GERMÁN CASTRO

Ojalá estuvieras aquí

EDICIÓN AUTORAL
Primera edición: 1990
Editorial Claves Latinoamericanas
Instituto Politécnico Nacional
IBSN 968-843-097-8

Segunda edición (digital): septiembre de 2017.
Edición autoral
CON AGRADECIMIENTO A
JESÚS GÓMEZ SERRANO.

Y PARA RAÚL MARCO DEL PONT,
HORTENCIA GRANILLO Y ALEJANDRO PASTRANA
Hay una frontera que sólo nos
atrevemos a cruzar de noche: la
frontera de nuestras diferencias con los
demás, de nuestros combates con
nosotros mismos.

Carlos Fuentes, Gringo viejo.
Ojalá estuvieras aquí

I

La noche del Grito

Ley seca y faltan botellas. Es el colmo reprimir las
pocas columnas del civismo; nueve de la noche y
es necesario pagar el triple en una sucia ventanilla
clandestina.
Me siento detective de película norteamericana
caminando por las tétricas calles de Nueva York.
Voy solo con mi prohibido cargamento; todos mis
sentidos en alerta roja: en cualquier momento pueden
atacarme. Pero me muevo con seguridad, Bruce Lee
en Operación Dragón; amo del cuerpo, mi vista alta y
erguida la frente, pasos invulnerables —primero el
talón después la punta—, los ojos fijos en un objetivo
ultramarino. Felino. Zorra. Camino observado por una
multitud invisible. Chacal vanidoso en pantalla.
Colmillo chorreando hilos de sangre… ¡Alto!; en su
nicho de papel estraza, las botellas de tequila chocan
entre sí, mis finísimos oídos captan el sonido de un
motor que se acerca…, suspenso estático…, es un volks-
wagen, una combi o un safari… ahora aparece ante

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Ojalá estuvieras aquí

mí, sus faros señalándome descaradamente: es un
volkswagen, ahora estoy seguro: silueta de catarina.
Clavo la mirada en donde supongo al conductor.
Águila. Tal vez pare y bajen un par de judiciales
entrenados para matar por tres botellas de tequila
—chacos, cachas, macanas—; ¡pinche Eustaquio, me
hubiera acompañado!... No, quizá sea una ninfómana
alemana, 25 años, 100-60-100, y viuda millonaria. Eso
es: frenará en seco, no dirá palabra alguna, solamente
abrirá la portezuela y no escucharé su voz hasta que
brindemos por México en alguna habitación del piso
quince del Presidente Chapultepec… ¿Millonaria en
volkswagen?... Ni la una ni los otros: simplemente un
mediocre volcho gris que se pasa de largo.
Piloto automático rumbo a casa… one, two, three,
four… one, two —pasa un gato negro: no, no soy
supersticioso ni racista, gato negro con campana
cromada al cuello, tilín, tilín; se detiene ante mí, me
ve desafiante, mide y sigue su camino, tilín; tilín—…
three, four… one, two, three —comienza a chispear:
gotas ácidas en la nariz resbalan lentamente hasta
mis labios, empiezan a caer desde mi barbilla—, four…
one, two, three, four… one, two —chipi chipi, yo no
bailo bajo la lluvia, chipi chipi—… three, four… one,
two, three, four —chipi chipi,la lluvia canta para mí,
chipi chipi—… one, two —chipi chipi—, three, four…
one, two: ¡stop!
Llego a casa y el aparato de sonido ya está gritando
por las ventanas. Toco el timbre, Elsa me abre la puerta
y me planta un beso: la película se acaba.
Voy a la cocina, me sirvo y comienzo a beber. En

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Ojalá estuvieras aquí

México, nacionalismo y sobriedad son conductas
incompatibles.
El gato negro me puso nervioso, ¡carajo!
La gente comienza a llegar.

En los asuntos cívicos hay que ser puntuales: a las once
de la noche me dirigí a la mesa, la despejé de botellas,
platos y vasos, y me trepé a ella de un salto:
— ¡Su atención, por favor! ¡Su atención! —proclamé,
con palmaditas y toda la onda, desde las alturas de la
mesa y la embriaguez, para que poco a poco todos mis
invitados se fueran acercando. Desde ahí ahora los
podía ver en conjunto, cual masa gelatinosa reptando
al encuentro. Todavía secundado por aplausos propios,
llamando a algunos rezagados, me asombré de que las
predicciones de Agustín no hubieran sido acertadas.
Según él, rostro siempre verdoso por el alcohol o por
la falta de, cuando se organiza una fiesta nunca se
debe incurrir en el error de invitar a distintos grupos,
ya que se corre el riesgo de que la gente acabe como
gotas de aceite en tambo de agua, sin pelarse ni por
educación:
— A lo más, se critican sin verse a los ojos, mano
—me había dicho.
Pero Agustín se había equivocado: cuando comencé
a organizar la Noche Mexicana (sic), me colgué del
teléfono para invitar hasta a Juan de las Pitayas; gente
de la Universidad, de la Casa de la Cultura, conocidos
de la colonia, novias, ex novias, ex a secas, primos y

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Ojalá estuvieras aquí

primas, cuates de la prepa…, incluso apareció una
amiga que no veía desde los legañosos años de la
secundaria. ¡Total!: todo el mundo conocido estaba a
mis pies y, pese a lo pronosticado por el sapientísimo
amigo verdoso, la gente allá botaneaba con la de acá;
don Fernando, ¡buenas noches, no lo había visto!,
gerente del Banco en donde trabajaba mi prima Delia
y amante de esta última, discutía entretenido con mi
hermano; Flavia, compañera de la Facultad, parecía
haber resistoládose a Carlos Bayona, nadador estrella
del Club; el multicitado, por verdoso, Agustín Bacostela,
joven escritor de Coyoacán, ya había logrado atraer
a un grupillo de oidoras que lo veían como el futuro
José Agustín. ¡Croac, croac!: Leticia Michos, amante
mía en tiempos de pavor sexual, y León fajaban entre
risas; Gerardo Chacón explotaba una de sus tantas
gracias, narrando el partido del Real Madrid contra
el Barcelona, para el beneplácito de Israel y cuatro
zotacos de dudosa procedencia…; en fin:
— ¡Me alegro que se revienten a sus anchas! —la
reunión aquella había dado paso, como que no quiere
la cosa, al reve, a la bacanal. Siendo las once de la
noche, los prejuicios y trabababas de los desconocidos
habían desaparecido ya—. ¡Pues, viva Miguel Hidalgo!
— ¡Viva!
— ¡Viva Allende!
— ¡Viva!
— ¡Viva el Pípila!
— ¡Viva!
— ¡Viva Morelos!
— ¡Viva!

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Ojalá estuvieras aquí

— ¡Vivan los Héroes que nos dieron Patria!
— ¡Vivan!
— ¡Vivan también las mujeres que nos la dieron! —
se me adelantó Magali Sánchez, feminista insufrible.
— ¡Viva el TRI, banda! –metió chuchara mi hermano.
— ¡Viva!
— ¡Viva mi vieja!
— ¡Viva!
— ¡Viva México!
— ¡Viva!
— ¡Viva México!
— ¡Viva!
— ¡Viva México!
— ¡Viva!

— ¿Te sientes chingón de ser mexicano, Barry? —
cuestiono al nalgón poeta, esponja andante.
Eustaquio, mi hermano menor, estaba encargado
del aparato de sonido. Después del Grito, las bocinas
habían dejado escapar la voz tequilera de José Alfredo
Jiménez cantando El Rey; la gente no se había hecho del
rogar y a igual grito pelado nos salió el nacionalismo:
¡Ajuuuuuuuua! ¡No era para menos la parafernalia!:
guacamole nopalero, pico de gallo, papel de china
verde, blanco y colorado revoloteando en el techo,
mole, tequila, sobre todo tequila y mezcal, tacos
sudados, arroz: ¡Arrrrrrrrrrrroz!... Continuó Juan
Gabriel y ya todos nos sentíamos con ánimos sobrados
de ir a recuperar Texas al son del Noa Noa. Así con

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Ojalá estuvieras aquí

la racionalidad corrompida por los OH’s del Sauza
Hornitos, con las trompetas lustrosas y guitarrones
del Mariachi Vargas de Tecalitlán en los tímpanos, con
el cuerpo de Elsa entre los brazos, con el guacamole
embarrado en la camisa, ¡carajo!, así hasta me seducía
la idea de amar a México. Por eso la pregunta:
— ¿Te sientes chingón de ser mexicano, Barry?
— No olvides la medalla de Daniel Bautista en las
Olimpiadas.
Sí, güey, ¿pero a poco todos somos mexicanos, a
poco sí tenemos algo en común además de Televisa?
No mames. México: que ni españoles ni indígenas,
que Paz y Ramos preguntándose por nuestra perdida
identidad, que si somos o no somos, que si Quetzalcóatl
era vikingo o marciano, que si estamos en Occidente o
hacia el oriente de Occidente… ¡Enigma! El caso es que
bailando el Jarabe Tapatío el moreno Gerardo Chacón y
la cuasi-aria Martha se sienten mexicanotes e iguales,
identificados con un lenguaje y una historia… ¡y qué
historia! El caso era ver a la burocrática prima mía
zapateando con Pablo Socialistacomprometido. El
caso era vernos a todos los distintos unificados por
una gastronomía picante y grasosa, y un disco girando
en el aparto de sonido a treinta y tres revoluciones
por minuto. Entonces yo le pregunto a Elsa si es que
acaso sólo el folklore nos hace paisanos. Ya estás muy
borracho, Roberto, me contesta la ingrata y criticona
nalga mía, que olvide mis cavilaciones mamonas, que
hay que vivir el momento, que uno vino al mundo
a chupar vino y que si no a qué… Pinche Elsa lu-
garcomunera: ¡mi propia vieja me quiere volver

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Ojalá estuvieras aquí

misógino! Que la bese o ya de perdis que la saque a
bailar un danzón o una cumbia. Una cumbia no porque
es colombiana y ahora somos mexicanos.
Nos paramos a bailar y yo alcanzo a pensar en
otro par de mexicanos: mis sacrosantos papás, los
antihéroes que me dieron patria. ¡Qué cara pondrían si
vieran su casa convertida en un templo de exaltación
a la historia nacional! ¡Juar, juar!
Los imagino en Cuernavaca muy quitados de la pena
porque sus hijitos han de estar viendo el Grito en la
tele o comiendo elotes en Coyoacán. No hay problema,
mañana será otro día. Por eso veo sin preocupación
a León encaminando a Luisa por la boca del lobo
de las escaleras, a Ulises descarando su patético
homosexualismo frente a un Paco Tureño perdido
por alborotado. No hay problema: mañana será otro
día. No hay problema: que la Pata Loca siga fuman-
do mota. No hay problema, que las fiestas nacionales
son para hacer puentes y ponerse hasta la madre,
para olvidarse un poco de la crisis de identidad y de
proyecto, y escaparnos de la rutina por las benditas
puerta del alcohol, del sexo y los ¡Viva México, jijos del
maíz!
— Oye, Roberto, ¿ya no hay más sangrita?
¡Cómo no, Dany Boy! Ir a la cocina y toparme con
un Agustín Bacostela cada vez más verdoso, hablando
de la Revolución Mexicana a un grupúsculo de nuevas
admiradoras, sacar las botellas de la covacha y seguir
danzando con Elsa-cuerpo: ¡Viva México!
Todos contra todos: las dos de la mañana. ¡Así mero!
Mi hermano ya le había roto el tabique nasal a un

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Ojalá estuvieras aquí

maricón que le había propuesto romper inhibiciones
decimonónicas en el baño. Agus babeaba de ebrio,
y argumentaba que la obra de Rulfo no servía para
hacer cine y que Chaplin se había inspirado en el Corre
Caminos: — …más específicamente en el personaje del
coyote. Un par de anónimos copulaban para desgracia
de la suspensión del coche de Gerardo. La cuenta
telefónica, eso no lo sabría sino hasta tres meses
después, contaba ya con dos llamadas a Los Ángeles,
una a Nicaragua y otra más a Nueva York (Ricardo
confesaría la responsabilidad de esta última)… Así
mero, Elsa y yo nos disponíamos a salir al patio para
que la luna nos viera fornicar sobre el lavadero.
Porque el cielo de septiembre, gran ojo de hormiga,
nos observó con opacos reflejos, mientras Elsa me
decía bellos pero manoseados monosílabos al oído…
La penetré, el jabón de pan se cayó a la pileta, una
mirada furtiva atravesaba el espacio que la separaba
de nosotros y adentro los Beatles proclamaban que lo
podíamos arreglar
we can work it out,
we can work it out,
we can work it out,
we can work it out…

Emma cruzó el umbral de la puerta y Elsa, el Grito de
la Independencia, la independencia de gritar, México
y sus falsos y verdaderos héroes, la discusión sobre la
socialdemocracia que Barry proyectaba mínimo hasta

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Ojalá estuvieras aquí

el amanecer, el guacamole, Rubén Blades y su Seis del
Solar, y el vaso de tequila almendrado que tenía en la
mano, se fueron todos y en ese orden por un gran tubo
de aspiradora.
Emma caminó y las parejas que bailaban el corrido
tropical de Pedro Navajas tuvieron que replegarse
ante su hermosura de bugambilia trepando bardas
cacarizas. ¿Quién es aquella chaparrita que me
oblonga las hormonas? ¡Carajo!: cómo me estorbaba
Elsa y su-nuestro pasado y sus axilas humeantes. No
tuve más remedio que liberarme diciendo que iba al
baño. ¡Soldado, pecho tierra! ¡Repta serpiente tras la
presa! Me acerco a mi hermano a pedirle una canción
que, ¡bendito tequila!, según yo era la ideal para ese
momento: El Rock del Angelito, con el bocón Laboriel.
Comenzó el ritmo a brincar por el aire y ya no me
restaba más que tomar a Emma, así, sin discreción
ni urbanismo, e irla llevando… Cintura, sonrisa: ¡Qué
bien bailas! Tú tambor de hojalata. ¿Lo leíste o viste la
película? Entonces Quique Guzmán, igual de oportuno
que siempre, le dan un nalgazo a Laboriel para meterse
en la bocinas con todo y sus Teen Tops para cantarle
a todo el respetable El Rock de la Cárcel. Günter Grass
tiene cara de oaxaqueño ¿no?
Resultó ser hermana de Beatriz. Emma Orozco,
estudiante de comunicaciones en la Ibero, boca de pato,
cuello erguido aunque corto, cintura justo equilibrio,
senos pequeños y orgullosos: 34-B, orgullosísimos.
¿Dónde has estado? Bailando regresan las preguntas,
las historias de amoríos infructuosos o de frutos
endebles como cabras montañeses sin tobillos. ¿Tú

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Ojalá estuvieras aquí

crees que la gente ya no cree? La veo e imagino
sus besos dos días después, idas al cine la próxima
semana, tardes de desnudez viendo la televisión…
y parece como si el futuro fuera nuestro sólo con
planearlo, con sólo quererlo, con sólo proyectarnos a
través del tiempo y olvidarnos del cáncer, los paros
cardiacos, las catástrofes naturales, la guerra atómica,
las revoluciones y el automóvil que nos ha querido
atropellar tantas veces (¿estoy plagiando a Borges?).
La veo y quiero saberme con ella en las fiestas de
muertos de noviembre, en las posadas piñateras, en el
brindis de Año Nuevo. ¿Ya tienes bebida? Alcanzo a ver
a Elsa que me pulveriza con los ojos; instintivamente
me cubro los testículos. ¿Emma, dónde carajos te
habías metido? Nos sentamos en las escaleras: ella
habla y se va revelando como niña apantallada, como
mujer incompleta, como fresaniñabien pero también
como dama que no espera a su caballero en el palacio
dejándose crecer la cabellera. Luego, no me da opción:
brinco y le planto un beso petición en la mejilla.
¡Espérame aquí!
— Eustaquio, te exijo que pongas I’ve been waiting
for a girl like you.
— Estás my pedo, Roberto. Ya dejaste sola a Elsa…
Además esa rola es muy cursi.
— Hágale caso a su hermano mayor, cabrón –me
apoya el buen Barry, nalgón esponjoso, poeta andante.
¿En qué nos quedamos? Sí, que es muy difícil ser
uno mismo cuando estás en pareja. Las máscaras: soy
el que a ti te gustaría que fuera. Porque aquí estamos
todos en la rebatiña: El Que Soy Yo y El Que Quiero

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Ojalá estuvieras aquí

Hacerte Creer Que Soy. El Que Tú Crees Que Soy, El Que
Yo Creo Tú Quieres Que Yo Sea, El Que Tú Crees Que
Yo Quiero Ser, El Que… Por cierto. ¿Eres tú-tú ahorita-
ahorita. Emma? Te presento a Mí Misma, Roberto. ¿Y
tú? Sí, sí… Creo, ya no sé muy bien. ¿Y mañana? ¡Salud!
¿No vamos muy rápido? Tenemos que hablar cuando
esté sobrio, soy una monada. Te creo. No vayas a pensar
que soy siempre el borracho de la fiesta… Además no
me pongo verde, ¿ya te lo había dicho? ¿Qué? ¿Sabes?,
voy a odiar un poco a Beatriz porque no nos había
presentado… Y yo. ¿Qué vas a hacer mañana? Esperar
a que vayas a verme, me contestas y no me interesa
que Eustaquio me venga con el chisme de que Manolo
y Lilia ya se están desnudando en el cuarto de mis
papás, que Sting sermonee cantando con su voz de
dinosaurio desahuciado, ni siquiera que Elsa llore y
me vea con odio. ¿Siempre te peinas igual, Roberto? Sí,
bueno no… quiero decir, es una larga historia, mañana
te digo, ¿no? ¿Qué planes tienes para el jueves? No sé,
tal vez esperar a que sea viernes, últimamente me
ha entrado la duda. No, en serio. A ver, ¿en qué cae
el jueves? Es 19 ¡Ah! ¿Me vas a invitar a algún lado,
Emma? Sí, ¿qué tal te suena esperar el 20 a las faldas
del Popo? Acepto, incon… in… incondicionalmente.
— ¿No van a bailar, palomos?
— No —juntos: juntos.
Oye, Emma. Dime, Pingüino… ¿te puedo llamar
Pingüino? Tú llámame como se te dé la gana. Bueno,
te decía, Emma, ¿qué tal que me da una congestión
alcohólica y me muero? ¿Qué tal, eh, Globa? ¿Te puedo
llamar, Globa? Sí. Imposible: creo que te amo. ¡Hace

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Ojalá estuvieras aquí

tres horas que nos conocemos! ¿Bailamos? Bailamos.
Bailamos. En serio, creo que te amo.
¿A qué hora? ¿A qué hora qué? Vamos al Popo.
Después de comer.
Bailamos.

Rayos de luz antes de que amanezca, pajaritos
responsables.
Acompaño a Emma y a Beatriz a su automóvil;
amor y alcohol, cómica situación de enamorados
tambaleantes. Nos besamos por fin y ellos aparecen:
— Buenas noches —nos dicen irónicos.
— Buenísimas, querrá usted decir, corrupto y
bárbaro representante de la ley mexicana.
Quieren diez mil. Faltas a la moral, desacato a la
autoridad.
— ¿No le da pena ser tan gandalla, oficial?
Ahora quieren cincuenta mil por quitarme las
esposas.
No importa: Beatriz saca su tremendo
charolón de Gobernación. Los tiras se cuadran: la
institucionalización pesa.
En la casa, los restos tapizan todos los sitios. Elsa
me sigue con los ojos. Yo me siento bajo la mesa, tequila
y plato de mole poblano frío en la mano, dispuesto a
esperar el próximo jueves… es lo único importante.

17
Ojalá estuvieras aquí

II

Emma en las alturas

Nunca supe a qué hora se fue todo el mundo, mucho
menos cómo llegué a mi cama. No hay termómetro,
pero yo, que soy un cuerpo que se revuelca bajos las
sábanas, me quemo. Abro los ojos y no estoy despierto,
los cierro y no se puede decir que duerma; el tránsito
tarda; va y viene, me siento destrozado. Me levanto
pesadamente, como si todos mis huesos se hubieran
ido al funeral de mis músculos: soy un batracio
húmedo y apático. No hay energía. ¿Qué hacer? Mejor:
¿para qué hacer lo que sea? Falta mucho. Desplome
a la cama: es como un tobogán, deslizarse a toda
velocidad hacia abajo, trepidar con la rumba que baila
mi estómago renegando al chocar con mis intestinos.
Dejarse invadir por la duda, saborearla y sentirla en
la boca como cola de salmón dorado: salada y llena de
escamas. Desplome: estoy cayendo dentro de mí y no
me reconozco… Desplome en la cruda: microtaladros
macrotaladrándome el cerebro, las coyunturas
adoloridas… oscuridad.

