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Del nombre de Extremadura y de sus armas

erminado ya el ligero examen que a manera de introito nos proponíamos escribir para

esta obra, tratando de la Geografía, Geología, Geognóstica, Prehistoria y la WJ Hidrología extremeña, hemos de terminar este ya pesado trabajo con algunas noticias

\ sobre el nombre de Extremadura y las armas que la ciencia heráldica señaló a este país. Es un verdadero problema determinar el origen, fundamento y causas ocasionales que dieron origen al nombre Extremadura. La etimología de este vocablo ha dado lugar a los más encontra­ dos razonamientos por parte de Zurita, Garibay, Morales, Mariana, Mosquera, Tamayo, Moreno de Vargas y Solano de Figueroa. Dicen estos autores, casi sin variantes, que Extremadura se tomó de la voz latina extrema hora, y se le dio a la hoy comar­ ca extremeña porque el territorio comprendido entre el río Ardila y Badajoz fue la última conquista del rey Alonso IX de León en 1228. No faltan quienes crean originaria de Extremaduri, porque abraza una gran porción de las Castillas, desde la orilla izquier­ da del río Duero, desde Soria hasta Alcaraz. Pero esta crítica no la encontramos exacta, pues en nues­ tra humilde opinión, no pueden ser los extremos del Duero los que dieran el nombre a esta comarca. Si así fuera, Soria y Beira serían las Extremaduras, que son las que están en los extremos del río, y no se llamaría desde mediados del siglo XIII con este nombre a las provincias de Badajoz y Cáceres que la atraviesan el Guadiana y Tajo respec­ tivamente; ni a la Extremadura portuguesa, que con más propie-

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dad hubiera tomado el nombre del río a cuyo extremo se encuentra. Tampoco le recibieron porque fueran las tierras más próximas al Duero, porque, en este caso, serían llamadas así Castilla la Vieja y la Beira Alta, y menos porque fueran más distantes, porque antes del año 1240 en que fue concluida de reconquistar Extremadura, hacía 166 años que se había con­ quistado Toledo, 83 que se había conquistado Andujar, 3 Malagón, Calatrava y Alarcos: poblaciones todas más extre­ madamente distantes del Duero que las que comprende Extremadura, y por tanto, si viniese el nombre de la extremada distancia del citado río, debieran con más propiedad llamar en aquella época Extremadura a la provincia de Toledo y parte de Andalucía; y si tal hubiera sido el origen, no hubieran perdido estas aún el nombre, porque el río no ha hecho mayor su dis­ tancia a Cáceres ni acortado la de Andujar. Podrá replicarse

que, si bien no recibió el nombre porque estuviese en los extre­ mos del Duero, ni por estar cerca de él, ni por encontrarse muy distante, lo recibiera porque las comarcas de los extremos del Duero fueran ensanchándose con la reconquista, e hicieran extensivo su nombre a las provincias de Badajoz y Cáceres, viniendo de este modo a recibir el nombre de los extremos del mencionado río, sin ser las comarcas en que nace y muere, ni estar próximas a ella.

Y una vez admitida esta doctrina, tenemos forzosamente

que aceptar que hubo anterior a las hoy comarcas extremeñas de Portugal y España, otras que también fueron llamadas Extremeñas, deduciéndose de aquí que este nombre no fue hecho para las provincias que hoy le llevan. En las Cortes de 1258, celebradas en Valladolid, hay una cláusula en que se dice literal­ mente "que ningún rico orne nin otro orne ninguno que non tome conducho en Castilla, nin Extremadura, nin en Toledo con toda la tierra, ni toda Landalucia, ni en regno de León nin su Extremadura, nin en Asturias, nin en Gallizia en todo lo que es

del Rey". Dedúcese de los términos en que está redactado el

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anterior ordenamiento: IoQue había dos Extremaduras: una que era de León y otra que no lo era; 2o Que la una Extremadura está escrita con letra mayúscula como nombre propio, y la de León lo está con letra minúscula, como si se la diera el nombre por el uso que León hiciera de la comarca, y no como nombre propio de ella.

En el período de cien años, en que fueron fronteras de los moros el Tajo y el Monte, se llamaría Extremadura el territorio

comprendido entre esta frontera y el Duero; pero si fijamos nues­ tra atención en los documentos oficiales de aquella época, vere­

mos que se adjudicaban de los reinos de León y de Castilla todo

lo que está entre las cumbres de la cordillera del Guadarrama y

Duero; y que dicha cordillera abajo se titulaba Extremadura y tierra de Toledo, o mejor dicho, reino de Toledo. Tenemos, forzosamente, que deducir que, si se llamó

Extremadura la comarca que hoy tiene este nombre por los extre­

mos del Duero, fue porque a ella se hizo extensivo los del extre­

mo del río, y no porque se hiciera el vocablo para nombrarla con mayor propiedad, como han supuesto muchos. Pero asintiendo a lo que refiere sobre el particular D. Vicente Paredes en su citado opúsculo sobre el Origen del nom­ bre de extremadura, deberemos remontamos a la población tras­ humante que vivía de los ganados, en los tiempos de la Reconquista, ora en las montañas de León, ora en sus extremos o cuencas del Tajo y el Guadiana, para conocer el verdadero ori­ gen y aplicación del vocablo extremadura, dado desde el siglo

XIII a lo que hoy son provincias de Badajoz y Cáceres: por esto

los sucesos y costumbres del pueblo conquistador debemos bus­ car el origen de esta denominación. El pueblo refugiado en las montañas de Asturias no per­

dió en muchos siglos ni su organización política, ni sus derechos civiles. Al conquistar iban estableciéndose civil y militarmente

con las mismas costumbres que tenían antes de la invasión

musulmana. Los godos dividieron su terreno en tres partes, dos pertenecían a los godos y una a los indígenas, que ellos llamaban

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romanos. Los godos aprovechaban las suyas con la ganadería, principalmente, según consta por el Fuero Juzgo; los españoles

la suya con la ganadería y la agricultura. Los godos por medio de

sus leyes protegían a los españoles de los abusos de su domina­ ción, y les respetaban sus costumbres administrativas, pero no siempre fue bastante sincera esta protección, y las faltas a lo con­ venido dieron lugar a la sublevación de los rústicos de Oróspeda, en tiempos de Leovigildo. El reparto de los terrenos en un prin­ cipio satisfacía las necesidades de unos y otros; pero aumentada la población, las dos terceras partes no eran suficientes a los godos, ni la tercera de los indígenas bastaba a sus necesidades

agrícolas y pecuarias. A los dominados los vejaban con impuestos: no permití­ an la mezcla de su raza con la de los dominadores, y esta cuali­ dad de intereses y guerra intestina, que duraba a la irrupción sarracena, entró por mucho en la manera de obrar durante la invasión y la reconquista. Los que los godos llamaban romanos, más dedicados a la agricultura, y por lo tanto con una riqueza inmueble, fueron los que quedaron viviendo entre los conquista­ dores. Los godos con sus ganados, que era su principal riqueza,

y los españoles (los dedicados a la ganadería), se refugiaron en

las montañas del Norte. Sus ganados acostumbrados a la trashu- mación, no podían prosperar sin los invernaderos, y tuvieron necesidad de conquistarlos de los enemigos. Los árabes que tam­ bién eran aficionados a la ganadería, y establecieron la trashu- mación, según cuenta Reynaud, y refiere más al pormenor el his­ toriador Al-Haken, necesitaban los pastos de invierno y no podí­ an consentir que sus contrarios los recuperaran. Esto dio lugar a la lucha, en la que entraba por mucho la prosperidad o ruina de la ganadería. Para los godos y españoles, que por costumbre y por necesidad explotaban la ganadería, era más importante la subsistencia de esta explotación. Por esta causa a medida que iban ensanchando sus dominios, los iban también ocupando con el ganado, combinando su organización militar con la pastoril.

Cosa que no tendrían que estudiar, pues la tenían combinada

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antes de la venida de los moros para defender sus ganados de las chanzas de los que ellos llamaban romanos, sus dominados; pues aquella autoridad semicivil, semimilitar y medio administrativa, que llamaban Gardingo, no era otra cosa que lo que después de la conquista fue el alcalde Mayor del Concejo de la Mesta, como ya se llamaba en 1310. El terreno que iban ganando lo dividían en provincias, cada una gobernaba un Duque, que mandaba las tropas; la administraba el Gardingo, que cuidaba de defender los ganados, juzgaba las discordias entre los ganaderos, y era tenien­ te del Duque en el ejército. A cada población la gobernaba un Conde y su Vicario, y todos los moradores estaban obligados a presentarse armados al ser llamados para la guerra. A medida que iban ensanchando sus conquistas, iban fortificando ciudades en las fronteras, y en premio de estas conquistas las concedían privilegios que en un principio fue el derecho de regirse por leyes propias, más tarde el reparto del botín conquistado, y por último el señorío sobre las tierras que ganasen, amparando en los derechos a la población civil el Gardingo, o Alcalde Mayor, que gobernaba a nombre del Concejo, cuyo origen se remonta al siglo VII. Este antiquísimo Concejo, que en una u otra forma la hemos visto figurar en todos los acontecimientos de nuestro país desde los tiempos más remotos, entrañó en sus leyes las costum­ bres de los godos en el aprovechamiento de las dos terceras par­ tes del terreno que se reservaron; su subsistencia fue la causa y la necesidad de la reconquista, y cuando durante ésta pudieron hacerlo, se dedicaron a escribir y restablecer su reglamentos y leyes anteriores a la invasión árabe: las primeras que conocemos restablecidas del Fuero de Eurico, son los privilegios dados en 1273 por D. Alfonso el Sabio a este concejo. En estos privilegios daban a los pueblos de los puertos reales, hasta las márgenes del Guadiana, el nombre de Extremos o Tierras Llanas. En el segundo privilegio, dado en Gualda (Guadalajara) el 2 de Setiembre del año de 1273, se dice tex­ tualmente: "E demando y defiendo que ninguno sea osado de

