Domingo XIV Tiempo Ordinario

9 julio 2017

Evangelio de Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, Jesús exclamó:
Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido
estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla.
Sí, Padre, así te ha parecido mejor.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el
Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo
quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré.
Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de
corazón, y encontraréis vuestro descanso.
Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

******

GRATITUD

Mateo reúne aquí varios dichos, que parecen expresar actitudes y
sentimientos característicos del Maestro de Nazaret. Y en los que, por eso
mismo, nos vemos reflejados también nosotros, en cuanto nos abrimos a
nuestra verdad más profunda: la gratitud, la no-separación con el Padre o el
Fondo de todo lo que es, la cercanía bondadosa hacia quienes lo están pasando
mal, la invitación a permanecer en la mansedumbre y la humildad, y el
ofrecimiento de un mensaje que es descanso... Me detendré en la primera de
esas actitudes.

La gratitud parece brotar a borbotones de las entrañas mismas de Jesús.
Aunque no es extraño, si tenemos en cuenta que –junto con la compasión- la
gratuidad constituye la columna vertebral de todo su mensaje. Y es imposible
experimentar gratuidad sin que surja gratitud.
Cuando caes en la cuenta de que todo es Gracia, más allá de las formas
que puedan aparecer en la superficie, brota un agradecimiento sin objeto,
permanente y profundo.
Pero se requiere una condición: experimentarse alineado con la corriente
de la Vida, en la que reconocemos nuestra verdadera identidad. El ego no
puede ser agradecido, excepto momentáneamente cuando las formas se
adecuan a sus deseos. Sin embargo, al reconocernos en la Consciencia –como
fondo ecuánime en medio de todo lo que ocurre-, descubrimos que la Gratitud
es otro de los nombres de nuestra identidad profunda.
Lo que ocurre, en este mundo de las formas, es ambivalente, porque es
la tierra de los contrastes. Todo lo manifiesto es un conjunto de polaridades,

1
donde no aparece nada que no venga acompañado de su opuesto. De ahí que
pretender aferrarse a uno solo de esos polos, es tan imposible como pretender
hacer una moneda que tuviera una sola cara. Por eso, buscar el placer, es
llamar al dolor; perseguir la paz es convocar a la inquietud…, y así
sucesivamente.
Sin embargo, la Consciencia de lo que ocurre abraza a los dos polos de
lo que sucede en una Ecuanimidad que no tiene opuesto, porque se halla
situada, no en el mundo de las formas, sino en la No-dualidad.
Esa ecuanimidad puede convivir con el placer y con el dolor, con la paz y
con la inquietud…, a condición de que permanezcamos anclados, no en “lo que
sucede” –siempre polar e impermanente-, sino en “la consciencia de lo que
sucede” –siempre ecuánime y estable-.
Reconocernos en la consciencia equivale a experimentarnos alineados
con la Vida, en la certeza de que lo que realmente somos se halla siempre a
salvo.
La Consciencia es, entre otras cosas, Gratitud. Y la gratitud, en una
especie de “círculo virtuoso”, favorece que podamos situarnos y permanecer en
la consciencia, porque nos dota de un dinamismo sumamente favorecedor, tal
como pone de relieve un antiguo cuento, que resumo a lo esencial.

En una ocasión, Satanás presentó, en una exposición, todas las
herramientas que utilizaba para engañar a los humanos, manteniéndolos en la
oscuridad y el sufrimiento.
Un viejo ermitaño, que no vivía lejos del lugar, decidió acercarse para
conocer de cerca las artimañas del mal. Una vez en la sala, le llamó la atención
el hecho de que, mientras en las diversas paredes colgaban multitud de
herramientas diabólicas, la pared más extensa estaba dedicada a una sola de
ellas, por lo que destacaba exageradamente a simple vista. Intrigado, el
ermitaño se acercó más y pudo leer el nombre de semejante arma:
“DESALIENTO”.
Más intrigado todavía, se acercó a Satanás y le preguntó: “¿Tan
poderoso es el desaliento?”. A lo que el demonio le contestó: “Es mi arma más
eficaz: si consigues que una persona se desanime, puedes conducirla hasta
donde desees”.
A partir de ese momento, el anciano no descansó hasta conseguir algún
antídoto frente al desaliento. Y, a fuerza de insistir, pese a la negativa inicial de
Satanás, este le contestó: “Solo existe un antídoto para el desaliento: la
gratitud. Quien la vive, no se desanimará jamás”.

Moraleja: si tenemos en cuenta que des-aliento o des-ánimo aluden a la
pérdida del “espíritu” (aliento, ánimo) de la persona, comprenderemos por qué
produce efectos tan nocivos. Y si advertimos que la gratitud nace de la
conexión con la Vida, nos resultará claro que nos aliente en todo momento.

www.enriquemartinezlozano.com

2

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful