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ISSN 0719-0417 Agradecimientos Agradecemos en este número al Equipo de Fundación CulturaSalud y del Centro

ISSN 0719-0417

Agradecimientos Agradecemos en este número al Equipo de Fundación CulturaSalud y del Centro Interdisciplinario de Estudios de Género (CIEG) con quienes organizamos el Coloquio que aquí se documenta. A las y los integrantes del Núcleo de Género y Sociedad Julieta Kirkwood que colaboraron activamente.

Editora General:

Silvia Lamadrid

Equipo editor de este número:

Claudio Duarte Quapper Francisco Farías Mansilla Pamela Saavedra Castro

Comité Editorial

Claudia Acevedo Lorena Armijo Violeta Arvin Andrea Baeza Catalina Bustamante Juan Manuel Cabrera Claudio Duarte

Claudia Acevedo Lorena Armijo Violeta Arvin Andrea Baeza Catalina Bustamante Juan Manuel Cabrera Claudio Duarte
Claudia Acevedo Lorena Armijo Violeta Arvin Andrea Baeza Catalina Bustamante Juan Manuel Cabrera Claudio Duarte
Claudia Acevedo Lorena Armijo Violeta Arvin Andrea Baeza Catalina Bustamante Juan Manuel Cabrera Claudio Duarte
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Paulina Espinoza

Bárbara Martínez

Gabriela Rivas

Marcelo Robaldo

Denisse Sepúlveda

Rosario Undurraga

Patricia Zamora

Consejo Editorial Catalina Arteaga, Universidad de Chile Manuel Antonio Garretón, Universidad de Chile Gabriel Guajardo, Flacso Chile María Isabel Matamala, Fundación Henry Dunnant, Chile Sonia Montecino, Universidad de Chile Kemy Oyarzún, Universidad de Chile Gabriel Salazar, Universidad de Chile Dariela Sharim, Universidad Católica de Chile María Emilia Tijoux, Universidad de Chile Teresa Valdés, Observatorio Género y Equidad. Ximena Valdés, CEDEM Carla Braga, Eduardo Mondlane University, Mozambique Jasmine Gideon, University of London, Inglaterra Liuba Kogan, Universidad del Pacífico del Perú, Perú Verónica Oxman, Australian National Universit, Australia María Luisa Tarrés, Colegio de México, México María Candelaria Ochoa Ávalos, Universidad de Guadalajara, México

Evaluadores y evaluadoras Externos Luciano Fabbri, Miembro de IIEGE (Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género-UBA), Argentina Tatiana Moura, Promundo Brasil, Brasil Marcos Nascimento, Centro Latinoamericano em Sexualidade e Direitos Humanos (CLAM/UERJ), Brasil Benedito Medrado, Universidade Federal de Pernambuco, Brasil Michelle Sadler, Fundación CulturaSalud/Universidad de Chile, Chile Rodrigo Lara-Quinteros, Universidad de Chile, Chile Natalia Hernández, Universidad Alberto Hurtado, Chile Jaime Barrientos, Universidad Católica del Norte, Chile Alejandra Brito, Universidad de Concepción, Chile Rodrigo Zúñiga, Kolectivo Poroto, Chile Raül López, Kolectivo Poroto, Chile/España Yadira Palenzuela, Universidad de Chile, Chile Jhonny Jiménez, Servicio Paz y Justicia del Ecuador; HIGE, Hombres por la Igualdad de Género en el Ecuador, Ecuador Larry Madrigal, Programa de Masculinidades, Centro Bartolomé de las Casas, El Salvador Darío Ibarra, Centro de Estudios sobre Masculinidades y Género, Uruguay

Diseño logo de la Revista Camilo Soto Toro

Diagramación e Impresión Andros Impresores

Impreso en Chile Mayo de 2016

Índice

Presentación

5

TEMA I: MILITANCIA Y TRABAJO CON VARONES

Las relaciones entre la representación hegemónica de lo masculino y las subjetivaciones. Género y sexualidades en los relatos autobiográficos de integrantes del Colectivo Varones Anti-Patriarcales (Mendoza, 2013) Santiago Zigliotto

11

Plataforma de hombres cubanos: una experiencia para el bienestar María Teresa Díaz

29

TEMA II: FAMILIAS Y PATERNIDADES

Modelos de desarrollo, identidad masculina y familia: dos generaciones de trabajadores de Huachipato Inti Fernando Fuica Rebolledo

43

Aportes en torno a la paternidad y el cuerpo reproductivo masculino a partir de los hallazgos de tres estudios sobre varones y cuidados en Chile y México Marcelo Robaldo Salinas

61

TEMA III: CUERPOS Y SEXUALIDADES

La explotación sexual comercial y la masculinidad: diferentes caras de la violencia José Manuel Salas

75

Travestis, marimachas y maricones: el camino del arcoíris en El Salvador Amaral Palevi Gómez

93

Rua declinada no masculino: sexualidades, mercado inmobiliário e masculinidades no centro de São Paulo (Brasil) Bruno Puccinelli

113

TEMA IV: MASCULINIDADES Y ACADEMIA

Los estudios de la(s) masculinidad(es) en la academia universitaria. El caso de México Elva Rivera Gómez y Cirilo Rivera García

129

Presentación

En el verano del sur, en enero del 2015, se realizó en Chile el V Coloquio Internacional de Estudios sobre Varones y Masculinidades. En la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, en una acción conjunta con la Fundación Cultura-Salud, se reunieron más de 300 académicos/as, profesionales, estudiantes y activistas, de varios países de Latinoamérica y el mundo. Esta potente convocatoria permitió establecer discusiones en torno a las temá- ticas planteadas por los y las expositores/as, junto con un enriquecedor debate en todas sus actividades.

La propuesta era actualizar el estado del arte de los estudios de masculinidades y las acciones transformadoras por la igualdad de género que incluyen a los varones, para debatir acerca de patriarcado y relaciones de género en el contexto actual, problematizar categorías, perspectivas, abordajes, y proponer lineamientos y desafíos para la investigación, la acción política y las políticas públicas.

Por ello la consigna convocante fue: Patriarcado en el siglo XXI: Cambios y Resistencias. Nos provocó relevar la condición patriarcal como un sistema de dominio que va adquiriendo nuevas formas de expresión, y en ese contexto discutir cómo los privilegios de la masculini- dad han mutado asumiendo nuevas formas de expresión. Buscábamos reflexionar y debatir cuáles son esas transformaciones y qué las han facilitado, cuáles son las resistencias, y qué condiciones habría que generar para avanzar hacia la igualdad de género.

Entre el 14 y el 16 de enero se presentaron 249 ponencias en distintos Grupos de Trabajo, 36 pósters de investigaciones o experiencias relativas a masculinidades; se realizaron ocho talleres abiertos y se efectuaron seis paneles.

En términos de los contenidos abordados, la consigna señalada reseña la preocupación original con que el Comité Académico del Coloquio condensó sus miradas respecto de lo que desde las modernizaciones capitalistas de fines de los setenta ha ocurrido en Chile y en la región. Desde hace al menos cuarenta años se han venido viviendo las mutaciones del modo capitalista de organización de nuestras sociedades que han implicado, entre otras, grandes transformaciones en los roles sociales de varones y mujeres. El mercado laboral se modificó al punto que los varones perdieron la casi exclusividad en la provisión familiar, las mujeres salieron del trabajo doméstico al trabajo fuera del hogar extendiendo y duplicando sus jornadas de trabajo. El mercado educacional se amplió permitiendo el ingreso masivo de las mujeres, lo que implicó que los varones debieron comenzar a aceptar nuevas dinámicas de relación y modificaciones en ciertos patrones tradicionales. Se reafirmó el ascendente proceso de planificación familiar y la separación entre sexualidad reproductora y la posibilidad de

sexualidad placentera: los varones manifiestan quedar sin respuestas para nuevas exigencias que algunas mujeres les plantean en este ámbito. Las demandas de colectivos de diversidad sexual se multiplican y parece existir un ambiente más abierto para dichas expresiones. Las estructuras familiares se han modificado y las jefaturas de hogar femenina evidencian ser una posibilidad en que lo masculino ausente interroga por su relevancia y necesidad.

Así, las coordenadas tradicionales, patriarcales, de construcción de las masculinidades:

provisión, protección y procreación –conquista heteronormada– quedaron en entredicho y perdieron su fuerza definitoria de los modos de hacerse varón en contextos de capitalismo neoliberal. Esto pareció producir unos espejismos de cambios y libertades que llevaron a algunos/as pensar que el patriarcado se debilitaba y nos acercábamos a una sociedad equi- tativa e incluso igualitaria.

Ante ese contexto es que se propuso como elemento central del debate para el Coloquio, la consideración de esta condición patriarcal, los cambios que han ocurrido y las resistencias que en distintos ámbitos de lo social se pueden constatar. ¿Cuáles son las transformaciones que han ocurrido? ¿Cuáles las condiciones de esos cambios? ¿Qué ha implicado para los varones y sus identidades? ¿Qué nuevos modos de masculinidades pueden constatarse en este contexto? ¿Cuáles son los obstáculos para avanzar en ello? ¿Cuáles son las nuevas formas de expresión de lo patriarcal? ¿Qué desafíos surgen para la acción política militante de varo- nes en este contexto? ¿Cómo está respondiendo la investigación social en estos procesos?

Por ello, una vez vivida dicha experiencia y pensando en su continuidad es que hemos decidido como Núcleo de Género y Sociedad Julieta Kirkwood de la Universidad de Chile, dedicar un número de nuestra Revista a tratar específicamente asuntos referidos a este debate, en la voz de quienes aportaron con sus saberes y conocimientos en estas búsquedas.

Si bien fue amplia la variedad de asuntos debatidos en el Coloquio, hemos priorizado por aquellos que tienen sentido con las líneas de trabajo que hemos venido desplegando y que, sin negar otros asuntos relevantes, aportan en los debates en que estamos empeñados.

En cuatro secciones hemos organizado los artículos que se incluyen en este número. La primera sección aborda las cuestiones referidas a las (im) posibilidades que se verifican para la militancia y trabajo con varones, en la movida masculina. Dos trabajos abordan esta cuestión, ambos refieren a experiencias de varones que se han articulado y activado buscando espacios de politización de sus experiencias de género. Santiago Zigliotto presenta la experiencia del Colectivo de Varones Anti-Patriarcales de Mendoza, Argentina; y María Teresa Díaz reflexiona, desde el caribe, acerca de la experiencia de la Plataforma de hombres cubanos.

En la segunda sección se presentan dos trabajos respecto de familia y paternidades, que como señalamos constituye uno de los ejes de transformación en este contexto actual. Inti Fuica expone resultados de investigación de las transformaciones neoliberales en el contexto de la industria siderúrgica chilena. En un estudio comparativo entre Chile y México, Marcelo Robaldo reflexiona la relación entre paternidad y cuerpo reproductivo.

La sección tres contiene trabajos pertinentes a cuerpos y sexualidades, asunto que ha provisto de interrogantes críticas a los debates concernientes a masculinidades en el tiempo actual. José Manuel Salas, de Costa Rica, reflexiona acerca de la condición violenta de la explo- tación sexual comercial y su relación con la masculinidad. Por su parte, Amaral Palevi Gómez,

6 / PUNTO GÉNERO

de El Salvador, evidencia las tensiones y desafíos de la diversidad sexual en su país. Desde Brasil, Bruno Puccinelli presenta resultados de una investigación de las vinculaciones entre mercado inmobiliario y masculinidades, interrogadas desde una perspectiva de la sexualidad.

Finalmente, en la cuarta sección hemos incluido una interesante revisión de estudios que Elva Rivera Gómez y Cirilo Rivera García hacen de la(s) masculinidad(es) en la academia universitaria mexicana, y que es una excelente contribución de un estado del arte necesario de actualizar en cada país.

Con la publicación de este número queremos seguir contribuyendo a la reflexión y debates acerca de masculinidades y género, en la búsqueda por construir sociedades igualitarias. De igual forma, buscamos aportar al puente entre el Coloquio que aquí se documenta y el VI Coloquio que se realizará en Recife, Brasil, del 2 al 5 de abril de 2017.

Agradecemos a quienes nos han apoyado para llevar adelante esta gratificante tarea.

Claudio Duarte Quapper 1 Francisco Farías Mansilla 2 Pamela Saavedra Castro 3

1 Sociólogo y Educador Popular. Académico Departamento de Sociología, Universidad de Chile. Militante Kolectivo Poroto (Varones por otros vínculos). E-mail: claudioduarte@u.uchile.cl

2 Trabajador Social. Integrante del Núcleo de Investigación y Acción en Juventudes, Universidad de Chile. Militante Kolectivo Poroto (Varones por otros vínculos). E-mail: pancho.farias@gmail.com

3 Socióloga y Feminista. Coordinadora de Postgrado Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile. Investigadora Asociada en Fundación CulturaSalud en temas de masculinidades. E-mail: psaavedra@culturasalud.cl

TEMA I

militancia y trabajo

CON VARONES

Revista Punto Género Nº 6. Mayo de 2016 ISSN 0719-0417 / 11 - 28

Las relaciones entre la representación hegemónica de lo masculino y las subjetivaciones. Género y sexualidades en los relatos autobiográficos de integrantes del Colectivo Varones Anti-Patriarcales (Mendoza, 2013)

Relations between hegemonic representation of masculinity and their subjectivities. Gender and sexualities in autobiographical stories of members of the Collective of Anti-Patriarchal Men (Mendoza, 2013)

Santiago Zigliotto 1

Resumen

El tema de este artículo son las relaciones entre la representación hegemónica de lo masculino y las subjetividades. El mismo se abordó a partir del análisis de relatos autobiográficos de los miembros del Colectivo de Varones Anti-Patriarcales de Mendoza al año 2013. Las nociones utilizadas en el análisis son las de Género, visto en términos de los procesos de identificación y sexualidad(es). Las conclusiones indican que estos sujetos desarrollaron desidentificaciones con el modelo hegemónico de lo masculino a partir de las vivencias de la violencia como característica intrínseca a la sociabilidad masculina. Las se- xualidades tienen un lugar preponderante en los procesos identificatorios, por tanto que gays y heteros relataron trayectorias desidentificatorias diferentes. Por último, la reflexión colectiva y la práctica política se manifestaron como parte de un proceso de desidentificación de la hegemonía, así como propone una instancia reidentificatoria con formas alternativas (¿contrahegemónicas?) de masculinidad.

Palabras clave: representación hegemónica de lo masculino - subjetividades - género - sexualidad.

Abstract

This article is about the relations between the hegemonic representation of masculinity and the subjec- tivities.It is addressed through the analysis of autobiographical accounts of members of the Collective of Anti-Patriarchal Men, Mendoza 2013.The notions used in the analysis are those of Gender, in terms of the processes of identification, and sexuality/ies.The findings indicate that these subjects developed disidentifications with the hegemonic model of masculinity from the experiences of violence as an in- trinsic feature of male sociability. Sexualities have an important place in the identification processes, so that gay and straight reported having different paths.Finally, collective reflection and political practice demonstrated as part of a process of de-identification of hegemony and proposes an alternative (counter- -hegemonic?) masculinity.

Key words: hegemonic representation of masculinity - subjetivities - gender - sexuality.

Fecha de recepción: Agosto 2015 Fecha de aprobación: Septiembre 2015

1 Tesista de grado de la carrera de Sociología de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina. Miembro del Colectivo de Varones Anti-patriarcales de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. E-mail: santiagozigliotto@gmail.com

Las relaciones entre la representación hegemónica de lo masculino y las subjetivaciones. Género y sexualidades…

INTRODUCCIÓN

La representación social preponderante de lo masculino es objeto de disputas hace varias décadas. Desde los años 80 han surgido teorías que dan cuenta de los distintos procesos de significación de diversas masculinidades. Estas teorías han cuestionado las pretensiones de universalidad y de neutralidad de la idea hegemónica de masculinidad, y han buscado comprender los efectos que la dominación masculina produce. El psiquiatra Luis Bonino Méndez fue uno de los primeros en conceptualizar la representación hegemónica de lo masculino y la definió con el nombre de Normativa Hegemónica de Género. Bonino expli- ca: “Esta normativa supone un modelo proscriptivo y prescriptivo de conductas, valores, deseos, cuerpos y relaciones sociales que es externo y anterior a los sujetos, se les impone y los constituye como varones”. (Bonino Méndez, 1998, 1).

El principal mérito respecto de la historización de las relaciones de género le corresponde a los movimientos feministas. Desde las décadas de 1960 y 1970 los feminismos, tanto en el campo de la práctica política como en el de la práctica teórica, fueron prolíficos en desarrollar categorías útiles para el cuestionamiento y la deconstrucción del orden de género establecido, orden que detenta una hegemonía profunda y estructural en las sociedades a nivel global.

Como parte de estos movimientos en la esfera latinoamericana contemporánea, los Colectivos de Varones Anti-Patriarcales de Argentina emergieron a partir del 2010 en distintos puntos del país. El primero se constituyó en La Plata, la ciudad capital de la Provincia de Buenos Aires. Un año más tarde nació el Colectivo en la ciudad de Mendoza, así como la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe. Una de sus intenciones fue la deconstrucción personal y colectiva del modelo hegemónico de masculinidad, en pos de la despatriarcalización de las identidades sexuales y de género, masculinas en este caso.

Ahora bien, ¿es posible imaginar identidades que le disputen a la representación hegemó- nica de género su carácter de dominante cuando ellas mismas son el efecto de un proceso de subjetivación, en los propios términos de dicha representación hegemónica? Si la mas- culinidad hegemónica es representada en términos de un sujeto total, las subjetividades masculinas que esta engendra son resultados parciales e incompletas de dicho proceso de representación. ¿Qué pasa, entonces, en esta distancia entre la representación social y la realidad subjetiva? ¿Por qué, si no existen varones completos, la representación sigue signi- ficándolos como tales? ¿Cuáles son los mecanismos mediante los cuales la representación social de la masculinidad dispone a las subjetividades masculinas concretas a permanecer en la búsqueda inagotable de completitud? Y más importante aún: ¿qué pasa si intentamos torcer el curso de aquello que se presenta como inevitable?

El objetivo de la investigación fue comprender las relaciones entre la representación hegemónica de lo masculino y las subjetividades, estas se indagaron en varios relatos auto- biográficos de varones integrantes del colectivo de Varones Anti-Patriarcales de Mendoza en el 2013, elaborados como parte de un proceso de reflexión en torno a sus propias mas- culinidades, en el marco de una actividad denominada “Taller de autobiografías”, y a partir de las categorías de género(s) y sexualidad(es).

En el primer apartado el lector encontrará una descripción del Colectivo de Varones Anti- Patriarcales de Mendoza, en tanto marco de relaciones sociales en las que surgen los relatos analizados, y un desarrollo de la experiencia del taller de autobiografías, en tanto práctica de la

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Santiago Zigliotto

que surgieron los relatos autobiográficos de sus miembros. También notará que hablo en primera persona en esa instancia, ya que al momento de realizar las actividades yo era miembro activo del Colectivo de Varones de Mendoza, fui organizador del taller y mi autobiografía es uno de los relatos analizados. En este sentido, lo que se buscaba era superar la división sujeto cognoscente/objeto de conocimiento, para articularlos sobre la base de una experiencia personal, política y colectiva.

En el segundo apartado se plantearon las categorías utilizadas a partir de los aportes de Teresa de Lauretis (1996, 2014): el género como representación; su compromiso con la subjetividad; las relaciones entre género y sexualidades, a partir de las lecturas freudianas de Laplanche (2015); una conceptualización de la dicotomía masculinidad/feminidad y su relación con las masculinidades y, finalmente, una descripción del procedimiento analítico con el que se abordaron los documentos.

El análisis de los documentos se desarrolló en el tercer apartado y se encontrarán tres instancias: por un lado la identificación con el género masculino en su modelo hegemónico, donde se habla de la asignación-asunción de dicho género; por otro lado, la desidentificación, donde se habla de las incomodidades de ser varón, de las sexualidades gays y heteros y sus implicaciones en las relaciones de género, de las violencias tanto ejercidas como padecidas en nombre de la “auténtica masculinidad” y de las relaciones con lo femenino; y finalmente en la tercera instancia se aborda la posibilidad de construir una masculinidad alternativa a partir de las prácticas y reflexividades colectivas en torno de estas cuestiones.

1. EL COLECTIVO DE VARONES ANTI-PATRIARCALES DE MENDOZA

El Colectivo de Varones Anti-Patriarcales de Mendoza comenzó a trabajar a fines del 2011 y estuvo constituido por varones que se juntaban con la intención de problematizar su masculinidad. El objetivo del trabajo que desarrollaron se manifestó en la puesta en tensión de los tres términos de su nombre: una práctica política entendida como Colectiva, en la necesidad de entablar redes y relaciones entre sujetos; la condición de estos sujetos es haber sido socializados como Varones, en tanto que el trabajo de deconstrucción se centra en la masculinidad, principalmente en su versión hegemónica; y Anti-patriarcales en la medida en que buscan subvertir el orden de dominación masculina de las relaciones de género.

Así como las feministas radicales italianas de las décadas de 1960 y 1970 desarrollaron sus grupos de reflexión y concientización, el Colectivo de Varones Anti-Patriarcales de Mendoza pretendía generar instancias de encuentro para que sujetos autodefinidos como varones pudieran interrogarse acerca de la“naturaleza”de su autodefinición, respecto de los efectos de dicha autorrepresentación y relativo a estrategias políticas de trasformación de una situación que consideran opresiva: el cis-hetero-patriarcado.

En el manifiesto que desarrollaron en los primeros meses de su accionar definieron tres ejes centrales de trabajo: teórico, político y emocional. Estos tres ejes son tres dimensiones del mismo objeto, principalmente las subjetividades biomasculinas y la dominación masculina en general, y están en relación de interdependencia.

Los miembros del Colectivo de Varones Anti-Patriarcales de Mendoza tuvieron vínculos afines a espacios de militancia social: feminismos, LGBT, veganismo, trabajo barrial. Además varios de ellos eran estudiantes de la carrera de Sociología: en ese sentido tanto la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNCuyo y sobre todo la carrera de Sociología, como la

Las relaciones entre la representación hegemónica de lo masculino y las subjetivaciones. Género y sexualidades…

Subsecretaría de Género y Diversidad Sexual del Centro de Estudiantes de dicha facultad, creada en el 2010 en el marco de la Lucha por el Matrimonio entre personas del mismo sexo, representó un espacio de encuentro para estos sujetos.

Los miembros del Colectivo de Varones Antipatiarcales pertenecían a hogares de clase media y trabajadora en cuanto a recursos económicos y nivel de estudios, viven en el Gran Mendoza, y eran estudiantes, investigadores y artistas, lo que permitió un cruce de subjetividades vinculadas a lo teórico, a lo político y a lo artístico, en el marco de los movimientos sociales. Las edades de los mismos iban desde los 18 hasta los 40 años, con una mayor concentración entre los 23 y los 25 años. La mayoría de ellos eran solteros, los que estaban en pareja no ejer- cen paternidades y sus orientaciones sexuales eran multiples, gays y heteros, principalmente.

El colectivo de Varones de Mendoza desarrolló diferentes actividades político-culturales

entre el 2011 y 2014, principalmente ciclos de cine-debate, talleres en escuelas, participaron de espacios de articulación como la Campaña por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito

de Mendoza y en la Mesa contra la Trata de personas, así como también talleres “internos”

vinculados a la reflexión colectiva acerca de la identidad masculina. También participaron en

los Encuentros Nacionales de Colectivos de Varones, y fueron sede del II Encuentro Nacional,

en el 2013. De esos talleres internos es que deriva en “taller de autobiografías”, del que se desprenden los documentos autobiográficos analizados.

1.1. La experiencia del taller de autobiografías

La escritura de una autobiografía se presentó como una reconstrucción que apuntaba a conocer las interpretaciones de determinados hechos del proceso de socialización como varones.La narración del pasado, aquellos eventos que decidimos recordar u olvidar, son construcciones desde el presente; en ella se juegan los significados en donde interpretamos nuestra situación actual. El trabajo con el espacio biográfico, en términos de Arfuch, habi- litó la construcción de una identidad narrativa que da forma a lo informe de la experiencia anclándolo en la temporalidad: el tiempo mismo se torna humano en la medida en que es ar- ticulado en un modo narrativo (Arfuch, 2010, 35). De este modo, el carácter configurativo de la narrativa se articuló al carácter narrativo de la experiencia y se plantó como una potente herramienta de análisis social tanto el reconocimiento de la artificialidad de la construcción del yo como en la pregunta por la construcción de un “nosotros”.

En el momento en el que escribí mi autobiografía yo estaba formando parte activa del Colectivo de Varones Anti-Patriarcales de Mendoza, y ya que muchos de los conceptos que me formé y las preguntas que elaboré derivan directamente de mi práctica política y de mi

intención de reflexión teórica alrededor y en el marco de la práctica política, decidí compartir

mi autobiografía con mis compañeros. Les propuse, además, que ellos escribieran la suya.

La experiencia de escribir la propia autobiografía fue interesante en la medida en que, una vez expuesta la consigna, todo cuanto refiriera a ella era material de análisis: desde las resistencias a escribirla, hasta las dificultades para recodar, incluso el agobio o la fatiga que varios manifestamos sentir cuando terminamos de escribirlas. Escribir nuestra propia vida era ponerle palabras a nuestras experiencias, con el fin de ser compartidas.

La segunda parte de esta primera instancia constó de otro momento: el leer las autobio- grafías de nuestros compañeros. El Colectivo de Varones Anti-Patriarcales de Mendoza buscaba

14 / PUNTO GÉNERO

Santiago Zigliotto

contemplar la dimensión de la afectividad y de la emocionalidad, ya que es una esfera en la que la masculinidad configuró nuestras posibilidades de relación, de encuentro y de contacto. Esta instancia permitió entender la potencia política de la propia experiencia –como varón y como sujeto social–, así como entender cómo cada uno en carne y alma propia había vivido determinados eventos y había interpretado determinados hechos que nos llevó a la necesidad de encontrarnos con otros varones para reflexionar en torno a lo que nos pasaba en tanto tales.

La estrategia metodológica de investigación del problema que pretendía abordar constó del análisis de los relatos a la luz de ciertas categorías teóricas. A continuación se expondrán tanto las categorías como el procedimiento de trabajo.

2.

NOCIONES PARA EL ANÁLISIS Y PROCEDIMIENTO ANALÍTICO: GÉNERO(S), SEXUALIDAD(ES) Y SUBJETIVACIÓN

2.1.

La categoría de Género

Probablemente una de las categorías más potentes de la llamada segunda ola del movimiento feminista es la de Género, y su surgimiento está vinculado a la explicación y la subversión de la subordinación de “la mujer”, principalmente en las sociedades occidentales contemporáneas en una primera instancia.

La trayectoria teórico-política de dicha categoría, central en la crítica al Sujeto moderno, se remonta a Simone de Beauvoir y su tematización de la mujer como “lo otro”, “el otro sexo”, desde la perspectiva existencialista y con influencia hegeliana (Beauvoir, 1995). Luego, la conceptualización de la noción de patriarcado para el feminismo radical, en el contexto de la emergencia de los nuevos movimientos sociales, dentro de ellos el movimiento de liberación de la mujer; las relaciones entre patriarcado y capitalismo, en los intentos del fe- minismo socialista de establecer diálogos entre las nociones de género y clases sociales; los aportes de los feminismos del sur, del feminismo negro y el lesbianismo, los feminismos de los márgenes, la definición del sistema sexo-género; hasta incluso el ingreso de la noción de género en las academias, tanto feminismos académicos como institución de investigación de las mujeres, fueron algunos de los aportes en torno a esta categoría.

Esta proliferación de discursos feministas permitió el cruce con las perspectivas estructuralistas

y posestructuralistas. Este encuentro giró en torno a la relación entre estructura y sujeto, princi- palmente, como sujeto de sexo/género/deseo. Gracias a los aportes del psicoanálisis lacaniano se pudo pensar la dimensión del deseo, del goce y de las estructuras psicológicas en donde se estructura dicho deseo en relación con el poder. Además, el concepto de lenguaje, clave para el pensamiento posestructuralista, habilitó una amplia variedad de preguntas que permitieron ligar estas relaciones entre estructuras y sujetos (Butler, 2001). Las nociones de ideología y de interpelación del pensamiento althusseriano, así como el estadio del espejo lacaniano fueron algunas de las explicaciones de esta relación (Althusser, 1988). Los conceptos de dispositivos y tecnologías de sexo, así como los discursos relativos a sexo en los análisis de Michel Foucault centraron la base para estas confluencias entre posestructuralismos y feminismos (Foucault, 1991).

