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Cuando caiga la tarde dejar de pensar en usted.

Solo cuando caiga la tarde renunciar a eso que


nunca perd. Disculpar sus errores y los mos. Comprender al fin que yo no tengo que
armarme los por usted, ni usted por m. S! Cuando el cielo no sea ni da ni noche, me atrever
a aceptar que -a usted ayer- se le ocurri la grandsima idea de no esperar a que yo le contestara
el telfono.

La fina arena de la playa. La rubicunda arena que cubre esa franja costera. Esos infinitos granos
que se escurren por entre los dedos sin dejarse atrapar. La arena apelmazada que lame el agua, y
la otra, suelta y ligera, sobre la que el viento dibuja cordilleras y valles cuya configuracin trastoca
por completo una rfaga ms impetuosa. Efmeras orografas. Cambiantes mapas de arena.
Doradas partculas que se agolpan en esa banda fronteriza y se codean da a da, hora a hora,
segundo a segundo, con el rugiente mar. Pero ellas no le oponen resistencia. Cuando la pleamar
remonta esa suave pendiente, cuando las olas empiezan a ganar terreno y a una sucede otra que
llega ms lejos, cuando esos lengetazos van empapando la playa, allanndola, comprimindola,
oscurecindola, la arena se deja invadir. Slo las pulgas huyen enloquecidas ante el imparable
avance de la marea, se refugian en sus agujeros excavados a toda prisa, dan grandes saltos en
todas las direcciones dominadas por la preocupacin de poner sus traslcidos cuerpos a buen
recaudo.

ramos tres mujeres y un servidor que bamos en coche al trabajo. Cada da uno de nosotros
llevaba el suyo. As economizbamos y el viaje, presuntamente, se haca ms corto.
Por lo general hablo poco. Prefiero escuchar y contemplar el paisaje. Ms lo segundo que lo
primero. Mis compaeras, incluso por la maana temprano, prefieren hablar. Siempre tienen que
contar un montn de cosas. En una ocasin abordaron el tema del feminismo. Como de
costumbre, yo permaneca calladito en mi rincn, detrs de la conductora. A bocajarro, de forma
que me sent violento, me preguntaron cul era mi opinin sobre el aborto.
Les respond lo que pensaba, que no era lo que ellas esperaban, y que no les gust.
Se hizo un silencio embarazoso. Una de mis compaeras me mir de travs, con una media
sonrisa, y dijo: Pero t no eres una mujer. Si lo fuera, sera la mujer barbuda repliqu. Por
desgracia su sentido del humor las haba abandonado y ninguna celebr mi ocurrencia.