Por una cooperación feminista

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Edición:
CooperAcció, 2017

Coordinación:
Paula Serrano Ros

Fotografías:
Archivo propio y contrapartes de CooperAcció

Traducción:
Renata Moreno Bermejo

Impresión:
Foli Verd, SCCL - www.foliverd.net

Colaboran:

Con el apoyo de:
índice
Presentación ............................................................................................. 6

1. Avances y retos en los derechos de las mujeres en un
pequeño gran país, El Salvador ........................................................ 10

2. Mujeres jóvenes y violencia de género en El Salvador ... 20

3. La prevención en el marco de las estrategias para una
vida libre de violencias contra las mujeres ................................... 32

4. Los protocolos como herramientas en la intervención
en violencia de género ........................................................................ 44

Bibliografía .................................................................................................. 56
Presentación
La Asociación CooperAcció es una ONGD catalana que trabaja
en El Salvador desde la década de los noventa, en favor de los
derechos y el empoderamiento de las mujeres, y la igualdad de
género. Trabaja con organizaciones de la sociedad civil de El Sal-
vador, concretamente con asociaciones feministas.
En este marco, se está desarrollando el proyecto Promoción
y defensa de los derechos de la población joven de El Salvador
en coordinación con la Asociación Colectiva de Mujeres para el
Desarrollo Local y la alcaldía de Mercedes Umaña en El Salvador,
y en Cataluña con la Asociación TAMAIA, Viure Sense Violència y
la alcaldía de Granollers.
El presente proyecto tiene como objetivo fortalecer las ca-
pacidades de las juventudes en el conocimiento del marco jurí-
dico nacional para una vida libre de violencias. Todo ciudadano y
ciudadana debe conocer sus derechos y las leyes vigentes en su
territorio para acompañar, así, su cumplimiento, ejercer su exigi-
bilidad e incidir para que se incluyan en la agenda política.
Basándose en un intercambio de experiencias y conocimien-
tos —a partir de la aproximación a las vivencias de una organi-
zación salvadoreña y una catalana en el terreno de la violencia
de género entre la juventud, así como al marco legal existente
en ambos países que regula la prevención, atención y penaliza-
ción de las violencias machistas— el proyecto tiene la finalidad

7
de conseguir una mayor difusión e incidencia en la lucha contra
éstas. De esta forma, y buscando obtener una perspectiva inter-
nacional, se ponen de manifiesto las diferentes metodologías,
prácticas, convenios, recursos y trabajos en red que se llevan a la
práctica desde la sociedad civil organizada, entendiendo que la
violencia de género no conoce fronteras.
Los artículos, pues, nos aportan sus reflexiones, experiencias
y conclusiones a partir de las cuales podemos dialogar y debatir
sobre las distintas leyes y su aplicación real, así como sobre las
praxis más efectivas para incidir en la lucha contra estas violen-
cias, proponiendo también conceptos básicos para hacer un aná-
lisis preciso de su situación actual.
Sin la intención de negar ciertos progresos en la problemática
que nos ocupa, es sabido que las relaciones desigualitarias per-
sisten, pues el patriarcado se reinventa con formas más sutiles de
violencia. Los feminicidios y otras formas de violencia de género
son claros ejemplos de los límites y la fragilidad de los logros de
las últimas décadas en políticas y leyes. A nivel mundial, las vio-
lencias machistas son uno de los principales limitadores del pleno
ejercicio de los Derechos Humanos. A pesar de estar integradas
en las agendas globales, siguen siendo un problema estructural
que no es prioritario para los Estados.
Debido a una falta de voluntad política en la lucha contra la
violencia hacia las mujeres, la experiencia indica que las leyes son
poco efectivas y que el peso de la lucha para erradicarla a menu-
do termina recayendo sobre las organizaciones feministas y de
mujeres, que son las que realmente están implicadas en las in-
tervenciones más eficientes, poniendo la agenda de las mujeres
en las políticas públicas y en los acuerdos internacionales, y des-
tinando esfuerzos y recursos para encontrar las estrategias más

8
efectivas para enfrentarlas. Tal y como remarca Sánchez Moy en
un uno de los artículos que conforman esta publicación, es nece-
saria la implicación de los poderes públicos (más allá de una mera
declaración de intenciones) y una apuesta con compromiso en la
tarea de erradicarla. Por parte de las propias instituciones, pero
también proveyendo a las entidades de los recursos necesarios
para poder hacer nuestro trabajo.

Paula Serrano Ros
Estudiante de prácticas en CooperAcció y
coordinadora de la presente publicación.

9
Avances y retos en los
derechos de las mujeres
en un pequeño gran país,
El Salvador
Licda. Laura Andrea Morán Herrera
Abogada del Centro de Atención Integral
“Elda Ramos”.
Colectiva Feminista para el Desarrollo
Local. San Salvador, El Salvador, 2016.
El Salvador es un país ubicado en Centroamérica, con una ex-
tensión territorial de 21.040,79 km2, considerándose el país más
pequeño de la región. Goza además del récord de ser el país más
densamente poblado de toda América continental. A nivel nacio-
nal, la Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples 2012 refleja
que la población total del país es de 6.249.262 personas.
La población por sexo, según datos proporcionados por la
encuesta, muestra que las mujeres representan el 52.8% de la
población total del país y los hombres el 47.2%. Si bien es cierto
que las mujeres representamos más de la mitad de la población,
la brecha de desigualdad de género, la cultura machista y la cons-
trucción y/o sistema patriarcal, el cual otorga y promueve poder
y dominio a los hombres sobre las mujeres, siguen siendo los
grandes limitantes para avanzar en la protección de los derechos
de las mujeres, sobre todo en el derecho a vivir una vida libre de
violencia.
Según datos de la Policía Nacional Civil, en el 2015 registraron
575 feminicidios. San Salvador es el que mayor casos reporta con
223, seguido por San Miguel con 48 y La Libertad con 531.

1 Observatorio de Violencia de Género contra las Mujeres – ORMUSA.
Feminicidios. El Salvador.

11
El Instituto de Medicina Legal (IML) informó en la primera
semana de noviembre que 475 mujeres fueron asesinadas en-
tre enero y octubre de 2015, es decir, una mujer cada 16 horas.
Según el Observatorio de Violencia ORMUSA, alrededor de 2521
mujeres han sido asesinadas en los últimos seis años, con un pro-
medio de 420 por año.
Es preocupante cómo las expresiones de odio y la misoginia
se siguen manifestando día a día, poniendo en un estado de vul-
nerabilidad a niñas, adolescentes y mujeres de todas las edades,
ya que en las estadísticas son las mujeres jóvenes, de 18 a 30
años, las que sufren mayor violencia llegando a la muerte2.
Según datos de la Policía Nacional Civil, en el 2015 recibieron
1100 denuncias por violencia intrafamiliar, es decir, tres denun-

2 Observatorio de Violencia de Género contra las Mujeres – ORMUSA.
Feminicidios. El Salvador.

12
cias al día. Entre enero y diciembre de 2015, hubo 7734 personas
atendidas en los distintos centros de salud, víctimas de los diver-
sos tipos de violencia. Entre éstas, hubo 1697 personas atendidas
por violencia física; 2981 por violencia psicológica y 1494 por vio-
lencia sexual. Las mujeres son las principales víctimas en los ca-
sos de violencia sexual y psicológica: 997 mujeres atendidas por
violencia sexual y 703 por agresiones físicas3. Sin dejar de lado el
alto índice de adolescentes embarazadas en el país, El Salvador
es uno de los pocos países del mundo donde existe una penaliza-
ción absoluta del aborto, lo cual aumenta la vulnerabilidad de las
mujeres que tienen problemas obstétricos u otras que pongan en
riesgo su vida para no ser criminalizadas.

El Estado Salvadoreño, consciente de la situación de violencia
contra las mujeres y de la desigualdad en los diferentes ámbi-
tos como el laboral o social, entre otros, ha asumido diferentes
convenios y tratados internacionales a favor de las mujeres, con
la finalidad de prevenir y erradicar la violencia y discriminación

3 González, Xenia: “Aumentan atenciones por Violencia” Nota Periodística
14- marzo-2016.

13
contra las mujeres. Entre éstos, podemos mencionar La Declara-
ción Universal de los Derechos Humanos y La Convención Interna-
cional sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación
contra las Mujeres. Esta última entra en vigencia en septiembre
de 1981, y promueve la igualdad de acceso y oportunidades para
las mujeres, contando que los Estados parte garanticen la inexis-
tencia de obstáculos que impidan a las mujeres el disfrute y ple-
nitud de sus derechos, y afirmando que la discriminación contra
las mujeres viola los principios de la igualdad de derechos y del
respeto de la dignidad humana. Otra normativa internacional de
gran importancia es la Convención Interamericana para Prevenir,
Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (Convención
Belém do Pará), firmada y ratificada por el Salvador en 1994, la
cual define la violencia contra las mujeres como cualquier acción
o conducta basada en su género que cause muerte, daño o sufri-
miento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito
público como privado4 ”.
Los Estados partes se comprometen a que exista acceso a
una vida libre de violencia, garantizando la no revictimización
por parte de las Instituciones Públicas, pero también obligando a
modificar todas aquellas leyes y políticas públicas que fomenten
la violencia contra este sector de la población.
Además, de acuerdo con el artículo 144 de la Constitución
de la República, estos tratados se vuelven ley de la República al
entrar en vigencia. Ahora bien, a nivel Nacional, el marco jurídico
se fundamenta en principios de libertad, igualdad, dignidad y de-
rechos de las personas, y la Constitución de la República, en sus
Art. 1, 2 y 3, reconoce a la persona humana como el origen y fin

4 Art. 1. Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de
Discriminación contra la Mujer (CEDAW), de 18 de noviembre de 1970.

