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Comisión 7922 Derechos Reales – Highton de Nolasco – Molina Quiroga – TP 6

Trabajo Práctico Nº 6 Lectura y análisis del fallo Cámara Nac. Civil en pleno, 18/02/1999, Servicios
Eficientes vs. Yabra (LA LEY 1999-B, 384)
CONSIGNAS:
1. ¿Con qué alcance responden ante las deudas por expensas el comprador y el antiguo propietario
respectivamente?
2. ¿Cuál es el título ejecutivo ante una deuda por expensas?, ¿de dónde surge?
3. El administrador ¿puede actuar en un juicio como representante del consorcio?, ¿se le debe,
necesariamente, otorgar un poder judicial a tal efecto?

FALLO:
Buenos Aires, febrero 18 de 1999.- "Si corresponde que el adquirente en subasta judicial afronte las deudas
que registra el inmueble por impuestos, tasas y contribuciones devengadas antes de la toma de posesión,
cuando el monto obtenido en la subasta no alcanza para solventarlas.
¿Cabe una solución análoga respecto de las expensas comunes para el caso de que el inmueble se halle
sujeto al régimen de la ley 13512 ?".
1ª cuestión.- La mayoría, en forma impersonal, dijo:
La aproximación al tema objeto de esta convocatoria debe formularse desde el principio genérico según el
cual la transferencia de un inmueble realizada en subasta pública tiene el carácter y alcances de un acto de
atribución de derechos autónomos en favor del adquirente, con prescindencia de los derechos del
transmitente, puesto que aquél recibe el inmueble libre de todo tipo de cargas, que se trasladan al precio de
compra, en virtud del principio de subrogación real (conf. Busso, Eduardo, "Código Civil anotado", Ed. Plantié,
Bs. As., 1951, t. 4, p. 44, 180).
Tanto la referida autonomía del derecho transmitido, como la ausencia de convención, determinan que sean
inaplicables los arts. 3265 y 3266 CC. Esta última norma, además, prevé aquellos supuestos de
reipersecución en la cosa, en los que el título del actual poseedor es nulo o anulable, o en los que se deba
responder en la forma indicada por expresa disposición de la ley. Por ello, no puede extenderse la aplicación
de este artículo a situaciones sustancialmente distintas de las previstas por el legislador (conf. Lambois,
Susana, "Las deudas fiscales respecto del inmueble subastado judicialmente", en Revista del Notariado n.
845, ps. 406/407).
Sin embargo, esto no quiere decir que los créditos por impuestos, tasas y contribuciones se extingan
totalmente, sino que sólo se extinguen respecto del adquirente en remate judicial, sin perjuicio de que sus
titulares puedan reclamar el saldo insoluto al anterior propietario, quien deberá responder con todo su
patrimonio.
Al respecto, debe observarse que ese modo autónomo de adquisición resulta configurado por una serie de
elementos formales y de fondo que hacen de la venta en subasta pública un acto jurídico complejo, que
desborda los límites del derecho privado y encuentra adecuada formulación en la conjunción de los derechos
civil y procesal, la que no coincide con el contrato de compraventa (conf. Di Iorio, Alfredo J., "Bases para la
implantación de un procedimiento de enajenación coactiva", ED 75-794; Eisner, Isidoro, "Anulación de oficio
del remate judicial por culpa del martillero", LL 1994-E-164; Belluscio-Zannoni, "Código Civil comentado", Ed.
Astrea, Bs. As., 1993, t. 6, p. 385).
Así, por ejemplo, la falta de voluntad del vendedor (art. 1137, 1323 y concs. CC.); la forma de
perfeccionamiento (arts. 1184 inc. 1 CC. y 582 y ss. CPr. ); la garantía de evicción no es exigible (art. 2122
CC. ); la intervención del órgano jurisdiccional transforma este negocio en el acto ejecutivo por excelencia
(conf. Couture, "Fundamentos del Derecho Procesal Civil", Ed. Depalma, Bs. As., 1993, p. 446, n. 289);
ciertos principios del derecho de fondo no le son aplicables y sí lo son, en cambio, otros que hacen al derecho
procesal, etc. De ahí que sólo subsidiariamente las normas de la compraventa se aplican a las adquisiciones
en remate público (conf. Bibiloni, "Anteproyecto", coment. y art. 1430).
Lo destacable en esta cuestión es la autonomía del derecho transmitido y la ausencia de convención en los
términos a que aluden los citados arts. 3265 y 3266 CC. Por lo tanto, aun cuando el adquirente en la subasta
judicial pueda considerarse un sucesor singular de la cosa por el carácter que reviste su derecho, debe
estimarse que no lo es en los términos de estas disposiciones legales. En consecuencia, no debe recibir la
cosa con carga alguna, sino libre de ellas.
Quiere decir, entonces, que es improcedente que los impuestos, tasas y demás contribuciones devengadas
hasta la toma de posesión del inmueble subastado judicialmente deban ser afrontados por el comprador, aún
cuando en los edictos de remate se hubiera hecho mención de su existencia. Tales deudas deben ser
soportadas por el anterior propietario e inclusive en el caso de que no existan bienes de éste para
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solventarlas, pues, en tal supuesto, debe considerarse que existe quebranto (conf. Lezana, Julio, "El remate
judicial de un inmueble y los certificados que acrediten la situación del dominio y las cargas que lo afectan",
JA 1954-III-Secc. Doctrina, p. 10; Cazeaux-Tejerina-Cazeaux, "Subasta judicial: los impuestos, tasas,
contribuciones y expensas comunes", LL 1994-E- 1245; Lambois, Susana, ob. cit., p. 401 y ss.).
De lo contrario, podría verse ensombrecido el principio de la buena fe que emana de la subasta como acto
jurisdiccional, en tanto sorpresivamente se adjudican al comprador obligaciones que no habían sido
establecidas con anterioridad ni anunciadas como parte de las condiciones de la venta. En tal situación
resulta decisivo atender al demérito de las expectativas de los compradores en subasta judicial -con la
consiguiente afectación de los precios logrados y perjuicio de las partes-, si tales adquirentes (que no son
litigantes y no tienen otra expectativa previsible que adquirir un bien) debieran soportar cargas de extensión
difícilmente imaginable. Así, de trasladar al adquirente en la subasta tales obligaciones, se lo estaría
condenando, además, al pago de lo que no es deudor, sin que (por no ser parte en el proceso) pueda ejercer
defensa alguna, entre ellas, la de prescripción, si correspondiere, ni cuestionar por excesivos, en su caso, las
multas, recargos e intereses incluidos en la sentencia, violándose el derecho consagrado en el art. 18 CN. (1)
(conf. Cazeaux-Tejerina- Cazeaux, ob. cit., p. 1243, punto XI).
A su vez, no puede soslayarse que los tributos no constituyen obligaciones propter rem, toda vez que la ley
nada dice al respecto, por lo que no se transmiten al sucesor particular.
En efecto, las obligaciones propter rem, o reales, o ambulatorias, o cabalgantes, según las diversas
denominaciones que se les han dado (conf. Mayo, Jorge, en Belluscio-Zannoni, ob. cit., t. 2, p. 524, nota n. 3;
Alsina Atienza, "Introducción al estudio de las obligaciones propter rem", en JA 1960-II-Sec. Doctrina, p. 40),
son aquellas que descansan sobre determinada relación de señorío sobre una cosa y nacen, se desplazan y
se extinguen con esa relación; es decir, que la posición de obligado depende de una relación de derecho o de
hecho (real) (conf. Betti, "Teoría general de las obligaciones", traducción al castellano, Ed. Revistas de
Derecho Privado, Madrid, 1969, t. 1, p. 16). Ahora bien, una de las características de esta suerte de
obligaciones, es su origen exclusivamente legal: son obligaciones ex lege (conf. C. Nac. Civ., en pleno, in re
"Dodero, Hipólito C. v. Consorcio Neuquén 566/88/90 y/u otro", voto del Dr. Jorge H. Alterini, ED 73-282 y 283
[2]; Mayo, Jorge, en Belluscio-Zannoni, ob. cit., p. 526; Lambois, Susana, ob. cit., p. 403), situación que no se
advierte en el caso de los impuestos, tasas y contribuciones, en tanto no existe norma alguna que imponga al
adquirente en subasta pública cargar con estas deudas de su antecesor (conf. Puerta de Chacón, Alicia y
Parellada, Carlos Alberto, "La subasta judicial y los derechos conexos a la cosa subastada", JA 1991-II-722).
Antes bien, de lo dispuesto por la ley 22427, en sus arts. 2 y 5 , resulta que la asunción inexcusable de
deudas anteriores se da sólo en los casos de donación o sucesión mortis causa, que la falta de cumplimiento
por parte del ente recaudador ante el requerimiento del certificado de libre deuda solicitado por el juez o
escribano, excusará a éstos de toda responsabilidad.
Además de la ausencia de alguna disposición en la ley 22427 (3) que establezca que las deudas respectivas
pesan sobre el adquirente del inmueble, una solución con tal alcance importaría la patología de una suerte de
obligación real en la cual por regla seguiría igualmente obligado el transmitente (arts. 2 y 5 ley cit.).
