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1. Te6ricos e historiadores Este libro es un intento de contestar dos preguntas en- gafiosamente simples: cual es la utilidad de la teorfa so- cial para los historiadores, y cual la de la historia para los tedricos sociales? Las califico de -engalosamente simples» porque su formulacién oculta ciertas distinciones impor- tantes. Diferentes historiadores o tipos de historiador han considerado vitiles distintas teorias en diferentes aspectos: algunas como un mareo abarcador y otras como un medio de resolver un problema especifico. Otros han mostrado y todavia muestran una fuerte resistencia ala teoria. Tal vez también sea util distinguir las teorias de los modelos y con- ceptos. Relativamente pocos historiadores utilizan la teo- ria en el sentido riguroso del término, pero son mas los que se valen de modelos, mientras que los eonceptos son vir- ‘tualmente indispensables. La distincién entre préctiea y teoria no es idéntica a la distincién entre historia y sociologia, w otras disciplinas co- ‘mo la antropologia social, la geografia, la politica 0 la eco- nomia. Algunos investigadores de esas disciplinas desarro- lan estudios de casos en los que la teoria s6lo cumple un papel menor. Por otra parte, algunos historiadores, sobre todo los marxistas, diseuten con vehemencia los problemas te6ricos, aun cuando se quejen, tal como lo hizo Edward ‘Thompson en un famoso y polémico ensayo, de lo que 6! lla- m6 ela miseria de la teoria» (E. P. Thompson, 1978). Des- pués de todo, dos eonceptos que en los tiltimos aftos han te- nido suma influencia en la sociologfa, la antropologia y los studios politicos fueron en su origen lanzados por histo- riadores marxistas briténicos: la «economia moral», del propio Edward Thompson, y la vinvencién de la tradicién», de Erie Hobsbawm (E. P. Thompson, 1991, pags. 185-258 {publicado por primera vez en 1971]; Hobsbawm y Ranger, 1983). 15 En lineas generales, sin embargo, quienes trabajan en esas otras disciplinas emplean los conceptos y las teorfes con mayor frecuencia y de manera més explicita, seria y o:- gullosa que los historiadores. Esta diferencia en las actitu- des hacia la teoria explica la mayoria de los confflictos y ma- lentendidos entre los historiadores y el resto. Un diélogo de sordos Los historiadores y los sociélogos (en particular) no siempre fueron los mejores vecinos, Son vecinosintelectus, les, sin duda, en el sentido de que los profesionales de ambas disciplinas se interesan (como los antropdlogos so. ciales) por la sociedad en su conjunto, asi como en toda la ‘gama de comportamientos humanos. En estos aspectos di. fieren de los economistas, los gedgrafos o los expecialistas en estudios politicos 0 religiosos La socilogia puede definirse como el estudio dela socie dad humana, con énfasis en las genoralizaciones sobre se estructura y desarrollo, La historia se define mejor como e estudio de las sociedades (o culturas) humanas en plural, el énfasis se desplaza hacia las diferencias entre ellas y también hacia los cambios ocurridos en cada una con el transcurso del tiempo. En ocasiones, los dos enfoques se han juzgado contradictorios, pero es més util tratarlos como complementarios, Sélo mediante su comparacion con otras podemos descubrir en qué aspoctos una sociedad de. terminada es tinica. El cambio esta estructurado, y las es. tructuras cambian. En rigor, ol procoso de «estructura. cine, como lo denominan algunos sociélogos, ha legado ser un foco de atencién en alios recientes (Giddens, 1978, 1984) (véase infra, pag, 202), ; Historiadores y tedricos sociales tienen la oportunidad de liberarse unos a otros de diferentes tipos de provincia- nismo, Los historiadores carren el riesgo de caer en este en un sentido casi literal del término. Dado que generalmente se eapecializan en una regién en particular, tl ver lleguen aver su «provincia» como algo completamente tinico, en lu- 16 gar de considerarla una combinacién singular de elemen- tos, cada uno de los cuales tiene su paralelo en otros lnga- res, Los te6ricos sociales muestran su provineianismo en un sentido més metaforieo: se trata de un provineianismo ms temporal que espacial, cuando hacen generalizaciones acerea de la «sociedad» sobre la base de la sola experiencia, contemporénea, o examinan el cambio social sin tomar en cuenta procesos de langa duracién. ‘Tanto los socislogos como los historiadores ven la paja ‘en el ojo ajeno. Por desdicha, cada grupo tiende a percibir al otro en funcién de un estereotipo bastante grosero, Aun en nuestros dias, algunos historiadores siguen consideran- do a los socidlogos como personas que enuncian lo obvio en una jerga barbara y abstracta, carecen de todo sentido de lugar y de tiempo, encasillan sin piedad a los individuos en categorias rigidas y, para colmo, describen estas activida- des como «cientificas». Los socilogos, por su parte, han vis- to tradicionalmente a los historiadores como recolectores aficionados y miopes de hechos sin ningiin sistema, método o teoria, ¥ estiman que la imprecision de su «base de datos» sélo se compara con su incapacidad para analizarla. En su- ‘ma, pese a la existencia de una cantidad creciente de perso- nas bilingties, cuyo trabajo se examinard en las paginas que siguen, sociélogos ¢ historiadores no hablan todavia el ‘mismo idioma. Su conversacién, segtin dijo una vez el his- toriador francés Fernand Braudel (1958), ha sido con fre- cuencia un sdidlogo de sordos» Para entender esta situacién quiz sea titil visualizar Jas diferentes disciplinas como profesiones y hasta subcul- turas distintas, con sus propios lenguajes, valores y menta- lidades o estilos de pensamiento, reforzados por sus proce- 508 respectivos de capacitacién 0 «socializaciéne. Los socié- logos, por ejemplo, se capacitan para seftalar o formular re- glas generales y a menudo descartan las excepciones, en tanto que los historiadores aprenden a poner su atencién eneel detalle concreto a expensas de los patrones generales, (B. Cohn, 1962; K. T. Erikson, 1970). Desde un punto de vista histérico, est claro que ambas partes son culpables de anacronismo. Hasta hace relativa- mente poco, muchos teéricos sociales consideraban que los Ww historiadores todavia se preocupaban por no mucho més que el relato de los acontecimientos politicos, como si toda- via fuera dominante el enfoque asociado con el gran histo- riador decimon6nico Leopold von Ranke. De manera simi- lar, algunos historiadores siguen hablando hoy de la socio- logia como si se hubiese quedado