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Para G. Yolanda Cortazar
I 957_ I 984

CALLEJÓN SUCRE Y OTROS
RELATOS

El silencio
es la profunda
noche secrela del mundo

Cla¡ice Lispector
para Emma Pérez

El reflejo de la luna

.•.....................................................•..-.........•............................- .
l. COPPER Y LUNA

Marzo entraba en el calendario una madruga-
da líquida. El pasto se extendía en lunares ver-
doso-amarillentos sobre montículos y hondonadas.
La escarcha en la yerba y el follaje le otorgaban al
Memorial Park la apariencia del cristal. Más arri-
ba, el firmamento denso, matizado de violeta y
rosa prologaba otro día para Nicole Campillo,
quien miraba desde la ventana de la cocina
-mientras llenaba de agua la tetera- el horizonte
cuajado de luces, la franja ancha y luminosa que
formaban a lo lejos las dos ciudades, y un frag-
mento de luna que apenas asomaba entre el nu-
berío, Era tal vez el silencio o la luz indefinida de
las tempranas horas del día la causa de la vaga
sensación que empezó a rondarle por dentro, como
si se tratara de algún recuerdo que no lograba pre-
cisar en la memoria. Nicole miraba curiosa por la
ventana, algo le decía la penumbra que aún en-
volvía las cosas del mundo; sin embargo, fue el
silbido de la tetera lo que resaltó un trazo del ros-
tro adolescente -la avidez de los labios- que
emergía en su nebuloso cuadro mental.
Ahora no había tiempo para detenerse a
esclarecer memorias. Era más importante organi-
zar las actividades para ese lunes todavía invernal.
Preparó el café soluble en una jarra térmica que
depositó, al lado de un tarro de plástico, sobre una
charola de plata en cuyo centro resaltaba la letra A
dibujada con tipo gótico. Salió de la fría cocina
blanca y subió a su estudio por la escalera de ser-
vicio que comunicaba los tres pisos de la casona

105
por la parte trasera. De una vez se ahorraba la negro con coderas de piel, abotonado al frente.
vuelta hasta el salón, donde arrancaba una elegante Lefa, en el mismo lugar de la mesa que había ocu-
escalera con alfombrilla al centro y balaustres pado durante cuarenta años, El Paso Times. En
tallados, y se evitaba el insidioso crujir del encino media hora se pondría de pie para ir a su negocio,
a cada paso que daba. Aún era temprano para tenía por costumbre abrir él a las ocho en punto; ni
despertar a los durmientes. un minuto más tarde.
El mobiliario del estudio lo había llevado - Buenos días.
ella. Había sacado un viejo diván de terciopelo y Nicole se sentó a un lado de Arturo. Aspiró
una mesa de café de lo que alguna vez sirvió como hondo la fragancia que despedía su piel acabada
saloncito de fumar, e instalado un par de angostos de rasurar y el aroma del café recién hecho.
libreros metálicos. En uno guardaba parte de sus -Buenos días. No sentí cuando te levan-
libros de leyes y en el otro cerca de dos docenas de taste. Debes de descansar un poco más, ¿no crees?
libros en cuyos lomos se leían los nombres de -observó.
algunos novelistas mexicanos; el resto eran pape- -No podía conciliar el sueño, además
les apilados desordenadamente. También había tengo mucho trabajo.
acomodado, de frente a la ventana, un pesado - Supongo que seguirás adelante con el
escritorio. Todo, salvo la silla de cuero oscuro que caso Maza, ¿no es verdad?
ocupaba para trabajar y que había pertenecido a su -Ese es mi trabajo -respondió Nicole
suegro, lo había adquirido en una tienda de segun- muy firme.
da desde el inicio de su carrera. Luego de hacer un -Alguien más del bufete podría llevarlo.
espacio entre la montaña de papeles que había ¿Por qué tienes que ser tú, mi esposa? -le
sobre el escritorio, Nicole empezó a preparar los reprochó Arturo.
papeles de Guadalupe Maza. Confiaba demasiado - ¿Te preocupa estropear la amistad que
en su capacidad, llevaba cinco años defendiendo ustedes han llevado con Thompson?
undocumented y migrant workers y habían sido - La amistad de mi padre con Thompson,
muy pocos los casos en que no hubiera logrado me importa un carajo. Lo que me preocupa es que
por lo menos una mínima indemnización en favor él encontrará muy buenos abogados para defender
de sus defendidos. En esta ocasión el caso sería a su hijo.
aún más difícil. Había motivos para desconfiar del -¿Quieres decir que no me crees capaz de
resultado. Dick Thompson era el hijo del director ganar este caso? - preguntó Nicole, que ya tenía
de la Cámara de Comercio, un viejo rico, amigo de las mejillas encendidas.
la familia de Arturo y a quien ellos le debían -Lo único que estoy diciendo es que
algunos favores. quisiera que mi esposa y mi hijo estuvieran tran-
Después de varias horas dedicadas a revisar quilos. Me gustaría que durante tu embarazo te
minuciosamente la documentación que tenía sobre quedaras en casa. No creo que eso sea mucho
el caso, Nicole, vestida aún con su largo camisón pedir.
de franela y el cabello algo desordenado, bajó al Nicole no pensaba claudicar pero, como la
comedor a desayunar con su marido. Arturo olía a discusión se tomaría larga y exaltada, prefirió no
colonia y estaba vestido impecablemente: pantalón responder. Ya habría tiempo para discutirlo más
de lana gris, camisa blanca y suéter de cachemira tarde.

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-Olvídalo. Tú sabes mejor que yo lo que
necesitas hacer =-agregó Arturo en tono concilia- to rápido de la mano y echó a andar el carro. 1:11
torio después de pensarlo unos segundos. quince minutos llegó a la esquina de Séptima y
Mirtle, estacionó su automóvil negro de modelo
Nicole le acarició la mano. En el dedo anu-
lar llevaba su sortija de matrimonio. atrasado y entró por la puerta principal. En la ven
tana un rótulo decía Fernández, Fernández &
-Cuéntame, ¿qué fue lo que sucedió?
Campillo, Attorneys at Law. Los otros abogados
- preguntó repentinamente interesado.
atendían sólo asuntos financieros; a través de ellos,
-Dick Thompson y un amigo se presen-
que eran originarios de la región, Nicole se había
taron una noche en la casa, aprovechando que sus
padres estaban de vacaciones. Según me dice puesto en contacto con Kenton, el sacerdote que
dirigía el Refugio Católico para Indocumentados, y
Guadalupe únicamente estuvieron un rato, pero
a quien ocasionalmente ellos ayudaban en casos
más tarde, en la madrugada, regresó Dick solo.
que no reclamaran demasiado de su tiempo.
- Pobre muchacha. Entiendo tu interés,
A esa hora de la mañana ya tenía varios
pero además de abogada eres mi esposa y tengo
recados de Kenton. Un reportero del Diario trataba
derecho a pedirte que te cuides. Yo también te
de hablar con Guadalupe Maza. Estaba interesado
necesito - señaló Arturo y se puso de pie. Echó
en seguir explotando la noticia en el mismo tono
una ojeada a su reloj de pulsera, besó a Nicole y
sensacionalista que le habían conferido del lado
salió rápidamente del comedor.
mexicano. En cambio, para los periódicos paseños
Para una mujer que buena parte de los vera-
Guadalupe Maza no era noticia. Si acaso, en los
nos de su infancia había pizcado, desde el
círculos conservadores donde se movían los
amanecer hasta la puesta del sol, en los cotton
Thompson, la joven era sólo un mal necesario, el
fields del sur de Texas, las preocupaciones de
cual había que enfrentar de vez en cuando.
Arturo resultaban infundadas. Presentarse en la
Nicole escuchó el resto de los recados, entre
corte, enfrentar a un abogado blanco o a varios, no
ellos uno de Arturo: "Te espero en el Dome Grill,
sería más duro que tener siete años, ir tras la
hoy a la seis de la tarde". Eran las mismas palabras
madre -que también cargaba un costal de algo-
de la primera cita, el lunes siguiente.
dón- y llevar la yema de los dedos inflamada y
sangrante. Nicole tenía treintaicinco años y era su
primer embarazo. No estaba de más tomar precau-
ciones, pero no le era posible permanecer en casa;
El estetoscopio en su espalda desnuda le
tenía muchísimas cosas que hacer.
provocó un ligero estremecimiento que aumentó la
Nicole Campillo salió de las mansión de los
tensión que sentía. La doctora era una mujer del-
Alcántar, en la esquina de las calles Copper y gada y alta que se desplazaba en el consultorio con
Luna. Antes de arrancar su Honda miró hacía el
cierta lentitud, quizás con demasiada concen-
parque: el sol empezaba a calentar los árboles tración en su rutina. Tenía el rostro afilado y los
reverdecidos. Una anciana abrigada con un raglán ojos muy juntos, como si miraran las cosas del
viejo, tirada por un perro salchicha que la obligaba exterior más de lo necesario. A Nicole le agradaba
a caminar de prisa, algo le dijo a Nicole en una su doctora, una hindú que pronunciaba las pala-
voz sin palabras, como un ruido de burbujas bras claramente, como si temiera no ser compren-
reventándose. Ella le respondió con un movimien- dida. Le inspiraba confianza, se sentía segura, pero

