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EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 2

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“I want an imaginary friend.


I don't care, a ghost will do,
griffin, vision of some sort,
fairy, nymph, sly Pan, winged sprite,
god-mother, creature high or low
that with their friendship, sage advice
may guide my step, swift aid my thought,
set me right with world and god,
with all that life is, can, should be,
will be, now, in time to come”.
Don Gray
I WANT AN IMAGINARY FRIEND...A POEM

“El hombre imaginario


vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios


penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios”
Nicanor Parra
EL HOMBRE IMAGINARIO
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ALBIN, EL FORJADOR

“Forjamos con el pensamiento, no con el corazón. Pues todas


las cosas proceden del Espíritu Absoluto, y a él regresan, por
modificación. Porque su padre es el Sol, su madre la Luna, el
Viento lo ha llevado en su vientre y la Tierra ha sido su
nodriza. Él es origen de todas las maravillas y su fuerza es
orbicular. Separa el Agua del Fuego, lo sutil de lo confuso,
suavemente y con gran entendimiento. Asciende de la Tierra al
Cielo y vuelve a descender a la Tierra, recogiendo la Fuerza de
las cosas Superiores e Inferiores. Te entrega la gloria del
mundo y las tinieblas huyen ante su presencia. Él es la Fuerza
de Fuerzas pues vence toda barrera de Plata o de Oro. He aquí
la fuente de las admirables transformaciones que yo, Albin
Kwizer, me preparo a realizar”
Albin recitó la plegaria con absoluta concentración, sin abrir
los labios, tal como el Maestro Forjador le había enseñado.
Complacido, el Espíritu concedió el permiso al niño, que
procedió entonces a tomar entre sus manos el brillante haz de
luz blanca que correspondía al Espíritu Onírico de una roca y
se dispuso a moldearlo, no sólo con sus dedos sino con sus
pensamientos, para dar paso a una nueva forma… una forma
que en la mente de Albin se dibujaba…
Pronto, el Espíritu perdió su nívea apariencia y se fue
tornando rojo, cada vez más rojo, como una herida abierta en
el corazón del planeta.
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El aprendiz examinó el nuevo aspecto del Espíritu y supo


casi de inmediato que la Obra aún no estaba terminada.
Dispuso sus pensamientos lo mejor posible para que el
Espíritu sufriera una nueva transformación hasta que del rojo
intenso pasó al negro profundo y, por último, al amarillo, un
amarillo tan brillante y apacible que más parecía el fuego
alegre de un atanor.
Albin reintegró el recién forjado Espíritu a la pequeña piedra
que descansaba en su regazo. Entonces, la piedra dejó de ser
una piedra y se transformó en...
-Un huevo- señaló la voz grave pero satisfecha de un
anciano tras el niño.
Albin no precisaba mirar hacia atrás porque era
absolutamente imposible no reconocer en tan particular
acento la figura larguirucha pero elegante del Maestro
Forjador, Teofastrus Cibenensis, su tutor en la Escuela de
Alquimia y Ciencias Puras.
-Maestro Teo ¿Qué está haciendo usted aquí?- preguntó
Albin entre inquieto y asombrado, al fin y al cabo, nadie solía
visitar al solitario Aprendiz de Forjador Albin Kwizer.
El profesor se acarició la barbilla, como buscando la blanca
y larga barba que recientemente había perdido como
resultado de una apuesta con Salomónius Plankh, Maestro
Constructor de la Escuela.
-¿Tenéis idea de lo que hay en ese huevo, joven Kwizer?-
indicó Teofastrus, ignorando la pregunta que Albin le había
formulado, al tiempo que tomaba asiento en uno de los
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múltiples cubos de madera que servían como sillas en la


humilde morada del aprendiz.
-Pues… la verdad no sé- confesó Albin, sintiéndose como en
un examen sorpresa… ¡sólo que no estaban en la Escuela de
Alquimia y, además, era domingo!
-Así que… habéis forjado un huevo a partir del Espíritu de
una piedra, pero no sabéis lo que hay en su interior.
Imaginaos por un momento las monstruosidades que de allí
podrían brotar.
-Perdón, Maestro. No volverá a suceder- musitó el chico,
acongojado.
-No debéis disculparos, joven Kwizer. Habéis hecho un
excelente trabajo con esa roca. Crear un ser auténticamente
vivo a partir de un ente no tan vivo es algo bastante
complicado, aún para este viejo Maestro Forjador.
Albin no supo si sonrojarse o dar las gracias al Maestro por
semejante cumplido. La verdad, estaba algo confundido. ¿No
estaba el Maestro Teo regañándole hacía sólo unos instantes?
-Ésta es la lección, Albin: - dijo entonces al anciano, como
respondiendo a las inquietudes de su alumno- forjamos con el
pensamiento, no con el corazón. Debemos pensar muy bien
en lo que deseamos forjar. No sólo pensamos en el huevo sino
en lo que hay dentro del huevo. Sólo así se alcanza la
perfección ¿Comprendido?
-Sí, Maestro.
-De acuerdo. Ahora acercaos y tomad asiento. Hay algo de
lo que debemos hablar.
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El niño asintió con la cabeza, se metió el huevo en el bolsillo


de la camisa y se sentó frente a Teofastrus.
-Me han dicho vuestros compañeros que tenéis un… amigo.
-Tengo muchos, Maestro.
-¡Oh, por supuesto! Pero… este amigo vuestro del que
quiero hablaros no es… como los otros.
-Se refiere a Walter ¿Verdad?
La respuesta del chico fue certera y, a la vez, natural.
Mucho más de lo que el profesor había esperado, lo cual, por
supuesto, resultaba afortunado en tanto que, hasta ese
preciso momento, Teofastrus Cibenensis no tenía la menor
idea de cómo tratar el tema sin perturbar demasiado a su
aprendiz de Forjador.
-Sí, Albin. Hablo de ese amigo al que llamáis Walter Heog.
-Es un buen chico. Sólo que nadie le comprende. Es muy
tímido ¿Sabe? Muchas veces me ha resultado preciso
defenderle de sus compañeros de colegio, que son unos
malvados y no hacen otra cosa que insultarle y reírse de él…
-Eso está muy bien. Albin. Bueno… quiero decir que estaría
muy bien de no ser por un detalle…
-¿Qué cosa, Maestro?
-Walter Heog… no existe.
Un silencio aún más profundo que el de la antigua
biblioteca de la ciudad se instauró entre el chico y el anciano.
El rostro de Albin no traslucía horror, desconcierto o, si
quiera, algo de tristeza. Incluso, parecía a punto de reír.
-Ya lo sé, Maestro. Es obvio. Walter Heog es mi amigo
imaginario.
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-No es mi intención cuestionaros, joven Kwizer, pero


¿Cuántos años tenéis?
-Once. Recién cumplidos.
-¿Y no es algo tarde para andar inventando amigos
imaginarios?
-Sólo es tarde para quien es consciente del tiempo, Maestro
Teo.
El anciano permaneció callado unos segundos, meditando
la respuesta del chico, antes de reponer:
-Es verdad. Nunca es tarde para soñar. Existe, de hecho,
una gran relación entre la Alquimia y el uso de la
imaginación. Por otra parte, lo que me ha traído hoy hasta
aquí no es la curiosidad sino… el temor…
-¿Temor, Maestro?
-Temo que intentéis forjar a Walter Heog- confesó el Maestro
sin rodeos.
Albin miró directamente a los ojos grises pero brillantes de
Teofastrus. El profesor descubrió, entonces, en la inocente
mirada del muchacho, que forjar un ser humano era una idea
que jamás se había cruzado por su cabeza. Teo se sintió
momentáneamente sosegado pero, casi enseguida, volvió a
alarmarse tras considerar que, a lo mejor, Albin ahora sí
trataría de reproducir una criatura racional, paradójicamente,
a partir de las preocupaciones de un viejo tonto y medroso
que en mala hora había decidido visitar a su joven aprendiz…
¡Vaya! ¡Pero qué buen trabajo! ¡Por qué no había mantenido la
boca cerrada!
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-No tiene de qué preocuparse, Maestro – le tranquilizó Albin-


Walter habita su propio mundo y no es necesario ni
conveniente hacerlo real. Además, aún estoy muy lejos de
conseguir algo como eso. Crear seres aparentemente
humanos es el último paso para convertirse en Maestro
Forjador y para ello todavía me hacen falta varios años.
El anciano asintió, aliviado. Claro que tampoco estaba muy
seguro de que Albin fuese incapaz de forjar algo tan complejo.
Al fin y al cabo, se trataba del más aventajado y talentoso de
los alumnos que Teo había tenido oportunidad de adiestrar en
la Escuela desde hacía mucho tiempo.
-¿Os molestaría contarme cómo es el mundo de Walter?
-No, Maestro. De ninguna manera. Se trata de un mundo
parecido al nuestro, sólo que allí no existen Alquimistas ni
gente que pueda manipular los Espíritus de las cosas.
-¿Un mundo sin Alquimistas? Entonces… ¿cómo hacen
para vivir?
-Ellos pueden manipular las Ciencias Puras mucho mejor
que nosotros, Maestro.
-¿Mejor que nosotros, Albin? Pero si nosotros estamos muy
adelantados.
-Ellos tienen máquinas más sofisticadas. Los Maestros de
ese mundo, a los que yo llamo Científicos, no pueden forjar
seres humanos pero pueden construir máquinas físicamente
muy parecidas a ellos.
-Pero… No estarían vivos porque no tienen un Espíritu
Absoluto como nosotros, Albin. Ni siquiera un Espíritu
Despierto como el de las plantas y los animales.
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-Así es, Maestro. En ese mundo no conocen la diferencia


entre los tres diferentes tipos de Espíritus: Los Oníricos, los
Despiertos y los Absolutos. Por eso no pueden crear algo
auténticamente vivo. Sus máquinas pensantes simulan estar
vivas pero no lo están. Sólo parecen muy inteligentes.
-¡Un mundo donde nadie puede ver los Espíritus! Eso suena
terrorífico, Albin ¿De donde habéis sacado semejante idea?
-De Walter– respondió Albin con simpleza. El anciano
permaneció en silencio por segunda y última vez, si bien ya no
se divisaba ni media sombra de preocupación en su rostro
arrugado. Por último, se incorporó con lentitud y procedió a
despedirse del niño.
-Nos veremos mañana en la Escuela.
-Está bien, Maestro. Hasta mañana.
Albin se levantó de su cubo y observó al profesor alejándose
por la calle empedrada (la bella túnica de oro y plata
ondeando al viento, el blanco cabello cayendo
desordenadamente sobre sus hombros enjutos) hasta verle
desaparecer por una esquina, dejando a su paso una estela de
hombres, mujeres y niños temporalmente paralizados de
respeto y devoción.
El chico soñaba con ese día… el día en que las personas le
verían de la misma manera. No sería fácil, por supuesto, pero
sentirse dotado de un talento que, aparte de servir a la
sociedad, pudiera proveerle de la admiración y el cariño que
había perdido tras la muerte de sus padres, alentaba en Albin
el anhelo de convertirse en un Maestro Forjador. El mejor de
todos.
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Por el momento, tendría que conformarse con la diaria


satisfacción que Walter Heog le procuraba cuando, en su
imaginación, Albin le salvaba de algún chico abusivo o de las
burlas y ofensas que sus compañeros de salón le
dispensaban.
Quizá era algo cruel utilizar la imagen de un niño lastimero
e insignificante como Walter para sentirse apreciado, para
sentirse respetado y necesario -aunque sólo fuera en el
seguro mundo de la fantasía- pero Albin sabía que, mientras
no convirtiera a su imaginario compañero en un ser real (o en
algo similar a un niño de verdad), Walter y sus sentimientos
continuarían atados al universo de los sueños, tan irreales
como los androides, las computadoras y todas esas cosas que
el aprendiz de Forjador sabía que no podían existir más allá
de sus fantasías.
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WALTER, EL LLORÓN

-¡Por favor, no me hagan esto! ¡Por favor!- suplicaba el


pequeño tratando de mantener inútilmente en su poder el
precario rectángulo de algodón que le separaba de la absoluta
desnudez.
-¡Vamos! ¡Sólo queremos echar un vistazo!- decía Guz,
animado por varios chicos más, esbozando una mueca
maliciosa en su rostro erosionado por el acné. Walter
procuraba no ver la horrible faz de su imponente adversario
pero era como tratar de ignorar un hervidero de moscas
negras y temblorosas intentando huir de un plato de leche. El
aspecto de Guz le repugnaba, pero había que reconocer que
su apariencia había mejorado en los últimos días.
<< Si tan sólo no me hubiera fijado en su asquerosa cara >>
se lamentaba Walter, tirando de su toalla y recordando, al
mismo tiempo, lo sucedido algunos meses atrás, el primer día
de clase del sexto año, cuando un distraído y frágil Walter
Heog tuvo la mala suerte de reparar en el rostro ardiente y
salpicado de granos de Guztav Bulldying. Desde entonces
Guz, este precoz bloque de músculos (mucho más alto que
cualquier profesor y casi tan barbudo como la señorita
Lorengard, maestra de español) se había encargado de
hacerle la vida imposible a Walter, que no había tenido más
remedio que sufrir en silencio todos sus abusos. Al comienzo,
se trataba de cosas tan insignificantes como una zancadilla
en el patio de recreo, un golpe en la nuca mientras bajaba las
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escaleras o un codazo en el pecho justo cuando el tumulto de


niños se agolpaba para irse a casa. Walter no estaba muy
seguro de cuándo sus compañeros (encabezados por Guz)
comenzaron a gastarle bromas más y más pesadas. En qué
momento los golpes se hicieron más y más frecuentes e
intensos. Lo cierto era que la situación se había tornado
insostenible. Ahora, su peor temor se hacía realidad: Guz y
los demás chicos aprovechaban la hora de tomar el baño,
luego de la clase de gimnasia, para atacarle.
Naturalmente, era cuestión de tiempo y, además, no había
momento en que alguien pudiera estar más indefenso que
después de tomar una ducha. Claro que del cuello de Walter
parecía colgar una especie de invitación, un letrero sólo visible
para los abusadores, con las mortales palabras:
VULNERABLE TODO EL TIEMPO.
Walter era el más pequeño del salón y parecía seriamente
atrasado frente a sus demás compañeros en lo que al aspecto
físico se refería. Por regla general, toda referencia a él estaba
invariablemente atada a palabras como “enano”, “renacuajo”,
“subnormal” y otros muchos calificativos de calibre tan
pesado que Walter se sonrojaba de sólo pensar en ellos. Y es
que ese era otro de sus problemas: se ruborizaba por casi
cualquier cosa relacionada con aquellos temas que los demás
parecían manejar al dedillo (las niñas, los desnudos, las
palabrotas, los chistes subidos de tono y otros asuntos
naturales pero embarazosos para Walter)
En resumen, Walter Heog estaba atrapado por sus propias
debilidades.
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-¿Qué demonios me estás viendo?- chilló Guz percatándose


