familiar y si uno se identifica con él. La multitud rodea a Jesús de improviso, casi le obliga a hablar, aun cuando él no se lo haya propuesto, porque le siente partícipe de sus problemas, experto de la vida de todos, no extraño, no lejano de las situaciones concretas de la existencia cotidiana. Porque sa- be que habla con claridad y simplicidad, de manera comprensible. No sólo porque Jesús sepa hacerse escuchar. Sino, ante todo, por- que la gente que lo escucha se reconoce en lo que dice. El problema del lenguaje es también un problema de capacidad de «sentarse», como Jesús, alIado del mar (y, en vez del mar, pon- gamos cualquier otro panorama, comprendidos aquellos con esca-

so contenido poético y pictórico), y pararse a mirar

...

El Maestro

aquella mañana no ha ido a la playa a preparar el sermón. Tenía ganas de soledad, de contemplación. Deseaba descansar. Estable- cer contacto con la naturaleza, con el mundo, sin ninguna preocu-

pación inmediata

¿Acaso el problema del lenguaje no es tam-

... bién un problema de ojos abiertos incluso antes que de lengua?

El riesgo de la diversión

Hay diversos equívocos que hace falta disipar a propósito de las parábolas evangélicas. Intentemos examinar, y ojalá disipar, los

Introducción

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más frecuentes. Alguno las considera un elemento de diversión, casi un pasatiempos, una fábula distensiva, un paréntesis agrada- ble, un simpático intermedio insertado en un discurso que podría resultar excesivamente difícil y provocaría una caída de tensión y de interés, y el consiguiente aburrimiento. En una palabra, una especie de expediente pedagógico con el fin de endulzar la píldora de argumentaciones inaccesibles y abs- tractas, de formulaciones doctrinales. O incluso, un momento de relax a la espera de que suene el timbre que señala el final del re- creo para que todos vuelvan a los pupitres de la clase a escuchar al Maestro que ha retomado un tono de seriedad y vuelve a impartir una lección rigurosa. No, la parábola misma es parte integrante del mensaje (y no sólo adorno), es algo serio, lección severa. Con frecuencia repre- senta una inquietante señal de alarma. En un palabra, algo com- prometido, que llama a la responsabilidad, y hasta perturbador. La parábola no es una señal que autoriza a «romper filas» pa- ra divertirse. Al contrario, constituye una llamada apremiante, ine- ludible, casi inexorable. Un escritor brillante, Luigi Santucci, define las parábolas como (<una vacación dentro de las jornadas desagradables»l. Se trata de una visión reductiva. Las parábolas parten con mucha frecuencia del vivir diario, del panorama familiar de las ocupaciones ordina- rias, para hacernos frecuentar el mundo de Dios, para conducirnos a atracar en la orilla de lo trascendente. Pero no representan una fase de evasión. Tocada, o rozada, esa orilla nos vuelve a empujar con fuerza hacia la vida, con una inquietud encima, o incluso con un tormento más. Pero la parábola no compromete solamente bajo el aspecto práctico, porque anima a tomar una decisión, a plantear la propia conducta de una cierta manera. La parábola obliga también a pensar. No te presenta la verdad ya confeccionada sobre un plato atractivo. La parábola no explica todo. Obliga, más bien, a buscar, a profundizar, a investigar, a ex- plorar el significado profundo, que no es ese que aparece a prime- ra vista sobre la costra superficial de las imágenes usadas. Te soli-

l. Autor, entre otras cosas, de una singularísima Una Vita di Cristo. Volete andarvene anche voi?, Milano 1995, rica en intuiciones sorprendentes e indiscu- tible desde el punto de vista literario.

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Introducción

cita a descubrir las implicaciones esenciales. No es una «papilla preparada», lista para tomar, con todos los ingredientes que la ha- cen fácilmente digerible, apta también para los estómagos más de- licados. Es, más bien, un alimento sólido, con alto contenido nu- tritivo. Para digerirlo, paradójicamente, hay que activar todos los mecanismos del cerebro, de la fantasía y, por supuesto, del cora- zón. La mente debe segregar las enzimas, los ácidos y los jugos necesarios para la asimilación. No se nos cuenta la parábola para dispensarnos de pensar. Al contrario, es necesario realizar un esfuerzo también intelectual pa- ra llegar a descubrir la intención secreta del Maestro al contar aque- llas determinadas cosas. La parábola no es una cantilena que se acuna dulcemente en los prados floridos de la poesía. Más bien constituye un fuerte re- clamo para caer en la cuenta de una realidad presente que exige una respuesta y una decisión inmediata. La parábola, lejos de aca- riciar, golpea y sacude con mucha fuerza.

El riesgo de la banalización

Otro malentendido bastante común y persistente es el de la pre- sunta facilidad de las parábolas. Muchos se engañan queriendo prescindir del estudio, del análisis diligente, de la explicación de los mecanismos narrativos que permiten captar el significado au- téntico de las parábolas. Ignoran el contexto en que están colocadas, las causas que las han provocado. No se han preocupado de averiguar a quién se di- rige Jesús y por qué usaba ese lenguaje, ese tipo de narración, esas imágenes, y hasta esos puntos polémicos. Muchos individuos vagan, perezosos, por la periferia de las pa- rábolas, sin llegar jamás a captar el centro, el núcleo esencial. Se paran en pormenores insignificantes, desarrollan detalles de una manera desproporcionada, dan realce a consideraciones sobre ele- mentos secundarios, sin «centrarlas» jamás. Y así se sacan conclu- siones abusivas, torcidas, o incluso en contraste con la lección de fondo que el Maestro quería impartir. La tentación siempre al acecho es la de «ajustar» la palabra de Dios a nuestros gustos. En algunos casos el texto se convierte en «pretexto» para tejer la tela de araña de nuestros discursos.

Introducción

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Es extraño que los discípulos se lamentasen porque no habían entendido las parábolas y quisieran una explicación. Hoy hay predicadores que quieran hacer creer que las parábo-

las son

elementales, que contienen un mensaje claro, simple,

... evidente. En este caso se corre el riesgo de una banalización de las pará- bolas. Y paralelamente existe el peligro de hacerles decir lo que nosotros queremos, y no lo que ha pretendido Jesús (y la Iglesia primitiva que, en ciertos casos, las ha reelaborado). Hay que caer en la cuenta de que el Maestro, a través de esta particular forma de enseñanza, habla de sí mismo, de su misión, del Padre, del «estilo» de Dios (o sea, de su manera sorprendente de comportarse), del reino de los cielos, de la Iglesia. Explica lo que quiere decir ser discípulo suyo, lo que significa la vigilancia, la conversión, la docilidad. Lo primero, hay que adivinar lo que de verdad Jesús pretendía hacernos entender. Además hay que caer en la cuenta de que las parábolas se re- fieren habitualmente a las experiencias de nuestro mundo sensible para trasferimos al campo de lo invisible. Son una especie de puente, «adosado» para poner en contacto la orilla terrestre y la celeste, el tiempo y lo eterno, el presente y el futuro, el mundo de los hombres y el mundo de Dios, las cosas simples y el misterio. Pero las dos orillas no están al mismo nivel. Entre ellas hay una separación abismal. ¡Ay! si nos hacemos la ilusión de pasar desen- vueltamente, como de corrida, de una parte a la otra. Existe el pe- ligro de tumbos clamorosos. En las parábolas hay semejanza pero también distancia. Hay transparencia pero también «encubrimiento». Me parecen muy oportunas estas observaciones de un conoci- do estudioso: «Las parábolas son semejanzas ampliadas, del tipo de esas que nosotros usamos cada día: 'Hoy hace tanto frío como en Siberia', o también: 'En esta habitación hace tanto calor que pa- rece un horno'. De esta manera queremos hacer más patente una afirmación, subrayando desde un determinado punto de vista la semejanza entre dos cosas». y después esta advertencia: «En las parábolas siempre hay que distinguir el elemento figurativo de la sustancia. Jesús expone lo que quiere decir a través del velo de una imagen. Normalmente él no explica a sus oyentes las parábolas; pero ellos estaban en mejo-

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Introducción

tesis, que hay que tener en cuenta, pero sin la obligación de consi- derarlas certezas. Si después nos adentramos en la historia de la redacción y de la tradición, crece el desconcierto. Algunos expertos se empeñan en determinar la forma originaria de las parábolas, indicar la interpre- tación de las primeras comunidades (premarquiana, premateana, prelucana), encontrar el primero y el segundo estadio, denunciar las intervenciones siguientes (se alude a textos «posmateanos») y las añadiduras. Suficiente para sufrir de vértigos. Quien se deja llevar por la curiosidad de examinar las distintas posiciones, cuando se trata de fijar la enseñanza de fondo, llama- da pointe de la parábola, descubre que las divergencias están muy marcadas.

Finalmente, si algún temerario pretende seguir los itinerarios intransitables de los estructuralistas, tiene el peligro de no enten- der nada. Está bien que los exegetas cumplan con su oficio. Pero tengo la impresión de que a veces exageran en un trabajo de desar- ticulación, desmembramiento, vivisección. Con la excusa de so- meter la parábola a todos los análisis, esta resulta empobrecida. Irreconocible, exangüe, esquelética, no se tiene en pie. Los evan- gelios te entregan una estupenda fotografía a color (aunque a veces haya tintas oscuras). Estos «doctores» ponen en tus manos -en el mejor de los casos- una radiografía. Ciertos estudios evocan incluso la imagen de una mesa anató- mica en la que se disecciona un cadáver. Te enseñan músculos en- tumecidos y fríos cuerpos del delito, pero la vida se ha perdido, han desaparecido la frescura, la poesía, la musicalidad, se ha evaporado el perfume de la narración tal como salió de la boca de Jesús. En los laboratorios superespecializados las parábolas son pul- verizadas literalmente con unos sofisticados procedimientos quí- micos. ¿Se habrán planteado esos expertos la pregunta de si seme- jante trituración sirve luego para alimentar al pueblo de Dios? Porque Jesús contaba las parábolas para nutrir la fe de los oyentes, su esperanza, para sacudir su inercia, ciertamente no para hacer engullir unos mejunjes insípidos e inodoros, o unas virutas de pa-

labras que les atragantara.

.

Me perdonarán los estudiosos (a quienes ciertamente acudo con frecuencia, aunque con daño notable para la cartera, porque sus volúmenes, destinados a pocos, son costosísimos; y en ciertos casos llego a sospechar que sería más justo que pagasen a los lec-

Introducción

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tares, al menos por su arrojo), pero algunas veces tengo la sensa- ción de que, a pesar de la edad, se divierten jugando. Y parece que su juego preferido consiste en desmontar un juguete complicado, pero que funciona perfectamente. Al final de su fatigoso entretenimiento queda un montón de tornillos, pernos, esferas, muelles, ruedecillas, engranajes, tubitos, hilos enmarañados, ensamblajes, dados, pilas, empalmes, piezas sin una colocación precisa. Y ellos, complacidos, dan un suspiro de satisfacción. Nos tocará a nosotros volver a montar el precioso juguete. Ellos, diligentes, se han preocupado de prestarnos un ma- nual de instrucciones grueso como una guía de teléfonos, redacta- do en un lenguaje para iniciados, con cifras, siglas, vocablos capa- ces de volvernos locos. y en este momento, y después de algún intento incierto, dan ganas de dar una patada a aquel montón de escombros. Per? des- pués, por suerte, prevalece la exigencia de tomar el evangelIo y ... reconciliarse con las parábolas. He exagerado, naturalmente (sé que también los eruditos tie- nen sentido del humor). Entre otras cosas, hay que reconocer que existen agradables excepciones. Baste citar, entre otros, a mi que- rido A. Maillot y, en Italia, a B. Maggioni. Personalmente sigo un método particular. Leo conscientemen- te incluso los volúmenes más indigestos (esos, sobre todo). Luego, teniendo que escribir, me esfuerzo por olvidar. Pero, obviament~, alguna cosa útil se ha depositado dentro de mí y saldrá afuera Slll que yo caiga en la cuenta.

Una serie de sorpresas

Algunas claves de lectura se ofrecen en la introducción a las parábolas de Marcos. Aquí me limito a tomar alguna observación de A. Maillot4. 1. La parábola siempre es sorprendente, desconcertante. Su verdadero sentido no lo descubre el intelectual sino el creyente. La parábola esconde, más que desvela. Mejor: esconde la pala- bra de Dios, para desvelarla inmediatamente, progresivamente. Tiene como fin introducirnos en el misterio del reino de Dios. Y

  • 4. A. Maillot, Les paraba/es de Jésus aujaurd'hui, Geneve 1977,9-12.

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Introducción

en este itinerario hacia el misterio, cuanto más aumenta el conoci- miento más crece el misterio.

  • 2. Jesús, cuando quería expresar las verdades más profundas

de su mensaje, las revestía de esta forma de lenguaje. Pero él no in- ventó el «género» de las parábolas. Ya se encuentra, en efecto, tan- to en el Antiguo Testamento como en la historia de las religiones.

  • 3. El Maestro ha contado las parábolas no sólo para mantener

escondidas las «cosas» del Reino a los de «fuera» y revelarlas a los

discípulos que le siguen, sino también para hacernos comprender

que Dios no es el Dios de los filósofos

y de los sabios (y, con fre-

cuencia, ni siquiera el de los teólogos), sino el de los pequeños. En las parábolas no encontramos los atributos clásicos de Dios (inmutabilidad, impasibilidad, omnipotencia, omnisciencia, omni- presencia), sino que descubrimos a un Dios que se coloca en medio de los hombres, actúa como los hombres, quiere ser como noso- tros. Es el Dios viviente que rechaza ser insensible (me atrevería a decir congelado en nuestras definiciones), inflexible, inaccesibles.

Y así tenemos un Dios que es un sembrador, un padre, un rico propietario generoso de una manera escandalosa, un amigo, un pastor, un esposo que se retrasa, un pescador, un amo en viaje ... Es verdad, y ya lo hemos dicho, que existe semejanza y al mis- mo tiempo distancia. Pero esto no quita que a Dios le guste pre- sentarse con un revestimiento humano que no es sólo una ficción.

  • 4. En muchas parábolas puede haber cierta confusión entre

Dios y la persona de Cristo. Pero esto quiere decir simplemente

que Dios está totalmente comprometido y presente en la misión del Hijo.

  • S. Las parábolas de Cristo resultan estrechamente ligadas a su

encarnación. Se podría afirmar que son historias porque la salva-

ción misma es una historia. Sólo una historia logra dar cuenta de una Historia. Y este es un punto que casi nunca se subraya.

  • 6. Cada imagen contiene distintos significados posibles, deja

entrever muchas líneas armónicas. A diferencia de nuestras afir- maciones, la parábola nunca es «unívoca». Y esto explica la diver- sidad (y a veces las divergencias) de las interpretaciones que, lejos de representar una debilidad, documentan la riqueza inagotable de

  • 5. ~aillot subrayaque cuando el salmista dice: «El Señor es mi pastoD> (Sal

23, 1), dice acerca de DIOS, y en particular acerca de sus relaciones con el hombre

más que cualquier libro de

filosofia.

'

Introducción

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las parábolas. Parafraseando a P. Ricoeur, se podría afirmar que la parábola dice siempre más de lo que dice.

  • 7. Una clave de lectura que puede ser muy útil es esta. Inten-

temos preguntarnos: ¿cuál es el punto que debía afectar, impre~io­ nar a los oyentes de Jesús? ¿Qué es lo que me sorprende? ¿Que no es normal, habitual, dado por supuesto, sino desconcertante? O también: tomemos un folio y dividámoslo por la mitad. En la

primera columna expliquemos el tema propues~~, imag~nemos el desarrollo de la historia y sobre todo su concIuslOn, segun nuestra mentalidad, según las ideas que nos hemos fabricado a propósito de Dios. En la otra parte de la página, reproduzcamos el texto au- téntico de la parábola. Después, controlemos. Tendremos sorpre- sas perturbadoras. Caeremos en la cuenta de que Dios nunca es co- mo nos lo imaginamos y como lo presentamos. Desde ese momento tenemos la posibilidad de comenzar a en-

tender algo ...

Mejor unos huesos con abundante carne ...

En mis comentarios he examinado atentamente los huesos des- carnados que han salido de los laboratorios exegéticos m~jor equi- pados (esos, al menos, a los que aludía antes, con una CIerta exa- geración). Y me he propuesto desempolvarlo~. Alguno dirá que he exagerado en un sentIdo ~puesto, y no me cuesta reconocer que tienen razón. Sostengo, Slll embargo, qu.e siempre es mejor ofrecer un hueso rodeado de abundante carne (lI- bre cada uno de tirarlo cuando se sienta saciado y hasta harto), que presentar a quien tiene hambre un hueso mO,n?~, perfectamente limpio (con los más modernos métodos de anahsIs), para ro~r ... Y además soy del parecer de que las parábolas no constItuyen solamente una invitación a tomar una decisión, sino que represen- tan una solicitación para hacer funcionar, por nuestra parte, esa fa- cuItad con frecuencia inutilizada, cuando se trata de la palabra de

Dios, que se llama fantasía Las parábolas, una vez agredIdas con los lllstrumentos.mas so- fisticados de la exégesis más rigurosa, si no quieren termlllar em-

..

.

'

balsamadas, tienen que tener la posibilidad de

volar.

..

ADVERTENCIAS

  • a) El presente comentario «cubre» las parábolas contenidas en

el evangelio de Lucas. El primer volumen de la serie estaba dedi- cado a las parábolas pertenecientes a los otros dos evangelios si- nópticos de Marcos y Mateo.

  • b) Para los textos de Lucas, en la edición castellana he segui-

do la traducción de la Biblia de La Casa de la Biblia, así como pa-

ra los de Mateo. Para los textos de Marcos adopté una traducción mía, más fiel al sentido literal.

  • c) En muy pocos casos, tratándose sobre todo de semejanzas,

he modificado el orden seguido por los evangelistas.

  • d) En el primer volumen he omitido algunas parábolas (como

la de la oveja perdida, que está en el capítulo 18 de Mateo) o se-

mejanzas, porque las trato en este volumen dedicado a Lucas. Es- to, evidentemente, sólo cuando entre las distintas versiones no ha- ya divergencias sustanciales. En ciertos casos, incluso aunque haya una coincidencia fundamental en los sinópticos, he decidido presentar distintos comentarios, siguiendo a los evangelistas, para tener la oportunidad de desarrollar una gama más amplia de con- sideraciones sin verme obligado a condensar todo en un solo co- mentario, con el riesgo de hacerlo excesivamente pesado y darle una extensión exagerada.

1

Los dos deudores (más una mujer que no te esperas)

«Unfariseo invitó a Jesús a comer. Entró, pues, Je- sús en casa del fariseo y se sentó a la mesa. En esto, una mujer, una pecadora pública, al saber que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de alabastro lleno de perfume, se puso de- trás de Jesús junto a sus pies, y llorando comenzó a bañar con sus lágrimas los pies de Jesús y a enju- gárselos con los cabellos de la cabeza, mientras se los besaba y se los ungía con el perfume. Al ver esto el fariseo que lo había invitado, pensó para sus adentros: 'Si este fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues en realidad es una pecadora '. Entonces Jesús tomó la palabra y le dijo: 'Simón, tengo que decirte una cosa '. Él replicó:

'Di, Maestro '. Jesús prosiguió: 'Un prestamista te- nía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Pero como no tenían para pagarle, les perdonó la deuda a los dos. ¿ Quién de ellos lo amará más? '. Simón respondió: 'Supongo que aquél a quien le perdonó más '. Jesús le dijo: 'Has juzgado bien '. Y volviéndose a la mujer, dijo a Simón: '¿ Ves a esta mujer? Cuando entré en tu casa no me diste agua para lavarme los pies, pero ella ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus ca- bellos. No me diste el beso de la paz, pero esta, des- de que entré, no ha cesado de besar mis pies. No un- giste con aceite perfumado mi cabeza, pero esta ha ungido mis pies con perfume. Te aseguro que si da tales muestras de amor es que se le han perdonado sus muchos pecados; en cambio, al que se le perdo- na poco, mostrará poco amor '. Entonces dijo a la mujer: 'Tus pecados quedan perdonados '. Los co-

  • 26 Las parábolas de Jesús

más. No, ella no se deja impresionar por las apariencias ni por las tarjetas de visita.

