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Max Aub ENRIQUE GONZALEZ MARTINEZ. VIDA y POESIA Nació en Guadalajara, Estado de Jalisco, a
Max Aub ENRIQUE GONZALEZ MARTINEZ. VIDA y POESIA Nació en Guadalajara, Estado de Jalisco, a
Max Aub ENRIQUE GONZALEZ MARTINEZ. VIDA y POESIA Nació en Guadalajara, Estado de Jalisco, a
Max Aub ENRIQUE GONZALEZ MARTINEZ. VIDA y POESIA Nació en Guadalajara, Estado de Jalisco, a

Max Aub

ENRIQUE GONZALEZ MARTINEZ. VIDA y POESIA

Max Aub ENRIQUE GONZALEZ MARTINEZ. VIDA y POESIA Nació en Guadalajara, Estado de Jalisco, a las

Nació en Guadalajara, Estado de Jalisco, a las ocho de la mañana del jueves 13 de abril de 1871, "en una casa situada en la misma acera de la Parroquia del Pilar y muy cercana al templo". Su padre fue un hombre un tanto apagadO', tímido, "excesivamente pulcro en el vestir y aseado hasta la manía"-. Huérfano y arruinado, amigo del orden y de la compostura, dependiente de comercio, estudió hasta conseguir, a los veintidós años, el título de "jJreceptor de primer orden". Fue maestro, y no dejó de serlo, escrupulosísimo, durante muchos afias. Su natural preferencia por lo exacto le llevó de la mano al goce de las matemáticas y a lo más preciso de las letras: la gramática. Sus gustos literarios fueron siempre por lo acreditado, por lo que no ofrecía dudas: supo el Quijote casi de memoria, gustaba de la lengua de Guzmán de Alfarache, de triarte y de Moratín; de Pedro Antonio de Alarcón, de Galdós y sobre todo de Pereda, el novelista montañés que será lectura de niñez de Enrique González Martínez. Es fácil imaginar su vida en aquellos años. El papá da clases a domicilio, que le ocupan casi todo el día; es un hombre bueno, probo, honrado -en su fondo y por los demás-, dueño de sus mínimos arrebatos. Epoca dorada de la burguesía, nadie tiene dudas acerca del futuro; lo establecido por los hombres parece tan inconmovible como las montafias. La religión católica ha impuesto su moral -para creyentes y ateos, para practicantes y los que no lo son- y la honradez, sobre todo en la clase media, en los artesanos, en el pueblo, es carta tan cabal, que nada se puede concebir fuera de ella, como no sea el infierno: las cárceles y el barrio prohibido, que quedan completamente separados del mundo en que se vive. Igual sucede con la política; son mundo aparte que poco o nada tienen que ver con la gente decente. Así la hombría de bien lleve, a veces, al Ayuntamiento. El señor González escribe un Tratado de gramática general y unos Principios de álgebra "que corrieron largos año:> como textos por los bancos de las escuelas".

y

media todos se levantan -lo mismo en verano que en invierno- se

cena

el

desayuna a las siete, se

-matemáticamente-

profesor dando clases, de aquí para allá. Por la noche se lee y se preparan las lecciones del día siguiente. La madre era otra cosa, harina de muy otro costal, muy hermosa en su juventud, gran frente, ojos "enormes y rasgados", desmañada para los trabajos domésticos (en contraposición con el jefe de la familia que "sabía arreglar un mueble desvencijado, componer una cerradura, colgar cuadros y cortinas, fabricar jugue.

En estas condiciones la vida

a

las

depende

a

la

Mañana

del

una

reloj:

a

las

seis

pasa

almuerza

ocho.

y

y

media, se

tarde

se

tes"), muy inteligente, lectora incansable y desordenada, sabe. dora del francés, conversadora amable, amiga del "trato de personas inteligentes", enemiga de pedantes, había sido discípula de su marido. Gran escritora de cartas y aun de versos que, según su hijo, compuso hasta que descubrió los suyos. Su poeta favorito fue - ¡cómo no! - Gustavo Bécquer. "Leía con desorden a cualquier hora, y cuando un libro le interesaba, no era raro que lo terminara en una noche, sin pegar los ojos, tomando café negro y fumando cigarrillos, hábito que adquirió desde los primeros años de su matrimonio."

