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EL MENSAJE COMO CENTRO Y CONVERGENCIA DEL CULTO

por Fausto Aguiar de Vasconcelos


Pastor, Primera Iglesia Bautista Río de Janeiro, RJ, Brasil

INTRODUCCIÓN

1. Declaración de un compañero de ministerio en 1989: “La próxima gran crisis de la


denominación será en relación con la adoración”.
2. A los pocos años, se podía observar el movimiento de una masa flotante de participantes
en los cultos, independente de la denominación, participando de cultos en distintas iglesias
a lo largo de la semana, hecho que se ha acentuado en los últimos años. Al principio, la
motivación parece no tener nada que ver con carencia doctrinal, sino estar asociada con una
aspiración por un perfil litúrgico más dinámico y relevante incluso en la expresión del
lenguaje corpóreo.
3. Nosotros, los bautistas, no seríamos la excepción. Luego, la realización exitosa del
Primer Congreso Bautista Mundial de Adoración, en Berlín, en octubre de 1998, así como la
extraordinaria adhesión a este Primer Congreso Latinoamericano Bautista de Adoración.
4. Los bautistas brasileños les agradecemos a la ABM y a la UBLA el habernos concedido el
honor y el privilegio de ser sede a este evento.
5. El tema que a mí me ha sido confiado – “El mensaje como centro y convergencia del
culto” – trata de reflejar una aproximación históricamente conflictiva, para no decir
apasionada, sobre la pugna que a veces se produce en la iglesia, entre el ministerio pastoral
y el ministerial musical. Es el tipo de afirmación para la que existen dos reacciones: sí y no.
Para unos, el mensaje es el centro y la convergencia del culto; para otros, no lo es. Por ello,
en un primer momento, el tema dispensa cualquier conferencia, porque difícilmente se
llegará a un punto final. Sin embargo, se me ha encargado hablar, y es lo que toca hacer.

I. A PROPÓSITO DE LA PALABRA “MENSAJE” – “POSICIONAMIENTO”

Vamos a separarla del concepto de sermón, y considerarla sobre el punto de vista de una
afirmación o de un posicionamiento, ya sea en la forma escrita, verbal, formal o informal.
Esa parece haber sido la preocupación del apóstol Pablo en los dos primeros capítulos de 1
Corintios. Pablo afirma en 1:23: “... pero nosotros predicamos a Cristo crucificado”. Alguien
me ha preguntado alguna vez qué es lo que se quiere decir con esa expresión “Cristo
crucificado”. ¿No será que esa expresión vendría a ser motivo de confusión entre nosotros
y los católicos romanos? Mi respuesta fue: “Cristo crucificado, para mí, es el Cristo muerto
en la cruz, sepultado, resucitado, ascendido al cielo, a la diestra del Padre intercediendo
por nosotros y que un día ha de volver para buscarnos a nosotros, a fin de que vivamos para
siempre con él en el cielo”.

Con ese entendimiento, regresemos a 1 Corintios 1:23. ¿Cuántos sermones con objetivo
evangelístico han sido predicados en base a ese versículo? ¡Miles! Y ¡con justificada razón!
Sin embargo, nos conviene observar que el Apóstol a los gentiles no se está dirigiendo a un
grupo de no creyentes, sino a creyentes. Dentro de esa óptica, el mensaje propuesto por
Pablo sirve a una doble necesidad de la iglesia en Corinto, las mismas que encontramos en
las iglesias en cualquier ocasión.

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La primera de ellas, la unidad en la membresía de la iglesia. Leamos a los versículos 11 al 17,
y el 26. En vista de ellos, el manejo de los conflictos y de los desgastes inherentes al
proceso de la edificación de una iglesia, como grupo de personas transformadas por el
poder de la cruz, solamente ocurre cuando es trabajado por el mensaje “Cristo crucificado”
y alrededor de ese mismo mensaje. Al fin de cuentas, si Jesucristo no fuera la razón de ser
de la unidad de una iglesia local, ¿quién lo habrá de ser? O ¿qué lo será?

La segunda necesidad imperiosa en Corinto, o en cualquier iglesia que justifica el mensaje


“Cristo crucificado”, es la búsqueda de solidez espiritual y doctrinal de los miembros de la
iglesia. Leamos 1 Corintios 2:1 al 5. Es obvio que Pablo está dando a la palabra mensaje la
connotación de “contenido” y no de forma.. Es como si estuviera diciendo: “Nuestra firmeza
espiritual y doctrinaria es el ‘Cristo crucificado’”, que es también nuestro posicionamiento
delante de la sociedad.

