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Al otro día, temprano, mientras estaba en el trabajo dentro de las oficinas de la compañía T, me

imaginaba a Castel ya parado frente a la puerta de entrada esperándome a encontrarme luego de
haberlo plantado y salir corriendo.

Luego de unas horas se acercaba mi turno de salida, y después de tanto pensar en castel y su
ventanita se hicieron las once y media. y cuando salí de la boca del subterráneo caminando
disimuladamente para que Castel no me reconozca e ir a mi casa, justo de un momento a otro veo
a Castel que venía corriendo desde el café de la esquina como si hubiese esperado toda la mañana
en el, fue tan rápido que no me dio tiempo de reacción, él estaba tan desesperado que me agarro
del brazo, tenía el rostro terriblemente agitado, y encima yo seguía sin parpadear, nunca me había
imaginado esta semejante aparición. Espere hasta que me hablase pero en vez de eso me empezó
a arrastrar por la vereda hacia una dirección. Ninguno de los dos decía ni una sola palabra. Era
muy intrigante saber cuál era su propósito y hacia donde me llevaba, era tanta la curiosidad que
decidí preguntarle:

—¿A dónde me lleva? — No obstante, él se dio vuelta con desesperación y me respondió:

—A la plaza San Martín. Tengo mucho que hablar con usted

Mientras él seguía caminando con decisión, siempre arrastrándome del brazo y yo sin ofrecer
ninguna resistencia. Llegamos a la plaza y me sentó en un banco aislado. Tenía una mirada muy
curiosa y estaba nervioso y lo primero que me pregunto fue un: —¿Por qué huyó?

Con la mirada fija en él trate de desviar la conversación con un simple: —No sé — Pero lo que si
sabía es que empecé a sentir lo mismo del otro día cuando lo seguí y le dije que recordaba aquella
ventanita constantemente, en pocas palabras quería salir corriendo. Trataba de ignorarlo porque
sabía que esto no iba a funcionar, que él tenía las expectativas muy altas solo por haberme visto
reflejada en su cuadro. Me continúo hablando sobre que quería que me quede con él, pero lo
ignore levantando la vista para no verlo a los ojos y mirar hacia la nada. Luego de unos minutos me
pregunto:

—¿Por qué no habla? —Sin mirarlo, conteste:

—Yo no soy nadie. Usted es un gran artista. No veo para qué me puede necesitar— Solo para
calmarlo y hacerlo olvidarse de todo, pero eso lo empeoro aun más y siguió con el entusiasmo de
que en algún día le digiera que sí, que lo entendía, pero luego comenzó a gritarme:

—¡Le digo que la necesito! ¿Me entiende? — Me puse triste por él y su necesidad Y le respondí
con un tono seco: —¿Para qué? — Sabiendo que nunca podría complacerlo y fue ahí cuando me
soltó el brazo y se quedo mudo. ¿En qué estará pensando? Quizá el esperaba más de mí, que yo
me abra sentimentalmente con él, podía sentir su profunda decepción hacia mi persona y luego
soltó un:

—No sé — Acompañado de un grito:

entonces quise desviar nuevamente la conversación respondiéndole: —Yo no soy crítico de arte. Le seguí el ritmo un rato más pero luego de un rato caí dentro de nuestra charla y con plena sinceridad le dije: —Pero no sé qué ganará con verme. que sentíamos los mismo. —¡No es que no sepa razonar! Al contrario. ¿entiende? Él se sentía atraído a mí. . Pero que no sabe por qué va hacia ese objetivo. pero él no sabía porque. Él esperaba eso de mí. él esperaba el por qué yo me detuve a mirar la ventanita de su cuadro. Y luego nos quedamos hablando e intercambiando ideas de que es lo que podía representar la escena. Después me dijo que estábamos conectados. Hago mal a todos los que se me acercan. agrego: —Por lo pronto sé que es algo vinculado a la escena de la ventana: usted ha sido la única persona que le ha dado importancia. razono siempre. como si quisiese saber si en verdad representaba algo atrayente en mí. que éramos el uno para el otro y lo peor es que tenía razón. sino por el simple hecho que a mi atrajo la ventanita de su cuadro. hasta me preguntó si era verdadera. pero los críticos siempre lo han elogiado—Le dije—Pero él decía que los que “lo elogiaban” en realidad les daban asco los cuadros y entonces aproveché y le dije: —¿Y no podría ser que yo tuviera la misma opinión? —¿Qué opinión? —La de esa persona. pero al cabo de un tiempo. Pero imagine usted un capitán que en cada instante fija matemáticamente su posición y sigue su ruta hacia el objetivo con un rigor implacable. — Se enfureció y grito: —¡No me hable de esos cretinos! —Usted se queja. yo sentía algo por él y me esforzaba por entender sus cuadros.

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