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Dice Carlos Fuentes que él siempre ha concebido. a la novela como un cruce de destinos individuales y ‘olectivos. En En estado de memoria Tuntina Mercado, ‘con el estilo inconfundible de su escritura, evoca sti destino personal que, como muchos otros destinos pa- ralelos © convergenies, ha fransitado un camino de ida y vuelta: el del exilio y del retorno, ‘Una primera estadia en Francia y lu ‘cho mas larga en Méjico, intentos de arraigo en esos sitios v de allicciones de desarraigo en todo lugar: “... hay un fuerte sinsabor fen la evocacion; me esfuerzo en este momento para Sepatar del conjunto algun instante colectivo de felici- dad, que los hubo, pero la melancolia lleva la delante- ada se suistrae a la melancolia de un recuerdo ‘aunque muy intenso.” Casas abandonadas v casas por habitar, baiiles que se llevan y otros que se dan a guardar, fotografias que se aor y sorptesas que deparan cals de pan: lora recuperadas al volver, condicionan la vida del txiliado-retornante, v ni la apropiacion de los ritos de Ja nueva cultura ni la idealizacion de los cultos que se dejaron atras pueden atenuar “el estruendo de la iden- tidad perdida’. ‘Autora de la estupenda Canon de alcoba, publica da tambien por nuestro sello, Tununa Mercado incluye en este nuevo libro otros sones: recuerdos de infancia, consults al oraculo del Yi Ching. la voluntad de eset bir (algo “que no se parece en nada a una decision laboral’), el bello relato del capitulo llamado “Intem- perie” y finalmente, la evocacion de una metamorfosis, en la que va cayendo un muro (gque la protege?, que la separa?), pero sin desmoronarse en medio de escon- bros v polvareda, sino filtrandase silenciosamente s0- bre la finea recta de su base, “como un papel que se desliza vertical en wna ranura” TUNUNA MERCADO En estado de memoria Mle Hin Ccbra TUNUNA MERCADO En estado de memoria ayer i x ea lee Khon Ctra En memoria de Mario Usabiaga La enfermedad El nombre de Cindal, cuya ortografia des- conozco, vuelve una y otra vez acompafiando a un hombre y a-una frase de ese hombre repetida sin cesar en la antesala de un consultorio psiqui- trico. ;Digale que haga algo por mi, que haga algo por mi! jEstoy haciendo wna ilcera, estoy haciendo tuna ilceral, clamaba, en algo mas que una recu- rrencia, Mientras hacia su imploracién yo imagi- naba que en una fébrica, en algin sitio de su cuerpo, en la boca del estémago por su ademin de doblarse y de abrazar su cintura, en alguna parte de su cuerpo se abrian ilceras sin remisién ni piedad. EI aullido tenia paralizada a la gente de la antesala que habfamos acudido por proble- ‘mas menores si se los comparaba con la situacién terminal de Cindal. La secretaria, a quien Cindal habia preguntado por el médico, no sabia cémo manejar este caso fuera de todo orden, sin turns, sin citas previas, que irrumpia sin haberse antici- pado por teléfono, y que no parecia ser hombre de violencias. Ella habia desaparecido hacia el in- terior dela clinica y reaparecido para decir que el doctor no podia atenderlo, que estaba en sesién, y que después tenfa que entrar el grupo que esta- iba en la sala de espera. Entonces él vino hacia no- solt0s y nos rog6, con vor. entrecortada ya por el sufrimiento, que le dejframos unos minutos de ‘nuestra hora, Pero la hora era inviolable, y pese a que esttvimos de acuerdo en cederle el terreno de nuestra locura para que él explayara alli la su- ya, abonando tal vez: con la suya la nuestra, el psiquiatra fue terminante: no iba a recibirlo, Una esta tan desvalida en manos de los psiquiatras que no puede ni siquiera discutir lo que le imponen; se llega incluso, en esa sumision presuntamente transferencial, a suponer que el ‘médico puede haber elegido una téctica terapéu- tica eficaz cuando decide enderezar a un desespe- ado fuera de hora, A Cindal quiso enderezarlo, hacerle ver que él no podia manejar como quisie- ra su locura y el tiempo de los demés y; por fin, Cindal se fue, no sin antes haber implorado lo méximo, su internacién: ;Por favor, la internacisn! El psiquiatra, ya en el consultorio, no respondié ‘a ninguna de nuestras preguntas y se qued6 en silencio; tengo entendico que con el tiempo se ha ido perfeccionando ese silencio analitico hasta ser de ultratumba para quienes buscan respues- tas inmediatas a su desesperacién. Cindal se ahoreé esa misma noche. No dejo de pensar en Cindal, quién lo hay bré lorado, quién lo llora todavia; salvo yo, quién se acuerda de él, doblado en dos, lastime- ro, haciendo su tilcera como quien hace un de- ‘ber, como quien cumple una tarea escolar, en la antesala de la muerte, y raza una letra fulguran- tey roja con las heridas de su tcera, y se desan- gra por dentro en torrentes y termina yéndose, en ese arrastre, al otro mundo, ahogado en su propia sangre. El, supongo, se levantaba por las mafianas 0 en las noches, 0 en el transcurso del dia después dle una breve siesta en la que tal vez habia logrado controlar su dolor; se despertaba y se encontraba ahi noms con la vileera, no con ‘una tileera aislada sino con una iflcera en perma- nente comunicacién con sti mente; como si ella fuera una sola y misma cosa con el terror que de- sencadenaba 0 que la desencadenaba. Uleera y terror venian juntos para Cindal en esos desper- tares a cualquier hora del dia. Se doblaba en dos yaullaba pidiendo ayuda. ‘A gente asi, que sufre con tanta convic- cién —se dijo después de que Cindal se colg6 de su cuerda— hay que dejarla, no se puede hacer nada; y cuando gente asi busca st propia muerte y Ia halla, se suele pensar que encontré la paz, que suavemente se desliz6 a otra cosa y que a fin de cuentas ha cesado de suftir. A Cindal lo deja- ron morir porque se pens6 que eso era lo que queria y que tarde o temprano iba a encontratlo. 9 A Gindal, coyo nombre ulai- dada la memoria siempre acentuado en la Tera iry eayo gesto de doblarsese me reitera en suce- sivas evocaciones, se lo de} MOF porque su de- ano podia ser colada, y porque relamos e ese tipo no hacen mis que oscurecer la vida de los demas y socavar a plenitud a a que todos Menen derecho. Nadie que viva en confommidad, Teno de prajectos y certezas, nadie que reciba ¥ dejar entra gente como Cindal, que no apar- {6 una cita, que no reserv6ningtn pasaje y que leg tarde la ima franja de la cord, Ie que podia ofrecerle un consultorio psiquiatrico. Muchas veces el nombre de Cindal fue evocado por mien stuaciones similares a la que €{ habia sostenido,implorante, en la antesala del Psiquiatra. Hay una gran diferencia, sin embar- 0, entre sus demancias y las mas. El parecia de- Cidido a hacerias a voz en cullo, como sl pu dor lo hubiera sbandonado y ya nada pudiera cultar su autoconmiseracion, No tenia ningyin control sobre sus ruegos, habia descendido con sus roillas hasta la genuflexiGn se dobaba, nin- grin orgllo podia detener ya la conciencia de su fin. Yo, en cambio, postergo de una manera obs- tinada cualquier afloramiento de la angustia, en fran parte por buena ediucaci6n, para no arr narle la fiesta a nadie, escondiendo mediante a. timaftas altos picos de aflccign que me asaltan 10 Seria muy dificil ponerios de manifiesto, decep- cionar a los demés, hacerles ver que la antigua savia del poema, “la que por el verde tallo im- ppulsaba la flor, la misma que impulsaba mis ver- des afios", era en realidad una perfecta inductora de tileeras y de gastritis, y echar por tierra la tranquilidad con que me velan apacentar las ho- ras y los dias no habria servido para nada. En términos terapéuticos estrictos, el pst- coanilisis siempre me fue escatimado. Nunca, a decir verdad, pude recurrir a un tratamiento cli- nico individual en el que ofreciera, horizontal, los materiales de mi inconsciente; siempre, por razones econémicas, tuve que estar en terapias dee grupo, en las que sin mayor esfuerzo logré es- camotear a los ojos de mis compafieros, y tal vez a la sagacidad del psiquiatra, mi angustia y mi vulnerabilidad; me las arreglé para disolverme ‘en las risas 0 en los llantos colectivos, munida de mi buena educacién y de un presunto sentido del ridiculo que, por acerbo, se parece bastante a laamargura No tuve, entonces, un tiempo individual en el que discerniera mis conflictos de una ma- nera especializada y especifica; ningiin psiquia- tra se ocupé en particular de mi, dejando sin ‘cauce la inmensa capacidad de transferit que me 1 ‘earacteriza y que me ha llevado a diversas for- mas de dependencia con médicos de toda laya, {ncluidos los dentistas, los ginecélogos y, sobre todo, los curanderos de la més variada especie: santeros, chamanas y "maestras" que hicieron de mf cuerpo de limpia, Con ramas de menta’y al- Dahaca, sahumerios de mira eincienso, con ajos, Tociones, tejos de coco, oréculos y otras técnicas de azar algunos trataron de curar mis males y de salvarme de los hechizos y en ocasiones lo consi- guieron porque no debe de haber terreno mis fértil para las curas que mi cuerpo y mi alma, En 1967, siete dias después de la muerte del Che Guavara, que lastimé de modo tan irre- mediable y fatal nuestras vidas, antes de em- prender un viajea Francia y una larga estadia, el psiquiatra de marras que me contuvo en su gru- po durante tres afios y expelié inmisericorde a Cindal, viendo que yo podia zozobrar en este trajeteo transatléntico, me concedié unas horas individuales en las que no pude decir una sola palabra; sola, sin las muletas del grupo, perma- nec callada, no tuve nada que decir a mi analis- ta, ningiin inconsciente se manifest6, no conté ningiin suefo, y él permanecié también en silen- cio en esas dos o tres sesiones, sin que yo haya sabido por lo tanto cual era su evaluacién de mi estado psiquico, nt si con su silencio me conde- naba 0 me absolvia o si, finalmente, no tenia na~ da que decirme, pero lo cierto es que viendo que R yo quizas no tendria demasiadas fuerzas para sobrevivir a los cambios que se avecinaban, me dio la direccién de una psiquiatra suiza que ha- blaba espanol y que habia vivido y trabajado en la Argentina; me dijo que él iba a escribirle y yo hasta llegué a imaginar que enviaria un ciagnés- tico sobre mi; esta suposicién de que yo podia te- ner una existencia como caso me tranquiliz6: mi salud o mi enfermedad mentales cobraron un ca- acter singular. ¥ no es abusivo hablar de “enfer- ‘medad mental’, puesto que en la terapia nunca dejaba de inculedrsenos que estabamos alli como enfermos mentales. Ya en Francia, cuando adverts, en efecto, que no estaba en condiciones de sobrellevar nin- gin "cambio", eufemismo con el que se suele de- signar a los momentos cruciales, escribf la carta prometida a la psicoanalista suiza, al dia siguien- te mismo de mi llegada. No esperé, apenas habi sacado mis cosas y las de los mios de las valijas, empecé a escribir esa carta en la que le deca que yo habia sido hasta hacia muy poco la paciente del doctor Fulano de Tal, que él, por su parte, ha- fa de escribirle a la brevedad acerca de mi caso y que yo queria verla para convenir un trata- rmiento, Le propuse unas sesiones quincenales y le expliqué que vivia a unos escasos cien kilome- ‘ros de Ginebra donde ella tenia su clinica y que ‘pensaba hacer un viaje para exponerle mis pade- ‘imientos. La carta fue hecha, naturalmente, en B espafiol, no s6lo porque ella dominaba esa len- gua, sino también porque yo no hablaba ni una palabra en francés. S6lo sabia decir un fragmen- to de La néusea de Sartre que habia leido en voz alta muchas veces hasta saberlo de memoria, en. unas clases de francés dos semanas antes de salit de Buenos Aires. Estuve tentada, incluso, de transcribir ese pasaje para ilustrar mi angustia, pero no lo hice: el solo hecho de dirigir la carta, de poner la mira en una meta psiquidtrica me hi- Zo Sentirme mejor. Y tanta es mi disposicién tera- ppéutica y tan consuetudinaria, que cuando la carta salié a destino, en ese instante, todas mis esperanzas se depositaron en Suiza, El inviemno empezaba cruel, muy cruel; Jas carreteras se cubrieron de nieve y cobré con- ciencia de que el famoso viaje entre Besancon y Ginebra podria estar plagado de desventuras. Me vi cruzar los bosques helados, en trenes blan- cos y por paises blancos y tuve un adelanto de pénico que sélo pudo ser paliado por las expec- fativas de curacién; iba a atravesar los hiclos, pe- 10 los hielos no iban a quebrarse bajo mis pies —no se me iba a mojar la cola, como a la zorra del Yi Ching en su travesia invernal— porque iba a tener, un tratamiento individual, prolonga- do, radicalizado y psiquitrico. Nunca atravesé los hielos; Madame Spira, quien por su renombre seria acaso la psi- coanalista de la reina Juliana, no podia "por el u momento” contraer un compromiso quincenal conmigo; sus horas estaban todas tomadas. La carta que me envid no hacia mencién a ningén nso enviado desde Buenos Aires, a ninguna car- ta que me prohijara, ni tampoco ami psicoanalis- ta; decia estar a mis Srelenes para mas adelante y preguntaba si yo tendiria a bien excusarla, que- dando ella (Suya) de mi, No me sorprendié la respuesta: ya me habia dado cuenta de que la ha- zaila de pagarme un anélisis en francos suizos, viajes sorteando montafias y al borde de precipi- ‘ios en francos suizos, un alojamiento semanal junto al lago Léman o lejos de él en francos st 208, todo eso hacia varias semanas que me habia resultado irrisorio, desproporcionado como sue fio de pobre. Fracasaba una vez més mi inte cién de ofrecerme una cura analitica profunda, individual, ala que miles de argentinas y argen- tings han tenido derecho a lo largo de estos iti- ‘mos treinta afios. Me he contentado siempre con curas suce- déneas. A mi regreso a la Argentina de aquella estadia en Francia, por ejemplo, el mismo psicoa- nalista que sin advertir lo desmedicio de su pro- ppésito me habia puesto en contacto con Madame Spira, me recomend6 a una colega suya, esta vez nacional, quien, de nuevo, dadas mis condiciones econémicas, me puso en un grupo. Mi primer anélisis grupal habia sido con alucinégenos. Cada vvez que he relatado esa experiencia en sus térmi- 5 nos escuetos y medianamente veraces, la gente ‘que me escucha pone una cara neutra que delata, ‘mds que indiferencia, la decisién de mantener distancia de una suerte de peligro de contagio en iernes sobre sus personas; cuando digo que to- mbames écido, xilocibina o mescalina nombres temibles, prefieren no oir y sélo me observan pa- ra ver siel dafto aparece en alguna marca. Lo cierto es que esa terapia con psicotr6- ppicos habia dejado de hacerse cuando consulté a mi nueva psicoanalista; después del golpe del 66 se cuestioné y prohibié estos tratamientos: se confundié de manera acritica, por razones ideo- égicas © morales, uso psiquistrico con depen- dencia, dejando sin progreso una técnica que abrevaba en la alucinacién. Abandonados al efecto de un Acido habiamos volado hacia las z0- nas del origen, y no sin un altisimo costo en el ‘momento, Porque quien crea que esas incursio- nes proclucen felicidad, escuetamente felicidad, se equivocan: la conmocién que provocaba ese regreso a cualquier fuente, ya fuera el vitero ma- terno, boveda de la especie, 0 el eco del primer Manto huérfano y de ahi en més, no es de deseér- sela a nadie y s6lo porque se nos habia convenc- do del cardcter médico de estas précticas el gru- po se entregaba a ellas y aceptaba el riesgo de perderlo 0 ganarlo todo en una sola sesién. Puesto que no se podia tomar peyotl o xi- locibe, sin que a nadie se le ocurriera cuestionar 16 Ja ley que lo prohibia, el grupo se reunfa alrede- dor de la psicoanalista sin écido, expuesto s6lo a los efectos de su mirada cle mujer-psjaro, Al salir del consultorio soliamos ira la casa de alguno de nosotros pata fumar hachis 0 cualquier otro tipo dde sumidades floras en una actitud tipicamen- te sustitutiva. En una de esas ocasiones chupé con demasiada fruicién el cigarro y cuando lle- gué a casa estaba desdoblada, queria decir yo y cia ella y rogaba que volvieran a unirme, que ‘me restituyeran al casillero del que provenia y en el que habia estado hasta ese momento con tanta despreocupacién como inconciencia; costs mu- chisimo volverme a mi, 0 sacarme de mi, una ‘otra que entrevia y a la que no \podia acceder y todavia una otra mufs que no me soltaba, sin saber yo distinguir entre la otra que habia que ahuyen- tary la mia que debia retener Pese.a los escasos paliativos que me ofre- ‘i6 el psicoanalisis, una especie de escarceo que rodeaba la profundidad, nunca dejé de encomen- danme a sus manes. En pleno exiio, cuando to- dos los dias habia alguna noticia terrible de la Argentina, y muchas veces se trataba de llama- das telefénicas desde cualquier confin de la tie- ra, incluida la natal, en las que se nos decia que habfan matado a alguien, a varios, a uno en par- ticular que era muy préximo a nosotros, casi un pariente, 0 a dos o tres que habian mantenido conmigo y los mios algtin tipo de vinculo, en w ‘es03 momentos tan erueles que obligaban a sen~ tarse al borde ce la cama a llorar, vivir era sobre- vivir, Pero uno de esos dias el peso fue demasia- do, un dia en el que el moridero al que estiba- ‘mos sometidos fue demasiado actual e inmedia- to, yo senti que mi salud se desmoronaba. Los espasmos de la gastritis, que aparecieron mas tarde con nitidez, eran entonces apenas un dolor difuso en la boca del estémago, una sensacién te- ‘nue, similar a la que podria haber dejado un gol- pe accidental en un juego de nifios, Las cosas pa- saban sobre todo entonces en la garganta, que se obstinaba en reproducir anginas rojas, pultéceas, resistentes a cualquier antibidtico. Alquitranada, con la mucosa rigida y resbaladiza, los ganglios {nfartados, sin ninguna cilia que vibrara al paso del aire 0 del sonido de la voz, pero con una pro- fusa colonia de éureos, la garganta era el sitio en el que parecia gestarse mi propia muerte. ‘Tenia calambres en el cuello y una inci- piente septicemia que pudo tener un desenlace definitivo; pasé por médicos, clinicas, laborato- rios y me expuse a conteos; initilmente verté mi sangre en probetas y sometf mis liquidos a culti- -vos, y nada pas6, la cura pasé de largo sin ver- me, En mi retablo pintado yo podria haber apa- recido en mi lecho de enferma, el techo del cuar- to agrandado por la fiebre, la ventana dibujada en el muro con las cortinas recogidas para dejar entrar la Inz. del Espiritu Santo: escena de mila- 6 gro, de recuperacién por obra de un poder humi- noso. Una leyenda podria haber nabricado aque a curacién: "Cuando ya se perdia la esperanza de mantenerla con vida, se encomendé a la Virgen, sanando por su Gracia en los dias ult mos de octubre del atio del Seior de mil nove: cientos setenta seis". La Obra fue en realidad de homeépata unicista y la medicina caléndula a la treinta diluida en un vaso de agua con tomas es- paciadas primero cada media hora, luego cada hora y, para terminar, tres veces por dia. Tuve suerte porque nadie se aventuré a decir que mi problema era psicolégico y se tomé como algo natural que fuera