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el tacto vaginal vendría enseguida y ella era La doctora escuchó con atención las pala-
demasiado sensible a todo lo relacionado con el bras de su paciente y asintió con la cabeza a pesar
cuerpo, sus órganos, sus palpitaciones, sus líqui- de que no estaba totalmente de acuerdo. Para ella
dos, la sangre. La doctora ordenaba y escuchaba, esta rutina de auscultación estaba desprovista de
ordenaba y escuchaba, y Nicole respiraba profun- interpretaciones subjetivas, sin embargo entendía
do también para relajarse. Luego su mente se iba, bien lo que Nicole sentía en esos momentos.
la memoria le entregaba otra pieza del rostro ado- - Ya casi terminamos, sólo me falta revisar-
lescente que esa madrugada surgiera como un le los pechos -agregó casi maternalmente.
borroso recuerdo. Tomó un seno y lo sopesó como si estuviera
La doctora la regresó a la mesa de aus- balanceando una manzana en el hueco de su mano.
cultación con su voz autoritaria. Su filipina blan- Lo mismo hizo con el otro. Después le preguntó
quísima crujía con cada uno de sus movimientos, sobre la última fecha de su menstruación, hizo
estimulaba el agudo olfato de la paciente; olía a algunos cálculos y sentenció: aproximadamente en
almidón recién planchado. "Acuéstese, flexione veinticuatro semanas dará a luz.
las piernas". Unos dedos fuertes y seguros -Seis lunas -respondió Nicole como si
entraron en ella. El útero es un camino, pensó pensara en voz alta.
Nicole estremecida mientras miraba la luz amarilla
del techo. Así como estaba, con las piernas abier-
tas, se sentía completamente desamparada. La
doctora preguntaba lo que necesitaba saber y
Nicole respondía con frases breves.
-¿Por qué está tan tensa, pasa algo?
-interrogó al tiempo que se quitaba los guantes.
-Nada. Sólo que todo esto me hace sentir
demasiado vulnerable -respondió un poco aver-
gonzada, como si lo que acababa de decir fuera
una bobería.
Los olores del consultorio - medicamentos,
desinfectantes y almidón fresco- se exacerbaron
provocándole naúseas.
-¿Quiere pasar al baño? -preguntó la
doctora cuando la paciente cubrió con su mano
nariz y boca.
Nicole negó con la cabeza.
- Ya casi terminamos. Todo va bien.
Siéntese de nuevo.
-Es como si abriera el camino que conduce
al centro de mí misma. Sé que es una idea desca-
bellada, que todo esto es necesario, pero es así
como me siento -explicó Nicole.

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le daba como desayuno. Minutos más tarde las dos
, mujeres caminaban a un lado de las vías del tren,
Nicole detrás de su madre. Estaba decidida a que
11.COTTON FIELD su hija no emigrara, como ella, que había seguido
la ruta del wes con sus padres, y éstos a su vez con
los suyos; así por generaciones que se remontaban
a mediados del siglo pasado. Para Nicole la histo-
ria sería otra. Su madre se iría a las pizcas y la
dejaría encargada con la abuela. Quería escuela y
una vida sedentaria para Nicole. Cuando terminó
la temporada en los pueblos cercanos, se despidió

A la vera del camino lodoso, la pequeña casa
de madera aún estaba sumida en la oscuridad
de ella confiada en su decisión. Se alejó con pasos
ágiles por la estrecha vereda que separaba la casa
del camino principal.
cuando la madre de Nicole se levantó. Mientras se La niña sintió un levísimo movimiento que,
cambiaba de ropa recordó que la niña cumplía JX>CO a poco, fue creciendo. El suelo, la casa y su
nueve años ese día. Era el mes de junio. Ella y cuerpo se cimbraron. Siguió con la mirada a su
Nicole lo fatigaban en el campo, bajo el sol del sur madre todo el tiempo que tardó en pasar el tren, a
de Texas. La niña bien sabía cómo desprender la unos cuantos metros del patio trasero de la casa de
borra del cáliz; también cuánto pesaba el costal la abuela. Se alejó de la ventana y fingió que hacía
cargado y cómo ardían los pinchazos en los dedos. algo. Tenía que hacerlo para detener las lágrimas.
La mujer se cepilló el pelo y lo cubrió con Salió al patio y sólo se le ocurrió sentarse en la
una pañoleta anudada bajo la barbilla. Se cambió mecedora a mirar las nubes que cruzaban rápidas
el albo camisón de algodón, húmedo de sudor en el cielo; a escuchar contrita el silbato del tren.
la espalda y los sobacos, por una blusa ligera de
manga larga y una falda de vuelo amplio. Frente al
espejo del botiquín recordó las palabras de la
abuela. Decía que al paso de los años la pequeña Nicole salía a la tibia humedad de la
Nicole se parecía más a su madre: las cejas finas, mañana por el angosto y cenagoso sendero que
arqueadas y negras; los ojos verdosos; la nariz cruzaba el barrio entre las casuchas de madera.
pequeña y roma; la boca gruesa y el mentón Llevaba un intenso dolor clavado en la boca del
pronunciado. Pero la mujer no deseaba que Nicole estómago. El periplo de la casa de la abuela a la
repitiera su historia. Si la niña se parecía en algo a escuela elemental se hacía más difícl cuando llega-
ella, lo rechazaba con toda su alma. Nicole debía ba a su último tramo. Ahí le salía al paso el viudo
ser una mujer diferente. Martín con sus botas viejas y enlodadas -cuando
Con ese pensamiento, apresurada salió del no atendía a los olvidadizos que a última hora
baño y se dirigió a la cocina. Apenas tenía el tiem- habían corrido a comprar la leche del desayuno-
po necesario para preparar las tortillas de harina y con un dulce en la mano. Luchaba con la repug-
el guisado de huevo con papa que llevaría a la piz- nancia que le provocaba el crecido bigote hirsuto
ca ese día. Cuando tuvo el lonche preparado levan- del hombre y sus dientes manchados de tabaco;
tó a Nicole, que aún somnolienta, apenas podía
sostener el vaso de avena con leche que su madre
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pero sobre todo. con ese olorcillo a rancio que des- hombre muy bien vestido que cargaba una malctita
pedía su cuerpo y que era capaz de percibir a va- de cuero amarillo. Sin tocar la puerta, el hombre
rios pasos de distancia. Cuando extendía la mano entró al pequeño taller de costura, saludó amable-
para tomar el dulce, el viudo Martín le decía en el mente y se sentó en una silla próxima a la
mejor de los tonos "esta tarde te voy a tener un pie máquina. De inmediato entabló conversación con
de durazno en la cocina", y se metía apurado en la la abuela, nada que ella no hubiera oído antes, los
tienda porque las señoritas Krepfel, todavía con el acontecimientos diarios en los pueblos del rumbo. 1
camisón puesto, entre los maniquíes de pasta, los quehaceres de la pizca, el mal tiempo, etc. Pero
miraban todo lo que ocurría en la calle con sus ojos sucedió que una gemela lo oyó hablar con fuerte
muy azules, pequeñitos y reprobatorios. acento extranjero y. pensando que se trataba de al-
Las Krepfel eran hermanas gemelas. A sus gún pariente de su empleada que la distraía de su
cincuenta y tantos años llevaban vestidos de algo- tarea, salió a despedirlo. El hombre, en cuanto vio
dón iguales, eran solteras y acudían todos los a la señorita Krepfel, se sintió fascinado por las
domingos al servicio religioso de las diez de la innumerables pecas que le cubrían cara, cuello,
mañana, con sendos sombreros de ala ancha y piernas, brazos y manos: todo lo que le fue posible
moños en colores chillantes. Nicole y su abuela se mirar en una ojeada rápida e indiscreta. Se puso de
cruzaban con las gemelas cuando éstas salían por pie y le ofreció la mano. "Atila Jassám, a sus pies
la trastienda rumbo al templo protestante y ellas se señorita". Luego le explicó -sin soltar la mano
encaminaban al templo de Saint Jude, a unas cuan- lechosa que la gemela le tendía y que más parecía
tas cuadras de ahí, en el centro de Yorktown. un pájaro atrapado en la manaza fuerte y oscura
La abuela de Nicole, experta costurera, tra- del hombre- que se había atrevido a entrar mien-
bajó con ellas durante muchos años. Pero nunca tras pasaba el aguacero. La gemela oyó las razones
las gemelas Krepfel le brindaban un saludo si la sin poner demasiada atención; escuchaba las pala-
encontraban fuera de la tienda. La abuela ni bras de aquel hombre moreno y musculoso, de
siquiera las miraba. Si las señoritas, orgullosas de cabeza en forma de dado, orlada de rizos negros,
su ascendencia alemana, la consideraban inferior en un susurro de voz y lluvia.
por ser mexicana. ella también las conocía bien y Ante los ojos burlones de la abuela, la esce-
las despreciaba. Entendía que la tienda de modas y na no sólo se repitió sino que acrecentó la gula del
el templo protestante habían terminado sofocán- visitante cuando apareció la otra gemela. El turco
dolas. La anciana platicaba que las gemelas Jassám, obnubilado con el mar de pecas que esti-
Krepfel se lamentaban por haber perdido al único mulaba su imaginación, de nuevo tendió su mano
hombre que las amó a las dos por igual. y apresó por unos momentos el pálido pájaro
Reclinada sobre la máquina de coser, la lánguido que la otra señorita Krepfel le ofrecía.
abuela de Nicolc realizaba su tarea laboriosamente Los tres permanecieron de pie. contemplándose,
cerca de la puerta de la trastienda. A través de la en un triángulo de amor perfecto, mientras la
mampara advertía el poco movimiento que por la abuela hacía zumbar la máquina de coser y la
calle trasera se daba la mayor parte del tiempo. lluvia combatía el intenso calor de la mañana.
hasta que una lluviosa mañana de junio, atrás de la A partir de ese encuentro el turco pasaría
espesa cortina de agua que la lluvia formaba, la largas veladas en casa de las gemelas. Después de
abuela de Nicolc vio con sorpresa acercarse a un ofrecer, en su recorrido de rigor por el pueblo, los

