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FORMAS HISTÓRICAS DE RENOVACIÓN Y ALABANZA

por Samuel Escobar Profesor de Misiología


Eastern Baptist Theological Seminary Philadelphia, PA, EE. UU. A.

Todo movimiento de renovación en la historia de la iglesia deja huellas en la memoria


cristiana por medio de formas de adoración y alabanza contextual tales como la música, la
poesía y ciertas formas de culto. Nuestros himnarios constituyen un testimonio vivo de ese
proceso histórico al cual queremos prestar atención brevemente. Los himnarios son el tipo
de instrumentos que nos permite practicar la adoración a Dios tomando conciencia de que
somos un pueblo cuya memoria colectiva es fuente de inspiración para el acto de adoración
en el presente. Por vía de ilustración, en este trabajo he tenido a mano uno de los himnarios
bautistas más difundidos en el mundo de habla hispana, y encuentro en sus páginas
numerosos ejemplos que provienen de los movimientos de renovación a los cuales voy a
hacer referencia.

Para el pueblo de Dios tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos, los tiempos de
renovación espiritual significan momentos en los cuales se recupera una conciencia
colectiva de la santidad de Dios, de su trascendencia, del hecho maravilloso de su
revelación a los seres humanos, y de su poder para vivificar a la iglesia y convertir a los
pecadores. La adoración, al igual que todo otro aspecto de la vida cristiana, puede pasar por
períodos de fatiga y rutina en los cuales la vida del pueblo de Dios parece ser nada más que
la repetición de un ritual frío y formalista. Los movimientos de renovación suelen ser
movimientos por medio de los cuales la iglesia recupera su visión y su dinamismo espiritual,
regresa a las fuentes de la fe, es purificada de los males que resultan de un formalismo
frío que ha perdido la presencia del Espíritu y el gozo de la vida cristiana. Generalmente
esta renovación lleva a un nuevo sentido de adoración a Dios y una renovada toma de
conciencia de la misión; gracias a ella la iglesia puede enfrentar nuevos tiempos históricos y
cambios culturales con nuevas estructuras y nuevas formas de adoración, proclamación,
pastoral y servicio.

Movimientos de renovación e historia bautista

En una rápida mirada panorámica a la historia de la iglesia podemos considerar una


diversidad de momentos que pueden ser descritos como períodos de renovación. Cuando se
confirmó la alianza entre iglesia e imperio con Constantino (año 313) empezó una
mundanalización de la iglesia y una decadencia espiritual, frente a los cuales surgió el
movimiento monástico, como búsqueda de profundidad espiritual y santidad. De allí salieron
las órdenes monásticas misioneras que con el tiempo evangelizaron lo que hoy es Europa. La
renovación valdense, vinculada al predicador Pedro Valdo (excomulgado en 1184), como la de
Francisco de Asís (1182-1226) expresaban el ideal de la pobreza y sencillez en contraste
con el lujo y la decadencia moral reinantes en la iglesia de entonces. El redescubrimiento de
la Biblia y la vida sencilla aparecen en el hermoso himno "Oh criaturas del Señor" en el cual
toda la creación alaba a Dios. La protesta contra la corrupción y el sacramentalismo eran
parte fundamental de la Reforma que desencadenó Martín Lutero en el siglo dieciséis, pero
también lo era una profunda conciencia renovada de la santidad de Dios y un
redescubrimiento de la verdad de la obra redentora de Cristo, que se expresó en himnos,
sermones, comentarios bíblicos y nuevas prácticas de culto y adoración popular. No
podemos olvidar al movimiento anabautista, cuya insistencia en rechazar el bautismo
infantil iba acompañada de convicciones sobre la práctica de una vida de seguimiento de
Jesús hasta el martirio, un rechazo de la sacralización del estado. En el siglo dieciocho
surge el Pietismo, como un movimiento de renovación espiritual que ponía énfasis en la
experiencia personal de la presencia de Dios y en el cultivo sistemático de la adoración y la
piedad. Los hermanos moravos y el Conde Zinzendorf tuvieron influencia decisiva sobre la
experiencia de Juan Wesley y el avivamiento espiritual en los países de habla inglesa, y
constituyeron también la cuna del movimiento misionero protestante que floreció en los
siglos diecinueve y veinte. Nuestros himnarios registran también el surgimiento de los
movimientos de santidad en los cuales aparecen figuras bautistas destacadas como las de
A. J. Gordon y R. Torrey quienes escribieron libros influyentes sobre la plenitud del
Espíritu Santo, y la renovación espiritual para la misión. De estos movimientos de santidad
en los Estados Unidos provino el movimiento pentecostal, cuya expansión por el mundo ha
sido una de las notas dominantes de la evangelización y la misión en el siglo veinte. Cada uno
de estos movimientos de renovación generó nuevas estructuras de misión que hicieron
posible que el vino nuevo de la devoción a Dios, la conciencia de su santidad y el impulso a la
adoración y el servicio se manifestaran en la expansión evangelizadora y el cruce de nuevas
fronteras de misión.