a un médico. A otros legados al exili, cuando manifestaban ha- ber perdido energia, se les decia que era normal que tuvieran esos sintomas, que el desarraigo y Jos tiempos vividos en la. Argentina, con tantas pérdidas, terror y duelos, no podian sino haber- Jos deprimiddo.Se les aconsejaba que fueran a ver ‘un psicoanalista, el cua, segiin las précticas del ‘momento, debia convenira las convicciones pol- ticas del grupo de pertenencia. Ese analista.al que se confiaban los recién llegados podia que- darse en su pura esfera y no indicar andlisis de laboratorio, aferrado a su idea de la depresién; entonces, el organismo jugaba malas pasadas, la enfermedad seguia su curso, desalentando al psicoanalista y al enfermo, optando aquél por derivara'su paciente, desconsiderada accién cya 9 consecuencia era, en efecto, una deriva, de unas ‘manos.a otras, de una oreja a otra oreja, de divan asilla, con interpretaciones fluctuantes acerca de Jos sintomas: tomar rigidez. por histeria, trastor- no neurolégico por regresiOn al seno materno, falta de-retencién de orina como llamado de atenciOn del paciente, y asisiguiendo. Una se pasa toda la vida tratando de apo- yarse en columnas, de adheri la pobre masa psi- ‘quica a estructuras exteriores con el objeto de do- tarla de una forma; se arrima a los demés, ya se- an personas, animales 0 cosas hasta fundirse con ellos, se hace de costumbres buscando en la repe- ticién la manera de evitar la infelicidad. Los re- ‘cursos no tienen fin y son renovables de manera cotidiana; obran a veces como conjuros, mandas ingenuas que hora a hora se van depositando en. pequefios altares domésticos y por las que se es- pera recompensa. Si hay luna lena, por ejemplo, se cierran las ventanas para impedir la exacerba- cién de la locura que producen sus rayos; si el viento ulula se cierra también la ventana para que no entren sus maleficios; si, por el contrario, canta tin péjaro, se tiende atento el ofdo para que penetre el beneficio de su trino. La persona se re- Taciona en permanencia con el afuera, lo que vie- re del otro lado de su pared condiciona sus mo- ‘vimientos y organiza sus rituales; busca, fanda- ‘mentalmente, estar en un grupo, pertenecer a la grey, pensando tal vez con razén que esa perte- 2 nencia puede alejar de ella la Iocura 0, por lo me- ros, la incertidumbre. Lo que yo tenfa que exponerle a un ps quiatra 0, en un nivel o giado diferente a un psi coanalista, era una serie ce miicleos que no logra- ba disolverse. Eran, o son, estados de desvali- riento, fragilidaces que me impediian enfrentar- ‘me con naturalidad a los hechos de cada dia; tenia que explicarle a ese analista que cualquier situacién de competencia provocaba en mi una necesidad imperiosa de huir y de no dar batalla; si esa confrontacién era sobre méritos, elimpulso de borrarme del campo se convertia en un foco inextinguible de ansiedad, como si dirimir acerca ie mis capacidades para ocupar un sitio pusiera a prueba toda mi existencia. No podia disputar lugares, y si por obra de las circunstancias alguna vez era diferenciada valorativa y positivamente por alguien, esta eva- Juaci6n nunca strgia de una contienda en la que yo hubiera podido ser elegida entre pares, sino después y al costado, como si sélo de manera re- tardada se descubrieran los méritos de mi perso- na, Brillo que no se ve, que los pedestres no lo- ‘gran ver, solian ser las interpretaciones que ati- aban mis psicoterapeutas de a sentado y de a centavo, He tenido por eso siempre una profun- da piedad solidaria con todos los que ceden a la imposicién de pertenecer a alguna esfera de la cexistencia, para lo cual aceptan dar prueba de co- a nocimiento, de fuerza 0 de valor. Ser sometida a examen, a juicio, a concurso, a cualquier tribu- nal; estar en oposicién con un semejante para que alguien establezca un juicio y una califica- ign, figura insoslayable si se quiere vivir en so- ciedad, siempre ha sido para mi una condicién humillante y cruel y me he apartado de ella con persistencia, como quien se aleja del mal. No obstante, para ganarme la vida y con ‘un aceplable criterio de "vencer" dificultades, al ‘gunas veces acepté exponerme a esas situaciones extremas. Por ejemplo, uno de los desafios que ‘mayor suftimiento me produjo fue aceptar, con- traviniendo mi fobia, un cargo docente en la Universidad de Besancon, sitio en el que, como reo haber dicho antes, estavimos los mios y yo en un llamado primer exilio, después det golpe de Estado del 66. Alli, donde las somatizaciones habian encontrado su sitio en la columna verte- bral, una semana después de legar y de haber escrito la carta a la psicoanalista de ta reina Juliana, tuve que empezar a dar clases de Literatura y Civilizacién de América Latina a un grupo de veinticinco alumnos, gente que estu- diaba espafiol y que ponia sus expectativas en un puesto de ultramar. Mi primera clase y las sucesivas, sin atenuantes—, fue en su totalidad ‘puesta por escrito en mas de sesenta cuartillas, a ‘una cuattilla leida por minuto para redondear la hora que se me exigia 2 \ ‘Todo ese aito y los siguientes me pasé es- cribiendo cuartillas a maquina para ser leidas en clase y atin asi, con la seguridad que me daba el papel escrito sobre la mesa en el cual estaba todo previsto, incluidas las posibles respuestas a posi- bles preguntas, cada vez que entraba en la clase y que los veinticinco aspirantes a ultramarinos se ponian de pie y decian Bonjour, Madame, se me producia el llamadio hueco en el estémago 0, me- jor dicho, el hueco daba su vuelco hacia el vacio pues desde la vispera y puede decirse todos los dias desde mi llegada a Francia y a esa universi- dad, ese hueco estaba, procuctivo, tan producti- yo como las paginas que llenaba con su vacio. No sé por qué me sometia a retos tan fuertes. Me provocaba, debo decirlo, un gran ali- vio terminar la clase y legaba a la calle y a la plaza frente a la Facultad con esa sensacién ple- na de haber vencido un espectacular tomeo. Esa calma duraba unas horas, s6lo las necesarias pa- 1a recobrar el aliento y preparar las ansiedades de mi préxima clase. De esos afios quedaron ‘unos centenares de paginas en las que se contaba Ja historia de América Latina, se estimulaba el interés por textos iluminados de la literatura de nuestros paises, 0 se analizaba, con una minucia demencial, parrafo por parrafo, universo por universo, coma a coma, la obra de Rulfo. Después fui arrojando esas paginas, una a una 0 en bloquecitos de a diez, en el incinerador de la 23 ‘casa bisontina, antes de regresar a Buenos Aires, en 1970. Creo, incluso, que la compulsién exami- natoria y la imposibilidad de superarla fue lo que me impidié recibirme de Licenciada en Letras. Nunca tuve ese titulo, apenas me faltaban dos materias para lograrlo y no pude, y las que Jogré pasar fue a costa de una concentracién fue- ra de serie, ejercida en trasnoches y amaneceres. Estoy convencida de que mi paso traumatizado por la universidad, en el que no corri ni gané ca- rrera, no dejé huella; mis coeténeos y contempo- raneos, en cambio, son todos ahora reconocidos profesionales a lo largo y Io ancho del mundo; muchos, casi todos, ocuparon cétedras civiliza- das en las tierras del exilio y ahora han regresa- do al pais ocupando asimismo prestigiosos luga- 1s; se ganaron y se ganan honradamente la vida con sus conocimientos literarios, dieron clase, tu- vieron estatuto. Siempre me digo que yo tam- bien podria haberme hecho de un oficio si hubie- ra aceptado pasar mis iiltimos exémenes de Tberoamericana con el profesor Verdugo, nombre cuyo significante se habia deslizado al de usur- padlor de la cétedra de Literatura Argentina en el 66, cuando echaron a su titular. Entonces, en vez de terminar con docili- dad mi carrera y de poseer un titulo previendo que sin él no s¢ puede hacer nada, ni dar céte- da, ni doctorarse, ni hacer ningiin seminario de 4 posgrado, ni obtener subsidios de investigacién, ‘que sin él uno o una esté condenado a ser emple- ado pablico 0 periodista del montén o free lancer ‘en ocupaciones diversas, que sin él uno estaré en el escalén de abajo, impedido de ascender en los escalafones y de manera progresiva se converti- 14, sin él, en lo que se llama un escritor fantasma, en este caso en una escritora fantasma, profesién para gente sin titulo de una facultad de Letras. Ser escritora fantasma, estar en las bam- balinas, detras de las paginas escritas por otros, corrigiendo, estableciendo con propiedad los ne- x05 de la sintaxis y mejorando en el mejor de los casos y en el peor empeorando los textos que otros vana firmar, termina por ser una profesion de fe y, la larga, configura una neurosis de des- tino, Esa misién de fantasma tutelar sobre la fra- se ajena, de nodriza sobre la cuna de palabras que salen de otro imaginario, de otro inconscien- te; de inspectora municipal de la lengua y de los Aiscursos, operando incisiones en los parsigrafos, aislando los conceptos de una oracién con relati- vvos, puntuando, entrecomillando donde se pue- de y se debe, esa misiOn se me presentaba negra e imposible cada vez que cobraba conciencia de ella; a medida que bien articulaba, bien ortogra- fiaba —al menos asi se lo crefa y por eso me pa- gaban—, todo lo que yo podia escribir por mi ‘misma, de mi cuenta y cosecha, se desarticulaba y pedazos de mi se alojaban en los escritos de 25 mis semejantes, gestaban y daban a Inz engen- Airos irreconocibles. Frase a frase mi frase mori, muere, se extinguia, se extingue, es correcta, se enmascara, se alinea, sonrie, corregida, Tenia que exponer ante ese psiquiatra vir- tual que esa condicién de ser la segunda en cual- quier orden, otorgada por el azar del nacimiento entre dos hermanos, me llev6 a estar al servicio, porasf decirlo, de personas sin escrdipulos que al mismo tiempo que me halagaban por lo que es- cribia firmado por ellas y demostraban agradeci- ‘miento, terminaban por negarme; me negaban 0 rninguneaban después de haberse valido de mi ppresunta capacidad u oficio, que ellas considera- ban menor, de poner ideas por escrito. Sucedia, ademas, que no siempre tenian las ideas y habia que poner escritura en estructuras huecas 0 des- ar la escritura hacia cuestiones anecddticas, a falta de conceptos. Hay personas que construyen abundan- tes curricula con articulos y aun con ensayos am- plios y densos que no escribieron ellas, que los ieron a hacer a eseribas como yo. Gente que pi- de prestada la palabra de otro o que la compra y que, hinchada de orgullo, ofrece como contra- pparte un llamado "marco tedrico’, sin el cual se supone que nada puede hacerse, minimizando cuestiones secundarias como la sintaxis. Gente que cree que no saber escribir es una discapaci- dad irrelevante, puesto que s6lo importa tener 6 teorfa, formular teorfa. En el marco vacio del que se vanaglorian, la obrera o el obrero tienen que cruzar sus hilos. Estos impostores 0 impostoras que ven- den a diestra y siniestra su marco tebrico llenado por otros y que siempre logran que se Io com- pren institaciones, fundaciones, agencias nacio- nales e internacionales y otros aparatos académi- cos, tienen una gama de escritores fantasmas y los hay que se buscan una lingiiista para que ate a su marco una tela saussureana; que logran en- ganchar a una fildsofa fuerte, con aportes al mar- xismo y al psicoandlisis, capaz de adaptar al ‘marco una red foucaultiana; que seducen a una te6rica feminista para que les hilvane alguna propuesta sobre lo personal y Io politico, lo igual y lo diferente. Esa gente se forja una personali- dad por una despiadada transfusion de la com- petencia ajena, El firio que no llega El exilio se me aparece como un enorme ‘mural riveriano, con protagonistas y comparsas, lideres y bufones, vivos y muertos, enfermos y desposeides, corroidos y corrompicos; el mural tiene tun espeso color plomizo y sus trazos son ‘gruesos. Hay un fuerte sinsabor en la evocacién, ‘me esfuterzo en este momento para separar del conjunto algiin instante colectivo de felicidad, ‘que los hubo, pero la melancolia leva la delante- za, nada se sustrae a la melancolia de un recuer- do gris, aunque muy intenso. En el mural hay un ancho por un alto, un comienzo y un final, y 1o ‘que resalta en el pao acotado y lo que vibra en el paisaje es, imemisible, la melancolia No se puede decir nada mas anodino y estiipido que la frase: "lo pasaron bien en el exi- lio’, esa trivialidad que muchas veces, por excul- pacién, se acepta ofr, 0 su contraparte de la mis~ ‘ma laya: "Ios que se quedaron en la Argentina la ppasaron peor’, y otras variantes de esas simple- 8 zas que deberian indignar pues ponen en situa- cin de tomeo instancias que no lo admiten y que tampoco resisten Clasificaciones tranquiliza- doras: exilio/exilio interior, que separan y alige- ran, por asi decir, la masa atin sin desbrozar, ‘compacta, destructora y arrasante que fueron e505 afios, desde 1974 hasta la restauracién de la democracia, sin contar los coletazos que todavia producen terror. El tiempo del exilio tiene el trayecto de ‘un gran trazo, se extiende segdin un ritmo am- plio y abierto, sus carvas son como las olas, oce- Anicas y lejanas de las playas, que no tienen rom- pientes y se parecen més a la idea de horizonte: el tiempo sucede més alld, en otro sitio, se lo oye transcurrir en los silencios de la noche, pero se lo aparta, no se lo quiere percibir porque se supone que el destierro va a terminar, que se trata de un paréntesis queno cuenta en ningsin devenir, Provisorio, el tiempo va de semana a se- ‘mana en un tren de altos sucesivos: se lee a noli= cia, se la sopesa, se piensa en términos de coyun- tura,se enfrenta con la imaginacién al adversario que interfiere el decurso, se cree acumular fuerza contra el enemigo mayor que ocupa también se- mana a semana, y en una ofensiva cada vez con ‘una capacidad mayor de fuego, los terrenos que elexiliado ha perdido al ausentarse Las discusiones no tienen fin, la sospecha no tiene fin; en los espesores y en la espesura de 2 esa selva sin tiempo no hay diques que parape- ten el continuo, las hojas no caen, el frfo no llega, €l presente nunca pasa al futuro. Los aconteci- mientos estén iluminados como en el teatro, ‘exaltados en su significacién; nunca la paranoia tiene un cuerpo tan sibilino como en esa estancia sin estaciones. No se podia imaginar entonces que una vez terminado el paréntesis, sies que alguna vez egaba a terminar, lo que concluiria seria visto como un todo abigarrado, como una masa reco- rrida por miiltiples laberintos cuyo corte trans- versal provocaria una sensaci6n tan mordiente; las capas 0 estratos que ese corte muestra, en efecto, parecen haber sido antiguos hormigueros ahora deshabitados pero que producen la misma sensacién de espanto que si estuvieran lenos. Es también espanto lo que provoca la evocacién del modo en que ese tiempo era ocu- pado en un setenta por ciento por el tema propio de la circunstancia, a saber la Argentina, ese pais poca madre que nos habia expulsado y sobre cu- Ya situacién se hablaba sin parar —el sol no se ponfa, no habia amaneceres— Ilenando por asi decir con Ia materia argentina todo hueco de la realidad, saturando con la pasta argentina todos Jos agujeros, atiborrando el cuerpo y el alma con esa sustancia que no producia placer, ni buenos recuerdos, y que s6lo depositaba su cuota de muerte al entrar y salir de la conciencia (cuando 30 ‘uno se dormia, la cuota era puesta a favor det in- consciente y daba réditos inmediatos y multipli- cados, con efectos de horror mucho mas podero- 50s que en la vigilia). Se sofiaba Ia muerte casi siempre; el indi- viduo era atravesado sin tregua en esos stefios por imagenes de despojo y desamparo; el dur- miente pasaba noches désnudo, descubierto, perseguico por fterzas invencibles, se caia al to- Frente, perdia el tren, salia de su casa descalzo, pendia sus papeles, un carruaje lo conducia hacia ‘un destino sin nombre; el individuo perdta altu- 1a, regresaba @ una infancia envuelta en nubes y gasas, volvia a cuartos con luces cenitales y se vela de pronto en medio de un bosque en som: bras; el individuo no la pasaba bien en sus sue- os. En sus vigilias el efecto de esos suefios se reiteraba por ramalazos, impidiéndole cualquier tipo de felicidad transitoria casi la mayor parte del tiempo. Con ingenuidad, 2 muchos exiliados en ‘México se les dio por pensar que seguian siendo, ppese a todo, los mejores del mundo y entonces no supieron mezclarse o fundirse en la poblacién —vecinos, colegas, o lo que fuere— y persistie- ron en mantener rasgos muy nacionales, gesticu- laciones muy propias que solfan provocar ver- 31 sgiienza ajena en aquellos que por miedo o ti ez habian optado por hacerse Jo menos eviden- tes posible. Podia llegar a suceder que alguno hhablara de manera estent6rea y reclamante en tuna oficina de migraciones, por ejemplo, y que suscitara en el mexicano 0 mexicana que se ocu- paba del trémite, un sibito bloqueo, defensivo, ante la petulancia; el empleado ponia una cara especial de haber bajado una cortina intema y de haber al mismo tiempo clausurado cualquier en- trada o cualquier salida; ni ofa ni respondia al discurso demandante de su interlocutor; se en- conchaba, hacia el. muerto, que es una forma que ‘muchas especies animales tienen de neutralizar los asedios del exterior y cuyo aprendizaje re- quiere eras geolégicas. Esa habilidad de hacerse el muerto, que por seguir de manera anecdética y reproductiva la legislacin lacaniana han adoptado algunos psicoanalistas, la burocracia mexicana la tiene ppor cultura y casi por naturaleza y por eso mis- ‘mo no es ni anécdota ni representaci6n, sino un modo del espiritu. Frente a una jactancia de ar- ggentino, el mexicano mira con ojos vacfos, oye con oidos cancelados y sella boca, provocando fen quien lo interpela una impotencia total. Aftos puede llevarlea un argentino aprender ese méto- do de distanciamiento ante las desmesuras 0 va- nidades de uno de sus semejantes, y silo llegara a dominar no seria dificil que le diera una conno- tacién de descén, cosa que el mexicano no hace; perconando las generalizaciones, me parece que éste s6lo pone en prictica, tal vez sin saberlo, un meétodo para preservar su salud mental o su pro- verbial dignidad. Esa arma es en extremo dafina y hay muchos argentinos seguros de si mismos y del lugar que ocupan en los estratos sociales que han sufrido sus estocadas hasta la derrota y que, por légica, han engendrado animadversién con- tra quienes la esgrimen, sus anfitriones. El apego al pais que habfamos dejado condicioné la vida de todos nosotros; hubo inclu- 80 gente que no pudo sobrellevar la suma de pér- idas; que se pasaba el dia pensando en su ba tio, idealizando précticas que no se veia muy bien por qué habrian de ser consideradas para- igméticas de un paraiso perdido; la sustancia argentina que se extrafiaba aparecia encarnada en mitologias de escaso interés. Vista ahora, a la dis- tancia y en la cercania en im antes de exilio y en un después de regreso al pais— la "iconogra- fia" aquella y los pequefios cultos a objetos que rigieron las farttasias de entonces, juzgados ms allé de las emociones, resultan un patrimonio in- significante, sin valor intelectual o imaginario. Hubo profesiones de fe argentina lisa y Manamente patriotetas, como por ejemplo la co- 33 dicia que produjo en dos oportunidades la ban- era argentina, la cual colgaba del muro junto al Hamado lébaro patrio de los mexicanos en la "ca- sa del exilio y fue dos veces sacada, con excita ci6n y premura, le su ugar. La primera, emocio- nado por el triunfo en el Mundial de Futbol, un {grupo se hizo de la bandera y la enarbol6 por las calles de la ciudad mientras vitoreaba al seleccio- nado nacional; la otra, el mismo grupo se aperso- 16 en la sede y se la llevé para ondeatla frente a Ja embajada inglesa, identificado con la guerra que libraban los militares argentinos para recu- pperar las islas Malvinas. La pasta argentina no dejaba respiro, se pegaba al cuerpo, lenaba la mente, absorbia to- dos los liquids y dejaba en la sequedad; quienes ppodian zafarse de ella 0 disminuir su consistencia era porque ponian una voluntad de hierro para integrarse al medio, Tenian que aprenderio todo, es decir, aprender a saludar al vecino, a dejarle el paso, a no pasar por entremedio de dos personas ‘que estén hablando, a no pasar los platos por de- Jante de las personas en la mesa; a decir "por fa- vor" cuando pedian algo, y las correlativas formu- Jas "permiso” y "propio"; a agradecer toda vez que fuera necesario yaiin mis de lo necesario, respon- diendo a las "gracias del otro con un “para servir- au Je; no interrumpir a los demés en las conversa ciones, disminuyendo, en lo posible y en el caso de tener el uso de la palabra, el rio verbal; a decir "salud" cuando alguien estornudaba y "provecho" ‘cuando daba comienzo la ingesta ajena; a ofrecer ‘con un "Zgusta?” la comida propia al recién lega- do (précticas que hace mucho no tienen uso en la ‘Argentina por decisiGn de clasemedieros con fn- fulas); tuvieron que aprender a ofrecer hospitali- dad usando la norma de cortesia local que consis- te en decir "Lo esperamos en si casa", para invi- tar al interlocutor argentino, quien creia que el mexicano se referia a su casa, anuncidndole una visita; el equtvoco solia perdurar largo rato, rite- réndose el "su casa" con un refuerzo aclaratorio: su casa de usted", frase con la cual el mexicano afirmaba la donacién generosa de su casa, la de 1 al extranjero; este desprendimiento nunca era entendido y los argentinos interpretaban que el mexicano se aduefiaba de sus casas, y el "ahi tiene usted su casa de usted" no era captado ni corres- pondido con anéloga cortesia, quedando el argen- tino mal parado y demostrando su incapacidad para oft a sus diferentes. Los malentendidos eran resortes que obligaban a aprendizajes acelerados de urbani- dad y después de varios afios puede decirse con justicia que algunos lograron hacer suyas las le- yes de convivencia y se los vefa en reuniones con ‘mexicanos haciendo esfuerzos por dejarlos ha- 3% ) bar, con una cara de represién enorme de los na- turales impulsos por cub el espacio con la pro- pia y exclusiva voz, con aire de frustracién por verse a obligados a ceder la palabra y a dominar los proverbiales y sestdos tones. A veces se obligaban a la humildad de liminar el uso del che y del voseo y ahi se los te- nfa, adocenados en cultismos del espariol que se les resistian y que no se amoldaban a los modos portefios de los que raramente se puede salir por ser demasiado marcados. Llegaban a asumir, in- cluso, ciertas humillaciones lingitisticas, como ser el reemplazo de la ye rugosa y canyengue de Buenos Aires por una suerte de fad que con tanta facilidad suelta la gente desde Cérdoba hacia el norte, y que en los labios del portefio es en extre- mo descomedida porque no llega a plasmarse y, ‘cuando cree haberla logrado, en nada se parece a Iaelle de los mexicanos y menos ala ye; se podia oir entonces, unos poias y unas gathas famélicas, ‘con hambre de pertenencia, que eran como ma~ Jas puntadas en a tela de la conversaci6n. No se puede ocultar que la implantacién de un argentino en México es de hecho un fené- ‘meno histérico raro. Y no se termina de hacerse eLridiculo, a afios vistas no se deja de hacerlo, co- ‘mo si por una secreta venganza el pais mexicano continuara ofreciendo resistencias a cualquier apropiacién por parte de extranjeros. Llegaron Jos argentinos y con todo esmero erigicron sus 36 asentamientos en conglomerados habitacionales, Jos llamados condominios, donde por razones sgregarias y también econémicas, se fueron aco- modando, al mismo tiempo que declaraban cémo les gustaban las artesanias nacionales. Siempre me dio vergtienza de mi misma, valga la reiteya- ‘i6n, pero sobre todo vergtienza ajena de los de- ms, cuanclo ofa decir esa frase en todas nuestras bbocas al llegar a México, como,una especie de ja- calatoria que desplazaba por unos instantes el la- ‘mento del desterrado. Creo, a la distancia, siem- prea la distancia, que muy poco sabjamos del ar- te popular mexicano y que Ja masiva en términos relativos adquisicin de esos bienes culturales en ‘mercados de diversa indole no estuvo regida por un ctiterio de calidad. Puede caerles mal a mu- ‘chos que esto lean, pero la homogeneidad del mobiliario de Jos argentinos en México, en casi todos los cas0s los llamados muebles de Taxco 0, “con mis amplitud, de estilo colonial ristico; los tapices en serie de acrilén con disefios de comu- nidades chiapanecas, los sarapes de Oaxaca, tam- bign de sintéticos, y la persistencia casi obsesiva con que se comfa, en una primera etapa, en vaji- lias de barro que contenian plomo, a uno le creé la sensaci6n de estar siempre en la misma casa, la propia y la ajena, sentados todas y cada uno en las mismas sillas, bebienclo en los mismos vasos de vidrio soplado, con los mismos individuales de palma sobre la mesa y los mismos manteles de 7 Michoacan, y los mismisimos equipales de euero, ‘como si de una familia a la otra no hubiera fron- teras de gusto e intencién y se permaneciera en ‘un espacio comin. sas casas, en las que muy de cuando en cuando aparecfa una pieza legitima, se traslada- ron muchas veces tal cual a la Argentina, en enormes contenedores 0 containers. La misma impronta, reconocida en diversos hogares pro- duce un efecto melancélico porque si marc una unidad ideologica defensiva en aquellos tiempos de destierro, en la Argentina no cumple ningin papel distintivo y més bien produce extraiia- iento y nostalgia y uno se siente un poco tonto por creer que esos pequefios rituales de acomodamiento en el suelo argentino van a sal- varnos del estruendo de Ia identidad perdida. ‘Arm me hace mucha gracia ahora ver ¢6- ‘mo hacemos nuestros templos, verdaderos altar- citos de muerto mexicanos, con ofrendas, ollas sin mole, ficcién de la harina denixtamal y de los chiles, y comienza a resultarme patética la con- versacién obligada acerca de dénde se puede conseguir chile y dénde tomatillos y todo el mundo dice que cilantro sf hay cuando todos, to- dos sabemos, que a los argentinos el cilantro les producfa néusea y la tortilla de maiz los llenaba de frustracién porque siempre esperaban la de trigo, cuando se sabe que apenas unos pocos co- ron frijoles; también me produce compasién ver a nuestros compatriotas llamados argenmex pedir a cualquier viajero que les traiga chile chi- potle, que vayase a saber por cuales razones gus- temiticas es el tinico que admitieron en sus car- nes; me da mucha pena advertir que su relacién con el chile cobra una magnitud que no tenia in sifu y que se perdieron afios en los que habrian podido haber discernido, sin desprenderse del remoto y fundante a picante motido, entre el pa- silla y el drbol, el morita y el mulato; me impa- cienta que digan que se consigue en Buenos Aires el chile serrano para las salsas, cuando lo que las bolivianas venden en los mercados —ellas tam- bign sentadas, como lo indica su estirpe, en el suelo, y provocando en los argenmex un efecto dle espejismo que los sobresalta—, seria chile érbol y estaria muy lejos de poder darle el mismo gusto a Ja salsa verde; y me da mucho aburrimiento oft y ‘ofrme hablar, en largas conversaciones anodinas, de habitos alimentarios mexicanos con gente que, sospecho, no comié mas que milanesas con papas fritas y me parece increible percibir cSmo seaciel- gaza la letta y griega en una f latina cuando al- guien acusa el extraftamiento y desaparicién en ‘su mesa de la papaya/papaia, fruto cuyo recuerdo se acaricia pero que también era rechazado, y més cansancio me produce comprobar que con ‘nada podremos paliar las nostalgias asi como tampoco pudimos paliar las nostalgias con dulce delleche y otras fatuidades de desterrados. Cuerpo de pobre ‘Todos los domingos, votviendo a la ciu- dad de México, por lo general de un fin de sema- na en casa de amigos, escribia sin escribirlo el primer pérrafo de un largo escrito que siempre sent{ como un desencadenamiento, pero muy pronto la cadena se enredaba o simplemente quedaba trunca. La frase inicial, eso si, brotaba casi de inmediato, una vez que el automévil ha- bia recorrido los primeros kilmetros y nos alejé- ‘bamos de la zona de los voleanes, La imagen que se me ocurria era: la marcha wa dejando atrés, en dobleces regulares y aun ritmo implacable, un reco rrido que se parece al de la memoria, hecho de postas, relewes,sibitos oscurecimientos bajo arboledas tupi- das, puntos ciegos en el horizonte, enormes pozos de sonra, tenues resplandores que parecen disipar la roche en ciernes y dotarla de luz. Hacia atrds, a me- aida que avanzamos, va quedando, asi lo imaginaba, una gigantesca vela henchida por el viento (y cribada por el tiempo), un teln por el que las parifculas se rr) cuelan hasta desaparecer muy lejos y may a nuestras espaldas Esas particulas, me dio por imaginarlo, eran muertos que entraban por mis ofos-y salfan por ‘mi muca, arremolinados en las réfagas de la me- moria, suspendidos en el camino hasta que la gran vela los remontase al pasar. Ninguno se proyectaba en particular ni hacia esfuerzos por ‘nstalatse en mi de manera predominante; esta- bban allfa ta espera de una suerte de seleccién de mi conciencia, como si apenas pretendieran tener una legitimidad en esa primera pagina que yo escribia, en el asiento trasero de un auto. Y 10 que es més extrafo todavia en esas figuras sus- ppendidas a mialcance es que no desplegaban sus historias grandilocuentes sino que dejaban sen- | tir, en su pura singularidad, los ademanes, pala- | bras y actos menores que habian tenido alguna / significacién para mi, los gestos mas representa: tivos, por asf decirio, que los unian a mi. El cementerio era vastisimo y habla alli todo tipo de muertes y de muertos; mi selecci6n se producia por turnos;y en el tiempo en que re- tenia alguna o alguno, se aislaba, en una sintesis prodigiosa, la peculiar calidad con que cada una de esas presencias ocupaba un lugar en mi vida: tuna mano que retiene la mia, una energia soltada por un cuerpo que me abraza, un soplo que em- pafia, emocionaco, mi espejo. Y, hacia atras, la vida se me aparecia, en este tipo de imagenes, a perforada por miles de grandes y pequellas pér- dlidas, y todo escapaba por los agujeros de esa gran vela henchida. En el recuerdo del otro no se rescata su. persona completa sino simples y aparentemente imeras modalidades que, en algxin instante, también fitil en apariencia, se manifestaron; di- ria que estoy fijada a esos muertos por esos deta- Iles, ¥y con anterioridad lo estaba de la misma ‘manera cuando ellos vivian: por el ejercicio de tuna mania, por la expresién de un empefio en el arco dela vida doméstica. El punto en el que Mario Usabiaga se fj indeleble en mi fue un mediodia del afio 1981, jando con impaciencia me regaf6 porque desli- €é, apenas corri, unos centimetros, el bife que se ‘estaba hacienclo sobre la plancha, y una vez: més ‘me regafis en esa misma ocasién cuando eché sal a la carne antes de darla vuelta; me explicé que habia impedido que se sellara con el primer movi- miento irresponsable de corterla sobre la plan- ccha y que, al echarle sal cuando la di vuelta, ha- bia provocado que perdiera todo su jugo. A par- tir de ese momento quedé prendida a él: cada vyez que ponia a asar un bife sus dos normas re- sonaban y resuenan en mi como si estuviera oyéndolo, y cl reflejo ha seguido reiterandose atin con més fuerza después de que él muriera, y sobre todo porque esta muerto. No sé si con este arbitrio de volver al punto de referencia admoni- 2 torio que a él me ata voy a encontrar consuelo, pero una cosa es cierta, ino se va de mi, y el dia en que sus palabras dejen de resonar en todos los ‘mediodias semejantes a aquél en el que junto a ‘mi fij6 sus leyes, lo habré traicionado en la me- ‘moria y, consecuentemente, me habré dejado ga~ nar por Ja insignific ‘Los puntos de inflexién de esa vida y las ‘marcas que dejaron en mi recuerdo se suceden a partir del 70. La primera escena es en Bahia Blanca; é1 estaba haciendo un asado. Estan su mujer y sus hijos, estamos nosotros también, No advierto entonces que no mueve la carne para nada, ni le hinca el tenedor, ni tampoco fa sala cuando la da vuelta sino sélo al final. En medio de la reunion Hega, sin anunciarse, Alberto Burnichén, editor trashumante y vital, set tinico, que leva de ciudad en ciudad por todo el pats, las plaquetas de poesfa que él mismo imprime con cuidado artesanal; a él, especie de padre de ppoetas, lo mataron los militares en 1976, luego de secuestrarlo, Mario lo recibe como a un embaja- dor y sabe despertar en él toda su sagacidad y sentido del humor. En otra escena, meses des- pués, Mario Usabiaga baila con Diana Galak des- pués dle una cena en mi casa; alguien ha puesto misica y ellos se levantan como si estuvieran en un salén, se toman en los brazos y se mueven con suavidad, sin reparar en los testigos ni en el espacio que los constrifie, entre sillas, a una su- 8 perficie de cuatro baldosas. El se ha separado de su mujer y baila con esta muchacha joven, dis- tante de nosotros, convencida de poseerlo. Otros gestos suyos: se apartaba el me- cchén de pelo lacio que le caia sobre la frente para inclinarse sobre su maquina de escribir durante Jas inacabables jomnadas en las que traducia del inglés un libro de més de mil paginas. Diana, la ‘muchacha que bailaba, se moria en el cuarto de al lado. ¥ no se puede decir mis que hasta ahi del transcurso de esa gran tragedia en la que esta vida se vio envuelta: abandono, eércel, abando- no, reencuentro, muerte final. He buscado una catia suya, apenas anoche la he buscado como si ‘en ella se me fuera la vida y su vida; me levanté fen medio de la noche a revolver unas carpetas ppeto no estaba y, pensé, debo de haberla aparta- do en una especial que cargué en el contenecior y que llevaba tn rétulo para idenificarla, RECOR- DATORIO, porque contiene las huellas de mis aimigos muertos. Mientras buscaba, recuperé, co- ‘mo si yo misma lo esculpiera, un gesto de Mario Usabiaga que me negaba a hacer consciente por- que me lastimaba, y que consistia en reprimir con tun endurecimiento corporal, como si enfren- tara algo insoportable, la violencia que algunos de mis relatos verbales —o mi manera de rela- tar—le provocaba. Se ve que no aguantaba que yo no encadenara mis ideas como él queria, y ‘una vez mas me quema la sensacién de no haber “ seguido sus leyes, y la herida se reabre cuando Dbusco esa carta en la cual, estoy convencida, ha desaparecido cualquier rechazo de él hacia mi, y su letra es suelta, distendida, cuando dice que me extrafia, y es lacerante cuando describe sus primeros meses de regreso a la Argentina, que serian los iiltimos de su vida. Una vida en la que cada segmento esté referido a Jo que dijo, hizo o sefalé alguien, al mandamiento de otro surgido en el instante en que se ejerce una accién sobre la realidad, una vvida asi se convierte en algo religiaso: se invoca, se cita, se liga 0 se alude; una se va transportan- do con todo et mundo a cuestas y si no es Mario Usabiaga el que se aparece en espiritu, seré otro el que se encargue de hacerlo, con una estipula- ‘Gon similar: no hay que echar los huevos en a sartén con el aceite frfo, eso jamés; am me gus- tan las tostadas menos "crudas’; el té no se debe guardar con las hojas porque se vuelve téxico, y Jo mismo pasa con el mate cocido; a los huevos tibios hay que "picarlos” para que no se rompan fen el agua del hervor; y la persona ausente, éni- ma o no, que alguna vez. me hizo esas indicacio- nes, sin habérselo propuesto, me absorbe en un sistema cerrado; me adhiere a la realidad, me amarra con ufas y dientes a sus pequefias salien- tes, me condena a ella sin remisi6n. Habria sido para mi costoso explicarle a ese hipotética analista que me cubriria desde 6 atrés con sus alas, el modo en que esas indicacto- nes de indole prictica me cosfan a la realidad, apoderdndose de mi y gravitando sobre mi auto- nomia psiquica, en ia medida en que siempre eran tna correccién, un enclerezamiento. Yo mis- ma habria de ejercer sobre los demas 0 al menos sobre las torpezas de los emis, ineluidos los mi- 0s, una suerte de control que tenderfa a conver- tirse en manfaco. Esas absesiones perfeccionistas que me impresionaban en otras personas, duran- te una época llegaron a serme propias, como si admitiera que al haber aceptado las correcciones que me marcaban fos demés yo misma me mu- nia de un estatuto y de una normativa para apli- cara mi vez.sobreia gente Me resultaba intolerable en ese periodo, y atin de vez en cuando se me reitera ese senti- siento como si se tratara de un reflejo condicio- nado, que no se tuviera un euidaco extremo en Ja coccién del arroz, que hubiera gente que por improvisaci6n o inepcia convirtiera en puré un arroz; que no hubiera alcanzado el estadio de ‘cultura que permite, no digamos abstraer el con- ccepto, pero al menos la estética de granos sueltos ¥ ligeros; me erigia entonces en una verdadera gendarme de a coccién del arroz, 0 de la coccién dena pasta, o dela coccién de unas papas, y me esforzaba en hacer entender que la coccién no cesa en el momento en que se apaga el fuego sino que persiste sobre los alimentos, y que de 6 nada valia concluir que un arroz ya estaba a punto sino se tomaba la precauci6n de detener fl proceso unos minutos antes de esa certeza, previendo el margen necesario para no llegar a Iacondicién de pute. El punto del arroz, el punto de la carne, los puntos a los que se pretende llegar y que si son sobrepasados rompen con el equilibrio del universo, eran Jos puntos de mi obsesidn, ¥ debo haber tenido sobre quien infringia la armonia de esos tiempos una actitud correctiva e impaciente. Fse cuerpo de anilisis, la obsesion ante la minu- cia, por su repeticin, podria haber sido tomada como un sintoma de una censura que me impo- nia a mi misma y que sélo aparecia ejercida ante los demas y por causa de los dems, reservindo- se-un efecto mucho més daftino sobre mi perso- na, Alli