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ECOLOGÍA POLÍTICA DEL EXTRACTIVISMO EN AMÉRICA LATINA:

CASOS DE RESISTENCIA Y JUSTICIA SOCIOAMBIENTAL

Gian Carlo Delgado Ramos Coordinador

Eduardo Mondaca | Cleotilde Hernández Suárez | Lilia Rebeca de Diego Correa | Gian Carlo Delgado Ramos | Martha Moncada Paredes | Paula D’Amico | Fabiana Carvajal Martínez | Juliana Sabogal Aguilar | Rodrigo Torroba | Olga Lucia Méndez Polo | Andrea Ponce García | Ana Laura Berardi | Claudia Bucio Feregrino | Lucero Ángeles Rojas

COLECCIÓN RED DE POSGRADOS EN CIENCIAS SOCIALES

Ana Laura Berardi | Claudia Bucio Feregrino | Lucero Ángeles Rojas COLECCIÓN RED DE POSGRADOS EN

Ecología política dEl Extractivismo En américa latina:

casos dE rEsistEncia y justicia socioambiEntal

Ecología política del extractivismo en América Latina : casos de re-

sistencia y justicia socio-ambiental / Eduardo Mondaca Coordinado por Gian Carlo Delgado Ramos. - 1a

[et.al.] ;

ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : CLACSO, 2013.

E-Book.

ISBN 978-987-1891-61-0

1. Sociología. I. Moncada , Eduardo adapt.

CDD 306

II. Delgado Ramos, Gian Carlo,

Otros descriptores asignados por CLACSO:

Ecología Política / Extrativismo / América Latina / Movimientos Sociales / Conflicto Socioambiental / Minería / Explotación Petrolera / Lucha por el agua / Estado / Corporaciones

Colección Grupos de Trabajo

Ecología política dEl Extractivismo En américa latina:

casos dE rEsistEncia y justicia socioambiEntal

Gian Carlo Delgado Ramos (Coordinador)

Extractivismo En américa latina: casos dE rEsistEncia y justicia socioambiEntal Gian Carlo Delgado Ramos (Coordinador)
Editor Responsable Pablo Gentili - Secretario Ejecutivo de CLACSO Coordinadora Académica Fernanda Saforcada Red CLACSO

Editor Responsable Pablo Gentili - Secretario Ejecutivo de CLACSO

Coordinadora Académica Fernanda Saforcada

Red CLACSO de Posgrados en Ciencias Sociales

Coordinadora Fernanda Saforcada Asistentes Anahí Sverdloff - Denis Rojas - María Inés Gómez - Alejandro Gambina

Área de Producción Editorial y Contenidos Web de CLACSO

Coordinador editorial Lucas Sablich Coordinador de arte Marcelo Giardino

Producción Fluxus Estudio

Primera edición Ecología política del extractivismo en América Latina : casos de resistencia y justicia socioambiental. (Buenos Aires: CLACSO, diciembre de 2013)

ISBN 978-987-1891-61-0 © Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales Queda hecho el depósito que establece la Ley 11723.

CLACSO Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales - Conselho Latino-americano de Ciências Sociais Estados Unidos 1168 | C1023AAB Ciudad de Buenos Aires | Argentina Tel [54 11] 4304 9145 | Fax [54 11] 4305 0875 | <clacso@clacsoinst.edu.ar> | <www.clacso.org>

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Índice

Presentación - Gian Carlo Delgado Ramos

|

9

La re-existencia Mapuche frente al extractivismo forestal en un contexto de neoliberalismo armado Eduardo Mondaca

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19

Poder, desarrollo y directrices hidráulicas desde el Valle de México – Cleotilde Hernández Suárez

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43

Biodiesel de palma en el estado de Chiapas, México: una revisión crítica al discurso de la economía verde – Lilia Rebeca de Diego Correa y Gian Carlo Delgado Ramos

|

67

Palma africana en el norte de Esmeraldas. Un caso de (in)justicia ambiental e insustentabilidad – Martha Moncada Paredes

|

97

El conflicto por explotación petrolera en Llancanelo: miradas desde la ecología política – Paula D’Amico

|

123

Conflictos socioambientales en Piamonte, Cauca:

una reflexión desde la Ecología Política – Fabiana Carvajal Martínez

|

143

7

Extractivismo en Colombia: el caso de Marmato-Caldas en clave de Ecología Política – Juliana Sabogal Aguilar

|

171

Proyecto “Potasio Río Colorado” – Rodrigo Torroba

|

191

La Colosa, entre los flujos del gran capital y la tradición del suelo fértil - Olga Lucia Méndez Polo

|

211

Ecología Política y minería a gran escala. Estudio de caso del proyecto “Mirador”, Ecuador – Andrea Ponce García

|

233

Resistencia en el Valle Calchaquí. Conflictos ecológicos y distributivos en torno al proyecto megaminero Agua Rica – Ana Laura Berardi

|

251

Conflictos socioambientales en San Luis Potosí – Claudia Bucio Feregrino

|

269

Extracción minera de Barita en Chicomuselo, Chiapas, México. – Lucero Ángeles Rojas

|

291

Anexo - Mapa de conflictos ambientales

|

305

Presentación

Gian Carlo Delgado Ramos*

En la segunda mitad del 2012, se llevó a cabo el curso virtual sobre “Ecología política y metabolismo social” del cual se derivaron una serie de trabajos de estudios de caso sobre conflictos ambientales en América Latina. Además, se realizó, con el apoyo de un grupo de estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México, una base de datos preli- minar sobre diversos conflictos en curso en la región. A partir de dicha base de datos se realizó el mapa que a continuación se presenta. Si bien la base de datos es una primera aproximación, claramen- te devela la presencia en todo el continente de conflictos derivados de actividades tanto extractivas como de generación y expulsión de dese- chos. Tal análisis consideramos que es útil para el estudio de la ecología política en América Latina. Se trata de un campo teórico interdisciplinario y en constante construcción aunque sus orígenes se remontan a varias décadas atrás. En sí, fue tomando cuerpo sobre todo en la década de 1980s cuando se comenzaba a gestar un encuentro mayor de aportes provenientes de distintas disciplinas en torno al estudio del conflicto por el acceso, despojo, uso y usufructo de los territorios y los recursos ahí contenidos

* Economista por la UNAM con estudios de maestría y doctorado en “Ciencias Ambienta- les” por la Universidad Autónoma de Barcelona (España). Investigador titular de tiempo completo, definitivo, del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Hu- manidades de la UNAM. Integrante del Sistema Nacional de Investigadores del CONACYT.

9

Ecología política dEl Extractivismo En américa latina

(lo que incluye, por tanto, reconocer y verificar las contrafuerzas exis- tentes y sus propuestas alternativas). Y aunque el proceso de despojo

y usufructo privado de los recursos en efecto no es nuevo sino algo es-

tructural del sistema actual de producción, resulta cada vez más claro que la creciente acumulación de capital demanda una explotación y transformación mayor del entorno natural y social con implicaciones socio-ambientalmente desiguales y sinérgicas. Por tanto, es necesario dar cuenta tanto de las modalidades del metabolismo socioeconómico, es decir, del uso diferenciado de insumos materiales, el procesamiento y los desechos de las sociedades, y la co- rrespondiente producción energética; pero igualmente, de los procesos de colonización de la naturaleza -o actividades que alteran deliberada- mente los sistemas naturales con el fin de hacerlos más útiles a la so- ciedad (Fischer-Kowalski y Haberl, 2000). Ambos, tanto el metabolis- mo socioeconómico como los procesos de colonización varían según el modo de producción imperante y en íntima vinculación con el tipo de instrumentos exosomáticos disponibles (o “tecnometabolismo”) (Bo- yden, 1992), de ahí que pueda sostenerse que la ecología política esté también directamente relacionada a las modalidades y sofisticación científico-tecnológicas alcanzadas, incluyendo el ritmo y dimensiones de su operación. En consecuencia, la mencionada conformación de la ecología política como campo de estudio específico interesado en develar las causas y no meramente los síntomas, ha sido y es un proceso diverso, con énfasis heterogéneos y que da cuenta de la importancia que tiene

en los análisis teórico-empíricos el reconocimiento explícito de los sis- temas de poder, influencia y subordinación presentes en las relaciones sociales y productivas contemporáneas en todas las escalas temporales

y espaciales. Dicha diversidad se expresa en múltiples definiciones, to-

das con puntos de encuentro, cuestión que corrobora el hecho de que se trata de un campo en creciente consolidación pero aún en construcción pero que no deja de ser producto de un claro esfuerzo para apuntar una diferencia entre las aproximaciones políticas y apolíticas de la ecología, colocándose así como una lectura que lejos de declararse neutral y ob- jetiva, es más bien explícitamente normativa. El concepto como tal, según Robbins (2010), fue probablemente utilizado por primera vez en 1972 por Wolf en su trabajo “Ownership and Political Ecology” en el que se introduce a una serie de trabajos propios de la antropología y la ecología cultural para la zona Andina y en los que para Wolf se discuten transversalmente dos elementos clave. Por un lado, el tema del acceso de cara a la propiedad de los recursos, y por el otro lado, el de las dinámicas de la gestión de los territorios con visión de largo plazo y de innegable naturaleza colectiva de frente a la propiedad privada, las acciones individuales y la gestión cortoplacista.

Presentación

Vale precisar que pese a la existencia de posicionamientos crí- ticos, la política de la ecología o la política ecologizada (a modo de diferenciar, aunque a veces emplee el mismo concepto de ecología política) al mismo tiempo generaba, y lo sigue haciendo, interpreta- ciones desviadas a lo aquí precisado. En ese sentido se puede men- cionar por ejemplo el trabajo de Enzensberger (1974), en el que se critica a la ecología política de enfoque limitado, ese último propio de las clases medias, impulsado tanto por tecnócratas apostando por tecno-soluciones, como de reformistas preocupados meramente por espacios verdes. Y aunque había posiciones de tal naturaleza, inclu- yendo aquellas de tinte pesimista y maltusiano, como se ha dicho, la literatura académica crítica hacía ya presencia y se extendería aún más en los años venideros. Tal vez las vertientes con mayor impacto en la construcción del campo de la ecología política han sido, por un lado, la economía ecoló- gica crítica 1 y la ecología marxista, ambas insistiendo en la necesidad de vincular las relaciones de poder y los procesos de apropiación con el análisis de la producción, distribución y consumo propios de cada sistema de producción y de cara a los limites ambientales o la finitud de la naturaleza; y por el otro, las que se aglutinan o derivan de los análisis de la geografía crítica, la historia ambiental, la antropología social, la sociología política y de los estudios de tipo socio-cultural. La ecología política es pues para Bebbington (2007: 26), un paraguas que abarca varias tradiciones y líneas de investigación, un campo de reflexión y análisis común a diversas disciplinas. Robbins ofrece una serie de definiciones (véase cuadro 1) y aportes de autores que considera relevantes, aunque no se presentan de modo sufi- ciente a otros que resultan igualmente importantes en la construcción del conocimiento propio de la ecología política contemporánea.

1 Se reconoce que la economía ecológica aglutina una diversidad de visiones, desde aque- llas más cercanas a la economía ambiental (o la que asume que es posible el intercambio equivalente de capital natural a capital económico y, por tanto, que el mercado es el mejor mecanismo de distribución y preservación de los recursos), como aquellas cercanas a vi- siones más ingenieriles o aquellas sociopolíticamente críticas aunque no necesariamente marxistas. En este sentido, sobre todo desde la academia latinoamericana, se ha señalado que tal amplitud de espectros torna difusa la identidad de la economía ecológica. Otros presumen que tal diversidad, por el contrario, permite que las visiones críticas sean más complejas en el sentido Kuhniano (que comprendan e incluyan el paradigma predecesor).

Ecología política dEl Extractivismo En américa latina

Cuadro 1 Algunas definiciones de ecología política

Autor

Definición

 

Meta

Cockburn y

“…un modo útil de describir las intenciones de movimientos radicales en EUA, Europa Occidental y en otros países industriales avanzados…muy distante a las operaciones originales, en sí paliativos, del eco-lobby.”

Explicar y describir la degradación ambiental urbana y rural en el primer mundo de parte del mal manejo corporativo y estatal, ello a partir de documentar el activismo social en respuesta.

Ridgeway

(1979)

Blaikie y

“…combina las preocupaciones de la ecología y de una economía política definida en su sentido más amplio. En conjunto comprende la dialéctica constantemente cambiante entre la sociedad y los recursos territoriales ( land-based ), así como entre las clases y grupos dentro de la sociedad”.

Explicar el cambio medioambiental en términos de constricciones locales y regionales de las opciones productivas en un contexto de fuerzas político económicas globales, ello sobre todo para el caso de países pobres y en el contexto rural.

Brookfield

(1987)

 

Una síntesis de, “…la economía política con su insistencia en la necesidad de vincular

Sintetizar las cuestiones centrales que preguntan las ciencias sociales

Greenberg y

Park (1994)

la

distribución del poder con

a

cerca de las relaciones entre la

los análisis de la actividad productiva y el razonamiento ecológico en su visión amplia de relaciones bio- medioambientales”.

sociedad humana, vista en toda su

complejidad bio-cultural-política,

 

la naturaleza significativamente humanizada.

y

Peet y Watts

(1996)

Una confluencia entre la ciencia social ecológicamente anclada

los principios de la economía política.

y

Localiza “…movimientos emergentes de las tensiones y contradicciones de las crisis de sobre-producción, entendiendo las bases del imaginario de sus oposiciones y visiones para una mejor vida y el carácter discursivo

de sus políticas, pero también viendo las posibilidades de ampliar las cuestiones ambientales en un movimiento en defensa de los medios de subsistencia y la justicia social”.

 

“…estudio de la interdependencia entre las unidades políticas y de las interrelaciones existentes entre las unidades políticas y su medioambiente….preocupada de las consecuencias políticas del cambio medioambiental”.

Explorar y explicar la acción política

a

nivel comunitario y regional en el

Hempel (1996)

ámbito global como respuesta a la degradación y escasez en lo local- regional.

Presentación

Autor

Definición

 

Meta

 

para

entender las complejas

 

relaciones entre naturaleza

y

sociedad, a través de un

Explicar los conflictos medioambientales en términos de lucha por “el conocimiento, poder

Watts (2000)

análisis cuidadoso de lo que uno podría llamar formas de

acceso y control de los recursos

y

prácticas” y la “política, justicia y

y

sus implicaciones a la salud

gobernanza”.

ambiental y la sostenibilidad de los medios de subsistencia.”

Stott y Sullivan

La identificación de circunstancias políticas que fuerzan a la gente a realizar actividades que causaron degradación ambiental en la ausencia de alternativas posibles…involucra la pregunta y replanteamiento de narrativas ambientales aceptadas, particularmente de aquellas planteadas vía los discursos internacionales de medioambiente y desarrollo.

Ilustrar las dimensiones políticas de las narrativas medioambientales y de-construir narrativas particulares para sugerir que las idas aceptadas y predominantes sobre la degradación

(2000)

deterioro no son necesariamente tendencias lineares simples.

y

Fuente: Robbins, 2010: 6-7.

En tal sentido, los aportes de Martínez-Alier son escasamente precisados, dejando de lado la riqueza de su análisis sobre lo que el catalán califica como conflictos ecológicos distributivos, pero también sobre el comercio ecológicamente desigual entre países ricos y pobres (Martínez-Alier, 1991 y 2001), ello además de su aporte en el estudio desde la colonia de lo que califica como “ecologismo de los pobres” (Martínez-Alier, 2003). Cabe además sumar los aportes de Arturo Escobar los cuáles han sido de particular importancia en tanto que enriquecería el análisis de la ecología política haciendo énfasis en los aspectos biológicos e histórico- culturales e indicando que la tarea de la ecología política es delimitar y caracterizar –con memoria histórica- diversos componentes y sus articu- laciones, esto es, desde las relaciones sociales, políticas, económicas y de conocimiento, hasta modos de uso del espacio, de las condiciones biofísi- cas existentes, y las variantes en las percepciones y experiencias del tejido social (Escobar, 1995; 2006; y 2010; Escobar y Paulson, 2005). Desde México Víctor Manuel Toledo haría contribuciones de gran importancia desde la década de 1980, vinculando los estudios ru- rales y la etnoecología, con la gestión de los territorios, la biodiversi- dad, las propuestas alternativas de desarrollo y la conservación de los recursos (léase por ejemplo: Toledo, 1980; 1990; 1996 y 2003; Toledo y Barrera-Bassols, 2008). Lo mismo haría Enrique Leff (2006) al sugerir que la ecología política se ocupa de estudiar las relaciones de poder que atraviesan al conocimiento, al saber, al ser y al hacer, y desde ahí recu-

Ecología política dEl Extractivismo En américa latina

peraría su ya conocido análisis sobre la necesidad de construir nuevas racionalidades (Leff, 1986) y por tanto epistemologías políticas sobre la base, entre otras cuestiones, de los saberes plurales. Por otro lado, German Palacio (2006: 11) también se suma al debate

y suscribe que la ecología política, “…discute los aspectos de fabricación, construcción o sistematización social de la naturaleza no sólo en cuanto

a

los asuntos materiales, sino a su construcción imaginaria o simbólica.”

Y

agrega que la ecología política, “

reconoce

los aportes de la economía

política de modo que analiza los procesos de apropiación de a naturaleza,

por lo cual revisa su circulación ,distribución y consumo. De allí se deri- van las modalidades y disputas en torno de la apropiación, usufructo y control de la naturaleza. En consecuencia, también analiza las disputas, las luchas y negociaciones de esos agentes, lo que deriva en los problemas económico-políticos de justicia ambiental” (Ibídem). En un tenor similar, Héctor Alimonda procura una la construc- ción de una ecología política latinoamericana, aportando tres obras cla- ves desde el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (2002; 2006; 2011). Así, recuperando los aportes de Quijano (1992, 2004 y 2007), entre otros, precisaría la pertinencia de dar cuenta de la colonialidad, la historia ambiental y las estructuras de poder de los Estados en tanto que condicionan la apropiación y producción del espacio pero también la constitución de contrapoderes (sociales). Alimonda (2011) define en- tonces a la ecología política en los siguientes términos: “…el estudio de las articulaciones complejas y contradictorias entre múltiples prácticas

y representaciones a través de los cuales diversos actores políticos, ac-

tuantes en iguales o distintas escalas (local, regional, nacional global) se hacen presentes, con efectos pertinentes y con variables grados de

legitimidad, colaboración y/o conflicto, en la constitución de territorios

y en la gestión de sus dotaciones de recursos naturales.”

Otros autores se han sumado igualmente a la reflexión específica de la ecología política desde América Latina, tales como: Bedoya y Mar- tínez, 1999; Porto Gonçalves, 2001; Pérez, 2003; Eschengahen, 2007; Hildebrando, 2006; Vargas-Hernández, 2008; Gudynas, 2009 y 2010; Durand et al, 2010; Portocarrero, 2011; etcétera. En este contexto de aportes es que se presenta la presente com- pilación de trabajos que analizan diversos casos de conflictos ambien- tales, es decir, de resistencias sociales en defensa del entorno natural en América Latina. Se incluyen casos asociados a la actividad minera energética y no energética; al uso y usufructo del agua; a la explotación de bosques así como a la expansión de monocultivos de palma africana para la producción de biodiesel. Si bien los textos no necesariamente son representativos de la di- versidad y complejidad de la ecología política de los recursos naturales en la región, son sin duda alguna aportes valiosos al debate contemporáneo.

Presentación

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la rE-ExistEncia mapuchE FrEntE al Extractivismo ForEstal En un contExto dE nEolibEralismo armado

Eduardo Mondaca*

Desde la ternura, desde la palabra…nuestra lucha es Pueblo Mewlen Huencho Mewlen 1

Crisis de legitimidad neoliberal y neoliberalismo armado en Chile: a modo de introduCCión

Hace ya 40 años que las Fuerzas Armadas chilenas, bajo el mando de Augusto Pinochet, desplegaron un tratamiento de shock sobre la ciuda- danía dando comienzo a un experimento que convertía a Chile en una especie de laboratorio económico mundial que terminaría por conso- lidar al modelo neoliberal capitalista como la principal herencia de la dictadura militar además –claro está- de una dolorosa herida en mate- ria de derechos humanos. La propuesta neoliberal en esta época se basaba en una premisa bastante simple: desestatizar la economía y ceder su funcionamiento a los mecanismos espontáneos del mercado. Los ideólogos del modelo

1 Werken (vocera) de la Alianza Territorial Mapuche (ATM).

* Doctor © en Ciencia Política, Centro de Estudios Avanzados (CEA), Universidad Nacio- nal de Córdoba. Posgrado en Ecología Política y Metabolismo Social por el Consejo La- tinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). e-mail: eduardomondaca.m@gmail.com

19

Ecología política dEl Extractivismo En américa latina

neoliberal chileno, conocidos como los Chicago Boys 2 , señalaban que “la masiva y omnipresente intervención del Estado durante las décadas anteriores había plagado la esfera económica de trabas y distorsiones que a la larga habían conducido al desastre” (Salazar y Pinto, 2002:50). La falta de ahorro e inversión, la baja productividad, el bajo crecimien- to, la corrupción e ineficiencia son sindicadas por estos economistas como deficiencias propias de una excesiva intervención del Estado en la economía. Es así como, protegidos por las armas y la tortura, fueron desplegando un nuevo modelo económico donde el repliegue del Estado en la esfera económica se llevó a cabo principalmente mediante la pri- vatización de las empresas públicas y la desregulación de los mercados. Ya en 1980, a siete años del golpe militar, el sector público había perdido el control de 387 empresas, preservando solo un reducido número, que en su mayoría también estaban destinadas a la privatización 3 . Los primeros embates al proceso en curso se dieron en la cri- sis económica de 1981-1982, evidenciando la alta vulnerabilidad de la economía chilena frente al escenario económico internacional. La salida a dicha crisis se llevo a cabo a través de una serie de com- promisos contraídos con el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (reducción de la deuda externa) y una nueva ola de privatizaciones, incluyendo ahora al estratégico sector energético y de comunicaciones. De esta forma, a través de un “sistema de canje de los pagarés de la deuda externa por acciones o activos de las em- presas en proceso de privatización, se logró reducir las obligaciones hacia el exterior en nueve mil millones de dólares […], pero al precio de aumentar significativamente el control extranjero sobre algunas de las empresas más importantes del país” (Salazar y Pinto, 2002:59). De esta forma, el experimento chileno iba consolidando la presencia orgánica del capital foráneo como un modelo exportable, publicitado por organismos financieros internacionales. En paralelo a este frágil éxito macroeconómico, ya se hacía sentir el malestar social frente a la brutal violación de derechos humanos por parte de la dictadura de Pinochet y la grave cesantía producida por el desmantelamiento de la industria nacional, la cual para 1983 alcanzaba un 28.9% 4 .