Los otros se ven obligados a interpretar un papel, a ponerse la

careta. Ella al menos tiene el mérito de presentar su verdadero ros- tro. No muy limpio, pero suyo.

y seguro que en ella existe alguna zona intacta, no contamina- da. En lo profundo de su alma, probablemente, conserva un secre- to que defiende con celo. Algunos nobles venidos a menos, arrin- conados en una angosta buhardilla, obligados a racionar el pan, guardan en el fondo de un arca una joya minúscula que se libró de la casa d~ empeños y que les recuerda los tiempos prósperos. TambIén ella. Una existencia desquiciada. Pero en un rincón protegido obstinadamente contra las continuas desilusiones y la~ experiencias más degradantes, queda un retazo de esperanza. Es- peranza de encontrar a alguien que no la considere sólo como un objeto de placer. Esperanza de poder ofrecerle su corazón, además de su cuerpo. Esperanza de comenzar todo de nuevo, de partir de cero, .reenc?ntrando el hilo de aquella madeja enmarañada que es su eXIstenCIa. Esperanza de ser finalmente comprendida.

Las lágrimas, segundo bautismo

«Se presentó con un vaso de alabastro lleno de perfume, se pu- so detrás de Jesús junto a sus pies, y llorando comenzó a bañar con sus lágrimas los pies de Jesús y a enjugárselos con los cabellos de la cabeza, mientras se los besaba y se los ungía con el perfume». Cada uno reza a su manera. Aquí, la oración de la pecadora es- tá h~cha de silencio y de lágrimas. Su liturgia, bañada de ternura, se SIrve de un vaso lleno de perfume y de sus cabellos como si fuesen «objetos sagrados». Ella se inventa los ritos. ' Probablemente ya había visto a Jesús, le había escuchado ha- bía quedado impresionada. Quizás él la había mirado con un ~esto de reproche y de confianza. Le había tocado, con mano segura, aquel retazo de esperanza oculto en el único rincón «limpio». Y desde entonces se había iniciado el cambio. A los ojos de los hombres seguía siendo una pecadora. Pero «dentro» había cambiado. Se sentía como «habitada» por aquel hombre. Ahora venía a darle gracias. «No se corta los cabellos en señal de penitencia. Los utiliza para gloria de Cristo. Seductora

Los dos deudores

27

hasta ayer, conserva su gracia de mujer, que se ha hecho humilde y

agradecida» (sor Marie- Thérese).

. Sus gestos tienen la espontaneidad y la segundad de una mu~er

.

que se siente amada y que finalmente llega a amar. Besa ~os pIes que han caminado, que se han desollado por todos los cammos del mundo en busca de las ovejas perdidas (y también en la busca, aún

más difícil, de las que jamás han abandonado el rediL

..

).

«Llorando

...

». También para ella esto era una complicación. El

vaso de perfume estaba previsto. Las lágrimas, sin embargo, no es- taban previstas. Pero desde el momento que empezaron a brotar, las utiliza en su liturgia hecha de conmoción. Hoy, incluso en ámbitos cristianos, se miran las lágrimas c.o~ sospecha, como si hubiera que avergonzarse de ellas. Una de~Ih­ dad. Muchos prefieren lloriquear que llorar. En el aburguesamIen- to espiritual que caracteriza a tantos sectores del catolicismo ac- tual, algunos llegan a reírse del «don de lágrimas». Un maestr~, que lleva anillo pastoral en el dedo, campeón de una.postura relI- giosa bajo el signo de la fuerza y de la dureza, llega mcluso a de- cir que hay que dejar de «llorarse encima». y sin embargo las lágrimas tienen algo de carismático y repre- sentan la consumación del arrepentimiento. No hay nada más aje- no al espíritu del cristianismo que la insensibilidad de un corazón

petrificado.

Juan Clímaco tiene una expresión sorprendente: «La fuente de las lágrimas después del bautismo es algo mayor incluso que el propio bautismo»l. En una palabra, el llanto sería una especie de segundo bautismo. Expresión de arrepentimiento, purifica la natu- raleza, restituye la belleza de la creación, porque, como decía Pa- blo VI, «el rostro más hermoso y luminoso es el rostro bañado por

las lágrimas».

. Las lágrimas incluso pueden ser un deber ineludible. De nu~­ vo nos lo explica Juan Clímaco en su Escala espiritual: «NadIe nos acusará de no haber hecho milagros, de no haber sido teólo- gos, de no haber tenido visiones; pero ciertamente deberemos res-

  • 1. Comenta V. Lossky: «Este juicio puede parecer paradójico, y pue.de inclu-

so escandalizar si se olvida que el arrepentimiento es el fruto de la gra~Ia bautis- mal, esa misma gracia adquirida, hecha propia por la p~rsona, .convertIda en ella en el don de las lágrimas, señal segura de que el corazon ha SIdo fundIdo por el amor divino» (Teología mística de la Iglesia de Oriente, Barcelona 1982).

  • 30 Las parábolas de Jesús

Los que murmuran y la que se va de allí «ligera;>

«Los comensales se pusieron a pensar para sus adentros:

'¿Quién es este que hasta perdona los pecados?'». De nuevo pen- samientos escondidos. Pero las murmuraciones y el escándalo de los presentes no impiden a Jesús que realice hasta el fondo su ac- ción de recuperar a la mujer. El estrépito de los malos pensamien- tos no impide la fórmula de absolución que Jesús se apresta a pro- nunciar con solemnidad: «Tus pecados quedan perdonados». Y después la despide con una fórmula litúrgica: «Vete en paz», pre- cedida de una confidencia: «Tu fe te ha salvado». Probablemente ella lo ha interpretado así: «Tu amor te ha salvado». La mujer se va. Todos la consideraban una mujer «ligera de cascos». Pero solamente ahora se siente de verdad «ligera». Se le ha restituido un corazón nuevo, puro y fresco como el de un niño. Ahora puede empezar a amar de verdad. Porque se siente amada. y el fariseo, que había invitado a Jesús para «estudiarlo», si quiere saber algo acerca del Maestro, deberá dirigirse a aquella mujer. y con él, todas las personas «virtuosas» del mundo.

Ninguna de estas dos parábolas consigue convertir al fariseo

Simón, que aunque ha invitado a Jesús a su casa -una invita- ción a comer más bien formal, quizás para conseguir un diploma de importancia frente a la gente, o incluso para someter al huésped al examen de su mirada suspicaz e indagadora- ha equivocado cla- morosamente el protocolo. Se ha hecho ilusiones de que él iba a admirar sus méritos. Y no le ha permitido inspeccionar las miserias y hacérselas descubrir. El fariseo no deja que le desmantele las impenetrables defensas que le ha levantado la hipocresía. Su máscara de honorabilidad ya forma parte de él. Aquí hay además dos parábolas que tienen una función revela- dora. La primera es una «parábola en acción» interpretada con he- chos por una pecadora consumada. La otra, contada por el Maes- tro, la de los dos deudores, ofreció al fariseo la posibilidad de hacer la exégesis de la parábola interpretada de verdad por la intrusa.

Los dos deudores

31

Pero me parece que ninguna de las dos parábolas logra sacar al descubierto al pobre hombre escondido en el fariseo, que prefiere permanecer protegido por sus harapos rutilantes de .personaje de bien, estimado y reverenciado por los demás, y no qUiere. saber na- da de lo que alberga en lo íntimo de su ser. No ha entendido que la grandeza -y la salvación- del hombre consiste en admitir esto:

«Soy un pobre hombre». No ha caído en la cuenta de que el verdadero pecado es la fal- ta de amor. Que el arrepentimiento es reconocer humildemente los propios incumplimientos del código del amor, y desear intensa- mente amar y ser amado. Que el perdón no es otra cosa que expe-

rimentar la plenitud del amor. El fariseo «sabe» los pecados de la mujer intrusa. Pero «no sa- be» que ninguna virtud puede llenar y sustituir el vacío de am.or. Él se contenta con estar en regla, con ser irreprochable, irre- prensible, con mantener el orden exterio~. Tiene mied~ ~e las lá- grimas, porque le estropearían el maquillaje de actor rehgiOso con- sumado y la máscara de respetabilidad. No acepta el riesgo de ser despojado de las apariencias, de des- cubrir la propia miseria escondida y de emprender el camino com- prometido del amor fiel.

A Cristo no le gustan los monumentos

La seguridad tiene un rostro muy poco tranquilizador. Es el ros- tro irreprensible del fariseo que ha invitado a Jesús y qu~ mueve la cabeza ante la aparición no programada de aquella «muJerzuela». La seguridad tiene un aspecto sombrío. Asume una postura sospechosa. Tiene un aire triste. Sus ojos indagadores buscan algo que merezca una desaprobación, un desprecio., Incluso cuando sonríe, el fariseo -seguro de Si y de sus virtu- des- sonríe contra alguien. Su sonrisa es acusadora. La seguridad del fariseo es la presunción. Él se considera ne- cesariamente poseedor de la verdad. Se coloca por derecho en la categoría de los virtuosos, de los justos. Y, desde esa posición de privilegio, su mirada hacia el otro es la mirada de la sospecha o, a lo más de la condescendencia. Y t~mbién su postura, aunque hacia fuera puede parecer sólida, resulta en realidad extremadamente frágil, casi inconsistente. En

.

  • 34 Las parábolas de Jesús

cuenta con regulares y miserables pagos que vaya barnizada de religiosidad.

...

con moneda falsa, aun-

Pistas para la búsqueda Perdón y amor

El lector atento advierte un contraste entre la conclusión que Jesús saca de la parábola (<<Se le han perdonado sus muchos peca- dos, porque ha amado mucho») y la dirección del relato en su con- junto, al final del cual nos esperaríamos, lógicamente, una inver- sión de los términos: porque se le perdonó mucho, ama mucho. Este desplazamiento puede significar también que la reanudación de la parábola por parte de Lucas ha cambiado de alguna manera la perspectiva originaria. Es sorprendente además que el contraste aflore también en las dos partes del mismo versículo final (7,47):

en la primera, el amor precede al perdón; en la segunda, lo sigue (<<A aquel a quien se perdona poco, ama poco»). La incongruencia subrayada, como se ha dicho, puede ser la pista de una formación trabajosa de la parábola. Pero ahora -en la redacción final- hay que resolver tal discordancia refiriéndonos a lo que la parábola quiere expresar: la relación de Dios con el hom- bre y del hombre con Dios. Es una relación que tiene dos aspectos, ambos verdaderos y presentes en la enseñanza evangélica. El pri- mero, que en nuestro texto tiene sin duda un relieve prioritario, es que el perdón de Dios precede a nuestro amor hacia él, siendo su motivo y su medida. El segundo es que nuestro amor a Dios es la señal de que su perdón ha sido acogido y entendido y, por tanto, que realmente nos ha alcanzado. Aparentemente estos dos aspec- tos se contradicen, pero en realidad su relación es circular. El amor de Dios determina el nuestro, y observando el nuestro se percibe si el de Dios está de verdad presente en nosotros (B. Maggioni)3.

La gratitud, lenguaje del amor

Todo lo que hace la mujer revela coraje y determinación: des- pués de haber tenido la valentía de entrar en la casa de un fariseo,

  • 3. B. Maggioni, Le parabole evangeliche, Milano 1992.

Los dos deudores

35

sigue actuando sin preocuparse de los. qu.e .la ~odean y la miran.

Sus gestos han sido preparados y son slgm[¡catIvos

.. Es importante advertir que no son ~est~s ~e .qUlen va a

.

pedIr

perdón, sino de quien muestra una.gratItud m[¡mta. P~r eso no es necesario que esta mujer pronuncIe una sola palabra. los ~estos que realiza ya son elocuentes por sí mismos y sabe que Jesus los

comprende bien ...

,

Refiriéndose a estos gestos suyos después de la parábola, Jesus los explica como actos de amor (v. 47). Pero, como d~~uestra la misma expresión utilizada al final de la pará?ola (<<¿QUIen de ellos

lo amará más?»), se trata de un amor de gratItud;. el ara~~o, pobre de vocablos se sirve del verbo «amar» para decIr tamblen «agra- decer» no sin razón, porque en realidad sólo quien ama sabe ver-

dadera~ente ser agradecido (L.

Algisi)4.

Quizás un usurero, que por una vez ...

El punto de partida de la parábola es ~l hecho de ~n perdó~ concedido a dos deudores que debían al mIsmo prestamIsta ca~tI­ dades de diversa entidad. Es verdad que se trata de un prestamIsta extraordinario, pero el relato no nos impide ima~inárnosl~ co~o un usurero, que normalmente es cruel cuand? eXIge la restItuclOn de sus préstamos. Sin embargo, una vez se sIente generoso y per- dona a dos de sus infelices clientes toda l~ deuda .. , ¿Por qué?, ¿a lo mejor los dos han pedIdo la gracIa, el p~rdon. No hay por qué suponer necesariamente todo e~to; el perd~n po- dría ser también iniciativa exclusiva del prestamIsta. CualqUIer ex-

?

plicación es superflua

...

(L. Algisi)5.

La grande y la pequeña gratitud

Jesús propone la parábola para justificar que se ha dejado !ocar por una prostituta. Confronta la deuda gra~de con la pequena, la grande y la pequeña gratitud. Porque la mUJe: demuestra una gr~­ titud mayor, está más cerca de Dios que el fanseo, aunque haya VI- vido en el pecado (A. Kemmer)6.

  • 4. L. AIgisi, Gesit e le sue parabole, Casale Monferrato 1963.

5.

6.

¡bid. A. Kemmer, Le parabole di Gesu, BrescJa

.

1990

.

  • 36 Las parábolas de Jesús

La gran cancelación

Aquí el perdón no se entiende como la rebaja de transgresiones aisladas, sino como la gran cancelación de todo lo que esclaviza al ser humano, auténtico «rescate» ofrecido a todos (A. Combar.

Dios es así

Está claro que Jesús habla de Dios. Así es Dios, ¡tan incom- prensiblemente bueno! ¿No comprendes, Simón? El amor de esta mujer, ante la que tú frunces el ceño, es una expresión del agrade- cimiento desbordante por la incompresible bondad de Dios. ¿Có- mo te equivocas con ella y conmigo, y cómo te falta lo mejor? (1 J eremias )8.

El desierto interior puede florecer

El misterio del hombre pecador es un misterio abierto, puede ser desgarrado por el amor, como sucede con la pecadora. No te- nemos ningún derecho para medir ese misterio con nuestro metro arrogante de hombres de bien y <~ustos». Un desierto interior pue- de florecer de una manera admirable e inesperada (G. Ravasi)9.

Aquel perfume ha inundado el mundo

El gesto de esta mujer no estaba motivado por el ímpetu feme- nino hacia una figura fascinante, sino por la gratitud hacia el úni- co Hombre que le había mirado con ojos que la liberaban; no con los ojos de los justos que son peligrosos porque crucifican al pe- cador en su pecado, y tampoco con los ojos de los libertinos que utilizan a la pecadora y después la desprecian, sino con esos ojos que invitan al reino de la libertad. El ímpetu de esta mujer era el ímpetu de todos los oprimidos en la conciencia. El perfume de aquella estancia ha llenado el mundo (E. Balducci)IO.

  • 7. A. Comba, Le parabole di Gesit, Torino 1978.

  • 8. 1. Jeremias, Las parábolas de Jesús, Estella 1997.

  • 9. G. Ravasi, Celebrare e vivere la Parola, anno C, Milano 1982.

  • 10. E. Balducci, Il Vangelo della pace, anno C, Roma 1985.

Los dos deudores

El amor no mira lo negativo

37

Jesús está junto al fariseo en la mesa, pero está infinitamente lejos de él. Porque la ley de Jesús es el amor, entendido como b~­ nevolencia de Dios y, por consiguiente, también del hombre hacIa los que, según una definición de la ley, están en el pecado. El amor no mira lo negativo, no mira la contradicción de un hombre con la ley; mira sus íntimas exigencias, el estímulo interno que, quizás, le ha llevado a estar en contraste con la ley, pero que pone su aten- ción en otra cosa, en una plenitud, en una experiencia vital que colme las esperas del corazón. Sí, el corazón acoge esta espera, es- ta necesidad profunda; se abre camino a través de la maraña de las violaciones morales para fijarse en el germen intacto que existe también en el corazón de la más corrompida prostituta, y su mila- gro es suscitar ese germen, constituirlo principio consciente de un modo nuevo de vivir. Es paso de la muerte a la vida ... Nosotros nos imaginamos a esta mujer saliendo de la casa del fariseo distinta, confiando en sí misma, capaz de discernir cuál es el amor que busca (E. Balducci)".

  • 11. Id., Il mandorlo e ilJuoeo, anno C, Roma 1979.

  • 40 Las parábolas de Jesús

El gesto preciso

«¿ Y quién es mi prójimo?». El escriba quiere una ficha,

la lis-

ta detallada de las personas a las que hay que considerar como

«prójimo». Una especie de lista de los pobres, de las familias ne-

ces~tadas. La dirección «exacta»

de los individuos a los que puede

abnr su corazón sin excesivos riesgos. Jesús da un vuelco radical a la pregunta: «¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteado- res?». No quiere precisar quién es el prójimo en pasiva. Sino que quiere descubrir quién es el prójimo en activa. No el prójimo como objeto, sino como sujeto del amor. Cristo desplaza el centro de interés. El doctor de la ley se colo- ca en el centro, sobre el pedestal, y pone a los demás a su alrede- dor. «¿Quién es mi prójimo?». El Maestro explica que este centro no ~s el ~o, sino cualquiera que se encuentre en mi camino y ne- ceSIte mI ayuda, mi comprensión, mi amor. El problema fundamental del cristiano no es el de saber quién e~ su próji~o, o sea, la categoría de personas que le permiten ejer- CItar la candad con el menor costo posible. El problema esencial consiste en «hacerse prójimo», desplazando el centro de interés del ~o ~ los otros. El samaritano ha sabido colocarse en la pers- pectIva Justa, o sea, del lado del otro. Por tanto, no se trata de saber a quién debo amar, sino de caer en la cuenta de que todos tienen derecho a mi amor. Debo acercar- me, hacerme vecino, «próximo» de todos, especialmente de los más lejanos. Solamente aSÍ, acercándome, anulando distancias, podré escuchar sus gemidos, oír su grito silencioso, descubrir sus sufrimientos o, al menos, intuirlos, captar sus llamadas de amor, incluso las no expresadas.

Siempre es muy fácil crear distancias inmensas en nuestro ca- mino. Gente antipática, molesta, tonta, inoportuna, vulgar, despe- chada. Y pasamos a su lado, los rozamos, convencidos de que sus problemas y sus angustias no nos conciernen. Un censo del prójimo sólo serviría para aumentar las distan- cias, para multiplicar los excluidos de mi amor. Sin embargo, basta acertar con el gesto exacto, precisamente el del samaritano. Y entonces la pregunta sobre «quién es mi próji- mo» carece de sentido. La he resuelto anulando las distancias ha- '

ciéndome próximo.

El samaritano

41

Bastan veintisiete kilómetros para dividir a los hombres

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó

». Veintisiete kiló-

... metros de un camino que baja en picado, partiendo desde casi ochocientos metros de altitud sobre el nivel del mar y, zigza- gueando en medio de un desierto ca~cáreo: llega a Jericó, la ciudad de las rosas a trescientos metros baJO el nIvel del mar. Un escena-

rio pavoroso, alucinante.

Un entorno prop~c~o para e~cu~~tro~ no

precisamente agradables. Se le llamaba, SInIestra y SIgnIfIcatIva- mente, «el camino de la sangre». Veintisiete kilómetros que bastan para dividir a los hombres en dos categorías: los que pasan de largo y los que se detienen; los que «recorren su camino» y los que se preocupan por los de~ás; los que exhiben el certificado sellado con un «no es cosa mla» y aquellos que se sienten responsables de todo y de todos; l~s que no quieren complicaciones y los que hacen acto de presenCIa ante el dolor que hay en el mundo; los que no hacen daño a nadie y los que saben inclinarse ante cualquier necesidad; los que tienen que ocuparse de «cosas importantes», de «asuntos urgentes», y los que se preocupan del sufrimiento ajeno. Veintisiete kilómetros vigilados por la mirada de Dios. En efecto, esta parábola está dentro de la misma perspectiva que la del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14). Allí, en el templo, dos hom- bres rezan y Dios los observa. Aquí, a lo largo de los recovecos de un camino infame, nos encontramos a un hombre medio muerto, a algunos individuos que se acercan y a Dios observando, fotogra-

fiándolo todo. Puedo engañarme y pasar de largo. Nadie me ve. El pobre hombre, que siente cómo se le escapa la vida por las heridas, y~ ni siquiera tiene fuerzas para abrir los ojos. Pero no es aSÍ: Al~Ulen me está espiando. Dios me observa cuando estoy en la IgleSIa. Y también cuando voy por el camino. Para él también el camino es importante. Como la iglesia. Camino e iglesia son el lugar del en-

cuentro.

