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Universidad de Tarapacá

Universidad Católica del Norte


Programa Magíster de Antropología
Arica

ARQUEOLOGÍA, GENTILES Y COMUNIDADES


LOCALES EN EL ACTUAL PAISAJE CULTURAL DE
COPAQUILLA, PRECORDILLERA DE ARICA

TESIS PARA OPTENER EL GRADO DE MAGISTER EN ANTROPOLOGÍA


MENCIÓN ARQUEOLOGIA

Alumno: Álvaro Luis Romero Guevara

Profesora Guía: Marcela Sepúlveda Retamal

Arica, Abril de 2009


CONTENIDO

LISTA DE FIGURAS Y TABLAS......................................................................................................................... iv


RECONOCIMIENTOS......................................................................................................................................... vi
RESUMEN............................................................................................................................................................. 1

1. INTRODUCCIÓN ............................................................................................................................................. 2
OBJETIVOS DEL ESTUDIO............................................................................................................................. 6
ORGANIZACIÓN DEL ESCRITO ................................................................................................................... 7

2. ANTECEDENTES.............................................................................................................................................. 8
2.1 LA PRECORDILLERA DE ARICA ........................................................................................................... 8
2.2 PAISAJES DEL VALLE DE COPAQUILLA ...........................................................................................12
2.3 ANTECEDENTES HISTÓRICOS REGIONALES ..................................................................................17
2.4 EL VALLE DE COPAQUILLA EN LA HISTORIA REGIONAL ............................................................23
2.5 SÍNTESIS DE ANTECEDENTES GEOGRAFICOS E HISTÓRICOS ...................................................31

3. MARCO CONCEPTUAL................................................................................................................................33
3.1 POSTCOLONIALIDAD ...........................................................................................................................34
3.2 IDENTIDADES ÉTNICAS Y MOVIMIENTOS SOCIALES..................................................................37
3.3 SOBRE PATRIMONIO CULTURAL, HISTORIA Y MEMORIA .........................................................43
3.4 CONOCIMIENTO, PAISAJE Y LUGARES DE VALOR CULTURAL..................................................46
3.5. TRAZADOS PRÁCTICOS......................................................................................................................49

4. PROSPECCIÓN ARQUEOLÓGICA DE COPAQUILLA..............................................................................52


4.1 DISEÑO DE PROSPECCIÓN ................................................................................................................53
4.2 RESULTADOS INICIALES .....................................................................................................................57
4.3 CATEGORÍAS DE EVIDENCIAS ARQUEOLÓGICAS.........................................................................64
4.4 TEMPORALIDAD Y TAMAÑO DE LAS EVIDENCIAS ......................................................................67
4.5 EMPLAZAMIENTO DE LOS YACIMIENTOS......................................................................................70

ii 
4.6 ANÁLISIS DE AGRUPACIÓN...............................................................................................................71
4.7 RESUMEN DE RESULTADOS ..............................................................................................................76

5. INTERPRETACIONES CULTURALES EN COPAQUILLA..........................................................................78


5.1 UNA EXPERIENCIA DE EXPLORACIÓN PATRIMONIAL................................................................78
5.2 LA ARTICULACIÓN DE LA ORALIDAD..............................................................................................81
5.3 UNA PROPUESTA DE GESTIÓN DEL PAISAJE CULTURAL ...........................................................93
5.4 ZONIFICACIÓN DEL PAISAJE CULTURAL DE COPAQUILLA........................................................96

6. REFLEXIONES FINALES............................................................................................................................ 108


6.1 SOBRE EL PROCESO DE ACTIVACIÓN PATRIMONIAL LOCAL................................................. 108
6.2 SOBRE LA DESCENTRALIZACIÓN DE LA PRÁCTICA ARQUEOLÓGICA.................................. 112

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS................................................................................................................ 116

ANEXO 1: FICHA DE REGISTRO BÁSICO DE PROSPECCIÓN............................................................... 126

iii 
LISTA DE FIGURAS Y TABLAS

Todas las fotografías, dibujos y tablas fueron elaborados por el autor, salvo las que indican lo
contrario.

Figura 1: Mapa de la precordillera de los ríos San José y Lluta, con el emplazamiento del
valle de Copaquilla.

Figura 2: Imagen georreferenciada del valle de Copaquilla, destacando cursos de agua,


campos de cultivo, asentamientos actuales y la carretera internacional (CH-11).

Figura 3: Vistas panorámicas del entorno geográfico del valle de Copaquilla: a) Quebrada
Peregrina, en el tramo sur del valle; b) Vista general del valle desde el Norte; c)
Vista general del sector Trigopampa.

Figura 4: Planimetría de los yacimientos Pukara Altos de Copaquilla (Copaquilla 1) y


Poblado de Copaquilla (Copaquilla 2) elaborados por Hans Niemeyer en la década
de 1960 (Tomado de Muñoz y Chacama 2006).

Figura 5: Imagen satelital indicando los límites del polígono de prospección y de los
diferentes estratos de prospección.

Figura 6: Mapa de distribución de las evidencias arqueológicas registradas en el valle de


Copaquilla.

Figura 7: Yacimientos arqueológicos de mayor potencialidad museográfica e interpretativa


del valle de Copaquilla: a) Pukara de Copaquilla (COP-01); b) Poblado de
Copaquilla (COP-02, destaca en la cima una chullpa de piedra); c) Pukara de
Trigopampa (COP-84); d) Conjunto de chullpa de El Rodado (COP-27); e) Conjunto
de chullpa del cañón del sur (COP-04).

Figura 8: Las distintas categorías de evidencias arqueológicas representadas en el valle de


Copaquilla: a) Campos de Cultivo (COP-10); b) Camino tropero como rasgo lineal
(COP-31); c) Asentamiento Simple (COP-15); d) Bloque con grabado de diseño
geométrico (COP-92); e) Apacheta como rasgo señalizador (COP-43); f) Entierros
en cistas aglutinadas como rasgo funerario (COP-21).

Figura 9: Mapa con la distribución y densidad de evidencias arqueológicas de las áreas de


agrupamientos (buffer).

Figura 10: Diferentes actividades del trabajo participativo con las Comunidades Indígenas de
Copaquilla: a) Taller de traspaso de información técnica a los comuneros; b)
Conversatorio y entrevista grupal a los comuneros; c) Reconocimiento de los
bloques grabados del Sector Angostura Norte (COP-27); d) Reconocimiento a la

iv 
Estructura Circular Semi-subterránea (COP-78); e) Reconocimiento de los aleros
de Pampa El Muerto; d) Reconocimiento de las chullpa del Poblado de Copaquilla
(COP-02).

Figura 11: Mapa con la distribución de la propuesta de Zonificación Cultural del valle de
Copaquilla.

Figura 12: Imagen satelital con la distribución de lugares en las Zona 1 “Pukara del Mirador”
y Zona 2 “Angostura Norte”.

Figura 13: Imagen satelital con la distribución de lugares en la Zona 3 “De la Bajada”.

Figura 14: Imagen satelital con la distribución de lugares en la Zona 4 “Trigopampa”.

Figura 15: Imagen satelital con la distribución lugares en la Zona 5 “Mulahumaña”.

Tabla 1: Superficie y proporción de los estratos de prospección.

Tabla 2: Categorías de evidencias arqueológicas y tamaños promedio de las categorías

Tabla 3: Adscripción temporal de evidencias arqueológicas.

Tabla 4: Rangos de tamaño de evidencias arqueológicas.

Tabla 5: Categorías de evidencias y rangos de tamaño de evidencias arqueológicas.

Tabla 6: Frecuencia de evidencias en estratos de prospección.

Tabla 7: Tipos de emplazamiento y estratos de prospección.

Tabla 8: Zonas de agrupamientos arqueológicos, superficie número y densidad de


evidencias.

Tabla 9: Categorías de evidencias en las zonas de agrupamiento.


RECONOCIMIENTOS

Se agradece a las Comunidades Indígenas del valle de Copaquilla, a la Comunidad


Indígena de Pukara de Copaquilla, sus socios y su presidenta doña Juliana Marca; y a
la Comunidad Indígena de Trigopampa Copaquilla, a sus socios y a su directiva
compuesta por don Hernán Vicente y don Jaime Vicente. Se reconoce el apoyo de la
Corporación Nacional de Desarrollo de Indígena, Oficina Arica, quienes permitieron
establecer este vínculo con el valle de Copaquilla, su gente y los componentes de su
Paisaje Cultural.

Estoy agradecido del apoyo permanente recibido de la académica Marcela Sepúlveda


R., quien ayudó a darle las vueltas necesarias a este estudio y encauzarlo de manera
definitiva. También reconozco los aportes iniciales de los académicos Calogero
Santoro y Héctor González. Se agradece al Programa MECESUP, al Consejo Nacional
de la Cultura y las Artes mediante su fondo de becas de estudio del FONDART, y al
Programa de Magíster de la UTA-UCN, por permitirme perfeccionar, aprender y
realizar este estudio.

Una serie de colegas amigos ayudaron en los diferentes recodos de este trabajo, ya sea
mediante actividades en terreno y/o conversaciones. Se muestra agradecimiento a
Rolando Ajata, José Barraza, Carolina Bustos, Wilfredo Faúndez, Daniella Jofré, Manuel
Méndez, Rodrigo Ruz, Thibault Saintenoy y Franco Venegas. Del mismo modo,
reconozco la tarea permanente de apoyo y preocupación de mi pequeña y gran familia
al acompañarme en este proceso.

vi 
RESUMEN

Este Documento de Tesis consiste en la descripción y el desarrollo de los resultados de un


estudio arqueológico del valle de Copaquilla, Precordillera de la Región de Arica y Parinacota.
Esta experiencia reúne, tanto modos convencionales de la práctica arqueológica, como
también perspectivas de descentralización del conocimiento experto.

Entre las primeras, se incluyó un diseño y una prospección intensiva de los componentes del
registro arqueológico del valle. Por otro lado, entre las segundas, se incorporó la difusión de
los resultados de la prospección a la comunidad local, el desarrollo de talleres participativos
con el objeto de identificar la valorización y perspectivas de la comunidad local y la
elaboración de propuestas para el manejo y gestión local del conjunto patrimonial.

Esta experiencia se basa en un marco de discusión que reúne conceptos de la actualmente


denominada Arqueología Postcolonial, aplicados a un contexto local caracterizado por una
importante presencia de comunidades indígenas, un amplio registro de yacimientos
arqueológicos y un promedio elevado de proyectos de investigación. Aunque la relación entre
arqueólogos y el resto de los actores de la sociedad en la Región de Arica y Parinacota se ha
desarrollado por largo tiempo, el presente trabajo se muestra como un avance tanto en la
discusión teórica al respecto, y también como un planteamiento de propuestas de trabajo que
deberían ser considerados iniciales y completamente perfectibles.


1. INTRODUCCIÓN

Durante los últimos 50 años la arqueología del extremo norte de Chile, como en otras partes
del mundo, se ha configurado como una disciplina enfocada a la generación de un
conocimiento experto acerca de los materiales y las sociedades del pasado. Siguiendo tal
trayectoria, hoy en día, la arqueología regional se destaca a nivel nacional e internacional
como un activo centro de investigación que acumula un importante conjunto de datos y
genera reconstrucciones acerca de las sociedades prehispánicas. Esta labor repleta de detalles
especializados sobre el pasado se ha traspasado al público general mediante una
interpretación que enfatiza la presencia humana continua y variada durante más de 10.000
años en Arica y Parinacota.

Ahora bien, desde casi 15 años que a nivel internacional se están desarrollando enfoques y
perspectivas en la arqueología que enfatizan una mayor reflexión sobre el uso en el presente
del pasado y su materialidad. En tales asuntos se inscriben varias posturas, algunas más
contestatarias que otras, denominadas Arqueología Crítica (Arnold 2001, Fernández 2006),
Arqueología Postcolonial (González R. 2003, Gosden 2001), Arqueología Multivocal (Endere y
Curtoni 2006, Gnecco 2004), Arqueología Indígena (Atalay 2006, Green et al. 2003, Watkins
2005) y Arqueología Participativa (Gourds 2007). En todas estas se han incorporado críticas a
las formas convencionales que han tomado las prácticas científicas, como expresiones de
poder (Gnecco 2005). Coincidiendo con diversas corrientes de la teoría social crítica
(Fernández 2006), se ha señalado que la antropología y la arqueología, como toda ciencia y
discurso de élite, reproducen relaciones de colonialismo (Tilley 1998).

Estos nuevos enfoques yacen en el ambiente teórico generado por la Arqueología Postprocesal
que buscaba, entre otros aspectos, modificar las bases epistemológicas del acercamiento
hacia los restos materiales del pasado. De esta forma, las consideraciones sobre el sentido
simbólico y significativo de la materialidad fueron incorporadas exitosamente por la
Arqueología Postprocesal. Sin embargo, no se avanzó suficientemente en los
cuestionamientos hacia el sentido político y ético de las valoraciones y usos que hacen los
grupos sociales privilegiados de las interpretaciones y conjuntos arqueológicos. Al respecto,


aunque disponemos en Latinoamérica de planteamientos explícitos y análisis detallados de
contextos locales y étnicos (por ejemplo, Angelo 2005, Ayala 2005 y 2008, Benavides 2004,
Endere 2002, Gil 2005, Gnecco y Hernández 2008, Jofré 2005 y 2007, Kojan y Angelo 2005,
Nielsen et al. 2003, Politis 2001, Romero 2003a, Uribe y Adán 2003), siguen siendo una
reflexión aún marginal en la disciplina.

Además, en Chile, como en el resto de Latinoamérica, la amplia mayoría de las teorías


postprocesales tuvieron un desarrollo limitado, y por tanto, no es de extrañar que la
investigación arqueológica se haya llevado a cabo con una mínima consideración hacia las
comunidades locales. Así, la práctica arqueológica habría seguido un carácter colonialista;
casi sin reflexión al respecto 1 la disciplina siguió su curso junto a las esferas del poder político
nacional y su ampliación, junto con otras disciplinas, al sistema científico mundial.

De esta forma, la manera convencional de hacer investigación arqueológica en el norte y


resto de Chile, no ha reconocido otros objetivos adicionales o paralelos relativos a la
educación, a la apropiación del conocimiento por parte del público y la generación de
políticas públicas específicas sobre patrimonio y comunidades locales. Más aún, se puede
sostener que los principales resultados de la práctica arqueológica se han orientado al
incremento del conocimiento académico y con esto al posicionamiento de los investigadores
mediante el prestigio y autoridad dentro de los parámetros del campo científico (Bourdieu
2003).

Estas situaciones disciplinarias han provocado la precariedad de los vínculos entre los
arqueólogos y el público regional, destacando entre éste último, a las comunidades locales e
indígenas. No se debe olvidar que la Región de Arica y Parinacota es definida como una de las
áreas con mayor presencia de individuos y comunidades indígenas. Además, de una compleja
historia colonial y republicana, esto también se debe gracias al actual panorama de
discriminación positiva de las etnias indígenas en Chile, iniciada con la promulgación de la

1
Tenemos algunas breves reflexiones sobre los usos del pasado y sus responsabilidades, cuando aún no
se generalizaba la temática postcolonial o multivocal, es decir, hace unos 10 años atrás. Por ejemplo,
Cabeza (1998), Westfall (1998) y Rivera (1999).


Ley Indígena Nº 19.253 en 1993 y la implementación de una serie de políticas públicas para
su desarrollo social, económico y cultural.

En el extremo norte de Chile, la legalmente denominada etnia aymara, ha tenido un largo y


complejo recorrido histórico (Gundermann 2003) que los ha llevado a particulares situaciones
de transformación y cambio cultural. Pese a esto, su actual identidad étnica se ha
conformado como un proceso de etnogénesis activado desde su doble residencia urbana-rural
(González 1990) y su situación de emigrantes rurales en un entorno urbano (Gundermann
2000).

En términos históricos, las primeras organizaciones aymaras urbanas, de mediados de la


década de 1980, elaboraron un relato histórico cuyas bases prehispánicas consideran una
interpretación de tipo mesiánica desde el Tawantinsuyu y Tiwanaku. Situación que no ha
cambiado demasiado en la actualidad 2 , dando cuenta de una sistemática incomunicación
entre las comunidades indígenas y sus formas de elaborar su propia historia, por un lado, y los
arqueólogos publicando sobre los mismos períodos y personas, por otro. Se trata de una
incomunicación entre arqueólogos y grupos locales que resulta paradójica en una región con
importante presencia de comunidades indígenas, un amplio registro de yacimientos
arqueológicos y una alta tasa de proyectos de investigación.

Frente a este escenario planteamos la necesidad de valorizar tanto las diferentes formas de
conocimiento y aproximación hacia el pasado, como también sus diferentes usos y
necesidades en el presente. Específicamente, se propone un trabajo que permita integrar los
aportes de las comunidades locales, es decir, su conocimiento tradicional, su articulación y
valorización de los elementos de su Paisaje Cultural, al proceso de conocimiento del pasado.
Por mucho tiempo el conocimiento local sólo era aprovechado por la arqueología para
identificar o registrar yacimientos que estaban presentes en la oralidad, o bien, como soporte

2
Esto se grafica en el reciente documento de la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato (2003),
iniciativa generada por el Estado de Chile, en la cual se observa la persistencia de esta visión histórica
reconstruida desde elaboraciones indigenistas andinas. En esta “historia oficial aymara” se dedica una
buena parte a especificar sus relaciones genealógicas con la entidad Tiwanaku (ca. 500-1.000 d. C.) y
su posterior incorporación al Estado Inka (ca. 1.400-1.570 d. C.). Sin embargo, no existe nombramiento
de los Desarrollos Locales, sociedades posteriores a Tiwanaku y previas al Tawantinsuyu, que un gran
número de investigaciones arqueológicas describen y detallan como de gran relevancia local.


auxiliar para la interpretación acerca de las funciones de ciertos objetos o rasgos
arqueológicos. Para lograr una integración cabal de los saberes y entendimientos locales se
requiere de un trabajo metodológico disciplinario y también participativo, que permita
sobrellevar la histórica y cotidiana falta de entendimiento entre especialistas y comunidades.

En el presente Documento de Tesis damos cuenta de una experiencia arqueológica que


pretende complementar y sumar a la metodología convencional y su saber experto, las
concepciones locales acerca de los lugares de significación cultural y su uso. Esta particular
perspectiva de la práctica arqueológica es ilustrada en la localidad de Copaquilla de la
precordillera de Arica. En este sector se realiza un estudio específico acerca del patrimonio
arqueológico local y las valorizaciones que los actuales habitantes de la localidad tienen
respecto al conjunto patrimonial, ya sea en términos de interpretación cultural, como también
acerca de su uso productivo.

En términos generales, este trabajo se propone integrar los resultados de un reconocimiento


arqueológico intensivo del territorio de Copaquilla, con las actuales concepciones acerca de la
configuración del Paisaje Cultural y la historia local. Además, se busca mediante la
sistematización de conversaciones con los comuneros obtener algunas luces acerca de los
discursos sobre la valorización local que se forman en torno a los diferentes tipos de lugares
de significación cultural. Por último, este trabajo nos introduce en la proposición de algunas
alternativas para el manejo y la gestión de los recursos arqueológicos por parte de las mismas
comunidades locales, siempre como un trabajo colaborativo entre los técnicos y los actores
locales.

Con esto se intenta no solamente alejarnos de la práctica convencional de la arqueología


como una disciplina colonialista, haciendo partícipes a las comunidades locales de los
resultados de una acción sistemática y consistente sobre los materiales del pasado. Sino que,
además, entendemos que el conocimiento local puede convertirse en un contrapunto
importante para el conocimiento experto, dando un soporte independiente a las
interpretaciones acerca del pasado y teniendo un rol activo en su uso actual.


Esta experiencia arqueológica sería una de las primeras aproximaciones regionales que busca
de manera específica integrar el saber local con el conocimiento que se genera mediante la
metodología arqueológica. Sin embargo, tenemos la certeza de que una completa integración
del saber local en las diferentes etapas del estudio y uso de los yacimientos y materiales del
pasado, requiere de muchas otras experiencias en este sentido. El verdadero alcance de este
tipo de experiencia recién podría ser visto con resultados concretos en el manejo sustentable
de los recursos culturales por parte de actores fuera del ámbito académico.

OBJETIVOS DEL ESTUDIO

Este trabajo arqueológico sigue una serie de objetivos generales que sintetizan la
problemática de estudio. En primer lugar, situar en un plano similar de diálogo y
complementariedad el conocimiento científico generado por el método arqueológico y el
conocimiento local.

En segundo lugar, integrar a la metodología arqueológica nuevas formas y métodos para


aproximarse al pasado y sus valoraciones, más allá de la elaboración teórica y análisis de
materiales.

En tercer lugar, avanzar en el estudio y protección de los recursos culturales mediante la


apropiación y uso por parte de la comunidad local de los inmuebles de valor cultural del
territorio.

Para aproximarnos a tales objetivos generales se siguió un conjunto de objetivos específicos.


Primero, registrar mediante una investigación arqueológica de reconocimiento y prospección
un amplio número de inmuebles que componen el patrimonio arqueológico del valle de
Copaquilla.

Segundo, entregar los resultados de la labor de reconocimiento a los diferentes actores


locales y organizaciones del valle de Copaquilla.

Tercero, recopilar las interpretaciones y valoraciones locales sobre el conjunto arqueológico


del valle de Copaquilla.


Y por último, elaborar en términos colaborativos un plan de gestión del conjunto de
inmuebles de significación cultural del territorio de Copaquilla, para desarrollar y
compatibilizar las futuras actividades de estudio, educación, identidad y desarrollo de turismo
cultural.

ORGANIZACIÓN DEL ESCRITO

Este Documento de Tesis se presenta con el siguiente orden. El Capítulo Segundo presenta los
antecedentes generales de la precordillera de Arica y los antecedentes específicos del valle de
Copaquilla, tanto en sus aspectos geográficos como históricos. El Capítulo Tercero comprende
la discusión conceptual que sustenta nuestra presente experiencia arqueológica. Se revisan y
se integran una serie de conceptos desde la perspectiva postcolonial, tales como, identidades
y comunidades étnicas, conocimiento local y memoria, Paisaje Cultural y Patrimonio Cultural.
Finalmente se propone un esquema metodológico para lograr los objetivos del presente
trabajo.

En el Capítulo Cuarto se detallan los resultados de la prospección intensiva realizada en el


valle de Copaquilla. Se indican los aspectos cuantitativos y de distribución espacial, además
de ofrecer un ordenamiento cronológico de la ocupación del valle. En el Capítulo Quinto se
resumen las diversas instancias de participación de la comunidad local en el estudio. Se
especifican las diferentes interpretaciones y valoraciones de ciertos actores locales respecto a
algunos componentes del Paisaje Cultural. Además, se hace una aproximación a una
propuesta de zonificación del territorio y los usos consensuados que le desea dar a los
diferentes exponentes del conjunto patrimonial.

Finalmente, en el Capítulo Sexto se indican algunas reflexiones en torno al aporte de la


presente experiencia de trabajo, enmarcado en una perspectiva postcolonial hacia la
disciplina arqueológica. Se toman como ejes de discusión los mismos conceptos revisados en
el capítulo relativo a la discusión teórica y metodológica.


2. ANTECEDENTES

En este capítulo presentamos los antecedentes acerca del entorno natural y humano de la
precordillera de Arica, en general, y del valle de Copaquilla, en particular. Además se reúnen
datos arqueológicos e históricos que permiten tener una visión acerca de los procesos sociales
ocurridos en la larga secuencia de ocupación de este territorio.

2.1 LA PRECORDILLERA DE ARICA

La precordillera de Arica es una estrecha franja de apenas 30 km de ancho que se caracteriza


por un relieve accidentado. Esta formación geográfica separa el desierto absoluto, por el
Oeste, de la meseta altiplánica, al Este (ver Figura 1). Por tanto, geomorfológicamente, la
precordillera es una zona de contacto entre dos macroformas: la Cordillera de Los Andes y la
Depresión Intermedia (Börgel 1983).

Esta zona de contacto (o piedmont) se formó por una serie de fenómenos tectónicos y fue
rellenada por sucesivos aluviones, que han provocado monumentales fisuras, deslizamientos y
depósitos geológicos. Al respecto, los sucesos de mayor importancia corresponden al depósito
de ignimbritas provocados por sismos y vulcanismo desde el sector oriental (Seyfried et al.
1998). La topografía resultante se caracteriza por una fuerte inclinación desde Este a Oeste,
con escasos sectores llanos.

Climáticamente, esta zona corresponde a la categoría de “Desierto Marginal de Altura” (BWH


en la clasificación de W. Köppen; Errázuriz et al. 1998), común en las áreas cordilleranas
próximas a los 3.000 msnm. A esta altitud la atmósfera presenta gran estabilidad,
permitiendo la convección del calor ambiental que, en los meses de verano y después del.
Estas lluvias no superan los 250 milímetros, y no diminuyen las condiciones desérticas
generales presentes el resto del año. Respecto a la condición térmica del “Desierto Marginal
de Altura”, la temperatura anual no supera los 10 C° en promedio; además, se observa una
amplia oscilación diaria, causada principalmente por la altitud y por la limpidez de sus cielos
(Quintanilla 1983).


Figura 1: Mapa de la precordillera de los ríos San José y Lluta, con el emplazamiento del valle
de Copaquilla.


Este territorio es cruzado por una multitud de quebradas y cárcavas que siguen un curso
general de Este a Oeste. Estas quebradas cobijan una serie de afluentes secundarios que dan
forma a la cuenca del río Lluta (por ejemplo, los ríos de Socoroma, Putre y Ancolacaya), y a la
cuenca del sistema San José-Tignamar (por ejemplo, los río Seco, Chusmiza, Chapiquiña,
Belén Lupica y Oxa; Klohn 1972). Cada uno de estos afluentes secundarios es alimentado por
múltiples cauces menores irregulares, actualmente activados sólo en las temporadas de
lluvias. Estas aguas originadas por las precipitaciones están sometidas a diversos tipos de
pérdidas (tales como la evapotranspiración e infiltración hacia los niveles inferiores del
subsuelo) que hacen disminuir drásticamente los niveles de aguas superficiales de estos
cauces originados en la precordillera (Programa ORIGENES 2008).

A estos sistemas fluviales se suman aguas subterráneas que afloran en diversas vertientes y
humedales. Este recurso proviene de aguas lluvias almacenadas desde las laderas altas de los
cerros que alimentan de forma lenta los sectores inferiores, regulando, en definitiva, el
sistema de vertientes y humedales (Programa ORIGENES 2008). Frecuentemente, estos
afloramientos sólo producen zonas de humedales de superficie restringida.

A su vez, las características topográficas y climáticas condicionan fuertemente el desarrollo


vegetacional. La formación característica es aquella denominada “Estepa Arbustiva Abierta” o
“Hábitat Pre-puneño”, entre los 2.800 y 3.400 msnm, compuesta especialmente por
matorrales (Quintanilla 1983). Luego de la época de lluvias, las quebradas se llenan de tupidas
formaciones de pastos y cactáceas, tales como, chilca (Baccharis sp.), diversos géneros de
poáceas (Eragrostis, Tripogon, Aristida), del género Fabiana y Atriplex, Chastudo (Oreocereus
variicolor), Guacaya (Corryocactus brevistylus), Achacaño, (Oreocereus hempelianus) y perrito
o puskaye (Cumulopuntia sphaerica); (Castro et al. 1982, Kalin et al. 1997). Por otra parte, a
una altura levemente superior (sobre los 3.400 msnm) se reconoce el “Hábitat Puneño” o
“Tolar” (Quintanilla 1983), representada por formaciones xerófitas como tola (Parastrephia
lepydophylla) y queñua (Polylepis besseri).

Toda esta vegetación soporta una fauna silvestre compuesta por camélidos (Lama guanicoe y
Vicugna vicugna), burros salvajes (Equus sp.), taruca (Hippocamelus antisensis), vizcachas

10 
(Lagidium viscacia), cuyes (Galea musteloides), gato montés (Felis jacobita), puma (Felis
concolor) y diversas aves como jilguero (Opinus copenis o uropychialis) y perdiz andina
(Nothoprocta ornata, cinerscens o pentlandii).