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Ojalá estuvieras aquí

Silencio y oscuridad hasta que la sed y el hambre
me despertaron.
Quedé tendido en diagonal. Después de consultar el
reloj, la angustia: ¡las cuatro de la tarde!: mis adorados
padres no tardan en aparecer y la casa ha de estar…
¡carajo, ni pensarlo!
Caminando como entre campos minados, bajé
las escaleras; cada paso cimbrando en mi cabeza,
desenrollando mis circunvoluciones cerebrales. Sentía
la alfombra en las plantas de los pies, y más bien era
un arrecife de piedras cortantes y agresivas. Los dedos
en la sien, los ojos indefensos frente a la acometida de
los trillones de fotones solares que revoloteaban por
la casa… Para acabarla de fregar, el estéreo a decibeles
turbínicos.
— ¡Bájale, pinche Eustaquio! —nadie contesta y el
mandito, siempre fresco, Silvio Rodríguez cantando.
No iba a haber más remedio que incurrir en violencias;
de menos le rompo una silla en la espalda.
Ni tiempo de escupirle un ojo: la sorpresa fue de una
grandilocuencia que no dejaba el más mínimo espacio
de protesta: cero botellas, cero platos, ceniceros
asépticos y la alfombra absolutamente limpia.
Me encamino a la cocina:
— ¡Te voy a beatificar, Enano! —le dije a Eustaquio
que, radiante, estaba sentado frente al televisor; tuve
que reprimir los deseos que me impulsaba a hincarme
y besarle cada dedo de los pies…: ¡Hasta la cocina
brillaba!
— Si lo dices por la limpieza, yo no moví ni un solo
dedo.

19
Ojalá estuvieras aquí

— ¿Entonces?
— Elsa.
— ¡Ah chingá! —¿qué más podía decir?
Después de ir a apagar el tocadiscos, mi hermano
medio explicó el asunto. Dijo haber despertado como
a las diez de la mañana, con el sano propósito de
escapar a tiempo antes de que mis padres llegaran de
Cuernavaca.
— Ojete.
Bajó y se halló a Elsa fumando en la sala. La casa ya
estaba en orden. Desayunaron juntos viendo el desfile
en la televisión, ella lavó los trastes y luego se fue.
— ¿Ella arregló todo?
— Supongo, la verdad no le pregunté. ¿La vas a
mandar al diablo, verdad?
Buena pregunta. Después del cachetadón con
guante blanco que me había acomodado, la cosa se
complicaba con sentimientos de culpa muy arraigados.
Por otro lado, aunque pómulos hinchados, ya sobrio
ahora me costaba más, mucho más, tratar de darle el
peso exacto al encuentro con Emma: ¿sería todo parte
de la misma borrachera? Además, no hay que ser…
¡pobre Elsa!
Me dio flojera y miedo darle más vueltas al asunto,
mejor me serví una jarra de agua y le cambié el juego
hasta la otra banda:
— ¿Viste el desfile?
Pues sí, lo había visto, ¿no me lo acababa de decir?
¡Ah, sí! Me empino la jarra, juego de cuello, el fondo
verde de plástico aparece poco a poco, el agua se
termina y la sed sigue aquí. ¿Habrá un alkaseltser en

20
Ojalá estuvieras aquí

algún lugar? Eso te pasa por pedo, Roberto. La verdad,
pero ya se orinará el pecado. No alcanzo a escuchar
la respuesta de Eustaquio…, mejor darle la vuelta
al sermón. Quiebro los huevos en la sartén y la cara
pucherosa de Elsa aparece en el centro amarillo de las
yemas. Bato, salo, y Emma está bailando en la sala… Me
duele la cabeza, ¡carajo! Bájale a la tele, Eustaquio. El
no me hace el menor caso, y ahora es hambre y náuseas
amalgamadas…, me rindo: tiro los huevos en el bote
de la basura, y la bolsa de plástico que lo recubre se
achicharrona con el calor del guiso. ¿Qué ves? No sabe.
¡Cómo carajos no vas a saber lo que estás viendo! (¡No
grites, güey!) Bueno: una película, ¿conforme? ¿Cómo
estuvo el desfile? Igual que siempre: ridículo.
Eustaquio apaga la tele y: ¡preparen, apunten,
fuego!: rata-ta-ta-ta: El ejército es una basura que
apesta, Roberto. No sirve para nada, es un peso. ¿Te
imaginas cuánto le cuesta al Estado mantenerlo,
solamente para que haga su numerito una vez al año?
Me paro a buscar la caja de los corn-flakes. Además es
ridículo, absurdo, que nos demos lujitos tan pendejos
como los F-5; ¿para qué los quieren, Roberto, no que
somos una nación pacifista? Sí, pero ¿y los narcos?,
le contesto por contestarle mientras vierto leche
sobre las hojuelas de maíz. ¡Propaganda del gobierno:
ideología del poder! Recuerdo que Jeremías se cura
la borrachera con mariscos: ¡qué asco! ¡No sirven
para nada! ¿Y las guerras, Enano? Tenía que ser: se
dobla de la risa, hasta sus dientes me irritan los ojos,
no se diga las carcajadas neuralgeándome. ¡Nuestro
heroico ejército nos va a defender cuando los gringos

21
Ojalá estuvieras aquí

no quieran cobrar en serio! Cadena de risas haciendo
olas en mi plato de corn-flakes. No digas pendejadas.
¡O será que vamos a invadir Guatemala! No me queda
más remedio que callarlo con palabras y argumentos:
¿y qué onda con la seguridad interna?, ¿qué me dices de
los casos de desastre natural?, ¿qué con el control? No
seas infantil, Eustaquio, las cosas no son tan sencillas.
Pero él me clausura la boca: ¿Y qué onda con el 68?
¡Canijo Enano, ya me chingó!
Escabullirse: pensar en Emma, pensar en un buen
baño, pensar en la manera de sacarle algo de dinero a
mi papá…
— ¿Qué contestas, pues? —arremete Eustaquio.
— No sé, nada más te digo que las cosas no pueden
ser tan simples. ¡Además ya cámbiale!
— Como tú ya hiciste el pinche servicio militar, te
vale madres, ¿no? —concluye Eustaquio la polémica
antes de salir dando un portazo.
Yo mastico corn-flakes.

Modesta estrategia: por huir de mis padres entro
al baño. Sobreactuando su amor, ellos llegaron
de Cuernavaca. Siempre que se van para allá para
pelearse a gusto, regresan tostados, con un saborcito
de jovenzuelos deportistas, riéndose de todo como un
par de imbéciles, y mucho más viejos.
En el espejo del botiquín estoy yo. Me estoy viendo, o
mejor dicho: me estoy viendo verme. Disparo mi vista
a mis ojos, ¿quién parpadeará primero? Una amiga de

22
Ojalá estuvieras aquí

mi mamá dice que conoció a una señora que enloqueció
por verse la conciencia en el espejo. Que una mañana
sin sol ni lluvia, se paró frente al espejo y se quedó
largo rato viéndose al iris de sus ojos… los relojes no
pararon y ella se sepultó ahí mismo. No se movía, el
ritmo de su respiración comenzó a petrificarse…; se
detuvo el tiempo de ella. La amiga de mi madre dice
que cuando se dieron cuenta, la hija según parece, la
señora estaba fría, muda y respiraba agitadamente.
Seguía sin desconectar los ojos de aquéllos que la
veían desde el espacio helado del espejo; su cara
ahora expresaba horror: la boca completamente
abierta, babeaba, el sudor le empapaba los cabellos y
goteaba por su nariz, sus cejas se elevaban pintando
arrugas en la frente. La niña gritó al descubrir a su
mami en semejante situación. Entonces la señora se
liberó de sus propios ojos, volteó con un contundente
movimiento: su expresión fue de ira, de reproche. Yo
creo que reprobaba al mundo por no haberla dejado
ahí, libre de toda responsabilidad de ser alguien, de
estar viva. Fue sólo un instante, un instante de odio
absoluto, de esos que duran biblias enteras. Después
cayó fulminada. Todavía hace poco fueron a visitarla
a Puebla, donde está internada… ¡Pobre!... ¿Pobre? No
hay que ser hipócritas, en cierto modo la envidio: ¿qué
pasaría si ahorita que estoy viéndome en el espejo
decidiera ya no regresar, borrarme?... En principio no
volvería a ver a Emma…
Bajo la mirada: el agua corre inútilmente por el
lavamanos.

23
Ojalá estuvieras aquí

Dentro del pletórico repertorio de mis planes
fantásticos, se encontraban tales como viajar por toda
América del Sur en una combi; ser vocalista en un grupo
de rock; leer en francés En busca del tiempo perdido;
retar públicamente al Presidente de la República a
jugar una partida de ajedrez, que él aceptara, y que
yo ganara; tener una televisión del tamaño de un reloj
de pulsera, y aventarme toda la barra de programas
matutinos para amas de casa en la Facultad; recorrer
la Ciudad de México en bicicleta… Y gracias a que Elsa
había dejado la casas “demasiado limpia”, esta última
fantasía se acercó mucho a la realidad. El ojo clínico de
mi madre le prendió la preventiva y su red vecinal de
información le confirmó sus dudas:
— ¡Doña Elva hasta te vio haciendo porquerías
arriba del lavadero!
Adiós al automóvil.
Para llegar al condominio donde vivía Emma y
Beatriz, el camino más prudente resultó tomar el Eje 7
Sur hasta Lázaro Cárdenas, llegar a Luz Saviñón (¿quién
fue Luz Sa-viñón?), y de ahí subir hasta Insurgentes.
En la Guía-Roji la ruta lucía corta y rápida, pero yo
traía puestos los ojos del automovilista, automovilista
que con el mismo esfuerzo arranca o cambia de
tercera a cuarta velocidad, que llega a desconocer
olímpicamente la topografía de su recorrido por
obra y gracia de la suspensión, y que dimensiona las
distancias en términos de tiempo, o, a lo sumo, en
litros de gasolina… Andar en bicicleta resultó arena de
otro costal; otra onda, de plano.

24
Ojalá estuvieras aquí

Zapata, recorrida diariamente por trolebuses
resongones, es un eje vial con graves inconvenientes
de desnivel para el ciclista. A cada borde y/o hoyanco
no esquivado —o por bruto o porque había que
seguir de frente o estamparse contra un automóvil—,
mi coxis iba fotografiando en su memoria ósea
las arrugas de esa calle vieja y seca, vieja y seca
como toda la ciudad. Al llegar al Eje Central, aorta
del organismo intoxicado, lo automovilistas se
disputaban con los camioneros el derecho a hacerme
picadillo, materia de nota roja. Esquivar, pedalear,
adivinarlas locas decisiones de los conductores
anticiparse a los semáforos, huirle a los tragaluces,
ir salvando el pellejo. Además del humo, los cláxones,
¡carajo! Como gente urbana, civilizada, occidental,
no se tiene más remedio que dejarse bombardear los
nervios erizados y llorones. Los alveolos erosionados,
los ojos de perro esquizofrénico. Y el Ruta 100 que se
le cierra al datsun: mentada de madre del pequeño
Goliat azul-rey. Pedalear. Embotellamiento a la altura
de Eugenia: los semáforos parpadean como putas
coquetas. Un aparato se descompone y el tráfico
pierde toda su planeada eficiencia. Pedalear. Allá un
tragafuego, bocinazos, arriba un panorámico anuncio
de pantimedias, un pesero peleándose a trompadas
con un tipo con facha de burócrata, aquella estúpida
del dart con el radio a todo volumen, en la equina un
adolescente esquelético voceando el Ultimas Noticias,
claxonazo, acelera un camión y no se mueve ni medio
centímetro, el calor se eleva desde el piso, ¡muévete,
pendejo!, amenaza el cielo con lluvia, el hombre del

25
Ojalá estuvieras aquí

galaxi prende un cigarro, una alcantarilla humea
podredumbre…

Llegué al condominio de Emma con el coxis y el amor
por mi ciudad completamente arruinados. No era
para menos. Sin el recuerdo de Emma llamándome
Pingüino no hubiera salido de la casa…, quizá tampoco
del espejo.
Ya en el estacionamiento privado, me puse a buscar
un sitio para encadenar la bici, pensando que mi
madre hablaba a lo bestia cuando asegura que nuestra
casa de la Sinatel está muy bien ubicada. ¡Ay, dolor! Y
la garganta: cuajum cuajum.
Si mi madre me hubiera prestado el coche, hubiera
subido hasta el doceavo piso por las escaleras; desde
que me quedé atorado entre el quinto y el sexto
piso del edificio de la Tesorería del DDF me aterran
los elevadores. La última vez que había visitado a
Beatriz me había tardado siete minutos contaditos
en llegar a su puerta. Pero ahora era otro rollo, traía
troncos de pino viejo en lugar de piernas, y sentía que
la claustrofobia resultaba del todo prescindible en
aquellas circunstancias. Entro bastante molesto por
no saber hilar ordenadamente un Padre Nuestro.
Las puertas de cierran y el foco rojo comienza a
caminar. El martirio dura poco y eso me sorprende.
— ¿Quién?
— Buenas noches, señora. ¿Se encuentra Emma?
—le respondo a una bocina de interfón sin pecas ni

26
Ojalá estuvieras aquí

dientes sucios, mientras comienzo a preguntarme
dónde carajos había estado Emma las veces que había
ido a ver a Beatriz.
— ¿De parte…?
— Roberto, señora. Roberto Tovar.
— Un momentito —me indica la voz y yo aguardo
con el recuerdo de la cabina del elevador aún en el
estómago.
Aparece Emma, pequeña y altiva, el pavor a los
elevadores se va muy respetuoso para dejarle todo el
espacio al dulce terror del encantamiento.
Nos despedimos como a las once de la noche. Me
prometo bajar en el elevador, no iba a permitir que mi
cobardía me hiciera sentir como un imbécil.
Abajo, me reprocho tanto pinche miedo sobándome
las pantorrillas.

El ratón que según mi madre vive en el horno, no deja
su papel de leyenda doméstica. La soledad de la cocina
es una de las cosas que más gozo en esta casa. El foco
opacado por la grasa de tantos guisos, el olorcillo
indefinible y el pequeño televisor que mi madre ha
colocado en el desayunador (para acompañarme,
dice), ayudan a que la cocina sea tan confortable:
cueva hogareña. He tomado tres tazas de café desde
que llegué, y en cuanto a los cigarros ya no sé si es
la fumigada que me di en la tarde o la media cajetilla
que llevo lo que hace que el aire que respiro camine a
tropezones por mi garanta empedrada.

27
Ojalá estuvieras aquí

El camino de vuelta fue mucho más amable:
menos tráfico, ninguna prisa por llegar, el cerebro en
calma… No es extraño: desde que Emma me confirmó
con su abrazo-cuerpo que todo estaba bien, que me
continuaría llamando Pingüino y que yo podía seguir
diciéndole Globa, mi mente se dejó ir de tal forma que
ahora no me importa en lo más mínimo que mañana
sí tenga que ir a la Universidad, que el televisor tenga
ya rato de proyectar ruido y rayones incomprensibles,
que dentro de pocas horas tendré que hablarle a Elsa
en cualquier aula vacía de la Facultad.
Tomamos té de azar en la terraza. Dos mecedoras
apuntando hacia Insurgentes, ladeándose un poquito
en dirección del Ajusco, los rastros gaseosos del té y los
cigarros escalando paredes hasta perderse en el cielo.
Teníamos una hermosa vista. ¿Por qué, Pingüino? Me
harto de la televisión y la apago: el silencio ya no me
molesta, ahora tengo con qué llenarlo. Le dije a Emma
que hacía apenas unos minutos yo había sentido un odio
terrible por esa misma ciudad que ahora observamos
desde el piso doce del condominio; ahora se veía linda,
prefabricada pero voluble. Incluso pude sentirme
orgulloso de ser ciudadano de esta megalópolis que
desplaza sin respeto los horarios naturales con su
ejército de mirones de neón sodio. Hay que amarla y
odiarla, dijo Emma con la taza apenas despegada de sus
labios. Yo pensé que cualquiera podía repetir eso. Ella
dijo: hay que vivirla y sobrevivirla. Cada quien habla
como le fue en la feria. Los lugares comunes perdieron
su vulgaridad en la voz de la Globa. Entonces comenzó a
llover sobre la ciudad. Doce pisos abajo, los capitalinos

28
Ojalá estuvieras aquí

hormiguearon. Casi veinte millones: caminaban bajo
el agua con el Ovaciones tapándose los cráneos, y los
crucigramas se fueron arrugando, la modelo desnuda
se fue cubriendo de manchones húmedos; tocaban
y tocan el claxon con nulas esperanzas, la inercia
urbana; algunos inventándonos un futuro en Ciudad
Universitaria, quemazón de pestañas; se han enajenado
y lo seguirán haciendo con una larga sonrisa que los
une frente a los millones de televisores distribuidos
equitativamente, la democracia; otros, seguramente,
fornicaban desganadamente en los moteles de
anuncios neón intermitentes, la sensualidad afelpada;
las ancianas se consumen, la erosión se cumple;
en los cafés del sur, se enredaban en discusiones
deliciosamente inútiles, la libertad; se engrasan
bajo aviones en reparación; limpian de prejuicios
burdos sus mentes en consultorios psiquiátricos de
Insurgentes y Reforma, el progreso; trabajan para
sobrevivir, sobreviven para trabajar; se aburren; roban
bancos marmolíticos; abren latas, mueren de cáncer;
tejen valores, Penélope; reempapelarán a primera
hora sus oficinas, sellarán y firmarán; toman valium;
van; entran; caen; se pierden en la noche vestida de
charol.
¡Carajo, las cuatro de la mañana! Ya para que me
duermo, luego no voy a poder despertarme. Mejor
preparo otra taza de café y me salgo al patio.
Imagino un cielo despejado, populoso de estrellas
y de nubes correlonas… Dura poco la fantasía, Emma
había dicho que nosotros somos el monstruo; tengo
que conformarme con este cielo mediocre y denso que

29
Ojalá estuvieras aquí

cada noche parece más decidido a caernos encima.
En Insurgentes, los automovilistas se perseguían
los unos a los otros, seguramente siguen haciéndolo, y
nosotros dejamos de observarlos: urgentes besos para
reconocer los olores… Abajo, casi irremediablemente,
la ciudad continuaba su eterno ir y venir, su dinámica
de fluidos metálicos.
Trato de recordar la letra de I wish you were here
regresando la saturada cinta de mi memoria, pero
es imposible y jamás paso del estribillo; olvido el
proyecto de cantarte desde aquí, Globa. Prefiero
escuchar nuestras voces: Tú llevas el vino blanco,
Pingüino. Lo llevo, aunque va a estar haciendo un frío
del diablo. Me subestimas, me respondiste y se quebró
un turrón oculto en mí para que una sosegada alegría
se distribuyera equitativamente por mi cuerpo. Aún la
siento, ¿sabes? Tú planeaste todo, fuiste pintando el
paisaje volcánico. Te va a encantar, aseguraste. Claro
que sí, te digo otra vez desde este pasto húmedo. ¿Y por
qué el jueves, Globa? Excursión, universidad, amigos.
Pero nos veríamos antes, ¿no?, apenas es lunes y te iba
a extrañar, te extraño, se aproxima la luz del martes y
te extraño. Frío, pero ni así me voy a la cama.
Enciendo el penúltimo cigarro de la cajetilla, y veo la
nieve del Popocatépetl reflejada en tus ojos. También
veo la higuera, los cables para colgar la ropa…
Hace frío, aspiro el tabaco, y por fin recuerdo la
letra de I wish you were here.