habia un material para observar de gran volumen y consistencia, una masa que amalga- maba diversas manfas y no menos diversas fo~ bias cuya caracteristica era presentarse en partes y contrapartes, en una dialéctica dificil de desba- ratar. Si los "puntos" eran algo asi como el cie- sre de una forma, en cierto modo wna “comple- tua” transgredida una y otra vez por los dems que se obstinaban en sobrepasarla, si la gente viiolentaba los estactos justos de la materia, se po- dia ver claramente que alli mi obsesién era repa- rar en lo que sobra, en lo que desborda y que, al 7 ignorar un limite, arruina el alimento © echa a perder el estadio éptimo de un proceso, sin dejar la posibilidad de una rectificacién: lo que pasé ya no puede ser regresado a su condicién primi- genia. No culminar, entonces, dejara medias, dar alas cosas el margen de maduracién, incidir.s6l0 en las etapas iniciales de la evolucién de un ele- mento y luego dejarlo abanclonado a su propia inercia, no precipitarlo ni cerrarlo, eran las leyes de esa obsesién que colmaba todas mis intencio- nes y definia todos mis deseos, Pero habia otra obsesi6n dentro del mis- mo cuerpo de anélisis, correlativa de la anterior, que era desencadenada por la falta. La imposibi- lidad de Hlenar hasta el tope venia acompafiada de una sensacién de carencia, de despojo y de -desnudez.y digo los tres términos en una segui- dilla porque creo que se cubren uno al otro. ‘Nadie, en ninguna de las terapias de enganifa en Jas que me vi mezclada, me dio una explicacisn acerca de mis relaciones ambiguas con la ropa, probablemente el objeto en el que con mas cru- deza se encaman los términos de la carencia, el. despojo y la desnudez. La desnudez propia de Jas pesadillas para mi era una circunstancia na- tural de la vigilia. No es exagerado afirmar que de manera permanente me encuentro en condi- 6 ion de indigencia vestimentaria, no tengo qué ponerme es el enunciado certero que habla de ese estado, ¥ estar asf, haber llegado hasta alli, es al- go limite, mas alld esta el abismo. Me veo revolviendo todo en los roperos; nifia, joven, adulta, siempre he buscado qué ponerme en roperos atiborrados 0 vacios, da lo mismo, porque las emboscadas que este acto de revolver ropa me ha tendido han sido indepen- dientes de que los roperos estén lenos 0 vacios. sas grutas que me succionan me han soltado después siempre desnuda, despareja, incompleta y desavenida; ni despierta ni dormida se ha cumplido nunca para mi el suefio de una forma cerrada que me incluya, un vestido, en una pala- bra, que cubra mi desnudez y que me devuelva tuna imagen "completa en la juna del espejo. Los roperos han sido ingratos para mi a lo largo de toda mi vida y ahora todavia, cuando voy cami- no del medio siglo, me alejo por precaucién de esas bocas y las cierto antes de dormir. En cuanto la ropa, no he podido sustra- ere, como cualquier mortal, a la necesidad de vvestirme, pero nunca he podido cubritla por mis propios medios. Con arcs logré que los mios, cen dlstintas edacles, me vistieran, La decisién tie ne un momento clave cuando, siendo muy nitia, ‘consigo convencer a una tia abuela que a partir de ese dia voy a quedarme quieta, como si estu- vera hecha de pasta, para que ella me vista. No se vea en esta pardlisis una solucién ‘eémoda; el juego no tard6 demasiado en conver- tirse en un mal, cuya manifestaciOn mas angus- tiosa es la dependencia fisica y cuyo sintoma aparece més aguclo cuando me pongo en la si- tuacién de cubrir la necesidad, cuando voy a comprar ropa. El terror comienza a insinuarse a la entrada de las tiendas, por lo general cuando se trata de negocios proliferantes y masivos. Poco a poco, a medida que la acumulacién se desplioga ante mis os y da vuelta entre mis ma- nos, comienzo a perder el sentido. El sentido se vyuela, desaparece entre los pliegues de la ropa, me abandona y caigo desplomada, En esas circunstancias, los espejos ayu- dana desencadenar la crisis. La luz de los proba- ores sobre los espejos, la propia imagen inverti- a, el modo en que el cuerpo es cubierto por al- go extraito a él y la conviceién de que ese ele- ‘mento ajeno se apodera de ese cuerpo y lo hace suyo en ese recinto falsamente iluminado, todo ese acontecer es, como en las novelas de desgra- cia, un golpe mortal. Lo que se revela en esa se- reta sesién no sélo es la carencia, la desnudez, el despojo, sino el detestable recurso de cubrir la necesidad con algo prestado, concebido en algu- na parte para otros, algo que no habré de cubrit- Ja ni cubrimos. He pasado por esas situaciones de pérdida del sentido muchas veces y he termi- nado por concitar piedad en los mios y de una 50) manera regular, sin tener incluso que demandar- Jo, mi necesidad ha sido cubierta por ellos sin la obligacién de entrar en ninguna tienda ni ence- ‘rarme en un cubfculo con triples espejos. La ropa me horroriza, las polleras biz~ quean, los cuellos no Megan a tapar el nacimien- to del pelo en la nuca; ninguna solapa resuelve el desabrimiento; no hay vestido para el talle desdichado; ningiin calzado conige a los chue- os 0 a los patizambos; ninguna prenda da altu- ra o confiete gracia, ni ahuyenta las malas pesa- dillas; comprar ropa es un misero expediente para temendar la vida. Muy pocas veces en mi historia personal me senti lo que se dice gratifi- cada por una prenda sobre mi cuerpo, nadie pu- do convencerme nunca de que algo me quedaba bien sobre los hombros. Invadida por el trauma vestimentario nunca quise oft halagos, como por ejemplo que todo me quedaba bien, que cual- quier color me sentaba y que no habia moda que no me cayera a la perfeccién; desoyendo cual- quier apreciaci6n reparatoria dle mi terror vesti- mentario, siempre me vi ridicula con las modas, incluso no me produjo consuelo ofr que mis amigas me decian, cuando me soltaban las pren- das que ya no usaban, que yo tenia "cuerpo de pobre", es decir que todo me iba, me caia o me sentaba, y comprobar esa ductilidad las hacta sentitse muy generosas y desprendidas y yo me salia de sus casas con mis tesoros, Ios llevaba a 3 mi ropero y alli los condenaba a estar colgados para siempre. A veces, cuando el gusto de mis benefactoras coincidia con el mio, me ponia esa ropa; me entregaba, en definitiva, a esa enajena- ign en carne 0 cuerpo propio que consiste en Mevar ropa ajena, Cuando recibo en herencia 0 como re- cuerdo la ropa de algtin amigo o amiga que aca- ban de morir, me visto com ellos; tengo la sensa- cién de que los llevo puestos y hasta siento lle: var sus mortajas, pero no me da miedo aprensién, sino consuelo, como si, en tna suerte de ingenua transmigracién se hubiesen deposita- do en una mange, una pretina o una valenciana, He llevado durante todo mi segundo embarazo hace més de veinte afios, una chaqueta de lana que heredé de una muerta desconocica, una ita- liana a cuya casa me llevé una amiga después de su muerte, para que escogiéramos algunas pren- das. Cuando llegamos a la casa de esta sefiora sin deudos, el ropero estaba pletérico aunque pe- numibroso por la circunstancia; elegi la famosa chaqueta y una blusa de terciopelo borra de vino que tenia en el escote, en el borde de las mangas Y de las caderas, una franja de flores pintadas en oro, prenda ésta que munca me puse y que termi- né regalando, sin que pudiera explicarme por ‘qué me la llevé de ese ropero, si fue por codicia, por frivolidad o por Iéstima. Lo cierto es que lle- guéa sentirme culpable con esa muerta por ha- 2 berle interrumpicio su eterno retorno en'mia tra- vvés de esa blusa, ya la vuelta del tiempo, veinti- cinco afios después, todavia me acuerdo del in- tenso olor a lavanda que despedia su ropa y st ropero, y esa oleada pertinaz es el llamado que ‘me lanza la desconocida, Lo malo con esas prendas de muertos es que una no se atreve a tirarlas ni a regalarlas, y se elernizan en el ropero. Cuando se las adopta no imagina el espacio que puede ocuparla ropa de estos duefios ausentes: cuelga desvalida de las perchas, toma la forma del gancho y se le ‘marcan cafdas definitivas; se aferra a esa vida ria y oscura con la misma terquedad con que antes se aferraba a otra, quizés més célida y I ‘minosa, Tengo todavia en una percha, en la iit ‘ma de mi ropero mexicano, un saco gris que, sin saberlo, me dejé al morir mi amiga Silvia Rudni yy que me fue dado por los suyos como recuerdo; Jo usé mucho, era muy de mi gusto evar a Silvia puesta pero, de pronto, con el tiempo, las ppuntas del cuello se hicieron notar y, al verme con él, en una misma unidad corporal en el espe- jo, tuve un golpe de autocompasién: éramos de Jos sesenta en los ochenta. las ropas se van cayendo de si mismas, ‘se desmoronan por sus propios flancos y ruedan, exhaustas; como a nadie ni a nada le sucede en {gual medida, son derrotadas por el tiempo. No ‘muchos perciben el cansancio de las telas porque 53 se han desprendido de los vestidos antes de que comiencen a segregarlo y es muy raro que un traje logre aguantar la presi6n social que le im- pone estar pasado de moda y habria que tener tuna fuerte ética para acompafiarlo sin dejarse arrastrar por su caida. He vivido pendiente de mis ropas, de las ropas ajenas que llegaron a ser mias, de las ropas de mis amigas y amigos muer- tos, de fas ropas que otros me cedieron para no ‘condenarlas a la desaparicién o por dadivosa ve- leldad, y ese destino, ir con la ropa, a la 2aga de su decadencia, ser una misma y.sola cosa con la ropa y al mismo tiempo sentir a cada instante ol hortor de esa relacin, es una de las fatalidades ccayo sentido tendria que desbrozar. {Los mios de la infancia intentaban disfra- zarme para los carnavales ¢ incluso me obliga- bana hacerlo cuando me resist, Fui caracteriza- da de"negrita", con el clisico vestido rojo con u- nares blanicos, que es también el de "hormiguita viajera”, la piel cubierta de betin y varias trenci- tas, las que diera el pelo, rematadas en moos de cintas rojas —que ast se piensa que son las nifas negras, como las hormigas—, y también de "gita- na’, con el paftuelo en la cabeza festoneado de tuna hilera de medallas, arracadas, bucle junto a Jas orejas y falda amplia y larga con volados. Cuando me daba cuenta de que lesaparecia de- trés del antifaz 0 del ungtiento negro y que de mi identidad s6lo quedaba el brillo de las pupi- 54 las y el blanco del ojo, me echaba a lorat, prover cando comentarios acerca de mi pusilanimidad. Esos disfraces cuelgan de mi memoria, pero hay uno en particular que se mece como la mortaja de la enguadafada, la bruja o la "viuda” del camaval, en el salén de actos del Perpetuo Socorro, mi jardin de infantes. Eran Tas fiestas de primavera y me disfrazaron de mariposa, con un vestido amarillo vaporoso de holanes, listones café que dibujatan el cuerpo de la mariposa y ‘unas alas de alambre cubiertas de tul moteado ‘que se prendian a la espalda del canestt. Cuando estébamos por salir a escena a bailar nuestro m mero —nifas de flores y nifias de mariposa- con las antenas rigidas sujetas al peinado y el in- faltable lunar junto a la boca, la hermana Serafina intent6 prender mis alas al vestido con tun alfiler de gancho, pero el alfiler se destizé y agarr6 también, junto con la tela y el tul, mi piel. Sali a escena como atravesada por un pufial, y esa punzante sensacién no me ha abandonado. Nunca le die nada a nadie sobre este incidente, sélo Sor Serafina lo supo. Desde aquel dia nunca quise estar en ningtin escenario. Curriculum Si alguien atribuye las enfermedades que ‘se prodiucen al regresar al pais después de aiios de destierro al regreso, por lo general oye una se- rie de argumentaciones tranquilizadoras. Oiré decir, por ejemplo, que la enfermedad es algo aparte, que si alguien vuelve y se muere de un infarto 0 se le perfora una ileera aunque no se muera ose contagia de una faringitis crénica, eso pudo haberle ocurrido en cualquier lado, sin que ‘importen las latitudes ni las geografias y, menos atin, se pensaré que esas enfermedades son pio- pias de la indefensién que se declara masiva- mente en él cuerpo y en el alma cuando se toca suelo argentino, ‘Quienes hablan de una patologia "univer- sal” y refutan la idea de un condicionamiento ig- noran que quienes regresan hacen casuistica y establecen cuerpo de doctrina con s6lo enumerar sus enfermedades, muortes y suicidios, para no hablar sino de lo mas fuerte y dejando de lado 56 otras desintegraciones menos evidentes pero que fen sui cuota minima ya constituyen enfermedad. ‘Tampoco convence la manera en que oit0s, por el contrario, estin prestos a asentit con docili- dad, cuando se los incluye en el esquema de la destruccién postexilio; sumisos pero astutos, prefieren anticiparse a lo que va‘a sobrevenir, po- niendo en préctica una suerte de cura en salud, Ponderacién, encuadre dentro del sentido co- ain genera extiblein dela experiencia cuan-) do se supone haberla objetivado, todos e308 ges- tos "positives! son argucias para salirse de las Iu- ces de los reflectores y entrar en el cono de som- bra, en la opacidad de la negacin, Nada borra’ ‘is los hechos, nada desvanece més los perfiles de la realidad que la clasificacién de esa misma realidad. Creer que se sabe, mostrarse escéptico ante Jas buenas razones para adaptar la propia humanidad al pais, no produce més que un ali- vvio momenténeo y una sensacién de dominio fa- laciosa, después de Io cual el derrumbe stele ser peor. Es también ilusorio recurrira tratamientos, yen verdad no me siento fuera de las generales de la ley cuando clamo por terapias y, subrepti- cia, trato de apropiarme de la atencién de psico- terapeutas deslizandoles el tema del arraigo-de- sarraigo. Entre esos intentos hubo uno muy pecu- liar. Bl psicoanalista, adelantindose a mi deman- 7 a, puesto que no era ningiin desentendido en estas cuestiones, me brindé proteccién. Siendo ‘mi amigo, era legitimo que me llamara por telé= fono para preguntarme cémo me sentia, de qué ‘maneta me las arreglaba con este asunto del re- reso a la Argentina; suponia que habia sido due 0, que las mudanzas puras y simples eran de por sf costosas; gcudnto mas alto no seria enton- ces el precio de esta vuelta? se preguntaba, y se mostraba sensible a mi soledad. El no me iba a dejar caer. En es0s momentos, para mi desgracia, porque habria podido aprovechar su deseo de rotegerme, yo me sentfa bastante bien, desper- taba ante incitaciones diversas, me entregaba a reacciones muy primarias, como ser apreciar la calidad de la uz distinguir los niidos dela ca Ile, en especial el canto de los pajaros propios de mi lugar argentino; no sabia entonces cémo co- responder con justeza a sus cuidacios, en los que advertia un celo desmedido para evitarme un salto al abismo. Desperdicié todo lo que me ofrecta y fui fallando sistematicamente en mis respuestas a sus expectativas. Yo tenia que estar mal y no lo es- taba, de manera providencial no lo estaba, y de- rramé su interés, dejé que su ademén piadoso se fuera por el resumidero. El preferia que yo su- ra, y me dije, entonces, tengo que darle algiin pie para su desvelo, no tengo derecho a frustrar este ‘milagro, y para valerme de lo que me tenda puse 58 a su alcance los desasosiegos de rutina, pero no llegué a satisfacerlo, Sobreabundé entonces en viejas historias que nos habfan unido en el pasa- do y que él habia sustraido a su memoria. Se sin- {6 muy mal, cosas olvidadas salieron a la super- ficie de su vida e invadieron sus noches; desaten- dié a sus pacientes, paciente él mismo desu des- ventura por mi removida, y terminé por huir, Una noche, meses después de haber de- rrochado como una irresponsable esa oportuni- dad e incapaz de cualquier correccién, me di cuenta de mi aislamiento, Ahora si la angustia pedia a gritos una oreja y yo me arrepentia de habecme distraido con el canto de los péjaros y otras necedades por el estilo. No me quedaba otra que recurrir a una vieja amiga ahora famosa por haberse dedicado a montar un tinglado tera- péutico con psicoandlisis freudiano, budismo Zen y camino Tao, y cuyo éxito reside en hacer pensar. Cuando me encaminaba a la cita en la que ella iba a despertar en mi esa facultad repri- mida de pensar, con el aditamento de cambiar pensar para cambiar'—, tenfa una fe casi ena~ jenada en sus dotes ya fueran éstos fisicos, men- tales, exorcisticos u oraculares. Estaba tan mal ‘que evitaba por precaucién asomarme al baleén cde mi noveno piso. Basté oitla para sentis, de in- ‘mediato, que me aplicaba una compresa tibia y exhalaba sobre m{ un hilito dulzén; tenia una 59 mirada tiema francamente insoportable, la hu- medad que segregaba no era una expresion de Gebilidad sino del poder que se atribuia para comprenderme, No hubo ningsin pase mégico: empez6 a ordenar, como quien clasifica anuncios del perié- ico, una lista de “oportunidades' laborales, no sin antes preguntarme, con un tono misterioso y cémplice, pretendiendo que yo le revelase una suerte de vicio oculto, qué queria realmente hacer en la Argentina, qué era lo que més me interesaba, inquietaba, incitaba, pero de verdad, dijo, qué es 10 ‘ue quieres hacer, marcando de tal modo la pre- ‘gunta que no podia quedar duda de su grave- dad. No le contesté al principio, defendiéncome apenas del asedio pero, minutos después, ante una mirada inquisitiva y “profunda'' empecé ton- tamente a enumerar mis méritos profesionales, descubriéndole incluso mis actividades de los afios de exilio, que ella no tenia por qué conocer, como si Je leyera un curriculum, y era éste tan profuso y tan delirante la suma de intereses que alguna vez me habfan convocado, que poco a poco mi respuesta se salid de cauce. Imparable, no podia sino desembocar en el equivoco. Con esfuerzo y Iuego de una inmersién en mi alma como ante un confesionario, dije que loque a mf me interesaba era escribir fundamen- talmente escribir, die, sintiéndome desdichada y miserable, queriendo huir cuanto antes y al borde oo de las lagrimas, pero por buena educacién me {quedé ain un tiempo con esta amiga de ojos in- quisitives que siguié enumerando oportunidades Y que ante mi principal interés no supo qué decir; en verdad, cambié de tema, como si en vez de escribir yo hubiera respondido morir 0 matar. Mi terapenta ocasional colmaba cualquier medida. 