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diagonal por la gasolinería y llegaba muy alerta a
seguros de vida que vendía, entraba a la tienda de su salón de clases. Ahí la esperaba la miss, con el
modas por la puerta de atrás. Las hermanas lo es- rostro pálido y sereno como la efigie de un
peraban con la mesa puesta: ensaladillas diversas, camafeo. lista a reprenderla, si acaso la atrapaba
salchichas, fruta y abundante cerveza. Atila hablando español.
Jassám las hacía reír con sus historias del camino.
Después de la cena el turco pasaba al taller, donde
muchas noches todavía trabajaba la abuela. Detrás
del biombo se desvestía y se quedaba en una Nicole odiaba los cotton fields. Alejaban a
diminuta trusa que simulaba una piel de leopardo. su madre de su lado. Cada año, durante la estación
Atila Jassám les mostraba su portentosa muscu- de la pizca, la recibía con recelo, pues pasados los
latura a las gemelas, siempre que ellas se compro- meses del verano tomaría la ruta del oeste, y se
metían a frotarle el torso, brazos y piernas con creía incapaz de soportarlo una y otra vez. Mas se
aceite perfumado. Una de cada lado. La rizada llegó el día, cuando Nicole dejaba la adolescencia,
cabellera del turco se despeinaba con las sugesti- que su madre regresó para quedarse. Tenía
vas contorsiones que, con su cuerpo. hacía para las cuarenta años: toda una vida en las faenas del
señoritas Krepfel. campo. Nunca más tendría que madrugar para
Después de muchas noches de diversión el conseguir el sustento de la hija. Iba acompañada
fisicoculturista se bajó la trusa para mostrarles, de Jim, un hombre mayor que cada mes recibía
abiertamente, en la parte lateral de cada uno de sus una respetable pensión del condado de Wharton
glúteos, sus tatuajes: una nereida y una sirena. -en pago a sus servicios como constructor de
Según él, representaban a cada una de las carreteras-. y que pensaba compartir cheque y
hermanas. Se las habían dibujado en Nueva vejez en un confortable trailer home con la madre
Orleáns. La historia que les contó cuando les de Nicole.
mostró las figuras marinas combinaba un sueño, El momento había llegado. Todo estaba listo
un deseo y una certeza. Esa noche, las gemelas para que Nicole siguiera sus estudios universita-
vivieron con el turco Atila Jassám el episodio de rios en Houston. Dejaba para siempre Yorktown,
amor que jamás habían imaginado y que las acom- pero llevaba en la memoria los cotton fields que la
pañaría en el recuerdo por el resto de sus días. La habían visto madurar en el rencor y el abandono.
mañana siguiente, aún embelesadas con las artes
amatorias del turco, no entendieron cuando él se
despidió para siempre. Atila Jassárn les dejaba en
pago a su generosidad, una cadena que llevaba
sujeta al cuello, de la cual pendía una medialuna
de plata.
Años después, cuando en las mañanas
Nicole cruzaba de prisa frente al aparador de la
tienda -donde las Krepfel desde temprano sacu-
dían el polvo de los vestidos de novia-. sentía
encima de ella la mirada fría de las gemelas y de
los maniquíes. Doblaba en la esquina, cruzaba en

117
116
ba del día. Pasó de largo y entró en la oficina del
111.SACRED HEART reverendo Kenton, a cuyo cargo estaba la iglesia y
........................................................................................................................ el resto de la organización.
A sus ochenta años, Kenton conservaba una
gran vitalidad; se traslucía en su andar ligero y en
el timbre sonoro de su voz. Vestía sotana siempre y
a Nicole le daba la impresión de que en él había
excesiva pulcritud, hábito que por alguna oscura
razón depositada en la subconciencia, irremedia-
blemente le sembraba·desconfianza. Sin embargo
N icole llegó al Segundo Barrio, extendido a la
orilla del río Bravo, entre calles apretujadas y
Nicole lo respetaba, no por su investidura religiosa,
sino porque lo creía un hombre honesto y útil.
-Adelante -le dijo el sacerdote cuando la
sucias dominadas por las tiendas de coreanos y vio venir por el pasillo-. ¿Cómo estás hija?
árabes, comerciantes de electrónicos, ropa usada y -Bien padre, gracias.
baratijas. En la esquina de Stanton y Rahm, a esa - Te llamé porque quiero asegurarme de
hora tan temprana, era poca la gente agrupada en que estoy haciendo lo conveniente.
las esquinas para pedir ride a Juárez y ahorrarse el - Hizo bien en llamarme, padre. En esta
pago de la tarifa por cruzar el puente. En el aire ocasión quiero ser más cautelosa. Y he pensado
circulaba ese penetrante olor a pan recién hecho que sería mucho mejor que Lupe no hablara con
-que despedía el edificio recubierto de mosaicos nadie; de afuera, quiero decir.
verdes de la Rainbo Bread=-, revuelto con el olor -Yo también lo creo hija. También recibí la
a humo. A pocas cuadras de ahí, después de una visita de un agente del servicio de inmigración.
sucesión de paupérrimas viviendas en varios pisos, Quieren deportar, particularmente, a Guadalupe, y
ropa tendida en los balcones y grafitti con signos pienso que atrás de la denuncia está Thompson.
cholos en las paredes, destacaba una sólida cons- Tienes que ayudarme a arreglar eso cuanto antes.
trucción revestida de ladrillo rojo: era la iglesia Nicole salió de la oficina del director en
católica Sacred Heart. Su bastarda arquitectura, sin dirección al pabellón para mujeres. No le preocu-
atrio y de una sola torre baja, se alzaba frente al paba la noticia del sacerdote; el estatus migratorio
lugar donde Azuela escribiera Los de abajo en de Guadalupe era un asunto más que debía pelear
1915; ahora reducida a un modesto edificio de y, en todo caso, de problemas migratorios era lo
apartamentos pobres y un estrecho corredor en que más entendía. Una religiosa la llevó hasta una
tomo al pequeño patio central. La parte trasera del salita donde esperó unos minutos a Guadalupe
Sacred Heart albergaba el Refugio. Maza. Ahí, el mobiliario era sobrio y humilde:
Estacionó su carro en una callejuela cer- sillones de vinil café, pisos muy limpios con olor a
cana. Caminó seguida por la insistente mirada de desinfectante y paredes cubiertas con imágenes
los bordoneros que bebían cerveza de botellas religiosas.
escondidas en bolsas de papel, apiñados en los En uno de los muros, una sólida repisa
callejones; luego, cuando llegó a la iglesia, de sostenía varias veladoras encendidas ante un
aquellos que descansaban en los peldaños, a la cuadro enorme del Sagrado Corazón de Jesús. De
espera de que alguien llegara a ofrecerles la cham-
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ese mismo tamaño era el que tenía la abuela de
Nicole en su cuarto, pero aquél, adornado con un Guadalupe Maza llevaba vestido de pechera
marco de madera repujada de tres pulgadas de an- azul claro y blusa blanca; suéter negro, medias grue-
cho, descansaba sobre una mesa donde abundaban, sas y zapatos negros con suela de goma. Era el uni-
además de las veladoras, los milagritos de latón forme de las internas, las niñas y jóvenes que
-prendidos al mantel con alfileres- prueba de la recogían en Ja calle. Pero Guadalupe no sólo vestía
misericordia concedida a familiares y amigos. Para como las religiosas, sino que también tenía el sem-
Nicole los altares caseros, las veladoras encendi- blante sosegado de ellas. Sus ojos oscuros, Ja boca
das día y noche, los rosarios y las imágenes de amplia, la sonrisa tras la cual mostraba unos dientes
sufrimiento estuvieron ligados, durante su niñez y muy blancos, muy grandes: todo su redondo rostro
su adolescencia, a la pobreza y a la vergüenza de moreno hablara de ecuanimidad. Nada indicaba que
ser pobre. Sin embargo ahora, a fuerza de visitar el ella hubiera llegado ahí por la intervención del en-
Refugio y encontrarse con el Corazón de Jesús, ya fermero que la atendió después del asalto, el que
lo veía con ojos diferentes. Hasta creía entender la llamó al reverendo Kenton para pedirle que pasara a
causa del fervor de su madre y su abuela por esas recoger a una jovencita indocumentada al hospital
imágenes dolientes. del condado. Parecía lo contrario, que Guadalupe
De pie, en el centro de la salita, paciente- voluntariamente había llegado a formar parte de la
mente esperaba Guadalupe que Nicole terminara hermandad y que Nicole era una visita amistosa.
de contemplar la imagen. Era una tímida Nicole le estrechó la mano y la invitó a
muchacha mazahua de diecinueve años, nacida en conversar. Luego -con su español permeado con
la colonia Revolución Mexicana, lugar donde la pronunciación inglesa, el que aprendió de su
hacía medio siglo se asentaban los mazahuas que madre y de su abuela y que luego, durante sus
venían del sur. Lupe entendía la lengua de sus primeros años de escuela, fue obligada a sepultar
padres, pero su lengua dominante era el español, en el fondo de la conciencia- la interrogó.
cargado de giros localistas, matizado aún más por Guadalupe Maza le respondió con frases de
Jos vocablos en náhuatl que escuchaba en su casa. clara modulación juarense, que la madrugada del
Guadalupe hablaba el español que aprendió en los asalto Dick se había presentado en su cuarto
juegos con otros niños mazahuas, en las calles de semidesnudo, descalzo y con una pistola que le
su barrio; el que leyó en el texto gratuito de Ja es- puso en los sesos para intimidarla. La muchacha
cuela primaria durante Jos tres años que asistió; el contó que, en lugar de ceder a las peticiones del
que escuchó a los transeúntes en las banquetas del gringo, hizo una oración en voz alta que lo des-
centro de la ciudad, donde vendió chocolates concertó completamente, como si la plegaria lo
americanos con su madre y sus hermanos hubiera tomado por sorpresa y hasta conseguido
menores; el que descubrió al lado de las obreras, asustarlo. Luego había abandonado la cama para
en la banda sin fin de la General Motors, amarran- forcejear con él. En represalia, Dick no cesó de
do arneses; el español que la sorprendió en la casa amenazarla de muerte y de disparar el arma al aire,
de la señora Thompson quien, a fuerza de emplear sin conseguir que la muchacha mazahua se le en-
mexicanas a su servicio, se expresaba con frases tregara. Estaba en shock -como después confir-
mezcladas, pero lo suficientemente claras para marla el médico que la atendió en el hospital -,
comunicarse con ellas. sólo así se explicaba que se hubiera defendido tan-
to sin temor a ser asesinada.