30
Ojalá estuvieras aquí

III

Declaración solemne

— ¡Me siento de lujo! —proclamo desde mi asiento,
para que Gerardo Chacón se una a mi alegría dejando
salir de sí un ¡uuuuuuuuuuh! solidario y festivo. Ahora
prende el tocacintas, clava el pie izquierdo en el pedal,
cambia a segunda y damos vuelta en Miguel Ángel de
Quevedo. Miguel Ríos canta y Gerardo lo acompaña
aporreando con una irresponsabilidad envidiable el
toldo del coche.
Al salir de la Facultad, Gerardo me había invitado a
comer en su casa. Y yo dije que sí, porque todo lo que
iba del miércoles resultaba una comunión de gentes,
cosas y situaciones para levantarme el plomizo ánimo.
Cero cortaditas durante el rito de la podada facial;
apareció mágicamente un billete de mil pesos en mi
chamarra café:
— Por cierto, Chacón, párate en una tienda que yo
invito las cervezas.
De cuatro, dos maestros faltaron, y los otros dos
llegaron de buenas: Burilio nos contó con morbo

31
Ojalá estuvieras aquí

autocompasivo cómo lo habían expulsado del PSUM; y
el otro profe recordó viejos tiempos, cuando Marcuse
pisó el suelo de la Facultad.
— Por lo menos este semestre Careaga no se suicida
antes de entregar calificaciones —apunta Gerardo
antes de que nos bajemos a comprar las primeras
cervezas de la tarde.
— Además, hoy no se dejó ver en toda la mañana.
— ¿Quién?
— Elsa. Elsa me dio tregua —suspiro.
— Ayer te leyó la cartilla, ¿verdad?
— Más: amenazó con salirse de la Facultad,
embarazarse y luego cargarme el consumo —miento,
porque ella sólo dijo que dejaría la carrera.
— Dale mi teléfono.
Y ahora puedo reír. Cínico en barril. Puedo fulminar
a Tamara con sonrisas cuando llegamos a casa de
Gerardo. ¡Me siento de lux!... No que ayer… ¡Carajo!:
ayer me andaba llevando patas de cabra.
— ¿A poco?
— Mira, Chacón: mi papá me encontró jetoncísimo
en el patio y después no le pude sacar de la cabeza la
idea de que había caído ahí de borracho.
— El león cree…
— Luego, ya sabes, Elsa lapidándome en culpa. Me
tuve que largar al Café Tacuba con mugres quinientos
pesos para no regresar a la casa.
— Le hubieras caído acá, güey.
¿Por qué no fui a ver a Emma?
— ¿Les sirvo de comer? —nos pregunta Tamara
desde la cocina.

32
Ojalá estuvieras aquí

Gerardo asiente y se encamina al tocadiscos, y yo re-
cuerdo el tiro de gracia de ayer: el viaje en metro. ¡Carajo,
cómo es posible que todavía no pueda acostumbrarme!
(El vagón no muy lleno, pero como de costumbre el
aire enviciado: se huelen frenos quemados por el uso,
sudores mezclados con desodorantes baratos y malas
digestiones. Un hombre de pelo cano y arrugado de la
piel me mira con curiosidad desde su asiento. Somos
pelícanos en El Cairo. El baile involuntario que hace
que todos parezcamos negros llevando el ritmo de un
reggae, provoca un choque bastante cómico con las
caras duras de los pasajeros. Sube un ciego en Xola,
canta Camelia la texana, recoge una cuantas monedas
y se baja en Viaducto. La gente que dio unos pesos se
siente más cerca del Reino de los Cielos. El hombre de
piel arrugada tampoco cooperó y continúa viéndome.
Subo la mirada: Elite: sólo para hombres, la modelo
perfecta, de piernas perfectas, rubia perfecta, de
azules ojos perfectos y perfectamente inalcanzable
para los miles de hombres que diariamente la desean
al regresar a sus casas, donde, a falta de piernas
perfectas, sexan sin sudar con sus obsesas esposas de
senos flácidos y pieles sebosas; duermen, mal comen y
salen al otro día a desear las piernas perfectas… sólo
para hombres).
— ¡Ya bájate de tu tren, güey! –me pide Gerardo, pero
su enfrenón no fue a tiempo, porque yo ya tengo a Elsa
llorando crema de zanahorias, reflejada en las puerta
del apestosos vagón. Se salió con la suya: me siento el
villano de la película, el machito prepotente que lastima,
hasta cargo sentimientos de culpa pequeño-burgueses.

33
Ojalá estuvieras aquí

— ¿Sabes qué onda, Chacón? La pasión se muere
cuando se hace estable; el equilibrio y la rutina
asesinan cualquier relación —le recito a mi amigo.
El levanta sus ojos saltones de la mesa y declara, sin
más apoyos teóricos que su sano hábito de no discutir:
— ¡A güevo!
Pero ahora su respuesta me enoja, me molesta
que nadie me lleve la contraria, que nadie me dé
argumentos para poder creer en la monogamia por
los siglos de los siglos: contigo para siempre. ¿Pasará
lo mismo con Emma; el pisa y corre, la llamarada de
petate viejo?
— Pero con Emma la situación es diferente —digo
sin fe, sólo por no traicionar un deseo.
— Pásame el salero, Roberto.
¿Por qué, por qué es otra situación si los pasos han
sido exactamente iguales? La atracción física —senos
altivos, andar latino—, los genitales pidiendo batalla;
después la suerte de que se pueda hablar, de que el
cuerpo también piensa, la ganancia…
— Pásame el salero, Roberto.
Finalmente, llegará el hastío, el sentimiento de
antílope inválido, para salir corriendo por la nieve en
busca de otra hoguera en donde encender otro pinche
petate viejo.
— ¡Que me pases el chingado salero! —alcanzo a
oír a Gerardo.

La Pata Loca, hermana de Gerardo, llegó a las seis de la

34
Ojalá estuvieras aquí

tarde. ¿Qué hongo, banda? Nosotros veíamos películas
pornográficas en la videocasetera y tragábamos papas
fritas como energúmenos. Ella apagó el aparato. Luego
se encaminó al gran librero: busca algo alargando el
cuello… Lo encuentra en la segunda repisa. Entonces
hay una Pata Loca en cuclillas frente al librero. Se
levanta con una copa en la mano (¿Tan temprano?),
de inmediato comienza a esculcarse las bolsas de su
pantalón desteñido. Saca un manojo de llaves; no la
pelamos, yo estoy triste. Ceremoniosamente, entonces,
ella golpea la copia con la llave: tilín-tilín. Ahora
Chacón y yo la vemos. La Pata en cuestión, enterada de
su audiencia, grita:
— ¡Pasé Informática, cabrones! ¡Pasé Informática!

Nos invitó a La Guadalupana a festejar sus seis punto
cuatro. Dejemos correr la tarde entre cervezas,
botanas y boleros, dijo.
Coyoacán, clima otoñal. Aire húmedamente dócil;
se respira pastel de moca. ¿Será esto parte del Deéfe?...
Oasis, a mucha honra, me replica la Pata. Caminamos
desde su casa en Francisco Sosa hasta la cantina, y la
onda era otra; ayer cuando salí del Café Tacuba y me
puse a darle vueltas al Zócalo, por el puro gusto de
fastidiarme, la onda era otra. Allá gente hirviendo,
nerviosa, checándose las espaldas: secretarias
pierniflacas y pechiguangas, payasitos tristes de traje
completo y corbata, señoritos y señoras paquetonas
estibando naranjas y falluca…, en el centro el asta

35
Ojalá estuvieras aquí

bandera nacional, que nadie ve. Acá: la sofistificación
del ocio, del tiempo libre liberado con tarjeta de
crédito. Allá la angustia por la papa. Acá: la angustia
existencial, los jipitecas cuarentones como fósiles
desconcertados de la sicodelia. Los sesentas no tardan
en volver, me ha dicho Bojalil. Allá el siglo XX que no
logra comprenderse, presenciado por el Templo Mayor.
¡Pinches piedras!
— Ayer estuve en el Templo Mayor.
— ¿Y…? —la Pata Loca pasó su examen de
Informática, lo demás le importa un bledo.
— Nada —hace bien.
Barbones, gente de morral y verbo a flor de
labio amarillento, chicas liberadas del brasier,
homosexuales, escritores, cineastas sin un quinto,
ejecutivos bien, y muchos, muchos pendejos como
nosotros…; como siempre, La Guadalupana estaba
atiborrada.
¡Una mesa! ¿Y su nieve de qué va a ser, joven? Voy al
baño, Orino y pienso en largarme.
— ¿Ya estuvo? —me cuestiona la Pat-pat desde
una mesa inexplicablemente ganada, viéndome los
pantalones. Ya está instalada; mejor tomo asiento
para esquivar sus ojos analíticos, y pido:
— Una Tecate… ¿Cuándo te casas, Pata?
¡Casarse!... De que le veía la cara, ¿eh? El que sí
andaba grave es aquí el estúpido de mi hermano,
¿verdad, Gerardito? No es para alarmarse, protesta
él, si apenas lleva cinco años con Flora. ¡Pa su madre!
No es para tanto. Y mientras alcanzo a experimentar
cierta curiosidad por el caso de mi amigo, la Pata Loca

36
Ojalá estuvieras aquí

se arranca: el amor está extinguiéndose, eso si alguna
vez existió; el rollo es otro, entre más tiempo te
avientes con un galán menos oportunidades tienes de
conocer a otros… y la onda es experimentar… Y mueve
la pierna bajo la mesa para acomodarme la zapatilla
sobre los testículos antes de cuestionarme: ¿Y usted
—meniadito de pies—, qué opina? Buena pregunta.
¡Otra cerveza! ¿Alguno de los presentes porta dinero?,
porque lo que es yo…: como el Pobre Juan. ¿Quién?,
pregunta Chacón. El que no tenía en dónde caerse
muerto, tercia la Pata y al fin me quita la ídem de
encima:
— Yo invité, ¿no? —prende un cigarro— No te
hagas, Roberto…
— No me hago Roberto, ya soy Roberto.
— Corrección: no te hagas güey, Roberto. Por cierto:
¿todavía andas buscando a tu Princesa?
— No, ya la encontré —¡Zacatlán de las Manzanas,
quién dijo eso!
En la mesa de atrás, un encorbatado llora en el
hombro de una rubia de proporciones casi pigmeas.
Juar, juar: ¿de verdad, no será Emma?, inquiéreme
Gerardo sabiendo que sí de antemano, y con el disfrute
de la exclusiva. Emma. La Globa Orozco. ¡Mesero, otra
tanda de cervezas para celebrar por el pendejo de mi
amigo!
La rubia microanatómica se incorpora para que el
encorbatado dé el costalazo. ¿Y tú dónde estarás?
¡Oye, Roberto! ¿Y tu Boba…? Globa, por favor. ¿Y tu
Globa está que se cae de buena? Claro, mi querida Loc-
pat. ¿Muy lista, supongo? Sí, ahora que lo mencionas.

37
Ojalá estuvieras aquí

¿Sabrá cocinar, esquiar, bailar? Así deber ser, Chacón.
¿Está como te la recomendó el doctor? ¿Habla quince
idiomas, nunca reprueba y es la mujer de tus desvelos?
¿Te trae de nalgas? Sí, sí, aunque se burlen… ¡Juar, juar:
salud por el estúpido enamorado! ¡Salud!
Tragos largos. Te mando un beso.
Te apuesto que en un mes ya te enamoraste de otra.
No, ahora voy en serio. ¿La vas a amar por siempre
jamás, hasta que la muerte los separe? Sí, Pata-pinche.
Juar, juar. Qué pirado estás, compadre. ¡Salud! Un
cigarro. ¿Trabajarás como asno para darle la vida que
se merece? Por supuesto. ¡Pinche Roberto, qué rollo
te cargas! ¡Échense una que le llegue muy hondo aquí
a mi amigo Roberto Tovar que está pendejo por una
nena!
Entonces el trío canta algo que no me cuadra,
porque tengo que revisarme por dentro.
.
.
.
.
.
.
— Who are you? —salud the
Caterpillar.
— I hardly know, sir just at
present, at least I know who I
was when I got up this morning,
but I think I must have changed
several times since then –said
Alice.

38
Ojalá estuvieras aquí

— What do you mean by that?
—said the Caterpillar—.
Explain yourself !
— I can’t explain myself, sir, I’m
afraid —said Alice—, because
I’m not myself, you see.

… busco respuestas, pero como no las hallo, me digo
que la tengo que crear, ¡qué caray!, y ahí está el pedo:
puedo amarte siempre, aunque las circunstancias sean
las mismas de antes, de Elsa y Tania y compañía; todo
es cuestión de creer y crear: una fe y un oficio. Sentado
en esa cantina de escenografía taurina encuentro
al final el secreto: ningún pinchurriento equilibrio,
ninguna rutina puede entrometerse entre nosotros
mientras queramos creer e imaginemos para crear:
— ¡Viva la Recreación del Amor! ¡Viva la Voluntad
Erótica!
¡Qué rápido te pones pedo!, se asusta Gerardo, pero
solidario como siempre me apoya: — ¡Viva!
— Gerardo, Pata Loca: escúchenme bien porque
esto es historia y no tarugadas: hoy 18 de septiembre
de 1985 declaro solemnemente inaugurado mi amor
eterno por la Globa…
¡Globa, I globe you!
— ¡Bravo, maestro! —me secunda un borrachín
desde una de las mesas del fondo. El resto de los
comensales no tardan en aplaudir, incluso algunos se
acercan a felicitarme dándome un abrazo, cosa que

39
Ojalá estuvieras aquí

aprovecho para notificarles que aquí mi amiguita
acaba de aprobar su examen de Informática. Todos
quieren brindar. La rubia casi enana se acerca. Abrazo
para todos. La rubia casi enana me pisa el pie con su
zapatito de tacón y se aleja.
Yo estoy ebrio otra vez.

40
Ojalá estuvieras aquí

IV

Estuvo fuerte
el temblorcito, ¿no?

Una combi totalmente asardinada a un lado, una
pelirroja cachetona a bordo de un LTD del otro.
Caminábamos a vuelta de rueda sobre avenida
Universidad, frente a Hermanos Vázquez. Nuestras
posibilidades de llegar a tiempo eran casi nulas; la
clase de Antropología Social comenzaba a las siete en
punto y el reloj de cuarzo del auto de Gerardo marcaba
las 6:58 a.m. La mayoría habíamos perdido hasta la
esperanza y ningún claxon se oía reclamar. Apoyé la
cabeza en la ventanilla.
Habíamos salido de La Guadalupana arando el
pavimento. La tarde ya no era tal y todos los comercios
estaban cerrados. La Pata Loca insistía en seguirla en
casa de un amigo suyo que vivía en Ciudad Satélite.
Gerardo opinaba que él apoyaría cualquier decisión
siempre y cuando se tratara de comer. Por mi parte,
en un estado mental que rayaba en el misticismo,

41
Ojalá estuvieras aquí

sostuve que me estaba muriendo de hambre pero que
quería ver a mi Globa. ¡Vamos con el Jimy, es rebuena
onda ese güey! Mejor le caemos al Burger Boy. Ya está
cerrado, hermanito. ¡Quiero ver a mi Globa! Total,
habíamos terminado por ir por la nave de Chacón para
llegarle a la cocina de mi casa. Huevos con calabacitas.
Nescafé.
— Me cayeron de la patada los huevos, Roberto —
me indica ahora Gerardo.
Y es que también, repetíamos café negro en su
casa. Tamara nos previno: ¡qué carita! Patricia, Pata
Loca, absolutamente borracha, sus padres dormidos:
cargarla hasta su cuarto y convencerla de que no
nos tardaríamos. Vamos por el Jimy y otra botella,
descansa un rato, ¿sí?
— ¿Estudiaste algo, Roberto? —me pregunta Chacón.
— No. Antier perdí los libros en el Zócalo.
— Ah.
Chacón enciende el radio. Yo lo apago. Con la
boca seca, mis deseos se sintetizaban en tragarme
de un jalón un boing de fresa, presentar el examen de
Antropología Social (ni siquiera pasarlo), regresar
a mi casa y dormir hasta las cinco, para irme a casa
de Emma: el Popocatépetl no se ve desde aquí. Nadie
habló hasta que entramos al circuito escolar de CU.
Son las siete y diez.
— ¿Te vas a quedar a todas las clases?
— Depende de cómo me sienta —me contesta Chacón
con más muestras de desvelo que yo. Tiene la cara
verde, como la del Agus.
— Yo sí me regreso tan pronto acabe el examen, no

42
Ojalá estuvieras aquí

he dormido como Dios manda en cuatro noches.
Rechinando llantas entramos al estacionamiento
de la Facultad. Gerardo afirma que Dios no manda
dormir de ninguna forma. Tratamos de correr, pero
es imposible; la cabeza protesta de inmediato con
balines endocefálicos.
Un zumbido en el oído derecho aparece.
— ¿Podemos pasar, maestro?
El pinche examen me pone todavía de pero genio:
¡está sencillísimo! ¡Carajo, y yo angustiándome por
estas pendejadas! Cuatro preguntas tema que acaso
presentan el obstáculo de la inmensa flojera de
escribir… ¡Ni modo! En el pizarrón, letra manuscrita:
Desarrolle usted las principales incongruencias de
la Teoría del Determinismo Geográfico de la Escuela
Alemana Historicista. Tanto pedo para cagar aguado,
me dice Gerardo.
¿Pluma? ¡Carajo, me vine a la guerra sin fusil!
Busco a Elsa sin encontrarla. Digo: ¿Alguien me puede
prestar una pluma?, para que la Gorda Punk me
pase un bolígrafo diminuto. Roberto Tovar. Antro…
¡El colmo!: la pinche plumita tiene tinta rosa. Si yo
fuera maestro, toco madera, con sólo ver el colorcito
reprobaba al payaso que me entregara una prueba
así: pero ni modo, a lo que te truje… …pología Social
I.I.- La Teoría del Determinismo tiene sus principales
representantes en…
— ¡No hablen tanto allá atrás, o les recojo el examen,
compañeros!
— Es que Dolores se siente mareada, maestra.
Silencio: es obvio, pero tarda uno en aceptarlo.

43
Ojalá estuvieras aquí

— ¡Está temblando! —grita Chacón a mis espaldas,
veo el techo, giro y Gerardo está transparente.
¡Qué buena onda! Tenía mucho que no temblaba.
A mí me encanta, es una sensación parecida al nadar
en mar picado, y aquí estamos: pequeñitos, sin
importancia, una canica más en el bote. Todo se mueve.
Ola, resaca. La corriente eléctrica se va y el bamboleo
continúa. Ola, resaca. Pizarrón, butacas, los postes
del alumbrado: van y vienen. ¡Qué divertido, carajo!
Dolores se desmaya y el edificio A de la Facultad de
Ciencias Políticas y Sociales comienza a crujir como
mecedora de madera podrida. Me fascina ver a todos
con tamaño pánico en las pestañas, buscando quién
sabe qué mensajes en el techo. ¡Como si no estuvieran
acostumbrados! Ola, resaca. ¿Cuántos temblores no
habrán sentido? La planta de emergencia comienza a
funcionar: los focos se encienden, y el vaivén no frena.
Atrás oigo llantos enredado con hipos absurdos. Está
cabroncísimo, me dice Gerardo. La pluma rosita de
la Gorda Punk va a dar hasta los pies de la maestra.
Ola, resaca. Una ventana se estrella y se oye un rumor
de cristales. Gerardo y dos chavas más se solidarizan
con Dolores, y quedan tendidos sobre las paletas de
los mesa-bancos; brazos caídos, dedos ejecutando
la danza del péndulo. Manuel del Castillo se sale
corriendo al grito de ¡Sálvese el que pueda!
Yo no puedo más y reviento a carcajadas. ¡Cálmense
por lo que más quieran! Estamos en una zona volcánica
y los inmuebles están muy bien construidos, sentencia
la maestra apelando al sentido común y la razón. Pero:
ola, resaca. Abajo se oyen gritos. Esto no para y Rodrigo

44
Ojalá estuvieras aquí

Bermúdez se para, levanta ambas manos y: Santa
María Madre de Dios Ruega por Nosotros… ¡Pinche
Bermúdez, no que marxista! Algunas voces anónimas
le hacen coro y la maestra sigue pidiendo calma desde
su escritorio. Ola, resaca: inercia terca. Los crujidos
empiezan a regresar al silencio de la piedra sólida. La
tierra comienza a apaciguarse: columpio que pierde
fuerza, la marea que se relaja.

