Está en la página 1de 22

EL

CASTILLO

ROQUERO DE

I

MONTFRAGÜE

P r iv il e g ia d a

s it u a c ió n

d e

e s t a

f o

r t a

l e z a

.

Monsfragorum, monte fragoso, llamaron los antiguos a un colosal picacho que se confunde con las nubes contemplado desde distan­ cia, en la margen izquierda del proceloso Tajo —cuando éste atra­ viesa va la provincia de Cáceres—, al sitio preciso en que su caudal se desliza por la llamada portilla de Montfragüe, no lejos de la his­ tórica y hoy desaparecida aldea de las Córchelas, que fue cabeza de señorío en tierras pertenecientes a la jurisdicción de Torrejón el Rubio.

monstruo gigante en cuya cima

anidan las águilas, cubierta de arbustos y plantas silvestres que adornan su pintoresco ropaje, salpicado de lentiscos, madroñeras, cornicabras, encinas, robles, acebuches, jaras, zarzas y tomillos (1), existió desde tiempo inmemorial un soberbio baluarte destinado, en el transcurso de las centurias, a vigilar y defender el paso del río. Se desconoce la época exacta en que fue construido; pero dado

Sobre

tan

empinada

cumbre,

(1)

drid, 1947)

P o n z ,

A n t o n io :

Viaje

de

España,

t.

VIII,

carta

VII.a,

pág.

637

(Ma­

349

lo estratégico de la posición y los vestigios de edificios arcaicos que afloran por doquier, resulta lógico admitir que en la antigüedad existió en dicho lugar alguno de los castros o citanias que tanto abundaron en dichos parajes; v que sobre sus cimientos alzaron los árabes, siglos después, alguna atalaya o fuerte torre cercada de muros y otras defensas, aumentando con ello el valor y utilidad de

la legendaria fortaleza de Al-mofrag, a que hacen referencia las cró­

nicas musulmanas y las cristianas de la Reconquista (2). Los muros de este fuerte asientan sobre enormes bloques de

piedra, y la traza de dichos lienzos y la de las torres que todavía se mantienen en pie evidencian sobradamente que fue ocupada esta mansión fortificada por las distintas y sucesivas razas que irrumpie­ ron en nuestro suelo: romanos, visigodos y sarracenos. Presumién­ dose, con fundamento, que por su privilegiada situación y la amena

y ubérrima campiña que lo circundaba, en tiempo de moros, debió

ser residencia del valí o reyezuelo que era dueño y señor de los lugares y tierras de la comarca.

Todos los habitantes de esta magnífica fortaleza, ingente y señera sobre la planicie del arrogante y retador monte fragoso, dejaron huellas de su paso al restañar las heridas que ocasionaron las incle­ mencias del tiempo o las incidencias y furores de la guerra, y al ampliar y mejorar las defensas. Pero dicho fuerte debió quedar perfectamente acondicionado y alcanzar el momento esplendoroso de su mayor prestigio y pujanza en los últimos años de la domina­ ción musulmana, cuando ya empezaba a declinar en España la buena estrella de los hijos del Profeta y presentían que era llegado el momento en que serían arrojados del lugar donde nacieron. Entonces, el codiciado castillo llamado de Al-mofrag, con sus aledaños, que, según veremos después, formaba un recinto alargado, con cinco torres almenadas y dos recintos bien defendidos por só­ lidas y peñascosas irregularidades del terreno, a modo de barbaca­ nas, y algún torreón o puesto avanzado' hoy ya desaparecidos, se alzaba desafiante, destacando su esbelta y majestuosa torre del Homenaje, que aún en nuestros días resiste, tenaz y medio desga­ jada, a los embates de la Naturaleza, alardeando de su sorprendente

y privilegiado enclave (3).

Desde su emplazamiento se mira en el río Tajo que, formando recodo en aquellas latitudes, discurre a través de perezoso y tran­

quilo remanso.

diversos

nombres, si bien todos tienen el mismo origen y significado. Se citan, entre otros, los siguientes: Monsfragorum, Montefragoso, Ál-Mofrag, Almofragüe, Montfrag, Monsfrag, Monfrag, Monsfrac, Mofrag, Monfragüe y Montfragüe, que es el que

lleva en la actualidad.

(2)

El

castillo de Montfragüe recibió

en el trascurso de los siglos

(3)

R.

M é l id a , en su Catálogo monumental, v P.

H urtado

en sus Cas­

tillos, torres y casas fuertes, tratan este tema con alguna extensión.

350

La topografía del Monsfragorum es de una belleza impresionan­ te. Hemos de insistir sobre ello, ya que asombra al visitante por su aspecto extraño y fiero y la enorme altura de la prominencia en que fue entronizado el moruno fortín. Todo en la cumbre es sumamente pintoresco e interesante, a fue) de ser enmarañado y salvaje. Se embarga el ánimo al mirar allá, hacia lo alto, y admirar el sorprendente espectáculo que ofrecen las escarpadas rocas confun­ diéndose con las torres desmochadas, en tanto que, sobre enorme peñasco, se destaca la silueta del águila, tranquila y escrutadora, pero ociosa e indiferente ante los que discurren por las laderas y as­ cienden a la colina, bien segura de que no han de alcanzar el rin- concito donde guarda su nido y sus polluelos. Ya en la cima del Montfragüe, el observador se queda perplejo ante el espectáculo que ofrece tanta ruina, ocasionada por la indi­ ferencia de los hombres y el azote implacable de los elementos, a medida que pasan los años. Allí se descubren viejos sillares carco­ midos y firmes cimentaciones que nos permiten precisar, al menos de manera aproximada, el contorno de los primitivos edificios y de otras diversas construcciones; muros derruidos, pero fáciles de re­ conocer, y abundantes escombros mezclados con peñas, zarzas y hojarasca. Tan desolado panorama oprime el pecho y produce angustia; mas al dirigir la vista al horizonte, se experimenta una intensa satisfac­ ción cuando se contempla la campiña circundada de sierras y picos que a distancia le sirven de marco y que, elevándose suave o brus­ camente, prestan al cuadro variados y amenos tonos bajo un cielo limpio y espléndido, al tiempo que en la azulada y radiante atmós­ fera se mecen los cuervos. Abajo, en el ribazo, hoy casi desprovisto de vegetación, en otras edades crecieron alisos y fresnos que facilitaban sombra bienhechora y permitían a los naturales de las cercanías disfrutar plácidamente de la agradable temperatura de aquellas hondonadas. Desde la fortaleza al río existió un camino subterráneo que per­ mitía conseguir agua en caso de asedio; de este modo se abastecían los señores del castillo y los vecinos del caserío que asentaba en su contorno, desde tiempo inmemorial, para vivir al amparo y librarse de las asechanzas de los bandoleros que infestaban la comarca; pues sabido es que las riberas del Tajo fueron en todo tiempo tierras de revueltas y bandidaje, de contrabandistas y ladrones, guerrille­ ros y gentes sin más ley que la suya, quienes, actuando individual­ mente o en pandillas reducidas, realizaban frecuentes y provecho­ sas rizas. Sabemos que la avalancha de sarracenos que irrumpieron en Iberia en tiempos del último rey godo era un conglomerado de in­ dividuos de varias castas, y que en porcentaje muy elevado figura-