En resumen, se debe resaltar que entre los 3.000 y 3.800 msnm se sustenta la mayor
biodiversidad de la transecta andina de la región. En consecuencia, las características del
ambiente físico y natural de este piso ecológico justifican plenamente la presencia humana
desde tiempos prehispánicos (Schiappacasse et al. 1989: 188).

Pese a las condiciones físicas y la biodiversidad presente, los terrenos con posibilidad agrícola
son irregulares, duros y de escasa fertilidad, por lo cual se requiere invertir gran cantidad de
trabajo y tiempo para preparar suelos de potencial agrícola y forrajero. Para esto desde
tiempos prehispánicos hasta el presente en la precordillera de Arica se han elaborado terrazas
y andenes 3 , además de diferentes tipos de canalizaciones, todos los cuales indican un manejo
efectivo y sustentable de la escasa cantidad de agua superficial (Santoro et al. 1998).
Actualmente, en la mayoría de los valles precordilleranos se disponen de estanques de
regulación nocturna y una extensa red de canales construidos de piedra, barro y cemento. Con
este tipo de sistema y manejo agrícola se obtiene una escasa cantidad de hectáreas, pero que
trabajadas de manera intensiva suelen ofrecer importantes cosechas.

Las tecnologías desarrolladas frente a las particularidades ambientales permiten obtener una
serie de cultivos distintivos de la precordillera. El maíz, de gran relevancia en los valles bajos,
pierde importancia en relación a la papa, con diversas variedades y amplia producción en la
precordillera. También, en la precordillera se cultiva la quinua (Chenopodium quinua) y la
haba (Fabáceas), en conjunto con especies introducidas, como el orégano (Origanum vulgare),
la alcachofa (Cynara scolymus) y el ajo (Liliaceae).

Además, en la precordillera existe una relevante producción ganadera. En este piso ecológico
las especies domésticas nativas, es decir, la llama (Lama glama) y la alpaca (Lama pacos),

3
Se sigue la propuesta de Mujica (1997) para diferenciar entre terrazas y andenes. El primer término
se refiere a superficies aplanadas sin infraestructura sofisticada, en cambio, los andenes implican la
existencia de un muro de contención, que en la mayoría de los casos corresponde a un pircado de
piedras.

11 
alcanzaron en el pasado una escala de producción considerable que complementó el énfasis
agrícola (Keller 1946). Sin embargo, su importancia lentamente ha disminuido con la
presencia de especies foráneas, como los caprinos, los bóvidos y en menor medida equinos,
introducidos desde la Conquista Hispana, que igualmente se han adaptado a las prácticas y
economías tradicionales (Gundermann 1984).

Geopolíticamente, la precordillera de Arica es un territorio que forma parte de la Comuna de


Putre, donde se establecen una serie de poblados, destacando Putre, capital comunal y
provincial, además de Socoroma, Chapiquiña, Belén y Tignamar. De segundo orden son los
caseríos que fueron originalmente anexos productivos de los pueblos mayores, y que hoy se
disponen como entidades diferenciadas (González y Gundermann 1997). En este último caso,
podemos nombrar a las actuales localidades de Zapahuira, Copaquilla, Lupica y Saxamar,
derivadas respectivamente de Socoroma, Chapiquiña, Belén y Tignamar.

Se trata de un territorio que a pesar de mantener su vocación agrícola, sufre un permanente


despoblamiento producto de la migración hacia la ciudad (Albó 2000), la cual aumentó
masivamente con la industrialización de las urbes costeras desde la década de 1950
(Bascuñán et al. 2001). Esto ha provocado que los terrenos rurales hayan perdido gran parte
de su potencialidad agroganadera y que los pueblos hayan disminuido su actividad social. Sin
embargo, no se trata de una migración sin retorno, pues permanentemente los migrantes y
sus descendientes vuelven a sus pueblos y localidades de origen para las respectivas fiestas
patronales y carnavales (González 1996). Esto da cuenta de una compleja y activa
conformación de las identidades locales, que va más allá de los aspectos territoriales y
productivos.

2.2 PAISAJES DEL VALLE DE COPAQUILLA

La cuenca hidrográfica del río San José drena 3.060 km2 y alcanza 128 km de longitud
(Niemeyer y Cereceda 1984, en Errázuriz et al. 1997: 123) 4 . Esta cuenca se forma
principalmente por el río Tignamar y el río Seco, que confluyen conformando al río San José,
el cual drena ocasionalmente al Océano Pacífico. El río Tignamar atraviesa 45 km desde el Sur

4
Si bien Klohn (1972) indica que esta hoya sumaría 3.300 km2.

12 
hacia el Norte, recogiendo diversos subafluentes que reúnen las aguas cordilleranas. En
cambio, el río Seco sólo tiene 25 km de largo y sigue una orientación opuesta, es decir, desde
el Norte hacia el Sur.

El río Seco tiene sus nacientes en la divisoria de aguas de la Cordillera Central a más de 4.700
msnm. Un subafluente importante del río Seco es la quebrada de Vilasamanani-Zapahuira,
donde se localiza la actual localidad de Zapahuira. Otros subafluentes son las quebradas de
Cabrapoco, Mulahumaña y Peregrina, las cuales llegan por el Oriente al curso principal (ver
Figura 2). Estos subafluentes alimentan al río Seco sólo en época estival, por tanto, los
recursos acuíferos más importantes de la cuenca corresponden a aquellos que provienen de
vertientes locales.

Al tramo final del río Seco, antes que se una al río Tignamar para dar forma conjunta al río
San José, se le denomina Valle de Copaquilla. Este valle es una cuenca parcialmente cerrada
por dos imponentes cañones rocosos, ubicados en sus extremos Sur y Norte. Estos farellones
apenas permiten una longitud de 1,8 km y un ancho máximo para el valle de 160 m.

El valle de Copaquilla está en los márgenes del desierto, a una altura promedio de 2.850
msnm, y no es posible caracterizarlo como un espacio típico de la precordillera de Arica. Es el
valle agrícola más cálido de este piso ecológico, pues se sitúa relativamente lejos de los
faldeos cordilleranos. Esta lejanía a las fuentes de aguas también significa que los principales
recursos de agua del valle de Copaquilla provienen de una serie de vertientes locales que
proveen de agua de alta calidad (Programa ORIGENES 2008).

13 
Figura 2: Imagen georreferenciada del valle de Copaquilla, destacando cursos de agua,
campos de cultivo, asentamientos actuales y la carretera internacional (CH-11).

14 
Sin embargo, al igual que todos los valles precordilleranos, en algunas temporadas estivales,
el río Seco recibe una gran cantidad de aguas lluvias, que inundan el lecho del río y provocan
una permanente transformación del cauce y de ciertas laderas expuestas. De esta forma, las
aguas permanentes provenientes de vertientes, los lechos usualmente inundados y una alta
radiación solar, permiten una significativa fertilidad del valle, que resalta en medio de un
paisaje completamente árido. Quizás, este contraste sea la razón del origen del nombre
“chacra verde”, una de las posibles traducciones en aymara de Copaquilla 5 (ver Figura 3).

Además, el valle se caracteriza por una orientación Norte-Sur, diferente al resto de las
quebradas precordilleranas que siguen un curso general de Oriente a Poniente. Este relieve
característico ofrece una protección adicional a los vientos y definitivamente una mayor
radiación solar. Es muy probable que desde un inicio los productos agrícolas de Copaquilla
hayan tenido características distintivas en relación a las ofrecidas por los valles desérticos y
las otras quebradas precordilleranas.

Aunque gran parte del siglo XX el valle estuvo prácticamente deshabitado, actualmente 41
familias, que suman 65 personas, tienen alguna relación con el valle (Programa ORIGENES
2008). La mayoría de estas personas transita entre Copaquilla y Arica u otro pueblo
precordillerano, siguiendo el conocido patrón de residencia translocal (González 1990, 2003);
mientras que tan sólo una familia reside permanentemente en el valle. Otro grupo importante
de personas se relaciona con el valle, mediante vínculos de parentesco y sólo visita el
territorio con motivo de las fiestas de Carnavales, Las Cruces u otros eventos.

Se reconocen cuatro sectores agrícolas, asociados a diferentes canales de regadío. Éstos


corresponden de Norte a Sur, a los sectores de Pukara, Estanque Grande, Acequia Nueva y
Trigopampa. En la actualidad se han contabilizado 20,5 hectáreas cultivables en el valle de
Copaquilla, de las cuales sólo 16 se encuentran utilizadas agrícolamente. Los principales
cultivos corresponden a chacarería, tales como, tomate y arvejas (Programa ORIGENES 2008).

5
Ludovico Bertonio (1984 [1612]) señala que “Copa” (o Qupa) se puede traducir como “color verde”
(Segunda Parte, p. 52); mientras que Quilla (o Killa) puede ser traducido como “chácara” o incluso
como “chácara de coca” (Segunda Parte, p. 297).

15 
Figura 3: Vistas panorámicas del entorno geográfico del valle de Copaquilla: a) Quebrada
Peregrina, en el tramo sur del valle; b) Vista general del valle desde el Norte; c) Vista general
del sector Trigopampa.

16 
Con la nueva Ley Indígena de 1993, en el valle se han constituido dos Comunidades
Indígenas. La primera, Comunidad Indígena de Trigopampa, se formó en el año 1998, y posee
aproximadamente 43 socios. Mientras que, la Comunidad Indígena Pukara de Copaquilla fue
constituida el día 11 de septiembre del año 2000 y actualmente tiene 20 socios.

2.3 ANTECEDENTES HISTÓRICOS REGIONALES

Diversos equipos de investigación, desde la década de 1960 hasta el presente, han


desarrollado estudios acerca del poblamiento prehispánico en la precordillera de Arica. Por un
lado, estos estudios se han ocupado de la evidencia de cazadores que dejaron evidencias
materiales y simbólicas en diversos abrigos rocosos de la precordillera desde hace 9.000 años
atrás (Niemeyer 1972, Santoro 1989, Santoro y Chacama 1982, 1984, Sepúlveda 2008).

Otro grupo de investigaciones se ha concentrado en los extensos y complejos poblados junto


a sus andenerías asociadas que ocuparon los estrechos sectores agrícolas de los valles
precordilleranos. Es llamativo el hecho de que la mayoría de los más extenso poblados
prehispánicos se ubican aguas debajo de las actuales localidades (por ejemplo, Belén,
Socoroma, Tignamar, Chapiquiña, entre otros). Estas investigaciones han establecido que el
poblamiento intensivo de la precordillera ocurrió recién a partir del denominado período
Intermedio Tardío, aproximadamente desde el 1.000 d. C. (Muñoz y Chacama 2006, Santoro et
al. 2004).

Existe consenso entre los investigadores acerca de las características agroganaderas de este
poblamiento prehispánico tardío. Esto se hace evidente al ver la proximidad de los
asentamientos hacia una serie de laderas abruptas donde se realizaron obras de
infraestructura, confeccionando andenerías y sistemas de canalización. Además, es muy
probable que otras laderas y terrazas menos elaboradas hayan servido para soportar pastos
para camélidos.

Es factible que la población prehispánica haya habitado de diversas formas el territorio,


ocupando diferentes tipos de asentamientos en varios sectores y en distintas temporadas.
Pero, sin duda, debieron haber destacado las grandes aldeas y pukara, que concentraron la

17 
mayor parte de la población y se constituyeron como centros sociopolíticos e ideológicos.
Estas aldeas y pukara estaban compuestas por unidades habitacionales de paredes pircadas,
generalmente de planta circular (Muñoz et al. 1997). Además, en todas ellas, destacan
sectores públicos como plazas, en donde se debieron practicar las principales actividades
sociales (Ajata 2004).

Sin embargo, no se establecen consensos relativos a las interpretaciones sobre las


características sociopolíticas y de organización social de estos asentamientos. Ciertos autores
indican que la precordillera fue un espacio de interacción sociopolítica entre dos entidades
culturales: por un lado, la influencia de los señoríos altiplánicos (principalmente el señorío
Caranga, identificado etnohistóricamente); y por otro, la presencia de poblaciones locales de
tierras bajas identificadas con Cultura Arica (Muñoz y Chacama 2006), identificadas como los
yungas del Colesuyu (Hidalgo 1978, Hidalgo y González 2003, Rostworowski 1986). Otros
autores, basándose más en evidencia arqueológica que en datos etnohistóricos, señalan la
presencia de un núcleo poblacional local preexistente, identificado como grupo Charcollo.
Este grupo sociocultural habría tenido una mayor relevancia demográfica y habría servido
como catalizador de las influencias altiplánicas y costeras (Romero 2003b, Santoro et al.
2004).

Cualquiera sea la interpretación que se acepte, la ocupación prehispánica de la precordillera


debió haber implicado comunidades económicamente autónomas, con algún tipo de
integración cultural e ideológica más amplia, debiendo incluir tanto aquellas de tierras del
altiplano oriental como las costeras (Romero 2005). Una dinámica política, tanto interna
como externamente, se mantuvo con autoridades locales que sustentaban su poder en el
prestigio más que en cargos preestablecidos o linajes (Santoro et al. 2004).

Un rasgo de especial relevancia para las interpretaciones sociopolíticas y étnicas de las


poblaciones prehispánicas que ocuparon la precordillera han sido las chullpa, construcciones
funerarias de barro y/o piedra. Se caracterizan por tener un vano de acceso, pudiéndose
entender como una especie de mausoleo, donde originalmente los restos naturalmente
momificados eran depositados junto a un ajuar funerario (Romero 2003b). Sin duda, la
tecnología e ideología de las chullpa es de origen altiplánico y muy probablemente son

18 
expresión del culto a los antepasados (Aldunate et al. 1982, Gil 2001). Yendo más allá en la
interpretación ciertos autores sostienen que las chullpa son una expresión de los ayllu
aymaras prehispánicos (Hyslop 1977, Isbell 1997, Kesseli y Parssinen 2005).

La presencia Inka en la precordillera es visualizada principalmente a través de sus rasgos


arquitectónicos, infraestructura asociada (por ejemplo, Qhapaq Ñam), y en menor medida su
cerámica (Chacama 2005, Santoro 1983, Williams et al. 2007). Según las actuales
interpretaciones a nivel local esta presencia estatal significó diversos cambios políticos. Las
principales modificaciones se observaron en el incremento de la complejidad social, en donde
sobre las autoridades locales fueron impuestos líderes provenientes de provincias altiplánicas
(posiblemente Carangas). Así, tras las alianzas entre los nuevos administradores Inka con las
autoridades preexistentes, se fue incrementando la población altiplánica y sus influencias
(Santoro et al. 2004).

En términos regionales, con el Inka habría continuado un equilibrio sociopolítico entre las
entidades de tierras altas y bajas, basado en la interacción, la complementariedad ecológica y
las modificaciones ideológicas del Inka (Romero 2005, Williams et al. 2007). Con la llegada de
los conquistadores españoles este equilibrio fue alterado abruptamente. El nuevo centro de
control político se ubicó en la costa y se extendió lentamente hacia los valles bajos y medios,
lo que provocó que en las tierras bajas las poblaciones originarias fueran prácticamente
absorbidas (o exterminadas desde el punto de vista cultural) por la entrega de Encomiendas,
haciendas agrícolas y una creciente vida urbana (Hidalgo y González 2003, Arévalo y Véliz
2007).

En el piso precordillerano también la población originaria sufrió cambios sociales y políticos,


aunque no tan desestructuradores como los que sufrieron las poblaciones costeras y de valles
bajos. Los conquistadores hispanos no tuvieron mucho éxito en la administración efectiva de
estos territorios altos, articulados por lógicas de interacción y acuerdos sociales muy
diferentes a los occidentales. Por este motivo, pese a los esfuerzos de las diversas
instituciones hispánicas, se mantuvo por mucho tiempo un patrón de movilidad demográfica
entre el Altiplano y los valles bajos occidentales (Durston e Hidalgo 1999).

19 
Con el inicio de la explotación del mineral de Potosí (1.540), y luego con la extracción de
azogue (mercurio) desde Perú, y la posterior explotación de plata de Choquelimpie, en la
Cordillera de Arica (1.640) se desarrolló un creciente auge de la actividad comercial de Arica y
sus Altos (Rivera 1995-1996). Esto conllevó a una fuerte demanda por mano de obra indígena
y tierras para forraje, la que se intentó satisfacer con las nuevas políticas administrativas del
Virrey Toledo. Así, se instauraron los Corregimientos y los “Pueblos de Indios” (1.590),
intentando limitar la movilidad de los indígenas y facilitando el cumplimiento forzoso de
mitas de trabajo (Gundermann 2003).

Pese a estas políticas, los líderes de la naciente clase social indígena mantuvieron ciertas
cuotas de poder al interior de las nuevas instituciones coloniales (Hidalgo y Durston 1998).
Esta posición privilegiada de ciertas jerarquías indígenas fue motivada, además, por el escaso
efecto político de la mantención de un dominio directo de estos espacios por parte de la
Corona Española. De esta forma, tanto la nueva actividad empresarial de arrieraje, como
también la labor administrativa de controlar los tributos, sirvieron para posicionar a unos
nacientes cacicazgos 6 indígenas (Rivera 1995-1996). Posteriormente, esto se consolidaría con
el surgimiento del Cacicazgo de Codpa y el linaje de los Cañipa (ca. 1.650). En efecto, la
administración española configuró los cargos hereditarios como mecanismo para afianzar su
dominio sobre la producción, la evangelización, pero por sobre todo para hacer efectiva la
recolección de los tributos de los indígenas (Hidalgo y Durston 1998).

Paralelamente, junto con el control político y económico, se inició la evangelización de los


indígenas, con un intenso proceso de adoctrinamiento y extirpación de idolatrías. A la larga,
la obligada observación de la fe cristiana por parte de los indígenas, la persecución de las
antiguas tradiciones y la mantención en privado de algunos de sus cultos originales, dieron
forma a un original sincretismo religioso (Hidalgo y González 2003). De esta manera, con la
creación de la Doctrina de San Marcos de Arica (1.580) también se constituyó la Doctrina de

6
Suelen usarse como sinónimos los términos de “kuraka” y “cacique”. Sin embargo, cacique y
cacicazgo son los términos dado a los cargos e instituciones de representación indígena otorgados por
la corona hispana. Kuraka, en cambio, sería un cargo tradicional, posiblemente originado en tiempo
prehispánico y menos afectado por la administración española.

20 
Poconchile, esta última, dedicada a la evangelización de todos los sectores indígenas que
integraban los “Altos de Arica” (Hasche 1997).

Con la creación del Curato de Codpa (1.660) y el posterior traslado de la Doctrina de Lluta a
Codpa (1.668), se incrementó el esfuerzo hispano por aumentar su jurisdicción eclesiástica en
la zona indígena. Tras 100 años de actividad desde Codpa, la Iglesia buscó mejorar aún más
su rol evangelizador en el mundo indígena, escindiendo desde la Doctrina de Codpa la nueva
Doctrina de Belén (1.777), que incluyó Lluta, Putre, Socoroma, Pachama, Parinacota y
Guallatire (Hasche 1997).

Este proceso colonización política y religiosa llegó a niveles intolerables de abusos y


discriminaciones hacia los pueblos originarios. La explosión de este creciente descontento fue
la rebelión surandina de Tupac Amaru y Tomás Catari (1.780-1.781). Este movimiento social
se expresó con una gran fuerza en los valles de Arica (Hidalgo y Durston 1998), con lo cual
una serie de representantes indígenas con cargos hispanos fueron ajusticiados, entre ellos, el
cacique Diego Felipe Cañipa, quien fue degollado en Codpa (Cúneo Vidal 1977).

Finalmente, los españoles lograron terminar pronto la rebelión, tras lo cual buscaron la forma
de controlar de manera más efectiva su dominio político y territorial sobre los indígenas. Para
ello, destituyeron los títulos hereditarios de los cacicazgos, organizaron los Cabildos en las
localidades andinas y reemplazaron los Corregimientos por Intendencias y Subdelegaciones
(Arévalo y Véliz 2007). Además, posterior al 1.800 ocurre un leve decrecimiento poblacional
en los “Altos de Arica” (Hidalgo et al. 1988).

Con la Independencia del Perú, acaecida en el año 1.824, nuevos cambios en el eje político y
económico afectaron directamente la organización de estos territorios y las poblaciones
indígenas de los “Altos de Arica”. A la presión demográfica permanente desde y hacia el
Altiplano de carangas, se sumó un nuevo movimiento de agricultores desde el sur peruano
(por ejemplo, de Arequipa y Moquegua), quienes tenían experiencias productivas en valles de
características similares (Ruz et al. 2008).

21 
Las repúblicas con su filosofía ilustrada promovieron el fin del sujeto “indígena” para que
fuera reemplazado por la categoría de “ciudadano”. Del mismo modo buscaron eliminar la
comunidad tradicional, instando a sus miembros a convertirse en campesinos individuales,
estableciendo tratos particulares con el Estado (González y Gundermann 1997, Hidalgo y
González 2003).

A finales del siglo XIX, tras la Guerra del Pacífico, se inició una activa represión hacia las
poblaciones locales por parte del nuevo poder chileno. Por un lado, los indígenas, sin auto-
adscripción ni a la nación peruana o boliviana, fueron violentados para que se auto-
reconocieran como chilenos. Por otro lado, los últimamente llegados agricultores peruanos
fueron obligados a dejar sus inversiones o separarse de sus familias. La memoria sobre estos
hechos relativamente recientes de violencia a la peruanidad se mantienen, hoy en día, en las
localidades de precordillera (Díaz y Ruz 2003).

Con la consolidación en el territorio del Estado chileno y la industria del salitre, gran parte de
la agricultura regional se orientó a la venta e intercambio con las salitreras de Tarapacá. Al
mismo tiempo, muchos habitantes, especialmente los más jóvenes, afectados por la paulatina
subdivisión predial, migraron para trabajar en las salitreras. La chilenización tomó variadas
formas, algunas coercitivas, pero otras más asistencialistas. Se realizaron inversiones públicas
tanto en zonas urbanas como rurales, con el objeto de homogeneizar a la población bajo un
mismo sentimiento de nacionalismo, que buscaba desdibujar las identidades indígenas
tradicionales (González 2003).

El último proceso regional vivido por las poblaciones de raíz indígena fue la expansión de la
red vial hacia los pueblos interiores, entre los años 1.950 y 1.960 (Bascuñán et al. 2001). Esto
mejoró las condiciones para trasladar los productos agrícolas hacia las zonas urbanas pero,
también, produjo una masiva migración de los jóvenes hacia la ciudad, especialmente en
búsqueda de una educación formal (González 1996). Desde la década de 1.960, los pueblos
comenzaron a deshabitarse, quedando sólo los miembros de mayor edad de cada familia; sin
embargo, los lazos con su pueblo y su familia no se perdieron, sino que fueron transformados.

22 
La ciudad fue un nuevo espacio que la familia extendida andina ocupó, esta vez mediante el
comercio y el transporte, sin dejar de lado sus actividades y territorios tradicionales (González
1990). Así, los pueblos continúan siendo masivamente visitados para las festividades
correspondientes a los Santos Patrones y Carnavales en época de vacaciones (Bascuñán et al.
2001, González 2003).

En la ciudad, estos migrantes se organizaron en torno a una identidad localista, expresada en


una serie de “Centros Hijos de Pueblos” con finalidades sociales y culturales. Tales
organizaciones y la formación de una nueva generación de indígenas educados formalmente,
permitieron el surgimiento de nuevos movimientos urbanos, los cuales a su vez se sumaron a
las fuerzas opositoras a la dictadura de Pinochet. Tras la recuperación de la democracia, los
movimientos indígenas nacionales siguieron trabajando para lograr finalmente la
promulgación de la Ley Indígena 19.253 en el año 1993, y el surgimiento de la Corporación
Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI). Esta institución representa una nueva política
gubernamental enfocada a terminar la discriminación negativa hacia los pueblos y
comunidades originarias (Bascuñán et al. 2001, Zapata 2007).

2.4 EL VALLE DE COPAQUILLA EN LA HISTORIA REGIONAL

Hemos intentado resumir los resultados de una serie de antecedentes históricos relativos a la
precordillera de Arica. Sin embargo, pese a disponer de un adecuado conocimiento del
panorama regional, bastante poco es lo que se ha estudiado de manera específica sobre el
valle de Copaquilla. En términos históricos, sólo disponemos de bibliografía de carácter
arqueológico que reconoce evidencias prehispánicas en el territorio de Copaquilla
(Schiappacasse et al. 1989, Muñoz et al. 1997, Muñoz y Chacama 2006), las cuales sólo se
remiten a describir las aldeas, pukara, cementerios en cistas y chullpa.

Las primeras exploraciones arqueológicas fueron realizadas por Percy Dauelsberg (1959),
quien registró someramente el Pukara de Copaquilla, asignándole el nombre de Az-39. En la

23 
década del 1960, Hans Niemeyer estudió y registró los materiales y la planimetría del Pukara
de Copaquilla y del Poblado de Copaquilla 7 (ver Figura 4).

Dos décadas después, Hans Niemeyer resalta la relevancia de las chullpa, señalando la
presencia de dos de estas construcciones en el Poblado de Copaquilla; y además, un segundo
cementerio “denominado 'El Rodado', situado en la ladera izquierda del río Seco, frente al
poblado indígena. Aquí se encuentra un conjunto de cinco chullpa, que presentan distinto
grado de conservación" (en Aldunate y Castro 1981:98).

Posteriormente, Niemeyer nuevamente destacó la presencia en el valle de Copaquilla de


“abundantes sepulturas aisladas o formando agrupaciones y de variada morfología: fosas
cilíndricas revestidas de piedra, sepultaciones en oquedades rocosas y cerradas con pircas y
chullpa hechas de sillares de piedra y argamasa” (Schiappacasse et al. 1989: 191).

A partir de estos estudios, en 1979 se llevó a cabo una restauración del Pukara de Copaquilla,
debido a su fácil acceso desde la Carretera Internacional Arica-La Paz. Esto significó limpiar
de escombros y piedras su superficie, levantar muros, y elaborar senderos interpretativos, que
parecen no corresponder a los senderos de comunicación internos originales (Luis Briones,
comunicación personal). En 1983, de acuerdo al Decreto Supremo N° 83, el Pukara de
Copaquilla fue declarado Monumento Histórico 8 , junto con otros yacimientos arqueológicos
de la Provincia de Parinacota.

7
Durante la realización del presente trabajo, comuneros de Copaquilla nos informaron que trabajaron
con Hans Niemeyer en la década de 1960, y que además se habían investigado otros yacimientos.
8
A partir de esta declaratoria el Pukara de Copaquilla tiene una doble protección por la Ley 17.288 de
Monumentos Nacionales, la primera y solo por el ministerio de la ley como Monumento Arqueológico,
y la segunda como Monumento Histórico.

24 
Figura 4: Planimetría de los yacimientos Pukara Altos de Copaquilla (Copaquilla 1) y Poblado
de Copaquilla (Copaquilla 2) elaborados por Hans Niemeyer en la década de 1960 (Tomado
de Muñoz y Chacama 2006).

25 
Luego de casi 30 años, Muñoz y Chacama (2006) nuevamente caracterizan ambos
asentamientos (Pukara y Poblado), en términos arquitectónicos y de emplazamiento, además
de los materiales culturales presentes, en especial la cerámica. La descripción del poblado
indica una variedad enorme de funciones y técnicas constructivas, denotando una presión por
ocupar intensivamente la ladera. También, señalan que este poblado fue habitado durante
largo tiempo, desde un período pre-inka primordialmente de bases costeras, hasta un segundo
período con influencia altiplánicas, y finalmente un período Inka, donde las poblaciones
locales habrían interactuado con los administradores altiplánicos (Muñoz y Chacama 2006:
238-239).

