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Un

cura, ciego, escribió

su historia

Seis mil Extremeños en la conquista de América

Clasificados por pueblos, el padre Vicente Navarro tardó veinte años en escribir la obra

Más que conquistadores fueron emigrantes

Trujillo (586), Badajoz (428) y Cáceres (282), a la cabeza de emigrantes- conquistadores

Aunque hace un año que se puso a la venta este libro, pocos son los que co­ nocen su existencia. “Este tipo de libro puede interesar a un sector especializa­ do. No es como la ‘Historia de Mérida’, que tiene la salida del turista”, afirma su autor, el padre Vicente Navarro del Castillo, aunque en el fondo tiene la es­ peranza de que, tarde o temprano, ter­ mine vendiéndose. Seguramente así su­ cederá porque la tirada es bastante re­ ducida, mil ejemplares, y ni siquiera sabe si se llegarán a imprimir todos, pues, según me cuenta, el impresor se ha pillado las manos con este asunto. Sus cálculos se han quedado cortos. Todo esto no parece importarle de­ masiado porque, rodeado de enormes montones de libros y papeles, confiesa que la historia se ha convertido en algo muy importante. “ Se ha convertido en una vivencia y en una tabla de salva­ ción, porque yo estoy con la historia desde la mañana hasta la noche. Es donde me agarro para no ver las cosas aun más negras.” Y es que el padre Vi­ cente es ciego. Hace unos veinte años sufrió un desprendimiento de retina y tras una serie de complicaciones perdió completamente la vista. “Yo tenia una miopia fortisima, tenía unas veinte dioptrías, pero a pesar de eso hacía lo que quería, pues venia a leer un libro diario. He leído mucha historia. Ahora tengo una criada a la que doy casa y comida y no me hace nada, incluso ten­ go que echarme las piezas a los calzon­ cillos. Ayer me quedé sólo y me hice la comida.” —¿Cómo siguió trabajando a raíz de la operación? —Tengo un chiquillo siempre conmi­ go que me lee. Voy a la biblioteca, a los

Don Vicente Navarro, sacerdote ciego, historia­ dor, se sirve de un "lazarillo'' para la lectura de los documentos

archivos, compro libros. Voy al de Si­ mancas y al Archivo Histórico Nacio­ nal. Tengo visto todos los archivos pa­ rroquiales del Arciprestazgo de Méri­ da. Al chiquillo lo preparo para que sea capa/ de leerme documentos antiguos. Cuando tengo uno que no se puede leer, como la letra procesal o la culta, una monja, que es catedrática de la Universidad de Oviedo, me los traduce. Con los libros le decía que cuando vie­ ra un pueblo de Extremadura lo apun­ tara. Después que tenía revisado el li­ bro, me leía el trozo aquel, sacaba el dato y lo ponía en fichas, y así he saca­ do este libro de los conquistadores ex­ tremeños por pueblos.

Pisarle el terreno

Don Vicente considera que este libro le hacía falta a Extremadura, ya que se denomina tierra de conquistadores. Su presentación oficial tuvo lugar en el

Congreso de Estudios Históricos, en Trujillo. “Quizá, en el próximo congre­ so, presente el primer tomo de la ‘His­ toria de Extremadura’, a pesar de que esta Revista ha dicho que la Universi­ dad de Cáceres iba a publicarla. No sé si lo ha dicho para pisarme el terreno o por decirlo, porque se dicen muchas cosas. Cuando publiqué la ‘Historia de Mérida’, por pisarme el terreno, empe­ zaron a decir que la Universidad de Madrid iba a publicar una historia de Mérida y todavía estoy esperando a que lo hagan/’ Con frecuencia se desvía del tema de conversación quejándose, pues, según me cuenta, ha sufrido muchas intromi­ siones en descubrimientos que él había realizado. “Un trabajo que se presentó en el último Congreso de Estudios Ex­ tremeños es sobre un poblado neolítico, en un pueblo junto a Lobón, precisa­ mente donde estuve de párroco. Ese poblado lo descubrí yo. En la ‘Historia de Mérida’ lo puede ver. Y resulta que ahora se lo ha apropiado el catedrático Blanco Frejeiro, de la Autónoma de Madrid. En el Congreso estuve a punto de levantarme.” Volviendo al tema principal, los con­ quistadores, que constantemente aban dona para relatar anécdotas y casos particulares con una gran pulcritud de nombres y fechas, me dice que es un li­ bro que le ha llevado mucho tiempo el prepararlo, hace veinte años que lo co­ menzó. Por entonces aún no había per­ dido la vista. En aquellos momentos la bibliografía no podía ser más reducida. “Había dos trabajillos. Uno publicado por un cacereño, en 1905, y se titulaba ‘Cacereños indianos’, y tendrá cuaren­ ta o cincuenta conquistadores de esa

