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Actas de formación de juntas y declaraciones de independencia

(1809-1822)

Reales Audiencias de Quito, Caracas y Santa Fé

Tomo I

Dirección Cultural
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Actas de formación de juntas y declaraciones de independencia

(1809-1822)

Reales Audiencias de Quito, Caracas y Santa Fé

Editores Inés Quintero Montiel Armando Martínez Garnica

Dirección Cultural
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Colección Bicentenario

Bucaramanga, 2008

© Universidad Industrial de Santander

Colección Bicentenario N° 2: “Actas de formación de juntas y declaraciones de independencia (1809-1822)”. Tomo I Dirección Cultural Universidad Industrial de Santander

Rector UIS: Jaime Alberto Camacho Pico Vicerrector Académico: Álvaro Gómez Torrado Vicerrector de Investigación y Extensión: Óscar Gualdrón González Vicerrector Administrativo: Sergio Isnardo Muñoz V. Director de Publicaciones: Óscar Roberto Gómez Molina Dirección Cultural: Luis Álvaro Mejía Argüello

Impresión:

División Editorial y de Publicaciones UIS

Comité Editorial:

Armando Martínez Garnica Serafín Martínez González Luis Alvaro Mejía A.

Primera Edición: marzo de 2008 ISBN: 978-958-8187-75-4

Dirección Cultural UIS Ciudad Universitaria Cra. 27 calle 9. Tel. 6846730 - 6321349 Fax. 6321364 divcult@uis.edu.co Bucaramanga, Colombia

Impreso en Colombia

Contenido

Introducción de los editores

 

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1. ACTAS DE FORMACIÓN DE JUNTAS

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1.1.

REAL AUDIENCIA DE QUITO

127

1.2.

REAL AUDIENCIA DE CARACAS Caracas

143

143

Cumaná

164

San Felipe

Barinas

 

182

 

185

Mérida

215

Barcelona

239

1.3.

REAL AUDIENCIA DE SANTA FÉ Cartagena de Indias Santiago de Cali Villa del Socorro

245

245

272

299

Introducción

El punto de partida: las noticias de la Península.

E l doctor Santiago Arroyo Valencia (1773-1845),

reconocióensusMemoriaspersonalesquedurante

el año 1808 su provincia, y todas las del Virreinato de Santa Fé, gozaban de una paz tan completa “que parecía no poderse alterar jamás” 1 . Las periódicas ceremonias de jura de fidelidad a los reyes de las Españas, los besamanos de los virreyes, la sucesión ordenada de

los gobernadores provinciales y la cotidianidad de las ceremonias eclesiásticas anunciaban un estado de reposo social que no parecía turbarse por suceso alguno. La publicación de calendarios y guías de forasteros daban cuenta del orden de los estamentos del Virreinato, de su organización administrativa en lo temporal y en lo espiritual, y de la rutina de las festividades del extenso santoral 2 .

abogado neogranadino establecido en Popayán,

1 Santiago Arroyo Valencia: “Memoria para la historia de la re- volución de Popayán., 1808-1824”. En: Colección de grandes escritores nacionales y extranjeros. Bogotá: Librería Nueva, 1896 (Biblioteca Popular), tomo XII, p. 261-338. 2 Antonio Joseph García de la Guardia: Calendario manual y guía de forasteros en Santa Fe de Bogotá, capital del Nuevo Reino de Granada, para el año de 1806. Santa Fe: Imprenta

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Solamente un reducido grupo de lectores de la Gaceta

de Madrid y de los pocos semanarios que se publicaron durante la primera década del siglo XIX en Santa Fe, Caracas y Cartagena pudieron enterarse de la toma de Montevideo por los ingleses el 3 de febrero de 1807,

y del infructuoso ataque que hicieron contra Buenos

Aires el 7 de julio siguiente, unas lejanas novedades que apenas estimulaban el sentimiento de unión de los españoles americanos con los españoles peninsulares.

Pero las noticias de las discordias de la familia real sí lograron inquietar los ánimos de esos lectores:

primero el decreto del rey Carlos IV (30 de octubre de 1807) anunciando la conspiración de El Escorial

y el arresto de su hijo, el príncipe de Asturias; luego el decreto de su absolución (15 y 19 de marzo de 1808), seguido del alboroto de Aranjuez (15 de marzo de 1808) contra la casa del valido don Manuel Godoy, y finalmente su renuncia de la Corona (19 de marzo de 1808) en favor del príncipe, llamado desde entonces Fernando VII. Estas inquietudes por la suerte de la familia monárquica de las Españas fueron atizadas por las noticias de la ocupación de Madrid por el Duque de Berg (23 de marzo de 1808) y de la emigración de la familia monárquica de Portugal hacia el Brasil. Fueron entonces las novedades de las sucesivas cesiones de la Corona acaecidas en Bayona

y la proclamación de José I Bonaparte como nuevo

rey de España y las Indias (6 de junio de 1808) las que convirtieron la inicial perplejidad de los vasallos americanos en agitación espiritual.

Descontando las tentaciones vertidas por los agentes de Carlota Joaquina en algunos lugares del Virreinato de Buenos Aires, vecino de la nueva sede

Real, por don Bruno Espinosa de los Monteros, 1806. Calenda- rio manual y Guía Universal de forasteros en Venezuela para el año 1810. Caracas: Imprenta de Gallagher y Lamb, 1810.

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del rey portugués, y las sospechas que por esta opción recayeron en los oidores de Santa Fe, casi todos los americanos cerraron filas en torno de Fernando VII, “el rey deseado”, a quien se le habían tributado ceremonias de jura de fidelidad en buena parte de las jurisdicciones indianas. La atención se centró desde entonces en la respuesta que daban las provincias de la Península frente a la “usurpación” de la nueva familia monárquica y en la nueva situación en que quedarían las provincias americanas.

La respuesta dada en la Península fue doble: por una parte, los afrancesados abrieron en la Diputación de Bayona la posibilidad de mejorar la condición política de las provincias americanas en el seno de la Monarquía, iniciando unas tradiciones reivindicativas que fueron recogidas por los diputados suplentes de América en las Cortes de Cádiz. Por la otra parte, la eclosión juntera que acaeció en muchas provincias peninsulares polarizó la respuesta que podrían dar las americanas frente a la crisis política y abrió nuevas expectativas al ofrecerles un lugar en la Suprema Junta que se formó en la Península.

El 25 de mayo de 1808, Napoleón Bonaparte explicó que la Diputación General de Españoles que había convocado en Bayona era una “asamblea general de diputaciones de provincias y ciudades” de la cual saldría “una constitución que concilie la santa autoridad del soberano con las libertades y privilegios del pueblo”. De los 94 diputados que asistieron a esta Diputación, seis eran americanos: José Joaquín del Moral, canónigo de la Iglesia Metropolitana de México, por Nueva España; Francisco Antonio Zea, director del Real Jardín Botánico de Madrid, por Guatemala; Ignacio Sánchez de Tejada, oficial mayor de la Secretaría virreinal de Santa Fe, por el Nuevo Reino de Ganada; José Ramón Milá de la Roca, hacendado y comerciante, por el Río de la Plata; Nicolás de Herrera, por Buenos

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Aires, y José Hipólito Odoardo y Granpré, hacendado de Caracas, por Venezuela.

El proyecto de Estatuto Constitucional presentado por el emperador de los franceses a la Diputación que se reunió doce veces en Bayona, entre el 20 de junio

y el 8 de julio de 1808, se transformó en la primera

Constitución de los Estados de las Españas y de las Indias que fueron puestos bajo la soberanía de la Corona de José I Napoleón. Aunque para algunos juristas se trata solamente de una carta otorgada, dado que la Diputación apenas se habría limitado a

aceptar y jurar obediencia a la carta presentada por

el emperador de los franceses, no hay que soslayar la

fuerza de las Observaciones que hicieron los diputados al proyecto, las cuales comenzaron por modificar el

nombre de Estatuto Constitucional por el de Constitución. La intervención de los seis diputados americanos transformó el proyecto a tal grado que estableció la nueva tradición del estatuto especial de América en

la Monarquía.

Para empezar, la denominación de colonias fue sustituida por la de reinos y provincias de América, la piedra de toque de la demanda de igualdad jurídica con los reinos y provincias peninsulares. Francisco Antonio Zea, quien andando el tiempo sería uno de los fundadores de la República de Colombia, hizo el mejor elogio de la Constitución de Bayona. Presentándola como la primera carta liberal del mundo hispánico, introdujo una fórmula jurídica favorable al derecho fundador de la Diputación de los españoles: “Y habiéndonos reservado el derecho de dar a la Monarquía española una constitución, hemos decretado, etc.”. Esta fórmula jurídica dejaba a salvo la soberanía original de la Diputación nacional, un principio liberal que no podía pasar inadvertida para los publicistas liberales de 1808.

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El diputado del Nuevo Reino de Granada, don Ignacio Sánchez de Tejada (Socorro, 1764 – Roma, 25-10-1837), presentó un memorial a favor de la igualdad de las provincias americanas con las peninsulares, la fuente original de los esfuerzos por encontrar los recursos para “reunir y estrechar con nosotros a los americanos, que son una parte de la familia española, domiciliada en otro territorio”. Esta idea, que concedía a los vasallos americanos la adscripción a la familia española, fue un legado que la Constitución de Cádiz adoptaría en su primer artículo: “La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”. La demanda de igualdad, planteada originalmente por los diputados americanos en Bayona, inició desde entonces su desarrollo. Fue entonces cuando los diputados americanos introdujeron en el título décimo de la Constitución unas demandas inéditas que incluyeron una mayor participación en la administración estatal, con la consiguiente reducción de las facultades de los virreyes y gobernadores, la libertad de cultivo, industria y comercio, y una reforma de la división administrativa de España que incluía la creación del Ministerio de Indias.

La acción de los diputados americanos en Bayona, pese

al repudio que suscitó en sus provincias de origen,

dada su actitud “afrancesada”, fue la fuente de unas demandas que se han creído originales de Cádiz. Tal

es el caso de la demanda de abolición del tributo de

los indios y las castas, la concesión de representación

a las provincias americanas sujetas a audiencias

pretorianas (Yucatán, El Cuzco, Charcas, Quito), y el fomento de la industria americana. Otra innovación política clave que introdujeron fue su petición de que los reyes debían jurar obediencia a una carta constitucional, el fundamento de la revolución política que se avecinaba.

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El debate sobre la igualdad de los americanos fue seguidoporeldiputadoDelMoralensusobservaciones sobre el Estatuto constitucional. Del Moral había propuesto, entre otras cosas, la inclusión de varios artículos en el título X (“De las colonias españolas en América y Asia”) 3 cuyo propósito se dirigía a establecer la igualdad entre americanos y españoles en diferentes escenarios. La propuesta del diputado novohispano se vio expresada de manera profunda al solicitar la supresión de toda clase de “prohibiciones o restricciones” con las cuales, en su opinión, se “habían

sujetado a los indios a vivir separados de los españoles, a que no se les prestasen sino cantidades determinadas” y, en fin de cuentas, “a que no gozasen la amplitud de los derechos de todo hombre en sociedad”. Así, tanto los indios como las castas deberían gozar de “los mismos derechos de los españoles” 4 . En aras de esa igualdad, Del Moral también propuso que la “nobleza calificada de los americanos” no necesitaba probar su origen con respecto de la nobleza española para ser aceptada en Europa. La igualdad de las provincias americanas y peninsulares fue entonces garantizada por el artículo 87 de la Constitución (“Los reinos y provincias españolas de América y Asia gozarán de los mismos derechos que la Metrópoli”), un legado de

la Bayona de 1808 al Cádiz de 1812.

El diputado por Venezuela, José Hipólito Odoardo

y Grandpré (Cumaná, 13-08-1780 – 26-12-1858),

3 Diputación de españoles: Proyecto de Estatuto Constitucional presentado de orden de S.I.M. y R. Napoleón, emperador de los franceses y Rey de Italia, en la Junta de españoles celebrada en Bayona a 20 de junio de 1808, p. 58

4 “Observaciones hechas por D. José del Moral, diputado del reino de Méjico”. En: Diputación general de españoles: Obser- vaciones que sobre el proyecto de Constitución presentado de orden del Emperador a las Juntas de españoles celebradas en Bayona, hicieron los miembros de éstas. 1808, p. 112.

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observó que aunque los americanos habían sido igualados en todo a los naturales de la Península, se podía temer que no se les atendiese en la administración

pública por vivir distantes de la Corte, sin posibilidad para “darse a conocer y optar a los destinos a que sus talentos, prendas y servicios les hagan merecedores”. Señaló que las provincias americanas estaban sujetas

a gobernadores, capitanes generales y virreyes,

quienes no sólo ejercían el mando militar y el poder ejecutivo, sino además reunían indirectamente en sí

los poderes judicial y administrativo, resultado así con

“excesivas facultades”, al punto que podían suspender

las facultades de los cabildos y de sus subalternos en

el gobierno provincial. Para conjurar la colisión de

competencias entre “la toga y la milicia”, y los caprichos

de los gobernadores, demandó una reducción de las

competencias de esos altos funcionarios para “evitar la opresión de los pueblos y para aniquilar el despotismo

de tantos gobernadores”.

Gracias a las observaciones presentadas por los diputados americanos, la Constitución española que fue sancionada por el rey José I en Bayona, el 6 de julio de 1808, incluyó nueve artículos (87 a 95) especiales en su título X, nombrado De los reinos y provincias españolas de América y Asia. Las tradiciones políticas que en esta Constitución fueron consignadas, y que fueron legadas a las Cortes de Cádiz, fueron las siguientes 5 :

a) Declaratoria de igualdad de derechos de los reinos y provincias americanas respecto de los peninsulares (artículo 87). En consecuencia, la palabra colonias fue proscrita del lenguaje

5 Armando Martínez Garnica (director): La acción de los diputados americanos en Bayona. Informe final. Bucaramanga: Universidad Industrial de Santander, 12 de enero de 2007. Inédito. Esta inves- tigación contó con la colaboración de Diana Libeth Flórez Tapias, Dayana Lucía Lizcano Herrera, Miguel Suárez Araméndiz, Annye Páez Martínez, Carlos Humberto Espinosa y Celina Díaz Díaz.

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político hispánico y, en particular, de las

tradiciones del liberalismo hispánico, y se impuso

la denominación reinos y provincias españolas de

América y Asia (título X).

b) Demanda de libertad de cultivo e industria (artículo 88), así como de comercio entre sí

y con la metrópoli (artículo 89). Prohibición

de privilegios monopólicos para el comercio de importación o exportación en los reinos y provincias americanas (artículo 90). Estas tres demandas no existían en el proyecto de estatuto constitucional, pero fueron introducidas por la fuerza argumentativa de las observaciones presentadas por los diputados americanos.

c) Derecho de las provincias americanas a tener cerca del gobierno central y en las legislaturas sus propios diputados, encargados de promover sus intereses particulares y representarlas en cortes (artículo 91). El artículo 92 le concedió a los reinos y provincias de América un total de 22 diputados en cortes, el triple de los que la Junta Central de España y las Indias concedió en su decreto de convocatoria a las Cortes de Cádiz (22 de enero de 1809) y un poco menos de los 28 diputados suplentes que el Consejo de Regencia terminó aceptando ante las críticas de todos los cabildos americanos. En adelante, los Virreinatos de Nueva España, Perú, Nuevo Reino de Granada y Buenos Aires sabían que tendrían dos diputados cada uno, y las demás audiencias americanas (Filipinas, Cuba, Puerto Rico, Caracas, Charcas, Quito, Chile, Guatemala, Guadalajara, Provincias internas occidentales

y orientales de la Nueva España) su propio

diputado. Las audiencias subordinadas, como Quito y Charcas, ganaron una mejor posición política, y dos provincias (Yucatán y El Cuzco)

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que no estaban contempladas en el proyecto original obtuvieron diputado propio.

d)

Derecho a integrar un Ministerio de Indias

y

una Sección de Indias tanto en el Consejo de

Estado (seis diputados) como en las sesiones de las Cortes, consultores de todos los negocios americanos. Este derecho (artículo 95) no estaba contemplado en el proyecto original, pues fue ganado por los diputados americanos durante los debates contra algunos diputados peninsulares

que se opusieron a la creación de esas instituciones. Esta tradición fue mantenida en la Constitución de Cádiz, que mantuvo un secretario de Ultramar

y seis diputados americanos en el Consejo de Estado.

e) Establecimiento tanto del principio de la

Soberanía de la Nación española como fuente del poder en la carta constitucional como de la obligación del rey español a defender la inviolabilidad de los dominios españoles contra cualquiermonarcaextranjero.Consecuentemente, determinación de la confianza en el poder liberal de la carta constitucional.

f) Derecho de los ayuntamientos indianos a

participar en los comicios para la elección de los diputados de los reinos americanos a cortes (artículo 93). Este derecho incluyó el atributo de la naturaleza para los diputados americanos a cortes, cerrando así el paso a su suplantación por diputados peninsulares.

En el discurso que Francisco Antonio Zea (Medellín, 21-10-1766 – Bath, 28-11-1822) pronunció el día de la firma de la Constitución, 8 de julio de 1808, se expuso la importancia que ésta tenía para el futuro de América:

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¿Podrían los americanos dejar de proclamar con entusiasmo una Monarquía que los saca del abatimiento y de la desgracia, los adopta por hijos y les promete la felicidad? No, señor. No se puede dudar de los sentimientos de nuestros compatriotas, los americanos, por más que los enemigos de V. M. se lisonjean de reducirlos; nosotros nos haríamos reos a su vista; todos unánimes nos desconocerían por hermanos y nos declararían indignos del nombre americano, si no protestáramos solemnemente a V. M. su fidelidad, su amor y su eterno reconocimiento.

Era la perspectiva de un afrancesado que había apostado por José I Bonaparte contra Fernando VII, siguiendo la tradición política de quienes habían apoyado las políticas educativa y científica de Manuel Godoy, el valido de Carlos IV.

La otra respuesta dada en la Península fue la eclosión juntera, iniciada tras los levantamientos madrileños del 2 de mayo de 1808. Fue la de la guerra de independencia contra el invasor francés, que las provincias americanas hicieron causa suya de inmediato, y que terminaría convirtiéndose en guerra de independencia contra las tropas del Fernando VII restaurado en el trono. Desde los púlpitos, todo el estamento eclesiástico de España y las Indias tronó contra los franceses, acusándolos de enemigos de la religión y de la Patria. Ante el desmoronamiento de las viejas instituciones de la Monarquía española (consejos, audiencias, capitanías) todo el movimiento de independencia se canalizó hacia las juntas locales y provinciales, autotituladas soberanas y gubernativas. En el verano de 1808 ya se habían creado 18 juntas provinciales en la Península, acompañadas de las

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defensas heroicas de Zaragoza y Gerona, así como de

la resonante victoria de Bailén 6 .

Las propias necesidades de la guerra de independencia forzaron la formación, con dos diputados por cada junta provincial, de la Junta Central (25 de septiembre

de 1808). Para dar respuesta a la posición favorable de José I a los americanos, esta Junta emitió el decreto (22 de enero de 1809) que asumía como propio lo ganado en Bayona por aquellos: “los vastos y preciosos dominios que España posee en las Indias no son propiamente o factorías como los de otras naciones, sino una parte esencial e integrante de la Monarquía española”. En la práctica, fue la invitación a que un diputado por cada virreinato o capitanía general de América se integrara al seno de la “representación nacional”. Fue la primera vez en la historia de esta Monarquía que un cuerpo soberano suyo convocó

a representantes de las provincias americanas. El

principio de la igualdad de representación política de los españoles y los americanos se había abierto paso en la crisis de la Monarquía.

El 10 de mayo de 1809 la Junta Central publicó su

Manifiesto a los americanos, una exposición explícita de su propósito de integrarlos, tal como lo había hecho ya la Carta de Bayona. Unos días después, su convocatoria a unas Cortes de toda la nación española abrió más la puerta a los diputados americanos. Pero

la llegada de las tropas de elite francesas, la Grande

Armée, que desarticuló al ejército español y abrió el camino de la guerra de guerrillas, obligó a la Junta Central a refugiarse en Sevilla y posteriormente en Cádiz. El mal recibimiento de la Junta en Sevilla y la presión francesa forzaron su disolución el 30 de enero

6 Manuel Chust: “La coyuntura de la crisis: España, América”. En: Historia general de América Latina. Madrid: UNESCO, Trotta, 2003, volumen V, p. 60.

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de 1810. Nació entonces el Real Consejo de Regencia, integrado por cinco miembros, de los cuales uno era americano: el novohispano Miguel de Lardizábal

y Uribe. Su primer decreto, dado el 14 de febrero

de 1810, fijó las Instrucciones para la convocatoria de elecciones de América y Asia: además de los diputados de cada virreinato y capitanía general de América, las capitales cabeza de partido tendrían representación en las Cortes de Cádiz. Mientras se elegían y cruzaban

el océano, se eligieron 28 diputados suplentes que ya

estaban disponibles en esta ciudad.

El procedimiento de elección de los diputados americanos incluía la conformación de ternas con los candidatos más votados en los cabildos de las cabeceras de cada provincia, y su posterior reducción a uno solo por sorteo. En una segunda elección se reducirían todos los nombres escogidos por las provincias a una terna, en la capital virreinal, y, por sorteo, se escogería al único candidato de cada reino o capitanía general americana. Adicionalmente, se solicitaron instrucciones que guiaran la acción de los diputados de cada virreinato o capitanía general en las Cortes. Por primera vez, los diputados de América experimentaron la responsabilidad de representar a sus provincias nativas. La experiencia de la representación política había comenzado resueltamente en las provincias americanas.

Primera experiencia de representación política Aceptando la invitación de la Junta Suprema Central Gubernativa de España y las Indias, durante el año de 1809 se realizaron en las provincias americanas las elecciones para la selección de sus diputados, así como la redacción de las instrucciones que éstos

llevarían consigo. Aunque los reinos de las Indias sólo contribuirían con nueve diputados, frente a los 36 de

la

Península, la oferta de representación política en la

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corporación que ejercía la soberanía de la monarquía despertó grandes expectativas.

Las elecciones para la selección del diputado del Nuevo Reino de Granada comenzaron por la selección de las ternas de candidatos en cada una de las cabeceras de sus provincias. El Cabildo de Santa Fe integró la suya (12 de junio) con los nombres de Camilo Torres, José Joaquín Camacho y Luis Eduardo de Azuola. Reducida por sorteo, dejó el nombre de este último como candidato de esta provincia. El Cabildo de la villa del Socorro integró su terna con los nombres de Camilo Torres, Joaquín Camacho y Tadeo Gómez Durán, resultando este último elegido. El Cabildo de Cartagena de Indias sorteó (29 de mayo) a José María García de Toledo como diputado provincial. En Popayán se escogió (mayo) al cartagenero Antonio de Narváez y a dos de sus nativos más ilustrados, José Ignacio de Pombo y Camilo Torres, resultado escogido por sorteo este último. El diputado escogido por sorteo en Pamplona fue don Pedro Groot, el de Antioquia fue el presbítero gironés Juan Eloy Valenzuela, y el de Panamá don Ramón Díaz del Campo.

Las elecciones del Cabildo de Quito se realizaron el 9 de junio de 1809. La terna fue integrada por tres de sus nativos que ya se encontraban en la Península:

el conde de Puñonrostro, Carlos Montúfar Larrea y José Larrea Jijón. El sorteo favoreció a este último. La terna de la ciudad de Cuenca fue integrada, diez días después, por los dos alcaldes ordinarios (Fernando Guerrero de Salazar y José María de Novoa) y el doctor José de Landa y Ramírez. El sorteo favoreció al alcalde Guerrero de Salazar. La ciudad de Ibarra escogió al conde de Puñonrostro.

Reducidas todas las ternas provinciales a un único candidato, los nombres que llegaron al Real Acuerdo de la Audiencia de Santa Fe fueron reducidos a una

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sola terna integrada por el abogado Luis Eduardo de Azuola, Juan Matheu -conde de Puñonrostro, y el mariscal de campo Antonio de Narváez y Latorre. El sorteo final se efectuó el 16 de septiembre entre éstos, resultando favorecido por el azar el último. Posteriormente, cuando Quito organizó su segunda junta y proclamó su autonomía respecto de Santa Fe, escogió de una nueva terna al conde de Puñonrostro, que ya estaba en Cádiz como diputado suplente del Nuevo Reino de Granada, como su diputado titular.

El procedimiento para la selección del diputado de la CapitaníaGeneraldeVenezuelafueidéntico,resultando elegido allí don Joaquín Mosquera y Figueroa, nativo de Popayán, quien se había desempeñado como oidor en Santa Fe y regente de México y Caracas. Su brillante carrera burocrática lo llevaría a integrar el Real Consejo de Regencia, desvirtuando con su ejemplo los posteriores argumentos de la historiografía liberal respecto de la falta de oportunidades de los americanos para ejercer altos empleos como causa del movimiento de independencia. Por no ser natural de Venezuela y por haber contribuido a la persecución de los mantuanos que firmaron la representación del 22 de noviembre de 1808, uno de los hijos del conde de Tovar viajaría a la Península para anular su elección. Aunque el Consejo de Indias efectivamente declaró nula su elección (6 de octubre de 1809), “por no ser Mosquera natural de las provincias de Venezuela”, autorizando una nueva elección. La elección se efectuó el 11 de abril de 1810 y resultó favorecido Martín Tovar Ponte, otro hijo del conde de Tovar, distinto al que viajó a España a protestar contra la elección de Mosquera. No obstante, las noticias de la disolución de la Junta y los sucesos de Caracas el 19 de abril de 1810 impidieron su viaje a la Península. En cambio, Mosquera consiguió en aquella una plaza togada en el Consejo de Indias y luego la representación americana en el Consejo de Regencia (22 de enero de

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1812), ejerciendo su presidencia durante la ausencia del Duque del Infantado.

Aunque Narváez y Latorre nunca viajó a la península, pues la disolución de la Junta Central frustró su comisión, los comicios realizados en las provincias promovieron entre sus hombres ilustrados la exposición de sus proyectos de recomposición del orden monárquico en las Indias mediante el empleo del lenguaje político moderno que provenía de la experiencia revolucionaria francesa. Las instrucciones dadas al diputado que iría a integrar la Junta Suprema fue el documento típico de la nueva retórica que se expresó abiertamente en todos los cabildos.

