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Jimi antes de Hendrix. El nacimiento del Voodoo Child

- Hey, hey espera un momento. ¿Por qué no vamos a ese barrio cerca al hospital, aquél donde alcancé a ver negros entrando a los bares?

- ¿Por qué? ¿Qué hay de malo con este?

- No te burles, Chris. Tú sabes.

- No lo entiendo.

- Hey, no te hagas el tonto. Sabes que no puedo entrar en ese bar tan lujoso. Mira ese guardia a la entrada. No dejaría entrar ni al mismo Luther King.

- Jimi, no comprendo. Todo va por cuenta de nosotros. Solo tienes 40 dolares en ese bolsillo, eso lo se. Hoy paga tu representante.

- Sabes que en estos lugares el dinero no es el problema. No me vas a decir que alguna vez has visto a un negro tomar un whiskey de 12 años en ese bar. Si alguna vez lo viste, quizá fue porque era el chico del valet parking.

- Hey Jimi. Esto es Londres. Qué es lo que les pasa a ustedes americanos que nunca comprendo sus normas sociales.

- ¿Me estas queriendo decir que puedo entrar en ese bar sin problema? Un negro puede entrar allí y emborracharse hasta vomitar?

- Jajaja Jimi Jimi. ¡Qué país tienen ustedes!

Chris toma a Jimi del brazo y juntos ingresan a bar. 1 hora después, Jimi ya se ha bebido 5 vasos de whiskey puro 12 años y está comiendo la especialidad inglesa: Pescado con papas. Al fondo, suena música de The Yardbirds.

La prohibición de ingreso a los negros en los bares de blancos en Estados Unidos fue el tema en común de esa noche. En varios momentos Jimi soltó varios chistes fuertes sobre la incompetencia de Lindo B. Johnson, el trasero de las inglesas y la transformación del blues en R&B. Después de algunas horas espesas acompañadas de hierba y más whiskey, la cara de Jimi mostró una tristeza enigmática. Chris entendió con facilidad que no había más que hacer en el lugar. Antes de partir, juntos fueron a la caseta del Disc Jockey y le compraron el For your love por unas cuantas libras.

- Lo busqué sin descanso en Nueva York. Solo tenían imitaciones mal grabadas.

Esta era la primera incursión nocturna de Jimi por las calles del Londres de Septiembre de 1966. Todos sus acechos constantes al naciente Rock Inglés en esos pocos días definirían el género, y encumbrarían a Hendrix como el primer gran mito del rock, así él no lo buscase, sin importar tampoco si el mundo lo quisiera aceptar. Es el nacimiento de un chico vudú que necesitó ir a Londres para nacer.

Aquel Seattle de los 50s

Seattle, Washington. El estado de la esquina, el que nunca vivió los balanceos mediáticos de los estados de las costas ni los conflictos político religiosos de los estados del interior, ese sería el estado donde nacería Jimi Hendrix, en el 42. Una familia pobre, unos padres en constante conflicto y reclusión durante la escuela, al parecer esta tierra es fértil para seres desencantados y desencajados, desde Francis Farmer hasta la explosión del grunge. La cuestión compleja aquí es que el sujeto en cuestión es afroamericano, y solo esa cuestión modifica y replantea tu presencia en el país de las oportunidades. Se puede decir, para resumir, que este muchacho nació y creció en una tierra nostálgica y rígida, amante de su lluvia frecuente y de sus adicciones. Sus infancia y

temprana adolescencia no toman tanta distancia de otros reconocidos parientes de esta parte del país del norte.

A los 15 años, Jhonny Alex Hendrix se hizo a su primera guitarra. Aquel tímido muchacho que hasta

ese momento amaba jugar fútbol americano en la escuela, el chicuelo que había sido testigo de una

catástrofe emocional en casa, con un padre y madre constantemente bebiendo alcohol barato y

enfrentándose en sendas disputas, ese es el muchacho que entrararía en movimiento reciproco con

la guitarra. Ella a él lo ayudaría a obviar momentos, y él le respondería tiernamente quemándola en

cualquier festival de Monterrey.

Eran los moralistas años 50, era el macartismo en su auge y la prohibición del “degenerado” rock and roll que hacia mella en las adolescentes. A oídos de Jimi no llegaba Elvis aún, pero sí se llenaron sus oídos de los clásicos de su raza, los viejos álbumes de los maestros del blues. Es por ello que recibir su primera guitarra daría un destello de lo que se vendría y sería también el cisma que definiría a Hendrix. Desde entonces dedicó una atención exclusiva al cuidado de su primera hembra,

la que siempre amó, la que definió su destino musical y poder de habla. Ella se había convertido en

su primera Wild thing.