estancada en la época de ‘Auguste Comte, la etapa de grandiosas generalizaciones sin investigaciones empiricas sistematicas de mediados del siglo XIX. ,Cémoy por qué se desarrollé la oposicién en- tre la historia y la sociologfa 0, en términos mas generales, entre la historia y la teoria? {Como, por qué y hasta qué punto esa oposiciOn ha sido superada? Bstas preguntas tie- nen un eardcter histérico, y trataré de darles respuestas hristéricas en la proxima seecién, para Io cual me concen- ‘raré on tres momentos de la historia del pensamiento o dental en materia de sociedad: mediados del siglo XVII, ‘mediados del siglo XIX y los afios en torno de la década de 1920. La diferenciacién entre historia y teoria En el siglo XVIII no habfa disputas entre los socidlogos yy los historiadores por una razén sencilla y obvia: la socio: logia no existia como disciplina independiente. Desde en- tonces, sociélogos y antropélogos han reivindicado para sf al tebrico juridico francés Charles de Montesquieu, el filo sofd e historiador escocés Adam Ferguson y el historiador y abogado John Millar (Aron, 1965, pigs. 17-62; Hawthors, 1976). En efecto, algunas veces se califica a estos hombres de «padres fundadores> de la sociologia. Sin embargo, ese rotulo genera la engafiosa impresién de que ellos tuvieroa el propésito de fundar una nueva disciplina, intencién que jamés expresaron. Un planteo similar podria hacerse ea relacién con el presunto fundador de Ia economia, Adam Smith, que se movia en los mismos circulos que Ferguson y Millar. ‘Acaso seria mejor caracterizar a estos cuatro hombres como te6ricos sociales, que examinaban lo que se denomi- aba entonces «sociedad civil» de la manera sistematica en Ja cual pensadores anteriores, de Platén a Locke, habfan analizado el Estado, Del esptritu de las leyes (1748), de Mon- tesquieu; Un ensayo sobre la historia de la sociedad civil (1767), de Ferguson; The Origin ofthe Distinetion of Ranks («El origen de la distincion de los rangos», 1771), de Millar, y La riqueza de las naciones (1776), de Smith, se oeupaban. de la teorfa general, la «filosofia de la sociedad», segrin la Mamaba Millar. ‘Los autores discutfan sistemas econdmicos y sociales, como el «sistema feudal» en la Europa medieval (una clase de gobierno» caracterizada por la descentralizacién) 0 el “sistema mercantil» (contrastado con el «sistema dela agri- cultura») en la obra de Smith, De ordinario, distinguian cuatro tipos principales de sociedad, de acuerdo con el eri- terio de su modo primordial de subsisteneia: caza, crianza de animales, agricultura y comercio. El Ensayo sobre el principio de ta poblacién (1798), de Thomas Malthus, con ‘su famosa proposicién de que la poblacién tiende a erecer hasta los limites de los medios de subsistencia, se valia del ‘mismo concepto clave. ‘Uno podria, con igual propiedad, describir a estos te6- ricos sociales como historiadores analiticos o, para usar el término del siglo XVIII, historiadores «filos6ficos». El ter- cer libro de La riqueza de las naciones de Smith, que se ocu- pa del «progreso de la opulencia», es en sustancia una bre~ ve historia econémica de Europa. Montesquieu escribié ‘una monografia histérica sobre la grandeza y decadencia ‘de Roma; Ferguson se refirié al «progreso y la terminacién de la Republica Romana>, y Millar se ocup6 de la relacién entre el gobierno y la sociedad desde la época de los anglo- sajones hasta el reinado de Isabel I. Malthus, como antes lo yhaban hecho Montesquieu y el filésofo escocés David Hu- me, se interesaba en la historia de la poblacién mundial. En aquella época, los eruditos menos preocupados por Ja teoria pasaban también del tema tradicional de la histo- ria, la politica y la guerra al estudio de la historia social en el sentido de las transformaciones en el comercio, las artes, ‘el derecho, las costumbres y las «amaneras>. Por ejemplo, el Ensayo sobre las costumbres y el espiritu de las naciones 19 (1756), de Voltaire, estudiaba la vida social en Europa des- dela época de Carlomagno, Este ensayo nose basaba direc- tamente en las fuentes, pero era una sintesis audaz.y origi- nal y un aporte a lo que el propio Voltaire fue el primero en Hamar «filosofia de la historia». Por su parte, la Osnabrile- sche Geschichte («Historia de Osnabriick», 1768), del fun- cionario aleman Justus Méser, era una historia local escri- tasobre la base de los documentos originales, pero también ‘uno de los primeros ejemplos de la contribucion de la teoria social al andlisis histérico. Con seguridad, Méser habia let- do a Montesquieu y su lectura lo alenté a examinar la rela- cin entre las instituciones de Westfalia y su entorno (com- péirese con Knudsen, 1988, pags. 94-111). Por otro lado, la famosa Historia de la decadencia y rui- na dal Imperio Romano (1776-1788), de Gibbon, era una historia tanto social como politica. Sus capitulos sobre los hhunos y otros invasores barbaros, que ponian el acento en rrasgos generales de los habitos de las «naciones pastora- Jes», revelan la deuda del autor con las ideas de Ferguson y ‘Smith (Pocock, 1981). Para Gibbon, la capacidad de ver le «general en lo particular era una caracteristica del trabaje de quien él llamaba el historiador «filoséfico». Cien afios después, la relaciOn entre la historia y la teo- ‘ra social era bastante menos simétrica de lo que habia sido durante la Iustracién. Los historiadores se apartaban no sélo de la teoria social, sino también de la historia social. En la titima parte del siglo XIX, el historiador mas reve renciado en Occidente fue Leopold von Ranke, Este no re- chazaba lisa y lanamente la historia social, pero en gene- ral sus libros se concentraban en el Estado. En su época y Ia de sus seguidores, que fueron mas radicales que su lider —como suele suceder—, la historia politica recuperé su an- tigua posicién dominante (Burke, 1988). Esta retirada de lo social puede explicarse de diversas ‘maneras. En primer lugar, en ese periodo los gobiernos eu- ropeos comenzaban a ver Ia historia como un medio de pro- mover la unidad nacional, un instrumento de edueacién para la ciudadania o, como podria haberlo expuesto un ob- servador menos favorable, un medio de propaganda nacio- nalista. En una 6poca en que los nuevos Estados de Alema- 20 nia e Italia, al igual que Estados més antiguos como Fran- Ga y Espaiia, todavia estaban dividides por sus tradieiones regionales, la ensefianza de la historia nacional en escue las y universidades fomentaba la integracién politica. Co- moes natural, el tipo de historia que los