Para la jurisdicción del Nuevo Reino de Granada,

hasta ahora se conocen siete instrucciones 7 preparadas para su diputado, dos de ellas redactadas por los más brillantes abogados del Nuevo Reino - Camilo Torres Tenorio e Ignacio de Herrera Vergara -, y las otras cinco por los miembros de los cabildos del Socorro, Tunja, Popayán, Quito y Loja. La instrucción de Quito fue dirigida y entregada al diputado del Perú, José de Silva y Olave, quizás porque era natural de Guayaquil

y porque ya se encontraba en este puerto con destino

inmediato a la Nueva España. Una octava instrucción, redactada por el contador de la real Caja de Panamá

– Salvador Bernabeu de Reguart – fue una respuesta

personal al manifiesto inaugural de la Junta Suprema

y enviada directamente a ella por su autor. 8 Para el

7 Ángel Rafael Almarza Villalobos y Armando Martínez Garnica (eds.): Instrucciones para los diputados del Nuevo Reino de Grana- da y Venezuela ante la Junta Central Gubernativa de España y las Indias. Bucaramanga: Universidad Industrial de Santander, 2007.

8 Salvador Bernabeu de Reguart: Plan de economía y buena admi- nistración o prospecto al gobierno político, militar y económico para el Istmo de Panamá. Panamá, 30 de diciembre de 1809. Ar- chivo del Congreso de los Diputados, Madrid. Secretaría General, legajo 6, número 39. En Almarza y Martínez, Op. Cit.

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diputado de la Capitanía de Venezuela, el payanés Joaquín de Mosquera y Figueroa, solamente se conoce hasta ahora la instrucción preparada por el cabildo de Nueva Valencia, recientemente encontrada en su archivo por Ángel Rafael Almarza.

Ignacio de Herrera y Vergara (1769-1840), quien por doce años se había desempeñado como abogado ante los estrados de la Real Audiencia, ofreció al diputado elegido unas Reflexiones encaminadas a reformar la legislación existente 9 . En esencia, propuso una adecuación de la legislación a “la voluntad de los pueblos”, bajo el supuesto de que “los pueblos son la fuente de la autoridad absoluta”. A partir de este principio moderno, propuso la reforma de toda la legislación criminal, del sistema para la provisión de magistrados, una mayor rapidez del procedimiento judicial y, por supuesto, la incorporación de los abogados neogranadinos a la Magistratura. Propuso también la adopción de una política de protección de las industrias y del comercio del Reino, así como la introducción de varias reformas liberales: abolición del tributo de los indígenas, del Tribunal de la Inquisición y de la pena de muerte, así como de los monopolios que pesaban sobre el comercio del tabaco y del aguardiente.

9 Herrera y Vergara, Ignacio de: “Reflexiones que hace un ameri- cano imparcial al Diputado de este Reino de Granada para que las tenga presentes en su delicada misión”, Santafé, 1º septiembre de 1809. En: Germán Arciniegas (recop.): Colombia. Itinerario y es- píritu de la independencia según los documentos principales de la Revolución. Cali: Norma, 1969, pp. 28-46. En: Javier Ocampo Ló- pez: El proceso ideológico de la emancipación en Colombia. 2 ed. Bogotá: Colcultura, 1980, pp. 509-527. En: Boletín de Historia y Antigüedades, vol. LXXV, no. 763 (oct. - dic. 1989), pp. 869-942.

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El Cabildo de Santa Fe firmó el texto de una

Representación 10 que, por su encargo, redactó el asesor Camilo Torres Tenorio (1766-1816). Partiendo de

la consideración de América y España como las “dos

partes integrantes y constituyentes de la monarquía española”, Torres comenzó criticando la desigual representación de “los vastos, ricos y populosos dominios de América” en la Junta Central y en las Cortes convocadas respecto de las pequeñas provincias españolas. Considerando que todas las provincias de

los dos continentes eran “independientes unas de otras y partes esenciales y constituyentes de la monarquía”, argumentó que los americanos debían de reconocerse “tan españoles como los descendientes de don Pelayo,

y tan acreedores, por esta razón, a las distinciones,

privilegios y prerrogativas del resto de la nación, como los que, salidos de las montañas, expelieron a los moros y poblaron sucesivamente la Península”.

Con dos millones de habitantes, un territorio cuatro veces más grande que toda España, 22 gobiernos

o corregimientos, 70 ciudades o villas, cerca de mil

lugares, 7 obispados y muchas minas de oro y plata, el Nuevo Reino de Granada merecía más que un único representante ante la Suprema Junta Central. Demandaba entonces una representación igual a la concedida a los dominios peninsulares.

10 “Representación del Cabildo de Santafé a la Suprema Junta Central de España”, Santafé, 20 de noviembre de 1809. Firmada por Luis Caicedo, José Antonio Ugarte, José María Domínguez de Castillo, Justo Castro, José Ortega, Fernando Benjumea, Juan Nepomuceno Rodríguez de Lago, Francisco Fernández Heredia Suescún, Jerónimo Mendoza, José Acevedo y Gómez, Ramón de la Infiesta y Eugenio Martín Melendro. En: Germán Arcinie- gas (recop.). Colombia: itinerario y espíritu de la independen- cia. Cali: Norma, 1969, pp. 48-67. La historiografía liberal ha malnombrado esta representación con el título de “memorial de agravios”, con lo cual ha desvirtuado el propósito original para el cual fue escrita.

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La igualdad de representación de las provincias ame- ricanas respecto de las españolas significaba también que los americanos debían ser llamados a ocupar todos los empleos y honores. Los cuatro virreinatos ameri- canos deberían enviar seis representantes cada uno, dado que cada uno se componía de muchas provin- cias, y dos cada una de las capitanías generales, si bien la de Filipinas merecía seis por su extensa población. Por el mismo principio de igualdad, se deberían for- mar en estos dominios juntas provinciales “compues- tas de los representantes de sus cabildos, así como de los que se han establecido, y subsisten en España”. En síntesis, el cabildo de Santa Fe pidió a la Junta Cen- tral igualdad de representación y cumplimiento de la orden dada para establecer “juntas preventivas” en las provincias americanas.

La Instrucción 11 del Cabildo de Popayán tuvo a la vista el real decreto del 22 de mayo de 1809 (Consulta a la Nación), lo cual explica los avanzados términos políticos de su texto: encargaron la firma inmediata de una carta constitucional que debería ser jurada por el rey y sus descendientes, y la organización de unas Cortes que se compondrían de “una verdadera representaciónnacionaldeAméricayEspaña”.Porello, el número de los diputados americanos y peninsulares debería ser igual, y aquellos debían ser encargados de defender “los derechos, el honor, la independencia y la libertad de los Reinos Americanos”. Los diputados de los reinos americanos deberían ser sagrados y permanentes, bien proveídos para el desempeño de tan alta responsabilidad. Siguiendo únicamente los principios de la Consulta a la Nación, delegaron en el diputado del Nuevo Reino todas las demandas

11 Cabildo de Popayán: Instrucciones adjuntas al poder dado al diputado del Nuevo Reino de Granada ante la Junta Central, 17 de octubre de 1809. Archivo Central del Cauca, Popayán, tomo 55. En Almarza y Martínez, Op. Cit.

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particulares que pedirían en Cortes, asegurando primero su lealtad a la Real Familia de Fernando VII y la igualdad de representación de América.

La Instrucción 12 preparada por orden de los capitulares del Socorro, el 20 de octubre de 1809, aspiraba a que la Junta Suprema Central - que concebía como una “asamblea de sabios y de buenos ciudadanos” - formaría una nueva carta constitucional que “fijaría para siempre los destinos de la nación” y destruiría “ese edificio gótico que ha levantado la mano lenta de los siglos, y que parecía eterno como nuestros males”. Esa nueva constitución debía corresponder al “progreso de las luces”, que difundiría “las ideas de humanidad por todas las clases de la sociedad”, y debería “estrechar más, si puede ser mayor, la unión de la madre patria con los habitantes de este vasto hemisferio”. El programa de reformas sociales que establecería el nuevo “pacto social” incluía la supresión de las “clases estériles”, la conversión de los indios en propietarios de parcelas mediante la distribución familiar de las tierras de resguardo y abolición de su obligación de pagar tributos, así como la abolición de los esclavos y prohibición de su comercio, para que “entren éstos en sociedad como las demás razas libres que habitan las Américas”.

Los “principios incontestables de economía política” que deberían introducirse serían los de libertad de comercio, de industria, de trabajo y de propiedades territoriales, “o lo que es lo mismo, la protección del

12 “Instrucción que da el muy ilustre Cabildo, Justicia y Regi- miento de la villa del Socorro al diputado del Nuevo Reyno de Granada, a la Junta Suprema y Central Gubernativa de España e Indias”, 20 de octubre de 1809. Publicada por Horacio Rodríguez Plata en: La antigua provincia del Socorro y la Independencia. Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 1963 (Biblioteca de historia nacional, 98), pp. 40-46.

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interés individual”. El sistema fiscal debería reducir las contribuciones eclesiásticas a dos (diezmos y primicias) y podría reducirse a una única contribución directa, tal como había propuesto en España don Miguel de Muzgún, y el sistema aduanero tendría que ser “el termómetro que gradúe la protección de la industria nacional y el contrarresto de la extranjera”. Las tareas básicas de la nueva agenda del cabildo para “la felicidad de la patria” tendrían que ser la apertura de caminos y el tendido de puentes, “un nuevo código de leyes civiles y criminales, tan sencillo y conciso, que su inteligencia no esté como ahora, reservada a los sabios y profesores del derecho, sino que se proporcione al alcance de todas las clases del pueblo”; y “la educación de la juventud, no en aquellos estudios que por su tendencia natural aumentan las clases estériles y gravosas a la sociedad, sino las ciencias exactas y que disponen al hombre al ejercicio útil de todas las artes”, tal como la “economía política”.

La Instrucción 13 preparada para el diputado Narváez por orden del Cabildo de Tunja, el 6 de octubre de 1809, solicitó promover “todo cuanto sea preciso para sostener y conservar los derechos de la religión, del rey nuestro señor, del estado y de la Patria, pues los vecinos de esta ciudad y la provincia aspiran al buen éxito de la nación española, y a su inseparabilidad”. Pero pidió cuatro medidas de provecho especial para la provincia de Tunja:

-nombramiento de más párrocos para los nuevos vecindarios sin reparar en la oposición de los párrocos a los que se les separaría una parte de sus feligresados,

13 “Instrucción que se ha de mandar a don Antonio de Narváez, diputado para la Suprema Junta Central”. Tunja, 6 de octubre de 1809. En: Ramón C. Correa. Historia de Tunja. Tunja: Imprenta Departamental, 1845, tomo II, p. 102-103.

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-establecimiento de una caja real en la ciudad de Tunja para el fácil recaudo de los tributos de los siete corregimientos de indios y de las demás reales rentas, -establecimiento de un colegio, dotado con las temporalidades de los jesuitas expulsados, y -erección de un obispado en esa capital provincial. La instrucción 14 que el Cabildo de Quito entregó en Guayaquil al diputado del Perú, el doctor José de Silva y Olave, fue una justificación de la legitimidad de las acciones de la Junta que en dicha ciudad se había formado el 10 de mayo de 1809: “¿Donde está pues el delito, que merezca perdón? Yo no lo encuentro por más que lo busco”. Así, la “verdadera causa” de la formación de esta Junta habría sido un “exceso de lealtad:

Nos creíamos al borde de un precipicio y pen- samos que era llegado el caso de proveer a

la conservación y a la seguridad pública y al

ejercicio de la lealtad jurada. Creíamos que teníamos los mismos derechos que los pue- blos de la Península, porque no somos ni me- nos hombres ni menos vasallos de Fernando 7º que los españoles europeos. Creíamos que

esta era la vez en que cumpliésemos con el so- berano precepto de nuestro desgraciado Rey de sostener los derechos de nuestra Religión

e independencia contra el enemigo común,

como lo recomienda, hablando con toda su Nación en una carta fecha en Bayona el 11 de Mayo de 1808. Creíamos finalmente que era un servicio a la majestad de Dios y del Rey conservarle al primero su religión y al segun- do sus dominios.

14 Archivo General de Indias, Estado, 72, N. 64/15, ff. 1-4v. En Almarza y Martínez, Op. Cit.

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La comisión dada al diputado del Perú, un “hermano y compatriota” de los quiteños interesado en su “alivio

y consuelo”, fue la de llevar ante la Junta Central sus

“lágrimas y aflicción” ante el “trono de la Justicia y a

la mansión de la Imparcialidad”. Esperaban que las

gestiones de Silva proveyeran la comprensión de su lealtad al rey y la protección de la Junta Central para que los ilustrados de ese reino pudieran hacer valer de

nuevo el mérito, la virtud, el nacimiento y los talentos. Los excesos de las tropas peruanas que el virrey había enviado a Quito para conjurar la autoridad de la Junta del 10 de mayo, había hecho sentir a sus vecinos como “bestias de carga y como esclavos destinados a arrastrar una pesada cadena de hierro”. Había llegado entonces la hora del tratamiento suave encargado por

la Suprema Junta a sus agentes en América, y esta

fue la instrucción básica dada por los quiteños a su compatriota, diputado por el Perú.

La Instrucción 15 preparada por el Cabildo de Loja

y enviada directamente a Santa Fe contenía siete

medidas de interés local: apoyo para sus producciones de cascarilla y cochinilla, la reforma del Clero, el establecimiento de una obra pía para la fundación de un colegio provincial, su erección como intendencia, una reforma militar, el fomento de la producción de quinas y la apertura de un hospicio para niños expósitos.

De la Capitanía General de Venezuela, hasta el

momento sólo se conoce la Instrucción preparada, el 29

de

julio de 1809, por don José Antonio Felipe Borges

y

el alcalde segundo, don Cristóbal de Goicoechea,

relativa a los “objetos e intereses nacionales”. En ésta

se rechazó la invasión de los franceses, se declaró la

15 Instrucción que forma el Ylustre Cavildo de Loxa. Original en

el

Archivo Histórico del Banco Central del Ecuador, fondo Jijón

y

Caamaño, 5/4. En Almarza y Martínez, Op. Cit.

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lealtad a la Monarquía y se reconoció la autoridad de la Junta Central como depositaria de la soberanía. Este documento hace también una descripción pormenorizada del territorio, de sus condiciones económicas y de sus necesidades más perentorias; se critican los abusos cometidos por las autoridades militares y se hacen numerosas y variadísimas proposiciones para el mejor gobierno de la Provincia. La Instrucción concluye con el siguiente párrafo:

…estas son las ideas y máximas a que debe con-

sagrar su tarea y desvelos nuestro vocal, consi- derando que de ellas pende el bien del Estado y

la felicidad así de los vecinos del distrito de este

Cabildo como los de todas estas provincias, con lo que coronará la grave empresa que se pone en sus manos, corresponderá a la pública expec- tación y llenará la preciosa confianza que se le

deposita por su celo, sabiduría y amor patriótico;

y estas, en fin, son las reflexiones que nos han

ocurrido después de alguna meditación, como que influyen en la regeneración de los derechos

y prerrogativas de los ciudadanos; si no se adop-

tan, o fuesen capaces de imprimir ilustración, nos queda por lo menos la gloria, honor y satis- facción de haberlas indicado sencillamente des- empeñando los deberes de nuestra diputación, como miembros más celosos en cooperar con un deber y luces a la restauración, no menos de la general, que particular, prosperidad” 16

16 Actas del Ayuntamiento de Valencia, Tomo 36, 29 de Julio de 1809. En Almarza y Martínez, Op. Cit. Las Instrucciones de Valencia fueron estudiadasl por Ángel Almarza en un artículo titulado “Las primeras elecciones de la provincia de Venezuela para la Junta Central Gubernativa de España e Indias en 1809”, en proceso de publicación.

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La eclosión juntera Las noticias llegadas de la Península provocaron que en Santa Fe se repudiara la intervención del oficial mayor de la Secretaría del Virreinato en la Diputación de Bayona como representante de este Reino, don Ignacio Sánchez de Tejada. La acción de los párrocos en los púlpitos condenó a los afrancesados y a la nueva familia monárquica, sospechosa de haber llevado a los dominios españoles el designio revolucionario francés de destrucción de las tradiciones católicas. Inflamados los espíritus por la amenaza de una probable invasión militar francesa de América, sólo quedó abierta la posibilidad de organizar juntas provinciales conservadoras de la religión y de los derechos del rey Fernando VII a su trono de las Españas.

El proceso americano de eclosión juntera se inició, si descontamos lo que ocurría en el Virreinato de Buenos Aires y en la Audiencia de Charcas, en la ciudad de Quito, cabecera de una real audiencia subordinada al Virreinato del Nuevo Reino de Granada. El 10 de agosto de 1809, don Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, informó a los cabildos de la jurisdicción de la Audiencia de Quito sobre las razones que lo habían llevado a encabezarla y a destituir al presidente de la Audiencia.

Se trataba de las noticias llegadas de la Península, según las cuales José I Bonaparte había sido coronado en Madrid y las tropas francesas ya habían conquistado casi toda España, con la consiguiente extinción de la Junta Suprema Central de España. Ante esas novedades, el pueblo de Quito - “fiel a Dios, a la patria y al rey” - se había “convencido de que ha llegado el caso de corresponderle la reasunción del poder soberano”. Los diputados de los barrios de Quito habían declarado el cese en sus funciones de “los magistrados que las ejercían con la aprobación de dicha Junta Suprema representante extinguida” y, en consecuencia, habían

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erigido una nueva Junta suprema e interina “con el tratamiento de majestad”, que gobernaría en adelante el Reino de Quito en nombre de don Fernando VII, mientras éste recuperase la península o viniese a América a imperar. El mismo había sido elegido, con título de alteza serenísima, presidente de dicha Junta 17 . La Real Audiencia de Quito había sido reemplazada por un nuevo tribunal de justicia, llamado Senado, dividido en dos salas jurisdiccionales (Civil y Criminal) e integrado por unos magistrados con título de senadores. El marqués de Miraflores opinaría que la intensidad del enfrentamiento de este año de 1809 entre los chapetones (Simón Sáenz y su yerno, Xavier Manzanos; el doctor Nieto) y los criollos quiteños (Salinas, los Montúfar) por el asunto de la elección de los dos alcaldes ordinarios del Cabildo y por algunos pleitos que seguían entre ellos había sido la causa que había precipitado “la estrepitosa mutación de gobierno que ha habido” 18 .

El uso del argumento de la “reasunción de la soberanía” por “el pueblo de Quito” parece haberse originado en el discurso de uno de los dos principales ideólogos del movimiento, el doctor Juan de Dios

17 Una de las tantas copias del acta del evento quiteño del 10 de agosto de 1810 que circularon en el Nuevo Reino puede leerse en AGN (Bogotá), Archivo Anexo, Historia, rollo 5, ff. 609-611v. La ratificación del 16 de agosto siguiente en la Catedral de Quito en Ibid, ff. 611v-613. Además del marqués de Selva Alegre, los principales actores del 10 de agosto fueron el abogado antioque- ño Juan de Dios Morales (secretario de Negocios Extranjeros y Guerra), su colega chuquisaqueño Manuel Rodríguez de Quiroga (secretario de Gracia y Justicia) y don Juan de Larrea (secretario de Hacienda). 18 Carta del marqués de Miraflores a don José María Mosquera. Quito, 21 agosto de 1809. AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 6, ff. 665-666.

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Morales, un abogado antioqueño 19 que fue nombrado secretario de la Junta Suprema y del Despacho de Negocios Extranjeros y Guerra. Éste pronunció

un discurso público en el que afirmó que “la Junta Central no existía ya, y que en caso de existir no podía tener más facultades que las que nosotros

se sabía que todos los Consejos de

Castilla, Indias, Hacienda, Órdenes y demás habían besado ya la mano al tirano Napoleón, el mismo que había destronado muy de antemano los reyes de toda la Italia, destronando al emperador de Alemania y toda la dinastía amable de los Borbones” 20 .

En esas “circunstancias tan críticas y peligrosas” se había juzgado indispensable la erección de una Junta suprema, “para lo que tenía derecho el pueblo, a semejanza de las que en Europa se habían formado en Valencia, Aragón, Sevilla, etc., que gobernando a nombre de nuestro soberano legítimo, el señor don Fernando 7º defendiesen sus derechos, para lo que estaban autorizados los pueblos por la Junta Central, que mandaba que en los pueblos que pasasen de dos mil habitantes se formen juntas” 21 . Durante su defensa, en el juicio que le siguió en 1810 el oidor Felipe Fuertes, el doctor Morales se ratificó en la opinión, expuesta en el Concilio Provincial celebrado en el Convento de San Agustín, de que la ocupación de España por los ejércitos franceses le había otorgado al

debíamos tener

19 Juan de Dios Morales nació en Arma Nuevo de Rionegro, provincia de Antioquia, en el Nuevo Reino de Granada. Este asentamiento corresponde hoy al municipio de Pácora, en el Departamento de Caldas (Colombia), según la experimentada versión del historiador Alonso Valencia Llano.

20 Confesión de don Mariano Villalobos. Quito, 14 de diciembre de 1809. AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 6, ff. 60v-61.

21 Confesión del doctor José Santos de Orellana, corregidor de Otavalo nombrado por la Junta Suprema de Quito, 10 de enero de 1810. AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 6, ff.398r-v.

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pueblo “el derecho incontestable a reasumir el poder supremo conforme a las leyes de la sociedad, y cada individuo de ella a usar del que le competía prestando su particular sufragio”. 22

El doctor Manuel Rodríguez de Quiroga, el otro ideólogo del movimiento, confirmó que la creencia en la disolución de la Junta Suprema de España y las Indias había sido la causa política inmediata de la acción quiteña del 10 de mayo:

Consideradas pues estas circunstancias, creyendo acéfala la nación o bien en peligro próximo, hace Quito lo que hicieron las provincias de la península con honor y sobrada justicia; esto es crear al ejemplo de la Metrópoli una Junta Depositaria de la autoridad suprema en la sola extensión de su

respectivo distrito, sin ambicionar ni aspirar

a una dominación general

con la calidad de

interina entre tanto Su Majestad es restituido al trono, se reconquista la España, o viene a imperar en América alguno de su real familia 23 .

Al igual que la Junta Suprema de España, la de Quito había nacido “sólo de las circunstancias del convenio de los pueblos, y del sufragio de las demás juntas”, en una circunstancia excepcional que no había previsto la legislación de la Monarquía. La “reasunción del poder supremo” por las juntas peninsulares y la de Quito había sido la respuesta general ante la vacancia del trono por efecto de la invasión francesa.

22 Careo del doctor Juan de Dios Morales. Quito, 10 de marzo de 1810. AGN, Anexo, Historia, rollo 8, f. 588.

23 Rodríguez de Quiroga, Manuel: Vindicación de su conducta en los sucesos del 10 de agosto. Quito, 6 de junio de 1810. En: AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 9, f. 438.

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De gran interés para la comprensión de este movimiento son las actuaciones de los abogados payaneses que actuaban en los estrados de la Real Audiencia de Quito y que fueron incorporados al Senado erigido por la Junta Suprema, una prueba de que “los forasteros habían sido ocupados en el nuevo gobierno”, como señaló el oidor Felipe Fuertes Amar. Esos nativos de la provincia de Popayán eran Salvador Murgueitio (senador de la Sala Criminal y comisionado ante el Cabildo de Cuenca), Vicente Lucio Cabal

(protector general de indios), Javier Salazar (fiscal de

lo criminal), Mariano Lemus, Pedro Escobar (senador

decano de la Sala Civil), José del Corral (senador de

la Sala de lo Criminal), Luis Quijano (senador de la

Sala de lo Criminal), Antonio Tejada (senador de la Sala Civil) y su hermano, José María Tejada, quien fue nombrado capitán de una compañía en medio del “tumulto de armas” del 10 de agosto. Solamente el doctor Ignacio Tenorio, quien había sido oidor de la Real Audiencia de Quito, se negó a aceptar empleo alguno en la Junta y se marchó a su tierra nativa,

convirtiéndose en actor principal de la reacción de los cabildos de Pasto y Popayán contra la junta quiteña. Don Antonio Tejada relató que el marqués de Selva Alegre había ofrecido la cancelación del alcance de

la

Real Casa de Moneda de Popayán si su Cabildo

se

agregaba al gobierno de la Junta Suprema. Esta

noticia fue confirmada por su hermano José María en carta a su padre, reconociendo que los sucesos quiteños del 10 de agosto habían sido del gusto de todos los payaneses residentes, “que hemos sido

distinguidos aún con preferencia a todos los criollos”,

y que el propio marqués de Selva Alegre había

prometido conservar en sus empleos de la Real Casa de Moneda de Popayán a todos los nativos, “lo que no sucederá con los santafereños, que siempre han querido llevarse la Casa de Moneda, empleando en ella y en todo Popayán a los moscas, con preferencia a

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los vecinos más beneméritos” 24 . En carta enviada a su hermano insistió en su opinión de que Popayán debía unirse a la generosa Junta Suprema de Quito antes que seguir dependiendo de Santafé, “que la ha tiranizado por cuantos medios ha habido, ya procurando destruir la Casa de Moneda, ya acomodando en los empleos a los moscas 25 ”.

En efecto, el marqués de Selva Alegre envió, el mismo 10 de agosto, un oficio al Cabildo de Popayán para informarle sobre la creación de la Junta Suprema y recordarle su tradicional dependencia al Tribunal Supremo de Justicia del Reino de Quito, así como las relaciones de comercio entre esas dos provincias, prometiéndole elevar su condición política “en el evento de una total independencia”. Hallándose en medio de “dos reinos superiores en fuerzas y recursos”, le convenía a la provincia de Popayán agregarse a la Junta de Quito antes que a Santa Fe, “que está a mayor distancia y que nada le interesa”, con lo cual se podría resolver la necesidad de Quito de “arreglar

24 Cartas de José María Texada a su padre y a su hermano. Quito, 21 de agosto y 6 de septiembre de 1809. AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 6, f. 545-550v (195-200v). Manuel Moreno con- firmó, en carta a su hermano Camilo (Quito, 21 de agosto de 1809), que los empleos públicos se habían quitado a los chapeto- nes para darlos a los criollos y payaneses, que “los quiteños son muy afectos a los popayanejos” y que “los santafereños no dan leche”. Ibid, ff. 569-570 (220-221).