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Guadalupe hizo una pausa en su relato para Guadalupe Maza llevaba vestido de pechera
beber agua en el bebedero del pasillo y así tomarse azul claro y blusa blanca; suéter negro, medias grue-
unos segundos más para pensar cómo se lo diría a sas y zapatos negros con suela de goma. Era el uni-
Nicole. No estaba interesada en seguir el caso. La forme de las internas, las niñas y jóvenes que
noche del asalto había quedado atrás para ella, recogían en la calle. Pero Guadalupe no sólo vestía
ahora sólo deseaba pertenecer a la hermandad. como las religiosas, sino que también tenía el sem-
Sentía que algo se le acomodaba dentro, como si blante sosegado de ellas. Sus ojos oscuros, la boca
hubiera encontrado su lugar en la vida. A pesar de amplia, la sonrisa tras la cual mostraba unos dientes
que las labores de limpieza se habían intensificado muy blancos, muy grandes: todo su redondo rostro
al triple, se sentía conforme; la vida era mucho moreno hablara de ecuanimidad. Nada indicaba que
más amable en este lugar, y no alcanzaba a com- ella hubiera llegado ahí por la intervención del en-
prender por qué para Nicole era tan importante fermero que la atendió después del asalto, el que
seguir en su defensa, cuando ella creía que de no llamó al reverendo Kenton para pedirle que pasara a
haber pasado por esa violenta experiencia no recoger a una jovencita indocumentada al hospital
hubiera llegado al Refugio. Guadalupe Maza se del condado. Parecía lo contrario, que Guadalupe
sentía compensada. Nicole, en cambio, estaba voluntariamente había llegado a formar parte de la
dispuesta a echar mano de todos sus recursos con hermandad y que Nicole era una visita amistosa.
tal de ganar el caso. Ni Guadalupe era una indíge- Nicole le estrechó la mano y la invitó a
na desamparada, ni ella una chicana indefensa. Las conversar. Luego --con su español permeado con
dos eran mujeres sin privilegios, acostumbradas a la pronunciación inglesa, el que aprendió de su
la lucha diaria; hijas de trabajadores migrantes. madre y de su abuela y que luego, durante sus
Ahora ella sabía muy bien cómo hacer valer sus primeros años de escuela, fue obligada a sepultar
derechos y los de Guadalupe. en el fondo de la conciencia- la interrogó.
Sentada frente a ella, Nicole la interrogó Guadalupe Maza le respondió con frases de
refiriéndose a su estancia en el Refugio. Luego, de clara modulación juarense, que la madrugada del
nuevo abordó el tema del asalto. Guadalupe Maza asalto Dick se había presentado en su cuarto
hablaba bajito, a pausas, con la mirada huidiza. semidesnudo, descalzo y con una pistola que le
Era una muchacha muy tímida; además estaba puso en los sesos para intimidarla. La muchacha
avergonzada. contó que, en lugar de ceder a las peticiones del
-Quería decirle que lo que le dije es todo gringo, hizo una oración en voz alta que lo des-
lo que me acuerdo. concertó completamente, como si la plegaria lo
Guadalupe Maza descansaba sus manos hubiera tomado por sorpresa y hasta conseguido
sobre el regazo, una encima de otra. Con sus ojos asustarlo. Luego había abandonado la cama para
negros, muy atenta a la reacción de Nicole. forcejear con él. En represalia, Dick no cesó de
- No se enoje conmigo, pero ya no quiero amenazarla de muerte y de disparar el arma al aire,
seguir el pleito. Yo estoy contenta con estar aquí y sin conseguir que la muchacha mazahua se le en-
así me quiero quedar -agregó. tregara. Estaba en shock --como después confir-
Nicole creía entender sus razones; sin maría el médico que la atendió en el hospital - ,
embargo, no estaba dispuesta a permitir que sólo así se explicaba que se hubiera defendido tan-
Guadalupe claudicara así nomás. to sin temor a ser asesinada.
oooooooooooO•OoOOOooooooouooooooooooOoooooooooooooo•HooooooooooooooooooooooOOOOOooOoOOOOoooooOOUOooooOOOOOOOOOOOOO

122 121
Guadalupe hizo una pausa en su relato para
beber agua en el bebedero del pasillo y así tomarse
unos segundos más para pensar cómo se lo diría a
Nicole. No estaba interesada en seguir el caso. La IV. VIENTOS DEL SUR
noche del asalto había quedado atrás para ella,
ahora sólo deseaba pertenecer a la hermandad.
Sentía que algo se le acomodaba dentro, como si
hubiera encontrado su lugar en la vida. A pesar de
que las labores de limpieza se habían intensificado
al triple, se sentía conforme; la vida era mucho
más amable en este lugar, y no alcanzaba a com-
prender por qué para Nicole era tan importante
seguir en su defensa, cuando ella creía que de no El abuelo de Arturo se había afincado en
haber pasado por esa violenta experiencia no Sunset liights. Un barrio de mansiones construidas
hubiera llegado al Refugio. Guadalupe Maza se con reminiscencias sureñas en lo alto de una coli-
sentía compensada. Nicole, en cambio, estaba na. desde la cual podía ver el agitado y polvoriento
dispuesta a echar mano de todos sus recursos con pueblo del otro lado del río: Paso del Norte vivía,
tal de ganar el caso. Ni Guadalupe era una indíge- como el resto de México, las vicisitudes del
na desamparada, ni ella una chicana indefensa. Las movimiento armado.
dos eran mujeres sin privilegios, acostumbradas a Don Manuel Alcántar veía llegar con dis-
la lucha diaria; hijas de trabajadores migrantes. gusto las primeras hordas de campesinos que
Ahora ella sabía muy bien cómo hacer valer sus huían del hambre y la balacera. Los inmigrantes se
derechos y los de Guadalupe. sometían a una humillante inspección sanitaria a
Sentada frente a ella, Nicole la interrogó cargo de las autoridades norteamericanas, tan
refiriéndose a su estancia en el Refugio. Luego, de pronto como cruzaban el endeble puente de
nuevo abordó el tema del asalto. Guadalupe Maza madera -el Santa Fe- tendido sobre el río.
hablaba bajito, a pausas, con la mirada huidiza. Después se integraban a las cuadrillas de negros y
Era una muchacha muy tímida; además estaba mexicanos que construían la ruta del ferrocarril
avergonzada. Southem Pacific.
-Quería decirle que lo que le dije es todo Este chihuahuense, que se había mudado al
lo que me acuerdo. norte del Bravo para proteger familia y fortuna de
Guadalupe Maza descansaba sus manos los vaivenes revolucionarios, desdeñaba todo lo
sobre el regazo, una encima de otra. Con sus ojos que le rodeaba. Vivía obsesionado con el recuerdo
negros, muy atenta a la reacción de Nicolc. del mundo que había dejado atrás: Chihuahua, la
-No se enoje conmigo. pero ya no quiero adormilada ciudad donde había nacido y acrecen-
seguir el pleito. Yo estoy contenta con estar aquí y tado la fortuna familiar.
así me quiero quedar -agregó. Echaba de menos los veranos, cuando
Nicole creía entender sus razones; sin paseaba bajo la bóveda verde del ramaje entreteji-
embargo, no estaba dispuesta a permitir que do por las altas copas de los álamos, en el Paseo
Guadalupe claudicara así nomás. Bolívar. También las animadas noches de verbena
.....................................................................................................................•. en el Parque Lerdo. Extrañaba la Plaza Hidalgo,
donde le gustaba lustrarse los botines después de
122
125
atender sus asuntos en el Palacio de Gobierno. nalgas y los pechos. Luego sonreía complacido.
Pero lo que más falta le hacía era su recorrido Nada más. A la joven el viejo le causaba repug-
dominical -acompañ.ado de su esposa, quien nancia, pero sabía que a pesar de toda su lascivia,
moriría tan pronto como se mudaran a El Paso-. sus fuerzas no Jo llevaban más lejos. Mientras él la
Primero, misa de once en Catedral. Ahí se encon- tocaba, ella miraba a cualquier dirección y espera-
traba la alta sociedad chihuahuense que acudía al ba. Tan pronto como don Manuel la soltaba se
servicio religioso vestida con sus mejores galas. acomodaba el mandil y salía mascullando
Afuera, los cocheros esperaban en las calesas maldiciones.
tiradas por hermosos caballos perfectamente bien A las ocho de la mañ.ana don Manuel salió
enjaezados con mantillas y morriones. Y después de su casa. El chofer lo llevó en su flamante Ford,
de misa, el paseo que iba de la Plaza de Armas a la hasta el banco. Ahí lo esperaba el gerente, un
Plaza Hidalgo, y al retomo, sobre la calle Libertad, pelirrojo pulcro y rubicundo que Je llevaba su
el aperitivo en el gran salón del Hotel Palacio. cuenta bancaria con tanto celo como si el dinero
Entre estos recuerdos pasó los últimos años fuera de su propiedad. Hablaron durante treinta
de su vida, hasta que una mañana de abril lo minutos, luego don Manuel empujó Ja pesada
despertó un mal sueño. Soñó que daba un paseo a puerta del banco y salió plenamente convencido de
caballo por un lugar de la sierra que conocía desde la eficiencia norteamericana en materia financiera.
niño, luego cruzaba un arroyo pedregoso y seguía Cruzó dos calles en escuadra, la Mesa y la Mílls.
la falda del cerro hasta entrar en un cañón. De A las nueve tenía un desayuno de negocios con su
pronto, sentía que un gato montés brincaba desde nuevo socio, un judío que había llegado de
los altos peñascos. Lo veía descender lentamente, Chicago la noche anterior. Jaló su leontina de oro
al tiempo que él, asustado, le clavaba las espuelas y le echó un vistazo a su Harnilton: aún tenía diez
al tordillo. El animal empezaba a correr, pero el minutos. Don Manuel Alcántar, sin sospechar que
felino seguía descendiendo en dirección a él, eran los últimos de su existencia, puso pie en la
mostrándole la potencia de sus colmillos, el filo de animada Plaza de San Jacinto con plena confianza
sus garras crispadas. en el éxito de sus negocios. Ni siquiera el mal
Don Manuel abrió los ojos asustado. Eran sueño de esa madrugada lo hizo dudar un segundo.
las 4: 15, cuarentaicinco minutos antes de Ja hora A su paso, las palomas que bajaban a picotear las
en que habitualmente se despertaba. Se levantó y cáscaras de cacahuate que unos niños arrojaban al
llamó a gritos a la criada. Mientras ésta le propor- suelo, saltaban de un lado a otro. Don Manuel, que
cionaba ropa limpia y le preparaba café con leche, empuñaba un bastón con manguillo pulido y bri-
don Manuel se aseó y aliñó su poblada barba llante para ayudarse a caminar, lo agitaba para
canosa. Una vez vestido cruzó el largo pasillo para abrirse paso entre las aves.
ir a su oficina, al otro extremo de la casa, donde A esa hora de Ja mañana la plaza era muy
por varias horas hizo sus cálculos acostumbrados. transitada. Los recién llegados -casi todos mexi-
Se disponía a invertir una buena cantidad en canos-, sin trabajo u otra cosa que hacer, se
bienes raíces. La concentración que tales cálculos reunían ahí. Algunos relataban las innumerables
le reclamaban no le impedía, cada vez que la cria- hazañas que protagonizaba Villa. otros se lamenta-
da entraba a servirle más café, manosearla. Le ban de las hambres sufridas y sus peripecias para
apretaba la parte más gruesa de los muslos, las llegar hasta el norte. Todos, mientras hablaban.