gobiernos estaban dispuestos a financiar era Ia historia del Estado. Los vineu- Jos entre los historiadores y el gobierno fueron particular- mente fuertes en Alemania. Una segunda explicacién del retorno a la politica se plantea en términos intelectuales. La revolucion histories asociada con Ranke fue, sobre todo, una revolucién en las fuentes y los métodos, un distanciamiento del uso de histo- rias anteriores, o «crénicas», en beneficio del recurso a los registros oficiales de los gobiernos. Los historiadores co- menzaron a trabajar con regularidad en los archivos y ela~ poraron un conjunto de técnicas cada vez. més sofisticadas para evaluar la confiabilidad de los documentos que encon- traban en ellos. Por consiguiente, sostenfan que sus his- torias eran més objetivas y scientificas» que las de sus pre- decesores. La difusién de los nuevos ideales intelectuales estuvo vinculada a la profesionalizacién de la disciplina en tl siglo XIX, cuando se fundaron los primeros institutos de Investigacion, revistas especializadas y departamentos universitarios (Higham, Krieger y Gilbert, 1965, pags. 320-58; Boer, 1996). ‘La obra de los historiadores sociales parecia poco profe- sional cuando se la comparaba con la de los historiadores rankeanos del Estado, «Historia social» es, en realidad, luna expresién demasiado precisa para designar lo que atin se trataba, en Ja practica, como una categoria residual. La notoria definicién de la historia social eomo sla historia de tun pueblo omitido por la politica», formulada por G. M. ‘Trevelyan, no hizo sino convertir un supuesto implicito en ‘una declaracién explicita, El famoso capitulo sobre la socie- dad de fines del XVII de la Historia de la revolucién de In- iglaterra (1848), de Thomas Macaulay, fue descripto por un “ritico contemporéneo, de manera cruel pero no del todoin- justa, como una «vieja tienda de curiosidades», porque los diferentes t6picos —caminos, matrimonios, periédicos, se sucedian unos a otros sin ningtin orden aparente. 21 por ejemplo, crefa que la historia social, o, segxin la llama- ba, la shistoria sin nombres de individuos y ni siquiera de pueblos», era indispensable para el desenvolvimiento de la teoria social, que él fue el primero en bautizar «sociologia».. La obra de su vida podria describirse como «filosofia de la historia», en cuanto se trataba en lo fundamental de una divisién dol pasado en tres eras: la era de la religion, la era de la metafisica y la era de la ciencia. Bl «método compara- tivo» —otra consigna de la época— era histérico en la me- ida en que implicaba situar cada sociedad (e incluso cada costumbre o artefacto) en una escala evolutiva (Aron, 1965, pags. 63-110; Burrow, 1966; Nisbet, 1969, capitulo 6). El modelo de las leyes de la evolucién vinculaba las dis- tintas disciplinas. Los economistas describan el desarrollo desde una «economia natural» hasta una economia mone- taria. Los abogados exploraban la evolucién desde el «esta- tus» hasta el scontrato». Los etnélogos presentaban el cam- bio social como una evolucién del «salvajismo» (que tam- bién se conocfa por el nombre de estado «silvestre» o «natu- rab de la humanidad) a la «civilizacién». Socidlogos como Spencer utilizaban ejemplos histéricos, extraidos desde el antiguo Egipto hasta la Rusia de Pedro el Grande, para ilustrar el paso de las sociedades «militares» a las socieda- des «industriales», tal como el propio Spencer las denomi- naba (Peel, 1971). Por lo demas, el gedgrafo Friedrich Ratzel y el psieélogo Wilhelm Wundt realizaron estudios notablemente simila- res de los llamados «pueblos de 1a naturaleza» (Naturvél- ker); el primero se concentraba en su adaptacién al medio- ambiente fisico, y el segundo, en sus mentalidades colecti- vas. La evolucién del pensamiento de la magia a la religién 4 dello «primitivo» a lo civilizado es el tema fundamental de La rama dorada (1890), de James Frazer, asi como de La ‘mentalidad primitiva (1922), de Lucien Lévy-Brubl. Pese a su énfasis en los elementos «primitivos» supervivientes en la psique de los hombres (y mujeres) civilizados, Sig- mund Freud es un ejemplo tardio de esa tradicién evoluti- va, segiin se desprende claramente de ensayos como Totem -y tabi (1913) y El porvenir de una ilusién (1927), en que las ideas de Frazer (entre otros) tienen un papel significativo. 24. En general —no siempre—, la evolucién se veia como un cambio para bien. El famoso libro del sociélogo alemén Ferdinand Ténnies, Comunidad y asociacion (1887), que describe con nostalgia la transicién de la comunidad trai ional de encuentros cara a cara (Gemeinschaft) a una an6- nima sociedad moderna (Gesellschaft), es s6lo el més expli- cito de una serie de estudios que expresan afioranza por el viejo orden, a la vez.que analizan las razones de su desapa- ricién (Nisbet, 1966; ef, Hawthorn, 1976). ‘Aunque los te6ricos atribuian importancia al pasado, con frecuencia mostraban poco respeto por los historiado- res. Comte, por ejemplo, se referia con desdén a lo que Ila- maba «detalles insignificantes tan infantilmente recolecta- dos por la euriosidad irracional de los ciegos compiladores de anéedotas estériles». Spencer declaré que la sociologia se situaba frente a la historia «tal eomo un gran edificio se yergue en relacién con los montones de piedras y ladrillos en su torno». Afirmaba también que sla funcidn més eleva- da que el historiador puede desempefiar es la de relatar la vida de las naciones de manera apta para suministrar ma- teriales a una sociologia comparativa», A lo sumo, enton- es, los historiadores eran reeolectores de materias primas para los socidlogos. En el peor de los casos, eran completa- mente irrelevantes, porque ni siquiera proporcionaban el material adecuado para los maestros de obras, Citemos ‘una vez més a Spencer: «Las biografias de los monarcas (y nuestros nifios no aprenden mucho més) apenas echan luz alguna sobre la ciencia de la sociedad» (Pecl, 1971, pags. 158-63). ‘Unos pocos historiadores quedaban a salvo de la conde- na general, sobre todo Fustel de Coulanges, cuyo estudio de la ciudad antigua ya se ha mencionado, y F. W. Mait- land, el historiador del derecho inglés, cuya concepcién de la estructura social como un conjunto de relaciones entre individuos y grupos, reguladas por derechos y obligaciones, tuvo considerable influencia en la antropologia social bri- ténica. Sin embargo, la combinacién de un interés en la historia con un desdén por lo que la.mayorfa de los histo- riadores escribian fue la postura caracteristica de gran parte de los