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Monterroso camuflado: sin silencio no existe lo demás

Ruth M. Rojas Jiménez

La broma, la burla, el reír, son mecanismos de defensa, hasta cierto grado, que producen el alivio tanto del que lo dice como de quien lo entiende y asimila. De este modo, funciona el humor, dependiendo del objetivo al que se enfrente, como, de cierto modo, un canalizador subversivo de lo que afecta a grupos sociales. La ironía, como un recurso lingüístico para provocar, no sólo la risa, sino la indignación y la crítica, es frecuente en las relaciones cotidianas, y ocupada también en las de poder. La novela Lo demás es silencio (1978), del escritor guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003), es precisamente un instrumento para, por medio de la ironía y la parodia, burlar el aspecto solemne de la literatura, desacralizar la misma a partir de una crítica aguda, pero velada a través del juego con el lenguaje, los paratextos, la polifonía, etcétera. Linda Hutcheon, en su libro Irony’s edge, indica que la ironía, como un tropo que permite afirmar algo diciendo lo contrario, puede dar pie a un discurso estratégico en el que se acentúen las relaciones de poder, en un momento coyuntural, en el cual opera la crítica social y política. Para asimilar que se está, no ante un recurso humorístico, sino también hacia un borde de lo crítico, es necesario que la “víctima”, o sea el espectador, sea consciente de las referencias presentadas, ya que la ironía implica una serie de afirmaciones complejas, que complementan un todo (y se acercan más a la mentira, como afirma Hutcheon), no sólo el receptor debe comprender el trasfondo, sino que debe también comprender del todo lo dicho, para que, de una forma dialéctica, sea posible inferir y sintetizar lo que el emisor no dice: “The move is usually triggered (and then directed) by conflictual textual or contextual evidence or by markers which are socially agreed upon.(Hutcheon 11) Así sucede con la novela de Monterroso, de modo que, para comprender del todo que se trata de una parodia, con recursos irónicos, es necesario conocer los referentes culturales, así como desenmarañar las afirmaciones. Asimismo, se deben conjuntar los textos de los que se vale el autor (algo así como cuando se cuenta un chiste local, que sólo puede ser comprendido por aquellos que estuvieron ahí: “But others point out, though

often simply in passing, that irony is more easily understood in a well-defined or even closed group whose members share a «social environment»” (Hutcheon 87)). Esta novela, como un todo, es una parodia de un estudio biográfico, sin embargo, si el receptor no está familiarizado con los juegos del autor, así como con muchos de los texto citados (apócrifos o reales), es muy probable que el fin mismo de la novela se vea truncado, o que se aprecie como un estudio biográfico real, y no como un juego de enmascaramiento; el personaje Eduardo Torres, inclusive, podría tomarse como un autor real, si el espectador no se diera a la tarea de buscar sobre sus antecedentes. De este modo, podría comprenderse, no a la novela, sino a la idea de la misma, como irónica, ya que juega con lo que no es, simulando serlo.

A través de la confusión, el ruido, los malentendidos, Monterroso nos acerca a la verdadera esencia de su escrito: las paradojas del ser humano, lo patético del mismo. Y, sin embargo, en esa red de engaños, también el autor se ve burlado, sentenciado, cuando incluye en la novela una crítica de Eduardo Torres al libro La Oveja negra y demás fábulas, en “De animales y hombres”, y al final, en el “Punto final”, cuando menciona que el autor del mismo (o sea el creador de Eduardo Torres, en un acercamiento borgiano) tiene fama de burlón. E, inclusive, hay varios rastros de su propia vida en distintos pasajes, como en el relato de Luciano Zamora, donde hay un hecho que se encuentra también en su autobiografía, Los buscadores de oro:

Veo también unas pequeñas piernas entre las cuales cuelga un calzoncito blanco que yo he bajado o su dueña ha bajado, y vuelvo a hurgar y a mirar alternativamente aquellas cosas rosadas, antes de que una de mis tías venga y nos saque violentamente de debajo de la mesa y me grite y me pegue en las manos” (Monterroso 52).