14
de la actividad del Estado y debe asegurar la igualdad de todas
las personas ante la Ley.
Es por todo lo anterior, y basado en la Constitución de la Re-
pública, en Tratados Internacionales y en las diferentes luchas
feministas, que El Salvador ha avanzado en Leyes y Políticas Pú-
blicas que protegen los derechos de las mujeres, tal y como se
refleja en la Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia
para las Mujeres (LEIV) y en la Ley de Igualdad, Equidad y Erradi-
cación de la Discriminación contra la Mujer (LIE). Esta última tiene
por objetivo ser fundamento de la política del Estado y crear las
bases jurídicas explícitas que orientarán el diseño y ejecución de
las políticas públicas para garantizar la igualdad real y efectiva de
mujeres y hombres, sin ningún tipo de discriminación en el ejer-
cicio y goce de los derechos consagrados legalmente5. Asimismo,
el Estado debe realizar acciones permanentes, orientadas a elimi-
nar los comportamientos discriminatorios, eliminar obstáculos al
desempeño e intervención de las mujeres, en todas las áreas del
quehacer colectivo e individual, y a la creación de condiciones que
faciliten, propicien y promuevan la participación igualitaria de las
mujeres y hombres para el pleno ejercicio de todos sus derechos.
Todo basado en los principios de igualdad, equidad, no discri-
minación y respeto a las diferencias entre hombres y mujeres.
En cuanto a la LEIV, es una ley prácticamente nueva en la nor-
mativa del país, pues entra en vigencia el 1 de enero 2012, y tie-
ne por objetivo establecer, reconocer y garantizar el derecho de
las mujeres a una vida libre de violencia, por medio de políticas
públicas orientadas a la detección, prevención, atención, protec-

5 Art. 2. Ley de Igualdad, Equidad y Erradicación de la Discriminación
contra la Mujer de 17 de marzo de 2011, de la Asamblea Legislativa, decreto
núm. 645.

15
ción, reparación y sanción de la violencia contra las mujeres; a
fin de proteger su derecho a la vida, la integridad física y moral,
la libertad, la no discriminación, la dignidad, la tutela efectiva,
la seguridad personal, la igualdad real y la equidad6. Y todo ello
basado en los principios rectores como el de Especialización, Fa-
vorabilidad, Integralidad, Intersectorialidad, Laicidad y Prioridad
absoluta7. De igual forma, presume legalmente la posición de
desventaja en que se encuentra la mujer en relación al hombre,
por lo que brinda un nuevo abordaje de la violencia basada en
el género a través de reconocer tres importantes ejes para su
abordaje: a) Prevención b) Atención especializada c) Persecución
y sanción.
El Art. 9 define los tipos de violencia contra las mujeres: vio-
lencia económica, feminicida, física, psicológica o emocional, pa-
trimonial, sexual y simbólica, y el Art. 10 sus modalidades: en el
ámbito laboral, comunitario e institucional.
La LEIV plasma también un nuevo marco conceptual, brindan-
do las definiciones legales que ayudan a evitar la arbitrariedad en
la interpretación de términos como desaprendizaje, reaprendiza-
je, sexismo, misoginia y otros. Así mismo, ordena la creación de
una nueva institucionalidad para el Estado a través del Sistema
Nacional de Datos y Estadísticas y las Unidades Especializadas de
Atención a Mujeres en Situación de Violencia. Hace falta destacar
que la Ley tipifica 11 nuevos delitos como el de feminicidio y fe-

6 Art.1. Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia para las
Mujeres, de 25 de noviembre de 2010, de la Asamblea Legislativa, decreto
núm 520.
7 Art. 4. Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia para las
Mujeres, de 25 de noviembre de 2010, de la Asamblea Legislativa, decreto
núm 520.

16
minicidio agravado, así como expresiones de violencia contra las
mujeres y la obstaculización del acceso a la justicia, entre otros
hechos criminales.
Como consecuencia de la LEIV, en noviembre de 2013 se creó
la Política Nacional para el Acceso de las Mujeres a una Vida Libre
de Violencia, la cual dicta los lineamientos, objetivos y estrategias
orientados a la detección, prevención, atención, protección, re-
paración y sanción de la violencia contra las mujeres.
Otro avance importante es la creación de Unidades Institu-
cionales de Atención Especializada para las Mujeres, las cuales
tienen por finalidad brindar servicios integrales en condiciones
higiénicas y de privacidad, con atención de calidad y calidez,
de las cuales podemos mencionar la Unidad Especializada de la
Procuraduría General de la República y la creación de la UNIMU-
JER-ODAC de la Policía Nacional Civil, las cuales son oficinas espe-
cializadas en la atención a todas las mujeres en sus distintas eta-
pas vitales: niñas, adolescentes, adultas o adultas mayores que se
encuentran en situación de violencia. Este modelo en desarrollo
ha sido retomado por algunos países del sur, entre los que figuran
Colombia y Chile, y ha sido presentado como una buena práctica
ante la Organización de Estados Americanos (OEA)8. Actualmente
se cuenta con 20 oficinas desplegadas por todo el país.
Uno de los grandes avances es que, tras la necesidad de crear
una nueva jurisdicción que atienda, exclusivamente, los casos de
violencia y discriminación contra las mujeres, de manera que se
cumpla lo establecido en la LEIV y la LIE, y se judicialicen los casos
de agresión a los derechos de las salvadoreñas, el Pleno Legislati-

8 Policía Nacional Civil – Gobierno de El Salvador. Portal informativo. El
Salvador.

17
vo autorizó, con 77 votos, la creación de Tribunales Especializa-
dos para una Vida Libre de Violencia y Discriminación para las
Mujeres.

Al respecto, los tribunales deberán ser instalados en la zona
oriental —San Miguel—, central —San Salvador— y occidental
—Santa Ana—, contando con un juzgado especializado de
instrucción, otro juzgado especializado de sentencia y una
cámara especializada, los cuales deberán iniciar sus funciones el
1 de junio del 2016 para el caso de San Salvador y el 1 de junio de
2017 para el resto de tribunales9.
Si bien es cierto que existen varios avances en la protección
de los derechos de las mujeres, también existen muchos retos,
por lo que es necesario: promover la igualdad de género y las
prácticas de equidad; empoderar a las mujeres para que parti-
cipen plenamente en la vida económica, política y social; sensi-
bilizar a las y los operadores de justicia para la aplicación de las
leyes que protegen los Derechos de las Mujeres; fortalecer a las

9 Tribunales especializados como garantía para la defensa de los derechos
de las mujeres, 25/02/2016, Página de la Asamblea Legislativa.

18
Instituciones para que puedan aplicar y ejecutar la nueva norma-
tiva; y, como parte fundamental, promover una Cultura de De-
nuncia para que cuando existan hechos de violencia, estos casos
no queden impunes ni en el olvido. Hay mucho que hacer en este
pequeño gran país para que las mujeres podamos vivir libres de
violencia, pero es así como se avanza, trabajando, defendiendo,
atendiendo y previniendo la violencia contra las mujeres.