25 El apodo Mosca era aplicado en los colegios de la capital del Nuevo Reino a los estudiantes nativos de Santafé. Cfr. José María Cordovez Moure: Reminiscencias de Santafé y Bogotá. Bogotá: Gerardo Rivas Moreno Editor, 1997, p.46. A los de Po- payán se les decía tragapulgas; a los del Tolima, timanejos; a los de Cali, calentanos; a los de la Costa Caribe, piringos; a los antioqueños, maiceros; a los de Boyacá, indios, y a los de Santander, cotudos.

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sus límites, proporcionándose una posición fronteriza capaz de consultar a su mayor seguridad”.

Pidió el envío de un representante provincial ante la

Junta, asignándole un sueldo de dos mil pesos anuales. En otra carta reservada, del 29 de agosto siguiente

y dirigida al gobernador de Popayán, Miguel Tacón,

el marqués de Selva Alegre le ofreció el cargo de brigadier y la Comandancia general de armas, “para la seguridad de la frontera”, con sueldo de seis mil pesos

anuales, si inclinaba al cabildo de Popayán a la posición de unión con el Reino de Quito. Agregó que, en caso de que Fernando VII no pudiera recuperar España ni el trono, quedarían independientes de Bonaparte

y entonces se pondría a Popayán “en el mayor grado

de esplendor”, olvidando las disensiones motivadas por los acontecimientos de su Casa de Moneda, y se miraría por la conservación de la Casa familiar de los

Valencia. Santiago Pérez de Valencia, a la sazón alcalde ordinario, advirtió en el Cabildo que el descubierto del tesorero suplente de la Casa de Moneda, Francisco de Quintana - con quien no le unía parentesco alguno

-, debería ser juzgado y sentenciado, y que toda su

extensa familia había abrazado la causa contra los rebeldes de Quito 26 .

El doctor Luis Quijano, quien se acostó durante la

noche del 9 de agosto como “simple abogado” payanés

y

despertó a la mañana siguiente “de oidor decano de

la

Sala del Crimen, sin que ni esa noche, ni en todas las

que he vivido hubiese soñado en semejante destino”, relató a su hermano Manuel María que la Junta Suprema Gubernativa del Reino de Quito se había propuesto conservar la religión católica, el dominio absoluto de Fernando VII sobre este Reino, la adhesión a los principios de la Suprema Junta Central de Sevilla

26 Las dos cartas del marqués de Selva Alegre están en AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 10, ff. 369-372.

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y

procurar el bien de la Nación y de la Patria, “hasta

la

recuperación de la península, restitución de nuestro

rey a ella, o que venga a imperar en la América”. Sin

embargo, y pese a las novedades que parecían haber transformado todo en ese teatro político, “seguimos las mismas leyes, conformándonos en todo con el orden establecido en el antiguo régimen” 27 .

La reacción adversa de los gobernadores de Cuenca

y Popayán, ambos peninsulares, desconcertó a los

miembros de la Junta. Melchor Aymerich, gobernador de Cuenca, replicó a la carta del marqués de Selva Alegre que el pueblo de Quito se había “abrogado un derecho y poder que no le competía”, una situación

que por ser un “escandaloso atentado” lo obligaba a él

a ponerse a la disposición, con sus armas, del virrey del Nuevo Reino de Granada 28 . Unido al Cabildo de Cuenca, emitió un auto declarando al marqués de Selva Alegre “usurpador del gobierno” y propagador de falsedades, convocando al vecindario a tomar las armas. Pidió auxilios a Lima y a Guayaquil, y abrió causas judiciales contra los sospechosos de querer seguir el ejemplo de los quiteños.

Esta reacción de Aymerich ejemplificó la que poste-

riormente expresarían tanto el teniente coronel Mi- guel Tacón, gobernador de Popayán, como el virrey del Nuevo Reino, don Antonio Amar y Borbón. El Cabildo de Popayán también adhirió a esta posición

el 30 de septiembre de 1809, cuando debatió la co-

municación enviada por la Junta Suprema de Quito

27 Carta del doctor Luis Quijano a su hermano Manuel María. Quito, 21 de agosto 1809. AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 6, ff. 658-661.

28 El 16 de agosto de 1809, el gobernador Aymerich envió al vi- rrey del Nuevo Reino de Granada una copia de las actuaciones de Cuenca frente a “la impensada novedad causada por el pueblo de Quito”. AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 4, 128.

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anunciando el envío de una legación, integrada por Manuel Zambrano y Antonio Tejada, para procurar la adhesión de la provincia de Pasto a Quito “y esta- blecer la paz entre sí”. Los regidores acordaron no recibirlos y pidieron al gobernador Tacón que impi- diera el ingreso de esa legación argumentando que su propósito no era otro que el de “envolver en la rebe- lión, si pudiese ser, a los pueblos fieles de esta provin- cia” 29 . El Cabildo de Santiago de Veragua, en el Istmo, también le prometió al virrey, en esta misma fecha, “dar la última gota de sangre por los derechos de la justa causa y defensa del Soberano”.

Fue así como las reacciones adversas de las autoridades de Cuenca, Popayán, Pasto, Istmo y Barbacoas le cerraron el paso al proyecto más ambicioso de la Junta Suprema de Quito, que consistía en reunirse con los cabildos de las provincias sujetas a la gobernación de Quito y con “los que se unan voluntariamente a ella en lo sucesivo, como son Guayaquil, Popayán, Pasto, Barbacoas y Panamá, que ahora dependen de los Virreinatos de Lima y Santa Fe”.

Actores principales de esta reacción fueron los militares peninsulares que ocupaban los empleos de gobernadores o corregidores, en buena medida provistos en los tiempos de Godoy, que desde el comienzo percibieron los riesgos políticos de la eclosión juntera en América. Si bien se prestaron al reconocimiento de la Junta Central de España e Indias, dada el acta acordada del Real Consejo de Indias (7 de octubre de 1808) y la orden del virrey Amar, cuando aquella se disolvió asumieron la defensa de la opción de acatar la autoridad del Consejo de Regencia.

29 Actas de los cabildos de las ciudades de Popayán y de Santia- go de Veragua, 30 de septiembre de 1809. AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 5, ff. 260-261 y 270-271.

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La acción del oidor Ignacio Tenorio, un ilustre payanés de la Audiencia de Quito que abandonó esta ciudad cuando se instaló la Junta, desde su regreso a la parroquia de Túquerres puso en estado de alarma a los

Cabildos de Pasto y Popayán, antes de que las cartas del marqués de Selva Alegre pudieran llegar a su destino.

La

reacción inmediata del gobernador de Popayán fue

la

de tomar medidas drásticas contra los quiteños:

ordenó al administrador de correos entregarle la

correspondencia de particulares procedente de Quito para su examen, y su teniente - Manuel Santiago Vallecilla - se puso a las órdenes del virrey Amar

y Borbón contra “las extrañas, escandalosísimas

ocurrencias de la ciudad de Quito”, incluso a costa del sacrificio de su vida y hacienda, para dejarle a la posteridad un “ejemplo de honor y de lealtad” 30 . Las milicias organizadas en Popayán para marchar contra los quiteños, durante el mes de septiembre de 1809, recibieron los refuerzos convocados por el virrey Amar. Los regidores de Pasto también informaron al gobernador Tacón su disposición a adherir a la causa contra la Junta de Quito.

La situación de Quito, en la que se expresaron tempranamente las dos opciones políticas en torno a la formación de juntas, ilustró a santafereños y cartageneros sobre las dificultades de reproducir en América el proceso que hacía carrera en la Península. Llevando agua a su propio molino, un ilustre conciliario del Consulado de Comerciantes de Cartagena de Indias, don José Ignacio de Pombo, aconsejó al virrey Amar agotar el empleo de “todos los recursos de conciliación y suavidad” con la Junta de Quito, en atención al carácter de sus habitantes, su número, sus medios y demás que deben tenerse presentes”, antes

30 Carta de Manuel Santiago Vallecilla, teniente de gobernador de Popayán, al virrey Amar y Borbón. Popayán, 5 de septiembre de 1809. AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 5, f. 50.

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que emplear contra ella medidas de fuerza. Propuso 31 el envío de una comisión, integrada por tres personas “de conocida probidad, prudencia, moderación, talento e instrucción en materias políticas”, para que como “ministros de paz” fuesen a Quito, en nombre del rey y de la Junta Central de Sevilla, a ofrecer un perdón general y olvido. Pero el virrey, teniendo a la vista el modo como se había transformado “el aspecto de la cosa” hasta mostrar “la malicia y desentramada ambición de sus motores”, desechó la posibilidad de exculpación de los agentes del “plan de revolución y trastorno” experimentado por los quiteños.

El primero de septiembre de 1809 recibió el virrey Amar el despacho enviado por el marqués de Selva Alegre, que leyó ante los oidores de la Audiencia, dudando acerca de la entrega del despacho anexo que venía remitido al Cabildo de Santa Fe. Al día siguiente, una vez leído el despacho que le correspondía, el Cabildo solicitó reiteradamente al virrey la celebración de una junta especial para acordar conjuntamente las providencias que se adoptarían respecto de Quito, hasta lograr que accediese. Las dos sesiones de la junta ampliada se realizaron los días 6 y 11 de septiembre en el Palacio Virreinal, después de que se garantizó inmunidad en sus personas y bienes a quienes estuvieran dispuestos a expresar sus opiniones en conciencia. El magistral Andrés Rosillo, quien poseía copias de las cartas enviadas por el marqués de Selva Alegre a los cabildos de Popayán y Santa Fe, fue uno de los que opinaron en estas juntas “deliberativas” que la Audiencia juzgaba simplemente “consultivas”.

31 José Ignacio de Pombo: Carta al virrey Amar y Borbón. Car- tagena, 20 de septiembre de 1809. AGN, Archivo Anexo, Histo- ria, rollo 5, ff. 248-251v. La respuesta del virrey Amar (Santafé, 19 de noviembre de 1809) en los ff. 249 r-v.

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Una intervención bien conocida en la sesión del 11 de septiembre es la del doctor Frutos Joaquín Gutiérrez, gracias a la relación 32 que hizo de ella al fiscal de lo civil de la Audiencia de Santa Fe. En su opinión, el fundamento de lo ocurrido en Quito había sido la falsa hipótesis sobre la disolución de la Suprema Junta Central Gubernativa de la Monarquía, así como el motivo del procedimiento adoptado había sido la desconfianza que tenían los quiteños respecto de la voluntad del conde Ruiz de Castilla para organizar la oposición a los franceses. Gracias a la participación de los abogados neogranadinos en estas reuniones fue que se adoptó la opción de “usar de los medios suaves del desengaño, persuasión y convencimiento, antes que los de la fuerza”.

Fueron más allá al argumentar que, dado que el real gobierno de Santa Fe estaba desacreditado ante los ojos

32 Carta de don Frutos Joaquín Gutiérrez de Caviedes a don Ma- nuel Martínez Mansilla, fiscal de lo civil de la Real Audiencia, sobre la Junta del 11 de septiembre de 1809. Santafé, 22 de sep- tiembre de 1809. AGN, Miscelánea de la Colonia, 111, f. 611. Citada por Rafael Gómez Hoyos en La independencia de Co- lombia. Madrid: Mapfre, 1992, pp. 106-107). El procurador del Cabildo de Santafé, José Gregorio Gutiérrez Moreno, también registró su voto favorable relativo a la erección de una “Junta Superior provincial en Santafé con todas las formalidades que exige el reglamento y en la que deben tener también la parte que les corresponde los magistrados y tribunales”, a la cual le correspondería “arbitrar los medios que puedan tomarse para la pacificación de la provincia de Quito”. Esta junta central tendría “una autoridad suprema de la soberanía”, sin que ello significara “denegar la obediencia a los jefes y autoridades constituidas”. Cfr. Voto del doctor José G. Gutiérrez Moreno en la Junta del 11 de septiembre de 1809. BNC, Quijano Otero, 185. Citada por Mario Herrán Baquero en El virrey don Antonio Amar y Bor- bón. Bogotá: Banco de la República, 1988, p. 65 y por Gómez Hoyos, Op. Cit., 1992, pp. 107-108).

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de los quiteños, era conveniente erigir en esta ciudad

una junta legítima, presidida por el mismo virrey Amar e integrada por “uno o dos magistrados de los

tribunales y de las diputaciones de esta ciudad y demás provincias del reino, con necesaria subordinación

y dependencia de la Suprema, hoy existente en

Sevilla”. Sería esta nueva corporación la que debería entenderse con los quiteños, pues sus comisionados

estarían en mejor situación para alcanzar que la Junta

de Quito reconociese que: “1º. La capital del reino, sus

provincias inmediatas, forman un cuerpo subordinado

a la Suprema Junta Central gubernativa de la

Monarquía (

en un cuerpo con el excelentísimo señor virrey y las

autoridades del Reino. Luego no tienen desconfianza alguna del gobierno, ni menos la pueden tener en lo sucesivo”. Sería esta Junta, formada por los abogados neogranadinos, la que podría “desengañar, persuadir y convencer” a los quiteños respecto de la falsedad de la hipótesis que había iniciado su movimiento hacia la soberanía provincial.

La erección de esta junta provincial fue pedida por

2º La capital y sus provincias se unen

)

28 de los vocales 33 que asistieron a la junta del 11 de septiembre pero, aconsejado por los oidores de

la Real Audiencia y teniendo a la vista los informes

que el mismo día de la primera junta había recibido del gobernador de Popayán, quien ya había tomado medidas para la defensa militar contra cualquier expedición armada que pudieran enviar los quiteños sobre la provincia de Pasto, el virrey Amar logró resistir la formación de la junta provincial solicitada, a la espera de los acontecimientos, mientras instruía

33 Entre ellos se destacan los nombres de José Acevedo y Gó- mez, Camilo Torres, Frutos Joaquín Gutiérrez, José María del Castillo y Rada, Gregorio Gutiérrez Moreno, el canónigo An- drés Rosillo, Manuel Pombo, Tomás Tenorio, Antonio Gallardo, Nicolás Mauricio de Omaña, Pablo Plata y Luis de Ayala.

42 Colección Bicentenario

al Cabildo para contestar el despacho del marqués de Selva Alegre en los términos de “afear su conducta pero con moderación, pues así estaba resuelto”.

El 15 de octubre siguiente, el virrey informó reserva- damente a la Real Audiencia sobre las noticias que ha-

bía dado el doctor Pedro Salgar, cura vicario de Girón,

a un oficial de la Secretaría del Virreinato respecto de

algunas reuniones “subversivas del Gobierno actual” que se estaban realizando en la casa del magistral Ro-

sillo, a la cual asistían los abogados Ignacio de Herre- ra y Joaquín Camacho, con el supuesto propósito de erigir una junta suprema que sería alternativamente encabezada por don Luis Caycedo, don Pedro Groot

y don Antonio Nariño, respaldada por 600 hombres

conducidos por el corregidor de Zipaquirá y por 1.500 de la villa del Socorro reunidos por don Miguel Tadeo Gómez, administrador de aguardientes de esa villa, quien estaba en comunicación con su primo, don José Acevedo y Gómez, a la sazón regidor del cabildo de Santa Fe 34 .

Los testimonios recogidos en las diligencias practicadas por la denuncia del virrey confirmaron que el magistral Rosillo había dicho que “al fin esto había de quedar como Quito”, y que existía un plan para sobornar la tropa y aprisionar al virrey, apropiándose de los caudales reales y de las joyas de la virreina. Se ordenó entonces la captura de Rosillo, Antonio Nariño y Baltazar Miñano. Mientras tanto, el virrey Amar relataba a don Antonio de Narváez, el diputado elegido ante la Junta Suprema de España, que la pretensión de la junta del 11 de septiembre era la de

34 Informe muy reservado del virrey Antonio Amar. Santafé, 15 de octubre de 1809. AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 5, ff. 316-317. Editado, con otros documentos derivados de esta denuncia, por Enrique Ortega Ricaurte en: Documentos sobre el 20 de julio de 1810. Bogotá: Kelly, 1960, pp. 1-2.

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“sujetar el gobierno a una junta superior”, algo que él no podía aceptar nunca porque sus resultados serían “perjudiciales”. Lamentó entonces que el sobrino de Narváez, el doctor José María del Castillo y Rada, hubiera sido “uno de los más acérrimos defensores de esta opinión” 35 .

El 23 de octubre siguiente, el Real Acuerdo consideró la necesidad de actuar con rapidez frente a “las novedades y desórdenes de Quito” para “evitar que cunda el escándalo”, lo cual incluía llamar a declarar a las personas protegidas por fuero real o eclesiástico. Con esta autorización, el virrey decretó ese mismo día que pese a los fueros particulares (militar, de hacienda o de correos, eclesiástico) de que gozase, toda persona llamada a declarar tendría que hacerlo sin excusa alguna. El 8 de diciembre el virrey Amar declaró con satisfacción que “el feo lunar” de infidencia que había contraído la ciudad de Quito, y que había llegado a manchar “el lustre de las Américas”, ya no existía, pues ningún otro vecindario de la jurisdicción del Virreinato había incurrido en la propagación de ese trastorno. Por el contrario, el incidente había servido para que todas las provincias pudieran “abrillantar su lealtad” al rey Fernando VII, quien habría aumentado su estimación por la lealtad de sus vasallos de todas las provincias 36 .

Mientras tanto, algunos de los encausados por

infidencia declaraban que la Junta Suprema que habían contribuido a erigir en Quito la habían entendido como una “Junta provincial comprensiva del Reino

que así como en España se hicieron varias

de Quito

35 Carta del virrey Amar a don Antonio de Narváez. Santafé, 29 de septiembre de 1809. En: Eduardo Rodríguez Piñeres: La vida de Castillo y Rada. Bogotá, 1949, p. 81.

36 Antonio Amar y Borbón: Edicto dado en Santafé, 8 de diciem- bre de 1809. AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 6, ff. 2-6v.

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juntas en distintos reinos o provincias, podía también

hacerse lo mismo en la América

mientras que Su Majestad o sus

legítimos sucesores se ponen en actitud de regir y gobernar el Reino, siendo el objeto del establecimiento de la Junta el conservarle el Reino y defenderlo de cualquiera invasión enemiga” 37 . Por el momento, los regidores de Santa Fe se habían quedado con las ganas de constituir una junta.

Pasando a la Capitanía General de Venezuela, encabezada interinamente en 1808 por el coronel Juan d e Casas, tenemos que las noticias de los sucesos de Bayona se conocieron en Caracas durante la primera semana de julio de ese año. El 15 de julio siguiente se presentó ante Casas el teniente Paul de Lamanon, comandante del bergantín francés Serpent, quien no solamente le confirmó las novedades sino que le intimó a aceptar la nueva dinastía francesa que había comenzado a reinar en la Península. Esta posibilidad tentó al capitán general pero puso en alerta a los oficiales españoles y venezolanos, quienes cerraron filas alrededor de la fidelidad a Fernando VII. Ante el alboroto popular, el Ayuntamiento de Caracas conminó a Casas a organizar la jura de fidelidad al rey cautivo, con lo cual se cerró de una vez aquella posibilidad política entreabierta por los afrancesados.

a nombre del señor

Don Fernando 7º

El tumulto provocado por la llegada del agente francés forzó al capitán general a convocar al Cabildo de Caracas y a todos los estamentos de la ciudad a una junta para examinar la situación de la Península. Pudieron entonces todos oír la lectura, el 17 de julio, de todas las noticias traídas por el bergantín Serpent. El regente, Joaquín de Mosquera y Figueroa, se esmeró

37 Confesión del abogado guayaquileño Juan Pablo Arenas. Qui- to, 14 de diciembre de 1809. AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 6, f. 56.

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por preservar la autoridad de la Audiencia ante la tentación de conformar una junta. El capitán general pudo así emitir un auto el día siguiente, publicado por bando, declarando solemnemente “que en nada se altera la forma de gobierno ni el reinado del señor don Fernando VII en este distrito”. El Ayuntamiento ratificó, el 27 de julio siguiente, su “firme e invariable concepto de no reconocer otra soberanía que la del señor don Fernando VII”, decretando no introducir novedad alguna en el gobierno “hasta tanto que las posteriores noticias del estado de la Península brinden motivo a otra determinación” 38 .

Pero este mismo día el capitán general vaciló y dio un paso en falso al comunicarle al Cabildo, “después de una madura y detenida reflexión, que debe erigirse en esta ciudad una junta a ejemplo de la de Sevilla;

y deseando que se realice a entera satisfacción de los mismos que se interesan en ello, en común utilidad de todos, espero vuestra señoría me manifieste en este delicado asunto cuanto le pareciere con toda la brevedad que fuese posible”. De inmediato, el Ayuntamiento comisionó la redacción del prospecto de esa junta al regidor Isidoro Antonio López Méndez y al síndico procurador general Manuel de Echezuría

y Echeverría. El 29 de julio, el Cabildo examinó el

Prospecto de la Junta que, a imitación de la Suprema de Gobierno de Sevilla, debe erigirse en Caracas. Formado en virtud de comisión del muy ilustre Ayuntamiento por dos de sus individuos.

Partiendo del principio del reconocimiento universal de los caraqueños al rey cautivo y a sus sucesores, aconsejaron la creación de una junta como la que había

38 Acta del Cabildo de Caracas publicada por Tulio Febres Cor- dero en 1908. Citada por Caracciolo Parra Pérez en su Historia de la Primera República de Venezuela [1939]. Caracas: Biblio- teca Ayacucho, 1992, p. 154.

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sido creada en Sevilla, de un total de 18 personas, encabezada por el propio capitán general e integrada por el arzobispo, el regente Mosquera, el fiscal de la Audiencia, el intendente de ejército y real hacienda, el subinspector del Real Cuerpo de Artillería, el comandante del Cuerpo de ingenieros, el síndico procurador general de Caracas y los diputados del Ayuntamiento, el deán y los diputados del Cabildo eclesiástico, y los diputados de los cosecheros, los comerciantes, la Real y Pontificia Universidad, el Colegio de Abogados, el clero regular y secular, de la nobleza y del pueblo.

Aprobado este Prospecto, fue remitido al capitán general, quien lo archivó por consejo del regente y por la circunstancia de la llegada de un agente de la Junta Central con las buenas nuevas de los primeros triunfos contra los invasores franceses y la orden de confirmar a todas las autoridades americanas en sus empleos. Lo altos funcionarios consiguieron así detener por un tiempo la eclosión juntera que se anunciaba.

Un nuevo proyecto de constitución de una junta en Caracas, encabezada por un grupo de nobles y vecinos principales (conde de Tovar, conde de San Javier, marqués del Toro, don Antonio Fernández de León, don Juan Vicente Galguera y don Fernando Key), fue firmado el 22 de noviembre de 1808. Esta representación recordaba que sobre las juntas supremas creadas en la Península había descansado “el noble empeño de la Nación por la defensa de la Religión, del Rey y de la libertad e integridad del Estado”; de tal modo que podría esperarse de las provincias de Venezuela ese mismo ardor si se formaba aquí “una Junta Suprema con subordinación a la Soberana de Estado, que ejerza en esta ciudad

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la autoridad suprema, mientras regresa al Trono nuestro amado rey el señor don Fernando VII”. 39

Vigilados de cerca por el regente Mosquera, dos días después fueron arrestados en sus casas o en los cuarteles, por orden de la Audiencia. Su confinamiento se prolongó hasta febrero de 1809, cuando se les liberó sin condiciones y manteniéndoles “el honor, reputación y concepto de fieles y honrados vasallos de V. M.”.

La disolución de la Junta Central en la Península, ya en los tiempos en que ejercía como capitán general de Venezuela el brigadier Vicente Emparán, cambió la situación. El dominio francés en Andalucía era incontestable, y el Consejo de Regencia apenas podía moverse por la isla de León, gracias a la protección de los navíos ingleses. El 14 de abril de 1810 arribó a Puerto Cabello el bergantín Palomo con la noticia de la toma de Sevilla y del inminente ataque a Cádiz. El 18 de abril siguiente entraron a Caracas los tres comisionados de la Regencia, Antonio de Villavicencio, José Cos de Iriberriz y Carlos Montúfar. Los movimientos de estos tres comisionados por las jurisdicciones de las audiencias de Caracas, Santa Fe y Quito marcaron la ruta de la eclosión juntera.

Al día siguiente de su llegada, 19 de abril, se formó la tan contenida Junta de Caracas. Era un jueves santo, y a la presión que sobre Emparán ejerció un canónigo de la catedral, José Cortés de Madariaga, habría que agregar la inteligencia que el cabildo debió tener con los militares. El argumento del “mal estado de la guerra en España”, conocido por los buques recién

39 El texto completo de la representación de los nobles, firmada en Caracas el 22 de noviembre de 1808 por 44 personas, puede leerse en Inés Quintero: La Conjura de los Mantuanos. Caracas:

Universidad Católica Andrés Bello, 2002, p. 106-107.

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llegados, fue determinante para la “constitución de una soberanía provisional” para Caracas y los pueblos de su provincia, en nombre de la conservación de los derechos de Fernando VII. La autoridad del Consejo de Regencia fue desconocida, los funcionarios de la Audiencia fueron destituidos y apresados varios militares. Una semana después ya funcionaba la Junta con 23 vocales y adoptaba disposiciones liberales: libertad de comercio con las naciones amigas o neutrales, reforma del arancel de derechos de importación y supresión de los de exportación, abolición de la alcabala y del tributo de los indios, prohibición del tráfico de esclavos, institución de una sociedad patriótica para el fomento de la agricultura y de la industria.

Las nuevas instituciones organizadas por la Junta fueron sus cuatro Secretarías (Gracia y Justicia, Hacienda, Guerra y Marina, Relaciones Exteriores), el Tribunal de Apelaciones, Alzadas y recursos de agravios, la Municipalidad y dos Juntas consultivas (Guerra y Hacienda).