'No era otro mi deseo: escribir, habia dicho yo con la inflexién de quien se hace perdonar por una falta; escribir, dije en un susurro, y pare- Ee que eso la sobresalté; escribir no se parece en nada a una decision labora}, pero ella quiso Me= Yarme a un terreno pragmatico hablndome de gente que preparaba textos para campaiias de publicidad, de promotores de artistas que traba- jaban para dealers (asi lo dijo). Yo no entendia. {Cémo eta posible que s6lo hubiera podido lle- varla, con mi confesién, a semejantes hipétesis sobre mi persona? Ya nos habfamos tomado dos cafés y olla seguia presentandome salidas précti- ‘cas, la suya propia, en especial y entre otras, que consistia al presente en un fenomenal aparato, para, sogtin sus objtivos, dar apoyo estilo y fonsecucion fiction a los deseos més personales y ssoterrados de sus clientes-pacientes. Yo ya veia venir el cataclismo, pues iba a intentar decirle de una vez por todas que munca como en ese instante habia sentido hasta qué punto dos personas pueden hablar en y desde Gistints sitios, sin descalificar uno ni ensalzar el al ‘otro; con prudencia iba a decitle que estabamos hhablando en dos planos diferentes y que quizés ella con sts consejos crefa, de buena fe, que esos planos tenian algiin punto en comin, pero —y no se trataba de decepcionarla— que yo no bus- caba en términos estrictos un trabajo; todo eso iba a decirle, pero lo reprimi sabiamente, evitan- dome asf la frase tipica que suelo ofr en labios de ‘mi interlocutor cuando advierte en mi resisten- cias hacia las soluciones que me presenta: "Y bueno, entonces, gqué querés?", lo cual habria significado la ruptura. No le dije nada, me tra- gue la amarga insatisfaccién de estar repiquete- ando en un espacio sin ecos. Eso si, ella me con- dyjo a-un estado limite; su idea complaciente del ‘mundo me hizo desear con intensidad no estar ya alli, eliminar mediante un pase magico todo lo que habia sucedicio ante esa mesa de café, to- do lo que habia sido dicho; no pude soportar ‘més su voluntad de rescalar en los perdidos de Ja noche, en los ciegos de los caminos, la supues- ta uz que Ios guiaria hacia su. propia verdad y, en una relacion mecénica de causa a efecto, el re- sorte de una actividad laboral remunerada que volveria a colocar a esos marginales del mundo ‘en el mundo. La noche acabé en una ndusea seca que sélo tuvo cauce, cuando regresé a mi casa luego de despedirme para siempre de mi amiga, en un golpe gastritco, como era de imaginarse. Ordculos Deeia antes que hubo un primer exilio hasta fines del 70, luego del golpe del 66, y uno segundo desde 1974 a 1986, o cual hace un total de dieciseis aiios fuera del pais por culpa de gol- pes, dictaduras y contubernios represivos civico- militares. La suma no es baja, aun comparéndola con el exilio espaol. Resultan, a la postre, mu- chos afios: admitamos que a los dieciseis aos Inubiera que descontaries por lo menos tres, por- que es cierto que poxtriamos haber regresadto a la “Argentina inmediatamente después de la guerra de las Malvinas como hicieron muchos, 0 des- pués de las elecciones y la restauracién de Ja de- mocracia, como hicieron muchos ms, pero de todos modos esos afios para cualquier edad fue- ron significativos. Yo me fui, por ejemplo, al *pri- ‘mer exilio” antes de cumplir veintisiete aftos; re- gresé poco antes de cumplir los treinta y uno; me fui de nuevo a los treinta y cuatro y volvi a los cuarenta y site; las épocas volaron como tomna- 8 los creéndome estadios repentinos de confusion sobte el paso del tiempo. Durante esas insanias zo era excepcional que trocara hemisferios 0 dis- torsionara puntos cardinales, El Oriente se iba al Occidente, el Sur al Septentrién y viceversa y la noci6n no se corregia con el razonamiento com~ ppensatorio de que todo dependia det punto en el que uno estuviera situado. Esla perspectiva vacilante persistia y se acentuaba por la falta en el Valle de México de las estaciones definicas con claridad en otras la- titudes. Ya pesar de que no habia un otofio ca- bal, nium invierno nftido, et inviemo llegaba por obstinacién, y se oftecfan en el mercado modas invemales como se habfan ofrecido antes colec- cones de primavera, verano y otofo, siendo que ‘cuando llteve en el verano hace mAs frfo que en el inviero y que los mediodias en invieno sue- len ser francamente tropicales, transitando el ha- bilante por varias estaciones en un mismo dia. Los afios no corrian en ese largo parénte- sis, Tal vez esta dislocadura fuera consecuencia, o sintoma paralelo, de una desestructuracién del exilio mismo, pero nadie se parmitia analizar esas cuestiones y a nadie se le ocurrfa poner en hora el reloj biol6gico del destierro, El tema fue ropuesto por mi al psicélogo que me atendid cuando los dorados atacaron mi organismo; le ije que me desesperaba no cumplir afios, que tenia la descabellada idea de que el tiempo no 64 transcurria pero que, asi como el presente pare- ia estar detenido, el futuro se hacia extenso e in- finito; ya entonces me daba cuenta de que esta ‘usi6n era en realidad un estancamiento y vatici- naba que cualquier dia habria de producirse una cuenta regresiva cuyo monto inicial tenciria un desarrollo imprevisibie. En efecto, diez aftos después de esta in- tuici6n imprecisa, en mi primer viaje a Buenos Aires, en un solo segundo, se me agolparon todos los afios y el embotellamiento fue tan bri tal que me quedé sin respiracién. Siempre habia pensado que la aparicin en cierta literatura es- rita por mujeres de la escena del espejo en la que una mujer se mira y verifica el transcurso despiadado de los afios y tiene una gran depre- si6n, era uno de los sitios por los que se podia vaciar la escritura, y prometiaevitarlo en mi tra- yecto. Cada vez que lefa: "Ella se miré en el espe- jo’, y todo lo que de alli sigue, bordado de senti- mientos y de ideologias, dejaba de leer. Y asi de prevenida, sin embargo, en el primer viaje a Buenos Aires en 1984, de puro caricter explora- torio e intensamente cargado de negatividad, me via mf misma miréndome en el espejo y descu- briendo, en un instante, en la piel, 10s ojos, las comisuras, elciclén de e505 diez afios; y no eran arrugas, ni otros signos de decrepitud, era otra cosa, un polvo fino y gris, y por lo mismo maca- bro, que cubria como si fuera una patina la tota- 6 Jidad de mi figura. Mi imagen habia adquirido el tono sepia de las viejas fotografias, un rubor ce- niciento. Podria decir que hasta ese momento re- vvelador incluso yo tenia la sensacién de que la gente habia envejecido mucho en la Argentina y que quienes nos habiamos ido, por el contrario, habiamos permanecido iguales, situados en ese paréntesis del no transcurso; he podico ver aho- ra que e508 compatriotas que estuvieron fuera del pats, después de dos o tres afios de haber re- ‘gresado, acusan el paso del tiempo como cual- quier mortal y que lo acusan més todavia que los, de su misma generacién que se quedaron. Como sila ilusi6n del fantéstico interregno huubiera si- do cobrada por partida doble y estuviéramos condenados @ un deterioro mayor. Tal era yo ‘misma reflejada en ese espejo: el abanico estaba plegado y poco a poco se iba abriendo con un efecto multiplicador. Con el abanico abierto y la conciencia de Ja falibilidad espacio-temporal, ya no me podiia echar atrés; si se presiente el borde, si se llega hrasta las fronteras de la resistencia fisica y moral yy siese estado alcanza su mayor intensidad —re- verdece, por asi decirlo— en el pais propio y después de tantos afios de ausencia, entonces,ra- zoné, no se puede soslayar la cuestién e imaginé, como si mi razonamiento eligiera una formula ign pléstica para operar sobre las circunstancias, tuna linea que asciende, curva, y luego tegresa en 6 circulo sobre si misma para relanzarse. Ese trazo que me recogeria y me despediria fue la idea en movimiento que me sirvi6 para explicar mi re- greso, Sélo asi, cumpliendo esa pardbola, iba a ser posible seguir existiendo. La imagen obr6 también como conjura: volver, el acto recursivo cuya promesa de repeticién infinita no me era extraila puesto que el tiempo no habia transcu- rrido para mf durante el paréntesis mexicano, ‘iba a ser como el beso del principe que despierta ala durmiente. La primera vez que vine a la Argentina fue en 1984. Mi mayor deseo fue que el avién si- guiera de largo, que no se detuviera en Ezeiza; después pensé que ese seguir de largo era no volver a pisar el suelo argentino, ni ningtin otro suelo. No pensaba entonces en Cindal, un muer- to muy remoto, desbordado con generosidad por decenas de otros muertos en los que tenia mis motivos para pensar porque en muchos casos eran muy cercanos a mi, Se justificaba que hubie- se deseado que el avi6n siguiera de largo hacia el infinito. Después de diez aiios de ausencia me quedé tun mes. Los primeros dias no pude ni aso- marme a la calle; me aferré al reducido espacio del cuarto en el que dormia y habria sido para mi imposible vencer la agorafobia si el amigo en ‘cuya casa me hospedaba no me hubiese tomado de la mano un dia para instarme a salir. Esa caminata fue por Vicente Lépez hacia Junin. Pasamos frente al mercado municipal, et que antes se emplazaba en la calle, bordeando los muros de la Recoleta, y a pocos metros det café llamado La Biela, viendo cémo estaban de orondos y bellos los gomeros-hules del jardin, re- memorando que una vez. habia visto dormir a un hombre, un linyera que no varén rampant, en la rama mas gruesa de uno de los mas viejos; a po- cos metros de esa imagen rescatada por la me- moria de la fronda del érbol y observando asi- mismo que abajo mucha gente bebia sus cafés 0 sus tés.con placidez y bonhomia, a la sombra de ese drbol, no pude controlar los espasmos de la {gastritis —calificada de "emocional” en un diag- néstico de 1981— y, sin decir nada, porque habia perdido el reflejo de pedir ayuda, sin que mis la- bios trasuntaran la inundacién de saliva, me tra- gué, por puro dominio de los sentidos y de los sentimientos, una nausea que cualquier otra persona menos controlada habria sellaco con un aullido de dolor, buscando el sinceramiento es- pontineo y directo de las néuseas, que es el v6- mito liso y llano, Pero yo apenas dije que estaba ‘un poco mareada y me senté en un umbral para recuperarme. A partir de ese momento sé6lo sali de la casa para tareas de reconocimiento: la calle donde viv, la calle donde mataron a Fulano, la calle donde vi por tiltima vez a Mengano, la pla- 1a desde donde levantaton a Perengano; Fulano, ‘Mengano y Perengano, pobres sustitutos nomi- 66 rales que tiene la lengua espafiola para no nom brar ni connotar y que al no designar sélo enu- meran. "El tiempo cambiaba en redondo", era la idea grabada en el imaginario de quienes leia- ‘mos @ Dylan Thomas en el iltimo lustro de los cincuenta y en el primero de los sesenta; entre- garme a ella era en cierto modo ponerme a salvo, como si una sterte de mistica invocatoria pudie- ra sacarme del estancamiento y obrar un cambio. Durante todos los afios del exilio lefa, a diario, el Yi Ching, libro de las mataciones, libro-guia-sa- cerdote-analista, cuyos beneficios terapéuticos recibia por las mafianas y, en épocas de crisis, aguda, dos veces al dia, por la mafiana y por la noche. Enowelto en la piel de una onc amarilla fue 1a tinea que me salié al echar tres dragones con Jas monedas (los dragones en México son 4guilas y su contracara, los no-dragones, son soles); el hhexagrama era Ko (Revoluci6n) y la linea dect los cambios deben hacerse sélo cuando no heya otra cosa que hacer. Por ell, al principio es mecesario una restricin extrema. Uno debe afirmarse en si mismo, ‘controlarse. En la dialéctica de los cambios el co- lor amarillo es el justo medio y la vaca es el bolo de la docilidad. El hexagrama, lefdo el oré- culo cuando ya habia que tomar la decisi6n del regteso, s6lo podia provocarme incerticumbre. Decia con nitidez que por el momento habia que 69 abstenerse de hacer cosa alguna, ya que toda ofensi- ‘mm prematura acurreardé mas resuliados. Siempre he admirado las metaforas guerreras del libro- guia, esa légica de los enfrentamientos que des- cribe la estructura de las relaciones humanas. Acostumbracda a ser fiel a las indicactones del hhexagrama que me tocara en suerte dia a dia, en aquella mi primera lectura anterior a la decision del cambio adverti que la guerra iba a ser inten sa. El cardcter chino Ko significa, en sut sentido ‘original, la piel de un animal que, en el decurso del tiempo, cumbia de piel al mudarse. Las sefiales fueron prédigas. Unos meses después me volvi6 a salir Ko y el nueve que me toc6 al echar suertes —tres dragones— queria decir: El gran hombre cambia como un tigre: una pel de tigre, con sus rayas negras claramente visi- bles sobre fondo amaritlo tiene desde lejos un aspecto caracteristico, Lo mismo sucede con una revolucién provocada por un gran hombre: las lineas grandes, clara, se hacen visibles, comprensibles a cualquiera. Y, eximiéndome de cualquier titubeo, la linea queria decirme: Por ello, no debe consultar primero el oniculo, ya que consigue el apoyo espontineo de su pueblo ‘Aunque en términos filos6ficos la potitica del poder y la esfera individual forman unidad en el texto de las mutaciones, hay que saber des- lindarlas; pero esta ver. el hexagrama se present con un sentido univoco: la revolucién Io era to- 70 do, para el individuo y para el pueblo. Una nota al pie de pagina me exalt6. Decia: Cf. el cuento de Goethe "Das Marchen” en el cual ta fase "Ha lle- ‘gado la hora!” se repite tres veces antes de que em- piece la gran transformacién. ‘Tomo tres monedas, sis caras tienen aho- ra el valor de cinco centavos y las cecas son pu- mas argentinos —el dguila y el sol estan vuela tuna y brilla el otro lejos de mi—; me concentro, en lds cuatro regresos a la Argentina, el primero por un mes en 1984, el segundo por dos meses en 1986, el tercero por ocho meses en 1987 y el ‘cuarto que empieza con este golpe de monedas; no le formulo una pregunta especifica al oréculo, s6lo tna vaga interrogacién general sobre esta nueva etapa. Primer tiro, primera linea, un dra- g6n (puma); segundo, dos pumas; tercero, igual (que el anterior; cuarto, un puma; quinto, dos pu- ‘mas; sexto, dos pumas; advierto ue las lineas de Jos dos trigramas, inferior y superior, son igua- les, ninguna es cambiante y, por lo tanto, no se forma un segundo hexagrama, No hay futuro, 0 nada dice el oréculo més allé de a Tinea actual; el presente soporta todo el peso, pareciera que siempre ha sido este “ahora’" de un largo dia. El hexagrama es Chen, lo que despierta (estrépito, ‘trueno): representa al hijo mayor, el que toma las reglas con energia y con potencia. Una linea yang ctece bajo dos lineas yin y se abre paso ha- Cia artiba, Este movimiento es tan violento que a ‘suscita terror: Esté simbolizado por el trueno que brota de la tierra y, con su estrépito, causa miedo y temblor. El estrépito que siembra el miedo a cien millasa la redonda, sin embargo, 'no deja caer la ‘cuchara y el eéliz.de los sacrificios’. Ha retumba- do cuanias veces ha querido en mis ofdos; para el libro, es la manifestaciGn de Dios dentro de las. profundidades de la tierra, y por ser el ruido de Dios espanta a los hombres, El libro me da otra ‘oportunidad, su dialéctica de pesos y contrape- 508 esta vez me dice que el miedo de Dios es bueno porque luego de él vienen la alegria y el contento. Y agrega: Cuando un hombre ha aprendi- do dentro de su conazén lo que significan ef miedo y el temblor,estaré a salvo de cualquier panico produ- ido por influencias exteriores. Que el trueno re- tumbe y disemine terror cien millas a la redonda: el hombre sigue siendo tan modesto y reverente ‘en espititu, que no interrumpe el rito del sacrifi- cio y es por eso que no se caen ni el ciliz ni la cu- chara. n Orden del dia Ningtin oréculo dice mejor las cosas por anticipado que la propia decisién de anticiparse. Prever los desenlaces configura también una neurosis de destino; durante todos esos atios en Jos que el tiempo parecia no suceder, habia que aferrarse a los hechos y, sobre todo, no eludir ningiin recodo, ni saltar ningtin hito. Puesto que estdbamos excluidos de lo que pasaba en la Argentina, puesto que eran otros los que enterra- ban, otros los que comian a nuestras mesas, otros Jos que dormian en nuestras camas, otros los que seguian pertenecienclo a ese lugar y a ese presen- te, y puesto que no podiamos volver y nadie nos reclamaba ni reclamaria por otro lado volver, vi- viamos por sustitucin, por interpésitas, nos procurébamos un pais que estaba a miles de ki- gmetros de distancia y lo trafamos a la colonia ‘Aguilas 0 a la colonia Tlacopac, a la Calzada del Desierto de los Leones o al Callején de la Rosa, que asi se llamaban los barrios y las calles, res- 2 ppectivamente en el tiempo, de nuestras dos mo- radas colectivas, En noches y mis noches se reunieron allt argentinos, demenciales: con estatutos, represe taciones de mayoria y minoria, érdenes del di libros de actas, organigramas, pedidos de infor- ‘me, elecciones. Si se calcula que se destinaban para las reuniones unas diez horas semanales, 0 sea cuarenta horas mensuales y cuatrocientas ochenta anuales, puede inferirse que en diez afios de exilio estuvimos reunidos unas cinco mil horas, y esa cifta, desde luego, debe ser duplica- da, porque las juntas eran mucho més largas que ‘cualquier promedio; discutir, disentir,sospechar, cera el modo de hacer un pais de ese limbo argen- tino que era el exilio, y la misiGn no admita lirmi- tes temporales. Hay incluso que cuadruplicar la cifra, porque otros grupos tenfan otras "casas" ¥ alli también Jas discusiones eran con seguridad interminables en el oficio de la procuracién, Las construcciones verbales eran muchas y variadas, lo que se decia en esas reuniones has- ta la madrugada, sea cual fuere la posicién de- fendida, tenia la forma de pirémides escaladas por miles de razonamientos que querian alcan- zarla terraza final, la justa, la que por fin sostu- viera una propuesta eficaz; los énimos se encen- dian pero el espiritu era, en principio, buscar el acuerdo, No tardé en romperse esa falacia de unidad. Ninguna {érrea voluntad habria podido rt evitar las divisiones, y la verdad es que el hecho de que las diferencias afloraran develé la impost- bilidad natural de un consenso y sirvié para ali- mentar las discrepancias y los alineamientos, condicién minima para cubrir los tiempos del exilio politico, Esas posiciones, dirimidas en un mismo espacio, legaron a voces a incitarmea una toma de partido, Rechazaba cualquier atisbo de plega- ria populista, no me gustaba el tono ponderativo yalildado del discurso "lustral’, pero si me atrat- an los razonamientos escalonados, cada cual en su estilo, que arrojan tna cuerda al auditor y lo dejan subir uno a uno los nudos de la argumen- tacién hasta la cima, sin ahorrarle los vértigos ni los suspensos. De este tipo de discursos habia ‘pocos exponentes. La especie consiste en pactar, ‘en principio, con la sospecha compartida del in- terlocutor, no la sospecha particularizada en una persona 0 en un acontecimiento, sino entendida como actitud "epistemol6gica’: el juicio sobre la realidad se apoya en un anélisis que el interlocu- tor, uno o una, es invitado a compartir desde el ‘vamos porque en algtin momento anterior ha sa- bido dar confianza a quien analiza y enjuicia; quien va a remontar el discurso sobre la realidad cuenta con la suspicacia nuestra, nos propone un juego de supuestos indiscernibles para una en- tendedera vulgar y corriente, nos da la posibili dad de seguirlo sin otro asiclero que la cuerda 7 arrojada; no nos da muletas y mas bien nos exige que subamos con prestancia, sin denunciar nues- tras vacilaciones. Entrar en esa disciplina implica riesgos psicol6gicos serios porque si uno 0 una