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Guillermo Belaga

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En esta oportunidad intentaré formular en torno al deseo del analista dos


cuestiones que se interrelacionan: l) la práctica del análisis, antes y después
del pase, y 2) la relación particular al psicoanálisis como algo a res-
ponder(se) uno por uno.
Elegí para desarrollar estos puntos seguir el seminario que dictó J. -A. Miller
en 1991 El deseo de Lacan. Es que releyéndolo, encontré una afir mación
por demás sorprendente: en "el examen del pase se podría pregun tar cuál
es la incidencia del deseo de Lacan" lo que llevaría a considerar la cuestión
sobre si, lo que alguien habló, es del analista o del propio Lacan 1. En
definitiva lo que postula Miller sería introducir la sospecha de que tal
enunciado sea más de Lacan que del analista.

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En la situación actual del dispositivo en las Escuelas, existe la práctica antes


del pase, -por otro lado no he sabido de nadie que la haya abando nado
por no haber sido nominado- y en lo que respecta a mi persona, abriría a
partir de este tiempo la elaboración del "después" del pase. Es de cir,
después del "salto" que este implica en relación a una práctica que es
verificada con la nominación, pero también a partir de la misma, como re -
sulta en un cambio en el "oficio".
Reflexionar sobre esto lleva necesariamente a considerar el deseo del
analista: deseo que debe ser tomado entonces como la organización de una
temporalidad2.
Así, lejos de la inercia metonímica entre carrera universitaria y el enganche
en el psicoanálisis, conviene situar los enunciados que han condu cido al
mismo psicoanálisis: en forma de un hiato, por "los bordes del salto", que
ilustran cómo alguien ha franqueado su neurosis particular a la posición del
analista.
Por lo tanto entender el deseo del analista, implica comprobar que la
relación al psicoanálisis organiza un modo de vida, muestra en qué y có mo

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alguien se ve enganchado en eso. Y es desde este punto de vista una
tensión temporal, una pulsación del tiempo.
En este sentido, el pase como verificación, sería un salto con respecto a
esta forma de concebir el deseo del analista, cuestión que compruebo
particularmente en conexión al siguiente postulado de E. Laurent: "es ne -
cesario que quien se autoriza del discurso del analista, haga que la voz del
superyó (surmoitié) pueda demostrarse incompleta en vez de querer com-
pletarla3.
De esta manera como lo desarrolla exhaustivamente en su seminario, la
posición del analista implica que esta voz del superyó debe ser enfren tada
con los tres términos usados por Lacan: hacerla inconsistente, inde-
mostrable, indecidible.
Desde esta perspectiva como ya fue dicho en otros testimonios, estas
formulaciones tuvieron su verificación en el momento del pase clínico;
aunque ahora agregaría en relación a la m isma que no deja de haber un
"resto" en el final, como también fue evaluado por el mismo cartel del pa se
y formulado así en el momento de la nominación. Cuestión que a par tir de
entonces, sanciona y propicia justamente la elaboración presente del deseo
del analista por el siguiente sesgo: los modos de respuesta al "can to de las
sirenas", es decir, cómo responder sin intentar procurar una satisfacción, o
al modo de Ulises "atado" al semblante fálico.

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Si ubicamos ahora el pase clínico como un tiempo en el que se verifica el


paso de la tragedia a la comedia, o lo que es equivalente donde se po dría
establecer aquel momento en que se ha transformado el propio sufri miento
en una buena historia que se puede contar a alguien, diría que este tiene el
valor de una primera escansión, en relación a una variación de sentido que
se produce luego de las entrevistas con los pasadores -segunda escansión
de esta secuencia-. Ahí es donde la operación de reducción psicoanalítica
justamente ceñirá un saldo de saber que puede transmitirse con la siguient e
frase: ³la voz de la surmoitié , el imperativo mortífero, só lo es mortífero
para quien rechaza enfrentar la originalidad de la posición femenina, para
aquél que negaría el orig en de un decir femenino específi co donde hay
incidencia -directa- del Otro´4.
Parafraseando a Lacan en "L'Etourdit", había llegado "el atardecer", el
instante de comprensión, y así explicaría el inicio de una c alma espera hasta
que finalmente en un tercer tiempo emerge el dictamen del cartel: breve,
conciso, "la nominación... a pesar de un resto...". Inmediatamente se sabe
a lo que esto alude, era preciso, se había recortado en una forma equi -
parable a esos fenómenos elementales que una vez dichos por el enfermo
concentran la subjetivación. Es esta frase la que operará una nueva
demarcación, con respecto a lo que Lacan describe como el identificarse -
"tomando sus garantías de una especie de distancia"- a lo que se conoce
mejor. Avanzando aún más, en esta dirección, lo que surge en consecuencia
es un nuevo borde que refrenda esas "garantías" basadas en una sucesiva
caída del campo semántico, en el sentido de la deslibidinización de las pre -
misas semánticas propias de la neurosis particular. Recurriendo a una me-
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táfora, ahí se percibe más "clara" esa distancia, un recorte preciso, de lo
que Laurent llama la "buena manera de hacerse Tiresias".
Entonces sobre estos puntos, podría concluir que por un lado en esta
temporalidad se ve reformulado en los términos d e "dar otra vuelta" las
maneras de decir el S(A/), de situar la incompletud. Y de esta forma el "ofi -
cio" de la práctica experimenta una nueva pulsación en lo que hace al de seo
del analista.