En estos textos están algunos de los guiños hacia el autor, que hacen esclarecer que se trata, ni más ni menos, que de un vil engaño, pero que, en lugar de ofender al espectador, debiera, de tal modo, hacerlo reflexionar sobre el porqué de éste. Y, así como el mexicano es fiel al cantinfleo, Monterroso se vale de la verborrea para ejemplificar lo absurdo y paradójico que resulta lo escrito y el mundo en el que se vive, de modo que no se sabe qué tanto es verdadera crítica detrás de la burla, y qué tanto resulta algo sólido:

Baste decir que aunque de acuerdo con la opinión más general nunca se logrará saber con certeza si el doctor fue en su tiempo un espíritu chocarrero, un humorista, un sabio o un tonto, lo más probable es que cada oportunidad en que se presentara como cualquiera de estas cuatro cosas haya tenido, por lo menos en ese momento, al de las otras tres. (Monterroso 33)

Pareciera que, de alguna manera, se encuentran personas así, día a día, el mismo Monterroso hacer que dudemos, que encontremos algunos de sus escritos como algo

obvios, y que, sin embargo, observándolos bien, podremos encontrar una crítica elaborada a

la sociedad, como se ejemplifica en el “Decálogo del escritor”: “Decimo. Trata de decir las

cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que se más inteligente que él.” (Monterroso 108)

Ahora bien, la ironía, a partir de ejemplos que se incluirán a continuación, se complementa

a partir de los paratextos, que de cierta manera no son paratextos, porque están

conformando una clave en el texto, pero de manera formal pueden ser vistos como tales, no obstante su calidad indispensable para que la ironía se haga presente. De este modo, en los pies de página, las citas, los epígrafes, las referencias y los títulos, es donde se encuentra más frecuentemente la ironía. Ejemplos: En una nota a pie de página, cuando se presenta una entrevista realizada a Carmen Torres, se puede encontrar esta aclaración: “La señora Torres pudo haber dicho “notado”; pero en la grabación no se nota.” (Monterroso 69); En el pie de página del texto “El pájaro y la cítara”, en el que se hace alusión a El Quijote, y que es escrito después de una crítica que se realiza al texto “Una nueva edición del Quijote”, aparece esta aclaración de Torres: Ver explicación más amplia de este fenómeno en las alusiones del censor de E. T., señor F. R., en páginas anteriores.(Monterroso 105)

Haciendo referencia al texto donde se critica la falta que hace Torres en su texto sobre la edición del Quijote, en donde menciona que Cervantes pone “fuyan” en lugar de “huyan”. Monterroso recurre a la misma estrategia, cuando en “Análisis de la composición “El burro de San Blas (pero siempre hay alguien más)”, agrega a pie de página que el autor Alirio Gutiérrez, a pesar de que afirma que se le ha pedido ese análisis, no fue sino una “contribución espontánea de procedencia desconocida” (160)

Asimismo, en el estilo oral de la entrevista a Carmen, hay diferentes acotaciones como el “ay sí”, entre paréntesis de la misma, que hacen relucir el sentido irónico de sus afirmaciones, y es en este texto donde pueden encontrarse fácilmente ironías, por pretender ser de carácter oral: “[…] y claro, empezaron a llegar los hijos uno tras otro, como si no tuvieran otra cosa que hacer.” (Monterroso 68) Y en la ponencia presentada ante el congreso de escritores de todo el continente”, puede verse claramente el carácter crítico de la ironía que presenta Monterroso: “h] Que cuando publiquen algún libro de carácter subversivo, los editores del mismo ofrezcan un coctel a las autoridades para suavizar de alguna manera los perniciosos efectos de la publicación.” (Monterroso 117) En este lacónico acercamiento a la obra, de cuya ironización ya se ha profundizado en otros textos, como en La trampa de la sonrisa de Francisca Noguerol, se pretende ejemplificar y hacer claro el encuentro del espectador con el autor, sin un análisis formal de lo que se desea implementar, como una especie de chip, en el receptor, sino como un flash que permita entender cómo funciona la comprensión de lo irónico.

Bibliografía

Hutcheon, Linda. Irony’s edge: the theory and politics of irony. EUA: Routledge, 2005.

Noguerol, Francisca. La trampa de la sonrisa. España: Universidad de Sevilla, 1995.

Monterroso, Augusto. Lo demás es silencio. México: Biblioteca Era, 1991.