FALSETE
 
 
ever román

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
© Ever Roman
 
Editorial Arandurã
Tte. Fariña 1028
Asunción – Paraguay
Tel. (595 21) 214295
e-mail: arandura@hotmail.com
www.arandura.com.py
 
Diseño de tapa: © Ever Roman
 
Marzo 2016
ISBN: 978-99967-49-24-7
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Para Paz y Gregorio Román
 
 
 

Falsete
 
 
Para Carlos Bazzano
 
 
 
“No hay nada que exaltar, nada
que condenar, nada que acusar,
pero hay muchas cosas risibles;
todo es risible cuando se piensa
en la muerte.”
Thomas Bernhard
 
 
 
 
Ey, Román, acabo de abrir tu carta y te contesto ahora mismo, a vuelta de correo como se decía antes, o se dice todavía, no sé, quizá se diga así todavía, a vuelta de correo, oscuras tradiciones harán permanecer esta frase e incluso alguna gente seguirá sirviéndose del correo postal para las misivas, en todo caso no yo, que no tengo código postal. Vivo en un extraño tiempo como todo el mundo en esta ciudad, un tiempo negro, húmedo, por eso qué voy a saber de tradiciones, apenas he conseguido armarme dos o tres hábitos, es decir fumar, emborracharme y levantarme cada mañana, levantarme como si fuera indispensable, imaginate, como quien guarda un as de espadas bajo la manga he logrado hacerme de la seguridad de que levantarse es indispensable, imaginate, qué tontería, invento mío nomás, en el fondo sé que no es indispensable, tampoco es indispensable seguir acostado, no sé cómo es, el caso es que me levanto cada mañana como si el día fuera indispensable y apenas me doy cuenta de que el día no es indispensable, esto es apenas termino de lavarme la cara, enciendo un cigarrillo pues qué más voy a hacer, encender un cigarrillo, es lo mejor por las mañanas, ya en las primeras caladas parece efectivamente que el día vuelve a ser indispensable, luego no hay caso de zafarse de la decepción, entonces uno busca una cerveza por ahí, para agarrar sueño y dormir nuevamente, entre esquivar la decepción y encontrar una cerveza por ahí es que trascurre el día. Uno hace cosas, decepcionado, por supuesto, y luego va a dormir y al día siguiente comienza igual. Por ejemplo hoy domingo me levanté a las tres de la tarde con una resaca imposible pensando que debía levantarme para no perder un día imprescindible, qué decepción, fumé dos o tres cigarrillos pero qué decepción, este domingo no es indispensable, entonces abro tu E-mail, entro al cibercafé a la vuelta de casa, el cibercafé está lleno de fantasmas desesperados que como yo han descubierto que el domingo es prescindible, que todos los días son prescindibles, y en el cibercafé abro tu carta, qué hay contigo y los chicos, Bazzano, me preguntás, qué hay contigo y los chicos, y bueno, Román, así andamos, en fin, qué decepción, por dónde empezar a contarte, vos querés que te entretenga con historias de acá y yo podría explayarme por lo menos con dos o tres para entretenerte, serían historias mínimas y prescindibles como todas las que pasan por acá, historias vacías como botellas vacías, así que no haré más que entreverarte dos historias sin dirección y sin objeto, más bien tres historias, pues entre estas dos historias encabalga la mía y probablemente haya también una cuarta, que trata quién sabe de qué, o no trata de absolutamente nada. Aquí va la primera historia y es sobre la revista que está en quiebra y ayer sábado hicimos una fiesta para juntar plata. No hay otra en Asunción para juntar plata, lo pensamos y pensamos, desde organizar rifas hasta pedir limosna vendándonos el cuerpo como leprosos, pero quién iba a dar plata a leprosos, qué idea estúpida, entonces uno dijo vender tortas en la calle, vender pollos, muebles, otro dijo libros, otro dijo drogas, luego Viveros dijo lo mejor es hacer una obra de teatro entre todos nosotros, actuemos nuestra desesperación por conseguir dinero para ir peleando la revista, nos va salir perfectamente verosímil y ni siquiera tenemos que actuar, dijo Viveros, podemos hacer la obra con globos y payasos y una banda de heavy metal, dijo Cristina M. mientras se revolvía el largo pelo, una propuesta bastante oscura por cierto, la miramos dudando, no sabemos nada de teatro, le dijo Luís María Pont, manoteando con la diestra el humo de nuestros cigarrillos insoportable para él, a la vez que escupía sobre los ceniceros, entre tanto seguimos mirando con recelo a Cristina M. y a Viveros. Pero ya estábamos en el tren de los desesperados, desde hace bastante tiempo estamos en este tren que no para de pitar la próxima parada y nosotros ni siquiera amagamos apearnos. Entonces lo pensamos bien, hicimos silencio, luego dije yo que el único actor que conocemos está encerrado en su casa y solo sale para dar clases de teatro en colegios, sin él quién nos ayuda, dije yo, quién va a escribir el guión, dijo Tití, igual que Luís María Pont manoteaba el humo de nuestros cigarrillos pero no con la mano sino con una de nuestras revistas, Tití abanicaba la revista como si espantara moscas pero por suerte no escupía como el puerco de Luís María Pont, el guión, quién lo va a escribir, dijo Tití, era una pregunta pertinente la que hizo Tití pues todos lo querrían escribir, te podrás imaginar, Román, si somos escritores, es lo que pensamos de nosotros, es lo que hacemos, escribir, aunque solo sean reseñas sobre poesía folclórica y música folclórica cada fin de semana para la revista. Empezamos a soltar ideas sobre cómo podía ser la obra de teatro, una idea más patética y deprimente que la otra, invariablemente los payasos vestían de negro y escupían al público, por otro lado Cristina M. quería que los payasos vistieran de colores y portaran máscaras de cada uno de nosotros, máscaras grandes, caricaturescas, Luís María Pont dijo que podía diseñar las máscaras y Viveros preguntó entonces dónde metíamos a la banda de heavy metal, al carajo con la banda de heavy metal, dije yo, a fin de cuentas qué tiene que ver con una revista de folclore y literatura una banda de heavy metal, es por el falsete, Bazzano, me dijo Viveros, es imprescindible que haya voces en falsete para expresarnos cabalmente a nosotros, me dijo Viveros, todos rompimos a reír porque después de todo tenía razón, somos bastante chillones, por su parte Etcheverry, que no podía faltar a la reunión con su pelada cabeza y sus anteojos oscuros, dijo que quizá lo mejor era organizar un concierto, tengo una guitarra, dijo Etcheverry, yo quiero cantar, dijo Cristina M., yo toco los timbales, dijo Viveros, el tipo quería marcar el ritmo a toda costa, pero con timbales dónde metemos las voces en falsete, dije yo, y me respondieron a coro que justamente por los timbales es que se harían imprescindibles las voces en falsete, otra vez escuchaba en boca de los compañeros de la revista la palabra imprescindible, hasta que por fin Luís María Pont nos sacó del delirio diciendo que si queríamos podíamos organizar un concierto pero no era obligatorio que actuemos nosotros, nos bastaba con invitar músicos folclóricos. En Asunción hay montones de músicos folclóricos que no paran de asistir a todo tipo de peñas con canciones aburridas, aburridísimas, y además tocan aburridísimamente sus guitarras, entonces nos pusimos serios, de solo pensarlo nos aburrió espantosamente la idea de una peña folclórica, después de todo es indudablemente más cómodo escribir sobre folclore que realizar festivales, la esencia del folclore es el falsete, dijo Viveros, pero ya no pudimos reír, a partir de ahí se volvió espantosamente aburrida la reunión para pensar cómo juntar plata para seguir este mes con la revista, entonces alguien dijo peña, organicemos una peña libre para que el que quiera toque, después de todo era lo que menos esfuerzo iba a exigirnos, en realidad prácticamente no iba a exigirnos esfuerzo intelectual, porque esfuerzo físico sí exigía bastante, debíamos imprimir y repartir las invitaciones en todos los puntos posibles de la ciudad, es decir en aquellos lugares donde suponíamos que encontraríamos gente interesada, quiero decir interesada en malos músicos y cerveza barata, en todo caso en cerveza barata, porque bien pensado a quién podía importarle los malos músicos, en todo caso a otros músicos que irían con sus respectivas guitarras a esperar turno para tocar, pues las peñas son así, abiertas a todo el que quiera apropiarse del escenario, los músicos invitados eran quizá nuestro principal objetivo pues beben bastante y siempre van acompañados de su cohorte, compuesta comúnmente de borrachos y borrachas que apenas emiten comentarios durante los conciertos de otros músicos pero cuando el suyo sale al escenario se ponen a gritar y saltar como posesos, pero no son posesos muy elocuentes después de todo, mayormente se limitan a aplaudir y emitir silbidos de aprobación y luego pagan la cerveza de su músico y le gritan alguna cosa elogiosa, suelen ser terriblemente malos estos músicos, o terriblemente buenos, en todo caso siempre terribles, y beben bastante, así que luego de organicemos una peña libre alguien retrucó rápido con cantina, en la cantina es que vamos a llenarnos de plata, y automáticamente pensamos en estos músicos con cohorte, y caímos en la cuenta de que invirtiendo en cerveza no gastaríamos mucho y que el capital invertido se vería seguramente multiplicado, pues siempre es posible vender cerveza en Asunción, venderla en cantidades abundantes y además las guitarras las pondrían los y si alguno venía con timbales pues mejor, luego pensamos en otras ideas que no vale la pena contarte, todo esto lo pensamos la semana pasada, precisamente el sábado pasado. Estábamos en casa mirándonos con cara compungida, ya era momento de mandar la revista al carajo de una vez por todas, esto lo habíamos pensado y expresado en anteriores ocasiones, pero una extraña fidelidad a escribir y publicar la revista nos mantenía unidos, es nuestro amuleto la revista, la varita mágica con la cual convertimos en conejos los fideos con manteca de todos los días, tal vez por la revista es que la palabra imprescindible es tan imprescindible en nuestras conversaciones, nos mantiene unidos la revista, unidos los unos con los otros y unidos en nosotros mismos para no ser disgregados por los manoseos constantes de la basura asuncena, la revista nos mantiene unidos, nos justifica, es por esto imprescindible, aunque en rigor muy levemente, pues si prestamos atención al diario de la redacción de las páginas sobre músicos y poetas que escribimos semanalmente nos daríamos cuenta de que después de todo no es tan imprescindible, pero preferimos obviar la observación atenta y nos mantenemos en el litoral del tema, el fondo nebuloso de la laguna nebulosa en la que estamos sumergidos permanece ajeno gracias a escribir y publicar sobre poetas y músicos, entonces fue que en uno de los tantos encuentros en casa nos dimos cuenta de que lo mejor era vender cerveza para poder seguir escribiendo y publicando sobre poetas y músicos, y vender cerveza era definitivamente lo mejor que podíamos hacer para juntar plata, a fin de cuentas aquí en Asunción vos exhibís un poco de birra y se suma gente, la gente está invariablemente dispuesta a comprar birra, niños, adultos, embarazadas y monjas, todos, todo el rato, la gente concluye para qué comer o estudiar si se puede beber y olvidar, o bien beber y recordar, o bien beber y pelear, y por supuesto es mejor hacer lo uno o lo otro estando borrachos, cuando la gente no está borracha es la depresión, gente ansiosa perseguida por todo, caras largas, trabajos de mierda, Asunción es una cloaca, huele mal, no se puede sobrevivir oliendo la ciudad, es por eso que fumar es la mejor decisión porque poco a poco va matándote el sentido del olfato, si no quién aguanta, esta es una ciudad de mierda, insoportable, claustrofóbica, demasiada estupidez, qué decepción, en fin, solo los violadores y los asesinos pueden ser felices acá, esta ciudad está llena de violadores y asesinos, los criminales son cuidados por la ciudad, son idóneos a ella, en fin, no creo que donde estés la cosa sea diferente, las ciudades en general son una mierda, se pudren, se gastan, gestan seres viciados, Asunción madre de ciudades y de viciosos, corazón del cono sur, ya sabés que se dice que el sur de uno es el culo, Asunción culo del sur, es decir culo del culo, en fin, te dije, decidimos hacer la peña, pero los músicos folclóricos se volvieron enseguida un problema, más bien pensar en los músicos folclóricos volvió a llenarnos de aburrimiento y dijimos que no, cualquier cosa menos eso, cualquier cosa menos soportar borrachos con guitarras desafinadas y discursos nacionalistas, y allí salió otra vez Viveros para salvarnos y recordó los timbales, podemos hacer una peña bailable con timbales, gritó, nos pusimos a reír, después de todo tenía razón, podíamos corear en falsete y con rumba de fondo todo lo que quisiéramos mientras vendíamos cantidades gigantescas de cerveza y la caja de caudales se nos llenaba de dinero para varios meses de revista, y luego decidimos, creo que a instancia de Luís María Pont, que lo mejor que podíamos hacer era una peña sin timbales pero con falsete, es decir hablar de nosotros a la gente y explicarles que hacemos la revista de folclore y literatura gracias a las cervezas que pagan ellos, Etcheverry dijo que ella podía esbozar un discurso sobre poesía y cerveza, entonces yo dije que invitáramos a mengano para que hable de política cultural y a fulano para que se suelte con política sin cultura, casi en seguida nos confundieron tantos nombres, ya no pudimos hilar bien el porqué de estos nombres y temas pues a fin de cuentas lo importante era que vendiéramos cerveza, y ahí nomás, antes de dispersarnos, nos dividimos las tareas. Tití tiene coche así que ella se encargó de comprar los cajones de cerveza del mercado, con ella fueron Pirogova, que había asistido a la reunión por teléfono según su costumbre, y Etcheverry, por mi parte yo decidí encargarme de la gente que tocaría en la peña, pensé en vos, Román, en tus gustos cursis, y recordé que te hubiera gustado escuchar a Gómez, Benítez y Cruz, con sus canciones cursis y poemas cursis, El trío de Amlor, como tan cursimente se hacían llamar, y sugerí que la actividad la enmarcáramos en una ensalada de música folclórica y discursos sobre cultura y poesía, rápido nos pusimos de acuerdo, es probable que nos hayamos puesto de acuerdo tan rápido porque ya estábamos cansados de hablar y a cada instante asomaba el aburrimiento en los intersticios de la conversación, luego, como siempre que nos juntamos a hablar de la revista, decidimos comprar nuestras cervezas de la noche y beber, qué más podíamos hacer. Creo que me pasé bebiendo toda la semana, es decir me emborraché esa noche y seguí borracho hasta ayer sábado por la mañana en que desperté sobrio y me dirigí al Centro Cultural Rosa Luxemburgo para limpiar el lugar. No recuerdo quién pero alguien nos consiguió el Rosa Luxemburgo para hacer la venta de cerveza allí, creo que fue Cristina M., entre todos es la que tiene el más variado tipo de contactos, pero no estoy seguro, creo que porque íbamos a hacer la venta de cerveza en el Rosa Luxemburgo es que decidimos enmarcar todo el asunto de la venta de cerveza con un halo político, pues el Rosa Luxemburgo es un centro cultural rosaluxemburguista, no podía ser de otra manera dado el nombre, tenía que tener algo de política la noche, política explícita quiero decir, nada de las posiciones políticas usuales que manejamos en la cotidiana vida de borrachera y abandono, aunque todos pensamos que efectivamente es así, que la acción política no tiene límites precisos ni lugares específicos donde desarrollarse, pues no puede separarse del diario en que nos desenvolvemos, por ejemplo hacer folclore en un una ciudad que se va irremediablemente al carajo, que va hundiéndose kamikaze en el pozo de la desidia, es el acto más rebelde que se puede concebir, en fin, debíamos desempolvar los gastados discursos y hablar con palabras explícitas para no tener problemas con el local donde venderíamos cerveza, en fin, nadie se opuso pues era una convención para poder usar el local, vestirnos de políticos de izquierda era el pago del alquiler del local y así lo hicimos, en fin, como te decía, desperté sobrio ayer por la mañana y fui a limpiar el Rosa Luxemburgo, por cierto no fue mucho trabajo porque Luis María Pont y Viveros estuvieron conmigo. Para las cuatro de la tarde el Rosa Luxemburgo brillaba de pulcritud como papel higiénico nuevo, cansados y sucios los tres nos pusimos a mirar orgullosos la limpieza del lugar y antes de que empezáramos a aburrirnos llegó Tití con las cervezas y ahí nomás abrimos algunas, nos sentamos a beber lentamente mientras mirábamos la limpieza del lugar, quién no sería marxista si los del partido comunista fueran así de limpios, dijo Viveros, entonces Tití nos recordó que los de aquí eran rosaluxemburguistas, ella era marxista, dije yo, y seguimos bebiendo nuestras cervezas, Rosa Luxemburgo era una gorda copada, dijo Viveros, la verdad es que nadie sabía un carajo de Rosa Luxemburgo, Luis María Pont dijo que quizá ella hacía folclore, en todo caso terminó siendo folclórica, dijo Luis María Pont, folclórica del folclore marxista, dije yo, y se nos hizo de noche bebiendo lentamente nuestras cervezas hasta que llegó la hora de llamar otra vez por teléfono a los que iban a tocar y a los que iban a dar los discursos y nos dividimos las tareas en medio del Centro Cultural Rosa Luxemburgo, pero al final Viveros dijo que iban a venir o no venir, no tenía caso preocuparnos, y nos quedamos bebiendo cervezas mientras las luces de la calle Fernando de la Mora iban encendiéndose con malicia, eran las luciérnagas del pantano nebuloso que parpadeaban para nosotros, pero nosotros seguimos con el pensamiento litoral, es decir permanecimos en el borde del pantano, permanecimos viendo cómo la laguna maloliente de Asunción era surcada por colectivos llenos de gente atormentada y aburrida, gente ansiosa porque era sábado y todavía no estaba tomando la cerveza que necesitaba para soportar el aburrimiento de la nebulosa asuncena, de hecho de uno de esos colectivos descendieron Pirogova y Cristina M., apenas nos saludaron y ya se sentaron al lado nuestro a seguir bebiendo cerveza, en algún momento la nebulosa del pantano asunceno nos atrapó en su vértigo y ya había gente caminando de aquí para allá dentro del Rosa Luxemburgo. El centro cultural tiene un patio grande así que había espacio suficiente para el desplazamiento de la gente, un viejo equipo de sonido marcaba un compás cansino de polcas y guaranias, casi nos mata de aburrimiento la música, por suerte la cerveza pone locuaz a la gente y rápido las voces taparon la música, las dulces melodías de guarania, tan dulces como dulce de guayaba, empalagosamente dulces, tan dulces que si la gente no hablaba a gritos podía empacharnos hasta la muerte, quedó como fondo dulzón y esto, estoy seguro, hizo que la noche transcurriera sin incidentes lamentables, me refiero a peleas o gente intentando fiar su botella de cerveza, sabés esta característica del asunceno, empieza pagando sus primeros traguitos y al rato ya te pide fiado hasta la semana que viene, te dejo la cédula, socio, te pago la semana que viene, por suerte nada de eso, tampoco hubo discusiones que terminaran a los golpes, la gente estuvo azucarada toda la noche, había abrazos que uno debía esquivar para no perder la compostura, especialmente Cristina M., Tití y Pirogova estuvieron untándose con limón para derretir el aguaraniamiento azucarado de los tipos que las querían mimar. Por dios, Román, estar tan pendiente del folclore asunceno en la revista me ha producido empacho folclórico, en fin, te sigo contando, yo estuve en la cantina con Viveros y Pirogova, a eso de las doce de la noche empezó a llover, no faltaba más, se aguó la fiesta, dijimos, pero la verdad es que no se aguó del todo porque nos metimos dentro del centro cultural, cerveza en mano cada uno, los ojos brillosos, el concierto del Trío del Amlor continuó a capela como tiene que ser, poemas de los años 20, mitad castellano mitad guaraní, de poetas de la generación jodida de la Revista Juventud, fiel ejemplo que seguimos, también canciones de Remberto Jiménez y Maneco Galeano, ejemplos obviados por ser demasiado complicados de seguir, luego le tocó a nuestra revista, un discurso brevísimo de Bremer, invitado a última hora para hablar por ser el más carente de locuacidad entre nosotros, dijo gracias porque vinieron, hay todavía cerveza en la cantina, buena onda los perros, chau, Bremer terminó de hablar y se fue, pero no solo, se llevó con él al Trío del Amlor rumbo al bar de la Rana Verde, una vez que éstos se hubieron retirado el público nos miró como pidiendo algo más, así que Etcheverry tomó el podio, dijo algo enormemente interesante y completamente