2 Término aparecido en Chile durante la década de 1970 para denominar a los economis-

tas neoliberales educados en la Universidad de Chicago, bajo la dirección de los estadou- nidenses Milton Friedman y Arnold Harberger. Para la historia de los Chicago Boys ver Correa, 1985 y Cáceres, 1994.

3 Un tratamiento específico de las políticas de privatización en Chile lo ofrecen Edwards y Cox, 1992; Larraín y Vergara, 2000.

4 La cifra sobre desempleo es de Edwards y Cox, 1992.

Eduardo Mondaca M

Es así como entre 1983 y 1987 se desafió valientemente a una de las dictaduras más crueles de América Latina a través de 22 jor- nadas nacionales de protesta. Las consecuencias de estas masivas protestas sociales para el régimen de Pinochet y los ideólogos del mo- delo neoliberal capitalista fueron gravísimas. En pocas palabras, se demostró a la opinión pública mundial que Pinochet había perdido la gobernabilidad del pueblo chileno. Es decir, se evidencio que bajo un régimen neoliberal dictatorial Chile era ingobernable y no daba garantías para la inversión extranjera. Fueron estas 22 jornadas na- cionales de protesta las que forzaron la salida de Pinochet y no el conocido plebiscito de 1988. La razón para señalar esto es que en un escenario de ingobernabilidad nacional el capital financiero interna- cional no invertiría en Chile, y el principal objetivo de la dictadura era justamente lo inverso. El centro del proyecto político-económico de Pinochet y de los ideólogos del neoliberalismo era que este capital financiero internacional entrara y se quedara en Chile, de lo contra- rio las fuerzas Armadas abrían matado y torturado en vano, por ello sus exigencias eran ahora la instauración de un estado de derecho administrado por un velo democrático (que en Chile adquiere el nom- bre de Concertación de Partidos por la Democracia) que garantizará la irrestricta entrada del capital financiero internacional. Frente a tales negociaciones subrepticias y embriagados por la fiesta del fin de una cruenta dictadura, los actores y movimien- tos sociales chilenos no tuvieron la lucidez política suficiente para descubrir y detener esta delicada estrategia encubierta del neolibe- ralismo. De esta forma, la Concertación de Partidos por la Demo- cracia, a partir de 1990, se instala en el poder político respetando y defendiendo a cabalidad la Constitución Política de 1980, generada en dictadura, la cual detenta los cerrojos necesarios como para ase- gurar la gobernabilidad de un estado de derecho (neoliberal) exigida por los poderes hegemónicos del mercado mundial. Cabe señalar que los gobiernos concertacionistas -apoyados por el capital financiero internacional- no solo tienen como tarea “preservar, defender y consolidar sus intereses económico-políticos, sino también (…) elaborar una acción educativa de conformidad del conjunto del cuerpo social, de manera que los objetivos e intereses de la clase dominante aparezcan como datos y valores universales” (Grissoni y Magiori, 1974:167). Es en este sentido que se puede comprender la profunda despo- litización que tiene lugar en Chile -y en Latinoamérica en general- du- rante la década de los noventa. Es en gran medida por esta articulación publicitaria internacional a favor del modelo neoliberal chileno que la potencial movilización social chilena muda en desaliento y la goberna-

Ecología política dEl Extractivismo En américa latina

bilidad (neoliberal) adquiere estabilidad a través del llamado consenso por apatía (Murillo, 2008). Es por ello que el reencuentro con una voluntad e identidad sobe- rana se ha desplazado en Chile por lentos y solidarios canales subterrá-

neos. La identidad y consciencia social no se alcanza tan fácilmente tras semejantes y efectivas terapias de shock económico-políticas. Además porque “esa identidad solo nace y crece envuelta en dialéctica históri- ca; es decir: en una relación socialmente tensa y crítica con el sistema dominante” (Salazar, 2011:20). Es necesario señalar en este punto que hay sectores que sien- ten de forma anticipada y directa esta relación socialmente tensa

y crítica, especialmente cuando la fase neoliberal de acumulación

capitalista supuso para Chile un proceso combinado de desindus- trialización y reprimarización de la estructura económica y de re- colonización (Seoane, 2012). Se hace crucial señalar aquí que uno

de los territorios más capitalizados por esta fase de acumulación es

el

territorio ancestral Mapuche a través de la megaindustria forestal

y

el capital transnacional.

Fue esta violenta embestida neoliberal sobre territorios Ma- puche lo que quizás acelero la configuración de una identidad sobe- rana, autonomía organizativa y reencuentro identitario en el Pueblo Mapuche antes que en otros actores sociales. Aún bajo una gran asi- metría de fuerzas y condiciones extremadamente severas lograron construir esos marcos identitarios y repertorios de acción colectiva que, cuando encontró visibilidad pública, recibió el nombre de Mo- vimiento Mapuche. Y si bien, este Movimiento Mapuche y sus denuncias eran aún manejables por la Concertación de Partidos enquistada en el poder, no lo fue tanto la embestida de la posterior crisis económica

de 1997, conocida como la crisis asiática. Esta crisis se convirtió en una amenaza de ingobernabilidad y potencial escalada de conflicti- vidad donde movimientos sociales ya cohesionados como el Mapu- che se podían instalar como referentes de acción social, por tanto,

el trato hacia ellos ya no podía ser el mismo. Además, este hecho se

veía agravado para la democracia neoliberal chilena por el estallido

y avance de una crisis de legitimidad del neoliberalismo (con sus

distintas intensidades y características) en toda América Latina; la que se prolongó, con idas y vueltas, entre 1998 y 2003 (Seoane, Algranati, Taddei, 2011). En la región latinoamericana, “esta crisis de legitimidad del neoliberalismo se expresó, entre otros modos, bajo la forma de una crisis de hegemonía graficada en la capaci- dad destituyente conquistada por las clases y grupos subalternos cuya acción precipitó la caída de seis gobiernos durante los cinco

Eduardo Mondaca M

años que median entre el 2000 y el 2005 5 abriendo, en muchos de estos casos, significativos procesos de cambio” (Seoane, Algranati, Taddei, 2011). Esta crisis del neoliberalismo a nivel latinoamerica- no supuso la configuración de diferentes procesos de cristalización sociopolítica de salida a dicha crisis con la aparición de un nuevo ciclo de crecimiento económico a nivel continental. De esta forma, la cristalización de estos procesos, que emergieron desde el quiebre de la hegemonía neoliberal, generaron un contexto político-econó- mico latinoamericano mucho más heterogéneo. En parte de América Latina, y principalmente en el Cono Sur, se han concentrado experiencias que plantean vías de salida al neolibera- lismo. Propongo entender estas vías de salida como la capacidad hege- mónica que han alcanzado frente al neoliberalismo donde, por tanto, muchas de sus características están presentes. Uno de los proyectos de salida recibe el nombre de “neode- sarrollismo”, básicamente por intentar recuperar la retórica en torno al desarrollo e industrialización de décadas precedentes. La hegemonía de esta orientación la detentan Brasil y Argentina. Se caracterizan por la su pretensión de reconstruir la autoridad estatal y signarle una mayor importancia en ciertas actividades industriales con el propósito de una mejor inserción en el mercado capitalista mundial. De igual forma, buscan la recuperación del monopolio de la política para el Estado donde la legitimidad se va asegurando a través de una serie de políticas sociales compensa- torias de carácter masivo y la recuperación de empleo. Todo ello basado, preponderantemente, sobre la puesta en marcha de una amplia matriz extractivista de explotación de los bienes comunes de la naturaleza. Otro de los proyectos que viene resquebrajando la hegemonía neoliberal en la región es el de los llamados “procesos constituyen- tes” (Seoane, 2008) el cual engloba las experiencias de Venezuela, Bolivia y hasta cierto punto Ecuador. “En su sentido más transfor- mador, este proyecto aspira a la transformación de la matriz liberal- colonial del Estado en el marco de una democratización radical de la gestión de los asuntos comunes, contracara de una redistribu- ción del ingreso y la riqueza en base a los recursos aportados por la apropiación, propiedad y gestión público-estatal de los sectores económicos más dinámicos y/o estratégicos” (Seoane, Algranati y Taddei, 2011).

5 Los gobiernos en cuestión son los de Jamil Mahuad (2000) y Lucio Gutierrez (2005) en Ecuador; de Gonzalo Sánchez de Lozada (2003) y Carlos Mesa (2005) en Bolivia; de Fernando de la Rúa (2001) en Argentina; y de Alberto Fujimori (2000) en Perú.

Ecología política dEl Extractivismo En américa latina

Resulta crucial señalar aquí, que en gran parte de América Latina, la hegemonía neoliberal logró resistir las aspiraciones de cam- bio, y se llevó a cabo la renovación y profundización de su recetario dando forma al llamado “neoliberalismo de guerra o armado” (Gonza- lez Casanova, 2002). Países como México, Colombia y Chile han sido la vanguardia de este “neoliberalismo armado”. La Concertación de Partidos en Chile llevó a cabo este proyec- to de salida a la crisis del neoliberalismo “clásico”, posteriormente reforzado por el gobierno de Piñera, que se basa en la profundiza- ción de una matriz extractiva exportadora bajo un radical control foráneo transnacional potenciando una recolonización en materia política y económica. De igual forma, ha tenido como propósito restablecer un “estado hobbesiano” que defienda nuevas legitimi- dades promoviendo un proceso de militarización de las relaciones sociales enfocado a criminalizar y disciplinar bastas dimensiones de la vida y acciones de las clases y sectores subalternos, con par- ticular énfasis en aquellos que han sido mayormente afectados y despojados por la intensificación del patrón de acumulación neo- liberal en curso. Es bajo este marco teórico-conceptual como podemos entender de mejor forma la realidad cotidiana que vive el Pueblo Mapuche en Chile bajo una intensificación de la matriz extractiva transnacional en su territorio ancestral a través de la megaindustria forestal. Porque más allá de una cosmovisión refinada y relación de respeto ancestral con la tierra conforman una reacción social organizada ante un “neolibe- ralismo armado” concreto y real que configura un escenario político- económico de amenaza etnocida a un Pueblo que obtiene su sustento físico y cultural de un territorio que está siendo despojado y saqueado a favor de dicha fase de acumulación capitalista.

El puEblo mapuchE En El sEno dEl Extractivismo ForEstal chilEno.

Como se señala en las líneas precedentes, el carácter extractivista de la economía chilena se mantiene y profundiza hasta la actualidad. Como se puede observar en el Cuadro I, el valor promedio anual de las exportaciones de bienes primarios en el PIB total se situó en el 32% en el período 2005-09, mucho mayor que en cualquier otro periodo anterior desde 1985, siendo más de cuatro veces el valor promedio de América Latina y el Caribe. Esto sitúa a Chile como la economía más extractivista de Latinoamérica amparada por el ya descrito “neoliberalismo armado”.

Eduardo Mondaca M

Cuadro I Porcentaje de las exportaciones de bienes primarios en el producto interno bruto (PIB).

País

1985-1989

1990-1994

1995-1999

2000-2004

2005-2009

Argentina

5.8

4.5

5.7

12.3

14.0

Brasil

4.7

3.5

2.9

5.2

6.0

Chile

23.2

19.2

18.2

23.1

32.0

México

10.0

5.1

5.2

4.3

6.3

América Latina y El Caribe

8.8

6.1

5.8

7.8

8.9

Fuente: Lopez, 2011.

Respecto al extractivismo forestal, éste empieza a tomar forma en 1974 -tras haber pasado un año del golpe militar- cuando entra en vigencia el Decreto Ley 701, con el objetivo primordial de incenti- var la explotación forestal en las regiones del centro-sur del país. Este Decreto ley “implementaba una nueva reglamentación sobre los terrenos de aptitud forestal. Dicha reglamentación intentaba im- pulsar la creación de la gran industria forestal, utilizando para ello vastos territorios” (Mella, 2007:83). Para tal propósito concede una serie de garantías tributarias y apoyo estatal que se traducirán en la bonificación de hasta un 75% de la forestación en base al mono- cultivo –principalmente- de pino y eucaliptos. “Hay que aclarar que este Decreto llego a subvencionar hasta el 90% de la forestación en algunos casos” (Mondaca, 2011). Chile disponía “de una superficie exótica cercana a las 500.000 hectáreas, y de una importante industria en torno al pino insigne. En un contexto de liberalización de la economía, el Estado traspasó sus industrias al sector privado entre 1976 y 1979. Se estima que sus seis principales empresas [forestales] que estaban en manos de la CORFO [Corporación de Fomento de la Producción] (…) se vendieron a grupos empresariales a un 78% de su valor nominal. Paralelamente la CONAF [Corporación Nacional Forestal], creada en 1970, debió traspasar a los privados todos los aserraderos, viveros y una gran parte de los terre- nos de aptitud forestal y plantaciones que administraba en esa época” (Larraín, 1999). Para el Observatorio Latinoamericano de Conflictos Ambientales (OLCA) “el Decreto Ley 701 es el principal instrumento de un modelo forestal que ha contribuido a una apropiación injusta y desproporcio- nada de la tierra, que se ha expandido sustituyendo bosque nativo y ocupando suelos agrícolas de buena calidad para dejarlos inutilizables,

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además de propiciar la ocupación de territorios del Pueblo Mapuche” (OLCA et al, 2009). En este sentido, “a partir de 1977, muchos de los predios rei- vindicados como tierras antiguas [por el Pueblo Mapuche] y ocupados durante el proceso de reforma agraria por las comunidades son adqui- ridos por las empresas forestales, entre ellas Forestal Mininco S.A., Bosques Arauco, Bosques cautín, con las que se inaugura un nuevo

proceso de conflictos territoriales, los que ahora involucran a empre- sas privadas, amparadas por el Estado y sus leyes, en perjuicio de los intereses Mapuche” (Mella, 2007:84). En este contexto no tardará en irrumpir bajo nuevas condicio- nes históricas la protesta indígena como un obstáculo al avance del tal modelo. Obstáculo que, bajo una dictadura militar, es franqueado

a través de la tortura, ejecuciones, encarcelamiento y desapariciones.

Por tal motivo, se constituye por parte del gobierno militar, “un nuevo imaginario respecto de los Mapuche. No ya el bárbaro que se opone al proyecto civilizador, sino el indio revolucionario, subversivo, enemigo de la patria” (Villegas, 2010:66). Debido al violento extractivismo forestal que estaba invadiendo

el territorio mapuche, el intelectual José Bengoa señala que “el año 78´

(…) es la fecha de inicio de la nueva emergencia indígena en Chile. La característica de este nuevo discurso será una fuerte reafirmación étni- ca (…) a diferencia de lo que había ocurrido durante la Unidad Popular, en que los indígenas se habían plegado al movimiento campesino y a la reforma agraria, a partir de los ochenta los indígenas van a mostrar su diferencia y distancia con los otros movimientos sociales formando asociaciones y reivindicaciones autónomas. La cuestión étnica se va a separar de la cuestión social en general, e incluso van a criticar cre- cientemente la intermediación de los partidos políticos (…) el despojo condujo a acentuar la visión de la distancia, de la separación, de la exclusión” (Bengoa, 2007:265-266). Es aquí, donde empieza a configurarse una nueva gama de repertorios de resistencia y acción política en el Pueblo Mapuche, que comienza a reconocer al modelo de mercado neoliberal -repre- sentado por el extractivismo forestal- como el principal elemento de conflicto, dentro del cual el Estado chileno, toma el rol de protector de dicho modelo. Por ser el modelo neoliberal la principal amenaza, al no verse éste alterado con advenimiento de la “democracia”, las tensiones del Pueblo Mapuche con el Estado devienen en una mayor conflictividad. La democracia constituye aquí un velo cosmetológico de legitimación de un modelo económico impuesto en dictadura, ya descrito en lí- neas precedentes.

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Es en este escenario donde un renovado Movimiento Mapuche reestructura su lucha política incorporando conceptos tales como autodeterminación, autonomía, territorialidad y nación Mapuche. Conscientes de que la inclusión a una sociedad configurada por el mercado conllevaría su renuncia al territorio. Éste, “arraiga los sig- nificados culturales de su existencia [los cuales] son intraducibles en valores económicos. Es aquí donde se establece el umbral entre lo que es negociable (…) y lo que impide dirimir el conflicto (…) en términos de compensaciones económicas” (Leff, 2006:24). Se instala, por tanto, en un plano político. Este plano queda de manifiesto el año 1996 cuando la Coordinadora de Comunidades en Conflicto Arauco Malleco (CAM) plantea que:

(…) la decisión de llevar adelante una lucha por territorio y autonomía, que pasa porque salgan de nuestras tierras todos los particulares y empresarios forestales que solo se han enri- quecido a costa de nuestra pobreza y opresión (…) planteamos, en primer lugar, la resistencia Mapuche al sistema capitalista y la oligarquía en nuestro territorio ancestral, el que se expresa a través de las inversiones forestales, hidroeléctricas, turísticas, etc., y en segundo lugar, la reconstrucción del Pueblo Nación Mapuche, a través de la conquista de espacios territoriales autónomos, en donde se ejerza poder Mapuche, política y eco- nómicamente, y en donde se revitalicen todos los aspectos de nuestra cultura” (CAM, 1996).

Adquieren prontamente un perfil político los repertorios de re- existencia y acción política Mapuche frente al impetuoso avance de grandes empresas forestales cuyas exportaciones para el “año 2011 totalizaron US$ 5.906 millones, anotando un nuevo récord histórico para el sector y situándose en el límite inferior de la barrera de los US$ 6.000 millones, tal como lo anticipara INFOR en su pronóstico del tercer trimestre. Comparado con el año 2010, el monto expor- tado en el 2011 representó un aumento relativo de 19,2%, lo que en términos absolutos corresponde a US$ 951 millones” (INFOR, 2012). A continuación, el Cuadro II evidencia de forma muy clara la evolu- ción de las exportaciones de la industria forestal chilena desde 1990 hasta finalizado el año 2011.

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Cuadro II Evolución anual de las exportaciones forestales chilenas

Evolución anual de las exportaciones forestales chilenas Fuente: Elaboración propia en base a datos del Instituto

Fuente: Elaboración propia en base a datos del Instituto Forestal (INFOR), 2012.

Ahora bien, a través del Cuadro III vemos que “en cuanto a los ex- portadores, el ranking es liderado por Celulosa Arauco y Constitución, compañía que el año 2011 realizó el 29,3% de las exportaciones sectoria- les. Le sigue CMPC Celulosa, con una participación de 19,9%. Las seis principales empresas exportadoras pertenecen a los dos grandes grupos empresariales del sector forestal chileno, Arauco y CMPC, y concentran el 75% de las exportaciones del sector. Los 20 principales exportadores, liderados por las seis empresas mencionadas, participan con el 89% del monto total exportado” (INFOR, 2012:6-7).

Eduardo Mondaca M

Cuadro III Principales exportadores de productos forestales

Participación en el monto total exportado 2011=US$ 5.906 millones

en el monto total exportado 2011=US$ 5.906 millones Fuente: Elaboración propia en base a datos del

Fuente: Elaboración propia en base a datos del INSTITUTO FORESTAL (INFOR), 2012.

Estas empresas tienen como principal base extractiva forestal la octava y novena región de Chile -el centro-sur- en las cuales se concentra el 57.9% del total de plantaciones en el país. Regiones que constituyen el territorio ancestral del Pueblo Mapuche que, conjuntamente, y al con- trario de lo que intenta afirmar el Estado Chileno y la industria forestal, ostentan los mayores índices de pobreza (CASEN, 2009). “Si uno toma un mapa y cruza las localidades con mayor índice de pobreza e indigen- cia, de desempleo, de emigración, de sequía y los relaciona con las zo- nas de concentración forestal, existiría una abrumadora coincidencia” (Seguel, 2003). Aunque no se pueden atribuir los problemas señalados exclusivamente al sector forestal, los datos expuestos demuestran que éste no ha contribuido a mejorar la situación socioeconómica de los habitantes de estas regiones, ni siquiera a nivel rural, y su contribución a mejorar esta situación a nivel país queda en duda al constatar que Chile posee una de las peores distribuciones del ingreso en el mundo. “El crecimiento y desarrollo de la industria forestal [por tanto] se ha verificado en directa relación con la ocupación y depredación del terri- torio Mapuche, toda vez que el proceso iniciado durante la dictadura militar ha continuado imparable durante los gobiernos actuales” (Gó- mez Leyton, 2011).

