Está en la página 1de 664
KARL JOACHIM WEINTRAUB LA FORMACION DE LA INDIVIDUALIDAD AUTOBIOGRAFIA E HISTORIA MEGAZUL-ENDYMION Gut i fio grafico y dibujo de la portada: vt 30 Alvaro Nebot Gas ce eso" ’ cut - < oe qu irector de la Coleccién: "oa % 540 is ncisco Jurdao Arrones pF ate % Ent leccionador de Textos: Angel G. Loureiro 4 4 27 ‘ ees De la versi6n norteamericana: 24 7 The University of Chicago Press, Chicago 60637 The University of Chicago Press, Ltd., Londres © 1978 The University of Chicago Reservados todos los derechos. Publicado en 1978 Edicién Phoenix, 1982 La seccién sobre Franklin que aparece en el capitulo 10 aparecié en forma ligeramente diferente en el Journal of Religion de julio de 1976, (c) de University of Chicago. La seccién sobre Gibbon que aparece en el capitulo 11, también en forma ligeramente diferente, fue una confe- rencia pronunciada ente la Stochastics Society en mayo de 1976. Titulo original: The Value of the Individual Traducci6n de: Miguel Martinez-Lage © De la presente edicion: MEGAZUL-ENDYMION Augusto Figueroa, 29 - 3.° Despacho 13 Teléfs. 521 62 42 - 522 36 68 28004 MADRID LS.B.N.: 84-88803-00-1 Depésito Legal: M-34992-1993 Fotocomposicién: ORCHE, Dofia Mencia, 39 - Madrid. Impreso en: PRISMA, San Romualdo, 26 - Madrid. Introducci6n a la edici6n espafiola.............. Agradecimientos...... Introducci6n........... Ie 2. AAW . El problema de la autobiografia y la individoal i- . Pedro Abelardo: el poder de los: modelos . Petrarca: el giro hacia la introspeccién..... . Benvenuto Cellini: la individualidad ingenua. . Girolamo Cardano: visi6n cientifica de la comple- . Seuse, Santa Teresa y “Madame Guyon: la biisque- . Vico y Gibbon: la aproximacién histori . Jean Jacques Rousseau: el yo frente al mund . Johann Wolfgang Goethe: el yo y su mundo Postfacio. . Notas. Bibliografia Indice analiti INDICE El problema de la invidualidad y la etree en la antigiiedad clasica.... 2. Las Confesiones de San Agustin: la bisqueda ¢ cris- tiana de un yo propio... dad en la Edad Media... jidad del yo... . Los Ensayos de Montaigne ° el ‘fracaso de ‘los modelos... da interior de los misticos y el modelo autoritario.. . Bunyan, Baxter y Franklin: la unificacién de la personalidad en el puritanismo.......... ss sta a la comprensién del propio desarrollo de la persona...... 53 99 133 163 195 235 269 313 359 407 455 517 577 583 615 655 INTRODUCCION A LA EDICION ESPANOLA La idea central en la que descansa este libro es la creencia de que el hombre moderno, ademas de ser otras muchas cosas, se ve a si mismo como individualidad, como personalidad tni- ca. Weintraub considera que esta concepcién de la personalidad es parte de la conciencia histérica moderna, y traza el desarro- Io gradual de esta idea de la individualidad en obras autobio- graficas desde San Agustin hasta Goethe. Metodoldgicamente, la obra se asienta en el contraste y la tensién entre modelos de la personalidad que dominan en una €poca y cultura determinadas, por una parte, y la inclinacién a considerar el propio yo como algo unico para lo cual no hay modelo. Los modelos de personalidad imponen rasgos, valores, actitudes, inclinaciones, mientras que el deseo de individuali- dad empuja al yo a la diferencia. Frente a la antigiiedad clasica, la cual concibe la personali- dad como algo estatico, San Agustin introduce la nocién judeo- cristiana de la vida como proceso histérico, aunque todavia de una manera moderada, pues se presenta a si mismo fundamen- talmente como un modelo de vida cristiana, sin dar mayor valor a su especificidad histérica. La Edad Media se caracteriza por la diversidad de estilos de vida y por la variedad de ideas pro- cedentes de fuentes diversas (platonismo, cristianismo, etc.,), lo cual permite que haya una heterogeneidad de modelos de la personalidad, variedad que preparé el terreno a la diferencia- 9 cién de cada individualidad frente a su mundo. Una mayor pene- tracién en las dificultades del autoconocimiento la sefiala Weintraub en Petrarca, quien percibe la complejidad de su yo y la imposibilidad de concebirlo como algo unilario, lo que le lleva en Ultima instancia a negarse a encajar en ningtin modelo general, abriendo asf el camino de la individualidad. Frente a Petrarca, un Cellini no reflexiona sobre su vida sino que la presenta de una manera ingenua, como algo inevitable: é] es como es y NO puede ser de otra manera: en eso consiste el gran avance que supone Cellini en la afirmaci6n progresiva de le individualidad. . En un recorrido a través de diversas figuras del renacimiento Weintraub estudia la aparicién y desarrollo de un sentido hist6rico del individuo, y muestra cémo la idea de génesis y llegar a ser rela- ciona con la idea de individualidad en diversos autores. Sefiala, por ejemplo, como un Montaigne acentia su sentido de singularidad sin una conciencia hist6rica, mientras que Vico 0 Gibbon insistie- ron en la idea del desarrollo hist6rico del yo sin poner énfasis en la singularidad de los diversos momentos hist6ricos. En el siglo XVIII el balance entre desarrollo hist6rico y singularidad se incli- na definitivamente hacia las diferencias individuales. Rousseau manifiesta un fuerte sentido del hombre como desarrollo, por el cual el hombre se forma a partir del nifio y el hombre natural se convierte en ciudadano: sdlo su historia le puede ayudar a com- prender cémo él Ilegé a ser lo que es. Rousseau, sin embargo, ano- ra la permanencia, no el cambio constante que trae la historia. Corresponde a Goethe, sefiala Weintraub, el encontrar un equili- brio entre yo y el mundo, entre individuo y desarrollo histrico: contra los excesos de la preocupacién por el autoconocimiento, Goethe postula que el individuo s6lo puede crecer en coexistencia con el mundo, pues el yo sélo se puede encontrar si se pierde en el mundo, en una vida activa. Goethe encuentia asi el equilibrio per- fecto entre los dos polos a través de los cuales el individuo se va definiendo desde San Agustin en adelante. Creemos indispensable ofrecer al ptiblico de lengua espaiio- la esta obra, que consideramos un cldsico de los estudios auto- biograficos y con ella se inicia la coleccién “la autobiografia”. Angel G. Loureiro AGRADECIMIENTOS A finales de la década de los sesenta estaba yo muy Ocupa- do en indagar sobre la figura de Constantijn Huygens, el gran holandés del siglo XVII, cuando obtuve el Premio a la Ensefianza E. Harris Harbison de la Fundacién Danforth. Cuando me puse a reflexionar sobre el uso que iba a dar a la generosa dotaci6n de este premio, cercana entonces a los 11.000 dolares, decidf realizar dos antiguos deseos: en primer lugar, visitar algunos de los lugares histéricos que tan s6lo conocia a través del estudio y la ensefianza de la historia de la civilizacién occidental; ademas, me iba a tomar un tiempo libre para comenzar las lecturas destinadas a un programa lectivo sobre las autobiografias, un género cuyos especimenes rara vez son breves. La generosidad de la Fundacién Danforth se halla as{ pues en el origen de este proyecto. Comencé a trazar el rum- bo que seguiria a lo largo de la historia de la autobiografia al tiempo que impartia clases sobre esta materia, y descubri que los alumnos de aquel curso, como siempre sucede con los alumnos, fueron los més espléndidos ayudantes que podia espe- rar un profesor. He olyidado los nombres de muchos, aunque recuerdo sus rostros; siento un profundo agradecimiento a todos ellos. La escritura y reescritura de mi libro fue, sin embargo, una tarea solitaria. E] hecho mismo de que tuviese un libro entre las manos no Ilegué a verlo claro del todo hasta que 1 tres de mis colegas, junto con dos de los alumnos que habjan trabajado conmigo, accedieron a leer Ja segunda redaccién (que en algunas partes era ya la tercera e incluso la cuarta) del manuscrito tal y como estaba, atin sin terminar. Cuando pienso en los colegas y en los amigos que estuvieron dispuestos a someterse de buena gana a la muy ingrata tarea de leer y criti- car tantas pdginas, no logro encontrar las expresiones mas ade- cuadas para mi gratitud hacia ellos. Cualquier iglesia promete cuando menos una recompensa aplazada a cambio de esa clase de esfuerzos en los que se invierte una energia muy superior a la necesaria para cumplir con el deber; como quiera que carez- co de tales recompensas que otorgar, solamente esta en mis manos asegurar a Robert E. Streeter, Donald Lach, Charles Wegener, Katy O’Brien y Lynn Rivers Willbanks que siento por todos ellos la mds profunda gratitud y admiraci6n. Por su espléndido trabajo de mecanografja estoy en deuda con Dorothy Kelty, Ann Johnson Silny, LaVerna Moore y Meredith Spencer. Me colma asimismo la admiraci6n y la gratitud por el buen gusto y la honda tolerancia de Janet Feldstein, la editora y correctora por excelencia, que dio al texto su forma definitiva. A los presidentes, jefes de departamento y decanos de la facul- tad de Humanidades de la Universidad de Chicago debo el reconocimiento de su indulgencia a] permitir que un titular como yo abandonase por un tiempo sus tareas diarias para ter- minar este libro. Por tiltimo, quisiera dejar constancia de la especialfsima gratitud que siento hacia Katy O’Brien. Con diligencia ejem- plar, con inteligencia y dedicacion sin igual, ha realizado el tra- bajo para el que uno suele contratar a un equipo de ayudantes de investigacién. Mucho ms importante es lo que afiadié a tal trabajo gratiis et amore, por lealtad al tema de estudio y por una voluntad y una disposici6n sin par a la hora de compartir el enfoque de ciertos problemas y de abordar las dificultades con un 4nimo y un ingenio irlandés incomparables, en los momen- tos en que mas necesitado estuve de ese apoyo y de esa comu- nidad de intereses. Sin la parte de si misma que ha invertido en este libro, éste no habria quedado igual. 12 INTRODUCCION Este volumen es un ensayo, un intento, una prueba. El autor no esta preparado, ni tiene siquiera la sabidurfa necesaria, para llevar a cabo un proyecto mas ambicioso. Y es un ensayo a pesar de su longitud y precisamente por ella. Su objeto de estu- dio es demasiado impresionante; es inabarcable para un profe- sor, miembro de un claustro académico, que debe cumplir con muy diversas obligaciones, Ese objeto de estudio del que se ocupa este ensayo incide en uno de los principales componen- tes de la concepcién que el hombre tiene de sf mismo en la modernidad: la conviccién de que, al margen de todo lo que pueda ser por afiadidura, es una persona dotada de una indivi- dualidad tinica, cuya tarea vital no es otra que la de ser fiel a su propia personalidad. E] ensayo se apoya en la casi total seguri- dad de que esta concepcién de la personalidad, esta idea de la persona individualizada, forma parte de la modema forma que ha tomado la conciencia histérica. En el intento por recorrer paso a paso el surgimiento paulatino de algunos de los factores més decisivos que han contribuido a configurar esta concepcién de si que tiene el hombre moderno, no me he parado a escribir una historia del perfodo en el que el interés por la individuali- > dad ha sido una de las preocupaciones dominantes; el ensayo termina precisamente en el umbral mas allé del cual se ingresa en ese perfodo. Los materiales de esta indagaci6n hist6rica son | 13 jalgunas de las reflexiones autobiograficas tomadas al hilo de la particular busqueda de si mismos que algunos hombres y muje- Tes insertos en nuestra tradicién occidental nos han dejado en herencia. Aunque estas reflexiones autobiogréficas no nos per- miten reconstruir una historia en su totalidad, sf que nos sirven como hitos e indicadores que sefialan una serie de momentos cruciales en este complejo desarrollo hist6rico. Asf, en este sen- tido, lo que sigue es un ensayo hist6rico que trata de la apari- cién gradual de la individualidad tal y como se detecta en los escritos autobiograficos, desde Agustin hasta Goethe. Los lec- tores necesitados y deseosos de no tener mayor informacién acerca de la concepcién de este problema segtin el autor, tal vez prefieran pasar directamente al capitulo primero. Los problemas de los que se ocupa este ensayo me fueron accesibles por medio de un agudizado interés profesional por la historia de la historia. El estudio de las distintas formas de con- cepci6n histérica y de los diversos modos que adquiere la con- ciencia histérica en el hombre occidental y en los diferentes momentos de la historia, me Ilev6 hace ya cosa de unos doce o quince afios a la conviccidn de que existfa una relaci6n intrinse- ca entre la visi6n que tenia el hombre del pasado y su concepto de sf mismo. Ademis, un interés més particular por esa visién histérica mas amplia y especificamente moderna que ha recibi- do en ocasiones el feo nombre de historicismo, me ha llevado a considerar una serie de puntos de vista, de axiomas y actitudes que, hablando en términos generales, han transformado los habitos y las perspectivas del historiador desde que comienza el siglo XIX. Esta particular forma de la conciencia histérica arraiga en una gran fascinacién por la riqueza y la variedad de la existencia humana. En vez de considerar la variacién como una lamentable desviacién del modelo perfecto del ser humano, esta vision global atribuye un inmenso valor a la/bondad €spe;¢ *- cifica de cada expresién individualmente espécificadé de la experiencia humana, Las variaciones de los distintos estilos de vida alcanzados y practicados por diversos pueblos 0 «nacio- nes» se consideran como asuntos de gran virtud y de muy nota- ble interés. E] hombre, por limitado que pueda ser en cada una 14 de las multiples formulaciones que puede adquirir su ser,/se redime’en las actualizaciones sucesivas de su potencial, indefi- ~ nidamente variado. Cada estilo de vida tiene su propia justifica- ci6n intrinseca; cada uno de ellos tiene el derecho a ser com- prendido en sus propios términos; cada uno merece una afec- tuosa atencién, al igual que todos los demés seres humanos en busca de su respectiva humanidad. La historia pasa de ese modo a ser la escena pasajera y mévil de las formas humanas posibles, y s6lo la historia puede hacernos comprender nuestro potencial y nuestro presente. La vision de la realidad humana, inmensamente enriqueci- da, que subyace a esta actitud, es algo que me ha atraido de manera nity considerable. Proclama a los cuatro vientos un amor por el momento individual y concreto, al tiempo que se abstiene de enjuiciarlo en funcién de normas que no sean las que se le pueden aplicar en puridad. Rebaja e incluso disuelve la intenci6n moralista y did4ctica dominante en el historiador, a la par que ilumina con potencia su placer estético en cuestién de matices, de modulaciones y de estilo. Esta/concepcién con- templativade la humanidadSe redime mediante el cultivo de la sabiduria humana, lejos de la mera transmisién de tal 0 cual lecci6n hist6rica. Toma totalmente en serio la importante con- fluencia del tiempo, el lugar y un determinado ambiente cultu- ral, en conjuncién con la voluntad y los deseos de los hombres; face de la historia una forma de conocimiento realmente importante. Que relativice el conocimiento