de que Walter miraba de cuando en cuando su abominable
rostro. Uno de los granitos de la mejilla izquierda de Guz se
había abierto en medio del forcejeo por la toalla, aunque éste
pretendía no darse cuenta, quizá para no perder la
oportunidad de soltar una pregunta cuya respuesta, sin
importar cuál fuese, comprometería seriamente a su
insignificante compañero de clase. Walter, por su parte,
experimentó un profundo escalofrió al recordar que aquella
pregunta era la misma que el sobredesarrollado Guz le había
formulado ese fatídico pero inolvidable primer día de clase.
-Na…nada- balbuceó Walter sabiendo de antemano que
Guz conocía perfectamente cual era la respuesta a su
estúpida pregunta. Tal vez era la única clase de preguntas a
las que Guz podía responder, puesto que en el terreno
académico terminaba más vapuleado por los problemas que
los maestros le planteaban de lo que Walter solía acabar luego
de un “amistoso” juego de fútbol con sus nada delicados
compañeros de salón.
Fue entonces que Guz dio un violento tirón a la toalla,
haciendo caer a Walter pesadamente sobre las baldosas
amarillentas del baño de niños, mientras el corrillo de
muchachos rodeaba al caído para reírse de su infortunio, para
no brindarle oportunidad de ocultarse de sus miradas
escrutadoras, para perpetuar un abuso cuyo ciclo parecía que
jamás tendría fin.
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-Tal vez deberíamos buscarle un pañal al bebecito…-


propuso uno de los tantos secuaces de Guz ante las risas
aprobatorias de los allí reunidos.
Walter, hecho un ovillo sobre el suelo frío y húmedo del
baño, lloraba entrecortadamente, de miedo y de pena. Una
pena mayor que la de verse expuesto al escarnio público.
Sentía pena de sí mismo. Se odiaba por no poder evitar ser
débil y patético. Por dejar que las cosas hubieran llegado tan
lejos. Aunque, por otro lado, ¿Quién podía ayudarle? ¿Los
indiferentes profesores? ¿Sus padres muertos? ¿Sus pobres y
tristes abuelos? No. Ellos ya tenían suficientes problemas
como para plantearles más. ¡Dios! Lo que Walter daría por ser
fuerte…
Albin, oculto para todos, decidió que ya era suficiente.
Pensó en agregar muchos más elementos a la escena pero, en
conjunto, ya estaba todo listo para intervenir y, como de
costumbre, salvar el pellejo de Walter, su lastimero amigo
imaginario.
Harold Crooby, el profesor de gimnasia, muy ocupado en
una profunda conversación con la maestra Lorengard acerca
de los recientes resultados obtenidos por el equipo del colegio
en las Olimpiadas Intercursos, tuvo que escuchar la molesta
queja que Albin le presentaba y apretar el paso antes que la
cosa pasara a mayores. Por fortuna, pensó Crooby luego de
encontrar a Walter desnudo sobre el suelo, no había sucedido
nada irremediable. Lanzó un par de vagos reclamos contra los
otros chicos acerca del respeto y el juego limpio y ayudó al
pequeño chico a incorporarse. Por último, le pasó una toalla
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nueva y le preguntó con tono de “no me importa” si se sentía


mejor, a lo que Walter repuso que sí, lo que, desde luego, no
era para nada cierto.
Crooby se marchó y las mofas acerca de cómo Walter El
Llorón había llamado a su “papito” no se hicieron esperar. De
todas maneras, era una reacción perfectamente esperable a la
que Walter ya estaba resignado (nunca acostumbrado)
Albin examinaba la escena de refilón. No le dirigía la
palabra a Walter y éste apenas si sabía de la existencia de
Albin. En la mente del Forjador, era claro que ambos no
podían ser amigos. Si Albin ayudaba directamente a su
imaginario compañero, ambos tendrían problemas. Walter se
sentiría aún más humillado e inútil. Por lo menos, la
aparición del profesor se podría atribuir a algo casual y no a
que el “nene llorón” tenía un “novio” al cual recurrir en caso
de emergencia. Lógicamente, para Albin también constituía
un problema involucrarse directamente con Walter porque
aparte del desprecio que, de cierta manera, le generaba ese
niñito debilucho y cegajoso, no resultaba nada conveniente
para la reputación y la integridad física de alguien establecer
ningún tipo de relación con Walter que no estuviera basada
en el abuso y la explotación.
Aún tratándose de un mundo imaginario, Albin tenía claro
que ese mundo era regido por reglas diferentes a las del
mundo real. En el mundo de Walter no existía la Alquimia y,
por tanto, no era correcto (¿ni posible?) emplear a los
Espíritus para ayudar ni para castigar a los que lo merecían.
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Además, Albin no tenía ningún interés en que Guz y


compañía dejaran en paz a Walter. Ese era, a fin de cuentas,
el propósito de ese mundo imaginario: permitir a Albin
sentirse útil, superior e importante sin ser reconocido por ello.
Y es que el reconocimiento y la responsabilidad eran
conceptos que atormentaban a Albin en el mundo real.
Simplemente, se sabía especial e inteligente pero prefería
pensar que era un chico como cualquier otro. Las fantasías le
permitían mantener un equilibrio entre su sentido de
grandeza, sus ganas de sentir que no estaba desaprovechando
sus capacidades, y su falta de confianza en sí mismo… su
miedo al fracaso.
<< Misión cumplida >> se dijo Albin “saliendo” del baño
mientras imaginaba a Walter vistiéndose en silencio, tomando
un autobús y llegando a casa.
Allí estarían los abuelos del chico. Le preguntarían cómo le
había ido en el colegio y Walter diría que muy bien. Walter era
un buen estudiante, lo que sólo incrementaba las burlas y la
envidia de sus compañeros de clase, en especial la de Guz a
quien las matemáticas y el español no se le daban.
Walter haría sus deberes, ayudaría a sus abuelos fregando
los platos o barriendo el corredor, cenaría, se pondría el
pijama y se acostaría a leer algún libro de grandes páginas
antes de quedar dormido.
Para Albin era importante recrear estos sucesos en su
cabeza porque le daban solidez al mundo de Walter. Además,
le ayudaban a sentirse aún más necesario, no sólo para su
secreto amigo imaginario, sino para sus imaginarios abuelos y
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para la imaginaria sociedad que, quizá algún día, se vería


beneficiada por Walter quien, había que reconocerlo, era casi
tan brillante como Albin.
Sólo que Walter no era real.
Todavía…
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LA FORTALEZA HERMÉTICA DE
TRIMEGISTRO

Fue el primer cañonazo, el primero de millones, el que


despertó a Albin de su sueño. La noche todavía cubría el
mundo pero algo diferente parecía cernirse sobre la bóveda
celeste. O más bien, había algo allí que NO podía discernirse.
Una ausencia masiva.
Las estrellas brillaban por su ausencia.
En cuanto Albin cayó en cuenta, no pudo dejar de
preguntarse si, acaso, alguien las había borrado del
firmamento. ¡Aquel cielo era tan negro, tan lleno de dudas y
presentimientos!
Breves destellos fulgían en la altura. No eran las luces
pálidas y apacibles de una estrella. No. Eran grotescos y
furiosos estallidos de fuego, miles de malignos ojos rojizos y
amarillentos parpadeando en la oscuridad.
Inquieto, el chico procuró recordar por qué se había
quedado dormido a la intemperie, sentado sobre las escaleras
que conducían a la puerta de su casa. Lo último que
consiguió evocar fue la imagen del cielo estrellado, que había
observado poco después de abandonar el mundo imaginario
de Walter.
El tronar de los disparos resonaba por doquier como si, de
repente, el cielo se hubiera transformado en una enorme
sartén sobre la cual se tostaban ilimitadas cantidades de
palomitas.
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Entonces, a las explosiones en el cielo se unieron otras


más… La tierra comenzó a estremecerse mientras oscuras
siluetas metálicas descendían a toda velocidad para estallar
sobre las ciudades, creando caos y confusión entre las
desprevenidas personas que, confusas, corrían de un lado a
otro, en medio de gritos de dolor y espanto, tratando de
rescatar a otras personas o, sencillamente, intentando salvar
sus propias vidas.
Durante las casi tres horas que duró el bombardeo, Albin se
mantuvo junto a la puerta de su casa, impasible, incrédulo,
como si asistiese al estreno de una película proyectada en la
inabarcable pantalla del firmamento.
Sólo cuando cesó el ataque, Albin fue capaz de moverse de
donde se había quedado clavado. Los gritos de alarma y el
crujido de los cientos de edificios en llamas sofocaban los
pensamientos del chico que deambulaba lentamente por la
calle sin la menor idea de qué hacer.
Una mujer lloraba desconsolada junto al cuerpo inerte de
una niña. Varios hombres lanzaban exiguas cubetas de agua
sobre un voraz incendio que parecía elevarse sobre la ciudad
como un muro incandescente a punto de tragarse todo.
A izquierda y derecha, grupos de niños llorosos se
abrazaban y gemían, asustados. Algunos llamaban entre
sollozos a sus padres pero lo más seguro era que estos
estuvieran demasiado ocupados intentando apagar los
incendios o, a lo mejor, ya estaban muertos.
-¡Albin! ¡Albin!- llamó alguien.
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El chico miró en todas direcciones hasta dar con el origen


del llamado: Nigk Duomer, uno de sus compañeros de
Escuela, se acercaba corriendo. El muchacho estaba en
pijama y presentaba un corte superficial sobre una ceja pero,
en general parecía ileso. Incluso, sonreía.
-¿Qué está sucediendo, Nigk?
-Nadie sabe, Albin. Alguien ha soltado un devastador ataque
sobre las ciudades de la Confederación de Alquimistas del
Oeste.
-¿Todas las ciudades han sido atacadas? ¿Cómo lo sabes?
-No fuimos los primeros en ser bombardeados. Escuchamos
noticias a través de un Mensajero del Maestro Teo.
-¿Un Mensajero?
-Sí. Eso dije. Al parecer, el Maestro Teo forjó el Espíritu de
una bandada de aves que venía huyendo de la ciudad de
Harut. El Maestro creó un Alrun, un Espíritu Despierto, a
partir de tales aves para poder comunicarse con ellas. Luego,
le encargó a su Alrun informarnos acerca del ataque. Por
desgracia fue demasiado tarde…
-¿Un Alrun? ¿Cómo es?
-Es como un ser humano hasta la cintura, pero en vez de
piernas tiene garras de pájaro y posee dos extraordinarias
alas rojas pegadas a la espalda que le permiten volar de un
lado a otro. Es el Mensajero perfecto.
-¿Y el Maestro ya lo regresó a su forma original?
-No, Albin. Primero le encomendó ir a las Confederaciones
del Sur, del Norte y del Este para advertirles del peligro.
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-Así que… ¿Las demás Confederaciones no han sido


atacadas?
-Tampoco lo sabemos. Pero es mejor prevenir…
-El Maestro Teo está ayudando- reflexionó Albin – Y
nosotros no debemos quedarnos atrás ¡Vamos!
Albin y Nigk se plantaron frente al poderoso incendio que
cerca de ellos se desataba. El Espíritu Onírico del Fuego era
uno de los más difíciles de manipular. Era demasiado
orgulloso y agresivo. No obstante, ambos chicos consiguieron
aplacarlo, unieron sus mentes y lo transformaron en una
enorme nube que, posteriormente, llevaron por toda la
ciudad, convirtiéndola en agua para apagar los incendios
pequeños.
A las hogueras grandes también las persuadían y, luego, las
forjaban.
Ya habían pasado casi cinco horas desde el final del ataque
para cuando los aprendices de Forjador consiguieron, al fin,
extinguir todas las llamas. El alba despuntaba y los disparos
en el cielo también cesaron. Albin y Nigk levantaron la vista al
firmamento, orgullosos por la labor cumplida, pero también
pesarosos por la inesperada desgracia que sobre el mundo se
abatía. Entonces, vieron al mensajero del Maestro Teo,
volando directamente hacia ellos.
Era verdaderamente hermoso. Sus plumas rojizas despedían
un brillo casi mágico al entrar en contacto con los rayos del
sol y su rostro, aunque humano, parecía negarse a perder la
gracia propia de las criaturas a partir de las cuales había sido
creado. Se trataba de un ser tan majestuoso que, por un
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momento, Albin sintió pena al comparar su insignificante


huevo forjado con aquel magnífico ser.
-¿Sois vosotros Albin Kwizer y Nigk Duomer, Forjadores de
Arkroyd?- preguntó la criatura. Su voz era una dulce mezcla
entre el trino de las aves del bosque y el acento de un hombre
joven pero poderoso.
-Sí. Nuestros compañeros de Escuela viven en otras
ciudades de la Confederación- repuso Nigk, algo más
informado que Albin, quien no era propiamente la mata de la
sociabilidad.
-Lákalis Paracelsium, Soberano de la Confederación del
Norte y Príncipe de los Alquimistas, invita a todos los
Forjadores, Constructores y Disgregadores a reunirse en la
Fortaleza Hermética de Trimegistro, localizada en la capital
del Cuarto Reino.
-¿Para qué?- preguntó Albin, algo alarmado.
-El Príncipe Lákalis sabe lo que está ocurriendo. Asegura
que la única manera de evitar el desastre es reuniendo todas
las fuerzas disponibles en los cuatro Reinos.
-¿Y cómo se supone que llegaremos hasta ese lugar?-
preguntó Albin evidentemente ofuscado. Nigk no entendía
muy bien la actitud aprensiva de su amigo pero, en todo caso,
decidió solidarizarse con él:
-Es verdad. Yo ni siquiera he pedido permiso a mis padres…
-El Maestro Forjador, Teofastrus Cibenensis, vuestro tutor,
me ha solicitado que os transporte a la Fortaleza Hermética.
Subid a mi lomo y no os preocupéis por permisos. Los
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Soberanos de cada Confederación se encargarán de informar


a los ciudadanos de la situación.
Sin mayores reparos, Nigk subió al suave lomo del Alrun,
tapizado de plumas gigantescas y brillantes. Albin, receloso,
tardó un poco en seguir el ejemplo de su compañero pero, por
fin, después de un profundo suspiro, se acomodó como pudo
junto a Nigk e inmediatamente alzaron el vuelo.
La criatura sólo batía sus enormes alas en contadas
ocasiones. El resto del tiempo planeaba con elegancia a
medida que sobrevolaba las devastadas ciudades de la
Confederación del Oeste. Albin y Nigk no podían creer la
magnitud de los daños que todas las ciudades presentaban.
Ambos se preguntaban qué clase de armas habrían usado los
agresores capaces de causar semejantes estragos en tan vasto
territorio y, por si fuera poco, en tiempo record.
Cuando la apacible vista del océano reemplazó el desolado
panorama de las tierras arrasadas, los pensamientos de Albin
se remontaron a la Fortaleza Hermética y al Príncipe de los
Alquimistas, sobre los cuales ya tenía noticias. Pensó también
en el Maestro Teo, que presumiblemente había viajado a la
Fortaleza en un segundo Alrun, otra extraordinaria creación
del Maestro Forjador. Trató de imaginar, entonces, el aspecto
que podría tener esta nueva criatura, pues cada Alrun solía
presentar una apariencia diferente según los Espíritus usados
para su creación.
Muy a su pesar, Albin tuvo que desprenderse de estas
agradables reflexiones que de pronto se le antojaron
insignificantes frente a los funestos pensamientos que le
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acosaban. Terribles preocupaciones en forma de


presentimientos que giraban en torno a sus padres. Unos
padres muertos, al igual que los de su amigo imaginario. No le
gustaba nada pensar en eso. Era parte de un remoto pasado
que no había razón para desentrañar. Lo mejor sería pensar
en el mundo de Walter que, a esa hora, se encaminaba al
colegio, donde un nuevo día de tormentos le esperaba. A
menos que Albin decidiera darle una vida mejor. Pero eso
resultaría muy aburrido y, por otro lado, le parecía que iba a
necesitar esa vía de escape, esa manera de evadir la realidad,
ahora más que nunca.
Por fin, en el horizonte, se elevaron las primeras siluetas
correspondientes a las montañas de la Confederación del
Norte. El corazón de Albin dio un vuelco tras comprender, de
repente, que pronto conocería a los mejores Forjadores del
planeta, a los gentiles (y cada vez más escasos) Constructores
y a los siempre antipáticos Disgregadores. Seguramente, Nigk
también sentía la misma emoción y, tal vez por eso, ninguno
de los dos dijo media palabra hasta que el Alrun descendió
sobre la enorme plaza que rodeaba la Fortaleza Hermética.
Muchas otras personas (que por su elegante manera de vestir
debían ser Maestros Alquimistas) llenaban el lugar, esperando
entrar al palacio del Príncipe Lákalis Paracelsium que, por
motivos de seguridad, había ordenado cerrar todas las
puertas de la Fortaleza a excepción de una, por la cual
únicamente podían ingresar aquellos que pudieran demostrar
sus habilidades.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 26