Es que, entre los caracteres distintivos de este tipo peculiar de obligaciones calificadas como "reales", se
destaca el hecho de que el crédito y la deuda se extinguen al cesar la relación con la cosa, en especial en el
caso de abandono (conf. Cazeaux-Trigo Represas, "Derecho de las obligaciones", Editora Platense, La Plata,
1969, t. I, p. 31; Busso, Eduardo, t. II, n. 2 a 5, p. 46; Alterini- Ameal-López Cabana, ob. cit., t. 1, p. 27, 53;
Mayo, Jorge, en Belluscio- Zannoni, ob. cit., t. 2, p. 526 y sus citas; Llambías, Jorge J., "Tratado de Derecho
Civil - Obligaciones", Ed. Perrot, Bs. As., 1973, t. I, p. 24, 14; Musto, Jorge Néstor, "Derechos reales", Ed.
Rubinzal-Culzoni, Sta. Fe, 1992, t. I, ps. 86/87; Alsina Atienza, Dalmiro A., "Diferencias entre la deuda propter
rem y el deber del tercer poseedor de una cosa hipotecada", JA 1960-III-85), en consecuencia, las deudas
tributarias no pueden participar de tal carácter. De todas maneras, insistimos, la falta de una previsión legal
expresa en tal sentido, descarta la posibilidad de incluirlas en dicha categoría (conf. Lambois, Susana E., ob.
cit., p. 405).
Tampoco corresponde atribuir a los impuestos, tasas y contribuciones de mejoras, el carácter de carga
pública real, pues amén de la discutible naturaleza de la categoría, propia del derecho germánico (reallasten,
en alemán), debe precisarse que en nuestro ordenamiento sólo podría asignársele tal calificación -la de carga
real- con el alcance de gravámenes reales, o sea, para aludir al correlato opuesto a la titularidad de los
derechos reales sobre cosa ajena, es decir, a los derechos reales vistos del lado de quien los soporta, lo que
demuestra la impropiedad de la atribución referida a dichos créditos. Es que dichas cargas se establecían por
la ley, por contrato o por disposición de última voluntad e implicaban un "deber u obligación que, como
elemento pasivo del bien inmueble, pesa sobre el poseedor (propietario) actual, y puede ser designado como
deuda real" (conf. Mayo, en Belluscio-Zannoni, ob. cit., p. 524, con cita de Gierke). Al respecto, no puede
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perderse de vista que la carga real, figura no contemplada específicamente en nuestro ordenamiento con ese
sentido, no es sino el residuo de los antiguos ordenamientos feudales, que no podría quedar librada a la
autonomía de los particulares, porque a ello se opondría el principio de numerus clausus de los derechos
reales (conf. Distaso, Nicola, "Le obligazioni in generale", UTET, Torino, 1970, p. 15, n. 8 y sus citas).
Desde otra perspectiva, si se adoptara un temperamento contrario, se desnaturalizaría el régimen de los
privilegios, pues se acordaría al Fisco un superprivilegio en contra de lo que establecen las normas sobre la
materia, como son los arts. 3879 inc. 2, 3880 inc. 5 y 3921 CC. y las normas de la ley de concursos -en
especial, art. 241- (conf. Cazeaux-Tejerina-Cazeaux, ob. cit., ps. 1241 y 1242).
Estas conclusiones no se ven modificadas porque se trate de una subasta judicial. Rigen al respecto las
consideraciones vertidas acerca de la ley 22427. Ello es así, porque los informes previstos en el art. 576 inc. 1
CPr., a requerir antes de ordenarse la subasta, y que se refieren a la deuda por impuestos, tasas y
contribuciones, tienen por objeto determinar eventualmente el importe de las deudas que -en su caso- han de
hacerse efectivas sobre el precio de adquisición del inmueble, puesto que el posible comprador debe contar
con la información de los impuestos y tasas adeudados con anterioridad a la compra, para deslindar su
posición respecto de ellos (conf. Morello-Sosa-Berizonce, "Códigos Procesales...", Ed. Abeledo-Perrot, Bs.
As., 1998, t. VI-C, ps. 66/67). Y ésto se liga a la cuestión de los privilegios, ya que la subasta judicial importa,
en definitiva, la liquidación de todos los créditos que pesan sobre los bienes, que automáticamente quedan
transferidos sobre el precio de adquisición en el remate efectuado con citación de los acreedores,
configurándose una subrogación real (conf. Cazeaux-Tejerina-Cazeaux, ob. cit., p. 1244 y sus citas en nota n.
13), puesto que en el momento de la realización del bien afectado, el asiento del privilegio se traslada al
producido pecuniario del mismo bien (conf. Llambías, Jorge J., ob. cit., t. I, p. 634, 488; Mariani de Vidal,
Marina, "Apuntes sobre privilegios", LL 137-934/935).
Ello es así, desde que vendido judicialmente un bien, se produce una suerte de concurso, donde todos los
acreedores (embargantes, hipotecarios, por impuestos, tasas, etc.) concurren a cobrar sus acreencias sobre
el precio obtenido (arts. 581 in fine y 584 in fine CPr.), en el orden de preferencia que, a tal efecto, les ha
concedido la ley a cada uno de ellos (arts. 3879 inc. 2, 3880 inc. 5, 3900, 3918, 3920, 3921 y concs. CC.; 218
y 590 CPr.).
Ello implica que el bien de que se trata sale del patrimonio del deudor como consecuencia de su venta e
ingresa, en su lugar, el monto obtenido en la subasta, sobre el cual habrán de cobrar los acreedores,
quedando en principio dicho bien, libre de los gravámenes y deudas que lo afectaban. En sentido
concordante, las II Jornadas Mendocinas de Derecho Civil, organizadas por la Universidad de Mendoza del
18 al 20/4/91, declararon por 41 votos favorables contra quince opuestos, que "El privilegio de los créditos del
Fisco se traslada al precio que sustituye la cosa y, salvo norma expresa, el adquirente en subasta judicial no
responde por las deudas anteriores a su posesión, sin perjuicio de la responsabilidad personal del ejecutado".
En orden a los fundamentos indicados, se impone una respuesta negativa al primer interrogante de esta
convocatoria.
2ª cuestión.- La mayoría, en forma impersonal, dijo:
La naturaleza jurídica del crédito por expensas comunes ha sido ampliamente debatida por la doctrina,
aunque ello no impide considerar que se trata de una obligación, es decir, de un derecho personal, que nace
y se desplaza con el nacimiento o desplazamiento de la titularidad sobre una cosa determinada, en este caso,
la unidad funcional en cuestión. Se trata, como sostiene Racciatti, de un supuesto de deber o carga
correspondiente al derecho real adquirido, impuesto por la ley, como ocurre en lo referente a los derechos y
obligaciones inherentes a la posesión contemplados por los arts. 2416 a 2421 CC. Dichos preceptos legales
aluden a beneficios o cargas que favorecen o afectan indeterminadamente a quien se halle en poder de la
cosa (conf. Racciatti, Hernán, "Propiedad por pisos o por departamentos", 3ª ed., actualizada y aumentada,
Ed. Depalma, Bs. As., 1982, p. 263).
En efecto, una de las consecuencias que mayor trascendencia reviste en relación con el deber que impone el
art. 17 ley 13512, es la imposibilidad de los copropietarios de liberarse de esa deuda por la renuencia al uso y
goce de los servicios comunes, ni por el abandono del piso o departamento que les pertenece (art. 8 in fine
ley 13512). Ello, a su vez, concuerda con el art. 18, que deroga a los efectos del régimen instituido por la ley
de propiedad horizontal el art. 2685 CC. Esa disposición autoriza el abandono en el condominio como medio
de extinguir las obligaciones emergentes de la conservación o reparación de la cosa común.
Sentado ello, de la interpretación armónica y sistemática de los arts. 8, 17 y 18 ley 13512, resulta que el titular
de la unidad funcional responde con todo su patrimonio por la deuda devengada durante el tiempo que dure
esa titularidad. Por ello, cuando existen obligaciones por expensas en casos de titulares sucesivos de la
unidad, cada uno de ellos responde con todo su patrimonio y puede ser perseguido en sus otros bienes, a
pesar de la enajenación o abandono de la cosa, por las expensas devengadas durante el tiempo en que
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fueron propietarios (conf. Highton, Elena I., "Derechos reales - Propiedad horizontal y prehorizontalidad", Ed.
Ariel, Bs. As., 1979, vol. 4, p. 222). Es decir, el deudor del crédito por expensas será el titular de la unidad
respectiva en lo que atañe a las devengadas durante el período de su titularidad y responde con todo su
patrimonio. El sucesor universal será deudor en los mismos términos, en cuanto sigue la personalidad de su
autor, dentro de los límites que establece el Código para las sucesiones por causa de muerte. El sucesor
particular responderá con todo su patrimonio por las devengadas durante su propia titularidad y con la cosa
por las devengadas antes de su adquisición. Esto significa que en cuanto deje de ser titular de la cosa, podrá
ser perseguido solamente por las devengadas durante el período en que fue propietario (conf. Dassen, Julio,
"La obligación real del art. 17 de la ley 13512 y el privilegio del acreedor hipotecario", LL 118-251/256).