De esa forma, –es decir, separando la idea de sermón de la palabra mensaje, y haciendo la
palabra “mensaje” un sinónimo de la expresión “Cristo crucificado”–, no habrá duda de que
el mensaje se torna el centro del culto, puesto que este es nada más que la celebración de
la presencia del Señor Jesucristo en medio a su pueblo, celebración que habla por sí misma
porque Jesús es el mensaje mismo. Es el kerugma, el núcleo central y esencial del mensaje
del cristianismo. Podemos decir que es “monotemático” por naturaleza.

Eso requiere del ministerio pastoral y del ministerio de la música, en la iglesia local, una
sintonía fina, que incluya un cuestionamiento constante en cuanto a la relevancia de todos
los elementos del orden de culto, incluso el sermón, ante el mensaje, la postura, o el
posicionamiento, a la declaración, a la afirmación que es el centro del culto: Cristo Jesús. El
culto debe de ser formulado en torno a Cristo, y no de cualquiera acto constitutivo del
culto.

II. A PROPÓSITO DE LA PALABRA “MENSAJE”- “PRONUNCIACIÓN”

Todos los que participaron en el Congreso de Pastores durante el 18o Congreso de la


Alianza Mundial Bautista, el enero pasado en Australia, se acordarán de que uno de los
oradores habló de un pastor que había soñado que estaba predicando en el púlpito de su
iglesia y, al despertarse, se dio cuenta de que en realidad lo había estado haciendo..

Si el “mensaje” como posicionamiento es monotemático, no por ello habrá de ser monótono


como pronunciación. Pablo afirma: “Nosotros os predicamos a Cristo crucificado”. Yo no
puedo imaginar la repetición de una misma frase indefinidamente. Como tampoco se puede
imaginar a alguien, pastor o no, que desde el púlpito esté repitiendo veinte o treinta
minutos: “Jesús salva”, “Jesús salva”, “Jesús salva”. Como recurso de oratoria, para
despertar la atención o para causar algún tipo de conmoción, quizá. Mas como patrón
permanente de pronunciación, no haría sentido hacerlo. He escuchado de una iglesia
africano-americana en los Estados Unidos, cuyo pastor tenía por costumbre exclamar a
cada cinco minutos durante el sermón: “Dáme poder. Dáme poder”. Hasta que un día una
señora de la congregación exclamó: “Pastor, usted no necesita poder. Lo que usted sí
necesita es ideas”.

Si el pastor opta por un abordamiento homilético-histórico, basada en la retórica clásica y


defendida por John A. Broadus y Andrew Blackwood, la decisión es de él, con tal que el
mensaje-posicionamiento monotemático no se transforme en un mensaje-pronunciación

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monótono. Si el pastor opta por el método de Donald Miller – “Fire in Thy Mouth”(Fuego en
tu boca)-- que ve al sermón como una acción dinámica, una extensión de la crucifixión y de
la resurrección –la llamada “predicación encarnada”–, o si parte del concepto de Karl Barth
de que el predicador debe ser perforado y traspasado por la Palabra de Dios, la decisión es
de él, con tal que el mensaje-posicionamiento monotemático no se transforme en un
mensaje-pronunciación monótono. Si el pastor opta por el concepto de Farrar Patterson de
que todo sermón ha de ser fruto directo del estudio bíblico inductivo, cuyo proceso de
preparación incluye los comentarios solamente al final, la decisión es suya, con tal que el
mensaje-posicionamiento monotemático no se transforme en un mensaje-pronunciación
monótono. Si el pastor opta por ofrecer el sermón de un modo mentalizado, memorizado,
leído o improvisado, es su decisión, con tal que el mensaje-posicionamiento monotemático no
se transforme en un mensaje-pronunciación monótono.

CONCLUSIÓN

Si el mensaje-posicionamiento – Jesucristo – es el centro del culto, ¿qué hacer con el


mensaje-pronunciación? Pues bien: recurramos a la palabra “convergencia”. El mensaje-
pronunciación es la convergencia del culto. Es el culto transformado en palabra. Es la
síntesis verbal de una sinergia litúrgica en que todas las partes son indispensables, actúan
entre sí y afloran, a la luz de un texto de la Palabra de Dios y en la unción del Espíritu
Santo. Es un momento en que el predicador y la congregación experimentan juntos el evento
que se dio en una sinagoga en Nazaret, conforme a Lucas 4:20, 21: “Después de enrollar el
libro y devolverlo al ayudante, se sentó. Y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en
él. Entonces comenzó a decirles: ‘Hoy se ha complido esta Escritura en vuestros oídos’”.

PRIMER CONGRESO LATINOAMERICANO BAUTISTA DE ADORACIÓN

http://www.casabautista.org/dialog/dialog/congres1.htm

Ponencias Para reaccionar o expresar sus sugerencias, por favor, escríbanos a jpoe@casabautista.org

Primer Congreso Latinoamericano Bautista de Adoración


Primera Iglesia Bautista de Niterói, RJ, Brasil
15 al 18 de marzo de 2000