incomprensible, terminó de hablar y se fue, pero no del centro cultural como supuse en ese momento, el público no quedó contento así que Viveros exhortó a los músicos presentes entre el público que cantaran algo, aquí traje una pandereta, dijo, nadie entendió el chiste así que yo coloqué un disco, unas polcas de Emiliano R. Fernández, al público no le gustó un carajo que la farra acabe así, sin embargo nadie protestó, el público se limitó a pedir su última cerveza, otro rasgo típico del público asunceno, siempre está pidiendo su última cerveza, haciendo fuerza para pedir fiado de un momento a otro. Yo di vueltas por ahí, apenas un par de mesas ocupadas, junté botellas vacías de las mesas vacías, no sea que se rompieran por algún tropezón y esparcieran más vacío aún puesto que ya había de sobra, sabrás, Román, es un vacío inmenso el que hay en las botellas de cerveza vacías, lo sabremos nosotros los asuncenos, en fin, apenas paró de llover el grupito de gente que subsistía se fue, quedamos solo tres, Luís María Pont, Tití y yo, mezcla de cansancio y borrachera, ahí nomás acomodamos sillas y mesas, recuerdo que pusimos un disco de Black Sabbath para lavarnos el alma de tanto folclore, al hacer la ronda de despedida para asegurarnos que no olvidamos nada antes de cerrar el local, encontré a Etcheverry sentada frente al baño, más que sentada la vi recostada contra la pared al lado de la puerta del baño, estaba con los ojos cerrados, yo la supuse dormida de borracha, qué hacés ahí vos, le dije a Etcheverry, ella abrió los ojos y me dijo estaba pensando, está muy ruidoso todo y vine acá que está más tranquilo, no le contesté nada, qué se supone que uno pueda decirle a alguien que se sienta en la puerta de un baño a pensar, estás recostada contra la puerta del baño y aquí huele a mierda, le dije, efectivamente olía a mierda, siempre hay gente que encuentra la oportunidad de mandarse un cagallón en medio de una fiesta, otra característica del asunceno, se pone a cagar, debe cagar, mientras se divierte, no huelo nada, estoy resfriada, dijo Etcheverry, me di cuenta de que ella estuvo allí durante mucho rato, porque apenas acabó su discurso desapareció del ambiente, se refugió en la puerta del baño desde entonces, mirando el vacío, rodeada de olor a mierda, con los ojos cerrados, el vacío dentro de ella moviéndose, definitivamente el vacío de Etcheverry debía estar más poblado que el vacío donde estaba yo mirándola, el vacío de una botella de cerveza vacía, vamos, le dije, es tarde, y le tendí la mano, cerré la puerta. Tití estaba esperándonos en el coche aparcado en la calle, Luís María Pont en el asiento de atrás, cabeceando de sueño, yo me acomodé al lado de Luís María Pont y Etcheverry al lado de Tití, así partimos los cuatro, luces de coches nos cruzaban de frente y de costado, luces de alumbrado público, frenando el coche, acelerando el coche, frenando otra vez, semáforo, ambulancia que pasa, señora que grita quién sabe qué cosa a quién sabe qué cosa parada en medio de la calle una madrugada lluviosa, camionetas con cachaca a full, Luís María Pont y yo dando tumbos en el asiento de atrás, Etcheverry explicándole algo a Tití, Tití explicándonos lo que le explicó Etcheverry, de repente Etcheverry ya no estaba y Luís María Pont estaba roncando, yo me sentía más despierto que nunca, me entraron ganas de seguir por ahí, inspeccionar, estaba sentado al lado de Tití hablándole de cualquier cosa y pidiéndole que me deje en la avenida San Martín, de repente Luís María Pont había bajado junto a un panchero, yo aproveché para comprarme una lata de cerveza, y dónde vas vos, me dijo Tití, me voy a tomar el colectivo a Luque para ir a casa de mamá, le dije, y para qué vas a ir a casa de tu mamá, por qué no vas a tu casa, me dijo ella, mamá está sola porque mi hermana viajó al interior, le dije yo a Tití. No sé por qué recuerdo todo esto, no sé si le dije algo a Tití, yo creo que simplemente fui con ella hasta donde sea y bajé en la avenida San Martín porque Tití iba a tomar alguna calle muy poco interesante, ella vive sobre Lillo, no hay un carajo sobre Lillo, yo quería inspeccionar el tormento asunceno, qué iba a hacer sobre Lillo, así que bajé en San Martín y Avenida España, al lado de la librería grande que parece un baño de shopping, la librería sin libros, llamada irónicamente El Lector, fiel reflejo de la cultura asuncena, vacía y parecida a un baño de shopping, ahora que lo pienso mejor creo que bajé allí simplemente porque olvidé que hace años no vivo en casa de mi madre y creí así estar yendo a casa, en fin, bajé en San Martín y España, vaya encrucijada histórica la mía, un libertador americano y la corona española, en fin, no me puse a pensar en eso y tampoco lo haré ahora, me aburriría aparatosamente y terminaría aburriéndote a vos, Román, que seguramente querés escuchar algo más interesante. En fin, crucé la calle, miré si estaba abierta la librería, por supuesto estaba cerrada, fui a la parada de colectivos y me senté a esperar, no sé cuánto tiempo, la cantidad de varios cigarrillos. He aquí que me vino el recuerdo de mis amigos ausentes, los que se piraron sabiamente de aquí, los migrantes voladores, los rompebolas de cuánta oficina de inmigración encuentren por delante, los que ocupan trabajos basura, encuestadores, telemárketers, putas, camellos, me acordé por ejemplo de vos, Román, y me acordé dolorosamente de mi querida Milagros. Como le ocurre a todos alguna vez, mi corazón llamó a su propia puerta sin recibir respuesta. Me sentí espantosamente solo sin Milagros, sentado en la calle y fumando puchos. Me siento espantosamente solo sin Milagros. No sé qué estará haciendo Milagros. Extraño muchísimo a Milagros, Román, no te imaginás, no sé cómo pude dejarla ir así nomás, cómo es que dejan ir a todos así nomás, la vocación de los paraguayos es el exilio, parafraseo ahora, no recuerdo si la frase es exactamente así pero por ahí le va, qué país reventado, hay que irse, cómo vos, como Milagros, no quedarse como yo, como tantos, en fin, te decía, me puse a pensar en Milagros, qué andará haciendo Milagros, eso me preguntaba mientras veía pasar los colectivos, veía pasar los colectivos y no tomaba ninguno, esta es mi vocación, despedir a mis amigos, ellos van al extranjero y yo me voy al carajo, en fin, qué hermosa es Milagros, no te parece, Román, y qué hermoso era yo cuando estaba con ella, un año tengo sin verla, qué estupidez, después de esta carta a vos le tengo que escribir una a ella contándole lo bien que me va, diciéndole nos vemos en dos meses, todavía tengo que esperarla dos meses, Román, que estupidez quedarse y no marcharse de aquí, pero bueno, aquí también estoy yo yéndome, más bien no estoy aquí, estoy en cualquier otra parte, como todos los asuncenos, nadie está realmente viviendo en Asunción, esta ciudad está despoblada, yo no soy más real que esta carta y los que no escriben cartas no son reales en ningún momento, el cibercafé está lleno de gente compungida, si vieras las caras aquí en el cibercafé, Román, qué espanto de caras, todos quieren mandarse por correo a cualquier parte, a España, a Singapur, a Tangamandapio, y justo yo vengo a recordar a Milagros. Hay tanta belleza en el recuerdo de Milagros que me dan ganas de disolverme en él, ser solo el recuerdo de Milagros. Hay tanta belleza en Milagros, Román, es indecente tanta belleza, no te parece, Román, es indecente concebir una belleza semejante en esta ciudad. En fin, te decía, estaba sentado en la parada del colectivo y pasó lo que tenía que pasar, empieza la otra historia que te cuento para entretenerte, estaba yo esperando el colectivo, pero en vez de irme en alguno me autoinvité una cerveza, pues al lado de la parada de colectivos donde yo estaba sentado hay algunos barcitos cachaqueros, a quién no le tocó ocasión de compartir cervezas en alguno, mucho barullo de cachaca y cerveza barata, de yapa los colectivos paran en frente para irse al infinito a la hora que sea, y bueno, Román, yo estaba esperando el colectivo allí, con cachaca de fondo y bocinazos, ya la cachaca empezaba a infundirme un valor especial, ese valor que solo te infunden las cachacas, el valor debajo del valor, el valor de los jodidos, el subvalor, así que me dirigí al barcito que estaba detrás del asiento donde esperaba el colectivo que no pensaba tomar, pedí una cerveza, me senté a una mesa puesta en la vereda, una mesa mojada por la lluvia de media noche, la silla de plástico en que me senté se secó casi enseguida con el calor de mi cuerpo, permanecí largo rato con la botella en una mano y un cigarrillo en la otra, lleno de subvalor cachaquero, solo el fresco viento como compañero, alrededor la música cimbreándose, y como no podía dejar de ser en ocasiones como esta dos tipas se sentaron en una mesita pegada a la mía, recién ahí caí en la cuenta de que había más gente en el barcito, varias mesas de la vereda eran ocupadas por personajes robustos de camisa desabotonada, a diez metros de mí unos 15 tipos estaban sentados en una larga mesa llena de botellas de cerveza, los tipos iban vestidos con camisa blanca desabotonada casi hasta el pantalón de tela negra, de vez en cuando alguno se paraba y lanzaba un sermón inflamado que brillaba un instante en la madrugada, el sermón era automáticamente o bien alabado o bien censurado por los otros, o bien las dos cosas a la vez, siempre entre risotadas. Las dos tipas que se sentaron a mi lado parecían dos adolescentes amateur iniciándose en el puterío asunceno, una sacó un cigarrillo arrugado de su cartera y me pidió fuego, le pasé mi encendedor, encendió el pucho, le pasó el encendedor a su compañera que procedió a insertárselo en la cartera, cuando me percaté de que me estaban encanutando el encendedor extendí la mano hacia ellas, entonces la que estaba guardándose el encendedor me sonrió y me lo devolvió, y al hacerlo me dijo invitame tu cerveza, querido. La chica tenía una sonrisa grande y era muy linda, posiblemente no era muy linda pero yo estaba muy borracho así que la vi muy linda. Le pasé la botella de cerveza, primero bebió la que me pidió fuego, después la otra, luego me devolvieron la botella semivacía, entonces detrás de mí alguien dijo en voz alta algo que molestó a las chicas, vengan acá, yiyis, dijo la voz, me volteé para ver quién había hablado, claro que no lo hice con cara de muy macho cachaquero sino con el rostro de avecita empavonada del más putrefacto heavy metal, al darme vuelta encontré a dos tipos, las caras rojas y torcidas de alcohol, vos qué venís a joder acá, vos, me dijo el más grande de los dos, que por cierto no era muy grande pero como yo estaba muy borracho lo vi bastante grande, tenía los cabellos castaños el que me habló, castaños claros y peinados con raya al costado izquierdo, con camisa desabotonada igualmente este tipo, como todos los parroquianos del barcito cachaquero, menos yo, que tenía puesta una remera, me miró con intención de mantener sus ojos en mis ojos, pero no pudo hacerlo porque de borracho se le desviaba la mirada a cualquier parte, a mi mentón, a las mesas vecinas, a su vaso de cerveza, qué es los hacés acá vos, volvió a decirme, pero no me lo decía solo a mí sino también a sí mismo, así que no le hice caso y me volví otra vez hacia las chicas, pero las dos apenas me miraron esta vez, una de ellas se levantó y con golpecitos en el hombro instó a levantarse a la otra, yo oí a mis espaldas otra vez la voz del tipo que decía algo ininteligible, las dos chicas me hicieron un adiós rápido y se mudaron a otra mesa, apenas unos diez metros de dónde estábamos, pero era ya una mesa perteneciente ya a la jurisdicción del barcito de al lado. Me tomé de un trago el resto de mi botella de cerveza y cuando acabé sentí un tirón en el hombro, no te imaginás el susto, Román, se pudrió todo, me dije, para que puta vine acá, solo, me dije, pero el siguiente tirón que sentí no fue un tirón agresivo como el primero, sino bien suave, tímido, ey, cuate, vení vamos a chupar acá, vení con nosotros, me dijo, y cuando volteé a mirar noté que esta vez me habló el compañero del tipo que me habló primero, yo le mostré mi botella vacía como antesala de una apresurada despedida, pero antes de poder pararme ya me tendió éste su vaso diciéndome, acá hay mucha birra todavía, no le hagas caso a Bogado, me dijo el tipo, mi amigo es así nomás, pero acá yo le controlo a él, vos tranquilo nomás y vení a sentarte acá, yo estaba un poco asustado así que en el tono amable del tipo no pude dejar de percibir una amenaza, me paré, me mudé a una silla en la mesa de los dos, no paré de mirar al primero que me habló que a su vez seguía observándome con ojos desorbitados, entonces, gran recurso de los miedosos, recurrí al humor, hice un comentario chistoso, no me acuerdo qué dije, no causó ningún impacto en los dos, luego hice otro chiste, no sé de dónde salían pero automáticamente hice otro chiste, y después otro chiste, ninguno causó risa, más bien dejaron de prestarme atención y yo aproveché y me tomé de un trago la cerveza que me pasaron, me levanté para irme, pero ahí nomás los dos me volvieron a prestar atención, vos quedate, no te vas a ir, me dijeron, yo son las cuatro de la mañana, dije, viene mi colectivo, no te vas vos, sentate, me dijo el que parecía más malo, yo me senté sin vacilar, este que está acá es Bogado, me dijo el más bueno de los dos, y yo soy Linares, él es pintor y yo soy su representante y soy también vendedor de flores para mujeres hermosas, me dijo el más bueno, o el más malo, en todo caso supe que se llamaba Linares, y qué tal tus pinturas, Bogado, dije, solamente por decir algo y parecer interesado, yo pinto para los putos ricachones que no saben un huevo de pintura, me respondió Bogado, y cómo son tus cuadros, seguí, yo no pinto cuadros, dijo Bogado, los cuadros son una porquería, yo de lo que pinto después no me acuerdo, dijo Bogado, nadie se acuerda de esa pintura, es pintura para que la gente viva adentro, me entendés, es pintura para estar adentro, me dijo casi místico Bogado, yo no le entendí, todavía ahora me parece incomprensible lo que quiso decirme, me podés explicar mejor, le dije entonces, no me acuerdo porque pinto porquerías, dijo tajante, ahí Linares levantó la voz y dijo, de un tirón, como lo escribo, Bogado es el único pintor paraguayo que pinta pinturas de verdad porque pinta para los pobres y para los platudos y para la basura y para los animales y para las plantas. Esta declaración fue tan intempestiva que sumió en una repentina reflexión a mis dos nuevos compañeros, que se miraron con ojos soñadores y alegres. Vi allí la oportunidad de marcharme y dije, sin temor a quedar como un maleducado, no hay más cerveza, me tengo que ir, dije, mozo, gritó Bogado, mozo, una cerveza acá, dijo gritando otra vez Bogado, pero no lo dijo mirando hacia el barman, sino mirando hacia la mesa larga ocupada por los 15 ó 20 tipos. Acá se pudrió todo, me dije, pues ahí recién caí en cuenta de que la zona está llena de casinos y los de la meza larga eran todos mozos, por eso vestían camisa blanca y pantalón negro, eran todos mozos, qué horror, pensé, se pudrió todo, pensé, mozo, gritó otra vez Bogado, traé también cigarrillos para mi amigo, dijo, ahí noté que yo estaba estrujando mi paquete de cigarrillos en vana busca de un pucho, gracias, le dije, eran más de las cuatro de la mañana, Román, el cielo empezaba a clarear, la basura de las calles aumentaba su oscuro brillo y un viento húmedo me hizo gotear la nariz, yo soy un tipo que no está hecho para una tensión así, me deprimí, no quería una paliza y qué más iba a recibir allí sentado con Bogado y Linares que le buscaban pelea a una veintena de mozos de casino, me deprimí, Román, es una porquería la vida que llevo, pensé, cada vez que evito tomar el colectivo que me está destinado para irme de aquí no lo tomo, solo tomo cerveza, Román. Recuerdo un párrafo de una novela francesa, un párrafo donde el narrador dice, si no me equivoco, acordate de cuándo entraste al campo de batalla, antes vivías en un mundo de soldaditos de juguete y en un momento empezaste a nadar, ahogándote, en el agua fría, no será un párrafo genial pero sí es oportuno, en un momento dejaste la norma, reglas de juego que podías seguir sin destartalarte, y entraste a la batalla, dice más o menos la novela, cuándo pasó eso, acordate, instiga la novela. Sabés algo, Román, yo me acuerdo cuándo fue, en qué momento salté a la batalla, no sé si fue voluntario el acto pero por otro lado sé que fue voluntario. Yo vivía, aunque mejor empiezo como una fábula para ser más instructivo porque a más de uno le hará falta. Érase una vez en una ciudad pequeña y llena de esmog, árboles, colectivos, narcos y ladrones, vivía un adolescente que ya tenía edad de joven, hasta podría decirse con edad para ser considerado un adulto joven, y este adulto recienvenido desempeñaba la labor de redactor en una revista de turismo, de paso hacía trabajos de secretario recepcionista y vendedor de anuncios publicitarios, era un trabajo muy bonito y no le requería esfuerzos al joven, estábase por la oficina de 10 a 20, con pausa de dos horas para comer que el joven aprovechaba quedándose en una plaza arbolada y con bancos de madera, usufructuada normalmente por vagabundos y marchas políticas sin posible éxito, luego de su almuerzo que cotidianamente extendía media hora por sobre el horario pactado con el jefe para la tarea, el joven volvía a la oficina y corregía textos que hablaban de Río de Janeiro o Maracaibo, atendía llamadas de señoritas recepcionistas que hablaban de pagos y potenciales encuentros en copetines de mala muerte, y pasaba una jornada laboral liviana como la sábana con que se tapaba de niño, así eran sus días, de lunes a viernes, sin muchas variantes entre una y otra jornada laboral. Pero un día, al cumplir el primer mes de trabajo, el joven se dirigió a la oficina del jefe a cobrar el cheque de su primer sueldo, la puerta de la oficina distaba a escasos cinco metros del escritorio del joven, así que la travesía no duró más que segundos, luego de tocar con los nudillos la puerta se abrió sin chirriar y el joven entró y se plantó frente al escritorio del jefe, un escritorio amplio con innumerables papeles dispersos en aparente desorden, una notebook abierta frente a la silla del jefe, que miraba al joven de reojo, el joven dijo sin intención de darle vueltas al asunto que ya eran las 20 así que pensaba retirarse, tras éstas palabras el joven esperaba que el jefe le tendiera el cheque con su primer sueldo y le explicara algunas cosas sobre su desempeño en el trabajo, además de referirle los pasos que debería seguir para aprontar los papeles de una contratación por un tiempo X, pero el jefe, un viejo alto y bien vestido, le pasó el cheque con apuro y le dijo al joven, con aridez, no te desconté el impuesto del seguro de salud porque quiero que ahora mismo juntes tus cosas y no vuelvas más a la oficina, ya contraté a alguien más, vos no me servís porque no llegás temprano y yo necesito para el puesto alguien que llega temprano y ya contraté a una mujer, así que el joven, atragantándose de palabras ofensivas que iban formándosele en el estómago, completamente desconcertado ante la declaración, no atinó a más que tomar el cheque de su primer sueldo con mano temblorosa y decirle al jefe, con voz todavía más temblorosa, no entiendo, parecía que estaba todo bien, no entiendo, yo puedo venir temprano, le dijo al jefe, yo puedo venir más temprano, dijo, y tuvo la posibilidad de agregar algo más, como por ejemplo yo podría usar minifalda y maquillaje si hace falta, lo cual probablemente fuese oportuno, pero el joven no dijo nada, tomó el cheque, con el cuerpo temblándole, y se dirigió a su escritorio bestialmente deprimido para tomar sus cosas y marcharse. Quizá el campo de la norma fuese este, según la novela, si mal no entiendo, el campo de la norma quizá fuese ese en que uno tiene un trabajo estable y bonito, como el joven de la fábula, y un día ya no tiene el trabajo porque llega tarde, o tal vez tiene el trabajo a pesar de llegar tarde pero el trabajo resulta una basura, una diaria basura, y el agua fría es nadar en la nada del desempleo o en todo caso en la fría basura del empleo basura, que es también la nada, aunque más espesa. Tal vez entiendo todo mal y solo esté diciendo tonterías. El caso es que el joven tomó sus cosas del escritorio, eran las ocho de la noche, ese invierno la noche estaba particularmente fría, se dirigió a un copetín, se tomó tres litros de cerveza, telefoneó a una joven que le recordó que hay otros trabajos y lo recibió en su casa, pero la acogida de la joven no fue muy amorosa que digamos, lo invitó a pasar y le ofreció comida y un colchón en el piso, luego de muchas lágrimas del joven accedió ella a compartir el colchón con él, sin embargo los besos de la joven