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Mujeres que se atrevieron Isabel Gomez-Acebo * M? Jesus Mufioz M# Teresa Pandelet ¢ M? del Mar Grafia ¢ Maria de Pablo-Romero Victoria Howell * Diana de Vallescar ] Mocelic Mo Renawwec NN | Isabel Gomez—Acebo (Gd.) frecemos en este libro una serie de biografias femeninas, pequefas resefas de mujeres que tuvieron algo que hacer y decir en la historia de la Iglesia. Tenemos mujeres desde los primeros anos de la cristiandad hasta nuestros dias, vidas de mértires, de santas, de religiosas, de madres de familia... Personalidades conocidas y desconocidas. Buscabamos, si era posible, descubrir un denominador comtn en sus dispares biografias y lo encontramos. El titulo de la obra lo refleja: intentaron cambiar la vida de las mujeres. Desde los primeros siglos las hemos visto luchando, codo con codo, junto a los varones por implantar el cristianismo, sufriendo el martirio por defender su fe o retirandose a la vida del desierto; luchando por trabajar en la calle para aliviar la situacidén de los mas desfavorecidos de la sociedad; creando escuelas y colegios que mejoraran el nivel educativo de las mujeres; elaborando pensamiento, liderando movimientos, aconsejando a Papas y prelados... Mujeres inteligentes y emprendedoras a las que nada se les ponia por delante. LT 9 °788433"013323) Tieasths Tie Views Mujeres que se atrevieron Isabel Gdmez-Acebo (Ed.) M®* Jestis Muitoz Mayor M* Teresa Pandelet Maria del Mar Granta Maria de Pablo-Romero Victoria Howell Diana Vallescar Desclée De Brouwer Disefio de portada: EGO Comunicacién. © EDITORIAL DESCLEE DE BROUWER, S.A. 1998 C/ Henao, 6 48009 BILBAO. www.desclee.com Printed in Spain ISBN: 84-330-1332-7 Depésito Legal: BI-2095/98 Impresion: RGM, S.A. - Bilbao . Beguinas. Esas otras mujeres del medievo... INDICE Introducci6én 9 Isabel Gémiez-Acebo . Presencia testimonial de las mujeres en Ia Iglesia (S. I-V)..... 19 M'" Jestis Muitoz Mayor El diaconado femenino Las martires cristianas .. Las Madres del desierto Conclusiones ... . Aportacién de Clara al franciscanismo.. 77 M'" Teresa Pandelet Grijalvo Introduccion... 79 Clara ;Un apéndice del franciscanismo? 81 Clara “Alter Franciscus” .. Conclusién M® Jestis Muitoz Mayor Introduccion. El movimiento de las Beguinas 122 Beguinas misticas y escritoras 134 Conclusiones 150 . Apostolado femenino, clausura y santidad. La obra de Angelina de Montegiove (ca. 1357-1435) §.... Maria del Mar Gratia Cid Introduccion. Imagenes femeninas e identidad religiosa. Los claroscuros de una biografia Apostolado femenino desde el claustro .... De la clausura impuesta a la santidad negada {NDICE 5. Una mujer de vanguardia: Maria Ward ... - 201 Maria de Pablo-Remera Los signos de los tiempos .. se 203 York, contexto histérico .... . 205 Los Paises Bajos. Buisqueda de un camino ‘ . 210 Londres: una luz se enciende ... Una nueva forma de mujer consagrada . 211 Defensa de la mujer . 214 Educacién de la mujer 216 El carisma y misién de la fundadora. . 217 Proyecto y oposicion en marcha.. 218 7 Introduccion . 224 Roma y Baviera: luz y tinieblas . El inevitable final .... Conclusi6én .. Isabel Gémez-Acebo 6. Hechos, no palabras: Cornelia Connelly, fundadora de la compania del Santo nifto Jestis (1809-1879) .. Victoria Howell Williams Los origenes de una vocaci6n.. Las “necesidades de la época” ... 7. Edith Stein, una vocacién intelectual (1891-1942)... Diana de Vallescar “Ser mujer y pensar es una tarea desafiante” .. “Necesitaba nuevos estimulos... me sentia impulsada a marchar’ .... “Habia llegado el momento decisivo... y le pedi un tema para la tesis doctoral”... . 275 Isabel Gémez-Acebo es licenciada en Ciencias Politicas por la Universidad Com- plutense y en Teologia por la Universidad de Comillas, donde actualmente imparte cursos de teologia. Casada y madre de 6 hijos, ha escrito Dios también es madre, San Pablo, Madrid 1994 y ha colaborado en 10 mujeres escriben teologia, Verbo Divino, Estella 1993 y en Para comprender el cuerpo de la mujer, Verbo Divino, Estella 1996, ademas de publicar numerosos articulos en revistas. Es miembro fundador de la Asociacién de ‘Tedlogas Espaftolas. Dirige y participa en la coleccién En Clave de Mujer en la que se inserta este libro. INTRODUCCION Isabel Gomez-Acebo OFRECEMOS EN ESTE LIBRO UNA SERIE DE BIOGRAFIAS FEMENINAS, peque- fas resefias de mujeres que tuvieron algo que hacer y decir en la historia de la Iglesia. Las escogimos al azar sin saber de antemano los perfiles que iban a dibujar sus diferentes vidas tratando sim- plemente de ampliar el elenco en el tiempo y en la composici6n social. Por ello, tenemos mujeres desde los primeros aiios de la cris- tiandad hasta nuestros dfas, vidas de martires, de santas, de reli- giosas, de madres de familia... Personalidades conocidas y desco- nocidas. Buscébamos, si era posible, descubrir un denominador comtin en sus dispares biografias y lo encontramos. El titulo de la obra lo refleja: intentaron cambiar la vida de las mujeres. Desde los prime- ros siglos las vemos luchando, codo con codo, junto a los varones por implantar el cristianismo, sufriendo el martirio por defender su fe o retirandose a la vida del desierto; luchando por trabajar en la calle para aliviar la situacién de los mas desfavorecidos de la socie- dad; creando escuelas y colegios que mejoraran el nivel educativo 11 12 INTRODUCCION de las mujeres; elaborando pensamiento, liderando movimiento, aconsejando a Papas y prelados... Mujeres inteligentes y empren- dedoras a las que nada se les ponfa por delante. Curiosamente en su andadura tropezaron con los varones que pre- tendfan marcar el rumbo de sus vidas. La exégesis del Génesis exigfa, por su naturaleza, su subordinacién al varén, un varén que habia decidido que el tinico lugar donde podian vivir las mujeres, cualquiera que fuese su clase social, era el circulo del hogar o del convento, La vida publica era un coto masculino que les estaba vedado. Sufrieron por defender sus ideas, cerraron sus centros, les prohi- bieron ensefiar, les negaron vivir en pobreza absoluta, las declara- ron herejes y, una vez muertas, sus bidgrafos alteraron sus vidas para hacerlas encajar dentro de Jas normas que aceptaba la socie- dad. No les dejaban la posibilidad, como a la Maria del evangelio, de escoger la mejor parte, pues eran otros los que escogian por ellas. Pioneras de la emancipacién femenina, este libro es un homenaje a su memoria y un ejemplo para las mujeres de nuestro tiempo que han avanzado mucho por la senda que ellas marcaron, pero que todavia se encuentran con las cortapisas de numerosos varones, eclesidsticos y civiles, que pretenden dirigir sus vidas Maria Jestis Muftoz Mayor nos introduce en el apasionante mundo de los primeros siglos de nuestro credo. Ese tiempo en que las mujeres acompajiaron a Jestis y que muerto éste trabajaron con sus compaiieros en plan de igualdad, una igualdad que queda plasma- da en el diaconado femenino que inaugura Febe. Un ministerio que no desaparece hasta el siglo XI_a pesar de las constantes prohibi- ciones y dificultades. A la hora de defender la fe, los verdugos del Imperio no hicieron distinciones de sexo o de edad y las mujeres sufrieron los mismos suplicios y vejaciones que los varones. Un martirio que es conse- cuencia de su manera de vivir y del que las Actas no recogen sus MUJERES QUE SE ATREVIERON nombres propios. Bebieron la hiel del martirio como sus antepasa- das comieron el pan de la multiplicaci6n y ambos hechos pasaron practicamente desapercibidos: “sin contar mujeres ni nifios”. Tan desconocido como el nombre de las mértires cristianas es la existencia de un monacato femenino. Los primeros cenobios de vida comunitaria agruparon a miles de monjes y monjas. Es curio- so que a las mujeres se les exigiera la dependencia de los varones, pues, incluso en el desierto, no se las consideraba capaces de regir sus vidas. Con todo, esas Madres del desierto se convirtieron en auténticas “Ammas” (madres espirituales) capaces de la mas pro- funda direcci6n espiritual tanto para mujeres como para varones. Damos un gran salto en el tiempo y de la mano de Mayte Pandelet nos introducimos en la vida de las mujeres del siglo XII que nos sirve de prélogo para las tres biografias siguientes. Es un momen- to de protagonismo y de independencia de las mujeres que el var6n contempla temeroso y que “exige” el rechazo a todo tipo de pro- moci6n femenina. Francisco de Asis y sus hermanos crearon un movimiento al que pronto se sumaron gentes de todas las clases sociales entre ellas Clara de Asis y su Orden de Hermanas Pobres. Una mujer que qued6 entre bastidores y a quien no se ha tenido en suficiente con- sideracién como elemento vital en la dinamizacién del movimien- to franciscano. Entre otras cosas, obligé a un Francisco perplejo a reelaborar su proyecto para que pudiera dar entrada a la mujer pues ni trabajos ni pobrezas ni afrentas ni desprecios habfan hecho desistir a éstas en su deseo de seguirle. Mujer optimista, tiene mucha confianza en las personas y gran res- peto por su libertad lo que propicia un tipo de obediencia y de clausura que prima el desarrollo de la personalidad. Pero su forma de entender la vida consagrada femenina se encontré con fuertes presiones. Tuvo que defender, incluso ante el Papa, el privilegio de la pobreza y su relacion de fraternidad con los hermanos Menores. 13 14 INTRODUCCION Muerta ella, sus sucesoras tienen que aceptar el derecho a tener propiedades ;Cémo iban las mujeres a abandonar la clausura y pedir limosna por carecer de bienes para su supervivencia? De nuevo le concedemos la pluma a Maria Jestis Muiéz Mayor para que nos introduzca en la vida de las mujeres medievales y especialmente de las conocidas con el nombre de Beguinas. Los siglos XII y XII son un momento de gran actividad intelectual para la mujer, una auténtica “edad de oro” que llega hasta la creacién de las universidades y la prohibicién de su acceso a ellas, una prohi- bicién que frustré un desarrollo femenino que podria haber dado muchos frutos. Nuestras protagonistas son un grupo de unas 80.000 mujeres que fueron en su mayor parte tachadas de herejes, no por cuestiones doctrinales, sino por politica eclesidstica. Las podemos identificar como el primer movimiento feminista de la historia europea con una especifica influencia en la piedad y la mistica. Son mujeres que eligen vivir una vida religiosa a través de la vida comtin de cada dia poniendo el acento en las actividades caritativas, el ascetismo y Ja oracién. Se quisieron liberar por igual de la rigidez del claustro y de los matrimonios forzados. Aunque comenzaron viviendo en sus casas, poco a poco, se reu- nieron para convivir en beguinatos donde sobrevivian de su traba- jo: escuelas para nifias pobres; centros donde tejer el lino; costura; bordado... Podian abandonar a su antojo el compromiso adquirido y, a partir de un tiempo determinado, vivir solas. Algunos grupos exaltados se enfrentaron abiertamente con la Iglesia y fueron “todas” condenadas por la Inquisicién. No encajaban en la tipica clasificaci6n de monjas, madres 0 esposas y su auténtico cambio de patrones modelo no fue comprendido {Se adelantaron a su tiempo? De las Beguinas pasamos a una beata italiana poco conocida, Angelina de Montegiove, promotora de un nuevo tipo de vida reli- giosa. Marfa del Mar Grajia es la encargada de reanimar su imagen MUJERES QUE SE ATREVIERON en este libro, una imagen que su principal biégrafo habia manipu- lado para hacerla entrar en los esquemas més rancios del monaca- to tradicional. Sin embargo, Angelina quiso dar forma y cobertura a ese movi- miento religioso femenino que pretendfa combinar oracién con apostolado y vida activa, libertad de votos, obediencias y muros, y que era capaz de compaginar las tareas sociales con el ejercicio de Ja palabra publica, esto es, rehacer Io intentado por Clara, que habia sido ahogado por las presiones externas. Sus “conventos” y sus “profesas” no son ni lo uno ni lo otro y prue- ba irrefutable de ello es que se gobiernan por la regla de Nicolas IV, pensada en exclusiva para laicos que habian de permanecer en el mundo y que contaban con amplios margenes de autonomia de vida. Se trataba de una forma de convivencia semiclaustral donde las moradoras Ilevaban habito con velo blanco, como distintivo de no profesar votos, y donde se intentaba realizar una sintesis de vida activa\contemplativa. Era un proyecto demasiado osado por Jo que, a su muerte, su obra fue desmontada y su figura olvidada. Un olvido que ahora intentamos restafiar. Saltamos a los comienzos del siglo XVII para recuperar, de la mano de Maria Pablo Romero, la figura de Maria Ward, que tuvo la osa- dia de defender los derechos de la mujer en una sociedad que no la entendio y en una Iglesia que la condené. Gracias a ella se abrieron muchas puertas del mundo social y eclesial a nuestro género, pero a costa de enormes sufrimientos para su persona, de un auténtico martirio incruento. Actuar en plano apostdlico, siendo mujer, era algo insospechado, pero Maria recorre barrios pobres, carceles y tugurios para reme- diar necesidades. Pronto se le suman un grupo de mujeres para ini- ciar una nueva vida religiosa apostolica en la Iglesia. El suefio de siempre: una actividad desarrollada fuera de la clausura y similar a la masculina de su tiempo con un gobierno dependiente de la 15 16 INTRODUCCION superiora general. La idea tampoco cuadraba en los patrones esta- blecidos con lo que también olia a heterodoxia y desafio. El éxito de sus colegios empezé a levantar ansiedad entre sus ene- migos que nunca creyeron en la obra. La campafia en contra empe- z6 con el cierre del colegio de Roma, seguido por el propio Instituto y sus casas en 1629. Se cerraron todos los colegios y se mandé a sus hogares a las 300 religiosas que la seguian. Maria fue encarcelada y declarada “hereje, cismatica y rebelde a la Iglesia”. La historia, una vez més, se repite. Y Hegamos al siglo XIX con la agitada vida de Cornelia Connelly que nos describe Victoria Howell. Una joven norteamericana bau- tizada en la Iglesia Episcopal y casada con un sacerdote del mismo credo en unos momentos de recrudecimiento anti-catélico en los Estados Unidos. Las acusaciones extravagantes contra nuestra Iglesia impulsaron al joven matrimonio al estudio en profundidad de los dogmas y costumbres catélicos lo que llevé al marido a la determinacién de convertirse al catolicismo. Cornelia no dudé en apoyar su decisién aun a sabiendas de que se ponia en juego su bie- nestar econémico y el de sus hijos. El problema se agudiz6 cuando el pastor evangelista quiso ser ordenado sacerdote catélico, pues Cornelia comprendié que eso suponia la separacién familiar. Ella tuvo que hacer voto de castidad perpetua para liberarle a él de su atadura matrimonial y se trasla- daron ambos a Inglaterra donde ella fundé la Compaiiia del Nifio Jestis para la educacién de las j6venes y 61 fue nombrado capellén en una parroquia con prohibicién del obispo de visitar a su antigua esposa. Los problemas siguieron creciendo, pues Pierce tuvo celos de la vida de Cornelia y decidié quitarle los hijos y llevarlos al continen- te con la intencién de que ella abandonara sus proyectos por recu- perar a los nifios. Al no conseguir sus propésitos, acabé6 poniendo una demanda ante los tribunales ingleses para la restituci6n de sus MUJERES QUE SE ATREVIERON derechos conyugales, un gran escandalo para el mundo catélico en Inglaterra. Las razones de la mujer acabaron prevaleciendo, pero perdis la custodia de los hijos que vivieron con el padre reconver- tido en pastor anglicano. Cornelia, aunque sufrid lo indecible como madre y esposa, nunca perdié su alegria de vivir y de sus colegios se han beneficiado dece- nas de miles de personas en todos los continentes. Un auténtico ejemplo para las mujeres modernas. Nuestra tltima protagonista es una mujer de este siglo. Con Diana Vallescar entramos en su vida, la vida de Edith Stein, doctora en Filosofia, primera mujer asistente en una universidad alemana y discfpula e intérprete de Husserl, uno de los filésofos de mayor talla de nuestro tiempo. Cuando se desencadena la I Guerra Mundial, abandona los estudios y se hace enfermera en un hospital de eva- cuacién del frente de los Carpatos. El contacto con el sufrimiento y la muerte, la recuperacién y el agradecimiento de los enfermos despertaron en ella una nueva sensibilidad y el inicio de una serie de transformaciones. Pero, aunque el mundo universitario la acept6, sdlo lo hizo a medias, pues era mujer. Su maestro apoyaba a Heidegger y a Ingarden para que despuntaran en su carrera cientifica algo que las mujeres no necesitaban. Esa constatacién la lleva a dimitir de su cargo de asistente, ya que percibe que el maestro la utiliza para sus proyectos personales y que no cuenta con ella para trabajos filos6- ficos cualificados. A partir de aquel momento luché para conseguir una catedra universitaria y logré un decreto para la habilitacién de las mujeres que ella nunca alcanz6. Su triple condicién de mujer, judia y filésofa fueron claves determinantes para negarle el acceso. El gran cambio en su vida, lo da con la lectura de la Vida de Santa Teresa de Jestis, que la lleva a convertirse al catolicismo. Curio- samente, eso le abrié puertas en su vida profesional, pues recibié ofertas para ensefiar en centros y universidades catélicas, aunque 17 18 INTRODUCCION con el precio de tener que hacer la sintesis obligada de su fenome- nologia con el pensamiento de Santo Tomés. Diez afios dura su nueva vida educativa, pues cuando Hitler llega al poder pide a los profesores no-arios que abandonen espontaéneamente la ensefianza. Edith puede dedicar su tiempo a la investigacién. Una investiga- cién que dura poco, ya que decide entrar en el Carmelo. Las tropas alemanas la deportan y se cree que muere en Auschwitz en 1942. Hoy hay muchas mujeres catedraticas gracias a la labor que ella y otras como ella iniciaron. Presencia testimonial de las mujeres en la Iglesia 6. I-V) Maria Jestis Mufioz Mayor Maria Jestis Muftoz Mayor. Licenciada en Filosofia y Letras (Historia) por la Univer- sidad de Valladolid. Titulada en Pedagogfa religiosa, por la Universidad Pontificia de Salamanca y Diplomada en Estudios Pastorales por la Universidad Ateneo de Manila (Filipinas). Ha dedicado a la ensefianza gran parte de su vida. Ha publicado Espiritualidad femenina en el siglo IV, Coleccisn Signo, Ed. Claretianas, Madrid 1994 y tiene en imprenta La mujer ev Ia Biblia, Coleccion Débora, Ed. Claretianas, Madrid 1994, asi como numerosos articulos en revistas especializadas. PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) Maria Jestis Mufioz Mayor ME PARECE OPORTUNO ABORDAR ESTE TEMA comenzando por recordar de manera sucinta los antecedentes del ministerio Ilevado a cabo por algunas mujeres neotestamentarias, a fin de tener una perspec- tiva mds amplia y poder interrogarnos sobre las implicaciones teo- légicas que ha tenido (y sigue teniendo) para la mujer cristiana el hecho de que, a lo largo de casi veinte siglos, se haya minimizado su modo de ser y estar en la Iglesia. La tradicién evangélica ha conservado el testimonio de las mujeres presentes al pie de la cruz, en los momentos de mayor desolacién de Jestis. También nos las muestra presentes en su entierro y como ellas fueron testigos de su Resurreccién. Maria Magdalena, Maria, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé eran algunas de estas mujeres que le seguian y le servian cuando estaba en Galilea (Mt. 27, 55-56; Mc. 15,40-41). Los verbos 21 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) “seguir” y “servir” estén estrechamente relacionados. En este con- texto de seguimiento, “servir” supone bastante mds que prestar una ayuda material o dedicacién a servicios caseros. Ante todo es un servicio que habla de disponibilidad en el dar y agradecimien- to en el recibir, un servicio en reciprocidad al amor ofrecido por Jestis. Se trata de una diaconia que debemos entender como autén- tico ministerio, desde el momento en que esta estrechamente vin- culada al discipulado de las mujeres en torno a Jestis. Si leemos con atencién Mc. 1,40-20 y 15, 40-41, veremos que ambos textos estén conectados con la llamada de los primeros discipulos: tras el arres- to de Juan Bautista, Jestis marcha a Galilea y alli, junto al mar de Galilea, ve y Mama a los primeros discipulos (Pedro, Andrés, Santiago y Juan), que le siguen; del mismo modo le seguian desde Gatilea Maria Magdalena y otras mujeres, ahadiendo ademas el) de- talle importante de que éstas le siguieron hasta Jerusalén. Notemos que, en Marcos, la expresi6n “subir a Jerusalén” esta conectada con la Pasion (Mc. 10, 32-33.52 y 11, 1ss.). Por tanto, esta itinerancia al lado del Maestro supone el discipulado (Lc. 14,26 y 18, 28-30) y demanda identificarse con su misién hasta el preciso momento de Ja Hora (Jn. 12, 27-28). El discipulado y diaconado de Magdalena (y de otras mujeres) queda claro a la luz de estos textos pero, mas atin, ella figura como primer testigo del Resucitado, convirtiéndose asi en el principal eslab6n entre Jestis Resucitado y Ja comunidad cristiana (Mc. 16,1- 11; Mt. 28, 1-11; Le. 24,1-11; Jn. 20,1-2.11-18). E] hecho de que la experiencia de estas mujeres no sea nombrada en I Co. 15,5-8, el texto kerigmatico mas antiguo, no significa que Pablo desestime u olvide la evidencia de los cuatro evangelios. Pablo no estaba escri- biendo un evangelio sino haciendo una explicita confesién de fe que le habia sido transmitida y que, ahora, él traia a colacién a pro- pésito de introducirse a si mismo “como un abortivo entre los apés- toles’”. Pero como bien hace notar Francis Moloney’, la alusién ‘Cf, Moloney, Francis J., Women in the New Testament, St, Paul Publications, Manila, 1984, pp.39-41. 