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provincia. Otro señor, Rubio Bocane-

gra, publicó en la ‘Revista de Estudios Extremeños' un catálogo de emigrantes

a Indias. En el año 29 se publicó un ca­

tálogo de pasajeros a Indias. Ahora hay libros especializados de conquista­ dores y su naturaleza. La bibliografía que he recogido es inmensa. Por mis manos han pasado miles de libros de crónicas.”

Los primeros emigrantes a América

Pero mejor será que nos centremos en la figura del conquistador, porque con don Vicente se corre el peligro de estar escuchando durante horas títulos de libros y autores que ha tenido que consultar. En la primera parte del libro hay varios capítulos dedicados, a modo de introducción, tratando estas figuras tan mitificadas de la conquista de Amé­ rica. Estos hombres, que aunque siem­ pre han estado rodeados por la aureola de sus jnazañas, se les puede considerar los iniciadores de esa gran corriente mi­ gratoria al otro lado del Atlántico. El autor se muestra categórico al opinar sobre este especto: eran los primeros emigrantes al continente americano. “A pesar de que hay algunos idealistas que dicen que el conquistador fue alli a buscar la gloria y el honor, en realidad lo hizo en busca de dinero, porque le hacia falta, ya que aquí no lo había. Los motivos pudieron ser muchos. Pri­ meramente el haber terminado la gue­ rra con la conquista de Granada. Mu­ chos extremeños partieron como ace­ mileros y como soldados con las órde­ nes militares. Al terminar la guerra, esos hombres se hallan sin trabajo

y tienen que volver a sus casas, y en­

tonces se encuentran con la pobreza.

En el libro hablo del latifundio extreme­ ño que era inmenso.” Insistiendo en la necesidad de ver a estos hombres bajo un punto de vista más realista, sigue diciendo: “El defec­

to que les veo es que eran muy interesa­

dos, que iban a por dinero. Cuando te­ nían que buscarlo les importaba poco todo. Eran hombres y tenian que bus­ car mujeres; a las pobres indias no las dejaban tranquilas. Sin embargo, te­ nian una gran virtud en ese sentido, que España nunca ha sido racista. General­ mente esta gente vivía con las indias, amencebados o como fuese, pero vi­ vían con ellas como si fuesen sus muje­ res.” ¿Considera que estos hombres llega­ ron a realizar el sueño que les llevó a aquellas tierras el volver ricos? —Todos murieron de una manera

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trágica. Hay un capítulo en el libro titu­ lado “El ocaso de los dioses”. El ocaso de estos dioses es terrible porque todos mueren mal. Todos mueren trágica­ mente. Hernán Cortés murió abando­ nado, ni siquiera Carlos V lo recibió. Pedro de Valdivia, comiéndoselo los in­

dios. Pedro de Alvarado, en una bata­ lla. Y Pizarro a manos de los partida­ rios de Almagro. Los intereses creados de unos y otros daban lugar a las renci­ llas. También, las empresas a las que se arrojaban lo hacían sin estar prepara­ dos, como le sucedió a Hernando de

Soto al meterse en la Florida, pues aun­ que llevaba una buena expedición, se tuvo que enfrentar con los indios más bravios y, además, era una tierra pobre en riquezas.