fueron excesivamente desabridos, en vez de ser penetrada solo accedió a un 69 sin sacarse la remera que tenía puesta para dormir, qué triste, no te parece, Román, un 69 sin siquiera sacarse la remera, apenas terminaron el joven se dio cuenta de que el trato allí era solo el preludio para lo que esperaba afuera, ya nadie se sacaría la remera para él, ni siquiera él se la sacaría para nadie, todos estarían siempre con la remera puesta para enfrentar cómodos y bien vestidos la batalla. A quién pediría el joven, como el personaje del drama isabelino, mañana pensame durante la batalla, no hay un alma pensando en nosotros durante la batalla, nadie piensa en nosotros mientras nos movemos en este campo de batalla que no necesita que hagamos absolutamente nada para ampliarse, todo el tiempo está ampliándose, por iniciativa propia, el campo de batalla, o sí, hay alguien que piensa en nosotros mientras estamos ensangrentando y ensangrentándonos, tal vez sí, es posible que alguien piense en nosotros durante la batalla, en todo caso el joven salió de la casa de la joven y se fue a la mierda, a la calle. Ese es el momento que recuerdo yo, Román, el momento en que me lancé a las heladas aguas sin más regla que cuidarme de la hipotermia. Te estoy obligando a leer los márgenes de lo que debería contarte en esta carta, estoy llenándome de citas literarias, estoy llenándome de citas literarias, tal vez, para ser más real, no seré posible más que siendo una cita literaria, solo soy real en esta carta, vos me entendés, Román, quiero que quede claro que no hay asunceno real que no esté citado, quiero decir no hay asunceno real porque ninguno es citado, somos olvidados por nosotros mismos, las únicas citas que recibimos son las de los periódicos amarillistas, y los periódicos están destinados a morir en la fecha siguiente y en la fecha siguiente ya son otros los citados, es un destino trágico, no te parece, Román, nos jodimos, nosotros solos nos jodimos, en qué momento se jodió el Paraguay, es la pregunta, el parafraseo, y esta incógnita no se puede descifrar porque los momentos son múltiples, el Paraguay está permanentemente jodiéndose. Por otro lado es cierto que un destino anónimo es un destino que puede ser todavía más digno que uno citado, pero nos citan los periódicos con hepatitis, y los periódicos con el hígado destruido son la cita de la muerte, y estas son las páginas que nos corresponden a los paraguayos, las páginas amarillas, es esto trágico, no te parece, Román, dónde iremos a parar, dónde es que estamos parados, yo al menos sé que no estoy parado, sino sentado en un cibercafé lleno de gente atrozmente aterrorizada de su ciudad, gente con una resaca atroz, como yo, gente atroz, como yo, dónde voy a parar así, es la pregunta, pues cómo te diré, hay que parar sentados, parar sentados pero publicando una revista de folclore y poesía, como lo hice yo anoche en el barcito cachaquero, no publicando la revista pero pensándola en medio de la pelea de mozos. Me deprimí asquerosamente sentado ahí en el barcito cachaquero mientras se desarrollaba la pelea de mozos, me deprimí ferozmente en un instante y mi reacción fue acomodarme lo mejor posible para no recibir golpes, mientras pensaba cómo podría empezar un artículo para la revista con los acontecimientos del barcito. Mozo, gritaba Bogado con pocos segundos de intervalo entre grito y grito, un provocador del carajo este Bogado, las espaldas de los mozos temblaban ante cada grito de Bogado. Sentado en la silla dejé de pensar en la revista, para qué iba a pensar en escribir algo sobre esto en la revista, aparté la silla unos metros de la mesa como para darme espacio y correr en un segundo sin tropezarme si fuese necesario, apunté el cuerpo hacia una zona libre de sillas y le dije a Bogado, te están mirando los mozos, atendé que están mirando los mozos, Bogado me miró, mozo, gritó otra vez, pasale una cerveza a tus colegas, yo invito, gritó, ahí nomás se nos acercó a la mesa uno de los mozos, era un tipo gordito, a diferencia de los otros este tenía la camisa abotonada, no parecía muy borracho. Cuando el gordito iba a hablarnos voló una silla tras él, la silla ingrávida le hizo de capa enarbolándose en el aire, y chocó contra la pared a pasos de nosotros. Al mozo gordito se le encendieron los ojos justo antes de mirar hacia su mesa, por si acaso otra silla iba darle a él, pero no sé qué vio porque yo lo miraba a él, en eso voló otra silla y tras la nueva silla que voló vimos a un tipo grandote deslizarse en el aire como una pluma destartalada o una hoja de papel haciéndose jirones, y después de este tipo se proyectó otro más, vertiginoso, y cayó encima del primero con una patada voladora, la puta, grité sin querer, retrocedí la silla hacia la pared del bar, todo era imprecación y acometimiento, otra silla voló y cayó sobre el pecho del gordito que la recibió sin inmutarse y el gordito, en vez de reaccionar contra el que le arrojó la silla tomó de la camisa a Bogado y le empezó a meter sopapos, una bofetada, un revés, Bogado no reaccionó, otro sopapo, otro revés, Linares se levantó y le dio un puñetazo en la nuca al gordito, una pelea patética, Román, en cámara lenta, el gordito ni se inmutó y siguió dándole sopapos a Bogado que se dejaba dar, ya le sangraba la nariz a Bogado, un sopapo, un revés, en vez de pararle los golpes al gordito Bogado le gritó, con gotas de sangre brotándole de la nariz, sos un gordo boludo, mozo pelotudo, otra silla se desplazó en el aire llena de rabia y le dio en la cara a Linares, yo cerré los ojos, en cualquier momento me agarran a mí, pensé, con la pelea las proporciones del bar se habían complicado bastante, la gente se metía puñetas en todos los rincones, digno de una pelea de posada del Quijote, dónde andará Sancho, tal vez recibiendo puñetas, qué imbecilidad lo de las citas, qué puñeteras son las citas literarias, yo no tenía dónde ir, me paré contra la pared, esta no era la primera vez que estaba dentro de una pelea así que sabía que lo mejor era aislarse lo más posible del centro del torbellino, ponerse en un rincón para desde allí ir metiendo una que otra patada al que se acerque mucho, y en caso de que esta acción no sea operable agachar la cabeza, taparse la cara con las manos y atropellar como un toro lo que venga adelante, corriendo, intentando abrir una brecha para escapar, por suerte no tuve que hacer nada de eso, no hice más que recostarme contra la pared, viendo el espectáculo desde una posición privilegiada, nadie reparó en mí, tal vez porque tenía remera y no camisa, era indudablemente una pelea de gente con camisa, yo iba a desentonar, yo ya estaba desentonando, recién ahora me doy cuenta, si lo hubiera sabido desde el principio no me habría asustado tanto, yo tenía puesta una remara, mirá vos, qué estúpido de mi parte asustarme tanto, de haberlo sabido, no te parece, Román, tal vez incluso podría haber lanzado una que otra patada con la conciencia de que no me sería devuelta, al que más quise darle una patada, precisamente en la nariz, era al gordito no que no paraba de golpear a Bogado, e incluso a Bogado me hubiera gustado darle una patada, en la nuca o el cuello, para que cayera al suelo y dejara de una vez de recibir golpes del gordito, qué gordito imbécil, pocas veces se me dio ver a alguien golpear a otro con tanta saña, y sorprendentemente a la vez con desgana, el gordito iba ensartándole sopapos a Bogado sin una expresión particular en el rostro, ahora con la mano izquierda, que vuelve con un revés, ahora se restriega la nariz con la mano izquierda y le da otro sopapo a Bogado, esta vez con la mano derecha, que vuelve con un revés, es como si estuviera sirviendo un café matutino o una cerveza mañanera a un cliente que ya hubiera pagado la cuenta por adelantado y que no acostumbra a dejar propinas, Bogado por su parte tampoco muestra entusiasmo, ni siquiera esquiva los golpes o manifiesta dolor, se muestra indiferente a los golpes pero, esto es bastante particular, parece indignarse por el hecho de que fuese un mozo el que se los estuviera dando, no te voy a dejar propina, gordo puto, decía entre cada golpe, andá servile a un cliente, gordo patudo, le gritaba Bogado al mozo, mientras tanto Linares se tomaba a puñetazos con otros dos, uno era mozo y el otro un tipo que había venido a parar a la pelea procedente del bar vecino, pero rápidamente el tipo del bar vecino había optado por golpear a Linares ayudando al mozo ya puesto en la tarea, pues si en caso contrario se hubiera puesto a buscar contrincante corría serias posibilidades de recibir una gratuita paliza, así que Linares recibía los golpes que le correspondían por derecho propio, los golpes que casi todo los mozos querían darle a Bogado, que no paraba de gritar mozos de mierda, a cada nuevo mozo que se acercaba con intención de darle un sopapo a Bogado por sus increpaciones se le adelantaba Linares a recibir por él el golpe, un héroe Linares, un verdadero amigo, y también Linares recibía los golpes que le correspondían al nuevo metido en la pelea, y tal vez también recibiera los golpes que de quedarle las manos libres a los mozos hubieran parado en mí, un héroe Linares, ya lo dije, pero no está de más volver a repetirlo, y aprovecho para decir que yo también me comporté como un héroe esa madrugada, y muy poco después me comporté como un imbécil, pero te lo cuento por partes, Román, primero la parte heroica que me tocó, la parte de joven honesto y preocupado por los demás, la parte en que desistí de ser ladrón a pesar de la abrumadora tentación y opté por ser bueno. Yo estaba recostado contra una pared, te decía, y miraba a Linares recibir golpes y a Bogado recibir golpes, de vez en cuando también me fijaba en los golpes que recibían otros, pero estos no eran interesantes para mí, así que viendo cómo eran golpeados Linares y Bogado pude darme cuenta del momento exacto en que un buen revés del gordito desequilibró a Bogado, hizo que se tambaleara en su silla, escupiera un diente, intentara ponerse en equilibrio nuevamente, y ahí nomás recibiera otro potente sopapo del gordito que terminó tirándolo al piso, rodó Bogado, rodó sobre colillas de cigarrillos todavía humeantes y vidrios rotos y bolsas de hule, rodó un par de vueltas y pudo seguir rodando para siempre de no ser por la patada que le metió en el hígado otro tipo más del bar vecino que no se aguantó y se vino también de metiche a la pelea, con la patada que recibió del recién llegado a Bogado se le desabotonó el bolsillo de la camisa y un teléfono celular brillante y sonoro se deslizó hasta mis pies. Era un celular nuevo, brillante, con pantalla a colores, rodó echando chispas de colores hasta mis pies y como me di cuenta de que solamente yo me había dado cuenta y que Bogado no se había dado cuenta porque andaba ocupado recibiendo patadas, y el mozo gordito tampoco se dio cuenta porque estaba ocupado en Linares, que por su parte se enrolló en sí mismo como una oruga para aguantar mejor los golpes. Como me di cuenta de que nadie más que yo notó el celular que rodó hasta mis pies, lo levanté, miré a los costados, enfrente, espacio libre para huir por todos lados, Román, en ese momento pude marcharme con toda tranquilidad con un teléfono celular nuevo, con pantalla a colores, brillante, pero no hice eso sino que me recosté otra vez contra la pared, con el teléfono celular en las manos, hasta que la pelea de puro aburrimiento de los participantes se fue calmando. Ningún parroquiano más del otro bar sintió el más mínimo interés de sumarse a la pelea, lo cual le hubiera dado un brío nuevo. Ni siquiera el dueño del bar se dignó a apartar a los peleadores, los dejó hacer nomás, acostumbrado seguramente está el dueño a este tipo de acontecimientos. El dueño del bar miró toda la pelea a pocos metros de mí, bostezando, fumándose su cigarrillo, mirándose el reloj, no estoy seguro pero lo recuerdo comiendo un sándwich cuando la pelea terminó, lo veo comer entre bostezos, sin apagar el cigarrillo arrugado entre los dedos, y después lo veo levantar las sillas y decirle a la gente que es hora de cerrar. Cuando acabó la pelea me acerqué a Bogado que temblaba y sangraba en el piso, le tendí la mano y como no me la agarró deslicé un brazo bajo su espalda y de un tirón lo levanté del piso y con su ayuda levantamos a Linares. Los mozos fueron al bar vecino, ocuparon dos mesas los mozos porque la pelea abrió dos bandos en su grupo, así que las dos mesas ocupadas por los mozos desprendían descargas eléctricas en el húmedo amanecer. Ya era completamente de día cuando Linares se arregló la camisa rota, enjugó la sangre de Bogado y recibió una última advertencia del mozo gordito que se acercó expresamente a rompernos las bolas por última vez a nosotros tres, no tienen que ser maleducados la próxima vez, nos dijo, Bogado no le respondió nada, por suerte. Yo y mis nuevos amigos salimos caminando del bar, salimos a la calle llena de gente que iba de aquí para allá, gente que iba quién sabe dónde, no me puedo explicar dónde irá la gente a las seis de la mañana, igual que nosotros tres andarán buscando sus camas o probablemente otro bar. Como estaba llena de colectivos la calle tuvimos que esperar una luz roja para cruzarla. Caminamos rumbo a la avenida Mariscal López, Bogado y Linares tambaleantes, yo ya completamente despierto, en eso le tendí la mano con el celular a Bogado que lo recibió completamente sorprendido, vos sos un buen tipo, me dijo, me abrazó, Linares también me abrazó y me dijo que yo no era como los putos mozos, yo era un buen tipo, luego de los abrazos de los dos me volvió el cansancio pero no dejé de caminar con ellos, a medida que avanzábamos empezó a garuar, me detuve un par de veces pensando en subirme a cualquier colectivo para irme de ahí pero no lo hice, el cielo estaba gris, garuaba, yo seguí caminando con Bogado y Linares, caminamos varias cuadras, en la calle pasaban miles de colectivos, algunos con solo el chófer bostezando frente al volante, otros llenos de gente, qué grande era la avenida por la que íbamos los tres, a paso lento, tambaleándonos, metidos en el tráfico como dentro de las paredes de un túnel, un túnel colorido y húmedo. Estuvimos caminando por varias cuadras más como si nos dirigiéramos a una puerta que suponíamos estaría al final, al otro lado del túnel asunceno que se hacía cada vez más transparente, toda la calle se hacía cada vez más transparente a medida que avanzábamos. Unas cuadras después se nos acabaron los cigarrillos, entonces les dije a Bogado y Linares que debía irme, estoy cansado, no pega más esta boludez, les dije, pero los dos me miraron sonrientes, me invitaron al barrio de la Terminal de Ómnibus, vamos hacia la Terminal, me dijeron a coro Bogado y Linares, vení con nosotros hacia la Terminal, hay un quilombo que nosotros conocemos y te va a gustar, vamos a desayunar primero al mercado y después vamos a la Terminal, nosotros te invitamos, me dijeron, pero qué iba a hacer yo al mercado, no quería desayunar en el mercado, yo quería tomarme otra cerveza, y no precisamente en el mercado, y menos en la Terminal, me voy a Luque, les dije, por citar una dirección, y en la avenida Mariscal López me detuve ante la parada de colectivos, nosotros vamos contigo, me dijo Linares, yo tengo plata, agregó Bogado, entonces pasó un 30 y subí corriendo para dejarlos atrás, pero los dos saltaron al colectivo y se colocaron al lado mío, cabeceaban los dos, Linares hablaba a los gritos de un quilombo cerca de la cancha del Sportivo Luqueño, Bogado se quedó dormido en un asiento apenas subimos al colectivo, qué mierda de mañana la que tenía, se me pegaron los dos, qué miseria, pero como no tenía ganas de tolerarlo demasiado, antes de que el colectivo avanzara muy lejos les dije ya llegamos, vamos a bajarnos. Linares se puso en guardia de inmediato, se paró y se colocó al lado de la puerta, pero Bogado estaba más dormido que un poste, Linares tuvo que volver al asiento de Bogado y entre los dos lo colocamos en la puerta de salida del colectivo, toqué el timbre, cuando el colectivo paró tiré de una patada a Bogado en la vereda, que cayó como un trapo viejo, sin abrir siquiera los ojos quedó tirado en la vereda, Linares me miró, estaba muy sorprendido, no entendió lo que pasó, ver a su amigo así tratado por un tipo tan buena onda que le devolvió el celular, la puerta del colectivo empezó a cerrarse y entonces le dije buenas noches a Linares y de un empujón con el pie lo tiré también en la vereda, Linares trastrabilló en la vereda pero quedó de pie, entonces Bogado abrió los ojos y miró a Linares y éste señaló al colectivo y los dos se pusieron a mirarme mientras yo ya avanzaba en el colectivo, qué depresión, los dos me miraron con cara de perros apaleados, con ojos de vaca, como pájaros a los que les hubieron cortado las alas, los dos me deprimieron mucho, Román, no fui justo, ellos no fueron justos conmigo al seguirme así, yo solamente quería dormir, qué cara de desamparo las de los dos, los ojos que de golpe pierden el brillo, qué habrá pasado con los dos, eso me pregunto, adónde habrán ido, pero en el fondo esto no me interesa, el caso es que yo terminé tomándome otro colectivo no muy lejos, sobre la misma calle pero en sentido contrario, porque el rumbo que había elegido para librarme de Bogado y Linares iba en sentido contrario a donde vivo, entonces me volví sobre la misma avenida, pero en sentido contrario, y cuando pasé por el sitio donde había dejado a los dos ya no los vi, se habrán tomado otro colectivo para seguirme y ahora iban en sentido contrario al mío, es imposible saber estas cosas, dónde se metieron los dos, pueden estar siguiendo la noche en cualquier otra parte, me resulta imposible imaginarme dónde estarán Bogado y Linares, por otra parte bien poco me importa, en fin, qué iba a hacer entonces yo en el colectivo, bajarme a buscarlos no, fue un alivio librarme de los dos, me quedé nomás en el colectivo, sentadito y cabeceando de sueño, camino a casa, me vine camino a casa dormitando y pensando en Milagros. Como me pasa seguido en las mañanas, pensaba en Milagros como si me tomara un narcótico, pienso siempre en Milagros como si me tomara un narcótico, no hay nada más tranquilizador que pensar en Milagros para mí, ella es como un narcótico suave, de hierbas naturales. Es por las mañanas en que particularmente necesito tranquilizarme, amanezco bastante alterado, aguanto todo el día bastante alterado pero por sobre todo es por las mañanas que estoy grandemente alterado, porque, cómo te diré, es en las mañanas que pienso que no puedo ir a acostarme así nomás, qué voy a hacer tirado en la cama, durmiendo, si hay tanta noche por ahí, noche por todas partes, decime, si hay tanto que hacer por ahí, tanto que ver, que hacer, me digo, es imprescindible que esté en la calle viendo, haciendo, en vez de estar tirado en la cama durmiendo, soñando quién sabe qué cosa, no te parece, Román, carece de sentido estar durmiendo si hay tanto que hacer y ver, es así como me acuesto todas las noches, pensando que debería estar despierto y por ahí, viendo, haciendo, en vez de estar acostado, pero rápidamente pienso que no vale la pena estar despierto, no hay nada que valga la pena ver o hacer, entonces empiezo a tranquilizarme, me entra el sueño, duermo, pero cuando despierto en la mañana lo primero que pienso es que perdí la noche durmiendo, menos mal que tengo procedimientos para olvidarme de la idea de que siempre hay algo que hacer, por ejemplo pensar rigurosamente en lo que pude haberme perdido mientras estaba durmiendo, lo que basta para darme cuenta de que no hay absolutamente nada por lo cual permanecer despierto. Milagros y los cigarrillos, y los chicos que seguramente estarán despertándose también, como yo ahora, quizá hasta es probable que estén conectados ahora en algún cibercafé como yo, escribiéndole a alguien y contándole alguna cosa que consideren importante, o no importante, en todo caso contando algo, como lo hago yo ahora, Román, y luego de pensar un poco en Milagros y los chicos pienso en algún artículo para la revista, llamo a Luís María Pont, o Cristina M., o Viveros, o Tití, o Bremer, o no llamo a nadie y me busco una cerveza por ahí, es así que andamos todos, Román, llamándonos para ver qué hacer con la revista, preguntándonos qué hacer acá, qué hace la gente acá, teniendo curiosidad por saber qué es lo que pasa acá, en Asunción, a todas horas, haciendo lo posible para averiguarlo, yendo por ahí, curioseando aquello que podría resultar imprescindible, aunque sepamos de antemano que no hay nada imprescindible, extrañando a alguien, qué hay contigo y los chicos, Bazzano, me preguntás, querés que te entretenga con alguna historia, qué hay contigo y los chicos, preguntás, y bueno, Román, así es como andamos, dando vueltas, irregulares, discontinuos, cómicos.
 