Los bautistas latinoamericanos no podemos desligar nuestra historia e identidad de algunos


de estos grandes movimientos de renovación que dieron origen también a otras
denominaciones. No podemos definir nuestra identidad como si ella se hubiese forjado
únicamente en el sur de los Estados Unidos. De hecho las iglesias bautistas
latinoamericanas tienen raíces entre los bautistas europeos como en el caso de la
Argentina, entre los irlandeses e ingleses como en el caso de Chile o el Perú y entre los
bautistas del norte de Estados Unidos como en el caso de México y América Central. Al
mismo tiempo que afirmamos nuestra identidad y exploramos todo su potencial renovador,
necesitamos ver nuestra propia historia dentro del marco más amplio del acontecer
cristiano total. Las formas de adoración que nos caracterizan no provienen únicamente de
nuestra raíces bautistas, sino que reflejan muchas veces la interacción de nuestra historia
con la de otros cristianos. Por otra parte, debido a que el movimiento misionero evangélico
tuvo una fuerte participación de los países de habla inglesa, nuestra herencia de formas de
adoración aunque proveniente de una variedad de fuentes –desde las de la iglesia primitiva
hasta las del movimiento pentecostal-- ha sido mediada por las adaptaciones de esas
formas al idioma y la cultura de los países de habla inglesa. Nuestros himnarios, por
ejemplo, tienen melodías o letras provenientes del movimiento monástico, de la Edad Media,
del mundo reformado alemán o francés y del pietismo alemán, pero que ya habían sido
procesadas en Inglaterra o Estados Unidos.

Han influido sobre nuestra forma tradicional de adorar y sobre los elementos de nuestra
adoración tales como la música, las experiencias provenientes de una variedad de fuentes.
Recordemos, por ejemplo, que la idea misma de tener un himnario para el culto viene de la
Reforma luterana y calvinista, y del avivamiento wesleyano. Cantamos melodías creadas por
Lutero que reflejan bien el contexto combativo del cual surgieron como "Castillo fuerte es
nuestro Dios", o la preocupación didáctica que lo llevó a escribir villancicos como "Venid
pastorcillos". Era la misma preocupación que se había manifestado cuando Lutero produjo
adaptaciones populares de su teología por medio de catecismos para la enseñanza de los
cristianos comunes y corrientes. Se dice que la Reforma nació en medio del canto y
popularizó el canto de los fieles como forma de expresión participativa del pueblo junto con
los pastores. La práctica del canto congregacional tiene por un lado la influencia de la época
moderna que popularizó el libro en manos del hombre común y corriente . Esta creación
cultural fue posible gracias al invento de la imprenta de tipos movibles de Gutenberg , y
facilitó la difusión de las ideas y prácticas de los reformadores. Pero también la práctica
del canto congregacional refleja la influencia del concepto de sacerdocio universal de los
creyentes. Así esta práctica presupone una comunidad que vive la experiencia colectiva del
entusiasmo espiritual de un renovado sentido de adoración, y que utiliza los recursos
culturales disponibles para expresar esa vitalidad espiritual.

La variante calvinista de la Reforma fue mucho más sistemática y estricta que la luterana.
La radicalidad de esta reforma se manifestó en una recuperación de la estructura sinagogal
del culto. Calvino quiso que la vida de la congregación regresara a la práctica de la sinagoga,
y el culto en el calvinismo se desarrolló en contraposición con la misa que era la forma de
culto tal como había evolucionado en el catolicismo. Junto con el sacramentalismo, el culto
había pasado a ser una ceremonia en la cual el principal actor era el sacerdote y el pueblo
era espectador pasivo. Aquí una vez más el formalismo medieval era criticado por los
reformadores. Una expresión muy influyente de la reforma calvinista fue el Salterio de
Ginebra en el cual se había metrificado salmos y se cantaban ellos con exclusión de todo
otro tipo de música "de factura humana", y en algunas casos también con la exclusión de
todo tipo de instrumento musical . Los movimientos de renovación espiritual rompieron con
esta tradición y así el padre de la himnología de habla inglesa es Isaac Watts, quien
compuso himnos en los cuales toda la vida era objeto de gratitud y adoración al Señor. Un
buen índice de autores permite ver cuántos himnos que los bautistas cantan provienen de la
pluma de Isaac Watts.