perdiera en el transcurso del ejercicio algin pel- dafio y osara interrogar sobre el tramo suelto, la tensién del conjunto se aflojaria, haciendo peli- ‘grarla comunicacion. Habia argucias para no ex- ponerse a esa minusvalia: posponer, por ejem- plo, la pregunta sobre el paso velado a la razsn y esperar con paciencia su esclarecimiento a lo lar~ go de la marcha; confiar en la linea general, ali- gerando las presiones de los puntos parciales con un sentido estratégico; hacer, en tiltima ins- tancia, un esfuerzo de autovaloracién del propio juicio comparable en magnitud a la distincién con que el otro nos elegia para explayar su pen- samiento, Era dificil sostener en el exilio estos mo- dos de discurrit que eltden los mensajes directos y obligan a pensar. Solitarios y a contracorriente, ‘quienes los detentaban eran los aguafiestas, tal vez porque daban cuenta de las cuestiones de fondo: la naturaleza del "enemigo" y el sitio que tuno 0 una octipaba en relacién con él —dentro de la férula, en el linde, en sus antipodas, en in- tersecciones coyunturales, en el doblez, en la contracara, en la filracin perversa—. Este tipo de inteligencia podia detectar, en otra inteligen- cia, el punto en el que alguna transaccién estaba 6 Tevandose a cabo. Estructura paranoica al fin de cuentas, una vez que el motor se echaba a andar era imposible pararlo. Habia otros modelos de exponer y de pensar pero el estado de alerta y el pesimismo permitian distinguir las pendientes que Hlevaban a donde no habia que ir. Autocriticas sospecho- sas en las que el sujeto, para ejecutar su propési- to, atravesata a la otra margen del rio, en una suerte de desprendimiento de la propia identi- dad, dejanco en su lugar a los responsables del error politico 0 estratégico que ahora cuestiona- ba y que hasta la vispera eran su imagen y seme- janza, sin que el observador advirtiera el origen y Ja trayectoria; hipercriticos del esfuerzo ajeno ‘que siempre consiceraban “poco politico” el mo- esto proyecto que se les presentaba; cesalenta- das, las personas hipereriticas recuperaban una alta idea de si mismas y dejaban de venir, aho- rréndose las largas tenidas hasta la madrugada; maneras de pensar muy celosas que pararon mientes en el rigor extremo de ciertos términos ‘como aniquilamiento, genocidio y otros que descri- bian la represi6n militar, y en las desventajas que para ellos representaban, y los expulsaron de las denuncias, abonando ya en los setenta el esque- ‘ma bicétalo de los dos demonios. No podria establecer cudles fueron los efectos de esa prolongada actividad en la que se ppusieron tantas pasiones; no sé en qué parte pu- "7 do haber repercutido ese trabajo y tampoco sé ‘mediante cudles recursos poco a poco se lo fue haciendo desaparecer, lisa y lanamente desapa- recer, en los tiempos de recomposicin social y politica después de la democracia. Y me pregun- to donde esta la carga de esa poderosa libido que nos llevaba a estar durante horas y horas en tor ‘no a una mesa, ingiriendolitros de café y fuman= do sin desmayo, y dénde est4, por ejemplo la desconfianza que me atacaba, mas gozosa que amarga, frente a lo que yo veia como defeccio- nes, qué se hizo de todo ese caudal afectivo que insufl6 odio y amor a mi vida, qué pasé con las diferencias 0 con las coincidencias, dénde estin Jas personas cuyos juicios nos hacian reflexionar, dénde quedé el parte que cada semana me tras mitia Miguel Angel Piccato, muerto en el exilio, de las componendas, conciliaciones y rupturas, Esa catedral de la politica, sin cimientos territo- tiales, erigida en México con trabajos forzados, agotados los dias y las noches en su emplaza- miento, esté ahora en brumas; las précticas que alli se hicieron han sido absorbidas por una piel Bruesa y paquidérmica, Y la inteligencia topol6- gica que distribufa los hechos y las circunstan- ias, captaba las inflexiones de los discursos y discernia el pulso y la tensién de los embates contra la dictadura, no encuentra dénde apoyar st palanca de fuerza; mortecina, se repliega. % Estafeta "Creo que no soportaria, fisica y mental- mente, el regreso a Asturias. En el mutido de los recuertios Asturias permanece como una especie de territorio mitoldgico. Tii has estado alli. La entrada por el puerto de Pajares es irreal casi su- brealista (sic). No se entra en Asturias, se des- ciende, Lo primero que uno tropieza son las nu- bes, que no estdn sobre la cabeza sino debajo de Jos pies... Hay que atravesar las nubes para en- contrar los valles y las montafas. Todo eso es irreal y asi es como permanece en el recuerdo", me dijo Ovidio Gondi Republicano, socialista, habia Megado a México con el exilio en el 39, a los veintisiete afios, y no pensaba regresar a Espafia; no habia podido hacerlo en su momento, después de la muerte de Franco, y ahora no queria, El era sub- director de un semanario fundado en los aftos cuarenta y desde entonces habia estado en esa redacci6n, en el primer piso de una antigua casa 7 de la Colonia Roma, escribiendo casi toda la re- vista, pero en particular una seccién llamada "Continente americano” o “América de polo a polo’, ya no recuerdo bien; yo me encargaba de "Los otros continentes’ que, por descarte, com- prendia Asia, Africa y Europa, un total de ochen- ta cuartillas de veintiocho lineas de sesenta y cin- co golpes por semana, que Gondi aprobaba 0 de- saptobaba con criterios literarios y periodisticos de alto rigor. Yo habia heredado el puesto de Andrés Soliz Rada, boliviano exiliado primero ‘en Argentina y después en México desde el gol- ‘pe militar del 71 que derrocé al general Torres; luego de la famosa huelga de hambre del 78 que ‘mareé el comienzo del final de la dictadura mili- tar en Bolivia, Soliz decidié regresar a su pais. ‘Antes de irse me llamé y, con tono conspirativo, ‘me dijo: "Tienes que aprovechar esta trinchera”, y me present6 a Ovidio Gondi. Estar o no estar en el pais, perderlo 0 re- cuperarlo, era mi preocupacién y ésta era tan fuerte y tan invasora que tuve necesidad de pro- vvocar en ella un cambio, o hacer de ella otra figu- 1a 0, all menos, cotejarla con los exilios que esta- ban viviendo en ese momento, en 1979, mis pa- res en Europa, y decid ir a verlos. Hace ocho afios o més de esa temeraria empresa y no logro ‘imaginar con cudles reservas me lancé a ese pe- regrinar en busca de desterrados, gente muy gol- peada que habia perdido hijos, que habia enviu- 0 dado 0 que habia sobrevivido a las matanzas por azar. No era volver, pero era marcar el territorio imaginario, no perder, no dejarse arrebatar los afectos. Me propuse ademés ir a Asturias, al pueblo de Gondi, regresar en su lugar y contarle todo lo que habia visto; aun sabiendo que mi viaje no modificaria su decisién, eref poder de- volverle algo de su historia ‘Llegué una madrugada desde Madrid a las nieblas asturianas; por Campomanes, La Cobertoria, Ujo, Santullano, Mieres, Ablafia, Olloniego, las nubes salian, en efecto, de nues- tras plantas y las ruedas del tren las hacian rodar ‘a empellones hacia el fondo de las barrancas. Desde el compartimiento blanco del tren, aislado de la noche exterior como una cfpsula aséptica, vias primeras brumas que se sucedieron sin in- terrupeién después de los campos castellanos. Alli, atisbando la noche desde la ventanilla no ppuse en duda el sentido restitutivo de la misién, ppero habia aparecido la congoja y no estaba se- gura de que no me ganara la melancolfa, Pensaba que ese dia, y el siguiente, y los que co- rrieran durante los dos meses de mi ausencia, Ovidio Gondi imaginaria mi llegada a Oviedo, a las puertas det cielo y, sobre todo, el momento en que estarfa a las puertas de Sama de Langreo, ‘captando la humedad limpida del aire, sobrepo- nigndome a las inevitables sensaciones de extra- ftamiento. Pensaba que él pensaba en mi, imbui- a da de un deber y atrapada en una promesa en cuyo cumplimiento la fantasia cel retorno habria de plasmarse y abolirse simulténeamente en un juego dle delegaciones, yo por él, 61 por mi, sin término. El, en México, temia acaso que yo llega- ra a desistir pero al mismo tiempo ha de haber deseado que la empresa se frustrara porque de todos modos enviar una representante era el principio de la reconciliacién, era bordear el afec- to, incluso acariciarlo, y 61 no iba a regresar a Espafia. Juntos habfamos urdido la hazafia. Yo buscaria en Oviedo a don Manuel Ordax, el tini- co amigo que Je quedaba; el me guiaria hasta Sama de Langreo, donde vivia la familia Gondi durante la guerra civil, y de alli irfamos a El Entrego, el pueblo natal de Gondi Don Manuel Ordax llevé a cabo los ritua- les celtas, Decia: "Aqui bebiamos la sidra’y deja ba caer un chorto sobre el piso cle aserrin de las ccantinas; “aqui era la Casa del Pueblo, que ahora han reabierto"; 'aquf, en esta plaza, jugabamos’; aqui me leyé Ovidio un poema sobre barco: igale que estuvimos frente a la casa donde é vivi6 con sus padres", decfa, Y asi avanzabamos por las calles, doblébamos las esquinas, y él mos- traba, seialaba, se situaba en las sucesivas pers pectivas y me orientaba hacia lo general y lo par- ticular, lo grande y lo pequeio, pero yo almace- naba en mi memoria de testigo privilegiada mis ppropios balances, reunia para Gondi mis visiones de um calor fuerte suspendiclo sobre las copas de Jos érboles en la plaza, por encima de las casas bajas de Sama, un calor también paralizante so- ‘bre los viejos sentadtos en los bancos, una "pros- pectiva" de él mismo si no hubiese habido gue- ra, sisu gente no hubiese sido fusilada, si él no hubiese sido desterrado, en la cual él aparecia junto a esos memoriosos ancianos, en estado de jubilacién y de escasa gracia. Y se justificaba en- tonces la negativa, el no retorno. Ordax no perdiia un instante: empez6 a parar a los més viejos y a preguntarles: "{Conoci6 usted a Ovidio Gonzalez Diaz, llama- do Gondi por apécope?” Y la gente lo miraba es- tupefacta y mas estupefacta atin cuando abunda- ba en deialles de la familia Gondi, por doble apécope de Gonzalez Diaz. Hasta que, por fin, acert6, y la interrogada, esta vez una sefiora de ‘unos setenta afios, de riguroso luto, le dijo que si, que ¢6mo no iba a conocerlos, que ella era Manolita, viuda de Pepin Carrocera, fusilado a los veintinueve afios en el 38, que ella conocia muy bien a don Perfecto Gonzalez, padre de vidio, "lo fusilaron tres afios después de termi- nada la guerra, imaginese", y nos fue levando por la calle unos metros hasta hacernos entrar en ‘su casa, apremiada por los recuerdos que noso- tros le habiamos desbarrancado en sti memoria. Y agarra uno, suelta el otro, dea tres y de a cua- tro los coloca en abanico, los abre y los junta, co- 83 ‘mo una bara) 10 siempre se dan estas ocasiones en una vida viuda, solitaria, con hijos a criar de por vida De pronto saca unas fotos de un monede- Tonegro y grande, el mismo que llevaba para sus ‘compras cuando la abordamos. Una esté muy ajada, es de cajén Reflex y tiene los bores denta- dos; en ella hay un terreno baldio, con una tapia inacabada en el fondo; en la otra, en colores, 1a tapia ha sido completada y hay una cruz.a mane- ra de monumento que no lleva nombre, s6lo la palabra PAX. "En ese campo los fusilaron. Al mio Jo cogieron con otros treinta y cinco, en los bar- cos, el 24 de junio’, dice la viuda, "Al monumen- 0 lo hizo el mismo Franco en los cincuent "Para que le cuente a Gondi, el leitmotiv ro cesa y ha terminado por cubrir todos los vac 0 de la voluntad y de la emocién; la guerra sie ‘gue igual, nada ha conchuido, 1 no regresa pero yo he tomado la estafeta y, sin darme cuenta en ‘ese entonces, cuando el tren baja de las nubes ha- cia Madrid, yo inicio mi regreso prematuro a la Argentina, en la propia Espafia. "Todo es irreal y es asf como permanece en el recuerdo", se obsti- rma en decir Ovidio Gondi. Celdillas La alineaci6n de agujeros idénticos a lo largo y a lo ancho y en profundidad de una su- perficie, con la consistencia mérbida del panal colmado y aun de aquél vacio de cosecha, me producia lo que di en llamar el efecto celdila: 1a sensacién repentina de estar poseida por un de- seo biol6gico irreprimible de morder, Pero, en- tigndase, no de morder con dientes, sino con al- gin otro general dispositive humano que no esté situado en un Tugar del cuerpo, sino en los espa cios vagos de la llamada mente. Los dientes, en verdad, no se erizaban, ni se estremecian como en la dentera, pero algo en la boca se fundia y se ablandaba, incluidos los dientes, cuando surgia ‘el deseo stibito y la demanda consiguiente de impregnarse 0 de fusionarse en la superficie en- celdillada, Milojostienelanoche podia llegar a enlo- quecerme: vasta superficie perforada, esponja que absorbe con su porosidad el entencimiento, 85 La estructura en bloques enceldillados podia no ser extensa y aparecer reducida en cadenas mis angostas y a veces con una distribucién en hile- ras de a dos celdas 0 de pequenos racimos de va- rias celdas. La flor de lavanda, por ejemplo, dis- tribuye sus cdlices a lo largo del tall: si se la to- ‘ma entre los dedos con la espiga inclinada hacia la derecha o hacia ta izquierda, de perfil, la sen- sacién comienza a insinuarse porque la forma- ign es de granos azulado-cenileos y es el tacto el que se sobresalta; se gira suavemente el tallo y se lo coloca ante los ojos, de frente: las diminutas bocas negras de las corolas en ramillete apuntan. como cafioncttos y entonces surge, inmangjable e imponderable, la tubulifera demanda mordiente y el estremecimiento de escaloftio interior que la acompana. ‘Hongos que al nacer son convexos, pero que se aliuecan como embudos a medida que crecen, hongos que crecen en haces y manojos, apezonados (Cf. Juan Tablada) en el centro cuan- do son jovenes y que emiten luces fosforescentes por la noche, como "bolas de lumbre'; hongos con casquetes cénicos 0 en forma de campana, fragiles, con tallos esbeltos y huecos; hongos tembladores con la superficie como lenguas de gato, hongos cuyas celdillas son léminas, hojue- las, niditos 0 crdteres; hongos sureados y rebor- deadlos, poliporos y esporidicos, cuando estaban, ante mi, a mis pies 0 a la altura de la mirada, de- 6 sencadenaban la misma desesperacién cuyo ori- gen indefinico obligaba a apartarse del sitio lo antes posible. En los periodos de mayor sensibilizacién a este efecto, la realidad entera se presentaba dis- tribuida en médulos enlazados entre si formando vvastas secuencias de materia. De la descripeién plausible del interior de una granada china, por ejemplo —paredes blancas, una vez desprendidas Jas semillas del fruto queda una carne difctil y elistica con hondonadas y correlativas protube- rancias agudas, separando Jos nidos de implanta- cién—o de la nuez de Castilla, con los meandros yy senos de sus circunvoluciones interiores, pasa- ‘ba a un intento de explicarme los mecanismos ‘con que unas y otras figuraciones se imprimtan en mi y me afectaban. Espacios de encaje, cadenas que se aparean, combinatoria incesante de lo cén- cavo y lo convexo, de goometrias en las que una linea disparada por el lipiz y al azar sobre el pa- pel se repliega, espontinea, sobre sf misma y con- ‘oca a otfa a encerrarse en su interior y auna otra a rodearla ya reproducir, a su vez, con otras line- as quebradas en medio circulo, formaciones simi lares en un desarrollo creciente, constituian mi ‘mania perpetua de encerrar y de abrir, de difrac- tary refractar las particulas de lo real. Un micleo rodeado por una gran canti- dad de subuniciades que se comunican —o en- ‘ierran— por corredores que las citen 0 as libe- a an era el esquema bisico que me dominaba y a través de él ditigia las modelaciones de mi tacto sobre las cosas y mi visiOn de la pintura y la pe- ricia de mi ofdo para organizar los sonidos que a i llegaban. Trataba infructuosamente de discer- nit la indole de mis respuestas a esos ritmos de Ia estructura, pero me quedaba en el envoltorio del fenémeno, incapaz de develar su misterio. a sensacién se producia, era, por consiguiente, tun estado objeto de clasificacién dentro de las coordenadas de la especie humana o animal; gera acaso sintoma de una patologia?; tal vez lo fuera, por la manera en que se negaba a ser des- cerito més allé 0 mds acé de la metéfora, Muchas ‘veces pregunté a otras personas sia ellas no les. provocaba ansias —"dar ansias’, el término usa- do en México para describir el nerviosismo y el desasosiego que producen ciertas situaciones in- ‘manejables, era el apropiado— la disposicién en celdas de los panales, pero no encontré a nadie ‘que se hicieta eco de mi inquietud 0 que simpa- tizara con mi urgencia por entender lo que me pasaba, Podria haber buscado el modelo enceldi- Mado en disciplinas diversas, indagar su presen- cia en la naturaleza y en el arte, pero en ningtin sitio habria encontrado el sentido del vértigo que me embargaba cuando aquél se manifestaba. La situacién se tornaba persecutoria a medida que descubria que todo lo que me rodeaba estaba cu- 8 bierto por esa pelicula muelle, aprisionado en ese epitelio elistico y cariocinético, y comencé a intuir que podia quedar atrapada yo también en la obsesi6n reticular. En la plancha de sonidos alineados se producen leves desplazamientos, como si en al- ‘gin Angulo de la masa alguien presionara o in- trodujera una cua, Los alvéolos se corren de un lado al otro, de modo imperceptible, y desde dentro o desde abajo de ese elemento sonoro se suceden levantamientos que luego estallan en pequefios voleanes. Aqui y ahora, en este recinto 0 unidad constituido por mi misma y mis senti- dos, no se produce un ver, es decir el ejecicio co- miin de posar una mirada sobre las cosas, sino una idea del ver que no pretender ver sino ofr el ver, oft una mirada interior o, més que una mira- da, una aptitud para armar el tablero radial de la conciencia, sobre el que se prencen, en la oca- sién, los sonidos. La misica dispara su materia en radios y Ja comprime en nudos, como si fuera una enor- me bomba respiratoria, a ritmos escandidos ex pprofeso 0 a disritmias fuera de la voluntad, en la serie o fuera de la serie, Encerrada en ese espacio {que s6lo es real en su parcela de virtualidad, més ‘una construccién operativa mental para describir los efectos de la miisica que un estado fisico, ‘ahora ve9 lo que oigo; las ondas se persiguen y las junturas en Jas que unas y otras se retinen me ci- 39 Hien fa cabeza 0 me aprietan el corazén, obligan- dome a un acompariamiento con el cuerpo. Pero el cuerpo no se mueve, estoy suspendida de él, ingrdvida, y sin embargo ningtin miembro oscila ni tampoco respondle a una cadencia de manera evidente, El movimiento, las incisiones del son do, las secuelas vibratorias en los puntos de in- tersecci6n deshechos de pronto por las columnas sonoras; el color que se difumina, transparente y cargado de todos sus valores con que las escalas de ta composicion se suceden y declinan, todo 50 transcurre en el recnto de ver lo que oigo, una secreta fabrica, un compartimiento separado del sentir corriente de los cinco senticios