Se trata, en este caso en particular, de una obligación de la que responden no sólo los sucesores universales
del propietario deudor, sino también los sucesores particulares, estos últimos con la cosa transmitida (conf.
Martínez, Oscar J., "La subasta judicial", Ed. Platense, La Plata, 1972, p. 53; Tedesco, Héctor H., "La subasta
judicial", Ed. Librería Jurídica San Isidro, Bs. As., 1997, p. 111). Mientras ésta no haya sido extinguida, su
efecto inmediato recae sobre el comprador, quien deberá soportarla aunque se trate de una venta rodeada de
las garantías judiciales, porque la incidencia de las expensas resulta de una disposición de la ley y porque
ellas no son equiparables a una obligación común, sino que gravan a la cosa como inherentes al dominio, en
la extensión del art. 3266, sin perjuicio del derecho a repetir que tendrá el comprador respecto del ejecutado
en el supuesto de abonar las expensas reclamadas por el consorcio. Al respecto, se ha sostenido que la
solución del artículo encuentra su fundamento en razones de interés social (conf. Mariani de Vidal, Marina A.,
"Curso de derechos reales", Ed. Zavalía, Bs. As., 1993, t. I, p. 87) y con el objeto de asegurar el cobro del
crédito por expensas comunes, la ley de propiedad horizontal ha previsto un dispositivo en virtud del cual
dicha obligación recae sobre quien sea poseedor de la cosa, sea o no propietario de ella cuando las deudas
empezaron a devengarse.
La sola mención del vocablo "siempre" en el art. 17 antes aludido, indica que el carácter ambulatorio de la
obligación por expensas comunes se aplica a todas las transmisiones de dominio, ya sea por actos entre
vivos o por causa de muerte y, dentro de las primeras, tanto a las compraventas voluntarias como a las que
son fruto de acciones judiciales. Al decir el legislador que la obligación por expensas sigue "siempre" al
dominio de las respectivas unidades, involucró a todas las situaciones posibles y allí donde la ley no
distingue, no cabe que lo haga el intérprete (conf. Highton, Elena I., Vila, Ana M. y Vila, Rosa, "Las deudas
por expensas anteriores a la subasta judicial. Su protección", ED 147-891 y ss.).
La fórmula del precepto legal es por demás significativa, por cuanto el propósito seguido por el legislador ha
sido el de garantizar al consorcio de propietarios, de la manera más efectiva posible, el cobro de las expensas
comunes, protegiéndolo tanto de la insolvencia del enajenante como de la del adquirente, de forma tal que el
consorcio puede dirigirse contra el deudor, quien responde con todo su patrimonio, o contra el comprador,
quien lo hace con el límite de la cosa transmitida y ello sin perjuicio de su derecho de repetir al deudor
originario (conf. Vila, Ana M. y Rosello, Gabriela, "¿Es justo imponer la deuda por expensas de un consorcista
a los restantes como consecuencia de la subasta judicial?", LL diario del 20/8/97, p. 20). Su fundamento "...se
traduce en definitiva en la preocupación de asegurar el funcionamiento normal de la propiedad...", y así
"...evitar las graves dificultades que desencadenaría este incumplimiento de los copropietarios...", "...ya que
sin su puntual percepción el sistema no podría subsistir..." (conf. Racciatti, Hernán, ob. cit., p. 363; Flah, Lily
R., "Intereses, usura y expensas comunes", en LL 1991-B-542; Mariani de Vidal, Marina A., "El crédito por
expensas comunes de la propiedad horizontal y sus prerrogativas", LL 1989-A-341).
En mérito de lo expuesto, entonces, corresponde dar una respuesta negativa a la 2ª cuestión objeto de
convocatoria.
1ª cuestión.- La minoría, en forma impersonal, dijo:
Si bien para algunos no es posible afirmar la existencia de un contrato cuando una de las partes no presta su
libre consentimiento, no puede soslayarse que en ciertas circunstancias el orden jurídico compele a transferir
o desprenderse de un derecho, como también a suscribir los respectivos instrumentos; y si el propietario no
hace lo que debe, interviene el órgano jurisdiccional. Es que, el deudor de obligaciones restringe su libertad y,
por ende, sus bienes quedan afectados a la llamada prenda común de los acreedores, quienes, en
consecuencia, tienen la facultad de realizarlos para cobrarse sus créditos.
El acto de la subasta es, en esencia, una compraventa o, si se prefiere, un modo procesal de formalizarla.
Ambos institutos no deben verse como categorías independientes, autónomas, gobernadas por principios y
directivas diferentes (conf. Morello, A., "Subasta y compraventa", Revista del Notariado, n. 758, ps. 403 y ss.).
En este sentido, un fallo plenario de esta Cámara, resolvió que la subasta no es un acto procesal puro y
específico, sino que se instrumenta un verdadero contrato de compraventa, lo que se manifiesta en el

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derecho positivo por su inclusión entre las denominadas ventas forzosas -art. 1324 inc. 4 CC. - (C. Nac. Civ.,
en pleno, in re "Zorz, José M. y otro v. Gandolfo, Nelly D.", 7/10/69, ED 30-48; LL 136-802; JA 1964-IV-328).
Prueba de lo expuesto es la existencia de un inmueble individualizado, un comprador (primer postor), un
precio y el pago de una seña, para terminar con la tradición de la cosa y la pertinente inscripción registral.
Señala Morello (ob. cit.) que también la venta forzada, como toda venta, es consensual, perfeccionándose
como contrato (arts. 1137, 1197, 1323 CC.) al aceptarse la oferta, pues no deja de ser una manifestación
negocial consensual. A su vez, expresa López de Zavalía que "la existencia de coacciones jurídicas no vicia
la voluntad (art. 939 CC.)" (conf. López de Zavalía, "Teoría general de los contratos - Parte Especial", t. I, ps.
37/38, n. 2).
Es decir que, aunque el contrato de compraventa presupone un acuerdo de voluntades debidamente
declaradas, se dan algunas veces contratos necesarios. Hay supuestos en nuestra legislación en que los
dueños están obligados a desprenderse del dominio de una cosa, debiendo intervenir el poder público a fin de
llegar a este resultado, si el propietario no se aviene a ello. En tal sentido, las subastas judiciales constituyen
esa categoría de venta forzosa. El art. 2122 CC., que exime de algo no esencial, como lo es la evicción,
ratifica que se trata de una venta. La compraventa genera la obligación de transmitir el dominio de la cosa, en
este caso, el inmueble. Esto se concretará cuando se reúnan el título suficiente y la tradición. Para el primero,
cuando se trata de inmuebles, la forma exigida es la escritura pública, con excepción de las adquisiciones en
subasta (arts. 1184 y 1185). Lo cierto es que, en ambos casos, es necesaria la tradición, puesto que, antes de
ella, no se adquiere el derecho real (arts. 577, 2601 /3, 2609, 3265 y concs. CC.). Para la subasta judicial, o la
especial, también se prevé la necesidad de la tradición en las normas procesales (art. 63 ley 24441, art. 586
CPr.). No puede pasarse por alto al respecto que la tradición es un modo de adquirir el dominio por actos
entre vivos y en forma derivada. Por ende, quienes adquieren a través de este modo, son sucesores
particulares o a título singular del antecesor.
En suma, hay una obligación de vender, siendo que la venta se efectúa en nombre del deudor propietario del
inmueble de que se trate. Más que representar, se sustituye al deudor para vender en su nombre, pues el
mismo anticipadamente se ha colocado en la situación de tener que vender de este modo especial. Inclusive
para quienes participan de la tesis no privatista, el acto de la venta es de índole procedimental, pero tiene los
efectos civiles de la compraventa.
Retomando la línea argumental relativa a la índole derivada de la adquisición, de acuerdo al art. 3263 parte 2ª
CC., sucesor singular es "aquél al cual se transmite un objeto particular que sale de los bienes de otra
persona". Entre el transmisor o causante y el sucesor o causahabiente, existe una vinculación originada en el
traspaso de un bien. El problema radica en determinar qué tipo de obligaciones, nacidas antes de dicha
transmisión, y que guardan relación con el objeto transmitido, pueden proyectarse hacia el sucesor a título
singular.
Dispone el art. 3266 CC. que "las obligaciones que comprenden al que ha transmitido una cosa, respecto a la
misma cosa, pasan al sucesor universal y al sucesor particular", mientras que el art. 3267 de ese cuerpo legal
establece que "el sucesor particular puede prevalerse de los contratos hechos con su autor" y, por último, el
art. 3268 permite al sucesor particular pretender, a contrario sensu, aquellos derechos de su autor que se
fundan en obligaciones que pasan del autor al sucesor, y también los derechos que no se fundan en
obligaciones que pasan del autor al sucesor cuando "en virtud de una ley o de un contrato, esos derechos
deben ser considerados como un accesorio del objeto adquirido".