22 MUJERES QUE SE ATREVIERON “resucité al tercer dia” (v. 4) esta tomada clarisimamente del testi- monio de las mujeres. Leemos en Lucas: “Las mujeres que habian venido con él desde Galilea fueron detras y vieron el sepulcro y cémo era colocado su cuerpo. Y regresando, prepararon aromas y mirra. Y el saba- do descansaron segin el precepto. El primer dia de la semana, muy de majiana, fueron al sepulcro levando los aromas que habian preparado” (Le. 23, 54-56 y 24, 1). Maria Magdalena se convierte, pues, en tes- tigo de los tres datos basicos del kerigma: muerte, entierto y resu- rreccién del Sefior. Expresién paralela la encontramos en el texto de I Co. 15,3-8: “que Cristo murié, que fue sepultado y que resucité al tercer dia”. El mensaje que esta mujer debfa transmitir no era simplemente el de decir a los hermanos que Jestis habia resucitado de la muerte (esto es lo que hicieron los discipulos de Ematis), sino anunciar aquellas palabras del Sefior: “subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn. 20,17). La repeticién y el ritmo de estas palabras son de suma importancia. Notemos que, en el cuarto evangelio, la paternidad de Dios era restrictiva a Jestis: “en la casa de mi Padre hay muchas mansiones” (Jn. 14,2), “si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre” (Jn. 14,7), “aquel dia comprenderéis que yo estoy en mi Padre”, “a vosotros os he llamado amigos porque todo lo que he oido a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn. 15,15). Pero es ahora, después de la Resurreccién, cuando los discfpulos esta- ran en condiciones de entender que ellos y Cristo comparten el mismo Padre. Pablo, en I Co. 15, 1-11, enfatiza las apariciones del Resucitado, ese “haber visto al Seftor’, como garantia de la autoridad que le fue dada (también a Cefas, a los Doce, a Santiago, a los demas apésto- les) para proclamar el evangelio y ser un apéstol. Magdalena no sdlo “vio” al Resucitado sino que también fue comisionada para evar a la comunidad el mensaje fundacional, para proclamar, en el més estricto sentido de la palabra, la Buena Noticia a los demas apéstoles. Es por esto que debemos considerarla evangelista de la 24 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (6. I-V) Resurreccién y apéstol de los apdstoles. Aquel “vete y diles” la constitu- y6 en fuente original de la fe pascual de la Iglesia. Pablo, en su epistola a los romanos, envia recuerdos a Junia y a Andrénico, los describe como sus “parientes y compafieros de prisién, ilustres entre los apéstoles, que llegaron a Cristo antes que yo” (Rm. 16,7). Exégetas de todos los tiempos sostuvieron que el nombre de “Junia” era el diminutivo de “Junianus” (nombre de varén), pero desde el momento que el nombre de “Junia” era bien popular entre los nombres de mujeres, hay razones para considerarla apéstol femenino. Junia y Andrénico serian probablemente una pareja de misioneros itinerantes, predicadores del evangelio y reconocidos en las iglesias como “ilustres entre los apéstoles”, extendiendo Pablo el apostolado a un grupo mas amplio que el formado por los Doce, tal como sugiere la lectura de I Co. 12, 28 y Ef. 4,11. Incluir a Junia en la categorfa de apéstol, significa igualarla a si mismo y reconocer su preeminencia en el campo del ministerio. Priscila y su esposo Aquila son también ejemplo de pareja misio- nera que se sintieron llamados juntos al ministerio. La mayoria de los biblistas opinan que ella debfa ser la mas involucrada en la tarea pastoral, puesto que, de las seis veces que se la menciona, su nom- bre aparece en cuatro ocasiones en primer lugar (cf. Hch. 18,2.18.26; Rm. 16,3 ; 1 Co. 16,19 y Il Tm. 4,19). Ambos pertenecian a la prime- ra hornada de cristianos que recibieron la tradicién bautismal y de ambos es deudor el elocuente Apolo. En el libro de los Hechos y en las epistolas de Pablo aparece con claridad el rol destacado que desempefiaban algunas mujeres y cudn involucradas estaban en la tarea pastoral, estableciendo y facilitando la misién de la naciente Iglesia. Lucas menciona a las cuatro hijas de Felipe que posefan el don de profecia (Hch. 21, 8- 9). De las 34 personas que Pablo nombra en Rm. 16, tenemos un balance de 16 mujeres y 18 hombres. Entre otros, saluda a Maria, quien se afané mucho entre los cristianos de Roma (v.6), a Trifena y a Trifosa, que se han fatigado en el Seftor (v.12), a la “amada MUJERES QUE SE ATREVIERON Pérside, que trabajé mucho en el Sefior (v.12), a Julia y a la her- mana de Nereo (v.15), etc. Evodia y Sintique fueron otras dos mujeres que lucharon por el evangelio al lado de Pablo, igual que lo hicieron Clemente y otros colaboradores suyos (Fl. 4,2-4); parece ser que algo importante habia separado a las dos amigas y Pablo no desea estar en medio como “juez”, de ah{ el ruego a Sicigo para que las ayude. La descripcién sugiere que ambas pertenecen a un grupo de hombres y mujeres evangelizadoras, el hecho de que Pablo se tome la molestia de hacerles una “llamada a la concordia” indica que debian tener un cargo distintivo en la comunidad de Filipos. Febe seré recordada por la autoridad que ejerce en su comunidad de Cencreas (Rm. 16,1-2) -mas adelante volveré a refe- rirme a ella. Estas mujeres nos precedieron en la fe y en el ministerio apostdlico y evangélico. Cabe suponer que habria muchas otras mujeres, cuyos nombres desconocemos, desempefiando ministerios simila- res, pero no podemos olvidar que los escritores neotestamentarios no intentaron escribir una historia en el sentido moderno de “con- tar lo que sucede en la actualidad”, sino de sefalar el significado y la importancia de lo que hab{a ocurrido. Asi por ejemplo, los evan- gelistas seleccionaron aquellas historias que pudieran contribuir al crecimiento de la fe en sus respectivas comunidades. Desde el momento en que estos autores seleccionaron fuentes de la tradicion desde su punto de vista teoldgico, se perdieron muchas palabras e historias acerca de Jestis y sus primeros seguidores/seguidoras. Posteriormente, los Apologetas y Padres de la Iglesia, inmersos igualmente en una cultura patriarcal, también se “olvidaran” de constatar el papel desempefiado por las mujeres en las comunida- des cristianas, quiza para no ser ridiculizados como pertenecientes a una “religién de mujeres” o para no ser comparados con otros grupos cristianos heréticos (Gnésticos o Montanistas) en los que las mujeres desempefaban un destacado papel en la predicacién y vida de las comunidades. 25 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) En definitiva, sabemos que la Historia de la Iglesia se ha escrito de manera muy selectiva y parcial, de ahi que resulte dificil recons- truir la aportaci6n de las mujeres de los primeros siglos, maxime cuando las pocas fuentes que aluden a ellas han sido escritas por manos masculinas e interpretadas igualmente por los varones. Por tanto, si queremos redescubrir el papel que desempefiaron las mujeres en esta época, no queda mas remedio que abordar el pro- blema a partir de una relectura critica y minuciosa de esos pocos textos, procurando ir al meollo de los mismos e intentando darles un nuevo enfoque las mas de las veces a partir de lo que sugieren mas que desde lo que explicitan-, de tal manera que no dejemos escapar pequefios matices, aparentemente insignificantes en si, pero que, a la larga, pueden convertirse en la clave o chispa deto- nante que nos ponga en camino de rescatar, en la medida de lo posible, esa gran aportacién de las mujeres a la Historia eclesiasti- ca, a fin de que ésta resulte mucho mis crefble, atrayente y titil para todas y para todos. En este capitulo voy a hacer un breve recorrido a través de tres temas que, aunque parecen de sobra conocidos, no lo son para una gran mayoria. Me refiero al Diaconado femenino, a las Martires cristianas y a las Madres del Desierto, a quienes bien podemos con- siderar como Madres de nuestra fe. Descubriremos con gozo que las mujeres siempre han tenido una voz (aunque muy pocas veces un voto) y que jugaron un papel sig- nificativo no sélo en sus circulos familiares sino también en el Ambito politico, social y religioso de la época que les tocé vivir. I, El diaconado femenino En estos primeros siglos de la Iglesia hemos visto trabajar a las mujeres codo con codo con sus compafieros, en relacién de igualdad, 26 MUJERES QUE SE ATREVIERON ejerciendo variedad de servicios y ministerios dentro de las comu- nidades: predicacién, profecia, servicio de oracién Ilevado a cabo por las viudas, actividad misionera, diaconia, etc. Cuando Pablo menciona a Febe con el titulo de diakonos (Rm.16,1- 2) es porque, efectivamente, ejerce este ministerio influyente en la comunidad de Cencreas, puerto de Corinto; la palabra lleva impli- cito el ser misionera y predicadora. También le da el titulo de pros- tatis, esto es, patrona, en el sentido de que ejerce una gran influen- cia en cuanto protectora y lider al estilo de las dems asociaciones religiosas del mundo helénico; estas mujeres (como los hombres) salian al paso de las dificultades financieras de sus protegidos, bien a través de beneficios que les procuraban directamente o bien a tra- vés del ejercicio de su influencia entre su familia y amistades “pudientes”. Pablo reconoce que Febe ha sido protectora/benefac- tora de mucha gente y también de él mismo, de ahi el doble reco- nocimiento en virtud de su rango en la comunidad (diakonos) y en cuanto benefactora de la misma. Fijémonos que el vocablo diakonos esta en masculino y no en feme- nino (diakonisa). Es el mismo término que aparece, veintidés veces, en las Epistolas de 1 y 2 Corintios, Efesios, Colosenses, Filipenses, 1 Tesalonicenses y 1 Timoteo. La palabra la aplica Pablo a Timoteo (ITs. 3,2), a si mismo y a Apolo (I Co. 3,5; II Co. 3,6). Ahora bien, en las traducciones siempre que esta palabra griega esta referida a los varones se la traduce por “didcono” y solamente en el caso de Febe la traducen por “sierva” (en el sentido de “ayudante” o “la que sirve”). En versiones mas recientes -como la Biblia de Jerusalén— traducen el término como “diaconisa”. No podemos admitir este anacronismo, desde el momento en que la palabra “diaconisa” no se conocia en el siglo I. La inclusién de las mujeres en el diaconado contintia en el periodo de las Cartas Pastorales (I Tm.3,11) a pesar de ciertas prohibiciones, tales como el ministerio de la Palabra (2,11-12) que, de ahora en adelante, pretenderé ser prerrogativa de los obispos, ancianos y 27 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) di&conos masculinos. Creo que merece la pena ahondar en el v.11 de I Tm.3. En los vv. precedentes, 8-10, se describen las cualidades de los obispos y didconos; inmediatamente después, menciona a las mujeres, quienes “deben ser igualmente dignas, no calumniadoras, sobrias, fieles en todo”. Varios autores afirman que se trata de “las mujeres de los didconos”, pero si esto fuera asf, zno es chocante que no aluda a lo que deberian necesitar “las mujeres de los obispos’”? Puesto que el término diakonos no tiene forma femenina, por el con- texto queda suficientemente claro que Pablo se refiere al diaconado femenino, maxime cuando hallamos un paralelismo de requisitos para ambos: “los didconos deben ser dignos” (v.8) y “las mujeres igual- mente deben ser dignas” (v.11). Origenes, en su Epistola a los Romanos, también menciona a Febe como “didcono”, dato de suma importancia puesto que en esta €poca atin no habia “diaconisas” en su provincia eclesiastica; por tanto cabe suponer que Origenes interpreta el término de “didco- no” como algo que conoce perfectamente, de manera instituciona- lizada. El diaconado data desde la época apostélica (Act.6,1-7). Otro texto muy temprano, que no deberfa pasarnos desapercibido, es la breve alusién que Plinio el Joven hace sobre dos esclavas “ministrae” (Epistolarum 1,X,96). A comienzos del siglo II la ciudad de Amastris -en la provincia del Ponto, litoral norte de Asia Menor- destacaba por ser centro del cristianismo en aquella regién. El emperador Trajano habia renovado la ley que prohibia las asocia- ciones no autorizadas y Plinio, por aquel entonces pretor de Bitinia y del Ponto, promulga el edicto imperial. Corria el afio 111. Las denuncias contra los cristianos caen de manera implacable porque “gentes de toda edad, sexo y condicién se habian pasado a la nueva religion”, en otras palabras: los templos de los dioses iban quedan- do vacios y los vendedores de carnes para los sacrificios veian mer- mar sus cuantiosos ingresos. Plinio escribe al emperador en el 112 y le comunica que los cristianos “tenfan por costumbre, los dias sefia- lados, reunirse antes de rayar el sol y cantar, alternando entre si a coro un 28 MUJERES QUE SE ATREVIERON himno a Cristo como a Dios y obligarse por solemne juramento no a cri- men alguno, sino a no cometer hurtos, ni latrocinios, ni adulterios, a no faltar a la palabra dada...”. Continta relatando en el informe: ”... me pareci6 todavia mds necesario inquirir que hubiera en todo ello de verdad, atin por la aplicacién del tormento a dos esclavas que se decian ministras (quae ministrae dicebantur). Ninguna otra cosa hallé, sino una supersti- ci6n perversa y desmedida. Por ello, suspendidos los procesos, he acudido a consultarte”. Por tanto, el diaconado femenino seguia vigente en el siglo II. Ahora bien, a medida que la Iglesia va separandose progresiva- mente de la igualdad que la caracterizaba, los ministerios femeni- nos se subordinan. Elisabeth Schussler Fiorenza llega a la conclu- sién de que desde que los exégetas dan por supuesto que el lide- razgo de las comunidades cristianas era “tarea de hombres”, asu- men que todas las mujeres que menciona Pablo en sus cartas eran simplemente “ayudantes y asistentes” y que, por tanto, esta inter- pretacién androcéntrica no deja espacio para asumir la otra alter- nativa de que las mujeres eran también apéstoles, misioneras y res- ponsables de sus comunidades, independientemente de Pablo y en relacién de igualdad con él’. La Didascalia (s. IM) es el primer documento oficial que nombra a las mujeres didconos como diaconisas, dando prueba de su existen- cia en Siria y Grecia. Hace alusiones a las diaconisas en los capitu- los 9 y 16, haciendo notar que su ministerio es especialmente reque- tido y urgente “porque nuestro Sefior y Salvador fue él mismo servido por diaconisas, como Maria Magdalena, Maria, hija de Santiago y madre de José, y la madre de los hijos del Zebedeo, junto con otras mujeres”, y tam- bién porque son necesarias “para el bautismo de las mujeres”. Notemos que el autor de la Didascalia no hace alusin a Febe ni a las mujeres mencionadas en I Tm.3,11, pero hace referencia a Mt.27,55. * Cf, Schussler Fiorenza, Elisabeth, “You are not to be called Father”: early christian history in a Feminist Perspective, en Norman K. Gottwald, The Bible and Liberation, Orbis Books, New York, 1984, pp. 394-417. 29 30 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) Volviendo a la Didascalia. Es precisamente en este documento en donde hallamos una de las mejores alabanzas al diaconado de las mujeres, en un precioso texto (II, 26, 5-8) en el que la diaconisa es mencionada antes que los presbiteros y es comparada al Espiritu Santo: ” (al obispo) hénrale como a Dios, porque el obispo permanece en el lugar de Dios Todopoderoso. Pero el didcono esta en lugar de Cristo, por eso debes amarle. Y a la diaconisa deberas honrarla como modelo del Espiritu Santo; y los presbiteros serdn para ti como los apéstoles”. Con todo, notemos que las comparaciones precedentes estan expresa- das en un lenguaje sexista. Me explico. Aunque hay una tendencia a usar el pronombre masculino para referirnos al Espiritu Santo, no esta mal caer en la cuenta de que la palabra hebrea Ruaj es feme- nino y la griega Pneuma, neutro. Por tanto, a la diaconisa se la com- para con el Espiritu de la Verdad, Ella, que nos guiara hasta la ver- dad completa (Jn. 16,13). Entre otros menesteres, las diaconisas ayudaban al obispo en la liturgia del bautismo de mujeres. La candidata al bautismo entraba a la piscina completamente desnuda y efectuaba una triple inmer- sién, confesando cada vez su fe en una de las Personas de la Trinidad. Era la diaconisa quien sumergia a la mujer. El obispo le ungia la frente y la diaconisa continuaba con el resto de unciones, dado que el éleo crismal se aplicaba a todo el cuerpo. Después la diaconisa cubria a la mujer con una tunica blanca y la presentaba al obispo para la confirmacién. Otras misiones consistfan en: instruir a las catectimenas (supone- mos que se trataba de una ensejianza en privado, pues para enton- ces ya les estaba prohibido impartir una ensefianza publica); actuar de intermediaria entre las mujeres bautizadas y el obispo; examinar fisicamente a las virgenes para comprobar la veracidad o no de la acusaci6én de quebranto del voto; amortajar a las difuntas para pro- ceder al entierro; visitar a las mujeres enfermas, creyentes, que vivi- an en casas de los paganos, a fin de atenderlas en sus necesidades MUJERES QUE SE ATREVIERON materiales y espirituales; vigilar la puerta de entrada a la iglesia para no permitir el paso a las mujeres que no eran miembros de la comunidad; recibir las ofrendas que las fieles hacian durante la eucaristia, etc, y, en la iglesia, se sentaban en la cathedra -silla simi- lar a la del obispo- presidiendo la seccién de las mujeres durante las reuniones littirgicas. Un ejemplo del desempenio de alguna de estas funciones podemos verlo en la vida de Santa Pelagia (Cf. PL. 73, 632-672), escrita por el didcono Santiago de Edessa. El obispo Nonnus, que habia acudido a una asamblea de obispos convocada en Antioquia, dice a Pelagia, cuando ésta le pide el bautismo: “los sagrados cdnones dicen que una prostituta no puede ser bautizada, a menos que tenga padrinos que garan- ticen que no volveré a Hlevar la vida que llevaba”. Pelagia no se arredra y le hace responsable ante Dios: “...n0 encontrards un lugar con los santos ante Dios hasta que apartes de mi todas mis obras de pecado; hasta que no me hagas renacer como una Novia de Cristo y me presentes a Dios, no eres mas que un apéstata y un idélatra”. A la luz de esta muestra de gran fe, el obispo Nonnus envié inmediatamente al obispo de Antioquia a su didcono Santiago para que le contara lo sucedido y pedirle que le mandara a una de sus diaconisas. El obispo le envi a Romana, la primera de las diaconisas de Antioquia. Ambos la apadrinan. La diaconisa la recibe y la lleva al lugar de las catecti- menas. Al tercer dia de su bautismo, Pelagia llama a Nonnus a tra- vés de Romana para hacerle entrega del inventario de todos sus bienes y ponerlos a su disposicion. Las Constituciones Apostdlicas, consideradas como complemento de la Didascalia, nos ofrecen mds o menos la misma visién pero, atin mas, afaden un elemento de gran importancia: el ritual de la imposici6n de las manos y las oraciones para la ordenacién de las diaconisas (C.A.,VIIL,19ss.). Aparece explicita la expresion “ordenar mujeres” (C.A., XX) en cuanto ordenacién verdaderamente sacra- mental que, a comienzos del siglo IV, en la escala de érdenes, tenia 31 32 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) lugar entre la del didcono y la del subdiacono, esto suponia, por tanto, un estatus “cuasi-clerical”, aunque ya queda excluida del ministerio de la Palabra y del servicio al altar (C.A., IIL, 6,1 ss.). Al igual que los clérigos puede quedarse con una parte de las ofren- das de los fieles para su subsistencia. A medida que va siendo reconocido el caracter “oficial” de la Iglesia en el Imperio Bizantino, las condiciones cambian radical- mente. Poco a poco desaparecen las iglesias domésticas y se substi- tuyen por edificios eclesiales y grandes basilicas. Ya no es necesario “guardar las puertas de la iglesia” porque desaparece la disciplina de lo arcano. Las conversiones de adultos son masivas y en segui- da comienza la costumbre del bautizo a temprana edad. Poco a poco se va prescindiendo de ellas y su ministerio entra definitiva- mente en un periodo de decadencia. El deseo de ascetismo Ilevard a muchas mujeres a consagrarse al Sefior en la vida mondstica y el monaquismo ird “absorbiendo” a las diaconisas, (quiza el origen de las “canonesas” medievales esté en esta asimilacién de “diaconisas”) si bien sigue siendo ministerio ordenado y considerado dentro del ordo clerical, el Concilio de Calcedonia (451) alude a la ordenacion por imposicién de las manos y la imposicién de la estola. El canon 15 establece que “una mujer no recibird la imposicién de las manos como diaconisa hasta la edad de cua- renta afios” y continua diciendo que, una vez que se le haya impues- to las manos y hubiere continuado ejerciendo su ministerio duran- te un cierto tiempo, si contrajera matrimonio seria anatemizada junto con su compafiero. Otras fuentes que aluden a las diaconisas son: el canon 19 del Concilio de Nicea (325), que trata de la readmisién de las diaconi- sas Paulinistas (Pablo de Somosata), una vez que fueran rebautiza- das (dando a entender que su bautismo herético hab{a sido invali- do) y que Hevaran una vida moral, afiadiendo “entendemos por dia- conisas aquéllas que han tomado el habito, pero que, puesto que no ha habi- do imposicién de manos, serdn consideradas como laicos”. Es interesan- MUJERES QUE SE ATREVIERON te el comentario que hace Carl Volz’, diciendo que este simple parrafo revela que las diaconisas eran aceptadas como un orden reconocido en la Iglesia y que llevaban el distintivo del habito, amen de la insistencia de los Padres conciliares en dejar bien claro cual debia ser su estatus —laicas-, dando esto pie para pensar que bajo los Paulinistas estas mujeres fueron, con toda seguridad, con- sideradas clérigos. La Legislacién de Justiniano (535) evidencia cudn extendido estaba el diaconado femenino, asignando el ntimero de clérigos que debe- ria tener la Iglesia de Santa Soffa: cuarenta sacerdotes, cien didco- nos y cuarenta diaconisas. Aqui, éstas forman parte del ordo cleri- cal, mencionadas a la par que los didéconos*. También se sefialan severas penitencias para las que violaran el voto de castidad. Podian vivir en comunidad o solas, recibiendo una pension por parte de las instituciones eclesidsticas, y en caso de fallecimiento, si no tenfan legitimos herederos, el legado pasaba a la iglesia en la cual servian (recordemos que las diaconisas podian ser virgenes 0 viudas que habian contraido un solo matrimonio). Varios Padres alejandrinos del siglo III mencionan el sevicio pres- tado por las mujeres a través de su ministerio diaconal. Cuando Clemente explica I Co.9,5 (“no tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana como los demas apéstoles y los hermanos del Sefior y Cefas?”) no esta significando precisamente a “una cristiana que se ocupaba de las necesidades materiales de los apdéstoles” -como interpreta la nota al pie de la Biblia de Jerusalén a proposito de este versiculo- sino reconoce que las mujeres “trabajaban” —misiona- ban, evangelizaban..