Veintisiete kilómetros pueden determinar mi salvación o mi condenación. Veintisiete kilómetros, e incluso menos. Puede ser suficiente un pasillo, pocos metros, una ventanilla, un despacho. Basta con que una persona me necesite: ese es mi camino que b~­ ja de Jerusalén a Jericó. Donde, si pierdo tiempo, gano la eternI- dad. Mi salvación coincide con la salvación del otro.

  • 42 Las parábolas de Jesús

El «papel»

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de desnudarlo y golpearlo sin pie- dad, se alejaron dejándolo medio muerto». Sí, de esta salimos bien parados. Para tranquilizarnos decimos:

no es más que una parábola, un hecho imaginario, una fábula. Pero el Señor esta vez no ha tenido que utilizar mucho la fanta- sía. Se ha limitado a echar una ojeada a la crónica de sucesos. Ha- bía material más que suficiente para construir su parábola punto por punto con hechos vcrdadcros. con personajes bien definidos. No hay un solo hombre moribundo. Como tampoco hay sólo una banda de salteadores. Como tampoco hay solamente un sacer- dote, un levita ni, afortunadamente, un único buen samaritano. La parábola es interpretada en la realidad por millones de sal- teadores y atracadores, de sacerdotes y acólitos y, ojalá, de sama- ritanos. Cada uno tiene su papel. Un papel real, en el escenario de la vida. Hay quien comete infamias, quien lleva su peso, quien se desentiende y quien «paga» por todos. Y Cristo conoce nombre y apellidos de cada uno de los actores. Está informado del compor- tamiento de millones de personajes. Luego, ¿cuál es mi papel? No hay director que me lo asigne. Soy yo quien debo escogerlo. Jesús se ha limitado a contar, a refe- rir lo que ve. Pero soy yo quien «hago» la parábola. Y cuando Je- sús dice «salteadores», «sacerdote», «levita», «samaritano», me doy cuenta de que me llama por mi nombre. Mi nombre está escrito en el evangelio, mi acción está registra- da en el evangelio, en el capítulo diez de Lucas ...

Culpable de tener razón

«Un sacerdote bajaba casualmente por aquel camino y, al ver- lo, se cambió al otro lado del camino y pasó de largo. Igualmente un levita que pasó por aquel lugar, al verlo, tomó el otro lado del camino y pasó de largo ... ». Por suerte todos los caminos tienen dos lados. Y siempre hay «otro lado» a disposición, cuando uno no se quiere quemar los ojos ante una realidad demasiado incómoda y tener la conciencia tranquila.

El samaritano

43

Sin embargo, para un cristiano el problema consiste en saber si «el otro lado» es el bueno. En efecto, la parte más cómoda puede resultar la parte equivocada. De todas formas, el sacerdote y el levita escogieron precisa- mente la parte cómoda, dieron un rodeo por «el otro lado» y si- guieron tranquilamente adelante. Dan ganas de perseguirlos, de tirarles del manto y preguntar:

-¿Por qué no os habéis detenido? ¿Es que no habéis visto a ese pobre hombre? Sí, lo han visto. Pero tenían razones válidas para no detenerse. Quizás la primera de todas fuera una preocupación de tipo ri- tual. El contacto con un cadáver (o candidato a serlo) ensucia, vuelve «impuros» y, por tanto, inadecuados para el servicio del templo. Y luego, además de «tutelar» la pureza, hay que respetar un horario. Hay que observar un reglamento. Cosas importantes que no se pueden eludir. Tienen prisa, no pueden perder tiempo. La parada no está prevista en su orden litúrgico del día. Quizás de- cidieron acudir a las autoridades competentes para elevar una «enérgica protesta» por la falta de seguridad en aquel camino in- fectado de ladrones y salteadores ... y mientras tanto aquel desgraciado se está muriendo. También nosotros siempre tenemos a mano razones válidas pa- ra sacudirnos los compromisos del amor. La sangre ensucia. No quiero líos. No tengo nada que ver en este feo asunto, con entresi- jos inquietantes. Tengo que preocuparme de mis asuntos. Ni si- quiera sé quién es ese individuo. Que se preocupen las autoridades

competentes

Pero mil «razones válidas» ante Dios equivalen a

... no tener razón. y el camino sigue siendo maldito. No por la presencia de los bandidos, sino por la falta de amor. Por el «rodeo» del sacerdote y del levita y de quien se asemeja a ellos. Culpables de haber hecho callar al corazón. Con «razones válidas». No son los salteadores los que hacen temible el camino, sino la indiferencia, el desentendimiento de los buenos.

Lo que no nos esperábamos

«Pero un samaritano que iba de viaje, al llegar junto a él y ver- lo, sintió lástima. Se acercó y le vendó las heridas, después de ha-

  • 44 Las parábolas de Jesús

bérselas curado con aceite y vino; luego lo montó en su cabalga- dura, lo llevó al mesón y cuidó de él». Al llegar aquí, en el desarrollo de la historia esperaríamos, ló- gicamente, que entrase en acción, tras el sacerdote y el levita, el laico judío. Pero Jesús, con uno de sus golpes de efecto descon- certantes, presenta a un tipo poco recomendable, un cismático, un indiyiduo con quien un israelita piadoso no quería saber nada. El, el samaritano, el renegado, el excomulgado, supo encontrar inmediatamente el gesto adecuado. Vio al herido y no ha dudado en pasar por el lado correcto del camino: por donde estaba el obs- táculo, el tropiezo imprevisto. ¿Un desconocido? No le interesa saber su identidad. Le basta- ba saber que era un hombre. Había razón más que suficiente para pararse, para acercarse, para perder tiempo, para abandonar sus planes de viaje, para vaciar su cartera. Simplemente ha dejado ha- blar al corazón. Y él le ha sugerido el comportamiento adecuado. En el templo, el sacerdote y el levita realizan todas las ceremo- nias de una manera exacta, impecable, según las rúbricas. Pero hay motivo para dudar que encontrasen a Dios, o que Dios se dejase encontrar por ellos. El samaritano, ignorante y despreciado, se encontró con Dios en un recodo del camino. No faltó a la cita decisiva. «Lo llevó al mesón y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al mesonero, diciendo: 'Cuida de él, y lo que

gastes de más te lo pagaré a mi vuelta'». Por dos veces aparece el verbo «cuidar». Primero el samaritano cuida personalmente del herido. Después lo confía al mesonero recomendándole que cuide de él. En este segundo caso, podría parecer una delegación, un descargo de responsabilidad. En realidad, el samaritano se mani-

fiesta dispuesto a pagar personalmente (<<Sacó dos denarios

...

que gastes de más, te lo pagaré a mi vuelta'

...

»).

'Lo

El amor jamás abandona al hombre a sí mismo. La caridad exi- ge continuidad, fidelidad. A veces existe una caridad que funcio-

na a rachas, a llamaradas intermitentes, toda una serie de fulgura- ciones, con preocupantes aflojamientos y cansancios no menos repentinos. En la práctica de la caridad de ciertas personas existe mucho entusiasmo epidérmico, demasiadas veleidades y hasta búsqueda de sensacionalismo. Exaltaciones un poco sospechosas, seguidas de inevitables desencantos. Gestos a lo mejor espectaculares una

El samaritano

45

tantum Y después silencio cuando se trata de asegurar un servicio continuado. Parece que muchos prefieren coleccionar emociones en lugar de asumir un compromiso que se caracterice por la continuidad. Muchos pretenden percibir gratificaciones personales, más que desembolsar los «dos denarios» (y el resto después) como hizo el samaritano. «Vete y haz tú lo mismo». Tratándose de amor, es significati- vo que Cristo use dos verbos que indican movimiento (<<vete») y acción (<<haz»). «Andar» y «hacer», he ahí dos verbos que faltan en el vocabulario del intelectual. El escriba que había preguntado a Jesús sólo demuestra que quiere «saber». Al final se encuentra con que hay algo que «ha- cer».

por si le surge alguna dificultad, se le ofrece también un ejemplo, un modelo en que inspirarse. No un intelectual, sino uno que, aun no teniendo las ideas del todo ortodoxas en asuntos de re- ligión, en el terreno de la práctica, tenía algo que enseñar también a los intelectuales con dificultades para doblar la espalda ... Jesús se manifiesta impaciente por empujar a los «conocedo- res» de la ley hacia la «praxis» en el terreno concreto de la caridad, la única que asegura la plena comprensión de su palabra.

y

La sonrisa de Jesús

De vez en cuando se plantea la pregunta de si Jesús reía algu- na vez o, al menos, sonreía. El evangelio no nos informa al respecto, por lo menos de una manera explícita. Pero, leyendo entre líneas, la sonrisa aflora más de una vez. Como en este caso. El Maestro sabe que un judío no pronuncia con gusto ese nom- bre. El samaritano es, precisamente, la persona que no se puede nombrar. El samaritano es un renegado, por lo que mentar su nom- bre tiene el peligro de ensuciar la boca. Peor que una blasfemia. y ahora Jesús, al final de la parábola, dando la vuelta provoca- doramente, incluso maliciosamente, a la pregunta inicial del escri- ba (transforma «¿Quién es mi prójimo?» en: «¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteado- res?») quiere obligar al escriba a que diga «el samaritano».

  • 46 Las parábolas de Jesús

Pero éste no está dispuesto en absoluto a pronunciar el nombre del enemigo aborrecido. Se las arregla con una perífrasis: «El que tuvo compasión de él».

Casi seguro que en ese momento despuntó una sonrisa en el rostro de Jesús. Aunque no consiguió que prónunciara ese nombre el Maestro se siente íntimamente satisfecho: la flecha ha dado d~

tod~~ modos en el blanco; el escriba se ha tragado una indigesta leccIOn.

TAMBIÉN EL DOCTOR DE LA LEY FORMA PARTE DE LA PARÁBOLA

A Jesús no le gusta discutir con los intelectuales

. , El samaritano no es el único protagonista de la parábola. Tam- bIen ~l doctor de la ley tiene un papel importante, si bien limitado al prologo y al epílogo.

Digamos la verdad. No son estos los encuentros que Jesús agr~dece. Le ~usta más bien estar con gente sencilla, gente sin ex- ceSIvas comphcaciones intelectualistas, sin segundas intenciones cuya bús.queda no está viciada por un problematismo exasperado; complaCIdo, por falsas cuestiones.

. Por ejemplo, parece que no puede soportar a este escriba, a es- te mtelectual presumido y satisfecho. Es verdad que le escucha

~ue respon?e

a sus ?~eguntas -aunque

sea de una manera expedi~

trva y concIsa-, facIhta las aclaraciones solicitadas. Pero no ve la

hora de quitárselo de encima. «Vete

...

»,

salta al final.

Sin embargo, ahí está el doctor de la ley, con todas sus sutile-

zas, pe~ante, sabiondo, petulante, presumido, insidioso,

pretencio-

so, un tIpo q~e sabe todo, que responde correctamente, pero que se mu~stra reacIO a dar las pruebas inequívocas de los hechos. El pretende discutir hasta el infinito, precisar, medirse con Je- s.ú~ a golpe de ~itas doctas, ~oner a prueba al famoso Maestro, jus- tIfIcar su P~OPIO saber, defmir exactamente el concepto de próji- mo, ?ete~mmar con precisión los límites del amor, establecer sus confmes mfranqueables.

Pero Jesús no se presta a ese juego tendente a entablar un de- bate extenuante. Al Maestro no le gusta participar en discusiones sobre tem~s abstractos, no se deja envolver en diatribas doctas, no pone los pIes en las arenas movedizas de una casuística abstrusa.

El samaritano

47

A él no le interesan los individuos que sólo comprometen su brillante inteligencia, pero que no están dispuestos a dejarse im- plicar en el plano existencial. No puede soportar una ciencia que no se convierta en amor y servicio. Él no rechaza el encuentro. Pero lo centra en lo esencial, no consiente divagaciones abstractas. Conduce el discurso hacia el plano de lo concreto.

Cuando el saber no basta

Pero ¿de verdad el doctor de la ley deseaba «saber»? En efecto, existe un saber que es fin en sí mismo. Un saber pa- ra acumular conocimientos. Un saber para exhibirse, impresionar a los demás, dar el golpe, acaparar la atención, adquirir fama y ad- miración. El escriba pretendía discutir, abrir un debate, promover una dis- puta erudita, suscitar una confrontación entre expertos, ~esarrol~ar -como se dice hoy- un discurso, resolver un caso, preCIsar, obJe- tar, hacer presente que ... A él le venía bien un saber que no le exigiera implicarse dema- siado. Pero a Jesús no le iba en absoluto ese tipo de discusión no

comprometida.

. Lo reafirmo: de esta página de Lucas se saca la ImpreSIOn de que el Maestro no puede aguantar a un individuo de esa especie, dispuesto a justificarse más que a dejarse someter a discusión. Entonces el Maestro se manifiesta impaciente por cerrar el de- bate teórico y abrir el capítulo de la acción concreta. Liquidar las falsas cuestiones y afrontar el meollo de la cuestión. Echar fuera al charlatán desenvuelto y hacer entrar al que lleva las ideas a la prác- tica. No le interesa someterlo a exámenes teóricos. Sabe que en ese campo el escriba saldrá airoso. -¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella? -que ~s tanto como decir: Date prisa, porque aquí no está el punto esencIal. Está seguro de antemano de que le responderá en la línea de la más perfecta ortodoxia, de la más indiscutible doctrina tradicional. Jesús no ve la hora de implicarlo en los exámenes prácticos:

.

,

-Haz eso y vivirás. E incluso después de la parábola, aquel se las arregla muy bien para facilitar la interpretación correcta de los comportamientos

  • 50 Las parábolas de Jesús

Solamente la humanidad, el estremecimiento de las entrañas el '

pesar del corazón, es «síntoma» de lo divino.

Alguno siente el rumor de los ángeles. Dichoso él. Jesús, de forma mucho más realista, afirma que es necesario «sentir lásti- ma», sentir algo en el lado del corazón.

Dios es lejano y cercano. Para alcanzarlo

basta pararse. Jun-

... to al prójimo. Ni el rumor de los ángeles, ni el pasar de las páginas

de un libro, sino el ruido de los pasos es el que lleva a encontrar lo que se busca.

En el fondo, con su seco «vete», Jesús se quita de encima a ese individuo cuya boca sólo funciona unida al cerebro, con la espe- ranza de volverlo a encontrar con un corazón que funcione.

Entonces ya no tendrá que hacer preguntas petulantes al Maes- tro, puesto que ya él habrá dado, silenciosamente, a lo largo del ca- mino accidentado y abrupto de lo cotidiano, las respuestas perti- nentes, indiscutibles.

EL PRÓJIMO

No «¿quién es Dios?», sino «¿quién es el prójimo?»

«¿ Y quién es mi prójimo?». En el fondo tenemos que estar agradecidos al doctor de la ley, porque ha puesto sobre el tapete la pregunta más comprometida. Aunque la haya formulado simple- mente para <<justificarse», para no quedar mal. No pregunta, como nos podríamos imaginar: «¿Quién es Dios?». Evidentemente, en el mundo de lo invisible, él se siente perfectamente a sus anchas se s~ente seguro. A Dios lo posee, lo administra (templo, actos li;úr- glCoS, oraciones, explicación de su voluntad, pago de los diezmos práctica~, observancia de la ley, doctrina). Para él Dios no es pro~ blema. El está en óptimas relaciones con el cielo.

Sin embargo, el prójimo sí le crea problemas. Precisamente el prójimo que se ve, se toca, se siente, se encuentra, huele mal, nos clava los codos en el estómago, es difícil de aceptar, más que Dios

que es invisible. Es

más difícil «encontrar» al prójimo que se ve

que a Dios que no se ve.

Es la gran cuestión que desde siglos compromete la teología de Israel desgarrada entre:

-un universalismo abstracto (amar un poco a todos)

El samaritano

51

-y un particularismo exclusivista, sel~ctivo, discriminatorio

(ama a tus correligionarios, los buenos, los J~stos, los de

fe, tus ideas, tu partido, tu grupo, tu comumdad

...

).

tu raza, tu

Se intuye que «amar a todos» puede llevar a no amar de v~rd~d a nadie. Y amar a una categoría, a un grupo, excluyendo a pnon a

los demás significa no amar en absoluto.

Dos posiciones en las antípodas

Pero fijemos las dos posturas. La del legalista y la de Jesús.

El escriba:

d

f

.

.

. -Quiere una definición de «prójimo» segura, preCIsa,

e ImtI-

va, para sentirse tranquilo en concienci~.

.' ,

-Plantea una pregunta acerca del objeto del amor (¿a qUIen de-

bo tratar como prójimo?).

. Piensa primero en sí mismo: debo asegur~r~e la «vIda eterna». A ser posible con el mínimo esfuerzo y la maXlma certe~a. Por eso

me pregunto: ¿hasta dónde tengo que lle.~ar? ¿H~sta q~e pun~o es- toy obligado? ¿Dónde, cuándo y con qUIen termma mI deber.

Jesús, en cambio:

. -Evita dar una definición de prójimo. Porque la defmlCI~n siempre deja fuera algo o a alguien (mejor dicho, con frecuencIa es más lo que deja fuera que lo que acoge dentro). Cuando lo que pretende Cristo es dejar la puerta .abie.rta de ~ar .en par. Y, sobre to- do, más que tranquilizar la C?nClenCIa~ Jes~s tIende a ~one~la en alerta, a clavar en ella la espma de la mqUIetud, de la msatIsfac-

.

.,

ción, del remordimiento.

. -Da a entender que el prójimo no es un objeto, SI?~ el encuen- tro entre dos sujetos. No se trata de encontrar al ~roJlmo y.a per- fecto y aliviarle con un poco de piedad o con un~ ~~mos~a, smo de «hacerse prójimo», o sea, acercarse. Porq.ue el proJIn:o sIe~pre es- tá lejos. Lejano del camino de nuestros mtereses, sImpatIas, gus- tos ideas, programas. 'El prójimo es distante: antipático, descortés, malo, prepotente, indiscreto, indigno. El prójimo no nos sale al encuentro. No favo- rece el contacto. Con frecuencia no hace nada para hacerse ama- ble. Es más, parece que hace todo lo posible para ,~~cernos, ex~re­ madamente arduo el mandamiento del amor. El proJlmo esta leJOS. Es difícil de ver, de aceptar, de soportar.

.

55

  • 54 Las parábolas de Jesús

nacido. Si quisiéramos de

b'

1

'

que hablar de «compasió~~u ~~~:s ral.c,es de su g~s~~, tendríamos

sibilidad representa una cu~td d ambI~n de senslblhdad. La sen-

L

..

I

a

esencIal del amor

a candad tIene tres escalones

Imperativos. . El primero se

coloca; e corr.espon.~en a otr~s tantos

u

.

hacer a los otros lo que no q

O sea, no hacer mal

no hac

c:

.

n una dlmensIon negatIva: «No

t

o ros

t

e

h' ICIeran a tI».

.

.

UISleras .. que los

,

er sUlfIr.

Se .trata de un aspecto ciertamente no

h

d

tao QUien se justifica diciendo' <

de

. espreclable, pero no bas-

por eso considerarse en or'd ( OtO ago mal a nadie», no pue-

egoísta, que defiende la

. en.

ncl.u~o puede ser una postura

rencia. No hay que confiu Pdr?plla tranqUilIdad y justifica la indife-

n Ire amor con el Hay que subir el segundo escalón

.. amor a VIVIr tranquilo.

evangélica'

«Tratad a los d'

' que ' representa . 11 la novedad

ereIS que e

os os traten a

vosotros» (Lc . 6, 31).

emas como qu

Evidentemente, estamos en u

't'

I

se trata de hacer el bien p

mal al prójimo.

n lllve .

supenor. En efecto, aquí

so '1 o

d

e evItar . causar

.

OSI Ivamente y no

Pero todavía existe el

l'

d

tro, hacia eso que

tenem~: I;r~ e e~cammar al otro a favor nues-

.

mas, y que no es necesariam~n:e c: eza, lo. que nosotros decidi-

peligro de prestar al otro y casi trasu~stro bIen; Está al acecho el

nuestras exigencias.

p antar en el nuestros deseos,

Hay .q~e subir el tercer escalón: «Haz al otro lo

'

..

que le hICIeses a él». Esta es la licadeza, intuición.