Las lágrimas le fueron brotando una a una: ya pasó, ya
pasó, había dicho la maestra, ya pasó, gracias a Dios
ya pasó. La doctora en Antropología Social Gabriela
Morales me pidió un cigarro. Yo prendí otro y me supo
horrible.
Las caras comenzaron a recobrar color. ¿Alguien
ha visto mi máscara por ahí? El aire otra vez es
respirable. Dolores fue la primera en volver en sí: no
lo hubiera hecho, se puso como loca, su casa se había
caído, estaba segura, no podía ser de otra forma, se
murieron todos ¡pinche histérica! Bermúdez dejó de
rezar y desapareció. Juar juar. El buen Gerardo, más
humildemente, seguía sin conocimiento. Cachetaditas.
La maestra dijo que pospondríamos el examen para
el próximo miércoles, estábamos muy nerviosos
¡Chacón despierta! ¡Ya se acabó! Emma se ha de
haber puesto el sustazo de su vida allá en las alturas.
Habría que llamarle después. Ustedes perdonarán la
falta de solidaridad, pero el miedo es un sentimiento
netamente moderno, regresó Manuel ajustándose

45
Ojalá estuvieras aquí

los lentes. ¡Gerardo, ya! Algunas siguen llorando; Lina,
por ejemplo, y es que la ponen muy nerviosa estas
cosas desde que le tocó un temblor en Acapulco, en la
playa. ¡Qué efectivo! ¡Un temblor en el mar! Licuadora.
¡Chacón, carajo! Increíble cómo en cuestión de segundos
la naturaleza se encargaba de bajarnos de nuestro
hermoso puesto de Seres Superiores, ¡con la bola de
siglos que nos ha tomado creérnoslo!
— ¿Qué…?
— Te desmayaste, güey.
No aguantaba la pena. ¡Qué cosas!, como si no
fuera de humanos aterrarse. Mamá Natura nos dio
una leccioncita, a ver si seguíamos sintiéndonos los
chiras pelas de la Creación, los Dueños del Universo,
si seguíamos haciendo planes como si el futuro fuera
propiedad privada: voy a estudiar un doctorado en
Europa, me caso en unos dos años, te juro que antes de
que acabe mi carrera ya compré mi departamento, ¿te
imaginas lo canosos que vamos a estar para el 2050?
— ¿Y la vieja? —me pregunta.
— Suspendió el examen.
— ¿Huimos, no?
En la explanada de la Facultad resultaba difícil
distinguir el estado de ánimo general. Algunos grupos
dialogaban como si estuvieran en medio de una
kermesse, los teléfonos públicos eran cabezas de
serpientes larguísimas, por allá se podía ver una chava
llorando todavía, acá una pareja con cara de mustios,
en torno al puesto de café se escuchaban risitas…:
especiario extraño, mercado oriental, hormiguero
aturdido.

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Ojalá estuvieras aquí

— ¡Qué onda, Roberto! –me palmeó la espalda
León–. ¿Estuvo fuerte el temblorcito, no?
¡Ahora sí los piches diminutivo, carajo! Ya
se acabó el bailoteo y resulta un temblorcito. Luego
platicamos, ¿eh?, y Gerardo y yo nos escapamos hacia
el estacionamiento antes de que León comenzara
a narrar la carrera de cierto profesor cojo cuando
comenzó el temblor. Porque, bueno, ahora sí todos
tenían anécdotas apelotonándose en la boca; ¿sabes
cuál es el santo de los temblores?
— …entonces salté para detener el vidrio y…
— …y desde el temblor de la Ibero yo presiento
cuando algo así va a suceder, de veras.
— Fíjate que anoche soñé que…
— San Goloteo.

Metí a Gerardo a su cama, prometiéndole llamar más
tarde. Había tenido que manejar hasta Coyoacán;
él iba de plano muy mal: desvelada, cruda y susto.
Tú descansa, hombre. En el coche no pudo dormirse
como lo hace ahora. Pálido, pero ya ronca; al fin y al
cabo está en su casa, el calor de sus cobijas. Me dan
ganas de pedirle a Tamara que suba a cantarle una
canción de cuna. No se va poder: ella no para de
rogarle a San Bartolo que nos proteja. ¡Pobre!, ella es
de Aguascalientes y es el primero que siente.
Yo tengo sueño.
Salí a la calle después de comprobar que la Pata
Loca seguía noqueada en su cuarto. En Coyoacán la

47
Ojalá estuvieras aquí

gente estaba tranquila. Leve que la vida es breve.
En Carrillo Puerto tomé un camión sin dificultades,
la gente iba igual que siempre: zarandeándose según la
voluntad del chofer y con la mirada perdida en cualquier
parte, menos en otros ojos, igual que siempre. Me bajo
en General Anaya con ganas de hablar con alguien.
Las puertas metálicas cerraban la entrada, y ningún
letrero auguraba el restablecimiento del servicio.
La gente veía las puertas y rebotaba
desconsoladamente hacia la calzada de Tlalpan. Las
puertas del metro cerradas a media mañana es el signo
funesto de la expulsión de la cómoda rutina urbana.
Tlalpan recibía incondicionalmente al tumulto. Yo
decido irme a pie, pero los millares de oficinistas,
estudiantes y gente sin más adjetivos se enrolaban en
el jueguito “¡A la casa del Ruta 100!” ¡Carajo, qué pinche
terquedad! En el Museo Nacional de Antropología e
Historia hay una maqueta que muestra a un grupo
de cavernícolas cazando a un mamut atascado en el
fango y su propia sangre. A los cazadores actuales
les faltan las lanzas y les sobran los portafolios. A los
cazadores del cuaternario les faltaba lenguaje y les
sobraba comunicaciones. El Mamut 100 no se atora
en el pavimento y unos pocos se cuelgan de sus tubos
cromados.
Si yo trabajara (¡papá líbrame!), me canso que
hoy no iba: un temblor es un gran pretexto, no pasa
cada quincena, uno puede volverse diabético, o se
puede inventar una esposa cardiaca, una hermana
paranoica…; más fácil: quedas atrapado en el metro,
la gente se asusta, le da diarrea y tú caes desmayado

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Ojalá estuvieras aquí

entre tanta pestilencia, los zapatos gastados te pisan,
escupitajos caen en tu cara, alguien toma tu cartera,
pierdes el sentido y faltas… Pero no: ahí van todos
reventados los camiones. ¡Carajo, pinches burócratas!
¡A checar!
Entro a la panadería que está junto al metro, me
compro unos churros y mientras pago, escucho a
una anciana llorar porque, según dice, Tlatelolco se
derrumbó por completo.
— ¡Dios sí tiene memoria! —sentencia—. Eso es un
cementerio desde hace mucho.
Salgo del establecimiento con los labios azucarados,
me prometo nunca dejarme el bigote. ¡Qué ocurrencia
de la senil! En México los edificios están hechos
con árbol de hule, con chicle masticado. Para que
Tlatelolco se caiga hace falta algo más que un humilde
temblorcito.
Entro a la Country Club por la calle de Atletas, sigo
hasta los Estudios Churubusco, y los churros ya se
terminaron… Los de azúcar. ¡Hubiera comprado más!
La vejez me provoca un miedo asqueroso, un asco
terrorífico, un terror agusanado… La mañana continúa
con un toldo de nubes sin gracia. Tal vez tendría unos
seis años, ¡no, menos!, porque todavía no entraba a la
primaria, ¿o sí?, bueno, el caso es que el cielo estaba
igual de apretado, nuboso y la humedad se sentía
entre las uñas y los dedos. Ya había oscurecido, mi
papá aún no regresaba de la oficina y eso que en aquel
tiempo todavía era muy decentito. Tan pronto empezó
a temblar, mi mamá nos llevó a Eustaquio y a mí a
la ventana para ver el cielo: en medio de la negrura,

49
Ojalá estuvieras aquí

segurito se había ido la luz, vimos el concierto de
rayos. Desde entonces me gustan los temblores.
Voy pues recordando mi dulce infancia, mi infancia
de teleptómano empedernido, muy a gusto y pateando
una lata de cerveza, cuando pasa frente a mí una vaca,
y atrás de ella un tipo tratando de lazarla. ¿Cowboys
en la Country Club?... Todavía no salgo de mi asombro
cuando sale de la esquina de Golf y Atletas un camello.
No tengo más remedio que dudar de mi salud mental
y reprocharme la vida de trago y desvelo que me he
venido agenciando últimamente.
— Oigan, ¿qué pasa, eh? —le pregunto a un par de
chamacos que están sentados en la banqueta.
— Es que se cayó una barda de los Estudios y se
escaparon los animales –me contesta uno de ellos sin
sacarse la paleta Tutsi de la boca–. ¿Qué vaciado, no?
— Sí cierto —confirma el otro, viéndome con todo
el desprecio que merecen los grandes incrédulos.
¡Qué vaciado! Me imagino a una señora asomándose
a la ventana para ver un simpático hipopótamo
comiéndose sus rosales. ¡Juar, juar, juar! O a un borracho
platicando con una jirafa en Río Churubusco. Lo que
sí, si se cayó la barda, estuvo fuerte el temblorcito.
El tipo laza a la vaca que voltea a verlo con
dignidad. Los chamacos y tres sirvientas que lavaban
a mangerazos las cocheras aplauden.
Sigo caminando con la imagen del camello en la
cabeza… A Emma le va a gustar la anécdota.

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Ojalá estuvieras aquí

V

Chiflando
llegaron las noticias

Hubiera sido preferible quedarme tirado en cualquier
camellón. Mascando chicle y viendo hormigas desfilar
sin pancartas, sentado en una banca de parque
desierto. Incluso hubiera resultado más sano no salir
de la casa de Gerardo. Información igual a insomnio.
Llegar implica no dormir.
Todo estaba en silencio, ¡mejor!: con todo el mundo
fuera podría dormir a mis anchas, babeando sin
problemas, pensé. Entré a la cocina en busca de un
vaso de leche, siempre bueno antes de ir a la cama.
Escoba recargada en la pared, vidrios en el suelo. ¿De
qué? ¡Ah, chinga! Abrí el refrigerador y acto seguido
entró Eustaquio por la puerta del patio:
— ¡Ya ni la chingas, Roberto! ¿Por qué no llamaste
por teléfono? Mi mamá está bien espantada.
— ¿Y eso?
Eustaquio informó: mi madre se puso histérica.

51
Ojalá estuvieras aquí

— ¿Por qué? Ella no le tiene miedo a los temblores.
— Dice que estaba viendo la tele, Hoy mismo, ¿no?, y
que en eso empezó a brincar la cama, que la locutora
se veía muy nerviosa.
— ¿La locutora estaba en la cama?
— Que se fue la imagen. Creo que eso fue lo que más
la impresionó: no para de decir que para que Televisa
haya cortado transmisiones la cosa estuvo grave.
— ¿No quieres un vaso de leche?
—…
— ¿Y qué dicen los de chismevisión?
— No hay corriente eléctrica, güey… Ahorita
andaba buscando unas pilas. ¿Tú no tienes?
No, no tenía. Trago. Subí a ver a mi mamá en su
debut de cuarentona paranoica. Estaba metida en la
cama, coronada con tubos de plástico azul, llorando
como mocosa. ¡Hiiiiiijo! ¡Bendito Dios de mi alma!
¡Qué místico amaneció hoy todo el mundo, caray!
Cálmate, no pasó nada. Y es que se asustó muchísimo,
yo no sabía cuánto, de verdad. Además mi padre no
se comunica, desconsiderado. Descolgué el aparato.
Obvio: muerto, muertísimo. No hay línea, por eso no
se ha podido comunicar. Ya veía, si no funcionaba el
teléfono y la luz significaba que la situación está fea.
¡Dios mío! Ya cálmate. ¡Además, Roberto, el Canal 2
dejó de transmitir! ¡El Canal 2 dejó de transmitir!
¡Santo Cielo! ¿Te das cuenta?
Y yo que iba a contarle lo del camello.
— Espérame, ahorita te traigo un té.
¡El colmo!: tampoco había agua. ¡Pinche gobierno!

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Ojalá estuvieras aquí

¿Quiero dormir?: clavado sin medio punto de grado
de dificultad al sillón de la sala. Cavilo con nostalgia
sobre las comodidades de la vida urbana, y de lo
frustrante que resulta tener un teléfono sin línea, una
televisión sin corriente eléctrica y un grifo sin agua.
Eustaquio fue a comprar pilas, mi mamá está haciendo
pucheros en su recámara porque mi papá no le llama
por teléfono y porque el Canal 2 dejó de transmitir.
¡Quiero dormir!
Pero aparece el ave de mal agüero: Israel. Su chiflido
es inconfundible.
¿Y si me hago el del oído occiso?
El chiflido vuelve a entrar, viene un poquitillo
más respetuoso, aunque más insistente; rebota en
las paredes: ¡adiós sueñito mañanero! ¡Ni modo! La
curiosidad mata más que gatos: voy a abrirle.
— ¿Qué pasó? ¿Cómo estás?
— Bien, cabrón, pero ni te imaginas cómo está la
cosa. Fíjate que…
– Pasa.
Israel lleva cerca de dos años trabajando en la
Secretaría de Comercio; archivista era su puesto.
Con 23 velitas en último pastel de cumpleaños y
la preparatoria inconclusa, no tenía más remedio
que seguir manchándose las manos y el alma en ese
foso. Las oficias donde ha desempeñado el cargo de
Brazo Derecho del Archivo de Invenciones y Marcas
se encontraba en Izazaga, más o menos a la altura del
Claustro de Sor Juana. Me cuenta que se dirigía hacia
allá (¡a checar, carajo!) como al cuarto para las ocho.

53
Ojalá estuvieras aquí

Dice haber pasado el temblor en el water…
— Si hasta me asusté, cabrón. Como ando medio mal
del estómago, yo pensé que se me estaba muriendo de
tanto pujido, como Elvis.
Se fue a la chamba, pero no pasó de Eugenia. No me
podía imaginar cómo estaba aquello.
— ¿El centro?
— El centro no sé, aunque un compa me dijo que
todo había valido madres. A mí no me dejaron pasar,
te digo que el tráfico estaba cerrado en el Eje 5. Lo
que sí te aseguro, y eso porque lo vi, es que la SCOP se
cayó.
Los murales hechos añicos.
— ¿Cómo que se cayó?
— Así, se cayó.
Las antenas con la verticalidad perdida.
— ¿Se cayó, así, se cayó… toda?
— ¡Chingó a su madre, pa’ que me entiendas,
Roberto!
¡No, no lo podía creer! El temblor no estuvo tan
fuerte: — ¿Y qué hay de cierto que Tlatelolco se
derrumbó? —la anciana de la panadería en la pantalla,
Elsa en los testículos.
— Te digo que no sé, el radio del coche no sirve y en
la casa no hay pilas…, pero si se cayó la SCOP no iba a
ser el único edificio, ¿verdad?
— ¡Qué imbécil, cómo no se me había ocurrido!
Espérame —trepo las escaleras, el sueño se va
perdiendo en un mar de adrenalina—. Préstame las
llaves del coche, má.
— ¿Vas a salir? ¿Piensas que voy a permitir que

54
Ojalá estuvieras aquí

expongas tu vida? —me apunta con el índice acusatorio
y proclama:— ¡Tú quieres volverme loca, Roberto!
Calma, calma: no quería el auto para salir. Sucede
que la caribe tiene un radio y una batería. Está bien:
que le contara lo que estuviera pasando, ella no podía
bajar las escaleras. Se veía tan patética, tan grotesca,
que me dieron ganas de agarrarla a nalgadas y luego
meterla a bañar.

Lo primero que escuchamos Israel y yo fue un discurso
larguísimo. Al locutor lo imaginé panzón y sudoroso,
de mal aliento y con un paquete de tamales en la bolsa
del saco. Pedía calma y tranquilidad, los momentos
que atravesaba la ciudad eran idóneos para demostrar
la entereza del pueblo mexicano, su capacidad de
organización y… Busco otra vez en el cuadrante AM.
A las diez y cacho algunas estaciones aún transmitían
música.
— ¡Pinches horas de poner a Ray Coniff, ca’!
“… nos informan que el movimiento sísmico que
acabamos de sufrir se calcula del orden de 7.8 grados
en la escala de Richter y 8 en la de Mercalli, con una
duración aproximada de tres minutos.” Después, una
explicación para mongólicos sobre los diferentes
sistemas de medición. ¡Carajo! ¿A quién se le ocurre?
Yo quiero saber qué pasó. Continúo moviendo el
sintonizador, esperando una voz que me diga que la
SCOP se cayó… Música, estática, ruidos, anuncios… De
pronto una mujer angustiada dice: “… el terremoto

55
Ojalá estuvieras aquí

que la capital…” ¡Terremoto! ¡No!: fue sólo un temblor,
los terremotos son de las películas, de San Francisco,
de Nicaragua. ¡Terremoto en la Ciudad de México!
— ¿Oíste, cabrón? Dijo terremoto.
El miedo cosquillea en mi bajo vientre.
— Traigo los güevos en la garganta —me dice
Israel—. Pon la XEW.
Giro la perilla: música, ruido, voces, estática… “…
todavía no tenemos una información exacta de la
situación en nuestras instalaciones centrales. Pero
podemos adelantar que una de las antenas, al parecer
la del Canal 5, se vino abajo…”
— ¡En la madre!
— ¿Es Jacobo, no?
— ¿Qué Jacobo?
— Zabludovsky.
Sepa. Que Televicentro sufrió grandes daños. Ahora
elogia el profesionalismo de dos locutores de Radio
Fórmula que murieron en el terremoto. ¡¡Muertos!!
¡Hay muertos, carajo! “…y nos acercamos a los
escombros del Conjunto Pino Suárez”. ¡Escombros!
¡Muertos! Salgo disparado del automóvil: ¡Emma vive
en un doceavo piso! Levanto el teléfono y me siento el
más pendejo de los pendejos que han pisado el planeta:
¡no hay línea! La impotencia me marea. Recuerdo
al doctor Zhivago secuestrado por el Ejército Rojo.
¡Carajo!
— ¡Eustaquio, préstame tu bicicleta!
— ¡No salgas, Roberto! ¡Te lo ordena tu madre! —
baja por la escalera la voz de mi mamá.
Sorpresivamente suena el teléfono. Carrera, me

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Ojalá estuvieras aquí

golpeo la rodilla con la mesita de centro. Los elefantitos
de porcelana caen al suelo y sus trompas se rompen.
— ¿Emma?
— ¡Uy, cómo te traen, chiquito! De verdad que la
famosa Globastiana ha de estar bien buena… ¡Oye, te
llamaba para invitarte a comer!
— ¡No mames, Patricia! ¿Cómo le hiciste para
comunicarte?
— ¿Por qué, tú?
No tenía la menor idea de lo que estaba pasando.
Acababa de despertar y ni cruda sufría. Cuando bajó,
Tamara le dijo que había temblado, pero la Pata Loca
no tuvo más respuesta que burlarse de la chillona y
primitiva de su sirvienta, y pedirle un caldito de pollo
con mucha cebolla y chiles verdes.
¡Pinche Pata!
— ¡Ay!, pero fue un temblorcito más, Roberto. A mí
ni me despertó.
Le paso la poca información que tengo: Televisa, la
SCOP y el Conjunto Pino Suárez derrumbados. Dicen
que también Tlatelolco y…
— ¿Y qué más, primor?
— Te lo juro.
— ¡Oye, si no me chupo el dedo! Ve a cotorrear a tu
Globa.
Le cuelgo: no tengo ni tiempo ni ganas de convencerla
de lo que ni yo mismo quiero creer. Teléfono en mano:
¡milagro! El aparato da línea. Piiiiiiiiip: 3-43-20-17.
Piiiiiiiiip…
— ¿Bueno…? Señora, habla Roberto… Sí, bien,
gracias. Ustedes cómo están… ¿Y Emma?

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Ojalá estuvieras aquí

La doña está a un ápice de la ignorancia total, hasta
me pregunta si siempre me ponen así los temblores.
Luego entonces ya se me nota el miedo. Emma se fue
después del temblor, me tranquilizo. A la señora no le
digo nada, ya se enterará después. Le pido que le diga
a Emma que me hable tan pronto llegue. Cuelgo.

Caminábamos con el silencio a cuestas. Habíamos salido
de la casa y el sueño que traía: ¡zum!, sencillamente
¡zum! Yo miraba las fachadas y trataba de verlas
derrumbadas, humillando la bendita intimidad de sus
muros de casa de familia decente, pero ¡imposible!
Aún me resistía a creer todo lo que había oído, por eso
íbamos por pilas para la televisión. En la tienda de don
Gaby ya no quedaban ni pilas ni velas. Seguimos sin
abrir las bocas hasta la abarrotería de Zapata y Sur
73: había baterías, pero costaban tres veces su precio:
— La ley de la oferta y la demanda, estimados — se
disculpó el pulguiento jipiteca que nos atendió. Ni
modo.
Pasaban muy pocos trolebuses. La estación de
Tetepilco se veía desierta. Muy a lo lejos: sirenas. Sentí
el impulso incontrolable de tocar madera… ¡infantil!
Continuamos callados hasta que íbamos entrando a
mi casa. El segundo chiflido de la mañana se escuchó.
— ¿No se cayó nada por acá?
— No, no mames, pinche Jere.
— ¿Y mi casa, ya vieron mi casa?
— Que no, cálmate.