te6ricos sociales a principios del siglo XX. Algu- 25 que IV. Su mareo preferido para la historia econémica ir- clufa Ia alternancia de fases de expansién y contraccién 0, tal como él las llamaba, fases A y fases B (Simiand, 1903: Otros economistas se distanciaban cada vez més del pa- sado y se inclinaban por una teorfa eeonémiea «pura», d2 acuerdo con el modelo dela matematica pura. Los tedricos dela utilidad marginal y el equilibrio econémico dedicaban cada vez menos tiempo al enfoque histérico de Gustay Schmoller y su escuela. Un oélebre «conflicto en torno al método» (Methodenstreit) polarizé la profesién entre histo- ricistas y teéricos. Por otra parte, psicélogos tan diversos como Jean Pia- get, autor de ZI lenguaje.y el pensamiento en el nifio (1923), y Wolfgang Kohler, autor de Psicologia de la configuracion (1929), comenzaban a decidirse por el uso de métodos expe- rimentales que no podian aplicarse al pasado. Abandona- ban la biblioteca por el laboratorio. _De manera andloga, los antropélogos sociales descu- brieron el valor del «trabajo de campo» en otras culturas, que distingufan de la mera lectura de descripeiones de es- tas hechas por viajeros, misioneros e historiadores. Frans Boas, por ejemplo, realizé prolongadas visitas a los kwa ‘kiutls (Boas, 1966), A. R. Radcliffe-Brown vivi6 en las islas Andaman (en el golfo de Bengala) desde 1906 hasta 1908 para estudiar la estructura social local, mientras que Bro- nislaw Malinowski pasé casi todo el periodo 1915-1918 en Jas islas Trobriand (cerca de Nueva Guinea). Fue Malinowski quien insistié con més vigor en quo el ‘trabajo de campo era el método antropologico por excelen- cia, «El antropélogo», afirmé, «debe renunciar a su e6moda ostura en la tumbona de la veranda del complejo misione- 10, la delegacién gubernamental o el bungalow de la plan- tacién». Sélo estaria en condiciones de weaptar el punto de vista del nativo» si iba a las aldeas, el «campo». A conse- cuencia del ejemplo de Malinowski, el trabajo de campo se convirti en una etapa necesaria de la formacién del antro- élogo (Stocking, 1983), También los sociélogos abandona- ron el sillén del gabinete (en vez de la tumbona de la vran- da) y comenzaron a recoger cada vez, més datos en la socie- dad contempordnea. 28 Si quisiéramos ver un ejemplo Hamativo del desplaza- miento hacia el presente —sla retirada de la sociologia ha- ‘ia el presente», como la denomind el socidlogo hist6rico Norbert Elias—, podrfamos tomar el caso del primer de- partamento de sociologia de Estados Unidos, ereado en la Universidad de Chicago en 1892. Su primer presidente, Albion Small, habia estudiado en Alemania eon el histor dor econémico Gustav Schmoller, asi como con el sociélogo Georg Simmel. Sin embargo, en la década de 1920, bajo la conduecién de Robert B. Park, los sociGlogos de Chicago se ‘volearon al estudio de la sociedad contempordnea, en espe- cial su propia ciudad, sus barrios bajos, guetos, inmigran- tes, pandillas, vagabundos, ete. «Los mismos métodos pa- cientes de observacién», escribié Park, «que antropélogos como Boas o Lowie han dedicado al estudio de la vida y las maneras del indio norteamericano, podrian emplearse en forma todavia més fruetifera en la investigacién de las cos- tumbres, las creencias, la préctica social y las eoncepcio- nes generales de la vida prevalecientes en Little Italy o el Lower North Side de Chicago» (Park, 1916, pag. 15; ef. Mat- thews, 1977; Platt, 1996, sobre todo pags. 261-9). Una estrategia alternativa consistia en basar los andli- sis sociales en las respuestas a cuestionarios, junto con en- trevistas a participantes seleccionados. La investigacién por encuestas se convirtié en la columna vertebral de la so- iologia norteamericana. Los socidlogos generaban sus pro- ppios datos y estimaban que el pasado era ven gran medida irrelevante para comprender cémo llegaba la gente a hacer Jo que hacia» (Hawthorn, 1976, pag. 209). Este desplazamiento hacia el estudio del presente en desmedro del pasado podria explicarse de diversas formas. Elcentro de gravedad de la sociologia misma estaba pasan- do de Europa a Estados Unidos, ¥ en este pais (y mas espe- cialmente en Chicago), el pasado era menos importante y también menos visible en la vida cotidiana que en el conti- nente europeo. Un socidlogo podia aducir que el rechazo del pasado se relacionaba con la creciente independencia y profesionalizacién de la economia, la antropologfa, la geo- grafia, la psicologia y la sociologia, Al igual que los historia- dores, quienes trabajaban en esos campos fundaban por 29 entonces sus propias asociaciones profesionales y publica- ciones especializadas. La independencia eon respecto a la historia y los historiadores era necesaria para la formacién de las nuevas identidades diseiplinarias. Un historiador de las ideas, por su lado, quizé destacara una tendencia intelectual, el ascenso del «funcionalismo» En los siglos XVIII y XIX, las explicaciones de las costum- bres o las instituciones sociales solian plantearse en térmi- nos histéricos, con el uso de conceptos como «difusién», imitaciény o sevolucién». Gran parte de la historia era es- peculativa o «conjetural>. La nueva alternativa, inspirada por la fisica y la biologia, consistia en explicar esas costum- bres e instituciones conforme a su funeién social en el pre- sente, el aporte de cada elemento al mantenimiento de to- da la estructura, De acuerdo con el modelo del universo fi- sico 0 del cuerpo humano, la sociologfa se percibia como un sistema en equilibrio (una de las expresiones predilectes de Pareto). En antropologia, esta posicin funcionalista fe adoptada por Radcliffe-Brown y Malinowski, quien dese- chaba el pasado por estimarlo «amuerto y enterrado-, irrele- vante para el funcionamiento conereto de las sociedades (Malinowski, 1945, pag. 31) Es dificil decir si fue la difusién del trabajo de campo 0 que condujo al surgimiento del funcionalismo, 0 a la inver- sa, Sinos apropidramos de la jerga de los mismos funciona- listas, podriamos decir que la nueva explicacién y el nuevo método de investigacién «encajaban» uno en otro. Por des- Gicha, también reforzaban la tendencia de los teéricos s>- iales a restar interés al pasado. No es mi intencién, desde luego, hacer caso omiso de l>- gros intelectuales tan formidables como la antropologia funcionalista, la psicologia experimental o la economia matematica. Estos desarrollos en el estudio del comporta- miento humano bien pueden haber sido necesarios en eu hora, Se trataba de reacciones contra auténticos puntos dé- biles de teorfas y métodos anteriores. El trabajo de campo, por ejemplo, suministraba una base féctica mucho mis confiable para el estudio de las sociedades tribales contem- pordneas que la historia evolutiva especulativa que lo ha- bia precedido. 