Todos estos trabajos han explicado el rol de estos poblados complejos y sus cementerios
dentro del panorama social e ideológico imperante en la precordillera de Arica, durante los
períodos prehispánicos tardíos. Sin embargo, ninguno de estos estudios se ha centrado en
cuestiones específicas del valle de Copaquilla, como por ejemplo, el funcionamiento de los
procesos sociales locales, las secuencias históricas de los asentamientos, o aspectos genéticos
o de calidad de vida de las poblaciones pasadas.

Una situación más preocupante es la relacionada con los estudios documentales e


historiográficos, los cuales no existen para el valle de Copaquilla, y ni siquiera para las
cercanas localidades de Pachama o Chapiquiña. Salvo las referencias tangenciales en la
documentación histórica regional, no existe investigación respecto de las jurisdicciones de
Socoroma o Belén, de las cuales el territorio Copaquilla formó parte, como anexo agrícola de
Chapiquiña o Pachama.

La ausencia de referencias sobre el valle de Copaquilla en la documentación histórica, parece


coincidir con los relatos orales que indican que, hasta hace poco, el valle fue un territorio de
cultivos de temporadas, perteneciente a pobladores de la localidad de Chapiquiña. Se debe
considerar que el pueblo de Chapiquiña es uno de los pueblos históricos más próximo al valle
de Copaquilla, a unos 10 km hacia el oriente, los que se recorren con el apoyo de animales en
un tiempo de 2 a 3 horas (ver Figura 1).

26 
Pese a ello, la presencia de densos poblados arqueológicos en el valle indica que en tiempos
prehispánicos habitó una población permanente sustentada por la actividad agro-ganadera.
Poblamiento que, al parecer, cesó con la conquista hispana o un poco después, ya sea por un
probable desecamiento del valle, por el proceso de reducción en “Pueblos de Indios”, o ambos.

Como se señaló previamente, el proceso reduccional se inició en 1.590. Una de las formas
para identificar los Pueblos de Indios conformados bajo dicha política, es cotejarlos con los
pueblos que fueron visitados en el año 1.618, por el sacerdote carmelita Vázquez de Espinoza.
Al respecto, él señala que:

“…visite al año 618, los pueblos de Lluta, Socoroma, Putre, Tocrama, Lagnama, Lupica,
Sacsama, Timar, Codpa, Cibitaya, Isquiña, Pachica, San Francisco de Vmagata,
Santiago de Vmagata, Chapiquiña, Asapa, que están en distrito de mas de 70 leguas
vnos en valles calientes, otros en la sierra, apartados vnos de otros, y siendo la más
gente de buena razón, que viven en la jurisdicción de Arica en aquellos altos…”
(Vázquez de Espinoza 1948 [1648]: 481).

De esta forma, es factible suponer que Chapiquiña fuera el pueblo donde fueron obligados a
desplazarse y asentarse los indígenas que habitaban el valle de Copaquilla. Ahora bien, tras
ser listado por Vázquez de Espinoza, el pueblo de Chapiquiña no volvió a ser registrado en los
documentos. En su reemplazo comienza a aparecer Pachama, pueblo ubicado unos 4
kilómetros al sur de Chapiquiña (ver Figura 1).

Pachama aparece entre los pueblos que deben enviar personas para cumplir con una mita de
trabajo en una hacienda del valle de Azapa, mita que se extendió entre 1.680 y 1.720
(Hidalgo et al. 1988-1989: 64). Luego, en el año 1.720, el cacique José Cañipa nombra a
Pachama entre los pueblos que forman parte de su jurisdicción (Hidalgo y Durston 1998: 53).
Pachama en el año 1.739 nuevamente aparece incluida en la Doctrina de Codpa (Hasche
1997: 63), pero además se indica la presencia de un templo (Chacama et al. 1992). Luego, en
la Revisita de los Altos de Arica de Joaquín Cárdenas (1.750), Pachama registra 122 personas
(Hidalgo 1978: 116-122). Nuevamente, en la Revisita de Codpa de Demetrio Egan (1772-73)
aparece Pachama, esta vez, con 158 personas (Hidalgo et al. 2004: 108).

27 
En el decreto de fundación de la Doctrina de Belén (1.777), Pachama es nombrada como parte
de dicha jurisdicción eclesiástica. Un poco después, en el listado de contribuyentes de la
Doctrina de 1.787, se ratifica la pertenencia del pueblo de Pachama al curato de Belén
(Hasche 1997: 64 y 67). Hacia 1.813 se nombran 10 pueblos que constituyen la Doctrina de
Belén, entre los cuales es nombrado nuevamente Pachama con 114 habitantes (Hidalgo et al.
1988: 23). En el recientemente localizado censo peruano de 1.866 del Departamento de
Moquegua, vuelve a nombrarse a Pachama, esta vez con 84 habitantes (Ruz et al. 2008).

Pero en 1.871, pocos años después del censo de Moquegua, se indica la existencia del pueblo
de Chapiquiña, con 105 habitantes (Wormald 1966). En 1.912, dentro del amplio proceso de
chilenización, se tienen noticias del funcionamiento de una escuela en Chapiquiña (antes se
habían fundado escuelas en Putre, Tignamar y Socoroma; Comisión Verdad Histórica y Nuevo
Trato de los Pueblos Indígenas 2003, Cuerpo I: 25). Además, en el Censo Nacional de 1.930,
Chapiquiña vuelve a aparecer, como parte de los pueblos que componen la antigua Comuna
de Belén, esta vez con 239 habitantes.

Hay dos aspectos que se deben destacar de los datos expuestos. Primero, las localidades de
Pachama y Chapiquiña nunca aparecen simultáneamente en la documentación colonial y
republicana. Segundo, durante gran parte del período Colonial y Republicano se nombra a
Pachama, específicamente entre los años 1.680 y 1.866; mientras que Chapiquiña es señalada
sólo al inicio del período Colonial Inicial (1.618) y desde un poco antes de la Guerra del
Pacífico en adelante.

Sin duda, la relación entre Pachama y Chapiquiña es peculiar y debería ser estudiada en
detalle. Actualmente, Pachama es un pueblo prácticamente deshabitado, lejos de la actual red
vial de precordillera (Ruta A-255), y que congrega a su población sólo para la festividad de
San Andrés. Esta fiesta trasciende a su propia comunidad translocal y adquiere características
de Santuario donde llegan, cada mes de noviembre, organizaciones de bailes desde Arica y
otros lugares de la precordillera y Bolivia.

El pueblo de Pachama tiene un ordenamiento urbano irregular, conformado por una serie de
casas a lo largo de una calle principal, sin formar cuadras o manzanas. Las casas, pese a estar

28 
desocupadas permanecen habitables, pues son cuidadas por los habitantes que tienen su
residencia en Arica, Chapiquiña u otras estancias. En el extremo poniente del pueblo está el
pequeño cementerio, delimitado por un muro de adobones.

En el extremo oriente del pueblo, se levanta el Templo consagrado a San Andrés, que ya
habría estado levantado en 1.739, como se indicó previamente. El edificio posee muros de
adobe y piedra con varios contrafuertes, una portada de piedra y el techo a dos aguas. Se
organiza con una nave principal y dos capillas laterales. En su interior y portada exterior
destacan frescos y pinturas de fuertes colores, relacionados con la evangelización y la vida de
los santos (Benavides et al. 1977). El edificio se emplaza dentro de un amplio atrio cerrado
por un grueso y alto muro de adobe. La entrada al atrio se ubica al frente del templo,
utilizando un arco desde el muro. Adosado a una de las esquinas frontales del muro del atrio
se levanta el campanario de adobe y piedra (Benavides et al. 1977).

Chapiquiña posee un ordenamiento urbano diferente, basado en tres calles de orientación


Este-Oeste y cuadras de ancho regular de 45 m pero de largo variable. Hacia el extremo
poniente se sitúa una extensa plaza, rodeada por un murete de piedra y vereda empedrada. El
pueblo se sitúa en medio de la actual Ruta A-255. Un tramo empedrado de un antiguo
camino de 3 a 4 metros de ancho, llega en dirección Noroeste hacia el pueblo. Es un camino
que posee sus extremos delimitados por un murete pircado y unos escalones regulares,
cruzando una leve cuesta. Aunque, la tradición oral indica que es un camino recientemente
construido (hace 100 años), su aspecto formal se asemeja a un camino prehispánico, incluso
podría corresponder a un segmento del Qhapaq Ñam.

Con estos pocos antecedentes históricos y actuales sólo podemos suponer que al iniciarse la
política toledana, Chapiquiña fue el “Pueblo de Indios” donde se redujeron los indígenas de las
quebradas de Laco, Cosapilla, San Andrés y el río Seco. Posiblemente, este antiguo
Chapiquiña 9 no prosperó; mientras que en torno al templo y festividad de San Andrés de
Pachama se configuró, durante gran parte de la Colonia y la República, el principal poblado

9
Según Juan Chacama (comunicación persona, 2008) el actual Chapiquiña, o al menos, su actual
fisonomía con grandes cuadras al costado de la carretera, no correspondería al pueblo que habría sido
visitado por Vázquez de Espinoza.

29 
del territorio agrícola entre Socoroma y Belén. Por circunstancias aún no aclaradas desde
finales del s. XIX ocurrió el despoblamiento de Pachama y el nuevo crecimiento de
Chapiquiña.

Entre las posibles razones de este último cambio de residencia tenemos algunas de orden
administrativo, religioso y productivo. Pachama, al ser parte del Distrito de Socoroma, durante
la administración peruana, fue un espacio de frontera en relación al Distrito de Belén. De esta
forma, Pachama vio truncada la posibilidad de extender sus territorios hacia el sur, y sólo
podría crecer hacia el norte. Chapiquiña, por otro lado, se sitúa en un punto equidistante
entre Pachama, Copaquilla, Laco, Caillama y Murmuntani, los diversos terrenos productivos a
los que estas comunidades tienen acceso. Relacionado con esto, Pachama, como lo evidencia
la riqueza visual del Templo, fue un centro religioso de relevancia dentro de la antigua
Doctrina de Belén (1.771). Sin embargo, la élite política y eclesiástica de Belén,
posteriormente podría haber favorecido a Timalchaca, un nuevo santuario religioso más
vinculado a su territorio.

Finalmente, y quizás de mayor importancia, son las razones vislumbradas en la


documentación legal de mediados del s. XIX referida a los pastales de Chapiquiña. En 1.865 y
1.877 se registran litigios por éstas tierras, entre foráneos y un conjunto de usuarios
tradicionales de los pastales que provienen de diversos terrenos entre Socoroma y Belén 10 . Los
conflictos por estos terrenos debieron ser motivados por el auge del mineral de Choqulimpie y
por el intenso tráfico por el camino del Portezuelo de Chapiquiña, que requería de
importantes cantidades de forraje. Frente a estas presiones, los habitantes de Pachama,
quebrada eminentemente chacarera, debieron cambiarse hacia Chapiquiña para tener un
mayor control de estos recursos y de las vías de tráfico asociadas.

Como sea, los actuales pobladores de Copaquilla, reconocen que hasta hace unos 20 ó 30
años el valle de Copaquilla siguió siendo de uso temporal. Además, indican que fue explotado
exclusivamente por personas que tenían tierras en Chapiquiña y Pachama, y nunca habrían

10
Corresponde a documentación inédita proveniente del Fondo Judicial de Arica del Archivo Histórico
Nacional de Santiago, recopilada en el marco de investigación del proyecto FONDECYT N° 1070032 y
facilitada amablemente por Rodrigo Ruz.

30 
llegado usuarios desde Murmuntani, Chusmiza, Socoroma o Belén, los otros pueblos cercanos
a Copaquilla. La presencia temporal de agricultores de Chapiquiña y Pachama, recién cambió
hacia una ocupación más estable cuando se pudo controlar el uso y flujo del agua, mediante
la construcción de estanques de acumulación y la extensión del sistema de canalización.

En resumen, una historia del poblamiento de Copaquilla debería estar fuertemente


relacionada con los procesos históricos y uso del territorio en Chapiquiña y Pachama. Esto no
sólo es relevante para entender los períodos coloniales, republicanos y recientes, sino que
también los prehispánicos. La presencia de importantes yacimientos prehispánicos en el área
(a parte de los ya discutidos Pukara y Poblado de Copaquilla), tales como Caillama, Laco y
Pujone 11 , pueden explicar la posible reducción toledana de Chapiquiña.

2.5 SÍNTESIS DE ANTECEDENTES GEOGRAFICOS E HISTÓRICOS

Los principales aspectos de los antecedentes revisados, se pueden resumir en:

1. El valle de Copaquilla se ubica en un ambiente particular, en el inicio de la denominada


Precordillera, con importantes influencias del ambiente desértico. Esto conlleva a la
posesión de características microecológicas particulares, que se reflejaría en una
producción agrícola especializada.
2. Además, la cercanía del valle de Copaquilla al ambiente desértico ha debido hacerlo
particularmente sensible a las fluctuaciones climáticas y especialmente del recurso agua.
Esto se evidencia, al menos, en la existencia de un poblado arqueológico de importantes
dimensiones y alta densidad de material doméstico, que da cuenta de una población
mucho mayor a lo que se sustentaría hoy en día mediante la actividad agrícola.
3. Los procesos sociales e históricos regionales posteriores a la Conquista Hispana han sido
escasamente investigados. La historia oral de la comunidad de Copaquilla indica su
relación histórica con las localidades de Chapiquiña y Pachama. Sin embargo, este aspecto
no ha podido ser refrendado mediante documentación escrita que indique la profundidad
histórica de esta relación.

11
El primero estudiado tanto por Romero (2003) como por Muñoz (2007), y los segundos descritos por
Muñoz y Chacama (2006).

31 
4. Por tanto, aparte de mayor investigación arqueológica que nos indique acerca del
potencial especifico del patrimonio material del valle de Coapquilla, como el propuesto en
esta experiencia arqueológica, se requiere iniciar un programa de investigaciones acerca
de los períodos históricos republicanos y previos en la precordillera de Arica. Programa
que debería ser interdisciplinario, incorporando el registro documental, la historia oral, los
diversos restos materiales y los significados de este conjunto de datos para las
comunidades actuales.

32 
3. MARCO CONCEPTUAL

Actualmente, diversas reflexiones y propuestas en torno a los efectos extra-académicos de la


práctica arqueológica surgen desde diversos lugares del mundo. Estas ideas nacen desde un
ambiente teórico proporcionado por el pensamiento postmoderno, en general, y por la
arqueología postprocesal y postcolonial, en particular. Aunque, no todas estas reflexiones se
autodefinen como propuestas postcoloniales, la mayoría coinciden en un intento conciente de
sobreponerse a la carga colonialista que han tenido históricamente las disciplinas
arqueológicas y antropológicas.

Uno de los grupos de actores que se han visto más afectados por la labor conciente o
inconcientemente colonialista de las disciplinas antropológicas han sido las denominadas
comunidades indígenas. Por largo tiempo, fueron estas disciplinas las que entregaron las
herramientas conceptuales para que el resto de los poderes económicos y políticos intentaran
de una u otra forma incorporar los distintos grupos indígenas del mundo al proyecto de
desarrollo occidental.

Frente a una nueva etapa mundial de toma de poder de los grupos indígenas, éstos han
iniciado un fuerte proceso de demandas hacia los diferentes gobiernos nacionales. A las
peticiones de restitución de recursos y tierras, han seguido requerimientos de
autodeterminación política e independencia cultural que debieran permitir hacer sustentable
en el tiempo sus identidades y colectividades.

Un aspecto fundamental para llevar a cabo todas estas demandas indígenas son las formas en
que se estructura el relato del devenir histórico de estas comunidades. Por mucho tiempo este
relato fue elaborado y administrado por grupos expertos y externos, ligados frecuentemente a
instituciones supeditados a los estados nacionales (por ejemplo, Universidades, Museos y
Academias). Pero, lentamente los estados y sus instituciones, han abierto el espacio para
incorporar nuevas voces que utilizan metodologías diferentes para dar cuenta de la historia
de las comunidades. Así, junto con las comunidades indígenas, otros grupos históricamente
desposeídos o acallados, como las comunidades rurales, las mujeres, los obreros, los

33 
migrantes, tarde o temprano requerirán reconstruir una historia para sustentar su identidad y
sus demandas, en un mundo en globalización.

En este escenario la arqueología, tímida y tardíamente ha dejado su cómoda posición al lado


del sistema académico estatal y mundial, para “salir a la calle” a ofrecer humildemente sus
particulares métodos de conocimiento y sus productos a los nuevos consumidores de
historicidad. Para esto, la Arqueología ha debido entrar a discutir conceptos y supuestos muy
arraigados en la perspectiva científica, y que han dominado por largo tiempo la práctica
arqueológica. Desde la perspectiva postmoderna los primeros conceptos cuestionados han
sido la pretendida objetividad científica y la supuesta independencia política del saber. Sin
embargo, desde la propia práctica arqueológica es necesario también revisar el rol y la
relación que tiene el denominado conocimiento académico frente al saber tradicional. Por
último, es necesario revisar el significado práctico de los conceptos de Patrimonio Cultural y
Patrimonio Arqueológico. Ambas nociones han sido ampliamente utilizadas para justificar
moral y judicialmente nuestra labor profesional manipulando e interpretando bienes y objetos
que otros grupos y personas podrían perfectamente demandar un uso privilegiado o incluso su
propiedad.

3.1 POSTCOLONIALIDAD

Surgido desde el pensamiento postmoderno, y en muchos sentidos emparentada con la


reflexión crítica de raíz marxista, la Teoría Postcolonial corresponde a una tendencia de
pensamiento que se inició como un análisis del discurso que buscaba deconstruir las
narrativas colonizadoras. Esta reflexión postcolonial se sustenta en un hecho positivo
difícilmente debatible: la actual sociedad global es un producto de la expansión occidental
que significó un lazo desigual y forzoso entre algunas pocas sociedades “modernas” y
numerosos grupos “primitivos” (Fernández 2006).

Se considera que el famoso libro “Orientalismo” de Edward Said de 1979, es el inicio de esta
perspectiva. Su análisis muestra cómo los diferentes aparatos académicos y dispositivos
culturales de Occidente trabajan para mantener una amplia serie de sutiles prejuicios que van
formando una idea estereotipada y negativa sobre las naciones del Medio Oriente (Gosden

34 
2001). La reproducción persistente de estos prejuicios y su ramificación hacia diferentes
esferas socioculturales sería la base para la persistencia y profundización de las relaciones de
desigualdad.

Por su parte, los críticos literarios Homi Babha y Gayatri Spivak, ambos de origen hindú, han
hecho importantes reconsideraciones a la perspectiva inicial de Said. Mediante la herramienta
de la deconstrucción de Jaques Derrida, Spivak (2003 [1988]) analiza como se establece y
reproduce una verdad sobre las sociedades colonizadas. Ella indica que los intelectuales no
deben pretender hablar en representación del colonizado, del subalterno, pues con tal hecho
refuerzan la subalternidad y su opresión (Spivak 2003 [1988]).

De esta forma, es básico dentro del pensamiento postcolonial el rechazo a cualquier tipo de
esencialismo (o normativismo) que busca entender a las sociedades y sus expresiones
culturales como entidades monolíticas (Gosden 2001). Aunque también sería esencialista
declarar rápidamente que todos los grupos colonizados son “subalternos”, entendidos como
grupos completamente subyugados. Según Pagán Jiménez (2004) la situación
Latinoamericana sería más diversa y sería mejor hablar de grupos “alternos”.

Por otro lado, Babha postula que el colonialismo no puede ser entendido sólo como la unión
de diferentes culturas, una colonizada y otra colonizadora. Más bien, bajo la práctica
permanente de colonialismo se va forjando una nueva identidad heterogénea, previamente
inexistente (Bhabha 1994, citado por Gosden 2001). El análisis de la actual realidad cultural
latinoamericana realizado por García-Canclini (1989) utiliza de manera similar el concepto de
“hibridación” de la cultura poscolonial.

Además, los profundos métodos utilizados por el colonialismo, ha provocado algo similar al
“síndrome de Estocolmo”, es decir, una extraña mezcla de odio, rechazo y resentimiento, por
un lado, y amor, admiración y adhesión, por otro, de los colonizados hacia los colonizadores
(Fernández 2006). Con esta recreación permanente del ente colonizado, junto con una visión
esencialista sobre los grupos culturales, se ha mantenido el estatus colonizado de las
poblaciones ubicadas dentro de los límites de naciones independizadas políticamente, pero no
descolonizados, como por ejemplo las naciones latinoamericanas (Gnecco 2004). Este

35 
fenómeno, que puede ser llamado “endocolonización”, además de reproducir las diferencias
sociales interiores, provoca la perpetuación de estas lógicas en donde se imponen ciertas
visiones e historias sobre otras. En este sentido, muchos de los grupos históricamente
desposeídos, involucrados dentro los movimientos globales de “empoderamiento” de las
últimas décadas (indígenas, obreros, migrantes), están utilizando los mismos códigos de
colonización, tales como, la verdad, el derecho y la historia (Fernández 2006).

Es en este punto donde las diferentes perspectivas postcoloniales presentan un quiebre.


Algunos autores, siguiendo la postura de Spiviak, perseveran en la crítica a cualquier forma de
esencialismo en los estudios culturales, deconstruyendo tanto las elaboraciones colonialistas
y nacionalistas, como también los esencialismos utilizados para justificar las actuales
demandas políticas y jurídicas de los grupos (sub)alternos (Gosden 2001, Kupper 2003).

Otros se encaminan en el multivocalismo, una apuesta por un tipo de postcolonialismo que no


reniega desde un inicio el uso de los esencialismos por parte de los grupos históricamente
desposeídos. Al contrario, valoran el hecho de que tales movimientos mantienen un valioso
contenido crítico hacia el sistema global que es producido desde lo local (Angelo 2005,
Fernández 2006, Gnecco 2004, Pagán 2004). Esta postura multivocal tiene claridad de que el
conocimiento (ya sea, sobre el pasado, la naturaleza o las estrellas) siempre tendrá un uso
político, por tanto los intelectuales no pueden pretender lograr un conocimiento lo más
“racional”, “científico” y “aséptico” posible, pues aquella es una suposición largamente
superada por el postmodernismo (Fernández 2006). Más bien, el potencial subversivo que
tiene el pasado en la actualidad tiene que ver con el socavamiento de las lecturas
tradicionales del devenir histórico, mediante interpretaciones del pasado cada vez, más
locales y contingentes (Tilley 1998).

Esto representa un cambio disciplinario enorme y necesario, en comparación a los procesos


que dan surgimiento a la Arqueología, entre los siglos XVIII y XIX, como componente
primordial de los proyectos colonialistas y nacionalistas (Trigger 1984). Desde un inicio y
como aliada del estado colonial y/o nacional, la Arqueología fue investida con el derecho para
hablar sobre lo que “verdaderamente” pasó en el pasado. Este saber experto de estatus
indiscutible, se sigue reproduciendo actualmente en el “campo científico” (cf. Bordieu 2003),

36 
siendo imprescindible que esta verdad sea enunciada desde el interior del sistema académico.
Por tanto, todo discurso del pasado que no es construido desde dicho espacio académico, es
aún considerado falso e inválido (Gnecco 2004).

De este giro postcolonial, la Arqueología pasa a ser una disciplina relevante y estratégica para
la acción política de los grupos históricamente desposeídos (Gnecco 2005). El análisis del
devenir histórico de las comunidades mediante los objetos y otros restos materiales, se suma
al proyecto de deconstrucción de las ideologías colonialistas basadas primordialmente en
textos, discursos y prácticas. Por tanto, toda teoría y práctica arqueológica que no se declara
abiertamente postcolonial, es decir, con una declaración conceptual y metodológica que
enfrente esta situación pre-existente, mantiene su rol colonialista y/o nacionalista (cf Trigger
1984). Caben en esta definición tanto la Arqueología Académica, como la Arqueología
Profesional 12 , las primeras sirviendo al rígido sistema científico mundial, y la segunda,
prestando servicios a los grupos económicos mundiales.

En conclusión, un postcolonialismo multivocal en Arqueología significaría cooperar para que


los diferentes actores, por mucho tiempo desligados de su pasado y devenir histórico, tengan
una oportunidad de situarlo en sus propios términos y para sus propios fines en la arena del
debate social contemporáneo. La idea no es cambiar un centro hegemónico desde donde
surge el conocimiento por otro, sino lograr “descentralizar” tanto, la práctica como la teoría
arqueológica (Angelo 2005, Pagán 2004). Uno de los caminos básicos para lograr esto es el
desarrollo de una arqueología con las comunidades locales.

3.2 IDENTIDADES ÉTNICAS Y MOVIMIENTOS SOCIALES

Casi inherente a la práctica arqueológica ha sido la adscripción cultural de los restos


materiales del pasado. Por largo tiempo tales tipos de conclusiones fueron los aportes más
visibles de una Arqueología Nacionalista, sustentando narrativas sobre pasados florecientes o
vínculos genéticos con poblaciones pasadas (cf. Trigger 1984). Sin embargo, en menor medida
se ha reconocido que los resultados de la Arqueología no sólo sirven a proyectos nacionales,

12
Según Carrasco (2006) la práctica arqueológica contemporánea en Chile estaría dada por tres
modalidades: Arqueología de Formación y Difusión, Arqueología de Investigación y Arqueología de
Impacto Ambiental. Las dos últimas serían las aludidas acá.

37 
sino que a una serie de personas y comunidades en el presente, quienes buscan cierto tipo de
identificación y diferenciación (Meskell 2002).

Recientemente, tales aspectos han sido tratados con un mayor rigor analítico, primero desde
la Antropología (por ejemplo, Barth 1976 [1969], Jenkins 1996 y Eriksen 2002) y después
desde la Arqueología (por ejemplo, Jones 1997, Shennan 1989 y Stark 1998). Lentamente se
ha dejado de utilizar acríticamente el término “etnicidad” y se le reemplaza por el de
“identidad”. Este último, relacionado con el fenómeno más generalizado de autodefinición e
identificación, a nivel individual, con una serie de categorías sociales; mientras que la
etnicidad tiene que ver específicamente con la adscripción a un determinado grupo social que
involucra aspectos políticos, históricos y culturales (Jones 1997). Si bien todos estos
comportamientos individuales se desenvuelven en un marco social e histórico preexistente,
corresponde en todo momento a creaciones particulares, dinámicas e incluso irrepetibles por
parte de una misma persona que es enfrentada a nuevos escenarios (Shennan 1989).

La identidad social, por tanto, es un complejo proceso individual y colectivo que por mucho
tiempo ha querido ser visualizado en los registros y en las conclusiones de la Arqueología.
Esto ha generado no sólo debates en el campo de la metodología y la teoría arqueológica,
sino que también, ha resultado en el traslado de la Arqueología hacia el interior de demandas
políticas sobre actuales cuestiones de legitimidad, propiedad, y derechos (Meskell 2002). Gran
parte de los arqueólogos aún intentan mantener el asunto de identidad y la interpretación de
los registros materiales del pasado dentro del debate científico, y se niegan a inmiscuirse en
los asuntos contingentes de los procesos identitarios, señalando abiertamente que tales
cuestiones deberían mantenerse a distancia de las inmaculadas búsquedas de conocimiento
(Nicholas y Hollowell 2007).

En el actual contexto, en diversas partes del mundo otro grupo de arqueólogos están sirviendo
conciente e inconcientemente a nuevos proyectos políticos y étnicos. Extrañamente en los
Andes, tras el énfasis arqueológico puesto por los proyectos nacionalistas de Bolivia (Angelo
2005, Kojan y Angelo 2005, Mamani 1992), Perú (Higueras 1995) y en menor medida, el norte
de Chile (Jofré 2007, Romero 2003) los grupos indigenistas, cada vez con un mayor poder
social, que pregonan proyectos multiculturales, no están haciendo uso del pasado

38 
arqueológico para sus demandas 13 . No sorprende que los mismos arqueólogos no hayan
enfatizado estos temas dentro de sus prácticas, pero lo que si se merece observar es la no
inclusión del pasado arqueológico en las narrativas y demandas indígenas de Arica y
Tarapacá. Sostenemos que esto se debe a que estas comunidades han tenido un complejo
historial de identidad étnica, en donde sus discursos de identidad tradicional han sido muchas
veces afectados y cortados por la contingencia social y política (Jofré 2007), desapareciendo
esa continuidad con el pasado remoto.

