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Los sitios históricos de los hé­ roes homéricos -Héctor, Agamenón, Odiseo- fascinaron a millones de personas, y el hombre que sacó a la luz sus tesoros hundidos se convirtió con este hallazgo en el arqueólogo más famoso del mundo. Philipp Vandenberg, autor del éxito mundial Nerón, publicado por esta editorial, rastreó las huellas del oro y de su descubridor. Halló un Schliemann que nadie conoce, un hombre que se convirtió en un gran­ de gracias a su personalidad escindida. Un astuto comerciante, un impostor y un estafador que fal­ seó la realidad y modificó los datos de su biografía a su antojo.

Philipp Vanden

TESORO

DE TROYA

El nombre de Heinrich Schliemann está inseparablemente unido al descubrimiento de aquel tesoro que, cincuenta años después de finalizada la guerra, volvió a resurgir en Moscú. Pero así como el tesoro de Príamo -rey de Troya- en verdad no proviene de la época homérica, el cuadro que pinta el ge­ nial arqueólogo también es falso. El análisis de la personájidad de Heinrich Schliemann nos muestra au n hombre obsesivo. En su legado figuran 18 dia­ rios escritos en 20 idiomas diferentes, 12. libros escritos y publicados por él mismo y ,80.000 cartas. Schliemann, un hombre de baja estatura, que hizo una fortuna millonaria co­ mo comerciante en San Petersburgo, como banquero de los:

buscadores de oro en Sacramento y con negocios inmobilia­ rios en París, era adicto al dinero y a la fama. Cuando ya se había hecho rico se le ocurrió desafiar a todos los expertos y buscar Troya en la costa turca. Después encontró el tesoro, y la fascinación por el oro hizo que finalmente lograra obtener el reconocimiento que siempre había anhelado.

 

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Biografía e historia

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Javier Vergara Editor

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Buenos Aires / Madrid / Quito México / Santiago de Chile Bogotá / Caracas / Montevideo

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Philipp Vandenberg

EL 7 Γ ΪΙ«© DE TROYA

Javier Vergara Editor

Buenos Aires / Madrid / Quito México / Santiago de Chile Bogotá I Caracas / Montevideo

Nuestra relación con Homero es un fragmento de historia de la civilización humana. Ernst Curtius

Indice

Prefacio ........................................................................................

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a p it u lo

U no

Mayo de 1945 - Berlín en llamas.................................................... Tesoros artísticos en galerías de minas - Las malas noticias se suceden - El tesoro sobre un barril de pólvora - El drama del búnker de Friedrichshain - Cómo desapareció el Tesoro de Príamo - Vencedores y vencidos - La suerte de un miembro del Partido - La oscuridad se disipa.

  • C Dos El comienzo de una gran carrera.................................................... Sueños hanseáticos - La última esperanza de Heinrich: emigrar - Naufragio frente a la costa de Holanda - Zapatos y medias de una tienda de ropa de segunda mano - Avaro y estudioso - Las aventuras de Telémaco en ruso.

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T res

Rublos azules y dólares de oro........................................................ Una proposición de matrimonio malograda - A los veintinco años, jefe de una gran familia - Heinrich se siente atraído poí' América - Dos semanas desamparado en el Atlántico - A California por el estrecho de Panamá - Entre buscadores de oro y caballeros de fortuna - San Francisco en llamas - Una maleta llena de oro por valor de 60.000 dólares - Regreso a Europa.

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C u at r o

Huyendo de sí mismo

..................................................................... Escenas de un matrimonio - El milagro de Memel - Por qué Schliemann se hizo adicto al trabajo - A los treinta y cuatro, una vida nueva - En busca de un poco de felicidad - La fiebre de viajar de un alma infatigable - El pasado le da alcance - Alrededor del mundo en veinte meses - En el teatro chino de Shanghai - Solo sobre la Muralla China.

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C in c o

El estudiante tardío y el amor......................................................... Me siento inmensamente feliz - Un ofrecimiento desesperado: un matrimonio a lo San José - El primer intento de hacerse estadounidense - Una carta de amor desde Kalkhorst - La esposa de Schliemann ama a Madame R.

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S eis

Sobre las pistas de los héroes.......................................................... Donde Nausica encontró a Odiseo - Cada colina, cada fuente recuerda a Homero - La primera excavación de Schliemann - Grecia, una aventura peligrosa - Un enigma prehistórico: Troya - Schliemann reconstruye la guerra de Troya - La elección recae en Hissarlik - Los auxiliares de Schliemann: Homero, Herodoto y Plutarco.

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S iet e

Un hombre nuevo, una vida nueva.................................................. Primeros proyectos de excavación - Dinero y relaciones para acceder al doctorado en filosofía - Cómo Schliemann se convirtió en estadounidense ilegal - Demanda de divorcio con cinco abogados - Señor obispo, ¿no tiene una mujer para mí? - Divorcio con recursos ilegales.

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O c h o

Un matrimonio de tres: Homero, Sofía y Heinrich......................... La primera cita acaba en catástrofe - Amor, al principio por escrito - La segunda boda de Schliemann - Dicha y dolor en París - Huida de la Guerra Franco-Prusiana - ¿Schliemann, un bigamo? - Solo, a la búsqueda de Troya - Heinrich se siente atraído por París -¿Acaso no tienes un marido que te idolatra? - Berlín en la euforia de la victoria - Curtius considera a Homero un iluso - ¿Bunarbashi o Hissarlik? - El mundo comprenderá que yo tengo razón.

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Capitulo N ueve

El tesoro de Troya

......................................................................................... Agamenón y Héctor empuñan palas y escobas - La anhelada licencia - Al cabo de ocho días de faena, un puñado de piedras - ¿Por qué mintió Heinrich Schliemann? - Inesperadamente en la Edad de Piedra - Un rayo de esperanza a siete metros de profundidad - Temor a un papelón - 78.545 metros cúbicos de Troya - Homero como testigo - Helios, el D ios Sol, revela el enigm a - Muros homéricos - S ch liem a n n e stá acabado - La tercera arrem etida - Las consecuencias del robo artístico - ¡Fuego!¡Fuego! - La puerta Escea - La fortaleza de Troya: una cornucopia - La verdad sobre el mayor descubrimiento de Schliemann - La diadema de oro - ¿Es auténtico el Tesoro de Príamo? - La fama dudosa del oro - Schliemann quiere abandonar Atenas - Una terrible sospecha.

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Capitulo D iez

¿ Cómo llegó el tesoro a Alemania?........................................................... Con Schliem ann sucedió lo mismo que con Richard Wagner - Amado en Inglaterra, despreciado en A lem ania - Una sagaz estratagema de Virchov - Un regalo al pueblo alemán - Cada vez más exigencias - Schliemann ante la concreción de sus anhelos.

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Capitulo Once

Schliemann en el diván del psicólogo....................................................... Las verdaderas causas de su carácter - Aversión hacia el padre - Hubo dos individuos llamados Heinrich Schliemann - Un cínico aviso de defunción - Un romance inventado - Un hombre con temores sexuales - La religión personal de Schliemann ·■ Un intento de explicar su m itom anía - Fracaso com o padre - Su casa perfectamente escenificada com o lo fue su vida - Sofía, el perrito amaestrado - La relación de.Schliem ann respecto del dinero - Derrochador y benefactor.

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Capitulo D oce

Micenas: La máscara de oro de Agamenón....................................

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Stamatakis. Un enem igo acérrimo - Relaciones familiares de los micénicos - “Tropecé con las mayores dificultades” - Luchas en las fosas - El enigm a de los círculos de piedra - Viene el emperador de Brasil - Una tumba se hunde en el barro - “¡Cinco! ¡Tiene que haber cin co tum bas!” - Una calavera con m áscara de oro - Telegrama al rey: Hallamos Agamenón - Tres esqueletos enterrados bajo oro - Las dudas lo atormentan - Todo el mundo habla de Micenas.

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T r e c e

Troya y Tirinto: errores y decepciones............................................ Schliemann exagera: un nuevo tesoro - Virchov y Schliemann parecidos y tan distintos - Primer encuentro con Wilhelm Dörpfeld - Dudas acerca del palacio de Príamo - “Me equivoqué” - El adiós definitivo a Troya - Tirinto, la obra de los cíclopes - Un palacio, como lo describió Homero - El reino de Minos - Sobre (a pista de los faraones.

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C a t o rc e

Muerte en Nápoles ...................................................................... Con Virchov en París -A los sesenta y siete ya no se es un jovencito

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- Encuentro de expertos en Hissarlik - El caso litigioso Troya - La extraña transformación de Schliemann - El final proyectado - La muerte solitaria de un hombrecillo - El mundo se despide de un gran hombre.

Apéndice

 

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índex

 

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Prefacio

Escribir sobre él significa descartar. Pocos son los individuos del siglo XIX de los que se hayan conservado tantos documentos: alre­ dedor de sesenta mil testimonios. Algunos dicen 80.000 cartas, die­ ciocho diarios, diez libros, entre ellos una autobiografía, e innumera­ bles artículos periodísticos en gacetas alemanas, inglesas, estadouni­ denses, francesas, italianas y griegas. Esto no simplificó precisamen­ te las investigaciones para el presente libro. Comencé hace más de dieciocho años. En aquel entonces escri­ bí por primera vez sobre Schliemann. El libro Auf den Spuren unserer Vergangenheit (Sobre las huellas de nuestro pasado) tuvo por tema «las grandes aventuras de la arqueología» y siguió la imagen tradicio­ nal de Schliemann. Siete años más tarde, tuve el segundo encuentro literario con este personaje. En mi libro La Grecia perdida, Schliemann jugó un papel protagónico, y mis investigaciones fueron de lo más exactas. En aquel entonces, 1984, se me ocurrió que Schliemann de­ bió de ser una persona completamente distinta de la que generaciones de autores nos mostraron. Todos ellos tomaron como fundamento indudable de sus publicaciones la propia biografía de Schliemann y aquella que su viuda, Sofía Schliemann, encargó al escritor alemán Emil Ludwig a fines de los años veinte. El propio Schliemann mintió por momentos. Pasajes enteros de su vida son fruto de su invención, como por ejemplo el amor que sintió por Minna Meincke en su adolescencia. A duras penas pudo disuadirse a la así “ennoblecida” de entablar demanda contra

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Schliemann por esta razón, y Emil Ludwig sólo volcó en el papel aquello que la viuda quiso que se publicara, por ejemplo la leyenda de que fue ella quien sacó de contrabando de Troya el Tesoro de Príamo, pero se olvidó de quemar esas cartas que prueban que a la sazón ella no se encontraba en Troya. Un noventa y nueve por ciento de las cartas que Schliemann escribió, copió o hizo copiar fueron escritas con miras a su ulterior publicación. Muestran aun Schliemann hermoseado, el que él quería ser. Sólo un uno por ciento son de naturaleza realmente privada y sinceras y sólo ellas revelan al verdadero y desconocido Schliemann. Separar estos documentos no fue tarea fácil. En cuanto a su rebuscado estilo literario, es propio de la torpe­ za de un autor aficionado y responde a la ampulosidad del siglo xix. En consecuencia, con el fin de facilitar la lectura, he pulido muchas citas, corregido errores gramaticales y abreviado pasajes intermina­ bles. Esto vale también para los informes de viaje en inglés yanqui, las cartas en francés, así como para los textos griegos y latinos de autores antiguos que he traducido de nuevo. En cambio, he respetado la magnífica y desfasada versión de Johann Heinrich Voss de Yàlliada. Las descripciones de escenas y los diálogos que aparecen en este libro no son en modo alguno de libre invención. Con frecuencia, son citas textuales de cartas de Schliemann o de informes periodísti­ cos sobre determinados sucesos que debieron de ocurrir así o de ma­ nera parecida. Las citas acreditadas se complementan con un índice de fuentes al final del libro. El Tesoro de Príamo, que en realidad nunca existió, es el sím­ bolo de la vida de Heinrich Schliemann, un hombre de sólo ciento cincuenta y siete centímetros de estatura, que movió montañas y es­ tuvo obsesionado por una idea. Era un incansable adicto al trabajo que vivió diez vidas, pero durante la suya permaneció solo. Fue un solitario, un extraño, un tipo raro. Y así mis sentimientos por este hombre fluctúan desde la mayor admiración al más profundo despre­ cio. Estas son, sin embargo, las contradicciones de las que nacen los libros.

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Mayo de 1945 - Balín en llamas

Vosotros, alemanes, habéis custodiado realmente mal vues tros tesoros artísticos, esos magníficos tesoros de la cultu­ ra universal, y vosotros sois culpables de que hayan corri­ do tanto riesgo. Pero vendrá el día en que nosotros devolveremos todas es­ tas obras de arte al lugar donde pertenecen, pues el pueblo soviético no considera los tesoros artísticos como botín de guerra.

Coronel S. I. Tiulpanov Director del departamento de propaganda de la administración militar soviética en Alemania.

Debió de ser como antes en Troya. Era primavera pero nadie lo advertía. Ya no quedaban pájaros, ni hojas ni flores. Desde el terrorí­ fico ataque aéreo del 3 de febrero de 1945 el centro de Berlín parecía un desierto en llamas. En el zoológico se abrían profundos cráteres. Las bombas habían trocado sus cuidados jardines en un paisaje lunar. En medio, árboles carbonizados, sin fronda, con sus. ramas calcina­ das elevadas hacia el cielo como negra manos suplicantes.

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La gran casamata erigida en el zoológico había resistido to­ dos los ataques. Un edificio macizo, de siete pisos, muros de hor­ migón de cinco metros de espesor, cincuenta metros cuadrados, con cuatro torres donde estaban emplazadas las baterías antiaéreas, sobre la lisa azotea de hormigón. El mayor museo y hospital mili­ tar de Berlín. Nadie es capaz de decir cuánta gente se asiló en sus sombríos y asfixiantes pisos. En caso de necesidad había capaci­ dad para quince mil personas. Reinaba allí un hedor bestial. El tufo de sudor, sangre y miedo se mezclaba con el olor penetrante de hortalizas hervidas, en su mayoría nabos, que emanaba de la sobrecargada cocina situada en la planta baja. Sólo unos pocos conocían lo que se escondía detrás de las puertas 10 y 11 del primer piso del búnker. Y el enjuto hombre que a veces trasponía esas puertas amparado por la penumbra del crepúsculo, no tenía en sí nada extraordinario. Era alto y su delgadez no llamaba la atención, pues en esos días de la guerra todos estaban desnutridos. Era el profesor Wilhelm Unverzagt; usaba gafas de níquel y un traje oscuro. Siempre se cuidaba de cerrar la puerta con llave cuando aban­ donaba el recinto. Desde hacía dos meses, el profesor vivía en el búnker a prueba de bombas, vecino del zoológico. Había aparecido allí el 13 de febre­ ro, con dos maletas que contenían todas sus pertenencias, después de haber sido desalojado cinco veces por las bombas. (Así se decía en­ tonces cuando uno se quedaba ante las ruinas llameantes de su casa o su apartamento). Todo lo que le había quedado eran esas dos maletas con sus trastos, un abrigo y el traje oscuro que llevaba puesto. Desti­ no de millones, nada raro en esos días. Raras eran sólo las circunstancias que habían llevado al profe­ sor a ese búnker, pues Unverzagt no podía aducir heridas, ni pertene­ cía al numeroso personal sanitario o de vigilancia encargado de la defensa del baluarte a la vera del jardín zoológico. Unverzagt era director de museo, director del Museo Nacional de Prehistoria e His­ toria Antigua de la calle Prinz Albrecht y responsable de uno de los tesoros más valiosos de la humanidad: el Tesoro de Príamo. Su des­ cubridor, Heinrich Schliemann, lo había legado de forma testamenta­ ria al pueblo alemán y había participado personalmente en su exposi­ ción en el Museo de Berlín. El tesoro salió indemne de la Primera Guerra Mundial; tampoco sufrió daños como consecuencia de los

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posteriores requerimientos de reparación. Se consideraba una mara­ villa del mundo y una sensación arqueológica como la máscara de oro de Tutankhamon, descubierta hacía veinte años. En ese momento, el Tesoro de Príamo se encontraba en tres cajones de madera de 60 x 85 x 50 centímetros, rotulados con la le­ yenda MVF, en el recinto 10 de la torre de defensa antiaérea del zoo­ lógico. Unverzagt ya había embalado en cajones las piezas de oro el 26 de agosto de 1939, pocos días antes de comenzar la guerra, cuan­ do Hitler dio a conocer sus planes de invadir Polonia. Primeramente los cajones fueron llevados al tesoro situado en el sótano del museo; luego, en 1941, cuando la situación se tomó crítica, el profesor los hizo trasladar al Banco Nacional de Prusia. A fines del mismo año llega­ ron a la casamata del zoológico junto con otras colecciones valiosas. Unverzagt, desde 1926 director del Museo de Prehistoria e His­ toria Antigua, y desde 1938 también miembro del Partido Nacional Socialista, actuó al principio por cuenta propia y elaboró un plan de emergencia para los 150.000 objetos catalogados de su museo. Se comprobó que de ninguna manera había sido un plan prematuro. El museo de la calle Prinz Albrecht, donde también había instalado su cuartel general la Gestapo, fue destruido hasta sus cimientos.

Tesoros artísticos en galerías de minas

En aquella ocasión el profesor Unverzagt estaba sentado sobre tres cajones de oro, cinco cajas con valiosos bronces, armas, vasos y perlas (otros veinticinco los había despachado a la salina Grasleben), una media docena de cajones de piezas de museo menores de consi­ derable valor, otros tantos cajones con esqueletos prehistóricos y vein­ ticinco más de contenido variado que habían sido llevados allí con toda premura durante los breves intervalos entre los ataques aéreos de los aliados. En conjunto, aquello era sólo una pequeña parte del museo, si bien la más valiosa. La mayor parte de los objetos de exposición, muchos centenares de cajones con la leyenda MVF, la distribuyó Unverzagt por diversos escondites: el sótano del castillo municipal de Berlín, el latifundio Peruschen en Silesia, el pozo GrafMoltke de

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las minas de potasa de Schönebeck; a orillas del Elba, la parte exte­ rior del castillo Lebus, dedicada a museo a orillas del Oder y una galería de la salina Grasleben. Tres semanas después de la destrucción total de Dresde por un ataque aéreo que segó la vida de 60.000 personas, el 6 de marzo de 1945 Hitler encomendó al secretario de Estado de la Cancillería del Reich Hans Heinrich Lammers, sacar de Berlín todos los tesoros ar­ tísticos valiosos. Ese mismo día Lammers dio curso al mandato del Führer, mediante acta Rk.l 126 A con la indicación: la presente dis-, posición del Führer obliga a los organismos pertinentes a emplear todos los medios disponibles para la inmediata atención de este asunto.

La orden del Führer le llegó a Unverzagt el mismo día en que las tropas estadounidenses cruzaban el Rin en dirección oeste por Remagen y desencadenó una actividad febril entre los responsables de los museos de Berlín. El búnker del zoológico, principalmente dedicado a hospital militar, estaba colmado hasta los pisos superiores de obras de arte y piezas de colección de los museos de la ciudad. En el tercer piso se depositaron los relieves del altar de Pérgamo, de varias toneladas de peso. Allí se encontraba también el busto de Nefertiti. Ahora faltaba mano de obra para el transporte. La guerra total que Goebbels había proclamado el 24 de agos­ to de 1944 obligaba a todos los varones de entre dieciséis y sesenta años no aptos para luchar por la patria a participar en la revolución popular. Las mujeres de hasta cincuenta años fueron alistadas para trabajar en las fábricas de armamento y los hombres así relevados debieron ir al frente. No quedaba ya casi mano de obra. Por lo demás, el transporte por calles y vías era sumamente peligroso. En aquellos días las columnas de vehículos y los trenes eran blanco seguro de los

bombarderos aliados. Pero Berlín está atravesada por ríos y canales. La mayoría de los museos estaban a un par de cientos de metros de los atracaderos y se podía acceder a los escondites escogidos por vía fluvial. El profe­ sor Unverzagt ya había contratado un viejo carguero bautizado con el significativo nombre de Deus Tecum (Dios sea contigo) y lo había fletado hacia Schönebeck junto al Elba. A pesar de la crecida que lo demoró varios días en Niegripp, llegó a destino el 7 de marzo. Dado que el transporte de la valiosa carga (desde el atracadero hasta el pozo de la mina mediaban dos kilómetros) y el regreso de la

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nave fluvial llevaría por lo menos dos semanas, Unverzagt tendría que requisar otro carguero más. En tales circunstancias, parecía prác­ ticamente imposible. En Berlín reinaba el caos. La ciudad estaba en llamas. Casi todos los días los aliados la sometían a nuevos ataques. La última línea ferroviaria circulaba entre Westkreuz y la estación Zoo. Estaban prohibidos los viajes privados así como la duda y la claudicación (si bien una mirada desde el interior de los refugios antiaéreos no podía ser más concluyente). Ya no funcionaban los tea­ tros, sí unos pocos cines, no aparecían revistas y los periódicos salían de forma irregular y como ediciones de emergencia. Unicamente la radio de la Gran Alemania transmitía constantemente y difundía con­ signas de perseverancia y aguante de concienzuda penetración. Des­ de luego, la gente tenía vales para vituallas que les prometían un par de gramos de pan y unos pocos de carne o salchicha al día, pero los comercios permanecían cerrados. En las calles tenían lugar escenas patéticas. Caballos moribundos eran descuartizados allí mismo por la gente hambrienta que se llevaba a casa la carne y los huesos. En semejan­ te situación, ¿quién podía tener interés en evacuar tesoros artísticos? Bernhard Rust, ministro de Ciencia, Educación y Cultura Popular del Reich, extendió un poder para Unverzagt del siguiente tenor:

El señor profesor Dr. Wilhelm Unverzagt, director del Mu­ seo Nacional de Prehistoria e Historia Antigua, sito en la calle Prinz Albrecht 7 de Berlín SWII, está encargado por el minis­ tro Rust de poner a buen recaudo y almacenar valiosas colec­ ciones culturales de galerías, bibliotecas y museos nacionales y demás objetos insustituibles de cultura y arte de importancia nacional. En las presentes circunstancias, este cometido sólo puede llevarse a cabo con la ayuda de todos los organismos del Partido, el Estado y las Fuerzas Armadas. Por lo tanto, se ruega prestar al señor director profesor Dr. Unverzagt toda clase de colaboración en la realización de su difícil labor en inmediato interés del Reich y proporcionarle medios de trans­ porte, mano de obra y materiales de construcción/ Berlín, 8 de marzo de 1945 Ministro de Ciencia, Educación y Cultura Popular del Reich

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Con la ayuda de este poderUnverzagt logró conseguir un se­ gundo carguero y, lo que era igualmente importante, el combustible para el transporte. El Cosel 1583 pertenecía al armador Emil Oberfeld y no estaba precisamente en buen estado, pero serviría para ese co­ metido. De cualquier forma un barco en mejores condiciones tampo­ co resistiría un ataque enemigo. El Cosel 1583 tuvo que alojar también en sus bodegas piezas de exposición de otros museos, así como tesoros artísticos de parti­ culares. Esta circunstancia así como la situación que empeoraba día a día indujeron a Unverzagt a retener en la casamata del zoológico los tres cajones que contenían el tesoro de Príamo. Concluida la guerra, la decisión arbitraria del profesor mereció reproches dado que tuvo consecuencias de vasto alcance. Sin embar­ go, una sabia evaluación de la situación consideró una empresa en extremo arriesgada el último viaje del Cosel 1583, y en verdad así fue.

El 13 de marzo se acomodó en el barco una valiosa carga de ciento treinta y seis toneladas. Más de la mitad provenía del Museo de Prehistoria e Historia Antigua así como del Museo de la Antigüe­ dad, el museo del Castillo y el Museo de Folklore. Sesenta toneladas de carga provenían de la Biblioteca Nacional, la Academia de Cien­ cias y de personas privadas. El Cosel 1583 zarpó el 14 de marzo y dejó atrás al profesor Unverzagt y los tres cajones con el tesoro. Contrariamente a lo esperado, la travesía transcurrió sin com­ plicaciones. El carguero llegó a Schönebeck el 27 de marzo, pero allí se tropezó con la falta de mano de obra para trasladar la carga a los vagones de ferrocarril y su transporte posterior a la salina. Los pocos obreros disponibles debían palear carbón, y por otra parte hacía falta un permiso de descarga extendido por el ministro de Comunicaciones del Reich en Berlín. Las tropas estadounidenses habían cruzado el Rin; la acción desesperada de los defensores de volar el puente cerca de Remagen resultó insensata. El Cosel 1583 permaneció doce días frente a Schönebeck vigilado provisionalmente sin que sucediera nada. Se amontonaban las malas noticias. En el frente meridional los rusos avanzaban hacia Viena; Hitler —que desde enero se alojaba en la casamata construida para él en el jardín de la Cancillería del Reich y veía aproximarse su fin— emitió la orden neroniana: todas las plan­

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tas industriales y redes de comunicación así como la tecnología de información alemana en su totalidad deben ser voladas para evitar

que caigan en manos de los aliados. El ministro de Defensa Albert Speer impidió la ejecución de una orden tan monstruosa y remitió al

Führer una carta en la que manifestaba: En estafase de la guerra no tenemos ningún derecho a ocasionar daños que podrían arriesgar la vida clel pueblo.

La respuesta de Hitler a Speer rebosaba de cinismo: Si se pier­ de la guerra, el pueblo también estará perdido. No es indispensable

tomar en consideración los fundamentos que necesita

el pueblo ale­

mán para su más primitiva supervivencia. Al contrario, es mejor des­

truir uno mismo estas cosas, pues el pueblo ha demostrado ser el

más débil, y el futuro pertenece exclusivamente

al pueblo oriental

más fuerte. Los que

sobrevivan a esta lucha serán de todos modos los

inferiores, pues los buenos han caído.

Al parecer, al artista impedido Adolf Hitler le importaba más el arte que el bienestar de su maltratado pueblo. En 1935, en la celebra­

ción de la Asamblea del Partido en Nuremberg había anunciado: Nin­ gún pueblo vive más que los documentos de su cultura. Pero si el arte

y sus obras poseen un efecto tan poderoso, ocuparse de él es tanto más necesario cuanto más agobie y desconcierte el estado general de cosas de una época.

Por esta razón seguía con el mayor interés la evacuación de los tesoros artísticos, y al ministro de Comunicaciones del Reich no le quedó otra alternativa que parar la carga de carbón en Schönebeck y emplear la escasa mano de obra de que se disponía para el traslado de las valiosas piezas de museo.

Las malas noticias se suceden

Finalmente el 9 de abril comenzó la descarga del Cosel ¡583. Se confiaba que en cuatro días los tesoros del museo'estarían escon­ didos en el pozo Graf Moltke y a buen recaudo de los enemigos, pero el segundo día sólo dos tercios del cargamento habían sido descarga­ dos. Schönebeck fue sacudida por violentas explosiones. Los tan­ ques yanquis estaban frente a la ciudad. Al día siguiente tomaron la

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localidad y la mina. Sin quererlo, los americanos tomaron posesión de los más valiosos tesoros artísticos. Al parecer, el profesor Unverzagt tuvo un sexto sentido cuando retuvo los tres cajones de madera que contenían el tesoro de Príamo. El búnker próximo al zoológico con sus muros de hormigón de va­ rios metros de espesor era casi inexpugnable. Ni las bombas enemi­ gas podían causarle gran daño. Todavía funcionaban los grupos electrógenos de emergencia; todavía quedaban provisiones; ¿pero por cuánto tiempo? Sobre todo, ¿qué pasaría con el tesoro? Unverzagt no podía esperar a que los americanos o los rusos llegaran al pesado portón de hierro. Las noticias que difundía la radio de la Gran Alemania eran pura propaganda. Por los altavoces se emitían más consignas de re­ sistencia que informaciones. Sin embargo, no pasaba un día sin una mala nueva: ha caído la cuenca del Ruhr, ha caído Königsberg, ha

caído Viena. El mismo día en que los rusos se apoderaron de Viena —el viernes 13 de abril— todas las emisoras transmitieron la noticia:

Ha muerto el Presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt. Sólo los fanáticos como Joseph Goebbels —hizo servir cham­ pán— creyeron aún en un vuelco. Goebbels a Hitler: ¡Mi Führer, lo felicito. Roosevelt ha muerto. Está escrito en los astros que la segun­ da mitad de abril traerá un cambio para nosotros.

Goebbels creía en los horóscopos, pero su esperanza de que el cambio de presidente en Washington podría poner coto a las opera­ ciones militares de los aliados no cristalizó. Todo lo contrario. El profesor Unverzagt cavilaba sentado sobre sus cajones. Du­ rante casi dos décadas había sido director de su museo y en todo ese tiempo se había sentido el custodio del tesoro, uno de los más valio­ sos en la historia de la humanidad. Era la noche del jueves 19 de abril. El tronar de los cañones se escuchaba hasta los corredores inte­ riores del búnker. Por los altavoces resonaba la voz del ministro de Propaganda, Joseph Goebbels. Hablaba para recordar el cumpleaños

de Adolf Hitler y todo alemán tenía obligación de escuchar. En com­ paración con los once años anteriores su voz sonaba más bien mode­ rada, casi plañidera, pero en sus declaraciones todavía era patético

como siempre: En un momento del acontecer bélico en el que todas las fuerzas del odio y la destrucción del oeste, del sudeste y del sur acometen contra nuestros frentes (queremos creer que tal vez sea la

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última vez) para romper las líneas y asestar al Reich el golpe mortal, me presento ante el pueblo, como siempre desde 1933, en la víspera del 20 de abril, para hablar del Führer. En el pasado hubo horas felices y desgraciadas, pero jamás las cosas han estado como hoy, al filo de la navaja; nunca el pueblo alemán ha tenido que defender su vida desnuda frente a tan enormes peligros para asegurar en un últi­ mo y poderoso esfuerzo la protección de la amenazada estructura del Reich ...

Unverzagt tenía la cabeza apoyada en ambas manos y la mirada

perdida en el vacío. El también era miembro del Partido Nacional Socialista, uno de los ocho millones y medio, conocía el lenguaje de los nazis y supo enseguida que aquel era un canto de cisne, el último gran discurso a través de la radio de Goebbels. Mientras los altavoces vomitaban las frasps archiconocidas de la confabulación mundial y de la coalición monstruosa de los estadistas enemigos, el profesor no dejaba de rumiar un pensamiento: ¿cómo podía salvar el Tesoro de Príamo? En aquellos días Wilhelm Unverzagt llevaba una especie de diario en el que anotaba con escuetas palabras los acontecimientos que se producían en la casamata. Su esposa Mechthilde, a la cual conoció en 1946 al terminar la guerra y que vive en la actualidad en Berlín, dice: Estas notas son testimonios lacónicos y sin ningún reto­ que de lo que Unverzagt vivió a diario. Como registran, asimismo, los sucesos bélicos más importantes, los bombardeos sobre Berlín cada vez mayores en número y gravedad, además de detalles de la lucha por la propia ciudad hasta la capitulación, son a pesar de su carácter sumario de un realismo angustioso, en especial en relación

con el final de la guerra.

El 20 de abril en que Hitler, contrariamente a su costumbre de largos años, rechazó toda felicitación, Unverzagt anotó: Alarma de aviones y tanques; bombas sobre Berlín; rusos en Bernau y Straussberg.

Aunque no abandonaba la casamata sino por unas horas y aun­ que Bernau y Straussberg estaban tan apartadas del zoológico como Königsberg de Berlín en tiempos de paz, conocía los movimientos enemigos, pues el búnker junto al zoológico era un edificio multifuncional: refugio antiaéreo para la población civil, torre de ba­ terías antiaéreas dotada de seis cañones de 12,8 centímetros y doce

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de 2 centímetros, y además comando de defensa antiaérea. Las torres de los bosques Friedrichshain y Humboldthain servían al mismo ob­ jetivo. Las tres estaban conectadas por su propia red subterránea de líneas. Además, en el refugio del zoológico se había acuartelado la central militar de telecomunicaciones, la mejor fuente de informa­ ción en esos días. Desde luego, la radio de la Gran Alemania emitía todavía, pero sus transmisiones eran esporádicas y de variable alcance porque las antenas eran destruidas constantemente por el fuego de la artillería.

También se escuchaba aún la emisora de 100 vatios de onda media y larga del comando superior de la Wehrmacht, que funcionaba en la calle Bendler, así como la estación receptora y emisora instalada en el sótano del ministerio de Goebbels, pero lo que se emitía allí pasaba por la censura. No obstante, el profesor sentado sobre el tesoro sabía con cer­ teza lo que en realidad ocurría fuera del búnker.

  • 22 de abril de 1945: Ratas; granadas en el centro de Berlín.

  • 23 de abril de 1945: Impactos en Charlottenburg, Berlín.

  • 24 de abril 1945: Impacto de granadas y bombardeo sobre

Charlottenburg.

En el búnker del zoológico el comandante general Sydov había instalado la central de mando de la Ia división de defensa antiaérea. Todavía había suficientes municiones para los cañones emplazados en la azotea, pero tanto el comando como el depósito de municiones significaban en esa situación más bien peligro que seguridad. El ata­ que de un tanque a través de una puerta o ventana tendría consecuen­ cias catastróficas. La angustia se había enseñoreado en el búnker. Todos los que aún quedaban allí, heridos, desertores y defensores, sabían que estaban metidos en una trampa de la que no había posibi­ lidad alguna de escapar. El fragor de los cañones se oía cada vez más cerca.

Jueves, 26 de abril de 1945: Nerviosismo. Rumores. Viernes, 27 de abril de 1945: Heridos en el recinto de reunio­ nes, rumores en torno del levantamiento de sitio; bombas sobre la estación Zoo.

¿Cuánto faltaría aún para que aparecieran los primeros tanques rusos frente al refugio del zoológico? ¿Días? ¿Horas? ¿Cómo proce­ derían los rusos con la guarnición del búnker? Este era un enorme

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hospital, un museo, pero también un bastión muy custodiado por par­ te de los defensores. El parte de la Wehrmacht difundido por la radio o, porque ya no había corriente, pregonado por camiones provistos de megáfonos que

circulaban por las calles bombardeadas, rezaba: 28 de abril de 1945 ... En la heroica lucha de la ciudad de Berlín vuelve a ponerse una vez más de manifiesto ante el mundo entero la lucha fatalista del pueblo alemán contra el bolchequismo ...

El enemigo ha atravesado el anillo interior de defensa en

Charlottenburg por el norte y por el sur a través del campo de Tempelhof En la puerta de Halle, en la estación de Silesia y en la plaza de Alejandro ha comenzado la lucha por el núcleo de la ciu­

dad. El eje este-oeste se encuentra bajo fuego intenso

En la zona al

... sur de Königswusterhausen las divisiones del noveno ejército conti­ nuaron el ataque hacia el noroeste y durante todo el día han recha­ zado los ataques concentrados de los soviéticos contra los flancos. En encarnizado combate las divisiones que se sumaron del oeste hi­

cieron retroceder en

un amplio frente al enemigo y alcanzaron Ferch ...

En la zona de PrenzJau los soviéticos incorporaron a la lucha

nuevas unidades blindadas y cuerpos de infantería y lograron infil­ trarse profundamente secundados por los recios ataques de las es­ cuadrillas aéreas ...

La realidad se veía mucho peor: el distrito gubernamental con la Cancillería, distante apenas dos kilómetros del búnker del zoológi­ co, había quedado reducido a escombros y cenizas. Los esbirros y los paladines ya habían dimitido o se habían retirado a sus refugios. Joseph Goebbels, el último secuaz de Hitler, se quedó con su esposa y los seis niños en el búnker del Führer. El Ministerio de Propaganda, si­ tuado al otro lado de la Wilhelm-strasse, último domicilio de la fami­ lia Goebbels, se comunicaba con la vieja Cancillería y el búnker del Führer mediante pasadizos subterráneos. Goebbels y Hitler habían rehusado abandonar Berlín, aun cuando todavía hubiera sido facti­

ble. La noche del 2 de abril varias máquinas levantaron vuelo en el aeropuerto de Gatow rumbo a Berchtesgaden, donde Hermann Goring esperaba en Obersalzberg la transmisión del poder. La noche del 28 de abril la piloto de pruebas Hanna Reitsch partió en su avión por última vez por encima del eje este-oeste. En el equipaje llevaba nu­ merosas cartas de despedida, entre ellas una de Magda Goebbels a su

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hijo adulto Harald de su primer matrimonio. Empezaba con estas

palabras: Mi amado hijo. Desde hace seis días papá, tus seis herma- nitos y yo nos encontramos en el búnker del Führer para dar a nues­

tra vida nacional socialista el único final honroso posible ...

El tesoro sobre un barril de pólvora

A Unverzagt no le pasaban semejantes ideas por la cabeza. Que­ ría sobrevivir, y quería que su tesoro de Príamo saliera indemne de esa maldita guerra. Sabía, sin embargo, que nada podía hacer para lograrlo, absolutamente nada. Alrededor del búnker había soldados apostados, pero ellos mismos sabían perfectamente que la defensa del baluarte sólo sería una insensata prolongación de la guerra. Los muchachos de la última leva que aguardaban en Jas trincheras del zoológico no tenían nada que oponer a los tanques rusos. Las entra­ das del diario de Unverzagt seguían siendo breves y desapasionadas.

Sábado, 28 de abril de 1945: Tiroteo a ¡a torre y a los alrede­

dores.