 
(2007)

 

Ángulo
 
A la memoria de Peter Hanemann
 
«Juegan, juegan.
Los miro entre la vaga bruma del gas y el humo.
Y mirando estos hombres sé que la vida es triste.»
Pablo Neruda
 
 
 
Con un poco de humor, el incidente pudo haberse resuelto con tranquilidad, pero el vasquito Errázuriz se encargó de complicarlo todo.
—¡Gol! ¡Gol! ¡Carancho, estamos perdiendo!
Lo miraron con la sonrisa pronta que derivó en una mueca perpleja; no solo de moscas, hubieran podido llenarse la boca con pájaros de tanto que las abrieron.
La pelota se había incrustado entre el travesaño y el parante derecho, justo en el ángulo, pegándose allí como un chicle, en perfecta alineación con la raya de gol. Los catorce muchachos se acercaron a mirar. Ninguno llegaba aún a la adolescencia.
—Se quedó en un clavo de la red— dijo Pérez mesándose los descontrolados rulos.
—Recién ahora veo bien la pelota— agregó Plinio, el arquero.
Por supuesto, Plinio mentía. Era largo, ágil, de buenos reflejos; un excelente arquero. Simplemente dejó pasar el pelotazo, como lo haría cualquiera en su lugar.
Strahm se acercó a paso seguro y los muchachos se abrieron en dos filas para dejarlo pasar como en un desfile militar. Su pelo rubio reflejaba la luz del sol contra la cara morena de los demás muchachos.
Strahm se paró en hipotenusa con la pelota. Los muchachos dejaron de respirar y cerraron la boca.
—Creo que parte de la pelota pasó la raya— dijo.
—¡Es gol!— le respondieron a coro.
—Pero parte de la pelota quedó hacia afuera— continuó Strahm.
Errázuriz volvió a entusiasmarse.
—¡Es gol! ¡Es gol! ¡Carancho!
—No estoy tan seguro —dijo Strahm—. Deberíamos consultarlo con alguien.
En el cristalino aire estival, bajo un cielo sin nubes, las gradas de hierro y madera de pino se recortaban, vacías, alrededor de la cancha. Mientras iba hablando, Strahm dirigía hacia allí su mirada, como si hablara para un público expectante.
—Debemos ser objetivos en el juego, para que así nadie pueda nunca tener algo que replicar. Habrá que buscar un árbitro.
La sentencia crispó los músculos de los muchachos. La seriedad con que habló Strahm les impidió cualquier reacción.
—También podríamos tirar una moneda— agregó, por último, y se buscó unos inexistentes bolsillos en el pantaloncito.
Como no encontró nada, miró con tensa súplica a los muchachos.
—Mejor miramos bien —dijo Pérez—. Las pelotas entran o no. No hay mitad.
Los muchachos se aglomeraron detrás de Strahm, dirigiendo todos sus sentidos hacia la pelota.
—¡Es gol! ¡Es gol! Se ve…
Nadie le prestó atención a las palabras de Errázuriz.
La pelota seguía clavada. Parecía haberse ablandado para acomodarse mejor. Leyva, el mediocampista enano del equipo de Strahm, empezó a trepar las redes, con intención de llegar a la pelota. Fue enredándose como en una telaraña, por lo que, completamente desorientado, terminó clavado como una mosca en medio del arco.
—¡Se va a caer, el boludo!— gritó Errázuriz.
Apenas terminó la frase, fue presa de una honda consternación. Pálido, se separó del grupo y caminó hasta el punto penal. Se sentó allí con las piernas cruzadas, cubriéndose la cabeza con la camiseta.
—¡Muchachos, estamos jodidos!— dijo, y luego balbuceó en voz baja palabras incomprensibles.
Cuando calló, se descubrió la cara y los muchachos vieron brillar gordas lágrimas que le corrían por las mejillas. Pérez y Strahm seguían concentrados en la pelota, sin notar en absoluto el drama de Errázuriz.
—¡Yo estoy bien, muchachos!— gritó Leyva pataleando en la red.
Strahm apoyó el mentón contra el parante derecho, besándolo casi; después levantó la mirada hacia arriba, y dijo:
—Está pegada. Con un clavo se habría desinflado.
Pérez trepó el poste un par de palmos, pero la rústica madera, sin tallar, llena de accidentes, lo hizo desistir. Al bajar, se besó con amor las manos, y con los dientes las fue librando de astillas.
Al ver su fracaso, el resto de los muchachos se dirigieron hacia la medialuna –al pasar a su lado, palmearon amistosamente en la espalda a Errázuriz, quien tenía la cara entre las rodillas–. Solo Strahm y Pérez, capitanes de ambos equipos, quedaron vigilando la pelota. Ambos intuyeron, sin comunicárselo mutuamente, aunque sabían que la información era compartida, que la pelota se iba acomodando en su sitio, aplastándose más y más, imperceptiblemente, contra los travesaños. Strahm asintió parcamente ante la revelación; Pérez casi se desmaya.
Sentados en la medialuna, los demás muchachos intercambiaron pareceres:
—Papá siempre dice que no hay joda en el juego— dijo Noguera, el cabezón.
—Nosotros somos parte del juego y no al revés— secundó Martínez, el gordo, rascándose la prominente barriga.
Los otros muchachos expresaron una grave contrariedad. Amagaron pararse, con gran esfuerzo, como si el césped tuviera pegamento o estuviera imantado.
Siempre hay en el juego alguien con el que conviene no meterse. Los muchachos lo sabían bien. La poderosa familia de Strahm interpretaría la comedia de equívocos como una burla hacia el hijo dilecto. Por circunstancias aún más vanas, las consecuencias eran atroces. Cuando unos meses antes, Strahm se les acercó como de casualidad para conocerlos, sintieron un terror creciente que les explotaba en los sueños. Cada noche amanecían con las sábanas mojadas. No pudieron negarse a su amistad; aceptaron cabizbajos la condena. Luego vinieron los partidos de fútbol, juego en el que Strahm era execrable. Aún así, los muchachos se agenciaron para que en cada encuentro Strahm metiera, por lo menos, un gol y ganara. Sin embargo, esto no resultó posible. Los pies de Strahm estaban genéticamente condicionados para pifiar pelotas, para tropezar con ellas y caer, raspándose las rodillas. «La cancha es una mierda», le decían los muchachos. Y los partidos terminaban con empate a cero.
Como tenía que ser, llegó el epílogo del romance. Strahm les propuso jugar en la cancha privada que le construyó su padre en la casa de gobierno. Al principio, eran una veintena de muchachitos recogidos en diferentes latitudes, pero seis de ellos enfermaron apenas oyeron la propuesta. Magnánimo, Strahm los disculpó sonriente. «Con catorce somos suficientes», dijo.
El sorteo en que se dividieron los equipos, fue fatal. Los muchachos querían desaparecer. Sabían que aquí, en casa de Strahm, debían conseguir perder, o ganar, en todo caso asegurar un resultado con gol del dueño de casa.
Y así estaban, sometidos a una pelota que se negaba a seguirles el juego.
El gordo Martínez se hundió el índice en el ombligo, luego aflojó la presión y fue trazando una línea desde allí hasta su garganta; continuando el gesto, se cruzó con el dedo la yugular, en ademán de cortársela. Los que habían intentado pararse, cayeron de golpe sobre sus nalgas. Los ojos de Martínez giraban sobre su eje como discos de vinilo, y la música que se oyó fue su risa carrasposa. Noguera le tapó la boca con las manos. Luego dijo, en voz baja:
-No fue gol. La pelota tiene que cruzar toda la línea.
Cinco de los muchachos galoparon hacia las tribunas. En un instante, se evaporaron completamente.
—Ya no quedamos para hacer fútbol 7 –dijo Rosellón, el mudo.
—¡Hablaste!— dijo Martínez.
—Hay que poder hablar para decir las últimas palabras— dijo Noguera.
Mitre, el chulupí, se desvaneció. Tendido supinamente, con la boca abierta por la que asomaron sus cariados dientes, soltó todo el aire que contenía en el cuerpo en un largo estertor. Sus negros ojos brillaban desorbitados, llenos de lágrimas. El rostro se le fue amoratando.
—Chulupí es un puto cagón— dijo Noguera.
Martínez y Rosellón abofetearon a Mitre, sin resultado.
—¡Se está poniendo blanco, el boludo!— dijo Martínez.
Efectivamente, Mitre iba perdiendo color. Los muchachos se miraron consternados. Plinio se quitó los guantes de arquero, y metió las manos bajo la camiseta de Mitre.
—Le voy a pinchar las tetas. Van a ver que despierta— dijo.
Pero el Chulupí asemejaba un papiro. Estaba transparentándose. De su cuerpo emanó un intenso olor a musgo, heno y pis. La humedad del ambiente transportó estos olores hasta el arco donde Strahm y Pérez seguían mirando la pelota. Leyva, desde la red, gritó:
—¡No se preocupen! ¡Yo sé cómo salir!
Strahm señaló en dirección a la medialuna y dijo:
—Allá pasa algo.
—Están macaneando —dijo Pérez con voz quebradiza. Apenas se le veía la cara en medio de la nube revuelta de sus cabellos—. Vamos a buscar la otra pelota y continuamos el partido, ¿sí?
—Se fueron todos— dijo Strahm.
—¡Vamos a seguir jugando!— dijo Pérez, y el recorrido de su voz trazó una espiral borracha hasta llegar al oído de los muchachos en la medialuna.
—Rulito se piró— dijo Plinio, buscando la sonrisa de Mitre, cuya cara arenosa no se inmutó.
Airado, se arrodilló ante Mitre y dijo:
—Yo voy a arreglarte el asunto.
Tomó una mano del chulupí y la mordió con todas sus fuerzas. Como si mordiera una almohada, una sábana, un pañuelo limpio. En la boca percibió el regusto del abandono.
Martínez acercó la boca para morder a su vez una oreja de Mitre, pero retrocedió asqueado.
—Me chupa un huevo— dijo.
En el área chica, Pérez se paró frente Strahm para taparle la visual y desviar su atención nuevamente hacia la pelota. Sacudió los brazos como una mariposa y dio un par de saltos. Sonreía estúpidamente.
—Salí. Me preocupa lo que pasa allí— le dijo Strahm.
—Los muchachos fueron a mear, ya vuelven— contestó Pérez.
Pero Strahm le dio un empujón y se dirigió hacia la medialuna. Pérez lo interceptó asiéndolo del brazo, con delicadeza. Strahm quiso zafarse y Pérez aumentó la presión.
—No tiene sentido que interrumpamos el juego con tonterías— le dijo.
—¡Soltame!— gritó Strahm, tan fuerte que Mitre, el chulupí, despertó y se irguió en seco.
—Tenemos otra pelota para jugar— dijo Pérez.
—No se trata de eso. ¿No ves que no podemos jugar así?
—Calmate y vamos a jugar.
Strahm miró a Pérez con los labios temblorosos. Parpadeaba sin parar. Una frase se le atragantó.
—Vamos a caminar un rato —le dijo Pérez.
Le enganchó el brazo con una mano y con la otra le palmeó el hombro.
—Lo importante es la amistad…
Este enunciado tranquilizó a Strahm, pero se resistió a moverse. Dijo, abatido:
—No puede…
—Nosotros todo lo puedemos —interrumpió Pérez, sonrojándose enseguida al notar el fallo gramatical.
Strahm rompió a reír.
Los muchachos de la medialuna lo escucharon como si su risa fuera un descontracturante instantáneo. Errázuriz, despatarrado en el punto penal, se restregó los ojos con la camiseta sucia. Se puso de pie, débil, y miró al arco; luego caminó hacia la medialuna, donde los muchachos reclinaban el cuerpo en sus brazos, como veraneantes de cara al sol. Cuando llegó hasta ellos, Martínez dijo:
—¿Ya estás tranquilo, vasquito?
—El pendejo va a llamar a un árbitro, vas a ver —respondió Errázuriz.
—Se escaparon todos los del equipo de Pérez —dijo Rosellón.
—¡Hablaste! —dijo Errázuriz—. El mudo habló. ¿Vieron?
—Escuchamos —respondió Plinio—. Dice bobadas.
—Si él habla, estamos jodidos —dijo Errázuriz, moqueando.
—Ya el cabezón hizo ese chiste —le respondió Martínez.
Errázuriz repitió entre dientes:
—Vamos a morir. Vamos a morir. Vamos a…
Continuó una línea ininteligible.
Noguera le cruzó la cara de una bofetada que retumbó a lo largo y ancho de la cancha.
Luego le dio un fuerte abrazo:
—Todo se va a arreglar, vasquito.
—¡Desde aquí se ve bien que la pelota entró! —gritó Leyva desde la red.
Pérez y Strahm volvieron a concentrarse en la pelota.
—Si tiramos una moneda —dijo Strahm—, los que pierdan sentirán que es injusto, y podrán protestar con todo derecho, pues un sorteo no explica por qué toma un partido y no otro. Lo mejor es llamar a un árbitro.
—Los árbitros nunca explican nada —replicó Pérez.
—Es una autoridad.
—No hace falta. Ayudame a subir por el poste para mirar de más cerca.
Strahm se agarró al travesaño y Pérez le escaló la espalda con rápidos movimientos hasta terminar parado sobre sus hombros. Una vez arriba, Pérez intentó tocar la pelota, inútilmente.
—Todavía me queda demasiado alto.
—¡Muchachos! —gritó Strahm—. ¡Que alguien venga a ayudarnos!
Martínez se levantó temblorosamente, como si tuviera el cuerpo de gelatina y fuera a desarmarse con un movimiento brusco. Noguera y Plinio le acomodaron las ropas. Rosellón, el mudo, miraba a Mitre, quien seguía sentado en ángulo recto, duro como una estatua, respirando con largas transiciones. Errázuriz se paró ante Martínez y se escupió las manos; acto seguido le apartó el pelo de la cara y le enjugó la frente.
—Andá tranqui —dijo.
—Hacé lo que quieras —dijo Noguera—, pero no permitas que llame a nadie de su casa.
Martínez, cuyo cuerpo desproporcionado jamás le complicó una gambeta, trastrabilló al intentar moverse, pero pudo avanzar.
—¡Vení rápido, gordo! —le gritó Pérez.
Noguera le susurró a Martínez:
—No vamos a permitir que este pendejo nos joda.
Luego se dirigió a Plinio:
—Tenemos que armar un plan B por si al pendejo se le ocurre llamar al papá.
Rosellón, el mudo, se sentó al lado de Mitre y le acarició la cara. Noguera y Plinio se acercaron a ellos y formaron una ronda.
Martínez recuperaba la compostura a medida que iba acercándose al arco.
Llegó recompuesto y de buen humor.
A Strahm se le doblaban las piernas por el peso de Pérez. Leyva seguía agitándose en la red. Martínez, una cabeza más alto que Strahm, sujetó a Pérez de las piernas y lo deslizó hasta pararlo sobre sus hombros.
—¡Todavía me queda muy alto, gordo!
—Voy a subir yo encima de Pérez— dijo Strahm.
Primero se agarró del cuello de la camiseta del gordo Martínez; después le pisó el muslo; finalmente, de un salto, le trepó la espalda y quedó allí, confundido. Rosellón vino corriendo y le empujó las nalgas hasta que pudo acomodarse en los hombros de Martínez.
—Voy a poner mi pie en tu cabeza, mudo.
Antes de que pudiera responderle, lo hizo. Impulsándose en la cabeza Rosellón y un hombro de Martínez, Strahm saltó a los hombros de Pérez, cuyo torso de cimbreó con el golpe pero lo pudo amortiguar.
—Mejor atajate al parante para pararte sobre mí —dijo Pérez.
Hizo esto mismo y en un segundo Strahm se ubicó a la cabeza de la torre que armaban los tres. Se bambolearon como un mástil de goma. Strahm evitó que se desmoronaran sujetándose de la red.
—¡Si subís por ahí, te jodés!— le gritó Leyva.
—No voy a hacer eso.
Cuando la torre se equilibró, Strahm trató de alcanzar la pelota. Todavía le quedaba muy alto, pero la podía observar bien. Midió, por tanto, el porcentaje que quedaba dentro del área de gol y lo comparó con lo que quedaba fuera. Finalmente dijo:
—Es gol y no es gol. Hay que llamar un referí.
—Yo creo que mejor seguimos jugando con la otra pelota— le contestó Pérez, débil.
—No podemos hacer eso. La pelota achica el arco en una circunferencia de 70 cm, por lo menos. Esto es mucha ventaja para el equipo rival. Un árbitro sabría…
—Podemos poner una pelota así en el otro arco— lo interrumpió Martínez.
—No podemos, solo tenemos dos pelotas.
—¡Juguemos sin pelota! ¡Total es gol!— gritó Leyva.
La torre convulsionó de risa.
En la medialuna, los muchachos emitían un halo circunspecto. Seguían haciendo planes para evitar un agente externo al juego. La idea de un árbitro les causaba pavor. Pues de ceder a los caprichos de Strahm vendría alguien de su familia a oficiar de juez, y que eso no podía haber peor.
—Los de seguridad no están, podemos correr tranquilos —dijo Errázuriz.
—El pendejo nos conoce —dijo Plinio.
Mitre abrió la boca para hablar, pero terminó bostezando.
—Van a perseguir a los que se escaparon hasta el infierno –dijo Noguera-. Van a matar a todos.
—Se van a comer hasta nuestros perros —dijo Errázuriz.
—Ellos son los perros —contestó Plinio.
Bajo el arco, la torre se mantenía con dificultad. Leyva se resignó a quedar atrapado en la red; solo se movía para acomodarse. Dijo:
—¡Tengo la espaldita torcida, muchachos!
—Siento que aquí hay algo que nos mantiene pegados —dijo Strahm—. Algo que nos imanta hacia el fondo del arco. Como si nosotros fuéramos las pelotas y tuviéramos que hacer gol con nuestro cuerpo.
—Es el objetivo de cada partido —dijo Pérez, tembloroso.
—Nos jugamos la muerte cada vez —balbuceó el gordo Martínez.
—El gol es la vida misma —dijo Strahm—. Es la excusa para celebrar la creación del mundo.
Inspirados por su alocución, los tres comenzaron a bailar cadenciosamente, evitando sin embargo el riesgo de caer. La torre se balanceó como una serpentina contrahecha, arrugada, al ritmo de la canción que empezaron a cantar:
 
—En la panza de la tierra
hay tres pelotas redonditas;
una son mis ojos de loco,
la otra mi corazón latiente,
¡Y la última es el hoyo de tu culo!
 