Había estudiado entre hermanas paulinas; huérfana joven, salió de entre ellas, tras recibirse de maestra, para casarse. ¿Qué genio la habitaba que tras una educación tan pacífica no pudo en manera alguna dejarle "un instante de reposo en la vida"? "Un demonio interior la poseyó sin tregua", escribe su hijo. No son heroínas de novela -de las que tantas leyó- las que faltan en esa época con "sus contrastes, que a veces parecían inexplicables: ratos de tristeza inmotivada; horas de encierro y soledad; ansias de viajar

que jamás satisfizo; placidez seguida de acritud, sin causa aparente;

rebeldía de inadaptada, que era el reverso de la suave resignación

de mi padre

Inquietud, siempre inquietud y más inquietud".

Parece que estamos leyendo la descripción de un personaje

ibseniano. No en balde son contemporáneos. Las contradicciones

de

la vida burguesa -de la vida sin más- destiñe ya las fuerzas que

la

han de destruir: hay quien no puede obedecer a las cosas tal

como se las obligan a aceptar, sobre todo en la juventud. Luego la rebeldía se desmocha sola, con los años; ella, que "fue, hasta los

treinta años, poco dada a prácticas marse en un movimiento de fervor

movnruento en que

mi

cinco anos y ~ue lo marcara

indeleblemente, señalan, tal vez, el momento mas duro de su rebeldía. De su madre, Enrique González Martínez parece tener la chi~~a

fuga, presenciado por el hijo a los

pia?~sas", "hab~ía.de transfor-

ascetIco

padre

hubo de

ser arrastrado". Un inte~to de suicidio y d~

del genio, pero de la familia de su padre, "gente de campo. fa~llha

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Ita res acomodados almas sencillas consagradas a la herra

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criollos de sangre '- espanola, sanos bId' y fuertes, "

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de sacar la serenidad , que sabrá atemperar la re e

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de quien depender. Su abuelo "español oriundo de la

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ciudad ema de es Panamá", a se graduó de médico en

México, "allá por el año de 1820'''. c~.sócon l~nadsenlOOt.ta

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Lo consiguió: lo .demás es poesla, que tam len

nieta a desear que su

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de tan ilustre varón.

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JO SigUIera ,

versos influyen en el curso de la Vida humana.

los o, hi' urante anos 1 as a h ue 11' evo a e JO SigUIera

11

La vida de Enrique González Martínez fue una vida ejemplar. No hablo de su vida en sí -de sus peripecias de hombre- sino de la parábola de su obra. Ni escribo parábola simbólicamente "de extraña tierra": que sus versos no conocen curva, como no sea en los altibajos insalvables de poemas desiguales, sino que se alinean ascendentes, por lo menos en cuanto a amplitud de criterio, a comprensión del mundo, generosidad, o grandeza. No envejeció, ganó con los años, no perdió vista, sino que, día a día, fue alcanzando mayores horizontes. Tal vez su obra más importante fue la última, escrita a los ochenta años: Babel. Hermano en eso de los mayores, aprovechó lo que la vida le daba; goces y dolores, bienes y males, acendrándose sin hacerse ilusiones, sin perder lo fundamental que poseyó -y le poseyó- siempre; la fe en el hombre desnudo. Nunca hizo nada a humo de pajas, cuando de su obra poética se trató. Hay continuidad en toda su obra; a veces, poemas de un libro anterior abren el que le sigue. Frente a sus memorias se lee uno de La palabra en el viento (192 1) que las resume:

Este libro es mi vida aviesa de los hombres;

No teme la mirada

(Hay en el adjetivo, un sentido pesimista de la condición humana. que, con el dolor, se irá desvaneciendo).

no hay nada entre sus hojas nada que no sea la frágil urdimbre de otras vidas:

ímpetus y fervores, flaquezas y caídas.

(Fue siempre buen crítico de sí mismo, con la vista clara; jamás le cegó el orgullo, ni se tuvo en más. Hombre llanísimo, de sentido común. Su condición de médico, de auscultador de dolores ajenos, le hizo ver, desde el principio, la igualdad de los seres.)

Este libro no enseña, rti conforta ni guía,

y

la inquietud que esconde es solamente mía' más en mis versos flota, diafanidad o arcano ' '

la

vida, que es de todos.

