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mañana podría ser peor.

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Nota sobre el texto

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SABER, IGNORANCIA, VERDAD Y GOCE

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DE LA INCOMPRENSIÓN Y OTROS TEMAS

47

HABLO A LAS PAREDES

85

Anexo

121

Nota sobre el texto

Invitado a dictar una serie de seminarios mensuales en el hospital Sainte-Anne destinados a los residentes de psiquia- tría, Lacan eligió corno título "El saber del psicoanalista". Algunos de sus alumnos, tal vez inspirados en la lectura de Bataille, enarbolaban en aquella época la bandera del "no saber". Si bien las tres primeras de esas "charlas': como las llamó Lacan, respondieron más o menos a su idea inicial, las cua- tro siguientes, en cambio, gimron alrededor de las cuestiones que se discutían en el gran seminario que impartía en la plaza del Panteón, en las aulas de la Facultad de Derecho,

con el título de "

o peor".

Respeté esa separación incluyendo esas cuatro "charlas " en orden cronológico en el libro XIX del seminario, donde se notaria su falta si no estuvieran. Las tres primeras, por el contrario, desviarían la atención. Son las que reuní en este pequeño volumen. Fueron pronunciadas en la capilla del hospital el 4 de n oviembre de 1971, el 2 de diciembre del mismo año y el 6 de enero de 1972.

Jacques-Alain Miller

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Saber, ignorancia, verdad y goce

Saber, ignorancia, verdad y goce

A l volver a hablar en Sainte-Anne espe- raba que hubiera residentes; en mi época

A l volver a hablar en Sainte-Anne espe- raba que hubiera residentes; en mi época se los llamaba "residentes de

los asilos", que en la actualidad son los hospi- tales psiquiátricos, dejando de lado los demás. Al volver a Sainte-Anne apuntaba a este público. Tenía la esperanza de que alguno de ellos se hubiera tomado la molestia de venir. Si hay algunos aquí -me refiero a residentes en actividad-, ¿me harían el favor de levantar la mano? Es una aplastante minoría, pero en fin, me basta ampliamente. A partir de ahora y en la medida en que pueda sostener el aliento, voy a intentar decir- les algunas palabras. Estas palabras, como siempre, son impro-

visadas, lo que no quiere decir que no tenga algunas anotaciones. Son improvisadas desde

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JACQUES

LACAN

esta mañana porque trab<úo mucho. No se sientan obligados a hacer lo mismo.

He insistido sobre la distancia que existe entre el trab<úo y el saber. No nos olvidemos de que esta noche lo que les anuncio se refie- re al saber; por lo tanto, no hace falta que se cansen. Verán por qué, algunos lo sospechan ya por haber asistido a eso que se llama mi seminario.

Para volver al saber, yo había señalado, en un tiempo ya lejano, que la ignorancia, en el budismo, puede ser considerada como una pasión. Es un hecho que se justifica con un

poco de meditación. Pero como la meditación no es nuestro fuerte, solo contamos con una experiencia para hacerlo conocer.

Es una experiencia memorable que tuve hace mucho tiempo, en la sala de guardia, porque hace una pila de aüos que frecuento estas murallas, aunque no eran especialmen- te estas en aquella época. Esto se remonta a

1925-1926. En aquella época, los residen- tes -no hablo de lo que son ahora-, en lo

que concierne a la ignorancia, no andaban lejos. Se trataba sin duda de un efecto de

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SABER,

IGNORANCIA,

VERDAD

Y GOCE

grupo. Podemos considerar que aquel era un momento de la medicina al que tuvo que seguir necesariamente la vacilación actual. Acabo de decir que la ignorancia es una pasión. No es para mí una minusvalía, ni tam-

poco es un déficit. Es otra cosa. La ignorancia está ligada al saber. Es una manera de estable- cer el saber, de hacer de él un saber estable- cido. Por ejemplo, cuando alguien quería ser médico en aquel tiempo, que era con seguri- dad el final de una época, pues bien, era nor- mal que quisiera manifestar una ignorancia -si me permiten- consolidada. Después de lo que acabo de decirles sobre la ignorancia, no se sorprenderán de que les haga notar que cierto cardenal, en tiempos en que el título no era un certificado de ignorancia, lla- maba "docta ignorancia" al saber más elevado. Para recordarlo de paso, era Nicolás de Cusa. De este modo, debemos partir de la correlación entre la ignorancia y el saber. Si la ignorancia, a

partir de cierto momento, en cierta zona, lleva el saber a su nivel más bajo, no es por culpa de la ignorancia sino más bien lo contrario. Desde hace cierto tiempo, la ignorancia no es lo suficientemente docta en la medid-

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JACQUES

LACAN

na como para que esta sobreviva por otra dosa que no sea la superstición. Sobre el sentido de este término, y precisamente, llegado el caso, en lo que respecta a la medicina, volveré luego si tengo tiempo. Pero, para señalar un hecho que proviene de esta experiencia de la cual

me interesa mucho retomar el hilo después de

cerca de cuarenta y cinco atl.os de frecuentar estas murallas (no es para vanagloriarme, pero después que entregué algunos de mis escri-

tos

a la poubellication 1 todo el mundo conoce

mi

edad, es uno de los inconvenientes del

asunto), debo decir que es mejor no evocar el grado de ignorancia apasionada que reinaba

entonces en la sala de guardia de Sainte-Anne.

Es verdad que se trataba de gente que tenía

vocación y, en aquel momento, tener vocación

por el asilo era algo bastante particular.

A esta misma sala de guardia llegaron al

mismo tiempo cuatro personas cuyos nombres

no me parece desde1iable volver a recordar,

puesto que soy una de ellas. La otra, que me

l. Neologismo a partir de poubelle [tacho de basura] y publication [publicación]. [N. de la T.]

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SABER,

IGNORANCIA,

VERDAD

Y GOCE

complazco en hacer resurgir esta noche, era

Henri Ey. Se puede decir, con el espacio de tiempo transcurrido, que de esta ignorancia, Ey fue el civilizador. Rindo homenaje a su trabajo. Como lo hizo notar Freud, la civilización no nos desembaraza de ningún malestar, sino todo lo contrario -das Unbehagen, el no bien- estar- pero, en fin, esto tiene un aspecto

valioso. Si creen que hay una mínima ironía en lo que acabo de decir, se equivocan seriamente, pero no pueden más que equivocarse, por- que no pueden imaginar lo que era la igno- rancia en el ambiente asilar antes de que Ey metiera las manos allí. Era algo absolutamen-

te increíble. Actualmente la historia avanzó, y acabo de recibir una circular que señala la inquietud

que existe en cierta zona de dicho ambiente en relación con ese movimiento que prome-

te todo tipo de chispas, llamado antipsiquia- tría. Pretenden que yo tome partido en este

asunto. ¿Se puede tomar partido en algo que ya es una oposición? Sin dudas sería conveniente

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JACQUES

LACAN

que sobre este asunto haga algunas observa- ciones inspiradas en mi antigua expe!"iencia, la que acabo de evocar, diferenciando en esta oportunidad la psiquiatría y la psiquiatrerta. La cuestión de los enfermos mentales o, para decirlo mejor, de las psicosis no es resuel- ta en absoluto por la antipsiquiatría, cuales- quiera que sean las ilusiones que mantienen al respecto algunos emprendimientos locales. Me atrevo a expresar que la antipsiquiatría es un movimiento cuyo sentido es la liberación del psiquiatra, y es seguro que no está bien encaminado.

No está bien encaminado debido a que hay una característica que después de todo no habría que olvidar en aquello que se llama revoluciones, y es que este término está admi- rablemente elegido, puesto que quiere decir

retorno al punto de partida. El alcance de todo

esto ya era conocido, pero está ampliamente demostrado en el libro titulado Historia de la locura, de Michel Foucault. En efecto, el psi-

quiatra cumple un servicio social. Es una crea- ción de cierto giro histórico. El que estamos atravesando no va a aliviar esta carga ni a redu- cir su lugar, es lo menos que se puede decir, y

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SABER,

IGNORANCIA,

VERDAD

Y GOCE

esto deja las cuestiones de la antipsiquiatría un poco fuera de lugar. Esta es una indicación introductoria, pero quisiera destacar que, en lo que respecta a las salas de guardia, hay algo que es sin embar- go sorprendente y que a mi juicio constituye una continuidad entre las antiguas y las más recientes: se trata de comprobar hasta qué punto, en relación con el sesgo que allí toman los saberes, el psicoanálisis no hizo ninguna

mejora. El psicoanalista -planteé la cuestión en los años 1967-1968 cuando introduje la noción del psicoanalista precedido por el artículo definido, artículo definido cuyo valor lógico intentaba recordar ante un auditorio bastante amplio-, el psicoanalista no parece haber cam- biado nada en cierto soporte del saber. Todo esto tiene una regularidad. No suce- de de un día para ou·o que se cambie el sopm'- te del saber. El porvenir está en manos de Dios, como se dice, esto es, en la buena suer-

te, la buena suerte de aquellos que tuvieron la buena inspiración de seguirme. Algo surgirá

de ellos si los chanchítos no se los comen. Esto es lo que llamo buena suerte. Para los otros,

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JACQUES

LACAN

no es cuestión de buena suerte. Su asunto será resuelto por el automatismo, que es lo contra- rio de la suerte, buena o mala. Para aquellos a quienes el psicoanalista al que recurren no les deja ninguna chance, qui- siera esta noche evitar un malentendido que podría instalarse en nombre de algo que es efecto de la buena voluntad de algunos de los que me siguen. Estos escucharon bastante bien -en fin,

como pueden- lo que dije acerca del saber como correlato de la ignorancia, y eso los ator- mentó un poco. A algunos de ellos no sé qué mosca les picó, una mosca literaria por supues- to, algunas cositas que circulan en los escritos

de Georges Bataille, por ejemplo, porque de otro modo no creo que se les hubiera ocurri- do. Se trata del no saber. Georges Bataille pronunció un día una conferencia sobre el no saber, y eso circula tal vez en dos o tres rincones de sus escritos. Pero sabe Dios que no se estaba burlando. Muy especialmente, el día de su conferencia en la Sala de geografía de Saint-Germain-des-Prés,

que ustedes conocen muy bien porque es un

sitio de la cultura, no dijo ni una palabra, lo

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SABER,

IGNORANCIA,

VERDAD

Y GOCE

que no era una mala manera de hacer ostenta- ción del no saber. Se le rieron y se equivocaron, porque ahora resulta chic el no saber. Es algo que circula un poco por todas partes entre los místicos, ¿no es cierto?, incluso nos llega de ellos, incluso es entre ellos donde esto tiene un sentido. Ade-

más, es sabido que insistí sobre la diferencia entre saber y verdad. Por lo tanto, si la verdad no es el saber, es el no saber. Lógica aristotéli- ca: todo lo que no es negro es no negro. Como articulé que el discurso analítico se sostiene en la frontera sensible entre la verdad y el saber, pues entonces, levantar la bande- ra del no saber es un buen camino. No es un mal estandarte. Puede servir como convocato- ria para aquello que no resulta excesivamen- te raro reclutar como clientela, la ignorancia crasa, por ejemplo. Eso también existe pero, en fin, es cada vez más raro. Sin embargo, hay otras cosas, otras vertien- tes, la pereza por ejemplo, de la que hablo desde hace mucho tiempo. Yademás hay algu- nas formas de institucionalización -"campos

de concentración de Dios", como se dijo en

otra época- dentro de la Universidad, donde

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JACQUES

LACAN

esas cosas son bien recibidas porque eso es chic. En síntesis, se dedican a toda una panto- mima: "Pase usted primero, señora Verdad, el agujero está ahí, ese es su lugar".

En fin, este no saber es un hallazgo. No hay nada mejor para introducir una confusión definitiva en un tema delicado, el punto en cuestión para el psicoanálisis, eso que llamé la frontera sensible entre verdad y saber. Diez años antes habían hecho otro hallaz- go que tampoco estaba nada mal respecto a lo que bien debo llamar mi discurso. Lo había comenzado diciendo que el inconsciente

está estructurado como un lenguaje. Encontraron

una cosa formidable; a los dos tipos que mejor habrían podido trabajar en esta línea, hilar este hilo, les encomendaron un flor de traba- jo, un diccionario de filosofía. ¿Qué dije? Dic- cionario de psicoanálisis. Vean el lapsus. En fin, esto bien vale el Lalande. 2

Alguien pregunta: ¿Lalangue [lalengua]?

2. Nombre de un conocido diccionario de filosofia.

[N. de la T.]

22

de un conocido diccionario de filosofia. [N. de la T.] 22 SABER, IGNORANCIA, VERDAD Y GOCE

SABER,

IGNORANCIA,

VERDAD

Y GOCE

No, no es gue, es de. Lalengua, tal como la escribo ahora, en una sola palabra, es otra cosa. ¡Miren que cultivados son! No dije que el inconsciente esté estructu- rado como !alengua, sino como un lenguaje, voy a retomar esto más tarde. Pero cuando se encargó a los "responsivos" 3 que mencioné recién la tarea de un vocabulario de psicoanáli- sis, fue evidentemente porque yo había puesto a la orden del día ese término saussureano, la lengua, que, lo repito, voy a escribir de ahora en más en una sola palabra, y voy a justificar por qué. Pues bien, lalengua no tiene nada que ver con el diccionario, cualquiera que sea. El diccionario tiene que ver con la dicción, es decir, por ejemplo, con la poesía y con la retórica. No es poca cosa, ¿eh? Eso va desde la invención hasta la persuasión. Es muy impor- tante, salvo que no es este aspecto justamente el que tiene que ver con el inconsciente. Con-

3. En el uso irónico del término responsifs [responsi- vos] también se puede escuchar una condensación entre

m ponsables [responsables] y poncifs [triviales, banales] .

[N. de la T.]

23

JACQUES

LACAN

trariamente a lo que piensa la masa de asis- tentes, el inconsciente tiene que ver ante todo con la gramática. De todos modos, una parte importante ya lo sabe si escuchó esos pocos términos con los cuales intento hacer pasar lo que digo del inconsciente. Este también tiene un poco que ver, mucho que ver, todo que ver, con la repetición, es decir, la vertiente total- mente contraria a aquello para lo que sirve un diccionario. De modo que poner a confeccio- nar un diccionario a quienes habrían podido en aquel momento ayudarme a hacer mi cami- no fue una manera bastante buena de des- viarlos. La gramática y la repetición son una vertiente totalmente diferente a la que recién señalaba como invención, que sin duda no es poca cosa, y tampoco lo es la persuasión. Contrariamente a lo que todavía no sé por qué está muy difundido, la vertiente útil en la función de !alengua -útil para nosotros, psi- coanalistas, para aquellos que se las tienen que ver con el inconsciente- es la lógica.

Este es un pequeño paréntesis que se conec- ta con el riesgo de pérdida que conlleva la pro- moción absolutamente improvisada y endeble del no saber, a la que en verdad no di jamás

24

y endeble del no saber, a la que en verdad no di jamás 24 SABER, IGNORANCIA,

SABER,

IGNORANCIA,

VERDAD

Y GOCE

ninguna ocasión de error. ¿Es necesario demos- trar que en el psicoanálisis, de manera funda-

mental y primera, está el saber? Sin embargo,

es lo que voy a tener que demostrarles.

Tomemos por una punta este carácter pri- mero, macizo, de la primacía del saber en el

psicoanálisis. Hace falta recordarles que, cuando Freud intenta dar cuenta de las dificultades que hay para el avance del psicoanálisis, publica en /mago, en 1917 si recuerdo bien, un artículo que fue traducido y publicado en el primer

número del International journal of Psycho-

Analysis con el título "Una dificultad del psi- coanálisis". Ocurre que el saber que está en juego no es aceptado con facilidad. Freud lo explica como puede, y por eso mismo se pres-

ta al malentendido. No es casual ese famoso término resistencia,

con el que creo haber logrado que ya no nos

taladren los oídos, al menos en cierto sector. Pero es cierto que hay uno, no lo dudo, donde todavía florece este término, que es para el psicoanalista una aprensión permanente. ¿Por qué no atreverse a decirlo? Todos tenemos

25

JACQUES

LACAN

nuestros deslices y sobre todo son las resis- tencias las que los favorecen. Se lo descubrirá

aun-

dentro de un tiempo en lo que

que después de todo no es algo tan seguro.

yo digo

En resumen, Freud incurre en un desacier- to. Cree que contra la resistencia solo hay una cosa para hacer: la revolución. Pero entonces resulta que él encubre completamente aque- llo que está en juego, a saber, la dificultad muy específica que hay para hacer intervenir cier- ta función del saber. La confunde con aquello que se señala como revolución en el saber.

En ese pequeño artículo -lo retomará des- pués en "El malestar en la cultura"- está el primer gran fragmento acerca de la revolu- ción copernicana. Era algo trillado en el saber universitario de la época. Copérnico -pobre

Copérnico- había hecho la revolución. Fue él -como dicen en los manuales- quien ubicó al Sol en el centro y a la Tierra girando alrededor.

Queda totalmente claro que a pesar del esquema que muestra muy bien esto, efectiva- mente, en De revolutionibus, etc., Copérnico no había tomado absolutamente ningún partido en el tema, y nadie hubiera pensado en fasti- diarlo por eso.

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SABER,

IGNORANCIA,

VERDAD

Y GOCE

Pero, en fin, es un hecho, en efecto, que pasamos del geo al heliocentrismo, y se supo- ne que esto asestó un golpe, un blow, como se expresa el texto inglés, a vaya a saber qué pre- tendido narcisismo cosmológico. El segundo blow es biológico. Freud nos lo evoca en el nivel de Darwin, con el pretex- to de que, en lo que concierne a la Tierra, la gente tardó cierto tiempo en reponerse de la novedad que ubicaba al hombre en relación de parentesco con los primates modernos. Freud explica la resistencia al psicoanálisis por lo siguiente: lo que está afectado es esa consisten- cia del saber que hace que, cuando uno sabe algo, lo mínimo que se puede decir es que uno sabe que lo sabe. Ese es el nudo de la cuestión. Alrededor de eso se hizo un pintarrajo en forma de yo. Hay que saber que el que sabe

que sabe, pues bien, soy yo. Está claro que esta

referencia al yo es segunda en relación con lo siguiente: que un saber se sabe, y que la nove- dad que revela el psicoanálisis es que es un saber no sabido para sí mismo. Pero, les pre- gunto ¿qué habría ahí de novedoso, capaz de provocar resistencia, si este saber fuera natural? En todo el mundo animal, nadie puede sor-

27

}ACQUES

LACAN

prenderse de que el animal sepa grosso modo lo que le hace falta. Si se trata de un animal de vida terrestre, no va a ir a sumergirse en el agua más que un tiempo limitado, sabe que eso no le vale de nada. Si el inconsciente es algo sor-

prendente, se debe a que ese saber es diferen- te. De ese saber tenemos desde siempre una idea, muy infundada por otra parte, porque fueron evocados la inspiración, el entusiasmo. El saber no sabido del que se trata en el psicoa- nálisis es un saber que efectivamente se articu- la, que está estructurado como un lengu~e. Resulta de este modo que la revolución argumentada por Freud tiende a encubrir lo que está en juego. Eso que no es aceptado, revolución o no, es una subversión que se pro- duce en la función, en la estructura del saber. En verdad, fuera de las molestias que oca- sionaba a algunos doctores de la Iglesia, no

puede decirse que la revolución cosmológica estuviera encaminada a que el hombre, como se dice, se sienta de ningún modo humillado. Si el uso del término revolución es tan poco convincente, es po1'que el hecho mismo de que haya habido revolución en ese punto es más bien exaltante en lo que atañe al narcisismo.

28

SABER,

IGNORANCIA,

VERDAD

Y GOCE

Lo mismo ocurre en cuanto al darwinismo.

No hay ninguna doctrina que encumbre más la producción del ser humano que el evolucio-

nismo. Tanto en un caso como en el otro, cosmo- lógico o biológico, todas esas revoluciones mantienen al hombre en el lugar de la flor y

nata de la creación. Por esto mismo esta referencia de Freud

está realmente mal inspirada. Tal vez sea que está hecha justamente para encubrir y hacer pasar lo que está en juego, a saber, que este nuevo estatus del saber debe generar un tipo de discurso completamente nuevo, el cual no es fácil de sostener y que hasta cierto punto

todavía no ha comenzado. Dije que el inconsciente está estructurado

como un lenguaje. ¿Pero cuál? ¿Y por qué dije

un lenguaje?

cuestión de lenguaje empezamos a

conocer un poco. Se habla de lenguaje-obje- to en la lógica, matemática o no. Se habla de

metalenguaje. Incluso se habla de lenguaje, desde hace cierto tiempo, en el nivel de la bio- logía. Se habla de lenguaje a tontas y a locas. Para empezar, diría que si hablo de lengua-

En

29

JACQUES

LACAN

je es porque se trata de rasgos comunes que se encuentran en !alengua. Aunque esta misma está sujeta a una gran variedad, sin embar- go tiene constantes. El lengu~e en cuestión, tal como me tomé el tiempo, el cuidado, la preocupación y la paciencia de articula!~ es el lenguaje en el que se puede diferenciar, entre otras cosas, del mensaje, el código. Sin esta distinción mínima, no hay lugar para la pala- bra. Por eso cuando introduzco estos términos

titulo "Función y campo de la palabra -es la función- y del lenguaje" -es el campo-.

La palabra define el lugar de aquello que se llama la verdad. Lo que señalo desde su entrada, por el uso que quiero hacer de ella, es su estructura de ficción, es decir, también de engaño. En verdad, viene al caso decirlo, la verdad solo dice la verdad, y no a medias, en un solo caso: cuando dice miento. Este es

el único caso en el que estamos seguros de que no miente, porque se supone que ella lo sabe. Pero de Otro modo [Autrement], 4 con

4. Hay homofonía entre autrernent [de otro modo] y Autre ment [Otro miente]. [N. de la T. ]

30

SABER,

IGNORANCIA, VERDAD

Y GOCE

A mayúscula, es muy probable que diga pese

a todo la verdad sin saberlo. Esto es lo que

intenté indicar con mi S mayúscula, parén- tesis, A mayúscula, donde dicha A está pre-

cisamente tachada S(.q\.). En todo caso, aque- llos que me siguen no podrán decir que esto,

al menos esto, no es un saber y que no debe

tenerse en cuenta para guiarse, aunque más no sea en el día a día. Este es el primer punto del inconsciente estruch1rado como un lenguaje. El segundo, no me esperaron a mí para saberlo -hablo a los psicoanalistas- puesto que es el principio mismo de lo que ustedes hacen cuando interpretan. No hay una sola interpretación que no con- cierna -en lo que ustedes escuchan- al lazo que se manifiesta entre la palabra y el goce.

Puede ser que ustedes lo hagan de manera

inocente, sin que nunca se hayan dado cuenta

que nunca una interpretación quiere decir

otra cosa, pero en fin, una interpretación ana- lítica siempre es eso. El beneficio, ya sea pri- mario o secundario, es un beneficio de goce. La cosa surgió de la pluma de Freud pero no de manera inmediata, puesto que hay una

etapa, la del principio de placer. Pero queda

· de

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jACQUES LACAN

claro que un día lo sorprendió que, hagan lo que hagan, inocente o no, lo que se formula, hagan lo que hagan con eso, es algo que se repite.

Dije: "La instancia de la letra", y si utilizo instancia tengo mis razones, como para todos los usos que hago de las palabras. Instancia resuena tanto en el nivel de la jurisdicción como en el de la insistencia, donde hace sur- gir ese módulo que definí como el instante, en el nivel de cierta lógica.

Freud descubre el más allá del principio de placer en la repetición. Solo que, si hay un más allá, no hablemos más de principio. Un principio donde hay un más allá ya no es un principio. De paso, dejemos de lado el principio de realidad. Todo esto debe ser revisado. Después de todo, no hay dos clases

de seres hablantes, aquellos que se rigen por el principio de placer y el principio de reali- dad, y aquellos que están más allá del prin- cipio de placer, sobre todo porque, como se dice, clínicamente -reconozcámoslo- son los mismos.

El proceso primario se explica en un pri- mer tiempo mediante esta aproximación que

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SABER,

IGNORANCIA,

VERDAD

Y GOCE

es la bipolaridad principio de placer/princi- pio de realidad. Este esbozo es insostenible y está hecho para que estos primeros enuncia- dos sean digeridos como puedan por los oídos contemporáneos, que son oídos burgueses -no quiero abusar de este término-, esto es, que no tienen ni la menor idea de qué es el

principio de placer. El principio de placer es una referencia a la moral antigua. En la moral antigua, el prin- cipio de placer, que consiste precisamente en hacer lo menos posible, otiurn cum dignitate, es una ascesis. Podría decirse que confluye con la de los puercos, pero de ningún modo en el sentido en que se los entiende. El término

puerco en la Antigüedad no significaba que se fuera cochino. Quería decir que se lindaba con la sabiduría animal. Era una apreciación, un toque, una nota, dada desde el exterior por gerite que no comprendía de qué se trataba ese último refinamiento de la moral del amo. ¿Qué puede tener esto que ver con la idea que se hace el burgués acerca del placer y, además,

de la realidad? Sea como fuere, de la insistencia con la que el inconsciente nos entrega lo que formula,

33

JACQUES

LACAN

resulta lo siguiente: si acaso nuestra interpre- tación solo tiene como sentido hacer notar lo que el sujeto encuentra, entonces, ¿qué encuentra? Nada que no deba catalogarse en el registro del goce. Este es el tercer punto.

Cuarto punto. ¿Dónde yace el goce? ¿Qué hace falta ahí? Un cuerpo. Para gozar hace falta un cuerpo. Hasta aquellos que hacen una promesa de Beatitudes eternas solo pueden hacerlo suponiendo que el cuerpo es su sopor- te. Glorioso o no, ahí debe estar. Hace falta un cuerpo. ¿Por qué? Porque la dimensión del goce para el cuerpo es la dimensión del des- censo hacia la muerte.

Por otra parte, es en esto en lo que el principio de placer anuncia que desde aquel momento Freud sabía bien lo que decía. Si lo

leen con cuidado, verán allí que el principio de placer no tiene nada que ver con el hedo- nismo, aunque nos haya sido legado por la

más antigua tradición. En verdad, es el ptinci-

pio de displace!~ a punto tal

Freud derrapa a cada paso. Nos dice: ¿en qué consiste el placer?, y responde: en bajar la ten-

sión. Pero al contrario, ¿por qué se goza si no es porque se produce una tensión? Este es el

que al enunciarlo,

34

SABER,

IGNORANCIA,

VERDAD

Y GOCE

principio mismo de todo lo que tiene el nom- bre de goce. Por eso, mientras recorre el camino de

Jenseits des Lustprinzips, del "Más allá del prin-

cipio de placer", ¿qué nos enuncia Freud en el "Malestar en la cultura" si no es que, muy probablemente, mucho más allá de la llamada represión social, debe haber una represión -lo escribe textualmente- orgánica? Es una lástima que haya que tomarse tanto trabajo para cosas que resultan tan evidentes. La dimensión en la cual el ser hablante se dis- tingue del animal es ciertamente que hay en él ese hiato por donde se perdería, por donde le estaría permitido operar sobre el o los cuer- pos, sea el suyo o el de sus semejantes, o el de los animales que lo rodean, para hacer surgir,

en su propio beneficio o en el de ellos, lo que

se llama, para hablar con propiedad, el goce. Los encaminamientos que acabo de subra- yar, que van desde la descripción sofisticada del principio de placer hasta el reconocimien-

to abierto de lo que concierne al goce fun- damental, vuelven aún más extraño ver que

Freud recurre en aquel momento a eso que designa como instinto de muerte. No es que

35

JACQUES

LACAN

esto sea falso, pero que sea dicho así, de una manera tan sabia, es precisamente lo que no pueden tragarse de ningún modo los sabios que él engendró con el nombre de psicoana- listas.

La institución psicoahalítica internacio- nal se caracteriza por una larga cogitación, una rumia alrededor del instinto de muerte. Observen si no esos interminables dédalos, la manera que tiene de partirse, de dividirse,

de repartirse -lo admite, no lo admite, llego hasta aquí, no lo sigo hasta allá-. Antes bien que uti-

lizar un término que parece elegido para dar la ilusión de que algo fue descubierto en ese campo que puede considerarse análogo a lo

que en lógica se llama una paradoja, resulta sorprendente que Freud, si se tiene en cuenta

el camino que ya había trazado, no haya creí- do necesario señalar de una manera pura y simple el goce. En el orden de la erotología, este está verdaderamente al alcance de cual- quiera. Es verdad que en aquel tiempo las

publicaciones del Marqués de Sade estaban menos difundidas. Por esto mismo, creí que

debía marcar en algún lugar de mis Escritos -para poner una fecha- la relación de Kant

36

SABER,

IGNORANCIA,

VERDAD

Y GOCE

con Sade. ¿Por qué Freud procedió así? Creo que después de todo hay una respuesta. No es obligatorio que él, no más que cualquiera de nosotros, haya sabido todo lo que decía. Pero en lugar de contar tonterías sobre el instin- to de muerte primitivo, venido del exterior o venido del interior, o retornando del exterior hacia el interior, y más tarde volcándose en la agresividad y en la pelea, tal vez se habría podido leer en el instinto de muerte de Freud aquello que conduce a decir que, en suma, el único acto -si hubiera uno que fuera un acto logrado- sería, si pudiera serlo, el suicidio. Entiéndase bien que hablo de un acto que fuera logrado como el año pasado hablaba de un discurso que no fuera del semblante. Tanto en un caso como en el otro, no hay ni un tal discurso ni un tal acto. Esto es lo que Freud nos dice. No nos lo dice así, en crudo, en claro, tal como podemos

decirlo ahora, una vez que la doctrina despe- jó un poquito el camino, y sabemos que no

hay más acto que el fracasado e incluso que esta es la única condición para un semblan- te de logro. Por esto mismo el suicidio mere- ce una objeción. No es necesario que quede

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JACQUES

LACAN

como tentativa para que de todos modos sea fracasado, completamente fracasado desde el punto de vista del goce. Quizás no sea así para los budistas con sus bidones de nafta, porque están a la orden del día.