Los hermanos Wesley contribuyeron notablemente a la forma de cantar y al contenido del


canto de varias generaciones de evangélicos. Juan y Carlos Wesley eran pastores anglicanos
con formación teológica, hijos y nietos de pastores. La influencia de los pietistas moravos
fue decisiva en la experiencia de renovación espiritual que Juan Wesley llamaba "la
experiencia del corazón ardiente". La consagración a Dios y el entusiasmo de los Wesley
hizo que la Iglesia Anglicana los marginara, pero eso los llevó a las calles y plazas, donde
estaban las masas que ya no iban a la iglesia. El despertamiento espiritual que empezó
entonces sacudió a Inglaterra y cambió el rumbo social de los países de habla inglesa. Una
mirada al himnario nos permite ver cuántos himnos debemos a Carlos Wesley. Temas
propios de la teología de la Reforma como la obra de salvación de Dios predicha en el
Antiguo Testamento y cumplida en Jesucristo, se redescubrieron y se reformularon en los
sermones de Juan Wesley y los cánticos escritos por su hermano Carlos. Ambos utilizaron
temas y metáforas bíblicas poniéndolas en el lenguaje y las formas literarias apropiados
para el proletariado urbano que había ido surgiendo al ritmo de la revolución industrial, y
que fue el pueblo que con gran entusiasmo recibía el fuego del avivamiento metodista. Por
medio de los Wesley y de otras figuras de los avivamientos hemos recibido también la
influencia del movimiento pietista, que fue la cuna de la obra misionera protestante. El
historiador Justo L. González caracteriza al pietismo con tres notas: la protesta contra la
rigidez de la vieja ortodoxia protestante, el énfasis en la vida cristiana práctica por encima
de las fórmulas teológicas, y la importancia de la experiencia personal del cristiano. Estas
notas caracterizan también a la espiritualidad evangélica y las formas de adoración que
fueron surgiendo en América Latina, y que se pueden observar sobre todo en la predicación
y la himnología. Se puede ver en la obra himnológica de traductores y adaptadores como el
mexicano Vicente Mendoza y el español Juan Bautista Cabrera, y en las creaciones
literarias de Gonzalo Báez-Camargo y Francisco Estrello.
Hay que recordar que durante el siglo diecinueve se da un gran movimiento de renovación
espiritual en los Estados Unidos, que empieza en 1792. Es también la época en que la nación
recién independizada empieza su marcha hacia el Oeste, la conquista del Far West
inmortalizada en la literatura y el cine. El avance de la nación es el movimiento de una
frontera caracterizada por diligencias, tiendas de campaña o carpas de reunión, pueblos
surgidos de la nada, jinetes vaqueros, buscadores de oro o exterminadores de indios pieles
rojas. Los bautistas y metodistas fueron quienes mostraron más flexibilidad en sus
metodologías de pastoral y misión dentro del marco de este avance al oeste, y quienes
pudieron beneficiarse más de las condiciones espirituales creadas por el Gran Avivamiento,
de manera que experimentaron un crecimiento numérico notable, al mismo tiempo que
anglicanos y presbiterianos perdían terreno. La flexibilidad del ministerio metodista y
bautista y la activa participación de los laicos fueron la clave. No se quedaron presos de los
edificios eclesiásticos, del ministerio profesional remunerado o de la liturgia elaborada.
Esos himnos de nuestros himnarios que suenan como canciones de vaqueros y tienen a veces
una nota que combina lo sentimental con lo espiritual son la herencia de este movimiento.
Se centran menos en la adoración y más en la renovación de la entrega personal a Cristo que
refleja la historia de los bautistas en Estados Unidos en esta etapa formativa.