y el juicio en razon de su profundo y radical perspectivismo es algo que ha termi-), _nado por convertirse en su talén de Aquiles; los criticos invo-" © can con toda justicia que, a manera de contrapunto, se ponga el acento en los factores aglutinantes comunes a la realidad huma- na. Pero un conocimiento de sus defectos no podré acallar el mérito que radica en la determinacién con que el historiador se toma en serio cada una de las formas del ser, en tanto valores en si mismos. : / Los pensadores de la historia’ que formulan este tipo de puntos de vista en el lapso durante el cual se pasa del siglo XVIII al XIX abundan en la individualidad de las grandes uni- dades colectivas, como los pueblos, las «naciones», los estilos 1S artisticos nacionales y la poesfa misma. No hizo falta que pasa- ra demasiado tiempo hasta que esta visién global comenz6 a dejarse notar también en la concepcién de si esgrimida por seres humanos individuales. Nuestra modernas formas de con- cepcién del yo propio son resultado de una herencia sumamente compleja. Somos herederos de los griegos y de muy prolonga- dos experimentos sobre la base de la racionalidad, estamos delimitados y deseamos estar circunscritos por un logos comin. Deseamos a toda costa ser hombres racionales. Estamos hechos de tal forma que hemos de someternos, y en definitiva aprende- mos a someternos voluntariamente, a las tareas comunes de la ciudadanfa. Deseamos tratar de manera responsable los proble- mas comunes del hombre, ya sea en la esfera nacional o en el Ambito universal. Cultivamos un lenguaje comin y sabemos y aceptamos que de ninguna forma podria ser privado; cuando habla el alma, no puede ser solamente el_a/ma la que habla. Trabajamos en disciplinas que nos ponen en comtin, y en nues- tra vida profesional apuntamos al cumplimiento y a la satisfac. ci6n de una serie de ideales profesionales. Y, pese a todo. bien tenemos a mano compromisos muy variados con objetivos humanos universales, por modificados que puedan darse en vir- tud de nuestras diferencias nacionales, también hemos termina- do por depositar un valor muy elevado en nuestra unicidad especifica, en lo que nos individtia. Nos cautiva el espectaculo que, se despliega en todas las sutiles diferencias entre el yo y el ti/Detectamos un valor genuino en la creencia de que cada persona tiene una forma humana muy especial y algo ademés muy propio e irrepetible que dar al mundos‘Sentimos una muy honda necesidad de ser fieles al propio yo. Nos frustra pensar & que nuestra sociedad perjudica la inviolabilidad del yo, 0 que hay otros que nos impiden cumplir plenamente con nuestro— potencial. Lamentamos que una forma humana especifica no obtenga la oportunidad de realizarse plenamente, de ser lo que s6lo ella podria haber sido, y nos entristece que semejante pér- dida empobrezca el cosmos de la humanidad. Por mas que bue- na parte de nuestros procesos de educacién deban dirigirse hacia la aculturaci6n del individuo, de manera que pueda fun- cionar dentro. de los patrones culturales predominantes, aijadi- 16 mos a nuestros sistemas educativos la carga adicional de que sean ademas un medio de cultivo personal del yo. Y es que deseamos la formacién de seres humanos auténomos, de quie- nes aplican las leyes a su persona, de quienes cumplen las nor- mas que a Si mismos se han impuesto con un sentido de la res- ponsabilidad para consigo mismos y para con la humanidad, de quienes son capaces de construir los saberes comunes, asi como el gusto, el conocimiento de sus propias personalidades, y de cumplir plenamente con su potencial especifico. Nos sentimos hondamente impresionados por una personalidad genuina, por una personalidad que ha logrado armonizar los diversos ele- mentos dados y las mds variadas exigencias de la vida, amalga- , méndolo todo en un estilo personal. Tal vez podamos reconocer los peligros que entrafia esta fascinacién por la individualidad, ~ya que tan facil es de prostituir y de convertir en una adiccién egocéntrica a los caprichos mas arbitrarios, en una insensata glorificacién de hacer «lo propio», en el «idiotismo» (en el sen- tido en que los griegos hablaban de idiotes) consistente en ver en los patrones sociales que nos rodean el enemigo y no el res- paldo de la busqueda de uno mismo. Y, pese a todo, nos cautiva ) ‘un extrafio y casi inexplicable sentido de que cada uno de noso- , tros constituye una forma humana Unica e insustituible, y perci- bimos la nobleza de una tarea vital en el cultivo de nuestra indi-} vidualidad, de nuestro yo inefable. Mi propdsito, en el mejor de los casos, puede ser «sugerir» sencillamente que tal vez exista ciertamente una historia discer- nible de la formacién gradual de esta concepcién de si mismo radicalmente moderna. Por razones esencialmente practicas me he circunscrito a unas cuantas reflexiones genéricas seguidas por una mirada selectiva sobre ciertos modelos antiguos de la concepcion de si mismo. Idealmente, esta tarea habria requeri- do una historia de nuestra cultura occidental; se trata de un objetivo que queda fuera de consideracién desde el punto de vista de este historiador, aunque el lector tal vez «perciba» en ocasiones que mis esfuerzos son en cierto modo resultado de un trabajo dedicado durante toda la vida a adquirir una visi6n per- sonal de nuestra propia tradicién. De cara a la tarea propuesta me he planteado algunas limi- 17 taciones muy sencillas e incluso elementales. Los materiales Iégicamente empleados en la historia que me propongo trazar son los escritos de algunos hombres y mujeres que emprendie- ron en su dia la ardua tarea de presentar sus propias ideas acer- ca de si mismos. Esto es algo que realizaron de formas muy diversas: en prefacios a sus obras, en poesfas, en cartas, diarios, | memorias y autobiografias. las diferencias que se dan entre™ estos tipos de escritura son muy considerables. Lo que yo con- sidero autobiograffa genuina resulta ser en lo fundamental ante- rior al aio 1800, mucho més de lo que podria esperarse. La lucha constante que he sostenido contra este género y las razo- nes de la formulacién gradual de la tarea autobiogrdfica seran sin duda discernibles a lo largo de la lectura de este volumen. He intentado realizar un tratamiento més comprimido y mas sistematico de estos problemas en un articulo al margen.' La eleccin de textos vino asi, pues, dictada por su disponibilidad AY por su adecuaci6n a la hora de comprobar en la practica a/ crecimiento y la naturaleza de la concepcién del yo propio. No sera necesario decir que una eleccién de un conjunto de textos diferente, analizada por otra mentalidad, daria por resultado una historia asimismo distinta. Para este historiador, los textos escogidos dan la impresién de funcionar como los hitos e indi- cadores mas reveladores que destacan a lo largo de un camino larguisimo, que atraviesa un complejo territorio histérico, cami- no que el hombre occidental ha recorrido en su empeiio por alcanzar una concepcidn de la individualidad. No he sido capaz de hallar soluciones satisfactorias a varios problemas estructurales de esta historia. Algunas dificultades procedian de la naturaleza de la tesis hist6rica de que la indivi- dualidad es una forma de concepcién de si mismo especifica- mente moderna. Algunos de los rasgos cuya presencia hemos ido rastreando afloran claramente en el Renacimiento; la noci6n alcanza su plenitud en la época de Goethe. En la anti- gitedad clasica, los hombres estaban poco o nada inclinados a ir un valor positivo a la inefabilidad del yo. Por Io tanto, en el capitulo | intento sugerir cuando menos algunos de los rasgos culturales de la antigiiedad que plantearon insalvables limitaciones a una concepci6n de la individualidad abierta y en 18 toda regla. Ya al término de Ja antigiiedad, en su confluencia con el surgimiento del cristianismo, San Agustin sf creé en las Confesiones una forma autobiografica y una visién del yo (bien que no de la individualidad) de extraordinaria potencia y no menores repercusiones en la historia subsiguiente, tal y como examino en el capitulo 2, Mientras que los cristianos del Medievo —menos imitadores del modelo de autoanilisis augustiniano de lo que cabria en principio esperar— elaboraron formas e instituciones culturales que restringieron su visién de la individualidad, al mismo tiempo se dio un proceso de dife- renciaci6n social que desbroz6 el terreno en el que mas adelan- te iba a florecer dicha concepci6n. El capitulo 3, que esta muy en deuda con la magna obra precursora de Georg Misch,? pro- cura ser un repaso comprimido de las formas autobiograficas y de las concepciones del yo que se dan en la Edad Media, aparte de sugerir algunas de las razones que explicarian una relativa ausencia de individualidad. El capitulo 4 pretende poner a prue- ba estos planteamientos centrandose en una sola figura, la de Abelardo. En lo sucesivo ya no hay mas capitulos de tipo gene- ral, pues entiendo que el andlisis detallado de los modernos escritos autobiograficos puede arrojar luz de manera acumulati- va sobre las condiciones culturales genéricas que podrian ser responsables de la aparicién de la individualidad en tanto que preocupacion consciente de si misma/La plena convergencia de todos los factores que constituyen esta moderna visién del yo se produjo solamente a finales del siglo XVIII. El libro con- cluye con un amplio comentario de Dichtung und Wahrheit, la obra de Goethe, y con una brevisima mirada a las autobiogra- fias posteriores. Lo cierto es que las ideas y los planteamien; , tos arraigados en la idea de la individualidad que propugna y exhibe Goethe fueron guia de mi indagacidén, y es innegable que estan presentes en los primeros capitulos de la obra. El hecho de que el presente se superponga al pasado es un rasgo inevitable de la investigacién histérica y de la empresa auto- biogréfica misma. El andlisis propiamente dicho se ha guiado en funcién del contraste existente entre las concepciones «modélicas» de per- sonalidad e individualidad. Este instrumento heuristico plantea 19 por una parte la adhesién de los hombres a los grandes ideales ‘de la personalidad, en los que sus culturas tienden a encarnar sus valores y objetivos, y, por otra parte, a un compromiso con el yo para el cual no existe modelo ninguno. El ideal que con mayor claridad expresa el punto de vista de que la tarea de la vida y de la formacién del yo reside en la imitacién de un modelo encumbrado es el ideal que contiene la Imitatio Christi. Una forma ideal del ser incita a los hombres y mujeres a que modelen sus vidas a imagen y semejanza de dicha imagen. Existian, y siguen existiendo, miltiples concepciones modéli- cas de la personalidad en nuestra tradici6n: asf, el ideal del héroe homérico, el héroe_germanico, el hombre de mentalidad realmente ciudadana, el pater familias romano, el «hombre de gran mentalidad» aristotélico, el estoico inquebrantable, el monje ideal, el caballero ideal, el «gentleman» ideal, el maestro ideal, etcétera. Todos estos ideales comparten ciertas caracteris- ticas formales, Prescriben a cada individuo ciertos rasgos espe- cfficos de la personalidad, ciertos valores, virtudes y actitudes; encarnan una serie de estilos vitales especfficos en los que ha de encajar la configuraci6n del propio yo. Ofrecen a cada hom- bre un guidén que seguir al pie de la letra durante toda la vida, y s6lo en los espacios 0 intersticios no sujetos a prescripciones queda sitio para la idiosincrasia. No cabe duda de que dos caba- lleros andantes nunca fueron idénticos, de que existen intere- santes diferencias entre Aquiles y Odiseo, de que ningtin «imi- /tador» de Cristo lleg6 jamas a reduplicar su vida. Pero la cues- tién de mayor importancia es que, a pesar de todas las variaciones, los hombres que se proponen seguir tales modelos entendian que la virtud radicaba en un enfoque determinado y =) un cumplimiento exacto de un modo ejemplar de ser hombre, al "tiempo que se adjudicaba un valor minimo a las diferencias idiosincraticas, caso que tuvieran algtin valor. Cuanto mas fas- cinada se siente la mente por el modelo ideal que se ofrece a sus ojos, mas se esforzara el hombre por alcanzarlo, y menos se preguntaré acerca de las posibilidades de que encaje el modelo con su realidad especifica. Es probable que sufra la sensacién de «haberse falsificado a si misma» obligdndose a encajar en la normativa que dicta ese modelo, que se sienta «encerrada» si 20 ese ideal expresa los valores de la sociedad, 0 que lamente las oportunidades echadas a perder por su individualidad precoz. En la juventud, la fuerza, el atractivo y las directrices de tales ideales son ciertamente muy poderosos; incitan a ser s6lo un buen ciudadano, un buen padre, un buen médico o un buen maestro. Pero el ideal de la individualidad se caracteriza por la con- © viccién de que, en definitiva, no existe ningtin modelo general _ que pueda contener la especificidad del verdadero yo. Lo inefa- ~ ‘ble no puede ser definido mediante generalidades: individuum ineffabile est. Cuando la creencia en la individualidad alcanza su plenitud, la diferencia individual pasa a ser considerada como cuestién de enorme valor en sf misma. La gran fecundi- dad de Ja naturaleza, y del potencial humano, especifica cada existencia por separado, en tanto que es la de un ser tinico de valor insustituible. Cuando esta concepcién domina la concien- cia del hombre, la tarea dé su vida pasa a ser en cambio la actualizacion del tinico modo dé ser que puede serle vdlido. En esta tarea habrd tanto alegria como horror. Puede dar por cum- plida una vida gracias a un sentido de importancia césmica, capaz de desencuadernar el equilibrio y la cordura. La tarea de la propia exploraci6n y de la definicién de uno mismo pueden consumir esa misma vida, lleydndola_al punto de mayor riesgo, la morbidez de la inspeccién de uno mismo y del egocentrismo, en el cual cesa por completo la vida activa en el mundo. Es abrumadoramente dificil llegar a conocer la propia individuali- dad; ahora bien, la mente que se siente fascinada por esta visién de la vida en potencia no encontraré ninguna ayuda en ninguno de los modelos que hay a su alcance. Por definicién, es imposi- ble que encajen. Las decisiones han de adaptarse a la ley inter- na del propio ser; queda muy poco espacio para representar papeles determinados, los que sean. Fallar en la propia indivi- dualidad deviene un cierto modo un delito contra el cosmos, chumano. Los modelos desempefian una funcidn, sin lugar a dudas, incluso en esta forma de concepcidén de uno mismo: pro- orcionan esos aspectos de la personalidad en los que el yo se || somete a papeles definidos desde el exterior. Pero, en definiti- va, no hay modelo que pueda definir los términos de la manera 21 | precisa y nica en que una multitud de elementos se coordina | en funcién de una individualidad. Cada personalidad tiene su propio estilo. No hay nada en la vida real, ni en la escritura, si ésta se toma por espejo de aquélla, que nunca se adapte a la pureza de - Jas conceptualizaciones. Estas no se idean para que sustituyan a la vida, sino para estar al servicio del