Variadas criaturas que ninguno de los niños allí reunidos


había tenido oportunidad de ver, poblaban el cielo y la tierra.
Eran Alruns exclusivamente creados por los Forjadores y los
Constructores para la ocasión. Albin creía que tras la
supuesta necesidad de transportarse a la Fortaleza
Hermética, los Maestros tenían un único interés: demostrar
su talento frente a los demás invitados y, sobretodo, ante el
Soberano de la Confederación del Norte.
Se trataba, entonces, de una especie de competencia tácita,
que nadie se atrevía a reconocer pero en la que todos
participaban, excepto los aprendices, fácilmente reconocibles
por sus ropas carentes de ornamento y su aspecto infantil.
Además, parecían ser los únicos incapaces de tener la boca
cerrada por más de diez segundos… Y no es que hablaran
demasiado sino que las maravillas que les rodeaban eran
tantas y tan constantes que incluso a Albin se le dificultaba
no quedar boquiabierto.
Lo único que distinguía un aprendiz de otro era el símbolo
de la Escuela a la cual pertenecía. Había muchas Escuelas y,
por lo mismo, muchísimos símbolos. Albin observó estrellas
de cinco y seis puntas, cruces de todos los estilos, círculos
concéntricos, dragones y demás animales fabulosos. El
emblema de la Escuela de Alquimia y Ciencias Puras era un
círculo dividido en dos, con una de las mitades negra, la otra
roja y la línea divisoria blanca. Algo sencillo pero, por lo
menos, destacaba entre los demás por su misma simpleza.
Durante el trayecto, Albin y Nigk se las habían arreglado para
forjar el emblema de la Escuela sobre sus camisas. Además,
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 27

habían hecho lo posible por transmutar sus ropas en algo


más o menos sobrio. Nigk no había logrado mayor cosa con su
pijama pero al menos ya no sería objeto de burlas por parte de
otros aprendices.
La pareja de Forjadores no tardó en encontrar a sus
compañeros de Escuela, entre ellos a una pequeña aprendiz
de Constructor por la que todos sentían especial simpatía:
Rubied Altazor.
-Hola, chicos. Pensé que ya estaban adentro- les saludó la
niña, pelirroja y de brillantes ojos color miel. No era mayor
que Nigk y Albin pero les superaba por unos centímetros en
estatura.
-¿Y eso por qué?- preguntó Nigk, un guapo mestizo de ojos
negros y cabello del mismo color cuya apariencia física
contrastaba fuertemente con la de Rubied y, especialmente,
con la de Albin que poseía un cabello casi cano y una piel
que, para algunos, presentaba una pigmentación
extremadamente blanca. Albin solía caminar en medio de Nigk
y de Rubied con el expreso propósito de completar una
premeditada representación humana del emblema de la
Escuela. Los tres niños habían sido ya víctimas de las tontas
bromas de los aprendices de Disgregador pero, lejos de
atormentarse, como seguramente lo habría hecho Walter, el
trío de compañeros disfrutaba de este hecho, otorgándose
ellos mismos el pomposo título de Opus Mágnum
-El Maestro Forjador Teofastrus Cibenensis ya fue admitido
en la Fortaleza. Pensé que ustedes vendrían con él- expuso
Rubied mientras se abría paso entre el gentío.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 28

-Pues… fíjate que no. ¿Tienes idea de por qué se tardan


tanto en permitirnos entrar a la Fortaleza?- preguntó Albin,
siguiendo de cerca a la niña.
-Antes de ser admitidos en el palacio, los Alquimistas
debemos superar una prueba. La prueba es diferente según
nuestra especialidad: Los Forjadores deben realizar una
transmutación, los Constructores deben generar un Espíritu y
los Disgregadores…bueno, ellos…
-Deben destruirlo- resolvió Nigk con un perceptible dejo de
horror en la voz.
-Se están asegurando de que sólo los Alquimistas entren a
la Fortaleza Hermética. Eso podría significar que el ataque fue
realizado por Los Materiales- reflexionó Albin.
-No lo creo. Tanto las personas que no se dedican a la
Alquimia como los Alquimistas hemos vivido siempre en
armonía. No existe razón para que Los Materiales nos
ataquen. Además, no es posible que tengan armas lo
suficientemente poderosas como las que fueron usadas contra
nuestra Confederación- razonó Rubied que, de pronto, dejó de
moverse en medio de la multitud. Enseguida agregó: -Hemos
llegado.
-¿A dónde?- preguntaron los chicos al unísono.
-A la puerta del palacio. Los aprendices tenemos el privilegio
de presentar la prueba antes que los Maestros.
-Eso es extraño, Rubied ¿No debería ser al contrario?-
inquirió Albin intentando filtrarse entre el último muro de
Alquimistas que le separaba de la puerta del palacio.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 29

-Usualmente, sí. Pero aún estamos en estado de alerta. La


Confederación del Norte podría ser atacada y es preferible que
nosotros, que somos el futuro, estemos protegidos dentro de
la Fortaleza. No así los adultos, que podrían defenderse por sí
mismos. En todo caso, los aprendices se encuentran algo
intimidados por la presencia de tantos Maestros así que nos
será fácil tomar un turno para ingresar al palacio.
-Pues… la verdad es que yo también me siento intimidado…
-confesó Nigk.
Antes que el chico pudiera protestar, Rubied le agarró del
brazo y le arrastró, literalmente, hacia el amplio cuadrilátero
donde se desarrollaban las pruebas.
Albin observó a sus dos compañeros de Escuela, listos para
presentarse ante los Alquimistas Oficiales que guardaban la
entrada a la Fortaleza y, animado, se preparó para tomar el
siguiente turno.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 30

LA PROFECIA
DE LÁKALIS PARACELSIUM

El campo de pruebas era de lo más sencillo: Un cuadrado de


diez por diez trazado con Tiza Blanca de Invocación en cuyo
interior podían distinguirse claramente tres círculos, de
aproximadamente dos metros de diámetro, rodeando un
cuarto círculo, de mayor envergadura, localizado justo en
medio del cuadrilátero.
Cada uno de los tres Círculos Menores estaba ocupado por
un aprendiz. En el Círculo del Forjador estaba Nigk, listo
para reformar un Alrun (similar a un roedor, aunque medía
casi dos metros y poseía dientes y uñas de diamante).
En el Círculo del Constructor estaba Rubied, frotando sus
manos para crear un Espíritu (seguramente el más sencillo de
todos: un Espíritu Onírico).
Por último, en el Círculo del Disgregador, un muchacho algo
mayor que Albin esperaba cruzado de brazos a que Rubied
creara su Espíritu para, así, poder destruirlo.
Albin escuchó que algunos aprendices (e incluso algunos
Maestros) reconocían al Disgregador:
-Es Kunrath Croll- murmuró una bella Maestra con cierto
sobrecogimiento.
-¡Oh! El famoso aprendiz de Disgregador de la
Confederación del Sur…-susurró una niña tras Albin.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 31

-No sé si sea apropiado decir que es un aprendiz- opinó otro


chico- he escuchado que pronto será declarado el Maestro
más joven entre todos los Alquimistas de la historia.
Justo cuando Albin se proponía a indagar más acerca de
Kunrath Croll, un Alquimista Oficial, que hacía las veces de
juez, tocó una enorme trompeta y dio comienzo a la nueva
demostración de habilidades alquímicas.
Nigk no perdió tiempo y regresó al imponente Alrun a su
estado natural, esto es, un puñado de diamantes y un par de
amigables ardillas que, enseguida, treparon a los hombros del
muchacho.
Rubied no se quedó atrás: cerró los ojos y dio origen a un
Espíritu Despierto, inmaterial, por supuesto, pero visible para
todos los Alquimistas allí reunidos que supieron valorar la
belleza de tal creación con un sonoro aplauso.
El gesto, sin embargo, no duró mucho porque en cuestión
de segundos, Kunrath atrajo al brillante y bello Espíritu
Despierto de Rubied y, sin apenas esforzarse, lo disolvió en
medio de una explosión de diminutas partículas que pronto
perdieron su encantador brillo.
Una ovación se levantó entre los espectadores. Era claro que
aquel acto entrañaba cierta crueldad pero, a fin de cuentas,
ese era el trabajo de un Disgregador. Además, se consideraba
que un Espíritu no era algo real sino potencialmente vivo.
Mientras un Espíritu, cualquiera que fuese, no estuviera
unido a una forma física, no se le podía considerar como un
ser viviente.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 32

Nigk, Rubied y Kunrath fueron invitados a cruzar la puerta


del palacio por el Alquimista Oficial, quien les brindó sus
respetos con una ligera reverencia. Entretanto, Albin se
convencía del gravísimo error que había cometido al
presentarse en la Fortaleza Hermética. Desde un comienzo, su
sexto sentido le había advertido que algo muy malo sucedería
si llegaba a cruzar el umbral de aquella puerta.
Todos sus miedos parecían confluir en la figura legendaria
pero siniestra de Lákalis Paracelsium ¿No habían sus padres
mencionado su nombre poco antes de su… muerte? Y el
hecho de que el Maestro Teo se hubiese mostrado siempre tan
preocupado por un simple aprendiz de Forjador... Incluso, les
había enviado su Alrun Mensajero para asegurarse que él y
Nigk llegaran a la Fortaleza.
O a lo mejor Albin estaba un poco paranoico.
Pues bien. Si Albin Kwizer era un chico como cualquier otro
no habría ningún problema si fracasaba en la prueba de
admisión al palacio ¿Verdad?
-¿Siguientes voluntarios?- preguntó el Oficial pasando la
vista por la muchedumbre y reparando, finalmente, en Albin.
-¿Acaso tú, muchacho?
La elección del juez no resultaba muy casual. Tal vez Albin
no estaba tan paranoico después de todo.
-De acuerdo- suspiró el niño sintiendo cómo decenas de
miradas, cual cuchillos al rojo vivo, se clavaban en su
espalda.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 33

Una vez en el cuadrilátero, Albin preguntó al Alquimista


Oficial por el significado del Cuarto Círculo, plantado justo en
medio de los Círculos Menores, a lo que repuso el juez:
-Es una prueba especial. Los Alquimistas de nuestro reino
que desean ser reconocidos como Oficiales de la Fortaleza
Hermética deben afrontar ésta, la más dura de las pruebas,
para demostrar que son dignos de servir al Príncipe
Paracelsium.
Albin se lo pensó un buen rato antes de declarar:
-Deseo presentar mi prueba en el Cuarto Círculo.
Un rumor de sorpresa e hilaridad se dejó oír entre los
espectadores. Albin no se inmutó. Su propósito era firme:
perder, aunque con un poco de honor.
Algo que atormentaba sobremanera al chico era fracasar en
la sencilla prueba del Primer Círculo y echar por tierra la
reputación que sus compañeros y Maestros de la Escuela de
Alquimia y Ciencias Puras habían dejado en alto sobre la
arena.
-Me parece que no has escuchado con claridad, muchacho-
dijo al fin el Oficial- La prueba del Cuarto Círculo ha sido
diseñada con el propósito específico de no ser superada con
facilidad. Si fracasas, como evidentemente lo harás, no podrás
entrar al palacio. Aquí no hay segundas oportunidades, ni
siquiera para un aprendiz.
-Lo sé, señor, pero no me importa. Mi sueño siempre ha
sido… ser un Alquimista Oficial y es probable que, en vista de
las actuales circunstancias, no pueda cumplir este sueño.
Mañana podría caer muerto bajo el fuego enemigo así que no
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 34

puedo esperar hasta que me sea concedido el título de


Maestro Forjador. Estoy dispuesto a enfrentar la prueba
ahora mismo.
La determinación del muchacho y la inexistencia de una
regla que prohibiera tan peculiar demanda, obligaron al
Oficial a acceder a la petición de Albin, quien tuvo el
cuadrilátero exclusivamente para él, como dictaban las leyes
acerca del Cuarto Círculo.
Completamente sereno, puesto que a fin de cuentas no
tenía nada que perder, el aprendiz de Forjador se preparó lo
mejor que pudo para afrontar lo que fuera que le esperaba. Ya
que no parecía existir la menor posibilidad de obtener una
victoria, Albin decidió que daría lo mejor de sí para que los allí
presentes pudieran reconocer que, por lo menos, se trataba de
un estudiante capacitado y, de esta manera, no perjudicar la
reputación de su Escuela.
El oficial tocó de nuevo la trompeta, aunque en esta
oportunidad su sonido fue mucho más grave y prolongado
que las otras ocasiones. Entonces apareció: una gigantesca
serpiente emplumada con garras de águila y alas de dragón
descendió del cielo, cubriendo una cuarta parte del
cuadrilátero con su cuerpo colosal. Del lomo de la criatura
descendió una figura encapuchada, que clamó con fuerza:
-Albin Kwizer. Habéis osado importunarnos con vuestra
insensata demanda. Pagaréis muy caro esta tontería a menos
que destruyáis a mi poderoso Alrun: Quetzal, el señor de las
serpientes.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 35

Naturalmente, el pobre aprendiz no se esperaba semejante


reto. Habría esperado forjar un Espíritu Onírico travieso como
el del viento o lograr algún tipo de transmutación compleja
como la que había realizado el Maestro Teo al crear un Alrun
pero… vencer semejante monstruo excedía todas sus
expectativas.
Al menos había algo seguro: no superaría la prueba.
Con extraordinaria velocidad, el Alrun del encapuchado se
abalanzó sobre Albin que, por puro reflejo, se introdujo entre
las poderosas garras del animal para ponerse a salvo, aunque
no por mucho tiempo pues la cola de la criatura barrió el
suelo y consiguió impactar el pecho del chico, que salió
despedido algunos metros hacia atrás hasta caer
aparatosamente sobre su trasero.
De nuevo las risas de los espectadores llegaron a oídos de
Albin. Lejos de avergonzarle, las burlas enardecieron al
Forjador quien decidió que era tiempo de poner en práctica lo
aprendido en la Escuela. Con singular presteza, Albin dio un
bote hacia atrás y visualizó el Espíritu Onírico de la tierra
sobre la cual estaba inclinado. Enseguida, se dispuso a forjar
el pétreo Espíritu del suelo con la esperanza de crear una falla
lo bastante grande como para que el Alrun, víctima de su
propio peso, terminara atrapado por un tiempo prudencial.
Entonces lo descubrió. El Espíritu de la tierra se negaba a
colaborar con Albin. Era imposible ir contra el Tercer Principio
del Forjador: No se podía forzar a un Espíritu a transformarse
en otra cosa si éste no lo deseaba.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 36

-Esta tierra sólo ayudará a los Alquimistas que la habitan,


Albin Kwizer. Debisteis traer tu propia porción de tierra del
Primer Reino- se mofó el encapuchado con los brazos
cruzados sobre el pecho.
Quetzal embistió de nuevo al aprendiz que, de nuevo, logró
esquivar el ataque y alejarse de la enorme cola de la criatura,
que se arrastraba por el cuadrilátero como si tuviera vida
propia.
Albin sabía que no podría evadir a Quetzal por mucho
tiempo. Tarde o temprano, el monstruo le golpearía de lleno y,
entonces, todo terminaría. Pero el chico no quería que las
cosas acabaran así. El nombre de Albin Kwizer sería el
hazmerreír de los Cuatro Reinos y la reputación de la Escuela
de Alquimia y Ciencias Puras también se vería comprometida.
Por otra parte, era claro que no había manera de salir con
honor de aquella situación: al igual que el Espíritu de la
Tierra, Quetzal tampoco estaría dispuesto a regresar a su
forma original y no existía nada que Albin pudiera usar para
detenerlo… salvo su cuerpo de Forjador. Sin embargo, forjar
un Espíritu Absoluto (aunque fuera su propio Espíritu) estaba
prohibido para un aprendiz. Sin el adecuado conocimiento las
cosas podían resultar terriblemente mal…
<< ¡Rayos! >> se quejó Albin << Si tan sólo pudiera forjar mi
Espíritu… lo fusionaría con mi ropa o lo transformaría en algo
lo bastante fuerte como para derribar un par de veces a esta
bestia… >>
De repente, Albin recordó la roca… la roca que había
convertido en huevo poco antes de que estallara la guerra.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 37

< Después de todo, sí he traído algo de tierra desde mi Reino


>> pensó el chico con ironía antes de saltar sobre la cabeza
del Alrun en el preciso momento en que éste le acometía con
su hocico.
Sin demora, Albin sacó el huevo del bolsillo y forjó su
Espíritu para transformarlo en una pequeña flama que, al
contacto con las plumas de la criatura, se propagó por su
enorme cuerpo, envolviendo a Quetzal con su ardiente abrazo
en un abrir y cerrar de ojos.
Albin cayó al suelo, expulsado por el Alrun que se retorcía
de furia sobre la arena. Las risas de los espectadores
remitieron ante el inesperado giro que la situación había
tomado. El encapuchado corrió hacia su compañero en
llamas, procurando con dificultad inmovilizarlo al menos unos
instantes para, así, poder forjar el fuego en algo más benigno.
Albin, por su parte, comprendía que aquel golpe de suerte no
duraría mucho y se apresuró a terminar la batalla.
Un frío razonamiento le habría bastado para descubrir que
su honor y el de su Escuela ya habían quedado a salvo pero,
impulsado por la emoción del enfrentamiento, Albin sólo tenía
cabeza para visualizar el Espíritu de Quetzal, que era una
combinación de tres Espíritus Despiertos y uno Absoluto: El
de una serpiente, el de un águila, el de un dragón y, por
supuesto, el del Alquimista misterioso. Todo ser forjado
requería una parte del Espíritu de su Forjador y era esa
pequeña parte la que permitía la transformación de un
Espíritu y la unión con otros más. Era esa la parte que Albin
debía destruir para regresar al Alrun a su forma original.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 38

Pero eso sólo lo podía hacer un Disgregador y Albin apenas


era un aprendiz de Forjador.
<< No puede ser tan difícil >> se dijo el muchacho
recordando cómo Kunrath había destruido el Espíritu creado
por Rubied.
El Alquimista encapuchado finalmente había conseguido
apaciguar a su Alrun y sin mucha dificultad logró convencer
al Espíritu Onírico del Fuego para que se transformara en
aire, de tal manera que la criatura se encontró libre de las
terribles llamas que hasta hacía unos instantes le
atormentaban.
-Os arrepentiréis por esto, Albin Kwizer- señaló el
Alquimista a su joven adversario que, para su sorpresa (y la
de todos los que observaban la batalla), corrió directamente
hacia la bestia, con la mano derecha extendida, como una
filosa espada que, en efecto, terminó clavada profundamente
en el pecho de la criatura. Un rugido estremecedor se desató
en el cuadrilátero y, entonces, bajo la incrédula mirada de
Maestros y aprendices, Albin Kwizer desintegró el fragmento
de Espíritu Absoluto que ataba a los demás.
Quetzal se esfumó y en su lugar aparecieron tres animales:
una serpiente, un águila y un pequeño dragón, los cuales
presentaron sus respetos al Forjador antes de retirarse de la
arena, dejando al encapuchado solo y derrotado.
La perplejidad en el rostro de Albin dio paso a una secreta
desesperación. ¡Había ganado la prueba y tendría que entrar a
la Fortaleza! ¿Acaso lo de la prueba insuperable era un ardid
para obligar a los Alquimistas tontos o cobardes a cumplir
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 39

con sus responsabilidades como guerreros? No. No se trataba


de eso. Sencillamente, la prueba determinaba el valor de los
aspirantes al cargo de Alquimista Oficial. Muchos en el lugar
de Albin habrían renunciado con sólo ver el reto que debían
afrontar, mientras que muchos más serían literalmente
aplastados por el poder de la criatura. Sólo quienes
soportaban por más tiempo la dureza de la prueba
demostraban la fidelidad, conocimiento y valentía necesarios
para ser parte de la guardia personal del Príncipe de los
Alquimistas. Pero Albin había descubierto esto demasiado
tarde. El chico pensó en retirarse del cuadrilátero, en
escabullirse entre los espectadores y esperar que nadie se
preocupara de su deserción. No obstante, una pareja de
Oficiales ya le tenía agarrado, cada uno de un brazo, y le
llevaban (casi a rastras) al interior del palacio, mientras un
ensordecedor aplauso ahogaba las palabras de admiración
que los Oficiales le ofrecían.
Albin y los soldados atravesaron el magnífico vestíbulo de la
Fortaleza, profusamente iluminado por sendos candelabros de
mil bombillas que permitían apreciar perfectamente la
amplitud y riqueza del lugar, donde casi todo estaba hecho de
oro y plata, los dos metales más difíciles de obtener a través
de la transmutación.
Cuadros gigantescos poblaban los lejanos muros y
hercúleas esculturas de seres fabulosos sobresalían a lo largo
y ancho de las columnas, como si los bellos pero terribles
animales allí esculpidos quisieran desprenderse de los pilares.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 40

Sin poder decir nada, en parte por el asombro, en parte por


la frustración de haber caído en tan tonta trampa, Albin se
dejó conducir a través del vestíbulo hasta llegar a un enorme
salón, similar a un coliseo, donde los Oficiales le dejaron libre.
Cuando el Forjador decidió alzar la vista, descubrió que en
las gradas se encontraban sentados todos los Maestros y
aprendices que habían sido admitidos al palacio. Buscó con la
mirada a sus compañeros de Escuela entre los pocos
Alquimistas que habían entrado a la Fortaleza y no tardó en
dar con Nigk y Rubied, sentados junto al Maestro Teo. Albin
habría esperado que sus amigos le hicieran alguna seña
amistosa o le dirigieran siquiera unas palabras de aliento pero
ambos se encontraban muy quietos y callados. Era extraño
verlos así. Sin embargo, Albin estaba seguro de que Nigk y
Rubied le observaban, aunque resultaba imposible precisar de
qué manera lo hacían.
De repente, la sala comenzó a anegarse de gente. Albin
reconoció a varios de los Maestros y niños que hasta hacía
unos segundos se encontraban afuera de la Fortaleza
Hermética. El chico supo, entonces, que los Oficiales habían
dejado pasar a todos los Alquimistas sin presentar las
dichosas pruebas.
Todo había sido parte de un plan… un elaborado plan
para… ¿Para qué?
Bueno, Albin no lo sabía pero estaba convencido de que muy
pronto la respuesta le sería revelada… Una respuesta que,
seguramente, no iba a gustarle nada.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 41

Con la misma velocidad con la que el ruido se fue tomando


el recinto, el auditorio enmudeció. Preocupado, y cada vez
más arrepentido por haber dejado su hogar, el niño reparó en
el motivo de tan repentino silencio: Un hombre de cabello
largo y negro, joven y de facciones agradables, se plantaba
ante Albin desde el ornado palco reservado para el Príncipe
de los Alquimistas que se elevaba varios metros sobre el
suelo.
-Hermanos míos- proclamó el soberano con voz potente pero
armoniosa –No os molestaré con tontas palabras de
agradecimiento a cambio de la paciencia y disposición que
habéis mostrado para llegar hasta aquí. La actual situación
que hoy amenaza nuestro mundo requiere explicaciones y
medidas directas.
>>La pregunta que todos os debéis estar haciendo es la
siguiente ¿Quién ha destruido la antigua paz que entre
nosotros ha reinado desde hace siglos? Y yo os respondo:
Ninguna criatura en este mundo es culpable de tan
abominables actos. Estamos, hermanos míos, atrapados en
medio de una terrible guerra que nos es ajena. Dos legiones
han chocado sobre nuestro mundo. Dos civilizaciones han
tomado nuestro cielo y nuestra tierra como campo de batalla.
Son seres de otro universo. Seres a los que no les importa
nuestra supervivencia. Seres que con sus gigantescas naves
han cubierto las estrellas y que en este preciso momento
continúan su eterna batalla, aunque no podamos verlos. Al
caer la noche, regresarán los destellos de luz en el firmamento
y, posiblemente, los bombardeos sobre las ciudades, actos de
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 42

violencia que no tienen otro objeto más que presionarnos…


Presionarnos a tomar una decisión: unirnos a alguno de los
bandos o perecer. La neutralidad en este conflicto no es una
opción. Estamos en guerra.
La breve pausa que el príncipe hizo antes de proseguir fue
suficiente para provocar un rumor de indignación y
desconcierto en el recinto. Nadie podía creer que tamaña
desgracia pudiera estar sucediendo en realidad (incluso Albin
había olvidado por unos instantes su propia desdicha ante la
inesperada noticia) pero, por otra parte, era innegable que esa
era la verdad. La triste y cruda verdad.
-Sí, hermanos míos- continuó el hombre desde el palco –
Comprendo vuestro asombro y vuestro temor. Pero hoy no os
he reunido sólo para preocuparos. Estos amargos sucesos ya
habían sido profetizados hace mucho tiempo por mis sabios
antepasados y es por ello que sé lo que sé. De igual manera,
La Profecía de la Guerra contiene un mensaje de esperanza
para nuestro amado mundo y aquí tenéis la prueba de ello…
El príncipe señaló el centro del salón y las miradas de los
cientos de Alquimistas allí reunidos se concentraron en la
figura desgarbada y diminuta de Albin Kwizer.
-Así es- anunció el soberano- este pequeño niño representa
nuestra única esperanza de no ser destruidos.
-¡Eso no puede ser!- protestó por fin el chico - ¡Yo no soy
nadie! ¡Sólo soy un simple aprendiz de Forjador! ¡Pregúntenle
al Maestro Cibenensis! ¡Él les puede decir!
-¿Acaso sabéis a quién os dirigís, Albin Kwizer?- preguntó
el príncipe, algo indignado.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 43

-Por supuesto. Usted es Lákalis Paracelsium, el más


poderoso de los Alquimistas y soberano del Cuarto Reino.
-Entonces ¿Cómo os atrevéis a cuestionarme? La Profecía es
muy clara, muchacho: Sólo aquel que lograse salir victorioso
en la prueba del Cuarto Círculo lograría salvar nuestro
mundo. Sólo yo y algunos Maestros conocemos esta Profecía.
El Maestro Cibenensis es uno de ellos. Podéis preguntarle si
así lo deseáis. Por esa razón propusimos las pruebas a la
entrada del palacio. En lo que respecta al día de hoy, fuisteis
el primero en afrontar el reto del Cuarto Círculo y el único en
salir vencedor. Aceptad, entonces, vuestro destino.
Albin tuvo que guardar silencio. El peso de los hechos y el
espanto de ver todos sus temores finalmente condensados en
aquella sala le oprimían el pecho y la garganta. ¿Por qué
tenía que ser él? Había otras personas mucho más calificadas
para llevar a cabo grandes hazañas… como por ejemplo
Kunrath Croll, seguramente él no se amilanaría ante
semejante responsabilidad.
-Está escrito que El Elegido tendrá el poder de conceder la
victoria a cualquiera de los dos bandos. Debéis escoger a cual
os uniréis, Albin Kwizer. Cuando lo hagáis, os llevaré a las
estrellas y, una vez allí, terminaréis la guerra. Entonces,
nuestro mundo será salvado.
-Me piden que tome una decisión a ciegas…- murmuró
Albin. Su voz, sin embargo, se escuchó claramente en el
recinto silencioso –Me piden que aniquile a toda una
civilización sin saber nada de ella. Me piden que crea en una
tonta Profecía de la cual nadie sabe nada… ¿Acaso creen que
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 44

nuestros destinos puede ser controlados por un trozo de


papel?
-¡Es vuestro deber aceptarlo!- exclamó Lákalis – Y, por ello,
permaneceréis confinado en la Fortaleza Hermética hasta que
toméis una decisión. ¡Soldados! Llevadle a su habitación.
Los dos Oficiales que habían custodiado al niño hasta el
salón le agarraron de nuevo y le guiaron fuera del auditorio.
Albin, resignado y abatido, se dejó llevar por la fuerza de los
individuos y la corriente de los acontecimientos. Subieron
varias escaleras hasta llegar a un estrecho corredor, menos
elegante que el resto del palacio, aparentemente reservado
para los criminales importantes.
Los Oficiales abrieron la puerta de la habitación forjando la
cerradura, que era de plata, e invitaron al chico a seguir. Una
vez en el interior de la celda, los guardias volvieron a forjar la
cerradura y un sonoro CLIK le indicó a Albin que no podría
salir de allí por su propia voluntad. Se había convertido en un
prisionero y al final de su condena no le aguardaba la muerte
sino el asesinato.
El aprendiz se dejó caer sobre una silla. La alcoba estaba
sencillamente amoblada con una cama pequeña, un armario
con varios trajes de adulto, un espejo y un cuarto de baño con
los implementos básicos de aseo. La celda no tenía ventanas.
Albin dispuso su mente para poder apreciar los Espíritus de
todas las cosas que le rodeaban y no se sorprendió al
encontrarse con que ninguno de ellos parecía dispuesto a
brindarle la menor ayuda. El Espíritu Onírico de las paredes y
de la puerta parecía irradiar especial desprecio por Albin
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 45