No sabemos nada al respecto porque no vuelven para dar testimonio. El texto de Freud es un lindo texto. No por nada nos trae el soma y el germen. Él sien- te, presiente, que ahí hay algo para profundi- zar. En efecto, lo que se debe profundizar es el quinto punto que enuncio este año en mi

seminario de este modo: no hay relación sexual.

Esto puede sonar un poco chiflado. Bas- taría con echarse un buen polvo para demos- trarme lo contrario. Lamentablemente, eso es algo que no demuestra en absoluto nada semejante porque la noción de relación no coincide del todo con el uso metafórico que se hace de este término a secas, relación, tuvie- ron relaciones. No es del todo eso. Se puede hablar seriamente de relación no solo cuando

un discurso establece la relación sino cuando además se enuncia la relación. Lo real está ahí antes de que lo pensemos, pero la relación, en cambio, es mucho más incierta. No solo hay

38

relación, en cambio, es mucho más incierta. No solo hay 38 SABER, IGNORANCIA, VERDAD Y GOCE

SABER,

IGNORANCIA, VERDAD

Y GOCE

que pensarla, sino también escribirla. Si no son capaces de escribirla, no hay relación. Sería quizá muy destacable si durante bas- tante tiempo, como para que eso comience a dilucidarse un poco, se verificara que es impo- sible escribir lo que sería la relación sexual. La cosa tiene su importancia porque justa- mente, a través del progreso de lo que llama- mos la ciencia, estamos llevando muy lejos un montón de pequeños asuntos que se sitúan en el nivel del gameto, del gen, ele cierto número de elecciones, de selecciones, llámenselas como

se quiera, meiosis u otra cosa, y que parecen esclarecer realmente algo que sucede a nivel del hecho de que la reproducción, al menos en cierto sector de la vida, es sexuada. Pero esto no tiene nada que ver con lo que atañe a la relación sexual, por cuanto es muy cierto que hay en el ser hablante, en torno a esta relación en tanto basada en el goce, un abanico con un despliegue absolutamente admirable.

Dos cosas fueron puestas de manifiesto por Freud y por el discurso analítico. Por una parte, está toda la gama del goce. Todo lo que se pueda hacer cuando se trata de manera conveniente un cuerpo, incluso el

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JACQUES

LACAN

propio cuerpo, participa en cierto grado del goce sexual. Solo que el goce sexual mismo, cuando quieren ponerle la mano encima -si puedo expresarme así-, ya no es para nada sexual, sino que se pierde.

En segundo lugar entra en juego todo lo que se elabora con el término falo. El mismo designa cierto significado, el significado de cierto significante totalmente evanescente, porque en cuanto a definir qué es el hombre o la mujer, el psicoanálisis nos muestra que eso es imposible. Hasta cierto grado nada indi- ca especialmente que sea hacia el partenaire del otro sexo hacia donde deba dirigirse ~1 goce, aun si se lo considera, por un instante, como el guía de la función de reproducción. Nos encontramos ante el estallido de la noción -digamos- de sexualidad. Sin duda algu- na la sexualidad se encuentra en el centro de todo lo que sucede en el inconsciente. Pero está

en el centro por cuanto es una falta. Es decir que, en el lugar de sea lo que fuere que pudie- ra escribirse de la relación sexual como tal, en sustitución están los impasses engendrados por la función del goce sexual, en la medida en que este aparece como el punto de espejismo

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SABER,

IGNORANCIA, VERDAD

Y GOCE

que Freud mismo pone como ejemplo del goce absoluto. Yes tan verdadero como no absoluto. No lo es en ningún sentido, en primer lugar, porque como tal está destinado a esas diferentes formas de fracaso que constituyen para el goce masculino la castración, y para el femenino la división. Por otra parte, aquello a lo que lleva el goce no tiene absolutamente nada que ver con la copulación, en la medida en que esta es el modo usual -digámoslo así,

aunque eso va a cambiar- por el cual se realiza la reproducción'en la especie del ser hablante. En otros términos, hay una tesis: no hay relación sexual, estoy hablando del ser hablan- te. Hay una antítesis, que es la reproducción de la vida. Este es un tema muy conocido y es la bandera actual de la Iglesia católica, en lo cual hay que reconocer su valentía. La Iglesia católica afirma que hay una relación sexual, aquella que culmina haciendo niiiitos. Se trata de una afirmación muy aceptable, solo que es indemostrable. Ningún discurso puede soste-

nerla, salvo el discurso religioso, en la medida en que él define la separación estricta que hay entre la verdad y el saber. En tercer lugar, no hay síntesis, a menos que ustedes llamen sínte-

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JACQUES

LACAN

sis a esta observación de que el único goce que hay es el de morir.

Tales son los puntos de verdad y de saber en los que importa acentuar lo que atañe al saber del psicoanalista, con la salvedad de que no hay ni un solo psicoanalista para quien esto no sea letra muerta. En cuanto a la síntesis, podemos confiar en ellos para sostener los términos y verlos en un lugar completamen- te diferente del instinto de muerte. Como se

dice: Chassez le naturel, il revient au galop.s

De todos modos, convendría darle su ver- dadero sentido a esta vit:ja fórmula proverbial. Hablemos de "lo natural", que es todó lo que se recubre con las vestiduras del saber, y sabe Dios que eso no falta. El discurso uni- versitario está hecho únicamente para que el

saber sea una vestidura. El ropaje del que se

5. La expresión francesa cltassez le naturel, il revient au

galop significa que nunca se pierden las malas costum- bres, las tendencias naturales. Su traducción aproximada

al castellano es "genio y figura hasta la sepultura". [N. de la T.]

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SABER,

IGNORANCIA,

VERDAD

Y GOCE

trata es la idea de naturaleza. No va a desa- parecer así nomás de la escena. No es que yo intente sustituirla por otra. No se imaginen que soy de aquellos que oponen la cultura a la naturaleza, aunque más no sea porque la naturaleza es precisamente fruto de la cultura. Pero, en fin, para esta relación: saber/verdad, o verdad/saber, como ustedes prefieran, ni siquie- ra hemos empezado a tener ni el más mínimo principio de adhesión, como tampoco para lo que decimos sobre la medicina, la psiquiatría y

un montón de otros problemas. Dentro de poco tiempo, antes de cuatro o cinco años, vamos a estar sumergidos en proble- mas segregativos a los que estigmatizaremos con el término racismo. Todos esos problemas resul- tan del control de lo que sucede en el nivel de la

reproducción de la vida en seres que, en razón de que hablan, se encuentran con todo tipo ele problemas de conciencia. Es inaudito que toda- vía no se hayan dado cuenta de que los proble- mas ele conciencia son problemas de goce. Pero, en fin, estos problemas recién esta- mos empezando a poder decirlos. No hay nin-

guna seguridad de que esto tenga la menor

consecuencia, puesto que sabemos que la

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JACQUES

LACAN

interpretación requiere, para ser recibida, eso que al comienzo llamé un trabajo. El saber es del orden del goce. No vemos en absoluto por qué cambiaría de lecho. Si la gente denuncia eso que llaman intelectualización es simple- mente porque está acostumbrada, por expe- riencia, a darse cuenta de que no es en abso- luto necesario ni en absoluto suficiente com- prender algo para que algo cambie. La cuestión del saber del psicoanalista no

ar ticula o

no, sino saber en qué lugar hay que estar para

sostenerlo. A este respecto, intentaré darles una indicación a la que no sé si voy a lograr dar una formulación transmisible. La cuestión es saber lo que la ciencia -a la que el psicoanálisis, así como en la época de Freud, no puede más que escoltar- llega a alcanzar de aquello que concierne a lo real. La potencia de lo simbólico no necesita ser demostrada, porque es la potencia misma. No hay en el mundo ninguna huella de poten- cia anterior a la aparición del lenguaje. En lo que Freud bosqueja de la época anterior a Copérnico, él se imagina que el hombre era muy feliz por estar en el centro del universo

es de ningún modo saber si eso se

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SABER,

IGNORANCIA,

VERDAD

Y GOCE

y creerse el rey del mismo. Esto es una ilusión absolutamente extraordinaria. Si el hombre tenía alguna idea sobre las esferas celestes era precisamente porque allí se encontraba la última palabra del saber. ¿Quién sabe algo en el mundo? Las esferas etéreas. Ellas sí saben. Hizo falta tiempo para que eso fuera supera- do. Por eso el saber está asociado desde los orígenes a la idea de poder. La pequeña nota que se encuentra en el dorso del grueso volumen de mis Escritos invoca las Luces. ¿Por qué no admitirlo?, soy yo quien la escribió. ¿Quién otro sino yo hubiera podi- do hacerlo? Se reconoce mi estilo, y está muy bien escrita. Las Luces tardaron cierto tiempo en elucidarse. En un primer tiempo, fallaron su intento. Pero en fin, así como el Infierno, esta- ban sembradas de buenas intenciones. Contrariamente a todo lo que se dijo, las Luces tenían como finalidad enunciar un saber que no fuera un homenaje a ningún poder. Sin embargo, lamentamos tener que constatar que aquellos que se dedicaron a esta tarea se encontraban un poco demasiado en posición de lacayos con respecto a cierto tipo de amos, los nobles de la época -debo decir

45

JACQUES

LACAN

que bastante felices y prósperos-, como para poder desembocar de cualquier manera en algo diferente de la famosa Revolución Fran- cesa, que tuvo el resultado que ustedes cono- cen, a saber, la instauración de una raza de amos más feroz que todo lo que se había visto en acción hasta entonces.

Desde cierta perspectiva, que no califica- ría como progresista, el psicoanalista podría transportar un saber que nada puede hacer, el saber de la impotencia.

Para ponernos a tono con la huella en la que espero continuar mi discurso este año, les voy a dar la primicia -para que se les haga agua la boca- del título del seminario que vóy

a dictar en el mismo lugar que el año pasado,

gracias a algunas personas que se ocuparon de preservárnoslo.

Se escribe así: para empezar, tres puntos . Luego una o y una u. En el lugar de los tres puntos pongan lo que quieran, lo dejo librado

a su meditación. Este ou [o] es lo que se llama

velo aut en

esto resulta

latín. Se le agrega pire [peor]. Y de ou pire [o peor].

4 de noviembre de 1971

46

De la incomprensión y otros temas

L o que hago con ustedes esta noche evi-

dentemente no es lo que me propuse

dar este año como paso siguiente de

mi seminario. Será, como la última vez, una

charla.

Todos saben, aunque muchos lo ignoren,

de la insistencia que pongo en las entrevistas

preliminares al análisis, ante aquellos que me piden consejo. No hay entrada posible en el análisis sin entrevistas preliminares. Esto acer- ca la relación que existe entre esas entrevistas

y lo que voy a decirles este año en mi semina- rio, salvo que, dado que soy yo quien habla,

soy

yo quien se encuentra aquí en la posición

de

analizante. Podría haber tomado muchos otros sesgos

pero, a fin de cuentas, siempre es a último

momento cuando sé qué elUo decir.

49

JACQUES

LACAN

Para la charla de hoy, me pareció una oca- sión propicia una pregunta que me fue plan- teada ayer por alguien de mi Escuela, una de esas personas que se toman un poco a pecho su posición. La voy a repetir textualmente: ¿la

incomprensión de Lacan es un síntoma?

Esta pregunta tiene para mí la ventaja de hacerme entrar de inmediato en el meollo del tema, lo que me ocurre rara vez, porque en general me acerco con pasos prudentes.

Le perdono fácilmente a esta persona que haya puesto mi nombre -lo que se explica por el hecho de que estaba frente a mí- en lugar de lo que hubiera correspondido, esto es~ mi discurso. Como verán, no me escabu1lo, lo llamo mi. Veremos luego si este mi merece ser mantenido. ¿Qué importa? Lo esencial es saber si la incomprensión de la que se trata,

así la llamen de un modo o de otro, es un sín- toma.

Yo no lo pienso así. No lo pienso, primero, porque no puede decirse que mi palabra, que después de todo tiene cierta relación con mi

discurso aunque no se confunda con él, sea absolutamente incomprendida. Puede decirse,

50

DE

LA

INCOMPRENSIÓN

Y OTROS

TEMAS

de un modo preciso, que la presencia numero- sa de ustedes es una prueba de ello. Si mi pala- bra fuera incomprensible, no veo muy bien por qué serían ustedes tan numerosos, tanto más cuanto que esta cantidad está constituida en gran parte por gente que vuelve. En lo que respecta al muestreo de opinio- nes que me llegan, hay algunas personas que se expresan de esta manera: no siempre com- prenden bien o, al menos, tienen la impresión de no comprender. Según uno de los últi- mos testimonios que me llegaron, la persona en cuestión, a pesar de que tenía un poco la impresión de no captar, encontraba una ayuda para orientarse en sus propias ideas, para acla- rarse a sí misma en algunos puntos. Se puede decir, entonces, que al menos en lo que con- cierne a mi palabra, que evidentemente se

debe distinguir del discurso, no hay lo que se

dice, en sentido estricto, incomprensión. Aclaro de inmediato que esta palabra es una palabra de enseñanza. En este caso, dife- rencio la palabra del discurso. Como estoy hablando en Sainte-Anne -y tal vez a través de lo que dije la última vez se puede percibir lo que esto significa para mí- elegí tomar el

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JACQUES

LACAN

asunto en un nivel, digamos, elemental. Esto es algo completamente arbitrario, pero es una elección.

Cuando fui a la Sociedad de Filosofía para presentar una comunicación sobre lo que

llamaba en esa época mi enseñanza, tomé el mismo partido. Hablé como si me dirigiera a gente muy rezagada. No lo estaban más que ustedes, pero sobre todo se debía a la idea que tengo de la filosofía. Y no soy el único. Uno

de mis muy buenos amigos que hizo reciente- mente una comunicación en la Sociedad de Filosofía me acercó un artículo sobre el fun- damento de las matemáticas sobre el que le hice notar que era de un nivel diez o veinte veces más elevado que lo que él había dicho en esa Sociedad. Me respondió que no debía sorprenderme, dadas las respuestas que había obtenido. Como yo había recibido respuestas del mismo tenor en el mismo lugar, eso fue lo que me tranquilizó por haber articulado, en el mismo nivel, algunas cosas que pueden encon-

trar en mis Escritos.