descubrimiento de las complejas interrelaciones de la realidad. No hay vida que pueda ser puramente una biisqueda de un modelo 0, puramente, una preocupaci6n por la unicidad. Lo que cuenta es el peso respec- tivo de la atencién que se otorga a cada uno de los componen- tes, la cuestién del tema predominante. Ese mismo caveat con- viene atenderse en relaci6n a cualquiera de las demas construc- ciones tipicas o ideales que se emplean en esta indagaci6n: la mentalidad histérica y una actitud ahist6rica, el desarrollo y el desdoblamiento, la memoria y la autobiografia,ALas distincio- nes conceptuales entre una situaci6n social en la que el indivi- duo dirfase que est4 firmemente engastado dentro de la masa social (y se experimenta a s{ mismo como parte integral de dicha sociedad, 0 como mera prolongacién de la misma) y una situaci6n social en la que el individuo se considera elemento constitutivo de la sociedad, es demasiado sencilla para encajar en una realidad minimamente complejaPero puede en cambio emplearse para dar idea de que una diferenciacién hasta las Uiltimas consecuencias de la masa social, en una amplia varie- dad de términos, parece acompafar la fascinacién que poco a poco aparece acerca de la individualidad personal. En uno de los extremos del espectro se puede colocar una forma.tribal y primitiva de comunidad, con diferenciaciones minimas y una identificacidn casi absoluta del individuo con el mundo social- mente dado; en el polo opuesto se halla una sociedad enorme- mente diferenciada en la que cada uno de los elementos consti- tutivos es una parte individualmente distinta del todo. En medio tal vez se encuentre la compleja realidad social. Es muy sensato y recomendable tener en cuenta dos puntos en particular. Individualidad e individualismo, dos términos que perpetuamente se confunden entre si, son aqui considerados como designacién de significados por cierto que muy diferen- 22 tes. Individualismo es algo que tiene que ver con la concepcién de la rélacién apropiada entre individuo y sociedad. El Oxford English Dictionary \o define, por contraste con colectivismo, como «teoria que aboga por la accion independiente y libre del individuo». Se trata, por lo tanto, de una teoria social que desea esa forma de sociedad en la que el grado de control social sobre el individuo se mantenga en un minimo, de manera que el indi- viduo pueda aspirar a seguir su propio rumbo con el mayor gra- , do de autonomia posible. El individualismo deja a los hombres tan libres como es posible a la hora de definirse a si mismos. La individualidad, sin embargo, queda restringida preferiblemenie - ana concepcion de la personalidad, a la forma del yo que un individuo puede buscar. Es perfectamente concebible que el vindividualismo no conduzca a la preocupacién por la individua- lidad, Si en una sociedad dedicada al individualismo, todos optan libremente por la realizaci6n en la practica de un modelo comin —el del hombre plenamente racional, por ejemplo (tal y ‘como implican tal vez las obras de Kant, Comte, Marx o Freud)—, es posible perseguir la creacién de una sociedad de personalidades homogéneas que deniegue todo valor a la indi- | vidualidad. La complicacién radica en el hecho de que una | sociedad de individualidades, pese a todo, parece exigir las/ libertades propias de una sociedad dedicada al individualismo. ! El otro punto que vale la pena considerar es que un estudio de la concepcién de sf que denominamos individualidad ha de ocuparse del deseo o de la voluntad de las figuras historicas, en lo tocante a la percepcién de si mismas en tanto personalidades Ginicas. Lo que mayor importancia tiene es que atribuyen un gran valor al hecho de ser una individualidad. Desde un punto de vista moderno es posible que los percibamos como indivi- dualidades, pero esto es algo que carece de relevancia para los propésitos de este ensayo. La cuesti6n que si tiene enorme tras- cendencia histérica es mas bien si un Agustin, un Abelardo, un Petrarca, por ejemplo, otorgaron efectivamente un valor deter- minado a la distincién de los demés, o si cada uno de ellos estu- , vomds preocupado por el cultivorde lo tipico-o lo modélico. Y Sega ’ como éste es un estudio sobre las concepciones de si que todos / ellos profesaron, no es ni mucho menos necesario recurrir a la “ 23 \ «psico-historia». La cuestién radica, por el contrario, en deter- minar la configuracion de la concepcidn de si en que discurre Agustin, hasta el punto en que él mismo la expresa, y no estu- diar si tenfa una concepci6n de sf «correcta» 0 precisar cual era la relacién que mantenfa con su madre; la «correccién» de esta ‘ visi6n no ha de estar determinada por tal 0 cual teorfa moderna y particular de la personalidad, £a cuestién de fondo es la reconstrucci6n hist6rica de esa visi6n de si mismo que tenia Agustin, y no la reconstruccién hist6rica de Agustin. Puede que para algunos lectores éstas sean restricciones no deseadas, pero asi es. No desmiento que la penetracién que los estudios psico- analiticos pueden aportar sobre estas mismas personas tal vez sean de gran utilidad. La btisqueda de estas revelaciones de si mismo en los escri- tos autobiograficos puede ser muy elusiva. Se sigue la pista de dichas revelaciones alli donde es posible detectar su presencia. He intentado registrarlas en un tipo de escrito muy especifico, y algunos aspectos del «orden» que siguen cada uno de los capi- tulos dependen precisamente del cardcter de esta literatura. E] sello distintivo de la autobiografia es que haya sido escrita de: de un punto de vista retrospectivo y especifico, es decir, el lugar en el que se instala el autor en relacién con la experiencia acumulada en su_yida, en el momento en que decide dotar de significado interpretativo a su propio pasado. Este momento, este punto de vista, requiere ser rescatado si sé desea alcanzar una adecuada comprensién del esfuerzo autobiografico; igual ocurre al tratarse de la motivaci6n y de la intencidén de un autor que escribe su autobiografia. De esta manera, el investigador hist6rico puede verse en ocasiones arrastrado a andlisis de con- siderable complejidad. El talante del texto, la manera misma de escribir, por lo comtn ha de contemplarse como un medio de importancia, en virtud del cual el autor revela su conciencia de sf. He escogido la inclusién de una recapitulacién de la historia vital tal y como cada autor se veia a sf mismo, en cada uno de los capitulos de este ensayo, a manera de prueba que puede res- paldar la comprensién del propio yo y en tanto recordatorio de la estructura esencial del relato. Algunos lectores tendrin por errdnea esta decisién de mantenerse tan apegado al anilisis tex- 24 tual. Por mi parte, tan slo puedo aducir que he realizado una eleccién consciente de todas las maneras posibles de enfocar el problema. Esta empresa tiene por tanto significativas limitaciones. No hay por qué disculparlas, aunque tal vez sea posible entender- las. Tan pronto se empieza a excavar en profundidad en el vas- tisimo problema que supone la aparicién de la individuacién, nos encontramos con una obra modélica de la erudicién de todos los tiempos. El estudio de la historia de la autobiografia est en deuda con Georg Misch, el yerno de Wilhelm Dilthey, quien por medio de sus propias reflexiones metodolégicas sefialo a conciencia la importancia de la autobiografia para el historiador. En 1904, el joven Misch presenté un ensayo al pre- mio de la Academia Prusiana sobre el tema de la historia de la autobiografia. Iba a dedicar el resto de su vida a perfilar a fon- do los detalles de sus primeras ideas al respecto. Estudié escri- tos drabes, noruegos, antiguos y bizantinos para registrar la lite- ratura autobiografica de la tradicién occidental. Escribié ocho volimenes y medio sobre esta materia, un total de 3.885 pagi- nas. Al fallecer en 1965, a los ochenta y siete afios de edad, Misch tan solo habia llegado a la época de Dante, y ni siquera pudo terminar el tratamiento de esta figura capital. Los albace- as literarios de Misch redondearon la obra mediante el sencillo procedimiento de afadir la version de 1904 sobre la edad moderna, Como quiera que Misch apenas llegé a hollar el umbral de la modernidad, cuando el desarrollo de la biografia adquiere peso propio, tan s6lo llegé a tratar de refil6n el proble- ma de la individualidad. El problema de la individuacidn, que | presuntamente iba a ser el tema de toda su empresa, qued6 una / y otra vez enterrado bajo las detalladisimas indagaciones de Misch, La deuda que he contrafdo con tan monumental obra es inmensa, qué duda cabe, incluso aunque al realizar por mi cuenta la lectura de los textos autobiograficos llegue a menudo a conclusiones muy diferentes de las suyas. No cabe duda de que una obra como la de Misch obsede en cambio la mentali- dad del investigador en otro sentido distinto: me recuerda a cada paso que la vida es demasiado breve para alcanzar un gra- 25 do perfecto de erudicién; la promesa de la complecién de la obra siempre ha de quedar ad calendas Graecas..Ninguno de los grandes autores estudiados puede ser dominado por una sola persona ni siquiera tras afios de estudio; los que realmente son grandiosos, como Agustin, Montaigne, Rousseau o Goethe, son a la vez inagotables. Ciertamente, nadie que haya probado a estudiarlos a todos ellos puede considerarse experto en ninguno de ellos; no es menos cierto que los expertos en cada uno de ellos se mostrarén muy criticos de lo que yo he realizado. Asi pues, no hay falsa modestia en denominar a este libro un ensayo. En el mejor de los casos, es un ensayo. Todo lo que se puede hacer cuando a uno le interesa un tema de la magnitud de €ste es procurar sugerir una zona de investigaci6n en la que subyace una interesante cuesti6n humana. Hay que respirar muy hondo y, con el coraz6n en la mano, ponerse a trabajar con todo el esmero y con toda la responsabilidad intelectual de que uno sea capaz. Aunque el interés que manifiesten los alumnos es de gran ayuda, uno se pregunta hasta el final si no habr4 escrito, en cambio, solamente para sf mismo. 26 1. EL PROBLEMA DE LA INDIVIDUALIDAD Y LA AUTOBIOGRAFIA EN LA ANTIGUEDAD CLASICA Este ensayo toma por punto de partida las Confesiones de San Agustin. Pero empezar por esta obra no equivale a la afir- macién de que «no existié escritura autobiografica anterior a las Confesiones.» Hubo, en efecto, escritos autobiograficos que han recibido la debida atencién por parte de los eruditos.' Sin embargo, no me interesan tanto todas las variadas formas de escritura autobiografica cuanto esa forma autobiografica propia- mente dicha, en la que una persona que reflexiona sobre si mis- mo se pregunta «{quién soy?» y «,cémo he llegado a ser quien soy?». Lo que investigo son las condiciones de existencia de la‘ individualidad consciente de si. A juzgar desde este especial punto de vista, la gran obra de Agustin tiene cierto derecho a ser considerada de manera muy especial; asimismo, y siempre des- de esta Optica, la naturaleza de las autobiografias de Ja antigiie- dad clasica presenta un caracter cuando menos problematico. La justificacién en que me fundo para asignar esta especial posicién a Agustin se encuentra ademds en una experiencia muy simple. En un registro sistematico a través del tiempo, a través de la herencia recibida por el hombre occidental, que tenga por objeto enumerar cabalmente los relatos en los que los hombres hayan querido expresarse con plena conciencia de si 27 AN mismos acerca del sentido que tuvo para ellos su experiencia personal, su libro descuella con una estatura asombrosa. Todos los escritos autobiogrdficos anteriores a las Confesiones man- tienen un perfil menos nitido; ninguno de ellos tiene la ampli- tud, la plenitud, la riqueza interior y la intensidad del punto de vista personal que traslucen las Confesiones. Poco importa que tracemos nuestro recorrido a través de Atenas, de Roma o de Jerusalén; a la postre, al término de la antigiiedad clasica tal y como suele entenderse, se alza en solitario ese libro cuya sola presencia nos hace sentir como se siente el viajero que tras atra- vesar extensas planicies llega de repente al pie de las montafias. Todo lo que anteriormente habia parecido una elevacién del terreno queda desplazado a un territorio de proporciones radi- calmente distintas. No es solamente que el encuentro de uno de los grandes genios de la humanidad haya impuesto esa modificacién de la escala. Desde los tiempos de Agustin, han sido muchos los © hombres de menor valia intelectual los que han escrito grandes ) autobiografias; antes que él, otros hombres de genio equipara- ble escribieron acerca de sf mismos, desde luego, pero dentro de formas autobiograficas mds restringidas. Algunos hombres de la antigiiedad escribieron asi acerca de las grandes hazaiias realizadas (res gestae); otros refirieron los grandes acontecimientos de que habfan sido testigos (memo- ria); otros dieron cuenta del porqué y del cémo quisiéfon con- vertirse en sabios (Vidas de los fildsofos). Ninguno, empero, abrié su alma a la mirada interior de la genuina autobiografia. Los rasgos culturales esenciales y las caracteristicas necesida- des humanas del mundo antiguo bien podrian servir para expli- car el crecimiento de una actividad autobiografica més atrofia- da, pero que cn el tiempo llegarfa a ocupar una posicién sefiera en la vida del hombre de Occidente. Aunque el esfuerzo nece- sario para sugerir cudles fueron estas razones s6lo pueda gene- rar un determinado nimero de hipétesis nada mas que plausi- bles, es un esfuerzo que conviene realizar, aun cuando s6lo sea a modo de tentativa. Todo el que transite por los caminos de la} antigiiedad sabe bien con cudnta facilidad puede rebatirse e | incluso invertirse una argumentaci6n inteligente, ya que de las 28 arenas de Egipto puede surgir un documento inesperado o un nuevo descubrimiento que trastoque las lecturas textuales pre- cedentes. Son tres los factores dominantes en la historia de la anti- giiedad grecolatina que apuntan en particular al porqué tuvo resultados tan limitados Ta empresa de la busqueda del propio yo, a partir de la cual brota la genuina actividad autobiografi- ca, y muy en especial esa actividad en concreto de la cual sur- gen los rasgos individualistas de la concepcién de la personali- dad. Una de las razones radica en los fuertes lazos de parentes- co que definen esta fase de la civilizacién. Otra es el cardcter intensamente piiblico de la vida en Ia polis. El tercer factor es un reflejodel poder que ejercié un modelo racional sobre las ulteriores concepciones de la personalidad. Las memorias autobiograficas, las res gestae y las vidas de los filésofos por igual aparecieron en este contexto cultural con mucha mayor prontitud que la autobiograffa de orientacién esencialmente interior que es propia de las Confesiones. Poco sitio habia, pues, para que una concepcién de la personalidad avanzase rumbo a la individualidad. Los documentos disponibles sobre la vida helénica antigua, asi como los reflejos latinos de las condiciones propias de la Roma antigua, indican el extenso predominio de los lazos de