'bTd d sensl 1 I a

. que el qUiSIera que eXIge atención, de-

Es cuestión de sintonía H

re de mí en este momento'

e~y que

d . escu.~nr . lo ~ue el otro quie-

endi~gar1e el producto que ~oso~'~: ~Itu~cIon partlcular, evitando

blecldo de antemano.

egImos y que ya hemos esta-

Existen negociantes habilísimos

. según sus. programaciones y dispon~~~~:~I~~ce~;us exigencias

ellos termman por convencerte

po de H la caridad tal operacio' n r

ar

'.

u PI

P esu altq~e a maceptable adqUieras otra. En el cam-

es una cosa y

ay que «escuchaD> de verdad al otro (.

.

I

.

de hablar, como en este caso

mc uso cuando no pue-

nuestra manera

El sam

't

) Yh no mterpretar sus peticiones a

a sabid

t

.

'lome erse en la pIel del

. an ano otro, se ha dejado interpelar

gañaron creyendo oír la voz !e°~i~~ El sacerdot~ y el levita se en-

para no contaminarse para no f: lt

,

que les pedIa «pasar de largo»

a ar a sus deberes religiosos.

El samaritano

El samaritano ha sintonizado la frecuencia de onda del otro y

así ha oído su voz silenciosa, haciendo callar todas las otras voces

(las voces ruidosas de los compromisos improrrogables, de la co-

modidad, del interés, de la preocupación

de no tener molestias Y de

no buscarse complicaciones

...

).

Improvisación

El samaritano se ha manifestado como un extraordinario im-

provisador. y precisamente su capacidad de improvisación es lo

que le distingue de la postura «absentista» adoptada por el sacer-

dote y por el levita. Estos eran rutinarios, repetitivos, programado-

res rígidos de su vida y hasta de sus gestos religiosos. Seguían

unos esquemas según módulos predefinidos. y en esos esquemas

no había espacio para el gesto improvisado, fuera de las normas.

Caminaban a lo largo del camino como si fuesen sobre raíles, ra

siguiendo un programa de viaje establecido de antemano. flo

-

rios, plazos, velocidad de crucero. Todo ya calculado. En ese pro-

grama no está prevista una parada, una interrupción del itinerario.

No se contemplaba lo imprevisto.

No entraba la cita con el inesperado.

No había espacio para la sorpresa.

No estaba programado 10

...

fuera de programa.

Han mirado al herido, pero esa visión, ese encuentro, no ha si-

do para ellos un impedimento que les haya obligado a descarrilar

de los raíles de la regularidad. Han esquivado el obstáculo siguiendo adelante, impertérritos,

por su camino, sin sentirse interpelados, sin advertir la provoca-

ción de la realidad imprevista, sin sentirse tocados interiormente.

Él, el samaritano, ha sido un sorprendente improvisador. Ha

aceptado la provocación del intruso, el reclamo del extraño, me-

tiendo una variante en su programa de viaje, inventando una para-

da no programada. No se ha conformado con ver, para después se-

guir manteniendo la media de velocidad establecida en el plan de

viaje y respetando la agenda de los compromisos. Se ha sentido in-

terpelado por el imprevisto, por el prójimo desconocido que apa-

reció en el camino sin anunciarse. A diferencia de los dos, para quienes el pobre desgraciado su-

ponía un elemento molesto en su programa religioso, un cuerpo

  • 56 Las parábolas de Jesús

extraño en su organismo espiritual, ha aceptado el desvío, el cam- bio ~? el itinerario establecido. Y también sus gestos de primeros auxIlIOs al desventurado los realiza de forma improvisada. A. Gnocchi, agudo escritor y periodista, define así la improvi- sación: «Es la capacidad de no dudar, de no demorarse ante cual- quier situación». Añadiría: no echarse atrás. Pero el mismo autor advierte, en prevención de equívocos que podrían vincular la im- provisación a la facilidad o a la facilonería: «La improvisación no es una virtud fácil de practicar. La vida de cada día capacita para la velocidad y la rapidez. Pero no así respecto a la prontitud y a la im- provisación. La velocidad es hija de la costumbre para desarrollar un quehacer o una acción. La prontitud, sin embargo, nace de una constante atención en el desenvolverse de la vida. Solamente quien está preparado puede pararse en el momento preciso y actuar fue- ra de los esquemas habituales y de las convenciones sociales»'. Lo contrario de la improvisación es la programación exaspera- da~ la planificación rígida, la burocratización que mata la esponta- neIdad, la organización que sofoca la vida. La fórmula la ficha los dia~~ó~~icos de todo tipo (incluidos los moralistas y ~eligios;s) y la fIjaCIOn de las competencias terminan por ocultar a la persona.

El samaritano no viajaba con la ficha de identificación del pró-

.. jImO en el bolsillo y el prontuario de lo que hay que hacer en casos de emergencia, y menos aún con la lista de las oficinas competen-

tes a las que dirigirse. Le bastó con descubrir a un hombre aban- donado para entender que precisamente ese era el prójimo al que acercarse y dedicarse, a quien había que prestar cuidados. Ese imprevisto era «asunto suyo».

Escasa habilidad y gran capacidad

Dicen los pedantes que sus gestos fueron desmañados. En efec- to, «le vendó las heridas, después de habérselas curado con aceite y vi.no». No se hace así: primero el vino (o mejor el vinagre) para deslllf~ctar y después el aceite para aliviar el dolor. Es verdad, el samantano se ha mostrado poco hábil. En compensación, ha de- mostrado que era muy capaz.

  • 1. A. Gnocchi, Don Camilla e Peppone, l'invenzione del vera, Milano 1995.

El samaritano

57

Hay médicos y trabajadores del ámbito social y caritativo .que exhiben una gran habilidad profesional, pero una escasa capacIdad

humana. «Capaz» se deriva de latín capax, que significa «apto para

contener», «que contiene mucho», «espacioso». El samaritano, poco hábil, más bien desmañado, inexperto, en

compensación se ha mostrado

capaz. Capaz de acoger al.o~ro, de

hacerle sitio en su corazón, en su vida, en sus planes de VIaje. Ca-

paz de gestos bajo el signo de la humanidad

.. Ha acogido al otro, lo ha recibido, le ha dejado SItIO ...

..

PROVOCACIONES

El prójimo está lejos

El prójimo tiene la tendencia a estar en las márgenes del. ca~i­ no que recorro. Me refiero al camino de mis intereses, de ~IS SIm- patías, de mis gustos, de mis ideas, de mis afinida~es ele~tI:as. En este sentido, el prójimo nunca está cercano. Es mas, esta dIstante,

alejado, con frecuencia antipático. El prójimo no me sale al encuentro. No favorece el contacto.

Con el prójimo hay casi siempre «incompatibilidad». El prójimo está lejos, aunque esté allí, a dos pasos.

Es dificil de aceptar, de soportar. Es tarea ardua ver al prójimo. Incluso cuando lo tenemos ante nuestros ojos; es más, precisamente por eso. Inevitablemente se termina por no caer en la cuenta de ciertas personas que son hasta

demasiado visibles. ¿Pero quién se atreve a decir que el prójimo, por ser tal, debe

estar cercano? Más bien el prójimo es alguien a quien yo hago cer- cano. Es el individuo a quien me acerco venciendo las resistencias y las repugnancias de cualquier tipo. Rompiendo la barrera ~e los gustos, de las afinidades y de los prejuicios. Quien ama no elIge al

prójimo, sino que lo hace prójimo.

En un hospital

africano, una joven religiosa, superand~ muc~as

dificultades había conseguido poder dedicarse a una umdad «1ll- famante»: ;nfermedades venéreas y afines. Alguno no veía con buenos ojos la presencia de la hermana en un ambiente como aquel. Durante la visita del obispo, la religiosa se da cuenta de que

  • 58 Las parábolas de Jesús

el prelado no tiene intención alguna de entrar en aquella unidad. Y

ya a la puerta, el obispo no esconde su

sagrada repugnancia

... frente a aquel «prójimo» tan lejano de sus gustos:

-Hermana -dice entre dientes- estas verdaderamente son al- mas negras ...

-¡Pero yo, excelencia, sé blanquear! -replica la hermana. Era una notable lección de evangelio.

El prójimo es un intruso

Tiene la pésima costumbre de llegar en el momento menos oportuno. Y no se hace anunciar. Cae de improviso. Su llegada siempre está bajo el signo de la sorpresa, que además no es agra- dable. El prójimo irrumpe en nuestra vida cuando menos nos lo es- peramos, cuando no lo prevemos, cuando no tenemos tiempo, cuando ya tenemos otros fastidios.

El prójimo, con frecuencia, no anda con cortesías. Es maledu- cado, indiscreto, intruso, inesperado. Trastorna nuestras costum- bres, perturba la rutina de nuestra vida, embrolla terriblemente nuestros programas, estropea nuestras razonables previsiones. Por eso, no reduzcamos el amor al prójimo a reglas detalladas y minuciosas que evitan el factor sorpresa. No lo encerremos en esquemas prefabricados para eliminar la inseguridad. ¡Ay del amor excesivamente planificado y programado! La equivocación del sacerdote y el levita de la parábola está precisamente aquí: no admitían a un prójimo que no estaba contemplado en sus progra-

mas. En su agenda litúrgica no tenían anotada la cita con el herido. ¡Qué historias! Hay que pedir audiencia y no presentarse así de improviso (e importa poco que a él no le hayan pedido audiencia

los bandidos

...

). Por eso se han considerado autorizados a no pa-

rarse y a no ocuparse del pobre hombre que yacía en la cuneta de su itinerario ya establecido de antemano.

Sin embargo, el samaritano ha aceptado modificar el programa

de su viaje. Ha introducido en él tranquilamente el elemento nue- vo, incómodo, extraño.

«Lo mismo vosotros, estad preparados; porque a la hora que menos penséis, vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24, 44). Y, sin

a?unciar~e: l~ega ~ada día

a nuestra puerta, en su acostumbrado y

SIempre medIto dIsfraz de «prójimo».

El samaritano

La cerrazón del «practicante»

59

Hay que subrayar el significado de aquel «pasar de largo» del sacerdote y del levita (los gestos del samaritano, sin embargo, no necesitan especial comentario, más bien imitación, como ya lo hi- zo notar Jesús: «Vete y haz tú lo mismo»). Los dos especialistas de la religión pretenden llegar a Dios «pasando de largo», evitando el obstáculo o fastidio representado por el prójimo. Del sacerdote se precisa además: «Se desvió». Para realizar su programa religioso, se coloca en la parte más segura, para no co- rrer el riesgo de tropezarse con las necesidades del hermano. Su itinerario espiritual no tolera retrasos, desviaciones peligrosas, «espectáculos» incómodos que distraen y molestan. Los deberes legales y rituales son más importantes que el corazón, la humani- dad, la ternura. Es la gran y persistente ilusión: llegar a Dios pasando por enci-

ma del prójimo. Encontrar a Dios sin necesidad de encontrar al hermano. Conocer e interpretar la voluntad del Señor ignorando la reali- dad provocadora que está ante los ojos. Ocuparse de las «cosas de Dios» sin caer en la cuenta de que lo que Dios quiere son las «cosas de los hombres», sus hijos. Pensar en la propia alma permaneciendo sordos al grito (o a la

invocación silenciosa) de quienes

sufren en las cunetas ...

Mostrarse obsesionados por la observancia de la ley y conside- rar la misericordia (literalmente: «Conmoción de las entrañas») como una debilidad, olvidando que la «debilidad de Dios» siempre es grande, sorprendente. Pretender declararse cercano a Dios estando prudencialmente lejos del enemigo, del extranjero, del diferente, del antipático. Pero él nos reprocha esa exactitud y esa puntualidad en los de- beres religiosos «pasando de largo» de la humanidad, saltando por encima de la justicia, eludiendo la caridad. No no existe otro lado del camino. Al menos, del camino que Dios. El único lado transitable para llegar al destino es el «cortado» inexorablemente por la presencia -no siempre agra- dable, y frecuentemente imprevisible- del prójimo. Sí, este Dios tan lejano y tan cercano. Tan inasible y no obstan- te tan empeñado en «darnos una señal». Invisible y, al mismo

condu~e a

tiempo, demasiado visible.

  • 60 Las parábolas de Jesús

y no es cuestión -como Moisés lo había visto con tanta clari- dad (Dt 30, 10-14)- de subirse al cielo o de sumergirse en lo pro- ~undo del mar, para encontrarlo. El samaritano se ha limitado a ba-

Jar de su montura (mulo,.asno, caballo, sillón, cátedra, trono una empresa nada sensacIOnal, y «sumergirse», embadurnándose de polvo y de sangre, en el dolor de un pobre hombre cualquiera. El sacerdote y el levita han llegado sin obstáculos hasta el final de su camino y han faltado al encuentro. El samaritano no ha dado más que dos pasos. Pero en la dirección exacta.

...

),

Llega el momento ...

Llega el momento en que hay que inventar lo antiguo, comen- zar a leer de verdad los libros que conocemos de memoria, apren- der de una vez las oraciones que repetimos todos los días, com- prender las cosas que enseñamos y explicamos a los demás explo~ar la amplitud de nuestra habitación, descubrir la person~ que v.Ive a nuestro lado desde hace tantos años, encontrar lo que

manejamos cada día, desear lo que ya tenemos ...

Llega el momento en que hay motivo para avergonzarse de ese «saber» nuestro que no va acompañado del «hacer».

Alguien ha dicho que hemos seguido adelante persiguiendo c~n.la lengua fuera el progreso técnico, y hay que pararse para per- mItIr a nuestra alma encontrarse. Yo diría también el corazón.

El verdadero. samaritano

Jesús es el verdadero samaritano. Él se ha inclinado hacia el

hombre, le ha curado las heridas milenarias, le ha puesto en pie, le ha dado un rostro humano.

Y precisamente a través del gesto visible del samaritano convierte en «la imagen del Dios invisible» (Col 1, 15).

'

se

Mi purgatorio

«Jesús le dijo: Vete y haz tú lo mismo». Con frecuencia me sor- prendo pensando en cómo será mi purgatorio. La imagen que más

El samaritano

61

me asusta es la siguiente: el cúmulo enorme de las ocasiones desa- provechadas en mi vida. El montón ingente de mis pecados de omisión. Sí, omisión de socorro ante el prójimo que espera ... y también esta otra imagen, tan inquietante como la anterior:

la confrontación entre los dos caminos. Son veintisiete kilómetros, el total de mi camino que baja de Jerusalén a Jericó. Por una parte, el camino tal cual es: desolado, quemado por el egoísmo, pavimentado con la indiferencia, marcado por la violen- cia más brutal. Centenares de personas que mueren en espera de un gesto de auténtica amistad ... y yo nunca sé adivinar el lado adecuado. Yo sigo adelante. Siempre distraído. Siempre ocupado en «co- sas importantes», atareado en satisfacer «compromisos urgentes». Protegido siempre por el maldito certificado de «a mí no me co-

rresponde», exhibido en cualquier situación incómoda

. Por otra parte, el camino que debería ser. Como hubIera POdIdo ser si hubiese sido menos distraído. Si hubiese sabido pararme. Si no hubiese miserablemente «huido de las ocasiones». Sí, como sería el mundo, como hubiera sido mi camino, si hu- biese sido un creador de amor como el samaritano, si hubiese res- petado la consigna de Cristo: «Vete y haz tú lo mismo». Sin embargo, cuántas sonrisas he apagado, cuántas arrugas he marcado en el rostro de mis hermanos. Cuántas esperas he defrau- dado, cuántas esperanzas he sofocado, cuántas desesperaciones he alimentado con mi indiferencia, con mi frialdad, con mi lejanía, con mis cálculos oportunistas. La confrontación con las dos imágenes del camino, cómo es y cómo podría haber sido, constituye sin duda un espectáculo cap~z de regalarme algún millón de años de tormentos y de remordI- mientos. Mi purgatorio, precisamente.

..

Al acecho también el amor

Señor, siempre hay alguien al acecho en el camino del hombre. Bandidos desaprensivos que le roban la dignidad, la esperanza, la libertad, la sed de justicia, la aspiración a la paz, el deseo de ho- nestidad. Haz, ¡oh, Señor!, que este hombre, despojado de todo, pueda descubrir que en su mismo camino está al acecho también el amor.

  • 62 Las parábolas de Jesús

Un amor que sabe detenerse. Que está dispuesto a perder tiempo. Que tiene el coraje de dar todo.

El hombre sin adjetivos y sin documentos

Los especialistas que han sometido la parábola a la criba del análisis estructural hacen algunas observaciones bastante intere- santes. Intentaré sintetizarlas. En la narración se facilitan datos de tipo personal o geográfico de los personajes que permiten identificarlos. De algunos, por ejemplo, se especifica el oficio, la actividad más o menos noble que desarrollan (salteadores, sacerdote, levita, mesonero). O se in- dica la procedencia (samaritano). Por otra parte, ninguno de los distintos personajes que tienen un papel en la parábola permanece en la escena desde el principio has- ta el fin de la representación. Los salteadores aparecen al principio y después desaparecen. En un momento dado aparecen el sacerdo-

te y el levita, pertenecientes al servicio del templo: van simple- mente de paso y marchan por su camino. Después entra en escena el samaritano, que se para, socorre al herido, lo lleva al mesón más cercano y después desaparece. Y ya al final hace su aparición el mesonero encargado de alojar al herido hasta que se restablezca. Pero hay un único personaje que permanece en escena desde el principio hasta el fin. Y es precisamente el herido. De este indivi- duo, que es el personaje principal, no se facilitan, no digo genera- lidades, pero ni siquiera la más insignificante noticia. Su carné de identidad no registra dato alguno: ni nombre, ni edad, ni proce- dencia, ni religión, ni ideas políticas, ni otros signos característicos que permitan identificarlo. ¿Qué clase de tipo es? ¿Joven, viejo u hombre maduro? ¿Qué oficio tiene? ¿Es una persona de bien o al menos tiene algún rasgo de bondad? ¿Cuál es su patria? ¿Y cuál su conducta moral? ¿Por qué ha venido a parar allí? ¿Es creyente? ¿Tiene familia? ¿A qué

clase social pertenece? ¿De qué color es su piel?

Nada.

.. No tenemos noticia alguna sobre él, que queda como alguien anónimo, sin rostro, sin documentos, sin señales de reconocimien- to. Un único dato: «Un hombre». Pero, pensándolo bien, es funda- mental. Ahí se contiene ya una lección esencial de la parábola. O sea, para hacerte prójimo no es necesario que conozcas muchos

El samaritano

63

detalles de un individuo. Te basta saber una sola cosa, pero decisi- va: es un hombre. Todo lo demás es superfluo. Y de todas maneras no tiene por qué influir en tu postura, en tus comportamientos. Un hombre. Es suficiente. Debes pararte, acercarte, inclinarte hacia él, hacerte cargo de él. Si para intervenir quieres saber algo más si solicitas una investigación suplementaria, si indagas a qué partido pertenece, si necesitas seguridades concretas sobre él, sig- nifica que no has entendido la lección del samaritano.

El sacerdote es peor que los salteadores

El sacerdote y el levita se han comportado con aquel pobre hombre peor que los salteadores. Estos, en efecto, le han robado, le han despojado de sus bienes, le han arrebatado los bienes mate-

riales con la violencia más brutal. Pero los dos funcionarios de lo sagrado le han robado su digni- dad, le han despojado de su valor de persona, le han quitado el te- soro más precioso: su importancia en cuanto hombre. «Pasando de largo», indiferentes, es como si le hubieran dicho: «Para nosotros

no cuentas en absoluto

Es como si no existieses

Hay cosas y

... quehaceres mucho más importantes que tú

..

... , Tu condición no me-

rece una parada, un segundo de nuestro tiempo».

. Negar atención al prójimo significa borrarlo de nuestro hon- zonte. Suprimirlo. La indiferencia puede ser homicida. La de~preo­ cupación, la falta de compromiso puede ser una forma de VIOlen- cia. Es posible masacrar a un hombre incluso sólo «pasando a su

lado», sin rozarlo ...

Incapaces de celebrar la liturgia de la misericordia

Intento imaginar al sacerdote y al acólito en el templo. Puntua- les, exactos en el rito, almidonados, con un aire hierático, a las ór- denes de un maestro de ceremonias engallado. No habían sido informados de que la liturgia aquel día se cele- braba a 10 largo de aquel camino que conduce a Jericó. y era una liturgia distinta, la liturgia de la misericordia, que pe~mitía i.mp~o­ visaciones, gestos y palabras no contempladas en el ntual, sm mn- gún maestro de ceremonias con órdenes precisas.