En el contexto mundial de toma de poder de los grupos que reclaman derechos políticos,
económicos y culturales basados en identidades étnicas, en el Norte de Chile destaca el
proceso de reivindicación aymara. El territorio y la historia que están reclamando actualmente
los grupos auto-identificados como aymara, corresponden a espacios en donde se desarrolló
una larga dinámica social, de la cual sólo tenemos relatos e interpretaciones de una ínfima
sección. Los arqueólogos y etnohistoriadores han elaborado las narrativas del pasado más
remoto y un largo período correspondiente al período Colonial y Republicano ha sido
escasamente estudiado 14 .

Aunque una parte de este proceso histórico fue descrito en el Capítulo 1 de Antecedentes, es
necesario acentuar el aspecto de la identidad social de las poblaciones locales. En primer
lugar, existe consenso en interpretar el pasado prehispánico de la región como altamente
multiétnico, basado en una complementariedad ecológica y un principio de autosuficiencia de
las comunidades (Jofré 2007, Muñoz y Chacama 2006, Romero 2005, Santoro et al. 2004,
Schiappacasse et al. 1989). Esta situación multiétnica de diferentes entidades políticas e
identidades sociales compartiendo un mismo territorio habría sido homogeneizada con
relativo éxito por la colonización occidental. Desde los inicios de la conquista hispana, las
sociedades originarias de los Andes fueron enmarcadas bajo el rótulo de “indios” (Haber
2007). Esta categoría sirvió adecuadamente identificando a los dos principales sujetos
colonizados por las grandes empresas hispanas: la mano de obra explotada en nombre de la

13
Un caso excepcional en el Norte de Chile, es el de los grupos indígenas de Atacama quienes hacen
uso activo de las narrativas y monumentos arqueológicos (Ayala 2008).
14
Aunque no podemos olvidar los pioneros trabajos de Hidalgo (2004) y su extenso equipo de
colaboradores, enfocados principalmente en el período Colonial.

39 
Corona, y los “gentiles” e infieles que debían ser evangelizados por la Iglesia. La asimilación
cultural fue la forma conveniente de someter progresiva y definitivamente a los pueblos
conquistados, atrayendo a sus individuos a las formas sociales “modernas”.

Frente a este escenario de explotación y asimilación cultural forzosa, las poblaciones


originarias siempre mantuvieron intenciones de evitar ser identificados como “indios”, primero
mediante el mestizaje biológico y más recientemente por un tipo de “blanqueamiento” social
(González y Gavilán 1990, Haber 2007). Estos grupos dominados (o subalternos) del sur
andino, pese a seguir exteriormente tales clasificaciones dadas por los hispanos (la de indio y
todas sus subdivisiones mestizas), internamente mantuvieron algunas identidades sociales
tradicionales. Se conservaron algunas prácticas, especialmente aquellas relativas al uso y
tenencia tradicional de tierras y aquellas que formalmente escapaban al ámbito religioso, las
cuales siguieron siendo utilizadas por las poblaciones originarias con fines identitarios para
reproducirse socialmente 15 .

En el interior de Arica, este proceso étnico de identificación y diferenciación puede verse


reflejado en los diferentes espacios de fricción entre grupos asociados a las jerarquías
Caranga y otros grupos indígenas locales durante el siglo XVII y XVIII. Pocos pero
significativos acontecimientos han sido descritos y contextualizados por Durston e Hidalgo
(1999), quienes resaltan disputas en el campo de las lealtades políticas, acatamientos
religiosos, diferencias sociales y actuaciones de clase. Estos tipos de enfrentamientos entre
identidades altiplánicas y locales tuvo su máxima expresión regional durante la rebelión de
Tupac Amaru en 1.780, donde se representan claramente los dos bandos (Hidalgo y Durston
1998).

Se puede decir que a partir de este evento de violenta rebelión macrorregional se comienza a
conformar una identidad política aymara, que a la larga fue la base de los movimientos
indigenistas del siglo XX (Albó 2000, Cárdenas 1988). Con la independencia política de las
colonias hispanas, el centro neurálgico de este movimiento social aymara, se situó en el

15
Existe una variada literatura etnohistórica y etnográfica de estos procesos de identificación en el sur
peruano y los andes bolivianos, utilizando principalmente el vestuario (Femenías 1998, Zorn 1998),
pero también otros aspectos culturales (por ejemplo, danzas, festividades y lenguaje) para mantener la
identidad social.

40 
interior del estado boliviano, de mayor densidad poblacional y más cercano a los nuevos
centros de poder nacional. En Perú, la identidad indígena estuvo casi siempre supeditada al
entendimiento de una identidad de clase campesina, que actuó como fuerza política relevante
dentro del escenario republicano (Albó 2000).

Tras la Guerra del Pacífico entró en escena el estado chileno, que inicio un intenso trabajo de
ideologización de la identidad chilena en los territorios de Tarapacá y Arica, proceso
identificado como chilenización (Palacios 1974). Luego de expulsar o violentar a la gente que
de forma activa se identificó como peruana, la población originaria que vivía en las zonas
rurales fue intensamente chilenizada, mediante una serie de mecanismos coercitivos directos
e indirectos (González 2004, González y Gavilán 1990, Van Kessel 1991). Así, con una nueva
cara, el proceso de asimilación y homogeneización siguió afectando a la población originaria,
debiendo dejar prontamente el rótulo colonial de “indio”, por el rótulo nacionalista de
“ciudadano chileno”.

Sin embargo, la chilenización junto con cortar firmemente los lazos de interacción tradicional
y regional con las estrictas fronteras nacionales (Albó 2000), posibilitó la existencia y
configuración de múltiples identidades localistas (González y Gavilán 1990). Así, la
chilenización significó en cada uno de los pueblos del interior activar un intenso proceso de
inscripción de terrenos privados que tuvo disputas con otros pueblos, y también la instalación
de infraestructura pública (escuelas, retenes, postas, sedes vecinales), que dieron como
resultado el desarrollo de identidades localistas (Bascuñán et al. 2001).

Un ulterior proceso de chilenización y modernización fue el crecimiento industrial y urbano de


las ciudades costeras de Arica e Iquique, lo que motivó una masiva migración desde las zonas
rurales. En la ciudad, los grupos migrantes reprodujeron como parte de su red de apoyo, sus
identidades localistas, fundando asociaciones del tipo “Hijos de Pueblos” y “Clubes deportivos”
(Bascuñán et al. 2001). Así, la génesis de la actual identidad étnica de los aymaras chilenos es
esencialmente de carácter urbano (Zapata 2007), contrapuesta a los movimientos
fundamentalmente rurales y de mayor profundidad histórica que se llevaron a cabo en Bolivia
y Perú. En la década de 1980, en plena dictadura de Pinochet, surgieron una serie de
movimientos étnicos en las dos urbes costeras de Tarapacá, liderados por personas educadas

41 
en el sistema nacional (Gundermann 2000). Su discurso requirió de relatos y narrativas
históricas, los cuales se basaron desde un inicio en una doble fuente: por un lado, en la
memoria viva de la antigua vida comunitaria y rural; y por otro, los relatos de mayor
profundidad histórica elaborados desde los grupos étnicos de Bolivia y Perú (Zapata 2007).

Un último e importante aspecto de la identidad étnica de las comunidades de raíz originaria


de Arica es el potente efecto que tuvo la instauración de la Ley N° 19.253 de Pueblos
Indígenas y la política de “desarrollo con identidad” de la Corporación Nacional de Desarrollo
Indígena (CONADI). Esta legislación y su consecuente instauración de diferentes programas de
apoyo económico, tecnológico y educativo, provocó un cambio radical en como se visualiza
actualmente la identidad étnica. Ya no existe una marcada discriminación negativa de la
identidad indígena; por el contrario, hoy en día ser indígena, específicamente aymara, ofrece
a las personas amplias expectativas de desarrollo, a través de becas, subsidios, créditos y
capacitación (Gundermann 2000). Esto es producto de un proceso interno de etnogénesis,
generado desde la etapa previa a la institucionalización del movimiento étnico. Pero también,
es producto de la nueva y reciente política estatal de re-etnificación, que actualmente está
funcionando a través de diversas instituciones nacionales.

El largo proceso identitario de los grupos originarios de Arica, no se puede constituir como un
relato histórico con pretensiones de objetividad. Como señala Haber, la cuestión no es
preguntar “¿Quién es Indígena?”, pues tal pregunta nos remite a la misma posición
colonialista que presume categorizar de manera esencialista a los colonizados (Haber 2007).
Si algo nos enseñan las perspectivas postcolonialistas es que las identidades son siempre
elaboraciones individuales, y que el actual contexto de toma de poder indígena los sitúa en
un punto donde pueden decidir con qué identificarse y qué soporte usar para identificarse.

Por otro lado, la recuperación de la memoria perdida, por parte de los grupos locales,
difícilmente podrá reparar o compensar aquello perdido (Scham 2001). Estos esfuerzos
tampoco se realizan para recuperar un conocimiento que forma parte del acervo histórico de
la humanidad, como pretende la empresa científica. Sin duda, el más fuerte aliciente para
llevar a cabo esta recuperación, son los beneficios en el presente que tienen tales acciones
relacionadas con el pasado.

42 
3.3 SOBRE PATRIMONIO CULTURAL, HISTORIA Y MEMORIA

En la actualidad, una de las demandas más frecuentes de los grupos étnicos, luego de la
tierra, el agua y la autonomía política, es la propiedad, el uso y/o la administración de los
lugares de valor cultural, especialmente de los yacimientos arqueológicos. Esta pretensión de
los grupos étnicos busca torcer la permanente postergación de su perspectiva local, y
particular en el uso que se le da a los restos arqueológicos presentes en su territorio (Gnecco
2004).

En muchas regiones esto ha conllevado a una de las primeras instancias de diálogo directo
entre arqueólogos y comunidades étnicas. Antes de esto, los arqueólogos por iniciativa propia
no habían propiciado este diálogo (Endere y Curtoni 2006). Esta (mala) práctica convencional
se debió al largo monopolio mantenido por los arqueólogos en la emisión de los “verdaderos”
relatos acerca de lo que sucedió en el pasado. No bastando con eso, también fueron imbuidos
de la potestad exclusiva y excluyente, bajo el amparo de la ley, de hacer uso de los restos
arqueológicos (Londoño 2003). Este posicionamiento de la arqueología en un lugar
privilegiado del marco legal de cada una de los estados naciones, forma parte del “pecado
original” de las disciplinas antropológicas, surgidas de esta alianza colonialista entre el estado
y la ciencia, entre poder y conocimiento (Gnecco 2005).

Sería ingenuo pensar que no existen objetivos políticos y económicos en la reivindicación de


los grupos étnicos por los recursos arqueológicos y sus interpretaciones asociadas. Sin
embargo, también es válido ver en estas demandas aspectos profundos del conocer, construir
y usar el pasado y el territorio. Esto se puede entender si analizamos el principal uso que los
estados nacionales le han dado al patrimonio arqueológico. Tanto ayer como hoy, el principal
uso no científico que se le da a los restos arqueológicos es su integración en una base
material y de interpretaciones que sustentan las identidades nacionales. Esta base nos remite
al concepto de Patrimonio Cultural, es decir, el conjunto especialmente seleccionado que
permite dar coherencia, homogeneidad y justificación histórica a los relativamente recientes
estados nacionales (Ballart 1997, Gnecco 2004).

43 
Así, los arqueólogos, como especialistas del pasado, han trabajado en representación de la
oficialidad para elaborar desde su saber técnico, adecuadamente debatido en congresos y
publicaciones especializadas, el relato de lo que realmente sucedió en el pasado. De esta
forma, mientras más nitidita y profunda en el tiempo es la línea de recorrido de las sociedades
desde el pasado hasta el presente, mayor es el prestigio del investigador y mejores beneficios
para el proyecto nacionalista (Gnecco y Hernández 2008). Si bien, teóricamente el Patrimonio
Cultural pertenece a todos los ciudadanos, sólo es efectivamente apropiado, usado e
interpretado por unos pocos (García Canclini 1999). Esto no es sólo un tema de diferencias
sociales o educativas, ambas en el plano de las identidades, sino cada vez más un problema
de tipo étnico.

Se reconoce que las comunidades étnicas del interior de Arica no tienen un interés práctico
por apropiarse de un conjunto que es identificado y utilizado por el estado y que por tanto, le
es demasiado ajeno (Romero 2003a). Al menos en el Norte de Chile, esto también incluye a
los yacimientos arqueológicos presentes en el territorio donde viven las comunidades locales y
étnicas. Esta lejanía se explica por el reciente, pero profundo, proceso de chilenización en
donde los agentes estatales (científicos) fueron eficaces en divulgar el discurso de que los
yacimientos arqueológicos son propiedad de la nación. Entre líneas los actores locales
también entendieron que los discursos sobre los yacimientos arqueológicos y el pasado eran
además de exclusividad de los científicos.

Acá, es necesario discutir las maneras que han existido para elaborar las narrativas acerca del
transcurso del tiempo y dar forma al pasado. Podemos diferenciar, siguiendo a Nora (1989),
entre “la Historia” y la “memoria”. Ambas formas discursivas necesariamente realzan ciertos
acontecimientos y descartan otros, buscando validar un determinado relato del pasado que
siempre se elabora desde el presente y busca afectar el futuro (Aravena 2003). Aunque fue
exitosa y ampliamente utilizada por los modernos estados nacionales, esta forma de usar
políticamente los relatos de temporalidad no es exclusiva de las instituciones nacionales, pues
todas las comunidades poseen sus mecanismos que crean y reproducen sus relatos siguiendo
sus particulares nociones de tiempo y espacio, conformando sus identidades (Isla 2003).

44 
La gran diferencia entre la Historia y la memoria yace en la forma en como se elabora dicho
relato. La memoria es una construcción más bien individual, espontánea y en permanente
evolución, que está siempre abierta a la re-elaboración de la dialéctica constante entre el
recuerdo y el olvido (Nora 1989). Esto la hace bastante susceptible a la manipulación y
apropiación frecuentemente inconsciente de los actores (Sider 1994). Pero también, provoca
que permanezca latente por largos períodos y que sea revivida periódicamente.

La Historia, por otro lado, tiene la pretensión de fijar una representación del pasado. No es
una elaboración que esté abierta al cambio y la re-elaboración (Nora 1989). No es construida
desde los actores, sino que es manufacturada en lugares específicos de poder, como, por
ejemplo, la Academia y la Ciencia. Tampoco sigue un ciclo de latencia y aparición, sino que es
hecha con el objetivo expreso de estar siempre presente, otorgando un sentido único al
pasado y hacer predecible el transcurrir futuro. La Historia ha sido largamente elaborada por
las élites de los estados nacionales con un fin hegemónico y se ha ubicado en un plano
superior a las narrativas construidas desde la memoria.

Un aspecto ampliamente relevante de esta distinción, es que la memoria “se encuentra


vinculada a sitios, mientras que la historia se encuentra vinculada a acontecimientos” (Nora
1984: 21). Es decir, la memoria es un discurso colectivo, que requiere para su activación de la
presencia del actor en lugares y paisajes para construir su relato. Del mismo modo, la Historia
no puede ser apropiada efectivamente por los ciudadanos y “consumidores de identidad
nacional” sólo mediante el relato discursivo. Para que el relato histórico, repleto de eventos,
sea adquirido se requiere de hitos materiales y visuales que funcionen como motores
mnemotécnicos. Es ahí donde yace el vínculo entre la Historia (Oficial) y el conjunto
identificado como Patrimonio Cultural, convirtiéndose en un eje efectivo para traspasar
determinado relato histórico y sentimiento de identidad y cohesión nacional.

Sin embargo, las tendencias indigenistas mundiales han provocando cambios a niveles locales,
modificando las concepciones nacionales étnicamente homogéneas por orientaciones
multiculturalistas (Crespo 2005). Estos cambios, junto con la toma de poder de las
comunidades locales y la ciudadanía en general, han presionado para modificar lo que se ha
incluido convencionalmente como Patrimonio Cultural. Desde un tiempo a esta parte la

45 
misma disciplina histórica se sacude de su rol hegemónico como formador de la versión
oficial de la Historia, y se encamina hacia nuevos rumbos dando forma al relato de quienes
por largo tiempo fueron omitidos del pasado utilizando el rescate de la memoria individual,
colectiva y la oralidad (Aurell 2005).

En la arqueología existen varias razones, incluyendo las éticas, las epistemológicas y las
prácticas, que hacen necesaria la incorporación de la memoria y el conocimiento local en el
proceso de investigación. Así, lo que algunos autores han señalado como falta de
reconocimiento del patrimonio arqueológico por parte de las comunidades locales, expresado
en falta de interés o acción efectiva de protección (Romero 2003a), puede ser entendido
como el efecto del intenso y largo proceso de extirpación de idolatrías y otras acciones
colonizadoras (Gnecco y Hernández 2008). Hoy en día, no considerar tales procesos históricos,
tanto en la reconstrucción del pasado como en su uso en el presente, nos indica de manera
persistente la incapacidad de la ciencia occidental para identificar las distintas clases de
vínculo que existen entre las comunidades locales y lo que denominamos registro
arqueológico.

3.4 CONOCIMIENTO, PAISAJE Y LUGARES DE VALOR CULTURAL

Generalmente, existe una larga relación entre comunidades indígenas, locales y el patrimonio
arqueológico, que va más allá de la perspectiva jurídica y académica que sustentan cada uno
de los estados nacionales. Estas relaciones funcionan bajo su propia lógica y tienen una
relación directa con los particulares ejemplos de colonialismo en cada uno de los territorios.
Su acercamiento implica adentrarnos al difícil concepto de “Conocimiento Indígena”. La
mayoría de las definiciones de conocimiento indígena (conocimiento tradicional,
conocimiento local, etc.) implican un claro contraste con la ciencia occidental 16 , formando un
ejemplo más del debate filosófico de larga data entre el relativismo y el universalismo (Green
2008). En dicho sentido, la defensa de un tipo de conocimiento tradicional implica la defensa
de formas diferentes de organizar el conocimiento y la imposibilidad de que exista una verdad
absoluta. Lejos del relativismo y de la aceptación automática de diversos saberes, Green

16
Con el riesgo de que el mismo uso de este concepto, implica perpetuar la diferencia (artificial, según
Green [2008]) en relación a la ciencia.

46 
(2008) asume que los diversos tipos de conocimientos dependen de los objetivos que se
buscan. Lo que importa es que el conocimiento sea lo “suficientemente verdadero” como para
sustentar una práctica, y esto ocurre muchas veces tanto en la ciencia como en el
conocimiento tradicional.

Muchas veces, se asume que el conocimiento local posee un cierto grado de creencia, pero se
descarta el hecho epistemológico que la ciencia también posee grados de aprobación y
consenso basados en creencias. Como dice Green (2008: 154, siguiendo a Elguin) “los modelos
explicativos (…) dibujan un punto medio entre el conocimiento y la creencia, que dan forma a
la aceptación”. El conocimiento no es un fin en si, sino que más allá de eso, los diferentes
modos de saber y conocer deben ser evaluados según su capacidad para hacer una práctica
reflexionada y contingente.

En ese sentido, la arqueología es sólo una de las maneras de comprender el pasado, mientras
que el conocimiento tradicional posee otras formas para acceder a él. La evaluación de estas
diferentes alternativas debería ser en relación al uso que se le da al conocimiento que emana
o se transmite desde tales prácticas. Desde una perspectiva postcolonial, se ha propuesto una
“Arqueología Indígena” que no sólo tiene pretensiones de ser “una arqueología con, para y por
las personas indígenas”, sino que busca un efecto más allá de los grupos étnicos (Atalay 2006:
292). Una práctica descolonizadora que tiene como fin hacer migrar desde el centro a los
tópicos y las metodologías que por largo tiempo han imperado en la arqueología (Atalay
2006, Smith y Jackson 2006). La descentralización teórica debe impulsar cambios en el
discurso sobre el pasado y en las prácticas que surgen de ese conocimiento.

Una de las posibilidades más inmediatas y efectivas para iniciar este diálogo entre las
diferentes formas de acceder al conocimiento, y con esto lograr la descentralización del
pasado y la disciplina, es poner atención en la noción de Paisaje Cultural. Existe un creciente
uso de este concepto en arqueología, al punto de utilizarlo para enfatizar una multitud de
aspectos dentro de la amplia relación que existe entre las sociedades y su entorno. Sin
embargo, lo que más caracteriza este uso reciente del concepto es su capacidad de unir y
complementar diferentes posiciones teóricas, siendo el estudio del paisaje la más clara
expresión de la dualidad práctica y simbólica del habitar humano (Anschuetz et al. 2001).

47 
Entendemos como Paisaje Cultural a la siempre dinámica construcción cultural que se
compone de conjuntos significativos de normativas y convenciones comprehensivas, por
medio de las cuales los seres humanos le otorgan sentido al territorio que habitan (Castro et
al. 2004). Dicho de otro modo, los Paisajes Culturales son el amplio lugar donde una
comunidad transforma el mundo natural, apropiándolo mediante sus prácticas cotidianas,
conceptos y marcos valóricos. De alta relevancia es la capacidad sintética y compiladora de
las nociones relativas al paisaje, configurándolos como sistemas que organizan y estructuran
las interacciones que cotidianamente tienen las comunidades con su entorno (Anschuetz et
al. 2001: 160). La dimensión espacial del paisaje es complementaria a su dimensión temporal
e histórica, pues un espacio humanizado es un sistema de significación que permite a las
sociedades perpetuarse y a la vez transformarse. A través del tiempo, cada uno de los paisajes
de la humanidad se ha transformado, por una sucesión de eventos naturales y culturales
(Endere y Curtoni 2003). La forma en que esta significación se realiza es mediante la acción,
elaboración y re-elaboración de la memoria. Así, como la Historia, para reforzarse y
perpetuarse, requiere de materialidades patrimonializadas; la memoria, se reconstruye
constantemente a través de la significación de un Paisaje Cultural. En este sentido, el Paisaje
Cultural se convierte en una materialización de la memoria, un dispositivo nemotécnico que
las personas suelen usar para recordar interacciones pasadas e informar y legitimar sus
relaciones presentes (Zedeño 2000). La significación que le dan los pueblos originarios a su
paisaje es una construcción particular, y pueden ser valorizados elementos del entorno que
otras sociedades o las ciencias cartesianas no vislumbran, como por ejemplo montañas,
árboles y piedras (Carrol et al. 2004, Nicholson 2006).

Este Paisaje Cultural se compone y articulan múltiples hitos, los que no son siempre
homologables a los sitios que conforman el Patrimonio Cultural y el discurso histórico. Los
hitos del Paisaje Cultural necesitan de los otros hitos para elaborar su discurso, y no son
independientes ni autorreferentes como los bienes patrimoniales de la Historia. Además
existen formas específicas en que las sociedades vinculan cada uno de estos hitos en el
paisaje, ya sea a través de ejes imaginarios, sendas rituales o circuitos míticos. De esta forma,
los “espacios vacíos” de hitos también son significativos y necesarios de incorporar y estudiar.

48 
En el trabajo con comunidades indígenas de América del Norte se ha utilizado el concepto de
“Lugares de Significación Cultural”, que comprende unidades definidas e identificadas por las
mismas comunidades (Carrol et al. 2004), complementando lo que ha sido definido como
registro arqueológico. Frecuentemente lo que compone el registro arqueológico y lo que es
culturalmente significativo es definido a priori. El concepto de Lugares de Significación
Cultural ha servido para entender un aspecto sustancial de la relación pasada y actual entre
las comunidades y el territorio que habitan: la transformación histórica y dinámica de los
espacios naturales hacia paisajes culturales.

En definitiva, podemos definir a los Lugares de Significación Cultural como aquellos


inmuebles de diferentes características que ostentan o potencialmente ostentarían algún tipo
de valoración cultural para la comunidad local donde están insertas. Sostenemos que el
trabajo, la identificación y el análisis de los Lugares de Significación Cultural suplen de
herramientas poderosas para interpretar el significado de un territorio. Además, sirven para
integrar el territorio con su particular devenir histórico local, no con aquellos relatos
historiográficos nacionalistas ni con los relatos indianistas mesiánicos que frecuentemente
sustentan el accionar de las comunidades indígenas en la región de Arica y Parinacota.

3.5. TRAZADOS PRÁCTICOS

En este marco conceptual hemos revisado la amplitud de conceptos y temas arqueológicos


que pueden ser discutidos y relacionados desde la teoría postcolonial al contexto del presente
estudio. Hemos dibujado (y desdibujado) un eje que relaciona nuestra actual tradición de
saber arqueológico con la situación de identidad que tienen las comunidades locales. Los
esfuerzos por alcanzar un conocimiento del pasado dentro de los márgenes analíticos
impuestos por el sistema académico, nublarían la visión y reflexión acerca de quiénes usan y
para qué se usa este conocimiento.

Así, la tarea de descentralizar la arqueología, en un ambiente general postmoderno, es fácil de


trazar pero difícil de llevar a cabo. Algunos han bosquejado el trabajo de descentralización de
la arqueología utilizando en cierta medida una etnografía de la relación entre sociedades y
objetos (por ejemplo, González Ruibal 2003); mientras que otros, se han ocupado del

49 
“empoderamiento” de las comunidades en asuntos de la memoria y el pasado utilizando
herramientas de la antropología social (por ejemplo, Atalay 2006, Green et al 2003, Wilson
2007).

Sin embargo, las comunidades locales de la ruralidad de Arica no son ni tan tradicionales, ni
han alcanzado tanto poder social como para convertirse prontamente en una contraparte a la
larga tradición académica de la arqueología regional. Nuestro esfuerzo es menos ambicioso,
buscando sólo modificar gradualmente elementos de la práctica arqueológica convencional,
con miras a convertirse en prácticas estandarizadas. Si bien, es cierto que muchos de estos
cambios, relativos a la práctica arqueológica, ya se vienen realizando en los Andes de Chile
desde hace casi una década (por ejemplo, Ayala et al. 2003, Jofré 2005, Romero et al. 2004).

En el presente trabajo, se desarrolla una prospección arqueológica de un territorio con


importantes evidencias materiales prehispánicas y monumentales, siguiendo una metodología
convencional. Se establece un diseño de prospección, delimitando estratos y un sistema de
registro. Posteriormente se realiza un análisis cuantitativo y espacial de las evidencias, para
delimitar y caracterizar áreas de agrupamiento de las evidencias.

Sólo en segundo término se realiza un esfuerzo por incorporar a los actores locales. Para esto
se llevan a cabo diferentes instancias de diálogo y traspaso de la perspectiva arqueológica
hacia los miembros de las comunidades locales. Tras esto, una vez que los actores locales
tuvieron la posibilidad de “reconocer” el patrimonio arqueológico de su propio paisaje
cultural, se les solicitó compartir su conocimiento local, memoria y oralidad, para su registro.
Finalmente, sumando los datos arqueológicos y de percepción local se propuso una
zonificación del paisaje cultural, con miras a gestionar a futuro su conjunto patrimonial
inmueble.

50 
Aunque en definitiva no se logra una verdadera horizontalidad entre el conocimiento
académico y el conocimiento local, se logra avanzar en la valorización del discurso y saber
propio, a tal modo que las comunidades pueden entregar una primera versión del relato de lo
que sucedió en el pasado y de cómo se articula y se vuelve significativo el Paisaje Cultural
que habitan. En el actual contexto social y económico esta apropiación, mediante la
identificación conjunta de Lugares de Significación Cultural, se torna más sustentable si se le
incorpora, al discurso de la memoria, el tema del uso económico a través del turismo
planificado y administrado por las organizaciones locales.