(No diré más en el discurso de estas páginas. Aquí queda reseñada su poética, su posición de hombre; la ecuación de su grandeza, poniendo relación entre "su inquietud" y la vida de todos sin intentar jamás alzarse como ejemplo. Se abre en canal y enserla su mundo: soy así -viene a decir- y no hay más; pero tengan en cuenta que algo de lo que en mí corre es vuestro también. Y así remata el poema):

en mí corre es vuestro también. Y así remata el poema): Quien lea, no se asombre

Quien lea, no se asombre de hallar en mis poemas la integridad de un hombre, sin nada que no sea profundamente humano.

La poesía de Enrique González Martínez es consustancial con la

circunstancia de su vida. Ya veremos cómo en eso y en algo más es hermano de Antonio Machado, y qué lejos está de otros poetas contemporáneos suyos como, por ejemplo, Juan Ramón Jiménez o

Paul

más

objetivo y exterior, que no esté ligado con dramas intimas, con sucesos que han dejado huellas imbo"ables en 10 mds hondo de mi "

Es curioso cómo dos poetas de los mayores que da el modernis- mo tras Rubén Darío, su implantador (Enrique González Martínez,

en México; Antortio Machado, en España), parecen echar conscien· temente al olvido algo de lo más peculiar y espectacular de la escuela. Ahora bien, no hacen sino seguir la propia pauta de

Rubén,

embriaguez de las formas de la rrtitología de diccionario deja paso a una fIlosofía estoica de la existencia. El paso del cisne al búho lo dan Rubén Darío y Antonio ~achado, lo rrtismo que González Martínez, aunque menos explícitamente.

La

Valéry.

"

En

mis poemas

casi no

hay

verso,

ni

el

de

Prosas

profanas

a

Cantos

de

vida y

esperanza.

La Valéry. " En mis poemas casi no hay verso, ni el de Prosas profanas a
pero idéntica' sin embargo, la embriaguez de los colores (su gusto por En Juan Ramón

pero

idéntica' sin embargo, la embriaguez de los colores (su gusto por

En Juan Ramón Jiménez la trasmutación será más lenta

y con El todo es ciencia y todo es vida,

escribió en 1893. Mas parte de la grandeza de GonzáJez Martínez

los mo;ados, los malvas, los amarillos, los verdes)

hará más

es

que su vida, y su obra, reflejan su tiempo, en cierto modo y en

persistentes en el poeta de Moguer ciertos resplandore modernis-

el

modo cierto que una sola vida puede hacerlo.

tas.

Gran tarea la de ser hombre; consiste en procurar comprender

Sólo

en

los

poetas

medioéres

persistirá

el

"glauco"

o el

la

ligazón que nos une a los demás y en ser comprendido. Tarea

"opalescente" de los primeros fuegos del modernismo. La paleta de Enrique González Martínez (como la de Antonio Machado) es pobre y corresponde a la tradición moral cristiana (blanco-pureza, rojo-lascivia, etcétera), como es de esperar de un poeta sin tacha. y puros son todos los grandes poetas de la época, 10 mi mo Unamuno, que Antonio Machado, Juan Ramón que González Martínez, fenómeno curioso, si tenemos en cuenta que su admira- dos, Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, distaban bastante de serlo. Débese -a mi juicio- a su formación católica (o a la "ja obina" de Antonio Machado).

Son, además, y tal vez por ello, hombres de un solo gran amor, del amor a una sola mujer (si son dos, como en Antoni Machado, débese a la muerte p~ematura de la primera) encarnado, ademá , en los cuatro, en sus mujeres legítimas.

III

Dejemos sentado, en primer término, que Enrique González Martí- nez es el poeta más importante de su generación mexicana. "Yo que, cuando busco a Enrique GonzáJez Martínez y no me encuentro inmediatamente con su rostro sereno, su risa franca

y mano amiga, tomo un libro suyo, al instante estoy delante del

hombre: porque esto es su poesía, ni más ni menos; el hombre actual y eterno, el Hombre en toda la extensión de la palabra." Así

le defmía Enrique Díez-Canedo. Y nada es más exacto, pero no era privativo, sino galardón de varios de los mayores de su tiempo: del propio Canedo, de Alfonso Reyes. Una vida llena, que no hay por dónde cogerla. ¡Qué don Enrique tan sonriente y colorado! Con su sombrero gris, sus

abrazos, sus dichos maliciosos, su perpetuo asombro de·leitoso ante

la

vida y sus manjares. Tan recio, tan seguro que nunca dudó ante

la

duda, tras haber visto desfilar todos los bienes y todos los

pesares. Sabía lo que valía, más que pesaba, que no era alto más que por dentro, y no le importaba ni lo dio a entender, tan llano. Estaba con todos.