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El Pueblo Mapuche es el testigo directo y vivencial de la degra- dación de suelos, de la grave escasez de agua y su contaminación por el uso de agroquímicos, de la destrucción, por tanto, de la base de recursos naturales de su territorio.

“[

nelo se seca, el laurel. Lo que no tengo es agua por culpa de las plantaciones. Y en estos meses tampoco va a haber agua, y si llega a caer va a hacer con mucha enfermedad porque mi dios está totalmente contra de esas plantas de pinos y eucaliptus.

que no tenemos agua, no tenemos plantas naturales, ca-

]

Porque donde vamos nosotros ya no vemos el color de la tierra sino que vemos el color del cielo aquí en la tierra y en el cielo

entre medio de esos bosques ‘famosos’

se crían bajo los pinos son una infección para los chanchos, para los animales. En denante había un buey que dijeron le

y esas callampas que

había dado la ‘pica’, ¿pero era la pica? Porque según dijeron le

dieron un pasto

cuando llegue estaba recién

dejando de existir. Se murió” 6 .

me

dio pena

La Forestal ha hecho mucho daño, la Forestal que hace más daño es la Mininco. Esta haciendo daño en los remedios, en el agua, está haciendo daño a los niños que están sin papá. Es una forestal que no mira atrás los niños que están creciendo, aquí no mira los remedios, el agua que está en el huincul, en el menoko 7 .

Todo esto ha configurado un escenario de confrontación entre el Pueblo Mapuche y el “neoliberalismo armado” de base extractivista. Es aquí donde el Mapuche se alza “ya no tan solo por la restitución de las tierras expoliadas durante décadas, sino que reivindicando derechos políticos, territoriales y culturales, e incorporando además la defensa del medio ambiente” (Mella, 2007:86). Como señala Gui- llermo Bonfil Batalla “los pueblos, las sociedades con una cultura propia, requieren un territorio (…) sobre el cual puedan tomar de- cisiones, en el cual encuentren recursos suficientes para su sobrevi- vencia y desarrollo” (Bello, 2004).

6 Relato de una Machi Mapuche. Citado en Montalba-Navarro y Carrasco, 2003.

7 Entrevista a la Machi Adriana Loncomilla. Citado en Mella, 2007.

Eduardo Mondaca M

El cEntro dE la lucha y dEmanda política dEl movimiEnto mapuchE

Para abordar el centro de la demanda política del Movimiento Ma- puche es necesario examinar y analizar los Comunicados Públicos que emanan periódicamente desde sus organizaciones y espacios de articulación propios. Indagar solo los análisis provenientes de grandes medios de comunicación y/o organismos e instituciones no Mapuche nos puede llevar a graves distorsiones en el abordaje de la problemática. El año 2012, los días 18 y 19 de agosto, en la Comunidad de Te - mucuicui -novena región de la Araucanía- líderes Mapuche de la zona convocaron a la sociedad Mapuche en general e invitaron a la sociedad civil y ciudadanos chilenos a ser participes de un FvxaXawvn -gran reu- nión- al interior de uno de los territorios más disputados entre empresa- rios y Mapuche en la historia reciente, tierras en las cuales Temucuicui ha decidido tomar control productivo definitivo. Los tres primeros puntos -de un total de nueve- de las conclu- siones y demandas resueltas por los asistentes al FvxaXawvn nos guían hacia la comprensión del centro de las demandas Mapuche. Estos puntos exigen:

1– Ratificación de la Declaración Universal de Derechos Indígenas y su pleno ejercicio en todo el territorio ancestral mapuche.

2– El establecimiento del BUEN VIVIR (o Kvme Mogen) como nue- vo paradigma civilizatorio aportado desde el mundo indígena, como alternativa al modelo neoliberal extractivista y depredador ambiental que proviene de occidente.

3– Fin de la invasión del territorio mapuche y su equilibrio ecológico por monocultivos agroforestales, megaproyectos y espacios ur- banos. Eliminación de todos los mecanismos de apoyo y fomento a la forestación alógena en territorio mapuche junto a un plan de freno a la desertificación 8 .

Considerando que los puntos dos y tres los hemos venido desarrollando a los largo del estudio, profundizaremos en el primer punto. El Estado chileno y los grandes medios de comunicación, en muy pocas ocasiones exhiben que la Ratificación de la Declaración Universal de Derechos Indígenas y su pleno ejercicio constituye una de las princi- pales demandas Mapuche. La propaganda, estatal y de la elite empre-

8 Conclusiones y demanda de FVXA XAWVN, Temucuicui Tradicional, Lof Ignacio Quei- pul Millanao 18 y 19 de agosto de 2012. en <alianzaterritorialmapuche.blogspot.com>

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sarial, oculta entre los cientos de pliegues del constructo informativo y simbólico de los grandes medios de comunicación, presenta las deman- das Mapuche como un intento de secesión para la configuración de un Estado Mapuche. Este tipo de distorsión estratégica en la presentación de las demandas del Movimiento Mapuche genera consecuencias axio- lógicas e ideológicas en la sociedad que devienen en una opinión social desinformada y en muchas ocasiones dominada por la estigmatización. Si nos abocamos a profundizar en la primera demanda del Pue- blo Mapuche, debemos señalar que la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los Pueblos Indígenas conocida como la “Declaración Universal de Derechos Indígenas” fue aprobada por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, con votación a favor por parte del Estado chileno. Por ello, es una legislación vinculante para el ordenamiento jurídico nacional y el Pueblo Mapuche demanda su pleno ejercicio. Es necesario señalar que “la cuestión del reconocimiento de los Pueblos indígenas como sujetos de derecho siempre ha causado temor en los Estados donde habitan pues implica reconocerles el derecho a la autodeterminación. Sin embargo, hemos visto que los Pueblos Indíge- nas reivindican su propia concreción del derecho a la autodetermina- ción, el cual se expresa en la autonomía, cuyo ejercicio es plenamente compatible con la vigencia del Estado de Derecho” (Villegas, 2010:99). El artículo 7 de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los Pueblos Indígenas señala que:

Los pueblos indígenas, en ejercicio de su derecho a la libre determinación, tienen derecho a la autonomía o al autogobier- no en las cuestiones relacionadas con sus asuntos internos y locales, así como a disponer de medios para financiar sus funciones autónomas.

El Artículo 8 concreta y especifica cuando indica que:

Los pueblos indígenas tienen derecho a conservar y reforzar sus propias instituciones políticas, jurídicas, económicas, so- ciales y culturales, manteniendo a la vez su derecho a partici- par plenamente, si lo desean, en la vida política, económica, social y cultural del Estado.

Por último, el Artículo 26.1 señala:

1. Los pueblos indígenas tienen derecho a las tierras, territo- rios y recursos que tradicionalmente han poseído, ocupado o utilizado o adquirido.

Eduardo Mondaca M

Para el Pueblo Mapuche, así como para cualquier otro pueblo, el dere- cho a la libre determinación o autodeterminación es el derecho matriz a conquistar ya que contiene a todos “los derechos necesarios para ejer- cer realmente un control político y administrativo de sus territorios y recursos” (Berraondo, 2010). El derecho a la libre autodeterminación es reivindicado por el Pueblo Mapuche bajo el concepto de Autonomía, ya que ésta les permi-

tiría, conservar y reforzar sus propias instituciones políticas, jurídicas, económicas, sociales y culturales. Cuando hablamos de que el Pueblo Mapuche demanda Autonomía nos referimos a “un régimen político- jurídico acordado, que implica el reconocimiento de una comunidad política en el seno de una comunidad nacional, con un gobierno propio autogenerado, con competencia y facultades legislativas y administra- tivas al interior del territorio autónomo” (Díaz-Polanco, 2010:94). Muy diferente a la propaganda que desliza el Estado chileno y los grandes medios de comunicación que introducen en el sentido común de la so- ciedad civil la noción de que la demanda Mapuche implica la separación de un Pueblo del Estado chileno para la formación de un nuevo Estado. “El territorio autónomo es parte del Estado, pues por definición se da al interior de éste como forma de alcanzar la integración política del mismo a partir de relaciones horizontales (no subordinadas) entre éste

y aquel, funcionando el Estado como gestor de intereses comunes y

plurales. Se genera así un espacio político para ejercer los derechos

históricos, sociales, económicos y culturales de un pueblo que aspira

a concretar políticamente su diferencia dentro del Estado-nación, per-

mitiendo su continuidad histórico-cultural en un marco que supere el actual estado de conflictividad y opresión” (Stavenhagen, 2007). Como vemos, la demanda de Autonomía del Pueblo Mapuche, entendida en este sentido, “refuerza la cohesión social, pues permite resolver las tensiones que provoca la negación de la diversidad. Jus- tamente, los Pueblos Indígenas apelan a la autonomía como modo de permitir y mantener una convivencia política en un marco de unidad diferenciada” (Villegas, 2010:95).

El trato dE la dEmanda dEl movimiEnto mapuchE bajo la lógica dEl (nuEvo) EnEmigo intErno y su criminalización En un contExto dE “nEolibEralismo armado”.

Como señalamos en la primera parte del presente estudio, como salida

a la crisis de legitimidad de la hegemonía neoliberal a nivel continental, Chile –a diferencia de otros países del Cono Sur- optó por desplegado un neoliberalismo armado. Éste se basa en la profundización de una matriz extractiva exportadora bajo un radical control foráneo trans- nacional potenciando una recolonización en materia política y eco-

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nómica respaldada por un “estado hobbesiano” que defiende a fuego nuevas legitimidades promoviendo un proceso de militarización de las relaciones sociales criminalizando, disciplinando y controlando bastas dimensiones de la vida y acciones de las clases y sectores subalternos, con particular énfasis en aquellos que han sido mayormente afectados y despojados por la intensificación del patrón de acumulación neoliberal. Como señala Myrna Villegas “quienes se resisten a estos meca- nismos de control social, esto es, quienes miran con recelo los progra- mas gubernamentales […] pero además se organizan para recuperar su territorio por vías no institucionales, son duramente reprimidos y criminalizados, más que cualquier otro tipo de delincuencia. Por eso, se criminaliza a la “resistencia”, y esta criminalización se hace a través del Derecho Penal del Enemigo” (Villegas, 2007:5). Es fundamental evidenciar que el Derecho penal del Enemigo tiene alta correspondencia no solo con el neoliberalismo armado sino también con la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN), la cual, bajo el contexto de guerra fría, consolido la dominación de los Estados Unidos sobre los países de América Latina, estimuló un pensamiento político y económico proclive a sus intereses extractivistas, derrocó una serie de gobiernos y fijó tareas especificas a las fuerzas armadas: eliminar al enemigo interno comunista. Finalizada la Guerra Fría y con el advenimiento de un mundo unidimensional donde se afianza la lógica –por cierto también unidi- mensional- del neoliberalismo global, el precursor del derecho penal del enemigo, Günther Jakobs señala “[…] quien es superfluo en la economía común se conduce como si viviera en otro mundo, ello solo es conse- cuente: es que no vive en el mundo de las personas” (Jakobs, 1999:137). Por este sesgo fundacional Portilla indica que “la integración en el pro- ceso sistémico de semejante conformación normativa de persona ha respaldado la conversión del derecho del enemigo en un Derecho de guerra donde la defensa de la seguridad del Estado prima por sobre principios liberales” (Portilla, 2004).

El derecho penal del enemigo se nutre, de un lado, del viejo “pu- nitivismo” de entreguerras, que implica expandir cada vez más el derecho penal ya sea aumentando las sanciones para delitos existentes, o creando delitos nuevos, y de otro lado, del derecho penal simbólico. Este último resulta sumamente importante en la reproducción de subjetividad del sistema y se caracteriza por los efectos que tiene en la ciudadanía el derecho penal. Se trata de dar la impresión de un legislador atento, decidido, eficaz frente al combate de la delincuencia (Villegas, 2007:5).

Eduardo Mondaca M

Es aquí donde los grandes medios de comunicación del neoliberalismo arma- do crean una atmósfera de signos y mensajes que incide en la concepción de nociones de inseguridad, terrorismo, enemigos al progreso, autonomía, vio- lencia, etc. ejerciendo de esta forma una “influencia decisiva en la creación de condiciones objetivas para una represión brutal, mediante la generación de un clima de inseguridad generalizado en la población” (Villegas, 2010:37). El año 1997 constituye un punto de inflexión en la relación entre el Pueblo Mapuche y el Estado chileno ya que comunidades indígenas de la comuna de Lumaco -situada en la provincia de Malleco, región de la Araucanía- son acusadas de incendiar tres camiones de transporte de madera perteneciente a la Forestal Bosques Arauco S.A. con la cual mantenían disputas de territorio. Estos hechos fueron aprovechados por los grandes medios de comunicación chilenos para iniciar una ofen- siva comunicacional que mantienen hasta el día de hoy. El Diario El Mercurio de Santiago -y su red de diarios regionales que cubren todo el territorio chileno- es el medio informativo nacional que le ha dedicado cientos de titulares tendenciosos al proceso reivin- dicativo Mapuche que distorsionan los hechos cubiertos en favor de los intereses extractivistas, de las clase dominantes y capital transnacional. Para los hechos acontecidos en Lumaco el 3 de diciembre de 1997 la Corporación Chilena de la Madera –que reúne a los empresarios fo- restales- denunciaba a través de este periódico un verdadero ‘estado de guerra’ declarado por grupos indígenas, y al día siguiente, publicaba una nota titulada: Investigan acción extremista tras ataques de indígenas. Como señala Pineda “La premisa básica es que la información (a saber, su control, selección y emisión) es, más que nunca, poder. En las demo- cracias capitalistas contemporáneas, la alianza del poder político y el poder económico desliza propaganda de modo más subrepticio que en regímenes totalitarios o dictatoriales; la pantalla de dicha propaganda radica en la “libertad” informativa y la “independencia” mediática” (Pineda, 2002:193). En el caso de las demandas del Movimiento Mapuche, la infor- mación emanada de los grandes medios, se ocupa de manipular el “sen- tido común” subordinándolo política y culturalmente en relación a los grupos dominantes, sus ideologías y sus intereses económicos. Es aquí donde adquiere transversalidad la identificación del (nuevo) enemigo interno y su tratamiento bajo leyes de excepción, ya que, en palabras de Günther Jakobs “el enemigo tiene menos derechos” (Jakobs, 2006). En Chile esto se ha traducido en la aplicación de la Ley N° 12.927 de Seguridad del Estado y la aplicación de la severa Ley N° 18.314 Sobre Conductas Terroristas a los Mapuche que se movilizan por la Autono- mía de su Pueblo. La ley N° 18.314 sobre conductas terroristas entra en vigencia en 1984, en plena dictadura militar de Pinochet, para criminalizar al enemigo

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interno disidente y las acciones de protesta en contra del régimen, especial- mente las acciones realizadas por grupos organizados que consideraban totalmente ilegítimo el poder surgido a partir del golpe militar.

A principios del 2000, en beneficio del neoliberalismo armado,

sale a escena nuevamente la ley antiterrorista, esta vez para crimina- lizar los repertorios de resistencia y acción política Mapuche basadas en las reivindicaciones territoriales llevadas a cabo por comunidades organizadas. ¿Quién es el nuevo terrorista?: el Mapuche en resistencia. Para Myrna Villegas, el terrorista en Chile es aquel “que por su acción de resistencia representa un escollo en el proceso de acumulación de la

riqueza” (Villegas, 2007:12). Hay que tener claro eso sí, que este proceso de acumulación se lleva a cabo bajo un neoliberalismo armado de base extractvista transnacional que criminaliza duramente la disidencia, por ello, “la reivindicación y la ocupación de tierras, donde se encuentran plantaciones forestales realizando anualmente beneficios descomuna- les, aparecen como terrorismo” (Barbut, 2010).

A continuación, en el Cuadro IV, se detallan –a Junio de 2013- el

listado de Presos Políticos Mapuche en las cárceles del Estado-Nación chi- leno, la mayoría de los cuales se encuentra en prisión por participan en acciones de reivindicación de territorios ancestrales –lo que demuestra su carácter selectivo- los cuales están actualmente en poder de grandes empresas extractivas forestales, latifundistas y capital transnacional.

Cuadro IV Listado actualizado de presos políticos mapuche en las cárceles del Estado-Nación chileno [Junio de 2013].

Región

Centro Penitenciario (cárcel)

N° de Presos Políticos Mapuche

 

Centro de Detención Preventiva (CDP) de Angol (Los Confines S/N)

14

Región

Centro de Cumplimiento Penitenciario (CCP) de Temuco (Av. Balmaceda Nº 450)

1

de la

Araucanía

 

Centro de Privación de Libertad (CPL) de Chol Chol (Km. 1 camino a Chol Chol s/n)

1

Región del

Complejo Penitenciario “El Manzano” (CP) de Concepción (Camino Concepción a Penco S/N)

 

Bio Bio

4

Región de

Centro de Detención Penitenciario (CDP) de Peumo (León XIII Nº 95)

1

O´Higgins

Total:

21

Fuente: Elaboración propia en base a datos de la Organización Mapuche Meli Wixan Mapu en <www.werken.

cl/?p=5529>

Eduardo Mondaca M

conclusionEs

Hasta aquí hemos realizado una aproximación a algunas de las cuestio- nes que jalonan lo que consideramos una re-existencia o lucha política Mapuche frente al extractivismo forestal dilucidando las características de su criminalización por parte del neoliberalismo armado del Estado chileno bajo la lógica de (nuevo) enemigo interno. Su estudio va gene- rando la plataforma necesaria para poder realizar algunas conclusio- nes. En primer lugar, es necesario recordar que el Pueblo Mapuche posee una concepción del mundo o cosmovisión con una forma de orga- nización socio-cultural y unas normas de conducta que se desprenden de ella que son antagónicas a una racionalidad económica y social ca- racterística de un modelo de mercado neoliberal de base extractivista. Por ello, se configura un escenario en que se enfrentan formas opuestas de significación y uso del territorio. En segundo lugar, podemos señalar que a partir de la crisis de legitimidad de la hegemonía del neoliberalis- mo a nivel continental, Chile optó por la profundización de una matriz extractiva exportadora bajo un radical control foráneo transnacional resguardada por un “estado hobbesiano” que defiende nuevas legiti- midades promoviendo un proceso de militarización de las relaciones sociales enfocado a la a criminalizar y disciplinar bastas dimensiones de la vida y acciones de las clases y sectores subalternos, con particular énfasis en aquellos que han sido mayormente afectados y despojados por la intensificación del patrón de acumulación neoliberal en curso. Frente a este panorama, el movimiento mapuche se articula como re- acción ante una situación concreta, amenazante y real de personas y comunidades que obtienen su sustento biológico, cultural y espiritual de un territorio sobreexplotado, degradado y contaminado por gran- des empresas forestales. Por ello, la lucha política Mapuche centra uno de sus principales objetivos en el ejercicio pleno del derecho a la libre determinación o autodeterminación del Pueblo Mapuche. Derecho ma- triz a conquistar ya que de él se desprenden los derechos necesarios para ejercer realmente un control político y administrativo de sus te- rritorios y recursos naturales. Derecho estipulado, por lo demás, en la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los Pueblos Indígenas. Instrumento jurídico internacional con plena vigencia en Chile. En este sentido es oportuno señalar que la producción jurídica emanada de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) es, por tan- to, de muy poca sustancia y su impacto es bajo cuando se trata de temas que impugnen los intereses del mercado global y/o EE.UU. Por último, podemos corroborar la implementación, por parte del neoliberalismo armado del Estado chileno, de un sistema coordinado de represión se- lectiva basado en un control punitivo bajo la lógica del (nuevo) enemigo interno aplicando leyes de excepción que tienen como objetivo final la

Ecología política dEl Extractivismo En américa latina

reactualización y profundización de la dominación política sobre el Pueblo Mapuche en aras de consolidar una posición colonial-subordi- nada en el mercado mundial.

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Poder, desarroLLo Y directrices HidrÁuLicas desde eL VaLLe de MÉXico

Cleotilde Hernández Suárez*

introducción

La búsqueda, construcción y defensa de desarrollos alternativos sos- tenibles implican procesos complejos (económicos, políticos, y socio- culturales) que generalmente conllevan conflictos de distintos tipos, con distinta intensidad. Una aspiración -desde la investigación social y quizás también desde la política- es que la búsqueda y la definición de dichas alternativas emerjan de procesos democráticos en los cuales, los distintos intereses estén representados, sobre todo los de aquellas comunidades y grupos sociales que históricamente han sido relegados de la toma de decisiones sobre sus propios territorios y vidas. En conse- cuencia, es imprescindible analizar las estructuras y superestructuras que a lo largo del tiempo han propiciado y recreado la centralización del poder y la toma de decisiones, y que han resultado lesivas a los grupos sociales mayoritarios y a la naturaleza, como sucede con el tipo de desarrollo (metas, fines) que las sociedades adoptan y el carácter – instrumental en el capitalismo- que en él adquieren los seres humanos (entes biológicos y sociales) y la naturaleza.

* Profesora-investigadora. El Colegio de San Luis, A. C., Programa Agua y Sociedad. e- mail: cleohernandez@outlook.com

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Ecología política dEl Extractivismo En américa latina

Desde la perspectiva teórica y metodológica, la ecología política,

el marxismo ecológico y la historia ambiental ofrecen elementos de en-

foque (s) para analizar problemáticas socio-ambientales en sus expre- siones locales, regionales y globales. En el presente escrito se reflexiona sobre la compleja problemática socio-ambiental que subyace en las di- námicas de uso del agua que han sido diseñadas históricamente desde y para la Cuenca del Valle de México con repercusiones en las cuencas ve- cinas, entre ellas la Cuenca Río Tula, que recibe los desagües de aquella, sin previo tratamiento, a través de una amplia red de drenaje y riego. Ya hemos publicado algunos resultados investigación sobre dicha historia

y caso, y está en curso una publicación extensa y detallada sobre ello.