19
Mujeres jóvenes y
violencia de género en
El Salvador.
Narración y vivencia para confrontar
y transformar la sociedad

Mónica Calvo
Mariana Moisa
1
El Salvador ha sido, durante casi siete décadas, un país don-
de la población joven, legalmente definida entre los 15 y los 29
años de edad según la Ley General de Juventud (art.2), tiene un
peso demográfico muy importante, suponiendo casi el 30% de la
población (DYGESTYC, 2013). Algunos de los datos generales más
significativos sobre esta población nos arrojan diferencias de gé-
nero sustanciales. Así, encontramos que la tasa de asistencia es-
colar es mayor entre los hombres que entre las mujeres, con un
35% frente a un 29% en las zonas urbanas, y un 32% frente a un
29% en las rurales, respectivamente (DIGESTYC, 2012). Entre los
motivos de deserción que muestran los registros del Ministerio
de Educación, podemos observar cómo la entrada en la adoles-
cencia supone un abandono impactante de los estudios para la
dedicación laboral, que en las zonas rurales se refleja en el traba-
jo del campo en los hombres jóvenes y en las labores domésticas
en el caso de las mujeres. Se observa, además, una agudización
en la deserción escolar por razones de inseguridad debido a la

1 Este artículo ha sido realizado a partir de la investigación “Violencias que
afectan a la población joven y que obstaculizan su plena gobernabilidad en
4 departamentos de El Salvador”, llevada a cabo en 2016, en el marco del
Convenio de AECID 2014/PCONV/000678, “Contribuir a la gobernabilidad
y seguridad democrática, desde la promoción y la defensa de los derechos
humanos de la población joven, para contribuir a la reducción de las
desigualdades sociales, de género y a la promoción de la cohesión social”.

21
delincuencia de las pandillas o maras, y a la combinación de este
factor con el cambio de residencia, la emigración o la muerte,
entre otros.
Retirarse de los estudios o, en su caso, encontrarse fuera de
edad escolar, supone para las mujeres jóvenes una sobreimposi-
ción del rol reproductivo. Por un lado, porque el mercado laboral
las segrega bajo el imperativo de la división social de roles su-
mado a una endémica falta de incentivos y oportunidades acce-
diendo a trabajos de menor cualificación y peores prestaciones,
dentro de los cuales el de mayor concentración de mujeres, con
más del 90%, es el trabajo doméstico y de cuidados. Este sector,
según una encuesta llevada a cabo por el Instituto de Derechos
Humanos de la UCA, IDHUCA, ocupa el 2.3% de las mujeres que
tienen entre 13 y 17 años, y el 20.4% entre las que tienen entre
18 y 28 años (IDHUCA, 2014, pág. 51).
Por otro lado, debido a los estereotipos sobre la maternidad
aún fuertemente arraigados en el país, se sigue presionando a las
mujeres jóvenes a limitar sus vidas a la maternidad y al cuidado
familiar. A pesar del mandato legal de acceso a la educación se-
xual de los y las jóvenes2, numerosas barreras culturales limitan
su derecho a una educación sexual sin prejuicios, así como el ac-
ceso a métodos de anticoncepción y prevención de ITS y VIH/SIDA
para ejercer su sexualidad libremente. A ésto se suma la situación
de ilegalidad y penalización del aborto inducido en el país, tras la
reforma constitucional de 19983, basada en principios no cientí-

2 Derecho reconocido en la Ley General de Juventud, art. 9, inciso q)
debe garantizarse mediante las políticas educativas a la población joven “la
existencia y el acceso a los servicios y programas de salud y educación sexual
integral con el objeto de fortalecer la toma de decisiones responsables.” (art.
17, inciso d)
3 Es necesario señalar que tan sólo 5 países en América Latina y el Caribe,
incluyendo El Salvador, tienen leyes tan restrictivas.

22
ficos sobre la protección de la vida, como es el momento de la
concepción. Cada vez que una mujer llega a un centro médico
hospitalario con síntomas de aborto, se activa el mecanismo de
la denuncia y la mujer es puesta bajo custodia policial, acabando
en muchos casos en prisión4.
Una de las consecuencias más alarmantes es el alto porcenta-
je de embarazos adolescentes en El Salvador que en 2015, según
datos del Ministerio de Salud, supuso el 30% del total de par-
tos en el país, el más alto de América Latina. Unido a esto, hay
que destacar que el suicidio por situación de embarazo en niñas
y adolescentes concentra más de la mitad, el 57%, del total de
muertes de esta población junto al alarmante dato de ser el sui-
cidio la segunda causa de muerte entre la población de 10 a 19
años (MINSAL, 2012).
El fuerte impacto de la diferenciación social de género en la
vida de las jóvenes salvadoreñas también se traduce en la viven-
cia diferencial de la violencia. Matizar y entender esto se vuelve
un ejercicio tan necesario como complicado cuando la violencia,
además de afectar de forma directa o indirecta a toda la pobla-
ción del país, se homogeniza debido al impacto del accionar de
las maras o pandillas. Pero no por ello se debe dejar de estudiar
y mostrar la especificidad de la violencia que viven las mujeres
jóvenes, por supuesto por el momento vital que significa, y fun-

4 Tal como señala Herrera (2012), las mujeres “acuden a un hospital
público en busca de ayuda médica, y junto a la atención sanitaria, se ven
sorprendidas por la denuncia judicial (…). Son tratadas como criminales,
procesadas inicialmente por aborto y condenadas más tarde por homicidio
agravado, con penas que van de 30 hasta 40 y 50 años de cárcel” (pág. 8).
La Agrupación Ciudadana por la Despenalización del Aborto en El Salvador
reportaba en 2016 un total de 146 casos de mujeres procesadas por aborto
y delitos relacionados.

23
damentalmente porque esta violencia, del tipo que sea, se mani-
fiesta como un ejercicio de poder basado en la subordinación de
las mujeres ante una masculinidad hegemónica que se alimenta
de una demostración constante de la fuerza.
Si queremos ver de forma tan clara como impactante esta
vivencia diferencial de la violencia, no tenemos más que revisar
algunas cifras oficiales. Según datos del Instituto de Medicina Le-
gal (IML), en el año 2015 el 94% de las víctimas de los homicidios
ocurridos en El Salvador fueron hombres, de los cuales el 50%
eran jóvenes (entre 15 y 29 años) asesinados casi en su totalidad
por otros hombres; pero el 90% de las agresiones sexuales las
sufrieron mujeres, de las cuales el 59% fueron mujeres jóvenes
agredidas por hombres de su entorno cercano.
Estos datos nos muestran la violencia por el fin de sus con-
secuencias físicas visibles, verificables y cuantificables en las es-
tadísticas oficiales, con la salvedad de los feminicidios que aún
hoy no son visibilizados como tales. Sin embargo, es necesario
visibilizar qué elementos configuran esta violencia y qué otras
violencias que se viven en la cotidianidad bajo formas culturales
aceptadas y normalizadas pueden ser reconocidas o prevalecer
en los discursos y narraciones, en el caso concreto que nos ocu-
pa, de las mujeres jóvenes. A continuación, se realiza un acerca-
miento a estas violencias a través de algunas narraciones fruto de
entrevistas realizadas a 56 mujeres jóvenes de entre 13 y 27 años
en cuatro departamentos de El Salvador.
Retomando los datos cuantitativos sobre violencia sexual,
debe comenzarse señalando que ésta no es otra cosa que la con-
secuencia de una construcción cultural del cuerpo de las mujeres
jóvenes como sexuado, frágil y constantemente disponible y ac-
cesible para el dominio masculino. No es de extrañar, por tanto,

24
que en las narraciones de las jóvenes observemos una presen-
cia constante de la violencia sexual aludiendo a escenarios de
la cotidianidad donde normalmente ocurren. Así, por ejemplo,
el autobús, medio habitual de transporte para la mayoría de la
población, es un espacio que se convierte en un escenario de
constante acoso sexual, como lo muestra la cita de una joven de
Chalatenango que cuenta la siguiente situación:
“El hombre como que se quería arrimarse a mí, agarrarme… y
yo me fui para adelante y me senté a la par de otra mujer.”

Mientras, una joven de La Libertad narra algo similar:
“Hay veces que los hombres se suben y se sientan a la par de
uno y a veces lo quieren comenzar a tocar a uno.”

Sin embargo, el escenario donde tienen lugar la mayor par-
te de violaciones sexuales a mujeres jóvenes, como se avanzaba
anteriormente, es su entorno más cercano, es decir, la familia o
la escuela, algo que se constata en la narración de una joven del
departamento de La Paz sobre la historia de un familiar:
“La esposa tenía 2 hijas más grandes y abusó de las dos. La
esposa lo quería meter en la cárcel, pero por miedo no lo hizo y
no puso ni la denuncia.”

Cuando la consecuencia de la violencia sexual es el embarazo,
la imposibilidad de poner fin a éste por tener una de las legisla-
ciones más punitivas del mundo y también por el fuerte arraigo
de preceptos morales y religiosos, empujan a las jóvenes a buscar
salidas desesperadas a su situación como el suicidio. Otras veces,
se llegan a dar situaciones de estupro como estrategia de super-
vivencia tras vivir un episodio de violencia previa del cual la joven
busca librarse. Así, esta práctica de violencia sexual se encuentra

25
tan culturalmente naturalizada como se muestra a continuación:
“Tengo una amiga de 15 años, ya tiene un niño, del chico
de una panadería, de 23 años. La cipota estaba estudiando
séptimo grado cuando la sacó de estudiar. La cipota decidió
acompañarse con él, ya no siguió estudiando.” (Joven de La Paz)

La violencia sexual también deriva en fuertes consecuencias
a nivel social para las mujeres, como el denominado “terror se-
xual”, como designa Maitena Monroy (2011) al miedo omnipre-
sente en la vida de las mujeres desde niñas ante la posibilidad
real de vivir violencia sexual y que es utilizado como un medio
de control que frena el ejercicio y disfrute de derechos, como lo
cuenta una mujer joven del departamento de Chalatenango:
“Tenemos menos libertad en llegar a la hora que sea. A
nosotras nos dicen que está peligroso, que pueden abusar de
nosotras, por eso nos dicen que no lleguemos tarde a la casa. A
los hombres también les puede pasar algo, pero ellos se pueden
defender, se protegen más.”

Este dispositivo de control actúa en el ámbito territorial como
un efectivo delimitador del libre uso del espacio y de las acciones
que las mujeres jóvenes pueden llevar a cabo en ellos. Hay que
señalar aquí, que si bien los altos índices de violencia pandilleril
han generado que la gente joven, en general, vea limitada su
movilidad, los hombres ven limitada una movilidad de la que
siempre gozaron y viven una pérdida de algo que legítimamente
les pertenece. En cambio, para las mujeres, el uso de espacios
públicos en sus comunidades o localidades cercanas ha estado
tradicionalmente restringido por razones de género, lo que ha
mermado las posibilidades de generar unas relaciones sociales
amplias e impedido en gran medida el ejercicio libre de la
ciudadanía.

26
Junto a la violencia sexual, la violencia física es otra de las
formas de violencia que más frecuentemente se manifiesta en
las narraciones de las mujeres jóvenes. Es necesario destacar que
a diferencia de la violencia física que viven los hombres, ésta no
es fruto de la forma de socialización con sus pares, sino de una
socialización diferencial de género, que las ubica como depen-
dientes de los hombres y cuidadoras de la familia. Como señala
Marcela Lagarde (2012) “los mandatos de género para las muje-
res están relacionados con el ser y estar para las demás personas,
ser buena hija, hermana, esposa, madre”, por eso, no serlo es
físicamente castigable, y así lo muestran algunas jóvenes:
“Se han visto varios casos de los hombres que pegan a su
mujer en las casas, por cualquier cosa, se enojan porque no
les hacen la comida o algo. Mi hermano pegaba a mi hermana
solo porque no le daba la comida cuando él decía.” (Joven de
Usulután)

“Vivimos más violencia las mujeres, sobre todo en nuestras
casas que nos pegan, nos tratan mal, cuando llegan bolos,
cuando nos echan la culpa de lo que les pasa a los hijos.” (Joven
de Chalatenango)

“Ella me contó que la mamá le había aconsejado al hijo que le
pegara todo lo que quisiera, pero donde no se le echara de ver.
Que le pegara en la cabeza, que allí no se puede ver el morete.”
(Joven de Chalatenango)

Cabe destacar el surgimiento de formas de violencia sexual y
física, entre otras, fruto del contexto violento que está viviendo
el país, y que impone una fuerte presencia policial y militar has-
ta en los centros educativos, como encontramos en la siguiente
narración:

27
“A mi escuela también llegaron a ver si andábamos las faldas
cortas, llegó el policía y me rompió el ruedo de la falda porque
no estaba lo suficientemente larga y son hombres y nos revisan
y nos rompen las faldas a nosotras en frente de la gente y se
referían a nosotras como que fuéramos pandilleras o a saber
qué, ellos nos tratan así para tenerles miedo, pero ellos no
pueden hacer eso.” (Joven de Usulután)

Finalmente, es necesario reflejar la violencia más sutil, la que
no siempre es reconocida por hallarse inscrita y normalizada en
la cultura tanto popular como en la adoptada como oficial. Se tra-
ta de la violencia simbólica que ejercen principalmente los me-
dios de comunicación, y que refuerzan los estereotipos y roles de
género, la sexualización de las niñas y perpetúan la construcción
de la feminidad y la masculinidad hegemónica. Aunque no es tan
fácil encontrar narraciones identificándola como tal por parte de
las jóvenes, éstas cuestionan claramente construcciones simbóli-
cas sobre amor romántico, o la reproducción de estereotipos de
género, como las que se muestran a continuación:
“Aprendemos por la violencia que vemos en todos lados, las
caricaturas, la lucha, cuando los papás pegan a las mamás.”
(Joven de Usulután)

“La mayoría de muchachas como que se ciegan cuando tienen
novios, se dejan manipular y a veces uno los quiere hacer ver de
lo que están viviendo y al final hasta se enojan con uno.” (Joven
de Chalatenango)

Esta violencia está muy presente en el uso que las y los jóve-
nes hacen de las redes sociales como Facebook, en el que mu-
chas veces como reflejo del medio físico se busca representar
un estereotipo determinado de feminidad para conseguir acep-
tación en las redes. En este medio se están viendo, por tanto,

28
formas de violencia heredadas y reconstruidas a partir de las ya
conocidas como el ciberacoso, las agresiones en línea, la manipu-
lación de imágenes y las violaciones a la privacidad, las cuales son
las que se encuentran con mayor facilidad, como se puede ver en
las siguientes citas:
“A mí me acosaban por Facebook.” (Joven de Usulután)

“A una amiga le hackearon Facebook, enviaron fotos y mensajes
obscenos.” (Joven de Usulután)

“Existe el acoso cibernético, viene un desconocido y le pide
fotos desnuda y ella se las envía, lo publica y hace quedar mal
a la mujer. Se crean perfiles falsos y crean indirectas, en los
comentarios llaman puta.” (Joven de Usulután)

Enfrentar estas violencias cotidianamente no es tarea fácil
para ninguna mujer. Sin embargo, existen formas tanto normati-
vamente regladas, como socialmente admitidas, para trabajar e
intentar paliar el efecto de la violencia desde distintos espacios,
con mecanismos y herramientas diversos. En las entrevistas an-
tes citadas, se abordaron estas formas de confrontar la violencia
desde la diferenciación entre herramientas del marco normativo,
como leyes y políticas, creadas para confrontar la violencia en sí
misma a través de la implementación de diferentes mecanismos,
a nivel nacional y local, como juzgados especializados, policía, y
otros derivados del desarrollo normativo; y lo que en el estudio
se han denominado “espacios” ubicados en los distintos territo-
rios y que, dada su aceptación social, describen caminos y esce-
narios desde donde trabajar y construir alternativas a la violen-
cia, como los centros escolares, los centros de salud y espacios de
participación creados por personas jóvenes o que cuentan con
participación joven, como organizaciones juveniles, de mujeres,
redes sociales, familiares y de amistad.

29
El análisis del uso de estos mecanismos y espacios existentes
para confrontar la violencia nos arroja una preferencia en el uso
de espacios sobre el uso de mecanismos, es decir, una preferen-
cia por parte de la juventud en la búsqueda de espacios fuera de
las instituciones con legitimidad normativa para resolver y en-
frentar la violencia. Pero fundamentalmente, deja patente que el
uso de mecanismos y espacios está totalmente determinado por
el género, ya que si bien, en general, se da un mayor uso de me-
canismos represivos (policiales), en detrimento de mecanismos
que plantean acciones preventivas como el asociacionismo y la
participación local, aquéllos gozan de un mayor uso por parte de
los hombres jóvenes que de las mujeres, y ellas se implican en
mayor medida en acciones preventivas, lo cual está muy marca-
do en el caso de la prevención y denuncia social de la violencia
de género.
Ante esto, una pieza clave para confrontar la violencia que
viven hombres y mujeres jóvenes es invertir en el desarrollo de
espacios organizativos emanados desde las necesidades de la
propia población joven aprovechando el potencial que ya ofrece
el uso de las distintas redes señaladas (amistad, familiares, socia-
les, virtuales) para interconectar personas y aprendizajes.
En este sentido, uno de los factores determinantes tanto para
la creación de espacios organizativos como para la participación
de ciudadanía joven en las estructuras y mecanismos locales y
nacionales existentes es la limitante de la movilidad geográfica
debido a la violencia generalizada que se vive en los diferentes
territorios. La percepción de miedo basada en la posibilidad de
sufrir un episodio de violencia, desde la intimidación, la extor-
sión, el acoso e incluso el homicidio, ha derivado en un total con-
trol del tránsito y accionar en los territorios y, en definitiva, en la
pérdida de relaciones interpersonales de los y las jóvenes.

30
Las limitantes de movilidad provocan que jóvenes de comu-
nidades y municipios contiguos no puedan tener relación de
proximidad entre sí, ya que no pueden traspasar los límites geo-
gráficos construidos por la violencia de las pandillas. Este hecho,
en las mujeres jóvenes, viene a agravar la situación de menor
margen de movilidad respecto al hombre impuesta socialmente
por su condición de género. Esta falta de interrelación social en
lo público está siendo sustituida por formas virtuales, como las
redes sociales, que no siempre son usadas de forma adecuada,
y que están generando una coexistencia de violencias contra las
mujeres en lo físico y en lo virtual.