Ahora oirá el viento que quería escuchar, aquel viento furioso y sordo que rodea los mundos, augusta soledad de laureles:

iVida tres veces santa la que en su propia luz labora y canta!

No había empezado a expresarse así, en la paz porfiriana, sino alabando a Dios.

difícil, hoy, cuando la política parece satisfacerse en aislar, basada

en la apología de su facción; y la ciencia ha caído en la especialización incomunicable, aun beneficiando a miles, que en-

cuentran más fácil el camino del odio, que es la incomprensión. El poco saber de muchos ha venido, desgraciadamente, a redundar en

el desprecio de los que saben más, como si bastara la iniciación

para insuflar el desdén; que la manera más cómoda de creerse llegado a un sitio, sin moverse apenas, es suponerse al cabo de la calle. Y no hablo de los jóvenes, en quienes la temeridad es seña de buena salud. Todos han callado, y comprendo perfectamente por qué, debido

a la hipocresía, que don Enrique colaboró con el régimen traidor del general Huerta. ¿Por qué lo hizo? Una de las explicaciones la hallaremos en la literatura. La época era de respeto al arte por el arte, y e a estética acepta el poder constituido. (Es curioso cómo la transposición de la teoría a la práctica hiere los sentidos y

acepta el poder constituido. (Es curioso cómo la transposición de la teoría a la práctica hiere
acepta el poder constituido. (Es curioso cómo la transposición de la teoría a la práctica hiere
acepta el poder constituido. (Es curioso cómo la transposición de la teoría a la práctica hiere

suspende. Si en vez de referirme directamente a Enrique González Martínez, hubiese dicho: "las teorías literarias determinan en los hombres que las sienten y practican cierta conducta pública, y viceversa", nadie hubiese chistado. Pero al asegurar que éstas influyeron, consciente o inconscientemente, en cierta posición "colaboracionista", álzanse las voces dudando. No iba tan lejos mi aseveración como para dar a entender que la conformidad de González Martínez con el huertismo dependiera exclusivamente de la literatura. El que nuestro hombre hubiera sido antimaderista y funcionario del régimen del general Díaz, no hace sino confirmar lo que digo. No se le ocurrió, por entonces, que la política tuviera gran cosa que ver con la poesía. Con los años, varió de manera de pensar, porque las circunstancias y su consustancial liberalismo le ayudaron a ello. No está de más dejar en claro, otra vez, cómo la reacción simbolista-modernista separó lo público y lo privado, tras el fulgor de los grandes poetas cívicos del siglo XIX. Ayer no hubiese servido González Martínez en un cargo de aquella índole. No es que él hubiese rectificado, sino el tiempo, que es otro). Va para dos siglos que es nuestra la parte que los hombres reservaban ostensiblemente a Dios. Inútilmente procuraron recubrir esta verdad con sus gritos o gemidos los románticos, la fenomeno- logía o el surrealismo. Goya fue el primer pintor de lengua española que no creyó en Dios, lo que se refleja sin ambages en los retratos que hizo de sus repesentantes en la tierra, y pese a los López que le siguieron, marcó con su impronta toda la pintura de nuestro tiempo. El hombre se encontró de pronto con el mundo entero, de horizonte a horizonte, de abajo arriba y de arriba abajo, con sus demonios y ángeles, tan suyos como nuestras manos o nuestros pensamientos.

Sólo el hombre es grande, Nada es mayor que el hombre,

como dijo uno de los más escondidos poetas de nuestro tiempo, por boca de Galileo. Sólo el hombre, pero no el hombre solo. Frente a este mundo sin doble fondo caben dos posiciones: la desafiante y la resignada. La primera es heroica y no voy ahora a tratar de ella; la otra es la de Enrique González Martínez, la de Antonio Machado, pongamos por ejemplo. Caracterízase por la presencia de un vago sentir de la existencia de algo incognoscible- mente superior, con la que se enfrentará tantas veces Unamuno. El panteísmo, tan presente en cierta parte de la obra de González Martínez, no es más que un mal menor, un agua de borrajas que no engaña a nadie: fundirse con la belleza, cuando se sabe que no es más que un sentimiento humano. De ahí el nihilismo en que naufragarán tantos. Pero de esa soledad del mundo nacerá otro sentimiento o, por lo menos, una nueva expresión más amplia del mismo: la solidaridad. Juan Ramón no ofrecerá su corazón al cielo sino