De este sistema, completado por otras normas del Código Civil (vgr. art. 2109), resultan numerosas
situaciones en las que los derechos u obligaciones del transmisor pasan al sucesor singular, aun contra su
voluntad. Así ocurre, por ejemplo, con el adquirente de un inmueble arrendado, obligado a respetar el contrato
de locación (art. 1498), y con las denominadas obligaciones propter rem (deuda por medianería, contribución
a los gastos de conservación de la cosa, etc.). Es transparente, entonces, que el dispositivo del citado art.
3266 del Código de fondo no busca excluir a nadie de su régimen, sino limitar la responsabilidad del sucesor
particular, quien en lugar de enfrentar tales pasivos con todo su patrimonio, lo hace sólo con la cosa
transmitida.
Sentado ello, cabe formular una serie de precisiones en torno a dicha categoría de deudas. En efecto, la regla
contenida en el art. 497 CC. ha dado lugar a grandes controversias sobre la existencia o no de las
obligaciones propter rem u obligaciones reales, cuando la misma no tiene nada que ver con ellas, sino que se
refiere al concepto de derecho personal y derecho real. En efecto, lo que significa la disposición es que el
derecho personal consiste en una relación entre dos personas entre las cuales hay para una un crédito (lado
activo) y para la otra una obligación (lado pasivo). En el derecho real, por el contrario, hay sólo un titular que
no debe esperar la intervención de un intermediario sobre la cosa que es objeto de su derecho. Es decir, que

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al derecho real no corresponde, como al derecho personal, una obligación. Ello surge claramente de la nota al
art. 497 y definiciones allí vertidas.
El hecho de que el contenido propio del derecho real no pueda consistir en una obligación, no impide que
haya una importante cantidad de obligaciones que sean accesorias a los derechos reales. Todas las
relaciones de vecindad, por ejemplo, contienen obligaciones -o sea, derechos personales- que se transmiten
con la cosa. Constituyen las restricciones y límites al dominio -arts. 2416, 2418 y 2611 y 2660 CC.- que
configuran el estatuto normal de ese derecho real. Estos derechos se transmiten activa y pasivamente con la
cosa, pudiéndose hacer valer contra quien sea su poseedor (art. 2416 CC.). Similar situación se da con otros
derechos reales, que además de las restricciones al dominio, deben soportar las propias de su derecho real
(arts. 2685, 2722, 2726, 2736, 2746, 2752, 2846, 2880, 2881, 2893, 2894, 2901, 2902, 2906, 2909, 3163,
3225, 3258, 3259, 3260, etc.).
Dentro de las obligaciones reales ambulatorias, es decir, que viajan, que se transmiten con la cosa, están las
concernientes a impuestos, tasas, contribuciones y expensas comunes que pesan sobre el inmueble,
incluidas entre las llamadas por algunos cargas reales (conf. Papaño-Kiper-Dillon-Cause, "Derechos reales", t.
I, ps. 29/30); aunque no constituyen derechos reales, es decir gravámenes reales sobre la cosa, pues son
normales y generales, o sea ordinarias y no extraordinarias como los gravámenes. La Corte Suprema de
Justicia de la Nación desde antiguo ha sostenido que "conforme a la doctrina y la jurisprudencia, la carga por
impuestos a un inmueble se equipara a los derechos reales que sobre él gravitan" (conf. Corte Sup., 28/11/34,
in re "Ibáñez Puiggari, Vicente J. y otros v. Fisco de la Provincia de Buenos Aires", JA 48-340). Pasan con la
posesión, sin depender de declaración de partes ni de inscripción en el registro, por lo cual, en realidad, son
más gravosas que los derechos reales y no existe norma, como el art. 3196, que determine su extensión por
subasta judicial.
Lo mismo que constituye restricción al dominio la relación de vecindad, también la constituye la obligación de
pagar impuestos, tasas y contribuciones por la propiedad. Son restricciones del derecho administrativo,
impuestas al dominio privado sólo en el interés público, como emanación del dominio eminente del Estado.
Freitas, en "Código Civil. Esboço" ("Anteproyecto de Código Civil - Obra fundamental del Código Civil
Argentino", Bs. As., 1909), incluye expresamente entre las obligaciones inherentes a la posesión al diezmo
urbano y otros impuestos a los que la ley atribuya igual efecto (art. 3850 inc. 4), que pasan con la posesión
sin depender de declaración de partes, ni de transcripción o inscripción anterior en el Registro Conservador
(art. 3853 inc. 2). Vélez Sarsfield adoptó otra política, al indicar que "las restricciones impuestas al dominio
privado sólo en el interés público, son regidas por el derecho administrativo" y por ello no están contenidas en
el Código, por ser extrañas al derecho civil (art. 2611 y su nota CC.). La nota del art. 2507 del mismo cuerpo
legal, según la cual la Nación tiene el derecho de reglamentar las condiciones y las cargas públicas de la
propiedad privada, es clara y corrobora el concepto y la ausencia de mención dentro de las restricciones al
dominio, por ser de derecho público. Indica que el Estado tiene respecto de los bienes que están en su
territorio, un poder superior de legislación, de jurisdicción y de contribución que, aplicado a los inmuebles, no
es otra cosa que una parte de la soberanía territorial interior. A este derecho del Estado corresponde sólo el
deber de los propietarios de someter sus derechos a las restricciones necesarias al interés general y de
contribuir a los gastos necesarios a la existencia o al mayor bien del Estado.
Dentro de este orden de ideas, siendo ajena al Estado la transferencia del dominio, sea privado o judicial, el
adquirente se transforma en deudor en los términos del mentado art. 3266 CC. Justamente, antes de la
subasta se pide certificado de deudas (art. 576 y 598 CPr.) pero se cita a los acreedores. Es porque estas
deudas no se extinguen con la subasta y por esa razón debe conocerlas el comprador. De lo contrario,
carecería de sentido solicitar el informe de deudas en cuestión si éste no tuviera algún interés para la
subasta.
La ley 22427 regula la extinción de la deuda en el supuesto de que el organismo respectivo no expidiera el
certificado o lo hiciera sin especificar la deuda líquida y exigible. Así dispone, como sanción a la negligencia
de la repartición que, en este supuesto, quedan liberados el escribano y el adquirente de toda responsabilidad
por la deuda, sin perjuicio de los derechos del organismo acreedor de reclamar el pago de su crédito contra el
enajenante como obligación personal, salvo transmisión a título gratuito, en que el adquirente también
responde (conf. art. 2).
A contrario sensu, si se cumplimenta correctamente con la certificación, el escribano y el adquirente deben
pagar y no quedan liberados. Es que, si se expide certificación en término, el juez o el escribano pueden
autorizar el acto, previo pago o retención del monto pertinente, no requiriéndose la certificación cuando el
adquirente asuma expresamente la deuda (arts. 3 y 5 de la referida ley 22427).
Es claro, entonces, que esta ley corrobora la noción de que la deuda sigue a la cosa (salvo negligencia del
organismo en la certificación), reglamentando los supuestos en que el notario incurre en responsabilidad
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solidaria frente al Fisco, además de ser responsable frente al adquirente. Si existieran dudas, el art. 6 de la
norma las despeja, pues expresamente dispone que "el escribano interviniente será solidariamente
responsable por la deuda frente al organismo acreedor, y responderá por ella ante el adquirente, si autoriza el
acto sin dar cumplimiento a las obligaciones impuestas por esta ley". Y la razón de su responsabilidad frente
al adquirente no es otra que el ser éste último quien responde en primer lugar frente al Fisco. Todo ello sin
perjuicio de que el deudor primitivo siga siendo deudor, lo que implica que la transmisión o el abandono no lo
liberó por las obligaciones anteriores correlativas a beneficios ya gozados, sino sólo por las sucesivas.
Así, el Fisco puede perseguir al "señor propietario" del inmueble por deudas impagas, siendo ajeno al cambio
de titularidad, salvo por su propia negligencia en certificar.
Esto es exactamente lo dispuesto en la ley 13512 (arts. 8 y 17). Quien puede liberarse por el abandono, pues
por deudas anteriores sólo responde con la cosa, es el adquirente, aunque ese abandono no cubrirá las
deudas ni las expensas devengadas durante su titularidad (art. 3266 CC. ). Lo que ocurre es que la ley de
propiedad horizontal tuvo que incluir expresamente esta disposición, para asimilar la deuda por expensas a la
de impuestos, tasas y contribuciones, pues al ser una deuda privada, no la alcanzaba el indicado carácter
efecto propio de las restricciones y límites al dominio privado en interés público.
