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5.

VOLUNTARIADO Y PRISIÓN
5.1. El voluntario
5.1.1. Ser voluntario

Un cuento
Carta del 21 de enero:
«Hoy he encontrado, junto al muelle, a un hombre que pasa hambre...»

Carta del 8 de febrero:


« ¿Recuerdas a aquel hombre del que te hablé? Raquel y yo hemos decidido acercarnos
al muelle una vez al día y darle algo de pescado que comer.»

Carta del 15 de febrero:


«...Continuamos visitándole (...) con la comida diaria. Tememos, al mismo tiempo, que
llegue el día en que no podamos acercarnos hasta allí y el hombre del muelle se quede
sin su pez. Él nos lo agradece. Sus mejillas empiezan a recuperar color. Le vemos algo
más fuerte. Alguna noche le hemos invitado a casa a cenar con la familia. Es bastante
tímido (...).»

Carta del 10 de marzo:


«Raquel y yo hemos decidido comprarle una caña de pescar. Le pensamos regalar un
manual, comprensivo y a todo detalle, sobre aparejos y técnicas de pesca. Raquel era
una aficionada hace algunos años y se ha comprometido a pasar unos días a la semana
para enseñar al hombre del muelle a pescar. Dicen que el río está lleno de peces. Noso-
tros creemos que en poco tiempo sabrá autoabastecerse de pescado. Podrá conseguir
comida por su cuenta y quizá algún dinerillo con la venta de la pesca sobrante.»

Carta del 23 de marzo:


«Surgen los problemas. Al hombre del muelle de nada le ha servido aprender a pescar
para prescindir de nosotros. Necesita una licencia y no sé qué otros papeles para poder
coger peces del río. Los permisos cuestan un buen dinero y no tiene con qué pagar.
Hemos sabido que la explotación del río es exclusiva del municipio y no se puede pescar
allí sin los dichosos papeles en regla.»

Carta del 25 de marzo:


«Más problemas: la policía local pilló al hombre del muelle pescando sin licencia y ahora
se encuentra retenido. La fianza (o la multa, que no me he enterado muy bien de qué va
la cosa) no es muy barata que se diga. Vamos a intentar costeársela. La gente del pue-
blo va diciendo de él que ha intentado aprovecharse de la comunidad, que es un ladrón y
que le está bien merecido (...)»

Carta del 29 de abril:


«Otra complicación, y esta parece grave. ¿Te conté que el hombre del muelle salió de
prisión y se hizo con los permisos de pesca necesarios? Pues de nada le sirven: la fábri-
ca de plásticos del pueblo, río arriba, ha contaminado las aguas y todos los peces del río
se han muerto. No queda ni uno y la visión resulta desoladora. Dicen que no volverá a
haber pesca hasta dentro de diez años o así. La industria pagará una multa astronómica
(de sobra se lo podrá permitir), adquirirá no sé qué filtros para residuos y seguirá produ-
ciendo...»

Carta del 30 de abril:


« (...) El hombre del muelle vuelve a pasar hambre.»
DOCUMENTO
El trabajo social voluntario es un fenómeno social siempre presente en el devenir social, pero con numerables altibajos. En la
última década del siglo XX fue "un valor en alza". Se pasó de un fenómeno desconocido en los años 70 a un "hecho de mo-
da" en los años 90. Al comienzo del siglo XXI, la efervescencia del voluntariado va sufriendo los avatares de cualquier moda
y vuelve a ser un fenómeno valorado y tenido en cuenta, pero sin grandes pretensiones. Si nos preguntamos el por qué de esta
evolución en las dos últimas décadas, encontraremos fácilmente algunas razones:
La actual situación socio-económica de muchos países hace que las personas se encuentren con más tiempo libre (jóvenes
que se incorporan cada vez más tarde al mercado de trabajo; personas adultas con jubilaciones anticipadas, etc.). Hoy, las
nuevas tecnologías, al disminuir notablemente la duración de la jornada laboral, han creado las condiciones materiales para
que pueda desarrollarse el voluntariado.
El trabajo voluntario, desde una perspectiva económica, representa una importante reducción de los costos y, en consecuen-
cia, hace posible que la mayor parte del presupuesto de una institución revierta directamente sobre los grupos carenciales (lo
cual, por desgracia, no siempre ocurre).
No es, sin embargo, el aspecto económico, el más importante, sino el hecho de que el voluntario sea, en medio de nuestro
mundo competitivo y pragmático, portador de una "cultura de la gratuidad". Lo normal es que los voluntarios sean ciudada-
nos movidos por el desinterés personal más absoluto y, en este caso, equivalen a un grito a favor de la fraternidad en medio
de nuestro mundo. Ellos deben ser un testimonio viviente de aquellas palabras del Señor Jesús: "hay más dicha en dar que en
recibir" (Hch 20, 35).
La crisis del estado de bienestar. El Estado Protector, que proporcionaba a los ciudadanos todo lo que necesitaban para vivir
dignamente, hoy se encuentra con presupuestos muy recortados para dispensar los Servicios Sociales.
El despertar de la conciencia ciudadana a la participación e implicación en los problemas de la comunidad....
De un modo general, podemos decir que el Voluntariado ha surgido allí donde se han detectado necesidades sociales y donde
los propios afectados no han podido o no han sabido organizarse para pedir sus derechos o cambiar una realidad que era un
obstáculo a su crecimiento.
Las Asociaciones Voluntarias han surgido a través de los años, no como elementos artificiales, sino como respuesta espontá-
nea a las demandas de los grupos menos oídos. Estas Asociaciones han sido un factor de cambio en muchas ocasiones. Baste
recordar que lo que hoy son servicios sociales en casi todos los países occidentales fueron en un principio tareas de Volunta-
rios. La realidad de hoy, también demanda la intervención del Voluntariado:
Débil tejido social.
Servicios sociales precarios.
Crecimiento de la pobreza.
Desempleo masivo.
Sectores con necesidades especiales: ancianos, menores, jóvenes. Extranjeros. Minorías étnicas. Minusválidos. Presos. Dro-
gadictos. Alcohólicos. Mujer marginada. Insensibilidad social

5.1.2. Decálogo para una búsqueda

Tomado de Joaquín García Roca, Solidaridad y voluntariado, Ed. Sal Terrae, 1994.
García Roca pretende en primer lugar realizar una visita guiada por los territorios de
la acción voluntaria y en este sentido posee un innegable interés sociológico. Sitúa
al voluntario en un horizonte nuevo, abre ventanas y le da elementos críticos para
poder entrar en este mundo, tan a menudo desconocido. El libro resulta guía y
acompañamiento; además de alentar, da pautas para la reflexión y acción. Lo reco-
mendamos y queremos transcribir el siguiente decálogo con que termina el libro.

1. El voluntariado necesita descubrir la complejidad de los procesos sociales; una


idea simple es una idea simplificada. Los problemas sociales tienen la forma de la
tela de araña: están tejidos por multitud de factores. Saber estar en una sociedad
compleja disponiendo de una buena información es una cualidad esencial del vo-
luntariado hoy.