0

© w

§

3

§=<

un

5

Q

<s

K-

I

1

i

*

ban entre aquellos invasores los berberiscos, raza indomable, rebelde e inquieta, que tomó carta de natural precisamente en la parte sep­ tentrional de la llamada Transierra, al poco tiempo de haberse apo­ derado de buena parte del solar hispano. De berberiscos estaba integrada la tribu de Nafza, que dominó toda la comarca de Trujillo; y como eran levantiscos por naturaleza, valientes e indisciplinados, se dedicaban a hacer incursiones, ver­ daderas razzias, por toda la región, llegando hasta Alcántara-as-seilf, Al-cazires, Medina Cauria, Ambrozi y Montanges (4); siendo de es­ perar, por tanto, que los moros habitantes del poblado que se exten­ día en derredor de Al-mofrag eran de esta calaña, y que, guiados por sus jeques, merodearían por la serranía circundante en busca de botín, que se repartirían más tarde en su refugio, bien protegido e inexpugnable. En tanto que los niños, ancianos y desvalidos del lugar se dedicaban al pastoreo, a trabajar en las alfarerías y a otras faenas de artesanía en las que eran tan duchos los descendientes de los invsores ismaelitas.

D e s c r ip c ió n

d e

M

o

n t f r a g ü e .

l o s

r e s t o s

d e l

II

c a s t il l o

y

e r m it a

d e

l a

V ir g e n

d e

Algunos historiadores de nuestro tiempo opinan que esta colosal fortaleza tuvo dos recintos murados; pero las crónicas antiguas nada confirman a este respecto, ni los vestigios existentes nos permiten precisar hoy el contorno de la cerca exterior; circunstancia que in­ duce a suponer que el primer recinto debió reducirse a grandes y fuertes lienzos de murallas empotrados entre prominentes rocas, úni­ camente por los lados más vulnerables, como era norma corriente en otros muchos castillos de nuestro país enclavados en lo alto de gigantes espolones y circundados de tuertes escarpes naturales que robustecen y completan trozos de murallones incrustados en los ac­ cesos y sitios más peligrosos, por su menor garantía de seguridad. Lo que sí puede admitirse como hecho cierto es que eran cinco las torres que protegían y adornaban el histórico recinto, casa ma­ triz, en el siglo x i i , de una Orden militar y de caballería netamente extremeña; la Orden de caballeros de Monsfrag. En nuestros días, sin embargo, sólo se mantienen enhiestos, pero rebajados y sin las almenas que los coronaban, dos de dichos ba­ luartes: la torre del Homenaje de forma pentagonal, como las de

(4)

66 y

Cronicón Albeldense,

n o ta

A

b e n

22

de

la

A b d a ll a

m ism a;

M

y

m .

en

64.

las

M atías

p ág s.

71

R.

y

M a r t ín e z ,

128.

su

Descripción

en

Historia

Es­

(M a­

d e

p ág.

paña, p o r drid, 1901).

oham ed , El Edrisi, trad . de Blázquez, cap . III

23

353

,

Almenara, Trevejo y Aleonétar, y otra casi cilindrica que ocupa el ángulo noreste del alargado recinto aún existente; y por cierto, que en estado lamentable. Aparece hoy esta torre con bastante menos elevación que la que debió tener cuando estaba completa, ya que a los dos metros, apro­ ximadamente, del piso actual hay varios huecos en sus lienzos, indu­ dables mechinales, que debieron servir para alojar los extremos de las vigas que sostenían la cámara o departamento superior. Toda su fábrica es de mampostería a base de cuarcita sujeta con argamasa; y su emplazamiento, muy indicado y provechoso, pues se alza en el punto preciso para proteger la puerta de entrada al fuerte, en el sitio que resulta de mayor utilidad por ser el más vulnerable y peligroso ante posibles arremetidas del enemigo. Ya hemos indicado que la gran torre del Homenaje es de forma pentagonal en su exterior; pero en el interior su traza es casi cua­ drada, sirviendo el triángulo de sus gruesas paredes, que mira hacia el lado del naciente, para alojar la curiosa escalera de cara­ col que facilitaba la subida a los pisos o dependencias superiores. Los fuertes y anchos muros de esta torre, cuyo espesor es de 2,20 metros, fueron fabricados con piedra de sílex y cuarzo mezclados con argamasa; consiguiéndose así recia mampostería que se sujeta en los extremos por esquinazos de ladrillo. «La parte baja, de gran elevación, sólo tiene una puerta de acceso, hecha toda ella de ladrillo. El arco fue de herradura, en el exterior, y de ojiva muy apuntada y terminada, en el interior, estando bár­ baramente destrozado. También fue de herradura el arco de arran­ que de la escalera de caracol en la que se abre una gran saetera. »E1 pavimento de la planta baja está muy excavado por obra de los buscadores de tesoros. Se cubre esta pieza con bóveda de cañón, un tanto ovalada, cuyo eje va en dirección de naciente a po­ niente. Sobre ella asienta al piso de la segunda planta, a la que se sube por la citada escalera, que desemboca mediante un arco apun­ tado con dovelaje de ladrillo. Contaba esta sala con tres ventanas de 1,10 de ancho, y el arranque del segundo tramo de la escalera, que se conserva, demuestra la existencia de otra planta superior, o terraza, quizá, que daría mayor esbeltez y visualidad a esta

torre

Por sus características parece ser obra almohade, lo que no quiere decir que antes no hubiera allí otra fortaleza de fábrica más

antigua,

tivos. En el ángulo noreste, que está sobre la llamada vulgarmente Por-

»

(5).

e incluso que se aprovecharan parte de los muros primi­

(5)

J osé

R amón

y

F ern á n d ez

O x e a :

El castillo d e Montfragüe, ed.