30 Mas no quiero dejar de seftalar, no obstante, que todos sos desarrollos —como cl estilo histérico asociado a Ran- e— tenfan su costo. Los historiadores neorrankeanos y Jos antropslogos funcionalistas utilizaban métodos més ri- gurosos que sus antecesores, pero también eran més estre- chos de miras. Omitfan o excluian en forma deliberada de su empresa todo lo que no pudieran manejar de una mane- +a compatible con los nuevos criterios profesionales. Tarde 6 temprano, sin embargo, era inevitable que se produjera lo que un psicoanalista podria designar como «retorno de lo reprimidos, E] surgimiento de la historia social Por irénico que parezca, los antropélogos sociales y los sociélogos comenzaron a perder interés en el pasado en el momento mismo en que los historiadores empezaban a proponer algo parecido a una respuesta a la exigencia de Speneer de una «historia natural de la sociedad. A fines del siglo XIX, algunos historiadores profesionales comen- zaron a sentirse cada vez. més insatisfechos con la historia neorrankeana. Entre los eriticos mas vehementes estaba Karl Lam- precht, que denuncis al establishment hist6rico aleman por suinsistencia en a historia politica ylos grandes hombres. Lamprecht convocaba, en cambio, a hacer una historia colectiva» que buseara sus conceptos en otras disciplinas. Entre esas otras disciplinas se contaban la psicologia social de Wundt y la «geografia humana de Ratzel, ambos cole- gas de Lamprecht en la Universidad de Leipzig. «La histo- ria», sostenfa Lamprecht con intrepidez caracteristica, «es primordialmente una ciencia sociopsicolégica». En conse- cuencia, llevé a la practica este enfoque sociopsicol6gico en los varios vokimenes de su Deutsche Geschichte («Historia do Alemania», 1891-1909), un estudio que fue objeto de una resefia favorable en L’Année Sociologique de Durkheim, pero que recibié menos criticas que burlas de los historia- ores alemanes mAs ortodoxos, no sélo por sus inexactitu- 31 des (que de hecho eran numerosas), sino por su presunto ‘materialismo y reduecionismo (Chickering, 1993). Sin embargo, la virulencia de la «controversia de Lam- recht», como Ilegé a conocérsela, sugiere que el verdadero pecado de este fue haber puesto en entredicho la denomi- nada ortodoxia rankeana 0 neorrankeana. Otto Hintze, mis adelante seguidor de Max Weber, fue uno de los pocos historiadores que juzg6 el tipo de historia defendida por Lamprecht como un «progreso superador de Ranke» y su preocupacién por los puntos culminantes de la historia, los grandes hombres. «Queremos», escribié Hintze, «conocer no sélo las cordilleras y las cimas sino también la base de las montafias, no meramente las alturas y profuncidades de la superficie sino toda la masa continental» Hacia 1900 eran pocos los historiadores alemares que consideraban la posibilidad de ir mas alld de Ranke. En la reparacién de su famoso estudio sobre la relacién entre el protestantismo y el capitalismo, Max Weber pudo rocurrir a la obra de algunos colegas interesados en problemas si milares, pero acaso sea significativo que los més importan- tes de ellos, Werner Sombart y Ernst Troeltsch, ocuparan por entonces edtedras de economia y teologia, respectiva- mente, y no de historia. El intento de Lamprecht de romper e1 monopolio de la historia politica fue un fracaso, pero en Estados Unidos y Francia, sobre todo, la campaiia por la historia social en- contré respuestas més favorables. En la década de 1890, el historiador norteamericano Frederick Jackson Turner lan- 26 contra la historia tradicional un ataque de caracteristi- ‘cas similares al de Lamprecht. «E's preciso considerar to- das las esferas de la actividad del hombre», escribié, «Nin- «gin sector de la vida social puede entenderse al margen de Jos otros». Como Lamprecht, Turner estaba impresionado por la ‘geografia historica de Ratzel. Su articulo «The signi‘icance of the frontier in American history» fue una interpretacién ‘controvertida pero sefiera de las instituciones norteameri- ‘canas como respuesta a un medioambiente geografieo y s0- cial espeeifico. En otro lugar, Turner analizé la importancia en la historia norteamericana de lo que lamaba «seccio- 32 nes», es decir, regiones, como Nueva Inglaterra o el Medio este, que tenian sus propios intereses econdmicos y recur sos (F. J, Turner, 1893). Uno de sus contemporaneos, Ja~ mes Harvey Robinson, fue otro elocuente predicador de lo ‘que designaba como «la nueva historia», una historia que se ocuparia de todas las actividades humanas y tomaria ideas de la antropologia, 1a economia, la psicologia y la s0- ciologia. En Francia, la década de 1920 presenci6 la aparicién de un movimiento en pro de un «nuevo tipo de historia», con- ducido por dos profesores de la Universidad de Estrasbur- go, Mare Bloch y Lucien Febvre. La revista que estos fun- daron, Annales d’histoire économique et sociale, ejercié wna critica implacable de los historiadores tradicionales. Al igual que Lamprecht, Turner y Robinson, Febvre y Bloch se oponfan a la dominacién de la historia politica. Su ambi- cin era reemplazarla por lo que llamaban una «historia més amplia y mas humana», que incluyera todas las activi- dades humanas y se preocupara menos por el relato de los acontecimientos que por el andlisis de las «estructuras», término que desde entonces ha sido uno de los favoritos de los historiadores franceses de la denominada «escuela de los Annales» (Burke, 1990). ‘Tanto Febvre como Bloch querian que los historiadores aprendieran de las disciplinas vecinas, aunque diferian en sus preferencias. Ambos se interesaron en la lingiistica y leyeron los estudios acerca de la «mnentalidad primitiva» del fildsofo y antropélogo Lucien Lévy-Brubl. Febvre estaba particularmente interesado en la geografia y la psicologia, En lo concerniente a la teoria psicoldgica, segufa a su ami- go Charles Blondel y rechazaba a Freud. Estudié la «antro- pogeografia» de Ratzel, pero recusé su determinismo y prefirié el enfoque «posibilista» de Vidal de la Blache, quien destacaba lo que el medioambiente permitfa hacer a los hombres, y no lo que les impedia. Bloch, por su parte, era ‘més afin a la sociologia de Emile Duricheim y su escuela (s0- bre todo Maurice Halbwachs, autor de un eélebre estudio sobre los marcos soviales de la memoria). Compartia el in- terés de Durkheim en la cohesién social y las representa- ciones colectivas, y su adhesién al método comparativo. 