2. El voluntariado sólo tiene sentido cuando no pierde de vista el horizonte de la


emancipación. Es necesario darle ternura a un enfermo terminal o acoger a una
persona que lucha contra su adicción, pero ello sólo merece la pena si es un pa-
so más en la remoción de las causas de la marginalidad y del sufrimiento innece-
sario.

3. La acción voluntaria sólo tiene calidad ética cuando es la opción libre de un suje-
to en el interior de una triple aspiración: la estima de sí mismo, la solidaridad con
los demás y el compromiso por una sociedad justa.

4. El voluntariado no es una coartada para desmantelar los compromisos del Esta-


do, sino más bien para reclamarlos. Si su presencia es, en algún momento, un
pretexto para que la Administración se retire o reduzca sus esfuerzos, el volunta-
riado ha entrado en zona de peligro.

5. La acción voluntaria es como una orquesta: lo importante es que suene bien; im-
porta poco si la flauta es de madera o de metal, si es propiedad de éste o de
aquél. A la orquesta debemos exigirle coordinación, coherencia y concentración
de esfuerzos. El voluntario es siempre un "co-équipier". La fragmentación no
conduce a nada, y en el equipo cada cual juega en su propio lugar colaborando
con el resto en función de la partida.

6. La acción voluntaria ha de tener competencia humana y calidad técnica. Con el


amor no basta; si, por ignorancia o por incompetencia, hiciéramos sufrir a una
persona frágil, aunque fuera con la mejor intención, sólo lograríamos aumentar su
impotencia y su marginalidad.

7. El voluntariado debe ganar espacios en las clases populares. No puede ser una
institución que interese sólo a las clases medias ni a aquellos a quienes les sobra
tiempo; más bien responde al ejercicio de la ciudadanía que se responsabiliza de
los asuntos que afectan a todos.

8. El voluntariado estima al profesional de la acción social y buscará siempre la


complementariedad; pero, por lo mismo, no se convierte en auxiliar ni en correa
de transmisión, sino que defiende el espacio de libertad que le es propio.

9. El voluntariado necesita hoy disciplinar su acción. Las mejores iniciativas se pier-


den por incapacidad de someterlas a un programa, a unos objetivos, a un méto-
do, a unos plazos, a una dedicación seria, a una evaluación. La buena intención
es un camino viable si hay disciplina; si no la hay, es un fracaso. El voluntario re-
huye las palabras vanas y se acerca a los gestos eficaces. Es importante servirse
de palabras justas y de expresiones exactas.

10. La acción voluntaria requiere reciprocidad: no se orienta simplemente a la asis-


tencia del otro, sino al crecimiento de ambos, aun cuando sean diferentes sus
contribuciones. La estima del otro no sólo exige la acogida, sino que además es-
pera una respuesta análoga.
5.2. El ‘tren’ del voluntario

Sin duda vivimos tiempos de fuertes cambios culturales y sociales que afectan al mundo del voluntariado. La
cultura postmoderna, la legislación sobre el voluntariado, la nueva moda solidaria afecta de lleno a las personas
e instituciones que andamos en esto del voluntariado. Y esa realidad cambiante hay que conocerla para mejor
situarse. Con todo, unos ignoran esa nueva realidad, otros se retiran, algún otro la niega...
A través de esta dinámica pretendemos situarnos en lo que está pasando a nuestro alrededor y en lo que nos está
pasando a nosotros respecto a esa realidad que se mueve bajo nuestros pies, y que no la podemos controlar. Es
una dinámica que busca el diálogo abierto y el debate de ideas y posicionamientos personales.

5.2.1. PARABOLA DEL TREN

El tren avanza rápido. Sin detenerse, hacia su destino...


En el tren se está viviendo un drama: el drama de la humanidad.
Gente de toda raza. Gente que habla y gente que calla.
Gente que trabaja y gente que dormita. Gente que come y gente que bebe.
Gente que mira el paisaje. Gente que habla de negocios, preocupados.
Gente que nace y gente que muere.
Gente que ama y gente que odia sin querer revelarlo.
Gente que discute la dirección que lleva el tren: "Este tren se equivoca".
Gente que cree que el tren ha descarrilado.
Gente que protesta contra el mismo tren: "No tendría que haber más trenes".
Gente que está pensando en trenes más rápidos.
Gente que no se hace problema del asunto: "Ya llegaremos, nos lleva el tren".
Gente que corre angustiada hacia los vagones delanteros, como para llegar los primeros.
Gente desconcertante que huye hacia el vagón de cola,
como si quisiera escapar del mismo tren.
Y el tren sigue corriendo, como si nada pasara.
Los lleva a todos, a unos y a otros, sin distinción...
L. Boff
Primera
• Repartimos en una hoja "La parábola del tren". Como tal parábola tiene muchas
aplicaciones; puede leerse pensando en la realidad global de nuestro mundo, en el
"progreso económico" que se alimenta desde el Norte del planeta, etc. Nosotros lo
vamos a referir al mundo del voluntariado.

Podemos leer cada uno en silencio la parábola y, a continuación, para fijar mejor la atención, podemos
leerlo en voz alta, repartiéndose el texto entre dos personas, por ejemplo:
En un primer momento, el animador puede invitar al grupo a que exprese su identificación inicial repi-
tiendo en voz alta aquella frase del texto con la que más está de acuerdo.

• Tras este momento inicial, sería oportuno realizar un primer diálogo sobre esas
identificaciones iniciales. En qué estamos de acuerdo; en qué no. ¿Tenemos todos/as
la misma valoración sobre la marcha y la dirección del "tren" del voluntariado?
Importa esclarecer al máximo las razones y argumentos que damos y en los que
fundamentamos nuestras posiciones. Nos posicionamos desde argumentos sólidos o a
partir de experiencias esporádicas que van en una determinada dirección

Hay tres valoraciones fundamentales sobre la marcha del tren: "Este tren se equivoca"; "no tendría que
haber trenes"; "ya llegaremos, nos lleva el tren". ¿Apuntamos alguna nueva valoración global? ¿Con qué
frase-valoración nos quedaríamos como animadores del voluntariado? ¿Con qué frase creemos que se
quedarían los/as voluntarios/as con los que estamos?
Segunda
Ahora estamos ya montados en el "tren del voluntariado"; seguimos charlando animadamente sobre este mundi-
llo en el que nos encontramos. Nos imaginamos que, en un momento dado, pasa el revisor, y queda sorprendido
por la conversación que tenemos. A él le interesa el tema y promete regresar en cada parada y realizarnos alguna
pregunta que le interesa. Conversemos.
1ª estación: el revisor nos pregunta: ¿por qué empezáis en esta cosa del voluntariado? ¿Creéis que otros volunta-
rios tienen las mismas motivaciones?
2ª estación: el revisor se incorpora de lleno al "tren del voluntariado": oye, ¿y quién va en la locomotora de este
tren?;  ¿estáis de acuerdo con ello?
3ª estación: de nuevo, el revisor insiste: y en el tren del voluntariado ¿hay vagones de primera y vagones de se-
gunda?
4ª estación: se acerca el final del trayecto y el revisor nos busca preocupado: ¿habéis pensado cuál es el punto de
llegada del tren del voluntariado?, ¿los voluntarios montan en este tren para pasearse un rato o para llegar a al-
gún lugar?, ¿y vosotros/as?