La situación latinoamericana más reciente

En las primeras décadas del siglo veinte se sintió en América Latina la influencia de dos
corrientes dentro del protestantismo misionero. Primero, el movimiento de santidad en
denominaciones como la Iglesia del Nazareno, los Peregrinos de Santidad, la Alianza
Cristiana y Misionera, los Metodistas Libres. Hay un cierto "perfeccionismo espiritual" y
una fuerte nota de evangelización en las expresiones de este movimiento y se puede
advertir en los muchos himnos adaptados o traducidos por H. C. Ball en nuestros himnarios.
En segundo lugar tenemos la influencia del movimiento pentecostal, cuya historia a
comienzos de siglo no tiene un curso claro. Es irónico que una de las mayores iglesias
pentecostales del Brasil, las Asambleas de Dios, hayan tenido su origen en la obra de dos
bautistas suecos. Daniel Berg y Gunnar Vingren habían tenido una experiencia carismática
en la Iglesia Bautista de un pueblo cercano a Chicago, y como resultado de una visión
viajaron en 1910 desde Chicago hasta Belem en el estado de Pará en Brasil. Organizaron
reuniones de oración en el sótano de la iglesia bautista, pero su entusiasmo y su forma de
adorar en lenguas extrañas hicieron que el pastor sueco Eurico Nelson los expulsase. Las
diecinueve personas que se fueron con ellos formaron el núcleo inicial de la primera iglesia
de las Asambleas de Dios en Brasil. Tanto los movimientos de santidad como el movimiento
pentecostal comparten con el pietismo y los avivamientos anteriores una visión que incluye
la primacía de la experiencia sobre la creencia, y de la fe personal por encima de la
confesión corporativa. Además traen una nota nueva que deriva de su trasfondo en el
movimiento wesleyano primitivo: el énfasis en una segunda experiencia de la gracia,
posterior a la conversión, que otorga energía espiritual para vivir una vida disciplinada y aun
ascética. El movimiento pentecostal, por su parte, insiste en que el fruto de esa segunda
experiencia de la gracia son ciertos carismas visibles y extraordinarios como el don de
lenguas y la curación por la fe. Un factor importante de su estilo de adoración es que
ofrece un culto participativo, marcado por las notas de la cultura popular, como la
expresión espontánea y desinhibida de las emociones, y el estilo narrativo de predicación
propio de una cultura oral.

A fines de la década de los años sesenta nuevos factores entran en juego en el ámbito
evangélico latinoamericano: la radicalización política en los sectores ecuménicos, que se
conecta con las teologías de la liberación, y el surgimiento del movimiento neocarismático,
diferente del pentecostalismo clásico. La primera corriente no se puede describir como un
movimiento de renovación espiritual pero sí como un llamado de atención a las iglesias hacia
la tremenda problemática social que afligía a Latinoamérica. En sus mejores expresiones
dentro del campo evangélico, era un movimiento que planteaba un discipulado radical con
una opción política. Esto fue lo que algunos bautistas como el que escribe tratamos de
rescatar aunque fuimos críticos del uso del marxismo como herramienta de análisis social y
del socialismo como la fórmula para resolver la problemática latinoamericana. Con el paso
del tiempo, de las filas de este movimiento salieron contribuciones valiosas en el campo
litúrgico, con himnos de gran riqueza teológica y contextual que nos llaman la atención hacia
una adoración a Dios que incluya la totalidad de la vida y que se exprese en formas
auténticamente latinoamericanas. Pienso en los trabajos literarios de Federico Pagura y
Mortimer Arias, y el trabajo de creación musical de Pablo Sosa y Homero Perera de la
Escuela de Música de ISEDET en Buenos Aires.

También a fines de la década del sesenta surgió la corriente neocarismática con influencia
de diversas procedencias, incluyendo católicos carismáticos de Estados Unidos, pero que
adquirió un sabor particular latinoamericano en las predicaciones y escritos de personas
como los argentinos Jorge Himitián y Juan Carlos Ortiz. Las ideas del evangélico chino
Watchman Nee tuvieron su parte de influencia en este movimiento que también fue
productivo en el campo de la creación musical. Himitián y Ortiz ponían mucho énfasis en un
discipulado centrado en el señorío de Jesucristo y en una adoración contemplativa.
Insistían también en la necesidad de recuperar una sensibilidad especial a la presencia y
poder del Espíritu Santo para la vida de los cristianos y el cumplimiento de la misión de la
iglesia. No hay acuerdo hoy en día respecto a los verdaderos alcances de esta renovación
carismática, si tuvo los efectos de reforma moral y eclesial que tuvieron procesos de
renovación en otras épocas o si fue un momento de intensa espiritualidad que luego se fue
disolviendo en el seno de las iglesias evangélicas.