Domingo, 29 de abril de 1945: Tiroteo a la torre, gran tensión. Lunes, 30 de abril de 1945: Intenso tiroteo a la torre. En realidad detrás de esas secas palabras se ocultaba una catástro­ fe que se evitó en el último momento: los habitantes del búnker —aun entonces se desconocía su número exacto, si bien debieron ser varios miles— estaban sentados sobre un barril de pólvora, pues el lugar estaba atiborrado de municiones para los cañones antiaéreos empla­ zados en la azotea. Tanto la casamata del zoológico como los demás baluartes de los bosques Friedrichshain y Humboldthain habían sido erigidos en plena guerra para protección de bombas enemigas, pero nadie pensó ni en sueños que alguna vez podrían encontrarse tanques rusos frente a ellos. Las puertas y las ventanas de chapa de acero no podrían resis­ tir los proyectiles de los tanques. Ni siquiera había troneras para la defensa a esta distancia y los cañones de la azotea podían alcanzar aviones enemigos, pero no el suelo del zoológico. Ese 30 de abril los tanques rusos avanzaron hasta quedar a la vista del búnker. El enemigo sabía que no podía atacar el macizo

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bloque de hormigón con sus proyectiles, y en consecuencia apuntó a las aberturas rectangulares de las ventanas. Alrededor del mediodía las granadas atravesaron los postigos de acero de los pisos segundo y tercero e hicieron explotar algunos de los cajones de municiones allí almacenados. Hubo muchos muertos y heridos. Martes, 1 de mayo de 1945: El imperio de la Gran Alemania tenía aún una extensión de 1,8 kilómetros cuadrados desde el puente de Weidendamm hasta la calle Prinz Albrecht, y 1,1 kilómetro desde la Puerta de Brandenburgo hasta el Castillo de Berlín. La ciudad ar­ día en llamas en medio de sibilantes proyectiles, explosiones de gra­ nadas, aullar de sirenas, humo y polvo. Todo hacía olvidar el tibio día de primavera. El ejército de guardia ruso se encontraba en el jardín zoológico del sur. Durante tres días la casamata fue blanco de fuego graneado, pero el baluarte de hormigón resistió el ataque ininterrum ­ pido. El número de heridos que los enfermeros salían a buscar fuera del edificio con riesgo de sus vidas crecía hora a hora. Las víctimas estaban maltrechas, algunas sin brazos ni piernas, y la guerra no res­ petaba a mujeres ni niños. Sus gritos resonaban en las escaleras y los corredores. No quedaba ni un solo metro cuadrado desocupado. A partir de febrero, el profesor alojado con su tesoro de oro en la torre no tuvo otra alternativa que abrir el pesado portón de rejas

detrás del cual guardaba en el primer piso los cajones marcados con las letras MVF. El recinto 11 del búnker del zoológico medía diecio­ cho metros cuadrados, lugar suficiente para albergar a diez heridos. Pero Unverzagt no apartaba un ojo ni de los enfermeros ni los médi­ cos, pues nadie ignoraba lo que escondían aquellos cajones sellados, y en los últimos días de la guerra los saqueos no tenían nada de ex­ traordinario. ¡Están aquí! ¡Los rusos están aquí! La noticia cundió como un reguero de pólvora. Nadie sabía cómo habían logrado entrar en la casamata, pero de pronto ambas partes se enfrentaron presa de agita­ ción: los soldados rusos con sus kaláshnicov listos para disparar y los médicos, enfermeros, heridos y civiles muertos de miedo. Hacia el atardecer el oficial médico en jefe Dr. Werner Starfinger emitió la orden :

La guarnición alemana entrega el búnker sin presentar combate.

No cabe sino especular si en ese preciso momento Starfinger ya sabía que Hitler se había pegado un tiro el día anterior, alrededor de las 15 horas.

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La tecnología informativa existente en el búnker permite pre­ sumir que sí. El hecho es que la entrega pacífica ahorró más víctimas innecesarias y tal vez hasta impidió que el Tesoro de Príamo fuera aniquilado. Esa misma noche los vencedores rusos evacuaron a la dotación de la guardia y a la guarnición de la torre de defensa antiaérea. Sólo permanecieron en la casamata los heridos, el personal sanitario y el profesor. A la mañana del día siguiente, Unverzagt tuvo un encuentro alarmante: de improviso irrumpieron en el recinto 11 tres soldados soviéticos con los fusiles listos para disparar. Uno de ellos gritó en un alemán entrecortado: ¿Dónde está el oro? Al profesor se le cortó el aliento. ¿Dónde habían averiguado los rusos lo del tesoro? Desde luego, la casamata del zoológico con sus millares de objetos era un museo único, pero ¿quién les había delatado que él, Unverzagt, custodiaba el oro de Príamo? No se dio por vencido. Exigió hablar con el comandante ruso y le explicó que los tres cajones de madera contenían objetos de incal­ culable valor material e histórico. A partir de ese momento ponía dicho tesoro bajo la protección rusa. Unverzagt no vaciló —dice so­ bre el particular la esposa del profesor— en traspasar con toda leal­ tad los tesoros del museo que se hallaban en el búnker del zoológico a la custodia de ¡os jefes militares soviéticos. Sólo así podía abrigar la esperanza de que se mantuvieran intactos y más tarde se lograra negociar su devolución a los alemanes.

¿Qué otra cosa podía hacer? A diferencia de sus ulteriores crí­ ticos, Unverzagt poseía experiencia en cuestiones de restitución de obras de arte entre ex enemigos de guerra. Después de la Primera Guerra Mundial había formado parte durante seis años de la llamada Comisión para la restitución de valores. En ese momento desespera­ do creyó que al traspasar el tesoro a los soviéticos impediría al menos que el valioso bien cultural cayera en manos de ladrones y vándalos. A fin de evitar semejante riesgo los rasos destacaron ese mismo día un cueipo de vigilancia para el Tesoro de Príamo y el museo en su totalidad. Entretanto, a poca distancia del búnker la Segunda Guerra Mun­ dial llegaba a su deplorable final. Goebbels se quitó la vida después de Hitler, pero antes sacrificó a toda su familia. A las 0 horas, 40 minutos del día 2 de mayo el general Weidling, comandante de Berlín hizo difundir por radio el siguiente mensaje:

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¡Aquí, el cuerpo blindado alemán N° 56! Pedimos suspender el fuego. A las 12.50, hora de Berlín, enviaremos parlamentarios al puente de Potsdam. Señal de reconocimiento: bandera blanca delan­ te de luz roja. Rogamos respuesta. Quedamos a la espera.

La radio mandó cinco veces el mensaje al éter. Larga y angus­ tiosa espera. Por fin, se anunció chirriante la emisora de la 79 divi­

sión de guardia de artilleros del ejército rojo: ¡Comprendido! ¡Com­ prendido! Transmitimos su petición al jefe de la plana mayor.

A la hora señalada se encontraron el general Helmut Weidling y el capitán general soviético Vasili Ivánovich Chuikov. Las negociaciones se prolongaron hasta la mañana del 3 de mayo. Weidling aceptó la capi­ tulación incondicional y mediante camiones equipados con megáfonos que circularon por las calles de Berlín, todavía transitables, mandó di­ fundir la orden de suspender inmediatamente todas las acciones bélicas. No obstante, el mismo día, el gran almirante Dönitz, sucesor

designado de Hitler, hizo anunciar desde la lejana Flensburg- Miirvik el siguiente orden del día: ¡Fuerzas Armadas de Alemania! ¡Cama- radas! El Führer ha caído. Fiel a su magna idea de preservar a los pueblos de Europa del Bolcheviquismo ha puesto fin a su vida y en­ contrado la muerte de los héroes. Con él se ha ido uno de los más grandes paladines de la historia alemana. Con orgullo, respeto y lealtad inclinamos ante él las banderas. El Führer me designó su sucesor como jefe de Estado y comandante supremo del ejército. Asu­ mo el mando supremo sobre todas las secciones del ejército alemán con la intención de continuarla lucha contra el bolcheviquismo, hasta scdvar a las tropas combatientes y a los miles de familias del ámbito

oriented alemán de la esclavitud y la aniquilación ...

El 4 de mayo de 1945 se presentó en el búnker del zoológico el comandante ruso destacado en Berlín, el capitán general N. E. Bersarin. El interés del general no estaba cifrado tanto en el hospital que toda­ vía funcionaba allí, como en los objetos valiosos almacenados en sus recintos. Bersarin dio a entender al profesor que todos los tesoros del museo depositados en la casamata quedaban confiscados. Después de ser examinados por una comisión de peritos soviéticos, serían en­ viados a Rusia. Hasta entonces Unverzagt seguiría siendo director del museo de la torre de defensa antiaérea, y, como tal, responsable de que no desapareciera ninguna obra de arte ni antigüedad y todo se conservara.

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En la puerta de entrada del edificio colocaron un cartel en idio­ ma ruso del siguiente tenor:

La administración militar de la plaza ha tomado bajo su custodia la propiedad del museo. Está prohibido sustraer la propiedad. Los infractores serán llevados ante tribunal militar para rendir cuentas de sus actos.

El jefe de la comandancia

Unverzagt recibió un documento de identidad, asimismo en idio­ ma ruso, pero ya al día siguiente le fue quitado por un soldado sovié­ tico que lo tomó por una falsificación.

El drama del búnker de Friedrichshain

Unverzagt se mostró tenaz. Se había jurado no abandonar el refugio en tanto estuviera depositado allí el tesoro de Príamo y su porfía rindió frutos. Pero en el búnker del bosque Friedrichshain las cosas se desa­ rrollaron de otra manera. Este baluarte erigido en el este, y que como el del zoológico sirvió como depósito de obras de arte provenientes de diferentes museos berlineses, también cayó en poder de los sovié­ ticos el 2 de mayo de 1945, pero allí los rusos asumieron la sola cus­ todia de los tesoros artísticos. Las guardias de dos soldados por turno encargados de su vigilancia no se tomaban muy en serio sus obliga­ ciones, y según informaron los celadores alemanes Max Kiau y Herbert Eichhorn, ex encargados de esa misión, en ocasiones las puertas del búnker conquistado permanecían abiertas y cualquiera que asilo qui­ siera tenía libre acceso y podía aprovecharse a su antojo. En el búnker de Friedrichshain se guardaban a la sazón 441 cuadros, principalmente de gran formato, entre ellos siete Rubens’, tres Caravaggio; tres van Dyck\ 437 esculturas; 2065 piezas his­ tóricas de oro y plata y centenares de piezas antiguas provenientes de excavaciones. El 4 de mayo, el celador Kiau, despedido por los rusos, se acer­ có al búnker y encontró frente a la entrada a dos guardias. La conver­

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sación que mantuvo con ellos le permitió colegir que no tenían la menor noción de lo que estaban custodiando. Los guardias le permi­ tieron realizar una leve inspección de los recintos y Kiau pudo infor­ mar luego a Otto Kümmel, director general de los museos naciona­ les: En la casamata Friedrichshain todo está en orden. A los dos días, el 6 de mayo 1945, Kiau regresó a aquel lugar. Desde lejos divisó nubes de humo que salían por las puertas y venta­ nas del baluarte. Cuanto más se acercaba se iban convirtiendo en cer­ tidumbre sus peores temores: la casamata Friedrichshain ardía. ¡Dios mío!, pensó Kiau, todo sobrevivió a la guerra y ahora ... En el búnker no había electricidad y en consecuencia reinaba una absoluta oscuridad en su interior. Lo envolvió una oleada de ca­ lor y humo, pero no quedaban llamas. Los rusos ya habían apagado el incendio. Kiau se abrió camino hasta el primer piso. Se habían que­ mado el revestimiento de madera de los muros y las alacenas. Los restos carbonizados de las pinturas ardían todavía y obstaculizaban una evaluación precisa de los daños. También se había quemado el gran montacargas. El celador se vio impedido de acceder a los pisos superiores debido al humo y al intenso calor. Sin embargo, Kiau tenía la impresión de que el fuego no había llegado a ellos. Los soldados rusos encargados de sofocar el incendio echaron

de allí al alemán con muestras de enojo y fastidio. Kiau corrió a in­ formar a Kümmel, y este entrevistó al comandante ruso Lipskerov de la comandancia de Zehlendorf para recabar su ayuda. El 7 de mayo Kümmel, el comandante y sus colaboradores, la doctora Gerda Brunns y Eleonore Behrsing, esta última muy versada en idioma ruso, inspeccionaron los daños. El informe escrito medio año más tarde decía entre otras cosas:

...

Encontramos la torre sin vigilancia, accesible a cualquier

saqueador alemán o ruso y, a juzgar por lo visto, muy visitada por ellos. Oscuridad total y todavía caliente. La parte inferior de la to­ rre, que había sufrido poco deterioro por las operaciones militares, se quemó varios días después de la entrega, no se sabe a ciencia cierta sifu é a causa de una explosión o un incendió'. Como no se disponía sino de una iluminación precaria no se pudo establecer nada preciso, pero es seguro que todavía quedaban muchas obras de arte dañadas o intactas. Por consiguiente, supliqué al mayor Lipskerov que como primera medida dispusiera que nadie entrara en la torre

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para acabar con los saqueos, pero sobre tocio para no pisar los obje­ tos que yacían en el suelo entre los escombros. Asimismo para evitar que se originaran nuevos incendios, pues los buscadores de botines tienen la costumbre de utilizar antorchas de papel para iluminar re­ cintos oscuros y luego las arrojan desaprensivamente aún encendi­ das. Para nuestro pesar, todavía no ha sucedido nada ...

Max Kiau conjeturó que los causantes del incendio habían sido tal vez miembros dispersos de la SS o del grupo guerrillero de los Wenvolf que en la fase final de la guerra seguían el principio de la tierra quemada. En manos de los vencedores no debían caer nada más que personas hambrientas. Acerca dei movimiento guerrillero Werwolf cundieron ciertos rumores, según los cuales los restos de Goethe y de Schiller, traslada­ dos a un búnker de Jena a fines de 1944, debían ser volados por orden del poderoso jefe del distrito Fritz Sauckel, ante el avance de los ru­ sos. A su vez, el gobernador de Sajonia Martin Mutschmann había impartido la orden de destruir La madona sixtina de Rafael y varias obras de Rembrandt y Rubens expuestas en la Pinacoteca de Dresde. En las minas de sal de Steinberg en Salzkammergut se guardaban tesoros artísticos pertenecientes a Austria, y el jefe de distrito Eígruber había hecho correr la voz de que si Alemania perdía la guerra arroja­ ría granadas con sus propias manos en las galerías de la mina. Ya tenía depositadas bajo tierra varias bombas disimuladas en cajones de madera. Por un milagro estas acciones no llegaron a ejecutarse. Solamente en el búnker Friedrichshain la catástrofe siguió su curso. El '18 de mayo de 1945 dos empleados del museo se presentaron allí para realizar otra visita de control y encontraron el edificio vigilado por soldados rusos, pero notaron también un activo movimiento de civiles que nada tenían que hacer en ese lugar. Subieron por las escaleras y, al llegar a los pisos superiores donde se guardaban obras de arte irrecuperables, quedaron petri­ ficados: todo estaba quemado y devastado. Los soldados rusos sólo reaccionaron a las recriminaciones en­ cogiéndose de hombros. Las pesquisas dieron como resultado que la catástrofe, la destrucción de obras de arte más importante en Alema­ nia durante la Segunda Guerra Mundial, se produjo entre el 14 y el 18 de mayo, o sea pocos días después de la capitulación. Nunca se pudo aclarar realmente si en esos momentos el lugar estaba sin vigilancia,

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si los guardias rusos fueron sobornados o si un descuido (quizá tam­ bién una acción premeditada) o un grupo de saqueadores fue la causa del segundo incendio. Una investigación realizada más tarde con los

soviéticos y dada a conocer a principios de 1946 alude a un incendio provocado por detonantes unidos entre sí como una red.

Tampoco se pudo averiguar con certeza cuántas obras de arte y cuaáles habían sido destruidas en realidad o sólo robadas. Entre las pinturas que se supuso habían sucumbido en el búnker de Friedrichshain se encontraban un San Sebastián de Giovanni Conta- rini, de la famosa dinastía noble veneciana. Este cuadro apareció en 1982 en Londres en una subasta de Sotheby y se adjudicó a un oferente. La exposición de cuadros realizada en el Museo Pushkin de Moscú y en el Ermitage de San Petersburgo en la primavera de 1995 confirmó que mucho de lo dado por definitivamente perdido había permane­ cido escondido durante décadas en los archivos soviéticos.

Cómo desapareció el tesoro de Príamo

El búnker del zoológico, donde todavía estaba almacenado el Tesoro de Príamo, no sufrió semejante destrucción. La gran pérdida de bienes culturales irrecuperables, ocurrida bajo la responsabilidad rusa, obró como un enérgico shock y justificó la ulterior conducta del Soviet. Poco más tarde, la comandancia rusa envió a la casamata del zoo una comisión de peritos integrada por diecisiete personas: milita­ res, diplomáticos, historiadores de arte y expertos de museo. Entre estos, varios miembros de la Academia de Ciencias de la URSS. En­ tre los diplomáticos se encontraba uno al que Unverzagt conocía al menos de nombre: Andrei Smirnov. El diplomático del Soviet, de treinta y seis años de edad, había comenzado su carrera diplomática en 1937 en Berlín como joven consejero de embajada y más tarde, desde 1957 a 1966, fue embajador en Bonn. Smirnov y sus acompañantes instaron a Unverzagt a abrir to­ dos los cajones que se encontraban en el búnker. A la vista del mate­ rial en ellos contenido, elaboraron un inventario en lengua rusa. En medio del caos general reinante en el búnker, también se produjeron robos.

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Como no podía esperarse de otro modo, el tono de los vencedo­ res para con los vencidos fue bastante rudo. Los rusos no toleraban contradicciones, ni siquiera preguntas, por lo cual Wilhelm Unverzagt ignoró hasta el último momento el destino al que fueron enviados los cajones el 13 de mayo de 1945. De las anotaciones de su diario, se desprende que el profesor no entregó a la comisión rusa sino al final los tres cajones que contenían el Tesoro de Príamo; esto fue el 26 de mayo de 1945. Frente a la pesada puerta de hierro de la casamata se detuvieron tres camiones del ejército ruso mimetizados con manchas verdes y castañas. Ostentaban respectivamente como distintivo las cifras 569425,569398 y 569393 en color blanco. Los soldados carga­ ron en el último los tres cajones señalados con las letras MVF 1, MVF 2, MVF 3, después de lo cual el convoy se puso en movimiento a través del paisaje lleno de cráteres del zoológico bombardeado. Unverzagt subió al primer piso del búnker donde había instalado una

vivienda temporal. Se sentó en un cajón de madera que habían dejado y que de allí en adelante le serviría de mueble y escondió el rostro entre las manos. Una testigo ocular que presenció el traslado de tesoros artísti­ cos a otro lugar, la científica de arte Irene Kühnel-Kunze, recuerda: A nosotros, que realizamos nuestra tarea en los museos ele Berlín du­ rante toda la guerra, soportamos los bombardeos, e inmediatamente después de cesar los combates en las calles de nuestra ciudad regre­ samos a los museos en las circunstancias más difíciles, nos afectó profundamente ver cómo se llevaban esos tesoros. El traslado de las bibliotecas manuales, ficheros, colecciones de fotos y otras partes de nuestro aparato de trabajo nos sumió en un estado de total desespe­ ración. No nos espantaron las largas caminatas de siete o más ho­ ras, entre ruinas y cadáveres, corriendo toda clase de riesgos perso­ nales para llegar al centro desde los suburbios del oeste.

Vencedores y vencidos

Lo que los soviéticos denominaron poner en lugar seguro fue una acción cuidadosamente planificada. El solo hecho de que pocos días después de la capitulación de Alemania una comisión de exper­

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tos inspeccionara los tesoros artísticos da prueba de ello. El motivo de su premura es evidente: los rusos sabían que tan pronto como los aliados entraran en la ciudad tendrían que compartir con ellos el bo­ tín. Por consiguiente, trasladaron enseguida todas las obras de arte incautadas a su cuartel principal, la administración militar soviética de Berlin-Karlshorst. Karlshorst se encuentra en Berlín Oriental, y más tarde se convirtió en la sede de la comisión de control y la Alta Comisión de la Unión Soviética en la República Democrática Ale­ mana.

Por supuesto, lo que los soviéticos dijeron acerca de las incur­ siones de los vencedores en busca de botines suena del todo diferen­ te. A treinta años de finalizada la guerra, Andrei Belokopitov, un co­

ronel que participó en la acción de salvamento, recordaba: Con una mirada retrospectiva, lo más importante de nuestra labor consistió en su factor moral. Todavía no se había extinguido el eco de la últi­ ma salva — las tareas de rescate de las placas del altar de Pérgamo comenzaron el 13 de mayocuando se acometió un trozo de futuro en el que nadie osaba pensar frente a tantos millones de muertos. Nuestros soldados desenterraron los tesoros literalmente con sus propias manos, a riesgo constante de sus vidas (los refugios en los que se guardaban muchas piezas valiosas estaban minados en par­ te). El búnker tenía la altura de un edificio de doce pisos. En una de las plantas del medio estaban almacenadas las placas del altar de Pérgamo. Sacarlas de allí sin daño fue una tarea sobrehumana. Cien­ tíficos y expertos alemanes se presentaron y ofrecieron su coopera­ ción.

Günther Schade, único director general de los museos naciona­ les de Berlín hasta el cambio, cita esta declaración en un informe con motivo del Cuadragésimo aniversario de la liberación del pueblo alemán del fascismo. Schade dice textualmente: A pesar de los inten­ sos esfuerzos de los colaboradores, las condiciones catastróficas de la isla de los museos berlineses no pudieron mejorarse en esencia durante el año 1945. Con la proximidad del invierno aumentaron los peligros condicionados por la temperie para las obras de arte que quedaban aún en los museos destruidos. Menudearon también las incursiones en los recintos precariamente asegurados y los robos. La isla de los museos, abierta en todas direcciones, no podía ser custodiada con las fuerzas propias, de modo que el director general,

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el profesor Carl Weickert, debió personarse en la comandancia del distrito de la ciudad que funcionaba en Friedrichsstrasse 122 para recabar ayuda. Así se consiguió el concurso de una guardia militar para la protección de las obras de arte. ¿Y cuál era el panorama real en aquel entonces, en mayo de 1945? La doctora Irene Kühnel-Kunze informa al respecto: En la isla de los museos todavía resistían, junto al portero y algunos obreros, la doctora Gerda Brunns y el profesor E. F. Bange. El silencio de los cañones no trajo para ellos ningún alivio en su defensa de los mu­ seos. De allí en adelante debieron defenderse noche y día de los sa­ queos, las destrucciones malévolas y las amenazas personales. A veces, alguno de nosotros pasaba la noche con ellos para acompa­ ñarlos en su perseverante resistencia en esa terrible situación. Fi­ nalmente, la extenuación nerviosa le costó la vida aE.F. Bange. Los rusos lo consideraban el responsable de los museos y no dejaban de someterlo a constantes interrogatorios en la idea de que conocía depósitos secretos de armamentos. Lo arrestaron, lo llevaron al edi­ ficio de la comandancia rusa frente al canal Kupfergraben y cd cabo de unos días lo dejaron en libertad. Pero la segunda vez. que lo arres­ taron, el 30 ele junio de 1945, ingirió veneno cuando lo transporta­ ban por el puente del canal del Spree. De acuerdo con lo informado por los guardias rusos, entró agonizante en el edificio de la coman­ dancia. Nuestras gestiones ante ¡as autoridades para que nos permi­ tieran sepultarlo, no tuvieron éxito ...

Por temor a las violaciones las mujeres usaban gafas que pedían prestadas si no tenían, porque había corrido la voz de que las mujeres con gafas espantaban a los soldados rusos. Es curioso,

al parecer no había rusos con gafas. Escuchar de boca de uno de

ellos

“¡Mujer, ven conmigo!” era la frase más temida en aquellos

días.

Recorrían las calles camiones cargados de barriles de pintura al óleo. Los letreros de las calles que no habían sido destruidos eran pintados por soldados y escritos con caracteres cirílicos. En las boca­ calles había apostadas mujeres rusas de botas y armas, con banderi­ nes para dirigir con enérgicos movimientos un tránsito que brillaba por su ausencia. Berlín, toda Alemania, había dejado de existir. A los perde­ dores se les quitó todo, hasta la hora, la cosa más cotidiana del mun-

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do. La orden N° 4 de las tropas de ocupación y de la comandancia militar de Berlín, fechada el 20 de mayo de 1945, rezaba: Hasta la emisión de nuevas disposiciones se trabajará en la ciudad de Berlín

según el

horario vigente en Moscú ...

Al caer la noche comenzaba la animación. El hambre hacía sa­ lir a la gente como ratas de sus casas convertidas en ruinas para ir a robar. Todo venía bien, y, si no se encontraba algo comestible, se buscaba al menos algo combustible: vigas de madera o ramas de ár­ boles para cocer patatas. Sólo había electricidad en unas pocas calles

y se suministraba de forma irregular. Se decía que pasaría bastante tiempo antes de restablecerse el suministro de gas, oficialmente debi­ do a la destrucción de la red de cañerías, extraoficialmente para que no se suicidara más gente.

La suerte de un miembro del Partido

Incontables miembros del Partido Nacional Socialista pusieron fin a sus vidas. Wilhelm Unverzagt también se hab'ía afiliado a la NSDAP en 1938, de acuerdo con las declaraciones de su viuda Mechthilde bajo amenaza de perder su puesto de director del museo, en beneficio de otro candidato más agradable al Partido. A las pocas semanas de entrega de los tesoros artísticos del búnker del zoológico a los soviéticos, el director general interino de los museos berlineses, el Dr. Herbert Dreyer, envió a Unverzagt su nota de despido. Tres semanas más tarde echaron al propio Herbert Dreyer, pues su nombre también figuraba en la lista de miembros de la NSDAP. Unverzagt estaba atribulado. Ignoraba que los tres cajones que contenían el Tesoro de Príamo ya habían sido fletados hacia Moscú con un avión militar ruso el 30 de junio de 1945, o sea antes de la llegada de los americanos a Berlín. Lo único que sabía era que había sido el último alemán en ver el tesoro, y otros también estaban al tanto de esa circunstancia. Concluida la guerra, Unverzagt tuvo que afrontar demandas pro­ venientes de todo el mundo acerca de la suerte corrida por el Tesoro de Príamo. Su respuesta era invariablemente la misma: los soviéticos se habían encargado de ponerlo a buen recaudo y, sin duda, algún día

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retornaría a Berlín conforme al convenio de restitución de obras de arte confiscadas. Cuando en 1958 Rusia devolvió a la República Democrática alemana 4.000 objetos hallados por Schliemann en sus excavaciones, el hecho de que no se encontrara entre ellos el Tesoro de Príamo de­ bió sin duda significar para Unverzagt la mayor decepción de su vida. A las consultas formuladas a los responsables en Moscú, estos aduje­ ron no saber nada de ese tesoro. Tampoco hubo reacción alguna a los informes periodísticos que hacían la misma pregunta. El tesoro de Príamo era tabú. Wilhelm Unverzagt no creía ya que su tesoro volviera a ver alguna vez la luz del día. Cuando el arqueólogo Sterling Dow de la Universidad de Harward le consultó en 1961 si había alguna oportu­ nidad de recuperarlo, el berlinés le contestó resignado: En respuesta a su consulta del 3 de abril de 1961, lamento informarle que de los hallazgos de Troya almacenados en la casamata del zoológico (no en la de Friedrichshain) para preservarlos de los bombardeos, en espe­ cial el Tesoro de Príamo, desgraciadamente no se ha sabido nada

hasta el día de hoy. Hay motivos para

creer que en el ínterin fu e ­

ron fundidos con los demás objetos de oro del Museo Nacional de

Prehistoria e Historia Antigua de Berlín, de modo que debemos especular con su pérdida.

Diez años más tarde, el 17 de marzo de 1971, el profesor Whilhelm Unverzagt dejó de existir. Al revisar sus pertenencias su viuda hizo un enigmático descubrimiento: el profesor había guarda­ do en varias cajas de cartón un archivo completo de microfilms. Su evaluación permitió establecer que en las películas habían quedado registradas las listas del inventario del museo dirigido por Unverzagt y de este modo los muchos millares de objetos de la colección Schliemann. El descubrimiento dio pie a muchas conjeturas pero una en par­ ticular, a saber: ¿qué motivo había impulsado a Unverzagt a mante­ ner ocultas estas películas tan importantes para la investigación y la ciencia? Se dieron las especulaciones más diversas: ¿era esa una suerte de venganza personal por haber sido relevado de su cargo de director del museo después de la guerra? ¿Tenía la intención de convertir en dinero esas películas a uno u otro lado de la cortina de hierro? ¿O ya no tuvo coraje de devolver las películas cuando las sacó de su escon-

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dite secreto después de la guerra? ¿Acaso no debía temer que sospe­ charan también que había ocultado el Tesoro de Príamo? ¿O, en los días y las noches solitarias pasadas en el búnker del zoológico, no habría sucumbido tal vez a la tentación de escamotear parte del oro, lo cual se habría descubierto a través de las listas del inventario? De hecho, esas listas se tomaron en microfilm antes de la gue­ rra y nadie podía esperar que después dichas películas sobrevivirían a la misma. Su descubrimiento fue causa de que después de la muerte el profesor cayera en descrédito. Una y otra vez aparecían artículos perio­ dísticos que achacaban a Wilhelm Unverzagt la culpa de la des­ aparición del Tesoro de Príamo, y esgrimían la aseveración de que el profesor y algunos jerarcas nazis lo habían enterrado para convertir más tarde el oro en dinero. Cuando Mechthilde Unverzagt halló por primera vez el diario

de su marido concibió la idea lógica de rehabilitar a Wilhelm y publi­ car el material que tal vez. sería útil para más debates. Sin embargo, debió comprobar resignada: Se sabe, no obstante, que siguen faltan­ do los objetos más valiosos que habían sido embalados con los meta­ les nobles en los tres cajones, si bien precisamente se puede seguir con toda exactitud el curso de su ocultación y entrega por el propio Unverzagt a ¡as fuerzas de ocupación soviéticas. Lo que permanece en sombras es la suerte corrida de allí en adelante ...

La oscuridad se disipa

Las condiciones políticas de aquella época fueron responsables de la desaparición del Tesoro de Príamo, y las nuevas condiciones políticas también fueron las que favorecieron que este volviera a salir a la luz. Durante cuarenta y cinco años se lo consideró perdido. Sólo había una media docena de personas que estaban en'el secreto, que conocían su escondite. De ahí que hasta funcionarios de alto rango de los museos soviéticos a los que interesaba su hallazgo ignoraran su paradero. Boris Piotrovski, director del Ermitage de San Petersburgo, en cuyos depósitos se sospechaba desde hacía mucho que debía en­

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contrarse el apetecido oro, declaró en su descargo en 1990 que nada podía informar sobre el paradero del tesoro, pero que con seguridad no estaba en los depósitos del Ermitage. La Glasnost y la Perestroika abrieron nuevas posibilidades en la Unión Soviética y los buscadores del tesoro de Occidente contaron con la protección de Oriente. Dos historiadores de arte moscovitas, Grigori Kaplov y Konstantin Akinsha, hicieron un descubrimiento decisivo. En las investigaciones que realizaron en el Archivo Nacio­ nal Central de Literatura y Arte de Moscú, encontraron los papeles de expedición de aquellos tres cajones MVF 1 MVF 2 y MVF 3 que el profesor Unverzagt había entregado a los rusos el 26 de mayo de 1945. De acuerdo con esa documentación la carga había sido enviada al Museo Pushkin de Moscú. Irina Antonova, su resoluta directora, se molestó por la publicación de dicha información y la desmintió de plano. El tesoro no se encontraba en el depósito de su museo. El mi­ nistro de Cultura Jevgeni Sidorov también respondió con un rotundo niet a la consulta oficial de Alemania. El tesoro no estaba en Rusia. ¿Fué intención o un contratiempo diplomático? En ocasión de una visita de Estado a Grecia, en junio de 1993, el presidente ruso Boris Yeltsin, ofreció a la ministra de Cultura, Dora Bakoyannis, la cesión del tesoro de Príamo para una exposición en la mansión Schliemann en Atenas, la villa Ilion Melathron. Embaucó de este modo a su propio ministro de Cultura, Sidorov, quien, en las negocia­ ciones ruso-germanas realizadas entretanto para la restitución de bie­ nes culturales, había insistido en que el tesoro no se encontraba en su país.

Poco más tarde, Irina Antonova se vio obligada a admitir que el tesoro estaba guardado en su museo, si bien no en el depósito entre miles de obras de arte, sino en un pequeño recinto aislado de la sec­ ción de numismática. Sólo se accedía a él desde un salón, pero estaba protegido por una puerta de hierro. El 24 de octubre de 1994 esta puerta de hierro se abrió por primera vez para los peritos de museo de Alemania. Era lunes y el edificio estaba cerrado para el público. De este modo, inadvertidos, el profesor Winfried Menghin, el conservador mayor Dr. Klaus Goldmann, el jefe.de restauradores Hermann Born y el intérprete Dr. Burckhardt Goeres pasaron a un apartado saloncito de la planta baja. Los recibieron la directora del museo, Irina Antonova, y el director

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de la sección de arqueología, el Dr. V. Tolstikov. Juntos subieron por la gran escalera al piso superior del museo. Allí traspusieron una pe­ queña puerta lateral, detrás de la cual apareció una angosta escalera de caracol que remataba debajo de la cubierta. Muy agitados, recuerda el Dr. Klaus Goldmann, no sólo por la ascensión, entramos en un recinto tubular provisto de hileras de vi­

trinas adosadas a ambos lados y dispuestas en el centro ...

Sobre una

mesa había guantes blancos. De la pared pendía un óleo de Heinrich Schliemann. El propio arqueólogo no hubiera podido presentar me­ jor el espectáculo. Tolstikov y su jefe de restauradores Treister trajeron una ban­ deja y la dejaron frente a los huéspedes alemanes sobre la mesa cu­ bierta de fieltro verde: allí estaba el tesoro de Príamo, desaparecido durante medio siglo, al que consideraban definitivamente perdido, el que había generado leyendas y sagas, un tesoro de valor incalculable, una de las herencias culturales más grandes de la humanidad. Los científicos alemanes tuvieron conciencia de ese histórico momento y los embargó la emoción. ¿A qué obedece la fascinación de este tesoro? ¿Al valor del oro? ¿A su antigüedad, que eclipsa la de la misma Biblia? ¿Al hábito de la gran historia heroica que envuelve a Príamo, el últi­ mo soberano de un reino perdido? ¿O al Secreto en torno del enigmático poeta Homero, que nos familiarizó con los fantásticos mitos de la decadencia de Troya? Sin duda, todo esto juega un papel en la fascinación que emana del Tesoro de Príamo, pero todavía hay más: un hombre y su destino. Así como la máscara de oro de Tutankhamon está indisolublemente unida a la historia de su descubridor Howard Carter, el Tesoro de Príamo lo está con la historia de su excavador Heinrich Schliemann:

son una unidad y no se concibe uno sin el otro. Ambos se han convertido en tema y protagonistas de un cuento moderno, y como todo cuento, se desarrolla en un mundo lleno de maravillas, en el que todos los anhelos del hombre se cumplen feliz­ mente. El motivo es el de Pulgarcito, el pobre pequeñín, más pobre y más pequeño que todos los demás y que, sin embargo, alcanza la riqueza y el éxito. Como en todos los cuentos, es soñador y románti­ co, realista y cruel, fantástico y en ocasiones increíble.

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C

a p it u l o

D

o s

El comienzo de una gran carrera

  • Mi vivienda, que me costaba al mes ocho francos, era una

miserable buhardilla sin calefacción; en invierno el frío me hacía tiritar y en verano me abrasaba el calor. Mi desa­ yuno consistía en una papilla de harina de centeno y mi almuerzo nunca costaba más de cuatro dreiers. * Pero nada incentiva más el estudio que la miseria y la segura perspecti­ va de que, mediante el trabajo arduo y tesonero, puede uno librarse de ella.

Heinrich Schliemann

Hamburgo, septiembre de 1841. En aquel entonces la ciudad libre y hanseática tenía poco en común con la metrópoli de nuestros días, pero, para un muchacho de diecinueve años proveniente de Mecklenburg, Hamburgo era una re­ velación, una ciudad que, como él mismo decía, lo convirtió en soña­ dor y se arraigó tan profundamente en sus sentimientos que de allí en adelante no pensó sino en vivir en grandes urbes.

*

M oneda de 2 a 5 pfennigs.

(N.de la T.).

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No le quedaban más que veintinueve rixdals de la parte que le correspondía de la herencia materna y que había reclamado hacía poco tiempo. Tan modesto capital inicial debía servir de base para su ca­ rrera. El joven Schliemann pasó la primera noche a dos millas del centro de la ciudad, en Heydkrug, una posada barata. Pero, cuando despertó a la mañana siguiente y vio desde su ventana la silueta de la ciudad con sus torres, se apoderaron de él sentimientos grandiosos, indescriptibles, llenos de presentimientos; sentimientos tan podero­ sos que le hicieron olvidar por espacio de toda una hora que estaba desnudo ante la ventana, mirando arrobado.