38 Bloch murié bajo las balas de un pelotén de fusilamien- to alemén en 1944, pero Febvre sobrevivi6 a la Segunda Guerra Mundial y aleanz6 la cima del establishment hist6- rico francés. En efecto, como presidente de la reconstruida Hoole des Hautes Btudes en Sciences Sociales, pudo alen- tar la cooperacién interdisciplinaria y, ala vez, dar a la his- toria una posicién de hegemonia entre las ciencias sociales. Su sucesor, Fernand Braudel, continué con esas politicas. ‘Ademas de autor de un libro con legitimas pretensiones de ser considerado la obra histérica mas importante del siglo, Braudel era versado en economia y geografia y un firme creyente en un mercado comiin de las ciencias sociales. A su juicio, la historia y 1a sociologia debfan estar especial- mente préximas, porque los profesionales de ambas disci- plinas tratan —o deberfan tratar— de ver la experiencia humana en su conjunto (Braudel, 1958). En otros paises también era posible encontrar histor-a- dores sociales orientados por la teoria en la primera mitd del siglo XX. Por ejemplo, el brasilenio Gilberto Freyre, que estudié en Estados Unidos con el antropélogo Franz Boas, podria aspirar con igual legitimidad al titulo de sociélogo o de historiador social. Se lo conoce, en particular, por su tri- logia dedicada a la historia social de Brasil: Casa-Grande & senzala (1933), Sobrados e mucambos (1986) y Order e Progresso (1959). Su obra es controvertida, y se lo ha crti- cado por su tendencia a identificar la historia de su propia regién, Pernambuco, con la de todo el pais, por ver el ecn- Junto de la sociedad desde la perspectiva de la «casa gran- de» (sobre todo, aunque no de modo exclayente, el papel de los varones residentes en ella) y por subestimar el grado de conflicto en las relaciones raciales en Brasil. Por otro lado, la originalidad de su enfoque lo sitiia enel nivel de Braudel (que descubrié su obra mientras dictaba clases en la Universidad de San Pablo, a fines de la décaia de 1930). Freyre fue uno de los primeros en examinar t63i- cos como la historia del lenguaje, de la comida, del cuerpo, de la infancia y de la vivienda como parte de la descripcion integrada de una sociedad pasada. También fue pionero en cl uso de las fuentes: se valid de diarios para escribir his- toria social y adapté la encuesta social a finalidades his:6- 34 ricas. Para elaborar su tercer volumen de la historia de Brasil, dedicado a los siglos XIX y XX, envié cuestionarios a varios cientos de individuos nacidos entre 1850 y 1900, supuestos representantes de los principales grupos socia- les dentro del pais (Freyre, 1959), La convergencia de la teoria y la historia ‘No hubo perfodo alguno en que historiadores y te6ricos sociales perdieran todo contacto mutuo, como lo mostrar varios ejemplos. En 1919, el gran historiador holandés Jo- han Huizinga publics El otono de la Edad Media, un estu- dio dea cultura de los siglos XIV y XV que se basa en ideas de los antropélogos sociales (Bulhof, 1975). En 1929, la nueva publicacién Annales histoire économique et sociale incorporé a su junta editorial al ge6grafo politico André Siegfried y el socidlogo Maurice Halbwachs. En 1939, el ‘economista Joseph Schumpeter publicé un estudio histéri- ‘camente informado de los ciclos econémicos, y el sociélogo Norbert Blias, su libro El proceso de la civilizacién, hoy reconocido como un clasico. En 1949, el antropélogo Ed- ward Evans-Pritchard, defensor permanente de las rela- ciones estrechas entre antropologia e historia, publieé una historia de los sanusis de Cirenaica. ‘Ya en la década de 1960, el goteo de ejemplos se convir- ti6 en un torrente. Libros como Los sistemas politicos de los imperios (1963), de Shmuel N. Eisenstadt; Estados Uni- dos, juicio y andlisis (The First New Nation, 1963), de Sey- mour M. Lipset; The Vondée (1964), de Charles Tilly; Los origenes sociales de la dictadura y la democracia (1966), de Barrington Moore, y Las luchas campesinas del siglo XX (1969), de Brie Wolf —por citar sélo algunos de los ejemplos mas conocidos—, expresaron y alentaron una idea de fina- lidad compartida entre los tedrieos sociales y los historia- dores sociales (Skocpol, 1984, pags. 85-128; D. Smith, 1991, pags. 22-5 y 59-61). Desde esos dias, la tendencia ha persistido. Un niimero creciente de antropélogos sociales, en particular Clifford 35 Geertz (1980) y Marshall Sahlins (1985), han dado una di: mensién histérica a sus estudios de Bali, Hawai y otros lu sgares. Un grupo de sociélogos britdnicos, en el que se desta- can Ernest Gellner, John Hall y Michael Mann, dieron nueva vida al proyecto del siglo XVIII de una historia filo- s6fica», en el sentido de un estudio de la historia mundia! en la tradicién de Adam Smith, Karl Marx y Max Weber, orientado a wdistinguir diferentes tipos de sociedad y ex. plicar las transiciones de un tipo a otro» (J. A. Hall, 1985 ag. 3; ef. Abrams, 1982). Una escala similar es la presen- tada en Europa y la gente sin historia (1982), del antropélo- go Eric Wolf, un estudio de la relacién entre Europa y el resto del mundo desde 1500. Las expresiones «sociologia historica», «antropologia historica», egeografia historica» y (con menor frecuencia) economia histérica» se han vuelto habituales para desig: nar tanto la incorporacién de la historia a esas disciplinas como la incorporacién de estas a los estudios histricos (Kindleberger, 1990). De vez en cuando, la convergencia en ‘el mismo territorio intelectual da lugar a que se produzean disputas fronterizas (por ejemplo, dénde termina la geo- grafia histériea y comienza la historia social?) y genera in- cluso la aeunhacién de términos diferentes para deseribir los ‘mismos fenémenos; pero también permite el aprovecha- miento de distintas aptitudes y puntos de vista en una em- presa comin. Hay razones evidentes que explican la relacién cada vez mas intima entre historia y teoria social. Hacia la década de 1960, la aceleracién del cambio social se habia impuesto virtualmente a la atencién de socislogos y antrop6logos, al- unos de los cuales volvieron a sus lugares de trabajo de campo originales para descubrirlos transformados a causa de su incorporacién a un sistema econémico mundial. Los demégrafos que estudiaban la explosion demografica y los economistas 0 socidlogos que analizaban las condiciones para el desarrollo de la agricultura y la industria en los paises del Tercer Mundo se vieron ante la necesidad de estudiar el cambio a lo largo del tiempo —en otras pala- bras, la historia—, y algunos sintieron la tentacién de ex- tender sus investigaciones al pasado més remoto. 