Con el presente ensayo se busca atraer la atención del lector hacia las estructuras y superestructuras sobre las que se sustenta y reproduce el poder, las decisiones que de esa forma se generan y las consecuencias socio-ambientales de las mismas, todo ello a partir del estudio de caso. Tres partes constituyen este escrito: una breve reflexión sobre el mé- todo y los aportes de los enfoques arriba mencionados; la descripción del caso y la expresión actual de su problemática socio-ambiental; y las relaciones de poder que han conducido a dicha problemática en el área de estudio.

sobre eL enfoque Y eL MÉtodo

El método deductivo de investigación ayuda a ubicar y dimensionar aquellos procesos de amplio alcance que inciden de variadas formas en los espacios locales. En ese sentido, es importante el señalamiento de Escobar (2011) sobre la necesidad del análisis de las escalas para abordar el lugar, el caso específico. Tomar el camino inductivo implica seguir la ruta del abordaje local, regional y global; optar por el camino deductivo implica ir de lo global a lo regional y lo local. También hay quienes, reconociendo la complejidad de los fenómenos a estudiar y en un ejercicio de disposición a “de-construir” lo aprendido –empleando términos también de Escobar- pudieran optar por un camino en dos sentidos: el análisis local-global y viceversa. Ecólogos políticos como Greenberg y Park (1994) plantean que la relación entre la actividad productiva, el carácter humano y el am- biente, es fluida e histórica y regionalmente específica. Resulta útil por tanto, analizar las dinámicas y las expresiones del más amplio proceso de acumulación capitalista, y cómo es que éstas son introducidas en espacios locales caracterizados por su heterogeneidad, complejidad y con distintos grados de anclaje al capitalismo (Roseberry, 2002a). El lugar, como apunta Escobar (2011), cobra especial importancia porque en él se conjugan territorio, biodiversidad, cultura, cosmovisiones y otras dimensiones que complejizan el espacio físico. Por su parte, Sack

Cleotilde Hernández Suárez

(1983) emplea los términos territorio y territorialidad, esta última para referir al “intento de un individuo o grupo para influir, afectar o contro- lar objetos, gente y relaciones a través de la delimitación y reafirmación del control sobre una área geográfica. Esta área es el territorio” (Sack, 1983:56). Y es que, a pesar de la existencia de controles hegemónicos en distintos ámbitos, paralelamente existen procesos políticos de domi- nación y lucha problemáticos, en los cuales “el lenguaje, los propósitos, y los proyectos del liberalismo van sufriendo inflexiones específicas, a medida que se insertan en las relaciones de clase y en las alianzas políti- cas regionales y locales” (Roseberry, 2002b:225), dando lugar a campos de fuerza complejos, multidimensionales y dinámicos. El carácter histórico de los procesos hace necesaria la inclusión de una perspectiva en este sentido, en ello coinciden no solo los historiadores ambientales (Worster, 1985), sino también los ecólogos políticos (Green- berg y Park, 1994; Alimonda, 2011) y los marxistas ecológicos (O’ Connor, 2001). No obstante, entre estos enfoques teóricos existen diferencias so- bre la definición misma de la historia ambiental y sobre cuáles deberían ser sus métodos. Aquí no abundaremos en esa discusión aunque conside- ramos rescatable la definición de historia ambiental como “el estudio de las interacciones entre sociedades humanas y el medio natural a lo largo del tiempo, y de las consecuencias que de ellas se derivan para ambos, incluyendo las interacciones naturales mediadas por los humanos, y las interacciones humanas mediadas por la naturaleza (Alimonda, 2011:32). O’ Connor (2001) describe a la historia ambiental como totalizadora en su enfoque a la vez que restringida espacialmente, y convoca al análisis de la especificidad local; es decir, al análisis de problemas específicos, en lugares específicos, incorporando una perspectiva histórica. Las estructuras y superestructuras sobre las cuales se sustenta el poder bien pueden ser exploradas desde tiempos remotos. Para los pue- blos latinoamericanos, Wolf (1956 citado por Roseberry, 1998) propone analizar la secuencia histórica partiendo de la época colonial. También en ese sentido pero profundizando en ello, Alimonda (2011) retoma de Rosa Luxemburgo (1967) la propuesta de observar a la colonialidad como una parte constituyente de la acumulación de capital, como su reverso fundante y necesario. Desde lo que Alimonda refiere como una ecología política latinoamericana, nos convoca a reconocer como una marca de origen de lo latinoamericano: “… el trauma catastrófico de la conquista y la integración en posición subordinada, colonial, en el sistema internacional, como reverso necesario y oculto de la moderni- dad” (Alimonda, 2011:21). Esto es, reconocer la posición colonial lati- noamericana (subalterna en varios aspectos) como eje para entender las relaciones que prevalecen hasta el presente y que han marcado la historia de esta región.

Ecología política dEl Extractivismo En américa latina

Es oportuno mencionar aquí que, para el análisis de las relacio- nes de poder en el uso del agua en el área de estudio, se incluyó una exploración bibliográfica y documental que proveyera información des- de la época prehispánica, la Conquista y la Colonia, para entender las dinámicas y los procesos que tuvieron lugar en los siglos posteriores. Esos primeros períodos cobran especial importancia en el trabajo de Musset (1992), quien considera que en ellos se decidieron las políticas hidráulicas que aún rigen las relaciones entre la Ciudad de México y su entorno. Musset expone cómo, dos sistemas de pensamiento (nativos mexicanos – conquistadores españoles) implicaron acciones diferentes para la gestión de un mismo espacio y cómo uno de ellos terminó im- poniéndose sobre el otro. Las diferencias culturales representan para Musset uno de los ejes analítico para explicar las “soluciones” que los conquistadores definieron para resolver el “problema” de las inundacio- nes de la Ciudad de México. Entendemos a la ecología política como una propuesta en cons- trucción (Paulson, Gezon y Watts, 2003); un campo teórico-práctico en construcción y prácticamente en su momento fundacional (Leff, 2003). Es pertinente el reconocimiento de que “… no estamos ante un nuevo paradigma de conocimiento o un nuevo paradigma social. Apenas co- menzamos a indagar sobre el lugar que le corresponde a un conjunto de exploraciones que no encuentran acomodo dentro de las disciplinas académicas tradicionales” (Leff, 2003:22). Adoptarla como enfoque conlleva el reto de continuar construyéndola, al tiempo de ir propo- niendo y probando los métodos y las técnicas de investigación para el análisis de casos. Dicho eso, “a la ecología política le conciernen no solo los conflictos de distribución ecológica, sino el explorar con nueva luz las relaciones de poder que se entretejen entre los mundos de vida de las personas y el mundo globalizado” (Leff, 2003:22). ¿Cómo entender entonces el poder y dónde se ubica la política? Ecólogos políticos como Paulson, et al definen:

(…) Power, as a social relation built on the asymmetrical distri- bution of resources and risks and locates power in the interac- tions among, and the processes that constitute, people, places, and resources. Politics, then, are found in the practices and mechanisms through which such power is circulated (Paulson, et al, 2003:205).

Al incorporar la perspectiva histórica y la colonialidad latinoamericana en el estudio de las relaciones de poder es posible dimensionar, a la vez que relativizar, dos fenómenos que tienen ocupados a analistas e in- vestigadores y que han adquirido un peso importante en la explicación

Cleotilde Hernández Suárez

de problemáticas actuales: la globalización y el neoliberalismo. Dicho de otra forma: al no incorporar en los análisis la dimensión históri- ca de los procesos, se corre el riesgo de atribuir a fases recientes del capitalismo la responsabilidad de procesos y problemáticas que han estado presentes y en gestación en las historias locales; en ese caso, más que problemas recientes, estaríamos presenciando la agudización de problemáticas añejas y nuevas expresiones del poder. Las formas cambian pero los contenidos suelen prevalecer. Quienes concentran el poder difícilmente están dispuestos a permitir la destrucción o la re- estructuración de las estructuras y los mecanismos que les aportan distintos beneficios. La globalización, como plantea Hobsbawm (2000), es un pro- ducto del desarrollo capitalista, y aunque su expresión más evidente es la creación de una economía global, en realidad se trata de un fe- nómeno multidimensional, relacionado también con otros ámbitos. El estudio de las implicaciones económicas y políticas de la globalización para Latinoamérica, obliga a incorporar en los análisis el reconoci- miento de los lazos de dependencia e interdependencia que la región mantiene con el sistema económico mundial (Salinas, 2002) y por supuesto también su posición colonial subalterna (Alimonda, 2011). No menos importante es el análisis de las iniciativas estadounidenses, las cuales, acompañadas de discursos en pro de la seguridad del conti- nente, en el fondo contienen acciones de vigilancia y control de aquella potencia sobre los territorios del sur, principalmente sobre aquellos que poseen recursos estratégicos para la expansión del capital, tales como petróleo, gas, metales y minerales, entre otros (Saxe-Fernández, 2009). Las acciones emprendidas por las potencias para la “seguriti- zación” de los recursos naturales (Delgado, 2012) encuentran en los estados-nación y en los lugares las bases de apoyo para su anclaje. Reiteramos, con la observación de los procesos de amplio alcance, la atención tendría que ser dirigida luego a lo local, “(…) porque cual- quier posición dentro del campo social tiene una configuración única, pero también se dirige a los centros de poder porque esa configuración única no existe aisladamente, sino en una relación necesaria con estos centros” (Roseberry, 1998:95). En su fase actual, el capitalismo va conformando un mercado global que requiere que las mercancías circulen libremente, sin ma- yores obstáculos en materia de regulación (Salinas, 2002); de ahí que Hobsbawm (2000) se refiera al neoliberalismo como el fundamentalis- mo de libre mercado y Valenzuela (1991) lo defina como la vertiente pa- rasitaria del modelo secundario-exportador. El marco legal ambiental en México y el correspondiente a la nueva política del agua –además de otros– fueron creados en el marco de las reformas neoliberales en

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México, entre ellas, el proceso que Boron (1996) define como de restruc- turación funcional del estado. Todo ello a pesar de que al poco tiempo de su implementación –e incluso antes– distintas voces alertaban sobre los resultados del neoliberalismo: el incremento de la pobreza, la pola- rización social, la globalización del crimen y la destrucción del medio ambiente (Candia, 2000). En el marco de esos procesos capitalistas (globales y locales), desde las ciencias sociales se han ido delineando escuelas del pensa- miento ecológico; Tetreault ubica cinco principales:

1) el modelo dominante de desarrollo sustentable, que co- rresponde a la propuesta reformista esbozada en el Informe Brundtland y la Agenda 21; 2) la economía ambiental, que representa un esfuerzo por incorporar consideraciones eco- lógicas a la teoría neoclásica de la economía; 3) la economía ecológica, que incluye un análisis de flujos de energía, apun- tando hacia las limitaciones de la economía ambiental; 4) la ecología política, que constituye un esfuerzo por analizar la compleja dinámica socioeconómica detrás de los problemas ambientales, enfocándose en las relaciones de poder entre di- ferentes actores y grupos sociales; y 5) la agroecología, que pretende rescatar y desarrollar los aspectos positivos de la producción campesina tradicional (Tetreault, 2008:9).

Las dos primeras han tenido eco en el estado mexicano y sus diseñado- res de políticas gubernamentales, claro está, con una fuerte influencia de organismos financieros internacionales tales como el Banco Mun- dial y el Banco Interamericano de Desarrollo, que dan las directrices para la continuidad capitalista, priorizando los intereses de las poten- cias económicas. No es extraño entonces que las políticas públicas en materia am- biental y de agua en México, diseñadas e instrumentadas desde finales de la década de 1980, contengan en el discurso y en los marcos norma- tivos conceptos tales como desarrollo sustentable, descentralización, participación social amplia, derechos humanos, gestión integral del agua y otros conceptos “punteros” a nivel mundial. Tampoco lo es la fuerte influencia que en estos contextos han tenido los planteamien- tos de los economistas neoclásicos (como Weimer y Vinning, 1992), apostando a las leyes coercitivas y los mecanismos fiscales como los instrumentos centrales en el diseño de las políticas públicas y para la acción gubernamental; sin embargo, esos instrumentos han demos- trado sus limitaciones para la solución de problemáticas complejas. Tenemos la convicción de que los estudios de caso, analizados desde

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una perspectiva histórica y exploradora de las relaciones de poder son de gran utilidad para el análisis de la complejidad, ya que nos ayudan

a aproximarnos para diferenciar entre la esencia y la apariencia de las

cosas, reconociendo que “hay contradicción en que una cosa siga sien- do la misma pese a cambiar constantemente” (Engels, 1878 citado por Frank, 1965:18). El análisis de la complejidad también demanda tra- bajo multidisciplinario, interdisciplinario y transdisciplinario; quizás estamos dando los primeros pasos en ese sentido, el reto es que ello no quede sólo en mera aspiración. A continuación se hace una descripción general del caso y la problemática socio-ambiental que le acompaña.

eL caso, situación actuaL Y ProbLeMÁtica socioaMbientaL

La ubicación y caracterización del área de estudio es retomada aquí, de forma sintetizada, de un trabajo previo (Hernández, 2011a). En su original estado natural, la Cuenca del Valle de México y la Cuenca Río

Tula fueron dos cuencas independientes en sus dinámicas hídricas pero eso comenzó a modificarse por concepciones, objetivos, decisiones y ac- ciones de grupos humanos desde la Conquista, sobre esto ahondaremos más adelante. En el marco de la instrumentación del neoliberalismo en México, la Ley Federal de Aguas de 1972 fue calificada por el gobierno federal como una ley obsoleta, razón por la cual debía ser reformada (SARH-CNA, 1994). Desde esa perspectiva, dicha ley ya no respondía

a los problemas de escasez y contaminación del agua y sólo represen-

taba obstáculos institucionales y jurídicos para el tránsito hacia una nueva política sobre el recurso. En los documentos oficiales se puso énfasis en dos vertientes de la nueva política del agua: 1) la de una mayor participación de la sociedad en el financiamiento de las obras y

acciones que le benefician y; 2) el uso más eficiente del agua por la vía de precios e incentivos económicos, para lo cual habría de consolidarse el sistema financiero del agua. Junto a esas dos vertientes fueron plantea- das seis líneas de acción: la restructuración institucional, las reformas al marco jurídico, el establecimiento del sistema financiero del agua, la definición de instrumentos tecnológicos, la preservación del ambiente,

y la administración del agua por cuencas hidrológicas (SARH-CNA,

1994). Como ya muchos investigadores han apuntado y se deduce de la lectura, un aspecto central de la nueva política ha sido el reforzamiento del concepto de agua como bien económico en sustitución del de agua como bien libre. La delimitación para la administración del agua cobra espe- cial relevancia. En México hay 718 cuencas hidrográficas, las cua- les todavía en la década de 1970 estaban agrupadas, para efectos administrativos, en 37 Regiones Hidrológico-Administrativas (Ori-

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be, 1970; SARH-CNA, 1994). Con la nueva política del agua fueron delimitadas 13 Regiones Hidrológico-Administrativas, cada una abarcando varias cuencas y sub-cuencas, lo que da una idea de la heterogeneidad y complejidad (natural y social) contenida en cada una de ellas. Desde el planteamiento gubernamental, todas y cada una de estas Regiones “constituyen unidades geográficas y geopolíti- cas integradas en cuencas hidrológicas principales, con la finalidad de lograr un manejo integrado regional de los recursos hidráulicos y fortalecer la capacidad de gestión de las nuevas unidades admi- nistrativas y de las organizaciones de usuarios correspondientes” (CNA, 2003:18). La Región Hidrológico-Administrativa XIII, Aguas del Valle de México (en adelante, Región XIII) comprende la Cuenca del Valle de México y la Cuenca Río Tula, referidas técnicamente como subregiones hidrológicas (Figura 1), aunque la delimitación ha sido objeto de varias modificaciones. En los documentos oficiales se menciona que esas dos cuencas conforman “una unidad principal de funcionamiento hidrológico” (CNA, 2003:19) pero es importante insistir en que se trata de una unidad artificial e históricamente construida, razón por la cual coincidimos con Cirelli (2004) cuando sostiene que las cuencas son unidades naturales que están sujetas a recortes espaciales, en función de los intereses en juego vinculados con la gestión del agua.

los intereses en juego vinculados con la gestión del agua. Figura 1. Región Hidrológico-Administrativa XIII, Aguas

Figura 1. Región Hidrológico-Administrativa XIII, Aguas del Valle de México. Entidades federativas y subregiones hidrológicas que la integran

Cleotilde Hernández Suárez

La Región XIII tiene sus oficinas sede en el Distrito Federal y comprende las 16 Delegaciones de éste, 62 municipios del Estado de México, 39 de Hidalgo y 4 de Tlaxcala. Datos de 2008 reportaron para esta Región una superficie de 16,438 km 2 y una población de 21.2 millones de habitantes, resultando una densidad de población de 1293 hab/km 2 , la más alta del país frente al promedio nacional de 55 hab/km 2 . La Región XIII genera 21.27% del Producto Interno Bruto (PIB) nacional, del cual el Distrito Federal aporta 17.5% (SEMARNAT y CNA, 2010). En efecto, “el esque- ma centralizado de desarrollo que se adoptó durante todo el siglo XX” (CNA, 2003:32) condujo a que en la actualidad, la Región ocupe menos del 1% del territorio nacional, esté habitada por casi 20% de la población nacional y en ella se genere la quinta parte del PIB nacional. Si sólo se observan los datos de conjunto podemos ver a una Región altamente con- sumidora de agua potable y generadora de aguas negras, pero sólo pres- tando atención a las dinámicas de cada subregión es posible ver que hay funcionalidades hidráulicas bien definidas en ese complejo hidráulico. El volumen total de lluvia que se precipita sobre la Región XIII es del orden de 1714 hectómetros cúbicos por año (hm 3 /año), 864 en la Cuenca del Valle de México y 850 en la Cuenca Río Tula. La precipita- ción pluvial constituye la principal fuente de recarga de los 14 acuíferos de la Región, con un volumen de 788 y 336 hm 3 /año, respectivamente. Los acuíferos de la Cuenca del Valle de México tienen las condiciones de sobre-explotación más graves (CNA, 2003: 35-41). En particular, la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, situada en el Valle de Mé- xico, tiene como principal fuente de abastecimiento de agua de primer uso a su propio acuífero: el más grande, con mayor capacidad de re- carga y almacenamiento, pero también el más sobre-explotado de la Región XIII. De él se extraen 2071 hm 3 /año y se importan 623 hm 3 / año de los sistemas Lerma y Cutzamala, lo que significa que “los recur- sos hidráulicos aprovechables (sin incurrir en la sobre-explotación del acuífero y el ingreso de las fuentes externas) representan sólo 55% de los usos consuntivos de agua de primer uso. Poco más de 45% restante se satisface con la sobre-explotación de los acuíferos” (CNA, 2003:38), lo que aunado a la expulsión histórica de los desagües ha provocado el hundimiento paulatino de la Ciudad de México. El desagüe de la Cuenca del Valle de México (unos 1588 hm 3 /año de aguas negras mezcladas con pluviales) es enviado sin previo tratamiento al Valle del Mezquital, Hidalgo, en la Cuenca Río Tula, a través de una com- pleja infraestructura de desagüe. Ahí, esas aguas son empleados para uso agrícola en los Distritos de Riego (DR) 003-Tula, 100-Alfajayucan, 112-Aja- cuba, y la Junta de Aguas Ixmiquilpan, sumando unas 90,000 hectáreas de riego de unos 63,000 usuarios (CNA, 2006). En el Estado de México también son abastecidos con este tipo de aguas unas 6,000 hectáreas de

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los DR 088-Chiconautla y 073-La Concepción. La mirada hacia las diná- micas del uso del agua en las cuencas en cuestión permiten afirmar que la zona agrícola de riego del Valle del Mezquital cumple la función de filtro para la reutilización incidental del desagüe del Valle de México (término de Mujeriego, 1993 citado por Peña de Paz, 1997); una funcionalidad que comenzó a consolidarse desde el Porfiriato (1876-1911), cuando el gobierno federal ordenó la realización de proyectos para la reutilización del desagüe en riego agrícola y en la generación de energía eléctrica. La filtración de las aguas negras en el acuífero del Mezquital está mediada por los usos agrícolas y pecuarios. Luego, los excedentes son descargados en drenes y ríos hasta incorporarse a la corriente principal que drena a la cuenca, que es el río Tula. Este río fluye en dirección de sur a norte y descarga sus aguas en el río Moctezuma, afluente del río Pánuco, el que a su vez desemboca en el Golfo de México. Esa trayecto- ria fue considerada desde los primeros proyectos para el desagüe gene- ral del Valle de México; sin embargo, la propuesta técnica formal (1856) es atribuida a Francisco De Garay aunque su proyecto no se efectuó de inmediato (CG, 1903; CSGDF, 1905). Si bien, esa funcionalidad ha contribuido a la reproducción so- cial de las unidades de producción campesinas usuarias de los desagües –entre ellas las comunidades indígenas hñähñü– también ha conllevado diversas afectaciones ambientales y en la salud pública. Desde hace casi cuatro décadas comenzó a haber evidencia científica –aunque con un manejo confidencial por parte de las dependencias gubernamentales- de que las aguas negras de riego se estaban filtrando hacia los mantos subterráneos del Valle del Mezquital (Payne, 1975), contaminándolos de esa forma. De esa situación siguen dando cuenta estudios más recientes que reportan un decremento en la calidad de los recursos hídricos de la cuenca receptora, principalmente en lo referente a parámetros micro- biológicos (coliformes totales y fecales), formas nitrogenadas (nitratos, nitritos y nitrógeno amoniacal), algunos elementos (plomo y boro) y algunos iones disueltos (Pérez, Jiménez y Chávez, 2000). Esa recarga artificial ha ocasionado que haya nuevas zonas en el Valle del Mezquital con niveles freáticos muy someros e incluso brotantes (CNA, 2002); sin embargo, ninguna de esas aguas cumple con la calidad para uso pota- ble en forma directa y para ello, además de tratamientos especiales a las aguas, los investigadores recomiendan el tratamiento de las aguas negras previo a su empleo en riego (Pérez et al, 2000). La CNA sobre- simplifica esta problemática afirmando que: …

[…] la condición de los acuíferos del Valle de México es de sobre-explotación en un volumen de 1283 hm 3 /año y la del río Tula es de sub-explotación en 40 hm 3 /año. Esta alteración es

Cleotilde Hernández Suárez

generada por la creciente demanda de agua en la Región, prin- cipalmente en la Cuenca del Valle de México (CNA, 2003: 41).