Juan Ramón no ofrecerá su corazón al cielo sino Al ancho surco del terruño tierno. Ya
Juan Ramón no ofrecerá su corazón al cielo sino Al ancho surco del terruño tierno. Ya

Al ancho surco del terruño tierno.

Ya no hay Dios a quien hurtar el fuego. Los hombres solos. La vida es de todos, exclama González Martínez, y más: Hay que divinizar la vida. "Vida", palabra clave de nuestro poeta, que le lleva a preguntar, bien hincados los pies en la tierra, de la que no nos podemos separar, cuando se le muere el hijo:

¿Contra quién me rebelo

o a quién pido?

Grandeza del hombre sin mañana, pero con el prodigio tremen· do del hoy, que hay que vivir cumplidamente, sin desechar nada, porque es todo lo que tenemos. No se atreve a entregar todavía íntegramente al hombre cuanto era de Dios; su primer Ilbro se titulará, más tarde, con sentido: La hora inútil y en él se habla de un "dios campestre". Habrá de transcurrir toda su vida poética para que exclame:

Y miré al hombre, en comunión de fraternal sosiego, sobre una patria con el mismo nombre.

Tras haberse preguntado, con la angustia y la congoja perenne,

¿Quién nubla el cielo y ensombrece el día?

para rematar:

y me asomé a la vida, y vi que en ella estaba la razón de mi tortura, y anulé mi amargura y mi querella.

Mas para llegar a ello, Enrique González Martínez se había

planteado, había visto alzarse ante sí, los problemas que el fm de

tan claramente como lo

hizo nuestro poeta en un soneto: Piedad, de su primer libro. Las dos cuartetas exponen la posición que habrán de mantener los impregnados de cierta parte de la mosofía de Nietzsche, y que llevará al fascismo:

siglo e~a. Pocas veces se han expresado

y bien, es necesario ser orgulloso y fuerte pasar sobre las víctimas, y con la faz erguida,

ir peligrosamente a través de la vida y llegar con pie fume al umbral de la muerte.

Dejar a los esclavos la ergástula;

dorada por los rayos del sol de la belleza;

no arrepentirse nunca del fango, que fermente

ser cumbre

y abajo, en la vileza la humana podredumbre

Pero en los dos tercetos aparece la posición sentimental tolstoia· na, que movió a tantos intelectuales hacia los desamparados y el

socialismo:

Más tú, piedad, no puedes abandonar tu asiento,

y

con tu sombra ofuscas la luz del pensamiento

y

la razón conturbas, y la pupila empeñas:

y ante el leproso mustio que se titula hermano, ante la horrible mueca del sufrimiento humano, nos muerdes con un cáncer que roe las entrañas.

En este alzarse de la bondad contra las desigualdades humanas, demasiado humanas, irá González Martínez a la par de los mayores poetas, con su tiempo. Básteme señalar cierta correspondencia con Antonio Machado, que no cité antes a humo de pajas.

Yo gusto de ir a solas y mi velero es mío,

dice don Enrique al cabo de uno de sus sonetos más conocidos, y don Antonio:

Converso con el hombre que siempre va conmigo .

tal vez

solo a medias. (Pudiera parecer contradictorio con lo antes apunta- do esta relación entre Machado y González Martínez, teniendo en cuenta la posición crítica del primero frente a la política española

hay que olvidar que el español se

de aquel entonces. Pero no

enfr~ntaba a una carcomida monarqufa, oligárquica, mientras el meXJcano servía una república de aura liberal, consecuencia directa

de la Reforma. Todo depende del medio que nos refleja.)