parentesco. Basta con preguntar quién es a un héroe homérico, que lo mas probable es que conteste como sigue: soy Telémaco, hijo de Odiseo, hijo de Laertes, hijo de Autokylus. Pregtintese lo mismo a un romano, que ha de enumerar a buen seguro los nombres de los maiores, los excelsos antepasados que lo han precedido. Los individuos estaban engastados como joyas en la masa social de unas determinadas relaciones consanguineas. En multiples sentidos fundamentales, a menudo tan dificiles de entender para nosotros, ya que vivimos en una sociedad alta- mente diferenciada, compuesta por individualistas y por indivi- dualidades, las vidas de los antiguos estan amasadas a partir de unas relaciones sociales y de parentesco de las que se deriva y de las que extraen todo su significado. Enel siglo VI, un tal Soldén, en su Fragmento sobre la justicia, considera perfecta- 29 me mente justificado que el hijo nonato pague por la hibris de sus padres. Cuanto mas intensamente se conoce uno a si mismo en tanto prolongacién de una familia, en tanto parte plenamente integrante de un grupo de parentesco estrechamente ligado, menos ofensiva podra parecer semejante concepcién de la justi- cia. Hasta que lleguemos a entrever reflejos de un mundo algo distinto, al final de la Orestiada de Esquilo, los hijos de la familia bien saben que sobre ellos ha de recaer la tarea de ase- gurar el cumplimiento de la justicia mediante la venganza de las injusticias que se hayan cometido. Las Phylae y las gentes “ son las auténticas bases del poder en una sociedad en la que el/ poder publico esta infradesarrollado. En estas sociedades, la estructura del parentesco impregna todos los elementos, y se atina con una visién de la existencia acusadamente aristocratica, que dej6 una duradera impronta sobre la cultura de la antigiiedad. Para gozar de la «buena vida» uno depende por entero del bienestar y del caudal del oikos o patrimonium, es decir, del patrimonio de la familia. Lo que se tiene parece mds importante que lo que se pueda ser. En una sociedad con una base econ6mica tan estrecha para facilitar el bienestar, s6lo las grandes familias disfrutan del poder; s6lo ellas pueden permitirse el lujo de contar con carruajes de guerra y con una caballeria a su servicio. Sélo sus miembros sobresa- len o Ilegan a ser eminentes; s6lo ellos son nobiles, s6lo ellos tienen un nombre propio. Los «buenos» hijos han tenido padres «buenos». La virtud es pura cuestién de buena crianza. En la j Ifada no hay mas que un nombre carente de la genealogia al 4 uso: Térsites, el que habla con arrojo, cuyo destino no fue muy ' prometedor. Cuando los romanos pensaban en los proletarios, pensaban en una vasta masa de sujetos «innominados» que s6lo podfan servir al bien comin por medio de sus hijos (proles). E incluso después de mediado el siglo V a.C., un escritor atenien- se, el llamado Viejo Oligarca, da por hecho el axioma de que nada bueno puede esperarse de los desposeidos que carecen de un nombre de familia. En Grecia, sdlo la fe en Themis, la idea de que existia alguna clase de orden basico entre los hombres, | podia proteger a las capas inferiores de los caprichos y las arbi- | trariedades de sus vecinos poderosos. El sistema romano de la 30 / ela daba proteccién a los débiles por medio de una asocia- cion religiosamente formalizada con los patricios, al tiempo que daba a los patricios la base necesaria para ejercer un poder formidable. ;Dénde esté la grandeza de Roma, como dijo * Walpole, si no es en la historia de un millar de grandes fami- lias? » A medida que la vida de la polis fue apareciendo y estable- ciéndose gradualmente en la sociedad tanto helénica como romana, la fuerza inquebrantable del parentesco y su dominio sobre los hombres siguié reflejandose en la prolongada lucha por transformar las lealtades de sangre en lealtades de polis. A lo largo de los siglos, los desarrollos constitucionales, en la medida en que nos son conocidos, hacen pensar de inmediato en la tenacidad de este conflicto. Casi cualquiera de las pugnas dirimidas entre el senado y la plebe en la Roma de los siglos V / y IV tienen el sello de esta transformacién. Es posible que en esta res publica en particular, el poder basico del parentesco prevaleciese por mds tiempo que en ninguna otra polis; la gran- deza de la reptiblica se apoyaba de forma muy considerable en el hecho de que los muy poderosos clanes habjan aprendido ya en época muy temprana a fusionar sus intereses en un grado extraordinario con los intereses publicos. La constitucién de Licurgo, en Esparta, fue en multiples aspectos la imposicién de un hondo compromiso con los asuntos ptiblicos sobre una comunidad compuesta por diversos clanes. En Atenas, la cons- titucién de Soldn se propuso interseccionar el orden tribal por medio de la clasificacién de las propiedades privadas; a lo sumo se qued6 a mitad de camino. La arbitraria y grandiosa divisién de los distritos electorales para obtener el mejor parti- do de las elecciones, realizada por Clistenes en el afio 501 6 508 a.C., mediante la identificacién del sujeto con una deme o residencia, quiso antes que nada garantizar la lealtad a la polis por encima de los intereses de las grandes familias. En conjun- to, tuvo que producirse un largo y trabajoso desarrollo hasta que los hombres parecieron mas dispuestos que nunca a identi- ficarse mas con la ciudad que con la familia. El paso gradual de una economia agraria de subsistencia a una mayor dependencia de la economia monetarista, asi como las graves crisis sociales 3) que se produjeron a la par que este cambio, contribuyeron en parte a distender el tejido social. Y la amplia base social del poder que radicé en el paso a la superioridad militar de la / infanteria pesada fue quiz el factor primordial en el crecimien- to del poder de la polis. La falange hoplita y la legion romana fueron extraordinarias maestras de la mentalidad de la polis. Z £Qué clase de concepcidén de sf podia tener un hombre en este mundo antiguo? Respecto de la Roma antigua, no dispone- mos de pruebas que nos permitan responder. Respecto del mun- do griego antiguo, si tenemos una fuente fenomenal: la poesia ‘ homérica. La épica, cuando menos, nos permite una reconstruc- cién del «hombre homérico», aunque no nos sirva de acerca- miento a la conciencia de sf que pudiese tener tal o cual ciuda- dano, con la salvedad del poeta —o los poetas— a quien(es) se atribuye la obra. # El hombre homérico, como el ptiblico del propio Homero, es el héroe aristocratico. Los lazos de sangre tienen para él una importancia extraordinaria. El poeta presta una sorprendente atenci6n a las genealogias: los héroes se retinen antes del com- bate, ante las murallas de Troya, y refieren por lo menudo cué- les son sus nobles linajes, casi siempre en estilo directo; se muestra cual es la nobleza de los corceles aduciendo su linea de ascendencia, y lo mismo ocurre con las mejores armas. El publico claramente ha de comprender que, aun siendo una cria- da, el ama de Ilaves de Odiseo, Eurycleia, es «digna de men- cién»: siendo hija de Ops, tiene el ascendente de un nombre propio. La valfa de cada cual es en un grado inmenso la valia de una familia. Los hijos son la prolongacién de la vida de los padres. El entomno de una determinada masa social esta impreso en la vida de quien de ella procede. / La mayoria de los hombres «desaparece» en esa masa rela- “ tivamente indiferenciada; los héroes sobresalen en tanto indivi- duos distinguidos. Su fuerza de voluntad, a primera vista, pare- ce delatar la dominacién de la sociedad. En toda nuestra heren- cia literaria, ;hay algtin egotista con mayor fuerza de voluntad que Aquiles? Los mirmidones, su pueblo, dependen en lo tocante a su seguridad enteramente de él, de un hombre cuyo carro de combate protege a los pobres que van a pie, tal y como 32 protegen los tanques a la infanterfa. En aras de su estatura pare- ce dominar la sociedad toda. ;Qué queda entonces, al menos a primera vista, del argumento segtin el cual al hombre le esta vedada su propia definicién en tanto individuo separado por las realidades de una sociedad que es una trama de estrechas rela- ciones de parentesco? El héroe descuella sobre el resto, pero s6lo en tanto en =) cuanto representante de los valores de su sociedad. No podria ) funcionar nunca en contradiccién con su grupo. Ciertamente, nunca habria comprendido nada referente a la ley interior de la vida mediante el cual una individualidad se propone en todo momento dirigir su propio rumbo. Diriase que el hombre homé rico carece de un centro que organice su cardcter, de algo seme- jante en cierto modo a nuestra moderna concepcién del.ego._E) héroe se rige tinicamente por el potente flujo del instinto y la pasion. Sus grandes acciohes resultan solamente de una forma _ Part icular de la energia (menos) que muy a menudo tiene un =) origen exterior a él: el Dios «insufla el menos en la nariz y la boca del héroe.» La psyche parece hacer alusi6n al aliento que abandona al cuerpo en el instante de la muerte, y que viaja al Hades convertida en sombra; no parece funcionar como fuerza que aglutine y coordine la totalidad del ser. Es asimismo asom- biOS Cin {Qué relaciones tuvo con las mujeres, la familia, las amistades? {Qué grado de ejemplaridad tuvo en el dominio de sus pasio- nes? {Cudles han sido sus escritos, ensefianzas, maximas y con- sejos? El interés en la individualidad es mfnimo en el mejor de los casos; la comprensin genética del desarrollo de la persona palidecé por comparacién con el interés por el valor didactico de la personalidad. Buena prte de este valor se extrae de la exposi- cién de Ta fucha ejemplar con el destino, una fuerza que a menu- do se considera sobre todo como un obstaculo que se interpone en ef amino de la vida, que ha de llevar el hombre genuinamen- té sabio, cuya sabidurfa es constantemente puesta a prueba mediante este encuentro continuo con el destino. Las condiciones de una biografia con éxito son las mismas que las de la autobiograffa; rara vez revela el autobidgrafo penetraciones o inferencias de las que no disponga el bidgrafo. El arte del retrato literario, no obstante, sf fue altamente desa- rrollado dentro de esta visién esquemitica de la personalidad. ET auténtico incentivo para la escritura de la literatura autobio- grdfica puede que fuese més bien débil, si bien esto no pone en cuestién la maestria artistica de los antiguos historiadores y bidgrafos. Antes bien, es al contrario: las formas y tacticas lite- rarias estaban al alcance del profesional, y el poderio formal de los autores antiguos es innegable. Aunque tuvieron las herra- mientas y el talento literario requeridos para escribir biografias ejemplares, dispusieron de pocos incentivos para hacerlo. Asi pues, esta impresién se refuerza por el hecho de que la relativa ausencia de autobiografias configure ciertamente todo un indice de las restricciones que pesaban sobre los ideales dominantes de la personalidad y sobre las condiciones culturales de que aquéllos dependian. —> Durante el milenio que va del afio 800 a. C. hasta el afio 200 d. C., las condiciones de la vida en antigiiedad no estimula- > ron ni fomentaron el crecimiento de la autobiografia. Los anti- guos no dieron ningtin valor.a_una vida dedicada a encontrar ‘una respuesta a estos interrogantes vertebrales: ;quién soy yo? 45 {Cémo me he convertido en el que soy? En qué sentido tengo una personalidad diferenciada? ; Qué compleja interaccién de fuerzas externas y de caracteristicas internas da cuenta de mi configuracién especifica? No hubo ninguna necesidad de utili- zar la autobiografia como medio basico para iniciar y culminar la busqueda del propio yo, ni como herramienta con la que aclarar ese yo propio. pero sf existid, en esta civilizacin aristo- cratica, ag6nica y de mentalidad esencialmente publica, una cierta necesidad de glorificaci6n y justificacién.de_uno mismo. A la representaci6n de los grandes hechos realizados, del papel. ptiblico de la personalidad y de sus efectos en el mundo, se le da una exposici6n directa. En la «Séptima carta» de Platén, por ejemplo, se hace tal hincapié en el valor de una existencia ver- daderamente racional que apenas queda espacio para preguntar- se por un desarrollo de la personalidad auténticamente indivi- dualista. El término desarrollo es realmente la clave de las limitaciones de todos estos géneros, que extraen su genuina fuerza del arte del retrato estatico. La representacién de las posibilidades del desarrollo parece agotada en una técnica que muestra la consecucién gradual de una naturaleza dada, de un modelo de existencia. S6lo en la lucha heroica contra el destino cabe a veces discernir un débil desarrollo, una cierta evolucién de la persona. Tampoco encontramos ese elemento que poste- tiormente serd tan esencial para la culminacién del potencial pleno de la autobiografia, esto es, la concepcién de un desarro- Ilo genético de la personalidad, fundada en la conciencia de la compleja interaccién que se da entre mi mundo y yo.° En com- paraci6n con las concepciones judeo-cristianas, y ciertamente en comparaci6n con las posteriores concepciones historicistas, la concepcién de la personalidad que prima en la antigiiedad es de un cardcter innegablemente mis estatico. El retrato y la ejemplificacién moral estén més acordes con el tiempo. Desde multiples perspectivas, pues, si hubo algunas razones para que se diese un crecimiento limitado de la autobiografia en la anti- giiedad. El crecimiento que tuviese lugar, en cualquier caso, proporcioné a la ulterior evolucidn del género en Occidente las formas y utensilios literarios fundamentales que pasarian a for- mar parte de la tradicién autobiografica. 46 Antes del afio 400 a. C., hay cierta poesia que tiene una ine- . quivoca calidad autobiogrdfica; rara vez est4 desprovisto este género de un impulso autobiografico.° Lo mas digno de men- cién son las referencias personales en las obras de Hesiodo, Arquiloco y Solon. Pero todo el que desee reconstruir una vida a partir de estos detalles autobiograficos se vera desalentado por su parquedad. Otros prosistas, como Herédoto y Tucidides, sélo nos proporcionan los més leves indicios acerca de sus pro- pias personas. Sélo en la Andbasis de Jenofonte, escrita en ter-< cera persona, encontramos en efecto una memoria de contenido autobiografico; tiene un fuerte talante de apologia politica y abunda en los hechos realizados.’ A partir del siglo IV poseemos tres documentos exentos y de un contenido manifiestamente biografico. Dos de ellos adop- tan la forma de discurso legal, y uno es una famosa carta. ~ Is6crates, ya muy al final de su vida, en torno al afio 354 a. Cs escribié un discurso de defensa para un juicio dirimido en Antfdosis, que probablemente nunca lleg6 a leer en ptiblico. Se imagina que se trata de una ocasi6n publica; la exposicién de la personalidad se atiene, al pie de la letra, a un esquema de la vida propia del hombre ptiblico, que vive éticamente a tenor de lo que de un ciudadano virtuoso se espera, s6lo que, en la ver- sién de Isécrates, no es tanto un héroe cuanto un burgués ate- niense medio, levemente filisteo. La educacién sofista va de la mano con la virtud civica, sin relacién con las virtudes priva- das; e] cultivo de las calidades personales sigue siendo espe- cialmente fuerte, siempre al servicio de las funciones publicas. Esto és mas cierto si cabe en el caso de la oracién de Deméstenes titulada «Sobre la corona» (330 a. C.), justifica- cién autobiografica de su oposicién a Filipo Il de Macedonia. Esta relacién de su vida y exposicién de su cardcter tiene por objeto proporcionar el contexto necesario para que se entienda su actitud politica. En cuanto a la famosa «Séptima carta» de Platén, de contenido autobiografico, los estudiosos ni siquiera se han puesto de acuerdo en si la autoria del texto corresponde efectivamente a Plat6n o quizd a uno de sus discfpulos. En cualquier caso, es de especial interés por lo que revela acerca del dilema que vive el autor: puede optar entre una vida dedica- 47 da a la acci6n politica o una vida retirada, dedicada a la filoso- fia. La relacién se centra en la experiencia siciliana de Platon, en la corte de Siracusa, en donde el viejo filésofo, tras abstener- se de participar en la politica de su Atenas natal, pens6 que dis- pondria de la ocasi6n de traducir sus ensefianzas filos6ficas a la accién. Se trata de una honesta evaluacién de su fracaso en el intento. De todos modos, es también una narracién que mezcla la plasmacién de los hechos con los elevados pensamientos filos6ficos que suscitan; no nos aporta tanto una vision a fondo de la persona que escribe cuando de un filésofo que se enfrenta a un problema practico relativo a lo que le queda de vida. El dilema de la eleccién entre vita activa y vita contemplativa tuvo en lo sucesivo una representacién modélica. Asf como los escritores helenfsticos extendieron el alcance de la literatura biogrdfica, s6lo disponemos hoy de referencias a obras autobiogrdéficas no exentas en este perfodo, todas las cua- les se dirja que fueron memorias 0 narraciones de grandes hazafias. Polibio refiere que Anibal al parecer escribié una monumental relacién de sus hazafias, y que Aratus de Sicién escribié memorias de sus actuciones politicas y militares. Hallamos referencias esparcidas a las inscripciones y memorias autobiograficas de los gobernadores del periodo helenistico; las convulsiones politicas de la etapa posterior a Graco, en la Roma republicana, alentaron a muchos romanos a escribir «apologias» politicas y relaciones de su propia actividad. Por medio de Cicerén, de Tacito y de Plutarco conocemos la activi- dad de la autobiografia politica que practicaron Aemilius Scaurus, Rutilius Rufus, Q. Lutatius Catulus y, sobre todo, la gran memoria del dictador Sila. Los comentarios de César a la guerra de las Galias y a las guerras civiles dificilmente podrian calificarse de autobiograficos, aun cuando la relaci6n en tercera persona de vez en cuando ofrezca una visidn de la personalidad del autor. No existe una autobiografia de Marco Tulio Cicerén, que es por otra parte el hombre que mejor conocemos de toda la antigiiedad. Su notabilisima correspondencia, sobre todo las cartas dirigidas a Atticus y a otros amigos {ntimos, contienen muchos momentos de reflexién sobre si mismo, de revelacion y valoracién de su persona. Muy a menudo inserté datos persona- 48 les en sus otros escritos; en el Brutus esboz6 incluso una histo- ria de su evoluci6n personal como orador, dentro de una histo- ria general de la oratoria. Una vez mas encontramos el hondo. conflicto de la elecci6n entre vita activa y vita contemplativa; hay en Cicer6n una conciencia muy real de los diversos papeles que el hombre puede y debe desempefiar (asi, el término perso- na, que originalmente significaba «mascara», «papel», figura ahora con mayor prominencia), y Cicerén ocasionalmente hace gala de Ia habilidad, hasta entonces muy infrecuente, de salir fuera de sf mismo para medir el valor de su actuaci6n real, compardndose con el modelo de la vida del estadista que se habia propuesto alcanzar (rara cualidad en un hombre que, la mayor parte del tiempo, tiende a engafarse a si mismo acerca de su verdadero poder en el mundo). De haber escrito Cicerén una autobiografia, podria habernos legado la muestra mds valiosa que un hombre de la antigiiedad clasica podria habernos dejado; lo cierto es que en el material del que disponemos no hay indicios que nos Ileven a pensar que habria trascendido las limitaciones adscritas a todo esfuerzo autobiogrdfico en la anti- giiedad clasica. Los restos encontrados del periodo del principado no alte- ran sustancialmente la imagen de conjunto. Simbélicamente, a comienzos de esta época se sittia la relacién de res gestae por antonomasia, la «reina de los documentos», en feliz denomina- cién de Mommsen, la relacién de los hechos del emperador Augusto. Este hombre que cambié tan fundamentalmente el curso de la historia disponia del material mds impresionante que se pueda concebir para unas Res Gestae, como se puede ver por la inscripcién encontrada en el templo dedicado a la diosa Roma en Ancyranum: «A los diecinueve afios de edad adquir{ por decision propia, por mi cuenta y riesgo, un ejército al mando del cual iba a restaurar la libertad en el estado que habia cafdo bajo las garras de la tirania impuesta por una fac- cién». {Cudntas vidas podrian comenzar de este modo su rela- to? Ya la primera frase eleva la narracién a un plano en el que no tiene rival posible. Al mismo tiempo, no hay ningtin otro documento que muestre tan bien como éste la abismal diferen- cia, el mundo que media entre las res gestae de un hombre 49 ptiblico y la autobiografia de un hombre que realmente refle- xione sobre sf mismo. Una de las personalidades mas extraordi- narias que se han dado en la historia de la humanidad deja constancia de sus hazafias y de la intencién perseguida con sus actuaciones politicas, pero nada nos revela acerca de su vida interior. Sabemos que también escribié una autobiografia ante- rior, Claro que ;revelaria su contenido, caso de haberse conser- vado, alguna cosa mds? En cuanto a las vitae imperiales de perfodos posteriores, las tnias referencias dignas de confianza que tenemos son las de Adriano y las de Septimio Severo, dejando a la de Marco Aurelio un lugar muy especial. Entre los escritos autobiogr4ficos con menos color politico de los producidos durante el principado tenemos las revelado- ras porciones de poesia de Horacio. Ovidio (en especial, Tristia, 4.10) y Propercio. Hay igualmente reflexiones autobio- graficas esparcidas por los escritos de filésofos tales como Séneca y Epicteto. Una obra mas extensa, la «autobiografia del escritor» (Schriftstellerautobiographie) de Nicolas de Damasco, consejero del rey Herodes, es més que nada un auto- rretrato apologético y, si acaso, un encomio de s{ mismo, escri- to en una «modesta» tercera persona. Los fragmentos que se conservan no han causado una gran impresiOn entre sus escasos lectores:? es una personalidad que se pierde en los recuerdos 0 en el esquema de la alabanza de si mismo. La Vida del historia- dor judio Josephus vuelve a ser en lo esencial un relato de su comportamiento politico y militar durante el periodo de la gran rebelin. Las cartas paulinas revelan muchos datos acerca del autor, pero su propio propésito didactico, que se afirma especi- ficamente en muchas de ellas, socavan el valor autobiografico que pudieran tener. En el siglo II d.C. hay referencias autobiograficas en la poesia satirica de Luciano y, més incluso, en «el producto autobiografico de la literatura griega»,"° las oraciones sagradas del rétor Aclius Aristides, que habla de sf mismo al anotar los suefios y visiones que experiments siendo adepto del culto de Asclepio. Luego hay que mencionar Las meditaciones del emperador Marco Aurelio, cuyos editores tantas veces han pro- mocionado en el mercado como una de las grandes autobiogra- 50 fias que en el mundo han sido. Ahora bien: este libro tan nota- ble jes de hecho una autobiografia? E] Libro I, con su esmera- da lista de «lo que debo a quienes me han formado», podria dar la impresi6n de serlo. Sin embargo, los once libros siguientes tienen la inequivoca calidad de las anotaciones del momento, tomadas sobre la marcha, que lo adscriben mas bien al género del «diario activo».'! Constituyen los intentos de un hombre, para quien el mundo esta a punto de convertirse en algo carente de sentido, por recordar al amanecer, todos los dias, ese pufiado de ideas que tiene en gran estima, esas escasas certezas gracias a las que podra mantener entera su personalidad de cara al tra- bajo que ha de realizar. Se trata de una coleccién de ensefianzas en lo esencial estoicas, repetidas casi como una salmodia 0 un encantamiento, para que las frases sigan vivas y se amplifiquen por medio de las reflexiones personales sobre los sucesos coti- dianos. En esto no puede decirse que exista una exploracién activa del propio yo, ni una exposici6n del propio yo en benefi- cio de los demas, ni un auténtico autorretrato. El conjunto del texto esta dominado por la necesidad que siente el autor de mantener a raya la locura. Marco Aurelio logré, mediante el uso de este ejercicio diario de recordacién, preservar su vida dentro de los confines de la racionalidad estoica, por mds desa- brida y carente de gozo que fuese una vida asi. A medida que se leen sus anotaciones, se tiene la sensaci6n de que el refinadi- simo mundo del imperio universal que rigié no podia mantener- se mucho mas alla de su época. En el mundo en rapida transformacion de los siglos III y IV fueron escritas algunas obras autobiograficas. El rétor Libanius escribié una declamacién en la que revelaba su personalidad. Sin embargo, la mayor parte de los apologetas cristianos gufan la atencién del investigador hacia los restos del género; en el siglo II, Justino el Martir fue uno de estos apologetas, y mas adelante lo mismo puede decirse de los escritos de Prisciliano y de Nestorius. A juzgar desde el punto de vista de la literatura, la obra mas lograda de todas las que antecedieron a Agustin bien podria ser el Canto a sé mismo, escrito por un clérigo del Imperio oriental Ilamado Gregorio de Nicea. Las necesidades cristianas, sentidas en toda su hondura, se mezclan en esta épo- ca con las formas literarias que cuajaron durante la antigiiedad clisica. El elevado tenor de las Confesiones de Agustin por fin aparece en la palestra, y descuella de tal manera, con tal pree- minencia respecto de todo antecedente, que es dificil resistirse / a laafirmaci6n de que con esta obra arranca la auténtica tradi- \ cién autobiografica de Occidente. 52 2. LAS CONFESIONES DE SAN AGUSTIN: LA BUSQUEDA CRISTIANA DE UN YO PROPIO El historiador de la autobiografia a menudo encuentra abundantes cosechas en los grandes periodos de crisis, en los que las vidas de los hombres de Occidente dan giros decisivos. En la época «clasica», poseedora de configuraciones culturales elaboradas con enorme coherencia (lo cual equivale a decir tan s6lo que tiene un repertorio de respuestas y técnicas apenas dis- putadas, aplicables a las cuestiones de Ia vida que mayor per- plejidad imbuyen en el hombre), los individuos han de afrontar con mucho menor apremio la necesidad de referir el significado de su existencia. Las épocas de crisis, en las que las mas firmes suposiciones sobre el hombre y su mundo son de continuo puestas en tela de juicio, fuerzan al individuo a asumir la tarea de duda y de indagar una y otra vez en los cimientos mismos sobre los que descansaba tradicionalmente esta concepcién de si mismo. E incluso la escasa cosecha de escritos autobiografi- cos de la antigiiedad respalda en buena parte esta impresi6n: existié un breve florecimiento de la poesfa autobiogrdfica en el periodo de transici6n de la antigua sociedad tribal y aristocrati- ca a los comienzos de la polis griega; existi6 una honda crisis de reorientacién personal de la cual son clarfsimos sintomas las guerras del Peloponeso; por otra parte, la crisis de la Republica _, moribunda y de las guerras civiles de Roma suscitaron la apari- 53 cién en primer plano de varios intentos autobiograficos. La ,configuracién cultural de la Alta Edad media presenta un tipo Z autobiografico mucho mis estable y uniforme, menos proble- \ matico, que el contexto mas labil del Renacimiento y la \ Reforma. Sin que sea nuestro deseo hacer de estas reflexiones slo hilvanadas nada que pueda remitir a una ley hist6rica — ley que nosotros, en la modernidad, dificilmente podriamos comprobar, ya que a duras penas Ilegamos a percibir la configu- racién de nuestra propia cultura, y ley por otra parte en presu- mible contradiccion con la consideracién de que cualquier cri- sis personal de cierta intensidad, en una época de estabilidad, podria en efecto liberar todas las motivaciones necesarias para la escritura de una autobiograffa—, sigue siendo digno de men- cion el que la gran «autobiografia» antigua que comentaremos en este capitulo pertenezca indudablemente a una época en la que el hombre occidental experimento profundisimas transfor- maciones culturales. Agustin vivid del aio 354 al ato 430 d. C. El siglo com- prendido entre 350 y 450 fue, a tenor de los acontecimientos externos, no més agitado ni colvulso que cualquier otro siglo comparable en la historia de la época clasica. Con la excepcion ~) del periodo que va del afio 50 al afio 200 —el segmento hist6ri- co mas largo que nada menos que Gibbon mismo tenia por una de las etapas més felices en la historia de la humanidad—, el mundo antiguo habia experimentado recurrentemente notables revueltas en lo politico. El medio siglo que va del afio 250 al afio 300 facilmente podria haber sido mAs tumultuoso que el medio siglo que va del afio 400 al aio 450; el siglo IV, en con- junto, debié de resultar bastante uniforme e incluso apacible para la mayor parte de los ciudadanos del imperio. Asi pues, tenia gran trascendencia para toda sensacién de bienestar subje- tiva el donde, dentro de tan inmenso imperio, y el cudndo expe- rimentase cada hombre la época que le habia tocado vivir. Los libros exentos del tltimo gran historiador romano, Ammianus Marcellinus, abarcan el cuarto de siglo durante el cual madur6 Agustin hasta hacerse un hombre. De ninguna manera transmi- ten la impresién de que este inteligente observador de la histo- ria considerase el suyo un mundo en declive. A pesar de la sor- al 54 presa que hubo de producirle la desastrosa batalla de Adrian6polis 0 el saqueo de Roma perpetrado por los visigo- dos, asf como los vandalos invasores de su propia tierra nortea- fricana, tampoco Agustin consideré nunca la historia de su €po- ca como un periodo tenebroso, al estilo del pesimismo que, si impregna la mentalidad de Gregorio el Grande, s6lo ciento cin- cuenta afios més tarde. Entre Jos defensores del poder imperial y sus rivales se produjeron repetidas luchas; a veces, el poder imperial lego a unificarse (asi, de 353 a 375, y de 379 a 395); en otras ocasiones no lo estuvo. Por los territorios romanos abundaron las incursiones de los barbaros, pero de un modo u otro el imperio siempre habia parecido capaz de absorber a toda clase de invasores, En