Kwizer. Lógicamente, Lákalis Paracelsium había preparado


todo para evitar que su Elegido pudiera forjar la celda y
escapar. Además, era obvio que varios Oficiales estarían
custodiando la habitación día y noche.
Por primera vez en mucho tiempo (desde la muerte de sus
padres), Albin sintió el irrefrenable deseo de llorar. Las
lágrimas acudieron naturalmente a sus ojos y cayeron por sus
mejillas, formando un par de surcos en su rostro sucio y
polvoriento tras la batalla contra Quetzal.
El chico sabía que no tenía el valor ni el poder necesarios
para exterminar a nadie. Mucho menos a millones de seres,
aun cuando fueran unos completos desconocidos. Trató de
convencerse, entonces, de que Lákalis y los demás
Alquimistas habían cometido un serio error. De cualquier
forma, tarde que temprano, aparecería el verdadero Elegido y
tomaría la difícil decisión por Albin. Y se convertiría en el
salvador del mundo, por supuesto, pero al chico no le
interesaba la fama… No si para ello tenía que cargar con
semejantes responsabilidades.
Sí. Él era un niño común y corriente pero todos estaban tan
asustados con la Guerra que depositaban sus esperanzas en
una vieja profecía y en un ingenuo muchacho que lo único
que había tenido era un golpe de buena suerte.
-Ya que ellos pueden comportarse de forma tan egoísta e
injusta… lo más lógico es que yo también pueda hacerlo-
meditó Albin, mirándose al espejo.
Entonces supo que sólo existía una forma de escapar:
Violando la prohibición que su Maestro le había hecho desde
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 46

el primer día de Escuela. Tendría que Forjarse a sí mismo.


Pero no iba a transformarse en un ave, ni en un gigante ni en
nada tangible. Tendría que hacer algo que nunca antes había
hecho nadie: Albin Kwizer transformaría su cuerpo en un
pensamiento y, de esta manera, lograría huir lejos de su
mundo, lejos de aquellos que le querían convencer de que era
un salvador y un asesino.
Albin Kwizer visualizó su alma, su Espíritu Absoluto, y se
preparó para trasportarse al otro mundo… al mundo
imaginario de Walter Heog.
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ALBIN EN EL MUNDO DE WALTER

Algo se había roto. Walter no sabía cómo ni dónde pero


sabía que algo en su interior se había roto. Palpó su cuerpo de
la misma forma en que sus compañeros palpaban los suyos
cuando buscaban un encendedor para fumar a escondidas en
el baño. Pero no era fuego lo que Walter buscaba. De hecho,
no estaba buscando nada. Sólo que su propio cuerpo, su
patético y débil cuerpo de niño, ahora le parecía más real que
antes. El chico sabía que era una locura pero no podía negar
sus propias sensaciones. Walter habría preferido que su
cuerpo fuera más atlético y fuerte (como el de Guz, pero sin el
detalle de los granos) pero lo único que parecía haber
cambiado era su sentimiento de realidad.
Poco después, lo encontró: Allí, sobre su cama, estaba un
muchacho, no mayor que Walter pero sí un poco más alto y
robusto.
-Hola- saludó el extraño, aparentemente igual de
impresionado por encontrarse allí.
-¿Se puede saber de donde has salido?- preguntó Walter,
seriamente alarmado. Su mente racional le indicaba que
detrás de aquella “milagrosa” aparición se escondía, casi con
toda seguridad, una nueva y más virulenta broma de sus
compañeros de clase.
-No te angusties, Walter. Soy Albin Kwizer. Soy… tu
creador.
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-¿Mi… creador? ¡Un momento! ¿No vas tú a la misma clase


conmigo?
-Comprendo que te resulte difícil reconocerme. También
comprendo que te sea difícil aceptar que soy tu creador. De
haber continuado siendo real, yo mismo me habría asegurado
de hacerte entender. Me habría bastado con imaginar que tú
aceptabas que eras un simple personaje de fantasía. Un ser
de ficción. Quizá debí haberlo hecho antes de transformarme
en un pensamiento. Me pregunto si todavía puedo forjar
Espíritus, aún en este mundo imaginario…
Si antes de esta enrevesada explicación existía alguna
posibilidad de que todo aquello no hiciera parte de una
elaborada broma estudiantil, ahora a Walter no le cabía la
menor duda. Casi todo lo que Albin había dicho resultaba
ininteligible, no porque hablara otro lenguaje, sino porque
nada de lo que decía tenía sentido.
-Quiero que te vayas de mi casa- atinó a decir Walter.
-Parece que no me has escuchado. Tú y todo lo que te rodea
hacen parte de mi imaginación, por lo tanto, esta casa no te
pertenece. Es mía y me iré cuando a mí me plazca.
-Eso no es verdad. No sé lo que tú y los demás estén
planeando pero si no te vas ahora mismo llamaré a mis
abuelos…
-¡Uy! ¡Que miedo! Tus pobres y ancianos abuelos vendrán
por mí. No seas ridículo, Walter. Además, ellos tampoco son
nada tuyo. Son míos. Yo me los inventé.
-¡Cierra la boca! ¡No te atrevas a hablar así de mis abuelos!
¡Lárgate! ¡Lárgate ahora mismo!
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Albin quedó muy asombrado por el inusual tono imperativo


que su amigo imaginario empleaba. Walter mismo se
encontraba impresionado. Posiblemente, todo ello tuviera
relación con ese “algo” que se había quebrado en su interior
hacía sólo unos instantes.
-Tú no eres así, Walter. Te conozco. Yo te creé.
-Tú no sabes nada de mí- replicó Walter desviando su vista
hacia la ventana. Era de noche. Afuera, las estrellas brillaban
tímidamente.
-Claro que sí. Sé que te odias por ser pequeño y debilucho.
Sé que anhelas crecer y sentirte aceptado por las personas
que te rodean. Sé que eres un excelente estudiante, aunque
en gimnasia no te va tan bien como a tus compañeros.
-Sabes todo eso porque me has estado observando. Eres
uno de mis compañeros de clase.
-Si preguntas, seguramente pocos podrán darte alguna seña
de mí. Sólo aparezco en clase de vez en cuando para… - Albin
iba a decir “humillarte” pero logró elegir otra palabra en el
último segundo- para ayudarte.
-¿De veras?- inquirió Walter con claro escepticismo.
-Así es. Cada vez que imaginaba este mundo me introducía
subrepticiamente en él, como un personaje que nadie podía
recordar con claridad. Sin embargo, ahora que soy un
pensamiento, es posible que las personas puedan reparar en
mí con mayor detenimiento. Al fin y al cabo, ahora soy como
ellos… y como tú.
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-Así que… lo que quieres decir es que todo mi mundo es


irreal y que tú, Albin Kwizer, el creador, también te has
vuelto irreal.
-Exactamente, Walter.
-Entonces, supongo que puedes decirme ¿Cómo podemos
existir si tú has dejado de existir?
Albin se lo pensó un momento antes de responder:
-Yo aún existo en mi mundo. Sólo que nadie podrá verme
pero allí estaré. Como mi Espíritu Absoluto se ha consumido
a sí mismo, ni el mejor de los Alquimistas podrá verlo. Ahora
tengo que probar si mis habilidades siguen funcionando en
este mundo…
Antes que Walter pudiera protestar, Albin tomó uno de los
tantos libros dispersos por la habitación y visualizó su
Espíritu. No se trataba de un Espíritu Onírico. Ni siquiera se
trataba de un único Espíritu. Albin se dio cuenta que TODAS
las cosas de aquel mundo eran un mismo Espíritu Despierto,
unidas entre sí por el Espíritu Absoluto de su creador. Por lo
tanto, tratar de alterar cualquier cosa en el mundo de Walter,
incluso aquel libro, suponía el riesgo de modificar otras cosas
con imprevisibles consecuencias.
-¿Qué sucede, Albin? ¿Se te agotaron tus grandes poderes?-
se burló Walter notando la turbación de su compañero.
-No puedo forjar nada que pertenezca a este mundo-
concluyó Albin algo apesadumbrado. De repente, recobró su
buen humor – ¡Pero apuesto a que puedo forjar mi ropa, mis
útiles escolares y a mí mismo!
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Entonces, ante el asombro y el espanto de Walter, el


Forjador transformó su ropa en el uniforme del colegio. El
mismo uniforme que Walter usaba en ese momento, pues no
había tenido tiempo para cambiarse.
-Esto… debe ser alguna clase de… truco…- farfulló Walter
retrocediendo lentamente hasta dar contra la ventana.
-Es Alquimia- dijo Albin con toda simpleza – y tú eres mi
amigo imaginario. Tendrás que acostumbrarte a mi presencia
por algún tiempo. Voy a tener que quedarme en este mundo
indefinidamente.
-Pero… pero… Debes tener algún lugar a donde ir… No
estarás pensando quedarte en mi casa…
-Me temo que así será, Walter. Lamentablemente, nunca me
tomé la molestia de imaginar mi casa en este mundo así que
no tengo donde alojarme. Pero descuida, le diremos a tus
abuelos que soy un amigo tuyo y que me quedaré algunos
días mientras fumigan mi casa o algo así…
-¿Un amigo mío?- Walter casi pareció reírse – No creo que
mis abuelos crean eso… Además, querrán llamar a tus
inexistentes padres para confirmar todo…
-Creo que inventé unos abuelos algo complicados ¿Eh?
Pues, ya veremos cómo solucionar todo. Por el momento sería
bueno descansar, mañana tenemos que ir al colegio…
La sorpresa inicial de Walter fue cediendo con rapidez. A lo
mejor, el hecho de tener por fin alguien con quien conversar
de manera más o menos amigable o, tal vez, el saber que todo
su mundo era irreal y que, por ello, las cosas podían llegar a
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cambiar sin dificultad, le ayudaba a manejar aquella extraña


situación más fácilmente.
De un momento a otro, a Walter le pareció como si nada de
ello hubiera pasado realmente. Allí estaban ambos: el creador
y la creación, sentados uno al lado del otro, terminando los
deberes como dos viejos amigos (lo que, desde luego, no
estaba tan lejos de la verdad)
El tema de la irrealidad no volvió a ser mencionado durante
esa noche. Walter quería saber por qué Albin lo había creado
así, con tantas debilidades y defectos, pero le pareció que ese
no era el momento propicio para formular semejantes
preguntas.
Entonces, los chicos se acostaron a dormir, Walter en su
cama y Albin en una colcha sobre el suelo. Y el niño
imaginario tuvo miedo de que, al despertar, el Forjador ya no
estuviera allí porque, a fin de cuentas, nunca antes se había
sentido acompañado, aun cuando Walter comprendía a la
perfección que, irónicamente, era Albin Kwizer el directo
responsable de todos sus infortunios.
A la mañana siguiente, Walter tuvo que levantarse mucho
más temprano que de costumbre con el fin de despertar a su
perezoso creador, desayunar rápidamente en compañía de
Albin y tomar el autobús que les llevaría al colegio antes que
los abuelos imaginarios de Walter se percataran de la
presencia del extraño en casa.
Durante el trayecto hacia la escuela, la pareja de niños
entabló una animada conversación en torno a lo divertido
que iba a resultar su convivencia ahora que vivirían juntos.
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Sobretodo, se mostraban muy emocionados al pensar en todo


lo que podrían aprender de sus respectivos universos, si bien
el aprendiz de Forjador afirmaba ya conocer lo suficiente
aquel mundo imaginario. Walter, por su parte, sentía como si
Albin hubiera sido su amigo de toda la vida, como si ambos
hubieran descubierto de repente que no eran dos completos
extraños sino que tan sólo se habían olvidado temporalmente.
No obstante, y pese a la rápida camaradería que entre los dos
se había establecido, el Forjador hizo una cruda advertencia a
su compañero antes de bajar del autobús:
-Será mejor que nos mantengamos alejados el uno del otro,
Walter. Comprende, no es que me de vergüenza estar contigo,
lo que sucede es que, si andamos juntos, las personas
comenzarán a fijarse en mí, comenzarán a hacer preguntas y
todo se complicará ¿Entiendes? Ni siquiera debes acercarte a
mí en el descanso. Mientras me encuentre en este mundo es
mejor que no llame la atención. Nos encontraremos en casa
por la tarde ¿De acuerdo?
-Sí… comprendo- repuso Walter con tristeza, aunque Albin
no pareció reparar en ello.
Entonces, el Forjador descendió del autobús a toda prisa y
se perdió entre la nube de estudiantes que comenzaba a ser
absorbida por la puerta de la escuela.
A lo largo de toda la jornada de estudio, Walter procuró
convencerse a sí mismo de que nada había cambiado
realmente desde la aparición de Albin. Que seguía estando
solo en aquel salón repleto de personas que no deseaban otra
cosa más que hacerle daño. Sin embargo, luego de la solitaria
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hora de descanso, durante la cual Walter siempre se aislaba