— junto con ellos y no en la retaguardia, como se nos ha repetido hasta la saciedad. Aftadiendo que “fue a través de ellas cémo Ia ensefianza del Sefior penetré también en Ia viviendas de las * Cf, Volz, Carl A, Pastoral life and Practice in the Early Church, Augsbug, Minneapolis, 1970, p. 195. * CE, Justiniano, Novellze, 3,1.1. 33 34 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) mujeres sin que surgiera ningtin escdndalo”’ y, seguidamente, afiade, “tenemos noticia de las directrices dadas a las mujeres didconos, dadas por el noble Pablo en su segunda carta a Timoteo” (se esta refiriendo a I Tm3,11). Los historiadores de los siglos IV y V hacen constantes referencias aellas. Paladio, en la Historia Lusiaca, menciona a las diaconisas de Cesarea de Palestina. Cuenta el caso de una doncella, hija de un sacerdote de la ciudad, que, habiendo quedado embarazada antes de contraer matrimonio, fue incitada por su amante para que cul- pabilizara del acto a uno de los “lectores” de la iglesia, de nombre Eustaquio. El obispo llamé a los sacerdotes y al lector. Este declara su inocencia, pero no es crefdo y el obispo le depone de su cargo. En un intento de “salvar” a la doncella, el buen lector se presenta de nuevo ante el obispo y le dice: “Bien, puesto que he cometido un error, ordénala que se case conmigo porque ya no soy un clérigo ni ella virgen”. El obispo se la entrega como esposa pero el joven “la encomienda a un monasterio de mujeres y manda a la diaconisa de la fraternidad que cuidase de ella hasta el nacimiento de la criatura’”*, También da noticia de las diaconisas de Constantinopla, una de ellas llamada Sabiniana, tfa de San Juan Criséstomo, mujer de gran renombre en Antioquia’ y Olimpia —"Sélo esposa de la Palabra de la Verdad’*-. Esta mujer, por su valia y renombre, quiz también por ser amiga y colaboradora de San Juan Criséstomo, es sin lugar a dudas la diaconisa mas conocida. Las cartas que el obispo Juan escribe a Olimpia desde el exilio’ reflejan la profunda amistad que ambos mantuvieron. La generosidad de Olimpia parecia no tener + Clemente de Alejandria, Misceliineas, 3,6.53, 3-4. Citado en Carl A. Volz, Pastoral life and Practice in the Early Church, 0.¢., p. 194. * Palladius, The Lausiac History, edit. por Johannes Quasten, WJ. Burghadt, T,, Longmans, Green ( Co., Londres, 1965, n° 70. "1d, HL, 41 * 1d, HL, 56. * Juan Crisdstomo, Lettres é Olympias. Vie anonyme d’Olympias, Sources Chrétiennes, 13 (bis), Paris, 1968. MUJERES QUE SE ATREVIERON: medida repartiendo dinero y tierras entre las iglesias de Siria, Asia Menor y Grecia. Al obispo Criséstomo le da diez mil libras de oro, cien mil de plata y todas sus propiedades inmuebles de las provin- cias de Tracia, Galacia, Capadocia y Bitinia, asi como los inmuebles que poseia en Constantinopla, tales como la mansién denominada “Casa de Olimpia”, préxima a la Iglesia Grande, esto es, Santa Sofia, los edificios del tribunal, las termas, perfectamente equipa- das, junto con los edificios colindantes, el molino, otra gran casa cerca de las termas puiblicas de Constancio y la llamada “Casa de Evandrio”, magnifico monasterio situado a las afueras de Constantinopla. Las posesiones que conservé para si misma acabé por donarlas a Criséstomo. En el monasterio que construyé6 anejo a la iglesia, reunié a mas de cincuenta virgenes (pertenecientes en su mayoria a la clase senato- rial), entre las que se encontraban Marina (quien la sucederfa en el cargo), la sucesora de ésta, Elisantia, Martiria, Paladia (ordenada posteriormente diaconisa por Juan), su sobrina Olimpia, Candida, hija del general Trajano, que siguié en todo a Olimpia —“como si se muirara en un espejo”, diré Paladio- y Gelasia, hija de un tribuno, a quien “Ia puesta del sol jamds la sorprendia enojada, ni siquiera con los siervos 0 las criadas” (H.L., n° 57) El ministerio diaconal de Olimpia distaba mucho de reducirse a la mera atencién a las mujeres. No habia cumplido atin los treinta aftos cuando el predecesor de Juan Criséstomo, Nectario de Constantinopla, la ordena diaconisa”. En la biografia se precisa que “Nectario hizo mucho caso de ella y siguié sus consejos en lo concer- niente a los asuntos de Ia Iglesia", manteniendo estrecha relacién con otros grandes _ilustres de la Iglesia, tales como Anfiloco, obispo de Iconio, Pedro, obispo de Sabaste, Epifanio, arzobispo de Constancio (Chipre) y Optimo, obispo de Antioquia de Pisidia, ” Sozomeno, H.E., VIII,9,G C, 550, p. 361. El hecho de que Olimpia hubiese sido consa- grada diaconisa a tal edad supuso un privilegio. "CE. Vie anonyme d’Olympias, o.¢., p. 20 35 36 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) precisamente uno de los firmantes del Concilio celebrado en Constantinopla, en el 381, y que muere en esta ciudad. Es Olimpia quien “le cierra los ojos”, lo cual indica que se hallaba pre- sente durante aquel trance. De hecho, el gesto cobra mis significa- cién si cabe porque es de suponer que no faltaria la presencia de otros compafieros obispos, didconos y presbiteros, pero parece ser que la prioridad es concedida a la primera diaconisa de Constantinopla™. Nacida en el seno de una de las familias mas distinguidas del Imperio, alla entre los afios 361 al 368, y casada a los dieciséis afios con otro joven que, en el 386, llegaria a ostentar el cargo de prefec- to de Constantinopla, queda viuda a los dos afios de su matrimo- nio. El emperador Teodosio le insiste a que tome segundas nupcias. No hay manera. Esto le costara la confiscacién de su patrimonio si bien, hacia el 391, le sera devuelto, pues Olimpia se mantenja tajan- te en su decisién. Ella misma escribe al emperador para que tuvie- ra a bien distribuir su patrimonio entre los pobres y las iglesias”. Como correspondfa a una mujer de su rango, debié recibir una educacién exquisita en todos los sentidos e hizo gala de su erudi- cién participando activamente en las muchas controversias del agi- tado Oriente de finales del siglo IV. A Paladio, no se le escapé el dato, diciendo que “tomé parte en no pocas contiendas en favor de la verdad, catequiz6 a muchas mujeres, dirigié con reverencia discursos a sacerdotes, rindid honor a obispos y fue considerada digna de ser confesor de la verdad", 0 lo que es lo mismo, “confesor de la fe”, equipara- ble al de “martir”. Acusada de haber sido colaboradora de San Juan Criséstomo, al igual que éste, muere en el exilio el 25 de julio del afto 408, siendo emperador Arcadio, hijo de Teodosio. "Id,, pp. 438-439, "Id, pp. 413-415. * Cf, Paladio, HLL., n° 56. MUJERES QUE SE ATREVIERON Mientras que el diaconado femenino pervivié en Bizancio (en los siglos VI y primeros del VII, bajo el Emperador Justiniano y, mas tarde, bajo Heraclio, todavia encontramos asignadas en la Iglesia de Santa Sofia de Constantinopla de 20 a 60 diaconisas), en Occidente, el diaconado femenino no gozé de tanto prestigio como en Oriente. La creciente inestabilidad del Imperio Romano en esta zona, y su posterior desaparicién, contribuiran en buena medida a su debilitamiento y paulatina supresién. A partir de finales del siglo IV las prohibiciones se suceden en cascada. El Concilio de Nimes, afto 394, anula la ordenacién de quienes habian sido orde- nadas; el Concilio de Orange, afio 441, en el c. 28, expresa “...que no se ordenen mas diaconisas” y en el Concilio II de Orleans, un siglo después, en el afio 533, se vuelve a la carga : “...nunca mas se orde- nara a mujeres diaconisas, debido a la debilidad de su sexo” aunque apostilla que, aquéllas que estén solteras pueden seguir en su ofi- cio y si estan casadas, si dejan de cohabitar con sus maridos, tam- bién pueden continuar. El Concilio de Autum, en el 670, prohibe a las mujeres que suban al altar’. La repeticién de las prohibiciones, después de todo, es en si misma una evidencia de la existencia de este ministerio femenino. Uno de los documentos mas interesantes se remonta a finales del siglo VII, se trata de un Ritual de Ordenaciones enviado por el Papa Adriano 1 a Carlomagno, el cual contiene ritual para la ordenacién de una diaconisa". El ministerio diaconal femenino desaparece en Occidente hacia el siglo XL, a raiz de la Reforma Gregoriana. En Oriente, en donde jams concilio alguno las condené, pervivieron hasta el siglo XIV. El dominico Peter de la Palud (1342), comentando Jas sentencias de Pedro Lombardo, identifica los “cinco velos” de las mujeres: el velo de la profesién, el velo de la consagracién, el velo de la ordenacién Cf, McGrath, A. M., Women and the Church, Image Books, New York, 1976, cita n° 7 del cap. IV. CE. Id., p. 63. 37 38 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) de las diaconisas, el velo de las preladas y el velo de la continencia y observancia (0 velo de las viudas). Un Pontifical de Arles, en esta misma época, también incluye la “bendicion de las diaconisas”, pero de hecho éstas ya habian desa- parecido practicamente desde finales del siglo XII. Tanto en Occidente como en Oriente fueron progresivamente “reemplaza- das” por las virgenes consagradas en las comunidades monasticas”. Il. Las martires cristianas {Qué sabemos concretamente de ellas? La historia personal de estas mujeres que entregaron su vida por Cristo qued6 sepultada entre esa “multitudo ingens” (gran muchedumbre) a la que aluden las Actas de los Martires*. La lectura de los martiriales es en si misma algo sobrecogedor. Los verdugos no hacian distincién de sexo ni edad. Unos y otras sufrian los mismos suplicios y vejacio- nes pero, a la hora del “recuerdo”, nuestra memoria conserva muchos mas datos de Jos martires que de las martires (salvo excep- ciones). Generalmente, los titulos de las Actas vienen dados por un nombre o dos (masculinos, evidentemente) seguido de la consi- guiente frase “y compafieros martires”. Es preciso leer las Actas detenidamente para entresacar el nombre o la actitud valerosa y ejemplar de algunas mujeres que, curiosa- mente, emergen como lideres en medio de los condenados a muer- te. En mi “recuento”, de entre los muchos varones que he encon- ” Para una mayor profundizacién en el tema, consultar: Martimot, Aimé Georges, Deaconesses. An historical study, Ignatius Press, San Francisco, 1986. Tarasar, Constance J., Women in the mission of the Church, en International Review of mission, Abril 1992 (189-200). Brugge, B., Le diaconat de Ia femme, en Rv. La Vie Spirituelle, febrero (1966) 184-202. Monjardet, Renée, Voix de femmes dans I'Eglise, en Rv. La Vie Spirituelle, abril (1969) 450-458. * Rufz Bueno, Daniel, Actas de los Martires, BAC, 1962. MUJERES QUE SE ATREVIERON trado sélo aparecen nombradas 76 mujeres, aunque las Actas alu- den a las “muchas mujeres, doncellas y ancianas” martirizadas a lo largo de tres siglos de persecuciones sistematicas, si bien con largos intervalos de tregua. Una de las fuentes histéricas mas valiosas para el estudio de este tema lo constituyen las Acta martyrum, en cuanto reproducen fielmente los informes oficiales de casos ante Jos tribunales. Otra fuente no menos importante es el Acta de los martires de Scilli, el documento cristiano mas antiguo (afio 180) de Africa en latin, constatando la historia de la Iglesia en esta provin- cia. En tercer lugar, se conservan las Acta de San Cipriano (ejecutado en Cartago en septiembre del 258) y, por ultimo, las obras denomi- nadas Passiones, de manifiesta importancia histérica y literaria, tales como la historia de los Martires de Ly6n (en el 177 y 178) 0 la célebre Passio de las santas Perpetua y Felicitas (ejecutadas en Cartago en el 202). Nosotras, mujeres de hoy, inmersas en una sociedad marcada por la espiral de Ja violencia (especialmente contra la mujer), deberia- mos ser las primeras en recobrar la “memoria passionis” de todas las mujeres que padecieron la opresién de los poderosos y no temieron ofrecer sus vidas libre y animosamente por la libertad de sus con- vicciones religiosas. Llevaron a cumplimiento la profecia de Jestis de Nazaret “seréis Ievados a los tribunales y alli deberéis dar testimo- nio” (Mt. 10,18; Mc. 13,9; Le. 21,13). Estaba escrito “si a mi me han perseguido, también os perseguirén a vosotros..., pero todo esto os lo haran por mi nombre” (Jn.15,20-21). Jesus, el tinico Testigo fiel (Ap.1,5; 3,14) siguidé -y sigue— dando testimonio del amor del Padre a través de sus martires. Es cierto que el martirio suele ser presentado como una “manera peculiar de morir”, muerte cruenta, pero es mas bien la consecuen- cia de una “manera de vivir” al estilo en que vivid el Sefior. Los/las martires dan cumplimiento a la paradoja evangélica “quien quiera salvar su vida, la perderd; pero quien pierda su vida por mi y por el evan- gelio, la salvara” (Mc.8,35). 39 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (6. I-V) Los Padres de la Iglesia, en sus escritos, no se cansan de repetir que “las mujeres han alcanzado la misma gloria de confesar al Sefior, mantu- vieron su fidelidad a El, y, més fuertes que su sexo, han dado también ejemplo” (Carta VI de San Cipriano). “Hubo varones mértires, varones fortisimos, y, sin embargo, no son ellos los que han honrado el dia con sus nombres. Lo cual no se debe a que las mujeres hayan sido preferidas a los hombres por la dignidad de sus costumbres, sino porque fue mayor mara- villa que la debilidad femenina derrotara al antiguo enemigo” (Sermon 282 de San Agustin). Quisiera presentar en estas paginas que siguen no tanto la “heroi- cidad” de las mArtires cuanto el amor y la fuerza del Espiritu derra- mado sobre este colectivo de mujeres denominadas bajo el nombre comin de “Martires cristianas”. Creo que son merecedoras de un espacio que las recuerde. Hagamos un breve recorrido por la geograffa y tiempo de las per- secuciones. * Siglo I: Si prescindimos de Ia persecuci6n local en Palestina y el Decreto de expulsién de los judfos de Roma (afios 48 y 49) -entre los que se encontraban algunos cristianos, tales como Priscila y Aquila-, los origenes de las persecuciones se remontan a la época de Nerén (54- 68). Es el inicio de las persecuciones violentas. Culpé a los cristia- nos del incendio de Roma. Tacito describe la crueldad de métodos empleados por Nerén: desde el embadurnamiento con pez, para que sirvieran de antorchas nocturnas, hasta el cubrirlos con pieles de fieras y arrojarlos a los perros para ser descuartizados. San Clemente Romano, por su parte, califica de “horror” las deshonras infligidas a las mujeres. Los apéstoles Pedro y Pablo, junto con “una gran muchedumbre”, seran victimas del sanguinario Emperador. Es probable que en 40 MUJERES QUE SE ATREVIERON esta persecucién detuvieran mds mujeres que varones (recordemos que por entonces corria el dicho: “la religién cristiana es de mujeres y nifios”). La persecucién de Domiciano (81-96) fue mayor que la anterior, extendiéndose a otras provincias del Imperio: Bitinia, Asia Menor y Palestina. En los primeros tiempos no se preocup6 de los cristia- nos, considerdéndolos simplemente una mas de las tantas sectas judfas. Mas que temerles, habia que despreciarles. En el afio 95 llega ante él la denuncia de que su primo, el cénsul Flavio Clemente, era “ateo” y que vivia “al modo judaico”; junto con él son acusadas Flavia Domitila, su esposa, y una de sus sobrinas (también, de nombre, Flavia Domitila). Los dos primeros fueron degollados y la mas joven desterrada a la Isla de Poncia “por haber confesado el nombre de Cristo”. * Siglo IL: Aunque Trajano (98-117) conocia la ley de persecucién contra los cristianos, la mitiga: no hay que “buscarlos” sino “castigarlos” en caso de que mediara acusacién. Con todo hubo gobernadores que mantuvieron la ley al pie de la letra y exigieron la pena de muerte. La propaganda hostil repetird la vieja acusacién de que los cristia- nos eran supersticiosos. Sufren martirio Clemente Romano, Simeén, obispo de Jerusalén, Ignacio de Antioquia y muchos otros. Las actas hablan del tormento dado a dos esclavas. La etapa de Adriano (117-138) parece ser que fue mas apacible. Sigue la misma politica que su antecesor, pero tampoco faltan las excepciones como en el caso de Sinforosa y sus siete hijos. El hecho tuvo lugar en la ciudad de Tibur, nueva residencia imperial. El * Ruiz Bueno, Daniel, Cartas de San Jerénimo, BAC, Madrid, 1972, Ep. 108. Jerénimo alude a este destierro en la carta que escribe a Eustoquio, diciéndole como Paula, en su viaje de Roma a Belén, pasé por esta isla que se habia hecho famosa a causa del des- tierro de Flavia Domitila, 41 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) emperador manda abofetearla, colgarla de los cabellos y arrojarla al rfo atada de una enorme piedra al cuello. Durante el reinado de Antonio Pio (138-161) los casos de martirio fue- ron muy aislados. Tenemos noticia de la decapitacion de Felicidad. No esta claro si su martirio tuviera lugar durante el ultimo afio de Antonio Pio o en el primero de Marco Aurelio. Los Pontifices la acusan ante el emperador porque “propagaba sin cesar el nombre cris- tiano” y eran muchos los que se convertian debido a su predicacién. Convocada en el Foro de Marte para sacrificar a los dioses, se niega y, ptiblicamente, aconseja a sus siete hijos que no se dejen persuadir ante los tormentos, antes bien que “combatan por sus almas y se muestren fieles al amor de Cristo”. La etapa de Marco Aurelio (161-180) fue mas agitada pues, aunque él super6 a los anteriores en benignidad y tolerancia, el ntimero de martires aumenta debido, mas que nada, al fanatismo e intransi- gencia de las autoridades locales; cabe pensar que éstos desearan simplemente desembarazarse de algunas personas cuyo comporta- miento les desagradaba. En Roma es degollada Caridad, declarando ante el prefecto Junio Rustico que era “cristiana por don de Dios”. En la ciudad de Pérgamo, Agaténica, esposa del didcono Papilo, se presenta volun- tariamente al martirio. Durante el proceso del obispo Carpo y Papilo, ella permanecia como una espectadora mas. Cuando Carpo es clavado al madero, los circundantes le vieron sonrefr y, extrafia~ dos, le preguntan: “ ;qué te pasa que ries?”. El responde: “he visto Ia gloria del Senior y me he alegrado”. Cuentan las Actas que Agaténica también presencié esta “gloria del Sefior” y entendiendo en ello una clara llamada al martirio, levant6 su voz en medio del gentio, diciendo: “este banquete también estd preparado para mi, tengo que tomar parte y comer de este banquete glorioso”, y sin més preaémbulos, arrebatada de jtibilo, se dirigié al madero gritando tres veces: “Seftor, Sefior, aytidame, pues en ti he buscado mi refugio”. 42 MUJERES QUE SE ATREVIERON, Acaso uno de los martirios mds espectaculares fue el de la escla- va Blandina, integrante del grupo de martires de Lyon (aio 177). Dio muestras de tal fortaleza fisica que hasta sus verdugos, ren- didos, ya no sabian qué tormento aplicarle, maravillados de que pudiera permanecer con vida a pesar de tener desgarrado todo su cuerpo, que pendia de un madero en forma de cruz. Desde este lugar “privilegiado” infundia animo a los combatientes en el anfi- teatro, ella “la pequenia, débil y despreciable que, revestida del grande e invencible atleta Cristo, vencid en singulares combates al enemigo”. Quisieron exponerla a las fieras pero, como ninguna se acercaba a ella, decidieron bajarla y Ilevarla nuevamente a la carcel en espera de otro combate. Estos hechos ocurrieron con ocasién de las fiestas que reunfan anualmente en Lyon a los delegados de las tres Galias. El tiltimo dia de los combates de gladiadores fue Ile- vada al anfiteatro, junto con su hermano de quince afios y otros més. Después de sufrir los azotes y dentelladas de las fieras, aca- baron por envolverla en una red y soltaron contra ella un toro bravo que la lanzé6 varias veces a lo alto. Sera “rematada” con el degiiello. El ultimo emperador de los Antoninos, Cémodo (180-192), tampoco efecttia condenas masivas. En realidad permite la presencia de cris- tianos en su Corte, tales como su propia concubina Marcia y altos funcionarios. Las Actas de los martires Escilitanos (afto 180) son las primeras que constatan persecuciones en Africa aunque ya habia protomértires en esta regién desde el momento en que en a ciudad de Escilo (cerca de Cartago) se veneraba a martires africanos. El procénsul Vigelio Saturnino desencadena la persecucién. En la ciu- dad de Escilo apresan a tres hombres y tres mujeres: Esperato, Nartzalo y Citano, Amata, Segunda y Vestitia (asi estan citados en las Actas, a modo de dos triadas de igual categoria y rango, proba- blemente por tratarse de los lideres de la comunidad cristiana, cuando fueron detenidos llevaban consigo “unos libros y las cartas de Pablo”). PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) Al hacerles prestar juramento por el emperador, Amata responde: “Nosotros tributamos honor al Cesar como a Cesar; pero temer, s6lo teme- mos a Dios”. Segunda, dijo: “lo que soy, eso quiero ser” y Vestitia: cristiana”. Estas dos mujeres expresan lo que “son”, es decir, su ver- dadera esencia. Les concedieron treinta dias para reflexionar y retractarse. Estos seis “y los demas” -es de suponer que otros miembros de la comu- nidad- fueron degollados. * Siglo III: Con Séptino Severo (193-211) las relaciones Iglesia-Imperio toma- ran un nuevo cariz. El emperador también cuenta con cristianos entre sus intimos y sabe que éstos le han apoyado en su campajia de Asia en la lucha que sostuvo contra Prescenio Niger. Por tanto, son una fuerza con la que hay que contar y, en la medida que “sir- van” al Imperio y a los intereses del emperador, hay que proteger- los. Durante los siete primeros afios de su mandato sigue la politi- ca precedente pero a partir del afio 202, tras su visita a Oriente, se percaté del auge de los cristianos y publicé un Edicto prohibiendo el proselitismo y difusién del cristianismo. En Alejandria son abrasadas vivas la catectimena Herais, Potamiena y su madre Marcela. Las tres figuran en las Actas de los martires de Alejandria y de Potamiena, en concreto, se hace eco Paladio en su Historia Lusiaca®. El incidente —“ampliamente recor- dado”~ se lo cuenta el famoso monje Isidoro. Su amo, incapaz de seducirla, la denuncia “por cristiana y blasfema” ante el prefecto de Alejandria. Tras haber sido torturada la llevan ante la caldera llena de brea. Le dan una nueva oportunidad: 0 someterse a Jos deseos del amo 0 morir abrasada. No cede. La desnudan y la introducen en la caldera poco a poco, por espacio de una hora. Murié cuando ” Paladio, H.L. 3. 