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Ojalá estuvieras aquí

— Es que no tienen una idea de cómo estuvo por
allá… dijo Jeremías Valencia y luego volteó como
buscando un francotirador escondido—. ¿Me juran
que no se cayó mi casa, Roberto?
Jeremías estudiaba en la Escuela Bancaria Comercial,
la de Insurgentes. ¿Te agarró allá, cabrón? Sí, había
entrado a las siete de la mañana a la primera clase:
Costos y finanzas, con la maestra Cleotilde Te… ¡Omite
los detalles! Bueno, la cosa es que como a las siete y
media empezó a temblar… ¡Fue a las siete 19 ca’, ya lo
dijo Jacobo! ¡Ah! A la hora que haya sido. La onda es
que estuvo bien grueso, ¿qué no lo sintieron?
Estaba en un segundo piso: si me toca más alto
segurito que me muero, ya ves que soy muy nervioso
y… Por la ventana que da hacia Insurgentes se podía
ver el edificio de la Subsecretaria de Fiscalización y
un terreno baldío. Primero lo sintieron levezón, pero
no paraba y no paraba…
— Ya mero y me salgo corriendo, pero Ana Mónica
me agarró del brazo. “Nos vamos a morir todos,
¿verdad?”, me preguntaba la muy idiota, y yo ¡suéltame
pendeja!
— ¿A poco le dijiste pendeja?
— Te la hubieras llevado a rastras, cabrón.
— No pude —se disculpó Jeremías—, porque en eso
estábamos cuando ¡madres!, se oyó un trancazazaso.
Volteamos hacia la ventana, y ¿cuál barda, mano?
— ¿Cuál barda?
— La barda del terreno baldío, ¡se había caído
completita! Quedamos paralizados, ni llantos se oían.
¡Y el pinche temblor que no paraba!

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Ojalá estuvieras aquí

— Dijeron que duró tres minutos —apuntó Israel.
— Pues a mí se me hicieron años —dijo Jere
sentándose en el suelo.
— ¡Tanto pedo porque se cayó una barda! Fuerte
estuvo por donde yo andaba, porque fíjate que…
— ¡Espérate, Israel! Eso no es todo: después de que
paró, bajo al patio y era como si fuera una alfombra
vieja. Luego comenzaron a zumbar las ambulancias.
Salimos y ¿qué creen?... ¡El Continental valió madres!
— ¿El Continental? —preguntó Israel.
— ¡El Continental!, el hotel donde bailaba Olga
Breeskin.
Imagínense: ¡seis pisos al suelo! ¡Horrible! El
pinche tráfico se embotelló. Y para colmo de males,
¡la gringada! ¿Te imaginas el sustazo que se habrán
llevado los gabachos?
— Eso si no se murieron —dije.
—…
—…
— Había un titipuchal de güeros en calzones,
llorando, rezando en inglés…
— ¿A poco entiendes inglés, ca’?
— Uno decía que quién sabe quien se había quedado
atrapado en el elevador. Otro gritaba que en México
hasta la tierra estaba mal hecha…
— ¡Chale! Le hubieras mentado su puta madre al
güey —reclamó Israel desde su sitio.
— Qué naco eres.
— Me regresé a la escuela para ver si iban a cortar
las clases o qué onda, ¿no?... Porque para esto ya me
estaba preocupando por mi familia…

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Ojalá estuvieras aquí

— ¡Ay sí, no mames! –dijo Israel, sentándose por fin
con nosotros— ¿Y si hubieran seguido te ibas a quedar
hasta la última clase, para luego irte muy quitado de
la pena a tu casa, a ver si no le había caído el techo
envina a tu familia?
— Es que agarra la onda, se me borró la cinta, como
que te vas tardando en entender lo que está pasando.
— ¿Y luego?
— Pues fui a comer tamales.
—…
—…
— ¡No pongan esa cara! Les digo que como que se
me borró el casete. Me sentía dentro de una película,
como soñando… Además tenía hambre… Me tragué
cinco tamales, me imagino que por lo nervios —dijo
Jeremías antes de levantarse del suelo.

Y Emma que no se comunicaba… ¡pero si no sirve
el teléfono! Si la Pata Loca pudo fue nada más por
ignorancia. Calma ¡total! salió de su casa después del
terremoto… ¿Terremoto?
Jeremías no quiso acompañarnos a ver la televisión,
quería ir a ver a su familia, los tamales le habían
producido una diarrea espantosa y necesitaba meter
los pies en una palangana con agua caliente y sal:
— El tránsito estaba cerrado y los pocos coches que
pasaban de norte a sur venían madreadísimos, como
si los Panchitos los hubieran apedreado —nos había
contado Jeremías antes de irse a su casa—. Pues a

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Ojalá estuvieras aquí

caminar, me dije. Todo Insurgentes por el camellón.
Un chorro de gente. Le pedí un cigarro a un topil, y
como que se espantó, luego me contó que se había
caído Tlatelolco y que su chava vivía allá. Así nada
más. Me la aventé a patín hasta Ángel Urraza, ahí por
la Plaza México. Todos caminábamos como zombis.
Luego, no sé bien cómo, pero me subí a un camión
que venía hasta el gorro, toda la gente hablando del
temblor, como si se conocieran, como si fueran amigos
o parientes. Pero conforme nos íbamos acercando al
sur la cosa se iba normalizando, con decirles que en el
trolebús que tomé en Liverpool ya nadie hablaba del
temblor, como si todo estuviera de lo más natural del
mundo.
— Los temblores son cosa de la Naturaleza –
sentenció el buen Israel, como si la sola afirmación nos
librara a todos los vivos del sentimiento de lagartija
apedreada por resorteras invisibles.

Los canales de Televisa aún no funcionaban: el selector
del aparato parecía un camino circular a un mismo
pueblo. En el 13, Joaquín López Dóriga intentaba
explicar la situación, pero a leguas se veía que no tenía
la información completa. Intentaba tranquilizar a su
teleauditorio, pero hasta en los cachetes temblorosos
se le notaba la excitación. “Parece ser que…” La zona
más afectada, informaba, se limitaba hacia el sur
más o menos a la altura del Viaducto Miguel Alemán.
Suspiramos los dos. Hacia el oriente no rebasaba el

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Ojalá estuvieras aquí

Circuito Interior y la Viga… ¿Y Tlatelolco, se cayó o
no? ¡Cámbiale! En el 11, la locutora nos sacó de dudas:
varios edificios de la Unidad Nonoalco Tlatelolco
habían sido afectados por el sismo, y aunque no tenían
datos precisos, todo indicaba que el Nuevo León era el
que mostraba mayores daños. Prometía una lista de
los edificios mayormente perjudicados…
— ¡Nada más esto me faltaba, carajo!
— ¿Qué onda? —me preguntó Israel.
— Elsa vivía en el Nuevo León y hoy no llegó al
examen de Antro…
—…
— ¡Roberto! ¿Qué dicen en la tele? —gritó mi mamá
desde su recámara— ¿Ya está de nuevo el Canal 2?
Subí a medio explicarle la situación. Los pucheros
los reservó para mejor ocasión: — Espera, hijo —dijo
y se envolvió en una bata guinda que le reintegró un
poco de presencia, y bajó conmigo.
— Buenos días, señora —saludó Israel levantándose
de su silla, pero sin despegar los ojos de la pantalla del
televisor…: zona de desastre. Los locutores en silencio.
Edificio tras edificio: tartas gigantes de cemento,
varilla y vidas familiares. Zona de guerra. Me dolió
un vómito que todavía no salía de mi cuerpo. Cambio
de escena: tomas de una cadena humana trepando
dunas de cascajo, Israel se rascó la cabeza. Camilleros,
mantas blancas manchadas de sangre.
— ¡Comunícate con tu padre, por amor de Dios!
— Pero…
— ¡Inténtalo, Roberto! —me gritó mi madre pero
ya sin lágrimas grotescas.

63
Ojalá estuvieras aquí

Hasta entonces me acordé del licenciado Roberto
Tovar, alias “papá”. Trabajaba en un despacho de
abogados, allá por Las Águilas. La ubicación de las
oficinas me consolaba un poco, pero igual levanté el
auricular de teléfono:
— No tienen caso, mamá, no hay línea —le dije,
pero ella no me prestó la menor atención: Pedro
Ferriz hablaba en la televisión. La vejez del hombre
y el nombre le confieren cierta credibilidad. ¡Por el
Gran Premio de las 13 preguntas del 13, díganos qué
carajos está pasando! Los tres nos inclinamos aún
más hacia la pantalla cuando empezó a leer la lista de
las construcciones derrumbadas, lista sin confirmar
todavía y seguramente incompleta: Chilpancingo 126,
la Secretaría de Comercio…
— ¡Me salvé por un pelo! –exageró Israel.
Mi madre comienza a persignarse.
— La Fragua 4. Doctor Río de la Loza 148,
Televicentro…
— ¡Santo Cielo! –gritó mi mamá.
… El Centro Médico…
¡El Centro Médico! El estómago dio dos marometas
y casi suelto el vómito que ahí seguía. Imaginaba
doctores confundidos con sus muertos, enfermos
aplastados, quirófanos en escombros…
… La Secretaria de la Marina, la SCOP…
— ¡Yo vi! –confirmo Israel.
… El Hotel Regis, Súper Leche, algunos edificios del
Multifamiliar Juárez…
— ¡Roberto, tus primos! ¡Tus primos!
Gloria y Luis posiblemente muertos. Gloria y Luis

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Ojalá estuvieras aquí

probablemente muertos. Luis de mi edad. Gloria un
año más grande que Eustaquio. ¿Y Eustaquio?
Estar vivo era estar salvado.
… El Centro Comercial Astor, los Televiteatros.
Versalles 36, parte del Conjunto Pino Suárez, el edificio
de oficinas de General Prim y Bucareli, La Procuraduría
de Justicia del Distrito Federal, el Edificio Nuevo León
de la Unidad Nonoalco-Tlatelolco…
Israel y mi mamá voltearon a verme y yo al
descubierto. Elsa probablemente muerta y otra vez yo
el villano de la película.
… El Hospital Juárez, los hoteles Montreal y
Finisterre de Calzada de Tlalpan…
— ¡No, no es posible! ¡Dios mío! —mi madre
comenzó a gritar como loca, levantándose, tirando la
mesa y el televisor—. ¡Dios del Cielo, no es justo! ¡Ahí
no! ¡No!
Tuvimos que subirla casi cargada a su recámara.
Israel bajó a la cocina a prepararle un té con los cubitos
de hielo del congelador.
Para cuando él subió con la taza humeante, mi
mamá ya me había explicado el motivo de su reacción:
mi papá no había llegado a dormir a la casa, y ella
tenía la seguridad de que había pasado la noche en el
Finisterre.
— ¡Y por qué!
¡Carajo!, en dos minutos me enteré de lo que hacía
dos años estaba sucediendo en mi propia casa: mis
ejemplares padres vivían al borde del divorcio…
— Cosas que pasan así nada más, hijo.
… y no se decidían por “los niños”: ¡Eustaquio y yo!

65
Ojalá estuvieras aquí

— Hubiera sido muy traumático para ustedes.
A tal grado habían llegado las cosas que cuando mi
papá no llegaba a dormir, mi madre sabía en dónde
localizarlo.
— En el Finisterre.
Mi padre podía estar muerto. Elsa podía estar
muerta. Gloria y Luis podían estar muertos. Pero lo
que de verdad me erizaba la piel era lo vulgar y obvio
de las cosas: la vieja con la que mi padre se había
estado acostando todo este tiempo era Yolanda, ¡su
secretaria! ¡Y el pendejo de Roberto sin darse cuenta
de nada!

66
Ojalá estuvieras aquí

VI

Primer recorrido

– ¿Y si nos vamos en patines, cabrón? –me propone
Israel.
Tengo que ir a tres sitios: (el enumerarlos ya me
representa problemas de jerarquización) al Finisterre
a buscar al papá descarriado, al departamento de
Emma, y a los Multifamiliares a buscar a mis primos.
De entrada, Tlatelolco queda fuera de la jugada, yo
quedo fuera de Elsa: ¿qué cara podría ponerle si me la
encuentro viva? ¿Y si está muerta?
— Te vas a los extremos, Roberto. Puede que esté
atrapada.
— ¡Qué alivio!
Yo mismo salí de su historia, meterme ahora
resultaría bastante forzado, falso. Por otro lado, vaya
a saber por qué mecanismo mental de venganza, doy a
mi padre por hombre muerto. En cambio Gloria y Luis
seguramente han de estar pasando problemas, pero
deben de estar vivos. En cuanto a Emma, bueno su
situación puede pensarse con cierto optimismo…, si es

67
Ojalá estuvieras aquí

que puede pensarse cualquier cosa con optimismo en
estos casos. En fin, sencillamente decido sacarla del
desastre, sentarla en una banca de la Ibero, fumando y
con un enjambre de amigas platiconas a su alrededor.
— Yo me llevó los de Eustaquio, al fin que calzamos
igual insiste Israel.
La idea es descabellada, pero no hay de dónde
escoger: Eustaquio desapareció con todo y bicicleta,
mi madre no quiere soltarme las llaves del coche…
¡Pendejo, me hubiera traído el coche de Gerardo, a
estas horas seguro que aún no despierta!
— ¿De veras me vas a acompañar, Lobito? —le
pregunto a Israel llamándolo Lobito, como cuando
jugábamos básquet en la Prado Churubusco.
— ¡Aguacatito para el taco!
Naco naco, pero Israel pertenece a esa casta de
amigos, hoy por hoy tan escasa, que te estiran la mano
justo antes de caer al pantano de agua puerca, te sacan
y ya tienen el pañuelo listo.

Al mediodía, cuando Televisa reiniciaba transmisiones
—por lo menos el mundo no se acaba hoy—, salimos
de mi casa. Sobre ruedas nos dirigíamos hacia el
Finisterre.
El recorrido fue bastante más tranquilo de lo
que imaginaba: la calzada de Tlalpan casi vacía de
norte a sur, hacia el centro el tráfico estaba cerrado
y solamente tenían paso las ambulancias, patrullas
y los autos particulares con letreros improvisados:

68
Ojalá estuvieras aquí

“VOLUNTARIOS”, “VIVERES”, “MEDICAMENTOS”, “RESCATE”,
cruces pintadas con cal, mantas y banderolas.
— ¡Qué desmadre, ca’!
En un principio le había dicho a Israel que mi papá
se encontraba en el hotel debido a un desayuno con
uno de sus clientes, pero cuando salimos a Tlalpan se
me hizo tan estúpido mentirle que sin más le conté
todo con lujo de detalle.
— ¡Ah! –fue todo lo que comentó; hubiera preferido
un chiste o una mueca lujuriosa…, hasta un insulto al
padre adúltero me hubiera parecido más solidario.
Llegamos al Finisterre como en quince minutos.
Todo el camino fuimos espulgando el paisaje en
busca de derrumbes, pero nada, a no ser por el ir y
venir de sirenas histéricas todo parecía normal. En la
tortillería de Ermita, la gente hacía cola.
— ¡En la madre! —exclamó Israel cuando tuvimos
el hotel… más bien lo que fue el hotel, a la vista.

Comprimido de varillas, vigas, vidrio y muebles
destrozados. Las columnas se hicieron jorobadas, sus
entrañas se cansaron de la oscuridad y desgarraron
la piel para salir. Llovizna de cascajo, confeti de yeso.
Los muros por fin besando los pisos. Veo el pastel y
ahora estoy convencido de que mi padre ya no es más
que el relleno pestilente de este bollo. Como hormigas,
mucha gente sube y baja. Ahora sí, licenciado Tovar, te
agarraron en la movida.
— Hay que preguntar por ahí, a ver su el policía sabe

69
Ojalá estuvieras aquí

cómo está la cosa, ¿no? —me dice Israel palmeándome
la espalda.
Dos patrullas están estacionadas. No hay ninguna
ambulancia. Nos acercamos a uno de los uniformados.
— Perdone, oficial. Mi nombre es Roberto Tovar
y tengo la seguridad de que mi padre se encontraba
dentro del hotel a la hora del sismo. ¿Quién me podría
informar?
— Mire, joven, usted ya está grandecito así que le
voy a hablar con la verdad. No sabemos bien quién
estaba adentro, ¿verdad? Apenas hemos sacado dos
cuerpos y ya se identificaron, no eran su papacito.
Ahorita están tratando de llegar a otro piso, a ver si
ahí se encuentra gente viva, ¿verdad? —me contesta
el policía con una amabilidad que no es de este mundo,
me mira a los ojos y luego a los patines para agregar:
— Además ya le dije a su hermano que vamos a poner
una lista de toda la gente que hallemos.
— ¿Mi hermano?
— Sí, el joven… déjeme ver –saca una libreta de
notas y lee: sí, el joven Eustaquio Tovar. Venía en una
bicicleta, ¿no?
¡Es decir que Eustaquio ya sabía de los desmadres
de mi papá! ¡el ojete hermano menor sí sabía!, y no me
había dicho nada, ¡carajo!
— Gracias, oficial.
— ¿Podemos quedarnos a ayudar? –le pregunta
Israel oliendo aventura.
— Si quieren cooperar pregúntenle al señor del
chaleco, él es el que está organizando la cuestión,
¿verdad?

70
Ojalá estuvieras aquí

El señor del chaleco nos pidió que trajéramos
herramienta. Quedamos en hacer todo lo posible por
conseguirla. Un último vistazo a lo que probablemente
será la tumba del licenciado Roberto Tovar Guzmán.
Una tumba a la altura del señor que fue: trabajador,
enteramente parecido a lo que siempre quiso ser, un
buen abogado, transa seguramente, buen hijo por
tener qué presumir, clasemediero de los de club, padre
estúpido y prepotente.
— Si quieres llorar, por mí no te detengas, cabrón.
— ¿Para qué? —contesto antes de que comencemos
a patinar de nuevo:— Israel, ¿tú crees que haya estado
asegurado?
Rodamos sobre Cuauhtémoc, acabamos de dar
vuelta en Zapata. No me explico cómo carajos puedo
estar tan tranquilo. En el aire se siente un rumor, una
sorpresa que enfada: uno siempre anda parloteando
un odio a la rutina, pero ahora comprendo que sólo en
ella tenemos el tapete tranquilo, Israel patina a unos
metros adelante de mí. En él se entiende la resistencia
física, pero en cambio yo nunca me hubiera imaginado
capaz de aguantar tanto.
El sueño desapareció. Vamos por el carril de los
camiones. Es increíble el número de ambulancias
que circulan. Imagino a mis primos a bordo de una
de ellas. Gloria me molesta, sabe que es guapa, que
a los quince años tiene un cuerpazo. Luis en cambio,
tiene mi edad, más o menos mis gustos; los dos somos
capricornio. De niños jugábamos a Los Súper Poderes:
¡Súper Poder de Supermán para volar! ¡Súper Poder
de Acuamán para nadar! Los sábados, cuando vamos a

71
Ojalá estuvieras aquí

jugar básquet, ¡Súper Poder de…! ¿ ? El más codiciado
era el Súper Poder del Hombre Invisible… La última
vez que los vi fue en Cuernavaca, en la hawaianada
que organizaron Gerardo y la Pata Loca. Traía el pelo
larguísimo, y andaba clavadísimo con una chilena.
Ella tenía nombre de letra. Zeta o Beta, no me acuerdo.
— Ojalá nos dejen pasar —me dice Israel.
Hasta ahora no hemos tenido problemas, incluso la
ciudad se ve totalmente intacta por aquí. Vamos a la
altura de la colonia del Valle. Concepción Béistegui;
una agencia de autos usados. Mi mamá no quiso
prestarme el coche… ¡mejor! Cuando regresamos ella
estaba por salir. De nada me sirvió decirle que no
tenía caso que fuera el Finisterre. Ya me imagino: oiga
¿no han encontrado a mi esposo? Un señor chapeadito
que estaba acostado con una trigueña como de unos
veinticinco años…
Por aquí estudió el Jere la prepa.
— ¿Ya viste, cabrón? —Israel me señala hacia el
lado derecho: un par de edificios inclinados como
compadres borrachos que se cuentan las penas. Ebrio,
boquiabiertos, parece que no tardarán en escupir
muebles por las ventanas. Abajo, la gente observa al
par de gigantes, reprochándoles sus vicios.
La rampa del Viaducto ya se divisa. Para mis
padres todavía es el Viaducto Piedad; el Eje Central,
Niño Perdido; el Eje 8, Ermita… El uluar de las sirenas
se vuelve constante, música de fondo. Un camión
de bomberos viene del norte corriendo como ratón
asustado; el gran gato está del otro lado. Algunos
hombres sacan una cama de un edificio que parece