. Soledad de su edad media, que luego se esfumará

Todo

el

famoso

Retrato

del

gran

poeta

sevillano

podría,

salvadas las distancias, ser el de don Enrique:

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, pero mi verso brota de manantial sereno; y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

y no sólo el sentimiento, sino la estética. ¿Qué es aquello de

Adoro la hermosura, y en la moderna estética corté las viejas rosas del huerto de Ronsard; mas no amo los afeites de la actual cosmética ni soy un ave de esas del nuevo gay·trinar

, en versos que llevan la impronta de la libertad que le dio Rubén? Poesía desnuda la de ambos, nacidos en el modernismo, mas ya hartos de su engañoso plumaje. Todo no es símbolo, sino como es:

sino otra manera de decir: Tuércele el cuello al

que yo no sé si me difundo en todo

o todo me penetra y va conmigo. y la tierra, con sus paisajes, con sus propias entrañas

y su dolor particular.

¿A qué se debe ese afán de desnudez, esa nueva estética enemiga

trata de un

hecho aislado, sino antes al contrario, de un hondo anhelo de la

de perifollos?

Por de pronto, es notorio

que

no

se

de un hecho aislado, sino antes al contrario, de un hondo anhelo de la de perifollos?
de un hecho aislado, sino antes al contrario, de un hondo anhelo de la de perifollos?
de un hecho aislado, sino antes al contrario, de un hondo anhelo de la de perifollos?

generación. (Pongamos lado por lado un cuadro de Renoir y uno de Juan Gris, un mueble de Lalique y otro de Rulhman, un plano de Gaudi y otro de Le Corbusier, ¿cuántos siglos ~o parecen haber transcurrido para transmutar uno en otro? Y Sin embargo, son

contemporáneos; como Nicolás 11 y Lenin.~, Trátase de algo más profundo que el estilo en SI, de su razon de ser; estamos frente al fracaso del mundo liberal mientras cae la última costra de la creencia en el "dios campestre", ese compro-

miso

bifurca de un lado en los varios "ismos" que se amontonan, de los afias lO a 30, y por otro, hacia la ortodoxia católica. Se señala así la agonía de la época dorada de la burguesía, a la que la guerra del 14 pone punto final al igual que, aquí, la Revolución Mexicana; la

,

Como reflujo, revive una corriente espiritualista que se

literatura va a su rémora. Una vez más el máximo esplendor, el gigantismo -¿y qué mayor gigante que Rubén? - señala el térmi- no de la evolución de una especie. De esa crisis no hemos salido todavía, y González Martínez queda como buen testigo. Su

producción "europea", es decir la que corresponde a su estancia en

el Viejo Mundo, es prueba de ello, y lo más endeble de su obra,

aun siendo, a veces, de lo más gracioso. (Cuando a distancia de

medio siglo se mira la evolución literaria europea y mexicana y se la relaciona con la realidad política, es' evidente cierta similitud

en tre la forzada tranquilidad porfiriana, la era victoriana, la

Tercera República Francesa o la Restauración española. El desastre español del 98 no afecta, desde este ángulo, a la evolución literaria española, sacudida mucho más a fondo por la obra de Nietzsche. La pérdida de las últimas colonias coincide con el mayor auge de

la influencia española en América; pongamos como ejemplos a

Galdós y a Castelar y las cifras de venta de las editoriales españolas

de la época.)

Pese a la dirección espiritualista a la que me he referido, es muy otra la que auténticamente va marcando de manera indeleble los espíritus; el hombre va reemplazando la eternidad por el futuro, Dios por lo que es capaz de hacer el hombre, no por lo que hace. Quien sólo conoce la fe o la desesperanza no es un gran poeta de nuestro tiempo, cómo pudo serIo del pasado. El estoicismo cobra nuevas galas, teniendo en cuen.ta que el tiempo nunca es reversible

y no será por azar que se columbre en las últimas obras de González Martínez un tono más grave que recuerda las sonoridades

mayores de la poesía castellana. Nadie se engaña al oír el martilleo

de los endecasl1abos primeros de Babel:

Miré la dura tierra en que he nutrido cardos de angustia y mie ses de esperanza,

hermanos de aquellos inmortales:

Miré los muros de la patria mía

El poeta jalisciense ha columbrado ya la aurora de la solidaridad puramente humana:

¡Feliz de ti que tienes una estrella en la altura, y una voz que te lanza por mares de aventura, de los que nadie sabe si se puede volver

!

le dice en 1943 a Pablo Neruda. Nuestro poeta se da cabal cuenta de hall~rseen lo~umbrales de un mundo nuevo, pero también sabe que ya no alcanzará a conocerlo, y se resigna:

Yo también por el mundo tendí mi vuelo errante; yo como tú, quisiera proseguir adelante ¡Mas todo lo he perdido en mi viaje de ayer!