2.2. Género como representación: aportes de Teresa de Lauretis

En el encuentro entre lecturas feministas y pensamiento posestructuralista, la lingüista

y filósofa ítalo-norteamericana Teresa de Lauretis propuso un análisis de los dispositivos y

Las relaciones entre la representación hegemónica de lo masculino y las subjetivaciones. Género y sexualidades…

objetos de la cultura entendidos como tecnologías del yo/tecnologías de género. En su

texto, La tecnología del género, la autora estableció cuatro proposiciones acerca del género:

(1) el género es una representación; (2) la representación del género es su construcción; (3)

la construcción del género continúa hoy tan diligentemente como en épocas anteriores; (4)

en consecuencia, paradójicamente, la construcción del género es también afectada por su deconstrucción (De Lauretis, 1989).

El género es la representación de una relación que establecen entidades que están pre- viamente construidas como clases –en el sentido de clasificación–, con las que se tiene una relación de pertenencia. A los individuos se les asigna un género en términos de la posición que ocupen en una relación social particular, predeterminada y predicada en una oposición estructural –rígida– de dos sexos biológicos, lo que el feminismo radical llamó el sistema sexo/ género. En la cultura se significan lo masculino y lo femenino como dos categorías complementarias y mutuamente excluyentes a las que los seres humanos deben pertenecer (De Lauretis, 1989, p. 11).

El género representa no el sistema de relaciones reales que gobiernan la existencia de los individuos, sino la relación imaginaria de estos individuos con las relaciones reales en las que ellos viven (De Lauretis, 1989, p. 5). Esto significa que los géneros no pertenecen al orden de las cosas, de la naturaleza, de lo eterno, inmutable, innato; sino que más bien derivan de un modo particular de representarnos, de imaginarnos, determinado entramado de relaciones. En otras palabras, la construcción del género es tanto el producto como el proceso de su repre- sentación (De Lauretis, 1989, p. 11).

El género, en tanto producto y proceso de representación, opera en su compromiso con

la subjetividad. Si para Althusser “toda ideología tiene la función (que la define) de constituir

a los individuos concretos en sujetos”, para De Lauretis “el género tiene la función (que lo

define) de constituir individuos concretos como varones o mujeres” (De Lauretis, 1989; p. 6). De este modo, De Lauretis establece la relación entre el género y la ideología, donde más bien el género es una instancia primaria de ideología.

Al caracterizar al género como una instancia primaria de la ideología, puede teorizarse como una fuerza político-personal. Si la representación social de género afecta a su cons-

trucción subjetiva, esa misma construcción subjetiva, y cómo esta se autorrepresente, afecta

la representación social y posibilita un margen de acción y de autodeterminación en el nivel

subjetivo e individual de las prácticas cotidianas y micropolíticas (De Lauretis, 1989).

De este modo, el género supone un proceso de subjetivación, el mecanismo de que un individuo sea representado como perteneciente a una categoría de género. Precisamente en el punto de su constitución, en la instancia de la autorrepresentación se encuentra un margen de agencia, ya que ese género que se le asigna lo compromete subjetivamente: el sujeto debe asumirlo o puede rechazarlo. Aquel momento personalísimo de interpelación es un momento político-ideológico por excelencia.

2.3. Sexualidad, identificaciones de género y subjetividad

El mecanismo de interpelación ideológica de género implica un doble proceso: de asig- nación, el género nos viene de los Otros, y de asunción, de autorrepresentación en aquellos términos. En el orden de la subjetividad, de acuerdo con las categorías psicoanalíticas de sujeto, el género se manifiesta en forma de identificaciones.

16 / PUNTO GÉNERO

Santiago Zigliotto

El género es una manifestación del yo consciente o preconsciente. A pesar de que viene del Otro, pues es asignado por los padres, las madres y los médicos a menudo antes de nacer, requiere una acción de parte del niño o la niña, él o ella juegan un rol en la construcción del su yo: lo deben asumir, es decir, deben hacerlo propio por medio de un proceso de identifi- cación. La identificación como niño o niña, ya que ninguna otra alternativa se ofrece en la niñez, generalmente se lleva a cabo muy temprano, aun antes de descubrir las diferencias anatómicas. En los años subsiguientes, esa identificación puede ser confirmada y convertirse en una identidad de género o puede ser cuestionada, rechazada o transferida a otro género. La identificación es definida por Laplanche y Polantis como el proceso psicológico mediante el cual un sujeto asimila un aspecto, una propiedad, un atributo de otro y se transforma, total o parcialmente, sobre el modelo de este. La personalidad se constituye y se diferencia mediante una serie de identificaciones (Laplanche y Polantis, 2015).

El psicoanalista Jean Laplanche, en su trabajo acerca de la sexualidad como una seduc- ción generalizada sostiene que a lo largo de la vida se realizan múltiples identificaciones de género, eso significa que el género en el orden de los sujetos es múltiple. Sin embargo, la categoría social del género, el género no tanto como identificación sino como representación, es binaria y está estructurada genitalmente (Laplanche, 2001).

La sexualidad, a pesar de que tampoco es innata, no está presente en el cuerpo cuando nacemos sino que viene del Otro, de los adultos, y es un efecto de seducción, es implanta- da en el recién nacido, el infante, un ser sin lenguaje e inicialmente sin yo, por las acciones necesarias del cuidado materno. En la madre y otros/as cuidadores/as adultos/as estos actos están acompañados por inversiones afectivas conscientes y también por fantasías inconscientes que se transmiten al bebé como mensajes o significantes enigmáticos. En el bebé estos significantes enigmáticos intraducibles están sometidos a la represión primaria y constituyen el primer núcleo del inconsciente del niño o de la niña. Cuando el niño o la niña crece y el yo se forma o desarrolla se producen traducciones parciales, pero estas también dejan residuos sin traducir que permanecen escritos en el aparato psíquico del individuo como huellas mnémicas o memorias irrecordables de excitaciones y placeres del cuerpo. Tales residuos enigmáticos actúan, siguen vivos aunque sin ser detectados y se reactivan en la sexualidad adulta a veces bajo formas que nos parecen vergonzosas o inaceptables. De esto provienen los conflictos, ya sean morales o neuróticos, que todos experimentamos en nuestra vida sexual.

En suma, mientras que la sexualidad es implantada como una excitación psicofísica que el/la bebé no puede controlar o metabolizar, y por tanto, permanece inconsciente, la identificación de género es un proceso consciente o preconsciente en donde el niño o la niña participan activamente. De este modo, podemos pensar las relaciones entre sexuali- dad y género como el resultado de la articulación de tres factores: género, sexo (anatómico fisiológico) y lo propiamente sexual, es decir, la sexualidad como efecto de la represión, la fantasía y el inconsciente (De Lauretis, 2014).

La hipótesis de De Lauretis es que el género como representación encuentra en las nociones psicoanalíticas de “complejo de castración”, “complejo de Edipo”, entre otras, instrumentales en su construcción, que lo afirman y reafirman cuando es necesario, dichos “esquemas na- rrativos preformados de la cultura” (De Lauretis, 2014) son aliados del género, y su función, similar al proceso que Freud describió en El malestar en la cultura es reprimir lo propiamente sexual.

Las relaciones entre la representación hegemónica de lo masculino y las subjetivaciones. Género y sexualidades…

Entonces, si el género produce mujeres y varones, identidades, compartimentos y jerar- quías sociales al reprimir lo sexual, lo sexual reprimido debe ser tenido en cuenta con un componente problemático y no reconocido de la identidad y de la sociedad.

2.4. Lo masculino en su representación hegemónica y las masculinidades

Como se desprende de los apartados anteriores, la masculinidad, el género masculino,

viene del Otro y uno en tanto sujeto de género, asume el total de los efectos de ser repre- sentado como varón a partir de reconocerse, de asumirse y reasumirse. Esto se hace patente

o se materializa en el caso que analizaremos.

Bourdieu (2000) da elementos claros para pensar la cuestión de cómo es significado socio- históricamente lo masculino y plantea que la virilidad, en tanto condición de masculinidad, supone una virtud, un honor, una nobleza, un deber-ser que se impone como natural e in- discutible. Sin embargo, la virilidad no se construye con referencia a sí misma sino que es un concepto relacional, ubicado en el extremo opuesto al de feminidad, mediante el mecanismo de repudio, como lo denomina Judit Butler (1990). Como vemos, la virilidad es un concepto eminentemente relacional, construido ante y para los restantes hombres y contra la feminidad, en una especie de miedo de lo femenino, y en primer lugar en sí mismo (Bourdieu, 2000, p. 71).

De este modo, podemos decir que la representación hegemónica de lo masculino está construida en función de estos esquemas narrativos preformados por la cultura, lo masculino hegemónico es anterior a los sujetos masculinos, anterior a las masculinidades, y las cons- tituye como tales. Sin embargo, el contenido concreto que para cada sujeto representa lo

masculino, y su propia masculinidad, no puede ser rastreado por fuera de la formación social

y del momento histórico al que dicho sujeto pertenece, ni por fuera de las relaciones sociales de identificación/desidentificación que haya establecido a lo largo de su vida.

El trabajo analítico con los relatos autobiográficos constó de la búsqueda de elementos relacionados con las categorías de Género, rastreado en términos de Identificación (luego Des-identificación y Re-identificación), y Sexualidad/es. En este punto, otra categoría que surge con relevancia es la de Violencia. Y en interrelación profunda con ellas, las nociones de lo masculino/la feminidad.

En los relatos, las múltiples identificaciones de género se presentaron como móviles, en permanentes desplazamientos y tensiones, y en tal sentido es que la búsqueda por las des-identificaciones, sobre todo del modelo hegemónico de lo masculino, y luego, las re- identificaciones que esos movimientos habilitaron, son un elemento clave para entender las trayectorias de estas subjetividades.

Para finalizar, una categoría que surgió con fuerza de los relatos es la de Violencia. Si bien por la misma entendemos una forma de la violencia característica de la formación identitaria genérica y que reactualiza la significación sociológica de la dicotomía masculinidad-feminidad, la violencia simbólica, cuyo principal tratado está hecho por Pierre Bourdieu (2000), en los relatos analizados la violencia no surge estrictamente relacionada con su dimensión simbólica, sino que se presenta en distintas escenas y narraciones histórico-biográficas y toma formas concretas: violencia sexual, violencia verbal, violencia física y violencia psicológica, entre otras. Estas diversas formas de experimentar tanto el padecimiento como el ejercicio de la violencia, “justificada” en la (re)producción de la masculinidad, permiten sostener el carácter

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constitutivo de la misma en la identidad masculina, o en términos de Bourdieu, la virilidad en su verdad como violencia actual o potencial (Bourdieu, 2000).

Luego del rastreo de dichas categorías, el trabajo analítico constó de la elaboración de una narrativa analítica que conservara la estructura, principalmente cronológica e histórico- biográfica de los relatos. De este modo se pretendió ejemplificar la presencia de estas categorías y sus relaciones con fragmentos de los relatos que las reflejan o cristalizan.

3. RECORRIDOS (DESDE/RE)IDENTIFICATORIOS: CAMINOS EN LA (DE)CONSTRUCCIÓN DE LA MASCULINIDAD

3.1. La masculinidad asumida: la identificación

Las identificaciones de género de los miembros de los Colectivos de Varones Anti-Patriarcales de Mendoza, en una primera instancia, tiene que ver con el hecho de haber sido leídos como varones, de haber entrado al espacio social a condición de habitar el lugar asignado y asumido, de haberse constituido como sujetos pertenecientes al género masculino. En estos relatos, la identificación con el género asignado corresponde con los períodos de la niñez y de la adoles- cencia. A continuación transcribiré fragmentos de los relatos que reflejan dicha identificación:

“Mi infancia pasó rápido, varonilmente feliz” (Laurato, 37 años).

“Mi infancia fue normal, yendo a la iglesia todos los domingos, jugando mucho con mis hermanxs y primxs, ya que todos tenemos edades muy cercanas. (…) En mi época de estu- diante de primaria era un chico ‘normal’ aceptable por todos los estereotipos machistas de nuestra sociedad, tenía amigos varones, jugaba a la pelota y todas las cosas ‘normales’ de los niños de esa edad” (Israel, 21 años).

La asunción del género asignado –el masculino– es el punto de partida en todos los relatos.

“Mi adolescencia: se separan mis padres y yo asumí algunos roles otorgados: el hombre de la casa: me oponía a mi abuela, cuidaba a mis hermanas, era ley no transar en el boliche, era ley vincularse con la religión, era ley proteger a mi madre, era ley odiar a mi padre, era ley andar bien en la escuela y negar la sexualidad” (Juan, 30 años).

“Solo me limitaba a estudiar y a medianamente seguir los patrones de varón que se me imponían” (Nahuel, 18 años).

Sin embargo, esta identificación no es total ni incuestionada. Los siguientes relatos son un ejemplo de desidentificaciones tempranas con ciertas características asociadas a la mas- culinidad, en contraposición a sus reversos, asociados a la feminidad:

“Hoy estoy relativamente en paz con mi ser varón pero no siempre fue así. Durante muchos años reduje la masculinidad a ciertas características peyorativas: los varones son sucios – pienso en mi papá llegando chivado de hacer ejercicio y querer abrazarme y yo sentir asco–, son rudos, son brutos –pienso en un amiguito que rodaba en el piso y se golpeaba pero no lloraba y yo me preguntaba cómo hacía para que no le doliera– son ásperos –pienso en cuando dormía en la cama de mis padres y no quería dormir en el medio porque las piernas peludas de mi papá me daban asco– son invasivos –pienso en mi papá paseándose en bolas por mi casa y tirándose pedos no importa en frente de quién esté–. En pocas palabras, no quiero ni siento que tenga ninguna de esas características en mí y si las tengo y me las encuentro, me avergüenzan” (Sebastián, 23 años).

Las relaciones entre la representación hegemónica de lo masculino y las subjetivaciones. Género y sexualidades…

“(…) Eso, sumado al rechazo por parte de mi padre hizo que cada vez tenga miedo de los hombres. A partir de esa edad (6-7 años) no sabía cómo tratarlos (…) En mi vida, la figura femenina representada en muchas personas, hermanas, madre, amigas, vecinas, era más fuerte y me transmitía más confianza. Y esa dicotomía Hombre = frialdad y miedo/Mujer = amor y cariño empezó a internalizarse en mi mente (Nahuel, 18 años).

En el transcurrir de los relatos va a empezar a emerger que la principal tensión de estos varones en torno a la identificación con el ser “varón” está dada por su vínculo intrínseco con procesos que van tomando formas de violencia. Como sostiene Bourdieu, al igual que el honor o la vergüenza, la virilidad tiene que ser revalidada por los otros hombres, en su verdad como violencia actual o potencial, y certificada por su pertenencia al grupo de los “hombres auténticos” (Bourdieu, 2000, 70). Alguna forma de violencia va a atravesar a todos los relatos autobiográficos y delimita las relaciones específicamente entre varones, en dos sentidos: se la ejerce “o” se la padece:

“Cagarnos a piñas, que los más grandes nos peguen a nosotros, pegarle a los más chicos, abusar de las chicas cuando se amontonan para comprar en el buffet, tocar culos, rozar tetas, todo dejo pasar a mi alrededor sin problematización alguna. Llega el fútbol nuestro de cada día, el trato jerárquico y abusivo de los varones más grandes, las mujeres –lo fe- menino– como “lo otro”, la complicidad ante la violencia y la discriminación, la homofobia violentísima, las tribus, los bailes” (Francisco, 25 años).

“Ya en la escuela primaria llegó el horror que me marcó y del cual he meditado y pensado muchos años de mi vida: un compañero repetidor que se abusaba de mí, hostigándome, aprovechando las veces en las que nos encontrábamos solos para apoyarme, yo siempre me largaba a llorar, le decía que no lo haga más, él decía que no le contara a nadie (…) yo tenía 8 años (…). Entre los 6 y los 11 años lloraba mucho, no me bancaba ningún tipo de violencia, no me gustaban los apodos sin mi consentimiento, no me gustaban los juegos bruscos, no me gustaba hostigar a nadie. (…) En la secundaria por esa cuestión chota de no querer quedar afuera allí iba el pelotudo siguiendo a la masa, hostigando a otros, hasta que por una cuestión de justicia, por así decirlo, me pasé al bando de los ñoños y nerds de la secundaria, ahora yo recibía el bullying feroz” (Samuel, 25 años).

El reconocimiento de la violencia constitutiva de los vínculos desde el lugar de varón representan una instancia de desidentificación, no con “la masculinidad” per se, sino con la forma dominante, hegemónica, “normal”, de la masculinidad, que a partir del padecimiento de la violencia, y a pesar de la posibilidad de ejercicio de la misma, es vivida como opresora. El reconocimiento de las estructuras sociales internalizadas, presentes en la propia subjetividad y constitutivas de la misma, e incluso las estructuras sociales dominantes como habilitantes de determinadas formas de relaciones con los demás, generaron un distanciamiento, un rechazo, habilitaron un proceso de desidentificación, en la medida en que se ha tomado consciencia de “lo masculino”, en su versión hegemónica, como dominante y opresiva. Al no querer reconocerse en esa imagen externa y socialmente valorada de lo masculino, la desidentificación abrió otros márgenes de agencia:

“Era permitirme aceptar la idea de que yo no era, ni podría ser nunca, el varón que llevara para ella la carga del macho inconmovible. Cinco años de psicoanálisis y una vesícula tardé en darme cuenta de eso” (Lautaro, 37 años).

“La posibilidad de abrirnos a otro tipo de relaciones más sanas y emocionalmente más enriquecedoras va a estar limitada por la pertenencia a la tribu, a la cual hay que serle fiel y mantener coherencia en sus códigos (…) escavar hasta vomitar en la previa del boliche, intentar ‘comerse’ a una ‘mina’, pajearse de manera grupal con the film zone; ser y no ser constantemente ‘ese’ que representa lo que es y no es; lo que soy y no soy” (Francisco, 25 años).

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Si la identificación de género masculina, entonces, implicó el hacerse cargo de la tota- lidad de los efectos de ser representado como varón, la desidentificación, en cambio, puso en tensión, como dice Francisco, el ser y no ser constantemente “ese” que representa lo que es y no es; lo que soy y no soy (Francisco, 25 años), es decir, aquello mediante lo que uno es re- presentado y se representa, aquello que uno no deja de ser pero ya no es del todo: es, y no es. La desidentificación implicó, para estos varones, de acuerdo con sus relatos, el reconocer lo operante del modelo hegemónico de lo masculino y cuestionar la omnipresencia de la violencia en los vínculos que habitar dicho género habilita.

En términos identitarios, podríamos decir que estos movimientos ponen de manifiesto la ambigüedad, la abertura y la ficción de las identificaciones de género. Por medio de la pregunta: ¿Soy varón?, ¿cómo, qué clase de varón ‘soy’? (Sebastián, 23 años) estos varones denunciaron de las “censuras inherentes a las estructuras sociales” y se pusieron en tensión el mecanismo de interpelación ideológica de género y “el enorme poder simbólico inscrito en los cuerpos en su carácter de disposiciones” (Bourdieu, 2000, 23)

3.2. Sexualidades en la (de)construcción masculina: desidentificaciones

La instancia de la desidentificación con el modelo de masculinidad hegemónica implicó determinados movimientos, tensiones y desplazamientos y, en los relatos de estos varones,

se caracterizó por el reconocimiento de la violencia intrínseca a la sociabilidad masculina. Sin embargo, se presencian dos tipos de relaciones con la violencia masculina. La violencia como categoría relacional implica que hay dos polos en dicho término: se la puede ejercer

o se la puede padecer.

En este punto, la relación entre la sexualidad y el género se torna central, ya que estructura dos campos diferentes en función de la posición que se ocupe en la estructura de la violencia

masculina: mientras que los gays relatan un sostenido padecimiento de la violencia (homofóbica) en reiterados ámbitos, los heterosexuales hacen énfasis en la tensión entre el padecimiento y

el ejercicio. En este sentido, la vivencia de la sexualidad y la concordancia con la heteronorma

plantea dos trayectorias de desidentificación diferentes que serán caracterizadas a continuación.

Es necesario aclarar que si bien en los relatos de los varones gays no hay mención al ejercicio de la violencia, esto no significa ni que los gays no ejerzan violencia ni que estos varones no hayan tenidos actitudes agresivas en algún momento de sus vidas, sino sola- mente que nos llamó la atención el lugar que ocupa la violencia en los relatos de los varones heterosexuales y de los varones gays.

3.2.1. Gays, heteronormatividad y la violencia recibida

En los relatos de los varones, aquellos con orientaciones sexuales homosexuales cuentan cómo padecieron violencia desde edades tempranas.

“Ya en 7mo y los años posteriores, otra vez me vi amenazado por personas mayores que yo. Pequeñas amenazas, insultos constantes, bromas, dedos señalándote cuando había que elegir al mariposón de la primavera, y todo eso” (Nahuel, 18 años).

“Primero era dejado de lado por puto, o más que por puto, por afeminado. Después lo inte- lectual sirvió para ser más nerd que trolo y sobreponerme y relacionarme desde otro lado con la gente” (Sebastián, 23 años).

Las relaciones entre la representación hegemónica de lo masculino y las subjetivaciones. Género y sexualidades…

Si bien estas violencias fueron padecidas mucho antes de que la identidad sexual es- tuviera conformada, es decir, efectivamente antes de que estos sujetos se autodesignaran como gays, ya en la niñez se constata la presencia de pulsiones sexuales homoeróticas, y su correspondiente represión en distintos períodos.

“Recuerdo que durante mis 6 y 7 años empecé a descubrirme, mi cuerpo y mis impulsos. Besaba compañeritos, los tocaba. No sé realmente por qué lo hacía, pero simplemente reproducía creo lo que veía. Ya me sentía atraído por varones” (Nahuel, 18 años).

El padecimiento de la violencia masculina favoreció una desidentificación de carácter tem- prano, ya que desde las primeras edades se entró en contacto con a) las exigencias al modelo hegemónico de lo masculino; b) los mecanismos de control y castigos que se ponen en fun- cionamiento cuando se ensaya la separación o la distancia con dicho modelo. En tal sentido, la norma masculina solo es vivida como coercitiva cuando se intenta escapar a sus efectos, mientras se esté diligentemente dentro de ellos, dicha coerción se reviste con una suma de privilegios que deben ser defendidos sobre la base de la violencia intrínseca de la masculinidad.

En el relato de estos varones es crucial el momento de asunción de la identidad sexual, en este caso como gays. El hecho de que el momento de la asunción de la identidad gay esté estrechamente vinculado a la “salida del clóset”, es decir, a la presentación de tal situación ante “la sociedad” y puntualmente condensada en la figura de los padres, como primeros representantes de la sociedad y la cultura en la psique infantil, merece una investigación propia. Sin embargo, citaré un fragmento de la experiencia de uno de los relatos, ya que pone en evidencia la relacionalidad y parcialidad de las identidades, en el sentido de que vienen de los otros y se asume ante la mirada de los otros:

“Elegí el día de mi cumpleaños para decirles, terminaron de cantarme el feliz cumpleaños, toda mi familia presente, me paré y les dije ‘tengo algo que decirles: soy gay’. Fue lo mejor. Estaba muy nervioso, era peor que haber actuado en público. Llantos, sonrisas, abrazos. Todxs diciéndome que me querían. (…) Al otro día mi viejo renunció al laburo y se fue a trabajar a otra provincia” (Nahuel, 18 años).

3.2.2. Construcción de la masculinidad heterosexual en el ejercicio de la violencia

En los relatos de los varones heterosexuales su relación con la violencia (masculina) se expresa o se manifiesta de manera diferente por tanto que no solo la padecieron sino que también la ejercieron. La tensión entre el ejercicio y el padecimiento de esa forma de violencia está dada en la medida en que la violencia se manifiesta como un lenguaje afectivo, ligado a la pertenencia a determinado grupo social, ligado a la aceptación y a la integración en un grupo de pares, conformado por otros varones “heterosexuales”, en la niñez y la adolescencia principal pero no únicamente.

Lo interesante de aquellos que ejercieron o detentaron la violencia como mecanismo para garantizar la identificación masculina hegemónica es que en su interior también coinciden con quien la padece, es decir, la medida de la violencia ejercida a los otros está dada por la violencia ejercida sobre sí mismos, sobre la represión de la propia pulsión homosexual, presente en todo sujeto. Podríamos homologar la situación de la heterosexualidad con la famosa frase de Simone de Beauvoir para decir que heterosexual no se nace, sino que se deviene heterosexual. En tal sentido la heterosexualidad es caracterizable como un régimen político (Wittig, 1992).

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“Amo y odio a mis hermanos, me joden todo el tiempo, gordo, cabezón, maricón; me habilitan

el ‘mundo de los de afuera’, los juegos, la aventura, la violencia, la humillación… pero prefiero

los videojuegos y dibujitos. Soy un pequeño Demian en un mundo de adultos, queriendo esconderme de la violencia, pero siendo el primero en ser encontrado cuando jugamos a las

escondidas (…) Pero en la escuela no!, no quiero ser el menor. Me peleo, escupo, insulto por un lado; por el otro, dibujo, canto, juego con figuritas (…) Cartas pornográficas, chanchifutbol, ‘chupapija’ y ‘maricón’. Le bajo –me bajan– la cabeza lo más abajo posible –me duele mucho

el cuello–, ¡pete!, gritamos. Jugar a la violencia sexual, todos los días” (Francisco, 25 años).

“El cumpleaños de 18 de Lauta y todos decidimos llevarlo a ‘las putas’. En un prostíbulo del

centro nos creemos los dueños de algo similar a un arma, nos reímos de la travesti que atiende

el lugar, nos reímos de los hombres que están ahí, de las mujeres ‘feas’ que ‘trabajan’ ahí, nos

reímos de todo menos de nosotros mismos (…) Me retraigo lo más posible pero sin salir del papel designado por la tribu (…) La regla es confiar en la tribu, aun cuando esta te haga mal,

o le haga mal a lxs demás. Reís hasta llorar, pero nunca llorar de verdad” (Francisco, 25 años).

El rol de los “demás hombres”, de los compañeros de tribu, es clave en la conformación de la identidad masculina y es clave para el sostenimiento del modelo hegemónico. Este fenómeno ha sido designado con el nombre de validación homosocial (Kimmel, 1999) y re- fiere a la fórmula de la relacionalidad de la virilidad de Bourdieu, cuando este sostiene que la virilidad es un atributo para los demás hombres (Bourdieu, 2000).

3.2.3. Lo femenino y lo artístico: refugio y resistencia

Todos los varones de nuestra muestra relatan tener identificaciones con lo femenino. En este punto, la identificación no es necesariamente el sentido psicoanalítico propiamente dicho con el que se habla en el resto de texto de identificación/desidentificación y más adelante, reidentificación, en tanto incorporación de algunos de los rasgos del objeto, sino en un sentido amplio, en el sentido de afinidad:

“En mi vida, la figura femenina representada en muchas personas, hermanas, madre, amigas, vecinas, era más fuerte y me transmitía más confianza. Y esa dicotomía Hombre = frialdad y miedo/Mujer = amor y cariño empezó a internalizarse en mi mente (…) Llegué a 6to grado

con pocas ganas de tratar de cambiar el mundo. Con amor y cariño solo para mujeres. Cálido

y reconfortante. Femenino. Ajeno a todo lo que la ‘masculinidad hegemónica’ representa.

Me parece que en el transcurso de mis años pude formar esa coraza que hace que pueda subsistir en el entorno sin tener que modificar mis actos y pensamientos ‘privados’. No tenía amigos, y tenía amigas, las cuales mi madre me prohibía verlas, ya que yo era nene y tenía que jugar con otros nenes” (Nahuel, 18 años).

Según las lógicas de la masculinidad hegemónica, la afinidad con lo femenino implica una ruptura con el repudio hacia lo femenino, implica una traición a la “auténtica virilidad”. Esta forma de violencia se expresa principalmente como homofobia. En un contexto de heternor- matividad, la afinidad con lo femenino restringe la identificación con el modelo hegemónico masculino y habilita múltiples identificaciones de género en el orden de las subjetividades.

Junto con el reconocimiento de las tensiones entre el ejercicio y el padecimiento de la violencia patriarcal, la desidentificación, en el caso de los relatos de los varones heterosexuales, está favorecida por sus afinidades, identificaciones en sentido amplio, con lo femenino, por el descubrimiento de las dimensiones artísticas así como por las relaciones amatorias con mujeres, principalmente feministas.

Las relaciones entre la representación hegemónica de lo masculino y las subjetivaciones. Género y sexualidades…

“A su vez me entendía mejor con las mujeres desde que tengo recuerdos, eso me hacía ver lo femenino en mí y en los varones que me rodeaban, de ellas aprendí a ser lo que soy y quiero ser” (Samuel, 25 años).

“Llega el Magisterio y mis 15 años. Recuerdo que en este cumple mis amigas del DAD me regalan un vestido rosado hecho de papel crepé y lentejuelas; considerado como un chico ‘sensible’, ellas me veían y me trataban como su amiga, y eso me hacía sentir querido y valorado por lo que soy” (Francisco, 25 años).