Por otro lado, investigaciones edafológicas han encontrado que “la con- taminación de los suelos por metales pesados se ha incrementado consi- derablemente como consecuencia del empleo intensivo de agroquímicos

y del riego con aguas residuales” (Tamariz, 1996 y Méndez et al, 1997

citados por Méndez et al 2000: 278), y observan que esta problemática ocurre generalmente en zonas agrícolas cercanas a las grandes urbes por ser las receptoras de las descargas sin previo tratamiento. En otro estudio se encontró “la existencia de un proceso de acumulación de me-

tales pesados en la región [Valle del Mezquital], de 3 a 6 veces superior con respecto a la que ocurre en suelos no irrigados con agua residual” (Siebe, 1994 in Vázquez et al, 2001: 268) En estos estudios se reconoce que si bien, la incorporación de materia orgánica, nitrógeno y fósforo

a los suelos irrigados con agua residual podría verse como un aspecto

positivo en el corto y mediano plazos por el incremento en la producti- vidad de los suelos, también están presentes aspectos negativos como la salinidad y la acumulación de metales pesados, más acentuada en suelos arcillosos, lo cual, a largo plazo los volverá improductivos. La falta de una normatividad en México que establezca paráme- tros máximos permisibles de metales tóxicos en los suelos usados para la producción de alimentos para consumo humano es otro problema que señalan esos estudios. Sin embargo, aunque sí existe una normati-

vidad 1 sobre las concentraciones de metales en aguas para riego, ésta no se cumple y en el Mezquital se encontraron concentraciones superiores

a las permitidas por ella; de hecho, algunos metales ya se encuentran

en tejido foliar o grano en algunos cultivos analizados tales como al- falfa, maíz y trigo (Cajuste et al, 1991 y Carrillo et al, 1992 in Vázquez et al, 2001). Concluyen que existe “una tendencia general a aumentar la disponibilidad de dichos metales por efecto del tiempo de uso del agua residual […] situación que representa un peligro para los organismos que consumen los productos agrícolas obtenidos en esos suelos” (Váz- quez et al, 2001: 271-272). Por otro lado, es muy amplia la literatura que aborda el efecto negativo de la irrigación con aguas negras en la calidad de los cultivos y en la salud pública. El planteamiento es que estas aguas contienen ma- terias fecales, las que a su vez pueden ser un vehículo de hepatitis, fiebre

1 Se refiere a la Norma Oficial Mexicana NOM-CCA/32-ECOL/1993, que establece los lí- mites máximos permisibles de contaminantes en las aguas residuales de origen urbano o municipal para su disposición mediante riego agrícola, publicada en el Diario Oficial de la Federación (DOF) del 18 de octubre de 1993.

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tifoidea, disentería, cólera y otras enfermedades que pueden afectar a la salud de los consumidores de los productos, principalmente aquellos que se consumen crudos (Departamento de Sanidad del Estado de Nue- va York, 1999). Hay otros problemas que no se encontraron referidos en

la literatura pero sí fueron mencionados de forma recurrente por perso- nas entrevistadas en los recorridos de campo, por ejemplo, el bajo ren- dimiento escolar de niños y jóvenes que habitan en las zonas aledañas

a cuerpos de almacenamiento de aguas negras (presa Endho) debido a

que las horas de descanso y sueño de las familias son interrumpidas por los piquetes del mosco cúlex. Este mosco prolifera con el crecimiento

de lirio acuático en la superficie de la presa y se ha hecho resistente a pesticidas. Por otro lado, algunos pobladores y médicos entrevistados expresaron su preocupación por la creciente incidencia de cáncer e in- suficiencia renal en la región y temen que estas enfermedades guarden alguna relación con la contaminación ambiental, un problema que ten- drá que investigarse. Si bien, pudiera pensarse que esa compleja problemática am- biental y de salud pública debería tener preocupados a los pobladores

y agricultores del Valle del Mezquital, esto no se observa; de hecho, un

comentario comúnmente expresado por éstos es que el uso de las aguas negras, desde hace más de un siglo, los ha hecho resistentes a las enfer- medades. Pero en el fondo está la defensa de un recurso que, indepen- dientemente de su calidad, hace posible la producción agropecuaria y la reproducción social de las unidades de producción campesinas. Un as- pecto que debemos destacar y cuestionar aquí es que los representantes de gobierno han tendido a criminalizar a los usuarios agrícolas de las aguas negras, ante la negativa de las industrias y usos contaminantes de responsabilizarse de los costos del tratamiento. Aunque no constituye el objetivo central de este estudio, es importante mencionar las protestas por parte de las comunidades mazahuas por el envío de aguas de los sis- temas Lerma y Cutzamala hacia la Ciudad de México. Vemos entonces funcionalidades hidráulicas para atender las necesidades (de abasto y desagüe) de una metrópoli anclada a las dinámicas capitalistas en las cuales la naturaleza es grifo y sumidero (términos de O’ Connor, 2001). Veamos la relación que guardan las dinámicas capitalistas, el poder y las funcionalidades hidráulicas.

eL Poder: estructuras Persistentes Y eXPresiones caMbiantes

Las aportaciones de la ecología política, el marxismo ecológico y la historia ambiental condujeron a plantear la siguiente pregunta de inves- tigación para guiar la reflexión y el análisis: ¿Cómo ha sido ejercido el poder en el uso y manejo del agua en el complejo hidráulico en cuestión

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y con qué consecuencias socio-ambientales?. Para dar respuesta se hizo

una amplia revisión documental y trabajo de investigación en campo, poniendo atención en: los momentos históricos en los cuales se tomaron decisiones hidráulicas trascendentales para una o ambas cuencas; los procesos nacionales e internacionales que les influenciaron; las estruc- turas de poder y sus detentores, que a la vez les permitieron posicionar- se como los tomadores de decisiones de amplio alcance; los variados objetivos e intereses perseguidos; los medios para concretar las deci- siones tomadas y los medios para legitimarlas; y las consecuencias sociales y ambientales de las mismas. Lo que destaca de esa historia ambiental compartida entre las cuencas en cuestión es que el uso y manejo del agua en lo que hoy co- nocemos y aquí hemos referido como la Región XIII, históricamente han estado regidos por un centro de poder y de toma de decisiones. En ese centro de poder sobresalen los gobernantes y las élites de cada época, con intereses y objetivos variados, pero todos ellos ligados a las inercias y las dinámicas –también históricas- del desarrollo capitalista. Los cimientos de esa centralización del poder son el desigual acceso al mundo material para la reproducción social y la discriminación por diferencias sociales, económicas, políticas y culturales. Existe una vasta literatura sobre las obras prehispánicas para ha- cer del Anáhuac 2 el espacio de vida y también de reproducción social y poderío del imperio azteca, destacando aquellas obras para contener el nivel de los lagos y para evitar que las aguas salobres y las aguas dulces se mezclaran. Sin embargo, en el período conocido como la Conquista, como parte de la estrategia militar europea para someter a ese pueblo fueron destruidos gran parte del dique de Nezahualcóyotl y el acueduc- to de Chapultepec que abastecía de aguas potables a la ciudad. Aquello propició que las aguas del lago de Texcoco salaran a las de la laguna de México y que la ciudad quedara sin protección contra las crecidas

(Madrid, 1946). Ya instalados los poderes virreinales se iniciaron los tra- bajos de construcción de la Ciudad de México como capital de la Nueva España y en dicha construcción fueron incorporadas las necesidades que imponía el modo de vida europeo. Hernández (1942) sostiene que si bien, la reconstrucción incluyó obras hidráulicas, éstas recibieron menor atención en comparación con otras pues sólo interesaban para el tránsito

y el comercio, lo que a su vez propició el descuido y deterioro de las obras de control de avenidas. Aunado a ello, la demanda de madera para las distintas construcciones y obras incrementó sustantivamente, propician-

2 “Anáhuac: término genérico que califica toda una región situada en los aledaños de una vasta extensión de agua (laguna, lago, mar u océano). Se emplea habitualmente para designar al Valle de México” (Musset, 1992: 42).

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do la tala inmoderada de los bosques, la desprotección de las laderas y

el aumento de los azolves en los lagos de la Cuenca del Valle de México.

En el año 1555, siendo Virrey Luis de Velasco Conde de Santiago se inundó la Ciudad de México, evento que en la literatura ha sido califi- cado como uno de los más catastróficos durante la Colonia. No obstan- te, como menciona Madrid (1946), dicha catástrofe fue consecuencia de

la destrucción que los conquistadores hicieron de las obras hidráulicas

prehispánicas para la contención de los lagos. A raíz de ese evento, ese mismo año Ruy de González y Francisco Gudiel, asesores del virrey, propusieron cada uno por su lado, el desvío del río Cuautitlán (el más caudaloso del norte del Valle de México) y la expulsión de los desagües (Hernández, 1942). Aunque esa propuesta no se llevó a efecto en ese momento, sí sentó precedentes para que en adelante los gobernantes la consideraran como la alternativa a seguir para resolver el problema de las inundaciones de la Ciudad de México y atender sus necesidades de desagüe. De hecho, la propuesta fue retomada en el año 1607 en un proyecto apoyado por el entonces Virrey Luis de Velasco Marqués de Salinas; una decisión que en adelante haría de esas cuencas copartíci- pes de una historia y gran impacto socio-ambiental. Sedano (1888) hace una síntesis del largo período (179 años) de ensayos y errores que implicó concretar esa decisión: desde 1607 cuan- do se inició la construcción del Túnel de Huehuetoca, hasta 1786 cuan- do se concluyó la obra como Tajo de Nochistongo. En ese largo proceso

y en adelante es evidente la importancia que ha tenido la tecnología

disponible en cada época. En la síntesis que hace Sedano se puede ver a los principales tomadores de decisiones durante la Colonia (los virreyes,

sus asesores técnicos y los representantes de las órdenes religiosas), y a las poblaciones financiando las obras a través del pago de distintos im- puestos en diferentes momentos. En cuanto al abasto de agua potable, para casi al final de ese largo período de 179 años Ramírez y Toussaint (1892) destacan tres grandes obras: la construcción (de 1743 a 1751) de un acueducto para conducir aguas desde las montañas cercanas a Tlal- nepantla y abastecer a los pueblos de Santa Isabel, Zacatengo, Tacamá

y Villa de Guadalupe; la conclusión (en 1779) de la caja de agua y de la

arquería para conducir aguas del manantial de Chapultepec hasta la Ciudad de México; y las obras (1776) para unir las aguas de los manan- tiales de Santa fe, del Desierto y Los Leones antes de su llegada al lugar conocido como Casa-Mata y formar el caudal conocido como “de agua delgada”. Abasto y desagüe del Valle de México eran ya dos prioridades durante el Virreinato. En su estudio sobre el agua en el Valle de México, Musset (1992) revisa los sistemas hidráulicos prehispánicos y las acciones posteriores que en esa materia emprendieron los conquistadores. Concibe un en-

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frentamiento entre dos civilizaciones que querían organizar el espacio

a su manera y considera que la pugna por el control y el manejo del

agua era cultural y técnica, lo que a su vez desembocaría en acciones diferentes de manejo del agua. Musset está en desacuerdo con las con-

traposiciones que aluden a un pensamiento mágico de los indios frente

a la fría lógica de los conquistadores, y en lugar de ello considera para esa época que: “tanto entre los mexicanos como entre los españoles, en

el agua permanece un mundo mal conocido, amenazante, en donde se

refugian seres que escapan a las normas: animales fabulosos, mons- truos, dioses. De esta manera, nace un verdadero bestiario fantástico

del agua, fundado en las creencias, los terrores o las esperanzas de cada uno” (Musset, 1992: 25). Añade que, mientras que para los mexicanos

el Anáhuac constituía su espacio de vida, para los conquistadores, he-

rederos de conocimientos provenientes de la Edad Media y del Renaci- miento no había peores aguas que las de los lagos y lagunas, a las que veían como fuentes de infección y de enfermedades. Esto último es relevante ya que se puede corroborar con la lectura de varios escritos de la época que los arquitectos asesores del virrey emplearon de forma recurrente el término drenar como sinónimo de sanear y, bajo la consig- na del saneamiento emprendieron las acciones para el desagüe del Valle de México. Por estas acciones es que Musset y varios autores hablan de

herencias coloniales vigentes hasta la actualidad en el uso y manejo del agua en estas cuencas. Si bien, coincidimos con Musset cuando destaca la importancia de las diferencias culturales y las consecuentes acciones para el mane- jo del ambiente, así como la imposición de un sistema de pensamien- to sobre otro, consideramos necesario ampliar la mirada y explorar otros procesos. Observamos también una posición política (relación de poder) de los conquistadores frente al Anáhuac: antropocentrismo

y búsqueda de dominio sobre esa naturaleza desconocida; así como la

existencia de poderes diferenciales entre grupos humanos y también al interior de éstos, de ahí que las bases de apoyo o de resistencia que ese poder ejercido encontró en los espacios locales abren otro gran espacio de análisis, en diferentes escalas y tiempos y representan un reto para la investigación de distintos temas. Si enfocamos a una escala macro, alejándonos un poco de la mirada al espacio local, es decir, si dirigimos la atención hacia los am- plios procesos del desarrollo capitalista podemos ver que, en la posición colonial latinoamericana (Alimonda, 2011) y el poder en manos de la jerarquía colonial (Wolf, 1956 citado por Roseberry, 1998) es difícil ima- ginar siquiera espacios de diálogo para la discusión de las visiones de mundo. Las exploraciones territoriales y marítimas que hacían los con- quistadores para poseer nuevos territorios, así como los instrumentos

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y

las estrategias militares que emplearon para someter física, material

y

simbólicamente a los nativos tenían un origen pre-capitalista. Había

estructuras de poder –más allá de los continentes- que hicieron posible

y hasta legítimo a los ojos de la época, la esclavitud y el sometimiento

–aunque se le denominó conquista- de otros pueblos y el despojo de sus territorios. Despojo facilitado a la vez, para los conquistadores, por las condiciones diferenciales de poder entre los pueblos prehispánicos. El virreinato de la Nueva España con sus operarios (virreyes, arquitectos

a su servicio, autoridades eclesiásticas) y beneficiarios (familias acau- daladas) sentó bases para la centralización del poder, facilitando la reproducción de estructuras materiales y políticas para perpetuarlo y

centralizar decisiones en distintos ámbitos, entre ellos, las relativas a amplios territorios. La inestabilidad que caracterizó al período conocido como la guerra de Independencia (1810-1821) pudiera explicar el por qué no hayan sido construidas obras hidráulicas de importancia durante el mismo, siendo también un tema ausente en las fuentes documentales consultadas. En el período post-independiente se hicieron presentes las herencias hidráulicas coloniales: el Proyecto de Francisco De Garay para el desagüe general del Valle de México retomó las estrategias con- templadas por los asesores de los virreyes de la Nueva España, aunque se concretarían más adelante. Otros dos grandes períodos que ya han sido abordados con mayor detalle (Hernández, 2011b) son el Porfiriato

y el de los gobiernos postrevolucionarios, ambos herederos y continua-

dores de esas acciones coloniales. Una de las herencias coloniales que sobresale del Porfiriato fue el fortalecimiento del gobierno central en la toma de decisiones sobre distintos ámbitos, del cual derivó el gradual fortalecimiento de la política liberal y la instrumentación de distintas estrategias para atraer la inversión extranjera y al mismo tiempo mantener el capital mexicano dentro del país (Kroeber, 1994). Como proceso de

amplio alcance, el desarrollo capitalista fue concebido por el régi- men como la vía para modernizar al país y para ello habría que crear los acondicionamientos que permitieran su inserción en el comercio internacional. Como parte de esos acondicionamientos estuvieron las acciones para el desagüe del Valle de México (Connolly, 1991) y con ello, consolidar a la Ciudad de México como una urbe moderna

y un centro de control político y económico por excelencia (Rome-

ro, 1999). Las acciones consistieron en la introducción de nuevos instrumentos tecnológicos y técnicos que propiciaron acciones más radicales en menor tiempo (Romero, 1999 y Connolly, 1991). El Ing. Gayol fue comisionado desde 1888 por el Ayuntamiento de la Ciudad de México para diseñar y dirigir la construcción del drenaje subte-

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rráneo de la ciudad mientras que el Ing. Espinosa era el responsable técnico del desagüe general del Valle de México, además de ser el supervisor de los trabajos de Gayol, y ya para entonces era clara la vinculación de las acciones de desagüe y las de abasto para la ciudad (Ayuntamiento-CM, 1893). Si bien la construcción (1607-1786) del Tajo de Nochistongo marcó el inicio de las transformaciones de la Cuenca del Valle de México, de cuenca natural cerrada a una artifi- cialmente abierta para ser drenada y de la Cuenca Río Tula para ser la receptora de esos drenajes, aquello adquirió nuevas dimensiones con la construcción de dos obras porfirianas: el Gran Canal del Des- agüe y el Primer Túnel de Tequixquiac. La Junta Directiva del Desagüe fue la instancia ejecutora de las decisiones del gobierno federal en materia de desagüe para el Valle de México. Estuvo integrada por representantes del gobierno federal, de la Ciudad de México, gente adinerada de la época y personal técnico y ad- ministrativo y, como se observa en las Memorias de dicha Junta (1902), ésta supervisó los trabajos realizados por los contratistas, administró los recursos para financiar las obras, en algunos períodos se encargó directamente de la ejecución de las obras y promovió juicios en defensa de los derechos del gobierno federal sobre los desagües. A las innovaciones tecnológicas del Porfiriato se sumaron tres

grupos de decisiones de gran impacto: a) las decisiones jurídicas, al re- formar el marco legal para permitir a la Ciudad de México en particular

y al Valle de México en general, disponer de las fuentes de agua nece-

sarias para su crecimiento económico y su consolidación como centro de poder político por excelencia; b) las decisiones ambientales, al optar por la alternativa radical del desagüe general del Valle de México y por el tipo de drenaje que se construyó (combinado); y, c) las decisiones

políticas, al decidir sobre el destino y el tipo de uso (generación de elec- tricidad, riego) de las aguas desechadas, la forma de aprovechamiento (concesión), así como los beneficiarios de las mismas (inversionistas privados, hacendados) (Hernández, 2011b). Todo eso se hizo en nom- bre de la modernización y el progreso del país, que implicó propiciar la consolidación del capitalismo en México. Más adelante los gobiernos post-revolucionarios también con- cibieron al capitalismo como la alternativa y oportunidad para el de- sarrollo nacional; dentro de este esquema, las aguas –incluyendo las negras- adquirieron el carácter de una nueva mercancía. De esa lógica forma parte la ampliación de la superficie de riego con aguas negras en

el Valle del Mezquital durante prácticamente todo el resto del Siglo XX.