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Volviendo al seminario mencionado, Miller introduce la pregunta so bre el


deseo de Lacan "como una manera de alejarlo un poco". Recorde mos a su
vez, que en esos momentos se estaban organizando las jornadas en su
homenaje en el décimo aniversario de su muerte, por lo que dichas palabras
encierran unas preciosas indicaciones en relación al duelo en el análisis. Así
es que en este contexto, subraya un efecto de identificación: "padecemos
de la creencia de que lo que Lacan pensaba, lo pensamos tam bién".
Agregando que usar los significantes de Lacan tal vez sea el resulta do, en lo
más íntimo de cada uno, de una cierta identificación con él, y que aún más,
esto constituiría un obstáculo.
Por lo tanto introducir en nuestro uso la expresión y la pregunta po r el
deseo propio de Lacan, como no siendo necesariamente el deseo de otros,
sería un intento de producir un efecto de des -identificación.
Ahora bien, si extendemos esta fórmula al final de cada análisis, esto haría
de la estructura del deseo del analista algo opaco, de uno por uno, y en
donde podrían entrar en su configuración los siguientes puntos: la re lación
particular al psicoanálisis en términos de la incidencia del deseo de Lacan en
la misma, es decir preguntarnos en cada analista qué le costó confo rmar su
deseo al deseo del analista, y cuál sería el grado de divergen cia del deseo
de Lacan con respecto al deseo del analista.
Al respecto podría afirmarse que se encuentra un grado de divergencia
verificable en estas coordenadas en la caída del sujeto supuesto saber, y del
que forma parte también la percepción de la dificultad de ser nuevamen te
analizante, "se percibe ahí la cicatriz de la separación de la cadena signi-
ficante del propio análisis".
Prosiguiendo por otra vertiente, detengámonos en la pr egunta que Miller le
adjudica a Lacan como parte de su epopeya: "¿Qué soy yo en el psi -
coanálisis?". Esta tiene para el AE -en quien se junta la experiencia parti-
cular del propio análisis con la experiencia social del psicoanálisis -, una
respuesta diferente según se tome el pase como el análisis de la propia ex -
periencia, o de la experiencia de la Escuela. Es más , esto último lleva a con-
templar, por ejemplo, la encrucijada histórica de cada nominación, en tan to
verdad de un grupo.
Asimismo, esta pregunta que surge en el final "¿Qué soy yo«?", se puede
también pensar vinculando la relación al psicoanálisis, con la frase de la
"Proposición..." -crucial para una política de Escuela - "el analista no se
autoriza sino de sí mismo".
Consiguientemente , esto abriría a la cuestión de lo que es para cada uno el
"sí mismo", y parece que resulta inevitable que la respuesta inicial -y que
además sostiene a una parte de la "nebulosa" lacaniana - se incline hacia la
obligación que tenemos de relacionar nuestra persona a una identidad.
Es decir que este modo de designarse a sí mismo no estaría más que en
correspondencia con la cultura actual, en afinidad con el discurso amo, y a
una "tecnología" del yo.
En cambio, en su lectura Miller distingue que en la tradición occidental se
considera fundamental el alma descartando el cuerpo, -como aquello que
utiliza el cuerpo-, quedando el sí mismo formulado a ese nivel, el del alma
identificada al discurso amo; mientras que por su lado, Lacan con el
discurso del analista introduce una subversión del sí mismo, de tal manera
que contrariando el dominio del yo, siempre queda un resto que de nomina
a.
Así produce un desplazamiento donde el sí mismo es el resto, un resto de
"irrisión" donde se concentra el verdadero amo, la causa del des eo, y por lo
tanto donde el sí mismo debería buscarse. Habría que agregar que este
desplazamiento es el que le atañe al yo en relación al estilo, y quizás
concuerda con aquello que corresponde a ³lo que el hombre sabe hacer con
su imagen´5.