126 127
miraban alertas los movimientos perezosos de los quedaba en Arturo de don Manuel y de Manuel
lagartos en el estanque artificial que se extendía en Arturo. Si acaso una cierta manera de mirar que le
el centro de la plaza. otorgaba a su rostro un aire despectivo y
Don Manuel iba de camino al Hotel Paso cauteloso; por lo demás, Arturo era impulsivo y
del Norte, del otro lado de la plaza, donde se melancólico. La astucia que le faltaba para
hospedaban los terratenientes de Chihuahua. Era el emprender grandes negocios la sustituía con disci-
centro de reunión de políticos, revolucionarios y plina y concentración. Habría sido un brillante
periodistas. Todo el mundo se podía encontrar ahí académico si hubiera tenido la fuerza suficiente
en aquellos años turbulentos. Pero, esa mañana, para oponerse a la voluntad de su padre, quien
don Manuel faltaría a su cita. A escasos pasos de convencido de que su hijo no necesitaba asistir a
distancia del estanque sintió un intenso dolor en el una universidad de prestigio para administrar la
pecho que lo obligó a soltar el bastón y encor- exigua parte de la fortuna familiar que pensaba
varse. Así estuvo unos segundos ante los ojos sor- heredarle, lo obligó a asistir a la universidad de la
prendidos de la plebe, luego alcanzó a ver - un ciudad y le impuso, además, la carrera que debía
instante antes de rodar por el suelo- a uno de estudiar. Manuel Arturo veía la docilidad de su
aquellos lagartos: el animal abría su enorme hoci- hijo como un signo de inferioridad. Nunca lo
co y le mostraba la hilera de dientes puntiagudos. consideró un Alcántar. En silencio renegó de él, de
Dejaba una cuantiosa fortuna en propie- su naturaleza apacible, de su suavidad.
dades y dinero en efectivo a su único hijo, Manuel Rodeado por los objetos que habían
Arturo, quien años más tarde egresaría de la pertenecido a su abuelo, Arturo creció admirán-
Universidad de Chicago comprometido con una doló, idealizando la figura de un hombre -que
norteamericana que, después de contraer matrimo- existía a través de fotografías amarillentas
nio con él lo obligaría a vender la casona de la (donde posaba acompañado de políticos y mi-
calle Porfirio Díaz y a construir otra más amplia: litares que luego la historia llamaría traidores) y
una mansión tipo español de tres pisos, fachada objetos diversos cuidadosamente conservados-,
blanca y tejas rojas en la esquina de Luna y con mayor fuerza que si estuviera vivo. La
Copper, frente a Memorial Park. relación de Arturo con su padre era otra cosa.
La norteamericana no viviría mucho tiempo Desde niño había sentido su rechazo. Le temía
en su nueva casa. La vida de Manuel Arturo, su de- de tal forma que por las noches, cuando llegaba
voción a los negocios y a otras mujeres, además del haciendo rechinar el machimbrado de encino con
ambiente pueblerino de El Paso, habían terminado la fuerza de sus pasos, fingía dormir para que no
por hartarla. Así, una mañana, Manuel Arturo la se le ocurriera llamarlo y pedirle cuenta de sus
vio partir a su añorado Chicago. Años más tarde actividades. Manuel Arturo quería oír historias
contraería segundas nupcias con una prima lejana y que le mostraran que Arturito era malvado y
pobre que conoció en un viaje de negocios a travieso, todo un hombre, no la persona taciturna
Chihuahua y que, en el año cincuenta, cuando él ya que siempre sería, que miraría el acontecer de la
era un hombre mayor, la daba su único hijo legíti- vida sin involucrarse demasiado. Desde su cuar-
mo: Arturo. to, el niño oía a su padre dar órdenes a los
El brío de los Alcántar se diluía en cada sirvientes en voz muy alta. Órdenes a unos y
generación. Muy poco -además del apellido- órdenes a otros.

128 129
Como su padre, Arturo creció en una zona beca. Fue una manera de rebelarse, de demostrarle
exclusiva de la ciudad. Durante los años de apren- que no lo necesitaba, de no aceptar su dinero y res-
dizaje básico y de high school. asistió a colegios ponder a sus imposiciones con guante blanco.
privados católicos donde los estudiantes eran Boberías de juventud; no eran otra cosa. Así verla
anglosajones. Los que no, eran al igual que él, des- años más tarde sus desplantes de niño rico.
cendientes de mexicanos, hijos de las clases privi- Además, el padre ni se enteraba de las acciones de
legiadas. Hasta los dieciocho años, su relación con su hijo; ordenaba a su administrador que deposi-
el mundo -fuera de casa- se daría en completa tara dinero en la cuenta bancaria de Arturo y no le
armonía. Su lengua materna era el español, pero la interesaba saber cómo lo gastaba. .
mayor parte de las veces se comunicaba en inglés. Movido por la ridícula idea de Jo que creía
Había ciertas emociones que comunicaba mejor en su deber como hijo, Arturo se presentó a trabajar
esta lengua, ya fuera por lo flexible que le resulta- en uno de Jos negocios de su padre, una impor-
ba o, simplemente, porque relacionaba la expe- tante tienda de maquinaria agrícola que exportaba
riencia emocional con la experiencia inmediata fuertes cantidades de mercancía a México. Creyó
y concreta en el mundo anglosajón. -equivocadamente- que eso le agradaría a su
Los años universitarios le dieron un título padre y que al estar más cerca de él cultivaría su
que no apreciaba y un espejo cubierto por el vaho cariño. Al paso de los días, Arturo lo único que
del tiempo. Los chicanos se organizaban en agru- consiguió fue que su padre se convenciera de lo
paciones políticas y los mexicanos en la aso- diferente que eran el uno del otro, que reafirmara
ciación de estudiantes extranjeros. Él no cabía en su idea de que era un inútil y lo relegara al nivel
ninguna de las dos. Arturo se creía mexicano pero de un simple empleado. Al cabo de tres años
no lo era en su totalidad; había nacido y se había Arturo abandonaba el negocio y se dedicaba a
criado en Estados Unidos. Eso no significaba que frecuentar Jos cafés de la ciudad. No pensaba
comprendía a fondo la manera de percibir e! mun- mucho en su futuro. Tenía veinticinco años y la
do de los chicanos, ni compartía su sentimiento de convicción de que forzar los acontecimientos sólo
amor-odio hacia la sociedad colonizadora en la propiciaba el infortunio. Todo le llegaría a su
que vivían. Nunca se había sentido discriminado. tiempo.
El racismo para él no era una experiencia viva. Estudiaba mapas antiguos. Poseía un gran
Tampoco se identificaba plenamente con los mexi- conocimiento sobre las diferentes maneras en que
canos. Nada tenía él en común con los hijos de los había sido concebido el globo terráqueo a través
trabajadores agrícolas que llegaban al país -ince- de los siglos. Su interés era meramente intelectual;
santemente- muertos de hambre. Entre él y esos nunca, a pesar de contar con los recursos y el tiem-
mexicanos había diferencias insalvables. Era como po para hacerlo, se entusiasmó con la idea de hacer
si Arturo viviera siempre en la frontera. A un paso un viaje por el mundo. Se sentía satisfecho con
de pertenecer, pero al mismo tiempo separado por leer sus libros. Por las tardes, en el viejo escritorio
una línea imperceptible trazada por la historia. de encino donde don Manuel Alcántar calculara
A los veintiún años Arturo obtenía su título sus ganancias monetarias, él se sentaba a revisar
de contador público, cargado de resentimiento su nutrida correspondencia de editoriales y libre-
hacia su padre. Poseía voluntad e inteligencia, de rías especializadas. Leía hasta el momento de
manera que, aun sin necesitarla había ganado una perder la luz natural, luego abandonaba su estudio

130 131
y bajaba al comedor a leer el periódico mientras la
sirvienta le servía la cena.
v. NICOLE Y ARTlJRQ ----
•OOOOOO•OOooooouoo-oooooouooouoooonooooOOOOHOOOOoo•-0000000H000000000h00000hOOoooOOooouooOOOOOOOOOOHOOOHO