De este modo, tanto la compañía de mujeres como lo femenino propio de cada sujeto es potencialmente un espacio de refugio de la hegemonía masculina, que puede devenir resistencia en la medida en que se rompe o se cuestiona el repudio hacia lo femenino que dicha norma sostiene.

En el caso del descubrimiento de las expresiones artísticas, estas funcionan como válvula de escape ante la demanda de ejercicio de violencia, como carta de presentación también ante otras subjetividades no identificadas con las masculinidades hegemónicas.

“Llegan ríos llenos de cuentos, poesías, llevo mi cuaderno de poemas para todos lados, que funciona a su vez como credencial de –no soy un mero machote violento– para entablar otro tipo de relaciones. La endogamia empieza a resquebrajarse, empiezo a criticar, a cues- tionarme, interesarme por lo social. Quiero decir lo que pienso y lo que siento, quiero criticar lo violento y al violento, ignorarlo o alejarme de él (…) La tribu se siente traicionada y me excluye por romper con su coherencia machista” (Francisco, 25 años).

“(…) mis inquietudes empezaron a verse reflejadas en los libros que empezaba a leer, en el cine que empezaba a ver y en la música que empezaba a sentir. Eso me llevó a acercarme de otra manera a los varones, de una forma mucho más abierta, creyéndome personajes de libros como Demian de Herman Hesse, por decir uno jaja. De esa manera entablar relaciones con esos varones que yo veía no seguían el juego de los golpes y la brusquedad o si lo hacían se les notaba que era forzado” (Samuel, 25 años).

El encuentro sexo-afectivo con mujeres puede implicar una reafirmación de la identifica- ción con el modelo hegemónico, en términos de complementariedad sociopsicosexual de los géneros, en el marco de la heteronorma, de modo que la violencia se reactualiza: ya no es el grupo de pares quien ejerce la violencia sino que es la pareja sexual la que demanda una posición identificada, y su correspondiente vínculo con la violencia hacia sí mismo y hacia los demás, como así también su vínculo con el honor, con el trabajo, con la potencia, con el proveer.

“Laura, bella encarnación de todas las normatividades femeninas (…) ejerció sobre mí todo tipo de violencias, buscando en el lugar del hombre que yo intenté ocupar, los significantes complementarios de su personaje, demandando una envestidura de poder, de carácter y de ley que no admitía titubeos” (Lautaro, 37 años).

Sin embargo, los encuentros amistosos y sexoafectivos con mujeres feministas favoreció la desidentificación, debido a la problematización y a la politización de las relaciones sexo- afectivas de dichas mujeres.

“Finalmente encontré a ‘Fulana’, la mujer más maravillosa e irritante que conozco. Feminista primero y socióloga después, sus comentarios sobre la opresión de las mujeres por parte de los hombres, o sobre la construcción de las identidades sexuales, cortaban como una cizalla todo lo que había aprendido a través de la experiencia y hacían tambalear mis hipótesis de

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que las mujeres, desde el conveniente lugar de víctimas, manipulaban a los hombres para ejercer poder sobre diversos ámbitos” (Lautaro, 37 años).

“A los 20 años conocí a una de las mujeres más hermosas que pasó por mi vida, con la que

caminamos juntos, crecimos (…) ella fue mi ex, feminista ella. La razón por la que ingresé

en el Colectivo de varones, y por eso la describo tanto” (Samuel, 25 años).

De este modo, la sexualidad de estos varones, gays y heteros, los posicionó en lugares diferentes en relación con los otros varones, ergo, con la posibilidad de ejercicio de la vio- lencia patriarcal o con la forma de padecimiento de la misma. Esto confirma lo que sostiene De Lauretis cuando dice que la tarea del género es reprimir lo sexual (De Lauretis, 2014).

A continuación veremos en qué momento surge el espacio del Colectivo de Varones

Anti-Patriarcales y cómo permite conjugar las distintas formas de desidentificación con la

denuncia concreta de un modelo hegemónico de identidad masculina y cómo se articula dicha denuncia con una forma concreta de participación política feminista.

3.3. (De)construir la masculinidad en la participación política y la reflexión colectiva:

reidentificaciones

El encuentro con subjetividades sexoafectivamente en politización y problematización

favorece, por un lado, el reconocimiento de la normatividad del modelo hegemónico de lo que lo masculino es y debe ser actuante en la propia trayectoria y, por el otro, un encuentro intersubjetivo que abre a nuevas tensiones la sujeción de la subjetividad a una esfera ideo- lógica. En pocas palabras: siembra la pregunta qué es ser varón, qué significa ser varón para sí: “¿Soy varón?, ¿cómo, qué clase de varón ‘soy’?” (Sebastián, 23 años).

En estos procesos de desidentificación y reidentificación, el Colectivo de Varones Anti- Patriarcales, desde sus consignas de problematización de las dimensiones personales (sociopsicosexuales) como políticas y politizables, funciona como un espacio de encuentro

y de reidentificación de una “masculinidad” puesta entre comillas, ya que se cuestionan los cimientos de aquel modelo hegemónico.

“Participo en luchas sociales (…) de mirar con los ojos de lxs otrxs, de repensar y re-sentir

mi sexualidad y mi identidad, sentir una unión como con plasticola por todos los cuerpos y

todos los sexos, acá, adentro suyo, (…) soy hetero no normativo atraído por brujas, gitanas y ninfas del bosque, me siento otrx, sabiendo que quien me atrae es otrx, como yo, inclasi- ficable incosificabe” (Francisco, 25 años).

Podríamos decir que se da una inversión de la fórmula“Relacionalidad de la ‘masculinidad’:

con otrxs sujetxs, gracias a lo femenino y contra lo masculino hegemónico”. Esta fórmula no

funciona como una última reidentificación, sino que más bien habilita el sostenimiento de la tensión entre la identificación con una masculinidad de la que previamente se ha renegado

y de la que se continúa renegando, pero de la que también se plantea imposible el escape.

La inversión del repudio implica que se vuelve contra sí mismo, contra las propias dimen- siones hegemónicas y los propios privilegios que los constituyeron y lo siguen constituyendo

a uno como varón.

El descubrimiento de la relación con la violencia, contra los demás y contra uno mismo,

habilita reconociendo el desamor como elemento central en el ejercicio de la masculinidad,

Las relaciones entre la representación hegemónica de lo masculino y las subjetivaciones. Género y sexualidades…

en el encuentro con la propia vulnerabilidad profunda que implica haber sido socializado varón y dar en la medida de las constantes exigencias que el modelo hegemónico imparte, que suponen negar y reprimir ese núcleo de vulnerabilidad, incluso a costa de uno mismo. La exaltación de los valores masculinos tiene su tenebrosa contrapartida en los miedos y las an- gustias que suscita la feminidad (…) Todo contribuye así a hacer del ideal imposible de la virilidad el principio de una inmensa vulnerabilidad (Bourdieu, 1999, 69).

“Atravesar ese camino (de deconstrucción de la masculinidad en psicoanálisis) es muy diferente a encarar un proceso de reflexión colectiva, donde imagino que el crecimiento entre pares podrá existir solo gracias a un fuerte compromiso con la autorreflexión, con la formación mediante lectura colectiva de textos, y especialmente con la construcción de vínculos, de confianza, que considero la punta del ovillo para que lo personal pueda ser puesto en palabras y una vez compartido, devenga quizás en político” (Lautaro, 37 años).

“Aún siento que en esta felicidad no hay nada dicho… está todo por contarse, por vivirse y por sentirse, y eso me hace ser. Un punto de partida, y no de llegada –qué punto ni punto, espiral!–. Gracias por comenzar este viaje conmigo, con una parte muy importante de esta felicidad… Colectivamente, el amor es abundante –basta de regirnos por la escasez!!– de ahí radica la fuerza política de lo que estamos formando y el amor es todo lo que necesitamos” (Francisco, 25 años).

En este sentido, la reflexión colectiva de los propios procesos de socialización se vuelve un acto amoroso y un manifiesto político de encuentro intersubjetivo y establece otras bases para la práctica política, a partir de poner en juego las tensiones abiertas con la consigna feminista “lo personal es político”, a lo que los Colectivos de varones en su devenir han agre- gado “y lo político, colectivo”.

CONCLUSIONES

Las identificaciones de género en las trayectorias de estos sujetos fueron en un principio las de haber sido socializados como varones: estos sujetos asumieron los efectos de ser re- presentados como tales. Si bien esta identificación no fue sin tensiones ni contradicciones, es un punto de partida estable que luego devino en desidentificación con el modelo de masculinidad hegemónico por diversos motivos.

La violencia atraviesa el total de estos relatos autobiográficos y delimita las relaciones espe- cíficas entre varones y con otros sujetos. Esta violencia, definida por Bourdieu como violencia simbólica (Bourdieu, 2000), en los relatos toma formas particulares: violencia física, verbal, psico- lógica y sexual. Además, esta violencia es constitutiva de la identidad masculina en la medida en que la virilidad debe ser permanentemente (re)validada delante de otros hombres y en un repudio hacia lo femenino. Como en todo sujeto se da una síntesis más o menos armónica y más o menos aceptada de rasgos masculinos y femeninos (Laplanche y Polantis, 2015, 217-218), la violencia padecida se relaciona con el repudio hacia lo femenino, rasgos que fueron reprimidos más eficazmente por algunos sujetos, mientras que otros se identificaron con ello y encontra- ron allí un refugio ante esta violencia, que pudo devenir, luego, en una forma de resistencia.

Con la pregunta: ¿Soy varón?, ¿cómo, qué clase de varón ‘soy’? (Sebastián, 23 años), podríamos decir que se pone de manifiesto la ambigüedad, la abertura y la ficción de las identificaciones de género, la que es a su vez producto y productora de movimientos y desplazamientos identitarios.

26 / PUNTO GÉNERO

Santiago Zigliotto

Las relaciones entre identificaciones de género y sexualidades son complejas y significativas, ya que tanto la relación con las propias pulsiones, habiendo sido intensamente reprimidas en algunos casos, en algunos momentos, para luego ser “liberadas”, como la relación con la elección de objeto sexoafectivo, en un contexto de heteronorma, definieron para estos varones diferentes recorridos y trayectorias identificatorias y sobre todo, desidentificatorias.

Por un lado, si bien aquellos varones autodefinidos como“gays”tuvieron una predisposición mayor hacia la represión de las pulsiones sexuales y hacia la conservación en la clandestinidad de dichas pulsiones, en momentos de la niñez y la adolescencia, el momento de “asunción” de la identidad homosexual representó una instancia de distanciamiento claro respecto del modelo de masculinidad hegemónica que sostiene que “el varón debe ser heterosexual”. Por otro lado, las identificaciones tempranas con lo femenino propio de cada sujeto y con las mujeres, marcó una división que los puso en un lugar de claro padecimiento de diversas formas de violencia patriarcal, especialmente la homofobia, y que también significó un dis- tanciamiento de las exigencias del modelo de masculinidad hegemónica.

Respecto de los heterosexuales, en sus trayectorias desidentificatorias hay puntos de encuentro y caminos propios acerca de los no heterosexuales: en relación con la violencia, los relatos de los sujetos autodefinidos hasta ese momento como heterosexuales enfatizan la ambigüedad entre el padecimiento, encarnado en“la tribu”y los grupos de pares, y el ejercicio de la violencia, destinado no solo a la pertenencia a un grupo de “hombres auténticos”, sino también a marcar la división con las “otras”subjetividades. Esto llevó a vivir el distanciamiento de ciertos grupos como una ruptura contra la norma hegemónica de la masculinidad, en pos de buscar alternativas a esa masculinidad. Estas alternativas fueron encontradas en di- mensiones asociadas a lo femenino: las dimensiones afectivas, expresivas y artísticas, por un lado, y en las mujeres, por el otro. Respecto de su relación con las mujeres, mientras algunos vínculos sexoafectivos disponían a la reproducción de los roles binarios heterosexuales de la norma hegemónica, otros vínculos amistosos y amorosos con subjetividades con trayectorias en la “politización” de las identidades sexuales, representadas principal pero no exclusiva- mente en “las compañeras feministas”, interpelaron y habilitaron formas alternativas de vivir la propia masculinidad.

De estos modos heterogéneos, con puntos de encuentro y de diferenciación, las trayec- torias de desidentificación de estos sujetos están caracterizadas por la profunda relación entre género y sexualidad.

Una característica que permitió volver este proceso de“deconstrucción”de la masculinidad sobre sí misma fue la reflexión colectiva y la participación política en el Colectivo de Varones Anti-Patriarcales. Las fuentes de datos de esta investigación fueron el resultado de una ac- tividad concreta, el taller de autobiografías, que desarrolló el Colectivo, y por eso mismo el total de los relatos concluyeron con la presentación de los motivos y las expectativas que estos sujetos tuvieron en su participación en dicho espacio. Podríamos decir que se da una inversión de la fórmula “Relacionalidad de la “masculinidad”: con otrxs sujetxs, gracias a lo femenino y contra lo masculino hegemónico”, como resultado de la búsqueda de alternativas identificatorias que cuestionen y problematicen la violencia intrínseca a la masculinidad. Queda pendiente la corroboración o rectificación de si las prácticas y los procesos reflexivos de estos varones logran “realmente”deconstruir dicha violencia. Por los relatos solo podemos concluir que ese es el horizonte hacia el que se orienta su práctica.

Las relaciones entre la representación hegemónica de lo masculino y las subjetivaciones. Género y sexualidades…

Hacia el final de los relatos, el énfasis está puesto en la necesidad de la amorosidad en la práctica política, como herramienta efectiva en contra de la violencia masculina. Además, esta afectividad se conjuga con la práctica colectiva y con la construcción de un nosotros, que si bien no es el “nuevo varón” o un “varón ya antipatriarcal”, es una búsqueda alternativa y un corrimiento de lo que la representación hegemónica dice que lo masculino debe ser.

En conclusión, las relaciones entre la representación hegemónica de lo masculino y las subjetivaciones masculinas de los varones que participan del Colectivo de Varones Anti- Patriarcales de Mendoza son de desplazamientos en términos de las identificaciones de género, en función de su relación con las sexualidades. La reflexión colectiva y la práctica política en dicho espacio, representado en el taller de autobiografías, se manifestaron como parte de un proceso de desidentificación de la hegemonía, así como también plantearon la necesidad de nuevas instancias identificatorias que deconstruyan la masculinidad hegemónica.

BIBLIOGRAFÍA

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Beauvoir, Simon de (1995): El segundo sexo, México, Siglo Veinte.

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Bourdieu, Pierre (2000): La dominación masculina, Anagrama, Barcelona.

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Laplanche, Polantis (2015): Diccionario de psicoanálisis. Buenos Aires. Paidós.

Wittig, Monique (1992):“El pensamiento heterosexual y otros ensayos”, Madrid, Editorial EGALES.

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Revista Punto Género Nº 6. Mayo de 2016 ISSN 0719-0417 / 29 - 40

Plataforma de hombres cubanos: una experiencia para el bienestar

Plataform of Cuban men. An experience for well-being

María Teresa Díaz 1

Resumen

La Plataforma de Hombres Cubanos por la No Violencia y la Equidad de Género es una agrupación surgida en 2011 e integrada por varones de diferentes áreas de integración social. Sus miembros realizan actividades sistemáticas que redundan en su fortalecimiento, visualidad y desarrollo. A su vez, irradian su influencia en los ámbitos donde desenvuelven sus labores habitualmente: comunitario, religioso, académico, rural, comunicativo-cultural, jurídico, de orden público y de bienestar social, mediante miniproyectos que ejecutan de manera sostenida. Las acciones de la Plataforma contribuyen a contextualizar e ilustrar el valor de la participación de los hombres en procesos transformadores.

Palabras clave: género - masculinidades - hombres - equidad - violencia.

Abstract

The Platform of Cuban Men for the Non-violence and Gender Equity is a group created in 2011 and integrated by men from different areas of social interaction. This program of action performs systematic activities inside the platform that lead to its strengthening, visualisation and development, at the time that radiate and maintain from their fields of action (community, religious, academic, agricultural-rural, communicative-cultural, legal and public order and social welfare) a work of influence in their territorial spaces through mini projects with a serious and sustained work in favour of equity and non-violence.

The actions of the platform contribute to contextualize and illustrate the value of the participation of men in transformative processes.

Key words: gender - masculinity - men - equity - violence.

Fecha de recepción: Agosto 2015 Fecha de aprobación: Octubre 2015

1 Psicóloga, Sexóloga, MSc. Sexualidad, Profesora Auxiliar de la Universidad de La Habana, Coordinadora del Programa de Masculinidades del Grupo OAR. E-mail: maridiaz@informed.sld.cu

Plataforma de hombres cubanos: una experiencia para el bienestar

SURGIMIENTO DE UNA NUEVA EXPERIENCIA DE TRABAJO

El Centro “Óscar Arnulfo Romero” (OAR) es una institución de la sociedad civil que pro- mueve relaciones equitativas de género en la sociedad cubana contemporánea, desde una espiritualidad comprometida con una concepción de derechos humanos y equidad social, y tiene su incidencia en actores sociales diversos en el ámbito comunitario, a lo largo de todo el país. En tal sentido, viene desarrollando procesos de sensibilización, capacitación y acompa- ñamiento a iniciativas locales en los temas de equidad, violencia de género y masculinidades.

En la propia dinámica de las actividades organizadas por OAR, los grupos de varones participantes fueron expresando la necesidad de examinar con detenimiento aspectos presentes en su socialización, que tenían repercusiones importantes en la manera de ser hombres que ellos exhibían.

En el 2011, varones procedentes de diferentes comunidades y espacios institucionales y sociales del país, junto a integrantes de la Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades, propusieron crear una estructura que facilitara el trabajo con hombres, desde la experiencia masculina, e incluyera acciones dirigidas al reconocimiento, visualización y cese de la violencia de género. Surge así la Plataforma de Hombres Cubanos por la No Violencia y la Equidad de Género, impulsada por el Centro “Óscar Arnulfo Romero”.

La Plataforma está integrada por 52 hombres de diferentes áreas de vinculación social:

obreros, campesinos, ingenieros agrónomos, psicólogos, sociólogos, estudiantes universitarios, líderes barriales de las comunidades, líderes religiosos cristianos y de religiones afrocubanas, médicos, profesores de la enseñanza media y superior, juristas, policías, realizadores audio- visuales, periodistas, fotógrafos, diseñadores, actores, deportistas, entre otros. Además de la diversidad de masculinidades atendiendo a profesiones y ocupaciones, la plataforma ha considerado en su integración las diferencias en cuanto a edad, clase social, color de la piel, credo religioso, orientación sexual, entre otras variables de interés.

Los hombres que integran esta agrupación realizan actividades sistemáticas en el seno de la Plataforma y, a su vez, desde sus ámbitos de actuación y vinculación social en cada territorio irradian y mantienen una labor de influencia con un trabajo serio y sostenido a favor de la equidad y de la no violencia de género. En consecuencia, los beneficiarios del proyecto no son solo los integrantes de la agrupación, sino también hombres pertenecientes a las dife- rentes localidades del país donde viven, laboran e influyen los integrantes de la Plataforma.

Desde sus inicios la Plataforma relevó la necesidad de apoyarse en un cuerpo teórico acerca de lo más significativo para ella en materia de producción científica. Veamos algunos de estos elementos que han constituido su sostén conceptual:

· La violencia de género es el resultado de una estructura patriarcal que potencia la dominación, el control y las relaciones desiguales de poder.

Las asignaciones tradicionales prescritas según las diferencias sexuales de hombres y mujeres tiene un sustento patriarcal, hegemónico, androcéntrico, heterosexista y machista, que se manifiesta en relaciones de dominación-subordinación, en las que las mujeres se en- cuentran en desventaja respecto de los hombres, a quienes esas relaciones les han facilitado el derecho a ser protagonistas independientemente de cómo se ejerza ese derecho (Bonino, 1995: 4).

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María Teresa Díaz

Es importante reconocer que en la construcción cultural de las masculinidades sobre esas bases patriarcales se aprecia cómo se ha desencadenado un mecanismo de poder que permite al varón exhibir múltiples maniobras de control y dominio sobre la vida de las mujeres y de otros hombres, en aras de lograr obediencia y subordinación, pero también competitividad, protagonismo y triunfo.

En general, en las relaciones de poder se crea un contexto de exclusión social, donde se reproducen relaciones de subordinación verticales, y en algunas ocasiones violentas,

de ahí la importancia, según Casez (2005), de realizar análisis de género, lo que favorece

la comprensión de los mecanismos del orden patriarcal y sus aspectos nocivos, a partir de

una organización social estructurada desde la inequidad, la injusticia y las jerarquizaciones de un binarismo que desde las diferencias sexuales se transformó en desigualdad genérica.

· Antiguas brechas de equidad (de clase, de género, color de la piel, territoriales) que se reproducen y acentúan y aparecen como nuevos obstáculos a las relaciones equitativas.

En este mosaico de inequidades en la Cuba de hoy, las de género adquieren una singular relevancia por el grado de desventaja social y personal que representa para las mujeres, a saber: menos representadas en cargos de dirección, brechas salariales con relación a los hom- bres, invisibilización de sus aportes económicos en el espacio doméstico y en la agricultura, mayor carga en las labores domésticas, situaciones de exclusividad en el rol de cuidadoras (hijos/as, enfermos/as, ancianos/as,) problemas de salud asociadas a la no prioridad de su autocuidado, estereotipos en las identidades de género, por solo situar algunas de las más conocidas (Espina s/a).

La promoción de relaciones humanas basadas en la equidad y la igualdad significa apro- ximarnos a la justicia social y al ejercicio pleno de los derechos humanos.

· La violencia como la más grave de las desigualdades de género.

Es indiscutible que la violencia de género constituye una de las principales urgencias contemporáneas de nuestro mundo en tanto deviene un problema social, de salud y de

derechos. Ella favorece las inequidades y afecta la naturaleza de las relaciones intra e interge- néricas en diferentes espacios de la vida pública y privada, impide el respeto a la dignidad y el reconocimiento al ejercicio pleno de los derechos, lacera la integridad moral de las personas

al negarle la posibilidad de hacer elecciones, reclamar o denunciar determinada situación o

suceso y tiene impactos de consideración en el bienestar, la calidad de vida y el desarrollo personal y social de los seres humanos. En consecuencia, asumir su inaceptabilidad y elimi- nación es un principio que garantiza la seguridad de los seres humanos.

Por otra parte la práctica investigativa cubana y el trabajo con hombres ha exhibido resultados interesantes relacionados con las diferentes expresiones de la violencia en el país que también han constituido insumos para la labor de la Plataforma.

Hace años Michael Kaufman (1985), al definir la tríada de la violencia en los hombres, fun- damentó cómo cada acto de violencia en los hombres, principalmente los desencadenados hacia las mujeres, no ocurría de manera aislada, sino que estaba estrechamente vinculado

a la violencia de los hombres contra otros hombres y a la interiorización de la violencia, es decir, la violencia de los varones hacia sí mismos.

Plataforma de hombres cubanos: una experiencia para el bienestar

Un estudio presentado durante 2010 demuestra cómo en Cuba también son las relaciones asimétricas de dominio masculino las que están legitimando la violencia hacia la mujer. La investigación alerta acerca de la necesidad de visualizar esta realidad entre las mujeres y los hombres en tanto para ambos constituye un fenómeno naturalizado. Las primeras, porque no concientizan sus consecuencias nocivas ni la necesidad de protegerse; y los segundos, porque no identifican su conducta como violenta, aun cuando en algunos casos declaran que su forma de actuar no es la mejor manera de resolver los conflictos (Proveyer, Fleitas, González, Munster y César, 2010). 2

Sin dudas la violencia contra la mujer ha recibido gran atención, no solo por su naturaleza discriminatoria, sino porque es una de las más frecuentes y extendidas, tanto en el ámbito público como en el privado. Tampoco son casuales los reiterados intentos de visibilizar, des- naturalizar, prevenir y atender estas agresiones como parte de políticas públicas, programas sociales y campañas internacionales.

Por otra parte la violencia de varón a varón, legitimada como variante del comportamiento

masculino, es una forma de agresión histórica que en las sociedades patriarcales ha sido utilizada como una vía para resolver diferencias y conflictos entre varones, grupos de hombres o nacio- nes (Kaufman, 1998). 3 Sin embargo, no son los puños o el uso de armas blancas o de fuego los únicos medios para que los varones demuestren su poderío y superioridad ante otros hombres;

la burla, las amenazas, los chantajes, la ridiculización, la descalificación y los apodos peyorativos

se convierten en credenciales para hacer saber a otras personas su grandeza como hombres.

Las agresiones que asumen los varones hacia otros hombres son también una manera de desarrollar la competencia. Esa forma de violencia de género (como otras) descansa en una relación de superioridad-inferioridad y, en consecuencia, va dirigida siempre a los hombres más débiles (tanto desde el punto de vista físico, como psicológico), los más vulnerables y los que quedan por debajo en la escalera de poder socialmente establecida (Díaz, 2010-2012).

Los resultados de un proyecto de intervención en seis regiones cubanas señalaron a los jóvenes, los hombres más viejos, los migrantes, los negros, los mestizos, los homosexuales

y los bisexuales, entre otros, como los más desfavorecidos (Díaz, 2010-2012). 4 En el estudio se pusieron de manifiesto diversas razones que fundamentan el ejercicio del poder en los grupos analizados.

En los hombres más jóvenes, la falta de conocimientos y experiencia emergió como causa que los coloca en desventaja respecto de los que los superan en años; mientras que los

2 En mayo de 2010 la Agencia de Cooperación Oxfam Internacional publicó un estudio realizado por las investigadoras cubanas “50 años después: Mujeres y cambio social“ donde en su capítulo 7, “La violencia de género y sus manifestaciones en Cuba”, aparece una detallada referencia al tema.

3 Se trata del trabajo “Las 7 P de la violencia” surgido de un taller realizado por el autor en Katmandú en 1998 organizado por Save the Children / Reino Unido y acompañado por Development Servicies International de Canadá. La discusión del taller se encuentra en el libro de Ruth Finney Hayward, Breaking the Earthenware Jar publicado en el 2000. El canadiense Michael Kaufman, es escritor y experto en temas de género desde hace más de cinco lustros. Se le conoce por ser el impulsor de la campaña del Lazo Blanco contra la violencia masculina.

4 La investigación fue realizada en la capital y algunas provincias del país como sistematización del Proyecto “Bienestar para Masculinidades en Desarrollo” coordinado por el Centro OAR y señaló además los principales escenarios donde estas manifestaciones de violencia ocurren con mayor frecuencia.

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María Teresa Díaz

adultos mayores fueron identificados como víctimas de manifestaciones verbales agresivas

o de silencios prolongados por haber caducado sus presupuestos “a la hora de mirar la vida”.

A los migrantes se les identificó como desprotegidos legalmente, pero además, el desa-

rraigo del lugar de origen debilita los presupuestos de hombría que han construido, al tener que asumir otras maneras de comportarse y ser hombres reclamadas por el nuevo espacio.

El color de la piel fue otra de las condiciones identificadas como generadora de situaciones

de violencia mediante exclusiones, discriminación y menosprecio, pero además, los negros y mulatos no se corresponden con el estereotipo de belleza, desde la normatividad masculina.

Los varones cuya elección sexual contraviene la norma heterosexual socialmente pautada

y que exhiben “supuestas debilidades”, “inseguridades” y “cierta falta de carácter”, fueron los más desvalorizados, atacados y marginados dentro del universo masculino. Las conductas de evitación y violencia hacia ellos son incorporadas por los varones heterosexuales como auténtica representación del modelo dominante tradicional de “hombre” (Díaz, 1999).

Otros estudios realizados en Cuba dan cuenta de cómo los hombres cuyo comporta- miento se aleja del modelo heterosexual se sienten cuestionados, sancionados y objetos de burlas. Aun cuando en los últimos tiempos la posición del hombre heterosexual cubano contemporáneo hacia ellos ha exhibido miradas más respetuosas y de cierto entendimiento, sigue suponiendo una abierta actitud de repulsa que no admite elección en el campo de la amistad (Díaz, 2009; Ramos, 2003; Pereira, 2003; y Gómez, 2011).

Los trabajos con grupos de hombres han revelado que los actos de violencia entre ellos

constituye una forma más de ostentar privilegios. Según el doctor Julio César González (2009, 2011), los deportes se consideran un escenario propicio para expresar el poder y legitimar la posición de hombre hegemónico dentro del grupo. En este ámbito se presentan características

y

comportamientos propios del modelo de masculinidad tradicional que desde la ideología

y

la cultura han sido impuestos por quienes sustentan el poderío social.

También los medios de comunicación hacen su parte. El tratamiento a personajes varones en el cine y la televisión, las obras de arte, las imágenes de la gráfica, la letra de canciones y los estilos danzarios, supone un culto al desarrollado al cuerpo masculino (González, 2007) y a sus comportamientos de fuerza, hegemonía y poderío, mientras que los que no cumplen estos requisitos son invisibilizados, ridiculizados y condenados a la burla. A los primeros se les presenta alzando su superioridad como trofeos y a los segundos, sufriendo dolores, temores y tragedias, convertidos en figuras pasivas y acríticas víctimas de diversas agresiones.