Puede decirse que a estas dos corrientes, tan diferentes entre sí, le debe mucho la
renovación de la himnología evangélica hispana en dirección a una verdadera
contextualización, que alcanza a la música y la letra de himnos de adoración, y que también
tocó aspectos sustantivos en relación con la renovación de la iglesia . Mi observación
general es que en algunos países los bautistas fueron muy renuentes a plantearse los
interrogantes teológicos y pastorales que estos dos movimientos tan diversos les
planteaban. Me parece que los rápidos cortes disciplinarios y expulsiones o marginación de
liberacionistas a la izquierda y carismáticos a la derecha pueden haber empobrecido al
pueblo bautista en más de un lugar.

En busca de una adoración evangélica y contextual

El hecho de que los bautistas hayan convocado congresos como el de Berlín y luego el de
Niterói para considerar con detenimiento el tema de la adoración indica que tenemos
preocupaciones y nos estamos haciendo preguntas no solo sobre las formas sino sobre el
fondo, la sustancia misma del acto de adoración. Creo que algunos nos preguntamos si ante
los tremendos cambios culturales que nos toca vivir en la entrada de este nuevo siglo acaso
estamos necesitando una renovación espiritual que nos lleve a formas nuevas y creativas de
adoración a Dios que sean contextuales y que nos capaciten para la misión. No se trata sólo
de saber si para nuestro gusto musical de personas de clase media algunas formas nuevas
de adoración resultan chocantes y aun escandalosas. Se trata de saber si esas formas
inquietantes son expresión de un proceso de renovación que está en marcha, y si al
rechazar las formas nos estamos negando a una apertura al Espíritu de Dios que busca
renovarnos para servirle mejor en el nuevo siglo.

La búsqueda de formas bíblicas y evangélicas de adoración para el mañana tiene que ir a las
fuentes permanentes de la vida espiritual: Dios el Espíritu, la Palabra de Dios, el pueblo de
Dios. Dios sigue hablando hoy como en los tiempos del salmista: en el libro de su creación y
de la historia, y en la palabra de los profetas y los apóstoles. La contemplación de la
creación o la historia pueden motivarnos a la admiración o al temor, pero solo la palabra
revelada tiene la clave que nos ayuda a leer el mundo y la obra de Dios de manera que nos
mueve a la adoración. Solo en Cristo, palabra final de quien da testimonio toda la Escritura,
hallamos nuestra paz, nuestra fortaleza, nuestra esperanza, y respondemos con gratitud,
temor y temblor reverente, y adoración genuina. La Palabra de Dios no es un recetario que
nos da respuestas fáciles para toda ocasión. Tampoco es un arsenal de motivos y
paradigmas para justificar nuestras preferencias políticas. Es ante todo palabra revelada
de Dios que nos invita a tener fe, nos confronta para inducirnos al arrepentimiento y nos
impulsa a la adoración. Leer la Palabra no es sólo un ejercicio intelectual, es lectura en
oración, atenta al Espíritu que se mueve y habla hoy.

Aunque vivimos la fe de manera personal y seguimos a Cristo llevando nuestra propia cruz,
lo hacemos siempre como parte de un pueblo y una comunidad. Por eso aun en la intimidad
oramos al Señor como "Padre nuestro"; intercedemos por los hermanos y hermanas y por el
mundo. Por eso la espiritualidad puede enriquecerse con la experiencia de creyentes de
otras épocas que aprendieron el arte de escuchar a Dios en medio del fragor de sus
batallas grandes o pequeñas, y que nos dejaron testimonio en sus escritos. Himnos,
oraciones, disciplinas espirituales, biografías son un rico bagaje que nos ayuda en la lectura
actual de la Palabra y en el peregrinaje aquí y ahora.

No debemos olvidar que la América Latina tomada como totalidad incluye además de lo
ibérico y europeo, lo indígena y africano, y que todo ello se ha ido amalgamando en una
nueva realidad. La espiritualidad bautista llevará también las marcas de este variado
trasfondo. Además tendrá que encontrar formas de expresión que tomen en cuenta los
cambios culturales y lingüísticos que han ido imponiendo la modernidad, la urbanización y la
cibernética. Hay que recordar que la vitalidad espiritual acompaña siempre los momentos de
intensidad misionera. Los grandes avances misioneros surgen en el seno de una intensa
espiritualidad y una verdadera adoración. De aquí se deduce la validez pastoral de nuestro
esfuerzo. Sabremos mejor cómo compartir la fe y pastorear al rebaño, si comprendemos
mejor las fuerzas que han conformado la conciencia de nuestro pueblo, y la manera en que
han actuado sobre ella tanto ayer como hoy. Pero además, el discipulado implica la forma de
concebir el impacto de la fe sobre la sociedad. Es aquí donde la espiritualidad y la adoración
conectan con las inquietudes más profundas de cómo vivir una vida profética y de servicio,
que exprese los valores del reino de Dios dentro de las condiciones de injusticia, pobreza,
corrupción y opresión que caracterizan a nuestros pueblos.