51 
4. PROSPECCIÓN ARQUEOLÓGICA DE COPAQUILLA

En este capítulo se indican las características metodológicas y los resultados de la


prospección arqueológica del valle de Copaquilla 17 . Se ha definido la prospección
arqueológica en el sentido convencional de la disciplina, es decir, como la búsqueda y registro
de la mayor cantidad de evidencias materiales que conforman el denominado registro
arqueológico en un espacio geográfico determinado (Gallardo y Cornejo 1986, García 2005).
El reconocimiento detallado del registro arqueológico es considerado como una etapa
fundamental de este trabajo de investigación. Al no existir datos arqueológicos acerca del
conjunto de evidencias en el valle de Copaquilla, su búsqueda y análisis aporta nuevos datos
que sirven de base objetiva para, las hasta ahora ausentes, interpretaciones y
reconstrucciones históricas.

De esta forma, una prospección sistemática nos entrega datos de un conjunto de evidencias
arqueológicas, los cuales en su mayoría han sido obviados tradicionalmente de las
interpretaciones arqueológicas. Además de reportar y homogeneizar los datos acerca de los
yacimientos arqueológicos de alta densidad, es decir, los más visibles e investigados, este tipo
de estudio sistemático enfatiza el registro de los yacimientos de baja densidad. Entendidos
éstos últimos como aquellos lugares con evidencias arqueológicas de menor dimensión y
visibilidad, que sirven para representar una gran variedad de actividades del pasado y que
complementan la información proveniente de los yacimientos de alta densidad (Nielsen et al.
1997).

Así, el registro y estudio de los yacimientos de alta y baja densidad son fundamentales para
tener una visión integral y articulada del territorio. Aunque es válida una crítica desde el
postcolonialismo a esta práctica de definición a priori de lo que se incluye en el registro
arqueológico este trabajo se incluye en un diseño de mayor alcance. Se hace necesario tener
este conjunto de datos para posteriormente compararlos con el conjunto de Lugares de

17
Esta etapa del trabajo formó parte de las actividades del proyecto “Apoyo A La Transferencia De
Predios Fiscales Que Utilicen Las Personas, Comunidades Y Demás Organizaciones Indígenas Aymaras
De Las Provincias De Arica Y Parinacota, 2006”, financiado por la Corporación Nacional de Desarrollo
Indígena.

52 
Significación Cultural que reconoce la comunidad local a través de su experiencia de vida y la
oralidad. Además, este conocimiento exhaustivo del denominado registro arqueológico y su
complemento con el conocimiento y las expectativas locales, permitirá proponer una serie de
acciones de gestión y manejo de los recursos culturales inmuebles del valle de Copaquilla.

4.1 DISEÑO DE PROSPECCIÓN

En términos generales, debido a las características físicas del valle de Copaquilla, con
múltiples quebradillas y desniveles, sectores de difícil acceso y escasos espacios planos, se
hizo necesario planificar una estrategia de prospección con una cobertura parcial mediante
un muestreo estratificado dirigido. El máximo potencial de la prospección de una muestra del
territorio es mediante la selección de diferentes transectas recorridas íntegramente con una
táctica pedestre (Gallardo y Cornejo 1986). La táctica pedestre y una adecuada separación
entre los prospectadores permiten identificar la mayoría de los rasgos arquitectónicos, así
como una buena parte de las evidencias arqueológicas aisladas y acotadas.

El área prospectada corresponde a un polígono cuadrangular de 744 hectáreas, que posee 3,1
km de largo, en el sentido Norte-Sur, y 2,4 km en el sentido Este-Oeste (ver Figura 5). Este
polígono encierra por completo al valle de Copaquilla, es decir, la sección baja de la cuenca
del río Seco. Además, incluye gran parte de la quebrada Mulahumaña y la quebrada Peregrina,
cuencas menores que alimentan el valle desde el Nordeste.

A partir de un análisis de imágenes satelitales y de un Modelo Digital de Terreno (MDT) se


especificaron las características orográficas del territorio y se delimitaron cuatro estratos de
prospección (ver Figura 5). El Estrato A corresponde al margen nordeste del valle de
Copaquilla el cual está conformado en su sección septentrional por una pequeña planicie que
se desarrolla entre la quebrada del Río Seco y los alrededores de la quebrada Mulahumaña. En
su sección meridional el valle se forma desde una serie de accidentadas y abruptas
quebradillas, entre las que destaca la quebrada Peregrina, que tienen su origen en el cerro
Copaquilla. Este primer estrato tiene un tamaño de 426,5 há, que equivale al 57,3 % del área
de prospección.

53 
Figura 5: Imagen satelital indicando los límites del polígono de prospección y de los diferentes
estratos de prospección.

54 
El Estrato B comprende al fondo y laderas del cauce del río Seco, el cual presenta una
vegetación arbustiva y pastos naturales que cubren el fondo del valle, así como laderas de
superficie plana e inclinada que han sido aprovechadas agrícolamente. Este estrato cubre
86,33 há, lo que equivale al 11,6% del polígono de prospección. Hay que considerar que el
mismo lecho del valle presenta una escasa posibilidad para el registro de evidencias
arqueológicas debido fundamentalmente a dos situaciones: la primera relacionada con la
intensa actividad agrícola realizada en este sector; y la segunda relacionada con la dinámica
fluvial que ha debido modificar intensamente las evidencias arqueológicas.

El Estrato C corresponde al margen suroeste del valle de Copaquilla, la cual está conformada
por la cumbre rocosa al sur de la Carretera Internacional CH-11. Además, incluye un sector de
planicie con una pendiente leve y un sector de accidentadas y abruptas quebradillas que
tienen su origen en la formación denominada Pampa El Muerto. Su extensión es de 212,57
há, lo que equivale al 28,6% del polígono de prospección. Esta área presenta condiciones
similares al margen norte, cuyos filos de quebradas se disponen de manera perpendicular a la
del valle, presentando una mayor posibilidad de encontrar evidencias de tránsito y estructuras
de uso temporal dispersas en el terreno.

Se delimitó un cuarto estrato, denominado Estrato D o Lomadas Altas, con una superficie de
18,57 há, es decir, 2,5%. Este estrato, que se ubica inmediatamente al Noroeste de la
Carretera Internacional CH-11, no fue prospectado, pues al encontrarse relativamente lejos
del valle de Copaquilla, presentaría menores posibilidades de presencia de evidencias
arqueológicas.

Un resumen cuantitativo de la superficie que posee cada uno de los estratos de prospección
se expresa en la Tabla 1.

55 
Tabla 1: Superficie y proporción de los estratos de prospección.
ESTRATOS AREA (Há) %
Estrato A: Margen Nordeste 426,55 57,3
Estrato B: Fondo y Ladera del Cauce 86,33 11,6
Estrato C: Margen Suroeste 212,57 28,6
Estrato D: Lomas Altas 18,57 2,5
TOTAL POLIGONO DE PROSPECCIÓN 744,02 100,0

Para el registro pedestre de los diferentes tipos de evidencias arqueológicas, se utilizó una
ficha especialmente diseñada. Esta ficha (ver Anexo 1) tuvo como objetivo optimizar las
labores de registro en terreno y unificar los campos y valores de registro para su posterior
traspaso a una base de datos digital. La prospección fue realizada por cinco personas 18 , a los
cuales se les entregó una ruta preestablecida de los sectores a prospectar, con una separación
promedio entre las transectas de aproximadamente 60 m. De esta forma cada registrador,
trabajando en promedio tres días, abarcó un área total de 120 há, logrando un área
prospectada aproximada de 600 hectáreas, es decir, se completó casi un 80% de la superficie
total del polígono.

Además, de la prospección pedestre se realizó un trabajo de reconocimiento de evidencias por


medio de imágenes satelitales. Gracias a la resolución de 1: 1.250 de las imágenes
correspondientes al sector de Copaquilla, que se disponen a través del software Google Earth,
es posible discriminar objetos de un tamaño superior a los 6 m. De esta forma se pudieron
establecer grandes áreas que corresponderían a sistemas de andenerías de cultivo, hoy en día
en desuso. Esta identificación por medio de técnicas de teledetección fue testeada en terreno,
confirmando su tamaño, forma y función. Del mismo modo se pudo hacer un seguimiento y
trazar tramos no reconocidos en terreno de los caminos registrados mediante la prospección
pedestre.

Una pequeña parte de las evidencias registradas eran previamente conocidas en la literatura
arqueológica local y han desempeñado un importante papel en la interpretación histórica y
cultural de la Precordillera de Arica (Schiappacasse et al. 1989, Muñoz et al. 1997). Estos
incluyen los yacimientos arqueológicos Pukara de Copaquilla (Copaquilla-01) y Poblado de

18
Se contó con el apoyo en terreno de los arqueólogos Rolando Ajata y Daniella Jofré, además del
geógrafo Manuel Méndez y el profesor de historia Jacinto Santana.

56 
Copaquilla (Copaquilla-02), de los cuales tenemos la reciente re-edición de las planimetrías
inéditas de Hans Niemeyer, elaboradas en la década de 1960 y un breve análisis cerámico
(Muñoz y Chacama 2006).

4.2 RESULTADOS INICIALES

Con la aplicación de esta metodología de prospección arqueológica se logró sumar un registro


de 94 evidencias arqueológicas (ver Figura 6), incluyendo los dos yacimientos previamente
estudiados y citados anteriormente. Cada una de las evidencias fue identificada con un
código correlativo entre COP-01 y COP-94.

Aunque, más adelante se hará el análisis cuantitativo y espacial de los registros, es necesario
destacar algunos de los componentes más conspicuos que integran el Paisaje Cultural del
valle de Copaquilla. Se trata de los lugares con mayor potencialidad interpretativa, ya sea por
su monumentalidad, accesibilidad y estado de conservación. Además, estos lugares, la
mayoría registrados durante el presente estudio, podrían ser los mejores candidatos para ser
utilizados en la siguiente etapa del estudio para activar la memoria local y re-construir un
Paisaje Cultural en el valle de Copaquilla.

En primer lugar, describimos un amplio lugar que no está incluido en el polígono de


prospección, pues esta relativamente lejos del valle de Copaquilla (5 km en dirección oeste),
pero que habría tenido cierta relevancia para los antiguos habitantes de Copaquilla. Esto
especialmente en relación a las antiguas actividades de tráfico, que se evidencian por un
camino tropero hacia la localidad de Livilcar (valle de Azapa) y una serie de apacheta y
“cajitas” ceremoniales. Y especialmente por un amplio conjunto de refugios rocosos que
contienen restos materiales de ocupación humana y pinturas rupestres:

57 
Figura 6: Mapa de distribución de las evidencias arqueológicas registradas en el valle de
Copaquilla.

58 
Aleros Pampa El Muerto: En dos quebradillas que atraviesan la Pampa El Muerto se ha
registrado un conjunto de 17 aleros o refugios rocosos en una superficie que alcanza
unas 64 há. 19 Estos aleros poseen muchas evidencias de ocupación humana, como
fogones y muros pequeños, pero además muchos de ellos presentan pictografías en
sus paredes. Se reconocen pinturas hechas en color negro, rojo, amarillo y verde.
Probablemente estas ocupaciones y las pinturas habrían sido realizadas por antiguos
cazadores, pastores y arrieros que atravesaron la pampa uniendo la precordillera con
el valle de Azapa. Las investigaciones que actualmente se están llevando a cabo
indican una variedad de motivos y estilos rupestres, junto con fechas radiocarbónicas
que inscriben ocupaciones desde 5.750 años de antigüedad hasta apenas 450 años
atrás (Sepúlveda 2008 y 2009).

Otro tipo de Lugares de Significación Cultural, corresponden a un conjunto de poblados de


mayor envergadura, dos de ellos previamente estudiados y un tercero, al parecer, registrado
por Hans Niemeyer, pero que había permanecido inédito.

Pukara Altos de Copaquilla (COP-01): Como ya se indicó este yacimiento fue


primeramente informado por Percy Dauelsberg (1959) y un poco después estudiado en
detalle por Hans Niemeyer (Ver Figura 4). Lamentablemente de esta última
investigación no se tienen mayores antecedentes y sólo recientemente se han
publicado sus planos elaborados en 1964 (Muñoz y Chacama 2006). También hemos
indicado que este pukara, debido a encontrarse próximo a la Carretera Internacional,
fue intervenido para su puesta en valor en 1980. Los muros fueron levantados y gran
parte de los materiales en superficie fueron recogidos. El conjunto alcanzaría 3,4 há,
siendo el mayor yacimiento arqueológico del valle de Copaquilla (Ver Figura 7a). Se ha
interpretado como un asentamiento de características defensivas, “ocupado
temporalmente cuando se producían momentos de tensión” (Muñoz y Chacama 2006:
35). Esta interpretación obedece a que se emplaza en una meseta rocosa a más de 150
m de altura en relación al lecho del río y está rodeado por tres muros perimetrales que

19
Este yacimiento fue inventariado originalmente por L. Briones y C. Santoro (UTA), a fines de la
década de 1990.

59 
se orientan hacia el noroeste. El muro defensivo principal tiene 200 m de largo y 1 m
de ancho. Además, se compone por un conjunto de más de 50 recintos ovoidales de
muros pircados de doble hilada de 10 m de diámetro promedio, dispuestos en
aproximadamente 8 planos nivelados. Salvo muy pocos fragmentos de cerámica sin
decoración y deshechos líticos, no hay materiales culturales en superficie, y tampoco
en el subsuelo, lo que avalaría la interpretación que indica su uso por temporadas.

Poblado Copaquilla (COP-02): Este es el yacimiento con mayor densidad y variedad de


evidencias arqueológicas del valle de Copaquilla. Su tamaño es algo menor que el
Pukara de Copaquilla, sumando una densa presencia de unidades pircadas de
diferentes tamaños y formas en una superficie de 2,5 há. Se ubica en una ladera de
pendiente muy inclinada, en la banda poniente del río Seco, justo donde el farellón
rocoso comienza a abrirse para dar paso al valle de Copaquilla (ver Figura 7b).
Consiste en un poblado de más de 100 recintos habitacionales y similar número de
unidades de almacenaje, todos ellos construidos con muros de pirqa. La edificación de
estos muros, además de delimitar los espacios domésticos, sirvieron para la contención
de las laderas para lograr una superficie interior relativamente plana. Hacia la parte
alta del poblado, en una estrecha planicie se ubica un área pública, compuesta por un
amplio espacio despejado rodeado por un cementerio de fosas subterráneas. En el
borde oriental de la planicie, dominando visualmente el poblado se concentran tres
chullpa cuadrangulares de piedra canteada 20 , y una chullpa de barro 21 . En toda la
extensión del yacimiento presenta mucho material cultural, tales como fragmentos de
cerámica decorada de diferentes estilos (San Miguel, Pocoma, Chilpe, Saxamar e Inca
Policromo), fragmentos textiles, artefactos de piedra, madera, cueros, restos de comida
vegetal y animal, y en el sector funerario, se agregan huesos humanos. Este
yacimiento ha sido profusamente intervenido desde hace unos 50 años y presenta
varias evidencias de excavaciones ilegales, en el sector funerario y en menor medida

20
La principal de estas chullpa es identificada como R-18 y tiene muros de piedra con argamasa de
barro. Posee una planta casi cuadrangular, de 2 m de largo, y 1,8 m de ancho, con una puerta de 0,7 m
de altura con dintel de piedra laja orientada hacia el oriente. Su altura máxima es de 1,8 m y al
parecer el techo sería de un agua.
21
Este edificio es de planta rectangular de 2,3 m de ancho y 1,8 m de largo, con una altura máxima de
1,2 m, con techo de un agua.

60 
en el sector residencial. Además, la expansión de los terrenos e infraestructura
agrícola (canales, estanques, cercos) durante los últimos 15 años han alterado sus
márgenes y su entorno inmediato.

Pukara de Trigopampa (COP-84): Es un yacimiento que se ubica en la parte media de


la banda oriental del valle, sobre el actual caserío de Trigopampa. Ocupa un largo
trecho del filo de un cerro tipo cuchilla, que suma 400 m de largo y una superficie de
2,3 há (ver Figura 7c). Se trata de un yacimiento de difícil acceso, compuesto por
unidades de forma semicircular delimitadas por muros de contención pircados con
técnica doble y con relleno. Estos muros sobrepasan muchas veces el metro de alto y
no presentan evidencias culturales en superficie. A medida que se asciende por el filo,
los espacios aterrazados aumentan en tamaño, hasta alcanzar 13 m de largo y 4,5 m
de ancho. Estos recintos han sido registrados anteriormente quedando un número con
pintura blanca en cada uno de estos muros de piedra 22 . El registro superficial sólo
evidenció unos pocos desechos de talla lítica y ningún instrumento formalizado, y
ningún fragmento de cerámica. Además, por esta cuchilla se desplaza un sendero que
se dirige hacia el alto del margen norte del valle.

Otros componentes del patrimonio monumental del paisaje de Copaquilla son los cementerios
o lugares de carácter funerario. Se observa gran diversidad de tipos de entierro, lo que puede
significar la coexistencia de diversos grupos en el valle con variantes en los aspectos
religiosos. De esta forma, junto con las chullpa ya descritas en el Poblado de Copaquilla,
existen otros dos conjuntos relevantes.

22
En concordancia con lo indicado en la Nota 4, es probablemente que este yacimiento haya sido
investigado por Hans Niemeyer en la década de 1960.

61 
Figura 7: Yacimientos arqueológicos de mayor potencialidad museográfica e
interpretativa del valle de Copaquilla: a) Pukara de Copaquilla (COP-01); b) Poblado de
Copaquilla (COP-02, destaca en la cima una chullpa de piedra); c) Pukara de
Trigopampa (COP-84); d) Conjunto de chullpa de El Rodado (COP-27); e) Conjunto de
chullpa del cañón del sur (COP-04).

62 
Chullpa de El Rodado (COP-27): Se trata de un conjunto funerario que correspondería
al yacimiento El Rodado identificado por Niemeyer (en Aldunate y Castro 1981). Se
emplaza sobre el camino vehicular que lleva al sector de Estanques. Comprende un
sector funerario donde destacan 3 chullpa bien conservadas. La primera es de barro
con paja y lajas sobre una plataforma delimitada por un alineamiento de piedra. Posee
una planta rectangular de 3 x 2 m, encontrándose muy deteriorada y alcanzando una
altura máxima de 40 cm. Un poco más arriba se observan otras dos chullpa de
tamaños y forma casi idénticas (ver Figura 7d). Ambos monumentos están compuestos
de piedras lajas y barro con un tono de color blanco, que le confiere una visibilidad
especial en este territorio de tonalidades café. El alto máximo conservado de esta
estructura es 1 m y presenta una planta rectangular de 3 x 2 m. Estas chullpa, en
especial las de piedra trabajada, deberían ser contemporáneas al Poblado de
Copaquilla, como un tercer cementerio de este asentamiento.

Chullpa del cañón del sur (COP-04): Conjunto de estructuras funerarias aéreas o
chullpa de piedra 23 . Se ubican en una pared rocosa casi vertical en la banda sur del
Río Seco, a unos pocos metros de la angostura sur del valle. Se trata de diversos
conjuntos de dos, tres o cuatro estructuras pequeñas de piedra que comparten los
muros laterales (ver Figura 7e). Poseen una planta en forma de “U” y sus puertas
miran hacia el oriente. Están construidas con muros dobles con relleno y techo
abovedado, alcanzando 70 cm de altura. El largo promedio es de 1,2 m y el ancho es
de 1,5 m. Algunos pocos edificios poseen pasillos exteriores y están construidos sobre
plataformas formados por muros de contención de piedra.

Por último, destaca una gran construcción aislada, con un particular diseño semi-subterráneo,
con una función aún indeterminada.

23
Inicialmente, durante el registro en terreno y análisis de evidencias, estas estructuras fueron
identificadas como Rasgo Funerario. Sin embargo, tras el trabajo de reconocimiento en conjunto con
los actores locales, se nos planteó la idea de que se trataba de “bodegas”. Así, esta última
interpretación es la más aceptable, dada la falta de restos óseos humanos y materiales culturales, y
dado que en las cercanías sólo se registran campos de cultivo.

63 
Estructura Circular Semi-subterránea (COP-78): Se trata de una estructura
excepcional, nunca antes descrita para la precordillera de Arica. Se localiza muy
próximo al camino vehicular de bajada, en una explanada de pendiente suave.
Consiste en un recinto de 10 m de diámetro y 1,1 m de profundidad, formando una
construcción semisubterránea circular a la cual se accede por una puerta ubicada
hacia el Norte. El muro pircado está compuesto por grandes piedras monolíticas
rodeadas por otras de menor tamaño. La sección sur de la estructura se halla
colapsada hacia el interior de la estructura. En el interior se observan fragmentos de
cerámica decorada con líneas negras sobre la superficie rojiza natural de la pasta
(Altiplánica), más otros fragmentos de cerámica gruesa con engobe exterior. También,
se observan lascas de basalto y una piedra de moler quebrada.

4.3 CATEGORÍAS DE EVIDENCIAS ARQUEOLÓGICAS

De los 94 registros hemos distinguido 11 tipos o categorías de evidencias arqueológicas, lo


que indica la amplia diversidad de Lugares de Significación Cultural en el valle. En la Tabla 2,
se observa la superficie total de cada una de las categorías de evidencias y el tamaño
promedio de cada uno de los registros por categoría. Esta última variable ha sido utilizada
para ordenar las categorías desde aquellas con sitios de mayor tamaño hasta las que poseen
evidencias más pequeñas. El tamaño total de las evidencias arqueológicas registradas suma
180.044 m2, es decir, apenas un 2% de las 744 há que conforman el polígono de prospección.

64 
Tabla 2: Categorías de evidencias arqueológicas y tamaños promedio de las categorías.
TOTAL DE SUPERFICIE TAMAÑO PROMEDIO
CATEGORÍAS DE EVIDENCIAS N %
POR CATEGORÍA (m2) POR CATEGORÍA (m2)
Asentamiento Complejo 6 6,4 94.775 15.796
Campos de Cultivo 6 6,4 19.383 3.231
Rasgo Funerario 8 8,5 15.945 1.993
Rasgo Lineal 10 10,6 17.772 1.777
Espacio Social 2 2,1 2.316 1.158
Asentamiento Simple 15 16,0 16.642 1.109
Arte Rupestre 4 4,3 1.628 407
Hallazgo Aislado 2 2,1 757 378
Estructura Aislada 27 28,7 9.100 337
Señalizador 11 11,7 1.447 132
Alero 3 3,2 282 94
TOTAL 94 100,0 180.046 1.915

La categoría denominada Asentamientos Complejos (6 casos) es la que presenta las evidencias


con mayores tamaños promedio (15.796 m2). Se compone esencialmente por poblados y
pukara de uso intensivo, junto con otras áreas asociadas con funciones anexas, como
almacenaje o producción. Además presentan en conjunto más del 50% del total de la
superficie de todos los lugares.

La categoría Campos de Cultivo (6), compuesto principalmente por sistemas de andenerías


con distintas características técnicas y de inversión (ver Figura 8a). Es la categoría que posee
el segundo promedio de tamaño más grande (3.231 m2), aunque corresponde apenas a un
quinto del tamaño promedio de los Asentamientos Complejos.

La categoría con el tercer mayor tamaño promedio es la compuesta por los Rasgos Funerarios
(8 casos). Este registro de evidencias ha confirmado una importante diversidad de patrones
funerarios. Junto con las conocidas chullpa de barro y piedra con distintas formas, se
reconocieron cementerios con cistas aglomeradas ortogonales y montículos de piedras (ver
Figura 8b).

La categoría de Rasgos Lineales (10 casos) comprende en su mayoría a senderos y caminos de


mucha visibilidad, de gran longitud, y que estarían en pleno uso (ver Figura 8c). Además, se
incluye un canal de regadío cuya orientación y función específica es desconocida.

65 
Tenemos dos casos en la categoría Espacios Sociales, que corresponden a lugares con escasa
infraestructura, en donde debido a su tamaño (en promedio 1.158 m2) tendrían una función
pública. A veces poseen ciertos alineamientos que lo delimitan o muros de contención para
nivelar su superficie.

Como Asentamiento Simple (15 casos) hemos caracterizado a los yacimientos que poseen
entre 2 y 4 estructuras (ver Figura 8d). Algunos de estos asentamientos consisten en unidades
funcionales del tipo estancias temporales, según la diversidad de sus estructuras. Mientras
que otros, solo contienen estructuras de tamaño pequeño que podrían corresponder a
conjuntos de depósitos.

Dentro de la categoría de Arte Rupestre (4 casos) se incluyeron manifestaciones que


previamente no habían sido identificadas en el área. Destacan los paneles de bloques
grabados con diseños geométricos tipo “maquetas”, ubicados en la angostura bajo el poblado
de Copaquilla (ver Figura 8e), y un bloque de grabados figurativos ubicados en la
desembocadura de la quebrada Mulahumaña.

En la categoría Hallazgos Aislados (2 casos) hemos incluido la distribución de diferentes tipos


de artefactos, tales como fragmentos de cerámica o deshechos líticos, en superficies carentes
de rasgos identificables. Consisten en pequeñas áreas que tienen un tamaño promedio de 378
m2.

La categoría identificada como Estructuras Aisladas es la más frecuente (27 casos). En esta
categoría se han incluido distintos tipos de rasgos, entre los que destacan diversos tipos de
paravientos o refugios expeditivos y unidades pircadas posiblemente habitacionales. Destaca
aquí la estructura circular semi-subterránea de muros pircados de 10 m de diámetro (COP-
78), descrita previamente. Salvo dicha unidad, la mayoría de las estructuras aisladas son de
tamaño pequeño, teniendo en promedio 337 m2.

La categoría identificada como Señalizador (11 casos) esta compuesta por distintos tipos de
apilamientos de piedras, tales como apachetas y marka. En estricto rigor, corresponden a
Estructuras Aisladas, pero que debido a su especificidad funcional han sido divididas de tal

66 
conjunto. Esto porque están relacionadas, ya sea, con mejorar la visualización de otros lugares
relevantes, o bien, como indicadores de límites o caminos (ver Figura 8f).

Finalmente, la categoría de Alero (3 casos), corresponde a lugares con la menor superficie


promedio, con apenas 94 m2. Corresponden a abrigos muy pequeños que poseen además
algunos rasgos constructivos como muros y plataformas.

4.4 TEMPORALIDAD Y TAMAÑO DE LAS EVIDENCIAS

Son escasos los indicadores temporales que se pueden consignar en las evidencias
arqueológicas registradas en la prospección. Como se observa en la Tabla 3, una amplia
mayoría de los registros pueden ser adscritos exclusivamente a tiempos prehispánicos
(59,6%), mientras tan solo 5 lugares (5,3%) han sido descritos con ocupación Prehispánica y
Post hispánica. También, es significativo que exista un amplio número de lugares, cuyas
evidencias no permiten establecer con certeza su época de origen (35,1%).

Tabla 3: Adscripción temporal de evidencias arqueológicas.


ÉPOCA N %
Prehispánica 56 59,6
Pre y Post hispánica 5 5,3
Indeterminada 33 35,1
TOTAL 94 100,0

Por otro lado, el tamaño de las evidencias arqueológicas presenta una amplia distribución
entre 18 m2 y 34.945 m2. Para su análisis se han definido 5 rangos de tamaño: Mínimo (menor
a 99 m2), Pequeño (entre 100 y 599 m2), Mediano (entre 600 y 1.999 m2) Grande (entre 2.000
y 9.900 m2) y Muy Grande (mayor a 10.000 m2).

La frecuencia de cada uno de los rangos al interior de la muestra se observa en la Tabla 4.


Además, se detalla la suma de la superficie en m2 que es ocupada por cada uno de las
evidencias arqueológicas del respectivo rango, y la proporción de dicha suma.