Años después, una tarde que su padre visita-
ba la bodega acompañado del administrador, un
montacargas que movía una paleta cargada de llan-
tas de tractor lo embistió Las llantas le cayeron
encima y provocaron su muerte instantáneamente.
Manuel Arturo Alcántar Je dejaba por
herencia la casa donde vivía y el negocio de la
maquinaria. La mayor parte de su fortuna era
repartida entre la amante de sus últimos años y
B ajo el domo, los pálidos rayos del sol baña-
ban la cabeza de Nicole. Esa tarde estaba con-
algunos parientes lejanos que Arturo nunca cono- forme. Bebía satisfecha el agua .fresca del vaso.
cería. La decisión de su padre sólo confirmaba el Por primera vez se sintió volu~inosa; aún no Je
desprecio que había sentido toda la vida por él. Sin crecía el vientre pero ya se s~ntla gruesa y satis-
embargo, el rencor acumulado a lo largo de casi fecha. Con la mirada se revisó los pechos, que
treinta años hacia esa figura autoritaria y distante, deseó duros y llenos de leche. E~ seis meses nace-
se desvanecería por completo con la última palada ría Gabriela y a Nicole, en el pnmer momento de
de tierra que cayera sobre su ataúd. tenerla en sus brazos, le causaría una honda
Liberado de esa presencia tiránica, Arturo tristeza. Vería con dolor su indefensi6n, pero al
tornó las riendas del negocio con decisión, como si amamantarla, el pezón en la boca ávida de Ja
siempre hubiera dirigido la empresa. Daba a sus criatura, el cuerpo de 1~niña prendido a su cuerpo
días otro sentido. No conocía ambiciones; vivía su le brindarían un sentido nuevo de pertenencia.
vida tranquila, rutinariamente. Hubiera podido Nunca le dijo a Arturo lo que había Vivido con el
vender el negocio o dejarlo en manos del nacimiento de la hija, hasta much_o~años después,
administrador, pero ya no había razón alguna para cuando Gabriela se marchaba a v1v1rsu propia vi-
alterar el cauce de su destino. da, lejos de la casona de Copper Y luna. Pero esa
tarde, Nicole tan sólo esperaba a su marido con los
pies hinchados y el corazón gozoso.
Arturo llegó dispuesto a c?ntinuar la con-
versación que había quedado IOconcJusa esa
mañana, Conocía a Nic~le Y sabía que no podría
disuadirla de su propósito, aunque tal vez sería
posible llegar a un acuerdo. Nicole, sentada en el
centro del restaurante, de espalda a la entrada no
vio cuando su marido llegó; en cambio la éi
encontró con la mirada tan pronto como cruzó el
umbral de la puerta. Era inconfundible su cabeza
de cabello castaño, muy cort~ en .la nuca, des-
cansada en la palma de la mano izquierda. El codo

133
132
sobre la mesa le servía de apoyo. Con el dedo sensible de Nicole y lo más distante de la ver-
índice de la otra mano concentrada garabateaba dadera comprensión de Arturo. Trató de calmarla,
sobre el mantel. Arturo la besó en la mejilla y se le dijo que era necesario que hablaran con más
sentó muy próximo a ella; después ordenó un serenidad, luego ordenaron la cena.
whisky con hielo. Nicole comió despacio, degustaba cada bo-
--¿Hace mucho que llegaste? Disculpa la cado que se llevaba a la boca aun cuando pensaba
tardanza. A última hora llegó un cliente impor- lo que Arturo le diría enseguida. Nada agradable,
tante y tuve que atenderlo personalmente. seguramente. Los últimos rayos del sol entraron
- No te preocupes. Ni siquiera me di cuenta por los cristales del domo. Los candiles estaban
que se hacía tarde. encendidos. En la pálida luz artificial los ojos
-¿Cómo te fue con Guadalupe Maza? verdosos de Nicole se oscurecieron como los de
-Creo que bien. Imagínate, Dick una mujer madura. La luz opalina y los acordes
Thompson no creyó que la muchacha podía resul- del piano -al fondo de la pieza- creaban una
tar tan fuerte - respondió enfatizando sus palabras atmósfera sosegada que por momentos influyó en
con un leve movimiento de cabeza-, al extremo el ánimo de Jos dos. Nicole dejó de comer para
de que, a pesar del forcejeo y el arma, ella logró mirar a su marido desde la placidez en la que esta-
pedir auxilio y ser escuchada por el vecino. Un ba. Lo encontró un buen hombre, robusto y calvo
niño de doce años que acudió a la casa de los como era, de brazos fuertes. Cuando terminaron de
Thompson a ver qué pasaba, por qué se oían dis- comer, Arturo ordenó otro whisky y encendió un
paros. Él mismo llamó a la policía que, por cierto, cigarrillo; Jo aspiró con calma un par de veces,
llegó muy a tiempo. Evidentemente, Dick no luego dijo:
llevaba el propósito de matarla. -- Thompson me llamó para pedirme que
-Me alegra saberlo. A Dick lo conozco olvidáramos todo lo relacionado con Guadalupe
desde niño; era caprichoso y engreído, pero nunca Maza. Muy sutilmente me recordó algunos nego-
lo hubiera creído capaz de una bajeza como ésta. cios que hizo con mi padre. También dijo que
-A ella no le interesa mi ayuda. Quiere in- entendía tu preocupación por ciertas cosas pero
gresar a la congregación de las religiosas del que no era necesario seguir con este asunto. ¿Qué
Refugio y cree que si abrimos el caso legalmente a piensas?
ellas no les va a gustar. -¿Tú qué Je dijiste? -preguntó Nicole
- Desde luego que tú la convenciste de lo defensiva.
contrario -dijo Arturo mientras hojeaba el menú. -Que en tu trabajo únicamente decidías tú.
En su voz había molestia, pero también un tonillo Desde luego eso me valió un comentario burlón,
sarcástico que Nicole advirtió en el acto. que si en mi casa quien llevaba los pantalones era
- ¿Y qué querías? ¿Que por los prejuicios mi esposa. Ya sabes cómo es eso.
de unas monjas suspendiera mi trabajo? -res- - ¿Y quieres que claudique, verdad?
pondió con la voz encendida. - No exactamente. Tú puedes pasar el caso
En ocasiones. a Arturo le resultaba difícil a otro abogado y estar pendiente. Además, según
hablar con ella. Se exaltaba con demasiada facili- entiendo, a Guadalupe no le pasó nada realmente.
dad, sobre todo cuando se trataba de situaciones Tú misma me acabas de decir que ella no está
que ella asociaba con el racismo. Era la fibra más interesada en hacerle cargos a Dick. Creo que

134 135
también la puedes ayudar de otra manera, por
ejemplo, con lo que ella quiere hacer. sinceramente interesado en la salud de Nicole,
-¿Por qué me pides eso, Arturo? Siento pero sin descartar la posibilidad de suavizar la
como si en estos dos años que llevamos casados, conversación.
en realidad no me hubieras conocido. ¿No puedes - Mi embarazo marcha bien. Respecto a lo
ver que para mí todo este asunto va más allá de la demás, creo que no tienes razón para preocuparte.
simple persona de Guadalupe Maza? ¿Por qué le Thornpson puede hacer lo que le dé la gana. Yo
tienes miedo a Thompson? voy a proceder de acuerdo a lo que creo es justo.
-No le temo, pero también tú trata de Y tú Arturo, ¿qué piensas hacer?
entenderme. Por un lado, me gustaría no entrar en Antes de responder Arturo lo pensó unos
ningún conflicto con él, y por otro me agrada pen- segundos. Comprendió que todo lo que le había
sar que tú puedes refundir a su hijo en la cárcel. dicho antes a su mujer, más que una petición era
- Parece que los odias. una manera de aclarar sus propios pensamientos.
- Les tengo coraje. Sí. Odio la prepotencia - Veo que esta situación me va a acarrear
de Thompson para manejarse en el mundo. problemas con Thompson, pero, créeme, estoy
Imagínate que hasta me dijo que no quería listo para enfrentarlo.
molestar al juez, pero que tú no conseguirías nada. - Mi pregunta era también en relación a
Esta mañana, cuando me habló, todo el tiempo me nosotros dos.
pareció que oía a mi padre, dándome órdenes, -No entiendo.
burlándose de mí. "You're afraid of your wife, -Sí, Arturo. Tú y yo pertenecemos a mun-
Alcántar", dos diferentes. Tenernos historias diferentes.
Nicole escuchó a ese hombre que tenía Cuando nos conocimos, esas diferencias resultaron
enfrente y que, a medida que hablaba, bajaba el atractivas, hasta seductoras. Decidirnos casarnos
tono de su voz. porque creímos que entre nosotros no serían
-¿Qué quieres que haga, Arturo? Esta importantes, pero lo son. No puedes negarlo.
mañana me diste unas razones para dejar mi traba- Nicole era una mujer dueña de sí misma, la
jo, ahora tienes otras. No te entiendo. que Arturo quería y necesitaba.
Tampoco él sabía a ciencia cierta lo que -¿Que sí qué pienso hacer? Vivir mi vida
quería. Arturo trataba de evitar un enfrentamiento contigo - respondió convencido.
con Thompson, a pesar de que todo se reduciría a
una discusión. No obstante, se rehusaba a ser
considerado por su esposa de la misma manera
que lo había visto siempre su padre, como un
hombre débil.
- Tú eres lo que más me importa. No te
pido que abandones a Guadalupe Maza porque sé
que no lo harás y ante tus ojos yo quedaría como
un hombre que se amilana ante cualquiera. Y eso
no lo soportaría. Mira, ni siquiera te he preguntado
cómo te encontró la ginecóloga -repuso al final

136
).37
cos podían ir salpicados con los de color malva= ;
VI. GARDEN-PARTY ella se retiraba a tomar un té helado en la terraza.
Había comprado diez docenas en el invernadero,
todas las que habían llegado de California. Sería
difícil conservarlos con las temperaturas de la
región, pero si sobrevivían al domingo frescos y
erguidos bajo la fronda, se daba por satisfecha.
El escenario estaba listo para celebrar el
Easter bruncñ que los Fernández ofrecían a

E1 viento soplaba suave. Mecía con delicadeza
los tallos de las flores que Helen cultivaba labo-
clientes y amigos cada año. Todo era perfecto: los
jardínes meticulosamente acicalados, el azul pro-
fundo del cielo, la brillantez del sol, la leve brisa
riosamente y que de manera estratégica había sem- del viento. Hasta los ridículos, entorpecedores y
brado al fondo del jardín, de tal forma, que cuando vaporosos vestidos de grandes moños con los
alguien miraba desde los ventanales de la casa se cuales las madres se empeñaban a vestir a las
encontraba con el espectáculo que ofrecían cientos niñas el Domingo de Pascua, acentuaban la
de corolas de formas y matices diversos en un armonía de esa vibrante y cultivada atmósfera
ceñido tejido vegetal. Conservar vegetación tan primaveral.
delicada suponía no sólo mucha atención sino Para Nicole era mejor aceptar la invitación
abundancia de abonos y agua, lo cual no dejaba de que permanecer el día sola en su pequeño departa-
asombrar dada la aridez de la región. Pero Helen mento. Estaba a punto de terminar el primer video
era una mujer dedicada y contaba con la ayuda de de la jornada cuando decidió que era mejor apagar
don Rito, el jardinero bueno y barrigón que cada la videocasetera y vestirse adecuadamente para ir a
sábado por la mañana recogía en la acera de Kern Place. La alternativa era mirar los otros dos
Sacred Heart. ti segaba concentrado el césped y videos que de antemano había preparado para ese
ejecutaba diligentemente las órdenes de la señora domingo, pero también creía conveniente
Helen: un poco de fertilizante allá, algo de insecti- socializar un poco, conocer otro aspecto de la
cida aquí, vitaminas mezcladas en la tierra, abri- comunidad que había escogido para desarrollar la
llantador a las hojas... profesión. Aún antes de entrar -mientras cruzaba
Habían dedicado la Semana Santa a perfec- el amplio porche de la casa frontier color ma-
cionar el jardín. Helen enfundada en sus jeans, con rrón=-, Nicole vacilaba, pero ya era demasiado
guantes de mezclilla y sombrero de paja -el sol le tarde para arrepentirse porque Helen abrió la puer-
sacaba pecas en la piel- inspeccionaba todos los ta para despedir a alguien justo cuando ella estaba
rincones, que no hubiera indicios de esas molestas allí, dubitativa y hecha una tonta.
plagas que empezaban a invadir las plantas apenas -Adelante, qué gusto verte por acá. Nunca
los días se ponían más cálidos. Y, mientras, Rito, creí que nos correrías un desaire.
armado de escardillo y trasplantador, sembraba los Helen la condujo hasta un pequeño grupo de
tulipanes alrededor del grueso tronco de los señoras que conversaban en una mesa de la
sicomoros - los quería por colores: los amarillos terraza. El tema que las ocupaba era la enorme
juntos, los rosas en un mismo sitio; sólo los blan- estrella de luces que permanecía encendida todo el

13.8 139
año en la montaña Franklin. Recaudar los fondos
necesarios para cubrir el consumo de energía eléc- -¿No cree usted que sería importante
trica de dicho emblema era su preocupación en formar una comisión que incluyera al cónsul
esos momentos. Una dama gruesa, de mayor edad, mexicano? -preguntó Asaad, comerciante de
tocada con algo parecido a una cofia de fieltro telas, propietario de una tienda muy concurrida a
blanco de la cual se desprendía, en la parte más dos cuadras del puente. El árabe era un hombre
alta, un racimo de frutitas de pasta, se atrevió a macizo, tal vez algo mayor que Arturo. Vestía un
opinar en contra del sentir general. traje de lino claro y una camisa desabotonada has-
-A mí me parece -dijo, elevando las ta casi medio pecho, que permitía ver cuán velludo
cejas- que mantener esa estrella encendida todo era. Nicole lo miró y de golpe recordó la historia
el año es un desperdicio. Podríamos dedicamos a de su abuela. Sonrió levemente.
cosas más significativas. En mis buenos tiempos, - Bueno, en realidad la comisión podría
muchachas ... tener un carácter más amplio -corrigió
Lis demás guardaron silencio unos segun- Thompson-. Si estuviera integrada por comer-
dos. La edad de la señora Baker, así como su ciantes de ambos lados sería mucho mejor.
antigüedad en la Liga, obligaba a las más jóvenes Recuerde que el bloqueo también afecta a los
a considerar el tono de sus posibles respuestas. juarenses -agregó dirigiéndose únicamente a
Nicole las abandonó cuando saltaron las primeras Asaad.
ocurrencias; pronto dejó de escucharlas; sus pala- En ese momento se acercó un niño a decirle
bras se perdieron en el arriate de gladiolos blancos a Assad que mamá ya se quería retirar. Él le
que bordeaba la terraza. entregó un llavero y le dio algunas instrucciones;
El camino de losas la llevó al extremo más fue cuando Nicole aprovechó la interrupción para
soleado del jardín, donde tres hombres hablaban intervenir en la plática.
acaloradamente. La saludaron cortésmente, pero -¿De qué manera? -preguntó con marca-
enseguida los dos mayores reanudaron su conver- do interés.
sación. Arturo sólo escuchaba. -El turismo americano disminuye consi-
-Los resultados de las medidas que se derablemente. Mire usted, nadie quiere someterse
toman localmente se desconocen en Washington, a largas horas de espera para cruzar el puente,
por eso es importante que presentemos una protes- cuando se viene de regreso. No vale la pena.
ta más enérgica. Nicole escuchó la breve explicación que le
El señor Thompson lo dijo en el tono de ofreció Thompson y de inmediato se hizo un juicio
suficiencia en el que acostumbraba hablar. Dio un sobre él. No le resultaba un hombre agradable.
trago largo a su champaña, después extrajo un -¿Usted piensa lo mismo? -preguntó de
pañuelo blanquísimo y secó el sudor que le nuevo Nicole, sólo que ahora se dirigió a Arturo, y
humedecía la frente surcada de arrugas. Nicole quien respondió fue Asaad.
advirtió el monograma azul bordado en una de sus -Claro que sf. Pero el impacto económico
esquinas. Enseguida se acercó un mesero; cargaba es mayor para nosotros. Las tiendas están vacías.
una bandeja en alto repleta de copas aflautadas, en En menos de un mes he registrado la mayor pérdi-
cuyos bordes, jugaban los rayos del sol. Thompson da de dinero desde que abrí la tienda. Ni las deva-
repuso la copa vacía ¡x>r otra fresca y llena. luaciones del peso me han afectado tanto como es-
ta dichosa operación ... -comentó visiblemente
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molesto-. Imagino que usted pasa por lo mismo to no les permite ver que ciudades corno ésta viven
Alcántar -agregó. gracias al consumo de los mexicanos, incluídos los
Arturo no respondió inmediatamente. más pobres.
Escuchaba la risa de las muchachas en el otro -Exagera, Alcántar -observó Thompson
extremo del jardín, en la isla que formaban los negando con la cabeza.
saucos florecidos alrededor de la glorieta. Se -Lo que aún no entiendo -dijo Asaad-
preguntaba cómo fue que se quedó envarado con es su situación en todo esto.
estos dos viejos. No encontraba la manera de irse, Para Nicole la situación de Arturo tampoco
hasta. hubiera preferido acompafiar a los señores que quedaba clara, por eso lo miró directamente a los
bebían coñac y conversaban animadamente en el ojos y le obsequio una sonrisa abierta: lo invitaba
comedor; seguramente hablaban del pasado, tema a que continuara con su explicación.
que siempre le resultaba interesante. Todavía se - Mi caso - intervino Arturo, que había
tornó unos segundos más antes de responder, para entendido el gesto de Nicole- es diferente porque
sonreírte a Nicole, corno si tratara de disculparse. yo exporto maquinaria agrícola a México. Como
- Mi situación es contraria a la suya. Las ustedes han de imaginarse mis clientes son per-
devaluaciones del peso mexicano me afectan sonas de alto ingreso que cruzan en automóvil o lle-
mucho más que las acciones de la Border Patrol. gan por vía aérea. Es por eso que las devaluaciones
La buena fortuna de mi negocio depende más son más perniciosas para mí, que operaciones en-
directamente de la economía mexicana -repuso caminadas a detener a los trabajadores ilegales.
con amabilidad pero sin interés. Luego trató de Arturo había hablado en plural, pero en
dirigirse a Nicole, pero Asaad le pidió una realidad se dirigía a Nicole. Estaba aburrido,
explicación más detallada sobre lo que acababa de quería separarse de ellos pero no encontraba el
decir. pretexto, menos ahora que la muchacha parecía
-Sus clientes, Asaad -intervino interesada en la conversación. Era tan importante
Thompson entrecerrando los ojos; tenía el sol de para todos discutir la economía local. Sin embargo,
frente-, son trabajadores pobres que cruzan a pie de pronto Nicole anunció que se retiraba. El sol y
el puente Santa Fe. Por su aspecto los detienen al la champaña la amenzaban con una jaqueca. Como
llegar a las garitas de inspección de documentos. había percibido el disgusto de Arturo lo invitó a
Thompson hizo una pausa para llamar al que la acompañara al interior de la casa.
mesero. Todos tomaron una nueva copa de cham- La estancia era amplia y fresca, de muros
paña. Arturo, además sacó un cigarro del bolsillo claros, decorado uno de ellos con un original de R.
de su camisa de seda y dejó la envoltura de C. Gorman. Había un pequeño armario donde los
celofán sobre la bandeja. Después de encenderlo Fernández coleccionaban valiosas piezas de
dio una larga fumada mientras Nicole aspiraba el cerámica nuevomexicana; un viejo arcón de
fuerte olor que despedía el habano. Tras soltar una madera, al que aún le quedaban vestigios de color
espesa bocanada de humo, Arturo se dirigió a ella: verde turquesa, adquirido en una tienda de
- Los agentes de migración por lo general antigüedades, y que Nicole hubiera querido
permanecen ajenos a la dinámica de las pobla- inspeccionar por dentro; una butaca de piel y,
ciones fronterizas y piensan, equivocadamente, frente a la ancha puerta de vidrio, un canapé de
que todos vienen a trabajar. Su poco entendimien- lana blanca donde se instalaron Nicole y Arturo.