  • 66 Las parábolas de Jesús

Alguien ha dicho: «Mejor ser una gran persona que un salva- dor de la humanidad». Hay que precisar también que los llamados salvadores de la humanidad, normalmente, más que «echar aceite y vino» sobre las llagas de la humanidad, echan torrentes de pala- brería. Y, en vez de desembolsar los sacrosantos «dos denarios», pretenden ser pagados pródigamente por sus «correctos» diagnós- ticos y sus terapias «infalibles».

¡Horror! El samaritano ha prestado «asistencia»

Aunque pueda parecer banal y reductivo, el samaritano se ha li- mitado a prestar «asistencia». Esta es una palabra que hoy goza de mala fama; está desacreditada, sobre todo cuando se la aplica a una postura pietista o a comportamientos de carácter pasivo, por 10 que «asistir» querría decir ser espectadores inertes (como quien asiste a un espectáculo, a un partido de fútbol, a un accidente). Sin embargo, «asistencia» es una palabra noble, si bien un po- co en decadencia, de la que no hay que avergonzarse, y que el sa- maritano y todos los que se le asemejan han contribuido a revalo- rizar. En efecto, se deriva del verbo latino adsistere, compuesto de ad Gunto a, ante) y sistere (estar), y tiene el significado de preo- cuparse, ayudar, socorrer. Se trata, pues, de «estar junto a», «estar ante» alguien, estar presentes. Pero estar presentes exactamente como el samaritano, en sentido activo, comprometiéndose, involu- crando a toda la persona. Asistencia significa precisamente invo- lucrarse. Asistencia es lo contrario a la fuga. En el fondo, asistir, en este sentido preciso, significa «dejarse encontrar». Asistir quiere decir «aparecer». Asistencia, sin embar- go, significa estar presentes, no en el momento del triunfo, del es- pectáculo, de las celebraciones, sino cuando se trata de cansarse, de comprometerse, de sacrificarse. Paradójicamente, asistencia significa capacidad de «desaparecer».

Los nuevos samaritanos

Hoy la boca puede convertirse en el sustituto del gesto huma- nitario concreto realizado por el samaritano. En vez de las manos que vendan al herido, he aquí que salta la palabra, la definición, el

El samaritano

67

análisis correcto de la situación, la discusión, el problema «toma- do en serio». A veces oigo a personas que hablan precisamente de esta ma- nera: «Tenemos que tomar en serio ese problema». Y los interesa- dos se sienten inmediatamente aliviados, pueden estar tranquilos, saben dónde ha ido a parar su problema ... Durante decenios se ha tomado a chacota a ese muchacho que,

teniendo que realizar cada día una buena acción, ayudaba puntual- mente a una viejecita a cruzar la calle. Hoy las carreteras resultan más peligrosas que el camino de Je- ricó (y los salteadores viajan en coches lanzados a una velocidad homicida). Y las viejecitas ya no existen, han desaparecido de la circulación. Para sustituir a los viejos ha nacido la «tercera edad». Y así ni siquiera les cedemos el asiento en el autobús o en el me- tro, ni se nos ocurre pensar que llevar la bolsa de la compra a esa persona que camina encorvada es una buena acción. No son viejos -decir eso es ofensivo, sentencian los sabiondos expertos-, sólo son gente de la «tercera edad». Hoy se considera mal educado no a quien se niega a echar una mano al prójimo con problemas, sino a quien le niega el nombre rutilante que sustituye al anticuado. Desde esta perspectiva, los grandes bienhechores de la huma- nidad sufriente serían los psicólogos, sociólogos y afines. Con sus doctos tratados, su brillante terminología, sus tranquilizadores nombres, sus asépticas definiciones, están consiguiendo (al menos eso dicen ellos) las curaciones más prodigiosas de (casi) todos los males. Ellos son los samaritanos del mundo moderno. Ese no es un pobre hombre que está a punto de morir desangrado porque na- die se para a socorrerlo (y los salvadores de la humanidad allí es- tán para tomar notas y poder denunciar después la lentitud de las ayudas). No es más que un «marginado», cuya situación -natural- mente «compleja», porque está determinada por una infinidad de causas «inalcanzables», como el problema de la seguridad en la carretera, de las raíces de la violencia, del peligro de una interven-

ción que sea solamente

asistencial.

., Sí, porque la verdadera ame-

naza no viene de los bandidos, sino del samaritano

...

- se examina

atentamente y se estudia con calma, y se resuelve «globalmente»,

insertándola «en el contexto de intervenciones aptas para

...

}}.

Personalmente, y también estéticamente, prefiero al samarita- no que se inclina ante el herido, aunque no resuelva en teoría el

  • 68 Las parábolas de Jesús

problema de la criminalidad. Prefiero al muchacho que ayuda a la vieja a atravesar la calle o le cede el asiento en el autobús, aunque ni afronta ni resuelve «globalmente» el grave problema de la gran afluencia de gente a los servicios públicos.

El amor es humildad

«Se acercó

». Pero, para acercarse, ha tenido que bajarse de

... su cabalgadura. El amor es siempre humildad. El amor se abaja. «Le vendó las heridas, después de habérselas curado con acei- te y vino». Nos recuerda el gesto realizado por Jesús en la última cena: «Se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó a la cintura.

Después echó agua en una palangana y comenzó a lavar los pies a los discípulos» (Jn 13,4-5). El amor se expone, sin defensas. El amor anula las distancias. El amor es expoliación de sí mismo. No se puede amar si no se despoja uno de su papel, de la soberbia, del prestigio, de la actitud de superioridad. El encuentro solamente es posible si uno «se ba- ja» de la cabalgadura del orgullo, de la afirmación de sí mismo, de la ambición ...

Caridad y discreción

Menos mal que en aquel tiempo no había al acecho ni micrófo- nos ni televisión. Y así el samaritano ha huido de los entrevistado- res (y también el herido ha tenido la suerte de no tener que res- ponder al periodista petulante que le habría preguntado «qué había

sentido» cuando los salteadores lo destrozaban a patadas

...

).

La verdadera caridad siempre es discreta. Y no debe exhibirse, ostentarse, publicarse, instrumentalizarse. Hoy, desgraciadamente, en vez de la caridad «secreta» (Mt 6, 1-4), escondida, discreta, modesta, se presenta una caridad espec- tacular, ruidosa, publicada y pregonada, ampulosa, propalada más allá de los confines de la decencia o, al menos, del buen gusto.

Hoy asistimos, en el campo de la caridad y de las iniciativas de tipo social, a espectáculos penosos de divismo, a fenómenos indi- gestos de protagonismo excesivo, a culto de la personalidad y de la popularidad. La caridad y las buenas obras se convierten así en

El samaritano

69

r etexto para la crianza de pavos reales que exhiben sin recato an- te el pueblo sus plumas variopintas y suntuosas, y recItan una Jac-

p

.

.

tanciosa e infantil «letanía del yo». Con la excusa de que hay que dar «buenas noticias», dar a co- nocer el bien y no sólo el mal presente en el mundo, algunos, ape- nas deciden hacer algo, crean primero un gabinete de pre~sa ~~­ cargado de transmitir la información a los medios de comUlllcaClon del entorno. Más que de hacer, se preocupan de hacer saber. Sin embargo, el samaritano, un tipo más bien esquivo, se ha preocupado de hacer saber al mesonero que él pagaría la cuenta.

¿Dónde está Dios?

En la parábola Dios parece ausente. No se le nombra. Se l.e margina. Está en el cielo, envuelto en las nubes, que no l~ permi- ten abrir un ventanuco para ver lo que sucede en el polVOriento ca-

mino de Jericó. ¿Es así? En realidad, Dios se hace presente, manifiesto, en el gesto del samaritano. Mientras que el sacerdote y el levita le habían aleja?~, escondido entre las nubes del incienso y el humo de los saCrifi- cios el samaritano lo acerca a aquel camino infame. ¿Lo acerca o lo descubre?

,

Las lecciones son tres (y quizás más ..

.)

Algunos estudiosos, al comentar e

interpretar la pa~ábola, osci-

lan entre dos perspectivas, que serían otras tantas leCCiOnes:

-se trata de amar incluso al enemigo; cuestión de dejarse amar por el enemigo.

-es

.

Yo añadiría aún otra perspectiva: hay que aprender del enemi- go. Y me parece que precisamente e~ta es la lección i~parti.da por Jesús al doctor de la ley cuando le dice: «Vete y haz tu lo mismo».

O sea aprende del samaritano, del hereje, del distinto. D~ todos modos, no se excluyen las tres perspectivas. Se tienen

presentes las tres lecciones. Y quizás hay alguna más.

  • 70 Las parábolas de Jesús

Casualmente ...

«Casualmente

...

». Había sido una jornada decididamente desa-

fortunada para aquel pobre hombre tirado en la cuneta del camino. Sin embargo, después de la emboscada infame de la que había si- do víctima, he aquí que un rayo de luz cruza su negro horizonte. Solo no se las arregla para salir de aquella fea situación y el tiempo apremia, porque ha perdido mucha sangre. La única espe- ranza es que alguien pase por allí. Y mira por dónde, inesperada- mente pasa alguien, y encima ese alguien es sacerdote.

«Casualmente

...

». Se puede suponer que el hombre «medio

muerto» pensaría: «Bueno, en e! fondo me tengo que considerar afortunado, pues un cura pasa por estos parajes. Después de todo

lo que me ha pasado, después del brutal cariz que ha tomado el

asunto, parece que las cosas empiezan a andar bien

...

».

La mirada casi apagada del herido se aviva, se convierte en una especie de objetivo fotográfico que capta en la lejanía aquella fi-

gura, después la encuadra cada vez más de cerca, pero

¡ay!, la

... ve también desaparecer. En efecto, el sacerdote no se paró. La misma secuencia se repite con el levita, en un dramático al- ternarse de esperanza y frustración, de confianza y desilusión. y he aquí que en el horizonte se perfila un tercer personaje. En el herido vuelve a encenderse, aunque ya muy tenue, la llama de la esperanza. Pero cuando aquel se acerca y es posible enfocar su perfil preciso, en primer plano, el pobre hombre debió tener un movimiento de desánimo: se trata de un enemigo. Sin embargo, su débil esperanza se apoya precisamente en la hipótesis, casi inverosímil, de que no se comporte como enemigo y manifieste una pizca de humanidad. y sucede precisamente lo increíble. El enemigo, el bastardo, el mestizo, ese de quien no se podía esperar nada bueno, se compor- ta como prójimo. Así, la salvación llega de la parte inesperada, me atrevería a decir equivocada.

Lo que no te esperas

Una pequeña experiencia mía, ocurrida precisamente en esa carretera, confirma el aspecto paradójico de las vicisitudes del he- rido de la parábola. Éramos un grupo de amigos a quienes no nos

El samaritano

71

gustaba viajar por los itinerarios preestablecidos. Bajábamos de Jerusalén a Jericó siguiendo el camino antiguo. A pie, naturalmen- te. Por la otra carretera y en autocar climatizado no se descubre na- da ni se entiende nada. Cubiertos de un polvo pegadizo. Las piernas entumecidas. Des- mayados por el sol. Con la garganta reseca por la sed. Nadie nos dio de beber en el célebre monasterio de San Jorge de Qoziba. La desilusión había sido más abrasadora aún que el calor. Aparecimos de repente ante aquella alucinante serie de chabo- las agujereadas por las bombas, y al fondo un oasis bellísimo. Frente a la primera -parece un milagro- hay un higuera. Nos sen- tamos un momento, al reparo de la sombra de aquella planta pro- videncial. Allá dentro hay una mujer con ocho o nueve niños. Nos viene a dar la bienvenida, rodeada de sus críos sucios (uno en bra- zos). El marido está trabajando quién sabe dónde. Vuelve cada dos o tres meses. Algunos rebuscamos en nuestros bolsillos o en la mochila. Pero la mujer nos precede. Ahí está trajinando alrededor de un fuego minúsculo. Saca unos vasos mellados y ciertamente nada transparentes. Pero la escena que presenciamos tiene una be- lleza única. Té con menta, e! ideal para quitar la sed. Ahora podemos contar nosotros nuestra parábola. Bajábamos de Jerusalén a Jericó, estábamos seguros de que en el monasterio de San Jorge alguien nos sacaría agua fresquísima de! pozo. Todo lo contrario, un monje gruñón ni siquiera nos permitió acercarnos al brocal. Aún no habíamos terminado de murmurar de la indife- rencia arisca de aquel monje, cuando una mujer cualquiera, una árabe pobrísima, se ha puesto a buscar vasos y un recipiente enne- grecido entre las paredes agrietadas de su cabaña. Probablemente era la persona más miserable de Jericó.

y

lo que os falta, dejaos que os lo den los pobres.

y si queréis aprender alguna lección de evangelio, no vayáis a

leer la placa de la puerta.

El evangelio en edición de lujo

El Señor debe tener en el cielo un evangelio en edición de lu- jo, espléndidamente ilustrada, que guarda con celo y que pone al día continuamente, a todas las horas, dirigiendo sus ojos en direc- . ción de tantos caminos de Jericó que atraviesan la tierra.

  • 72 Las parábolas de Jesús

En un lado está el texto, sus palabras, sus enseñanzas. En el otro, las ilustraciones. Entendámonos: no las ilustraciones de los grandes artistas. Esas le interesan relativamente. No, son las ilus- traciones que le proporcionan todos los días en todo el mundo per- sonas que no saben manejar los pinceles, pero que en compensa- ción saben tomar en serio su mensaje. Y, así, el evangelio ilustrado por millones de samaritanos desconocidos crece cada vez más. En un lado, la palabra de Jesús. En el otro, los «hechos» de los hombres. En un lado, su enseñanza. En el otro, su interpretación práctica. Es un volumen inmenso, enorme (aunque faltan las doctas ano- taciones de los exegetas). El Señor lo mira con franca complacen- cia en cada momento. Ese evangelio comentado, ilustrado por las acciones (si escondidas, mejor), le demuestra que su paso por la tierra no ha sido inútil. Al llegar aquí, he de tener la valentía de hacerme una pregunta:

¿cuál es mi contribución a esta edición ilustrada (y verdaderamen- te ecuménica) del evangelio? Hasta ahora ¿qué «hechos» he logra- do expedir hasta el cielo? Por ejemplo, junto a la parábola del buen samaritano destacan miles de estupendas ilustraciones, todas originalísimas, auténticas obras de arte. Ninguna es «copia» de otra, porque la caridad es siempre creadora. ¿Pero acaso Cristo no está esperando algo mío? Una edición de lujo, puesta al día. Pero seguirá siendo una edi- ción incompleta, mientras falten mis ilustraciones. Siempre hay un ser humano que espera en cualquier curva de mi camino. Y siempre hay un Dios que espera con un evangelio abierto de par en par. Y al que falta una ilustración.

PISTAS PARA LA BÚSQUEDA

Más allá de nuestras preguntas

El diálogo entre el doctor de la ley y Jesús está construido so- bre un esquema muy significativo: pregunta del doctor de la ley (10, 25) Y contrapregunta de Jesús (10, 26), segunda pregunta del doctor de la ley y segunda contrapregunta de Jesús (lO, 36). Este esquema hace evidente una constante en los debates de Jesús y,

El samaritano

73

más profundamente, una característica de la misma revelación: las respuestas de Jesús con frecuencia exigen que el oyente cambie sobre todo la dirección de su pregunta. Las preguntas del hombre están muy limitadas por las respues- tas de Dios. También el análisis de esta parábola muestra que Jesús no responde directamente a las preguntas del doctor de la ley. ¿Cuándo responde «sólo» a las preguntas que se le plantean? Sus respuestas van «más allá» y son «más amplias» (B. Maggioni)3.

Invitado a la conversión

El doctor de la ley, que tenía que satisfacer una curiosidad teo- lógica, se ha visto invitado a convertirse (B. Maggioni)4.

La caridad como trasgresión

Ya en el Antiguo Testamento se enseñaba el amor al prójimo, pero tradicionalmente estaba limitado a los miembros de la propia nación. Por otra parte, entre israelitas y samaritanos corrían pési- mas relaciones de enemistad y con frecuencia de abierta hostili- dad. Los samaritanos, por odio a los judíos, una vez esparcieron huesos de muertos en el templo de Jerusalén para profanarlo y ha- cer imposible la celebración de la pascua, y los judíos, por su par- te, además de maldecirlos, los rechazaban como testigos y no aceptaban que les ayudasen. La acción del samaritano es, antes aún que un acto humanita- rio, un acto de trasgresión de un modelo cultural. La «lástima» (v. 33) le lleva a transgredir aquella norma no escrita, pero social- mente vinculante de manera absoluta, por la que «los judíos y los samaritanos no se trataban» (Jn 4, 9). Por tanto, el amor de este sa- maritano hacia el judío herido era propiamente subversivo, en cuanto que invierte una regla de vida aceptada por todos. No cualquier subversión está dictada por amor al prójimo; pe- ro ciertamente el amor al prójimo es subversivo frente a cualquier

  • 3. B. Maggioni, La parabole evangeliche, Milano 1992.

  • 4. lbid.

  • 74 Las parábolas de Jesús

ordenamiento social que permita o favorezca la injusticia, la opre- sión, la discriminación, la explotación (A. Comba)5.

Viene el inseparable

Pasan, pues, el sacerdote y el levita. Al herido poco le importa por qué esos no lo socorren y lo esquivan. A lo mejor tienen mie- do a pararse en un lugar donde poco antes ha habido un acto de violencia y donde puede rondar aún el peligro. Quizás piensan que está muerto y tienen miedo a contaminarse con el contacto de un cadáver. Quizás piensan que ha sido objeto de un castigo divino, inspirándose en esa doctrina según la cual desgracia, enfermedad y muerte siempre son consecuencia de culpa notoria o escondida. O simplemente tienen prisa por volver a casa tras haber prestado su servicio en el templo y temen perder el tiempo. Se trate de torpeza o, como parece mejor, de escrúpulo legal, estos, los representantes más cualificados de la raza y la religión judías, no se sienten obligados a ayudar al infeliz. Él los ve alejar- se, sorprendido dolorosamente de que dos compatriotas y correli- gionarios suyos no sean su prójimo. y he aquí que pasa el samaritano, del que el pobre judío herido no puede esperar ayuda alguna. Las relaciones entre judíos y sa- maritanos, siempre más o menos tensas (Jn 4, 9), desde hace un tiempo se han convertido en odio implacable. Se pinta al nuevo viandante sin tintas sentimentales; no hay na- da en él que traduzca una particular tendencia a la compasión; pro- bablemente es un mercader en viaje de negocios, absorto en sus pensamientos. Pero llega algo inesperado. La parábola, tan rápida a propósito del sacerdote y del levita, se detiene con amor para describir sus movimientos y sus gestos. Movido a compasión, se apea de la ca- balgadura (probablemente se trata de un asno), venda las heridas, alivia el dolor con una mezcla de aceite y vino, carga al pobre

hombre en el animal, lo lleva al mesón y pasa la noche a su lado; al día siguiente, teniendo que marchar, lo encomienda al mesone- ro, paga los primeros gastos, prometiendo el resto a su vuelta. En

su actuar es atento, preciso,

parco; no derrocha nada en genero si-

5.

A. Comba, La parabole di

Gesu, paro la per l'uomo d'oggi, Torino 1978.

El samaritano

75

dades inútiles, pero al mismo tiempo no escatima nada de lo nece- sario (L. Algisi)6.

Entre las convicciones y la compasión, elige la compasión

El sacerdote y el levita son el prójimo según una definición va- cía, mas no en la realidad viva. Pertenecen a esa clase de personas que constituyen el ámbito del prójimo y ahí se encuentran en una posición privilegiada, pero la situación concreta del encuentro con el infeliz en el camino demuestra la vaciedad de su denominación. Sin embargo, según la definición, el samaritano no es prójimo. Odiado por los judíos, también él los odia y cree que debe odiar- los: su pasado y su religión le hacen enemigo. Pero puesto frente al infeliz, en lucha entre las convicciones y la compasión, él elige la compasión y así se convierte en un hombre nuevo, el «prójimo». y el oyente que juzga acerca de la posición del infeliz, aunque es judío y enemigo del samaritano, siente que tiene que aplaudir- lo y piensa que el sacerdote ha renegado de sí mismo y ha matado virtualmente (L. Algisi)1.

Por entre las mallas de la armadura rígida no pasa la piedad

Eligiendo su modelo de un pueblo que no era el judío, Jesús ciertamente ha querido denunciar una vez más una piedad muy or- gullosa de sí misma y de sus tradiciones, pero privada de la liber- tad de espíritu necesaria para reconocer la voluntad de Dios inclu- so al margen de los esquemas usuales de la religión. El sacerdote y el levita pasan en vano aliado del herido, y esto no puede suceder sin un sentimiento de vergüenza también por nuestra parte. La tradición, también la tradición religiosa, no debe convertir- se en una forma de rigidez, un vestido cerrado y pomposo que confiere solemnidad a nuestro paso majestuoso, pero entre cuyas mallas cerradas e impermeabilizadas ya no pasa el espíritu de Dios libre y creador (L. Algisi)8.