- Parate Hendrix! Son las 3pm! Deberías estar corriendo con el pelotón, no durmiendo! Dame eso.

Era el Hendrix del ejército estadounidense, al que usualmente encontraban tocando y durmiendo con su guitarra. Era el Hendrix al que expulsarían poco después y que saldría con esa misma guitarra, sin dinero y con unos agitados años por recorrer en el horizonte. Había optado por unirse al ejército

a los 19 luego de ser encontrado no pocas veces a bordo de autos robados. Era eso, o la cárcel. Claramente Hendrix no tendría nunca la capacidad de quedarse encerrado mucho tiempo en un lugar. Fue siempre una Little Wing sin otro deseo que el de agitarse constantemente.

Like a rolling Stone

Al salir del ejército, y después de probar suerte en varios pueblos y ciudades de Tenessee, Hendrix se arroja sin miramientos a la aventura de Harlem (Nueva York) en 1964. Una localidad histórica en términos políticos para los afroamericanos, Harlem también era el epicentro de varios de los emergentes grupos de R&B y de soul de comienzos de década. Sus altos niveles de inseguridad acentuaban esa condición de guetto, de zona de pecado, y de sector prohibido que todo Nueva York intentaba ocultar. Allí, Hendrix experimentó de nuevo su atracción visceral por el blues, volvió a escuchar a Albert King, a Jimmy Reed, y cómo no, al genial Muddy Waters (aunque no a Eddie Cochran, también su ídolo, pero no podías escuchar a un blanco en Harlem. Era una abierta blasfemia) todos ellos sus ídolos de adolescencia. Era allí desde donde Hendrix quería emerger.

La idea era llegar para quedarse. Este joven afroamericano venido de la otra costa del país debió entonces sumergirse en la dinámica de Nueva York. Probó suerte en muchas pequeñas bandas de bares, y lograba obtener pequeñas sumas, dinero para renta y el sándwich en la esquina. También probó amor. Fueron meses donde compartió cuarto con compañeras de paso, prostitutas afro y

blancas que caían sin freno ante los encantos de este guitarrista de ébano, sexualmente muy activo

y de una premurosa ternura que inspiraba un deseo maternal de cuidar sus pasos.

Fue ahí donde Diana Carpenter, prostituta, llegó a quedarse más de una noche con Hendrix y traspasó la barrera de la amante emocional para luego ser la que quedaría preñada de este

desconocido guitarrista sin empleo. Fue la auténtica Little Miss Lover, fue su dinero el que les dió acceso a algo alimento a los dos por varios meses en ese pequeño cuarto maloliente, y fue ella la que se escapó de un par de arrebatos violentos que Hendrix atribuía al alcohol y a su estancamiento como músico. Lo dejó después de algunos meses.

La noche, el ácido, la modelo

Abatido por la pérdida de Diana, Hendrix se diluye en el alcohol. Es mayo del 66, Lindon B. Johnson acaba de autorizar otro masivo envío de tropas a Vietnam, China inicia su revolución cultural, y en olvidado bar de Nueva York, Hendrix realiza una de sus muy ocasionales presentaciones con una banda de paso. En el grupo de 30 personas que están en el bar, Linda Keith admira la destreza, las manos, la mirada y los gestos del segundo guitarrista de la banda. Linda es una joven modelo pelinegra que ya era famosa en Inglaterra por la nimiedad de ser novia de Keith Richards, y está en Estados Unidos gestionado otra de gira de los Stones.

Luego de la presentación, Linda, que ha conocido varios guitarristas de calidad en cada lugar donde los Stones han estado, queda perpleja ante los dos portentos que ve: El Hendrix músico y el Hendrix posible amante, y claro, esa misma noche se conocen. En compañía de un grupo de amigos, escuchan blues en un apartamento del centro de Nueva York, hablan de música y política, y hacen presencia también unos cartones de LSD. Aquí sucede una situación poco conocida en la vida de Hendrix, y que no hace más que ratificar la infancia y adolescencia ingenua y carente de contacto social del que luego sería uno de los tantos emblemas de la expansión de la consciencia.

- ¿Quieres LSD, Jimi?

- ¿Qué? LSD?

- ¿Sí, LSD, Jimi. Quieres?

- Hey, no, no quiero nada de ese tal LSD. Pero en realidad sí quisiera probar algo de eso que llaman ácido.