pero que los abarca y subsume en condensaciones por ahora sin nomenclatura. He pasado mi vida en ese compartimien- to de mi persona; en él siempre es de noche y la sucesién del negro al gris indica los tiempos inactivos, a la espera de la luz. Esta se anuncia haciendo pasar de un lado al otto, desde arriba hracia abajo, de este a oeste y de norte a sur y por todos Tos infinitos puntos cardinales intermectios de mi universo, valga la licencia, destellos blan- cos y brillantes. Cavidad la noche y cavidad también mi recinto a ojos cerrados, ambos guar- dan la misma incégnita; una aloja al otro 0 coin- cide con él, en una superposicién que la célula del ver lo que oigo ajusta a designio. Por el mo- do en que ese presunto comando de la concien- 90 cia seresistea desnudar su naturaleza, he busca~ do en él las sefales del efecto cella; solo al desplegado en ese tablero siempre noctumo, po- dia alguna vez aparecer la sensacion muelle y mordiente y dar cuenta desu manera de operar sobre las ansias. Librada enteramente a las manifestacio~ nes propias de ese cuerpo que soy yo y las pro- pias de mi recinto, celular por afiadidura, distr bbuido en arcos alveolares como una enorme cir- cunferencia subdividida segiin sus polos y did ‘metros, presa por lo tanto de la obsesién geomé- trica y la cariocinesis sin fin que puede llegar a pulverizar la realidad, buscar all la respuesta al enigma significaba un riesgo: que por mediacio- nes perversas 0 interstciales del inconsciente, la superficie fundante perforada pudiera de pronto volverse persecutoria e incontrolable. Ya de una Tejana vigilia que debe haberse proctucido en los alos cincuenta recuerdo que la sensacién muelle y pulida de miles de pequenas cavidades di tribuidas en hileras dentro de una caja y dispues- tas para la implantacién de algo, tal vez de pie- 2a que no llegaba a ientifcar, cavidadles ya va- cias de esas piezas, redujo mi persona a un ser mimisculo y asediado, mientras el recinto se agrandaba a su antojo, como si hubiera cobrado ‘una vida propia y amenazante, sin mi pero, pa- radjicamente, en mi. El compartimiento que me incluia y era yo misma crecié més allé de nuwes- a ros \mnites, dejindome convertida en un hoyue- Jo, ocupando el terror todo el espacio. ‘No podia, pues, entregarme sin reservas a la produccién ilimitada de imagenes de mi fé- brica oculta. $i bien esas duermevelas no me aportaban una explicacién del efecto celdilla, constituian mi alimento principal; esporsdicas, se escamoteaban al deseo de sumergirme en ellas y durante largos periodos permanecian (y per- ‘manecen) cerradas, bloquéancome la aventura y obligéndome a controlar la percepei6n. Alli son- eaba yo sin embargo, pese al riesgo, alguna es- cena perdida que pudiese haber configurado el sintoma, querfa encontrar en el ensueno lo que la raz6n me negaba y la busqueda no podia tener ‘otro lugar que el recinto de ojos cerrados para adentro, donde la concentracin es maxima y la pérdida de imagenes minima, Recordaba otra sensacin que se me ha- bia producido durante un acceso de alta ficbre, hhace unos treinta affos: el cuarto donde yo dor- ‘mia, superpuesto como de costumbre a mi secre- ta recémara de ensoftacién (o de ver lo que ojgo ‘ode ver lo que miro con os ojos de la conciencia © de la mente), se fue despegando con lentitud de ella (de la secreta recmara) como si una fuer- Za ajena lo levantara o, mejor dicho, izara su ar- ‘mazén y la separara, dejando invisibles las pare- des, dejindolas s6lo "soplo', sin cuerpo, y dején- dome, en consecuencia, sin estructura, desestruc- 2 turdndome; lisa y lanamente, desmoronando mi yoy miyo/recinto. Esos peligros me acobardaron muchas ‘veces ante la empresa y he evitado sumirme en. ‘encierros del tipo caracol; incapaz de manejarlos a discrecin y a placer, optaba por la salud men- tal, como si ésta fuera un camino y el obstéculo celdilla pudiera ser eludido por decisién propia, Un dia, después del regreso a la Argen- tina, decido rastrear, a cualquier costo, las zonas prohibidas de la memoria para ubicar el momen- to en el que la superficie de la celdilla recibe 1a ‘marca siniestra. Surge una palabra, hacinamien- to, pero a ella se le suuma un efecto o una accion: Ta especie pulula, es proliferante. Y por el corre- dor estrecho que me deja la conciencia sélo lego a paredes sobrelabradas,a bajorrelieves vastos y ‘densos en los que las salientes y las entrantes pa- recen llamar al tacto por su morbidez. Pero el tacto se niega a lo que la visiin define cada vez ‘mis en su verdad: los frisos que se muestran pa~ ra el reconocimiento son las primeras imagenes por mi vistas y registracas hace mas de cuarenta afios, en unas fotografias de campos de concen- traciOn que archivaban mis padres. Cuerpos amontonados y muertos; cuerpos alineados den- tro de fosas, llamadas con pertinencia fosarios; entrafias de una cimara de gas expuestas en un corte transversal (la puerta ha sido abierta); co- Jumnas de un desfile militar nazi, los cascos re- 3 dondos vistos desde arriba, encolumnados, en su caja rectangular y cuadriculada. Ese orden ins- taurado por el terror repele y al mismo tiempo devora; sise lo elude, de cualquier modo triunfa, Ja cavidad gana la partida La especie furtiva De una noche de verano, enero o febrero de 1951, ha quedado um vestigio que se emanci- pa, por asi decirio, de la historia que lo sustenta, y en ese desprendimiento, solo, aislado, se deja reconocer como un signo transetinte, prencido a otros acontecimientos de mi vida, pero ya sin arraigo posible, como un anima. La mano de un niflo cruza el espacio que separa su cama de la imi se tiende con audacia en la oscuridad, se lanza al vacio y mi mano de nifia esté allt para tomarla las dos manos han tenido que vencer to- da adversidad, toda oposicién, para recibir y transmitir al mismo tiempo su deseo de unirse Ese tinico, fugaz e imperecedero contacto en la noche de ese verano, fruto del azar de una dispo- sicién de camas y de nifios dentro de camas en un cuarto, al arbitrio de unos adultos, esa unién de las manos que se encontraron y se tuvieron tuna a la otra procuciendo sucesivas iluminacio- nos interiores, un ardoroso dolor porque en la in- 5 : q tensidad misma que la unién provocaba estaba anticipindose la separacién, esa ferviente y mo- ‘menténea fusién fund6 para mi, de manera irre- versible, la especie furtiva. ‘ringer Toldalng ech aia guiente, y todavia el afto y el lustro siguientes, con una pérdida de fuerza y un avance hacia la extincién imparables a lo largo de cuatro dece- nfos més, un resplandor extrafio que lastimaba, curiosamente, con més dolor, a medida que se apagaba. Los ojos negros del niffo, recuerdo, no ‘me miraron cuando la luz cerr6 la noche de aquel verano; permanecieton recluidos detrés de sus pestafias como cortinas, y todo quedé en la inminencia de la vispera. Después, todo lo que hha sucedido a partir de ese primer puente en la noche, en la epifania del encuentro 0 en la pesa- dumibre de la pérdida, ha tenido la resonancia de esa figura: ajeno o ajena a la forma que cobra en el otro ola otra, como el nifio, estan mudos 0 ausentes cuando la figura se recrea. La especie se obstiné en reproducirse sobre todo a mi regreso a la Argentina; se manifestaba en evocaciones y era recogida por mi conciencia como un vasiago al que no se puede desconocer ni, menos atin, negarsele un nombre. ‘A veces; el puente tendido en la noche apenas entrada en sombras, es mi mirada que atraviesa la calle por el intersticio de unas corti- nas semiabiertas; del otro lado esté un nifio con 96 pantalones a mitad de muslo, medias grises de escuela, zapatos negros abotinados; mira la casa, la recorre con sus ojos oscuros y acuciosos como de comadreja, despuss mira a lo lejos el tranvia que no llega, vuelve a mirar la casa y, de pronto, respondiendo a mi llamado desde las sombras, se fija exactamente en ese punto de mi sitio de atis- ’bo, se detiene en mi mera pupila y pasa un tran- , pasa otto tranvia, y 61 permanece clavado a ese circulo de mi ojo. Apenas mueve una mano, adelanta un pie, como para dar signos de recibir smi mirada que no se ve pero que parece haber es- tablecido con Ja suya una unin inquebrantable. Alguna vez descorr los visillos y me dejé ver, y el encuentro fue entonces tan evidente, puesto ‘que él me saludé y sonrié desde su lugar de es- pera, que alguien nos descubrié desde otra ven- tana, El temor al castigo, el puente quebrado por ‘un tercero, mi stibita desaparicin hacia el inte~ rior del cuarto borraron la seal y, sin emisién, el nifio de pantalones a meio muslo, que se llama- ‘ba Elvio, se alej6 de mi vida, se alejé pero vuelve porque, sin saberlo, estaba tocando esa sustancia constitutiva, esa especie hurtada y sigilosa. Lo furtivo de esa especie tiene una carac- teristica: la reunién, el puente nocturno robado al mundo que puede ser tendido a la mafiana oa la tarde, pero que no dejaré por ello de ser noc- tum, es una adquisicion para siempre; ese bien no se agota y, en cada renovacién, reitera sus 7 efectos. Lo enicé mil veces y lo evogué otras tan tas cuando mi vida se debilitaba, pero se tendo, tenso, en medio arco, con un vacio intermedi {nfranqueable como nunca habia stcedido, una noche del mes de julio de 1987, a pocos meses de ‘mi regreso a Buenos Aires: yo y él, el otro nece- sario para que la figura se recreara, permanecl- ‘mos asomados al borde, sin trasponer el espacio {ntermedio y, por afiadidura, el peso de la sepa raci6n y la pérdida se qued6 en mi margen des- compensada. Me di cuenta entonces de que iba a apa recer, como en otfos momentos en los que la tie= ra y el cielo se distancian de mi dejandome des- protegida, otro sintoma, el del desdoblamiento, No tenia que remontarme demasiado en el tiem- po para recapturarlo: hacia apenas unos afios esa puerta al desamparo habia sido abierta y yo, inadvertida, la habia atravesado, Me resisto a Contarlo, pero la imagen se me impone pertinaz, como si por alguna razén ese episodio taviera que anteceder en este texto al del extraftamiento referido a la especie furtiva. Era en wn hotel, la noche de mi llegada a Loncires, dos dias antes de ‘unas entrevistas que hariamos con una fot6grafa norteamericana para una revista de México. Ella iba vestida como una excombatiente del Vietnam, con chamarra y pantalones verde olivo y calzaba borcegufes; yo llevaba ropa de algodén. fen un mes de abril que en realidad era mis fio 98, que el peor agosto que yo hubiese conocido en mi vida surefia, En un paseo por Hyde Park yo habia caminado con trancos de tero y ella se ha- bia desplazado, elistica, con enormes zancadas de ganso; a medida que dabamos un rodeo a dis- tinlos niicleos humanos emplazados en el par- que —islémicos, fundamentalistas, indios 0 pa- quistanies— yo habia sentido una progresiva sensacin de disminucién fisica, casi una extin- cin de mi persona caminando esforzadamente detris de mi colega, quien tenia la enorme venta- ja de saber el idioma pero que por ser norteame- ricana en Inglaterra, minuto a minuto corrobora~ ba que no era entendida por la gente; como si de algtin modo, con esa insuficiencia suya, se com- pensara mi inferioridad en los senderos det Hyde Park, ‘Alguna gente seguia de cerca, desde una de las banquetas exteriores det paseo, los despla- zamientos policiales en torno a la embajada ira- ni, tomada por terroristas que se habian hecho de rehenes. A Io lejos en el parque viiun grupo de personas alrededor de una enorme bandera ‘mexicana; el pafo verde, rojo y blanco ondeaba y ese contoneo stave y patridtico, era como un lla~ mado de amor, estaba dirigido a mi, préfuga e improdiga argentina, poseida siempre por la co- cia y el deseo irrealizable de ser mexicana. Esa ‘bandera flameando a lo lejos fue mi pafio de lé- grimas en aquella tarde helada de Hyde Park. 9 ) Sentf incluso que una leve ventaja me favorecta ‘en relacién a la fotdgrafa, quien era tan extranje- ¥a como yo en México, pero, me dije, una cosa es ser sucamericana en México y una muy diferen- teser estadounidense, y me adelanté, segura, ha- cia la bandera desplegada. Cudl no seria mi ho- ror cuando descubri que en lugar del Aguila po- séndose en el nopal la bandera tenia en su centro tun leén imperial, terrible y majestuoso y, ade- més, que quienes rodeaban el simbolo eran ha- blantes de una lengua para mi desconocida Esa revelacién, mis desvalorizados pasos a la zaga y mis ropas de algodén en la fria pri- ‘mavera, se habia venido preparando durante el viaje: terror y desvalimiento eran los signos de un episodio que habia transcurrido en el asiento de atrés, en el avin, unos minutos antes de ‘nuestra escala en una Bermuda. Habiamos visto una azafata que corria presurosa aun llamado. Sin escéndalo, en un acto mudo, acercéndose al asajero que viajaba del lado de la ventanilla, habia verificado que estaba muerto; la esposa del viajeto tampoco dijo ni una palabra sobre lo que habfa pasado, no se oy6 de sus labios ni una que- ja sollozo; ella y la azafata, era de imaginar, ha- Dian sellado un pacto de discrecién y las buenas maneras dejaban a ese hombre abanconado @ su suerte, Cuando aterrizamos, ya estaba esperando una ambulancia en la pista: ala isla perdida lle gaba un muerto extranjero, Cuando Hlegamos al hotel que se nos ha- bia reservado, al trasponer la puerta de mi habi- tacién, vi que sobre una mesa baja, rodeada de sillones, habfa una charola inmensa con frutas: acimos de uvas, manzanas, peras,ciruelas y na- ranjas; esta entimeracién, sin embargo, no res- ponde a ningtin rigor descriptivo; no creo que en ‘ese momento hubiera yo fijado la atencién en las especies de la fuente; pero si tengo claro que no me atrevi a comer ni una sola uva y que, simul- tinea a esa represién, empecé a pensar y a decir~ me, y a decir incluso en voz alta, una frase al co- mienzo meramente indagatoria:’alguien se habia suicidado en un hotel en Londes..quién era el «que se habia suicidado en un hotel en Londres?", ‘como si esperara una respuesta de algiin interlo- cutor presente, en un dislogo de esos que se en- tablan en los vacios de comunicacion. "Alguien se suicid6 en un hotel en Londres", me repetia, "alguien se suicidé en un hotel en Londres" y, pa- ra salir de esa frase que aumentaba su valor den- tro de mi hasta colmarme, encend{ un televisor y aparecié en la pantalla una escena de cuento, tal vez La Cenerentola, y el color aduraznado de esos cuadros y la voz que no cesaba de decirme que alguien se habia suicidado en un hotel en Londres me llenaron de terror, y entonces cam- Dié el canal y me encontré con que justo en ese ‘momento se filmaba la recuperacién por tropas de elite de la embajada tomada con rehenes por 10 Jos iranies, y vi cémo saltaba un comando desde ‘una comisa a una ventana y la humareda de las granadas que tardaba unos segundos en extin- Buirse, como flor de muerte, y también me des- hice de esa imagen, tratando de recomponer mi lucidez, pero la frase volvia y clamaba por una respuesta. Llamé a la fot6grafa a su habitat peto ella no podia contestar a mi demanda: no s6lo le pedia ayuda, sino que también le pregun- taba quién se habia suicidado en un hotel de Londres. Ella entraba en ese momento con sus ‘enormes zancadas al reino de los suefios, no lo- graba yo retenerla en su conciencia, y me decia, ‘asi sin voz: "No puedo, no puedo més, no pue- do hacer nada por ti, me estoy durmiendo, tomé iis pildoras y ya me hicieron efecto, me voy, me voy", y Su voz se iba adelgazando hasta perder- se, Vencida yo también, me tendi en la cama y Jas respuestas comenzaron a encadenarse: yo me habia suicidado en tn hotel en Londres, yo me suicidé en un hotel en Londres, ella se suicida en ‘un hotel en Londres, y decia estas frases y volvia a decirlas, hasta ver a esa mujer, hasta verme, en- vuelta en tna bata de toalla, junto a una bandeja de frutas que brillaban en la oscuridad y un cua- drante de televisor que tenia reflejos iuminicos como de estallidos de granadas, con lejanos gol- peteos de ametralladoras en las inmediaciones de Hyde Park y una bandera con un leén impe- ial en su campo medio que ondeaba més alld de 102 cualquier previsi6n histérica 0 geogratica. No sé qué restos de mi sobrevivieron de esa larga ple- garia musitada en el mismo tono quizés que el susurto de la azafata en los ofcos del muerto y de la mujer del muerto en el asiento de atras del La especie furtiva con desdoblamiento tiene una construcci6n discernible: una voz. inte- rior, levemente separada de la mia propia, for- ‘mando una suerte de sonido-aura a su alrededor, ‘me dice, en una circunstancia inesperada, una verdad. A veces la dice mediante el recurso de la duda, como la planteada en esa creciente deman- da acerca de la persona del suicidio en el hotel de Londres, Otras, de una manera directa y pun- zante, dice, por ejemplo, interrumpiendo un tiempo de bonanza, no creas que esto vt a ser siempre asf, tt sabes bien que también est la riuer= te, apagandose la palabra muerte, por esfuerzo de cconciencia, por resistencia moral, desdibujindo- se casi en el emperio de la raz6n, pero emergien- do sistemética y cada vez con un delineado més nitido y perfecto: no creas que todo-ua a ser siempre ‘ast, en la primera parte de la frase como un sim- ple condicionante que relativiza un estado que se creeria perpetuo, una suerte de sabia toma de distancia, pero que asesta, en su segunda parte, el golpe de muerte, y no deja tiempo para hacerse aun lado, pega fuerte y derriba. Y después, poco ‘a poco, la frase transita hacia una tercera perso- 103 na, un ella que deberia saber que no todo va‘a ser como hasta entonces sino que también esté la muerte, ella defendiéndose en diferentes sos pronominales, como si le hubiesen hurtado, sin que se diera cuenta, la identidad, saliéndose del ti al yo y de alli de nuevo a su ella, en un peli- fgroso juego de seducciones que se ignoran una a otra, cada una en su estrategia de sortear la ma xima verdad susurrada. En julio de 1987, la voz se troc6 en ima- gen: un hombre, quizés un artista y, a medida que se definia como persona, cada vez més un iisico, se me presentaba como alguien a quien yo habia perdido, pero no me dejaba ver sus ras- 808 fisicos. En mi conciencia o, mejor dicho, en se sitio fronterizo en el que este tipo de revela- ciones tienen lugar y que no se deja penetrar por sondeos de la razé6n comin, él, aparentemente, me habia "modelado en un soplo" —ésa era la idea—, y yo me habia dejado rodar, por asi deci Jo, en la forma por ese soplo concebida y me ha- bfa transformado al antojo de ese pneuma. Ese ‘hombre me miraba desde un escenario, ala dere- cha de la orquesta, y hacia sonar un bajo, ida y ‘Yuelta; su frase escueta me decia que yo lo habia perdido y tenia sobre mf el efecto de un derrum- be: Quise razonar, hacer un balance de misicos; busqué al que tocaba el fagot, al de la trompeta, al de los timbales, pero no, el bajo volvia y no se dejaba reconacer pero se imponia como ausente 108 presente, desmoronando toda nocién de realidad. porque él decfa, con sus frases de