Por otra parte las agresiones de los varones hacia sí mismos marcan la lucha individual masculina por cumplir con los paradigmas de lo que es: ser un hombre y aparecen referidas con mucha frecuencia en diferentes escenarios cubanos. Esta situación impide en ocasiones su desenvolvimiento saludable en diferentes esferas de la vida con las consecuentes afecta- ciones físicas, psicológicas y espirituales.

El propio hecho de situar al varón como eje del universo y resaltar constantemente su

fortaleza física y psicológica no favorece en ellos una ética del cuidado y el autocuidado de su salud, por tanto no hay lugar para el llanto, el dolor, la queja y la búsqueda de ayuda. Esto

Plataforma de hombres cubanos: una experiencia para el bienestar

hace que se desarrolle una cultura de la “resistencia”, del “aguante”, del “sobreponerse”, del “silenciar” todo aquello que puede conspirar contra esa hombría (Díaz, 2012).

La meta de tener que poder con todo, la responsabilidad de proveer, la competitividad, el habérsele expropiado la posibilidad de mostrarse temeroso, inseguro, desconocedor, vulnerable y tener que exhibir en el espacio público valentía e intrepidez, genera, según la doctora Artiles (2007), estereotipos que funcionan como dispositivos para reconocerse portador de una dolencia o un malestar y mucho menos para demandar atender su salud, lo cual se expresa en resistencias marcadas a involucrarse en acciones de salud. En consecuencia, no dan importancia o callan los malestares, no se chequean ni acuden a las consultas médicas o al especialista ante una señal de alarma, pues todo ello supone, de alguna manera, asumir que se es “débil” o “flojo”.

Son variados los ejemplos que servirían para ilustrar los costos de esta masculinidad hegemónica para el bienestar saludable, porque los riesgos que asumen los hombres en materia de salud parecerían riesgos necesarios para probar su hombría: lanzarse en aguas profundas, saltar desde grandes alturas, manejar bicicletas con sobrecarga y loma abajo, cargar pesos excesivos, entre otros. De manera que el desempeño del rol deviene una barrera de contención ante dolencias, malestares y enfermedades que evitan admitirlas o expresarlas.

Los índices de mortalidad de los varones en Cuba son superiores a los de las mujeres

y recaen básicamente en elevados niveles de accidentabilidad (asociados a características

genéricas como el arrojo, la valentía, la poca precaución); la drogadicción (prácticas asociadas

a la resistencia y la virilidad); el suicidio ante la imposibilidad de la queja que los obliga a

silenciar sus malestares y buscar formas de evasión; así como las que se asocian a estilos de vida poco saludables (infartos de miocardio, aumento de la tensión arterial, cáncer de pulmón, cáncer de próstata, cirrosis hepática), que en la base, sin lugar a dudas, tienen implicaciones en la forma en que los hombres viven y han sido educados. La doctora Arés (1996) ha deno- minado patología de la omnipotencia a aquellas dolencias o malestares de los hombres que se derivan del cumplimiento indiscutible de la normativa signada por la cultura para ellos.

El sistema cubano de salud cuenta con numerosos programas que reconocen y previenen patologías privativas de la población masculina, tal es el caso del Programa de detección precoz del cáncer de próstata, que focaliza a los hombres con más de cuarenta años para que acudan a las consultas de prevención. Sin embargo, por lo general tienen una escasa cultura de atención preventiva y se resisten a someterse a chequeos médicos como el examen de próstata, por el mito de considerar que un tacto rectal paraliza su actuación y hace “tamba- lear”su masculinidad. Similar situación ocurre con examen de las mamas, porque se vivencia como una dolencia típica de mujeres.

Desde el punto de vista de la sexualidad, una de las columnas sostenedoras de la mascu- linidad hegemónica y de la salud sexual, la aparición de disfunciones sexuales (dificultades en la erección, trastornos eyaculatorios y del deseo), muchas veces son enmascaradas, ocultadas y afectan emocionalmente a los hombres. Por lo general, son experiencias que se prefieren llevar en silencio y frente a los cuales la vergüenza pesa más que la necesidad de buscar apoyo profesional.

También cuentan las agresiones al cuerpo, vinculadas a una cultura de la estética según los cánones de belleza tradicional masculina y que impactan en la figura corporal hegemónica. Si bien el fisicoculturismo es una práctica reconocida, cuando se utilizan procederes vinculados al uso de anabólicos que pueden lacerar la salud, se convierte en un tema de especial atención. Al

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respecto, Juan Guillermo Figueroa (2001) hace un análisis de diferentes posiciones sostenidas por estudiosos del tema, donde además de defender que los derechos deben constituirse y definirse tanto para hombres como para mujeres, señala la necesidad de continuar mostrando a los varones el camino para cuestionar los modelos de masculinidad tradicional, las prácticas de riesgo que tienden a asociarse a estereotipos muy invasivos y la exhortación a relacionarse de otra manera con su espacio corporal en aras de evitar consecuencias negativas para su salud.

UNA PLATAFORMA PARA EL BIENESTAR

Los avances en la conceptualización teórica de las masculinidades, la violencia y la equidad de género, el desarrollo de estudios acerca del tema y las experiencias prácticas en el trabajo con hombres, favorecen la necesidad de continuar instrumentando enfoques participativos e integradores que permitan poner la mirada en ellos como centro de políticas. En tal sentido esta experiencia de la Plataforma de Hombres Cubanos se propone dignificar al ser humano, para avanzar hacia formas más enriquecedoras de vida. Para ello dirige sus líneas de acción a:

– Fortalecer la integración de la estructura creada.

– Intensificar la capacidad de influencia de sus integrantes en diferentes localidades del país, dotándolos de herramientas conceptuales y metodológicas sobre los temas género, masculinidades, violencia y equidad de género para que ganen en compren- sión acerca de la dimensión de estas variables y su valor para lograr transformar la vida de otros hombres.

– Promover espacios territoriales que permitan a hombres de las diferentes localidades ser alcanzados por esta influencia.

– Lograr sinergia entre los integrantes de la Plataforma y distintos miniproyectos locales.

La Plataforma tiene como principio básico respetar los valores y presupuestos que se desprenden de un adecuado enfoque de género, salud, derechos y diversidad. Está con- cebida para ser instrumentada bajo los presupuestos y potencialidades de la metodología de educación popular, como práctica social transformadora y como conjunto de prácticas educativas que suponen, por una parte, el reconocimiento de la experiencia de vida que tengan estos hombres y, por otra, el principio de construir el conocimiento compartiendo con otras personas en la interacción grupal y masiva. Según la doctora Argelia Fernández (1994), esta edificación de saberes implica su síntesis y elaboración para ser devueltas al colectivo mucho más enriquecidas en el espacio de una relación de horizontalidad.

Sin embargo, trabajar con varones no constituyó un desempeño fácil. Los hombres cubanos no tenían cultura de trabajo grupal y ofrecían resistencias para socializar experiencias y emo- ciones, básicamente durante los primeros encuentros. El arraigo a los mandatos tradicionales de la masculinidad, la solidez en la estructura de emociones mudas, invisibles y aparente- mente ausentes, y la consistencia de estereotipos y prejuicios con una marcada permanencia en sus vidas, son algunos de los sustentos que dificultaron en un inicio el intercambio con sus realidades.

En consecuencia, hemos favorecido para el trabajo dentro de la Plataforma algunos procederes metodológicos:

Plataforma de hombres cubanos: una experiencia para el bienestar

– Intencionar el trabajo y la cohesión grupal favoreciendo el acercamiento físico y emo- cional entre los varones, de forma tal que puedan reconocer sus realidades entre y desde los propios hombres, aprender a valorizar la diversidad que representan sus vidas, revisar sus historias, asimilar nuevos retos y mirar hacia puntos más distantes.

– Trabajar desde la demostración de la necesidad de la revisión y no desde la imposición al cambio. No se trata de convocar al cambio desde el reclamo de la mujer o de otros hombres ni desde las exigencias de nuestra época, sino a partir de las reflexiones grupales, la revisión de sus historias de vida, el análisis de la propia visión de cultu- ralización de género para de esta manera demostrar la inviabilidad de determinadas formas de pensar, sentir y actuar, y que esta reflexión pueda devenir en un resorte de convencimiento para la transformación. Asumimos la transformación personal como proceso gradual que supone por una parte la de toma de conciencia y por la otra la voluntad del cambio.

– Demostrar las ventajas de las reflexiones grupales por sobre lo que sería un examen de conciencia individual. Sin dudas, los seres humanos no pueden desprenderse en poco tiempo de sus realidades de vida, pero estos hombres han podido vivenciar que a veces el reto de la automirada es difícil asumirlo de manera independiente y el hecho de lograr una sistematicidad en los contactos, de unirse para pensar y de atreverse a avanzar juntos hacia propuestas hasta ahora desconocidas, en el ámbito de una experiencia grupal, puede resultar de mucho beneficio para todos. Los aprendizajes grupales son decisivos para el crecimiento humano.

– Seleccionar las temáticas que van a intencionar el trabajo grupal y su adecuada coloca- ción en la realidad de nuestro momento. Es preciso incorporar hechos, situaciones, eventos que tengan una conexión con la vida de los hombres.

En el empeño de la Plataforma están comprometidas ocho provincias del país y doce territorios municipales que funcionan mediante siete ámbitos de actuación: comunitario, religioso, académico, agropecuario-rural, comunicativo-cultural, jurídico y de orden público y de prevención y bienestar social. Están conformados siguiendo un criterio de homogeneidad en las profesiones, esferas de trabajos y sitios donde actúan, lo que permite un contacto más objetivo con el personal receptor de las acciones, siempre intencionado sobre la base de una actuación interrelacionada.

Las acciones de la Plataforma están agrupadas en dos bloques: uno referido a las actividades que tienen lugar dentro de la Plataforma y que redundan en su fortalecimiento, visualidad y desarrollo, y otro relacionado con proyectos en las diferentes localidades y espacios de actuación ejecutados, apoyados y monitoreados por integrantes de la Plataforma.

Dentro de la Plataforma se producen experiencias de capacitación por medio de talleres, cursos, conferencias, videodebates; el desarrollo de procesos de investigación, construcción teórica e intercambio científico; sistematización de resultados con buenas prácticas en el trabajo con hombres; la creación de un sistema visual que identifique la Plataforma y todo el sistema de soportes comunicacionales que ella genere; y la presencia de un folleto o manual que guíe y ordene la vida de la Plataforma (funciones, obligaciones de sus integrantes, relacio- nes, toma de decisiones, términos de referencia, conceptualizaciones e integrantes del grupo gestor).

36 / PUNTO GÉNERO

María Teresa Díaz

Otras actividades integran el cuadro de acciones de los hombres cubanos agrupados en esta agenda de trabajo, tal es el caso de los mensajes de bien público elaborados por los integrantes

como apoyatura mediática para ser colocados en diferentes espacios televisivos, radiales y perio- dísticos; soportes comunicacionales de la gráfica; obras audiovisuales y espectáculos humoristas libres de sexismo y discriminación, entre otros. También aparecen acciones con grupos expuestos

a niveles de exclusión social por su condición legal y delictiva (reclusos, hombres prostitutos).

Pero si bien esas maneras de accionar de la Plataforma resultan decisivas, el desarrollo de miniproyectos locales en los espacios de actuación deviene en un resultado sumamente novedoso y participativo. Tal es el caso de talleres de creación literaria, experiencias relativas

a rescate de tradiciones campesinas generadoras de climas de unidad familiar sin violencia,

talleres de cultura jurídica, hombres miembros de familias de la Iglesia con mirada crítica hacia las inequidades y las construcciones tradicionales de género, actividades artísticas y

culturales (exposiciones de pintura y fotografía, encuentros culinarios entre hombres, concur- sos literarios), obras audiovisuales desde la mirada de jóvenes realizadores, varones jóvenes por la equidad desde sus experiencias de vida, el deporte y la competencia sana en la vida de los hombres, juristas y policías desmontando estereotipos de género y mitos acerca de

la violencia, por solo citar algunos de los más importantes.

Se pretende que cada ámbito de actuación, a partir de acciones particulares en las localidades, pueda rescatar sus experiencias más enriquecedoras, su genuinidad, visiones, fortalezas y debi- lidades para buscar los puntos de encuentro y las diferencias con grupos de otros territorios, y poder establecer cómo han revisado sus encargos sociales acerca de lo que significa ser hombre. De esta forma ha podido debatir experiencias que contribuyen a clarificar, mover o cambiar formas de actuación con relación a la equidad y la violencia. El resultado de estos debates gru- pales locales ha sido el insumo fundamental del que se ha alimentado esta agenda de trabajo.

Los debates y encuentros de la plataforma han colocado a los varones .en mejores condiciones de fomentar acciones para concientizar el trabajo por la no violencia y la equidad de género.

Algunas de las principales fortalezas del trabajo que hemos podido visualizar, monitorear

y evaluar como resultado de esta experiencia han indicado fisuras en las construcciones tradi- cionales de lo que significa ser varón, a saber:

· la posibilidad de identificar cualquier expresión de violencia;

· el ser capaces de verbalizar elementos de una cultura jurídica encaminada a conocer qué deben hacer ante una manifestación de violencia y cuáles son los mecanismos de protección a aquellas personas que han resultado víctimas;

· acercarse a personal especializado para solicitar ayuda;

· la revisión de algunos encargos normativos de género que no favorecen el desarrollo de relaciones equitativas con las mujeres y otros hombres;

· evaluar las discriminaciones como un asunto de desigualdad y violación de derechos.

Sin embargo aún subsisten dimensiones, en los varones de esta experiencia, que es pre- ciso atravesar y que tienen que ver con la consistencia de lo que significa ser varón según

Plataforma de hombres cubanos: una experiencia para el bienestar

lo establecido por la cultura: emocionalidad reprimida, ostentación de su fortaleza física y “su grandeza”, sexualidad presente, segura y resistente y el alejamiento de toda señal que suponga posiciones de autocuidado. Sin embargo aun cuando siguen figurando en su listado de asignaciones se aprecia cierto nivel de cuestionamiento en cuanto a su legitimidad. No se asume pero se reflexiona críticamente, lo que pudiera sugerir un emergente de cambio.

SEÑALES PARA ORIENTARNOS

La atención a los problemas de la violencia y las inequidades de género supone diseñar

e

implementar diversidad de vías para la prevención y atención de un fenómeno complejo

y

de amplia presencia en las concepciones y comportamientos sociales, pero también im-

plica lograr conciencia de lo que representa, en aras de fortalecer el trabajo de gobiernos, instituciones, organizaciones y redes sociales (Cantera, 2001). Es decir, reconocer el valor de un accionar colectivo en diversas esferas de la realidad social con un trabajo de prevención y atención desde diversas perspectivas. La prevención de la violencia de género y la búsqueda de la equidad debe articularse como un proceso integrador.

El panorama contemporáneo de socialización de las masculinidades indica la urgencia de hacer apuestas sociales y culturales dirigidas a generar cambios en los hombres en relación con la violencia y la equidad de género: primero, porque son ellos los principales perpe- tradores de la violencia y, segundo, porque hay que desmontar los beneficios que supone sostener el poder a costa de ella.

Nuestra experiencia de trabajo con hombres ha indicado que no se pueden modificar comportamientos ni estilos de vida en relación con la violencia si los hombres no son capa-

ces de identificarla, reconocerla, visualizarla, nombrarla, desnaturalizarla, y si no cuentan con los argumentos precisos y los recursos emocionales necesarios para ello, pero sobre todo,

si no logramos que se interiorice que esta violencia descansa en inequidades históricas que

generan desigualdades y desbalances de poder y que tienen su origen en la culturalización de género a la que han de responder los hombres en su camino para aprender a serlo.

Es importante que cada hombre desarrolle fortalezas que le permitan participar, revisar y analizar las formas tradicionales en que ha sido socializada su masculinidad desde los presupues- tos de la cultura patriarcal a fin de comprender y desarrollar conceptos de equidad, igualdad de oportunidades, derechos y desnaturalización del poder, entre otras. Esto contribuirá a inte- riorizar las bondades y beneficios de un proyecto de vida que apunte a relaciones más justas y equitativas con las mujeres y entre los hombres. Es decir, se trata de promover la transformación en las relaciones intra e intergenéricas, en aras de contribuir al ejercicio pleno de la equidad.

Aun cuando sabemos que los cambios en la subjetividad individual requieren una dimensión temporal, es posible obtener resultados. Numerosas estrategias educativas y socializadoras en todo el mundo mediante programas de intervención y experiencias exitosas de buenas prácticas, dan fe de ello (Montero, Bonino, 2006 y Cantera, 2001). En tal sentido consideramos que la principal fortaleza y genuinidad de esta Plataforma de Hombres Cubanos por la no Violencia y la Equidad de Género descansa en dos particularidades:

– Su heterogeneidad (agrupar hombres con una amplia diversidad sociodemográfica, cultural y social con un propósito común: detener la violencia y trabajar por la equidad de género).

38 / PUNTO GÉNERO

María Teresa Díaz

– La posibilidad de contextualizar e ilustrar el valor de la participación de los hombres en procesos transformadores y la urgencia de asumirlos desde una planeación estratégica territorial, por medio del desarrollo de experiencias exitosas locales que puedan ser sostenidas desde las políticas locales.

La estructura de trabajo con hombres, que bajo la sombrilla de OAR está potenciando esta plataforma, nos permite valorizar y redimensionar la autenticidad de ser hombre, pero para lograr consistencia en las transformaciones precisamos tiempo, sistematicidad, perseverancia, confianza y la apropiación de una filosofía de lo que verdaderamente significa ser hombres.

La Plataforma de Hombres Cubanos por la no Violencia y la Equidad de Género es un intento más de deconstruir la invulnerabilidad masculina socialmente aprendida, de mul- tiplicar vías para concientizar las injustas y discriminatorias desigualdades entre hombres y mujeres y entre hombres y para desaprender la violencia como una de las inequidades de género más lacerantes y violadoras de los derechos humanos.

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TEMA II

familias

y

PATERNIDADES

Revista Punto Género Nº 6. Mayo de 2016 ISSN 0719-0417 / 43 - 59

Modelos de desarrollo, identidad masculina y familia: dos generaciones de trabajadores de Huachipato 1

Development models, male identity and family: two generations of workers from Huachipato Título inglés pendiente Título inglés pendiente Título inglés pendiente

Inti Fernando Fuica Rebolledo 2

Resumen

La“Compañía de Acero del Pacífico”(CAP) es considerada, y en específico a la planta siderúrgica Huachipato, como un eje industrializador relevante en la región del Biobío. Este estudio aborda las trayectorias vitales de trabajadores varones de la misma, en términos de conformación de identidad masculina y modos de hacer familia, diferenciándose dos generaciones a partir del cambio en el modelo de desarrollo del país. A partir del análisis de diferentes entrevistas se han hallado cambios y continuidades entre ambas generaciones, vinculando las experiencias vitales particulares con los cambios estructurales vividos en el país a partir del golpe de Estado de 1973.

Palabras clave: identidad - familia - modelo de desarrollo.

Abstract

The “Compañía de Acero del Pacífico” is considered, and the Huachipato steel plant in specific, as an im- portant industrialization pole within the Biobio region. This research is an approach to the male workers life trajectories in relation with the male identity construction and the ways to build family, making a comparison of two generations considering the change of the development pattern in Chile. Since the analysis of a number of interviews, changes and continuities have been found between both generations, linking the particular life experiences with the structural changes experienced in the country since the military coup in 1973.

Key words: identity - family - development pattern.

Fecha de recepción: Junio 2015 Fecha de aprobación: Julio 2015

1 Este artículo presenta los principales resultados de la investigación correspondiente a la Memoria de título de Sociólogo de mi autoría, como estudiante tesista del proyecto FONDECYT 1111007“Industrialización, formación de Identidad Obrera y Cambio Social, Concepción (1930-1970)”.

2 Sociólogo, Licenciado en Sociología, formado en la Universidad de Concepción. Diplomado en Masculinidades y Políticas Públicas, Universidad de Chile. E-mail: inti.fuica.rebolledo@gmail.com

Modelos de desarrollo, identidad masculina y familia: dos generaciones de trabajadores de Huachipato

INTRODUCCIÓN

El presente artículo da cuenta de los resultados principales de la investigación titulada “Modelos de Desarrollo, Identidad Masculina y Modos de Hacer Familia: Un Estudio Comparativo entre Dos Generaciones de Trabajadores de la Planta Siderúrgica Huachipato”realizada durante el 2012. La finalidad de la misma apuntó a generar conocimiento respecto de la construcción de identidad masculina e identidad obrera, y cómo estos aspectos se interrelacionan con los modos de hacer familia, en dos generaciones de trabajadores de la planta siderúrgica Huachipato. Como hipótesis, consideramos que el ser varones trabajadores de Huachipato dota de una identidad específica a estos hombres, identidad que se reflejó en las formas de concebir la familia y su propia autoimagen, en el contexto de dos generaciones distintas. Los diferentes contextos macrosociales, en términos de Modelos de Desarrollo, en los que cada generación se desenvuelve, repercutió también en las formas que tiene cada generación de concebir su identidad, su relación con el trabajo y su forma de entender la familia. Para realizar la producción de información se llevaron a cabo diez entrevistas cualitativas en profundidad, contando con cinco varones por cada generación. Se optó por una metodología de carácter cualitativo para dar cuenta de la significación atribuida por los varones a su experiencia laboral, vinculándola directamente con su construcción identitaria de género y familiar (Ruiz Olabuénaga, 2007), mediante la realización de un Análisis del Discurso (Ruiz, 2009; De Gregorio-Godeo, 2008).

Para la correcta presentación de los principales hallazgos se comenzará dando cuenta de los antecedentes generales que orientan y enmarcan la investigación, en términos del cambio en el Modelo de Desarrollo del país y sus consecuencias, en directa relación con la génesis y desarrollo de la planta Huachipato, así como elementos generales respecto de Identidad y Género. En segunda instancia se presentan antecedentes teóricos de otras investigaciones empíricas que han tratado temáticas similares. Para continuar se realiza la presentación en sí de los principales hallazgos correspondientes a la investigación. A modo de conclusiones se presenta una breve síntesis de salida con la interpretación de los resultados y posibles aperturas que genere la presente investigación.

1.

ANTECEDENTES

A.

CAP y Modelo de Desarrollo

El concepto más global corresponde al Modelo de Desarrollo, entendido este como la forma cómo una sociedad organiza sus reservas materiales y sus instituciones para buscar el progreso y la satisfacción de necesidades de todos sus miembros (Cardona, 1993 en Mejía-Ortega y Franco, 2007: 473). Durante el siglo XX se identifican dos grandes crisis económicas que conllevaron sendas redefiniciones del Modelo de Desarrollo adoptado por nuestro país, en consonancia con la situación global de la economía: la crisis de 1929 y la crisis de las décadas de 1970-1980 (Mejía-Ortega y Franco, 2007). La reacción a la primera crisis mencionada dio como resultado la adscripción de Chile a un Modelo de Desarrollo conocido como keynesiano, si bien nunca alcanzó los estándares de los Estados de Bienestar del primer mundo; efectivamente, el Estado desempeñaba un papel prominente, basado en lo que suele conocerse como industrialización mediante sustitución de importaciones (ISI) (Stallings, 2001: 25), así como una economía de carácter proteccionista, legislaciones laborales que protegían a los trabajadores y una alta sindicalización (Stallings, 2001; Mizala y Romaguera, 2001). Es en este marco general donde surge la Compañía de Acero del Pacífico y su planta siderúrgica Huachipato, comenzando su construcción en 1946, ubicada en la comuna de Talcahuano, región del Biobío, por medio de

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Inti Fernando Fuica Rebolledo

la promulgación de la Ley Nº 7.896 que otorgó a las futuras empresas siderúrgicas, garantías y

franquicias para asegurar el abastecimiento de acero al país (Echenique y Rodríguez, 1996: 5). Ahora bien, CAP no se corresponde con una empresa estatal tipo, sino que fue organizada en sus inicios como una sociedad anónima mixta, con capitales estatales conducidos por la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO) y capitales privados, propiedad que ha variado ampliamente a lo largo de los años, llegando incluso a estatizarse completamente en el gobierno de la Unidad Popular (Echenique y Rodríguez, 1996).

Respecto de las relaciones establecidas entre la empresa CAP y los trabajadores de la misma, el primer sindicato organizado por estos últimos data de 1947, comenzando a su vez las negociaciones colectivas, los procesos de huelgas y las demandas de beneficios, configu- rándose un proceso no exento de intensos conflictos y extendidos periodos de enfrentamiento entre trabajadores y compañía, cristalizando en el establecimiento de un Departamento de Bienestar, con la función de supervigilar la contratación de personal para la operación de la planta y las relaciones entre la Compañía y su personal (Echenique y Rodríguez, 1996: 190), incentivos económicos al perfeccionamiento laboral mediante la Unidad de Capacitación y Entrenamiento, asignación familiar, indemnización por años de servicio, bonos por trabajo en turnos y días feriados, becas de estudio para hijos e hijas de trabajadores, subsidios habitacionales, un Servicio Médico de Empleados CAP que subsidia los gastos en salud, el club deportivo Huachipato (y sus secciones internas correspondientes a múltiples ramas deportivas) y la corporación cultural Artistas del Acero, todos beneficios establecidos mediante negociaciones colectivas durante los años previos a la dictadura militar (Echenique y Rodríguez, 1996).

A partir del golpe de Estado de 1973, Chile comienza un tránsito hacia la adscripción de

un Modelo de Desarrollo neoliberal, caracterizándose grosso modo por una liberalización

de precios, apertura financiera y aduanera, privatización de empresas estatales, reformas

al sistema de pensiones, de salud y de educación, y cambios profundos en las condiciones

de negociación colectiva y derechos laborales (Stallings, 2001; Mizala y Romaguera, 2001; Echenique y Rodríguez, 1996).

El efecto más inmediato tuvo que ver con las condiciones laborales, ya que se producen

masivos despidos y se dificulta la posibilidad de que los trabajadores exigieran sus derechos, estableciéndose finalmente un nuevo marco legal con el llamado Plan Laboral en 1979, que restablece la negociación colectiva, la actividad sindical y la huelga, pero en condiciones muy diferentes a las existentes hasta 1973 (Mizala y Romaguera, 2001: 205), restringiendo los márgenes de acción sindical, la negociación colectiva y el derecho a huelga.

Respecto de lo sucedido específicamente con CAP, esta debió someterse a un criterio empresarial regulado por el libre mercado, sin apoyo estatal y en competencia con siderur- gia importada, comenzando un lento y dificultoso proceso de adaptación a estas nuevas condiciones, repercutiendo directamente en los trabajadores de la empresa. Los esfuerzos por aumentar la competitividad de la Compañía incidieron en una importante reducción de personal: disminuye, solo en la planta Huachipato, de 6.210 trabajadores en 1973, a 4.848 en 1980 (Echenique y Rodríguez, 1996), 2.475 trabajadores al 2002 (CAP, 2003) y 1.825 hacia el 2011 (CAP, 2012). El rol jugado por el sindicato se transformó radicalmente, desde un organismo representativo y articulador de las demandas de los trabajadores, hacia una

función de administración de los servicios ligados al bienestar social de los trabajadores, con

la

consecuente pérdida de capacidad de negociación y presión hacia la empresa (Echenique

y

Rodríguez, 1996). Finalmente, en la década de 1980 las acciones que hasta el momento

Modelos de desarrollo, identidad masculina y familia: dos generaciones de trabajadores de Huachipato

continuaban siendo del Estado chileno son vendidas, transformándose CAP en una empresa netamente privada, cambiando la razón social y el objeto de la Compañía hacia una sociedad anónima de inversiones (Echenique y Rodríguez, 1996).

B. Identidad y generación

Así como el Estado y la sociedad chilena experimentaron un cambio radical en el Modelo de Desarrollo en torno al que se organizaban, las personas también van experimentando cambios en términos de ideologías, de lo permitido y lo abyecto, de las formas de relacio- narse, en síntesis, la cultura va cambiando (Margulis, 2003). Así, Margulis nos plantea que:

“la dimensión cultural de los fenómenos sociales, alude a su nivel significativo, a los códigos de significación, históricamente constituidos y en permanente cambio, compartidos por un grupo social, que hacen posible la comunicación, la interacción, la inteligibilidad de los com- portamientos sociales” (2003: 14).