36 Entretanto, hubo un masivo desplazamiento del interés do los historiadores de todo el mundo, que comenzaron a fapartarse de la historia politica tradicional (el relato de los, ‘actos y las politicas de los gobernantes) para acerearse a la historia social. Seguin lo expresa un critico de esa tenden- cia; «Lo que estaba en el centro de la profesién se encuentra hoy en la periferia» (Himmelfarb, 1987, pag. 4). {Por qué? ‘Tal vez sea oportuna una explicacién sociologica. A fin de orientarse en un periodo de répido cambio social, muchas personas consideran cada vex. mas necesario buscar sus raices y renovar sus vinculos con el pasado, en particular el, de su propia comunidad: su familia, su ciudad o su aldea, su actividad, su grupo étnico o religioso En el prefacio de este libro se sugirié que tanto el «giro tedrico» de algunos historiadores sociales como el «iro his- t6rico» de ciertos tedricos deben ser muy bienvenidos. En un famoso pasaje, Francis Bacon, el filésofo del siglo XVII, formulé eriticas igualmente céusticas contra los empiris- tas que, como hormigas, se limitaban a acopiar datos, y contra los te6rieos puros, arafias cuyas telas tenfan su ori- igen en ellas mismas. Bacon aconsejaba el ejemplo de la fabeja, que busca materias primas pero también las trans- forma. Su parabola es tan aplicable a la historia de la in- vvestigacisn historica y social como ala de las ciencias natu- rales. Sin la combinacién de historia y teoria, es probable que no entendamos ni el pasado ni el presente. Hay, desde nego, mas de una forma de combinar la his- toria y la teoria, Algunos historiadores han aceptado una teoria especifica e intentado seguirla en su trabajo, como ‘ocurre con muchos marxistas. Si quisiéramos encontrar un ejemplo de las tensiones —a veces fructiferas—inherentes ‘esa iniciativa, podriamos examinar la trayectoria intelec- tual de Edward Thompson, que en ocasiones se califics a si mismo de «empirista marxista» (Kaye y McClelland, 1990). Otros historiadores se interesan en las teorias, en vez de adherir a ellas. Las utilizan para cobrar conciencia de Jos problemas; en otras palabras, para encontrar pregun- tas yno respuestas. La lectura de Malthus, por ejemplo, in- cit6 a ciertos historiadores que no aceptaban sus puntos de vista a examinar las relaciones cambiantes entre la pobla- 37 | cién y los medios de subsistencia, Este tipo de interés en la teoria ha enriquecido la préctica de la historia, especial- | ‘mente on el transcurso de la ultima generacién. | ‘De todas maneras, es preciso ser justos y agregar que no | vvivimos en una edad de oro intelectual. Como sucede a me- nudo en la historia de las empresas intelectuales, los in- | tentos de resolver vijos problemas han generado nueva incertidumbres, En efecto, se ha aducido que «eonvergen- ciay os un término erréneo para referirse ala cambiante re: | lacién entre la historia y la sociclogia: es una palabra «de- masiado simple y sosa para hacer justicia a una relacién enredada y dificil» (Abrams, 1982, pg. 4). Podriamos re- | plicar a esta objecién diciendo que, en realidad, «conver- | fgencia» es un término bastante modesto, que sélo sugier® {que dos partes se aproximan una a otra. No dicenada sobre ‘una reunién, y menos atin sobre un acuerdo. ‘A veces, on efecto, el acercamiento ha generado contlic- | tos, Cuando el socislogo norteamericano Neil Smelser p= | blic6 su Social Change in the Industrial Revolution (1959), | que analiza la estructura familiar y las condiciones labora | les de los tojedores de Lancashire a comienzos del siglo XIX | —y al hacerlo propone una velada critica del marxismo—, | provoré la ira de Bdward Thompson, que denunei6 la incas | pacidad de la «sociologia» para comprender que el término | clase» alude a procesos y no a estructuras (E. P. Thompson, 1963, pag. 10; cf. D. Smith, 1991, pags. 14-6 y 162). "En los diltimos afios también ha habido momentos en que historiadores y antropdlogos, en vez de converger, Pa recen haberse apresurado a adelantarse unos a otros, como dos trenes en vias paralelas. Por ejemplo, los historiadores: descubrieron las explicaciones funcionales aproximada- mente en la misma época en que los antropélogos comensa- ban a sentirse insatisfechos con ellas (Thomas, 1971, y la resefia de H. Geertz, 1975). Ala inversa, los antropélogos descubrian la importancia de los acontecimientos en un ‘momento en que muchos historiadores abandonaban la histoire événementielle en beneficio del estudio de ‘as | estructuras subyacentes (M, Sahlins, 1985, pag. 72) ‘Para complicar atin mas la situacién, en la actualidad | son mas numerosas que nunca las teorfas que compiten en. } 38 wn jjoun relevantes para su ulinda, pero también una) disciplina que ha cambiado.con yapidez. en aprender a tomar con. isl lugar», ya se dediquen a estudiar sflujos» i ony los antropélogos sociales, todos elas cada vez mas onscientes de jus propios textos, reglas Jo hacfan (White, 1978; Clifford y jprocura de despertar atencion. Los historiadores sociales, Sr ejemplo, no pueden darse el Iujode limitar sy interés a M nociologia y la antropologia social. Como minim, eben cinplar 1a posibilidad de que otras formas de tore trabajo. De la geografia —una vie~ Tos ultimos afios—, los historiadores pueden ‘mayor seriedad el espacio o «el poder ciudades, fronteras 0 vy gso culturales (Agnew y Duncan, 1989; Amin Iie, 2002), Por otra parte la teorialiteraria lama hoy ‘Wtencign de los historiadores al igual que de os sociélo- Ta existencia de convenciones literarias en {que han seguido sin advertir que “Marcus, 1986; Atkinson, 1990) Uy jmos en una 6poca de Iineas desdibujadas y fronte- tus intelectuales abiertas, una époea que es 218 vos ante y confusa, Referencias 2 Mijeil Bajtin, Pierre \luurdieu, Fernand Braudel, Norbert Elias, Miche} Fou sini Clifford Geertz pueden encontrarse en 1a obra de Anquedlogos, ge6gratos y critica literarios, at come la Mle nocidlogos e historiadores. El auge de un discourse So partido por algunos historiadores v scidlogo’ algunos ar- tuedlogos y antropélogos, eX, esincide con la declinacién di ttseurso compartido dentro de as ciencias sociales ¥ las Jumanidades, e incluso dentro de cada disciplina. aaa ana sabdiseiplina como la historia social corre hoy | hongo de fragmentarse en dos grupos, tno de elas inte: verndo en Tas grandes tendencias y otro en estudios de anos de pequefia escala. Bn Alemania, sobre todo, ambas faeciones estén o han estado en eonilicto, con los amados Hatoriadores societales (Gesellschaftshistoriker), come Minor tirich Wehler, de un lado, v os practicantes de la ‘gnicrohistoria», como Hans Medick, de otro. ove aesta tendencia ala fragmentacion,sorprende vor que muchos de los debates fundamentales sobre modelos y ue mos son comunes a més de una disciplina. El anslisis tle eaos debates es la meta del capitulo siguiente. 