Este y otros momentos de esa y otras noches revelan ante Linda el auténtico Hendrix, aquél que parecía Dioniso sobre el escenario follando a su ninfa de 6 cuerdas y bebiéndose la sangre de niños sin parir y que ahora inspira una ternura inesperada, un poco fastidiosa, pero inspiradora y que lo hacían ver incluso más joven que esos 24 años del momento. Hasta ahora, Jimi solo ha probado marihuana, y es la primera vez en un buen tiempo que se siente a gusto. Sus compañeros de noche alaban sus dotes musicales, sus dotes físicas. Escuchan la música que el ama, le dicen cosas que son como alabanzas, sus miradas expresan admiración. Está entonces listo el Set and Setting del que hablara Timothy Leary. Será un muy bien trip.

Esa noche oblitera su vida.

Luego de esa noche de ácido lisérgico, blues y calma, las cosas mejoraron para Hendrix. Consiguió hacer parte de una banda fija, The Blue Flames, que tocaban diariamente en el Café Wha?, epicentro de la contracultura de la ciudad. Hippies, chicos a go go y adolescentes en su mayoría blancos asistían con frecuencia a comentar la forma en que Hendrix acomoda una guitarra para diestros a su posición zurda, y entraban en euforia desmedida al escuchar sus covers de Bob Dylan. No se sabe en qué momento empezó el antojo imparable de Hendrix por Dylan, pero al parecer desde antes del Blonde on blonde e incluso antes del Highway 61 Revisited ya corría por su venas musicales una fuerza de constante perplejidad ante la obra de Dylan. Jimi dejó crecer su afro para asimilarse a

Dylaan, siempre se le podía ver con uno o dos de sus LPs, y en punto se le empezó a llamar el Dylan Black.

Hey Joe

A partir de esta imperante influencia, Hendrix inicia la búsqueda de un estilo. Estaba claro que su

dotes únicas en el manejo de la guitarra y su uso de efectos como el pedal Wah Wah, (el cual haría

popular después con Voodoo Child) eran llamativos y lograban llenar el escenario del bar donde se presentaba. Todo el mundo comentaba entonces las destrezas técnicas de este recién aparecido. Era pues un trotamundo de la guitarra, una emocionante atracción para una sociedad acostumbrada

a la ortodoxia musical.

Sin embargo, Hendrix percibe cómo Dylan y su sosegada forma de cantar le habían dado un espacio de respeto dentro de la escena, a pesar de carecer de un tono de voz tradicional. Siempre le había maravillado como este Hillbilly, es decir, ese blanquito iletrado recién llegado de las montañas, se había hecho con una guitarra, había compuesto y cantado canciones sociales y se había hecho un muy respetado espacio dentro de la percepción juvenil del norte de Estados Unidos, todo ello con una voz que distaba mucho del estilo Sinatra de los años 50. Es entonces cuando se arriesga a cantar, a pesar de que siempre pensó que su voz era lo demasiado grave para mover fibras emocionales que no fueran las que pululan encima de una cama. Es Dylan y su aceptación cada vez mayor dentro de la escena lo que impulsa a Hendrix a tomar el micrófono. Es allí donde empieza a hacer covers de esos maestros que escuchaba en Harlem y mucho antes, y, cómo no, también de Dylan.

En una de las presentaciones en el Wha?, (que en ese momento reflejaba con más fuerza el agite

social y cultural de ese año, y donde era muy común ver activistas de los derechos civiles, hippies tripeados y sin hogar, salseros, irlandeses y unos rockeros incipientes que ya entonces detestaban

a la ola inglesa) Hendrix tocó su versión del Hey Joe, un éxito del momento grabado por The Leaves

en la costa oeste. En una de las mesas junto a la barra, un extrañamente bien vestido Chas Chandler

estaba extasiado. Chandler, exbajista de The Animals, era conocido de Linda y gracias a su insistencia que siempre incluía la frase ven a conocer el mejor guitarrista de Nueva York” Chandler acudió esa noche algo reticente. En la mitad del toque, Chandler derramó un vaso de malteada en sus pantalones, un impulso y descontrol generados por la espléndida energía que veía desplegada de forma más bien burda en el escenario, guitarra y voz ya entonces unidos para salir de Estados Unidos hacia Inglaterra, para contrarrestar la Invasión Británica. Efectivamente, fue Chandler el que tomaría

a Hendrix, lo haría cruzar el atlántico y lo mostraría en Londres como si fuese un botín recién

obtenido de esa exploración musical, diamante preciado que quería exprimir. Nacía entonces el

Vodoo Child.

Con 40 dolares en su pantalón y su guitarra recién comprada, el chico vudú aborda un vuelo hacia Londres donde haría que Eric Clapton fuese a casa a seguir practicando.

Pero esa historia ya se ha contado muchas veces.

Juan Merchán

Enero 2017