El compartir códigos de significación implica una pertenencia, un sentimiento de repre-

sentación colectiva, a una determinada identidad que se introyecta y a partir de la que se comienza a delinear un nosotros, en contraposición a un otros, con quienes no se comparten los mismos códigos (De Gregorio-Godeo, 2008). La identidad entonces se produce en torno a la pertenencia a un grupo, pertenencia que, al ser leída en términos de desarrollo temporal, vinculamos directamente al concepto de Generación, en el sentido de que esta involucra necesariamente el factor procesual en la construcción social e histórica de las realidades etarias, por lo que los sujetos se entienden como portadores de una edad social mediada por su historia (Muñoz, 2011: 135). Así, siguiendo los lineamientos de Karl Mannheim (1993 en Muñoz, 2011), planteamos que aquellas situaciones y condiciones experienciadas durante la juventud constituyen una imagen natural del mundo, a partir de estas las experiencias posteriores se van confrontando en una permanente dialéctica de la vivencia. La identidad generacional se ve directamente relacionada con el contexto social en el que es producida, estableciendo una relación dialéctica entre contexto e individuo, que va permanentemente redefiniendo los límites de lo considerado como propio (Muñoz, 2011).

A raíz de los cambios macrosociales en términos de modelo de desarrollo descritos con

anterioridad, a lo que Svampa (2000a) suma como factores de cambio la revolución sexual y el movimiento feminista en la década de 1960, se observa cómo estos repercuten directamente en la conformación de identidad de las personas, situación que se ve reflejada en la produc- ción de nuevas relaciones entre la estructura social y la acción de los individuos, expulsados de las antiguas estructuras (normativas y sociales) que definían la orientación de sus conductas y los dotaban de certezas (Svampa, 2000a: 10). Para esta autora, lo social se ha individualizado de forma progresiva, los marcos de socialización colectivos se desestructuran, el trabajo pierde centralidad como principio de subjetivación de los individuos, en tanto que las condiciones laborales ya no lo posicionan como un referente de seguridad. Describe el caso de la industria metalúrgica argentina en estas claves, delineando tres generaciones en términos del anclaje de la identidad respecto del trabajo: la primera generación la identifica como el tiempo de las identidades fuertes (Svampa, 2000b: 125), en donde la identidad respecto del trabajo y el sindicato son primordiales; una segunda generación es asociada a una identidad deteriorada, en donde se comienzan a vislumbrar los efectos desarticuladores del final de un modelo de integración social (Svampa, 2000b: 134); y una tercera generación denominada de identidades fragmentarias, en donde la pauperización laboral y la menor participación sindical hacen que la conformación de

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Inti Fernando Fuica Rebolledo

identidad migra desde el trabajo hacia aspectos particulares (Svampa, 2000b). La identificación identitaria con la esfera laboral toma particular fuerza en el caso de los varones y su particular construcción de género, vinculando directamente masculinidad con trabajo.

C. Género y masculinidades

El tercer concepto que emerge como central para la comprensión del presente artículo es el género, entendido este como el conjunto de características sociales y culturales de “lo masculino” y “lo femenino” (Barrancos et al., 2007: 32), a los roles y las relaciones sociales atribuidas y construidas para cada sexo en particular, diferenciándolos, transformando en productos culturales diferentes a hombres y mujeres. Este proceso de producción cultural del Género se ve reflejado en que existen características, necesidades y posibilidades dentro del potencial humano que están consciente e inconscientemente suprimidas, reprimidas y canaliza- das en el proceso de producir hombres y mujeres (Kaufman, 1997: 66), potenciándose algunas características y negándose otras de acuerdo con el sexo biológico. Género es una categoría relacional, da cuenta de las relaciones establecidas entre los géneros y dentro de cada uno; nunca emerge de forma pura, sino que se relaciona con condiciones de clase, etnia, territorio, entre otras (Barrancos et al. 2007; Burin y Meler, 2009), así como es una construcción histórico- social, es decir, va cambiando de acuerdo con cada época y a cada sociedad: los géneros son instituciones sociales fuertemente marcadas por las condiciones históricas: en distintas épocas, los modos de ser mujer y de ser hombre han ido cambiando (Urresti, 2003: 145).

Los estudios de Género poseían un marcado énfasis en la investigación y denuncia de la situación de opresión de las mujeres, tradicionalmente invisibilizadas, y a partir de este contexto surgen los estudios de masculinidades, entendiendo que la virilidad no es estática ni atemporal; es histórica; no es la manifestación de una esencia interior; es construida social- mente; no sube a la conciencia desde nuestros componentes biológicos; es creada en la cultura (Kimmel, 1994, p. 49), relevándose la importancia de la investigación de los varones como sujetos adscritos a su vez a un género.

Es relevante mencionar que el género, con la complejidad anteriormente mencionada, no termina expresándose de la misma forma en todos los individuos, dicho de otra manera, no todos los varones se construyen como hombres en el mismo sentido, aunque sí lo hacen respecto de la misma norma: la Masculinidad Hegemónica. Esta corresponde a un conjunto de características y mandatos relacionados con el deber ser hombre, transformándose en hegemónica cuando se hace parte de las subjetividades tanto de varones como mujeres, y se naturaliza (Kimmel, 1994; Connell, 1995; Olavarría, 2000; 2001).

Para el caso de la sociedad chilena, las características propias de esta Masculinidad he- gemonizada implican que los varones deben ser personas importantes, activas, autónomas, fuertes, potentes, racionales, emocionalmente controladas, heterosexuales, son los proveedores en la familia y su ámbito de acción está en la calle (Olavarría, 2000: 12); ser hombre se construye relacionalmente respecto del no-ser mujer, diferenciarse de estas y de los varones feminizados cuya masculinidad no se acerca a la hegemónica, en constituirse como personas públicas, cuyo ámbito de acción no está dentro del hogar (Fuller, 1997; Kimmel, 1994; Connell, 1995; Olavarría, 2000; Olavarría, 2001; García, 2004). La validación social en torno a la Masculinidad Hegemónica, y la dificultad práctica de responder a cada una de sus características para una gran cantidad de varones, posibilita que emerjan masculinidades subalternas, construidas en relación a la Hegemónica pero no correspondiéndose con esta, produciéndose pocos

Modelos de desarrollo, identidad masculina y familia: dos generaciones de trabajadores de Huachipato

cambios en torno a la idea hegemonizada debido a que, aunque no cumplan con cada man- dato, los varones se benefician del dividendo patriarcal, en términos de privilegios, otorgado por el solo hecho de pertenecer a la mitad de la sociedad considerada como importante (Marqués, 1992; Connell, 1995).

2. VARONES, TRABAJO Y FAMILIA

A partir de los elementos presentados con anterioridad, presento ahora la experiencia de

otras investigaciones que también han pesquisado respecto de la interrelación de estos ele- mentos, y cómo los varones van construyendo su identidad en torno a ciertos ejes comunes.

A. Estado de bienestar y familia nuclear

El trabajo constituye uno de los mandatos predominantes de la Masculinidad Hegemónica,

en el sentido de que un hombre es valorizado positivamente junto con las tareas que desempeña, el trabajo es uno solo, está afuera de la casa, supone competencia, lucha, determinación, valor (Urresti, 2003: 148), debe salir al mundo público para trabajar y así poder a su vez proveer, en el sentido de transformarse en el sustento económico de su familia (Olavarría, 2000; Caamaño, 2010). Esta idea fue hegemonizada en el periodo que anteriormente identificamos con la adscripción a un modelo de desarrollo keynesiano, generando a su vez una forma de familia particular hegemonizada: la Familia Nuclear, entendida esta como conformada por un padre trabajador-proveedor y una madre encargada del hogar y la crianza, quedando los afectos como propiedad del género femenino y la autoridad del masculino (Jelin, 1993; Olavarría, 2000; Olavarría, 2001; Urresti, 2003; Valdés et al., 2005; Caamaño, 2010), donde el hombre proveedor y la mujer reposo reproductora [conforman] un modelo de géneros complementarios, una normalidad que prescribe castigo, exclusión o desvalorización moral para todos aquellos que no la respeten (Urresti, 2003:149).

La Familia Nuclear hegemonizada se erige como normalidad, a pesar de que históricamente la vinculación de los varones con la idea de familia era muy reducida y encasillada a las clases acomodadas (Salazar, 2006), debido a que, a partir del cambio a un Modelo de Desarrollo que buscaba acercarse a un Estado de Bienestar, se produjo también la necesidad de integrar a la creciente población de hombres, trabajadores temporeros, gañanes, que comenzó a “invadir” las grandes ciudades, especialmente Santiago (Olavarría, 2000: 16); la naciente industria requería de una población trabajadora, que perseverara en el trabajo y tuviese necesidad de conservarlo. Estas condiciones se cumplirían con hombres comprometidos con una familia que dependiera de ellos directamente y demandara sus cuidados y protección (Olavarría, 2000:16). Esta necesidad se vio traducida a su vez en varias políticas públicas que apuntaron al fortalecimiento de la Familia Nuclear y al modelo complementario de padre trabajador-madre cuidadora, produciendo una sólida idea en torno a esta familia, fortalecida tanto desde las políticas públicas como desde las condiciones laborales propias de la época (Olavarría, 2000; 2001; Valdés et al., 2005).

B. Modelo neoliberal y nuevos arreglos familiares

El golpe de Estado de 1973 cambió las condiciones macrosociales de Chile, se establece

un nuevo marco legal en la Constitución de 1980, cambian drásticamente las condiciones y protecciones laborales, así como también el enfoque de las políticas públicas, que pasó de centrarse en disminuir la brecha entre sectores medios y bajos de la población respecto de los altos y en un fomento estatal de las industrias, hacia un enfoque centrado en la extrema

48 / PUNTO GÉNERO

Inti Fernando Fuica Rebolledo

pobreza y un Estado subsidiario. En este contexto, la regulación del trabajo es competencia del mercado y disminuyen drásticamente las protecciones legales en torno a este, lo que transforma completamente el marco protegido de desarrollo de la Familia Nuclear (Aguirre

y Fassler, 1993; Olavarría, 2000; Olavarría, 2001; Stallings, 2001; Valdés et al., 2005; Valdés et al., 2006). A pesar de los cambios en la estructura social que posibilitaban la coherente interre- lación entre trabajo y familia para los varones, la Familia Nuclear se ha mantenido como la idea hegemonizada, pero existe un incipiente proceso de cuestionamiento tanto de esta como de la propia masculinidad hegemónica, incrementándose:

“el número de varones que están intentando vivir su masculinidad por fuera de este modelo [ ] un hombre que no niega su costado femenino (en el sentido heredado del término), es decir, el cultivo de la sensibilidad, la escucha de su cuerpo, la afectividad, el contacto físico cariñoso, la relación tierna con los hijos y todo otro conjunto de elementos con los cuales se puede identificar una manera de vivenciar la masculinidad en completo distinta de aquella a la que asistió durante el proceso inicial de su socialización” (Urresti, 2003: 151).

Este proceso está notoriamente influenciado por la disminución de las oportunidades labo- rales para los hombres adultos, cambiando también la estructura ocupacional, donde las mujeres adultas se incorporan de manera masiva al mercado de trabajo, con lo que las transformaciones en la organización doméstica comienzan a ser visibles (Jelin, 1993: 79). Estos cambios se ven reflejados en la emergencia de una multiplicidad de formas de familia, de necesidades nuevas tales como que padre y madre trabajen, repercutiendo en la construcción identitaria tanto de mujeres como varones (Jelin, 1993; Olavarría, 2000; 2001; 2004; Valdés et al., 2005; 2006). La emergencia de estos nuevos arreglos familiares no es lineal, sino que se ve atravesada por continuidades respecto del modelo tradicional, así como también se producen muchísimas rupturas.

En términos muy gruesos, los principales cambios apuntan hacia una disminución del

autoritarismo paterno, un cambio en la centralidad de la familia desde el padre hacia los hijos

e hijas, la sexualidad dentro de la pareja comienza a ser más valorada y aumenta la conciencia

masculina respecto de la importancia de su rol en la crianza, aumentando la intencionalidad de participación, aunque esta muchas veces se ve reducida a los aspectos más lúdicos de la crianza y no se traspasan ciertas barreras de género, como considerar a la mujer encargada del hogar y al varón solo una ayuda (Olavarría, 2001; Valdés et al., 2005; 2006; Wainerman, 2007).

3.

HALLAZGOS

A.

Primera generación

Los varones correspondientes a la primera generación estudiada son extrabajadores de Huachipato, ingresando la totalidad de ellos a la siderúrgica antes del golpe de Estado de 1973. Comparten como característica común el hecho de haber jubilado en CAP.

Entrevistado

Edad

Estado civil

Periodo laboral

Cargo ingreso

G1E1

68

Casado

1970-2006

Operario

G1E2

67

Viudo

1966-2009

Operario

G1E3

71

Casado

1970-1985

Operario

G1E4

71

Casado

1972-2006

Administrativo

G1E5

77

Casado

1958-2000

Administrativo

Modelos de desarrollo, identidad masculina y familia: dos generaciones de trabajadores de Huachipato

Estos cinco hombres evalúan de forma muy positiva su paso por CAP, especialmente por con-

siderar que el trabajo en la siderúrgica los dotó de posibilidades que en otros potenciales trabajos no existían, tanto para quienes ingresaron sin estudios superiores (incluso sin estudios medios)

a los cargos de operarios como quienes ingresaron como administrativos a base de sus títulos

profesionales. En este sentido, desde un comienzo se vislumbra una considerable identificación

identitaria con Huachipato, con una organización sindical poderosa, condiciones laborales positivas,

la posibilidad de hacer carrera al interior de la misma siderúrgica, con el consecuente desarrollo

profesional y económico, y una extensa red de beneficios para los trabajadores de la empresa:

“siempre he sido un hombre muy agradecido de Huachipato, muy agradecido por, Huachipato me dio casa incluso” (G1E5).

Esta acentuada identidad se construía a partir de una vinculación entre Huachipato y sus trabajadores que excedía el solo cumplimiento de un horario laboral y ciertas funciones, sino que se extendía hacia la vida privada de los trabajadores, contando con servicios médicos, becas de estudio, asignaciones familiares, posibilidades de esparcimiento y una destacada

política habitacional, beneficios que fueron obtenidos mediante movilizaciones sindicales con amplia representatividad de base y un contexto macrosocial en donde se posibilitaba que la empresa entregase estas prestaciones (Echenique y Rodríguez, 1996; Svampa, 2000b; Mizala

y Romaguera, 2001).

“siempre lo han tenido también porque el sindicato siempre ha peleado mucho por esas cosas, entonces la empresa no se podía, eh, olvidar ni, ni soslayar cosas porque los dirigentes iban

y les recordaban ahí, entonces, te ayudaban a pagar la mensualidad y todo, habían ciertos

puntos ganados por el sindicato, entonces eso llevaría a montones de cosas, es decir, arriendo de casas también te daban una parte, eh, si uno pagaba, por decir algo, diez mil pesos, ellos seguramente colocaban unas dos o tres lucas a lo mejor de, de esos diez mil pesos ¿ya? Eh, porque esos eran puntos ganados de los sindicatos, eh, lo médico, todo, todas las cosas” (G1E1).

La organización y lucha sindical es indicada como uno de los puntos más relevantes por los tres entrevistados que fueron operarios en la planta, recordándose como un organismo validado por las bases y por medio de este se logró la conquista de muchísimos beneficios y derechos para los trabajadores. Esta positiva evaluación de la labor sindical no es extensiva a quienes poseían cargos administrativos, pero sí se destacan las relaciones humanas que se daban entre los distintos niveles de jerarquía dentro de Huachipato, por lo que el espacio laboral es considerado en todos los casos como muy positivo, forjándose relaciones de amistad duraderas:

“sí, sí, bueno yo diría que, que los amigos que tengo hoy día, yo tengo tres amigos que somos de la época de estudiantes de Liceo, y el resto son todos, son colegas de Huachipato” (G1E4).

Las posibilidades de capacitación y desarrollo profesional son a su vez ampliamente valoradas, tanto a nivel de operarios como de administrativos, destacándose el perfeccionamiento per- manente y la redundancia en mejores condiciones económicas (Echenique y Rodríguez, 1996).

“yo nunca desperdicié ninguna opción que me dieran, yo iba a cursos a Santiago, estudiamos

en la Universidad allí frente al Club Hípico ¿Federico creo que se llama? [Federico Santa María]

y, allá la, cuando llegó la computación mandaron a la eh, Inacap y a otro que está aquí en

el

mall, o sea todas” (G1E2).

Estas condiciones laborales propiciaban una estrecha interrelación entre los trabajadores,

la empresa CAP (como fuente laboral de estos varones), y sus familias, ya que los beneficios

50 / PUNTO GÉNERO

Inti Fernando Fuica Rebolledo

se extendían hacia el grupo familiar nuclear de los trabajadores, en términos de becas de estudios, predios vacacionales, pertenencia a los clubes deportivos, entre otras, donde desta- camos especialmente la política habitacional de Huachipato, que permitía a sus trabajadores acceder a préstamos y subsidios para compra de inmuebles (Echenique y Rodríguez, 1996), en un claro ejemplo de políticas empresariales que posibilitaban al padre proveedor de un contexto de tranquilidad respecto de su rol y el cumplimiento con los mandatos correspon- dientes al ser varón (Olavarría, 2001; Valdés et al., 2005; Caamaño, 2010).

“me estabilizó más en el trabajo, y, y bueno para uno y para la familia [ ] yo en ese momento tenía los problemas habitacionales habituales de una persona que (ríe), que se casó y bueno,

y tuvieron en este caso a mi hija, eh, después, un par de años después a C., C. es del año 70, justo cuando pasó lo de la contratación, claro, ella nació en febrero y a mí me contrataron

el 8 de junio, entonces fue, fue bonito [ ] y la visitadora intercedió y no dijo, no puede estar

más en esto, tiene que irse de esa parte, y yo lo voy a sacar, y antes de un mes, nos tuvo afuera, entonces, y eso dio estabilidad a la familia, dio estabilidad pa’l trabajo y uno, por decir, tú vas mejor a trabajar, eh, con más ánimo, encuentras mejor la pega, encuentras todo mejor” (G1E1).

En concordancia con lo expuesto anteriormente, los cinco varones pertenecientes a esta generación establecieron Familias Nucleares, en donde los hombres se encargaban del trabajo y la proveeduría y las mujeres quedaban a cargo del hogar, con la sola excepción de G1E5, en donde ambos miembros de la pareja trabajaban, manifestándose claramente cómo las condiciones existentes en la época les permitieron establecer este modelo de familia con bajas contradicciones, se mantienen los roles tradiciones de hombre y mujer bastante fijos y con un bajo nivel de cuestionamiento (Olavarría, 2001; Valdés et al., 2005; Valdés et al., 2006; Wainerman, 2007).

“era dueña de casa, eh, tampoco éramos tan, como decirlo, tan, que tuviéramos otros recursos, solamente ella dirigiendo todo, eh, pudimos hacerlo así, de esa manera, así que no, agradecido de todo no más” (G1E1).

Resulta muy relevante también el hecho de que, a pesar de lo que teóricamente po- dríamos haber esperado para esta generación, en dos de los cinco casos entrevistados se manifestó como muy relevante el hecho de establecer relaciones afectivas con los hijos o las hijas, manteniéndose el esquema más tradicional de padre preocupado solo de proveer económicamente en los otros tres casos, considerándose como lo más relevante de la función paterna la posibilidad de entregarle un desarrollo material a sus hijos/as que les permitiera un desarrollo educacional superior al que ellos mismos tuvieron (Olavarría, 2001; Valdés et al., 2005; Valdés et al., 2006; Wainerman, 2007).

“mis hijos se educaron también que es lo más importante, tengo tres hijos, que ya son los tres profesionales, entonces eso me lo dio, la empresa poh” (G1E2).

En contraposición a las familias formadas por los extrabajadores de Huachipato de la primera generación, sus familias de origen presentan una amplia diversidad, en donde en algunos casos eran de tipo Nuclear, pero también están presentes familias monoparentales (solo mamá), y dan cuenta también de procesos históricos como la migración campo-ciudad (Salazar, 2006).

“éramos súper pobres, no teníamos ni casa, siempre arrendamos, mi mamá era una lavan- dera, no teníamos papá” (G1E2).

Modelos de desarrollo, identidad masculina y familia: dos generaciones de trabajadores de Huachipato

En esta generación se identifica claramente al golpe de Estado como un punto de in- flexión, en donde comienzan a gestarse cambios en las condiciones laborales, económicas

y sociales del país. Para el caso particular de Huachipato, se destaca que la dinámica laboral

no se vio muy alterada, pero muchos dirigentes de los trabajadores perdieron su trabajo, así como se evidencia la pérdida de centralidad del sindicato como organización represen- tativa de los trabajadores de la empresa de forma muy clara (Echenique y Rodríguez, 1996; Svampa, 2000b; Stallings, 2001; Mizala y Romaguera, 2001). A partir de la década de 1980 se produjeron cambios en la organización general de la empresa, disminuyéndose el número de trabajadores y comenzando los procesos de racionalización y de ajuste a las nuevas condiciones neoliberales en las que debía manejarse Huachipato (Echenique y Rodríguez, 1996; Stallings, 2001; Mizala y Romaguera, 2001). Desde los operarios, también se destacaron prácticas de resistencia frente a los cambios, pero que no pudieron frenarlos ni mantener las favorables condiciones existentes con anterioridad:

“el año 81, que Huachipato estuvo a punto de quebrar, incluso lo querían comprar los japoneses, ahí hubo que eliminar todos los contratistas, porque había una cantidad enorme de carne que le llamábamos nosotros, y era gente que iba a trabajar, no eran contratos que tu dijeras oiga, hágame esta pieza, no, oiga vaya a trabajar, a estrobar, vaya a trabajar a hacer paquetes, en fin, eso se eliminó todo, todo todo todo, en tiempos de Pinochet” (G1E5).

En términos generales, se evalúa positivamente la experiencia como extrabajadores de la siderúrgica, donde los cinco entrevistados de esta generación jubilaron en Huachipato, sumándose a las posibilidades de desarrollo profesional y beneficios extensivos a las familias, los que generaban un clima laboral propicio para identificarse de manera considerable con la empresa:

“entonces, el hecho de que, de que uno aprendiera una cosa y te dieran la oportunidad y la empresa cooperara con eso, hacía que uno realmente se sintiera bien en el trabajo, yo me sentía bien en mi trabajo, me gustaba a mí” (G1E1).

Los varones de esta generación conforman un colectivo que se acerca bastante al modelo masculino hegemónico, validándose en el espacio público y en la esfera laboral como hom- bres (Kimmel, 1994; Kaufman, 1994; Connell, 1995; Olavarría, 2000; Urresti, 2003; Caamaño, 2010), conformando en su totalidad Familias Nucleares (Olavarría, 2001; Valdés et al., 2005;

Valdés et al., 2006). El contexto histórico en el que esta generación ingresó al mundo laboral

y conformó familia, sumado a las especiales características propias de Huachipato como em-

presa, permitieron a los entrevistados un acceso a trabajos bien remunerados, con horarios y vacaciones acordes a sus necesidades y una gran cantidad de beneficios extralaborales que favorecían a sus familias y reforzaban el modelo hegemónico de Familia Nuclear (Echenique

y Rodríguez, 1996; Olavarría, 2000; Svampa, 2000b; Mizala y Romaguera, 2001; Stallings,

2001; Urresti, 2003). Conformaron una identidad como varones con pocas contradicciones respecto de este modelo hegemónico validado socialmente (Connell, 1995; Olavarría, 2000), permitiendo una construcción identitaria sólida y una conformación de Familia Nuclear con bajos cuestionamientos.

B. Segunda generación

La segunda generación de trabajadores identificada corresponde a quienes hicieron su ingreso a la siderúrgica con posterioridad al año 1973. Destacamos la incorporación de G2E5, quien trabajó como contratista en Huachipato y no fue empleado de planta.

52 / PUNTO GÉNERO

Inti Fernando Fuica Rebolledo

Entrevistado

Edad

Estado civil

Periodo laboral

Cargo ingreso

G2E1

53

Casado

1985-actualidad

Operario

G2E2

49

Casado

1985-actualidad

Operario

G2E3

56

Casado

1986-actualidad

Operario

G2E4

60

Casado

1979-actualidad

Administrativo

G2E5

59

Casado

1980-1982

Contratista

La evaluación general de los trabajadores de Huachipato pertenecientes a la segunda

generación estudiada, respecto de su trabajo y estadía en la CAP, es positiva, considerándose

a esta como una buena empresa para laborar. En otro sentido, es muy relevante mencionar

que cuatro de los cinco entrevistados son a su vez hijos de trabajadores huachipatinos, por lo que la siderúrgica ha formado parte de sus vidas desde la niñez, erigiéndose como una imagen natural del mundo (Muñoz, 2011) las características propias de Huachipato. Este hecho influyó notoriamente en el deseo de trabajar también en la siderúrgica, así como fue un facilitador importante al momento de obtener un ingreso efectivo a la planta laboral.

“mi papá trabajaba en Huachipato así que, por intermedio de él conseguí la solicitud y postulé y quedé en Huachipato, el 85, en mayo, en mayo del 85” (G2E1).

El generalizado conocimiento de las beneficiosas condiciones laborales existentes en

Huachipato, como bien describimos a partir de la voz de la primera generación, potenció el deseo de trabajar ahí. Esto se ve reflejado en la gran cantidad de beneficios, como por ejemplo las facilidades para la obtención de una vivienda propia, que aún se mantenían al momento de ingresar estos trabajadores a la siderúrgica.

“puta sabís que era tan fácil, que no se qué, era tan fácil que tú tenías que ir a firmar y pagar ocho lucas y nada más, tú no hacías nada, te decían anda al sindicato, allá a Barros Arana, firmabas un hoja acá y dejabas ocho lucas o que te las descontaban por planillas porque, te vamos a gestionar una casa, y nada más, te lo juro que nada más, y hubo compañeros que no quisieron, imagínate, y yo con eso a los 24 tenía casa ya” (G2E2).

A pesar de poder acceder a estos beneficios, existe gran coincidencia entre los cinco en-

trevistados correspondientes a esta generación respecto de un paulatino y constante proceso de cambio en la siderúrgica, en un doble movimiento: por un lado, aumenta la tecnología en el proceso de producción del acero, generando condiciones laborales mucho más favorables en términos de desgaste físico y accidentes laborales; por otro lado, disminuye de manera considerable la planta de trabajadores contratados por la compañía, el sindicato pierde su

carácter conflictivo y pasa a administrar los beneficios obtenidos en épocas anteriores, existe una menor seguridad respecto del trabajo y una menor identificación con la empresa en términos de generación de identidad, cambios vividos en directa relación con el cambio en el Modelo de Desarrollo vivido por el país (Echenique y Rodríguez, 1996; Svampa, 2000b; Mizala

y Romaguera, 2001; Stallings, 2001).

“la cantidad de trabajadores ha disminuido cualquier cantidad po’, eeeh, lógicamente todas las empresas, tratan de optimizar los procesos, y, y mecanizar po’, por lo tanto, de repente se tiene que disminuir la cantidad de gente, y no, y se ha optimizado todos los procesos” (G2E4).

El aumento de la inseguridad laboral respecto del pasado directo (y conocido en cuatro

de los casos en primera persona), sumado a una menor participación y articulación sindical,

Modelos de desarrollo, identidad masculina y familia: dos generaciones de trabajadores de Huachipato

propician que la construcción identitaria de los varones pertenecientes a esta segunda ge- neración migre desde una centralidad puesta en el trabajo y la organización colectiva como trabajadores, hacia una gestión individual de las posibilidades de desarrollo y consumo que ofrece los, comparativamente, buenos sueldos entregados por la siderúrgica. Se acerca así a lo que Maristella Svampa (2000b) propone como identidades deterioradas, en el sentido de que se mantiene el recuerdo de un pasado que otorgaba las posibilidades de identificarse plenamente en el trabajo confrontado a una realidad distinta. Esta situación está directamente relacionada con los cambios legales y normativos a nivel más global, en el sentido de pérdida de derechos y garantías laborales, regulación por medio del mercado de los procesos de la compañía, y facilidades para despidos (Svampa, 2000b; Mizala y Romaguera, 2001; Stallings, 2001; Margulis, 2003). Así como la seguridad respecto del trabajo disminuye, aumentan los requerimientos de productividad y cumplimiento de las medidas de seguridad, respondiendo a las actuales condiciones de subcontratación y desvinculación de la identificación identitaria respecto del trabajo (Svampa, 2000b), y generando la construcción de un otros emergente: los trabajadores actuales de CAP poseen unas condiciones laborales extremadamente deterioradas,

“yo hoy día tengo un ahijado, ahijado, compadre en el fondo, compadre porque, que se casó con una sobrina mía, que él es con, trabaja con un contratista en Huachipato, y yo a él le digo y le cuento esta cuestión, él trabaja en turno, y estoy de incentivarlo a que estudie, porque yo entiendo claro, él tiene solo cuarto medio, si no estudia se va a quedar ahí como un trabajador del mando inferior, y eso en Huachipato es nefasto, hoy yo sé que a los 50 y tantos años ya están haciéndolos desaparecer a todos, y están tratando de pagar sus mejores indemnizaciones pa’ que se vayan porque no son productivos, y porque además tienen muchos males” (G2E5).