Desde la medialuna, contestaron:
 
—El arquero del mundo
tiene las pelotas en la mano,
¡se las rasca, rasca y rasca,
nunca se las van a quitar!
 
Y Leyva, desde la red:
 
—Dios El-Referí se hace pipí,
y aquí los muchachos juegan
haciendo muchas trampas,
¡porque nunca nadie mira!
 
Y entonces entonaron a coro todos juntos:
 
—Hagamos gol a las estrellas,
chutemos todos los planetas,
¡para nosotros la galaxia,
para los otros la democracia!
 
De tanto reír, Leyva se desprendió de la red y cayó de espaldas al césped. Gimió un ¡ay! Y siguió riendo. La torre se desmoronó, pero Strahm y Pérez amortiguaron la caída con el cuerpo de Martínez, quien de la risa no sintió nada. Errázuriz, Plinio y Mitre, llegaron corriendo hasta ellos.
Como uniéndose a la algarabía, la pelota se despegó del travesaños y el parante, dio un par de saltitos y continuó rodando por la línea de gol hasta chocar con el parante izquierdo; y luego retrocedió hasta quedar justo en el medio del arco, sin salir de la raya.
Rosellón, el mudo, defensor del equipo de Pérez, dijo:
—Si la pateo afuera no es gol.
Pero los muchachos no respondieron, paralizados de terror.

 
(2012)
 

La Venus de Mantenimiento
 
 
 
Antes de comenzar a ensimismarme, era una persona relativamente servicial. En la oficina caían a mi cargo la organización de cumpleaños, rifas, memorándums para todo tipo de diligencias. Incluso organizaba actividades completamente ajenas a la Municipalidad pero sin las cuáles la calidad de vida de los empleados públicos sería simple resta.
En las oficinas de la Municipalidad de mi ciudad éramos muchísimos empleados. Una cantidad que no paraba de crecer y crecer. Aún ahora, que yo no estoy más allí, puedo asegurar que sigue creciendo la cantidad de empleados. Probablemente, siga creciendo durante siglos, hasta que un día, como suele suceder en este tipo de casos, la oficina ya no haga falta y los empleados sean simplemente despedidos. O puede incluso que los empleados pierdan el interés en ir a trabajar, interés que por otra parte no tienen, y las oficinas queden poco a poco despobladas. Esta posibilidad es remota e impensable, pues nada gusta más a los habitantes de mi ciudad que cobrar un sueldo sin hacer nada. Y el objetivo principal de todos es, en el fondo, pertenecer a la casta privilegiada de empleados públicos, de la cual una vez, durante más de diez años, yo formé parte.
En viejas fotografías en blanco y negro que se exhiben en un museo, se ve la Municipalidad cuando se constituyó por primera vez. Ocupaba un predio extenso, lleno de árboles, el edificio era apenas una casa de un solo piso con amplias habitaciones bien ventiladas. Hay una foto en la que se ve al primer intendente. Está sentado en un gran escritorio, la oficina tiene unos pocos libros y papeles, todo rigurosamente ordenado; repantingado en su sillón, con el corpachón imponente, el hombre de grandes bigotes sonríe al fotógrafo mientras en una mano sostiene una pluma para escribir y en la otra mano tiene una guampa de mate. A su lado están parados dos enjutos personajes de vestimenta formal, ojerosos. El retrato irradia calma y optimismo. En otras fotografías se ven las oficinas, con un escritorio en cada una, en donde afanosos empleados sonríen. El blanco y negro de las imágenes les confiere un aire irreal, y son aún más irreales si uno las compara con el actual estado de esta institución. Pues aunque el predio sigue siendo el mismo, ya no hay un solo árbol, sino que en cada espacio disponible fueron erigidas torres de quince pisos llenas de oficinas minúsculas atestadas de gente, cruzadas de innumerables y confusos corredores y escaleras de mármol, siempre con tránsito complicado.
El tiempo que trabajé allí los funcionarios aumentaban año tras año. A medida que se sucedían los gobiernos municipales, cada autoridad traía consigo su gente de confianza, que se sumaban como mejor podían a la ya existente. Yo entré siendo adolescente, como secretario de un político que nunca conocí y que se retiró muy pronto; lo hice gracias a la recomendación de mi hermana Helga, nunca supe cómo entró en contacto con la enredada cadena que derivó en un puesto de trabajo para mí. Apenas llegar, me asignaron un escritorio pequeño, que compartí con otros cuatro secretarios de más o menos mi misma edad; no teníamos nada que hacer, salvo fotocopiar papeles o dividirnos semanalmente la preparación del mate que compartíamos con regularidad. De la noche a la mañana nos quedamos sin oficina, pues nuestro jefe había desaparecido, o fue expulsado, o había muerto, quién sabe, yo nunca lo vi ni supe su nombre. Quedé bogando por varios puestos imprecisos durante algunos años, dependiendo de la suerte que me tocaba con cada nuevo gobierno.
El último año no tenía siquiera una silla donde sentarme. Fui al Sindicato de Empleados exigiendo mis derechos de antigüedad, les dije que había quedado otra vez sin una función específica ni oficina, mis cosas se me caían de las manos, les pedí por lo menos un cenicero y una banqueta. Parecieron apiadarse de mí y me asignaron una silla allí mismo. Sin embargo, los empleados del Sindicato eran gente muy egoísta y mostraron enseguida mucho recelo de mi presencia. Me dijeron que todas las gavetas y casilleros estaban repletos, por lo que tuve que guardar mis cosas bajo la silla. El Sindicato era un sitio bastante concurrido porque tenían allí una cafetera y vendían empanadas y sándwiches de milanesa; yo aprovechaba la visita de los numerosos parroquianos para preguntarles si tenían sitio para mí en sus oficinas.
Mi suerte comenzó a cambiar cuando Romina me consiguió un espacio en Recursos Humanos. Allí, aunque tampoco había nunca nada que hacer, gracias a la ayuda de mi nueva amiga empecé a trabajar para los empleados que no tenían trabajo y que como yo deseaban a toda costa hacer algo; pues vagar por los pasillos de la Municipalidad resulta abrumador si lo hacemos día tras día, de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, durante semanas, meses, años. Y es también muy doloroso recorrer los pasillos y no ver más que funcionarios deprimidos, vagando de éste a aquél rincón, tomando mate, fumando cigarrillos, comiendo empanadas, engordando. Los únicos que disfrutan en esta situación son los que llegan con cambios de gobierno. Creen, en su ingenuidad, estar en un paraíso al ganar un sueldo relativamente bueno sin hacer nada. Pero muy pronto se dan cuenta de su error. Entonces empiezan a peregrinar apesadumbradamente de pasillo en pasillo. Buscan un tema de conversación trivial con el primero que se topan; después ya dejan de buscar siquiera un tema de conversación; y posteriormente no hacen más que estar parados y fumar cigarrillos. El estómago de los hombres va abultándose, las caderas de las mujeres adquieren una espantosa consistencia gelatinosa. Uno puede conocer, por el molde del cuerpo de los funcionarios, la antigüedad que tienen. Los culos gigantes, várices, granos en las caras, ojos amarillos de tanta yerba y tabaco, son marcas que deja en uno la vida municipal. La voz se hace cada vez más ronca, casi ininteligible. Las mujeres acostumbran a combatir este problema con actitudes promiscuas. Uno camina por los pasillos y ve piernas regordetas de secretarias abriéndose y cerrándose, mostrando el pubis afeitado sin ropa interior. O fofas tetas meciéndose sin sostén y maquillados rostros sonrientes y manos de blando movimiento que te buscaban la mejilla para posarse suaves a la menor oportunidad. Si a alguien se le ocurre, en un arranque de optimismo, meter en un limpio corral a bañados y lustrados chanchos, no esperará que se conserven pulcros con el paso de los días. Los chanchos empezarán lamiéndose el cuerpo para quitarse el lustre, se mojarán con la cubeta de agua que se les ponga para beber, acto seguido se revolverán en la tierra, encharcándose; luego derramarán el agua de la cubeta para obtener barro, se hundirán en el barro, emergerán del barro, disfrutarán el barro como si fuera un manjar. Un corral pequeño no puede evitar volverse aburrido. Los chanchos, ya hartos del barro, comenzarán a dar vueltas de aquí para allá en el corral ya emporcado, se mirarán entre sí, bajarán la mirada, se tirarán otra vez en el barro, esta vez, ya sin mucho entusiasmo, como si fumasen un gran porro contra el insomnio. Después las chanchas comenzarán a mirar a los chanchos, y los chanchos a las chanchas, e inventarán desganados juegos para pasar el rato entre chapoteo y chapoteo.
Cuando los funcionarios de la Municipalidad de mi ciudad, luego de pasarse casi toda la mañana encerrados ante su escritorio, o de estar parados y fumando en un pasillo, o de pasarse el día dando vueltas de aquí para allá, ven a alguna secretaria abandonada en su clamoroso paseo, se paran ante ella impidiéndole el paso y le indican un pasillo cualquiera. Inmediatamente dan media vuelta y poco después la secretaria marcha tras ellos, perdiéndose en algún piso en reparación de los edificios municipales. Siempre hay pisos en reparación en los edificios de la Municipalidad de mi ciudad. Uno no tiene más que ir a las oficinas de mantenimiento para informarse. Algunos tardan meses antes de volver a ser habitados, pues los empleados de mantenimiento se encargan de hacerlos funcionales para los raptos secretos entre funcionarios y secretarias.
Yo acostumbraba ir cada tanto a estos sitios para mirar, cuando no encontraba nada particular con qué entretenerme. Fue así como conocí a Romina. Llegué al piso cuarto de la torre 3, donde poco antes hubo un principio de incendio en el que se quemaron algunos documentos contables de la administración anterior. El olor a hollín era penetrante e irritaba los ojos. No obstante, el tráfico de secretarias y secretarios era intenso. Llegué con el mate listo y un paquete de cigarrillos. Me traje una silla para estar más cómodo y una linterna para ver mejor, pues en el piso habían cortado la luz y las ventanas eran muy pequeñas y casi no entraba sol. Me acomodé frente a una cabina ennegrecida por el humo y me dispuse a esperar que la ocupe alguna pareja. Entonces llegó una secretaria y me suplicó que entrara con ella a la cabina. Le dije que estaba cansado, que solo había venido a mirar. Seguí sirviéndome mate y la secretaria se arrodilló frente a mí y me abrió la bragueta. Al notar que por más que chupaba no me venía una erección le repetí que estaba cansado y le invité mate. Se sentó en mi regazo y unos minutos después llegó otra secretaria con dos secretarios cuya área no supe identificar y tras ellos un hombre amplio y esponjoso, cuyos ojos se agrandaban por un par de lentes de vidrio gruesísimo. El trío entró en la cabina luego de preguntarnos si estaba libre y el gordo se acomodó al lado nuestro quitándose los pantalones. Yo alumbré al trío con la linterna y uno de los secretarios ponderó mi acción. La secretaria de la cabina soltó sus vastos pechos de pezón oscuro que apuntaban directo a la cara de los secretarios y se los sostuvo con las manos mientras los dos secretarios procedieron a lamerla como camellos sedientos que hubieran encontrado un oasis luego de peregrinar por un desierto infinito, tras décadas de ininterrumpida caminata, cabizbajos y extraviados y tristes en la oscuridad ventosa, sin beduinos ni estrellas guiándolos. La secretaria aulló y las bocas de los secretarios empezaron a recorrerle el cuello, la espalda, chapoteando en baba, succionando, mordiendo, brutales, y el gordo a nuestro lado empezó a masturbarse con frenesí. Entonces a la secretaria de mi regazo le vino una violenta arcada y vomitó encima del gordo. El gordo se espantó y de un bofetón arrojó a la secretaria de mi regazo y ésta fue a parar a unos metros de mí, deslizándose por el piso como un trapo mojado. Dentro de la cabina la secretaria felaba a los dos secretarios, metiéndose un pene en la boca mientras aprisionaba otro entre sus amplios pechos, moviéndose como una anguila, toda humedad, abría la boca y la cerraba, comía aire, abría los brazos y las manos y apretaba, y los pies se le contraían eléctricos y quedaban tiesos en un gesto de dolor. La secretaria tenía una boca enorme y por momentos se tragaba completamente los dos penes de los secretarios, con testículos incluidos.
Era un espectáculo bastante agradable, pero no pude disfrutarlo porque los gemidos del gordo manoseándose a mi lado me quitaron la concentración. Le pedí que se fuera a otra cabina, amenazándolo con agua caliente. El gordo recogió sus cosas y yo volví a cebarme mate, pero ya había perdido el interés. Entonces recordé a la secretaria de mi regazo. La vi desparramada a unos metros de mí, convulsionando por el llanto. Me acerqué a ella y le tendí la mano, luego la senté en mi silla, le arreglé los cabellos y le acaricié delicadamente la cara para calmarla. Yo había acariciado antes otras mejillas, pero pocas veces disfruté al hacerlo. Es decir, acariciar una mejilla no pasaba de ser un gesto automático, que más que sentir la mejilla ajena me hacía sentir mi mano recorriendo una superficie que no me despertaba ninguna emoción. Pero el rostro de la mujer era tan suave humedecido por las lágrimas, que aunque duró apenas unos segundos lo sentí con mucha intensidad. Ella me sonrió y yo le sonreí. Nos miramos largos segundos hasta que nos brillaron los ojos, nos embargó la emoción. «Me llamo Romina», dijo ella. En una institución como la Municipalidad de mi ciudad, donde hay miles de funcionarios y en cada nuevo mandato se suman más y más, ponerse a decir nombres o andar preguntándolos resulta completamente infructuoso. Es imposible recordarlos todos. Hay muchas técnicas que se aplican, como por ejemplo designar a los empleados por grupos. Mantenimiento, Prensa, Recursos Humanos, etc. Las caras no importan, pues terminan pareciéndose muy rápidamente. Uno solamente debe recordar la dependencia de cada empleado para cuando requiera alguna cosa en especial. Entonces, los de Mantenimiento usan overoles, los de Prensa camisas con rayas, los de Recursos Humanos camisas blancas, los secretarios de políticos corbatas con el color de su partido, los izquierdistas van en remera y usan barba, etc. Las secretarias, sin embargo, son todas iguales. Si bien uno aprende los uniformes y tiene así un panorama para desenvolverse con cautela, nunca es posible hacer nada con las secretarias. Carecen completamente de identidad individual y son parte de un corpus de minifaldas y blusas escotadas que se multiplican en los pasillos y oficinas. Es imposible individualizarlas. Y cuando Romina me dijo su nombre, mientras me sonreía y yo le acariciaba las mejillas, supe inmediatamente que habría un nombre de secretaria que me sabría y que asociaría a un rostro, un peinado, a una particular forma de caminar. La secretaria de la cabina empezó a quejarse a los gritos y esto nos sacó, a Romina y a mí, de nuestro encandilamiento. Había ocurrido que los secretarios se olvidaron de ella y comenzaron a felarse mutuamente y ya apenas le dedicaban una esporádica caricia, como al pasar. La secretaria se vistió a los manotazos, aullando, fuera de sí. Romina se asustó y de un tirón me obligó a levantar campamento. Corriendo, salimos del piso. Al otro día, yo ya tenía una gaveta donde guardar mis cosas.
 
 
Por conversaciones mantenidas con Romina pude deducir un vago mapa de su vida y, al comparar, vi que no se diferenciaba mucho del mío. Vivía con la madre en un barrio donde hay una catedral bastante fea pero muy famosa. Planeamos varias veces hacer una excursión a su barrio, pero lo olvidábamos a la hora de la salida.
Romina era capaz de hablar seguido durante nuestras ocho horas de trabajo, siempre coherente. «Parece que estamos en un matadero», me decía, «la ciudad es un corral gigantesco donde nosotros pastamos como vacas y entre nosotros se mezclan los troperos, que por no tener nada que hacer se ponen a pastar también. ¿Ves la cara de indiferente amargura de todo el mundo? Cara de rumiantes tenemos todos. ¿No ves siempre masticar y masticar a la gente? Rumoreantes, todo el tiempo murmurando. Sospechamos de todos, todos sospechan de nosotros. Cualquiera puede ser el tropero que nos vigila. Pero como los troperos no tienen una cara especial ni llevan uniforme, están tranquilos y a nadie le importa. ¡Un corral lleno de estúpidas vacas! No tenemos héroes, somos una ciudad de cagones. Cuando nos sacan del corral, nos llevan por un callejón, y nosotros los seguimos como hacen todas las vacas, con los ojos blandamente abiertos, vacíos, ni imaginamos que al final del callejón alguien nos dará un martillazo en la nuca, o una puñalada, para después desangrarnos y sacarnos el cuero y vender nuestra carne en las carnicerías. ¡Nos entregamos con ojos redondos!»
Generalmente, por las mañanas Romina estaba de buen humor. De su casa traía un enorme termo de café con leche, que gustábamos de tomar en tacitas de plástico, acodados en alguna de las ventanas que daban a la calle, mirando pasar coches y coches. Mientras tomábamos el café con leche, Romina acostumbraba desplegar su metáfora vacuna: «Al final del callejón del matadero… ¿cómo se llama ese caminito agobiante que lleva a las vacas al quirófano, donde alguien les da el estoque final?» Yo, por supuesto, no tengo idea. «Al final de ese pasillo, los troperos esperan a las vacas travestidos de vacas, ¿te das cuenta? ¡Los troperos también son vacas! También con los ojos redondos. ¡La locura! Y por lo mismo los troperos-vacas no le pueden dar el estoque a nadie. Y entonces no hacen más que abrir otra puerta que conduce a otro callejón por donde las vacas continúan su angustioso camino. Este nuevo callejón a su vez termina en un mataderito donde otros troperos-vacas no saben qué hacer y abren otra puerta a otro callejón y así… ¿Cuándo vamos a parar de caminar por este callejón? ¿Cuándo van a darnos el estoque para ya de una vez ir a las carnicerías? Probablemente nunca y es un bajón.» Como nunca tuve con qué replicar sus teorías, aunque no las compartía en absoluto, asentía a medida que ella me iba hablando. «Ves a aquel tipo de allá, el de mantenimiento. Su nombre es, según el identificador de la pechera, Américo Moreira. ¿Podés imaginarte un nombre más acertado? Se dice que América Morirá, se dice eso, pero ¿sabés algo?, esto no va a pasar.» Romina tenía comentarios optimistas sobre política internacional, pues como todos los de mi ciudad, mostraba una fe ciega en que algo estaría ocurriendo en alguna parte que, por un efecto colateral, nos arreglaría la vida a nosotros. «Lo que están haciendo los nuevos presidentes de tendencia izquierdista, e incluso lo que están haciendo los nuevos presidentes de derecha moderada, ya nos va a tocar también a nosotros. Esto está destinado a mejorar. Por eso es importante que vengan más extranjeros a vivir acá, que vengan inmigrantes, expatriados, apátridas de todo el mundo. Gentes de todos los colores y todas las religiones. Pues si de nosotros dependiera no se conseguiría nunca nada. No hay en la historia una decisión más idiota que la de no haber seguido siendo una colonia. No somos capaces de hacernos cargo de nosotros mismos. Somos una lástima…»
Cuando los comentarios adquirían este tenor aburrido y deprimente, yo aprovechaba para preguntarle acerca de su vida fuera de la oficina. «La astrología, que es la psicología de la edad Media, dice todo sobre mí. Soy Aries. También tengo una mamá. Y un padrenuestro, que todas las noches está conmigo. Y estudio Historia. Etc.» Los días de mucho calor, bebíamos grandes cantidades de agua, siempre acodados contra una ventana que daba a la calle. «Lo peor de este calor infernal es que no nos hace ya nada. La gente dice: parecemos estúpidos porque el calor nos adormece. ¡Es mentira! ¡Parecemos estúpidos porque somos estúpidos! El calor para nosotros no es más que la excusa perfecta para justificar nuestra perenne mirada vacuna. Que me mata el calor; que no quiero caminar porque hace calor; que no quiero hacer ningún movimiento porque hace calor. Que no puedo pensar porque hace calor. Excusas. El sol, como le ocurre a la gente del Caribe, nos carga de energía. Somos baterías sobrecargadas, deberíamos andar explotando todo el tiempo, ¿te das cuenta? Energía solar es lo que nos sobra… Pero somos baterías inservibles. Como esas baterías de coches viejos que se dejan sin usar en los talleres. ‘Alguna vez nos va a servir esa batería’, dicen los mecánicos. Pero nunca llega ese alguna vez. ¿Te das cuenta? Estamos sometidos al alguna vez; el alguna vez nos sodomiza. Yo no quiero vivir como una vaca en un matadero. Estoy llena de sol, ¿te das cuenta? Si me conectan un camión de dos ejes lo podría hacer arrancar y hacer funcionar por cinco mil kilómetros, por 30 mil kilómetros, por 190 mil kilómetros… hasta que estalle. Por eso necesito ir a bailar cada viernes. Si no voy a bailar los viernes mis brazos y mis piernas se endurecen, mi cuerpo se pone como si fuera yeso y empiezo a marchitarme como una planta tropical lanzada en un desierto. No quiero ser una planta, mucho menos una vaca. Necesito moverme, correr, bailar, siento que desbordo de sol si no hago algo, si no gasto este exceso de energía que tengo… Necesito ser una cosa en ebullición». Cuando Romina hablaba en estos términos veía cómo su cuerpo se volvía luminoso y caliente y le corría sudor por la comisura de los labios y las aletas de la nariz. Podría decirse que se volvía una cosa siniestra y bella, como un colorido sapo de cerámica o un diente de oro. Alrededor de ella no había más que depresión, yo mismo no emitía más que una luz gris, los empleados municipales caminaban cerca nuestro cada vez más marrones, más color caqui, gomosos, dejando un rastro repugnante como la baba de los caracoles. Y en medio de este lamentable espectáculo, Romina arremetía perorando.
 