Por lo tanto, en algunos contextos, hay una

elección menos arbitraria que la que yo sos- tengo aquí. La sostengo aquí en función de

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DE

LA

INCOMPRENSIÓN

Y OTROS TEMAS

elementos memorables relacionados con esto que voy a decirles. Si en cierto nivel mi discur-

so permanece aún incomprendido, digamos que se debe a que durante mucho tiempo, en cierto sector, estuvo prohibido. No prohibido escucharlo, lo que habría estado al alcance

de muchos, como lo demostró la experiencia,

sino prohibido venir a escucharlo. Esto es lo que nos va a permitir diferenciar esta incom- prensión de algunas otras. Existía una prohi- bición y, a fe mía, que esta prohibición provi- niera de una institución analítica es con segu-

ridad significativo. ¿Qué quiere decir significativo? No dije de ningún modo significante. Hay una gran dife- rencia entre la relación significante/signifi- cado y la significación. La significación es un

signo. Un signo no tiene nada que ver con un significante. Un signo -desarrollo esto en un rincón, en algún lado del último número de

mi revista Scilicet-, un signo es siempre, pense-

mos lo que pensemos, el signo de un sujeto. ¿Que se dirige a qué? Esto también está escrito

en ese Scilicet. No puedo extenderme ahora al

respecto, pero ese signo de prohibición pro-

venía con seguridad de verdaderos sujetos,

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JACQUES

LACAN

en todos los sentidos de la palabra, de st~etos que obedecen, en todo caso. Que se trate de un signo proveniente de una institución analí- tica es apropiado para permitirnos dar el paso siguiente. Si la pregunta me fue planteada en esta forma es en función de lo siguiente: la incom- prensión en psicoanálisis es considerada como un síntoma. Esto es algo reconocido en el psi- coanálisis, y también admitido generalmente. Lo es a tal punto que ha pasado a la concien- cia común. Cuando digo que es algo admiti- do generalmente, es más allá del psicoanáli- sis, quiero decir del acto psicoanalítico. En la modalidad de la conciencia común las cosas llegaron a tal punto que se oye decir Anda a psicoanalizarte cuando la persona que lo dice considera que la conducta de ustedes, o sus palabras, son síntomas, como diría el señor

Perogrullo. Les haré notar que, de todas maneras, en este nivel, por este sesgo, síntoma tiene el senti-

do de valor de verdad. En esto, lo que pasó a la conciencia común es más preciso, por desgra-

cia, que la idea que llegan a hacerse muchos

psicoanalistas. Digamos que son demasiado

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hacerse muchos psicoanalistas. Digamos que son demasiado 54 DE LA INCOMPRENSIÓN Y OTROS TEMAS pocos los
hacerse muchos psicoanalistas. Digamos que son demasiado 54 DE LA INCOMPRENSIÓN Y OTROS TEMAS pocos los

DE

LA

INCOMPRENSIÓN

Y OTROS

TEMAS

pocos los que saben la equivalencia de síntoma

con valor de verdad.

Esto tiene una correspondencia histórica que demuestra que el sentido del término sín- toma fue descubierto, denunciado, antes de que el psicoanálisis entrara en juego. Como lo subrayo con frecuencia, esta equivalencia

es el paso esencial dado por el pensamiento

marxista. Para traducir el síntoma en un valor de

verdad debemos palpar lo que supone como saber en el psicoanalista el hecho de que haga falta que sea a sabiendas como él interprete. Para abrir un paréntesis, señalo que este

saber le es presupuesto al analista, si puedo decirlo así. Es lo que recalqué con el sujeto

supuesto saber como fundamento de los fenó- menos de transferencia. Siempre puse de relieve que esto no entraña ninguna certeza en el sujeto analizante de que su analista sepa mucho, bien lejos de esto. Lo que es perfec-

tamente compatible con el hecho de que el saber del analista sea considerado por el ana- lizante como muy dudoso, lo que por otra

parte, con frecuencia, es el caso por razones muy objetivas. En suma, los analistas no siem-

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JACQUES

LACAN

pre saben todo lo que deberían por la simple razón de que a menudo no hacen demasiado esfuerzo. Esto no cambia en absoluto el hecho de que el saber es supuesto a la función del analista y que sobre esto reposan los fenóme- nos de transferencia. Cierro el paréntesis. Tenemos entonces el sín- toma con su traducción como valor de verdad. El síntoma es valor de verdad; lo recíproco no es verdadero, el valor de verdad no es un síntoma. Es bueno señalarlo en este punto en razón de que la verdad no es algo cuya fun- ción yo sostenga como aislable. Su función, y especialmente allí donde se ubica, en la pala- bra, es relativa. No es aislable de otras fun- ciones de la palabra. Razón de más para que insista en esto: aun reduciéndola al valor, la verdad no se confunde en ningún caso con el síntoma.

Los primeros tiempos de mi enseñan- za giraron en torno a qué es el síntoma. En efecto, los analistas estaban en tal nebulosa

en este punto que el síntoma se articulaba en sus bocas como el rechazo de dicho valor de

verdad. Después de todo, tal vez se deba a mi

enseñanza que esto no se despliegue ya tan

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se deba a mi enseñanza que esto no se despliegue ya tan 56 DE LA INCOMPRENSIÓN

DE

LA

INCOMPRENSIÓN

Y OTROS

TEMAS

fácilmente. Pero la verdad no tiene ninguna relación con la equivalencia, en un único sen- tido, del síntoma con un valor de verdad. La verdad hace entrar en juego el ser del ente. Lo llamo así porque estamos entre nosotros

y porque dije que era una charla. Lo llamo así sin más, sin preocuparme de que los términos que impulso ya sean utilizados en lo más avan-

zado de la filosofía. Digo el ser porque desde los tiempos en que la filosofía viene dando vueltas en torno a cier- tos puntos, creo que ya se da por sentado que el ser hablante es por ser hablante -discúlpen- me por el primer ser- como llega al ser, en fin, al menos tiene el sentimiento de ello. Natural- mente, no llega, falla. Pero podemos decir que esta dimensión del ser, que se abre de repen- te, durante un buen tiempo sacó de quicio al

menos a los filósofos. Sería un error ironizar, porque si sacó de quicio a los filósofos es porque ellos sacan de quicio a todo el mundo. Esto es lo que se seña- la en la denuncia que hacen los analistas de

eso que llaman resistencia. Si yo batallé durante toda una etapa de mi enseñanza, de lo cual hay huellas en mis Escri-

57

JACQUES LACAN

tos, fue efectivamente para interrogarlos sobre qué sabían de lo que hacían cuando introdu- cían el ser de ese bendito ente del que hablan, no del todo a tontas y a locas. De vez en cuan- do llaman a esto el hombre, pero lo llaman así cada vez menos desde que estoy entre aquellos que emiten algunas reservas al respecto. Este ser no tiene con respecto a la verdad ningún tropismo especial. No digamos nada más. Por lo tanto, el síntoma es valor de verdad. Esta es la función que resulta cuando se intro- duce, en cierto momento histórico que he fechado suficientemente, la noción de síntoma. El síntoma no se cura del mismo modo en la dialéctica marxista que en el psicoanálisis. En el psicoanálisis se las tiene que ver con algo que es la traducción en palabra de su valor de verdad. Que esto suscite en el analista lo que es sentido como un ser de rechazo no permite en absoluto zanjar si ese sentimiento merece de algún modo ser contenido, porque además, en otros registros, precisamente el que evocaba hace un rato, es por procedimientos completa- mente diferentes como d be ceder el síntoma. No le estoy dando preferencia a ninguno de esos procedimientos, y esto menos aún

58

DE LA INCOMPRENS I ÓN Y OTROS TEMAS

cuando quiero hacerles entender que hay otra dialéctica que la que se imputa a la historia.

Entre las preguntas: ¿la incomprensión psi- coanalítica es un síntoma? y ¿la incomprensión de

Lacan es un síntoma?, voy a ubicar una tercera:

¿la incomprensión matemática es un síntoma? Hay

gente, incluso jóvenes -porque esto solo tiene interés entre los jóvenes-, en quienes existe esta dimensión de la incomprensión matemática. Cuando nos interesamos en sujetos que manifiestan incomprensión matemática, bas- tante difundida todavía en nuestro tiempo, se tiene el sentimiento -utilizo el término senti- miento exactamente como lo hice recién para aquello que los analistas denominan resisten- cia- de que esta proviene de algo así como una insatisfacción, como un desfase, algo experimentado por el sujeto precisamente en el manejo del valor de verdad. Los sllietos que sufren de incomprensión matemática esperan de la verdad más que la reducción a esos valores que se llaman deductivos, al menos en los primeros pasos de la matemática. Las articulaciones llamadas demostrativas parecen para ellos carentes de algo que se sitúa precisamente en el nivel de

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JACQUES

LACAN

una exigencia de verdad. La bivalencia verda-

dero o falso los deja sin duda desconcertados,

y, digámoslo, con razón. Hasta ci e rto punto, puede decirse que existe cierta distancia entre la verdad y lo que podemos llamar la cifra. La cifra no es otra cosa que lo escrito, lo escrito de su valor. Que la bivalencia se expre- se, según los casos , ya sea por Oy l o por V y F, el resultado es el mismo en razón de algo que parece exigible para ciertos sujetos.

Habrán escuchado que hace un rato no hablé para nada de algo que fuera un conte- nido. ¿En nombre de qué se lo llamaría con este término? Puesto que contenido no quiere decir nada mientras no se pueda decir de qué se trata. Una verdad no tiene contenido. Una verdad que se dice tal es verdad o bien es sem- blante, diferenciación que no tiene nada que ver con la oposición de lo verdadero y lo falso,

puesto que si es semblante, e s precisamente semblante de verd ad.

La incomprensión matemática procede justamente d e la cu slión d e saber si verdad o semblante no son un . P rmítanme que lo plantee así, lo retomaré más pr ofundamente en otro contexto.

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DE

LA

INCOMPRENSIÓN

Y OTROS

TEMAS

En todo caso, en este punto, no es por cierto la elaboración lógica que se hizo de las

matemáticas la que vendrá a oponerse. Ber- trand Russell, por otra parte, se preocupó por decir en sus propios términos que la mate- mática se ocupa de enunciados de los que resulta imposible decir si tienen una verdad, ni siquiera si tienen algún significado. Es un modo un poco exagerado de decir que toda la preocupación que dedicó al rigor de la puesta en forma de la deducción matemática segura- mente se dirige a algo diferente de la verdad, pero tiene una vertiente que sin embargo guarda relación con ella, sin lo cual no sería necesario separarla de un modo tan contun- dente.

Es seguro que, de manera no idéntica a la matemática, la lógica se esfuerza precisa-

mente en justificar la articulación matemáti- ca con respecto a la verdad. En nuestra época se afianza en una lógica proposicional que sostiene -la verdad está planteada como un valor que es la denotación de una proposi- ción dada- que una proposición verdadera no podría engendrar sino otra proposición verda- dera.

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JACQUES

LACAN

Lo menos que se puede decir es que esto parece muy extraño. De esta extraña genea- logía de la implicación resulta, en efecto, que lo verdadero, una vez alcanzado, de ningún modo podría volverse falso por nada de lo que él implica. Por mínimas que sean las probabi- lidades de que una proposición falsa engen- dre una proposición verdadera -lo que por el contrario está totalmente admitido-, una vez que se propone en esta vía, que según nos dicen es sin retorno, no debería haber desde hace mucho tiempo más que proposiciones verda- deras. A decir verdad, semejante enunciado no puede sostenerse ni un instante más que en razón de la existencia de las matemáticas independientemente de la lógica. En algu-

na parte aquí hay un embrollo. Los mismos matemáticos se sienten tan poco tranquilos con respecto a esto que todo lo que estimuló efectivamente la investigación lógica relativa a las matemáticas partió de la idea de que la no contradicción no bastaría para fundamentar la verdad. Esto no quiere decir que la no conu·a-

dicción no sea algo esperable y hasta exigible.

Pero lo seguro es que no es suficiente.

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DE

LA

INCOMPRENSIÓN

Y OTROS TEMAS

Pero no avancemos más en el tema por esta noche, puesto que solo se trata de una char- la introductoria a un manejo del que precisa- mente me propongo mostrarles el camino en

mi seminario.

Este embrollo se presta a hacernos pensar que el síntoma de la incomprensión matemáti-

ca, en suma, está condicionado por el amor de

la verdad hacia ella misma, si puedo decirlo así. Esto es algo diferente de ese rechazo del que hablaba hace un rato, incluso es lo con- trario. Es un tropismo positivo para la verdad, si puedo decirlo así, mientras que cierto modo

de exponer las matemáticas escamotea total-

mente lo patético de la verdad. La presentan

de una manera práctica, común, simple y ele-

mental, sin ninguna introducción lógica, de

manera tal que la evidencia, como se dice, permite escamotear muchos pasos. Los fenó-

menos de incomprensión se producen en los jóvenes sin duda en razón de cierto vacío sen- tido en lo que respecta a lo verídico de aque-

llo que se articula.

Estaríamos muy equivocados si pensáse- mos que la matemática logró vaciar de pate-

tismo todo lo que concierne a la relación con

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JACQUES

LACAN

la verdad. No hay solo matemática elemental. Conocemos bastante de historia para saber la pena y el dolor que engendraron, cuando fueron excogitados, los términos y las funcio- nes del cálculo infinitesimal, e incluso poste-

riormente la regularización, la ratificación, la logificación de esos mismos términos y de esos mismos métodos, hasta la introducción de un número cada vez más elevado, cada vez más elaborado, de lo que en ese nivel corres- ponde llamar maternas. Dichos maternas no implican en absoluto una genealogía retrógra- da, no implican ningún planteo posible para el que hubiera que emplear el término "his- tórico".

La matemática griega, por ejemplo, mues- tra muy bien los puntos en los que, aun cuan- do gracias a los procedimientos llamados exhaustivos tuvo la posibilidad de acercarse a

lo que se produjo en el momento del surgi- miento del cálculo infinitesimal, sin embargo no lo alcanzó, no franqueó el paso. Si a partir del cálculo infinitesimal o, para decirlo mejor, de su reducción perfecta, resul-

ta fácil ubicar y clasificar, pero a posteriori, en qué estaban los procedimi ntos de demos-

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DE

LA

INCOMPRENSIÓN

Y OTROS TEMAS

tración de la matemática griega y a la vez los impasses que encontraban de entrada, no se justifica en absoluto hablar del materna como de algo que estaría separado de la exigencia de verdad.

Innumerables debates, debates de palabras, el surgimiento de nuevos maternas en cada momento de la historia. Hablé implícitamente de Leibniz y de Newton, pero pienso también

en aquellos que los precedieron con una auda- cia increíble, en no sé qué factor de encuentro

o de aventura a propósito del cual se evoca el término proeza o golpe de suerte, como un Isaac Barrow, por ejemplo. Esto se renovó en un tiempo muy cercano

a nosotros con la efracción cantoriana, donde

nada está hecho para disminuir lo que hace un rato llamé la dimensión patética, que en Cantor llegó hasta la amenaza de locura. Tam- poco creo que baste con decirnos que se debió

a las decepciones en su carrera, a la oposición, incluso a las injurias que el susodicho Cantor

recibió de parte de los universitarios que rei- naban en su época. No tenemos la costumbre

de considerar que la locura esté motivada por persecuciones objetivas.