Seminario de Arte y Arqueología de Valladolid, pág. 4, año

1950.

254

por el

Montfragüe .— Nuestra Señora Santa María del Montfragüe

tilla y tiene en frente el Pico del Fraile, se advierten restos de muros pertenecientes a otra torre que allí debió existir.

De

los

dos

posibles

recintos

referidos,

solamente

se

conserva,

muy aportillado y confundiéndose sus piedras con los cimientos, el

más interior, con su puerta de entrada abierta en el lienzo norte, pero mirando hacia naciente, y a través de la cual se penetra en la for­ taleza utilizando suave rampa doblada en ángulo recto para pasar

que lleva el nombre

de Cambrión, y que debió ser el marco de la puerta leza.

Entre los viejos y derruidos muros, que caen sobre el lado de la

Portilla y la torre del Homenaje, se acomoda la pequeña ermita de Santa María de Montegaudio, llamada por sus devotos de los pueblos circundantes Nuestra Señora de Montfragüe. En un re­ ducido templo, con ligero ensanchamiento en su parte central, donde se alzan dos columnas para sostener la techumbre, y tiene tejado a dos aguas entre la nave.

En dirección al mediodía, aparece adosada a este santuario una pequeña habitación destinada a sacristía. Existe en el interior un solo retablo, trono de la Santísima Virgen, de muy escaso mérito; es de estilo barroco popular de finales del siglo xvn, y debió ser dorado y terminado a principios del siglo xix, si hemos de dar crédito a las inscripciones de los romeros de los pueblos de las cercanías, Tejeda de Tiétar, Malpartida de Plasencia y Torrejón el Rubio, entre otros. Dichos letreros, que aún se pueden leer, pregonan las aportaciones económicas de aquellos para la res­ tauración de la ermita y su acendrado amor a la excelente Señora, Patrona de varias villas, lugares y aldeas de aquella serranía. Es de algún interés decorativo y arquitectónico el curioso frontal de azulejos de Talavera, adosado al altar, cuyo importe fue su­ fragado con limosnas de los peregrinos y devotos hijos de la casi legendaria Virgen de Montegaudio.

por el único arco de medio punto existente,

de la forta­

Y decimos casi legendaria,

porque,

efectivamente,

el origen de

esta sagrada imagen de María, que es, a nuestro juicio, uno de los ejemplares más bellos de la iconografía mariana extremeña, apare­ ce envuelto en el misterio; mejor aún, se carece de pruebas y tes­ timonios fehacientes respecto al artífice que talló la imagen, época de su ejecución y lugar donde se realizó la interesante y preciosa obra. Mas, ello no obstante, en páginas sucesivas daremos a conocer nuestra opinión sobre el asunto, que parece estar de acuerdo con la de algunos otros cronistas e investigadores que se han ocupado, aun­

que un poco a la ligera, de este problema, que entraña indudable interés local y regional.

356

N

o t ic ia s

h is t ó b ic a s .

III

A pesar de nuestra insistencia y buen deseo por conocer hechos concretos relacionados con el coloso picacho de Montfragüe y las fortificaciones que se enseñorearon de su cima en todos los tiempos, hemos de confesar que fracasamos en nuestro intento, que nuestras investigaciones dieron escaso resultado, y que la fortuna no nos deparó noticias ciertas relativas al mismo hasta mediado el siglo xn. Helas aquí:

Un historiador extremeño (6) se decidió a admitir, aunque con reservas, que el primero que arrebató el castillo de Al-mofrag a los sarracenos fue el rey de León, Fernando II, en 1169, y que lo cedió después, en 1171, a la Orden militar de Santiago (7), fundada en Cáceres el año anterior. Pero esta suposición debe desecharse por errónea, porque nuestra búsqueda y comprobaciones posteriores nos permiten demostrar que el parecer del mencionado escritor no se basa en testimonios autén­ ticos, Sin tener en cuenta la posibilidad de que los reyes de Castilla y León, Ordoño II y Ordoño III, Alfonso III, el Magno, y aun el mismo monarca castellano Fernando I, pudieran haber llegado y hasta conquistado esta fortaleza en sus incursiones guerreras por tierras de moros, es evidente que mientras Fernando II de León incorporaba a su corona los territorios de la Sierra de Gata y los enclavados en una y otra de las riberas del Tajo —cuando llegó, en 1167, a la Cabeza de Esparragal (8), después de haber conquistado la villa de Alcántara—, un aventurero portugués, que tenía más de jefe de pandilla de facinerosos que de capitán de milicias, penetró con sus secuaces en la comarca comprendida entre Tajo y Guadiana y, con gran arrojo y temeridad, realizó varias rizas y se apoderó de diversas ciudades importantes, como Trujillo, Santa Cruz y Monsfragüe. El guerrillero portugués, autor de tan provechosa ha­ zaña, se llamó desde entonces Giraldo Simpavor: cognominato Sine- pavore, por razón de que tan extraño y arriesgado personaje no co­ nocía el miedo, y su falta de escrúpulos y su decisión lo impulsa­ ban a emprender las más fabulosas y disparatadas aventuras. El testimonio indiscutible que garantiza las correrías del picaro Giraldo y sus seguros éxitos al apoderarse de las plazas fuertes mencionadas lo hallamos en la Crónica latina número 10, donde

(6)

(7)

P.

Véase el apéndice IV de nuestra obra L a Orden d e caballeros de Mon-

H u rta d o :

obr. cit., p ág .

176.

frag (Madrid, 1950).

(8)

T o r res

y

T a p ia : Crónica

,

t.

I,

p ág .

68 y la nota V de la misma.

se refiere taxativamente que, al acudir el rey de León, don Fer­ nando, en 1169, en auxilio de los habitantes de Badajoz (9), vasallos suyos, para evitar que dicha capital y toda su comarca cayera en manos de Alonso Enríquez, que lo había puesto en grave aprieto, derrotó a éste y lo apresó, juntamente con buen número de capita­ nes, condes, prelados y otros caballeros que iban al frente de los ejércitos de Portugal. Hemos dicho que entre los prisioneros estaba el célebre Giraldo, el más formidable peón de brega en las huestes del rey lusitano; pero al quedar el extraño personaje Simpavor reducido a la impo­ tencia, solicitó su libertad poniendo en juego para conseguirla cuan­ tos medios y recursos estaban a su alcance; y le fue concedida por el insigne leonés, Fernán Rodríguez, el Castellano, «a cambio de la entrega de Montánchez, Trujillo, Santa Cruz y Montfragüe». De donde se deduce que el primero que arrebató a los moros la referida plaza fue el ínclito Giraldo, señor en aquel tiempo del dicho castillo y de otras fortalezas de la región; y que el baluarte referido pasó a poder de Fernando II no por conquista directa de este so­ berano, y sí por cesión voluntaria del guerrillero y cabecilla luso.