 
De no haber conocido a Romina aquélla vez, ahora tendría que hacer un esfuerzo inmenso para encontrar algo que valga la pena. No exagero diciendo que muchos como yo desconocerían como ajenas o demasiado inciertas de no ser por Romina aquélla época compartida de espantosa vida de empleado público. En las oficinas de la Municipalidad de mi ciudad nunca hubo una persona cómo ella, que con su sola presencia y sin proponérselo, empezó a generar una conmoción tras otra en nuestra dinámica cotidiana.
Romina se hizo empleada municipal gracias a una enmarañada y extensa cadena de amigos y familiares que conocían a uno de los políticos que tomaron cargo el último gobierno. Fue contratada para una función que siempre desconoció, así que se pasaba el día conversando conmigo. Tenía 19 años, era muy alegre y le encantaba bailar. Cada lunes tenía alguna anécdota de fiesta para entretenernos por días. Por mi parte le hablaba de mi hermana Helga, de mi madre, del tedio de los últimos años en la Municipalidad. A instancia suya, casi como un chiste, ideamos un plan para agenciarles todo tipo de tareas a los deprimidos funcionarios municipales. Fuimos con este plan al Sindicato de Empleados, más que nada para reírnos un poco, y contra lo que cabía esperar decidieron apoyarnos: nos pasaron un cuaderno de la época en que se fundó el sindicato, donde estaban escritos a lápiz, apenas visibles, los objetivos de esta organización. Intentamos leer el cuaderno pero no entendimos nada, estaba escrito en un idioma arcaico, con una gramática demasiado embrollada y ambigua. Volvimos al Sindicato de Empleados y les dijimos que el libro decía que una de las funciones de la organización sindical era emprender cursos de capacitación para que los empleados mejoren su calidad de vida. Nos cedieron una cabina, una gran mesa y una larga lista con los datos de todos los funcionarios. El primer curso de capacitación se llamó “Evolución de las tecnologías administrativas: de la máquina de escribir a la fotocopiadora”. Fue un éxito apabullante. Siguieron varios cursos de esa índole dictados por los funcionarios con más años en la Institución. Después preparamos un calendario de cumpleaños, con lo que obtuvimos dos o tres fiestas diarias de media hora cada una, en las que comíamos empanadas y fumábamos cigarrillos en alguno de los pisos sin usar. Estas fiestas resultaron muy tediosas, pues los empleados no tenían de qué conversar entre ellos y la comida duraba muy poco. Entonces mezclamos los cumpleaños con las capacitaciones. Esto hizo que la vida de la institución adquiriera una agitación bastante particular. Empezamos a ser conocidos por los demás empleados, que nos trataban con deferencia. Luego, cuando las fiestas y los cursos comenzaron a hacerse monótonos, instauramos encuentros de intercambio cultural, donde había conciertos folclóricos, lecturas de poesía y obras de teatro. Cuando también esto se volvió monótono y no alcanzaba con mezclar los cursos, cumpleaños y encuentros culturales, armamos encuentros con empleados de municipios vecinos. También estas actividades tuvieron mucho éxito al principio, pero Romina y yo no asistíamos a ellos, sino que nos pasábamos el día planeando más actividades. A las pocas semanas, empezaron las quejas porque en las otras instituciones no había nada que hacer, pues el problema de depresión era igualmente intenso en estos sitios y los empleados de nuestra Municipalidad se mostraban demasiado hiperactivos para los otros y terminaban creándose grupos separados donde no hacían más que mirarse las manos. Los funcionarios regresaban a nuestra institución cada vez más deprimidos. Romina y yo ideamos entonces un plan nacional extenso, conseguimos fondos de los políticos que estaban encantados de tener sus oficinas desocupadas. El plan consistía en recorridos turísticos por el país que se realizaban mensualmente y duraban de tres a cuatro días. Este plan gozó de un éxito colosal. Tuve la oportunidad de ir con Romina a numerosos destinos, en caravanas de colectivos con miles de funcionarios municipales que como langostas arrasaban con todo lo que encontraban a su paso. Por el impacto financiero que esto tuvo en los pueblos, aparecieron notas en los periódicos y la televisión. Muchos pueblos empezaron un tímido crecimiento económico gracias al consumo de los empleados municipales. Sin embargo, los periodistas exageraron el impacto económico en los pueblos, hablaron de progreso y pasos gigantes en el desarrollo del país, que prontamente el Estado tomó en serio nuestro proyecto y lo hizo extensivo a ministerios y otros organismos. Todas las instituciones del Estado crearon una dependencia encargada exclusivamente del entretenimiento de sus empleados. Al principio nos sorprendía encontrarnos en algún pueblo perdido a empleados del Ministerio de Hacienda o de Agricultura. En pocos meses, sin embargo, nuestros viajes, que ya incluían cursos de capacitación en historia, literatura, música y destinos turísticos relevantes en cada región, amén de una rigurosa organización en la compra de productos comestibles y suvenires, eran compartidos por muchos empleados ministeriales, militares, médicos, sacerdotes e incluso una caravana de vehículos particulares que nos seguía a todas partes. En los pueblos nos recibían con vítores y festivales. Luego se nos sumaron los senadores y diputados del país.
Los pueblos, además de lucrar económicamente, organizaron asambleas para pedir reformas a los políticos. En cada pueblo nos esperaba una asamblea popular, conformada por desempleados, comerciantes, campesinos sin tierra, terratenientes descontentos, inmigrantes desahuciados, etc., lo cual generó peleas y acritud general. Como Romina y yo vimos que esto amenazaba gravemente nuestro proyecto, empezamos a visitar los pueblos unos días antes de las caravanas, y en estas visitas nos adentrábamos en todos los pedidos populares y luego redactábamos complejos y efectivos discursos para los políticos. Esto no gustó nada, pero los políticos se dieron cuenta de que no había opción. Nadie estaba dispuesto a volver a las oficinas estatales, a su tedio mortífero. En aquel tiempo las caravanas eran la única actividad de los funcionarios de todo el país. Pero, como era de esperarse, a los pocos meses los asambleístas populares cayeron en la cuenta de que ninguna de las promesas era cumplida por los políticos. Conseguimos luego que el presidente nos acompañara en algunos viajes, para que con su presencia nos viésemos más respetables. El efecto fue completamente opuesto. Por más seductores que redactáramos los textos y por más énfasis que pusieron los políticos, no logramos calmar los ánimos. La prensa empezó con noticias que hablaban de promesas falsas, de mala praxis estatal, ese tipo de cosas. El Estado volvió a intervenir. Esta vez, con la creación de un Ministerio de Ayuda al Empleado Público. Por supuesto, no nos llamaron para ningún cargo. De la noche a la mañana, dejamos de trabajar y empezamos a formar parte de estas caravanas que visitaban cerros, lagos, cataratas, bosques, siempre lugares despoblados. Eran viajes conmovedores. Llegábamos a un sitio, un guía explicaba el lugar, nos poníamos los trajes de baño o los zapatos de escalar, y empezábamos a recorrer lo que había. Salvo cuando había accidentes o al contar los asistentes faltaban algunos en la lista, o bien porque se habían perdido en la aventura, o bien porque habían huido, no encontrábamos absolutamente nada atractivo para comentar después. Los coches de civiles que nos acompañaban dejaron de seguirnos. Luego la prensa nos abandonó. También los empleados empezaron a pedir licencias para no asistir. Y, también y pronto, Romina y yo volvimos a nuestra rutina municipal diaria.
 
 
Meses después, Romina cayó en una profunda depresión, lo cual era comprensible, pues para un espíritu tan vivo como el de ella, que había logrado un protagonismo ejemplar y una hiperactividad acorde a su organismo, no le resultó nada fácil volver a la deslucida vida de secretaria municipal. Lo peor de todo fue que nadie se nos acercó a decirnos, por ejemplo, que nuestra faena fue inspiradora, o para agradecernos lo que habíamos hecho por nuestra vida laboral. Simplemente olvidaron todo. Nos olvidaron. Al chocar con nosotros, ya sea por accidente o porque nosotros forzábamos el contacto con ellos para buscar una reacción, ni siquiera osaban una disculpa o un pedido de explicación. Daban un paso al costado y continuaban su camino. Recuerdo que cuando oí el rumor de que nuevamente estaban siendo usufructuados los pabellones vacíos de los edificios municipales para las orgías de los empleados, le pregunté a Romina si tal vez ocupándonos de organizar mejor esta costumbre lográsemos encausar a nuestros compañeros de trabajo hacia acciones que les quiten la depresión. Pero Romina ignoró mi idea. Ya venía ignorando otras ideas mías. Debo decir que estaba empezando a ignorarme sistemáticamente. Pero yo no quise darme por vencido y fui a visitar un piso incendiado hacía poco. En el camino, subiendo escaleras y ascensores, me crucé con secretarios gordos y babosos, al igual que con emperifolladas secretarias que translucían una tierna lubricidad. Me di cuenta de que el imperio del vicio había retornado triunfal. Esto me entristeció, pero no me arredró. Seguí avanzando por más pasillos y escaleras hasta que di con el piso incendiado. Había agua en las paredes y el piso, pues el incendio había sido considerable y tuvieron que intervenir los bomberos. Las paredes estaban adornadas de un color negro intenso, y el penetrante olor a hollín era disimulado con un aroma a lavanda. Frente a una cabina vi al gordo masturbador, solo, apesadumbrado, con los pantalones bajo las rodillas, sentado en una silla giratoria carcomida por el fuego. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, la boca entreabierta, como si le costara respirar. Frente a él se abría una oficina totalmente quemada, solo la puerta dejaba adivinar que había sido una oficina, pues el resto, el interior, era solo negrura y humedad. La oficina estaba vacía. El gordo, al parecer, también estaba vacío, sin inspiración. Su boca entreabierta, los brazos que apretaba contra su pecho resollante, me llenaron de desazón. «¿Dónde está la gente?», le pregunté. «Ayer vinieron, hoy todavía no», me dijo. Como no tenía razón para quedarme más tiempo allí, además de que el gordo no gozaba de mi simpatía, rehíce mi camino para darle a Romina mi última gran idea: La Oficina Burdel Itinerante. Consistiría en equipar semanalmente una oficina para ser ocupada por las parejas de secretarias y funcionarios. La aprovisionaríamos de asientos reclinatorios para observadores como el gordo. Cada encuentro se realizaría en condiciones impecables. Así, tras un sorteo, alguna de las oficinas sería la sede por una semana, y los ganadores podrían gozar de los favores de todos los asistentes, además de contar con los ya mencionados asientos reclinatorios. Pero cuando encontré a Romina, ella no me prestó el menor interés. Simplemente dio media vuelta y se alejó, pero no solo de mí, sino también de ella misma. Romina se alejó como si librara al azar su propia alma. No la seguí. Admití con dolor que yo ya no le interesaba. Que ella misma ya no se interesaba. En posteriores avistamientos comprobé que ya no quería hablar con nadie, que ya no podía hablar con nadie. Cuando los empleados reanudaron sus costumbres licenciosas, Romina se dejaba llevar por cualquiera a los pisos incendiados. Fui tras ella cada vez que pude, me sumé a la actividad un par de veces, pero luego perdí el interés y no la seguí más.
Un día me llegó un rumor. Me dijeron que Romina ya nunca salía de un piso en reparación, no iba siquiera a su casa. Tenía un colchón que le pasaron los de Mantenimiento, una frazada, jabón, camisones y medias con ligueros. Cobraba precios exorbitantes por lo que muy pocos se animaban con ella, aunque los que lo hacían la recordaban como una experiencia fantástica, única. Se creó un mito en torno a ella. Le decían La Venus de Mantenimiento. Apenas cobré el mes siguiente, fui a verla. El piso que ocupaba era sombrío, sin luces, producto de otro quema de documentos. Pero en vez de hollín, el olor que desprendía era a canela. Un olor intenso a canela. Mareaba. Tuve que atajarme de las paredes para no caer mientras iba avanzando. Después de atravesar varios pasillos, encontré el sendero de velas aromáticas que continuaba hasta la puerta de una cabina. Aparté unas cortinas de raso, de suave color morado con bordes de oro viejo y finas rayas rojas, y entré a los aposentos de Romina. Una gran cama de sábanas blancas ocupaba toda la dependencia, era tan grande que no dejaba espacio para caminar. En el centro de la cama, con medio cuerpo cubierto por las sábanas, estaba Romina, mirándome con una sonrisa. Estaba resplandeciente, como si su cuerpo hubiera absorbido todas las luces de las velas. Se sentó en la cama y me tendió los brazos. «Aipota ne rendy cherehe», me dijo con su encantadora voz ronca. Cedí, de alma.
Al volver a la oficina de Recursos Humanos, hacia el final de la tarde, encontré los pasillos completamente vacíos. Caminé hasta la puerta, salí. Había mucho sol.
 
 
(2009)

 

Chupetines
 
“aquí poliglosada, periglosa”
Joaquín Morales
 
 
La timidez llega a ser a veces el mejor pasaporte para entrar al mundo de los desenvueltos, leyó Moresco en su libro de autoayuda. Quizá párrafos más adelante explicaban la frase, pero tuvo que colocar allí el señalador porque el chofer del colectivo le anunció:
-¡Parada, muchacho!
La suela de su mocasín se ablandó contra la vereda y la mochila se le pegó a la espalda como una garrapata. Fatigados transeúntes le precedían los pasos y doblaban en cualquier esquina, desapareciendo. El estertor de los coches temblaba y se alargaba como la última nota de un réquiem. Las casas parecían haber sido clausuradas por algún decreto municipal, bajo pena de multa, pues sus ventanas y puertas se pegaban a los marcos con obstinación. Paso a paso, como un beduino, avanzó Moresco las 6 cuadras hasta la entrada de la Facultad de Filosofía.
Dos portones de metal se abrieron ante él como brazos maternales. Adentro, vio una plazoleta, un estacionamiento repleto de coches y amplios pasillos bajo edificios separados entre sí, donde cientos de estudiantes avanzaban y retrocedían, trazaban elipsis, laberintos, telarañas, solos o en grupos, como si exploraran o buscaran la salida, algunos con expresión de espanto, o indiferentes, otros con la sonrisa de bandera y los ojos soñadores como faros.
Con la cabeza gacha, apretando con ambas manos los tirantes de la mochila, Moresco se sumergió en la multitud. Tenía que preguntar dónde debía inscribirse, pero no pudo hacerlo por timidez. Encontró los baños, pero no agua. Vagó un rato más fijándose en las paredes por si aparecía un cartel, pero nada. Tampoco vio un dispenser en ninguna parte. Fueron el calor y la deshidratación los que lo impulsaron a preguntar a un joven pelilargo que fumaba mirando el vacío:
-¿Sabés dónde puedo tomar agua?
El pelilargo lo midió un par de segundos y de entre sus largas piernas extrajo un termo de tereré.
-Acá tenés un poco –dijo.
La frase del libro había dado en el clavo: el joven que le pasó agua resultó ser un dirigente estudiantil, pillado por Moresco en un momento de ocio durante su recorrido vespertino para buscar nuevos militantes.
-Me llamo Rex –le dijo a Moresco-, como el tiranosaurio.
Le tendió una enorme mano peluda. Se elevaba una cabeza y media por encima de Moresco. Llevaba la barba crecida, despareja, un poco sucia, igual que los cabellos rubios atados en coleta. Rebeldes vellos sobresalían del cuello de su camiseta de aó po’i. Su boca sonreía bondadosa, pero sus ojos verdes, separados entre sí por varios centímetros, se mostraban cínicos y turbios, como borrachos.
Rex guió a Moresco en los trámites de inscripción, desplegando un manojo de influencias que apuraron el trámite. Le fue explicando la importancia de militar, pues:
-Todo aquí es política, relaciones, juego de intereses, lucha de poder.
 
 
Al otro día, Moresco participó de una reunión del Movimiento por la Alianza y la Lucha, conformada por chicos de 20 años, similares en sus vestimentas y abundante cabellera, dispensando al hablar alegres y furiosos ademanes. No le gustó la reunión, pero no se atrevió a contradecir a Rex, su primer amigo universitario.
Durante todo el cursillo de ingreso se repitió una rutina que condenó a Moresco a la militancia: algunos de los chicos del MAL iba a buscarlo a la salida de clases, lo llevaban al bar de la esquina de la Facultad, llamado Pinocho; lo sentaban ante una mesa repleta de gritos y cerveza; le ponían un porro en la boca, o al menos un cigarrillo; o bien le llenaban las orejas de imprecaciones contra el cuerpo docente y el plan de estudios, sin que Moresco atisbe siquiera una réplica o pedido de paz. Rápidamente le encargaron la tarea de repartir volantes. Esto lo hacía sin problemas, pues en principio no era necesario hablar. Sin embargo, no tardó en comprender cómo iba la cosa: cuando le preguntaban sobre la organización, disponía de un breve comentario explicativo, que iba repitiendo a diestra y siniestra, y en caso de que le pidieran mayores precisiones invitaba al interesado a una reunión. Sin proponérselo, Moresco se erigió en un gran reclutador. Como premio, le dieron un tutor que lo guió en los exámenes, e incluso le pasaron test de años anteriores, por lo que pudo aprobar sin inconvenientes.
El libro de autoayuda quedó vegetando bajo la cama de Moresco, pues sus lecturas tuvieron que acotarse a las notas de clases, libros de estudio y las fotocopias de Marx, Trotsky, los diarios del Che y numerosos apuntes sobre reforma universitaria que le iban pasando sus compañeros del MAL. En su desordenada acumulación de saberes, Moresco se sentía profundamente angustiado. No entendía nada, no le interesaba nada, se había metido en un sitio del que quería huir como loco, pero no se atrevió a comentárselo a nadie, pues entre los estudiantes de primer año pasó a ser un cuadro político del movimiento más recalcitrante de toda la Universidad. Aunque no decía nunca nada, las reuniones del MAL no empezaban sin que él se siente, con las piernas cruzadas en pose budista, en el proscenio de los debates. Para colmo, por descuido y estrés, se dejó crecer el pelo. Sus compañeros de clase de periodismo no lo invitaban a los grupos de estudio, ni a encuentros ocasionales para flirtear con chicas de otros cursos, y sus compañeras lo miraban con desconfianza y fastidio. Los del MAL, en cambio, lo invitaban a cualquier cosa y Moresco los seguía como acatando órdenes. Por lo mismo, lo consideraron un cuadro hiperactivo e infinitamente valioso, y a pesar de ser alumno de primer año lo convocaron para un campamento de entrenamiento militante, en las afueras de Asunción.
La familia de Moresco estaba orgullosa de él.
-Vos tenés la oportunidad de estudiar –le decían-, algo que nosotros no tuvimos. No lo desperdicies.
O alguna frase por el estilo.
Cuando empezaron a ver que llegaba cada vez más tarde y salía muy temprano en las mañanas, lo tomaron como entrega absoluta a sus estudios. Luego notaron que llegaba agotado, como si hubiera estado arando campos, picando piedras, o alguna cosa así, y le ofrecieron mudarse cerca de la facultad, en una pensión, para no tener que hacer todos los días el camino de hora y media hasta su casa. Moresco aceptó, aunque la idea le pareció descabellada, completamente fuera de sus expectativas –él solo quería quedarse en su habitación y dormir, sin ver a nadie.
Sin reparo de Moresco, sus compañeros de militancia lo depositaron en un cuartucho a dos cuadras de la facultad. El alquiler era baratísimo, pero siempre le faltaba dinero pues sus excedentes eran embolsados por las contingencias del movimiento. A él apenas le quedaba lo suficiente para comprarse un sándwich por día, café y yerba. Estaba terriblemente flaco y débil cuando lo montaron en el colectivo para ir al campamento.
 