Oh, deberíais ver esta magnificencia y esta elegancia que se

ofrece a nuestros ojos, escribió a sus hermanas Wilhelmine y Doris en una carta de sesenta y cuatro carillas. ¡Tendríais entonces un con­

cepto muy distinto de la riqueza de este mundo!

¡Qué multitud, qué

... frecuencia, qué alboroto y qué vida comercial en las calles. Cami­

nan, se apretujan y se mezclan y todo parece un enorme caos. Más

adelante:

...

El

incesante griterío de los vendedores que ofrecen sus

mercancías a voces en cuello mientras andan al trote por las calles

balanceando el bulto sobre la cabeza, el continuo matraqueo de los coches que corren veloces por las calles en hileras ininterrumpidas, Jas campanadas de los relojes y el agradable sonido de los carillones desde todas las torres aturden de manera tan enérgica el oído del forastero que no logra entender ni sus propias palabras.

En medio de este caos que lo envolvió, el joven no perdió la cabeza y se impuso el firme propósito de encontrar un empleo y lue­

go alojamiento, pues con veintinueve táleros no se podía ir muy le­ jos. El buen Theodor Hückstädt, un comerciante de Fürstenberg para quien el joven Schliemann había vendido arenques y aguardiente, se mostró servicial, le suministró cartas de recomendación para varios de sus proveedores de Hamburgo. Si bien el muchacho no era robus­ to, tenía mucha voluntad y merecía una oportunidad. En consecuen­ cia, Heinrich disponía de una cierta cantidad de lugares donde ir a llamar a la puerta.

En cada edificio hay un comercio y los carteles que llegan des­ de el suelo al segundo piso, en los cuales están pintados los produc­

tos y las mercancías en venta, especifican la rama a la que se dedica

cada cual

Visité uno tras otro a los comerciantes para los que tenía

... recomendación, a saber los señores Marek & Co, Wm. Oswald & Co,

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Fesser & Vielhack, Conrad Warncke y H. F. Prehn, me presenté, en­ tregué la carta respectiva y todos me prometieron amablemente ayu­ darme en la medida de sus fuerzas a conseguir la meta que me había propuesto ...

AI segundo día Schliemann tuvo suerte. El hijo del comercian­ te S. H. Lindemann lo empleó como encargado de su depósito en el mercado de pescado, pero, al cabo de tres jornadas extenuantes, tuvo que renunciar. Arrastrar bolsas, dar vueltas a la manivela del cabres­ tante con la que se izaban las balas de mercancías hasta el quinto piso

le robaron sus últimas fuerzas. Tuvo miedo de empezar a escupir sangre de nuevo, como ya le había ocurrido después de realizar es­ fuerzos físicos considerables, y pidió, pues, un trabajo menos agotador, pero Lindemann no tenía nada que ofrecerle y fue despedido. El muchacho reanudó la búsqueda de otro empleo. Estaba dispuesto a realizar cualquier tarea por algo de dinero, siempre y cuan­ do no fueran tan pesadas, pero no encontró nada aceptable. Con su escasa talla de un metro sesenta y sus piernas cortas muchas veces provocaba risa cuando se presentaba. Heinrich pensó que su cuerpo necesitaba endurecerse y casi a diario se daba un baño en las heladas aguas del Alster, aun en no­ viembre. El procedimiento tuvo sin embargo consecuencias catas­ tróficas. Mientras tanto, había conseguido trabajo con E. L. Deycke, en el puerto interior de Mattentwiete, sin pago, sólo por comida, pero empezó a escupir sangre. Durante una semana logró mantener en se­ creto su enfermedad. Cuando lo descubrieron volvió a perder su em­ pleo.

Aunque no se daba lujo alguno, su peculio iba menguando cada vez más. Si no quería acabar como vagabundo o mendigo tendría que pedir dinero prestado. ¿Quién le daría siquiera un kreutzer a un de­ pendiente de almacén enfermizo y sin ocupación? Pedirle a su padre le hubiera costado vencer una gran resis­ tencia, tenía demasiado orgullo para eso. En su aflicción recordó al tío Wachenhusen de Vipperov. Heinrich le escribió una carta desgarradora en la cual le aseguraba que sin su ayuda-pecuniaria aca­ baría por morir. El desesperado ruego de ayuda no quedó sin respuesta. El tío de Vipperov mandó diez táleros —a devolver antes de Navidad— , si bien al mismo tiempo expuso sus quejas a Elise, hermana de Hein-

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rich, por la desfachatez del mocoso. Cuando esto llegó a sus oídos Heinrich juró no pedir jamás ni una migaja de pan a un pariente.

Sueños hanseáticos

Con diez táleros en el bolsillo y ninguna entrada no podía dar grandes saltos. Lo único que le sobraba era tiempo, mucho tiempo, y lo empleó para hacer sus observaciones. Aspiró profundamente el aire excitante de la gran ciudad, y seguramente los dos meses y me­ dio junto al Alster dejaron en él una impronta mucho más marcada que cualquier permanencia prolongada en otra ciudad: Heinrich Schliemann se convirtió en un hanseático, o al menos se propuso llegar a serlo. Los fríos comerciantes y hombres de negocios de la antigua ciudad hanseática impresionaron al dependiente provinciano. Su ma­ nera de manipular el dinero y las mercancías, comprar y vender sin que lo uno ni lo otro pasara siquiera por sus manos, provocó su admi­ ración. La sociedad distinguida que pudo observar allí, al menos desde lejos, esos caballeros importantes y respetables, esas damas vestidas con distinción (sobre todo aquellas entre comillas) lo asombraron y al mismo tiempo despertaron su necesidad de ser como ellos. Gene­ raban sueños, y Heinrich estaba precisamente en esa edad en que los sueños que se alimentan ya no son las fantasías irrealizables de la infancia, sino que se truecan en metas reales que con esfuerzo y tra­ bajo se pueden alcanzar. Quería convertirse en un hanseático, uno de esos respetables comerciantes ataviados con distinción que por la mañana emprende camino a la Bolsa, que no necesita competir por las mujeres porque ellas lo persiguen, y desde luego, no muchachitas como su amiga de la adolescencia Minna Meincke, oriunda de Ankershagen, sino orgu- llosas señoras, imponentes con sus atractivos atuendos. Ciertamente él era de baja estatura e insignificante, pero allí en Hamburgo, se percató por primera vez de que había un medio sencillo para hacer olvidar su triste apariencia: el dinero. El dinero embellece. ¿Qué tenían que ofrecer los señores Fesser

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y Vielhack, Marek, Wilhelm Oswald, Warnke y Prehn como no fuera una fortuna respetable? Eran todos hombres rechonchos y, a diferen­ cia de él, decrépitos; sin embargo, las suyas eran las mujeres más bellas. En esos meses pasados en Hamburgo concibió la idea de que sólo el dinero y la riqueza podían acrecentar sus sentimientos en cuanto a su propio valor. Tenía diecinueve años y había abandonado la espe­ ranza de crecer más, pero se convenció de que el dinero podía hacer un gigante de un enano. Con sólo diez táleros prestados en el bolsillo, la evolución as­ pirada estaba muy lejos todavía, y Schliemann tampoco sabía a cien­ cia cierta cómo lo lograría, pero sí estaba seguro de hacerlo. Alquiló un cuartucho junto al mercado del puerto. El casero, un hombre parlero, escuchó las cuitas del infeliz Heinrich y quizá por compasión envió al joven al salón de Peter Müller en la calle Neustrasse de la ciudad nueva. Era un establecimiento muy conocido en el cual alternaban cuatrocientas damas. Por ochenta pfennigs un pobre diablo como él sólo podía pasar toda una noche mirando, pero para Schliemann, aun esas pocas monedas que costaba la entrada, eran demasiado. Con ese dinero podía mantenerse tres días. En con­ secuencia, convenció al cajero de que no había acudido allí para di­ vertirse. Recién llegado de Mecklenburg, le habían contado de esa octava maravilla del mundo y sólo pretendía echarle un vistazo, por así decir, a modo de estudio. La artimaña resultó. Schliemann permaneció en el estableci­ miento cinco horas. Admiró el pomposo salón de 120 arañas y 200 columnas de mármol, circundado por una galería y suave piso de cao­ ba. En una carta a sus hermanas describió el ajetreo en la casa de

Miiller con floridas palabras: Los caballeros se reúnen en el centro del salón, pero ninguno se quita el sombrero. En derredor, sentadas en bellas butacas, las damas esperan que las inviten a bailar. Si no basta el esplendor y la magnificencia del salón o la música que des­ ciende de las galerías para embelesar y aturdir, lo logra la vista de estas mujeres: uno cree realmente ver revivir los viejos y maravillo­ sos tiempos del mundo de las hadas. No ya sus vestidos de genuino terciopelo y seda que a ninguna emperatriz avergonzaría lucir, sino esos rostros, la cálida nieve de la cara y el cuello, esas mejillas colo­ readas de carmín, los labios de fuego, el fino arco de las cejas como pintadas con tinta china y la negra cascada de rizos que coronan

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esas adorables cabezas como un trozo de oscuridad egipcia. No es fácil ver esto en el mundo. Permanecí largo rato azorado junto a la puerta, hasta que atraje la atención de varias miradas. Entonces me

recobré y avancé hacia el centro del salón para unirme a los cente­ nares de caballeros allí congregados.

En aquel momento, el joven Heinrich no se había percatado

que las bellezas pintarrajeadas no eran sino venales damas galantes. No tenía duda alguna, se justificaba en su carta, de que tocias esas clamas, más de cuatrocientas, provenían de las más distinguidas fa ­

milias de Hamburgo, pero se dedican al placer, viven en la calle Damtorwall y de noche concurren a este famoso salón. Por consi­ guiente, sería impropio que fueran allí las damas honestas. En cam­ bio, los caballeros de los más distinguidos estamentos y altos cargos honoríficos consideran un honor buscar diversión en este lugar. El mismísimo gran duque heredero de Schwerin acudió al salón de Müller en ocasión de su visita a Hamburgo.

La experiencia recogida le causó una impresión tan duradera que de allí en adelante sólo despertarían su interés las damas ostento- sas. El carácter era secundario, y eso resultó para él una fatalidad en años posteriores. Pasadas unas semanas, Schliemann tuvo la firme convicción

de que no había nacido para vivir en la provincia de Mecklenburg, pero era realista, una cualidad que lo distinguió a pesar de sus ensue­ ños de adolescente, y comprendió muy bien que en Hamburgo las uvas estaban demasiado altas para él, en todo caso no veía alternativa para una carrera rápida. Por primera vez pensó en emigrar. Emigrar, palabra mágica en la primera mitad del siglo xix, úni­ ca y última esperanza para los desocupados, los anárquicos y los des­ heredados. Cuando Schliemann nació, comenzó en Europa un movi­ miento emigratorio de proporciones inimaginables. Sesenta millones, de personas emprendieron la ardua búsqueda de una nueva existen­ cia, principalmente más allá del Atlántico. En una centuria, sólo América recibió treinta y cuatro millones de emigrantes y, aun cuan­ do un tercio de ellos regresó arrepentido al terruño, acosado por la nostalgia y tan pobre como antes, otros no cejaron en su empeño de buscar su felicidad en tierras lejanas.

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La última esperanza de Heinrich: emigrar

Había terminado con su pobre adolescencia en Mecklenburg, su querida madre había muerto, su padre calavera no le inspiraba más que desprecio, ¿qué dejaba pues en Alemania? Heinrich había disentido a menudo con su hermano mayor Ludwig, menos inteligen­ te y sagaz, pero en ciertos aspectos un modelo para él, sobre la posi- bilidad de emigrar y las oportunidades que podrían ofrecérseles en ultramar. Sin embargo, a pesar de la vecindad de los barcos que baja­ ban por el Elba enfilando la proa a toda vela rumbo a Boston o Nueva York, América seguía tan lejana como un sueño, porque al muchacho le faltaba el dinero para el pasaje. Mientras buscaba un nuevo trabajo que no resultara demasiado agotador, el azar fue en ayuda del desafortunado joven. Entre las car­ tas de recomendación que había llevado a Hamburgo se encontraba una dirigida al agente marítimo G. F. Wendt, compañero de escuela de su difunta madre. Wendt se compadeció del pobre Heinrich y lo­ gró que los señores Declisur & Böwing le concedieran una entrevis­ ta. La prueba de correspondencia en alemán, francés e inglés que rindió satisfizo a los empleadores y decidieron enviarlo a una de sus sucursales, por supuesto no en Hamburgo, Bremen o Rostock; no, en La Guaira, Venezuela, a orillas del Mar Caribe. La nave de la compa­ ñía, La Dorothea, ya estaba en el puerto, preparada para zarpar. Nada convinieron sobre el salario. A su juicio, habría de fijarse en el lugar de desempeño de acuerdo con su rendimiento. El viaje no le costaría nada y podría comer gratis durante los catorce días de la travesía. Eso sí, tendría que procurarse la ropa de cama. Aunque el ofrecimiento lo sorprendió por lo inesperado, no va­ ciló ni un instante en aceptarlo. Para adquirir un colchón de algas y dos mantas de lana, el equipo para dormir a bordo, tuvo que vender su única chaqueta. Sabía ya entonces que el hábito hace al monje y que un joven sin chaqueta no era nadie, pero el trueque era ineludible si quería aprovechar esa oportunidad. De una cosa estaba bien seguro: un día regresaría de la distante América con un cargamento de baúles, uno de ellos repleto de ropa, ropa distinguida, chaquetas y trajes de fino paño como los que usaban los ricos comerciantes hamburgueses. Schliemann se contradice al hacer la relación de esta travesía a Venezuela y de las circunstancias que rodearon la empresa. Ora dice

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que se enroló como grumete y le obligaron a realizar las tareas más pesadas; ora menciona que a bordo del Dorothea viajaban tres pasa­ jeros: un carpintero hamburgués, su hijo y él, Heinrich Schliemann. Los críticos manifestaron sus dudas acerca de si la historia de la travesía no sería pura invención, si en realidad Schliemann no ha­ bía viajado por tierra, donde la presunta travesía por mar acabó invo­ luntariamente. De hecho, existió una goleta Dorothea botada alrede­ dor del año 1841. En la lista de tripulantes para el proyectado viaje a América del Sur, figuran dieciocho nombres, pero no aparece el de Schliemann. No existe una lista de pasajeros pues en aquel tiempo no se acostumbraba llevarla. Ahora bien, el naufragio de la nave frente a la costa holandesa fue auténtico. Es, pues, admisible que Schliemann se enterara del siniestro del Dorothea a través de los periódicos y decidiera incorporar el episodio en su propia biografía, como proce­ dió más tarde con el incendio de San Francisco. Naturalmente, surge la pregunta: ¿por qué Schliemann haría semejante cosa? La respuesta es: aquí pugnaba ya por acceder a pri­ mer plano, lo que durante toda su vida habría de distinguirlo, a saber, su inclinación a las grandiosas escenificaciones propias. Y un hom­ bre semejante no viaja simplemente de Hamburgo a Amsterdam, lo lleva allí el destino. Schliemann era todo menos un creyente, pero creía en una Providencia sobrehumana que lo había escogido para logros sobrehumanos.

Naufragio frente a la costa de Holanda

Según la versión del relato hecho a sus hermanas Wilhelmine y Doris, el Dorothea zarpó de Hamburgo el 28 de noviembre de 1841; a las cuatro de la madrugada. En aquellas latitudes, a tan temprana hora, debió de reinar una gran oscuridad dada la estación del año. Sin embargo, Schliemann escribió que los cañones lanzaron una salva de saludo y despedida, dato en extremo dudoso si se tiene en cuenta el momento del día y el porte insignificante de la embarcación. Debido a los vientos desfavorables, la goleta tuvo que anclar frente a Glückstadt y no fue sino hasta el 30 de noviembre cuando marchó rumbo a Cuxhaven.

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Al anochecer del mismo día, cuando ya se encontraban en mar abierto, rumbo al oeste, se abatió sobre ellos una violenta tempestad proveniente del norte-noroeste. Crespo la superficie de olas gigantes­

cas y Schleimann se mareó. La tempestad bramó furiosa durante ocho días, unas veces desde el norte, otras desde el oeste, y mi malestar iba en aumento. No probaba bocado desde hacía ocho días y sólo abandonaba el camarote para hacer mis necesidades. Los otros pa­

sajeros sufrían como yo, también gemían y se quejaban

...

En aquella

época, un barco llegaba con buen tiempo al Canal de la Mancha en

sólo tres días. El Dorothea navegaba ya desde hacía diez y se encon­ traba más cerca de Hamburgo que del Canal. 9 de diciembre. Grandes olas barren la cubierta. El Dorothea hace agua. Ponen a funcionar las bombas. Sentado en el camarote, en una silla amarrada, Schliemann intenta estudiar español.

  • 10 de diciembre: tempestad desde el norte.

  • 11 de diciembre: borrasca helada. Seis grados Celsius. Nieve.

Las gaviotas vuelan alrededor de la nave. Hacia el mediodía arrecia el temporal. En las primeras horas del atardecer se desata un huracán. Olas enormes como torres. A las 18 hs. el juanete queda hecho trizas.

A las 19 hs. el grumete trae té y galletas y observa lloroso: por última

vez ...

A las 22 hs. el timonel principal anuncia luces en lontananza. El

capitán Jürg Siemonsen ordena arrojar el ancla pero las cadenas se rompen. Hacia la medianoche, el capitán abrió violentamente la puerta del camarote y gritó: ¡Pasajeros a cubierta! ¡Máximo peligro! En ese mismo momento, una ráfaga sacudió a la nave en constante ba­ lanceo. Los ojos de buey del camarote saltaron en pedazos. El joven Schliemann intentó vestirse, pero torrentes de agua fría, agua helada, entraban por todas partes. En ropa interior pugnó por llegar a cubier­ ta; una vez allí una enorme ola lo lanzó contra la borda y no cayó al mar porque logró aferrarse a un cabo suelto. En cubierta había dos botes salvavidas. La tripulación hacía esfuerzos desesperados por ponerlos a flote, pero antes de que pudie­

ran bajarlos por babor y estribor quedaron tan llenos de agua que chasquearon sobre las olas y se hundieron. Los hombres imprecaban, vociferaban y lloraban. La campana del barco no dejaba de tañer como si una mano invisible moviera el badajo. La nave escoró y empezó a hundirse. Algunos hombres se refugiaron en el aparejo. Yo también,

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escribe Schliemann, creí estar más seguro allí y empecé a trepar des­ esperadamente, cuando se escuchó un terrible crujido, el velero se inclinó a babor y se hundió rápidamente arrastrándome al abismo. Pronto pude volver a la superficie y logré asirme a un barril vacío que flotaba a la deriva. Aferrado a él fu i arrastrado por las olas. Ora me elevaba en sus crestas a treinta metros de altura, ora me precipi­ taba en sus espantosos senos. Debí de haber derivado unas cuatro horas inconsciente, cuando fui llevado hasta un banco de arena. Las olas muy pequeñas y el bajo nivel de las aguas indicaban la proximi­ dad de la costa. Con el cuerpo entumecido y medio muerto de extenua­ ción, resolví esperar allí la muerte o la salvación: no llegó ni una ni la otra. Por fin, por fin amaneció y para mi alegría vi tierra. Intenté

llegar a pie, pero me descubrieron y

no pude; quise gritar pero no tuve fuerzas. Finalmente se juntó en la playa una cantidad de curiosos ...

Schliemann había varado en la más grande de las islas de Frisia occidental, frente a la costa holandesa, la isla Texel. Ya entonces su fuente de subsistencia era el cultivo de bulbos de plantas florales, aunque mucho más propicia resultaba la afluencia de forasteros a sus playas para tomar baños de mar. Aquella gente recogió del suelo al náufrago y lo trasladó a la eilandshuis, la casa de la isla, donde el posadero Johannes Branes se hizo cargo de él, le sirvió café caliente

y curó sus heridas. Me torturaron dolores espantosos, recuerda Heinrich en la carta a sus hermanas, y aullaba enloquecido porque dos de los incisivos superiores se me habían quebrado. También te­ nía heridas profundas en el rostro y en el cuerpo. Estaba como para­ lizado, y los pies parecían dos moles de tan hinchados como estaban.

Según lo que Schliemann afirma más adelante en su carta, sólo sobrevivieron a la catástrofe, además de él, un marinero y el capitán, que lo felicitó por su milagrosa salvación. Esto no responde a la rea­ lidad. Si bien los periódicos holandeses informaron sobre el naufra­ gio, no mencionaron ni una sola víctima. Schliemann vuelve a apelar aquí a esa fatal Providencia a la cual hace referencia una y otra vez, y la presenta al lector, a menudo tergiversando los hechos, para demos­ trar que él fue escogido para realizar cosas extraordinarias. Cuando Branes terminó de curarlo Heinrich no poseía ni un harapo con que cubrirse, y lo peor, tampoco disponía de un solo pfenning. En consecuencia, dictó al posadero una carta para su bene­ factor Wendt de Hamburgo. Recababa en ella su ayuda, y en especial,

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el envío de algún dinero. La carta iba dirigida al consulado de Mecklenburg en Amsterdam, con el ruego de hacerla llegar a su des­ tinatario. A los cuatro días de su total recuperación, el joven Heinrich decidió marcharse a esta ciudad en busca de alguna perspectiva. Lle­ gó a la capital de Holanda el 20 de diciembre después de una borras­ cosa travesía por el lago Zuider (el cruce que de ordinario duraba doce horas les llevó tres días con sus noches). Todavía seguía el tiem­

po tormentoso. En este viaje hube de soportar horrores. El capitán no pudo conseguirme una cucheta y tuve que permanecer acostado todo el tiempo en un banco, expuesto a un frío glaciar a pesar de lo enfermo que estaba y de que mis heridas aún no habían cicatrizado. Sólo la esperanza en una mejor suerte mitigaba mis sufrimientos. Estaba firmemente convencido de que el destino que me había salva­ do tan milagrosamente y conducido a Holanda también proveería un buen sustento. Por lo tanto, sobrellevé mis peripecias con toda p a ­ ciencia.

Zapatos y medias de una tienda de ropa de segunda mano

Al paracer, Schliemann ya había enterrado el proyecto de emi­ grar cuando llegó a Amsterdam. Sus primeros pasos lo llevaron al consulado de Mecklenburg. El diplomático residía en una mansión señorial a orillas del Amstel. Eduard Quack, que así se llamaba, se compadeció del pobre náufrago, le dio diez florines y le consiguió un cuarto amueblado. En una tienda de ropa de segunda mano Heinrich adquirió una chaqueta, un pantalón, un sombrero, medias y zapatos, todo usado, pero de lo más fino por su confección, pues aunque el hábito sea usado también hace al monje. En su cuarto solitario, Schliemann fue presa, poco antes de Navi­ dad, de una violenta fiebre traumática. La casera, temerosa de que fuera una peste, recomendó al muchacho ir al hospital más cércano. Quack se responsabilizó del paciente, le dejó otros diez florines y lo hizo internar

en el hospital. En la sala yacían ciento dos pacientes y no pasaba un día en que no fueran sacados de ella tres o cuatro cadáveres.

La Navidad de ese año, 1841, fue la más triste en la vida del

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joven Heinrich Schliemann, pero se aferró a la idea de que, en tanto no flaqueara la confianza en sí mismo, habría una salida, aun de la situación más adversa. No había que desesperar. De Hamburgo llegó la noticia de que el comerciante Wendt le había mandado treinta florines, recomendándolo al mismo tiempo a la firma comercial Hoyack & Co., en cuyas oficinas debía presentarse. Allí tenían tam­ bién a su disposición un crédito de otros cien florines. El solo anun­ cio bastó para acelerar la convalescencia del muchacho. Dos días después de Navidad, Heinrich abonó la cuenta del hospital, dos florines

y medio, y se dirigió a Hoyack & Co. Desde luego, iba medianamen­ te bien vestido, pero el rostro desfigurado por varios emplastos les dijo quién era yo, de modo que los jefes me llamaron enseguida por el nombre. Me hicieron relatar toda mi aventura desde la A a la Z, se apiadaron de mí, y convinieron que Dios debía de haberme escogido una vez más para realizar grandes cosas y me garantizaron que sin

duda ese infortunio daría origen a mi buena suerte.

Hoyack argüyó que de momento no podía ofrecerle un empleo, pues en invierno la navegación se suspendía y no se contaba con gran­ des negocios sino en primavera, lo cual hacía necesario también un refuerzo del personal. Heinrich no se desalentó y enumeró sus cono­ cimientos de contabilidad y correspondencia en cuatro lenguas vivas a las que en pocas semanas podría añadir el holandés. El comerciante debió de mirarlo con incredulidad y tener sus dudas en cuanto a las aptitudes mencionadas por el joven. En todo caso, esbozó una risita satisfecha y le entregó papel y pluma para que redactase en cuatro idiomas un intercambio epistolar sobre una ope­ ración de cambio. La tarea no llegó a ocuparle quince minutos, y Hoyack quedó tan estupefacto que allí mismo lo empleó en su oficina. Heinrich pidió la mitad de los cien florines puestos a su disposición y se despidió.

¿Quién

era más feliz que yo?, rememoraba. Enseguida entré en

una tienda de ropa decente, me compré una buena americana, pan­ talones, un chaleco, unos pares de medias de lana, camisas, pañuelo

para el cuello, etc.; arrendé una habitación en Nieuwekijds-Vorburgs-

wall n° 60 en un quinto piso, donde vivo aún, y ala mañana siguiente me presenté en el despacho de mi jefe L. Hoyack & Co.

En su mayoría, los que allí trabajaban eran extranjeros: alema­ nes, rusos, suecos, españoles, y Heinrich se sentía visiblemente bien en medio de ese caos de lenguas. A diferencia de Hamburgo o de

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Mecklenburg, en Amsterdam los horarios de trabajo eran moderados. La oficina abría a las diez, los ejecutivos aparecían a las once y se trabajaba hasta las quince; la hora siguiente se empleaba para ir a la Bolsa. Hacia las 17 un breve piscolabis y a las 17.30 se reanudaba el trabajo hasta las 20. Los miércoles y sábados por la tarde y los do­ mingos había asueto. Además, allí se procedía de manera mucho más civilizada y distin­ guida que en las groseras oficinas de Hamburgo que había conocido. La casa de comercio Hoyack & Co. (detrás de la sigla Co. se escondía el consul general de Prusia, Wilhelm Hepner) estaba en el Keizergracht. Gradas de mármol conducían al distinguido edificio. En las espaciosas oficinas trabajaban dieciocho empleados y tres aprendices. Se comercia­ ba principalmente con cereales, ultramarinos e índigo; a esto se agrega­ ban los negocios bancarios y las especulaciones bursátiles. Hoyack & Co. disponía de una flota propia de treinta y un barcos. En magnitud, observa Schliemann lleno de orgullo: ninguna de las casas de comercio de Amsterdam, y, diría del mundo entero, pue­ de competir con nosotros, pues no hay establecimiento alguno que tenga tantos empleados y realice tantas ventas como la nuestra. Dia­ riamente ingresan muchos cen tenares de miles de florines y vuelven a salir. ¡Qué diferencia con Fürstenberg, donde nos considerábamos felices cuando recaudábamos treinta táleros!

La carta del 20 de febrero de 1842 a sus hermanas Wilhelmine y Doris da la impresión de que Heinrich desempeñó enseguida el puesto de oficinista atildado y bien vestido, que atiende su trabajo sentado a un escritorio, pero en realidad su primer puesto debió de ser el de un aprendiz, al que se le encomiendan recados. En la auto­ biografía publicada medio siglo más tarde por su segunda esposa Sofía, Schliemann se muestra más sincero cuando escribe: Mi ocupación en mi nuevo empleo consistía en hacer sellar los giros y cobrarlos en el centro, llevar cartas al correo y retirar las que allí hubiera. Esta tarea mecánica me resultaba muy amena porque me dejaba bastante tiempo para pensar en mi descuidada educación. Primeramente me esmeré en adquirir una letra legible y lo logré por completo en las veinte lecciones que me dio el famoso calígrafo Magnée de Bruselas; luego estudié con tesón lenguas modernas para mejorar mi posición. De mi sueldo anual de sólo 800 francos, invertía la mitad en mis estudios y con la otra mitad atendía a mi sustento, bastante escaso.

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La habitación amueblada del quinto piso del edificio de Nieuwekijds-Vorburgswall N° 60 le costaba ocho florines y no tenía calefacción. No disponía siquiera de una mísera estufa y Heinrich tuvo que alquilar a un herrero un armatoste de hierro fundido, lo que le costaba otros cinco florines por temporada. Para la calefacción em­ pleaba carbón de piedra, cuando podía, porque para un aprendiz la hulla era un producto caro. La mayoría de las veces, confiesa con franqueza, tiritaba de frío en su cuartito a pesar de llevar dos calzon­ cillos, dos camisetas de lana y una piel de gato que se envolvía en el cuerpo y solía usar aun de día. Pasó bastante mal su primer invierno en Amsterdam, si bien no lo admitía en las cartas a sus hermanas. Su desayuno consistía en una papilla de harina de centeno, y sus almuerzos, según lo confesado más tarde en su autobiografía, nunca costaban más de unos pocos pfennigs. Pero nada incentiva más el estudio que la miseria y la se­ gura perspectiva de que, mediante el trabajo arduo y tesonero, pue­ de uno librarse de ella.

Avaro y estudioso

No era nada fácil para el muchacho de Mecklenburg imponerse la disciplina necesaria, porque en cada esquina lo acechaba la atrac­ ción de las diversiones. Había teatros que todas las noches presenta­ ban espectáculos en cinco idiomas, debido a la afluencia de extranje­ ros. Grandes carteles multicolores publicaban conciertos, bailes y mascaradas, pero en general la entrada no baja de tres florines, suma inaccesible para mi bolsillo en este momento. Heinrich no se acerca­ ba siquiera a las pequeñas y baratas cafeterías, donde podían hacerse buenos contactos con las muchachas de Amsterdam. Temía caer en la situación de excederse en sus gastos. En los comienzos de su permanencia en la capital holandesa, se manifestó claramente en el joven esa cualidad que habría de acompa­ ñarlo durante toda su existencia: una economía morbosa, mejor di­ cho, una avaricia que llegaba a la propia mortificación. Su única dis­ tracción por las noches, después de abandonar la oficina, era pasear por la ciudad y admirar las casas y las calles profusamente ilumina­

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das. A veces se animaba a dar una vuelta por la puerta de Harlem, punto de partida del ferrocarril de vapor Amsterdam-Harlem. Soñaba entonces con el grande y anchuroso mundo, sobre todo con el lejano Japón, y una voz interior le decía: No debes quedarte en Europa, tu fortuna está lejos de aquí.

Estaba aún muy lejos de pensar en Grecia, en Homero y en Troya, como de aprender griego y latín. De momento, al joven Heinrich no le interesaba una cultura en el sentido clásico. Aprendía idiomas para progresar en su actividad. Me dediqué pues, escribe en su auto­

biografía, con particular aplicación al estudio del inglés, y la necesi­ dad me hizo inventar un método que simplifica el aprendizaje de cual­ quier idioma. Este sencillo método consiste primeramente en leer mucho en voz. alta, no hacer traducciones, dedicarle una hora cada día, escribir composiciones sobre los temas que interesan, someter­ los al profesor para su corrección, aprenderlas de memoria y recitar lo que fue corregido el día anterior. Por no haberla ejercitado de niño, mi memoria era débil, pero no escatimé un minuto para apren­ der y hasta robaba tiempo. Schliemann asistía a los servicios religiosos, aunque no hallaba placer en ello a pesar de ser hijo de un ministro, pero lo hacía porque perseguía un determinado propósito. Acudía a la iglesia anglicana, escuchaba los sermones en inglés y repetía en voz baja cada palabra. De esta manera aprendió en su primer medio año en Amsterdam un inglés pasable y en los seis meses siguientes se dedicó al francés. Ejercitaba su retentiva mediante el permanente aprendizaje de memoria, lo que practicaba incluso en la calle, cuando hacía cola en el correo y por las noches antes de dormirse. Al parecer, se sabía toda la novela Ivanhoe del escocés Walter Scott, y la saga familiar de El vicario de Wakefield de Oliver Goldsmith. De las obras de la literatu­ ra francesa, recordaba palabra por palabra la novela de viajes y amor Las aventuras de Telémaco del teólogo y escritor François Fénelon y la narración Pablo y Virginia de Jacques-Henri Bernardin de Saint- Pierre. Gracias a este estudio sostenido e intensivo, escribe Schliemann, mi memoria se robusteció tanto en el curso de un añó'que me resultó extraordinariamente fácil aprender holandés, español, italiano y por­ tugués, y no necesité más de seis semanas para hablar y escribir con fluidez cada uno de estos idiomas.

Estos datos deben tomarse con cierta reserva. Como lo prueban

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hojas de ejercicios y cartas de aquella época, Heinrich de manera alguna dominaba los idiomas citados a la perfección, ni siquiera el inglés y el francés. Hubiese sido simplemente demasiado genial, pero sin duda Schliemann poseía una extraordinaria aptitud para los idiomas, tuvo conciencia de ello y desafió a su memoria a prodigiosos logros. Los esfuerzos que dedicó a la lengua rusa iban a tener para él decisivos resultados. El imperio zarista del Este era el socio más importante de todas las casas de comercio de Amsterdam, pero no había empleados que dominaran el ruso, y Schliemann vio en ello su oportunidad. Pronto se cansó de su ocupación de recadero con Hoyack y Hepner, pero su celo y su aplicación no bastaron para unapromoción, ni siquiera una mejora de salario. En consecuencia, decidió intentar suerte en otra oficina. Como no tenía práctica pasaron dos años antes de que consiguiera un nuevo empleo, y esta vez también por reco­ mendación de un extraño. Schliemann fue corresponsal y tenedor de libros en la firma B. H. Schröder & Co., sita en Heerengracht n° 286 de Amsterdam, pero su sueldo anual no superó los 1.200 francos. Bernhard Hinrich Schröder hizo gala de la severidad de un jefe y tuvo el mérito de reconocer el talento comercial de su empleado. Sometió al joven de Mecklenburg aúna dura instrucción, y le dirigía reprimendas por escrito. .El 3 de junio de 1846 lo amonestó en los siguientes términos:

Le dijimos en un principio y más tarde que no debe prometer dema­ siado ni dar insensatas seguridades que ningún comerciante razona­ ble puede satisfacer. Debemos pedirle, además, abstenerse de pres­ cribirnos leyes en su correspondencia. Nosotros sabemos lo que tenemos que hacer o dejar de hacer. Realmente, usted se permite cosas que están muy lejos de ser convenientes. Asimismo, se arroga una influencia y un poder que de ninguna manera reconocemos, y esperamos que, dado su carácter sanguíneo, jamás se engañe ...

Schliemann aceptó la crítica porque valoraba a Schröder como hombre de negocios, pero no la tomó en serio, pues a los ocho meses

siguió un segundo toque de atención para disuadirlo de sus actitudes, esta vez del socio John Henry Schröder, desde la filial de Hamburgo:

Lo conocemos y abrigamos la esperanza de que más adelante se con­

vierta en un miembro instruido y agradable de la compañía, y que, después de haber completado sus conocimientos prácticos y mercan­

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tiles, como es absolutamente indispensable, ocupe para sí mismo una posición honorable en el comercio y en el mundo. De este modo, será útil a sí mismo y a sus amigos. De momento, no lo tome a mal, usted se sobrestima demasiado, sueña con el enorme rendimiento y las ven­ tajas que nos proporciona, adopta un tono inapropiado, y estipula las pretensiones más absurdas, olvidándose que sin su concurso nues­ tros negocios van a seguir marchando bien ...

Seguramente el motivo de su arrogancia se fundaba en su rápi­ da carrera. Dos años antes había sido un simple aprendiz y a la sazón actuaba por iniciativa propia para esa casa de comercio. En su oficina trabajaban quince escribientes y en cierta forma sí era imprescindible para Schröder & Co. porque sabía ruso.

Las aventuras de Telémaco en ruso

Como muchas cosas en la vida de Heinrich Schliemann, el aprendizaje del idioma ruso fue una aventura. Comenzó por revolver todas las casas de antigüedades de Amsterdam en busca de libros. El fruto de sus esfuerzos fueron un diccionario, una gramática y una

traducción de Aven tures cie Télémaque, en ruso. Obra que ya

se sabía

de memoria, si bien en francés. En toda la ciudad no había un solo profesor de ruso, por lo cual trató de aprender por sí mismo lo más necesario con la ayuda de sus libros. Al menos con los rudimentos conseguidos pudo leer textos en ese idioma. Dos comerciantes rusos que viajaron a Holanda para participar

en subastas de índigo, le sirvieron para practicar conversación. Ya estaba en condiciones de hacerse entender, pero confiesa: Como no tenía a nadie que corrigiera mis tareas, no me cabe duda que las hacía bastante mal, pero me esforcé en superar mis errores mediante ejercicios prácticos, como aprender de memoria la versión rusa de Aven­ tures de Télémaque. Se me ocurrió luego que progresaría más aprisa si tenía conmigo a alguien a quien relatarle las aventuras de Telémaco. En

consecuencia, contraté por cuatro florines a la semana a un pobre judío

que todas las noches pasaba dos horas en mi habitación y debía escu­

char mis declamaciones en ruso aunque no entendía ni una sílaba ele lo que yo decía.