para poder comer sin ser asaltado por sus molestos
compañeros de clase, el chico no pudo evitar volver su mirada
hacia atrás, directo al puesto que Albin ocupaba, sólo para
comprobar que éste en realidad le estaba ignorando por
completo… ¡A él! ¡A Walter Heog! ¡Su único e imaginario
amigo en aquel imaginario mundo de aquella imaginaria
galaxia que flotaba en aquel imaginario universo!
-¡Miren eso!- exclamó Guz señalando a Walter con una
regla sucia y desportillada que no usaba precisamente para
trazar márgenes en sus cuadernos - ¡El renacuajo llorón está
mirando a… a ese chico de la esquina!
Guz parecía referirse a Albin, aunque había por lo menos
dos niños más sentados cerca al Forjador.
-¡Walter está enamorado! ¡Walter está enamorado!-
comenzaron a chillar los demás niños con ese extraordinario
grado de sincronía que ni el más estricto profesor de canto
había logrado obtener por parte del indisciplinado grupo de
estudiantes del sexto año.
-¡Silencio! ¡Basta ya!- ordenó la maestra Lorengard,
evidentemente importunada por la algarabía – Nadie está
enamorado de nadie. En cuanto a usted, señor Bulldying,
debería corregir ese lenguaje tan vulgar que usa con sus
compañeros. “El renacuajo llorón”, como usted llama al señor
Heog, podría enseñarle un par de cosas…
-¿Walter?- preguntó Guz con gesto despectivo - ¿Qué podría
enseñarme semejante… niñito?
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-Podría enseñarle a escribir, señor Bulldying. Por ejemplo,


tengo aquí una redacción escrita por usted…
La expresión de odio se acentuaba cada vez más en el rostro
de Guz conforme la maestra Lorengard leía las dos páginas
que constituían su enmarañada redacción, plagada de
horrores ortográficos y sintácticos tan evidentes y, en su
mayoría, tan graciosos que todos en la clase, incluidos
aquellos que juraban ser amigos del pobre Guztav Bulldying,
soltaban tremendas carcajadas ante las múltiples
equivocaciones que el muchacho había cometido al momento
de escribir.
Todos reían, sí, excepto Walter que sabía del enorme mal
que la profesora le estaba causando al someter a Guztav a
semejante humillación: poner en evidencia su inferioridad
académica frente al “renacuajo llorón”. Guz no iba a
perdonarlo. Volcaría toda su furia y su frustración contra
Walter. Se desquitaría de las secretas burlas que sus propios
compañeros (aquellos que le secundaban en todas sus
bromas y fechorías) hacían acerca de su cerebro, demasiado
pequeño para estar envasado en tan descomunal cuerpo.
Walter sabía que, con toda probabilidad, Guztav Bulldying
no era ningún estúpido. Se necesitaba de un alto grado de
astucia e inteligencia para ganar y mantener el respeto de los
chicos del salón y, además, realizar todas sus maldades en el
más estricto de los silencios. Sin embargo, para nadie era un
secreto que la familia de Guz no era propiamente un lechado
de virtudes: su madre le había abandonado poco después de
su nacimiento, de su padre se decía que era un alcohólico y
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que golpeaba con frecuencia al chico y su hermano mayor


había abandonado el colegio para dedicarse a actividades algo
furtivas, por lo que casi nunca se le veía en casa.
A veces, Walter pensaba que Guz y él no eran, a fin de
cuentas, tan diferentes: ambos podían encontrarse igual de
solos en el mundo. Walter no creía que esos compañeros de
salón que seguían a Guz a todos lados (pero que se reían a
escondidas de su “ineptitud” y de su “cara de mazorca”)
fueran verdaderos amigos. Claro que, pensándolo con
detenimiento, carecía de sentido sentir lástima por Guz
puesto que tan sólo se trataba de otro personaje más
inventado por Albin. Igual de imaginario que Walter. Igual que
la maestra Lorengard, que seguía leyendo el escrito con
perversa fruición.
Walter volvió a mirar de reojo al creador de todo aquel
universo. Parecía tranquilamente adaptado a su nueva
realidad e, incluso, disfrutaba mucho con las constantes
burlas que del escrito de Guz se hacían.
-¡Ya basta ¡BASTA!- exigió el atormentado estudiante con
lágrimas de indignación en los ojos.
La profesora, sin embargo, continuó leyendo, implacable:
- “los basos”, con b larga, “se destruieron en mil pedasos”…
¿No será que se destruyeron, señor Bulldying? ¿Y qué rayos es
un pedaso con s? Espero que no sea lo que estamos
pensando…
El muchacho, entonces, lanzó una violenta patada contra
su pupitre, se levantó hecho una furia y salió del aula
lanzando pestes por la boca. La maestra no pareció
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sorprendida. De hecho, se mostró satisfecha y dejando con


delicadeza la redacción sobre su escritorio, procedió a explicar
en qué consistiría el trabajo final de la asignatura, esto es,
una redacción de diez páginas como mínimo en torno a un
tema bastante concreto: los valores. Para ilustrar ante la clase
el tipo de valores a los que se refería, la profesora Lorengard
tomó como ejemplo la tosca e impetuosa conducta de Guz y
soltó un discurso acerca del respeto y la tolerancia que a casi
todos los alumnos les pareció excesivamente largo.
Finalizada la hora de español, que era la última clase del
día, los estudiantes no tardaron en salir del aula en medio de
alaridos y bostezos. Como de costumbre, Walter esperó a que
el salón se encontrara desocupado para no ser aplastado
“accidentalmente” contra el marco de la puerta o para no caer
escaleras abajo justo tres escalones antes de tocar el suelo.
El niño recogió sus cosas y caminó con tranquilidad hacia
la salida del salón. Walter iba tan concentrado en lo que le
diría a sus abuelos acerca de Albin y en todo lo que podría
hacer en compañía de éste que no se dio cuenta de lo que le
esperaba hasta que fue demasiado tarde.
Apenas se encontraba en el balcón que daba al patio de
juegos cuando la puerta del salón se cerró estrepitosamente y
las escaleras desaparecieron bajo una multitud de chicos
encabezada por Guz en cuyos ojos irritados y terribles brillaba
la febril llama de la venganza.
-Espera, Guz… yo no…
Un golpe seco en el estómago cortó de antemano cualquier
posibilidad de conciliación entre Walter y su agresor.
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-Es tu culpa, gusano infeliz- le increpó Guz con frialdad,


observando impasible cómo Walter se retorcía de dolor con las
manos alrededor del vientre.- Siempre aparentando ser el más
inteligente… el que nunca se equivoca. ¡Ah! Pero sí que has
cometido un error, renacuajo… Un gravísimo error…
Walter retrocedía peligrosamente hacia la baranda del
balcón, boqueando como un pez, inconsciente del riesgo que
corría. Con los ojos anegados de lágrimas y la visión
desenfocada, el pequeño consiguió adivinar entre la multitud
la presencia de Albin, que parecía seriamente alarmado, como
si aquella situación fuera algo inusual y no el pan de cada
día, como Walter lo consideraba.
-¿Te crees mejor que nosotros, Heog? ¡Responde! ¿Crees que
puedes reírte de mí sin pagar las consecuencias? No hay nada
que una niñita como tú pueda enseñarme… ¡Yo te enseñaré
un par de cosas! ¡Yo te…!
Guz se interrumpió abruptamente, dándose cuenta con tan
sólo unos instantes de anticipación de lo que sucedería. Todo
ocurrió tan rápido que nadie pudo reaccionar a tiempo. Walter
abrió los brazos y la maleta cayó de su espalda a sus talones.
Sin embargo, siguió retrocediendo, presa del pánico y el dolor,
así que tropezó con el morral, alargó las manos para asirse de
la nada y lanzó un grito ahogado, casi imperceptible, antes de
pasar su espalda sobre la baranda del balcón y caer al vacío.
Mientras su cuerpo se precipitaba, ingrávido, al patio de
juegos, muchos pensamientos pasaron por la cabeza de
Walter: el inmenso odio de Guz borrándose de su rostro poco
antes de verle caer, la consciencia de que nada era real y, por
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lo tanto, de que nadie podía morir en un mundo imaginario y,


por último, la expresión de horror que en Albin se revelaba al
presenciar el accidente, lo que podría significar que, después
de todo, hasta un amigo imaginario podía morir en un mundo
imaginario…
Entonces, todo fue luz y oscuridad. El cielo y la tierra que
Walter había conocido desde el momento de su creación se
deformaron hasta extremos demenciales. Personas y objetos
se fusionaron de forma grotesca y violenta. Todo concepto de
volumen, distancia y tiempo perdió su sentido y sólo dos
cosas prevalecieron sobre el caos en el que el universo se
había transformado: las figuras de Walter Heog y Albin
Kwizer.
-¿Qué ha ocurrido?- preguntó Walter, flotando (o tal vez
nadando) en el mar de la confusión, en un espacio
infinitamente estrecho y estrechamente infinito.
-Traté de salvarte…- musitó Albin, perplejo y asustado - No
estaba seguro de volver a mi mundo nunca más… y temí que
si morías… si desaparecías de este mundo… me quedaría
solo… completamente solo… Por eso… Por eso forjé el Espíritu
de tu mundo… para intentar salvarte pero, ahora, ésta
realidad se ha corrompido… ¡Fui un estúpido! ¡No puedo
hacer nada bien! ¡NADA!
Albin comenzó a llorar y sus lágrimas se perdieron en la
inmensidad del caos. Walter, por su lado, permaneció en
silencio, embebido en una serenidad que le era ajena. De
pronto preguntó:
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 60

-Si también soy un ser imaginario ¿Por qué no corrí la


misma suerte que todos los demás?
-No… No lo sé… Quizá sea porque fuiste la única creación
por la que en realidad me preocupé… Porque eres casi tan
completo como yo… o quizá sea sólo cuestión de tiempo antes
que seas absorbido… ¡Santo cielo! ¡No quiero quedarme solo!
¡No quiero!
-Debes volver a tu mundo, Albin- sentenció Walter – Esa es
la única manera de arreglar todo esto…
-¿Y si no lo consigo? ¡Estoy tan cansado, Walter! ¿Y si
desapareces mientras intento componer tu mundo?
-En ese caso… tendrás que llevarme contigo…
El aprendiz de Forjador dejó de sollozar enseguida. La idea
de forjar a Walter en su mundo para luego volver juntos a la
tierra imaginaria se le antojaba absurda…absurda pero
brillante.
-Lo haré- dijo Albin y, sin pérdida de tiempo, se preparó
para regresar al mundo real, a la triste celda de la Fortaleza
Hermética.
-No tardes mucho. No quiero desaparecer- escuchó decir a
Walter antes de materializarse frente a Lákalis Paracelsium.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 61

WALTER EN EL MUNDO DE ALBIN

-¿Cómo lo habéis hecho?- le preguntó el Príncipe por


enésima vez - ¿Cómo desaparecisteis sin dejar rastro?
-No tengo por qué decirle nada- repitió tercamente Albin.
Un Oficial asestó un duro bofetón al rostro del niño que giró
sobre sí mismo antes de caer de rodillas al suelo.
Lákalis negaba suavemente con la cabeza, como diciendo <<
Hay gente que nunca aprende… >>
-De veras que no os comprendo, joven Kwizer- dijo el
Príncipe mirando con desdén al chico, que se ponía en pie
mientras se sobaba la mejilla golpeada y procuraba retener
las lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos claros. –
Usáis vuestro poder para intentar escapar de la Fortaleza. Lo
usáis contra nosotros, que somos tu pueblo, y no lo empleáis
contra vuestros enemigos…
- ¡Ustedes son el enemigo!- reclamó Albin corriendo hacia el
trono del soberano con los puños crispados. Una pareja de
oficiales le retuvo sin problema a escasos metros de Lákalis,
que sonreía con desprecio.
-Ya basta de tonterías, aprendiz. Tomad una decisión ahora
mismo, de lo contrario…
-De lo contrario ¿Qué? ¿Me matará? Hágalo y su reino se irá
al cuerno junto con su lujosa Fortaleza ¿Qué le parece eso,
señor Paramecium?
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 62

-De lo contrario- continuó el Príncipe sin inmutarse –


Vuestros queridos amigos, Rubied Altazor y Nigk Duomer
serán… disgregados.
-Usted no se atrevería… el Maestro Teo no lo consentiría…
-El Maestro Cibenensis está consciente de lo que está en
juego, muchacho.
-Ellos no lo permitirán…Nigk y Rubied lucharán…
-Quizá. Sin embargo ¿Pensáis que son lo suficientemente
buenos como para vencerlo a… él?
Lákalis batió las palmas y de un extremo del salón emergió
la figura mortífera y oscura de Kunrath Croll. Albin palideció
de miedo de sólo pensar que el Príncipe de los Alquimistas
estuviera dispuesto a empezar una guerra sólo para terminar
otra usando, además, estrategias tan sucias para cumplir sus
propósitos.
-Entonces… ¿qué me decís, joven Kwizer? ¿Tenemos un
trato?
Albin habría querido golpear al malvado Príncipe.
Convertirlo en una cucaracha y pisarla hasta el cansancio. No
obstante, era claro que Lákalis tenía la sartén por el mango
así que el Forjador tuvo que asentir con la cabeza, mudo de
ira e impotencia.
-¡Excelente! Ahora mismo recibiréis como recompensa mi
Alrun más poderoso: Pan, el Mensajero de los Dioses. Con él
podréis atravesar el cielo. Allí, sobre las nubes, flotando como
abejas alrededor de un panal, divisaréis miles de artefactos
voladores y, en medio de ellos, dos gigantescas naves. Tenéis
que escoger alguna. Los dos bandos conocen la Profecía así
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 63

que no abrirán fuego contra vos. Pero debéis elegir con


celeridad pues, lógicamente, aquel grupo que no sea
favorecido intentará destruiros antes que alcancéis vuestro
objetivo. La nave seleccionada os abrirá sus puertas y,
entonces, seréis escoltado ante un Rey, que os pedirá
consumar la Profecía ¿Entendido?
Albin volvió a asentir de mala gana. Entonces, se le ocurrió
una idea:
-Voy a necesitar algo más para cumplir esta misión.
-Pedid lo que queráis.
-Demando que se me conceda el título de Maestro Forjador.
Los presentes soltaron una exclamación de asombro e
indignación y se habrían reído con total soltura de no ser por
la rápida y contundente respuesta del Príncipe:
-¡Ah! ¿Era eso? No hay problema. Os será otorgado
inmediatamente: Yo, Lákalis Paracelsium, Soberano del
Cuarto Reino y Príncipe de los Alquimistas, concedo el título
de Maestro Forjador a Albin Kwizer y levanto toda prohibición
que contra sus habilidades pese.
Entonces, el hombre se levantó del trono, se acercó al
muchacho y le puso una mano sobre la cabeza. Recitó
algunas extrañas palabras y, como por arte de magia, el
sencillo traje de Albin se convirtió en una estupenda túnica
bordada con hilos de oro y plata en cuya espalda brillaba el
símbolo de la Escuela de Alquimia y Ciencias Puras.
-¿Satisfecho?- preguntó Lákalis regresando al solio.
-Mucho- repuso Albin postrándose en tierra.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 64