Uno de los más nobles y prestigiosos caballeros de la corte de Alfonso VI —el que conquistó Coria y llegó con sus vanguardias hasta las tierras meridionales de las Éxtremaduras leonesa y lusi­ tana—, fue un magnate gallego llamado Rodrigo Velar, conde de Sarria, que debió gozar de gran predicamento, a juzgar por los privilegios que firmó (10). A este señor sucedió en su casa y condado su hijo Alvaro (11), que desempeñó relevantes cargos por lo esclarecido de su linaje y el hecho de haber contraído matrimonio con la infanta doña Sancha, hija del insigne y batallador monarca mencionado (12).

(9)

G o n z á le z ,

J.:

Regesta

,

pág. 81 (Madrid, 1943).

 

(10)

«El

conde

don

Rodrigo

de

Sarria fue hijo

del

conde

Alonso

Rodrí­

guez y de la condesa infanta doña Sancha, fundadora del monasterio cister-

ciense de Meyra; y nieto del conde Rodrigo Velar de Sarria, que sirvió al

rey Alfonso VI y a su nieto el Emperador hasta 1144, que consta haber muer­ to», se puede leer en la pág. 238 de la Vida del venerable fundador d e la

Orden de

«El más antiguo y principal solar de los Alvarez radicó en el Concejo

de Navia, de Asturias, y Ñuño Alvarez de Amaya, quien floreció por los años del 900, fue uno de los primeros Alvarez y fue conde y ricohombre. De Ñuño Alvarez procedió Alvaro Alvarez, de él, Rodrigo Alvarez, y de él otro Rodrigo Alvarez, primogénito, el que se casó con Sancha, hija de Alfonso IV». P if e r r e r , t. IV, pág. 180.

Santiago, por L ó p e z

A r g u l e t a .

(11)

(12)

Julio

González no

parece

estar de

acuerdo

con

el

P.

Flórez

ni

con

Piferrer,

que hacen a doña Sancha hija

de Alfonso VI.

Para

dicho historiador,

doña Sancha era hija

del conde

gallego

don Femando

Pérez

de Trava. Véase

en R egesta

358

,

págs. 19 y 22.

de la morisma

Al-mo-frag, orgullo

del coloso

desmochadas

ontfragiie .— Torres

M

_

¡i

v

*

La referida infanta era hermana de la que, años más tarde, fue reina de Castilla y León; la poco afortunada doña Urraca, tan criticada por su conducta dudosa y los desaciertos que cometió en el gobierno de sus Estados durante la minoría de edad de su hijo don Alfonso, futuro Emperador. Era, por tanto, el ilustre don Alvaro II conde de Sarria, dos veces cuñado de la reina Urraca; la primera, por haberse casado con la infanta doña Sancha, y la segunda por ser hermano del conde don Pedro González de Lara, tercer esposo de dicha reina (13). Aunque en uno de nuestros trabajos históricos nos ocupábamos de este esclarecido cortesano con algún detenimiento, nos limitaremos en el presente a hacer constar que se le dispensaron en vida todos los honores, que desempeñó todos los cargos más relevantes, y que, antes de fallecer, puso en contacto con el grupo de caballeros más escogidos de la nobleza de aquel tiempo a su hijo Rodrigo; per­ sonaje éste que destacaba ya entonces por llevar sangre real en sus venas y por sus propios méritos; circunstancias que le autorizaban pretender alcanzar los más altos puestos y realizar las empresas más osadas y peligrosas, dado también su natural espíritu decidido y aventurero. Tanto debía ser su prestigio y reputación, que el rey Fernando II le concedió todos los honores y preeminencias que disfrutaba su padre, y no tuvo reparo en permitirle que se uniera en matrimo­ nio con su propia hermana, la infanta llamada también doña Urra­ ca (14), con la que aparece casado por lo menos desde el 27 de sep­ tiembre de 1163. Fue este don Rodrigo, III conde de Sarria, caballero de tempe­ ramento inquieto, quizá un poco libertino y, desde luego, muy em­ prendedor, aguijoneado tal vez por su insaciable deseo de aven­ turas. Se dice de él que, para satisfacer sus impulsos, marchó como cruzado a Palestina y allí guerreó y se batió denodadamente con los infieles, adquiriendo tal renombre que le valió el título de paladín de la fe y de caballero valiente y esforzado. En aquellos tiempos, mediados del siglo x i i , hacía poco que se había fundado en Tierra Santa la Orden de la milicia del Temple, con una misión perfectamente definida: limpiar de maleantes los caminos que conducían a Jerusalén y pelear contra los beduinos y

(13)

«La

celebridad de aquel

señor (se refiere al

conde

don Pedro

Gon­

zález de Lara) era tan alta, que no podía mirarle con desvío la reina. Una

hermana suya, doña Sancha, casó con el hermano segundo del referido conde.»

Aeuilar

t

P.

E nriq ue

F i .ó r e z ,

en

Reinas

d e

España,

t.

I ,

pág.

345

de la

ed.

(Madrid, 1945).

hace

referencia que don Rodrigo Alvarez estaba casado con doña Urraca, hermana de Femando II de León.

(14)

El

citado

J.

G o n z á le z ,

en

su

Regesta,

pág.