 
Llegaron al atardecer a un caserón ubicado en medio de un bosquecito de mangos, nogales y naranjos. De las hojas de los árboles caían frías las gotas de las lluvias de invierno, que regaban los suelos plagados de bichos, frutas podridas, pastito ralo y colillas de cigarrillo. A metros de los baños, en un descampado, instalaron las carpas. Las habitaciones fueron ocupadas por gente que Moresco no había visto nunca. Para su sorpresa, Rex se acomodó en una carpa al lado de la suya. Hacía por lo menos un par de meses que no lo veía fuera de las reuniones semanales del MAL.
-Qué tal, pichicho –le dijo Rex, abrazándolo.
Moresco quiso preguntarle por qué no estaba en alguna habitación con la dirigencia, pero Rex se adelantó diciendo:
-Ya ves, en la facultad somos los jefes, pero a nivel nacional somos unos mita’i. ¡El semillero! Vas a aprender mucho acá. Seguime.
Caminaron en silencio por entre las carpas recién instaladas, se adentraron en la espesura del bosquecito y llegaron a un predio abierto, ocupado por una cancha de fútbol pulcramente demarcada. Habían desmontado uno de los arcos y lo estaban reemplazando por una tarima. Dos señores corpulentos, de largos cabellos canosos, supervisaban la tarea. Parecían estar preparando un concierto de rock, la despedida de los dos viejos músicos que se mostraban impacientes y gesticulaban indicando tal o cual acción, detallistas. Los obreros, en su mayoría miembros de alto rango del MAL, obedecían con presteza.
-Esos dos –dijo Rex-, son Romero y Lavagna. Sindicalistas, capos del PC. Estarán a cargo de los cursos de capacitación. No tenés que olvidarte de esto: son el enemigo. Momias.
Durante la noche, Rex fue presentándole a todo el mundo. A Moresco le dolía la quijada de tanto sonreír.
-Pará con eso. Te van a creer boludo. ¡Con cara de perro hay que saludar! –le dijo Rex, una vez que se hubieron sentado ante una mesa para cenar.
 
 
Las brumas no se habían despejado aún del todo cuando sirvieron el desayuno. El frío húmedo calaba los cuerpos de los estudiantes, apelotonados en pequeñas mesas ubicadas en ronda. Parados en el centro, con los pocillos humeantes en las manos, Romero y Lavagna saludaron a la concurrencia.
-Buenos días, camaradas –dijo el tal Lavagna-. Venimos a aprender de ustedes y enseñarles nuestros métodos para leer la coyuntura nacional. Como saben, la militancia es necesaria para crear un nuevo país. Con solo estar acá, estamos labrando el futuro.
Un efusivo aplauso barrió la neblina. Moresco observó sorprendido que sus camaradas entrechocaban cubiertos, lanzaban hurras, se paspaban las manos aplaudiendo, pero lo hacían con indiferencia, algunos hasta con mal humor.
Los otros dirigentes nacionales saludaron a su turno más o menos con los mismos términos, obteniendo idéntica respuesta de los estudiantes.
 
 
Luego le tocó el turno a los dirigentes estudiantiles. Cada uno hablaba de sí como representante de tal o cual gremio y lanzaba un palabrerío expositivo sobre puntos que consideraba relevantes para el encuentro. Moresco estaba sentado bien adelante como era su costumbre, cruzando las piernas en un gesto de absorción tántrica. Algunas horas después, sin embargo, la procesión seguía. Ya el hambre y el cansancio le impedían distinguir con claridad las palabras y las caras, por lo que se mudó a la última fila, medio recostado contra una pared. Temía hacer el ridículo quedándose dormido. Para su asombro, nadie insinuó la idea de almorzar. Poco a poco la siesta amodorró el ambiente, mientras los dirigentes seguían intercalándose sin pausa. Por lo visto, había gente de todo el país, tanto de universidades como de colegios secundarios.
Caía la noche cuando decidieron trasladarse a la cancha de fútbol. En la caminata, Rex se acercó a Moresco y le pasó un sándwich de mortadela.
 
 
El escenario invitaba a hacer pogos, tirar botellas al aire, gritar. O por lo menos, para que un comediante lo recorriera lanzando chistes por todas partes. Un panel de luces de tungsteno alumbraba los micrófonos. La mesa del proscenio estaba llena de ceniceros todavía vacíos y botellas de agua sin abrir. En ella se sentaron los conferenciantes. Frente a ellos se abría la noche llena de estudiantes arrimados entre sí para soportar el frío y la humedad, encendiendo cigarrillos en silencio. Rex y Moresco permanecieron parados en la periferia, fuera del haz de luz, para no ser vistos.
Tomó la palabra un jovencito de no más de 15 años. Dijo que estaba orgulloso de estar allí, en representación del movimiento estudiantil de colegios secundarios, aunque la mayoría de sus compañeros no tenía idea de esta actividad, pues “no hay que olvidar que hasta los revolucionarios tienen prejuicios arrastrados del pasado”.
-¡La gran siete! Eso sí que es retórica combativa –dijo Rex.
Moresco lo miró y, por primera vez, influido tal vez por la fatiga, o por la persistencia de su amigo por pegársele y compartir con él lo que podía, se sintió relajado. Estaba cómodo mirando el show, viendo a Rex enrollar un porro, con murciélagos pasando sobre sus cabezas como misiles, y los mosquitos, obstinados, picándoles las manos y las caras. Estaba cómodo con su actual vida de militante, aunque no sabía a ciencia cierta de qué trataba todo ese asunto. Ya lo averiguaría. Ya sería un buen trotskista, un buen leninista, un buen anarco. Lo que hiciera falta. Entraría a cualquier puerta entreabierta, entraría por ventanas.
-¿Hace cuánto que militás? –le preguntó a Rex.
Éste lo miró un poco perplejo. Luego agachó la cabeza, ahuecó las manos alrededor del porro que tenía metido en la boca, y lo encendió con un fósforo. Caló hondo y permaneció así, con los ojos cerrados, durante un par de minutos. Tosió. Le pasó el porro a Moresco.
-Desde que era un piquillo –contestó-. Cuando tenía la edad de ese que habla yo ya dictaba talleres de introducción al marxismo en el PC.
Fumaron en silencio mientras escuchaban las conferencias.
Más tarde, subió al escenario una mujer de unos 30 años y permaneció de pie, mirando el negro firmamento. Como si entonara un rosario, acometió un largo discurso sobre los logros de los movimientos feministas entre las mujeres campesinas.
-Los campesinos son la muerte –dijo Rex.
Moresco hizo como que no lo escuchaba. Con la mujer tenía suficiente.
-Quieren que salgamos a cultivar, que les consigamos tierras, nambré... En el campo no hay gente, solo hay estorbo.
-Yo soy del interior –dijo Moresco.
-No tenés pinta de campesino.
-Soy del chaco.
-¿En serio? De qué parte –Rex enderezó su largo cuerpo y lo miró a los ojos.
-Filadelfia se llama. Allí no hay campesinos, solo milicos, menonitas e indígenas.
-Impresionante. Impresionante –dijo Rex y encendió un cigarrillo.
Cerca de la media noche, cuando entre los estudiantes se escuchaban ronquidos y besuqueos, los discursos seguían sucediéndose como fogonazos, aunque débilmente mascullados, abarcando temas peregrinos como la responsabilidad del joven militante, la articulación entre las diferentes facciones, el status quo de los actuales centros de estudiantes y temas similares.
-¡Con tu quiero y con mi puedo, vamos juntos compañeros! –lanzó alguien desde el escenario.
Vitoreo general. Moresco despertó de la duermevela y sintió contra su hombro el peso de la enorme cabeza de Rex.
De golpe, habían apagado las luces y se oían rumorosos los pasos de los estudiantes adentrándose en el bosquecito, rumbo a las carpas.

 
Al otro día, apenas despuntaba el sol por entre las nubes perezosas cuando ya Moresco tenía entre las manos un cuaderno anotador lleno de garabatos superpuestos entre sí. Estaban en la cancha de fútbol, bostezando, con una concentración onírica. El tal Romero hablaba frente a una pizarra de fibra de vidrio. Los estudiantes anotaban a vuelo de pájaro cada una de sus palabras.
-Si conservan esta estructura, pueden leer cualquier coyuntura con más claridad.
Después de un silencio breve, Romero escribió en la pizarra:
 
“Narcotraficantes, Sojeros (brasileños) y Multinacionales”
 
-Esta es la terna está en la cima de la pirámide nacional –dijo Romero-, es la dictadura. No solo pone y dispone, sino que su poder se basa en legitimar la existencia de lo que hay por debajo de ella.
Romero escribió de vuelta en la pizarra:
 
“Políticos en ejercicio de algún cargo, Ganaderos, Menonitas y Aduaneros”
 
-No se olviden que todos los políticos son o fueron ganaderos, o trabajaron en aduana, y últimamente son también menonitas. Después vienen los más duros, con los que nosotros nos enfrentamos directamente, el brazo de la justicia…
 
“Policía, Militares y Jueces”
 
-Esta división de poder es básicamente la que gobierna nuestro país. Lo que popularmente se conoce como la estructura democrática de la reforma post-estronista: los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.
Romero escribió de vuelta en la pizarra:
 
“Medios de comunicación, funcionarios municipales, empresarios de transporte, jefes de sindicatos, partidos de oposición, estudiantes universitarios y la ciudadanía en general”
 
-Esta es la infantería de vanguardia –dijo.
Consternación general del público. Un estudiante gritó:
-¡Pero nosotros no somos la infantería de la dictadura!
-Calma, compañero –continuó Romero-. Nosotros no somos ni estudiantes ni nada del sistema. Somos el cambio. Pero para conseguirlo tenemos que escalar estos estratos. Es una tarea ciclópea, pero tenemos a nuestro favor años de experiencia. De a poco, con dedicación paciente, vamos a romper la estructura.
Silencio estupefacto del público. Grito de estudiante:
-¡La mierda! Tu estructura es todo el país, camarada. Es como una misión imposible.
-¡Hay que poner una bomba! –gritó otro estudiante.
-Calma, compañeros –dijo solemnemente Romero-. En ajedrez corona el peón paciente, el que va esquivando las piezas mayores durante la partida, apoyado por otros peones, hasta que llega al límite del tablero.
De entre los estudiantes, se elevó otra voz.
-¿Cómo que somos peones? ¿Eso quiere decir que tenemos una reina y cosas así? ¿Somos carne de cañón? ¿O entendí cualquier cosa?
-Dejame contestar a mí, compañero – interrumpió Lavagna a Romero-: es así mismo.
-Exactamente, compañeros –dijo Romero.
-¡La puta que lo parió! –gritó otro estudiante-. ¿Vamos a ser sacrificados para salvar las piezas mayores?
Carcajada general.
-Sí –dijo Lavagna, serio como una mula.
-Lo voy a explicar más claramente –dijo Romero-. Nuestras piezas mayores, nuestro rey, son las reivindicaciones que exigimos para la sociedad. Nosotros somos los peones. Cuando digo nosotros, me refiero a la dirigencia del movimiento nacional en conjunto por una reforma del estado. Frente nuestro, estos ya son peones de peones, están las organizaciones sociales. Y como peón de los peones de peones, está el movimiento obrero. Y como peón de peones de peones de peones, está el movimiento campesino. Y como peón de peones de peones de peones de peones, están los partidos políticos de izquierda. Y como peón de peones de peones de peones de peones de peones, está el movimiento universitario. Y como peón de peones de peones de peones de peones de peones, está el movimiento de colegios secundarios. Seguramente me olvido de algunos, pero más o menos así es el esquema.
Murmullo general.
-O sea que estamos casi al pedo ya nosotros –dijo un estudiante.
-Compañeros –dijo Lavagna-, de ninguna manera es así. Ustedes son los que llevan adelante nuestro proyecto. Lo hacen con el cuerpo, que a fin de cuentas es el que libra el combate mayor. Son la infantería ligera, pero cargan en sus corazones armamento pesado.
 
 
En la tarde hubo debates sobre los métodos que las organizaciones de estudiantes tendrían que seguir ese año, pero se realizó con desgana. Lo dicho por Romero y Lavagna había causado mucho daño.
-Te dije que esas momias burócratas son una mierda –le dijo Rex a Moresco-. Vamos a tener que hacer algo. A pensar, compañero, a pensar.
Merendaron en pequeños grupos dispersos por el bosquecito. Bajo un algarrobo frondoso, Moresco comía un interminable paquete de galletitas. Rex se había retirado a meditar a una carpa. Cuando se sintió satisfecho, Moresco se acercó con el paquete de galletitas a una pareja que conversaba animadamente. Conocía al hombre, se lo habían presentado el primer día. Se llamaba Gaona. Era un tipo de unos treinta años, con rulos tipo afro. Según tenía entendido Moresco, era un eterno estudiante de filosofía. Hablaba con gestos entusiastas, de adolescente. La interlocutora de Gaona era una muchacha muy alta y muy flaca, como un alambre tendido, pero con unas tetas de tamaño desproporcionado, descomunal, como dos piñatas rebosantes de caramelos, que apuntaban cada una hacia un lado, vigilantes. La muchacha se mostraba escéptica ante la perorata de Gaona. Gesticulaba negando con las manos y la cabeza, como si no le bastaran las palabras. Cuando Moresco les tendió el paquete de galletitas medio vacío, Gaona lo miró y dijo:
-Estos tipos van a espantar a todo el mundo. Ese es su objetivo. Piensan conservar el statu quo quebrando los movimientos de raíz. Es necesario que tomemos la tarima, por lo menos para dar el último discurso. ¿Vos qué decís?
-Tienen un discurso tenebroso –respondió Moresco.
Entonces habló la muchacha, con voz chillona, de ratita:
-No va a servir para nada. Demasiadas palabras, no van a escucharnos más.
-¡Pero no nos podemos dejar! –dijo Gaona.
-Es la primera vez que vengo a un campamento de militantes –dijo Moresco.
La muchacha lo miró con desprecio.
-¿Y este de dónde salió? –dijo.
-Es amigo de Rex –dijo Gaona-. Tengo una idea, Alexa. Vamos que te explico.
Moresco los vio encaminarse hacia los campings, con pasos apurados. El culo de Gaona se movía bailarín, mientras que el de Alexa se desplazaba fijo, como si avanzara por una vía férrea.
 
 
Las charlas siguieron a cargo de las organizaciones sociales. Cada vez que podían, Romero y Lavagna levantaban la mano para acotar algo un poco más deprimente de lo que ya se iba diciendo. En una oportunidad, por ejemplo, dijo Lavagna:
-Militar es honrar la vida para una bella muerte…
Moresco aprovechó para preguntarle a Rex por la mujer que estaba con Gaona.
-Es un cuadro importante –limitó como respuesta.
-Estaba diciendo que el campamento era un fracaso.
-Mirá, pichicho, de aquí vamos a sacar mucho laburo. Eso es lo único cierto. Yo ya te dije hace rato: estas momias solo quieren el status quo. Nuestras filas se van a dispersar una temporada. Vamos a tener que reclutarlos de vuelta. Pero ya tenemos un plan, vos quedate tranquilo.
-¿Y por qué se les da espacio sin son así? –preguntó Moresco.
-Son necesarios –dijo Rex-. Mirá, pichicho, la cosa es jodida. Si no hay un chivo expiatorio, si no tenemos un pyrague para delatar, nos comemos entre nosotros, ¿entendés? El enemigo cerca nos mantiene unidos.
Romero subió de un salto al escenario. Le robó el micrófono a una conferenciante y dijo impertérrito:
-Compañeros, es posible que nunca lleguemos a nada, pero lo importante es persistir.
 
 
En la noche, los rostros abrumados de los conferenciantes se vaporizaban al calor de los reflectores. La mitad de los estudiantes se había quedado dormida, algunos se arrinconaron en la periferia para fumar, otros se metieron a sus carpas y algunos pocos paseaban por el bosquecito, sin ton ni son.
-Qué porquería –dijo Rex.
Moresco estaba nuevamente muerto de hambre. Hacía por lo menos tres horas que no entendía nada de lo que se hablaba. Palabras como imposibilidad, dignidad, lucha sin cuartel, derrota inevitable, y cosas por el estilo le bailaban entre los pocos pensamientos que conseguía articular.
Entonces le tocó el turno a los músicos. Cargando sus guitarras como féretros se acomodaron en el escenario. La voz de una jovencita prorrumpió en la desazón generalizada, entonando una letanía folclórica. Panderetas tímidas asomaban en las pausas y un tambor peruano permaneció en silencio bajo el peso muerto de su intérprete, descaradamente dormido.
Moresco miró a su alrededor. No había nadie. Para colmo, estaba bajo la luz de un reflector, por lo que le dio pavor la idea de levantarse y dejar sin público a los músicos. Oportunamente, alguien apagó el reflector. En ese momento, le hablaron al oído:
-Seguime.
Era la voz de Rex. Moresco se levantó y caminó tras él, dejando a la cantante completamente sola, pues también los músicos la habían abandonado.
 