6.

7.

8.

L. AIgisi, GesLl e le sue parabole, Casale Monferrato 1963.

¡bid.

¡bid.

  • 76 Las parábolas de Jesús

¿Parábola o alegoría?

Ya algunos Padres y todavía hoy muchos predicadores inter- pretan esta parábola en sentido alegórico y ven en ella representa- da toda la historia de la salvación.

El hombre caído en manos de los salteadores es Adán o toda la humanidad, que con el pecado original cae bajo el dominio de Sa- tanás. El sacerdote y el levita representan diversos estadios de la historia veterotestamentaria. El samaritano es Jesús. Él cura al hombre medio muerto con aceite y vino, esto es, lo cura mediante los sacramentos; lo lleva a la posada, que es la Iglesia, y lo confía al cuidado del posadero, o sea, del pastor. Antes de marchar (esto es, de subir al cielo) da al mesonero dos denarios, que son el An- tiguo y el Nuevo Testamento, y promete volver, lo que hará en la parusía final.

A primera vista esta explicación puede parecer convincente; pero no corresponde a la intención de la parábola. No quiere ser un compendio de la historia de la salvación, sino mostrar con un ejemplo cuál es la postura correcta y cuál la equivocada frente al prójimo. Quiere ser una exhortación a imitar al samaritano (A.

Kemmer)9.

Mala cosa si hubiera una justificación válida

Los exegetas se esfuerzan por atribuir la extraña conducta de las dos personalidades judías a motivos conceptuales que puedan

atenuar la impresión de escándalo. Buscan con afán razones que los disculpen.

Suelen recurrir especialmente al precepto de pureza ritual, que prescribe evitar a todo el que esté en peligro de muerte. Pero un ra- zonamiento de este tipo no se ajusta en absoluto a la narración. En efecto, el texto trata de presentar la negación de auxilio co- mo algo inesperado y escandaloso. Por eso la atribuye a tales per- sonajes. La historia sería contradictoria si se permitiera mitigar o eliminar la inaudita escena mediante una explicación plausible (W

Harnisch)10.

  • 9. A. Kemmer, Le parabole di Gesu, Brescia 1990. W. Harnisch, Las parábolas de Jesús, Salamanca 1989.

lO.

El samaritano

El amor recibido de un enemigo

77

Para la exégesis corriente, que considera esta perícopa como una historia ejemplar, el texto tiene el sentido de una llamada a la solidaridad. La conducta del samaritano ofrece un caso modélico que indica la orientación que sigue una práctica de la fe compro- metida con las necesidades del prójimo: «Precisamente el prójimo» aparece aquí como «el libro de lectura de Dios» (E. Fusch). Pero ¿explica esta interpretación la relación conflictiva que se expresa en la secuencia de los tres transeúntes? ¿Tiene en cuenta que el tex- to ofrece a los oyentes judíos una trama narrativa que atribuye el acto de recusación de ayuda a dos «mandatarios religiosos» (H. Braun) de la propia comunidad cultual, y el gesto de compasión a un miembro de una sociedad menospreciada, que es el samaritano? Hay que preguntar, con D. Crossan, si la constelación de per- sonajes no sería diferente de haber pretendido el narrador ilustrar

la exigencia del amor al prójimo

...

Con esta intención bastaría

presentar a tres personas anónimas en la serie de transeúntes ajus- tada a la ley del número ternario o, si se persigue a la vez un efec-

to anticlerical, presentar, después del sacerdote y el levita, un judío laico. Pero si el relato debía presentar un ejemplo ilustrativo del precepto del amor al enemigo y animar a los oyentes judíos a prac- ticar la conducta correspondiente, el odiado samaritano no hubie- ra desempeñado el papel de auxiliador, sino, a la inversa, el papel de hombre necesitado de ayuda. De hecho, la versión que nos ha llegado del relato no utiliza ninguna de estas posibilidades ... El acto caritativo del samaritano revela el amor, no en la di- mensión de la exigencia, sino de un evento. Lo que el relato afir- ma y propone no es otra cosa, dicho en fórmula provisional, que la sorprendente e irresistible experiencia del amor recibido de un enemigo (W Harnisch)".

Ganar al oyente para la causa del amor

Todo hace pensar que el relato, exponiendo algo inverosímil, pretende despertar una experiencia que todos tienen, pero que la

11.

[bid.

  • 78 Las parábolas de Jesús

vida cotidiana sofoca y escamotea. El relato saca a la luz de un modo hiperbólico lo que nadie quiere percibir. En el caso límite de una negación de auxilio, pone de manifiesto lo que la experiencia cotidiana enmascara permanentemente: que no estamos en reali- dad a la altura de las exigencias del amor.

La conducta de los jerarcas cultual es no tiene nada de extraor- dinario: «Su comportamiento inhumano es en realidad lo que hace todo el mundo» (E. Biser). En esta perspectiva la reacción de los servidores del templo, escenificada en forma tan incisiva, lleva el

sello de lo real. Su incomprensible reacción ante la extrema nece- sidad de un herido viene a desenmascarar la traición cotidiana que se hace al amor. La indiferencia de los primeros transeúntes revela lo que el oyente tendría que reconocer: que su vida real está mar- cada por un fallo que proviene de la ausencia de un amor fuerte. Pero el relato trata de ganar al destinatario para la causa del amor. Por eso especifica la deficiencia fundamental de la vida co- tidiana en un acto de flagrante desamor que ha de provocar por fuerza su protesta. De ese modo le da a conocer el carácter irre- nunciable del amor.

El desarrollo extravagante de la acción delata una doble estrate- gia subversiva. Por un lado, el relato descubre, en contradicción con la idea del oyente, el fallo real de su tenor de vida. Por otro, le hace sentir esa carencia como intolerable, avivando su malestar con la descripción de los hechos. Sin ahorrarle la súbita conciencia de que su existencia se caracteriza por la falta de amor, le atrae secre- tamente a la causa del amor. Dicho en otros términos, la parábola le recuerda al oyente que le falta el norte de su vida (W, Harnisch) 12.

Dios no

supone problema, pero ...

¿Por qué este hombre que ha citado, y quizás creado, el resu- men de la ley se plantea preguntas exclusivamente respecto al pró- jimo? ¿Por qué no ha preguntado: «Pero quién es Dios»? ¿Es que Dios es más fácil de atrapar y amar que el prójimo? El hecho es que, para nuestro teólogo casuista, Dios probable- mente no es un problema. Se sabe dónde está, dónde es posible en- contrarlo y de qué manera, sin riesgo de error, adorarlo y amarlo.

12.

¡bid.

El samaritano

79

Basta que el hombre se halle en el templo, despliegue los rollos de la ley, cante o rece, ofrezca los diezmos, y Dios está allí como un servidor celoso e impecable. A Dios, a fin de cuentas, se le posee. Lejos de mí pensar que Dios no está presente en el templo, en el culto y en todo lo demás. i Pero lo que me fastidia es esa confis- cación casi mágica de él! Es creer que es fácil amarlo, y llegar a defender que el prójimo que se ve y se toca es infinitamente más difícil de alcanzar y amar que Dios, al que no se le ve. Sin negar evidentemente su presencia y su fidelidad en nuestros cultos y ora- ciones, me pregunto si acaso no lo aprisionamos con frecuencia en nuestras Iglesias, en nuestros sistemas, en nuestras teologías. Con frecuencia no sabemos exactamente quién es y sabemos muy poco de quién es el prójimo. ¿Acaso hemos olvidado que en Jesucristo Dios se ha acercado a nosotros? Se ha hecho tan real y concreto como un prójimo, pero también ahora es tan dificil de des-

cubrir como lo

es descubrir a tantos

otros prójimos (A. Maillot) 13.

Llega el momento del riesgo

Jesús la toma con la ley. Porque con la ley ya no existe riesgo. Yen ese caso, ya no hay verdadero prójimo, y menos aún posibi-

lidad de amor al prójimo ...

Lo que Jesús echa en cara al sacerdote y su acólito es el no ha-

ber entendido que en la situación en que se encontraron deberían haber hecho saltar su ley para acceder a la libertad y al amor al prójimo. Les reprocha el no haber entendido que era el momento del caso concreto, del «riesgo», en que no hay códigos que valgan y hay que inventar el propio comportamiento (A. Maillot)l4.

No es un ángel, sino uno que elige entre muchas cosas

Por favor, no hagamos de nuestro samaritano un ángel caído del cielo. No, es un hombre como nosotros, con un pasado, una tradi-

  • 13. A. Maillot, Les parabo/es de Jésus aujourd'hui, Geneve 1973. Recomien-

do el libro sobre las parábolas de A. Maillot por sus agudos, originales e incisivos análisis, y por la cercanía a los problemas actuales de los cristianos, aunque ha si-

do habitualmente «desdeñado» por la exégesis académica.

  • 14. Id., Les parabo/es de Jéslls aujourd'hui.

  • 80 Las parábolas de Jesús

ción, una familia, unas leyes. " y también con unos proyectos. Sin duda le esperaba su trabajo, quizás la familia o los amigos. Pero durante un tiempo todo esto queda en la penumbra. Por un

tiempo el samaritano elige al herido y deja de lado todo lo demás. y tenemos que subrayar precisamente esta realidad: amar signifi-

ca tener que elegir con frecuencia. Elegir lo uno

contra lo otro.

... y no solamente contra sí mismo, sino contra los otros. Amar a un prójimo significa con frecuencia renunciar a amar a otros. Curar a un hombre significa con frecuencia herir a otros, o al menos aban- donar a otros heridos. He ahí una de las razones por las que el amor al prójimo nunca podrá justificarnos. Porque determina con frecuencia una culpabi- lidad en relación con los demás. No es posible extender una manta para proteger a alguno sin destapar a otro en cualquier otra parte. El mismo Jesús, cuando pasaba su tiempo curando a un enfer- mo, «robaba» ese tiempo a otro. No olvidemos que no ha curado a todos los enfermos de Israel. Se ha visto obligado a elegir. Y ha elegido a los cercanos, a los que estaban allí. También el samarita- no elige al que está allí. Quizás en detrimento de su familia, sus amigos, pero eso no le importa. Aquí es donde el amor se diferencia de la filantropía que, en cuanto tal, nunca quiere elegir (A. Maillot)15.

Aprender a recibir

Con frecuencia, cuando hablamos del prójimo, lo primero que tratamos de dilucidar es lo que tenemos que hacer. Empezamos arremangándonos la camisa. Aquí Cristo nos recuerda que hay que comenzar a recibir y descubrir. En efecto, pensemos lo que pensemos, existen muchas personas que se acercan a nosotros, se ocupan de nosotros y nos quieren. Nuestra vida está tejida de múltiples prójimos que llegan a no- sotros, y a quienes hemos olvidado. Con frecuencia hemos olvida- do amar a aquellos que se han acercado a nosotros. ¿Acaso no es muchas veces más fácil amar a los que nos necesitan que no a aquellos que nosotros necesitamos? (A. Maillot)16.

  • 15. 1bid.

  • 16. 1bid.

El prójimo eres tú

El samaritano

81

La respuesta de Cristo se puede interpretar más o menos así:

«Si esperas saber quién es tu prójimo, es probable que no lo en- cuentres nunca. Y entonces, en vez de plantearte tantas preguntas, ponte en el camino y hazte tú mismo prójimo. Porque la ver~a~~ra pregunta no son los otros, eres tú. La respues~a a la pregunta mi~ial eres tú. Paradójicamente, el prójimo eres tu, o sea, ese en qUien puedes convertirte» (A. Maillot)17.

¿Estás dispuesto a dejarte socorrer por el enemigo?

. Quieres entender de verdad a quién

debes considerar tu próji-

mo* Intenta por un momento imaginarte en el lugar de aquel des- graciado herido por unos bandidos y abandonado morib~ndo en la cuneta. Me gustaría ver si en aquel mal trance, y despues que dos paisanos de purísima ascendencia israelita y nada sospechosos han pasado de largo sin pararse, estarías dispuesto a mantener tus pre-

juicios étnico-religiosos y rechazaría~ dejarte tocar ~or aquel ~a­ maritano con las manos impuras o Si, por el contrano, desean as desesperadamente que se parase, que no tuviera en cuenta aquella barrera y te considerase su prójimo simplemente e~ cuant? h~m?re. Hoy se podría ambientar la parábola ~onde eXisten ?~scnmma­ ciones raciales. Imagínate tú, blanco, racIsta y hasta afiliado al Ku

Klux Klan, que armas un lío en

un local si entra un ~egr? y 0,0

pierdes ocasión para manifestar tu desprecio y tu averSlOn, Imagl-

nate implicado en un accidente

...

por una carretera poco frecuen-

tada y estar ahí muriéndote desangrado mientras pasa algún q~e otro coche y no se detiene; imagina que en un momento determI- nado pasa por casualidad un médico de color ... La cosa no está en ayudar a los negros, los judíos o a otros marginados, sino más bien en verte en una situación en l~ que só- lo pudieras ser ayudado por un negro, un judío, un comumsta o ~un fascista; en una palabra: por uno del otro bando (y podemos ana- dir: un extracomunitario, un limpiacristales marroquí, un albané~). Si se diera una situación de este tipo, ¿te atreverías todavía a deCir:

«Sería mejor que esa gente se quedase en su país»? ...

17.

1bid.

  • 82 Las parábolas de JeslÍs

Entonces -parece decir Jesús no sin un matiz de sencilla iro- nía- ¿quién es tu prójimo? ¿Quién fue prójimo para aquel hombre herido? Después de haber escuchado esta historia, ¿te atreves aún a dar una definición restrictiva, que excluya al extranjero, al ene- migo? ¿Prefieres defender que el samaritano tendría que haber de- jado morir a aquel herido porque pertenecía a un pueblo enemigo? Pero si esto es verdad, por la fuerza del carácter recíproco de la noción de «prójimo», se sigue que tú también has de considerar prójimo tuyo al hombre como tal. Eso es lo que se explicita en las palabras finales: «Anda y haz tú lo mismo» (v. 37). Sólo en este momento el interlocutor está invitado a identificarse no ya con el necesitado, sino con el auxiliador; pero esto es sólo una conse- cuencia, que presupone cuanto anteriormente se ha asumido me- diante la parábola; la invitación a identificarse con el auxiliador se puede percibir precisamente porque antes se ha debido identificar uno con el hombre herido (Y. FUSCO)18.

¿Dónde le habéis puesto?

Ha ocurrido más de una vez que algunos creyentes han repeti- do aquella lamentación de María Magdalena cerca del sepulcro:

«Se han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto» (Jn 20, 11-13). El trabajo de los exegetas a veces parece destructivo: ¡lo que queda de los textos evangélicos, durante un tiempo tan vivos, es como un desierto quemado y árido!

Pero también nosotros tenemos la posibilidad de experimentar, en cierto modo, lo que le ha ocurrido a María, cuando Jesús, des- cubierto nuevamente como «resucitado», se acerca a nosotros en su postura concreta. Lo reconocemos en el samaritano y también nosotros decimos: ¡Rabbuní! (l. Lambrecht)19.

Ha recibido una fuerte sacudida por la predicación de Jesús

Que un culto teólogo pregunte a un laico por el camino de la vida eterna era entonces exactamente tan desacostumbrado como

18.

  • 1980. 19.

V. Fusco, Oltre la parabo/a. [ntroduzione al/e parabole di Gesll, Roma 1983.

1. Lambrecht, Tandis qu 'Il nous parlait. [ntroduction aux paraboles, París

El samaritano

83

10 sería hoy, y hay que explicarlo tal vez'p0r~~e este h~mbre ha si- do turbado en su conciencia por la predicaclOn de Jes~~.

Si Jesús, de modo sorprendente, le muestra la

aCClOn .com?, el

camino de la vida, hay que comprenderlo a pa.rtir de esta Slt~aclOn:

todo el saber teológico no sirve para nada, Si ~l amor a Di~S Y2:1 «compañero» no determina la conducta de la Vida (l. Jeremias) .

El evangelio no es una ejercitación mística acerca de Dios

Lo que cuenta en la óptica de Cristo n? es que uno .se llame cristiano o no cristiano, sino que uno se baje de su segundad y se preocupe del hombre herido. Quien l? haga está en la verdad, en-

tra en la verdadera condición de prÓXimo al hombre

... En la parábola se entrevé incluso l~ m~?iación ent:e ser proXi- mo al necesitado y la realidad: la indicaclOn del mesan, del pago de los denarios al mesonero ... Es como decir: la pasión por el hombre herido nos debe ll.evar

.

,

a usar también las estructuras necesarias para liberarlo

..La

~m~~r­

salidad pasa a lo concreto. El evangeli.o jamás. es una eJercltaclOn

mística

sobre Dios. Sobre eso existen hbros onental~s ~stupendos,

sublimes. El evangelio tiene esta modestia de lo cotidiano, que .es su cualidad extraordinaria, y nos lleva, después de todos los dis- cursos, a lo concretísimo que es el hombre de la call.e Todo el universo de los conceptos, por una espeCie de improvi- sada precipitación química, se resuelve en e~ hombre concreto que languidece en medio de la sangre de sus hendas. Este vuelco es lo que nos atormenta (E. Balducci)21.

..

.

Conoce al hombre quien lo ama

Conocer a Cristo es lo mismo que conocer al hombre. Cor:ocer al hombre está dentro de nuestras posibilidades. Pero ¿de que co- nocimiento se trata?

. No del filosófico y científico, tan respetable y necesano, den- tro de su ámbito. Es un conocimiento que es lo mismo que el amor.

  • 20. 1. Jeremías, Las parábolas de Jesús, Estella 1997.

  • 21. E. Balducci, [1 Vangelo della pace, anno e, Roma 1985.

  • 84 Las parábolas de Jesús

Conoce al hombre quien lo ama. y conoce al hombre quien ama al que es distinto de él, es más, a su enemigo.

Porque en el salto con que el amor supera los abismos, esto es las d!~erencias de cult~ra, clase, economía, hay una potencia cog~

noscltIva que se asemeja a esa misma de la que Dios ha dado ejem- plo (E. I3alducci)22.

Me recuerda a don Abundio

«Un sacerdote bajaba casualmente por aquel camino y, al ver- lo, se desvió y pasó de largo». Un sacerdote pasa «casualmente»

por al~í; su paso se cuenta en un contraste fortísimo con el paso del samantano «que iba de viaje».

El sacerdote da la impresión de que camina por un sendero co- nocido, como pensando en otra cosa. No sé por qué, pero me re- cuerda a don Abundio en el famoso paseo que abre la novela. Un paseo inocente, dado en parte para distraerse y en parte para rezar el breviario con el mínimo esfuerzo, que le hace chocar con la pre- potencia, la injusticia y la aflicción del débil y del inocente.

La reacción de don Abundio es menos olímpica que la del sa- cerdote del evangelio, pero la solución es exactamente la misma

una solución de miedo y, por tanto, de huida. Los dos intentan po~ nerse a salvo.

Para don Abundio la decisión se complica por la protesta vi- b~ante de hombres que reclaman la justicia y por la voluntad de hIerro de los que lo consideran cómplice de la injusticia. En la pa-

rábola la decisión se facilita por el silencio del herido y por la so- ledad del camino (A. Paoli)23.

Esos que no ven la ocasión

Es estupendo que a este samaritano, que hace de modelo del amor, se le presente en un camino desierto, infectado de ladrones, ante un hombre desnudo y moribundo, ante un hombre que no

  • 22. Id., JI mandarlo e il fuoco, anno e, Roma 1979.

  • 23. A. Pao1i, Un encuentro dificil: la parábola del buen samaritano, Madrid 2002.

El samaritano

85

puede dar las gracias y que se le puede abandonar tranquilamente a su destino, porque nunca reprochará al transeúnte su ruindad ... El sacerdote y el levita no ven las ocasiones, conocen el amor cómodo no tienen la experiencia de la pobreza de amor que quema como u~a llaga abierta e infectada, una lenta e incesante pérdida de sangre, que termina inevitablemente con la muerte. El amor para ellos es una virtud, esto es, una teoría: no se hace carne en ellos y no lo pueden ver en la carne desgarrada del herido (A. Paoli)24.

