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Orión y Cruz del Sur

http://www.literativa.com/historias/1772/

Sinopsis
Por: Agatha

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Pasaje 1º
Por: Agatha

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Orión y Cruz del Sur
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Pasaje 1º
Por: Agatha

Estaba bajo el nocturno manto de las constelaciones del Pacífico. Hacía semanas que navegaba solitaria
en un grande velero. Aquel día ancoró en Panamá, cerca de una pequeña isla poblada por los indígenas
Kunas. La noche estaba cálida, gostosa. Como casi todas las noches de verano que le ha tocado pasar,
mientras ella pasaba por aquellas aguas.

Después de una leve cena- mariscos pescados en el día con arroz- la interpeló una leve puntadita
molesta en el pecho. Se sintió sola por primera vez en aquél viaje. Aunque emprendió ese viaje sola,
desde que puso los pies en el velero, ese desconocido fantasma no la había asechado. Casi nunca la
asechaba, en realidad.

Entonces resolvió abrir una botella de vino tinto para eludir esa sensación, y para pasar el tiempo.
Mañana estaría bien y dispuesta a seguir desbravando aquellos mares rumbo al Canal de Panamá, donde
el Pacífico se confronta con el Atlántico…

Se sirvió una copa. Tomó su primer sorbo. Relajó.

Jugó a pensar que el mar, compañero incansable de esa expedición, a cada tanto iba y venia no más que
a saludarla; dando leves golpecitos en el velero. Tenía una orquesta, de lujo regida por el viento. Qué
privilegio!!!!

Caminó hacia la proa llevando la botella de vino tinto en una mano, la copa en la otra y los puchos en el
bolsillo del short. Eligió que parte de la superficie de madera donde podría estar más confortable y
sentarse. Se sentó en posición horizontal en la misma dirección de las velas, y recostó la espalda en la
cabina. Seguido de otro sorbo de vino, prendió un pucho. En breve el sueno iba llegar, esperaba ella.

Por falta de algo mejor que hacer, se puso a mirar el cielo por primera vez durante ese viaje. Recordó
que no entendía nada de astronomía. Le gustaban las estrellas, pero no veía ningún atractivo en
particular. Tanto no llamaba la atención. Pensó en los poetas: nunca había podido encontrar cuál era la
motivación que llevaba a tantos a escribir sobre ellas. Había algo de mágico, concordaba, pero que ya
había sido tan utilizado en diferentes estilos literarios- invariablemente románticos- que las estrellas
recordaban más a un clisé mal gastado qué algo poético por si mismo. Tomó otro sorbo de vino.
Detestaba los clisés. Concluyó que por culpa de los poetas no le gustaban las estrellas.

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Pasaje 2º
Por: Agatha

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Orión y Cruz del Sur
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Pasaje 2º
Por: Agatha

Recordó la primera vez que pudo ver a Orión y la Cruz del Sur. En la misma noche en que descubrió a
ambas, estaba en la terraza de un departamento con amigos extranjeros en el centro de Buenos Aires.
Gentes reunidas de diversas nacionalidades charlaban como si fuesen amigos de toda la vida. Un lindo
encuentro. Extrañó a aquellos amigos. Sonriendo a cuestas del recuerdo, se tomó otro sorbito.

No podía reconocer a ninguna de las constelaciones que estaba viendo, es más, las constelaciones eran
como un conglomerado de manchas blancas que cobraban diferentes intensidades de luz. Caóticas,
desordenadas, manchas blancas - y nada más. Intentó adivinar en ellas algún mapa, alguna una ruta
hecha en el cielo que a llevase súbitamente hacía donde estaban aquellas lejanas constelaciones de Orión
y la Cruz del Sur.

Al final, la ruta de las estrellas fue durante mucho tiempo la única brújula que los navegantes de otros
tiempos disponían. Solamente por eso, y nada más que por eso, las estrellas merecen por lo menos
respeto, sentenció. Más vino tinto!

Recordó a África. Aquel pedacito de África, que ha conocido solamente a través de relatos contados por
un amigo de nacionalidad alemana. Que por su vez, es amigo de los amigos que habían estado con ella
en aquella terraza en Buenos Aires. Fueron presentados pocos días después de la noche recientemente
bautizada de “Orión y Cruz del Sur”.