5.3. El voluntario cristiano


5.3.1. El secreto de la felicidad
Nos vamos a servir en esta dinámica de un texto de Paulo Coelho. En él se nos va a invitar al doble ejercicio de
acción-contemplación.
Cuento
Cierto mercader envió a su hijo a aprender el Secreto de la Felicidad junto al más sabio de todos los
hombres. El muchacho anduvo durante cuarenta días por el desierto, hasta llegar a un hermoso casti-
llo, en lo alto de una montaña. Allí vivía el Sabio que el muchacho buscaba.
Sin embargo, en vez de encontrar a un hombre santo, nuestro héroe entró en una sala y vio una activi-
dad inmensa; mercaderes que entraban y salían, personas que conversaban por los rincones, una pe-
queña orquesta tocaba suaves melodías y había una mesa cubierta con los platos más deliciosos de
aquella región del mundo. El Sabio conversaba con todos, y el muchacho tuvo que esperar dos horas
hasta llegar a ser a su vez atendido.
El Sabio escuchó con atención el motivo de la visita de muchacho, pero le dijo que en aquel momento
no tenía tiempo para explicarle el Secreto de la Felicidad. Sugirió que el muchacho se diese un paseo
por su palacio y volviera al cabo de dos horas.
—Mientras tanto, quiero pedirte un favor —concluyó el Sabio, entregando al muchacho una cucharita
en la que dejó caer dos gotas de aceite—, mientras vas caminando, lleva esta cucharita sin dejar que se
derrame el aceite.
El muchacho comenzó a subir y bajar las escalinatas del palacio, manteniendo siempre fijos los ojos en
la cucharita. Al cabo de las dos horas, volvió a la presencia del Sabio.
—Entonces —preguntó el sabio—, ¿viste las tapicerías de Persia que hay en mi comedor? ¿Viste el jar-
dín que el Maestro de los Jardineros tardó diez años en plantar? ¿Reparaste en los bellos pergaminos
de mi biblioteca?
El muchacho, avergonzado, confesó que no había visto nada. Su única preocupación era no derramar
las gotas de aceite que el sabio le había confiado.
—Vuelve, pues, y conoce las maravillas de mi mundo —dijo el Sabio—. No puedes confiar en un hom-
bre si no conoces su casa.
Ya más tranquilo, el muchacho cogió la cucharita y volvió a pasear por el palacio, fijándose esta vez en
todas las obras de arte que pendían del techo y de las paredes. Vio los jardines, las montañas en derre-
dor, la delicadeza de las flores, la exquisitez con que cada obra de arte estaba colocada en su sitio. Al
regresar al lado del Sabio, relató con pormenores todo lo que había visto.
—Pero, ¿dónde está, las dos gotas de aceite que te confié?- preguntó el Sabio.
Mirando hacia la cucharita, el muchacho se dio cuenta que las había derramado.
—Pues éste es el único consejo que tengo para darte —dijo el más Sabio de los Sabios—. El secreto de
la felicidad está en mirar todas las maravillas y no olvidarse nunca de las dos gotas de aceite en la cu-
charita.
(P. Coelho)
En la lectura personal nos podemos servir de un lápiz o "boli" para retener aquellas expresiones, palabras o fra-
ses que más nos impacten. Lo que anotamos o subrayamos lo podemos poner en común en el grupo.

Abrimos un poco más el diálogo: ¿Creemos que es importante mantener este equilibrio entre acción y contem-
plación?

5.3.2. Reflexiones sobre el voluntariado desde una perspectiva cristiana

Para comenzar nos situamos en lo que entendemos por voluntario: “Es aquella persona que, además de sus pro-
pios deberes profesionales, dedica parte de su tiempo a actividades en favor de los demás de un modo continuo
y desinteresado” (Marciano Vidal).

El Voluntariado es presentado en muchos ámbitos como un signo positivo de nuestro tiempo. El mismo Papa
Juan Pablo II lo valoró así en la encíclica Centesimus annus (1991) o en la Evangelium Vitae (1995), al relacio-
nar el voluntariado con la atención y cuidado a favor de la vida humana.

El voluntariado es un signo de elevación de la conciencia solidaria de la humanidad en el momento actual. En


España hay más de 500.000 voluntarios reconocidos. Hasta aquí parece que todo va muy bien y podemos afir-
mar con objetividad que el voluntariado representa un signo de los tiempos de carácter positivo. En él confluyen
tradiciones religiosas y sensibilidades humanistas, éticas laicas y éticas creyentes, convicciones razonadas y
sentimientos espontáneos...
Pero... también es necesario reconocer que aparecen muchas contradicciones que están a la vista:
Nunca hubo tanto dinero y tanta gente dedicada a la acción social y nunca hubo más hambre y más desestructu-
ración en la sociedad civil.
Se multiplica simultáneamente la pobreza y el número de ONGs, el número de pobres y el número de volunta-
rios/as. ¿Cómo es posible que, aumentando el número de personas que luchan contra la pobreza, ésta no haga
más que crecer hasta límites inimaginables?
¿Cómo es posible una solidaridad tan insolidaria? ¿Cómo hacer, sobre qué asentar una acción para que sea real-
mente solidaria?

5.3.3. Para reconocer los errores y orientar el cambio:

Las ONGs son parte del sistema neoliberal en cuanto que la mayor parte de las ONGs se dedican a buscar
dinero -captación de capital- o personal barato -voluntarios/as- para poder “hacer más”. El problema de los su-
puestos “beneficiarios” pasa a un segundo término.
No hay nadie más interesado en las ONGs y el voluntariado que el imperialismo. A través de todas sus es-
tructuras se está lanzando una permanente campaña de promoción de un modo de ser “solidarios”. Y esto tiene
que ser al menos sospechoso. No se trata de luchar contra la pobreza, sino de hacer voluntariado.
La ley del Voluntariado se mueve también en este esquema. El ser voluntario te da un cierto prestigio social y
privilegios relacionados con la prestación social y otros servicios sociales. ¿Se necesitan incentivos para ser
voluntarios?
Será que es verdad lo que afirma J. Mª Castillo, “La sociedad y el sistema establecido está dispuesto a hacer todo
el bien que quiera, pero con tal que cada uno se quede donde está”. El seguimiento de Jesús. Pág. 103).
Podemos preguntarnos, sin ir más lejos, por qué son bien vistas por los poderosos las personas que se dedican a
la beneficencia, mientras se persigue a los que trabajan por la justicia. ¿Tal vez porque los primeros realizan el
trabajo sucio de aliviar las consecuencias de sus injusticias, al tiempo que los segundos los acusan y ponen en
evidencia? La expresión de H. Cámara puede ser reveladora: si doy limosna a un hambriento, me dicen que soy
un santo; si pregunto por las causas de su hambre, me llaman comunista.
Y lo curioso es que no sólo entre los poderosos: también entre nosotros -entre los creyentes- tiene mejor prensa
la beneficencia que la justicia.
5.3.4. Peligros en los que caemos frecuentemente:

Pérdida de memoria histórica: el pensar que con todo el movimiento del voluntariado estamos inventando la
solidaridad.
La aconfesionalidad y el carácter apolítico en el que ponen acento muchas ONGs es un rasgo postmoderno
que no responde a la realidad. Nadie puede ser neutral, ni político, ni aconfesional.
Desvincular el trabajo de la solidaridad. Existe una propuesta del voluntariado del tiempo libre. Hay que
trabajar para comer y tener tiempo libre para dedicarlo a la solidaridad, a jugar al fútbol o a tocar en un grupo de
música o a visitar centros comerciales. ¡Qué más da! El trabajo, por poco solidario que sea, se reviste así de
dignidad porque nos va a permitir después hacer voluntariado.
Individualización del concepto de pobreza. La pobreza es fruto de las estructuras sociales, económicas, políti-
cas y religiosas que sirven sólo al bien de unos pocos. Sin embargo, la mayoría de las definiciones de pobreza
que nos encontramos hablan de un individuo pobre.
Preocupación por los problemas de otras partes del mundo y total desvinculación de los problemas de nues-
tro mundo.
Pérdida de utopía. ¿Cómo enfrentarnos a un sistema si partimos de la base de que ya no se puede hacer nada,
que ganó el mercado, que llegamos “al fin de la historia” (Fukuyama)?
Convertimos la acción en agitación. No podemos movernos por la inercia de lo que nos dicten los medios de
manipulación social. Hoy toca Irak, mañana vendrá Kurdistán y el pasado... Para Mounier (hace más de 60 años)
la urgencia de la realidad es una traición misma a la acción.
Suponemos demasiado... Que sólo con buenas intenciones va a solucionarse el mundo, que todos somos estu-
pendísimos...

5.3.5. Y surgen preguntas:

- ¿Por qué se toma el sistema tantas molestias? ¿No sería más lógico esconder la pobreza y no mostrarla animan-
do a la sensiblería?

- ¿Que hay detrás de todo esto para que se tomen tantas molestias en decirnos qué y cómo tenemos que actuar?

Visto así, parece claro que el sistema neoliberal ha hecho una apuesta por un voluntariado que no cambie nada,
deje las cosas como están y anime a la gente a “hacer algo” que “no moleste”. Mientras la alternativa venga
propuesta por el sistema, está claro que no será alternativa. ¿Estamos dispuestos a hablar, soñar, hacer... otra
propuesta? Delante de la realidad de los pobres vale poco la lógica del voluntariado. Y no porque menosprecie-
mos el valor de lo pequeño, sino porque dentro de su lógica no tiene en cuenta la asignatura que tenemos pen-
diente: transformar la sociedad.

5.3.6. Es posible una visión positiva del voluntariado

El voluntariado requiere una mística, es decir un “espíritu” que dé sentido pleno y fuerza definitiva a las acciones
voluntarias. El P. Jaramillo ve este espíritu en la “mística de la gratuidad”. Según él, el voluntariado es la expre-
sión de un modo nuevo de ser hombres y mujeres, así como la concreción de un modo nuevo de hacer.

Aunque se pueda discutir si es correcto hablar de un “voluntariado cristiano”, lo que sí se puede afirmar con
plena objetividad es la existencia de voluntarios cristianos. Muy brevemente recordamos aquellos factores de la
fe que proporcionan apoyo a la opción del voluntariado:

La tradición cristiana, y de modo especial la tradición bíblica, ofrece un lenguaje de compasión y de apertura
al otro que tiene un papel importante a la hora de dar sentido a la experiencia de la acción voluntaria.

El “privilegio epistemológico de los pobres” que está incluido en la definición del voluntariado social, queda
bien enmarcado y justificado en el principio cristiano de la opción preferencial por el pobre.

La pertenencia a una comunidad hace que el voluntariado creyente sienta y viva su acción solidaria con un
fuerte sentido comunitario, venciendo así las tentaciones del individualismo que acechan a la opción del volunta-
riado.
El voluntariado auténtico está alejado de concepciones “benéficas” y “paternalistas” de la acción social, aunque
a veces la opinión pública tienda a entenderlo desde esos esquemas. Como dice claramente Juan Pablo II en su
encíclica Sollicitudo Rei Socialis (1987): “La solidaridad no es un sentimiento superficial y vago por los males
que sufren tantas personas cercanas y lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de trabajar
por el bien común, es decir, por el bien de todos y cada uno, porque todos somos de verdad responsables de
todos”. En nuestro mundo se necesitan cambios sociales, no sólo superficiales, sino estructurales, cambios que,
partiendo de lo más profundo de nuestro ser, vayan transformando nuestra sociedad.

5.3.7. El voluntariado ha de insistir en crear ciudadanos:

• Críticos ante el sistema y las estructuras de injusticia, de donde brotan las situaciones de desigualdad
que requieren las acciones solidarias.
• Utópicos: siempre abiertos a la posibilidad de soluciones positivas.
• Radicales en la propuesta de un nuevo modo de “ser” y de “hacer” en la vida social. Un tipo de volun-
tariado volcado hacia la promoción del cambio social.

Y lo que es más importante aún, sólo la utopía nos puede motivar: “Ella está en el horizonte. Me acerco dos
pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte queda diez pasos más allá. Por mucho que yo
camine, nunca la alcanzaré. ¿Para que sirve la Utopía? Para eso sirve: para caminar” (Eduardo Galeano).

Para reflexionar y compartir

1º) Señala las tres afirmaciones que más te han llamado la atención. De ellas, buscad una que, por cualquier
motivo, os parezca más discutible.
2º) Comenta brevemente la experiencia que tienes en la educación en el compromiso de los muchachos a los que
animas y en tu propia experiencia de compromiso. ¿Qué dificultades vas descubriendo y qué logros te animan?
3º) Destacad 2 ó 3 ideas que os parezcan fundamentales para educar en la justicia de modo que consigamos cris-
tianos críticos, utópicos y radicales.
5.4. El voluntario en tanto que discípulo
La fe cristiana reclama una nueva identidad para aquellos que han "nacido del agua y del espí-
ritu" (Jn 3,5). ¿Cómo se relaciona esta nueva identidad con la identidad ciudadana que nos
caracteriza como miembros de la sociedad secular? ¿Qué relación tiene esa "nueva identidad"
cristiana con el voluntariado del que aquí hablamos? Mi respuesta es doble: por una parte, el
voluntariado social es un modo (no el único, pero sí uno de los más privilegiados) de vivir la
identidad cristiana en el mundo; por otra, el discipulado cristiano radicaliza el voluntariado
social, y con él nuestra ciudadanía, al dotarle de una narrativa de entrega radical al otro. Es
una respuesta al amor incondicional del Padre, es decir, la narrativa existencial de Jesús de
Nazareth.