El único reconstituyente: un ideal

«y vino». ¿Qué podrá dar a este hombre anémico la fuerza pa- ra reponerse? ¿Cuál será el reconstituyente que, como el vino, po- drá devolverle el sentido de la vida? Un ideal. Una cosa pequeña; y sin embargo, sin ella no se puede vivir; y con ella se puede vivir una vida de un potencial enorme. Se sabe que el ideal concentra todas las fuerzas espirituales de la persona en un punto, las dilata ilimitadamente, es un peso que está en la persona y al mismo tiempo fuera de ella, de tal manera que la hace salir de sí y la hace gravitar hacia Otro distinto de sí misma; tanto, que el egoísmo que hace al hombre cerrado se supe- ra por una fuerza igual y contraria (A. Paoli)25.

No le quedará más que la señal del amor...

Tengo una gran esperanza

Que la Iglesia, que ha renunciado

... a su imagen de rival del mundo y de sociedad contra la sociedad, o

de sociedad-guía de la sociedad, para tomar la de «animadora», pueda hacer sentir al mundo que es amado. Cuando renuncie a los últimos signos de poder, no le quedará más que el signo del amor. Si la Iglesia, como comunidad de amor y como comunidad li- túrgica, sabe hacerse signo de ese amor que envuelve el universo y reúne a la comunidad humana en un solo cuerpo, el mundo descu- brirá su verdadera energía vital: el amor de Dios (A. Paoli)26.

  • 24. ¡bid.

  • 25. ¡bid.

  • 26. ¡bid.

  • 88 Las parábolas de Jesús

En la religión todo consiste en inclinarse

«Se inclinó

...

».

Inclinarse es un gesto materno. Tanto se incli-

nan las madres que sus espaldas lo delatan muy pronto. Esa curva

es el documento de su identidad, la inconfundible señal de la ma-

ternidad que desciende y condesciende.

En la religión todo consiste en inclinarse:

«Se inclinan los cielos y hacen llover al Salvador».

«y el Verbo se hizo carne y descendió hasta nosotros».

«El Señor, al verla, se compadeció de ella y le dijo: '¡No llo-

res!'. Y acercándose, se inclinó sobre el féretro» (Lc 7,13-14).

«Jesús se inclinó y se puso a escribir con el dedo en la tierra:

'Aquel de vosotros que no tenga pecado, puede tirarle la primera

piedra'» (Jn 8, 6-7).

«E inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn 19, 30).

Así responde el Hijo de Dios a las rigideces hipócritas de los

hombres. El samaritano actúa como Jesús, por eso Jesús es el sa-

maritano; más que el samaritano, la caridad.

«Vete y haz tú lo mismo» (P. Mazzolari)33.

El hombre no entra en ciertos esquemas

Alguno no hace otra cosa que abanicar la verdad o una verdad

suya, olvidando que los mismos principios más sagrados, al apli-

carse al ser humano, se hacen comprensivos y caritativos.

El hombre real no entra fácilmente en ciertos esquemas si la

caridad no los dilata (P. Mazzolari)34.

El milagro más grande

El milagro más grande y continuo, que además es prueba se-

gura de la presencia de Dios en nosotros, es el bien que florece en

las manos del hombre: una criatura que no es buena hace cosas

buenas (P. Mazzolari)35.

  • 33. ¡bid.

  • 34. ¡bid.

  • 35. ¡bid.

Un huevo sin color

El samaritano

89

En el camino que baja de Jerusalén a Jericó, no lejos del hom-

bre maltratado por los ladrones, espero a los dos primeros vian-

dantes, que sé que no se pararán. Ahí viene al sacerdote, y he a~uí

que ve a aquel hombre y sigue adelante; y poco despu~s el levIta:

mira y sigue adelante. Desde donde me encuentro mIro los dos

rostros: esos rostros relevantes en los que, al contrario que el sa-

maritano, no nace la piedad. Pero no veo la cara: bajo el turbante

hay una especie de huevo liso y sin color (L. Santucci)36.

36.

L. Santucci, Una vita di Cristo. Vo/ete andarvene anche voi?, Cinisello

Ba1samo 1995.

Los tres amigos

91

3

Los tres amigos

«Si uno de vosotros tiene un amigo y

acude a él a

media noche, diciendo: 'Amigo, préstame tres panes, porque ha venido a mi casa un amigo que pasaba de camino y no tengo nada que ofrecerle '. Y si el otro responde desde dentro: 'No molestes, la puerta está

cerrada, y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos '. Os digo que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos para que no siga molestando se levantará y le dará cuan-

to necesite. Pues yo os digo:

'Pedid y recibiréis; bus-

cad y encontraréis; llamad y os abrirán. Porque todo el que pide recibe; el que busca encuentra, y al que llama le abren. ¿Qué padre, entre vosotros, si su hi- jo le pide un pez, le va a dar en vez del pescado una serpiente? ¿ O si le pide un huevo, le va a dar un es- corpión? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis

dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el

Padre celestial dará el Espíritu santo a los que se lo pidan?» (Lc 11,5-13).

¿ Quién es el que duerme?

Normalmente se define esta parábola como la «parábola del amigo inoportuno». En realidad aquí los amigos son tres, constitu-

yen una cadena. Se podría decir: había un amigo, que tenía un amigo, que tenía un amigo ...

Hagamos aún una precisión. Hemos de estar atentos para no forzar indebidamente el significado del texto, hasta llegar a la identificación exacta de los papeles de cada uno.

Sí, Cristo ha querido con esta «escena nocturna» animarnos a una.orac.ión conf~ada, insistente y hasta testaruda. Pero una postu- ra sImphsta podna llevarnos a establecer así el reparto: Dios es el

que duerme, y yo, con la oración, voy a despertarlo, hago que se interese por mis problemas. Pero la experiencia me demuestra que casi siempre ocurre lo contrario: Dios no duerme; el inoportuno que viene a despertarme es precisamente él. El que duerme (o el que finge dormir para que no le molesten los demás) soy yo.

La oración nos despierta

En realidad, a través de la oración es Dios quien me despierta. Mi madre me recomendaba cuando era pequeño que rezase mis oraciones «en cuanto me despertara». Después he aprendido que tengo que rezar para despertarme. Si no rezo, no me despierto. Mejor que despierto, quien reza es uno que se deja despertar. Con frecuencia vivimos en un estado de sopor, de duermevela, de sueño profundo o de sonambulismo. Nos dejamos vivir, nos con- fiamos a la mecánica obtusa de las costumbres, al automatismo de los gestos repetitivos. Pasamos por las cosas, situaciones y perso- nas sin profundizar, sin entrar en comunión con ellas, sin hacernos partícipes. Pues uno de los temas fundamentales de la Biblia y de la pri- mitiva predicación cristiana es precisamente el del despertar. Des- pertar a través de la presencia imprevista de Alguien que -de no- che o de día- llama a nuestra puerta y solicita insistentemente que le dejemos entrar. Un antiguo himno litúrgico canta: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo» (Ef 5, 14). «Con la civilización se pasa del problema del hombre de las ca- vernas a las cavernas del hombre. Todo lo que amenazaba al hom- bre desde fuera, los grandes peligros, las tinieblas nocturnas, el hambre, la sed, los fantasmas, los genios, los demonios, todo lo que le mantenía en una inseguridad fundamental, todo esto se tras- fiere al interior y nos amenaza desde dentro» (E. Morin). Ahora las noches de nuestras ciudades están iluminadas. Pero la oscuridad ha pasado al interior del hombre. Los fantasmas se han situado en su corazón. Los abismos se han excavado en su es- píritu. La oración me ilumina desde dentro. Ilumina mis profundida- des. Y yo, una vez más, salgo afuera, desde mis cavernas. Salgo a

92

Las parábolas de Jesús

la l~z. Vuelv.o a ser libre. Me encuentro liberado del mi

sueno (que s.I:ve p~e~isamente para exorcizar el miedo) edo y del

(1 ~~~~;;~~~n ~~~Iana es la t?m~ .de conciencia de t~do el ser»

ción, estar prel~ntes.ar, pues, sIgllIflCa despertarse, prestar aten-

«Habla, Señor, que tu siervo escucha»

«Señor, aquÍ estoy

...

Dime

...

».

.

mig~~)~ñor, heme aquÍ, estoy a tu disposición, puedes contar con-

Con razón se ha dicho que la oración más fuerte

~

p~ede. oír es el «sí». Pero el «sÍ» sólo lo pued

VI duo que está en

.

d'

.

q~e el S.en~r

e pronunCIar un mdI-

el «sÍ» decisivo e~\~ h~:f;~:t~: faa~~~:~:du~ ~asualidad que

muchacha de Nazaret que inmediatamente se puso e~~:!~~~. ~.na

¿Es verdad que Dios nos escucha?

«Pedid y recibiréis». Dan ganas d'

.

queja son infinitos y todos 1"

e quejarse, y los motIvos de

concreta. Hemos r~zado. Y h:~:~ que v~r c?n. nuestra experiencia

ciones según la recomend

.,

em?s mSIstIdo en nuestras peti-

pero n~ hemos conseguidoa~~~: ~~ cI~ra la paráb~la evangélica,

mente mudo L

.

"

lOS

a permanecIdo obstinada-

 

rendija.

.

a ventana esta cerrada, ni siquiera se ha abierto una

Y es dificil continuar cua n d

t

.

.

camente desatendidas Y h

o n~estrlas .petIclOnes son sistemáti-

a Impr

"

d

as a se tIene

.

.

.

.

dIVIerte no haciendo caso de

E t'

nuestras leg't'

eSlOn

e q~e DIOS se

lImas expectatIvas

tras o~a~~~~~~~~~~ ~onciliar la garantía de que ciertamente 'nues-

que

desmiente brutal:e~~~uchadas con la

experiencia casi diaria

puede exhibir una 1

por

es~ promesa?

Cada uno de nosotros

Dios, un vOlumi~;:~~~a ld Ista

. A'

ro

,.

del peti~iones no «tramitadas»

e rec amacIOnes contra él

pecfale~~)~:~o:t:~!U~ l=c~~o~racia celestial -sector «gr~cias es-

mient~s porque llegan mucho~ :s~~:~~S:~:~~:~~~aedainvceuzmmPl,i-

apremIante?

as

No, en materia de oración no

d

contabilidad y eficacia. La certez p~ emos pensar en términos de

otro plano. O sea existe la s

,

.~ ded ser escuchados se coloca

en

egun

a

e que nuestra oración llega,

Los tres amigos

93

toca sin duda a Dios. Al otro lado del hilo (o detrás de la ventana

cerrada) está él, que se deja encontrar regularmente, está disponi-

ble siempre, no dice: «Estoy muy ocupado ...

No tengo tiempo

.

Tengo otras muchas cosas más importantes de que preocuparme

.

Tengo una infinidad de asuntos urgentes que despachar para el go-

bierno del mundo y tú me mole.stas con tus miserables peticio-

nes

...

Me estás cansando, aburriendo

...

Ya he oído un montón de.

veces tus lamentos»

...

No, él escucha con paciencia, toma nota.

Por tanto, basta orar para estar seguros de que la comunicación

se ha establecido. Y luego Dios interviene, no hay duda. Aunque

no siempre cuando y como pretendemos nosotros.

No de la manera que nosotros queremos

Un texto de la Carta a los hebreos nos puede ayudar también a

desenredar este embrollo y a entender algo. Se trata de una frase

que parece contradictoria: «El mismo Cristo, que en los días de su

vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lá-

grimas a aquel que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado en

atención a su actitud reverente; y aunque era Hijo, aprendió su-

friendo lo que cuesta obedecer» (Heb 5, 7-8).

Jesús no ha podido evitar ni la pasión ni la muerte, realidades

que lo perturbaban profundamente. Y, sin embargo, se afirma que

fue escuchado. Por una parte, se defiende que Dios se pliega a la

voluntad del Hijo (<<en atención a su actitud reverente»), porque

escucha su oración angustiada. Por otra parte, se declara, al con-

trario, que Cristo se somete «dolorosamente» a la voluntad del Pa-

dre. ¿Cómo compaginar estas dos afirmaciones?

A. Vanhoye -uno de los más acreditados intérpretes de este tex-

to-, dice que, leyéndolo bien, ha habido una transformación de la

petición en el curso de la oración, y así es como se manifiesta su

dinamismo lleno de vida: «Jesús siente el deseo instintivo de esca-

par (de la muerte). No rechaza este impulso, sino que lo presenta a

Dios en una oración» dramática, en una súplica desgarrada. «Sin

embargo, esta oración estaba totalmente empapada de respeto pro-

fundo ante Dios y se guardaba por tanto de imponerle una solución

fijada de antemano. El que ora se prohíbe a sí mismo decidir por sí

solo y liberarse a sí mismo. Se abre a la acción de Dios y consien-

te en la relación interpersonal. Se somete por ello a una fuerza de

  • 96 Las parábolas de Jesús

nosotros nuestra aventura, a compartir los mismos riesgos, las mis- mas molestias. Dios prefiere este segundo tipo de intervención. Con su silencio el Señor nos dice: Sigue adelante, camina y ve- rás. El camino es siempre el mismo, los obstáculos también, las di- ficultades aún están ahí, pero tú ya no eres el mismo, eres distinto si has rezado. Tienes que afrontar el camino de antes, pero tu fuer- za no es ya sólo tu fuerza. La situación no se ha cambiado mila- grosamente, sino que tú has recibido un suplemento de fuerza y capacidad. Sobre todo te has asegurado la presencia de un inigua- lable e insustituible Compañero de viaje. Y no es el caso de ponerse a discutir por qué no has consegui- do ciertas cosas, por qué Dios no te ha concedido esas gracias de- terminadas. En realidad, has conseguido algo inmensamente me- jor: no algunas cosas, sino a él mismo. No algunas gracias, pero sí su presencia. En la oración no se consigue un descuento del precio del bille- te de viaje. Se consigue un Compañero de viaje.

Oración «inspirada»

«El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que in- tercede por nosotros con gemidos inefables. Por su parte, Dios, que examina los corazones, conoce el sentir de ese Espíritu, que intercede por los creyentes según su voluntad» (Rom 8, 26-27). Aquí se dirigen algunas de las acusaciones concretas que se ha- cen a la oración. Y más exactamente a ese sector específico que es la oración de petición, en el que un poco todos nos consideramos especialistas. Pero ¿qué quiere decirnos Pablo? Cuando oramos, casi siempre tenemos peticiones concretas que presentar al Señor para que las atienda. Nos reconocemos en el protagonista de la parábola: él ne- cesitaba exactamente «tres panes». La súplica, en nuestro panorama religioso, desgraciadamente resta espacio a otros tipos de oración que también deberíamos practicar: alabanza, bendición, acción de gracias, adoración, ofrecimiento, contemplación. El hecho es que tenemos muchas, demasiadas cosas que pedir. Las necesidades son innumerables. Además de las ordinarias, es- tán los imprevistos, los incidentes desagradables e imprevisibles,

Los tres amigos

97

las desgracias, las emergencias. De la salud a los estudios, pasan- do por los problemas económicos y familiares, del trabajo a la ca- sa, la lista de las «gracias» por las que hay que llamar a cualquier hora a la puerta del Señor aumenta cada día más.

y él no siempre (así al menos lo pensamos nosotros

...

en voz

baja) está dispuesto a oír como sería deseable, por lo que siempre quedan estancados muchos asuntos pendientes que nos obligan, a

pesar nuestro, a urgir. y Pablo nos echa en cara que «nosotros no sabemos orar como es debido». Probablemente, cuando escribía a los cristianos de Ro- ma, todavía no se practicaban ciertas devociones y los creyentes aún no habían descubierto los lugares adecuados, las formas idó- neas y los ministerios competentes para presentar las peticiones. Basta escuchar hoy día ciertas «oraciones comunes». Comple- tas, martilleantes, definitivas, terminantes, provistas de minuciosa documentación y hasta un poco presuntuosas, no siempre discre-

tas, excesivas en cuanto al tono, incluso me atrevería a decir des- caradas. Todo se especifica de una manera pormenorizada. Pues-

to que las cosas están así y así

, desde el momento en que

... puesto que la única solución es esa de

... , entonces Dios está obli-

y

... gado a escucharnos ateniéndose escrupulosamente a nuestras in- formaciones e instrucciones. En el fondo le facilitamos la tarea. Ya hemos cumplimentado nosotros el formulario escrupulosa y completamente, sin olvidar nada. A él sólo le queda plasmar su firma y su sello: «Se proceda

al cobro». Lo malo es que «nosotros no sabemos orar como es debido». Sin el Espíritu que ora dentro de nosotros «con gemidos inefa- bles», nuestras súplicas nunca llegarían al Padre. Es más, y dicho más radicalmente, la oración sería imposible.

Él conoce nuestras necesidades, pero con frecuencia no las «reconoce»

Tres observaciones. Primera: no es que el Espíritu tenga la fun- ción de «tasador», que realice un filtrado o un racionamiento por- que nosotros exageramos, pedimos mucho, abusamos de la gene- rosidad del Amigo. Puede ser precisamente lo contrario. Nuestra oración con mucha frecuencia hace cálculos demasiado mezqui-

  • 98 Las parábolas de Jesús

nos. Se atiene a nuestras posibilidades, más que a la capacidad del Dios «Señor de lo imposible». Sobre todo: nuestra oración no siempre consigue dar cuenta de nuestras necesidades, que van mucho más allá de los «tres panes». No caemos en la cuenta de las cosas esenciales que nos faltan, de los productos indispensables que escasean en nuestra casa. De lo que el amigo que llega de improviso espera de verdad de nosotros. Por eso, el Espíritu, más que «moderador» es «instigador». Nos apremia, nos anima a exagerar, a pedir cada vez más. Y como no- sotros nos mostramos siempre tímidos y prudentes, se preocupa él de reivindicar lo que nos corresponde como a hijos. Segunda: frente a un obstáculo, una dificultad, un tropiezo cualquiera, habitualmente exigimos que Dios mismo provea por la vía rápida, allanando el terreno, quitando de en medio aquellas rea- lidades desagradables. Sin embargo, no caemos en la cuenta de que «orar como es de- bido» supone pedir al Señor que nos dé el coraje, la inteligencia, la fantasía para afrontar esa situación; que nos haga entender que la solución depende de nosotros. Última: la tarea del Espíritu no es «apoyar» nuestras peticio- nes, asegurar el éxito favorable y en breve tiempo de nuestra ora- ción. No, el Espíritu debe «inspirar» nuestra oración, nuestras pe- ticiones, no simplemente hacerlas propias, recomendarlas con su autoridad. Debe dilatar nuestra oración, no simplemente hacerla llegar, tal cual, a su destino. Somos nosotros quienes tenemos que entrar en la perspectiva del Espíritu, no al contrario. Creo que el equívoco de muchos encomendamientos al Espíri- tu, incluso en ocasiones solemnes, es precisamente este: se querría que el Espíritu nos contentase, que obedeciese a nuestras sugeren- cias, que se aviniese a nuestros puntos de vista, en vez de fiarnos, abandonarnos totalmente a sus «gemidos inefables» y a su juego imprevisible. Invocamos al Espíritu para que nos lleve allí donde nosotros

hemos planeado ir, para que se manifieste libremente

según las

bregado tanto con todos los medios (incluso los menos limpios

).

Al menos deberíamos alimentar la sospecha de que si Dios nos escuchase según nuestros gustos y no según los deseos del Espíri-

tu, según nuestros proyectos y no según sus deseos, tendríamos las de perder más que las de ganar.

Los tres amigos

99

En una palabra, cuando se trata de oración es necesario ir a lla- mar a aquella puerta, para después echarse a un lado y dejar la pa- labra al Espíritu, resistiendo a la tentación de acallarla con nues- tras peticiones petulantes o con algún reproche. La única manera de no sentirnos insatisfechos por la respuesta a nuestras oraciones es hacerlas de tal manera que, gracias a las sugerencias del Espíritu, no sean insatisfactorias. Las oraciones «inconvenientes» son las que están muy por debajo de las expec- tativas de Dios. Son esas en que el Padre no «reconoce» las nece- sidades de los hijos. Sí, el Padre conoce nuestras necesidades. Desgraciadamente, no siempre las «reconoce» cuando las exponemos en la oración.

Provocaciones

  • l. La falsificación más evidente, y hasta irritante para quien

conserve un mínimo de sensibilidad religiosa, es la del utilitaris- mo vergonzoso y, por tanto, de la instrumentalización casi mágica de la religión, que lleva a creer que Dios está a mi servicio, a mi disposición. Un Dios a quien incluso se le imparten órdenes.