Seis mil extremeños

En los siglos XV y XVI, los extremeños que marcharon a América son alrededor del 20 por 100 del total de los emigrados. Solamente Sevilla y Huelva tienen un mayor número de pa- >ajeros para aquellas tierras. La segun­ da parte del libro es un catálogo bio­ gráfico de 6.000 hombres de estas tie­ rras, procedentes de 248 pueblos. Entre ellos hay que destacar, entre los que más aportaron a la aventura america­ na, a Trujillo, con 586; Badajoz, con 428; Cáceres, con 282; Zafra, 221, y Mérida, 210. Los jue menos figuran se encuentran repartidos entre las dos provincias, varios pueblos con uno sólo. El padre Vicente Navarro del Casti­ llo nació en Granada, el 17 de noviem­ bre de 1919. Hasta los diez años vivió en C a/orla, entrando a partir de esa

edad en el seminario de su ciudad natal, donde se inició su afición literaria. “En la guerra civil me salí del seminario. Tuve novia y todo. Pero después la wda y las cosas del espíritu dan un cambio, con lo que al finalizar la guerra entré en los frailes del Corazón de Ma­ ría, que tenían dos colegios en Extre­ madura, y por eso vine a estas tierras.” Su primer trabajo fue sobre el patrón de Zafra, el Cristo del Rosario. Pero el primero que publicó fue a través de la "Revista de la Feria” y se titulaba “Re­ cuerdos moriscos de Zafra”. Tras ha­

ber publicado en

do "Remanso de aguas puras” y múlti­ ples colaboraciones en la “Revista de Estudios Extremeños”, aparece su pri­ mer tomo de la “Historia de Mérida”en el año 73. Al año siguiente, una historia de Montijo, costeada por el Ayunta­

miento de la ciudad. Posteriormente otra nueva historia, en este caso la de Almendralejo, patrocinada también por su Ayuntamiento. Dentro aún del 74 tuvo tiempo de dar a las librerías el tomo segundo de la “Historia de Méri­ da". Y por último este libro, al que nos hemos referido más ampliamente, “ La Epopeya de la Raza Extremeña en In­ dias”, aparecido el año pasado. Pero don Vicente no se queda tranquilo, ya anuncia la próxima aparición de la "Historia de Extremadura”, como que­ riendo atajar el peligro de que alguien se le adelante y le pise el terreno.

1951 un librito titula­

G. RUBIO

EL MEJOR FRUTO DE NUESTRA TI ERRA, NACIO PARA AYUDARNOS

CAJARURAL

PROVINCIAL

Avda. Santa Marina, 5 Tfno. 2312 62

BADAJOZ

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% % ,

De los emigrantes a América 3

a los “BOTEJARAS”

Y lo bien que estaríamos aqui to­

dos, en la tierra grande, reunidos, agrandando, codo a codo, una tierra que se nos queda paradójicamente pequeña; pequeña, porque la emi­ gración viene a ser una especie de erosión humana que deja a Extre­ madura más desértica, más baldia, menos productiva, más erial. Extre­ madura es extremadamente trashu­ mante; quizá la Mesta le enseñó a sus hombres esa movilidad, ese sen­ tido de trasiego, ese ir y venir. La vieja aristocracia arraigó en la tierra parda y sus hombres aprendieron dos caminos: o el cercano a la escla­ vitud o el migratorio. Algunos, po­ cos, se independizaron. Los emi­ grantes que llevaban la aureola de conquistadores eran hombres guia­ dos, en su aventura, por un afán am­ bicioso de fama y nobleza. La reli­ giosidad es muy característica en él, que se siente llevado apostólicamente a propagar el Evangelio. Pero el con­ quistador se mueve por la “muy me­ morable fama", que decían de los soldados de Hernán Cortes, en pala­ bras de Bernal Díaz, que los conta­ ba “entre los nombrados que ha ha­ bido en el mundo". Y Núñez de Bal­ boa —cuenta G om ara— quería “co­ brar muy gran renombre” en sus ba­ tallas contra los indios “que no hizo tal ningún romano”. Toda esta no­ bleza de conquistadores fue, a la larga, negativa para Extremadura. Si algunos historiadores ven en la conquista de América una de las ra­ zones de la decadencia de España,

uno piensa que los conquistadores fueron más negativos que positivos para su tierra, aunque el Estado se negase a aurearlos en nobleza seño­ rial y militar.