aquella época, nadie disponia de la ven- taja que supone la visi6n retrospectiva gracias a la cual el histo- riador moderno sabe que la division del imperio fue ya definiti- va en el afio 395, y que en la mitad occidental, mas débil y expuesta a los ataques de los barbaros, éstos bien pronto se eri- gieron en amos y sefiores del territorio. Es dificil percibir algin sintoma, hablando slo de los acontecimientos politicos, que hubiese bastado para propiciar un cambio radical en la visién que el hombre tenia de si mismo (tal y como si pudo suceder, por ejemplo, en el caso de los acontecimientos ocurridos entre el afio 400 y el afio 49 a. C.). Tal vez pueda pensarse que las transformaciones sociales y econémicas de este perfodo tuvieron cruciales consecuencias. La vida en la antigiiedad, centrada de manera tan intensa en el complejo urbano de la polis en sus diversas manifestaciones, comenz6 a ser mucho més rural. Sobre todo en la mitad occi- dental del imperio, la huida de las élites urbanas al campo se habia iniciado al menos un siglo antes del afio 350; el desarro- Ilo de la villa y del sistema distributivo de la columnata en tor- no a la cual se articulaba fue un primer paso muy significativo, tendente al asentamiento de una forma de organizacién centra- da en estas mansiones campestres. La economia urbana, de base monetaria y de trueque, fue cediendo paso de manera ince- sante ante el avance de una economia de subsistencia en muchos casos auténoma. Pero en épocas que, como ésta, discu- trian con mayor lentitud que la nuestra, tales transformaciones 55 rara vez surtieron un impacto dramatico en Ja conciencia que los hombres tenian de si mismos. Sin embargo, se dio durante este siglo una clase de transfor- macién que por fuerza habia de tener un efecto fundamental en la mentalidad del hombre. En términos demogrdficos puramente cuantitativos, el mundo estuvo cristianizado a lo largo del siglo IV. Cuando Constantino opta ptiblicamente por el cristianismo durante el primer tercio del siglo IV, los cristianos eran atin una minoria, quizé el 10% 0 puede que el 20% del total de la pobla- ci6n, aun cuando estuviesen mas concentrados en determinadas regiones. La mentalidad cristiana estaba marcada por una idea de comunidad estrechamente comprimida, compuesta por los santos sitiados por un poder estatal pagano, por el populacho e¢ incluso por la cultura dominante. Una vez que aceptaron el orden basico de la realidad, este escenario cambi6 sustancialmente. Hacia el aiio 450, casi cualquier persona tenfa mas probabilidades de ser cristiana que pagana a conciencia. También habia cambiado la relacién de los cristianos con el orden politico. El Edicto de Milan, promulgado en 312 6 313, fue una mera declaraci6n de tolerancia para los cristianos que supuso el fin de las persecucio- nes, y de que el propio emperador era «favorable» a la Iglesia; Juliano el Apéstata, en su breve paso por el poder (361-363), fra- cas6 en su empefio por organizar una especie de iglesia pagana; en 382, el obispo Ambrosio de Milan habja obligado ya al empe- rador Valentiniano II a retirar el altar de la Victoria de la cémara senatorial de Roma; con el emperador Teodosio, el cristianismo se habia convertido practicamente en la religién «oficial» del estado, Una vez ganada la batalla por la aceptacién externa de la Iglesia, los grandes conflictos pasaron a ser de tipo interno: la gran polémica del arrianismo que tanto perturbé 1a vida de los cristianos durante el siglo IV, el cisma donatiano que tantas repercusiones tuvo atin en la comunidad ecristiana de Africa a la que pertenecia Agustin, las cuestiones doctrinales que gradual- mente iban a plantearse en el pelagianismo contra el que tanto batallé Agustin mismo; por Ultimo, y si es licito decirlo de este modo, el ataque implicito del movimiento monacal contra una Iglesia que ya peligraba debido a las tendencias secularizadoras a las que la habia expuesto su propio triunfo en el mundo. 56 Es preciso considerar la vida de Agustin sobre el telon de fondo de estas transformaciones, por medio de las cuales el estilo de vida clasico fue convirtiéndose en un estilo de vida cristiano; en ciertos aspectos esenciales fue un proceso consis- tente en amalgamar extremos opuestos. Agustin pertenecia a una familia en la que la madre, Ménica, era una cristiana devo- ta, mientras que el padre, al parecer con notable consciencia, era pagano; sdlo poco antes de morir hizo Patricio las paces con la Iglesia: Agustin tenfa entonces dieciocho afios de edad. Los dos habfan fomentado ambiciosamente en el hijo la aspiracién de alcanzar el éxito en este mundo, a pesar de que les supusiera un considerable sacrificio econdmico; le proporcionaron la tipi- ca educacién clasica. Esta educacién a la que fue confiado no habia cambiado practicamente nada a lo largo de varios siglos; seguia estando pensada para formar un hombre erudito, elo- cuente, el orador que habia de prestar servicio a la sociedad desde muy variados puestos de prominencia publica. Para un joven surgido de circunstancias modestas, como era en efecto Agustin, esta ensefianza fue su unica posibilidad de «llegar a ser alguien». Utilizé a conciencia las oportunidades que se le ofrecieron, y logré un éxito eminente; a los treinta afios, en calidad de profesor ptblico de retérica y oratoria en Milan, por entonces capital de la mitad occidental del imperio, pudo apro- vechar para contraer matrimonio y emparentar con una de las py mejores familias, aparte de proseguir su dedicacién a una | encumbrada profesi6n publica. El patron de la educacién reci- bida lo habia capacitado de esta manera para desarrollar su per- sonalidad de acuerdo con el modelo mediante el cual una civili- zacion extremadamente madura habia intentado expresar durante muchisimo tiempo uno de sus ideales dominantes res- pecto del hombre bueno. Es obvio que el tema mas dramatico de su vida iba a ser que el desarrollo espiritual experimentado por el propio Agustin lo llevase a entrar en abierto conflicto con este clasico ideal. Y la significacién que tiene su vida en la historia universal se deriva de la transformacién que logré introducir en este ideal por medio de su extraordinaria capaci- dad espiritual. Agustin se esforz6 por alcanzar la formulacion de un ideal de la personalidad y de la cultura que, a la postre, 57 A iba a afectar profundamente el curso de nuestra civilizacion. Ast, sirve de puente entre el mundo antiguo y el mundo medie- val; conviene considerarlo como un hombre que representa una €poca a caballo entre estos dos inmensos bloques de la historia, una €poca por derecho propio, de la cual fue el hombre mas representativo. {Qué clase de libro son las Confesiones? Agustin lo escribié entre el afio 397 y el afio 401, poco después de haber sucedido a Valerius en el episcopado de Hipona en el afio 395. Habia trans- currido ya una década desde la experiencia de su conversin, que tuvo lugar en agosto del aiio 386, pasando por su renuncia a su «cdtedra» en Milan, su actividad filoséfica en su retiro de Cassicianum, su bautismo oficiado por Ambrosio en el afio 387, la muerte de Monica en Ostia en 388 y la de su hijo Adeodatus y su amigo Nebridius en 390, los intentos por crear sendos centros de retiro escolastico y monacal en Tagaste y en Hipona y su ordenaci6n sacerdotal en 391. Era ya autor de diversos escritos y se habfa convertido en un destacado portavoz de Ia ortodoxia,’ especialmente en su pugna con los todavia molestos partidarios de la herejia donatiana y con los del maniquefsmo. a Tal como suele ser caracteristico de muchos intentos auto- biograficos, es posible que existieran estimulos externos para iniciar la redacci6n de este libro: los amigos que tal vez le ) Pidieron una relacién mas amplia de lo que le habia ocurrido a lo Jargo de la vida, la necesidad de postergar para siempre las sospechas atin recurrentes de que seguia siendo un maniqueo 0 | un plat6nico incorregible, la pérdida de contacto por parte del sacerdote con los amigos que se le habfan unido tiempo atras en sus intentos por construir una vida comin de contemplacién cristiana, constituyendo todos una devota agrupaci6n de servi Dei, el hecho de su repentino ingreso en la Iglesia, que se reali- 26 en efecto sin previo aviso,' 0 tantos otros. Asi como es posi- ble que algunos amigos deseasen una narraci6n de su vida, otros tal vez estuviesen interesados en aprender de sus reflexio- nes teolégicas o en recibir pruebas de su extraordinario domi- nio exegético. El texto tiene marcas suficientes para poner de manifiesto que a Agustin incidentalmente también le importan las demandas de su audiencia. 58 {Fue esta multiplicidad de exigencias responsable también de la disparidad tantas veces aducida que existe entre los Libros 1-9 y los Libros 10-13, como bien han percibido los lectores que no terminan su lectura al término del Libro 9? Los prime- ros nueve libros contienen una relacién cronoldgica bastante fiel de la vida de Agustin hasta su inminente regreso a Africa, justo antes de 389. El Libro 10, en marcado contraste con lo anterior, es en lo esencial una serie de reflexiones sobre la memoria en tanto facultad humana; el Libro 11 es un conjunto de reflexiones sobre la naturaleza del tiempo y, al menos en la superficie, los Libros 12 y 13 son ejercicios exegéticos sobre las frases iniciales del Libro de Moisés. En principio, una lectu- ra continuada puede ser motivo de perplejidad. {Se ha forzado la coexistencia de partes incompatibles? ,O acaso conviene recurrir a una explicacién més sencilla, a saber, que en estos libros, al igual que en una obra posterior, como De trinitate, Agustin no compuso su escrito como debiera?? Las respuestas a estos interrogantes dependen de una cuestién mucho mas ele- mental: zqué clase de libro es éste? {En qué sentido se trata efectivamente de una autobiografia? Dicho de manera mucho més obvia, Agustin Iam6 a su libro un libro de confesiones. Son tantos los autores que han hecho uso posteriormente de este término en sus escritos auto- biograficos que la palabra se ha vuelto algo blanda, sobre todo en boca de quienes ya no tenian un Dios ante el cual confesar. En el empeiio de Agustin, todos los matices de sentido que pudiera tener el vocablo «confesion» eran cruciales; sin un Dios como recipendario crucial del libro, éste careceria de sen- tido. A determinados niveles, aqui hay un ptiblico reconoci- miénto de las transgresiones en que se ha incurrido, reconoci- miento que se hace directamente ante Dios, confessio peccati, perfectamente acorde con la costumbre de aquellos tiempos, en _que la confesién publica en la iglesia estaba a la orden del dia. \ Tratdbase pues de un asunto que habia que ventilar entre el pecador y su Dios, aun cuando a ello asistiese la comunidad en pleno, si bien los detalles permanecian en secreto. Para Agustin, la confesién era asimismo un acto de rendici6n total ante Dios, una entrega del propio yo, integra y con absoluta 59 confianza, en manos del tinico poder que podria servirle de ayuda. Era tanto el reconocimiento ptblico del credo capital como el conocimiento incipiente de la verdad. Pero para Agustin mds importante atin era la confessio laudis, la alabanza del Sefior en el antiguo sentido biblico del término. Habia comenzado a comprender los insondables caminos del Sefior, y habia percibido el poder de Su mano en su propia vida. De esta experiencia vital todos los pronunciamientos que emanasen serian meros balbuceos, confesiones de alabanza y de maravilla interminable. Todos los restantes modos de «confesar» siguen estando presentes: la confessio peccati, ya que s6lo el alma que percibe su desorientacién agradece la guia; la confesi6n de la fe en la gratitud por todo lo que al alma se permite comprender con mayor claridad; la rendici6n total que se deriva de ese sen- timiento de maravilla absoluta que, paradéjicamente, el hombre sélo puede soportar cuando deja de estar solo. Toda confesién descansa en la gracia impartida; el coraz6n que se colma con este don se desborda en la confessio laudis. El comienzo mismo del volumen da idea del tono que ha de seguir: Grande sois, Sefior, y muy digno de toda alabanza [/audabilis valde]: grande es vuestro poder, e infinita vuestra sabiduria. Y no obstante eso, os quiere alabar el hombre, que es una pequefia parte de vuestras criaturas: [laudare te vult homo] el hombre que Hleva en sf no sola- mente su mortalidad y la marca de su pecado [testimo- nium peccati], sino también la prueba y testimonio de que Vos resistis a los soberbios. Pero Vos mismo lo exci- tdis a ello de tal modo, que hacéis que se complazca en alabaros; porque nos criasteis para Vos, y est inquieto nuestro coraz6n hasta que repose en Vos... se expondriaa invocar otra cosa muy diferente de Vos el que sin cono- ceros os invocara y os Ilamara... pues los que le busquen, le hallaran, y luego que le hallen, le alabaran. Este comienzo de alabanza se repite al término de la obra. En el Libro 13, Agustin se ha debatido por comprender el cédi- 60 go de Moisés para lograr una comprensi6n de la creacién. Su forcejeo sdlo puede Ilevarle a concluir tal y como habia comen- zado: en una oracién de alabanza y en una oraci6n en la que solicita que le sea dada la paz. Después de estudiar la relacién de la creaci6n, igual que Dios al Séptimo Dia él también llega a comprender que es bueno. «Cuando un hombre ve alguna cosa que es buena, es Dios quien ve en él que es buena, sea por esta sencilla finalidad que El mismo es amado en todo lo que El ha creado» (13.31). «Vuestras obras os ensalzan, y asi como os amamos, que vuestras obras 0s ensalcen» (13.33). «Danos, Sefior, la paz, pues nos habeis dado todas las cosas. Danos la paz de la Quietud, la paz del Séptimo Dia, la paz sin anoche- cer» (13.35). «Pero siendo Vos el bien, sin necesitar el bien, descansais por siempre porque en vuestro reposo sois Vos. ~Y qué hombre podra ser capaz de ensefiar esto a otro? {Qué Angel podra lograr que otro angel lo comprenda? {Qué angel podra hacérselo entender a un hombre? Déjanos rogaros, Sefior, déja- nos hallar en Vos consuelo, déjanos perecer por Vos; que asi sea recibido, que asi sea encontrado, que asf sea abierto» (13.38). El libro concluye como termina, como una confesién en. miiltiples sentidos. Y los escasos centenares de paginas que han transcurrido entre el inicio y el fin son una escritura de la mis- ma indole. Sin embargo, en su lectura es necesario percibir la actividad que cada libro expresa, y no limitarse a los asuntos de que trata. La unidad realmente destacable de las Confesiones parece reposar definitivamente sobre tres aspectos estrechamente rela- cionados entre si. En primer lugar, el acto en que est4 inmerso Agustin, la actividad real que representa la escritura, es idéntica desde principio a fin. Est4 confesando. Al contrario que tantos autobidgrafos de épocas posteriores, no est4 narrando la vida que ha vivido en funcién de lo que ve que ha sido esa vida des- de el punto de vista de la vejez. En parte, si que traza segura- mente una visién andloga de su vida, pero sin que ello sea un fin en si mismo. Lo que realmente le importan