  • 2. Otra distorsión bastante frecuente es la que coloca la ora-

ción de petición en los momentos de emergencia de la vida, en los casos dramáticos, en las situaciones trágicas y sin salida. En una palabra, algo como una señal extrema de alarma a la que uno se

agarra desesperadamente cuando suena la hora del peligro. Se olvida que la relación con Dios se inserta en la cotidianidad, en la normalidad de la existencia, en los días luminosos como en los grises, cuando el tiempo está sereno y cuando en nuestro hori-

zonte se agolpa la tempestad. Mucha gente, por el contrario, sólo se acuerda de él en las circunstancias en que no se puede prescin- dir de su ayuda.

  • 3. Dios quiere escucharnos, no desea sino escucharnos. Pero

no acepta nuestras órdenes. La gran tentación del hombre siempre es la de trastocar los papeles, usurpar el puesto de Dios. Oyendo el contenido y el formalismo de ciertas plegarias, se saca la impre- sión de que el orante cree que domina, que domestica a Dios, que

lo tiene secuestrado en sus dependencias. Cuando el hombre tiene la pretensión de hipotecar a Dios, de confiscarlo, de «tenerlo», su mano no alcanza a Dios, sino a un

  • 100 Las parábolas de Jesús

ídolo. El pecado del paganismo está revestido de religiosidad. Por eso los primeros cristianos eran acusados de no ser «religiosos». Dios está cercano. Dios es alguien con el que se puede contar. Pero no está a nuestra disposición. No está a nuestro alcance. Tenemos que evitar invertir los papeles. Somos nosotros los que en la oración nos ponemos a disposición de Dios. Cuando rezamos nos abrimos, nos hacemos disponibles para secundar su acción. Desgraciadamente, el estilo de ciertas oraciones revela la pre- tensión de asignar a Dios ciertas «tareas», fijando incluso modos y tiempos, imponiendo cantidades y vencimientos.

  • 4. Lo opuesto a la confianza, a la que nos anima la parábola,

no es sólo la ansiedad, el afán, sino también la pretensión. 0, si se quiere, la petulancia.

El tono y los contenidos de ciertas oraciones -incluso de esas llamadas «espontáneas», «libres», que a veces oímos en las asam- bleas litúrgicas- revelan la pretensión de «instruir» a Dios, expli- carle con detalle qué debe hacer y cómo, sugerirle la solución tan- to de los problemas personales como de los que afectan a la Iglesia o al mundo entero. Ciertas «invocaciones» parecen más bien «ór- denes», cuando no se asemejan a «facturas». Carecen de humil- dad, de modestia. No tienen discreción.

  • 5. Querido lector, si me lo permites, y como conclusión de es-

tas provocaciones de la oración de petición, sacadas como corola- rio de la parábola de los tres amigos, quisiera decirte algo en tono fraterno -espero que no te suene a «paternalista»-, que resuma un poco lo que he intentado explicar en las páginas anteriores. No te fíes de tus impaciencias. Y tampoco de tus deseos. Dios no anhela otra cosa que escucharte cuando rezas, pero no quiere oír tus minúsculos deseos, insuficientes, mezquinos, limi- tados, irrisorios, torcidos. Dios desea escucharte. Pero no puede desear lo que tú deseas. Por eso te regala su Espíritu, no sólo para remediar la debilidad ex- trema de tu oración, sino para salir al encuentro de la debilidad, de la fragilidad, de la inconsistencia de tus deseos. Tenemos que admitir que «el mismo Espíritu intercede por no- sotros». Y no lo hace blandamente, sino «con gemidos inefables». Dios así no puede resistirse, ser indiferente ante esta súplica inten- sa y hasta dramática.

Él «examina» los corazones. Y con mucha frecuencia se en- cuentra con una realidad frustrante, con aspiraciones raquíticas,

Los tres amigos

101

con proyectos ridículos. Pero, en lo profundo de nuestros corazo- nes, está el Espíritu. Y entonces Dios «conoce el sentir de ese Es- píritu». Y también nosotros hemos de saber que ciertamente es lo más ventajoso para nosotros. No es que Dios no se fíe de nosotros, no nos otorgue su con- fianza. No se fía de nuestra falta de confianza. El Espíritu, ya 10 hemos dicho, no se nos envía como «mode- rador», tasador, reductor prudente de las peticiones, sino como in- térprete valiente de las exigencias y de los sueños más audaces y hasta imposibles. En efecto, nosotros, habitualmente, pedimos de- masiado poco y mal. Creemos que nos basta con «tres panes» pa- ra aderezar la mesa de nuestra vida. Dios sueña «cosas grandes», «cosas estupendas» y hasta «cosas imposibles» para sus hijos. Dios se desilusiona no sólo de lo que hacemos por él, sino de lo que no le permitimos hacer por nosotros.

Pistas para la búsqueda

Desde el punto de vista de Dios, no del hombre

La estructura del relato es simple, lo que no significa que su comprensión sea fácil: un hombre llama repetidamente, en el co- razón de la noche, a la puerta de un amigo, hasta que este -si bien de mala gana- se levanta para abrirle. A primera vista, la breve na- rración parece describir un comportamiento normal entre amigos:

si tienes un amigo y estás en necesidad, puedes importunarlo in- cluso de noche, y no te extraña que te responda mal: insistes. Así pues, una invitación al coraje y a la confianza frente a Dios. La in- sistencia siempre supone estas dos cosas. Ante un extraño que in- funde temor no se insiste. Ni se persevera si no se tiene confianza. Ante Dios el hombre debe tener intimidad y confianza. La oración bíblica es al mismo tiempo respetuosa, dócil y firme. Pero la conclusión que Jesús saca (11,8) Y el contexto que si- gue inmediatamente (11, 9-10) muestran que la parábola quiere afirmar la certeza de la atención prestada. Así como es seguro que aquel amigo, por una razón u otra, terminará levantándose de la cama, también es seguro que Dios escucha a quien le reza. Las narraciones parabólicas nunca coinciden totalmente con la realidad teológica a la que aluden. La transposición se hace en el

  • 102 Las parábolas de Jesús

momento justo. Y aquí el momento justo no es cuando el amigo se levanta de mala gana, ni cuando el que llama lo hace con insisten-

c~a, sino -¡simplementel- cuando se da

la certeza de obtener lo pe-

dIdo. Por eso la certeza no debe caer sobre la obstinación del que llama, para después concluir que la enseñanza de la parábola es su- gerir la eficacia de la oración insistente, aunque es verdad e im- portante que el hombre debe estar dispuesto a orar con insistencia sin perder la confianza. El personaje principal de la narración es el amigo que se levanta, no el que llama. Poner en el centro la perse-

verancia en la oración significaría llevar la parábola al plano moral. Sin embargo, el centro de la parábola es, una vez más, teológico: la postura de Dios ante el hombre. La parábola observa el problema desde la parte de Dios, no inmediata ni primariamente desde la del hombre. En sus parábolas, incluso en las aparentemente más obvias Jesús habla como quien conoce a Dios, no sólo como un maestr~ que señala los deberes para con él (B. Maggioni)4.

Una escena sacada de la vida de la aldea

Esta breve parábola, que sólo se encuentra en Lucas, refleja exactamente las condiciones de vida de una aldea palestina de la época. No había panaderías. Las amas de casa por la mañana tem- prano coCÍan el pan necesario para toda la familia y para el día. Cada uno estaba al corriente de las cosas del vecino y sabía si por la tarde aún le quedaba pan. Así en nuestra parábola un hombre puede ir a casa del vecino a media noche para pedirle tres panes (la porción normal para una comida). Él no tiene, pero sabe que el otro sí. Que un huésped lIegue en medio de la noche no es un he- cho irreal; en la antigüedad los viajes de noche no eran raros. La hospitalidad era un deber sagrado, acoger a un huésped era una cuestión de honor. Al encontrarse en apuros, pues, el hombre Ba- ma a la casa del vecino y pide tres panes. El otro, despertado mientras dormía, responde bruscamente:

«No molestes». Dice que la puerta ya está cerrada, atrancada con una viga o una barra de hierro que, si se corre, hará ruido, desper- tando a sus familiares que duermen en la misma habitación (A.

Kemmer)5.

  • 4. B. Maggioni, Le parabole evangeliche, Milano 1992.

  • 5. A.

Kemmer, Le paraba le di Gesit, Brescia 1990.

Los tres amigos

103

Es mejor decir: «El amigo a quien se pide ayuda en la noche»

En la intención de Jesús, el centro de la narración no es el que pide ni su insistencia, sino el hombre molestado en el sueño. En- tonces aparece clara la referencia a Dios. Si el amigo molestado en el corazón de la noche no duda en escuchar la petición del vecino, ¡cuánto más Dios oirá a los que se encuentran en necesidad! Dios es su amigo, como ya lo vemos en el Antiguo Testamento, en don- de Abrahán es lIamado «amigo de Dios» (Is 41, 8). Una vez más, pues, estamos en presencia de una conclusión «a minore ad maius», y no se trata de la perseverancia en la oración, sino de la certeza de que seremos escuchados. Por eso sería mejor titular la parábola «El amigo a quien se pide ayuda en la noche», mejor que «El amigo que pide ayuda» (A. Kemmer)6.

No olvidemos al tercer personaje

Los amigos de nuestros amigos son nuestros amigos. Es la me- jor síntesis de la parábola, la cual no es sino una historia de amigos, de tres amigos. La historia de un hombre que tiene dos amigos, uno que ha venido a molestarle, el otro a quien él no duda en molestar. El contexto es bastante claro: eso es la oración. El hombre que ruega es un hombre «molestado», atormentado por otro y que, a su vez, se ve obligado a ir a incomodar a otro. Hay que prestar atención a esta sucesión de los tres personajes, porque con frecuencia se explica la parábola como si sólo hubiese dos. Casi siempre se olvida al tercero, que en realidad es el prime- ro, o sea, el viajero que primero ha venido a molestar a su amigo. Entonces, si para Cristo la oración fuese simplemente un asun- to entre dos personajes, se hubiera detenido ahí. Ya había materia suficiente para comunicar el mensaje ligado al atrevimiento, a la perseverancia y a ser importuno. La complejidad de la historia, estas amistades en cadena, de- muestra perfectamente que el tercer personaje resulta esencial. Sin embargo, este queda normalmente olvidado tanto en las explica- ciones como en nuestras oraciones. Estas, de hecho, la mayoría de las veces se reducen a historias con dos personajes, son la historia de dos amigos: Dios y yo. Entonces la oración se convierte en una

6.

Ibid.

El hombre rico

107

4

El hombre rico

«Uno de entre la gente le dijo: 'Maestro, di a mi her-

mano que reparta conmigo la herencia '. Jesús le di-

jo: 'Amigo,

¿quién me ha hecho juez o árbitro entre

vosotros? '. Yañadió: 'Tened mucho cuidado con to-

da clase de avaricia; que aunque se nade en la

abundancia, la vida no depende de las riquezas '. Les

dijo una parábola: 'Había un hombre rico cuyos

campos dieron una gran cosecha. Entonces empezó

a pensar: ¿Qué puedo hacer? Porque no tengo don-

de almacenar mi cosecha. Y se dijo: Ya sé lo que voy

a hacer; derribaré mis graneros, construiré otros

más grandes, almacenaré en ellos todas mis cose-

chas y mis bienes, y me diré: Ahora ya tienes bienes

almacenados para muchos años; descansa, come,

bebe y pásalo bien. Pero Dios le dijo: ¡Insensato!

Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién va a ser

todo lo que has acaparado? Así le sucede a quien

atesora para sí, en lugar de hacerse rico ante Dios (Lc 12, 13-21).

Jesús contestatario

Cristo, en primer lugar, rechaza el papel de árbitro que uno quería asignarle en una controversia de herencia. Su misión se co- loca en un nivel distinto al de las disputas mezquinas vinculadas a intereses económicos. Dios -aunque con frecuencia se ha pretendido esto de él- no es el guardián ni el superpolicía de las cajas fuertes o de los «recin- tos» que se consideran los más sagrados del templo. Cristo ha venido para descubrirnos que Dios nos ama, para dar- nos el mandamiento del amor mutuo, no para establecer quién tie- ne razón y quién no entre dos hermanos que se pelean y luchan por

un puñado de dinero. Él enseña a compartir y no puede ser reque- rido como testigo «neutral» entre gente endemoniada para hacer valer sus derechos o complicar las cosas.

Un hombre conversa con sus bienes

Lo que más llama la atención en este hombre rico y ávido de la parábola verdadera y propia es su heladora soledad. Algo real- mente tétrico, terrorífico. Más que contar sus rentas, parece que habla con ellas. Lo ve- mos dialogando con las cifras. Charlando amorosamente con los libros de cuentas. Su voz tiene el sonido de las monedas. Es un individuo sin nombre, sin rostro. No tiene mujer, ni hi- jos, ni amigos. El único vínculo estrecho son sus bienes materia- les. Se identifica con sus riquezas. Él mismo se convierte en cam- po, granero, trigo, almacén, saco de cereales, número, cartera. Ya no es un hombre. Es una cosa en medio de las cosas. Los bienes, en vez de ser vehículos de comunicación, de rela- ción con los demás, para él son cosas que hay que acumular, con- servar, proteger, defender. En vez de ser medios (antes se decía, precisamente, que uno tenía muchos «medios»), se convierten en fin al que se sacrifica todo. Y terminan por encerrarlo en una prisión. Este hombre triste, sórdido, es un prisionero. Puede incluso agrandar los almacenes, pero ya no logrará salir de ellos. Es un hombre cerrado. Sin futuro. Justamente él, que se hace la ilusión de que está asegurado para muchos años y para hacer proyectos de futuro. Y cuando se pronuncia la terrible sentencia: «Esta misma noche vas a morir», en realidad ya está muerto desde hace tiempo. Él mis- mo se ha dictado la sentencia. Con razón A. Maillot subraya cómo más que de un castigo se trata del cumplimiento de una petición.

¡Insensato!

Jesús también rechaza severamente los pensamientos y los pro- yectos del rico insensato. El soliloquio absurdo de este hombre se interrumpe bruscamente por un juicio inapelable: «¡Insensato!». Insensato porque funda su seguridad en el tener y no en el ser.

J08

Las parábolas de Jesús

Porque se afana por poseer y acumular, en vez de empeñarse en crecer. Porque se identifica con las cosas y no las transforma en sacra- mento de comunión con los hermanos. Porque cree que mucho dinero significa mucha vida. Porque está convencido de que la posesión egoísta da la alegría. Porque no sospecha que, aunque salgan las cuentas, su existen- cia es un clamoroso fracaso. Porque adora y no ve más que a su «yo». Jamás se coloca fren- te a un «tú». Porque no entiende que «el yo no tiene otra protección que el darse, el perderse» (A. Paoli). Porque no cae en la cuenta de que no se puede llenar el vacío con un estorbo. Porque no intuye que la seguridad sólo se deriva de un acto de coraje, de ruptura, de liberación. Porque no se percata de que la vida ha de llenarse de amistad, de don, de relaciones, no de cosas.

La noche

El inventario que el rico hace de su fortuna, los planes de am- pliación de los graneros, las «tranquilizadoras» consideraciones so- bre el estado de salud de su hacienda, las rosadas previsiones de un futuro sin problemas, salpicado de comilonas continuas y regaladas bebidas, va a topar contra un muro: la noche. Es más, esta noche. Frente a la muerte no podrá presentar balances. Las cifras de los beneficios ya no son legibles en aquella oscuridad total. En to- do caso, podría despuntar otro tipo de cifras, más luminosas (las

del ser, de la fraternidad, del don, de la alegría que se regala, de la gratuidad, de la amistad desinteresada, del amor fiel, de la solida-

ridad

), que desgraciadamente parece que no figuran en los li-

... bros de cuentas. «Esta misma noche vas a morir». Muchos están preparados pa- ra presentar los registros perfectos (tanto del tener como del saber, e incluso los de los éxitos conseguidos). Lo malo es cuando se nos «exige» la vida. Hay que dar cuenta de la vida, no de lo que uno ha amontonado. O sea, ¿qué has hecho de tu vida? ¿En qué la has em- pleado? ¿Qué orientación le has dado?

El hombre rico

109

El rico es un estúpido no porque muere (eso llega a todos

...

),

sino porque equivoca la vida de una manera clamorosa. Y aunque la «noche» se desplazase cien años, él seguiría comportándose co- mo un insensato, o sea, no viviendo. En el fondo, Jesús le acusa de no ser lo bastante previsor. No ha logrado pensar «más allá» de la noche. Agranda los silos, pero no logra ampliar los horizontes, se deja aprisionar en el horizonte te-

rrenal, que termina por sofocarlo. Jesús ni siquiera condena la riqueza. Simplemente censura a quien hace de ella un ídolo, ante quien se sacrifica todo y que ter- mina por sustituir al único Señor; desaprueba inexorablemente a quien «atesora para sí, en lugar de hacerse rico ante Dios». Jesús no enseña el desprecio de las realidades terrestres, sino que pro- pone la superación. Además, rechaza especialmente la mentalidad corriente según la cual la vida del hombre «depende de las riquezas». La seguridad no se consigue por lo que uno ha acumulado, sino por los valores con los que ha orientado su existencia. La codicia empobrece al hombre, lo hace menos hombre, me- nos humano, hasta inhumano, y al final lo deja ciego y por tanto desprovisto de la única luz capaz de aclarar la «noche» inevitable.

Provocaciones

  • l. La posesión es siempre una limitación. «Quien compra un

campo y lo cerca, se priva del resto de la naturaleza, se empobrece de todo lo demás. Por eso la pobreza religiosa no significa tener po- co, sino no tener nada, o sea, es la expropiación total para poseer-

lo todo» (E. Cardenal).

  • 2. La posesión es sobre todo limitación de libertad. «¿No ha-

béis advertido que ser rico se traduce con frecuencia en un empo- brecimiento en otro plano? Basta decir: '¡Este reloj es mío!', y ce- rrar la mano, para tener un reloj y haber perdido la mano» (A. Bloom). Nuestro espíritu, nuestro corazón, tienden a empequeñe-

cerse, a reducirse a las dimensiones de los objetos sobre los que se cierran, a las dimensiones de los bienes sobre los que se repliegan.

  • 3. La riqueza esfalsificación de las cosas, porque falsea la re-

lación con ellas. El rico cree que su título de propiedad le une ín- timamente, con seguridad, a los bienes. Pero esto es una colosal

1J2

Las parábolas de Jesús

Tengo miedo de que este hombre que tutea no a las personas,

sino a los números, que tiene más familiaridad con los libros de

cuentas que con los rostros, más con el ordenador que con las con-

ciencias, se insinúe también en la Iglesia.

Quiero decir: me parece que está al acecho el peligro de «razo-

nar» (que en este caso concreto, desde el punto de vista de Dios, es

algo «irracional») en términos de cifras, balances, estadísticas,

cantidad, poder, fuerza, peso político, obras imponentes, progra-

mas vistosos y ruidosos.

Ciertos «graneros», aunque futuristas en cuanto a las formas y

al estilo de gestión, pueden contener de todo, a excepción del trigo

madurado por la simiente evangélica (Mc 4, 8).

Es el momento de invocar una vez más al teólogo Italo Manci-

ni: «Cuadren los rostros». Sí, los rostros, los nombres, en lugar de

los números. La única contabilidad -que no es contabilidad-legí-

tima desde el punto de vista de Dios es la que, en vez de alinear ci-

fras, pone en primer plano a las personas, a cada persona.

Las cuentas salen sólo cuando

...

no desaparecen los rostros.

«¡Insensato! Esta misma noche vas a morir». Esta noche, hoy

por la noche, tenemos que responder a Dios no en términos de ad-

ministración, éxito, eficacia o imagen, sino de vida.

«Ser rico ante Dios» no significa hacer sitio para el trigo (o pa-

ra otra cosa) en los almacenes, sino hacer sitio para las personas.

  • 8. El hombre rico de la parábola, entre otras cosas, se dice a sí

mismo: «Descansa». Pero existen semejantes suyos que, en su

afán -e incluso obsesión- por amontonar continuamente cosas y

dinero, ni siquiera llegan a prever el descanso. Esclavos del dine-

ro y también del trabajo. Doblemente «insensatos».

Pistas para la búsqueda

Inconsciencia

He aquí a un hombre que se ha comportado como si tuviese

por delante muchos años de tranquilidad, durante los cuales nada

tiene que pensar ni que temer; ni siquiera puede herirle el típico

c~stigo bíblico de la carestía, porque él ya no necesita de las pró-

XImas cosechas, son tantos los bienes que tiene almacenados. Para

él es como si Dios no existiera, porque no puede pasarle nada ...

El hombre rico