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Durante semanas y meses la mitad de la casa de Nieuwekijds- Vorburgswall N° 60 aprendió con Schliemann las aventuras de Telé- maco, pues las paredes y los techos eran delgados como cartón. Al menos los moradores del edificio aseguraban que en la planta baja se podía escuchar lo que se hablaba en el tercer piso. Todas las casas de Amsterdam estaban construidas de ese modo, y por eso durante sus estudios de ruso Schliemann tuvo que mudarse dos veces. Lleno de orgullo escribió su primera carta en ruso a Vasili Plotnikov, agente londinense de la firma moscovita, traficante de índigo M. P. N. Malutin, y pronto obtuvo respuesta en la misma lengua. En cambio, ni Schröder ni ninguno de los señores de la oficina dominaban el ruso. Schliemann leía con afán todos los periódicos extranjeros que caían en sus manos, los evaluaba en la medida en que podían ser de utilidad para los negocios de Schröder y se familiarizó con las posibi­ lidades de pérdidas y ganancias en las compras de azúcar de Java, Hawai y Surinam; en las de algodón, arroz, tabaco e índigo; una y otra vez el índigo. A Schröder le costaba gran trabajo frenar al joven empleado en su sed de actividad y su arrogancia cada vez más noto­ ria.

Si bien el enano Schliemann atribuía importancia a la vesti­ menta distinguida, se equivoca quien crea que ahora que su jefe le había asignado un premio de 800 florines, viviría con lujo. Heinrich persistió en esa mezquindad a la que tenía inclinación en su juventud y que le duró hasta su muerte. La siguiente relación es una liquidación de su casera:

de mayo de 1845:

2 panecillos

0.10

florines

1 hogaza

0.20

florines

2

veces ginebra

0.13

florines

1/2 ginebra

0.32

florines

12 de mayo:

2

1/2 onzas de

manteca

0.25

florines

5

panecillos

0.22

florines

1/2 onza de té

0.20

florines

5

onzas de azúcar

0.35

florines

Total de la semana

3.75 florines

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Schliemann vivía según el lema: el lujo debe verse. Por lo tan­ to, gastaba algo de dinero en su atuendo exterior, pero no prestaba atención alguna a la ropa interior. Su vida, relativamente espartana, le permitía enviar a su fami­ lia gran parte de sus ahorros. Este altruismo para con los suyos es otra de las muchas cualidades incomprensibles que no se pueden encua­ drar fácilmente y sin cuestionamiento en su imagen caracterológica. Aun a su padre, al que odiaba porque lo hacía responsable de la muerte prematura de su madre, le mandaba dinero, y en una ocasión hasta dos barriles de vino de Burdeos. Heinrich ayudó financieramente de por vida a su padre, a sus hermanas y hermanos. Algunas veces, las donaciones, que se suce­ dían a intervalos irregulares, iban acompañadas de la enérgica exhor­ tación de ser ahorrativos. En aquel entonces, a mediados de la década del cuarenta del siglo pasado, Heinrich Schliemann aspiraba a convertirse en mayo­ rista en Rusia. Quería traficar y especular como su jefe B. H. Schröder con productos que prometieran una gran ganancia, principalmente con índigo, ese polvo azul oscuro proveniente de la India y China, usado para teñir de azul algodones y lanas. De manera alguna era una idea peregrina. Emil Ludwig, el pri­ mer biógrafo de Schliemann, a quien su viuda Sofía permitió acceder a todo el legado de Atenas, descubrió entre las innumerables cartas la siguiente misiva manuscrita del mayorista ruso Givago: Por mi con­ versación con Usted me he percatado de su deseo de hacer carrera

en Moscú como comerciante

y ello en calidad de agente de los se­

... ñores B. H. Schröder & Co. Sin embargo, como no tiene relaciones en nuestra ciudad, no conoce gente ni la esfera de acción moscovita, le recomiendo proceder con cautela y evitarse inútiles pérdidas de dinero. En vista de estas dificultades le propongo asociarse conmigo según la siguiente base: abriremos en Moscú una casa de comercio que operará bajo el rubro Givago & Schliemann. Yo aportaré de mi peculio la suma de cincuenta o sesenta mil rublos de plata con la

condición de que sea Usted el agente de B. H. Schroder & Co., y tal vez el contrato tendrá vigencia por cinco o seis años.

En aquel entonces, el destinatario de la carta contaba veinticua­ tro años. Se ignora la razón por la cual desechó una oferta tan gene­ rosa, pero no cabe duda que Heinrich Schliemann logró algo.

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C a p it u l o

T res

Rublos azules y dólares de oro

Encolerizarse con las cosas no es oportuno. Son insensi­ bles. Pero a quien ordena las cosas con las que tropieza, le va bien.

Eurípides

San Petersburgo, finales de enero de 1846. En dieciocho días Heinrich Schliemann recorrió el tramo casi interminable de Amsterdam a San Petersburgo por vía terrestre: die­ ciséis días en coches expuestos a las corrientes de aire y en parte hasta en trineos abiertos. Rusia, el imperio del Este de cuarenta millones de almas, era para los habitantes de Europa central un país misterioso y enigmático. Sólo los mercaderes se aventuraban a veces por el fatigoso camino junto a la ribera del Neva y el Moscova. Desde luego, se les ofrecía un rico campo de acción, un mercado que de manera áiguna le iba en

zaga al de Europa central. En interés de los señores B. H. Schröder & Co., de Amsterdam, así como de Anton Schröder & Co., de Le Havre; A. B. C. M. Schröder & Co., de Trieste; St. van Lennep & Co., de Esmirna; Schröder & Co., de Río de Janeiro; G. H. y P. D. Schröder

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de Bremen y B. H. Schröder de Hamburgo, Schliemann atendió sus negocios en San Petersburgo y tanto allí como en Moscú mis esfuer­ zos se vieron coronados ya en los primeros meses por un éxito que superó de lejos las expectativas de mi jefe y las mías propias.

Schliemann, que ya conocía el mercado mundial desde la casa matriz de Schröder en Amsterdam, advirtió enseguida que los productos de los que había abundancia en Rusia eran escasos en el corazón de Eu­ ropa y que de este modo alcanzaban precios mucho más elevados. A

la inversa, las mercancías de Europa central podían venderse en Ru­ sia con grandes ganancias. Schliemann fue presa de un formal delirio de comprar y ven­

der, y, a pesar de los provechosos negocios que realizó, pronto tuvo que ser refrenado por su jefe, el señor B. H. Schröder. En una carta le dice: iQuiere Usted mi consejo para regirse según el mismo? Se lo daré. Vive Usted en San Petersburgo y realiza diversos viajes a Mos­ cú. Instálese en lugares económicos, no gaste ni un solo copec si no es necesario y lo más importante no tire dinero en ...

Sin duda los tres puntos suspensivos aludían a mujeres de vida airada de las que había gran cantidad en la alegre San Petersburgo. Allí todavía regía una prohibición del zar Alejandro I que vedaba el uso de sombreros redondos y faldones; se requería la autorización del soberano para las recepciones y reuniones privadas, y, fuera de la capital, el permiso del gobernador de provincia. Es posible que la advertencia de Bernard Schröder cayera en suelo fértil, quizá fue también sólo casualidad que Heinrich Schliemann diera precisamente en ese momento un paso importante para cambiar su vida. Su proceder asombra tanto más cuanto que el joven trepador no había prestado mucha atención a las mujeres hasta entonces. Ciertamente había contemplado a las acicaladas damas ga­ lantes del salón de Peter Müller en Hamburgo e informado a sus her­ manas sobre esta aventura. También había venerado un poquito a la esposa de su ex jefe, el señor Wilhelm Hepner, e hija de Hoyack, gerente de la firma, porque era una mujer joven y bonita. Cuando Hepner partía en viajes de negocios, iba a comer a su casa dos veces por semana. Por lo demás, no hay indicios de que Schliemann tuviera por aquel entonces un trato más íntimo con mujeres. Según lo notifi­ cado a sus hermanas Doris y Wilhelmine, su única diversión aquellos días en Amsterdam eran los paseos nocturnos regulares. Durante los

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mismos, admiraba sobre todo la iluminación de gas y las pelucas de un salón de belleza que giraban sobre curiosos pedestales para mos­ trar sus bellos peinados.

Una proposición de matrimonio malograda

Presumido, realmente arrogante por sus primeros triunfos en San Petersburgo, Heinrich dio un paso inesperado: escribió a Cari Ernst Laue, de Neustrelitz, amigo suyo y músico de la Corte, para informarle acerca de su excelente situación económica y solicitarle que se apersonara al señor Meincke para pedir la mano de su hija Minna, su amiga de la adolescencia. Cuatro semanas más tarde llegó la contestación a San Peters­ burgo: Minna que contaba a la sazón veintiséis años había contraído matrimonio pocos días antes con un arrendatario de una finca, veinte años mayor que ella. Presumiblemente en su niñez, Heinrich y Minna habían prometi­ do casarse, pero luego pasaron diez años sin verse. Schliemann no le escribió siquiera, y Minna debió suponer que se había olvidado hacía mucho de la muchacha que había dejado en la lejana Ankesrshagen. Ese había sido el golpe más duro del destino hasta ese momento, dramatizaba más tarde al recordar su fracaso.

En su autobiografía escribió: Me sentí completamente incapaz de realizar actividad alguna y caí enfermo. No dejaba de evocar todo lo que había ocurrido entre Minna y yo en nuestra primera infancia, nuestros dulces sueños y grandiosos proyectos para cuya realización veía ahora ante mí km brillantes posibilidades, pero ¿cómo pensar en materializarlos sin la participación de Minna? Luego me hice los más amargos reproches por no haber pedido su mano antes de mar­ char a San Petersburgo, si bien —me lo repetía una y otra vezsólo me hubiera puesto en ridículo. En Amsterdam, no era más que un dependiente de comercio, en un empleo subalterno sujeto al capri­ cho de mis superiores. Además, tampoco tenía garantías de que en San Petersburgo las cosas resultarían bien, y en lugar de éxitos po­ dría esperarme un fracaso total. Me parecía imposible que Minna pudiera ser feliz junto a otro hombre y que yo pudiera casarme ja ­

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más con otra mujer. ¿Por qué el cruel destino me la arrebataba cuan­ do, después de dieciséis años de aspirar a poseerla, creía por fin haberla conquistado? En verdad, nos pasó a ambos lo que suele ocu­ rrir en sueños: imaginamos perseguir a alguien sin tregua y tan pronto

creemos haberlo alcanzado se nos escapa una y otra vez. Este revés fue de enorme importancia en la vida de Heinrich Schliemann, y uno se pregunta qué hubiera sucedido si se hubiera casado realmente con Minna en 1847. Tal vez este matrimonio hu­ biera marchado bien y Heinrich no se hubiera casado con la rusa Ekaterina Petrovna Lishina ni con la griega Sofía Engastromenos. Sin embargo, fueron estas dos mujeres las que orientaron su vida en la dirección que le permitió convertirse en el excavador de Troya y el descubridor del Tesoro de Príamo. Sin duda, con el correr del tiempo, Schliemann exageró la im­ portancia de su desafortunado amor por Minna Meincke, apellidada Richers de casada. Durante toda su vida, ella había encarnado un sue­ ño para él. Heinrich era un soñador y solía escribir sus fantasías oníricas. Una de sus cartas más conmovedoras data del año 1861, una época en que el próspero comerciante llevaba casi diez años de infe­ liz matrimonio con Ekaterina, e iba dirigida a su amigo Lentz, cono­ cido en sus días de aprendizaje en Fürstenberg. Acompañaban a la

misiva dos retratos, uno para Lentz y el otro para Minna, y decía en la carta: Dígale a la señorita Minna que me proporcionará una inmen­ sa alegría si me manda una fotografía suya para colocarla en un marco de oro puro y colgarla sobre mi escritorio en la oficina. Díga­

le que su fotografía,

la imagen del objeto de mi primer amor, y por

ende el recuerdo de la época más feliz de mi vida, será de allí en

adelante el adorno más hermoso y preciado de mi casa. Dígale tam­ bién que me he ganado el regalo de su fotografía porque ni el tiempo ni la distancia pudieron borrarla de mi memoria y que en medio de los huracanes en océanos embravecidos y en el movimiento del co­ mercio mayor, en momentos de gran tribulación y alboroto de las diversiones, a diario la tengo presente en espíritu. Cuando me deba­ tía en la pobreza y la infelicidad, mi orgullo me impidió preguntar por ella. La esperanza de poder alcanzarla cuando fuera rico esti­ mulaba mis energías y me abrió el camino a la fortuna y al prestigio. Ambos los logré entre 1847 y 1848, y me apresuré entonces a escibir a H. Laue de Strelitz para encargarle que pidiera la mano de Minna

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Meincke, pero recibí la desesperante noticia de que ya se había casado con un arrendatario. Si esto no hubiera sucedido, hubiese sido desde hace trece años y medio madame Schliemann, y desde hace tres, la señora esposa del consejero comercial y ciudadana ilustre de Rusia.

En su desesperación, se sumergió aún más en el trabajo. En la búsqueda de nuevos mercados el ágil comerciante viajó a Moscú; en la búsqueda de nuevos productos dio con el salitre para la elabora­ ción de explosivos, con la potasa para la producción de jabón, con madera para la construcción, vino del Rin de Alemania y piedras pre­ ciosas de Rusia, pero el negocio más importante era naturalmente el del polvo colorante azul, el índigo. Sólo en San Petersburgo funcio­ naban tres grandes hilanderías de algodón, a las que leyes aduaneras rusas protegían de la competencia extranjera. Casi no se lograba cubrir su demanda de índigo para teñir las telas.

La excesiva actividad de Schliemann y sus fatigosos viajes (de San Petrsburgo a Moscú a 40 grados bajo 0 en trineos abiertos, tira­ dos por caballos) acabaron por llevarlo al colapso. Cuando se enteró

su padre, hombre enemigo del trabajo, pensó que se había contagiado el cólera y le envió por carta sus consejos. El hijo se los agradeció y aseguró que tan sólo sufría una indisposición causada por la desme­ dida actividad. Le hizo saber que no temía al cólera porque se consi­ deraba inmune a las pestes, pero que si llegaba su hora, tendría en cuenta los recursos recomendados. Su exagerada actividad también incluía la correspondencia. Era un asiduo corresponsal y el torrente de su intercambio epistolar fue en aumento de año en año. Se conocen cuatrocientas cartas fechadas en 1846, y en 1847 redactó seiscientas dos, en parte de varias carillas y en cuatro idiomas diferentes.

El 16 de febrero de 1848 informaba a

su padre: ...

De

pie junto a.

mi escritorio, desde la mañana temprano hasta bien entrada la no­ che, pensando constantemente en la manera más cómoda de hacer más pesada mi bolsa de dinero mediante una ventajosa especula­ ción, ya sea en beneficio o en perjuicio de mis comitentes o competi­ dores, me siento mucho menos feliz que en aquellos días en los que detrás de un mostrador en Fürstenberg charlaba con los carreteros que transportaban pescado o, más tarde, cuando viajaba regulannente cada semana de Rostock a Bentwisch para visitar al curandero.

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A los veinticinco años, jefe de una gran familia

El afortunado comerciante no era dichoso. Tal vez no había

superado aún la consternación que le causara el casamiento de Minna. Lo atormentaba la nostalgia. Ciertamente Minna no fue sólo para él su amor de la juventud, era también un pedazo de su tierra natal que le estaba vedado en la lejana San Petersburgo. En ocasión de un viaje de negocios que lo llevó de esta ciudad rusa a Lübeck, Hamburgo, Bremen, Amsterdam, Rotterdam, Londres, Liverpool, Manchester, Le Havre, París, Bruselas, y por último de vuelta a Alemania remontando el Rin, evitó adrede una escapada a su Mecklenburg natal. A los veinticinco años, convertido en un hombre de negocios con sueldo muy bueno, Heinrich se arrogó la dignidad de jefe de fa­ milia. Papá Schliemann, cuya decadencia social era un hecho debido a su forma de vida, no opuso reparos; al contrario, en tanto su hábil vástago lo ayudara financieramente, le debía admiración y hasta esta­ ba dispuesto a aceptar sus consejos bienintencionados. Heinrich sentía por sus hermanas una profunda simpatía, pero la solicitud para con sus hermanos era dictatorial. Primeramente se llevó consigo a San Petersburgo a Paul, que acababa de cumplir die­ ciséis años, para hacer de él un comerciante idóneo. Según decía, pensaba casarlo al cabo de cinco o seis años con una muchacha rusa. De allí en adelante no sólo sería su hermano sino también su padre. Con su hermano Ludwig, un año menor que él, pensaba proceder del mismo modo. Le consiguió un empleo en las oficinas de Schröder en Amsterdam porque, dado que sus relaciones no eran de las mejores, no quería tenerlo en San Petersbugo. Heinrich lo consideraba tonto, testarudo y engreído. No obstante, lo ayudó con gran generosidad durante sus primeros meses en Amsterdam. Aun cuando Ludwig re­ solvió emigrar a América en contra de su voluntad, le mandó cien florines, cantidad que superaba el coste del viaje en segunda clase.

Volvamos a restablecer entre nosotros nuestra amistosa relación de

antaño y a hablarnos con libertad, escribió Ludwig en su carta de

despedida

tal vez, no vuelva a ver Europa de nuevo, y tuvo razón.

... Desde Nueva York, donde pasó una breve temporada, Ludwig Schliemann emprendió un arriesgado viaje por mar en torno del Cabo de Hornos para llegar a California en abril de 1849. Un año antes, los

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Estados Unidos de América del Norte se habían anexado California, que pertenecía a México, y poco más tarde declararon al vasto terri­ torio trigésimo primer Estado de la Unión, sin esclavitud. Casualidad o no, precisamente en esa época se encontró oro junto al río Sacra­ mento y desde todas partes del mundo afluyeron por centenas de mi­ llares los caballeros de fortuna. El hermano de Heinrich se asoció con otros seis aventureros, compró muías y caballos y se puso en camino con sus secuaces rum­ bo al Trinity River, distante de Sacramento unas trescientas millas. Allí, en la Sierra Nevada, habitaban indios que cobraron caro los de­ rechos de excavar en sus tierras. No obstante, deducidos todos los gastos, Ludwig ganó en los primeros dos meses cuatrocientos veinte dólares o setecientos táleros, una suma respetable que depositó en el banco Priest Lee & Co. Heinrich, para quien nada significaba más en la vida que el éxito, empezó a reconsiderar la opinión que tenía de su hermano al enterarse de su mérito. Si hasta entonces lo había tenido por un inser­ vible, de allí en adelante le infundió respeto. No sospechaba lo arduo que le resultaba ganar su dinero a un buscador de oro en California. Dos tercios de los aventureros claudicaban al cabo de una semana; la fiebre y las pestes segaron la vida de innumerables europeos. Las

costumbres allí eran tan rudas como el clima. Para los mineros no regían el derecho ni la ley. El robo y el fraude en la distribución del oro obtenido se castigaba con la horca. Ludwig contaba lo siguiente

sobre su vida de buscador de oro

...

aquí es fácil morir. Los cambios

bruscos de temperatura provocan muchos resfriados. En la primera mitad de la noche reina un calor agradable, luego se levanta una

espesa niebla, y hacia el amanecer se siente un frío glacial. De día hace un calor atroz y es del todo imposible trabajar de las doce a las dos de la tarde. En las minas se trabaja desde el alba hasta las once; luego cada cual se refugia en su tienda, cocina, lava su oro y duerme una hora. A las dos y media se reanuda la labor hasta la caída del sol. Yo soy fuerte y creo que podré seguir en las minas aun en la estación lluviosa ...

Sacramento, 25 de septiembre de 1849. City Hotel, a las 9 de la noche. Las noticias de éxito, en parte exageradas, de Ludwig (Ayer vi a dos marinos que cargaban cada uno más de veinte kilos de oro) hicieron cavilar a Heinrich. Presintió un gran negocio en el Nuevo

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Mundo, y pidió a su hermano información sobre la banca y la situa­ ción de los intereses en los Estados Unidos de América del Norte.

Heinrich se siente atraído por América

A mediados del siglo pasado, América era en verdad un terri­ torio de posibilidades ilimitadas para un inversor potencial como Heinrich Schliemann. San Francisco contaba en ese momento 30.000 habitantes, Sacramento 16.000. No sólo los buscadores de oro probaban su suerte, sino también los especuladores. Se com­ praban lotes a un precio favorable y se vendían con ganancia. Con un poco de suerte un terreno junto al río Sacramento, adquirido por 500 dólares, podía valer al cabo de medio año 30.000. No es de extrañar, pues, que Heinrich no perseverara en sus ponderacio­ nes y resolviera invertir en América. A fin de disponer de una mayor libertad de acción renunció a su trabajo en Schröder & Co., que le había otorgado un buen porcentaje

de las ventas, y se independizó. No obstante, siguió colaborando con la empresa, pero por cuenta propia. Por lo tanto, ya no necesitó pedir permiso para encarar su proyecto en América, ni soportar más críti­ cas del severo Schröder. En la primavera de 1850 el contacto epistolar con Ludwig se interrumpió súbitamente, con la consiguiente inquietud de su herma­ no. ¿Qué hacer? El viaje hasta California le llevaría casi dos meses. El 20 de julio, el comerciante de San Petersburgo recibió una carta desde Nueva York, remitida por el banquero C. D. Behrens. Anexado a la misma, venía una recorte de un periódico de Sacramento: El 21 de mayo falleció en la ciudad de Sacramento el señor Louis Schliemann, víctima de fiebre tifoidea. Schliemann, registrado ante­ riormente en Alemania y últimamente en Nueva York, dejó de existir

a la edad de veinticinco años.

Camino a una mina de oro, Ludwig había atravesado un río a caballo y la corriente lo arrastró, pero logró alcanzar la otra orilla. Debido a la carencia de ropa seca para cambiarse y al frío de la noche, enfermó gravemente. Durante doce días con sus noches tiritó estre­ mecido por la fiebre. Algo repuesto, aunque completamente privado

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de recursos (había perdido su caballo y todo su equipaje), trabajó en la mina de oro hasta encontrar dos onzas del precioso metal y poder regresar a Sacramento. Una vez allí, el médico ya no pudo hacer nada por él y así terminó sus días. El mismo día en que recibió la infausta noticia, Heinrich le escribió a su primo Wachenhusen: Aun cuando he tenido que tolerar y soportar mucho en mi vida y he sabido sobreponerme en la des­ gracia, el inesperado deceso de mi querido hermano me hiere en lo más profundo. No puedo describirte mi dolor y mi tristeza.

Sin embargo, al cabo de pocas frases se relativiza el pesar, al

parecer tan intenso, cuando Schliemann prosigue: ...

Sin duda, con su

ilimitada actividad y resistencia, Luclwig habría llegado muy lejos.

En los pocos meses que pasó en California ganó al. menos setecien­

tos táleros

...

Para Schliemann la vida era el saldo de un estado de

cuentas.

¿Fue el dinero dejado por su hermano en California o la idea de hacer más dinero en la lejana América que en Rusia? Quizás hubo otro motivo por el cual Schliemann estuvo dispuesto a dejar San Petersburgo tan aprisa. El motivo era rubio, se llamaba Sophie Hecker, era alemana y vivía en San Petersburgo con sus padres. Heinrich la había conocido allí a un año del desengaño que le había causado Minna. Amó y veneró a Sophie porque, como él mismo confiesa, dominaba tres idiomas europeos, tocaba el piano magistralmente y por añadidura era muy ahorrativa. Les decía a sus hermanas Wilhelmine y Doris: Me encuentro en la cúspide de la felicidad. ¡Qué

dulce compensación después de tanto sufrimiento llegar a ser ricos.

...

! Así podremos

Heinrich y Sophie tenían pensado casarse. Por parte del prime­ ro no podía hablarse de un matrimonio por amor, sino más bien dicta­ do por la razón a modo de sustituto, puesto que Minna ya era inacce­ sible para él. Para su fortuna, en una de las grandes recepciones, frecuentes en San Petersburgo, apareció un oficial no muy conocido y Sophie se estrechó sin muchas inhibiciones contra el pecho cuajado de condecoraciones del militar. El bajito Schliemann no tenía nada con lo cual hacer frente al encanto de su rival y después de una bo­ rrascosa escena de celos, se dio por vencido. No se le ocurrió sino aducir que Sophie era demasiado joven y, casquivana. De cualquier manera, no sufrió ataques de dolor, dado que ya había puesto el ojo

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en otra candidata: Es una rusa bonita y muy sensata, aunque tiene poco o nada de fortuna.

Detrás del éxito profesional de Heinrich Schliemann se ocul­

taba un fracaso personal. Ya tenía veintiocho años y todavía no había logrado una relación firme. A esa altura de su vida debió de darse cuenta de que en la lucha por una mujer, disponía de pocas armas. Dada su escasa talla y el tamaño de su cabeza, no podía ser de gran ayuda el levitón de finísimo paño, confeccionado por el mejor sastre de San Petersburgo. En una carta dirigida al banquero neoyorkino C. D. Behrens, se interesó por las posibilidades que ofrecía América a un inversor, no él en persona, sino un amigo que pensaba colocar en ultramar 30.000 dólares. No queda claro por qué Schliemann negó su propio interés. Quizá, por ser un comerciante de la primera corporación de San Petersburgo, le avergonzaba admitir su absoluta ignorancia en cuanto a los negocios de dinero en Estados Unidos. Respecto del supuesto inversor decía: Se trata de un hombre joven, dotado de mucha energía y óptimos conocimientos mercanti­ les. Sin medios pecuniarios seguramente haría progresos satis­ factorios en California, pero ir allí con dinero se me antoja muy pe­ ligroso y temo que mi amigo pierda su fortuna ...

Apenas reunida cierta riqueza, Schliemann se dejó ganar por el pánico de perderla por inadvertencia. Fue también este temor el que le dictaba los consejos para sus hermanas. En una ocasión les giró

2.000 marcos y las exhortó seriamente: Depositad el dinero en la caja de ahorro y manejadlo con economía, pensando siempre que tarde o temprano llega un día negro. El vuelco de la dicha al infortu­ nio, del gozo a la pena se presenta de improviso en la vida humana ...

Dos semanas desamparado en el Atlántico

Sin aguardar la respuesta de Behrens desde Nueva York, Schliemann se embarcó el 10 de diciembre de 1850 rumbo a América con 50.000 rixdals (más de 30.000 dólares) en el bolsillo. Prime­ ramente viajó a Amsterdam y siguió luego a Liverpool, donde abordó el vapor Atlantic de 3.000 toneladas, una moderna nave de lujo para

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ciento cincuenta pasajeros. Disponía de tres grandes salones revesti­ dos de caoba y cómodos camarotes. Al parecer, Heinrich estaba en pie de guerra con Poseidón por­ que el 6 de enero de 1851, día en que cumplía veintinueve años, el orgulloso transatlántico fue sorprendido por un huracán a media tra­ vesía entre Liverpool y Nueva York. Alrededor de las siete de la tarde una ola rompió el timón y el vapor derivó en mar gruesa, imposibili­ tado de maniobrar. Durante cuatro días y cuatro noches el capitán West y su tripulación intentaron colocar un velamen provisional, pero fue en vano. La borrasca azotó al barco empujándolo en dirección este. Dado que no se podía prever hacia dónde derivaría y cuánto duraría la odisea, el capitán racionó los alimentos y redujo las cuatro comidas diarias a dos, previsión para asegurar la supervivencia de los pasajeros y la tripulación durante unos setenta días. Afortunadamente, el 22 de enero, o sea a las dos semanas de la catástrofe, se avistó la costa de Irlanda. El capitán mandó dar aviso de nave averiada y un remolcador llevó al Atlantic al puerto de Queenstown. El 23 de enero, Schliemann llegó sano y salvo a Liverpool, de donde había partido hacía tres semanas. Se alojó en el hotel Adelphi y se puso a meditar los pasos a emprender. La compañía naviera Brown, Shipley & Co. pagó treinta y cin­ co libras por el traslado del pasaje a tierra firme y Schliemann debió de pensar en abandonar la aventura de ir a América. Había salvado su dinero y prefirió visitar en primer lugar a Schröder. Para dirigirse a Amsterdam, utilizó el ferrocarril, el moderno invento que lo llevó hasta Dover. En el compartimiento conoció a mister Duke, un armador, quien le supo informar que en California un hombre de negocios po­ día alcanzar ganancias extraordinarias. Schliemann volvió a cambiar de idea, pero de todas maneras se mantuvo firme en cuanto a visitar Amsterdam. Allí consultaría a Schröder, cuya opinión le merecía to­ davía mucho crédito. Luego intentaría una nueva arremetida en di­ rección a América. El 1 de febrero, se hizo de nuevo a la mar a bordo del Africa. El vapor equipado para alojar ciento quince pasajeros no' tenía ni de le­ jos las comodidades del averiado Atlantic. El mar estuvo movido como en el viaje anterior, pero en la tarde del 15 de febrero avistaron Nueva York. En el puerto se habían agolpado miles de personas a la espera de noticias acerca del Atlantic. Antes de que el Africa atracara, uno

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de sus oficiales anunció a la muchedumbre mediante un megáfono:

“¡El Atlantic se salvó!”.

Camino al hotel Astor, el más grande y distinguido de Nueva York, los vendedores de periódicos ya pregonaban la sensacional no­ ticia. Por dos dólares y medio al día, Schliemann obtuvo alojamiento e inclusive pensión completa, a saber: desayuno, almuerzo, merienda y cena. La revivificante cocina americana, que proveía en el desayu­ no jamón y huevos, langostas, rosbif y pavo en el almuerzo y platos fríos en la cena, deleitó al alemán no precisamente mimado por la

cocina vernácula y la rusa.

En su diario dedicado a América, Schliemann escribe: Nueva York es una bonita ciudad, limpia y edificada de manera muy regu­ lar. Consta de muchos edificios elegantes, algunos monumentales, pero sus construcciones son nuevas, y por lo tanto, desde el punto de vista arquitectónico, no se puede comparar con las grandes capita­ les europeas. Fundamentalmente las casas son de ladrillos y sin ador­ nos. De las calles que se cortan perpendicularmente, la más ancha y elegante es Broadway. Su longitud alcanza unos seis kilómetros y medio y atraviesa la ciudad de un extremo al otro. Funcionan en ella cuatro teatros muy pequeños y bastante mal equipados, porque el acentuado sentido mercantilista de los americanos no da mucha im­ portancia al arte escénico. El único lugar donde uno se puede diver­ tir es el Barnum ’s Museum, que ofrece toda clase de entretenimien­ tos. También asiste mucho público a los conciertos de los músicos ambulantes, en su totalidad negros que ofrecen su música, cantos y toda clase de bromas. No puedo decir que me agrade especialmente esta forma de diversión americana que tanto les gusta a los yankies.

En el diario escrito en inglés, encontramos asimismo indicios según los cuales no fue sólo el dinero lo que lo impulsó a viajar a América. Decepcionado dos veces seguidas por una mujer, esperaba encontrar por fin a la compañera ideal en el continente de las ilimita­ das posibilidades. El segundo día de su llegada a Nueva York asistió

a un baile organizado en el Astor, con la concurrencia de muchas yankie ladies.

Heinrich Schliemann no proporciona más detalles acerca de lo que debemos entender por las así calificadas damas, pero al parecer las estudió detenidamente. En todo caso, llegó a la conclusión de que en América el bello sexo envejecía muy pronto. A los veinte años,

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algunas mujeres parecían viejas y estropeadas. Una americana no despertaba admiración sino entre los dieciséis y los dieciocho años. Lo atribuía a los cambios extremos de la temperatura y al hecho de que no practicaban gimnasia al aire libre. Al cabo de dos días de permanencia en América, Heinrich lle­

gó al descubrimiento de que aun cuando el bello sexo es aquí mucho más formal que en Francia, su vida es más disipada que en Inglate­

rra. Las características de las hijas de América son una vivacidad

exagerada y la inclinación a la frivolidad y

a la diversión.

Era pues bien evidente que para él una americana no entraba en consideración como esposa. En consecuencia, no desperdició más tiempo en este pensamiento y se volcó de lleno a poner en orden los asuntos de su difunto hermano Ludwig. Su socio C. D. Behrens, que tenía su despacho en la calle Houston n° 335, recomendó al comer­ ciante de San Petersburgo una sólida institución para la liquidación

de sus negocios bancarios, la firma James King & Co.

A California por el estrecho de Panamá

Para su viaje a California, Heinrich eligió una ruta diferente a la escogida por su desafortunado hermano. Viajó al sur en ferrocarril, luego cruzó el estrecho de Panamá, y por último embarcó hacia California con rumbo noroeste. Todavía no existía una comunicación directa entre la costa oriental y la occidental de América del Norte. De paso por Filadelfia llegó a Washington y enseguida salió a buscar el Capitolio, donde precisamente estaba deliberando el Congreso americano. Respecto de las siguientes entradas del diario de Schliemann, cabe abrigar cierta desconfianza. Aunque sea admisible que el visi­ tante alemán hubiera asistido a las sesiones del Congreso y las Cáma­ ras, es en extremo inverosímil que la relatada visita al Presidente de Estados Unidos, Millard Fillmore, se celebrara realmente. ¿Qué mo­ tivo podía tener Fillmore para recibir a un don nadie de San Petersburgo? En 1851, Schliemann no era tan famoso ni tan rico como para que se interesase por él el primer magistrado del gran país ame­ ricano. Más bien parece que basó los registros de su diario en infor-

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madones periodísticas, como se comprobó que lo hizo en otras oca­

siones, por ejemplo, cuando escribe: Escuché con vivísimo interés y el mayor placer los imponentes discursos de los señores He m y Clay,

senador de Kentucky, Hale de New Hampshire, Mason de Virginia, Douglas de Illinois y Davis de Massachusetts. El tema principal de la discusión era la insurrección de los negros en Boston.

Por la tarde,

alrededor de las siete, fu i a visitar al Presidente

de Estados Unidos. Hice mi presentación y le expliqué que mi gran

anhelo era conocer el oeste de su hermoso país

...

Me brindó una

acogida muy cordial y me presentó a su esposa, su hija y a su padre. Conversamos por espacio de una hora y media. Muchos años más tarde, Schliemann escribió que el objeto de sus diarios era realizar una especie de ejercicio oral y escrito. Esta podría ser la explicación del origen de tan fabulosos relatos, aunque no una disculpa, pues en años ulteriores dio por ciertos todos estos

cuentos. De Washington viajó en diligencia hasta Filadelfia y allí se em­ barcó el 28 de febrero de 1851 rumbo a Panamá en el Crescent City, un vapor con un pasaje de ciento ochenta viajeros en camarotes y ochenta pasajeros en cubierta. Cuando el Crescent City se acercaba a la costa de Santo Do­ mingo, a unas cuatrocientas setenta millas de su destino, Schliemann

empezó a escribir en español: Nada más terrible que el calor

So­

... portaba el frío, pero odiaba las altas temperaturas. Bajo un calor abra­ sador debió cruzar los pantanos panameños, en parte por vía fluvial y en parte por vía terrestre, una aventura peligrosa que muchos viajeros evitaban. Para ir a California preferían navegar a lo largo de todo el continente sudamericano. En la costa de Panamá abordó el siguiente vapor rumbo a San Francisco. La fecha registrada era el 15 de marzo. El Oregon, así se llamaba la nave, le pareció una ruina . Los ciento cuarenta pasajeros debían compartir unos pocos lavabos que, en realidad, no merecían el nombre de baños. Entre las veinte mujeres que formaban parte del pasaje, Schliemann detectó cuatro que buscaban al hombre de toda la vida.

Sin duda, observa desdeñoso, encontrarán lo que buscan en California, pues en ese mercado no abundan precisamente las repre­ sentantes del bello sexo.

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Por carecer de cámaras frigoríficas, el Oregon llevaba a bordo tres bueyes para la provisión de carne fresca durante la larga travesía a California.

Miércoles, 19 de marzo - La noche pasada dormí sobre un ban ­ co en el comedor. Debido al calor insoportable reinante en los cama­ rotes, muchas mujeres se acomodaron en los demás bancos a mi al­ rededory en el suelo. A las cuatro y media de la mañana un negro me anunció que me había preparado el baño. Subí pues a cubierta y tomé mi baño ...

Sábado, 22 de marzo - Desde el amanecer tuvimos tierra a la vista y aproximadamente a las diez desembarcamos en el puerto de

Acapulco. Parece una aldea africana

Hay pocas casas de piedra,

... cuyos moradores son españoles o estadounidenses. 25 de marzo - Latitud 19°32' N, longitud 106° O. Derrotero recorrido 197 millas. No hay tierra a la vista. Hoy nos encontramos a la altura de la Baja California. 26 de marzo - La noche pasada falleció un pasajero. Esta ma ­ ñana, su cadáver enrollado en un lienzo junto con hierro viejo y en­ vuelto en la bandera de Estados Unidos fue expuesto en cubierta sobre una tabla. El médico de a bordo pronunció una breve oración y el muerto fue arrojado al mar, en cuyo seno desapareció rápida­

mente. Hoy está mucho más fresco. A mediodía nuestra posición era 21° 30' de latitud y 109° 04' de longitud. Distancia recorrida: 209 millas ... Lunes, 31 de marzo. Esta mañana atracamos en el puerto cie San Diego, aproximadamente a las diez y media. Es un pueblo pe­ queño y feo, dividido en tres partes, unas pocas casas de madera junto al puerto, otras pocas más costa arriba y la mayor aglomera­ ción de casas de la ciudad a unos siete kilómetros del atracadero ... Al cabo de una hora y media se reanudó la navegación. Al atardecer pasamos por dos islas, una de las cuales se llama Catalina ... Martes, 1 de abril - A las cinco de la mañana paramos en la

hermosa isla de Santa Bárbara

Más tarde vimos Santa Cruz, luego

... San Miguel y luego Santa Rosa, todas formadas por grandes peñas­ cos.