Para esta región, la construcción de infraestructura de almacenamien- to y riego estuvo acompañada de construcciones ideológicas en torno

a la creación de un nuevo campesino. Igual que en el período previo,

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para la instrumentación y legitimación de esas decisiones centralizadas destacaron las vías legales y las construcciones ideológicas. Sobresale el Acuerdo del 4 de marzo de 1942 3 por medio del cual el Presidente Ávila Camacho concedió al Distrito Nacional de Riego del Río Tula (hoy DR 003-Tula) la dotación de las aguas negras del Gran Canal. Para ese año, la superficie de riego en ese distrito era de 28 000 has. Para 1968 la superficie de riego era de 34 500 has (SRH, 1968). Con el Plan Hidráulico del Centro (PLHICEN) para una primera etapa se ampliaron adicionalmente unas 28 000 has (creación del DR 100-Alfajayucan) y en 1985 se creó el DR 112-Ajacuba con 9000 has de riego, como parte de lo que ya estaba considerado como Ampliaciones futuras en el PLHICEN. Este plan del gobierno federal ya consideraba las ampliaciones de la superficie de riego con aguas negras incorporan- do proyecciones de volúmenes desaguados del Valle de México para el último cuarto del Siglo XX; sin embargo los políticos, principalmente en su papel de candidatos a puestos de elección popular por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) tomaron como una bandera de sus campañas la promesa de esa ampliación y así convocaron a los campe- sinos del Valle del Mezquital solicitantes de las aguas. Pese a que en las historias latinoamericana, nacional y local ha habido estructuras de poder que en apariencia se han ido modificando a lo largo del tiempo, esa “alternativa” hidráulica consistente en desaguar el Valle de México prevalece hasta la actualidad. En cuanto al abasto de aguas potables, desde mediados del Siglo XX se sumó la importación desde cuencas externas. Históricamente, el poder y la toma de decisio- nes centralizadas han cerrado el paso a otras formas de enfocar los problemas y las soluciones en la materia. Los centros de poder político y económico, con sus respectivos representantes, en distintos momentos han tomado decisiones y emprendido acciones para hacer de la Ciudad de México y su Zona Metropolitana una metrópoli anclada y funcional al capital. En materia de uso de agua esto ha implicado dos tipos de transferencias (abasto y desagüe). Las zonas abastecedoras de aguas blancas y la receptora de aguas negras son las que están pagando por este tipo de desarrollo insostenible, en sus ambientes y en la salud públi- ca de la población. De hecho, los recientes planes para el ordenamiento territorial en las cuencas en cuestión incluyen una “visión metropoli- tana” que se traduce en la continuidad de una tendencia histórica: el fomento al dinamismo económico de los polos de desarrollo. A manera

3 Secretaría de Agricultura y Fomento. 1942. Acuerdo del 4 de marzo de 1942, por el cual se determina la dotación de aguas negras del Gran Canal del Desagüe del Valle de México, que corresponde al Distrito de Riego del RíoTula, Hgo. DOF: 1 de abril de 1942. Texto completo disponible en Aboites (1997).

Cleotilde Hernández Suárez

de ejemplo léase el Plan Estatal de Desarrollo 2011-2016 del Gobierno del Estado de Hidalgo (2011). Pese a que desde el discurso del gubernamental (en sus distin- tos niveles) se afirme que se ha avanzado en la descentralización de la

gestión del agua y hacia el desarrollo sustentable, lo cierto es que no ha tenido lugar la descentralización administrativa ni la política (Sánchez, 2006; Dávila, 2006), tampoco el desarrollo sustentable. Sin embargo, algo en lo que coinciden muchos investigadores es que, un aspecto que sí se ha consolidado es el carácter del agua como bien económico, en sustitución de su carácter como un bien fuera de las dinámicas del mercado, un aspecto fundamental que subyace en la política pública en la materia. La construcción en curso de la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales de Atotonilco, en la Cuenca Río Tula, es otro proceso

a analizar pues como proyecto se perfila como una acción del tipo de

la economía ambiental, acompañada de la centralización del poder, y figurando el protagonismo de los tomadores de decisión tradicionales (gobiernos federal, del Distrito Federal y más recientemente del Estado de México y de Hidalgo; capitalistas privados; desarrolladores; entre otros). Con excepción de algunos líderes, los campesinos desconocen los contenidos de estas acciones. El marco normativo en materia de aguas –incluyendo al que rige

a los consejos de cuenca– contiene “candados”, que junto a otros instru-

mentos constituyen un “marco legal laberíntico” (término empleado por Gutiérrez, 2006:85) que encubre la continuidad y el fortalecimiento de la centralización, así como el reposicionamiento de tomadores de deci- sión tradicionales en las cuencas en cuestión. Como lo demuestra Her- nández (2011a) al analizar el marco legal actual en materia de aguas, lejos de propiciar una participación social amplia en la toma de decisio- nes, éste constituye uno de los principales instrumentos para dar conti- nuidad a la centralización histórica de las mismas, con consecuencias sociales y ambientales que no son consistentes con la sustentabilidad. Subyacen históricas estructuras de poder, aunque éstas han adquirido un aspecto actual y moderno, como el marco legal y los nuevos discur- sos ambientalistas que se difunden en el ámbito internacional. En la búsqueda de desarrollos alternativos es relevante la pregun- ta: “Quién tiene el poder social y político para simplificar la complejidad imponiendo un determinado lenguaje de valoración?” (Martínez-Alier, 2008). En el caso estudiado ya tenemos idea de quienes lo han tenido hasta ahora. La pregunta entonces tendría que transitar hacia ¿Quién debería tenerlo para revertir los procesos de destrucción de la natura- leza, incluyéndose en ésta a los seres humanos que son parte de ella y que de ella viven?.

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biodieseL de PaLMa en eL estado de cHiaPas, MÉXico:

una reVisión crÍtica aL discurso de La econoMÍa Verde

Lilia Rebeca de Diego Correa* y Gian Carlo Delgado Ramos**

introducción

De cara al ampliamente reconocido fenómeno de cambio climático de tipo antropogénico (IPCC, 2007) y en un contexto en el que las reservas de petróleo de más fácil acceso comienzan a presentar un peak (De- ffeyes, 2001 y 2005; Heinberg, 2003; www.aspousa.org), la seguridad energética se coloca hoy y ciertamente en el futuro próximo, como un asunto de la mayor importancia. La centralidad de la energía en el actual sistema de producción no puede ser subestimada, puesto que para una mayor acumulación de capital es fundamental contar con cantidades mayores de energía barata, y de tal modo que se pueda mantener una dinámica económica que supone un crecimiento económico al infinito. En tal sentido es observable un consumo exosomático de energía que se intensifica, particularmente desde mediados del siglo XX. Así, mientras el consumo energético endosomático (consumo

*Internacionalista por la UNAM con estudios de maestría en “Estudios Regionales” por el Instituto Mora (México).

**Economista por la UNAM con estudios de maestría y doctorado en “Ciencias Ambien- tales” por la Universidad Autónoma de Barcelona (España). Investigador titular de tiempo completo, definitivo, del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Hu- manidades de la UNAM. Integrante del Sistema Nacional de Investigadores del CONACYT.

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Ecología política dEl Extractivismo En américa latina

con base en instrumentos del propio organismo individual) se ubica entre 10 y 14 megajoules al día (2400-3500 kcal/día), considerando más que una dieta promedio contemporánea, la correlación con el consumo exosomático (uso de la máquina-herramienta) suele ubicarse entre 50 y 75 unidades de energía exosomática por cada unidad de energía endosomática para el caso de los países ricos. En el caso de México, un país con una población en su gran mayoría pobre, se observa sin embargo un aumento en las últimas dos décadas de 13-1 a 15-1 lo que devela que las desigualdades sociales elevan

en realidad la correlación en más del doble para la clase media y en más del triple para la clase más acaudalada. Pero, al menos un 18% de la población, está incluso por debajo del promedio nacional. En este contexto socioeconómicamente desigual, la economía verde se coloca como punta de lanza del discurso actual que aboga por un impulso a la eficiencia y al avance de las “tecnologías verdes” como “la” solución, es decir, como una revolución tecnológica que no sólo re-dinamice la economía a la usanza de las revoluciones tecnológicas previas (léase: Delgado, 2002 y 2011; Pérez, 2004), sino que además contribuiría, supuestamente, a solucionar los principales problemas y retos ante los que estamos: crisis climática, ambiental y social. No obs- tante, tal propuesta de la economía verde en materia energética no es novedosa, y más aún, sólo es viable a partir de una mirada parcial de la problemática energética, esto es, la eficiencia por la eficiencia misma. El denominado efecto rebote es por tanto clave, es decir, aquel fe- nómeno que resulta del aumento en la eficiencia energética y que tiende

a generar un incremento en la demanda total de energía del sistema

de producción, sea en el mediano o largo plazo.Vale precisar que para

referirse al fenómeno se prefiere el término de paradoja de Jevons, tal

y como sugiere Alcott (Polimeni et al, 2008: 62), pues el concepto de

“efecto rebote” pareciera aludir a un escenario pendular en el que en el caso más grave se estaría ante un efecto de aumento en la demanda de magnitud similar a la eficiencia inicialmente lograda La realidad muestra que no en pocas ocasiones la demanda sobre- pasa la eficiencia ganada, una tendencia observada ya desde 1865 por Wi- lliam Stanley Jevons en su obra La Cuestión del Carbón 1 . En tales casos,

cuando la demanda sobrepasa el 100% de la eficiencia ganada, se habla

1 La paradoja fue expuesta por Jevons para el caso del carbón en la economía Inglesa de

mediados de siglo XIX en los siguientes términos: “…se requiere poca reflexión para ver que

la totalidad de nuestro vasto sistema industrial actual, y su consecuente consumo de carbón,

ha surgido principalmente del aumento sucesivo de la economía” (en Polimeni, 2008: 8). Esto significa que el actual desarrollo económico es posible, entre otras cuestiones, gracias

a sucesivas etapas de eficiencia del proceso productivo. Jevons agrega también que, “…la

cantidad de carbón consumido es en realidad una cantidad de dos dimensiones: el número de personas y la cantidad promedio consumida por cada una de ellas.” (Ibídem, 51).

Lilia Rebeca de Diego Correa y Gian Carlo Delgado Ramos

entonces de un efecto “contrafuego” o backfire. La razón por la que la efi- ciencia desemboca en escenarios de contrafuego responde sobre todo al hecho de que la eficiencia –o ahorro logrado– en el uso de recursos energé- ticos y/o materiales “libera” recursos que pueden ser usados para un mayor incremento de la producción o para su transferencia a otras actividades o gastos (esto último se conoce como “el postulado Khazzoom-Brookes”). 2 El fenómeno se puede dar en un mismo o múltiples procesos productivos o

sectores y a escalas temporales y espaciales diversas (Polimeni et al, 2008). Así, por ejemplo, en la economía familiar un ahorro en el consu- mo cotidiano de energía y materiales (alimentos, etcétera) suele ser des- viado a otras actividades como las de ocio y placer, dígase un viaje. La disminución del consumo energético-material del hogar es en tal caso sobrepasada por el gasto energético de subirse a un avión. Otro modo de ilustrar lo anterior es el caso de la construcción de más vialidades y que tiene el supuesto objeto de aminorar el tráfico y con ello el consumo energético y de emisión de contaminantes. El resultado desde la década de 1970 ha sido que la oferta de vialidades estimula en el mediano plazo

el aumento de automotores privados en circulación, agravándose así el

problema inicial (Newman, 1991; Kenworthy y Laube, 1999; Newman, Beatley y Heather, 2009). En cualquier caso el resultado usual es un incremento general del tamaño de la producción y por tanto del consu- mo de recursos, teniendo como contraparte una mayor acumulación de capital pero también de deterioro ambiental. Cómo y qué medimos no es entonces un asunto trivial. La economía

verde, al tener como meta la eficiencia, se limita a medir la proporción de cambio o ratio del uso de un recurso en un proceso productivo o servicio:

unidades de input por unidades de output. Lo opuesto a ello sería medir la “intensidad” del uso de los recursos. En tal sentido, resulta imposible

o se oculta la dimensión del consumo total de energía y materiales de

cara a su disponibilidad en la naturaleza (incluyendo no sólo las reservas

o stock y los flujos –como la energía solar– sino también, en su caso, la

capacidad de reposición de las primeras de cara a las fronteras ecológicas

y sus eventuales implicaciones). Y es que de un número “intensivo” no se

puede deducir un número “extensivo” (Polimeni et al, 2008: 11). La ceguera de la economía convencional radica entonces en que mira el aumento de eficiencia bajo el supuesto de ceteris paribus, y en tanto tal, asume que no se modificará el portafolio de comportamiento de los actores económicos ante mejoras de la eficiencia (Ibídem 88).

2 El postulado precisa que un aumento en la eficiencia energética en el nivel microeco- nómico, puede generar un efecto contrafuego acompañado de un aumento en el uso de energía a nivel macroeconómico. Esto es que la eficiencia en un sector puede provocar que otro sector haga uso de la energía o insumos liberados pero provocando una tendencia en el consumo por arriba de dicho ahorro. Ver Brookes (1979); Khazzoom (1980).

Ecología política dEl Extractivismo En américa latina

Por lo antes dicho, no sorprende que mientras la eficiencia de los automóviles ha aumentado, la ganancia se ha parcialmente perdido en el aumento de potencia y la inclusión de más aditamentos como aire acondicionado y electrónicos. Aún más, mientras el peso de los auto- móviles ha decrecido, el tamaño de los mismos no necesariamente se ha reducido; caso de las SUVs. Relacionado a lo anterior, mientras el ahorro se hace por la vía de una disminución del peso de los vehículos, los materiales empleados como el aluminio, los plásticos y polímeros, demandan sin embargo más energía para su producción. Y lo que es más, la eficiencia tecnológica en el sector no se reflejó en un consumo menor de energía por parte del mismo, sino todo lo contrario (en Mé- xico el aumento fue de 3.5 veces de 1999 a 2007). El crecimiento del parque vehicular ha ido en aumento, sólo de 1990 al 2007 en una tasa del 56%. Así, en los últimos 50 años, mientras la velocidad de los vehí- culos se ha cuadruplicado, la movilidad promedio en las ciudades se ha reducido, en algunas ciudades, a menos de la mitad en ese mismo periodo de tiempo (Moavenzadeh y Markow, 2007). 3 Visto desde la perspectiva del clima el fenómeno descrito ha juga- do un papel de peso pues la quema de combustibles por parte del sector transporte representa, según datos de 2005, el 23% de las emisiones globales de CO 2 asociadas al uso de energía 4 , mientras que las emisiones atribuidas a los edificios anotan 33% y las del sector industrial 36% (AIE, 2009; Allwood et al, 2010).

eL estÍMuLo a Los biocoMbustibLes: una breVe conteXtuaLización.

Ante el impacto que genera el sector transporte en materia del cam- bio climático, pero también en la calidad del aire, entre otras impli- caciones de carácter socioambiental y de seguridad energética, se ha propuesto como alternativa, no sólo el uso de tecnologías para aumentar la eficiencia energética, sino también el desarrollo de nue- vos combustibles, en principio más sustentables o “verdes”; dígase bioetanol y biodiesel. Se trata de una apuesta de orden mayor, sobre todo si se considera que el sector transporte fue responsable en 2009 del uso de 96 exajoules en combustibles fósiles. Reto al que se suma, de mantenerse la actual tendencia, el aumento del parque vehicular en tanto que al día de hoy se estiman unos 1200 millones de unidades

3 El promedio deseable es de 25 a 30 km/hr. El promedio actual de los países de la OCDE es de 18km/hr pero en algunos países pobres con grande asentamientos urbanos, el pro- medio se ubica entre 4 y 8 km/hr (Ibídem).

4 Tres cuartas partes de ésas corresponden al transporte vial, mientras que el resto co- rresponde al transporte marítimo y aéreo (AIE, 2009).

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pero para el 2050 se cree que habrá más de 2600 millones de unida- des (UN-HABITAT, 2011:42).

Lo antes descrito sin duda complejiza el panorama de acción para reducir las emisiones netas de GEI puesto que, aún considerando aumentos en la eficiencia energética de los vehículos, la tendencia de la generación de emisiones aso- ciadas al sector transporte apunta a ser creciente: en un 50% más para el 2030 y en un 80% más para el 2050 en el mejor de los casos, pues podría inclusive llegarse a un incremento de 130% para el 2050 (AIE, 2009: 29, 43). Pero, dado que se asume que los biocombustibles emiten menos GEI, éstos se colocan como una solución. Esta noción, sin embargo, ha sido ampliamente cuestionada no sólo en cuanto a la cantidad de energía que se requiere para producir el vector energético, sea etanol o biodiesel, sino también en tanto a las emisiones que se asocian al ciclo de vida de los biocombus- tibles (producción, distribución y quema). Se añaden otros señalamientos como el que refiere a la delicada competen- cia por la tierra y el agua para la producción de alimentos versus de biocombustibles; el estímulo de cambio de uso de suelo a costa de los ecosistemas y con ello la pérdida de su capacidad de captura de carbono; entre otras implicaciones negativas de tipo económico, ambiental y sociocultural y que más adelante se detallan en torno a la experiencia de producción de biodisel de palma en Chiapas, México. Con todo, el impulso a los biocombustibles es patente por ejem- plo en el marco de la “Iniciativa de Energía Sustentable para Todos” (SEFA) de Río+20. 5

Pese a todo, su impacto es ciertamente limitado si se mira desde la perspectiva de su aporte actual y potencial a la matriz energética global. Se ha estimado que el potencial máximo de los biocombustibles podría situarse entre el 20 y 30% del total de combustibles líquidos utilizados

5 La iniciativa aboga por tres ejes de acción: 1) expandir el acceso a la energía; 2) dupli- car la eficiencia energética (lo que supondría una reducción del consumo energético en el orden del 14% para el 2030); 3) duplicar la capacidad de generación de energía reno- vable (esto es, para que conforme el 30% de la matriz energética mundial). Como es de notarse, las tres iniciativas tienen como rasgo la promoción del crecimiento económico y la posibilidad de hacer nuevos negocios, sobre todo con potenciales compradores de tecnología; es decir aquellos países dependientes de ésta. La iniciativa es apoyada por actores como e Banco Mundial, el Banco de Desarrollo Africano, el BID, Bloomberg New Energy Finance, Statoil, Eskom, Siemens, Masdar, y Riverstone Holdings. Véase: www. sustainableenergyforall.org

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por el sector transporte (Sanhueza, 2009), no obstante, al 2010 sólo re- presentaron el 2.7% del total (Ren 21, 2011: 31), ello con fuerte variacio- nes de país a país. Así, en EUA el peso que tuvieron los biocombustibles en 2010 fue del 4% y en la Unión Europea el 3%. Contrastantemente, en Brasil el etanol (base caña) contribuyó con el 41.5% del combustible demandado por el parque vehicular ligero de ese país (Ibídem). La producción total de etanol en 2010 fue de 86 mil millones de litros, 17% más que en 2009 y cinco veces más con respecto al año 2000. EUA fue el mayor productor mundial de biocombustibles, seguido por Brasil y la Unión Europea. La producción de etanol fue acaparada por EUA (57%) y Brasil (31%), ahondándose cada vez más la brecha entre esos dos países e invirtiéndose claramente la relación existente hasta hace unos años cuando Brasil era el mayor productor de etanol del mundo. Véase Fi- gura 5. Debe advertirse que pese a ello, Brasil siguió incrementando su producción (en 7% con respecto al año 2009). La producción demandó cuando menos el uso de 3% de la producción mundial de granos, ge- nerando 32.5 millones de toneladas de alimento para el ganado como co-producto (lo que no siempre es positivo pues cuando el co-producto sobrepasa la capacidad de consumo local-regional, las distancias para su uso efectivo aumentan, demandándose así más energía en su trans- portación, lo que cuando no es viable entonces el co-producto se vuelve desecho que habrá que arrojar al ambiente Por su lado, la producción de biodiesel aunque se ha incremen- tado casi 24 veces desde el año 2000, en los últimos años se ha estan- cado, totalizando 19 mil millones de litros para el año 2010. El grado de concentración en la producción, como en el caso del etanol, también es observable. Los primeros 10 productores mundiales de biodiesel se adjudicaron el 75% de la producción en 2010, siendo la Unión Europea líder con el 53% de la producción total, mientras que Asia (Indonesia y Tailandia, sobre todo) se hizo del 12% (Ren21, 2011: 32). En particular destacan Alemania que produjo 2.9 mil millones de litros (mmdl), Bra- sil con 2.3 mmdl, y Argentina con 2.1 mmdl (Ibídem). El impulso en el uso de biocombustibles deriva de la implemen- tación de diversas iniciativas y regulaciones a nivel mundial, el grueso atendiendo las demandas finales de automovilistas estadounidenses y europeos (véase flujos del comercio internacional de biocombustibles en Figura 1).

Lilia Rebeca de Diego Correa y Gian Carlo Delgado Ramos

Figura 1. Comercio internacional de biocombustibles – 2009.

1. Comercio internacional de biocombustibles – 2009. Fuente: IPCC, 2012: 152. La UE, por ejemplo, estableció

Fuente: IPCC, 2012: 152.

La UE, por ejemplo, estableció que un 10% del combustible utilizado por su sector transporte en 2020 sería biocombustible. De modo similar lo hizo Sudáfrica, fijando su meta en 2%. EUA por su parte, ha estable- cido que 136 mmdl de biocombustibles serán producidos para el 2022, y China ha fijado 13 mmdl de etanol y 2.3 mmdl de biodiesel por año hasta el 2020 (Ren21, 2011: 60). Los porcentajes de mezcla de etanol- gasolina varía de país a país pues mientras en Finlandia de E6 (6%), en Etiopía es E10. Lo mismo sucede en el caso del biodiesel donde las mezclas van de B3 y B5 en Tailandia a B6 en España y donde se espera en 2012 se llegue a B7. Según Ren21, al cierre de 2010 se tenían identificadas 31 ini- ciativas nacionales y 29 estatales o provinciales alrededor del mun- do, así como 19 lineamientos nacionales de exención fiscal (Ren 21, 2011: 61). Destaca en este sentido el caso de EUA en tanto que se destinan fuertes subsidios: 13 centavos de dólar/litro para la mezcla de etanol, 28 centavos de dólar/litro para el biodiesel, y 30% del costo para el emplazamiento de nuevas instalaciones de gran capacidad. 6

6 Ese país aprobó las siguientes medidas relacionadas a la producción e biocombusti- bles: Ley de Independencia y Seguridad Energética (2007), Ley de Mejoramiento y de Extensión Energética (2008) y la Ley de Energía Limpia y de Seguridad de EUA (2009).