El ser testigos de la disminución de la planta laboral, a la vez que presencian cómo el sindi-

cato pierde poder movilizador y comienza a centrarse en la gestión de los beneficios obtenidos con anterioridad, facilita una desvinculación afectiva de la empresa. La imagen respecto de la notable vinculación con el trabajo de la generación anterior sigue presente, mediante recuerdos vividos, así como de las facilidades y seguridad que tenían,

“con mi papá, con mi tío, a veces mi tío estaba menos porque él tenía un cargo más o menos jefatura, él salía pero ahí nos quedábamos 3, 4, 5, yo tengo fotos de ese momento, celebrába- mos cumpleaños, lo que me parece natural, bien, una velita cualquier cosita, eso me parece normal, hoy también, pero no de todos los días, de repente que algunos se quedaran ahí más tiempo, o yo escuchaba van a buscar a alguien, no anda a buscarlo que está durmiendo en los casilleros” (G2E5).

A pesar de lo anterior, quienes son contratados por CAP alcanzan a hacer uso de ciertos

beneficios, que posibilitan también un buen pasar a nivel familiar. Así, los cinco entrevistados conforman Familias Nucleares y valoran ampliamente el hecho de ser trabajadores y proveer (Fuller, 1997; Olavarría, 2000; Olavarría, 2001; Urresti, 2003; Valdés et al., 2005; Caamaño, 2010).

“yo llegué aquí soltero, yo llegué soltero, y estuve como un año y medio, soltero, viviendo en pensión, al principio la empresa me pagó un hotel, y posteriormente yo tenía que conseguirme donde vivir, me quedé en una pensión, viví con unos amigos, arrendamos departamento, eeeh, me cambié varias veces, hasta que me, me casé [ ] sigo casado, me casé el año, ’81” (G2E4).

Sin perjuicio de lo anterior, en la segunda generación de trabajadores existe una amplia diversidad de arreglos familiares, los que si bien no llegan a cuestionar los mandatos más tra- dicionales, sí los acercan a relaciones un tanto más contemporáneas. Así, G2E2 comparte las

54 / PUNTO GÉNERO

Inti Fernando Fuica Rebolledo

tareas afectivas de crianza con su esposa, mujer trabajadora; las esposas de G2E1 y G2E3 salen al mundo laboral una vez que los hijos y las hijas abandonan el hogar de origen; y solo G2E4 y G2E5 mantienen el clásico rol de varón proveedor-madre dueña de casa hasta hoy, describiendo prácticas netamente tradicionales en términos de relaciones de género (Olavarría, 2001; Valdés et al., 2005; Wainerman, 2007).

“mi señora es la que se encarga de todos los pagos, de llevar la casa, de todo lo demás po’, y finalmente uno no, no paso aquí, todo el día metido en, casi todo el día, así que ella es la que hace todo, paga las cuentas [ ] mi señora es dueña de casa, claro, y esa es la facilidad que uno, que yo he tenido” (G2E4).

Respecto de la relación establecida con los hijos y las hijas, la preocupación principal co- rresponde al hecho de que estos/as estudien y se formen como profesionales, acercándose

a características masculino-hegemónicas (Olavarría, 2001; Valdés et al., 2005). Destaca el caso

de G2E2, quien manifiesta una relación con su hijo e hija basado en el afecto y la cercanía, lo que lo acerca mucho más a lo propuesto teóricamente como propio de las generaciones más jóvenes (Olavarría, 2001; Valdés et al., 2005; Valdés et al., 2006; Wainerman, 2007).

“me estoy levantando como seis y medio un cuarto para la siete, ahí le preparo el desayuno, lo despierto al regalón, lo dejo listo y lo voy a dejar al colegio” (G2E2).

En términos generales, la segunda generación de trabajadores de Huachipato entrevistada posee características que la acercan bastante a lo que Maristella Svampa (2000b) describe para el caso de la industria metalúrgica argentina como identidades deterioradas, ya que existe una permanencia de los beneficios correspondientes a la generación anterior, que convive con la observación de la pérdida paulatina de estos y la incapacidad de organización de base para revertir esta situación, más resignados que organizados. En términos de familia, existen incipien- tes muestras de acercarse a lo teóricamente propuesto como características contemporáneas, pero evidenciando marcados rasgos de continuidad respecto del modelo tradicional de Familia Nuclear (Olavarría, 2001; Valdés et al., 2005; Valdés et al., 2006; Wainerman, 2007).

4. SÍNTESIS DE SALIDA

Los elementos presentados con anterioridad posibilitan establecer que, a partir de los grandes cambios experimentados por el país a nivel de modelo de desarrollo, expresado en las garantías laborales, intercambios económicos, propiedad de las empresas estatales y las políticas públicas (Echenique y Rodríguez, 1996; Mizala y Romaguera, 2001; Stallings, 2001), existen notorios cambios en las formas de construcción de identidad.

Tanto de concepción de la centralidad del trabajo como de identificación con la empresa

y seguridad laboral, migrando la centralidad de la identidad desde el trabajo y los procesos

colectivos en la Generación 1, hacia las satisfacciones personales y económicas en la Generación 2; la identidad se moviliza desde un modelo fuerte hacia uno deteriorado, lo que también se

ve reflejado en un mayor temor hacia la pérdida del trabajo expresado por la segunda gene- ración (Svampa, 2000b). Sin perjuicio de lo anterior, se observa en los trabajadores de ambas generaciones una firme relevancia de la idea de un nosotros, en tanto que trabajadores de Huachipato, que les permite diferenciarse de las condiciones experimentadas por quienes no acceden a trabajar en la planta siderúrgica (los otros), por lo que la identidad como trabajador de Huachipato se mantiene, con matices, en ambas generaciones (De Gregorio-Godeo, 2008).

Modelos de desarrollo, identidad masculina y familia: dos generaciones de trabajadores de Huachipato

Respecto de las temáticas afectivas y familiares, en ambas generaciones predomina una concepción hegemónica de Familia Nuclear, aunque las rupturas respecto de esta y un acer- camiento mayor hacia prácticas más contemporáneas se da con mucha mayor fuerza en la segunda generación, expresado fundamentalmente en una mayor apertura hacia la vincula- ción de las parejas femeninas con el mundo laboral. A pesar de los cambios, a nuestro juicio, en ninguna de las dos generaciones se constituyen prácticas cuestionadoras de las relaciones hegemonizadas en el periodo del Estado de Bienestar, manteniéndose arraigada la Masculinidad Hegemónica (Olavarría, 2001; Valdés et al., 2005; Valdés et al., 2006; Wainerman, 2007).

Los varones mantienen una centralidad muy importante de su construcción como tales en los aspectos públicos y del trabajo, así como estableciendo prácticas tradicionales en la gran mayoría de los casos, con la proveeduría como eje importante de construcción de relaciones familiares, posibilitados en gran medida por las acordes condiciones laborales existentes to- davía en la siderúrgica (Olavarría, 2001; Valdés et al., 2005; Caamaño, 2010). La permanencia de prácticas tradicionales no es exclusiva por parte de los trabajadores y extrabajadores de la siderúrgica, sino que puede hacerse extensiva a gran parte de los varones de Chile y latino- américa (Olavarría, 2001; Urresti, 2003; Valdés et al., 2005; Valdés et al., 2006; Wainerman, 2007), pero la relevancia de los presentes hallazgos se relaciona con el bajo cuestionamiento que estos varones presentan frente a este modelo; la conformidad con la modalidad de Familia Nuclear se vincula directamente con la permanencia en la esfera pública-laboral y la capacidad de proveer económicamente, requisitos masculino-hegemónicos que el trabajo en CAP sustenta.

De esta forma, emergen como particularmente interesantes los casos en que, de forma inci- piente, se cuestionan los tradicionales roles: en la primera generación, uno de los entrevistados comparte el hecho de trabajar con su pareja, sin generar un cuestionamiento a esta situación; en la segunda generación, nuevamente un entrevistado comparte trabajos extradomésticos remunerados con su pareja, mientras otros dos lo hacen una vez que esta cumple con el impera- tivo de la buena madre (Valdés et al., 2005) y sus hijos abandonan el hogar. Si bien la proveeduría económica exclusiva masculina se mantiene con bajos cuestionamientos, se visibiliza también la emergencia de modos de hacer familia, en donde se acepta la coproveeduría, sin que esta redunde en un cuestionamiento hacia la imagen masculina. Asimismo, es en la segunda ge- neración en donde, por medio del discurso, se visibiliza una relación afectiva entre un padre y sus hijos, la que incluye a su vez hacerse cargo de algunas labores domésticas asociadas a la crianza, situación que resulta extraordinaria respecto de la generalidad de los relatos.

Sobre la base de lo anterior, es posible postular que para los trabajadores y extrabajadores de CAP se visibiliza la existencia de una relación entre las condiciones macrosociales que entrega el Modelo de Desarrollo y la construcción de Identidad para los varones, debido a que parte importante de esta última se relaciona con las condiciones laborales, en tanto que el trabajo sigue presente como un eje relevante de la Masculinidad Hegemónica, mientras que los Modos de Hacer Familia también se van modificando a medida que los contextos macrosociales se transforman (Jelin, 1993; Olavarría, 2000; Olavarría, 2001; Urresti, 2003; Valdés et al., 2005; Caamaño, 2010).

Para el caso específico de los trabajadores aquí estudiados, la particularidad propia de Huachipato, tanto por las beneficiosas condiciones laborales como por la paulatina pérdida de beneficios, posibilitaron un mantenimiento de elementos que permiten mantener a la Familia Nuclear, de forma tanto simbólica como práctica, como un eje de construcción identitario con un bajo nivel de cuestionamiento, por lo que no se observan cambios mayores entre una generación y otra.

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Inti Fernando Fuica Rebolledo

La presencia en la segunda generación de un caso en donde se comparte el trabajo remunerado, emerge una relación afectiva entre varón e hijos/as, y este además asume algunas tareas domésticas y de crianza, cuestiona la linealidad de esta relación, y nos per- mite asegurar que si bien las condiciones macrosociales son un factor importante, estas no determinan la construcción identitaria ni las relaciones de género establecidas en la familia, sino que proveen de un marco que facilita o dificulta el mantenimiento o cuestionamiento de los modos de hacer familia hegemonizados.

Los varones trabajadores y extrabajadores de CAP aquí entrevistados poseen un contexto global en donde las condiciones propician una construcción identitaria masculino hegemónica, pero la presencia de esta se ve también tensionada por la existencia de elementos discursivos y prácticos en donde los varones la cuestionan, construyendo distintas formas de masculini- dad que, si bien no redundan en un cuestionamiento explícito respecto de la Masculinidad Hegemónica, sí permiten una lectura que nos habla de las fisuras y puntos de fuga presentes en esta, aun en los contextos en donde se posibilita materialmente su mantenimiento.

Finalmente, consideramos que la Generación 2 correspondiente a este estudio se erige como una generación de enlace (Muñoz, 2011) respecto de la realidad construida por la primera Generación estudiada y las anteriores, respecto de la cotidianeidad más extendida en la actualidad para los trabajadores de la siderúrgica, en donde los procesos de subcon- tratación y pérdida de beneficios laborales son la norma más extendida, situación relevada por los entrevistados de forma generalizada, expresando preocupación al respecto. Es fac- tible postular que bajo las actuales condiciones de contratación y trabajo en Huachipato, los trabajadores nuevos de la planta se acercarían a lo que Svampa (2000b) postula como identidades fragmentarias, situación que, para ser confirmada, debiese ser parte de una ulterior investigación, ya que, por las limitaciones propias de la presente, no nos fue factible el estudio de tres generaciones.

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Revista Punto Género Nº 6. Mayo de 2016 ISSN 0719-0417 / 61 - 72

Aportes en torno a la paternidad y el cuerpo reproductivo masculino a partir de los hallazgos de tres estudios sobre varones y cuidados en Chile y México

Contributions about fatherhood and male reproductive body regarding the findings of three studies concerning men and care in Chile and Mexico

Marcelo Robaldo Salinas 1

Resumen

Al nivel más general este artículo aborda la mutua determinación entre la paternidad y la masculinidad

a partir de las vivencias contemporáneas de varones heterosexuales y no heterosexuales en distintas

sociedades de América Latina. En el marco de esta reflexión se comentan los hallazgos de tres estudios

acerca de varones y paternidad presentados durante el V Coloquio Internacional de Estudios sobre Varones y Masculinidades 2015, usando como ejes de reflexión los conceptos de cuerpo reproductivo

y homoparentalidad.

Palabras clave: masculinidad - paternidad - cuerpo reproductivo - homoparentalidad.

Abstract

At a general level this paper explores the relationship between fatherhood and masculinity within the everyday experiences of both heterosexual and non-heterosexual men from different Latin American societies. In this context of exploration and using the reproductive body and homosexual kinship as conceptual pivots, observations are made regarding the findings of three studies concerning men and fatherhood presented during the Fifth Man and Masculinities Studies International Congress 2015.

Key words: masculinity - fatherhood - reproductive body - homosexual kinship.

Fecha de recepción: Octubre 2015 Fecha de aprobación: Noviembre 2015

1 Sociólogo Universidad de Chile. Diplomado en Epistemología Feminista, Universidad Autónoma de México, Doctor (c) en Estudios de Género, Universidad de Londres. E-mail: marcelo.robaldo@gmail.com

Aportes en torno a la paternidad y el cuerpo reproductivo masculino a partir de los hallazgos de tres estudios…

“Los cuerpos que han vivido en las sombras ¿cómo emergen ante la luz más brillante? … lo hacen gracias a la solidaridad entre individuos heroicos”.

Judith Butler en conferencia “Cuerpos que aún importan”, 16 de septiembre de 2015, Universidad Nacional Tres de Febrero, Argentina.

PRESENTACIÓN

Durante el verano de 2015 tuve la oportunidad de participar como moderador de la mesa temática Paternidades, Hombres y Cuidados celebrada en el marco de los tres días de actividad del V Coloquio Internacional de Estudios sobre Varones y Masculinidades, en Santiago de Chile. Como parte de una reflexión en torno a la paternidad y el cuerpo desde de las vivencias contemporá- neas de varones heterosexuales y no heterosexuales en distintas sociedades de América Latina, el presente trabajo comenta los hallazgos de tres estudios presentados en dicha mesa. Los tres estudios corresponden a: Arreglos parentales de varones gays en Ciudad de México: Entre la paternidad negada y la transformación inadvertida del cuidado, de Oscar Laguna (México), donde se investigan las prácticas de hombres gays en torno a la crianza y el cuidado dentro de la adversidad de la cultura mexicana; Los hombres siempre adoptan: Narrativas masculinas sobre reproducción asistida y adopción, de Florencia Herrera (Chile), que estudia por primera vez los relatos de la paternidad entre varones infértiles en el contexto de la sociedad chilena; Vínculo padre-hijo: Un análisis desde el itinerario biográfico de varones jóvenes no heterosexuales, de Rodrigo Lara-Quinteros y María Francisca Avendaño (Chile), un estudio que junta dos investigaciones acerca de la percepción de varones jóvenes homosexuales respecto de la paternidad y sus propios padres.

INTRODUCCIÓN

Pierre Bourdieu (2000) ha señalado que el orden social funciona como “una inmensa má- quina simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se apoya”. En efecto, la realidad social en tanto dominación masculina es un orden donde los significantes de lo masculino colocan a ciertos varones en una condición de supremacía sobre las mujeres y otros varones. Este orden se estructura sobre la base de categorías de opuestos que reproducen y naturalizan la lógica jerarquizante y heteronormativa de la división sexual.

Para Mary Luz Sandoval un elemento central de la tesis de Bourdieu concerniente a la dominación masculina es que invierte totalmente la relación entre lo cultural y lo natural para explicar la división entre los sexos como principio de divisiones consiguientes (Sandoval, 2002). Siguiendo esta tesis podemos entender que la cultura en tanto sistema de oposiciones simbólicas entre lo femenino y lo masculino funda la inequidad social y determina las consiguientes formas de inequidad que imponen el orden de clases sociales y las formas de dominación racistas.

La fuerza de la ideología del género radica en que, entre otras cosas, divide a los seres humanos estrictamente entre mujeres y hombres y lo hace a partir del cuerpo. Un aspecto fundamental a considerar además es que dicha ideología prescribe la reproducción como misión por antonomasia para todos y cada uno de los cuerpos.

Sandoval además destaca que la dominación masculina opera por medio de la violencia simbólica (que es insensible, invisible para los dominados) y es admitida tanto por el dominado como por el dominador, ejerciéndose mediante el sentimiento, reconocimiento y sobre todo del conocimiento (2002). Como señala Bourdieu:

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Marcelo Robaldo Salinas

Cuando los dominados aplican a lo que les domina unos esquemas que son el producto de la dominación, o, en otras palabras, cuando sus pensamientos y sus percepciones están estructurados de acuerdo con las propias estructuras de la relación de dominación que se les ha impuesto, sus actos de conocimiento son, inevitablemente, unos actos de reconocimiento, de sumisión (Bourdieu, 2000).

Debido a que en virtud de la dominación masculina las estructuras cognitivas siguen obedeciendo a la eternización de las divisiones sexuales es necesario detenerse brevemente en la idea específica de que el conocimiento científico de las ciencias sociales se encuentra inserto dentro de la dominación masculina.

UNA EPISTEMOLOGÍA CRÍTICA DE LA DOMINACIÓN MASCULINA

Las preguntas que se han hecho las epistemólogas del género sobre el paradigma de las ciencias sociales tienen suma relevancia, vistas desde la noción que la ciencia es en general una construcción social con arreglo a determinadas condiciones históricas, políticas e incluso sexuales. Desde ahí se puede entender que una pregunta elemental de la epistemología feminista es si acaso podemos decir que el conocimiento está “generizado”, es decir, si tienen género la ciencia y la investigación científica. Son varias las epistemólogas feministas que contestan sí a esta pregunta.

Donna Haraway describe al positivismo como una falsa objetividad, ya que su perspectiva se ha construido únicamente desde la experiencia de los varones. La crítica al androcentrismo del conocimiento científico que Haraway desarrolla en su texto Ciencia, ciborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza nos lleva a pensar que efectivamente la ciencia en tanto una actividad practicada predominantemente por hombres construye una realidad a partir del sesgo masculino.

Por otro lado, en su ensayo ¿Existe un Método feminista? Sandra Harding plantea que las teorías tradicionales en las ciencias sociales se han aplicado de tal manera que hacen difícil comprender la participación de las mujeres en la vida social. Más aún, aunque las activida- des de quienes mayoritariamente hacen ciencia (los hombres) son específicas del género masculino, estas no son representaciones de “lo humano”.

En efecto, la ciencia tradicional ha construido un conocimiento desde la experiencia de los hombres para proyectar dicha experiencia como valor universal. Pero es necesario precisar que los hombres que dan voz a la ciencia tradicional pertenecen a una clase o a una raza dominante y que además son en su inmensa mayoría heterosexuales.

Parte del desafío para el estudio de las masculinidades consiste en dar visibilidad a prác- ticas y experiencias que expresan construcciones de masculinidad marginalizadas por las epistemes dominantes. Esto es precisamente el mérito de los estudios de Herrera, Laguna, Avendaño y Lara-Quintero, pues como señala la misma Herrera en el marco conceptual de su investigación: los estudios que se enfocan en la percepción masculina sobre la reproducción son escasos y suelen estar basados en la mirada de las mujeres sobre los hombres(). Se han realizado aún menos estudios que den cuenta de la mirada de los hombres en países en vías de desarrollo.

Efectivamente, para la ciencia masculinista no tienen voz aquellos hombres marginalizados por su condición de raza, clase o sexualidad. Al rescatar estas voces perdidas haremos bien

Aportes en torno a la paternidad y el cuerpo reproductivo masculino a partir de los hallazgos de tres estudios…

en recordar lo que señala Harding respecto de que un problema es siempre un problema para alguien (Harding, 1987). Precisamente las tres investigaciones aquí vistas logran problematizar distintas formas de paternidad no hegemónicas porque visibilizan a hombres para quienes ser padres o hijos no es lícito, ya sea en virtud de la condena moral que acarrea socialmente su opción sexual o de su “incapacidad” de engendrar. Más aún, como se he planteado con anterioridad (Robaldo, 2011), la investigación acerca de varones y paternidad en la región necesita traspasar el cerco de lo que podemos llamar una epistemología heteronormativa.

CUERPOS QUE AÚN IMPORTAN

Hablando recientemente en una conferencia en la periferia de Buenos Aires Judith Butler ha reiterado la idea que los cuerpos importan, que reflexionar de la manera en que nuestros cuerpos impactan en la organización de nuestra convivencia es una cuestión de la mayor relevancia. No hay duda que para la comprensión del orden de género es básico considerar la paradoja que surge entre el cuerpo tomado en su materialidad y el cuerpo entendido como construcción social, como discursos construidos social e históricamente que definen sus sentidos.

Butler señala que los discursos de la ciencia respecto del cuerpo producen una poderosa verdad; que el sexo se puede definir en virtud de la posición relativa que cada uno ocupa en la vida reproductiva. La idea que la reproducción del cuerpo sexuado se encuentra al centro del orden de género da una vuelta de tuerca a la definición tradicional de la que estamos acostumbrados.

Butler afirma que las funciones reproductivas del hombre otorgan sentido a sus diferentes

atributos de género, mientras que las funciones reproductivas de las mujeres le dan sentido a

la definición de mujer. Dicho esquema es obviamente poderoso en nuestra cultura y prueba

de esto es que cuando existen cuerpos que no son reproductivos ya sea por opción o por no contar con esa “capacidad” estos se vuelven problemáticos. Este es el caso de los varones infértiles que entrevista Herrera en su investigación.

EL CUERPO REPRODUCTIVO

Para pensar la infertilidad Florencia Herrera se sitúa dentro del campo de las relaciones sociales, buscando ir más allá de las definiciones médicas que han dominado su estudio. En

efecto, el cuerpo ha tenido durante siglos el sustento de su “verdad” científica en la medicina

y biología, pero en el marco de la modernidad este discurso ha terminado por propiciar la

transformación del sentido monolítico del cuerpo, de la concepción que el sexo biológico, el género y la reproducción forman un todo en el que estos elementos están naturalmente unidos.

La desvinculación entre aspectos que fueron tradicionalmente elementos constitutivos de esta verdad del cuerpo, como son la sexualidad y la reproducción, ha permitido la deconstrucción de los esencialismos biologicistas presentes en los discursos sobre lo masculino y lo femenino de quienes incluso han reivindicado la igualdad de género. Como señala Mary Luz Sandoval,

fueron las ciencias de la naturaleza, paradójicamente, como la fisiología, la biología y luego la genética, las que sin pretenderlo, quebrantaron el sistema de explicación biológica de la supuesta inferioridad femenina, gracias a los descubrimientos sucesivos del óvulo en las hembras, de los cromosomas sexuales y su papel en la determinación del sexo del niño, del descubrimiento de los períodos fecundos e infecundos, lo que obligó a reconocer que “la na- turaleza había programado el placer sexual de la mujer independientemente de la finalidad de la reproducción”. Así fue como comenzó su desalienación respecto de la naturaleza. Y fue

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Marcelo Robaldo Salinas

también el punto de partida para deslindar campos que se confundían entre sexualidad, reproducción, maternidad y educación. De esa forma, aparecían con más claridad los aspectos culturales: teologías, ideologías, o aspectos socioeconómicos, estructuras de poder, división de roles, como finalidades naturales enmascaradas y abusivamente empleadas para fundar sistemas de representación aseguradores de la dominación masculina.

Este deslindar de la sexualidad, la reproducción, la maternidad y también la paternidad nos permite avanzar en la desconstrucción del cuerpo reproductivo. Como señala Butler Si la reproducción es el único método para pensar el cuerpo sexuado, dejamos fuera muchos aspectos, lo limitamos, agregando, para referirse al cambio de género, que pasar de M a F, o de F a M no implica necesariamente permanecer dentro del marco binario del género, es más bien convertir a la transformación en si el significado del género… el cambiarse es el vehículo del género en sí.

Según Butler hay que ir más allá de la descripción positivista de la materialidad del cuerpo y pensarlo en tanto campo de relaciones sociales, para lo que se hace necesario expandir el paradigma de la sexualidad más allá de las fronteras puestas por las definiciones determinadas por la reproducción sobre el cuerpo sexuado.

Los hallazgos del estudio de Herrera muestran cómo en la construcción del cuerpo re- productivo de sus entrevistados se cruzan la fertilidad y la virilidad, pues para estos varones lo natural es poder tener hijos, es decir, ser fértiles. Esta construcción del cuerpo masculino como un cuerpo reproductivo implica para ellos, hombres infértiles, un sufrimiento que no pueden expresar, pues consideran que su papel debe ser el de apoyar a sus parejas, quienes ellos consideran que son los que realmente sufren con los tratamientos médicos de la inse- minación artificial o in vitro.

LA PATERNIDAD EMERGENTE

Los estudios acerca de masculinidad y paternidad en Chile a fines de los noventa y comienzos de la década del 2000 (Alméras, 1997; Valdés y Olavarría, 1998) revelan que los varones invierten mucho menos tiempo que sus parejas mujeres tanto en el cuidado de los hijos como en las labores domésticas. Esta situación se mantiene más o menos constante hasta el presente a nivel global, como lo revela el Informe Global sobre Paternidad de 2015.

Resultados similares muestra la investigación concerniente al tema en Argentina (Wainerman, 2007; Cosse, 2009), que señalan que aun cuando ya en los años setenta existía una mayor participación de los varones en la crianza y en el espacio doméstico esto no se traducía en igualdad de condiciones para ambos géneros.

Huelga preguntarse si estos hallazgos son evidencia de un estancamiento en los procesos de cambio en las relaciones de género –tal como señala Hochschild (1989) al hablar de una revolución estancada para referirse al aumento de las mujeres en doble jornada no acompañada por un aumento en la participación de los hombres en la esfera doméstica– o si se trata más bien de un estancamiento en la manera que la investigación se ha preguntado por la paternidad.

En este sentido pocos autores describen mejor el desarrollo de un modelo emergente de paternidad en América Latina que Isabella Cosse (2009), quien en su artículo La emergen- cia de un nuevo modelo de paternidad en Argentina revisa el desarrollo de dicho modelo en el transcurso de tres décadas, entre los años 50 y 70. Mediante la revisión de material que

Aportes en torno a la paternidad y el cuerpo reproductivo masculino a partir de los hallazgos de tres estudios…

refleja las pautas culturales de la sociedad argentina, como revistas, películas, libros, colum- nas periodísticas y series de televisión, la autora da cuenta de la transformación del modelo de paternidad desde un padre autoritario, distante y proveedor exclusivo hacia una figura cercana, afectiva e involucrada en la crianza.

Nos detendremos en el caso argentino para apreciar los paralelos y contrastes entre alguno de sus aspectos y los hallazgos de las investigaciones que estamos comentando.

Cosse señala que durante los años 50 la ciencia médica se hace parte del discurso que norma cuáles debían ser los parámetros dentro de los que ha de desempeñarse la paternidad. Se estimaba que esta, la paternidad, no podía tener un carácter instintivo sino que debía ser el producto de la sociedad y la cultura. Para el modelo, que en esta etapa se difundió entre un segmento social reducido que se suponía culto y de alto poder adquisitivo, la autoridad del padre debía ser el resultado natural de la confianza, el cariño y el respeto. Es interesante ver cómo entre los jóvenes homosexuales entrevistados por Lara-Quinteros esta noción del padre en tanto autoridad no tiene mayor legitimidad, ya que, como señala el autor, en general ellos no otorgan un reconocimiento o una validación efectiva a este patrón normativo en tanto es percibido como algo lejano y poco alcanzable. Esto se explica porque la figura del padre para estos entrevis- tados en primera instancia aparece como lejana y silenciosa. En este sentido, el padre se vislumbra como un sujeto débil, cuya ausencia se da en términos no solo reales sino que también simbólicos.

Volviendo al estudio de Cosse, ella señala que en este periodo existe una convicción que la paternidad brotaría espontáneamente de una toma de conciencia respecto de lo que impli- caba ser padre. 2 Para el modelo de paternidad era fundamental mantener una diferenciación entre los progenitores, por lo que se planteaba dentro de una distribución complementaria de roles de género. Podemos apreciar que cómo se mantenía a pie firme la norma heterosexual de familia y parentesco.

Lo anterior tiene su paralelo en la construcción de familia hecha por los hombres estudiados por Herrera. Sus narraciones trasuntan un orden de género de opuestos complementarios en que él es vigoroso y protector y ella es sacrificada y dependiente y muestran cómo un segmento de la sociedad chilena está anclada en este modelo de familia. Similarmente, los entrevistados de Avendaño declaran que las ganas de concretar la paternidad surgirían cuando se tiene pareja y comienzan a crearse planes de familia. Como indica la misma Avendaño esto evidenciaría que el proyecto de vida de estos varones se relaciona con prácticas heteronormadas, las que son inculcadas durante todo el desarrollo de la persona, tanto en el contexto familiar como en el educacional, recalcando roles de género y secuencias determinadas para el curso de la vida.