5.4.1. Discípulos que responden al "amor primero"

La comunidad cristiana encuentra la motivación para la "caridad" (amor fraterno, hecho de


justicia y misericordia, al estilo de nuestro Dios) en el haber sido amados por Cristo. Es ese
amor y no otra cosa (Ley, Tradición, seguridad, etc.) lo que constituye la norma para nuestra
moralidad. Por tanto, todas nuestras acciones altruistas, solidarias y compasivas nacen de la
gratitud a un "amor primero", inmerecido e impagable.
Esto que puede sonar a "perogrullada" es la clave de cuanto vamos a analizar seguidamente.
La radicalidad que hemos planteado hasta ahora sólo puede vivirse desde la respuesta agrade-
cida a un amor que nos ha desbordado. Como afirma P. Jaramillo, "el voluntariado vendría a
ser la expresión práctica de entender la propia existencia como don recibido. Quien se entien-
de a sí mismo desde esa radicalidad creyente, necesariamente expresa ese reconocimiento en
una existencia vivida como don ofrecido. Somos don de Dios en orden a ser don para los de-
más".
La ética cristiana no es un compendio de normas y deberes, sino una respuesta agradecida.
Ahora bien, no podemos olvidar que Jesús sí formuló un único mandamiento, el del amor.
Tampoco podemos separarlo de la narrativa (la historia) de Jesús que define este amor y su
imperativo para todos nosotros: "amaos como yo os he amado" (Jn 13,34-35). El lavatorio de
los pies y la cruz son el modo de entender, contemplar y vivir este mandamiento.
La palabra "cristiano", en su sentido más propio, significa "seguidor de Cristo". En los Evan-
gelios, cuando se habla de seguir a Jesús, sólo se usan dos términos: mathetes (discípulo) y
akoloutheo (siguiendo tras...). El sustantivo "discipulado" como concepto no aparece. Esto
refleja la idea práctica que las primeras comunidades tenían del discipulado, como un "cami-
no", un proceso, una práctica, no un status o concepto teórico. Se trata de un proceso en mar-
cha, dinámico, de adhesión y participación con Jesús, el Cristo.
Una última consideración. Sólo una de cada diez veces que la palabra "discípulo" aparece en
el Evangelio se refiere a los Apóstoles. Se trata, por tanto, de un término referido a cuantos
seguimos a Jesús: no hay castas en la Iglesia cristiana, o al menos, no debiera haberlas.

* Las características de este discipulado son:


a) Una ruptura total con el pasado. Implica abandonar familia e intereses propios (Mc 1,16-
20; 2,14; Lc 14,26), decir no a uno mismo (Lc 14,27), perder la autonomía económica y rom-
per con los valores imperantes (Cf. Mc 10, 41-45). La llamada de Jesús pide y hace posible
romper con el pasado a la vez que ofrece al discípulo/a un nuevo futuro.
b) Entrar en una relación de por vida con Jesús. El texto de Mc 3,14, "para que estuvieran
con El" nos da el sentido de discipulado. Esto incluye la participación en la incierta vida de
Jesús, en su sufrimiento y muerte (Cf. Mc 10,39; 8,34). No se trata de repetir las doctrinas del
Maestro a modo de imitación, ni de adherirse a Él de una manera intimista. El discípulo cola-
bora día a día con Jesús en la venida del Reino.
c) Ser enviado en misión. El elemento crucial es la inclusión en el ministerio de Jesús. El dis-
cípulo es tan pronto llamado como enviado. En él coinciden desde el inicio.
La Iglesia es la "comunidad de los discípulos de Jesús". Esto exige, en expresión de Schille-
beeckx, escribir el "quinto evangelio", añadiendo con la propia historia los relatos de tantas
vidas aparcadas fuera de la sociedad e, incluso, de la comunidad cristiana.

5.4.2. Discípulos como ciudadanos

Hemos visto cómo nuestra identidad cristiana es un regalo del que nos hacemos conscientes
por Jesús. De ahí que sólo podamos comprender esta identidad recibida mediante la actualiza-
ción de la "historia" de Jesús y de la comunidad creyente, en nuestras propias vidas. Esta his-
toria nuestra ha de ser analizada en función de nuestra relación con Dios, con nuestro prójimo,
con el mundo y con nosotros mismos. Para ese análisis contamos con tres grandes criterios:
fe, esperanza y amor.
Estas tres virtudes son el esquema básico donde se enraízan otras virtudes más específicas que
nos dan el "perfil" del discipulado cristiano:
- La apertura a escuchar y responder a la llamada de Dios.
- La gratitud, como característica de nuestra relación con Dios. Gratitud que debería afectar al
resto de nuestras relaciones (con nosotros mismos, con los otros y con el entorno) y que se
actualiza en la alabanza.
- Compasión, perdón y justicia, como las virtudes básicas de nuestra relación con el prójimo.
La misericordia y fidelidad de Dios, la justicia "parcial" de Dios en favor del huérfano y de la
viuda, son el paradigma del modo cristiano de relación con el otro. La relación intratrinitaria
también nos enseña a basar nuestras relaciones en la reciprocidad, no en la necesidad o el do-
minio. Por último, la universalidad de la voluntad divina de salvación empuja a romper las
fronteras sociológicas de la Iglesia.
- La solidaridad en el uso compartido de los recursos naturales, que son regalo de Dios para
toda la humanidad, la de hoy y la del futuro.
- Un uso creativo de los recursos personales como modo de hacerse plenamente humano. Por
ello, el discípulo lleva a su plenitud lo que significa ser humano.
La formación de una persona con estas características es la tarea de la comunidad cristiana.
Para ello, ésta se funda en la memoria viva de Jesucristo, a través de palabras y hechos de
salvación. En este sentido, la narrativa de Jesús se re-actualiza por medio de la comunidad y,
al hacerlo, modela el carácter de los cristianos.
La comunidad de discípulos de Jesús tiene un doble objetivo: estar con El y predicar la Buena
Noticia. Restringir nuestra concepción -personal y comunitaria- del discipulado al "estar con
El" (vida intraeclesial), lleva al aislamiento y rechazo sectario del mundo. Limitarse a la mi-
sión conlleva la devaluación de la mediación comunitaria.
5.4.3. Discípulos: ciudadanos y forasteros