inframundo, haberme abandonado. Una vez que yo acepté el dolor de haber- lo perdido, ese personaje delines atin més su ‘existencia realy fte una persona de came y hue- 80, con la que yo nunca habia tendo ninguna re- Jacién, ni siquiera en la més remota fantasia. La historia, en este caso, se habia tejido separada de mi y de mi circunstancia, de una manera sigilosa habia invadido mi interior, mi mente, mi alma y, de pronto, sin preanuncios, comenzaba a hacer~ ‘me sufrir y me situaba en la carencia, Se suponia ‘que yo habia estacio en una casa una noche, en una platica desprendida, casi sin objetivos y, 50- bre todo, sin ninguna conciencia de la materia ‘mental, espiritual, libidinal o amorosa que mi in- terlocutor, sin hacer ruido ni alarde, inoculaba en ‘mf ocupando mis territorios. Sélo meses 0 afios después me daba cuenta, acongojada, de que lo habia perdido sin siquiera haberlo atesorado y que era intl recuperarlo como persona de carne yy hueso y menos atin convocar su presencia en acto: s6lo podia estar presente en la marca que ‘en mi habia dejado, subrepticio y furtivo. Visita guiada Pedro, refugiado espafiol pero de difusa nacionalidad, entre francés y centroeuropeo, se "pego', por asi decitlo, en la ocasién a los argen- tinos, pero pudo haber sido a los uruguayos oa Ios chilenos, y se hizo del grupo como un propio. Daba la imprestén de que él hacia de este modo una suerte de ejervicio de la sensibilidad, es de- cir, una puesta a prueba de los viejos traumatis- ‘mos que marcaban su existencia; ponia de nuevo a fancionar tn sistema de reflejos de solidaridad y de fusién con los marginados en el que, era de ‘suponer, habia sido formado desde nif. El no decfa cual era la historia que habia hecho de élun ser susceptible y obsesivo, pero se sabia que a los siete aitos, en plena guerra, sus padres tuvieron que salir precipitadamente de Paris durante la ocupacién porque su tarea de socorto a refugiados los habia puesto en la mira de los alemanes, La madre y el hijo por un lado y €l padre por el otro dejaron la ciudad una ma- 106 drugada. Las dos primeros fueron subidos a un autobiis que bajé hacia el sur por carreteras in- festadas de controles, En uno de los altos junto a tun bosque, la madre se ofrecié con otros a bajar hasta el rfo para buscar agua. El nifo vio que su madre se alejaba por un sendero y ha de haber retenido que los rayos del sol la alcanzaban mientras su figura desaparecia, Unos minutos después, cuando los que permanecieron no habi- an tenido tiempo todavia de impacientarse por Ia tardanza, un avién alemén escupis unas rafa- gas sobre la carretera; el reguero no fue fulmi- nante, pero el chofer se amedrent6, lanzéndose hacia el sur con los que habian quedado y dejan- do abandonados a los que habian ido por el El nifio que siguié al sur fue internado en tun campo para refugiados huérfanos, él sin ser- lo; “encolumnado" (situacién concentracionaria tipica), se someti6 a los dictados de sus tutores alemanes: formé fila para recibir su escudilla, pa- 1a ir al bao, para salir al patio de recteo, para atravesar el pueblo hasta los bafios péblicos. Una de estas veces, apenas iniciada la marcha por las calles, s¢ corri6 de la hilera, hizo un giro ala derecha y se metié en una casa; la columna siguié adelante sin que nadie advirtiera su au- sencia, Recogido por los habitantes de esa casa, su nombre empez6 a estar encolumnado en las listas de quienes buscaban y en las de quienes 107 encontraban y varios meses después, cuando las secuelas de las desapariciones eran ya irrepara- bles, la madre encontré al hijo, mudo, palido, de- sencajado por la pérdida, incapaz de haber asi- 1ilado ninguna de las explicaciones que sus pro- tectores le hacian para contentarlo, Tiempo des- ués, no dos o tres dias, ni unas semanas, sino varios meses més tarde, madre y niffo tomaron un tren para alcanzar, fuera como fuese, un bar- 0 que salia para México, sin saber nada del ppadre faltante; en medio de la noche el convoy se detuvo en una estacién en medio del campo, y esta vez Pedro descendié con su madre a buscar agua. Se encolumnaron para recibirla y cuél no serfa su sorpresa ni cun descomunal seria: entre los que repartian el agua estaba el padre. Casi zunca se producen encuentros tan perfectos ni nunca es tan perfecta la figura del desvio: la It nea de la carretera, el sesgo hacia el bosque, las hileras de aviones alemanes, las réfagas que de all se desprendieron, la madre desprendida del vehiculo, la linea que sigue al sur, la columma por el pueblo hacia los baiios piblicos, el nifio ‘que se aparta, la reunion de madre e hijo, la serie continuada en el tren, la cola para recibir el agua, ‘al padre que cierra el ciclo, Pero el aparente final feliz, la reunién familia, no logr6 de todos mo- dos y contra cualquier previsiOn, mitigar los da- fos en el nifo, ni en el padre, ni, sobre todo, en Ja madre. Pedro se pas6 la vida esperando a su 108 ‘madre que habia ido por el agua y ella buscando a su hijo que siguié al sur Pedro se uni6 a los argentinos de manera regular y sistemética; vivia como todo paria,.es- tabilizado en su vacio, di enerarlo, toda vez que éste podis Mk alguna ectativa; encontraba a cada instante esa posi- Faldad de Fatablocerlo porque no dejaba deco: srogir y de rectificar, nada estaba nunca comple- to para él, nada era perfecto ni justo, y asf se pa- saba diciendo no al que afirmaba, diciendo sf al que negaba, poniendo en el centro lo que estaba corrido hacia la izquierda o hacia la derecha, ‘buscando siempre el error ola falta en To que ca~ fa ante sus ojos o entre sus manos y, sobre todo, convirtiendo esas caracteristicas en elementos contrarios a una insercién fluida en el mundo, Correr la linea, reubicar el punto, tender de lado a lado sobre el campo de la realidad perdida y no recuperada pafios subsanatorios, cruzar la Ii nea de lado a lado de la gran boca, puede llevar ala mania, a la locura o al arte, oa las tres cosas juntas, El ten‘a la suerte de ser un artista. Tal vez se unia a nosotros porque la re- produccién del vacio era el estado propio del ‘exilio: carencia, compensacién de la carenci ‘desnudez y arropamiento, matilacién y prétesis, y nuestro exilio era, por asi decirlo, fresquito, re- ign estrenado, receptivo, por lo tanto, @ la vete- rana experiencia espafiola y, al mismo tiempo, 109 ) ( para el amigo espaiiol, un campo fértil para el ejercicio de la faltancia. Por las mismas razones que él se acercaba a nosotros, nos acercébamos nosotros a otros pares del destierro y, arrancando desde muy lejos en la cronologia exiliar, nos unf= amos a guatemaltecos y de ahi en més hasta lle- gar a chilenos o uruguayos. En nuestro caso en Particular, el mio y el de los mios, el modelo mé- ximo de la mayor tragedia y del destierro més draméticamente interrumpido fue Leén Trotsky, Ya él nos adherimos casi sin advertirlo, aunque intuyendo que sélo en Ios limites extremos se Podia apresar algiin sentido, la clave de la condi ign que nos ineluia Es sabido que todo argentino de izquier- day, podria decirse, todo individuo universal con una mediana definicién socialista, no deja de ira la casa de Leén Trotsky, en la calle Viena de Coyoacén, y no se sentira tranquilo hasta no ha- ber ido a ella y recorrido esas habitaciones sefia- Jadas por el ascetismo, la revolucién y la muerte, en Jas que se respira una de las atmésferas mis melancélicas de la tierra. Ir de visita a la casa de Leén Trotsky es una especie de ritual iniciatico y debe creers: que sélo en ese lugar cobra un ai- cance hist6rico y colectivo la suerte personal. Fuimos a la casa de Lesn Trotsky en no- viembre de 1974, recién llegados a México; volvi- ‘mos en enero dle 1975, una vez més en marzo de €se afio y Tuego cada dos o tres meses durante 10 sete casi un lustro, cumpliendo diversas ceremonias fen esa casa: la primera vez pusimos, los mios y yo, nuestras firmas en un libro de visitas que después habria de ser nutrido por decenas de inscripciones y consignas estampadas por otros argentinos que llegaban a México y firmaban un ppacto, como nosotros, sin saberio, con el més alto desterrado y con su vulnerabilidad, Thamos los sbados o los domingos, jalé- bbamos el cordén de una campana que no se vela y entonces aparecia en la puerta algtin militante —durante cierto tiempo fue un argentino- que vivia alli y se ocupaba de atender la casa-museo. Nos sentébamos junto a las tumbas de Leén Davidovich y de su mujer, Natalia Sedova, cu~ Diertas de violetas florecidas o de trebolares fron- dosos segtin la época del afio. Llevalbamos al pe- 119; uno de nosotros se quedaba con él mientras Jos demas entrabamos en la casa; primero hojeé- ‘bamos los periédicos en distintas lenguas que anunciaban, en grandes titulares, el asesinato; le- famos y releiamos cada vez esas paginas que en las primeras visitas estaban al descubierto y que después fueron protegidas por unos plasticos transparentes, y cada vez.que las recorriamos se reiteraba para nosotros la tragedia; la Tefamos co- ‘mo se lee a Shakespeare, sabiendo de antemano los desenlaces, pero con una intensa angustia, ‘como si acalssramos de enterarnos de la noticia. De ese cuarto pasabamos al siguiente, en el cual m1 habia una mesa con sus sillas de paja y unos res- t08—o quiz4s fuera todo lo que habia en su mo- ‘mento, si se tiene en cuenta la austeridad de los. Trotsky— de otro mobiliario propio de una coci- na comedor,incluidos algunos cacharros mexica- nos, Podiamios imaginarnos a la gente reunida en tomo de esa mesa y recrear la atmésfera de fina- les de los treinta, entre las cinco y las seis de la tarde de un dia cualquiera, el té servido y anun- ciado por Natalia Sedova a quienes estuvieran en lacasa en ese momento. La siguiente habitacion, unida al comedor por una puerta, era el despacho de Trotsky, cu- bierto el escritorio todas las veces que fuimos también con un pléstico transparente que dejaba, ver sus anteojos, sus papeles, un antiguo graba- dora cilindros, un teléfono; ese escritorio sobre el que fue golpeado y sobre el que cay6, en ese cri- ‘men tantas veces reconstruido en las fojas poli- ciales y en la memoria de la hutnanidad, sin exa- gerar. Después pasébamos al dormiterio, con las camas tal cual como estaban en aquel momento, libretos repletos de libros, en ruso y otras len- guas; las paredes con los impactos dela réfaga de ametralladora que disparé Siqueiros y su banda, Ja cual, podia uno imaginarse, oblig6 a los Trotsky a atrojarse al piso, junto a las camas. Luego atravesabamos la tiltima puerta de unién, ‘como si enlazéramos una a una las estactones de un ciclo temporal, y nos deteniamos a evaluar la m2 ‘magnitud del acoso, pues la puerta era blindada; conducia a la habitacién del nieto de Leon Trotsky y st abertura era menor que la de las otras puertas: hacia la derecha, en la sala de bafto, fen una especie de vestidor, siempre podiamos ver y tocar unas prendas de los Trotsky, abando- haclas en ese ropero sin puertas, dejadas, sin més, en su tumba natural. A medida que pasdbamos de una pieza a otra bamos verificando cada se- fial en su sitio, aparentemente los rastros de ‘Trotsky segufan siendo los mismos para nuestra mirada y nuestro tacto; pero si repetiamos el re corrido en el mismo dia 0 en una posterior visita, siempre surgia un detalle nuevo. En esa casa que siimpresiona es por lo que no tiene, por st des- ojo y sequedad, por su absoluto rigor militante, para decirlo de manera apropiada, las cosas creci- ‘an y se multiplicaban, los sentidos proliferaban y se prendian a un énigulo de un cuarto, atin papel, aun lomo de libro, a la decadente vida y a la exaltada muerte de la atmésfera de ese lugar. Las visitas a la casa de L.T. duraban bas! tante. Cafamos en la cuenta de que habian trans- currido més de treinta o cuarenta minutes en el interior de la casa, sin contar el tiempo que nos quedbamos en el jardin con nuestro perro y los, niflos junto a las antiguas conejeras 0 a la vera de las tumbas sobre las que flameaba la bandera 10- jaccon hoz y martillo, y cuando volviamos a casa se habia hecho tarde: eran ésos finales de domin- ns {go recoletos, con una perspectiva de tiempo gri- ceo y horas que aprietan el corazdn, porque la impregnacién que esa historia producia creaba en nosotros, sin que aflorara a la conciencia, una densa fusién de nostalgias. Ha transcurrido mucho tiempo desde aquellas visitas y revisarlas me permite ver con iis nitidez ahora que entonces hasta qué punto Ta figura de LT. fue tutelar, con cudnta fuerza se- 16 con su sentido propio las fisuras por las que habria podido escaparse, precisamente, el senti do. No se trat6, en esta Yeonvivencia” con él. de una asimilaciGn de cardc 0: 00 eee are mecrongucbnmer sin en términos partidarios, proceso que habria culminado, de manera razonable, en una escueta adhesiéna la causa de la Cuarta Internacionaly ni tampoco hubo culto, ni xevisién, ni se rectificé nada hist6rico en estos actos. Sencillamer fue convertido en alguien de los mfos, un entra- hrabte que fue ganando nuestra conciencia, mues- tros dias laborales y festivos, os miércoles y los viernes, los sabados y los domingos de aquel transcurso de exilio. ‘Una noche, aaltas horas, mi hija, que en= tonces tenia ocho © nueve ais, se despert6 aco- sada, en dos o tres ocasiones, por la mista pesa- dilla y cada yez que fuimos a socorrerla nos de ‘cia lo mismo: Steifo que no portemos salir de la casa de Trotsky. El suetio y Ta frase se epitieron varias m4 roches durante varios meses. Soilé que estdbamos todos em la casa de Trotsky, con el perro, y que no po- ‘iamos salir, era el leitmotiv y, pensébamos en- tonces, antes de que el vértigo nos tragara, que la frase condensaba la historia y el destino de la iz- quierda en los tiltimos cuarenta aios, nuestra historia y nuestro destino. No era original la atraccién por la casa de LT. ni sus consecuencias tampoco: C.A., otto exi- liado, habia vivido hacia unos quince afios en México, y todos los dias, movido también por una fijacion semejante, iba a esa casa y se queda- ba horas; se conocia de memoria todo el archivo de prensa y habia incluso intentado que lo desig naran guardién del sitio, ya convertido entonces ‘en museo. Por las tardes se subia a la torreta de vigilancia del bunker, palabra fuerte con la que designaba la casa que habria querido para su vi- vienda, y que tesonaba con un golpe seco y mor- tifero, a contemplar el horizonte entre los edi cios y los Arboles de Coyoacén, imbuido de la tristeza vespertina de cualquier vigia en su atala- ya. Esa compenetraciOn con el personaje y st. Ambito, proverbial en todos los revolucionarios dela especie, impregné la voluntad y el intelecto de CA. y lo llevé a una serie de biisquedas y cri- sisa lo largo de los afios de su militancta en las filas del trotskismo y, con el tiempo, al exilio. Las visitas a la calle Viena se espaciaron; ya no iban los nifios ni el perro. Habia que des- m5 pojar a esas incursiones del cardcter de visita al ‘cementerio y evitar, asimismo, un segundo tra- ‘mo que solia completarlas, Esos paseos tenfan ‘una parte anexa, una suerte de segundo movie ‘iento, en cierto modo compensatorio, y era lle- gar hasta la casa de Frida Kahlo, en Ja que ella y Diego Rivera habian vivido tna época, sin saber al principio que los Trotsky residieron también alli, pese a que ninguna referencia lo consigne, y ‘que ali se llevaron a cabo las sesiones del tribu- nal Dewey. Esta casa museo, detenida también en el tiempo, con los objetos de una gente y el 4nima de esa gente atin presente en el sitio, con miuebles y cosas cargadas de las vibraciones de su energta, tenian algo siniestro, No sé por qué habré repetido tantas veces ese “paseo” por su jardin y sus recémaras, hasta concluir en el taller de Frida y en el horrible retrato de Stalin que ‘permanece en su caballete; si no fue también pa~ ra buscar las trazas de mi fundacién, por asi de- cirlo: guerra de Espana, guerra mundial, nazis- ‘mo, campos de concentracién, y también stalinis- ‘mo, policias secretas, confesiones abyectas, de- rrotas y esperanzas y ese halo de aquellas déca- das en las que naci y creci. Cada vez que yo en- traba en esas casas, la primera de la calle Viena, la segunda de la calle de Allende, las dos en Coyoacén, sentia que ingresaba en una muy lea na e imaginaria casa "paterna” que, saltando las décadas, ransmigraba para cobijarme. us Casas No podiamos salir de la casa de Len Trotsky y, entretanto, del mismo modo en que or una suerte de ablacién extrata no habia lo- grado ponerme una prenda mia legitima, no aparecia en mf la voluntad de hacerme de una cocupaba. Este deseo obliterado causaba la sensa- cin de vivir, desde siempre, en una provisorie- dad total, sin arraigo a los sitios, sin fijacién en los objetos, desposeida de esa légica de la apro- piacién comiin a los humanos por razones que no lograba entender. Por més que me =) fen quedarme en los lugares en los que me tocaba vivir, siempre me estaba yendo; habia un plazo, interno de partida que no me dejaba margen pa- ra instalarme; este plazo era permanentemente prorrogado, puesto que en muchos sitios me ‘quedaba largo tiempo, y no significaba la inac- ci6n; llegaba, me ubicaba con facilidad: no pasa- bban unas horas y yo ya estaba acomodando las u7 ‘mesas, las sillas, poniendo algo en las paredes, en los cajones, en los estantes, pero pese a esa adecuacién instanténea, algo misterioso me im- pedia sentir que allfestata, que ese espacio en or- den era mi casa, ‘Una vez me arrebat6 el sueno y la vigilia ‘una angustia bien precisa que se delimitaba —como casi siempre— en una frase. Esta frase a, en la circunstancia: Nada de lo que me rodea ‘me pertenece. Y, en efecto, miraba los muebles, las amas, los libros, y tenia una comprension clart sima e irrefutable de que nada de lo que habia en esa casa era mio, No podia desprenderme de la angustia y por més que tocara los objetos dicien- do en voz alta esto es mio y ejercitara el sentido de la posesién, nada sucedia. Los mios tampoco ‘eran sentiios por mi como mios y sobre todo los sentia menos mios cuando intentaban conven- cerme de que todo lo que estaba alli era mio y de ellos, era de toclos nosotros y habia sido adquiti- do con el esfuerzo y la existencia de todos, pero ro lograban rescatarme del extranamiento. Aun ‘cuando afincara, plantara, amueblara u ordenara cosas en sitios, aun cuando rellenara un recinto conmigo y con mis objetos, siempre tenia ese sentimiento de que nada me pertenecia y de que todo era provisorio. Decenas de anéedatas referian ef mismo estado precario y desarraigado, y cuando se las conté a una analista, fuera de tratamiento, como 18 de costumbre, ella no me dio ninguna solucién. S610 me dijo, como si precisara un estadio dentro de una evolucisn, que a esta altura de mi vida ya 8 podia deci, sin margen de error, que esa vida precaria y provisoria era tal vez la que correspon- ‘ia aa forma de mi deseo, frase que he acariciado desde entonces y que me ha permitido ser segtin Ja forma de mi deseo, aprovechainclome de la no-