Miércoles, 2 de abril - Por la mañana murió de fiebre otro pasajero, un hombre entrado en años. Lo envolvieron en un lienzo y lo arrojaron a las profundidades mientras el pasajero Fögginsen pro-

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nunciaba un discurso funebre. Esta mañana vemos la costa californiana envuelta en espesa bruma, según dicen señal de que nos acercamos a San Francisco. Hacia las clos y media de la tarde entra­

mos en el Golden Gate

Inmediatamente frente a la ciudad, había

... anclados más de ochocientos veleros de gran porte, pertenecientes a

países de todo el mundo ...

Entre buscadores de oro y caballeros de fortuna

San Francisco. 30.000 habitantes; la mayoría de sus casas de madera y pintadas de colores chillones; una población integrada por todas las nacionalidades imaginables del este y oeste. Schliemann paró en el hotel Unión, el mejor de la ciudad, pero sólo por un día, pues el precio de siete dólares le pareció excesivo. Al día siguiente ya había encontrado un alojamiento más conveniente en casa de un tal doctor Stout. Su primera salida lo llevó por el Golden Gate a Sacramento para visitar la tumba de su hermano Ludwig. Al ver la descuidada sepultura, provista de una sencilla cruz de madera, Schliemann obró contrariamente a sus principios, mandó confeccionar una lápida de mármol de cincuenta dólares y preparar un macizo de plantas flora­ les. Sacramento, erigida a orillas del río epónimo, le agradó mucho al joven comerciante de San Petersburgo. La sistemática urbanización de la ciudad de 16.000 habitantes permitía orientarse sin dificultad a los forasteros. Había en total veinticinco calles, por cierto, interminables, iden­ tificadas de oeste a este con los números del 1 al 31 y de norte a sur con las letras desde la A a la Y. Los árboles y arbustos floridos le hicieron pensar a Schliemann en un clima saludable, pero se engañó, como pronto habría de com­ probar. De cualquier modo, decidió establecerse en Sacramento e in­ vertir su dinero en un negocio bancario, en un banco especial para excavadores de oro; los muchos millares de ellos que trabajaban jun­ to al río Sacramento. A mediados de mayo, se dirigió a las minas de oro para ver cómo vivían esos hombres con los que tendría que habérselas en el futuro. Ya había oído hablar acerca de las minas de

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Yuba y de las ricas ganancias que algunos excavadores hicieran allí. En Parkisbar se alojó en el hotel National, una curiosa construcción consistente en un esqueleto de vigas de maderas sobre las cuales ha­ bía tendida una lona. Las condiciones de vida en ese hotel eran catas­ tróficas, pero la comida no era mala. El río Yuba venía en crecida, por lo que los obreros dejaron de trabajar y Schliemann aprovechó la oportunidad para hacerse explicar con lujo de detalles la explotación

de las minas de oro. Cada uno, escribió en su diario, tiene su propia pertenencia, pero de ordinario se reúnen cuatro o cinco personas

para formar una compañía. A veces, alguno emplea también a otros trabajadores. Uno emblandece la tierra, otros con palas la echan dentro de una carretilla y la llevan a las cribas. Estas son sacudidas continuamente por otro obrero. Mediante bombas o largas mangue­ ras colocadas en el río, donde el declive es particularmente pronun­ ciado, se conduce el agua a las cribas. Por último, la tierra se vuelca de las cribas a una gran paila para continuar el lavado paso a paso.

Schliemann se percató enseguida de que el lavado de oro era un negocio arduo que demandaba mucho tiempo. Cuando un excavador o una compañía ganaban a la arena del río un puñado de oro en polvo, debían apresurarse a convertir el botín en dinero. Por todas partes

acechaban acaparadores de oro y oportunistas, empeñados en enga­ ñar a los excavadores, que en su mayoría desconocían el idioma. Schliemann se percató de su oportunidad. Informa en su diario

sobre América: Como mi última excursión a los distritos mineros me satisfizo plenamente en cuanto a la riqueza del territorio y los in­

mensos recursos de la ciudad de Sacramento, a principios ele junio

fundé un banco para la compra de polvo de oro y la venta ele mone­ déis de países europeos y ele Estados Unidos.

Hasta ese momento se había dedicado a prestar dinero en Sa­ cramento, un negocio, como él decía, mortalmente tedioso. Resolvió entonces emplear a un americano para la atención del mostrador y a un sirviente español. Con miras a una mayor seguridad y a protegerse

de incendios, arrendó una de las pocas casas de ladrillos de la ciudad y adquirió una caja de caudales de más de tres toneladas de peso. En el Sacramento Daily Union apareció el siguiente anuncio: Banco de Henry Schliemann, la casa de ladrillos ele la esquina entre la calle I y la calle principal. Importante. A traficantes y excavadores de oro.

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Se buscan 3000 onzas de polvo de oro fino y limpio para su compra inmediata, a 17 dólares la onza, permutable por monedas de oro o acreditación en el banco B. Davidson, para Rothschild de San Fran­ cisco con filiales en EE.UU. y Europa.

El negocio floreció. Schliemann compraba oro muy por debajo del valor del mercado, pagaba al contado y vendía al precio del mer­ cado. No era un negocio sencillo porque entre los caballeros de fortu­ na de Sacramento River abundaban los estafadores. Mucho oro, le escribió a su amigo de Mecklenburg G. H. Bahlmann, tratante en granos y agente de bienes raíces del pueblo de

Waren, y cuyo hijo había emigrado a Australia, mucho oro no es más que imitación, cobre recubierto de una capa de oro. Se conoce como oro falso u oro espurio. Los bribones del país del oro siempre inten­ tan engañar a los novatos. Por esta razón, al principio es aconseja­ ble no comprar oro sin probarlo con ácido nítrico. Si es auténtico, el

ácido no lo altera, pero si es oro falso produce una efervescencia y el material toma color verde. Cuando se ha adquirido cierta práctica

en el negocio ya no se necesita recurrir a estos experimentos

Al

... pesar y calcular lo pesado uno se acostumbra enseguida a distinguir

aquello que interesa al propio bolsillo, como sucede con todo, ..

Es esta una de las típicas y nada raras situaciones de la vida de Heinrich, de allí en adelante Henry: adquirir pronta experiencia en cosas de las que hasta ayer no tenía la menor noción, con lo cual obtenía grandes ganancias. El banco de oro de Sacramento fue un éxito sensacional y el mister de San Petersburgo se convirtió en el tema del día de la villa. La primera razón de la afluencia de clientes al Banco Schliemann fue la seriedad del dueño en comparación con los taimados traficantes de Sacramento River. Otra era que los excavadores podían tratar con el patrón en su propia lengua, cual­ quiera que fuese su procedencia. En aquella época, el promedio de transacciones del estableci­ miento oscilaba entre 20.000 y 30.000 dólares. A veces, después de

cerrada la caja, despachaba por barco a San Francisco cien kilos de polvo de oro y pepitas para Davidson. Vivía en constante temor a los asaltos. En su escritorio guardaba dos colts cargadas y amartilladas, listas para disparar. Su empleado, su sirviente y él mismo llevaban bien a la vista un cuchillo de monte y otra colt. Cuando Henry escribe que con cada una de esas armas de tiro

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estaba en condición de matar a cinco hombres en cinco segundos, nos da la impresión de que pretendía infundirse coraje a sí mismo.

San Francisco en llamas

San Francisco, 4 de junio de 1851: Se abatió sobre la ciudad una tremenda catástrofe, un incendio mayor a todos los precedentes que casi la redujo totalmente a escombros y cenizas. Llegué aquí la víspera, alrededor de las diez y media, y me alojé en el hotel Union junto al Plaza. Habría dormido un cuarto de hora cuando me despertaron gritos que venían de la calle: “¡Fuego, Fuego! ”, a los que se sumaba el espantoso repiqueteo de las campa­ nas de alarma. Salté presuroso de la cama, me asomé a la ventana y

divisé a sólo veinte o treinta pasos del hotel una casa de madera en

llamas. Me vestí precipitadamente y salí a la

calle a la carrera. Ape­

nas había alcanzado el final de la calle Clay cuando vi que las lla­

mas se habían extendido hasta mi hotel

A fin de apartarme del

... peligro subí por la calle Montgomery y trepé a la Telegraph Hill, una colina de unos cien metros en las afueras de la ciudad. Desde allí se

me ofreció un panorama pavoroso, el espectáculo más grande que jamás he presenciado.

Henry pasó el resto de la noche en un restaurante en lo alto de Telegraph Hill, y alrededor de las seis de la mañana, bajó a la ciudad arrasada. A su paso encontró europeos desesperados porque habían perdido sus bienes. En cambio, los nativos parecían tomar la catás­

trofe no tan a lo trágico.

Los americanos no se quejaban, reían y bromeaban unos con

otros como si nada hubiese acontecido ...

La crónica de Henry Schliemann, bastante compendiada, suena exagerada e inverosímil. Tal vez, de hecho —al menos en lo que ata­ ñe a su participación personal— fue fruto de su libre invención. Evi­ dentemente, en su propensión a dramatizar, debió dç tomar las noti­ cias del Sacramento Daily Union del 6 y 7 de mayo como base de su descripción de un acontecimiento que, en verdad había sucedido un mes atrás y al que el periódico dedicó amplio espacio. Esto también podría evaluarse como una prueba de que la visi-

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ta al Presidente de EE.UU. fue asimismo un invento de Schliemann, pues, por el mismo tiempo en que viajó de Nueva York a Washing­ ton, el Baltimore Tribune publicó un reportaje sobre el presidente Fillmore, su familia y la Casa Blanca. La recriminación que algunos críticos le hacen a Schliemann de haber sido un mentiroso patológico, y por lo tanto que ninguna de sus manifestaciones puede considerarse fidedigna, es desde luego tan errónea como, por otra parte, la absoluta credibilidad que le atribu­ yen los entusiastas a este hombre caprichoso. No cabe duda de que Heinrich Schliemann fue un grandioso retratista de sí mismo. Su afán de notoriedad superaba todas las normas. Durante toda su vida el bajito de Mecklenburg buscó grandes nombres, acontecimientos im­ portantes con los cuales adornarse y descollar. Su aventura en California no duró mucho más de un año. Si a pesar de sus fabulosas ganancias decidió ponerle fin, debió de tener razones muy poderosas. Jamás habló sobre el conflicto con B. Davidson, pero de las cartas se desprende que su socio lo inculpó de manipular los pesos del oro para aumentar sus beneficios, y esa debió de ser la causa de violentas disputas entre ambos. Sin embargo, hubo otras razones. La muerte de su hermano lo había afectado muy hondamente y vivía con el constante temor de contraer una peste. Cuando enfermó de fiebre amarilla el 4 de octu­ bre, mandó llamar a los mejores médicos. Le administraron quinina, y al cabo de tres semanas que pasó en su oficina a puertas abiertas recuperó la salud. Desde entonces votó por esta panacea. Más ade­ lante, cuando realizó sus excavaciones en Troya, la tomaba regular­ mente como profilaxis. Los ataques de fiebre amarilla se repitieron dos veces más, y Henry, presa de un auténtico pánico, decidió que no acabaría como Ludwig. Al temor de sucumbir a causa de una enfermedad se unió otro mal, la nostalgia. ¿Pero qué consideraba Schliemann como su terru­ ño? ¿A la Ankershagen de Mecklenburg? No. Al diario sobre Améri­ ca le confió lo siguiente: Si en años pasados hubiera imaginado ga­ nar alguna vez sólo la cuarta parte de mis actuales ingresos, me habría tenido por el más feliz de los mortales. Sin embargo, me sien­ to muy desdichado desde que estoy a 16.000 kilómetros de San Petersburgo, donde están aunados en un solo lugar todas mis espe­ ranzas y mis anhelos. De hecho, en medio de los huracanes de

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bramantes océanos, de los peligros y las tribulaciones; en el torbelli­

no de la diversión y en mis florecientes negocios jamás se

ha aparta­

do de mis ojos mi querida Rusia, mi cautivante San Petersburgo. Mientras que aquí, en Sacramento, debo contar con ser asaltado o asesinado en cualquier momento, en Rusia podría dormir tranquila­ mente en mi lecho, sin temer por mi vida y mis posesiones, pues allí los mil ojos de la justicia velan por los habitantes pacíficos.

Una maleta llena de oro por valor de 60.000 dólares

El 9 de abril de 1852 el Sacramento Daily Union publicó la

siguiente noticia: Atención. El banco Henry Schliemann & Co., de Sacramento Capital, será traspasado en el día de la fecha a B. Davidson de San Francisco, quien continuará su dirección. Toda la documentación ha sido entregada ya al nombrado. Henry Schliemann & Co.

Cuando apareció la noticia, Henry se encontraba a bordo del vapor estadounidense Golden Gate rumbo a Panamá a todo vapory con buen viento. Contrariamente a su costumbre de compartir el ca­

marote con otro pasajero, reservó uno individual en la cubierta supe­ rior. El precio del pasaje era de 600 dólares.Todavía se sentía bastan­

te enfermo. En su diario anotó: A pesar de las frecuentes

enfermedades

graves y los frecuentes déficit en caja que sólo puedo atribuir a la

deshonestidad de mis empleados, tengo motivos para estar del todo satisfecho con los logros alcanzados en California. Estoy seguro de

que entre los que abandonan este país no hay uno entre cien mil que haya tenido tanto éxito como yo.

Heinrich Schliemann había duplicado en poco más de un año el capital invertido de un total de 30.000 dólares. En una simple maleta llevaba consigo 60.000 dólares en oro. Mientras se encontraba en alta mar, en su camarote individual, se sintió seguro, pero cuando el Golden Gate ancló a dos millas de la ciudad de Panamá y los pasajeros fue­ ron llevados a tierra en pequeños botes junto con su equipaje, empe­ zó la zozobra. En el puerto reinaba una descomunal-confusión. Solía suceder

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a menudo que los mozos de cuerda nativos se apoderaran de las ma­ letas de los viajeros y pusieran pies en polvorosa. Algunos viajeros, recuerda Schliemann, perdieron de este modo toda la fortuna garla­ da en California. Pero en lo que a mí respecta, estaba preparado para la artimaña. Me senté sobre mi equipaje y, con el revólver en una mano y el puñal en la otra, amenacé matar a tiros o acuchillar al primero que intentara asir una de mis maletas. Su rigor surtió efecto. Con la ayuda de dos mozos de cuerda que le parecieron medianamente confiables, llegó a la ciudad donde, como primera medida, visitó al cónsul británico para asesorarse so­ bre la manera más segura de enviar su dinero a la otra costa del país. El diplomático no le dio grandes esperanzas; por el contrario, le hizo saber que los robos y los asesinatos estaban a la orden del día en los dificultosos caminos a través del istmo de Panamá. En consecuencia, le ofreció encargarse por él del transporte y aseguración del caudal a cambio de un tres y un ocho por ciento de su cantidad, pero ni el distinguido señor cónsul ni su ofrecimiento poco transparente pudie­ ron convencer al rico comerciante: Preferí conservar el oro conmigo. Heinrich Schliemann admitió más adelante que los días y no­ ches siguientes fueron los más terribles de su vida. La primera noche pernoctó con los demás pasajeros del Golden Gate en un hotel mi­ serable, el American, y por razones de seguridad durmieron en una misma habitación veinte personas malolientes, armadas con cuchi­ llos y revólveres. Schliemann se ató con cuerdas la maleta que conte­ nía su oro a las muñecas, a fin de advertir si alguien intentaba tocar esa pieza de su equipaje. Medio muerto de cansancio —y para colmo con incesante llu­ via— contrató por la mañana a un mulero y sus tres bestias que por cuarenta dólares aceptó conducir al viajero y sus bártulos a través de las montañas. Algunos europeos que volvían a su patria se unieron al resoluto alemán. Finalmente, después de navegar en una lancha y viajar en ferrocarril, el grupo llegó ala costa atlántica por sus propios medios, pues los guías los habían abandonado. Todos estaban ham­ brientos, calados hasta los huesos y extenuados. Schliemann y los demás viajeros tenían la esperanza de alcan­ zar el vapor Crescent City pero ya había zarpado esa misma mañana hacia Nueva York. No quedaba pues otra alternativa que esperar. No había dejado de llover desde su partida de la ciudad de Panamá. Nin­

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guno ele nosotros, anotó Heinrich en su diario, tenía ropa seca, y no había nada para poder protegemos del tiempo que nos castigaba con toda su furia. Centenares sufrieron la fiebre del Istmo, diarrea y escalofríos, y algunos fallecieron al cabo de uno o dos días de atroz padecimiento. Dejamos los muertos donde habían quedado, pues nin­ guno de nosotros quiso ni pudo enterrarlos.

Del 26 de abril al 8 de mayo, el grupo de viajeros del Golden Gate acampó en la letal región pantanosa. Schliemann se lastimó allí la pierna izquierda y la herida se le infectó. En la mañana del 8 de mayo un cañonazo arrancó a los desventurados de su letargo. Desde el norte se aproximaba el vapor Sierra Nevada de bandera estadouni­ dense, seguido de barcos americanos de menor porte. Schliemann reservó un camarote individual en el Sierra Neva­ da por 130 dólares y se alegró de poder secar sus prendas de vestir por primera vez en catorce días. La nave enfiló hacia Kingston, capi­ tal de la isla de Jamaica. El médico de a bordo le curó la herida de la pierna y muy pronto se recuperó de las penurias pasadas. El 18 de mayo desembarcó en nueva York.

Nueva York es un paraíso para un hombre que viene de Califor­ nia, escribió en su diario, y confiesa que al llegar al New York Hotel, en la avenida Broadway, exclamó lleno de entusiasmo: “¡Oh, New York! ¡New York/”. Sólo pernoctó allí. La maleta de dinero con la cual portaba con­ sigo toda su fortuna lo tenía nervioso. Al día siguiente se embarcó en el vapor Europa en dirección a Liverpool. La travesía duró once días y los ciento veinticinco pasajeros, a juicio de Schliemann, era toda gente distinguida, el mejor público que había encontrado hasta en­ tonces a bordo de un barco.

Regreso a Europa

. j -,

Permaneció diez días en Londres, una ciudad que le agradaba y a la que habría de retornar a menudo. Primeramente paró en el hotel Morley de Trafalfar Square, pero por consejo del doctor G. F. Collier que cauterizó la herida de su pierna, se mudó a un alojamiento priva­ do en Chiswick, para gozar de más tranquilidad. Tan pronto como

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estuvo en condiciones de andar, tomó su maleta de dinero y se dirigió al banco Baring Brothers & Co., la misma institución que ciento cua­ renta y tres años más tarde aparecería en los titulares de los diarios. Cambió monedas de oro, pepitas y letras. Librado por fin del peso de su fortuna, se permitió una visita a París para festejar la feliz culmi­ nación de su aventura en California. De vuelta en Londres —entretanto había sanado la herida de su pierna— no pensó en viajar directamente a San Petersburgo como tenía previsto en un principio, sino que embarcó en el vapor John Bull rumbo a Hamburgo; allí tomó el tren a Rostock, pasando por Schwerin. En la estación Biitzov tuvo un encuentro, previamente convenido por carta, con dos de sus hermanas, que iban camino a Rügen de veraneo. Schliemann escribe que a una de ellas, a la que no veía desde que contaba diez años, no la reconoció. A la sazón, Hein­ rich tenía treinta. Habían pasado también dos décadas desde su último encuentro con el tío Friedrich, hermano de su padre. Decidió, pues, hacerle una visita, y al día siguiente partió con una diligencia a Kalkhorst, pasan­ do por Wismar. La acogida no fue amistosa por lo cual Heinrich optó por continuar el viaje a Ankershagen, la aldea de Mecklenburg, don­

de había transcurrido su infancia. En su diario, la define como su lugar de nacimiento, si bien vino al mundo en Neubukov. Como tan­ tas otras cosas en sus anotaciones, no se sabe a ciencia cierta por qué lo hizo. Decía textualmente: Me es imposible describir la sensación que me embargó al ver los lugares donde pasé los años más dichosos de

mi primera infancia, y donde cada casa, cada árbol, cada piedra y cada arbusto traía a mi memoria miles de recuerdos gratos de aque­ llos tiempos lejanos. Me parece que a los ojos de un niño todo ad­ quiere mayor magnitud, pues el campanario de la iglesia, que antes me había parecido de inquietante altura y al que consideraba el más alto del mundo, y el tilo del centro de nuestro jardín, que se me anto­ jaba tocar las nubes, los vi en ese momento como miniaturas. La única excepción fueron los álamos balsámicos y los cerezos frente a la puerta que debieron crecer poderosamente, porque me parecieron tan altos como veintiún años atrás.

Como todos los muchachos campesinos, Heinrich Schliemann

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grabó sus iniciales en diversos lugares. Las descubrió en el cristal de una ventana de su antigua vivienda, así como en la corteza del enor­ me tilo del jardín de la vieja casa parroquial, donde moraba ahora el vicario Conradi. La sepultura de su madre en el pequeño cementerio frente a la iglesia de Ankershagen estaba en un “estado desolador”, pero Heinrich no le prestó más atención. Al día siguiente visitó a su tercera hermana, que vivía en casa del tío Wachenhusen en Vipperov y luego regresó a Rostock para embarcarse en el primer vapor rumbo a San Petersburgo. Schliemann había abandonado esa ciudad con 50.000 rixdals en el bolsillo y retornaba al cabo de un año con el doble de esa suma. Era el 4 de agosto de 1852 cuando llegó a San Petersburgo a bordo del Gran Duque Heredero Federico Francisco. La ciudad junto al Neva seguía siendo tan amorosa como un año atrás, sólo Schliemann había cambiado.

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C a p it u l o

C u a tr o

Huyendo de sí mismo

Vultus fortunae variatur imagine lunae:

Crescit, decrescit, constans persistere nescit.

(La faz de la diosa Fortuna muda

como la de la lima:

crece, mengua, nunca permanece igual.) Inscripción tallada en la Puerta Verde de Königsberg

Caballero de treinta años, bajo, corto de vista y cabello ralo, siempre bien vestido, pagado de sí mismo y presuntuoso, pero sobre todo muy acaudalado. Así regresó Heinrich Schliemann a San Petersburgo ese verano de 1852. Se le había metido en la cabeza empezar de nuevo como comer­ ciante; más aún, quería mostrarles a los comerciantes establecidos en la capital rusa desde hacía muchos años, cómo Schliemann, un hom­ bre de mundo, hacía negocios. Pretendía ser el primer mayorista de San Petersburgo. Para probar que pertenecía a la distinguida sociedad de esa ciu­ dad escogió vivienda en la calle de más prestigio. Alquiló todo el tercer piso de un palacete que contaba con dos salones y siete habita­ ciones a la calle y cinco cuartos más y la cocina con vista al fondo,

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además de un espacioso sótano, caballeriza y cochera. Los decorado­ res más caros de San Petersburgo se encargaron de amueblarlo y sólo la decoración de la habitación para huéspedes parece ser que costó mil rublos. Ese era el marco adecuado para las recepciones y grandes re­ uniones que de pronto causaron placer a Schliemann. El afortunado comerciante perseguía desde luego un determinado propósito con se­ mejante ostentación. Se le había metido en la cabeza casarse tan pronto como fuese posible. Sufría la soledad de sus sentimientos, pero sobre todo por haber fracasado dos veces en sus proposiciones formales de matrimonio. Para el hombre acostumbrado al éxito, no había en ese momen­ to peor mancha que el rechazo de dos mujeres. A su entender, un matrimonio no era tanto la consecuencia de una relación amorosa entre adultos, sino más bien una unión repre­ sentativa de dos individuos de distinto sexo. Una cierta fortuna de la novia, condición que estipulaba antes de su aventura en América, en esos momentos era para él de importancia secundaria. Fue así que, de pronto, demostró vivo interés por la hermana menor de un colega de San Petersburgo. No era rica, ni siquiera par­ ticularmente bonita, pero tenía algo que despertó en él una especie de pasión, si se puede hablar de pasión en el caso de Schliemann. Dos años atrás ya había intentado una aproximación con propósitos se­ rios, pero fue rechazado. Sin embargo, ahora que se habían encontra­ do de nuevo, la joven veinteañera dio a entender que se sentía atraída por el afortunado comerciante alemán. La señorita se llamaba Ekaterina Petrovna Lishina. El hombre, hasta allí poco favorecido por las mujeres, debió de quedar sorpren­ dido por la simpatía de la joven, antes tan fría e inaccesible. De todos modos, no se detuvo a cavilar y enseguida pidió su mano. Esto y la aceptación de Ekaterina sucedió tan deprisa que la noticia dejó asom­ brados a los parientes de ambas partes. Cuando recibáis esta carta, informaba Heinrich a su familia en

Mecklenburg, en octubre de 1852,ya llevaré cinco días de casado, si Dios quiere, y no os quepa duda que de mi parte haré todo lo posible

por hacer muy feliz a mi esposa.

En verdad, merece ser muy dichosa,

pues es una buena muchacha, sencilla, inteligente y razonable. Cada

día la amo y la respeto más.

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Schliemann, Ueno de orgullo, comunicó su casamiento a sus parientes, amigos y conocidos, pero sólo unos pocos conocían a su esposa Ekaterina. La boda se celebró el 12 de octubre de acuerdo con el rito ortodoxo ruso en la Catedral de San Isaac de San Petersburgo. Sólo asistieron a la ceremonia los familiares de la novia. Tal vez ni siquiera hubo una gran fiesta. De lo contrario, Heinrich se hubiera ufanado, como lo hizo con la decoración de su casa. Por él sabemos tan poco acerca de su casamiento como de un viaje de bodas. Respec­ to de su mujer, también hizo sólo breves referencias, y una única vez con palabras de elogio. A los pocos días de contraer matrimonio ya se encontraba de nuevo al frente de sus flamantes oficinas, atendiendo sus negocios.

Escenas de un matrimonio

Desde un principio su matrimonio con Ekaterina Lishina tuvo pies de barro. Fue una boda por conveniencia y, desde luego, con el acuerdo de ambos. Heinrich buscaba una mujer para la casa y la cama; Ekaterina, de naturaleza fría, casi frígida, consideraba la unión como

un bienvenido acomodo. Para ella el matrimonio significaba una as­ censión social. Rara vez habló de amor. En lo que respecta a la avaricia de uno y la prodigalidad de la otra, las diferencias parecían insalvables. A Ekaterina le gustaban las fiestas y la vida social; Heinrich aceptaba esta forma de diversión sólo como fines representativos, en tanto y en cuanto fueran útiles para su negocio. Por otra parte, siempre le gustó viajar, y su mujer se negó firmemente a salir de San Petersburgo. Por supuesto, como era costumbre en aquel entonces, Schliemann jamás se acostó con Ekaterina antes de estar casados. Heredero quizá, de la tardía sensualidad de su padre, una vez conver­ tido en marido, hubo de reconocer que Ekaterina se resistía desdeño­ sa a toda aproximación física. Al parecer, la pareja no tuvo ningún contacto sexual en su primer año de vida en común. De otro modo no se explica esta amarga queja de Heinrich: Al cabo de un año de ma­ trimonio tuve que engendrar mis hijos por la fuerza.

Otra prueba de ello, es el celo excesivo con el que se volcó a

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sus negocios. Como deseoso de compensar su decepción con más éxito y más y más dinero no cesaba de buscar nuevas relaciones co­ merciales. Hacia fines de ese año abrió una filial mayorista para la venta de índigo y nombró gerente de la misma a quien hasta entonces había sido su agente en esa ciudad, Alexei Matveiev. Cuando este murió inesperadamente confió el cargo a su sirviente Jutchenko, del cual dijo que un buen sirviente puede ser con facilidad un buen direc­ tor mientras que un director jamás servirá como buen sirviente. Tanto como lo perseguía la mala suerte en su vida privada, le sonreía la fortuna en sus asuntos de negocios. Ciertamente por mo­ mentos parecía que la versátil diosa había dejado para el hijo de pas­ tores de Mecklenburg una huella que sólo tenía que seguir. En 1853 cuando decidió dedicarse a lo grande al tráfico de salitre, ese polvo blanco que constituye la materia prima para la fabricación de pólvora y explosivos, estalló la Guerra de Crimea. La causa de esa guerra que duró hasta 1856 fue un ultimátum del zar Nicolás I a Turquía para que reconociera el protectorado ruso sobre los cristianos ortodoxos dentro del imperio otomano. Al ser rechazado, en septiembre de 1853 un ejército ruso invadió los principados del Da­ nubio. Seguidamente las potencias de Occidente tomaron partido por Turquía y ocuparon el puerto de guerra ruso de Sebastopol. El zar Nicolás no vivió para ver la finalización de las hostilida­ des. Falleció en 1855. Para Rusia, la guerra de Crimea acabó con un fracaso. El tratado de paz celebrado en París, en 1856, le impuso la renuncia al protectorado sobre los principados cristianos del Danu­ bio, el Mar Negro fue neutralizado y de allí en adelante el imperio zarista no pudo mantener en él una flota bélica. El ganador secreto de la Guerra de Crimea se llamó Heinrich Schliemann, proveedor de un tercio de la pólvora disparada por los rusos en ella. No por eso sintió remordimientos. Al contrario. Su éxi­ to en los negocios lo estimuló a nuevas hazañas. En septiembre de 1854, viajó a Amsterdam para participar en una subasta de índigo, adquirió varios centenares de cajones del pre­ cioso colorante y los embarcó para Königsberg y Memel, junto con otros centenares de cajones de productos comprados en Holanda y doscientos veinticinco sacos de café. Debió escoger los puertos de destino prusianos porque los rusos estaban bloqueados debido a la Guerra de Crimea. La firma Meyer & Co. de Memel, con la que

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Schliemann mantenía relaciones desde hacía bastante tiempo, debía recibir el cargamento por valor de 150.000 táleros y reexpedirlo por tierra a San Petersburgo. 3 de octubre de 1854. De regreso de Amsterdam, Schliemann se hospedó en el Hôtel de Prusse de Königsberg, donde pasó una noche intranquila. El transporte de sus mercancías hacia Prusia Orien­ tal no estaba exento de peligros y como siempre el riesgo recaía en un ciento por ciento sobre él. Como siempre, había pagado al contado para asegurarse condiciones más favorables. Porla mañana se asomó a

la ventana de su habitación y su vista se fijó en la famosa Puerta verde. Sobre la torre brillaba una inscripción en latín con caracteres de oro:

Vultus fortunae variatur imagine lunae, crescit, decrescit, constans persistere nescit. Schliemann no tardó en traducir esas palabras en latín: la faz de la diosa Fortuna muda como la de la luna: crece, mengua, nunca permanece igual.

El milagro de Memel

No era supersticioso, escribe Schliemann en sus memorias,pero de todos modos esa inscripción me causó una profunda impresión y fu i presa de un auténtico pánico, como ante la inminencia de una desgracia desconocida.

Ese mismo día partió rumbo a Tilsit, pernoctó en una posta y reanudó su viaje por la mañana. En la estación siguiente a Tilsit subió

a la diligencia un pasajero que informó que el día anterior había sido incendiada la ciudad de Memel y todos los depósitos del puerto. Schliemann resolvió dar la vuelta y tomó la primera diligencia

que partía hacia Memel ...

Llegado

a la ciudad, vi confirmada la noti­

cia de la manera más triste. La ciudad yacía ante nuestros ojos como un inmenso cementerio en el que las chimeneas y los muros ennegre­ cidos por el humo se alzaban como grandes lápidas^ como oscuros

monumentos de la caducidad de todo lo terrenal. La mayoría de sus habitantes habían huido despavoridos de las casas en llamas y cuan­ do al cabo de larga búsqueda halló a su agente Meyer y le preguntó

por la suerte corrida por sus mercancías, el hombre le respondió au-

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sente: Están enterradas allí. La pérdida de 150.000 táleros de mane­ ra alguna lo sumió en depresiones. La conciencia de no deber nada a nadie fue para mí una gran tranquilidad, escribió. La Guerra de Crimea había comenzado hacía poco, las condiciones del comercio todavía eran muy inseguras y por consiguiente sólo pude comprar al contado. Sin embargo, esperaba que los señores Schröder de Londres y Amsterdam me dieran crédito, por lo que confié plenamente en recupe­ rar con el tiempo todo lo perdido.

El destino lo quiso de otro modo. Schliemann emprendió el regreso a San Petersburgo en una diligencia especial. Durante el viaje contó a los demás pasajeros su infortunio y uno de ellos después de mirarlo largo rato le preguntó:

—Disculpe, ¿cómo se llama Usted? Schliemann se dio a conocer y el desconocido se echó a,reír. —Schliemann es el único que no perdió nada.

Heinrich miró al viajero, atónito e incrédulo. —¿Qué está diciendo? —Sí —respondió el otro— . Soy el primer dependiente de Meyer & Co. Nuestro almacén ya estaba repleto cuando llegó el vapor con

su mercancía, de modo que se levantó un almacén nuevo y fue lo único que no sufrió daño alguno. Schliemann empezó a llorar. La súbita transición de la pro­ funda aflicción a una inmensa alegría, escribe en sus memorias, no es fácil de soportar sin derramar lágrimas. Durante unos minutos me quedé estupefacto. Se me antojó un sueño, algo increíble que yo solo hubiera salido indemne en medio de la ruina general. Sin em­

bargo, así fue ...

Al incendio de Memel que sólo respetó unos pocos

edificios históricos de la ciudad, siguió una escasez de productos de

la que Schliemann sacó provecho: Hice grandes negocios con el índi­ go, maderas tintóreas y materiales bélicos (nitrato, azufre y plomo) y de este modo, como los capitalistas tenían miedo de meterse en gran­ des emprendimientos durante la Guerra de Crimea, alcancé ganan­

cias considerables y en el curso de un año dupliqué mi capital.

Con la minuciosidad de un especulador bursátil Heinrich Schliemann observó la situación política y económica del mundo y de allí extrajo sus conclusiones para proceder en sus negocios. La producción mundial de oro, analizada en 1853, había incrementado de cinco millones de libras esterlinas en 1845 a cin­

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cuenta millones de libras esterlinas en 1852, a causa de la fiebre del oro en California y Australia. Era imposible que el comercio y la industria progresaran al mis­

mo paso. Por lo tanto, dedujo que el oro bajaría de precio y apartó sus dedos del noble metal. Decía en una carta a J. H. Bahlmann: Si la explotación del oro tampoco aumenta más de los límites alcanzados hasta aquí, llegará un momento en que el sistema imperante por milenios de determinar el valor de todos los objetos según ese meted dejará ele regir.

Dos años más tarde cambió de opinión y volvió a meterse en el comercio del oro de forma masiva. Las razones: Los temores ele que el valor del oro podría caer debido a las enormes exportaciones de Australia y California ya se han perdido por completo, pues, lejos ele ejercer una influencia perjudicial, la creciente explotación de este metal da un descomunal estímulo al comercio y a la industria, civili­ za pueblos incultos que antes no conocían el oro siquiera de nombre, y en los próximos veinticinco culos provocará por su circulación más y más extendida un vuelco en las posiciones ele! hombre como no ha registrado otro igual la historia.

Schliemann siguió la ola de emigración que sobrevino en Ale­ mania, y en especial, en la pobre provincia de Mecklenburg, desde el punto de mira del hombre de negocios sagaz y llegó a la conclusión de que el valor de los productos rurales de Mecklenburg debería ba­ jar. Pronto los propietarios de fincas se quedarían con poca mano de obra y los trabajadores que hubieran optado por permanecer en su tierra reclamarían salarios más elevados. Fiel al principio de los bol­ sistas de comprar en tiempos de baja y vender en tiempos de alza, Schliemann pensó adquirir tierras en Mecklenburg y pidió colabora­ ción a su amigo Bahlmann, pero este no compartió su pronóstico. Hasta ese momento los precios de los campos no habían caído en Mecklenburg, por lo que le aconsejaba aguardar. Papá Schliemann, cuyo intercambio epistolar con el afortuna­ do comerciante se había hecho más nutrido, asedió a su hijo para que abandonara el negocio de la especulación. El pastor relevado del ser­ vicio religioso, al que la suerte le había jugado bastantes malas pasa­ das, no podía comprender que precisamente su vástago hubiera sido bendecido con la suerte de los capaces. Desde un principio le había resultado sospechoso el éxito de Heinrich. A su juicio, sólo era cues­

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tión de tiempo que la diosa Fortuna le volviera la espalda. Papá Schliemann aconsejó invertir en inmuebles. Así, nunca perderás tu dinero y tendrás buenos y seguros réditos.

Su preocupación no apuntaba tan sólo al bienestar del hijo. Desde hacía tiempo, el pastor fracasado recibía de él subsidios fi­

nancieros y temía que pudieran cortarse. Dios sea loado, todavía estás a tiempo de protegerte de la mudanza de las cosas, y de que la inconstancia y la volubilidad de la Fortuna se vuelvan perjudi­ ciales para ti.