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Pasaje 3º
Por: Agatha

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Orión y Cruz del Sur
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Pasaje 3º
Por: Agatha

Él, puro alemán, rubio, de ojos celestes, le contó a ella lo que le fue contado por sus padres. Acerca de
haber bailando cuando niño en suelo Africano alrededor de una fogata, en pañales, sonriente, en una
noche cálida como aquella…Era el único blanco en medio de todos los niños negros que lo aceptaron
como a un hermano de sangre y alma . Él era como la luna, y sus ojos azules eran faroles en medio de
sonrisas absolutamente blancas que también bailaban al ritmo de los tambores y canturías.

En la ocasión que lo conoció, en un show al aire libre de percusión africana ,se sorprendió ver a un
“gringo” bailando con tanto “swing”. No que los gringos bailen mal, pero sus caderas hacían un
movimiento que no entraban en acuerdo con el estereotipo ariano que ella tenía . Era realmente muy
atípico. Él era la estrella. O toda una constelación aquella noche.

Todo el escenario era muy elocuente: el sol rojizo iba despidiendo de a poco al día hasta que la noche
se instalaba por completo, vió a sus compañeras lejanas apuntando nuevamente: Orión y la Cruz del Sur
. Él seguía bailando, suelto, alegre…

Sus movimientos eran tan africanos que aun disfrazado con su pelo de trigo, se quedaba al descubierto la
marca que los Orixás le imprimieron a fierro y fuego en su infancia: él es indiscutiblemente negro. Ella
estaba fascinada, vió en eso algo muy bello. .

Tales imágenes quedaron tan marcadas en su mente, el del baile y el posterior relato de la fogata, que
cada vez que pensaba en África, se acordaba de aquél rubio bailando y sonriendo. Cuando adulto y
cuando niño. No podía más acordarse de que él era alemán, tampoco lo pensaba como africano. Para
ella, él era la mismísima personificación de lo que es África. Debía de ser algo así ese lugar. Mágico,
despreocupado.

Pareciera que las estrellas empezaban a brillar más fuerte. Pudo advertir también la presencia de la luna,
que antes estaba escondida sólo los astros sospechan donde! O será que la luna siempre estuvo allá, al
descubierto, y no la veía? Es posible. Orión y la Cruz del Sur le pasaron inadvertidas durante mucho
tiempo también.

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Pasaje 4º
Por: Agatha

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Orión y Cruz del Sur
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Pasaje 4º
Por: Agatha

Pensó que la luna también era bonita, aunque menos misteriosa después de las expediciones Apolo. Así
que ella podía volver a esconderse si así quisiera, donde estaba antes o en otro lugar. No importa. Tan
cerca de la tierra…Es sólo una pelota fría llena de erosiones que da vueltas innecesariamente al nuestro
alrededor… Ops…Casi se le dio vuelta la copa. Tomó otro sorbo. Ahora prefería las estrellas. Las que
formaban constelaciones.

Se maravilló. Todo el cielo del Pacifico se ha convertido en recuerdos de Orión, Cruz del Sur, África y
su representante bailarín… Pudo sentir también que todo rodaba: su cabeza rodaba, el planeta rodaba, el
mar también rodaba, pero las estrellas seguían allá, inamovibles… Se preguntó sin la intención de darse
una contestación si estaría muy borracha o si estaba ofuscada por el misterio estelar.

Luego…Voila! Descubrió algo: un motivo SUYO para gustar de las estrellas!! Eran rutas, magníficos
itinerarios trazados en el espacio, por la mismísima mano de Dios, con el propósito de hacerla
encontrarse con todos aquellos pensamientos en los cuales se perdía!! Mapas, cartografías dibujadas por
el cielo, con el sendero apuntado para dentro de sí. Uuauuuuu… Se sintió agradecida. Alzó la copa de
vino al cielo y brindó – A ustedes !!!!

Aunque estaba feliz por haber llegado a estos pensamientos, se le cruzó rápidamente por la mente que
empezaba a sonar medio cursi. Sintió que iba a vomitar. Extrañó al alemán, ojalá él estuviese allá para
menearse un poquito…Tan lindo…

Que amargura eso de tanto vino… Ahora sí le dio sueno. Dejó la botella y la copa vacía allá donde
estaba, se levantó tropezando rumbo a la cabina. A dormir.

Esa noche había soñado que para encontrar el gusto a las estrellas había de ser poeta o estar
borracha…Y la luna, no era para ella. Sólo al primero grupo le seguía encontrando la magia…

Fin para esta línea narrativa.

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