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Con tal apoyo EUA llegó a 204 plantas en funcionamiento con una capacidad total de 51 mil millones de litros. El sector es cada vez más monopolizado por grandes corporaciones a costa de la reducción de la participación de las cooperativas que en 2006 se atribuían 45% de la producción de etanol. Hoy día, ADM y POET controlan 34% de ésa producción, pero se suman Valero Energy, Flint Hills, Sunoco, Murphy Oil, entre otras empresas (Jonasse en Jonasse, 2009: 5). En la fase de producción de insumos, Bunge, Cargill y Monsanto se adjudican el grueso de ganancias. El apoyo a la agroindustria por medio de la producción de biocombustibles es una cuestión alta- mente politizada pues se considera un prerrequisito para ganar la primarias de ese país, además de que en los estados cerealeros, cuya población es baja, la agroindustria tiene un gran poder e influencia sobre los congresistas teniendo así una vía de sobre-representación política (léase: Spearling y Gordon, 2009: 97). No sorprende enton- ces que el apoyo del gobierno estadounidense se extienda incluso al entramado del complejo militar industrial. Es así que la Fuerza Aé- rea ha certificado su flota para volar con biocombustibles, al tiempo que la Marina ha ordenado que todos sus aviones y barcos utilicen una mezcla de 50-50 (biocombustible/gasolina) para el 2020 (Ren21, 2011: 61). La UE tampoco se queda atrás. Subsidia la agricultura para la producción de insumos hasta en 50 centavos de euro el Gj (aproximadamente 3 centavos de dólar el litro). Para la producción de biocombustibles se otorgan incentivos de hasta 10 euros el GJ o 60 centavos por litro producido, mientras que para la distribución se otorgan entre 17 y 10 euros por Gj o entre 60 centavos y un dólar por litro distribuido (Cushion, Whiteman y Dieterle, 2010: 37). En resumen, se estima que los subsidios totales al etanol por litro de combustible fósil reemplazado ronda entre 1 y 1.40 dólares en EUA y 1.64 y 4.98 dólares en la Unión Europea. En el caso del biodiesel el rango va de 66 a 90 centavos de dólares en EUA y de 77 centavos y 1.53 dólares en la Unión Europea (Ibídem: 38). A las medidas señaladas se suman las acciones y cabildeo de la Global Bioenergy Partnership 7 , así como los paquetes de préstamos del BM (Rothkopf, 2006; Cushion, Whiteman y Dieterle, 2010) y bancos regionales similares en América Latina (BID -Kojima y Johnson, 2005), Asia (ADB) y África (AFDB). Luis Alberto Moreno, presidente del BID y ex ministro de desa-

7 Integrada por el G8 + Brasil, China, India, México y Sudáfrica; la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, la Agencia Internacional de Energía, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, el Consejo Mundial de Energías Renovables, la Asociación de la Industria Europea de Biomasa, entre otros organismos de Naciones Unidas y observadores.

Lilia Rebeca de Diego Correa y Gian Carlo Delgado Ramos

rrollo económico de Colombia (impulsor de la firma del TLC de ese país con EUA y de encausar diversos programas de asistencia militar

y económica de EUA), asegura que “…los biocombustibles pueden

atraer inversión, desarrollo y trabajo a zonas rurales con altos nive-

les de pobreza, reduciendo a la vez la dependencia de combustibles fósiles importados” (BID, 2007). Desde tal visión, que la realidad no ha corroborado a lo largo de diversas experiencias de “reconversión productiva”, el BID ha abierto una línea de crédito superior a los 3 mil mdd, el grueso canalizado a través de su Fondo de Energía Sos- tenible y Cambio Climático (SECCI). Sólo 2 mil mdd se gastarían en diversos proyectos para ayudar a triplicar la producción anual de etanol de Brasil en 2020, panorama en el que se triangulan fondos de capital privado de Carlyle-Riverstone, Goldman Sachs, SiMaio Capital y Captial and Global Foods. 8 No sobra precisar que Moreno fue de los actores, junto con Jeb Bush y el entonces ministro brasi- leño de agricultura Roberto Rodrigues, que fundaron la American Ethanol Commission (Delgado, 2009: 79). En este contexto, no es menor tampoco la participación de diversas agencias de cooperación. Por ejemplo, en México la Secre- taría de Energía, con apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Agencia de Cooperación Técnica Alemana (GTZ), reali- zaron el estudio “Potenciales y Viabilidad del Uso de Bioetanol y Biodiesel para el Transporte en México” (SENER/GTZ/BID, 2006). De manera similar, la misma agencia de cooperación, de la mano del AFDB, financió y colaboró en las discusiones para una guía del “De- sarrollo de Biomasa y Bioenergía en África” en abril de 2011. 9 Hoy día mientras buena parte del aceite de palma producido en Chiapas se exporta a Europa (véase más adelante), en Sierra Leona produce caña de azúcar en 10 mil hectáreas irrigadas para exportar unos 90

mil m 3 /año de etanol a la Unión Europea y 15Mw de energía eléctrica para el mercado interno (AFDB, sin fecha). Casos similares se han impulsado para Mali (15 mil hectáreas de azúcar), Kenya, Sudan

y Mozambique. Y si bien la caña es el centro de atención, el AFDB

considera incluir el sorgo dulce y la casava. El escenario en Asia es muy parecido, sobre todo en lo que res- pecta a una producción de aceite de palma en el sudeste que sirve esencialmente al mercado internacional. Tan sólo Malasia e Indonesia abastecen en conjunto el 80% de la demanda mundial, estando en una lejana tercera posición a nivel regional, Papua Nueva Guinea. El esque-

8 http://idbdocs.iadb.org/wsdocs/getdocument.aspx?docnum=1543505

9 www.afdb.org/en/news-and-events/article/afdb-to-incorporate-biomass-and-bio-ener-

gy-into-new-energy-strategy-7938/

Ecología política dEl Extractivismo En américa latina

ma ahí desarrollado puede describirse como de comercio escatológi- camente desigual en tanto que el grueso de afectaciones ambientales y sociales son asumidas por los países productores, mientras que los beneficios y las posibilidades de generar el mayor valor agregado son acaparadas por los compradores (para mayores referencias, léase: Col- chester y Chao, ed, 2011).

La PaLMa aceitera en MÉXico

Si bien la palma de aceite tiene actualmente un gran auge en el país, en particular en Chiapas, no constituye una novedad pues su cultivo se remonta al año de 1952 cuando se importaron 30 mil se- millas de Honduras y fueron enviadas a la Costa de dicha entidad federativa. Con ello, la familia Bernstorff estableció la primera plantación comercial de palma de aceite con una superficie de 200 hectáreas, en la finca “La Lima” ubicada en el municipio de Villa Comaltitlán, Chiapas. Posteriormente introdujeron semi- llas provenientes de Costa de Marfil, África, con lo que incremen- tó su plantación a 700 hectáreas (Castro, 2009; Velasco, 2010: 92).

En 1975, la Comisión Nacional de Fruticultura inició el fomen- to del cultivo y para ello, desde ese año y hasta 1982, se impor- taron 1 078 000 semillas de Indonesia, Costa de Marfil y Costa Rica, así como equipo para extracción de aceite con capacidad de dos toneladas de racimos por hora. Con estas acciones se logró el establecimiento definitivo de 287 hectáreas en el mu- nicipio de Acapetahua (Castro, 2009; Velasco, 2010: 92).

Para principios de la década de 1990 la superficie sembrada con palma alcanzó las 2,800 hectáreas y en 1996 existían un total de 36,874 hectáreas (Castro, 2009). De ellas el estado de Chiapas contaba con el 44.2%, seguido de Tabasco con el 20.2%, Veracruz con 19.4% y finalmente el estado de Campe- che con el 16.2% (Plan Rector, 2004).

El interés por aumentar la producción de aceite de palma en México en 1996, durante el gobierno de Ernesto Zedillo (1994- 2000) se debió a que la demanda nacional de aceite de palma ascendió a 130 mil toneladas métricas y existía un déficit na- cional del 97%. De recordarse que el aceite de palma tiene diversos usos en los alimentos procesados (Castro, 2009).

El gobierno federal propuso entonces la expansión de los cultivos en un total de 2.5 millones de hectáreas. De haber alcanzado tal objetivo, México se habría posicionado en ter-

Lilia Rebeca de Diego Correa y Gian Carlo Delgado Ramos

cer productor mundial (Velasco, 2010: 91). Sin embargo, en 2001 el cultivo de la oleaginosa, en los cuatro estados arriba señalados, experimentó una crisis a causa de la caída de los precios del aceite de palma así como resultado de una serie de desastres naturales como inundaciones, plagas e incendios que afectaron severamente la producción.

A raíz de tal crisis, se decidió impulsar una estrategia más agre-

siva para ampliar la superficie de plantaciones de palma aceitera

como un monocultivo estratégico para el país. Con este objetivo en mente, la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (SAGARPA) lanzó en 2004 el Sis- tema Producto 10 Nacional de Palma de Aceite. Éste cubre tres regiones del trópico-húmedo mexicano que cumplen con las condiciones agroecológicas para la producción de palma: 1) En

la Zona Pacífico, Chiapas con dos regiones, Costa-Soconusco y

Selva; 2) En la zona del Golfo de México, el estado de Veracruz –Texistepec, región de Jesús Carranza, las Choapas y Uxpanapan- y Tabasco –Balancanán, Tenosique y Jalapa; 3) En la Península de Yucatán, Campeche –Sabancuy-Escárcega, Aguacatal y Palizada (Plan Rector, 2004: 3).

México produce sólo el 0.1% del aceite de palma, ocupando el lugar 29 de los 42 países productores de palma de aceite del

mundo y el lugar 10 en América entre los 13 países productores (Castro, 2009: 221). Más aún, de acuerdo con la Asociación Na- cional de Industriales de Aceites y Mantecas Comestibles A.C. (ANIAME, 2006: 2), México ha incrementado su dependencia respecto al mercado internacional de productos oleaginosos. Sus importaciones de aceite de palma representan el 1% del total mundial y las semillas que se siembran en Chiapas, Cam- peche y Veracruz son importadas en su totalidad de Costa Rica

y Colombia (Plan Rector, 2004: 16, 29).

A pesar de lo anterior, la superficie cultivada con palma aceitera se ha extendido en los últimos años para los cuatro estados en cuestión. De acuerdo con el Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP), para 2009 se registraron 36 189.09 hectáreas sembradas con palma de aceite a nivel nacional, cifra que al cierre del 2010 aumentó a

10 El Sistema Producto es definido por la Ley de Desarrollo Rural Sustentable como “el conjunto de elementos y agentes concurrentes de los procesos productivos de productos agropecuarios, incluidos el abastecimiento de equipo técnico, insumos y servicios de producción primaria, acopio, transformación, distribución y comercialización (Art. 3, fracc. XXXI).

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49 581.89 hectáreas, contexto en el que Chiapas seguía siendo la princi- pal zona productora. Véase Figura 2.

Figura 2

la princi- pal zona productora. Véase Figura 2. Figura 2 La reconVersión ProductiVa Y La Producción

La reconVersión ProductiVa Y La Producción de bioenergÉticos en cHiaPas

El gobierno del estado de Chiapas, encabezado por Juan Sabines Guerrero (2006-2012), puso en marcha el programa de reconversión productiva con el supuesto objetivo de impulsar “el desarrollo regional y de mejorar el bienestar y la calidad de vida de los campesinos de la entidad”. En otras palabras, implica la modificación del patrón de producción tradicional a favor del establecimiento de cultivos alternativos con mayor viabilidad agronómica, rentabilidad económica y “viabilidad social” (Lara, s/f: 3). 11 De acuerdo con el IV Informe de Gobierno de la administración de Sabines Guerrero, con este programa se consolidó en 2010 una su-

11 Este proceso implica: a) cambiar un cultivo anual establecido por otro del mismo ciclo; b) cambiar cultivos anuales por perennes, como sucede cuando se cambia un cereal para establecer un frutal determinado; c) cambiar cultivos anuales de temporal por pastizales o bien por plantaciones forestales; d) cambiar de sector productivo, por ejemplo de una actividad agrícola a pecuaria, de una pecuaria a forestal; y e) el cambio a partir de una integración de las actividades agropecuarias y forestales, cuando se ven involucrados en actividades empresariales, como las de tipo agroindustrial y comercial. (Lara, s/f: 3)

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perficie de 82 281 hectáreas reconvertidas, de las cuales 32 935 corres- ponden al cultivo de la palma africana, 28 000 de frutales diversos, 10 765 de hule, 10 000 de piñón jatropha, y 81 de hortalizas. Por su parte, el titular del Instituto para la Reconversión Pro- ductiva y Bioenergéticos (IRBIO) afirmó que el programa de Re- conversión Productiva cerrará el 2011 con 200 mil hectáreas de las cuales ya están plantadas 92 mil hectáreas. 12 Más aún, tan sólo para el caso del cultivo de la palma de aceite existen 400 mil hectáreas potenciales para establecer plantaciones de la oleaginosa de las cuales la administración actual busca desarrollar entre 100 y 108 mil hectáreas. 13 Véase Figura 3.

Figura 3

100 y 108 mil hectáreas. 1 3 Véase Figura 3. Figura 3 Fuente: elaboración propia con

Fuente: elaboración propia con base en Sistema Producto Palma de Aceite, 2004, SIAP, 2011.

El Plan Chiapas Bioenergético consiste básicamente en el establecimien- to de plantaciones productoras de insumos bioenergéticos, actualmente jatropha curcas y palma africana. 14 El plan es cobijado por el Programa Mesoamericano de Biocombustibles del Proyecto de Integración y Desa-

12 Ibídem.

13 http://www.irpat.chiapas.gob.mx/index.php/noticias-esta/154-chiapas-lider-produc-

tor-en-palma-de-aceite

14 “Plan Chiapas Bioenergético”, Biodiesel Chiapas, http://www.biodieselchiapas.mx/Bio-

diesel_Chiapas/Biodiesel_Chiapas_-_Plan_Chiapas_Bioenergetico.html, [20 de octubre de 2011].

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rrollo de Mesoamérica mejor conocido como Proyecto Mesoamérica 15 ; antes Plan Puebla Panamá, mismo que se autodefine como “…una al- ternativa para implementar esquemas de producción energética descen- tralizada que apoye la reactivación de las economías locales mejorando las condiciones de vida de los habitantes de la región.” 16 Desde dicho esquema, el gobierno del estado de Chiapas ha empla- zado y puesto en marcha diversas instalaciones productoras de biodiesel ubicadas en Tuxtla Gutiérrez y en Puerto Chiapas, municipio de Tapachu- la. La primera está hecha con tecnología sueca y tiene una capacidad de 2 mil litros diarios de biodiesel de aceites vegetales usados que son, a su vez, recolectados en los restaurantes de la capital chiapaneca mediante el Proyecto de Recolección y Aprovechamiento de Aceites Vegetales Usados. En la misma ciudad se instaló una segunda planta de extracción de aceite de jatropha con capacidad de 10 toneladas por día (Secretaría del Campo, s/f). Una tercera y cuarta planta se ubican en el Centro de Investigación y Tecnología en Producción de Biodiesel parte de las instalaciones de Bio- diesel Chiapas. Una es una planta piloto de producción de biodiesel con tecnología mexicana y que tiene la capacidad de producir 8 mil litros de biodiesel al día a partir de aceite de palma. Otra más es de tecnología bri- tánica con una capacidad de 20 mil litros de biodiesel diarios a partir de este mismo insumo (Secretaría del Campo, s/f). Para cubrir la demanda de aceite crudo de jatropha y palma afri- cana, en el marco del programa de reconversión productiva, el gobierno del estado de Chiapas ha sembrado 10 mil hectáreas con piñón, que ya están consolidadas, 17 así como alrededor de 49 mil hectáreas de palma de aceite, según fuentes gubernamentales. Al menos para el caso del cultivo de bioenergéticos, se contempla el uso de tierras ociosas, cuyo significado es aclarado por el Programa de Producción Sustentable de Insumos para Bioenergéticos y de Desa-

15 Integrado por Belice, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nica-

ragua, Panamá y Colombia.

16 El Programa comprende la instalación de plantas piloto de biocombustibles en dos

etapas: 1) La construcción de tres plantas de biocombustibles con un monto de 3 millones de dólares por planta y financiadas por el gobierno de Colombia en Honduras, El Salva- dor (concluidas en 2008) y Guatemala. La construcción de las tres plantas se adjudicó, a través de la Corporación Colombiana de Investigación Agropecuaria (CORPOICA), a una unión temporal conformada por las empresas Biosgeos e Ingeomega de Medellín, Colombia. 2) Comprende la instalación de tres plantas adicionales en México, Panamá y República Dominicana, así como la conformación de la Red Mesoamericana de Investi- gación y Desarrollo en Biocombustibles (Proyecto Mesoamérica, “Biocombustibles”, 26 de agosto de 2009, http://portal2.sre.gob.mx/mesoamerica/index.php?option=com_cont ent&task=view&id=44&Itemid=40, [4 de octubre de 2011])

17 http://diariolavozdelsureste.com/lavoz/index.php?news=19058

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rrollo Científico y Tecnológico 2009-2012 (Proinbios) de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (SA- GARPA) al señalar que “cada región del país podrá producir bioener- géticos según su vocación agrícola y medioambiental; las tierras no

rentables con cultivos tradicionales y ociosas se reconvertirán a cultivos en los que se puedan establecer proyectos de bioenergía.” (SAGARPA, 2009: 17). Con esta declaración se confirma el esquema de una agricul- tura de corte extractivista que busca cubrir la demanda de los mercados

o bien la necesidad de combustibles, antes que la alimentación de las

poblaciones locales. En este sentido, éstas últimas verían seriamen- te afectada su seguridad alimentaria, especialmente con cultivos que, como es el caso de la palma africana, no permiten el desarrollo de otras especies en una misma parcela.

a continuación se Presentan Las PrinciPaLes zonas Productoras de PaLMa de aceite en eL estado de cHiaPas:

soconusco, costa Y Las regiones Pertenecientes a La antes LL aMada región seLVa. La pLanicie costera deL pacífico

El Soconusco y la región Istmo-Costa 18 de Chiapas tienen un elemento común fundamental que es el medio geográfico y físico que se caracte- riza por la confluencia de la Sierra Madre de Chiapas y el Océano Pací- fico. Ambas regiones administrativas constituyen “un continuo natural” de entre 260 y 280 kilómetros de largo que va del nivel del mar a los 2 000 metros de altura, teniendo una planicie costera con una amplitud de entre 19 y 47 kilómetros (Fletes, 2008:64). Es justo en esta zona de

tierras bajas donde se localiza gran parte de las actividades agrícolas de esta región tales como la ganadería así como la producción de diversos cultivos tropicales -especial pero no únicamente el mango- destinados

a los mercados externos. Esta zona es también la principal productora de palma de acei- te en Chiapas pues cubre, según datos del 2010, un total de 19 447.98 hectáreas cultivadas (14 384.72 hectáreas en 2009), lo que corresponde al 58.05% de las tierras cultivadas con esta oleaginosa en la entidad y

18 El Soconusco ocupa un espacio de 4 100.4 km² lo que representa el 5.10% del territo- rio de la entidad y, según el Censo de Población y Vivienda 2010, tiene una población de 710 716 habitantes lo que corresponde, aproximadamente, al 14.8% de la población de la entidad. La región se compone de 15 municipios: Acoyagua, Acapetahua, Cacahoatán, Escuintla, Frontera Hidalgo, Huehetán, Huixtla, Mazatán, Metapa, Suchiate, Tapachula, Tuxtla Chico, Tuzantán, Unión Juárez y Villa Comaltitlán. Por su parte, la región Istmo- Costa tiene una extensión de 5 728.6 km² lo que equivale al 7.6 % del territorio estatal. Tiene una población de 218 628 habitantes lo que representa el 4.5% del total estatal. Se compone de cuatro municipios que son Arriaga, Tonalá, Pijijiapan y Mapastepec.

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al 39.22% en el país. 19 Los mayores productores son los municipios de Acapetahua, Mapastepec y Villa Comaltitlán. En total, los tres suman una superficie cultivada de 17 164.48 hectáreas (12 562.22 hectáreas en 2009) lo que corresponde al 88.25% de todos los municipios que inte- gran ambas regiones administrativas. Ello evidencia una altísima con- centración en la producción que se debe, en gran medida, a la presencia de las extractoras de aceite de capital privado con mayor capacidad (40 toneladas por hora) y que son: Agroindustrias de Mapastepec S.A de C.V (Agroimsa) y Promotora de Palma del Soconusco S.A de C.V (ProPalma) ubicadas en Mapastepec y Acapetahua, respectivamente. El incremento de la superficie sembrada con palma de aceite en esta región es evidente. En 2007 Acapetahua ya registraba una super- ficie importante con 4 344.50 hectáreas que aumentaron poco en rela- ción a 2008 (4 651.50 hectáreas), en 2009 ya eran 5 642.46 hectáreas y, finalmente en 2010 se alcanzaron las 7 516.46 hectáreas. En el caso de Mapastepec en 2007 registraba 2 941 hectáreas, en 2008 hubo un ligero incremento y presentó 3 153, en 2009 alcanzó las 4 081.26 hectáreas para culminar en 2010 con 6 809 hectáreas. Villa Comaltitlán es un caso peculiar pues, de acuerdo con datos del SIAP, ha mantenido cons- tante el mismo número de hectáreas (2 838.50) de 2007 a 2009, presen- tando un incremento prácticamente imperceptible en 2010, con 2 839 hectáreas cultivadas. 20 Los grandes saltos en el número de hectáreas en los municipios de Acapetahua y Mapastepec coincidieron con la puesta en marcha del programa de reconversión productiva en la entidad. En la figura 4 que se muestra a continuación, se aprecia la dis- tribución de la superficie sembrada entre los diferentes municipios que componen la planicie costera. Puede comprobarse espacialmente como claramente Mapastepec, Acapetahua y Villa Comaltitlán aglutinan el 88.25% de la producción de palma de aceite de la planicie costera del Pacífico. Dada la gran concentración que se aprecia en tan sólo tres municipios de 19, se establecieron cuatro rangos que incluyen, por un lado, aquellos municipios con menos de 500 hectáreas para luego con- centrar en el último rango a los grandes productores y así evidenciar esta característica de la producción de la palma de aceite que se observa también a nivel estatal.