Aun cuando, en lo que respecta al dinero, Heinrich era muy generoso con su padre, radicado en aquel entonces en un suburbio de Danzig, donde llevaba más la vida de un asocial que de un pastor retirado, lo humillaba al mismo tiempo con despiadada arrogancia. En tono despectivo, le hace ver lo miserable de su situación, cuando le escribe:

Con el correo de hoy, ordeno que te acrediten la suma de qui­ nientos táleros prusianos, dinero que emplearás para instalarte en los alrededores de Danzig en una casa decente, como corresponde cd padre de Heinrich Schliemann. Pongo esta suma a tu disposición con la condición de que en adelante tomes un sirviente decente y una

criada decente y, sobre todo, que de aquí en adelante reine en tu casa

la pulcritud; que

platos, fuentes, tazas, cuchillos)’ tenedores brillen

por su limpieza; que los pisos de madera y de baldosas sean barridos

tres veces a la semana y se cocinen en tu casa las comidas que come la gente de tu posición.

Con una chispa de orgullo en su cuerpo, otro padre hubiera devuelto los quinientos táleros, no así el viejo Schliemann. Tomaba lo que le daban.

Por qué Schliemann se hizo adicto al trabajo

Sin duda, el catastrófico incendio de Memel, en el que casi es­ tuvo a punto de perder una fortuna, lo hizo pensar. Desde luego, era imposible duplicar en un solo año su dinero con los inmuebles, pero por otro lado un especulador en bienes raíces podía dormir mucho más tranquilo. Schliemann recabó el consejo de un rico suabo que

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había hecho fortuna en Sudamérica y empezó a ponderar la conve­ niencia de adquirir tierras en el sur de Brasil. La expansión de sus negocios provocada por la Guerra de

Crimea lo convirtió en un adicto al trabajo. El dinero y las ganancias le causaban cada vez más placer y lo transformaron en un vicioso.

Dicho con franqueza, escribió a su

amigo Bahlmann en enero de 1855,

la avaricia y la codicia son en mí más fuertes que el deseo de tener

una finca rural en Mecklenburg, y mientras dure la guerra, no hay desde luego posibilidad alguna de que me aparte clel dios del oro.

Sus contactos internacionales lo ayudaron a encontrar más y más productos rentables y rutas para su transporte. Sólo había un único acontecimiento que inquietaba al comerciante: un armisticio entre Rusia y Turquía y las potencias occidentales. Le confesó a

Bahlmann: Si se restableciera de súbito la paz, tal vez perdería un treinta por ciento con las maderas tintóreas, el nitrato y el plomo. Para compensar de otra manera estas pérdidas, hace ocho días mandé comprar en Londres y Amsterdam unos 550 cajones de índigo, pues este artículo no puede caer dada la pequeña cosecha en las Indias Orientales, si la guerra continúa; pero aumentará un chelín por li­ bra esterlina si logramos felizmen te la paz.

Dinero, dinero, dinero. Schliemann ya no podía pensar en otra cosa que no fuera el dinero y por momentos parecía enriquecerse con sólo pensar en él. Un incendio en los diques de Kronstadt le dio la idea de comprar madera para desprenderse enseguida de ella con buena ganancia. Cuando se conoció en Rusia el proyecto de publicar un nuevo código, Schliemann sometió al gobierno una oferta por el pa­ pel necesario y obtuvo el pedido. Cualquier cosa que emprendiera era negocio. En sus anotaciones, confiesa: Sé que soy avaro y codicioso. Debo poner coto a mi avidez por el dinero. Mientras duró la guerra no tuve otro pensamiento que el dinero. O se queja: Me gustaría de­ jar mi negocio definitivamente. Pero quién sabe si en la feria de Nishni-Novgorod no me sentiré de nuevo en mi elemento, como un beodo consuetudinario, encerrado en un cuartucho don botellas de aguardiente. Schliemann no sólo era hábil para los negocios, sino también un adicto a los negocios. Llegó a atreverse a observar que deseaba convertirse en un segundo Rothschild. El comportamiento compulsivo siempre responde a una causa.

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Su adicción a los negocios —bien podría haber sido un bebedor o un jugador, aunque era demasiado tacaño para ello—·, esa adicción al dinero, tenía sus raíces en la desdichada unión con Ekaterina Lishina. Su matrimonio lo hizo sufrir como un perro. Pero, así como no va­ cilaba en dar a conocer todos sus pensamientos, pasó mucho tiempo antes de admitir por fin el fracaso de su vida conyugal. El hecho que la pareja tuviera tres hijos: Serguéi en 1855, Natalia en 1858 y Nadesha en 1861, no prueba que la suya fuera una unión armónica o que funcionara. El propio Schliemann declaró que había tenido que violar a su mujer. Es una desgracia, escribió a su cuñado, amar como un loco a mi mujer y desesperar cuando veo su indiferen­ cia hacia mí. Palabras insólitas para un hombre que sólo se apasiona­ ba cuando hacía negocios. Heinrich y Ekaterina eran muy distintos, y ninguno mostraba la menor disposición a ceder. Heinrich, el egómano, no podía; Ekaterina, la indiferente, no quería. En las reuniones, ponía en ridículo al serio hombre de negocios con su comportamiento indebido, echándose al cuello de otros hombres, hombres más altos y seguramente más atrac­ tivos que él, y eso debió mortificarlo bastante. ¡Podría encontrar miles de mujeres!, enfatiza en la precitada carta a su cuñado, pero estaba loco por Ekaterina. Sin embargo, ob­

serva enseguida: Irritado por sus injustos reproches

le contesté

... abruptamente que la mandaría al manicomio si pensaba repetir el

escándalo de la víspera.

Una carta de Heinrich a Ekaterina, a dos años de casados, rezu­

ma su decepción amorosa: Querida esposa. Desde mi temprana ju ­

ventud

siempre alentó en mí el ardiente deseo de unir mi vida a un

... ser que compartiera conmigo la dicha y el infortunio, las alegrías y

las penas

¡Pero, ay

Cuánto contradice la espantosa realidad que

... hoy afronto mis gozosas expectativas! No me amas y por eso no par­ ticipas de mi felicidad, no compartes mi gozo o mi preocupación, jamás piensas en otra cosa que no sea la satisfacción de tus propios deseos y caprichos, te muestras del todo indiferente a lo que a mí me

...

interesa; me contradices en todo, hasta llegas a reprocharme delitos que no son más que engendros de tu cerebro y cuya sola mención me hace temblar y eriza mi cabello.

Hacia afuera, sobre todo respecto de su familia, Schliemann trató de dar la impresión de que su vida conyugal y sus negocios

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estaban coronados por igual éxito. El 31 de diciembre de 1856 escri­

bió a su tía Magdalena, residente en Kalkhorst: Gracias a Dios, mi

mujer está bien y envía sus

cordiales

saludos para ti y tu familia. La

felicidad de nuestro hogar se acrecentó hace dieciséis meses por la llegada de un hijo al que bautizamos Serguéi. El niño crece como una flor y nos da mucha alegría. Nos hemos formado aquí un círculo

de amigos, nuestros invitados de todos los domingos y cuya afición por las ciencias concuerda con la nuestra.

Lo cierto es que por aquella época Schliemann ya había pensa­ do por primera vez en el divorcio, pero lo persuadieron de que en Rusia no se podía anular un matrimonio sellado según los ritos orto­ doxos. La situación era irremediable, sobre todo porque Ekaterina se negaba firmemente a abandonar San Petersburgo. En consecuencia, Heinrich debió enterrar para siempre sus sueños de comprar unagranja en Mecklenburg, asentarse allí y vivir en adelante de sus rentas (en aquel entonces unos 33.000 táleros al año). ¿En qué me equivoqué? Con este interrogante, Heinrich se di­ rigió a sus amigos G.H. Bahlmann y Wilhelm Hepner en demanda de ayuda. El tratante en granos de Mecklenburg le respondió con reti­ cencia: Lo único grave en Usted es su espíritu vivaz e inquieto, para el cual ·—me atrevería a decirel mundo es demasiado pequeño. En cambio, el cónsul de Prusia en Amsterdam fue más preciso:

No tome a mal que le diga que su persona no es precisamente encan­

tadora para las mujeres. Tal vez. su esposa extraña algo más que su amabilidad superficial. Si intenta Usted pulir sus facetas ásperas, si adquiere serenidad en su pensar, en sus aspiraciones, en su manera de hablar, poco a poco se impondrán sus excelentes cualidades inte­ riores.

A los treinta y cuatro, una vida nueva

Para pesar de Schliemann, la Guerra de Crimea concluyó en marzo de 1856 con el tratado de paz de París. Esa contienda lo hizo multimillonario. El mayorista, que entonces contaba treinta y cuatro años, era tan rico que se hubiera podido retirar tranquilamente, pero si había algo que no podía lograr era quedarse sin hacer nada. Se encontraba en la edad en la que un hombre empieza a meditar sobre

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su vida pasada, a hacer balance y se dice por primera vez: ¡Esto no puede ser todo! Si prescindimos del hecho que necesitó el dinero ganado hasta ese momento para poder permitirse la vida que siguió después, po­ dríamos decir que el verdadero Schliemann nació a la edad de treinta y cuatro años.

Un serio y concienzudo análisis de su situación

lo llevó

a

la

conclusión de que el dinero, que tanto había significado para él en los

últimos diez años, ya no lo era todo. Hasta ese momento había imaginado muchas cosas, pero no que su futuro podía estar lejos de Rusia, en Europa meridional. La opinión de que Heinrich había concebido y alimentado desde niño la idea de desenterrar la antigua Troya carece de todo fundamento. Con su innata facilidad, ya había aprendido hasta entonces una docena de

idiomas, pero ni hablar aún del griego y el latín, que jugarían un pa­ pel tan importante en su vida futura. Más bien por presunción, aprendió el griego moderno en seis semanas, al menos lo suficiente para hacerse entender. En el tiempo en que estuvo dedicado a este estudio se aficionó al griego antiguo, la lengua de Homero, y contrató a un sacerdote ortodoxo griego de nom­ bre Teócletos Vimpos para que le diera lecciones de ese idioma. Du­ rante tres meses luchó a brazo partido con los versos de Homero, después de lo cual pudo leer La llíada en su versión original. A pocos días de concluida la Guerra de Crimea, escribió a su

padre estas líneas: ...

me

gustaría visitar los países del sur de Europa,

en particular la patria de mi favorito Homero, tanto más cuanto que hablo el griego moderno como el alemán. Y algo más tarde le escri­ bió en griego antiguo a Carl Andress, su preceptor en casa de los tíos Friedrich y Magdalena de Kalkhorst: Han transcurrido veinte años desde que Usted enseñaba griego a mi primo (Adolph). En aquel entonces era demasiado niño para recibir enseñanza en ese idioma, pero siempre, en mis peores momentos, resonaron en mis oídos los divinos hexámetros, la melodía de los versos de Sófocles. No es sino en

el presente cuando me ha sido posible aprender esta lengua maravillo­

sa, de la que sólo me sabía el alfabeto

allí. ¿ Cómo es posible

Quiero ir a Grecia. Quiero vivir

... que exista una lengua tan maravillosa ?

El año 1856 fue decisivo para su vida futura. El lector crítico de

las cartas escritas en aquel año comprueba que en dicha etapa se pro­

100

dujo un cambio en su modo de pensar, más aún, tienta decir que cam­ bió su carácter. Hasta entonces, Heinrich no conocía sino un tema: ¿cómo ha­ cerse rico? Pero a esa altura de su vida, dueño ya de una considerable riqueza que le permitía vivir holgadamente sólo de sus rentas, nos enfrentamos a un hombre diferente. Si en marzo de ese año todavía

informaba lleno de orgullo a su padre: Aquí y en Moscú, se me consi­

dera el comerciante más astuto, listo y capaz

en las postrimerías

... del mismo año confesaba delirante a su tía Magdalena: Las ciencias y en especial el estudio de idiomas se han tornado para mí una pasión desenfrenada ...

Más explícita aún es su nueva faceta en la carta del 15 de enero de 1857, en la cual comunica al músico de la Corte Carl Ernst Laue, quien lo alojó en su casa cuando estudiaba en Neustrelitz, que su pasión por las ciencias era tan grande que había decidido abandonar

sus negocios para dedicarse a aquellas por el resto de sus días. El joven y triunfante millonario sufría cada vez más por su com­ plejo de educación, y en adelante este determinaría su vida. En su primera mitad, el dinero había significado mucho, si no todo, pero cada vez le daba menos importancia. Se hubiera podido dar por satisfecho con lo alcanzado, pero allí

estaba ese déficit de educación que, de pronto, se le hizo dolorosa­ mente consciente al comerciante, por demás cargado de complejos. Una experiencia clave la constituyó un discurso en latín que un conocido suyo, el historiador profesor Friedrich Lorentz, presidente del Instituto Imperial de Pedagogía de San Petersburgo, pronunció en ocasión de un aniversario de su establecimiento. El joven comercian­ te, lleno de entusiasmo, se aprendió de memoria aquel discurso cua­

jado de formulaciones ciceronianas: ...

pero

no puedo ecribir por mí

mismo semejante discurso, y lamentablemente, jamás lo lograré, se quejaba a su tía de Kalkhorst, porque me faltan las bases. Si mi

malhadado destino no me hubiese apartado hace veinticuatro años de vuestro cuidado, hubiera ido al liceo de Wismar y más tarde a la universidad. Entonces, tendría esa base, y tal vez me hubiese conver­ tido en algo excelente, porque tenía disposición, pero así, toda mi vida seré un ignorante en sentido científico ...

Lorentz pertenecía a un pequeño círculo de hombres cultos que una vez por semana se reunía en la casa del comerciante de San

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Petersburgo, ávido de cultura, para mantener pláticas eruditas. Desde luego, estas charlas nocturnas en el rincón del hogar le hacían adver­ tir una y otra vez su carencia de cultura, pero también liberaban enor­ mes energías intelectuales, como por ejemplo cuando Heinrich repi­ tió de memoria la disertación de uno de los miembros del círculo.

En busca de un poco de felicidad

Schliemann ponderó seriamente la idea de ir a Alemania con Lorentz y su familia, para estudiar e iniciar allí una vida nueva. Sin em­ bargo, Ekaterina y sus parientes se opusieron a este proyecto y lo recha­ zaron de plano. Por otra parte, en Heinrich estaba latente aún esa alma de mercachifle, empeñada en hacer un negocio en cualquier situación. Apenas había desechado una idea, concebía otra del todo dife­ rente. De sus ejercicios escritos de griego, conservados en gran parte y tal vez más sinceros que sus cartas, se desprende que por aquel tiempo quería echarlo todo por la borda y abandonar San Petersburgo y a su familia. ¡Ya no aguanto más!, escribió en griego antiguo, de­ plorando la falta de cultura de su entorno. Ansiaba viajar a Grecia e intentar vivir allí o tal vez regresar a América. Si allí tampoco soy

feliz, me iré al trópico.

Quizás encuentre por esas latitudes

dad que siempre he perseguido ...

la felici­

Confuso, indeciso, descontento consigo mismo y con su desti­

no, como si fuera un pobre diablo y no un multimillonario, Schliemann buscó un nuevo comienzo. Como vemos, a los treinta y cinco años todavía no tenía en mente la posterior meta de su vida. En todo caso, no menciona para nada Troya en sus notas de aquellos días: Quisiera tener un dependiente griego que también sepa ruso, francés y ale­ mán. Siento gran predilección por los descendientes de Homero y Sófocles.

El comerciante tan eficaz, cuyo instinto le dictaba la conducta a

seguir en cuestiones de negocios, se encontraba en la primera crisis grave de su vida. En esto no difería de otros hombres de su edad. No puedo ser comerciante por más tiempo escribe casi al borde de la

desesperación,

...

a

la edad en que otros estudiaban en el liceo, yo era

un esclavo, y no fue sino a los veinte cuando empecé a aprender

102

idiomas. Por esta razón, carezco de la base para el estudio. Nunca podré ser un erudito, pero algo recuperaré. Deseo estudiar de ver­ dad alguna vez y mis esperanzas crecen.

Si hubiera sido por él, habría liquidado sus oficinas en San Petersburgo en 1857 y comenzado de nuevo en otro lugar, en otro país, pero tropezaba con la oposición del clan Lishin, la influyente familia de Ekaterina. Heinrich, que trataba a los directores de las gran­ des casas mayoristas de Europa como si hubieran sido tontos chiquilines, que no vacilaba en regatear por cinco copecs con sus

colegas, ese mismo hombre no se atrevía a contradecir cuando sus suegros, tíos y tías le indicaban lo que tenía que hacer u omitir; y la familia Lishin quería que Heinrich Schliemann continuara con su negocio mayorista en San Petersburgo. En realidad, haciendo por una vez caso omiso de sus motivos personales, tenía razones económicas dignas de tomar en cuenta para abandonar la importación y la exportación. En 1857 se produjo la primera gran crisis económica mundial. Hubo una cantidad nunca vista en personas en banca rota, pero Schliemann demostró una vez más tener buen olfato. Ha quedado plenamente probado, escribió a H. J. Merck de Hamburgo, que el negocio de importación sería por demás deficitario este año. Como previ este descalabro no importé ni medio kilo de mercancías; en consecuencia: soy el más afortunado y el que más ha ganado cie entre los importadores, pues en mi inactividad estoy ganando la enorme suma que, de seguro, habría perdido ...

En lugar de hacer negocios, que en aquel momento difícil no producían sino quebrantos, Schliemann prefirió viajar a Mecklen­ burg. Allí se entrevistó con el tratante en cereales y corredor de co­ mercio J. H. Bahlmann, con quien mantenía contacto epistolar desde hacía varios años, para investigar el mercado inmobiliario. Heinrich le confió sus penas. En cuestiones de negocios ya había experimenta­ do la suerte y el infortunio en gran medida, y ya no tenía fuerzas para

soportar esas diarias agitaciones. Schliemann a Bahlmann: Me destrui­ rán en lo físico y en lo moral. Si en estos momentos pudiera ganar toda­

vía millones en el comercio, no continuaría con esta actividad.

Su esposa ya le había expresado con toda claridad que no lo seguiría al campo; por lo tanto puso la mira en otro objetivo. Pidió a Bahlmann buscar fincas a orillas del Mar Báltico, de preferencia cer­ ca de una gran ciudad como Rostock. Ciertamente, Rostock no era

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San Petersburgo, pero el mar, la intensa actividad comercial de la ciudad y la animada vida social quizá contribuirían a no hacer pare­ cer tan doloroso un cambio de residencia.

Schliemann preguntó al corredor cuánto personal se requería en una finca rural a orillas del Mar Báltico, y al final de su carta

expuso

su preocupación: ¿ Una

persona acostumbrada a vivir aquí

(San Patersburgo) soportará el orgullo tonto de la nobleza de

Mecklenburg? No se sabe bien por qué abandonó ese proyecto. El comercio y la industria parecían haber perdido atractivo para

él. La crisis económica mundial tampoco pasó por su lado sin dejar huellas. Según algunos datos, perdió 350.000 a 400.000 rublos. Esta pérdida no lo arruinó, pero se tragó una gran parte de su fortuna. Contaba treinta y seis años cuando confesó a su amigo Lentz, de su época de aprendiz en Fürstenberg, que en los tres meses peores de la crisis, entre noviembre de 1857 y febrero de 1858, le salieron canas.

La crisis ha hecho que le tomara asco al comercio.

Los arriesgados negocios especulativos dejaron de interesarle y prefirió vivir positivamente de los intereses de su peculio. Renun­ ció a las grandes ganancias, pero pudo dormir más tranquilo y dedi­ carse más y más a los escritores latinos y griegos de la antigüedad.

Pobre de mí, me moriría de aburrimiento si no pudiera ocuparme de otra cosa que no fuera el comercio, afirmaba en su carta al cónsul amigo y comerciante Wilhelm Hepner de Amsterdam. Lo compruebo aquí en muchos amigos a los que el mal humor, debido a la desgra­ ciada época que pasamos, lleva a las más osadas especulaciones con acciones, mientras yo, conforme con un bajo in terés por mi dine­ ro, permanezco en casa muy satisfecho y me divierto mil veces más con la traducción de Píndaro del griego antiguo al moderno que con la ganancia de capitales en las épocas más brillantes ...

La fiebre de viajar de un alma infatigable

Schliemann ignoraba qué pasaría con su matrimonio y para since­ rarse consigo mismo resolvió emprender un largo viaje, sin parar mien­ tes en la circunstancia de que Ekaterina acababa de dar a luz a su segundo hijo, la niña Natalia. No quería sino partir, marcharse tan lejos como

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fuera posible. Por consiguiente, en noviembre de 1858 viajó a Italia, pa­ sando por Estocolmo, Copenhague, Berlín, Francfort y Baden-Baden. Permaneció unos días en Roma y en Nápoles, pero ya en Sicilia, donde

pasó la Navidad, le asaltaron dudas acerca de su propósito. Pasar toda la vida viajando o en Roma, París o Atenas sin hacer nada es imposible para una persona que, como yo, está acostumbrada a realizar trabajos

prácticos desde la mañana a la noche, escribió a su amigo de negocios Bessov de San Petersburgo y le consultó si estaría dispuesto a abrir con él o con su capital una nueva casa de comercio, que operaría bajo la razón social Bessov-Schliemann. De pronto se sintió demasiado viejo para comenzar desde el principio como científico y pensó en un futuro como socio comanditario de una firma comercial. No obstante, prosiguió su viaje. Su meta era Egipto. Allí pasa­ ría el invierno, pero no en un hotel cualquiera, sino, como estaba en boga entre los ricos de aquellos días, a bordo de un yate en el Nilo. A mediados del siglo pasado, la nobleza y los magnates de las finanzas de todo el mundo solían darse cita en invierno en el Nilo. Sobre todo, Luxor y Asuán, con su clima seco y primaveral, eran los lugares pre­ dilectos para anclar sus embarcaciones. Heinrich Schliemann aprovechó a su manera su permanencia en Egipto. Contrató a un profesor de idiomas y estudió el árabe. En El Cairo conoció a dos aventureros italianos, los condes Giulio y Cario Bassi de Boloña, y logró entusiasmar a los dos hermanos para que cruzaran con él el desierto hasta Jerusalén. En el mercado de El Cairo compraron tres caballos, docecamellos para el transporte de la carga y diez esclavos africanos como acompañantes. La marcha por el de­ sierto duró diecinueve días, expuestos a no pocos peligros debido a los salteadores de caminos. En Jerusalén celebraron la Pascua, pero luego Schliemann se separó de sus compañeros italianos, si bien mantuvo con ellos con­ tacto epistolar durante muchos años. Su meta eran los yacimientos arqueológicos de Petra y Baalbeck. Para un europeo común, el viaje a esas regiones era en extremo peligroso. En consecuencia, Schliemann se disfrazó dé caballero in­ glés de las colonias, cuyo rigor era temido en todo el Oriente Próxi­ mo. Casualmente tres ingleses auténticos iban al mismo destino y así la pequeña caravana se puso en camino.

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Desde el Líbano, Heinrich escribió a su padre y a su hermana con fecha 26 de mayo de 1859:

Os escribo estas líneas en el bosque de cedros que tienen más de 4000 años y proveyeron a Salomón la madera para la construcción de su templo. Me llevó cuatro días escalar la montaña para llegar a este lugar. Hoy he pasado toda la mañana rodeado de nieves eternas. Realizamos el viaje a Petra con tocia felicidad, pues en Hebron hici­ mos contacto con Abu Dahud, un jefe de bandoleros de mala fama,

que nos condujo hasta Petra y de regreso a Jerusalén a lo largo del Mar

Muerto

Petra es por cierto muy notable con sus palacios, teatros y

... miles de sepulcros monumentales, todos cavados en rocas de centenares de metros de altura, resplandecientes en un magnífico juego de colores.

Muy cerca de Petra, en la montaña de Aarón, visitamos su sepulcro, en Hebron, los de Abraham, Isaac y Jacob. De Jerusalén fui a Jericó, me bañé en el Jordán y estuve a punto de ahogarme porque el río vuelca sus aguas en el Mar Muerto con inusitada violencia y me arrastró. En el Mar Muerto visitamos las ruinas de Gomorrci e Ingedi ...

De vuelta en Jerusalén, Heinrich Schliemann se despidió de sus compañeros ingleses, contrató a un mayordomo nativo y dos sir­ vientes, adquirió dos caballos y tres muías y se lanzó de nuevo a la aventura. Esta vez su travesía lo llevó por Samaría, Nazaret, fCaná, Tiberíades, al Monte Carmelo, Tiro, Sidón y Beirut. El 30 de mayo llegó a Damasco. La fatiga, el calor y las catas­ tróficas condiciones higiénicas debilitaron al esmirriado alemán y fue fácil presa de una fiebre persistente. No obstante, tomó un vapor que lo condujo a Esmirna, bordeando la costa de Asia Menor, y de allí siguió a Atenas. En la capital griega, la fiebre lo obligó a guardar cama. Según informó más tarde, pasó seis días con sus noches en estado crítico, tendido en un cuarto de hotel. Allí recibió una carta de su secretario desde San Petersburgo.

El pasado le da alcance

Stepan Soloviev, a quien Schliemann había vendido su negocio en San Petersburgo, se negaba a pagar la suma de 82.000 rublos de

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plata, importe de la transacción a pagar en cuatro años y aseguraba que los pagarés presentados habían sido falsificados por el vendedor. La noticia surtió el efecto de un shock. En un estado deplorable, Schliemann se hizo transportar en un coche de plaza, tirado por un caballo, hasta el puerto del Pireo, donde ascendió en camilla al pri­

mer vapor que zarpaba hacia Constantinopla. El cambio de aire me salvó, le escribió al cónsul Wilhelm Hepner; llegué a Constantinopla casi curado y completamente sano a Sulina, donde remontando el Danubio se llega a Budapest y de allí a Praga y Stettin ...

Todavía era verano cuando llegó a San Petersburgo, pero la ciudad en la que antes había puesto todo su amor de pronto dejó de agradarle. Se le había vuelto extraña. Ekaterina lo recibió más fría que nunca y se frustraron todas las tentativas de salvar ese matrimo­ nio fracasado. Schliemartn entabló un juicio contra Soloviev, sobre todo para salvar su honor. Como se comprobó, los negocios de su sucesor no eran ni de lejos tan florecientes como bajo su dirección, y Soloviev consideró por ello que la mitad de la suma estipulada era suficiente compensación, pero Heinrich insistió en que debía respetarse el con­ trato y siguió adelante con el pleito. Aunque ganó el juicio ante el tribunal de comercio, Soloviev interpuso una apelación, sobornó a varios secretarios de justicia y de este modo consiguió una dilación del proceso. Estas maniobras consumieron casi dos años e hicieron necesaria la presencia de Schliemann en Rusia. Para ahuyentar el te­ dio y por diversión, se dedicó a hacer negocios: compró 15.000 balas de algodón americano y otras mercancías diversas por dos millones y medio de rublos de plata, de nuevo con pingües ganancias. Sin em­ bargo, informó a J. H. Bahlmann que los grandes negocios ya no le causaban placer alguno. El deber del cronista obliga a declarar que en 1861 Ekaterina dio a luz por tercera vez, a su hija Nadesha. Cosa curiosa, Schliemann no se refirió al suceso en ninguna de sus innumerables cartas. Por supuesto, actuó del mismo modo que cuando nació su primera hija, '

Natalia. A diferencia de lo que sucedería más adelante, en la época en que vivió en San Petersburgo Schliemann no se comportó para nada como un león de los salones. Aunque gozaba de prestigio social (en 1861 fue nombrado juez de comercio honoris causa y en 1864 comer-

107

cíante de la primera corporación), la vida en sociedad le causaba poco placer. Su esposa jamás aparecía en público en su compañía. Sus ac­ tividades diurnas se desarrollaban dentro de plazos rigurosamente fi­ jados: los lunes y jueves estaban reservados a sus funciones como juez de comercio y los demás días laborables a su actividad comer­ cial.

Schliemann era madrugador. A las siete de la mañana salía de su casa para ir al club de gimnasia, una especie dtfitness-center, en el cual se practicaba sobre todo calistenia. El clima y nuestra vida sedentaria, opinaba, exigen a todo precio movimiento. A las 8.30 co­ menzaba la jornada en la oficina. A las 10 había sido atendida la correspondencia interior y en la media hora siguiente la correspon­ dencia con el extranjero. Seguidamente, visitas y entrevistas hasta las

14. Un breve período de tiempo para un ligero almuerzo y de las

15.30 a las

17 la Bolsa.

Las veladas las dedicaba principalmente a escribir cartas ó es­ tudiar idiomas. Las diversiones de los momentos de ocio quedaban reservadas para la tarde del sábado y los domingos. Schliemann era miembro de la Sociedad de Patinadores y poseía un caballo fogoso con el que salía a cabalgar en invierno, aun cuando hiciera veinte grados bajo cero. En verano, su actividad preferida era la natación. A pesar de su entrenamiento deportivo, a los cuarenta y un años

Schliemann se sentía un anciano, extenuado y sin futuro en cuanto a un poco de felicidad en su vida. En busca de ayuda, escribió a su hermana Wilhelmine (carta del 13.3.1863): Minchen, las preocupa­ ciones y los esfuerzos, a menudo sobrehumanos, relacionados con

los embrollos comerciales

están minando mi salud. Mi carácter

... impetuoso me permite lograr mucho, pero los logros requieren un estado de continua excitación que me enerva y me está haciendo en­ vejecer prematuramente. Más adelante, medita sobre su futuro: Además, creo que desde

que regresé de mi viaje a Oriente y España he duplicado mi fortuna y

ganaré aún más hasta fin de año. No puedo traspasar mis negocios

a

nadie porque todo está por cuenta propia y nadie me inspira la sufi­ ciente confianza como para entregarle un poder. Por esta razón, des­ pués de maduras reflexiones he resuelto empezar a liquidar a fin de año y espero que para la primavera de 1864 estaré en condiciones de transferir mis negocios a un banquero local para su finiquito total.

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Creo que ya no me mudaré de San Petersburgo, pero, tan pronto

como esté libre,

viajaré mucho y espero visitarte entonces con fre ­

cuencia. Recordarás que en 1858 ya había liquidado la firma y volví a retomar los negocios afines de 1859 porque me vi obligado a per­ manecer en Rusia para defender mi honor mientras durara el proce­ so. Para tener algo con que matar el tiempo empecé de nuevo con el comercio. Puedo decir, pues, que todo lo ganado desdefines de 1859 se lo debo a este pleito.

Schliemann ganó la revisión de su causa, pero el mundo, la San Petersburgo que en otro tiempo había sido para él, ya no volvió a componerse. Se había desmoronado. Desde hacía tiempo, Heinrich había consultado a un abogado sobre la posibilidad de un divorcio. La respuesta fue que el matrimonio ortodoxo ruso era indisoluble y no podría haber separación, como no fuera en el extranjero. Pero, por otra parte, el divorcio llevado a cabo en otro país tampoco era reco­ nocido en Rusia. Por consiguiente, Schliemann se enfrentó a este hecho incontesta­ ble: si quería divorciarse de Ekaterina, no tenía futuro en Rusia, pero le faltaba el ímpetu para un nuevo comienzo. Sin duda, tuvo muchas ideas girando en su cabeza: una vida de hacendado en Mecklenburg, una vida dedicada a la ciencia (por aquel tiempo todavía no a la arqueología) o una vida como escritor de libros de viajes. Para empezar, optó por viajar. Con su propensión natural hacia lo monumental y pomposo, no pensó en un viaje a una región del sur o del oeste, tampoco de una duración de un par de semanas o meses, no, el suyo sería un viaje alrededor del mundo de no menos de dos años.

Alrededor del mundo en veinte meses

Da la impresión de que Schliemann quería dejar atrás todo su pasado, que quería liberarse de las complicaciones de la vida que había llevado hasta ese momento. Anunció, además' que jamás re­ gresaría a Rusia, si bien no sabía aún dónde se radicaría. Ni siquiera estaba seguro de sobrevivir a la aventura. Por lo tanto, redactó su testamento y lo confió a la firma Schröder de Londres, con instruc­ ciones de abrirlo si no se tenían noticias suyas al cabo de seis meses.

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La vuelca a! mundo de Schliemann

En abril de 1864, se dirigió a Aquisgrán para someterse a una cura de reposo. Renovado y fortalecido, partió de allí el 25 de mayo rumbo a Génova. Diecisiete años más tarde, dice en su autobiografía:

Así, viajé

a Túnez, vi las ruinas de Cartago, luego visité Egipto

... y de allí me trasladé a la India. Visité por orden la isla de Ceilán,

Madrás, Calcuta, Benares, Agra, Lucknov, Delhi, el monte Himalaya, Singapur, la isla de Java, Saigon en la Cochinchina, y permanecí dos meses en China, donde fu i a conocer Hong Kong, Kanton, Amoy, Futshou, Shanghai, Tientsin, Pekín y la Muralla China.

Schliemann siguió un itinerario nada ordenado, lo cual disentía de su naturaleza. Sólo tenía la mira puesta en dos objetivos que ya habían alimentado sus fantasías juveniles: China y Japón. En el siglo pasado, rodeaba aún a ambos países un halo de miste­ rio e inaccesibilidad. Viajar a aquellas latitudes más que una aventura era una temeridad y habría requerido una concienzuda preparación y una tropa de acompañantes. En esto, el viajero solitario Schliemann obró con extrema imprudencia y lo hizo conscientemente, como si hubie­ ra querido desafiar al destino. Llevaba un diario con la minuciosidad de un tenedor de libros. Con un termómetro, una cinta métrica y una balanza en su equipaje hacía a menudo tediosas anotaciones, al estilo Baedecker, y en oca­ siones sus explicaciones lo mostraban como un maestro de escuela para europeos tontos. Los costes y los precios jugaban en sus notas un papel tan importante como las costumbres y usos de los pueblos extranjeros. A bordo de una nave mercante inglesa, el trotamundos llegó a Calcuta, el 13 de diciembre de 1864. A Delhi, su siguiente destino, viajó en tren, un viaje de dos días con sus noches, unido a múltiples peligros. Ya en esa ciudad, contrató a un sirviente y a un guía para que le mostrara las mezquitas y los palacios. No permaneció mucho tiempo allí, porque los picos nevados del Himalaya lo atraían hacia el

norte.

Heinrich Schliemann llegó a la aldea de Landur, a 2300 metros

sobre el nivel del mar, montado en un asno y a la vista de las montañas de 6 a 7.000 metros de altura, dio rienda suelta a su fantasía: Permanecí más de dos horas en el punto más elevado de Landur, mirando ora hacia atrás, ora hacia adelante. Mis ojos no se saciaban de ver, el paisaje era demasiado importante, demasiado excelso ...

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De regreso del Himalaya, paró tres días en Benares y navegó por el Ganges aguas arriba y aguas abajo. En las riberas miles de personas oraban o hacían sus sagradas abluciones con recogimiento metidas en el río. En lugares públicos de cremación eran incinerados los muertos; los pobres con estiércol vacuno seco, los ricos con ma­ deras preciosas. Jamás había visto Schliemann un mayor contraste entre los acaudalados y los desheredados: niños que dormían en la calle y ricas damas con grandes argollas de oro e incrustaciones de marfil en las orejas, en el brazo, antebrazo y en'los tobillos. Trescien­ tos monos sagrados poblaban el templo de la diosa Druga y, sentados en las gradas que bajaban al Ganges, descansaban sacerdotes brahmanes, ataviados con luminosas túnicas. Farfullaban oraciones y repartían flores y coronas entre el pueblo. De la India su itinerario lo llevó a Java. Después de navegar tres semanas y media en un vapor de Calcuta, Heinrich llegó a Batavia (Yakarta) el 19 de febrero de 1865 y se quedó asombrado de la magnificencia de sus flores y la exuberancia de las plantaciones de té, arroz e índigo de la isla. Una cabalgata al volcán Gedeh a 3000 metros de altura tuvo para él graves consecuencias. La fiebre y la otalgia hicieron necesaria una operación del oído a fin de extraer un pólipo. De allí en adelante, esa afección auditiva lo mortificaría el resto de sus días. Schliemann no quiso aguardar hasta su total convalecencia y abordó el primer barco rumbo a Hong Kong donde llegó el 1 de abril. En aquella época, Hong Kong, pertenecía a China. Sus casas no te­ nían más de dos pisos y allí usaban todavía monedas perforadas que la gente llevaba ensartadas en cordones, pero ya en ese entonces el

comercio era floreciente. En las calles flotaba el olor a moluscos, cangrejos y otros mariscos exóticos, que, cocinados en figones calle­ jeros, se vendían por poco dinero. Quien se tenía aprecio cuidaba de no andar a pie entre el apretado gentío que pululaba en la vía pública y se hacía transportar en una litera. Innumerables vehículos de este tipo, cargados por dos, cuatro o más portadores, se obstaculizaban la

marcha unos a otros.

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Schliemann no dejó de echar una mirada a las mujeres de Chi­ na. Según anotó en su diario, iban muy pintadas, las mejillas y los labios de un rojo subido y las cejas de negro; el cabello de color aza­ bache lo llevaban aderezado en artísticos tocados. Lucían pantalones

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oscuros, chaquetas amarillas o rojas, o una casaca azul. Sus boquitas parecen competir por su tamaño pequeño con sus pies diminutos, com­ primidos en zapatitos de seda negra y gruesas suelas blancas.