De todas maneras, estos eran los emigrantes del oro que distan mu­ cho, en tiempo y espacio, de esos otros que, un buen día, acechados por el pobre horizonte económico, cogieron sus maletas, y con las cua­ tro reglas encima, el esfuerzo y capi­ taneados por la aventura se echaron por esos mundos de Dios, llámense Suiza, Francia. Alemania, Bélgica, Cataluña, País V asco-

Uno recuerda la posguerra llena de mañanas de adíoses tempraneros cuando familias enteras abandona­ ban el pueblo para sabe Dios cuán­ do. Con ellos se iban unas hectáreas de Extremadura, que iba, de esta suerte, perdiendo su identidad; pér­ dida muy favorecida por el egoísmo de las clases poderosas en un conti­ nuo extender los tentáculos de anal­ fabetismo y la falta de cultura, ende­ mia, por otra parte, muy extendida y crónica por la casi inmensa mayoría del suelo español, no achacable sólo a Extremadura. La secular falta de cultura, la postura reaccionaria de la oligarquía, la escasez de liberalismo, la alianza de los sectores eclesiásti­ cos con los ricos, el centralismo y la penuria económica de la guerra fue­ ron, entre otras, las causas de que los extremeños dejaran la sombra del alcornoque y la encina para con­

vertirse en Botejaras del franco o del marco; porque a este país nuestro le encanta sacar folklore de un drama,

y los Botejaras vienen a ser la herál­

dica de la emigración, un triste escu­ do muy parecido, por lo que a repre­ sentación folklórica se refiere, a las castañuelas y panderetas de nuestro pueblo vecino, el andaluz, que detrás

de su drama, surge un “ martinete” o

un “quejío”, que es el propio pueblo.

El emigrante extremeño no deja de ser desgraciadamente un criado de esa Europa en la que queremos integrarnos. Ahora vuelve en el “agosto, augusto y lento” a reencon­

trarse con la identidad perdida, con el toque de la campana de su torre, con el mostrador de su ya no tan hu­ milde tasca, con el paseo asfaltado de la entrada o la salida de su pue­ blo, con la moneda dorada y grande de la parva, con los oros de la tarde,

y con unos pueblos que, gracias a su

esfuerzo, han perdido aquel aspecto lúgubre, oscurantista, casi solanesco que dejaron cuando una buena o mala mañana dijeron, no se sabe por cuánto tiempo, adiós a su pue­ blo. Es posible que estas lineas estén cargadas de lirismo, e incluso de cierta demagogia, pero, sinceramen­ te, me gustaría que todo el año fue­ sen agostos de emigrantes y que pa­ ra ellos no hubiese más frontera que las mugas de los términos de sus pueblos.

PEREZ

MATEOS

Emigrante por un día

Asi es que como el año se habia metido muy en lluvias que las nue- bes no cesaban de moverse, y aquel cielo tan a/ul, tan limpio, tan puro, que ya lo decía Tasio: que se ven a los pilotos de los aviones y es como una afrenta, como una blasfemia el que se paseen por aqui encima “cuandu abaju andamus con el arau aun comu en la época de los roma- nus"; y los días pasaban y pasaban

como aquel dicho que ni nacido de la tierra: cae más agua que el día en

que enterraron a Zafra

, bién era casualidad, que, hasta en

lluvias, ganábamos a Galicia en este

, que para emigrantes, los gallegos, que tienen a la Argentina al lado, y luego los andaluces, que mal que mal, tienen el Guadalquivir y ese ca­ nal de Bonan/a, y por haí se puede emigrar en barca, pero, ¿y nosotros, los extremeños? Felipe, entonces,

que tam ­

año

que también lo decía Tasio:

cayó en la cuenta:

—Pues es verdad, si nosotros con

el Tajo no tenemos

salida

Se puso en plan meditabundo, pe­

gó un golpe en la mesa del café, sacó un pitillo, lo encendió con calma, lentamente, y pensó para sus aden­

tros:

—¡Leches! ¡Si aquí por irse se va hasta el agua, no te jodes !

Y ya, en esa disposición de pensa­

miento, recordó aquel mapa viejo de España, y el puntero manchado de mocos, que de nada serviría que don Julio, el maestro, atizara de lo lindo, con una vara de olivo, para que aquellas narices se mantuvieran me­ dianamente aseadas; y así que veía como si fuera hoy mismo aquella ve- nita azul, que travesaba el mapa y él recorría, como si fuera un ganchero, con aquel palo manchado de mocos. —¡No te jodes, si el Tajo por no desembocar ya no desemboca en el

Atlántico !

Y meditó más despaciosamente:

—El pantano de Alcántara

¡y le­

ches, los joios políticos!

Y puntualizó:

—¡Ay si levantara la cabeza don

Julio

ría que las aguas del Tajo se van ahora al Mediterráneo

!

Nunca, nunca más se cree­

Y susurró:

—Ni de ciencia-ficción, ¡no te jo -

des!

Asi es que como el año habia sido tan generoso en agua que las torren­ teras había hecho de las suyas lle­ vándose el ganado por delante, que las toconas se habían afectado de tan­

había

aire, que las aceitunas se

podrían, como viejas sin esperanza,

y quedaban en los olivos como unos

pendientes de oropel, mientras las dos manos esperaban a ver si es­ campaba, y se volvia al tajo, con aliento, para cumplir el año —Pero qué leches —dijo—, si esto es una excusa. Este año es asi, que es la Naturaleza, el otro son los in­ termediarios con el fruto, y el que viene y siempre es el joío Gobierno, que nos tiene desemparaos. En este trance, Felipe se levantó, dio un nuevo golpe en la mesa, y di­ jo, en voz alta:

dado

ta

agua,

un

que

la

encinas

les

—Me voy, cojones; no hay cristia­ no que aguante esto. Cuatro tahúres, que jugaban al tute, en una mesa de al lado, le pre­ guntaron con una misma expresión:

—¿Qué te pasa, Felipe? —Que me voy, no aguanto. Se levantó, bajó nervioso las esca­ leras, y se encaminó al Ayuntamien­ to, en busca del alguacil. En el pue­ blo seguia lloviendo; la gente, tras las ventanas, observaba la caida de la

lluvia. Las canales por la calle M a­ yor, vistas de soslayo desde el Ayuntamiento, formaban una corti­ na de agua; los canalones entona­ ban una extraña sinfonía, la calle es­ taba limpia, un poco erosionada, en algunos tramos, por el agua. Asi es que Felipe se presentó ante Boni y le dijo:

—Que eches un bando, diciendo que me voy del pueblo, a la emigra­ ción, y que vendo las cuatro piaras, los dos corrales, el huerto del arroyo

y esos predios que tú conoces

toy hasta los cojones de aguantar !

Ten los cinco duros del bando. Salió del Ayuntamiento, cruzó la plaza —“joder, como cae”— y se encami­

nó a su casa, a contárselo a su mu­ jer. Ya habia meditado varias veces Felipe eso de la emigración, que era para un intelectual como algo abs­

tracto, como una ciudad hetereogé- nea, sin nombre propio, como un lo­ cal abierto y grande a miles de hoiyi-

¡es­

%

bres, hasta cierto punto apátridas. Algo asi como una inmensa carpa de circo, donde cada individuo era de donde Dios lo trajo al mundo, y los hombres se subian al alambre de la buena aventura, dejando el sudor

a un pueblo que no era el suyo, y a una patria que no era una empresa

sugestiva de todos. Así es que la mu­ jer, que pensaba por él, no puso nin­ gún reparo al éxodo, y los chiquinos no tenían ni voz ni voto en aquella decisión. Y Felipe pensó: “Ir ¿a dónde?” Alemania, Francia, Bélgica

y Suiza quedaban descartadas para

él. Eso de ser los braceros de Euro­

pa no entraba en sus cálculos. Pensó

, dónde iba él, así, de pronto, súbita­ mente, con lo que cuesta salir y abrirte paso y buscar, buscar, bus­ car, pasar fatigas, estrecheces, no­ ches en blanco, preguntar de aquí para allá, sin respuesta muchas ve­ ces, vamos, toreándote, no te jodes Porque viéndolo bien sales y te em­ barullas, y hasta que encuentra algo medianejo, leches Así es que cayó en la cuenta Viéndolo bien no se había percatado de que su compadre Rufino podía echarle una mano, según le había propuesto ya, en anteriores ocasio­ nes, cuando venia al pueblo durante el mes de agosto, y veía él cómo tri­ llábamos, y el sol nos tostaba la piel sin piedad, y esperábamos el atarde­ cer a que se levantara una brizna de aire, y aventar el trigo con el liendro,

en

bien

Cataluña

pero

viéndolo

y nos acompañaba al gazpacho en

las noches claras con el cielo tacho­ nado de estrellas, y el sueño duro de las parvas, y al alba que se iba con uno

al corte, con esos mulos lentos, mo­ lestos de andaduras por las moscas,

y el Rufino decía que ¡leches! que

esta vida en el pueblo era muy du­ ra, que nos animáramos, que allí en Bilbao era otra cosa, y que las prue­

bas eran bien claras: el coche, el te­ levisor, la lavadora para la parienta,

y no como aquí al arroyo o esperan­

do a que traigan el agua a las casas,

y

tal y cual, que allí se es un señori­

to

Pues, leches, vamos para allá,

aunque yo preferiría Cataluña, no sé por qué.

Y

sin

más,

ligeros

de

equipaje

como los hijos de la mar, casi con lo

puesto, tomaron el tren y se encami­ naron hacia Bilbao, en busca del compadre Rufino, que los esperaba en la estación con su mujer y los hi­ jos. Asi es que nada más apearse se encontraron, y Rufino, contento con la llegada del compadre, le dio unas palmadas cariñosas en la espalda, de estimulo, y aquí estaréis muy bien, ya verás, que esto no es aquello, que Extremadura es rica, no nos engañe­ mos, que podríamos vivir casi casi como los holandeses, que tierra hay para todos, y para vivir muy desa­ hogados, como podrían hacer los andaluces, pero ya sabes los caci­ ques que nos han explotado, y no han sido generosos para crear rique­ zas. Así es que a la mañana siguiente, cuando Felipe se despertó, y se aso­ mó a la ventana, desde un sexto pi­ so, sitió un tanto de mareo, de ír­ sele la cabe/a de aquella altura, que del Gorrero que disponía de mucha altitud y mucho horizonte y se con­ templaban veinte pueblos a la redon­ da, él no sentía esa desazón en la ca­ be/a, sino todo lo contrario y ¡le­ ches! seguia lloviendo, que desde que salió de casa sólo por Castilla cuando la atravesaba en tren, cruza­ ba el frío, y esta tierra sí que era para dejarla y no la nuestra, que la vertedera se hunde, se hunde y no tropiezas con la piedra.

Y como quiera que Rufino le ha­

bia hecho la gestión para entrar en su empresa de Altos Hornos, que el tiempo pasaba, y no le llamaban, Felipe esperaba, pacientemente, su empleo entre el olor ácido de la at­ mósfera, la lluvia que no cesaba y el vino que, de cuando en cuando, le calentaba el cuerpo. ¡Eeches! que viene uno huyendo de la lluvia de este año en Extrema­ dura y te encuentras con esta otra, y este humo, y este ahogo de casas, que se aprietan como si tuvieran frío. Asi es que como a él le gustaba el trabajo, y la albañileria andaba bien, se colocó en una obra a amasar ce­

¡leches!, no era vida; que Rufino

casi no veía a la familia y que el do­ mingo a reunirse con los de la tierra

mento, mientras esperaba que lo lla­

y

a recordarla: el pueblo, la partida,

maran de la empresa de Rufino, el compadre, quien le recomendaba

chatino, la aceitunas, el olor de las

el

almazaras, los prados, la siega.

paciencia

¿Pero no decías que era

Asi es que a Felipe le entró la

fácil entrar

?

Claro, pero es que la

añoranza, y que no llegaba el em­

empresa ahora atraviesa un mal mo­ mento, es que mala suerte tam­

, que se cansaba de aquella obra, de cómo le caía el agua, de la asfixia de aquel humo, que se paseaba por Bil­

es que tal y cual. Y Felipe,

bién

Asi es que como quiera que se

pleo, y ¡joder! como el dia que dio el golpe en la mesa del casino, estaba harto de que no se le mirase bien, de lo llamaran “cacereño", de que lo discriminaran. Pidió la cuenta y se vino para la tierra, mientras le decía

bao como un fantasma, y empezó a

a

la mujer: “Nosotros no somos ma­

beber como Rufino lo hacía, que lle­ gaba bien mojao a casa.

letas humanas de esta gente; somos

nuestra propia maleta; así que vá­ monos." Y se fueron. Y eso que en

apercibió del farol de su compadre

el

País Vasco no había comenzado

cuando iba en agosto al pueblo con la mujer y los hijos, y el coche para

el terrorismo.

 

arriba y para abajo, y que aquello,

PEREZ

MATEOS