19 Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, “Cierre de la producción agrícola

por estado”, http://www.siap.gob.mx/, [10 de agosto de 2011]

20 Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, “Cierre de la producción agrí-

cola por estado”, http://www.siap.gob.mx/, [10 de agosto de 2011] Entrevista con Amilcar Fernández Archila, coordinador del Programa de Palma Africana en el Soconusco, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 9 de marzo de 2011.

Lilia Rebeca de Diego Correa y Gian Carlo Delgado Ramos

Figura 4

Rebeca de Diego Correa y Gian Carlo Delgado Ramos Figura 4 La seLVa La región Selva,

La seLVa

La región Selva, en un tiempo territorio soberano de los indios La- cam-Tun y otros pueblos selváticos, constituye la quinta parte del estado de Chiapas. Se encuentra el este de la entidad y actualmente se compone de tres regiones administrativas distintas: Maya, Tulijá Tseltal Chol y Selva Lacandona. Están formadas respectivamente por los municipios de Palenque, La Libertad y Catazajá; Chilón, Sabani- lla, Salto de Agua, Sitalá, Tila, Tumbalá, Yajalón; y Ocosingo, Mar- qués de Comillas, Benemérito de las Américas, Maravilla Tenejapa y Altamirano. Es la segunda región productora de palma de aceite. Cubre un total de 14 052.5 hectáreas cultivadas (8 002.05 hectáreas en 2009), lo que corresponde al 41.94% de las tierras cultivadas con esta olea- ginosa en la entidad y al 28.34% en el país. 21 Los mayores produc- tores son los municipios de Benemérito de las Américas, Palenque, Marqués de Comillas y Salto de Agua. En total, los cuatro suman

21 Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, “Cierre de la producción agrícola por estado”, http://www.siap.gob.mx/, [10 de agosto de 2011]

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una superficie cultivada de 12 978.25 hectáreas (7 038 hectáreas en 2009) lo que corresponde al 92.35% de todos los municipios de la región. Ello, nuevamente, refleja una altísima concentración en la producción. En este caso existen dos plantas extractoras de aceite, una de ellas es Agroindustrias de Palenque S.A de C.V (Agroipsa) y Palmatica, de capital costarricense. Adicionalmente, se ha anuncia- do el establecimiento de una tercera planta, propiedad de ProPalma, en el municipio de Marqués de Comillas. Al igual que en el caso de la planicie costera del Pacífico, la pro- ducción se encuentra concentrada solo en cuatro municipios mientras que el resto alberga entre las 170 y 600 hectáreas. Benemérito de las Américas es el municipio que presenta la mayor superficie sembrada de la región. Las plántulas fueron sembradas en 2009 en una superficie de 1 200 hectáreas y en tan sólo un año se incrementaron hasta llegar a las 5505 que tiene actualmente, según los datos del SIAP. Por su parte, en el vecino municipio de Marqués de Comillas las hectáreas sembradas au- mentaron de 240 en 2007 a 1384 en 2010. El incremento tan acelerado, sobre todo en el caso del primer municipio mencionado, de la superficie sembrada con palma puede haberse debido, a la instalación de la nueva extractora de aceite.

Figura 5

de la superficie sembrada con palma puede haberse debido, a la instalación de la nueva extractora

Lilia Rebeca de Diego Correa y Gian Carlo Delgado Ramos

En el caso de Palenque, al igual que el de Villa Comaltitlán en la pla- nicie costera del Pacífico, el número de hectáreas sembradas se ha mantenido más o menos constante. Dio un salto importante cuando pasó de 2 564 hectáreas en 2007 a 4 364 hectáreas en 2008 pero a partir de entonces el crecimiento ha sido casi nulo, con lo que en 2010 alcanzó, según el SIAP, 4 887.75 hectáreas. Finalmente, Salto de Agua fue incrementando gradualmente sus hectáreas sembradas al pasar de 893.50 hectáreas en 2007 a 1 054 en 2009 para terminar, en 2010, con 1 201.50 hectáreas. 22

iMPLicaciones aMbientaLes LocaLes de La eXPansión deL MonocuLtiVo de PaLMa

De acuerdo con datos de Conservación Internacional (CI), la Selva Lacandona, remanente más extenso de la selva tropical húmeda de México y una de las más importantes extensiones de bosque húme- do en América del Norte, representa sólo el 0.25 % del territorio nacional y alberga más del 20% de la diversidad biológica del país (CI, 2002:6). La región se encuentra en el corazón de la cuenca del río Usuma- cinta y casi todos los ríos y arroyos que atraviesan esta zona pertenecen a este gran sistema fluvial. Esta cuenca, con una superficie total de 731 954 km 2 es la más importante de América del Norte (incluyendo Centro- américa) por el volumen de captación de agua y por su diversidad bio- lógica. A México le corresponde el 42% y a Guatemala el 58% del total de la superficie total de la Cuenca. De la correspondiente al territorio mexicano (307 827 km 2 ) el 71% se encuentra en Chiapas y el resto en los estados de Tabasco (23%) y Campeche (6%). La región hidrológica en donde se ubica la Selva Lacandona es una de las más extensas del país en proporción a su superficie total (1 550 200 ha). Incluye cuencas hi- drográficas cuyos aportes pertenecen básicamente al sistema Grijalva- Usumacinta. (CI, 2002: 9-10)

22 Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, “Cierre de la producción agrícola por estado”, http://www.siap.gob.mx/, [20 de octubre de 2011]

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Tabla 1 Áreas Naturales Protegidas de la Selva Lacandona

Áreas Naturales Protegidas

Superficie

Porcentaje de las ANP del país

(hectáreas)

Monumento Natural Bonampak

4, 357

0.03

Monumento Natural Palenque

 

1 772

0.01

Monumento Natural Yaxchilán

 

2 621

0.02

Área de Protección de Flora y Fauna Chan-Kin

12 185

0.07

Área de Protección de Flora y Fauna Naha

3

847

0.03

Área de Protección de Flora y Fauna Metzabok

3

368

0.03

Reserva de la Biosfera Montes Azules

331, 200

1.95

Reserva de la Biosfera Lacantún

61, 874

0.36

Reserva Comunal Sierra la Cojolita

35, 410

0.21

Área total en la Selva Lacandona

456, 634

2.68

Total de Superficie Natural Protegida para México 17,056,604 has = 100%

 

Fuente: CI, 2002

Dada su relevancia ecológica, la Selva Lacandona es una de las regiones del país con mayor número de Áreas Naturales Protegidas (ANP, ver la tabla 1.2), distribuidas en diferentes categorías. Abarcan una super- ficie de 456 634 hectáreas, representando el 2.68% de las 17 056 604 hectáreas protegidas en México y el 23.58% de las 1 973 056 hectáreas de superficie de selvas tropicales húmedas protegidas. (CI, 2002: 16) La más antigua, más extensa y más rica en diversidad biológica de todas ellas es la Reserva de la Biósfera Montes Azules. En lo que respecta a la población, la Selva Lacandona fue po- blada predominantemente por tzeltales provenientes de los municipios de Altamirano, Chilón, Yajalón, Sitalá y Ocosingo; choles de Sabanilla, Tumbalá y Tila; y tojolabales de Las Margaritas y Altamirano. Predo- mina la tenencia comunal y ejidal de la tierra, sobre la que toda la co- munidad tiene derecho, que es utilizada para la milpa, pastar animales, extraer madera o recoger frutos silvestres, y en raras ocasiones para la agricultura comercial. La base de la producción en la región es la agri- cultura, cuya actividad principal es el cultivo del maíz generalmente para el autoconsumo familiar, sin embargo, siempre se requieren otras fuentes de ingreso, otras actividades agrícolas, primordialmente el cul- tivo del café y del frijol sin que esto quiera decir que se dediquen a la agricultura comercial. También es importante la recolección de plantas

Lilia Rebeca de Diego Correa y Gian Carlo Delgado Ramos

silvestres. A su vez, la pequeña ganadería, la caza y la pesca son otras bases del sustento y un medio para ahorrar y afrontar emergencias. (Paoli, 1999 y Stavenhagen, 1982: 207-211). En el caso de la Selva Lacandona (véase figura 6) se observan dos grandes áreas potenciales al norte y al sur. El polígono del norte se distribuye en los municipios de Catazajá, Palenque, La Libertad y Salto de Agua al norte, en tanto que el del sur se localiza en Marqués de Co- millas, Benemérito de las Américas y una pequeña parte de Ocosingo. El área del sur, particularmente los dos primeros municipios, se caracterizan por ser zonas muy pobladas con un alto grado de degrada- ción ambiental (de Diego, 2008). Sin embargo, como puede advertirse en el mapa, este área está delimitada por los ríos Usumacinta, Lacantún y parte del Lacanjá. Los dos anteriores constituyen las fronteras natura- les que separan esta pequeña región de la Reserva de la Biósfera Montes Azules y Lacantún, que conforman en conjunto el último remanente del bosque tropical en la Selva Lacandona. Al norte, la situación no es muy distinta: el polígono está rodeado y es atravesado por numerosos ríos, al tiempo que incluye el Sistema Lagunar Catazajá y los Humedales La Libertad (Gobierno del Estado de Chiapas, 2009).

Figura 6

que incluye el Sistema Lagunar Catazajá y los Humedales La Libertad (Gobierno del Estado de Chiapas,

Ecología política dEl Extractivismo En américa latina

En el plano de los impactos ambientales, la experiencia en Indo- nesia, Malasia, Tailandia, Nigeria y Nueva Guinea muestra que el desarrollo de las plantaciones ha tenido como resultado intensos procesos deforestación y destrucción de ecosistemas y pérdida de la biodiversidad. En la región, la tasa anual de deforestación asociada únicamente a la palma es de 1.5% (Fergione, 2008). Entre 1985 y 2000, las plantaciones de palma africana en Malasia fueron respon- sables de un 87% de la deforestación de este país (Monbiot, 2005) y en Sumatra y Borneo (Indonesia) cerca de 4 millones de hectáreas de bosque han sido convertidas en tierras de cultivo (Jiwan, 2008:

83 y Pérez, 2008: 88). Las estimaciones de pérdida de sumideros de carbono por dicho avance de la deforestación a causa de los biocombustibles precisan que la deuda de carbono es de entre 17 y 420 veces mayor a las reducciones anuales de GEI que dichos bio- combustibles podrían ahorrar. El pago de la deuda de carbono en Malasia e Indonesia se lograría después de 86 años para el caso de la palma sembrada en selvas tropicales bajas, pero hasta después de 420 años cuando se trata de la pérdida de selvas tropicales inun- dables (Fargione et al, 2008). Si bien las plantaciones contempladas para la Selva Lacandona, salvo en el caso del Sistema Lagunar Catazajá y Humedales La Liber- tad, aún no atentan directamente contra las tierras contenidas en los polígonos de las ANP, el hecho de que se ubiquen cerca de las mismas, así como de sus principales fuentes de agua puede aún así tener serias implicaciones ecológicas. Por un lado, este tipo de cultivos, según detalla Pérez Rincón (2008: 91) se caracterizan por ser “agua-intensivos”: se requieren entre 2 mil y 4 mil litros de agua por 1 de combustible. Cálculos propios, ubican la huella hídrica de cada litro de biodiesel de la zona en 2,590 litros de agua. 23 La ubicación de las áreas potenciales, estratégicamente situadas entre los márgenes de los ríos, sugiere la extracción de agua de los mismos. El problema es que la gran can- tidad que se extraería provocaría serios daños en los ecosistemas acuáticos y selváticos, pues la riqueza biótica es indisoluble de la abundancia de agua. Por otro, como toda plantación agroindustrial, la producción de palma de aceite hace un uso intensivo de fertilizantes lo que, a la larga, terminan por reducir la fertilidad del suelo. Éstos generan altas cantidades de óxido de nitrógeno, lo que contribuye al efecto invernadero, así como nitrógeno y fósforo que al filtrarse a las capas

23 Proyecto CEIICH-PINCC sobre “Indicadores de sistemas de transporte y de la viabili- dad socio-ecológica del uso de biocombustibles”.

Lilia Rebeca de Diego Correa y Gian Carlo Delgado Ramos

acuíferas subterráneas ocasionan eutrofización 24 (Russi, 2008: 41), lo cual ejercería un impacto ambiental de primer orden para a los ecosistemas selváticos de la Selva Lacandona. Tal y como se mencionó, ésta última es habitada por nume- rosas comunidades campesinas mayoritariamente indígenas que se caracterizan por practicar una agricultura de subsistencia que hace un uso mínimo de los recursos de la biósfera comparado con las plantaciones agroindustriales. Si bien en el mapa no están re- presentadas estas localidades, es de esperarse que muchas de ellas se ubiquen dentro y/o en el perímetro de los polígonos potenciales, lo que tendría serias implicaciones de corte social que pueden ser resumidas en los siguientes escenarios: a) Un uso y aprovechamien- to desigual de los recursos naturales: mucha agua y tierra para la agroindustria y muy poca y de inferior calidad para la agricultura de subsistencia; b) Contaminación de las tierras campesinas y po- sibles enfermedades causadas por el uso intensivo de los agroquí- micos; c) La expulsión de poblaciones, como ya sucede en la Selva Lacandona con las comunidades cercanas a las ANP, sobre todo Montes Azules; y d) Problemas de seguridad alimentaria en vista de la reconversión productiva.

PotenciaL e iMPLicaciones de La queMa de biodieseL en MÉXico.

Según cálculos propios, toda la producción actual de palma a nivel nacional alcanzaría para cubrir únicamente una mezcla B16 sólo para la ZMVM, lo que a nivel nacional sería de B1.2. La tabla 2 presenta estimaciones de los impactos en tierra y agua.

24 La eutrofización es el aporte masivo de nutrientes inorgánicos en un ecosistema acuá- tico (Russi, 2007: 41).

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Tabla 2 Estimaciones de impactos ambientales del uso de diesel base palma aceitera en México con base en el consumo actual de combustibles.

 

Demanda

Diesel

Cosecha anual requerida - toneladas (con base en promedio de rendimiento de Chiapas: 1,180 l. de diesel/ton de aceite) **

Superficie

Huella Hídrica en Giga litros (con base en estimaciones propias para el Estado de Chiapas – promedio 2000 – 2010:

2,590.74

de diesel

requerido

Requerida

en 2010

según

en hectáreas

(miles de

distintas

(rendimiento

barriles/

mezclas

promedio de

día)

(miles de

2000-2010 =

barriles/día)

17.5 ton/ha)

 

litros/litro)

Nacional

371.1

*

B5: 18.55

3,649,319.49

208,532.53

2,789.05

 

(balance

negativo de

158,950.64 ha)

B10: 37.11

7,300,606.27

417,177.49

5,579.62

B20: 74.22

14,601,212.54

834,354.97

11,159.24

Ciudad de

26.4

+

B5: 1.32

259,682.03

14,838.97

195.45

México

 

B10: 2.64

519,364.06

29,677.94

396.93

B20: 5.28

1,038,728.13

59,355.89

793.86

Nota: 1 barril = 159 litros.

+ SENER, 2010

* PEMEX, 2011

** SENER/BID/GTZ, 2006; BM, 2010

Fuente: elaboración propia. Proyecto “Indicadores de sistemas de transporte y de la viabilidad socio-ecológica del uso de biocombustibles”, CEIICH-PINCC, UNAM.

Con base en lo anterior y considerando las proyecciones de demanda de diesel futura, la Tabla 3 ofrece el cálculo de la demanda de tierra y agua para el 2025. Su producción requeriría al menos una octava parte de la energía obtenida en forma de insumos fósiles.

Lilia Rebeca de Diego Correa y Gian Carlo Delgado Ramos

Tabla 3 Estimaciones de impactos ambientales del uso de diesel base palma aceitera en México con base en el consumo a 2025.

 

Demanda

Diesel

Cosecha anual

Superficie

Huella Hídrica en Giga litros

de diesel

requerido

requerida -

Requerida

en 2010

según

toneladas

en hectáreas

 

distintas

(rendimiento

(con base en estimaciones propias para el Estado de Chiapas – promedio 2000 – 2010:

2,590.74

(miles de

mezclas

(con base en promedio de rendimiento de Chiapas: 1,180 l. de diesel/ton de aceite) **

promedio

barriles/

estimado al

día)

(miles de

doble: 35

barriles/día)

ton/ha)

 

litro/litro)

Nacional

531.6

+

B5: 26.58

5,229,051.86

149,401.48

3,996.39

 

B10: 53.16

10,458,103.72

298,802.94

7,992.79

B20: 106.32

20,916,207.45

597,605.91

15,985.59

Ciudad

37.75

B5: 1.88

369,850.16

10,567.14

282.66

de

       

México

B10: 3.77

741,667.62

21,190.50

566.83

B20: 7.55

1,483,335.25

42,381.00

1,135.16

Nota: 1 barril = 159 litros.

+ SENER, 2010

* PEMEX, 2011

Fuente: elaboración propia. Proyecto “Indicadores de sistemas de transporte y de la viabilidad socio-ecológica del uso de biocombustibles”, CEIICH-PINCC, UNAM.

concLusiones

Cerca del 60% de la población mundial vive en condiciones que impli- can algún grado de malnutrición25. En México el 70% de los adultos y cerca de 4.5 millones de niños entre los cinco y once años padecen sobrepeso; la mayoría por mala alimentación, centrada sobre todo en harinas refinadas, grasas saturadas y azúcares. Como contraparte, 28 millones de mexicanos padecen pobreza alimentaria, 5 millones de ni- ños sufren de hambre (1.8 millones menores de 5 años) y un millón de jóvenes y adultos están desnutridos. A lo dicho se suma una conside- rable inseguridad alimentaria del país en lo que respecta a alimentos

25 Refiere a condiciones de desnutrición (925 millones de personas), obesidad (1,700 millones de personas), sobre peso, deficiencia de micronutrientes (dos mil millones de personas), entre otras categorías.

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básicos. En 2010 México importaba el 13% del frijol, el 31% del maíz y granos forrajeros (80% del maíz amarillo), 73% de arroz, 51% de a cebada y del trigo, y 98% de la soya, alrededor de la tercera parte de la leche, el 16% de la carne pollo (se duplicó el monto importado en la última década) (www.siap.sagarpa.gob.mx; www.canilec.org.mx). Es en tal panorama que se plantea el impulso a los biocombus- tibles, esto es, en un escenario en el que la producción de alimentos, 99.7% de origen terrestre (Pimentel, 2009), depende de los mismos re- cursos: tierra, agua y energía. Además es llamativo que el uso de bio- combustibles se desprenda de la idea de disminuir las afectaciones del cambio climático y que al mismo tiempo el propio rendimiento de los cultivos dependa en gran medida del clima. Dado que la contribución de los biocombustibles en la disminución de los efectos del cambio climá- tico es, como ya se dijo, limitada, salta a la vista que se apueste por una actividad que en sí misma se verá afectada y que tal actividad se enfo- que en producir etanol o biodiesel para su quema, en lugar de producir alimentos y cuya disponibilidad se supone también comprometida por el cambio climático. La apuesta de Rio+20 para erradicar la pobreza como antesala para el “desarrollo sustentable”, por ejemplo mediante la expansión de proyectos de biocombustibles a gran escala, es por todo lo aquí ex- puesto errada. El caso mexicano no es sin embargo de los más graves a escala mundial en lo que respecta a la producción de aceite de palma. Como ya se precisó, los casos más delicados son Malasia e Indonesia. El presente estudio es meramente una advertencia de lo que significa la propagación de este tipo de esquemas en América Latina. Por ello, no debe olvidarse que el proyecto de producción de bio- combustibles a gran escala pasa por el supuesto de producir biocom- bustibles más eficientes y “limpios”, aspectos que como se ha descrito, son muy debatibles. Pimentel et al (2009) sostienen incluso que los bio- combustibles a base de maíz, caña y soya tienen un balance negativo (energía obtenida en relación a la energía invertida). En el caso del bio- disel de palma, si no se considera el uso de metanol para el proceso de transterificación (200 ml por cada mil kg de aceite de palma), indican que el balance es positivo en un 30%, no obstante, si se considera el metanol, el balance se torna negativo en un 8% (Ibídem). Más allá de si los cálculos son más, o menos, atinados, en todo caso lo que se advierte es que en materia energética, ambiental y social no todo es ganancia. Las acciones para limitar el uso del transporte privado y, en cam- bio, promocionar el transporte masivo y el no-motorizado como cues- tiones centrales de la política pública frente al cambio climático y a su consecuente crisis global en marcha, quedan fuera de todo esquema de acción más allá de limitados programas de lavado climático y verdes,

Lilia Rebeca de Diego Correa y Gian Carlo Delgado Ramos

cuyo impacto es mínimo al no buscar en momento alguno desplazar el transporte motorizado privado como principal medio de transporte, sin duda ineficiente y altamente contaminante. Los biocombustibles se insertan pues en un contexto socioambientalmente desigual que pri- vatiza ganancias y beneficios, y que socializa (esencialmente hacia la periferia) diversos costos, tanto a mediano como a largo plazo.

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