31
La prevención en el
marco de las estrategias
para una vida libre de
violencias contra
las mujeres
Leticia Sánchez Moy
TAMAIA, viure sense violència SCCL
La presencia de las dinámicas abusivas entre la población ju-
venil en el contexto europeo1 suscita cuanto menos preocupa-
ción y alarma, y desde algún lugar incluso sorpresa para cualquier
receptora/tor de los medios de comunicación.
Para las expertas y para quienes llevamos años trabajando
en la lucha por erradicar esta lacra social tampoco nos deja indi-
ferentes. Intentamos buscarle una explicación que permita ubi-
car la problemática y continuar trabajando para generar nuevos
modelos de ser y estar en el mundo y nuevas maneras de rela-
cionarse. Para ello seguimos partiendo de la misma premisa: la
violencia machista es una cuestión estructural, es un problema
social y es responsabilidad de todos y todas.
Pero para ello es necesaria la implicación de los poderes pú-
blicos (más allá de una mera declaración de intenciones) y una
apuesta con compromiso en la tarea de erradicarla. Por parte de
las propias instituciones, pero también proveyendo a las entida-
des de los recursos necesarios para poder hacer nuestro trabajo.

1 Hacemos referencia a Europa puesto que es el contexto que conocemos,
pero esto no quiere decir que la prevalencia de esta violencia se manifieste
únicamente en este contexto, sabemos que la violencia no entiende de
fronteras.

33
La prevalencia de la violencia2 sorprende y más aún cuando
ésta se manifiesta entre lxs más jóvenes. Aparece la preocupa-
ción y con ello la necesidad de respuesta o explicación de lo que
está pasando. Nosotras no tenemos esas respuestas. Sí dispone-
mos de una comprensión de la violencia y por tanto de un análi-
sis de la misma que nos puede acercar a conocer las claves para
incidir en su erradicación.
TAMAIA, viure sense violència, en su larga trayectoria, ha ido
construyendo un modelo de intervención integral que parte de
una comprensión de la violencia desde el modelo ecológico e in-
terseccional3 que articula el proyecto de la entidad y nos permite
superar los reduccionismos de miradas que entienden que los ejes
de opresión funcionan de manera independiente. (Sánchez Moy,
2014: 53)
“Los niveles de la prevención”4 nos ayudan a ubicar las dife-
rentes actuaciones a desarrollar, facilita ampliar la mirada y plani-

2 Podemos remitirnos al estudio publicado por el Ministerio “Percepción
social de la violencia de género en la adolescencia y la juventud”, donde
encontramos datos referentes a la tolerancia de la violencia (sólo un
44% reconoce la existencia). Esta percepción entre lxs más jóvenes es
considerablemente inferior que la de la población adulta. Por tanto las
acciones de sensibilización y prevención no están funcionando o bien, la
falacia de la igualdad está mostrándose en la práctica como un factor de
riesgo añadido para la población más joven.
También podemos hacer alusión a otras fuentes como la que publicó en 2013
la Fiscalía General del Estado, que nos informaba de que los casos de violencia
de género protagonizados por menores han crecido un 33% en un año.
3 Para ampliar, consultar “estimar no fa mal”, 2015 Barcelona.
4 El Protocolo Marco para una intervención coordinada contra la violencia
machista define la prevención como “el conjunto de acciones encaminadas a
evitar o reducir la incidencia del fenómeno de la violencia machista mediante
la reducción de los factores de riesgo.”

34
ficar acciones que puedan desarrollarse en diferentes niveles. De
esta manera, las acciones tendrán mayor incidencia.
Por su parte, la prevención primaria hace referencia a accio-
nes concretas que se activan cuando aún no hay indicios de vio-
lencia machista. Es proactiva, ya que plantea atacar las causas
identificadas del problema, antes de que llegue a producirse. Son
actuaciones dirigidas tanto a transformar el entorno de riesgo
como a reforzar la capacidad de resiliencia. Esta prevención no
puede limitarse a una orientación individual, sino que ha de diri-
girse a la comunidad o a un grupo de personas.
Aquí se situarían la gran mayoría de acciones que desarrollamos
dentro del programa de prevención dirigidas a la infancia, la ju-
ventud y la adolescencia5.
La clave de la prevención primaria es acompañar a la infancia
y la juventud en la incorporación de cambios en los procesos de
socialización del género antes de que estos lleguen a interiorizar-
se en la subjetividad de la juventud de acuerdo a los patrones de
género normativo (Roca y Masip, 2011). En el caso de incidir en
etapas donde las interiorizaciones están más arraigadas, la cla-
ve estará en facilitar la deconstrucción y reconstrucción de dicha
subjetividad.

En este sentido, el papel que ocupan las instituciones socio-edu-
cativas y los medios de comunicación son fundamentales. Las y

5 Llevamos más de 15 años acudiendo a los centros educativos para
desarrollar acciones preventivas en formato de talleres. En estos años de
experiencia hemos creado talleres con contenidos diferenciales, adaptados
a los diferentes grupos de edad y sus especificidades. El objetivo: dotarlas/los
de herramientas para que puedan detectar el abuso y sus sutilezas, facilitar
su detección e invitarlas a pedir ayuda cuando lo necesiten.

35
los profesionales han de dotarse de una perspectiva crítica (Cobo,
2008) y los medios de comunicación de masas, han de asumir la
responsabilidad que tienen en la transmisión de valores no sexis-
tas. (Ibíd. 2014: 60)

Por su parte, la prevención secundaria6, encargada de reducir
la tasa de prevalencia y cuyo objetivo se basa en asegurar una
identificación precoz del problema y una intervención rápida y
eficaz nos presenta como cuestiones básicas las siguientes:
(…) el acceso a la información sobre la problemática, la decons-
trucción de estereotipos y falsas creencias que reproducen y sos-
tienen el sexismo y el patriarcado como causantes de la violencia
machista, la formación dirigida a profesionales, la articulación de
protocolos que aseguren un consenso y faciliten la coordinación
entre agentes implicados y, una red de servicios que no sólo faci-
liten, sino que aseguren el acceso de las personas a las cuestiones
aquí señaladas. (ibíd. 2014: 60)

Y la terciaria destinada a reducir los efectos y las secuelas de
las violencias de género se concretan en programas de recupe-
ración y rehabilitación para las personas afectadas. Es decir, este
nivel de prevención comprendería el soporte y la atención indivi-
dualizada y comunitaria de las personas afectas y sus entornos7.
La articulación de los diferentes programas está directamen-
te relacionada con la comprensión del fenómeno y nuestro mo-
delo integral.

6 Aquí se situaría el programa de formación/investigación de TAMAIA.
7 Aquí encontraríamos el programa de atención de TAMAIA.

36
El proyecto de TAMAIA no tendría sentido si no es pensado
desde la incidencia política. En este sentido nombramos algunas
de las cuestiones que siendo definitorias de la entidad también
explican desde dónde y cómo llevamos a la práctica nuestro
proyecto.
Lo hacemos desde estar y el actuar con un compromiso polí-
tico claro y directo. Para hacer frente a las diferentes formas de
opresión que sufrimos las mujeres y todos los colectivos que se
alejan de la norma de género hemos de disponer de un marco
perfilado por las teorías y prácticas feministas. Éstas no son aje-
nas a formas específicas de organizarse. Desde TAMAIA, viure-
sense violència abogamos por un “hacer desde la práctica” que
bebe de la experiencia propia y de la de todas aquellas mujeres
que nos acompañan en esta tarea, regalándonos los relatos de
sus historias de vida, sus experiencias y la muestra de sus resilien-
cias que se despliegan de los testimonios de los que nos hacen
participes cuando las acompañamos en sus procesos de recupe-
ración de la violencia vivida.
Y es desde aquí desde donde existimos y se edifica nuestro
proyecto. El “hacer desde la práctica” no se limita a los diferentes
ámbitos de actuación, ni maneras de incidir, sino también en el

37
estar desde el conocimiento situado8. Éste se traduce también en
la manera en la que nos juntamos, nos encontramos y nos rela-
cionamos dentro del propio equipo de trabajo.
TAMAIA, viure sense violència nació como grupo de ayuda
mutua. En aquel momento era el espacio necesario para comen-
zar a tejer lo que más adelante se fue forjando. En 1995 nos cons-
tituimos como asociación y finalmente en el 2006 nos transfor-
mamos en una cooperativa de iniciativa social sin ánimo de lucro.
Por otra parte, somos una entidad que nace del movimien-
to de mujeres y que pertenece a los movimientos feministas.
Esto nos coloca al margen de la institución pública y permite que
nuestras actuaciones e intervenciones respondan de acuerdo a
nuestros propios preceptos y posicionamiento político a diferen-
cia del trabajo que puede desarrollarse desde las instituciones.
Éstas funcionan por mandato público.