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JACQUES

LACAN

Por lo tanto, la incomprensión matemática debe ser algo muy diferente de una exigencia que resultaría de un vacío formal. Ajuzgar por lo que ocurre en la historia de las matemáti- cas, no es seguro que la incomprensión no se genere en alguna relación entre el materna, así sea el más elemental, con una dimensión de verdad. Quizás sean los más sensibles quie- nes menos comprenden. Tenemos ya una indicación de esto en el nivel de los diálogos socráticos -me refiero a lo que nos queda de ellos, a lo que de ellos podemos suponer-. Después de todo, tal vez haya gente para quien el encuentro con la verdad desempeñe el papel que dichos griegos tomaban de una metáfora, tenga el mismo efecto que el encuentro con el pez torpedo: los aletargue. Esta idea proviene del aporte, sin duda confuso, de una metáfora, pero para esto sirve una metáfora, para hacer surgir un sentido que sobrepasa en mucho

los medios. El p ez torp edo, y luego quien lo

toca y se cae redondo, es evidentemente, sin que se lo sepa todavía en el momento en que se hizo la metáfora, el encue ntro entre dos campos no acordes entre sí, campo está toma-

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dos campos no acordes entre sí, campo está toma- 66 DE LA INCOMPRENS I ÚN Y

DE

LA INCOMPRENS I ÚN

Y OTROS TEMAS

do aquí en el sentido propio de campo magné-

tico.

Les haré notar que lo que acabamos de abordar desemboca en el término campo, y este es el término que utilicé cuando dije "Función y campo de la palabra y del len- guaje". El campo está constituido por lo que llamé el otro día /alengua. Considerar que este campo constituye la clave de la incomprensión es precisamente lo que nos permite excluir cualquier psicología.

Los campos de los que se trata están consti- tuidos por lo real, tan real como el pez torpe- do y el dedo del inocente que acaba de tocar- lo. El materna, aunque lo abordemos por las vías de lo simbólico, no deja de ser real.

La verdad en juego en el psicoanálisis es lo que por medio del lenguaje, quiero decir, por la función de la palabra, toca un real.

Sin embargo, se trata de una perspectiva que no es en modo alguno de conocimiento,

sino más bien, diría, de algo como la induc- ción, en el sentido que tiene este término en

la constitución de un campo. Se trata de la

inducción de algo que es totalmente real, aun-

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JACQUES

LACAN

que nosotros no podamos hablar de eso sino como de significantes, quiero decir que no tiene otra existencia más que significante. ¿De qué estoy hablando? Pues bien, de nin- guna otra cosa sino de lo que se llama en len- guaje corriente los hombres y las mujeres. No sabemos nada real sobre esos hombres y esas mujeres como tales. No se trata de perros ni de perras. Se trata de qué son realmente quienes pertenecen a cada uno de los sexos a partir del ser hablan- te. No hay aquí ni una sombra de psicología. Hombres y mtBeres, eso es real. Pero no somos capaces de articular en !alengua ni lo más mínimo que tenga la menor relación con este real. El psicoanálisis no deja de machacarlo. Esto es lo que enuncio cuando digo que no hay relación sexual para los seres que hablan. ¿Por qué? Porque su palabra, tal como esta funciona, depende, está condicionada como palabra por lo siguiente: le está precisamen- te prohibido funcionar de cualquier manera como palabra que le permita dar cuenta de esa relación sexual. En esta correlación no le estoy dando pri-

macía a nada. No digo que la palabra exista

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DE

LA

INCOMPRENSIÓN

Y OTROS TEMAS

porque no hay relación sexual, sería totalmen- te absurdo. Tampoco digo que no hay relación sexual porque la palabra esté ahí. Pero cierta- mente no hay relación sexual porque la pala- bra funciona en un nivel cuya preeminencia el discurso psicoanalítico descubrió como siendo específico del ser hablante en todo lo que con- cierne al orden del sexo, a saber, el semblan- te. Semblantes de hombres (bonshommes] y de m1.Ueres [bonnes femmes], 1 como se decía des- pués de la última guerra. No las llamaban de

otro modo: bonnes femmes. Como no soy exis- tencialista, no lo diría exactamente así.

Sea como fuere, el hecho es que el ente que mencionaba anteriormente habla, y el goce, aquel que llamamos sexual, solo pro- viene de la palabra, y debe distinguirse de la relación sexual. Solo él determina en el ente

. del que hablo aquello que se trata de obtener, esto es, el acoplamiento. El psicoanálisis nos

l. El término bonhomme designa de manera familiar "un hombre"; bonne femme, manera también familiar de

referirse a una mujer, puede tener una connotación lige- ramente despectiva. [N. de la T.]

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JACQUES

LACAN

confronta con esto, que todo depende de este

punto pivote llamado goce sexual. Sin embargo, resulta que este no se puede articular en un acoplamiento un poco fre- cuente, o incluso fugaz, si no encuentra lacas- tración, cuya única dimensión es la de !alen- gua. Lo único que nos permite afirmarlo son las palabras que recogemos en la experiencia

analítica. La articulación de ese núcleo opaco llama- do goce sexual en ese registro por explorar llamado castración solo data de la emergencia históricamente reciente del discurso psicoa- nalítico. Así pues, me parece que esto es algo cuyo materna merece que nos dediquemos a formular. Querríamos que esto se pudiera demostrar de otro modo que como algo pade- cido, padecido como una especie de secreto vergonzoso que, aunque haya sido publicado

por el psicoanálisis, sigue siendo tan vergon- zoso, tan sin salida. Parecería que nadie se dio cuenta de que la cuestión se encuentra en el nivel de la dimensión cabal del goce, esto es, la relación del ser hablante con su cuerpo, pues- to que no hay otra definición posible del goce. En la especie animal, ¿quién goza de su

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del goce. En la especie animal, ¿quién goza de su 70 DE LA INCOMPRENSIÚN Y OTROS

DE

LA

INCOMPRENSIÚN

Y OTROS TEMAS

cuerpo, y de qué manera? Encontramos hue- llas de esto en nuestros primos los chimpan- cés, que se despiojan uno al otro dando señas de un vivo interés. ¿A qué se debe que en el ser hablante la relación con el goce sea mucho más elaborada? El psicoanálisis descubrió que eso se debe a que el goce sexual emerge antes que la maduración del mismo nombre. Esto parece alcanzar para que sea infantil todo lo que concierne al abanico, reducido sin duda, pero variado, de los goces calificados como perversos. Esto tiene estrecha relación con ese enig- ma que hace que no sea posible proceder con aquello que parece directamente vinculado a

la operación a la que supuestamente apunta el goce sexual y embarcarse en la vía de la copula- ción, cuyos caminos sostiene la palabra, sin que esta se articule como castración. No fue antes

de un

-no quiero decir un intento, porque

como Picasso decía No busco, encuentro, yo No

intento, concluyo- cuando concluí que el punto clave, el punto nodal, era !alengua y, en el campo de !alengua, la operación de la palabra. No existe una interpretación analítica que

no esté dirigida a atribuir a cualquier propo-

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JACQUES

LACAN

sición que encontramos su relación con un goce. ¿Qué quiere decir el psicoanálisis? Que en esta relación con el goce la palabra es la que garantiza la dimensión de verdad. Pero además, nada es menos seguro que el hecho de que la palabra pueda decirla completa- mente. No puede más que mediodecir esta relación, como me expreso, e inventar un semblante, el semblante de lo que se llama un

hombre o una mujer. Se hace algo con eso, pero no se puede de- cir casi nada. Según parece, no se puede decir

mucho sobre el tipo.

Hará unos dos años, en la vía que intento

trazar, llegué a articular lo que concierne a los

cuatro discursos. Esos discursos no son discursos históricos, no se trata de mitología, de la nostalgia de Rousseau, o incluso del neolítico. Esas son cosas que solo interesan al discurso universi-

tario. Este discurso nunca está tan bien como en el nivel de los saberes que ya no quieren decir nada para nadie, porque el discurso uni-

versitario se constituye haciendo del saber un

semblante.

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versitario se constituye haciendo del saber un semblante. 72 DE LA INCOMPRENSIÓN Y OTROS TEMAS Estos

DE

LA

INCOMPRENSIÓN

Y OTROS TEMAS

Estos cuatro discursos constituyen de manera tangible algo real. En esa relación de frontera entre lo simbólico y lo real, ahí vivi- mos, viene al caso decirlo. El discurso del amo se mantiene todavía y más aún. Ustedes lo pueden ver con suficiente claridad como para que no me sea necesario indicarles lo que habría podido hacer si eso me hubiera divertido, esto es, si yo buscara la popularidad. Les habría mostrado la pequeña vueltita que en alguna parte lo convierte en el discur- so del capitalista. Es exactamente el mismo asunto, con la salvedad de que está mejor

hecho, funciona mejor, los embauca más. De todos modos, ustedes ni se dan cuenta. Pasa lo mismo con el discurso universitario, están ahí

metidos hasta el cuello creyendo que provo- can la conmoción de mayo.2

Ni hablemos del discurso histérico, es el propio discurso científico. Es muy importante

2. L'émoi de Mai, expresión en la que resuena la homo- fonía entre l'émoi [conmoción], U! mois [el mes], U!s mois [los yoes]. Referencia al mayo francés del '68. [N. de la T.]

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JACQUES

LACAN

conocerlo para hacer pequeños pronósticos. Esto no disminuye en nada los méritos del dis- curso científico. Si hay algo seguro es que pude articular estos tres discursos en una especie de materna solo porque surgió el discurso analítico. Cuan- do hablo del discurso analítico no les estoy

hablando de algo del orden del conocimiento. Hace mucho tiempo que se podría haber visto que el discurso del conocimiento es una metá- fora sexual y haberle atribuido su consecuen- cia, a saber, que, puesto que no hay relación sexual, tampoco hay conocimiento. Hemos vivido durante siglos con una mitología sexual y, por supuesto, una buena parte de los analis- tas no quiere más que deleitarse con esos esti- mados recuerdos de una época inconsistente.

Pero no se trata de eso. "Lo dicho, dicho está", escribí en la primera frase de algo que estoy excogitando para entregárselo más adelante. Lo que está dicho es de hecho, del hecho de

decirlo. Pero hay un escollo. Todo el escollo está ahí, todo sale de ahí. Es eso que llamo l'hacosa

[l'hachose] -puse una hache delante para que vean que hay un apóstrofo, pero no debería

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DE

LA

INCOMPRENSIÚN

Y OTROS TEMAS

ponerla, debería llamarse l'acosa [l'achose]-. En síntesis, el objeto a. El objeto a por cierto es un objeto, pero solamente en el sentido de que sustituye defi- nitivamente a toda noción de objeto como sos- tenida por un sujeto . No se trata de la relación llamada de conocimiento. Cuando se lo estu- dia en detalle, resulta bastante sorprendente observar que en esa relación de conocimiento se las arreglaron de modo tal que uno de los términos, el sujeto en cuestión, no fuera más que la sombra de una sombra, un reflejo eva- nescente. El objeto a solo es un objeto en el sentido de que está ahí para afirmar que nada en el orden del saber deja de producirlo. Esto es algo completamente diferente a conocerlo. Para que haya alguna chance de analis- ta hace falta que cierta operación que llama- mos experiencia analítica haya hecho llegar el objeto a al lugar del semblante. No podría ocupar este lugar si los otros elementos reduc- tibles en una cadena significante no ocuparan

los otros. Si el sujeto, y lo que llamo el signi- ficante amo, y lo que designo como cuerpo y

como saber, no estuvieran repartidos en las cuatro puntas de un tetraedro -que para tran-

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JACQUES

LACAN

quilidad de ustedes dibujé en el pizarrón con la forma de vectores que se cruzan en el inte- rior de un cuadrado al que le falta un lado-, resulta evidente que no habría en absoluto dis- curso.

resulta evidente que no habría en absoluto dis- curso. Digo que lo que define un discurso,

Digo que lo que define un discurso, lo que lo opone a la palabra, en la perspectiva del hablante, es que lo determina lo real. Esto es el materna. El real del que hablo es absoluta- mente inabordable salvo por una vía matemá- tica. Para situarlo no hay otro camino más que el último en llegar de los cuatro discursos, el que defino como el discurso analítico. De una manera de la que sería excesivo decir que es consistente, puesto que se trata por el contra-

rio de una brecha, y particularmente la que se

expresa en la temática de la castración, ese dis- curso permite ver dónde se afirma el real del

que se sostiene como discurso.

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DE

LA INCOMPRENSIÓN

Y OTROS TEMAS

En conformidad con todo lo que es admiti- do en el análisis, el real del que hablo es que nada de lo que parece ser la finalidad del goce sexual, esto es, la copulación, está garantizado sin esos pasos percibidos muy confusamente pero jamás despejados en una estructura com- parable a la de una lógica, que constituyen lo que se llama la castración. Precisamente en esto el esfuerzo lógico de- be ser un modelo para nosotros, incluso una guía. Y no me hagan hablar de isomorfismo. Que haya un buen pícaro en la universidad que encuentre que mis enunciados acerca de la verdad, el semblante, el goce y el plus-de- gozar serían formalistas, y hasta hermenéuti-

cos, ¿por qué no? Se trata más bien de lo que se llama en matemáticas -es un hallazgo- una operación generatriz. Intentaremos este año, y en otro lugar que

aquí, acercarnos prudentemente, de lejos y paso a paso, a aquello de lo que se trata. No

hay que esperar demasiado que se produzcan destellos, pero eso ya va a venir.

El objeto a del que les hablé hace un rato no es un objeto, es lo que permite hacer un tetraedro con esos cuatro discursos, cada uno

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JACQUES

LACAN

a su manera. Lo sorprendente es que los ana- listas no puedan ver que el objeto a no es un punto que se localiza en alguna parte en los cuatro discursos que ellos forman juntos; es la construcción, es el materna que permite que esos cuatro discursos se construyan como tetraedros.