Cosse señala que durante los sesenta se instala la perspectiva psicológica de la infancia que implica dejar de lado la evaluación moral de las conductas infantiles, para evaluarlas según criterios de normalidad o patología en el contexto del desarrollo psicológico. En ese marco se señala que la finalidad de una buena crianza era la estabilidad psicológica de los niños, para lo cual cobraron renovada importancia la autonomía y el rechazo a la violencia física. Durante estos años el modelo de la nueva paternidad adquirió creciente difusión en amplios segmentos del público. Para la tranquilidad de los padres se insistía en que las nuevas pautas

2 Esta noción de la paternidad, que implica cierto voluntarismo acerca del desarrollo de una paternidad alternativa a partir de una toma de conciencia de los hombres, sigue presente en las campañas que promueven una paternidad participativa tanto en Chile como internacionalmente.

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Marcelo Robaldo Salinas

no herían la virilidad, ni significaban que los padres reemplazasen a las madres en las tareas consideradas naturalmente femeninas.

En esta vena de particular popularidad lograron los libros y talleres educativos de una asistente social, Eva Giberti, quien desde una noción psicoanalítica tradicional de los roles de género, dice Cosse, insistía en que la autoridad paterna ya no debía basarse en la imposición y la fuerza, sino en el diálogo y la comprensión, en forma concordante con las transformaciones modernas de la familia, en las cuales el pater podía compartir con la mujer el trabajo fuera del hogar y las responsabilidades políticas en la sociedad, pero esto no significaba que la figura del padre pudiese ser transferible (Cosse, 2009).

Señala Cosse que a medida que se complicó el concepto de paternidad se identificaron ciertos riegos que conllevaba el ejercicio de la paternidad, el padre debía mantener el equi- librio en su desempeño entre las distintas demandas que implica su papel y no permitir la aparición de“deviaciones”(el término viene de la propia literatura de la época) en la formación del rol sexual de la prole, siendo las más inquietantes la homosexualidad y la delincuencia de los hijos varones. En general existía la idea entre diversos autores locales como estadou- nidenses y europeos, Pichón Rivière entre otros, que la debilidad del padre en la formación de los hijos podía llevar a conductas desviadas.

Durante los setenta el modelo de paternidad por primera vez promueve que el padre traspase la división de roles de género de la domesticidad. Las revistas especializadas de esos años promovían que el padre tuviese la misma implicación en relación con los hijos que la madre. La importancia de la figura paterna ya no se apoyaba en las consecuencias peligrosas de su ausencia, sino en las influencias positivas de la paternidad activa y en las gratificaciones de la tarea en sí misma. Cosse escribe:

En los años setenta la nueva paternidad se había instalado como un paradigma preciso y potente que enfatizaba la importancia de la compenetración afectiva de los padres en las actividades de los niños (juegos, escuela y paseos), en el ejercicio de una autoridad basada en el diálogo y el respeto que contuviesen y pusiesen límites a los hijos, pero que también suponía que los progenitores se ocupasen de tareas que solían considerarse femeninas, generando así una ruptura al orden de género instituido.

En esta década la nueva paternidad ganó más terreno en el orden de los mandatos que en el de las prácticas. Sin embargo, más allá del problema de la incorporación a las prácticas cotidianas, las actitudes paternas del nuevo modelo comenzaron a quedar integradas en las auto-representaciones de ciertos padres.

Podemos encontrar algo de este aspecto del modelo en los hallazgos de Avendaño quien señala que para algunos entrevistados la propia familia –que presumiblemente incluye a los padres– es la base para las potenciales labores de crianza, porque de ella se desprenden los comportamientos que involucrarán el ejercicio de la paternidad.

Más aún, resulta sumamente interesante destacar cómo uno de los entrevistados de Lara-Quinteros (recordemos que se trata de jóvenes homosexuales) dio cuenta de mantener una estrecha relación con su padre, marcada por la comunicación afectiva y la compañía, operando en gran medida como factor protector frente a un vínculo nocivo con la madre. Al interpretar este caso Lara-Quinteros señala que “el padre se encuentra ausente de los espacios cotidianos, pero presente en los espacios emocionales significativos de su hijo”.

Aportes en torno a la paternidad y el cuerpo reproductivo masculino a partir de los hallazgos de tres estudios…

Lo anterior es de gran relevancia para la identificación de lo que llamaremos el padre emocional, entendido como síntesis cultural del cambio desde un modelo de paternidad tradicional y hegemónica, representada socialmente por el rol del proveedor económico y la autoridad de la familia, hacia prácticas y sentidos que valoran la afectividad, la participación en el cuidado y la comunicación con los hijos/as. Como evidencia adicional de la emergen- cia del padre emocional podemos agregar los siguientes dichos de Lara-Quinteros: En otros relatos se visualiza cómo la figura del padre asume un rol de apoyo, o al menos de contención que contrasta con la postura materna… de alguna u otra forma el padre emerge en una lógica compensatoria que en varios trayectos biográficos permitió contener el desborde de la relación con la madre, lo que para los investigadores abre intersticios para resignificar aspectos de la ligazón padre-hijo y de la figura paterna por sí sola que antes se encontraban más solapados.

Finalmente Cosse señala que hubo, como era esperable, una reacción conservadora frente al nuevo modelo de paternidad expresada en organizaciones como La Liga de Madres y Padres de Familia, que promovían el retorno a los valores tradicionales de la paternidad, centralmente la autoridad patriarcal.

Algo parecido a este conservadurismo se asoma en los insultos y estigmatización que sufren los varones entrevistados por Lara-Quinteros y Avendaño, quienes en este sentido destacan los prejuicios que sus entrevistados enfrentan en tanto hijos frente a sus propios padres y madres y señalan que esto conduce a vivir no como un sujeto humano muchas veces sino como una especie de fantasma. Tal es el peso del estigma.

Para estos entrevistados es solo mediante el activismo político que se recupera la capaci- dad de vivir como cuerpos “reales” con iguales derechos. Existe esta misma convicción entre algunos de los padres mexicanos entrevistados por Laguna. Desde ahí el autor señala que se debe pensar el derecho al reconocimiento como una lucha continua, no eventualmente solo para un “nosotros”.

Lo anterior nos lleva al tema de la acción política y nos permite pensar en las dinámicas de poder presentes en la construcción del cuerpo reproductivo, donde a veces la domina- ción masculina acierta el golpe respecto de los derechos de los hombres y paradójicamente privilegia las mujeres. Esto, por ejemplo, ocurre en el contexto de la sociedad argentina donde está prohibido para los varones el alquiler de vientre pero sí es legal para las mujeres.

Esta paradoja nos lleva a pensar en la necesidad de mirar cuál ha sido la historia propia de los hombres en las transformaciones de las masculinidades que hemos estado discutien- do. Así como el feminismo, en tanto artefacto de reflexión crítica vis a vis el movimiento de mujeres visibiliza como sujetos a las mujeres, la reflexión acerca de las masculinidades está llamada a visibilizar a determinados varones como impulsores del cambio en las relaciones de género desde el interior de procesos políticos autónomos, solidarios con el feminismo pero independientes. Tal es el caso, por ejemplo, de los hombres del movimiento homosexual.

LA ACCIÓN DE LOS HOMBRES COMO FACTOR DEL CAMBIO EN LAS MASCULINIDADES

A menudo se ha planteado la necesidad de ubicar la reciente transformación de la mas- culinidad en el marco de los cambios que ha generado el movimiento de mujeres hacia una mayor equidad en las relaciones de género. Pero hay quienes plantean (entre ellos Oscar Laguna, uno de los autores que aquí comentamos) que la oposición al patriarcado y su impacto en la

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Marcelo Robaldo Salinas

construcción social de la masculinidad ha provenido también desde la lucha social y política del mundo homosexual, que por cierto incluye a muchos varones (Laguna Maqueda, 2013).

La transformación en los comportamientos y sentidos de la paternidad está determinada por ambas luchas, tanto la feminista como homosexual (más ampliamente el movimiento LGTB) y sin duda por otras circunstancias que aquí no viene al caso detallar.

Lo que aquí se pretende destacar es el papel protagónico que los propios hombres han tenido en las trasformaciones ocurridas dentro de los patrones socioculturales de lo masculino durante la segunda mitad del siglo XX y los comienzos del siglo XXI. De aquí la relevancia de la investigación concerniente a padres gays de Oscar Laguna y otras.

Laguna señala que la sociedad ha creado diversos mecanismos para mantener el orden. Específicamente agrega: para los aspectos relacionados a la sexualidad se han configurado diversos dispositivos 3 y tecnologías de poder 4 , una de los cuales es la heteronormatividad, entendida esta última como una serie de reglas de comportamiento sexual y social, definidas y establecidas por la sociedad para regular los comportamientos y vínculos sexuales permitidos y avalados socialmente entre las personas, tanto del mismo sexo como de sexo distinto. A partir de dichos conceptos podemos entender el cuerpo reproductivo como parte de los mecanismos de control de la hetereonormatividad.

Según Laguna los varones gay trastocan los patrones heteronormativos y desestabilizan algunos de los patrones vinculados a la familia y a la crianza y cuidado al establecer relaciones filiales. Los varones gay aunque sufren de la negativa social en relación con la paternidad, desean desarrollar arreglos parentales y prácticas de cuidado muy similares a las familias que conocen y en las que fueron criados, no obstante la homofobia los impulsa a desapegarse de los modelos tradicionales de familia, con lo que de manera inadvertida desestabilizan algunas de las concepciones vinculadas a esta última.

Algunos de los prejuicios de los que habla Laguna, como por ejemplo que los varones no son capaces de procrear, criar ni educar niños/as, los podemos entender como mecanis- mos de naturalización de la masculinidad hegemónica que a su vez, inscritos dentro de una representación heteronormativa de la masculinidad, convierten la paternidad homosexual en una amenaza literalmente de “fin de mundo”, de fin de procreación de la especie. Solo hay espacio para un imaginario del cuerpo masculino apto para la producción de las mercancías y la violencia pero sin “futuro” para la producción de la vida.

Como señala el autor, La homofobia ha creado al homosexual como un sujeto abyecto, un varón estéril que no desea reproducirse y no es capaz de criar infantes Debido a que se ha considerado a los homosexuales como sujetos estériles, por lógica se estima que es imposible que conformen una familia. Laguna agrega que estos fenómenos sociales, así como las prácti- cas homofóbicas, aunados a que no existen modelos de parentalidad gay, han hecho que muchos varones gay no consideren ni la crianza y cuidado de infantes ni la configuración

3 En el sentido foucaultiano como la red que se establece entre elementos de orden institucional, discursivo, moral, científico, filosófico, reglamentos, leyes y otros a través del cual se mantiene un orden social determinado.

4 Entendidas estas como aquellas tecnologías que determinan la conducta de los individuos, los someten a cierto tipo de fines o de dominación, y consisten en una objetivación del sujeto.

Aportes en torno a la paternidad y el cuerpo reproductivo masculino a partir de los hallazgos de tres estudios…

de un arreglo parental como una vía posible de desarrollar su vida: nosotros estamos incluso más prejuiciados que los propios heterosexuales.

Señala Laguna: Los varones gay que acceden a los hijos lo hacen en los intersticios de los imperativos biológicos, las restricciones sociales y el imaginario social construido en torno a la homosexualidad.

Además, los padres gay mexicanos buscan “proteger” a sus hijos por medio de “burbujas”

y “fachadas” que mantienen en secreto la naturaleza de la familia, manteniendo alejado los

prejuicios y perjuicios que implica un medio homofóbico. Algo similar encontró Herrera en su investigación pionera sobre madres lesbianas en Santiago de Chile, quienes mantenían en secreto su relación hasta de los propios hijos/as para protegerlos de los perjuicios que podría provocarles una relación abiertamente lésbica. La implicancia de esta estrategia de “clandestinidad” es al menos problemática.

EL CUERPO REPRODUCTIVO Y MÁS ALLÁ DEL GÉNERO

El proceso de reproducción no solo produce seres humanos, también ayuda a reproducir el binarismo del sistema sexo/género. Una pregunta interesante radica en pensar las formas con que se coluden la heterosexualidad y el patriarcalismo para determinar cuáles son las expectativas sociales acerca del cuerpo masculino y la reproducción.

Completando el círculo volvamos a Bourdieu, quien señala que por estrecha que sea la

correspondencia entre las realidades o los procesos del mundo natural y los principios de visión

y de división que se les aplican, siempre queda lugar para una lucha cognitiva a propósito

del sentido de las cosas del mundo y en especial de las realidades sexuales (Bourdieu, 2000).

En efecto, en oposición al orden de dominación masculina actualmente se manifiestan procesos globales de transformación de las identidades de género y de las prácticas sociales del parentesco que reflejan dicha lucha cognitiva y que por cierto se expresan en nuestra propia sociedad como en otras sociedades latinoamericanas.

Entre estos procesos son particularmente elocuentes las experiencia de vida de las personas transgénero. La reflexión en torno a la identidad de género trans como la parentalidad trans nos permite ver con mucha claridad cómo funcionan los mecanismos de naturalización en torno a la sexualidad, la identidad de género, la procreación y reproducción.

En este sentido Ilyssa Silfen (2014), en su trabajo The Reproductive Body: Exploring re- production beyond gender, plantea que las personas trans que eligen ocupar sus órganos reproductivos biológicos para la reproducción nos obligan a cuestionar la autenticidad de los roles “naturales” de género, además de lo “natural” que pueda ser el binarismo sexo/ género, al comprobar que uno no necesariamente debe ser una mujer para dar a luz o que se deba ser hombre para convertirse en padre. Para Silfen la reproducción trans es un acto de rebeldía total frente al binarismo de sexo/género.

Al referirse al caso de Thomas Beatie, el primer hombre embarazado en Estados Unidos, Silfen señala que la figura del hombre embarazado hace visible la manera problemática en que caracterizamos a las personas de cuerpo/macho en tanto quien puede engendrar una prole y a la persona cuerpo/hembra como aquella que puede dar a luz, e incluso la manera

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Marcelo Robaldo Salinas

más problemática aun en que hemos convertido a estas caracterizaciones en un aspecto esencial de nuestra interpretación de los cuerpos como macho o hembra.

Situada en un punto de crítica radical al binarismo sexo/género, el objetivo de la de- construcción en Silfen es poder sacar al género de la reproducción, ya que la inhabilidad de reproducirse en tanto poseedor de un género que uno mismo ha definido, como es el caso de los cuerpos trans, es usado como significante de inautenticidad de género.

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TEMA III

cuerpos

y

SEXUALIDADES

Revista Punto Género Nº 6. Mayo de 2016 ISSN 0719-0417 / 75 - 91

La explotación sexual comercial y la masculinidad: diferentes caras de la violencia

Commercial Sexual Exploitation and masculinity: different sides of violence

José Manuel Salas Calvo 1

Resumen

Se intenta mostrar cómo la explotación sexual comercial se caracteriza por ser una “múltiple forma de violencia”, donde median la sexualidad comercial y la masculinidad. Esto toma formas especiales, ya que se trata de víctimas menores de edad a merced de personas adultas (sobre todo hombres). En este con- texto se intenta cuestionar acerca de qué pasa con la masculinidad, la sexualidad masculina y el uso del poder de dominación. Se toman como base algunas indagaciones que se han realizado con hombres de la población general de Centroamérica, Panamá y República Dominicana.

También se hace alusión a la situación de hombres víctimas (de Costa Rica) y cómo en ellos operan los mandatos de la masculinidad hegemónica, además de analizar otras de sus características. Se pretende, además, brindar algunos elementos para trabajar en el ámbito preventivo abordando a hombres, de diferentes edades, quienes no son necesariamente clientes explotadores.

Palabras clave: explotación sexual comercial - masculinidad - sexo comercial - sexualidad masculina - prevención.

Abstract

The intent is to show how the Commercial Sexual Exploitation is characterized for being a “multiple form of violence”, where commercial sexuality and masculinity intercede. This takes special shapes because it concerns under-aged victims at the mercy of adult people (especially men). In this context, the aim is to question what happens with masculinity, male sexuality and domination power. Some investigations that have been developed with general male populations of Central America, Panamá and Dominican Republic are used as a baseline.

In addition, the situation of male victims (from Costa Rica) is alluded, and how the mandates of the he- gemonic masculinity occur in them, also other of their characteristics are analyzed. Besides, the aim is to provide some elements to work in the prevention sphere, addressing males of different ages, whom are not necessarily exploiting costumers.

Key words: commercial sexual exploitation - masculinity - commercial sex - male masculinity - prevention

Fecha de recepción: Agosto 2015 Fecha de aprobación: Septiembre 2015

1 Psicólogo. Cofundador, Ex-Director y miembro del Instituto WEM. Profesor Emérito de la Escuela de Psicología, Universidad de Costa Rica. E-mail: jose.salas@ucr.ac.cr; josesalasc@gmail.com

La explotación sexual comercial y la masculinidad: diferentes caras de la violencia

INTRODUCCIÓN

Es bien sabido que ciertas problemáticas de la vida social, sobre todo en las que el bienestar de muchas personas está en juego, requieren de acciones múltiples debido a su

complejidad. Pero ello no siempre ocurre así. En la explotación sexual comercial (ESC) se da

la misma situación: hablamos de un fenómeno que implica numerosos y complejos niveles

de explicación, que requiere de varios y entrelazados niveles de abordaje.

Esta acometida será necesario entenderla en la tradicional forma, proveniente de la pla- nificación de los servicios de salud, de los niveles de atención, resumidos en la prevención y en la atención. En ese sentido, interesa subrayar la imperiosa necesidad de seguir tomando todas las medidas del caso para que no haya más víctimas (prevención); pero si las hay, ofre- cer la mejor y más efectiva atención. Es impedir que haya más o promover que las víctimas dejen de serlo; en otras palabras, queremos que el número de nuevas víctimas disminuya

o desaparezca y, a las que lo son, atenderlas o sacarlas del sistema que las tiene atrapadas.

Se trata de acciones tanto políticas, macroestructurales, ideológicas, colectivas como indi-

viduales. Gran parte del trabajo realizado ha estado enfatizado en las víctimas, en su mayoría mujeres (adolescentes y niñas). Tales tareas no pueden descuidarse pues el problema está lejos de cesar, más ahora cuando con más evidencia se asocia con los fenómenos de la trata

y el comercio de personas. La trata se da con fines de explotación laboral (esclavitud) o bien sexual (prostitución, explotación sexual comercial, comercio sexual); de más está reconocer que detrás de todo esto lo que se esconde es una profunda degradación de la condición humana, donde unos mercantilizan todo y otros son convertidos en mercancía. La ESC es una manifestación de este complejo proceso humano.

Por eso conviene tener presente que la prevención de la ESC podemos entenderla también como todas aquellas acciones que propicien la no aparición de nuevas personas

victimarias; es decir, todo aquello que permita que el cliente explotador no siga en ese lugar

o que no haya más. Las tareas que aquí se ejecuten, hay que subrayarlo, deben desplegarse sobre todo con hombres.

Al final, en la ESC, con las correspondientes diferencias, víctimas y victimarios son presa de un sistema perverso, pero eficaz y vigente, aquel en el que todo se puede comprar y vender: sexualidad, cuerpos, vida. Comprender la vigencia de esta realidad lleva a postular, como contrapartida, el propósito de privilegiar la salud y el bienestar general de las víctimas, reales o potenciales.

ENTENDIENDO QUÉ ES LA ESC

Más que una definición exhaustiva, se pretende una aproximación general al concepto, en tanto este ha sido objeto de múltiples y sustanciosos acercamientos en otros documentos. Se propone, en su lugar, una reflexión breve, tratando sobre todo de diferenciar a la ESC de otros temas o problemáticas asociadas, pero que son diferentes.

En primer lugar, interesa no asumirla como prostitución infantil, expresión que se sigue utili- zando, pese a los esfuerzos por desterrarla de los análisis y trabajos directos con ella. Es comercio sexual, es comercializar con los cuerpos y la sexualidad joven, pero prostitución se deja para denominar tales prácticas cuando se trata de personas adultas (a quienes se les paga por sexo).

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Por otro lado, hay que tener claro que en esto impera una convención aceptada interna- cionalmente, en tanto la ESC se da cuando se le paga por sexo a una persona menor de 18 años, sobre todo por parte de personas adultas. Podría discutirse cuál es la diferencia entre una persona de 17 años y once meses con otra de 18 y dos meses y que son víctimas de sexo comercial; podrían encontrarse diferencias, pero podría que no sea así y que más bien tiendan a asemejarse en varias circunstancias. Incluso se admite que la explotación sexual se da también con personas adultas. Entonces, ¿por qué en un caso se habla de ESC y en otro de prostitución? Por lo ya anotado: es una convención. Quizá en un exceso, conviene recordar que una cosa es la explotación sexual y otra la explotación sexual comercial.

En las instituciones de la región que abordan el tema y en algunos documentos que han

producido no se hacen estas diferencias en forma estricta, desde el punto de vista conceptual,

y más bien preservan la expresión ESC para personas menores de edad. La mayoría de tal

literatura se ha desprendido del trabajo directo y de las indagaciones que han prohijado la OIT y otras instituciones en la región (OIT/IPEC, 2001; 2003; 2009; PROMUNDO y otros, 2008; UNICEF, s.f.; Claramunt, 1998; 2002).

Sin embargo, y acaso sea lo más importante, lo cierto es que la doctrina de fondo es la de la protección de las personas menores de edad, debido a las implicaciones que tienen para ellas el tornarse víctimas de la ESC. Las personas menores de edad son responsabilidad de todas las instancias, individuales y colectivas, y su bienestar una obligación de todos y todas, en particular de los Estados. No está de más recordar que las implicaciones de la ESC en las víctimas son variadas, pero todas con el elemento común de producir mucho daño, tanto en el inmediato como en el mediano plazo.

Lo anterior es mucho más claro si se le visualiza en el marco de la trata y el tráfico de per- sonas, uno de cuyos fines es la explotación sexual y no solo de personas menores de edad. La explotación sexual puede verse con personas de cualquier edad, género, orientación sexual

u otras características, pero se acude a la denominación ESC para diferenciarla de otras. En

esto, algunos países u organizaciones siguen teniendo la confusión conceptual y es necesario deslindar para no tratar como igual lo que es diferente. Tal indiscriminación puede llevar no solo a importantes errores conceptuales sino también a yerros en la planificación y acción

concreta para enfrentar el problema.

También es preciso diferenciar la ESC de otros fenómenos sociales, tales como el abuso sexual, la violación, el sexo comercial y otros fenómenos de naturaleza sexual. Solo como ejemplo, podemos afirmar que todo acto de ESC es abusivo, pero no todo acto de abuso sexual toma la forma de ESC (por ejemplo, la pedofilia). Más adelante retomaremos este aspecto, cuando se aborde lo relativo a la sexualidad masculina.

Asimismo, está más que clara la determinación que tienen los modernos medios de comunicación masiva en la vida personal y colectiva, que torna más vulnerables a algunas poblaciones, al estar más expuestas a ciertos estímulos y de imágenes sociales para las que no se cuenta con adecuados y notorios decodificadores.

Por estas razones, entre otras, y puede que no sea de nuestro agrado, como conven- ción hay que homogenizar categorías para un mejor y más oportuno abordaje. Flaco favor se le hace a todos los esfuerzos por erradicar la ESC si no somos precisos en su conceptualización.

La explotación sexual comercial y la masculinidad: diferentes caras de la violencia

En un esfuerzo por hilar con las ideas anteriores, es oportuno indicar que en cuanto a las posibles determinaciones de su génesis, la ESC no se explica solo desde la pobreza. Es uno de los factores, pero no el único. La ruta crítica que Claramunt (1998) propone para la situación de las víctimas es muy clara en ese sentido.

Es posible afirmar, entonces, que no toda niña pobre tiene el mismo nivel de riesgo de convertirse en víctima. Hay otros factores bien más personales o bien más familiares, pasando por comunitarios hasta los macroestructurales. Es la combinación de ellos los que pueden deparar las condiciones idóneas para que la persona menor de edad, con mayor riesgo en las mujeres, caiga en manos de las redes criminales organizadas, que son las que controlan

y lucran con la vida de seres humanos vulnerables y expuestos.

Así, si a la pobreza se le unen familias frágiles en su capacidad de contención y crianza, comunidades débiles en la protección de sus integrantes, sistema escolar que expulsa a muchos/as de sus integrantes, una mayor sensación o certeza de impunidad por parte de la población, una legislación débil o permisiva, la no claridad de políticas y acciones de los Estados, la tolerancia social o de la población en general (que será abordada más adelante), es altamente probable que se conforme una ecuación sombría que lleve a la realidad de más y más víctimas de ESC (para no mencionar otros muchos riesgos).

Por otra parte, no puede explicarse la ESC solo observando las condiciones de la víctima (oferta), sino también las del cliente explotador (demanda) 2 . En un sistema de mercado como el que venimos describiendo, algo se vende si alguien lo compra; y si no, se crea la necesidad para justificar la oferta. De este modo, si es el caso que muchachas y muchachos ofrezcan servicios sexuales a cambio de algún pago, aun con conciencia e intencionalidad, eso no elimina la responsabilidad adulta en todo esto, siendo que aquellas son personas que requieren de la protección del Estado y de la población en general. No es la voluntad de la víctima la que determina la gravedad del problema (y sus implicaciones legales), sino la ac- tuación de la persona, sobre todo hombres adultos, la que debe ser observada y enfrentada.

Esta mirada al cliente explotador, más allá de la persecución de las redes de crimen orga- nizado y del proxenetismo, ya desde 2001, el Congreso Mundial contra la ESC, celebrado en Yokohama, era alentada y se llamaba a su atención (Sorensen y Claramunt, 2003); en otras palabras, junto con la preocupación acerca de las víctimas también estaba la relativa al cliente explotador. Aquí debe traerse a colación nuevamente el hecho de que la mayoría de clientes son hombres, razón por la que más adelante serán retomadas algunas interrogantes acerca de sus condiciones y características.

Ya dijimos que por convención es importante retener y aplicar la expresión precisa de ESC; pero eso no obsta para olvidar la poca resonancia que tiene para la población mascu- lina general en Centroamérica, Panamá y República Dominicana (Salas y Campos; 2004). Lo real es que ESC no les dice nada, no les resuena en su cotidianidad, en tanto manifiestan que, en su lógica de pensamiento, si hay transacción, los hombres no explotan y más bien pagan, dan de comer a personas y sus familias. Además, el hecho de que la expresión alude

a personas menores de edad, les lleva a un imaginario en el que las víctimas no son infantes sino “muchachas” que son o parecen mujeres. En páginas más adelante se hará una breve

2 Se apela a esta jerga, propia del sistema de mercado que es el que sostiene en gran medida a la ESC.

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referencia a la concepción del cuerpo que tienen hombres indagados, cuando se refieren

a las víctimas de ESC.

BREVE REFERENCIA AL MARCO NORMATIVO

En las últimas décadas, sobre todo luego de los grandes eventos internacionales – Estocolmo, 1996; Yokohama, 2001 y Río de Janeiro, 2009–, se ha consolidado un marco legal

y normativo bastante sólido. Con el concurso de diversas instancias, nacionales y regionales, se logró alcanzar algunas leyes y reformas a otras leyes que depararon un marco normativo bastante actualizado en Centroamérica, Panamá y República Dominicana. Esto fue mucho más evidente en la segunda parte de la década anterior (OIT/PEC, 2006).

De esta forma, todos los países de la región tienen legislación acerca del tema, aunque cada uno con condiciones específicas atendiendo sus particularidades. En ese sentido, del 2006 a la fecha el panorama general no ha cambiado, pero se han aprobado algunas norma- tivas específicas importantes (Antenaza, 2014) 3 . En todos ellos existen leyes para prevenir y sancionar la trata y el tráfico de personas (la más reciente es la de El Salvador que fue apro- bada en octubre de 2014); se han introducido algunas reformas en los códigos penales, para sancionar aspectos relacionados con la discriminación, el trabajo infantil, el trabajo peligroso (en todos los países se cuenta con listados de trabajos peligrosos).

En lo que a las políticas públicas se refiere, todos los países han aprobado hojas de ruta, aunque la mayoría está desactualizada. Asimismo, están vigentes los comités de erradicación del trabajo infantil y protección del trabajo adolescente, con excepción de Nicaragua.

Se puede afirmar que la aplicación de esta abundante legislación sigue siendo una de las principales debilidades del sistema, obedeciendo ello a diversas razones: dificultades para el acceso a la justicia, desconocimiento de los derechos, falta de capacitación a operadores jurídicos, falta de recursos, entre otras.