8 Concepto que aporta Haraway. Ella resalta la idea de que el lugar
desde el que se realizan las prácticas es siempre un lugar particular, y la
ilusión objetivista del no-lugar (como negación del lugar, simplemente) es
denunciada para pasar a pensar la objetividad como el reconocimiento
del lugar propio a partir del cual se configura un conocimiento situado. La
propuesta de Haraway es claramente política, porque supone la negación de
un objetivismo masculinista, asociado a la idea de ciencia como instrumento
neutral de conocimiento del mundo. La preocupación de Haraway es
claramente por un modo de conocimiento que logre al mismo tiempo
constituirse en proyecto político, crítico incluso de sí mismo, que produzca
conocimientos situados y niegue la posibilidad de conocimientos objetivos
universales y eternos. ¿Cómo? Reconociendo sus “posiciones de sujeto”,
debe poder dar cuenta de ellas, reconocerse en ellas, asumirlas como propias
o no y a a partir de ese lugar particular generar conocimiento. (Sánchez Moy,
2011)

38
Partiendo en este marco y de acuerdo a este modelo de in-
tervención hacemos una breve exposición de algunas líneas de
actuación que pueden ser eficaces para la erradicación de la vio-
lencia machista. Previamente, delimitaremos los colectivos a los
que hacemos referencia y abriremos paralelamente algunas re-
flexiones que pueden condicionar las intervenciones.
La juventud es un grupo muy heterogéneo. Sus creencias, va-
lores, actitudes, expectativas y comportamientos difieren consi-
derablemente. Son sus experiencias y un infinito abanico de in-
fluencias sociales lo que les convierte en una población diversa.
La definición de juventud no se debe restringir a una etapa de
desarrollo físico, cognitivo o social, o a un posicionamiento
histórico y cultural. Debe poder incluir las diferentes variables,
cuestiones y factores que la constituyen y la configuran no tan
sólo como una etapa de socialización sino como un periodo de
construcción de subjetividad, regulación del comportamiento y
desarrollo de habilidades” (Fandiño, 2011:161 en 2014: 64)

Si bien pueden parecer obvias las aportaciones respecto a la
población juvenil, se vuelven necesarias al detectar las proble-
máticas que nos dan pistas sobre la prevalencia de esta violencia.
Éstas no sólo están en las propias especificidades de los colec-
tivos, sino también en las personas que intervenimos directa o
indirectamente con ellxs.
¿Nos hemos detenido en algún momento a reflexionar sobre
qué pensamos de la juventud y de las relaciones que establecen?
La manera en que nos relacionamos con estos colectivos suele
partir de la verticalidad que encarna una jerarquía en base a la
edad. En ocasiones puede funcionar como obstáculo en la comu-
nicación y en la manera de relacionarnos.

39
Al hablar de violencia no podemos obviar la representación
que tenemos de sus relaciones sexo-afectivas. Algunas autoras
hablan de la “trivialización de la violencia en la juventud” y es que
las relaciones amorosas en la adolescencia tienen poca trascen-
dencia en el imaginario colectivo. Se piensa que a esta edad los
sentimientos no son serios, ni profundos; que las relaciones en esa
etapa de la vida son un juego y que sus dificultades y problemas
son exageraciones “propias de la edad” que se pasarán en poco
tiempo. (Meras Lliebre, 2003 en 2009: 16)
Desde este posicionamiento difícilmente podremos ni diseñar
una campaña de prevención donde las jóvenes se sientan iden-
tificadas, ni una acción preventiva ni tampoco acercarnos a ellas
para ofrecerle un soporte y un acompañamiento en identificar,
salir o recuperarse de una relación de violencia.
Otra de las reflexiones en las que nos hemos de detener tiene
que ver con los obstáculos para la detección. Nosotras hemos
detectado dos grandes cuestiones que abordar: La falacia de la
igualdad9 y las representaciones de la violencia.
Esta falacia supone uno de los obstáculos en la identificación
y detección del abuso. La idea de que ya todo está conseguido,
que vivimos en una sociedad donde hombres y mujeres no sólo

9 Se basa en la creencia de que vivimos en una sociedad libre de
discriminación y que el logro de la igualdad es algo real y efectivo. Sin intención
de negar los avances en la materia, al echar un ligero pero audaz vistazo a
nuestro alrededor percibiremos la sutileza con la que el patriarcado, dinámico
también en su capacidad de adaptación, sigue estableciendo relaciones de
poder y dominación. Sus formas no son otras, sino las mismas, más astutas y
refinadas y por tanto, en algunos casos más difíciles de identificar. El contexto
actual del patriarcado en el que la juventud se desenvuelve es complejo y
contradictorio, razón por la cual, la prevención se hace cada vez más
ineludible. (Sánchez Moy, 2014: 56)

40
somos iguales sino que tenemos las mismas posibilidades, funcio-
na como una especie de “campo de cultivo” donde las desigual-
dades de género se difuminan. El discurso de la igualdad pone en
riesgo a las jóvenes ya que invisibiliza la dificultad de negociación
en el marco de unas relaciones de poder donde además dar por
supuesto la inexistencia de las desigualdades de género hace que
ellas no tengan que plantearse qué elementos de la socialización
machista están funcionando en la interacción. Una joven tende-
rá a ofrecer su cuidado sin plantearse que quizás estas cuestio-
nes tienen que ver con mandatos de género, y él la protegerá sin
mostrar su vulnerabilidad porque será fiel a su masculinidad he-
gemónica. El no plantear la reproducción de los roles de género
como uno de los elementos que generan desigualdad hace que
se reproduzcan diferencias de poder entre ambos pero desde un
lugar que parece que es fruto de una elección personal. (Sánchez
Moy, 2014: 69)
Las representaciones de la violencia que se están transmitien-
do tienen un impacto en la población en general y en la juventud
en particular.
Los medios de comunicación muestran mayoritariamente
una simplificación del fenómeno, centrándose en el cómputo de
mujeres asesinadas, tratando los casos de violencia como una
cuestión privada, y —con frecuencia— poniendo en tela de juicio
las declaraciones de las víctimas o incluso culpabilizándolas de las
agresiones. El impacto que generan en las personas jóvenes se
pone de manifiesto en la construcción de unas representaciones
de la misma que no hacen más que distanciarlxs del problema.
Respecto a las campañas contra la violencia si bien encontra-
mos también lo que podríamos denominar como “buenas prácti-
cas”, la realidad es que siguen transmitiendo una imagen reduc-

41
cionista de la problemática y dibujan un perfil estandarizado de
víctima y agresor donde la población juvenil no se reconoce.
Tanto campañas como medios de comunicación fortalecen la
estereotipación de las víctimas de violencia o de quienes corren
el riesgo de padecerla. Retratando a una mujer heterosexual, de
mediana edad, con cargas familiares que la imposibilitan salir de
la situación, inmersas en una relación de años y en convivencia
con el agresor. Para poder entender las relaciones de abuso que
se producen entre la población juvenil es necesario visibilizar, no
sólo las parejas ya constituidas y en convivencia, sino la presencia
de esta violencia en relaciones más o menos casuales o esporádi-
cas y aquellas que se establecen entre población juvenil.
Estas dos cuestiones, desde nuestra experiencia se constitu-
yen como los principales obstáculos en la detección del sexismo
y del abuso en la pareja, más aún entre la población más joven.
No quisiéramos acabar sin hablar sobre la responsabilidad y
siguiendo esta línea, pensar dónde colocamos la responsabilidad
cuando hablamos de violencia y población juvenil. Y es que:
Los roles y estereotipos continúan integrándose a través del
proceso de socialización. No podemos pensar que la prevalencia
de los valores sexistas son responsabilidad únicamente de estos
colectivos, puesto que no son más que el reflejo de una estructura
patriarcal aún vigente. Es tarea de la prevención la deconstruc-
ción de estos valores mediante un proceso de re-aprendizaje. La
responsabilidad, al igual que la problemática, es social y por tanto
la prevención se hace no solo necesaria, sino imprescindible en
el despliegue de un compromiso político y social. (Sánchez Moy,
2014: 64)

42
43
Los protocolos como
herramientas en la
intervención en violencia
de género
Rakel Escurriol Martinez
TAMAIA, viure sense violència SCCL
TAMAIA, viure sense violència somos una cooperativa de ini-
ciativa social que trabajamos en la problemática de la violencia
de género desde 1992. Desde el inicio se ha apostado por realizar
una intervención que pueda tener en consideración la compleji-
dad del fenómeno así como los diferentes ámbitos a través de los
que es necesario incidir.
Es desde esta perspectiva que la organización empieza aten-
diendo a mujeres que están en situaciones de violencia, sobre
todo en la pareja y en la familia, creando un modelo de interven-
ción propio, y paralelamente desarrolla otros brazos necesarios
para esa mirada y abordaje integral. Uno de estos brazos es la
prevención y sensibilización a través de las que intentamos incidir
en la población más joven y en las niñas y los niños, otro de los
brazos imprescindibles para una buena praxis es la formación a
profesionales, a través de la capacitación en la prevención, de-
tección e intervención en violencia de género. Hoy en día nos en-
contramos en un terreno pantanoso en relación a la preparación
de las y los profesionales, ya que es demasiado común la poca
formación profesional en violencia y la detección de malas praxis
que generan victimización secundaria1 en las mujeres y que, en

1 La victimización secundaria es un sufrimiento añadido que infieren las
instituciones y profesionales encargados de asistir, proteger, acompañar a
la víctima.