44 MUJERES QUE SE ATREVIERON la brea ardiente legaba a la altura del cuello. Se cuenta que muchos Alejandrinos se convirtieron “por habérseles parecido en suefios Potamiena y haberlos exhortado”. El martirio de Perpetua y Felicitas, en la ciudad de Cartago, es atin mas renombrado. El texto de esta Passio es importante por dos razones: en primer lugar porque el martirio es presentado como un poderoso simbolo de liberacién humana y autorrealizacién y, en segundo lugar, por- que el relato es descrito por una mujer. En él no hallamos florilegios retdricos ni intento de didacticmo o edificacién, esta escrito en un latin coloquial y familiar. Se trata de una descripcién “hacia aden- tro” y “hacia afuera”, contando lo que vive a su alrededor, lo que ve y también lo que suena. La narracién es introducida por el edi- tor pero pronto contintia en primera persona, relatado por la misma Perpetua, en la que su lealtad a Cristo le ayuda a trascender el papel que se supone deberfa aceptar una mujer de su tiempo. Esta nueva identidad se refleja claramente en sus relaciones de familia y en su vida en la prisién junto con otros cristianos. No tiene en cuenta los ruegos de su anciano padre cuando éste le supli- ca, apelando a sus responsabilidades de joven madre, que ofrezca culto al emperador. Entre los prisioneros, Perpetua emerge como una figura que tiene autoridad moral, invadida por el Espiritu. Experimenta proféticas visiones en las que asegura a sus compafie- ros que les espera mejor vida tras la muerte. En una de sus visiones se percibe a si misma “desnuda y convertida en var6n” luchando frente a un gladiador. Merece la pena reproducir el texto de esta ultima visién, acaecida el dia anterior a su muerte: “He aqui que veo un gentio inmenso enfurecido, y como sabia que estaba condenada a las fieras me maravillaba de que no las soltaran contra mi. Sélo salié un egipcio, de fea catadura, acompariado de sus ayudantes, con dnimo de luchar conmigo. Mas también a mi lado se pusieron unos jéve- nes hermosos, ayudantes y partidarios mios. Luego me desnudaron y 45 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (6. I-V) quedé convertida en varén, y empezaron mis ayudantes a frotarme con aceite, como se acostumbra a hacer en los combates, én cambio vi como el egipcio aquel se revolcaba, entre tanto, en la arena. Entonces salié a la arena del anfiteatro un hombre de extremada grande- za y dijo: “si este egipcio venciese a esta mujer, la pasaré a filo de espada; mas si ella venciere al egipcio, recibird este ramo” (un ramo verde del que pendian manzanas de oro). Y se retiré. Y nos acercamos el uno al otro y empezamos un combate de pugilato. El trataba de agarrarme por los pies; pero yo le daba en la cara con los talones. Entonces fui levantada en el aire y empecé a herirle como quien no pisa la tierra. Mas como vi que el combate se prolongaba, junté las manos de forma que enlacé dedos con dedos, y le cogi Ia cabeza y cayé de bruces, y yo le pisé la cabeza. El pue- blo rompié en vitores, y mis partidarios entonaron un himno. Yo me acer- qué al lanista y recibi el ramo. El me bes6 y me dijo: “hija, la paz contigo”. Y me dirigi radiante de gloria hacia la puerta de los vivos, y en aquel momento me desperté” (X). El texto es de gran simplicidad y belleza al mismo tiempo, podria comentarse ampliamente pero aqui slo quiero resaltar un detalle que estaria en contraposicién con otro texto que viene después, cuando sacaron a las dos mujeres desnudas, envueltas en redes, y las enfrentaron a una vaca brava (comprada expresamente para este acto y en contra de la costumbre, simplemente porque “su gran ano emulaba el sexo de elas”). Los pechos de Felicitas destilaba leche materna ( hacia tan sélo unos dias habia dado a luz) y, ante el albo- roto que se arm6 entre la multitud por tanta vejacién, las cubrieron con una ttnica. El autor que prosigue el relato dice que “la primera en ser lanzada al alto fue Perpetua y cay6 de espaldas; mas apenas se incorporé sentada, recogiendo Ia tunica desgarrada, se cubrié el muslo, acordandose antes del pudor que del dolor. Luego, requerida una aguja, se ato los dispersos cabellos, pues no era decente que una mértir sufriera con la cabellera esparcida para no dar apariencia de luto en el momento de su gloria” (XX). En opinién de Peter Dronke, ésta es una de las muchas afiadiduras al verdadero relato de Perpetua puesto que una mujer 46 MUJERES QUE SE ATREVIERON que no se ruboriza al describirse en la visi6n como alguien a quien desnudan para el combate y la frotan con aceite, dificilmente repa- rarfa en “recatos de pudor” a la hora de la muerte”. La gran popularidad que alcanzaron estas martires se demuestra por la existencia de varias copias de la Passio, en latin y en griego, por la dedicacién que les hicieron de una basilica en Cartago y, sobre todo, por la conmemoracién de la fecha de su martirio (7 de marzo del 203) en el calendario oficial de la Iglesia Romana. Agustin de Hipona habla de ellas al menos en tres sermones (n° 280, 281 y 282), ensalzando su “Animo varonil” porque “la femeni- na flaqueza no desfallecié bajo tanto peso”... El emperador Alejandro Severo (222-235), de vasta cultura religiosa y religion sincretista, toleré a los cristianos. El favor que les dis- pens6 se debié a su madre Juliana Mammea, admiradora de Origenes, y a Hipdlito, considerado por entonces como el mejor tedlogo de la Iglesia. Con todo, como atin existian leyes contra los cristianos, algunos magistrados hicieron uso de ellas. Los Papas Calixto I y Urbano I seraén martirizados bajo su mandato, en los afios 222 y 230 respectivamente. En este mismo afio Cecilia es con- denada a morir de asfixia en el caldarium o sala de vapor. Pocas horas antes de su martirio se habia celebrado en su palacio el bau- tismo de 400 personas que habian sido convertidas por ella a la fe cristiana. El Papa Urbano fue quien presidié el acto. EI nuevo emperador Maximino (235-249) ordendé una tremenda persecucién. No se conservan Actas martiriales de esta época, aun- que sabemos que San Hipélito y el Papa Antero (de breve pontifi- cado, apenas dos meses) murieron martirizados por orden del emperador. Llega ahora la violenta persecucién de Decio (249-250), que practi- camente diezma a los cristianos. Decio consideraba a los cristianos * Cf, Dronke, Peter, Wome Writers of Middle Ages, Cambridge University Press, Cambridge, 1984, p. 15. 47 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) como un verdadero obstdculo para la reconstruccién del Imperio y exigia el reconocimiento de la religion oficial del Estado. El Papa Fabiano, que fue quien dispuso que notarios levantaran Actas deta- lladas sobre las muertes por martirio, es martirizado en el 250. Decio se hace duefio del Imperio en octubre del afio 249. El Edicto de persecucién debié publicarse poco después, tanto en Roma como en Cartago. Les proponia la participacion en banquetes sagrados, ofrecer libaciones o sacrificios a los dioses -sacrificati-, etc. Bastaba con que dieran una muestra exterior de su adhesi6n al culto pagano. Quienes se sometian recibian un certificado o libelo de “confirmacién” -eran los libelaticos. En Cartago la persecucién alcanz6 el maximo rigor. Credula, Hereda y Julia fueron ejemplo para muchas otras mujeres. Murieron de hambre en la crcel. Dionisio de Alejandria, en la carta que escribe a Fabio, obispo de Antioquia, le da cuenta de los que sufrieron martirio en aquella ciu- dad”, en donde la persecuci6n se habia anticipado un afio antes del Edicto imperial, por tanto hacia finales del 248 o principios del 249. Se dice que fue Quinta la segunda persona “a quien echaron mano”, fue atada por los pies y la arrastraron por toda la ciudad a la vez que iban azotandola; tras llegar al punto de partida, la lapidaron. También prendieron a la anciana Apolonia, la golpearon y abofete- aron hasta hacerle saltar todos los dientes. Levantaron una hogue- ta en medio de la ciudad y la amenazaron con quemarla. Ella misma se arrojé a la hoguera. Dionisio dice que también apresaron a otras cuatro mujeres, nos da el nombre de tres: la virgen Ammonoria, la anciana Mercuria y Dionisia, “madre de muchos hijos”. Las tres murieron bajo el filo de la espada. En otra de sus car- tas a Domicio y Didimo les dice que “es iniitil hacer una lista, nombre por nombre” porque martirizaron a “hombres y mujeres, jévenes y vie- Cf. Eusebio de Cesarea, Historia Eclesidstica, (VIA14-7-18 y VIII6), BAC, Madrid, 1973. 48 MUJERES QUE SE ATREVIERON jos, doncellas y ancianas, soldados y civiles, en una palabra, todo sexo y edad, vencedores en el combate de la fe, unos por los azotes y el fuego, otros por la espada, todos alcanzaron la corona”. La persecuci6n se ceba igualmente en Sicilia, en donde tiene lugar el martirio de Agata, una de las martires mas populares y venera- das de la cristiandad, y en Grecia. Las Actas solamente nombran a una mujer frigia, de nombre Macedonia (probablemente, espo- sa del presbitero Lemmo, también martirizado) y a Sabina, otra mujer que afronta el martirio con una sonrisa a flor de labios a pesar de que sus verdugos la amenazan con estas palabras: “;Te ries? Tendrds que sufrir lo que sabes, porque las que no quieren sacrifi- car se las destina a los lupanares y alli hacen compajiia a las meretrices y ganancia para los rufianes”, Ella s6lo respondié: “Sea lo que Dios quiera”. Tras la muerte de Decio, a principios del 250, le sucede Galo (250- 253), quien morira poco después en lucha contra el general rebelde Emiliano, siendo proclamado emperador el general Valeriano (253- 260). Durante los primeros afios fue tolerante con los cristianos; el mismo Papa Lucio I, que habia sido desterrado de Roma por orden de Galo, pudo volver a la ciudad, pero entre los afios 257-258 vuel- ve a desatarse una violenta persecuci6n. Seguin el obispo de Cartago, Cipriano, a todos los que sorprendian en las reuniones del culto los condenaban en las minas a trabajos forzados, una de las peores penas de muerte. A estos condenados se les flagelaba, se les marcaba en la frente y les clavaban a los pies anillas de hierro, unidas por una cadenilla que, a veces, se enlaza- ba con otra a Ja cintura, con el objeto de encorvarlos y prevenir la posible fuga. Por ser considerados esclavos, se les rasuraba la mitad de la cabeza. Todos trabajaban, sin privilegio de condicién, edad o sexo, si bien las mujeres eran condenadas a “servicios auxi- liares” de todo tipo (recordemos las palabras que le fueron dirigi- das a Sabina). 49 50 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) En las Actas de los mértires Montano, Lucio y compaiieros, sola- mente se nombra a una tal Cuartilosia, mujer que también tuvo una vision en la carcel y es relatada por sus compafieros de prision. * Siglo IV: Después de Valerio transcurre una época de paz y relativa libertad para los cristianos hasta la legada de Diocleciano (284-305). En rea- lidad durante casi veinte afios de su largo reinado el emperador dio muestras de liberalidad y concedié cargos importantes a un buen numero de cristianos. Podemos afirmar que la religion cristiana estaba extendida por todo el Imperio, aunque no en todas partes con igual densidad. Se estima que a finales del siglo III la poblacién cristiana rondaba los cinco millones. Ya no se trataba de una simple religién de “cardadores de lana, zapateros remendones y lavanderas” ~como afirmaba Celso hacia finales del siglo II-, ahora ya se habla de hombres y, sobre todo, de “mujeres nobles y ricas que, obedeciendo a la llamada de Ia perfeccién evangélica, entregan sus bienes a la Iglesia y 4 los pobres” (hemos constatado el hecho en el caso de la diaconisa Olimpia y lo confirmaremos més adelante, cuando abordemos el tema de las ascetas). En la mismisima familia imperial se rumorea- ba que Prisca, esposa de Diocleciano, y su hija Valeria se sentfan atraidas por el cristianismo. Asi todo, la persecucién de este emperador pasé a la Historia como la més violenta, como si hubiese querido, en verdad, borrar a los cristianos de la faz de la tierra. Quiz4 desbordado por las constan- tes revueltas en distintas provincias del Imperio y habiendo sido acusados los cristianos de incitar varias rebeliones, en febrero del afio 303, aparece el primer Edicto de persecucién, promulgado tanto por Diocleciano como por sus colegas de la tetrarquia en Nicomedia. Es en esta ciudad, en la que el emperador residia con su corte, donde da comienzo la despiadada “cacerfa de cristianos”. De aqui, la persecucidn se extendera a todo el Imperio, si bien la MUJERES QUE SE ATREVIERON intensidad y violencia sera distinta segtin las regiones, asi por ejemplo, en Galia y Bretafia por entonces bajo !a autoridad de Constancio Cloro, padre del futuro emperador Constantino- sdlo se aplicé el primer Edicto, pero en Oriente la persecucién fue mucho més sangrienta, destacando la ferocidad de Maximino Daya y de Galerio, quien la contintia hasta el 311, afio en que promulga su Edicto de tolerancia, a la par que Majencio (hijo de Maximino) concede definitivamente plena libertad a los cristianos de su terri- torio -Italia y una parte de Africa~ y restituye los bienes de la Iglesia confiscados durante la persecucién de Diocleciano. La mayoria de los martires a los que rinden culto los cristianos die- ron su vida en esta persecucién. De las setenta y tantas martires nominadas a lo largo de todas las Actas, 51 pertenecen a esta época. Es evidente que no voy a mencionarlas a todas, solamente a algu- nas cuyo martirio es prototipo de muchas otras. Conviene recordar que no les “ahorraron” tortura de ningtin género. Al igual que los hombres, fueron azotadas desnudas, atadas a un poste, de modo que la espalda fuera blanco fijo de los golpes -aunque ninguna parte del cuerpo se libraba de los latigazos (tiras finas de cuero rematadas con bolas de plomo)-. Este es el caso de Domnina, viuda consagrada al Sefior, martirizada bajo el reinado de Galerio, en el 306, cuando éste se hizo duefio absoluto de Oriente. El tortu- rador Lisias dira: “quitadle esos vestidos, extendedla desnuda y desga- rrad todos sus miembros a varazos’”. Sometidas al caballete, instrumento de madera al que se le aplica- ban anillos, poleas y ruedas giratorias; extendian al mértir en posi- cin supina e iban estirando sus miembros, torciendo brazos, pier- nas, pecho..., hasta dislocarle los huesos. Asi muere, en Cesarea, Teodosia, joven virgen de diecisiete anos, natural de Tiro. El gober- nador “como loco, la somete a terribles torturas que hacen estremecer, » Cf, Actas de los Mértires, 0.c,, en Martirio de los santos Claudio, Asterio, Neén y com- paiieros. 51 52 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) desgarréndole los costados y pechos hasta los huesos, y, respirando atin y manteniendo ella el rostro risuefto y radiante, aparejada para todo, la mando arrojar a las olas del mar’. En la ciudad de Gaza, en el 308, estando los cristianos “en plena reu- ni6n de las lecturas divinas” fueron sorprendidos y sometidos a tor- mentos y “de entre estos, una mujer que lo era de cuerpo, pero hombre por su decision, como no pudiera soportar la amenaza de prostitucién, dijo alguna palabra contra el tirana, como quien habia sido capaz de encomen- dar el gobierno a jueces tan crueles. Por ello, es primero azotada, y, levan- tada luego sobre el caballete, le desgarraron los costados. Los encargados de estos menesteres seguian, por orden del juez, aplicdndole continuos y violentos tormentos’, y es que después del caballete solian aplicar- les ptias de hierro, a modo de garras, para desgarrarles espalda y pecho, cuando no derramaban plomo derretido sobre las partes mas sensibles del cuerpo. Tampoco las eximieron del nervio (asi consta en la Passio de Perpetua), otro de los instrumentos de suplicio mas utilizado, con- sistente en una larga pieza de madera, atravesada a intervalos regulares por agujeros destinados a encajar en ellos los pies de la victima, a quien tendian de espaldas; los dolores debian ser tre- mendos cuando las piernas, distendidas, estaban empotradas en agujeros distantes entre si; la muerte solia producirse por desgarro total del vientre. Dicho esto, resulta prolijo seguir mencionando el resto de instru- mentos de tortura, sin olvidar la sistematica violacién a las mujeres, a veces llevadas al lupanar*, asi Irene (sus hermanas Agape y Quionia, naturales de Tesalénica, son llevadas directamente a la hoguera). Las violaciones se Ilevaron a cabo durante todas las per- * CE. Id., en Los mértires de Palestina. = CE Id, *Cf. Id., en Martirio de las santas Agape, Quionia, Irene y otros. También Paladio, en HLL. 65, constata esta practica, MUJERES QUE SE ATREVIERON secuciones, ademas de consignarlo en las Actas, dieron testimonio de ello Tertuliano (He,VIII,12,14), Juan Criséstomo (Hom.XL,51), Ambrosio (De virginitate, IV, 7; Epist.37), Agustin (De civitate Dei, 1,28) y otros muchos. Otras eran colgadas desnudas, pendiendo de su cabellera, expues- tas a las miradas de los transetintes, como Teomila” o las cristia- nas de Tebaida”, en el 303, que “atadas de un pie, las levantaban por el aire por medio de ciertas mdquinas, cabeza abajo, completamente des- nudas, sin el més leve vestido sobre su cuerpo, ofreciendo a cuantos las miraban el espectdculo mds vergonzoso, mds cruel y mds inhumano que cabe imaginar”. Pertenecen a esta época las martires espafiolas: Justa y Rufina (Sevilla), la nifia Eulalia (Mérida), Eulalia (Barcelona), Engracia (Zaragoza), Leocadia (Toledo), Sabina y Cristeta (Cartagena) y Paula (Cartagena). Para terminar, una Ultima apreciacin: el origen del culto a los mar- tires gse debe a las mujeres? Aunque nos parezca sorprendente, este culto no se remonta a una fecha muy temprana; la primera cons- tancia data de mediados del siglo II. Antes de esto se limitaban a la veneracién debida a toda persona después de Ia muerte (algo que hasta los paganos hacian). Los cristianos procuraban evitar la cre- macién y comenzaron a considerar el dia de la muerte como dies natalis, pues era el comienzo de la verdadera vida. Pasados los afos las reliquias se hacen objeto de veneracién popular. En las Actas de Taraco, Probo y Andrénico, martirizados en el 304, en la ciudad de Tarso, capital de Cilicia, el gobernador Maximo dice a Téraco por dos veces: ” ;piensas que después de tu muerte van a venir mujerzuelas a recoger y embalsamar con ungiientos tu cuerpo? No, ya me cuidaré yo también de que no quede rastro de ti sobre la tie- rra” y “no te quitaré sencillamente la vida, no sea que, como antes te ¥ Cf. Id,, en Martitio de los santos Claudio, Asterio, Nesn y companeros. * Cf, Id, en Los martires de Diocleciano, segtin el relato de Eusebio de Cesarea. 53 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (5. I-V) dije, envuelvan tus reliquias entre lienzos y, embalsamandolos unas mujercillas, las adoren, sino que tras matarte ignominiosamente, man- daré que seas quemado y esparciré al viento tus cenizas”. En la senten- cia dada a su compafiero Andrénico, vuelve a repetir: “quemad la lengua y los dientes de esa infame cabeza y reducidlo todo a ceniza, espar- cidlo al viento, no sea que vengan unas cuantas mujerzuelas de su misma impia religién y los recojan y guarden como preciosas y santas reli- quias”. Esto significa que las mujeres, compasivas y misericordiosas, segui- an arriesgando sus vidas, emulando a aquellas otras que “miraban desde lejos a Jesits crucificado” (Mc.15,14; Mt.27,55; Le.23,49) y “se fija- ban d6nde colocaban su cuerpo muerto” (Mc.15,47; Le.23,55) En cuanto a los lapsos cristianos (que debieron ser miles, a juzgar por las crénicas) los disturbios promovidos por éstos arreciaron durante unos cuantos afios, en protesta por la terrible disciplina penitencial a la que debian someterse si querfan volver a ser consi- derados miembros de la Iglesia. Los llamados libeldticos -quienes habian conseguido, a través de sus influyentes amistades 0 por dinero, un “certificado de haber sacrificado a los dioses” (sin haber- lo hecho en realidad)- si se arrepentian, eran admitidos a la comu- nién, pero a los que habfan sacrificado realmente sdlo se les conce- dia el perdon a la hora de Ja muerte; en caso de haber sido clérigos si eran admitidos a la comuni6n pero nunca mas al ejercicio de su ministerio. No faltaré quienes se acojan a los martires supervivien- tes, tomdndoles como intercesores para que les expidieran unos libelos 0 cartas de recomendacion para que la Iglesia volviera a aco- gerlos en su seno. La decisién ultima, en todo caso, estaba en manos del obispo. Asi el caso de un tal Celerino que vio sucumbir en la fe a dos de sus hermanas, Numeria y Candida, en Roma”, e implora la intercesién de su compatriota Luciano y la de sus com- pafieros. El amigo se apresura a contestarle y le comunica que “de ™ Cf. Cartas XXI y XXII de San Cipriano. MUJERES QUE SE ATREVIERON conuin acuerdo hemos despachado cartas de paz a todos los lapsi sin excep- cién”, enviando saludos y paz para sus hermanas, ocupadas en atender a los que llegaban desterrados de Cartago a Roma. A partir del Edicto de Milan, dictado por Constantino en el 313, la Historia de la Iglesia sera “otra historia”. IL. Las madres del desierto El monacato surge con fuerza precisamente cuando, a raiz de la paz constantiniana, finalizan las persecuciones y el espiritu marti- rial empieza a disminuir. Es bien conocida la mordaz frase de San Jerénimo: “después de convertidos los emperadores, la Iglesia ha crecido en poder y riquezas, pero ha disminuido en virtud®”. En esto, tenia su punto de razon. Conforme la Iglesia recibe un estatuto juridico privilegiado y se multiplican por doquier los centros de culto” empiezan a aparecer las medidas restrictivas contra las practicas Ppaganas y a cerrar sus templos. La avalancha de conversiones es grande, en estos casos, lo de siempre: unos de buena fe, otros, por temor a la represalia, muy superficialmente. Asi es que los que buscan “un sendero mas estrecho” se van al desierto dispuestos a emprender una vida mds ascética en medio de penitencias, vigi- lias, ayunos y oracién. » CE PL2353. » En el 324, por ejemplo, el Papa Silvestre I ordena la construccién de las iglesias de Letran y del Vaticano, (haciendo depositar en ésta los restos de San Pedro), su prede- cesor el Papa Marcos ordena igualmente construir otras dos basilicas (una sobre las catacumbas de Balbina y otra en el Juxta Pallacinus ~actual iglesia de San Marcos-). También datan de esta época la Basilica de los Apéstoles, en la via Appia, y la Basilica de los Doce Apéstoles, en Constantinopla. A mediados del siglo, el Papa Liberio inicia la construcci6n de la magnifica basilica de Santa Maria la Mayor, reconstruida y embe- lecida posteriormente, hacia el 435, por Sixto III, como expresiGn del renovado culto mariano, tras la herejia nestorianista. 56 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) A mediados del siglo III, durante la persecucién de Decio, multitud de cristianos huyé a los desiertos del bajo Egipto. Aplacado el peli- gro, unos regresan a las ciudades y otros se establecen alli, convir- tiéndose en precursores y precursoras de los/las eremitas. La expansién del monacato coincidira con el final de la tiltima perse- cuci6n. La palabra martirio sera, ahora, sinénima de ascesis y la vir- ginidad consagrada sera considerada como un verdadero martirio prolongado a lo largo de toda la vida, incluso tan meritorio como el mismo martirio cruento. El movimiento anacoreta y cenobitico fue una realidad igualitaria. Mujeres pertenecientes a todos los estratos sociales y estado (virge- nes, casadas, viudas) alcanzaron santidad de vida al igual que muchos de sus hermanos, sélo que ellas, a diferencia de éstos, no fueron muy recordadas al redactarse la Historia de la espirituali- dad cristiana, de ahi que también nos encontremos con dificultades (como en el tema de las martires) a la hora de profundizar en este extraordinario movimiento femenino de los siglos IV y V. El tema lo he abordado bastante ampliamente en un libro y a él remito”. Aqui me limito a exponer brevemente algunas consideraciones. En un primer momento la palabra monje/monja -derivacién de la gtiega monos- se aplicaba exclusivamente a los/las anacoretas 0 eremitas. Posteriormente, hacia mediados del siglo IV, se hace extensiva a cuantos “abandonan el mundo” para vivir, bien en soli- tario o en comunidad, con mas radicalidad el ideal evangélico. Por entonces no constituian todavia lo que luego vino a considerarse un “estado diferente”, sino sencillamente un “grupo peculiar” den- tro de la comunidad cristiana. En estos primeros siglos la direccién espiritual no fue ejercicio exclusivo de los “Abbas” (padres espirituales), sino que competia igualmente a las “Ammas” (madres espirituales), de ahi que los nombres de Sara, Sinclética y Teodora fueran incluidos en el lista- ™ Cf, Musioz Mayor, Maria Jestis, Espiritualidad femenina del siglo IV, Publicaciones Claretianas, Col. Signos 8, Madrid, 1995. MUJERES QUE SE ATREVIERON do alfabético” que se hizo para consignar los Apotegmas de los Padres. Es evidente que también las mujeres eran portadoras del Espiritu, instrumentos que hablaban y obraban bajo su impulso. Ser “espiritual”, en la acepcién de la antigiiedad, significaba haber recibido y poseer el Espiritu Santo. A este estadio se llegaba des- pués de un largo y perseverante ascetismo. Fue preciso la renuncia total, el retiro al desierto, Ja expatriacién voluntaria, la austeridad corporal, ayunos, vigilias, silencio, oracién ininterrumpida. Entre sus virtudes habria que destacar la humildad, mansedumbre, indulgencia, dulzura y caridad extrema. Favorecidas con abundan- tes carismas y dones, en especial el don de discernimiento en las cosas espirituales y el don de ciencia espiritual 0 conocimiento inti- mo y profundo de la Escritura, estas mujeres trasmitian la verda- dera vida del Espiritu, aquella capaz de engendrar hijos e hijas segtin el Espiritu para que, a su vez, alcanzada la perfeccién, pudie- tan desempefiar esta direccién espiritual. No eran solamente “modelo” para las mujeres sino también para los varones, como bien lo reconocié el santo monje Piterén -famo- so anacoreta de Tebaida— cuando, echandose a los pies de una monja, le pedia su bendicién, al tiempo que decfa a sus compafie- ras del monasterio: “esta mujer es una madre espiritual para ambos, para vosotras y para mi”. También el Abba Zésimo, hombre que alcanz6 los mas altos grados de la perfeccién, se dirigié con estas palabras a Maria de Egipto: “;Oh, Madre en el Espiritu!, es evidente por tu clarividencia que habitas con Dios y casi has muerto para el mundo. Por encima de todo es obvio que la gracia de Dios te ha sido dada desde el momento en que me has llamado por mi nombre y me reconociste como sacerdote, aunque nunca me has visto anteriormente. Y puesto que la gra- ® En comparacién con los 125 “Abbas” que se nombran el ntimero de 3 “Ammas” resul- ta casi una nimiedad pero los apotegmas de las mujeres destacan por su discrecion, delicadeza , intuicién psicolégica y acertada mistagogfa, frente a cierta rudeza -y no pocas veces extravagancia- de muchos de los apotegmas 0 “dichos” de los Padres. Después de todo, el “tres” jes un numero perfecto!. * Ct, Paladio, HLL. 34. 57 58 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) cia es reconocida no por oficio sino por los dones del Espiritu, bendiceme, por el amor de Dios, y ruega por mi desde Ia bondad de tu corazén®. Es cierto que no podemos considerar a Maria Egipciaca como “Amma” en el sentido amplio de la palabra, pues vivid en soledad durante cuarenta y siete afios en el desierto que se extendia a ori- llas del rio Jordan, sin ver ni mediar palabra con ser humano, pero es en esta asceta en quien mejor puede apreciarse todo el proceso de la auténtica catarsis 0 purificacién como medio de llegar a la apatheia, la nocién central de la doctrina ascética del desierto, mujer que, por gracia de Dios, lleg6 al verdadero conocimiento, requisito esencial para la contemplaci6n. Su vida -escrita por Soforino, obis- po de Jerusalén~ fue una de las mas leidas a lo largo de la historia, tanto en los monasterios de oriente como de occidente, acarreé tan- tas conversiones que muy bien pudiéramos darle el titulo de “Amma post mortem”, 0 no? Verdadero icono de Cristo, nos pre- dicé mas con el ejemplo que con la palabra. A través de los Apotegmas de los Padres es facil vislumbrar cémo se realizaba en la practica esta direcci6n espiritual. Tras la consulta se procedia a una sobria y escueta respuesta. La maternidad espiritual nunca estuvo ausente, ni ahora ni entonces, simplemente hace falta redescubrirla y valorarla. ¢ a) El monocato en Egipto Los primeros cenobios 0 monasterios de vida comunitaria fueron fundados por Pacomio, hacia el 320, en Tabennesis, region desérti- ca en la zona meridional del antiguo Egipto. Sus monasterios agru- paron a miles de monjes y monjas. Tenian las mismas costumbres y se regian por una misma Regla. Tenfan una alimentacién funda- mentalmente vegetariana, a base de verduras, datiles, higos, acei- tunas, queso y cereales. Ayunaban todos los miércoles y viernes, ® Citado en Maria Jestis Muitoz Mayor, Espiritualidad femenina en el siglo IV, 0.c., p. 97, a propésito del extracto sobre la vida de Maria de Egipto. Cf, PL. 73,671-690. MUJERES QUE SE ATREVIERON pero quienes quisieran ayunar otros dias podian hacerlo a libre voluntad, entonces se les provefa con un poco de pan, sal y agua. Cada monasterio tenia una capilla, un refectorio y varios edificios. Sus celdas no eran individuales sino que las compartian por grupos (un minimo de tres) y la totalidad del monasterio estaba rodeado por una valla. Tenemos noticia de que el monasterio femenino fun- dado hacia el 340 por Maria, la hermana de Pacomio, albergaba a unas 400 mujeres que trabajaban en toda clase de manualidades: hilado, confecci6n, cesteria, carpinteria, zapaterfa, panaderia, copia de manuscritos, etc. Su vestimenta era similar a la de los monjes pacomianos: ttinica de lino sin mangas, ceftida con un cinturén y una cruz color ptirpura sobre el pecho ~a modo de distintivo- y una piel de cabra o de oveja. Al alba, a la hora Nona, al atardecer y por la noche, se reunjan para el rezo comunitario. Los domingos se congregaban en la iglesia central para asistir a la Eucaristia, celebrada por un sacerdote y un didcono que venian del vecino convento de monjes, situado al otro lado del Nilo. En los conventos de Pacomio no se admitfa a nadie que no supiera leer y escribir, asi que cabe suponer que esta normativa prescribia también para Jas monjas. La Sagrada Escritura goz6 del mayor prestigio en los cenobios pacomianos, la aprendfan de memoria, al menos el Nuevo Testamento y los Salmos. La ciudad de Antinoé, también en la Tebaida, contaba en la época en la que escribe Paladio su Historia Lusiaca* —hacia el 419 0 420- con doce monasterios femeninos. En uno de ellos vivié “Amma” *El titulo del libro deriva del nombre de la persona a quien va dirigido, un tal Lauso, camarero real en la Corte del emperador Teodosio IL.. Paladio abrazé la vida monéstica, como discipulo de Inocencio, en el Monte de los Olivos. Contaba por entonces 23 afios, Estuvo més tarde en Jericé y hacia el 388 se trasladé a Egipto, permaneciendo tres afios en las Soledades de Alejandria y luego en Nitria y Cilicia. Debido a una enfermedad, abandoné Egipto y marché a Palestina. En el 400 fue consagrado obispo de Helendpolis (Bitinia). Tras su viaje a Roma, en el 405, visita de nuevo la Tebaida y Antioquia. Debis de morir hacia el 431. Su obra, de obligada consulta, es todo un tratado sobre los distin- tos aspectos de la vida monéstica. Conocié de primera mano a quienes le informaron. 59 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) Talis, madre espiritual de 60 jévenes, que se distinguia por su gran amor, autodominio y cordura. A unos 80 Km. de Alejandria se extendfa el desierto de Nitria. Segtin Paladio, poblaban estas latitudes unos 5.000 hombres y mujeres, viviendo en solitario, de dos en dos 0 en grupos. La ampli- tud del desierto facilitaba que pudieran vivir alejados entre si, sola- mente se juntaban en la iglesia los domingos. Estos/as anacoretas vivian en cabajias aisladas (debido a la gran cantidad que habia en esta zona, el paraje era conocido con el nombre de Cellia, esto es, Las Celdas). Melania la Mayor visit6 estos lugares antes de insta- larse en Palestina. En una de las estribaciones de la cadena montajiosa de Libia, junto alas ruinas de Atripé, el abad Schenudi —quien modificé la Regla de Pacomio, aumentando las austeridades- construyé un gran monas- terio para mujeres, que lleg6 a albergar a 1.800 monjas. La clausura era rigurosa. Ninguna monrja pod{a hablar con otro monje o seglar, slo a la priora le estaba permitido, aunque siempre en presencia de otras dos religiosas de edad. El ayuno también era extremado (una sola comida al dia, en la que se excluia la carne, el pescado, los hue- vos y el queso). Se les permitia retirarse al desierto a practicar vida eremitica, con tal de que siguieran cumpliendo la Regla y se pre- sentaran al monasterio cuatro veces al afio para asistir al Capitulo. Este monasterio de Atripé distaba mucho de ser auténomo. Schenudi en persona 0 a través de un delegado, intervenfa cuando queria, de una manera despética y cruel, prescribiendo hasta los palos en los pies que debfan darse a las monjas —muchas de ellas nifias- por las “faltas” cometidas: contradecir y replicar, pequefias mentiras 0 vestir con vanidad... Lo mds curioso del caso es que es el delegado (al que Iamaban “Anciano”) quien debia dar los palos..., “estando ellas sentadas en el suelo y sostenidas por la Madre, la vicaria y otras de edad”...” CE, Vizmanos, Francisco de B., Las Virgenes cristianas de la Iglesia primitiva, BAC, Madrid, 1959, pp. 493-496. 60 MUJERES QUE SE ATREVIERON Las reflexiones al respecto, sobre este caso y otros similares, podrian ser amplias pero, por razones de espacio, no podemos detenernos en el comentario. Cada cual saque su propia conclu- sion. Lo que si es cierto es que esta dependencia de las monjas, a lo largo y ancho de la historia, posibilité no pocos abusos por parte de quienes se sentian sus legitimos “padres espirituales” y “maestros”. © b) El monacato en el Préximo y Medio Oriente De Egipto el movimiento monacal se extiende a todo el Préximo y Medio Oriente, hasta los confines de Mesopotamia. Bastante antes de que Basilio el Grande se retirara a la soledad de Annesi (no lejos de Cesarea de Capadocia), en las proximidades del rio Iris, construyendo un pequefio monasterio para varones y otro para mujeres -al frente del cual estaba la diaconisa Lampadia-, ya su hermana Macrina la Joven y su madre Emmelia, junto con sus compafieras y sirvientas, habian formado una pequefia frater- nidad en Annesi, ejercitandose en las obras de caridad, en la asce- sis, oraci6n, lectura y meditacién de las Escrituras. Corre el afio 350. Es Macrina quien, cinco aftos después, persuade a Basilio para que deje su cdtedra de retérica en Cesarea y se consagre a Dios. A mi modo de ver (y no creo que sea exageraci6n) ella se convierte en la piedra angular del edificio espiritual que poco después su hermano levantara en Capadocia. En realidad Basilio no fundé una Orden en sentido estricto -ni siquiera una confede- racién- pero fueron muchos los monasterios que acogieron su ideal de vida mondstica, cimentado en lazos de amor fraterno, oraci6n, estudio y trabajo, tal como habia observado en el nticleo formado en torno a Macrina. Este ideal se expandira por casi toda la geografia griego eslava, traspasando los limites de Cesarea de Capadocia. 61 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) Gregorio de Nisa escribié la Vida de Macrina®. Consideré a su her- mana como verdadera fildsofa (experta en la auténtica Sabiduria) y magistral argumentadora tedloga, capaz de las mds elevadas especulaciones, aficionada al estudio de la Sagrada Escritura (aprendi6 a recitar de memoria el salterio, siendo todavia nifia). Muere en el afio 374. En este tiltimo tercio del siglo IV veremos florecer en Palestina toda una serie de colonias mondsticas extranjeras, entre las que sobre- salen las latinas. En el 372, Melania la Mayor (viuda de Valerio Maximo, prefecto de Roma) embarca rumbo a Alejandria junto con otras mujeres ilustres que compartian con ella el ideal del monacato. En cuanto llegé a esta ciudad vendié sus posesiones y pronto distribuy6 el oro y la plata entre los monasterios mas necesitados. Permanece un afio en Egipto a fin de visitar a los monjes y monjas de Nitria. De aqui se dirige a Jerusalén y hacia el 380 funda dos monasterios en el Monte de los Olivos; al frente del de varones puso a Rufino de Aquilea, antiguo amigo de San Jerénimo, gobernando ella el femenino, a lo largo de veintisiete afios. Cuenta Paladio” que Melania era mujer muy erudita y aficionada a la literatura, “capaz de volver la noche claridad a través de cada escri- to de los comentadores antiguos”, apostillando que no los lefa sola- mente una vez 0 a medias sino que “profundizaba en ellos, ahondan- do en cada obra siete u ocho veces”. De aqui se desprende su gran capacidad para filosofar, analizar minuciosamente, habilidad para aclarar y exponer con sencillez las materias més dificiles, intuicion y constancia en el estudio. A estas dotes intelectuales debemos afiadir su espfritu de compasién y prodigalidad para con los * CE. PG 46, 317-416. Ignoro si existe una edicién en espaftol de la vida de Macrina. Ha sido traducido al inglés por WK. Lowther Clarke, Early Church Classics, SPCK, Londres, 1916. También puede confrontarse un extracto en Jean La Porte, The Role of Women in early christianity, The Edwin Mellen Press, Nueva York, 1982, pp. 81-88. "Ch, HL. 55, 62 MUJERES QUE SE ATREVIERON pobres. Dio todo cuanto poseia, “hasta el punto de no reservarse ni un palmo de tierra para st misma”. Recibié toda suerte de grandilocuentes calificativos, Paladio se refiere a ella como a “esa gran mujer hombre de Dios” (;) y Jeronimo dice que “Jerusalén la Ilamé la nobleza de nuestro tiempo”. Muere cuando contaba unos sesenta y ocho o setenta afios, en su monas- terio del Monte de los Olivos, hacia el 409 0 410. Otra mujer de esmerada cultura fue la noble matrona romana Paula la Mayor, perteneciente a la familia Julia (descendientes de Julio César) y emparentada con la de los Escipiones y Gracos. Era una de las letradas que asistia asiduamente al circulo de estudio biblico organizado en el Aventino, en el palacio de Marcela, mujer ésta que causé perplejidad a San Jerénimo, él “se fatigaba ante su insaciable sed de saber mas y més de lo que él mismo podia ensefiarla” y llegé a pensar que tenfa ante sfa un “juez” més que a una “discipu- Ia”; el mismo Jerénimo reconoce su talento natural y que todo lo que él habfa conseguido a fuerza de mucho estudio y prolongadas reflexiones, Marcela “lo aprendié y asimilé tan perfectamente” que, después de su marcha de Roma, cuando habia discusiones sobre cualquier punto de las Escrituras, los obispos y sacerdotes la con- sultaban y acudian a ella “para que actuase de drbitro” en tales dis- putas". Sorprendente, ;verdad? Esta mujer moriré golpeada bru- talmente a raiz del saqueo de Roma por los Godos, en el afio 410. Volviendo a Paula. Fue otra de las mujeres que dej6 pasmado a Jerénimo porque, ademas de hablar y escribir el latin y el griego, consiguié aprender la Iengua hebrea en un santiamén “hasia el punto que cantaba los salmos en hebreo y lo hablaba sin acento latino” mientras que a él le habia costado “mucho trabajo” en su juventud®. No tardé en convertirse en asesora exegética de Jerénimo: éste le Cf. Ruiz Bueno, Daniel, Cartas de San Jeronimo, BAC, Madrid, 1962, Ep. 39. “Cf Id,, Ep. 127. * Id, Ep. 108. 