El art. 398 CPr . contiene el rudimento o antecedente de la ley 22427. La ley 24441 (4) complementó las
disposiciones procedimentales, agregando al consorcio de propiedad horizontal en la normativa, se trate tanto
de subasta extrajudicial, como judicial hipotecaria. Así, los arts. 56 y 79 (éste modificatorio del art. 598 CPr.)
indican que el acreedor podrá requerir la liquidación de las deudas que existan sobre el inmueble en concepto
de expensas de la propiedad horizontal, impuestos, tasas y contribuciones que pesen sobre el inmueble, bajo
apercibimiento de que de no contarse con dichas liquidaciones en el plazo de diez días hábiles desde la
recepción de la solicitud, se podrá subastar el bien como si estuviera libre de deudas. Con ello, la negligencia
del consorcio se equipara a la de los organismos públicos, quedando clara la responsabilidad del adquirente
por deudas anteriores. Esa interpretación, por otra parte, concuerda con el sentido de aquel dispositivo legal,
puesto que si no resultaría absurdo rematar una propiedad como libre de deudas cuando la certificación no se
emite en término y adoptar análogo temperamento para el supuesto contrario, esto es, cuando la certificación
se expide en tiempo oportuno.
Por otra parte, la ordenanza fiscal municipal vigente en la ciudad de Buenos Aires (t.o. 1998; sus
antecedentes legislaron en forma similar) dedica su Título III a contribuciones de Alumbrado, Barrido y
Limpieza, Territorial y de Pavimentos y Aceras. El Capítulo I indica que serán responsables de los tributos los
titulares de dominio, los usufructuarios y los poseedores a título de dueño (art. 167 párr. 2º). También la ley
13577 (5) o Ley Orgánica para la Administración General de Obras Sanitarias de la Nación, dispuso en su art.
35 que "todo inmueble ubicado en las zonas dotadas dotadas de servicio, aun cuando carezca de
instalaciones domiciliarias estará obligado a abonar las cuotas que correspondan con arreglo a las tarifas.
Este pago será obligatorio también para los inmuebles que estén desocupados...". Existieron diversas
modificaciones por leyes 14160, 18593 (6), 20324, 20686 y 21066 (7), mas no en lo sustancial, sin que la
privatización del servicio le haya quitado la naturaleza de tasa a dicha prestación (conf. ley 23696 [8] y
decretos 992/92 y 787/93 [9]).
Estas normas indudablemente aluden a deudas, exigibles contra el propietario de la cosa, quienquiera que
éste fuera.
Despejada así la cuestión relativa a la naturaleza ambulatoria de este tipo de deudas, resta ponderar que no
existe norma alguna que indique que la subasta libere al inmueble de toda deuda anterior (conf. Highton,
Elena I., "Juicio hipotecario", t. 3, p. 147), lo que tampoco podría suceder por la transferencia de los embargos
al precio. Es que una cosa es la posición del acreedor que embarga un bien de su deudor y otra diversa es la
del acreedor que tiene una pretensión por una relación directa con la cosa, en cuyo caso, la facultad no
depende del embargo. Cierto tipo de acreedores tienen derecho sobre la cosa, independientemente de que
hayan hecho juicio o no, más allá de que hayan o no embargado el inmueble. En todo caso, no puede
prevalecer una norma procesal de subrogación real de cautelares al precio de compra (art. 588 CPr.) sobre el
derecho de fondo, lo cual la tornaría inconstitucional. Igualmente, cabe señalar que la norma procesal nada
tiene que ver con las obligaciones propter rem o similares, pues se refiere exclusivamente a los embargos y a
la inscripción de la subasta y no tiene pretensión de ir más allá.
Tal conclusión no importa desconocer que los impuestos, tasas y contribuciones están, en principio, a cargo
del vendedor hasta la fecha de toma de posesión por parte del comprador (conf. Borda, Guillermo A., "Tratado
de Derecho Civil - Contratos", t. I, p. 106). En efecto, si se repara en que el precio corresponde al vendedor, la
afectación del producido de la venta a impuestos, tasas y contribuciones pendientes no constituye más que
una aplicación de los mentados principios.

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Empero, si el monto del precio obtenido en la subasta no alcanza para satisfacer esas deudas, el adquirente,
por resultar sucesor a título particular del anterior propietario, se encuentra obligado con los alcances
previstos en el referido art. 3266, a responder por aquellas que hubieran sido informadas en el expediente y
las que se devenguen con posterioridad, sin perjuicio, claro está, del derecho de repetición que le asiste
contra el deudor originario, por efecto de la subrogación en los derechos del acreedor. Es que, al tratarse de
devengamientos continuados y sucesivos, a partir de las informadas, cabe presumir con un grado de certeza
casi total que las restantes obligaciones no fueron tampoco abonadas por un propietario que lo único que
espera es el remate. De este modo, se resguarda la buena fe que debe existir en los actos de subasta
pública. En cambio, no carga el adquirente con aquellas deudas que no fueron informadas por negligencia de
las entidades respectivas.
Entonces, entendida la sucesión como la sustitución de un sujeto por otro en la titularidad del derecho sobre
el objeto de la relación jurídica (conf. Castán Tobeñas, citado por Zannoni, Eduardo A., "Derecho de las
sucesiones", t. I, p. 39), nace en cabeza del adquirente un derecho de idéntica cualidad y extensión que el
que tenía el transmisor (arts. 1885 Ver Texto , 2670 Ver Texto , 3270 Ver Texto , 3275 Ver Texto , 3276,
3277, 3278 y concs. CC.). No hay un derecho nuevo distinto del antiguo, no obstante el cambio de titular, el
derecho del adquirente debe ser reputado idéntico al del titular precedente. Esto es lo que sucede en las
adquisiciones derivadas, especialmente en las denominadas "traslativas".
De ahí que afecten al sucesor singular las obligaciones contraídas por el autor de su derecho respecto a la
cosa transmitida, con tal que esas obligaciones sean de las "que no gravan a una o a más personas
determinadas, sino indeterminadamente al poseedor de una cosa determinada" (art. 2416). Es concordante
en tal sentido la norma del citado art. 3266. Explica Llambías que dicha norma se refiere a: 1. Los derechos
reales que gravan la cosa (hipoteca, servidumbre, etc.); 2. Las obligaciones que no obstante no tener el
carácter de derechos reales, están in rem scripta, de modo que la cosa misma responde de su ejecución, por
lo que está obligado a cumplir esa promesa el tercer poseedor que quiera conservarla, por ejemplo, las
contribuciones de mejoras, los impuestos territoriales, el pacto de retroventa (art. 1388), etc. (conf. Llambías,
Jorge J., "Tratado de Derecho Civil. Parte General", t. II, p. 356).
En cambio, cuando la adquisición es originaria el adquirente no refiere el contenido (jurídico) -cualidad y
extensión- de su derecho sobre la cosa al contenido que tenía para su antecesor. La adquisición originaria no
reconoce estrictamente la sucesión en los derechos del titular anterior. La adquisición se produce con
independencia de dicho derecho anterior y se basa en el hecho mismo que constituye su fuente (vgr.
apropiación, especificación, accesión).
En suma, la subasta es una forma de concretar la compraventa, en la especie, forzosa. El comprador
adquiere el dominio con la tradición -además del pago del precio en las subastas judiciales-, lo que significa
que su adquisición es derivada, no originaria. Por ende, es un sucesor a título particular. Desde esta
perspectiva es que debe encararse el problema que suscitan las deudas ya devengadas por impuestos, tasas
y contribuciones.
Por lo expuesto, nos pronunciamos por la afirmativa al primer interrogante planteado.
2ª cuestión.- La minoría, en forma impersonal, dijo:
No desconoce esta minoría que la ley 13512, en su art. 17 Ver Texto , establece un ius persequendi contra el
titular de la unidad, pero entendemos que el precepto en cuestión sólo resulta aplicable a los supuestos de
enajenación voluntaria. Ello es así, por cuanto una interpretación integral de la norma permite distinguir el
caso de la subasta judicial, que es precisamente en el que se hace efectivo el privilegio. Tal solución importa
también una interpretación realista de la ley, que tiende a fomentar la adquisición en subasta judicial. No
puede ignorarse que un cuantioso crédito del consorcio desalentaría a cualquier adquirente; en consecuencia,
aquél sería el único interesado en la compra (Kemelmajer de Carlucci y Puertas de Chacón, "Derecho real de
superficie", Ed. Astrea, Bs. As., 1989, p. 79; Puerta de Chacón, Alicia y Parrellada, Carlos Alberto, "La
subasta judicial y los derechos conexos a la cosa subastada", JA 1991-II-722, punto e).
Este criterio permite compatibilizar el interés del adquirente, el del consorcio diligente y los del tráfico, ya que
no traba la libre circulación de los bienes.
Así, se ha sostenido que debe distinguirse según la venta del inmueble sea contractual o derive de una acción
judicial. Conforme a esta concepción, sólo en el primer caso el adquirente es responsable por las expensas
devengadas antes de la adquisición. En cambio, mediando subasta judicial no puede ya cobrarse el saldo
insatisfecho al comprador que pagó por esa cosa (conf. Corchón, Juan F., "Hipotecas y privilegios en la ley
13512 Ver Texto Propiedad horizontal", Ediciones Calacor, ps. 77/82, n. 21).
Es que, si bien no resulta justo que el consorcio de propietarios, o sea los restantes consorcistas, deban
hacer frente a las expensas debidas por uno de ellos cuya unidad fue subastada, no por ello es más justo que
quien adquiera el inmueble deba hacer frente a tal deuda para que los restantes consorcistas no las soporten.