67 
Tabla 4: Rangos de tamaño de evidencias arqueológicas.
SUMA SUPERFICIE
RANGO DE TAMAÑO N % %
RANGO (m2)
Muy Grande 3 3,2 83.898 46,6
Grande 16 17,0 65.828 36,6
Mediano 21 22,3 20.112 11,2
Pequeño 33 35,1 9.081 5,0
Mínimo 21 22,3 1.126 0,6
TOTAL 94 100,0 180.046 100,0

La mayoría de las evidencias se concentra en el rango de tamaño Pequeño, con 33 casos


(35,1%). De similar relevancia son el rango Mínimo y Mediano, que suman cada uno 21 casos
(22,3%). Las evidencias arqueológicas que poseen un tamaño Grande, tienen un número
levemente inferior, con 16 casos (17%). La menor frecuencia es la del rango Muy Grande, con
3 casos y 3,2% del total de casos registrados.

Esto es inversamente proporcional a la suma de la superficie que poseen cada uno de los
rangos de tamaño. Así los 3 yacimientos con rangos de tamaños grandes (pukara y poblados)
alcanzan casi la mitad de la superficie de todas las evidencias registradas.

Cuando se hace el ejercicio de separar los rangos de tamaño y las categorías de evidencias, se
confirman ciertas tendencias. No es de extrañar, observando la Tabla 5, que la categoría
Asentamiento Complejo, es la única que posee evidencias de tamaño Muy Grande, o que las
categorías Señalizador o Alero sólo posean evidencias de tamaño Mínimo y Pequeño.

68 
Tabla 5: Categorías de evidencias y rangos de tamaño de evidencias arqueológicas.
RANGO DE TAMAÑO
CATEGORÍAS DE
MUY
EVIDENCIAS MINIMO PEQUEÑO MEDIANO GRANDE TOTAL
GRANDE
Asentamiento Complejo 1 2 3 6
Campos de Cultivo 2 4 6
Rasgo Funerario 1 3 1 3 8
Rasgo Lineal 1 1 5 3 10
Espacio Social 1 1 2
Asentamiento Simple 7 5 3 15
Arte Rupestre 4 4
Hallazgo Aislado 1 1 2
Estructura Aislada 12 9 5 1 27
Señalizador 6 5 11
Alero 1 2 3
TOTAL 21 33 21 16 3 94

Se pondrá atención en las categorías que tienen una amplia diversidad de rangos de tamaño.
En dicho sentido el Rasgo Funerario presenta tres evidencias arqueológicas de tamaño Grande
y una de tamaño Mediano, las cuales corresponderían, sin duda, a cementerios de cierta
complejidad. Mientras que otras 4 evidencias arqueológicas son de tamaño Pequeño y
Mínimo, es decir, entierros humanos o tumbas de limitada extensión.

Las evidencias arqueológicas categorizadas como Rasgo Lineal también tienen una amplia
diversidad de tamaños. Esto se debe principalmente por el estado de conservación de estas
evidencias, junto con su relación con el registro en terreno y las imágenes satelitales
disponibles. No podemos sacar ninguna conclusión acerca de la longitud total de los caminos
considerando tan sólo una prospección local del valle, debido a su conocido carácter regional
(cf. Muñoz y Briones 1996).

Finalmente, la categoría denominada Estructura Aislada, que cuenta con el mayor número de
casos, también presenta una diversidad de tamaños. Estos, sin embargo, se concentran en los
tamaños Mínimo y Pequeño (21 casos), mientras que sólo 5 casos se incluyen en la categoría
Mediana y 1 caso con un tamaño Grande. Este último corresponde al yacimiento previamente
descrito correspondiente a la estructura circular semi-subterránea de muros pircados (COP-
78).

69 
4.5 EMPLAZAMIENTO DE LOS YACIMIENTOS

En la Tabla 6, se observa la distribución de las 94 evidencias arqueológica en los diferentes


estratos definidos y prospectados. La mayoría de las evidencias fueron registradas en el
Estrato A (53 casos), el estrato que posee el área de mayor tamaño. Es relevante que las
proporciones basadas en frecuencias y superficie posean similares números, es decir, 56% en
el primero y 57% en el segundo. Por otro lado, la presencia de evidencias en el Estrato B y
Estrato C alcanza similares cifras, con 21 casos en el primero y 20 casos en el segundo. Esto
sucede a pesar de que el Estrato B, correspondiente al fondo y laderas del cauce, tienen una
superficie menor que el Estrato C.

Tabla 6: Frecuencia y densidad de evidencias en estratos de prospección.


ESTRATO N % AREA (HÁ) % DENSIDAD
Estrato A: Margen Nordeste 53 56,4 426,55 57,3 8,0
Estrato B: Fondo y Ladera de Valle 21 22,3 86,33 11,6 4,1
Estrato C: Margen Suroeste 20 21,3 212,57 28,6 10,6
Estrato D: Lomas Altas 0 0,0 18,57 2,5
TOTAL 94 100,0 744,02 100 7,9

Al observar la información de la densidad, calculada por la división del área del estrato por el
número de evidencias, se establece otra situación. La densidad general de evidencias
arqueológicas en el valle es de 7,9 sitios por há. Dicha cifra es muy similar a la que se registra
para el Estrato A, con una densidad de 8 sitios por há. Además, destaca el Estrato C, como el
estrato con mayor densidad de evidencias, con 10,6 sitios por há. Mientras que, una densidad
mucho menor es la alcanzada por el Estrato B, del cauce del río, con apenas 4 sitios por há.

Ahora bien, cada uno de los estratos puede ser dividido en distintos tipos de emplazamientos
relacionados con la topografía específica donde se disponen los sitios. Para este trabajo nos
basta diferenciar 5 tipos de emplazamiento: las cimas o cumbres, los sectores llanos o planos,
las laderas de pendiente abrupta (entre 15° y 25°), de pendiente suave (entre 5° y 15°) y los
fondos de las quebradas y quebradillas.

En la Tabla 7, se indica como se distribuyen las diferentes evidencias en los tres estratos de
prospección y en los cinco tipos de emplazamiento. La mayoría de las evidencias se emplazan

70 
en sectores con pendiente suave (47,9%). Mientras que las evidencias situadas en pendiente
abrupta poseen la segunda mayor frecuencia (28,7%). En tercer término, se consignan las
evidencias situadas en terrenos llanos o planicies (14,9%).

Tabla 7: Tipos de emplazamiento y estratos de prospección.


TIPOS DE ESTRATO A ESTRATO B ESTRATO C TOTAL
EMPLAZAMIENTO N % N % N % N %
Cima 0 0,0 0 0,0 1 5,0 1 1,1
Planicies 11 20,8 0 0,0 3 15,0 14 14,9
Pendiente suave 27 50,9 5 23,8 13 65,0 45 47,9
Pendiente abrupta 13 24,5 11 52,4 3 15,0 27 28,7
Fondo quebrada 2 3,8 5 23,8 0 0,0 7 7,4
TOTAL 53 100,0 21 100,0 20 100,0 94 100,0

Los lugares emplazados en pendiente abrupta se presentan con mayor frecuencia en el Estrato
B, con un 52,4%. La otra mitad de evidencias arqueológicas del Estrato B, se reparte entre
pendiente suave y fondo de quebrada, cada una con 23,8%. Por otro lado, los lugares
emplazados en pendiente suave, son los más frecuentes en el Estrato A (50,9%) y el Estrato C
(65%). También, ambos Estratos A y C tienen similares proporciones de sitios en los
emplazamientos de planicies y pendiente abrupta. Así, en el Estrato A, las planicies tienen un
número de 11 sitios (20,8%) y la pendiente abrupta otros 13 sitios (24,5%). En el Estrato C,
las planicies tienen 3 sitios (15%) y la pendiente abrupta otros 2 sitios (15%).

4.6 ANÁLISIS DE AGRUPACIÓN

Como una manera de caracterizar el comportamiento espacial de las evidencias arqueológicas


registradas en el valle de Copaquilla, se realizó un análisis de agrupación de los yacimientos.
Para ello, se restaron del análisis los yacimientos identificados como rasgos lineales (10
casos), ya que estas evidencias por definición unen distintos lugares y recorren amplios
territorios.

71 
Mediante la aplicación a los 84 casos de un análisis de distancia simple utilizando espacios
buffer 24 (García 2005), se logró delimitar cuatro áreas y dos subáreas de distribución de
evidencias arqueológicas (ver Figura 9). Tres áreas fueron elaboradas a partir de zonas de
amortiguamiento o buffer de 100 m, mientras que la cuarta área fue realizada a partir de un
buffer de 200 m. El Área 1 y el Área 2, poseen subáreas asociadas, identificadas
respectivamente como 1B y 2B. Estas cuatro áreas y dos subáreas suman 81 casos, es decir,
hay tres evidencias arqueológicas (COP-36, COP-37 y COP-43) que no fueron agrupados en
estos sectores debido a que estaban muy lejanas del resto, correspondiendo a señalizador o
marka.

En la Tabla 8 se compara el número de evidencias, la superficie, expresada en hectáreas y la


densidad de evidencias arqueológicas de cada una de las áreas de agrupamiento. La densidad
de evidencias se calculó dividiendo el número de hallazgos (N) por la superficie (há). Las Áreas
3 y 4, corresponden a los sectores que tienen la menor densidad de evidencias. Mientras que
el Área 2, con una densidad de 0,29 evidencias por há, se ajusta a la densidad promedio de las
evidencias del valle. Finalmente, las Áreas 1B, 2B y 1, poseen las mayores densidades, con
0,67, 0,56 y 0,47 evidencias arqueológicas por há, respectivamente.

Tabla 8: Áreas de agrupamientos arqueológicos, superficie


número y densidad de evidencias.
SUPERFICIE
ÁREA N % % DENSIDAD
(Há)
ÁREA 1 44 54,3 92,9 35,3 0,47
ÁREA 1B 5 6,2 7,4 2,8 0,67
ÁREA 2 18 22,2 62,2 23,7 0,29
ÁREA 2B 3 3,7 5,3 2,0 0,56
ÁREA 3 4 4,9 27,4 10,4 0,15
ÁREA 4 7 8,6 67,7 25,7 0,10
TOTAL 81 100,0 263,0 100,0 0,31

24
En términos de análisis espaciales, un buffer o un área de amortiguamiento es una zona en torno a
un objeto espacial (punto, línea u otra zona) medido en unidades constantes de distancia (García
2005).

72 
Figura 9: Mapa con la distribución y densidad de evidencias arqueológicas de las áreas de
agrupamientos (buffer).

73 
El Área 1 es la de mayor tamaño con 91 há, y es una de los sectores más densos, integrando
44 evidencias. Esta área incluye los sectores de la Angostura Norte y del Pukara y también la
sección baja de la quebrada Mulahumaña. Se le asocia directamente al Área 1B, una pequeña
zona que incluye 5 lugares en la parte más alta del río Seco.

El Área 2 tiene un tamaño de 62,2 há, pero está ocupada con una baja densidad, con apenas
0,29 evidencias por há. Esta Área 2 se ubica en el tramo medio del valle, sector de
Trigopampa, ocupando tanto la ladera Nordeste como la ladera Suroeste. A esta Área también
se le añade el Área 2B, un pequeño y denso conjunto ubicado en la parte media de la ladera
Suroeste.

El Área 3 es un pequeño sector de 27 há, ubicado en el cañón del extremo sur del valle, en la
Angostura. Esta área posee sólo 4 evidencias y por tanto muestra una densidad muy baja, de
0,15 evidencias por há. El Área 4 es la única que se formó por una zona de amortiguamiento
(buffer) de 200 m, sumando una superficie de 67 há. Esto se realizó para incluir 7 evidencias
arqueológicas muy distanciadas entre sí, en el interior de la quebrada Peregrina, extremo sur
del valle. Por esta razón posee la densidad más baja del valle, de 0,1 evidencias por há.

Respecto a la distribución de las categorías de evidencias arqueológicas vemos que existen


importantes diferencias entre cada una de las Áreas de Agrupamiento. En la Tabla 9 se
observa que las Áreas 1 y 2 concentran la mayor cantidad y diversidad de categorías de
evidencia, mientras que las Áreas 3 y 4, poseen una menor cantidad y variedad.

74 
Tabla 9: Categorías de Evidencias en las Áreas de Agrupamiento.
CATEGORIAS DE ÁREA 1+1B ÁREA 2+2B ÁREA 3 ÁREA 4 TOTAL
EVIDENCIA N % N % N % N % N %
Asentamiento
4 8,2 2 9,5 6 7,4
Complejo
Campos de Cultivo 2 4,1 1 4,8 3 75,0 6 7,4
Rasgo Funerario 6 12,2 1 4,8 1 25,0 8 9,9
Espacio Social 2 4,1 2 2,5
Asentamiento
11 22,4 1 4,8 3 42,9 15 18,5
Simple
Arte Rupestre 3 6,1 1 4,8 4 4,9
Hallazgo Aislado 2 4,1 2 2,5
Estructura Aislada 17 34,7 10 47,6 27 33,3
Señalizador 5 23,8 3 42,9 8 9,9
Alero 2 4,1 1 14,3 3 3,7
TOTAL 49 100,0 21 100,0 4 100,0 7 100,0 81 100,0

Se debe destacar que en el Área 1 (más el Área 1B), existen todos los tipos de evidencia
registradas para el valle de Copaquilla, salvo la del tipo Señalizador. Además, es la única área
que posee evidencias del tipo Espacio Social y Hallazgo Aislado. También, existen importantes
proporciones de los tipos Arte Rupestre (3 casos) y Rasgo Funerario (6 casos). Otro aspecto
interesante es que los dos Espacios Sociales se encuentran en la vertiente Nordeste del valle
en las inmediaciones de yacimientos funerarios.

En el Área 2 (más el Área 2B), también posee una importante diversidad de tipos de evidencia,
pero en cambio ahí sobresalen las evidencias del tipo Señalizador. En esta Área 2, las
Estructuras Aisladas y Señalizadores alcanzan una importante presencia, correspondiente al
47% y 23%, respectivamente. También, es relevante la importancia relativa de la categoría
Asentamiento Complejo, con 2 casos (9,5%).

En el Área 3 sólo se presentan tres ejemplos de la categoría Campo de Cultivo y una evidencia
del tipo Rasgo Funerario 25 . Así, en esta Área 3 no se presentan otros tipos de evidencia.
Mientras que en el Área 4, emplazada en la quebrada Peregrina, se registraron principalmente

25
Corresponde al registro COP-04, que también puede corresponder a una categoría no prevista:
Estructuras de Almacenaje (ver Nota 22).

75 
evidencias del tipo Asentamiento Simple (3 casos) y Señalizador (3 casos), ambos con un
42,9%.

Finalmente, se puede indicar que el análisis de agrupación muestra claramente un espacio del
valle que destaca por poseer la mayor densidad y diversidad de evidencias. Este espacio
corresponde al Área 1 ó Tramo Norte del valle. Mientras que existen otros espacios que
presentan una menor densidad y una mayor especialización. Por ejemplo, las Áreas 2 y 4
presentan una mayor cantidad relativa de rasgos señalizadores y estructuras aisladas, dando
cuenta de un espacio caracterizado por senderos de tráfico, tanto hacia el Oeste (el Área 2
relacionada con el valle de Azapa, sector Livilcar) como hacia el Este (el Área 4, relacionada
con el tráfico hacia los sectores de Murmuntani, Chapiquiña y Pachama). Por último, el Área
3, destaca por su énfasis productivo además de la probable función de tipo ceremonial
funerario (sino de almacenaje).

4.7 RESUMEN DE RESULTADOS

Las labores de prospección, aunque inscritas dentro de la práctica arqueológica convencional,


pueden ser de utilidad para iniciar un diálogo entre el conocimiento técnico y el conocimiento
y la práctica de los actores locales. Los siguientes son los puntos que pueden ser considerados
relevantes de este conocimiento arqueológico adquirido en la presente investigación:

1. La distribución y tipología del conjunto de 94 evidencias arqueológicas registradas nos


entrega información acerca de una ocupación intensiva del valle, especialmente durante
períodos prehispánicos, que puede ser considerada de mayor estabilidad que la presente
en la actualidad.
2. En términos numéricos los tipos de evidencias más frecuentes corresponden a Estructuras
Aisladas (27 casos) y Asentamientos Simples (15 casos), es decir, yacimientos de limitada
envergadura.
3. En términos de área de ocupación, los tipos de evidencias de mayor tamaño promedio,
corresponden a Asentamientos Complejos (6 casos), Campos de Cultivo (6 casos) y Rasgos
Funerarios (8 casos)

76 
4. En relación a la distribución de las evidencias, se registra similar densidad de evidencias
en ambos márgenes del valle, y mucho menor presencia en el fondo de la quebrada. Esto
último, es fácilmente explicable por las características de inundación del fondo del valle,
que inhibiría el asentamiento humano o al menos su conservación.
5. El análisis espacial de las evidencias muestran que el Área Norte del valle destaca por
poseer la mayor densidad y diversidad de evidencias. El resto de los Áreas presentan una
menor densidad de evidencias, pero una mayor especialización, relacionada con
actividades tales como el tráfico o la producción agrícola.
6. Esto es consistente con un patrón de asentamiento prehispánico, con una continuidad
posthispánica, registrado para otros sectores de la precordillera de Arica (Ajata 2004,
Muñoz y Chacama 2006). Este patrón general consiste en la presencia de grandes
asentamientos aglutinados, que concentran vida productiva y social, que se desarrollan en
cierto grado de contemporaneidad a asentamientos menores satélites relacionados con la
producción agroganadera específica y el tráfico intrarregional.

77 
5. INTERPRETACIONES CULTURALES EN COPAQUILLA

En este capítulo se detalla la segunda parte de este estudio, la cual comprende el diálogo con
los actores locales y con las dos principales organizaciones locales del valle de Copaquilla, en
relación a los Lugares de Significación Cultural presentes en su territorio. También, incluye las
propuestas de gestión del Paisaje Cultural, elaboradas a partir de este diálogo y colaboración
entre comuneros y técnicos.

Como se ha señalado, este acercamiento no tiene como fundamento principal lograr una
reconstrucción histórica o una interpretación más próxima a lo que “realmente sucedió”,
usando el conocimiento local, con miras a llenar los vacíos de conocimiento de la práctica
arqueológica. Tampoco, tiene como objetivo hacer una reconstrucción etnográfica del valor
que tienen los recursos arqueológicos o el pasado mismo para los comuneros en su proceso de
identificación étnica. Este contacto entre las interpretaciones locales y académicas ha sido
planteado a partir de lo que las mismas comunidades estiman para identificar, valorizar y
utilizar de estos recursos culturales y sus narrativas. El objetivo último no es incrementar el
conocimiento por si, sino incrementar el uso del conocimiento y elaborar de manera conjunta
un conocimiento lo “suficientemente verdadero” como para iniciar nuevos proyectos
colaborativos, multivocales y que integren múltiples objetivos.

5.1 UNA EXPERIENCIA DE EXPLORACIÓN PATRIMONIAL

Durante la primera etapa de prospección no se establecieron vínculos directos con las


organizaciones locales. Sólo se les informó de manera general sobre el propósito de nuestro
trabajo, a través de la institución que financió el estudio inicial, la Corporación Nacional de
Desarrollo Indígena. Además, en terreno se pidieron las respectivas autorizaciones a los pocos
comuneros que se encontraban en el valle los días en que se efectuó la prospección, para
transitar por entremedio de sus predios.

78 
Por tanto, esta experiencia de trabajo con las Comunidades Indígenas del valle de Copaquilla
se inició recién como una socialización de los resultados de la prospección extensiva del
territorio (ver Figura 10) 26 . Como se indicó en el capítulo de Antecedentes, a través de la
actual institucionalidad indígena, se han constituido dos Comunidades Indígenas en el valle
de Copaquilla. La más antigua es la Comunidad Indígena de Trigopampa, con casi una década
de existencia y con mayor cantidad de socios; mientras que la Comunidad Indígena Pukara de
Copaquilla es la más reciente y con menos socios. No existen buenas relaciones entre las dos
organizaciones, pero al parecer el punto más álgido de esto ya sucedió y se vive una situación
de tenso diálogo, para algunos temas, pero una activa colaboración en otros. Entre estos
temas trabajados conjuntamente se incluye la presente experiencia en relación al patrimonio
tangible del valle.

En nuestro trabajo se realizaron diversos talleres, los cuales fueron ejecutados de manera
independiente para cada organización (ver Figura 10a). Estos talleres, que incorporaron temas
como la legislación patrimonial, la conservación del patrimonio arqueológico, la valoración de
la memoria y la interpretación local, sirvieron para contextualizar la difusión de los resultados
de la prospección arqueológica. La participación de los comuneros fue irregular, logrando a
veces poca interacción con los expositores, pero sin duda, lo que más les llamó la atención
fueron los detalles acerca de los Lugares de Significación Cultural, de tipo arqueológico
presentes en su territorio. Se sorprendieron de la cantidad y variedad de lugares que se habían
logrado registrar y mapear, a parte de los ampliamente conocidos poblados y las diferentes
chullpa. Muchos de estos lugares y tipos de inmuebles los reconocían (especialmente
apacheta y paskana), pero se sorprendieron al ver que estos lugares tenían algún valor
informativo o se les podía reconocer algún valor cultural o étnico.

26
En esta socialización de los resultados arqueológicos y en todas las demás instancias de diálogo y
trabajo con las Comunidades Indígenas se contó con el apoyo de los antropólogos Carolina Bustos y
Franco Venegas.

79 
Figura 10: Diferentes actividades del trabajo participativo con las Comunidades Indígenas de
Copaquilla: a) Taller de traspaso de información técnica a los comuneros; b) Conversatorio y
entrevista grupal a los comuneros; c) Reconocimiento de los bloques grabados del Sector
Angostura Norte (COP-27); d) Reconocimiento a la Estructura Circular Semi-subterránea
(COP-78); e) Reconocimiento de los aleros de Pampa El Muerto; d) Reconocimiento de las
chullpa del Poblado de Copaquilla (COP-02).

80 
En forma paralela a los talleres se fueron realizando entrevistas individuales y grupales (ver
Figura 10b). En estas conversaciones se exploraron diferentes aspectos de la historia de la
comunidad y las historias de vida de los comuneros, relacionándolas con los lugares y
elementos que dan forma al actual Paisaje Cultural del valle. Una última actividad con las
Comunidades Indígenas, fue el reconocimiento en terreno de los yacimientos arqueológicos
más representativos de su territorio (ver Figura 10c-f). En dicha ocasión se activaron con
fuerza las memorias colectivas y las interpretaciones acerca del uso antiguo de los lugares
visitados.

Un aspecto que frecuentemente surgió de los talleres, entrevistas y especialmente en el


reconocimiento en terreno, fue el tema de la administración para el turismo y el uso cultural
de algunos conjuntos patrimoniales, especialmente el Pukara de Copaquilla. Con la
información recogida desde el análisis espacial de las evidencias arqueológicas, junto con las
interpretaciones locales, y la observación de la situación organizativa del valle, se propusieron
algunas tareas de gestión futura y una zonificación cultural del valle.

Esta zonificación se realizó con miras a un futuro manejo y administración de estos lugares
por parte de los comuneros. Aunque este proceso se ve aún lejano, esta zonificación se ve más
como una herramienta para articular la narrativa del espacio y del tiempo que reside en la
memoria de los comuneros, con la posible planificación del uso futuro de los recursos
culturales.

5.2 LA ARTICULACIÓN DE LA ORALIDAD

A continuación se presenta una sistematización de las diferentes narrativas que fueron


entregados por los comuneros en las distintas entrevistas, talleres y visitas a terreno. Se contó
con la cooperación de diferentes miembros de las dos Comunidades Indígenas de Copaquilla.
Son personas de ambos sexos, todos ellos adultos mayores entre 65 y 85 años. La mayoría
reside en Arica y mantiene un patrón translocal, mientras que, un solo entrevistado vive
principalmente en Copaquilla. Una descripción y análisis de estas narrativas permite

81 
identificar algunos ejes y tópicos permanentes en la dialéctica local, que permiten delinear
algún particular entendimiento del Paisaje Cultural y la historia local.

Hasta hace unos 30 años atrás, en el valle de Copaquilla sólo existían terrenos de cultivos y
un conjunto de habitaciones muy precarias, ya que las personas de Chapiquiña sólo venían
por algunas semanas a cultivar y cosechar. Los actuales habitantes del valle de Copaquilla
recuerdan que acompañaban a sus padres desde Chapiquiña hacia Copaquilla, siguiendo el
camino tropero que cruza por la cuesta de Laco, atraviesa el Cerro Copaquilla y se encamina
por la quebrada Peregrina.

“Teniendo la edad más o menos de 15 años venía a hacer unos trabajos y ayudar a mi
papá, porque mi padre tenía esas tierras ahí. Venía siempre a trabajarlas él. Solamente
venía a hacer siembras, porque la siembra siempre se hace en el mes de Octubre en
adelante. Antes de eso no, porque hay helada allá. Entonces, en esos meses de
temporada yo le ayudaba a él. Llegábamos en lomo de caballo. Ese recorrido se hacía
en dos horas de camino de Chapiquiña al valle de Copaquilla. Ya allá en el valle se
estaba a veces una semana trabajando, después nos retornábamos otra vez al pueblo”
(E. O.)

Así, las tierras de Copaquilla formaron parte del territorio de la localidad principal de
Chapiquiña, ubicada a casi 10 km hacia el oriente. De acuerdo a los antecedentes
previamente expuestos, se puede agregar que Copaquilla fue un anexo productivo de
Chapiquiña, y que los actuales propietarios y comuneros de Copaquilla se separaron de
Chapiquiña. Sin embargo, aún mantienen ciertos lazos sociales, de parentesco y ceremoniales
con la marka (pueblo principal) de Chapiquiña y Pachama.

Este hecho particular, de un poblamiento discontinuo y por temporadas, ha provocado que los
habitantes tengan hoy en día un conocimiento fragmentado del territorio. Las personas
venían exclusivamente a realizar trabajos agrícolas por unos contados días, y luego, se
retiraban hacia el pueblo principal. De esta forma, los actuales comuneros de Copaquilla
tienen un conocimiento acabado de ciertos puntos que alcanzan la mayor relevancia de su
paisaje.

82 
Entre estos lugares está el sector de la encajonadura norte o sector Pukara donde las
formaciones rocosas, las bodegas encaramadas en los roqueríos, las chullpa que se observan
desde lejos y la concentración masiva de estructuras con muro de pirqa han llamado la
atención a los habitantes durante generaciones. Así, los actuales pobladores tienen
conocimiento de lo que hay y de lo que hubo en lo que hoy denominamos Poblado
Arqueológico de Copaquilla. Conocen las características de sus construcciones y de los objetos
antiguos que aún se conservan:

“Antes en [el valle de] Copaquilla las viviendas eran unas chocitas no más, no eran
como ahora. Se copiaron de la gente antigua, de los gentiles, que en el medio le
paraban un palo, entonces de ahí a todos lados le ponían otros palos, le ponían techos
de los montes que hay. De ese estilo vivía, así, la gente” (I. V.)

“Yo preguntaba ¿qué eran esos corrales que estaban ahí?, los que están en Pukará
[poblado Copaquilla], me decían que no son corrales, son casa, son chozas” (E. O.)

“Alguna vez llegué allí donde el Pukará [poblado arqueológico], en esa población, y
encontraba piedras grandes labradas, que eran tan bonitas, así con fondo para
ocuparla quizás para moler, no sé. Y encontraba también puntas de flechas labradas
de la misma piedra y otras cosas más de piedra.” (E. O.)

Cuando se les consultó acerca de quienes dejaron tales restos, todos los pobladores actuales
reconocen con claridad que fueron dejados por antiguos agricultores:

“En Pukará [Poblado Copaquilla] vivieron gentiles, pero igual que nosotros vivían, igual
trabajaban. Ahora está todo destruido” (I. D.)

“Cuando mis padres sembraban en Copaquilla, conversando con ellos me refería yo a


la gente antigua que vivía ahí [en Poblado Copaquilla]. Ellos me decían que eran los
gentiles. Vivían ahí antes que nosotros y la población que se ve ahora era de ellos” (E.
O.)

83 
En Copaquilla, como en muchos otros lugares de los Andes del Sur, a los antiguos habitantes
los reconocen como “gentiles”, nombre que proviene de la influencia de la temprana
evangelización. Así, los “gentiles” son todas aquellas personas que vivieron antes de la llegada
española y que por tanto no fueron bautizadas. Junto con la evangelización, también, se
expandió la idea de que esos lugares eran peligrosos, pues la gente podía enfermar y morir.

“Mi madre decía que no hay que ir para allá, no hay que ir donde han vivido los
gentiles” (I. V.)

“Mi mamita siempre nos decía que nunca había que tocarlos, no había que
molestarlos, no hay que jugar con ellos, molestarlos, ni siquiera hacer pichi en ellos,
ahora esta todo saqueado” (I. D.)

“Se respetaban esos cerros antes, daba miedo, cuando uno subía por ahí daba miedo
hasta mirar para adentro, que eran como unas casitas ahí. Ahora parece que esta más
deteriorado” (H. V.)

Además, los habitantes de Copaquilla reconocen un relato que otorga a estas personas una
menor altura, ciertos poderes extrahumanos y sobre todo la particularidad de vivir en un
mundo donde no existía el sol.

“Eran unas personas chiquititas. Para cosechar, para hacer una casetita, llamaban no
más, agua ven, el agua iba, en aymará, entonces, uma purma, y el agua iba a ellos,
cala purma, y las piedras corría hacia ellos, ¿quién va llevar tantas piedras para allá
arriba?” (I. D.).

“Decían que ellos vivían de noche, no conocían el sol, sino que vivían de noche. Y la
luna era el sol de ellos. Entonces, ¿que pasó con ellos?, resulta que vino el juicio para
ellos, así vino el sol y los quemó. […] Pero otros me decían que no era así, que los
gentiles que estuvieron acá fueron gente como nosotros.” (E. O.)

Incluso existen versiones más sofisticadas que explican con detalle la forma en que estos
antiguos habitantes desaparecieron.

84 
“Yo pienso que […] así como hoy en día predicamos que se va a destruir el mundo,
antiguamente también se predicaba así, que iba a salir el sol, porque no había sol,
había solamente luna y la gente vivía con la luna, trabajaba así sus cosechas. Entonces
se predicaba que iba a salir el sol y que tenían que hacer sus casas con la puerta
mirando para abajo [hacia el poniente], porque el sol quema. Algunos escucharon y
otros no, pero los que escucharon hicieron las puertas hacia abajo, vieron que el sol se
perdió para allá [hacia el poniente] y dijeron que sol de allá iba a salir y dieron vuelta
las puertas [hacia el oriente], pero el día siguiente el sol de allá salió, y por eso
quedaron como chicharrón por el sol, quedaron así completitos porque el sol salió y
los quemó” (J. M.)

Este tipo de relatos se basan en la idea de que las chullpa son casas, y no recintos funerarios,
como indican los arqueólogos. Otra alternativa, es que en vez de casas o tumbas sean
bodegas:

“En Copaquilla, todas esas casetas que hay con puerta arriba, las cuadradas, ahí esa
gente acumulaban mercadería para salvar cuando vinieron los españoles” (I. V.)

Además, cuando se visitó el lugar Chullpa del cañón del sur (COP-04), aunque la mayoría de
los comuneros admitieron desconocer ese lugar, hubo una persona que indicó que no le
convencía un uso como cementerio, como era propuesto por nosotros. El comunero indicaba
que no había evidencias de momias ni de saqueo, por eso, él sugirió que se trataba de un
sistema de bodegas del tiempo de los “gentiles”.

Por otro lado, con una mayor reflexión, algunos contrastan las versiones de “gentiles” como
seres pequeños con su experiencia, discrepando parcialmente de los saberes tradicionales:

“Los gentiles eran igual que uno no más. Tenían que ser igual que uno, porque ahí
están los huesos igual que los de uno, los gentiles han sido iguales que uno, chicos y
grandes, yo los he identificado por los huesos. Allá en Pukará [Poblado Copaquilla] un
sureño midió el hueso y dijo que era más alto que él, y era alto el sureño” (I. V.)

85 
De esta forma, al no considerarlos seres de otra “generación” o “raza”, ven a los “gentiles” de
alguna forma como sus ancestros:

“Después vine a entender a qué se referían con gentiles. La verdad es que eran los
aymara. […] Y antes de nosotros eran los aymara, ellos fueron dueños de la tierra,
vivieron ahí, trabajaron la tierra” (E. O.)

“[Los gentiles] también eran aymara, de esa misma generación somos. [Después de la
salida del sol] de todo eso que hemos vivido, quedó una familia sola, era una familia
gentilar, por eso nos llamamos hermanos, de esa generación somos nosotros” (I. D.)

También, los actuales habitantes se sorprenden de la calidad de las obras realizadas por los
antiguos, especialmente las relativas al trabajo agrícola:

“Todo [ha sido] trabajado por los gentiles, los gentiles han trabajado más. El canal
antiguo se ve. Han sembrado papa, la muestra esta clarita. ¡Cómo venía tanta agua!,
¡tremendo canal! Dijeron que venía agua desde Caquena, que era un canal, pero nunca
he ido” (I. V.)

Aunque hay quienes sostienen que los andenes no fueron de creación local, sino que fue un
desarrollo foráneo:

“Ese sistema de trabajo de las terraza la trajeron los incas, eso me dijeron a mi, porque
los aymara no sabían como trabajar la tierra. Los incas venían más adelantados en ese
trabajo, que venían desde el norte, ellos le enseñaron esa forma, de las pircas para el
sembrío” (E. O.)

Ambas versiones podrían ser parcialmente ciertas. Ya que los andenes fueron una tecnología
colectiva con aportes de diferentes sociedades andinas prehispánicas, en Copaquilla gran
parte de los andenes fueron de creación pre-Inka (Muñoz y Chacama 2006). Pero, sin duda,
con la llegada de influencias Inka es probable que se hicieran importantes modificaciones
técnicas, especialmente en los cultivos y canalización, como ha sido registrado en el valle de
Socoroma (Santoro et al. 1987).

86 
Ahora bien, la relación que existe entre el Poblado Copaquilla (COP-02), que denominan
“Pukara”, y el Pukara Altos de Chapicollo (COP-01), que denominan “Gentilar del Mirador”, ha
sido utilizada para sustentar un interesante relato histórico, en donde además de los
“gentiles”, se habla de los inkas y también de los conquistadores españoles.

“Lo que yo tengo entendido, me cuentan, que arriba de Copaquilla, en la parte del
Mirador, se ve como un fuerte, y según dicen que es un fuerte para defenderse. Hay
unos muros, como parapetos, así para tenderse. Cuentan que los quechuas venían
desde el norte y avanzaron mucho más al sur, y pasaron por acá y barrieron con la
gente que había ahí, fueron más fuertes, más capaces que los aymara. Entonces el
aymara para defenderse hicieron esos parapetos arriba fuertes ahí, al ser atacados se
esparcieron, se fueron por ahí. Eso quedo abandonado por un tiempo, de ahí vienen los
otros, alguien tiene que haber quedado, tiene que haber venido de los otros hasta el
día de hoy, que somos nosotros. Eso me lo contaron mis padres, en esos tiempos.” (E.
O.)

“En el Gentilar del Mirador hay unos muros, tremendas pircas, han sido muro de
defensas, hicieron guerra, por qué hubo guerra, por las riquezas. En Copaquilla había
mucha riqueza, la riqueza en esa época, acarreaban riqueza de Bolivia.” (I. V.)

“Después de la generación de los gentiles, vino la guerra de los españoles, allá arriba
pelearon, esta clarito arriba, las divisiones. Los españoles en ese tiempo vinieron a
saquear, y después los animales, por ejemplo, los de Choquelimpe, cargaban los
animales, los burros, caballos, y tenían que acarrear el oro acá hacia Arica, lo traían
cargado por el río Cardones” (I. D.)

Es importante observar como en este espacio de Poblado y Pukara, denso en restos y


evidencias del pasado, se unen diversos relatos y tiempos: sobre los antiguos habitantes, sobre
los conquistadores españoles y también de la riqueza metalífera.

87 
“Un día caminando yo ahí [en el Poblado Arqueológico], tropecé con una cabeza, la
boca tenía puro oro, todos los dientes tenía oro, y del susto yo vine volví y le eche
tierra”. (I. D.)

“Me han contado mucha historia de los gentiles, que había mucha riqueza acá. Los
niños de los gentiles estaban jugando, estaban hurgando por ahí, hurgando, hurgando
sacaron oro, porque acá hay mucha riqueza en Copaquilla, pero es más hondo, el oro
esta en el fondo, por eso no lo encuentran, los que vienen a buscar no buscan hondo”.
(I. V.)

Salvo lo ya discutido acerca de las chullpa, el Poblado y el Pukara, los habitantes de


Copaquilla no reconocen otros Lugares de Significación Cultural, de características
prehispánicas. Aunque si existe de parte de un comunero un mayor conocimiento, que no
proviene del saber tradicional, sino de su experiencia previa con el arqueólogo Hans Niemeyer,
quien estuvo en la zona a fines de la década de 1960:

“A don Hans, nosotros le decíamos “Juan”. Ese caballero anduvo harto por ahí, y fue
uno de los primeros que vino. Yo trabaje con él. Él fue a tres lugares, el Pukara del
Mirador, al poblado, y después a donde le dicen la puerta de la Iglesia, pero ahí no
pudo poner números. También en un Pukara arriba de Trigopampa. Ese caballero se
fue, y después volvió.” (H. V.)

En relación al yacimiento denominado Estructura Circular Semi-subterránea (COP-78),


ubicada en la actual bajada vehicular, los comuneros al verlo en terreno, admiten no haberlo
visualizado, pese a encontrarse muy cerca de un lugar que ellos utilizan para Carnavales. En
este lugar la banda de músicos se detiene un rato para ejecutar una Bienvenida y avisar que
ya llegaron a quienes esperan en el valle. En terreno, los comuneros no reconocen un uso
contemporáneo de tal estructura, descartando que alguna vez se haya utilizado como corral
para los animales. Al recorrerlo destacan la prolijidad con la que se dispusieron las piedras
que conforman el muro, señalando que no es propia de una construcción destinada a uso
agropecuario en la actualidad.

88 
Respecto a los Aleros de Pampa El Muerto, los comuneros reconocieron que ese lugar es un
punto en el recorrido que conectaba Chapiquiña con Livilcar, y que más de alguna vez habían
recorrido estas quebradas y se habrían refugiado en muchos aleros con muros de pirqa. Sin
embargo, no habían logrado notar que algunas de estas cuevas tenían dibujos pintados.

“Los antiguos a lo mejor alojaban ahí, para el tiempo de la lluvia. Se ocupaban,


algunos parecidos en otros caminos, como el camino a Calachocota, para el tiempo de
las lluvias. Ese es rocoso es más grande y hay varias cuevas, está de Pachama hacia
abajo, ahí si que iban con el ganado, casi todo el pueblo iba con el ganado” (H. V.)

Ahora bien, en relación a los caminos troperos, los diferentes habitantes de Copaquilla
conservan en la actualidad una serie de conocimientos acerca de los hitos en sus recorridos y
aspectos técnicos y logísticos del arrieraje mediante mulas y caballos. Esta práctica se siguió
realizando intensamente hasta la década de 1960, y hasta esa época tuvo una importancia
extrema, pues fue la única forma de trasladar sus productos y a ellos mismos hacia el exterior.

Podemos observar diferentes tipos y alcances de este tráfico. El más intenso fue el tránsito
casi cotidiano entre los diferentes sectores que formaban parte de su territorio, el cuál debió
extenderse entre 10 y 5 km desde Chapiquiña y Pachama. El otro uso importante fue el
traslado de sus productos agrícolas hacia el creciente mercado de Arica, e incluso hacia las
salitreras de principios y mediados del s. XX. Al regreso, parte de las ganancias se invertían en
productos industrializados como harina, azúcar y otros artículos de consumo, como
vestimentas y calzado.

Se registran dos tipos principales de estructuras relacionadas con los caminos troperos. Por un
lado, están las apacheta, a las cuales le reconocen una gran antigüedad y tendrían un uso
esencialmente ceremonial.

“Las apachetas son cosas muy antiguas. Dicen que cada arriero que pasaba por ahí,
tiraba una piedra. Eso significaba para ellos, dejar el cansancio, porque si ellos están
viajando con animales, cuantos días por ahí, con una piedra podían dejar el cansancio
de todos los animales” (E. O.)

89 
En cambio, las paskana serían lugares de descanso y merienda, que ellos mismos reconstruían
cada vez que las utilizaban.

“Nosotros construíamos las pascanas con piedra cuando bajábamos. No está


construida como se debe con adobe, así no más, como corrales.” (I. D.)

“Se llevaba fiambre, antes ‘hacíamos mantel’ le decíamos nosotros, saco de harina,
carne, papa chuño, surtido, maíz tostado, con sopaipilla, trozo de carne, había que
llevarse ollita chica para cocinarse, agüita. Eso era para bajar no más, en Arica se
abastecía para volver”. (I. V.)

En este largo viaje se pasaba por una serie de paradas de descanso más o menos establecidas:

“De ahí, en cada instancia tenía nombre. Alojábamos, descansábamos con los
animales, por ejemplo, hoy día salíamos a las 6 de la mañana, todo el día y toda la
noche y llegábamos a casa con animales, descansábamos en esas pascanas. Están
como a dos kilómetros las pascanas, están claritas, hay partes que el agua lo deshizo
pero hay partes que está todavía con las pirquitas, piedritas. Ahí primero está Sirca
Sirca [1ª], después Negro Muerto [2°], después Cardones [3°], después en aymará le
llaman Jancojaque [4°], el Hombre Blanco, es de piedra, esta arriba en el cerro.
Después está Roncadero [5°], después esta Milagros, seis; después esta Maxocruz,
siete. Esas pascanas son las que van a Azapa. Ocho con Resbaladera y llegamos a
Azapa. En Azapa dejamos los animales, o sino nos vamos a Arica, y acá en O´Higgins
[con Vicuña Mackenna] en todo la esquina había un tambo, donde dejábamos los
animales y alojábamos ahí” (I. D.).

“Descansábamos en Azapa, en el valle de Lluta también, hay dos caminos. Así


andábamos antes nosotros, descansábamos en pascanas, le llamábamos, y estaban con
nombre. Yo más descansaba en medio camino, Arronjadero, dónde esta la virgen,
habían unas pascanas botadas, ya nadie descansaba ahí.” (I. V.)

Además, desde Copaquilla y otros sectores agrícolas de precordillera y los valles de Arica, se
viajaba a la costa para extraer guano y usarlo como abono para los cultivos.

90 
“Yo iba a las guaneras a ir a buscar guano con animales. Las guaneras las conozco
todas, desde Corazones, después, Alto Cutipa, Bajo Cutipa, y así, todas esas tienen
nombres, que son entradas de animales a la playa. Se va por aquí, por quebrada Acha
y se llega al alto y tienen sus entradas para abajo y cada una tiene su nombre. Y había
en esos años cualquier cantidad de guano, porque estaba la pajarada acá. Entonces
había guano en todos lados, se sacaba guano blanco, en sacos se llevaba. Y eso se
preparaba con guano de cordero, se hacía una buena mezcla, y ese era el abono que se
ocupaba para todas las siembras” (E. O.)

Ahora bien, respecto al tema de los saqueos de los cementerios prehispánicos, los habitantes
de Copaquilla reconocen que estos han sido deteriorados en los últimos años. Según sus
propios relatos ellos saben cuando ocurrió y posiblemente vieron a quienes los hacían. Pero
no tienen claridad acerca de la finalidad de dichas extracciones de materiales o de la
profesión de los responsables. A veces los identifican como investigadores profesionales, otras
como buscadores de tesoros.

“En Copaquilla habían momias enteritas, con dientes de oro, con sus trenzas enteritas,
entonces yo lo vi y lleve a mi hermano, cuando fui no había nada, y me di cuenta que
estaba todo saqueado, estaba todo enumerado. Antes veíamos eso, los cementerios y
miedo, no había que tocarlos nada porque se podía enfermar” (J. M.)

“En estos momentos hay unos gringos que han revolvido en Copaquilla y en Chulpane
[Pukara de Caillama], han sacado al gentil, puro hueso. Me llevó el gringo a Chulpane,
sacaron todo los gringos, las momias estaban enterradas, iban con una máquina, y
después cuanto más habrán sacado. En Copaquilla igual, los gringos, y cuando sacaron
el oro me dieron las conservas y yo contento.” (M. D.)

“Llegaron los de la Universidad, y se llevaron todas las momias, los oros. Estaba
todavía, un caballero lo sacó y estaba intacto. De qué año, de hace 2.000 años atrás
po’, la mazorca de maíz, la frazadita que era chiquita, porque la gente era chiquitita,
todo eso todavía existe esta cerradito” (I. D.)

91 
Por largo tiempo y como en muchos otros lugares de la región, los investigadores y
arqueólogos llevaron a cabo su trabajo en terreno sin establecer diálogos efectivos con las
comunidades locales. Estas prácticas se ven como una continuidad lógica a las concepciones
colonialistas comunes de los períodos históricos coloniales y republicanos. Todo este conjunto
de actitudes y acciones, fueron dejando idearios e imaginarios colectivos en las comunidades
locales, que es necesario comenzar a de-construirlos. Incluso, en un contexto regional y
nacional en que los diferentes grupos sociales, incluidos los investigadores y arqueólogos,
están asumiendo una mayor cuota de respeto y consideración hacia las comunidades locales e
indígenas, llama la atención que las mismas comunidades no muestran aún una clara actitud
de defensa respecto a los Lugares de Significación Cultural que integran su Paisaje Cultural.

“Creo que no debemos abandonarlos, porque si eso está dentro de un sitio de la gente
de ahí, vendría a ser patrimonio de uno y habría que cuidarlo, porque no puede estar
entrando gente a excavar y a estar buscando cosas así. Eso habría que evitarlo.” (E. O.)

Una primera revisión de los significados y usos tradicionales reunidos en este apartado,
parecería indicar que los conocimientos locales se presentan de manera escasa o que existe
un limitado número de representaciones locales respecto a los componentes de la herencia
cultural. En un tono más dramático, se podría decir que actualmente se vive un proceso de
intensa modificación (e incluso pérdida) de los significados y usos tradicionales de muchos de
estos Lugares de Significación Cultural.

Sin embargo, percibimos también la existencia de un sustrato profundo que mantiene


conceptos y nociones fuertemente ligadas al territorio que se está habitando. Podemos indicar
que, aún queda mucho por explorarse acerca de la articulación específica de cada uno de
estos elementos entre sí, leyendo los significados expresados o representados en el Paisaje
Cultural. Una noción que es aún difusa para los habitantes locales, pero que puede hacerse en
cierta medida tangible mediante la continuidad de un trabajo colaborativo entre
investigadores y las comunidades locales.

92 
5.3 UNA PROPUESTA DE GESTIÓN DEL PAISAJE CULTURAL

Una línea para iniciar el diálogo y la colaboración entre las comunidades y los investigadores,
más allá del mero conocimiento y reconocimiento de los Lugares de Significación Cultural, es
mediante proposiciones de gestión a nivel local del conjunto patrimonial presente en su
territorio. Esta estrategia tiene como fin revertir la creciente desarticulación y la pérdida
constante de significados que habrían unificado en ciertos momentos el Paisaje Cultural de
Copaquilla.

Como ya indicamos, no asumimos un riesgo de pérdida total de los significados tradicionales


o históricos, más bien, observamos la transformación y rearticulación de ciertas relaciones
entre el patrimonio, la memoria y la identidad. En tanto que, se mantienen a niveles más
profundos, todavía conceptos y nociones fuertemente ligadas al territorio que se está
habitando. Por ejemplo, muchos pobladores reconocen el rol relevante de los caminos
troperos y sus estructuras que los acompañan (paskana, apacheta y marka), en su antiguo
modo de vida. Además, por ser actualmente agricultores y ganaderos, se asombran
cotidianamente de las andenerías, canales y diversos corrales aislados que, hoy, están en
desuso y que dan cuenta de las similitudes y diferencias con los antiguos pobladores.
También, reconocen los gentilares, aquellos lugares donde los antiguos habitantes del
territorio vivieron, trabajaron y fueron enterrados. Tales lugares fueron, hasta hace poco,
vistos con el máximo respeto, pues se les enseñó generación tras generación que esos sitios
debían ser respetados, y se debía evitar visitarlos.

Este esquema tradicional fue violentado abruptamente, como muchas de las modificaciones
occidentales en el territorio, con la masiva excavación de los yacimientos arqueológicos en los
últimos 50 años. A los pobladores locales no les importa mucho si fueron saqueadores o
investigadores los que realizaron esas excavaciones. El resultado es que las piezas que
encontraron fueron sacadas del lugar. Ellos estiman que esas piezas eran objetos valiosos,
“tesoros de oro”, ya que ésta es la única manera que tienen ellos para explicar la llegada de
personas desde lejos, que trabajaron duramente excavando para finalmente llevarse los
objetos.

93 
Hoy en día, cuando ya sucedieron los hechos, los pobladores locales, consideran inapropiado
el actuar que tuvieron dichas personas que excavaron los gentilares. Con esto, ellos
lentamente van asumiendo esta nueva etapa mundial y nacional de toma de poder de las
comunidades indígenas. Ahora, las comunidades van reconociendo derechos sobre los
componentes culturales de su territorio y se imaginan cuidando y administrando los lugares
más relevantes y representativos de su Paisaje Cultural.

Toda esta situación nos indica la necesidad de iniciar un trabajo colaborativo con la
Comunidades Indígenas y otras organizaciones locales, para que gestionen de manera integral
sus recursos culturales. Siguiendo las normativas legales y las recomendaciones técnicas,
estas organizaciones pueden regular el uso que ellos mismos hacen de estos lugares, ya sea
con fines identitarios o ceremoniales. Pero, además, incorporar de manera sustentable otros
nuevos usos como el turístico, y quizás en un futuro próximo también un uso investigativo.

Al respecto, se reconocen ciertas fortalezas de estas organizaciones. Los actores conservar su


vocación translocal y expresan fehacientemente sus ansias de conservarla en el futuro y por
generaciones, indicando que nunca se volverán completamente urbanos. Esto mantendría
gran parte de sus concepciones actuales y tradicionales acerca del territorio y de sus
componentes. Esto se busca, no tanto como una estrategia económica, sino más bien como
un anhelo de orden identitario. Además, esta situación se refuerza con el contexto general de
empoderamiento de las personas indígenas y sus organizaciones.

También, otra oportunidad de carácter contextual que puede ser aprovechada por las
Comunidades Indígenas es la preponderancia que está tomando el tema patrimonial dentro
del fenómeno más amplio de la globalización. Cada vez es más frecuente la descentralización
de la definición de patrimonio, desde aquellos enormes monumentos que han sustentado
grandes y complejas nacionalidades, por lugares de características menos grandiosas, que
sustentan la memoria y la narrativa de historias y procesos de valor local.

En este sentido, y sólo recientemente, el Consejo de Monumentos Nacionales, siguiendo


recomendaciones internacionales, como por ejemplo la UNESCO e ICOMOS, ha iniciado la

94 
elaboración de las bases generales para el uso no-científico de estos recursos 27 . Se trata de
experiencias y recomendaciones técnicas (ICOMOS 1999) que buscan activar el rol de estos
Lugares de Significación Cultural para lograr, por un lado, el uso sostenible en el tiempo de
tales sitios, y por otro, fomentar la activación y toma de poder social de las comunidades.

Teniendo en consideración estas recomendaciones y aplicándolas a nuestra realidad local


proponemos una planificación del uso de los Paisajes Culturales que considera tres niveles de
gestión. Primero, investigar de forma colaborativa (entre comuneros y técnicos) los Paisajes
Culturales, identificando los Lugares de Significación Cultural, definir su valorización y
entender su articulación al interior del territorio. Segundo, elaborar modelos de gestión
participativos que consideren tanto el conocimiento local como el conocimiento técnico. Todo
esto con miras a exponer un conjunto de medidas y herramientas para la sustentabilidad
futura y la elaboración de nuevos proyectos específicos. Entre tales herramientas, tenemos la
zonificación del territorio, una propuesta de administración y un plan de gestión que
identifique y jerarquice las actividades futuras, ya sea de inversión, investigación o difusión.

Una vez identificados los ejes de la activación cultural del territorio, se da inicio a la tercera
etapa, correspondiente a la elaboración de Planes de Manejo y Diseño de Puesta en Valor
delimitados a ciertos Lugares de Significación Cultural con los mayores potenciales.

Consideramos los Planes de Manejo como un conjunto de informes y diagnósticos sobre


aspectos específicos de los lugares a activar, ya sea como parte de actividades culturales,
educativas o turísticas. Estos informes contienen el análisis global de su situación (en sus
aspectos arqueológicos, estado de conservación, ambiente físico y contexto social) con un
conjunto de propuestas concretas y participativas para hacer sustentable en el tiempo los
Lugares de Significación Cultural, su interpretación cultural y su modo de administración.

En esta instancia, tras la completación de la Primera Etapa de investigar de forma


colaborativa (entre comuneros y técnicos) el Paisaje Cultural de Copaquilla, avanzaremos en

27
Expresado en las recientes declaratorias como Patrimonio de la Humanidad protegido por la
UNESCO, de las Salitreras Humberstone y Santa Laura, y también en las que preparan
mancomunadamente las repúblicas de Ecuador, Colombia, Perú, Bolivia, Argentina y Chile, respecto al
Qhapaq-ñam o Camino Principal Andino.

95 
la Segunda Etapa, desarrollando una propuesta de zonificación del paisaje cultural de
Copaquilla.

5.4 ZONIFICACIÓN DEL PAISAJE CULTURAL DE COPAQUILLA

La zonificación forma parte de las herramientas de gestión, que se requieren en el segundo


nivel, es decir, como fase posterior al reconocimiento global del paisaje cultural. La
zonificación sirve para planificar el tipo de desarrollo futuro del territorio teniendo en mente
los potenciales usos que tiene cada zona, a partir de las características de los Lugares de
Significación Cultural presentes en el territorio.

Por definición, los diferentes Lugares de Significación Cultural son valorizados por las
personas que ejercen acción en el territorio, ya sea residentes permanentes o personas que
llegan desde el exterior al territorio (por ejemplo, turistas o investigadores). Su valoración
puede ser apuntada hacia diferentes características que los lugares poseen, traspasándoles
significado ya sea por su rol histórico o por una función productiva actual o potencial.

Además, se pueden definir distintos tipos de valoraciones, según el aspecto que los diferentes
actores les resaltan. Todos los lugares son interpretados de manera diferente, por cada una de
las personas, pues la valoración es un acto individual. Sin embargo, un lugar valorado sólo por
una persona o una familia, ya sea por su relativa importancia económica, histórica o
ceremonial, no se convierte en un Lugar de Significación Cultural para la comunidad. Del
mismo modo, los lugares no tienen solamente un tipo de valoración, sino que sus diferentes
características les permiten ser valorados por distintos aspectos.

Así, dentro de la amplia gama de posibilidades, hemos podido definir, sólo para fines
operativos, tres tipos diferentes de valoraciones o significados, enfocadas a distintos ámbitos:

Valoración Técnica o Científica: Se refiere a la capacidad del lugar para sustentar


investigaciones con el objetivo de generar nuevo conocimiento acerca de los procesos
históricos y sociales tanto locales como globales.

96 
Valoración Interpretativa o Local: Se refiere a la capacidad del lugar para ser utilizado
e interpretado dentro de los parámetros y valores tradicionales o desde una
perspectiva eminentemente local. Su potencial reside en su uso para producir o
reproducir socialmente a la comunidad, ya sea mediante su función como elemento de
fortalecimiento de la identidad local y la memoria tradicional.

Valoración Productiva o Potencial Turístico: Nos referimos a la capacidad del lugar


para ser utilizado como recurso cultural, considerando su aptitud museográfica más
amplia, que implica uso turístico, pero también uso educativo e identitario. Además, se
considera en este aspecto la potencialidad del lugar en lograr valorizar el entorno
geográfico donde está situado, convirtiéndolo en una parte fundamental de un recurso
paisajístico determinado.