64 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) Jeia sus traducciones y ella le hacia la critica, le corregia, le hacia preguntas y le animaba a proseguir. Fue precisamente en el con- vento que Paula fund6 en Belén (hacia el 372 0 373) en donde se empez6 la copia sistematica de las Escrituras. En sus monasterios (posteriormene fund6 otros tres) todas las monjas tenian la obliga- cién de saber los salmos y aprender diariamente una pequefia parte de las Escritura. Su caridad no fue menos notoria: construyé un albergue para aco- ger a cuantos peregrinos legasen a Jerusalén, huérfanos, enfermos, pobres y ancianos. Cuando fallece, en el 404, el monasterio matriz queda bajo la direccién de su hija Eustoquio, y tras la muerte de ésta, hacia el 418, en manos de su nieta Paula la Joven, que contaba por entonces unos 18 aftos de edad y que fue considerada por el propio Jerénimo como “una de las maravillas de Tierra Santa”, admi- rando en ella su sabiduria y piedad. Otro monasterio latino erigido en el Monte de los Olivos, hacia el 432, se debe a Melania la Joven (nieta de la anterior Melania), con- siderada como la heredera més rica del Imperio, pero cuya magna- nimidad y caridad fueron mucho més alla del reparto del dinero, posibilitando la manumisién a sus 8.000 esclavos y vendiendo cuantas posesiones tenia en Espafia y la Galia, reservando sola- mente sus posesiones de Campania, Sicilia y Africa para asegurar la dote a sus monasterios. Este gesto encomiable nos muestra a una mujer generosa por demas pero “subversiva” a la par, si tenemos en cuenta que el cristianismo proclamaba la igualdad entre todos pero, de hecho, admitis las distinciones sociales como inevitables y toleré el esclavismo -aunque mejorando la suerte del esclavo- durante siglos. Ella, tal vez, comprendié mejor que nadie aquellas palabras en donde Pablo nos dice “todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judio ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jestis” (Gal.3,27-28). MUJERES QUE SE ATREVIERON IV. Conclusiones Siguiendo el ejemplo de Jestis, que traté a las mujeres como a per- sonas, siempre en relacién de igualdad con los varones, la Iglesia naciente también concedié a las mujeres un estatus paralelo al de sus compafieros en misién. Después de la Ascensién del Sefior, las vemos como parte integrante de aquella comunidad formada por unos ciento veinte miembros, comunidad que ora en espera de la promesa de Jestis (Act. 1,13-14). Junto con los hermanos en Ia fe, reciben en Pentecostés los dones y carismas del Espiritu (Act. 2,1- 4). Poco después, al incrementarse el ntimero de los creyentes, “multitud de hombres y mujeres” se adhieren al Sefior (Act. 5,14). Precisamente, el primer fruto de la evangelizacién de Pablo en Europa fue una mujer. Estando el apéstol en Filipos conocié a Lidia, natural de Tiatira (Macedonia), que se dedicaba al comercio de la ptirpura; era, pues, una mujer independiente y rica (su nego- cio era uno de los mas présperos, las ttinicas de ptirpura se cotiza- ban en el mercado a “precio de oro”). Segtin se desprende del texto de Act.16,13-15.40, Lidia debfa de ser la lider de un grupo de muje- res judias de Filipos. Se reunian los sabados para orar y lo hacian a orillas del rfo porque seguramente no habia sinagoga en aquella colonia romana (de ser esto asi significaria que en la ciudad no habria ni siquiera diez hombres judios, el nimero minimo exigido para fundar una sinagoga; Pablo no menciona sinagoga alguna sino que “supusieron que habia un sitio para orar”). Lidia “adora- baa Dios” -es decir, era una prosélita creyente que no se adheria en todo a las leyes judaicas-. Gracias a la predicacién de Pablo se con- virtié al cristianismo. Ella “y los de su casa” recibieron el bautismo. Fue asf como qued6 establecida la primera comunidad cristiana en Europa. Nadie puede dudar de su autoridad y capacidad de per- suasién, desde el momento en que Pablo dice que “les obligé a ira su casa”, es decir, a hospedarse. Los misioneros padecieron azotes 65 66 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) y prision en Filipos. Puestos en libertad, volvieron a casa de Lidia, y animaron a la pequefia comunidad (v.40). Las relaciones que Pablo mantuvo con esta iglesia, reunida en casa de Lidia, fueron siempre muy cordiales y personales. Fue la tinica iglesia que le abrié cuentas de “haber” y “debe”; la generosidad de Lidia debié de ser grande pues, estando Pablo y Silas ya en Tesalénica, por dos veces les envié ayuda para mantenerlos; la intercomunicacién también debié de ser muy frecuente: la comu- nidad envié a Epafrodito para ayudar a Pablo (Flip. 4,16-18). Las iglesias domésticas fueron el origen de la Iglesia en muchas ciudades. Estas casas ofrecfan un espacio suficiente para la predi- caci6n, el culto, participacion en la Eucaristia, lugar propicio para las relaciones sociales entre los que comulgaban la misma fe. Cabe hacerse la siguiente pregunta: si Lidia fue la primera conversa de Filipos, jacaso no corresponderia a ella presidir la comunidad y ensefiar a cuantos -hombres o mujeres— se fueran adhiriendo a la fe en Jestis? Priscila y su esposo Aquila, recordemos, también fun- daron y mantuvieron una “iglesia en su casa”, dondequiera que fueron. Igualmente se convierten “no pocas de las mujeres principales” de Tesalénica y Berea (Act. 17,4.12). En Atenas, Pablo fracasa como predicador, con todo “algunos hombres se adhirieron a él y creyeron, entre ellos Dionisio Areopagita, una mujer llamada Damaris, y algunos otros con ellos” (Act. 17,34). Fijémonos bien en este versiculo: la mujer Damaris esté incluida entre “los hombres” que se adhieren a Pablo, pues se nos dice que de entre este colectivo, entre “ellos” estaban Dionisio, la mujer Damaris y “algunos otros (zotras?) con ellos”. Asi pues, en una relectura biblica y de textos histéricos habria que empezar por cuestionar el monopolio de la palabra masculina, cambiar el lenguaje hasta el punto de hacer emerger el género femenino. Comprenderemos mejor que las mujeres estaban incluidas en los términos genéricos de “discipulo”, “apéstoles”, “profetas”, “evangelistas”, “maestros”, “didconos”, etc., etc. MUJERES QUE SE ATREVIERON Cuando Pablo escribe a los Corintios (hacia finales del 50 o media- dos del 52), enumera cuidadosamente la primera triada jerarquica de la Iglesia: “primeramente como apéstoles; en segundo lugar como pro- fetas; en tercer lugar como maestros; luego, el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas...” (I Cor. 12, 28). Cierto que entre los apéstoles destacaba el grupo diferenciado de “los Doce”, el mismo Pablo no se incluye entre este grupo pero sosten- dré con fuerza que él debe ser contado entre los apéstoles (I Cor. 7- 11), a quienes correspondia el liderazgo de las comunidades, no s6lo proclamaban la Palabra sino que actuaban con autoridad. A Ja luz de los textos evangélicos hemos visto cémo Maria Magdalena puede ser considerada apéstol de los apéstoles y evangelista de la Resurrecci6n y Junia alabada por su destacada actividad apostéli- ca, la cual merece el elogio de Pablo considerandola “ilustre entre los apéstoles”. Si bien los apéstoles eran misioneros que predicaban y fundaban comunidades cristianas alli en donde el evangelio era aceptado, los profetas —a veces también los maestros— se encargaban de alimen- tar, de nutrir o consolidar los primeros brotes de la fe. El suyo era un ministerio itinerante, no se circunscribia a un lugar determina- do sino mas bien operaban aqui y alla, en donde fuera necesario. Junto con la proclamacién de la Palabra, parece ser que tenfan una misién especial de cara a la disciplina de la Iglesia y a la reconcilia- cién. Algunos pecados eran considerados tan graves que solamen- te la voz de Dios a través del profeta podria ofrecer la absolucién®. Dado este prestigio no es de extrafiar que ocuparan también cargos de liderazgo. Del mismo modo que hemos visto apéstoles masculi- nos y femeninos, hay una evidencia innegable respecto al profetis- mo femenino. Joel habia profetizado que cuando el Espiritu hubie- ra sido derramado “vuestros hijos y vuestras hijas profetizaran” (J\. 3,1), asi leemos que las cuatro hijas de Felipe el Evangelista —que © Cir, Volz, Carl A., Pastoral Life and Practice in the Early Church, 0.c., pp.15-16. 67 68 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) era uno de los Siete~ profetizaban (Act. 21,9) y Pablo dice a las pro- fetas de Corinto que, cuando oren o profeticen, lo hagan con la cabeza cubierta (I Cor. 11,5). Por su parte, Lucas menciona a la pro- fetisa Ana, “que no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y dia en ayunos y oraciones..., hablaba del nifio a todos los que esperaban la redencién de Jerusalén” (Lc. 236-38). Asf que las mujeres profetas deben ser incluidas entre los lideres reconocidos en las primeras comunidades, cuyas funciones estaban seguramente restringidas a la plegaria ptiblica y al ejemplo de vida ascética. Segtin Carl Volz y otros autores, este movimiento profético se desacredité, ante los més ortodoxos, a lo largo del transcurso del siglo II, debido al papel preponderante que los Montanistas dieron a los profetas en gene- ral y a las profetisas en particular, entre las que destacaron Maximila y Priscila. De suyo, entre los diecinueve ordculos monta- nistas que se conservan, siete corresponden a las profetisas*. Las profetisas no sdlo gozaron de prestigio entre los Montanistas sino también entre los Gnésticos. Quién sabe si por no sufrir el “descré- dito” de asemejarse en este aspecto a las comunidades que se con- sideraban heréticas, se prefirié “cortar por lo sano” y ahogar, como tantas veces, los dones del Espiritu. Los maestros ocupan el tercer puesto dentro de los ministerios carismaticos, después de los/las apéstoles y los/las profetas, aun- que a veces un profeta podia ser también maestro y viceversa. Su principal misién consistia en preparar a los catectmenos para el bautismo y reforzar la fe a los ya bautizados. Apolo estaria en deuda con Priscila (y con Aquila). Cuando Juan Criséstomo men- ciona a Priscila en su Homilia X, sobre II Tim. 3, 1-4, como prece- diendo, en el celo apostélico y en ciencia, a Aquila, dice: “nombra primero a la mujer porque es, supongo, una persona de mas celo y de mas fe, que instruy6 a Apolo”. Este conocfa sélo el bautismo de Juan, pero “Cf P. de Labriolle, La crise montaniste, libro III, “Tertullien et le Montanisme”, Paris, 1913, pp. 34-105. Citado por, Carl A. Volz, Pastoral Life...,0.c., p. 183 y también por Jean LaPorte, The Role of Women..., 0.c., p57. MUJERES QUE SE ATREVIERON ignoraba la transformacién del poder del Espiritu (Act. 8, 14-17 y 19, 1-7), a pesar de que dominaba las Escrituras y ensefiaba con todo esmero lo referente a Jestis. Priscila y Aquila asumieron la res- ponsabilidad de llevarlo con ellos y “le expusieron mas exactamente el Camino” (Act. 18, 26). Fuera de los textos extrabiblicos contamos con dos cartas de finales del siglo I que dan pie para pensar que las mujeres, en efecto, eran maestras capaces de “instruir a otros en Cristo” y de emitir juicios de peso respecto a la aprobaci6n (0 reprobacién) de obispos o pres- biteros. Se trata de la carta que Maria de Cassobolos (colaboradora de los Papas Anacleto y Clemente I , cuyos pontificados datan res- pectivamente del 78-88 y 95-105) dirige a Ignacio de Antioquia y la respuesta que le envia éste. En la carta que Ignacio escribe al dia- cono Herén también cita a Maria. Es muy probable que Maria de Cassobolos hubiese conocido a los dos primeros Pontifices de Roma, a Pedro y a Lino, y puede que no sélo los hubiera conocido sino también colaborado con ellos. Se trata, pues, de una mujer que pertenece a la primera generaci6n cristiana, que goza de alto pres- tigio y destaca a los ojos del obispo de Antioquia como mujer de gran ecuanimidad, doctisima en Sagrada Escritura y ejemplar en piedad, mencionada siempre a la par de obispos y diéconos, pues ella también posee una “Iglesia en su casa”. {Era, por tanto, Maria, la responsable de la comunidad cristiana de Cassobolos? A todas luces parece que si, segtin podemos deducir de los textos que voy a citar a continuacion (los subrayados en letra negrita son mfos): 1°) de Ia carta (gconsiderada apécrifa?) que Maria dirige a Ignacio: en ésta, Maria exhorta y ruega a Ignacio que le envie a su comuni- dad de Cassobolos a los jovenes “Maris, compaiiero nuestro, obispo de nuestra Nedpolis del Zorbo (se trata del puerto de Filipos, a unos 14 Km. de esta ciudad) y Eulogio, presbitero de Cassobolos, a fin de no estar privados de presidentes de la palabra divina” (1). Prosigue dicién- dole que no tema por el hecho de que estos dos hombres sean jéve- nes, citando diversos pasajes de la Sagrada Escritura en los que se 69 70 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) prueba cémo la juventud de Daniel, Jeremias, Salomén, Josias y David no fueron impedimento para que Dios les encomendase la profecia y el sacerdocio. Concluye con estas palabras: “Te suplico que no me tengas por importuna y soberbia; pues si te he dirigido estos dis- cursos, no ha sido con dnimo de darte una leccién, sino por recordarselos a mi padre en Dios; porque conozco mi propia medida y no me alargo y extiendo hasta vosotros, que sois lo que sois” (V). 2°) de Ia carta que le dirige Ignacio de Antioquia®: “Lo que por tu carta mandaste, yo lo he cumplido con mucho gusto, sin vacilar sobre ninguna de las personas que tt aprobaste por buenas, pues me di cuenta de que dabas tu testimonio sobre aquellos dos hombres por juicio de Dios y no por gracia carnal. Por lo demds, sobremanera me complacieron tus citas de lugares escrituarios, leyendo los cuales no se me ocurrié ni dudar sobre el asunto, pues no tenia en qué ojos escapar, ante la demostraci6n irrefutable tuya. (...) Se me ocurre decir ser verdad la palabra que of acerca de ti, cuando atin estabas en Roma junto al bienaventurado papa Anacleto, a quien al presente ha sucedido Clemente (...). Y ahora, a aquella palabra has afiadi- do cien veces mas, y ojald aftadas cien veces més, oh hija”. La carta de Ignacio concluye asf: “Huid de los que niegan la pasion de Cristo y su nacimiento segtin la carne, y cierto son muchos los que ahora padecen esa enfermedad (se refiere a los Docetas).Lo demds seria necio recomendartelo a ti, que eres perfecta en toda obra y palabra buena y capaz de instruir a los otros en Cristo (...). Te saludan los presbiteros y los did- conos y, ante todo, el sagrado Herén (didcono de la Iglesia de Antioquia)”. 3°) de la carta que Ignacio escribe a Herén: la despedida reza de la siguiente manera: “Saludo en el Sefior a Maris, obispo de Nedpolis del Zorbo. Saluda también a Maria, mi hija doctisima, y a Ia Iglesia de su casa, de la que ojala fuera yo rescate, ejemplar que es de las piadosas muje- res” (IX). © Cfr,, Carta de San Ignacio a Marta de Cassola, en D. Ruiz Bueno, Padres Apostdlicos, B.A.C., Madrid, 1950, MUJERES QUE SE ATREVIERON Resumiendo: una atenta lectura del Nuevo Testamento y a otros textos extrabiblicos del siglo I y primeros del II, muestran que las mujeres también se encontraban entre los lideres del movimiento cristiano primitivo. En estas primeras comunidades no habia privi- legios sociales, de raza o de sexo. Hombres 0 mujeres, ricos 0 pobres, esclavos o libres, sin excepcién, constituian el Nuevo Pueblo de Dios, la nueva familia igualitaria en donde todos eran “hermanos y hermanas” en Cristo Jestis. La superioridad masculi- na - propia de la cultura patriarcal -quedé abolida en el seno de este movimiento cristiano, de modo que los distintos ministerios y funciones - incluida la funci6n de autoridad- eran ejercidos en vir- tud de los carismas personales reconocidos en el seno de la propia comunidad. Al ser todos/todas “uno en Cristo Jestis” (Gal. 3,28), todos y todas se consideraban discipulos y discipulas enviados a proclamar el Evangelio, cada uno y cada una asumiendo los minis- terios que les eran asignados segtin los dones y carismas recibidos, de ninguna manera seguin su condicién sexual. En la Iglesia nacien- te cualquier servicio era visto como un ministerio de amor a la comunidad de los fieles. Una atenta lectura de las Actas y a las car- tas de Pablo nos lleva a concluir que las mujeres participaron ple- namente en las comunidades, en un nivel de igualdad junto con los hermanos. El sentido de “poder y prestigio” fue apareciendo en la medida en que las comunidades cristianas comenzaron a institu- cionalizarse, asimilando muchas de las estructuras propias del Imperio Romano. Mas que abrirse una puerta para la mujer, diria- se que se le cierra. Mientras no estuvo presente el factor presti- gio/poder, no hubo problema para aceptar los ministerios femeni- Nos, pero pronto el movimiento circular de la Iglesia naciente devi- no en un movimiento escalafén. En muchas comunidades hombres y mujeres gozaban del principio de igualdad proclamado en Galatas 3,28. Junto con esta triada de ministerios principales que acabamos de mencionar, habia otros tales como el de obispos, presbiteros y dia- 71 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) conos. Los episkopos probablemente surgieron en las comunidades griegas, a manera de supervisores y administradores; los presbyte- roi estan presentes junto con los diakonos. De nombre sélo conoce- mos a una mujer didcono, Febe, pero es muy posible que durante el siglo I hubiera muchas mas, hasta que fueron siendo sustituidas por las diaconisas. Eran lideres en sus comunidades. La palabra didcono, como sabemos, en el siglo I llevaba implicito el ser misio- nero y predicador. Después, el modelo sociolégico patriarcal volvis a copar la arena del ambito puiblico -y privado- y las mujeres vuelven a ser relega- das a un segundo plano. Aquella represién debié resultar muy tris- te y dolorosa para quienes creyeron en la utopia Paulina, para aquéllas y aquéllos que habian saboreado la dulzura del compartir fraterno en el seno de una comunidad al estilo de la que se habia formado en torno al Maestro. Las mujeres de hoy dia queremos revisar esta “asignatura pendiente”. Nada sugiere que nuestras antecesoras, comprometidas en la tarea misionera y evangelizado- ra, estuvieran confinadas a realizar trabajos secundarios. Esto, a la luz del mensaje de la Resurreccién, serfa lo mas chocante que pudiera haber ocurrido en el seno de la Iglesia. Y por desgracia, jacabé ocurriendo! Asi, por ejemplo, las diaconisas de los siglos posteriores no desempefiaron la misma funcién que las mujeres didconos de los siglos I y principios del II. Con todo, conviene recordar que desempejiaban el ministerio de la ensefianza (restrin- gido ahora a la ensefianza de las mujeres). El que se sentaran en una catedra (al igual que el obispo) no puede ser considerado como algo meramente anecdético sino como simbolo de su ministerio y lugar preferencial en virtud de su rango en la comunidad cristiana. Hemos visto que se centraban en la catequesis a las catecimenas, catequesis que giraria en torno al Credo, el Padrenuestro, cateque- sis bautismal y eucaristica e historia de la Salvacién, por tanto los puntos de doctrina tendrfan que ser iluminados con referencias continuas a la Sagrada Escritura. MUJERES QUE SE ATREVIERON Del mismo modo que los textos biblicos han de ser reinterpretados, también precisan reinterpretacién los textos histéricos a fin de superar todos aquellos condicionantes socioculturales a que estén sometidos; en otras palabras, hay que reconstruir el contexto hist6- rico cultural en que fueron escritos. Sélo asi podremos rastrear las huellas de las mujeres, sus actos, sus palabras, e incluso adivinar sus gestos y emociones. La Historia de la Iglesia no puede seguir siendo una historia solamente de ellos, de sus ensefianzas o de sus hazafias. Es una historia que pertenece a todos y a todas, amasada de muchas fatigas, también de muchos gozos y esperanzas. Hemos visto a las martires perseguidas y encarceladas, desafiando la muerte con una sonrisa a flor de labios, animando y aconsejan- do. Asi, en el dia de su martirio, Perpetua “siguié con un rostro res- plandeciente, como una verdadera esposa de Cristo”. El relato de su Passio es una clara prueba de lo {ntimamente unidos que estan el martirio y la experiencia mistica*. Golpeada por los cuernos de la vaca salvaje, no se dio cuenta de ello, ”...habiendo sido despertada de lo que parecia como una especie de suefio, de tal manera estaba ella en el Espiritu y en éxtasis, que comenz6 a mirar a su alrededor, y dijo para admiracién de todos: “no sé cudndo vamos a ser arrojadas a esa ternera”. Al oir que ya habia sucedido, no lo quiso creer hasta que vio las sefiales de los destrozos causados en su cuerpo y en su vestido ”. Finalmente seria pasada por la espada. Por el hecho de ser mujeres, las martires no sélo padecieron los tor- mentos “comunes” —los que se aplicaban a la mayoria- ellas, ade- mas, sufrieron la explotaci6n y el abuso sexual por parte de sus ver- dugos. Muchas fueron violadas y entregadas a la prostitucion, con la consiguiente ganancia para el proxeneta de turno. También vimos que no todos los cristianos/as perseveraron en su fidelidad a Cristo ante el inminente peligro del martirio. Hubo apés- tatas por doquier. Después de las persecuciones se consideré nece- “ Cfr, Graef Hilda, Historia de la Mistica, Ed. Herder, Barcelona, 1970, p. 77. 73 74 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (S. I-V) saria la reconciliacién de los/las lapsi, desarrollandose la practica de la penitencia. Pronto surgié la tensién dentro de las comunidades (muy especialmente en el norte de Africa) porque muchos fieles pre- ferian el liderazgo de los confesores (quienes habian sufrido el mar- tirio) al de algunos obispos. Cipriano de Cartago tuvo que convocar nada mas ni nada menos que cinco Concilios para abordar este asunto, que no era otro sino el del debate suscitado entre el lideraz- go carismatico y el ministerio institucional. Es muy probable que muchas confesoras de la fe fuesen también demandadas para mediar como intercesoras entre los obispos de sus comunidades. Por tiltimo, cabe considerar que la corriente ascética aparecida en Egipto en el siglo III, en el siglo IV se tradujo en el cenobitismo que atrajo al desierto a los/las innumerables eremitas en busca de pure- za y renunciamiento. En el fondo, el primer monacato se constitu- y6 en un movimiento ascético-mistico que corria parejo frente a la riqueza y opulencia que ostentaba la Iglesia, convirtiéndose ésta en la mayor potencia econémica de la época. Jerénimo, Criséstomo, Basilio..., escribieron y predicaron contra el fausto, oponiéndolo al ideal ascético del monacato. Son muchos los historiadores actuales que califican este estilo de vida como una auténtica revolucién, en especial el monacato femenino, si consideramos que en aquella €poca la mujer nunca o muy pocas veces se definia por si misma sino con relaci6n al varén 0 a la familia. Es de justicia considerar el movimiento anacoreta y cenobitico como una realidad igualitaria. Por tanto, se impone una nueva redacci6n de la Historia de la Espiritualidad en la que estas mujeres sean recordadas por su san- tidad y ejemplaridad en la tradicién cristiana, puesto que ellas desempefiaron un papel clave que dio pie a un posterior desarrollo de la vida monastica (hoy en dia, por ejemplo, el ntimero de mon- jas contemplativas triplica o cuadruplica el ntimero de monjes, y la vida contemplativa, en el seno de la Iglesia, no lo olvidemos, esta considerada como la “fuerza motor” que posibilita su accién misio- nera y evangelizadora). MUJERES QUE SE ATREVIERON Paladio hizo todo un peregrinaje por la geografia mondstica de su época, su aportacién ha sido muy valiosa debido a su objetividad e imparcialidad, por eso en su Historia Lusiaca dijo: “también deseo mencionar a las valerosas mujeres, a quienes Dios consideré dignas de afrontar luchas y sufrimientos igual que a los hombres, de modo que uno no puede dar por sentado como excusa que ellas son demasiado débiles para practicar con éxito las virtudes”. En honor a la verdad, tampoco tenemos por qué “idealizar” aque- lla incipiente vida mondstica de unos y de otras. Por lo que se deduce de muchos textos, las mujeres de Egipto gozaban de mucha més libertad que las griegas o romanas. Podian tomar una decision personal sobre el futuro de sus vidas, tal como vemos en los relatos de Potamiena, Alexandra, Amma Sara 0 Sinclética. Las hubo, como Pelagia, quienes optaron por la mds estricta soledad y tuvieron que disfrazarse de hombre para vivir como anacoretas en el desierto*. Aquellos parajes debieron ser bastante hostiles para las mujeres. Hubo casos, quiz no pocos, en que santas mujeres que llevaban practicando el ascetismo durante muchos aitos, se dejaron seducir” pero, las mas de las veces, los textos recogen historias de anacore- tas varones que correteaban a los prostibulos y dejaban embaraza- das a muchas jévenes. Por otra parte, junto con las que tenian bien clara su opcién personal, también las hubo que se hicieron monjas bien como modus vivendi o porque fueron forzadas a ello. Esto se deduce, por ejemplo, del precioso texto sobre Amma Talis. Cuenta Paladio que, en su monasterio de Antinoé, vivian con ella sesenta jOvenes, quienes “la amaban tanto que no habia necesidad de poner can- dado en la puerta de entrada del monasterio, puesto que ellas mismas se mantentan adentro debido al gran amor que le tenian®. Esto indica que ” Paladio, H. L., n° 41 “Cir, Vida de Santa Pelagia la prostituta, en PL. 73, cols. 663-672. Existe una traduccién, en inglés, en Benedicta Ward, Harlots of the desert, Cistercians publications Inc, Kalamazoo, Michigan, 1987, pp. 66-75. ” Cfr,, Paladio, H.L,, n° 69. ® Cf, Id., HLL, n° 59. 75 76 PRESENCIA TESTIMONIAL DE LAS MUJERES EN LA IGLESIA (6. I-V) algunas jévenes de otros monasterios quiz4 deseaban abandonar esta vida y eran retenidas en contra de su voluntad. Los padres solian decidir el futuro de sus hijas, bien para enclaustrarlas 0 bien para casarlas, como a Magna, que ocupaba un lugar preeminente entre las casi dos mil virgenes que vivian en Ancira, de quien Paladio dice: “no sé cémo Ilamarla, si virgen o viuda, porque su madre Ia obligé6 a casarse con un hombre, pero ella enganié a su marido y se apar- t6 de él, segtin dicen muchos, de modo que permanecié intacta". Fue una gran asceta, a la que los obispos honraron por su piedad (y por las dadivas que de ella recibian cuando se iban de peregrinacién...) Fue caritativa con los pobres y enfermos. Por no extenderme mds, pongo punto final a esta rica herencia trasmitida por las Madres de nuestra fe. Maria, la madre de Jestis, Maria Magdalena, Juana, Susana, Marta..., legaron la primera antorcha a Febe, Priscila, Junia, Evodia, Sintique..., dejando el relevo a las diaconisas Sabiniana, Olimpia, Marina, Paladia, Lampadia..., a las martires Agaténica, Potamiena, Blandina, Perpetua, Felicitas..., a las Ammas Sara, Sinclética, Teodora, Talis..., a las anacoretas de Tebaida y de Nitria, a Marcela, las dos Macrinas, las dos Paulas..., quienes, a su vez, lo trasmitieron a Clara, Catalina, Hadewich, Hildegarda, Teresa. Soy consciente de que en este pequefio ensayo hay muchas lagu- nas. No fue mi propésito un estudio exhaustivo sino ilustrar, a tra- vés de algunos datos, que la experiencia de las mujeres también sustent6 y forjé la rica tradicién cristiana de la que somos herede- ras. Necesitamos llevar a cabo un estudio revisionista de la Historia de la Iglesia, esclareciendo dudas y tratando de dar respuesta a los cientos de preguntas que hoy nos planteamos las mujeres cristianas sobre cual ha sido nuestro pasado. Esto nos ayudara a comprender mejor nuestro presente y nos dara mds coraje y libertad para reco- rrer el futuro que nos queda por andar. ° Cf, Id., HLL, n° 67. Aportacion de Clara al franciscanismo M\. Teresa Pandelet Grijalvo Ms. Teresa Pandelet Grijalvo. Diplomada en enfermeria por la Universidad de Sevilla y licenciada en estudios eclesiasticos por la U.P. de Comillas. Pertenece a la Orden de Santa Clara y actualmente es abadesa de la comunidad de Clatisas de Avila 77 APORTACION DE CLARA AL FRANCISCANISMO M\. Teresa Pandelet Grijalvo Introduccién AL TRATAR DE FRANCISCANISMO O DE MOVIMIENTO FRANCISCANO fre- cuentemente se habla tan solo de Francisco de Asis y de sus her- manos, dejando a un lado el hecho de que las mujeres estuvieron cercanas, desde los inicios, a él y a su movimiento, dada la gran aceptacién que las ideas franciscanas tuvieron entre ellas. Clara de Asis esta al comienzo de la historia franciscana femenina, quiza ” para Francisco que amablemente la incorporé a su fraternidad inicial’. como un “retofio inesperado’ ' CED. FLOOD, Francisco de Asis y el movimiento franciscano, Ed. Franciscana Aranzazu, Ofati (Guiptizcoa) 1996, 138. ? Cf. Forma de Vida para Santa Clara y sus hermanas en: J-A. GUERRA (ed.), San Francisco de Asis: Escritos, biografias, documentos de la época, BAC, 6° ed., Madrid 1995, 118. A esta edi- cién remitimos siempre para los escritos y fuentes biogréficas de san Francisco. Para los escritos y fuentes biogréficas de santa Clara seguimos: I. OMAECHEVARRIA, Escritos de Santa Clara y Documentos complementarios, BAC, 3° ed., Madrid 1998. 80 APORTACION DE CLARA AL FRANCISCANISMO- Este trabajo quisiera poner de manifiesto la aportacién especifica, rica y creativa, de Clara al franciscanismo, al que no se incorporé con la sumisién de corte femenino al uso en la época sino que, asu- miendo la responsabilidad de su propia opcién evangélica, y reco- nociendo en Francisco al guia que le mostraba el camino, lo reco- rrié libre y creativamente junto con las hermanas que el Sefior le fue dando. Conscientes de que “es tarea dificil hacer emerger de las fuentes y de los testimonios biograficos, en simplicidad, el ser de Clara de Asis, frente a Dios y frente a los hombres, la esencia de su vida y el secreto de su itinerario espiritual’’, vamos a intentar adentrarnos en su estudio. Expondremos para ello a grandes rasgos, dada la limitacion caracteristica de este tipo de articulos, la riqueza de su personalidad, y trataremos de ofrecer la reconstruccién de su bio- grafia, haciendo un acercamiento critico a las fuentes franciscanas desde la ptica de la mujer, superando toda vision, cargada de pre- juicios, de subordinacién o sumisi6n de la mujer al hombre: “Hombre y mujer los creé a imagen suya” (Gen 1,27). El esquema de nuestro trabajo es el siguiente: L- Clara gun apéndice del franciscanismo? 1. La historia parece confirmarlo a) Situacién de la mujer en los siglos XII y XI b) La mujer religiosa. * CLA. LAINATI, Una lettura” di Chiara d’ Assisi attaverso le Fonti, en: Appoccio storico-cri- tico alle fonti francescane, Ed. Antonianum, Roma 1979, 155. * Carmen Bernabé escribe al respecto: “El ejemplo més claro lo tenemos en Gn 2-3, cuya interpretaci6n ha dado lugar a “cuasi-dogmas” como la creacién de la mujer en segun- do lugar; su primacia en la cafda y su responsabilidad en la entrada del pecado en el mundo, que la hacia merecedora, por tanto, del castigo a sufrir los dolores del parto y la sumisién a su marido; su papel de tentadora del hombre, o el de “mera ayuda” de éste. Puntos de vista que han sido reforzados, ademés, por la interpretacién explicita que, en este sentido, se hace en 1 Tim 2,13-14. Por otra parte, textos como 1 Cor 14 01 Tim 2 se han empleado para mantener a la mujer en silencio en la Iglesia, y Ef 5 para someterla a su marido.” C. BERNABE, Biblia, en 10 Mujeres escriben Teologia, Ed. Verbo Divino, Estella (Navarra) 1993, 16-17. MUJERES QUE SE ATREVIERON 2. El testimonio de las fuentes franciscanas a) Fuentes biograficas y crénicas; b) Escritos de santa Clara. IL- Clara “Alter Franciscus” 1. Datos biograficos a) Proceso personal de Clara b) Personalidad de Clara 2. Clara, una hermana entre los hermanos a) Algunos testimonios sobre los inicios Jacobo de Vitry b) Clara consultada por Francisco 3. Aportacién creativa de Clara a) Clara asimila 1a espiritualidad de Francisco creativamente. b) gAcomodacién a la normativa canénica? c) Distanciamiento de las formas monacales de su tiempo y defensa de sus convicciones. d) La Regla de Clara Conclusién 1. Clara gun apéndice del franciscanismo? * 1. La historia parece confirmarlo Es imprescindible para poder comprender muchas actitudes de Clara y Ja valoracién que de ella y su aportaci6n al franciscanismo hacen las fuentes franciscanas, conocer su entorno socio-cultural y eclesial en relacién con Ja mujer. A la hora de hacerlo, encontramos no pocas dificultades, porque, salvo rarisimas excepciones, en el medioevo “las mujeres son una parte de ese mundo inmenso y silencioso formado por los marginados, por cuantos carecen de voz propia en la historia (...); los pobres, la gente carente de cultura, los 81 82 APORTACION DE CLARA AL FRANCISCANISMO sin voz no nos han legado testimonios escritos, su historia sélo puede reconstruirse interpretando fuentes escritas por otros. Y ese ns es también el caso de las mujeres”. A) La mujer en los siglos XII y XIII en la vida familiar, social y cultural Las mujeres constituian en todas partes la mayoria de la poblacién, a causa de la desproporcién de nacimientos y del estrago de las guerras. En la alborada del siglo XH se inicia timidamente un cier- to movimiento de “promocién de la mujer”, como lo demuestra la literatura del amor cortesano y, en el terreno religioso, su actividad en las grandes aventuras espirituales y mondsticas asf como su participaci6n en la efervescencia de los movimientos heterodoxos. No obstante, esto no se correspondifa con la situacién real, y con la valoracién de hecho de la mujer en la sociedad y la Iglesia. Para darse una minima cuenta de ello basta tener presente la clasi- ficacién que en el siglo XII se hacia de las mujeres y el sistema de valores y modelos que a cada uno de los distintos grupos se les pro- ponia. Un criterio de clasificacién, quiza el mas neutro, era el de la edad, aunque a éste se afiadia casi de inmediato el del estado. La mujer anciana, a veces también viuda, era el modelo de la sabiduria y la virtud. Guillermo Peyraut (+1271), -autor dominico que influyé grandemente en el clero y en la formaci6n de los seglares-, ante la ligereza y mala conducta de algunas mujeres hace una fuerte critica, recurriendo a ciertas generalizaciones, que parecen ser indi- cativas de la dureza con la que habitualmente se las juzgaba: “Muchas de ellas llevan una vida pecaminosa, andan de chdchara ininterrumpida, ocultan con vestidos y afeites un cuerpo ya mar- * M, BARTOLI, El Movimiento Franciscano de los origenes y la mujer, en: Selecciones de Franciscanismo n° 69, 407. MUJERES QUE SE ATREVIERON chito, buscan con engafio los placeres de la carne a los que deberi- an haber renunciado hace mucho tiempo.” Junto a la edad, otro criterio de clasificacién era el de la funcién en la Iglesia y la sociedad: Ja mujer es madre o religiosa. En relacién con la sociedad la funcién de la mujer laica se limita a dar a luz y criar los hijos, y su tinico trabajo es el trabajo doméstico. Su hori- zonte queda reducido a la casa y al amor. Un tercer criterio es el del origen social. Del diverso origen deriva- ban destinos muy desiguales para la mujer. La mujer del agricultor, fuese libre, feudatario o siervo, ayudaba al marido en el trabajo de la tierra y, sobre todo, se ocupaba en hilar. El sefior imponja la can- tidad que debia entregar cada semana, siendo doble la tarea para la mujer sierva. Era dura la condicién de estas mujeres. Por supues- to, no tenfan ningun acceso a la cultura. La mujer del nticleo urbano es la que hallé mas oportunidades para promocionarse. No salté a la palestra del orden politico, pero si del jaboral. No era extraito, de hecho, ala mujer de la nueva burgue- sfa colaborar 0 asociarse al negocio del marido. En cuanto a la mujer obrera que trabajaba en el taller o en su propia casa, las hubo tan audaces que Ilegaron a dirigir gremios de trabajos estrictamen- te femeninos. Las obreras de la industria textil hilaban en su casa 0 bien trabajaban en los talleres para tejer, lavar o tefiir el pafio. Eran libres, pero con sueldos miserables. En Italia fue donde la mujer libre tuvo mas posibilidades de ins- truirse, llegando incluso, durante el siglo XII, a hacer estudios en Ja universidad. Enseguida, sin embargo, se dio un retroceso notable: con el desarrollo de la burguesfa, y como una de sus notas tipicas, se levanté un violento antifeminismo. Su principio era: la mujer no debe aprender a leer, no debe gobernar més que su propia casa y no necesita otra ciencia que la de obedecer. Es evidente que la nacien- * G, PEYRAUT, Summa de virtutibus et vitiis, Venetiis 1497, f. 207ra. 83 84 APORTACION DE CLARA AL FRANCISCANISMO te burguesia supo dirigir certeramente los tiros para conseguir una mujer sumisa: cerrar el acceso a Ja cultura, manteniéndola depen- diente de las propias ideas, era cerrar sus caminos de promocién. La mujer noble, y poco a poco también la de la naciente burguesia, era educada, en la propia casa o en el monasterio, para “domina” (=sefiora). La instruccién dada en los monasterios era idéntica para las aspirantes a la vida religiosa y para las que habian de formar un hogar. La formaci6n cultural comprendia: aprender a leer y escribir con el Salterio y los escritos (canciones, romances, historias) de la cultura caballeresca, popular, juglaresca y trovadoresca de tipo francés, de origen franco-belga y aleman, muy difundidas también en Italia; aprender gramitica latina, en lo que se ponia mucho cuidado, por- que el escribir correctamente el latin se estimaba como la mejor garantia de cultura; y también se ensefiaba canto, bordado, historia y a tafer algtin instrumento. La educacién en la propia casa estaba a cargo de uno o varios preceptores. Comprendia las mismas disciplinas que se ensefaban en los monasterios, a las que se afiadia la preparacién para gober- nar el hogar, administrar la hacienda, conocer las hierbas medici- nales, etc. Como virtudes se le pedia a la mujer la prudencia, el silencio, la reserva y Ja humildad, que fuera valiente y sufrida. Su vida oscila- ba entre el pedestal en que era colocada por su aguerrido caballe- 10, 0 a alcoba en la que podia ser encerrada por el mismo. La espo- sa del sefior debia ser delicada con su esposo, recia para educar a los hijos y gobernar la casa y eventualmente el feudo. El ambiente cortés favorecia el nacimiento y desarrollo de una nueva cultura del arte y de la pasion de amar, aun en su expresién erotica, concebida como deseo profundo y total de ser amado y de amar con todo el ser. Muchas veces este amor encontré su subli- maci6n en Cristo y en la Virgen Maria; también en intensas amista- MUJERES QUE SE ATREVIERON des entre personas, y en el amor hacia todas las criaturas. Las for- mas verbales que expresan tal amor son las de los simbolos clasi- cos, biblicos y ordinarios del amor nupcial 0 de tendencia mistica. El Cantar de los Cantares resulta asi una fuente de inspiracion. Muchas mujeres prestigiosas, en la Edad Media, participaron acti- vamente en los grandes asuntos de la Iglesia. No faltaron damas con una verdadera pasion por la “construccién”, 0 por las grandes peregrinaciones. Los papas y los obispos mantenian corresponden- cia asidua con las mujeres de los soberanos y grandes sefiores feu- dales, que desempefiaron un papel importante en la politica de los esposos. Otras mujeres se destacan por su fama y sus buenas obras para con los pobres, numerosos entonces. Entre sus virtudes humanas se alaba particularmente el cuidado ejemplar en un servicio constan- te de la casa y de la familia, los trabajos domésticos, la familiaridad, la cortesia, la afabilidad, la disposicién a la hospitalidad, el interés por los problemas culturales, civiles y politicos y, en fin, la gran misericordia para con los débiles y los pobres de toda clase, unida a la discrecién y al sentido practico propios de una mujer que debia ser, dentro y fuera de la casa, sefiora. Tratando de sintetizar lo dicho anteriormente, podemos decir que, en el cambio gradual del sistema feudal al sistema comunal, la mujer fue adquiriendo un puesto de hecho y de derecho en la socie- dad en la que tomé parte activa. Se le reconoce su capacidad pro- ductiva y la gerencia econémica en ciertos casos, con una partici- pacién notable en la vida social. Aunque el acceso de la mujer del pueblo a la cultura es pequefio, hay detalles que apuntan nuevos horizontes. Donde la situacién de la mujer permanece practica- mente inalterada con respecto a épocas precedentes es en la cues- tién del derecho matrimonial, donde se encuentra en franca infe- rioridad de condiciones. No obstante, puede hablarse de una pequefia “edad de oro” de la mujer ya que las perspectivas y los datos conseguidos auguraban un buen porvenir. Es en este ambien- 85 APORTACION DE CLARA AL FRANCISCANISMO- te de valoracién un tanto positiva de la mujer donde se insertaran los nuevos movimientos eclesiales. Todo esto, sin embargo, se cir- cunscribe a un sector muy reducido de la sociedad medieval. La mujer sigue siendo, en la mayoria de los casos, sobre todo en los estratos de las clases humildes, la gran pagana de la cultura, por su gran ignorancia. Como ultima observacién hay hacer constar cémo a partir del siglo XI las palabras de los hombres, clérigos 0 laicos, dirigidas a las mujeres, unas veces con expeditiva arrogancia y otras con amorosa afabilidad, se van multiplicando, a la vez que son cada vez mas minuciosas e impositivas, y no rara vez despectivas’. El hecho pare- ce guardar relacién con el protagonismo que iban cobrando las mujeres, a lo que contribuy6 también el despertar religioso a nivel de grupos de base. “La propuesta de una definicién de su rol fue uno de los objetivos principales de la nueva pastoral y de la nueva pedagogia”*. Enel siglo XIII se advierte, tanto en los predicadores de moral como en los escritores y tedlogos, el rechazo hacia todo tipo de promocién femenina. Defienden que una doncella debe aprender a coser, hacer media y bordar, y no ocuparse de cultura cientifica. B) La mujer Religiosa En los siglos XII-XIII el monacato femenino, casi exclusivamente benedictino, conocié una época de decadencia y crisis. Las princi- pales causas de ello se encuentran en el paso de una sociedad feu- dal a una burguesa, la presencia en los monasterios de muchas mon- ? Como muestra baste la siguiente afirmacién del Obispo Hildeberto de Lavardin (+1133): “Los tres mayores enemigos del hombre son la mujer, el dinero y los honores”. La mujer, una cosa frégil, nunca constante, salvo en el crimen, jamas deja de ser noci- va esponténeamente. La mujer, llama voraz, locura extrema, enemiga intima, aprende y ensefia todo lo que puede perjudicar. Cf. J. P. MIGNE, Patrologia Latina, 171, 417. * C. CASAGRANDE, La Mujer Custodiada en Historia de las Mujeres, Ed. Taurus, Madrid 1992, 94, MUJERES QUE SE ATREVIERON jas sin vocaci6n y, finalmente, la vida relajada de no pocos monas- terios femeninos. Las mujeres accedfan a la vida monastica en con- diciones andlogas a las que el derecho comin establecia para los hombres. Habia dos puertas de entrada, la de las religiosas de coro y la de las legas. A las primeras Jes correspondia la oraci6n littirgica y el gobierno, y a las segundas los trabajos domésticos. Acceder a una u otra clase dependia de la dote aportada al monasterio. Hasta estas fechas habfan existido tres clases de monjas: las monjas pro- piamente dichas, mujeres que vivian bajo la obediencia de una misma regla; las canénigas que, conservando su patrimonio, viven en comiin de forma menos austera que las monjas; y las eremitas 0 reclusas que, primero vivieron la vida eremitica en la soledad del desierto o el monte, y después en la celda u ermita del monasterio. La reaccién frente a la decadencia y crisis del monaquismo femeni- no fue el surgir de nuevas formas y un amplio movimiento de reformas, entre las que cabe destacar la del Cister. El resurgimiento monistico del siglo XII se vio unido a un cierto espiritu asociativo y de congregacién de los monasterios, e hizo que al lado de toda familia monastica masculina surgiera una femenina. Dentro de las nuevas formas surgieron las comunidades dobles, bajo la aparente justificacion de la necesidad de la vida sacramental y cultural. El ensayo mas duradero de coexistencia se dio entre las fontevristas, las gilbertinas y las brigitinas. En Fontevrault, la abadesa gobierna las dos comunidades, no obstante, cada una de ellas tiene su propia Regla. La abadesa es quien autoriza las visitas, concede las gracias e inflige las penas.’ En Vadstena, Brigida sofaba con instalar sesen- ta monjas, diecisiete religiosos y ocho laicos, todos bajo la autoridad de la abadesa, como si se tratara de un grupo homogéneo. Pero si hasta el siglo XII las tinicas experiencias religiosas en el mundo femenino fueron de tipo monastico, desde entonces, y ° Cf. R, GARCIA VILLOSLADA, Historia de la Iglesia Catélica, II, B.A.C. Madrid 1976, 637. 