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Por el contrario, resulta más equitativo que sea el consorcio quien afronte el quebranto que produzca
eventualmente la imposibilidad de hacer efectiva la deuda impaga del consorcista ejecutado, puesto que el
consorcio de propietarios es quien se encuentra en mejores condiciones de evitar tal situación, a poco que se
advierta que cuando el copropietario comienza a retrasarse en el pago de las expensas, debe iniciar
diligentemente las acciones tendientes a su percepción judicial, si no obtiene una rápida solución por la vía
extrajudicial, porque ello hace, justamente, a la subsistencia del consorcio (conf. Leguizamón, Héctor
Eduardo, "Las expensas comunes y las deudas fiscales frente a la insuficiencia de fondos de la subasta
judicial", LL 1998-E-130 y ss.).
Y, tal como lo señala el autor citado, de adoptarse una tesitura contraria, bien podría llegarse a la situación en
la que la deuda de expensas comunes acumulada supere el valor de la unidad, situación en la que la venta
del inmueble resultaría antieconómica, ya que no habría ningún postor en la subasta que se decretara,
sencillamente porque si el eventual postor tendría luego que afrontar las expensas pendientes, estaría
pagando más de lo que vale el bien, con lo que lejos se estaría de beneficiar la seguridad de este tipo de
enajenación forzada. Lo mismo ocurriría si resultara adjudicatario el propio consorcio, puesto que, entonces,
serían los consorcistas quienes deberían hacerse cargo del saldo insoluto, ya que, en tales condiciones, no
podrían enajenar nuevamente el departamento en cuestión (conf. Leguizamón, Héctor Eduardo, ob. y loc.
cit.).
Por su parte, no es posible hablar en el caso de una obligación ambulatoria, desde que, en los claros términos
de la solución legal, subsisten el deber y responsabilidad del dueño o deudor anterior, el que de ninguna
manera queda liberado (conf. Cazeaux, Pedro Néstor-Tejerina, Wenceslao y Cazeaux, José Manuel,
"Subasta judicial (Los impuestos, tasas, contribuciones y expensas comunes", en LL 1994-E-1240 y ss.). Al
respecto, siguiendo a esos autores, cuadra recordar que la obligación es un derecho temporario, que nace
para extinguirse, siendo que no hay obligaciones, paradojalmente, las viene a constituir en perpetuas. En
efecto, al fracasar las ventas, sea por desistimiento de los compradores o por no haber postores, mientras
esté el juicio pendiente, hasta la prescripción está interrumpida, y esa obligación se convierte en un derecho
perpetuo o, por lo menos, con mayor tiempo de vida que los propios derechos reales, lo cual constituye un
verdadero absurdo (conf. Cazeaux-Tejerina-Cazeaux, ob. y loc. cit.).
La tan vigorosa obligación propter rem, así entendida, desnaturaliza también los principios de la compraventa
y de las subastas judiciales. En efecto, el contrato de compraventa requiere: 1) acuerdo de voluntades (art.
1137 CC.; 2) objeto (art. 1327 CC.); y 3) precio cierto (art. 1349 CC.). Ahora bien, es evidente que si al
comprador en remate judicial, en determinado precio cierto, se le quiere hacer soportar las deudas que se
registren por expensas comunes, en esa compraventa no ha existido acuerdo de voluntades, pues lo hubo
exclusivamente con respecto al precio de la mejor oferta, y con ello quedó cerrado definitivamente el contrato,
puesto que la compraventa se concreta en el instante que se hubiera convenido el precio. Así, cualquier
obligación que se le quiera cargar, aunque se llame ambulatoria, está al margen de ese acuerdo de
voluntades existente, incorporado al patrimonio del postor al amparo del art. 17 CN.Se estaría violando,
entonces, el derecho de propiedad del comprador, y afectando la transparencia, la seriedad, la seguridad y la
garantía de las subastas judiciales, por las que debe velar el órgano jurisdiccional (conf. Cazeaux-Tejerina-
Cazeaux, ob. y loc. cit.).
Por ende y los demás fundamentos expuestos por la mayoría acerca de la primera cuestión que nos convoca,
en el especial contexto de la subasta judicial, el precepto del art. 17 ley 13512 no llega a desvirtuar las
consecuencias que se derivan de la autonomía del derecho transmitido y la ausencia de convención, en los
términos de los arts. 3265, 3266 CC., por lo que consideramos que la segunda pregunta formulada merece
una respuesta afirmativa.
FUNDAMENTOS DEL DR. ALTERINI.- Con relación al segundo interrogante contenido en el tema del
plenario, para sustentar mi voto por la negativa habré de reiterar las argumentaciones expuestas en el trabajo
"Responsabilidad por expensas en la propiedad horizontal", incluido en la obra "La responsabilidad.
Homenaje al Profesor Dr. Isidoro H. Goldenberg", Bs. As., 1995, p. 669 y ss.
1. Planteamiento de la cuestión
El art. 8 ley 13512 de propiedad horizontal, que regula la obligación de pagar las expensas impuestas a los
propietarios de las unidades, establece en su párrafo final: "Ningún propietario podrá liberarse de contribuir a
las expensas comunes por renuncia del uso y goce de los bienes o servicios comunes ni por abandono del
piso o departamento que le pertenece".
Por su parte, el art. 17 ley de propiedad horizontal dispone que: "La obligación que tienen los propietarios de
contribuir al pago de las expensas y primas de seguro total del edificio, sigue siempre al dominio de sus
respectivos pisos o departamentos en la extensión del art. 3266 CC. , aun con respecto a las devengadas
antes de su adquisición...".
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Es evidente que los textos mencionados contienen directivas contradictorias.
El párrafo final del art. 8, con el encomiable propósito de asegurar el pago de las expensas, impide que el
propietario de la unidad se libere de su obligación de contribución, a través de abdicar el uso y goce de las
partes y cosas comunes, precepto de toda lógica por la inseparabilidad entre las partes propias y comunes
que postula el art. 3 en su tercer párrafo, cuando afirma: "Los derechos de cada propietario en los bienes
comunes son inseparables del dominio, uso y goce de su respectivo departamento o piso".
No es siquiera imaginable que un consorte pueda declinar genéricamente el uso y goce de los bienes
comunes y mantener el derecho sobre la unidad, pues la propiedad sobre la unidad supone inexorablemente
el correlativo derecho sobre aquéllos, sin el cual es imposible que se haga efectiva. Podría pensarse, por
ejemplo, en la renuncia específica a la utilización de algún servicio central o al acceso a la azotea común,
pero tampoco esas abdicaciones concretas permiten imponer una liberación parcial del pago de la proporción
de las expensas con ellas vinculadas. El régimen de la propiedad horizontal supone una actitud solidaria del
conjunto de los consorcistas, que descarta actitudes individuales que pretendan soslayar la suerte común que
los liga.
En lo que más interesa al tema que nos ocupa, el art. 8 aludido proclama que el propietario horizontal no
puede eludir el pago de las expensas "por abandono del piso o departamento que le pertenece" (en mi
investigación "Derechos de los consorcistas", ED 68-779 y ss., concretamente en la p. 789, procuro despejar
una arraigada confusión consistente en creer que el dueño horizontal no puede abandonar su unidad. El
abandono es factible, lo que no es viable es la liberación del pago de la expensas a través de él).
El art. 17, al preceptuar que la extensión de la obligación de pagar expensas es la "del art. 3266 CC. ", implica
que se responde sólo "con la cosa", lo que tiene una doble resonancia: que el obligado no responde con todo
su patrimonio, sino únicamente con la cosa, y que el abandono de ella lo libera.
Los principios son francamente antitéticos: para el art. 8 se responde con todo el patrimonio y el abandono no
libera del pago de las expensas; en cambio, según el art. 17 la responsabilidad se extiende exclusivamente a
la unidad y el abandono tiene tales alcances liberatorios.
Y que la contradicción es insuperable de atenernos estrictamente a la letra de la ley, lo patentiza la
concluyente mención del art. 17 acerca de que el responder por las expensas con el alcance del art. 3266, lo
es aun con respecto a todas las expensas: las devengadas antes o después de la adquisición.
El intento de conciliar ambos textos, nos llevó ya en 1968, a propiciar en el seno de la Comisión Especial
designada por la Federación Argentina de Colegios de Abogados para expedirse sobre el Anteproyecto de ley
de propiedad horizontal redactado por la entonces Secretaría de Justicia de la Nación, que se suprimiera el
adverbio "aun" en el art. 17 (la integré con los Dres. Dalmiro Alsina Atienza y Guillermo Lorenzo Allende y el
dictamen fue publicado en la Revista de la Federación Argentina de Colegios de Abogados, n. 2 -febrero de
1969-, p. 17 y ss.; ver explicación de p. 28).