45
muchas ocasiones, las perjudican en sus procesos de separación,
en sus procesos judiciales y obviamente en el proceso de recupe-
ración personal.
Finalmente, uno de los brazos que fue imprescindible y que
forma parte de la columna vertebral de la entidad es la partici-
pación comunitaria. Es a través de este brazo que participamos
en redes tanto sociales y activistas como institucionales. TAMAIA
nace dentro de Ca la Dona, un espacio creado por mujeres y para
mujeres que hasta ahora sigue dando sostén a la entidad a tra-
vés de la sororidad feminista. Este inicio en el que se presenta el
recorrido de la entidad es para que pueda ser entendido desde
dónde hacemos nuestras aportaciones, ya que la política femi-
nista y el trabajo de equipo serán dos de nuestros ejes de orien-
tación y acción.
Antes de entrar en los protocolos nos gustaría hacer un inciso
en cuál es el fenómeno en el que estaremos incidiendo, cómo
nombramos y qué nombramos, ya que los diferentes conceptos
que se vienen utilizando en el momento presente en relación a la
violencia de género nos sitúan en perspectivas diferentes y por lo
tanto pueden variar la intervención y la/s sujeta/s de ésta.
Actualmente en España y concretamente en Cataluña tene-
mos varias opciones de cómo nombrar y por lo tanto desde dón-
de entendemos la violencia que se ejerce actualmente contra las
mujeres.
La violencia de género sería la definición común que nos per-
mite entendernos desde definiciones consensuadas a nivel inter-
nacional. En nuestro contexto concreto la violencia de género, a
través de la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas
de Protección Integral contra la Violencia de Género ha reducido
la violencia de género a aquella violencia ejercida por la pareja o

46
expareja, por lo tanto siempre tiene que haber un vínculo senti-
mental. A pesar de que ha sido un gran avance y la violencia de
los hombres hacia las mujeres en la pareja ha pasado a ser un
delito, esta visión ha reducido la capacidad de actuación a nivel
legal.
Artículo 1. La presente Ley tiene por objeto actuar contra
la violencia que, como manifestación de la discriminación,
la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los
hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por parte de
quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén
o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de
afectividad, aun sin convivencia.

Por lo tanto hay toda una gama de violencias, de las que las
mujeres continuarán siendo receptoras por el hecho de ser mu-
jeres, que no se contemplan dentro de este marco legal, a pesar
del supuesto de la ley que reconoce la violencia como una ma-
nifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales
entre mujeres y hombres.
En Cataluña específicamente se creó la Ley 5/2008, de 24
d’abril, del dret de les dones a eradicar la violència masclista (ley
del derecho de las mujeres a eradicar la violencia machista), una
ley civil que contó con los grupos de mujeres que trabajamos o
participamos activamente en la lucha contra la violencia hacia las
mujeres. Esta ley habla de violencia machista en vez de violencia
de género y amplía los ámbitos en los que se da, añade al ámbito
de pareja y familiar el ámbito laboral, social y comunitario, donde
entraría la mutilación genital femenina, las agresiones sexuales,
o los matrimonios forzados entre otras formas de violencia e in-
cide en señalar la ideología que sustenta las diferentes violencias
contra las mujeres. No hemos tenido la suerte de que se incluye-

47
ra otro ámbito que reclamaban las organizaciones de mujeres y
que sí que se contempla en la Ley especial integral para una vida
libre de violencia para las mujeres de El Salvador2, la violencia
institucional.
Después de esta exposición aclaramos que a pesar de que en
el artículo nos referiremos a partir de ahora en la terminología
violencias machistas porque es a través de la que estaremos con-
cretando a qué nos referimos, las experiencias que expondremos
más adelante de la participación en creación de protocolos serán
bajo la limitación que nos supone la ley española que sólo con-
templa la violencia por parte de la pareja y expareja.
El qué nombramos tendrá entonces relación directa con qué
delimitación y objetivos nos podremos plantear en el trabajo de
creación de los protocolos de intervención en violencia machista.
Los protocolos como herramientas profesionales, que nos
ayudan en la intervención en violencia, han de poder ser elabo-
rados a partir de la responsabilidad social de participar en un
cambio ideológico a través de propuestas prácticas que sitúen la
violencia machista como un problema social, político y de salud
en cualquier sociedad. Evitando victimizar a las mujeres a través
de los variados mitos que se han ido desarrollando alrededor
de “qué es una mujer maltratada”, por ejemplo situar a las mu-

2 Violencia Institucional: Es toda acción u omisión abusiva de cualquier
servidor público, que discrimine o tenga como fin dilatar, obstaculizar o
impedir el goce y disfrute de los derechos y libertades fundamentales de las
mujeres; así como la que pretenda obstaculizar u obstaculice el acceso de
las mujeres al disfrute de políticas públicas destinadas a prevenir, atender,
investigar, sancionar y erradicar las manifestaciones, tipos y modalidades de
violencia conceptualizadas en esta ley. Ley especial integral para una vida
libre de violencia para las mujeres, El Salvador, 2011.

48
jeres en un lugar de víctimas pasivas sin recursos personales o
bien en el lugar de aquellas “mujeres pérfidas y maquiavélicas”
que mal-utilizan los sistemas de protección y la denuncia en su
beneficio propio… o de los mitos generados sobre los hombres
maltratadores, por ejemplo aquellos que desresponsabilizan a
los agresores a través de situar la violencia machista como una
enfermedad o un problema individual.
Los protocolos tendrán la función de poder dinamizar, orde-
nar y coordinar el trabajo en red existente, es decir los circuitos
de intervención presentes en cada territorio.
Cuando trabajamos en violencia es necesario el trabajo en
red con tal de poder intervenir en la complejidad y diversidad
de formas de las situaciones de violencia y los múltiples efectos
de ésta, no únicamente en las mujeres sino también en su en-
torno inmediato. Cuando no tenemos presente esta red corre-
mos el riesgo de sentir que estamos interviniendo cada una en
nuestra propia parcela y no hay comunicación y apoyo a través
del cual sostener las situaciones que nos vayamos encontrando.
Esto también tiene el riesgo de que no tengamos entonces tan
claras cuáles son nuestras funciones y/o los límites de éstas. Por
lo tanto, en la creación de un protocolo tendremos que tener en
cuenta los diferentes niveles de prevención e intervención (pri-
maria, secundaria y terciaria) y será necesario establecer canales
de comunicación entre los diferentes ámbitos de actuación para
poder realizar un trabajo conjunto, coordinado y complementa-
rio. Cuando estos canales y circuitos no están diseñados e impul-
sados por las y los diferentes profesionales que intervienen en
violencia, los protocolos de actuación pueden ayudar a empe-
zar a diseñar estos puentes para facilitar el trabajo cooperativo y
coordinado. El objetivo último será poder proporcionar atención,
protección y reparación a las mujeres que han sufrido violencia

49
así como a sus hijas e hijos, además de recursos para aquellos
hombres que, más allá de las medidas alternativas de prisión,
busquen un servicio en el que tratar su papel como agresores.
En la ciudad de Barcelona, por ejemplo, las y los profesionales
empezaron a impulsar el circuito. El Protocolo marco para una
intervención coordinada en violencia machista3 se diseña con el
objetivo de establecer un marco conceptual común dado que las
diferentes instituciones que disponían de protocolos enmarca-
ban la violencia machista en ámbitos conceptuales diferentes, lo
cual suponía que las intervenciones no siempre sean adecuadas.
Las experiencias locales anteriores (aquí nos referimos a diversos
ejemplos como el Circuito de Barcelona contra la violencia en el
20014), facilitaron el consenso necesario para la participación y el
compromiso de diferentes actores (colegios profesionales, muni-
cipales) además de los que por competencia directa debían par-
ticipar (salud, policía, educación, servicios sociales, judicatura).
Ya había todo un trabajo hecho y, por lo tanto, el protocolo fue
una participación de los diferentes servicios que en ese momen-
to estaban interviniendo de manera más o menos coordinada en
el circuito.
Los protocolos han de ser por lo tanto un resultado de este
trabajo en red. Cuando existen las condiciones estructurales que

3 Protocol marc per a una intervenció coordinada contra la violència
masclista, 2009.
4 El Ayuntamiento de Barcelona en el 2002 puso en marcha el Circuito
BCN contra la Violencia, un plan de atención, acogida y prevención de los
casos de malos tratos a las mujeres de la ciudad. Con el objetivo de abrir las
máximas puertas posibles a las víctimas de violencia en el momento de pedir
ayuda. Para ello se redefinieron los servicios asistenciales municipales y se
coordinaron para que cualquier profesional pudiese atender a una mujer en
situación de violencia y actuar de la forma más rápida y eficaz posible.