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prendarlos, nin de embargarlos, por ningunas de estas razones, también en las Sierras como en los Extremos." En los tiempos anteriores al año de 1609, en que se hizo la recopilación de los privilegios de la Mesta, se llamaron Extremos todos los terrenos de pastos útiles para invierno, o sean los que no llamaban Sierras y ocupaban los alcaldes de Tierras Llanas. Desde 1609, con motivo de asignar los Concejos, se redujo a llamar Extremos los terrenos de pastos de invierno desde los Puertos Reales hacia la Extremadura, Mancha y Andalucía, como puede verse en el cuaderno, 3aparte, página 93, Ley Ia, tít. 14, lib. 3 de la Recopilación. Antes de esta fecha se llamaban Extremos todo lo que no eran sierras e invernaban en ellos los ganados, equivaliendo así la palabra Extremo a invernadero, y a el extremo del viaje que hacía cada rebaño desde la Sierra o punto en que se apacentaba en el verano, hasta el sitio en que había de pasar el invierno. En el privilegio dado por D. Sancho en el año de 1288, se decía así: "E esto non tengo por bien; ende mando a todos aquellos que hobieren a dezmar su ganados en los Extremos, que

non tomen cameros, ni ovejas

salvo que los cuenten, y que

tomen de vente corderos uno por la mitad de diezmo en el Estremo que el ganado pastare, é que le den carta de pagamento".

Y en las concesiones hechas en las cortes de Valladolid

por el propio rey, en 22 de Mayo de 1293, y a petición de la ciu­ dad de Plasencia, se decía: "Otro sí: A lo que nos pidieron que no

se las tome servicios de los ganados que no salieren de sus tér­ minos para ir a estremo, é invernasen en la tierra, tenemos por bien que no lo demanden ni se lo tomen de los ganados que allí moraren todo el año". Por lo que se ve bien claro que llamaban Extremos a los invernaderos o puntos a que iban a pasar los ganados el invier­ no, ya fueran de Extremadura, de Castilla o Andalucía, demos­ trándonos también esto que se han conocido con el nombre de Extremadura diversas comarcas, distintas de la conocida hoy por esta denominación.

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Y a que perdieran el nombre de Extremaduras las Tierras

Llanas, Extremos o Invernaderos que hay de la cordillera Carpetovetónica arriba, contribuyó eficazmente la ley Ia, título 14, libro 3 de la Recopilación hecha de los privilegios en lb09; y además, el acuerdo tomado anteriormente por el concejo cele­

brado en el Burgo de Osma el año 1561, en el que dispusieron,

respecto a la concurrencia de los alcaldes de Tierras Llanas o Extremos, que : "Los Alcaldes del dicho concejo, que estuvieran de Ciudad Real abajo, y de Toledo y de Talavera y Plasencia, sean obligados a ir en cada un año al concejo que se hace en las Extremaduras". Por esta causa de que los alcaldes, estos, concu­ rrían a los concejos de las Extremaduras, y los otros de estas poblaciones arriba, aunque eran de Extremos, Extremaduras o

Tierras Llanas, concurrían a los concejos de las Sierras, vino a reducirse y concretarse el nombre de Extremadura a los territo­ rios de extremos que están de Puertos Reales abajo. Parécenos que estas razones prueban suficientemente el origen del nombre Extremadura y las razones históricas que existen para que por dicho nombre sean conocidas hasta hoy las provincias de Badajoz y Cáceres. Las armas o blasones que éstas tuviesen desde el siglo

XIII son las mismas que adoptó Badajoz, cabeza de

Extremadura, desde que la conquistara del poder de los árabes el rey D. Alfonso IX de León. Son, pues estas armas, dos columnas sobre campo azul con dos leones rapantes y coronados. Sobre las cabezas de estas dos columnas se lee NON PLUS ULTRA, esto es no más allá, expresado sin duda con esto que en Extremadura terminaban los límites del reino de León, como así era la verdad.

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