-No es necesaria tanta reverencia. Es lo menos que


merecéis a cambio de salvar nuestro mundo…
-No lo estoy reverenciando… Me estoy preparando…
-¿Os preparáis?- inquirió Lákalis con curiosidad- ¿Para
qué?
-Para forjar este palacio- declaró Albin evidentemente
complacido.
-¿Qué decís?- preguntó el asustado Príncipe de los
Alquimistas pero la respuesta no tardó en llegar.
La tierra y los muros comenzaron a estremecerse a medida
que Albin extraía el Espíritu Onírico de la Fortaleza. Luego, el
Forjador se concentró en la figura de Walter, cuyo mundo
imaginario aún no había sido restablecido, y moldeó el alma
que tenía entre manos hasta que le pareció que adoptaba la
forma que tenía el Espíritu de su amigo -un amigo al que
Albin había aprendido a conocer mejor de lo que se conocía a
sí mismo- y así, devolviendo a la Fortaleza su nuevo Espíritu,
los pilares, las paredes, los cuartos y escaleras desaparecieron
en un pestañeo para dar forma a un niño, un Alrun creado a
partir del Espíritu Onírico del Oro y la Plata y de la mitad
exacta del Espíritu Absoluto de Albin, lo que habría sido
considerado una aberración, una violación a su promesa de
no forjar su propio Espíritu con el fin de crear otras cosas
mientras fuera un aprendiz. Sólo que Albin Kwizer ya no lo
era. Ahora sería reconocido como un Maestro Forjador y como
el Alquimista más joven de la historia, quitándole el privilegio
al orgulloso aprendiz de Disgregador: Kunrath Croll.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 65

-¿Pero qué es lo que habéis hecho?- reclamó Lákalis tras


comprobar que la única parte de la Fortaleza que permanecía
en pie era su trono.
-Lo necesario… para salvar este mundo- repuso Albin
sabiendo que el Príncipe no se atrevería a hacer nada en
contra suyo (ni contra sus amigos) en tanto la Guerra
continuara.
Entretanto, el recién forjado niño observaba maravillado
aquel extraordinario universo al que había sido transportado
desde la mente de Albin. Muchos curiosos, hombres, mujeres
y niños, se agolpaban alrededor del nuevo Maestro Forjador y
del extraño que había sido creado a partir del palacio.
Un aleteo como de millones de aves se desgranó sobre Albin
y Walter e hizo su aparición el temible Alrun de Lákalis
Paracelsium: Pan, una criatura en parte humana, en parte
animal (como la mayoría de Alruns pues era difícil forjar un
ser completamente humano, como Walter), con patas y
cuernos de macho cabrío y robustamente humano en lo que
al pecho, los brazos y el rostro se refería.
-¿Me habéis llamado, mi señor?- bramó el Alrun, de casi
seis metros de alto, y su voz pareció propagarse por los
Cuatro Reinos conocidos.
-Así es, Pan. Os encomiendo una importante misión: Llevad
a esta pareja de niños a través del cielo y procurad que no
sufran el menor daño. Ellos os indicarán el rumbo, una vez
estéis sobre las nubes.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 66

-Sí, mi señor- rugió Pan y, dirigiéndose a los espantados


chicos, añadió:- ¿Qué esperáis? Subid a mi lomo cuanto
antes…
-Albin…-murmuró Walter mientras se acercaba a la
criatura- ¿No es este el momento de que arregles mi mundo y
regresemos juntos?
-No, Walter. Ya no regresaré. De hecho, te he forjado para
poder despedirme… para siempre.
-¿Por qué? ¿Qué pasará con todos los planes que teníamos?
¿Te olvidarás de mí y de mi mundo?
-Debo quedarme. Personas muy importantes para mí corren
peligro. Además, no puedo esconderme por siempre.- Albin
suspiro profundamente y agregó:- Aprendí algo de ti durante
el tiempo que estuve en tu mundo. No eres un cobarde,
Walter. Admiro el valor que tienes para enfrentar tus
problemas día a día. No es ganar una batalla lo que te
convierte en un triunfador, sino afrontarla. Esta es mi lucha y
mi responsabilidad y no puedo escapar de ella. Sólo quería
decirte eso. Ahora, te regresaré a tu mundo…
-¡No! No quiero volver… todavía. Te ayudaré. Así como tú me
has ayudado siempre.
Albin miró fijamente a su amigo imaginario, que ya no era
tan imaginario, y le pareció que ahora era un poco más alto y
fuerte. Tal vez lo había forjado de ese modo. Se preguntó si, al
regresarlo a su mundo, continuaría siendo el mismo o si
cambiaría algo en su forma de ser. Luego, Albin se recordó
que Walter sería como su creador quisiera que fuera aunque,
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 67

por otra parte, eso no fuera necesariamente lo mejor para


Walter.
-De acuerdo- convino el pequeño Maestro Forjador subiendo
por el grueso pelaje del Alrun. Walter no tardó en darle
alcance y ambos remontaron el vuelo a lomos de Pan hacia el
firmamento.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 68

UN CIELO SIN ESTRELLAS

La barricada de nubes retrocedió ante la imponente


presencia de Pan. El temor y la esperanza eran un solo
sentimiento en los corazones de Albin y Walter. Pronto, las
primeras naves de guerra aparecieron ante los chicos,
sorprendidos por el extraordinario parecido que los artefactos
de ambos ejércitos guardaban. Las naves eran sencillas
estructuras octogonales, con varios cañones dispuestos aquí y
allá, igual de toscas a las naves extraterrestres que Walter
solía dibujar en sus cuadernos cuando se sentía aburrido en
el colegio. Lo único que permitía determinar a qué bando
pertenecía cada nave era el color del armazón: rojo cobrizo en
el caso de unas y azul titanio en el caso de otras.
Tal como Lákalis Paracelsium había afirmado, las naves no
abrieron fuego sobre Pan ni sobre sus tripulantes. Luego de
surcar cientos de enjambres de naves enemigas, los chicos
por fin divisaron dos navíos cuya única diferencia con las
naves pequeñas (que en realidad eran tan grandes como la
desaparecida Fortaleza Hermética) radicaba en su
descomunal tamaño y mayor número de cañones, dispuestos
alrededor de un cañón central mucho más largo y ancho.
Pan se detuvo por orden de Albin quien preguntó de nuevo a
Walter si, en realidad, deseaba quedarse allí, a lo que Walter,
sin pensárselo dos veces, respondió firmemente que sí.
-Se supone que soy el Elegido para terminar con esta
Guerra- meditó Albin en voz alta – Pero la única manera de
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hacerlo es uniéndome a algún bando para ayudar a


exterminar al otro. No creo tener ni el poder ni la sangre fría
para hacerlo. Pero no tengo opción ¿Verdad?
-¡Claro que sí!- aseguró Walter con una sonrisa de
entusiasmo - ¿Qué tal si intentamos declarar una tregua
entre ambos bandos? No creo que sepan quién de nosotros
dos es el Elegido así que cada uno podría ir hacia una nave
diferente e intentar convencer a los respectivos líderes de lo
absurdo de esta Guerra.
-Parece un buen plan… ¡Pero hay tanto tras una guerra!!
Mucho dolor, mucha desconfianza… No sé si un par de niños
como nosotros puedan convencer a dos civilizaciones enteras
de olvidar sus diferencias… sean las que sean…
-Creo que no perdemos nada con intentarlo, Albin. ¡Animo!
Nos encontraremos aquí en una hora ¿De acuerdo?
El Forjador asintió con una sonrisa. Le alegraba mucho que
Walter estuviera allí para ayudarle, aún después de todo lo
que Albin le había hecho antes de su viaje al mundo
imaginario. Todo aquello le obligaba a cuestionarse si antes de
componer el mundo de Walter debía realizar ciertos ajustes y
si esos ajustes afectarían a su amigo imaginario. Incluso, era
posible que Walter no tuviera que regresar a ese mundo
ficticio y amenazante. Ambos podían quedarse en el mundo
real, del mismo modo que Albin consideró alguna vez
quedarse encerrado en su propia mente.
Olvidando por un momento tan interesantes pensamientos,
el Forjador atrajo el Espíritu Onírico de una nube y la
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 70

transformó en una enorme ave de blanco plumaje sobre la


cual se posó Walter.
Los chicos se despidieron y se separaron.

Las puertas de la nave nodriza se abrieron y Albin saltó del


lomo de Pan al suelo de metal.
-Espérame aquí, Pan- solicitó Albin con amabilidad.
-De acuerdo.- aceptó el Alrun.
Las ingentes puertas de hierro se cerraron. El chico avanzó
algunos pasos en la oscuridad y, de repente, se encendieron
las luces.

El pájaro albino se posó sobre uno de los cañones de la


nave. Walter descendió de la criatura y agradeció su ayuda. El
ave inclinó la cabeza levemente y el niño le acarició. Luego,
avanzó a lo largo del lustroso cilindro azulado, que parecía
una versión gigante de una de esas barras de equilibrio que
había en los parques infantiles del mundo imaginario, y lo que
antes era el final del camino (el muro donde el mortero estaba
ensartado) se transformó en una abertura del tamaño justo
para que Walter pudiera penetrar. El interior de la nave
estaba tenuemente iluminado y un guardia se le acercó.
Cuando Walter pudo ver con detenimiento a la criatura,
estuvo a punto de soltar un grito de terror.

Las criaturas que conducían a Albin eran tan pequeñas que


a duras penas le llegaban a la cintura. Tenían una cabeza
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bastante grande y unos rasgos faciales muy humanos,


aunque sus ojillos parecían de pollo y sus bocas y narices
también resultaban demasiado menudas. En un principio,
Albin había creído que aquellos seres apenas si abrían sus
pequeños labios para hablar pero, tras observar con
detenimiento, el Forjador había llegado a la conclusión de que
se comunicaban mentalmente.
Luego de recorrer varios metros de túneles, donde cientos
de seres exactamente iguales entre sí, iban y venían, siempre
silenciosos pero indudablemente ocupados, Albin finalmente
llegó ante una gigantesca puerta que, al abrirse, dejó al
descubierto el pequeño y sencillo trono donde otra criatura
más, igual a sus congéneres pero mucho más vieja, le saludó
sonriente.

Walter tuvo que realizar un esfuerzo sobrehumano para no


salir despavorido y huir a lomos del Alrun que su compañero
había forjado. La criatura que le custodiaba era un monstruo
de casi tres metros de alto, de figura antropomorfa, excepto
por su piel, que parecía recubierta por una densa capa de
costras que le acercaban más a la familia de los lagartos que a
la de los humanos. El monstruo hablaba con extraño acento
y no parecía manejar muy bien el idioma de Walter:
-Acompañar a mí. Rey veremos- gruñó el engendro
moviendo su inmenso cuerpo a través de las diferentes
secciones, solitarias y ominosas, que conformaban el interior
de la nave.
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Mientras se internaba en aquel claustrofóbico espacio,


Walter pensaba en el posible aspecto que pudieran presentar
los seres de la otra civilización. ¿Acaso serían igual de
aterradores? Por lo menos Albin podía usar sus habilidades
para escapar si algo salía mal pero Walter no dejaba de ser un
simple niño común y corriente de visita en un universo
completamente desconocido. Claro que, si algo le llegaba a
ocurrir, era posible que Albin viniera a socorrerle. A fin de
cuentas, eran amigos ¿No?
-Aquí. Rey- balbució la criatura halando una manija.
Entonces, un rumor de cadenas y engranajes oxidados se dejó
escuchar por todo el corredor y una puerta se levantó frente a
Walter, dejando al descubierto un enorme globo arrugado y
seco que resultó ser la cabeza del rey de aquella civilización.
El resto de su cuerpo se hallaba enterrado bajo una mole de
cables y barras de metal que, presumiblemente, hacían las
veces de trono para el descomunal monstruo, cuya primera
pregunta fue:
-¿Tú? ¿Ser el Elegido?

-Nadie recuerda cuándo ni cómo comenzó esta Guerra-


explicó el Rey de los Talwer, invitando a sentar al Forjador
con un ademán de mano – Sólo sabemos que los Tzuvag nos
odian infinitamente. Fueron ellos los que atacaron tu mundo.
Su afán de conquistar y destruir es grande y no conoce
límites. Aunque poseemos los medios necesarios para
destruirles, la verdad es que no nos atrevemos. No está en
nuestra naturaleza dañar a otros seres vivos. Quisiéramos
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 73

poder llevarnos bien con los Tzuvag pero no parece que sean
capaces de llevarse bien con nadie. Estamos cansados de
intentar protegernos sin dañarlos y, para serte franco,
esperamos que tú, Albin Kwizer, Maestro Forjador, te
encargues de ellos por nosotros. Sé lo que piensas. Bueno,
leemos la mente. Pero aún así, no es difícil imaginar que nos
consideras unos cobardes… y tienes razón. El dolor de llevar
sobre nuestras conciencias la muerte de otros seres es mil
veces mayor que cualquier tortura física a la que los nuestros
puedan ser sometidos.
-Pero ¿No han intentado…?
-¿Hablar con ellos? Imposible. Sabemos que nos
traicionarían en cuanto pudieran. Ya sucedió una vez. No
perderían la oportunidad para destruir aunque fuera a uno de
nosotros.
-Pero ¿por qué?
-Tú lo sabes muy bien, Albin Kwizer. Porque nos temen.
Saben que somos más fuertes. Ellos temen tanto como
nosotros ser dañados. Nosotros los comprendemos, nos
sentimos unidos a ellos por ese mismo sentimiento, quizá por
ello no somos capaces de aniquilarlos.
-Pero… Aún hay algo que se puede hacer… Un amigo mío
ha ido a dialogar con los Tzuvag…
-Lo sabemos. Y lo sentimos. Walter será asesinado.

-Soy el Elegido- afirmó Walter procurando no delatar su


inmenso temor.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 74

-Demuéstrame… -Exigió el Rey de los Tzuvag- Convierte esa


barra…
A los pies de Walter descansaba un trozo de acero. Un
sudor frío envolvió al chico que no se esperaba semejante
recepción.
-Yo… no puedo…
-¡Espía!- gritó la cabeza.
-¡NO! ¡NO SOY UN ESPÏA! ¡HE VENIDO A DIALOGAR!
-¿Diálogo? Es tarde para diálogo. No puede confiarse en
nadie. No es posible la armonía. Sólo existe un camino: la
supervivencia del más fuerte.
-El débil y el fuerte pueden convivir… si existe una amistad
sincera entre ellos…
-No hay amistad. Tarde o temprano, el fuerte traiciona al
débil. Nosotros lo haríamos.
-¿No están cansados de esta Guerra? ¿No se arrepienten de
tanta muerte y destrucción?
-Sí. Pero no podemos cambiar. Es nuestra naturaleza. Sin
violencia no hay respeto y sin respeto no hay seguridad. Nadie
nos ofreció su amistad sincera jamás. No conocemos ese
sentimiento. No podemos creer que exista ni que alguien
pueda querernos.
-Yo podría aprender a quererles…
-¡MENTIRA! ¡NO MERECEMOS SER AMADOS! ¡PREPÁRATE
A MORIR!
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Los túneles se hicieron interminables para Albin, que corría


sin descanso hacia la salida. El Rey de los Talwer le guiaba
telepáticamente, diciéndole hacia dónde debía girar y qué
caminos debía tomar para regresar a la escotilla de escape.
Luego de varios minutos, que al Forjador le parecieron una
eternidad, la puerta abierta hizo su aparición y, ante ella,
Pan.
-De prisa- le dijo Albin a la criatura – llévame hasta aquella
nave roja lo más rápido que puedas.
Sin discutir, Pan ayudó a Albin a subir a su lomo y
emprendieron un rápido vuelo hacia la nave de los Tzuvag.