Al analizar este tema, no podemos olvidar el trasfondo escatológico que impregna todo el
NT.: el final de un tiempo caduco y el inicio de un tiempo nuevo, el del Reinado de Dios.
Desde esta perspectiva, lo mejor que se puede decir del poder del Estado y de la ciudadanía es
que, aunque son meramente provisionales, pueden ser considerados como un instrumento al
servicio de la voluntad de Dios. La distancia crítica que se observa en los textos neotestamen-
tarios responde a esta tensión entre el "ya" del tiempo de Dios, iniciado en Cristo, que relati-
viza absolutamente la estructura social, y el "todavía no" de la espera al triunfo definitivo de
Cristo.
Las "estructuras" no son exaltadas, mucho menos legitimadas como reflejo del orden eterno
de Dios; el orden existente ha de ser reorientado. De este modo, la "nueva secta" de los cris-
tianos que no tenía un ethos cultural propio, fue capaz de asumir lo mejor de su cultura cir-
cundante y subordinarlo al "Señor".
Según el teólogo estadounidense Stanley Hauerwas, "la Iglesia no ha de preocuparse de si está
o no en el mundo; la única preocupación es cómo estar en el mundo, de qué forma y con qué
objetivo". Ese "cómo" de la presencia eclesial en el mundo se debate entre dos extremos: des-
de el polo sectario, que reclama una mayor distancia crítica y aislamiento de las estructuras
sociales, hasta la inculturación total, que deja lo cristiano reducido al ámbito de lo privado
(actitud muy presente en el ambiente secularizado del catolicismo "progre" español).
Aunque un estilo de Iglesia "confesante", crítica radicalmente con los poderes y estructuras
del sistema, nos resulta muy atractiva, no podemos olvidar el papel que la razón y la cultura
desempeñan en el desarrollo humano (y, por tanto, cristiano) de la persona. Si queremos
transmitir la Buena Noticia al mundo, no podemos romper los canales de comunicación que
nos ligan con él. También, hemos de reconocer que Dios trabaja no sólo dentro de la comuni-
dad eclesial sino en todo lugar.
Se requiere, por tanto, una actitud humilde que sepa reconocer las contribuciones de la cultura
y la sociedad secular a la comprensión y praxis cristiana de la vida.
La Iglesia ha defendido, históricamente, su derecho y obligación a transformar el mundo y se
ha opuesto al abandono sectario del mismo. De ahí, su lucha por la libertad de "ejercer su mi-
sión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes
al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona" (Gaudium et
Spes, 76).
La pregunta sobre el cómo de la relación Iglesia-mundo sigue abierta; no hay una respuesta
sencilla y universal. La perspectiva escatológica nos obliga a vivir en una perpetua tensión
entre sectarismo y aculturación (pérdida de identidad en el proceso de inculturación). De
hecho, silenciar la crítica que viene de los movimientos proféticos podría llevar a la Iglesia a
ligarse excesivamente a los poderes políticos. Pero, subrayar en exceso la especificidad de la
vida cristiana haría imposible la misión de evangelizar la cultura y el mundo. La tensión nos
obliga a ser ciudadanos sin perder la distancia del que se sabe forastero (1 Pe 2, 11).
5.5. El voluntario cristiano en la cárcel

5.5.1. A. La cárcel

Para hablar de las cárceles, conviene dejar de lado la poesía y utilizar la prosa en toda su cru-
deza. Hay lugar para la poesía, y un lugar importante, pero no es lo primero que hay que ma-
nejar. La cárcel es una de las peores experiencias que pueda pasar un ser humano. Sólo quien
lo haya vivido o quien lo haya visto a diario de cerca puede hablar de ello, y de ahí la impor-
tancia de escuchar relatos autobiográficos, a los que aludiremos más adelante. El interno
(hombre o mujer, joven o adulto) se encuentra apartado de su medio social, arrancado violen-
tamente de su espacio vital, en la mayoría de los casos sin esperanza de recuperar la libertad
en mucho tiempo. Su mujer, su marido, sus hijos, su madre, sus amigos... están fuera, extra
muros. En la cárcel, no son tratados como ciudadanos, sino como presos. Sus derechos civiles
quedan en suspenso durante un largo período de su vida.
Y no estamos pensando en malos tratos. Tenemos que congratularnos de que las cárceles es-
pañolas estén en el grupo de las mejores del mundo. Nada que ver con las latinoamericanas,
norteamericanas, africanas, asiáticas. Esto es un paraíso comparado con aquello, y lo dicen los
reclusos que han estado en aquéllas y en éstas. Y, sin embargo, esto es un infierno. Simple-
mente porque es una cárcel, más allá de la higiene habitual, el orden, el respeto de los funcio-
narios, el horario de visitas, las horas de patio, las actividades culturales, todo lo cual suele ser
casi impecable en nuestra geografía penitenciaria.
Los reclusos son basura social. Se les echa al vertedero penitenciario para que se pudran, para
que purguen por lo que han hecho, para que se lo piensen dos veces la próxima vez. Los ciu-
dadanos no visitan la cárcel como no visitan las cloacas. No hay relación habitual entre calle y
cárcel. Los presos sólo ven a algunos de sus familiares, a sus escasos amigos y a los contados
funcionarios y voluntarios que merodean por la galería. Nada de esto llega a sociedad. Todo
esto es la negación de la sociedad. Muchos no tienen ni eso: ni familia ni amigos. Sus familias
están a miles de kilómetros, o más cerca pero no quieren saber nada de ellos. Curiosamente
son las reclusas las que sufren un mayor rechazo por parte de sus propias familias, como si
fuera más indignante ser reclusa que recluso. En cambio, los varones a veces son semihéroes
en ciertos ambientes sociales cargados de delincuencia y marginación.

5.5.2. Dios está en la cárcel más que en otros lugares

Encontrar a Dios en la cárcel es como un gran milagro, una sorpresa inesperada. Sentir el
amor en aquel lugar de olvido es algo insospechado. Todo ello nos lleva a pensar que la cár-
cel, como otros terrenos de marginación social, quizás sea lugar teologal precisamente por ser
un no-lugar social, o un lugar de in-humanidad. Allí donde están algunos de los grandes cri-
minales, se dan gestos de enorme ternura; allí donde se palpa el abandono y la soledad, se da
la experiencia de un Dios que acompaña; allí donde se da el vacío, Dios llena. Como decía el
Hermano Adriano, “el vaso vacío permite que Dios entre”. Y no se trata aquí de mitificar a los
presos como si fueran excelentes personas (que de todo hay), sino de descubrir que Dios opta
por los pequeños, por los que sufren, por los que lloran, por los dejados en la vida social (Bie-
naventuranzas de Lc 6,20-23 y de Mt 5,1-12). Como dice María Luisa Pascual, “Dios no ama
a los pobres porque sean buenos, sino porque son pobres”. Nadie se merece el amor de Dios,
nadie lo obtiene por méritos propios, como tampoco nadie puede lograr que Dios le deje de
amar. Su amor es gratuito y llega a todos, pero donde se hace más patente es allí donde el
amor es negado, en el vaso vacío.
“Amor”, “ternura”, “milagro”, son palabras que pueden sonar a música celestial cuando pen-
samos en las cárceles. Francesc Vicente expuso su trayectoria personal con una prosa realista
y acentuó la importancia del diálogo dentro de los muros de una cárcel. Es muy importante
“estar”, y es muy importante “hablar”, pues estas dos cosas son el polo opuesto de lo que su-
fren el recluso o la reclusa: abandono y silencio, o sea, “no estar” y “no hablar”. A través del
“estar” y del “hablar” va surgiendo la confianza, la presencia del otro, el saberse apreciado, el
ser alguien. El amor se canaliza a través del “estar”, del “hablar” y de múltiples gestos. Por
ejemplo, Francesc nos contó que él acabó siendo amigo del hombre que años atrás le había
tomado como rehén en un motín carcelario, y hasta le acompañó en su etapa final, antes de
morir. Nada de eso llegó de golpe, sino que fue un proceso lento, como la “brisa suave” del
actuar de Dios (1Re 19,12-13), como la mayor parte de los milagros de la cárcel, que requie-
ren tiempo.
Tenemos que cambiar de mentalidad. Dios no se encuentra donde nosotros hemos decidido
que esté, sino allí adonde Él quiere que nos desplacemos para desbloquear nuestra vida social,
que parece tener una enfermedad crónica. Si el ir a misa cotidiano, o el asistir al grupo cristia-
no de siempre, o nuestra participación activa en una ONG supuestamente humanitaria no nos
remueve las entrañas ni nos hace descubrir los hermanos y hermanas de humanidad que su-
fren, entonces Dios se ausenta de esos lugares nuestros y se muestra en otros para que tenga-
mos que desplazarnos, salir afuera, más allá de los márgenes, para encontrarlo allí, quizás en
lugares socialmente y eclesialmente nada “sagrados”, como por ejemplo la galería de una cár-
cel o la unidad de enfermos terminales del Sida. Esos lugares no sagrados son los lugares sa-
grados de Dios. Para el Dios Padre de Jesús, nada hay más sagrado que el hombre, y de todos
los hombres, ninguno es más sagrado que el que vive inhumanamente.