son las conse- cuencias del acto dé la confesién. En cualquier caso, la narra- cién de esa vida pasada sdlo ocupa la mitad de todo el libro. El presente y el futuro —y, sobre todo, la eternidad, incomparable 61 al tiempo en todos los sentidos— acttian en su mente tanto como el pasado mismo. La vida descrita se contempla integra- mente desde la perspectiva del presente, tal y como éste es y tal y como lo afectan y modifican el pasado y el futuro y la eterni- dad. Agustin sabe que se encuentra a mitad de camino de un viaje atin inconcluso; habla de si mismo como de un peregrino en trnsito, in viam, preocupado sin duda por el ad6nde y por el desde dénde. Con todo, las Confesiones no son el diario de via- je en el que se recojan las distancias recorridas. En segundo lugar, este libro extrae su unidad de su «presen- tificacién», si asi puede decirse. Al contrario que el memoria- lista genuino, Agustin no se siente compelido sencillamente a anotar una vida en la que han sido abundantes los aconteci- mientos, aun cuando también tenga la sensacidn de que la his- toria de su vida es algo que merece la pena ser conocido por los demas. A la manera genuinamente autobiogrfica, se siente en cambio compelido por una honda necesidad de entender el sen- tido de su ser y de su vida. El acto de la escritura es por sf mis- mo un acto de orientacién del propio yo. Y es que no en vano tiene la misma importancia entender la vida presente, entender el modo en que esta vida ha llegado a ser la que es, que enten- der la influencia ejercida por la visién de la vida venidera, | Entrelazando de esta manera todos los segmentos del tiempo, el libro alcanza ese dominio en el que respira la auténtica autobio- grafia. Desde ese punto de vista, los Libros 10-13 son tan verte- brales en la «autobiografia» como los Libros presuntamente mas autobiograficos, los Libros 1-9. Pero el peso del presente presiona sobre la valoracién del total de la existencia. El pasado se ordena enteramente en los términos que habian dado sentido a la vida al llegar el afio 397. A consecuencia de ello, la visién necesariamente telescdpica del pasado no da por resultado una serie de segmentos equilibrados y cortados por el mismo patr6n. El Libro 1 trata los problemas de la infancia y la adoles- cencia; el Libro 2, sobre la adolescencia, dedica mas de la mitad de sus paginas al andlisis del robo de un peral; los Libros 3-4 y la mitad del 5 describen la vida en Cartago entre el aiio 371 y el afio 383 (con un aiio de interludio de regreso a Tagaste, 375-376), abundando sobre los problemas de la amistad, el 62 amor, la muerte, la literatura, el teatro, la filosofia y, muy inen- samente, la relaci6n de Agustin con los maniqueos. Cuando lle- gaa Milan, al terminar el Libro 5S, tiene ya treinta afios de edad. Los cuatro Libros siguientes, 6-9, abarcan un periodo de cuatro aiios tan sdlo, en los que asistimos al gradual giro hacia el catolicismo, al encuentro con Ambrosio, con Simplicianus, el neoplatonismo, la conversién, Ja estancia en Cassicianum, el bautismo, la visién de Ostia y la muerte de Monica. Después, los aiios de 388 a 397 quedan en blanco —salvo si tiene en cuenta que se trata de la «vida presente» de Agustin, perfilados por tanto en el contenido de los Libros 10-13. Gran parte de todo lo que tiene interés formativo a lo largo de esta vida no se llega a exponer, o se revela tan s6lo mediante breves atisbos. Pero a lo largo de todo el libro Agustin propug- na un sentido de la relevancia que mantiene con gran rigor. Como todo buen autobidgrafo, sacrifica la progresién cronolé- gica precisa, introduciendo ocasionalmente sucesos especificos alli donde mejor encajan en razén de su sentido, sin dejarse tiranizar por su colocaci6n accidental en el decurso del tiempo. La valoracién total de su vida esté dominada por la conciencia de la experiencia de la conversién, acaecida en 386. Asi, las Confesiones pertenecen a esa clase de autobiografia en la que un momento susceptible de ser fechado en el transcurso de una vida permite al ser humano ordenar toda su experiencia retros- pectivamente, gracias a la iluminacién de ese giro copéernicano} El libro, de todos modos, fue escrito diez afios después de que aconteciese ese instante decisivo, en un momento en el que el sentido de la experiencia vertebral habia podido madurar hasta generar la iluminacién. Habria sido sin duda una «Confesién» radicalmente distinta caso de haberse escrito en 386, como atin puede percibirse leyendo los Soliloquios anteriores. En tercer lugar, la unidad del libro se deriva de la vision del mundo y de la vida que Agustin se ha esforzado por lograr has- ta el afio 397. Tiene en este momento cuarenta y tres afios; posee una personalidad claramente definida, que comienza a tener un gran impacto en el mundo. Se desplaza visiblemente de acuerdo con una escala de valores jerarquizados; conoce 63 cudles son sus prioridades, cudles sus horizontes. Los miltiples acontecimientos tumultuosos y las intensas relaciones manteni- das en el pasado pueden ya ser asignadas a los estratos més apropiados de su ser. La personalidad ha logrado construir a partir de sus preciosas y dolorosas experiencias su esencia mis- ma. Y de tan diversos estimulos intelectuales y espirituales, de tan variadas tendencias, ha brotado un orden coherente y racio- nal, capaz de ordenar la vida entera. La inmensa mayoria.de.los hombres jamas logran unificar los distintos elementos de la existencia humana, mientras que Agustin, en 397, ha consegui- do fundirlos espiritualmente en ese tipo de orden interno y externo que dota a la personalidad de sus rasgos reconocibles y distintivos. Todo lo que toca lleva la huella de esa personalidad. Y el orden que prevalece en é] también se insufla a sus «confe- siones». De esta manera, si bien la obra sigue siendo en términos puramente técnicos una confesién, Agustin elabora la exposi- cidn de una vida como nadie habia hecho antes que €l..Con-una vision unificada de su experiencia, Agustin puede confesar su vida entera al Dios que le otorgé la visién de una nueva vida dentro del orden de la creaci6n. En el sentido mas auténtico del término, Agustin devuelve sus dones a Dios. Su vida de devo- ci6n es todo cuanto puede dar, y la preocupacién que le consu- me es la devolucién de esos dones en las mejores condiciones que pueda. Para todo ello, necesita el acto de orientacién y de valoraci6n de si mismo que le permite el acto mismo de la con- fesion. Las fuertes reglas del juego no consienten aqui ninguna clase de autoengafio, ya que no es posible engaiiar al recipien- dario de los dones. Y las exigencias no menos poderosas de la ética interiorizada del cristiano hacen de la honestidad absoluta y del atento y esmerado examen de los motivos una norma de cumplimiento obligado. Ninguna satisfaccién puede haber en una formulacién del propio yo que se fundamente sobre cual- quiera de los antiguos modelos de la existencia; ninguna recompensa cabe esperar de la negacién de las realidades dadas cuando se persigue un ideal no adecuado a esa persona especi- fica. Agustin debe poner al desnudo su verdadero yo, con toda su complejidad, en vez de concentrarse en los rasgos que pue- 64 dan adecuarse a tal o cual modelo. Esta es una confesién que en todos los respectos se niega al engaiio y a las artimaiias. En estas condiciones, el acto de la confesién de Agustin resulta considerablemente similar a la bisqueda del yo, al cues- tionamiento del yo, al descubrimiento del yo, la descripcién del yo y la valoracién del propio yo. El acto de la escritura es en sf un proceso por el cual se devuelve a la conciencia del propio yo la naturaleza de esa personalidad y las implicaciones que tiene y ha tenido en el transcurso de la vida. Dentro de la compacta estructura del libro se produce una formulacién del yo propio construida a partir de una aguda conciencia de las condiciones que lo circundan tanto interior como exteriormente. Ahora bien, se trata de la conciencia de si de una personalidad no for- mada plenamente, ni en una vida ya conclusa. En tanto en cuanto sigue el hombre en la tierra, continda buscando esa cla- rificacién de si mismo, y sigue intentando moldear su vida mediante la iluminaci6n a la que le ha sido posible acceder. Esa clarificacién de si mismo es algo constante, gradual. La bis- queda, el hallazgo, la alabanza: ésas son las actividades inter- minables del hombre en la tierra. El momento crucial de la con- versién no supuso un descanso en la ardiente busqueda de la paz, sino un angosto umbral ms alld del cual iban a producirse las verdaderas pugnas de la vida, con la tinica diferencia de que quien busca cuenta con una conciencia més plena de la ayuda que le presta Dios. Agustin teme y se regocija a un tiempo por lo que atin pueda descubrir en si mismo. La bisqueda prosigue en el presente, al igual que proseguia en el pasado y que prose- guird en el futuro, hasta que el alma sea elevada a la eternidad y ya no tenga que afrontar los problemas del conocimiento, pro- pios exclusivamente del paso del tiempo. Siempre sera motivo de legitimos debates el que ésta sea ¢ efectivamente una autobiografia. Aunque la palabra autobiogra- fia no sea anterior, desde luego, al siglo XVIII, las Confesiones se construyeron a partir de una serie de elementos que han con- tinuado dandose en Ja médula misma de la escritura autobiogra- fica: el cuestionamiento del propio yo mediante el interrogato- rio del contexto de la propia vida, con la intencién de extraer los secretos del yo; el descubrimiento del propio yo mediante la 65 percepcién del orden que existe en medio de los elementos dis- pares de la vida; la evaluacién del propio yo mediante el rastreo del significado en tanto patron continuo. Las Confesiones expo- nen con verdadero arte la interpretacién consciente de una vida y un ser, a partir del punto de vista ventajoso que supone la existencia de un centro pleno de sentido. Al final, el lector se da cuenta de que ha conocido a una personalidad determinada en la concrecién que dot6 a su vida de una textura casi palpa- ble, de un patrén significativo. Ninguna vida escrita antes de Agustin tenfa este espectro, esta plenitud, esta intensidad, esta calidad tan andloga a la vida misma. No obstante, si bien la dis- cusi6n que sigue pretendera dirimir la concepcién de la perso- nalidad que tenia Agustin, a partir de la cual se deriva el alcan- ce autobiografico de las Confesiones, también servird para apuntar los factores que delimitan la obra en tanto en cuanto acto autobiografico. Asi pues, ,cudl era la concepcién del yo propugnada por Agustin? {Cémo se fue desarrollando? {Qué posibilidades y qué problemas son resultante de su nocidn de la personalidad? Cuando Agustin comenzé a escribir las Confesiones, toda- via estaba debatiéndose con la problematica de la vida humana. De ninguna manera habia podido alcanzar ese lugar seguro des- de cuyo reposo muchos autobiégrafos posteriores si pudieron pasar revista con calma retrospectiva a sus pasados. No pudo haber revivido su vida con el maravillado desapego que anhela- ba Goethe, con esa «ironia en el sentido mas elevado del térmi- no». Agustin sabia que estaba inmerso en todo momento en los trabajos de la clarificaci6n continua de si mismo. Seguia siendo un problema para si. «Necesitaba» sobremanera la actividad de la escritura de las confesiones, instrumento 6ptimo de autoclari- ficacién, muy especialmente, tal vez, en los Libros 10-13. Sin embargo, si habia conquistado ya una posicién que le permitié hallar el camino. Era un viajero mas avezado, con un sentido de la orientacién mucho mas firme. Conocia la latitud y la longitud de la tierra de la paz en la que se encontraba la fuen- te de la sabiduria, de la cual manaban las auténticas respuestas. Habia empezado a discernir con mayor nitidez qué preguntas habia que formular, dénde y cémo podian encontrarse las res- 66 puestas. Por encima de todo, habia conquistado esa preciada claridad interior que se extrae de la conviccién de no estar abandonado, desamparado, a una biisqueda carente de respues- tas. Su btisqueda de la comprensién y del sentido estaba ya afianzada con toda seguridad en la elemental confianza de que la vida estaba dotada de un significado fundamental, y de que el hombre habia sido creado de manera tal que pudiera coronar su biisqueda con el éxito. Se sentia tranquilo por confiar en una tradici6n religiosa creciente y en una autoridad eclesidstica que permitian que la raz6n contase con la ventaja de un punto de / partida bien asegurado, y que posteriormente darian constante respaldo en la busqueda intelectual e inevitable del entendi- miento pleno. El flujo de iluminaciones que desaté una expe- riencia capaz de consumirlo todo habia requerido diez afios para que su canalizacién desembocase en una visién mas acen- drada de la problematica humana. Para Agustin, esta década habia estado repleta, por una parte, de contemplaciones en las que las formulaciones filoséficas del neoplatonismo pudieron servir para generalizar la experiencia més alla de lo meramente personal y, por otra, de las implicaciones del presbitero y el obispo en los asuntos de los seres humanos que habfan sido confiados a su proteccién. Una visién mucho mas generalizada de la condicién humana podria entonces superponerse a la experiencia individual. Los elementos propios de una concep- cin coherente del hombre se habfan coaligado; el ejercicio de las Confesiones iba a ser la prueba decisiva y el reconocimiento efectivo. El autor de las Confesiones, por supuesto, contaba con la beneficiosa visi6n retrospectiva para reinterpretar sus primeros actos a la luz del conocimiento obtenido posteriormente. Sin embargo, su reflexiva relacién de esa visin posterior puede desgajarse con objeto de mostrar de qué manera pudo llegar a su esclarecedor entendimiento. Agustin nunca puso en tela de juicio la asuncién de que el objeto de todas las cuitas del hombre es la felicidad, sin impor- tar que fuese antes o después de la conversi6n. . Aunque él mis- mio, a medida que fue creciendo como persona, asigné a Ia feli- cidad un valor cada vez mas elevado, la idea misma de la felici- 67 dad sigui6 siendo para él el impulso motriz de la vida. La felici- dad es el cumplimiento y la realizacién de los deseos, pero si de ello ha de seguirse una felicidad duradera, los deseos deben ser buenos. Cuando mas valioso sea el objeto de nuestro amor, | mayor sera nuestra felicidad. Ciertamente, la felicidad debe entrafiar la ausencia de dolor, de los simples dolores del cuerpo, pero a medida que Agustin fue haciéndose el intelectual que iba a ser, empezé a tener sobre todo la esperanza de que desapare- ciese el corrosivo dolor de la duda y de la incertidumbre, un dolor capaz de convertir la mente en un infierno. La felicidad ha de ser la plena posesi6n del objeto del deseo; mientras el hombre no lo obtenga, se vera despedazado por las garras de un intenso anhelo. Ser amado, ser aceptado, ser apreciado ya no es mas que el complemento adicional de la felicidad. Agustin siempre expres6 asi su intenso anhelo de la felicidad, en su corrosivo deseo de paz: saciar