87 88 APORTACION DE CLARA AL FRANCISCANISMO, sobre todo en el siglo XIII, se asiste a un florecimiento de las mas variadas experiencias: de vida activa y de vida contemplativa, en la clausura del monasterio, en las condiciones mds o menos “norma- les” de vida y en el servicio a los pobres. Las mujeres fueron tam- bién protagonistas en los movimientos de renovacién evangélica de signo pauperistico, surgidos en torno a los predicadores itine- rantes, gran parte de los cuales terminaron en la herejia. Fue el caso de cataros y valdenses, que concedian un espacio importante a la mujer, como no lo habfa tenido anteriormente en la Iglesia. Para completar el cuadro sobre la mujer religiosa en estos siglos es necesario tener presente el gran influjo ejercido a este respecto por las 6rdenes mendicantes, ya desde los inicios del siglo XII, y en particular por los dos fundadores Domingo y Francisco, si bien sera necesario estar atentos para no caer en el error de atribuirles todas las caracteristicas de la vida religiosa femenina surgida en torno a ellos. La intervencién de la autoridad eclesidstica, que siempre estuvo presente en los modelos de vida religiosa femenina, fue especialmente importante en la primera mitad del siglo XIII, en un intento de normalizacioén de “todas las formas femeninas existen- tes”, unificando todas las monjas y mujeres que formaban parte de comunidades penitenciales en un “universale cenobium” seguin las formas de vida monistica tradicionales. Determinante en este esfuerzo de normalizaci6n fue el trabajo iniciado por el Cardenal Hugolino de Ostia, mds tarde Gregorio IX”, y coronado con la intervencién de Bonifacio VIII con la bula “Periculoso”(1298), en la que imponfa la obligacién de estricta clausura para todas las for- mas femeninas de vida religiosa". © Para una mayor profundizacién pueden verse: M* PIA ALBERZZONI, Chiara di Assisi e il francescanesimo femminile AA. VV. Francesco d’ Assisi e il primo secolo di_storia Francescana, Einandi. Torino 1997; THADEO MATURA, Originalidad de la forma de vida franciscana en el siglo XII, en Confer n” 77, 103-117; H. GRUNDMANN, Movimenti reli- giost nel medioevo, Ed. Il Mulino, Bologna 1980, 147ss.; J. LECLERQ, Monachesimo fem- minile, en Dizionario degli Istituti di Perfezione, I, Roma 1976, 1446-1451. ™ Cf. M.P. ALBERZONI, Chiara di Assisi e il francescanesimo femminile, 205 s MUJERES QUE SE ATREVIERON Hasta el Siglo XII podemos decir que el ideal cristiano de la mujer religiosa se habia centrado en la muerte al mundo, de donde se derivaba un duro ascetismo, que concedfa una indiscutible priori- dad a las fuertes penitencias fisicas. Existia también una especie de mistica del martirio como ocasién de morir por Cristo. Durante los siglos XII-XIII, en la nueva espiritualidad emergente, la Escritura adquiere un verdadero protagonismo tanto en la oracién privada como en la littirgica; se descubre la humanidad de Cristo, Dios hecho hombre débil y sufriente, y con ello la devocién al Belén y el Calvario. Seguir a Cristo significa imitarle sobre todo en el sufrimiento, la humildad y la pobreza. La ascética ya no busca tanto la muerte al mundo como la unién con el esposo celeste, com- partir su dolor. La profesién religiosa sera entendida teolégica- mente como un segundo bautismo. La clausura de las monjas no busca principalmente la huida del mundo, sino el lugar adecuado que favorece la contemplacién y el deseo de la unién mistica, de la compasién y del amor. * 2.- El testimonio de las fuentes franciscanas a) Fuentes biogrdficas y crénicas franciscanas Francisco nace en 1181 6 1182 en Asis. Hijo de comerciantes, crecié aprendiendo el oficio e implicandose con normalidad en la vida social y politica de una ciudad inmersa en diversos avatares en su afan de libertad civil frente a la opresién feudal, el Imperio y el Papado. Después de un largo ajuste de intereses, comenzaron a prevalecer los econdémicos sobre los privilegios feudales. En esta ocasién no son vencidos los sefiores en el campo de batalla sino en calles y mercados. El partido de los comerciantes (menores) y el feudal (maiores) firmé la paz en 1210. Tras una fuerte crisis, que puso en cuestion los suefios de gloria humana de Francisco, se inicié en él un largo proceso de conversion 89 90 APORTACION DE CLARA AL FRANCISCANISMO que le Ilevarfa a vivir un nuevo estilo de vida, abandonando el mundo para seguir las huellas de Jesucristo. Pronto se vio rodeado de un nuevo grupo de amigos a quienes les habl6, con la simpatia y calor que le eran innatos, de su nueva forma de vida y de cémo lo habia dejado todo para seguir a Jestis. Algunos se unieron a él echando a andar como grupo, y, viéndose obligado a explicar y jus- tificar sus compromisos y decisiones, comenzé a desarrollar un len- guaje propio, el lenguaje franciscano. Poco a poco Francisco y sus hermanos fueron objetivando ese “algo nuevo" en su forma de vida evangélica en el seguimiento de Cristo. Y surgié asi un primer “propositum vitae” o Regla, que definia su identidad y por el que se regia su vida. Inocencio III le concedié su aprobacién”, y con ello Francisco fue reconocido como fundador por la Iglesia. En torno a él habia nacido lo que se ha dado en llamar el Movi- miento franciscano. El primer biégrafo de san Francisco, a sdlo dos afios de su muerte escribe: “Mucha gente del pueblo, nobles y plebeyos, clérigos y laicos, toca- dos por divina inspiracién, se llegaron a san Francisco deseosos de militar bajo su direccién y magisterio... A todos daba una norma de vida, y sefialaba con acierto el camino de la salvacién, segtin el esta- do de cada uno”. A este Movimiento pertenecen Clara de Asis y su Orden de Hermanas Pobres. Todas las fuentes biograficas de Francisco y pri- meras crénicas franciscanas son constantes en afirmar su condicién de fundador de las Hermanas Pobres. Como prueba de ello baste el testimonio del ya citado primer bidgrafo, Tomas de Celano. Al hablar del pequefio monasterio asisiense de San Damian, donde Clara y sus hermanas viven su vida monastico-franciscana, escribe: ® Cf, T. de CELANO, Vida primera 32-33. " T, de CELANO, Vida primera, 37. MUJERES QUE SE ATREVIERON “Este es el lugar bendito y santo en el que felizmente nacié la gloriosa Religién y la eminentisima Orden de Sefioras Pobres y santas virgenes, por obra del bienaventurado Francisco, unos seis afios después de su conversién. Fue aqui donde la sefora Clara, originaria de Asis, como piedra preciosisima y fortisima, se constituy6é en fundamento de las restantes piedras superpues- tas." Inmersa en la ampulosidad de lenguaje que le es habitual, encon- tramos la referencia que buscamos. Francisco es considerado fun- dador no sélo de su Orden de Hermanos sino también de la de Sefioras Pobres. Junto a él, Clara es “fundamento”, auténtica fun- dadora de la forma de vida de las Hermanas Pobres. b) Escritos de santa Clara Clara no deja de ser consciente de lo que le debe a Francisco. Los nombres que le aplica indican lo que significé para ella y la idea que tiene de él. En el primer capitulo de su Regla y en su Testa- mento, se autodesigna con estos términos: “Clara, sierva indigna de Cristo y plantita del benditisimo padre Francisco...”". Cualquiera que sea el significado a dar al término “plantita”, -el literal “primera fundacién”, o el mistico-espiritual-, mediante el, Clara reconoce la mediacién de Francisco en su vocacién y en el nacimiento de la Orden de Hermanas Pobres. En su testamento lo afirma expresamente al llamar a Francisco “fundador, plantador y ayuda en el servicio de Cristo”* A esta vinculacién mediadora, ella y sus hermanas le conceden caracter institucional en la Regla: ‘J, de CELANO, Vida primera, 18, Ibid. 152-153, "Cf. SANTA CLARA, Regla, 1,3; Testamento 37. “SANTA CLARA, Testamento, 48. 91 APORTACION DE CLARA AL FRANCISCANISMO “Y asi como al principio de su conversién, a una con sus hermanas, prometié obediencia al bienaventurado Francisco, de la misma manera promete mantenerla inviolablemente con sus sucesores””. La promesa de obediencia de Clara, como se desprende nitidamen- te de su biograffa, no es la promesa de una obediencia servil o de mera dependencia, propia de la inmadurez que arbitrariamente se le adjudica a la mujer, sino una obediencia propia de quien, adulta y maduramente, ha dicho si al seguimiento de Cristo y se ha pues- to en camino. Porque Francisco es quien le muestra ese camino con su palabra y con su ejemplo, a él le debe obediencia al igual que sus hermanos: “El Hijo de Dios se ha hecho para nosotras camino, y ese camino nos lo ha mostrado y ensefiado con la palabra y el ejemplo nuestro padre san Francisco, verdadero amante e imitador suyo’™. Los Ministros Generales de la Familia Franciscana, en una carta dirigida a las Clarisas en el octavo centenario del nacimiento de la santa asisiense reconocian cierta desconsideracién hacia ella, haciendo suyas palabras de P. Sabatier: “La figura de Clara no es sélo una reproduccién de Francisco fun- dador de la Orden. Su personalidad se puede descubrir aun sin recurrir tinicamente a las biografias oficiales. Ella aparece como una de las mas nobles presencias de la historiografia. Se tiene la impresién de que ella haya quedado entre bastidores, por humil- dad. Pero tampoco los otros han tenido con ella la debida conside- racién, tal vez por la inutil prudencia 0, quiza por las rivalidades entre las varias fundaciones franciscanas. Sin estas reticencias, Clara se encontraria hoy entre las mas grandes figuras femeninas de la Historia’. ” SANTA CLARA, Regla,1,4-5. ™ SANTA CLARA, Testamento, 5. ™ MINISTROS GENERALES DE LA FAMILIA FRANCISCANA, Clara de Asts, mujer nueva, 6, en: Selecciones de Franciscanismo 61 (1992)16. 92 MUJERES QUE SE ATREVIERON Basdndonos directamente en las fuentes encontramos a Francisco como nticleo originario, indiscutible maestro, guia y camino, pero inmediatamente uno no se libra de la impresién de considerar a Clara como “fundamento” auténomo y libre de su Orden y como elemento dinamizador del movimiento franciscano. Es de destacar a este respecto el hecho de que las fuentes hagiograficas francisca- nas no han hecho en ningtin momento depender a Clara de Francisco, el mas querido jardinero, su cuidador y guia. II. Clara, “Alter franciscus” * 1. Datos biograficos Clara nacié en Asis probablemente en 1193 6 1194, unos 12 afios mis tarde que Francisco. Su familia pertenecia a la clase dominan- te, “los maiores”, descendientes de una de las principales familias: los Offreduccio. Junto a otros parientes, Clara estuvo exiliada en la ciudad vecina de Perusa por un periodo de tiempo que no es facil precisar. Mas tarde contard entre sus mas cercanas seguidoras, con algunas amigas de la época de su destierro. El grupo de “maiores”, en el destierro, se alié a los perusinos y con su ayuda vencié al ejército comunal de Asis”, en el que militaba Francisco. Algunos autores la han hecho poseedora de una brillante cultura, que estudiosos actuales mas criticos matizan”. Por su linaje cabe pensar que tuviera una cultura mas amplia que Francisco. Su cono- cimiento del latin quiza no llegara mas alla de un simple entender- Jo, pues en sus escritos se percibe, dado el uso de tecnicismos juridicos a la usanza del mundo clerical de la época, la mano de agi- les secretarios como pudiera ser fray Leon o el hermano Rufino.” En sus escritos remite con frecuencia a textos bfblicos, sobre todo al ®M. BARTOLI, Clara de Asis, Ed. Franciscana Aranzazu, Onati (Guipuzcoa) 1992, 43. 2 Cf. L, IRIARTE, San Francisco y Santa Clara de Asis: Escritos, Ed. Asis, Valencia 1983, 183. 93 APORTACION DE CLARA AL FRANCISCANISMO Cantar de los cantares y al salmo 44, lo que nos permite pensar que tiene un amplio conocimiento de la Escritura, y que se encuentra inmersa en el pensamiento espiritual de su época, al que sin duda aftade acentos personales. Tuvo presentes los ideales propios del mundo cortesano y caballeresco y las vidas de los santos. Integr6 los valores que caracterizaban a la “sefiora’, trascendiéndolos para aplicarlos a la vida evangélica elegida. Unos 13 aftos tendria Clara cuando supo de la conversién de Francisco (1206), que sin duda le impresioné por su dramatismo y radicalidad®. Afios mds tarde decide seguir sus pasos. De ello deja constancia en su Testamento en los siguientes términos: “Una vez que el altisimo Padre celestial, poco después de la con- versién de nuestro beatisimo padre Francisco, se dign6é, por su misericordia y gracia, iluminar mi coraz6n para que, a ejemplo y segtin su doctrina, hiciese yo penitencia, voluntariamente le pro- meti obediencia juntamente con las pocas hermanas que el Senor me habia dado a raiz de mi conversién’”.* Entre la opcién de Clara y la de Francisco han pasado cinco o seis afios. {Qué ha ocurrido en ellos? ;Habia Francisco procurado ganar a Clara para su causa, o por el contrario era Clara quien, conoce- dora de la conversién de Francisco, se habia puesto en contacto con él para oir su predicacién? ;Quién de los dos tuvo la iniciativa que promoviera los encuentros? Los testimonios al respecto en el proceso de canonizacién no son coincidentes. Por una parte, Beatriz, hermana de Clara, atribuye la iniciativa a Francisco: “Y dijo que, habiendo ofdo san Francisco la fama de su santidad, muchas veces se acercé a ella para predicarle; y la virgen Clara acepté su predicacién y renuncié al mundo y a todas las cosas terrenas, y se fue a servir a Dios tan pronto como le fue posible.* ® Cf. SAN FRANCISCO, Testamento 1-3. ® SANTA CLARA, Testamento, 24-25. * Proceso de canonizacién de santa Clara, 12,2. 94 MUJERES QUE SE ATREVIERON Por otra, Bona de Guelfucio, su querida amiga de infancia, que acompania a Clara en los encuentros con Francisco, afirma: “La madonna Clara fue tenida siempre por todos como virgen purisima, y tenia gran fervor de espiritu, pensando cémo podria servir a Dios y agradarle. Por esta razén, la testigo fue muchas veces con ella a hablar con san Francisco, e iba secretamente para no ser vista por los parientes.”* El domingo de ramos de 1212, habiendo vendido su herencia y entregado el dinero a los pobres, al amparo de la noche, Clara se fuga de la casa de sus padres, y va a Santa Marfa de la Porcitincula, donde la esperaban Francisco y sus hermanos. Francisco la tonsu- ré ante el altar, y después la llevé al monasterio de San Pablo de la Abadesas.” Clara se presenté en el monasterio sin dote, pidiendo su admisién como sirvienta. Alli acudiran sus familiares a rescatarla para la familia y la sociedad, viéndose obligados a renunciar a ello al mos- trarles Clara la cabeza rapada, signo de su irrevocable consagraci6n aJesucristo. De aqui la traslad6 Francisco a Santo Angel de Panzo, una comunidad de mujeres penitentes en las faldas del monte Subasio. A) Proceso personal de Clara Algunos autores refiriéndose a este “6xodo” de Clara, ven en él tan sélo un tiempo a la espera de que el Sefior manifestara su volun- tad. Considero, sin embargo, que tras ello podemos descubrir su proceso personal, sembrado de fe y confianza y ;por qué no?, tam- bién de oscuridad. Creo que no es aventurado hacer la siguiente reconstruccién: Clara, movida por el Espiritu e iluminada por la predicacion de Francisco, ® Proceso de canonizacion de santa Clara, 17,2-3. ™ Proceso de canonizacion de santa Clara, 12,3-4. 95 APORTACION DE CLARA AL FRANCISCANISMO_ habia dejado todo para seguir a Jestis. Cuando dio el paso su deci- sién era irrevocable. Francisco recibié a Clara, como hemos dicho, en Santa Maria de la Porcitincula donde la consagré al Sefior, con lo cual considerarfa concluida su misién respecto a ella, como lo deja bien claro el capitulo 12 de la primera Regla de sus frailes: “Y ninguna mujer en absoluto sea recibida a la obediencia por algtin hermano sino que una vez aconsejada espiritualmente haga 7 penitencia donde quiera’’. Clara eligié ingresar de sirvienta en San Pablo de las abadesas, poderosa Abadfa Benedictina rica en privilegios, rentas y posesio- nes. Y lo hizo imitando a Francisco que también habia comenzado su aventura evangélica ingresando de sirviente en un monasterio proximo a Gubbio. Ingresar como sirvienta pudo ser lo que hirié a los Offeduccio, ya que un ingreso normalizado en tan prestigiosa abadia hubiera aumentado la gloria familiar. El acoso a que fue sometida Clara por parte de sus familiares nos hace suponer su humillacién. Transcurrido un tiempo, no podemos precisar cuanto, abandona Clara San Pablo. Esta decisidn no parece que pueda achacarse a presiones externas, dado que en Santo Angel de Panzo, la alterna- tiva por la que optd, era més vulnerable al acoso familiar. Aqui se unié a un grupo de mujeres religiosas que vivian con unas estruc- turas minimas, en la ladera del Subasio. Por qué abandona Clara San Pablo? Podriamos encontrar respuesta en el proceso de btis- queda en fidelidad que se esta librando en su interior. Al unirsele en Santo Angel su hermana Inés, descubre que ha Ilega- do el momento: puede empezar a poner en marcha una comunidad nueva que viva, como Francisco y sus hermanos, en altisima pobre- za. Su opcién es la respuesta a una inquietud existencial propia que se fue clarificando a la luz del evangelio y del seguimiento de SAN FRANCISCO, Primera Regla, 12,3. 2 96 MUJERES QUE SE ATREVIERON Cristo, perfilando los objetivos y los medios, con Francisco y las hermanas que le fueron legando: Y asi por voluntad del Seftor y de nuestro beatisimo padre Francisco, fuimos a morar junto a la iglesia de San Damian, donde el Seftor por su misericordia y gracia nos hizo crecer en ntimero”* San Damidn era un lugar de gran relevancia para la primitiva fra- ternidad franciscana: aqui se habia refugiado Francisco huyendo de la ira paterna; aqui habia escuchado la voz del Crucificado que le amaba a restaurar la Iglesia; y aqui se le habian unido los pri- meros companeros. Pasar a San Damian significaba de algtin modo la plena insercién en el movimiento franciscano. Aunque Clara reconoce que este traslado fue debido a la voluntad de Francisco, no parece aventurado pensar que fuera el resultado de un didlogo en el que, a buen seguro, Clara tendria su protagonismo, buscan- do juntos las mejores concreciones al proyecto iniciado: seguir a Jesucristo pobre y humilde. Autoriza a pensar en ello tanto la rica personalidad de Clara, como el respeto y 1a no intromisién en la vida de la comunidad de San Damian que demostré Francisco a lo largo de toda su vida Como afirma Raoul Manselli, la llegada de Clara, con los proble- mas que provocé, las decisiones a que oblig6, parece haber supues- to un giro decisivo en la psicologia y en las intenciones de Francisco”. La peticién de Clara le obligé a releer su proyecto para abrirlo a la mujer, aunque encontrara en ello mas de un motivo de perplejidad como deja entender el testimonio de Clara en su Regla: “Y viendo el bienaventurado padre que ni la pobreza, ni el trabajo, ni la tribulaci6n, ni la afrenta, ni el desprecio del mundo nos arre- draban y que, antes al contrario, todas estas cosas las consideraba- mos como grandes delicias, movido a piedad nos redacté la forma 2 SANTA CLARA, Testamento, 30. »R. MARSELLI. Vida de San Francisco, Ed. Franciscana Aranzazu, Ojiati (Guipuzcoa) 1997, 157. 97 98 APORTACION DE CLARA AL FRANCISCANISMO_ de vida: «Ya que por divina inspiraci6n os habéis hecho hijas y sier- vas del altisimo sumo rey Padre celestial y os habéis desposado con el Espiritu Santo seguin la perfeccién del Santo Evangelio, quiero y prometo dispensaros siempre, por mi mismo y por medio de mis hermanos y como a ellos, un amoroso cuidado y una especial soli- citud»”.” En la descripcién que hace Clara de la vida de San Damian se apre- cia un conjunto de palabras que procede de la primera Regla de Francisco para los Hermanos Menores: pobreza, trabajo, desprecio, forma de vida. Afrenta y desprecio evocan las pruebas a que fueron sometidos los hermanos, y més tarde las hermanas, por la ruptura de relaciones con Asis y su progresivo distanciamiento de las for- mas ordinarias de vida y de valoracién.* Clara habia hecho suyo el ideal de Francisco y sus hermanos. Su pertenencia a la fraternidad franciscana, afirmada por la promesa de Francisco de prestarle la misma solicitud y cuidado que a sus hermanos, venia convalidada a nivel institucional por su promesa de obediencia: “Poco después de su conversi6n, voluntariamente le prometi obe- diencia juntamente con las pocas hermanas que el Sefior me habfa dado a raiz de mi conversién, segtin la luz de la gracia que el Sefior nos habia dado por medio de su admirable vida y doctrina.”” No carece de significado la diferencia de vocabulario con el que Francisco y Clara se refieren al momento de sus rupturas por el evangelio. Francisco habla de “comenzar a hacer penitencia’®, mientras que Clara para referirse al mismo hecho, tanto de Francisco como de ella misma, usa el término “conversién”. ;Por qué esta palabra, que no habia aprendido de Francisco, en las pos- » SANTA CLARA, Regla, 6,2-5. * D. FLOOD. Francisco de Asis y el movimiento franciscano, 140. ® SANTA CLARA, Testamento, 24-26. ® SAN FRANCISCO, Testamento 4. MUJERES QUE SE ATREVIERON trimerfas de su vida? La palabra conversi6n, sin perder su sentido primigenio, habia encontrado un uso restringido para significar el ingreso en una orden religiosa, como confirma la literatura monds- tica™, Su uso por parte de Clara podria significar tanto la concien- cia que tenfa del rol de Francisco como fundador del movimiento franciscano, como de su no menos viva conciencia de haber sido admitida dentro de la fraternidad de Francisco, que para entonces ya tenia la aprobacién de Inocencio III. B) Personalidad de Clara Su mundo de relaciones, particularmente con la jerarquia eclesids- tica, permite perfilar algunos de los rasgos de su fuerte personali- dad. Es una mujer de convicciones firmes, vividas con extraordinaria coherencia; combativa y perseverante, conciliaba la debida reve- rencia a la autoridad, con la firmeza de no abandonar el camino emprendido: durante mas de veinticinco afios mantuvo una lucha constante, “igualmente respetuosa e inquebrantable” por obtener el reconocimiento de la novedad de su forma de vida franciscana, y parece resistirse a morir hasta que no consigue la aprobacién de su Regla.* Desde joven demuestra su espiritu emprendedor. Es una mujer profunda y delicada, y probablemente mas optimista que Francisco en la imagen que tiene del hombre: la insistencia de Francisco en la fragilidad y corrupcién humana, contrastan con la imagen positiva que Clara tiene de él; de donde se deriva su gran confianza en la persona, y el gran respeto a su libertad*. Este acento humano y * Como ejemplo de ello pueden verse: SAN ATANASIO, Vita S. Antoni; CASIANO, Collationes III: De tribus abrenuntiationibus; SAN GREGORIO MAGNO, Dialogi, I * Cf. P. SABATIER, Francisco de Asis, Barcelona 1986, 150-154. % Cf. R. ZAVALONI, La Personalitd di Chiara D=Assisi, Ed. Porziuncula, Santa Maria degli Angeli-Assisi 1993, 234. 99