5.5.3. Delincuencia y sociedad

Ante un tema tan complejo, hemos de plantearnos, en primer lugar, por qué existe la delin-
cuencia. De entrada, podemos decir que la delincuencia existe porque alguien transgrede al-
guna norma que una sociedad se impone, y que, en principio, se impone en aras del bien co-
mún de las personas que componen dicha sociedad. El conjunto de estas normas en forma de
leyes procuran velar por la seguridad de la ciudadanía –por la de los individuos y por la de sus
pertinencias–; también pretenden, entre otras cosas, establecer un orden en la vida cotidiana y
una moral.

Las razones por las que se da la delincuencia son muchas y variadas, pero, dentro de nuestra
sociedad actual, podemos destacar las siguientes:
o La pobreza y la marginación, que sufren personas cuyas condiciones de vida quedan muy
por debajo de la media. Suele tratarse de colectivos afectados por los problemas de exclu-
sión y de supervivencia que impone el sistema en el primer mundo: inmigrados, parados
de larga duración, jóvenes no integrados en el mercado laboral, inadaptados a la era tele-
mática o a la agresiva competitividad del sistema de trabajo.
o La sociedad de consumo, generadora de ciertos sectores que delinquen, paradójicamente,
por "apatía existencial". A menudo son "hijos de papá" aburridos de conseguirlo todo sin
esfuerzo y hastiados por la falta de sentido de sus vidas, que buscan nuevas experiencias a
cualquier precio. Para estas personas, las drogas resultan una tentación capaz de arrastrar-
las al mundo del delito.
o Las adicciones (como el alcohol, las drogas o el juego) pueden cambiar la personalidad de
algunos individuos, anular su madurez, autocontrol y sentido de la responsabilidad, y lle-
varlos a hacer lo que no desean. Normalmente, se hace hincapié en la peligrosidad de las
drogas duras, pese a que otras adicciones socialmente aceptadas, como la que crea el alco-
hol, pueden revelarse tan o más nocivas.
o Sin embargo, hay que tener en cuenta que, como apunta el psicólogo Jaume Funes, frente
determinados problemas ligados a la delincuencia, a menudo podemos dar respuestas que
creen más marginación que la que pretenden evitar. Entre estas desviaciones podríamos
destacar las siguientes:
o La patologización, como tendencia dominante entre muchos profesionales, que consiste
en considerar los problemas de marginación social como problemas de patología indivi-
dual. En efecto, se tiende fácilmente a convertir en enfermedades individuales lo que en
realidad es un conflicto colectivo.
o La penalización, que conduce a utilizar el código penal como respuesta a todos los pro-
blemas sociales, independientemente de su identidad. De este modo, la respuesta siempre
a punto ante cualquier conflicto viene dada por la policía, los jueces o la prisión.
o La protección de les débiles sin contar para nada con ellos, sin modificar las circunstan-
cias que producen su desamparo. La tendencia a proteger no siempre resulta positiva en
términos absolutos, puesto que a veces, a largo plazo, lleva a agravar el problema. Cabría
plantearse, por ejemplo, si, ante el aumento del número de menores internados, esta res-
puesta se revela como la más idónea y efectiva a largo plazo para que no se agudice su
marginación.
o La burocratización, tendente a dar respuestas formales, complicadas, sin ningún posicio-
namiento respecto a la realidad de sufrimiento de los demás. En ocasiones, por ejemplo, se
retira a un menor de su familia porque sus padres no disponen de posibilidades económi-
cas para mantenerlo y, al tiempo, se les exige que acudan a repetidas visitas y entrevistas
evaluadoras, obligándoles a gastar en transportes y en tiempo que podrían dedicar a acti-
vidades de supervivencia los recursos con los que ni tan siquiera pueden mantener al hijo.
Da la impresión de que sólo se consigue marearlos, sin confiar en absoluto en su posible
recuperación, sin esperanza alguna en la posibilidad del cambio.

El mismo Jaume Fuster propone un decálogo para el diseño de intervenciones en el ámbito de