La invitación de la Junta de Caracas a las otras ciudades de la Capitanía para adherirse a la transformación política fue aceptada en el siguiente orden: Barcelona (27 de abril), Cumaná (27 de abril), Margarita (4 de mayo), Barinas (5 de mayo), Guayana (11 de mayo), San Felipe (30 de mayo), Mérida (16 de septiembre), Trujillo (9 de octubre). En cambio, la reacción se consolidó en las provincias de Coro y Maracaibo, seguidas después por Guayana, que defeccionó de su postura inicial. Los agentes de este movimiento fueron los comisionados nombrados por la Junta de Caracas:

José Antonio Illas y Francisco de Paula Moreno, españoles, en Cumaná; Francisco Policarpo Ortiz y Pedro Hernández Gratizo en Barcelona; el marqués de Mijares y el comandante Pedro Aldao en Barinas; Nicolás de Anzola en Coro; Luis María Rivas Dávila

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en Mérida y Táchira; el coronel Fernando Rodríguez del Toro en Valencia; el alférez real Joaquín Delgado en Calabozo.

La invitación de la Junta de Caracas afectó el orden jurisdiccional de la Monarquía, tal como lo advirtió Caracciolo Parra (1939): la Gobernación de Cumaná era presidida por un neogranadino, el coronel Eusebio Escudero, justamente porque en los asuntos de gobierno pertenecía a la jurisdicción del virrey de Santa Fe y englobaba las jurisdicciones de Nueva Andalucía, Nueva Barcelona y Guayana. En asuntos judiciales dependía de la Audiencia de Santo Domingo, pero en cambio Guayana dependía de la Audiencia de

Santa Fe. En lo eclesiástico, las tres jurisdicciones obedecían al obispo de Puerto Rico, quien enviaba

a Venezuela un superintendente vicario. Solamente

en los asuntos fiscales pertenecía a la Real Tesorería de Caracas. De esta suerte, la adhesión de Cumaná

a la Junta de Caracas significó la inmediata renuncia del coronel Escudero, quien regresó a Cartagena de Indias.

En la jurisdicción de la Audiencia de Santa Fe, donde la acción conjunta del virrey Amar y de los gobernadores de Popayán y Cartagena, así como de los corregidores de Tunja, Pamplona y El Socorro, todos peninsulares, había contenido la imitación del

ejemplo de la Junta de Quito, la situación cambió con

la llegada de uno de los comisionados del Consejo de

Regencia, don Antonio de Villavicencio (1775-1816), un nativo de Quito que había alcanzado el rango de teniente de navío y capitán de fragata de la Real Armada en la Península. Su recorrido de Cartagena de Indias a Santa Fe marcó el itinerario, entre mayo y junio de 1810, de la erección de juntas provinciales de “vigilancia, observación y defensa”, semejantes a la de Cádiz, que en su propuesta secreta deberían sujetarse

50 Colección Bicentenario

a una Junta Superior de Seguridad Pública que podría establecerse en Santa Fe 40 .

El doctor Antonio Camacho, síndico personero de la ciudad de Santiago de Cali, ilustró bien el sentido

general de la acción política neogranadina en el primer semestre de 1810: obedecer al Consejo de Regencia, considerándolo “cuerpo representante de la soberanía nacional”, y establecer en Santa Fe una Junta Superior de Seguridad Pública, encargada de velar por “la salud

y defensa de la Patria y la conservación de estos Reynos

para Fernando Séptimo, y su familia, según el orden de sucesión establecido por las leyes”. Juzgó que en ese momento era ociosa la discusión sobre la legitimidad con que fue establecido el Consejo de Regencia, pues lo que importaba en la crisis era “conservar la unidad de la nación, la íntima alianza de aquellos y estos dominios”. Aconsejó entonces “prestar homenajes de respeto y obediencia” al mencionado Consejo, para que “no se crea que (el pueblo fiel y generoso de Cali) trata de romper los estrechos vínculos que ligan el continente Americano con el Español Europeo”. Este “voluntario y espontáneo consentimiento” del pueblo de Cali revestiría de “acto legalmente sancionado” y de legitimidad al soberano Consejo de Regencia:

Hemos de convenir en que Fernando Séptimo ha sido ya despojado violentamente de la península; y si nosotros no le conservamos estos preciosos Dominios, depositarios de todas las riquezas y dones inestimables de la naturaleza, ¿No seremos unos infames

40 El general José Dolores Monsalve fue uno de los académicos que más insistió en el papel determinante jugado por este comisa- rio regio en la erección de las juntas provinciales en el Nuevo Rei- no de Granada. Cfr. Antonio de Villavicencio (el protomártir) y la Revolución de la Independencia. Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 1920 (Biblioteca de Historia Nacional, XIX).

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traidores? Venga Fernando Séptimo, vengan nuestros hermanos los españoles a estos Reynos, donde se halla la paz y tranquilidad, y donde no podrá dominarnos todo el poder del Globo, como seamos fieles al Monarca que nos destinó Dios para nuestra felicidad 41 .

Respondiendo a la representación del doctor Cama- cho, el 3 de julio de 1810 se congregaron en junta ex-

traordinaria todos los capitulares, eclesiásticos y em- pleados públicos de la ciudad de Santiago de Cali para examinar “la absoluta pérdida de España, el próximo riesgo de ser esclavizada por el tirano Napoleón” y la renuncia de la Junta Central, “depositaria de la sobe- ranía”, en favor del Consejo de Regencia confinado en

la isla de León.

El doctor Joaquín de Cayzedo y Cuero, teniente de

gobernador de la provincia de Popayán, pasó revista

a los acontecimientos de la península y a las dudas

sobre la constitución legítima del Consejo de Regen- cia. Basándose en las Partidas antiguas de la monar- quía (ley 3ª, título 15, Segunda Partida), argumentó en favor de la legitimidad del Consejo de Regencia en los casos de ausencia del heredero de la Corona y convocó a obedecerlo “por nuestra libre y espontánea

voluntad, por no diluir la unidad de la nación, por dar testimonio de nuestra generosidad, de nuestra unión

y amor a los españoles europeos y, más que por otros

motivos, por haberse invocado el respetable y para no- sotros tan dulce nombre de Fernando Séptimo”. Sin embargo, estableció cuatro condiciones: dos de ellas hicieron referencia a la propia existencia del Consejo

41 Representación del síndico personero del Cabildo de la ciu- dad de Santiago de Cali, 28 de junio de 1810. AGN, Sección Colonia, Archivo Anexo, Gobierno, 18, ff. 888-890r. Publicada por el Instituto Colombiano de Cultura Hispánica en: Acta de Independencia de Santiago de Cali. Bogotá, 1992, pp. 27-39.

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de Regencia y a su capacidad para mantener la guerra

a la dominación francesa. Otra era la instalación in-

mediata de una Junta Superior de Seguridad Pública en Santa Fe, semejante a la establecida en Cádiz y en

otras provincias españolas, que se le pediría al virrey.

Y la última era la previsión para la circunstancia pro-

bable de una defección del Consejo de Regencia: “en

este desgraciado caso, seamos nosotros libres y árbi- tros para elegir la forma de gobierno más convenien-

te a nuestros usos, costumbres y carácter, viniendo de

España los vasallos fieles a hacer un mismo cuerpo con nosotros, como que todos tenemos iguales obli- gaciones de religión, vasallaje y patriotismo, jurando conservar estos dominios y defenderlos a sangre y fuego para Fernando Séptimo, y su familia, según el orden de sucesión establecido por las leyes” 42 .

Oídas las razones del doctor Cayzedo, que los asistentes

a la junta extraordinaria acogieron con entusiasmo,

fue firmada el acta del 3 de julio de 1810 - que los patrióticos caleños de hoy juzgan como su “acta de independencia” 43 - en la que se comprometieron

a conservar la seguridad de estos dominios “para

nuestro desgraciado rey cautivo” y a obedecer al Consejo de Regencia, “como al Tribunal en quien se ha depositado la soberanía”. Para ello, se ofrecieron a jurarle obediencia y homenaje “como a nuestro rey y

42 Arenga del doctor Joaquín de Cayzedo y Cuero, teniente de gobernador de la provincia de Popayán. Cali, 3 de julio de 1810. AGN, Sección Colonia, Archivo Anexo, Gobierno, 18, ff. 890r- 895v. Publicada por el Instituto Colombiano de Cultura Hispá- nica en: Acta de Independencia de Santiago de Cali. Bogotá, 1992, pp. 39-61. 43 Acta de la junta extraordinaria realizada en Cali el 3 de julio de 1810. AGN, Sección Colonia, Archivo Anexo, Gobierno, 18, ff. 895v-898v. Publicada por el Instituto Colombiano de Cultura Hispánica en: Acta de Independencia de Santiago de Cali. Bo- gotá, 1992, pp. 61-73.

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señor natural”, bajo las cuatro condiciones propuestas por el autor de la arenga. Puestos todos de rodillas

y ante la imagen del crucificado, procedieron a jurar

fidelidad al Consejo de Regencia. Una copia de esta

acta fue enviada por el Cabildo de Cali, el 13 de julio siguiente, al comisionado regio que en ese momento ya marchaba hacia Santa Fe. En la carta remisoria advertían los regidores que ya estaban enterados de las negociaciones que él había tratado con el Cabildo

y el gobernador de Cartagena para la formación de

una Junta Superior de Seguridad Pública en Santa Fe, propuesta que respaldaban plenamente, como también

la de instalar juntas subalternas en las provincias, “un

pensamiento conforme a las ideas de los españoles en

la Península y que aquí se ha mirado como arriesgado,

haciendo no poca injuria a la fidelidad acendrada de los americanos y a su representación nacional”. Las copias del acta del 3 de julio enviadas a Santa Fe llegaron después de que allí se había formado su Junta suprema de gobierno (20 de julio), aunque se sospecha que el doctor Ignacio de Herrera (1769-1840), un “hijo de

la ilustre ciudad de Cali” que solicitó en la capital del

Virreinato la realización del cabildo extraordinario, sin la presencia del virrey, estuvo enterado de la propuesta de formación de la Junta Superior de Seguridad que iba en camino.

El 10 de mayo anterior, el comisario Villavicencio había remitido al Cabildo de Cartagena de Indias una carta, acompañada de cuatro impresos relacionados con la erección del Consejo de Regencia de España

e Indias, solicitando su jura y reconocimiento, así

como la adopción de medidas urgentes para “cortar el disgusto que empieza a nacer entre europeos y americanos, por pasquines y versos en que se hieren directamente y cuyo resultado no puede ser otro sino de pasar de la pluma a las armas” 44 . Dos días después, el

44 Carta de Antonio de Villavicencio al cabildo de Cartagena de Indias, 10 de mayo de 1810. Los cuatro impresos se referían a la

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Cabildo examinó en sesión extraordinaria la petición de Villavicencio y acordó convocar a un cabildo abierto para resolver sobre el reconocimiento del Consejo de Regencia y sobre el proyecto de erección de una junta superior de gobierno provincial, presentado al gobernador desde el 12 de abril anterior.

Por otra parte, Villavicencio escribió una carta “reservadísima” al virrey Amar para informarle sobre los esfuerzos empeñados para conservar la fidelidad de los cartageneros al rey y para obtener su obediencia al Consejo de Regencia, tomando medidas “para destruir de raíz el cisma político que empezaba a nacer entre españoles europeos y españoles americanos”, las cuales incluían su propuesta de establecimiento de una “Junta de vigilancia, observación y defensa”. Le aconsejaba la formación en Santa Fe de una Junta Superior de todo el Nuevo Reino, la cual debería subordinar a todas las juntas que se formaran en las provincias, incluida la de Cartagena 45 En su respuesta “muy reservada” del 19 de junio siguiente, el virrey advertía ya que el comisario había “pasado a fomentar o a condescender con novedades que pueden ocasionar turbulencia en este Virreinato”, así las considerara “medios de concordia”.

El cabildo abierto se realizó el 22 de mayo, previa representación del síndico procurador Antonio José

instalación del Consejo de Regencia de España e Indias, al acto de creación de dicho Consejo, a una arenga del Supremo Con- sejo de España e Indias a la misma Regencia y a una proclama del Consejo de Regencia a los españoles americanos. En: Porras Troconis, Gabriel. Documental concerniente a los antecedentes de la declaración absoluta de la provincia de Cartagena de In- dias. Cartagena: Talleres de Artes Gráficas Mogollón, 1961, pp.

14-15.

45 Carta de Antonio Villavicencio al virrey Antonio Amar. Car- tagena de Indias, 20 de mayo de 1810. En: José D. Monsalve, 1920, pp. 84-86.

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de Ayos, quien pidió la creación de una junta superior

de gobierno provincial “por el modelo que propone

la de Cádiz, para precavernos contra los diferentes

géneros de funestos peligros a que están expuestos todos los dominios de Su Majestad”. Asistieron,

además de los funcionarios ordinarios 46 , el comisario regio, el gobernador Francisco de Montes y don Antonio de Narváez - el representante elegido por el Nuevo Reino ante la Suprema Junta Central de España

-, acordándose la erección de “una nueva forma de

gobierno” que no terminó siendo la junta superior provincial solicitada por el síndico, dada la resistencia que opuso el gobernador, sino un triunvirato provisional compuesto por dos diputados del cabildo en funciones de “coadministradores de la república” (Antonio de Narváez y Tomás Andrés Torres) y el gobernador Montes, “para el despacho diario de los negocios”, quedando “reservados los de mayor interés e importancia a todo el ayuntamiento, y al dicho señor gobernador la jurisdicción real ordinaria para la administración de justicia entre partes y las funciones anexas al vicepatronato real” 47 .

Este delicado equilibrio de poder entre el Cabildo

y el gobernador de Cartagena, legitimado en la

Recopilación de leyes de Indias (ley 2, título 7, libro 4º) no podía mantenerse por mucho tiempo, como en efecto sucedió. Por lo pronto, ese mismo día

46 En 1810 actuaron como alcaldes ordinarios José María Gar- cía de Toledo y Miguel Díaz Granados, acompañados por doce regidores: José María del Castillo, Germán Gutiérrez de Piñeres, Santiago González, José Lázaro Herrera, José Antonio de Fer- nández, Juan Salvador Narváez, Antonio Fernández, Juan Vi- cente Romero, Manuel Demetrio de la Vega, Tomás Andrés de Torres, José Antonio Amador y José Antonio Amado. 47 Carta de respuesta del cabildo de Cartagena de Indias al comi- sario regio don Antonio de Villavicencio, 23 de mayo de 1810. En: Porras Troconis, ob. cit., pp. 24-25.

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este cabildo abierto promulgó un bando público relatando el cambio político provisional adoptado y el reconocimiento formal de la soberanía del Consejo de Regencia 48 .

El comisario regio jugó un importante papel en la resolución de la tensión de poder entre el gobernador español y los dos coadministradores escogidos, dando vía libre a la organización de “una junta por el estilo de la Cádiz”. La ocasión fue suministrada por los sucesos de la vecina villa de Mompóx, donde el comandante español Vicente Talledo mantenía una pugna con el cabildo similar a la que acontecía en Cartagena entre el gobernador y el cabildo.

Desde el mes marzo de 1810, Talledo había estado enviando informes al virrey Amar sobre un supues- to complot contra las autoridades que preparaban los hermanos Vicente, Germán y Gabriel Gutiérrez de Piñeres en inteligencia con don Pantaleón Germán de Ribón (alcalde de segundo voto) y en Cartagena con don Antonio de Narváez y la Torre (alcalde de pri- mer voto elegido en Mompós, aunque no aceptó este empleo). El comisionado regio informó al Cabildo de Cartagena sobre la “exaltación peligrosísima de los ánimos” de los momposinos, aconsejando el retiro de Talledo, “como que se tiene entendido por la voz pú- blica que aquellos disturbios tienen por principios las competencias y pleitos personales que se versan entre el citado Talledo y el Cabildo y autoridades municipa- les de aquella villa” 49 . El gobernador Montes se negó a retirar al comandante Talledo del empleo que des- empeñaba en Mompóx, lo cual fue interpretado por

48 Bando del cabildo abierto de Cartagena de Indias, 22 de mayo de 1810. En: Porras Troconis, ob. cit., pp. 26-27.

49 Acta del cabildo de Cartagena de Indias en el que se leyó el oficio enviado desde Mompóx por don Antonio de Villavicen- cio, 4 de junio de 1810. En: Porras Troconis, ob. cit., pp. 28-29.

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el Cabildo de Cartagena como un incumplimiento del pacto del 22 de mayo, al retraerse “cuanto puede de dar a los señores coadministradores la intervención que les es debida en los asuntos que ocurren” 50 .

Durante la sesión del 14 de junio siguiente, el comisionado regio se pronunció contra la pretensión de “mando absoluto” del gobernador Montes, contrariando “la buena armonía y el acomodamiento a un sistema medio que fuese adaptable y útil al Rey a la Patria en las críticas circunstancias en que se halla este Reino y la metrópoli”. Adhirió entonces al parecer de José María García de Toledo, el diputado del Cabildo que había sido elegido ante las Cortes convocadas en la Península, quien propuso la destitución del gobernador “para no exponer a este fiel pueblo a una revolución y preservarlo de mil desastres, cumpliendo en esto con uno de los artículos de sus instrucciones reservadas, pues que no le ha sido posible destruir unas quejas tan justas y de tanta gravedad”. 51

El teniente Blas de Soria fue llamado por el Cabildo para que se encargara del mando político y militar de la plaza y provincia, y luego se llamó a todos los jefes militares de la plaza para informarles de la novedad introducida. Compareció luego el gobernador destituido ante el Cabildo, declarando que este cuerpo no tenía autoridad para desposeerlo del mando, ni menos para hacerle un juicio de residencia. Pidió copias de todas las actas capitulares y recusó a quienes lo habían juzgado por “falsas imputaciones”. El arresto de Montes se hizo “en el mayor silencio y con un orden admirable, porque en la medida estaban de acuerdo comerciantes españoles de bastante influencia

50 Acta del cabildo de Cartagena de Indias, 7 de junio de 1810. En: Ibid, pp. 29-31. 51 Acta del cabildo de Cartagena de Indias, 14 de junio de 1810. En: Ibidem, p. 39.

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que, así como algunos miembros del Cabildo

que el motivo del procedimiento era únicamente el especioso y aparente que se había escogido para el logro de nuestro objeto: la supuesta complicidad del gobernador con los enemigos de España para someternos al yugo de Napoleón” 52 .

El comisionado regio había tenido la convicción de que el triunvirato del 22 de mayo, que incorporaba al gobernador Montes, era una mejor solución que el establecimiento de la junta provincial, “por el modelo de la establecida en la ciudad de Cádiz”, que había propuesto el síndico de Cartagena de Indias. La

“satisfacción y júbilo universal” con que fue recibida esta solución le habían permitido abrigar esperanzas “de que estaban ya calmadas las desconfianzas, inquietudes y general alarma en que hacía muchos días estaba el pueblo”. Pero la conducta evasiva del gobernador respecto de sus dos coadministradores había agitado los ánimos al punto que había tenido que condescender con su destitución y reemplazo por el teniente de rey Soria, quien se comprometió a darle cumplimiento al acuerdo del 22 de mayo. Por ello, el comisario solicitó al Consejo de Regencia que aprobara la destitución del gobernador, “exigida por

el imperio de la necesidad y circunstancias”, dirigida a

“conciliar la felicidad y quietud de esta provincia con

el mejor servicio del Rey” 53 .

Don Antonio de Villavicencio aprovechó su larga permanencia en Cartagena de Indias para informarse

sobre el estado político del Nuevo Reino de Granada

y poder así comunicar al Consejo de Regencia sus

creían

52 Memorias de Manuel Marcelino Núñez, 1864. En: Ibidem, p. 44. 53 Informe del comisario regio don Antonio de Villavicencio al primer secretario de Estado y Despacho del Consejo de Regen- cia. Cartagena, 20 de junio de 1810. En: Ibidem, pp. 45-46.

Colección Bicentenario

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observaciones, encaminadas a “salvar este Reino, fiel y

leal, de la ruina que lo amenaza en todo sentido” 54 . Para empezar, los altos funcionarios del Virreinato eran casi todos forasteros “y en lo general sin amor al país

ni a sus habitantes”, por lo cual eran percibidos por los

nativos como “extranjeros”. Esta circunstancia debería remediarse mediante una reforma administrativa y “de nombres o empleados en el Gobierno, para que puedan prosperar estos países y conservarse en su acendrada

y no interrumpida lealtad”. Frente a “la dureza y la

la dificultad

de obtener pronta justicia, lo costoso y eterno de los pleitos, el engreimiento y despotismo de los ministros

y jefes superiores, y el odio que en general profesan

a los naturales”, habría que acoger la sugerencia de

remediar esos males mediante la erección de juntas de diputados de las provincias o cabezas de partido en las capitales de los reinos americanos, para que con el conocimiento de sus necesidades pudiesen aconsejar a los virreyes o capitanes generales respecto de lo que convenía proveer para el buen gobierno económico y seguridad del país. Adicionalmente, en las capitales de las provincias se deberían erigir juntas

subalternas de la junta superior del reino, integradas por diputados de los distritos, consultoras de los gobernadores o intendentes respectivos. La reforma de la administración económica de estos reinos debería incluir la abolición del tributo de los indios y de los estancos de tabacos y aguardientes, por ser los “establecimientos más antipolíticos y anticomerciales que ha podido establecer y perpetuar la ignorancia del gobierno de América”.

Como premio de sus “servicios a la patria”, el comisio- nado regio sugirió al Consejo de Regencia emplear en

rapacidad de los agentes del Gobierno

54 Informe de Antonio de Villavicencio al Consejo de Regencia. Cartagena de Indias, 24 de mayo de 1810. En: Elías Ortiz, 1960, pp. 112-131.

60 Colección Bicentenario

los altos empleos a un grupo de “patricios beneméri- tos que merecen el aprecio y respeto público”, inte- grado por Antonio de Narváez y La Torre (diputado elegido ante la Suprema Junta Central de España), Joaquín Cabrejo (teniente asesor y auditor de guerra de Panamá), José Munive (oficial real de Riohacha y varias veces gobernador de Santa Marta), Francisco Javier Vergara (agente fiscal de lo civil en la Audien- cia de Santa Fe), Justo Gutiérrez (agente fiscal del cri- men en la Audiencia de Santa Fe), Toribio Rodríguez (auditor de Popayán), Juan Eloy Valenzuela (cura de Bucaramanga), Marcelino Pérez de Arroyo (canónigo de la catedral de Popayán), Benito Rebollo (cura de Mompóx), José María Lozano (marqués de San Jor- ge), Francisco José de Caldas (director del Observato- rio Astronómico de Santa Fe), José Ignacio de Pombo (prior del Consulado de Comerciantes de Cartagena) y el grupo de abogados de la Real Audiencia con ma- yor prestigio (Camilo Torres, Joaquín Camacho, Mi- guel Díaz Granados, José María del Real, José María del Castillo y Rada, Germán Gutiérrez de Piñeres). La identificación de estos nombres habla muy bien de los informantes de Villavicencio, pues sin excepción todos ocuparon la escena pública neogranadina du- rante la segunda y tercera décadas del siglo XIX, y algunos de ellos son considerados hoy “mártires” del movimiento de independencia.

El 3 de julio de 1810, Villavicencio llegó a Mompóx, un día después de que una turba había obligado al comandante Vicente Talledo a huir de esa villa, resolviendo el conflicto que mantenía con el cabildo. El alcalde ordinario Pantaleón Germán Ribón y los tres hermanos Vicente Celedonio, Germán y Gabriel Sayas Gutiérrez de Piñeres, nativos de la villa de Mompóx y regidores tanto de ésta como del Cabildo de Cartagena, fueron actores principales de la conducta política de la Junta de Mompóx en 1810. Eran primos segundos de don Antonio de Narváez de Piñeres y

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de la Torre, quien a la vez se convirtió en tío político de Germán, pues éste contrajo matrimonio con doña Vicenta de Narváez y Viole, sobrina de aquel.

El 24 de abril de 1810 se había recibido un correo de Cartagena que informaba sobre la conquista de casi todas las provincias de la Península por las tropas

francesas. La agitación en torno a la opción de adherir

a la Junta de Cartagena se hizo más intensa, así como

la

de expulsar al comandante Talledo. Una vez que

la

Junta de Cartagena depuso al gobernador Montes,

convocó a los momposinos a unírsele, “deponiendo las ligeras pasiones y errados conceptos que en el tiempo anterior se dejaban entender por algunos, y cuya propagación hubiera podido producir las mas

funestas consecuencias”. Se referían a la vieja rivalidad comercial y estatutaria que existía entre cartageneros

y momposinos. A fines del siglo XVIII, Carlos III

había hecho de Mompóx una cabecera de provincia, segregándola de la jurisdicción de Cartagena por la real cédula de Aranjuez del 3 de agosto de 1774 55 , pero los cartageneros lograron revertir esa independencia. Una vez que los momposinos expulsaron a la guarnición

puesta al mando del coronel Talledo, se enteraron de

los acontecimientos santafereños del 20 de julio y de

la convocatoria a un Congreso General de todas las

provincias del Nuevo Reino. Fue entonces cuando tomaron la decisión, el 6 de agosto, de desconocer tanto la autoridad del Consejo de Regencia como la de

Cartagena, “por desaires sufridos de ésta”, adhiriendo

a la convocatoria de Santa Fe.

El cabildo extraordinario del 6 de agosto de 1810 restauró la independencia provincial de Mompóx respecto de Cartagena, reasumiendo una soberanía

55 Salzedo del Villar, Pedro. Apuntaciones historiales de Mom- pox. Cartagena: Comité Hijos de Mompox; Gobernación del De- partamento de Bolívar, 1987. 205 p.

62 Colección Bicentenario

para negociar en Santa Fe, bien ante su Junta Suprema

o ante el Congreso General del Reino. La actuación

de José María Gutiérrez de Caviedes (“el fogoso”) y de

José María Salazar, comisionados de la Junta Suprema de Santa Fe, fue determinante en esta acción, origen

de las siguientes disputas militares entre cartageneros

y momposinos.