 
La noche se espesaba entre los árboles. La luna se dejaba ver cada tanto entre las hojas. La cantante se calló de golpe, sin acabar la canción. Luego de unos segundos de silencio, Moresco escuchó murmullos procedentes del medio del bosquecito. Rex detuvo la caminata y lo miró:
-Compañerito, vas a conocer uno de los más grandes recursos de la militancia. Aunque prestado de la derecha, lo hemos resemantizado.
Llegaron a un descampado, donde se amontonaban los estudiantes que habían huido del concierto. Parecían querer conformar una ronda, pero como se empujaban entre sí quedaban en desorden.
-¡A las filas, compañeros! –gritó alguien.
Moresco reconoció la voz de Gaona. Miró interrogativo a Rex, cuyo rostro alumbró la llama con que se encendió un cigarrillo.
-¡Por la unidad! –dijo Rex con el pucho en la boca-. Aunque la derrota sea inevitable, por más que los genes de la dictadura están en todos los paraguayos, ¡acá tenemos el chupetín socialista!
Y al decir esto, Rex abrazó de nuevo el flaco cuerpo de Moresco hasta dejarlo sin aire. Después le puso un brazo sobre el hombro, y con la enorme mano izquierda extendida como mascarón de proa, fue abriéndose paso entre el montón de gente.
En medio del círculo de estudiantes atolondrados, estaba Alexa arrodillada, con las tetas al aire y las manos y la boca llena de pijas. A su lado, también arrodillado, Gaona metía manos y lengua en los orificios de las chicas que lo atropellaban con la vulva abierta, frotándolas contra él como si les picara. Moresco se sintió automáticamente estropeado. El espectáculo le pareció monstruoso, incomprensible, delirante. No tenía, sin embargo, fuerzas para salir corriendo. Para colmo, lo habían empujado a primera fila, y Rex le estaba frotando la pija contra la pierna. Del susto, dio media vuelta, pero Alexa le tomó el cinturón y se lo desprendió: sus pantalones cayeron exangües.
Alguien peroraba efusivamente con un megáfono:
-A no olvidar, compañeros –decía-, que en la unión está la fuerza. Unamos nuestra plusvalía contra la tiranía. ¡Abajo las momias! ¡Con tu quiero y con mi puedo! ¡A la mierda los oligarcas! ¡Good bye, los tembelos!
Los estudiantes aplaudían, vitoreaban y jadeaban extasiados.
Moresco sentía las succiones de Alexa como una comprobación más del fracaso general del campamento. En esas condiciones, una erección le pareció una utopía más. Sin embargo, a su pesar, rodeado de pijas enhiestas y jóvenes, azuladas contra la noche, y de compañeras que gemían y desplegaban arrebatadas sus labios vaginales, su cuerpo fue invadido por la corriente eléctrica de la lucha sin cuartel, y comprendió que no podría sustraerse. Era el momento de entregarse al llamado de la historia, de dejar de ser un parásito, un lumpenproletariat. Su pene se irguió entonces, potente como una bayoneta, y lo incrustó, con golpes furiosos, en los fondos oscuros de la garganta solidaria del movimiento estudiantil.
 
 
(2013)

 

Teléfono
 
 
Ayer llamé a casa de mamá, luego de algunos meses, y conversamos de todo un poco, entre otras cosas de la muerte, que invariablemente es un tema entretenido para los dos, y sin que me lo esperara esta conversación terminó por dejarme un poco incómodo, hasta triste incluso, porque de 6 ó 7 veces que hablamos por teléfono este año mamá y yo, el promedio de muertos cercanos por llamada nunca superaba a dos, y a veces incluso los muertos eran solo parientes de vecinos, o vagos chismes oídos en el barrio, y los suicidios, siempre sorprendentes, tenían una justificación que por lo menos nos llevaba a meditar y decir, Qué espantosa vida, ¿no?, qué cagada que le tocó y vivir a ese o esa, pero la llamada de ayer me dejó triste, esta es la palabra, incluso con miedo, porque la parte de los muertos fue casi toda la llamada, limitándose los saludos de rigor solo a dos o tres frases, a saber, primero con mi padre que atendió el teléfono, ¿Cómo estás, hijo?, Bien, pa, ¿y vos? Bien, tranqui, ¿Y los negocios?, Y ahí andan, en realidad no andan, me dijo, ¿Cómo que no andan?, le dije, ¿Supiste de la nueva ley presidencial?, me dijo, y antes de explicar qué es la nueva ley presidencial, diré que mi padre es jubilado hace 10 años, pero no se contentó para nada con la jubilación, porque el dinero de la jubilación no le alcanza para un carajo, pues es una jubilación paraguaya, una jubilación de mierda, por no alcanzarle para nada la pensión de jubilación, mi padre, se dedicó desde los primeros días a armarse distintos tipos de negocios, entre ellos el de técnico de reparación de celulares, solo por un tiempo, muy breve por cierto, rápidamente los celulares se fueron poniendo demasiado tecnológicos para él, pues mi padre se formó en los 60 en electrónica, época florida de aparatos gigantescos y ahora inútiles, circuitos cerrados y demás, que la ciencia ficción de Sturgeon y Asimov, salvo ribetes metafísicos y algún que otro asomo a una robótica hipercomplicada, llevaron al paroxismo y que nosotros, siervos de las nuevas tecnologías, olvidamos íntegramente, o por lo menos vamos en camino de olvidar completamente, cambiando a una tecnología de bits, casi abstracta, más simple a primera vista, pero infinitamente compleja para alguien que como mi padre se formó reparando televisores con transistores y demás, imposible de seguir para mi padre esta nueva tecnología, aunque mi hermano, estudiante de ingeniería en electrónica, le intenta explicar una y otra vez, infructuosamente, pues mi padre ni siquiera es capaz de escribir un e-mail, por ejemplo, simplemente lo dicta a mi hermano, o llama por teléfono, o espera que yo llame, o no espera nada y sigue con sus negocios de emergencia, que son raros y únicos, poco funcionales como la vieja tecnología que estudió, y justamente el último negocio de mi padre fue el afectado por la nueva ley presidencial, una ley justísima a mi parecer, una ley poco oportuna para mi padre, que como recurso loco había empezado a intentar vender terrenos de reservas ecológicas, se había metido al mercado de los bienes raíces de reservas ecológicas que políticos y militares habían modificado falsamente en los papeles haciéndose pasar por dueños legítimos, un papeleo mentiroso que sin embargo servía y aún sirve para que partes de estas reservas sean usadas como terrenos de cultivo, o pastoreo, o lo que sea, en fin, es conocida la historia, estas reservas ecológicas de miles de hectáreas habían sido partidas en pedazos por sus dueños ilegales, y mi padre se había puesto a la tarea de venderlos a inversores extranjeros, puesto que el usufructo por parte de políticos y militares se había complicado bastante por culpa de la prensa, entonces habían decido vendérselas a gente que quisiera ir a cultivar soja a Paraguay, o criar ganado por millares, los clientes proyectados eran estadounidenses, alemanes y brasileños, con un par de coimas y papeleos estos inversores tienen la posibilidad de duplicar, triplicar, cuadruplicar sus riquezas, en fin, es una historia recurrente, folclórica, un negocio de moda últimamente y mi padre había llegado a la conclusión de que ser corredor de bienes raíces de reservas ecológicas robadas era buen negocio, un negocio fácil, ya me había hablado en conversaciones telefónicas anteriores de este negocio, pero no había fructificado, por lo visto, para felicidad mía y dentro de todo para menos complicación de mi padre, todo se había truncado porque la nueva ley presidencial prohíbe la venta de tierra a extranjeros hasta que se complete la reforma agraria, que dicho sea de paso puede tomar décadas, o no realizarse nunca, y esto truncó el negocio de mi padre, que no pasó de especulaciones, por cierto, pretensiones suyas de aprovechar parientes en el extranjero para hacerlos corredores inmobiliarios, yo en Argentina, Alberto en algún país europeo o africano, Tía Gloria en España, otros parientes en los Estados Unidos y Francia, pues mis familiares, como toda familia paraguaya, están esparcidos por todas partes, loca, demencialmente repartidos por todas partes, y todos mis familiares, como yo mismo, están loca, demencialmente necesitados de dinero, mi padre quería aprovecharlo usándonos como corredores inmobiliarios y conseguir así posibles inversionistas que nos crucemos por ahí, y sí, es una idea loca, demencial, por suerte no prosperó, no dejó de ser pura charla, de todas maneras era un negocio estúpido, egoísta, y yo no pretendía ayudarlo para nada, aunque a mí, en Argentina, era al que menos ayuda iba a pedirle porque aquí, también como en Paraguay, están repartiendo todo para todas partes, así que no iba a pedírmelo, solo me lo comentó, Y pusieron esa ley y ahora no se puede vender nada, me dijo, y yo le dije que estaba bien, que era un negocio estúpido, un negocio egoísta, Andá, pa, hacé una olla popular en la esquina de casa, ahí te va a ir mejor, vas a ser más útil, quise decirle, pero no le dije mucho, solo que el próximo negocio iría mejor, siempre y cuando no sea vender el País, le dije, y me pasó con mi madre, pobre viejo, pensé entonces, pienso ahora, y mi madre también, pobre vieja, qué vida jodida, pero también, cada tanto, pienso, qué vida feliz, me atendió mi madre y me saludó feliz, Hijo querido, ¿cómo estás?, dijo, y yo todo compungido dije Bien, menos mal que a papá se le olvidó el negocio, dije, y ella dijo que eso estaba mejor, y luego intercambiamos más palabras de rigor, pocas y breves, y empezamos con el recuento de muertos, eje de nuestras conversaciones, rutina oscura y salvadora, pues hablar de muertos nos recuerda que estamos vivos y francamente nos deja de buen humor, hablar de muertos, no sé por qué nos gusta tanto, aunque también nos entristece, ¿a quién no le gusta y a la vez le entristece la muerte?, en todo caso a mi madre y a mí nos gusta y entristece y después nos pone de buen humor hablar de muertos, como ayer a las 5 de la tarde, hora en que empezamos a hablar de muertos, Lo demás era muerte y sólo muerte a las cinco de la tarde, dice un poema de García Lorca, y tal cual fue nuestra conversación de ayer a las 5 de la tarde, en ese momento no recordé el poema como lo recuerdo ahora, pero los dos sabíamos que a partir de esa hora, las 5 de la tarde, y en la hora siguiente de extenderse la conversación, hablaríamos de muertos, haríamos hipótesis, como es costumbre, y luego colgaríamos el teléfono con mejor humor, pues es nuestra rutina, nombrar un par de muertos, ponernos de buen humor y colgar el teléfono, pero no resultó así esta vez, ambos, tanto mi madre como yo, nos despedimos tristes, asustados, luego de hablar de los muertos recientemente, y todavía hoy que escribo esto me pongo triste al recordarlo, al recordar a los muertos, nombrados así a la ligera por mi madre y yo, envenenándonos sin darnos cuenta, y la verdad es que solo me empecé a envenenar yo pues mi madre ya estaba envenenada de antes de la conversación conmigo con esas noticias, pues ya las sabía y las había pensado y sentido antes de contarme a mí sobre ellas, y también sabía que me las iba a contar, así a la ligera, y eso que quizá la envenenaba un poco más, habrá paladeado la muerte imaginando como iba a ir soltándome cada cadáver, por lo tanto creo que también sabía que iba a envenenarme a mí con cada muerto, gota a gota, como se dice, a medida que fuera nombrando los muertos y las circunstancias de sus muertes iría haciéndome daño a mí, aunque a decir verdad de las estas circunstancias de las muertes no sabía mucho, pues por suerte ninguna ocurrió cerca de ella, aunque sí ocurrieron en el seno de nuestra familia, familia no tan cercana por suerte, pues los cercanos somos los que estamos más lejos, al otro lado del mundo inclusive, otros no tanto, solo un par de miles de kilómetros, como yo, eran, después de todo, familia cercana en segunda o tercera generación, pero muertos familiares a fin de cuentas eran todos, al menos tenían foto o almuerzo en la casa de mamá, o habían pasado alguna vez por su casa por vaya cuestión peregrina e incluso yo los había visto, más precisamente los mirado y observado, a cada uno, seguramente hasta les había hablado a todos, y ellos a su vez me hablaron, como suele suceder, aunque ahora solo recuerdo haber conversado largo con uno de ellos, pero también sé que a los otros dos les hablé al menos una vez, o les dije solo hola, en fin, al menos Hola, cómo va, y hasta quizá les haya dado un beso que eso se hace con frecuencia, y ahora estaban muertos, contados así para deleite de mi madre y yo, los cuatro muertos, pues esta vez no eran dos o solo uno, como de costumbre en nuestras conversaciones, sino cuatro los muertos, cada uno trágico, doloroso, que dejaron adolorida a mi madre y que me provocaron dolor a mí, un dolor que todavía ahora lo estoy sintiendo, dolor y miedo, tristeza, qué banal y estúpida es la muerte, pienso ahora, y también mi madre y yo al hablar de estas cosas, qué banales y estúpidos somos, pero ya no puedo dejar de preguntarle, tan estúpida y banalmente, como le pregunté ayer a las 5 de la tarde, ¿Qué hay por ahí, ma, murió alguien?, y por supuesto yo esperaba el sí, pero no ese sí que me dio mi madre, un sí lúgubre, atragantado, un sí que desembocó luego en la frase larga, ininterrumpida, de los cuatro nombres, a saber, Estela, Amancio, Sami y El militar marido de Cari, este último carente de nombre porque ni mi madre ni yo lo supimos nunca, pero que sí conocíamos de haberlo visto más de una vez, y ya que empecé a identificar al marido de Cari, identificarlo sin nombre, contaré primero la muerte de éste, tal como me la contó mi madre, sin retórica, Se ahorcó de mañana antes de ir a trabajar, Cari salió de la habitación de los dos para ir al baño y lo encontró colgado de una de las vigas de la sala de su casa, me dijo mi madre, Cari lo encontró colgado con unos cables, imagino que habrán sido cables muy resistentes porque era un tipo grande, esto fue como a las 7 de la mañana, luego de encontrar a su marido colgado, Cari fue corriendo a llamar a los vecinos para que lo descolgaran y los vecinos vinieron y lo descolgaron, y luego fueron al entierro, al otro día, los que descolgaron al militar, de 26 años, el día anterior, frente a Cari que miraba el cadáver desde la entrada de la sala, sin saber qué decir pero queriendo explicar alguna cosa, y todavía no tiene nada para explicar, al menos no oficialmente, pues el marido militar que se colgó no dejó una carta, un fax, un E-mail ni un video grabado, nada, ni siquiera una conversación con un mejor amigo para explicarse, simplemente se colgó esa mañana, vaya a saber por qué, aunque por supuesto la familia entera dice que tenía problemas con la esposa, viuda ahora, problemas de cuernos y demás, pero eso qué importa, no sirve de explicación, en todo caso la esposa no puede ir por ahí diciendo yo le ponía los cuernos y por eso se mató, no quedaría bien, pero mi madre y yo, por supuesto, dijimos que seguro se mató por eso, Hay mucha gente que no soporta eso de los cuernos, ma, dije yo, Y no, dijo mi madre, y después me dijo que ella sabía que yo soporté muchos cuernos y yo le cambié de tema, y en vez de hablarle de los cuernos que soporté, que ahora me doy cuenta de que hubiera sido mejor, le pregunté quién más murió, así, a bocajarro como dicen los novelistas españoles del XIX, banalmente le pregunté quién más murió, y ella, mi madre, me dijo, también a bocajarro, Murió también tu tía Estela, de un infarto, la semana pasada, en su casa, en su cama, ella estaba muy enferma, dijo mi madre, y yo no pregunté más porque Estela era prima suya y amiga de infancia, según creo, pues las oí hablar por teléfono muchas veces, aunque esto último, lo de haberlas escuchado hablar varias veces puede ser un error, pues hay muchas Estelas en mi familia, está Estela la alcohólica, Estela la eterna prima con la hija doctora, Estela la narigona, Estelita, no sé cual Estela será y no quise preguntar más porque mi madre me dijo Estela con voz todavía más apesadumbrada que cuando me nombró el muerto anterior, y entonces yo solo le dije, Mamá, ¿estás bien?, y ella dijo Sí, es muy triste nomás, era mi amiga, Ah, siento lo que pasó, dije, y después le hablé de otra cosa, de mi vida acá, creo que le dije algo como que iría al teatro esa noche, como de hecho fui, o tal vez le dije que había ido al cine la noche anterior, como de hecho fui, o alguna cosa por el estilo para cambiar de tema, y ella me dijo luego, sin prestarme mucha atención, También se murió Sami, ¿Sami?, pregunté yo, ¿Quién Sami?, ¡Sami!, dijo mamá, y ahí me quedé helado, pues Sami era un chico hermoso, muy joven, de poco más de 20, castaño, grandes ojos verdes, siempre sonriente, fuerte, amable, ¿Y cómo murió?, le dije a mi madre, profundamente apenado, Yo sé que le querías mucho, me dijo, y sí, era así, qué muerte injusta, todavía hoy veo a Sami sonriendo, preparando mate, hablando de chicas, haciendo chistes, amable, adorable, ¿Y cómo murió Sami, ma?, pregunté, De un accidente de moto, dijo, y yo no quise saber más, esta vez fue ella quien me preguntó, ¿Y vos estás bien?, y yo por supuesto le dije que más o menos, Estoy impactado, ma, dije, ¿cómo esperás que esté?, Y hay más, dijo mi madre, y ahí, no sé por qué, por ese espíritu autoflagelador que tenemos, quise escuchar más, aunque sabía que ya sería demasiado, pues a fin de cuentas tres muertes es suficiente, es más de lo que uno puede pedir en una llamada telefónica rutinaria, para qué más, sin embargo en el momento que mi madre me dijo hay más, yo quise escuchar más, una muerte más, pues dada la conversación que estábamos llevando no podía tratarse de otra cosa que una muerte más, tal vez una muerte todavía más dolorosa, o una muerte indiferente, en todo caso otra muerte más, y otra muerte más sería el corolario de la conversación que estábamos llevando, una conversación lúgubre como pocas, esta muerte más sería un corolario espantoso, el golpe del knockout pero dado ya al rival derribado, el re-knockout, pues yo ya estaba derribado, sangrando, sin muchas ganas de levantarme y seguir bailando el ring, después de todo tres muertes es suficiente para una llamada rutinaria, Tres muertes ya está bien para una llamada rutinaria, ma, le dije a mi madre, qué otra cosa le iba a decir, pero en vez de dejar que ella permaneciera callada y proponer otro tema, le dije, ¿Y qué más hay, ma?, Se murió también tu tío Amancio, dijo mi madre, ¿Amancio?, Un tío tuyo, no sé si te acordás de él, ¿Y cómo murió?, pregunté, aunque saber que se murió además de las tres anteriores personas un tío mío ya era suficiente, de hecho no podía pedir más, le pregunté cómo había ocurrido, quería detalles, después de todo, detalles, no puedo entender por qué, y peor aún mi madre quería decirme estos detalles, a pesar de haberme contado ya tres muertes ella quería darme estos detalles, y entonces yo callé un ratito y esperé que me cuente, y como a la pregunta de cómo ocurrió no me respondió enseguida la apuré diciéndole otra vez, Ma, ¿cómo pasó?, Y se metió un tiro, me dijo mamá, se encerró en su pieza una mañana y se metió un tiro, ¿Así nomás?, le volví a preguntar, ¿Y qué le pasaba, era depresivo, tenía deudas, qué le pasaba?, pregunté, Y no sé, me dijo mamá, Era jubilado, tiene un hijo que es médico, un hijo ya grande, y su esposa está bien, tienen plata, no sé si tenía otra mujer, no sé qué le pasó, nunca se intentó matar antes, siempre fue un buen señor, no dejó carta ni nada, me dijo mamá, y yo no podía entender cómo un jubilado se metía un tiro sin tener deudas ni otra familia, sin historial depresivo ni nada, siendo un buen señor, cómo alguien así se podía matar así nomás, no lo podía entender, aunque por supuesto estas cosas nunca se entienden, pues la gente se mata todos los días, cada uno con su razón, siempre hay una razón, la que sea, una razón sin razón muchas veces, pero no hay suicidio gratuito, muchas veces ni siquiera el que se mata sabe por qué y por supuesto el porqué de que Amancio se meta un tiro mi madre no tenía por qué saberlo, a pesar de esto yo se lo pregunté igual, ¿Y por qué se mató?, y mi madre me dijo que no lo sabía, la familia no dice nada, Solo nos invitaron al entierro pero no pudimos ir porque era lejos, me dijo mi madre, y entonces yo la inquirí de vuelta pidiéndole detalles, ¿Cómo pasó, ma?, Y él estaba en su pieza hablando por teléfono, después colgó el teléfono y llaveó la puerta y se disparó en la cabeza con una pistola, así nomás pasó, me dijo mamá, ¿y qué más podía preguntarle yo a mi madre?, era una muerte que no tendría explicación para nosotros ahora, en esta conversación, de todas formas le dije que a lo mejor Amancio estaba hablando con otra mujer y después se mató, o con alguien que le robó, Y quién sabe, me dijo mamá, Tal vez estaba hablando con Dios, le dije entonces a mi madre, No digas pavadas, me dijo ella, Ma, ya no quiero hablar más por hoy, me cansé, le dije, Te extrañamos mucho por acá, dijo mi madre, y después nos dijimos pocas cosas más, cosas que no me acuerdo, entonces nos despedimos y colgué.
 
 
(2009)
 

 
 
 
 
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