La pregunta pues es esta: ¿Dónde los seres acósicos, los a encarnados que somos todos por diversos motivos, están más a merced de la incomprensión de mi discurso? La pregunta puede ser planteada. Que esta incomprensión sea un síntoma o que no lo sea es un asunto secundario. Pero es muy cierto que, teórica- mente, es en el nivel del psicoanalista donde debe dominar la incomprensión de mi discur- so, justamente porque es el discurso analítico. Tal vez no sea el privilegio del discurso ana- lítico. Después de todo, quien llevó más lejos el discurso del amo antes de que yo trajera al mundo el objeto a, y que por supuesto se equi- vocó porque no conocía el objeto a, es Hegel,

para nombrarlo. Hegel siempre nos dijo que si había alguien que no entendía nada del dis-

curso del amo era el amo. En lo cual se man- tiene en la psicología, porque no hay amo,

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DE LA INCOMPRENSIÓN

Y OTROS TEMAS

hay significante amo, y el amo lo sigue como puede. Esto no favorece en absoluto la com- prensión del discurso del amo por parte del amo. En este sentido la psicología de Hegel es exacta. Igualmente, sería muy dificil sostener que la histérica, en el punto en que se sitúa, es decir, en el nivel del semblante, esté en el mejor lugar para comprender su discurso, si no, sería innecesario el viraje del análisis. Ni hablemos de los universitarios. Nunca nadie creyó que tuvieran el atrevimiento de mantener una coar-

tada tan prodigiosamente manifiesta como lo es todo el discurso universitario. Entonces, ¿por qué los analistas tendrían el privilegio de estar abiertos a lo que es el mate- rna de su discurso? Al contrario, existen todas las razones para que ellos se instalen en un estatus del que sería interesante demostrar lo que resulta en esas increíbles elucubraciones teóricas que llenan las revistas del mundo psi-

coanalítico. Demostrarlo no es algo que pueda hacerse en un día, pero voy a intentar decirles en qué puede residir ese interés. Hay que agotar nuestro tetraedro en todos sus aspectos. Acabo de dar la indicación de

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JACQUES

LACAN

DE

LA

INCOMPRENSIÓN

Y OTROS TEMAS

lo que podría ser el estatus del analista en el nivel del semblante. No es menos importante

Y lo

más interesante -viene al caso decirlo, es uno de los únicos sentidos que puede darse al tér-

mino interés- es su relación con el goce, que sostiene este discurso, que lo condiciona, que lo justifica.

articularlo en su relación con la verdad.

tado, la castración misma, parece tener en el hombre cierta relación con la copulación, con eso que biológicamente culmina en la conjun- ción de los sexos, pero sin que esto condicione absolutamente nada en el semblante. Hubo entonces biólogos que extendieron este punto anómalo, esta relación totalmente problemáti- ca, a las especies animales y nos expusieron en ellas la perversión. Hicieron un libraco sobre esto que recibió enseguida el patrocinio favo- rable de mi querido colega Henri Ey, de quien les hablé la vez anterior con la simpatía que habrán podido apreciar. La perversión en las especies animales, ¿en

nombre de qué? Las especies animales copu- lan, ¿pero qué nos prueba que lo hagan en nombre de un goce cualquiera, perverso o no? Sin duda hay que ser hombre para creer que copular hace gozar. Hay volúmenes enteros que explican que algunos lo hacen con pin- zas, con sus patitas, y también están los que mandan el esperma al interior de la cavidad central, como la chinche, creo, y entonces nos admiramos de cómo deben gozar con seme- jantes cosas. Si nosotros nos hiciéramos eso con una jeringa en el peritoneo, sería algo

No quisiera terminar dándoles la impre- sión de que yo sé lo que es el hombre. Segu- ramente hay gente que necesita que les arroje este pescadito. Después de todo, se lo puedo arrojar porque esto no connota ningún tipo de

promesa de progreso

que, muy probablemente, lo que especifica a esta especie animal es una relación totalmente anómala y extraña con su goce. Eso podría tener algunas pequeñas prolon- gaciones del lado de la biología, ¿por qué no?

o peor. Puedo decirles

Pero constato simplemente que los analistas no le hicieron hacer el menor progreso a la

referencia biologizante del análisis. En cambio, del lado de los biólogos se vio que sostenían una cosa increíble, en nombre de lo siguiente: ese goce rengo y tan ampu-

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JACQUES LACAN

voluptuoso. Con eso creen que construyen cosas correctas, mientras que la primera cosa palpable es precisamente la disociación del goce sexual. Resulta evidente que la cuestión es saber de qué manera lalengua, de la que por el momento podemos decir que es correlativa de la disyunción del goce sexual, tiene una rela- ción evidente con algo real. Pero partiendo de ahí, ¿cómo llegar a maternas que nos permitan construir la ciencia? Esta es verdaderamente la cuestión, la única cuestión. ¿Qué tal si observa- mos un poco más de cerca cómo está armada la ciencia? Intenten hacerlo, aunque sea una vez, con una pequeilísima aproximación: mi escrito titulado "La ciencia y la verdad". Había un pobre tipo, del que yo era hués- ped en ese momento, que se puso como loco cuando me escuchó hablar sobre el tema; des- pués de todo ahí se ve bien que mi discurso es comprendido. Fue el único que se molestó mucho. Es un hombre que demostró de mil maneras que no era alguien muy dotado. Yo no tengo ningún tipo de pasión por los débi- les mentales, en eso me diferencio de mi que-

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DE

LA

INCOMPRENSIÓN

Y OTROS

TEMAS

rida amiga Maud Mannoni. Pero como tam- bién se encuentran débiles mentales en el Ins- tituto, no veo por qué me conmovería. En fin, "La ciencia y la verdad" intentaba una pequeila aproximación a algo así. Des-

pués de todo, tal vez esta afamada ciencia esté hecha con casi nada, en cuyo caso nos expli-

tan condi-

caríamos mejor có~o la apariencia,

cionada como }alengua por un déficit, puede llevar derecho a eso. Pues bien, estas son las cuestiones que pro- bablemente abordaré este ailo. En fin, trataré

de hacer lo mejor,

o peor.

2 de diciem!Jre de 1971

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Hablo a las paredes

N o se sabe si la serie es el principio de lo serio. No obstante, me encuentro frente a esta cuestión. Se me pre-

senta por el hecho de que evidentemente no puedo continuar aquí lo que en otro lugar se define como mi enseñanza, lo que se llama

mi seminario, aunque más no sea porque no

todos están advertidos de que yo manten-

go aquí una pequeña conversación por mes.

Como hay gente que se desplaza a veces desde bastante lejos para seguir lo que digo en otro

lado bajo ese título de seminario, no sería correcto continuar aquí.

Se trata de saber qué estoy haciendo aquí.

Esto no es realmente lo que yo esperaba. Me

ha hecho cambiar de posición esta concu-

rrencia, que motiva que aquellos a quienes

en realidad convoqué para algo que se lla-

87

JACQUES

LACAN

maba "El saber del psicoanalista" no estén del todo ausentes aquí, pero sí un poco per- didos. No sé si al hacer alusión a mi semina- rio hablo de algo que conozcan quienes están aquí presentes.

Es necesario que consideren el hecho de que, precisamente, después de la última vez abrí ese seminario. Lo abrí, y si se está un poco atento y se es riguroso, no es posible decir que eso pueda hacerse de una sola vez. Efectivamente hubo dos veces. Por eso mismo puedo decir que lo abrí, porque si no hubie- ra habido una segunda vez no habría una pri- mera.

Esto tiene su interés para recordar algo que introduje hace cierto tiempo con respecto a lo que se llama repetición.

La repetición, evidentemente, no puede comenzar más que la segunda vez, que por lo tanto resulta ser la que inaugura la repetición. Es la historia del cero y del uno. Con el uno

solamente no puede haber repetición, de tal

modo que para que haya repetición, para que esto no quede abierto, tiene que haber una tercera vez.

88

esto no quede abierto, tiene que haber una tercera vez. 88 HABLO A LAS PAREDES Es

HABLO

A LAS

PAREDES

Es lo que aparentemente se percibió a pro- pósito de Dios. Él recién empieza con tres. Llevó un tiempo darse cuenta, o bien se lo sabía desde siempre pero no fue advertido

porque después de todo, en este sentido, no se puede estar seguro de nada. Pero, en fin,

mi querido amigo Kojeve insistía mucho en la

cuestión de la Trinidad cristiana. Sea como fuere, desde el punto de vista de lo que nos interesa -y lo que nos interesa es analítico- evidentemente hay un mundo entre la segunda vez y lo que consideré que debía subrayar con el término Nachtrag, el a posteriori

[apres-coup].

Son cosas que voy a intentar retomar este año en mi seminario. En esto hay un mundo entre lo que aporta el psicoanálisis y lo que

aportó cierta tradición filosófica, que por cier-

to no es desdeñable, sobre todo cuando se

trata de Platón, que subrayó bien el valor de la díada. Quiero decir que a partir de ella todo

se viene abajo. ¿Qué se viene abajo? Él debía

saber qué era, pero no lo dijo. De todos modos, el segundo tiempo no

tiene nada que ver con el Nachtrag analítico.

En cuanto al tercero, cuya importancia acabo

89

JACQUES

LACAN

de destacar, la cobra no solo para nosotros, sino para Dios mismo. Hace un tiempo insistí vivamente para que todos fueran a ver cierta tapicería que estaba expuesta en el museo de Artes Decorativos y que era muy linda. Se veía allí al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo representados estric- tamente en una misma figura, la de un perso- naje bastante noble y barbudo. Eran tres que se miraban entre sí. Eso causa más impresión que ver a alguien frente a su imagen. A partir de tres, empieza a causar cierto efecto. Desde nuestro punto de vista de sujetos, ¿qué podría empezar con tres para el mismo Dios? Se trata de una vieja pregunta que plan- teé tempranamente cuando comencé mi ense- ñanza y después no retomé. Les diré de inme- diato la respuesta: recién a partir de tres él puede creer en sí mismo. Resulta bastante curioso que la pregunta siguiente no haya sido nunca planteada, que yo sepa: ¿cree Dios en sí mismo? Sería sin

embargo un buen ejemplo para nosotros. Es absolutamente sorprendente que esta pregun-

ta que planteé bastante temprano, y que no creo vana, no haya provocado aparentemente

90

HABLO

A LAS

PAREDES

ninguna inquietud, al menos entre mis corre- ligionarios, quiero decir, en aquellos que se formaron a la sombra de la Trinidad. Entien- do que a los otros eso no les haya sorprendido, pero estos verdaderamente son incorrelig;iona-

bles.1 No hay nada que hacer con eso. Sin embargo, había ahí algunas personas destacadas de la jerarquía llamada cristiana. La cuestión que se plantea es la de saber si es porque están dentro por lo que no entienden nada -me cuesta creerlo- o, lo que es mucho más probable, si profesan un ateísmo bastante

integral como para que esta pregunta no les haga ningún efecto. Esta es la solución por la

que me inclino. No se puede decir que

llamé recién una garantía de seriedad, por-

que este ateísmo puede no ser más que som-

nolencia, que es algo bastante extendido. En

otras palabras, no tienen ni la menor idea de

esto sea lo que

l. El término en francés es incoreligionnibles, en el que, a modo de una "palabra-valija", se pueden encontrar:

inccmigible [incorregible], religion [religión] y coreligionnai-

re [correligionario]. [N. de la T.]

91

JACQUES

LACAN

la dimensión del medio en el cual hay que nadar. Se mantienen a flote, que no es lo mismo, gracias al hecho de que se tienen de la mano. Hay un poema de Paul Fort que es

de ese estilo: Si todas las chicas del mundo se die- ran la mano, etc., podrían dar la vuelta al mundo.

Es una idea loca porque, en realidad, las chi- cas del mundo nunca pensaron en eso, pero en cambio los muchachos, de los que también habla, en esto sí se entienden. Se tienen todos de la mano, más aún cuando, si no se tuvieran de la mano, cada uno debería enfrentarse solo

con la chica, y eso no les gusta. Hace falta que se tengan de la mano. En cuanto a las chicas, es otro asunto. Ellas se entrenan para eso en el contexto de ciertos ritos sociales -remítan-

se a Les Danses et Légendes de la Chine ancienne

[Danzas y leyendas de la China antigua]-. Eso es chic, incluso Che King -no shocking-. Ese

libro fue escrito por alguien llamado Granet, que poseía una clase de genio que no tenía absolutamente nada que ver con la etnología

-era indiscutiblemente etnólogo- ni con la sinología -era indiscutiblemente sinólogo-.

Planteaba entonces que, en la China antigua, las chicas y los muchachos se enfrentaban en

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HABLO

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PAREDES

igual número. ¿Por qué no creerle? En la prác- tica, por lo que sabemos en nuestros días, los muchachos se juntan en cierto número, más allá de la decena, por la razón que les expuse hace un rato, porque encontrarse solo, cada cual frente a su cada cuala -ya se los expli- qué-, conlleva demasiados riesgos. Para las chicas es diferente. Como ya no estamos en la época del Che King, se agrupan de a dos, hacen migas con una amiga hasta que logran arrancar a un chico de su banda. Sí señores. Piensen lo que piensen, y por más superficiales que les parezcan estas ideas, tie- nen fundamento, fundamento en mi expe- riencia de analista. Cuando lograron apartar a un muchacho de su banda, naturalmente

dejan de lado a la amiga, que por otra parte

no se las arregla tan mal con esto. Me dejé llevar un poco. ¡Pero dónde creo

que estoy! Esto se me fue presentando así, poco a poco, a causa de Granet y esa historia sorprendente acerca de la alternancia en los poemas del Che King, del coro de muchachos enfrentado al coro de chicas. Fue así como me dejé llevar a hablar de mi experiencia analíti- ca, sobre la que presenté un flash. Este no es

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}ACQUES

LACAN

el fondo de las cosas. No es aquí donde expon-

go el fondo de las cosas. Pero, ¿dónde estoy, quién me creo que soy para hablar del fondo de las cosas? Casi creería que estoy con seres humanos, o incluso "hechos a mano".2 Sin embargo, me dirijo a ellos de este modo. En el fondo, lo que me motivó fue hablar de mi seminario. Como quizás ustedes sean los mismos, hablé como si les hablara a ellos, lo que me llevó a hab lar como si hablara de uste- des, y, quién sabe, eso me llevó a hablar como si les hablara a ustedes.

No era en absoluto mi intención, porque

si vine a hablar a Sainte-Anne füe para hablar

a los psiquiatras, y de manera manifiesta uste- des no son evidentemente todos psiquiatras. Pero, en fin, lo seguro es que se trata de un

acto fallido. Es un acto fallido que por lo tanto en cualquier momento corre el riesgo de

2. Cousehurnains. Juego de palabras a partir de etres

humains [seres humanos] y "coum rnain" [textualmente:

cosido a mano ], expresión de la lengua francesa que se

refiere a algo hecho con habilidad y perfección. (N. de la T.]

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HABLO

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PAREDES

ser logrado, es decir que podría ocurrir que pese a todo le hable a alguien. ¿Cómo saber

a quién hablo? Sobre todo porque, a fin de

cuentas, ustedes cuentan en el asunto, por más que me esfuerce en hacer abstracción de cuántos son. Cuentan al menos por cuanto no estoy hablando donde contaba con hablar, puesto que contaba con hablar en el anfitea- tro Magnan y estoy hablando en la capilla.