Mientras se producían las acciones de Mompóx, el Cabildo de Cartagena ordenó el reclutamiento de dos

batallones de milicias, uno de blancos y otro de pardos, titulados “Voluntarios patriotas, conservadores de los augustos derechos de Fernando VII”, y convocó al pueblo a mantenerse fiel al rey y adherir a “la justa causa de la metrópoli”, fraternizando con “nuestros hermanos de la Península”, pues “no es menos vasallo

y miembro de la nación española el europeo que el

que ha nacido en estas regiones”. En la representación que dirigió a los demás cabildos del Nuevo Reino de Granada, la nueva Junta de Cartagena sostuvo que la destitución del gobernador había sido una medida adoptada como precaución ante “los horribles extremos del despotismo o de la anarquía” a los que estaba expuesta toda la América española en la circunstancia de la total subyugación de la “madre patria” por los ejércitos de Bonaparte. En su opinión, esa medida había “resonado por todos los pueblos del Reino” y les había disipado el miedo ante la posibilidad de ser encarcelados en el castillo de Bocachica, “con que amenazaban continuamente los gobernantes de Santa Fe”, originando el singular movimiento de reclamos que se produjo durante el mes de julio de 1810:

Empezaron (los pueblos) a reclamar a más alta voz sus derechos, que tomados por insultos y por síntomas de insurrección estrecharon las providencias opresivas, las que producían nuevas y más vivas reclamaciones. De modo que reproduciéndose a sí mismas progresiva-

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mente este altercado de reclamaciones y que- jas de los pueblos oprimidos, y de violencias y opresiones del despotismo, fermentaron a tal punto en los ánimos que cada uno empezó a sacudirse el yugo de su pequeño tirano 56 .

Se refería a los acontecimientos ocurridos en la villa del Socorro y en la ciudad de Pamplona, preliminares de los sucesos del 20 de julio en la capital del Virreinato que arrancaron “de raíz el tronco principal del despotismo”.

En la ciudad de Pamplona se produjo, el 4 de julio de 1810, un motín que destituyó al corregidor Juan Bastús y Falla, un catalán que desde 1808 había reemplazado en este empleo al tunjano José Joaquín Camacho, gracias a un titulo despachado por el rey 57 que frustró también las aspiraciones de un benemérito pamplonés, don Juan Nepomuceno Álvarez y Casal, yerno de la importante matrona doña Agueda Gallardo viuda de Villamizar (1751-1840). Los “motores” de este movimiento fueron, además de esta viuda, su yerno (Francisco Canal), su hijo (Joaquín Villamizar) y su hermano Rafael Emigdio Gallardo, Rafael Valencia, José Gabriel Peña, Ramón Carrizosa,

56 Exposición de la Junta de Cartagena de Indias a las demás provincias del Nuevo Reino, 19 de septiembre de 1810. En: Ibi- dem, p. 53.

57 El Corregimiento de Pamplona, como el del Socorro, fueron creados a finales del siglo XVIII mediante la fragmentación del antiguo Corregimiento de Tunja. Integró en su jurisdicción a las ciudades de Pamplona, Salazar de las Palmas y Girón, así como a las villas del Rosario y San José de Cúcuta. El virrey nombró como primer corregidor a Joaquín Camacho (1805-1808), pero en este último año llegó de España, con título expedido por el rey en 1806, el catalán Juan Bastús y Faya. El virrey Amar de- cidió darle posesión, aunque no había terminado el período de Camacho, ante las noticias de los sucesos de Bayona.

64 Colección Bicentenario

Manuel Silvestre (oficial de la Real Caja), Manuel Mendoza, Pedro María Peralta, el doctor Escobar (párroco de Málaga) y el doctor Francisco Soto 58 . El temor ante la causa que Bastús había abierto el 30 de junio anterior contra doña Agueda Gallardo unió a todos los beneméritos que antes rivalizaban entre sí 59 .

Las funciones del corregidor fueron depositadas en el Cabildo y en algunos beneméritos y eclesiásticos que “reasumieron provisionalmente la autoridad provincial”. Pero el acta que formalizó la junta provincial sólo fue firmada el 31 de julio siguiente en un cabildo abierto que fue convocado para dar respuesta a la posibilidad de establecer en Santa Fe una “confederación general”, advertida por un despacho enviado por el cabildo de San Gil. Además de los capitulares, asistieron los priores de todos los conventos, todo el clero y los oficiales del batallón de milicias “que se acababa de establecer en esta plaza”. Fue entonces cuando “el pueblo todo, reasumiendo la autoridad que residía en nuestro legítimo soberano, el señor don Fernando VII”, eligió la Junta provincial, integrada por los miembros del cabildo y seis vocales más: los presbíteros Domingo Tomás de Burgos (presidente), Raimundo Rodríguez (vicepresidente)

58 Recomendación del gobernador de Santa Marta en favor de Juan Bastus y Falla. Santa Marta, 29 de noviembre de 1811. En:

Rafael Eduardo Ángel: “Panamá. Capital del Virreinato de la Nueva Granada (1812-1816)”. En Gaceta histórica. San José de Cúcuta, 123 (2002), pp. 25-26.

59 El 29 de junio de 1810, festividad de San Pedro (patrón de la ciudad y de la principal cofradía), se produjo un motín cuya autoría fue atribuida por el corregidor a doña Agueda Gallardo, abriéndole causa al día siguiente y amenazando con secuestros de bienes. Todas las familias de beneméritos se asustaron y pasa- ron a preparar el incidente del 4 de julio siguiente, en el cual esta viuda le arrebató al corregidor su bastón de mando.

Colección Bicentenario

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y Pedro Antonio Navarro (capellán de las monjas),

acompañados por Rafael Valencia, José Gabriel Peña

y Rafael Emigdio Gallardo. El doctor Francisco Soto

- abogado de la Real Audiencia nativo de la villa del Rosario de Cúcuta - actuó como secretario de la Junta provincial.

Esta junta acordó la conservación de la religión católica, la obediencia a Fernando VII, la adhesión “a la justa causa de la nación” y la “absoluta independencia de esta parte de las Américas de todo yugo extranjero” 60 . El doctor Soto, quien alcanzaría

las más altas posiciones públicas al lado de su paisano, Francisco de Paula Santander, explicó que el temor de ser combatidos al mismo tiempo por los corregidores

y gobernadores de las provincias vecinas (Socorro,

Maracaibo y Tunja) había aconsejado aplazar la formal erección de la junta provincial hasta el último día de julio, cuando ya se tuvieron noticias de los acontecimientos del Socorro, Tunja y Santa Fe.

El amotinamiento de los vecinos de la villa de Nuestra Señora del Socorro contra su corregidor, el asturiano José Francisco Valdés Posada, se produjo durante los días 9 y 10 de julio de 1810. Fue preparado por el dispositivo militar que éste había montado en la villa para conjurar acciones hostiles. Una orden dada desde un balcón del cuartel a las siete de la noche del primer día, desobedecida por tres transeúntes, desencadenó una refriega con los soldados en la que perdieron la vida ocho personas. Al siguiente día el corregidor y la tropa se fortificaron en el convento de los capuchinos para resistir el acoso de miles de personas llegadas de algunas parroquias de la provincia, capitaneadas por sus curas. El doctor Miguel Tadeo Gómez, primo

60 Acta del cabildo abierto celebrado en Pamplona el 31 de julio de 1810. En: Revista Estudio, 302 (noviembre de 1986), pp. 53-

54.

66 Colección Bicentenario

del “tribuno santafereño”, fue uno de los oradores

principales de la jornada del día 10, en la cual se rindió

el

corregidor ante la muchedumbre. En el informe de

la

junta que el cabildo envió al virrey Amar, el 16 de

julio siguiente, se advirtió que “el único medio que puede elegir vuestra alteza es el de prevenir al muy

ilustre cabildo de esa capital para que forme su junta

y trate con nosotros sobre objetos tan interesantes a

la Patria, y consiguientemente a la Nación, de cuya causa jamás nos separaremos” 61 .

El 11 se constituyó la Junta local de gobi erno con los miembros del cabildo y seis beneméritos que fueron asociados 62 , invitándose a los otros dos cabildos que integraban el corregimiento (San Gil y Vélez) a erigir una Junta provincial de gobierno. El acta de erección de esta junta expresó la voluntad de resistir con mano armada “las medidas hostiles que tomará el señor virrey de Santa Fe contra nosotros, como lo hizo contra los habitantes de la ilustre ciudad de Quito”.

61 Informe de la junta del Socorro al virrey Antonio Amar y Borbón, 16 de julio de 1810. En: Horacio Rodríguez Plata: La antigua provincia del Socorro y la independencia. Bogotá: Pu- blicaciones Editoriales, 1963 (Biblioteca de Historia Nacional, XCVIII), pp. 22-27.

62 Los dos alcaldes ordinarios eran José Lorenzo Plata y Juan Francisco Ardila. Los seis beneméritos cooptados por la junta fueron Miguel Tadeo Gómez, Javier Bonafont, Acisclo Martín Moreno (el hombre más rico de la villa), José Ignacio Plata (cura de Simacota), Pedro Ignacio Fernández e Ignacio Carrizosa. La resistencia de los socorranos contra el corregidor Valdés comen- zó desde su llegada al empleo, por recomendación del fiscal de la Real Audiencia, pues “se apareció aquí después de la revolu- ción de España a despojar al propietario, doctor don José Joa- quín Camacho, hijo benemérito de la Patria y tan distinguido por su virtud y literatura”. Cfr. Carta de José Acevedo y Gómez al comisionado regio. Santafé, 29 de junio de 1810. En: Monsalve, 1920, p. 138.

Colección Bicentenario

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Para manifestar “a la faz del universo la justicia y legitimidad” de la junta erigida, se aseguró que los socorranos estaban decididos a conservar la provincia “a su legítimo soberano, el señor don Fernando VII, sin peligro de que los favoritos de Godoy, y los emisarios de Bonaparte, nos esclavicen dividiéndonos” 63 . El compromiso con la defensa de la religión católica y con el rey le fue recordado al presidente de la Junta del Socorro por el párroco de Simacota, José Ignacio Plata, con ocasión de la jura de la Constitución de la Junta provincial que le fue solicitada: “Sostener los tres santos objetos de nuestra independencia, que lo son: la Religión, la Patria, y el desgraciado Fernando Séptimo y su dinastía” 64 .

La Junta provincial fue integrada por dos diputados del cabildo del Socorro y dos del cabildo de la vecina villa de San Gil, pues los veleños no enviaron sus representantes. La primera carta constitucional de la Junta provincial (15 de agosto de 1810) expuso, en 15 artículos, los “cánones” que guiarían al nuevo gobierno:

defensa de la religión, garantía de la libertad, la igualdad y la propiedad; publicidad de las cuentas del Tesoro Público, división tripartita del Poder Público (la Junta de representantes de los tres cabildos sería el Poder Legislativo, los alcaldes ordinarios de los cabildos serían el Poder Ejecutivo, y el Poder Judicial lo ejercería un tribunal que la Junta crearía), abolición del tributo de los indígenas y libertad de siembra y comercio de los tabacos.

Desde Mompóx, Villavicencio tranquilizaba al virrey advirtiéndole que las medidas adoptadas en esta villa y

63 Acta de constitución de la junta provincial del Socorro, 11 de julio de 1810. En: Rodríguez Plata, ob. cit., pp. 35-38. 64 Carta del párroco de Simacota al presidente Lorenzo Plata, 28 de septiembre de 1810. AGN, República, Archivo Anexo, rollo 11, f. 249r-v.

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en Cartagena contra Montes y Talledo correspondían

a la política del Consejo de Regencia - “apagar el

fuego y no hacer un incendio” -, pues ellos no eran “a propósito para mandar” dado que estaban “nutridos en el concepto de que el terror es oportuno para mantener en todos tiempos la fidelidad a hombres que por el mismo Supremo Gobierno se llaman iguales

y libres” 65 . Por su parte, los santafereños ilustrados esperaban con ansia la llegada del comisionado regio, compañero de estudios en el Colegio del Rosario de don José de Acevedo y Gómez, regidor perpetuo del

Cabildo, quien ya le llamaba “el libertador de la Patria”

y se ofrecía a esperarlo en Fontibón para acompañarlo

en su entrada a la capital. En su carta, este regidor le expuso la urgencia de establecer en Santafé una Junta Superior de Gobierno, “a imitación de la de Cádiz, y compuesta de diputados elegidos por las provincias,

y provisionalmente por el Cuerpo Municipal de la

capital”. Según las representaciones de personas

ilustradas de las provincias del Socorro, Pamplona

y Tunja, “los cabildos no tienen una verdadera

representación popular, a causa de que sus empleados o individuos no obtuvieron su nominación del público, sino por compra que hicieron al Gobierno”. Pronosticó entonces la división del Reino si no se convocaba a los representantes de las provincias para erigir una junta general, hasta entonces juzgada “subversiva y revolucionaria” por los funcionarios del Gobierno 66 .

En Santa Fe, el síndico procurador Ignacio de Herrera había vuelto a solicitar al Cabildo, el 28 de mayo de 1810, la organización de una Junta Provincial “antes

de obedecer al Consejo de Regencia”:

65 Carta de Antonio de Villavicencio al virrey Amar. Mompóx, 8 de julio de 1810. En: Monsalve, 1920, p. 135.

66 Carta de José de Acevedo y Gómez al comisionado regio, don Antonio de Villavicencio y Berástegui. Santafé, 29 de junio de 1810. En: Monsalve, 1920, pp. 136-138.

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Valencia, Granada y ahora Cádiz han hecho prodigios de valor por la confianza que han tenido de los miembros de sus Juntas. Sus moradores descansan sobre la fidelidad de sus vocales, que son obra de sus manos y a quienes miran como el ángel tutelar de su libertad. Cítense, pues, a esta capital los diputados de todos los cabildos, para que se forme una Junta, sin perjuicio de las autoridades establecidas. Este Cuerpo dictará todas las providencias que sean convenientes a la conservación de la Patria, y los pueblos nada tendrán que temer del abuso del poder No por esto pretendo que nos separemos del Consejo de Regencia últimamente establecido en la Isla de León, cuyo reconocimiento y obediencia se nos pide 67 .

En su opinión, oponerse a la organización de esa junta sería “resistir a los deseos que tienen todos sus vecinos de acogerse bajo la protección de las personas más bien acreditadas en todo el Reino, y poner trabas para que no lo logre es desmentir la declaratoria de hombres libres que acaba de hacer el Consejo de Regencia y es sembrar celos entre los españoles europeos y americanos, concediendo a los primeros una facultad que no se permite a los segundos”. Además de obedecer voluntariamente al Consejo de Regencia y de enviar diputados a las Cortes de Cádiz, había que organizar, “ante todas cosas, la Junta Provincial de este Reino”.

Gracias a los vínculos de paisanaje o parentesco con los ilustrados de Cartagena, Cali y Socorro, los

67 Ignacio de Herrera: “Representación al cabildo de Santafé”, 28 de mayo de 1810. En: Restrepo, José Manuel (selecc.). Documen- tos importantes de Nueva Granada, Venezuela y Colombia. Bogotá:

Universidad Nacional de Colombia, 1969. Tomo I, pp. 7-14.

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abogados más destacados de la junta santafereña del 11 de septiembre del año anterior recibían informes detallados sobre el movimiento de destitución de gobernadores y corregidores de origen peninsular, con la consiguiente formación de juntas de gobierno. José Acevedo y Gómez, Ignacio de Herrera, José Joaquín Camacho y José María del Castillo eran los mejor informados y, por ello, los que desesperaban por la dilación que el virrey Amar, sostenido por los oidores de la Real Audiencia, habían impuesto a la petición de erección de la junta superior de gobierno. El 19 de junio siguiente, el cabildo solicitó al virrey Amar fijar la fecha de la convocatoria de la sesión en la que se crearía la junta superior, sin obtener respuesta.

El 16 de julio, José Joaquín Camacho instó al Cabildo

a dirigir un nuevo oficio al virrey solicitando la con- vocatoria de la junta, “siendo cada día más urgentes

en vista de la agitación en que se hallan

los pueblos, recelosos de su futura suerte”. Dos días después, ya bien enterado de los motines de Pamplona

y Socorro, así como del retraso de la llegada del co-

misionado regio, urgió al cabildo a convocar la junta de autoridades y vecinos propuesta, “y que en ella se sancione la de representaciones del Reino, haciendo responsables a Dios, al Rey y a la Patria, a los que se opusieren a medidas tan saludables” 68 . Durante la no- che del 19 de julio el virrey y los oidores examinaron la situación y concluyeron que no era tan grave como se rumoraba. Al mismo tiempo, los impacientes abo-

gados se reunieron en las habitaciones que Francisco José de Caldas tenía en el Observatorio Astronómico

y resolvieron forzar la convocatoria a la junta.

Durante la mañana del viernes 20 de julio, día de Santa Librada, Camacho encabezó una diputación que le pidió directamente al virrey fijar la fecha de

los motivos

68 Citado por Gómez Hoyos, ob. cit., 1992, p. 145.

Colección Bicentenario

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realización de la junta, pero éste se negó a hacerlo en términos definitivos. Al mediodía se inició una reyerta entre Francisco Morales, respaldado por sus dos hijos,

y el comerciante español José González Llorente,

a quien la turba le atribuyó el haber proferido una expresión insultante contra el comisario regio y los

americanos. Movilizada por chisperos, la turba de los barrios aledaños a la Catedral protagonizó un motín

de grandes proporciones que concluyó con un cabildo

extraordinario, celebrado en la noche, en el que se erigió una Junta, con la denominación de “Suprema del Nuevo Reino” 69 , integrada por diputados elegidos a gritos por la muchedumbre. Después de tan larga espera de los santafereños, “la menor chispa bastó para prender un fuego tan activo que en diez y ocho horas consumió el edificio del antiguo gobierno” 70 . El acta del cabildo extraordinario, firmado esa noche por 38 diputados proclamados a gritos por la muchedumbre (15 más lo hicieron al día siguiente), dio cuenta del depósito interino hecho del gobierno

69 Los cartageneros fueron los mayores críticos de esta pre- tensión santafereña “de levantarse con el Gobierno Supremo del Reino”. En su opinión, éste solamente podría surgir de la reunión de los diputados de todas las provincias. Cfr. Carta de José Ignacio de Pombo al comisario Antonio de Villavicencio. Cartagena, 10 de septiembre de 1810. En: Monsalve, 1920, pp.

318-319.

70 “Carta de José Acevedo y Gómez al comisionado regio Carlos Montúfar”, Santafé, 5 de agosto de 1810. En: Boletín de Histo- ria y Antigüedades, Bogotá, vol. XX, no. 231 (1933), p. 235. La presión de las señoras santafereñas (Gabriela Barriga, Juana Petronila Nava, Carmen Rodríguez de Gaitán, Petronila Lozano, Josefa Baraya y las Ricaurtes) sobre la virreina fue un elemento destacado en la autorización finalmente dada por el virrey para la realización del cabildo extraordinario del 20 de julio. Cfr. Jor- ge W. Price: Juana Patronila Nava. En: Biografías de dos ilustres próceres y mártires de la Independencia y de un campeón de la libertad, amigo de Bolívar y de Colombia. Bogotá, p. 66.

72 Colección Bicentenario

supremo del Reino en la Junta constituida, encargada de redactar una Constitución capaz de “afianzar la felicidad pública, contando con las nobles provincias”, respetando su libertad e independencia mediante la adopción de “un sistema federativo” y representativo. El nuevo gobierno constitucional sólo podría abdicar “los derechos imprescriptibles de la soberanía del pueblo” en la persona de Fernando VII, siempre que venga a reinar entre nosotros”, y se sujetaría al Consejo de Regencia mientras existiera en la Península.

La Junta Suprema Gubernativa del Reino quedó formalmente presidida por el virrey Amar y realmente dirigida por el doctor José Miguel Pey, a la sazón alcalde de primera vara en el Cabildo de Santa Fe y quien luego ordenó el apresamiento del virrey. Esta Junta se comprometió a: “1) Defender y sostener la religión católica, 2) defender la soberanía de Fernando 7° sobre sus territorios, 3) evitar la divisiones provinciales y los posibles conflictos entre los españoles europeos y americanos, 4) oír las peticiones del Pueblo a través de un síndico procurador general, elegido entre el pueblo; 5 )vivirá el pueblo en seguridad interna y externa, 6) establecer un batallón de voluntarios, 7) hacer una iluminación general de la ciudad por tres noches a la instalación de la Junta Suprema, 8) (permitir que) el pueblo se haga un desaire a si mismo y, 9) perseguir, asegurar y castigar a las personas sospechosas y criminales.

Mientras se elegía el sindico procurador, las demandas del pueblo serían atendidas por los párrocos de los barrios, acompañados por un abogado, titulándose comisarios de instrucción: en el barrio de las Nieves, su párroco y el doctor Ignacio Omaña; en el de Santa Bárbara, su párroco y el doctor Manuel Ignacio Camacho; en el de San Victorino, su párroco y el doctor Felipe Vergara; y en el de la Catedral, su párroco Pablo Plata y el doctor Domingo Camacho.

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Entre las “personas sospechosas y criminales” fueron apresadas los funcionarios de la Real Audiencia:

Juan Hernández de Alba (oidor decano), Diego de Frías (fiscal de lo civil), Manuel Francisco Herrera (regente), Joaquín Carrión y Moreno (oidor) y Manuel Martínez Mansilla (fiscal de lo criminal). También el virrey Amar y su esposa, doña María Francisca de Villanova.

Las noticias de los sucesos santafereños provocaron la erección de una junta independiente del Consejo de Regencia en la villa de Mompóx, el 6 de agosto de 1810, pero también del dominio de Cartagena. Esta acción fue revertida por la Junta de Cartagena durante el mes de enero de 1811, fiel a sus compromisos con el comisionado Villavicencio y gracias a una acción armada contra los dos batallones momposinos.

La Junta provincial de Santa Marta se organizó el 10 de agosto mediante acuerdo del gobernador Víctor de Salcedo y su teniente, Antonio Viana, con los miembros del Cabildo. Examinada en cabildo extraordinario la noticia de la deposición del virrey Amar y de la Real Audiencia, se acogió la propuesta de don Basilio de Toro para organizar la Junta. Realizado el escrutinio, resultó elegido el gobernador Salcedo para presidirla, con la vicepresidencia de José Munive, el diputado elegido por esta provincia ante las Cortes. Los vocales elegidos fueron Antonio Viana, el arcediano Gabriel Díaz Granados, el provisor Plácido Hernández, Basilio García, Pedro Rodríguez, los tenientes coroneles Rafael Zúñiga y José María Martínez de Aparicio, y Agustín Gutiérrez Moreno (secretario).

La transición al sistema de juntas provinciales resultó aquí tranquila, por lo que no debe extrañar el juramento de cada uno de los presentes para “derramar su sangre y sacrificar su vida en defensa de la religión y del muy amado monarca Fernando

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VII”, ni su adhesión a la autoridad del Consejo de Regencia. Se solicitaron diputados a cada uno de los cinco cabildos de la jurisdicción provincial de Santa Marta y en el mes de diciembre siguiente se modificó la composición de la Junta, bajo presión de los comerciantes catalanes, para garantizar la total adhesión al Consejo de Regencia. Con ello, esta provincia encabezó la acción de mantenimiento de la fidelidad al Consejo de Regencia y al nuevo virrey del Nuevo Reino que vino desde La Habana a establecer su nueva sede en Panamá.

Las noticias de la constitución de la Junta de Santa Fe promovieron la erección de las juntas provinciales de Antioquia (30 de agosto), Popayán (11 de agosto), Neiva (17 de agosto) Chocó (31 de agosto) y Nóvita (27 de septiembre).

En la provincia de Antioquia, sus vecinos ya estaban en estado de agitación por los rumores de una posible invasión francesa. En su febril imaginación, los franceses aparecieron como ateos, ladrones y violadores interesados en seducir con engaños a los pueblos para subyugarlos. En opinión del gobernador provincial, don Francisco de Ayala, los emisarios del emperador francés se habían introducido a todas la provincias de las Indias con el fin de “separarlas de la obediencia de sus legítimos jefes y magistrados para levantar unos pueblos contra otros, los hermanos contra los hermanos, y los padres contra los hijos, para después que estén divididos, y que se hayan degollado los unos a los otros, poder entrar con sus tropas infernales, acabar con los pocos que queden, destruir la religión que profesamos, arrasar los pueblos en que adoráis a Dios, atar y despedazar vuestros sacerdotes, abusar de vuestras mujeres e hijas, y últimamente quitaros los bienes, y la libertad” 71 .

71 Archivo Restrepo, r. 4, ff. 10-11v.

Colección Bicentenario

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Este miedo ya los había conminado a adoptar medidas defensivas: el 4 de agosto de 1810, el gobernador Ayala ordenó crear un batallón de milicias disciplinadas, cuyos oficiales serían escogidos entre los vecinos principales de las villas y ciudades, y cuya elección recaería en los cabildos. No serían admitidos en dicha milicias los vagos. Los ejercicios militares se realizarían los días domingos y festivos, por un par de horas. Recibirían un corto sueldo para su mantenimiento, como reconocimiento a sus servicios. Y dado que el objetivo de estas milicias sería mantener a salvo la integridad interior de la Provincia, no serían sacados de los límites de ésta, y probablemente tampoco de la demarcación del pueblo en donde se establecieran compañías. Seis días después, el cabildo de Santa Fe de Antioquia abrió la comunicación de la Suprema Junta de Santa Fe en la que se informaba sobre los acontecimientos del 20 de julio anterior y se invitaba a la formación de un Congreso General del Reino, para lo cual se requería la presencia de un diputado que representara los derechos de la Provincia de Antioquia. Fue entonces cuando este cabildo 72 exhortó a sus homólogos de Medellín, Rionegro y Marinilla a enviar sus diputados ante un congreso provincial que resolvería lo que conviniera sobre esta invitación:

Este será el momento feliz y precioso, en que sepultadas las pequeñas y antiguas divisiones, que nos han distraído por largos años, nos demos por la primera vez y nos saludemos con aquel ósculo de paz, y fraternidad que debe poner sello para siempre a nuestros sentimientos para que formando un solo

72 Integrado por el gobernador don Francisco de Ayala, José Ma- nuel Cosio, Pedro Alcántara, Faustino Martínez, Andrés Cam- pero, José Pardo, Juan del Corral, José Manuel Zapata y Tomás Rublas.