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Retomaré la pregunta de "¿Qué soy yo en el psicoanálisis?", deteniéndome


en lo que Miller describe como el "pase" de Lacan. Lo hace refirién dose a un
párrafo muy conocido de "De nuestros antecedentes", en cuyo texto cuenta
su entrada en el psicoanálisis y de lo que lo condujo a colo carse como
analista, describiendo ahí diferentes niveles: cómo pasó de la psiquiatría al
psicoanálisis, cómo lo hizo a través de nombres propios; y cómo pasó de u n
maestro a otro, en su caso de Clérambault a Freud.
Siguiendo estos señalamientos, mi entrada al psicoanálisis en relación a
Lacan, reconoce desde el inicio la adherencia al nombre de Masotta ba jo
diferentes versiones, -a lo largo del tiempo-. En principio, Masotta ingresa
en esta serie estudiando con un "althusseriano"; anteriormente como
médico tomaba distancia de la IPA, y en esa époc a leía apasionadamente a
los antipsiquiatras (especialmente Basaglia y Guattari) y los freudo-
marxistas, y en consecuencia no me fue extraño comenzar con su programa
de las "lecciones introductorias". A esto, siguió el acercamiento a una
versión del "masottismo" sin Escuela, sostenido en una publicación. Todavía
recuerdo sorprendido a uno de sus representantes "mimetizad o" a su figura,
al punto de imitar su fisonomía.
En la etapa siguiente que se extiende hasta la fecha, más que al cuerpo
será la adhesión al significante Masotta -es decir lo incorporal de una tumba
vacía- y sus resonancias, en una política de Escuela.
Al respecto, G. García explicaba recientemente que en la recepción de Lacan
en la Argentina influyó, entre otras cosas, el hecho del gusto "afrancesado"
de Masotta, el clima cultural de la época que lo contaba como un gran
animador, y la situación política de la práctica del psicoanálisis, que hizo
que entre sus primeros alumnos se contaran médicos que rechazaban a la
Institución oficial, y los psicólogos que encontraban en su enseñanza la
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posibilidad de "autorizarse" a practicar el análisis, justamente por fuera del
control de los médicos de APA.
Por supuesto que se puede constatar que de este origen no está la EOL
exenta, y comprobar sus marcas, permitiría pensar por ejemplo la cuestión
de la formación de los analistas en el medio local.
Volviendo una vez más sobre la pregunta "¿qué soy yo en el psicoaná lisis5",
ahora en conexión a la identificación, verdadero obstáculo a los enunciados
de Lacan, cito lo que describe Mille r: que en cierto modo hacemos como que
"para todos los que son analistas, son todos lacanianos", olvidando que en
la actualidad ya nadie puede arrogarse la representación total del
psicoanálisis.
Por lo tanto, no se debería abandonar la pregunta por el deseo de Lacan, ya
que introduce una inconsistencia en la cuantificación lógica el "hay por lo
menos uno", más afín con la época del Otro que no existe.

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Para pensar la frase "el estilo es el hombre mismo", J. -A. Miller afirma
previamente que los enunciados de Lacan nunca permiten olvidar la enun -
ciación, y que esto es consecuencia que en el rigor de su pensamiento, en la
lógica de su vida no está engañado por su fantasma. Además, partirá de la
premisa que el estilo se define en el campo del lenguaje, para luego hacer
una lectura imaginaria, simbólica y real de la célebre frase.
Siguiendo estas variaciones tendríamos en principio : "el estilo es el hombre
mismo", que desde el punto de vista imaginario se vincula a mantener un
fantasma de Gran Hombre. Comentaré esta afirmación, junto con la
simbólica prolongada en: "el estilo es el hombre al cual uno se dirige", lo
que implica introducir la voluntad del Otro. Ambas me permiten ilustrar un
arco temporal sobre un punto -mediatizado por la puntuación analítica
sobre los intentos de sostener la completud, de mantenerse como falo
imaginario del Otro materno- es el pasaje que implicará el abandono de la
antipsiquiatría, para situar a la psiquiatría "clásica" valorizada por el Campo
Freudiano, como rasgo de una parodia necesaria con el Otro de la ciudad
analítica para establecer un lazo.
Por último, la lectura real, es lo que denomina el estilo " moque-héroique" o
" moque-épique", que consistiría en hacer una irrisión de la epopeya, una
irrisión de lo heroico. Es así como el objeto a tiene este carácter, carácter
de revelación de todo lo que moviliza una vida, pulsiones, emo ciones,
sentimientos.
Pero también vale esta irrisión, para situar que el héroe que soporta la
epopeya analítica se evacúa al final como el desecho de su acto. Tan certe ra
es esta definición que de lo contrario cómo explicar mejor el efect o
"maníaco-depresivo" de la función como AE, sino es porque este estilo ex-
presa bastante bien que: "sólo es eso", o "todo gira alrededor de nada más
que eso."

Enseñanzas del Pase, EOL, 27 de septiembre de 200 0