Cataluña: un asunto europeo

Ada Colau Ballano

Alcaldesa de Barcelona

La cuestión catalana se ha convertido en la crisis territorial más grave de la Unión Europea en
los últimos años. Si bien la voluntad de ejercer el autogobierno tiene una larga historia en
Cataluña, el origen de la crisis actual se encuentra en la reiterada negativa por parte del
Gobierno español de emprender un diálogo sobre la reforma territorial del Estado que
reconozca el derecho de los catalanes a decidir sobre su futuro político. No es necesario
compartir la hoja de ruta del Gobierno catalán para advertir que ha sido el Gobierno de Rajoy,
con su inmovilismo, el principal responsable del agravamiento de la situación actual.

Desde el 2014, cuando el Gobierno catalán impulsó una consulta no vinculante para conocer la
opinión de la población catalana acerca de la independencia, el Gobierno de Rajoy ha optado
por delegar en la justicia la solución de un problema político. Desde entonces, estamos
asistiendo a un proceso de judicialización que tuvo su origen en las multas e inhabilitaciones al
expresidente, la vicepresidenta y la consejera de Educación de la Generalitat. Sin embargo, la
semana pasada este proceso experimentó un “salto cualitativo” poniendo en riesgo los
derechos y libertades fundamentales, con amenazas de detención a setecientos alcaldes, el
cierre de webs gubernamentales y de entidades de la sociedad civil, la detención de altos
cargos de la Generalitat, el interrogatorio e intimidación de directores de centros escolares
para que no abran los colegios electorales, la intervención de las cuentas del Gobierno catalán
y el envío masivo de fuerzas de intervención policial con el objetivo de impedir que este
domingo los ciudadanos de Cataluña puedan votar en el referéndum convocado por el
Ejecutivo catalán.

No estamos solo ante un conflicto institucional, sino ante un conflicto social y político que
necesariamente tiene que ser resuelto por medios políticos. Somos muchos los no
independentistas que, siendo críticos con la vía unilateral del Gobierno catalán, abogamos por
una solución negociada de acuerdo con el sentir del 82 % de la población catalana, que es
partidaria de la celebración de un referéndum acordado, tal como se hizo en Escocia. Por este
motivo, es un error pensar que la cuestión catalana pueda resolverse mediante la acción
judicial sobre sus representantes políticos: abundar en esta dirección tan solo contribuye a
incrementar la tensión social y a bloquear la posibilidad de encontrar una salida al conflicto.

En la medida que el Gobierno español ha sido incapaz de encontrar una solución, el conflicto
catalán ha dejado de ser un conflicto interno español para convertirse en un conflicto europeo.
Europa es hoy en día una realidad global e interconectada de estados, sociedades, empresas y
ciudadanos que cooperan entre sí. En un momento en que el proyecto europeo se encuentra
amenazado por el terrorismo, el auge de los populismos xenófobos y diversas formas de
repliegue del Estado nacional, Europa no puede permitirse adoptar una posición pasiva en
relación con la cuestión catalana, ya que los acontecimientos que suceden en Barcelona
afectan por igual a París, Madrid, Bruselas y Berlín. Europa surgió como proyecto para proteger
y garantizar nuestros derechos y libertades. Defender los derechos fundamentales de los
ciudadanos catalanes ante la escalada represiva del Estado es también defender los de los
ciudadanos españoles y europeos.

Los que apostamos por avanzar hacia un proyecto europeo en clave democrática, social y de
libertades no podríamos concebir que las instituciones de la Unión dieran la espalda a una
situación que pone en riesgo derechos y libertades fundamentales y no apostaran por
encontrar canales que permitan una salida negociada al conflicto.

Por esta razón, ante la gravedad de la situación que se vive en Cataluña, es mi obligación como
alcaldesa de Barcelona, capital de Cataluña, pedir a la Comisión Europea que abra un espacio
de mediación entre el Gobierno español y el Gobierno catalán para encontrar una salida
negociada y democrática al conflicto.

Barcelona es una ciudad de paz, amante del diálogo y con marcada vocación cosmopolita y
europeísta. Por eso la mayoría de la población quiere votar, pero no desea un choque de
trenes de consecuencias imprevistas. Estoy convencida de que tampoco lo desean la mayoría
de nuestros socios europeos.

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