76 Colección Bicentenario

pueblo, trabajemos de acuerdo en nuestra común felicidad. 73

El 29 de agosto siguiente llegaron los representantes de los tres cabildos mencionados, en medio del entusiasmo del pueblo, con demostraciones de aprecio por su especial jerarquía 74 . Las sesiones del Congreso Provincial se iniciaron al día siguiente, prolongándose hasta el 7 de septiembre. Presidido por el teniente de gobernador asesor, doctor Elías López, fue integrado por los ocho diputados de los cabildos de Antioquia (Manuel Martínez y José María Ortiz), Medellín (José Joaquín Gómez y Pantaleón Arango), Rionegro (el presbítero José Miguel de la Calle y José María Montoya) y Marinilla (el cura Francisco Javier Gómez e Isidro Peláez). Todos ellos representaban las autoridades civiles y eclesiásticas establecidas del “antiguo régimen”. Días después fueron integrados

73 AGN, Archivo Restrepo, Rollo 4, f. 12r – 13r.

74 En carta dirigida al cabildo de Rionegro, sus diputados - don José Miguel de la Calle y don José María Montoya - describie- ron el recibimiento que les preparó el ayuntamiento de Antio- quia: “Pasamos el Cauca en una barqueta bien vestida; y con asientos y cojines para cada uno de los diputados, y una bandera

que tremolaba, y representaba los cuatro cabildos; a la orilla iz- quierda del caudaloso Cauca nos aguardaba un lúcido y numero- so cuerpo de caballería, ricamente adornado; todos se desmonta- ron y avanzando a nuestro encuentro arengó elocuentemente el

luego incorporándonos

con el debido orden entre el lúcido acompañamiento en la caba- llería que al efecto nos tenían prevenidas ricamente enjaezadas fuimos conducidos a la famosa casa (por no decir palacio) donde estaba colocada otra bandera blanca, con las cuatro ciudades de Antioquia, Medellín, Rionegro y Marinilla, sobre la que se leía

regidor doctor don Faustino Martínez

esta inscripción “Alianza Provincial”: allí se arengó de nuevo,

y se nos sirvió un suntuoso refresco, y a la noche y en los tres

días siguientes abundante banquete

4, ff. 36-37.

Cfr. Archivo Restrepo, r.

”.

Colección Bicentenario

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cuatro “representantes del pueblo” elegidos por los vecinos “cabeza de familia” de la provincia, es decir, los que eran económicamente independientes, libres de toda servidumbre, y sin deudas con la justicia 75 . El 28 de octubre se posesionaron éstos, que resultaron ser los idóneos integrantes de los mismos cabildos.

Antioquia eligió a quien ya hacía parte del Congreso, don Manuel Antonio Martínez; Medellín, al doctor don Lucio de Villa; Rionegro, al ya también miembro del Congreso, don José María Montoya; y Marinilla a don Nicolás de Hoyos 76 . Otros miembros de la Junta Superior Provincial llegaron a ser don José Manuel Restrepo (quien se desempeñó como vocal secretario), y un “fiscal y representante de los pueblos de la provincia no sujetos a departamento capitular”,

75 Esta sería la forma de realizarse la votación, según se expresa en un documento emanado del Congreso Provincial y fechado el 11 de septiembre de 1810: “Todo vecino cabeza de familia, de condición libre, y casa poblada, que contra sí no tenga nota de infamia o causa criminal abierta, que no sea vago notorio, ni viva a expensas de otro, tendrá voto en la elección del diputado de su departamento = Estos votos se recibirán en las escribanías públicas, a donde concurrirá uno de los alcaldes ordinarios, y lo llevarán escrito, cerrado y firmado exteriormente por el elector = Los que no supieren escribir dirán al señor alcalde el sujeto a fa- vor de quien votan, para que así conste y lo asiente el escribano = Tales sufragios deberán ser por aquellas personas en quienes concurran las cualidades precisas para los empleos concejiles, y que consideren con el talento, probidad, y patriotismo necesario al mejor desempeño de tan alta confianza = Concurrirán a hacer esta votación en el preciso término de dos días naturales, con- tadas desde aquel, en que ya se considere publicado este edicto en los partidos inmediatos a cada departamento capitular = Úl- timamente serán tenidos por diputados del pueblo, y como tales miembro de la Junta los individuos que resultaren con mayor número de sufragios.” (Archivo Restrepo, rollo 4, f. 31r-v).

76 Ibid, f. 35.

78 Colección Bicentenario

cargo que fue ocupado por el ya mencionado don José María Ortiz. En fin, terratenientes, mineros y comerciantes, que en sus ratos de ocio se dedicaban a las tareas burocráticas de los ayuntamientos - con ello adquirían prestigio y abolengo -, integraron el primigenio Congreso Provincial con diez diputados. De este modo, la transición política del “antiguo régimen” al modo político representativo no depuso autoridad alguna, ni se oyeron los ruidos de armas y gritos del populacho como en Santa Fe.

Los miembros de este primer Congreso provincial prometieron defender la religión católica, sostener los derechos de los pueblos a quienes representaban, y asumir transitoriamente la soberanía que había sido reasumida por los cabildos, dada la prisión del rey. A su turno, esa soberanía fue cedida a favor del Congreso Provincial, mediante un pacto de alianza. El propósito de este Congreso fue el de adoptar medidas políticas, militares y fiscales que permitieran mantener ilesa la autoridad de Fernando VII en la Provincia y conjurar la anarquía, las disensiones internas y las intrigas de los franceses. Una proclama emitida en los primeros días de septiembre de 1810 advirtió sobre las ventajas que obtendrían los reales vasallos de esta Junta provincial: no tendrían que caminar largas distancias para obtener las providencias judiciales que pusieran fin a sus agravios, o para solicitar el derecho que los protegiera del juez injusto. Los recursos estaban a la mano en un Congreso o Junta Provincial que oiría y remediaría sus vejaciones; los sostendría en la posesión de sus derechos; dictaría providencias de justicia, buen gobierno y policía; y organizaría las fuerzas internas que se debían tener para rechazar cualquier enemigo doméstico. 77

Aunque no estaba totalmente de acuerdo con la deposición de las autoridades superiores que había

77 Archivo Restrepo, rollo 4, f. 18.

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ocurrido en Santa Fe 78 , este Congreso abogó por la creación de una Corte del Reino, la fidelidad al rey Fernando VII y la preparación estratégica contra una eventual invasión francesa:

La anarquía en que puede quedar el Reino todo, es el cuadro terrible que llama nuestra atención, y sobre que debemos tirar nuestras pinceladas para alejar sus horrores, y darle el mejor aspecto en la parte que nos toque. Nuestras relaciones de comercio, correspon- dencia e intereses recíprocos están en riesgo de ser fatalmente interrumpidos, y todavía nos amenazan peores consecuencias. 79

Con el fin de cumplir cabalmente con sus funciones y con los propósitos señalados, el Congreso Provincial redactó, en 37 artículos 80 , las políticas que fueron acordadas:

-No enviar diputado al Congreso General convocado por la Junta de Santa Fe, pero aclarando que ello no significaba que la Provincia de Antioquia no aspirara a la formación de una confederación general de las provincias del Reino. -Auxiliar pecuniariamente a las provincias de Cartagena, Santa Marta y Riohacha para que éstas estuviesen en condiciones de repeler una eventual invasión de tropas francesas. -Elegir un diputado provincial ante las Cortes del

78 “Santafé de Bogotá, capital del Nuevo Reino de Granada, ha depuesto las autoridades que nos gobernaban. Ella nos presenta al parecer una causa justa, y nosotros no nos creemos con au- toridad, ni con derecho para inculcar sus procedimientos, para aprobarlos, ni afearlos.” (AGN, Archivo Restrepo, Rollo 4, F. 16v – 18r).

79 Ibid.

80 AGN, Archivo Restrepo, Rollo 4, F. 18v – 23r.

80 Colección Bicentenario

Nuevo Reino, según un procedimiento electoral acordado y con tal de que éste gozara de las virtudes de probidad, ilustración y patriotismo. -Crear un fondo pecuniario para socorrer a los españoles europeos que emigrados a América como consecuencia de la invasión francesa de la península ibérica. -Crear un batallón de milicias de pardos voluntarios y en cada una de las cuatro capitales de los departamen- tos de la provincia organizar compañías de milicias urbanas, integradas por “la nobleza, a fin de que esta clase privilegiada tome una parte activa en la defensa del país.” Los oficiales de estas compañías serían ele- gidos por propia “clase noble” enrolada. -Instalar una Junta Superior Provincial, “con las mismas facultades que los cuatro ayuntamientos en representación de sus respectivos pueblos han conferido y depositado en dicho Congreso”, y con los mismos miembros y funcionarios. Esta Junta sería provisional, y subsistiría mientras los cuatro ayuntamientos concurrieran a formarla por elección de un diputado idóneo. Dicha elección sería efectuada por los padres o cabezas de familia de cada uno de los departamentos capitulares “conocidos por tales y no impedidos legalmente de esta voz.” Esta nueva Junta elegiría un vocal secretario y los diputados recibirían un sueldo de mil pesos fuertes anualmente. -A la Junta Superior Provincial le corresponderían las facultades de conocer todo tipo de apelaciones, quejas y consultas que se hicieran en el ramo de la administración de justicia, en segunda instancia. Atendería también la administración de los ramos de hacienda, policía, comercio, industria, defensa interior “y demás que se comprende bajo el concepto de un buen gobierno”. -Liberación del comercio de tabacos y aguardientes, es decir, su cosecha, destilación y consumo dentro

Colección Bicentenario

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de la provincia, y el comercio fuera de ella. Con esto se buscaba fomentar la industria y la agricultura, y evitar los constantes fraudes que se cometían en el interior de la provincia, pues era ya una costumbre que por el tabaco se cobrara el doble de su valor. Sin

embargo, para evitar el desfalco de la hacienda pública como consecuencia de la extinción de esos estancos

se

exigió que todo vecino libre, sin distinción de sexo

y

desde los dieciocho años, hiciera anualmente la

contribución de ocho reales. Por otra parte, quienes introdujeran a la provincia cualquiera de los referidos productos debían pagar el 2% de alcabala. En consecuencia, se suprimirían los empleos de guardas de rentas monopolizadas y los demás funcionarios de estos ramos.

-Supresión del derecho de mazamorreo que se exigía a los lavadores de oro de aluvión, ya que se consideraba perjudicial para el erario y la industria. Tampoco los mineros pagarían por sus registros y títulos más que el valor del papel sellado y del amanuense de la escribanía. -Cobrar el 2% de alcabala por los géneros comerciales que se distribuían y vendían en la Provincia, dado que

el dos y cuarto por ciento que se cobraba antes era

fuente de corrupción. Terminadas la sesiones del Congreso, el 7 de septiembre de 1810, e instalada la Junta Superior Provincial, todos los diputados - al igual que don Dionisio Tejada (sargento mayor de las milicias disciplinadas de la Provincia), el presbítero Raimundo Orozco (lugarteniente del vicario capitular), y el cura de Rionegro -, juraron en la iglesia cumplir los

anteriores acuerdos “como dictados por el buen orden público, tranquilidad de esta provincia, y conservación

de los preciosos dominios de nuestro soberano el señor

don Fernando Séptimo, defendiendo sus derechos,

82 Colección Bicentenario

la patria y nuestra santa religión hasta derramar la última gota de sangre” 81 .

La Gobernación de Neiva era ejercida, desde el 18 de diciembre de 1808, por el español Anastasio Ladrón de Guevara, nombrado por el Consejo de Indias para un período de seis años 82 . Quizás por esta procedencia peninsular, entró en situación de conflicto personal con los vecinos principales de la ciudad de Neiva. Por ello, cuando se tuvo noticia de los sucesos de Santa Fe, siete días después de su ocurrencia, el procurador general del Cabildo, Joaquín Chacón, pidió la destitución de Ladrón de Guevara y la organización de una junta.

En la villa de Timaná, su síndico procurador repre- sentó, el 27 de agosto de 1810, que su vecindario tenía “los mismos derechos que han tenido aquellos pueblos para instalar sus juntas y establecer un nuevo plan de gobierno”, de tal suerte que para uniformizar a este vecindario con todos sus “compatriotas” el Reino pi- dió al cabildo la instalación de una junta gubernativa “para que en ella deposite el pueblo sus derechos y confianzas”, aboliendo “el antiguo gobierno”. Dado que había dejado de existir un gobierno superior de todas las provincias del Reino, quedando este vecinda- rio libre “para proceder por nosotros mismos a todo aquello que sea conveniente al beneficio de la patria, bien y utilidad de la república”, propuso el traslado de la villa al sitio de la parroquia de Garzón, “como centro de la jurisdicción” 83 . El cabildo de Timaná convocó la junta en la parroquia de San Miguel de Garzón para el 5 de septiembre, instruyendo que una vez constituida se enviaría un diputado a la ciudad de Neiva para tratar de la unión con Santafé.

81 AGN, Archivo Restrepo, Rollo 4, F. 23v – 24r.

82 Restrepo Saénz, José María. Neiva en la Independencia. p 5

83 Representación de Vicente Sánchez, síndico procurador ge- neral de la villa de Timaná, 27 de agosto de 1810. En: AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 11, f. 13 r-v.

Colección Bicentenario

83

Efectivamente congregada esta junta en Garzón, se

decidió que el nuevo gobierno mixto se integraría con el cabildo y nueve vocales más, encargado de “sancionar leyes municipales, ordenanzas, constituciones y

imponer pechos y derechos que exija

la necesidad”. El traslado de la cabecera de la villa fue aprobado, quedando con el nombre de Villanueva de Timaná. Los vecinos de la parroquia de San Pedro de Sabanita Larga, en los llanos de Casanare, en respuesta a la convocatoria de la Junta Suprema de Santa Fe también acogieron la causa de “Religión, Patria y Corona” y eligieron nuevo juez parroquial (José Manuel de Peralta).

En la ciudad de Tunja, que destituyó a su corregidor tan pronto llegaron las noticias de lo ocurrido en Santa Fe, la organización de su junta provincial esperó hasta el 11 de octubre de 1810. En cambio, en la villa de Honda se organizó el 25 de julio, un par de días antes del desembarco del comisario regio. En Santa Fe de Antioquia se organizó la Junta provincial que incluyó a los diputados de Marinilla, Rionegro y Medellín, quedando integrada por el gobernador Francisco de Ayala y los señores Juan Nicolás de Hoyos, Juan Elías López Tagle, Manuel Antonio Martínez, José María Ortiz, Lucio de Villa, José María Montoya y José Manuel Restrepo.

reformaciones

El 5 de agosto de 1810 se recibieron en la ciudad de Popayán las noticias sobre los acontecimientos de Santa Fe y el 11 de agosto la invitación para el envío de diputados ante un congreso general del Nuevo Reino. Este mismo día, y con la presencia del comisionado regio Carlos Montúfar, se formó la Junta provisional de Seguridad con cinco miembros - José María Mosquera, el maestrescuela Andrés Marcelino Pérez Valencia, Antonio Arboleda, Mariano Lemus y Manuel Dueñas -, presidiéndola el gobernador Miguel

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Tacón 84 , quien tanto se había destacado en las acciones contra la Junta de Quito, y actuando como secretario don Francisco Antonio Ulloa. La adhesión al Consejo de Regencia fue constatada por el propio comisionado, quien continuó su derrotero hacia Quito.

Fueron despachados comisionados ante los cabildos de Cali, Buga y Cartago, en procura de que eligiesen diputados ante una junta provincial que sería erigida en Popayán. Pero éstos apenas pudieron comprobar la posición de aquellos, que desconocía la autoridad de su antigua cabecera de gobernación y adhería a la promesa de participación en el Congreso general del Reino que les había hecho saber don Ignacio de Herrera, el ilustre caleño que tanto se había destacado en los sucesos santafereños. Se produjo entonces en Popayán una fuerte tensión entre la autoridad de la Junta provisional y la del cabildo, respaldada por el gobernador y las órdenes religiosas. Los juntistas se enfrentaron a los taconistas, nombres que fueron dados a los dos bandos, pero los últimos disponían de la fuerza armada del gobernador, de la autoridad tradicional de los capitulares y de los religiosos. En octubre se disolvió la Junta provisional y se restauró el orden político antiguo, pese a los esfuerzos que hizo parte del vecindario para reorganizarla. Con el apoyo de una milicia de Pasto, comandada por Gregorio Angulo, el gobernador Tacón asumió plenos poderes en nombre de la autoridad del Consejo de Regencia.

Mientras tanto, la Junta de Cali preparaba su unión con los demás cabildos del Valle del Cauca, desconociendo al Consejo de Regencia y consolidando su independencia de Popayán, alistándose además

84 Este militar había sido compañero del comisario regio en la Escuela de Guardiamarinas de Madrid y se opuso a la formación de la Junta de Seguridad, pero su resistencia fue doblegada por el comisario Carlos Montúfar y del Cabildo de Popayán.

Colección Bicentenario

85

para la guerra con el gobernador Tacón, en alianza con las tropas enviadas desde Santa Fe bajo el mando del coronel Baraya.

Miguel Tacón, el gobernador de Popayán, expuso en

un oficio dirigido a la Junta de Santa Fe la mejor defensa de la posición de obediencia al Consejo de Regencia que se pudo leer en el Nuevo Reino de Granada 85 . En su opinión, romper con este Consejo era, además de una “ilegal e impolítica forma de administración que rompía el vínculo de unión con la madre patria”, el camino para convertir al Nuevo Reino en “un grupo de gobiernos separados expuestos a las convulsiones

y trastornos que trae consigo la influencia popular”.

Un gobierno legítimo, “capaz de hablar el lenguaje de

la fidelidad y del honor”, sabía que

al entusiasmo de la revolución suceden los

celos, la envidia, la divergencia de opiniones

y la falta de acuerdo; y que esto, junto con el

diferente carácter y las pretensiones parciales destruirán la buena armonía de las provincias Sabe por las experiencias de la Península que

si bien en las circunstancias de invasión, falta

de comunicaciones y otras que no nos son comunes fue acertado y conveniente para el

gobierno particular de cada provincia el de sus juntas, pero que no bastando éstas para

la unión de todos fue indispensable dar mayor

extensión al sistema político para formar una

nación, una autoridad suprema gubernativa

y la representación nacional que, en nombre

del soberano, manejase con uniformidad las

85 “Oficio del gobernador Miguel Tacón a la Junta Suprema de Santafé”. Popayán, 28 de diciembre de 1810. En: Alfonso Zawadsky: Las ciudades confederadas del Valle del Cauca en 1811. Cali: Centro de Estudios Históricos y Sociales “Santiago de Cali”, 1996, pp. 170-176.

86 Colección Bicentenario

operaciones civiles, las militares y demás ramos de la organización y dirección pública.

En su opinión, tanto la Junta Central como el Consejo

de Regencia habían sido las instituciones adecuadas a

la

circunstancia en la que el rey no podía gobernar por

mismo, pues “la Regencia es el gobierno que más se

acerca a la unidad de la monarquía y de la autoridad nacional”, en tanto que representaba interinamente

al soberano “mientras las dos mitades de la nación

(América y España) organizan la forma de gobierno que sea más acomodada a las circunstancias y a sus

votos”. La Regencia, a la cual había jurado obediencia

el

Cabildo de Santa Fe delante del virrey Amar, era

el

cuerpo soberano de la nación, el “centro de unión

entre las Américas y España que han reconocido todos los reinos, provincias y ciudades de este Nuevo Mundo”. Su convocatoria a Cortes no era motivo para emanciparse de la Regencia pues, por el contrario, la alteración del gobierno legítimo produjo que las provincias se separaran del Nuevo Reino, “que Cartagena esté dividida de Mompóx, Santa Fe de Honda, Santa Marta etc., Quito de Guayaquil y Cuenca, y en la provincia de Venezuela, Caracas de Maracaibo y Coro”.

El 2 de agosto de 1810, mientras el otro comisionado regio - Carlos Montúfar, hijo del marqués de Selva Alegre – se aproximaba a la capital de la Audiencia de Quito, se produjo en esa ciudad la matanza de muchos de los apresados por el proceso seguido

a quienes formaron la primera junta. Las tropas

enviadas por el virrey del Perú fueron los actores de ese hecho cuando abortaron el intento de fuga de los reos, seguido del saqueo de la ciudad y de la muerte de muchas personas inocentes. El 12 de septiembre entró a la ciudad el comisionado y de acuerdo con el presidente de la Audiencia convocó a una junta de notables el 19 de septiembre siguiente. Fue en aquella

Colección Bicentenario

87

donde se acordó la creación de una Junta Superior de gobierno, dependiente únicamente del Consejo de Regencia. El 9 de octubre la segunda Junta de Quito declaró su autonomía respecto del Gobierno de Santa Fe, asumiendo “todas las facultades de la capitanía general”.

El 22 de septiembre se reunieron los electores e inte- graron la Junta con el conde Ruiz de Castilla (presi- dente), el comisionado regio y el obispo Cuero Caice- do como vocales natos, más once vocales provenientes de los dos cabildos (secular y eclesiástico), el clero

y la nobleza, así como de las cinco parroquias. Tres

días después fue incorporado, como vicepresidente, el marqués de Selva Alegre. Siete de los once vocales habían sido miembros de la primera Junta del 10 de agosto de 1809 86 .

Esta segunda Junta de Quito declaró que sus propósitos

eran “la defensa de nuestra religión católica, apostólica

y romana que profesamos; la conservación de estos

dominios a nuestro legítimo soberano, el señor don Fernando VII, y procurar todo el bien posible para la Nación y la Patria”. El 20 de octubre siguiente, la Junta autorizó al Cabildo de Quito a elegir su diputado ante las Cortes de Cádiz, resultando electo el conde de Puñonrostro, quien ya se encontraba en esa ciudad como diputado suplente. Tal como había ocurrido con la primera Junta, las vecinas provincias de Loja, Guayaquil, Pasto y Cuenca se negaron a ponerse bajo su autoridad. La de Cuenca se convirtió en la sede de la oposición realista y el centro de la acción de los oidores de la antigua Audiencia, y posteriormente en

86 Jaime E. Rodríguez O.: “Las primeras elecciones constitucio- nales en el Reino de Quito, 1809-1814 y 1821-1822”, en Pro- cesos: revista ecuatoriana de historia. Nº 14 (2º semestre de 1999), p. 15-17.

88 Colección Bicentenario

la

sede del nuevo presidente de la Audiencia que envió

el

Consejo de Regencia, el general Joaquín Molina.

La gran revolución parlamentaria En ausencia del Soberano, cautivo sin remedio en los

dominios del emperador francés, las juntas americanas reasumieron en sí la soberanía para conservársela

a

Fernando VII, para preservar la religión católica

y

para cuidar los intereses de sus patrias locales.

Nominalmente eran juntas conservadoras pero en la práctica fueron revolucionarias, por cuanto se situaron en posición de “cargar con las atribuciones de la Soberanía” 87 . Antes de la proclamación de su independencia respecto de la Corona, cuando las juntas apenas reclamaban igualdad y autonomía, experimentaron el establecimiento de gobiernos representativos que terminaron desintegrando la monarquía. La “gran revolución parlamentaria” 88 se produjo en las Cortes de Cádiz, pero también en los congresos de las provincias que en América habían reasumido la soberanía.

Una vez erigidas las juntas de las jurisdicciones de las extinguidas Audiencias de Santa Fe, Caracas y Quito, el siguiente movimiento político fue el de la

87 Esta expresión fue usada por el virrey Amar y Borbón en su carta al secretario del Consejo de Regencia (Coruña, 13 de enero de 1811): “… con solo el bullicio de haber reasumido el pue- blo sus derechos parciales nombraron vocales de una Junta de Gobierno que cargó con las atribuciones de la Soberanía”. Cfr. Mario Herrán Baquero: El virrey don Antonio Amar y Borbón. La crisis del régimen colonial en la Nueva Granada. Bogotá:

Banco de la República, 1988, p. 305.

88 Cfr. Jaime E. Rodríguez: La revolución política durante la época de la Independencia. El Reino de Quito, 1808-1822. Qui- to: Universidad Andina Simón Bolívar, Corporación Editora Na- cional, 2006.

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congregación en congresos, una experiencia que resultó fallida en Santa Fe y exitosa en Caracas.

El viernes 22 de diciembre de 1810 fue instalado en Santa Fe el primer Congreso Supremo del Nuevo Reino de Granada. Estuvieron presentes en el acto los diputados de las juntas provinciales del Socorro, Neiva, Santafé, Pamplona, Nóvita y Mariquita, res- pectivamente: el canónigo Andrés Rosillo y Merue- lo, el licenciado Manuel Campos, el doctor Manuel Bernardo Álvarez, el doctor Camilo Torres Tenorio, el doctor Ignacio de Herrera y José León Armero. La secretaría de las sesiones fue encomendada a don An- tonio Nariño y al doctor Crisanto Valenzuela. Este día solicitó ingreso, como apoderado y representan- te de 21 pueblos agregados a la villa de Sogamoso, el doctor Emigdio Benítez. El juramento que todos prestaron en sus posesiones confirma las lealtades bá- sicas de las provincias en ese momento: conservación de la religión católica, sostenimiento de los derechos de Fernando VII contra el usurpador del trono (José Bonaparte), defensa de la independencia y soberanía del Reino contra cualquier invasión externa, y reco- nocimiento único de la autoridad depositada por los pueblos en las juntas de las cabeceras provinciales. “Religión, Patria y Rey” era la consigna general de las juntas neogranadinas de 1810.

Los diputados que representaban legítimamente a las juntas provinciales eran entonces seis, todos aboga- dos y dos de ellos además eclesiásticos. En ese mo- mento, las ciudades o villas neogranadinas que podían demostrar la legitimidad de sus estatus provinciales eran unas quince 89 . Aunque los críticos de los tiempos posteriores han calificado este evento como un simple “congreso de canapé”, dada la escasa representación

89 Santafé, Cartagena, Panamá, Veraguas, Popayán, Santa Mar- ta, Antioquia, Riohacha, Chocó (incluye Nóvita y Citará), Tunja, Casanare, Pamplona, Socorro, Mariquita y Neiva.

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provincial (las Juntas de Cartagena y Antioquia se ne-

garon a enviar diputados), sus deliberaciones y diso- lución marcaron el derrotero político de la transición

al estado republicano.