No obstante, la homogeneidad conceptual y de alcance en las distintas categorías es más que evidente el logro de un cuerpo normativo sólido y actualizado. Sería un ejercicio importante y pertinente revisar si esa misma solidez legal y de jurisprudencia existe en otras regiones del mundo.

Paradójicamente, por lo menos así lo podemos afirmar para Centroamérica, Panamá y República Dominicana, aun y con la existencia de esa normativa, se sigue confundiendo a la ESC con otros fenómenos, como fue ya descrito. Es común en las instituciones, en funciona- rios, en la prensa, en la vida cotidiana que se le siga llamando prostitución infantil. Esto hay que erradicarlo, pues aunque la discusión puede ser de tipo formal o nominal, es necesario para incidir en el imaginario colectivo, en tanto hablar de prostitución infantil es colocar en personas menores de edad condiciones que no les son propias o adecuadas.

En algunos momentos se recurrió a la expresión ESCI (explotación sexual comercial infantil) (Claramunt, 2002), para enfatizar en la situación de riesgo de personas menores de edad; pero sin hacer la distinción entre niñez y adolescencia, siendo que son situaciones

3 Este apartado está basado en la valiosa información que la investigadora proporcionó, que ha sido recopilada por la OIT y que pronto será publicada.

La explotación sexual comercial y la masculinidad: diferentes caras de la violencia

diferentes, como se verá más adelante. También se ha recurrido a la expresión ESC de niños, niñas y adolescentes, también con la intención de englobar a toda la población menor de edad en un solo grupo poblacional y los análisis y medidas propuestas no hace tal distinción.

Es oportuno señalar que si bien se cuenta con toda esta normativa internacional, con los

ajustes del caso, el problema sigue creciendo a tal punto que en países donde hace pocos años se afirmaba que el fenómeno era prácticamente inexistente, en este momento la si- tuación es justo la contraria 4 . Lo cierto también es que la ESC, junto con otras derivaciones provenientes de la trata de personas, es uno de los negocios ilícitos más lucrativos del mundo, quizá solo superado por el de las armas y del narcotráfico.

Esto es importante atenderlo, ya que según criterio de hombres entrevistados (Salas y Campos, 2004) 5 , al parecer uno de los más importantes persuasores de la conducta delictiva de la ESC lo es el señalamiento directo y explícito de la cantidad de años que pueden sufrir aquellas personas que caigan en ESC. De manera más directa, decir “¡La ESC es un delito!” no suena a nada; lo que sí suena es Meterse con una chiquilla pagándole por sexo, te puede llevar tantos años de cárcel. El señalamiento de que algo en abstracto es delito no asusta, no persuade.

Ya hemos indicado que la ESC es un delito, como frase intimidatoria, no señala nada a los hombres, pues muchos consideran que no cometen transgresión alguna, mientras que “Tantos años de cárcel” los enfrenta a esa probabilidad en forma más directa. La norma que se pretende le llegue a la población por la vía de la amenaza del encierro, al parecer, sí tiene su efecto. La discusión es cómo hacerla llegar, por lo menos en el uso del lenguaje, en tanto la ESC está entremezclada con varias concepciones acerca del ser hombre y su sexualidad que hacen que aquella se diluya y no se asuma como algo indebido; los datos acerca del crecimiento de la ESC son una muestra palpable de tal realidad.

Lo anterior nos lleva a la reflexión de que si bien la vía represiva debe utilizarse y no ceder

en ella, esta no es suficiente. Será necesario acudir a otras opciones, en las que la prevención

y la construcción de otros vínculos humanos sea el referente, sobre todo cuando de trabajar con hombres se trata.

LA ESC COMO MANIFESTACIÓN DE VIOLENCIA MÚLTIPLE

A tono con lo manifestado en las páginas anteriores, no conviene ubicar la discusión

como un simple problema de que haya menores de edad teniendo sexo. Ahí no está la

cuestión, porque lo cierto es que lo tienen. La interrogante es cómo, quiénes están incluidos

y en qué condiciones.

Además, asumirlo de esa forma sería un enfoque moralista, en el que nuevamente la sexualidad es colocada en el banquillo de los acusados, sobre todo si se habla de personas menores de edad, que se asumen como asexuadas. Lamentablemente, no son pocas las ex- presiones que intentan estereotipar el tema de esa forma, con lo que el fondo del problema se desdibuja y no es apreciado con claridad.

4 En Costa Rica, a principios del año 2000, el Presidente de la República manifestó que en el país el problema era de “unas cuantas muchachas”.

5 Esta pesquisa se hizo con hombres de la población general y no con clientes explotadores así identificados.

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José Manuel Salas Calvo

La ESC va más allá de eso; se trata de una múltiple forma de violencia, en la que se con- jugan varias de sus manifestaciones, con determinaciones mutuas difíciles de separar. Lo óptimo es entender sus raíces y sus diversos determinantes. En ella encontramos, al menos, las siguientes (Calderón y Salas, 2009):

Sexual. La ESC está en colisión con una vivencia de la sexualidad respetuosa, enri- quecedora y de crecimiento humano; creemos que esto vale afirmarlo tanto para las

víctimas como para los mismos clientes explotadores. Hay una sexualidad fragmentada

y nada enriquecedora.

De género. En la ESC hay una direccionalidad definida, porque la gran mayoría de clientes explotadores son hombres y la mayor parte de las víctimas son mujeres, de ahí que pueda apuntarse a la ESC como una muestra más de la violencia machista.

Por edad, ya que es una situación social en la que, sobre todo, personas adultas en lugar de proteger a las menores de edad, más bien ponen en riesgo su integridad física y emocional y violentan todos sus derechos humanos.

Estructural, pues como fue anotado en párrafos anteriores, en los países de la región la pobreza es uno de los factores determinantes de la explotación sexual comercial.

A ella se le suman las condiciones de familias, comunidades y sistemas escolares que no contienen o protegen.

Psicológica. Las víctimas, tanto en su ruta hacia la explotación sexual comercial como en su vivencia ya dentro de ella, reciben severos atentados contra su integridad y su salud mental y ello no solo dentro del ámbito de la sexualidad.

Otras, sobre todo si se atienden las consecuencias de límites extremos, como los que generan la trata de personas y la esclavitud sexual.

Esta múltiple violencia la reciben las víctimas que, reiterando, son en su mayoría mujeres; y, por tanto, la ejercen en su mayoría clientes explotadores hombres. Es sistemática la literatura que señala que son muy pocas mujeres (y algunas de ellas en compañía de un hombre) las que acuden a los servicios sexuales de personas menores de edad, mediando pago.

Por otra parte, el reporte de víctimas masculinas es menor, aunque hay indicios de que

la cifra sube o hay subregistros, como se profundizará más adelante, dadas ciertas manifes-

taciones de la masculinidad hegemónica que se encuentran en estos hombres. Además, esta autorrepresentación de los individuos tiene su contraparte en la ideología y la dinámica

propia de las instituciones encargadas de abordar el asunto; es factible pensar que en algunas instituciones los anteojos destinados para detectar el problema no están bien ajustados para

la situación particular de los varones.

Lo curioso es que en la prostitución también la mayoría de clientes son hombres, muy

a tono con la génesis misma de esta expresión de la sexualidad, sobre todo en versiones modernas.

Siguiendo esta línea de análisis, no puede dejarse pasar el hecho de que hay otros fenó- menos propios de la sexualidad humana y en los que los hombres son actores principales y

La explotación sexual comercial y la masculinidad: diferentes caras de la violencia

no siempre en papeles de héroes: exhibicionismo, disforias de género, acoso sexual (general y en el trabajo), voyeurismo, froteurismo, violación (la más conocida o la que se produce en la guerra, a mujeres y a hombres), otras parafilias y otros delitos sexuales.

La reflexión anterior da suficientes indicios que obligan a volver la mirada hacia ciertas conductas, prácticas o acciones propias de los hombres y que, dadas ciertas circunstancias, los mete en problemas (personales, de salud, de convivencia y también legales).

A tono con esa línea de pensamiento, no entraríamos en la discusión nominal de si se trata de “perversiones”, “aberraciones”, “desviaciones” u otros términos de esa clase. No obstante y siguiendo su propia terminología, vale la pena prestar atención a lo que al respecto dicen dos destacados teóricos de la sexualidad:

“Las conductas excepcionales son más comunes en los hombres que en las mujeres. Algunas de ellas solo se encuentran en hombres y no hay ninguna que solo se dé en el sexo femenino” (Giraldo, 1988: 198).

“Podemos agregar además que es muy significativo que casi todas las variantes de la conducta sexual se manifiestan con mucha mayor frecuencia en los hombres que en las mujeres por razones no del todo conocidas (la proporción es de 5 a 1)” (Gindin, 1991: 242).

Para este segundo autor, además, los posibles trastornos de la sexualidad masculina tienen una génesis muy diversa, lo mismo que sus características básicas; en su clasificación incluye las parafilias (Gindin, 1996).

Por todo lo anotado es que surgen interrogantes que exigen de más y mejores respuestas:

¿Qué pasa con la sexualidad masculina? ¿Con la masculinidad? ¿Con las prácticas sexuales de muchos hombres? Lo cierto es que algo pasa con todo ello y ese algo, conjugado con las otras variables, abonan el terreno para que la ESC se produzca. Vale decir esto porque si bien en la ESC juegan factores de tipo personal, psicológico y subjetivo, estos no pueden dar todas las respuestas que el asunto requiere. Es peligroso caer en la psicologización de un problema múltiple y complejo.

¿QUÉ PIENSAN HOMBRES ACERCA DE TODO ESTO?

Ante problemáticas como la ESC siempre será muy importante atender las víctimas y procurar sacarlas de esa condición; también es importante procurar que no haya más de ellas. Es decir, hay que apostar por una intervención preventiva de primer nivel.

Pero a esa tesis se debe agregar que tal prevención no puede hacerse solo con las potenciales víctimas. Actuar con el fin de que no hayan más casos de ESC implica también el abordaje con hombres, en tanto posibles clientes explotadores. No todos los hombres están en el mismo nivel de riesgo, pero en algunos la probabilidad aumenta. Además, no es éticamente correcto ni socialmente justo que, de nuevo, el enfrentar el problema se siga dando sobre la base de las acciones con y realizadas por las víctimas.

En otros términos, se impone el trabajo con los hombres. Para ello, de frente a la ESC, es necesario saber qué piensan, cómo actúan, cuáles son las ideas y las representaciones predo- minantes: ¿qué es lo que pulula o invade el imaginario social colectivo masculino? Algunos procesos individuales y colectivos en la vida de los hombres ofrecen indicios importantes

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para ensayar respuestas a tales interrogantes, en virtud de que conforman la base para que algunos de ellos, dadas ciertas condiciones, puedan convertirse en clientes explotadores. Precisamente por eso se investigó el tema.

En esa línea, Salas y Campos (2004) indagaron a hombres de la población general y de diversas condiciones sociodemográficas de Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá y República Dominicana, mediante un diseño metodológico de tipo cualitativo 6 .

Al respecto, se pueden mencionar algunos de los hallazgos más relevantes. En primer lugar, la persistencia de una masculinidad convencional y tradicional machista. Los manda- tos que los hombres reportan acerca de la sexualidad masculina son los consabidos: activa, siempre lista, fálica, en donde la penetración es el signo de éxito y de eficacia. Con este pre- texto temático, se intentó cuestionar acerca de qué pasa con la masculinidad, la sexualidad masculina y el uso del poder de dominación involucrado en ella, clave para acceder a la ESC. Detrás de todo esto, es posible hallar algunas claves que den pistas acerca de las razones para que ciertos hombres intenten dominar cuerpos y mentes jóvenes.

También se localizaron notorias evidencias de la persistencia de representarse a la mujer como objeto. De manera particular, todo lo referente a la preferencia del cuerpo joven, en especial de mujeres, pero también de hombres 7 . Algunos de los mecanismos explicativos de tal dinámica tienen que ver con la persistencia de mitos acerca de esos cuerpos jóvenes. Uno de ellos es el de la trasmutación de los cuerpos y psiques, mediante el cual la lozanía y vitalidad del cuerpo joven se le puede trasladar al hombre de más edad, mientras este le ofrece sabiduría y experiencia a la persona más joven. Es un asunto de mera transacción.

Asociados con el mencionado, otros mitos también aparecen. El de enseñar acerca de sexo a la persona joven (“convertirla en mujer”); el de que es más fácil dominar a esas per- sonas, justo por su novatez y fragilidad; el de que las personas jóvenes están ávidas de sexo y hay que complacerlas.

En este punto conviene retomar un aspecto ya analizado páginas atrás. Por ser general, ESC es una expresión complicada, a pesar de su uso común, pues no distingue entre la situa- ción infantil y la adolescente, aun cuando el fenómeno se da con ambas poblaciones. Pese que se menciona la ESCI o la ESC de niños, niñas y adolescentes, para estos/ as últimos/as no hay una denominación específica y prevalece la expresión general que “mete a todos en el mismo saco”, siendo que no son lo mismo, como ya se indicó. Por lo menos en Centroamérica, Panamá y República Dominicana se acude a la categoría general de ESC, entendida como el pago por sexo a una persona menor de edad u otras formas.

Por su lado, los hombres indagados lo que más distinguen son los cuerpos. De manera clara, aunque grosera, uno de ellos lo expresa en forma nítida: “No hay edad mínima, hay cuer- pos mínimos” (Salas y Campos, 2004: 118). La diferencia que hemos hecho en este artículo está basada en la diferencia que hombres entrevistados hacen entre el cuerpo infantil y el cuerpo

6 Algunos de estos hallazgos han sido corroborados mediante el trabajo con grupos de hombres (de reflexión, capacitación, crecimiento personal) de la región, con quienes se ha abordado la temática de la sexualidad masculina y no necesariamente la ESC.

7 Vale aclarar que estas consideraciones y otras esgrimidas son aplicables también a víctimas masculinas.

La explotación sexual comercial y la masculinidad: diferentes caras de la violencia

juvenil/adolescente; este último es el que más atrae para efectos sexuales (incluso el no pagado) mientras el primero no es ubicado en ese lugar.

El cuerpo infantil no atrae, el que sí atrae es aquel cuerpo que se parezca o sea perci- bido como adulto, con lo que no se genera sensación o vivencia de delito o transgresión. Es oportuno aclarar que una buena parte de la ESC, sobre toda la que implica relaciones coitales directas, se da con adolescentes o jóvenes menores de edad, en tanto sus caracte-

rísticas sexuales secundarias están desarrolladas. Debe quedar claro que esa preferencia por

el cuerpo adolescente es para efectos de sexo más convencional (coital). Pero esa lógica de

pensamiento no aplica en forma tan clara para otras manifestaciones de ESC con infantes (pornografía infantil, por ejemplo), la que más bien es rechazada por la mayoría de hombres (al menos así nos lo dice la investigación referida y esas conductas son ubicadas en el plano de la patología).

Por tanto, no hay noción de delito, pues por menor de edad se entiende al niño o la

niña; la persona adolescente es casi adulta y muchas de ellas así lo aparentan (Chiquillas con cuerpo de una mujer de 25). Incluso, al contacto sexual con infantes, mediando pago o no, se le trata de explicar por la vía de la patología (son pervertidos, enfermos). Este contacto sexual lo rechazan de plano, como reflejo de lo que sucede en otros ámbitos de la vida social

o en el imaginario colectivo (al respecto, vale reparar en el trato que se da a delincuentes

sexuales en la cárcel si su delito ha sido perpetrado contra niños o niñas). El contacto sexual con infantes tiene un rechazo prácticamente total.

Pero el sexo con una muchacha o un muchacho no es tan refutado. Puede ser más bien objeto de admiración, pues el hombre tendría el estatus de vigente, de conquistador y de

ser admirado (o envidiado por otros hombres). Tal respaldo del entorno social puede rozar

o alimenta esa fantasía que yace en muchos hombres de ser más hombre por su acceso

a un cuerpo joven, lo que a su vez refuerza la misma fantasía en el “coro” compuesto con

otros hombres, en un círculo de mutuo reforzamiento. Por tal razón, no es nada fortuito que se siga encontrando en muchos hombres una alta preferencia por las mujeres vírgenes; la virginidad femenina sigue siendo un bien preciado en esta lógica de pensamiento o en esta lógica de mercado. Esa virginidad da no solo mayor certeza de lo joven, sino también de lo

“no usado”, de lo que viene con sello de garantía.

Reiterando, entonces, se puede afirmar que en la doctrina de la ESC esa diferencia entre lo infantil y lo juvenil no es desarrollada de esa forma y lo que interesa es preservar los derechos de las personas menores de edad, asumidas en su conjunto como vulnerables y sujetas de protección.

Aunque no por igual para todos los hombres investigados, el sexo se puede comprar o se puede vender; es decir, quizá sin darse cuenta del todo, aceptan instalar al sexo como una mercancía más. Es obvio inferir la marcada base ideológica que tiene esta concepción

y que nutre muchos de los elementos constitutivos de la ESC.

Haciendo acopio de lo antes señalado, se tiene el soporte para afirmar que la ESC está lejos para muchos hombres de ser asumida como delito o dañina. En este marco, la sexualidad masculina obedece a ciertos mandatos de la masculinidad, mecanismo que permite natura- lizarla y hacerla formar parte de “lo normal”, por lo que la connotación de delito es bastante débil. Si no es delito, tampoco hay controversia de si se causa daño a personas vulnerables

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y, mucho menos, de que haya necesidad de cuestionar y modificar algunas fibras de esa masculinidad y de esa sexualidad.

A todo esto le suma el que haya un aumento de la tolerancia social en Centroamérica, Panamá y República Dominicana hacia la ESC. Esto puede ser notado en sendas encuestas realizadas en los países con población general masculina y femenina (Calderón y Salas, 2009). Uno de los hallazgos más relevantes es el hecho de que gran parte de las personas encues- tadas (hombres y mujeres) recargan la responsabilidad de la ESC en las víctimas mismas o en sus familias; de ahí que, por implicación lógica, las medidas que tendrían que tomar los Estados tienen la misma lógica: es un asunto de la persona (la víctima) y de su familia. No sorprende, pues, que las acciones por desarrollar con hombres, como potenciales clientes explotadores, prácticamente no aparecen entre las medidas que las personas investigadas proponen para enfrentar la ESC.

Haciendo enlace con lo anterior, también hubo referencia a la impunidad que se percibe por parte del sistema legal judicial de los países; hay mucha desconfianza de esos sistemas, lo que tendría un doble efecto: por un lado, no se constituiría en un sistema persuasor de las conductas, en tanto no hay consecuencias para ellas; por otro, las víctimas no tendrían mayor incentivo para presentar las denuncias correspondientes por temor a que nada pase y más bien que puedan ser revictimizadas por el sistema.

Para finalizar este apartado, se necesita hacer una breve referencia al cliente explotador. Vale una acotación puntual. Al igual que no toda persona menor de edad tiene el mismo nivel de riesgo de ser víctima, no todos los hombres están en la misma posición o cercanía de ser cliente explotador y para que ello se produzca, tiene que darse la combinación de diversos factores. Esto establece la llamada ruta crítica del cliente explotador (Salas y Campos, 2004), que indica que aquellos con un patrón comportamental de cercanía al comercio sexual tiene más probabilidades de serlo, a diferencia de otros hombres que estén lejos de ese contexto. “Una chiquilla” no se la ofrecen a cualquier desconocido. Desde el ámbito literario, García Márquez (2004: 9) nos da un claro ejemplo de ello en su obra Memoria de mis putas tristes:

“El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen. Me acordé de Rosa Cabarcas, la dueña de una casa clandestina que solía avisar a sus buenos clientes cuando tenía una novedad disponible…”.

Detrás de todo ello, nuevamente, aparecen ciertos mandatos a la sexualidad masculina que en algunos opera de manera muy clara, no así en otros hombres. De más está decir que esta puntual ubicación del nivel de riesgo puede brindar importantes orientaciones para proponer labores preventivas en el trabajo de la masculinidad y con hombres.

SITUACIÓN ESPECIAL DE LAS VÍCTIMAS MASCULINAS

Esta temática si bien forma parte de todo el conjunto de indagaciones y reflexiones en torno a la ESC, por sus características especiales, requiere de un tratamiento particular. De ahí que fuera objeto de una investigación específica, realizada con hombres jóvenes y ado- lescentes en Costa Rica (Campos y Salas, 2010).

De entrada, hay que reseñar que estos hombres jóvenes reproducen algunos de los principales componentes de la masculinidad hegemónica y sus derivaciones: sexualidad

La explotación sexual comercial y la masculinidad: diferentes caras de la violencia

genitalizada, las mujeres son de su propiedad, el poder está en manos de los hombres, los hombres tienen el control de sus vidas, una marcada homofobia.

En ese marco sobresale la certeza que ellos tienen de no ser víctimas de ESC. Manifiestan ser víctimas de un sistema injusto y que no respeta su orientación sexual y ciertas prácticas sexuales (en particular el hecho de que tienen sexo con otros hombres). En forma enfática manifiestan malestar por tener que vender sexo para vivir, estudiar o cumplir con sus metas; esto fue así expresado, con independencia de su orientación sexual, identidad de género o expresión genérica.

Se puede afirmar que la institucionalidad costarricense está poco preparada para aten- der, entender y solucionar la situación de estas personas, en virtud de que los modelos de atención están pensados y diseñados para las adolescentes y las niñas.

Al mismo tiempo, hay un lío particular con el hecho de que aquí se da el sexo de hom- bres con otros hombres, lo que genera una compleja gama de manifestaciones, en tanto la heteronormatividad es puesta en cuestionamiento. Obviamente que hay enorme presión de la homofobia.

Con estos jóvenes no solo es que hay intercambio sexual, sino que también lo hay en con- diciones no aceptadas por el entorno y pesa mucho el estereotipo de que son homosexuales. Lo cierto es que los hay con una orientación homosexual, otros con una heterosexualidad que incluye prácticas homosexuales, está el caso de un joven que se asume como trans, varios son

travestis y otros que alegan ser totalmente heterosexuales (han tenido solo clientas). Esto hace que sufran de mucho rechazo por su entorno inmediato (la familia, la comunidad) o bien por la misma institucionalidad que no tiene herramientas conceptuales y técnicas para abordar estos casos; es decir, abunda la homofobia y la transfobia. Esta diversidad y complejidad en la situación de la sexualidad masculina, que no es así en el caso de las muchachas y niñas, lleva

a las personas y a las instituciones a replantearse sus esquemas de pensamiento y de acción.

Para complementar el panorama de un grupo de hombres con claras muestras de portar la masculinidad hegemónica, debe señalarse el inconveniente que se presenta con una población que considera no tiene problemas. Es palpable en ellos, pues, la acción del código masculino en escena: todo está bien, todo está bajo control (Pollack, 1999). Esta es una escena típica en el trabajo con hombres en diferentes temas o áreas y, en este caso, no hay excepción: lo mismo puede encontrarse en la vida de pareja, en cómo los hombres asumen su salud, en la vivencia de la paternidad, entre otros.

Además de la ya indicada autopercepción de no ser víctimas, como sucede en otros

fenómenos como la violencia intrafamiliar o el acoso sexual en el trabajo, donde sí lo son

y sufren las consecuencias (Salas, 2013), consideran que todo lo tienen bajo control (a los

clientes explotadores, por ejemplo), no admiten la presencia y el control del proxeneta o de redes mafiosas (como sí se da con las muchachas), son muy solitarios (Yo soy como El Llanero Solitario, manifestó uno de ellos). Siendo muy jóvenes, la verdad es que portan, viven y re- producen la masculinidad dominante como lo haría algún hombre adulto.

Asimismo, la construcción de un caso de ESC en hombres como estrategia metodológica

y como actividades propias de un proceso de investigación para tener acceso a los sujetos

informantes es algo difícil y complicado. Es dificultoso localizarlos, se ocultan, ocultan a otros

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muchachos y a sus clientes, se movilizan de un sitio a otro (para“no quemarse”). De hecho, para hacer el estudio con ellos hubo que pasar prácticamente por un embudo que llevó la casuística

a unos pocos, siendo que al inicio se tenía un contacto potencial con más de una centena.

Como ya fue indicado, la ESC en víctimas masculinas es más complejo, debido a que las condiciones de estos hombres en sus manifestaciones sexuales no se asumen como víctimas, se sienten y son relegados por el sistema, son muchachos muy solitarios. Esto lleva a la im- periosa necesidad de repensar el acceso a ellos, desde lo institucional y desde lo ideológico conceptual; lo cierto es que los esquemas investigativos e institucionales para llegar a estos hombres jóvenes deben ser modificados y ajustados a sus condiciones particulares.

Además, al igual que en otros escenarios, al no asumirse en el lugar de la víctima, difícil- mente los hombres verán esa condición en otras personas y la capacidad de empatía o de identificación con ellas, que en su mayoría son mujeres, se vería reducida. Es una hipótesis, pero podría pensarse que esa dificultad podría sortearse en tanto si se asumen como víctimas pueden ver eso mismo en otras personas. Tema delicado que convendría explorar todavía más.

EL MIEDO COMO MOTOR

Según los viejos pilares del patriarcado, el hombre es instituido como centro y señor, dueño de vidas y haciendas, decide, maneja el poder, y es lo masculino la vara con la que

se mide la realidad. Sin embargo, la historia también muestra la otra cara de la moneda que sintetizamos como la presencia de un permanente, a veces no tangible, miedo a lo femenino

y al poder de las mujeres en la conformación de la masculinidad patriarcal y que marca la

vida de los hombres. Por eso, mencionar a la misoginia, a la homofobia, al recelo que causa el acceso de la mujer a posiciones tradicionalmente de los hombres y a todo aquello que lo cuestione de tal posición, es hacer referencia a manifestaciones de ese recelo recurrente, viejo acompañante de los hombres en el patriarcado, pero no reconocido y, menos, admitido.

Los ancestrales y poderosos lugares ocupados por las mujeres en el prepatriarcado han quedado incrustados en la psique masculina, tanto en sus manifestaciones individuales como colectivas, además de que aquellos lugares no han desaparecido. Al devaluar lo femenino y

sobrevalorar lo masculino, el sistema patriarcal lo que ha hecho es maquillar ese viejo temor

y mucha de su historia es un registro de hechos, acciones y medidas tomadas para poner a

las mujeres en su lugar, que justo es el que no deben ocupar, el de los hombres. Las historias de terror que al respecto conocemos es una mirada en espejo que los hombres y el patriar- cado han hecho de su propia situación de miedo y que se procura contrarrestar actuando sobre las mujeres: son brujas, demonios, seres peligrosos que se deben controlar o eliminar.

Para el tema que nos ocupa, la escena vuelve a aparecer. Es el miedo a no responder a los mandatos de la sexualidad masculina y la masculinidad hegemónica. Es el miedo a no estar en control. Es el miedo a adjudicarse el lugar de víctima. Es la homofobia y la misoginia. A no ser lo importantes que deben ser; la cara visible es el androcentrismo que marca la vida de sujetos individuales y colectivos.

Es el miedo a no saber con certeza quién es el padre. Por eso se instituye y se exige a las mujeres virginidad, fidelidad, monogamia, ya que al no contar con la certeza de un dominio total de su sexualidad eran necesarios artificios socioculturales para controlar esa sexualidad reproductiva. Pero también en su sexualidad placentera, por lo que se sacan de la manga la

La explotación sexual comercial y la masculinidad: diferentes caras de la violencia

ablación del clítoris, la infibulación y, en otras partes del mundo, esas medidas quirúrgicas no se hacen en los cuerpos de las mujeres sino en sus mentes y voluntades.

Por la misma razón aparecen algunos de los mitos vistos con anterioridad que permiten,

en la fantasía masculina, tener control o poder sobre personas, procesos o estructuras. Es más fácil manipular o comprar sexo y no asumir su sexualidad de otra forma más placentera

y enriquecedora, sin tener que estar respondiendo a las demandas y exigencias que se les plantea a los hombres.

En la ESC, entre otras, se maneja la disyuntiva de que o son muy hombres o son poco hombres. Los primeros porque pueden pagar y acceder a las deseadas personas jóvenes, pero, justo por la misma razón, pueden ser los segundos: tienen que pagar porque de otra forma no pueden acceder a ese sexo. En otros términos, se vive en una contradicción que hay que resolver y hay temor de no cumplir con expectativas y ordenanzas que los lleva a comportamientos dañinos para sí y para otras personas.

Pero el dueño y señor no puede sentir miedo, no debe, y si lo siente hay que hacer algo para no mostrarlo o para desaparecerlo. Pero de este miedo hay poca conciencia y sus manifestacio- nes no siempre son claras para quien lo vive. Ese miedo a no cumplir con lo ordenado genera contradicción y angustia. ¿Cómo enfrentarla, cómo resolverla? Como en muchas otras cosas

de los hombres en el patriarcado: por medio de la violencia, aprendida en forma muy eficiente. Para mantener esas posiciones de mando y control, como es usual, muchos hombres recurren