[Ruido de petardos.}

¡Qué lío! ¿Escucharon? ¿Escucharon? Le hablo a la capilla. Esta es

la respuesta. Hablo a la capilla, es decir, a las

paredes. 3 Cada vez más logrado, el acto falli- do . Ahora sé a quién le vine a hablar, a lo que

siempre hablé en Sainte-Anne, a los muros. Hace una pila de años. De tanto en tanto volví con algún pequeño título de conferencia

3. En francés, Parler aux murs equivale a la expresión

"hablar a las paredes". En adelante se conserva el término

"muro" para mantener la coherencia con lo que sigue de

la charla. [N. de la T.]

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JACQUES

LACAN

acerca de lo que enseiio, y algunos otros, no les voy a hacer la lista. Siempre les hablé a los muros. ¿Quién tiene algo que decir?

Alguien del público: Deberíamos salir todos si usted quiere hablarles a los muros.

¿Quién me habla? Ahora voy a poder comentar lo siguiente: cuando hablo a los muros se interesan algunas personas. Por esto mismo pregunté recién quién hablaba. Es cierto que en lo que se denominaba un asilo, en una época en que se era honesto, "el asilo clínico", como se decía, los muros, de todos modos, no eran cualquier cosa.

Diré más: me parece que esta capilla es un lugar extremadamente bien hecho para que captemos de qué se trata cuando hablo de los muros. Esta especie de concesión de la laici- dad a los internados, una capilla con su guar- nición de capellanes, no es que sea formidable

desde el punto de vista arquitectónico pero, en fin, es una capilla con la disposición que se espera de ella. Se olvida demasiado que el arquitecto, por más esfuerzo que haga para

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HABLO

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huirles, está hecho para eso, para construir muros. Y los muros, a fe mía -a partir de lo que hablaba hace un rato, tal vez el cristianis- mo tiende demasiado hacia el hegelianismo-,

están hechos para rodear un vacío. ¿Cómo imaginar lo que llenaba los muros del Partenón y de algunas otras bagatelas por el estilo, de las que nos quedan algunos muros derruidos? Es difícil saberlo. Lo cierto es que de eso no tenemos absolutamente ningún tes- timonio. Tenemos la impresión de que duran- te todo ese período al que designamos con el rótulo moderno de paganismo, había cosas que sucedían en diversas fiestas de las que se conservó el nombre porque había anales que

fechaban las cosas así: Fue en las grandes Panate- neas donde Adirnanto y Glaucón, etc., encontraron

al llamado Céfalo. ¿Qué pasaba ahí? Es absoluta- mente increíble que no tengamos ni la menor

idea. Por el contrario, en lo que respecta al

vacío, sí tenemos una y grande, porque todo

lo que nos fue legado por una tradición a la que se llama filosófica le hace un gran lugar al vacío. Hay incluso un tal Platón que hizo girar en torno de esto su idea del mundo, viene al

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JACQUES

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caso decirlo. Fue él quien inventó la caverna. Hizo de ella una cámara oscura. Algo sucedía en el exterior y todo eso, al pasar por un agu- jerito, producía sombras. Tal vez tengamos ahí un pequeño hilo, una pequeña huella. Mani- fiestamente es una teoría que nos permite pal- par de qué se trata el objeto a. Supongan que la caverna de Platón sean estos muros en los que se hace oír mi voz. Es evidente que los muros me hacen gozar. Y en esto gozan todos y cada uno de ustedes, por participación. Verme hablando a los muros es algo que no puede dejarlos indiferentes. Reflexionen, supongan que Platón hubiera sido estructuralista, se habría dado cuenta de qué se trataba la caverna, a saber, que sin duda es allí donde nació el lenguaje. Hay que dar vuelta el asunto. Hace mucho tiempo que el hombre da vagidos como cual- quier animalito que chilla para obtener la leche materna, pero necesita cierto tiempo

para darse cuenta de que es capaz de hacer algo que, por supuesto, entiende desde hace mucho, porque todo se produce en el parlo- teo, en el balbuceo. Para elegir, tuvo que darse cuenta de que las k resuenan mejor desde el

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fondo, desde el fondo de la caverna, desde el

y que las by las p surgen mejor a

la entrada, es ahí donde escuchó su resonancia. Esta noche me dejo llevar porque les hablo

último muro,

a los muros. No vayan a creer que esto que les

digo quiere decir que no obtuve otra cosa de

Sainte-Anne. A Sainte-Anne no llegué a hablar sino muy tarde, quiero decir que no se me había ocu- rrido antes, salvo para cumplir algunas tareas menores cuando era jefe de clínica. Relataba algunas historias a los practicantes y fue inclu- so ahí donde aprendí a ser cuidadoso con las historias que cuento. Un día relaté la his- toria de la madre de un paciente, un encan- tador homosexual al que yo analizaba, y que, no pudiendo evitar lo que se veía venir, había

dado este grito: ¡Y yo que creía que él era impoten-

te! Cuento la historia y diez personas de la asis- tencia -no había solo practicantes- la recono-

cen de inmediato. No podía ser otra más que ella. Se dan cuenta ustedes de lo que es una persona mundana. Fue toda una historia natu- ralmente, porque me lo reprocharon, cuando yo no había contado absolutamente nada más que ese grito sensacional. Desde entonces, eso

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me inspira mucha prudencia para la comuni- cación de casos. Pero, en fin, es otra vez una pequeña digresión, retomemos el hilo.

Hice muchas otras cosas en Sainte-Anne antes de venir a hablar aquí, aunque más no fuese venir a cumplir mi función, y en lo que respecta a mi discurso, todo parte de ahí. Si bien les hablo a los muros, empecé tarde. Mucho antes de escuchar lo que ellos me devuelven, esto es, mi propia voz predicando en el desierto - esta es una respuesta a la perso- na que hablaba de partir-, escuché cosas total- mente decisivas, o al menos lo fueron para mí. Pero este es mi asunto personal. Quiero decir que la gente que está aquí, entre los muros, es plenamente capaz de hacerse oír a condición de que haya orejas apropiadas.

En resumen, para rendirle un homenaje por algo a lo que ella personalmente es ajena, todos saben que fue por esta enferma a la que designé con el nombre de Aimée, que por supuesto no era el suyo, por la que fui atraído por el psicoanálisis.

Por supuesto que no fue ella solamente. Hubo algunos otros antes, y además hay toda- vía unos cuantos a quienes dejo la palabra. En

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eso consiste lo que se llama mi presentación de enfermos, esta especie de ejercicio que consiste en escuchar a los pacientes, algo que evidentemente no les ocurre con mucha fre- cuencia. Cuando lo hablo después con algunas personas que estaban allí para acompañarme y captar lo que podían, me ocurre que de eso aprendo. Después, no de inmediato. Evidente- mente, hace falta armonizar la voz para reen- viarla a los muros.

Lo que intentaré cuestionar este año en m i seminario va a girar en torno a la relación del psicoanálisis con la lógica, a la que otorgo mucha importancia. Aprendí muy temprano que la lógica podía volver a la gente odiosa. Era en una época en la que tenía afición por cierto Abelardo, atraí- do sabe Dios por qué. No puedo decir que la lógica me haya vuelto a mí absolutamente odioso para nadie, salvo para algunos psicoa- nalistas. Quizá sea porque logro limitar seria-

mente su sentido Llego a eso tanto más fácilmente que no

creo en absoluto en el sentido común. Hay sentido, pero no lo hay en común. Probable-

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JACQUES

LACAN

mente no haya ni uno solo entre ustedes que me entienda en el mismo sentido. Por otra parte, me esfuerzo para que el acceso a ese sentido no sea demasiado cómodo, de modo que ustedes deban poner algo de su parte, lo que es una secreción saludable y hasta tera- péutica. Secreten sentido con fuerza y verán cuánto más cómoda se vuelve la vida. Fue así como me di cuenta de la existen- cia del objeto a, del que cada uno de ustedes tiene el germen en potencia. Lo que consti- tuye su fuerza y al mismo tiempo la fuerza de cada uno de ustedes en particular es que el objeto a es totalmente ajeno a la cuestión del sentido. El sentido es un pintarrajo añadido a este objeto a con el cual cada uno tiene su ligazón particular.

Esto no tiene nada que ver ni con el sen- tido ni con la razón. El tema a la orden del día es que muchos piensan en reducirlo a la réson. Dénme el gusto, escriban r.é.s.o.n.4 Es una grafía de Francis Ponge. Siendo un poeta,

4. Hay homofonía entre réson, derivado del verbo résonner [resonar], y raison [razón ). [N. de la T.]

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A

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PAREDES

y siendo lo que es, un gran poeta, no debemos dejar de tomar en cuenta, en esta ocasión, lo que nos dice. Él no es el único. Es un asunto muy importante que, por fuera de este poeta, solo vi formulado seriamente en el nivel de los matemáticos, y es saber que la razón, de la que por el momento nos contentamos con captar que ella parte del aparato gramatical, tiene que ver con algo, no quiero decir intuitivo, ya que sería caer en la pendiente de algo visual, sino con algo resonante. ¿Acaso lo que resuena es el origen de la res, con lo que se hace la realidad? Es una pre- gunta que concierne a todo lo que se puede extraer del lenguaje a título de lógica. Todos saben que esta no alcanza y que le hizo falta desde hace algún tiempo poner en juego la matemática; habrían podido verlo venir desde hace rato, desde Platón precisamente. Aquí entonces se plantea la cuestión de dónde cen- trar ese real al que la interrogación lógica nos lleva a recurrir y que resulta estar en el nivel matemático. Hay matemáticos que dicen que de ningún

modo podemos orientarnos en esa conjunción

llamada formalista, en ese punto de conjun-

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JACQUES

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ción matemático-lógico, que hay algo más allá, a lo que después de todo no hacen más que rendir homenaje todas las referencias intui- tivas de las que se creyó poder purificar a la matemática. Se busca más allá a qué réson recu- rrir para aquello que está en juego, esto es, lo real.

No va a ser esta noche cuando pueda abor- dar el asunto. Lo que puedo decir es que por cierto sesgo que es el de una lógica pude -en un recorrido que partiendo de mi paciente Aimée culminó en mi anteúltimo año de semi- nario, al enunciar los cuatro discursos hacia los que converge el tamiz de cierta actuali- dad- ¿hacer qué? Dar al menos la razón de los muros.

En efecto, quienquiera que habite entre estos muros, los muros del asilo clínico, tiene

que saber que lo que sitúa y define al psiquia- tra en tanto tal es su situación en relación con estos muros, estos muros mediante los cuales la laicidad excluyó de ella la locura y lo que esta quiere decir. Esto no se aborda más que por la vía de un análisis del discurso.

A decir verdad, se hizo tan poco análisis antes de mí que es válido decir que por parte

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de los psicoanalistas nunca se hizo escuchar la menor discordancia con respecto a la posición del psiquiatra. Sin embargo, está retomado en mis Escritos algo que planteé desde antes de 1950 con el título de "Acerca de la causalidad psíquica". Allí denunciaba toda definición de la enfermedad mental que se escude en esta construcción hecha a partir de un semblante que, aunque se refiere al órgano-dinamismo, no por eso deja enteramente de lado aque- llo que está en juego en la segregación de la enfermedad mental, eso es, algo que es otra cosa, que está ligado a cierto discurso, aquel que señalo como el discurso del amo. Además, la historia muestra que ese discur- so vivió durante siglos de una manera prove- chosa para todo el mundo hasta que en cierto desvío, en razón de un deslizamiento ínfimo que pasó inadvertido para los mismos intere- sados, se convirtió en el discurso del capitalis- mo, del que no tendríamos ni la menor idea si Marx no se hubiera dedicado a completar- lo, a darle su sujeto, el proletario, gracias a lo cual el discurso del capitalismo se expande

dondequiera que reine la forma de Estado

marxista.

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Lo que distingue al discurso del capitalis- mo es la Vérwerfung, el rechazo hacia afuera de todos los campos de lo simbólico, con las con- secuencias que ya dije. ¿El rechazo de qué? De la castración. Todo orden, todo discurso, que se emparente con el capitalismo deja de lado, amigos míos, lo que llamaremos simplemen- te las cosas del amor. Ya ven, ¡eh! No es poca cosa.

Por eso, dos siglos después de ese desliza- miento, nombrémoslo, calvinista -¿por qué no?-, la castración hizo su entrada impetuo- sa, bajo la forma del discurso analítico. Natu- ralmente el discurso analítico todavía no fue capaz de darle ni siquiera un esbozo de articu-

lación pero, en fin, multiplicó su metáfora y se dio cuenta de que todas las metonimias prove- nían de ahí.

En consideración a esto, e incitado por una especie de rumor que se había producido en algún lugar por el lado de los psicoanalistas, fui llevado a introducir lo que era evidente en

la novedad psicoanalítica, esto es, que se trata- ba de lenguaje, y que era un discurso nuevo.

Como finalmente les dije, el psicoanalista hace de objeto a en persona. No puede siquie-

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ra decirse que el psicoanalista se dirija a esa posición, sino que es llevado ahí por su anali- zante. La pregunta que planteo es: ¿cómo un analizante puede tener ganas alguna vez de volverse psicoanalista? Es algo impensable, lle-

gan a eso como las bolitas de algunos juegos de trictrad' que ustedes conocen, que terminan cayendo en esa cosa. Llegan ahí sin tener ni la menor idea de lo que les ocurre. Finalmente, una vez que están ahí, ahí están y, pese a todo, en ese momento, algo se despierta. Es por este motivo por lo que propuse su estudio. Sea como fuere, en la época en que se pro- dujo ese torbellino entre las bolitas, no les

puedo decir con qué alegría escribí "Función y

campo de la palabra y dellengu~e

fue que acepté, entre tantas otras cosas sensa-

tas, un exergo de tipo cantinela que encontra- rán en la tercera parte? Hasta donde recuer- do, es algo que había encontrado en un alma- naque que se llamaba París en el año 2000. No le falta talento, aunque nunca más hayamos

escuchado el nombre del tipo de quien cito el

". ¿Cómo

5. Juego de mesa similar al backgammon. [N. de la T.]

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LACAN

nombre -soy honesto-, y que relata este asun- to que cae como peludo de regalo en la histo-

ria de "Función y campo

".

Entre el hombre y la mujer,

Está el amor. Entre el hombre y el amor, Hay un mundo Entre el hombre y el mundo, Hay un muro.

Como ven, había previsto lo que les iba a decir esta noche, les hablo a los muros. Verán que no tiene ninguna relación con el capítu- lo que sigue. Pero no me pude resistir. Como acá les hablo a los muros, no estoy dictando un curso, entonces no les voy a decir lo que

en Jakobson basta para justificar que esos seis versos de morondanga sean de todos modos poesía. Es poesía proverbial, porque ronronea:

Entre el hombre y la mujer,

Está el amor.