Aunque eran las provincias los entes políticos que reivindicaban su derecho para hacer parte del primer

congreso del Reino, en realidad se trató de una reunión de abogados litigantes recibidos en los estrados de

la Real Audiencia de Santa Fe 90 : el doctor Manuel

Bernardo Álvarez (Santa Fe, 1743-1816), quien fue recibido como abogado en la Audiencia el 13 de

noviembre de 1769 y vivía en la calle de San Agustín;

el doctor Andrés Rosillo y Meruelo (Socorro, 1758

- Bogotá,1835), quien fue recibido el 6 de diciembre

de 1786 y vivía en la calle de La Catedral, donde se desempeñaba como canónigo magistral; el bachiller Emigdio Benítez Plata (Socorro, 1766 – Santa Fe,

1816), quien fue recibido el 14 de diciembre de 1793; el doctor Camilo Torres (Popayán,1766 – Santa Fe,1816), quien fue recibido el 24 de julio de 1794

y vivía en la calle del Chocho; el doctor Ignacio

de Herrera Vergara (Cali, 1768 - Bogotá, 1840),

recibido el 4 de diciembre de 1797; el doctor Crisanto Valenzuela Conde (Gámbita, 1777 – Santa Fe, 6- 07-1816), recibido el 24 de enero de 1803 y vivía en

la calle de San Joaquín. El doctor José Miguel Pey

(Santa Fe, 1763-1838), vicepresidente de la Junta de Santa Fe, quien participó en el debate del Congreso General contrariando al diputado de esta Junta, había

sido recibido en la Audiencia el 28 de agosto de 1789

y vivía en la calle de la Enseñanza.

Eran egresados del Colegio Mayor del Rosario los doctores Rosillo, Torres y Herrera, mientras que los

90 Antonio Joseph García de la Guardia: Kalendario manual y Guía de forasteros. Santafé: Imprenta Real, por don Bruno Es- pinosa de los Monteros, 1806.

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egresados del Colegio Mayor de San Bartolomé eran los doctores Álvarez, Pey y Valenzuela, así como el bachiller Benítez. Así que solamente eran forasteros en Santa Fe el licenciado José Manuel Campos Cote (Socorro, 04-1774 - Bogotá, 07-1824), quien había sido cura párroco de Prado (provincia de Neiva), y José León Armero (Mariquita, c1780 - Honda, 29-10- 1816), notable vecino de la provincia de Mariquita. El cuadro del Congreso lo completaba el segundo secretario, don Antonio Nariño (Santa Fe, 1765 - Villa de Leiva, 1823), sobrino del doctor Álvarez, quien presidió el Congreso.

El primer problema examinado por este congreso de abogados, apoderados por seis juntas provinciales, fue la petición de admisión presentada por el bachiller Benítez, el apoderado de la Junta formada en Sogamoso, un antiguo pueblo de indios que había recibido el título de villa de manos de la Junta de Santa Fe y que había proclamado su independencia respecto de la Junta de Tunja. El doctor Camilo Torres se opuso, fundado en una supuesta instrucción que la Junta de Pamplona le había dado para que no fuesen admitidos en el Congreso más que los diputados de “las provincias habidas por tales en el antiguo gobierno”. Agregó que la Junta de Cartagena había advertido acerca del mal ejemplo dado por Sogamoso, pues amenazaba con “disolver la sociedad hasta sus primeros elementos”. Pero el diputado Rosillo replicó advirtiendo que la admisión de Sogamoso evitaría que proyectasen agregarse a Barinas y resolvería el problema que ofrecía “el miserable estado de Tunja, “que estaba consumida por sí misma”. Sometido el asunto a votación, cinco de los diputados aceptaron la admisión de Benítez, con lo cual el doctor Torres hizo certificar su oposición a la mayoría, basada en el principio de que este congreso era una “confederación de provincias” sin facultades para decidir sobre el tema de “admisión o repulsa de los pueblos que pretenden

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esa calidad” (de provincia). De este modo, “ni la totalidad de los diputados del Reyno puede trastornar las antiguas demarcaciones (provinciales), por no ser éste el objeto de su convocación, sino el de mantener la unión y convocar las cortes que deben arreglar la futura suerte del Reyno” 91 . Obtenida esta certificación, anunció que no concurriría a las sesiones en las que estuviera presente el bachiller Benítez.

El Congreso suspendió sus sesiones hasta después de las festividades de la Navidad y San Silvestre, dan- do tiempo a todos los diputados para consultar sus posiciones sobre el tema que los había dividido. Fue entonces cuando intervino, por medio de un oficio enviado al Congreso el 29 de diciembre siguiente, el vicepresidente de la Junta Suprema de Santa Fe, José Miguel Pey. En su opinión, la transformación políti- ca acaecida en la provincia de Tunja había permitido que “miras ambiciosas de pueblos y de particulares dilaceraran su seno” rompiendo los vínculos que los unían con sus cabeceras y a éstas respecto de su ca- pital provincial, de suerte que “todos afectaron que- rer formar una nueva asociación con la metrópoli del Reyno”. En respuesta, la Junta Suprema de Santa Fe había decidido declararse de oficio “conservadora de los pueblos que pertenecen a la ilustre provincia de Tunja” y los admitió en su seno, pero advirtiendo que “a ninguno en la calidad de provincia”. Fue así como, pese a la oposición de los diputados de Pamplona, Cartagena y Antioquia, la Junta Suprema de Santa Fe había admitido al apoderado de los pueblos de indios de Sogamoso porque “sus facultades están ceñidas a llevar la voz del Reyno para cuidar de la seguridad exterior y convocar una legítima representación na-

91 Diario del Congreso General del Reyno, 2. BNC, Quijano Otero, 151. Durante el mes de noviembre de 1810 “el pueblo” de Sogamoso había acordado su erección en provincia indepen- diente de la de Tunja, al tenor del título de villa que le había otorgado la Junta Suprema de Santafé.

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cional”. Pero ahora había llegado la hora de reconocer

que la conducta de Sogamoso había sido “subversiva de todos los principios del orden social” y contraria al interés general del Reino, “porque autorizando la des- organización parcial de las provincias y favoreciendo las miras ambiciosas de los pueblos y de los particu- lares encenderá la guerra civil entre los ciudadanos

y sumergirá al Reyno en el abismo de los males que

son consiguientes a la anarquía”. En efecto, la acción del pueblo de Sogamoso fue imitada por la villa de Zi- paquirá y por la ciudad de Vélez, que se erigieron en provincias separadas de sus antiguas capitales, con lo cual se había convertido en “modelo de la disociación universal, autorizado por los diputados al Congreso,

y no hay lugar en el Reyno, por miserable que sea,

que puesto en paralelo con Sogamoso se crea inferior cuando se trate de dar alguno una representación ac- tiva en el Congreso Nacional”. En consecuencia, el doctor Álvarez, diputado de la Junta de Santa Fe, no debería concurrir al Congreso en compañía del dipu- tado de Sogamoso ni de los diputados de los pueblos “que al tiempo de la revolución no disfrutasen de la representación de provincia”.

Pese a esta desautorización de su voto, el doctor Álvarez replicó que la Junta de Santa FE debería también enfocar su atención “a todos los legítimos derechos de las (provincias) que se le unan, y de cada uno de los pueblos que componen el todo de la sociedad”, examinando “los perjuicios que a todo el Reyno, y particularmente a esta capital, amenaza la violenta sujeción de numerosos pueblos a sus antiguas cabeceras de provincia, de cuya opresión intentan sacudirse, usando oportunamente de la legal libertad

a que los ha restituido su general revolución, y les ha proclamado constantemente esta capital” 92 .

92 Oficio del doctor Manuel Bernardo Álvarez, 2 de enero de 1811. En: Diario del Congreso General del Nuevo Reyno, 2 (enero 1811). BNC, Quijano 151

94 Colección Bicentenario

El 2 de enero de 1811 se reanudaron las sesiones,

comprobándose la ausencia del doctor Rosillo, quien se había marchado de vacaciones a Chiquinquirá, y

la del doctor Torres. Al día siguiente, éste entregó

al secretario del Congreso una exposición de su

posición adversa a la admisión del bachiller Benítez:

el pueblo de indios de Sogamoso no podía convertirse

en provincia al carecer de territorio propio suficiente aún para poder ostentar el título de “villa” que le había otorgado la Junta de Santa Fe, pues estaba situado en resguardos de indios de la jurisdicción de Tunja. Recordó que la Junta de Pamplona le había instruido para “conservar su libertad e independencia” en todos los temas que no fuesen de la competencia del Congreso, de acuerdo a su convocatoria 93 del 29 de julio de 1810, y por ello no asistiría a las sesiones mientras fuese admitido el diputado de Sogamoso.

El 5 de enero siguiente sesionaron los cuatro diputados

que permanecían en congreso con el bachiller Benítez

y se oyeron sus respectivos votos sustentados. El

licenciado Manuel Campos partió del principio de la reasunción de la soberanía por “los pueblos” al faltar en el trono el rey Fernando VII, con lo cual España ya no podía sojuzgar a Santa Fe y, por extensión, esta ciudad tampoco a las provincias neogranadinas, ni éstas a todos los pueblos de sus respectivas jurisdicciones. La pregunta pertinente, en su opinión,

93 Esta convocatoria a congreso general del Reino, hecha por la Junta Suprema de Santafé, reducía su competencia a “la defensa del Reyno en caso de alguna invasión o acometimiento externo o interno; al establecimiento de las relaciones interiores y exterio- res convenientes a este efecto; a la reunión de los pueblos y pro- vincias que aún se hallan disociadas; y en fin y principalmente, a hacer cuanto antes una convocación más legítima y solemne de todo el Reyno en Cortes para arreglar su futura suerte y su nueva forma de gobierno”. Cfr. Posición del doctor Camilo Torres, 3 de enero de 1811. En: Diario del Congreso, 2 (enero de 1811). BNC, Quijano 151.

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era: “¿pueden los pueblos libres ser obligados con armas a la obediencia de la cabeza de provincia?” Si se respondía afirmativamente, entonces habría que aceptar que Santa Fe podría sujetar a las cabeceras provinciales y que Madrid podría sujetar a aquella. En sentido contrario del raciocinio, si se concedía la independencia a Santa Fe habría que concederla también a las provincias y “a todos los trozos de la sociedad que pueden representar por sí políticamente, quiero decir, hasta trozos tan pequeños que su voz tenga proporción con la voz de todo el Reyno”. Por tanto, las 40.000 almas del pueblo de Sogamoso eran libres, y las autoridades de Tunja no tenían derecho alguno para impedirlo, pues esa población era suficiente para erigirse en una provincia, ya que la de Neiva tenía apenas 45.000 y la de Mariquita 26.000 almas. Este nuevo principio de la población para la erección de gobiernos provinciales independientes de las antiguas provincias ponía sobre nuevas bases el asunto de la representación política:

¿Y hasta que trozos (se me pregunta) pue- den juntarse los pueblos para constituir su gobierno separado? Hasta que su pequeñez ya no tenga representación política, es decir, cuando no se pueda sostener el Estado, cuan- do sus fuerzas, cuando sus fuerzas sean débi- les, cuando ya no pueda haber diferencia entre el gobierno y los pueblos, cuando el gobierno público fuera del todo inútil; y al contrario, se sostendrá su representación y merecerán una voz en el congreso cuando su número tenga cierta moral proporción con las otras provin- cias 94 .

94 Voto del diputado de Neiva, 5 de enero de 1811. Diario del Congreso General del Reyno, 2 (enero 1811). BNC, Quijano 151, 1.

96 Colección Bicentenario

La novedad del argumento es significativa, pues las provincias antiguas extraían la legitimidad de su existencia de los fueros que les había concedido el rey desde el tiempo de la conquista de los aborígenes a cambio de los servicios prestados por las huestes de soldados españoles a la causa de la incorporación de aquellos al dominio de la Corona de Castilla. Ahora simplemente se trataba de un reconocimiento a la concentración de población en un lugar, sin importar su bajo estatus político: Sogamoso apenas había sido la cabecera de un corregimiento de indios en el “gobierno antiguo”.

El doctor Ignacio de Herrera también inició la ex- posición de los motivos de su voto desde el principio de la reasunción de “los derechos de los pueblos a su libertad”, de modo tal que cada provincia declaró su soberanía y pretendió gobernarse independientemen- te, a despecho del esfuerzo de la Junta de Santa Fe que proclamó su soberanía para conservar la integridad e indivisibilidad del Reino, “conforme a la ley de Parti- da”. De esta suerte, si la capital del Reino no era capaz de someter por las armas a las provincias, “¿cómo lo han de practicar las cabezas de partido respecto de los pueblos de que se componen?”. ¿Cuál era el nuevo Derecho de Gentes que podían alegar en su favor las provincias y que no concedían a la capital de Reino?

Pretender una absoluta libertad en las pro- vincias, al mismo tiempo que nada se conce- de a la metrópoli del Reyno; sostener que las primeras poseen un lleno de autoridad, bas- tante para dirigirse por sí mismas, y ligar las manos a la segunda, para que sea tranquila espectadora de la disociación de sus antiguos partidos, es nuevo sistema de política, que no alcanzo a comprender 95 .

95 Voto del diputado de Nóvita, 5 de enero de 1811. Ibid.

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El estatus social que diferenciaba a los habitantes de las cabeceras de provincia - “encallecidos con los re- sabios del antiguo gobierno”- respecto de los nacidos en los lugares subalternos había “encarnizado los ánimos” entre estos dos grupos, dado que los últimos eran recibidos “con mil insultos” en las primeras. No era fácil reducir estos grupos a concordia, “y cualquier paso que se de causará un rompimiento que encienda una guerra civil”. Observando el criterio demográfi- co, el Congreso podía admitir en su seno a los diputa- dos de muchos pueblos que merecían “representación nacional” por su tamaño, antes que despedirlos “para sostener una cabeza de provincia que en la época de nuestra libertad no puede, en justicia, imponer la ley a los demás”.

Pero enseguida pasó el doctor Herrera, nativo de Cali, a argumentar ad hominem contra el doctor Torres, un payanés. En su opinión, la “piedra de escándalo” era la situación de la provincia de Popayán, donde muchas de sus villas (encabezadas por Cali) se habían independizado de la cabecera, situación que había propiciado que el doctor Torres hubiera pronunciado en público varias veces “la sentencia sanguinaria de sostener a la cabeza de partido que declarase guerra a los pueblos libres que se le separasen”. Este diputado de Pamplona había escogido ser el “azote levantado para descargarlo sobre las espaldas” del Congreso, con lo cual pretendía que “esta respetable asamblea, que reasume legítimamente la soberanía de sus provincias”, se redujese a “un conjunto de esclavos sujetos a la cadena”.

El duro tono del doctor Herrera pone en evidencia la disputa de caleños y payaneses por el mismo motivo de la pugna de los de Sogamoso con los tunjanos: la adopción de la nueva representación política, fundada en el tamaño de la población representada en un con- greso nacional, enfrentada a la antigua representación

98 Colección Bicentenario

provincial, basada en las preeminencias y dignidades estatutarias del Estado Indiano. Fue así como el dipu- tado Armero sentenció contra el doctor Torres que

Detener la marcha de la libertad en las capitales de las provincias, oponerse a que

corra hasta los pueblos, hasta las familias,

y hasta los ciudadanos; querer que éstos se

priven se aquella, y que sigan la suerte de los esclavos o renuncien a su felicidad, por estar enteramente ligados a la representación y a los intereses de otros, es no tener una idea del origen de la sociedad y sus fines, es atacar al hombre y a los pueblos en sus derechos más sagrados, y es obstruir los canales por donde puede repetidamente circular nuestra

prosperidad 96 .

El licenciado Benítez insistió en la nueva opción política que representaba la villa de Sogamoso y los 21 pueblos que se le habían agregado con un argumento de “restitución” de un derecho antiguo, renovado en este tiempo de “reasunción” de soberanías populares. Sogamoso solamente pretendía

restituirse a la clase de provincia separada

e independiente, como las demás, de cuya

prerrogativa muy debida, y convenible, go- zaron pacíficamente por tiempo que no cabe en la memoria de los hombres, y solo pudie-

ron despojarlos de ella las miras ambiciosas

y despotismo del antiguo gobierno, que no

respetaron ni el imperio de las más vigoro- sas reclamaciones, ni una posesión legítima y prolongada, ni la expresa decisión soberana,

ni el mismo recurso al trono 97 .

96 Voto del diputado José León Armero, 7 de enero de 1811. Diario del Congreso, 2 (enero de 1811). BNC, Quijano 151, no.1.

97 Voto del diputado de Sogamoso, 8 de enero de 1811. Diario del Congreso, 2 (enero de 1811). BNC, Quijano 151, no.1.

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Los 30.000 habitantes de la jurisdicción de Sogamoso, su posición de feria comercial y puerto de las provincias del Socorro, Pamplona, Tunja, Girón y Santa Fe con los Llanos, así como el abastecimiento de crías de ganado y de carnes que le daba al Reino ameritaban su representación política en el Congreso

y su independencia del “despótico y siempre gravoso

(gobierno de) Tunja”. Relató que la Junta Suprema de Santa Fe no solamente le había concedido a Sogamoso el título de villa, sino que además había liberado a los indios del pago de tributos, declarándolos “por españoles y dueños absolutos de sus respectivos terrenos o resguardos”. Tampoco el licenciado Benítez ahorró el argumento ad hominen contra el doctor Torres, a quien la atribuyó la secreta intención de “sostener con obstinación la violenta sujeción de Cali y Buga a Popayán, su patria, en donde, como en su trono, reina el despotismo y tiranía del antiguo gobierno”.

Durante la sesión del 5 de enero de 1811 se escucha- ron los votos emitidos por los diputados de Nóvita,

Sogamoso, Mariquita y Neiva, se leyó el oficio del doctor Pey, con la réplica dado por el doctor Álvarez,

y se acordó la ratificación de la decisión de admitir

en el Congreso al diputado de la villa y los ciudada- nos de Sogamoso, sin tener en cuenta la posición de Tunja, “que perdió en esta transformación sus anti- guos derechos”. Con esta ratificación se la abrían las puertas del Congreso a los dos diputados de la pro-

vincia de Mompóx (principal y suplente), los doctores José María Gutiérrez de Caviedes (Villa del Rosario, c1780 - Popayán, 1816) y José María Salazar, abo- gados bartolinos, quienes habían expuesto su deseo de ingresar a despecho de la oposición de la Junta de Cartagena. En esta provincia habían controvertido dos opiniones opuestas: la primera argumentaba que

el Reino se perdería si no se respetaba la integridad y

demarcación de las antiguas provincias, pues de otro

100 Colección Bicentenario

modo “las juntas se reproducirán hasta lo infinito y tomarán cada día cuerpo las divisiones intestinas”. La segunda criticaba ese “sistema de opresión en que se

quiere retener a los pueblos” y su supuesta obligación

“a depender eternamente de sus respectivas capitales, pese a tener fuerzas suficientes para representar por si solos o para constituirse un gobierno”, irrespetan- do así el deseo de éstos por “cimentar sólidamente su organización y su felicidad”.

En la opinión de estos abogados, el primero de ellos conocido en su tiempo como “el fogoso”, por el vigor con que defendía sus convicciones, lo que estaba en discusión era el número de representantes que integrarían el primer Congreso General del Reino. Ellos sostenían que el derecho a la representación políticateníaquedescansarenadelanteen“lapoblación,

la extensión de terreno, y las contribuciones”, de tal

suerte que cada ciudad o villa debería tener derecho

a su propia representación, tal como era “propio de

todos los estados libres”, inhibiendo así que se pusieran “en tan pocas manos las riendas del gobierno y hacer, en cierto modo, un monopolio de la autoridad”. La villa de Mompóx tenía el derecho a representación independiente en el Congreso por ser la cabeza de una provincia “por declaración real”, tal como lo eran las del Socorro y Pamplona, que hasta finales del siglo

XVIII pertenecían a la provincia del Corregimiento

de Tunja. Desde 1776 la villa de Mompóx se había posesionado de su provincia delimitada, en cuya jurisdicción se incluían 30 lugares divididos en tres capitanías a guerra, con una población de más de 40.000 hombres robustos.

En efecto, en la sesión del 3 de enero de 1811 el Congreso aceptó al doctor Gutiérrez de Caviedes como diputado de Mompóx y dos días después la salida definitiva del doctor Torres, pasando a examinar la petición de retiro del diputado de Santa Fe que había

Colección Bicentenario 101

formulado el vicepresidente de la Junta de esta ciudad. El problema parecía estar formulado en estos términos:

“o el Congreso ha de recibir la ley suscribiendo llanamente a las demandas de un representante, o provincia, o se disuelve con las retiradas que en tal caso serán frecuentes”. Pero entonces las intenciones que reunieron al Congreso General serían vanas, pues no se respetarían las votaciones mayoritarias emitidas para cada asunto. Durante la sesión del 8 de enero se tomó la decisión de publicar todos los votos y pareceres, consultando además a la opinión pública sobre dos interrogantes, “de cuya respuesta acaso depende la felicidad del Reyno”:

Primera: Qué será mejor, ¿negar abiertamente un lugar provisional en el Congreso a todos aquellos departamentos que con bastante población, riqueza y luces para representar por sí se han separado de sus antiguas matrices, muchas de éstas esclavas,

o tiranas, o lo uno y lo otro, a un tiempo de sus departamentos mismos; o admitir

a éstos (respetando los fundamentos de la

sociedad, los principios eternos de la justicia

y la paz de los pueblos armados y dispuestos

a perecer por su independencia) hasta que unidos los representantes de todo el Reyno procedan sabiamente a su organización y

demarcación?

Segunda: Qué será mejor, ¿qué cada capital antigua de provincia, y en el supuesto anterior todas las nuevas, centralicen un gobierno soberano a pesar de la impotencia en que todas se hallen para este efecto; o que siguiendo el deseo de las que se hallan reunidas, el Congreso sea el que una y divida en sí mismo, y en sus consejos y cámaras, los poderes soberanos, dejando a las juntas

102 Colección Bicentenario

provinciales o departamentales las primeras facultades en lo gubernativo y judicial, o para explicarnos en términos inteligibles a todo el mundo, las facultades que tenían en el anterior gobierno los virreyes y las audiencias? 98

Estas preguntas del primer Congreso General neogranadino exponen su pertinencia en el contexto de la transición del régimen institucional indiano al nuevo régimen republicano. El primer problema que se planteó a los abogados que llevaron la vocería de “los pueblos” fue el de la representación nacional de las provincias de habían reasumido la soberanía en la circunstancia del secuestro de los titulares del Estado de la Monarquía española. Y fue entonces cuando sus opiniones se dividieron entre quienes optaban por conservar intactas las entidades políticas antiguas (las provincias) y quienes preferían institucionalizar nuevas provincias conforme a los criterios modernos de la representación (población, territorio político- administrativo y contribuciones fiscales). La opción adecuada podría haberse escogido por mayoría de votos en escrutinios efectuados en el Congreso, como proponía el doctor Álvarez, pero los diputados que se retiraron (Pamplona y Tunja) o se negaron a asistir (Cartagena y Antioquia) se ampararon en las soberanías de las provincias que representaban. Fue entonces cuando el Congreso, integrado desde la segunda semana de enero de 1811 por los diputados de siete provincias (Santa Fe, Socorro, Nóvita, Mariquita, Neiva, Mompóx y Sogamoso), enfrentó el segundo problema: ¿podían estos diputados renunciar la soberanía de sus provincias poderdantes en el Congreso nacional?

98 Dos preguntas, de cuya respuesta acaso depende la felicidad del Reyno”. Diario del Congreso, 2 (enero de 1811). BNC. Quijano 151, no. 1.

Colección Bicentenario 103

Todo parecía indicar que los diputados estaban dispuestos a hacerlo para constituir un nuevo cuerpo soberano nacional que resolviera el problema de la transición del Estado indiano al Estado republicano.

Pero la Junta Suprema de Santa Fe dio la voz de alarma

y se dispuso a impedir que su diputado continuara

contrariando sus instrucciones y poniendo en peligro su soberanía, pues ya era público que en el Congreso se decía que este cuerpo había recibido la soberanía delegada por las provincias representadas. El 17 de enero los chisperos de Santa Fe provocaron un tumulto

popular a los gritos de que se estaba intentado destruir

la Junta Suprema de esta ciudad “para levantar sobre

sus ruinas el edificio de la soberanía del Congreso, y sobre las de algunos particulares la fortuna de otros, que habiendo tal vez sacado el mejor partido de la revolución, aún no se hallan satisfechos”. El tumulto

se originó por la noticia que corrió sobre un proyecto

de constitución nacional redactado por el secretario Antonio Nariño y apoyado por el doctor Álvarez, en

la cual se cedían todas las soberanías provinciales al

nuevo estado, cuyo poder legislativo lo encarnaba

el Congreso. Sucedió entonces que “el prurito de la

soberanía precipitó de tal manera las medidas” que se llegó al tumulto y a la adopción de medidas de seguridad contra los perturbadores de la tranquilidad pública por la Junta de Santa Fe, obligada a tomar

partido por la soberanía e integridad de las provincias bajo el argumento de que “el sistema de su reposición

es el de la perfección del Congreso y el de la felicidad del Reyno” 99 .

La Junta Suprema de Santa Fe (Pey, Domínguez del Castillo, Mendoza y Galavís, Francisco Morales,

99 Junta Suprema de Santafé: La conducta del Gobierno de la Provin- cia de Santafé para con el Congreso, y la de éste para con el gobierno de la provincia de Santafé, 24 de febrero de 1811. 13 pp. BNC, Pine- da 852, no. 4. También en Archivo Restrepo, vol. 8.

104 Colección Bicentenario

Acevedo y Gómez, Rodríguez del Lago) sintió amenazada su soberanía por algunas personas que, a la “sombra del Congreso pretendían poner en trastorno esta provincia, y soltar la rienda a los desórdenes en oprobio de su gobierno”:

Quien sepa que la constitución de un Reyno entero, siendo la base de toda su felicidad, no es la obra de tres o cuatro provincias, ni puede ser adoptada sino después de un largo examen y de un maduro discernimiento, conocerá con cuanta razón la Junta Suprema de Santa Fe se detuvo para exponer su concepto en una materia la más ardua de todas, y las más digna de la meditación de todos los hombres 100 .