Las enormes fauces del Rey Tzuvag se abrieron y una garra


de enormes proporciones se abatió sobre Walter que, sin tener
donde esconderse, cerró los ojos y se preparó para lo peor.

Por alguna razón, las naves Tzuvag comenzaron a abrir


fuego sobre Pan. Sin apenas pensarlo, Albin forjó el Espíritu
Onírico del aire y una esfera de hierro se formó alrededor del
Alrun. Los proyectiles se estrellaron con fuerza contra el
argente globo que en cuestión de segundos impactó la nave
nodriza, formando un gran boquete que disparó las alarmas
en todo el navío.

La garra se detuvo a escasos centímetros de Walter. Un


estridente sonido le indicaba al monstruoso Rey que la
integridad de su nave había sido comprometida.
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 76

Una serie de rugidos, que semejaban voces de alerta, se


escucharon por unos segundos en el seno de la nave antes
que la puerta de acceso al trono del Rey Tzuvag se abriera de
par en par. Walter corrió hacia la solitaria figura que se erigía
junto a la salida y Albin le recibió con un abrazo.
-¿Quién eres?- tronó la cabeza sin la menor señal de
preocupación en su aterrador rostro.
-Soy el Elegido. Albin Kwizer. Y he venido a destruirte…
-¡No, Albin! Ellos no son malos… sólo tienen miedo…
-Lo sé, Walter. Pero… intentaron matarte. Y seguirán
haciendo el mal mientras sigan con vida.
-Nadie les ha dado una oportunidad. Si tú les das una…
En ese momento, un nutrido grupo de Tzuvags comenzó a
congregarse tras los chicos. Estaban atrapados.
-Walter- murmuró el Forjador, dibujando con sus labios la
más triste de las sonrisas - Ya he compuesto tu mundo. Por el
momento continúa siendo igual pero… si sobrevivo, trataré de
hacerlo un mejor lugar…
-¿Si sobrevives?
-Procura no olvidarte de mí- finalizó Albin antes de
introducir su mano en el pecho de Walter y disgregar el
Espíritu Absoluto que era el lazo entre su amigo imaginario y
el mundo real.
Walter desapareció y, en su lugar, la Fortaleza Hermética se
fue abriendo paso al interior de la nave nodriza. El suelo se
resquebrajó bajo el peso de la extraordinaria masa que
empezaba a tomar su forma original. Las paredes de hierro
comenzaron a ceder ante la inminente presión de la masa de
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oro que se expandía por la habitación del Rey como una


pompa de jabón de infinitas proporciones, inflándose a toda
prisa sin querer estallar jamás.
Albin aprovechó el desorden y forjó su propio cuerpo,
creándose unas poderosas alas que le permitieron salir
volando sobre las consternadas cabezas de los Tzuvag, que no
sabían si perseguir al Forjador o ayudar a su soberano, que se
hundía junto con la Fortaleza Hermética.
Ya fuera de la nave nodriza, Albin ascendió aún más alto,
más allá de las naves que le disparaban, cada vez más lejos
de la superficie planetaria, esperando echar un último vistazo
a las únicas luces que parecían brillar para él. No obstante,
por más que ascendía, Albin no divisaba nada. Nada excepto
el cielo oscuro de la noche, que comenzaba a caer sobre la
tierra.
Extenuado y confuso, Albin se detuvo en medio de la nada.
Miró al cielo y comprendió que las estrellas no habían sido
cubiertas por las naves de los Talwer y los Tzuvag.
Las estrellas no existían porque habían sido forjadas por un
Alquimista.
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WALTER, EL FORJADOR

El niño abrió los ojos y, poco a poco, voces y rostros


familiares colmaron sus oídos y su campo de visión. Allí
estaban sus abuelos, algunos de sus maestros y,
curiosamente, varios de sus compañeros de colegio.
Una enfermera realizaba infructuosos esfuerzos por
desalojar la habitación. Nadie quería marcharse. En medio del
dolor que consumía su cabeza, Walter creyó reconocer la voz
de Guz, que reclamaba airadamente ante la enfermera su
legítimo derecho a permanecer junto a su amigo.
Un momento…
¿Amigo?
Walter consideró que, quizá, Albin había exagerado un poco
al modificar a tal extremo las cosas. Pero todo estaba muy
claro: el intento de Albin (al parecer exitoso) por dar
coherencia a ese mundo imaginario sin alterar demasiado la
línea temporal de los hechos, su actual presencia en aquel
hospital, producto de la caída que, en un mundo con
pretensiones de realidad, representaba otro de tantos
accidentes fortuitos protagonizados por niños descuidados e
irresponsables y, por último, la consecuencia lógica de todo
aquello: el inmenso dolor corporal que le mantenía atado a
una camilla desde hacía quién sabe cuánto tiempo.
-¿Estás despierto, renacuajo?- preguntó una voz muy
familiar pero, al mismo tiempo, irreconocible por el grado de
amabilidad que de ella emanaba.
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-Sí, Guz- murmuró al fin Walter, tratando de sobreponerse


a su desconcierto - ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
-Algunas horas. Te golpeaste muy fuerte en la cabeza… y te
rompiste un brazo. Pero descuida, no fue tan grave como
pensábamos.
-¿Ah, no?
-Cuando te recogí para llevarte a la enfermería estabas
diciendo algunas cosas…Llegamos a pensar que te habías
vuelto loco…
-¿Tú me llevaste a la enfermería?
-Bueno, pues… sí. Soy el más fuerte del salón, después de
todo… Aunque también soy el más estúpido…
-No eres estúpido, Guz. Eres muy inteligente… sólo te hace
falta un poco de… disciplina. Y algo de apoyo.
-¿De verdad piensas eso, Walter?
-De verdad. ¿Qué te parece si… cuando me recupere,
hacemos ese trabajo de español juntos?
-Bueno… no lo sé…
-Por favor, Guz. No quiero que empecemos una guerra que,
tal vez, no podamos terminar.
-¿Una guerra? Creo que el golpe te puso algo dramático,
renacuajo.
-Quiero ser tu amigo, Guz.
El muchacho miró a Walter con asombro. Le había golpeado
y humillado en repetidas ocasiones y, de cierta manera, había
estado a punto de matarle… ¿Y aún así el renacuajo le pedía
ser su amigo?
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 80

-¿Por qué, Walter? ¿Por qué querrías ser mi amigo? Soy una
mala persona… no merezco ser amado…
Aquellas palabras estremecieron a Walter. Eran las mismas
que el Rey Tzuvag había usado en la nave nodriza. ¿Podría ser
casualidad o un mensaje que Albin le enviaba a través de una
de sus creaciones?
-Todos merecemos ser amados, Guz… o debo decir ¿Albin?
-¿Albin?- el rostro de Guztav revelaba auténtico
desconcierto - ¡Ah! ¡Ya veo! Te refieres a ese tal Albin Kwizer…
-¿Lo conoces?- Walter estuvo a punto de incorporarse pero
el peso de su cuerpo maltratado le tiró contra el colchón.
-¡Cálmate, renacuajo! No conozco a ningún Albin… Es sólo
que mencionabas su nombre cuando te recogí del suelo…
-Ya veo…
La misma enfermera insidiosa que antes había discutido
con Guz pasaba revista a la habitación de Walter. Su rostro
ceñudo le indicó al visitante que debía marcharse.
-Espero que te recuperes pronto y… perdóname.
Perdóname… por todo…
-Sólo si dejas de llamarme renacuajo- bromeó Walter.
Antes de desaparecer tras la puerta, Guz le lanzó una
última pregunta:
-Oye, renacuajo ¿Quién es Albin Kwizer? ¿Tu amigo
imaginario?
Y, de repente, todo fue muy claro para Walter. La pieza final
de un rompecabezas que él mismo había construido ocupó su
inmaterial espacio en la mente del niño, que comenzó a
recordar, como en una película de mil cuadros por segundo,
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 81

todas aquellas cosas que por conveniencia o necesidad se


había obligado a olvidar hasta ese preciso momento: Su
desesperado grito de auxilio en el baño de niños que él no
había podido (o querido) escuchar, su naturaleza solitaria y
reservada, consecuencia directa de su esfuerzo por inventar
un mundo alterno al suyo que le permitiera soportar la
infernal realidad que le aguardaba cada día en la escuela, su
mirada nerviosa a la silla vacía de la esquina del salón
durante la última clase de español, las peticiones de Albin
acerca de no mencionar su nombre ni acercarse a él en
público y, por último, su propia responsabilidad frente al caos
en el que el mundo de Albin se había transformado y el
verdadero origen de aquellos extraños seres cuya guerra era
un reflejo ampliado de la constante lucha entre Walter y
Guztav. Un conflicto que, finalmente, había llegado a su fin.
Walter comprendió que el mundo imaginario de Albin
Kwizer debía y merecía ser salvado, aun cuando la conciencia
de todo aquello pudiera significar la muerte de su amigo
imaginario y su maravilloso universo.
El chico lanzó un suspiro, cerró los ojos y evocó la imagen
de su mundo imaginario, de aquel secreto espacio, separado
de la realidad por la distancia de un solo pensamiento, cuya
belleza estaba a punto de ser destruida por una Guerra que,
como todas, no tenía sentido.

Las bombas rugían sobre las Cuatro Confederaciones.


Desde la insondable altura, Albin observaba, impotente, cómo
los racimos de torpedos se estrellaban sobre la superficie,
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 82

generando efímeros destellos de luz que luego se


transformaban en voraces llamaradas. Pronto, el mundo
entero sería una sola y candente bola de fuego y ni todos los
Alquimistas juntos lograrían evitarlo.
El Forjador pensó entonces en Nigk y Rubied, en el Maestro
Teo y en todas las personas que morirían a causa de su
cobardía. Y no le importó. No le importó porque Albin sabía
que ya no se trataba del miedo a dañar a los Tzuvag o a los
Talwer. No se trataba del temor a fracasar o a cargar sobre
sus hombros la gran responsabilidad de salvar el mundo.
Todo eso había quedado atrás gracias a Walter. Lo que en
realidad aterraba al chico era el atisbo de una verdad tan
demoledora que ponía en peligro todo en lo que había creído.
Aquel cielo sin estrellas venía a confirmar un
presentimiento… una posibilidad siempre presente en su
cabeza pero jamás mencionada por lo inaceptable que le
resultaba.
Unos padres muertos como los de Walter.
Un corazón solitario como el de Walter.
Una realidad de la cual siempre había intentado evadirse…
como Walter.
¿Quién era el reflejo de quién? ¿Había la mariposa soñado
que era un hombre o había soñado el hombre que era una
mariposa?
Pero la respuesta era evidente. No poder determinar quién
era el amigo imaginario de quién le llevaba a una sencilla
conclusión…
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 83

-Así es, Albin. Ni tú ni tu mundo son reales- concluyó la


amable voz de Walter junto al Forjador.
-Jamás lo supe porque no quisiste que yo lo supiera-
dictaminó Albin mirando fijamente a su creador que,
definitivamente, había dejado de ser un pequeño niño. Parecía
más alto y más feliz que nunca.
-Y yo jamás te lo dije porque jamás quise aceptarlo- repuso
Walter poniendo una mano cálida y amistosa sobre el hombro
de su creación.
-Siempre pensé que te utilizaba. Ahora descubro que es al
contrario. Sin embargo…
-Ninguno de los dos utilizó a nadie, Albin. Somos uno y, por
lo tanto, intentábamos ayudarnos a nosotros mismos. Tus
debilidades eran mis fortalezas y tus fortalezas mis
debilidades. Ahora que ambos hemos comenzado a superar
nuestros respectivos problemas, seremos uno solo…
-¿Desapareceré junto con mi mundo, Walter?
-Vivirás en mí. Lo que suceda de ahora en adelante
dependerá de nosotros. Pero recuerda: las cosas buenas no
desaparecen jamás. Sólo se transforman.
Entonces, Walter visualizó el Espíritu Despierto de todos los
Talwer y de todos los Tzuvag, disgregó el Espíritu Absoluto
que les mantenía bajo su actual apariencia y ambas razas
desaparecieron junto con sus naves, sus armas y sus
diferencias para regresar a su forma original.
El polvo de luz envolvió a la pareja de niños que flotaba
sobre las nubes y, fundidos ambos en un último abrazo, Albin
EL MUNDO IMAGINARIO DE ALBIN KWIZER 84

y Walter dejaron escapar de sus ojos sendas lágrimas de


felicidad.
Los Cuatro Reinos se levantaron de entre las cenizas.
Las estrellas volvieron a brillar en el manto de la noche.
Al final, el Forjador se encontró solo en el firmamento. Abajo,
en la tierra, gritos de euforia y felicidad escapaban hacia la
atmósfera. La Guerra había terminado, aunque sólo Albin
Kwizer sabría el cómo y el por qué. Inmensamente alegre, el
chico descendió a la Fortaleza Hermética de Trimegistro, que
había sido reconstruida, al igual que todas las ciudades, por
Walter. Personas que se creían muertas aparecieron con vida
y la paz y el orden retornaron a los Cuatros Reinos.
Rubied, Nigk y el Maestro Cibenensis, en compañía de todos
los Alquimistas y aprendices reunidos a las afueras del
palacio, clavaban sus ojos en la bóveda celeste, aguardando el
momento en que Albin Kwizer, el Alquimista Salvador,
retornaría a la tierra, donde sería recibido como lo que era: un
héroe. Pero el tiempo transcurrió y lo único que sobresalió en
el oscuro firmamento fue un pequeño pájaro que se posó
sobre una de las torres de plata de la Fortaleza sin que nadie
le prestara mayor atención.
La diminuta ave remontó el vuelo y, ya lejos del Cuarto
Reino, recobró su forma original: la de un niño.
Albin Kwizer se había tomado algunos minutos para
asegurarse que sus queridos amigos y su Maestro se
encontraran a salvo.
Ya no deseaba el reconocimiento ni la admiración de nadie.
Se sentía unido a algo mucho más grande y poderoso. Algo
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bello y profundo. A un ser que le había dado la vida y la


comprensión suficiente para descubrir que una fantasía,
como la que él vivía, no necesariamente era una mentira. Que
los sueños no eran sólo una manera de evadir la realidad,
sino de construirla y que, en ocasiones, las mejores cosas no
son las que forjamos con el pensamiento, sino con el corazón.

FIN