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Me preguntaba uno de mis alumnos sobre la hermenéutica, en concreto sobre


lo que él consideraba una falencia: ¿Por qué todo parece tan ambiguo, tan
indefinido? Esta pregunta alienta la reflexión de hoy.

Cada vez que me he visto en la necesidad de enseñar a un grupo de alumnos lo


que es la hermenéutica y, en concreto, la hermenéutica analógica,
indefectiblemente se alza entre ellos alguna mano que insiste en esta pregunta.
Se entiende con toda claridad que la hermenéutica interpreta, pero se
desconfía de una disciplina que en apariencia no anuda bien del todo, no
establece un método específico ni es capaz de fijar un instrumental claro para
proceder sobre los textos.

Es natural que ocurra así: los alumnos demandan casi siempre un recetario
que les permita solucionar problemas concretos de un modo mecánico. Esto es
un problema que muchos profesores enfrentamos día a día: evitar enseñar para
la evaluación. Esto nos obliga, pues, a promover una enseñanza que se
fundamente en la experiencia que profesores y alumnos tenemos
conjuntamente en el aula. Problematizar, en este caso, resulta una vía que,
acorde a los tiempos que vivimos, nos permite dinamizar y mostrar la condición
plural y hasta cierto punto abigarrada de nuestra experiencia actual del
mundo. Nadie en su sano juicio se propondría hoy la implantación de un
modelo vertical, cerrado y esclerótico.

La analogía implica variedad, aproximación, similitudes y diferencias. Tratar de


interpretar el mundo desde una perspectiva analógica implica tener la
paciencia suficiente para observar y meditar -dentro de una comunidad
interpretativa-; es decir, se trata de una reflexión de conjunto que tiene en el
diálogo su imperativo ético. La razón es dialógica y abierta, reconoce en la
opinión de todos un componente esencial en la experiencia del conocimiento.
Se busca la adecuación de la experiencia y su justificación plural; como se ve,
el fin es complejo, pero creo, y estoy seguro que conmigo muchos más, en la
urgencia de conciliar lo universal y lo particular en la persona. Aún más,
cuando digo persona no me refiero a un ente absolutamente autónomo y
caprichoso, sino que, más bien, entiendo que en ella coinciden la tradición y la
innovación, el deber y la voluntad propia, la convicción profunda y la
sensibilidad abierta hacia los otros. La hermenéutica analógica pone alas a la
interpretación, pero también le se encarga de recordarle, en nombre de la
caridad y la prudencia, la necesidad de regresar siempre a tierra.

Si quieres saber lo que es la hermenéutica, practícala, empápate de ella y lee a


los autores que la promueven; estudia su evolución y sus matices. Acércate
también a quienes anden por esos caminos, escucha lo que dicen y atiende,
como en un taller del renacimiento, la mano que va haciendo lo que la boca
explica. Se trata de un arte y una ciencia, una disciplina humanísima que trata
de entender y comprender y que no se cansa nunca de anunciar que su motor
principal es la inventiva, la imaginación y la audacia teórica.

En fin, me detengo por hoy porque no quiero sobrecargar la página. Espero


haber aportado en estas pocas palabras alguna idea que aliente tus propias
deliberaciones. Ciertamente existe una condición ambigua en estas cosas que
digo, pero como dijera Jorge Luis Borges en su célebre 3  : ´La
ambigüedad es una riquezaµ.

Te deseo un agradable fin de semana.