72,

es

quien

360

otros indeseables que impedían, atacaban y despojaban a los pere­

grinos

dirigían a los Santos Lugares. El conde don Rodrigo, con varios compatriotas y un grupo de caballeros nacidos en otros países, pero de su mismo temple y coraje, peleó sin descanso en las tierras regadas por el Jordán, siempre que para ello se presentaba ocasión propicia.

se

que por

devoción,

o a los viajeros

que,

por

curiosidad,

Después que Godofredo de Bullón reconquistó los lugares que constituyen la cuna de Cristiandad, los custodios y defensores de aquel patrimonio sagrado empezaron a edificar sobre un montículo, que hay cerca de Jerusalén, un lugar habitado que recibió el nom­ bre de Monte Gaudio (15), Monte del Gozo, porque, al ascender a él los cristianos peregrinos de occidente, podían admirar las belle­ zas y grandiosidad de la ciudad santa; y al contemplar tanta mara­ villa, se inundaban de gozo sus corazones y se reanimaba su espí­ ritu decaído por el cansancio y el lento y pesado caminar durante tantas jornadas. No satisfecho el conde de Sarria con los lauros que venía cose­ chando, pidió a Balduino, rey de Jerusalén, que cediera a él y a sus compañeros, amigos y compatriotas, la atalaya de Montegaudio para fundar allí una Orden de Caballería. Le expuso sus proyectos con todo detalle, y el soberano accedió gustoso a sus pretensiones, permi­ tiendo este hecho que el ínclito noble gallego instituyera en dicho

lugar la llamada Orden militar ij de caballería de Nuestra Señora

de Montegaudio, que tanto renombre alcanzó en años sucesivos, y a la que el referido monarca jerosimilitano concedió sus preferencias y dotó espléndidamente. Sus milites realizaron auténticas proezas en el corto espacio de su existencia, porque pronto el gran Saladino se apoderó de Tierra Santa y los milites de Monteagaudio hubieron de abandonar la sede de su institución y regresar precipitadamente a Europa.

 

(15)

«Después que Godofre de Bullón conquistó Tierra

Santa,

se fundaron

en las cercanías de Jerusalén dos ciudades; la primera, que no estaba muy lejos, en la cima de un monte, desde donde los peregrinos que acudían a visitar los Santos Lugares podían descubrir Jerusalén; y la otra, a dos leguas de dis­ tancia, también situada en un monte cerca de Belén y de la torre de Ader, desde donde los peregrinos veían esta ciudad. Estas dos ciudades fueron lla­

madas Montegaudio, tal vez a causa del gozo que manifestaban los peregrinos

cuando descubrían desde estos montes los Santos Lugares.» Ordenes militares en estampas, en la B. N. «El nombre de su institución se debe al lugar que eligieron para residencia, cerca de Jerusalén, y sus estatutos fueron aprobados en 1180, ocupando la silla apostólica Alejandro III, y siendo Emperador de las regiones de Oriente, Alejo Comeno, el Joven.» Historia d e las Ordenes militares, por I ñigo, pág. 82

del t. II.

No se puede poner en duda que fue don Rodrigo de Sarria el fundador de dicha Orden; así lo atestiguan con toda claridad los do­ cumentos de la época (16). Lo que no resulta tan claro es afirmar que, al huir de aquellas tierras y refugiarse en nuestra patria, tra­ jera consigo la interesante y bella imagen de María, que bajo la advocación de Montegaudio veneraban en Palestina los freires de dicha congregación religioso-militar en la capilla de su casa matriz. Pero aunque recogemos esta precedente referencia con algunas reservas por no disponer de documentos demostrativos de tal aser­ to, decidimos hacer constar que son muchas las probabilidades apa­ rentes de que es una y la misma la imagen de la Santísima Virgen venerada por los cruzados montegaudenses allá en Oriente y la que tiene en la actualidad su trono en la ermita adosada al castillo de Montfragiie, ya que su factura románica es indiscutible v su belleza y méritos escultóricos extraordinarios. Y no tenemos reparo en afir­ mar, conforme a nuestro personalismo criterio, que se trata de una talla auténtica del siglo x i i .

*

*

#

Al regresar de tierras orientales don Rodrigo, estaba en su apogeo la empresa de la Reconquista de España; y debido a los altos cargos que desempeñara su padre en la corte de León, a su ascendencia real y a la aureola de prestigio de que había sabido rodearse por su eficaz intervención como cruzado en las revueltas de Tierra Santa, el caso es que fue acogido con aplauso por la nobleza y pronto em­ pezó a figurar al lado del rey, que le dispensaba singular predi­ lección y le confiaba comisiones harto delicadas y difíciles. Prescindiremos de sus intervenciones en los actos de la corte, re­ señados en nuestro libro sobre la Orden de Monsfrag, y nos limi­ taremos a señalar que su nombre figura entre el grupo de nobles que se agruparon en Cáceres, el año 1170, y decidieron dar forma legal a la que se llamó seguidamente Orden de Santiago o de la Espada; siendo él uno de los primeros miembros de la misma, pues aparece en unión del que es considerado como primer maestre (17), don Pedro Fernández de Fuentencalada, y de los caballeros don Pe-

(16) Ego Rodericus Alvarez quondam Comes modo magistro militum Mon- tiis Gaudii, decía un documento existente en Santa María de Nuria, según consta en el cajón n.° 232 del A. H. N.— Dilectis filiis Roderico Domus Sanctae Ma-

riae Montis Gaudii d e Jerusalen ejusque fratribus

lleva fecha 23-11-1180, promulgada por Alejandro III, y que aparece en el apén­ dice VIII de nuestra referida obra, L a Orden de caballeros de Monfrag.

(17) «Nuestro don Pedro consiguió tener en el conde don Rodrigo un hijo, compañero en fundación de la Orden de Santiago, primer comendador de Monsanto y Abrantes, en Portugal; un insigne fundador de nueva Orden, un sucesor para su castillo de Monsfrag, titulándose Orden de Monsfrag su milicia en Castilla». L ó p e z A r g u l e t a : obr. cit., pág. 196,

se lee en una bula, que.

362

­

Montfragüe.— Torre almohade

dro Arias, don Pedro Muñoz, don Fernando Odoarez, don Arias

dicho

instituto. Vemos, pues, al conde Rodrigo figurar entre los personajes que echaron los cimientos de la nueva Orden militar, cuya necesidad tanto se hacía sentir en la Transierra de León; y por ello no nos pa­ recerá extraño que al poco tiempo se le hiciera merced de la en­ comienda mayor, una de las más codiciadas y representativas de la Orden. La consecución de tal merced fue muy celebrada por sus conmílites, porque suponía una prueba de gran distinción y estima por parte de su cuñado don Fernando II de León. A ella se unió otra, que recibió poco después, del rey don Alonso de Portugal, quien hizo donación a la Orden de Santiago de los castillos de Abrantes y Monsanto, en los años 1171 y 1172, respectivamente, con la expresa condición de que los había de poseer el comendador don Rodrigo ij no otro alguno.