142 143
debilidad. Me cundió una rabia muda contra él.
-¿Cómo conocí a los Fernández? Ellos son Tuve que retirame; dejé los trámites funerarios en
condiscípulos de uno de mis maestros de la manos de su administrador. Permanecí encerrado
escuela de leyes. Cuando supo el tipo de trabajo en casa hasta el día que lo enterré. Cuando llegué a
que yo quería desarrollar, me sugirió este lugar y la funeraria encontré el ataúd cerrado, pero en esos
me recomendó con ellos. Así fue como vine a El momentos no sentí deseos de verlo. Pasaron los
Paso, hace apenas seis meses. días y los años y la única imagen de él que
Nicole se dejó llevar por las preguntas de permanece en mí es la de esa mañana; la de
Arturo, una tras otra. Le respondía afable porque su muerte.
encontraba natural su interés. Lo miraba -alto. La tarde, que había transcurrido lenta y
corpulento, con su prematura calvicie, su manera perfecta, descarriló rápidamente en una noche
de ladear la cabeza cuando escuchaba- y pensaba sombría. Los invitados se fueron, los meseros
que había mucho candor en ese hombre que pre- recogieron y los Fernández se metieron en su recá-
guntaba todo directamente, como si ejerciera un mara. Nicole escuchó el breve relato de Arturo.
derecho implícito en la relación que apenas Sintió como si hubiera sido contado por un niño
empezaba a darse. La voz de Nicole, a medida que
con voz de hombre.
avanzaban las horas, ante la mirada atenta del -Ese muchacho muerto, ¿quién era? -pre-
hombre que tenía enseguida, adquiría una textura guntó él, pero Nicole ya no respondió.
cibelina. Arturo, por su parte, experimentaba una
sensación de tranquilidad que quiso adjudicar a la
quietud de la estancia.
-¿Por qué ese interés? -preguntó con la
displicencia que venía haciéndolo.
- Por un muchacho que amaneció muerto
en la carretera - respondió Nicole, por primera
vez parca. La intensa luz vespertina que iluminaba
la sala se tornaba penumbrosa.
Arturo rápidamente imaginó que se trataría
de algún amante. La fiesta vivía sus últimos
momentos y el jardín comenzaba a verse solitario.
La respuesta no le gustó, aún así comentó
cualquier cosa, alguna vaguedad sobre el olvido.
El viento sacudió los árboles con fuerza y Arturo
se sintió repentinamente decaído. Entonces dijo:
- El día que mi padre se accidentó yo
llegué antes que la ambulancia, pero ya no había
nada que hacer. Nunca he podido olvidar su rostro
de esa mañana. Muchas veces pensé en su muerte
como la única manera posible para liberarme de su
tiranía. Cuando lo vi tendido en el suelo, inmóvil,
con la boca abierta, descubrí el tamaño de mi

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estaba ahí, a unos cuantos metros de ella.
VIL MEMORIAL PARK "Nicole". Oyó la voz de Arturo llamándola,
........................................................................................................................... sumergiéndola con la palabra Nicole dentro de sí
misma, dentro de ese cuerpo que cargaba otro
o
cuerpo. Por unos instantes se vio rodeada de agua
y luz. Tenía diez años y su madre había vuelto
para llevarla al mar. Corpus Christi. La niña rodea-
da de agua miraba la orilla iluminada por el sol;
luego, al salir, su madre ya no estaba. Asustada
permanecía en el sitio donde se habían instalado;
Eran las ocho de la noche cuando Nicole y ahí estaban aún las toallas y la bolsa con los sand-
Arturo. salieron del restaurante. La oscuridad aún wiches. "Nicole". Volvió a oír la voz que la llama-
no alcanzaba su densidad total. La luna, como el ba, que la reclamaba esa noche en el parque en una
recorte de una uña, colgaba en lo alto del cielo. El banca de cemento frente al tren que justo acababa
automóvil de Nicole seguía el pesado mercedes de pasar. "Nicole ", por tercera vez. Y ella
azul de Arturo por la ruta que tomaba a diario respondía.
-sobre la calle Montana- para volver a casa. Caminaron hacia el puente de piedra. Abajo
Podría llegar igualmente por la Yandell o la Río el arroyuelo avanzaba lerdo en un murmullo de
Grande, pero Nicole era una mujer que desde niña ramas secas. Imágenes perdidas en la memoria de
acostumbraba seguir el camino.conocido, el que Nicole empezaban a revelarse con la nitidez reco-
con seguridad le ofrecería únicamente los sobre- brada de una foto sumergida en los químicos:
saltos acostumbrados. Veía el rostro de un muchacho y una pick-
Cuando llegaron a casa, después de meter up azul. Dieciséis años. Una nieve en la Dairy
los carros en la cochera, ella quiso dar un paseo Queen. El paseo por las fueras del pueblo, los al-
por el parque. A esa hora de la noche en verdad godonales bajo la luna amarilla y redonda, la os-
era una imprudencia, se lo dijo Arturo, pero ella se curidad y los primeros besos, el miedo, las manos
apoyó en el brazo de él y caminaron por las que la buscaban, la piel ensalivada, la estrechez de
oscuras veredas del Memorial Park. La maternidad la cabina.
de Nicolc lo ponía nervioso; a ella más plena, más Sentados en la cresta empedrada de la arca-
vibrante. El terregoso viento cuaresmal agitaba los da, Nicole y Arturo miraban en la misma di.ec-
árboles, revolvía la cabellera y los pensamientos ción. Arturo el lucerío del fondo, Nicole los ojos
de Arturo poniéndole la mirada cautelosa; del muchacho, la boca mojada que la tocaba, las
estremecía el cuerpo preñado de la mujer, en cuyo manos que encontraban la tibieza de la piel, el
fondo yacía una fuerza, -aún no esclarecida, que la calor de junio a la orilla del algodonal, la voz que
impulsaba a avanzar entre las sombras del parque, la abrazaba urgente, la bragueta abierta, la
que la envolvían paso a paso, como si se tratara de humedad guardada en el fruto del árbol de la
una espesa membrana vegetal y ella fuera la semi- noche, el cuerpo tenso y duro del muchacho, la tie-
lla dormida en el centro. rra roturada en la honda noche. los senos dulces y
Ante sus ojos vio pasar el ferrocarril, largo y suaves como higos. el principio del dolor de los
rápido, en una _imagen lejana que, sin embargo, amantes, la carne estremecida, el canto de la ciga-

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rra en el follaje húmedo, las horas llenas de senti-
do, el camino solitario alumbrado por la luz lunar.
Cruzaron el puente y siguieron el camino
largo del murete de piedra. Del otro lado, los Aún de madrugada, Nicole abandonó la
árboles ennegrecidos por los rayos sacudían su cama. En su vestidor, iluminado por un haz de luz
ramaje. Al fondo los esperaba una gran tortuga. que entraba por la ventana, frente a la luna del ar-
Sobre el frío caparazón encementado Nicole des- mario posó su desnudez. Y de) otro lado de) abis-
cansó su cuerpo. Imaginó al muchacho sin rostro, mo, corno si hubieran atravesado todas las aguas
Los nervios de Arturo se exacerbaron. Caminaba del mundo, los ojos de la madre, en la serena su-
en cualquier dirección, luego volvía sobre sus pa- perficie del espejo encontraron a Nicole.
sos. "Nicole, regresemos". El perro que tiraba a la
anciana del viejo gabán pasó indiferente a ellos; su
dueña, emitió un sonido como gorgoteo y se
perdió en la sombra nemorosa. Nicole tomó a
Arturo de la mano y se puso de pie.
Le había bastado un segundo para ver al
muchacho sin rostro. Solo en su juventud, de una
labor a otra. De día el lomo doblado sobre el algo-
donal. En Ja carpa, de noche, la amorosa cintura
ceñida por los muslos de la joven. Al paso de los
días, en el vientre lo hostigaba un dolor. La joven
se adelantaba en la ruta del wes. Nicole oía a su
madre contar la historia del muchacho. No lo
volvería a ver. Había muerto. El capataz ordenaba:
no tiene el documento, la border patrol que se e n-
cargue de él. A la orilla del camino su padre sin
rostro yacía.
Entraron a la casa en silencio. En la cama,
resentido, Arturo la besó. Nicole se le escapaba en
las fisuras de la noche. Su único recurso en la
batalla era el amor. La miró a los ojos con tal in-
tensidad que ella sintió compasión por él. La sabía
más allá del tacto y de las palabras, como si en-
contrara un patio interior donde sola habitaba. La
penetró con rabia, largamente; empujó en lo más
profundo hasta arrancarla de sí misma.

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CONTENIDO
•••••••••u••••H••-••••••••••uo•n••••••••••Hn••••--•-••u•••••--•••••••••••u ••••o••0H••••••••••••••••••••••••

Callejón Sucre

8

La otra habitación
(Segunda mirada)

16

Las hilanderas

40

Un silencio muy largo
50

Paisaje en verano

76

Bajo el puente

92

El retlejo de la luna

102
Callejón Sucre y otros relatos

de Rosario Sanmiguel

Primera edición

Junio de 1994
Talleres Gráficos
de la Facultad de Derecho
UACH

Diseño Felipe Alcántar
Impresión: Isidro Díaz
Corrección: Raúl Sánchez Trillo
Edición: Rubén Mejía

ISBN de la colección
968 74-09-00- 2
ISBN de este volumen
968 74-09 -O1-0

D.R. Rosario Sanmiguel I D.R. Ediciones del Azar A.C.

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