Discernir las señales de los tiempos

Espero haber podido comunicar algo acerca de la relación que hay entre cambios
culturales , momentos históricos y procesos de renovación de la iglesia. Vivimos ahora en un
momento que demanda atención especial y discernimiento. En la última década del siglo
veinte nuestras sociedades latinoamericanas, especialmente en el mundo urbano y la
subcultura juvenil, han sido afectas por la llamada cultura de la posmodernidad. Algunas de
sus características son que hay una declinación de la razón y una exaltación del
sentimiento, una nueva actitud hacia el cuerpo humano y sus apetitos, una declinación de las
pocas normas sociales derivadas de la ética cristiana que la Iglesia Católica conseguía
imponer en nuestras sociedades, una muerte de las ideologías y las utopías que unida al
relativismo moral lleva a una actitud hedonista predominante, y finalmente un
resurgimiento de la religiosidad y búsqueda de poder espiritual. Mi actitud ante estos
cambios culturales no es la de saltar a condenarlos o aplaudirlos, sino empezar por
considerarlos como notas de una época diferente. Aunque mi generación puede verlos como
negativos, las generaciones jóvenes los ven simplemente como nuevos. Estas nuevas marcas
de la cultura pueden ser vehículos útiles y adaptables para la vida de la iglesia en su
adoración y en la comunicación del evangelio.

Algunas de las nuevas iglesias que se consideran posdenominacionales saben manejar bien
estas características de la posmodernidad. Sin entrar a alabar a estas iglesias como
modelos para los bautistas quiero señalar algunos puntos dignos de consideración en el
aspecto formal. Saben hacer uso de los símbolos, los colores y las imágenes para comunicar
contenidos bíblicos o teológicos. Han conseguido desarrollar formas de canto y alabanza a
Dios que utilizan la expresión corporal con mucho menos inhibiciones que las iglesias
tradicionales. Podemos criticarlas porque sus tiempos de alabanza duran 45 minutos y su
predicación de la Palabra dura apenas 15. Ello contrasta con la tradición bautista que es a la
inversa. Pero en algunos casos estas nuevas iglesias se han dado cuenta que las nuevas
generaciones aprenden nuevos contenidos bíblicos no solo de la enseñanza explícita en el
tiempo de predicación sino también del canto colectivo en el tiempo de alabanza. Es decir
que sin perder la centralidad de la Palabra están desarrollando nuevas formas de
comunicarla. En mi propia predicación yo me di cuenta hace años que la forma narrativa de
predicación puede comunicar mejor que la forma de discurso moral o teológico abstracto
que a veces caracteriza a nuestros sermones. Después de todo esa era la forma de
enseñanza de Jesús: la narrativa.

Necesitamos un discernimiento que nos permita revisar nuestras prácticas a la luz de la


Palabra de Dios y distinguir lo que es forma de lo que es contenido, lo que es vaso de barro
pasajero que se puede quebrar y cambiar de lo que es el tesoro de valor eterno del
evangelio. Este discernimiento viene de una visión renovada de Dios y su poder activo en la
historia, del poder de Jesucristo para atraer a cada nueva generación y transformarla, y
del poder del Espíritu Santo para inspirar a su Iglesia a ser creativa y fiel al mismo tiempo.
Cuando volvemos a tener una visión así de nuestro Dios, se renueva en nosotros el sentido
de reverencia, santidad y trascendencia que nos lleva a adorar en espíritu y en verdad y
preguntar "Señor:¿qué quieres que hagamos?"

PRIMER CONGRESO LATINOAMERICANO BAUTISTA DE ADORACIÓN -

http://www.casabautista.org/dialog/dialog/congres1.htm

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Primer Congreso Latinoamericano Bautista de Adoración


Primera Iglesia Bautista de Niterói, RJ, Brasil
15 al 18 de marzo de 2000