Fumar

y

don

Suero

Rodríguez,

indudables

fundadores

de

En la segunda mitad del siglo x i i había en la curia romana mu­ chos asuntos concernientes a los reinos de España, y para resolver­ los determinó el Santo Padre enviar personalmente a nuestro país, en 1172, como delegado extraordinario, al cardenal Jacinto, que llegó acompañado de una lucida comitiva de clérigos y familiares, entre otros su hermano Bonón, Raimundo de Capella, subdiácono de la iglesia romana, Maibrardo, y su notario Juan Jorge, también subdiá­ cono de la misma iglesia (18). Durante la estancia en España y Portugal del delegado pontifi­ cio, debido seguramente al decidido apoyo y cordialidad con que acogía todo lo relacionado con los freires de la Espada, el caso es que le acompañó constantemente el comendador Mayor de dicha congre­ gación, quien se captó las simpatías de monseñor Jacinto; y como prueba de ello, éste lo distinguió y le profesó, desde el momento de conocerle, singular estimación, influido seguramente por su gran personalidad y prestigio dentro de la Orden y por ser pariente pró­ ximo del rey de León. No obstante los títulos y prebendas que ya disfrutaba el conde de Sarria, creyéndose quizá con capacidad y méritos suficientes para desempeñar cargos más relevantes y representativos, o inspirado tal vez por la bendita imagen de María, reliquia sagrada que con tanta devoción y cariño trajera de Tierra Santa, el resultado fue que con­ cibió el decidido propósito de establecer en tierras de Hispania la congregación religioso-militar de caballeros de Montegaudio, que

(18)

A.

B l á z q u e z :

'‘Bosquejo

histórico

d e

gina

142, pu b licad o en

el

B. de

la

R.

A. d e

la H., año

364

la

Orden

d e

1917, núm . 2.

Montegaudio,

p á ­

con tanta ilusión y a costa de tantos sacrificios fundara en las cer­ canías de Jerusalén, en momentos críticos e inolvidables. Firme en su propósito, el inquieto conde solicitó de su amigo el cardenal la autorización precisa para dejar el hábito de Santiago y dedicarse enteramente a agrupar en nuestro país a los antiguos miem­ bros de su Hermandad. Accedió complacido el legado de Su Santidad y el valiente y fer­ voroso cruzado dio impulsos en tierras de León a su obra, que tanta gloria y esplendor alcanzara antaño, y que en realidad no había dejado de existir, sino que, al huir sus componentes de Palestina, quedó desarticulada, como en suspenso, en espera de ocasión propi­ cia para proceder a su reorganización y dejarla en condiciones de prodigar abundantes frutos, pues prometió siempre mucho desde sus comienzos. No se sabe con seguridad quiénes fueron los freires supervivientes de la primera época que colaboraron con don Rodrigo en el resur­ gimiento de la Orden que él fundara en las colinas de Jerusalén; pero repasando bularios y privilegios aparece, al lado del funda­ dor, don Rodrigo González (19), alférez del rey de León en los años 1170-71. Este caballero fue lugarteniente o comendador mayor de Montegaudio y se encargó de su gobierno y dirección al fallecer el conde de Sarria, lo que nos induce a suponer que fue de los que estuvieron siempre al lado de maestre y fundador, y le ayudó en el reino de León a reorganizar dicha milicia, en unión de otros varios nobles y destacados caballeros: Juan García, Velasco Ortiz, Pedro Ximénez, Munio Fernández y García Garcés, que continuaron mi­ litando en la misma hasta su extinción (20). La bula de confirmación de la Orden de Montegaudio lleva fecha del año 1180; pero como hacemos constar en nuestra ya men­ cionada publicación sobre la Orden y caballeros de Monsfrag, el resurgimiento de la misma o comienzos de su segunda etapa en tierras de Iberia debió ser anterior a 1173. El escollo más difícil de aclarar a este respecto ha sido poder precisar el lugar elegido por don Rodrigo para establecer su casa matriz y destinarla a albergue de sus freires. Es éste un extremo que han soslayado los tratadistas y no han conseguido resolver los his­ toriadores; mas la clave nos la da el epígrafe del privilegio de do­ nación del castillo de Monsanto (21), promulgado por el rey de Portugal en 1171, que dice así: «Donatio castelli de Monsanto nun-

Orden

de Santiago, y confirma Rodericus González, Alfieriz Regis. Facta Charta in Castrovide, XV dies julii, era MCCIII». Bullarium mil. S. Jacobi, pág. 3, B l Áz q u e z : obr. cit., pág. 141 y apéndices.

(20) Véase el apéndice X de nuestro mencionado trabajo sobre los ca­ balleros de Monfrag. (21) Ibid., apéndice V.

(19)

«Doña Pinel

de Suso a don Pedro

Fernández,

Maestre

de la

cupati a rege Portugaliae facta in manibus D. P. Ferrandi magistri et comitis Roderici fratis tune Ordinis postmodum vero magistri mi- litiae de Monteguadio seu de Monsfrag». Es decir, el rey portugués da el castillo de Monsanto al maestre don Pedro Fernández y al conde Rodrigo, el cual entonces era hermano (freire) de la Orden (de Santiago), y después fue maestre de la Montegaudio o de Monsfrag. Y si fue don Rodrigo maestre de Montegaudio o de Monsfrag, no resulta ilógico admitir que dicha Orden se llamó de Montegau­ dio en Palestina y en Castilla de Monsfrag, por ser éstos los lugares donde tuvo comienzo en dos épocas diferentes (22). Admitiendo este hecho como cosa real fundamentado en el docu­ mento precedente, admitimos sin el menor titubeo que los ínclitos guadenses fijaron su residencia en el privilegiado monte rocoso que desde tiempos remotos se denominaba Monsfragorum; es decir, en el poderoso castillo que corona su cima, cuyas torres destacadas vi­ gilaban la útil vía que cruza el caudaloso Tajo y que era paso obli­ gado que permitía la comunicación de los reinos cristianos con las tierras meridionales ocupadas por la morisma. Y aunque pudo el

de Sarria elegir para sede de sus caballeros algún otro castillo, villa

o monasterio de su propiedad, se decidió por el coloso Monsfrag por

sus excelentes medios de defensa y por las ventajas de su privilegiada posición, tan a propósito para el logro de sus fines.