la marginación:
1) Partir de acciones destinadas a reducir el contexto social injusto que provoca y perpetúa la
marginación, así como actuar para controlar sus efectos.
2) Actuar desde el derecho a ser persona y no desde la amenaza de convertirse en un proble-
ma.
3) Trabajar sobre las vivencias, las imágenes o las ideas colectivas que construyen y despla-
zan el problema más allá de su realidad objetiva.
4) Renunciar a las respuestas que generen más marginación, aunque ofrezcan una rentabili-
dad política inmediata; es decir, sopesar la incidencia socializadora o desocializadora de
las medidas susceptibles de ser tomadas.
5) Recuperar la confianza en la intervención global, diseñando los mecanismos concretos
que la hagan aplicable en las condiciones actuales.
6) Centrar las acciones en la atención primaria socio-sanitaria, redefinida y actualizada. Re-
cuperar a los profesionales "inútiles". Evitar a los inhabilitadores.
7) Buscar la dimensión colectiva y comunitaria de los conflictos sociales. Volver a valorar el
trabajo con la comunidad.
8) Diseñar acciones específicas para los colectivos en proceso intenso de socialización.
9) Recuperar la dimensión territorial, el pueblo, el barrio, el polígono, etc., como contexto de
intervención diferenciada.
10) Evitar los discursos innecesarios y buscar respuestas a los problemas de la gente. Plantear-
se siempre el alivio de sus sufrimientos.
Lo que tendría que quedar claro, a modo de síntesis, es que no existe ninguna persona con
certificado de garantía, que nuestra condición humana siempre nos empuja a atribuir a alguien
nuestras faltas. Hemos de distinguir entre un preso o interno y un marginado –el que no puede
aportar nada a la sociedad–, porque un preso o interno no es necesariamente un marginado.
A continuación desarrollaremos someramente algunos apuntes sobre el papel que juegan la
sociedad y la Iglesia ante la realidad de la prisión. Para ambas, la normalización de la prisión
es una asignatura pendiente. En efecto, ni las parroquias ni las comunidades de base acaban de
asumir esta realidad. Hoy en día sólo se piensa en construir centros penitenciarios fuera del
ámbito urbano. La reivindicación de trasladar las prisiones fuera de la ciudad lleva a pensar
que, desgraciadamente, las prisiones tienden a convertirse en las leproserías de antaño. ¿Po-
demos hablar de una gran ciudad sin universidad o sin hospitales? Parece ser que no. ¿Pode-
mos hablar de una ciudad sin prisiones? Parece ser que sí. En efecto, la prisión no está norma-
lizada, no la hemos asumido como parte de nuestra realidad.
Otro dato significativo que da que pensar es la terminología que empleamos desde hace tiem-
po y que costará erradicar. Hablamos de pastoral de salud para referirnos a la pastoral de los
enfermos; en cambio, hablamos de pastoral penitenciaria (y no de pastoral de justicia y liber-
tad) para designar la pastoral de los presos. Entendemos que resulta difícil cambiar los hábitos
en el uso de estas expresiones, sobre todo en un tiempo en el que la justicia y la libertad son
palabras muy devaluadas. Aun así, no deberíamos claudicar, sino recuperar estos términos en
clave evangélica, interpretando la libertad como amor y la justicia como misericordia. Es algo
que debería sensibilizar a toda la comunidad cristiana, y no sólo a las personas que tienen al-
gún contacto con el mundo penitenciario.

5.5.4. Decálogo del voluntario en el ámbito penitenciario

1. El voluntariado necesita descubrir la complejidad de los procesos sociales; una


idea simple es una idea simplificada. Los problemas sociales adoptan la forma de
una telaraña: están tejidos por multitud de factores. Saber estar en una sociedad
compleja disponiendo de una buena información es una cualidad esencial del vo-
luntariado.
2. El voluntariado sólo tiene sentido cuando no pierde de vista el horizonte de la
emancipación. Es preciso transmitir cariño a un enfermo terminal o acoger a una
persona que lucha contra su adicción, pero todo ello sólo vale la pena si es un paso
más en el camino que conduce a eliminar las causas de la marginalidad y del su-
frimiento innecesario.
3. La acción voluntaria únicamente reviste calidad ética cuando constituye la opción
libre de un sujeto implicado en una triple aspiración: la estima de sí mismo, la so-
lidaridad para con los demás y el compromiso a favor de una sociedad justa.
4. La acción del voluntariado no puede convertirse en ninguna coartada para que el
Estado desatienda sus responsabilidades, sino, todo lo contrario, ha de conducir a
reclamar su cumplimiento. Hay que evitar el peligro de que las tareas del volunta-
riado sean utilizadas como pretexto para que la Administración reduzca sus esfuer-
zos.
5. El voluntariado ha llevar a cabo una acción orquestada. No importa que la flauta
sea de madera o de metal, lo que cuenta es que suene bien. Lo esencial para el
buen funcionamiento de una orquesta es la coordinación, la coherencia y la con-
centración de esfuerzos. El voluntariado es siempre un "co-equipier". La fragmen-
tación no lleva a ninguna parte; en el equipo cada cual juega en su lugar colabo-
rando con los demás en función de la partida.
6. La acción voluntaria ha de basarse en la competencia humana y en la calidad téc-
nica. El amor no es suficiente: si, por ignorancia o por incompetencia, hiciéramos
sufrir a una persona frágil, aun con la mejor intención del mundo, solo consegui-
ríamos aumentar su impotencia y marginalidad.
7. El voluntariado ha de ganar espacios entre las clases populares. No puede ser una
institución que no interese más que a las clases medias o a las personas sobradas de
tiempo, sino que tiene que fundarse en el ejercicio de una ciudadanía que se res-
ponsabilice de los asuntos que afectan a todo el mundo.
8. El voluntariado valora al profesional de la acción social y busca su complementa-
riedad; no ha de convertirse en auxiliar ni en correa de transmisión, sino que ha de
defender el espacio de libertad que le es propio.
9. El voluntariado necesita actualmente una acción disciplinada. Las mejores inicia-
tivas pueden perderse por no haberlas sometido a un programa, a unos objetivos, a
un método, a unos plazos, a una dedicación seria, a una evaluación. La buena in-
tención es un camino viable cuando hay disciplina, si no puede desembocar en el
fracaso. El voluntariado ha de huir de las palabras vanas y valorar los gestos efica-
ces. Es importante emplear palabras justas y expresiones exactas, con significado y
contenido.
10. La acción voluntaria reclama reciprocidad: no se orienta únicamente a la realidad
del otro, sino también al crecimiento conjunto, aunque las aportaciones de cada
cual sean diferentes. La estima hacia el otro no se reduce al gesto de acogida, sino
que espera una respuesta análoga.

5.5.5. Lo que esperan los internos y las internas de nosotros

"Que nos respeten. El que estén autorizados a entrar no significa que tengan derecho a meter-
se en nuestras vidas."
"La cárcel es nuestra casa. Más mísera que una chabola. Pero es nuestra casa y nadie puede
meterse en ella para hacer lo que quiera sin contar con nosotros."
"Sean personas normales, con las que se pueda hablar como amigos."
"Que se nota cuando nos quieren. Y eso mola."
"No queremos salvadores puros y perfectos que nos den la mano a los presos... y acallen sus
conciencias."
"Que no me den consejos. ¿Qué saben ellos de mi vida?"
"Que nos miren a los ojos. Si no nos miran así es porque nos desprecian o nos temen. Y así no
podemos hablar."
"Nos gusta que vengan algunos mayores. Como si fueran nuestros abuelos. A ellos les cono-
cimos tan poco..."
"Que no nos pregunten por qué estamos aquí. Estamos hartos de interrogatorios, tests, pregun-
tas morbosas..."
"Que, si les contamos por qué estamos aquí, nos escuchen sin prisas y sin juzgarnos."
"Que nos cuenten ellos algo también de sus vidas. Como amigos."
"Que no nos traten como a gente perdida a la que hay que salvar. Nos jode el paternalismo."
"Que nos hagan sentirnos útiles. Ellos también necesitan de nuestra ayuda."
"Que nos hablen de cosas de fuera. Estamos hartos de hablar entre nosotros de temas talegue-
ros."
"Que no se queden siempre con los más apañaos. Los que somos indigentes también tenemos
derechos. Y los que somos más bordes, más desconfiados, más mentirosos, más enfermos, o
más lo que sea, también."
"Que esto no es el zoo. Si no están dispuestos a venir asiduamente, y no esporádicamente,
porque tienen algo más urgente que hacer, ¡QUE NO VENGAN!