72
Ojalá estuvieras aquí

intacto; algunos llevan casco. En la cochera de una
casa sitiada por comercios se lee: “AGUA POTABLE”.
Llegamos al crucero. El estadio de beisbol del
Seguro Social a nuestra mano derecha; más allá el
Panteón Francés. Comenzamos la escalada. El tumulto
se vuelve cada vez más denso, el aire se vuelve cada vez
más denso. Lentamente va apareciendo el concierto
de metales picando piedra hasta incorporarse
totalmente al griterío de ambulancias. A intervalos,
instrucciones de altavoces angustiados. Del otro lado
está el gran gato. Termina la rampa. Frenamos en lo
alto del Viaducto: panorámica para contemplarse en
silencio.
Un inmenso estudio de cine. Se está filmando una
película de ciencia ficción, tal vez de guerra. El director
debe estar completamente chiflado. El eje está repleto
de ambulancias, camionetas pick-up, camiones de
carga, patrullas, carros militares. La muchedumbre
hierve en todas direcciones. Una nube de polvo
grisáceo corona el set. El sol blancuzco economiza
gastos de iluminación. El director seguramente está
feliz: ha logrado un espectáculo incomprensible
que hipnotiza. Del Parque Juárez salen y entran
hormigas correlonas; sólo ellas saben a dónde van.
Nos sobrevuela un helicóptero de la policía. El ruido
se vuelve sordo. Con canguros en la suspensión,
pasan el puente varios camiones descubiertos del
ejército. Los rostros morenos de los soldados no dicen
absolutamente nada más allá del miedo. Barbiquejos
sujetando cascos. Uno de ellos escupe una plasta que
puede ser todo menos saliva. El neumático de una

73
Ojalá estuvieras aquí

ambulancia pisotea el escupitajo. La ambulancia vira
por el Viaducto hacia la Calzada de Tlalpan y casi
atropella a un muchacho albino que carga una pala y
dos zapapicos. Los zapapicos caen al suelo. Un par de
boy-scouts recogen las herramientas. Se las echan al
hombro y caminan hacia nosotros.
— No van a poder pasar en patines —nos dice uno
de ellos—. Hay muchas piedras en el suelo.
Sube un camión como cuchara copeteada de cascajo.
El polvo nos lastima los ojos.
— Sí gracias. Abajo nos los quitamos —le contesto.
Antes de dejarnos rodar por la pendiente miro hacia el
Centro Médico… No me explico cómo pudo estar algo
coherente ahí apenas hace unas horas. El albino me
sonríe.
— ¡Sale! –grita Israel dejándose ir.
Ya en el columpio es imposible seguir rodando; el
pavimento está tapizado de vidrio, piedra, pedazos
de plástico. Nos acercamos a una tienda de campaña
improvisada y nos quitamos los patines. Adentro un
doctor cosiendo la pierna de una mujer cincuentona
que no llora, no habla, sólo ve las manos del cirujano.
— ¡Ahí va el golpe! ¡Ahí va el golpe! —entran unos
camilleros con sudaderas del Politécnico. La camilla
está vacía, la cargan de vendas y frascos y vuelven a
salir de la tienda:
— ¡Ahí va de nuez! ¡comper, comper!
Nos echamos a andar con los patines en la mano.
Pasamos una camioneta sin capacete, arriba una señora
infinitamente obesa con una olla de metal: “AGUA
FRESCA”. ¿Cobran, ca’? ¡Cómo crees! ¡Puta Madre!:

74
Ojalá estuvieras aquí

una pila de costales blancos, muchos manchados
de sangre. El Centro Médico hecho añicos. Bazar de
heridos. Gente con tapabocas. Corre un militar hacia
una patrulla.
— ¡Bajen ese pinche helicóptero que va a terminar
de joder la construcción! ¡Y a ver si en vez de estar
baboseando me despejan el área de curiosos!
— ¡Una! ¡Dos! ¡Tres! —gritos arriba, sobre una pila
de losas escaladas por chavos de mezclilla, y todos
jalan una cuerda que se pierde en un hoyo.
Pasa un hombre gritando: ¡Magdalena! ¡Magdalena!
Una enfermera con golpes en la cara se acerca y
lo abraza. Tres doctores discutiendo. Arriba: el
helicóptero se aleja…

Atravesamos Cuauhtémoc. ¿Para qué decir cualquier
cosa? Nuestros pasos envueltos en una gran pesadez,
pero no cansados. Un camión repartidor de leche, el
encargado reparte tetrapacks entre la gente. Caigo
en la cuenta de que no he comido nada. ¡Carajo, ya
comienzo a dudar que Luis y Gloria estén a salvo! Tres
churros en el estómago.
— ¿No tienes hambre? —le pregunto a Israel.
— Nel.
— Yo tampoco.
Entramos por Huatabampo. La calle está invadida,
apenas con caprichosos caminitos libres. Ahora nos
toca presenciar algo que resulta algo así como una
convención de familias gitanas. Formando islotes de

75
Ojalá estuvieras aquí

distintos tamaños, la gente se amontonaba en torno
a los objetos más disímbolos: allá, bajo un árbol
raquítico, una pareja sentada sobre una consola, a sus
pies bultos deformes cubiertos con sábanas floreadas;
enfrente, tres niños corriendo alrededor de una
cama, la cama repleta: ropa, juguetes dos televisores
idénticos, tres sillas y muchos trastos; metros más
adelante, un cigarro aprisionado por los labios
carnosos pero delgados de una morena, la morena,
sentada, sostiene una máquina de escribir sobre sus
piernas, sus piernas rodeadas por pilas y más pilas
de libros; una grabadora portátil deja salir Hotel
California, de los Eagles, para que el pie del barbudo
lleve el ritmo sobre el pavimento… Y el espectáculo
no termina, da cada vez más y más licuadoras y
televisores que no hallan contactos de electricidad,
camas sin lamparitas de noche, cuadros huérfanos de
muros… Parece un juego en el que la gente saca sus
cosas a las calles por una tarde para purificarlas con
los rayos del sol. Ahí está. Tranquilo, redondo, como si
nada estuviera pasando, como si se tratara de un día
común y corriente de septiembre. Calculo que son las
cuatro de la tarde… y la verdad sí tengo hambre.
— Por aquí podemos pasar —me indicar Israel.
Árboles, pasto pisoteado. Un militar:
— ¡No hay paso! —dijo colocando el fusil a manera
de valla.
Le explico que busco a mis familiares. El escucha
con la mirada perdida en un pasado de lobotomía
y marchas marciales. Termino de hablar y él, sin
dirigirnos la vista, pregunta cuál es el edificio en que

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Ojalá estuvieras aquí

vivían mis primos.
— El C-4, sargento —contesto.
— No soy sargento, soy cabo —replica viéndome
por primera vez a los ojos, luego vuelve a posición de
máquina disciplinada—: El C-4 se derrumbó. Pueden
pasar a ver si hallan a sus parientes.
Cruzamos el estacionamiento entre gente que no
levanta el rostro, y en donde yo suponía el C-4, en
cambio sólo encuentro una pila de escombros como de
dos metros de altura. Igual que en Centro Médico, la
gente hurga el monstruoso conglomerado de cascajo;
pica aquí y allá, remueve losas enteras, acomete con
marros y picos. El ruido no cesa, no ha parado, pero
comienza a ser familiar. El oleaje no despierta a los
marineros… Mi papá era de Veracruz.
— Disculpa, mano. ¿Era este el edificio C-4? —le
pregunta Israel a un trabajador de la Comisión Federal
de Electricidad que come una torta.
El nada más mueve un poco la cabeza para afirmar.
— ¡Pero si era un edificio de seis pisos!
Entonces el hombre me explica, entre mordida y
mordida, que se ven pocos escombros porque bajo el
edificio había un gran tanque de almacenamiento, una
especie de aljibe, y que cuando se vino abajo, el C-4 se
hundió materialmente en el tanque.
— ¡En su madre! —exclamo Israel y yo ya no puedo
seguir con la imagen de Luis y Gloria en la cabeza sin
sentir ganas de llorar.
— Imagínense, nomás vinimos a reparar unos
medidores, y mi compañero que quedó ahí…; lo
acabamos de sacar con la cabeza hecha caca —nos

77
Ojalá estuvieras aquí

dice el hombre antes de darle la última mordida a su
torta.

Estuvimos en los Juárez como hasta las ocho de la noche.
Ahí faltaban brazos. A Israel y a mi nos pusieron a picar
piedra; el objetivo era remover un muro que impedía
el paso a un departamento del cuarto piso. La tarea
resultaba sencilla pero requería de cierta organización.
Uno se dedicaba a joderse el lomo hasta que apareciera
un pedazo de papel tapiz, un cuadro, una cortina, en
fin, algo que indicara el “interior” del departamento.
Entonces había que dar aviso al ingeniero que dirigía
las labores de rescate; él consultaba un croquis,
platicaba con algunos de los vecinos del edificio que
habían salido antes del desastre y luego decidía. En
otras ocasiones, mientras el escándalo de los metales
chocaba contra el cemento y el rumor incansable de
la gente se amalgamaba, un soldado pedía silencio a
través de un altavoz: alguien había oído algo, un grito,
un llanto, voces bajos los escombros… Los marros
y picos quedaban suspendidos en el aire, las bocas
contenían las palabras y el aliento…, eran segundos
de esperanza y angustia, yo imaginaba a Luis y Gloria
pidiendo auxilio, y a veces, si me descuidaba, pensaba
que en esos momentos estarían sacando del Finisterre
el cadáver de mi padre.
En el tiempo que estuvimos ahí se rescataron doce
personas, casi todas muy graves y algunas mutiladas.
Además, más de una veintena de muertos.

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Ojalá estuvieras aquí

Luis y Gloria aparecieron como a las siete y cuarto.
Ambos con la incredulidad colgada de oreja a oreja. El
traía una maleta.
— ¡Luis! ¡Luis! —le grité antes de aventar el pico y
bajar corriendo de mi sitio—: ¿Dónde carajos estaban,
desgraciados?

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Ojalá estuvieras aquí

VII

Cronograma de una noche
de insomnio

9:50 p.m.

La energía eléctrica ha regresado. Sentados en el
desayunador de la cocina, Luis, Gloria, Israel y yo
vemos la televisión mientras cenamos; mientras cada
uno jala por su cuenta a distintos sitios ajenos a la
pequeña pantalla. La imagen no es muy nítida porque
se rompió la antena de conejo cuando mi madre la
tiró al suelo. Una antena de conejo rota no es nada.
Imagino la pantalla hecha añicos, la campana de la
cocina integral aplanada, la estufa como estampilla
postal.
— Lo que más me duele es mi computadora —se
lamenta Luis.
Lo veo, lo escucho. Veo a Gloria y trato de imaginar
lo que piensa. Sin casa, sin ropa, sin muebles, sin
radio ni tele ni licuadora, sin el álbum de fotografías,

80
Ojalá estuvieras aquí

sin su sábanas favoritas. A Luis solamente le duele la
computadora y le creo; si mi casa se cayera, lo único
que extrañaría sería la cocina.
— ¿Qué vamos a hacer, Luis? —le pregunta Gloria
por enésima vez a su hermano, para que él responda
lo mismo por enésima vez:
— Mañana vamos al Multifamiliar a ver si podemos
sacar algo…, a ver si quedó algo… Ya veremos qué
onda, no te preocupes.
A veces siento ganas de llorar, a veces creo que lo
mejor sería meterme debajo de las cobijas y dormitar,
otras volteo a la covacha en busca del tequila…, pero
siempre me contengo.
El agua ya llegó. Sale un poco sucia; hay que hervirla.
El teléfono tarda muchísimo en dar línea, uno
siente que está haciendo cola, pero funciona. Las
comunicaciones se cruzan siempre, y uno se entera de
que Fulano está vivo, de que la familia Mengalaz sigue
perdida… Acabo de hablar con Gerardo Chacón; no
tenía mucho de haber despertado, platicamos un rato
y quedó de venir un rato. También Luis y Gloria han
ocupado el aparato: había que avisarle a medio mundo
que estaban vivos. Llegamos a las ocho y media, e
Israel y yo ya hemos escuchado la misma historia más
de diez ocasiones, pero siempre la oímos atentos:
— Gracias a Dios –comenzaba si se trataba de
Gloria.
— De puro pinche milagro –si era Luis.
— …se nos ocurrió levantarnos temprano para ir a
nadar a la Guay —continuaban los dos—, si no…
— … estaríamos muertos —seguía Gloria.

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Ojalá estuvieras aquí

— … nos hubiera cargado la chingada —terminaba
Luis.
— Pero cuando a una le toca, le toca, y cuando no,
pues no —concluía ella.
En la pantalla: el edificio Nuevo León.

10:20 p.m.

Suena el timbre. Me levanto de la mesa eructando.
Israel quiere seguirme, pero le hago una seña para que
se quede con mis primos. Arriba, lo que queda de mi
madre pega un grito.
— ¿Eustaquio, hijo?
Camino hasta la ventana sintiendo treinta patines
sin ruedas en cada pie, recorro las cortinas seguro
de encontrarme con un Gerardo tristón por pura
solidaridad. Pero me equivoco: es Emma la que
me sonríe. Emma con las manos en las bolsas de su
chamarra. Emma risueña.
No te conozco y no puedo estar enamorado de ti.
Además te odio.
— ¡No es Eustaquio, mamá! —le aviso al guiñapo
humano que arriba no deja de rezar porque mi padre
esté vivo, porque Eustaquio regrese del Finisterre
con buenas noticias. La actitud de Eustaquio me
desconcierta, me enoja: súbitamente se ha convertido
en el soporte espiritual de esta casa…, y eso que ni
siquiera ha terminado la prepa. Me siento celoso,
desplazado y estúpido: — ¡Descansa, yo te aviso

82
Ojalá estuvieras aquí

si llega! —le grito a mamá seguro de que no va a
hacerme el menor caso. Luego abro la puerta y me
enojo por abrirla, por decir: — Hola, pasa —porque se
haya largado al Popocatépetl con sus amigos, porque
no entiendo cómo carajos pudo irse mientras media
ciudad está decapitada, porque no se tomó la molestia
de hablarme por teléfono, porque le importó un pito
si yo estaba vivo o no, porque nadie tiene derecho a
divertirse cuando otros necesitaban ayuda… ¡soy un
pinche hipócrita!
— ¡Uy, qué carita, Pingüino! —me dices plantándome
un beso en los labios.
Quítate esa ridícula sonrisa de la cara, Emma:
— Mi padre quedó bajo toneladas de escombros y
lo más probable es que esté muerto. Luis y Gloria, mis
primos, están en la cocina y van a quedarse a dormir
aquí porque su departamento de derrumbó. Elsa, mi
mejor amiga —digo y me enojo aún más conmigo por
llamar “amiga” a Elsa—, vivía en el Nuevo León… ¿Qué
cara quieres que tenga? —te contesto y una enorme
ola de lágrimas me sube desde el estómago hasta la
garganta, un tsunami que se revuelve en mi cuello…
— … –abre Emma inmensamente los ojos, como
queriendo digerir así lo que yo todavía no puedo—.
Roberto —alcanza a mascullar mi nombre y trata
de acercarse a mi cuerpo. Yo la rechazo, te rechazo
porque no quiero llorar, porque no me entiendo.
— ¿Y qué tal te fue en el Popo…, te divertiste? —le
pregunto con toda la mala leche de la que soy capaz—.
Tu mamá nos dijo que me esperaste como hasta las
tres y media. Lo siento, Emma, pero figúrate que se

83
Ojalá estuvieras aquí

me atravesó una ciudad derrumbada en el camino.
— Roberto… —me dices, Emma, intentando
abrazarme de nuevo y yo ya no estoy seguro de poder
contenerme: quisiera reventar.
— Ya me voy, cabrón —anuncia Israel saliendo de la
cocina: ¡oportuno el condenado Lobito!; la presa de mi
garganta agarra fuerza de contención y las lágrimas
no pasan.
— Emma. Me parece que ya la conocías… —te
presento—. Él es Israel.
— Hola —medio intentas una sonrisa de portada.
Israel no saluda: seguramente está recordando la
cara que puse cuando tu madre nos informó que te
habías largado al dichoso paseo. El Lobito pasa de
largo y antes de salir me pide que pase por él si me
decido ir al Finisterre. Cruza la puerta y me molesto
ahora con él, conmigo … De regreso, en el coche de
Luis no paró de repetirme que tenía que ir al hotel,
que había posibilidades de que mi padre estuviera
vivo, que dejara de portarme como niñita ofendida…
¡El qué sabe, carajo!
— Estuvimos trabajando en los Juárez más de tres
horas, cabrón. Okey, son tus primos. Pero tu jefe es tu
jefe, ¡no la chingues!... Debemos de ir a ver qué onda,
ca´ —me dijo todavía mientras comíamos hace apenas
unos minutos.
— Ya te dije que no quiero ir… Si se me ocurre te
busco, gracias —le respondo antes de cerrar la puerta
y quedarme solo contigo, Estoy aterrado, Emma.
— ¿Dónde está tu papá, Roberto? —me preguntas.
Me llamas Roberto, Roberto y ya no Pingüino. Me

84
Ojalá estuvieras aquí

preguntas por mi padre con un maldito tono que me
hace sentir culpable, casi parricida.
Papá solía traerme aviones y barcos escala para
armar. A veces recordaba también las pinturas. Yo los
armaba encerrado en mi cuarto. Tomaba leche con
chocolate todo el día y no dejaba que nadie los tocara.
Los pintaba sacando la lengua, manchándome la ropa.
Al terminar, siempre me sentía orgulloso. Mi padre les
dedicaba unas cuantas fracciones de segundo, opinaba
que estaban bien, pero nunca quiso llevarse uno a su
oficina. Cuando entré a la secundaria le regalé todos
mis modelos a Eustaquio.
— Si quieres ahorita mismo vamos a buscarlo –me
dices recobrando prestancia, presencia, potencia.
Su carota es kilométrica. K i l o m é t r i c a .
Cuando quiere, puede espantar nazis con la mirada,
matar moscas, marchitar flores. Se enoja en la oficina
y llega como búfalo, resoplando ira, pisoteando el
suelo. Papá es egoísta.
— ¡Roberto, contéstame! ¿Quieres que vayamos a
buscar a tu padre?
En la secundaria yo era flojo, la escuela no me
interesaba o más exactamente no me interesaba más
que otras cosas. Normalmente me estacionaba en el
ocho; ir más allá significaba mucho tiempo, sobre todo
de restirador: dibujar tuercas y rondanas nunca me
gustó, Papá se enojo, luego amenazó… y yo seguía en
el ocho: un ocho panzón y descarado. Entonces, como
buen abogado, negoció conmigo: si llegaba con nueves
me compraría lo que yo quisiera. En aquel tiempo tenía
catorce años: mi elección fue un juego de escuadras

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Ojalá estuvieras aquí

polarizadas. El nueve punto tres me costó un semestre
de desvelos. Hoy sigo esperando el maldito juego de
escuadras polarizadas.
— Roberto… —no insistas, por favor.
Afuera, Eustaquio chifla. Yo le enseñé a chiflar. La
puerta se abre. Por fin me quitas el rostro de encima.
Mi hermano aparece con ese par de discos cobrizos
que le salen en las mejillas cuando se excita:
— ¡Encontraron a mi papá! ¡Está vivo, Roberto!
Ya no puedo aguantar más: me enredo en tu cuello,
Globa, y comienzo a llorar.

11:30 p.m.

No entiendo bien qué carajos hacemos bajo la
regadera. Recuerdo todo pero no lo entiendo. Emma,
no me entiendo, tampoco te entiendo a ti: hace apenas
media hora eras virgen. Yo tenía ganas de machacarte
las espinillas a patadas, y resulta que terminamos
haciendo el amor en el baño. Emma, mi padre está
vivo. ¿Por qué te lar…?
— ¿Por qué te fuiste al Popocatépetl?
— No sé —me contesta sin verme a los ojos—.
Pásame el jabón, Pingüino.
Había reventado sobre tu hombro. Catarsis —
me aprendí la palabrita, maestro Díaz Brasseti—.
Eustaquio subió corriendo las escaleras, ni siquiera vio
que estaba llorando. Mi madre gritó ¡Gracias a Dios!
¡Dios, gracias! Luis y Gloria corrieron a su cuarto. Yo

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Ojalá estuvieras aquí

seguía llorando, escuchando mi llanto, produciendo
lágrimas y mocos, ¡carajos!
— De verdad me amas, ¿no es cierto? —te pregunto
y antes de que me contestes te beso y vuelvo a llorar,
pero ahora por otra sensación muy distinta: una
sensación que resbala con la espuma de shampoo.
Desee que el endemoniado correr de todos se
detuviera. ¡Congele la imagen, señor operador!
Seguir llorando sobre tu pecho, escuchar a lo dentro
el latir que te da vida, Emma. Llorar por la anciana
de la panadería. Llorar por ella: Elsa, por sus axilas
humeantes. Llorar por las familias que hoy jugaron
a purificar sus muebles con los rayos del sol de
septiembre. Llorar por la computadora de Luis y el
miedo de Gloria. Llorar por mí. Llorarte, papá. Llorar
por la impavidez de la Pata Loca, y llorar de envidia.
Llorar de rabia que es llorar de impotencia. Llorar
en lugar de tomar tequila. Llorar la tragicomedia
del camello de Churubusco. Llorar por solidaridad y
odio a mi madre. Llorarle a mamá. Llorar en lugar de
escupirte a la cara, papá. Llorarle a Yolanda. Llorar
todo y que todo se detenga…
Pero Eustaquio, nuevo líder, bajo corriendo con las
llaves del caribe:
— ¿Nos alcanzas allá, Roberto?
— Sí —contestas por mí.
Y primero Luis y Gloria; atrás, absurda,
avergonzante, mi madre:
— ¡Tu padre vive, hijo! ¡Dios nos escuchó!: ya no
llores —vieja ridícula: nunca entiende nada. Ve,
corre, a ver si te llevas un polvorón de licenciado a

87
Ojalá estuvieras aquí

Cuernavaca… ¿Vas a invitar también a Yolanda?—. Ahí
te lo encargo, hija —te llama hija sin conocerte.
— Sí, señora.
La puerta azotó, y ahora tú y yo bajo la regadera:
porque de tu hombro a tu pecho, a tus senos firmes
y orgullosos; porque abrí de un tirón el cierre de tu
chamarra y comencé a desabotonar tu blusa, mientras
me decías te amo y también perdóname, mientras me
conducías al baño como si no te dieras cuenta de que
ya había desabrochado el brasier, y al baño para cortar
largas tiras de papel sanitario, para limpiarme tanta
lágrima, sonarme tanto moco, al tiempo que abría el
cierre de tus jeans…
— Perdóname, Pingüino. Fue sólo que sentí que
todos los muertos tenían que ser ajenos, desconocidos…
No sé. Perdóname —me dices antes de que cierre las
llaves de la regadera.
Afuera, Gerardo Chacón chifla. Me enredo en la
toalla y voy a abrirle la puerta.

3:15 a.m.

— Por fin se fueron —le digo a Israel, viendo cómo las
luces de los cuartos traseros de tu coche se pierden en
la noche. El Lobito, que siempre supo que vendríamos,
no me contesta y sigue dándole marrazos al cemento.
Yo tomo el pico y lo dejo caer. Te imagino durmiendo a
mamá, contándole cuentos de hadas y rogándole que
se tome su té de tila. Gracias, Globa.

88
Ojalá estuvieras aquí

Quiero encontrarlo vivo, pero inconsciente. No
quiero oír las palabras de mi padre…, al menos no
aquí. Vuelvo a levantar el pico…

3:45 a.m.

— ¿Quieren café? —nos pregunta a gritos Gerardo.
Israel dice que sí y baja a saltos de la montaña de
escombros. Lo sigo.
El café es peor que el de la Facultad.
— ¿Y Eustaquio? —pregunto.
— Durmiendo en el coche —me responde Chacón—.
Si quieren lléguenle un rato, aquí mi cuate y yo los
relevamos —nos propone señalándonos a un señor de
guaraches y sudadera con el escudo del América; el
hombre dice que sí con la cabeza.

4:05 a.m.

Eustaquio e Israel han de tener la conciencia mucho
más tranquila que yo. De todas formas, los tres no
cabíamos en el coche de Gerardo. Bostezo; a veces
se me cierran los ojos, pero siempre los siento secos;
el sueño se ha convertido en una llave de sudor que
inhunda mis tenis. Tengo sueño y me da miedo dormir.
Y si me duermo, papá, ¿prometes no quitarte de
encima lo que queda de tu hotel-niditodeamor, salir

89
Ojalá estuvieras aquí

sacudiéndote el saco y venir a despertarme a gritos
alegando que caí de borracho?
Salgo del coche. Estoy enojado porque me descubro
jugando al niño incomprendido. Necesito un…
— ¿No tendrás un cigarro que me regales?
La chava de bata blanca saca una cajetilla de
Delicados sin filtro y me ofrece uno. Luego me acerca
una pequeña flama: aspiro una bocanada que siento
llegar hasta los pulgares de los pies. Toso como imbécil.
— Te ves muy cansado –me dice–. ¿Algún pariente?
— Mi papá; creo que estaba de Luna de Miel —le
contesto con ganas de aventarle su cigarro a la cara.
Camino de vuelta los escombros, me escupo la palma
de las manos solamente porque así lo hacen en las
películas, y cada vez me caigo más gordo.

4:15 a.m.

— Dicen que la pena mata, joven —me dice el
americanista de los guaraches que releva a Israel—,
pero yo digo que no, que si la pena matara ya hubiera
muerto yo.
— Oiga, ¿no se ha dado cuenta de que no estamos
filmando una película de Pedro Infante, viejo payaso?
–le contesto dando un marrazo en la última loza que
tapa el túnel que, según el arquitecto, llegará hasta
donde oyeron a mi padre. La loza se rompe en dos.
— Cálmate, Roberto —me pide Gerardo.
— ¡Ayúdame a mover esto!

90
Ojalá estuvieras aquí

— Yo le ayudo, joven —me dice el guarachudo,
agachándose a remover uno de los pedazos—. Y no se
preocupe, ¡total!, sólo el que carga el cajón sabe lo que
pesa el muerto.
— ¡Carajo!, ya cállese. Gerardo, llama al arquitecto,
dile que ya estuvo… Y de una vez tráete una linterna.

91
Ojalá estuvieras aquí

VIII

Diálogos del cascajo
Acto primero

El primer tramo tendrá una pendiente de unos treinta
grados: calculo poco más de metro y medio. El tímido
rayo amarillento de la linterna me va llevando indeciso
a través de los intestinos revueltos del edificio. No
tengo miedo, no me cabe en el cuerpo.
Inclinando un poco la cabeza, aún alcanzo a ver
el boquete por el cual entré. Arriba, el hombre del
chaleco me pidió que bajara con mucha calma:
— No te aloques ni te desesperes, hijo, porque
acabas de joder a tu padre y te jodes a ti.
¡Hijo! ja, ja. Además el consejo sale sobrando: no
tengo intención de adelantar las cosas; ya dentro, la
prisa desapareció del todo.
Doblo una varilla con una facilidad que me asombra,
nadie lo va a creer. Salvo el obstáculo el obstáculo, el
camino se reduce tanto que los golpes en la cabeza ya
no me duelen.

92
Ojalá estuvieras aquí

Avanzar con calma.
Eustaquio despertará en el coche de Gerardo, se
acercará y cuando le digan que ya entré va querer
seguirme: doble contra sencillo.
El tapaboca que me prestaron está empapado.
Estoy jugando al héroe… ¿Por qué? ¿Para qué? Si lo
más probable es que él ya esté muerto; solamente un…
¡Carajo, estuve a punto de decir un milagro!
(– ¿Y si te mueres? —preguntó Roberto.
— Si me muero qué.
— Si te mueres, ¿ahí termina todo?
— No sé —contestó el Barry.
— Pero uno se va, ¿no?
— ¿Se va?
— Sí, te esfumas y no vuelves a caminar
por las calles de la ciudad, no vuelves
a besar a una mujer, ni vuelves a oír un
buen disco, no vuelves a sentir frío, no
vuelves a comer una hamburguesa, no
vuelves a verte en un espejo…; te vas,
pues —insistió Roberto.
— Sí te vas… —contesta el nalgón poeta
Barry—, pero ya estuviste aquí y eso es lo
que cuenta).
Nueva pendiente, aún más inclinada. La tomo y el
boquete de estrada desaparece; además me resulta
casi imposible voltear, no hay espacio.
¿Ya habrá amanecido? ¿Cuánto tiempo llevo
reptando en este agujero?
Una mano con muchos anillos. La luz de mi linterna
se refleja en una piedra verde, la piedra verde de un

93
Ojalá estuvieras aquí

anillo. Me acerco poco a poco, sin pensar nada; pienso
que no pienso nada. Trato de evitar una visión, su
recuerdo. Pero, al fin, está a unos cuantos centímetros
de mis ojos. Dirijo la linterna y observo: una mano de
mujer, repleta de anillos (¿sería puta?), proveniente
de una comunión hermética de muros vencido, piso
y lienzos desgarrados de alfombra. Observo: no hay
rastros de sangre, pero la carne no tiene color; carmín
en las uñas.
El aire falta. Quiero seguir adelante, decido seguir…
¿Ya habrá amanecido?
El hombre del chaleco dijo que no gritara por nada
del mundo pero es difícil obedecerle cuando una mano
poblada de anillos roza suavemente mi cabeza: ¿dónde
se paró el águila?
De pronto, escucho un quejido y casi podría
asegurar que no fue mío. Dejo de reptar, contengo la
respiración y apago la linterna. El tiempo se siente
sólo con luz: hay que verlo pasar frente a uno para
creerlo cierto. No alcanzo a ver más allá de mi nariz…
afuera, seguramente ya el sol ha iniciado su ronda,
¿qué hora será?
Silencio y oscuridad. Tal vez eso sea la muerte. El
Silencio y la Oscuridad… Estar muerto ha de ser muy
aburrido, pero muy cómodo. El quejido no vuelve a
oírse, y yo continúo quieto, en medio de este pedazo
de muerte, y me siento a gusto, tranquilo. Pienso en mi
padre y no siento nada, es como si fuera un dato nada
más, una evidencia: ¿qué puede uno sentir después de
pensar que dos más dos son cuatro? Nada. Yo no siento
nada.

94
Ojalá estuvieras aquí

Siento sueño; tengo que seguir hacia abajo, moverme,
si no quiero dormirme… la idea no es mala: ¿quién
podría molestarme?, ¿qué teléfono se atrevería a sonar
aquí? La muerte no es un sueño profundo y eterno, la
muerte es un lugar para dormir tranquilo. Quizá mi
papá esté ahí, y yo no puedo apenarme por él; al menos
así no va tener que salir de este cómodo sitio, al menos
así evitaría la nueva patética personalidad de mamá…
Si está muerto voy a tener que buscar trabajo; no hay
seguro de vida que alcance.
¿Y si él no ha muerto? ¿Si está atrapado por ahí?
¿Si sólo estuviera desmayado sobre su secretaria?... Ya
lo puedo oír: Roberto, ¡apúrate y sácame de aquí que
tengo una junta muy importante en veinte minutos!
Otra vez estoy haciendo drama.
Tengo mucho sueño, mucha hambre de silencio,
oscuridad e inconsciencia. A lo lejos, un goteo rítmico
comienza a llegar hasta mis oídos… Cierro los ojos, y
ahora sí, con un poco de miedo.
Emma está en la playa y me extraña verla vestida
de monja. Llega la siguiente ola, me eleva y desde lo
alto del mar veo cómo ella, en la playa, comienza a
desnudarse. Quiero nadar hacia ella, pero la resaca no
me lo permite.
Quejidos.
El oleaje me jala hacia el mar abierto.
Quejidos.
Una enorme ola quiere tragarme, se eleva y revienta
sobre mí: voy a ahogarme:
LIC. ROBERTO TOVAR G.: ¡Auxilio!
ROBERTO TOVAR (despertando): ¿Emma? ¡Emma!

95
Ojalá estuvieras aquí

LIC. ROBERTO TOVAR G. (grita aún con más fuerza):
¡Auxilio!
ROBERTO TOVAR (sin entender lo que sucede):
¡Emma!
LIC. ROBERTO TOVAR G.: ¡Ayúdenos! ¡Estamos
atrapados!
YOLANDA TREVIÑO: ¡Por Dios, ayúdenos!
ROBERTO TOVAR: ¡Papá! (comienzo a llorar) ¡Papá,
aquí estoy!
LIC. ROBERTO TOVAR G.: ¡Eustaquio! ¡Hijo,
ayúdanos!
ROBERTO TOVAR (entre amargos llantos, grita):
¡Soy yo! ¡Soy yo, carajo! (enciendo la linterna y se
ilumina a sí mismo el rosto) ¡Soy yo!
LIC. ROBERTO TOVAR G.: ¡Pues qué esperas, sácanos
de aquí!

96
Ojalá estuvieras aquí

IX

Segundo recorrido

Enemil cigarro consumiéndose entre mis cuarteados
labios. Séptima taza de café negro, después del baño, el
sueño se ha transformado en un sentimiento bastante
extraño: quizá de zombi al abrir los ojos, de Jack
Nicholson en Atrapado sin salida (pero después de la
lobotomía), de arbusto pisoteado (pero aún vivo), de
pavilo de veladora nadando en su laguna de cera (pero
todavía prendido). ¡Carajo, aquí estoy!
— ¿Por qué no te vas a dormir un rato. Pingüino? —
me pregunta Emma, que está sentada al otro lado de
la mesa— Yo te despierto si ocurre algo…
“Si ocurre algo” significa que Eustaquio llegue del
Finisterre con noticias. “Noticias” puede significar
dos cosas: que ya haya podido remover la loza que los
tenía presos, y que papá y su secretaria estén libres: o
que… Ambas posibilidades me importan poco. Te odio,
licenciado Roberto Tovar Guzmán. Te odio porque no
me reconoces en la oscuridad. Te odio porque sí, por
deber generacional, por traicionar a mi madre, por

97
Ojalá estuvieras aquí

abogado, por vulgar y cínico, por educarme como
estoy educado, por forzarme a odiarte…: me gustaría
estar angustiado por tu vida y no puedo.
— Ándale, ve a dormir un rato —insiste Emma.
— … —pienso en dormir y tengo sueño y no quiero
dormir y me duelen los ojos y no quiero estar fuera.
— Ándale, ¿sí?
Preso en mi recámara, intento dormir. Preso en el
mundo de ventana y muros enfrentados bajo un techo,
mundo cómplice y consecuente. Quiero dormir. No
quiero dormir.

(Te levantas con plomo en el ánimo:
tardas vidas enteras de tortuga. Por
fin lo consigues: te duele un poco, sólo
un poco los golpes de la cabeza, pero
ya estás de pie, no conoces el motivo ni
por casualidad, y te sientes marioneta
flaca, anémica, anímica, sacudida por un
movimiento natural. Tembló, terremoteó.
¡Firmes Marionetas! Miras. Miras la
puerta cerrada de tu cuarto: blanca, lisa
estática: aburrida: insolente, Puerta:
¿te defiende de tu padre o te aprisiona?
¡Firmes, Marioneta! Pierdes tres o cuatro
sístoles viéndola, a partir de ella eres
tú, lo que has creado a tu alrededor. ¿Tú
eres realmente quién crees ser. Roberto?
¿Tú eres tú, o eres realmente como
la gente cree que eres? No entiendes
tu recámara. Telefunken 4500 KMC

98
Ojalá estuvieras aquí

estereofónico. Linda Carter en shorts y
camiseta recortada. Casi doscientos libros:
muchas novelas. Marioneta. Cortinas. Móvil
de aluminio haciendo girar sus siete
palomas. Freud formado por una mujer
desnuda. Escritorio demacrado y en paz
a pesar de todo. Lámpara de plástico
verde… todo ello converge en tu pobre
cabeza de madera. Marioneta. La mano de
la Muerte, la mano de la Muerte se posó en
tu cabeza. ¿Dónde se paró el águila? Una
mano repleta de anillos: una piedra verde.
Los recuerdos duelen ¿verdad, Roberto?
¿Dónde dejaste a Elsa, eh? Te asomas
por la ventana. ¡Observa, Marioneta!
Es un receptor, es un emisor nulo: es
un ir moribundo y venir estridente que
hace latir tu cerebro de universitario
en un boing boing que empolva los ojos,
hace levitar los ojos, pone a reclamar
a los recuerdos censurados y hace
reimprovisarte de pulgar a pulgar. Es
tu ciudad, Roberto. ¡Firmes y observe,
Marioneta! Es un almacén sin catálogos,
es un escenario donde los protagonistas
de una comedia pálidamente oriental
entran y salen si ningún orden, ¡bajen ese
helicóptero que van a acabar de tirar el
edificio!, es un sistema desbordante de
fluidos gelatinosos violeta y ámbar, es un
mundo patas para arriba, es un estadio

99
Ojalá estuvieras aquí

de conejos sin orejas que aplauden
hasta sangrarse las palmas porque el
suelo por fin se movió, es un ejército
de ciegos buscando un perro. ¡Observe,
Marioneta!... Pero eso, esto tú no lo sabes,
solamente lo sientes salir por las arterias
en busca de tu cómoda rutina y regresar
por tus venas intoxicadas, precipitarse
y expanderse por tu cuerpo, apoderarse
de ti y tu Elsa y tu padre y tu Emma y tu
hermano y tu madre. Se movió todo, hubo
muertos, entraste a un pedazo de muerte
y abortas tus aguas internas: líquido
metálico que derramas desde dentro.
¿No sabes nadar, Marioneta?... ¡Firmes,
Marioneta! Para bucear ahí, allá, aquí
dentro, te hace falta mucho sufrimiento.
Es una pena, Roberto. ¡Descanse,
Marioneta! Estos son sólo chapuzones
imprevistos —por ti—, una toalla de
rutina corriente te secará tantas dudas.
¡Firmes, Marioneta! ¡Observe, Marioneta!
Postes y árboles comparten las líneas
verticales como testigos de dos mundos;
tejados de gatos sonámbulos y gritones
por convicción. La Ciudad de México.
Arriba, como siempre, como si la sangre
no estuviera ya coagulándose, el cielo.
Avión. Nube. La nube se traga al avión y
luego lo vomita sin mayor gracia. Afuera,
para una mariposa, adentro una mosca

100
Ojalá estuvieras aquí

antisismos aburre… Ni siquiera tiene la
capacidad de formular las preguntas…
Yo narrador metiche y omnisciente, que
no eres tú ni soy el hipotético lector, sé
que no entiendes por qué carajos tienes
que ver todo desde dentro, siempre
desde eso que te han informado —yo en
primer lugar— que no eres tú; no puedes
ni podrás comprender… El lector y yo
somos cómplices, ¿sabes? Se trata de una
pequeña confesión… Ni siquiera puedes
formular las preguntas, únicamente
es el sentimiento de ser el albergue
de dudas y tentaciones suicidas. Pero
Emma está afuera cuidando a tu madre y
esperando a ver si ocurre algo… Sacas los
cigarros con la ansiedad de un diabético
inyectándose insulina. De la ventana a la
cama, de la cama a la ventana, prendes el
cigarro enemiluno y despilfarras el humo
de la primera bocanada por la nariz.
De la ventana a la cama, de la cama a la
ventana. ¡Pero, por favor, Roberto! Eso es
demasiado simple para calmarte):

— Pero para qué me metí ahí, para qué andar
jugando al héroe —ahora me arrincono a un lado de
la cama, contra la pared, jalo el humo y los hilos se
elevan bailando—. Te odio, papá —la ceniza comienza
a formar un castillo en honor al desequilibrio y el
cenicero está a kilómetros y kilómetros de distancia–.

101
Ojalá estuvieras aquí

¿Por qué carajos tuvo que temblar aquí y hoy? —la
ceniza cae sobre mi pecho.

(Pero no, no es para tanto, Marioneta.
Simplemente es que estás harto de ser tú
mismo, se te acabó el proyecto de joven,
quizá tu padre muera y a trabajar. Un rito
de iniciación forzado. Estás harto de que te
gritoneen y de coger sobre los lavaderos.
Estas harto de la gente que muere, habla,
come, interrumpe, se suicida, sobrevive,
viene, huye e impone a tu alrededor; de
tener veinte años y sentirse caracol que
resbala lentamente hacia ningún lado; de
comer; de pagar todo con el dinero del
licenciado Tovar Guzmán; de moverte por
inercia y sin convicción; de tu hedonismo
barato y tercermundista; de fornicar sin
amor; de ser un niño disfrazado; de la
Universidad; de la rutina; de saber con
seguridad abrumadora que, sin embargo,
te urge que la tierra deje de moverse,
que se salve o se muera tu padre, de
volver a la rutina que desprecias… Sólo
eso, Roberto: te movieron el tapete. Te
movieron el tapete: tembló en tu ciudad y
te apareció el amor un 15 de septiembre
y te desplazó Eustaquio y tu madre dio
el viejazo y tu padre te desconoció otra
vez… Sólo eso, Roberto: te movieron el
tapete).

102
Ojalá estuvieras aquí

Doy vuelta en la cama. Apago el cigarro. Quiero
dormir. No quiero dormir.
Recuerdo y eso me quita el sueño. No quiero
recordar, pero tampoco puedo dormir. ¡Carajo!