Consideró que entre los partidarios del Congreso ha- bía “hombres conocidamente díscolos y turbulentos”, dispuestos a iniciar una conspiración para destruirla, con el fin de que el Congreso pudiera “realizar sus proyectos de soberanía”, que por lo demás ya divul- gaba en sus impresos. La Junta fue informada que los conspiradores habían convocado a la plebe para el 17 de enero de 1811 con el fin de derribar su poder, pues ese día se examinaría en el Congreso el proyecto de constitución escrito por Nariño, y pasó a tomar medi- das de seguridad para conjurar el supuesto propósito y mantener el orden público. Al día siguiente el Con- greso protestó por el despliegue militar que puso en escena la Junta. Ésta se enfrentó a Álvarez, acusándo- lo de no representarla en el Congreso, y de concitar a las provincias en contra de Santa Fe, uniéndose a las calumnias de que le hacían objeto. En su opinión, la Junta no tenía por qué adoptar precipitadamente “la pretendida constitución” redactada por Nariño, ce- diéndole al congreso la soberanía que había proclama- do para sí y “la legítima autoridad de la provincia”.

100 Ibid, Archivo Restrepo, vol. 8, f. 33.

Colección Bicentenario 105

En su defensa de la conducta seguida por el Congreso 101 , el doctor Herrera aclaró que este cuerpo había tenido a la vista dos posibilidades para transitar al nuevo estado republicano: transferir todas las soberanías provinciales al Congreso, para que éste representase el supremo cuerpo nacional y le diera una constitución al estado neogranadino, o adoptar un régimen federativo de provincias que conservasen su soberanía. Negó entonces que el Congreso hubiese tenido ambiciones de soberanía sobre el Reino y atribuyó esa pretensión “a otros”, señalando que el nuevo tribunal que reemplazó en sus funciones a la Junta de Santa Fe había seguido los pasos de ésta al proclamarse soberano de la representación nacional.

En conjunto, la imposibilidad de concertación de los abogados en las dos disputas planteadas en la primera experiencia de una diputación nacional neogranadina - representación provincial y cesión de las soberanías provinciales - forzaron la disolución del primer Congreso General y cedieron el paso a dos nuevas experiencias que rivalizaron entre sí: la de la constitución del Estado Soberano de Cundinamarca y la de la construcción federal de las Provincias Unidas de la Nueva Granada. El fracaso del primer Congreso General fue el fracaso inicial de los dirigentes del estado republicano para resolver los dos problemas originales de la transición: el del tránsito a la representación moderna de diputados territoriales según el tamaño de su respectiva población, y el de la cesión de las soberanías provinciales “reasumidas” en favor de las instituciones nacionales. Estos dos problemas fueron debatidos muchas veces durante buena parte del primer siglo de la República colombiana hasta que pudieron hallar el consenso político.

101 Ignacio de Herrera: Manifiesto sobre la conducta del Congre- so. Santafé: Imprenta Real, 1811. BNC, Quijano 151, no. 3.

106 Colección Bicentenario

Hay que recordar que el problema del nacimiento del estado moderno “no es otro que el del nacimiento y afirmación del concepto de soberanía” 102 , es decir, el de la erección de “un poder supremo y exclusivo regulado por el Derecho y al mismo tiempo creador de éste”, independiente de otros poderes. Era claro que los abogados neogranadinos eran las personas mejor dotadas para negociar el grave asunto de la cesión de las soberanías provinciales “reasumidas” en favor de una corporación capaz de representar la soberanía suprema de la nueva nación de ciudadanos. Este primer intento de hacerlo a favor del Congreso del Reino fracasó porque no se pudo negociar un consenso para resolver el problema de la representación nacional en este cuerpo, y así las provincias, siguiendo el ejemplo de Santa Fe y Cartagena, prefirieron retener en sí mismas las soberanías que habían reasumido en 1810. La afirmación de una soberanía nacional siguió dos experiencias paralelas y distintas: la del Estado de Cundinamarca y la del Congreso de las Provincias Unidas, quizás porque los abogados divididos por sus opiniones intentaban demostrar con hechos políticos exitosos la mayor fuerza relativa de sus ideas.

El Colegio Constituyente de Cundinamarca examinó, el 7 de marzo de 1811, el tema de “la dimisión de la soberanía de esta Provincia en favor del Congreso ge- neral del Reyno”. Fue entonces cuando, “reflexionan- do con toda madurez y prolijidad”, la mayoría acordó que era importante y deseable la unión de todas las provincias que habían integrado el Virreinato, “com- prendidas entre el mar del Sur y el Océano Atlánti- co, el río Amazonas y el Istmo de Panamá”. Para ello convinieron en el establecimiento de “un Congreso Nacional compuesto de todos los representantes que

102 Alessandro Passerin D´Entrèves: La noción de Estado: Una

introducción a la Teoría Política. Barcelona: Ariel, 2001, p.

123.

Colección Bicentenario 107

envíen las expresadas provincias” conforme a su te- rritorio o población, “pero que por ningún caso se ex- tienda a oprimir a una o muchas provincias en favor de otra u otras”. A favor de ese Congreso se compro- metieron a ceder “aquellos derechos y prerrogativas de la soberanía que tengan íntima relación con la to- talidad de las provincias de este Reino en fuerza de los convenios, negociaciones o tratados que hiciere con ellas”, pero reservándose la soberanía “para los cosas y casos propios de la provincia en particular, y el de- recho de negociar o tratar con las otras provincias o con otros Estados de fuera del Reyno, y aún con los extranjeros” (artículos 19 y 20 de la Constitución). La carta constitucional de Cundinamarca, sancionada el 30 de marzo de 1811, determinó que la soberanía re- sidía esencialmente “en la universalidad de los ciuda- danos” (título XII, art. 15).

Pasando a la jurisdicción de la antigua Capitanía de Venezuela, la “gran revolución parlamentaria” se inició casi inmediatamente después de los hechos de abril. En junio se publicó en la Gaceta de Caracas el reglamento electoral que regiría las elecciones para constituir el Congreso General de Venezuela, instancia que se convertiría en la legítima depositaria de la soberanía y en la máxima instancia de poder de las provincias que hasta esa fecha habían formado parte de la Capitanía General de Venezuela 103 .

Este primer reglamento electoral llamaba a todas las clases de hombres libres al primero de los goces del ciudadano - el derecho al voto - y al mismo tiempo fijaba un conjunto de restricciones para la tener la condición de elector. Sólo podían ser electores aquellos que tuviesen casa abierta o poblada, no viviesen a expensas de otro, y poseyesen por los menos dos

103 Reglamento de Diputados, Gaceta de Caracas, 15 y 22 de junio y 13 de julio de 1810.

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mil pesos en bienes inmuebles o raíces libres. Esta fórmula, en la práctica, excluía del derecho al voto a la inmensa mayoría de los habitantes de Venezuela 104 . Desde agosto de 1810 hasta enero de 1811 se llevaron a cabo los procesos eleccionarios en las provincias que se sumaron a la iniciativa de Caracas.

El 10 de febrero de 1811, una Proclama a los Caraqueños anunció con júbilo que se acercaba el feliz momento en que se reuniría la representación general de Venezuela, encargada de sancionar “la felicidad” de las generaciones futuras: “Día glorioso que formará época en la historia del suelo Colombiano” 105 . El 2 de marzo siguiente se instaló en Caracas el Congreso General de Venezuela. El manifiesto que anunció la reunión describió el suceso con las siguientes palabras:

El día 2 de marzo ha sido el que ha sancionado irrevocablemente los destinos de Venezuela. Bajo los auspicios de la paz, de la unanimidad de sentimientos y de la tranquilidad pública, se han instalado las primeras Cortes que ha visto la América, más libres, más legítimas y más populares que las que se han fraguado en el otro hemisferio para alucinar y seguir encadenando la América 106 .

La composición del Congreso, producto de las elecciones provinciales, era más amplia que la de la Junta, no sólo en el número de diputados sino respecto a la representación de otras regiones y a la presencia

104 Reglamento de Diputados, Gaceta de Caracas, 15 y 22 de junio y 13 de julio de 1810. Véase también José Gil Fortoul. Historia Constitucional de Venezuela, Tomo I, pp. 223-224

105 “Proclama” del 10 de febrero de 1811, Gaceta de Caracas, 15 de febrero de 1811.

106 “Congreso General de Venezuela”, Gaceta de Caracas, 5 de marzo de 1811.

Colección Bicentenario 109

inevitable de intereses y posiciones disímiles pero homogéneas respecto a la voluntad política de avanzar en dirección hacia la independencia.

Asistió a la instalación, en calidad de diputación electa, un grupo representativo de los hombres que habían firmado el Acta del 19 de abril y que había hecho parte del gobierno de la Junta. Eran éstos Francisco Javier Ustáriz, Isidoro Antonio López Méndez, Lino de Clemente, Juan Germán Roscio, Martín Tovar Ponte, Nicolás de Castro, Gabriel Ponte, Fernando Toro y Felipe Fermín Paúl. Los tres últimos no habían sido miembros de la Junta pero sí parte del gobierno:

Ponte participó en los sucesos de abril y luego pasó a la Junta de Hacienda, Toro estaba el 19 de abril en Valencia y a su regreso fue nombrado jefe militar de la Provincia, y Felipe Fermín Paúl había sido designado por la Junta miembro del Consejo de Apelación, instancia encargada de la administración de justicia. Este grupo representaba a la ciudad de Caracas y a los partidos de San Sebastián y Calabozo. Por Caracas era diputado también Luis José Rivas Tovar, criollo de las primeras familias de la sociedad provincial.

Otro importante número de los diputados electos eran miembros de la institución eclesiástica: Salvador Delgado, por Nirgua; José Vicente Unda, por Guanare; Ignacio Fernández Peña, por Barinas; Ramón Ignacio Méndez, Guasdalito; Juan Nepomuceno Quintana, Achaguas; Luis José Cazorla, Valencia y Manuel Vicente Maya, La Grita.

En representación de la provincia de Cumaná fueron electos José Gabriel de Alcalá, Juan Bermúdez de Castro y Mariano de la Cova, todos ellos pertenecientes a las familias principales de la ciudad, los dos últimos miembros del cabildo de la ciudad y activistas desde sus inicios del movimiento de abril. Por Margarita el

110 Colección Bicentenario

diputado era Manuel Plácido Maneiro, comerciante, armador, promotor de la Independencia en la isla y representante de esta provincia en la Junta Suprema de Caracas.

Por Valencia, además del presbítero Cazorla, fueron electos Fernando Peñalver y Manuel Moreno Men- doza. Peñalver era hacendado y comerciante. Al tener conocimiento de los hechos del 19 de abril viajó a Ca- racas y se sumó al movimiento. Mendoza era militar, hijo de un alto funcionario español, el otrora gober- nador de Margarita, miembro desde 1781 del ejército del Rey. Juan de Maya, hermano del presbítero Maya, resultó electo por San Felipe; era abogado y miembro del cabildo de su ciudad, ejerció el empleo de alférez real después de la muerte de su padre y como miem- bro del Cabildo apoyó, en mayo de 1810, la decisión de sumarse a la iniciativa de Caracas.

Por la villa de Ospino fue electo Gabriel Pérez Pagola,

el único representante que no pertenecía a los sectores

principales de la sociedad. La representación pictórica

del 19 de abril hecha por Juan Lovera así lo testifica: allí aparece con la indumentaria y el aspecto de un pardo. Los diputados por Barquisimeto fueron José Ángel Alamo, quien apoyó desde un comienzo los hechos del 19 de abril, y Domingo Alvarado; por Guanarito, José Luis Cabrera, activista del movimiento de Gual

y España en 1797. Por Villa de Cura fue electo Juan

de Escalona, capitán del batallón de veteranos de Caracas, quien había sino nombrado por la Junta, el 20 de abril, comandante general de La Guaira y ascendido a teniente coronel un mes más tarde. Por Barinas fue electo Ignacio Fernández, mientras que por San Carlos lo fue Francisco Hernández 107 .

107 Esta lista de los diputados que asistieron a la sesión inaugural del Congreso fue tomada de la reseña sobre el acto que publicó la Gaceta de Caracas, 5 de marzo de 1811

Colección Bicentenario 111

No había duda respecto a la orientación política de la enorme mayoría de los diputados al Congreso:

un significativo número había estado directamente comprometido en los hechos del 19 de abril o los habían apoyado sin reservas desde sus respectivas localidades, contribuyendo de manera decisiva a su extensión y consolidación. En los días y en los meses siguientes la nómina de los diputados se amplió pero no se modificó en nada la orientación política del Congreso.

La designación de los miembros del Ejecutivo, el 5 de marzo, determinó que ingresaran al Cuerpo dos nuevos diputados: Juan José Rodríguez del Toro, diputado por Valencia, quien sustituyó a Manuel Moreno de Mendoza - incorporado al Ejecutivo - y el presbítero Juan Antonio Díaz Argote, quien sustituyó al diputado Juan Escalona, también designado para formar parte de ese cuerpo colegiado.

Otros diputados se incorporaron al Congreso como resultado de la culminación de los procesos eleccionarios en provincias que no habían tenido ocasión de realizarlos Así ocurrió en los casos del prelado Luis Ignacio Mendoza, canónigo de Mérida, electo como diputado por la villa de Obispos; de Antonio Nicolás Briceño, miembro de una de las familias más distinguidas de Trujillo, quien fue electo diputado por Mérida; Francisco de Miranda, diputado por el Pao en la provincia de Barcelona, y Francisco Rodríguez del Toro, electo por El Tocuyo. Francisco Xavier Mayz, quien había sido electo por la provincia de Cumaná, era miembro del cabildo de aquella ciudad y presidente de la Junta que se constituyó el 27 de abril para apoyar la causa de Caracas. No asistió a la instalación pero se incorporó a comienzos de junio.

Entre los diputados que por diferentes razones no estuvieron presentes en el acto de instalación, pero que

112 Colección Bicentenario

se incorporaron más tarde, figuran Manuel Palacio Fajardo, por Mijagual; Francisco Javier Yánez, por Araure; Francisco Policarpo Ortiz, por San Diego; Ignacio Ramón Briceño, por Pedraza; Juan Pablo Pacheco por la villa de Aragua; José María Ramírez por la provincia de Barcelona y José de Sata y Bussy por San Fernando de Apure.

La composición social del Congreso no deja lugar a dudas: todos ellos, a excepción de Gabriel Pérez Pagola, pertenecían a los sectores privilegiados de la sociedad y compartían, en su gran mayoría, los principios y valores que sostenían a la sociedad provincial. Eran miembros de nobleza caraqueña, pertenecían a las principales familias, ostentaban cargos en los cabildos de las ciudades, tenían haciendas, obtenían beneficios de la actividad comercial, habían asistido a la Universidad, ocupaban altos rangos en la oficialidad del ejército o eran miembros del estamento eclesiástico.

Luego de la instalación del Congreso y del nombra- miento del Poder Ejecutivo, quedó disuelta y cesó en sus funciones la Junta Suprema de Caracas. El Supre- mo Congreso de Venezuela, como se le llamó a partir de ese momento, se convirtió en la máxima autoridad de la provincia y en el depositario legítimo de la so- beranía. De sus resoluciones dependería el destino de las provincias. Durante los primeros meses las delibe- raciones transcurrieron sin mayores contratiempos:

se discutieron y resolvieron los asuntos relacionados con la administración de justicia, la hacienda pública, la educación, el fomento del comercio y de la agricul- tura, y todos los asuntos vinculados a las gestiones gubernativas. Naturalmente, hubo materias más espi- nosas que otras: el tema de la división de la provincia de Caracas, por ejemplo, enfrentó a los diputados de esta provincia con los representantes de las provin-

Colección Bicentenario 113

cias más pequeñas, quienes abogaban por la idea de su división 108 .

En este clima de relativo consenso se produjo el debate que condujo a la declaración de la Independencia. Desde el mes de junio este tema había abordado ocasionalmente, pero sólo hasta la primera semana de julio fue que el diputado de Guanarito, José Luis Cabrera, propuso formalmente un amplio debate sobre el asunto. La moción fue aceptada y se procedió a su discusión en la siguiente sesión. Durante los días 3 y 5 de julio intervinieron a favor de la Independencia casi todos los diputados. La argumentación fue más o menos homogénea: ya se había reasumido la soberanía, se habían realizado elecciones, y una comisión ya se ocupaba de redactar una constitución “bajo los principios democráticos”. Nada de ello era congruente con el mantenimiento de la lealtad a Fernando VII, máxime cuando se proponían establecer una república, tal como había quedaba planteado a la hora de proponer la discusión de un nuevo texto constitucional. Coincidían además en la idea de que no podía España alegar derecho alguno sobre estos territorios. En consecuencia, debía procederse a declarar la Independencia absoluta de España.

108 Sobre las deliberaciones del Congreso puede verse José Gil Fortoul, Historia Constitucional de Venezuela, tomo I, pp. 198- 222, y también las actas de las sesiones reproducidas en Congre- so Constituyente de 1811-1812, Caracas, Congreso de la Repú- blica, 1983, 2 vol. El caso específico de la división de Caracas se resolvió finalmente el 15 de octubre de 1811 en los términos siguientes: “Las provincias convienen en confederarse sin nueva división de la de Caracas, con la precisa calidad de que ésta se dividirá cuando el Congreso de Venezuela lo juzgue oportuno y conveniente, cuya decisión, que será a pluralidad del Congreso General de Diputados que se hallasen presentes deberá cumplir- se sin tardanza alguna”. Congreso Constituyente de 1811-1812, tomo II, p. 101

114 Colección Bicentenario

El día 4 asistieron al Congreso los miembros de la Sociedad Patriótica y llamaron a que se resolviese, de unavezportodas,laIndependenciaabsolutadeEspaña. Intervinieron algunos de los voceros más radicales de esta agrupación exigiendo la declaratoria inmediata “contra la tiranía y opresión españolas” 109 . Al finalizar la sesión, el Congreso decidió consultar con el poder Ejecutivo si era compatible con la seguridad pública la declaración de la Independencia. La opinión del Ejecutivo fue leída el día 5, al momento de instalar la sesión: “…que se resolviese cuanto antes, pues aunque había algunos obstáculos, éstos se desvanecerían muy tarde y quizá aventuraríamos para siempre nuestra suerte difiriéndola; que el Ejecutivo la creía necesaria ahora para destruir de una vez la ambigüedad en que vivimos y trastornar los proyectos que asoman de nuestros enemigos” 110 .

De nuevo se abrió el debate sobre la materia. Todas las intervenciones fueron favorables a la Independencia. Los discursos reprodujeron la misma tendencia de los días precedentes: el entusiasmo y la confianza eran el signo del día. Nobles, comerciantes, hacendados, letrados y juristas estaban conformes con dar el atrevido paso. Hasta los sacerdotes, el estamento más moderado del Congreso, intervinieron para manifestar su adhesión a la Independencia. Un solo diputado se mostró reacio a acompañar al Congreso en su determinación independentista: el prelado Manuel Vicente Maya, de La Grita. En su opinión, era una decisión prematura y existía un obstáculo que lo impedía de un todo: no tenían los diputados

109 Las intervenciones de los miembros de la Sociedad Patriótica están recogidas en el periódico de esta organización titulado El Patriota, Caracas, Academia Nacional de la Historia, (edición fascimilar) 1961.

110 Sesión del día 5 de julio, Cosgreso Constituyente de 1811- .1812, tomo I, p. 171

Colección Bicentenario 115

instrucciones de sus comitentes para actuar en aquella dirección, ya que el Congreso no había sido convocado con este propósito, sino como un “cuerpo conservador

de los derechos de Fernando VII”, tal como lo habían

declarado todos los diputados el día del juramento 111 . Numerosas voces se alzaron para controvertir esta opinión.

La opinión general apoyaba entonces la decisión. Se ha

repetido mucho que la declaración de la independencia fue una consecuencia de las presiones ejercidas por los miembros de la Sociedad Patriótica, el grupo que

reunía a los sectores más radicalizados del movimiento pero que estaba escasamente representado en el Congreso. Esto no es del todo cierto. Aun cuando

la composición del Congreso era mayoritariamente

moderada y muchos de los diputados eran reticentes

o cautelosos ante la introducción de novedades

peligrosas, el contenido de los debates en torno a

la Independencia demuestra que había un ambiente

favorable y entusiasta respecto de esta opción. La mayoría de los diputados manifestaban una enorme confianza y optimismo respecto de las ventajas y posibilidades que se derivarían de constituir una

nueva nación. Estaban persuadidos, y así puede verse

en las intervenciones, que era una decisión perentoria

y necesaria que le reportaría a estos territorios numerosos y considerables beneficios. No se trataba

solamente de resolver la ambigüedad en la que se vivía desde el 19 de abril, como decía el Ejecutivo, sino de

atendercabalmentelasresponsabilidadesgubernativas

que conllevaba la edificación de una nueva nación. Los acontecimientos ocurridos durante los últimos meses y el exacerbamiento de la incomprensión entre las partes seguramente influyeron entre los asistentes más que las arengas de los radicales jacobinos de la Sociedad Patriótica.

111 Intervención del señor Maya, Ibidem, p. 126

116 Colección Bicentenario

Al terminar la sesión del día 5 de julio, el presidente

del Congreso, considerando suficientemente debatido el tema, lo sometió a votación. Los diputados unánimemente se pronunciaron por la declaración

de la Independencia, con el único voto en contra del

diputado Maya. Procedió entonces el presidente a declarar solemnemente la Independencia absoluta

de Venezuela, “cuyo anuncio fue seguido de vivas

y aclamaciones del pueblo, espectador tranquilo y

respetuoso de esta augusta y memorable controversia”. Eran las tres de la tarde. Antes de que terminara el

día, el Ejecutivo dirigió una proclama a los habitantes

de

Caracas para informar sobre la novedad.

El

Congreso, en la sesión vespertina, acordó nombrar

una comisión integrada por Juan Germán Roscio y

el secretario Francisco Isnardi para que redactaran

un documento que explicara las causas y los

poderosos motivos que habían obligado a declarar

la

Independencia. Después de su consideración por

el

Congreso, el acta sería entregada al Ejecutivo. El

7 de julio fue aprobada por el Congreso y el 8 una comisión de su seno, integrada por los diputados Fernando Rodríguez del Toro y Juan Germán Roscio,

con el secretario del Congreso, Francisco Isnardi, hizo entrega al Ejecutivo del documento “fundador

de la nacionalidad”. Francisco de Miranda, Lino de

Clemente y José de Sata y Bussy fueron designados para diseñar la bandera y la escarapela de la nueva nación, y Felipe Fermín Paúl para que elaborase el juramento que debían prestar los ciudadanos al proclamar y aceptar el nuevo estatuto político de Venezuela.

A

diferencia de la conducta que seguiría la Junta

de

Santa Fe, la Junta Suprema de Caracas cedió al

Congreso el poder ejecutivo nacional, y éste formó un triunvirato semanalmente rotatorio integrado por dos

Colección Bicentenario 117

abogados y un coronel de milicias, los señores Cristóbal Mendoza, Juan de Escalona y Baltasar Padrón. Se formaron tres Secretarías del Despacho, servidas por Miguel José de Sanz (Estado, Guerra y Marina), José Domingo Duarte (Gracia, Justicia y Hacienda)

y Carlos Machado (Relaciones Exteriores), apoyados

por José Tomás Santana (Decretos). Una Alta Corte

de Justicia fue presidida por el doctor Francisco Espejo

e integrada por Vicente Tejera, Francisco Berrío,

Rafael González, Francisco Paúl (fiscal), Miguel Peña (relator) y Casiano Bezares (secretario). Un Tribunal de Apelaciones fue integrado por Bartolomé Ascanio, Ramón García Cádiz, Juan Villavicencio, José España (fiscal), Juan Antonio Garmendia y Rafael Márquez (secretario).

El Manifiesto al Mundo, redactado por José María Ramírez y publicado el 30 de julio, ratificó las razones aducidas por el Congreso para declarar la

independencia. El 21 de diciembre de ese mismo año,

el Congreso General de Venezuela sancionó la primera

constitución republicana, en la cual se incorporaron el principio de la igualdad de los ciudadanos, la erección de un gobierno representativo y la división de los poderes públicos.

Mientras el Congreso de las provincias venezolanas que habían erigido juntas provinciales y elegido diputados para su primer cuerpo de representación nacional que “se alzó con la soberanía” cosechaba sus dos mejores frutos, la declaración de independencia y su primera carta constitucional, en Quito se instaló, el 4 de diciembre de 1811, el primer Congreso de las provincias de la antigua jurisdicción de su audiencia. Asistieron 18 diputados, en su mayoría partidarios del comisionado regio Carlos Montúfar, hijo del vicepresidente de la segunda Junta y del Congreso, Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre. Actuó como presidente el obispo José Cuero y Caicedo y

118 Colección Bicentenario

asistieron los diputados del clero y la nobleza, de los barrios de Quito, y los diputados de Ibarra, Otavalo, Latacunga, Ambato, Riobamba, Alausí y Guaranda.

El 11 de diciembre, a petición del obispo-presidente, fue votada la decisión de desconocer la autoridad del Consejo de Regencia, “sujetándose únicamente a la autoridad suprema y legítima del señor don Fernando Séptimo”. Se recomendó “la confederación con las provincias granadinas, cuyos intereses y derechos son comunes con los de Quito, para bien de la sagrada causa americana”. 112 El 15 de febrero de 1812, el Congreso promulgó unos Artículos del Pacto solemne de la Sociedad y Unión entre las provincias que formaron el Estado de Quito, reconociendo el derecho a la Monarquía de Fernando VII, “siempre que se libre de la dominación francesa”. Un gobierno representativo fue establecido en la carta constitucional, con Tribunal Ejecutivo, un Tribunal Legislativo y un Tribunal Judicial.

Las tensiones de este Congreso provinieron de los dos partidos que pugnaron por su hegemonía: el de los Montúfar y el de los que seguían a don Jacinto Sánchez, marqués de villa Orellana, y su hijo José. La rivalidad llegó a tal extremo que los últimos se negaron a firmar la carta constitucional y abandonaron el Congreso el 24 de febrero para luego constituir otro cuerpo soberano en Latacunga. La contienda entre los dos partidos siguió hasta que Carlos Montúfar fue obligado a huir de Quito. Pronto, los partidarios del Consejo de Regencia se encargaron de ajustar estas cuentas y el Reino de Quito volvió al dominio de la Monarquía, con lo cual la independencia llegaría de la mano de las tropas de la República de Colombia.

112 Acta del Soberano Congreso de Quito, 11 de diciembre de

1811. Citada por p. 554.

Carlos de la Torre Reyes en Op. Cit., 1990,