¡Pero por supuesto!, si es lo único que hay, y:

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Entre el hombre y el amor, Hay un mundo

Cuando se dice Hay un mundo, eso quiere

decir Ustedes no lo lograrán nunca. Como quien

no quiere la cosa, dice al comienzo: Entre el hombre y la mujer, está el amor, quiere decir que eso encaja. Un mundo queda flotando, pero con Hay un muro, ahí sí ustedes comprenden que entre quiere decir interposición. Porque es muy ambiguo el entre. En otro lugar, en mi seminario, hablaremos de la mesología. ¿Qué es lo que cumple función de entre? En esto, nos encontramos en la ambigüedad poética

pero, reconozcámoslo, vale la pena.

la ambigüedad poética pero, reconozcámoslo, vale la pena. Esto que acabo de dibujarles en el piza-

Esto que acabo de dibujarles en el piza- rrón, y que da vueltas, es una manera como

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cualquier otra de representar la botella de Klein. Es una superficie que tiene cier- tas propiedades topológicas sobre las que podrán informarse quienes no estén al tanto. Se parece mucho a una banda de Moebius,

esto es, eso que se hace torciendo simple- mente una tirita de papel y pegándola des- pués de darle una media vuelta. Pero aquí tenemos un tubo. Un tubo en el que en cierto lugar se produce una inflexión. No les estoy diciendo que esta sea la definición topológi- ca de la cosa, es un modo de imaginarlo que ya utilicé bastante como para que una parte de las personas que están aquí sepan de qué hablo. La hipótesis es que entre el hombre y la mujer debería hacerse ahí un redondel, como decía Paul Fort hace un rato. Puse el hom- bre a la izquierda, por pura convención, y la mujer a la derecha, podría haberlo hecho a la inversa. Tratemos de ver topológicamente lo

que me gustó en esos seis versitos de Antoine Tuda!, para nombrarlo.

Entre el hombre y la mujer, está el amor. Hay

comunicación a fondo. En este caso, ustedes

lo ven, algo circula. Se comparte, el flujo, el

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influjo, y todo lo que se le agrega cuando se es obsesivo, por ejemplo lo oblativo, ese sensa- cional invento del obsesivo. El amor está ahí, el redondelito que está en todas partes, excep- to que hay un lugar donde eso se invierte, y brutalmente. Pero quedémonos en el primer tiempo. Entre el hombre, a la izquierda, y la mujer, a la derecha, está el amor, es el redon- delito. Les dije que ese personaje se llamaba Antaine. No crean de ningún modo que digo alguna vez una palabra de más, esto es para decirles que era de sexo masculino, de modo

que ve las cosas de su lado. Ahora se trata de ver lo que va a haber, ¿cómo podemos escribirlo?, lo que va a haber entre el hombre, es decir él-el "pueta" [poue- te], "el pueta de Puasia" [le pO'uete de Pouasie], 6 como decía el estimado Léon Paul Fargue-, lo

que hay entre él y el amor.

6. Referencia al poema Au pays de Papouasie [En el país de Papuasia] de León Paul Fargue, donde este juega con la sonoridad de los términos pou.ete (deformación de poete, poeta) y pouasie (deformación de poésie, poesía). [N.

de la T.]

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¿Me veré obligado a volver al pizarrón? Vie- ron hace un rato que era un ejercicio un poco vacilante. Pues bien, de ningún modo, porque de todas formas, a la izquierda, él ocupa todo el lugar. Por lo tanto, lo que hay entre él y el amor es justamente lo que está del otro lado, es decir, la parte derecha del esquema. Entre

el hombre y el amor, hay un mundo, es decir que

eso recubre el territorio ocupado primero por la mujer, ahí donde escribí "M" en la parte de la derecha. Por esto, aquel al que llamaremos hombre en este caso se imagina que conoce el mundo, en sentido bíblico. Este conocimien- to es simplemente esa especie de anhelo por saber quién viene al lugar de lo que está mar- cado con la M de mujer. Lo que nos permite ver topológicamente de qué se trata es que a continuación nos dice:

Entre el hombre y el mundo, ese mundo que sus-

tituye a la volatilización del partenaire sexual, hay un muro, o sea el lugar donde se produce

la inflexión que un día introduje para signifi-

car la juntura entre verdad y saber. No

eso estuviera cortado. Es un poeta de "Puasia"

quien dice que es un muro. No es un muro, es simplemente el lugar de la castración. Esto

dije que

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es simplemente el lugar de la castración. Esto dije que 112 HABLO A LAS PAREDES lleva
es simplemente el lugar de la castración. Esto dije que 112 HABLO A LAS PAREDES lleva

HABLO

A LAS

PAREDES

lleva a que el saber deje intacto el campo de la

verdad, y recíprocamente además. No obstante, lo que hay que ver es que ese muro está en todas partes. En efecto, lo que define esta superficie es que el círculo o el punto de inflexión -digamos el círculo, porque aquí lo representé con un círculo- es homogéneo en toda la superficie. Incluso esto los llevaría a estar equivocados si pensa- ran que la misma es intuitivamente represen-

table. Si les mostrara enseguida qué tipo de corte basta para volatilizar instantáneamente esta superficie en tanto topológica, verían que no es una superficie la que se represen- ta, sino que ella se define mediante ciertas coordenadas -llamémoslas, si quieren, vec- toriales- tal que en cada uno de los puntos de la superficie la inflexión está siempre ahí, en cada uno de sus puntos. De modo que,

en cuanto a la relación entre el hombre y la mujer, y en todo lo que de ahí resulte respec- to a cada uno de los partenaires, a saber, su posición como así también su saber, la castra-

ción está en todas partes. El amor, el amor que comunica, que fluye,

que brota, eso es el amor, pues. El amor, el

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bien que la madre quiere para su hijo, el (a)muro, 7 basta con poner entre paréntesis la a para reencontrar lo que palpamos a diario, y es que incluso entre la madre y el hijo cuenta, y mucho, la relación que la madre tiene con la castración.

.i

,;

~1

Para hacerse una sana idea del amor, tal vez habría que tomar como punto de partida que cuando algo se juega, pero seriamente, entre un hombre y una mujer, siempre se pone en

juego la castración. Eso es lo castrante. Eso que pasa por el desfiladero de la castración ' nosotros intentamos abordarlo por vías que sean un poco rigurosas. No pueden ser sino lógicas, e incluso topológicas.

Aquí, les hablo a los muros y hasta a los (a)muros y a los (a)murs-sements. 8 En otro lugar,

7.Juego de palabras entre l'amour [el amor] y l'(a)mur [el (a) muro]. [N. de la T.]

8. Neologismo que incluye el juego de palabras ante-

rior, y además el término amusement, que tiene el sentido

de distracción agradable, entretenimiento, pero también

pérdida de tiempo, engaño. [N. de la T. ]

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'

HABLO

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PAREDES

en mi seminario, trato de dar cuenta de esto. Pero comoquiera que se utilicen los muros para mantener en forma la voz, está claro que los muros, no más que el resto, no pueden tener un soporte intuitivo, ni con todo el arte

del arquitecto como broche final. Los cuatro discursos de los que hablaba hace un rato son esenciales para situar aque- llo de lo que ustedes, hagan lo que hagan, en cierta manera son siempre los sujetos, quiero decir supuestos en lo que pasa de un significan- te a otro. El amo del juego es el significante, y uste- des no son sino lo supuesto respecto de algo que es diferente [aut're], por no decir el Otro [litutre]. Ustedes no le dan sentido puesto que ustedes mismos no lo tienen lo bastante como

para hacerlo. Pero sí le dan un cuerpo a ese significante que los representa, el significante

amo. Pues bien, no vayan a imaginarse que la sustancia -que desde siempre sueñan con atribuirse- de lo que ustedes son aquí dentro, literalmente sombras de sombra, sea otra cosa más que este goce del que están separados. Cómo no ver la semejanza que existe entre

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esta invocación sustancial y ese increíble mito del goce sexual, del que Freud mismo se hizo reflejo. El goce sexual es efectivamente ese objeto que corre, que corre, como en el juego "corre el anillo" [le jeu du juret] pero cuyo estatus nadie es capaz de enunciar, si no es como el estatus supremo, precisamente. Es supremo en una curva a la cual le da su sentido, y también muy precisamente del cual lo supremo esca- pa. El psicoanálisis da su paso decisivo porque puede articular el abanico de los goces sexua- les. Él demuestrajustamente que el goce que ' podría llamarse sexual, que no sería semblan- te de lo sexual, se manifiesta con la marca -nada más hasta nueva orden- de lo que solo se enuncia, de lo que solo se anuncia, con la marca de la castración.

Antes de que los muros tengan un esta- tus, de que tomen forma, los reconstruyo aquí lógicamente. Ese S tachado, esos S 1 , s2 y esa a con los que estuve jugando para ustedes durante algunos meses, después de todo es eso, el muro detrás del cual pueden poner el sentido de lo que nos concierne, de

eso que creemos saber lo que quiere decir,

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la verdad, el semblante, el goce, el plus-de-

gozar. Con respecto a eso que no necesita muros para escribirse, esos términos que son como cuatro puntos cardinales, con respecto a ellos ustedes tienen que situar lo que son. El psi- quiatra, después de todo, bien podría darse cuenta de la función de los muros a los que está ligado por una definición de discurso. Puesto que de lo que debe ocuparse, ¿qué es? No es de otras enfermedades sino de aquella definida por la ley del 30 de junio de 1838, a

saber, alguien peligroso para sí mismo y para los demás.

Resulta muy curiosa esta introducción del

peligro en el discurso en el cual se asienta el orden social. ¿Qué es este peligro? Peligroso

para sí mismo, en fin, la sociedad no vive más

que de eso, y peligroso para los demás, sabe Dios

que a cada uno se le deja libertad en ese sen-

tido. Veo en la actualidad que surgen protestas

contra el uso que se hace en la Unión Soviéti- ca de los asilos -para llamar a las cosas por su

nombre e ir rápido- o de algo que debe tener un nombre más pretencioso, para poner a res-

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JACQUES

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guardo -digamos- a los opositores. Es muy evi- dente que son peligrosos para el orden social

en el que están insertos. ¿Qué separa, qué distancia hay, entre la forma de abrir las puertas del hospital psiquiá- trico en un lugar donde el discurso capitalista es perfectamente coherente consigo mismo, y

en un lugar como el nuestro, donde todavía

es balbuciente? Quizá lo primero que los psi- quiatras podrían recibir, si hay algunos aquí,

no

digo de mi palabra, que no tiene nada que

ver

en el asunto, sino de la reflexión de mi voz

estos muros, es saber lo que los especifica como psiquiatras. Esto no les impide que dentro de los lími- tes de estos muros escuchen algo más que

en

mi

voz. Por ejemplo, la voz de aquellos que

están internados aquí, puesto que, después

de todo, eso puede conducir a algún lado,

hasta a hacerse una idea precisa de lo que es el objeto a. Los hice partícipes esta noche de algunas reflexiones que, por supuesto, son reflexiones a las cuales mi persona como tal no puede ser ajena. Es lo que más detesto en los otros. Por-

que después de todo, entre la gente que me

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A

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PAREDES

escucha de tanto en tanto, y a la que se llama por eso, Dios sabe por qué, "mis alumnos", no podemos decir que se priven de reflejarse. El

muro siempre puede ser murozr. Sin duda por eso volví a Sainte-Anne para

decir algunas cosas. Para hablar con pro- piedad no es para delirar pero, a pesar de todo, me quedaba cierto resquemor de estos

muros. Si con el tiempo logré construir con

.

9

mi

S tachado, mi S1, S2 y el objeto a, la réson

de

ser, de cualquier manera que lo escriban,

quizás después de todo no tomen la reflexión

de mi voz sobre estos muros como una simple

reflexión personal.

6 de enero de 1972

9. Muroir: neologismo a partir de rnur [muro, pared], miroir [espejo] y mouroir [hospicio para moribun-

dos]. [N. de la T.]

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Anexo

En la cuarta conversación (3 de febrero de 1972), Lacan anuncia que tiene la intención

En la cuarta conversación (3 de febrero de

1972), Lacan anuncia que tiene la intención de

aclarar lo que expone en su seminario "

pero el comienzo empalma con la cmiclusión de la tercera conversación. Se jJuede leer aquí el resumen

o peor ",

correspondiente.

JAM

Les dije la última vez Hablo a las paredes. De esta frase, que se articulaba en armonía con lo que nos rodea, hice un comentario, un esquemita basado en la botella de Klein, que debería tranquilizar a aquellos que podrían sentirse excluidos de esta fórmula. Como lo expliqué detalladamente, lo que se dirige a los muros tiene la propiedad de repercutir. Que yo les hable indirectamente no está diri-

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JACQUES

LACAN

gido por cierto a ofender a nadie, porque se puede decir que ese no es un privilegio de mi discurso.

Con respecto a este muro que no es en absoluto una metáfora, quiero aclarar lo que digo en otra parte, en mi seminario. Como no se trata, en efecto, de hablar de cualquier saber, sino del saber del psicoanalista, eso justi- fica que no lo haga en mi seminario.

Para introducir un poco estas cosas, suge- rirles su importancia a algunos, digo que debe- ría sorprender que no se pueda hablar de amor; como se dice, sino de manera imbécil o abyec- ' ta, lo que es una agravación -abyecto, así es

como se habla de él en el psicoanálisis-, que no se pueda entonces hablar de amor, pero que se pueda escribir sobre él.

La carta 1 de (a)muro, para continuar con la pequeña poesía de seis versos que comen- té aquí la última vez, tendría que morderse la cola. Esto empieza así: Entre el hombre, del

que nadie sabe qué es, y el amor; está la mujer,

l. En francés, lettre significa letra y también carta.

[N. de b T.)

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ANEXO

luego continúa, y debería terminar al final con el muro. Entre el hombre y el muro, está jus- tamente el amor, la carta de amor. Y lo mejor que hay en ese curioso impulso que se llama

amor es la carta/letra. La carta/letra puede tomar formas extra- ñas. Así, hubo un tipo hace tres mil años que estaba en la cúspide de sus éxitos, de sus éxitos de amor, y vio aparecer sobre un muro -algó que ya comenté- Mené Mené, como se decía, Tekel, upharsin, lo que habitualmente, no por qué, se articula Mane, Tekel, Fares. Como algunas veces lo expliqué, las cartas siempre llegan a destino. Felizmente, llegan demasia- do tarde, además de que son poco frecuentes.

También puede ocurrir que lleguen a tiempo, son los casos pocos comunes en los que las citas no son fallidas. No hay muchos casos en la historia en los que eso haya ocurrido, como el de ~se insignificar¡.te Baltasar. Como entrada en materia, no voy a avanzar más en el tema, aunque luego lo retome. Pues- to que, tal como se lo presento, este (a)muro no tiene nada de divertido. Pero yo no puedo sostenerm_e de otra manera más que divirtien- do, divertimento serio o cómico. Lo que expli-

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JACQUES

LACAN

qué la última vez fue que los divertimentos serios transcurrirían en otra parte, en un lugar donde me cobijan, y que reservaba para este lugar los divertimentos cómicos. No sé si esta noche estaré plenamente a la altura, en razón quizás de este comienzo acerca de la carta de

(a)rnuro.

Sin embargo, lo voy a intentar.

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a la altura, en razón quizás de este comienzo acerca de la carta de (a)rnuro. Sin