103
Ojalá estuvieras aquí

X

Diálogos del cascajo
Segundo acto

ROBERTO TOVAR: ¡Papá! ¡Papá!

(Bajaste de nueva cuenta al pedazo de
muerte, pero ahora ya no encuentras la
oscuridad total: ahora te topas, ¡pobre
Roberto–Marioneta! con olores coloridos:
olores verdes de agua encharcada y
drenajes reventados, olores grisáceos,
amarillentos y pálidos de cadáveres
plácidos e irresponsables; ahora te
topas con sonidos ambarinos de goteos
empecinados, con sonidos cromáticos.
Bajaste otra vez a las entrañas del animal
de concreto que ayer decidió tumbarse
para morir lentamente. Bajaste en busca
de la revancha: ¿te reconocerá ahora?
¡Busque, Marioneta!).

104
Ojalá estuvieras aquí

ROBERTO TOVAR: ¡Papá, contéstame!

(Estás de nuevo solo, solo con tus
ausencias, solo acompañado por tus
incredulidades y sin motivos ¡Quién te
manda, Marioneta!).

Cuando llegamos al Finisterre, cientos de curiosos y
los hombres que de verdad habían estado trabajando
se mantenían a distancia de la mole de cemento, pocos
hablaban, miraban la mole derruida con un pánico que
aterraba: ¿volverá a levantarse el dragón?
— No se le puede tener confianza ni a la naturaleza
—sentenció Gloria. Jamás la hubiera creído capaz de
decir una cosa así.
Bajamos del automóvil sin prisa; estoy seguro de
que ya todos pensábamos a mi papá en pasado: “Mi
tío Roberto era un buen hombre” (Gloria), “Mi papá
era un mal padre pero era el mío” (Eustaquio), “El
señor Tovar era un fregón, pero aquí no le valieron sus
palancas” (Israel), “Mi papá nunca me conoció” (Yo).
— De todas formas hay que entrar a buscarlo —dije
de pronto, escuchando mi voz como algo totalmente
ajeno a mí, independiente, traicionera.
— Yo te acompaño, mano —se ofreció Israel.
— También yo voy a bajar —dijo Eustaquio.
— ¿Y si vuelve a temblar? —preguntó Gloria
tomándole la mano a Israel—. Les digo que ni en la
naturaleza se puede confiar.

105
Ojalá estuvieras aquí

(Situación límite. Periplo por aguas
desconocidas, cielo encapotado. La
muerte desmitificada por accidente
natural. El futuro obligado al auxilio
mental. La duda como única certeza. La luz
de tu linterna iluminando exactamente lo
que tú no quieres ver: la mano poblada de
anillos otra vez. Y tú sin saber el nombre
de ningún Dios, el motivo de ninguna
vida, el pasado de ningún feto. Y tú sin fe:
ni católico ni liberal, ni librepensador ni
marxista, ni positivista ni naturalista, ni
racionalista ni esotérico. Y tu sin tener
a quién rezarle, a quién inundarle con
preguntas, a quién juzgar por tu juicio. Y
tú sin leyes que te expliquen tu mínimo
devenir. Y tú sin discurso ni protesta.
Y tú sin fantasmas ni algoritmos, y tú
simplemente cínico cosmopolita y de
pronto expulsado de tu cómoda rutina.
Y tú honestamente occidental-mexicano-
clase-mediero-joven, honestamente
escéptico, dolorosamente incrédulo,
indefenso por carente de respuestas.
¡Pobre Marioneta, te movieron el tapete!).

ROBERTO TOVAR: ¡Papá! (grita al tiempo que siente
el roce de cinco dedos sobre su pelo) ¡Papá! ¡Yolanda!

(Te felicito Marioneta, al fin de decidiste
a llamarla por su nombre: Yolanda.

106
Ojalá estuvieras aquí

Muy bien… ¿era o no importante que
continuaras aferrado a esa caricatura de
moralista decimonónico?).

Voló dando giros brillantes. Voló más de la cuenta y
vino a caer a mis pies: ¡Sol! Yo había ganado el derecho
al primer descenso y Eustaquio acepta su derrota
dándome la linterna: ¡Suerte, hermano! Israel adelanta
el paso pero lo freno. Voy a bajar solo, gané el volado.

YOLANDA TREVIÑO (grita entre llantos): ¡Socórreme,
Dios mío!

(Aunque ella sí tiene a quién rogarle, ¿te
das cuenta del indicio, Roberto? Te voy a
ayudar un poco: Yolanda pide ayuda para
sí misma, implora en singular… ¿Habrá
tenido alguna dificultad con tu padre?).

ROBERTO TOVAR (acercándose erráticamente al hueco
de donde salieron los gritos de Yolanda): ¿Yolanda?
¡Yolanda!... ¿Dónde están?

(No hables en plural, Marioneta).

YOLANDA TREVIÑO: ¡Por amor de Dios, sácame de
aquí, Roberto!

107
Ojalá estuvieras aquí

(No te podrás quejar, Marioneta, al menos
ella sí te reconoce).

La saqué a rastras. Afuera hubo aplausos, porras.
Yolanda renació desnuda, con ambas piernas
rotas, recorrida por su propia sangre y llorando
frenéticamente.
Eustaquio me miro a los ojos y comenzó a llorar
un llanto simple, tranquilo y sin trabas. Cuando
los camilleros terminaron de subir a Yolanda a la
ambulancia, Eustaquio me pidió la linterna:
— Es mi turno.
Pienso que no fue nuestro turno: Eustaquio estaba
comiendo algo que Gloria y Luis le llevaron y yo iba de
regreso al hotel a bordo del auto de Emma, tembló por
segunda ocasión hace algunas horas y mi hermano y
yo nos salvamos.

108
Ojalá estuvieras aquí

XI

Inicio de novela

Las goteras celestes nunca remendadas bañan el
pavimento. En la Ciudad de México sobran plazas y
recuerdos.
Con una calma excesiva abro la botella de tequila. Su
aliento sale festivo, amoral y al mismo tiempo cínico.
Comienza la noche, los pocos pájaros sobrevivientes
vuelan a sus nidos armando un escándalo diariamente
mejorando. Supongo que seguir aquí es totalmente
estúpido.
Aún le tengo miedo al alcohol. Pero qué demonios
puede hacer tipo como yo, en un anochecer como éste,
en una casa decadente como la mía y con las ganas
de no hacer nada que yo tengo. El tequila puede ser
un buen compañero…, por eso suele ser ingenuamente
traicionero. El tequila ayuda a soltar los recuerdos
reprimidos: la próxima semana se cumplirá el primer
aniversario; la rutina ha regresado, encarnada en
horarios y convenios.
Y porque es totalmente estúpido continuar aquí,

109
Ojalá estuvieras aquí

cargo con el tequila y la cajetilla de cigarros. Hace un
año todavía fumaba de gorra. Afuera la lluvia sigue
mojando todos los sonidos. Salgo a la terraza y subo a
las escaleras hasta la azotea: mi cigarro se moja y la
brasa se muere.
Lo enterramos en Cuernavaca. Fue mi último día de
insomnio, con él se fueron las noches en blanco.
Tuvimos que seguir el juego de mi madre. Se dijo que,
efectivamente, el licenciado Roberto Tovar Guzmán
murió a causa del terremoto, también fuimos fieles a
la verdad en cuanto al sitio de su muerte; pero hubo
una pequeña variación: él no estaba metido en la
cama con su secretaria, la amable señorita Yolanda
Treviño… ¡No! En realidad, el laborioso licenciado
se encontraba en un desayuno de negocios con un
misterioso socio de Monterrey. Las apariencias se
cubrieron medianamente, porque era absurdo que
Yolanda no asistiera al entierro.
Llegó puntualmente. Su madre empujaba la silla
de ruedas, y al igual que ella lloró generosamente.
Yolanda de negro; respetó su luto más de seis meses.
Quizá unas diez personas; en aquéllos días los
condolientes escasearon y se tuvieron que repartir
con justicia entre tanto muerto. El licenciado Ayala se
presentó solo porque:
— Usted os perdonará, señora Tovar, pero mi esposa
tuvo que ir al entierro de un cuñado suyo… Una pena.
Eustaquio ocupó el puesto de guardián.
Cuatro hombros levantaron el cajón del suelo:
Ayala, mi primo Luis, mi tío Jesús y yo.
— Desde ahora estás al frente de tu familia, hijo.

110
Ojalá estuvieras aquí

— Te tocó madurar muy pronto.
— Échale ganas, Beto.
— La vida tiene que seguir, ahijado.
Emma siempre a mi lado, desde entonces siempre a
mi lado.
— No hay mal que por bien no venga —me dijo Gloria.
Al sacerdote se le tuvo que pagar doble tarifa; la
ley de la oferta y la demanda. Así, su presencia fue un
poco más prolongada y su sermón más reconfortante.
— ¡Qué bonito habló el padrecito!, ¿verdad comadre?
— Roberto merecía eso y más.
— Sí… Luego me pasa los datos del cura, ¿no comadre?
Desde el sótano salieron cosas como “Dios sabe lo
que hace y no podemos poner en duda sus designos…”,
“…un hombre respetuoso de su religión, su país, su
trabajo y su familia”.
El cajón descendió por el foso. Últimos abrazos. Los
automóviles arrancaron. Cuernavaca quedó atrás. Mi
padre bajo tierra. Y yo me quedé dormido en el coche
de Emma hasta que regresamos todos a la casa.
— Roberto lo merecía.

Se escucha un sonido uniforme, llega a ser monótono.
Se trata de un monólogo. Se trata de una voz. Se
escucha por largo tiempo; la lluvia descansa: su eco
se quedó flotando por ahí, se vuelve crujir de madera
y asbesto, se pierde entre el polvo y por las coladeras.
Se estaciona en mis oídos sitiados por el tequila. Se
escucha ahora otro monólogo:

111
Ojalá estuvieras aquí

Ahora sólo quiero darme el permiso
de recordar, la licencia a la memoria.
Dejar que eso que no entiendo, esa masa
coloidal y pegajosa, invisible y siempre
presente, fluya de mi cabeza a mi cuerpo,
resbale a mi cigarro, al sin tiempo…, y
de ahí, simplemente, se vaya en los hilos
de humo que suben al cielo encapotado.
Quiero exiliar mis recuerdos, sacarlos de
mi sueño, abandonarlos en un sitio neutral
desde el cual no puedan lastimarme…
Pero los recuerdos son cadenas atadas
al presente, son anclas que nos dejan
navegar, porque van generando nuevos
eslabones en la misma medida en que
pasa el tiempo. Estamos atados. Lo real
es únicamente nuestro pasado.

A los lejos alcanzo a formar la silueta jeringa de
la Torre Latinoamericana. El tequila comienza a
marearme, como si mi cuerpo estuviera soportado
por gatos hidráulicos juguetones. Un hotel con gatos
hidráulicos estaría bailando eternamente (¿?) en el
pavimento.
Los recuerdos dejan de molestar sólo cuando
logramos vomitarlos, convertidos en algo ajeno,
mandarlo a la otredad. La memoria retrata al pasado
para que siempre podamos vivirlo y modificarlo.
¿Cómo carajos se hace para matar un recuerdo?

(¡Petrifique sus recuerdos, Marioneta!)

112
Ojalá estuvieras aquí

Quiero recordar para matar mis recuerdos. Quiero
recordar para encerrar al pasado en pedazos de
muerte. Quiero conseguir la certeza de que ya pasó lo
que pasó.

(¡Encarcele sus recuerdos, Marioneta!)

Pienso que tengo que contarme mis recuerdos.
Escribirlos para que dejen de transformarme. Es
pura ilusión, pero qué más da. Ya me veo pegando
memoria en trozos de madera procesada, inclinado
sobre mi escritorio como filatelista completando el
álbum: tal vez ritual recién gestado, feto que respira
y pierde su definición con el aire, escena nunca
programada, elemento más elemento y sin sistema:
mi cuarto y el café en fiel espera, el cigarro ahumando
las pupilas, el sabor de la soledad levitando entre
las sombras, las sombras en los huecos, los huecos
solitarios, el pleonasmo, la música importada, la
luz eléctrica ronroneando por los cables, la luna
fumigada…, la memoria congelándose sin saberlo…,
las madrugadas sin prisa, el espacio, los retardos en
el trabajo, el silencio apenas saneado, esa especie de
apología disfrazada de pretexto, el pre-texto vulgar
y cotidiano, lo cotidiano representando una farsa,
la farsa de las frases…, los recuerdos muriendo sin
saberlo… Un sonido uniforme, monótono; una voz
monologando, el silencio conformando un discurso
monolítico, monopólico, monorrítmico. Y yo, viendo el
cielo desierto desde mi azotea, imagino: imagino una
novela.

113
Ojalá estuvieras aquí

(Imaginas, Marioneta: imaginas que lo
que vas a plasmar algún día fue calambre
en el cerebro; tirón que hace bajar la vista
y sacudir el ánimo, rizar las cejas, y no ser
nunca más el mismo desde entonces. Y lo
fue, Roberto, lo fue: ventisca de vapores
en la cabeza, cascada de historias que te
ahogan: lo fue. Pero, pasando el pasado
de la escritura, dejando el sofisma del
presente en el bigote rasurado y en
las ropas sucias, en el forzoso y voraz
siendo continuo, no entenderás nada.
No entiendes nada, aunque te auxilies
del tequila y el aire de azotea. Jamás
has tenido nada…, como ahora. Esas
líneas repletas de signos bien formados,
orgullo de siglos de cultura, serán
curvas de un loco osciloscopio, como
un maldito encefalograma caminando
en verde fosforescente a través de una
pantalla de veinte por veinte… Subidas
y bajadas sin sentido, crestas y valles
donde tus muertos patinan sin caer, un
recorrido en ruta llena de quiebres, el
pulso de lo que alojas en los sueños, la
pista que te sigue desde dentro… ¿y?
¿lo has aislado? ¡No! ¿así que la novela
imaginaria no explica nada, no pinta la
maraña que cargas veinticuatro horas
al día, la mezcolanza de mitos, falacias,
entelequias inconclusas que retumban

114
Ojalá estuvieras aquí

en tus venas en acordes absurdos, que
pelean en horarios siempre estelares,
que se empujan entre sí para dejarle
espacio a otras nuevas? Y es igual que
este monólogo, que tu imaginaria novela,
que la literatura: superflua. Acéptalo antes
que sepas distinguirte de eso. ¡Acéptalo,
Marioneta!)

La lluvia que regresa de nuevo termina por
convencerme: quiero escribir. Quiero escribir mis
recuerdos en hojas de papel que después pueda
quemar. Sería bellísimo quemar la novela.

(¡Blasfemas, Marioneta! Eres como esos
necios que niegan a la afasia como estado
natural de su género, como conducta
habitual de su especie. Son la mayoría:
camina con el paso de moda sobre los
zapatos de moda, perfuman sus olores y
piensan solamente lo indispensable. Sus
respuestas vienen en el horóscopo de cada
mañana, en las novelas costumbristas de
su tiempo, en las revistas coloridas, y
una que otra noche son transmitidas por
radio por boca de un sicólogo afamado…
Su juego es sencillo)

115
Ojalá estuvieras aquí

Ahora los niños le piensan: Los lunes de blanco, gotas
de limón aplacando el pelo, empujones en las filas…;
saludo a la bandera, se canta el himno nacional. Pero al
momento de llegar a “…el acero aprestad y el bridón, y
retiemble en su centro la tierra…” las voces se apagan,
las muecas se incomodan y las miradas se encuentran
con los recuerdos.

Se puede decir que ahora son amigas. Yolanda viene
cada quince días a la casa, por lo regular los viernes.
En un principio, ambas se reservaban —inútilmente—
la intimidad de algunos recuerdos. Sin embargo,
las cosas no podían seguir así: lo único que las une
es el recuerdo de mi padre. Lo infinitamente vulgar
y humano de sus diálogos actuales comenzó con
aseveraciones ingenuas y cariñosas:
— A Roberto le encantan los chiles rellenos.
— Él siempre tan metódico, ¿verdad?
Ayer, Yolanda estuvo toda la tarde con mi madre.
Vieron la televisión, tomaron café y continuaron con
su obsesiva tarea común: reinventar a papá, no dejarlo
solo en su tumba de Cuernavaca. Cada viernes, él se
hace más de ellas.
— Era un hombre bueno.
— Así es, Yolanda; y nosotras, afortunadas.
Eustaquio volverá tarde, mi mamá duerme y yo
puedo continuar tranquilo, aquí en lo más alto de la
casa. Empapado de lluvia y tequila, puedo planear, la
narración. La escribiré en primera persona, seré el

116
Ojalá estuvieras aquí

narrador y el protagonista.

(¡No te engañes, Marioneta!)

La novela revitalizará a Emma porque la dejará
como personaje secundario. La novela rematará al
licenciado Tovar, porque ahí se dirá que sólo fue un
fantasma familiar que renació con su muerte para
hacerse más real, más vivo porque se repartió a sí
mismo en las memorias. La novela será mi espejo,
mi sombra y proyección. Y la novela será muy mala,
pésima, aún hasta el momento que le ponga final;
pero la misma novela se convertirá en una obra
maestra después que la queme. Mi novela, que aún no
escribo, petrificará los hechos y, por tanto será muy
mala. Pero después los dejaré libres con el humo de
sus páginas, exorcizando ahora sí a mi memoria. La
quemaré con todo el ritual que se va a merecer. A la
ceremonia asistirán todos sus personajes; unos en
presencia física y los demás en presencia memorial.
La ceremonia será en Cuernavaca, junto a la tumba del
licenciado Tovar Guzmán —Roberto lo merecía—; su
última ofrenda, su pasaporte al olvido.
Israel llevará cerveza y se encargará de pronunciar
—en la novela y en su real quema— las malas
palabras. Luis y Gloria llegarán con la factura de su
computadora robada por los soldados. Yolanda con el
yeso de sus piernas, mi madre con los miles de pañuelos
desechables que limpiaron su llanto, yo con la última
fotografía que conservo de Elsa, Emma con un copo de
nieve del Popocatépetl, Eustaquio con la colilla de su

117
Ojalá estuvieras aquí

primer cigarro, Jeremías con las hojas de los tamales
que se comió a un lado del Hotel Continental, y todo se
consumirá en el mismo fuego de la novela. Solemnes,
hipócritamente cantaremos I wish you were here.

118
Índice

I. La noche del grito 6

II. Emma en las alturas 18

III. Declaración solemne 31

IV. Estuvo fuerte el temblorcito, ¿no? 41

V. Chiflando llegaron las noticias 51

VI. Primer recorrido 67

VII. Cronograma de una noche de insomnio 80

VIII. Diálogos del cascajo. Acto primero 92

IX. Segundo recorrido 9 7

X. Diálogo del cascajo. Segundo acto 104

XI. Inicio de novela 109
La presente
edición digital de
Ojalá estuvieras aquí
de Germán Castro Ibarra
se terminó de editar
justo una semana
después del terremoto
que zarandeó a la Ciudad de México
el 19 de septiembre de 2017,
exactamente 32 años después del sismo
en torno al cual ocurren los hechos
verídicamente ficticios que se
narran en esta novela.

Se emplearon en su composición
tipos Century Schoolbook y
Cambria en distintos
puntajes e
interli–
nea–
dos.
Germán Castro Ibarra (Ciudad de México, 1964).
Sociólogo y Doctor en Letras por la UNAM.
Ha publicado algunos libros de novela y cuento,
y coordinado la realización editorial de más de
50 títulos y publicaciones periódicas de distintos
sellos (Universidad Autónoma de Aguascalientes,
Academia Nacional de Ciencias de la Computación,
Instituto Cultural de Aguascalientes, Asociación de
ex alumnos del ITAM, Mapoteca Manuel Orozco y
Berra, entre otros). Ha coordinado la realización
de más cien desarrollos multimedia y sitios web
para diferentes instituciones y empresas. Colabora
en periódicos, revistas, suplementos culturales y
revistas de investigación (Caleidoscopio, Punto de
Partida de la UNAM, Tierra Adentro del Conaculta,
Parteaguas, La Jornada Semanal, Sábado de
unomásuno y Arena de Excélsior; Hoja por Hoja de
Reforma, Relatos e Historias en México, Este país y
Nexos). Publica semanalmente la columna “A lomo
de palabra” en La Jornada Aguascalientes. Como
docente, ha colaborado en el IPN, la Universidad
Autónoma de Aguascalientes, el ITAM y el Instituto
de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Bloguea
semanalmente (www.alomodepalabra.blogspot.
mx/). En Twitter vuela como @gcastroibarra.com

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