¡Tragedia enorme ésta de la generación que hunde sus raíces en las postrimerías científicas del siglo XIX, y abre la copa de su espiritualismo ávido, en el misticismo naciente del siglo XX! ; dij? Luisa Luisi hablando de González Martínez. Misticismo que cobro su forma más influyente para nuestros escritores en la "evolución creadora" de Bergson, antes de que Ortega trajese al castellano sus enseñanzas de Marburgo, que habrían de resquebrajarse violenta- mente al empuje de los gobiernos ateos que ponen en juego la "razón práctica", tras el reinado de la "razón pura", que fue la voluntad de la pasión jacobina de la Revolución Francesa.

tras el reinado de la "razón pura", que fue la voluntad de la pasión jacobina de
Enrique González Martínez -su vida, su obra- expresa cumpli- damente los tormentos y las tormentas

Enrique González Martínez -su vida, su obra- expresa cumpli- damente los tormentos y las tormentas de su tiempo, aunque sólo al final de su vida emeljan a la flor de su verso los problema,s públicos. Mas con ello también 10 marcan los años que vive; nadie está ya, a mediados del siglo XX, fuera del área candente de la política, resultado normal del prog~eso de la ciencia. El avanzar de la literatura: en nuestro tiempo, y en lo que tiene de más valedero, podría señalarse grosso modo como un paso de la estética, lo cual tal vez redunda, así parezca mentira, a una primera luz de la razón,

en una mayor pureza lírica. Quise oponer la meditación profunda a la gracia superficial y decorativa, escribió nuestro hombre al final

de su vida, explicando su soneto más famoso, en el que recomien- da el asesinato, no del símbolo, sino de la metáfora emperifollada. (Aquello del simbolismo no fue tal, sí metaforismo a ultranza con que se adornaban los muebles y una vida burguesa, como la de Mallarmé, así éste se quedara chico al lado de Góngora, hoy en boga -pero ya fmiquitará la manía de colocar las Soledades, por excelentes que sean, por encima de su otra manera.) Tan imagen es el búho como el cisne, tan símbolo un animal corno otro, pero menos "hermoso", y la preferencia de nuestro autor, dejando aparte el simbolismo, declara la aceptación de lo feo, o de una mínima hermosura, entendiendo por tal la clásica, dentro del área de la belleza. El descubrimiento de la hermosura de lo feo es el resultado natural de un mundo ateo o, por lo menos, de un concepto panteísta de la naturaleza al que nada le es ni le puede ser extraño. Como propio acoge este sentimiento al romanticismo. En siglo y medio conocerá variaciones, desde lo lúgubre como elemento funcional, a lo horrible y hediondo, como elemento social, en Zola. La reacción parnasiana y simbolista, aunada al culto del irracionalismo o al renuevo católico, vuelve, por un momento, a un concepto más clásico de la belleza, sin contrapunto expreso de lo feo, hasta que la admiración hacia las formas de ciertas culturas primitivas fundamenta algunos aspectos del cubismo y sus derivados para llegar al color "negro" de una parte importante de la literatura de nuestros días. No conocerá González Martínez el siguiente paso normal del interés por la materia en sí, en la pintura abstracta y el nouveau romano El propio escoger del búho como señuelo o dechado de la poesía encontró así su razón de ser; el problema que planteaba González Martínez era que es tan hermoso o más que el cisne, de la misma manera, aunque la razón fuera contraria, que para los escultores de la baja Edad Media, sus obras eran evidentemente tan hermosas o más que las esculturas romanas, que no desconocían. El solo hecho de que el búho pueda ser objeto y objetivo poético marca la aceptación de lo feo como hermoso, integración del mundo, en su totalidad, como materia poética, y no mero escoger de lo más agradable; prueba inequívoca de la llegada al poder de ciertas clases sociales que antes no figuraban en el

"carnet de baile" de la poesía. Podría decirse que la grandeza de los poetas de hoy se mide por la claridad con que aceptan la inanidad de la vida futura. González Martínez sobrepasará la congoja que hace exclamar a Stefan George: mit mir allein! "¡conrrúgo solo! ", que procede del concepto ateo del mundo y que Víctor Hugo había expresado en una forma que luego tantos habían de recoger:

Et je ne sais d'ou je viens, si j'ignore al! je vais,

Bogando va sin brújula y sin saber a dónde,

dirá González Martínez, dando otra forma a lo que Rubén llamó el "horror de sentirse pasajero", y que, en nuestro poeta, se converti- rá en tarea fundamental:

y hay un sollozo de pavor fecundo que se resuelve en cántico de vida.