En el teatro chino de Shanghai

El viaje continuó por mar hasta Shanghai, en aquel entonces la ciudad más fascinante de China. Rara vez Schliemann describía sus vivencias personales, gracias a las cuales la relación de un viaje co­ bra vida, pero su visita al teatro de Shanghai en la primavera de 1865 constituye una excepción.

La velada clel 28 de mayo visité con el señor Michel, el dueño del Hôtel des Colonies, donde me alojo, el gran teatro chino. Tuvi­ mos que abonar una piastra cada uno y otra piastra y media por los tres sirvientes que nos acompañaban. La función comienza aquí a las once y media y no termina sino a las cinco y media o seis de la mañana. La enorme sala, de veintisiete metros de ancho por treinta de largo, estaba iluminada por sesenta linternas de cuerno y cristal, además de unas veinte arañas en las que ardían grandes velas de sebo rojo. Estas velas eran de unas dos pulgadas de grosor en su parte superior e iban decreciendo hasta tener la mitad de ese diáme­ tro en su parte inferior. En derredor de cada linterna pendían seis borlas de seda roja. El teatro tiene capacidad para trescientas veinte personas, pero, como los espectadores iban llegando poco a poco, la sala no se llenó sino alrededor de la una. No había un programa fijo. A falta de uno, un hombre que de­ bía pertenecer al elenco de los actores, mostraba a cada espectador una tablita de marfil de noventa centímetros de largo y catorce de ancho, donde estaban inscritas las piezas que iban a representar; pero al mismo tiempo presentaba un libro de ciento cincuenta pági­ nas de seda azul, en el cual estaban registradas trescientas piezas que los actores sabían. Todo espectador tenía derecho a elegir una de ellas por un pago adicional de una piastra para ser representada en sustitución de una de la tablilla de marfil. De hecho, en unos minutos, ocho comerciantes chinos de largas coletas pagaron ocho piastras para

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cambiar otras tantas piezas del programa por seis comedias y dos dramas de su preferencia ...

Si se tienen en cuenta las condiciones de las comunicaciones y los transportes en 1865, Schliemann corrió por el Lejano Oriente como perseguido por las Furias. El principal medio de transporte era el bar­ co, y también los coches tirados por caballos y las muías de silla. Singapur, Yakarta, Bandung, Saigón, Hong Kong, Futshou, Shanghai, Pekín, tierra adentro hasta la Gran Muralla, de vuelta a Pekín y Shanghai. A Pekín, la capital china, se presentó en un carro tirado por un

asno. Se la había imaginado muy distinta: Creí encontrar en el centro

de la ciudad más y más maravillas, pero me llevé una terrible decep­ ción. Como allí no hay hoteles, me alojé en un templo de Buda ...

Ponemos en tela de juicio que esta declaración responda verda­ deramente a los hechos. Schliemann admiró la anchura de las calles

de Pekín, pero su estado mereció sólo palabras de desprecio: No hay calle en que no haya casas más o menos derruidas.Como los desper­ dicios y toda inmundicia son arrojados a la calle, estas están colma­ das de montículos y zanjas. Por todos lados aparecen profundos po­ zos, de manera que no se puede transitar por ellas sino a caballo, y

aun

así, con la mayor precaución ...

Constantemente lo perseguían mendigos desnudos o envueltos en harapos. Otros recogían lo aprovechable de los montones de basu­ ra, hasta los más pequeños trozos de papel o carbón quemado. Reina­ ba por doquier un ruido indescriptible: ladridos de perros sin dueño, rebuznos de asnos, y el bramido de los camellos mongólicos de larga pelambre que, atados unos a otros de los ollares, recorrían las calles en caravanas de hasta siete bestias. Vio delincuentes con la cabeza aprisionada en un madero de un metro cuadrado, en el cual estaban registradas todas sus felonías, así como la duración del castigo. Los maderos impedían al reo llevarse comida a la boca con sus manos y por ende estaba librado a la caridad de su prójimo. Tan rudos como eran los chinos con los criminales, así de respe­ tuosos eran en el trato que daban a sus muertos. Schliemann presen­ ció el cortejo fúnebre de un simple mercader que era transportado a la tumba en un ataúd de cuatro metros de largo, cargado por cuarenta culies. Encabezaban la comitiva fúnebre ciento veinte culies portan­ do banderas blancas y celestes, los seguían los deudos, doce músicos

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con tambores y gongs y otros setenta y dos culies que llevaban varales dorados. De camino, escribe Schliemann en su informe de viaje, pasé por el palacio del emperador, cuyo perímetro abarca no menos de doce kilómetros y al que rodea un muro ele ocho metros de altura. Con excepción de los grandes dignatarios pertenecientes al palacio, nadie tiene acceso al mismo. Por consiguiente, sería más apropiado calificar a ese recinto amurallado de prisión del emperador y no de palacio, pues las costumbres y usos del país no le permiten abando­ narlo jamás.

Solo sobre la Muralla China

La obra arquitectónica más grande de la Tierra, la Muralla Chi­ na, despertó en Schliemann particular interés. Como se encuentra a gran distancia de todos los itinerarios, cualquier intento de llegar a ella implicaba un riesgo considerable, pero el intrépido trotamundos contrató a un guía chino, nada valiente como quedaría evidenciado muy pronto. A caballo y con un carro de dos ruedas tirado por una muía, iniciaron la marcha hacia el norte. En las montañas, junto a la frontera con Manchuria, Schlie­ mann se dio cuenta de por qué la gente de Pekín había tratado de disuadirlo de emprender semejante aventura. La mayoría de los habi­ tantes de los valles de alta montaña no habían visto jamás a un euro­ peo. Un orangután o un gorila vestido con ropas de hombre en las calles de París, anotó en su informe, hubiera causado menos curiosi­ dad y asombro que mi presencia entre aquellos montañeses.

Una inmensa multitud rodeó al aventurero europeo cuando quiso aposentarse en una pequeña localidad, y por la noche, al retirarse a su habitación, lo sitiaron setenta curiosos que rompieron en parte el pa­ pel que cubría las ventanas y se introdujeron por ellas para observar al hombre de cabello corto, al que escribía con una pluma de izquier­ da a derecha y no con un pincel de arriba a abajo. La novedad había cundido como un reguero de pólvora. Abandonado por su acompañante, que, a la vista de los profun­ dos precipicios capituló enseguida, Schliemann subió a la Muralla ál

116

día siguiente, en ocasiones reptando a cuatro patas. La gigantesca construcción de seis a ocho metros de espesor y de ocho a doce me­ tros de altura se extendía a lo largo de crestas rocosas, casi imposi­ bles de escalar. Al cabo de cinco horas y media, alcanzó por fin uno de los torreones de la Muralla. El panorama que se le ofreció desde allí arriba le hizo olvidar

las penurias de la ascensión. He visto, dice embelesado, paisajes so­ berbios desde la cima de los volcanes de la isla de Java, y desde las

cumbres de Sierra Nevada en California, desde los colosales picos del Himalaya en la India y desde las altiplanicies de las cordilleras sudamericanas, pero nada se compara con el grandioso cuadro que se extendió aciuí ante mis ojos.

Finalmente regresó a Shanghai, pasando de nuevo por Pekín, y se embarcó en el primer vapor rumbo a Japón. El 5 de junio desem­

barcó en Yokohama y se alojó en el hotel Colonial. Después de todo lo visto en Pekín, esta ciudad con sus calles de macadam no le pare­ ció particularmente notable, pero en cambio lo fascinaron las cos­ tumbres de allí, el peinado unitario de los hombres y los elaborados toca­ dos de las japonesas. Le llamó también la atención y lo asombró la liberalidad entre ambos sexos: El hecho de que en el idioma japonés falte el artículo para expresenla diferencia entre masculino, femenino y neutro parece aplicado aquí en la práctica en la vida cotidiana, porque

de la mañana a la noche reina en los baños públicos una caótica confu­ sión de individuos de ambos sexos de toda edad, con el único traje de nuestros antepaseidos antes de haber mordido la manzana fatal.

En aquel entonces, la capital, Tokio, llevaba todavía el nombre de Yedo, y esa era una ciudad prohibida. Precisamente por esta cir­ cunstancia, Schliemann tuvo especial antojo de visitarla y, gracias a la mediación del cónsul estadounidense, logró un permiso válido por tres día para pisar Yedo, aunque no pudo moverse libremente en su interior. Lo acompañaban sin cesar cinco funcionarios policiales a caballo y seis palafreneros. Aquí, en Yedo, me siento como un prisio­ nero, se quejaba Schliemann, pero existían buenas razones para cus­ todiarlo, pues hacía pocos años los fanáticos habían causado un baño de sangre entre los extranjeros, después de lo cual los diplomáticos de los diferentes países abandonaron la ciudad. A Schliemann no le preocuparon mucho estas circunstancias,

117

pues siempre pecó de intrépido. Avido de conocer, transitó a paso vivo por la capital, contempló las plantaciones de té, los viveros y los criaderos de gusanos de seda; los grandes almacenes de la ciudad y un edificio de madera de dos pisos, con capacidad para seis a ocho mil expectadores, pero desprovisto de sillas o butacas.

A los tres días, el trotamundos regresó a Yokohama. Su perma­ nencia en Japón fue de tres semanas en total. Al referirse al país del sol naciente, resumió: Aquí nos percatamos ele que todas las necesi­ dades que en Europa consideramos imprescindibles son de origen puramente artificial ...

En aquel entonces era casi imposible para un viajero llegar de Japón a California. No había barcos de pasajeros que cubrieran la travesía desde el Lejano Oriente hasta el oeste de América. Por lo tanto, Schliemann se embarcó el 4 de julio de 1865 en un buque mer­ cante inglés, el Queen o f the Avon, un pequeño barco de vela, de ciento sesenta toneladas, cuyo destino era San Francisco. La navegación duró cincuenta días completos, no exentos de gran­ des incomodidades. Schliemann durmió en un camarote de dos metros por uno treinta, provisto de una litera, una cómoda y un lavabo por todo mobiliario. Sin embargo, contrariamente a su actitud respecto del primer viaje a América, no se quejó de las primitivas condiciones de a bordo. Al parecer, en Japón había aprendido humildad y modestia. Heinrich Schliemann aprovechó esos cincuenta días de aisla­ miento a bordo del Queen of the Avon para escribir en francés un informe de viaje: La Chine et le Japon au temps présent (China y Japón en la actualidad). Evidentemente, mientras cruzaba el Océano Pacífico, concibió el firme propósito de publicar el manuscrito en París y pasar en esa ciudad sus próximos años. El viaje alrededor del mundo desde 1864 a 1866 no dejó en Schliemann impresiones duraderas, hagamos caso omiso a que durante ese período tuvo una idea clara: dedicar su vida futura a la ciencia. En la autobiografía que escribió más adelante, a su aventura en

Japón, el cruce del Pacífico en cincuenta días, la larga travesía desde San Francisco a Nicaragua, México, La Habana y su retorno a París en enero de 1866, no les dedicó ni veinte renglones impresos. La vuelta al mundo fue para él un intermezzo. Su nueva vida, la verdadera, no iba a comenzar sino en París, en 1866.

118

C a p it u l o

C in c o

El estudiante tardío y el amor

No te inquietes, nunca más intentaré abrazarte. Sólo te ama­ ré como a la madre de mis amados hijos, pero será un amor platónico.

Heinrich Schliemann a su esposa

Me agrada sobremanera viajar en compañía de una mujer de mundo, pero no puedo imaginar nada más tedioso que hacerlo con una santa, mucho más indicada para un con­ vento que para el teatro del mundo. Heinrich Schliemann a su prima Sophie

El

1 de febrero de

1866, se inscribió en la Sorbona de París,

como un estudiante más.

y.'

Apellido:

Schliemann

Nombre:

Heinrich

Lugar y fecha de nacimiento: Neubukov, 6 de enero de 1822

119

Domicilio:

París, Place St. Michel, 6

Nacionalidad:

rusa

Estado civil:

casado

Asignaturas:

1. Literatura francesa del siglo xvi

2.

Lengua y literatura árabe.

(Prof. Defreméry, Collège de France,

utilizando la Crestomatía de Kosegarten)

3.

Filosofía griega

(Prof. Ch. Lévêque, Collège de France)

4.

Literatura griega, con comentario

Ayax de Sófocles (Prof. E. Egger)

5.

Petrarca y sus viajes (Prof. Méziéres,

continuación de un curso),

6.

Gramática comparada (Prof. Michel

Bréal)

7.

Filología y arqueología egipcias

(Vic. de Rougé)

8.

Lengua y literatura francesa moderna,

en particular Montaigne (Prof. Guillaume Guizot).

Concluido su viaje alrededor del mundo, Heinrich Schliemann se propuso empezar algo enteramente nuevo. Ya no regresó a San Petersburgo. Adquirió una casa señorial en la Place St. Michel, invir­ tió unos 40.000 francos para decorarla de acuerdo con el estilo de la época y así comenzó una vida de estudiante a su manera, desde luego muy singular. Lo suyo no fue el capricho de un millonario arrogante que po­ día permitirse costosas escapadas. Cuando abrazó el estudio lo hizo muy en serio. Aspiraba a superar definitivamente la falta de educa­ ción que lo atormentaba desde su niñez mal aprovechada. Con toda seguridad, no había otra ciudad en el mundo que por aquellos días ofreciera tanta variación y distracción a un cuarentón como Heinrich Schliemann, pero suena creíble lo que el estudioso

escribió a su hermana Doris a poco de ingresar en la Sorbona:

Con

... todas sus magnificencias, París carece de atractivo para un viajero que ha navegado alrededor del mundo y ha visto las maravillas de la

120

India, de las islas Sunda, de la Cochinchina, China, Japón, México, etc. Lo que aquí me interesa y retiene son las disertaciones de los grandes profesores de la Universidad sobre literatura, filosofía, je ­ roglíficos, etc., y además los museos y teatros, pues en ninguna otra parte del mundo se encuentra nada tan sublime ...

Por cierto, muy pronto y contrariamente a lo esperado, el ambi­ cioso estudiante, un talento natural cuando se trataba de aprender idio­ mas, debió reconocer que las musas de las artes y las ciencias se mos­ traban a veces esquivas y exigían de sus discípulos entera disposición.

Sin embargo, Schliemann jamás tuvo paciencia para aprender de for­ ma sistemática y quemándose las pestañas. Asistió aplicadamente a todas las cátedras, pero no pasó de ahí y, por consiguiente, tampoco avanzó mucho en su modesto estado de ilustración. El trotamundos optó por escribir un libro sobre su viaje alre­ dedor del mundo. Creyó que ofrecería así a sus lectores un libro científico, pero fue todo menos eso. La Chine et le Japon cm temps présent, doscientas veintiuna páginas impresas en caracteres gran­ des, encuadernadas en cartulina amarilla y publicado por la Librairie Centrale de París, Boulevard des Italiens 24, era un in­ forme de viajes superficial, en algunos pasajes escrito con torpe­ za, nada más, y nada menos. En el último tercio del siglo pasado,

el Lejano Oriente era todavía en gran medida una tierra incógnita y por ende de gran interés general. Para pesar de su autor, se ven­ dieron escasos ejemplares y en la actualidad constituye un objeto de gran valor para los bibliófilos. Schliemann escribió su libro en francés y luego quiso editarlo también en alemán, pero, como carecía de tiempo y de ganas para traducirlo, recurrió a su viejo preceptor Carl Andress, con quien man­ tenía correspondencia aún, nada menos que en latín. Carl Ernst Laue de Neustrelitz le había hecho saber que Andress pasaba en esos mo­

mentos por grandes aprietos económicos: ...

parte

el. corazón, verle

caminar por las calles tan encorvado, tan solitario y abandonado,

con sus ropas raídas y ese rostro macilento que habla de grandes penurias, y tal vez, hasta de hambre ...

El acaudalado estudioso escribió enseguida a Andress, natu­ ralmente en latín, para interesarse por su suerte y recibió la desgarradora respuesta: Quodsi aliqua ex parte ad levandam tristem

meam conditionem conferre poteris

...

(Si puede contribuir con algo

121

para aliviar mi triste condición, le estaré muy agradecido. Lo pase usted bien y quede con mi simpatía). Schliemann, que siempre poseyó un particular sentido prácti­ co, encomendó al pobre Andress la traducción del manuscrito al ale­ mán y le pagó por ello generosos honorarios.

Me

siento inmensamente feliz

Libre, adinerado y al parecer despreocupado, el estudiante tar­ dío pasó en París una época dichosa. Lleno de euforia escribió al

cónsul general de Prusia en Amsterdam, Wilhelm Hepner: Lejos de la Bolsa y del comercio, en mi acucioso afán de perfeccionarme en las ciencias, me siento tan inmensamente feliz que no pienso ni en lo más remoto retomar jamás las actividades comerciales.

En realidad, los años de estudiante de Schliemann no fueron sino una evasión de su propio pasado y sus problemas sin solución. Es muy natural que no quisiera volver a su agotadora profesión, pero sobre todo le repugnaba regresar a San Petersburgo, donde se encontraría con una esposa frustrada, frígida, que no dejaba de reprocharle su forma de vida. A pesar de todo y a su manera, todavía amaba a esa mujer fría e inacce­ sible, para la que cualquier contacto físico suponía un problema. Concluido el primer semestre de invierno en París, Schliemann decidió tomar un descanso de cuatro semanas en Samara, junto al curso inferior del Volga. En aquella época, la sociedad distinguida no dejaba de tomar un descanso o veranear una vez al año. Eso era una parte inamovible del mismo, por lo tanto no tenía nada de raro, pero elegir precisamente la apartada villa de Samara junto al Volga y no Bad Kissingen, Karlsbad o un balneario francés respondía por su­ puesto a un motivo. Para ir a Samara se pasaba por San Petersburgo, si así se había planificado. Heinrich quería realizar un último intento de reconquistar a Ekaterina, pero sobre todo a sus hijos porque le interesaba mucho sustraerlos de la influencia maligna del clan Lishin. Se presentó en San Petersburgo sin avisar. Durante los dos años que mediaron desde su partida no había intercambiado con su mujer una sola línea. El motivo, tan sencillo como importante: al parecer Ekaterina había rehusado abrazar a su marido al despedirse.

122

Por eso, Heinrich buscaba una reconciliación para el bien de los niños y sólo logró la separación definitiva. Confesó amar todavía a Ekaterina a pesar de lo sucedido, pero ella dejó bien en claro que le resultaba imposible convivir con su marido y no pondría reparos si decidía mantener a una amante, más aún lo instaba a ello expresa­ mente. A su propuesta de establecerse con ella y los niños en una gran ciudad como París o Dresde para ofrecer a sus hijos la posibilidad de una buena educación (calificaba de miserables'a las escuelas de San Petersburgo), Ekaterina respondió con un estallido de cólera y la re­ novada promesa de que jamás abandonaría Rusia. Schliemann se enfureció. Amenazó con quitarle los hijos con la ayuda de la policía. Después de todo era su padre. Luego abandonó su casa y presa de la desesperación viajó a Samara, pasando por Mos­ cú y Nishni-Novgorod. El ulterior curso de su derrotero evidencia lo en serio que había formulado su amenaza de sacar a sus hijos por la fuerza de San Petersburgo. Su itinerario lo llevó al Mar Caspio, al Mar de Asov y a Crimea. Desde allí remontó el Danubio y finalmente llegó a Dresde para echar un vistazo a los institutos de enseñanza y educación Krause, un famoso internado para hijos de personajes encumbrados. Sin vaci­ lar, adquirió en Dresde una mansión más grande que su casa de San Petersburgo y regresó a París. Sólo podemos hacer conjeturas respecto de lo que pasó por la cabeza de este hombre de vuelta a la ciudad de la luz. El favorito de la suerte, siempre tan mimado por el destino, cayó en profundas depre­ siones. No quería comprender que su matrimonio había fracasado, que su familia se había deshecho, pero si algo le había enseñado la vida era a no claudicar jamás.

Un ofrecimiento desesperado:

un matrimonio a lo San José

En consecuencia, intentó otro recurso, de verdad conmovedor para recuperar a Ekaterina y los niños. Como siempre, escribió a su mujer en ruso: Sé razonable y toma la mano que te tiendo desde la

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distanda para sellar una amistad duradera. Piensa cuánto sufren y sufrirán nuestros bienes y nuestros hijos por nuestra desunión. Si te complace, perdonaré para siempre a tu hermano por todas sus injus­ ticias. En Dresde llevaremos una buena vida. Conservaremos nues­ tra casa de San Petersburgo para tener siempre un alojamiento allí y también la magnífica casa de París, cuya decoración me costó 40.000 francos. No te inquietes, nunca más intentaré abrazarte. Solo te amaré como a la madre de mis amados hijos, pero será un amor platónico. Siempre seremos felices cuando visite Dresde, pues me he vuelto un parisino. Todas las noches voy al teatro o asisto a las cátedras de los profesores más prestigiosos del mundo. Podría contarte historias durante décadas, sin aburrirte jamás. Esperarás mi siguiente visita a Dresde con la impaciencia de una novia que aguarda a su amado. La gran estimación que gozo en París por ser el propietario de una gran mansión me obliga a vivir con lujo. Mis equipajes, mis caballos de silla, mi vestimenta, todo responde a la elegancia de nuestros muebles. Al recibo de estas líneas, hazme saber por telegrama que acoges esta mano amiga. Ese telegrama será mi talismán cuando viaje a Dresde.

Ni la proposición desesperada de un matrimonio a lo San José, ni la seductora alusión a un lujo aún mayor que el de San Petersburgo

surtieron efecto. Ekaterina respondió con aspereza: Jamás saldré de Rusia. Te lo he repetido muchas veces. No abandonaría Rusia ni si­ quiera por corto tiempo. ¿ Cómo amarte si me exiges cosas imposi­ bles?

Heinrich se enfureció, pero no se dio por vencido. Cuando sus zalamerías y promesas no lograron el resultado esperado, lanzó ame­ nazas. Sabes, escribió a San Petersburgo, iracundo, que con tu proce­ der maníaco y furibundo harás que desherede a tus hijos. Así es, están desheredados. Lo juro, les he desheredado. Haz logrado tu pro­ pósito. Esta es la última carta que recibirás de mí en tu vida. En veinte años de descomunales fatigas conseguí reunir un millón de francos para cada uno de mis hijos y lleno de orgullo pensé haber cimentado su dicha terrenal. Habría sacrificado con gozo mi vida por cada uno de mis amados niños. El conflicto con su esposa lo sacó de quicio por completo. Dejó los estudios, hasta hacía poco la mayor satisfacción de su vida, y en octubre de 1867 se marchó a América en el vapor Russia.

124

En su equipaje llevaba un rizo que su prima Sophie le había enviado unas semanas antes junto con una carta de amor. Como de costum­ bre, Schliemann pretextó razones de negocios —sin duda las hubo— pero en definitiva fue una vez más un intento de evadirse de la deses­ peración. En el London Times los expertos en economía profetizaban malas perspectivas para los valores estadounidenses. Schliemann po­ seía una fortuna en dichos valores, y nada mejor que ir a cerciorarse por sí mismo acerca de la situación. A pesar de las desavenencias familiares, el astuto y sagaz comerciante, el hacedor de negocios, el que sabía obtener ganancias de toda situación volvió a cobrar vida, olvidan­ do al parecer sus propósitos de no ocuparse jamás del comercio. Escribió a G. H. Schröder de Londres: Según me han informa­ do en la embajada de Estados Unidos, me ha sido concedida la ciuda­

danía estadounidense en virtud de la

declaración que efectué en f e ­

brero de 1851. Por lo tanto, afínales de la semana pienso ir a Nueva York unos días para retirar mis papeles de ciudadano de EE.UU. Una vez. allí quiero ir a Nueva Orleáns en barco por el Mis­ sissippi, pasando por Chicago y Cincinnati, y continuar luego viaje a La Habana para recoger informaciones ¡o más precisas posible sobre las oportunidades existentes para la reconstrucción de los Es­ tados sureños ...

Su idea de reclamar la ciudadanía estadounidense respondió a un motivo práctico. En calidad de ciudadano ruso, pues todavía lo era, no tenía perspectiva alguna de disolver sus vínculos conyugales. En cambio en América regían leyes de divorcio liberales, en extremo liberales en ciertos Estados. Por consiguiente, si había para él una oportunidad de librarse de Ekaterina Lishina, sería haciendo un ro­ deo por América.

El primer intento de hacerse estadounidense

jA.s

Tan pronto como llegó a Nueva York, Henry intentó obtener enseguida la ciudadanía estadounidense, pero su pretensión fue dese­ chada, de modo que optó por ocuparse primeramente de sus nego­ cios. Pudo comprobar que los temores respecto de los títulos no eran

125

infundados. En cambio, sus acciones del ferrocarril devengaron un 10 por ciento de dividendos. Alentado por estos réditos pensó adqui­ rir más acciones de esa empresa, pero antes decidió viajar por su cuenta para tener un panorama del movimiento de las distintas líneas y compañías de ferrocarril, y durante la travesía inspeccionó los tra­ mos y las estaciones de Nueva York Central, Toledo-Cleveland, Michigan Central, Illinois Central, Chicago-Burlington-Quincy, Pittsburgh-Fort-Wayne y Chicago. En esta ciudad permaneció seis días. Comprobó con admira­ ción que su población había aumentado de 3500 habitantes en 1838 a 250.000 ese año de 1867. Una de las muchas maravillas que vi allí,

escribió al cónsul Hepner de Amsterdam, es el atornillamiento y la elevación de todas las casas de la ciudad a un metro y medio o casi dos de altura, porque las calles eran demasiado bajas para estable­

cer un sistema de alcantarillado en condiciones

y el atornillamiento se

... realizó mientras seguía el trajín dentro de la casa sin interrupción.

Lo que Schliemann describió de manera tan complicada era el levantamiento de hileras enteras de casas mediante prensas hidráulicas a un metro y medio o dos metros y medio para hacer pasar la canali­ zación debajo de los cimientos. Una carta al señor Höhne, comerciante y cónsul en San Peters­ burgo, cuyo nombre aparece sólo una vez entre las cartas dejadas por Schliemann, debe considerarse con reservas. En ella, Heinrich infor­ ma que viajó de Chicago a San Luis, Filadelfia, Baltimore y Was­ hington. Allí habría conocido al Presidente de Estados Unidos, Andrew Johnson, al ministro de finanzas Me. Culloch y al famoso general Ulyses Simpson Grant, desde hacía pocos meses ministro de Guerra

de su país, y todos habrían tratado de tranquilizarlo con respecto a la situación económica de Estados Unidos. Sabemos que a Schliemann le encantaba adornarse con nom­ bres importantes y las presuntas entrevistas con los grandes de esa nación presumiblemente causarían impresión en San Petersburgo. Sin embargo, la carta a Höhne responde a los hechos cuando continúa:

¡Pero qué vi por doquier con mis propios ojos! Paralización total en las fábricas, estancamien to de los astilleros, inestabilidad en el ne­ gocio de productos manufacturados, ruina total de los Estados

sureños ...

Esta circunstancia lo llevó a vender dos tercios del total

de sus valores, que sumaban 300.000 dólares. En cambio, adqui­

126

rió acciones y obligaciones de los mejores ferrocarriles de Esta­ dos Unidos. Como siempre, Schliemann registró sus impresiones en su dia­ rio. Del estado de Washington viajó al de Virginia, Tennesse, Alabama, Mississippi y Luisiana, y se quedó diez días en la ciudad de Nueva Orleáns: Nueva Orleáns es una bella ciudad pero no hay vida aquí, porque todos están empobrecidos. Luego continuó viaje por mar ha­ cia Cuba, para hacer escala en La Habana. La víspera de su cuadragésimo sexto cumpleaños el pasado vol­ vió a darle alcance: Esta noche se celebra en San Petersburgo la

Noche Buena. Con el reloj en la mano, no ceso cie calcular la hora cie culi, seis horas y cincuenta minutos sumadas a la hora vigente en Nueva York. Con el corazón y el pensamiento estoy permanentemen­ te junto a mis pequeños amores Serguéi, Natalia y Nadia. Los veo regocijarse a la vista del árbol navideño y lloro amargas lágrimas por no poder compartir su alegría y aumentar su felicidad con mis regcdos. Daría 100.000 dólares por pasar esta noche con ellos. En verdad, se requiere mucha más fuerza y filosofía de las que tengo para pasar este día sin lágrimas.

En esta anotación llama la atención una cosa: al parecer su es­ posa Ekaterina no juega ya papel alguno en sus pensamientos. Entre fines de 1867 y comienzos de 1868 Schliemann se resignó con la ruptura. Costara lo que costase, se divorciaría de su mujer y comen­ zaría una vida nueva en París o en cualquier otra parte, pero fuera de Rusia.

Una carta de amor desde Kalkhorst

El 1 de febrero de 1868, Heinrich se encontró de nuevo en Pa­ rís, justo a tiempo para empezar el semestre de invierno. Como un guiño del destino, encontró entre su correspondencia una carta, cuya letra le era bien conocida. Su prima Sophie Schliemann, a la que ha­ bía cortejado en vano en 1841 en Kalkhorst y a la qlie había man­ dado tiernas misivas en todos esos años, esta Sophie que a la sa­ zón tenía cuarenta y ocho años y seguía soltera, le escribió la siguiente carta:

127

Querido Henri Mil gracias por todo tu amor, mi caro Henri. Si bien no pude escribirte enseguida, mis pensamientos y mis oraciones te han acompañado. ¿ No querrás retirar tu dinero de allí y comprar algo aquí? Tan pronto como adquieras algo aquí, te habrás asegurado. Los bienes raíces siempre conservan su valor. En verano me gustaría hacer contigo un viaje por tierra. Adiós, mi querido, caro Henri. Recibe los saludos cordiales de quien te ama.

Sophie Schliemann

En realidad, Heinrich no había gozado de mucha ternura en su vida, de modo que la citada carta debió de causarle un efecto electrizante. El solitario jamás olvidó los ardientes besos que es­ tampó veinte años atrás en las mejillas de su prima al despedirse de Mecklenburg, y durante toda su travesía llevó consigo, bien custodiado, el rizo que ella le había enviado en octubre. Sin em­ bargo, tampoco olvidó que aquella vez Sophie había rehuido su acercamiento cariñoso. ¿Lo hizo quizá porque era más bajo que ella? Lo cierto es que quedó profundamente herido. Podía sopor­ tarlo todo: el calor, el frío, el dolor, el sufrimiento, fatigas sobre­ humanas, menos las heridas espirituales que le inferían. La carta de Sophie databa de hacía dos meses. Heinrich la con­ testó con maldad y arrogancia:

Querida Sophie Expresas el deseo de hacer un viaje conmigo, pero querida mía, te confieso abiertamente que tus costumbres son demasia­ do virtuosas para mí. Cuando partí de Boltenhagen no quisiste abrazarme. Ni siquiera quisiste acompañarme hasta la dili­ gencia. Te negaste a darme el brazo, ¿cómo pretendes pues hacer un viaje con un hombre de mundo ? Me agrada sobrema­ nera viajar en compañía ele una mujer de mundo, pero no pue­ do imaginar nada más tedioso que hacerlo con una santa, mu­ cho más indicada para un convento que para el teatro del mundo.

128

Henry

De la infinidad de cartas que escribió en el curso de su vida, esta tue la que más le pesó, aunque no llegó jamás a manos de su destinataria, porque esta falleció el mismo día en que Henry la depo­ sitó en el correo de París. Cuando la esposa del pastor Hager y tía de Sophie le comunicó la infausta noticia, lloró durante varios días y estuvo descontento con­ sigo mismo y con su destino. La conciencia de haberse equivocado de nuevo con una mujer le causó profundo dolor. Por qué no había consultado a los facultativos, se reprochaba, quizás hubieran podido salvar a Sophie, y colmó de recriminaciones a la tía Hager por no

haberlo puesto en conocimiento de la enfermedad de su prima: ¡Ja­ más te podré perdonar!, y más adelante declara: No era un amor sensual, ni cálculos lo que me unía a ese ser de buen corazón, a ese ser de angelical pureza, sino el más puro lazo platónico, la más su­

blime simpatía

Con cuánto gozo habría viajado con ella alrededor

... del mundo. ¿Qué significa eso de no franquear tus cartas?

Esa pasión tardía, demasiado tardía por su prima difunta, lo hizo vagar por París sin rumbo. Aceptó invitaciones que, en cir­ cunstancias normales, jamás le habrían interesado, concurrió a tea­

tros, asistió a conferencias filosóficas y deambuló por las calles llorando, llevando en el bolsillo interior el rizo de Sophie, que lo había acompañado a su viaje a América, la reliquia más preciosa, la más cara de mis joyas.

Finalmente encontró a la verdadera culpable de su dolor en su hermana Luise. El año en que contrajo matrimonio con Ekaterina Lishina, todavía pensaba en desposar a Sophie, pero Luise le habló

de un hábito peculiar de su prima y lo disuadió de sus propósitos. Sentía por ella una gran atracción. Escribió a su hermana que Sophie había sido la única mujer a la que había amado de verdad. En aquel momento de exaltado duelo y rabia hacia su persona, Henry pareció olvidar a Minna Meincke, su amor de la adolescencia. Para poner en condiciones la tumba de su madre, Schliemann había pagado una vez cuarenta táleros. Para su Sophie, se sintió obligado a erigirle un mo­ numento funerario de acuerdo con sus ideas, y remitió a su prima a vuelta de correo cien táleros con la condición de que no me mencio­ nes en tus cartas ni oralmente ni una sola palabra más de estas tris­ tes circunstancias, como no sea para informarme que el coste del monumento ha superado los cien rixdals que te envío.

129

La esposa de Schliemann ama a Madame R.

Avido de amor, no de sexo, que en París se ofrecía en cualquier esquina, los pensamientos de Heinrich Schliemann volvieron a Ekaterina. Simplemente no podía concebir, no quería creer que su matrimonio había tocado a su fin después de tantas concesiones e intentos de contemporizar. Quebrantado, desesperado, desvalido como un adolescente ne­ cesitado de amor, tomó la pluma y escribió una vez más a San Petersburgo:

Mi muy amada esposa:

Ya no puedo vivir sin ti y los niños, por lo cual quiero hacer las paces contigo. Te escribo esta carta llorando. Hace dos años viajé alrededor del mundo. Lamentablemente, entonces no podía tomar la

vicia con filosofía y consideré que la mayor dicha consistía

en domi­

nar muchos idiomas extranjeros, por eso aprendí también el persa. Luego los negocios empezaron a ir mal. Además me ha torturado una cosa: que ya no me ames ... El tono plañidero de la carta delata que Henri ya no alimentaba esperanza alguna de reconquistar a Ekaterina. Escribió, como tantas otras veces, para consolarse, para justificarse y exonerarse de toda culpa, para aclararse a sí mismo esa situación sin salida. De hecho, en esta última carta a Ekaterina en la cual le testimo­ nia su amor sincero, se encuentra una frase capaz de explicar la re­ pulsa de la mujer hacia su marido. ¿Por qué, escribe Schliemann en dicha carta en ruso, amas tanto a Madame R. ?, y prosigue. Si en aquel

entonces hubiera pensado con filosofía, semejante amistad me ha­ bría parecido natural y no habría sentido tantos celos ...

Esta carta no permite otra conclusión: la esposa de Schliemann tenía relaciones con otra mujer. Ekaterina era lesbiana. No cabe sino especular si esta inclinación ya existía en su adolescencia o si se ma­ nifestó en el curso de su vida conyugal. El propio Schliemann tampo­ co aludió al tema sino esta única vez, como dicho de pasada y presu­ miblemente sin premeditación, pero aclara la insuperable aversión de Ekaterina hacia Heinrich, que aquella primavera de 1868 hubiera es­ tado dispuesto a cualquier concesión. Ofreció abandonar su vida de estudiante en París y la mansión de Place St. Michel con su costoso

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mobiliario. En medio de este lujo, admitió, me siento pobre, porque estoy sin mi familia. Sin embargo, todas esas promesas fueron en vano, hasta la reiterada seguridad de que su futura relación sería pu­

ramente platónica. Schliemann lo expresa así en esta última carta: No pudiste tolerar en mí al filólogo, pero ¿no podrías amar al filósofo?

La respuesta: No. Ekaterina S. amaba a Madame R., y Heinrich tuvo que resignarse.

131

C a p it u l o

S eis

Sobre las pistas de los héroes

Pero Odiseo acaudilló a los valerosos cefalonienses y a los que habitaban en Itaca, en los rumorosos bosques que ro­

deaban Neriton. Llamó a los de Crokilea y a los de la árida Egilipa y a los de Zakinto 3Sainos. También a los de Epiro

y a los de la ribera

opuesta: a estos Odiseo

exigió un fallo

como Cronion y lo siguió una escuadra de doce naves de rojo espolón.

Homero,ha Ilíada (II Rapsodia)

A los cuarenta y seis años, Heinrich Schliemann era un caba­ llero inmensamente rico y a la vez pobre como un mendigo. Era rico en bienes materiales, inmuebles, acciones y títulos y podía vivir de sus rentas, pero al mismo tiempo su vida privada había sido un total fracaso y debía mendigar un poco de cariño. Despuéá de la respuesta irreconciliable de Ekaterina a su última súplica epistolar, Henri se vio obligado a buscar una vida del todo nueva si no quería sucumbir. Su espíritu inquieto que no lo dejaba permanecer mucho tiempo en un mismo lugar, que lo impulsaba a desarrollar cada vez nuevas ideas, a

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materializar proyectos que parecían irrealizables, indujo al soñador y al hacedor a buscar una nueva meta que le exigió el empleo de todas sus energías: Schliemann decidió dedicarse a la arqueología. En su autobiografía leemos:

Por fin me fue posible hacer realidad el sueño de mi vida: visi­ tar con el ocio requerido el escenario de los acontecimientos que despertaron en mí tan profundo interés, la patria de los héroes cuyas aventuras me embelesaron y consolaron en mi infancia. Así pues, partí en abril de 1868, pasé por Roma, Nápoles, de allí a Corfú, Cefalonia e haca, lugar este último que exploré a fondo.