La matización sugerida para el texto legislativo, enderezada a distinguir entre las expensas correspondientes
al período anterior a la adquisición y las posteriores, para limitar la responsabilidad sólo con la cosa a las
anteriores, con la consiguiente facultad de liberarse del pago de ellas con el abandono, parece ser la
comprensión finalista más razonable para alcanzar un resultado congruente con la redacción en vigor.
Determinar si el crédito por expensas en la propiedad horizontal y la consiguiente obligación, generan una
responsabilidad propter rem, lo que implica encasillarla entre las obligaciones "reales", "ambulatorias",
"cabalgantes" o propter rem, impone una precisión previa: determinar cuáles son los caracteres propios de
estas obligaciones.
2. Caracteres de las obligaciones propter rem
En otra oportunidad (en mi voto en el fallo plenario de la C. Nac. Civ. en los autos "Dodero, Hipólito C. v.
Consorcio Neuquén 566/88/90 y/u otro", publicado en LL 1977-B-424, y en ED 73-296), he sistematizado los
rasgos distintivos de las obligaciones propter rem, que resumiré a continuación:
a) Fuente legal: la fuente es exclusivamente la ley; son obligaciones ex lege. La afirmación se comprueba con
facilidad en el ejemplo más ajustado de créditos y obligaciones reales, los nacidos en materia de medianería
(ver Llambías, Jorge J. y Alterini, Jorge Horacio, "Código Civil anotado", t. IV-A, que redactara, Bs. As., 1981,
p. 584 -en glosa a arts. 2722 a 2724, A-2 y -ps. 522 y 524- en glosa a arts. 2685/2686, A-3).
En la medianería el crédito y la deuda propter rem surgen con la adquisición de la titularidad del inmueble
respectivo, por la mera virtualidad de la ley (arts. 2726 , 2727, 2728, 2736 y concs. CC.).
b) Derecho real o por lo menos relación real sobre la cosa: el crédito o la deuda se originan ante la existencia
de cierta relación del sujeto (activo o pasivo) con la cosa. Si bien tal relación puede ser originada por un
derecho real, es suficiente que se trata de una relación real o de hecho, ya posesión, ya tenencia.
c) Contenido: las prestaciones nacidas de estas obligaciones pueden ser de dar, de hacer o de no hacer.

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d) Prestaciones en razón de la cosa: las prestaciones para quien está en relación con la cosa, son debidas en
razón y con referencia a la cosa. Este carácter me decidió a proponer como designación más adecuada la de
obligaciones propter rem, pues la traducción de las palabras latinas es precisamente: "en razón de la cosa".
e) Responsabilidad del obligado con todo su patrimonio: la regla es que el obligado propter rem responde por
su incumplimiento, como todo deudor, con la totalidad del patrimonio y no sólo con la cosa, ya que el
patrimonio es la garantía común de los acreedores. Tal extensión de la responsabilidad se aplica tanto a las
deudas preexistentes a la relación con la cosa, como a las originadas durante ella.
f) Transmisión de la obligación con la ambulación de la cosa: como el crédito y el débito nacen por la relación
con la cosa, la transmisión de ellos se produce con el cambio de titularidad de la relación. Sin dependencia de
cesión alguna, el vínculo obligacional queda trabado entre el antiguo acreedor (o deudor) y el que accede a la
relación.
g) Extinción del crédito y de la deuda con la cesación de la relación con la cosa: si el crédito y la deuda
propter rem nacen por la relación con la cosa y ambulan con ella, se presenta como una natural contrapartida
que el crédito y el débito se extingan para aquel que cesa en su relación con la cosa, y pase al que accede a
ella.
Me ocuparé en particular de este aspecto en el apartado siguiente.
h) Tratamiento de la liberación de la deuda a través del abandono de la cosa
El más preocupado difusor en nuestro país del instituto de las obligaciones reales, Dalmiro Alsina Atienza,
muestra alguna vacilación en este aspecto en su nutrida y enjundiosa producción sobre el tema.
En la publicación que inició una extensa serie de artículos sobre la cuestión, formuló como regla general la
facultad de liberación de la deuda con el abandono de la cosa. Dijo: "Desde luego, un crédito o deuda que se
asientan sobre la propiedad de una cosa u otra relación de señorío con ésta, deben cesar junto con el
fundamento en que descansan... Se comprende, entonces, por qué la doctrina extranjera ha consagrado la
facultad de abandono... y por qué ve en ella una regla general para todos los supuestos que ofrezcan
características semejantes... En casos excepcionales, suele la ley apartarse del principio..." ("Introducción al
estudio de las obligaciones propter rem", JA 1960-II, sección doctrina, p. 40 y ss.; las citas son de p. 43 (en
aps. 9 in fine y 10 in principium).
En estudios posteriores acotó el principio general que sentara de la liberación por el abandono, en términos
tales, que llegó a sostener como regla prácticamente la contraria: el abandono no libera.
Así sostuvo que el abandono "del deudor propter rem le exime de deudas futuras; pero en cuanto a las ya
nacidas, hay que distinguir: en términos generales, si las deudas son correlativas de una ventaja o beneficio
ya gozados, el abandono no las extingue..." ("Diferencias entre la deuda propter rem y el deber del tercer
poseedor de una cosa hipotecada", JA 1960-III-Secc. Doctrina, p. 85 y ss.; la cita es de p. 86). Dijo en otro
trabajo: "La regla es que el abandono de la relación básica no extingue los créditos o las deudas propter rem
nacidos con anterioridad. Esta regla encuentra apoyo en la equidad, toda vez que se trata de deudas propter
rem que constituyen el correlato de beneficios ya gozados por el abandonante..." ("Lo esencial y lo
contingente en las obligaciones reales. Legitimación real y créditos y deudas ya nacidos", JA 1964-III-Secc.
Doctrina, p. 47 y ss.; la cita es de ps. 47 y 48).
Posteriormente, insistió en que: "En las genuinas propter rem, el obligado... aun cuando abandone, no se
libera, por regla general, de su deuda ya nacida" ("Existencia innegable de obligaciones reales en el derecho
argentino", JA 1964- IV-Secc. Doctrina, p. 38 y ss.).
Los textos que invoca para inferir la regla general citada no son persuasivos. El art. 2685 CC. permite a los
condóminos liberarse de contribuir a los gastos de conservación o reparación de la cosa común, a través del
abandono de su derecho de condominio. Es exacto que el abandono por el condómino es factible si se
ejercita cuando es solicitada la contribución a los gastos, ya que luego sería extemporáneo. Pero que el
abandono para ser liberatorio deba efectuarse en la oportunidad señalada, no implica que gravite solamente
sobre los gastos futuros y no sobre los gastos ya efectuados (Ver estado de la cuestión en Llambías, Jorge J.
y Alterini, Jorge H., ob. cit. en glosa al art. 2685 ap. A- 6).
Tampoco es esgrimible la doctrina elaborada en torno del art. 2727 CC. , que impide eludir la contribución al
pago de la pared de cerco con el abandono en el supuesto de que el vecino lo haga efectivo después de
"servirse" del muro. En ese supuesto, como también en el del art. 2723 que excluye la liberación cuando la
pared forma parte del edificio de quien abandona (ver Llambías, Jorge J. y Alterini, Jorge H., ob. cit., A-11-a),
ps. 587, A-4, 604), es obvio que se excluya la liberación, porque el que pretende liberarse por el abandono
continuaría sirviéndose del muro luego de la abdicación de su derecho.
El sustento de la tesis cuestionada en el art. 2882 es igualmente convincente. Según esa norma para que el
usufructuario pueda exonerarse de afrontar las reparaciones necesarias a su cargo a través de la renuncia de
su derecho, debe devolver "los frutos percibidos después de la necesidad de hacer las reparaciones, o el
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valor de ellos". Se trata de un razonable condicionamiento para la liberación del usufructuario en un caso
especial, pero el precepto ni siquiera fija una pauta aplicable para la eventualidad de que el usufructuario no
hubiera percibido frutos y a todo evento sería inaceptable generalizar una solución tan particular.
Las argumentaciones expuestas me llevan a no compartir la conclusión de Alsina Atienza, porque como lo
dije en el fallo plenario antes mencionado, conduce a "minimizar la importancia de las obligaciones reales,
dado que en la práctica se aplicaría la liberación sólo a las deudas anteriores a la relación con la cosa y no a
las posteriores".
Sin perjuicio de la existencia de disposiciones singulares que puedan excepcionarla, la regla en las
obligaciones reales no puede ser otra que la extinción del crédito y de la deuda propter rem mediante el
abandono de la cosa.
Conclusión acerca de las expuestas y la responsabilidad propter rem
La formulación efectuada en el apartado II de este aporte sobre las caracteres de las obligaciones propter
rem, exhibe que en el régimen legal vigente la obligación por expensas en la propiedad horizontal no
cumplimenta algunas de las notas propias de aquéllas.