Subrayo el pavor, ya fecundo. Era natural que la forma misma de la poesía de González Martínez diera cuenta de estas transfor- maciones. Hay, sin duda, una gran influencia francesa a lo largo de su obra, como en casi todos los poetas que comparten su tiempo:

su alejandrino es parejo del de Hugo; luego, su verso libre es hermano del de Régnier; después, desde Bajo el signo

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es hermano del de Régnier; después, desde Bajo el signo , PEGJ\SO REVISTA ILUSTRADA " PIIfCIlt.SOCl.
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al acendrarse su poesía, se expresará generalmente en endecast1a· bos. (Ya vimos cómo tampoco su vida transcurre en un solo plano, como quisieran algunos de sus apologistas. Al contrario, conoció muchas posiciones, según los tiempos que atravesaba y los dolores que la muerte le ofreció, no parca en ello. Ahí radica otra semejanza con Hugo -ambos perdieron un hijo en edad lozana- que alcanza en A Villequier una de sus cimas; al igual que nuestro poeta en su Aleluya a la muerte y otras obras de la misma época.) Lo único que pueden romper o restituir los poetas es el verso y esto hasta cierto punto, como lo hicieron Garcilaso y Rubén; que el fondo en que se asientan es el tiempo, el tiempo mismo del poeta, su contemporaneidad. Por mucho que se quisiera o se sienta distinto de los demás, un auténtico escritor lo es siempre de sus años. La roca de Prometeo se ha transfigurado en multitud. Lo demás es pastiche o ganas de perder o de perderse en el tiempo, lo que también -¿por qué no? - es valedero.

Se van muriendo los maestros que uno más quería y nos vamos quedando al filo de la muerte. Allí está Machado, aquí Canedo y este otro don Enrique. Ya sé, también murieron Federico García Lorca y Miguel Hernández. Ya sé: se borró de la faz del mundo aquel gran don Pedro, aquel Salinas que yo recuerdo gordo, de portero de futbol y automovilista precoz, tan contento. Pero ésos eran de mi edad, y fue la mala suerte y la traición de los más obligados. Pero don Antonio y los dos Enriques iban delante. Ahora ya estamos casi solos, sin nadie en la proa.

Ahora ya no seguimos, ya nada tenemos delante. Me quedo triste, frente al despeftadero del que ha desaparecido la baranda, tan segura, a la que nos gustaba asomamos para ver caer la tarde. ¡Cómo se acuerda uno de sí al ver los muertos! Se acuerda uno de sí mismo y de uno con los muertos. Pero el mundo no se hizo para nosotros, sí para los que vienen. Quisi~ramos que sintieran a Enrique González Martínez a tram de uno mismo. Dan ganas de gritarles: "¿Sabéis lo que se ha perdido para siempre? Seamos lo que quisimos ser, como ~l fue el que quiso ser. Atiesemos el pecho, mantengámonos fumes en el recuerdo, frente

a lo que ha de venir, con el orgullo de ser hombre, como él lo fue.

Demos la postrer despedida a las inercias de la vida.

Ahora abrirá su cofre a solas y allí encontrará incólumes e imperecederas las formas y las esencias como las tuvo y las retuvo. Tal como quiso hurtó los aftos hasta el fmal de su existencia y murió tan joven como nació. Siendo el que fue, ¿cómo no hubo de ser nuestro, espaftol de la honra y del maftana? Lo fue, como el que más. (Estuvo siempre contra la ignominia que hoy priva en Espafta. No se le borró la

traición, ni el crimen, ni la cursilería que tantos espaftoles olvidan

o, lo que es peor, aparentan olvidar bajo el manto del tiempo o las

conveniencias del día.) Sigue aquí, y cuando hayamos desaparecido aquí seguirá para gloria de M~xico y de la lengua que hablamos.

día.) Sigue aquí, y cuando hayamos desaparecido aquí seguirá para gloria de M~xico y de la