Si hacemos abstracción por un momento de los citados datos sobre lugares y fechas, esta declaración es una reverenda mentira. En 1881, año en que Schliemann volcó en el papel estas líneas, ya había dejado atrás su triunfal carrera de arqueólogo. Por esta razón, con su natural inclinación a la dramatización y glorificación, intentó descri­ bir de tal manera los primeros capítulos de su biografía que fueron tenidos por dignas etapas previas de sus sobresalientes logros arqueo­ lógicos. En realidad, Schliemann debió su carrera de excavador no tanto a los héroes de Grecia como a su mujer rusa. Ekaterina fue la causa de su tremenda desesperación, y este sentimiento lo llevó a la absurda idea de trocar su vida de viajero por la de un arqueólogo. No descubrió su amor por la arqueología sino en el segundo se­ mestre de sus estudios que acababa de terminar. Ciertamente conocía la mitología griega desde los días de su niñez, pero deducir de esta circuns­ tancia que ya entonces se había propuesto buscar las huellas de los dioses y héroes griegos sería erróneo. Esta versión es una ulterior glorificación del arqueólogo aficionado que alcanzó tan magno triunfo. Hasta enton­ ces, siempre que había recorrido el Mediterráneo, había hecho caso omi­ so de Grecia, y el griego se contó entre los últimos idiomas que aprendió. Cuando Heinrich Schliemann desembarcó en el puerto de Corfú el 6 de julio de 1868 alrededor de las seis de la mañana, procedente de Sicilia, en su voluminoso equipaje se incluía una maleta repleta de libros viejos. Henri tenía predilección por los libros viejos, pero en particular por las ediciones antiguas de los clásicos. Entre las obras que llevaba consigo se encontraban La Odisea y La Ilíada de Homero, cuatro tomos de Plinio, la obra completa de Estrabón, así como la historia griega de Tucídides y Jenofonte. En todas las fuentes se dice que Corfú era la maravillosa isla

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Esciros mencionada por Homero, en la que habitaba un dichoso y despreocupado pueblo de navegantes, los feacios. Su rey era Alcinoo. Las naves de los feacios llegaban rápidamente y sin timonel a cual­

quier lugar de la tierra y, según Homero, en una de esas naves el rey Alcinoo envió a Odiseo a su tierra, a Itaca. Con La Odisea en la mano, Schliemann recorrió la isla durante dos días en los cuales realizó descubrimientos fascinantes:

Dos islotes, uno en el puerto actual y el otro en un pequeño golfo de la costa norte de la isla, se parecen, vistos de lejos, a naves con sus velas desplegadas. Sin duda, uno de estos islotes debió de sugerir a Homero la idea de que el barco feacio que llevó a Odiseo de regreso a Itaca fue trocado en un peñasco por la irci de Neptuno. En La Odisea de Homero (XIII) la historia reza así: Cuando Poseidón, el dios que hace temblara la Tierra, oyó esto, fue presuro­ so a Esciros, lugar donde vivían los feacios. Allí esperó y pronto se

acercó la rauda nave: Poseidón se acercó a la nave y la convirtió en

una roca, golpeó sobre ella con la palma de ¡a mano, la fijó al fondo

del mar y se marchó.

Donde Nausica encontró a Odiseo

Si se lograba transferir las descripciones de Homero a la reali­ dad y descubrir los escenarios de sus historias, el rapsoda ciego no sólo tendría importancia literaria, sino que podría utilizarse quizá como guía de viaje. Esta idea contradecía decididamente la opinión corriente de los científicos y eruditos y alcanzaría para Schliemann la máxima trascendencia. Como más de una vez se excedía y hacía reflexiones demasiado fantásticas, se había granjeado la crítica despectiva de mu­ chos sabios, pero su fama de descubridor no sufrió mengua por ello. Por ejemplo, Heinrich buscó en Corfú el lugar donde Nausica, hija de Alcinoo, rey de los feacios, y su esposa Aretes, lavaba la ropa en compañía de sus siervas, y encontró al náufrago Odiseo: una de la escenas más emotivas de La Odisea. Homero dice en su libro que Nausica y sus siervas lavaron su ropa en un pozo y luego la tendieron sobre los guijarros de la playa, a la orilla del mar, para secarla (La

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Odisea, VI, 93-95). Schliemann dedujo pues que esos pozos destina­ dos a lavar la ropa estaban muy cerca de la costa. Los habitantes de Corfú le informaron acerca de la fuente de Cresida, un arroyo que fluyendo desde el oeste vuelca sus aguas en el mar de Caliquiopulos. Un guía nativo condujo al aventurero hasta el lugar, pero las riberas del arroyo estaban anegadas. Schliemann dejó en la orilla al guía, se quitó la ropa y vadeó en camisa el terreno pantanoso. No encontró los pozos, pero sí en cambio dos grandes piedras, toscamente talladas que, según el decir de los lugareños, habían ser­ vido en tiempos remotos de tablas para lavar. En su libro sobre este viaje, Itaca, el Peloponeso y Troya, Schliemann saca una sencilla conclusión: Sobre la identidad de este río con el homérico, no puede caber ninguna duda, pues es el único en los alrededores de la antigua ciudad, pero se encuentra a doce kilómetros de la antigua Corcira, mientras que la fuente de Cresida está a sólo tres kilómetros de distancia.

Schliemann no encontró pruebas para su teoría, pero le bastó lo que había visto. Había despertado su instinto de descubridor. De la noche a la mañana había nacido el arqueólogo y excavador Heinrich Schliemann. Homero se convirtió en su ídolo, y para el explorador verdade­ ramente poseído por su ídolo, no hubo de allí en adelante duda algu­ na sobre la autenticidad de sus testimonios. Cuando Homero designa la isla de Itaca como la tierra natal del ingenioso y sufrido Odiseo, eso no podía significar para Schliemann sino que la isla jónica de Itaca frente a la costa occidental de Grecia debía ser la Itaca homérica. Schliemann conocía muy bien las voces críticas que califica­ ban a Itaca como una quimera del poeta. Argumentaban que la des­ cripción geográfica que de ella hizo Homero no respondía de ningu­ na manera a las características naturales de la región. La tierra de Odiseo debía encontrarse al oeste de la isla Cefalonia. Por otro lado, el impetuoso investigador había leído también los informes de las exploraciones realizadas por renombrados arqueólogos que recono­ cían a Itaca como patria de Odiseo, entre ellos Gandar, Wordsworth, Lilienstern, Bowen, Leake y Konstantin Koliades. Como en otro tiempo Odiseo, Heinrich fue sorprendido por una cálida tormenta de verano al cruzar el mar, procedente de Cefalonia. El cruce del estrecho se hizo en seis horas, cuando lo usual era hacer-

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lo en una. Cuando Schliemann desembarcó en el puerto de Espiridon, en el sudeste de Itaca, era noche cerrada. Por suerte, encontró a hora tan avanzada al molinero. Panagis Asproieraka accedió a conducir al recién llegado junto con su equipaje por un camino de montaña hasta Vathy, la capital de la isla. Schliemann pasó lo que quedaba de esa noche en casa del molinero, echado sobre un arcón guarnecido de hierro.

Cada colina, cada fuente recuerda a Homero

En Vathy no había posada ni hotel, pero las hermanas Helena y Aspasia Triantafyllides alquilaron al viajero un cuarto con cama por nueve días. No necesitaba más. Todos nuestros recuerdos, escribe Schliemann, se enlazan a la era heroica, cada colina, cada roca, cada fuente, cada bosquecillo de olivos nos recuerda a Homero y, por encima de centenares de generaciones, la época más brillante de la nobleza y la literatura griegas.

Itaca lo cautivó. El mar, el paisaje, las piedras empezaron a hablarle. Homero había encontrado a su más ardiente admirador, a su más entusiasta lector. A caballo, con La Odisea en la alforja, con­ quistó la isla del famoso héroe griego. Utilizó a Homero como guía de viaje, y donde este lo dejaba en la estacada, recurría a su propia fantasía para seguir adelante.

Dice así en La Odisea (XIII): En Itaca está el puerto de Forkis, el anciano del mar, donde sobresalen dos empinados peñascos, incli­ nados hacia la en trada del golfo protegiéndolo desde fuera del em­ bate de las poderosas olas y de los vientos bramantes. En su interior, abriga naves bien dotadas de remeros que no necesitan amarras una vez que han llegado al puerto. Al final de este se yergue un olivo de tupida fronda, y muy cerca de él se encuentra una amorosa gruta lóbrega, dedicada a las ninfas, a las que llamaban náyades. Se ven allí urnas y ánforas de piedra ... Esta es la descripción de Schliemann: La localización del lugar está descrita de manera tan exacta que uno no se puede equivocar, pues frente al pequeño golfo hay dos pequeñas rocas empinadas, inclinadas hacia la entrada, y muy cerca de allí, en la pendiente del monte Neion, a

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cincuenta metros sobre el nivel del mar, se encuentra la gruta de las

ninfas

En su interior reina absoluta oscuridad, pero mi guía hizo una

... gran fogata con arbustos secos y así pude examinar la gruta en todos

sus detalles ...

Del techo penden masas de estalactitas de fornas capricho­

sas y con un poco de imaginación se pueden reconocer urnas, ánforas y

los telares en los que las ninfas tejían túnicas púrpura. Con La Odisea en la mano y en medio de un calor abrasador, Schliemann escaló el mon­ te Aetos, una elevación de unos ciento cincuenta metros de altura, situa­ da en el istmo que separa la parte norte de la isla de la parte sur. En la

cima aplanada, formada por varias terrazas, el aventurero encontró un muro de circunvalación, derruido en parte, rainas de un muro ciclópeo

construido con rocas en bruto y restos de una torre. No tuvo duda alguna:

¡ese debía ser el palacio de Odiseo! El calor era aplastante, escribió el descubridor, mi termómetro registraba cincuenta y dos grados, tenía una sed abrasadora y no llevaba conmigo ni agua ni vino. Pero el entusiasmo que sentí en mi interior por hallarme en medio de las ruinas del palacio de Odiseo fue tan grande que olvidé el calor y la sed.

Donde faltaba la verificación realizada por la investigación cien­ tífica, Schliemann reconocía intuitivamente los nexos históricos. No había montón de piedras ni panorama que no narrara una historia: al norte relucían la isla Leocadia y los dos peñascos que caían abruptos hacia el mar, desde los cuales se arrojaron amantes desgraciados como la poetisa Safo, el poeta Nicostrato o Artemisa, la reina de Caria, para redimirse de su pasión. Schliemann siguió divagando. En sus anota­ ciones recuerda que, según el historiador griego Estrabón, los habi­ tantes de Leocadia tenían por costumbre arrojar al mar desde esos riscos a un delincuente con motivo de las festividades del dios Apolo y para que expiase los crímenes de todos los delincuentes del pueblo. Para darle una oportunidad de sobrevivir le ataban al cuerpo plumas de ave y pájaros vivos.

La primera excavación de Schliemann

Subyugado por lo visto y embriagado por sus pensamientos, Schliemann descendió del monte Aetos al atardecer para regresar a

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Vathy. Al pie de la colina le salió al paso un campesino para venderle un antiguo jarrón de arcilla y una moneda de plata. — ¿Dónde obtuviste esto? — inquirió Schliemann, excitado. El anciano hizo un ademán de desprecio como queriendo decir:

Esto no tiene nada de especial, y luego respondió:

—En una tumba cavada en las rocas, allá arriba. —Señaló la cima del Aetos. — ¿Qué más había en la tumba? —Nada. — ¿No había restos humanos? —No —contestó el campesino. Schliemann no le creyó, pero le dio seis francos por la moneda y el jarrón. Ese encuentro de la noche del 9 de julio de 1868 despertó en él la fiebre de cavar. Desenterraría tesoros del pasado con sus propias manos y empezaría por la mañana del día siguiente. Heinrich contra­ tó cuatro peones, además de un muchacho y una niña para transportar las provisiones al monte Aetos, un caballo para su uso personal y un asno para cargar las herramientas necesarias. A las cinco de la mañana se puso en camino con su pequeña expedición. La meta: la cima del monte Aetos y el palacio de Odiseo. Primeramente, escribió Schliemann, mandé a los cuatro hombres arrancar de raíz los matorrales, y luego cavar en el án­ gulo nororiental, donde, de acuerdo con mis sospechas, debía de erguirse el magnífico olivo, de cuya madera Odiseo confeccionó su tálamo nupcial y luego construyó su alcoba en el lugar que había ocupado el árbol.

Las anotaciones de Schliemann hacen evidente la ingenui­ dad con la que el excavador emprendió la tarea, ingenuidad que más tarde lo haría blanco de burlas. Sin embargo, fue precisamen­ te su ingenuidad lo que lo convirtió en el arqueólogo más grande de la era moderna. El lugar donde Schliemann hundió la pala por primera vez pro­ metió pocos resultados: escombros, ladrillos, y, a sesenta y seis cen­ tímetros de profundidad, la roca desnuda.

Se esfumó para mí toda esperanza de encontrar allí objetos

arqueológicos. A poca distancia, el aventurero intentó una segunda excavación. El resultado, al cabo de tres horas de trabajo, fue: un

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muro pequeño de sillares unidos con cemento blanco como la nieve. Por supuesto, Schliemann sabía que el cemento no había sido em­ pleado sino en la época romana. Quedó confundido. Algo más lejos encontró algunas piedras que observadas desde unos metros de distancia parecían circunscribir un círculo. Raspó la superficie con un cuchillo y a los pocos centímetros aparecieron ce­ nizas de huesos. Eso despertó su curiosidad. Como no quería expo­

nerse a un nuevo chasco, optó por empuñar la azada con sus propias manos. Apenas cavados diez centímetros, rompí un hermoso jarrón, muy pequeño, lleno de cenizas humanas.

Siguió cavando, pero de allí en adelante con mayor cuidado, y logró sacar a la luz otras veinte vasijas de distintas formas, algunas caprichosas, cinco de las cuales estaban intactas. Por orgulloso que estuviera de este primer hallazgo arqueoló­ gico, Schliemann no pudo ocultar su decepción: Habría dado cinco

años de mi vida por una inscripción, pero no encontré ninguna. No había el menor indicio acerca de lo que había hallado. Pero para un hombre como él, debía tratarse, naturalmente de algo de exorbitante

importancia.

...

y

es muy posible, apuntó con gran seriedad, que en

mis cinco pequeñas urnas se guarden las cenizas de Odiseo y Penélope

o de sus descendientes.

Durante el descanso del mediodía, sentado bajo un olivo, co­ mió pan seco y bebió agua y vino.

Recuerda en sus memorias ese momento: Pero disfruté los pro­

ductos del suelo de Itaca, por cierto, en el patio del palacio de

Odiseo,

tal vez en el mismo lugar en el cual lloró al volver a ver a Argos, su perro favorito, que murió de alegría al reconocer a su amo después de veinte años de ausencia ...

A pesar de realizar otras excavaciones en la isla abrasada por el sol, Schliemann no hizo hallazgos dignos de mención. El último día de su permanencia en Itaca, visitó la aldea de Exogi, habitada princi­ palmente por navegantes, y allí se encontró con un marinero italiano que había echado raíces en la isla desde hacía dos décadas y aprendi­ do allí el oficio de herrador. El ex navegante relató al extranjero sus peligrosos viajes, le habló de numerosos naufragios y de la paz y la felicidad que había hallado en la isla. Luego le presentó a su mujer y a sus dos hijos. Lá esposa era bella como una diosa, tenía cabello negro y ojos oscuros,

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Se llamaba Penélope. El mayor de sus hijos tenía por nombre Odiseo y su hermano, Telémaco. Consciente o inconscientemente, el herrador de la aldea isleña de Exogi se convirtió para Heinrich Schliemann en modelo digno de imitar:

Le dije que era muy dichoso porque, a diferencia de otros mi­ les, había adquirido sabiduría a través clel infortunio; porque, aleja­ do de peligros, tempestades y escollos, había escogido para conti­ nuar su pacífica existencia el lugar más espléndido y pintoresco de la isla más interesante y famosa, en medio del pueblo más amable y virtuoso, y para colmar su felicidad el cielo le había dado por esposa una mujer encantadora, verdadero modelo de virtudes. Al mismo tiem­ po le expresé mi satisfacción por la admiración que demostraba pol­ los héroes de esta gloriosa isla, su segunda patria, admiración que no podía haber evidenciado mejor que poniendo a sus hijos esos nom­

bres ilustres.

No había transcurrido un año, cuando Schliemann encontró su

Itaca y su Penélope.

Dice en su informe de viaje: Abandoné Itaca con viva emoción. Había perdido de vista la isla desde hacía un buen rato, pero mis ojos seguían mirando en su dirección. Jamás olvidaré en lo que me queda de vida los nueve maravillosos días que pasé en medio de ese

pueblo honrado, amable y virtuoso.

Grecia, una aventura peligrosa

Schliemann viajó a Patras y de allí a Corinto, donde buscó en vano las típicas columnas que llevan el nombre de la ciudad. No en­ contró ni una sola, pero vio el dioicos, el camino llano sobre el istmo, por el que en la antigüedad eran arrastrados los barcos sobre rodillos más de seis kilómetros y medio, desde un mar hasta el otro. La pe­ queña ciudad de Corinto no contaba más de nueve años de edad. En 1859, un terremoto había reducido a escombros y cenizas la ciudad edificada sobre las ruinas de la antigua Corinto. La nueva se levanta­ ba ahora a siete kilómetros al nordeste de las viejas ruinas. No había hoteles, de modo que Schliemann hubo de conformarse con una mí­ sera posada, donde durmió sobre un banco y fue víctima de innume-

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rabies mosquitos. Para huir de los molestos insectos, acabó por ir a la orilla del mar y se acostó en la arena. En el siglo xix, recorrer Grecia por tierra era una empresa peli­ grosa. Pululaban los salteadores de caminos, y un extranjero corría el riesgo de perder la vida por medio dracma. En Corinto, Schliemann consiguió contratar a dos soldados armados y un guía y procurarse un jamelgo sin montura. Su meta se llamaba Micenas. De allí en adelante, el aventurero usó como guía de viaje las descripciones de Pausanias, escritas alrededor del año 180 de nuestra era. Cuando visitó Micenas, este Pausanias llegó a ver los restos de la fortaleza y la Puerta de los Leones, las cámaras del tesoro de Atreo'y sus hijos, así como los sepulcros de muchos personajes que jugaron un papel importante en La Ilíada de Homero. Según Pausanias, des­ cansaban en ellas Atreo, Agamenón y sus compañeros, Casandra y sus hijos, Eurimedón, el auriga, Electra, Egisto y Clitemnestra (Paus. II,

16).

La sola enumeración de los nombres despertó el buen olfato de Schliemann. Todos ellos pertenecían a aquella edad heroica que tanto

lo fascinaba. De todos esos monumentos funerarios se quejaba, ya no queda el menor rastro, y enseguida, despertó en él la idea: pero me­ diante excavaciones, sin duda podrían volver a encontrarse.

Pasando por Argos, una de las ciudades más florecientes de Grecia en el siglo pasado, y la antigua Tirinto, emplazamiento de una fortaleza de la época micénica, Schliemann llegó a Nauplia, la anti­ gua ciudad portuaria de Argos, y en la Edad Media una poderosa fortaleza veneciana. El viajero quería partir de Nauplia al día siguiente y continuar la travesía por mar hasta Atenas, pero no había vapor hasta la semana entrante. En consecuencia, Schliemann aprovechó para descansar esos días en la pintoresca región. El 28 de julio de 1868, de noche, se embarcó en el Ionia. Por cierto, Heinrich deploró la falta de comodidad de las naves griegas, pero lo compensó la ex­ traordinaria amabilidad de sus compañeros de viaje. En el libro que escribió sobre esta travesía por el Mediterráneo, mencionó en sólo once líneas la llegada a Atenas y las'antigüedades de la capital griega. Según parece, la Acrópolis y demás monumentos artísticos le interesaron poco; en todo caso no tanto como los restos de muros de Itaca y Micenas. El motivo: Schliemann se sentía un descubridor y en Atenas, así creía él, ya no había nada más que des­

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cubrir. En su diario especifica: Omito entrar en más detalle sobre las antigüedades de la capital de Grecia, pues ya han sido descritas a menudo con pluma erudita por ilustres sabios que hicieron de la in­ vestigación de las mismas el objeto de sus estudios.

Sin embargo, la moderna metrópolis griega le agradó bastante. La animada actividad en sus calles, la despreocupación de la gente, la belleza de las mujeres, todo tenía ese algo que sólo había percibido en París. A esto se sumó su dominio del idioma del país y el hecho estimulante de encontrar allí un antiguo conocido, a Teócletos Vimpos,

el teólogo griego que le había enseñado su lengua en San Petersburgo. A la sazón, Vimpos era profesor en la Universidad de Atenas y —de paso— arzobispo de Mantinea y Cinuria. Schliemann veía en él una figura paternal, un hombre hacia el que podía levantar la vista. Ambos conversaron exclusivamente en griego antiguo, la len­ gua de Homero, y el arqueólogo expuso al pío eclesiástico las desven­ turas de su matrimonio fracasado. En lo que atañe a la religiosidad del arzobispo, como veremos más adelante, no parece que fuera de­ masiado acendrada. De todos modos, ese encuentro iba a traer un cambio decisivo en la vida de Schliemann.

Un enigma prehistórico: Troya

La meta propiamente dicha de su viaje era Troya, situada en la costa occidental de Turquía, la Ilion de Homero, escenario de la gue­ rra de Troya que desató Paris al raptar a la bella Helena. A diferencia de Itaca, Corinto y Micenas, Troya, la que en otro tiempo marcara la historia de Europa, había desaparecido de todos los mapas. Un enig­ ma prehistórico, como creado a propósito para el descubridor Heinrich Schliemann. El 9 de agosto de 1868, cuando más abrasaba el calor estival, llegó a la ciudad portuaria de Haranlik. Enseguida se dirigió a caballo y en compañía de un guía a Tróade, aquella región bañada por el Escamandro y su afluente Simois, al noroeste de Asia Menor. El ca­ mino atravesaba en dirección sudeste un terreno desierto, apacible, con vastas estepas, bosques de pinos y encinas y numerosos manan­ tiales.

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Tiempo atrás, dos fuentes habían llevado ya a los exploradores a las huellas de la supuesta Troya. En la vecindad de la aldea de Bunarbashi (la actual Pinarbasi), surgían al pie de la colina manantia­ les que, al parecer, se identificaban con los descritos por Homero en La Ilíada (XXII). Al menos, eso es lo que aseguró hacia fines del siglo xviii un viajero francés apellidado Lechevalier. Desde entonces, se repitió sin cesar la misma aseveración.

Homero dice: Llegaron a las dos fuentes, de las cuales surgían los dos manantiales del meandroso Escamandro. De uno brotaba agua tibia y salía humo como de un fuego ardiente; del otro fluía en vera­ no el agua como granizo, o como fría nieve, o agua congelada. Allí cerca había amplias y hermosas pilas de piedra donde las esposas de los troyanos y sus bellas hijas lavaban los magníficos vestidos, otro­ ra, en tiempos de paz., cuando todavía no habían llegado los hijos de los aqueos.

Schliemann llegó a la aldea de Bunarbashi, que comprendía veintitrés casas, y lo decepcionó su estado de deterioro, pero el impo­

nente paisaje lo subyugó. Confieso, escribió, que no pude dominar mi emoción cuando vi ante mí la inmensa planicie de Troya, cuadro que ya había poblado los sueños de mi primera infancia, pero a pri­

mera vista me pareció demasiado alargada. Troya se encontraba muy lejos del mar, si Bunarbashi había sido edificada realmente dentro del recinto de la antigua ciudad, como aseguran casi todos los arqueólogos que han visitado el lugar.

Si bien no hacía sino algunas semanas que había hecho sus pri­ meras experiencias como excavador, empezó a escarbar el suelo enseguida, con la esperanza de tropezar con ladrillos o fragmentos de arcilla. Con esa mezcla de ingenuidad y olfato arqueológico, tan pro­ pia de él, estuvo dispuesto desde un primer momento a poner en duda

lo que las investigaciones habían dicho hasta allí sobre Troya: Cuan­ do hube examinado más cerca el suelo y no hallé escombros de ladri­ llos o productos de alfarería, llegué a la conclusión de que se habían equivocado con respecto al emplazamiento de Troya, y mis dudas

fueron en aumento cuando

visité los manantiales al-pie de la coli­

... na, sobre la cual se encuentra Bunarbashi.

La descripción de Homero no concordaba para nada con esas dos fuentes. Schliemann encontró enseguida tres manantiales uno al lado del otro, y después de cierta búsqueda otros treinta y uno en un

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perímetro de quinientos metros. A juicio de los habitantes de la al­ dea, había en los alrededores un total de cuarenta, razón por la cual el lugar se conocía también con el nombre de los Cuarenta Ojos. Schliemann se sintió plenamente confirmado cuando midió con un termómetro la temperatura de cada uno de los manantiales. Todos tenían la misma temperatura: 17,5 grados Celsius. Quizá la fuente caliente se había agotado, pero que Homero sólo citara dos, cuando existían no menos de cuarenta, le pareció poco plausible. ¿Quién se había equivocado?¿ Homero o los investigadores de los tiempos modernos? Para Heinrich Schliemann holgaba la pregunta. Cuanto más ob­ servaba esa mugrienta aldea y consideraba sobre todo su posición geográfica, mayores eran sus dudas: la distancia al mar era de catorce kilómetros, o sea tres a cuatro horas de camino. Si había leído correc­ tamente La Ilíada, la fortaleza troyana no estaba sino a una hora de camino del fondeadero de la flota aquea, pues los soldados griegos recorrieron esa distancia por lo menos seis veces en un día. Además, surgía el interrogante: ¿Aquiles persiguió realmente a Héctor, como dice Homero, tres veces alrededor de los muros de la fortaleza de Troya? Dado lo escalpado de la ladera rocosa, que cae a pico al río Escamandro, eso hubiera sido del todo imposible. ¿Entonces Homero no relató sino un cuento? En Micenas y en Tirinto Schliemann había visto los imponentes restos de una cultura desaparecida. Troya había sido destruida setecientos años antes que aquella civilización, pero a pesar de todo ¿no quedaría aunque sólo fuera una piedra labrada que diera testimonio de esta ciudad? A fin de cerciorarse, contactó con cinco peones para el día si­ guiente, cavó zanjas de setenta a cien centímetros de profundidad, pero por ninguna parte apareció el menor vestigio de poblamiento en la meseta en los albores de la Historia.

De hecho, es incomprensible que se haya podido considerar las elevaciones de Bunarbashi como el emplazamiento de Troya, escri­ bió Schliemann. No se puede explicar sino suponiendo que vinieron

aquí viajeros con una opinión preconcebida que, por así decir, los encegueció, pues con una mirada clara e imparcial, es imposible conciliar la posición de estas elevaciones con los datos aportados en

La Ilíada.

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Schliemann reconstruye la guerra de Troya

Schliemann estaba firmemente convencido de que La llíada de Homero no era una mera leyenda, un cuento o un mito, sino la trans­ misión de sucesos históricos. Por eso, con la minuciosidad de un te­ nedor de libros, empezó a confeccionar una cronología de la batalla de Troya, tal como la describe Homero en La llíada. Con ayuda de la misma, esperaba poder sacar conclusiones sobre la topografía y las distancias entre los diversos escenarios. De acuerdo con esta cronología, la batalla en derredor de Troya transcurrió así el primer día:

Por la noche, Zeus ordenó al dios de los sueños presentarse a Agamenón, el comandante del ejército griego apostado ante Troya, y exhortarlo a hacer deponer las armas a su gente. Prometía que al día siguiente tomarían la ciudad (II.8-15). Al rayar el alba Agamenón reunió a los griegos y les relató su sueño. Para probar su convicción, propuso regresar a la patria (11.48-140). Al principio las tropas acep­ taron la proposición y corrieron a las naves (II. 142-154), pero el com­ batiente Odiseo, rey de Itaca, las contuvo en su retirada y las persua­ dió de permanecer en el lugar (11.182-210). Hubo largas discusiones entre Odiseo, el sabio Néstor y Agamenón (11.284-393), hasta que resolvieron quedarse. Los guerreros fueron al campamento y toma­ ron su comida matinal (11.394-401). Agamenón ofreció un toro a Júpiter y congregó a los capitanes para que participaran en la ceremo­ nia (11.402-433). Néstor volvió a decir un discurso. Luego Agamenón hizo avanzar las tropas en formación de combate (11.441-454). Las tropas se prepararon para la lucha frente al campamento en la plani­

cie del Escamandro. (11.464-475). Iris, la mensajera de Hera, informó a los troyanos de estos pre­ parativos, y ellos se armaron a su vez y salieron por las puertas de la ciudad en gran tumulto (11.786-810; III. 1-9). Los dos ejércitos se en­ contraron en la llanura (III. 15 y sig.) Heinrich Schliemann opina al respecto: La planicie no podía ser extensa, pues Helena reconoce desde la puerta Ëscea al coman­ dante griego y le dice su nombre a Príamo. El ejército enemigo no podía estar a más de un kilómetro de distancia, pues para reconocer a una persona desde tan lejos se necesita tener muy buena vista.

Sigue la cronología: Al otro lado, Paris, hijo del rey Príamo,

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desafió a duelo a Menelao. Héctor, hermano de París, pronunció una arenga, lo mismo que Menelao, hermano de Agamenón (III.67-75; 86-94; 97-110). Héctor envió con el mismo propósito a Taltibio al cuartel general griego (III. 116-120). El comentario de Schliemann: Como el cuartel griego podía

estar a lo sumo a un kilómetro de la puerta Escea, debía estar por lo

menos a trece del fondeadero de las naves, si es que

Troya estaba

sobre las colinas de Bunarbashi, y Taltibio no habría estado de re­ greso sino al cabo de seis horas. Sin embargo, estuvo ausente por tan

corto tiempo que Homero ni siquiera menciona la hora.

Entretanto, se comsumaron sacrificios y se hicieron solemnes juramentos ante Troya (III.268-301). Se produjo el duelo. Menelao venció a Paris, y Afrodita, que estaba de parte de los troyanos, se lo llevó del campo de batalla (III.355-382). En el enfrentamiento de ambos ejércitos, los troyanos fueron repelidos al principio hasta los

muros de su ciudad (Y.37). Durante la lucha, ambos bandos enviaron heridos y botines —caballos y carros— a Troya y al campamento griego respectivamente (V.325-663, 668-669). Los troyanos pusieron en retirada a los griegos (V.699-702). Héctor se refugió detrás de los muros de Troya (VI. 111-115). Volvió a retomar la lucha con Paris (VII. 1-7). Luego desafió a los

valientes griegos a duelo (VII.67-91). Se presentaron nueve héroes, pero la suerte recayó en Ayax, hijo de Telamón (VII, 161-225). Al atar­ decer, los griegos regresaron a su campamento (VII, 313-320). Hasta aquí, el desarrollo del primer día de la batalla de Troya. De esto, Schliemann saca la siguiente conclusión: En consecuencia, el espa­ cio entre la ciudad y el campamento griego fue recorrido por lo me­

nos seis veces, a saber, dos por el heraldo que fue en busca del corde­

ro, y no menos de cuatro por el ejército y una vez en retirada

La

... distancia del campamento griego a Troya debió ser entonces muy pequeña, menos de cinco kilómetros. Bunarbashi está a catorce kiló­ metros del promontorio Sigeo. Si Troya hubiese estado emplazada en sus colinas, por lo menos habrían tenido que recorrer ochenta y cua­ tro kilómetros ...

No, aun cuando todos los investigadores fueran de distinta opi­ nión, no había nada en común entre Troya y la aldea de Bunarbashi.

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La elección recae en Hissarlik

De camino a Bunarbashi, atrajo la atención de Schliemann otro lugar, una colina llamada Hissarlik, que significa algo así como pala­ cio. La colina, de 230 metros de longitud y 160 de ancho, se distin­ guía claramente de aquella en la que se encontraba Bunarbashi. Por allí había diseminadas cantidades de sillares y bloques de mármol. No se necesitaba sino raspar el subsuelo con el pie y al pun­ to aparecía gran número de fragmentos de arcilla. ¿Estaría enterrada bajo esa colina la legendaria Troya? Schliemann no fue el primero en avalar esta teoría. Quince años antes, el cónsul estadounidense en los Dardanelos, Frank Calvert, que en sus ratos de ocio se dedicaba a la arqueología, había sentado la atrevida tesis de que la Troya de Homero yacía escondida bajo la alta meseta de Hissarlik. Había comprado por un precio irrisorio parte de la colina y ordenado cavar zanjas costeando los trabajos con su propio dine­ ro. Por lo menos, las arbitrarias excavaciones dejaron al descu­ bierto restos de muros superpuestos pertenecientes a diferentes épocas y en el lado oriental de la colina restos de un templo o palacio construido con piedras labradas sin dejar el menor in­ tersticio entre una y otra. A un decenio de sus primeros descubrimientos, Calvert proyectó hacer nuevas excavaciones, esta vez de manera sistemática. Con el apoyo del British Museum de Londres, cuyo director, Charles T. Newton, ya había inspeccionado el área, el cónsul intentó probar su teoría. Sin embargo, a última hora la empresa fracasó porque no se encontró a nadie dispuesto a sufragar el coste, que alcanzaba a cien libras esterlinas.

Después de explorar cuidadosamente dos veces toda la llanu­ ra de Troya, anotó Schliemann seguro de sí mismo, compartí de lle­ no la opinión de Calvert de que la meseta de Hissarlik determina el emplazamiento de la antigua Troya y que sobre la colina anterior­

mente citada estuvo su fortaleza Pérgamo. Schliemann tomó la deci­ sión: Desenterraré Troya. La circunstancia de que eso prometía con­ vertirse en una misión de toda la vida no lo amilanó. El esfuerzo y el coste no tenían importancia. Tampoco lograron disuadirlo de la reso­ lución tomada los argumentos de los círculos científicos en cuanto a

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que bajo la colina de Hissarlik jamás podría encontrarse la Troya de Homero. Orientándose tan sólo por los restos de piedras y muros disper­

sos en derredor, llegó a esta conclusión: Para llegar a las ruinas de los palacios de Príamo y sus hijos, así como a las del templo de Minerva y Apolo, habrá que quitar toda la parte artificial de esta colina. Entonces se verá sin duda que la cindadela de Troya se exten­ día un buen trecho más sobre la meseta colindante, pues las ruinas del palacio de Odiseo, las de Tirinto y las de la ciudadela de Micenas,

así como la gran cámara del tesoro de Agamenón, todavía intacta, demuestran claramente que las obras arquitectónicas de la edad he­ roica tenían grandes extensiones.

Los auxiliares de Schliemann:

Homero, Herodoto y Plutarco

En estas notas se pone de manifiesto el talento natural, la gran vocación del arqueólogo, que por la observación de las piedras espar­ cidas en los alrededores y de las condiciones del suelo establece rela­ ciones entre Micenas y Troya. Pero tuvo grandes ayudantes en su cometido: La llíada de Homero, que siempre llevaba consigo, el geó­ grafo e historiador griego Estrabón, el historiador Herodoto de Halicarnaso, excelente conocedor de la región costera de Asia Me­ nor, el escritor griego Plutarco, autor de biografías de eminentes ro­ manos y griegos, así como el antiguo historiador Arriano, con sus obras sobre la época de Alejandro Magno. Schliemann comparó los testimonios de estos autores que in­ formaron sobre el mismo lugar en distintas épocas y desde distintas perspectivas y combinó estos testimonios hasta formar a modo de mosaico un cuadro de conjunto. En primer lugar, le importaba probar que Troya no era un engendro de la fantasía de Homero, sino el fondo real de La llíada. Por ejemplo, Herodoto informa (VII.43) que Jerjes, el rey de los persas, antes de su invasión a Grecia en el año 480 a.C. hizo un alto a orillas del Escamandro y ascendió hasta la fortaleza de Príamo, donde ofreció en sacrificio mil vacas a la Minerva ilíaca. Eso había

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sucedido 2.350 años antes de Schliemann, y hacía evidente que el castillo de Príamo todavía era recordado como un hecho histórico. Además, el paisaje documenta que existió un templo de Minerva de considerables dimensiones, lo bastante espacioso como para recibir una ofrenda de mil vacas. Asimismo, se da testimonio literario del paso de Alejandro Magno por Troya. A través de Plutarco sabemos que el gran macedo- nio calificó a La Ilíada de despensa de la virtud bélica, y que tenía por almohada una copia de la obra y su espada. Si podemos dar crédi­ to al serio historiador Arriano, en una visita a Troya Alejandro dejó su armadura en el templo de Minerva y se llevó consigo armas consa­ gradas que se guardaban allí desde la guerra de Troya. Schliemann dedujo de esto: Dada la alta veneración de Alejandro Magno por