A continuación se indica una propuesta de zonificación del Paisaje Cultural del valle de
Copaquilla (ver Figura 11). Esta se basó en los antecedentes técnicos disponibles, y además,
las propuestas sugeridas por la gente de la Comunidad Indígena Pukara Copaquilla y de la
Comunidad Indígena Trigopampa Copaquilla.

Zona 1 “Pukara del Mirador”: Se ubica en la parte alta y adyacente a la Carretera


Internacional CH-11 y corresponde a un pequeño espacio donde se sitúa el yacimiento
arqueológico identificado como Pukara Altos de Copaquilla o Pukara del Mirador (COP-01)
(ver Figura 12). Este yacimiento fue investigado en la década de 1960, y posteriormente a
fines de la década de 1970, se llevó a cabo una puesta en valor. En esa ocasión se realizó la
limpieza del material arqueológico en superficie y el levantamiento de los bloques caídos
desde los muros. Se restituyeron varios muros pircados usando los mismos bloques caídos.
Además, se demarcaron levemente senderos interpretativos y se instalaron señaléticas
informativas.

97 
Figura 11: Mapa con la distribución de la propuesta de Zonificación Cultural del valle de
Copaquilla.

98 
Hoy en día, es visitado por una gran cantidad de turistas, quienes acceden sin ningún tipo de
control al Monumento Nacional. Salvo una señalética informativa ubicada delante de uno de
los muros perimetrales, no hay mayor infraestructura museográfica. Peor aún, no existe
ningún tipo de monitoreo que evalúe periódicamente el estado de conservación del
yacimiento, ni tampoco existe alguna institución pública o privada que esté a cargo de su
administración y sustentabilidad.

Pese a todo esto, el estado de conservación de los muros reconstruidos es bueno, ya que su
altura y claridad ha impedido el deterioro por el tránsito descontrolado de turistas sobre ellos.
No se observan grafitis, ni tampoco una cantidad excesiva de basuras en sus recintos y
pasillo.

Esto es indicador que el uso primordial de esta zona es de tipo turístico, y que su función
puede potencializarse sumando obras de puesta en valor, por un lado, y por otro, la
organización de una administración del yacimiento. Ambas tareas son necesarias para generar
un Museo de Sitio, y convertirlo en un aporte efectivo al desarrollo de las Comunidades
Indígenas presentes en el territorio. Adicionalmente, este uso de tipo productivo podría servir
para el fomento de un segundo tipo de función, correspondiente al uso identitario que le
pueden dar las mismas Comunidades Indígenas y otras organizaciones locales.

Zona 2 “Angostura Norte”: Corresponde a la parte baja de la Angostura Norte del valle de
Copaquilla, caracterizada por un estrecho cañón rocoso que da inicio al valle (ver Figura 12).
En esta zona se incluyen varios Lugares de Significación Cultural, destacando el Poblado
Arqueológico de Copaquilla (COP-02), además de cementerios arqueológicos chullpa (COP-82,
COP-81 y COP-27), petroglifos (COP-92, COP-90) y un conjunto de bodegas de difícil acceso
(COP-94). Además, en esta zona está el único Lugar Ceremonial en uso del valle.

99 
Figura 12: Imagen satelital con la distribución de lugares en las Zona 1 “Pukara del Mirador”
y Zona 2 “Angostura Norte”.

100 
Se expresa en esta zona una gran densidad de interpretaciones culturales por parte de los
habitantes locales. En este paisaje se cruzan discursos acerca de los habitantes prehispánicos,
de la explotación minera de los conquistadores, de los saqueadores y buscadores de tesoros y
un conjunto de relatos mágicos que hablan de apariciones, experiencias auditivas, pasajes
secretos, campanas sumergidas, y otros. Esta situación es favorable para la conservación de
los lugares, ya que por siglos se evitó y controló su visita. Pero también, se han elaborado
muchas historias y discursos que se superponen a los usos y significados originales de los
Lugares de Significación Cultural.

De esta forma, esta zona es propicia tanto para el uso científico, como para fines identitarios
por parte de la comunidad, y también para el uso turístico. Aunque ya se han realizado
diversas investigaciones arqueológicas en los últimos 40 años, aún hay aspectos y Lugares de
Significación Cultural que merecen nuevos estudios arqueológicos. Estas investigaciones,
además, de solucionar objetivos generales de la prehistoria andina y regional, deberán incluir
respuesta a cuestiones de interés local y aspectos técnicos que permitan reconstruir las
formas específicas de vida de las antiguas poblaciones del valle.

Junto con el uso investigativo, es posible fomentar y fortalecer el uso identitario de los
diferentes Lugares de Significación Cultural por parte de las Comunidades Indígenas, y otras
organizaciones locales. Este punto es de suma importancia para integrar los Lugares de
Significación Cultural al Paisaje Cultural y a la vez contribuir a su conservación.

Finalmente, el uso como recurso turístico de los Lugares de Significación Cultural de esta
zona, en especial el Poblado Arqueológico de Copaquilla, se debe relacionar directamente con
el yacimiento Pukara Altos de Copaquilla. Así, se requiere un importante número de
intervenciones para lograr un Museo de Sitio del poblado. Las acciones necesarias
corresponden a limpieza de recintos, plazas y pasillos, reconstrucción de muros, demarcación
de senderos interiores, señalética interpretativa y un sendero peatonal, seguro y bien
elaborado que lo comunique con el Pukara Altos de Copaquilla.

101 
Zona 3 “De la Bajada”: Corresponde a parte de la ladera Oeste del valle, próximo a la cuesta
de bajada de la huella vehicular hacia el valle de Copaquilla (ver Figura 13). Esta zona
concentra tan sólo algunos Lugares de Significación Cultural, destacando diez estructuras
aisladas distribuidas en toda la extensión de esta área; un bloque con petroglifos (COP-73),
un cementerio (COP-77) y un área social. Entre las estructuras aisladas destaca, por su
envergadura, un yacimiento que hemos descrito como “Estructura Circular Subterránea”
(COP-78) de importantes características, pero de la cual aún no se ha determinado la función
y cronología.

Tanto el cementerio, como la Estructura Circular se ubican adyacentes a un amplio espacio


social que actualmente se utiliza para una significativa ceremonia de bienvenida y saludo
durante la festividad de Carnavales. Sin embargo, este uso actual no ha considerado la
existencia de restos arqueológicos, principalmente porque este yacimiento pese a ser de
características monumentales no ha sido reconocido por los comuneros.

Entonces, la función primordial de esta zona viene dada por los usos identitarios o
ceremoniales que se le da al espacio abierto más amplio. Pero, además, tras nuestra
colaboración, las personas que utilizan este espacio mostraron interés en investigar
arqueológicamente la Estructura Circular, y poder conocer que función tenía el yacimiento.
Por tanto, un uso científico también sería importante para complementar la valorización de la
zona.

Zona 4 “Trigopampa”: Agrupamiento que se localiza hacia el Noroeste del valle de Copaquilla
en el sector de Trigopampa (ver Figura 14). Este sector se compone esencialmente de dos
yacimientos arqueológicos de características complejas; además de otras evidencias menores,
como un asentamiento simple, nueve estructuras aisladas y un alero.

102 
Figura 13: Imagen satelital con la distribución de lugares en la Zona 3 “De la Bajada”.

103 
Figura 14: Imagen satelital con la distribución de lugares en la Zona 4 “Trigopampa”.

104 
El primer yacimiento complejo corresponde a un asentamiento prehispánico dispuesto en el
borde afilado de una ladera de cerro que desciende hacia el valle en sentido Norte-Sur. Se ha
denominado Pukara de Trigopampa (COP-84). Aquí, en un espacio estrecho, se disponen más
de una treintena de aterrazamientos pircados de función habitacional. Según lo informado
por los pobladores locales, este yacimiento fue investigado en la década de 1960 por Hans
Niemeyer 28 . El segundo es un asentamiento habitacional dispuesto en una explanada al Norte
del actual caserío de Trigopampa (COP-85). Este yacimiento arqueológico presenta escasa
inversión en arquitectura, pero en cambio muestra en superficie una gran cantidad de
materiales arqueológicos.

En general, estos yacimientos tienen un limitado potencial museográfico, ya que no presentan


evidencias fácilmente interpretables para el público común. Además, el pukara tiene un muy
difícil acceso, y el asentamiento ubicado en el plano bajo no presenta estructuras de fácil
visualización. Esta zona tampoco presenta un potencial cultural o identitario, pues no forman
parte de la memoria de la comunidad. Pese a que uno de estos yacimientos fue trabajado en
los años 60, y que el otro se encuentra a escasos metros del pueblo actual, la gente
representa en su memoria con mucho más fuerza a los Lugares de Significación Cultural de la
zona Angostura Norte y Pukara del Mirador.

Por tanto, el potencial que se vislumbra para esta zona, debe ser inicialmente el uso
investigativo, es decir, completar la investigación en el Pukara de Trigopampa e iniciar un
estudio en el asentamiento bajo de Trigopampa. Esto es importante para el conocimiento de
todo el valle, pues apunta a entender los procesos históricos locales y complementar la
información disponible para la zona de Angostura Norte.

Zona 5 “Mulahumaña”: Esta zona se localiza en el curso final de la quebrada homónima, y


contempla también una sección de la quebrada del río Seco (ver Figura 15). Ambos cursos de
agua se caracterizan por tener paredes rocosas escarpadas. Entre los Lugares de Significación
Cultural, se registraron diversos yacimientos arqueológicos. Destaca un asentamiento

28
No conocemos mayores antecedentes científicos del yacimiento o de las labores realizadas por
Niemeyer, aunque en terreno se observó una numeración pintada de los recintos.

105 
complejo (COP-24) y cuatro asentamientos simples (COP-18, COP-19, COP-20 y COP-23)
localizados en la quebrada de Mulahumaña. También hay dos cementerios prehispánicos, uno
en la quebrada de Mulahumaña (COP-21) y otro en la lomada que se forma entre río Seco y
Mulahumaña.

También destacan tres rasgos lineales. Uno es un sendero tropero que proviene desde el Norte,
cruza la quebrada de Mulahumaña y baja hacia el valle de Copaquilla. Otro corresponde a un
sendero que cruza el río Seco y que permite la comunicación entre ésta área y el sector del
pukara de Copaquilla. El tercero es un canal de regadío que se desplaza por el borde oriental
del río Seco, desconociendo el lugar de su bocatoma, aunque su destino final debió haber sido
los campos agrícolas de Copaquilla.

En esta zona existe una diversidad de Lugares de Significación Cultural, que presentan un
importante potencial para el uso identitario. Esto en consideración que esta zona fue, hasta
hace pocas décadas, una ruta frecuente del tránsito local precordillerano. El tráfico de arrieros
con mulas, utilizó este camino para comunicarse con las tierras de Murmuntani y Chusmiza,
pero además, la existencia de pastales permanentes permitió su utilización por otros arrieros
que hacían viajes más largos, conectando los valles desérticos con el altiplano. Junto con la
zona Angostura Norte, esta zona posee diversos relatos referidos al arrieraje y las duras
circunstancias de este trabajo, y también las “apariciones” de características mágicas.

El uso turístico de esta zona se encuentra íntimamente ligado al uso identitario y tradicional
de estos sectores. Esta zona presentaría cierto potencial en relación a la identificación de
rutas de caminatas y cabalgatas que puedan basarse en la interpretación cultural tradicional,
y en menor medida en las evidencias arqueológicas, las cuales, en general, son de escaso
potencial museográfico. Finalmente, el uso científico, se limita al estudio de algunos
yacimientos, especialmente los cementerios y canales, de rasgos particulares y que pueden
complementar la información de las investigaciones de mayor envergadura llevadas a cabo en
la zona Angostura Norte.

106 
Figura 15: Imagen satelital con la distribución lugares en la Zona 5 “Mulahumaña”.

107 
6. REFLEXIONES FINALES

En el marco de este Documento de Tesis se ha llevado a cabo una prospección arqueológica


del valle de Copaquilla que dio como resultado el registro de 94 evidencias arqueológicas. Se
realizó un análisis de sus características y distribución espacial, identificando áreas en donde
se concentraban ciertos tipos de evidencias y otras en donde se presentaban en una mayor
densidad. Una segunda parte del trabajo, siguiendo un marco conceptual próximo al
pensamiento postcolonial, consistió en compartir con la comunidad local los resultados de
este trabajo, con el fin de que la comunidad complementara los datos arqueológicos con su
conocimiento local. Sin embargo, más importante aún que el perfeccionamiento de los datos
acerca del pasado, fue el intento por lograr que en este diálogo las comunidades locales
avanzaran en la apropiación de los Lugares de Significación Cultural presentes en su
territorio. Finalmente, en el marco de la actual situación de identidad y legislación
patrimonial, se entregaron algunas propuestas para iniciar el trabajo de gestión local de estos
recursos por parte de las comunidades locales.

Por otro lado, esta experiencia, enmarcada en la teoría y práctica arqueológica postcolonial,
puede entregar algunas reflexiones adicionales. Algunas de ellas acerca de la actual situación
y de las potencialidades futuras de la activación local del patrimonio arqueológico en la
región. Finalmente, este proceso de investigación, también puede ofrecer comentarios
generales al hoy en día cada vez más necesario proceso de descentralización de la práctica
arqueológica local.

6.1 SOBRE EL PROCESO DE ACTIVACIÓN PATRIMONIAL LOCAL

Por diversas razones históricas, religiosas, demográficas y económicas, las comunidades


locales de la precordillera de Arica han perdido, aparentemente, su relación con las múltiples
evidencias del pasado que conforman su Paisaje Cultural. En tal sentido, la actitud tradicional
de las poblaciones locales ha sido identificar los restos pasados de mayor visibilidad y
mantener una lejanía y un cuidadoso respeto hacia los gentiles. Esta situación se expresa en
una serie de tabúes y prohibiciones que pueden tener su origen en el proceso de extirpación
de idolatrías y evangelización cristiana, iniciado en el período Colonial. También, dicha actitud

108 
de distanciamiento debió aumentar debido al constante flujo y recambio poblacional,
caracterizado por descensos demográficos y la continua movilidad de las poblaciones andinas,
durante los últimos 500 años.

Sólo recientemente, mediante la sostenida toma de poder del movimiento étnico indígena, se
ha puesto atención en el recurso arqueológico. Sin embargo, este interés proviene
especialmente de las parcialidades urbanas de las comunidades traslocales tradicionales,
quienes ven a los yacimientos más cómo una fuente de desarrollo económico, que como un
respaldo a la identidad cultural. Por tanto, esta visión como una potencial fuente de recurso
económico a través de un turismo cultural tiene un limitado eco en las comunidades rurales.

Esta situación de las comunidades rurales puede ser entendida como una desventaja; que se
puede confundir con el aparente distanciamiento físico de los comuneros rurales frente a los
Lugares de Significación Cultural presentes en su territorio. Sin embargo, desde nuestra
perspectiva, esta lejanía física y también respecto a la visión productiva de los recursos
arqueológicos puede ser considerada una oportunidad. Así, las comunidades locales, mediante
un trabajo colaborativo pueden iniciar un acercamiento a su Paisaje Cultural, desde los
valores identitarios, lo cual debería ser más sustentable e integral.

Por otro lado, la pretensión de uso de los recursos patrimoniales por parte de las
organizaciones étnicas, especialmente urbanas, se ha basado en una supuesta continuidad
cultural de los actuales grupos con los remotos habitantes del territorio. Por ejemplo, existen
reconstrucciones históricas que dan sustento a tendencias mesiánicas en relación al
resurgimiento de las altas sociedades andinas, como por ejemplo Tiwanaku y Tawantinsuyu.
Tal idea general sobre una continuidad cultural de las poblaciones carece aún de un sustento
específico, pues faltan muchas investigaciones arqueológicas, principalmente de los períodos
históricos, para tener cierta claridad al respecto. Incluso los relatos orales de las poblaciones
locales (parcialidades rurales de la comunidad translocal) no sustentan completamente tales
aseveraciones.

En tal sentido, frente a tales imprecisiones históricas sigue siendo más rentable sustentar
estas demandas de propiedad y uso de los bienes arqueológicos, en la pertenencia a un

109 
territorio determinado, que en una relación genética y/o histórica demasiado improbable de
verificar. Esa lógica de patrimonizar un territorio es la misma que ha usado el estado chileno
para declarar Monumentos Arqueológicos o el patrimonio cultural nacional. Tales
declaraciones se enfocan en los elementos presentes en un territorio, sin ninguna pretensión
de reconocer una línea directa entre los antiguos habitantes y los actuales ciudadanos.
Nuevamente, tiene más sentido y mayor rentabilidad apoyar a las comunidades locales en el
reconocimiento de su territorio y su Paisaje Cultural, que pretender utilizar, al igual que las
arqueologías nacionalistas (en el sentido de Trigger 1984), los datos arqueológicos para
sustentar predeterminadas narrativas históricas.

A partir de nuestro trabajo podemos formular una recomendación general para lograr un
manejo efectivo, sustentable y una activación del patrimonio arqueológico del valle de
Copaquilla y del resto de la precordillera de Arica. Para esto hay que recordar que los
arqueólogos por mucho tiempo han fundamentado su diálogo con otros actores, a partir de su
conocimiento experto, es decir, desde lo que es mejor conocido por ellos: los procesos
históricos y culturales ocurridos en el pasado. Consciente o inconcientemente esta narrativa
sobre el pasado se ha convertido en un discurso que nos mantiene en un lugar de privilegio
como especialistas y confina a las comunidades locales en el presente, sin ninguna relación
con la elaboración de las narrativas sobre el pasado.

Proponemos que el eje de la actividad sea puesta en un trabajo colaborativo con las
comunidades y habitantes locales para investigar, no sólo sobre lo que sucedió en el pasado,
sino sobretodo para entender significativamente cómo se forma y transforma el Paisaje
Cultural en que habitan. En este sentido, en el estudio en conjunto acerca de las
características y componentes del Paisaje Cultural, la arqueología puede ponerse en un plano
de horizontalidad respecto a los demás actores locales, reconociendo sus limitaciones
respecto a reconocer ciertos elementos del territorio y entender sus articulaciones
significativas.

Para la actual comunidad de Copaquilla, este amplio conjunto de evidencias arqueológicas es


un referente activo acerca del pasado, que les permite elaborar y expresar diversas
interpretaciones locales acerca de los gentiles. Estos discursos tienen relación con los logros

110 
tecnológicos alcanzados por las sociedades del pasado y una serie de aspectos mágicos, tales
como, tesoros escondidos, edificios que aparecen en determinadas situaciones y sanciones
extraordinarias para los que saquean los entierros.

Esta investigación ha utilizado una metodología arqueológica para llevar a cabo el diseño de
prospección, el registro sistemático de las evidencias y el análisis espacial de los yacimientos.
Sin embargo, como ya subrayamos, las preguntas iniciales y los resultados esperados
traspasan el objetivo de reconstruir una historia cultural de los procesos pasados del valle de
Copaquilla. Más allá de destacar los datos objetivos que nos permiten realizar
interpretaciones que tengan cierta validez académica, creemos que es necesario que estos
resultados se concreten en una serie de propuestas para ser trabajados con la comunidad
local. Estudios de este tipo servirían para apoyar y sustentar la identidad local y las versiones
de la historia de las comunidades locales.

Por otro lado, nuestro análisis ha mostrado que en el valle de Copaquilla existe un potencial
en términos patrimoniales e identitarios que radica en su concentración de yacimientos
arqueológicos de alta densidad y diversidad, especialmente en las zonas “Pukara del Mirador”
y “Angostura Norte”. Incluyen además inmuebles que han sido estudiados sistemáticamente y
que poseen una primera interpretación cultural e histórica. Sin embargo, falta aún que sean
efectivamente apropiados por la comunidad local, para que junto al conocimiento técnico
pueda preservarlos y utilizarlos ya sea para su desarrollo identitario u otro uso que como
comunidad local debidamente informada estimen necesario llevar a cabo.

Esta colaboración permitiría reunir dos visiones distintas sobre un mismo territorio, lo que
significaría aumentar su valor intrínseco como recursos interpretativo. Primero, los habitantes
locales reconocen estas zonas como sectores en donde la presencia de los gentiles es
altamente significativa. Segundo, los investigadores han realizado estudios de sus
características, pero enfocándose más bien a problemas generales de la prehistoria regional y
no en relación a los procesos internos del valle.

Entonces, la propuesta de práctica innovativa radica en unir y complementar estos


conocimientos y tener una nueva versión acerca de los procesos pasados locales, y

111 
especialmente en como éstos pueden ser utilizados sustentablemente para la activación
patrimonial. Estas sugerencias y reflexiones derivadas de un estudio concreto también nos
permiten indicar, por último, que la amplitud de la tarea de apoyar a las comunidades andinas
en su proceso de identificar y revalorizar sus Lugares de Significación Cultural, es un proceso
largo y que recién se está iniciando.

6.2 SOBRE LA DESCENTRALIZACIÓN DE LA PRÁCTICA ARQUEOLÓGICA

Un rápido recuento de los temas de escrutinio arqueológico en la región, nos demuestran que
éstos se encadenan con preocupaciones teóricas contingentes a nivel mundial,
permanentemente evolucionando en su complejidad teórica y metodológica. Sin embargo,
siempre se ha manteniendo una continuidad con las preocupaciones originales, de la
disciplina antropológica como práctica colonial. Aunque, con el incremento gradual de la
objetividad científica se ha podido dejar de lado el valor estético y monumental contemplado
por largo tiempo en la materialidad del pasado, no se ha podido aún desechar las frecuentes
referencias al exotismo reflejado en la búsqueda de la otredad en el pasado.

Así, siguen siendo frecuentes, rentables tanto científica como socialmente, las investigaciones
centradas en las sociedades más antiguas, las instituciones y ceremonialismos más disímiles y
diversas particularidades del desarrollo cultural local. Al respecto, es paradigmático el
reciente posicionamiento de la temática “Chinchorro” en la Región de Arica y Parinacota. Se
observa como este afán de exotismo desborda, todavía de manera poco coherente y clara,
hacia asuntos de desarrollo social, turismo cultural e identidad regional, siempre con la
ciencia y la arqueología manteniendo una posición privilegiada. La arqueología se ha
dedicado más bien a armar y conformar a “el Otro” que yace en el pasado, pero sigue
presentando escaso interés en ser parte de un proyecto mayor de elaboración y reelaboración
de identidades desde el presente hacia el pasado.

En ese sentido, llama la atención el hecho de que la arqueología regional se haya centrado
exclusivamente en escudriñar los períodos prehispánicos, desechando los períodos coloniales y
republicanos. Esto es negativo por diversas circunstancias. En primer lugar, el registro
material de períodos posthispánicos es mucho más abundante que el de períodos previos, y

112 
sobretodo es altamente frágil, pues permanentemente es destruido con las ampliaciones y
reconstrucciones arquitectónicas y urbanísticas en las localidades rurales y urbanas.

En segundo lugar, y de mayor importancia, es la necesaria complementación entre los


registros documentales y los registros materiales para estudiar y reconstruir períodos
históricos que son esenciales para entender la forma definitiva que tienen las actuales
comunidades locales.

Pareciera que los arqueólogos se sintieran más cómodos siendo las únicas voces capaces de
reconstruir e interpretar el pasado prehispánico y perdieran esa comodidad cuando los
problemas traspasan desde el ámbito académico hacia aspectos políticos e identitarios. Esta
comodidad dentro de la ciencia no ocurre porque manejan recursos técnicos y sofisticados, ni
escriben de manera críptica, sino porque estudian períodos históricos que no tienen una
abierta relación con las actuales preocupaciones sociales. Al respecto, sería altamente
relevante para la arqueología aprender a conversar con otros estudiosos como historiadores y
con otros usuarios del pasado reciente, especialmente los miembros de las comunidades
locales, acerca de la forma en que se investiga y se dialoga con el pasado.

En este trabajo hemos revisado la amplitud de conceptos y temas arqueológicos que pueden
ser discutidos y relacionados desde la teoría postcolonial. Se ha discutido el origen
postcolonial de la disciplina y de todo un conjunto de sistemas de saberes que se imponen, no
sólo como verdades científicas, sino también como verdades jurídicas. Por otro lado, se ha
visto que la identidad de los grupos étnicos surge de esta realidad colonial, pero sólo algunos
de estos movimientos se enmarcan dentro de un proceso claramente postcolonial o
descolonizador. Esto se debe al carácter mismo de la empresa colonizadora, que traspasa
hacia una serie de esferas, incluyendo aquellas que definen a la memoria y la historia,
traspasando hacia lo que se denomina “Patrimonio Cultural”.

Sin embargo, aún existen espacios donde se conserva el denominado conocimiento local y la
relación de éste con el territorio que tradicionalmente han ocupado las comunidades
originarias. Una forma de descentralizar la arqueología es utilizar metodologías
complementarias para identificar y entender significativamente los Paisajes Culturales. Se

113 
requiere complementar lo que se ha denominado registro arqueológico con los lugares e hitos
que dan forma significativa al Paisaje Cultural.

En esta tarea deben ser incluidas perspectivas participativas y sobretodo que generen una
activación a nivel local, para que las comunidades reconozcan los hitos significativos,
reconstruyan su memoria local y se apropien de su territorio y cada uno de sus componentes,
con miras a su uso futuro. Esta tarea de la arqueología, no sólo consiste en metodologías para
alcanzar mayor veracidad científica de los relatos acerca de lo que sucedió en el pasado, sino
que tiene como objetivo hacerse cargo también de la construcción y uso presente y futuro de
estos relatos.

Como ya indicamos, la descentralización de la disciplina, en un ambiente recargadamente


postmoderno, es una tarea demasiado fácil de trazar, pero aún sigue siendo muy difícil y
complejo de abordar. Las comunidades locales de la región de Arica no son ni tan
tradicionales, ni están tan “empoderadas” como para ser, todavía, una contraparte a la larga
tradición académica de la arqueología. Sin embargo, su uso del territorio y de la identidad es
tan contingente como lo puede ser el uso del discurso del pasado para el posicionamiento de
un arqueólogo.

El actual contexto lleva a pensar que más temprano que tarde, el arqueólogo, que por mucho
tiempo tuvo una posición superior, ya sea por estatus académico o por el respaldo estatal,
cederá su espacio y democratizará su monopolio en la producción de “conocimiento lo
suficientemente útil” a favor de las comunidades locales y los ciudadanos. Enfrentados a tales
circunstancias, podríamos dejar el tono pesimista de la pregunta de Yannis Hamilakis: “¿Quién
dijo que, tras la ‘pérdida de la inocencia’, la arqueología se vuelve una empresa grata?”
(citado por Fernández 2006: 206). Ciertamente, a medida que nos alejamos de la comodidad
de la ciencia y la academia, nos volveríamos adecuadamente eficaces dentro de otras esferas
de la sociedad.

Finalmente, se hace notorio que el calificativo “gentil”, expandido por el proceso de


evangelización en los Andes para denominar a los habitantes prehispánicos que
supuestamente seguían una fe errónea, podría ser aplicado también a los arqueólogos.

114 
Nosotros por mucho tiempo hemos tenido una fe exacerbada respecto a la ciencia, como la
única manera de tener un conocimiento válido acerca del pasado. En un mundo postmoderno
y postcolonial, nada es más lejano que aquello.

Pareciera que efectivamente nos hemos acercado a dicha verdad, pues así lo indican las
numerosas publicaciones que año a año se editan y el tono experto que nos rodea cuando nos
enfrentamos a otras esferas de la sociedad interesadas fortuitamente en el pasado (políticos,
prensa, organizaciones, entre otras). Sin embargo, no podemos desconocer que desde otros
puntos se nos señala con reiterada frecuencia que nuestra verdad, aquella pretendida verdad
acerca de lo que ocurrió en el pasado, no tiene sentido alguno si no es lo “suficientemente
útil”, al menos para alguna de las muchas demandas que cotidianamente nos acechan afuera
de la cuadrícula.

115 
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ANEXO 1: FICHA DE REGISTRO BÁSICO DE PROSPECCIÓN

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