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Capitan ANTONIO COSTA. UNA TUMBA EN DINAMARCA.

(El Capitán Antonio Costa).

Por Arturo Pérez-Reverte.

Desde hace doscientos dos años, en un lugar perdido de la costa danesa frente a la
isla de Fionia, donde siempre llueve y hace frío, hay una tumba solitaria. Tiene una cruz y
dos sables cruzados sobre una lápida, y está pegada al muro del cementerio de San
Canuto, en Fredericia. De vez en cuando aparece encima un ramo de flores; y a veces
ese ramo lleva una cinta roja y amarilla. Esto puede llamar, tal vez, la atención de quien
pase por allí sin conocer la historia del hombre que yace en esa tumba. Por eso quiero
contársela hoy a ustedes.

Se llamaba Antonio Costa, y en 1808 era capitán del 5.º escuadrón del regimiento del
Algarbe: uno de los 15.000 soldados de la división del marqués de la Romana enviados a
Dinamarca cuando España todavía era aliada de Napoleón. Después del combate de
Stralsund, la división había pasado el invierno dispersa por la costa de Jutlandia y las islas
del Báltico. Al llegar noticias de la sublevación del 2 de Mayo y el comienzo de la
insurrección contra los franceses, jefes y tropa emprendieron una de las más
espectaculares evasiones de la Historia. Tras comunicar en secreto con buques ingleses
para que los trajesen a España, los regimientos se pusieron en marcha eludiendo la
vigilancia de franceses y daneses. Por caminos secundarios, marchando de noche y de
isla en isla, acudieron a los puntos de concentración establecidos para el embarque final.
Unos lo consiguieron, y otros no. Algunos fueron apresados por el camino. Otros, como
los jinetes del regimiento de Almansa, recibieron en Nyborg la orden de sacrificar sus
caballos, que no podían llevar consigo; pero se negaron a ello, les quitaron las sillas y los
dejaron sueltos: medio millar de animales galopando libres por las playas. En Taasing,
viéndose perseguidos por los franceses y cortado el paso por un brazo de mar que los
separaba de la isla donde debían embarcar, algunos del regimiento de caballería de
Villaviciosa cruzaron a nado, agarrados a las sillas y crines de sus caballos. De ese modo,
cada uno como pudo, aquellos soldados perdidos en tierra enemiga fueron llegando a
Langeland, y 9.190 hombres –sólo unos pocos menos que los Diez Mil de Jenofonte–
alcanzaron los buques ingleses que los condujeron a España; donde, tras un azaroso
viaje, se unieron a la lucha contra los gabachos.

Como dije antes, no todos pudieron salvarse: 5.175 de ellos quedaron atrás, en
manos de los franceses. Algunos terminarían alistados forzosos en el ejército imperial, en
la terrible campaña de Rusia –a ellos dediqué hace diecisiete años la novelita La sombra
del águila–. Otros se pudrieron en campos de prisioneros, o quedaron para siempre bajo
tres palmos de tierra danesa. El capitán Antonio Costa fue uno de ésos. A causa de la
indecisión de sus jefes, el regimiento de caballería del Algarbe perdió un tiempo precioso
en emprender su fuga hacia la isla de Fionia, donde debían embarcar. Por fin, cuando
Costa, un humilde y duro capitán, tomó el mando por propia iniciativa, desobedeció a sus
superiores y se llevó a los soldados con él, ya era demasiado tarde. En la misma playa,
casi a punto de conseguirlo, el regimiento fugitivo vio bloqueado el paso por el ejército
francés, con los daneses cortando la retirada. Furioso, el mariscal Bernadotte exigió la
rendición incondicional, manifestando su intención de fusilar a los oficiales y diezmar a la
tropa. Entonces el capitán Costa avanzó a caballo hasta los franceses y se declaró único
responsable de todo, pidiendo respeto para sus soldados. Luego, no queriendo entregar
la espada ni dar lugar a sospechas de que había engañado o vendido al regimiento
llevándolo a una trampa, se volvió hacia sus hombres, gritó «¡Recuerdos a España de
Antonio Costa!» y se pegó un tiro en la cabeza.

Así que ya lo saben. Ésta es la historia de esa lápida pegada al muro del cementerio
de San Canuto, en Fredericia, Dinamarca. La tumba solitaria de uno que quiso volver y
pelear por su patria y su gente. Reconozco que eso no suena políticamente correcto,
claro: pelear. Esa palabra chirría. Tan fascista. Nuestra ministra de Defensa habría
criticado, supongo, la intransigencia dialogante del tal Costa –maneras autoritarias y poco
buen rollito, misión que no era estrictamente de paz, gatillo fácil–; y monseñor Rouco,
nuestro simpático pastor de ovejas, su falta de respeto a la vida humana, empezando por
la propia, incluido un serio debate sobre si, como suicida, tenía derecho a yacer en tierra
consagrada, o no lo tenía –igual hasta era partidario del aborto, el malandrín–. Lo mío es
más simple: el capitán Costa me cae de puta madre. Su tumba solitaria me suscita un
puntito de ternura melancólica. Ese cementerio lejano, frente a un mar gris y extranjero.
Por eso hoy les cuento su vieja, olvidada historia. Por si alguna vez se dejan caer por allí,
o están de paso por las islas del Norte y les apetece echar un vistazo. A lo mejor hasta
tienen unas flores a mano.

Arturo Pérez-Reverte