La aludida bula de confirmación, que señala las propiedades de la Orden en aquel tiempo, ofrece la particularidad de no citar otros donantes que el rey Balduino de jerusalén y el leonés don Fernan­ do. Hecho que confirma una vez más que fue en los dominios de este monarca donde la asociación de caballeros capitaneada por el conde de Sarria echó sus cimientos. Se ha supuesto que la jurisdicción espiritual de esta institución de milites de Monsfrag correspondió desde un principio al abad de Moreruela; pero precisarlo exactamente resulta difícil y confuso.

Y merece tenerse en cuenta que no precisaban aquellos ilustres cru­

zados, pocos en un principio, buscar fuera de su recinto roquero lo

que tenían en su propia casa; y era que, adosada a los muros del

(22)

«Campomanes,

autor

de la

crónica

de

los

Templarios,

no

duda

que

en Castilla hubo una asociación religioso-militar con el nombre de Caballeros de Monfrag, y en Valencia y Cataluña con el de Mavorga, equivalente a Mon­ tegaudio, aduciendo, para corrobar este parecer, la cláusula de cierta donación citada por Mascareñas, en la que se dice: «A vos don Rodrigo González, maes­ tre de Monsfrag, de la Orden de Montegaudio». Véase la ref. obr. de I ñig o , pág. 82. Tratando de estos caballeros, se hace constar en la obra Ordenes militares en estampas: «Alfonso VIII, rey de Castilla, recompensó los servicios que hi­ cieron al Estado consignándoles rentas considerables. También les dio el castillo de Monfrag, de quien tomaron el nombre en Castilla, conservando el de Mon­ tegaudio en Valencia y Cataluña».

baluarte, habían levantado pocos meses antes los caballeros san- tiaguistas la reducida, pero acogedora ermita a que hemos hecho referencia en páginas anteriores, existen aún en nuestros días, y cuya autenticidad está patente en una piedra de mármol colocada sobre la puerta donde campea un escudo maltrecho con las veneras de los caballeros de Santiago o de la Espada. En dicha capilla entronizó don Rodrigo la Santísima Virgen de Montegaudio, y en ella podían los freires dar satisfacción a las necesidades del espíritu.

El castillo de Monfragüe era entonces propiedad de la corona,

bajo el reinado de Alfonso VIII, apellidado el N oble; pues

por donación de Fernando II de León pasó a la Orden de San­ tiago (23), según se dijo, y los caballeros de esta milicia lo entre­

aunque

garon al conde don Rodrigo y a sus partidarios, en 1172, para que

sirviera de residencia principal a su reorganizado instituto, fue re­ conquistado por Abu Jacob años más tarde, y los gaudenses tuvie­ ron que abandonarlo y trasladarse a Valencia, Aragón y Cataluña, donde fundaron otros monasterios y residencias principales. El castillo debió permanecer en poder de los infieles algún tiem­

po; pero en 1180, al fundar Plasencia don Alfonso de Castilla (24), llevó a feliz término una incursión guerrera y se hizo dueño de gran extensión de tierras y de las villas y lugares fortificados de la co­ marca, entre los que se hallaban Monsfrag y sus aledaños. Continuaba en 1189 el monarca castellano siendo dueño y señor del dicho baluarte, y por esta razón, en el privilegio de fundación y señalamiento de términos que dio en la expresada fecha a los pla- centinos, se indicaban los lugares habitados y las fortalezas que pasaban a poder de aquéllos; y al hacer referencia a Monsfrag, se decía expresamente que la aldea de este nombre se incorporaba a la ciudad de Plasencia, pero reservándose la corona la propiedad del

castillo (25). Asimismo, en la bula promulgada pocos meses después

por el pontífice Clemente III erigiendo la silla episcopal de Pla­ sencia, se hace constar que tendría jurisdicción en las ciudades y aldeas señaladas en la carta-privilegio de fundación que diera el rey a los placentinos, y en las agregadas de Trujillo, Santa Cruz, Mons-

(23) Apéndice IV de nuestra cit. obr. sobre los fratres de Monsfrag. (24) «La campaña no terminó aquel año 1180, sino que, derramando su ejército por el territorio placentino, casi despoblado, tomó los castillos que los moros tenían en las proximidades del Tajo, como Albalat, junto al puente de Almaraz, Montfragiie, que aunque años antes había caído con Cáceres en poder de Fernando II de León, había vuelto a poder de los moros; y Mirabel, fundando su castillo con los restos de la arruinada villa de Migneza, que tuvo

mucha celebridad en siglos anteriores». C. N a r a n jo : Trujillo, 2.a ed., págs. 59 y 60.

(25)

F r a y

A.

F e r n á n d e z :

Historia y Anales

,

pág. 10.

frag y Madellín. De donde resulta, indudablemente, que en la fecha

señalada era la fortaleza de Montfragüe de la corona de Castilla. ¿Entregaría don Alfonso de Castilla la aldea de Monsfrag a los vecinos de Plasencia y se reservaría el castillo que había pertenecido

a los de Montegaudio por donación de Fernando II, por si éstos los reclamaban? Tal suposición parece verosímil, si tenemos presente que, al

abandonar los caballeros gaudenses, años más tarde, sus haciendas

y demás propiedades, en tierras de Aragón y Cataluña, en manos

de los milites del Temple, y regresar al reino de León para no ser absorbidos por aquella importante milicia, entonces, repetimos, el

rey castellano les entregó sin demora la fortaleza y en ella se esta­ blecieron nuevamente, reanudando sus actividades y disponiéndose

a seguir, a pesar de todos los obstáculos, el pleito iniciado con los

templarios para hacer valer sus derechos a los intereses que en tierras de Levante aquéllos les habían arrebatado. Volvieron, pues, a fijar su casa matriz en Monsfragüe, cuna de reyezuelos en tiempos de moros y solar de preclaros paladines que se batieron por su fe y el engrandecimiento de sus instituciones, los ilustres y aguerridos discípulos y tenaces seguidores de la gran obra que diera comienzo, años antes, allá en Palestina, el esclarecido e incansable caballero don Rodrigo Alvarez, III conde de Sarria. El roquero castillo, vivo recuerdo de tiempos pasados, atrajo nue­ vamente a los insignes cruzados porque constituía parte indispensa­ ble de su existencia. Allí estaba para recibirlos el viejo reducto que fue escenario en los pasados tiempos de épicas hazañas, ocupando, según se dijo, la cima de un terreno accidentado, alardeando de po­ derío su fábrica imponente. En él se refugiaron por segunda vez los defensores de la fe y de allí partieron, en muchas ocasiones, a in­ corporarse a los ejércitos cristianos para reconquistar los territorios