Con relación a las expensas anteriores a la adquisición de la unidad, como en virtud de la conciliación de
normas expuesta en el ap. I, el adquirente responde sólo con la cosa y no con todo el patrimonio, queda
insatisfecho uno de los perfiles de las obligaciones reales: el sujetarse a la regla de que el deudor responde
con todo su patrimonio.
En lo que atañe a las expensas devengadas luego de la adquisición de la unidad, si bien ellas ofrecen al
consorcio acreedor la garantía de la totalidad del patrimonio del obligado, como es indiscutible la imposibilidad
de la liberación por el abandono, no se cumplimenta otra de las peculiaridades de las obligaciones propter
rem.
Más allá de la naturaleza del crédito por expensas, estoy convencido de que la contundente disposición del
art. 17 ley 13512 , que establece que la obligación correlativa "sigue siempre al dominio de sus respectivos
pisos o departamentos", supera cualquier duda acerca de que debe afrontarla el adquirente en una subasta
judicial. Por esa misma convicción, las II Jornadas Mendocinas de Derecho Civil, celebradas en la
Universidad de Mendoza del 18 al 20/4/91, declararon con el apoyo de veintinueve votos, contra sólo seis
posturas contrarias, que: "El adquirente es responsable del pago de expensas comunes adeudadas con
anterioridad a la subasta, en caso de insuficiencia del precio obtenido".
El Dr. Galmarini dijo:
En lo concerniente a la segunda cuestión sometida a plenario, referida a la obligación de pagar expensas
comunes, emito mi voto por la negativa, adhiriéndome a los sólidos fundamentos expresados por el Dr. Jorge
H. Alterini.
ACLARACIONES DE LOS DRES. CALATAYUD, DUPUIS Y MIRAS.- Si bien es verdad que como integrantes
de la sala E de esta Cámara hemos votado en más de una oportunidad en el sentido de dar una respuesta
afirmativa a las preguntas formuladas en esta convocatoria, las razones jurídicas expuestas por nuestro
colega el Dr. Alterini nos han persuadido en rever nuestra posición, al menos en lo que concierne a los
impuestos, tasas y contribuciones.
Es que, para caracterizar a tales obligaciones como ambulatorias, sería necesaria una fuente legal explícita y
clara en tal sentido, norma que no existe en nuestro ordenamiento.
Por lo demás, es cierto -como sostienen algunos autores- que al otorgarse a tales gabelas el carácter propter
rem -tal como lo sostuviera nuestra sala- vendría a tener un ius preferendi y un ius persequendi mucho mayor
que los propios derechos reales, principalmente el derecho de hipoteca. Es que, en éste, cuando el bien
gravado se enajena en pública subasta, aunque el precio obtenido sea inferior al monto del crédito
hipotecario, el derecho real y el privilegio se extinguen y por el saldo el acreedor pasa a ser quirografario (art.
3291 CC.), es decir, el legislador ha considerado la forma en que el inmueble puede ser liberado del
gravamen hipotecario, aunque el precio obtenido no alcance a cubrir el crédito así garantizado. Por el
contrario, para el criterio opuesto el crédito por impuestos, tasas y contribuciones no se extinguiría hasta tanto
el comprador en la subasta no haga efectivo totalmente su importe, siempre -claro está- que el dinero
obtenido en ella no sea suficiente para desinteresar al acreedor hipotecario y al Fisco (conf. Cazeaux, Pedro
Néstor-Tejerina, Wenceslao y Cazeaux, José Manuel, "Subasta judicial [Los impuestos, tasas, contribuciones
y expensas comunes]", en LL 1994-E-1240).
Ello representa convertir al comprador del inmueble en remate judicial prácticamente en un verdadero sucesor
universal que carga con todas las obligaciones con las que no haya cumplido el deudor -propietario del bien
subastado-, en contra de lo expresamente prescripto por el art. 3266 CC. (conf. autores y trabajo citado).

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Estos motivos, a los que cabe añadir las razones económicas puntualizadas por el fiscal de Cámara, nos
llevan a modificar nuestro criterio anteriormente expuesto y votar en este Plenario por la negativa en lo que a
la primera de las preguntas se refiere.
Por el contrario, a una solución distinta considero que cabe llegar en lo que al segundo interrogante atañe,
respecto del cual votamos también por la negativa. Es que la claridad de los términos en que se encuentra
redactada la norma del art. 17 ley 13512, más allá de que se considere a la deuda por expensas como
obligación propter rem o ambulatoria -cuestión discutida en doctrina y jurisprudencia-, impide, a nuestro juicio,
interpretarla en otro sentido que el que surge de la literalidad de las palabras empleadas, sin que pueda
inferirse que se refiere exclusivamente a los casos de enajenación convencional y no a los de subasta pública
(conf. sobre el punto, Puerta de Chacón, Alicia y Parellada, Carlos Alberto, "La subasta judicial y los derechos
conexos a la cosa subastada", en JA 1991-II-719, en especial, p. 722, ap. e), pues de su texto no se
desprende tamaña distinción y no cabe hacerla para restringir un derecho legislativamente acordado, sin
perjuicio de la conveniencia práctica que pudiere tener el llevarla a cabo.
AMPLIACIÓN DE FUNDAMENTOS A LA 2ª CUESTIÓN DEL DR. BELLUCCI.- Además de las razones que
ilustran al voto minoritario que se diera a la 2ª cuestión, debo agregar otra de no menor peso y que sostuve al
concedérseme la voz en el plenario.
Si bien la postura mayoritaria embandera el ius persequendi con fundamento en el memorado art. 17 ley
13512, el mismo, sintetizado en el vocablo... "siempre"... que se advierte en dicha norma, cede expresamente
y por imperio de la ley 24441 de indiscutido alcance federal, cuando el administrador del consorcio deja de
informar la deuda por expensas comunes que pueda devengar la unidad sometida a remate dentro del plazo
de diez días hábiles desde que se le hubiese requerido tal liquidación, en cuyo caso el bien podrá subastarse
como si estuviera libre de deuda.
Así, esta carga que el legislador pone en un mismo pie de igualdad con los impuestos, tasas y otras
contribuciones que pesen sobre tal inmueble no goza del carácter ambulatorio o propter rem, a punto tal que
por una disposición de igual jerarquía que el recordado art. 17 de la ley de propiedad horizontal, el adverbio
temporal al que aludí no resulta en la inteligencia de la prescripción referida (art. 56 inc. b) inamovible.
"Siempre no es tan siempre".
En coherencia con lo señalado, es dable advertir que el art. 79 modifica la prescripción del art. 598 del Código
de rito, en su nueva redacción y en el apartado 3, vuelve a igualar esta carga con los gravámenes, al
consignar en favor del acreedor, la misma facultad de requerimiento, con idéntico apercibimiento.
Es así que la locución "siempre" del art. 17, que precedió en el tiempo al dictado de la posterior ley 24441 , no
posee virtualidad o vigencia omnímoda.
Al menos, no la tiene en todo caso, o cuando menos. Tampoco en todo o en cualquier tiempo.
Ergo, la respuesta afirmativa es la que, entiendo, mejor consulta la verdadera intención del legislador.
Y más allá de su acierto o desacierto, a ella corresponde ceñirse.
Tal mi parecer.
Por lo que resulta del acuerdo que antecede, como doctrina legal obligatoria (art. 303 CPr.), se resuelve:
"No corresponde que el adquirente en subasta judicial afronte las deudas que registra el inmueble por
impuestos, tasas y contribuciones, devengadas antes de la toma de posesión, cuando el monto obtenido en la
subasta no alcanza para solventarlas.
No cabe una solución análoga respecto de las expensas comunes para el caso de que el inmueble se halle
sujeto al régimen de la ley 13512 ".
Dése cumplimiento a lo dispuesto por el art. 62 del reglamento del fuero. Jorge H. Alterini.- Alberto J. Bueres.-
Juan Carlos G. Dupuis.- José L. Galmarini.- Eduardo Martínez Álavarez.- Osvaldo D. Mirás.- Mario P.
Calatayud.- Ricardo L. Burnichón.- Leopoldo Monte de Oca.- Julio Ojea Quintana.- Delfina M. Borda.-
Eduardo L. Fermé.- Benjamín E. Zaccheo.- Carlos R. Degiorgis.- Julio R. Moreno Hueyo.- Emilio M. Pascual.-
Jorge A. Giardulli.- Judith R. Lozano.- Herán Daray.- Carlos H. Gárgano. En disidencia respecto de la 1ª
cuestión: Elena I. Highton de Nolasco.- Marcelo J. Achával.- Elsa H. Gatzke Reinoso de Gauna.- Claudio M.
Kiper.- Ana María Brilla de Serrat.- Gladys S. Álavarez. En disidencia respecto de la 2ª cuestión: Ana María
Luaces.- Hugo Molteni.- Jorge Escuti Pizarro.- Luis López Aramburu.- Gerónimo Sansó.- Carlos A. Bellucci.
Con su dictamen: Carlos R. Sanz.- El Dr. Javier M. Ruda Bart no suscribe por encontrarse en uso de licencia
(art. 107 RJN.) (11). (Sec.: Adriana L. de Pildain)

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