en paz los deseos y el anhelo, estar en paz consigo mismo, en paz con los demas, en paz con el mundo, en paz de espiritu. La busqueda de paz era la fuerza motriz de esta vida. En distintas etapas de su existencia se expresaba de formas dife- rentes también, pero siempre lo impulsaba a proseguir. La des- cripcién que hace Agustin de la infancia muestra ya la fuerza de este anhelo. Reconoce con toda honestidad: no me acuerdo, no puedo recordarlo, pero sf estoy seguro de lo que los otros me han relatado de mi, y de lo que después he podido observar en los nifios pequefios, y asf tuve que ser: feliz cuando podia mamar del pecho de mi madre, sonriente cuando estaba satisfe- cho, lloroso y violento cuando mis necesidades no eran satisfe- chas, celoso cuando el amor se me negaba. Es posible que el hombre viva en una irresoluble dependencia en tal estado, si bien tiene pese a todo suficiente fuerza de voluntad, y de nin- gtin modo puede pensarse que sea s6lo un cuerpo inocente. Los recuerdos que Agustin refiere de su adolescencia estén estrechamente relacionados con el recuerdo de la escuela. «Son muchos los que han recorrido a duras penas ese camino que nos vimos forzados a emprender, multiplicando nuestros trabajos y nuestras penas» (1.9). El muchacho no eligi. ese trabajo; queria en cambio jugar y granjearse el respeto de los demas triunfando 68 en sus juegos. Le gustaba asistir a las competiciones y a los especticulos. Pero otros habjan puesto en él altas ambiciones, y lo apremiaron a emprender ese camino «que habia que empren- der» para llegar a ser alguien en este mundo. Para Agustin, este sufrimiento fue humillante. E] miedo a ser azotado le hacia comportarse como debia, y ese mismo miedo fue la causa de sus primeras oraciones. Las exigencias de la cultura y de la voluntad iban a colisionar por fuerza. Con todo, sus recuerdos delatan también el gozo que le produjo el apropiarse de los instrumentos de la cultura. La descripci6n (1.8) atin manifiesta la maravilla que sintié al descubrir que las palabras podfan servir para comunicar deseos, asi como la posterior fascinacién por el poder de la poesfa, en el que la palabra se aunaba a la imaginaci6n. » Aunque hubieran sido otros los que pusieron a Agustin en el camino, él mismo bien pronto descubrié que era posible gra- tificar la ambicion y ganarse el respeto de los demas destacan- do en los juegos y competiciones de la cultura verbal. Y en estos juegos en efecto llegé a destacar, mucho mejor en latin que en griego, pero siendo cada vez mas experto en todo lo que esta cultura literaria exigia de él. Cuando la sencilla escuela de Tagaste dejé de estar a la altura de sus necesidades, su padre, Patricio, pidié un préstamo y mand6 al hijo primero a Madaura y después a la metrépoli de Cartago. Asf dejé atras las presio- nes de un hogar dominado sobremanera por una madre posesi- va y minado por las tensiones entre los cényuges. Mientras siguié siendo un buen estudiante, su pujante virilidad (que al padre produjo no pocos motivos de orgullo) y su insaciable anhelo de amor y compaiifa lo Ilevaron a trabar esa clase de relaciones que su cultura permitia, pero que su madre cristiana no vefa con buenos ojos. De esta manera se encontré dentro de un grupo de adolescentes en el que la vergiienza por ser consi- derado diferente era mas fuerte que la aversi6n por travesuras tan insensatas como el robo de un peral, realizada ni siquiera por el gusto de probar las frutas robadas. Los gozos de la vista y del tacto y la gratificacién del respeto y el anhelo constante del amor parecian mds importantes que cualquier otra cosa. El Agustin de la madurez no iba.a expresarlo de esta mane- ra, pero su caracterizacién de los aiios de formacién del yo 69 plantea con vehemencia la cuestién del poder formativo del mundo social y cultural en que se movid de joven. Por una par- te, era un individuo de extraordinaria capacidad intelectual, con una panoplia sensorial y emocional muy desarrollada y una gran necesidad de amor, de amistad y de respeto, asi como con una intensa voluntad de autoafirmacién; por otra, habia que tener en consideraci6n los muy limitados recursos de la familia, sus tensiones internas, el talante acomodaticio de la sociedad de finales de la época clasica, con su decidida inclinacién esteti- cista y, sobre todo, la cultura literaria que ofrecia pese a todo la posibilidad de medrar. Muchas de estas condiciones externas contribuyeron a configurar de manera permanente la personali- dad de Agustin; durante mucho tiempo, su rica y creciente vida / interior buscé su expresién en el modelo de la existencia que le proporcionaba una cultura ya antigua y contrastada. En milti- ples sentidos, Agustin se hizo hombre siendo un representante increible de la época que mucho después iba a ser conocida por su propio nombre.* Especialmente significativa es la formacién que recibié Agustin ya en su ensefianza «profesional». Su propésito era hacer de él un orador, un representante de una profesién ensal- zada desde tiempo atras en todo el mundo clasico. Este ideal, que se remontaba al menos a la figura de Isécrates, en el siglo IV a.C., y que fue después adoptado por los romanos de tiem- pos de Cicerén y adaptado a la vez a los ideales puramente romanos, pretendia ser expresién de un tipo humano capaz de servir a su sociedad mediante el dominio de una cultura total. Podfa cumplir su cometido bien mediante el servicio publico ante la «magistratura» (si bien el conocimiento de las leyes por parte del rétor era minimo en el siglo IV d. C.), 0 bien en el importante terreno de los discursos ptiblicos, 0 bien como maestro de los futuros lideres piiblicos. Aunque se dieran ten- siones continuas entre este ideal del hombre culto y el ideal del filésofo, el hombre realmente sabio —las disputas de Platén con Isécrates ya fueron indice de esos roces—, iba a ser posible combinar uno y otro. Cicerén lo habia conseguido, y su ejem- plo tuvo particular significacién para Agustin, La ensefianza del auténtico erudito se habia formalizado dentro de una rutina 70 varios siglos antes; en sus rasgos esenciales, no habia cambiado practicamente nada en tiempos de Agustin. En las escuelas se hacia especial hincapié en el cultivo de las artes verbales y lite- rarias, asi como en la absorcién en lo esencial pasiva del «conocimiento libresco» tipico de cualquier época de la erudi- cién. Casi a través de un proceso de selecci6n natural, Agustin dio poco a poco la talla del eventual «vir eloquentissimus ac doctissimus». Su agudo intelecto, su memoria prodigiosa, su facilidad verbal y (por mas que después lo quisiera desmentir) / su aparente autodisciplina, lo predispusieron a lograr un gran éxito por el camino bien trillado de este ideal cultural. Ni siquiera la mediatizaci6n cristiana de MOnica y las esperanzas que tenia para su hijo fueron dbice en este sentido; no hay nada que nos lleve a pensar en que ella considerase el camino de la erudicién como algo incompatible con el hecho de ser un buen cristiano. La madre dedicé todas sus criticas a la vida no ascéti- ca del hijo, para ella incluso inmoral. Agustin experimenté el adiestramiento en las disciplinas de costumbre y adquirié los habitos verbales y literarios que seguirfa utilizando incluso como obispo, si bien més tarde si intenté darles nuevas justifi- caciones funcionales. Su éxito fue asombroso: con apenas vein- te aiios, se habia independizado como maestro; con apenas treinta, habfa sido nombrado «profesor» puiblico en la ciudad y corte de Milén. Era un hombre de inmensa erudicién, dedicado al cultivo de la scientia. Para Agustin, sin embargo, el cultivo de sf que realiza el hombre de cultura se engasté en un momento muy temprano de su trayectoria intelectual en la busqueda de la sabidurfa que Ile- va a cabo el fildsofo. Una lectura realizada al azar del Hortensius de Cicer6n recondujo toda la busqueda intelectual. «Alteré sus afectos», con lo que hallé un nuevo objeto del amor, el amor de la sabidurfa 0 philosophia (3.4). Comenzé a entender una significativa distinci6n entre la sabiduria durade- ra, sapientia, y el conocimiento del experto, 0 scientia. Este camino de dedicaci6n recién descubierto fue tanto expresién de un antiguo ideal clasico como el papel reservado al hombre mas erudito y mas elocuente del momento. Era ademés una 71 promesa de felicidad, de paz interior, alcanzable por medio del pleno entendimiento. Si bien Agustin en tanto hombre de pasio- nes y ambiciones no desaparece de las paginas de los Libros 3 a 7, estos libros si tratan sobre todo del desarrollo de su vida inte- lectual y espiritual. La sabiduria tenfa por objeto conducir a la verdadera felici- dad. Ahora bien: qué sabiduria podrfa servir a tal propésito? La forma que se le habria presentado con mayor inmediatez tuvo que haber sido el eclecticismo de Cicerén y de Séneca, que le haba llegado por medio de las tradiciones literarias. (Fue ésta una fuente de sosiego para Agustin? En tanto joven pensador, gse rebelé ya contra la contradicci6n inherente de una filosofia que prometia la felicidad por medio de valores tan estoicos como la fortitudo, la resignaci6n a los males de la vida, que iba a pregonar mucho después en el Libro 19 de la Ciudad de Dios, en el momento de lanzarse a semejante filosoffa? En la descripcién que de este desarrollo se hace en las Confesiones, se ocupa largo y tendido de su experimentacién con la sabiduria de la secta gndstica de los maniqueos. Apremiado por la intensa necesidad de alcanzar un conocimiento absolutamente libre de toda incertidumbre, sobre todo en lo referente a la espinosa cuestion del origen de-los actos malignos, Agustin se acercé mucho a este grupo de intelectuales de inclinaciones ascéticas, deseosos de reformar el cristianismo, en parte alejandolo del Jehové del Antiguo Testamento.’ E] movimiento maniqueo comunicé a Agustin la asombrosa promesa, caracteristica de todas las sectas gnésticas, de que un conocimiento esotérico muy especifico acerca de la auténtica naturaleza del bien y del mal podria liberar al hombre del poderoso influjo del mal. Uno de los atractivos més especiales de la doctrina radicaba en la promesa de aliviar la sensac6n interior de 1a culpa, al aliviar al individuo de toda responsabilidad. El dualismo de esta cosmo- vision, y sus respuestas intelectuales plausibles ante la cuestién del bien y del mal, preocupé intensamente a Agustin. Durante nueve aiios buscé en esta secta la respuesta a los interrogantes que tanto lo turbaban; gradualmente, las dudas intelectuales fueron en aumento. Cuando las respuestas del gran maestro errante de los maniqueos, Faustus de Milevis, resultaron al 72 parecer insuficientes para satisfacer a Agustin, éste se alejé gra- dualmente del movimiento contra el que posteriormente, siendo , ya sacerdote y obispo, combatié por estar considerado herético. La reacci6n previsible ante la desilusién de las promesas incumplidas no tard6 en producirse: se encontré sumido en una desesperacién escéptica. No Heg6 a dudar que dos y dos son cuatro, por descontado, pero jera posible tener alguna certeza acerca de las respuestas a los grandes interrogantes de la vida? jExistia acaso alguna respuesta al problema del origen del bien y del mal? Sobre todo, jexistia alguna sabiduria capaz de garantizar la paz? En esta situacién de suspensi6n escéptica, el desarrollo intelectual de Agustin atravesé la esfera de influencia de ciertos encuentros al parecer de todo punto casuales. En el afio 383 decidié marchar de Cartago a Italia; mediante un engafio, se liber6 de la presién de su madre, ya viuda, y en compaiiia de su esposa, con la que habfa contrafido matrimonio por la ley civil, partié con rumbo a Roma. Resulté que en Roma los estudiantes no pagaban su ensefianza, pero gracias a unos amigos se asegu- r6 un puesto mds prometedor, como maestro de retérica en Milan. Alli se reunié con é1 Ménica en 385. Uno de estos encuentros clave tuvo lugar con el gran obispo cristiano de Milan, San Ambrosio, al cual habia ofdo predicar en repetidas ocasiones. Por fin encontré a un cristiano al que el intelectual que Agustin era de pies a cabeza pudo respetar integramente. El arte de la exégesis practicado por Ambrosio mostraba al que dudase que la Biblia, cuando se interpretaba en el plano simb6- lico, adquirfa una coherencia y una profundidad de significado inesperada, muchisimo més reveladora de lo que habia obteni- do Agustin por medio de la acostumbrada interpretaci6n literal. Uno de los grandes obstaculos que se interponian entre el inte- lectual y la importancia inigualada de las Escrituras acababa de ceder ante el poder recién descubierto de la interpretaci6n sim- bélica. La presién de este nuevo avance, con el afadido del constante apremio de Ménica para que de una vez por todas optase por el catolicismo, tuvo que ser muy grande, pero tam- bién lo eran Jas dudas que mantenian a Agustin en suspenso. De momento, carecfa de respuestas al problema del bien y el Wi) mal; sobre todo, no disponia de acceso al Dios cristiano, al ) menos mientras no fuese capaz de concebirlo nada mas que en ‘ forma puramente material. Esta crisis intelectual y espiritual dio un nuevo giro cuando Agustin entré en contacto con la revitalizaci6n mas profunda de la filosofia cl4sica que se produjo en toda la era final de la Antigiiedad: el neoplatonismo de Plotino (muerto aproximada- mente en el afio 270) y de su discipulo Porfirio, editor ademas de sus obras. Agustin accedié a esta escuela de pensamiento mediante las traducciones latinas del rétor Victorinus, el cual también habfa experimentado, décadas antes, una notoria con- versi6n. Esta filosofia intensamente espiritualizada proporciond a Agustin, en el momento en que més lo necesitaba, una serie de respuestas epistemoldgicas satisfactorias y basadas en un sistema metafisico unitario y monista. En las ensefianzas éticas que predicaba, encontré la insistencia sobre el bien en tanto potencia activa; el maniquefsmo habia perturbado a Agustin, a_ la larga, por su prédica del sufrimiento pasivo, el mejor medio de asegurarse del dominio del bien. Agustin bien podria haber encontrado un punto de contacto inmediato con el platonismo en el reino de las cuestiones estéticas que poco antes se habia propuesto tratar en una de sus obras hoy perdidas, De pulchro et apto. Agustin encontré en el neoplatonismo, pese a todo, posicio- nes que iban a seguir formando parte de su cosmovisién. Que Ilegara a considerarlo un contacto de la maxima importancia, aun cuando después detecté aquellos puntos en los que sus con-\; i vicciones cristianas no eran reconciliables con esta filosofia, es " una posibilidad que se sustenta en el hecho inapelable de que dedicase casi la totalidad del Libro 7 a esta pugna inicial con el pensamiento neoplatdnico. Es posible que el capitulo 17 de este libro afirme de manera sucinta y sumaria lo que le resulté en su momento tan convincente: Estaba certfsimo de que «vuestras perfecciones y _ atributos, invisibles desde el principio del mundo, se des- \,cubren y manifiestan al entendimiento humano por \medio de estas criaturas visibles que habéis hecho, por * 714