sometidos por los seguidores del Profeta Desde su vuelta al Monsfragorum, en 1192 exactamente, ya no se llamó a aquella congregación de caballeros cruzados, Orden o mi­ licia de Montegaudio, y sí Orden de caballeros de Monsfrag, en atención al histórico lugar que le servía de sede, y porque preten­ dían aumentar el número de militantes, dándole un carácter propio que les permitía emular y, hasta, si cabe, superar sus glorias. Pero el mucho auge y poderío alcanzado ya entonces por las Or­ denes de Santiago, Alcántara y Calatrava, impedía el desarrollo nor­ mal y aumento esperado de los militantes de Monsfrag, quienes —aunque se esforzaban por subsistir con personalidad acusada—, por su corto número y escasos recursos, no lograron prosperar, vién­ dose precisados a incorporarse definitivamente a la Orden de Ca­ latrava (26) en el año 1221, reforzando sus cuadros y aportando

(26)

368

«Pero habiendo perdido

esta

Orden en lo

sucesivo mucho

esplendor,

cuanto constituía su patrimonio, conforme a lo dispuesto por el insigne monarca que regía en aquel tiempo los destinos de Casti­ lla; Fernando III, el Santo, feliz continuador de la gran obra de la Reconquista. Así terminó en Extremadura aquella hoy ya casi legendaria Or­ den militar y de caballería que se cobijara en Monsfrag bajo la advocación de Montegaudio, nombre primitivo de Santa María del Montfragiie, que aún es Reina y Señora de una gran comarca bañada por las aguas del proceloso Tajo. O

*

*

Al ingresar en bloque en la Orden de Calatrava los caballeros de Monsfrag, fue reintegrado el castillo a la corona, y en tiempos de Sancho IV dio dicho monarca la aldea y fortaleza mencionadas al noble placentino Pedro Sánchez de Grimaldo, para recompensar en parte sus muchos méritos personales y los buenos servicios que le prestara en las correrías por la Alta Extremadura durante los prime­ ros años de su reinado, motivadas como consecuencia de su discu­ tido derecho a la sucesión, que fue tan obstaculizado por los par­ tidarios de los infantes de la Cerda. Incrementó su señorío el referido magnate placentino con las donaciones de otros lugares y tierras que le hiciera asimismo el rey don Sancho; entre ellas la aldea de las Corchuelas, con todo tér­ mino que caía bajo su jurisdicción. Pasó, algún tiempo después, el pingüe señorío a la familia de los Rermúdez de Trejo, porque de Pedro Sánchez de Grimaldo descendía Pedro Bermúdez de Trejo, señor de la villa y castillo de Almofragüe, de las Corchuelas y de Grimaldo, que fue padre de Gonzalo Bermúdez de Trejo, quien contrajo matrimonio con Violante Gutiérrez de la Cerda y Valverde, y fueron padres de Pedro Bermúdez de Trejo, muerto sin sucesión, heredando el señorío de las villas y aldeas citadas su hermano Luis Bermúdez de Trejo. Siguieron después todas aquellas propiedades en poder de los Trejo hasta que, por herencia también, pasó el mayorazgo a la familia de los Vargas, señores de la Oliva de Plasencia, cuya úl­ tima poseedora, la gentil y rica hembra doña Inés de Vargas Ca- macho Trejo y Carvajal, se unió en matrimonio al célebre minis­ tro y privado de Felipe III don Rodrigo Calderón, conde de la

y disminuyéndose más y más el número de sus caballeros, don Fernando, para no dejarla extinguir enteramente, la incorporó a la de Calatrava en 1221, y dio a don Gonzalo Yáñez, Gran Maestre de Calatrava, el castillo de Monsfrag, que pertenecía a la Orden y caballeros de Monsfrag». Ordenes militares en es­ tampas, B. N.

rey

Calatrava,

don Femando III permuntó el castillo de Priego pro castris d e Montfrag, Belmes, Cuma, Elada, ac turre de Cañete.

Después,

según

el

Bulario

d e

pág.

82,

en

1245,

el

mismo

■r' 1'

'

1

n' teiglesias,

que

fue

degollado

en

la

plaza

Debido posiblemente a las muchas cargas y otras trabas e incovenientes impuestos a los residentes en tierras de dicho señorío, los vecinos de Montfragüe se vieron precisados a abandonar el solar de sus mayores y emigraron a otras regiones donde su es­ fuerzo fuera mejor recompensado. Y ante disminución tan alar­ mante del vecindario, el señor de aquellas villas dispuso, en el siglo xvm, que los escasos residentes en el viejo Almofrag se tras­ ladaran a la aldea de las Corchuelas, que asentaba en aquellas in­ mediaciones, sin imaginar que esta última estaba, asimismo, lla­ mada a desaparecer en fecha no muy lejana.

por muerte

del último Austria, el rey Carlos II, la fábrica del castillo de Mont­

fragüe y caserío que reposaba junto a sus muros sufrió daños con­ siderables, debido a que, por su ideal emplazamiento estratégico,

los jefes de ambos ejércitos beligerantes fijaron allí, en distintas oca­

siones, sus respectivos cuarteles generales.

En

la

guerra

de

Sucesión

a

la

corona

de

España

También

afectaron

mucho

a

su

integridad

las

andanzas

y

co­

rrerías de las tropas por aquellos contornos durante la guerra de

la Independencia, ensañándose con la fortaleza hasta el extremo de

originar la casi total ruina de los fuertes e históricos muros. Y fue

el

azote de tal intensidad que no sólo Montfragüe, sino también

la

aldea de las Corchuelas, quedó reducida a escombros y, por

consiguiente, despoblada, viéndose obligado su escaso vecindario

a refugiarse en Torrejón el Rubio, Malpartida de Plasencia y Serradilla.

vinculación señorial de

poseían los Vargas

Zúñiga, fueron adquiridas casi todas las propiedades por el procer

Montfragüe,

Al

ser,

años

más

tarde,

y

las

desecha

la

Grimaldo

Corchuelas,

que

cacereño

conde

de

Trespalacios,

en

cuyos

descendientes

conti­

núan hoy hacienda y demás pertenencias, término jurisdiccional de Torrejón el Rubio.

enclavadas todas en el