39 2, Modelos y métodos Este capitulo se ocupa de cuatro enfoques generales, co- ynunes a varias disciplinas pero sumamente controvertidos ‘on algunas de ellas. Uno tras otro, aborda la comparacién, ‘1 uso de modelos, los métodos cuantitativos y, por tiltimo, ‘1 empleo del «microseopio» socal La comparacién La comparacién siempre ha tenido un lugar central en Jn teoria social. En efecto, Durkheim declaré que son fandamentales para elenfoque comparativo, Solo gracias a Ja comparacién podemos ver lo que no esta: en otras pala- bras, entender la significacién de una auseneia deterttinas da, como la nocién de pecado en la cultura china. Ese fue el argumento del famoso ensayo de Werner Sombart, «:Por 4ué no hay socialismo en los Estados Unidos? (asi como de estudios ulteriores sobre la ausencia de feudalismo en Afri- ¢a, de marxismo en Gran Bretatia y de fitbol en Betados Unidos) (Goody, 1969; McKibbin, 1984). Esa fue también la estrategia subyacente en el ensayo del propio Weber sobre Ja ciudad, sogin el cual s6lo en Occidente podian encon- trarse ciudades verdaderamente autonomas (Sombart 1906; Weber, 1920, vol. 3, pags. 1212-374; cf Milo, 1990). Estos ejemplos dan a entender que los dos enfoques, el particularizador y el generalizador (0 el histérieo > el te6- rico), se complementan uno a otro, y que ambos depentien de Ia eomparacién, sea explicita o implicita. El historiador norteamericano Jack Hexter dividio una vez a los inteloc- tuales en «amontonadores» llumpers] y «fraccionadores- lsplitters), y sostuvo que los fraccionadores que diserimi, nan son superiores a quienes consideran fenémenos diver~ 805 como un nico conjunto (Hexter, 1979, pag. 242), Nadie quiere, desde luego, ser un amontonador burdo, incapas de hacer distinciones sutiles, pero la inclinacién a ver lo que fendmenos aparentemente diversos tienen en oomiin es, con seguridad, una cualidad intelectual tan valiosa como la de ver eémo differen los fenémenos de apariencia simi ar En todo caso, sin una comparacion es imposible saber din de fraccionar. _Entre los primeros historiadores que siguieron el 2a- ‘ino ya trazado por Durkheim y Weber se contaron Mare Bloch y Otto Hintze, Este ltimo aprendis el metodo com parativo de Weber, si bien limité su andlisis a Europa, Se 42 ‘voncentré en el desarrollo, en diferentes Estados europeos, {lo lo que Weber llamaba formas «legal racionales» 0 res, con su compromiso con lo particular, utilizan modelos todo el tiempo. Una descripcién en forma de relato dela Ra- volucién Francesa, por ejemplo, es un modelo en el sentico de que simplifica de manera inevitable los acontecimientos y también subraya su coherencia a fin de eontar una histo- ria inteligible, Sin embargo, tal vez sea més provechoso utilizar con ‘mayor rigor el término «modelo». Agreguemos un elemento mas a este modelo de un modelo y digamos que es un cons- tructo intelectual que simplifica la realidad a fin de deste. car lo recurrente, lo general y lo tipico, presentados bajo el aspecto de conjuntos de rasgos o atributos. Asi, los modelos ¥ los «tipos» se convierten en sindnimos, lo que tal vez, sea 48 ‘apropiado, puesto que typos, en griego, quiere decir molde ‘omodelo», y Max Weber hablé de «tipos ideales» (Idealty. Pen) para referirse a lo que los sociélogos modernos deno- minarian «modelos» (Weber, 1920, vol. 1, pags. 212-301) Do aqui en adelante, no sera «Revolucién Francesa», sino srevolucion», lo que ha de constituir un ejemplo de modelo (on el sentido en que se utilizara el término. Un ejemplo que apareceré una y otra vez en estas pagi- has es el de dos modelos contrastantes de la sociedad, el sconsensual> y el «conflictivo». El «modelo consensual», ‘vociado a Emile Durkheim, hace hincapié en la importan. fia del vinculo, la solidaridad y la cohesi6n sociales, El.«mo- Melo conflictivo>, asoeiado a Karl Marx, destaca la ubicui- dad de la scontradiccién» social y el «conflicto social». Am- bos modelos, como es obvio, son simplificaciones, Parece ‘igvalmente obvio, al menos para quien escribe estas lineas, que los dos contienen ideas importantes. Es imposible en. contrar una sociedad en la que el conflicto esté ausente, y, a Jn.vez, sin solidaridades no habria sociedad en absolute, De todas maneras, como intentaré mostrar en secciones ulte- riores, no es dificil encontrar sociélogos e historiadores que trabajan con uno de estos modelos y, en apariencia, olvidan el otro. Algunos historiadores niegan tener relacién alguna con os modelos y afirman, como hemos visto, que su tarea es estudiar lo particular, en especial el acontecimiento tinico, no generalizar. En la préctica, con todo, la mayoria utili. 2 modelos tal cual el sefior Jourdain de Molidre utilizaba | prosa, sin darse cuenta de que lo hacen. Por ejemplo, es habitual que formulen enunciados generales sobre s dades particulares. La cultura del Renacimiento en Talia (1860), el eélebre libro de Burckhardt, se ocupaba explicita- mente de lo que el autor Ilamaba «lo recurrente, lo constan.- te, lo tipico». En su Structure of Politics at the Accession of George III (1928), Lewis Namier investig6 (1920, vol. 3, pags. 956-1005). Esta distincién weberiana inspiré tna cantidad consi- derable de investigaciones historicas en relacién con dife- rentes regiones, desde América Latina hasta Rusia, (Se en- contrarén muestras de investigaciones en Pintner y Row- ney, 1980; Litchfield, 1986; y un enfoque comparativo, en Mann, 1986-1993, vol. 2, pégs. 444-78.) La distineién pue- de formularse sobre la hase de seis atributos contrastados, de la siguiente manera: : Sistema patrimonial Sistema buroerético 1. Areas indefinidas de Areas fijas Jurisdiceion 2, VJerarquia informal Jerarquia formal 3. Capacitacién y verifcacién Capacitacién y verificacion, informales formales 4, Puncionarios con ‘Funcionarios con dedicac dedieacién parcial exclusiva bear 5. Ordones orales Ordenes escritas 6. Pareialidad Imparcialidad El contraste no se plantea entre sistemas buenos y ma- los, y ni siquiera entre sistemas eficientes e ineficientas (aunque el concepto de