50
facilitan este trabajo en red podrá abordarse desde las necesida-
des concretas del municipio/territorio y los recursos disponibles
y necesarios. De hecho los protocolos pueden optimizar justa-
mente estos recursos a través de valorizar las acciones que se
están efectuando y dar cabida a las y los agentes sociales que
intervienen de una manera u otra. Por ejemplo, la inclusión de
los grupos de mujeres que trabajan en el territorio será un gran
aporte al circuito, diríamos que imprescindible ya que son las que
cuentan con la experiencia en el trabajo de base y que muchas
veces acaban abordando casos a los que la administración no lle-
ga. En el caso expuesto anteriormente, la creación del protocolo
marco de Catalunya, TAMAIA participó como asesora en dicho
protocolo debido a la larga experiencia del trabajo con mujeres
en situaciones de violencia así como en el trabajo en red. Pos-
teriormente también hemos participado como asesoras en la
creación del protocolo de juventud5, realizado 4 años después
del protocolo marco.
De aquí se deduce que un protocolo tendrá sentido y será re-
forzado en su función cuando exista un circuito de intervención
en violencia. Los protocolos serán instrumentos que nos ayuden a
poder proponer y consensuar las intervenciones necesarias para
la problemática a abordar. Por lo tanto necesitaremos trabajar en
qué necesidades se han detectado y cómo deben abordarse. En
este caso vuelve a ser imprescindible contar con la presencia de
las organizaciones de mujeres que trabajan directamente y que
tienen la experiencia y experteza de la práctica y la formación
especializada, así como los servicios que son receptores de las
primeras demandas y que pueden ser elementos importantísi-
mos en la detección de situaciones de violencia incipiente. En la

5 Protocol de Joventut per a l’abordatge de la violència masclista, 2013.

51
experiencia en Cataluña, después de la elaboración del protocolo
marco en 2009 se trabajó en el de salud6 y las diferentes realida-
des a abordar desde este ámbito (drogodependencias, diversidad
funcional, migración…), será hasta 2013 que no se publicará el de
Juventud.
Como vamos remarcando, la elaboración del protocolo debe-
ría partir del trabajo en red previo y tendría que ser el resultado
de un proceso participativo, consensuado y que cuente con la ne-
cesidad de formación previa. Esta última parte es muy importan-
te aunque no siempre veremos que sea la realidad en la que nos
movemos, por eso pensamos que es necesario que haya voces
autorizadas por su trayectoria y formación en violencia machista
en el proceso de elaboración de los protocolos así como en sus
posteriores revisiones. Por lo tanto, se deberá plantear el marco
ideológico de qué se aborda y desde dónde y facilitar que los
grupos de trabajo que se generen puedan contar con variedad
de voces expertas.
Como anécdota, en la creación de los Estándares de servicios
del protocolo de juventud se contó con la participación de unas/
os 30 profesionales, entre los que se contó con grupos de muje-
res diversos. A parte de estos, se encontraban presentes profe-
sionales de salud, educación, justicia, servicios sociales, cuerpos
de seguridad, etc. Realmente la formación en violencia machista
era variada, fue un trabajo muy enriquecedor unir tantas voces
diversas que pudieran escuchar y aportar necesidades diversas
de cada servicio, siendo a veces difícil el consenso y por lo tanto
teniendo que trabajar en cuestiones que todas/os estuviéramos
de acuerdo. Realmente la formación previa pensamos que facili-
taría generar trabajo en red más fluido y profundo.

6 Protocol per a l’abordatge de la violència masclista en l’àmbit de la salut
a Catalunya, 2010.

52
Siguiendo el ejemplo mencionado, la participación ha de con-
tar con los diferentes servicios y entidades sociales implicadas ya
que las realidades serán diversas y esto enriquecerá el proceso
de creación del protocolo así como las situaciones y complejida-
des a tener en cuenta.
Otra de las condiciones que favorecen la elaboración de un
protocolo de calidad, es que la conducción del grupo de trabajo
cuente con una dinamización experta en la temática así como
en la conducción de grupos, poner a trabajar juntas personal del
ámbito de la salud, de la educación, de la justicia, de la seguri-
dad, del ámbito comunitario… No es nada fácil y será la pericia
de las que dinamicen poder encontrar lenguajes y ejes de trabajo
común.
Para poder iniciar este trabajo es importante contar con el
compromiso político de las instituciones implicadas así como una
previsión de recursos económicos, técnicos y humanos adecua-
dos. En Catalunya encontramos realidades muy diversas, en las
cuales hay municipios que cuentan, a parte del Protocolo marco,
con su propio protocolo territorial y, además, en determinados
centros o instituciones también han hecho la creación propia de
protocolos de actuación, por ejemplo en centros escolares; en
cambio hay municipios que carecerán de estos protocolos más
específicos. Este ejemplo pone de manifiesto la voluntad política
en el trabajo en violencias machistas y la aportación de recur-
sos para generar grupos de trabajo que puedan tener más he-
rramientas para detectar e intervenir, así como una mejora del
aprovechamiento de los recursos del territorio mismo.
Una vez elaborado el protocolo será necesario que éste se
ponga en práctica y facilite el conocimiento mutuo de los pro-
fesionales, los puentes de comunicación en la resolución y de-

53
rivación de casos y, punto muy importante, el apoyo mutuo en
afrontar los casos. Como bien sabemos, hay casos que serán
complejos de abordar y en muchas ocasiones nos harán chocar
con la sensación de impotencia en la intervención porque a veces
no hay suficientes recursos para cubrir las necesidades de la mu-
jer, o bien son casos en que hay un gran número de profesiona-
les interviniendo. Para no sentir aislamiento o descoordinación,
el trabajo en red continuado permitirá hacer sentir este apoyo
mutuo. La violencia es muy contaminante y dañina, tanto para la
mujer, como para su entorno, como para las y los profesionales
que intervenimos. Por lo tanto, es un ejercicio de autocuidado
el no trabajar desde la soledad, ya que la responsabilidad de los
efectos de la violencia puede sobrepasarnos a nivel profesional
y humano.
A la vez el trabajo en red nos permitirá ver las dificultades
de coordinación a mejorar, la falta de recursos, los límites en la
intervención de cada servicio y profesional y el trabajo con aque-
llas/os que no cuentan con suficiente formación y sensibilidad en
el tema y que en cambio están interviniendo, tomando decisio-
nes importantísimas en la vida de las mujeres y sus hijas e hijos.
Finalmente tendremos que tener en cuenta qué trabajo pos-
terior se hace del protocolo y qué seguimiento tiene.
Algunas de las dificultades que nos encontramos en este pun-
tos son, por un lado la falta de revisión de los protocolos y por lo
tanto la falta de actualización. A través del tiempo y de las modi-
ficaciones en la administración, los servicios pueden ir cambian-
do tanto en su estructura como en sus funciones, o bien pueden
surgir nuevos servicios más especializados, más generalistas… Es
necesaria la actualización para que los y las nuevas profesionales
conozcan los circuitos y funciones. Respecto a la revisión de los

54
circuitos y los protocolos será necesario contar con las premisas
que se han expuesto anteriormente.
Por otro lado, una de las realidades frecuentes es la falta de
conocimiento por parte de muchas y muchos profesionales de la
existencia de los protocolos específicos de su ámbito ya existen-
tes. Este problema en muchas ocasiones está relacionado con la
falta de voluntad política, ya que nos encontraremos con profe-
sionales del circuito que no han recibido formación específica,
a veces tampoco se les exige, y las propias dinámicas y falta de
recursos de sus estructuras organizativas no facilitan el conoci-
miento de estas herramientas, sólo aquellos/as sensibilizados
tendrán al alcance estos recursos.
Hasta aquí hemos querido aportar algunas ideas en relación a
los protocolos y la necesidad y necesidades de estos, cuando hay
voluntad política el trabajo en la creación de protocolos puede
ser un gran aporte en la lucha contra las violencias machistas.

55
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